Kitabı oku: «El hombre de los lobos»
Título original: L’homme aux Loup
© La Cause freudienne, 2009.
© de la traducción: Margarita Álvarez, Carmen Ribés y Adolfo Jiménez, 2011.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO491
ISBN: 9788424938048
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Índice
PRÓLOGO
I. SITUACIÓN DEL PROBLEMA
II. EROTISMO ANAL, CASTRACIÓN, PARANOIA
III. EL MUNDO OCULTO POR UN VELO
IV. DISCUSIÓN CLÍNICA
V. EL FALO Y EL PADRE
VI. LA MULTIPLICIDAD DE LOS PADRES
VII. CONFIGURACIÓN (I)
VIII. CONFIGURACIÓN (II)
IX. REPRESIÓN Y FORCLUSIÓN (I)
X. REPRESIÓN Y FORCLUSIÓN (II)
XI. FREUD Y LA FORCLUSIÓN
XII. REPRESIÓN Y FORCLUSIÓN (III)
XIII. EL HOMBRE DE LOS LOBOS EN «INHIBICIÓN, SÍNTOMA Y ANGUSTIA»
NOTAS
PRÓLOGO
LAS LECCIONES DEL HOMBRE DE LOS LOBOS
por
ANTONI VICENS
En febrero de 1910, llegó al despacho de Sigmund Freud un joven ruso, nacido en la actual Ucrania, llamado Serguéi Konstantínovitch Pankéyev. Provenía de una familia de ricos agricultores, y viajaba por Europa con un médico personal en busca de un tratamiento para su enfermedad. Según Freud, aquel hombre, que tenía veintitrés años, era, desde los dieciocho, un inválido, «una persona completamente dependiente e incapaz para la existencia». Se había hecho tratar por médicos de renombre, como el neurólogo Vladímir Bechterev en San Petersburgo, Theodor Ziehen, psiquiatra y neurólogo en Berlín, Emil Kraepelin en Múnich, y Moshe Wulff en Odessa. Durante su estancia en el sanatorio de Kraepelin conoció a la que sería su esposa, Teresa Keller, con la que se casó al término del primer tratamiento con Freud, y que se suicidó en 1938. Freud tuvo en análisis a Serguéi Pankéyev hasta el verano del 1914, cuando volvió a Ucrania para terminar sus estudios de Derecho, que había comenzado durante su estancia en Viena. Unas semanas después estallaba la Primera Guerra Mundial.
Freud redactó el caso del que llamó Hombre de los lobos entre 1914 y 1915, poco después de la ruptura con Jung y Adler, de la que había dado cuenta en su escrito «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico», compuesta en los primeros meses del 1914. El caso del Hombre de los lobos es el último de los grandes casos publicados por Freud, y sin duda relata uno de los tratamientos más largos que realizó.
Al acabar la Primera Guerra Mundial, Serguéi Pankéyev regresó a Viena, donde volvió a tratarse con Freud durante unos meses. En esa ocasión, algo importante había cambiado: ya no era el rico heredero de una hacienda, sino un hombre pobre, a quien la Revolución rusa había desposeído de sus propiedades. Freud le ayudó económicamente, con la contribución de sus discípulos, durante algunos años. Serguéi Pankéyev se quedó a vivir en Viena, donde encontró un modesto empleo en una empresa de seguros. Entre octubre de 1926 y febrero de 1927 fue tratado, por indicación de Freud, por Ruth Mack Brunswick, quien durante los años siguientes se ocuparía de él de manera intermitente. A partir de 1938, tras la muerte de su esposa, se encontró ocasionalmente con la psicoanalista Muriel Gardiner, y mantuvo una correspondencia con ella, quien consideraba que no tenía en absoluto la categoría de un tratamiento; pero lo incitó a escribir sus memorias, que serían publicadas en 1971. En 1955 fue internado en un sanatorio neurológico durante tres semanas. Luego visitó con una cierta asiduidad a algún psicoanalista. Además, durante más de veinte años, Kurt Eissler, que vivía en Nueva York, aprovechaba las vacaciones de verano para visitar Viena, donde mantenía unas «conversaciones psicoanalíticamente dirigidas» con Serguéi Pankéyev. Entre 1974 y 1976, una periodista austríaca, Karin Obholzer, mantuvo una serie prolongada de entrevistas con aquel hombre que contaba ya ochenta y seis años, en las que habló de su vida, su enfermedad y sus relaciones con Freud y con el psicoanálisis. Estas entrevistas fueron recogidas en un libro, publicado en 1980, tras su muerte. En el verano de 1977, Serguéi Pankéyev sufrió un colapso debido a trastornos circulatorios; fue ingresado en el hospital psiquiátrico de Viena, donde murió casi dos años después, con más de noventa años.
En el relato del caso del Hombre de los lobos, Freud quería mostrar los resultados obtenidos en la búsqueda de algo nuevo sobre la neurosis infantil, a partir de su observación en el adulto. Si la neurosis infantil es el núcleo de la neurosis adulta, su rememoración o su reconstrucción es entonces una pieza fundamental en trabajo psicoanalítico. Por eso Freud dio a su escrito el título «De la historia de una neurosis infantil», para subrayar que el tema fundamental de todo el relato del caso es la descripción minuciosa de los contenidos de esa neurosis infantil, entendida en términos de sexualidad. Para Freud era un principio fundamental la existencia de una sexualidad infantil; sin ella no se podría establecer conexión alguna entre ese núcleo de neurosis infantil y la neurosis actual. La posibilidad misma del tratamiento psicoanalítico se disolvería sin esa conexión, bien establecida por los mecanismos del inconsciente y la repetición. En la ruptura de Jung y Adler con el psicoanálisis fue un elemento crucial que ellos no aceptaran esa exigencia clínica.
El principio es pues que, en la neurosis infantil, como modo infantil de tratar la sexualidad, aparecería lo esencial de la neurosis, sin las estratificaciones sintomáticas posteriores. Esta premisa guía el ahínco de Freud en el tratamiento del Hombre de los lobos: en el relato del paciente quiere encontrar datos sobre esa vida sexual infantil, tal como lo había conseguido en el caso de Juanito, que, por decirlo así, estaba aún en el lugar de los hechos. De este caso difícil, Freud espera un mejor esclarecimiento: en efecto, el adulto puede hablar mejor que el niño de la sexualidad, pues éste sólo se refiere a ella de manera muy parcial. Y, aunque podríamos objetar que también el adulto habla de modo deformado y parcial de su vida sexual infantil, el trabajo del psicoanálisis, con el recurso de la interpretación y la transferencia, ha de permitir levantar una censura que siempre fracasa por ser demasiado interesada y, con ello, recuperar el núcleo de verdad del relato. Tendríamos entonces la misma articulación que establecemos entre el síntoma, que es el producto de las sucesivas estratificaciones superpuestas a esa verdad deformada, y el fantasma, donde la verdad encuentra un límite: no tanto el de los hechos como el de la paradoja que da soporte a la fantasía inconsciente.
Es primordial entonces atender al hecho de que Freud considera que el Hombre de los lobos, que había sido diagnosticado por los psiquiatras de «locura maníaco-depresiva», era un neurótico obsesivo mal curado. En todo caso, el depresivo era el padre del paciente. Así las cosas, el núcleo infantil de la neurosis obsesiva del Hombre de los lobos era una zoofobia, que posteriores y complejos avatares habían transformado en un síntoma tan grave que dejaba al paciente en estado de invalidez.
El del Hombre de los lobos es un análisis largo; y durante los primeros años no hay casi ningún cambio. Por alguna razón no había prisa, mientras el paciente mantenía, durante tiempo, «una postura inabordable de dócil apatía». Era, dice Freud, como si la inteligencia estuviese cortada de las fuerzas pulsionales. Quizás presentaba las dificultades del tratamiento de un hombre rico, que no tenía prisa por ponerse a trabajar. Entonces Freud emprendió una cierta tarea educativa, con el objeto de eliminar el horror de ese sujeto a una existencia autónoma. Gracias al prestigio que daba soporte a la transferencia, Freud consiguió algunos efectos terapéuticos, como la terminación de los estudios de Derecho, al cabo de los cuales Pankéyev obtuvo el título de doctor. El caso de su matrimonio es un poco más complicado, pero sin duda se puede poner también en el registro de la emancipación del paciente.
Al Hombre de los lobos su familia no le había ayudado mucho, salvo en lo referente a la riqueza. Vivían en dos grandes fincas rústicas, una en verano y otra en invierno, cerca de Jersón, a orillas del mar Negro, en Ucrania, país entonces frontero del Imperio austro-húngaro. Su madre padeció de continuas afecciones abdominales, lo que fue pretexto para ocuparse muy poco de sus hijos; intentó suplir esa ausencia con la niñera (la famosa ñaña), la institutriz, etc. Recordemos que el recuerdo más antiguo del Hombre de los lobos se refiere a las quejas de su madre. Su padre tenía «ataques de mal humor», o depresiones, que lo llevaban a ausentarse frecuentemente de casa. Su hermana, dos años mayor que él, se suicidó con veneno a los veinte años, diagnosticada de demencia precoz.
La redacción que dejó Freud del caso es compleja y tortuosa; pero como siempre sucede en sus escritos, lo que se puede extraer de ellos es mucho más de lo que encontramos en cualquier otra narración. Freud escribe sin censura, sin intentar aparentar nada, y haciendo de su texto un acontecimiento. La posición de enunciación es siempre clara y deducible, y permite situar su escrito como algo vivo, donde nunca agotamos la significación. Por eso siempre podemos hacer nuevos hallazgos de un saber clínico inigualable. Así es como Lacan nos enseña a leer a Freud, buscando el agalma de su deseo, y haciendo de esta búsqueda un ejercicio fundamental en la formación de todo psicoanalista.
