Kitabı oku: «Introducción a la clínica lacaniana»

Yazı tipi:

© Jacques-Alain Miller, 2006.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: GEBO513

ISBN: 9788424938260

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

RELACIÓN DE SIGLAS

PRESENTACIÓN, por Vicente Palomera

¿CÓMO EMPEZÓ TODO?, por Anna Aromí

1. DOS DIMENSIONES DE LA EXPERIENCIA ANALÍTICA: SÍNTOMA Y FANTASMA (1982)

2. A PROPÓSITO DE LA PSICOSIS: SÍNTOMA Y FANTASMA (1983)

3. EL GENIO DEL PSICOANÁLISIS (1984)

4. LOS PREGUNTONES (1984)

5. LA PASIÓN DEL NEURÓTICO (1986)

6. CÓMO SE INVENTAN NUEVOS CONCEPTOS EN PSICOANÁLISIS (1987)

7. INSIGNIA (1987)

8. SALUD MENTAL Y ORDEN PÚBLICO (1988).

9. OBSERVACIONES SOBRE PADRES Y CAUSAS (1988)

10. LA ÉTICA DEL PSICOANÁLISIS (1988)

11. MÁS ALLÁ DE LAS CONDICIONES DE AMOR (1989)

12. LA CONTRIBUCIÓN DEL OBSESIVO AL DESCUBRIMIENTO DEL INCONSCIENTE (1989)

13. DEL SABER INCONSCIENTE A LA CAUSA FREUDIANA I (1989)

14. DEL SABER INCONSCIENTE A LA CAUSA FREUDIANA II (1989)

15. EL TRIUNFO DE JACQUES LACAN (1990)

16. LA ESCUELA Y SU PSICOANALISTA (1990)

17 MODALIDADES DE RECHAZO (1991)

18. CLÍNICA DE LA POSICIÓN FEMENINA (1992)

19. SOBRE FENÓMENOS DE AMOR Y ODIO EN PSICOANÁLISIS (1992)

20. LÓGICA DE LA CURA Y POSICIÓN FEMENINA (1993)

21. COSAS DE FAMILIA EN EL INCONSCIENTE (1993)

22. LO VERDADERO, LO FALSO Y EL RESTO (1994)

23. SOBRE LA FUGA DE SENTIDO (1994)

24. LA IMAGEN DEL CUERPO EN PSICOANÁLISIS (1995)

25. EL INCONSCIENTE INTÉRPRETE (1995)

26. LAS PATOLOGÍAS DEL YO EN EL ANÁLISIS (1995)

27. LA PONENCIA DEL VENTRÍLOCUO (1996)

28. SEMINARIO SOBRE LAS VÍAS DE FORMACIÓN DE LOS SÍNTOMAS (1996)

29. LACAN CON JOYCE (1996)

30. SÍNTOMA, SABER, SENTIDO Y REAL (1997)

31. EL TIEMPO Y EL SÍNTOMA (1997)

32. EL DESBROCE DE LA FORMACIÓN ANALÍTICA (2001)

Notas

RELACIÓN DE SIGLAS


Analista de la Escuela (AE)
Analista Miembro de la Escuela (AME)
Asociación Americana de Psicoanálisis (APA)
Escuela de la Causa Freudiana (ECF)
Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP)
Escuela Europea de Psicoanálisis (EEP)
Escuela Freudiana de París (EFP)
International Psychoanalytic Association (IPA)
Sociedad Francesa de Psicoanálisis (SFP)
Sociedad Psicoanalítica de París (SPP)

PRESENTACIÓN

Este libro reúne las conferencias y seminarios de Jacques-Alain Miller, en España, desde 1982 hasta las Primeras jornadas de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, en 2001. Abarca pues un período de dos décadas de enseñanza en nuestro país, en el que una generación de psicoanalistas se formó dentro de lo que se conoce como «la orientación lacaniana».

Esta serie de conferencias y seminarios generó a lo largo de estos veinte años una comunidad epistémica y una transferencia de trabajo que tuvo consecuencias teóricas, políticas y clínicas decisivas, entre ellas la creación, en España, en mayo de 2000, de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis.

Nacido en 1944, Jacques-Alain Miller es psicoanalista y dirige el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII. Antes de encontrarse, en 1964, con Jacques Lacan, había sido discípulo de Louis Althusser, Roland Barthes, Georges Canguilhem, Jacques Derrida y Michel Foucault. En 1966, creó la prestigiosa revista de epistemología Cahiers pour l’analyse.

Con la publicación, en 1973, del Seminario sobre Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Jacques Lacan vio en Jacques-Alain Miller alguien en quien confiar la tarea de asumir el establecimiento de la totalidad de sus seminarios.

En enero de 1975, creó Ornicar?, publicación periódica del Campo freudiano que muy pronto iba a constituirse en un referente para todos los lectores de Lacan, más allá del ámbito de la École Freudienne de París.

Desde 1981, Jacques-Alain Miller comenzó a practicar el psicoanálisis, a dedicarse a la clínica, a la enseñanza y al Campo freudiano. Los efectos de transferencia generados por esta ingente actividad le llevarían, en 1992, a la fundación de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, contando con el apoyo y la concurrencia entusiasta de varios cientos de analistas de Europa y América.

Este libro es un foco de luz sobre la compleja enseñanza de Jacques Lacan, se trata de una introducción entusiasta, amena y de gran valor didáctico no sólo de los principales conceptos que rigen la práctica clínica, sino de las claves del psicoanálisis y del quehacer psicoanalítico en su más amplio sentido. Recientemente, alguien me comentaba que la claridad expositiva que encontramos en Jacques-Alain Miller a la hora de explicar la complejidad de la enseñanza de Jacques Lacan, le recordaba la inquietud que animaba a Richard Feynman a la hora de explicar los conceptos de la física contemporánea.

La facilidad de Jacques-Alain Miller para transmitir con sencillez lo complejo, y la habilidad para dirigirse al auditorio puede, a veces, producir en los oyentes aquel efecto que Calderón plasmó en unos versos y que podemos aplicar a todo aquello que parece imposible o dificultoso hasta que alguien demuestra que no lo es:

Las grandes dificultades,

hasta sabidas, lo son;

que, sabido, todo es fácil.

LA DAMA DUENDE

(Acto 2.o, escena 3.a)

El título de este libro ilustra lo que es común a cada conferencia y el espíritu que lo anima apunta a que sólo lo nuevo tiene una posibilidad de ser verdadero.

El lector podrá apreciar que Jacques-Alain Miller está siempre atento a las características y modulaciones de su auditorio. Cada conferencia es una especie de work in progress, una obra que va construyendo junto con un auditorio sometido a un sapere aude.

A medida que se avanza en la lectura, descubrimos que lo lacaniano es esencialmente un modo de plantear las preguntas a partir de la idea de que lo «irracional» en el ser humano no tiene una causalidad biológica, sino que responde a otra clase de razón o lógica. Lo lacaniano es, fundamentalmente, un racionalismo que admite el inconsciente y el goce, términos aparentemente difíciles de integrar bajo el concepto común de razón.

Los escritos de Jacques Lacan tienen fama de ser difíciles, de ser accesibles para muy pocos, de ser comprendidos aun por menos. Sin embargo Jacques-Alain Miller nos enseña en estas conferencias a darnos nuestro propio tiempo para comprender, nos incita a no arredrarnos ante la tarea de poner algo de nuestra parte.

Este libro no es un mero manual. Nos damos cuenta de ello porque no nos podemos sustraer al hecho de que detrás de lo dicho en cada conferencia hay un decir, porque descubrimos que las resonancias de la enunciación de Jacques-Alain Miller producen un eco particular, una significación personal en cada oyente.

Organicé esta compilación en común tarea con Lidia López Schavelzon (Barcelona). Recibí la ayuda de Eugenio Castro (Vigo), Adolfo Jiménez (Granada), Mónica Marín (Bilbao), José Antonio Naranjo (Málaga), Juan Carlos Tajedzian (Valencia) e Iñaki Viar (Bilbao), todos ellos colegas y amigos entrañables que buscaron y hallaron algunas de las conferencias inéditas publicadas en este libro. Las demás conferencias y seminarios fueron publicadas en las diferentes revistas del Campo freudiano en España: El analiticón (fue la primera publicación del Campo freudiano en España), Uno por uno (Publicación de la AMP), Cuadernos andaluces de psicoanálisis (Andalucía), Freudiana (Cataluña), Finisterre freudiano (Galicia), Pliegos (Madrid), Cuadernos europeos de psicoanálisis (País Vasco), Lapsus y El manuscrito alemán (Comunidad de Valencia).

Conté finalmente con la ayuda valiosa y decisiva de Anna Aromí y del magnífico equipo que ella supo reunir a su alrededor. Hay que agradecer la devoción y eficacia con la que ellos asumieron el proyecto.

VICENTE PALOMERA

¿CÓMO EMPEZÓ TODO?

Todo llegó con una carpeta amarilla. Era grande, pero apenas alcanzaba para abrazar los pliegos, tantos había.

Vicente Palomera la puso en mis manos. El plan parecía sencillo: convertir todas esas fotocopias, que recogían dos décadas de intervenciones de Jacques-Alain Miller en España, en un libro. La treintena larga de papeles provenía de publicaciones del Campo freudiano, unas actuales, otras que dejaron de editarse hace años; también habían desgrabaciones, conferencias inéditas.

La sola existencia de la carpeta amarilla ya era un capítulo de la historia sin escribir de las publicaciones lacanianas en España.

Un equipo eficaz y entusiasta me acompañó en la tarea. Sus nombres son: Francisco Amella, Gloria Bladé, Soledad Bertrán, Nicanor Mestres, Iván Ruiz y Carolina Tarrida. De cada uno conocía su participación en la Sección Clínica de Barcelona, lo que no sabía y aprendí con ellos es que a la vez que establecíamos textos dirigidos a un amplio público, incluidas las generaciones de psicoanalistas por venir, nosotros mismos seríamos transformados por estos textos. Es lo que llamamos efectos de formación.

La historia de la carpeta consistió en perder lo que tenía que perderse y recuperar el esplendor que el desuso hubiera amortiguado.

Establecidos años ha, algunos textos perpetraban galicismos, argentinismos y lacanismos varios, huellas de que cada generación de analistas necesita inventarse una lengua para apropiarse del saber que –literalmente– le hace falta. Pero el libro, como Miller, le habla al futuro, al lector del 2006 en adelante. Por eso, y advertidos de que los estilos de redacción tienen que ver con las modalidades de goce imperantes –hoy, felizmente, no se lee igual que hace veinte años–, intentamos que cada artículo encontrara una forma correcta en castellano.

Por tratarse de intervenciones en público, tenían que caer también diálogos y referencias al contexto. Difícil decisión, cuando implicaba renunciar a la referencia de un viaje de Lacan a Valencia, suspendido a causa de la disolución de la École Freudienne de París, o a la presentación de Jacques-Alain Miller en la Alhambra –dignus est intrare– como psicoanalista. Ahí nos permitimos un zurcido de artesanía, introduciendo estas intervenciones más sustanciosas en la trama del texto.

Hay también lo que no se ha añadido. No ha habido trabajo de montaje, en el sentido cinematográfico del término. Texto a texto, como una perla, el cuerpo de una letra se ha colocado al lado de la siguiente, pulidas, a la espera de la lectura que las hilvane.

Varias veces me he preguntado por nuestro propio hilván, por lo que causaba nuestra transferencia de trabajo. Un trabajo alegre, cansado a veces, pero contagiado de una alegría milleriana –«el saber no tiene porqué ser triste», dice en este libro–. ¿De dónde vendría esta alegría, si no de la transmisión de un sentimiento de triunfo? Es el triunfo de la enseñanza de Jacques Lacan, que vuelve transmisibles los secretos del psicoanálisis, la doctrina de su práctica, y no admite para los psicoanalistas refugio en la marginalidad o el conformismo.

Lo que queda entonces es el empeño de transmisión a los otros: «sólo hay verdadera transmisión cuando una experiencia puede transferirse a otros sin la complicidad que da el hecho de compartirla», dice el autor. Así se pueden perder los recuerdos de lo vivido. Porque el lector no necesariamente estaba allí cuando estos discursos fueron pronunciados, no escuchó por ejemplo el silencio atronador que Miller produjo para que reverberara en él su exclamación: «¡Todos somos ventrílocuos!». El auditorio quedó atónito.

El objeto perdido, que este libro conmemora, es esa voz. Es un objeto perdido para los que no han tenido la oportunidad de recibir su impacto, pero también para los que estuvimos allí, porque eso ya pasó. Y ahora se trata de que siga pasando. En el libro está esa enunciación –por eso la perla–, se puede entrever en lo que se lee.

Si después de introducirnos en la lectura de Lacan, Miller sigue enseñándonos a hablar la lengua del psicoanálisis, es porque ella no es un argot sino una modalidad de satisfacción, un modo efectivo de captar y de dejarse captar por el siglo. Y esa alegría –como decía Lacan– se puede compartir.

Que lo pasen bien.

ANNA AROMÍ

1

Conferencia pronunciada el 27 de noviembre de 1982 en la

Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la

Universidad de Barcelona, como clausura del ciclo de

conferencias y debates «Freud en la Universidad».

Transcripción de A. Torres

Inédita.

Síntoma y fantasma: es importante distinguir estas dos dimensiones clínicas, ya que sobre ellas descansa el conocido axioma de Lacan: el del inconsciente estructurado como un lenguaje. Mis problemas actuales se refieren a ese tema, que me preocupa teórica y prácticamente, es decir, en mi propia práctica psicoanalítica y al mismo tiempo en mi curso de la Sección Clínica del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII.

Podría pensarse que el axioma lacaniano del inconsciente estructurado como un lenguaje es una matriz para unificar el campo de la experiencia analítica. Y es así, en general, como fue entendida su enseñanza: como un privilegio dado unilateralmente al lenguaje, al significante, al deseo.

Mi esfuerzo actual se dirige a demostrar que eso no es verdad, que eso no es lo único que enseña Lacan. Durante dos años mi tema general ha sido el otro Lacan, el que no fue percibido durante veinte años; otro Lacan que aquel vulgarizado como el pensador del significante en la experiencia psicoanalítica. Este año intento demostrarlo a partir de lo que llamo «las dos dimensiones de la experiencia analítica»: la dimensión del síntoma y la dimensión del fantasma. Mi hipótesis es que la matriz de la enseñanza de Lacan durante treinta años fue esa vinculación, precisamente los problemas de esa vinculación.

EL FUNCIONAMIENTO DE NUESTRA CLÍNICA PSICOANALÍTICA

Por una parte tenemos ese fenómeno del que solemos decir que pertenece a un primer nivel, a la fenomenología de la experiencia analítica, es decir, lo que se puede ver, oír, en el paciente. Éste habla mucho de su síntoma. Habla para lamentarse de él, y es el síntoma lo que lo mueve a ir al analista.

Respecto del fantasma, la situación es otra. El paciente no va al analista a lamentarse de su fantasma. Bien al contrario, ya que el sujeto obtiene placer a través de él. Es algo que puede constatar cada analista. Esta observación es suficiente para colocar fantasma y síntoma en dos vertientes diferentes: la del placer y la del displacer.

De esta manera funciona nuestra clínica psicoanalista. Podemos decir que el sujeto, el paciente, recurre al fantasma en contra de su síntoma. El fantasma tiene una función de consolación. Esta función es una observación de Freud y así es como introduce el fantasma en el psicoanálisis, como una producción imaginaria que el sujeto tiene a su disposición en ciertas ocasiones, más o menos frecuentes, y a la que en ese momento llama «ensueño diurno». Esta es la primera forma en la que el fantasma irrumpe en el discurso analítico, como ensoñación diurna. Puede encontrarse esta vinculación entre fantasma y función de consolación en los Estudios sobre la histeria, de Freud y Breuer, cuando la famosa Ana O. habla de su teatro privado. Podría decirse que es la consolación filosófica por excelencia, la consolación de masturbación. Cuando leemos Pegan a un niño, paradigma analítico del fantasma, vemos que Freud abre ese texto con la vinculación entre el fantasma y esa satisfacción masturbatoria, precisamente, como goce. Un goce que podemos llamar goce fálico, si con esta expresión pensamos, como Lacan, en una satisfacción tanto para los hombres como para las mujeres, en un goce distinto del goce del Otro.

De este modo, el fantasma le produce placer al sujeto mientras que el síntoma le produce displacer. Además, un hecho constante en la experiencia cotidiana es que el sujeto habla con abundancia de sus síntomas, pero tiene muchas reticencias sobre sus fantasmas. Puede ser una paradoja, decía Freud, que el sujeto sea tan prolijo sobre sus sueños, pueda gustar de sus propios lapsus o del witz, pero del fantasma motus –como se dice en francés o en latín–, ni palabra, nada de nada. Sin embargo, en la fenomenología misma de la experiencia analítica se produce una inversión entre síntoma y fantasma.

Es interesante observar, cuando se trata del sujeto obsesivo, que sobre el tema de sus inhibiciones no es inhibido. En cambio –también es una observación de Freud–, el fantasma del sujeto obsesivo es una de las cosas más escondidas del mundo. En una pequeña conferencia titulada «Der Dichter und das Phantasieren», un pequeño texto de diciembre de 1907, Freud lo dice claramente: el fantasma parece como el tesoro del sujeto, su propiedad más íntima. No es el caso del síntoma.

¿Cómo entender, articular, teorizar esta diferencia clínica tan aguda? Podemos hablar de la vergüenza del fantasma. Es cierto, existe una vergüenza del fantasma porque generalmente éste se presenta en relación con los valores morales, con los valores éticos del sujeto. En el neurótico, el fantasma se manifiesta como tomado del discurso de la perversión. De una manera muy general, los fantasmas del neurótico son fantasmas perversos, lo que no quiere decir que el neurótico sea un perverso, al contrario. Pero su fantasma es tomado del discurso de la perversión, es decir, es tomado del campo de un goce que no es el goce propio del obsesivo. Esto explica también la vergüenza del fantasma. No es infrecuente en psicoanálisis encontrar a una mujer feminista que tiene un fantasma masoquista ni encontrar, tal vez, a un hombre humanista cuyos fantasmas sean peculiarmente agresivos.

Hay una contraposición entre lo que llamamos posiciones éticas del sujeto y el elemento fantasmático, elemento que no está en armonía con el resto de la neurosis. Freud lo dice al finalizar la segunda parte del texto que llamamos el paradigma analítico del fantasma: por lo general el fantasma permanece aparte del resto del contenido de la neurosis. Es precisamente de este tipo de observación de lo que un analista no suele desear acordarse. Mi idea es que esta es una manera de decir que el fantasma está en otro lugar que el resto de los síntomas del sujeto, que es distinto. El fantasma incomoda al sujeto, lo inhibe, aunque en general él sabe qué hacer con su fantasma: obtener placer de él.

LA MAQUINARIA DEL FANTASMA

Una hipótesis lacaniana dice que el fantasma es como una maquinaria que transforma el goce en placer. Una máquina para domar el goce, ya que por su propia inercia el goce no va al placer sino al displacer. Esta es la investigación freudiana que encontramos en Más allá del principio del placer. Más allá del principio del placer en el sujeto hay una dimensión de goce. Así, el fantasma aparece como un medio para retrotraer ese «más allá del principio del placer» a la dimensión del placer. Esto, en mi opinión, se ve en la función del famoso juego del fort-da que Freud presenta en este texto. También aquí el sujeto aprende a dominar una situación a través de esa pequeña maquinaria del juego y a obtener placer de esa maquinación. En esta conferencia Freud dice que, si bien los adultos –según parece– ya no juegan como cuando eran niños, el fantasma viene a sustituir en ellos la actividad lúdica infantil; el fantasma tiene una función semejante a la del juego. Se trata de una función de producción de placer en una situación que es al mismo tiempo una situación de goce y de angustia. Con su maquinación lúdica, el niño obtiene placer de una situación angustiosa, porque no debemos olvidar que la condición necesaria del juego del fort-da es la ausencia de la madre. Hay un sentido en la ausencia de la madre que reside en que el niño no es suficiente para satisfacerla, para procurarle una satisfacción completa. La función esencial de esa ausencia del Otro materno es que ella tiene otro objeto, otro diferente del niño. Más adelante veremos esta función en la emergencia del deseo del Otro como tal, en la producción del fantasma.

La reticencia a comunicar el fantasma, apreciable en la observación fenomenológica, es solamente un primer paso para destacar la diferencia entre síntoma y fantasma a propósito de la interpretación del analista. Para decirlo rápidamente: se trata del fantasma fundamental, de ese tipo de fantasma que Freud acentúa en Pegan a un niño, es decir, ese segundo tiempo del fantasma que nunca aparece en la experiencia misma como tal. Podemos decir que ese fantasma fundamental nunca es verdaderamente interpretado. Mi tesis es que la interpretación es, sobre todo, una interpretación de síntomas y nunca una interpretación del fantasma. El fantasma es objeto de construcción del analista y no, propiamente, objeto de interpretación. Es difícil afirmar cosas así, máxime cuando nadie las ha dicho de esta manera, y lo es también porque hay cierta comunidad de experiencia de los analistas. Se debe ser muy cuidadoso antes de introducir ese tipo de distinciones. Sin embargo, es interesante constatar que, desde este punto de vista, Freud decía lo mismo, aunque de un modo menos evidente.

Aún debemos admitir una paradoja antes de poder afirmar que no hay interpretación del fantasma fundamental. En la experiencia psicoanalítica existe una dimensión, un movimiento, de demanda: por un lado la demanda y, por el otro, lo único con lo que el analista responde a esa demanda: la interpretación. El analista no da ninguna otra cosa que interpretación, nada más que palabras. Como vemos, la demanda fundamental de un paciente en el análisis es una demanda de interpretación, de obtener palabras, nada más. Entonces, es en el orden fenomenológico, en el primer nivel de la experiencia, donde el analista puede presentar algunos fantasmas que están en su propio lado. El fantasma de alimentar al paciente es un fantasma analítico muy conocido. El fantasma habitual del analista es dar el pecho al paciente, pero los pechos de los analistas sólo son pechos significantes. El fantasma topa, justamente, en este punto porque el sujeto no lo ofrece a la interpretación, se lo queda escondido. Pero si generalmente el fantasma no se ofrece al movimiento de la interpretación, el trabajo del analista consiste en obtener su revelación; es una cuestión de dirección de la cura.

El fantasma se presenta entonces como no tocado por el significante. Mientras que, a la inversa –y con esta hipótesis de la cura analítica–, se trata de que el significante que el analista da en la interpretación permita una modificación del síntoma.

LA PROBLEMÁTICA DEL FIN DEL ANÁLISIS

Cuando se hace una teoría de la experiencia analítica fundada unilateralmente en la dimensión del síntoma, es decir, exclusivamente a partir del fundamento de la demanda inicial del paciente, el análisis aparece sólo como terapéutica del síntoma. Esta es la problemática de la cura, de cómo curar los síntomas.

Podemos ver en la literatura psicoanalítica que nunca se trata de curar a un paciente de sus fantasmas. Cuando un paciente se preocupa demasiado de sus ensueños diurnos, podemos hablar de una emergencia sintomática de esos ensueños, pero, cuando se trata del fantasma fundamental –y no sólo desde el punto de vista lacaniano, aunque fue Lacan quien lo acentuó–, nunca consiste en curar al sujeto de ese fantasma. De manera general, la razón por la que Lacan distinguió claramente la dimensión del síntoma de la del fantasma es porque colocó la problemática del fin del análisis del lado del fantasma y no del lado del síntoma. El fin del análisis, como tal, no es el momento en que el sujeto cree sentirse lo suficientemente bien como para retomar sus cargas en la vida cotidiana; esto es la terapéutica analítica. No se trata de una cuestión de más o menos síntomas.

En Análisis terminable e interminable, Freud dice que desde el punto de vista del síntoma, de la normalización ideal del sujeto, de la cura como tal, no podemos pensar que los analistas estén completamente curados –le parecían más bien un poco enfermos–. El objeto del fin del análisis es una modificación mucho más profunda que la del nivel del síntoma. Lo que se persigue es cierta modificación de la posición subjetiva en el fantasma fundamental. No es, pues, una cuestión de cura.

La propuesta de Lacan para formular esa modificación del fantasma fundamental es la de traversée du fantasme [atravesamiento del fantasma], pero lo importante no es mantener esta expresión como un sintagma, sino ver en ella el esfuerzo por definir cierta modificación, que no desaparición, ya que no se trata de hacerlo desaparecer.

El fantasma en la práctica analítica puede entenderse a la vez como esos sueños diurnos más o menos frecuentes, que está a disposición de la conciencia, así como también aquello más escondido del sujeto. Hasta tal punto que Freud dice que lo verdaderamente fundamental en el fantasma nunca aparece y es siempre reconstruido por el analista. Hay, por tanto, una amplitud extraordinaria de la dimensión del fantasma en la práctica analítica.

El análisis particular de un sujeto confluye en ese fantasma fundamental. En cierto modo, el fantasma se decanta, acaba resultando el residuo del desarrollo de un análisis, el residuo precisamente de la interpretación del síntoma.

LA FORMACIÓN DE LOS PSICOANALISTAS

Ahora podemos tratar de entender las tres dimensiones del fantasma. En primer lugar, hay un carácter imaginario del fantasma, el de la producción de las imágenes de los aspectos del mundo, una producción imaginaria de los personajes del ambiente del sujeto. En segundo lugar, siempre según Lacan, encontramos la dimensión simbólica. Se trata cada vez de una pequeña historia que tiene que obedecer a ciertas reglas, ciertas leyes de construcción, que son las leyes de la lengua. Hay que destacar que el texto fundamental de Freud, Pegan a un niño, lo dice claramente: un fantasma es solamente una frase. Cuando se ha decantado completamente, el fantasma resulta una frase, con algunas variaciones en su gramática. Los tres tiempos de ese fantasma son ciertas variaciones gramaticales del mismo. Hay, pues, una gramática del fantasma, pero es importante tener en cuenta que esto no se ve en un primer nivel, como es el caso de la dimensión imaginaria, sino únicamente cuando se reduce de manera esencial, se limita a una frase.

Constatamos con facilidad el hecho, realmente extraordinario, de que en la clínica psicoanalítica permanecemos en contacto directo con los fenómenos que Freud observó. Es cierto que, en el curso del tiempo, se han transformado muchas cosas de la práctica analítica porque el análisis es parte del mundo, parte del discurso universal general. Hoy ya no se puede interpretar como lo hacía Freud cuando al comienzo de un análisis decía, por ejemplo, a una señora: «Usted desea a su padre y, en cambio, no le gusta su madre». Es admirable, pues aquellas eran curas de tres meses, ocasionalmente de dos o tres semanas. Hablar dos o tres veces con Freud era consuelo incluso para los analistas. Pero las mismas interpretaciones ya no tenían idénticos efectos después de algunos años de práctica analítica. La transformación del discurso general producida por el psicoanálisis significaba para Freud, ya entre los años veinte y treinta, la constatación de un problema técnico.