En 1952, Jacques Lacan dedicó un seminario al Hombre de los lobos, de cuyo contenido sólo nos han llegado unas notas tomadas por uno de sus oyentes. Pero en su enseñanza encontramos numerosas referencias a este caso, y en particular algunos hallazgos conceptuales que otros lectores de Freud habían dejado de lado. Durante el curso de 1987-1988, el Séminaire d’études approfondies, en el marco del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, dedicó una serie de sesiones al caso del Hombre de los lobos, dentro de un amplio debate sobre la clínica diferencial de la neurosis y la psicosis. De esas sesiones proviene el material que presentamos en el presente volumen.
Pero antes volvamos por un momento al texto de Freud, a fin de vislumbrar la orientación lacaniana en la lectura del caso. Como decíamos, una fobia infantil a los animales parece el síntoma más claro de su neurosis infantil. Pero enseguida empiezan a aparecer las dificultades: la cronología del caso es difícil de establecer, y siempre lo será. Observemos que éste es el único caso en el que Freud, para aclarar las cosas, añade una nota en la que intenta establecerla numéricamente y de manera ordenada. También existen otros síntomas infantiles, como el miedo al padre o los cambios de carácter, que resultan tan enigmáticos como su aparición y desaparición, aparentemente incausada.
En su insistencia en hallar la estructura de una neurosis obsesiva, Freud busca el elemento diferencial, que es, según el modo clásico que él mismo había establecido, el haber sido sujeto pasivo de una seducción en la infancia. ¿Quién fue entonces el agente de esa seducción? Quizás lo fuera la institutriz, o quizás la hermana. Entonces Freud emprende un trabajo de arqueólogo, en el que intenta suplir con ficciones las lagunas de la rememoración o del razonamiento clínico. Lo que echa en falta repetidamente es el complejo de castración, es decir, el complejo de significantes que remitan de manera inequívoca a la significación fálica. Es en esta búsqueda donde el sueño, ocurrido hacia los cuatro años del sujeto, de los lobos, o zorras, o perros, ocupa un lugar preeminente. Freud recorre todas las cadenas asociativas a las que invita ese sueño, hasta encontrar en su núcleo significante el relato de una escena originaria: un coito reiterado de sus padres, del que el Hombre de los lobos habría sido espectador en su primera infancia. Fue precisamente del análisis de este sueño de donde Lacan extrajo el término de nachträglich, de efecto retardado, sucedido retroactivamente, que Freud aplica al tiempo de comprensión de este sueño, y que para Lacan corresponde a la temporalidad propia de todo proceso de significación.
En su lucha por esclarecer el caso desde la lógica de la neurosis obsesiva, Freud atiende a diversas manifestaciones sintomáticas que apuntan en este sentido, como las que parecen generadas por significaciones religiosas, o las que responden a un goce anal, o a la relación del sujeto con la mujer a partir de un fantasma organizado por la representación de un coito a tergo. Pero existen otros fenómenos que parecen escapar del todo a esa lógica. En particular, es lo que sucede con la fantasía del sujeto de que el mundo está escondido tras un velo que se desgarra cuando, gracias a las lavativas administradas por su criado, puede defecar. A pesar de las apariencias, la significación anal no es ahí definitiva, entre otras cosas porque el sujeto mismo da cuenta de que, con la disipación de ese velo, quedó un sentimiento de crepúsculo del mundo «y otras cosas inconcebibles [ungreifbar]».
Y es el en el curso de la argumentación sobre este síntoma que Freud se ve forzado a introducir un concepto a cuya importancia nadie, antes de Lacan, había prestado atención: el de Verwerfung, traducido por José Luis Etcheverry como «desestimación» y para el que Lacan procuró la versión francesa de forclusion, que se ha ido imponiendo también en castellano. Más precisamente, Freud recurre a ese término para resolver la contradicción lógica que se establece entre dos términos, de un lado la identificación femenina del sujeto y del otro la angustia de castración. Tal como se expresa Freud, el sujeto «forcluyó lo nuevo [...] y se atuvo a lo antiguo», para precisar, unas líneas más abajo, que «una represión [Verdrängung] es algo diverso de una forclusión [desestimación, Verwerfung]». Unas páginas más adelante, Freud precisa aún: «Cuando dije que la forcluyó [desestimó], el significado más inmediato de esta expresión es que no quiso saber nada de ella siguiendo el sentido de la represión». La represión, en efecto, es aquí un modo de saber para el inconsciente, aunque sea poniéndolo bajo el signo de la negación. Es decir, la represión equivale al saber en el inconsciente. Bien diferente de esto es otro modo de no saber para el inconsciente, la forclusión, según la cual el inconsciente no sabe nada, ni siquiera bajo el signo de la negación. Las complejas explicaciones freudianas se aclaran entonces con la distinción rigurosa de estas dos relaciones del inconsciente con el saber: represión como saber admitido con la marca de la negación, y forclusión como saber «mandado a paseo», como ironiza Lacan, es decir, como si no hubiera existido jamás.
Una vez formulada esta explicación, Freud aplica esta lógica a un fenómeno que no dudamos en calificar de «elemental»: la alucinación del dedo cortado, que, por más que Freud lucha por encajar en su argumentación sobre la neurosis infantil, aparece con las características de algo singular y totalmente descontextualizado. El texto mismo de Freud, su manera de puntuarlo y de cambiar de tema, muestra algo de la lógica del concepto de forclusión. La cual podemos atribuir tanto al contenido de la alucinación como a la soledad en la que el niño de cinco años acoge esa vivencia. Y también como desligado de toda cadena asociativa surge el recuerdo del batido de las alas de la mariposa negra y amarilla. Si bien esas alas que se abren y se cierran remiten al sexo femenino, más allá escriben la letra V, o mejor a la cifra romana V del reloj, pues aquella letra no existe ni en el alfabeto ucraniano ni en el ruso. Esa cifra, asociada por Freud a la aparición y desaparición del pene del padre en el coito, pero que puede ser tomada en su valor de trazo, o rasgo, o rastro de goce, es lo que sobrenada en el relato de la escena originaria. Añadamos, para concluir el tema de esa escena originaria, la observación de Freud de que el sujeto no mantenía una relación sólo de fijación con ella, sino además de «arrebato» [gebannt].
Ruth Mack Brunswick recogió en su artículo de 1928 el análisis de algunos síntomas del Hombre de los lobos, especialmente un agujero producido en la nariz por un grano y la certeza de que todo el mundo miraba ese agujero, para concluir con un diagnóstico de «paranoia de tipo hipocondríaco». Según Brunswick, la idea hipocondríaca sería solamente una pantalla tras la cual estarían las ideas delirantes persecutorias. En su argumentación añade también el carácter parcial de su delirio (en el sentido clásico de la paranoia), los cambios de carácter, la ausencia de alucinaciones, el delirio de grandeza y un «empuje a la mujer» bien manifiesto en el goce de la mutilación. De este goce da Brunswick manifestaciones clínicas, como la misma alucinación del dedo cortado en la infancia, u otras posteriores, como la vivencia de éxtasis cuando vio correr la sangre en la operación en la que el médico le extirpó la glándula infectada de la nariz, o el detalle del gesto feminizante del sujeto cuando se saca repetidamente un espejo del bolsillo para empolvarse la nariz.
Para Jacques-Alain Miller, la introducción del término «forclusión» indica que ya para el mismo Freud el Hombre de los lobos no es un neurótico como los demás. La decisión de Freud de limitar el tiempo de la cura habría sido un modo de poner definitivamente al tratamiento dentro de la lógica del no-todo: no todo será dicho, porque ya no quedará tiempo. Y precisamente eso que no entrará jamás en la palabra de la cura es, a la vez que lo más interesante, lo más difícil de objetivar. La forclusión indica un significante que no tiene significación y que, por lo tanto, no puede entrar en la lógica de la comunicación. De ahí la soledad del sujeto psicótico, remitido al acto, al delirio, a la alucinación, a todos los síntomas que toman la forma de lo que no es contextualizable. Y, añadamos, la soledad también del psicoanalista, que no puede, en curas como la del Hombre de los lobos, embaucarse con las apariencias de una comunicación, aunque fuera de inconsciente a inconsciente.
En el caso del Hombre de los lobos entonces, el orificio anal, y el fantasma de concepción anal, no ha de ser tomado como una expresión que daría sustento a una significación fálica, por más neurótica que sea: es un evitamiento forclusivo de la castración. La prueba es que ese «no querer saber nada» de la castración consuena perfectamente con las dificultades del Hombre de los lobos para entenderse de algún modo con su pene.
La pregunta freudiana sobre la castración es si debemos encontrar su causa en el padre. La pregunta lacaniana, en cambio, es si esa causalidad se puede extender a la significación: ¿es el significante la causa del significado? Si lo admitimos, podemos localizar fallos en esa relación, y encontrar un significante que no causa ninguna significación. Por ello Lacan traslada la pregunta freudiana sobre el padre al significante del Nombre-delPadre. Puesto que el significado del falo sería la significación fálica o, como dice Lacan, la expresión «significación fálica» es redundante, su significante sería lo más próximo al significante sin significado. Si decimos entonces que ese Nombre-del-Padre causa la significación fálica, lo que estamos diciendo es que causa la significación como tal. La falta de este significante provocaría entonces una explosión del significado: el delirio, la alucinación, la melancolización, la hipocondría, los fenómenos elementales, etc.
Vistas así las cosas, nos podemos preguntar si todo fenómeno psicótico se puede atribuir a una causalidad en el orden de la significación paterna. ¿O basta ligar el fenómeno en sí a una forclusión de la significación misma, es decir, de la significación fálica misma? Si fuera así, podríamos distinguir dos modos de forclusión: la referida al significante del Nombredel-Padre y la referida a la significación fálica. En este caso habríamos de incluir una consistencia no-toda de la significación, es decir, no totalizada por el significante del falo.
Jacques-Alain Miller señala que la argumentación freudiana a favor del diagnóstico de neurosis obsesiva se basa en el «debate con los temas de la religión» mantenido con el sujeto. De acuerdo, podría tratarse de las relaciones entre el significante del Nombre-del-Padre y la significación fálica causada por él. Pero ahí aparece un enigma, que muestra precisamente ese no-todo de la significación: teniendo el sujeto diez años, y tras unas conversaciones con un preceptor alemán, toda su piedad se desvaneció. Y, si bien la discusión de las interpretaciones religiosas del paciente —sobre el lugar del padre, el sacrificio, o el ritual— se prolonga a lo largo de todo el caso, en realidad se despliega entre las dos dimensiones, distinguidas por Lacan en su escrito de 1966, «La ciencia y la verdad», de la magia y de la religión. Podemos desplazar entonces las discusiones desde el valor de causa final de un supuesto significante paterno que operaría universalmente y de manera descifrable al tema de la causalidad eficiente del significante.
Miller destaca asimismo el interés del estilo de escritura del caso: no pudiendo desarrollar su forma cronológica, adopta una forma envolvente, como una reescritura de todo el caso a partir de cada detalle clínico nuevo que va introduciendo. Lo que resulta más llamativo entonces es que, en toda esa escritura freudiana que va dando vueltas en torno de un núcleo inconceptualizable, se destaca la inmensa dificultad para localizar al padre simbólico, a la vez que nunca desaparece del todo el carácter imaginario de la realidad que el sujeto describe en su análisis. Dicho de otro modo, hay tantos encuentros del sujeto con un padre, que la resultante es la inexistencia misma de ese padre. Y precisamente a partir de esta posición de un núcleo inconceptualizable, de la proliferación casi ilimitada de formaciones simbólicas, y del carácter irreal de las descripciones del Hombre de los lobos, Miller puede destacar hasta qué punto el trabajo de Lacan sobre este caso resultó fundamental para la constitución de la distinción lacaniana de lo real, lo simbólico y lo imaginario.
El seminario avanza intentando clarificar los dos órdenes de goce del sujeto, uno ligado a la forclusión del Nombre-del-Padre, y otro apoyado en el significante , en tanto se lo puede tomar como un recorte real sobre el cuerpo. Este ordenamiento nos permite ver de qué modo Freud, llevado por su escritura, va recorriendo todas las combinaciones de estos dos elementos fundamentales con todos aquellos que podrían proporcionar una ley del goce: la oposición entre actividad y pasividad, la presunta homosexualidad del sujeto, la posición supuestamente femenina del coito anal, e incluso un atisbo de lo que sería la posición pulsional del sujeto en un exhibicionismo de sus propios malestares.
Otro tema importante es la comprensión que esperamos en la clínica psicoanalítica del complejo de castración. ¿Hay que entenderla como una feminización? ¿Como una emasculación? ¿Se trata de homosexualidad? Para responder a estas preguntas, el seminario de Miller introduce la psicosis, representada por Schreber, y la pone en un lugar de comparación con el caso del Hombre de los lobos. A partir de esa entrada en escena de Schreber, la problemática freudiana fundamental aparece bajo una luz nueva. En el horizonte se suscita la pregunta: ¿cómo hay que introducir lo genital en el inconsciente real, cuando hemos dejado a la función fálica en su lugar de elemento simbólico? O, dicho de otro modo: ¿de qué goza un padre? Y, cuando un hombre goza de una mujer, ¿goza como padre? Para responder a estas cuestiones, ya lo vimos, la distinción entre real, imaginario y simbólico es imprescindible. A partir de esa distinción podemos distinguir el padre de la religión, el padre que goza de (todas) las mujeres, el padre de la ley, el padre que nombra, el padre real, la función paterna, etc. También así se hace funcional el concepto de forclusión (retorno en lo real de lo que fue suprimido en lo simbólico), diferenciado de la represión (retorno en lo simbólico de lo que fue censurado en lo simbólico). Si hacemos equivaler lo simbólico a la represión, entonces hemos de definir qué es forcluible: ha de ser algo ligado a lo real de algún modo, entendiendo que ese algo real es imposible de simbolizar por naturaleza, que su dimensión simbólica es sólo parcial, o que es como la faz de algo que no tiene ningún reverso. Para entenderlo debemos establecer que hay, de un lado, lo real del discurso y, del otro, lo real del cuerpo. O, también, que hay dos tipos de agujeros, uno que puede atribuirse a la ley, y otro al cuerpo.
Como vemos, el esfuerzo de ese seminario —del que sólo evocamos aquí algún aspecto, como aperitivo— era el de adentrarse en una lógica que pueda orientarnos en la transmisión de la clínica psicoanalítica, sobre todo cuando se refiere a la psicosis. El antecedente de este esfuerzo fue la enseñanza de Lacan sobre la psicosis, que nos permite ya darnos cuenta de los gigantescos obstáculos que Freud encontraba al ponerse frente a un síntoma para el que construía, avanzando como un verdadero conquistador en un territorio nunca explorado, un tratamiento psicoanalítico.
El seminario que dirigió durante algunos años Jacques-Alain Miller tomó como objeto, entre diciembre de 1987 y marzo de 1988, el texto de Freud. En esa ocasión se trataba de preparar el Quinto Encuentro Internacional del Campo Freudiano, que debía tener lugar en Buenos Aires en julio de ese mismo año. Quienes tuvimos el privilegio de asistir aunque fuera sólo a algunas de las sesiones guardamos un recuerdo imborrable de un estilo de comentario y discusión que no dejaba a nadie indiferente. De algún modo, el texto de Freud era abordado teniendo presente todo el tiempo la lectura del escrito de Jacques Lacan «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis» realizada anteriormente en el mismo seminario.
La fundación de la École de la Cause freudienne, realizada a comienzo de la década de 1980, había provocado un trabajo fundamental sobre el Seminario XI de Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis y el escrito «Posición del inconsciente», que recoge algunos de sus desarrollos. La enseñanza, orientada por Jacques-Alain Miller, giró muy a menudo durante algunos años en torno a los pares de términos síntoma y fantasma, alienación y separación, significante y objeto a. Este extraordinario seminario de Jacques-Alain Miller, en el que participaban muchos de los miembros más significados de esa Escuela, aún joven, emprende una discusión sobre la posibilidad de aplicar esta distinción a la psicosis. Desde este punto de vista, podemos atribuir a Freud una búsqueda, hecha bajo los términos de la sexualidad infantil, del fantasma fundamental del Hombre de los lobos. Vale decir que, ese fantasma, Freud lo encuentra a partir del sueño fundamental de los lobos. Pero ¿era el fantasma fundamental? ¿O se trataba de una escritura freudiana de la forclusión aún no inventada? La cuestión era importante, porque en ambos casos se trata de la inclusión de lo real en la clínica. Síntoma y fantasma, en una primera lectura del seminario XI y de «Posición del inconsciente», pueden entenderse como dos modos de encaje de lo simbólico y lo imaginario: la alienación al significante en el síntoma, y la separación de un objeto, el objeto a, descrito como real, bien delimitado por un axioma simbólico fundamental para el sujeto, e incluido en la organización imaginaria que es, a fin de cuentas, el fantasma. De ahí la doctrina del fin del análisis como travesía del fantasma, entendamos su trayecto hasta el borde del maelstrom que representa ahí lo real. Pero el caso del Hombre de los lobos nos enfrenta con otro problema: el objeto a es tomado desde su lado real, es decir, como imposible de simbolizar, y equivalente a la presencia real del psicoanalista en la cura. ¿Estaba presente Freud en el caso del Hombre de los lobos? ¿Quizás demasiado presente? ¿O quizás estuvo ausente, buscando la sexualidad infantil allí donde no organizaba nada? En cualquiera de los casos se imponía un retorno sobre lo simbólico, examinado ahora desde la psicosis. La «Cuestión preliminar» de Lacan muestra la posibilidad de que en la dimensión de lo simbólico se abra un agujero, que sólo resulta soportable para el sujeto en la medida en que una construcción imaginaria (delirio, hipocondría, alucinación, etc.) es capaz de rellenarlo con una realidad suplente. Pero diciendo eso nos saltamos el paso lógico de entender cuál es la naturaleza de ese agujero posible en lo simbólico. Lacan propone dos agujeros, que entran en una relación de homología: el que corresponde a la forclusión de un significante primordial, el del Nombre-del-Padre, y el que atribuiríamos a la forclusión de la significación fálica como tal. En el primer caso, la realidad encuentra como ley tan sólo la del significante, con lo que todo se pone a significar, como en la paranoia. En el segundo, es el cuerpo propio el que se encuentra falto de significación, pues el significante del falo es lo que le da su unicidad; de ahí las fantasías de mutilación del Hombre de los lobos.
Pero quizás más importante que esto es la introducción, con la clínica psicoanalítica de las psicosis, de una nueva exploración de la causalidad. Los términos de alienación y separación suponen en gran medida un mecanismo causal de las neurosis; por supuesto, el sentido de la causa se modifica cuando el efecto no es un síntoma concreto, sino el sujeto mismo. Esto permite hablar de una causa freudiana, distinta de las causas conocidas por la ciencia. Pero a partir del examen de las psicosis hay que tomar en cuenta una nueva causalidad, quizás la que indica el grafismo V en el que Lacan resume toda la escena originaria cuando comenta el caso del Hombre de los lobos en su Seminario XVIII. La escena sólo es causal entonces en la medida en que deja un rastro de escritura, una escritura llena de goce por decirlo así; por tanto, como se aplica al cuerpo mismo del Hombre de los lobos, que la instala en su cuerpo con la alucinación del tajo entre el dedo meñique y la mano, en el desgarramiento del velo del mundo, y que acaba tomando como sigla de su nombre iniciándolo con una doble V, para firmar como Wolfsman sus producciones artísticas. Ese es el resto real de una transferencia interminable con Freud, quien le otorgó ese nombre al publicar su caso.