En los años ochenta, es el paciente quien llega a la consulta diciendo: «Tengo un problema edípico». De este modo se ha producido un cambio en las posibilidades de la interpretación, y la dimensión simbólica del fantasma –la más oculta– sólo puede obtenerse después de cierto tiempo de análisis.

De la tercera dimensión del fantasma, Lacan se ocupa en un momento avanzado del desarrollo de su enseñanza. Parece una paradoja que la dimensión fundamental del fantasma sea su dimensión real; es decir, que tiene un carácter de residuo que no puede cambiarse.

En el pensamiento de Lacan es un axioma que «lo real es lo imposible». Por ejemplo, aquí es lo imposible de cambiar y creo que así resiste en el discurso analítico mismo. Por esa razón, para Lacan el fin del análisis es el logro de una modificación de la relación del sujeto con lo real del fantasma. Es la cuestión que produce las variaciones del movimiento analítico y, ante todo, es la cuestión de la formación de los psicoanalistas. Cuando se trata de la formación, no se trata únicamente de qué curso dar, no es meramente una cuestión de conferencias, sino de cómo conseguir esa modificación subjetiva de lo real con los medios del lenguaje, con los del significante. Se trata de obtener una modificación de ese residuo real del análisis.

Considero que la dirección de la cura requiere el conocimiento de la delimitación exacta entre síntoma y fantasma. El desarrollo de la cura, cuando se mantiene la orientación correcta, está marcado por la obtención de un fantasma cada vez más puro, más puro y más trágico. Cuando el analista no considera esta separación en su teoría, creo que es muy difícil reglar, orientar la cura del paciente. Pues, mientras que hay una dinámica del síntoma, más o menos rápida pero al fin y al cabo una dinámica del síntoma, por el contrario encontramos –para emplear una expresión de Lacan– una estática del fantasma. En el desarrollo de la cura analítica, el fantasma se reduce cada vez más a un instante esencial, sin verdadera dimensión temporal, se reduce al punto del instante.

Como vemos a través de esta posición de Lacan, que el inconsciente esté estructurado como un lenguaje no implica que todo se interprete. Lo que no se interpreta tiene una función. Creo que la dirección de la cura es justamente la utilización de ese fantasma reducido como instrumento de la interpretación. Creo también que esto corresponde a una dirección esencial del análisis, pero no es una lectura fenomenológica: lo que no se interpreta es una pregunta para el sujeto mismo. La dificultad reside en que, mientras que el síntoma aparece a ojos del sujeto como una opacidad subjetiva, es decir, en forma de enigma –y es la inclusión del sujeto sobre su propio síntoma lo que lo conduce al análisis–, el fantasma no se le presenta con esa opacidad, sino que se le propone con una dimensión de transparencia, como si su lectura fuera inmediata. Si inicialmente el paciente habla frondosamente de la dimensión imaginaria del fantasma, el cambio que se trata de lograr es que pueda plantearse lo que cubre ese fantasma.

VARIACIONES SOBRE UN FANTASMA LITERARIO: DIANA Y ACTEÓN

Sin pretender sintetizar aquí la dimensión del fantasma, voy a tratar de presentarla de una manera reducida. La podemos ver en el sujeto del fort-da, en la observación de Freud sobre el niño que utiliza un carrete de hilo para aproximar o alejar el objeto. Freud acentúa allí la ausencia del objeto, de la madre. Ese juego, que para nosotros es un paradigma del fantasma, implica la emergencia del deseo del Otro. Es esa maquinación fantasmática –maquinación de dominación parcial sobre el deseo del Otro y sobre la angustia– lo que en mi opinión está ausente en el sujeto psicótico. Si leemos el texto del presidente Schreber, podemos advertir en su narración la existencia de cierto fort-da, sólo que ahí el objeto que va y viene es el sujeto mismo. Es el propio presidente Schreber quien, en su relación con Dios, toma el lugar de ese objeto, obteniendo un goce indescriptible pero también un sufrimiento terrible.

¿Cómo ilustrar el fantasma con otro paradigma? La dificultad en sí misma es muy interesante, ya que cuando se trata de síntomas –sueños, lapsus y actos fallidos– encontramos libros y libros, por ejemplo de Freud, sobre lo que Lacan llamó las formaciones del inconsciente. Tenemos La interpretación de los sueños, la Psicopatología de la vida cotidiana para los actos fallidos, El chiste en su relación con el inconsciente para el witz... Hay muchos libros que versan sobre las formaciones del inconsciente, pero no encontramos ningún libro compuesto para una diversidad de fantasmas. Vale la pena reflexionar sobre ello. Si el paradigma del fantasma es «pegan a un niño», no es posible imaginar un libro compuesto por una compilación de fantasmas, pues sería un listado de frases de este tipo que no pueden llegar a hacer un libro. Los fantasmas no divierten como esa dimensión del primer descubrimiento de Freud o lo que es lo mismo: hay una monotonía del fantasma.

Una obra inteligente, excepcional, que ayuda a darse cuenta de esto insólito –una obra de gran monotonía– es la del Marqués de Sade. Se trata de una obra construida sobre el fantasma, no demasiado divertida. Si ha suscitado tanto interés a lo largo de dos siglos es debido a que conseguir un libro del Marqués de Sade era muy difícil. Recuerdo la dificultad para adquirirlo en las librerías cuando finalicé mis estudios secundarios. Por supuesto, esa dificultad le daba un valor extraordinario. Como dice Lacan en su texto sobre Sade: en una biblioteca era un libro de segunda fila; en la primera estaban los libros de Santo Tomás de Aquino y, un poco más escondido, estaba Sade. Ahora, cuando en Francia y España puede leerse a Sade en libros de bolsillo, se ve que es una obra sin witz, sin esta dimensión de witz del significante; es una obra fundada no sobre la estructura del síntoma sino sobre la monotonía del instante fantasmático. Esto puede apreciarse en los Ciento veinte días de Sodoma; ciento veinte jornadas dedicadas al mismo fantasma no es muy entretenido, no se puede contar durante ciento veinte días el mismo chiste. Constituye un buen ejemplo de la diferencia entre la dimensión del fantasma y la de las formaciones del inconsciente.

Creo que es imposible, para terminar, dar un ejemplo de esta condición del fantasma en un fantasma literario que fue como un juego para los escritores de varias épocas –sobre todo en el barroco–. Es la historia de Diana y Acteón, que me parece una ilustración del instante fantasmático, de esa castración que fija al sujeto. Esta historia ilustra lo que Lacan llama el instante de ver, porque se trata del instante de ver a la diosa desnuda y de las consecuencias de ese acto. En la historia de Diana y Acteón convergen varios temas que se pueden acentuar: el tema de la belleza sorprendida, el de la visión, el del ojo, el del cazador, el de los perros...; y creo que pueden ilustrar lo que en el fantasma no es sólo cuestión de frase.

Podemos utilizar ahora la fórmula $a, la escritura lacaniana del fantasma. A pesar de ser muy conocida, conviene tener en cuenta que no es la escritura del fantasma en tanto que frase –aunque el aspecto simbólico fundamental del fantasma sea ser una frase–. Se trata de una escritura que propone al fantasma como la relación del sujeto con un objeto especial. Es la escritura de un sujeto fijado por un objeto en sí mismo especial, y esto Lacan lo formula de un modo realmente simple. Sé que no es un sentimiento general, pero creo que es una notación muy precisa. Encontramos dificultades para leerla, pero podemos reflexionar sobre cada palabra, cada frase, ver su precisión. Me parece más sencillo que leer páginas y páginas de aproximación como estamos acostumbrados en psicoanálisis, por no hablar de otros campos.

$◊a

escritura del fantasma

Esta escritura, entonces, es la de una determinada relación (◊) entre un sujeto y un objeto, digamos, especial al que está fijado de raíz. Es importante notar que el aspecto fundamental del fantasma no es la relación del sujeto con una frase, sino la relación del sujeto con un objeto. Ese objeto (a), que es el fruto de una larga elaboración de Lacan. Ésta es para él la estructura del fantasma, que se ve muy bien en la historia de Diana y Acteón.

En esta historia, un sujeto, Acteón, descubre de manera mortal un objeto que es la desnudez por excelencia. Podría desarrollar este aspecto de la historia, pero voy a hacer lo contrario, es decir, centrar esta historia en el punto de vista del problema de Diana.

Diana se desnuda y al mismo tiempo se escapa de lo que provoca, que es el deseo del otro –representado en nuestra fórmula por esta a (autre)–. Podemos imaginar que Diana se presenta en esta historia como histérica, es decir, que precisa de sus velos para provocar en el otro la tentación de descubrirla. Podemos utilizar un juego de palabras del francés: ella se dérobe, que quiere decir indistintamente que se escapa y que se desnuda. Tenemos aquí una contradicción como la del ataque histérico que Freud ilustra con esa histérica que presentaba la pantomima de dos movimientos contrarios: con una mano sujetaba su vestido y con la otra se lo quitaba. Freud lo interpreta como un fantasma típico en la histeria, ya que ahí el sujeto se comporta como una mujer y como un hombre al mismo tiempo, con una mano se protege como una mujer y con la otra se comporta como un hombre que le quita su vestido. Según Freud, ésta es para ella una forma de referirse a su sexualidad. Puede decirse que en la historia de Diana y Acteón se presenta la separación de esos dos movimientos.

¿Qué sucedería si Diana no fuese histérica, si su conducta no fuese como un fantasma histérico encarnado y fuese, por ejemplo, fóbica? Creo que pasaría lo siguiente: los perros que originalmente acuden para castigar al cazador después del instante de su observación, en la fobia vendrían antes de que el cazador la viera; cuando él aún estuviera lejos, los perros ya estarían prohibiendo. En la fobia, los perros se dirigirían contra Diana. Esta es la manera en que se experimenta la fobia: cuando el deseo del Otro se aproxima al sujeto, aparecen los perros y se dirigen contra el sujeto mismo.

La fobia, entonces, es como una variación del fantasma histérico, una variación de lo que ocurre con el a, con su aparición. La función del objeto fóbico surge precisamente con la emergencia del deseo del Otro, formando un círculo que separa al sujeto cuando se manifiesta la angustia originada por ese deseo del Otro. De esta manera podemos considerar la fobia un modo elemental del fantasma. Ahora creo que podemos dar cuenta de esa expresión de Lacan, aparentemente difícil, que dice que en la fobia hay un deseo prevenido, un deseo que en cierto modo no se produce. La expresión francesa désir prévenu (precisamente «deseo prevenido») alberga las significaciones de anticipación y de señal.

Diana puede parecer fóbica porque tiene su propio círculo, pero como histérica se puede decir que está en la luna –quien, por su parte, es la diosa de las histéricas–. Como histérica, vive con sus ninfas y necesita que el hombre respete sus apariencias, necesita el velo y castiga a Acteón por no respetar esa necesidad con algo que parece un análogo de la castración.

Puede decirse también que Diana, con su pasión exclusiva de cazadora, es como una obsesiva; precisamente ha sido presentada así en muchas ocasiones. Si fuese obsesiva los perros estarían a su alrededor para que fuera imposible acercarse a ella. Sería un ejemplo de deseo imposible.

Son diferentes modos del sujeto para relacionarse con el deseo del Otro. Tanto en el fantasma histérico como en el obsesivo, se trata de dos modos de hacer con el deseo del Otro y con los perros. La fobia es, en cierto sentido, demasiado elemental como para que pueda hablarse propiamente de fantasma. Los interesados en el estudio de esta articulación del fantasma pueden remitirse al texto de los Escritos.

Llegados a este punto, sería conveniente destacar la presencia de esos fantasmas, su «modo de estar» en la experiencia psicoanalítica. A nosotros no nos interesa describir la conducta de los individuos en la vida cotidiana –sería posible en una vertiente satírica–, pero eso no interesa al analista. Puede demostrarse la presencia estructural de esos fantasmas en el sujeto de la experiencia analítica; se verifica en los problemas técnicos del análisis. Así, una histérica que no encuentra un lugar para ella en el Otro, va a buscarlo en el lugar del analista. O puede ir a la consulta presentándose como si estuviera en su casa, lo cual conlleva varios problemas técnicos. También podemos describir la conducta del obsesivo que necesita que cada uno, analista y analizante, se mantenga en su lugar. El obsesivo hace su trabajo en el análisis, pero más que ninguna otra cosa desea que no pueda verse nada del deseo.

NOTAS

Al parecer se trata de la primera intervención pública de Jacques-Alain Miller en castellano, que inició de este modo: «Quiero comenzar agradeciendo la amable invitación del doctor Gomá y del Departamento de Filosofía de esta facultad. Esta es la primera vez que doy una conferencia en castellano. Necesito, entonces, la benevolencia del auditorio. Es más difícil, para mí, hablar el castellano que leerlo, y más difícil escribirlo que hablarlo, por lo que esta conferencia será una improvisación».

En el coloquio que siguió a esta intervención se registró un comentario del doctor Sarró a propósito de su relación con el doctor Jacques Lacan y una extensa respuesta de Jacques-Alain Miller. El doctor Sarró dijo: «Quiero hacer una pregunta en relación con una anécdota personal. Tengo una nietecita que se llama Noemí. Cuando la niña tenía la edad en que debía atravesar la fase del espejo –hará de esto unos diez o doce años-, la puse delante de un espejo. Pero la niña, en vez de reaccionar lacanianamente con gran júbilo al ver que su cuerpo no estaba fragmentado sino que constituía una unidad, reaccionó con indiferencia mirando a su abuela. Entonces, le escribí una carta al doctor Lacan diciéndole “Mire, ha ocurrido esto, la niña no es lacaniana”. Desde entonces, cada vez que me escribía me daba recuerdos para Noemí. Esto viene a cuento de la siguiente pregunta: ¿cuál es la teoría del yo en Lacan? ¿Es que el yo es puramente la imagen en el espejo, o es el fenómeno más fundamental de nuestra vida? ¿Qué es el yo para Lacan?».

A lo que Jacques-Alain Miller respondió: «No me hace muy feliz esta invención del estadio del espejo del doctor Lacan. Tampoco a él le satisfacía mucho. Es una invención del joven Lacan, fue el tema de su presentación en el Congreso Psicoanalítico de Marienbad, en el año 1936. Ha quedado hasta el final en su obra como un verdadero paradigma, aunque con variaciones y sentidos muy trabajados. Así como con la historia de Diana y Acteón se pueden hacer variaciones, Lacan hacía muchas, muchísimas variaciones sobre esta estructura.

»Como observación, no pertenece al discurso analítico porque es una observación de la conducta de un niño en el mundo real, como cuando Freud observa la conducta del niño fort-da, y como fenómeno no aparece en la experiencia analítica misma. Es un hecho de observación común del que hay todo tipo de ejemplos, ejemplos a favor y ejemplos en contra.

»Lo interesante de la clínica analítica es que –como aparece exclusivamente en el coloquio privado del analista y el paciente- no se puede contradecir verdaderamente. Es lo que hace que la clínica analítica en cierto modo no se pueda refutar. Es una debilidad de esta clínica, pero resulta muy cómoda para exponerla porque no se puede decir verdaderamente “no es así”.

»Creo que como hecho de observación es generalmente exacto. Y lo es aún más si se tiene en cuenta que frecuentemente el niño que se ve en el espejo después se gira para mirar a una persona de autoridad, para obtener –según Lacan- la garantía de su propia imagen. Así, hay posibilidad de discutir sobre este hecho. Por otra parte, es cierto que para Lacan la función del yo es una matriz, es decir que hay una aliencaión fundamental al Otro en la constitución del yo. Es, en el primer lenguaje de Lacan, por mediación del otro que el sujeto puede acceder –aunque de manera un poco vacilante– a esa respuesta de identidad del yo.

»Quiero destacar que lo que Lacan llama el sujeto es distinto de la constitución de ese yo imaginario. Cuando habla del sujeto se trata del sujeto tal como aparece en la situación analítica, que precisamente es una situación que no permite una relación especular.

»Así, respecto a la teoría del yo se puede decir que cada vez que hay una cuestión de personalidad, una cuestión –si hacemos un juego de palabrasde presti(g)io, encontramos estos fenómenos imaginarios».

2

Conferencia de clausura de las I Jornadas del Campo freudiano

en España, Bilbao, 17 de abril de 1983.

Inédita.

Podemos preguntarnos, partiendo de una idea sencilla, cuál es la diferencia elemental entre el síntoma psicótico y el sistema neurótico. Hay una distinción que me parece fundamental y que he encontrado en el curso de este año en París: en la psicosis el síntoma es siempre del Otro, no es verdaderamente el síntoma del sujeto. Por esta razón se produce la confusión de hablar de psicosis en términos de proyección, porque la verdad de la proyección es esa extraña particularidad del síntoma psicótico como síntoma del Otro. Sin embargo, habría que añadir todavía algo más: y es que en eso reside justamente la verdad del síntoma, la verdad para todos; la particularidad del psicótico es que él lo sabe, sabe que el síntoma es el síntoma del Otro.

Para el psicótico, como para el neurótico, el síntoma es lo que no va, lo que no funciona. Es la misma definición, pero en la psicosis lo que no funciona es el Otro, hay una exterioridad del síntoma. En consecuencia, para el neurótico el síntoma se presenta como una opacidad, una opacidad fugitiva, mientras que para el psicótico se presenta como una transparencia. Precisamente un síntoma fundamental de la psicosis es el de la transparencia de su pensamiento, de sus ideas, de su voluntad, lo que se denomina en francés syndrome d’action exterieur (síndrome de acción exterior o adivinación del pensamiento). Es, precisamente, un síntoma de transparencia y no de opacidad.

Así, en el neurótico, el síntoma puede buscar a través del psicoanálisis su complemento en el Otro, encontrar el Otro a quien quejarse, de quien quejarse. Pero el psicótico no necesita un análisis para encontrarlo, él ya llega. Así resalta el valor del dicho de Lacan, que parece una paradoja: que el psicótico es normal. Es decir, que para el psicótico el Otro no es normal, la anormalidad está unilateralizada completamente en el Otro.

Podemos utilizar el caso Schreber, como todo el mundo en el campo psicoanalítico freudiano, como un caso de referencia. Es un caso de referencia debido a que la forma de su psicosis resulta ser un punto de cruce entre la paranoia y la esquizofrenia. En el pensamiento de Schreber, en su concepción, él es normal. La anormalidad es la anormalidad de Dios, es responsabilidad de Dios el hecho de trasgredir el orden del mundo. Schreber hace una diferencia entre Dios y el orden del mundo y, en su concepción, él se conforma al orden del mundo mientras que es Dios quien lo transgrede.

EL FANTASMA EN LA PSICOSIS

¿Por qué hablar de fantasma en la psicosis? Si en la psicosis hemos podido decir cosas tan sencillas sobre el síntoma, también podremos hacerlo sobre el fantasma y, precisamente, el caso Schreber permite seguir el desarrollo de las cosas en la diacronía de su psicosis. Como Schreber relata en sus Memorias de una neurópata, cuando su psicosis empieza –y él lo sabe– surge el primer fantasma famoso: «Qué bello sería ser una mujer en el acto de copular». Al comienzo, el sujeto Schreber reconoce ese fantasma como una idea propia y dice: «Yo tenía la idea de que eso sería hermoso». Como idea no es muy característica, más bien parece algo escandalosa para un presidente del Tribunal Supremo, pero no es todavía un fantasma característico de la psicosis como tal. Lo que será la revelación de la psicosis de Schreber es el momento en que esa idea se convierte en el fantasma de ser la mujer de Dios.

De este modo, me parece que al inicio se mantiene la conformación habitual del grafo de Lacan: la aparición de un fantasma en el campo de la conciencia del sujeto. Es un fantasma que, de entrada, es significado por el sujeto; el sujeto sabe que tiene ese fantasma, es decir, que se puede describir de la misma manera que en el neurótico o el normal.

Es el primer momento. Pero Schreber describe posteriormente la aparición del sentimiento extraño de algo que empieza. En el curso de la psicosis, vemos lo que puede llamarse una inflación progresiva de la significación, la invasión del fantasma sobre la significación completa: el fantasma invadiendo todo el campo de la significación para el sujeto, convirtiendo toda la vida del sujeto en una significación única. Así, aparece una perspectiva de realización del fantasma, éste deviene real y, progresivamente, Schreber cree que su propio cuerpo puede sufrir una transformación real en mujer.

En la concepción lacaniana sobre la comunicación humana, el mensaje donde el sujeto se constituye lo recibe del Otro. Es lo que escribimos con una A entre paréntesis, (A) –es el primer nivel de la concepción lacaniana de la comunicación en general–. Pero eso el neurótico no lo sabe. Así, podemos decir que aquí los paréntesis significan precisamente eso, que en todo efecto de significación el sujeto neurótico –el sujeto supuesto normal– ignora la presencia del Otro en su significación.

En el orden normal de las cosas, la intención de significación del sujeto solamente llega a producir una significación de forma retroactiva. Si hay discurso es porque se tiene una idea de lo que se desea decir. Si la cadena significante se para es porque se produce, retroactivamente, un efecto de significación.

De modo que, si queremos escribir lo que sucede en el psicótico, creo que tendremos que invertir esta cuestión porque el psicótico conoce esa significación y conoce, también, el síntoma como síntoma del Otro. Podemos escribir entonces que, cuando se trata de la psicosis, la presencia del Otro en la significación o en el síntoma no es ignorada, es conocida.

Porque, ¿qué demuestra Lacan sobre el psicótico? No es solamente que el Otro sea el lugar del significante y que de manera habitual ese sea un lugar mudo –el código no habla–; el caso Schreber es mucho más que eso porque el lugar del Otro, del código, del significante, está alterado. Para el psicótico, el código «habla» y el sujeto tiene que escucharlo. Por eso, lo que primero encuentra el sujeto no es el Otro como lugar del significante sino una significación. Eso puede observarse de una manera muy precisa en la clínica de Schreber, cuando él se encuentra con la significación y no con el Otro como lugar de los significantes; el sujeto encuentra antes que nada los mensajes del Otro, al Otro de los mensajes. Es algo que también se demuestra en las presentaciones de enfermos. Lacan señala en estos casos la paradoja de un código constituido por un mensaje; es el aprendizaje de la Grundsprache o el fenómeno de los mensajes interrumpidos.

Ésta es una tentativa de transformar el esquema del grafo del deseo –un deseo de Lacan que figura en los Escritos–, transformar el grafo normal para dar cuenta de los fenómenos psicóticos.

Para dar cuenta, por ejemplo, de los fenómenos intuitivos. ¿Qué son esos fenómenos intuitivos? Por una parte, se trata de la función de la certeza, de que el sujeto está seguro de que cualquier cosa deviene significativa. Es el puro sentimiento de que hay un cambio de significación en el mundo –la función de la certeza es verdaderamente importante en la psicosis–. El sujeto puede recordar que, al empezar su psicosis, primero ha encontrado ese cambio de significación, sin poder decir de qué. Lacan lo señala diciendo que en esos momentos el efecto de la significación se anticipa sobre el desarrollo de la significación, y eso permite –desde mi punto de vista– situar ese primer encuentro con el lugar de una significación enigmática como el encuentro con una significación eventualmente vacía, rechazada por el sujeto.

Y, por otra parte, se trata del lugar de las voces en la psicosis. La posición normal de la voz en el grafo también está invertida. Por eso el sujeto encuentra la voz, en un fenómeno bien conocido en la psicosis.

SUPONER AL SUJETO

Yo pienso –como todos los que trabajamos en la Sección Clínica– que es posible hablar de sujeto en la psicosis. Es posible porque hablar de sujeto siempre es, tanto en el neurótico como en el psicótico, un asunto de suposición. Y nos interesa suponer al sujeto en la psicosis.

El trabajo de nuestros amigos Rosine y Robert Lefort es precisamente estudiar esta cuestión en el tiempo de la causación primera del sujeto, cuando se juega si el sujeto va a quedarse petrificado por el significante o si va a surgir como efecto de verdad; momento en que existiría la tentación de decir que no hay, en ese punto, sujeto. Esto corresponde a un punto muy preciso en la fórmula lacaniana de la metáfora paterna: Nombre-del-Padre, Deseo-de-la-Madre –metaforizado– y, bajo ese lugar, escribimos una x para señalar el eventual efecto de sujeto. Me parece que los estudios de los Lefort tratan precisamente sobre qué pasa en ese lugar de la x cuando hay un problema de metaforización, qué pasa en el momento mismo de la causación originaria del sujeto.

En todo caso –y por una posición ética–, para nosotros se trata siempre de suponer al sujeto en la psicosis. Es suficiente que en el mundo exterior se hable, con eso basta para suponer a un sujeto, no es necesario que el sujeto mismo hable. Porque es posible, con un mutismo completo, tener un pensamiento muy articulado. Es la demostración del caso Schreber: un período de mutismo ocupado por un pensamiento completamente articulado. Así, para hablar de clínica es necesario hablar también del autista –que realmente me parece un «Otrista»–. ¿Por qué? Porque eso habla de él.

Aunque es verdad que el sujeto psicótico no puede acceder a la tranquilidad del yo no pienso, no tiene esa posibilidad que le da su falso ser al sujeto. El sujeto psicótico no puede permitirse ocupar ese lugar que es la base de nuestra tranquilidad. Se puede ver en Schreber, donde encontramos esa posición denominada nichtdenken, precisamente, pensar en nada; pero cuando Schreber está en la posición nichtdenken es una completa catástrofe.

Todos esos elementos me parecen razón suficiente para retomar las cosas que Lacan expone en su texto sobre la psicosis, porque todo indica que ese texto –clásico para los lacanianos– tiene recursos teóricos no explorados todavía y que pueden explotarse en el futuro.

Pero hay algo más en el desarrollo de la enseñanza de Lacan. Y es que, para nosotros, esa enseñanza no es dogmática. En su interior asistimos a un progreso, por ejemplo, en esa famosa cuestión del goce –famosa, ahora–. Por ejemplo, en el texto clásico de los Escritos hay muy pocas referencias al goce, hay solamente la referencia al goce imaginario del sujeto Schreber frente a su imagen, o la anotación sobre el goce de su práctica transexual cuando se viste de mujer. Sin embargo, hace varios años, cuando la Sección Clínica inició la tentativa de leer el texto de Lacan a partir de su nueva teoría del objeto a, se encontró que, para ello, una aproximación sencilla al texto de Lacan era la función del liegen lassen, del «dejado caer» del sujeto que aparece en Schreber. Podemos decir que este «dejado caer» es un primer estatuto del psicótico, un objeto perdido por el Otro. Me parece que esta construcción es muy próxima al texto de Schreber y a las anotaciones de Freud.