El estilo de trabajo que se practicaba en el seminario de Jacques-Alain Miller provenía de la gran escuela de lectura de los que fueron sus maestros en las letras. Esa formación sin par, en buena parte una creación de la Universidad francesa, consiste en dar al texto todo el valor que merece y considerar posible una transferencia con él, más que con su autor. El procedimiento de la lectura sigue las reglas cartesianas de buscar las evidencias, dividir las dificultades en unidades significantes, ir de lo más simple a lo más complejo y hacer enumeraciones y revisiones completas. Esto, aplicado a la lógica de un texto, revela elementos fundamentales y hace surgir niveles de sentido que una lectura inmediata, analógica, vagamente universitaria, no revelaría. Lo que la enseñanza de Lacan añade ahí es que, más allá de los niveles de sentido, está aquello que los causa, o que causa su dislocación, y que causa las tensiones y ambigüedades que se producen entre los conceptos: la enunciación de quien escribe, es decir, el deseo, que en este caso es el deseo, decisivo para el psicoanalista, de Sigmund Freud. O, si se quiere, todo se resume en tomar al texto como síntoma a analizar. Así es como este seminario de Jacques-Alain Miller nos sigue enseñando cómo hay que leer; y cómo hay que leer a Freud en particular, a nosotros que, siguiendo el ofrecimiento de Lacan en Caracas, en la que sería su última lección de seminario, queremos ser lacanianos.
Un año más tarde, Jacques-Alain Miller interrumpió este seminario bajo la forma que podemos encontrar en el presente volumen; pero nunca interrumpió su enseñanza, que desde 1981 hasta hoy se mantiene en sus cursos sobre la Orientación Lacaniana. En aquel momento habían pasado nueve años desde la muerte de Lacan, y había que constatar que su enseñanza había pervivido, que su valor era cada vez superior, hasta el punto de que los psicoanalistas de todas las escuelas se consideraban, en mayor o menor medida, lacanianos. A nadie se le escapaba que eso implicaba también una trivialización de los contenidos y un incremento de la resistencia a esa enseñanza. Se abría una nueva época en la enseñanza de los lacanianos, y la alternativa política del primer momento —o Lacan o la IPA— se había transformado en otra, entre el psicoanálisis de un lado y, del otro, las suplencias siniestras para el malestar cuyas formas la civilización renueva sin cesar. La lectura de la que da muestra este seminario había llegado a un límite: se trataba, a partir de la convicción adquirida, de salir al campo donde se debate el futuro del psicoanálisis. Pero el valor formativo de ese estilo de lectura debe ser practicado continuamente si queremos seguir extrayendo las enseñanzas que contiene un texto como el caso del Hombre de los lobos. Se trata siempre de seguir la indicación de Freud, cuando al final de su «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico» nos invitaba a seguir sustentando esa idea fuerte que es el psicoanálisis.
EL HOMBRE DE LOS LOBOS
I
SITUACIÓN DEL PROBLEMA
REINTERPRETACIONES
Me alegro de que hayamos despertado el problema del Hombre de los lobos.1 Hemos de confesar que cualquier bibliografía que se elabore a propósito de este caso es evidentemente satírica. En efecto, tenemos a todos aquellos psicoanalistas que se ocuparon de él, a todos sus comentaristas y después a todas las variaciones de esos psicoanalistas y sus comentaristas, lo que alimenta ya una enorme literatura. En el fondo, es un asunto de reinterpretación. Es éste un término que encontramos a menudo en el texto del Hombre de los lobos en todos sus niveles. Por una parte, dicho texto es un escrito que polemiza contra las interpretaciones del psicoanálisis que hicieron Jung y Adler. Por otra, el propio caso es la reinterpretación de una neurosis infantil aparecida quince años antes. Otra reinterpretación, por lo tanto. ¿Qué captamos de verdadero en él quince años después? ¿Verifica este caso, o no, las interpretaciones hostiles que se hicieron de él? Saben ustedes que Freud adoptó distintas posiciones respecto a la realidad o al carácter fantasmático de la escena primitiva. En otras palabras, ese rasgo de reinterpretación está ciertamente presente en todos los planos. El estilo no es en absoluto el que Freud empleó para el Hombre de las ratas: el Hombre de los lobos está atrapado por lo que relata que le sucedió quince años antes. Resulta muy curioso. Es como si no tuviéramos el caso del momento sino el caso que se captó en su reinterpretación.
Freud confecciona este caso extrayendo ciertos rasgos que la cura analítica puso de relieve:2 «la tenacidad de la fijación», su extraordinaria propensión a la ambivalencia e incluso a la vacilación y, «como tercer rasgo, una constitución que debe llamarse arcaica, la facultad de mantener las investiduras libidinales más diversas y más contradictorias», capaces de funcionar codo con codo. En el fondo, la variedad de los diagnósticos recibidos se debe a lo que Freud nos proporciona: un caso en el que coexisten los vínculos libidinales más variados y contradictorios. El esfuerzo de Lacan, acentuando uno u otro punto, se encamina esencialmente a ordenar los diversos vínculos libidinales coexistentes. Intenta ordenarlos y repartirlos, estratificándolos a veces, incluso jerarquizándolos. Los diagnósticos dependen entonces de la manera en que se ordenan esos vínculos libidinales: neurosis con tendencia psicótica, caso límite con tendencia al acting out, obsesión con fuerte tinte paranoide, etc. Sustentando todo ello sobre ese tercer rasgo que Freud pone de relieve.
LA CASTRACIÓN: UN PROBLEMA FREUDIANO
No podremos retomar el conjunto del caso sobre esta base, pero podemos ir a lo esencial, es decir, al problema de la castración. Señalemos rápidamente que no parece que Lacan pusiera la cuestión del Nombre-del-Padre en el centro del caso, aun cuando es algo importante. Cuando introduce, no la forclusión como tal —lo que realizó dos años antes—, sino la forclusión del Nombre del Padre, ya no cuestiona el Hombre de los lobos. Sin embargo, es una indicación que hay que tener en cuenta.
Este problema de la castración, que no está muy claro en Freud, trata de resolverlo Lacan. Son tentativas de solución. Evidentemente, al poco tiempo, esas tentativas de solución pueden convertirse a su vez en problemas. Pero, en fin, son ante todo intentos de solución de un problema freudiano.
Tomemos el pasaje en que Lacan se apoya para su «Respuesta al comentario de Jean Hyppolite».3 Freud hace un resumen extremadamente claro de esa coexistencia de vínculos libidinales. En un sentido, el Hombre de los lobos nunca ha reconocido la castración y, en otro sentido, la reconoce. Les cito a Freud: «Nos ha devenido notoria la inicial toma de posición de nuestro paciente frente al problema de la castración. La desestimó [verwarf] y se atuvo al punto de vista del comercio por el ano. Cuando dije que la desestimó, el significado más inmediato de esta expresión es que no quiso saber nada de ella siguiendo el sentido de la represión [esfuerzo de desalojo]. Con ello, en verdad, no se había pronunciado ningún juicio sobre su existencia, pero era como si ella no existiera. Ahora bien, esta actitud no puede ser la definitiva, ni siquiera podía seguir siéndolo en los años de su neurosis infantil. Existen buenas pruebas de que él había reconocido la castración como un hecho. Se había comportado también en este punto como era característico de su naturaleza, lo cual por otra parte nos dificulta muchísimo tanto la exposición como la empatía».4 Tenemos entonces, en primer lugar, la Verwerfung de la castración y, en segundo, su reconocimiento, pero con el hecho de que este reconocimiento de la castración reviste dos modalidades: primero resistió y luego cedió. Pero la segunda reacción, nos dice Freud, no suprime la primera. Tenemos pues una triple arquitectura:

Freud precisa: «Al final subsistieron en él, lado a lado, dos corrientes opuestas, una de las cuales abominaba de la castración, mientras que la otra estaba pronta a aceptarla y a consolarse con la feminidad como sustituto. La tercera corriente, más antigua y profunda, que simplemente había desestimado la castración, con lo cual no estaba todavía en cuestión el juicio acerca de su realidad objetiva, seguía siendo sin duda activable».
En un sentido, es verdad que el conjunto del caso del Hombre de los lobos se nos presenta en el marco de su neurosis infantil, e incluso de su neurosis adulta. Sin embargo, existe la anotación de una resistencia masculina a la castración y la adopción de una posición femenina, con un asunto, por debajo, capaz siempre de entrar en actividad. Lo que dice Freud es extraordinario a pesar de todo. Indica sin embargo que lo que pasó a continuación ya estaba anunciado. Ahí radica también la importancia de la famosa escena primitiva, puesto que se supone que tuvo el efecto de producir en el paciente la convicción de realidad de la castración. La convicción, Überzeugung, es una posición subjetiva. El punto de partida de Freud es que una neurosis infantil precede a la neurosis ulterior.
En este marco, ¿cuál es el problema teórico que plantea la manera con la que Freud expone este caso en sus diferentes etapas? Freud descubre la Verwerfung de la castración en la teoría anal del coito. La analidad está implicada allí, pero también lo está en la adopción de la posición femenina. La analidad se encuentra pues en dos lugares mientras que, de hecho, tiene dos relaciones diferentes desde el punto de vista estructural.

¿Cuál es entonces el problema teórico? El problema que Lacan plantea simplemente es: ¿cómo formular la coexistencia de la Verwerfung con el reconocimiento de la realidad? No hay treinta y seis soluciones: o decimos que se produce en el mismo punto —rechaza la castración y al mismo tiempo la reconoce—, o bien las repartimos —se distingue a qué nivel se produce una y a qué nivel la otra.
ENTRE SIMBÓLICO E IMAGINARIO
Lacan las repartirá entre simbólico e imaginario. Es la primera distribución que hace diciendo que, desde el punto de vista imaginario, hay una captura homosexualizante, feminizante, etc. Sitúa la identificación con la madre en el registro imaginario, y coloca en el registro simbólico todo lo que se reafirma como identificación con el padre. Tenemos entonces esta distribución: el yo no estoy castrado en el nivel simbólico y la posición femenina en el nivel imaginario. Ésta es su primera tentativa. Freud, nos dice Lacan, reconoce «en el aislamiento simbólico del “yo no estoy castrado”, en que se afirma el sujeto, la forma compulsiva a la que queda encadenada su elección heterosexual».5 Lacan lo convierte en un paquete. Coloca juntos la posición masculina y el yo no estoy castrado. Lo que designa más bien el plano en el que hay una resistencia, en el que se abomina de la castración; lo que en Freud es compatible por completo con la posición masculina. Por un lado, tenemos esa posición subjetiva simbólica del yo no estoy castrado y la constancia de una elección de objeto heterosexual compulsiva: me gustan las sirvientas a cuatro patas cuando friegan el suelo junto a una escoba. Por el otro, tenemos el registro imaginario de la identificación con la madre, es decir «el efecto de captura homosexualizante que ha sufrido el yo conducido a la matriz imaginaria de la escena primitiva».