LA OTRA IDENTIFICACIÓN

Pensar que no habría sujeto en la psicosis es una ilusión. Por ejemplo, una frase como la propuesta por Gérard Miller en el Encuentro Internacional en París –«el psicótico no hace lapsus»– no deja ver que, aunque el sujeto psicótico no esté en el lugar del efecto de verdad, hay sin embargo efectos de verdad en la psicosis, ya que hay interpretación aunque ésta sea la del propio sujeto. Lo que ocurre es que en el lugar de la verdad se encuentra un saber. Pero en eso se funda la afinidad del discurso analítico con la psicosis, y por eso Lacan dijo que un análisis era una paranoia exitosa.

Llegado a este punto, podrían demostrarse las sucesivas transformaciones, en la enseñanza de Lacan, de su conocida metáfora paterna. Esta metáfora paterna –que fracasa en la psicosis– es correlativa de una identificación del sujeto que le permite sostener el deseo del Otro. No es suficiente suponer que en la psicosis el sujeto no accede a la identificación fálica. Hay que suponer, además, que el sujeto accede a otra identificación. De ahí que, por ejemplo, la psicosis de Schreber no se desencadene hasta los cincuenta y un años. Por lo demás, conocemos la otra identificación del sujeto paranoico, la identificación con la mujer, la mujer de Dios.

En la forma desarrollada de la psicosis paranoica, lo que adquiere significación para el sujeto es el «Tú eres la mujer», y el sujeto acaba por consentir, por aceptar esa identificación. Ahora bien, conviene diferenciar el «Tú eres “la” mujer» en la psicosis del «Tú eres una mujer» en la femineidad –basta con imaginar al presidente del tribunal vestido de mujer para ver la diferencia entre ese estilo de «la» mujer y una mujer–. Me parece que sólo hay una afinidad entre la posición psicótica y la femineidad, pero que esa afinidad no es de ninguna manera una identidad. La cuestión del éxito de la metáfora paterna, un éxito supuesto, es algo muy diferente de cómo se realizan las posiciones sexuales. Aquí puede verificarse ese dicho escandaloso de Lacan: «“La” mujer es uno de los Nombres del Padre». Eso es, precisamente, lo que se realiza en la estabilización de la metáfora delirante de Schreber. A través de ese efecto de significación de la metáfora delirante, Schreber fabrica un «símil» de Nombre-del-Padre y obtiene una estabilización de su posición.

Es decir que, con la significación que viene al lugar de la significación fálica falante, el sujeto produce un «símil» de Nombre-del-Padre, lo cual permite la estabilización de una metáfora delirante. Ahora le podemos dar una formulación precisa: lo que permite la estabilización del psicótico es poner, en el lugar del Nombre-del-Padre, el «Tú eres “la” mujer». En ese punto me parece que el síntoma psicótico es, finalmente, el fantasma del Otro.

3

Santiago de Compostela, 24 de febrero de 1984.

Primera transcripción y redacción realizada por Miquel

Bassols, Hilario Cid y Adolfo Jiménez.

Publicada en El Analiticón, n.º 1.

Hubo en la Antigüedad una experiencia muy particular, la experiencia llamada del daimon, término griego, o del genios, su correspondiente latino. Es una experiencia que puede leerse en Sócrates, la de su relación con una supuesta instancia, a la que llama daimon, que decide el destino peculiar de cada persona. Este daimon, ¿qué es ahora?, ¿ha desaparecido o se conserva todavía en la práctica del psicoanálisis?

Hay un genio del psicoanálisis, un solo genio llamado Freud, reconocido como tal por los psicoanalistas y el campo de la cultura.

LO QUE EL GENIO NO SABE

¿Fue Freud un genio? Hay una noción que parece fundamental para decir de alguien que es un genio: la invención. El genio como invención encuentra su forma en la del juicio estético de Kant. No imita y, por eso, al mismo tiempo, es un ejemplo para los otros. Es lo que ocurre con Freud. Hay un momento en Freud, un antes y un después de este momento. Se han hecho esfuerzos para deducir a Freud del campo de la cultura de su tiempo, pero estos esfuerzos, creo, no pueden medir al genio. Vamos a aceptar que Freud es un genio.

Otra pregunta sería si Lacan fue o no un genio y si, pasada la relación entre Freud y Lacan, podemos decir ahora, tras su muerte, que fue un genio. Había gente, en vida de Lacan, que iba a decirle que era un genio. Tenemos su respuesta. Consideraba una injuria decir de él que era un genio. De entrada, Lacan nunca olvidó que él no era el inventor del psicoanálisis.

Pero hay más, con el concepto de genio del siglo XVIII, puede decirse que hay un inconsciente del genio –puede verse en la definición de Kant–, precisamente porque el genio no obedece a reglas previas. Es un inventor que no puede comentar cómo el genio produce su producto, lo cual corresponde al concepto mismo de genio. Dice Kant que un genio no sabe cómo encontrar en él las ideas.

Esto guarda relación con el inconsciente. Un genio no sabe cómo sus ideas se encuentran en él, es un lugar donde se producen cosas sin que el sujeto pueda decir cómo se producen. No es una definición del psicoanálisis, sino de la filosofía estética. Un genio no puede seguir un plan, no puede comunicar a los otros unas reglas que les permitan hacer cosas semejantes. Si Lacan consideraba una injuria que se dijera de él que era un genio era porque esto contradecía al movimiento propio de su investigación, es decir, al esfuerzo por saber, comunicar y enseñar cómo se producen las cosas en psicoanálisis.

La relación entre Freud y Lacan es como una relación entre el genio y el gusto en Kant. Lacan sería el gusto. La relación entre ellos, según Kant, consiste en que el gusto cepilla las desviaciones del genio, afina sus excesos. El mismo Lacan lo formula cuando dice que la teoría de Freud está construida año a año, como una jungla, y que su tarea –la de Lacan– es trabajar en esa jungla, meterse en ese lugar para desbrozar la jungla freudiana.

¿Freud es como Newton o más bien como Homero? O sea, ¿se puede aprender a partir de Freud, o bien es un poeta al que admirar sin estar seguros de hacer las mismas cosas que él? Ésta es una cuestión muy importante. El genio, en el sentido de Kant, tiene su valor en el arte pero no en la ciencia.

El de Lacan es un esfuerzo para comunicar el psicoanálisis, para enseñar lo que llama el «matema». Matema, en un primer sentido, significa lo que se puede enseñar, es decir, la dimensión no genial, no de invención sino de enseñanza. Por esto, precisamente, para Lacan es una injuria que se le llame genio. El genio no es el hombre del matema, para el genio el matema es imposible. Por esta razón Lacan, hacia el final de su vida, era un poco pesimista –en cuanto a transmitir el psicoanálisis como matema–, como puede leerse en las palabras de su última etapa, cuando decía que el trabajo de cada analista es el de reinventar el psicoanálisis. Esto puede significar que no hay otra salida para el psicoanalista que ser un genio.

Es un chiste. Es un chiste decir que un analista puede ser un genio. Es un hecho de experiencia –podemos decirlo con seguridad– que los analistas no son genios. En realidad, en el análisis es el analizante el que tiene vocación de genio.

EL GENIO DEL DISPOSITIVO CLÍNICO

La asociación libre es la invitación a ser un genio –un genio en el sentido kantiano–, es decir, a no obedecer a reglas previas y a crear los propios productos de palabras. La asociación libre es la invitación al paciente a que se despoje de su aprendizaje.

En la pintura hay representaciones de genios –pintados con alitas–, que le vienen bien al psicoanálisis. Por ejemplo, Eros, el genio del amor. A los analistas les gusta mucho creer que el psicoanálisis es amor; hasta tienen una palabra para ello: la transferencia. Hay una identificación que les resulta muy agradable. Como creen que el súmmum del amor es la madre, están muy dispuestos a identificarse con ella. Pero hay analistas cuya posición es de neutralidad, para impedir el genio Eros.

Ahora bien, lo que los psicoanalistas no pueden soportar es un segundo genio propuesto por Freud, el genio Tánatos. En palabras del mismo Freud, «Eros no va sin Tánatos». Es un hecho, sin embargo, que en la historia del psicoanálisis Tánatos no fue aceptado. Podemos contar con los dedos de una mano a los analistas que aceptaron a este genio, el genio de la muerte. La mayoría de los analistas anteriores a Lacan, incluso los discípulos más próximos de Freud, no pudo aceptarlo. Pero nosotros vamos a ver de qué se trata la relación entre Eros y Tánatos.

Podemos entender también el genio del psicoanálisis de la misma manera que Chateaubriand lo utiliza en su título El genio del cristianismo, es decir, como el carácter propio, distintivo, del psicoanálisis. Así, los psicoanalistas no tendrían genio, pero el psicoanálisis sí lo tendría. Es la invención de Freud: hacer funcionar esa experiencia con personas que no son genios.

Existe una expresión francesa, con otro sentido, le génie du lieu –que algunos propusieron traducir como «el duende» y otros, literalmente, como «el genio del lugar»–, que es el genio que responde a las preguntas del oráculo. Freud, con su dispositivo clínico, obtuvo un genio del lugar. Este dispositivo comprende:

– La asociación libre, la invitación a decir todo lo que se quiera sin obedecer a otra regla más que a ésta.

– La interpretación, del lado del analista.

– La transferencia.

– La respuesta peculiar del analista a este fenómeno, su neutralidad.

En estos cuatro puntos se resume la estructura misma de la experiencia analítica. No importan mucho las diferencias teóricas cuando este dispositivo es aceptado. Las desviaciones importantes en el movimiento psicoanalítico nunca fueron teóricas sino prácticas. Así fue con Lacan y la International Psychoanalytic Association (IPA), ya que la enseñanza de Lacan tenía consecuencias prácticas en el análisis.

No importa lo que un analista piense, pues la neutralidad es primordialmente una neutralización de su pensamiento. Lacan dice que la frase que da la posición del analista es «No pienso», cosa difícil de soportar. Por eso es necesario un análisis previo: para poder funcionar en la experiencia como analista que no piensa. Es muy difícil no pensar; de eso hay múltiples evidencias.

En los inicios, los analistas creían tener la obligación de ser eruditos –por ejemplo, Ernest Jones–, pero fue sólo al principio, en un momento peculiar de la historia del psicoanálisis. Al comienzo hubo una Edad de Oro, los diez primeros años, en la que la interpretación tenía efectos súbitos y espectaculares. Después tuvo lugar un período de interrogación para saber cómo funciona un análisis. Fue el período conocido como el de los escritos técnicos, donde se trataba de hacer un análisis de la transferencia, que correspondió a los diez años siguientes.

Después de estos primeros veinte años, los psicoanalistas tuvieron que reconocer que el psicoanálisis no funcionaba, que el genio del psicoanálisis había desaparecido. Y Freud tuvo que proponer, en 1920, nuevas fórmulas para tratar este fenómeno, que era resultado de los efectos mismos de la práctica analítica sobre el inconsciente. La desaparición del genio del psicoanálisis fue un hecho histórico. Los síntomas ya no desaparecían de la misma manera en la que antes se podía esperar. A este fenómeno responde un efecto teórico de Freud, la llamada segunda tópica, que marcó un momento de stasis, de detención del análisis.

Podemos afirmar con seguridad que para Freud la condición del genio del psicoanálisis es la ausencia del genio del analista y que la IPA es una asociación para mantener la ausencia de genio en el psicoanálisis. Lacan decía al respecto que la única misión de la Asociación Americana de Psicoanálisis (APA) era obtener cien analistas mediocres, carentes de genio. Hay razones de estructura para ello.

La invención de Freud no es la del inconsciente, la invención del genio de Freud es la del dispositivo analítico, es decir, de cierto modo de poner en acto la realidad del inconsciente en el fenómeno de la transferencia. Es una manera de reactivar el inconsciente.

EL CONCEPTO DE CUALQUIERA O LAS PORTERAS DE BALZAC

La invención propia de Freud fue la del psicoanalista. El concepto freudiano de analista es una producción única, inédita en la historia de la formación de las ideas. Antes hubo analizantes –los genios del siglo XVIII, como Descartes o Pascal, eran analizantes, dice Lacan–, pero un analista es una producción de Freud. Es la producción propia del psicoanálisis. No hay que tener miedo a decirlo: lo que hay en el activo evidente del psicoanálisis es la producción de psicoanalistas.

Al genio de los psicoanalistas podría aplicársele la frase de Baudelaire, a propósito de Balzac, cuando dice: «En Balzac, hasta las porteras tienen genio». Si en el psicoanálisis los analistas son genios, es en el mismo sentido que en las porteras de Balzac.

¿En qué sentido un psicoanalista es un fenómeno nuevo? Primero, en que no habla al individuo. En público habla al colectivo, pero en su práctica, en su relación con un individuo, con una sola persona cada vez, se produce la primera novedad: no habla y no responde a la persona como tal, le responde como poseído y poseso del inconsciente, pero no responde con exorcismos. La novedad consiste en que el analista tiene que anular su propio genio y aceptar ser cualquiera. Podemos decir que, en cierto modo, la novedad del analista reside en su capacidad de estar en experiencia como un cualquiera. Es un atentado a su narcisismo, por lo que toda la literatura analítica viene a ser como una reparación de este atentado.

La transferencia es un fenómeno automático. Si en la transferencia se trata de amor, lo terrible es que se trata de un amor a cualquiera en posición de analista. Puede verse cuando hay una transferencia de paciente, una remisión de una analizante a otro analista –que indica la suposición, por otra parte del primer analista, de que el fenómeno de la transferencia puede producirse con otro de la misma manera que con él–.

Fue un esfuerzo propio de Lacan construir este concepto de cualquiera que funciona como analista en la experiencia. Es un cualquiera peculiar, distinto de un médico, un psicólogo o un psicoterapeuta. Este cualquiera, peculiar en el análisis, es un concepto de Otro.

No supuso una novedad, en su tiempo, el hecho de considerarla constitución humana a partir del mito de la relación con el otro. Pero el semejante no es cualquiera. Al principio de su enseñanza, Lacan construyó el modelo del espejo, donde se trata de otro, pero de otro que no es cualquiera sino que es semejante –lo que implica un conocimiento estético del otro–. Esta relación con los otros se transforma completamente cuando no se trata de una comunicación estética, relacionada con la visión. Se transforma por la existencia del lenguaje.

En los años cincuenta, el esfuerzo de Lacan consistía en resaltar cómo se transforma la relación con el otro cuando se introduce el lenguaje. El lenguaje es el tercero, no es ni el uno ni el otro, pero constituye una referencia para los dos. Este tercero es Otro, pero un Otro que no es semejante. Su tesis para articular el modus operandi del psicoanálisis fue que, cuando uno habla, siempre se dirige a este Otro. Hay que destacar que este Otro está inscrito en una proposición universal. Todo ser humano que habla, habla para este Otro más allá del individuo con el que puede conversar.

Este Otro tiene una larga historia en la enseñanza de Lacan. Está hecho de todo lo que fue dicho, de la cultura universal –no importa que uno la conozca o no, existe independientemente de cada uno–. Karl Popper tiene también este concepto hecho del discurso universal que él llama, a su peculiar manera, un mundo.

La invención de Freud es precisamente la de analista como representante del Otro. Considerar al analista una encarnación del Otro es algo completamente loco. Y, sin embargo, la novedad consiste en que el analista, sin decir nada, pueda dar cuerpo a este Otro, ser su representante. Los analistas creían, en los primeros tiempos del psicoanálisis, que tenían que ser este Otro, lo que explica su avidez pos saber. Este Otro lacaniano es lo que permite entender correctamente el genio del psicoanálisis.

El reconocimiento de la producción automática de la transferencia sirve de vínculo a la comunidad psicoanalítica. Pero una cosa es el hecho de la transferencia y otra distinta la interpretación de este hecho. Freud interpreta la transferencia mediante la repetición, como si la razón de la transferencia fuera la presentificación, en la sesión, de los personajes más importantes de la historia del sujeto. En este punto, el análisis que hace Lacan es diferente, pues demuestra que hay otra interpretación en Freud, menos explícita, que no es mediante la repetición sino mediante la interpretación. Lacan interpreta la transferencia por la interpretación misma.

El dispositivo analítico pone al sujeto en posición de genio, en sentido kantiano. Por medio de la invitación que supone la regla de la asociación libre, coloca al sujeto en posición de no saber lo que dice, de decir de cualquier manera lo que dice. Por el mero hecho de aceptar esta regla cae en la dependencia del Otro. No se trata de una dependencia real. Aunque es cierto que en el analista existe un deseo de tener pecho para alimentar al paciente, en esta dependencia se trata sólo de una sugestión simbólica por el «Sujeto-supuesto-Saber».

La definición más sencilla que puede hacerse a este respecto es la del Sujeto-supuesto-Saber como pivote de la transferencia –ésta es la estructura de la transferencia en el sentido lacaniano–. Mientras que, por su lado, los fenómenos son mucho más complejos: amor que puede ser odio, confianza-desconfianza, etcétera. Se trata de una disposición del sujeto. El sujeto es reducido en el análisis a lo que Descartes concibe como el genio maligno, el genio que permite obtener un sujeto donde pensamiento y ser se confunden en un punto.

Lacan dijo en algún momento que el sujeto del análisis es el mismo sujeto de Descartes, el que corresponde al sujeto de la ciencia. Pero no es su última definición. En el sujeto cartesiano, pensamiento y ser son uno, mientras que en el psicoanálisis pensamiento y ser no son uno. Si el genio maligno cartesiano se detiene frente a un punto absoluto de densidad del sujeto, de coherencia del pensamiento, hay que decir que el genio freudiano ataca la identidad misma del sujeto, es decir, atrapa al sujeto en el punto donde no puede decir ergo sum. Es el genio del chiste, del lapsus, del acto fallido, del sueño...

UN GENIO SIN SÍMBOLO: EL OBJETO a

En Kant existe una noción, a propósito del genio, que puede desarrollarse como «naturaleza suprasensible del sujeto que no puede atraparse en un concepto». El análisis ataca este punto donde no hay un concepto de la identidad del sujeto. Este punto, en la teoría lacaniana, tiene una escritura: a. El genio del análisis, su carácter propio, fue desde el primer momento la preocupación de Lacan. Su fórmula es lenguaje y palabra, pero es un error pensar que su enseñanza se detiene ahí. Y no se detiene ahí, precisamente, porque con la única dimensión de la palabra no podemos obtener más que la no identidad del sujeto.

El sujeto que habla y que piensa no puede experimentar otra cosa que la contestación de su falta de ser –sea en la exaltación o en la melancolía, poco importa– que tiene que ver con su vinculación al discurso, en cuya dimensión no hay nada seguro. Nada puede deducirse en la pura dimensión del discurso puesto que, para deducir algo, hay que conseguir el acuerdo del Otro. Pero si el Otro es neutral, no puede deducirse nada porque no puede deducirse solo. Cuando ese Otro es el analista, no se puede deducir nada, simplemente no puede asegurarse ni la verdad ni la falsedad.

Debemos preguntarnos, sin embargo, si esto es el todo de la experiencia analítica. Y no lo es, porque si lo fuera cada uno sería cualquiera. Es el caso del analista, pero no de todos, porque cada uno tiene su genius, su estilo propio, una inercia, una manera de vivir. Por esto no podemos evitar definir al sujeto como una variable. Y, si lo es, habrá que pensar de qué función es el sujeto la variable.

En Freud hay una respuesta y el trabajo de Lacan fue su formulación. Según Freud hay una única función de la variable sujeto: la función fálica. Es la única función en relación con la cual el sujeto puede tener un valor, si se identifica al sujeto con la variable.

Freud tomó el falo como un símbolo sin el cual no puede entenderse lo que dice de la castración. La castración no es una falta de tener, sino una falta de ser. Está definida por la disyunción del sujeto con el ser. La experiencia analítica consiste en la experiencia, por parte del sujeto, de la falta de ser que se produce de manera automática cuando uno se planta en la dimensión del discurso.

El ser es, por una parte, un poco sorprendente. Acostumbrados a estudiar al ser como un máximo de densidad, según la secular concepción filosófica, en el psicoanálisis el ser resulta mucho más humilde. En psicoanálisis, antes de Lacan, el ser se abordaba a través de esa distinción tan unívoca entre lo genital y lo urogenital. Los primeros analistas suponían que el genio era lo genital, pero con la idea de lo urogenital tendía a normativizarse en lo genital. Es decir, el genio propio del psicoanálisis consistía en obtener la simbolización de todo el goce –en especial, del goce urogenital del supuesto perverso– mediante el falo.

Y al mismo tiempo que existía esta ilusión, permanecía en el análisis, según la concepción de los analistas más rigurosos, la constatación de que el sujeto experimenta un goce que no puede ser simbolizado, un goce irreductible e ingeneralizable, refractario a lo universal, absolutamente peculiar. Éste es el genio de cada uno.

Un dicho es siempre universal, es algo dirigido al Otro y, por tanto, un dicho del Otro, una universalización perpetua. Pero hay una zona en el sujeto que es de una particularidad absoluta, de un goce singular. Los primeros en descubrirlo fueron los psiquiatras cuando constataron la existencia de las perversiones sexuales, del fetichismo. El goce particular de cada uno no incluye al Otro, aquel lugar universal. En la experiencia se pone de manifiesto una dimensión que no es significante.

Esto no fue bien leído en Lacan. Su punto de partida desde el lenguaje y la palabra podía ocultar la existencia de un goce no reductible al Otro. Goce que fue el descubrimiento de Freud en sus «Tres ensayos para una teoría sexual» y supuso el núcleo de su segunda tópica. Justamente, a través de esta particularidad, Freud se esforzó en explicar la nueva resistencia al psicoanálisis, sus límites terapéuticos.

Cuando Freud introdujo a Tánatos, estaba introduciendo al genio maligno del psicoanálisis. Maligno porque impide, en cierto punto, la cura del sujeto. El problema para Freud fue el descubrimiento, en esta resistencia, de un goce peculiar que residía en el malestar en sí mismo. Por esto sus últimas palabras fueron pesimistas con respecto a la cura.

También Lacan, al igual que Freud, fue pesimista al final. Sin embargo, su esfuerzo de juventud consistió en pensar cómo en el análisis, dentro del campo del lenguaje y la función de la palabra, podemos tratar con este goce que no tiene un símbolo fálico, que se resiste al discurso.

¿Cómo podemos operar con este goce que no tiene símbolo? El primer esfuerzo de Lacan fue darle un símbolo escrito, el símbolo a, lo cual es ya un símbolo muy peculiar. El símbolo de una cosa que no tiene símbolo es en sí mismo una paradoja.

El verdadero genio del psicoanálisis es el objeto a. No tenemos mejor aproximación al daimon o genius primitivo que el objeto a. Ya es mucho poder decir que el psicoanálisis puede abordar este goce como un objeto. Fue Lacan el que le dio esa formulación. Puede deducirse en Freud, Abraham o Winnicott, pero sólo para decir que no es suficiente plantear al analista como representante del Otro. Lo que se constata es que el sujeto se contempla con ese objeto a. El precio pagado por esa falta de ser es que el sujeto viene a complementarse con el objeto a para ser un todo, para ser un uno.

En la psicosis se verifica la presencia de un goce que no tiene símbolo, pero que tampoco tiene la forma del objeto a. El psicótico tiene la experiencia de sí mismo como objeto de Dios. Sería como la experiencia de no hablar a los otros sino al Otro. Así es como se produce cierto tipo de goce sin símbolo.

Las últimas palabras de Lacan sobre la posición del analista se dirigían a hacer de él una encarnación de este goce sin símbolo. Dicho así puede parecer algo fantástico, pero en realidad es una invitación al analista a plantarse, no como representante del saber sino –lo cual es inédito en toda la historia– como un objeto que no tiene símbolo en el discurso universal.

NOTA

Miller explica que, a la espera de viajar a Londres para asistir a una exposición titulada «El genio de Venecia», recibió la llamada telefónica en la que se le invitaba a realizar esta conferencia y a dar su título. «Genio del psicoanálisis» fue la primera idea que se le ocurrió como título y que causó su trabajo posterior para dar sentido a ese significante.

4

Conferencia de clausura de las II Jornadas del Campo

freudiano en España. Vigo, 26 de febrero de 1984.

Inédita.

El estatuto de la pregunta en la experiencia analítica es algo muy complejo y, para su estudio, no basta con el análisis lingüístico de la pregunta.

«¿QUÉ QUIERE DECIR ESO?»

He planteado esta pregunta sobre la pregunta a partir de varios casos de mi experiencia –casos límite de la patología de la pregunta–, que nuestros colegas norteamericanos llamarían borderline. Por ejemplo, una paciente que, entre otros rasgos clínicos, tenía el de no hablar si no en forma interrogativa. Después esta forma se fue disipando, pero tuve que soportarla durante dos años, alguien que sólo hablaba en forma de pregunta. No importaba tanto el contenido de las preguntas, podría dar una lista, había miles y miles. La más simple era un «¿entonces?» al empezar la sesión. O, menos aún, sólo un aire de interrogación; un aire que podía ver porque esta paciente no quería utilizar el diván.

Partiendo de este punto, puede decirse que existe una clase de sujetos que podríamos llamar los «preguntones». Se trata de una clase de sujetos –la paciente que encontré es sólo un caso extremo– con los que resulta especialmente difícil maniobrar con la transferencia mientras que, a la vez, con su agudeza, hacen surgir el estatuto fundamental de la pregunta en la experiencia.

La pregunta es una demanda, por supuesto. Pero tiene la propiedad de ser una demanda que se dirige explícitamente a un saber. En cierta manera, los preguntones son sujetos que manifiestan como una instancia fundamental, necesaria, a hablar del saber. Porque preguntan, preguntan con insistencia, y el hecho de la pregunta instaura la dimensión del saber en la experiencia analítica.

Para verificar que existe esta clase de sujetos preguntones, podemos pensar en aquellos que no plantean ninguna pregunta –que también existen–, salvo las preguntas mínimas, las necesarias para establecer la cita analítica. Puede verse entonces la diferencia entre ese mínimo, necesario para establecer la relación social analítica cuya condición es una cita, y la no-relación que mantienen de manera evidente, no planteando preguntas.

Estos sujetos que no plantean preguntas, para decirlo rápidamente, tienen una estructura obsesiva. Así se sitúa un obsesivo frente a la pregunta. Lo remarcable es que esos sujetos sí se plantean preguntas, pero se las plantean a sí mismos; mientras que los preguntones las plantean explícitamente a otro.

¿Qué es la duda, como síntoma obsesivo, sino el hecho de preguntarse a sí mismo? El sujeto obsesivo no espera respuesta más que de sí mismo, y ésta es la paradoja de su posición: al plantearse las preguntas a sí mismo, él es quien no sabe y, a la vez, quien debe dar la respuesta. Lo cual permite entender la peculiar inmovilización del obsesivo –que es una salida ante esa pregunta–, a la vez que el enorme trabajo que hace para poderse dar la respuesta. Esto da el estilo tan peculiar, propio del obsesivo, que es al mismo tiempo inmovilización, trabajo y procastinación.

Así podemos ver que en la duda hay, al mismo tiempo, arrogancia. No quiere recibir la respuesta de otro. Hay un imperativo –imperativo de trabajo para buscar la respuesta– y al mismo tiempo demora la respuesta.

Esto define lo imposible de su posición. En cierto modo, no tiene otra salida que desaparecer. Y explica también sus dificultades con la interpretación, que puede tomar formas fenomenológicas muy diversas, pero siempre aparece como la pretensión de otro de responder en su lugar. En la pregunta obsesiva de «¿Qué quiere decir esto?» se encarna la pregunta a sí mismo y la intolerancia a la interpretación.

En los que no plantean preguntas al otro, ¿cuál sería entonces la función del saber? Se trata solamente de asistir al debate del sujeto con su propia pregunta, de ser espectador del tormento de la pregunta, lo que da al supuesto obsesivo ese estilo que Lacan, en sus primeros textos, llamaba «intrasubjetivo», es decir, no dirigido al otro. Como consecuencia, el analista se reduce a ser un desecho; lo cual es compatible con la atribución de saberlo todo, pero este «todo saber» no vale nada en tanto que lo que importa es la pregunta a sí mismo.


La eventual idealización del analista responde a esta lógica. El analista es un desecho primordial, ya original. Y el Sujeto-supuesto-Saber –poder saber un día la respuesta a la pregunta– es el sujeto mismo. Para expresarlo de manera sencilla, podría decirse que la pregunta a sí mismo implica el paréntesis del otro.

Es un hecho que la duda fue aislada hace mucho tiempo por los analistas como un síntoma obsesivo, es decir, que hay una insistencia de la pregunta en esa forma peculiar de retorno de la pregunta sobre el propio sujeto. Vamos a ver ahora si se puede hacer de la pregunta –la pregunta de los preguntones– un síntoma histérico en el mismo sentido en que la duda fue reconocida como un síntoma obsesivo.

«¿QUIÉN ES?»

La pregunta histérica no es una pregunta dirigida a uno mismo, es una pregunta dirigida al otro, manifestada evidente, insistentemente, como tal. Esto da al sujeto histérico su estilo «extrasubjetivo» –como Lacan decía antes de articular el concepto del Otro– que hace de la histeria un discurso fundado en el lazo social. La obsesión, por el contrario, no hace lazo social, precisamente porque pone al Otro entre paréntesis. Si la pregunta histérica puede tomar la forma de una llamada al otro, en la pura obsesión no hay esta llamada al otro porque el otro es un cadáver, y es así como retorna sobre el sujeto.

Una pregunta es también una afirmación, la afirmación de una falta en el saber. El sujeto histérico muestra esta falta a través de la pregunta, repitiéndola para mostrarla de la manera más aguda y, al mismo tiempo, hace surgir la dimensión de un saber. Precisamente la pregunta histérica es lo que hace surgir la dimensión del Sujeto-supuestoSaber.

En la histeria, el significante de la transferencia es la pregunta. A través de la pregunta el sujeto se hace representar ante el saber constituido. Presentarse con el significante de la pregunta es la manera en que el sujeto se dirige hacia el saber. El significante de la pregunta es un significante que dice que falta uno, que falta un significante, pero, para decirlo, la pregunta misma ya es un significante. Así podemos entender qué significa esta expresión, utilizada por Lacan una sola vez, que el significante de la transferencia en la histeria es la pregunta.

El que plantea la pregunta «¿Quién es?», parece dar testimonio de su propia humildad. Pero es una falsa humildad porque el que plantea las preguntas –el preguntón– en realidad es el amo, pues él pone al otro a trabajar para responder. Aquí se ve bien la diferencia tradicional entre histeria y obsesión: el obsesivo es el que trabaja, es el esclavo de sus preguntas.

La pregunta es lo contrario del trabajo. Esto se puede escribir muy sencillamente, y es interesante hacerlo en castellano ya que, contrariamente al francés, el signo de interrogación es doble, inverso y simétrico, lo cual ayuda a desarrollar la estructura misma de la pregunta.

¿?

Podemos escribirlo así para decir que quien plantea la pregunta es el amo. Y en el análisis, precisamente, el amo del analista. ¿Por qué? No solamente porque quien plantea las preguntas pone al otro a trabajar, sino también porque es juez de las respuestas. En un primer nivel, el que plantea la pregunta parece constituir al otro como supuesto saber de la respuesta, pero en realidad, en un segundo nivel, el sujeto mismo constituye como Sujeto-supremo-Saber la validez de la respuesta.

Lo que vehicula cada pregunta, sin importar su contenido, es satisfacción. Con esta mera alteración en el lenguaje, el otro está obligado a satisfacer el pedido, la demanda de saber. Y, al mismo tiempo, el único saber requerido es sobre la satisfacción de la demanda misma. Por eso la pregunta tiene siempre en su horizonte un saber sobre el deseo. Más aún: sobre el deseo y su causa. El preguntón siempre puede responder: «No estoy satisfecho de mi propia satisfacción». Si en un primer nivel la pregunta señala una falta del lado en el que se encuentra el sujeto, en el segundo nivel señala una falta en el otro.

¿? → a

La pregunta es también un modo de la demanda. Y se puede entender por qué Lacan dice que la demanda es fundamentalmente modal. Es verdad que todo puede ser pregunta, y que a través de la demanda pueden movilizarse todas las formas retóricas. Para obtener la pregunta basta con encapsular cualquier palabra entre dos signos de interrogación. Su escritura en castellano muestra la pregunta como un paréntesis, es una forma de paréntesis. Y, de este modo, como los paréntesis lógicos, crea un vacío. También es muy interesante la sinuosidad, podría explorarse la relación entre las sinuosidades de las preguntas y el sujeto mismo. Podría decirse que los interrogantes son como la división misma del sujeto, $.

Ser un preguntón es un modo fundamental del sujeto en el análisis, hasta el punto que el sujeto es una pregunta en sí mismo, sin importar el contenido de sus preguntas. Esto se ve claramente en la histeria, porque el sujeto histérico sabe que no tiene su lugar en el Otro del saber, experimenta la virulencia de esta ausencia, experimenta en sí mismo la ausencia del significante que podría representarlo.

El matema del discurso histérico de Lacan es exactamente la reproducción del nivel fenomenológico de la experiencia: un sujeto planteando su pregunta a un amo supuesto saber para obtener la respuesta y verificar que esta respuesta no puede dar satisfacción.


El saber, pues, no puede satisfacer a la verdad, y la pregunta señala la ausencia de un significante que pueda representar al sujeto. Así se entiende que esta pregunta sea, de manera selectiva, una pregunta sobre la mujer, ya que precisamente la mujer en sí misma no tiene un significante adecuado, lo que Lacan expresa de la manera más sencilla diciendo que «la» mujer no existe. Precisamente, el doble signo de interrogación en castellano puede ser un apoyo para ver que el sujeto plantea su pregunta a través de otra mujer. Esa ausencia de significante se ve en los momentos de enloquecimiento, de delirio, en la clínica del sujeto histérico, completamente diferentes del delirio en la psicosis que a veces, en la experiencia, queda cierto margen para una vacilación diagnóstica.

Es posible también encontrar la pregunta del sujeto de forma inadvertida, es decir, con el silencio. Pero, ¿qué es ese mutismo del sujeto histérico?, ¿qué significa? En el mutismo histérico el sujeto mismo se hace enigma, encarna la pregunta como enigma, de manera que el analista se ve obligado a hablar, a trabajar. Es una forma límite de la maniobra histérica, con la finalidad de intrigar –en los dos sentidos que tiene la palabra en francés, que significa hacer una conjura complicada y proponer una cuestión–. Por eso, cuando Lacan habla de la intriga histérica, hay que entenderlo en los dos sentidos: como complicación histérica –los misterios histéricos– y como finalidad de la maniobra de hacer hablar.

En la experiencia esto se ve en la demanda fundamental del sujeto: que el analista hable. Lo explicaba muy bien un histérico: «Si usted no dice nada, no sé quién soy» e, inmediatamente después, decía «Quiero saber si usted admite sus errores». Las dos preguntas, la demanda de que el analista hable para saber quién es él y la demanda de que el analista admita sus errores, «nuclean» la estructura del discurso. Al empezar la entrevista, ese sujeto pretendía que no podía reconocerse al espejo, que oía voces, etcétera, lo que, al nivel fenomenológico, podía ser clasificado como psicótico pero, con la ayuda de la estructura del discurso histérico de Lacan, al final de la entrevista pudo concluirse que era simplemente un histérico. La descripción tan precisa de un momento psicótico respondía a una particularidad de ese sujeto, ya que era psiquiatra y sabía como imitarlo.

Para el preguntón, el analista es una referencia, y la sesión puede no ser más que la verificación de su presencia. Verificar que el analista está allí, como un punto fijo. Consideración que debe tenerse en cuenta en la duración de las sesiones, pues las sesiones de los preguntones, de los verdaderos preguntones, tienen que tratar precisamente esta llamada referencial.

Esto explica la lucha que se da en la experiencia entre el histérico y el analista, lucha que puede parecer dual, pero que implica, en la técnica analítica, que el analista no puede esconderse en el «No hay que responder a la demanda». Lo que hay en todas esas preguntas es un «¿Quiere usted echarme fuera?». En consecuencia, cuando se trata de los preguntones, es necesario asegurar al sujeto que hay una falta en el Otro, y que no necesita consumir su fuerza en hacérsela. Del mismo modo, no basta con decir que los histéricos en análisis son unos incordiantes. Se trata de la cuestión de su lugar –o no– en el Otro; razón por la cual Lacan recomienda un «vaciamiento» de la neutralidad analítica, para asegurarle al histérico un lugar en el Otro.

Terminaremos con un feliz encuentro, hallado en una edición de Dámaso Alonso del Polifemo de Góngora, que nos puede servir para pensar la posición que conviene al analista. Hay en el Polifemo de Góngora varias exclamaciones, pero solamente dos preguntas. La primera, la que comentamos aquí, está en la estrofa diecisiete. Creo que a Góngora podemos suponerle que sabe lo que hace, en cada detalle. Pues bien, ¿en qué momento introduce por primera vez la forma interrogativa en el Polifemo? Cuando describe a Galatea huyendo de sus amadores. En un punto peculiar, es el momento final de la descripción de cómo huye ese delicioso sujeto, descrito en las estrofas precedentes.

Huye la ninfa bella; y el marino

amante nadador, ser bien quisiera,

ya que no áspid a su pie divino,

dorado pomo a su veloz carrera;

mas, ¿cuál diente moral, cuál meta fino

la fuga suspender podrá ligera

que el desdén solicita? ¡Oh cuánto yerra

delfín que sigue en agua corza en tierra!

5

Conferencia de apertura del Seminario del Campo freudiano

en Valencia, 6 de noviembre de 1986.

Publicada en El Manuscrito alemán, n.o 3

La pasión del neurótico es una definición que puede encontrarse en el escrito de Lacan titulado «La dirección de la cura». Voy a partir de la referencia de Lacan sobre la «carencia de ser» del sujeto –la expresión exacta sería «falta en ser»– que, aunque parezca una expresión incomprensible, debemos tomar en serio para ver el carácter de paradoja que encierra. El neurótico, desde el punto de vista del terapeuta, es un enfermo mental, pero para Lacan –psiquiatra de formación–, no lo es. La paradoja reside en que hablar de pasión parece una manera de decir «sufrimiento», cuando justamente en la pasión, en el sufrimiento, en el dolor, no hay falta en ser; al contrario, no hay testimonio más fuerte del ser, del ser humano, que el dolor –sea físico o mental–.

El neurótico presenta, seguro, un sufrimiento. El dolor parece ofrecer en sí mismo algo parecido a una prueba de existencia. Cuando uno se siente bien puede poner en duda la existencia del mundo exterior o de sí mismo –o, como teoriza Descartes, hacer filosofía, teología, dudar–, pero cuando aparece un dolor –por ejemplo, el dolor de cabeza de estudiar filosofía– los problemas se van, se van las elucubraciones. Hay una frase de Freud que dice: «Basta un dolor de muelas y la filosofía se olvida»; aquí puede apreciarse la posición del dolor como prueba de existencia.

Además, tenemos algo llamado masoquismo a través del cual el sujeto obtiene también una prueba de existencia. La obtiene en tanto que el otro se ocupa de él, pues para hacer sufrir a alguien es necesario preocuparse mucho de él, y eso es lo que exige el masoquista. El otro es aquí solicitado como amo, pero la verdad del juego es que el amo es el propio sujeto masoquista. En el verdadero masoquista –que desde el punto de vista clínico es un verdadero perverso– la pasión, si se puede utilizar esta palabra, es distinta de la pasión del neurótico.

LA PASIÓN DEL NEURÓTICO Y LA PASIÓN DEL PERVERSO

La pasión del neurótico no se reduce al dolor en el sentido tan preciso en que Lacan utiliza esa palabra. El perverso decidido, el verdadero perverso, no se encuentra en análisis, precisamente porque él sabe la razón por la que está en este mundo: está en este mundo para el goce, sabe dónde buscarlo y dónde encontrarlo. Es buen conocedor de los lugares de goce en la ciudad. Eso lo orienta, eventualmente puede provenir de una elección precoz del goce que le conviene, pero en todo caso el goce regula su deseo.

En el caso del neurótico, por el contrario, encontramos las vacilaciones del goce; de manera tal que el deseo varía y, cuando está a punto de obtener lo que quiere, desaparece. Justo antes de obtener el goce, el sujeto hace un pequeño movimiento para no encontrarlo y se va a buscarlo. Hay un refrán que dice: «No me buscarías si antes no me hubieras encontrado»; así, de igual modo, en el neurótico se trata de buscar para no encontrar.

En el perverso hay una necesidad, el deseo se distingue por un aspecto de necesidad. Es una modalidad lógica en la que se trata, precisamente, de algo que no cesa. Al contrario que el perverso, el neurótico no sabe por qué está en este mundo. Lo que sabe –lo que cree saber– es que no está en este mundo para el goce y, por tanto, no orienta su deseo sobre su goce, no identifica su deseo con su goce. En su caso, la modalidad lógica que define su posición no es la necesidad sino la contingencia; es decir que le falta, precisamente, una razón de ser. Por eso su pasión, la del neurótico, se despliega –modificando la frase de Lacan– en el campo de la «carencia de razón de ser». Le falta la razón de ser y, como le falta, se la inventa. La invención de razones de ser es una pasión humana que ha llenado el campo de la cultura de deberes e ideales que se ofrecen para tratar de llenar esa falta en razones de ser.

El obsesivo, que es una de las formas de la neurosis, se distingue por la invención de la muerte y su fidelidad hacia ella; busca su razón de ser orientándose hacia la muerte del otro. Desde este punto de vista puede decirse que el modelo de la razón de ser en Europa está del lado histérico, mientras que del lado de Estados Unidos, el modelo sería más obsesivo, es decir, encontrando su razón de ser en la muerte de muchas personas.

Pero hay otra manera de tratar la falta de razón de ser, una manera quizá más refinada de destruir las razones de ser del otro, que estaría del lado histérico. ¿Por qué del lado histérico se trataría de destruir las razones de ser del otro? Seguramente no para destruirlo, sino al contrario para obtener que la existencia del otro se deba únicamente al amor del propio sujeto, que piensa que el otro no puede obtener prueba más fehaciente de su existencia que el amor o el odio –es lo mismo– que él profesa.

De este modo, sea a través de la invención de razones de ser o de su destrucción, se trata en definitiva de sostener la existencia del Otro de alguna manera. Del lado obsesivo está la condición de que el Otro no se mueva, por esta razón no hay neurosis obsesiva más pura que cuando el lugar del Otro está ocupado por un muerto. Es lo que encontramos en el caso clásico del «hombre de las ratas». Quizás el pánico que se produce al empezar el análisis tenga su causa en la sospecha de que el Otro se ha movido; en este caso es clásico el momento de pánico cuando el individuo va a visitar la tumba de su padre y ve algo que se ha movido –quizás un animal–; eso lo remite a la idea de que algo de su padre podría moverse. Sostener como ideal que el Otro no se mueva o, al contrario, que le deba su ser al sujeto –lo primero obsesivo, lo segundo histérico– es esencial para la persistencia del Otro. El sujeto aspira a ser lo más preciado para el otro, ya que el Otro le debe su existencia misma.

A propósito del perverso, en quien la razón de ser es el goce, no es cierto que el goce en juego sea lo suyo. El perverso en realidad lo hace todo por el Otro, trabaja para el goce del Otro porque sabe el goce que necesita. Lacan diría que, sádico o masoquista, el perverso se hace instrumento del goce del Otro. Aparentemente se trata de su propio goce y de que no le importan los otros, pero en realidad se trata de un valor instrumental, pues cuando el masoquista se ofrece al juego del sádico de hecho se ofrece al Otro para que goce de él de la manera que quiera.

No sé si puede hablarse de la pasión del perverso y, si la hubiera, no sé si sería una pasión de ser. Del lado neurótico he hablado –no exactamente de falta de ser–, sino de falta de razones de ser, lo que en cierta manera es una fórmula del existencialismo moderno, ya que nuestra época está regulada por el hecho de que ser y razón de ser son equivalentes.

Aquí no debe entenderse la palabra época en un sentido estricto, pues hay que considerar también otras referencias como la simpatía que unía a Lacan con la psiquiatría. Nuestra época está regulada por algo formulado hace algún tiempo, pero que despliega sus consecuencias en este momento y cada vez más, a saber: el principio de la razón, el cual tiene su fundamento en la filosofía. Y, si bien la filosofía tiene algo que ver con la clínica, no es en ella en la que se apoya nuestra época sino en la ciencia, y ésta dice: «Todo tiene una razón». Así, filosofía y ciencia juntas apuntan a que nada es sin razón. Algo de esto se encuentra en el Freud del Malestar en la cultura, a partir de la lectura que realiza Lacan, cuando indica que si hay malestar es porque nuestra cultura está regulada por la ciencia y esto produce una acentuación de la contingencia subjetiva. Es decir que este mundo es nuevo –cada vez más nuevo– porque la acción del hombre lo transforma cambiándolo o destruyéndolo, de modo que, si surge algo nuevo es porque hay alguna razón para ello. De tal forma que el principio del malestar es que todo tiene una razón excepto uno mismo. Esto es lo que define la pasión del neurótico hoy –no vamos a hacer una visión retrospectiva–, pues no tener una razón de ser en nuestra época equivale a una falta en ser; lo cual introduce una referencia necesaria al Otro que, tal vez, tenga la razón de ser que no tiene el sujeto.

DIFERENCIA ENTRE PASIÓN Y DOLOR

La diferencia entre pasión y dolor resulta especialmente importante para diferenciar el tratamiento psicoanalítico del tratamiento en el campo de la medicina. Lacan tomó de un filósofo la frase siguiente: «La verdad del dolor es el dolor mismo». Esta frase indica ya que el dolor tiene su autenticidad, su evidencia, y que en este caso no se confunden la verdad del fenómeno y el fenómeno mismo. A veces, el dolor, que es el fenómeno, se toma por la verdad del mismo.

Al psicoanálisis llega gente que presenta un sentimiento, un dolor –es, precisamente, gente que se queja–, pero en el campo analítico la verdad del dolor es siempre distinta del dolor. Justamente por eso alguien va a un analista, cuando sufre en su cuerpo o en su pensamiento y sospecha que su dolor no es la verdad de su dolor, que ésta es distinta. Llega al analista sabiendo que el dolor tiene su autenticidad pero, al mismo tiempo, tiene la sospecha de que en él ha habido un desplazamiento.

He tratado a una mujer diagnosticada por su médico, en un primer momento, de esclerosis en placas. Durante seis meses, cada noche soñaba que no la tenía y al despertar, llena de felicidad, de júbilo, se decía: «No tengo esclerosis en placas». Seis meses más tarde, el médico le dijo que no tenía nada; quizá le dijo algo como lo del Nuevo Testamento: «Levántate y anda». Y ella anduvo hacia el analista porque, después del rechazo del médico, tenía, más que la sospecha, la certeza, de que la verdad de su dolor y de su incapacidad no era propiamente el dolor. El problema es que no estaba segura de querer curarse de ese dolor, pues aquél le organizaba una vida bastante cómoda, le permitía dedicarse a su ambición de saber de todo. Efectivamente, esa cierta restricción de movimientos le impedía moverse hacia el saber, pero así podía ambicionar algo –subrayo ambicionar y no ser– porque, cuando uno puede moverse, ya no está en todas partes, se queda en un solo lugar. La palabra pasión no significa pathos, es decir, sufrimiento o dolor, como se usa en medicina, sino que también remite a la pasión. Por ejemplo, la pasión de Cristo, donde ese término implica dolor, pero un dolor con relación al Otro. La pasión de diferencia del dolor en que ella se trata fundamentalmente de la relación con el Otro del amor que, a veces, habla.

Por eso es un error clínico hacerle reproches a la histeria, al teatro histérico –no sólo a la histérica, pues algunos hombres lo son–, como si su dolor fuese inauténtico, porque es precisamente de eso de lo que se quejan, de sentir un dolor que al mismo tiempo les parece carente de autenticidad. A veces esta queja por la falta de autenticidad puede llegar muy lejos, incluso hasta el pasaje al acto de realizar la falta en ser. La histeria, con su teatro, dice algo de una verdad, lo cual es un verdadero acto social que revela la estructura de la pasión neurótica. Así como a la histérica se le reprocha su pasión, el obsesivo tiene con el Otro una relación tan evidente, está más del lado de la soledad, de la ausencia, no hace lazo social. Pero en la obsesión también hay una referencia al Otro, a través de la imaginarización de la ausencia, en la constante vigilancia del otro, que en realidad oculta la vigilancia del Otro, es decir, Dios.

Lo que Lacan define propiamente como pasión del neurótico, a diferencia de lo que se diría en la medicina o en la psiquiatría, es la justificación de existir. Este es un término que no he encontrado en Lacan, sino en un psicoanalista inglés que menciona en un artículo cómo en poco tiempo había escuchado tres veces en boca de sus pacientes la fórmula «justificar su existencia». En efecto, éste es el rasgo común en todos los neuróticos –aunque no estén en análisis–, pasar todo el tiempo haciendo cosas para justificarse, justificándose hasta la muerte. Esto puede parecer un rasgo común o banal, pero tiene un gran peso en la experiencia analítica.

La problemática de la justificación es lo que explota la religión, que no haría veinte siglos que se mantiene si no tuviera profundos fundamentos en la neurosis. Mientras que el psicoanálisis por su parte sólo cuenta con un siglo de existencia, ¿cómo habría que plantearlo para que se sostuviera también veinte siglos? Algunos analistas tratan de imitar a la Iglesia, pero el problema es cómo permitir al psicoanálisis continuar sin apoyarse en un tipo de institución que, por razones que no voy a decir, no conviene a la experiencia analítica. Porque, precisamente en psicoanálisis, se trata de sobrepasar la problemática de la justificación. Dicho de otra manera: la pasión abre a las instituciones hacia el exterior.

Volviendo al campo de lo que es pasión en la neurosis, Lacan dice que para el sujeto no solamente se trata de la obtención de un bienestar, de curarse, sino también de justificarse. Cuando se trata de bienestar, uno siempre puede encontrar una silla más cómoda –eso es indudable, siempre hay un lugar más cómodo–. Además, el bienestar se puede obtener con un tratamiento que responda al principio de que todo tiene una razón: si hay dolor es porque hay una causa material del dolor y, si puede transformarse materialmente la causa, eso va a modificar el dolor.

También puede obtenerse el bienestar a través de la comprensión del otro. La psicoterapia, eventualmente, trata de eso: de que la persona se sienta comprendida; a veces el bienestar depende de los consejos, la compasión y la comprensión. En el pasado eso podía ser obtenido en la familia o con los amigos, pero en el mundo actual es necesario, a veces, acudir a un psicoterapeuta para obtenerlo, ya que hoy los abuelos no son tan importantes ni tan efectivos como lo eran en el pasado.

En sociedades de cambio lento, los abuelos tienen más relevancia y operatividad que en sociedades de cambio rápido. Por eso esta función de compasión, comprensión y calor humano pueden darla los abuelos en sociedades de cambio lento, mientras que en sociedades de cambio rápido la dan los amigos, los psicoterapeutas o los fármacos.

En todos estos casos se trata del bienestar; la justificación es otra cosa.

La justificación tiene su fundamento en la relación con otro que permite justificar –eso es la justicia–, lo cual es diferente de la comprensión. Para decirlo en términos lacanianos, la comprensión entra siempre en el registro imaginario, mientras que la justicia se encuentra propiamente en el registro simbólico. La problemática de la justificación siempre es distinta de la dimensión del goce.

Hubo una filosofía que situaba el goce, precisamente, en el lugar del valor supremo. Se trata de una filosofía siempre rechazada: los cínicos. Los cínicos hablan de un goce que se oponía a todas las sublimaciones, a todas las invenciones de razones de ser; planteaban una existencia desembarazada de cualquier justificación. Y hay que decir que el final de análisis produce algo parecido en el registro del goce dando lugar al tipo clínico que Lacan llamaba los canallas. Es algo que ocurre en todas las instituciones analíticas –no solo en las otras– y es una producción a no excluir para tratar el problema.

LA PASIÓN DE JUSTIFICACIÓN

La pasión del neurótico como pasión de justificación no es una problemática del goce sino del deseo, ya que cada vez que se plantea la cuestión del deseo –del verdadero deseo, como ocurre en un análisis– hay una perspectiva de juicio final. Lacan lo comenta en el último capítulo del seminario La ética del psicoanálisis. Pero lo importante de ese juicio final es que en el análisis ocurre cuando el juez ha desaparecido.