Agnès Aflalo6 ha señalado este desfase, este emplazamiento de lo imaginario y lo simbólico. En cierta manera, la cuestión fundamental va a ser el reparto de lo imaginario y lo simbólico. La primera distribución consiste en decir que lo imaginario está aquí y lo simbólico allá, entre la protesta viril y la posición femenina. Finalmente se desplaza, y ese reconocimiento será sin embargo esencialmente del orden de la suplencia.
Es totalmente exacto que no hay referencia al Hombre de los lobos en la «Cuestión preliminar...». Sin embargo, me parece que está presente, aun sin ser explícita, cuando Lacan, para sorpresa general y de una manera que no parece desprenderse directamente de la lógica del texto, distingue entre la forclusión del Nombre del Padre y la elisión del falo. Se pregunta si Φ0 es solamente consecuencia de la forclusión del Nombre del Padre o si es un mecanismo independiente. En un primer análisis, me parece que no es ilegítimo distinguirlas en tanto que esa elisión del falo está singularmente próxima al caso por un lado, y por otro a lo que el propio Lacan escribe en esta primera propuesta que menciona, del lado imaginario, «el efecto de captura homosexualizante del yo llevado a la matriz imaginaria de la escena primitiva».
Lacan se esfuerza por solucionar la paradoja distinguiendo dos planos, el del reconocimiento y el de la Verwerfung. Tenemos siempre dos términos que intentan oponerse lógicamente. La respuesta a Jean Hyppolite supone una escansión lógica. Se trata del momento en que aisla la forclusión como el mecanismo simbólico contrario a la Bejahung. El reconocimiento de la castración, incluyendo la protesta viril y la posición femenina, se convierte a partir de ahí en algo imaginario. Una vez planteada como tal, la forclusión permitirá leer el caso Schreber apoyado esencialmente en el Nombre-del-Padre. No parece que Lacan haya puesto nunca en tela de juicio la forclusión del Nombre-del-Padre en el Hombre de los lobos. Lo que traducimos diciendo que es una Verwerfung que no alcanza a implicar al orden simbólico en su totalidad. Si en este momento decimos que es un borderline, avanzamos algo estructural. Si no hay forclusión del Nombredel-Padre, ¿es psicótico o no? ¿Se trataría de un neurótico? Porque hay, pese a todo, esa corriente, la más profunda, que no admite la castración, que es del orden de un: ∃x · Φx.
Esto plantea algunas dificultades respecto a la neurosis. El Hombre de los lobos no es un neurótico como los demás. En cuanto a la dificultad propia de este caso —para nosotros, para quienes nos han precedido y para el propio Freud—, Lacan da la siguiente explicación. En esta ocasión, Freud se encontró en la posición de producir un ∃x · Φx. al plantear que la cura ya había durado bastante; su iniciativa de ponerle un límite a la cura. En esa «iniciativa de Freud —dice Lacan— [...] podemos reconocer, tanto como en su insistencia en volver sobre el caso, la subjetivación no resuelta en él de los problemas que este caso deja en suspenso».7
10 de diciembre de 1987
II
EROTISMO ANAL, CASTRACIÓN, PARANOIA
La vez anterior, nuestro hilo conductor consistió en mostrar cómo, en distintas ocasiones, Lacan intenta elaborar un sistema binario a propósito de la posición del Hombre de los lobos con respecto a la castración. Y que no siempre parece que sitúe ese binarismo en idénticos términos. En todo caso, no siempre son los mismos términos los que están explícitamente en juego. Después, cuando adopte una posición radical en relación con la Verwerfung, ya no hablará del Hombre de los lobos. Resumo así las cosas.
Tenemos en primer lugar la ignorancia a propósito de la castración, es decir la concepción oral de la relación sexual. En segundo lugar, el problema planteado sobre la concepción genital de la relación sexual. Después, y respecto a esta concepción genital, tenemos igualmente dos actitudes del Hombre de los lobos: su Verwerfung y su reconocimiento. Pero, como apunta Freud, este elemento nunca fue completamente eliminado y continuó coexistiendo. Ya les cité este pasaje clave: «Al final subsistieron en él, codo con codo, dos corrientes opuestas, una de las cuales abominaba la castración, mientras que la otra estaba pronta a aceptarla y consolarse con la feminidad como sustituto. La tercera corriente, más antigua y profunda, que simplemente había desestimado la castración, con lo cual no estaba todavía en cuestión el juicio acerca de su realidad objetiva, seguía siendo sin duda activable».
Es éste el diagnóstico más completo que formula Freud en su texto sobre el Hombre de los lobos. Existe esa actitud ambivalente respecto a la castración y, por debajo, una actitud de Verwerfung fundamental. Lo que quiere decir que el propio reconocimiento está dividido a su vez: abominar de la castración o aceptarla, lo que hace que el erotismo anal se encuentre en dos lugares. Hay por lo tanto tres corrientes fundamentales: abominar de la castración o aceptarla, pero con la tercera corriente siempre reactivable.
Si Freud se apresuró de esa manera para desembarazarse de este paciente y si, habiéndose desembarazado de él, volvió teóricamente al caso con tanta insistencia es porque él, Freud, no había subjetivado los problemas que estaban en juego. Es el diagnóstico de Lacan. Me permití indicar la última vez que, al quedar como un problema sin resolver, el diagnóstico de Lacan sobre el caso podría extenderse al conjunto de la comunidad analítica.
LO QUE NO SE REABSORBE EN EL SIGNIFICANTE
El punto preciso del que se trata es el que queda fuera del significante. En el momento en que emprende su enseñanza, Lacan no ha adoptado del todo ese punto. Para él, se trata de plantear una teoría del psicoanálisis partiendo ante todo del inconsciente y su interpretación, es decir del sentido. Incluso aunque destaque a continuación la función del significante, es la función del sentido la que se impone. En Freud hay ya una oposición entre la búsqueda de la causa en el plano de la pulsión, del instinto o del desarrollo, y la interpretación de los sueños. Freud parte de la voluntad de encontrar la causa del proceso, de encontrarla a través de las fechas, teniendo en cuenta la maduración del sujeto, con la incidencia del abuso genital, del incidente, etc. Intenta dar una teoría neuronal del aparato psíquico y, al mismo tiempo, atiende a cierto número de pacientes y descifra sueños. Se da cuenta entonces de que no puede dar una forma definitiva a ese proyecto científico, pero que, en cambio, hay resultados por el lado del sueño y de su interpretación. Publica entonces La interpretación de los sueños en lugar de la teoría neuronal. Solamente con los Tres ensayos de teoría sexual vuelve a poner al día la otra corriente.
Tenemos así una doble vertiente del descubrimiento freudiano. Dos vertientes que encontramos formuladas de nuevo, diferenciadas y jerarquizadas por Lacan en su informe de Roma. En él indica de manera especial que en toda interpretación hay fenómenos de sentido. Hay pues una causalidad específica: la causalidad semántica, que se convertirá en la causalidad significante. A este respecto, el psicoanálisis es como la historia y eso no tiene nada que ver con el desarrollo. En psicoanálisis hay que separar por tanto la teoría del desciframiento del inconsciente de la teoría de las pulsiones. La teoría de las pulsiones, que es incluso el fundamento de la Egopsychology, es una dimensión secundaria e hipotética.
Hay que fijarse bien en que éste es el problema princeps del psicoanálisis como disciplina. Es el problema princeps de la unidad del psicoanálisis. Aún permanecemos en él, es decir: ¿hay un desarrollo autónomo del instinto?, ¿y cómo puede hacerse compatible con lo que el propio Otto Kernberg nos aporta tímidamente con la relación de objeto? Precisemos que la relación de objeto representa en el fondo una relación con el Otro. La elección de la Egopsychology, es decir, que haya que orientarse con la teoría de las pulsiones —subordinando a ella los fenómenos de interpretación— es contraria por completo a la de Lacan. Si Lacan se hubiera limitado a eso, habría podido calificarse su actitud, evidentemente, como una represión de la pulsión, o incluso una forclusión de la pulsión. Por lo tanto, se esforzará por escribir de nuevo la llamada teoría instintiva de manera compatible con los datos de la relación con el Otro. Decir, como digo, los datos, es tomar como punto de partida la propia relación analítica. Lo que vincula a Lacan con Freud, y de manera necesaria, es que Freud, para inventar el psicoanálisis, partió de un punto exterior que le sirvió de palanca, mientras que el punto de partida de Lacan es la relación analítica ya existente como tal, lo que pone en primer plano la relación con el Otro, los fenómenos de interpretación, etc.
Vean entonces que expongo un punto de vista que puede fundamentarse de muchas maneras. Se fundamenta en el mismo itinerario de Freud. Se fundamenta en la elección de la Egopsychology. Se fundamenta también en el gesto inaugural de Lacan, que sitúa las pulsiones en un lugar subordinado para luego hacer el esfuerzo de reconocer que no todo es significante y significado.
Dije que lo que ante todo era impensable en el informe de Roma era el objeto a. Agnès Aflalo señala de una manera muy pertinente que eso tiene una incidencia precisa sobre el problema de la represión y la forclusión. No sólo que el objeto a es impensable, sino que también lo es el concepto de forclusión. Entonces, en el fondo, el traumatismo podría ser reabsorbido: o bien se borra y no prende en la cadena indestructible del inconsciente, o bien tiene un sentido que puede ser revelado y modificado. A este respecto, ya no existiría el traumatismo como tal ni el goce que lo acompaña. Se podría reabsorber íntegramente en el discurso, en el significante y el significado. Esto en cuanto al a minúscula.