Hablar de la neurosis como pasión, ya es plantear su estatuto clínico en la dimensión ética, lo que implica no tratar a la neurosis como una enfermedad, no plantear la neurosis en la dimensión psicológica sino ética. La palabra pasión tiene una resonancia que remite a los afectos, y Lacan, que no habló solamente del lenguaje sino también de los afectos del cuerpo, tomó sus referencias de Santo Tomás, Platón, Descartes o Kant. Lacan tomó los afectos como pasiones de lo que ellos llamaban el alma, pero para nada se trata de un idealismo psicoanalítico ni de un intelectualismo; al contrario: la problemática de la justificación está enmascarada por la queja neurótica y, tal y como se despliega en la experiencia, es lo más íntimo de ésta.

Por su parte, el dolor puede curarse por un tratamiento directo sobre los centros bioquímicos que lo rigen, ¿por qué no? Conviene recordar que los analistas, el psicoanálisis mismo, nacieron de la pasión científica de Freud. Lo que distingue al psicoanálisis de todas las psicoterapias que aparecen y desaparecen en la Costa Oeste de Estados Unidos –llegando a Europa en pocos meses– es su orientación hacia la ciencia. Esto no quiere decir que el psicoanálisis vaya a fundirse con la ciencia o que vaya a reducirse a ella, sino que, si bien el dolor puede tratarse directamente, la pasión de justificación no, ella solamente puede verse a través de la palabra. Eso está en el concepto mismo de justificación. Quizá se llegue a descubrir la molécula que produce la esquizofrenia –como promete la investigación científica cada año–, pero ello no cambia nada del campo del psicoanálisis, que es donde se despliega la pasión de justificación; porque es esa pasión como tal lo que introduce al Otro de la palabra y del lenguaje, al Otro de la verdad y del saber.

Puede actuarse a partir del principio de que todo tiene una razón, pero el sujeto entra en análisis a partir de la «sinrazón», cuando todas las razones no le sirven para nada. La medicina debería comprender y aceptar esta necesidad, debería no olvidar esta dimensión del ser, puesto que se trata de la ciencia más antigua y viene practicándose desde mucho antes que la verdadera religión. Hoy los avances de la ciencia transforman el antiguo papel del médico hasta tal punto que ella ya promete la disolución de la psiquiatría en la neurología.

En el psicoanálisis empezamos con la sinrazón; ése es el umbral del análisis: dolores que se producen sin un motivo claro y que, eventualmente, el médico rechaza con sus arsenales científicos para los que todo ha de tener una razón: jaquecas, parálisis o pensamientos, prohibiciones o inhibiciones cuyas marcas son, de entrada, la sinrazón. Y lo que hay que entender es que se refieren fundamentalmente a la sinrazón del sujeto por su falta en ser. Así es como el sujeto no lleva al análisis los desperdicios del discurso del la ciencia. ¿Cuál es la respuesta del analista en este punto?

Lo primero que hay que decir es que, para el análisis, la respuesta existe antes que la pregunta. Si el sujeto va al analista es porque antes de su pregunta ya tiene cierta respuesta. Por su parte, la respuesta del analista es precisamente: «Todo tiene una razón», es decir, que la operación del analista también se funda en este principio. En análisis todo tiene una razón porque se introduce el inconsciente y en él se hallan todas las razones de ser que no tienen cabida en el campo científico. De esta manera, Lacan introdujo el Sujeto-supuesto-Saber en la práctica analítica.

El Sujeto-supuesto-Saber da las razones inconscientes de la sinrazón –a la vez que la justifica– y, como consecuencia de ello, existe una tendencia en el analista a hablar en la sesión. A los sujetos en cambio les basta con estar en análisis, pues el análisis como tal tiene para ellos el valor de una justificación. Esto puede parecer una exageración, una especie de vivir para analizarse, pero en todo análisis siempre hay una necesidad de justificación. Si no es así, no funciona. Como vimos, en el histérico se trata de querer al analista y hacerlo existir a través de ese amor; lo que tiene el valor de la justificación en la histeria es que, por su amor, el Otro exista. En el obsesivo, la justificación es trabajar para el analista demostrando con ello su buena voluntad. Colabora con el analista y, de este modo, encuentra su justificación, por eso trata de hacerle encontrar su razón de ser en otra cosa que en su ideal del yo. En la neurosis obsesiva, la justificación se produce a través del trabajo o a través del amor-odio, como se comprueba en la práctica analítica. Puede verse que la pasión de justificación en el neurótico es distinta de la voluntad de goce del perverso.

En el perverso no se trata, de ninguna manera, de hacer existir al Otro a través de la justificación. Cuando un perverso llega al análisis –ya que las estructuras no son puras– es porque en él se produce un enfrentamiento entre el goce y el deseo, un problema, pues aunque sabe a dónde ir para obtener el goce, sabe al mismo tiempo que hay carencia del mismo. Es decir, que si la justificación neurótica se realiza a través del amor y del trabajo, en el perverso tiene que ver con el saber del goce.

Pero la clínica psicoanalítica no solamente es saber, es clínica con ética, y tiene algunos puntos de contacto con la clínica psiquiátrica a la que aporta el descubrimiento del inconsciente, sin que eso suponga que para el analista todo sea cuestión del inconsciente. El analista no le dice al paciente lo que es un bien o un mal para él; al contrario, su ética se basa en permitir que el propio sujeto esclarezca su pasión. Freud decía que el analista no debe tener la pasión de curar sino de investigar y, ciertamente, su respuesta no se dirige como tal a la demanda de curación que le realiza el paciente, sino que apunta a su pasión de justificarse. Así, puede entenderse que la tarea del analista no es querer el bien del paciente. No es que se quiera su mal, sino que, precisamente, en un análisis no se sabe de antemano cuál es el bien para el paciente, y nada se debe presuponer a ese respecto ya que justamente se trata de averiguar el deseo del sujeto.

Si esa señora que fue a verme con muletas no estaba segura de que su bien fuera curarse, ¡cómo iba yo a querer curarla de esa parálisis histérica! Y es que hay algo debajo de eso: si viene a hablarme es de su deseo y no de curarse. Antes que nada me preguntó: «¿Cuánto tiempo voy a estar para curarme de esto?». A lo que respondí: «No tengo ni idea», revelándole con ello una falta de saber que funciona en el análisis como significante de la falta. Al mismo tiempo, como me comunicó al final de la primera entrevista, la señora no tenía dinero para analizarse. Yo respondí: «No importa, ya lo tendrá en el futuro», lo cual conjugaba la operación de suma y resta del análisis con la problemática del Uno. Todo esto entraña un riesgo, no solamente un riesgo financiero sino uno mayor, riesgo para ella, y riesgo para mí que tendré que manejarlo en el análisis. Quiero decir que no siempre es esta mi respuesta a la gente que me dice que no me va a pagar. No crean que acepté el análisis por pasión de analizar ni por pasión de curar, conocemos la problemática del «bienestar».

LA SOLUCIÓN DEL ANÁLISIS

La histérica, por su modo propio de ser, da lo mejor de ella en el análisis; es decir, no colabora. Ella no colabora, ya que lo suyo es una cuestión de amor. Le interesa producir la falta en el Otro, en el Otro supuesto ser Uno. Por eso la histérica le dice al analista: «Usted es como todos los demás», y el problema de la dirección de la cura con este sujeto –el más interesante, precisamente el que ha dado pie a la formación del psicoanálisis– es que no se presente nunca en términos de colaboración sino de desorden. El que colabora muy bien es el obsesivo. Colabora tan bien, que es un desastre. Y él encuentra así su razón de ser, por eso en el análisis se trata de hacérsela encontrar en algo distinto del ideal.

Creo que la solución del análisis es la sublimación. Si el camino de la sublimación no está abierto, no hay razón de ser para nadie. El saber del analista tiene que ver con el goce, saber que la razón de ser de cada uno, la única razón de ser real, es el goce. Pero no el goce del sujeto místico. Se trata de un encuentro no necesariamente agradable; el encuentro con la verdad en el análisis no tiene nada que ver con una contemplación de la hermosura de la verdad. Es más, realmente tiene que ver con algo que eventualmente se puede «entrever». La literatura analítica ha dado un lugar a lo que se llamó «el traumatismo de lo entrevisto» en los padres. El entrevisto del goce. Por eso, en esta solución más que encontrar una razón es encontrar algo sorprendente, y no creo que eso pueda manipularse, puede manipularse cuando uno cree que se trata de colaboración.

Lo difícil es que el sujeto neurótico sufre de su falta en ser pero, ahí está la paradoja, al mismo tiempo prefiere esa falta en ser a todos los bienes del mundo. Prefiere precisamente realizarse como uno que no tiene nada. La neurosis prefiere la falta de goce. Del goce, el neurótico piensa que es excesivo y que no le deja desear. Prefiere su carencia a todo lo demás, al mismo tiempo que cree que los otros le exigen ese sacrificio y sufre de esta posición de excepción. El obsesivo evidencia esta sumisión a los otros, pero con la condición de que se respete su zona privada, que no se puede tocar; tiene que disponer de un lugar que sea suyo, donde los demás lo hacen todo siempre mal, por ejemplo, la casa. Es una sumisión con la limitación de una zona privada –de la que el obsesivo habla como de sus «partes privadas»– y que, aunque pueda parecer insignificante o banal, sirve al sujeto para justificar y mantener la falta.

Es una lástima que la palabra castellana, falta, no se utilice más a menudo en la traducción de los Escritos de Lacan, pues tiene el sentido de carencia, culpa y de falta en ser. En castellano, esa palabra expresa mejor lo que quiere decir Lacan en francés, ya que carencia es solamente del registro del haber y del ser; en cambio, falta remite también a la vergüenza y a la culpa del ser.

Lacan dice que lo que el neurótico no quiere, lo que rechaza hasta el final del análisis, es sacrificar su castración. Se trata, precisamente, de que esa falta en ser es al mismo tiempo la diferencia del sujeto –la diferencia que Lacan escribe $–. Esto es la inscripción del sujeto como falta en ser. En castellano se dice S tachado, otro término muy claro pues en él puede escucharse la palabra «tacha», y precisamente «sin tacha» es una referencia neurótica al ser. Se ve claramente en la neurosis obsesiva cuando coloca esa exigencia sobre la madre o sobre el sexo femenino, que nunca es tan completamente sin tacha como los hombres desean. El tabú de la virginidad, que progresivamente se disuelve con el discurso de la ciencia, tiene su origen inconsciente en este antecedente del sin tacha que remite a la madre fálica. Esta referencia a la tacha es explotada por la religión; podemos decir que un sujeto tachado es siempre un sujeto manchado y que por ello necesita de la purificación religiosa, o de la pasión de justificación analítica.

Freud pone el sentimiento inconsciente de culpa en su lugar especial y paradójico ya que, en su Metapsicología, dice que no tiene sentido tomar las emociones y los sentimientos como inconscientes, pues por definición son conscientes. Hay una vertiente del psicoanálisis que toma los afectos como inconscientes; por ejemplo, Ernest Jones hace una teorización de la represión de los afectos con la que Freud no está de acuerdo. Si el sentimiento de culpa es inconsciente, a pesar de la paradoja, es porque está realmente arraigado en el núcleo neurótico del sujeto, amagado por el Edipo. Esto se ve en la experiencia analítica, en cómo le gusta al sujeto equivocarse para luego disculparse, para obtener el «poder de disculparse» siempre por pequeñas cosas, para dirigirse al otro como alguien que lo pueda disculpar.

Por eso dice Lacan que nunca hay pequeñas cosas, ya que disculparse por banalidades tiene su importancia, que es la de mantenerse en una posición de crítica y, así, el sujeto puede quejarse precisamente de estar marcado, eventualmente traumatizado, por otro que la ha hecho daño, haciendo confluir en si historia el narcisismo y el Edipo.

Al mismo tiempo, en el análisis hallamos a un sujeto purificado porque lo que Lacan llama sujeto, y es con lo que trabajamos en el análisis, no es el individuo. No sabemos nada del individuo en un análisis. No conocemos sus capacidades psicológicas; por ejemplo, no tenemos ninguna idea de lo que hace con su tiempo o su espacio, no sabemos nada de su memoria, tampoco sabemos realmente nada de su manera de hablar en público –y nos podríamos llevar sorpresas bien extrañas–. Es decir, que en el análisis hay una suspensión de las determinaciones físicas, naturales y psicológicas del sujeto, porque se trata únicamente de hablar. Y, si no habla, hay que hablarle; si no anda, hay que hablarle también. Todas las determinaciones, sea grande, pequeño, listo, torpe, fea, hermosa, etcétera, todo eso queda suspendido y sólo toma valor en su referencia al Otro de la justificación; en ocasiones, por poner un ejemplo, se demuestra que es mucho más difícil de justificar la hermosura que la fealdad.

LA PROBLEMÁTICA DEL UNO

Hay que entender bien la palabra justificación, porque el sujeto puede mantenerse precisamente en una posición injustificada y con ello hacerse insoportable para el otro. Por eso dice Lacan que el neurótico rechaza con encarnizamiento sacrificar la diferencia, la suya, que es lo que le hace sufrir, y lo justifica por ser la única cosa que en realidad tiene: esa diferencia, esa alma. Su encarnizamiento es precisamente porque está justificado allí donde querría estar justificado, y no se produce sólo una vez en el análisis, sino que está presente en muchas ocasiones, pues para obtener del analista –que ocupa el lugar del gran Otro– la comprensión que está en el núcleo de la justificación, con lo único que cuenta el sujeto es con lo que, para él, vale más que todo y supone su diferencia. Esa es la razón por la que al Otro al que llama el neurótico lo podemos llamar el gran Uno, esto es: el Uno de la uniformidad, el Uno supuesto de la uniformidad, el Otro de todos. Todos parecidos excepto yo. Por esta razón, la problemática del Uno –es el tema de estudio este año en París– tiene una dialéctica con el concepto del Otro. En la pasión del neurótico confluyen la suma y la resta: el Otro que, normalmente, resta y el Uno que suma.

El neurótico se las apaña para hacer existir la creencia de que al Otro no le falta nada. Esto se ve muy bien en el obsesivo con su necesidad de Otro sin tacha y, por eso, cuando no lo tiene, se lo inventa. A todos nosotros nos ocurre, por ejemplo, con Lacan –nuestro Otro que es Lacan–, sobre el que hay montones de biografías en las cuales aparece sin tacha. ¡Qué ilusión, un Otro sin falta! En la experiencia analítica, generalmente, el sujeto tacha al analista porque éste le parece Uno y frente a él recela por su alteridad, por su diferencia alterna, por eso revela en el Otro su falta en ser –habitualmente culpabilizándolo con el propio dolor, como diciendo: «Usted no puede curarme»–; ésa es su falta. Pero esto no es un reproche ni una queja, sino la puntualización de que el sujeto está tratando de perforar; y cuando está tratando de perforar es porque supone al Otro sin tacha.

La problemática del Uno es también, en el análisis, la problemática de la identificación. ¿Qué hace que el Uno pueda ser memorable? Lacan, por ejemplo, cuya vida estudian ahora muchos, retomando esa problemática llegó al Parménides de Platón. El Parménides trata de la problemática de la jurisdicción entre el Uno y el ser. Lacan dijo que aunque sea difícil, debemos leerlo.

En análisis hay que distinguir entre identificación e imitación, que sigue siendo una buena palabra castellana, ya que imitación remite a parecido, a apariencia, cuestión toda del registro imaginario, es decir, de la imagen. Hay que decir que la identificación –en un análisis no se trata de imitación– apunta precisamente a aquello que no es imitable del otro y es lo que da la diferencia. En la identificación histérica, por ejemplo, no se trata de los fenómenos de moda, no se trata de que todas las mujeres empiezan a hacer lo mismo; además de que, generalmente, los que deciden la moda son algunos hombres. En un análisis no se trata de eso, de imitar a la otra, sino precisamente de la identificación con lo que la otra tiene de inimitable. Es decir, la identificación es siempre la diferencia de una a otra.

LA PASIÓN DEL ANALISTA

Sufre la pasión del analista como efecto de su profesión, sus estigmas. Hay muchos efectos patológicos de la poética analítica en el análisis. Un analista puede ver y oír en su diván a sabios, científicos, profesores, artistas –gentes del saber, del arte– y, en cierto modo, puede tener el sentimiento de que él va detrás de las ilusiones sociales para encontrar precisamente la razón de su falta de ser, y puede encontrar un goce visceral, un impasse subjetivo, que le produzca un desprecio del saber.

Por el contrario, los primeros analistas eran eruditos, sabios. Freud era realmente un hombre de gran saber. Sin embargo, en el tiempo de la Escuela Freudiana de París (EFP) –que conocí durante quince añosera sorprendente cierto desprecio por el saber. Eso me parece cierto estigma de la posición del analista, de su pasión. En el otro extremo estaba Lacan, siempre trabajando en el campo del saber, hasta el punto que Lévi-Strauss decía que nunca había encontrado a un hombre que supiera tantas cosas como Lacan, incluso a pesar de decir también que nunca lo había entendido. No sé si es una coquetería por parte de Lévi-Strauss, pero lo que sí es cierto es que Lacan da testimonio de otra cosa.

NOTA

J. A. Miller empezaba la intervención con esta referencia al contexto: «Recuerdo la invitación de Valencia al doctor Lacan en 1980 y que, a causa de los acontecimientos que ocurrían en París en esa época -la disolución de su propia escuela por parte de Lacan-, no tuvimos tiempo de realizar ningún viaje, ni a Valencia ni a ninguna otra ciudad. Recuerdo también una invitación posterior del Departamento de Filosofía de la Universidad de Valencia, proyecto que no se realizó a causa de algunos cambios en el programa de ese Departamento. Así, en 1986, estoy al fin en Valencia. Tengo que agradecer la invitación del Rectorado y de las instancias universitarias. Estas instituciones reúnen más o menos a cincuenta personas, y hay que decir que casi todas se refieren de una manera u otra a la enseñanza de Lacan; es decir, que son freudianos, y ustedes van a tener el placer de conocer a algunos de ellos este año. Quiero señalar que en París enseñamos en la universidad y que también estamos presentes en instituciones psiquiátricas, ocho por ahora, de modo que tenemos una vinculación estrecha entre psicoanalistas y psiquiatras».

6

Conferencia de clausura de las I Jornadas del Campo freudiano

en Andalucía, Málaga, 13 de diciembre de 1987.

Publicada en Campus, Revista de Información General de

la Universidad de Granada, n.o 36, noviembre de 1989, pp. 39-48.

No creo que sea una sorpresa la tesis con la que voy a empezar, la tesis de que en un análisis hay una búsqueda de la causa. En un análisis se interpreta, pero la interpretación es sólo un medio. La finalidad de un análisis, su finalidad terapéutica, que no borramos, está presente al empezar el análisis; esa finalidad terapéutica es el tratamiento de un mal. Si el psicoanálisis no es el tratamiento de un mal, no sé qué es. Un mal que puede presentarse como un malestar que el paciente refiere, acompañado –muchas veces– de la suposición de que algo estuvo mal hecho desde el origen o desde tal o cual incidente de su vida. Por lo regular, en el tratamiento se pasa por una fase en la que el sujeto va de mal en peor. Freud ya notó que, en un primer momento, el psicoanálisis empeora el mal porque el sujeto sintomatiza más y más su existencia, pervive más y más su existencia como síntoma, como algo que no va.

Sin embargo –no creo estar diciendo nada sorprendente–, la finalidad clásica del psicoanálisis está concebida como la de encontrar o descubrir la causa del mal.

Un paso más. Hay siempre en psicoanálisis, no sólo en el analista sino también en el paciente –o del que se piensa que podría ser un paciente– algo más difícil de ubicar. Es una noción, manifiesta en Freud, que dice algo más que solamente descubrir la causa del mal: en psicoanálisis, la noción de descubrir la causa del mal implica, en sí misma, curarla.

Eso es algo distinto. No es así en medicina, por ejemplo. Tenemos ahora, según creo, un saber científico sobre el agente del sida. Podemos observar la causa del sida, podemos incluso luchar entre países por la denominación de la causa del sida –si va a llevar el nombre francés o el estadounidense; no sólo en psicoanálisis hay luchas atlánticas–. Pero, a pesar de conocer y ver la causa presente, no podemos curarlo.

En psicoanálisis, al contrario, existe la idea de que descubrir la causa sería suprimirla, de que se trata de una causa que no podría soportar el día, la luz, el conocimiento. Sería una causa que sólo existiría escondida.

Con este cortocircuito –me gustan los cortocircuitos en exposición, avanzar lentamente pero, al mismo tiempo, a través de esa lentitud, ir muy rápidamente– he introducido mi preocupación de este año en el Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de París VIII, donde doy un curso semanal. No es un curso de lecciones repetidas sino un esfuerzo por volver a pensar de nuevo, cada vez, aquello de lo que se trata en mi práctica analítica diaria.

Voy a retomar la cuestión desde el punto de vista que me preocupa. Puede parecer que hablar en Málaga como en París es una locura, que es un público distinto, pero ¿qué sabemos de eso? Mi curso en París es abierto al público y a él asisten eruditos de Lacan, colegas analistas y gente nueva que empieza cada año, porque así es en la Universidad. Creo estar acostumbrado a hablar para toda clase de públicos. Por eso uno puede quedarse en los fundamentos. Avanzar en la teoría analítica no es olvidarlos, al contrario, es preciso mantenerse siempre en contacto con los fundamentos, no alejarse de ellos. Así, voy a situarme exactamente en el punto que me interesa, para el curso del miércoles próximo en París, y voy a probar el tema con ustedes.

EL DISFRAZ DEL SUJETO-SUPUESTO-SABER

De modo, entonces, que cada análisis empieza como una búsqueda de la causa. En el concepto mismo del síntoma analítico hay un porqué –por qué es así–. A veces, en una enfermedad física, uno puede preguntarse por qué, pero ahí está la causa física. Si se busca otra causa puede pensarse que es un castigo de Dios, pero el porqué moral no cabe en la causalidad física.

En psicoanálisis el porqué del sujeto es parte de su propio síntoma y en ese porqué que dirige el analista hay una histerización, en ese mismo porqué hay una provocación al analista. Un porqué provocativo, ya que indica muy bien que el sujeto se presenta al análisis, de entrada, fundamentalmente, a partir de una posición de no saber –«No sé qué pasa conmigo»–. Si no se presenta así, el analista busca dónde está situado ese «No sé qué pasa conmigo»: «No sé qué pasa conmigo perdiendo el dominio de mi cuerpo» o «No sé qué pasa conmigo perdiendo el control de mis pensamientos». De modo que el sujeto se presenta a partir de una posición de no saber.

Eso mismo es suficiente para constituir al Sujeto-supuesto-Saber como interlocutor del paciente. ¿Cómo podría alguien presentarse como sujeto que no sabe, como sujeto del no saber, si no es porque tiene una referencia implícita al Sujeto-supuesto-Saber? Creo que de este modo retomo, de manera sencilla, un concepto de Lacan que puede parecer lejano.

¿Será el analista el Sujeto-supuesto-Saber? No es exactamente eso lo que digo. Digo que situarse en la posición de alguien que no sabe la causa de su condición, que desconoce la causa de su estado –por lo general, malo–, ubica en el horizonte del análisis, de todo lo que va a decirse en el análisis, la instancia como tal del Sujeto-supuesto-Saber. La suposición también de que se trata de saber algo, de saber la causa, de que se trata por tanto de una causa que se podría saber que se podría descubrir a través de lo que se dice. El analista no ofrece otra cosa sino dichos, buenos dichos. El analista ofrece la posibilidad de lo que Lacan llamó el bien-decir; el bien-decir es la versión analítica de la bendición.

Llegado el caso, el analista se verá investido del traje de luces del Sujeto-supuesto-Saber. Pero, aunque el analista se encuentre vestido así, tomado en la luz del Sujeto-supuesto-Saber, esto no es más que un disfraz porque ¿cómo podría el analista conocer con anterioridad la causa del mal de ese sujeto particular? Al contrario, él va a aprenderla de aquel que viene. La suposición de saber es un disfraz peligroso de aceptar. Por lo regular produce una infatuación en el analista. El analista piensa que el traje es suyo, cuando sólo es alquilado, o puede confundir ese traje producido por el no saber del sujeto –ese traje prestado, podríamos decir–, con su propia piel.

La transferencia es, de este modo, una túnica de Neso para el analista, que puede perder el gusto por trabajar para producir un saber porque le es suficiente con una posición de supuesto saber para hacerse amar, respetar. Por eso hay cierta conexión entre el analista y el burro; la palabra burro está incluida en la palabra francesa analista porque âne, contenida en analyste, en francés, significa burro, asno. Lacan utiliza la homofonía para hablar del analyste, el asno con listas –los analistas siempre tienen listas, listas de pacientes y, por lo general, esperan que sean lo más amplias posibles–.

Así la infatuación del analista se produce, de hecho, cuando olvida que él no es el sujeto del saber; el analista sólo es, para retomar una expresión de Lacan, el hombre de paja con la función del Sujeto-supuesto-Saber.

He hablado de disfraz. Disfraz significa que el Sujeto-supuesto-Saber es solamente la otra faz del no saber del sujeto en análisis. El Sujeto-supuesto-Saber surge de la palabra misma. ¿Qué expresa ese no saber del sujeto si no lo que Freud llamó la represión? Freud llamó represión a un no saber del sujeto ubicado en puntos decisivos, determinantes, de sus vivencias. Lo que he presentado como la noción de la causa escondida es la noción misma de represión. La represión no es una invención de Freud, sino que traduce este hecho clínico preciso.

Si es necesario ser sencillo en los fundamentos del análisis es porque, de otro modo, cuando uno no entiende muy bien qué pasa, utiliza nombres propios como los de Freud o Lacan para tapar las carencias de la cadena demostrativa. Hay que retomar siempre las cosas en la experiencia misma y ver cómo los conceptos, los conceptos de Freud y Lacan, surgen al nivel mismo de la experiencia.

Así, la represión es la idea de que hay un no saber, y de que sí se sabe a pesar de decir «No sé». El inconsciente es el concepto que responde a la suposición de que, en realidad y de hecho, el sujeto que dice no saber, sabe sin saber que sabe. Por eso en el inconsciente se trata de un saber reprimido, exactamente un saber que se presenta como no saber. El saber supuesto al analista traduce, transforma, el no saber opuesto. Con frecuencia el no saber se traduce por la pregunta «¿Tú sabes?». Llegado el caso esa pregunta puede tener un aspecto de provocación, en tanto que el no saber puede muy bien significar: «¡Tú tienes que saber en mi lugar!, teniendo en cuenta, además, que te estoy pagando».

¿Qué lugar tiene el analista si no sabe? «¿Tú sabes?», se le pregunta, puede ser en el mismo lugar del «¡Cúrame!». En ocasiones, por medio de ese «¡Cúrame!», el paciente demuestra la impotencia del analista pagando con la suya propia. El ejemplo históricamente más importante que puede verse aún en nuestros días, aunque no con frecuencia, es el de las parálisis histéricas. Hay que decir que esos casos de parálisis sólo se encuentran en mujeres –no creo haberlo encontrado nunca en un hombre–, a pesar de que hay hombres histéricos. La parálisis histérica demuestra a todo el cuerpo médico y, en su caso, a los analistas, que se trata realmente de algo frente a lo que cada cual no sabe, no puede saber nada. Para obtener ese efecto, el sujeto paga con un sufrimiento real, con la destrucción de su vida. He escuchado en una paciente el cuento de la impotencia, también el de la desdicha, mientras se podía ver en su rostro el júbilo más intenso al contar la impotencia generalizada de todos los supuestos amos.

LOS CAMINOS DEL AMOR Y DEL SABER

Les he presentado la transferencia como un traslado, un traslado que va del no saber al Sujeto-supuesto-Saber. Esto supone evidentemente que el Otro entra en el juego. No es lo mismo decirse «No sé» a sí mismo que ir a decírselo a alguien. El amor sigue el mismo camino del saber. El amor de transferencia, como lo llamó Freud, es en primer lugar un traslado del narcisismo, es decir, amarse en el otro. Freud pensaba que todo amor es fundamentalmente narcisista y el amor de transferencia también respondía a esa regla. Para ver que el amor sigue el mismo camino del saber tenemos el ejemplo de la psicosis. Vamos a decir, para ser precisos, el ejemplo de la paranoia, que ha sido desde que el concepto fue inventado y refinado en la clínica del siglo XIX. Una enfermedad del saber en su propia definición.

El paranoico no dice no saber, el paranoico fundamentalmente dice saber. El paranoico sabe lo que nadie sabe: sobre las intenciones de Dios hacia él, sobre el funcionamiento del mundo, sobre las finalidades de la historia, cosas que el psicoanalista no sabe. Por este motivo, porque un paranoico es por lo general alguien que sabe, puede ser un excelente profesor. No es buena idea tener a un paranoico como analista, pero hay excelentes docentes paranoicos, e incluso maestros de toda la humanidad. Pensemos que el papel eminente de Jean-Jacques Rousseau, que es realmente un hito en el pensamiento de los tiempos modernos. No sé si ha habido un pensamiento tan influyente en la cultura como el de Rousseau. De igual manera que el paranoico invierte el no saber en saber, la misma inversión se produce en el amor. Es decir que la erotomanía –término empleado en la clínica clásica especialmente por Clérambault, maestro de Lacan en psiquiatría– se refiere a la convicción del sujeto de que el Otro le ama, de que el Otro le persigue. Clínicamente la erotomanía en su sentido propio es esto, y no tiene nada que ver con el erotismo maníaco; por supuesto que hay gente que ama a otra gente, no se trata de generalizar, se trata de una convicción delirante que tiene coordenadas clínicas muy precisas.

Por tanto, la erotomanía es también amor de transferencia invertido, homólogo a la inversión del no saber en saber; es decir, que el amor sigue el mismo camino del saber y, en este punto, la propia persecución de la paranoia –el «Yo sé que me odia»–, la persecución misma es una erotomanía, está conectada con el «Él me ama». Son dos aspectos de la misma inversión.

Esto ya es suficiente para retomar, una vez más, una formulación de Lacan que simplifica lo que estamos tratando.

FORMULACIÓN DE LA PREGUNTA DEL SUJETO

En primer lugar, escribimos a ese sujeto que no sabe como sujeto tachado ($). Se entiende al sujeto como sujeto del no saber, sujeto formulado con un vacío de saber, separado del saber. Hay que entender de una manera muy precisa esa vacuidad del sujeto. En la histeria, por ejemplo, hay una experiencia viva de esa vacuidad, repetida, dolorosa a veces, hasta el desvanecimiento; o esos síntomas que, como el vómito, responden al movimiento de vaciarse. No hay que traducir de modo inmediato esos síntomas, pero la fórmula nos da la referencia para entender que se trata del sujeto que dice no sé, que está fundamentalmente en la posición de no saber. Este sujeto pregunta, eso es lo que significa la flecha, se dirige al que responde; se dirige al amo (S1), al supuesto amo, al que se supone que sabe, para interrogarlo y tratar de obtener de él un saber (S2). Esa segunda flecha significa que se produce un saber. Por tanto podemos decir que ese sujeto vacío, en su debilidad extrema, en su desorientación, en su desierto, es un sujeto que fundamentalmente no tiene nada. Y a la vez, ese sujeto, con su pregunta, se hace el amo del amo.

Pero el esquema no está completo así, falta algo. No se trata sólo de tres términos, aquí falta uno. Falta la letra a debajo del sujeto. Lo que se esconde debajo de esa proposición –«No sé»–, lo escondido debajo de la expresión no saber, es a.


EL PUNTO DE PARTIDA DE FREUD

He hablado de cómo se empieza un análisis: por la búsqueda de la causa. Pero es también así como empezó el mismo psicoanálisis. Empezó con la histeria, eso se sabe, pero ¿cómo encontró Freud la histeria? Hay, con seguridad, varias formas de encontrarse con la histeria: para burlarse de sus síntomas, para aprovechar eventualmente las posibilidades que ofrece en varios campos o, incluso, para encarecerla. La histeria fue encuadrada, por Freud, en la búsqueda de la causa. Por eso es tan importante su punto de partida. El punto de partida de Freud es el de las ciencias de la naturaleza. Porque se trata de la naturaleza moderna, no de una naturaleza llena de dioses y diosas, de una naturaleza encantada, repleta de lo Divino, de la que conservamos algunos recuerdos literarios. No se trata de la del siglo XVI, cuando era todo posible en una naturaleza fundamentalmente mágica. Si hablamos de la naturaleza como referencia del psicoanálisis en los tiempos de Freud, hablamos de ella en tanto que transformada por la física matemática de Galileo, Descartes y Newton. Una naturaleza donde, a partir de ellos, se sabe cómo buscar las relaciones de causalidad. Lo que llamamos ahora naturaleza –puesto que existe cada vez menos en su sentido natural, suscitando la protesta ecológica– es una red de relaciones de causalidad metódicamente investigadas. El punto de partida de Freud era, por esa razón, la búsqueda de la causa. Antes de la época de la física matemática no había una idea tan decidida de la relación de causa y efecto. Existía la idea de que el efecto era la causa de la causa. Por ejemplo, si el imán atrae al hierro, esto se debe a que el hierro ama al imán. Es la idea de una causalidad final, es decir, del efecto que atrae a su propia causa.

Hay que señalar que la medicina ha tenido también una resistencia importante al discurso de la ciencia. La medicina existía siglos antes y es apasionante seguir sus resistencias a entrar verdaderamente en el discurso de la ciencia. Por esta razón, la palabra etiología puede encontrarse en los primero textos de Freud, cuando se refiere a la etiología de la psiconeurosis. Etiología, en su sentido propio, significa discurso de la causa. En griego hay logos y aithion, causa, y la tesis de Freud, la tesis fundamental que inauguró el campo analítico, fue una tesis sobre la causa.

No sé por qué todo el mundo piensa que Lacan es tan original cuando habla del objeto a como causa del deseo, cuando ésa es en realidad la traducción de la búsqueda original de Freud, la búsqueda de la causa de la psiconeurosis. Si él pudo aprender algo nuevo de las histéricas que hablaban desde mucho tiempo atrás, desde la creación –podríamos preguntarnos si la propia Eva no presentaba ese desorden–; si Freud pudo abrir esa queja, ese planteamiento histérico del análisis, fue por haber traducido al lenguaje científico lo que las histéricas decían. Puede encontrarse en las primeras cartas de Freud a su amigo Fliess que no hay neurastenia, ni neurosis análogas, sin perturbación de la función sexual. Poco después Freud dice que toda neurastenia es sexual; ése es su axioma. Y por eso Freud fue atacado, y destacado después, por haber dicho que la causa del mal era sexual, por decir que la causalidad tenía que buscarse, encontrarse, en la sexualidad. Por eso produjo un cambio en la cultura. Freud no inventó la sexualidad, probablemente la sexualidad existía antes, pero él la situó en la causalidad fundamental de los desórdenes mentales y dio la idea –en nuestra cultura y a todo el mundo, en realidad– de que se trataba de una causa real. Habría neurastenias, neurosis, etcétera, en razón de un abuso de la función sexual, por un mal uso, vamos a decirlo así, de los genitales. Para Freud, la masturbación en el hombre era una causa predominante en la neurastenia, y pensaba también que, por lo general, la masturbación se traducía por histeria en las mujeres. Ya había adoptado el punto de vista histérico de que en los hombres hay, seguramente, algo que no va, una falta en algún lugar.

Freud trasladó la causalidad hasta una causa sexual real y pasada porque no le parecía científicamente fundado decir que, en cada caso de neurosis, se trataba de un abuso actual de la función sexual. Y podemos decir que la propia elaboración del psicoanálisis ya la ha trasladado hasta una causa sexual imaginaria y filogenética. Es decir, al fantasma, incluso como un fantasma de la humanidad como tal, de la especie.

EL INCONSCIENTE COMO MEMORIA

Las dos primeras causalidades que les he planteado son causalidades ontogenéticas, es decir, del desarrollo propiamente del ser. La última es, en términos de Freud –a quien le faltaba el concepto de estructura–, filogenética. Por eso se introduce en el pensamiento de la causa sexual la cuestión de la memoria; hay un vínculo entre la causa sexual no actual, no presente, y la memoria. Es el propio inconsciente entendido como una memoria que conserva recuerdos aunque el propio sujeto no lo sabe, recuerdos que no están a su disposición.

Es importante no equivocarse en esto porque en psicología la memoria es una función de adaptación del ser humano. En la rata –que es el sujeto, no del inconsciente, sino de los experimentos–, se ve la memoria como una función de adaptación. Puede controlarse el tiempo que necesita una rata para encontrar el queso cuando está en un contexto que no conoce. Si el experimentador es lo bastante amable, si quiere a las ratas –generalmente los experimentadores con ratas no quieren a las ratas, o sea, que dicen ser neutrales pero en realidad tienen una relación muy peculiar con las ratas: se la puede llamar amor, ¿por qué no?, ¡hay tantas cosas en el amor!–. Si el experimentador es honesto, dejará el queso en su sitio y así, con un reloj, podrá verificarse que la rata encuentra el queso cada vez más rápido porque sabe dónde está. Primero le es necesario reconocer el pequeño mundo diseñado para ella y después, inmediatamente, va al queso, y por supuesto se lo come.

El problema con la memoria inconsciente es, precisamente, que tiene una función de desadaptación. Así es como Freud encuentra el inconsciente: el sujeto recuerda pero sin saberlo. Posiblemente la rata tampoco conozca sus recuerdos pero, aunque podamos decir que tiene un inconsciente, la rata no tiene un inconsciente freudiano. Porque en lo que se refiere al inconsciente freudiano, el sujeto recuerda exactamente dónde tiene que ir para no encontrar el queso, es decir, recuerda todo lo que tiene que hacer para no encontrar lo que le falta. Eso es lo llamamos deseo. Puede también encontrar el queso para no comerlo. Pero no voy a desarrollar todos los ejemplos que, en efecto, parecen lo bastante evidentes en la vida humana, especialmente en la vida amorosa, como para entender cómo puede traducirse ese no ir al queso que falta.

UNA CAUSA DE DOBLE GATILLO

En el esquema etiológico puede verse que, a pesar de que Freud busca la causa a partir de las ciencias de la naturaleza, su esquema se complica bastante. Cuando se trata de una causa actual –la masturbación en el hombre–, que tiene un efecto actual como la neurastenia, o mejor, el síntoma de la neurastenia, las cosas están bastante claras. Parece haber una relación de causa-efecto entre masturbación y neurastenia. Pero cuando se trata de una causa muy anterior, de una causa olvidada, el esquema etiológico se complica bastante.

En primer lugar, la causa sexual de la neurosis es una causa remota, alejada, olvidada. En segundo lugar, el propio olvido es, en cierto modo, la causa. Esta es la problemática que Freud planteó con el concepto de represión y que le condujo a pensar que levantar la represión tendría, por sí mismo, un efecto de curación. Este concepto perturba por completo el esquema de causa-efecto, o al menos lo complica, porque entre la causa y el efecto está la represión, porque hay un olvido, hay algo que está pero sin que pueda saberse. La represión perturba el propio concepto de causalidad, y es por eso que la etiología freudiana, el discurso de la causa de Freud, siempre es un discurso de la doble causa –voy a llamarlo así por primera vez–.

Como entre causa y efecto está la interpolación, la interposición de la represión, se trata siempre de una causa de doble gatillo. Veamos qué causa ha inventado Freud. Por supuesto, y en primer lugar, la causa sexual, el traumatismo, una seducción por ejemplo. Y en segundo lugar la represión que, como Freud dice, no se produce necesariamente en la misma época, sino que por lo general la represión propiamente dicha se produce en otro momento. Así que toda la etiología freudiana está organizada por la doble causa.

Sería todo un desarrollo presentar los esfuerzos de Freud para ubicar el funcionamiento de la causa de manera cronológica; podría leerse por ejemplo la carta 45 a Fliess. En la primera época de Freud, cuando era un neurólogo desconocido que trabajaba con histéricas y que escribía a menudo a su amigo Fliess, con quien tenía una transferencia –ahora podemos llamarlo así–. Ahí se ve realmente cómo empezó el psicoanálisis, con la idea de una cronología: que el incidente sexual se produzca en tal o cual época determina tal o cual neurosis.

Era la primera idea: si el incidente sexual se produjese, por ejemplo, antes de los cuatros años o antes de que el sujeto pueda realmente hablar de lo que ocurrió –según Freud expone en esa carta–, se produciría una histeria. Por esa razón la histérica se expresaría a través del cuerpo, por no poder expresarse con palabras. Si el incidente sexual se produjese entre los cuatro y los ocho años, se originaría una neurosis obsesiva porque el sujeto ya podría hablar de ello. Si el incidente sexual se produce aún más tarde daría lugar a una paranoia porque en esa época, Freud no era tan lacaniano como nosotros y establecía cierta continuidad entre paranoia y neurosis.

Hay que decir que en otra carta, la carta 125, Freud dice a Fliess haber cambiado por completo de opinión respecto a la cronología y, de hecho, sitúa primero el autoerotismo –concepto prometido a un futuro extraordinario en nuestro siglo, pero que empezó en esa carta a Fliess–. Primero el autoerotismo, entonces, y después del «alteroerotismo», cuando ya hay una conexión con el Otro. De este modo, si el incidente sexual se produjese en el momento del autoerotismo habría paranoia, que es más arcaico, y si se produjese el «alteroerotismo», habría histeria ya que implica una fuerte vinculación con el Otro. No voy a desarrollarlo, se trata sólo de mostrar cómo las ideas de Freud fueron cambiando en lo que se refiere a una cronología de la causalidad. La idea cronológica, que puede parecer tan antigua, está presente en el centro del conocimiento popular del psicoanálisis. La teoría de los estadios es la forma desarrollada de esa búsqueda de Freud: primero estadio oral, después estadio anal y, más tarde, estadio genital.

Ésta es la idea, que presentan a veces los psicólogos, de que para Freud la causalidad está fundada en un desarrollo biológico, en un desarrollo del instinto en sí mismo. Si hubiese una inhibición del desarrollo habría por tanto una enfermedad, y se trataría entonces, a través del análisis, de permitir que el desarrollo continuara. Esta idea hace pensar que en Freud habría una causalidad física. La ego-psychologie, la psicología del yo de los norteamericanos, se basa en la idea de que lo fundamental en Freud es el desarrollo biológico del instinto, la maduración del instinto.

Es demostrable que en Freud no se trata de esa causalidad, aunque la búsqueda de la causa, en el sentido de las ciencias de la naturaleza, fue su punto de partida. Pero la causalidad que él encontró tenía una complejidad radicalmente diferente. Para empezar, a propósito del mecanismo de la represión, se ve precisamente que puede dividirse, según Freud, en tres fases diferenciables. ¿Cuáles son esas tres fases de la represión? Se trata, muy resumidamente, en primer lugar de lo que llama la fijación precursora de la represión, después de la represión propiamente dicha y, en tercer lugar, del retorno de lo reprimido.

EL ESQUEMA DEL TRAUMATISMO: HECHO, DICHO Y SENTIDO

En esos tres tiempos puede reconocerse lo que he presentado como la doble causa, dividida en fijación y represión, con el efecto de retorno de lo reprimido como sintomático. En la misma concepción de la represión se ve que lo importante es la lógica a la que responde. Al formular esto, Freud obedece a esa nueva lógica de la causalidad, la de la doble causa. Así puede entenderse que el concepto lacaniano de retroacción está fundado en Freud.

Supongamos una cronología: primero uno y después dos. La propia función de la represión implica un retorno del dos sobre el uno, es decir, que la fijación sola no es la causa de la neurosis, se requiere la intervención de la represión sobre esa causa. La función de la represión necesita lo que Freud llama nachdräng, un efecto de post-presión, after-pression en inglés. Ésa es la matriz de todos los esquemas de Lacan. Puede verse en el propio concepto de traumatismo, bastante familiar por otra parte; ¿qué significa ese concepto si no es que, en un primer momento, hay un hecho que no se integra, un hecho sin sentido, y que sólo en un segundo tiempo ese traumatismo podrá cobrar sentido?

De este modo podemos completar el esquema: en primer lugar el hecho del traumatismo; en segundo lugar el dicho que le da un sentido; y, en tercer lugar, el sentido. Hecho, dicho y sentido. Esa causalidad basta para entender que en el psicoanálisis no se trata de un esquema del desarrollo. Un esquema del desarrollo sería una flecha única, mientras que en la búsqueda freudiana la flecha va complicándose de modo que no se trata ya de un desarrollo sino de lo que Lacan llama propiamente una historia. Hay una dialéctica del hecho y el dicho. En castellano se dice, según creo, «Dicho y hecho», pero precisamente hay una distancia entre el hecho y el dicho, lo cual implica por ejemplo que el hecho de tener hambre impide pensar. Tener hambre es un hecho –en estos casos se oyen pequeños ruidos que indican que debemos ir a buscar nuestro queso–, aunque sólo podemos encontrar el queso que no nos interesa, el no esencial; el queso esencial siempre puede esperar un poco más, puede esperar mientras comemos. No es lo mismo el hecho de tener hambre cuando esta tiene el sentido de la bulimia –tener hambre tan a menudo, que se empieza a engordar– que en un tratamiento adelgazante. Tampoco es el mismo hecho cuando tener hambre parece una fatalidad social. El hecho mismo cambia según el dicho.

No es el mismo hecho cuando el hambre parece un castigo divino a una parte de la población o si, al contrario, se vincula a que a uno le hayan robado lo que le debían dar. Puede ser un motivo de rebeldía y también puede tener el sentido de rechazar la ley del Otro. En la histeria los síntomas de anorexia pueden aparecer con el sentido de vaciarse voluntariamente, mientras que en la anorexia propiamente dicha tener hambre –o al menos no comer– es un goce como tal, es decir, se rechaza lo que se impone desde el Otro. Hasta el punto de que en biología molecular se van a encontrar las sustancias producidas por el no comer, tomadas propiamente como una adicción. La anorexia es, en ese sentido, una toxicomanía. La dialéctica del hecho y el dicho implica esta complicación.

7

Intervención en las VI Jornadas del Campo freudiano en

España, Madrid, 10 de mayo de 1987.

Transcripción y redacción: Miquel Bassols.

Editada en Introducción al método psicoanalítico,

Jacques-Alain Miller, Paidós, Bs.As., 1997.

Al reflexionar sobre lo que me sirve de trampolín para desarrollar un tema me parece que para mí se trata siempre de resolver un problema. No es algo que vaya de suyo, problematizar la experiencia analítica; vale la pena tomarse un tiempo para iniciar una reflexión epistemológica.

Por una parte, después de cierto tiempo de práctica analítica, ya sea desde la vertiente del analizante o desde la del analista, hay lo que puede llamarse una evidencia. El paciente viene, habla; el analista escucha, habla –habla menos cuando es lacaniano–. El primero habla con abandono, no debe elegir sus palabras; el segundo habla con prudencia, eligiendo las suyas. A veces sucede lo contrario: hay pacientes que eligen con prudencia extrema lo que aceptan decir y también analistas que dicen cualquier cosa. Tomemos la situación supuestamente normal, preferible. Todo el mundo está de acuerdo en que lo contrario no es recomendable.

Así pues, evidencia de una práctica. Pero, por otra parte, permanece el misterio de qué es el inconsciente; el inconsciente se siente, pero no se muestra como tal. Nadie puede preciarse de vivir en conformidad con el inconsciente. A veces hay personas que hacen como si vivieran en conformidad con el inconsciente, pero no es verdad.

Cuando el paciente viene, le saludamos, le damos la mano. A veces conservamos su mano durante unos segundos para significar, por ejemplo, ayuda, proximidad, presencia de los dos. Pero nunca se toca la mano del inconsciente. Cuando uno trata de tocar la mano del inconsciente, ya ha desaparecido. Éste puede ser el sentido del emblema lacaniano de la interpretación: el cuadro de San Juan de Leonardo con el dedo apuntando hacia el cielo, un cielo vacío para indicar que el inconsciente ya se fue. El emblema de la interpretación no es la mano extendida para coger otra mano. Es sólo un índice apuntando a una ausencia.

Cuando los analistas, aquellos que reciben a otros desde la posición llamada del analista, tratan de elaborar sus experiencias, de ponerlas en palabras, me parece que caminan entre la evidencia y el misterio. Hay una complicidad entre ambas en la experiencia de la práctica misma, el hecho de que esa práctica existe, que sabemos que algo pasa en ella y que, cuando no pasa nada, a menudo la experiencia continúa y algo se satisface de todos modos en ella. ¿Qué es lo que se satisface?

El misterio del inconsciente se contrapone a la evidencia de la práctica. La evidencia de la práctica está construida sobre el misterio del inconsciente y, al mismo tiempo, el misterio del inconsciente se sostiene en la evidencia de la práctica. Para salir de esta oscilación permanente, todos los analistas –no solamente nosotros– tienen un recurso usual.

Tanto el misterio como la evidencia impiden hablar, vuelven impotente al decir mismo. Por esta razón el recurso usual para decir algo de la experiencia es la cita. La palabra en castellano tiene una significación interesante: una cita consiste en citar a otro que ha hablado y convocarlo como testigo del inconsciente. Nosotros citamos a Lacan. Los otros también tienen un estilo extraordinariamente citatorio. Y esas citas tienen generalmente el lugar de una prueba. Las elucubraciones teóricas en el psicoanálisis funcionan a través de este recurso a autoridades, a nombres propios. Y no decir los nombres propios no cambia nada –están presentes igualmente–, por una razón estructural, como testigos. En matemáticas no hay citas porque cada uno puede rehacer la demostración por sí mismo, constituirse a sí mismo como testigo. Y no creo que esta función pueda eliminarse.

En la teoría analítica se da prevalencia a otro recurso contra el círculo evidencia-misterio. Este recurso, más que la cita, es el problema. Cuando uno trata de dar con el problema en la experiencia analítica, entre evidencia y misterio, siempre hay obstáculos e impasses porque el decir es tan inadecuado para este misterio como la evidencia. Los efectos de sentido son siempre impotentes para igualarse a la referencia. En este lugar es donde se produce el recurso a la cita que viene a colmar lo imposible de decir. Por eso, en lugar de la cita, es mejor el problema. Es mejor aceptar el obstáculo que encontramos para dar cuenta de la experiencia analítica, reconocerlo, amarlo.

Un problema de psicoanálisis, algo que realmente pueda llamarse así, no surge de la práctica, tampoco del inconsciente. El verdadero problema del psicoanálisis surge del decir, de la inadecuación del decir del analista cuando habla a otros analistas, tanto de la evidencia como del misterio. Un problema surge siempre a partir de lo que uno mismo, u otro, ha dicho antes y de su confrontación con lo imposible de decir. Es lo que podemos llamar un estilo problematizador en el psicoanálisis. Y creo que el estilo del que habla Lacan, el estilo que hay que transmitir, es un estilo problematizador, aunque no lo parezca en su enunciación.

LA FUNCIÓN DE LA INERCIA

El problema que me plantea actualmente ese ya-dicho-antes es la función de la inercia en la experiencia analítica, función que había aislado anteriormente. «Inercia» es una palabra empleada por Lacan, es un término muy descriptivo para designar lo que no cambia en la experiencia, que tiene su peso para cada uno, analista o analizante, en la palabra. Al mismo tiempo, esta inercia se pone cada vez más en evidencia en la conceptualización de Lacan cuando da una definición del sujeto como sujeto de la palabra, definición que hace de él una instancia esencialmente móvil. Decimos, por ejemplo, que el sujeto es vehiculado por la palabra, por la cadena significante, etcétera.

Por el hecho de definir al sujeto como una instancia móvil, todo lo que en la experiencia es inercia se unilateraliza. Lacan definió siempre al sujeto en el nivel de los efectos de sentido, y ahora el sujeto es tan móvil como esos efectos de sentido. La palabra es algo que circula –hacia el Otro o desde el Otro–y, cada vez que pensamos sobre la palabra en la experiencia analítica, hablamos de un circuito donde se mueve el significante, hablamos de desplazamientos. Este circuito se desenvuelve en la experiencia analítica de manera pura. Igualmente, la inercia se aísla también de manera pura como aquello que siempre vuelve al mismo lugar. El analizante mismo, de alguna forma, es el ejemplo de ello –vuelve siempre al mismo lugar para ver al analista–. Lo cual da, a veces, a la experiencia analítica ese aspecto de viaje inmóvil que parece un poco desrealizador, como si el analizante fuera el peregrino en su patria, para retomar el título de Lope de Vega.

Así me veo conducido a volver sobre este problema en términos lógicos. Hay necesariamente en la conceptualización de la experiencia una constante y una variable. Esta constante es lo que Lacan escribe con el término a, mientras que por el contrario escribe la variable, primero con la s de sentido y después con la S tachada del sujeto $.

Esto ya se conocía antes de Lacan. Esta constante se llamó, en la experiencia analítica, fantasma. La fórmula del fantasma de Lacan escribe una inmovilización fantasmática del sujeto, inmovilización de una instancia que es móvil en sí misma. Sabemos también que Lacan dio primero una versión imaginaria de la constante a –el a es siempre una imagen–y, después, una versión real.