Pero hay más. Cuando estamos en el campo de la palabra y el lenguaje, todo tiene un sentido, un sentido que puede aprehenderse y circular. Por el contrario la forclusión significa, en su uso radical, que hay un elemento del lenguaje que ya no entra en el circuito, que está aparte, que no deja sentir sus efectos sino a través de su ausencia, y que moviliza gran cantidad de significaciones en torno a esta ausencia sin que tales significaciones lleguen a reunir ese significante. Lo que enseña, entre paréntesis, hasta qué punto el estatuto del significante-amo, el significante solitario, tiene un estatuto bastante próximo al del objeto.
La noción de Verwerfung supone que hay un elemento lingüístico significante —y no un sentido— que queda sustraído del circuito. En caso contrario tendríamos solamente, como dimensión fundamental, la represión del significado. Por otra parte, ¿qué es el síntoma en el informe de Roma? El significante de un significado reprimido. Y cuando son los significados los que se reprimen, ¡pues bien!, la Verwerfung no es pensable.
Hay que situar la tesis de la comunicación invertida en relación con esto. ¿En qué consiste la famosa forma invertida? En la Verdrängung, especialmente apropiada para la denegación. Implica el no es eso, pero acabas de decirlo. Es el je t’aime, moi non plus.* La comunicación invertida es una fórmula seductora para Lacan porque vincula el fenómeno de la denegación con el estadio del espejo, es decir, con la inversión de la relación especular. No olvidemos que, para el Lacan de esa época, la Verdrängung se vincula con el yo. Tiene, en cada ocasión, el estatuto de una inversión especular. Sólo de una manera progresiva separa Lacan la represión de esa inserción en el registro especular. En «Acerca de la causalidad psíquica», donde, en el fondo, la única categoría en funcionamiento es lo imaginario, la noción de inversión lleva a una teoría imaginaria de la denegación. Lo que, evidentemente, empieza a cambiar de sentido a partir del momento en que, en el informe de Roma, lo imaginario y lo simbólico se distinguen.
Para que el concepto de forclusión tenga valor, es preciso un elemento que no sea susceptible de ser comunicado en el lenguaje. Un elemento sin embargo paradójico, puesto que es un significante que no tiene significado y que no puede entrar de ninguna manera en la comunicación. En todo caso, es un elemento que escapa a la dialéctica del sentido. La tesis que Lacan elabora ulteriormente sobre el goce en las psicosis parece tener aquí su origen, su punto de sujeción. Hay una conexión entre reconocer la forclusión en su radicalidad —es decir, como la existencia de un elemento no reabsorbible en el lenguaje— y reconocer la existencia de un goce que, de hecho, no es reabsorbible en el circuito de la palabra. De manera que el plusdegozar no entra en lo universal, contrariamente a lo que Lacan quería hacernos creer en un principio. No olvidemos que el Lacan que inventa el objeto a es el mismo que formuló, al final de su informe de Roma, que la satisfacción de cada cual puede encontrarse, cruzarse y llevarse a efecto en la satisfacción de todos. No hay satisfacción particular en el informe de Roma. La satisfacción particular está destinada a concordar con la satisfacción de todos, teniendo como horizonte la humanidad. En esa época, entre 1946 y 1953, Lacan pensaba en una armonización, en un cierto consenso de la humanidad, en una mediación siempre posible, siempre operante, en que consistiría el oficio de psicoanalista. Por el contrario, el plus-de-gozar, así como la forclusión del Nombre-del-Padre, suponen la idea de una mediación imposible. Es la propia idea de una mediación imposible lo que acerca estos dos términos.
EROTISMO ANAL Y CASTRACIÓN
Es un hecho que lo que se ha retenido en lo imaginario, es el apelativo de «Hombre de los lobos», puesto que Freud se aplica muy especialmente a descifrar todos los elementos del sueño, y existe además un dibujito. Se comprende que, con el tiempo, el paciente haya pasado a ser designado así a causa de ese sueño. Pero desde el punto de vista teórico y de diagnóstico, quizás no sea ése el capítulo central. Puede que lo sea el que se llama «Erotismo anal y complejo de castración». Al oponer la compulsión amorosa del Hombre de los lobos —compulsión viril muy unívoca—, así como su posición homosexual o de captura homosexualizante, Lacan pone de relieve el binarismo del caso.
Tenemos pues estas dos posiciones: actividad viril por un un lado y elementos de pasividad femenina, de identificación con las mujeres, por otro. Freud sitúa un primer estatuto del erotismo anal: «El órgano en que podía exteriorizarse la identificación con la mujer, la actitud homosexual pasiva del varón, era la zona anal».1 Ahí están las dos relaciones sexuales del Hombre de los lobos. Todo lo que se descifra, tras la escena de los lobos y las asociaciones que evoca, remite en definitiva a eso. Tenemos dos nociones de la relación sexual. Está la concepción anal, es decir, que no hay noción de faltadepene (pasdepenis). Y tenemos después lo que es para él un reconocimiento de la castración, es decir una noción de falta de pene: las mujeres tienen una herida en ese lugar. Es concebible entonces que el estatuto del ser humano y el atributo «disponer de un pene» se separen. Freud llama a esto castración. La castración, para retomar sus términos, es la condición necesaria de la feminidad. Es lo que está en juego en lo que él llama castración. Lo que quiere decir que, en el Hombre de los lobos, el debate entre concepción anal y concepción genital o desarrollada, implica el intestino o la vagina. De hecho, formula la elección en estos términos: o ano o castración. O bien el ano, que evita reconocer la posibilidad de la castración, o bien castración. El título del capítulo alude por lo tanto a las dos grandes ramas de la alternativa en que Freud sitúa el caso.
El sueño del Hombre de los lobos, tal como Freud lo analiza, es la prueba del acceso al estadio genital. Distingue, a partir de él, una primera y una segunda actitud del Hombre de los lobos: «Nos ha devenido notoria la inicial toma de posición de nuestro paciente frente al problema de la castración. La desestimó [verwarf] y se atuvo al punto de vista del comercio por el ano. Cuando dije que la desestimó, el significado más inmediato de esta expresión es que no quiso saber nada de ella siguiendo el sentido de la represión». La analidad está en este caso sobredeterminada.
Continúo con el pasaje, puesto que Lacan se apoya en él: «Con ello, en verdad, no se había pronunciado ningún juicio sobre su existencia, pero era como si ella no existiera. Ahora bien, esta actitud no puede ser la definitiva, ni siquiera podía seguir siéndolo en los años de su neurosis infantil. Después se encuentran buenas pruebas de que él había reconocido la castración como un hecho. [...] Primero se había revuelto y luego cedió, pero una reacción no había cancelado la otra. Al final subsistieron en él, lado a lado, dos corrientes opuestas». Siguiendo este hilo, Freud llega a la alucinación del dedo seccionado. Esta alucinación traduce, según Lacan, lo que no había sido reconocido y admitido de la castración. No me parece abusivo.
PARANOIA
De la misma manera, lo que se llamó la paranoia del Hombre de los lobos, que puede localizarse sencillamente como la reactivación de esa corriente más antigua de la que emergerá la alucinación y, después, la queja a propósito de su nariz. La nariz era efectivamente un desplazamiento del órgano genital. Podemos traducir así un enunciado importante del Hombre de los lobos: «He tenido siempre mala pata con mi pene». Da un gran número de ejemplos de esa persistente mala pata: «Llamemos a las cosas por su nombre. He tenido siempre mala pata con mi pene, con mi miembro, incluso antes de la gonorrea. ¿Conoce usted esos bichos que se llaman garrapatas? En la propiedad, corríamos entre los matorrales, rodábamos sobre la hierba, trepábamos a los árboles. Siempre ocurrió que comenzaba a tener picores. Me frotaba, me rascaba. Finalmente vi que eso tomaba proporciones extraordinarias, que el miembro quedaba tumefacto, que se hinchaba y se ponía rojo. Se lo dije a mi padre y fue a buscar a uno de nuestros empleados que era cirujano militar. No era un verdadero médico, solamente un medio médico, pero sabía de este género de cosas. Me libró de las garrapatas de un modo u otro y todo volvió a su orden. Creo que estuve en cama durante dos semanas y me pusieron bolsas de hielo. [Tenía alrededor de] ocho años. Fue quizás por esa desventura por lo que la gonorrea me produjo tan mala impresión. Pero yo se lo... No sé si se lo conté ya a Freud».2 Después le ocurrió otra cosa a la edad de quince años. También se rascó, el miembro se le puso rojo y tumefacto, con inflamación, y un médico le dio un remedio. A continuación, la gonorrea. Tenemos ahí lo que Freud llama un punto débil de su disposición, y considera que se había reactivado con la alucinación del dedo cortado. De la misma manera —no hay motivos para sorprenderse—, eso pudo reactivarse bajo la forma de esa inquietud, de esa insistencia, por el hecho de que le estropearan la nariz.
A este respecto, la posición del Hombre de los lobos es incluso bastante divertida. La historia que cuenta de sus dermatólogos es muy graciosa.3 Uno le dice una cosa, otro le dice otra. Es una historia de médicos y de diagnósticos. Afirma asimismo que sabía muy bien lo que era la paranoia: «Tenía un tío que vivía a la manera de Luis II de Baviera. Un caso típico de salvajismo que huye del contacto humano. Por otra parte, del lado materno, tuve un primo, hijo de la hermana mayor de mi madre, afectado de una forma ligera de paranoia. [...] Por supuesto que esto [el diagnóstico de paranoia] no me gustaba en absoluto. Entonces, de repente, me hice el propósito de no pasar por un paranoico. He estado muy orgulloso de lo que Freud ha escrito de mí: su inteligencia irreprochable, etc. Era, como usted sabe, un adversario de la religión y le conté que, ya en mi infancia, tuve dudas a causa de la contradicción que hay entre un Dios de bondad y todo el mal que existe en el mundo. [...] Y estaba naturalmente orgulloso de que él dijera que sólo un niño podía pensar tan lógicamente, que me alabara como un pensador de primer orden y no sé qué más. Y ahora, de repente, tenía que ser etiquetado de paranoico. Reuní entonces todas mis fuerzas para no mirarme más en el espejo; superé de un modo u otro mis ideas fijas. Duró algunos días. Al cabo de los cuales, se acabó. [...] Ve usted entonces cómo un falso diagnóstico puede llevar a veces a ese resultado, a que un paciente reúna todas sus fuerzas para superar cierto estado».
Es algo que se inscribe perfectamente, me parece, en lo que dice Freud cuando subraya que hay una tercera corriente siempre reactivable en el Hombre de los lobos. Aunque sólo fuera por la agudeza clínica de Freud, este caso me despierta una gran admiración. Lo que se le puede reprochar es que se le ocurriera que era mucho tiempo cuatro años de análisis, cuando el Hombre de los lobos era un paciente moderno, un paciente verdaderamente moderno, es decir, un paciente que pertenece a los que forzaron los límites temporales del tratamiento analítico. Freud no lo reconoció. No reconoció más que lo que él mismo planteaba: que la tercera corriente, siempre reactivable podía, llegado el caso, resquebrajar los diques temporales del análisis.
Podemos volver con detalle a todo lo que Freud encuentra de ambiguo en el acceso a la virilidad del Hombre de los lobos con respecto a la castración. Comprende la castración, en el fondo, como un daño narcisista. Descubre que puede haber ahí un atentado a la integridad del cuerpo. Freud considera que es el yo lo que pone en marcha la represión a causa del narcisismo. En ciertos aspectos, el narcisismo es la causa de la represión. Se pregunta pues en qué medida el Hombre de los lobos ha logrado una represión que ha supuesto un éxito de la virilidad. Dice primero que ha sido un éxito de la virilidad. Después, que la virilidad no ha ganado verdaderamente. Por último, que la homosexualidad se replegó en el intestino y que por eso está histerizado. Por lo tanto, ese impulso violento hacia la mujer, que puede parecer una asunción de la masculinidad, disimula de hecho que la virilidad ha sido asumida de manera incompleta. Puesto que, nos dice Freud, al mismo tiempo que tiene hacia la mujer esa actitud de conquistador, cae bajo su dependencia de manera especialmente constante. Es algo que se aprecia a lo largo de toda la vida del Hombre de los lobos. No deja de tener amantes, pero mostrando al mismo tiempo lo contrario a una actitud de dominio. El Hombre de los lobos se presenta sin cesar en dependencia de las mujeres a las que conquista. Me parece que la manera en que Freud analiza el estilo de conquista del Hombre de los lobos se confirma del todo con lo que sabemos de su vida.
CAUSALIDAD DIFERENCIAL
Las coordenadas imaginarias de la castración que estamos tratando están bastante marcadas. El propio Freud las presenta. El Hombre de los lobos, nos dice, no tiene ninguna idea del padre castrador hasta el momento en que le enseñan religión. En un segundo tiempo, hay como una vuelta de la castración imaginaria que suscita la insurrección del yo a causa del atentado a la integridad de la forma. Freud introduce al padre castrador en un tiempo posterior de la cronología del Hombre de los lobos. Hay una relación constante entre la castración y la figura del padre, y es a Lacan a quien se le ocurrió que había una relación de causalidad entre ambas. ¿Qué es la metáfora paterna? Es la presentación de la relación de causalidad entre el padre como causa y la castración como efecto. En el momento de situar la relación de causalidad que conviene a los fenómenos de sentido —que de hecho son relaciones de causalidad ordenadas según el significante como causa—, Lacan se esfuerza por no abandonar el concepto de causalidad freudiana. Desde el principio el significante aparece como causa. Antes de poder decir que lo que constituye la causa es el objeto a, fue necesario dar un tratamiento bastante sofisticado a un excedente de sexualidad que pudiera a su vez entrar en la relación de causalidad.
Tenemos ahí una relación de causalidad completamente lineal: padre → significación fálica. Lo que vuelve tanto más notable un pasaje del texto de Lacan que parece desconectar esa relación directa, tan estrechamente establecida. Les decía que el caso del Hombre de los lobos estaba ausente de la «Cuestión preliminar...», pero que quizás tuviera en ella su justificación. No sería tan impensable concebir una causa cuyo efecto estuviera retenido, cuyo efecto no se hubiera desplegado. No me parece impensable. Precisamente porque en ese escrito hay un punto que Lacan presenta interrogativamente y que no se comprende, trataba de explicarles que la clínica del Hombre de los lobos quizás pudiera justificarlo. Es una clínica en la que no se oye decir que haya forclusión del Nombre-del-Padre y en la que, sin embargo, todo el problema parece centrarse en la castración. No en la asunción del Nombre-del-Padre o de la función paterna, sino en la asunción de la castración. Entonces, ¿no es oportuno desconectarlas, al menos en parte, y elaborarlo? No sé hasta dónde habría que llevar las cosas. Es cierto que, en el caso del Hombre de los lobos, no puede hablarse de una elisión del falo en el mismo sentido en que puede cuestionarse en Schreber. Hay que introducir pues otro término, utilizando las indicaciones de Freud.
El hecho de que la forclusión tenga como efecto la supresión, la elisión de la emergencia de la significación fálica, supone el reverso de la metáfora paterna. Lo que se interpreta exactamente al revés. Propongo que comentemos este párrafo en enero. Esto flexibiliza la relación de causalidad y la problematiza. Generalmente, no se ve por qué aparece ahí. ¿Por qué no contentarse simplemente con decir que cuando hay Φ0, hay P0? En el caso Schreber hay de todas maneras P0. No tenemos el caso en que se dé P →Φ0. Si queremos tenerlo, habría que construirlo. Tenemos idea sin embargo de dos vías posibles, dos tratamientos, dos salidas posibles. En el caso de los borderlines, la manera más sencilla de comprenderlo sería decir que algunos casos son considerados como neurosis porque hay P pero que, a pesar de todo, hay cierto número de fenómenos que se producen a causa de Φ0. No es una idea absurda.
Estamos verdaderamente en el núcleo de la causalidad de este asunto. En efecto ¿qué dice Freud cuando menciona la gonorrea del Hombre de los lobos? «La ocasión de esta enfermedad no se sitúa entre los “tipos de contracción de neurosis” que me fue posible reunir como casos especiales de “frustración” [...]. El paciente se quebrantó cuando una afección orgánica de los genitales revivió su angustia ante la castración, su narcisismo se desmoronó compeliéndolo a resignar su expectativa de ser un predilecto del destino».4 Vemos ahí al Hombre de los lobos enfermo de una frustración narcisista. Freud sitúa bien la coyuntura del desencadenamiento: en primer lugar, nos dice, cuando hay una afección en el órgano genital; otra se relaciona con la nariz, pero esto no nos preocupa porque sabemos construir, con Freud, la serie de los sustitutos.
En otras palabras, hay aquí la noción de un factor desencadenante que no parece ser en nada un restablecimiento forzado de lo ternario allí donde no está el elemento para responder. Después de todo, el Hombre de los lobos lleva a cabo tranquilamente cuatro años de análisis sin desencadenarse. La coyuntura de desencadenamiento, como la sitúa Freud, se verifica más tarde. La coyuntura de desencadenamiento se produce más bien por el lado Φ0 que por el lado P. De todas formas, tenemos poco más o menos todos los casos posibles. Tenemos el caso estándar de la metáfora paterna: P → Φ. Tenemos el caso, claro para todo el mundo, que ilustra Schreber: P0 → Φ0. Tenemos el caso borderline: P → Φ0. Añadamos, para completar, el P0 → Φ. Con esta plantilla, debemos poder ordenar las lagunas de nuestras series clínicas. Todo reposa sobre la noción que se tenga de causalidad. Lacan impulsó de tal manera la suya —P0 → Φ0—, que podemos tratar de seguirla hasta el final, pero también preguntarnos si no podríamos relajarla un poquitín. Si no se pudiera, habría que decir que se trata entonces de un seudo Nombre-del-Padre. No habría más que semblantes.
Estas diferentes fórmulas no están escritas en el cielo. Se trata de saber lo que se gana con ellas y lo que es posible pensar a partir de estas diferentes formas de causalidad. Una clínica diferencial no consiste simplemente en etiquetar los casos como se etiquetan mariposas. Una clínica diferencial sólo tiene interés si se articula con una causalidad diferencial que la sostiene. Estamos dando vueltas a la idea de una causalidad diferencial de las psicosis.
Admitimos, con Freud, el elemento Φ0 en el Hombre de los lobos. Es así como retranscribimos la Verwerfung de la castración, aunque en su época calificara antes que nada su estatuto imaginario. A este respecto, es necesario desplegar el caso con una mayor profundidad. Hay etapas, pero en fin, a partir del momento en que aceptamos ese rasgo, escribimos Φ0. Puede que con ese Φ0 para nombrar la corriente más arcaica tengamos el principio de cierto número de fenómenos. El problema está en saber si esos fenómenos de tipo psicótico pueden situarse en una línea causal independiente, o relativamente independiente, de la forclusión del Nombre-del-Padre. Después, se plantea el problema de si sólo podemos hablar de psicosis cuando se den Φ0 y P0, o bien cuando solamente se dé Φ0, pero no P0. Es un problema clínico importante pero también una cuestión de terminología. Implicaría que modificáramos nuestro concepto de psicosis, o al menos que lo problematizáramos. En otras palabras, me parece que hay cierto interés en razonar con estas fórmulas. El problema es si se puede concebir Φ0 sin P0, o si la existencia de fenómenos ordenados por Φ0 indica que, en todos los casos, hay P0, es decir, forclusión del Nombre-del-Padre.
17 de diciembre de 1987
III
EL MUNDO OCULTO POR UN VELO
Les leo el pasaje: «El análisis sería insuficiente si no nos permitiera entender la queja en que el paciente resumía su padecer. Decía que el mundo se le escondía tras un velo, y la disciplina psicoanalítica rechaza la expectativa de que tales palabras pudieran considerarse carentes de significado y como escogidas al azar». Freud confirma pues esta queja del Hombre de los lobos: el mundo se le oculta tras un velo. «El velo se desgarraba —cosa asombrosa— sólo en una situación, a saber, cuando a consecuencia de una lavativa, el bolo fecal atravesaba el ano. Entonces se sentía de nuevo bien y por un breve lapso veía el mundo claro». Es éste un pasaje muy importante. «La interpretación de este “velo” avanzó con pareja dificultad a la de la angustia a la mariposa. Por lo demás, él no perseveró en este velo; se le fue disipando cada vez más en un sentimiento de crepúsculo, de “ténèbres”, y otras cosas inconcebibles [ungreifbar]».1
Y Freud lo interpreta, es decir, no se detiene ante el testimonio del Hombre de los lobos diciendo que, para él, el mundo está cubierto por un velo que sólo se desgarra en el momento de sus lavativas. Freud no se detiene ante esta manifestación como ante un fenómeno opaco a la interpretación. No considera que sea un fenómeno terminal del que hubiera que considerar, a semejanza del fenómeno elemental, que se trata de un es así. Freud interpreta el fenómeno y da dos interpretaciones que no son exclusivas, sino que se sitúan en planos diferentes. La primera interpretación es propiamente significante y la segunda se sitúa en el registro del objeto.
Primera interpretación: ese velo es la cofia con la que el sujeto cree que vino al mundo. De su nacimiento, piensa que nació cubierto. Freud dice al respecto: «apenas un poco antes de la separación de la cura se acordó de que había escuchado que vino al mundo con una cofia fetal [Glückshaube]. Por eso siempre se tuvo por un afortunado [Glückskind] a quien nada malo podía pasarle».2 Por otra parte, incluso en análisis creía ser afortunado por tener, para Freud, un lugar del todo privilegiado. Éste subraya más adelante: «Sólo perdió esta confianza cuando se vio precisado a reconocer la afección gonorreica como un grave deterioro en su cuerpo. Ante esa afrenta, su narcisismo se desmoronó».
Por tanto, primera interpretación: Freud considera que el velo refleja esa cofia. Es la interpretación del velo. A continuación, hay que interpretar el momento del desgarramiento del velo: ¿por qué la lavativa produce su desgarro? Freud dice: «Cuando desgarra el velo del nacimiento, ve el mundo y renace. [...] Sería, pues, la fantasía de renacimiento sobre la que Jung ha llamado la atención hace poco [...]. Sería magnífico si [eso] fuera todo. Ciertos detalles de la situación [...] nos obligan a llevar más adelante la interpretación. La condición del renacimiento es que sea un hombre quien le administre el enema». Freud insiste pues en el carácter sexuado del operador, indicando que el Hombre de los lobos está en posición femenina cuando sufre pasivamente esa operación. «Esto sólo puede significar que se ha identificado con la madre; el hombre hace el papel de padre, el enema repite el acto de la cópula, como fruto de la cual nace el hijo-caca —él nuevamente—». Los elementos son aquí el padre, la madre y el niño como producto fecal, estando el Hombre de los lobos en dos lugares, el de la madre y el del hijo. «Por tanto, la fantasía de renacimiento se enlaza de manera estrecha con la condición de satisfacción sexual por el varón. En consecuencia, la traducción es ahora: su enfermedad sólo lo abandona cuando le es permitido sustituir a la mujer, a la madre, para hacerse satisfacer por el padre y parirle un hijo. En este caso, pues, la fantasía de renacimiento no era más que un reflejo censurado, mutilado, de la fantasía de deseo homosexual». Incluso si no es más que un fantasma, es una escena realizada que reproduce en sí misma lo que Freud considera determinante para el sujeto, a saber, un fantasma homosexual.
Por lo tanto, hemos remitido simplemente a su contexto ese fenómeno de crepúsculo permanente del mundo, enteramente articulado por una escena edípica. Éste es el desciframiento que hace Freud, persuadido, en todo caso, de que hay ahí una articulación. No se trata en absoluto de un fenómeno límite o terminal, sino de un fenómeno fuertemente articulado por el Edipo.
LAS TRES CORRIENTES
La pequeña clasificación que hemos extraído del texto permite desplegar la multiplicidad de puntuaciones posibles. El propio Freud subraya que son posibles muchas puntuaciones en la clasificación clínica del caso. Distingue tres corrientes fundamentales: 1) El Hombre de los lobos no quería saber nada de la castración, incluso en el sentido de la represión, de donde Lacan instituyó la forclusión, apoyándose en la palabra Verwerfung que aparece en Freud. 2) El Hombre de los lobos se ha visto forzado a reconocer la castración. Hay pues reconocimiento, y ese reconocimiento se hace de dos maneras: o acepta la castración o 3) abomina de ella. Cada uno de los fenómenos puede imputarse a una de estas tres corrientes. Lo que se complica bastante cuando hay rechazo: ¿se trata del rechazo forclusivo o del rechazo interno al reconocimiento? La dificultad del caso proviene del doble valor de ese «no». ¿Dónde se condensa ese reconocer abominando que es la tercera corriente del esquema? Freud emplea los términos de fantasma homosexual, pero aquí se trata más bien de ser una mujer. En el episodio, muy preciso, que hemos leído, me parece que tenemos más bien la posición 3, con la cual Freud descifra el fenómeno clarificador de la lavativa.
SER UNA MUJER
En cuanto a la relación con la psicosis, me parece interesante destacar cuál es el conmutador que permite pasar al caso de Schreber. Lo que hace de shifter con el caso Schreber es el ser una mujer. Podemos decir incluso: ser una mujer en el momento del acoplamiento. Existe pues ese ser una mujer alrededor del cual gira igualmente gran parte del caso, con todo lo que toma el aspecto del erotismo anal. Podemos interrogarnos sobre el valor que se da a este ser una mujer que Freud señala tantas veces. A través de esta controversia tenemos ese ser una mujer. ¿Cómo podemos traducirlo? Tenemos aquí, verdaderamente, la sexuación inconsciente del Hombre de los lobos. Así lo interpreta Freud. Hay una sexuación inconsciente a pesar de una virilidad manifiesta que se despierta automáticamente en una situación típica. Tanto para Freud como para Lacan, esta virilidad carece de autenticidad, es decir que pertenece al registro imaginario, al registro del yo. Incluso es así como Lacan puede utilizar el caso como demostración de las dos vertientes: el inconsciente de un lado y el yo del otro. Lacan reinterpreta las dos vertientes distinguidas por Freud como una oposición entre el inconsciente y el yo. En el inconsciente, el Hombre de los lobos es una mujer. En el plano imaginario, hay una afirmación de virilidad.
Lacan lo plantea así en las notas del Seminario3 y, al final de la primera parte del informe de Roma, evoca «el efecto de captura homosexualizante...».4 El primer uso que hace Lacan de este caso es para distinguir el inconsciente y el yo en términos de conflicto. Todo gira alrededor del valor que se da al ser una mujer. ¿Designa la sexuación inconsciente del sujeto, o es del orden imaginario? ¿Qué valor dar a este ser una mujer que, para Freud, constituye el fantasma homosexual? ¿En qué registro lo situamos? ¿Es del orden del empujealamujer? ¿Es de orden imaginario? Pueden tomarse, sin duda, otros índices, pero he aquí uno que me parece bastante preciso como para que podamos desplegar, en relación con él, las ambigüedades del caso.
LA CASTRACIÓN
En este caso y en la polémica sobre el diagnóstico, hay que admitir que la cuestión se centra en la castración. Es el capítulo central de Freud: «Erotismo anal y complejo de castración». Lo subrayo porque vamos a pasar al fragmento de Lacan sobre los dos agujeros, fálico y paterno. La duda diagnóstica se centra pues en el hecho de saber si hay, o no, significación fálica. Se centra en lo fundamental, es decir: ¿forclusión o reconocimiento? ¿Se trataría de un reconocimiento en el rechazo?
Lo que hasta el momento no hemos interrogado es la relación del Hombre de los lobos con el padre. Pero podríamos hacerlo después de todo. Pues, en efecto, en su seminario de 1952, Lacan menciona un punto ya señalado, es decir, que en el caso del Hombre de los lobos hay ruptura social. Considera que «una parte de su drama se basa en esto»: que su posición «en la sociedad está por así decirlo desinsertada». La Revolución rusa, con sus efectos de desocialización, no hace más que intensificar una posición que está presente desde el punto de partida. Lacan añade: «Hay que señalar que fue muy precozmente separado de todo lo que en el plano social podía constituir para él un modelo». Esta frase, en el lenguaje de la época, ¿pone en jaque, o no, la relación con el padre? No olvidemos que, por el contrario, esta relación con el padre parece totalmente constituida en el caso del Hombre de los lobos. En el episodio llamado psicótico encontramos aún una distribución de funciones paternas totalmente compacta.
Dicho esto, falta por saber qué valor hay que dar a esa distribución. Podemos seguir a Lacan, e incluso hacerlo un poco mejor, puesto que disponemos de las categorías que él mismo elaboró después pero de las que aún no disponía. En otras palabras, la dificultad se refiere a los problemas que conciernen a Φ0. En los estudios realizados sobre el caso no se cuestiona P0. Por lo tanto, uno de los interrogantes que nos plantea este caso es si se puede desvincular la relación de causalidad —que parece establecida por Lacan— entre el padre y el falo, entre el padre y el advenimiento de la significación fálica.
Les recuerdo el esquema completo del que disponemos:
Primero el esquema estándar: existe el Nombre-del-Padre y, por lo tanto, hay significación fálica: P → Φ.
Después el esquema schreberiano: P0 → Φ0.
Y el problema está en saber si puede haber P y Φ0, con lo que este cuadro nos obliga a llegar a proponer P0 y Φ.
7 de enero de 1988
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