Pero esta no es la única inmovilización que existe en la experiencia analítica. Hay otra inmovilización del sujeto que también fue aislada por los analistas: la identificación. Hay, pues, otra constante simbólica que va contra la circulación del significante. Cuando Lacan escribe S1→S2, escribe la circulación significante a lo largo de la cadena, pero cuando se trata de la identificación debemos aislar S1 de sus conexiones S2. Tenemos otra constante además del a, esta curiosa constante del S1. Tanto es así que Lacan inventó un nombre especial para denominarla: el significante amo. Es el Uno sin Otro.

Esto plantea una dificultad porque, habitualmente, usamos una definición de Lacan, muy conocida, según la cual un significante representa al sujeto para otro significante. La identificación no puede considerarse propiamente una representación del sujeto. Por esta razón, para indicar el carácter especial, paradójico, de este significante, Lacan inventó nombres especiales. Lo llamó «rasgo unario» y, después, «significante amo». Así se define otra inmovilización, una inmovilización simbólica del sujeto.


Si se construye, a partir de la experiencia analítica, la categoría de inercia, uno se encuentra con dos constantes: a, que funciona en el fantasma, y S1, la constante del Uno. Para Lacan ambos términos colman y dividen al sujeto al mismo tiempo. Y los dos tienen definiciones semejantes: el S1, cuando es separado de S2, aparece como sinsentido, y el objeto obtiene su posición por estar fuera del sentido.

¿Cómo se articulan, entonces, el significante amo y el goce? ¿Por qué tendría que ser necesario tener dos términos, dos constantes, para la inmovilización del sujeto? Podemos verificar, desde esta perspectiva, que utilizamos las palabras de Lacan sin pensar qué comportan. Por ejemplo, hablamos del fantasma como fantasma fundamental. ¿Qué hay en el uso del mismo adjetivo en las dos expresiones si no el intento de señalar lo común entre el significante amo y el goce? Del mismo modo, en los cuatro discursos de Lacan funciona un intercambio de posición entre S1 y a, al pasar del discurso del analista.

Es un problema de psicoanálisis pensar juntos el Uno y el objeto, el significante amo y el goce, construir un término común para designar la inmovilización del sujeto y experimentar si la creación de este término común permite dar cuenta de algo más en la experiencia que no pueden captarse con dos categorías.

No es ésta la única razón para la elección del tema de mi primer curso de este año en París. Hay siempre más cosas que indican lo que es necesario pensar. Está, por ejemplo, el libro de la señora Roudinesco sobre la historia del psicoanálisis en Francia, libro que plantea la multiplicación de anécdotas alrededor de Lacan. ¿Por qué su personalidad aparece como fuera de serie? Podría decirse que –en la definición que dio el mismo Lacan– tiene que ver con un significante amo, pero también con el objeto. ¿Por qué en la historia ha habido siempre sujetos sobre los que se ha construido un anecdotario? ¿Cuál es el fundamento de las anécdotas?

En algunas páginas de Lacan sobre la identificación de las masas también puede verse una vacilación para saber si su operador es S1 o el objeto. Igualmente, la extimidad, que es una construcción sobre la relación entre a y A, está implicada en la definición misma del significante. Y se plantea, por otra parte, el problema del saber cómo ubicar la consistencia lógica del a. También el tema de la psicosis requiere entender qué significa, por ejemplo, Joyce, el síntoma en Lacan. Esta definición del sínthoma no es la usual para nosotros. Son, en resumen, los problemas que giran alrededor de este problema central, esto es S1 y a.

LA PAREJA LÓGICA S1 Y a

He tratado de escribir la conjunción de S1 y a como una pareja lógica y he elegido la palabra «insignia» como índice de este problema. Es una palabra que encontramos en Lacan y que parece dominar los significantes distinguidos, aquellos que parece que no cambian en la experiencia sino que tienen, por sí mismo, una inercia. No están tanto en el nivel de la circulación de los significantes como en el nivel de la ley de esa circulación. Es lo que Freud ya reconoció con el término de superyó, que indica precisamente que hay significantes que no se mueven, que parecen estar al nivel de la ley y no al nivel de la circulación. Esto es una paradoja para nosotros, ya que está en contradicción con la definición de significante.

Lacan utiliza la palabra insignia para denominar la transformación de una realidad en un significante –desde el lado de lo imaginario– o la transformación de lo real hacia lo simbólico. Voy a recordar, a modo de anécdota, el ejemplo lacaniano de la transformación del grito infantil en una llamada. El grito como tal no es nada más que un sonido. Es necesaria la aceptación del Otro materno para que ese grito se transforme en una llamada. Así, en el significante por el cual el Otro acepta el grito, hay una pura creación de la significación de llamada. El resultado es que el sujeto podrá llamar al Otro a partir de este punto, y podrá hacerlo de muchas maneras –en nuestra época es suficiente el teléfono o el telégrafo para hacerlo–. Pero lo que se pierde en este acto es el goce del grito mismo. Cuando a partir del grito se produce la significación de llamada, transformación que puede realizarse de manera sublimizada, ¿qué pasa con el goce? El goce del grito no se transfiere en la significación producida. No voy a desarrollar este punto, pero puede decirse que el grito suscita la creación del Otro como vacío; de este modo, el Otro es equivalente a una pérdida de goce y el grito es equivalente a un «plus de goce» encarnado.

Retengamos lo que fue el resultado de este estudio: está por una parte el significado del Otro, la llamada, que Lacan escribe s(A) –el sentido depende del Otro– y hay otra función que no es reductible a la función del sentido y que, por el momento, vamos a escribir como a. ¿Cómo se articulan el sentido y el a, el sentido y el plus de goce?

Así me he visto conducido a generalizar el problema en los siguientes términos: cuando Lacan empezó su enseñanza como una nueva alianza con la teorización de Freud, su modo de entrada fue partir del campo del lenguaje, pero con la evidencia de la función de la palabra, es decir, del lenguaje considerado a partir de sus efectos de sentido. Ahora ya se sabe que Lacan utiliza como algoritmo la diferencia entre el significante y el significado y que camina por la literatura y la experiencia analíticas con esta diferencia, considerando prevalentemente el lenguaje a partir de los efectos de sentido. En su teorización esto se articula inmediatamente con la comunicación, en tanto que el sentido se plantea como sentido del Otro, articulado en el lugar del Otro. Es realmente un operador muy potente: tomar el campo del lenguaje, distinguir en él al significante del significado y aislar la función del Otro.

Desde este punto de vista, Lacan puede considerar el síntoma analítico como un mensaje y decir que la doctrina del síntoma es una semántica. Interpretar un síntoma es considerarlo sentido del Otro. Y es verdad que el principal descubrimiento freudiano fue que el síntoma tiene un sentido.

Pero inmediatamente podemos ver que hay otra lógica que opera dentro de ésta. Considerar el síntoma como un mensaje que tiene un sentido no es suficiente para describir el síntoma analítico. En Lacan siempre hay otra función que se superpone a ésta, escrita como fantasma. Se trata de otro tipo de sentido que el sentido que hay que escuchar. Se trata de lo que llamó en una ocasión un «sentido gozado», un sentido que tiene relación con el goce y que aparece siempre como parasitario. No es seguro que pueda decirse del sentido gozado lo mismo que del sentido a escuchar, es decir, que se trate de un sentido del Otro. Más bien parece que el sentido gozado, cuando aparece como sentido gozado del Otro, define la psicosis.

Hay que complementar, pues, la estructura lingüística con otra. El significante no tiene solamente efectos de sentido, sino también efectos de sentido gozado. Esto es lo propio del análisis.

No voy a desarrollar aquí todos los pasos, sino que daré las consecuencias de esta línea de pensamiento que conduce, cuando se radicaliza, a una revisión del estatuto del significante. Parece entonces que la perspectiva del significante como tal es una unilateralización del campo del lenguaje del lado de los efectos de sentido.

Esta lógica es operativa en la propia enseñanza de Lacan. Para mí siempre constituyó un problema entender por qué su texto Televisión habla del signo y no del significante. Hace retornar la categoría de signo, que parece antigua, como superior a la categoría de significante. Esta lógica permite entender que es necesaria una categoría más amplia que la del significante para distinguir, en el campo del lenguaje, lo que no es función de la palabra.

En el campo del lenguaje hay otra perspectiva –tomar el signo en tanto que tiene efectos de sentido gozado y efectúa una producción de goce–y, para distinguirlo, hay un término en Lacan, la palabra «letra». La letra, siempre citada como uno de los misterios de Lacan, denomina el signo en tanto que producción de goce.

LOS CAMBIOS EN LA CONCEPCIÓN DEL SÍNTOMA

Al título de Lacan, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, le falta una instancia esencial, la instancia de la letra. En el lenguaje no existe sólo la palabra, sino también la escritura como aquello que, en el campo del lenguaje, concierne al signo en tanto que tiene efectos de sentido gozado y producción de goce. Por esta razón, no basta con tomar el síntoma como mensaje; mientras haya goce en el síntoma, hay que tomarlo como una letra. El síntoma no se articula simplemente como la función de la palabra, sino con el proceso de una escritura. Desde este punto de vista, puede constatarse con sorpresa que Lacan dijo muy pronto –ya en los años cincuenta, aunque sin desarrollarloque el síntoma está articulado en un proceso de escritura.

Esto tiene consecuencias de mucho peso en la definición común de síntoma –definición de la que soy responsable–, porque cambia esta definición y nos obliga a integrar en ella al goce fantasmático. En el síntoma hay, como escritura, goce. Siempre hay conexión entre la problemática del síntoma y la problemática de la escritura, por eso Lacan toma el ejemplo de James Joyce.

Lo que cambia es la posición del Otro. Cuando uno entra en el campo del lenguaje desde el punto de vista del sentido, esto tiene enseguida relación con el Otro como sentido del Otro. Pero, cuando uno entra en el campo del lenguaje por la escritura, considerada goce a partir de la letra, ya no hay relación con el Otro. Cuando se trata del sentido se trata siempre del deseo –del Otro del sentido del deseo–. Con el goce no sucede lo mismo. El goce es autista. Esto explica que en Lacan va desapareciendo la referencia al Otro.

No sé si esto va a derruir demasiadas concepciones en poco tiempo: en París, donde estoy ahora en la clase número dieciocho del curso, no lo he dicho así.

Si bien es verdad que puede decirse que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, en tanto que podemos considerarlo a partir del S1, no podemos decir inmediatamente que el inconsciente es el discurso del Otro. Y Lacan hace esta distinción. El discurso del Otro puede transformarse a través de la experiencia analítica. El inconsciente, como lenguaje, no habla a cualquiera. El acento no debe ponerse en el hecho de que el inconsciente hable sino en el hecho de que el inconsciente cuenta, y en ese hecho repite el Uno y nada más que el Uno. El inconsciente cuenta y cifra.

¿Cuál es el valor de la cifra? Parece un modo de significante, pero es el significante no considerado por sus efectos de sentido; la cifra está del lado de la letra y no del significante. Con esta nueva perspectiva podemos aceptar una nueva definición del síntoma, no a partir del Otro, como mensaje dirigido al Otro y que se trata de interpretar, sino del síntoma como un modo de gozar del inconsciente –definición de Lacan en su seminario «RSI»–. Es sorprendente ver que esta definición implica al inconsciente en tanto que el sujeto lo determina; implica al inconsciente a partir del significante amo.

Y aquí, en efecto, la pareja lógica (S1, a), para la que he propuesto la palabra «insignia», puede denominarse como el propio síntoma, que es esa conexión entre el goce y el significante amo. Lo cual es muy distinto de decir que gozar es siempre «gozar del cuerpo» –más que del cuerpo, hay que traducir «gozar de la carne»–.

En el seminario «Aún», Lacan dice que hay sólo un gozar de la carne. Se necesita un cuerpo vivo para gozar. Dos años después dice lo contrario, porque ha problematizado el gozar del Uno del inconsciente.

Esto cambia muchas de las consideraciones que podemos hacer sobre la experiencia analítica misma y sobre la interpretación. Podemos decir entonces que no hay una exclusión entre palabra y escritura. Por el contrario, desde el lado del analista la interpretación es siempre referencia a lo escrito dentro de la palabra. ¿Qué es si no el equívoco con el que jugamos en la interpretación? El equívoco implica la escritura. Sólo hay equívoco por el hecho de que el mismo sonido puede escribirse de maneras diferentes. Dentro de la palabra misma hay una referencia a la escritura; precisamente, cuando se da esta operación, es cuando aparece el sentido gozado.

Es lo que plantea la última enseñanza de Lacan. ¿Cómo, utilizando la escritura, puede interpretarse y al mismo tiempo –ya sea en la escritura matemática, en la caligrafía japonesa o en la escritura de Joyce– sustraerse a los artificios del inconsciente, a sus efectos de sentido? Con Joyce, la literatura ya no parece un discurso sino que permanece como un lenguaje. Son los primeros pasos de un desarrollo hasta poder definir de forma estricta la función del síntoma, función correlativa del inconsciente que implica que el goce no tiene otro lugar que el ciframiento. Todo desciframiento es un ciframiento. No hay algo contrario al ciframiento porque es siempre sustituir una cifra por otra.

La cuestión es saber qué puede poner un límite al desciframiento infinito. Conocemos ahora este problema, cuando vemos que la experiencia analítica se eterniza porque el sujeto la acepta como un nuevo modo de gozar del inconsciente. Es, en cierto modo, la destrucción desde el interior de la experiencia.

Se formula entonces un nuevo problema. ¿Cómo es posible gozar del inconsciente en la experiencia analítica? La respuesta de Lacan –que ahora debemos elaborar– fue la identificación con el síntoma.

8

Conferencia de Clausura de las II Jornadas del Campo

freudiano en Andalucía, Sevilla, 27 de noviembre de 1988.

Texto establecido por Carmen Ribés.

Publicada en Uno por Uno, n.o 36.

La salud mental no tiene más definición que la del orden público; es ésta, entonces, la definición que propongo para sintetizar lo que parecen ser las sospechas, incluso el desdén manifiesto, expresado en ocasiones hacia el concepto de salud mental desde el punto de vista psicoanalítico. La salud mental definida según el orden público. Y, en efecto, me parece que no hay criterio más evidente de la pérdida de la salud mental que la que se pone de manifiesto en la perturbación de ese orden.

Normalmente, además, los pacientes de la salud mental son seleccionados a partir de una perturbación de esas características, que puede llegar hasta el orden supuestamente privado de la familia. Es decir –y discúlpenme si esto puede parecer un poco burdo–, que lo más importante en la vida, respecto a la salud mental, es andar bien por la calle. Y más aún atravesarla, cruzarla sin ser atropellado. En el uso común que tenemos en París –el sentido común, por lo demás, siempre tiene razón–, la manera de expresarlo sería decir que es alguien en quien no se puede confiar para cruzar la calle con un niño. Me parece un verdadero criterio de salud mental.

Así podemos ver, por ejemplo, que en el campo, cuando no había calles y menos aún coches, los estándares de la salud mental eran mucho más relajados que hoy, en las ciudades, donde hay una circulación automovilística intensa. Y cuanto más intensa, más podríamos proponer a nuestros amigos científicos: la correlación entre los estándares de la salud mental y el estado de la circulación de los coches.

Se sabe que hay también quienes ya no vuelven a salir de su casa. Pero eso molesta también al orden público en el ámbito de la familia. Puede ser un signo importante que un adolescente, por ejemplo, se quede encerrado en su habitación; puede hacer sospechar algo desde el punto de vista de su salud mental. Y si no tiene familia, una persona que nunca sale a la calle molesta a la portera –importante personaje de la vida ciudadana–; todo el mundo sabe que hay que tener buenas relaciones con la portera. Estoy bromeando aunque es cierto que con la salud mental se trata siempre del uso, del buen uso de la fuerza.

Me parece además un hecho de experiencia, según el testimonio de quienes trabajan en las instituciones correspondientes, que la salud mental es, fundamentalmente, una cuestión de entrar, de salir, y también de volver. De otro modo se trata de fugas. Después de haber salido, es esencial al orden público. Volver a casa a dormir, por ejemplo, puede evitar el divorcio. El problema central en la práctica de la salud mental es a quién se puede dejar salir y que se puede salir si se vuelve para tomar la medicación.

Los trabajadores de la salud mental son quienes deciden si alguien puede circular entre los demás, por la calle, en su país, entre los países, o si, por el contrario, no puede salir de su casa, si sólo puede salir para ir al hospital de día o si no puede salir del hospital psiquiátrico. Y ya sólo queda por decidir si ha de estar atado porque, en algunos casos, la peligrosidad es rebelde a la medicación.

Los trabajadores de la salud mental se reconocen próximos a los de la policía y la justicia, que son trabajadores también. Y esa proximidad les ofusca, tratan de alinearse en otro lado, pero eso es también una confesión. La salud mental tiene, por tanto, como objetivo –no puedo imaginar otro– reintegrar al individuo a la comunidad social.

Al mismo tiempo, conformarnos con establecer la equivalencia entre salud mental y orden público no es suficiente como, de hecho, demuestra la diferencia entre estas categorías de trabajadores. Hay perturbaciones que incumben a la salud mental y otras que conciernen a la policía o a la justicia. Debemos preguntarnos cuál es el criterio que sitúa a un individuo de uno u otro lado de la salud mental y del orden público.

Ese criterio operativo es la responsabilidad. Es el castigo. Lacan escribe que la responsabilidad como castigo es una de las características esenciales a la idea del hombre que prevalece en una sociedad dada. Y quizá pueda parecer sorprendente que, entre sus Escritos, haya un texto sobre «Criminología y psicoanálisis». Pero, al contrario, Lacan acentúa la responsabilidad como un concepto esencial en la distribución de la salud mental, el orden público y el psicoanálisis.

La noción crucial entonces, para el concepto de salud mental, es la decisión sobre la responsabilidad del individuo. Es decir, si es responsable y se puede castigar o, por el contrario, si se es irresponsable y se debe curar. Me parece bastante evidente que la mejor definición de un hombre en buena salud mental es que se le puede castigar por sus actos. Es una definición operativa, no ideal. Ceaucescu, por ejemplo, no tiene una buena salud mental, no se le puede castigar. Si alguien le llama paranoico será encerrado en lugar de serlo Ceaucescu. Es el tema al que pretendo aludir cuando la encarnación, el propio poder de castigar, está en posición de escapar al diagnóstico de la salud mental.

¿Y qué significa irresponsabilidad? Significa que los demás tienen derecho a decidir por alguien, es decir que se deja de ser un sujeto de pleno derecho. El término «sujeto», por tanto, no se introduce a partir de lo mental sino a partir del derecho. Y puede verse ahí la imagen misma del totalitarismo: que otro decide siempre y que, en un estado semejante, todos los demás son los que están locos. La prueba es que no pueden salir del país.

Pero centrémonos en esta idea de irresponsabilidad. Es irresponsable quien no puede dar razón de sus actos, quien no puede responder de ellos. La propia palabra «responsabilidad» incluye «respuesta», es la misma raíz. La responsabilidad es la posibilidad de responder por sí mismo. Si para el psicoanálisis es tan interesante la criminología es porque plantea el problema de si la enfermedad mental llega a suspender el sujeto de derecho.

EL PSICOANALISTA Y LA SALUD MENTAL

Y aquí podemos corregir nuestra primera equivalencia para decir que la salud mental es parte del conjunto del orden público, una subcategoría. Por ejemplo, puede notarse que la neurosis obsesiva es perfectamente compatible con él. Hasta el punto, incluso, de que podríamos preguntarnos si los inventores del orden público no fueron neuróticos obsesivos. Un juez que piensa todo el tiempo en el acto sexual no por ello deja de actuar como juez. Puede judicalizar perfectamente y, mientras tanto, no tener otra cosa en su pensamiento que obsesiones sexuales. También la paranoia, a veces, es perfectamente compatible con el orden público, más en unas profesiones que en otras. Sólo a un paranoico he oído decir, en mi consulta, que estaba en perfecta salud mental. No sé si eso podría decirlo alguien que no fuera paranoico.

Hablo del paranoico precisamente porque es, en psicosis, quien se presenta como sujeto de pleno derecho, es decir, que se presenta para pedir justicia o para hacerla. En ese sentido es creador de orden público, inventor de nuevos órdenes. La paranoia permite una conexión muy estrecha con el problema del lazo social y del semejante. De hecho, hay muchas cosas en la cultura que debemos a grandes paranoicos. Y el paranoico es hasta tal punto sujeto de derecho que parece salirse del análisis; es además un derecho sin culpa.

Creo entonces que, llegados a este punto, podemos tomar una posición unívoca con respecto a la relación entre el psicoanálisis y la salud mental: el psicoanalista, como tal, no es un trabajador de la salud mental y quizá sea éste, precisamente, el secreto del psicoanálisis. A pesar de lo que pueda pensarse y decirse para justificar su papel en términos de utilidad social, el secreto del psicoanálisis es que no se trata de salud mental.

Hay muchas prácticas ahora que pueden incluirse en el campo de la salud mental en tanto que se dirigen a la armonía de lo mental y de lo físico. La «salud mental» tiene el peso de nombrar el lugar donde trabajan muchos practicantes. Pero en razón de su propia estructura, el psicoanálisis no está en esa categoría. El psicoanálisis agrega a ello el pensamiento, es decir, agrega el pensamiento inconsciente que no es de lo mental ni de lo físico, pero que tiene la eficacia de desordenarlos. En ese sentido, Lacan y Freud están en la misma línea de los filósofos y los escritores del siglo XIX que propiciaron el psicoanálisis por haber revelado que el hombre, como tal, es un enfermo. Es una generalización, pero esta frase se encuentra tanto en Hegel como en Nietzsche y forma parte de todo lo que se prepara y acompaña el descubrimiento freudiano. Eso ha permitido al psicoanálisis tomar su orientación porque si es así, si es un animal enfermo, en nuestra tarea curarlo. Como he dicho, en Estados Unidos no tienen ninguna dificultad para incluir al psicoanálisis dentro de las prácticas de la salud mental. Nosotros tenemos una posición no de simple exclusión sino de compleja dialéctica con la salud mental. Pero que, en la práctica, no es operativa, no permite una discriminación más allá de la de si se puede o no cruzar la calle con un niño.

El psicoanalista no puede prometer, no puede dar, la salud mental. Sólo puede dar la salud: saludar al paciente que viene al consultorio. Además, cuando funciona bien, es él quien se queda ahí encerrado, como si se retirara a sí mismo de la circulación.

En psicoanálisis tiene mucha importancia saludar bien. Se dice, por ejemplo, que en su última época la sesión lacaniana se reducía a un saludo. Quizás el saludo analítico sea lo esencial. Podríamos entonces oponerlo a la salud mental. Lo he visto recientemente porque alguien, a quien no había saludado bien, me pidió un análisis muy poco tiempo después. Se trata de que el saludo incide en la propia práctica sin que se pueda anticipar el resultado inmediatamente.

En eso radica la diferencia entre ambos. Y en eso puede interrogarse la utilidad del psicoanálisis ya que, desde el punto de vista del orden público, según se dice la gente que se analiza tiene buena salud. La diferencia y, quizá, la paradoja desde ese punto de vista es que el psicoanálisis es un tratamiento que se dirige al sujeto de derecho como tal, al sujeto de pleno derecho. Es decir, que nuestro trabajo se dirige a enfermedades mentales –si se las quiere llamar así– en las que hay un sujeto de pleno derecho. Un sujeto que responde de lo que hace y de lo que dice hasta el punto de saber que, si no puede hacerlo, las cosas no van bien; no le parece una tontería decir y hacer cosas de las que no puede responder. Quienes se introducen en la enseñanza de Lacan pueden situar el término «sujeto» a partir de esa dimensión de respuesta, de capacidad de respuesta. El sujeto de derecho tomado así, en la vertiente de la respuesta, es el sujeto de la enunciación, como decimos utilizando un término lingüístico. Es el sujeto que responde de su enunciado, para lo cual es necesario no confundirse con él.

LA PATOLOGÍA ESENCIAL DEL SUJETO

La condición, entonces, para distinguir al sujeto de la enunciación es que puede tomar distancia respecto a lo que él mismo enuncia. Es el sujeto que puede notar que ha dicho algo pero que no sabe por qué, que no cree en lo que ha dicho, sabe que es una broma o piensa lo contrario de lo que dice; el sujeto es capaz de juzgar lo que dice y lo que hace. A partir de la conexión salud mental-orden público-responsabilidadderecho-respuesta, puede entenderse la importancia, el lugar destacado que Freud dio al concepto, tan sorprendente quizá, de sentimiento de culpa.

El sentimiento de culpa es, propiamente, el pathos de la responsabilidad, la patología esencial del sujeto. ¿Y cuál es su sentido? Que me siento responsable de no sé qué. Y puede decirse que es una condición previa de la práctica analítica. En cierto modo, entonces, comprobar su existencia o producirla es el objetivo de las entrevistas preliminares. Se trata del sentimiento de culpa como afecto del sujeto del inconsciente. Y, cuando comprobamos que existe, podemos decir que hay sujeto capaz de responder. A tal punto es así que Lacan define al sujeto propiamente como una respuesta.

En el psicoanálisis podemos llegar hasta el límite de decir que el propio sujeto es una respuesta. Éste es el fundamento del lazo social, lo que Freud inventó: el punto de vista psicoanalítico sobre la sociedad. Freud no definió la sociedad por la salud mental sino a partir de un mito, y no cualquiera: el de un crimen primordial en el origen da la ley. Es el mito que dice «Todos culpables». Es la respuesta mítica al «Yo me siento responsable de no sé qué», la respuesta de la muerte del padre. Y es también lo que permite comprender por qué Lacan aconseja rechazar de la experiencia analítica a los canallas. ¿Qué es un sujeto canalla? Es el que siempre se inventa disculpas para todo. Y también hace ver lo que Lacan destaca en las entrevistas preliminares, esto es, la rectificación subjetiva preliminar al análisis. El sujeto entra en análisis quejándose de los demás, y esa rectificación –el ejemplo clásico es el análisis de Dora– le lleva a percibir que él tiene algo que ver con las cosas de las que se queja, es decir, que se trata también de su culpa. Porque a pesar de los fenómenos superficiales que pueden manifestarse en la experiencia, sabemos que el sujeto del inconsciente es siempre un acusado; es en este sentido que Freud inventó, para demostrarlo, el superyó.

«No hay que retroceder frente a la psicosis» es una frase de Lacan que se repite por todas partes, tanto en Brasil como Europa o Canadá. No hay que retroceder, pero con excepciones. Podríamos discutirlo a propósito del análisis de los paranoicos, por ejemplo, porque presentan dificultades técnicas difíciles de superar. El paranoico, precisamente, está en la posición subjetiva del acusador y no del acusado. Lo que llamamos un paranoico está en esa posición subjetiva, perseguido pero con culpa de los otros; y los perversos, quienes enuncian comportamientos que, según la clasificación psiquiátrica, se llaman perversos, eluden esa misma definición. Un verdadero perverso no viene a pedir un análisis y, si por error lo hace, se va. Sin embargo, un perverso puede pedir un análisis en tanto que tiene un sentimiento de culpa a propósito de su comportamiento, cuando deja de inventar disculpas por lo que no puede evitar hacer. Además, la experiencia hace pensar que más bien se trata de personas de alto sentido moral, contrariamente al retrato del perverso que se hace normalmente. Por tanto, la presencia del afecto subjetivo de culpa tiene un carácter decisivo en la posibilidad de analizarlos.

No creo que pueda darse una respuesta típica sobre lo que el perverso busca. Ya es una pregunta, por ejemplo, qué es lo que busca en el saber y en las obras de la cultura. Conocemos el lugar eminente que han tenido en ella los homosexuales. Pero hay que pensar que del goce que obtiene obedeciendo a la pulsión se sigue, para él, una insatisfacción, es decir, que también se trata de que su goce no es completamente acéfalo. El análisis a pesar, en su caso, de los comportamientos perversos, podría mantenerse si en el plano mismo del goce –que él sabe obtener mucho mejor que un neurótico–, en algún lugar, hubiera una defensa. Y hay muchas homosexualidades, como decía André Gide. Hablamos burdamente de homosexualidad cuando el objeto es del mismo sexo, pero las prácticas son suficientemente diversas como para localizar en ellas los estigmas de la defensa contra otro goce, por ejemplo.

André Gide, por ejemplo, amaba a los jovencitos, a los chicos jóvenes barbilampiños. Su práctica homosexual consistía en la masturbación mutua y sentía horror de la penetración, a lo que asistió, en alguna ocasión, con Lord Douglas, el amante de Oscar Wilde. Por eso, quizás, habría sido analizable; él mismo fue a ver a un médico psiquiatra antes y después de casarse –pensaba que el matrimonio lo podía curar– y llegó a hacerse analizar aunque no duró mucho. Pero puede seguirse el camino de su producción literaria, año tras año, y pensar si no se trataba, en ella, de una cura por escrito.

En la propia obtención de goce, a pesar del desmentido, de la denegación de la castración, hay un lugar para la defensa. No creo que en el caso de los perversos se trate de la «normalización» de la vida sexual sino que, en ese caso como en los otros, se trata de establecer el deseo del sujeto, que puede ser «disarmónico» con su goce.

No somos, por tanto, los guardianes del orden público. Y es apasionante seguir los hechos clínicos: una vez descrito el acto al que tiende el sujeto, una vez localizados los encuentros infantiles que han marcado para siempre, para toda la vida, su modo de obtener el goce, una vez hecho esto, el trabajo analítico se detiene y el sujeto perverso no tiene otra idea que buscar esas situaciones.

LA DIMENSIÓN JURÍDICA DE LA EXPERIENCIA

Hablar, entonces, a propósito del perverso, de lo que alguien no puede dejar de hacer, nos permite justificar en el análisis el concepto de pulsión. ¿A qué llamamos pulsión –que es otro de los mitos freudianos–? Hablamos de pulsión cuando las cosas se presentan en esa dimensión de no poder dejar de hacerlas, con el problema consiguiente de si, en ese sentido, hay sujeto de derecho o no. Por eso Lacan puede decir que la pulsión es acéfala y que, en esa misma medida, hay como una suspensión del sujeto de derecho. Si hablamos de la posición subjetiva en la pulsión, podemos decir que se trata de la relación del sujeto con una demanda contra la que no puede defenderse. En ese sentido, hay una conexión entre la pulsión y el superyó al mismo tiempo que la palabra defensa tiene también una dimensión jurídica.

Esta perspectiva que les propongo permite localizar la articulación entre pulsión y deseo; la pulsión como mito freudiano y el deseo, tal como nosotros lo vemos, como mito lacaniano. Y cómo se diferencian si no es en que hablamos de pulsión cuando el sujeto se queja de no poder defenderse y de deseo cuando el sujeto se queja de defenderse demasiado bien. La diferencia está, precisamente, en la defensa. En el deseo, la defensa es interna a la propia dinámica en tanto que desear y rechazar el deseo están vinculados, se hacen en el mismo movimiento. Hablamos de pulsión, al contrario, cuando la función subjetiva es incapaz de introducir la defensa.

Puede parecer que esto no es el sentimiento de culpa. Y, sin embargo, el sentimiento de culpa también tiene defectos. Por ejemplo, en el duelo patológico, donde el sujeto está aplastado por la culpa de la pérdida. O en la melancolía, a propósito de la cual hay siempre malestar, resistencias a describirla en el campo propio de las psicosis porque la presencia del sentimiento de culpa precisamente supone una dificultad. Por el contrario, es en el caso del presidente Schreber donde las cosas están claras: Dios es el culpable de principio a fin, es él quien debería tener un sentimiento de culpa por perturbar no sólo el orden público sino el del mundo entero. No es exactamente lo mismo que la circulación de los automóviles, aquí se trata de la circulación de los astros en el cielo.

Así, en la experiencia psicoanalítica podemos notar que el sentimiento de culpa no impide la reivindicación, sino que la favorece. Hay que entender la conexión entre ambas porque podrían parecer contrarias. Sólo un sujeto de derecho puede tener sentimiento de culpa, es decir, un sujeto que puede decir: «Tengo derecho a», éste es el principio mismo de la reivindicación. Si no se piensa que la reivindicación es algo esencial a la práctica analítica, es sólo por no percatarse de que la castración sólo tiene sentido sobre el fondo de la reivindicación.

Empleo el término «reivindicación» que es el lado positivo, activo, de la frustración porque permite describir fenómenos que se manifiestan en la experiencia. Por ejemplo, cuando la roca de la castración toma la forma de la reivindicación de justicia podría pensarse que el sentimiento de culpa impide que el sujeto asuma el peso de lo que no va bien. Y, en cierto modo, con la rectificación subjetiva se trata de que lo asuma. Pero puede ocurrir, al contrario, que se haga responsable al analista que, a pesar de tener derecho, el sujeto no tenga la satisfacción, lo que se convierte entonces en un bloqueo de la experiencia.

Debe señalarse también el derecho al goce en la experiencia. El punto de vista que he tomado, a partir de la salud mental, acentúa por decirlo así la dimensión jurídica de la experiencia. Pero desde el punto de vista de la justificación, por ejemplo, habríamos podido explicar por qué el sentimiento de culpa del que hablamos es inconsciente, por qué puede manifestarse en lo que Freud llamó la roca misma. Eso introduciría la necesidad de articular mejor el sentimiento de culpa y el complejo de castración.

LA FORMACIÓN DE LOS ANALISTAS Y SU SALUD MENTAL

En todo esto, el estado de derecho es indispensable para el psicoanálisis. No puede haber uno sin el otro, o hay psicoanálisis clandestinamente, como Jean Pierre Klotz nos ha explicado recientemente al volver de la Unión Soviética. A medida que ese gran país se transforma en estado de derecho puede entrar el psicoanálisis. Puede verse la conexión: el psicoanálisis entra al mismo tiempo que los derechos humanos. Porque hay que tener el derecho de callarse, no puede psicoanalizarse donde sólo existe el derecho de hablar, y el deber, además.

Para continuar en esta línea, se necesita que el analista, por su propia salud mental, haya sido curado del sentimiento de culpa. Es peligroso, de otro modo, dirigirse a un analista. La formación de los analistas podría resumirse, entonces, en curarlos del sentimiento de culpa.

Es peligroso, por tanto, porque la formación de los analistas está cercana a la formación de canallas, y por eso hay que distinguir: hay que curarlos del sentimiento de culpa en tanto que dirigen la cura y al mismo tiempo, y es lo más difícil, no curarlos de ello en tanto que sujetos. De manera que se trata de curarlos en la función de analistas para reforzarlos, sin embargo, como sujetos. Hemos escuchado a Lacan en su seminario quejarse, por ejemplo, de la exigencia de su superyó. Hay que pensar, además, que Lacan tenía que pagar sus deudas, tenía que hacerse perdonar el hecho de habernos abierto las puertas del psicoanálisis a nosotros. Y lo pagó con un trabajo teórico.

La reacción terapéutica negativa, según una expresión freudiana que no me parece muy feliz, tiene como objetivo precisamente pasarle la culpa al analista: «Usted no me puede curar», es decir, desplazar la culpa al Otro. La castración, impensable en el puro real, no tiene sentido sino para el sujeto de derecho, para el sujeto que puede decir «Tengo derecho a». Y esto constituía, para Freud, la roca de la experiencia analítica.

Para explicarlo en términos de mercado, es como si el sujeto tuviera un cheque al portador que no puede ingresar en caja. Ese cheque al portador es lo que se llama el falo, y muy precisamente el falo como símbolo, el fundamento mismo de la queja en psicoanálisis: «Tengo derecho a algo que no puedo cobrar». Es decir, que el sujeto llega siempre al análisis como un cobrador, y el psicoanalista es el cajero: «Explíqueme qué cheque al portador tiene usted». Y el resultado al final es al revés: es el cobrador quien termina pagando, y únicamente por haber presentado el cheque al cajero ya que este lo único que hace es discutirlo. En esto el psicoanálisis puede parecer una estafa, y puede ponerse en duda si tenemos la salud mental suficiente como para jugar a ese juego.

La castración, el propio concepto freudiano, sería impensable si no se tratara de un derecho al falo, tanto en el caso de un hombre como en el de una mujer. Es, incluso, más difícil del lado masculino por ser portador del órgano. Sabemos –y éste es el otro secreto del psicoanálisis, un secreto a voces– que el cheque nunca entrará en caja porque la caja está siempre de la otra parte. Ésta es la castración imaginaria: a pesar de tener el cheque al portador, uno siempre tiene la bolsa vacía.

La verdad es que se trata de un cheque tal que, para cobrarlo, no hay en el horizonte otra solución que ocupar el lugar del analista, es decir, transformarse en cajero. Los analistas son, según eso, los desesperados del cheque al portador, aquellos que han abandonado la idea de cobrarlo; con el resultado paradójico de que tienen la bolsa llena. Lo cual pone en evidencia que el sujeto de la castración es el sujeto de derecho, aquel que tiene que descubrir que su cheque al portador, el que cada uno tiene, es imposible de cobrar. A veces hay que intentarlo con varios analistas para estar seguros de que ninguno va a pagar el cheque. En eso, en tanto que sujeto de derecho es también sujeto de deber, es decir que obedecen a la orden: «Tú debes cobrar». Lo que se traduce en términos de goce, se trata de cobrar el goce. Y lo que se descubre es que sólo presentando el cheque ya se goza bastante, es decir, que ya se goza con las palabras al presentarlo.

Y es lo que causa risa de la salud mental porque se trata, en ella, de la perturbación estructural de lo físico, lo mental y lo social. Según la OMS se trata de: «Estar completos en lo físico, lo mental y lo social». Esta, como ha señalado Hebe Tizio, es la voz dulce del imperativo imposible. Es una fórmula del superyó moderno, muy bien descrito, porque están presentes los tres términos: físico, mental y social. Y hace ver que lo mental efectivamente es un órgano y que no está reservado a la humanidad. Existe lo mental en el ser vivo desde el momento en que hay sentidos, desde que hay un aparato sensorial.

Los animales también tienen una mente que completa necesariamente lo físico del ser viviente. Esa mente –ver, pensar y recordar– les permite vivir en su ambiente; de manera que lo mental es un órgano necesario para la adecuación de lo físico al mundo. Sabemos ahora mucho más sobre la mente como órgano, porque la bioquímica del cerebro se ha desarrollado y, además, el conductismo permite comprobar que, por ejemplo, en las ratas y las palomas lo mental es un órgano útil para la vida, es una guía de vida. La rata es parte de un todo, por lo que Lacan puede decir que el organismo va mucho más allá de los límites del cuerpo individual. El organismo es el propio organismo –con el aspecto mental y físico– más su mundo.

MENS SANA

¿Podríamos pensar en un ser vivo sin lo mental? Sería un ser viviente que se podría guiar sobre el puro real. Y es, en cierto sentido, lo que Freud nos presenta con la libido. Con el mito construido por Lacan, a propósito de la libido freudiana, se trata de un ser vivo sin aparato sensorial, que precisamente no conoce nada de la dimensión del mundo y que es del orden del puro real. En ese sentido, puede decirse que con el nombre lacaniano de goce se trata de algo que no quiere saber nada. Ésta es también la cuestión en la pulsión, que no quiere saber nada. De ahí la pregunta que podría formularse a continuación: «¿Qué se busca en el saber?». La libido mítica, mitificada por Lacan, no quiere saber nada.

El animal, como tiene una mente, no se dirige sobre el puro real sino que hace de él una realidad. La diferencia entre lo real y la realidad es la interposición de lo mental. De esta manera puede describirse perfectamente el mundo de la mosca. Precisamente Lacan da una descripción con la que a uno le entran las ganas de ser una porque se ve, en ella, que la mosca goza de una perfecta salud mental en tanto que la definimos como la armonía, el equilibrio, del Innenwelt y el Umwelt.

Pero el mundo para el hombre está tomado por lo social. Hay que decir que el lenguaje perturba fundamentalmente la adecuación del Innenwelt y el Umwelt, es decir, que en nosotros la enfermedad mental está desde el principio. Por eso nuestro modelo de salud mental no es el del animal. En nuestro ambiente actual, el ejemplo de salud mental sería más bien la máquina –por eso puede decirse que alguien «Tiene los cables cruzados»–. Es decir, que nuestro ambiente no tiene nada de natural sino que está estructurado por el lenguaje y repleto de derechos y deberes. Freud ya indicó que nuestra mente está perturbada por el narcisismo que constituye un obstáculo fundamental a la adecuación y es el principio y la consecuencia misma de la perturbación sobre lo mental. Conocemos su papel en la inhibición, por ejemplo.

En el hombre, en la humanidad, no se trata solamente de lo mental cuando no se trata de lo físico. Hay algo no mental, algo que es el pensamiento que Freud llamó inconsciente. El inconsciente no es del orden de lo mental, aunque lo parezca. Se lo debe distinguir de la mens, mens sana in corpore sano. Lo que impide la mens sana y el corpore sano es la existencia disarmónica de un pensamiento. ¿Cuál es la definición más clásica de salud? La salud se define por el silencio de los órganos, pero está el inconsciente que no se calla nunca y que no ayuda para nada a la armonía.

Así definida, la salud mental no puede servirnos, como tal, de criterio en la práctica analítica.

9

Conferencia de las V Jornadas del Campo freudiano en

España, Barcelona, 19 y 20 de abril de 1988.

Transcripción de José Manuel Álvarez.

Publicada en Introducción al método psicoanalítico,

Jacques-Alain Miller, Paidós, Bs.As., 1997.

El espacio donde se encuentran los padres, el espacio de la familia, se encuentra ocupado por una red de relaciones decididas por una determinación biológica, pero subliminadas por el vínculo social. La familia tiene una base biológica, pero es una institución social, una institución variable según las civilizaciones. En las culturas llamadas antiguas, la parentela, la familia, en tanto que entra en relación de intercambio con otras, puede decidir las estructuras elementales de la sociedad. Eso, muy brevemente, nos da el encuadre donde los padres toman su sentido en la dirección de la cura, dado que se trata del desplazamiento de un vínculo social a otro, del desplazamiento de las estructuras elementales del parentesco a las estructuras elementales del psicoanálisis. Se entiende que alguien que comenzó su carrera en el psicoanálisis con los complejos familiares, es decir Lacan, quedara conmocionado por la exposición de las estructuras elementales de parentesco. Y desde ese punto, precisamente, se abrió paso hasta la estructura del discurso analítico.

Hay, seguramente, un paralelismo entre el parentesco y el psicoanálisis, y quizá más que en la comparación usual entre psicoanálisis y religión: en primer lugar, los dos vínculos, el vínculo familiar y el vínculo analítico, están fundados sobre la prohibición de la relación sexual. Seguro que hay transgresiones, pero no necesariamente destruyen la familia ni, quizás, el análisis –aunque sabemos que no son aconsejables–. En segundo lugar, como se dice, la historia del psicoanálisis está obsesionada con cuestiones de filiación. Y, por último, puede hablarse del fin del análisis en términos de nuevo nacimiento, de renacimiento, como si la cura llevase a la imitación del curso mismo del delirio de Schreber: una muerte imaginaria del sujeto y un nuevo nacimiento. Como si hubiera un primer nacimiento biológico acoplado a un nacimiento dentro del vínculo social del amo, y un segundo dentro del vínculo social del analista. Conocemos el resultado, el analista después de su nuevo nacimiento entra en una nueva familia, la familia analítica.

Estas cuestiones se observan en la experiencia; habrá personas que hayan negociado su asistencia a unas Jornadas del Campo freudiano con la familia, es decir, con el marido, la esposa, los hijos, eventualmente con los abuelos. Se siente entonces que no hay solamente un conflicto entre la existencia privada y la existencia pública por motivos laborales sino que, de una manera más secreta, se trata de dos tipos de existencia privada, de un conflicto entre dos familias. Hay seguramente un rasgo de estructura en el hecho de que la IPA creada por Freud se nucleara alrededor de su familia natural y adoptiva, y que la red de la enseñanza de Lacan, es decir, la famosa Fundación del Campo Freudiano, se haya nucleado también alrededor de su familia. Pareciera que la historia del psicoanálisis tartamudee en una repetición. ¿Dónde está lo trágico y dónde lo cómico? La diferencia es que nosotros conocemos la ley del inconsciente de esa historia y que esta fundación ha nacido con una resistencia a la ortodoxia, no solamente a la de los otros, reducida a pobres estándares de la práctica, sino a la nuestra: la ortodoxia que podía surgir de la enseñanza de Lacan reducida a la obra de un grupo.

A los padres, volviendo al espacio social de la familia, se los encuentra con la interdicción de encontrarlos sexualmente. Esto tiene consecuencias de largo alcance en el inconsciente. Sabemos, por la experiencia cotidiana, el papel fundamental, sorprendente, que cumple la visión de los genitales de los padres. En el caso de todos conocido, el del «hombre de los lobos», la observación del acto sexual entre los padres tiene una función de traumatismo que determina, según Freud, el destino mismo de su libido. Y a partir de esa observación de los padres en el acto de amor interviene la castración como problema: en ese caso el sujeto no puede resignarse a la castración de la madre, a su falta de pene. Y desde ese punto no puede resignarse a la suya propia como simbólica. Es un hecho, creo que reconocido por la comunidad analítica, que las observaciones del sujeto sobre los padres se centran efectivamente en el acto sexual, en los genitales, en su uso o, más generalmente, sobre los significantes del deseo y sobre los signos del goce. Unos y otros cobran su importancia sobre el fondo de la prohibición sexual. Para decirlo de otra manera, los objetos familiares son tachados como objetos sexuales.


LA ELECCIÓN DEL OBJETO Y LA ELECCIÓN DEL ANALISTA

El objeto debe ser elegido fuera de la familia y esto debe considerarse como una estructura realmente elemental. Lévi-Strauss pudo analizar las condiciones de la elección del objeto. Freud, a su manera, trató de formular las condiciones, muy precisas, que determinan la elección erótica del objeto, eso que él llamó la «condición del amor». Nos dio una verdadera fórmula del enamoramiento en un sujeto, eventualmente determinada en una elección desdoblada entre dos objetos correlativos, uno valorizado y el otro desvalorizado. Pero lo que se descubre a través de la práctica del psicoanálisis de Freud es que, al contrario de lo que parece en esa estructura elemental, los objetos encontrados en el espacio familiar son primariamente libidinizados, en el sentido sexual de la libido, y que en el seno de la familia es donde se elaboran las condiciones determinantes de la elección del objeto.

Lo que frecuentemente se omite en la problemática de la entrada en análisis es eso, la elección del objeto, es decir, aquello que en esa entrada no se refiere solamente a la transferencia al psicoanálisis como tal –al encuentro con el Sujeto-supuesto-Saber, usualmente previo al pedido del análisis–, sino a la elección del analista, que sea ése y no otro, a la presencia de ciertos rasgos que para el sujeto forman parte de la condición inconsciente del amor. Algunos de esos rasgos son imaginarios, y en esa dimensión todas las ilusiones son posibles. Pero esos rasgos imaginarios están siempre organizados por un rasgo simbólico, que llamamos el «Ideal del yo» del sujeto. Y más allá, esos rasgos que condicionarían la elección del analista como objeto tienen que ver con los signos de su goce, con los signos del goce que da el analista.

Es decir, el amor tiene una definición a nivel de lo real, tiene una parte pulsional. Cuando Freud habla de condición de amor se trata precisamente de eso. Esos rasgos imaginarios, simbólicos, reales, son factores que el analista debe conocer para sustraerlos de la dirección de la cura. Puede ser para utilizarlos, para neutralizarlos, y es una manera de formular la pregunta del analizante que busca la condición de amor del analista. Hay un nivel imaginario en esa pregunta: ¿a qué precio me amará? Hay un nivel simbólico: ¿qué desea usted?, el che vuoi? Pero también hay un nivel real: ¿cómo goza? Se trata, a esos tres niveles, de anular la contratransferencia en lo imaginario, de hacer de su deseo a nivel simbólico una incógnita, de presentarlo con una x, y de enigmatizar su goce a nivel real.

El tema del goce del analista proviene solamente del hecho de que el sujeto sólo se satisface hablando, y transfiere esa satisfacción al analista como goce del Otro. El goce del Otro es fundamentalmente mudo para el sujeto que habla y, cuando se trata del goce femenino, podemos decir que de él las mujeres no dicen nada convincente o sustancial. Por eso no hay que olvidar la correlación que existe entre el goce, como goce del Otro, y el mutismo. Eso se manifiesta en su estructura elemental en el propio análisis.

La novedad introducida por Freud no es otra que el analista mismo, es decir, la invención de un nuevo objeto ofrecido al amor. ¿Qué hay que esperar del análisis? No una cura del amor, sino elucidar la fórmula de la condición de amor, elucidar la posición del sujeto respecto al goce. Y esa condición de amor se elabora únicamente en el seno de la familia

EL «HOMBRE DE LOS LOBOS» Y LA FALTA DE PROPORCIÓN SEXUAL

El «hombre de los lobos», para referirme una vez más a él, está vinculado compulsivamente a un tipo de mujer encontrado en el ámbito familiar: la joven criada Gruscha. La compulsión de la relación con esa mujer vale como transferencia de la compulsión producida por la que Freud llama la escena originaria, la supuesta observación del acto sexual de los padres. ¿Qué es lo que resulta traumático en eso, según Freud? Lo que produce traumatismo es que el sujeto no puede traducir esa observación en términos de «proporción sexual» –si se acepta esta traducción de la expresión en francés rapport sexuel para diferenciarlo de las «relaciones sexuales»–. El sujeto no puede traducir la observación del acto sexual de los padres en términos de proporción sexual, que es lo único que valdría la pena observar en ellos.

Lo que en Freud se presenta como traumatismo, en Lacan se presenta como axioma. El traumatismo se transforma en axioma, el incidente se transforma en lógica. No hay proporción sexual, pero la cuestión es más complicada.

El sujeto observa, el sujeto llamado por nosotros el «hombre de los lobos» es un observador, y es su propia mirada la que surge del exterior, desde los globos oculares y si hay un problema, como dice Freud, es porque es preciso que esa escena sea traducida en términos de castración. Si hay un problema en la observación de los padres es porque eso debe codificarse con el pene como medida, ya que tratándose del código es el pene lo que vale como símbolo: es lo que llamamos falo Φ.

Este falo, como símbolo Φ, vale para ambos sexos como una condición de sexuación, es decir, como una condición de desexualización.

Esta es otra sorpresa que se encuentra en Lacan: el sujeto elige también su sexuación. Parece que todo el mundo entiende la elección del objeto, cada uno puede pensar que puede elegir uno u otro objeto, pero en el mismo sentido que hay elección de objeto hay elección de identidad sexual. Es algo conocido en el análisis desde siempre: tenemos el sexo físico, biológico, y lo que se dio en llamar sexo psíquico. No hay antinomia entre determinación biológica y elección, ya que la elección sólo tiene sentido en relación con la coacción de una condición, que Freud llama «condición de amor». Para un sujeto, esta condición es la que ocupa el lugar de proporción sexual en la especie humana, una proporción sexual que compete a cada uno y no a la humanidad como tal.

La condición de amor es la fórmula de la relación del sujeto con el goce y, en tanto que tal, es equivalente al fantasma fundamental. Viene al lugar de la proporción sexual, pero no es una proporción, una relación matematizada entre el hombre y la mujer. Por eso la fórmula del fantasma es una proporción perversa: no se establece con el otro sexo como tal. Los padres aquí aparecen en primer plano pues, en cierto sentido, la única proporción que el sujeto puede encontrar entre el hombre y la mujer es la proporción entre el padre y la madre. Lacan dijo alguna vez que la proporción sexual no existía, que existía sólo en la familia.

«Proporción entre los padres» es un término más seguro que el adjetivo «sexual». No estamos seguros de que la proporción entre los padres sea realmente una proporción sexual, una proporción entre los dos sexos. Hay una duda que, comúnmente, es la duda del propio sujeto, a quien le parece increíble que pueda existir una relación sexual entre los padres. Resulta como un escándalo, por eso la revelación de la sexualidad parental puede ser traumatizante. La pareja parental no puede fundar la proporción sexual del hombre y la mujer. Lo que sí podemos encontrar, precisamente, es que la madre obstaculice el acceso a la mujer por ser ella misma «la mujer» en singular, o que el padre obstaculice el acceso al hombre. Lo que la pareja parental puede fundar no es la proporción sexual, es la identificación. Y en esos términos Freud habla de identificación con la madre o identificación con el padre, planteada en términos de actividad/pasividad. Lo verdadero de esta oposición es que se plantea en términos de poder. Recordemos que la familia está construida dentro del espacio social, es decir, dentro del lazo social del amo. Esta pareja parental está primordialmente simbolizada a partir de la pareja significante S1-S2, que es la verdad de lo que en Freud aparece como esta oposición entre pasividad y actividad.

El padre se propone como S1, significante amo de la familia. Respecto a la esclavitud de la madre, es un tema suficientemente explotado por el feminismo moderno como para que no sigamos –por cierto, en el orden androcéntrico– comentándolo más.

Cuando el padre es el elemento para el que no vale la función de la castración ya la madre es el término correlativo, se funda la pareja de la madre y el niño.


Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
655 s. 59 illüstrasyon
ISBN:
9788424938260
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar