Kitabı oku: «Prácticas semióticas»

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prácticas semióticas

Jacques Fontanille



Colección Biblioteca Universidad de Lima

Prácticas semióticas

Primera edición digital, marzo 2016


©Jacques Fontanille, 2008
©De la edición francesa: Presses Universitaires de France, 2008.
©De la traducción: Desiderio BlancoDe esta edición:
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Diseño, edición y carátula: Fondo Editorial de la Universidad de Lima

Versión ebook 2016

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ISBN versión electrónica: 978-9972-45-334-2

Índice

Presentación Una inactualidad bienvenida

Introducción Inmanencia y pertinencia de las prácticas

Capítulo I. Niveles de pertinencia y planos de inmanencia. Signos, textos, objetos, prácticas, estrategias y formas de vida

Las prácticas, un nivel de pertinencia entre otros

De los signos a los textos-enunciados

Del texto al objeto

Las escenas prácticas

Las estrategias

De las estrategias a las formas de vida

Jerarquía de los planos de inmanencia

El recorrido generativo del plano de la expresión

De los modos de existencia

Transiciones e interfaces

Las operaciones de integración

Integración y resolución de las heterogeneidades

Contexto, presuposición y otros pretextos

Multimodalidad y resolución sincrética

La resolución polisensorial y la sinestesia

Heterogeneidades enunciativas y resolución polifónica

Retóricas ascendentes y descendentes de la manifestación

Generación de tipos y producción de ocurrencias: el recorrido de la manifestación

Integraciones y síncopas ascendentes

Integraciones y síncopas descendentes

El caso de Liaisons dangereuses (Laclos)

Integraciones intensivas y extensivas

Movimientos combinados

Retórica de los niveles de pertinencia

Capítulo II. El texto y sus prácticas

Prácticas y praxis (enunciativa)

Tiempo y espacio del texto y de la práctica

Distorsiones temporales

Profundidades discursivas

La praxis interpretativa

Protocolos de lectura

Prácticas espectaculares e interpretación

Prácticas interpretativas

La argumentación y el arte retórico como «prácticas»

Prácticas y estrategias argumentativas

Algunos componentes de la práctica argumentativa

La dimensión estratégica

De las estrategias a las formas de vida argumentativas

Esbozos tipológicos

Capítulo III. Eficiencia y optimización de las prácticas

¿Una epistemología de las prácticas semióticas?

Descripción semio-lingüística y práctica interpretativa

Tipos epistemológicos

Normas, modelos y crítica del estructuralismo

Epistemología práctica y efectos meta-semióticos

Bourdieu: crítica del estructuralismo y esquematización de la práctica

Eficiencia de las formas sintagmáticas

Eficiencia de la «buena forma»

Los tipos modales de la eficiencia

Confrontaciones prácticas y acomodaciones estratégicas

Generalización del principio de acomodación

La «falta de sentido» y la secuencia de resolución

El modelo de la eficiencia práxica

Entre prácticas y estrategias

Prácticas amorosas: una secuencia en construcción

Expresiones y contenidos «en acto»

Marcaciones, proceso adaptativo y búsqueda del sentido

Tensiones perspectivas y estabilización de la secuencia

Dos ejemplos

La comida y la conversación de mesa: una secuencia canónica y un montaje estratégico [en Les Voyageurs de l’Impéridale, de Aragon]

Preámbulo

Dos prácticas bien ajustadas: comer y hablar

Conclusión: eficiencia de la forma sintagmática y formas de vida

Semiótica de las prácticas y ergonomía de la acción

Ergonomía y semiótica

Ergonomía del «curso de acción»: situación, práctica y estrategia

Ergonomía y significación

Ergonomía e integración ascendente

Capítulo IV. Estudio de caso: el afichaje

Introducción

El texto, el objeto y la situación

Prácticas y estrategias de afichaje

La búsqueda de la pertinencia óptima

La escena predicativa: actos, modalidades y pasiones

Los actos específicos del afichaje

Captación selectiva y ostensión

Inyunciones directas

Identificación y calificación

El rol de los objetos-soportes en la predicación del afichaje

Interfaces embragadas y soportes autónomos

Interiores y exteriores

Formas de objetos-soportes y especificaciones

Especificación de las temáticas

Especificaciones modales de los tipos de destinadores y destinatarios

Refuerzo y debilitamiento de la fuerza de proposición

Morfología e intensidad de la asunción enunciativa

Unidad y disparidad de las propuestas

La confianza institucional y la connivencia interesada

Las estrategias del afichaje

El anclaje espacio-temporal y las manipulaciones deícticas

Del anclaje a la manipulación pasional

Deíctica estricta y deíctica extendida

Tensiones entre anclaje espacial y anclaje temporal: lo genérico y lo específico

Restricciones y manipulaciones estratégicas

Legibilidad y visibilidad

Número, proporciones y visibilidad

Prótesis de visibilidad

Conclusiones

Pertinencia y optimización del análisis

La forma canónica de la escena práctica

Capítulo V. Prácticas semióticas y deontología

Artes, ciencias y letras

Preámbulo

La clasificación de las «artes»

El determinante sociológico: dignidad o indignidad

El determinante cognitivo: el verbo o el cálculo

El determinante axiológico: lo agradable y lo útil

Las ciencias entran en escena

El determinante de la mediación: la autoridad o la experiencia

El determinante metodológico: las normas prácticas o las exigencias técnicas

La semiótica como práctica

La práctica científica según Greimas

El proyecto científico

«Todo pasa como si…»

El «mínimum epistemológico» como deontología

La especificidad práctica de la semiótica

La semiótica como hermenéutica

La semiótica es una práctica generativa

El ethos semiótico

Capítulo VI. Prácticas y ética

Algunos prerrequisitos de una ética semiótica

Condiciones previas

Idealidad y alteridad

Pregnancia y deformabilidad del vínculo ético

Algunas incidencias epistemológicas de la ética

Racionalidad e intencionalidad

Inmanencia y trascendencia

Incidencias teóricas: actancia y modalidades

Problemáticas actanciales

Inherencia y vínculos sintácticos

La adherencia nietzscheana vs. la desherencia modal y la exherencia moral

Histéresis y constitución actancial por inherencia

La implantación del otro

Problemáticas modales

Actividad y pasividad

Inherencia, autonomía y responsabilidad

Expresión y contenido de la ética

El plano de la expresión de la ética: ethos, habitus y hexis

La «consistencia» icónica del ethos

El ethos de inquietud en Levinas

El plano del contenido de la ética: valores, riesgos y referentes

El encaje de los fines y de los medios y la prudencia

La utilidad y el interés

El interés y el investimiento

Clasificación de los valores éticos

Formas y avatares del «vínculo» ético

Conclusión. Prácticas y culturas: tradición, innovación y bricolaje

Bibliografía

Presentación
Una inactualidad bienvenida

Extraña idea, pensarán algunos, la de volver en estos días sobre las «prácticas». Hubo un tiempo en que interesarse por la praxis era una manera de hacer referencia a una ideología de inspiración «materialista», si no declaradamente marxista; pero el materialismo marxista no está de moda en nuestros días. El concepto de praxis, avanzado por A. J. Greimas en los años 1980, y acompañado en general por el adjetivo «enunciativa», tenía ya entonces entre los semióticos un curioso «olor a guardado» y podía pasar como una remanencia nostálgica de la juventud del maestro lituano.

En el campo de las ciencias del lenguaje, la praxis fue en efecto una de las consignas propuestas para superar el estructuralismo, considerado como demasiado marcado por el idealismo: las estructuras no descienden a la calle, se decía en 1968; la praxis, al contrario, se encuentra allí en su elemento natural. Se puede suponer sin riesgo que la «superación» del estructuralismo como ideología idealista, iniciada hace cuatro décadas, debería estar cumplida en nuestros días y que, por lo mismo, la praxis ha perdido por completo su aura contestataria.

Mejor aún, durante esos años de crítica y de refutación del estructuralismo, interesarse por las «prácticas del lenguaje» era una manera de escapar a las exigencias mismas de las ciencias del lenguaje en sentido estricto, es decir, a ese dominio del conocimiento que se dan como objeto los lenguajes, considerados como semióticas-objetos autonomizables. Porque en el estudio de las «prácticas del lenguaje», el objeto puesto en la mira es todo menos el lenguaje: entre otras cosas, la psicología de los interlocutores, la sociopsicología de las interacciones, y hasta la antropología de los intercambios comunicacionales.

Lo menos que se podría decir, en suma, es que hay maneras más eficaces de participar en la actualidad científica que la de inclinarse hoy por las prácticas. ¡Curiosa idea, entonces, para un semiótico, la de querer comprender la praxis! En un sentido, sin embargo, la inactualidad evidente de un problema ofrece algunas ventajas no del todo desdeñables.

La primera consiste en que podemos ahorrar a nuestras reflexiones la presión de los efectos de moda: bien es cierto que en este ensayo sobre las prácticas semióticas, se encontrará poco interés por el equipo neuronal de los «practicantes» y menos aun por los estados de activación químico-eléctrica de sus lóbulos cerebrales. Es sin embargo indubitable que los practicantes tienen, como los demás, neuronas activas e inactivas cuando practican, y también que la manera como conducen sus prácticas incide sobre las zonas activadas y sobre las zonas desactivadas. Pero nosotros nos interesaremos por cuestiones menos actuales y, sin embargo, esenciales: por ejemplo, por las diferencias inducidas en la identidad y en el ethos de un sujeto por las diferentes clases de prácticas; por las propiedades semióticas de un actor comprometido en un protocolo, en una ceremonia ritual o en una conducta innovadora, y por la significación que él mismo otorga a su acción; todos esos aspectos constituyen evidentes restricciones para cada uno de esos tipos de prácticas. Eso no impide, por lo demás, preguntarse si, una vez que se ha comprendido la significación cultural de esos diferentes tipos de prácticas, activan selectivamente tal o cual zona cerebral…

La segunda ventaja de la inactualidad es la de ofrecer la posibilidad de releer y de explotar libremente trabajos considerados de otra época, es decir, con propuestas teóricas que la posteridad no ha conservado. En suma, que nos permite actualizarlas.

En tal sentido, releeremos la obra de Pierre Bourdieu, y con una atención muy particular no solamente en lo que se refiere a conceptos como los de habitus, hexis e interés, sino también por lo que refiere a los argumentos de su crítica «praxeológica» de la epistemología estructuralista. Es preciso recordar a este respecto que los conceptos de habitus y de hexis bourdieusianos han fecundado útilmente en los años 1970, la sociolingüística francesa, y en un sentido que hubiera podido interesar a los semióticos si, en esa época, hubiesen estado menos ocupados con la formalización de sus objetos: en efecto, las inflexiones impuestas a la lengua por las pertenencias socioculturales eran consideradas entonces como determinadas por los esquemas corporales y por las variaciones sensorio-motrices inducidas por esas mismas pertenencias; dicho de otro modo, la significación de esas inflexiones lingüísticas, y hasta la del uso mismo de las vernaculares, podía ya ser reconstruida a partir de las posturas socioculturales asumidas por los cuerpos enunciantes. El cuerpo, en suma, en cuanto mediador entre el habitus y la praxis enunciativa.

De la misma manera, encontraremos no poco interés en una concepción teórica poco explotada de Benveniste, la de la «integración»: la lingüística integracionista que hubiera podido nacer de esa concepción murió antes de nacer arrastrada por el «maremoto» generativista en el momento en que la teoría generativista y transformacional trataba de resolver el mismo problema: la distinción entre los niveles del análisis y el de su articulación dinámica. Como veremos, el concepto de integración abre perspectivas muy interesantes para quien se esfuerza en construir un recorrido equivalente al recorrido «generativo», pero sin tener que postular insolubles «conversiones» entre niveles. Porque la integración, para Benveniste, es un principio de regulación del análisis, y no un proceso sui generis atribuido al objeto mismo analizado.

Para persuadir al lector de la utilidad de volver al estudio de las prácticas, habrá que encontrar una motivación distinta de la del atractivo de las modas intelectuales, y apostar por la originalidad del punto de vista adoptado. En efecto, el semiótico no se interesa por las prácticas en general, sino por las prácticas en cuanto que producen sentido, y por la manera como producen su propio sentido. Y eso puede entenderse, al menos, de dos maneras: (i) por un lado, las prácticas pueden llamarse «semióticas» en la medida en que están constituidas por un plano de la expresión y por un plano del contenido, y (ii) por otro lado, porque producen sentido en la exacta medida en que el curso mismo de la práctica va produciendo una articulación de las acciones que construyen, en su movimiento mismo, la significación de una situación y la de su transformación. El curso de la acción transforma, en suma, el sentido puesto en la mira por una práctica en significación de esa misma práctica.

Formularemos incluso la hipótesis de que las prácticas se caracterizan y se distinguen principalmente por esa relación tan particular que establecen con el sentido de la acción en curso y por esos valores que suscitan y que ponen en marcha en la forma de su desarrollo, en el «grano» más fino de su despliegue espacial, temporal y aspectual. Si tuviéramos que elegir una de las propuestas más significativas de este ensayo, sería esta: el valor de las prácticas no se lee únicamente en el contenido de los objetivos que se proponen, sino en la diferencia del hacer narrativo considerado como transformación elemental, y se lee también en la articulación sintagmática del proceso.

Y esta es la razón por la cual el encuentro con la dimensión ética es inevitable; pero se trata de una ética muy particular, de aquella que se expresa en la manera de hacer, de aquella que se reconoce en el «estilo» de la acción, un estilo que expresaría, en lugar de una estética, una ética de las maneras de hacer y de las costumbres. El encuentro con la ética es inevitable porque el valor propio de las prácticas, aquello que las distingue del hacer narrativo profundo es de naturaleza procesal, y porque las formas sintagmáticas específicas de la práctica están determinadas por diferentes tipos de compromiso corporal incluidos en la acción.

Además, si las prácticas pueden ser calificadas como «semióticas», tienen que poder ser asimiladas a un «lenguaje», y un lenguaje no se resume en el hecho de que deba estar dotado de un plano de la expresión y de un plano del contenido; es cierto que la búsqueda de esos dos planos y la de su correlación es un mínimum necesario, y una de las primeras cuestiones abordadas por este ensayo será justamente la del «plano de la expresión» propio de las prácticas, y la de sus relaciones con los otros planos de la expresión. Para que haya lenguaje, y sin que sea necesario identificar cualquier cosa como una «lengua», es necesario que haya también códigos y normas, y las prácticas no carecen ni de unos ni de otras: en el caso de las prácticas «profesionales», por ejemplo, son las deontologías las que definen el marco ético en cuyo interior puede desplegarse el saber-hacer y sus aprendizajes. Las prácticas científicas están también reguladas por códigos de cientificidad, por procedimientos establecidos y por una deontología; es el caso, especialmente, de las prácticas meta-semióticas, dentro de la semiótica considerada como un dominio científico, cuyos niveles descriptivo, metodológico y epistemológico están sometidos a principios, a normas y a procedimientos.

Lo que caracteriza a los lenguajes, por consiguiente, más allá de la correlación entre una expresión y un contenido, son las articulaciones sintagmáticas que aceptan o que rechazan. Comportan, por ese mismo hecho, sistemas axiológicos vinculados a las opciones sintagmáticas, y cada una de las articulaciones que proponen y efectúan es portadora de valores. Este principio, aplicado a los lenguajes artísticos, fue formulado hace años por Jakobson1 como la proyección del principio de equivalencia propio del eje paradigmático sobre el eje sintagmático; dicho de otro modo, como una posibilidad de elección (en referencia a las axiologías) abierta en las articulaciones sintagmáticas del enunciado artístico. En este caso, la proyección jakobsoniana produce efectos estéticos. Pero en el caso de las prácticas, particularmente sensibles a la axiologización de las articulaciones sintagmáticas, los efectos pueden ser tanto éticos como estéticos. Y, en la medida en que están regulados específicamente por normas y por deontologías, esos efectos son, ante todo, éticos antes de ser estéticos.

Podemos constatar entonces que, a ese respecto, las prácticas son lenguajes específicos cuyas opciones sintagmáticas reposan en un sistema de valores propios, digamos para hacerla breve, en un sistema de valores práxicos. En efecto, dichas opciones sintagmáticas propias de las prácticas oscilan entre la programación y el ajuste, entre la regulación a priori y la regulación en tiempo real, o sea, a posteriori. La programación de las prácticas, y especialmente su programación discursiva, previa o paralela al curso de la acción, sea oral, escrita o icónica, es una de sus dimensiones mejor instituidas, especialmente en el caso de las prácticas del trabajo y de transformación de los objetos materiales: modos de empleo, procedimientos, consignas de seguridad y cuadernos de cargo, son algunas de las manifestaciones posibles. La programación práctica tiene que acomodarse también a los cambios de la suerte y a las interacciones en tiempo real.

Tratar las prácticas como lenguajes quiere decir que debemos reconocer las instancias y procesos de regulación, procesos globalmente designados como la acomodación sintagmática. Porque si existe una propiedad específica de la praxis, es esta: los ajustes permanentes en la interacción, en la adaptación al entorno, a las circunstancias y a las interferencias con otras prácticas, y, sencillamente, la regulación reflexiva de un curso de acción que no encontraría su sentido sino trazando su propio camino. No podríamos decir que se trata de la dimensión subjetiva de las prácticas; Bourdieu lo afirmó en su momento. Pero si tal es el caso, entonces no se trata de una subjetividad que se construiría por relación con una objetividad, pues la regulación de la praxis forma parte de las condiciones objetivas de la actualización de las prácticas: ninguna conducta, y ningún rito, por ejemplo, se realizan sin alguna regulación en tiempo real, en el tiempo mismo del curso de la acción: ningún procedimiento, aunque esté perfectamente programado, escapa a ciertas acomodaciones que pueden proceder de rutinas adquiridas o ser el resultado de algunas innovaciones.

Por consiguiente, una de las dimensiones esenciales del análisis de las prácticas semióticas tendrá que ver con esa tensión permanente que se crea entre la acomodación programada y la acomodación inventada, entre la pre-esquematización y la apertura a la alteridad; en breve, entre la programación y el ajuste. Y los valores práxicos, particularmente aquellos que, como decíamos antes, conducen inevitablemente al encuentro con la ética, adquieren forma en las soluciones que se encuentran para resolver esa tensión que se produce en los equilibrios entre los esquemas prácticos y la regulación significante que los organiza «en acto».


El primer capítulo de este libro está consagrado al conjunto de los «planos de inmanencia» de la semiótica general, dicho de otro modo, a los niveles pertinentes del plano de la expresión. Ese conjunto constituye globalmente un «recorrido generativo», regulado por las relaciones y operaciones de «integración» entre los planos de inmanencia. La relativa libertad que ofrece el principio de integración abre la posibilidad de recorridos ascendentes y descendentes, con o sin síncopas, de suerte que el recorrido generativo de la expresión se convierte en el lugar de una vasta retórica de las expresiones semióticas, y cada uno de sus planos se hace susceptible de tomar a su cargo todos los demás planos. Las “prácticas” constituyen uno de esos planos de inmanencia y, bajo ese título, pueden interactuar con todos los otros, es decir, pueden integrar cada uno de los demás planos de inmanencia o ser integradas por cualquiera de ellos: de ese modo, una práctica integra signos y textos, pero también estrategias y formas de vida. Inversamente, una práctica puede ser integrada en un texto, e incluso en un signo aislado.

El segundo capítulo se especializa en las prácticas que manipulan textos (enunciados textuales): la praxis enunciativa propiamente dicha, pero también todas las prácticas de interpretación de textos, prácticas de lectura, prácticas de crítica y prácticas de puesta en espectáculo de los textos. Desde el punto de vista de las prácticas cuyos enunciados textuales son los instrumentos, nos centraremos principalmente en las prácticas argumentativas y persuasivas, en la perspectiva de una retórica general revisitada por la semiótica.

El tercer capítulo aborda la cuestión central de este libro: la de la organización sintagmática de las prácticas y de los sistemas axiológicos que les están asociados. Es necesario, para lograr esos objetivos, interrogar para comenzar, la epistemología de las prácticas semióticas, e identificar muy particularmente las instancias que se supone aseguran sus «regulaciones» y controlar (o no) los procesos de acomodación. El estudio de las «condiciones de eficiencia» de las prácticas desemboca en una primera tipología, fundada a la vez en criterios de modalización del hacer y en los diferentes equilibrios de tensión que se producen entre programación y ajuste. El modelo propuesto es sometido a continuación a la prueba del análisis, especialmente las prácticas amorosas y las prácticas de mesa. En todos los casos, la organización «eficiente», positivamente evaluada, implica una instancia de control estratégico en el interior de la práctica misma, que administra las interacciones con las otras prácticas concomitantes o concurrentes: se da también el entrelazamiento de la comida y de la conversación en las prácticas de mesa. Este recorrido termina con la optimización de las prácticas en la perspectiva de una ergonomía semiótica de la acción.

El cuarto capítulo está dedicado por entero al estudio de un «corpus», ejercicio práctico que permitirá probar la operacionalidad de los modelos propuestos así como verificar al mismo tiempo la pertinencia específica del plano de inmanencia de las prácticas, confrontado con el de las imágenes, con el de los objetos y con las estrategias. El «corpus» es el de los «afichajes» [colocación de afiches] urbanos (en París), en un período definido (inicio de la primavera del 2003), y en su análisis apunta a tener sistemáticamente en cuenta lo que sucede con los afiches, con los soportes del «afichaje», con las prácticas de colocación y de interacción con los transeúntes, y, para terminar, con las estrategias de «afichaje». Este estudio conduce además a una validación más precisa del modelo de las instancias de la escena práctica y de los actantes posicionales que la componen.

El quinto capítulo aborda la ética en cierto modo por la vía que le es más familiar a un semiótico: la ética de su propia práctica. Después de haber situado la semiótica, en una perspectiva histórica, entre las «artes y las ciencias», debemos rendirnos ante la evidencia: en el campo del conocimiento, la semiótica pertenece a las prácticas culturales, y especialmente a esa categoría conocida como «hermenéutica», que anda en busca de los valores de «verdad». Según eso, un rápido recorrido por los textos más significativos de Greimas revela claramente el predominio de las cuestiones éticas en la elaboración del «proyecto científico» de la semiótica que él ha construido con su equipo de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS). Y en consecuencia, podemos mostrar por qué la semiótica es una «praxeología», que comporta a la vez un «corpus» de normas (una deontología) y un ethos (una ¿etología?).

El último capítulo, consagrado generalmente a la dimensión ética de las semióticas-objetos, explora para comenzar el universo conceptual de las teorías de la ética: las dos formas del telos, primero, la idealidad y la alteridad; luego, la intencionalidad, la inmanencia o la trascendencia propias de la dimensión ética y de sus instancias de control. Por lo que respecta a los constituyentes de la dimensión ética propiamente dicha, ellos son esencialmente modales y pasionales. Pondremos particularmente en evidencia la potencia operadora del lazo de inherencia: la fuerza (variable) del «lazo» entre el acto y el actor; el lazo de inherencia otorga consistencia a la dimensión ética de las prácticas; de ahí se derivan principalmente las configuraciones respectivas de la responsabilidad y de la autonomía éticas.

Para confirmar el estatuto de «dimensión» de las semióticas-objetos, la ética debe asociar un plano de la expresión a su plano del contenido. Ese plano de la expresión es el del «ethos» del actante ético, el cual, según las concepciones y los puntos de vista, puede ser caracterizado como «hexis», «investimiento», «interés», «inquietud», etcétera. Pero son sobre todo y siempre las variaciones y la deformabilidad del «vínculo ético» fundamental las que mejor cuenta rinden de las diferentes posturas éticas: el examen de los distintos tipos de lazos entre las principales instancias de la escena práctica —acto, operador, objetivo y horizonte estratégico— permite, para terminar, delimitar y cartografiar el espacio conceptual de una «etología» semiótica, es decir, del plano del contenido de las éticas prácticas.

Introducción
Inmanencia y pertinencia de las prácticas

La semiótica greimasiana hace tiempo que interpretó el principio de inmanencia formulado por Hjelmslev como una limitación del análisis reducido únicamente al texto1. Ese principio prolongaba la decisión saussuriana, fundadora de la lingüística moderna, de limitar el análisis al sistema de la lengua. Pero ese límite, todo el texto y nada más que el texto, tenía un objetivo estratégico, que consistía en definir el objeto de una disciplina; en aquel momento, la semiótica estructural. Eran los tiempos en los que había que resistir a las sirenas del contexto y a las tentaciones de hermenéuticas, especialmente en el dominio literario, que trataban de buscar «explicaciones» en un conjunto de datos extra-textuales y extra-lingüísticos. Aquella ascesis metodológica permitió avanzar lo más que era posible en la búsqueda de los modelos necesarios para un análisis inmanente y para delimitar el campo de investigación de la semiótica del texto y del discurso.

Aquella reducción al texto fue legítima y necesaria en los límites asumidos por una semiótica textual, como la desarrollada por F. Rastier, pero debió ser revisada y discutida a partir del momento en que aquellos límites fueron superados, especialmente en la perspectiva de una semiótica de las culturas, y, sobre todo, desde la perspectiva de una semiótica general.

La práctica semiótica por sí misma sobrepasó largamente los límites textuales y se interesó, desde hace más de veinte años, por la arquitectura, por el urbanismo, por el diseño de objetos, por las estrategias de mercado2 y hasta por la degustación de un cigarrillo o de un vino, y más generalmente por la construcción de una semiótica de las situaciones3, e incluso, hoy en día, según las propuestas de E. Landowski, de una semiótica de la experiencia, a partir de una problemática del contagio, del ajuste estésico y de la suerte4. Y esas transgresiones repetidas una y otra vez no parece, sin embargo, que hayan puesto en cuestión la aplicación del principio de inmanencia en la práctica del análisis.

Tales transgresiones, por lo demás, han presentado siempre un carácter estratégico5: al ampliar el campo de sus investigaciones, la semiótica se esfuerza por mostrar que no es parte concurrente de ninguna de las hermenéuticas particulares con las cuales se confronta en cada uno de esos nuevos campos, y que, por el contrario, aporta una mirada, un método y resultados analíticos diferentes y complementarios a todos ellos. Y de esa dualidad de objetivos resulta una tensión permanente entre el «objeto» declarado de la disciplina y los «objetos» de análisis que aborda. Como toda tensión, esa reclama resolución, y entonces se presentan dos vías de solución.

La primera, frecuentada durante largo tiempo por facilidad, ha consistido en afirmar, contra la ampliación del campo de los objetos de análisis, el límite impuesto por el objeto de la disciplina; y de ese modo, a falta de algo mejor, todo se convierte en «texto»: la ciudad es un texto, la historia es un texto, el perfume es un texto, el mundo sensible es un texto…6. En otros términos, se plantea la cuestión de saber si toda manifestación semiótica realizada debe pasar por un procedimiento de «textualización»: esa reformulación, aunque más sutil y más abierta, no escapa sin embargo al reproche de abuso metafórico que pesaba ya con toda evidencia sobre la precedente.

La segunda, que viene delineándose desde hace más de una decena de años, consiste al contrario en apoyarse en la ampliación del campo de los objetos de análisis para cuestionar los límites del objeto de la disciplina. Porque esa ampliación de los campos de investigación va acompañada paralelamente de un nuevo despliegue de la perspectiva epistemológica de la semiótica, que se esfuerza hoy día, especialmente bajo la doble presión de las investigaciones semio-cognitivas y de las búsquedas socio-semióticas, por colocar cada «semiótica-objeto» en la perspectiva de la experiencia que proporciona o de la que proviene, y en la prolongación de las prácticas de las que es producto o soporte. La experiencia y la práctica proporcionan en consecuencia un horizonte de referencia y de control metodológico, que guía la constitución del objeto de análisis pertinente, y que participa en la determinación de los límites del dominio apropiado a los objetivos del análisis. Resulta de eso que, incluso cuando el objeto puesto en la mira fuese de naturaleza textual, la práctica y la experiencia serían también convocadas, por lo menos para caracterizar la enunciación, y deben igualmente ser tomadas en cuenta por el análisis semiótico.

En ese sentido, la semiótica, cualquiera que sea el paradigma teórico en el que se inscriba, es una disciplina de investigación que procede por integración. Lo cual significa que en el curso del procedimiento que conduce del objeto puesto en la mira al objeto circunscrito para ser analizado, este último ha integrado todos los elementos necesarios para su interpretación, y ese procedimiento mismo aglomera conjuntos sincréticos, compuestos de varios modos de expresión diferentes. Cuando Jean-Marie Floch se interesa por el diseño visual de un gran chef cocinero7, integra a la vez el logo, la tipografía de los menús, la composición visual de los platos, la selección de los ingredientes y algunos elementos del paisaje de la región de Aubrac. Cuando Jacques Theureau8 describe una situación de trabajo y un operador en actividad, «integra», igualmente, en el objeto de análisis, los actos, las relaciones entre actores, las consignas y los usos, la estructura de las máquinas y de las interfaces de los programas informáticos.

Greimas hacía notar en un desarrollo de la entrada «Semiótica» del Diccionario I9, que las semióticas-objetos que uno escoge para el análisis no coinciden obligatoriamente con las semióticas construidas que de ellas resultan: estas últimas revelan que pueden ser o más estrechas o más amplias que las primeras. En suma, con relación a una semiótica-objeto dada, la semiótica construida puede aparecer como «intensa» (concentrada y focalizada) o como «extensa» (ampliada y englobante). Por lo que se refiere a los objetos materiales, por ejemplo, podemos encontrar tanto la versión «intensa» (el objeto formal como soporte de inscripciones o de huellas) como la versión «extensa» (el objeto material como un actor entre otros de una práctica semiótica): la versión «intensa» apunta hacia el nivel de pertinencia inferior, porque focaliza las condiciones de inscripción del texto, mientras que la versión «extensa» apunta hacia el nivel de pertinencia superior, el de la práctica englobante.

Por tanto, de lo que hay que esforzarse por dar cuenta es de la relación que se establece entre las semióticas construidas «intensas» y «extensas», identificando y articulando sus niveles de pertinencia respectivos. Como ocurre en la mayor parte de las ciencias en movimiento, el objeto de análisis no es en la semiótica predefinido por los desgloses disciplinarios académicos, sino construido por la práctica del análisis y por la teoría que la guía. Y por esa razón la extensión de los objetos de análisis no contradice el principio de inmanencia.

Por lo demás, sea en los límites del texto, sea en las exploraciones extra-textuales, el principio de inmanencia ha revelado una gran potencia teórica, porque la restricción que impone al análisis es una de las condiciones necesarias de la modelización y, por consiguiente, del enriquecimiento de la propuesta teórica global: sin el principio de inmanencia, no hubiera habido teoría narrativa, sino una simple lógica de la acción aplicada a motivos narrativos; sin el principio de inmanencia, no hubiera habido teoría de las pasiones, sino una simple impostación de explicaciones psicoanalíticas; sin el principio de inmanencia, no habría semiótica de lo sensible, sino solamente una reproducción o una adaptación de los análisis fenomenológicos.

El principio de inmanencia, pues, no solamente impone un límite al campo del análisis, sino que constriñe también el conjunto de los procedimientos de modelización. A ese respecto, diversas opciones están abiertas: uno puede considerar, en una versión «objetal» y «estática», que las articulaciones significantes están en cierto modo depositadas en el objeto, en sus estructuras, en sus formas, y que el análisis consiste en descubrirlas y en explicitarlas en meta-lenguaje; uno puede también pensar en una versión «subjetal» y «dinámica», y que las articulaciones significantes son hechas únicamente por el analista, quien las proyecta sobre el objeto. Una y otra versión son insatisfactorias, y no resulta útil retomar aquí toda la gama de objeciones y de críticas; ya tendremos ocasión más adelante de reactivar algunas de ellas.

Globalmente, ninguna de esas opciones permite comprender cómo un «modelo» puede extraerse de la práctica interpretativa, cómo las estructuras propias de un objeto pueden encontrar los modelos que conlleva el analista mismo. En suma, no permiten comprender en qué puede interferir el análisis concreto con la teoría y con los modelos establecidos, de qué manera puede confirmarlos o debilitarlos, o incluso modificarlos. Es necesario, pues, imaginar una tercera opción, capaz de dar cuenta de ese «encuentro» que debe producirse en los límites del análisis inmanente.

Como complemento del principio de inmanencia, se perfila una hipótesis fuerte y productiva, según la cual la praxis semiótica (la enunciación «en acto») desarrolla por sí misma una actividad de esquematización10, una «meta-semiótica interna»11 siempre en construcción, a través de la cual podemos «captar» el sentido. Se supone que el análisis se ajusta al modus operandi de la producción del objeto significante, que en él encuentra y allí «se amolda» a sus direcciones y a sus articulaciones de tal modo que pueda reconstruir la estructura y explicitarla en un meta-lenguaje. Sin esta hipótesis, el análisis inmanente sería en gran medida insignificante, oscilando entre la proyección de modelos preestablecidos y fijados, y pretendidas estructuras depositadas en el objeto. En suma, si no superamos, al menos implícitamente, que el texto, en su enunciación, «propone» algún modelo que construir, en interacción con la actividad de interpretación y con los modelos de los que ella misma es portadora, el análisis solo se encontraría consigo mismo, y se contemplaría indefinidamente sin ninguna ganancia heurística.

Ahora bien, el poder heurístico del análisis semiótico radica justamente en el hecho de que aporta al mismo tiempo más de lo que el objeto del análisis da a captar intuitivamente y más de lo que dan los modelos establecidos mismos. Ese suplemento heurístico hace toda la diferencia, y puede justamente suscitar por facilidad la tentación de apelar al contexto: configurando el análisis a partir del contexto12, se logra en efecto, a buen precio, un «suplemento» de aplicación, pero que no es justamente el de la heurística semiótica. En inmanencia, necesitamos postular una actividad de modelización inherente a la praxis enunciativa misma13.

Todas las lingüísticas y todas las semióticas que han renunciado al principio de inmanencia se presentan en dos ramas: una rama fuerte cuando afrontan directamente su objeto, y una rama débil y difusa cuando solicitan lo que ellas llaman el «contexto» de su objeto. Proponer una semiótica de las prácticas no consiste, pues, en sumergir un objeto de análisis cualquiera en su contexto, sino, por el contrario, en integrar el contexto en el objeto para analizar, sacando todas las consecuencias del hecho de que, semióticamente hablando, el contexto no se sitúa «ni por encima ni por debajo, sino en el corazón mismo del lenguaje»14.

Todo parece indicar que la limitación del objeto de la disciplina semiótica únicamente al texto, de una parte, y el principio de inmanencia impuesto al objeto de análisis de otra, solo hubieran sido confundidos por meras razones tácticas, por pura comodidad y por reacción a las prácticas de análisis dominantes, en los momentos en que el análisis estructural se esforzaba por distinguirse y por afirmarse como una alternativa metodológica. Y el desarrollo de la investigación semiótica denunció de hecho esa confusión táctica.

Si se hace hoy la hipótesis de que el principio de inmanencia no implica necesariamente una limitación del análisis a solo el texto, entonces hay que redefinir, sin esperar más, la naturaleza de eso de lo cual se ocupa la semiótica, no solamente en extensión, como ya es el caso, de hecho, sino también en comprensión, por derecho. El principio de inmanencia es indisociable, como ya lo hemos señalado, de la hipótesis de una actividad de esquematización y de modelización dinámica interna de las semióticas-objetos, y el área de actividad inmanente de esa esquematización debe indicarnos, en cada caso, los límites del dominio de pertinencia, y no una decisión a priori y táctica que focalice únicamente el texto.

La semiótica se ocupa de «semióticas-objetos», de conjuntos significantes cuya pertinencia está restringida a la vez por reglas de construcción del plano de la expresión, y por el punto de vista a partir del cual se encara la estructuración del plano del contenido.

Desde un punto de vista metodológico, la cuestión se plantea también en estos términos: dado un conjunto significante cualquiera, ¿el análisis de tal conjunto puede ser continuo, o encuentra discontinuidades? Todas las lingüísticas han enfrentado, explícita o implícitamente, esta cuestión. Benveniste, por ejemplo, introduce un principio de integración15, desde el fonema a la frase, pero considera que a partir de esta última, el análisis cambia de estatuto, y que hace falta entonces apelar a una semántica del discurso. De la misma manera, la distinción entre dos niveles de pertinencia en el análisis semiótico aparece, al término de un análisis continuo, cuando el análisis franquea el umbral de una discontinuidad en el proceso del análisis mismo. Y si el conjunto significante que uno elige, por ejemplo la semioesfera en Lotman, es una cultura entera, ese principio de discontinuidad en el análisis es tanto más necesario para distinguir los diferentes planos de inmanencia.

Hoy, pues, debemos distinguir cuidadosamente: (i) el principio de inmanencia. Esta distinción ha estado suspendida por largo tiempo debido a la manera como antaño fueron fijados dichos límites, provisionales y arbitrarios, al texto-enunciado. Porque, si es verdad, como afirma Hjelmslev, que los datos del lingüista se presentan como «texto», eso no es cierto para el semiótico, quien tiene que hacer también con «objetos», con «prácticas» y con «formas de vida» que estructuran zonas enteras de la cultura. La apelación al contexto en esas condiciones no es más que la confesión de una limitación pertinente de la semiótica-objeto analizada, y, más precisamente, de una inadecuación entre el tipo de estructuración buscado y el nivel de pertinencia escogido.

El acercamiento semiótico a las prácticas debe, por consiguiente, responder a la vez a una exigencia concreta, la de incorporar nuevos campos de investigación, y a un imperativo epistemológico, el de la definición de los límites de su propia inmanencia. Por esa razón, el estudio que aquí se propone, consagrado a las prácticas semióticas, comprenderá tres conjuntos sucesivos, no sin algunas superposiciones: (i) un primer conjunto donde las prácticas serán definidas y situadas como uno de los planos de inmanencia del análisis semiótico, entre otros, dando por entendido que, entre esos diferentes planos, el análisis no puede ser más que discontinuo; (ii) un segundo conjunto donde las prácticas serán exploradas en su diversidad, y comparativamente, a fin de extraer progresivamente su organización específica, en cuyo interior puede tener curso un análisis continuo; y finalmente (iii) un tercer conjunto en el cual serán examinadas algunas de las dimensiones propias del plano de inmanencia de las prácticas.

Capítulo I
Niveles de pertinencia y planos de inmanencia
Signos, textos, objetos, prácticas, estrategias y formas de vida
LAS PRÁCTICAS, UN NIVEL DE PERTINENCIA ENTRE OTROS

Si partimos de la existencia semiótica, por tomar una expresión cara a A. J. Greimas, en la medida en que se destaca sobre el fondo del «horizonte óntico», ese plano existencial, una vez modalizado (virtualizado, actualizado, etcétera), es segmentado en niveles de análisis, y cada uno de esos niveles convertido en «contenidos de significación» se articula respectivamente en estructuras elementales, en estructuras actanciales y narrativas, en estructuras modales, temáticas, figurativas, etcétera. Cualquiera que sea el estatuto que se otorgue a esa declinación de niveles de articulación, así como a los recorridos que los reúnen, se trata en todos los casos de los «niveles de pertinencia» para un análisis del plano del contenido. Y como el análisis no puede ser continuo de un nivel a otro, Greimas postuló la existencia de conversiones entre niveles, conversiones que, como se sabe, crearon un serio obstáculo para la validación definitiva del recorrido generativo de la significación.

En cambio, por lo que se refiere a los niveles pertinentes del plano de la expresión, nada es más claro hoy en día. Se supone que, para comenzar, es necesario apoyarse en los modos de lo sensible, en el aparecer fenoménico y en su esquematización en formas semióticas, aunque eso no basta para definir los niveles de análisis y, más precisamente, la jerarquía de las semióticas-objetos constitutivas de una cultura.

Pero partir del «aparecer» de los fenómenos que se ofrecen a los diversos modos de la captación sensible, es definir ya un plano original para el plano de la expresión: se admite con eso en cierto modo que el plano de la expresión presupone una experiencia semiótica1, y la solución que podría resultar de ahí consistiría en preguntarse acerca de los niveles de pertinencia de esa experiencia, indagando bajo qué condiciones pueden ser convertidos en «planos de inmanencia» para el análisis semiótico. Una regla muy simple puede ser formulada desde ahora a este respecto: un plano de experiencia puede ser convertido en un plano de inmanencia si y solo si da lugar a la constitución de una semiótica-objeto, dicho de otro modo, si hace aparecer la posibilidad de una función semiótica entre un plano de la expresión y un plano del contenido.

De los signos a los textos-enunciados

En la historia reciente de la semiótica, a lo largo de la década de 1970, se efectúa el tránsito de una semiótica del signo a una semiótica del texto. Definir como nivel pertinente del análisis semiótico el signo o el texto es decidir la dimensión y la naturaleza del conjunto expresivo que ha de tomarse en consideración para operar las conmutaciones, las segmentaciones y las catálisis que descubrirán los significados y los valores.

En un caso, esa dimensión es la de las unidades mínimas (los signos o las figuras), las unidades constitutivas serán principalmente los formantes y los rasgos distintivos, y en el otro caso, el «conjunto significante» es un texto-enunciado, cuyos elementos constitutivos son las figuras y las configuraciones.

Ese salto metodológico ha sido presentado sin ningún motivo como un «progreso», y como una línea divisoria entre dos tipos de semiótica. Es cierto que esas dos perspectivas de análisis están en relación jerárquica, pero esa jerarquía no es de «más» o de «menos» científica; es simplemente una diferencia de nivel de captación del plano de la expresión, y más ampliamente, de delimitación de la semiótica-objeto que se pretende estudiar. Si progreso hay, no consiste en el cambio de nivel de pertinencia, sino en el cambio de estrategia teórica: el análisis de los signos y de las figuras, sobre todo en su versión peirciana, parecía condenado a una taxonomía proliferante y estéril, mientras que el análisis de los textos y de los discursos ofrecía la posibilidad de orientarse hacia las estructuras sintácticas de los procesos significantes, sin obsesión clasificatoria. La evolución reciente de las semióticas peircianas, especialmente en Eco, muestra bien que ese reparto de roles no es intangible, y la mayor parte de los grandes paradigmas teóricos han sufrido, en épocas diferentes, los mismos saltos metodológicos entre «niveles de pertinencia».

Si uno se pregunta por las experiencias subyacentes en cada uno de esos dos niveles, se trata, en el primer caso, el de los signos, de seleccionar, identificar, reconocer figuras pertinentes, formantes que las componen y rasgos que las distinguen. Desde el punto de vista del plano de la expresión, la pertinencia de las unidades mínimas obedece, como es sabido, a las operaciones de sustitución y de conmutación: la primera designa la operación que recae sobre los formantes de la expresión, y la segunda designa la conjugación de la operación sobre la expresión con sus efectos sobre el plano del contenido. El tránsito desde los actos de selección, de identificación, de reconocimiento, etcétera, a las operaciones de sustitución / conmutación corresponde muy precisamente a la conversión entre un nivel de experiencia sustancial, de una parte, y un plano de inmanencia semiótica, de otra parte. El criterio estructural de pertinencia asegura dicha conversión.

En el segundo caso, el del texto-enunciado, se trata de captar una totalidad que se ofrece como un conjunto compuesto de figuras, bajo la forma material de datos textuales (verbales o no verbales), y que uno se esfuerza en interpretar: no se trata ya de identificar y de reconocer, sino de atribuir una dirección significante, una intencionalidad. La construcción del plano de inmanencia supone también una operación específica complementaria: hay que pasar de la experiencia de la coherencia y de la totalidad significante a la construcción de las isotopías del plano de la expresión, las cuales suscitarán la «presunción» de las isotopías del contenido2.

En suma, en el primer caso, las mutaciones que afectan a los formantes y a los rasgos de la expresión implican mutaciones sémicas en el plano del contenido, mientras que en el segundo caso, las mutaciones de la expresión textual implican mutaciones en las isotopías del contenido.

He aquí, pues, dos niveles de la experiencia, de los que se derivan dos tipos de entidades pertinentes y dos planos de inmanencia: la experiencia figurativa (e icónica), por un lado, de la que se extraen como magnitudes pertinentes de la expresión signos, y por otro lado, la experiencia textual3 (e intencional-interpretativa) de la que se extraen como magnitudes pertinentes de la expresión textos-enunciados.

Una de las consecuencias más espectaculares de ese cambio de nivel de pertinencia es la invención de la «dimensión plástica» de las semióticas-objetos, y principalmente de las «imágenes».

Si uno selecciona, en efecto, como nivel de pertinencia de las imágenes el de las unidades significantes elementales, signos o figuras de representación, todos los aspectos sensibles de la imagen son remitidos a la sustancia, o sea, a la materia del plano de la expresión, y dependen entonces de un estudio de la historia de las técnicas, de las prácticas y de las estéticas de la producción; en el mejor de los casos, y desde el punto de vista de la historia del arte, esos aspectos sensibles y materiales podrán, si presentan alguna regularidad, ser atribuidos a un «estilo».

Sin embargo, el tránsito al nivel de pertinencia superior, el del «texto-enunciado», integra todos o parte de esos elementos sensibles en una «dimensión plástica», y el análisis semiótico de esa dimensión textual puede reconocerle o atribuirle directamente formas de contenido, axiologías y hasta roles actanciales. En suma, los elementos sensibles y materiales de la imagen no resultan pertinentes desde un punto de vista semiótico más que en un nivel superior, es decir, en el momento de su integración en «texto-enunciado».

La construcción de la dimensión plástica obedece estrictamente al recorrido señalado más arriba: a la experiencia holística de la coherencia visual sucede la construcción de las isotopías del plano de la expresión, las cuales, a su vez, proporcionan la «presunción» de las isotopías del contenido.

Del texto al objeto

Un «texto-enunciado» es un grupo de figuras semióticas organizadas en un conjunto homogéneo gracias a su disposición sobre un mismo soporte o vehículo (uni-, bi-, o tri-dimensional): el discurso oral es uni-dimensional, los textos escritos y las imágenes son bi-dimensionales, y la lengua de los signos, tri-dimensional. Globalmente, el texto-enunciado se da a captar, por el lado de la expresión, a la vez como una red de isotopías, y, en razón de la organización, por lo general tabular, de dicha red, como un dispositivo de inscripción, si se acepta darle a «inscripción» una vasta extensión.

En resumen, la experiencia de las totalidades coherentes, las de los «textos-enunciados», da lugar a un plano de inmanencia con dos faces y una doble morfología:

(i) una faz formal (faz 1) destinada a la acogida coherente de las figuras-signos del nivel inferior, que es la faz «isotopante», y

(ii) una faz sustancial (faz 2) que hará con las figuras-signos un aporte sobre un soporte-objeto, que constituye el «dispositivo de inscripción».

Por consiguiente, el texto-enunciado reclama, en el nivel de pertinencia superior, un «soporte» de inscripción, que tendrá el estatuto fenoménico (por el lado de la experiencia) de un «cuerpo-objeto»4.

Los «objetos» son estructuras materiales tridimensionales, dotadas de una morfología, de una funcionalidad y de una forma exterior identificable, cuyo conjunto está «destinado» a un uso o a una práctica más o menos especializados.

Un ejemplo permitirá ilustrar concretamente cómo se hace la integración del texto en el objeto, y por qué ese desplazamiento exigirá otro, hasta llegar a la práctica. Se trata de las tabletas de arcilla de contenido comercial, jurídico o político que circulaban en el antiguo Medio-Oriente5; entre esas tabletas, algunas no estaban destinadas al intercambio comunicacional, sino al archivamiento institucional:

– la tableta contiene entonces el texto del contrato comercial o del tratado diplomático, así como el sello que los legitima;

– pero está colocada en una envoltura de arcilla sellada, sobre la cual está inscrito el resumen más o menos extenso del texto ya presente en la tableta misma.

La envoltura es sellada por el proponente en presencia del destinatario, y no podrá ser rota más que por un actor «legítimo», una de las partes en presencia, o un tercer árbitro, juez o administrador. Además, la envoltura no es rota más que en caso de impugnación de una de las partes. A lo largo de la duración del contrato y del programa que él contiene, y por el tiempo que las partes se consideren satisfechas, el contenido solo es accesible a través del resumen que permite gestionar el archivamiento y controlar los trayectos del objeto en el curso de eventuales manipulaciones. El acto que consiste en tomar conocimiento de la propuesta, y que conduce a un eventual arbitraje, coincide con la apertura de la envoltura (del sobre).

La tableta porta, pues, el texto-enunciado de la propuesta, así como eventuales marcas de enunciación enunciada, pero su envoltura manifiesta y predetermina directamente los roles y los actos enunciativos requeridos: es sellada para restringir el campo de los destinatarios, y no será abierta más que por aquel que tenga la competencia para zanjar un eventual diferendo.

Es necesario, pues, en ese caso, articular conjuntamente, de un lado, la lectura y la interpretación del texto escrito, y del otro, la manipulación del objeto-soporte, que es una de las fases de la interacción enunciativa entre los participantes de ese intercambio.

El caso es particularmente interesante por el hecho de que el mismo texto (más o menos extenso o condensado) está inscrito en dos partes diferentes del objeto-soporte, en la tableta y en el sobre-envoltura, y que esa duplicación del objeto y de la inscripción permite engastar dos prácticas y dos temáticas del proceso diferentes:

• la propuesta / aceptación / realización del contrato, por un lado (inscripción en la tableta), y

• la validación / archivamiento / verificación, por otro (inscripción en la envoltura).

En otros términos, no es el contenido del texto el que permite hacer la diferencia entre los dos tipos de interacciones enunciativas, sino la naturaleza del soporte y las modalidades de la inscripción, y, en la ocurrencia, la doble morfología del objeto de escritura.

El objeto de escritura cumple a ese respecto dos roles: por un lado, es el soporte del texto (superficie de inscripción), y por otro, es uno de los actores de las prácticas semióticas; además, su morfología heterogénea, que determina la manera como eso se capta, contribuye a la modalización de las dos series de actos, el de la inscripción y el de la práctica:

• en cuanto soporte, en efecto, modaliza y restringe el sistema de las inscripciones;

• en cuanto objeto material, presenta algunas propiedades de consistencia, de solidez relativa, que modalizan las prácticas entrevistas, ya que ellas imponen una praxeología específica para el cumplimiento de actos enunciativos, como la demanda de validación o de invalidación, la verificación y la decisión jurídica.

Vemos aparecer entonces aquí otro nivel de pertinencia, reclamado por algunas propiedades de los cuerpos-objetos: el de las prácticas, aquí prácticas de escrituras, prácticas comerciales, prácticas de manipulación de objetos6.

La experiencia de los objetos es la de los «cuerpos materiales», destinados a un doble uso (soportes de huellas y manipulaciones prácticas) y la experiencia de esos cuerpos-objetos se convierte en formas de expresión que constituyen su plano de inmanencia específico. La morfología de los cuerpos-objetos tiene, pues, dos faces:

• por un lado (faz 1), una forma sintagmática local (la superficie o el volumen de inscripción), susceptible de recibir inscripciones significantes (en cuanto soporte de «textos-enunciados») y

• por otro lado (faz 2), una sustancia material que les permite cumplir un rol actancial o modal en las prácticas en el nivel de pertinencia superior.

En suma, aunque los objetos se den a captar en su autonomía material y sensible, su funcionamiento semiótico es inseparable tanto del nivel de pertinencia inferior (los textos-enunciados), como del nivel de pertinencia superior, el de las prácticas.

El caso de los objetos ilustra bien el principio sobre el que reposa el conjunto del recorrido considerado: un principio de integración progresivo por medio de estructuras enunciativas. En efecto, el texto-enunciado presenta dos planos de enunciación diferentes: (i) la enunciación «enunciada», inscrita en el texto y sobre la tableta, y (ii) la enunciación presupuesta, que sigue siendo virtual e hipotética. Es entonces el objeto-soporte con su tableta para inscribir y con su envoltura para sellar y romper la que va a «encarnar» y manifestar por sus propiedades materiales, el tipo de interacción enunciativa pertinente (aquí: proponer / aceptar / después: impugnar / verificar / arbitrar).

Abreviando, el objeto-soporte de escritura integra el texto proporcionando una estructura de manifestación figurativa a los diversos aspectos de su enunciación. Respecto al texto-enunciado, esas propiedades del objeto-soporte serán interpretadas como enunciativas; pero en cuanto tales, podrán ser objeto de un análisis que recorre el conjunto de los niveles del recorrido generativo del contenido (estructuras elementales, actanciales, modales, etcétera).

Por lo demás, en cuanto cuerpo material, ese objeto está destinado a prácticas y a los usos de esas prácticas, que son ellos mismos «enunciaciones» del objeto. A ese respecto, el objeto mismo no puede portar más que trazas de esos usos (inscripciones, desgaste, pátina, etcétera), es decir, «huellas enunciativas», mientras que su «enunciación-uso» permanece, en lo esencial y globalmente, virtual y presupuesta: es necesario también ahí pasar al nivel superior, el de la estructura semiótica de las prácticas, para encontrar manifestaciones observables de esas enunciaciones.

Estas observaciones permiten iluminar dos aspectos de la jerarquía de los niveles de pertinencia:

(i) ante todo, cada tipo de semiótica-objeto es a la vez el lugar donde el análisis encuentra una discontinuidad, puesto que para cada uno de ellos se establece una nueva función semiótica (entre expresión y contenido), y existe entonces la posibilidad de correlacionar el plano de la expresión con un plano del contenido identificable, que toma decisiones acerca de ella;

(ii) a continuación, en cada tipo de semiótica-objeto, se pueden observar dos «faces» distintas: una (faz 1) para acogida del nivel inferior; otra (faz 2) para integrarse al nivel superior; la faz 1 es formalizada en su nivel propio; la faz 2 no es más que sustancial, y no será formalizada sino en el nivel superior.

La reunión de una forma (faz 1) y de una sustancia (faz 2) corresponde a la manifestación: la faz 1 es la manifestada a través de una sustancia, la faz 2 no será una forma de expresión hasta integrarse al nivel de pertinencia superior. Esta sugerencia permite operacionalizar el concepto de manifestación, haciendo que participe explícitamente, en cuanto interfaz, en el recorrido de integración entre planos de inmanencia.

Las escenas prácticas

Una situación semiótica es una configuración heterogénea que reúne todos los elementos necesarios para la producción y para la interpretación de la significación de una interacción comunicativa.

Por ejemplo, para comprender la significación de las inscripciones jeroglíficas monumentales de Egipto, no basta con descifrar el texto, ni siquiera con apreciar el tamaño y la disposición (vertical): es necesario además tomar en cuenta en tal situación los elemento específicos de una comunicación con los dioses, la cual se manifiesta en particular por la altura y las proporciones de las inscripciones7.

Debe quedar claro que la situación no es el contexto, es decir, el entorno más o menos explicativo del texto, que sería en tal caso considerado como el único nivel de análisis pertinente. Una situación es un tipo de conjunto significante distinto del texto, otro nivel de pertinencia.

Lo que llamamos situaciones semióticas, siguiendo a Landowski, no puede en la mayor parte de los casos ser objeto de un análisis continuo, y hace falta entonces estatuir sobre esa discontinuidad del análisis, y tomar en consideración dos dimensiones distintas y jerarquizadas. Hacer la experiencia de una situación puede entenderse de dos maneras:

(i) sea como la experiencia de una interacción con un texto, vía sus soportes materiales (es la situación conocida, en general, a falta de mejores términos, como «situación de comunicación»), o con uno o varios objetos, que se organizan en torno a una práctica;

(ii) sea como la experiencia del ajuste entre varias interacciones paralelas, entre varias prácticas, complementarias o concurrentes (en ese caso, se trata de la situación-coyuntura, que reúne el conjunto de prácticas y de circunstancias pertinentes).

Esa es la razón por la cual nosotros no mantendremos aquí la noción de situación, ya que no puede ser objeto de un análisis continuo, y la remplazaremos en adelante por dos niveles de pertinencia distintos: las escenas prácticas por un lado, y las estrategias, por otro.

La experiencia semiótica en la que se basa el nivel de pertinencia de las prácticas es la que resume la expresión «en acto», ampliamente difundida en el discurso de la semiótica en los últimos diez años: «enunciación en acto», «semiosis en acto», «significación en acto», remiten, en general, a una concepción de la significación que se considera dinámica (parece que la mayor parte de semióticos no tienen ninguna dificultad en preferir un «estructuralismo dinámico» a un «estructuralismo estático»!) y que se interesa más por los procesos de construcción y de emergencia de la significación que por sus resultados. Pero «en acto» puede también servir de fácil coartada para propuestas semióticas sin más originalidad que la de designar un problema a tratar o un programa de investigación.

Ese «en acto», sin embargo, no puede observarse, lamentablemente, en las semióticas-objetos donde se pretende reconocerlo. La significación «en acto» imputable por análisis a un texto no puede ser rigurosamente observada ni captada, ni de hecho ni de derecho, más que en el nivel de las prácticas y no en el de los textos-enunciados propiamente dichos. En el nivel de pertinencia de los textos, el «en acto», no pertenece, en el mejor de los casos, más que a la sustancia, y en el peor, a la especulación animista. Es, pues, la experiencia del «en acto» (de la actividad viviente y vivida) la que dará lugar, por esquematización, al plano de inmanencia de las «escenas prácticas».

Las prácticas, en efecto, se caracterizan principalmente por su carácter de proceso abierto, circunscrito en una escena: se trata, pues, de un dominio de expresión captado en el movimiento mismo de su transformación, pero que adquiere forma como escena (volveremos más adelante sobre el proceso de «escenarización» de ese dominio de expresión). Dicho proceso escenarizado solo es «pertinente» si establece una función semiótica con una estructura predicativa. Por consiguiente, por el lado del contenido, las prácticas se caracterizan por la existencia de un núcleo predicativo, una «escena» organizada en torno a un «acto» en el sentido en que, en la lingüística de los años sesenta, se hablaba de la predicación verbal como de una «pequeña escena»8. Esa escena se compone de uno o de varios procesos, rodeada por los actantes propios del macro-predicado de la práctica.

Dichos roles actanciales propios de ese macro-predicado pueden ser cumplidos entre otros: por el texto o por la imagen mismos, por su soporte, por elementos del entorno, por el usuario o por el observador (volveremos con más detalle posteriormente). La escena de la práctica consiste igualmente en relaciones entre esos diferentes roles, relaciones modales y pasionales, en lo esencial.

La utilización de utensilios (como el opinel*, según Jean-Marie Floch9), proporciona el ejemplo más simple de ese tipo de escena predicativa práctica: un objeto, configurado con vistas a cierto uso (esa es su morfología de expresión) va a jugar un rol actancial en el interior de una práctica técnica (cuyo uso es la actualización enunciativa) que consiste en una acción, ejecutada por un operador sobre un segmento del mundo natural: el segmento, el utensilio y el usuario están entonces asociados dentro de una misma escena predicativa, donde el contenido semántico del predicado es proporcionado por la temática de la práctica misma (tallar, cortar, etcétera) y donde esos diferentes actores cumplen los principales roles actanciales. La constitución sustancial del utensilio (en el nivel inferior) se convierte aquí en uno de los elementos de la forma de expresión de la práctica, puesto que comporta necesariamente una interfaz-operador (el mango) y una interfaz-objeto (la cuchilla u hoja).

A diferencia de una estructura narrativa textual, la puesta en marcha de una práctica no puede ni conformarse con una simple transformación entre una situación inicial y una situación final (en el sentido de las presuposiciones), ni con una progresión en un árbol de bifurcaciones (en el sentido de las motivaciones de la acción): ambas soluciones equivaldrían a una «textualización» de la práctica, y por tanto, a la reducción de la dimensión «en acto» que constituye el principio de expresión global de la práctica.

Por el contrario, el desarrollo del proceso es una negociación continua entre varias instancias: un objetivo asignado a la acción, un horizonte de referencias y consecuencias, la eventual resistencia de los sustratos y de las contra-prácticas, ocasiones y accidentes, formas canónicas (hábitos, rutinas de aprendizaje, normas, etcétera), y esquematizaciones emergentes del uso (aprendizaje, ajustes, tácticas, etcétera). Volveremos en tiempo útil sobre esta dimensión de las prácticas, aunque ya desde ahora podemos identificarla como una propiedad de acomodación10.

Como todos los otros planos de inmanencia, también el de las prácticas está formado por dos faces:

(i) una, vuelta hacia los niveles inferiores, es la forma sintagmática que permite acoger, conjuntamente y de manera congruente, signos, textos y objetos, al mismo tiempo que los actores de la práctica misma: esa es la forma-escena, asociada al núcleo predicativo de la práctica, y que proporciona, en efecto, roles congruentes al conjunto de esos elementos.

(ii) otra, que mira a los niveles superiores, es la sustancia de expresión denominada anteriormente «acomodación», acomodación a los objetivos, a las consecuencias, a los otros actores y a las otras prácticas, es decir, la materia sobre la cual se apoyarán las estrategias.

Las estrategias

El nivel siguiente es el de las estrategias. «Estrategia» significa aquí que cada escena práctica debe acomodarse11, en el espacio y en el tiempo, a las otras escenas y prácticas, concomitantes o no concomitantes. La estrategia es, en suma, un principio de composición sintagmática de las prácticas entre sí.

La experiencia subyacente no es la de una práctica particular, sino la de la «coyuntura», la de la superposición, la de la sucesión, la del encabalgamiento o la de la concurrencia entre prácticas.

La dimensión estratégica resulta, pues, de la conversión en dispositivo de expresión (relaciones topológicas, aspecto-temporales, diversas especies de orden y de intersección, etcétera) de una experiencia de coyuntura y de ajuste entre escenas prácticas. La forma de la acomodación es pertinente en la medida en que establezca una función semiótica con un desarrollo figurativo, actorial, espacial y temporal, así como diversas exigencias (modales, pasionales, etcétera) inherentes al entorno de las prácticas.

La estrategia reúne prácticas para formar nuevos conjuntos significantes, más o menos previsibles (usos sociales, ritos, comportamientos complejos), sea por programación de los recorridos y de sus intersecciones, sea por ajuste en tiempo real12.

Volvamos al ejemplo de los objetos y de las prácticas de escritura. La tableta de arcilla, como objeto, funciona por integración en los dos niveles definidos anteriormente.

Primero, en el interior de una escena práctica ya compleja, que comprende toda una cadena de procesos, la tableta en cuanto soporte ofrece un dispositivo de expresión para actos de propuesta y de aceptación del intercambio, así como de verificación y de arbitraje mediante dos actos, «sellar» y «romper» [el sello], que constituyen el plano figurativo del núcleo predicativo de esa práctica.

Pero funciona además dentro de una estrategia, puesto que es preciso gestionar la coyuntura de varias escenas: la solidez material de la envoltura [sobre] (el objeto en cuanto cuerpo material) es una prenda de resistencia en el tiempo y en el espacio, de resistencia a las manipulaciones y a los traslados, y también a todas las tentaciones o maniobras más o menos indiscretas que tratasen de desviar o de falsificar la propuesta.

Esa «solidez» implica, en cuanto expresión, una «promesa» de resistencia y de perennidad en el plano del contenido, pero es, sobre todo, un factor de selección entre, por un lado, los portadores y responsables del archivamiento y de la conservación, quienes pueden, aunque no deben, romper el objeto, y por otro lado, los destinatarios legítimos que son los únicos habilitados para hacerlo.

«Promesa», «selección», «resistencia» y «protección»: la estrategia se analiza también desde el lado del contenido, en procesos sucesivos o concomitantes, procesos que se supone que articulan y ajustan al menos dos, y la mayor parte del tiempo varias prácticas entre sí. Debemos suponer que las estrategias organizan procesos complejos, explotando morfologías propias de los niveles de pertinencia inferiores, y que supuestamente controlan, regulan, ordenan u optimizan las prácticas mismas.

De las estrategias a las formas de vida

Debemos dar un último paso para llegar a las formas de vida que subsumen las estrategias. Uno de los estudios más célebres de Jean-Marie Floch, el que consagró a los usuarios del metro parisino13, nos permitirá ilustrar no solamente la pertinencia de este último nivel, sino también la del conjunto de la jerarquía de las instancias.

En efecto, el problema tratado por J.-M. Floch en ese estudio es el de las diferentes actitudes típicas que los usuarios del metro adoptan frente a la composición de los itinerarios que se les ofrecen, y en particular frente al conjunto de eso que podríamos llamar las «zonas críticas» y que, por lo mismo, deben ser «negociadas» por esos usuarios (como si dijéramos «sortear una curva») para ajustarlas a su propio recorrido.

Esas zonas críticas son discontinuidades en el espacio (escaleras, andenes, vagones, zonas obstruidas), que podrían caracterizarse como «objetos-lugares», u objetos más específicos (portillos automáticos, perforadores de billetes, etcétera), «objetos-máquinas» en suma, y, en fin, objetos que no son más que soportes de inscripciones de todas suertes (señales, reglamentos, publicidad, etcétera).

Las zonas críticas hacen referencia a los primeros niveles de pertinencia que hemos construido: signos y figuras, textos e imágenes, y, sobre todo, varias categorías de objetos, a su vez jerarquizados: objetoslugares que pueden englobar objetos-máquinas, los cuales a su vez engloban objetos-soportes. A cada una de esas zonas críticas corresponde una «escena predicativa» típica, dotada de procesos específicos (informar, orientar, prescribir, prohibir, seducir, persuadir, etcétera), y cada uno remite a una práctica identificable.

Esas zonas son «críticas» por la simple razón de que oponen escenas prácticas concurrentes a los recorridos de desplazamiento del usuario, es decir, a otra práctica: el problema que hay que resolver depende, primero, de la estrategia, o sea, de la articulación sintagmática (intersección, encadenamiento, paralelismo, concomitancia, desnivel, etcétera), y de la eventual acomodación entre al menos dos escenas prácticas. Hasta entonces, el problema por tratar solo concierne a la capacidad de las estrategias para controlar la compatibilidad y la incompatibilidad entre las semióticas-objetos de los niveles inferiores.

Lo que aparece entonces es que, según que el recorrido del usuario sea continuo o discontinuo, que su paso sea rápido o lento, que ponga o no ponga atención a las zonas críticas, la estrategia adopta formas globalmente distintas. Floch saca de ahí una tipología de usuarios: agrimensores, «pros» [profesionales], despreocupados [flâneurs] y sonámbulos, que cohabitan en los corredores del metro. La agrimensura, la despreocupación, el sonambulismo y el profesionalismo son, pues, formas típicas extraídas de las estrategias de acomodación entre el recorrido propio del usuario y las exigencias, las propuestas y los obstáculos que caracterizan el conjunto de las zonas críticas del itinerario.

Esa tipología reposa de hecho en las interacciones entre dos dimensiones: de un lado, el empeño más o menos intenso del actor en su gestión por observar a la vez el desplazamiento en general, y sobre todo las zonas críticas en particular (lo cual se traduce, en la ocurrencia, por una rapidez de ejecución más o menos grande); y de otro lado, la valoración o la desvaloración de las zonas de intersección y de concurrencia entre esa práctica de desplazamiento y las otras prácticas que va encontrando. Por ejemplo, el «agrimensor» está fuertemente empeñado en su desplazamiento, por eso va rápido, pero al mismo tiempo, respeta todas las zonas críticas, las valoriza con una suspensión del desplazamiento y por la atención que pone en cada una de las prácticas concurrentes; mientras que el «profesional», en el mismo tiempo, desvaloriza esas mismas zonas críticas y se esfuerza incluso en suprimirlas, anticipándose a ellas y programando su mínima inserción en su recorrido.

En tal sentido, la conjugación de esas dos dimensiones, y los diferentes grados de cada una de ellas, define «estilos» de comportamiento estratégico, maneras de administrar a la vez una práctica principal y prácticas concurrentes, un recorrido y sus obstáculos, etcétera.

No tenemos que ver entonces solamente con una estrategia, ni con una clase de estrategias en cuanto tales, sino con una clase de estilos de estrategias, y esa nueva dimensión de las estrategias se abre al nivel de pertinencia superior, el de las «formas de vida». El plano de inmanencia de las estrategias está, por tanto, también constituido por dos faces:

(i) una faz formal vuelta hacia la acogida de los niveles inferiores, y especialmente de la gestión y el control de los procesos de acomodación prácticos; y

(ii) una faz sustancial vuelta hacia el nivel superior, donde será formalizada gracias a la esquematización estilística y a la iconización de los comportamientos en formas de vida.

Esas clases estilísticas, en efecto, están constituidas sobre la base de dos criterios enlazados por una relación semi-simbólica: «estilos» rítmicos, por un lado, que expresan, por otro «actitudes» de valoración o de desvaloración de las escenas-obstáculos. La reunión de esos dos planos: el estilo rítmico (la expresión) y la actitud modal y axiológica (el contenido) dan lugar a una nueva semiótica-objeto, que no se confunde ni con la simple yuxtaposición de todas las estrategias, ni tampoco con su constitución en clases.

Por lo tanto, esos conjuntos así constituidos son generalizables, más allá de las temáticas específicas que caracterizan a la vez las prácticas observadas y el entorno espacio-temporal de las estrategias. Gracias, principalmente a las isotopías que las caracterizan, y que son de tipo modal y pasional (según el querer-hacer, el saber-hacer, el deber-hacer, etcétera), y también por los rasgos rítmicos y estilísticos con los que constituyen el dispositivo de expresión, esos conjuntos estratégicos caracterizan tanto un modo de vida en general como un comportamiento específicamente reservado a los transportes en común: los mismos criterios de identificación, los mismos estilos rítmicos y las mismas actitudes modales y axiológicas funcionarían igualmente bien para otros recorridos y en otros lugares heterogéneos y complejos: la exposición, el hipermercado, la estación del tren, el centro comercial, etcétera, o incluso, por qué no, el libro, el catálogo, el diccionario o el sitio de internet.

En suma, el tipo figurativo del recorrido y la temática que define el lugar están débilmente implicados en la caracterización de los estilos estratégicos de los usuarios, y esa autonomía confirma la hipótesis precedente según la cual nos encontraríamos frente a la prefiguración de otro tipo de semiótica-objeto, y por tanto, ante otro nivel de pertinencia. Y justamente en esa perspectiva los estilos estratégicos son generalizables, y pueden caracterizar a los usuarios de un supermercado como a estilos de navegación virtual sobre el lienzo. De hecho, esos «estilos estratégicos» participan de las formas de vida, que subsumen las estrategias y que extraen las constantes de una identidad y de algunas «valencias» a partir de las cuales los usuarios califican y valoran los lugares, los itinerarios y sus zonas críticas.

Desde el punto de vista del plano de la expresión, una forma de vida es, pues, la «deformación coherente» obtenida por la repetición y por la regularidad del conjunto de las soluciones estratégicas adoptadas para articular las escenas prácticas entre sí. Pero, como por integraciones, el último nivel hereda de todas las formas pertinentes anteriormente esquematizadas, una forma de vida comprenderá también figuras, textos-enunciados, objetos y prácticas específicas. Resumamos el análisis de los usos del metro:

(i) el metro es lugar en el que, con toda evidencia, los «signos» y figuras de toda naturaleza proliferan y solicitan todos los canales sensoriales;

(ii) esos «signos» y figuras son organizados en «textos-enunciados»: reglamentos, afiches, pictogramas, nombres de direcciones y de estaciones, modos de empleo de máquinas, enunciados de advertencias o de informaciones sobre el tráfico, etcétera;

(iii) esos textos están inscritos sobre «objetos», paneles murales, portillos de paso, perforadoras de billetes, pancartas, paredes, pantallas de afichaje electrónico, etcétera;

(iv) esos «objetos» pertenecen a una o a varias «prácticas», compuestas de escenas sucesivas, que determinan justamente las «zonas críticas» que hay que negociar durante el recorrido;

(v) esas «escenas prácticas» deben ser ajustadas, por un lado, unas con otras, y por otro, con el recorrido del desplazamiento del usuario (la práctica principal), según un estilo de negociación que caracteriza la «estrategia» actual y provisional del usuario;

(vi) la «estrategia» del usuario se une a otras estrategias en el seno de una clase más general y más estable en el tiempo, cuyo plano de la expresión (el estilo) remite a contenidos axiológicos específicos, y el todo se presenta y se da a captar como una «forma de vida».

La experiencia subyacente, el sentimiento de una identidad de comportamiento, la percepción de una regularidad en un conjunto de procedimientos de acomodación estratégica, es la experiencia de un ethos; dicha experiencia, al convertirse en un dispositivo de expresión pertinente (un estilo que expresa una actitud) da lugar a una forma de vida, susceptible de integrar la totalidad de los niveles inferiores para producir globalmente una configuración pertinente para el análisis de las culturas14.

Jerarquía de los planos de inmanencia

Habiendo convertido los diferentes niveles pertinentes de la experiencia en otros tantos tipos de semióticas-objetos, la cuestión del principio de inmanencia se plantea de muy distinta manera: cada nivel corresponde a un plano de inmanencia específico, y la jerarquía obtenida es la de los planos de inmanencia:


Las prácticas ocupan, pues, una posición intermedia en esta jerarquía; en ese sentido, pueden, por un lado, acoger como componentes unidades de los niveles inferiores como signos, textos y objetos, y por otro, participar en la composición de los niveles superiores, el de las estrategias y el de las formas de vida.

La presentación casi histórica que nos ha permitido distinguir y definir los diferentes niveles de análisis refleja en cierto modo el recorrido de las preocupaciones sucesivas de dos o tres generaciones de semióticos. Ese recorrido no implica, sin embargo, obligatoriamente, que los niveles de pertinencia anteriores deban ser ni siquiera provisionalmente abandonados: por definición, todos ellos son pertinentes, aunque desigualmente explotados. Como ya lo hemos hecho notar a propósito de las prácticas, la jerarquía que hemos establecido es composicional, y cada nivel es necesario para la formación de los demás.

No obstante, la composición de cada uno de los niveles no se limita a las semióticas-objetos de los niveles inferiores; como ya lo hemos hecho observar a propósito de la constitución de la dimensión plástica de los textos-enunciados, cada nivel absorbe y articula en su propio campo de pertinencia elementos que no estaban considerados como pertinentes en el nivel inferior. Disponemos actualmente de seis niveles: los signos o figuras, los textos-enunciados, los objetos, las escenas prácticas, las estrategias y las formas de vida. En cada nivel, el principio de pertinencia distingue una instancia formal-estructural y una instancia material-sensible; de modo que cada nivel [N+1] integra la instancia material-sensible del nivel [N] a su propio principio de pertinencia15.

El principio de composición obedece, pues, a un principio de constancia: la esquematización, en un nivel dado, de las propiedades materiales y sensibles que estaban asociadas a las semióticas-objetos de los niveles precedentes. Globalmente, se trata de la conversión de una experiencia (y de una fenomenología) en dispositivo de expresión semióticamente pertinente, es decir, que pueda ser asociado a un plano del contenido.

Y la búsqueda del nivel de pertinencia óptimo, para cada proyecto de análisis, hace el reparto entre las instancias formales, aquellas que sean pertinentes para el nivel elegido, y las instancias materiales y sensibles, aquellas que lo sean para el nivel siguiente: se puede considerar entonces que estas instancias materiales, seleccionadas por su correlación con las instancias formales, constituyen la sustancia de la expresión en ese nivel.

Esta presentación por etapas enmascara un hecho a todas luces evidente: desde el primer nivel de experiencia, todas las propiedades materiales y sensibles están ya presentes, todas juntas, en un conglomerado que corresponde a la materia de la expresión.

No es fácil ver cómo cada nivel de pertinencia puede «inventar», para su entorno exclusivo, nuevas propiedades materiales y sensibles: las figuras y los textos, en los niveles inferiores, están ya sumergidos en un universo fenoménico, material y sensible, la mayor parte de cuyas propiedades parece que no tuvieran ninguna relación con ellos. La progresiva elaboración de la experiencia engendra precisamente la serie de los planos sucesivos de inmanencia, y al mismo tiempo, revela los lazos que mantienen o que establecen con los objetos de análisis del nivel inferior: experiencia figurativa, experiencia interpretativa y textual, experiencia práctica, experiencia de las coyunturas y de los ajustes, experiencia de los estilos y de los comportamientos (ethos).

Globalmente, el recorrido de constitución del plano de la expresión presupone, pues, la materia de la expresión de la cual se extrae en cada nivel una forma y una sustancia. Esta presentación permite dar a la serie hjelmsleviana «materia, sustancia y forma» una nueva dimensión operativa16, ya que, dentro de la jerarquía de los planos de inmanencia, se pueden observar y describir las transformaciones que conducen de la primera a la segunda, y de la segunda a la tercera. La perspectiva adoptada ya no es tipológica y paradigmática, y por nuestra parte, consideramos en adelante que la jerarquía de los planos de inmanencia soporta recorridos y transformaciones que enlazan todos los niveles entre sí, y que comporta, y en consecuencia, una dimensión sintagmática, que describiremos como recorrido de integración.

Se podría considerar que ese recorrido en el que se configuran progresivamente niveles de pertinencia, a partir de un horizonte material y sensible, es un recorrido generativo del plano de la expresión. Pero como todo recorrido generativo, este tampoco tiene valor operativo sino a partir del momento en que las operaciones que lo constituyen son explicitadas y definidas. Los diferentes aspectos de esas transformaciones y del recorrido de constitución del plano de la expresión son los que vamos a examinar ahora.

EL RECORRIDO GENERATIVO DEL PLANO DE LA EXPRESIÓN
De los modos de existencia

La primera cuestión que tenemos que abordar es la coexistencia de las diferentes semióticas-objetos y la de su convocación común en la descripción, y no obstante diferenciada en el momento del análisis. En efecto, si cada semiótica-objeto pertenece a un plano de inmanencia y obedece a un principio de pertinencia específico, las pertinencias se excluyen unas a otras, y la coexistencia de las semióticas-objetos, si bien es necesaria para constituir una sintagmática coherente, resulta problemática. Esa dificultad es la que la noción de «contexto» se esfuerza si no en regular, por lo menos en paliar, puesto que, para conducir la descripción, asocia elementos de estatuto dispar, articulándolos en «texto» y «contexto».

Nosotros proponemos abordar esa dificultad por medio de un ejemplo tomado de las investigaciones cognitivas; se trata del caso de la «affordance»*. Hay un momento, en efecto, en que la psicología cognitiva encuentra sus propios límites; aquel, por ejemplo, en el que debe dar cuenta de las relaciones entre los hombres y las máquinas, o de la ergonomía de un objeto, de un utensilio o de un proceso técnico, porque en tales casos tiene que ver con exigencias y con propiedades interactivas, que no residen ni solamente en el espíritu del usuario, ni enteramente en la estructura técnica del objeto.

Y entonces se proclama «ecológica», porque no puede limitarse a la descripción de los procesos mentales de los usuarios y de los intérpretes: la realidad material, o sea, la estructura técnica de los objetos resiste, se impone, propone, sugiere, y no se deja reducir al estatuto transparente de pretexto, de ocasión o de soporte de experiencias puramente cognitivas.

Para resolver ese tipo de dificultades, la psicología cognitiva ha inventado la «affordance», concepto que resume el conjunto de actos que la morfología cualitativa del mundo y de sus objetos permite realizar a quienes los usan: así, una silla nos «sirve» principalmente «para sentarnos». En muchas descripciones, sin embargo, nos olvidamos con frecuencia del dinamismo interactivo de esos actos, y las propiedades morfológicas que los soportan son reducidas a simples funcionalidades del objeto, como en el análisis sémico de la década de 1960 (el sema «para sentarse» de la silla, según B. Pottier).

Pero si uno presta atención al carácter interactivo de la «affordance», advierte que consiste principalmente en conferir a los objetos un funcionamiento «factitivo», y en proyectar sobre las relaciones entre los objetos y sus usuarios secuencias de manipulación. La factitividad de los objetos recubre cierto número de propiedades, actanciales, modales y figurativas, familiares todas ellas al análisis semiótico. Lo que «affordance» designa sin distinguirlo, el concepto de «factitividad», permite declinarlo por lo menos en tres tipos diferentes y complementarios: «hacer-hacer», «hacer-saber», «hacer-creer». Además, la factitividad, lo mismo que todo análisis actancial y modal, se resiste más eficazmente que la «affordance» a la reducción funcional, en la medida en que la interactividad y la manipulación son centrales e irreductibles en el corazón de la definición.

El caso de la «affordance» y de la factitividad toca de hecho eso que distingue una aproximación propiamente semiótica, a saber, que esta última no busca restricciones ni estructuras significantes en el cerebro de los usuarios, ni en las morfologías funcionales de los objetos, sino en una «semiótica-objeto» que comprende propiedades que remiten tanto a unas como a otras, pero después de una serie de conversiones: justamente, las conversiones que conducen de la materia a la forma, pasando por la sustancia.

Con la affordance, en efecto, las restricciones y las propuestas de uso y de interacción con el usuario están inscritas en el mundo y en sus objetos, lo cual no excluye, por supuesto, la necesidad o la utilidad de una competencia del usuario para reconocerlas. El semiótico recuerda entonces que así es como ha tratado siempre los textos y las imágenes: como semióticas-objetos cuyo análisis hacía que emergieran la «morfología» y las capacidades de manipulación del lector, con vistas a producir unas interpretaciones más bien que otras.

Es cierto que, en una perspectiva estrictamente textual, esa manipulación era más bien considerada como una producción de simulacros y no como una verdadera interacción, dentro de una semiótica-objeto, entre actantes y roles modales.

Si nos preguntamos ahora por el modo de existencia de esos dispositivos de manipulación interactiva, tal como aparecen en el objeto factitivo, tenemos que constatar que el «hacer» no se realiza en el objeto; está allí solamente potencializado y parcialmente inscrito. En otros términos, una silla (i) no resume el acto de sentarse, y (ii) no realiza el acto de sentarse. Es necesario, pues, para dar cuenta del conjunto de la estructura factitiva, proponer la existencia de una semiótica-objeto englobante, de nivel superior, y que aquí es una práctica cotidiana, una secuencia gestual: en esa práctica solamente uno se sienta efectiva y completamente. Si nos quedamos con la sola presencia «potencial» de la morfología del objeto, solamente podremos «probar», en la experiencia sensible, la concordancia eventual entre la presión de una fatiga y la oferta ocasional de reposo que buscamos en el entorno inmediato. Pero incluso en ese caso, tenemos que ver con una estructura de experiencia que desborda el estricto marco del objeto y que inaugura una situación práctica.

El caso de la «affordance» permite abordar, a propósito de una relación entre dos niveles potenciales específicos, el de los objetos y el de las prácticas, el estatuto modal relativo de los planos de inmanencia cuando están asociados en una misma dimensión sintagmática. Ese estatuto se lo proporcionan los modos de existencia.

En la dimensión sintagmática, en efecto, la relación jerárquica entre objetos y prácticas se convierte en una diferencia de niveles de existencia: a saber, la presencia del acto y de los actantes usuarios es solamente potencial en el nivel «n», el del objeto tomado como tal, y no puede ser real (y realizadora) más que en el nivel «n+1», el de la práctica que integra el objeto.

Si consideramos ahora eventuales «signos», eventuales elementos textuales fijados sobre el objeto y destinados a condicionar el uso y a guiar al usuario, se considera (cf. supra) que entran en la composición del objeto para cumplir allí un rol, y principalmente un rol en la «factitividad» del objeto. En cuanto elementos de una semiótica-objeto que pertenece a planos de inmanencia inferiores, son actualizados en el objeto. Pero su rol factitivo sigue siendo potencial, y solo será realizado en la práctica.

Puede ser útil acercar este fenómeno a algunas propiedades de la enunciación: la enunciación «enunciada» es actualizada gracias a algunas reglas de inserción sintagmática en el texto-enunciado. La enunciación «presupuesta», la que produce el texto-enunciado y que no puede ser actualizada en él, permanece en el modo potencial; no podrá ser realizada a no ser que el texto integre el nivel superior, el de las prácticas, y podremos hablar entonces, literalmente, de enunciación «puesta en escena» (en escena práctica).

El diferencial de los modos de existencia, que hace posible la coexistencia de semióticas-objetos a pesar de sus pertinencias diferentes, funciona aquí como en toda otra sintagmática. Y lo mismo ocurre en la constitución del plano de la expresión, lo que nos autoriza a organizarlo como un recorrido generativo, que conduce de lo virtualizado a lo realizado.

Transiciones e interfaces

La constitución de un recorrido generativo tropieza con harta frecuencia con la posibilidad de explicitar las conversiones entre niveles y más aún con la de observar precisamente las operaciones que las realizan. Antes incluso de definir esas conversiones y esas operaciones, es preciso establecer la posibilidad de observar el mecanismo, y particularmente la de describir los fenómenos de transición entre planos de inmanencia.

El caso de los «objetos-soportes» nos ha permitido ya abordar esta cuestión concretamente. Ningún «texto-enunciado» escapa a esa regla, formulada en la antigua teoría de las «funciones» del lenguaje y de la comunicación, como la exigencia de un «canal»: le hace falta un soporte. La lengua de los signos tiene también un soporte, un espaciotiempo centrado en el cuerpo del «signador» (que lo comprende como uno de los soportes de inscripción). La lengua oral tiene igualmente un soporte (un «medium», dicen algunos), un substrato físico susceptible de transmitir vibraciones; por cierto, ese soporte, en la mayor parte de los casos, es intangible y (aparentemente) inmaterial, pero es sin duda ese carácter intangible del soporte, en el caso del lenguaje oral, el que ha permitido, al menos en el imaginario retórico de la lingüística occidental, desmaterializar el estudio del lenguaje y hacer creer que su soporte y las prácticas asociadas a él no tenían ninguna incidencia en la estructura misma de los enunciados producidos.

El «soporte» tiene dos faces, como ya lo hemos mostrado, y eso es justamente lo que constituye una «inferfaz»: (i) una faz «textual», en el sentido en que es un dispositivo sintagmático para la organización de las figuras que componen el texto (es lo que podríamos llamar el «soporte formal»,) y (ii) una faz «práxica», en el sentido en que es un dispositivo material y sensible que puede ser manipulado en el curso de una práctica (por lo que se podría llamar «soporte material»).

La existencia de un soporte (formal y material) es, pues, indispensable para la integración del texto-enunciado en una práctica, ya que es él el que crea interfaz entre los dos. Algunas prácticas (como la producción de los textos electrónicos) disocian las dos faces (el soporte formal «pantalla» es distinto del soporte material «teclado-ordenador»), aunque ambos pertenecen a la misma «máquina». En ese nivel de mediación intervienen los «objetos» en general, pero muy particularmente los «objetos de escritura», que explotan las dos «faces» del soporte.

Hemos insistido ya sobre la coexistencia de las dos faces, la faz formal y la faz sustancial. Nos gustaría precisar ahora el mecanismo de integración que esta doble morfología autoriza.

Un ejemplo permitirá ilustrar concretamente cómo se hace la integración del texto en el objeto y en la práctica, y por qué ese desplazamiento acarreará otro más, hasta la estrategia. El ejemplo es el del correo postal. Un texto (el de la carta) está inscrito en las hojas de papel, que van dentro de un sobre, sobre el cual está inscrita la dirección del destinatario, a veces también la del destinador o remitente, y además figurarán en él algunas figuras y huellas (estampillas, sellos, etcétera) con los cuales el intermediario marca su presencia y su rol en la práctica.

Las mismas indicaciones (el nombre y la dirección del destinatario) pueden hallarse a la vez en la carta y en el sobre. Pero su inscripción en dos partes diferentes del objeto de la escritura les confiere roles actanciales diferentes:

1/ en la carta, el nombre y la dirección del destinatario participan de una escritura de enunciación, una «dirección» que manifiesta la relación enunciativa, eventualmente implícita, del texto de la carta, y que determina su lectura;

2/ en el sobre, el nombre y la dirección del destinatario participan de dos prácticas diferentes:

a) por un lado, constituyen una instrucción para los intermediarios postales a la hora de clasificar, de elegir la dirección, el transporte y la distribución final;

b) por otro lado, permiten seleccionar, entre todos los receptores posibles de la carta, al destinatario legítimo, es decir, aquel que tiene el derecho de abrir el sobre y de leer la carta.

La frontera entre los dos dispositivos de expresión es el estado del sobre: si el sobre está cerrado, solo se activa la primera práctica; si está abierto, la segunda práctica puede tener lugar. Encontramos aquí, asociadas a una morfología particular del objeto de escritura dos tipos de prácticas, una que pertenece al género epistolar, y otra, al género «comunicación y circulación de objetos en sociedad», encajadas una en otra. Cada una corresponde a una parte y a un estado del objeto, así como a inscripciones específicas, que permiten gestionar la confrontación con otras prácticas eventualmente concurrentes, que pertenecen a otros géneros. Si el sobre llega abierto, por ejemplo, la oficina de correos debe fijar otra inscripción para indicar que la «práctica concurrente» formaba parte del proceso de distribución ordinario, y no de una práctica externa ilegítima; o también, si se trata de una oficina comercial, es la formulación del nombre del destinatario la que decide el modo de apertura: si el nombre es un título o una función, el sobre puede ser abierto antes de que llegue a su destinatario; si es un nombre propio, le llegará cerrado.

Si focalizamos únicamente uno de los niveles de pertinencia, solo captaremos una relación de funcionalidad: el objeto estará más o menos adaptado funcionalmente (más o menos ergonómico) a la práctica elegida, y la práctica hará uso del objeto según su propia función. La perspectiva interactiva hace aparecer otra dimensión y otros tipos de operaciones, principalmente la selección entre las prácticas: algunas son solicitadas, propuestas o impuestas; otras son descartadas o inhibidas. Desde el momento en que el objeto opera la selección entre las prácticas, podemos considerar que interviene también en un nivel de pertinencia más elevado, el de las estrategias (las acomodaciones entre prácticas).

La integración de un nivel a otro es, pues, directamente observable, principalmente a través del funcionamiento de las estructuras de interfaz (en el caso del objeto-soporte, el objeto es la interfaz entre el texto y la práctica; es incluso observable en cuanto operación de esquematización, en el sentido en que estamos en capacidad de describir la articulación que se establece entre el «soporte formal» (vuelto hacia el nivel inferior) y el «soporte material» (que mira hacia el nivel superior). En suma, las transiciones por interfaz, entre planos de inmanencia, pueden ser descritas globalmente como la articulación entre la «faz formal» y la «faz sustancial-material». Y como hemos definido ya esa articulación entre las dos faces como el principio mismo de la «manifestación», podemos afirmar ahora que la manifestación semiótica se halla en el corazón del proceso de integración entre planos de inmanencia, aunque no sea el resorte principal, como veremos más adelante.

Las operaciones de integración

El diferencial de los modos existenciales y la descripción de las transiciones observables entre niveles no basta evidentemente para definir las eventuales conversiones, o más generalmente las operaciones que se realizan o pueden realizarse en el recorrido generativo del plano de la expresión. Y el desafío vinculado a esa definición aun esperada es mucho más que técnico.

En efecto, la estructuración del mundo de la expresión semiótica que venimos proponiendo, en seis planos de inmanencia diferentes, se presenta ya, e implícitamente, como un esbozo de la estructura semiótica de las culturas. Entre los «signos» y las «formas de vida», propone tomar a cargo el conjunto de los niveles pertinentes en los que las significaciones culturales pueden expresarse. Las prácticas, que ocupan lo esencial de este libro, son uno de los planos de inmanencia de la semiótica de las culturas.

Para definir su objeto, la semiótica de las culturas puede proceder a la vez en intensión y en extensión. En intensión, se esforzará por dar una definición formal y operativa de lo que es una cultura desde un punto de vista semiótico; y en extensión, deberá precisar los elementos y los niveles pertinentes desde ese mismo punto de vista. Cuando un semiótico como Iuri Lotman describe, a lo largo de su obra, la cultura rusa, no procede de manera distinta: por un lado, comienza por proponer la definición (en intensión) de la cultura, según el modelo de la semioesfera17; por otro lado, no cesa de ir y de venir entre textos (en general, literarios), formas de vida (colectivas e individuales, entresacadas de la historia rusa), entre signos (arquitectónicos o verbales, por ejemplo) y estrategias (políticas o militares). Hay que precisar además que, si la semioesfera, en Lotman, es colocada en un lugar preciso y sistemático, sobre el fondo de una epistemología cibernética, los niveles de pertinencia, en cambio, no son explicitados y no pueden ser encontrados más que a través de la diversidad de los objetos que describe y de los ejemplos que convoca.

Nuestro propósito concierne principalmente al nivel de las prácticas, pero sin perder de vista jamás los otros niveles con los cuales mantiene relaciones, siempre significantes. Globalmente, la jerarquía de los planos de inmanencia solo puede contribuir efectivamente a una semiótica de las culturas si está dotada de un principio de conversión que permita en todo momento precisar a qué título y con qué estatuto cada semiótica-objeto rinde cuentas de un fenómeno cultural.

El concepto de «conversión», en semiótica, ha sido derivado de los trabajos de Hjelmslev, en los cuales designa transformaciones sincrónicas, y fue definido de manera programática por Greimas. Esa definición no se puede adaptar fácilmente al plano de la expresión:

Recordaremos que con el nombre de conversión se designa el conjunto de procedimientos que explican el paso (= la transcripción) de una unidad semiótica, situada en el nivel profundo, a una unidad de la estructura de superficie, siendo esta nueva unidad considerada a la vez como homo-tópica y como hétero-morfa respecto de la antigua, es decir, como encuadrando el mismo contenido tópico y comportando más articulaciones significantes, sintácticas y/o propiamente semánticas18.

Es apenas adaptable, en efecto, en la medida en que la equivalencia (u homotopía) entre niveles concierne al contenido, y no vemos cómo podría transponerse al plano de la expresión esa recurrencia tópica. Es además difícilmente transportable porque no ha sido nunca explicitada adecuadamente. Greimas no ha dado una ilustración explícita de ella más que para dar cuenta de la rearticulación de la masa fórica en modalidades del ser, pero sin que el procedimiento haya sido verdaderamente generalizable19. Y el desarrollo más circunstanciado que se encuentra en la entrada «Conversión» del Diccionario20 es igualmente programático, no más explícito, e insiste sobre todo en sus relaciones con el concepto de «transformación» en gramática generativa.

Es necesario, pues, intentar elaborar un procedimiento que sea a la vez compatible con los dos requisitos de toda conversión (homo-tópico y hétero-morfo) y conforme con las propiedades de un plano de la expresión. Para hacerlo, acudiremos a un concepto definido hace algunos años por Émile Benveniste21, el concepto de integración. Es cierto que Benveniste limita voluntariamente la aplicación de ese principio al dominio de las lenguas (fonemas / morfemas / sintagmas / frases), pero el problema que él trata de resolver es exactamente de la misma naturaleza que el que se plantea aquí, y Benveniste lo aborda desde el punto de vista de las unidades de análisis del plano de la expresión. El problema que Benveniste trataba de resolver era el de los límites de la lingüística: recordamos aún los debates que se suscitaron en Francia por los años sesenta en torno de la frase, último nivel de pertinencia para la lingüística, o primer nivel para disciplinas distintas de la lingüística. Y para resolver ese problema, intenta graduar el campo de pertinencia de la lingüística, gracias al concepto de integración.

Retomemos el ejemplo del correo postal, el cual nos permitirá identificar el problema que vamos a tratar. Recordemos que las mismas indicaciones (el nombre y la dirección del destinatario) pueden hallarse a la vez en la carta y en el sobre, pero que su inscripción en dos partes diferentes del objeto de escritura les confiere roles actanciales diferentes: (i) en la carta, ejerce un rol en una relación de enunciación, y (ii) en el sobre, un rol en las prácticas de comunicación y de circulación de los objetos en sociedad. Nos enfrentaríamos en ese caso precisamente a una equivalencia de expresión (una suerte de homo-topía) sometida a una distinción entre dos morfologías (hétero-morfía). En suma, las mismas expresiones tomadas en dos dispositivos de expresión diferentes y jerarquizados.

Los dos modos de inscripción de los mismos elementos textuales no aparecen en el nivel textual más que en forma de propiedades materiales accesorias, y no encuentran su sentido sino en el nivel superior, el de las prácticas. Esa condición hace directamente eco a la regla definida por Benveniste:

Un signo es materialmente función de sus elementos constitutivos, pero el único medio de definir esos elementos como constitutivos es el de identificarlos en el interior de una unidad determinada donde cumplen una función integrativa. Una unidad será reconocida como distintiva en un nivel dado si puede ser identificada como «parte integrante» de la unidad de nivel superior, de la cual se hace integrante22.

Y prosigue sistematizando la distinción entre «constituyentes» e «integrantes» para terminar con una conclusión mayor, que coincide exactamente con nuestro proyecto:

¿Cuál es finalmente la función asignable a esa distinción entre constituyente e integrante? Es una función de importancia fundamental. Podemos encontrar aquí el principio racional que gobierna, en las unidades de los diferentes niveles, la relación de la FORMA y del SENTIDO (…)23.

La forma de una unidad lingüística se define como su capacidad de disociarse en constituyentes de nivel inferior. El sentido de una unidad lingüística se define como su capacidad de integrar una unidad de nivel superior.

Forma y sentido aparecen así como propiedades conjuntas, dadas necesariamente y simultáneamente, inseparables en el funcionamiento de la lengua. Sus relaciones mutuas se revelan en la estructura de los niveles lingüísticos recorridos por las operaciones ascendentes y descendentes del análisis, y gracias a la naturaleza articulada del lenguaje24.

Los dos movimientos son claramente identificados: un movimiento «descendente», que hace en sentido inverso el camino de la composición y que encuentra en el nivel inferior los constituyentes de la forma del nivel superior; otro movimiento «ascendente», que produce la «integración» de la unidad inferior en el nivel superior. Como la integración en el nivel superior es la condición para que la unidad encuentre su valor distintivo en el nivel inferior, encontramos aquí, con otros términos, el diferencial de los modos de existencia, puesto que el valor distintivo permanece siendo «potencial» hasta que la unidad no sea integrada en el nivel superior: es la operación de integración la que la «realiza».

En suma, las magnitudes semióticas, cualesquiera que sean, aparecerán como «distintivas» en el movimiento descendente, en el sentido en que, en un nivel dado, indican la «forma» proporcionada a las magnitudes distintivas del nivel inferior; inversamente, cualquier magnitud semiótica aparecerá como «significante» en el movimiento ascendente, en el sentido en que, en un nivel dado, proporciona el sentido de las magnitudes integrativas del nivel superior. Por ejemplo: las prácticas epistolares y postales expresan la forma de los dos tipos de direcciones en el nivel inferior de los modos de inscripción, y los dos tipos de direcciones encuentran su sentido al integrarse en el nivel de las prácticas.

El concepto de integración25, tal como fue definido por Benveniste, nos parece el más apropiado para nuestro proyecto, aunque para eso requiere algunas adaptaciones, ya que dicho concepto no ha sido concebido, de hecho, para dar cuenta de «niveles de pertinencia» distintos, sino, al contrario, para incorporar los rangos de un análisis lingüístico continuo. En efecto, entre fonemas, morfemas, sintagmas y frases, la homo-topía está asegurada, dado que la forma distintiva se convierte en «sentido» de un nivel a otro: la diferencia entre dos fonemas no hace sentido más que en la distinción entre dos morfemas; la hétero-morfía lo estaría igualmente, si se admite una diferencia morfológica entre fonemas y morfemas. De hecho, esa diferencia no sería más que una diferencia de manifestación: la diferencia entre fonemas y morfemas sigue siendo inmanente mientras que no esté manifestada en morfemas. Y esa no es una diferencia de forma, pues el mismo análisis formal puede aplicarse a los dos niveles.

Vamos a tratar, pues, de mostrar que, entre dos niveles de pertinencia semióticos diferentes, la integración produce el mismo tipo de efectos, y que no se limitan a la manifestación del sentido de las propiedades distintivas, sino que dependen de dos procesos de análisis distintos y discontinuos.

INTEGRACIÓN Y RESOLUCIÓN DE LAS HETEROGENEIDADES
Contexto, presuposición y otros pretextos

Lo que aparece como «contexto» en un nivel «n» contribuye, en el recorrido de construcción de los planos de inmanencia, a la armadura predicativa, actorial, modal y temática del nivel «n+1». Del mismo modo, lo que aparece como propiedades sensibles y materiales no pertinentes en el nivel «n» forma la dimensión figurativa del nivel «n+1».

En suma, aquello que aparece como no pertinente en el nivel «n», resulta pertinente en el nivel «n+1». Ese es el principio del recorrido que nosotros construimos; sin embargo, quisiéramos discutir ahora algunas concepciones que, a pesar de esforzarse por dar un estatuto a esos elementos «no pertinentes», no funcionan más que como pretextos, o escapatorias. Ya hemos evocado la noción de contexto; he aquí algunas otras, y en especial el concepto de «instancia presupuesta», o el de «experiencia subyacente».

El estatuto de la enunciación y de las instancias enunciantes, rigurosamente discutido por Jean-Claude Coquet26, obedece, por ejemplo, a la distinción entre «instancia enunciada» e «instancia presupuesta»: en el nivel de pertinencia del texto, la enunciación no es pertinente a no ser que se halle representada en dicho texto (enunciación enunciada), mientras que la enunciación «presupuesta» es un puro artefacto sin elementos observables. Pero en el nivel de pertinencia de los objetos-soportes, o sea, de las prácticas que los integran, la enunciación recobra toda su pertinencia: los actores encuentran allí un cuerpo y una identidad; el espacio y el tiempo de la enunciación les proporcionan un anclaje deíctico, y los actos mismos de enunciación pueden inscribirse figurativamente en la forma de expresión que surge de la morfología material de los objetos de inscripción (cf. supra), la carta y su sobre pegado o rasgado.

Hay todo un dominio de análisis que la semiótica apenas ha tomado en consideración: se trata del dominio de las pasiones y de las emociones del destinatario; es cierto que pueden estar inscritas en el texto mismo, gracias a un simulacro propuesto en el enunciado, pero ese caso es particularmente restrictivo, si se considera la amplitud del problema por resolver. En efecto, las pasiones y las emociones del destinatario advienen en una práctica, en una estrategia o en una forma de vida semióticas, en las que el texto es solo uno de los actantes, y que, por sus figuras y por su organización, es susceptible de producir o de inspirar tal o cual pasión, o determinada emoción.

Más técnicamente, por ejemplo, podemos decir que el ritmo y la construcción de una frase son un medio para proporcionar al lector la experiencia de una emoción o de un recorrido somático, sin llegar, no obstante, a afirmar que ese mismo ritmo y esa misma construcción sintáctica «representen» la emoción o el recorrido en cuestión.

Para eso es necesario pasar al nivel de pertinencia de la práctica interpretativa, donde el texto es un vector de manipulación pasional y donde, entre los esquemas motores y emocionales que produce la lectura, se encuentra aquel que es inducido por el ritmo y por la construcción sintáctica en cuestión.

Si nos atenemos a la inmanencia textual, las pasiones y las emociones serán de dos tipos: unas «enunciadas», otras «presupuestas» (implicadas). Estas últimas son inaccesibles al análisis. Solo en el nivel de pertinencia superior, en la inmanencia de la práctica, adquirirán un estatuto de observables, y por tanto, de descriptibles. La relación entre los dispositivos textuales y esas pasiones expresadas en la práctica es una relación de «inducción» que se puede acercar a las problemáticas de la manipulación (del hacer-creer y del hacer-sentir).

Lo mismo sucede con las propiedades sensibles y materiales, aunque con algunas consecuencias complementarias que conviene señalar aquí.

La introducción de lo «sensible» y del «cuerpo» en la problemática semiótica entraña, en efecto, algunas dificultades que no han sido resueltas hasta el presente, y que tienen que ver con el hecho de que ese «sensible» y ese «cuerpo» no están necesariamente representados en el texto o en la imagen para ser «pertinentes», especialmente cuando se trata de articular la enunciación con una experiencia sensible y con una corporeidad profunda.

No basta, por ejemplo, con remitir las nociones que pertenecen a la «foria» y a la «tensividad» a una capa «proto-semiótica» para asegurarles un estatuto claro y operativo. Las valencias perceptivas de la tensividad, entre otras, con frecuencia han sido criticadas por la ausencia de todo anclaje, ausencia que da a su utilización imprudente un carácter particularmente especulativo. La «percepción» semántica y axiológica de la que ellas rinden cuenta, forma parte del entorno sustancial (y no pertinente) de la enunciación textual.

Pero en el nivel superior, el de las prácticas semióticas (las prácticas de «producción de sentido»27, las prácticas interpretativas, especialmente), las valencias de la percepción son las que, en el interior de una práctica, permiten construir, captar o imaginar el universo del texto que usa la práctica. Las valencias encuentran entonces toda su pertinencia: un universo sensible se ofrece a ser aprehendido en el interior de una práctica por las figuras de un texto, y entonces los valores cumplen su rol como «filtro» práxico de la construcción axiológica.

Por tanto, decir que la enunciación de un discurso se funda en una o varias «experiencias», incluso que el objeto de análisis es la experiencia en cuanto tal (la experiencia del sentido) no basta: esas experiencias deben ser a su vez configuradas en prácticas semióticas para convertirse en semióticas-objetos analizables. De hecho, cada nivel de pertinencia está asociado a un tipo de experiencia que puede ser reconfigurado en constituyentes pertinentes de un nivel jerárquicamente superior. La experiencia perceptiva y sensorial desemboca en las «figuras»; la experiencia interpretativa desemboca en los «textos-enunciados»; la experiencia práctica desemboca en las «escenas predicativas»; la experiencia de coyunturas desemboca en las «estrategias», etcétera.

La propuesta que nosotros presentamos cuestiona diversas estrategias teóricas que consisten en atribuir a conceptos o a operaciones, necesarios para la construcción teórica, estatus epistemológicos ambiguos y poco operativos, como «presuposición», «contexto», «proto-semiótica», «experiencia subyacente», etcétera.

Atribuirles tales estatus, en efecto, consiste en reconocer en ellos si no la pertinencia en sentido estricto, al menos la validez descriptiva y explicativa, y, al mismo tiempo, excluirlos del campo del análisis, y rechazar el acceso metódico a ellos.

Nuestra propuesta consiste, por el contrario, en otorgarles un estatuto en un nivel de pertinencia jerárquicamente superior, donde se convierten en constituyentes de una semiótica-objeto, cuyo plano de la expresión adquiere un modo diferente, o al menos se hace multimodal y polisensorial. No obstante, plantea a su vez nuevos problemas, aunque solo sea por el hecho de que no basta con otorgar, por ejemplo, a los elementos «enunciados» y a los elementos «presupuestos» un mismo estatuto en el nivel superior para que su heterogeneidad se resuelva inmediatamente. Ese proceso de resolución de las heterogeneidades es el que vamos a examinar ahora.

Multimodalidad y resolución sincrética

El recorrido de integración, que nos hace pasar de la materia a la sustancia y de la sustancia a la forma, es un vasto proceso de resolución de las heterogeneidades, y en particular de la heterogeneidad de los modos de expresión semióticos.

En cada nivel de pertinencia, distinguimos aquello que es propiamente pertinente, y que forma un plano de inmanencia coherente, de aquello que no es pertinente, y que forma un conjunto sustancial y residual. Solo en los niveles de pertinencia superiores esos conjuntos sustanciales accederán a un estatuto «formal». Más aún, en cada nivel de pertinencia, se integran semióticas-objetos diferentes, procedentes de los niveles inferiores, pero también, como veremos más adelante, de los niveles superiores. La heterogeneidad por resolver es también una heterogeneidad modal, la de los modos semióticos. Encontramos aquí, desde otro punto de vista, la cuestión de la coexistencia sintagmática de las semióticas-objetos.

La homogeneización de cada plano de inmanencia termina, pues, a partir de una heterogeneidad multimodal, en un sincretismo. El sincretismo no está asegurado si no se pueden hacer corresponder estructuras de contenido coherentes al conjunto de las modalidades semióticas así integradas. La resolución sincrética pasa, pues, a la vez por la construcción del recorrido generativo del plano de la expresión y por la del plano del contenido.

Para poner un ejemplo tomado de la vida cotidiana, sabemos que en razón de su relación con los soportes y con los objetos que los portan, los pictogramas, incluso los meramente informativos, pueden simplemente «predicar», es decir, enunciar algo para un usuario. Si nos atenemos a la inmanencia del pictograma, todo el resto (vestimenta, usuario, etcétera) pertenece al contexto o a las instancias «presupuestas», y no accederá jamás al análisis.

Sin embargo, a la altura de las prácticas, el soporte material del pictograma corresponde a uno de los actantes del predicado, y el pictograma, a otro actante, o a un circunstante del proceso: es el caso, por ejemplo, del pictograma que está inscrito en las etiquetas de los vestidos y que es glosado por el enunciado «Lavar a 40° máximo»: el objeto del lavado es el vestido, soporte de la etiqueta y del pictograma, y el lector, por su parte, es un operador potencial. Pero para afirmar eso es preciso cambiar de nivel y pasar de un «texto-enunciado» (el pictograma) a una «práctica» (el lavado).

La «escena predicativa» de esa práctica engloba, entonces, varios roles que pertenecen a distintos modos de expresión semióticos diferentes: el pictograma expresa a la vez el predicado (lavar) y un circunstante del proceso (40°) que se aplica de hecho a un adyuvante (calor); el objeto-soporte —el vestido— corresponde al actante objeto del proceso; el usuario-observador —que no es necesariamente el usuario del vestido— cumple el rol del actante sujeto (operador). Habría que añadir además un rol de enunciación, el «prescriptor», que permanece impersonal y solamente presupuesto, pero que se manifiesta a través de la fijación de la etiqueta (objeto-soporte de la inscripción) sobre el vestido (objeto material implicado en la práctica).

La imagen pertenece a un modo semiótico planar y gráfico; el vestido, a un modo tridimensional y corporal; el usuario pertenece al modo de las prácticas cotidianas; el prescriptor, en fin, participa del modo de las normas y de las prescripciones técnicas, institucionales o comerciales: todos pertenecen, pues, a sistemas semióticos diferentes y ya constituidos, que son en cierto modo «provistos» y articulados en conjunto en la misma práctica semiótica.

La heterogeneidad de los componentes semióticos de esa práctica se resuelve y se estabiliza en una configuración única desde el momento en que se considera que el pictograma, para «hacer» algo, y hasta simplemente para «significar», debe integrarse a una «escena predicativa» en la que cada uno de los «roles» se expresan en modos semióticos diferentes: se reconstituye entonces la enunciación de un predicado, tomado a cargo por un acto de lenguaje en el que los diferentes actantes están representados por el pictograma, el soporte, el observador y la etiqueta.

Por ese mismo hecho, la escena predicativa (salida de una experiencia práctica coherente) asegura el sincretismo entre todas esas modalidades semióticas heterogéneas, de un lado, porque esa escena está estabilizada por iconización (en el plano de la expresión), y del otro, porque se le puede asociar una estructura de contenido (acto, actantes, modalidades y circunstantes).

En suma, en cada nivel, el análisis toma en consideración la heterogeneidad de los datos de los que tiene que dar cuenta, y convierte ese conjunto heterogéneo en «conjunto significante»: así, sucesivamente, el texto, la imagen, el objeto, la escena práctica, la estrategia de conjunto, son tratados como «conjuntos significantes», de los cuales podemos proponer una descripción actancial, modal, pasional, figurativa y enunciativa, cualquiera que sea el nivel de pertinencia en el que uno se ubique.

La resolución polisensorial y la sinestesia

Una de las cuestiones más difíciles de las semióticas del mundo sensible se debe a las asociaciones polisensoriales. La única figura reconocida bajo este título es el de la «sinestesia», la cual, en su acepción etimológica (lo que es «sentido conjuntamente») no añade mayor claridad al problema planteado, y en su acepción retórica (la equivalencia entre dos modos sensoriales) reduce considerablemente el alcance de ese mismo problema.

Una de esas situaciones difíciles consiste en la evocación, dentro de una semiótica-objeto cuyo modo de expresión utiliza un canal sensorial exclusivo (por ejemplo, la visión en las semióticas «visuales»), de otro modo sensorial: por ejemplo, para las semióticas «visuales», la evocación de sensaciones táctiles o sensorio-motrices. Las contorsiones metodológicas inducidas por esa dificultad son innumerables y particularmente sofisticadas: eso sucede con el memorable fenómeno «háptico» (que nos hace, desde Aristóteles, y pasando por Husserl y por Deleuze, «tocar con los ojos»); pero se dan también efectos arquitectónicos de la imagen y de la escultura, que despiertan en el espectador impresiones sensorio-motrices vinculadas con la experiencia de la pesantez y del equilibrio. ¿Cómo convocar en el análisis de la imagen, sin artificio ni contorsión, la impresión de calor, de pesantez o de desequilibrio dinámico? Una sola solución se presenta actualmente, que es demasiado reductora, la equivalencia sinestésica.

Ahora bien, el recorrido de construcción del plano de la expresión plantea tales cuestiones porque cada plano de inmanencia puede acordar la preeminencia a un modo sensorial, y al momento de la integración en los niveles superiores, varios modos sensoriales deben ser asociados. Sabemos también que la multimodalidad misma induce composiciones polisensoriales (pensemos en el espectáculo de la ópera, por ejemplo) que, independientemente de la resolución sincrética de los modos semióticos, plantean además la cuestión de las armonías y de las desarmonías sensoriales.

La resolución de la heterogeneidad polisensorial obedece a la misma regla general que la resolución sincrética: todas las manifestaciones sensoriales que participan, en el nivel «n», de un efecto de sinestesia, obtenido a partir de un conjunto «polisensorial», sufren, en el nivel «n+1», una redistribución entre los diferentes componentes predicativos, temáticos y figurativos de ese nivel superior.

Por ejemplo, en el análisis de un plato de comida, las diferentes captaciones sensoriales (visibles, táctiles, olfativas y gustativas, y hasta auditivas), formarán asociaciones polisensoriales si uno trata el «plato» como un «texto». Tratar un «plato» como texto es proceder a una suerte de «igualamiento», de «aplanamiento» («de mise à plat»), si así se puede decir, de todas las propiedades figurativas y sensoriales de ese «plato», postulando que el plano de inmanencia pertinente no comprende más que figuras organizadas en texto, y no comprende, por ejemplo, la situación concreta de degustación. Como ese «igualamiento» de las figuras hace que aparezcan equivalencias entre órdenes sensoriales, se concluirá naturalmente en una «sinestesia»: tal propiedad visual evocará entonces, por equivalencia sinestésica, tal propiedad gustativa u olfativa.

Pero si uno eleva el análisis a un nivel superior, el de la práctica de degustación, cada uno de los modos de lo sensible encontrará su lugar en un conjunto de operaciones enlazadas en secuencia (anunciar, prometer, verificar, validar, gustar, etcétera); tal transparencia visual anuncia una textura corruscante; tal figura opaca y compacta promete un bocado consistente y opíparo, etcétera, de suerte que mantienen entonces no solamente relaciones paradigmáticas (de equivalencia o de diferencia), sino, sobre todo, sintagmáticas y predicativas. En suma, cada tipo de manifestación sensorial es susceptible de inducir en una cadena de interacciones del «hacer-sentir», manifestaciones sensoriales de un tipo diferente. Dichas interacciones sintagmáticas no pueden ser captadas más que en el interior de la «escena práctica», y no en los límites del «plato-texto».

Esas relaciones predicativas pueden recibir todas las determinaciones modales y pasionales disponibles: las promesas pueden no ser mantenidas, los anuncios pueden ser engañosos o provocadores, las verificaciones pueden ser decepcionantes o sorprendentes, y la degustación puede ser tranquilizadora o inquietante, apacible o agitada, etcétera.

El curso de la práctica propone, por consiguiente, una forma sintagmática que hace que la concurrencia y la asociación de los modos de lo sensible «signifiquen», y que, por lo mismo, sustituya a la excesivamente desgastada «sinestesia».

Heterogeneidades enunciativas y resolución polifónica

En numerosas situaciones de análisis, especialmente en aquellas que se presentan en las «aplicaciones» de la semiótica, el semiótico tiene que ver con conjuntos heterogéneos, que comprenden series de textos, de imágenes, de objetos, pero sobre todo, cuando, al mismo tiempo, se entremezclan géneros y estructuras de enunciación aparentemente irreductibles las unas a las otras: por ejemplo, en el caso de un análisis de posicionamiento de marca, uno puede ser llevado a explotar tanto copy-strategy, storyboard y campañas de afichaje, como packgings y arquitecturas interiores de espacios comerciales o públicos. Dicho de otro modo, semióticas-objetos que dependen de medias diferentes (cf. supra).

Estaríamos tentados a decir, si esta distinción tuviese aún algún sentido, que ese problema no tiene en cuenta más que la semiótica aplicada y no concierne a la semiótica «fundamental»; sin embargo, si se mira más de cerca, la semiótica fundamental podría ignorar ese tipo de problemas si se ocupase solamente de la forma del contenido, la cual, en efecto, puede ser constante en el conjunto de esos objetos tan dispares. Pero crearía un extraño reparto de tareas considerar que corresponde únicamente a la semiótica «aplicada» resolver los problemas que nacen de la heterogeneidad del plano de la expresión.

En el caso invocado, el de un análisis del posicionamiento que recae en un «corpus» tan heterogéneo, es claro que el nivel de pertinencia requerido no es siquiera el de las prácticas, porque estas son ya en sí mismas diversas y heterogéneas, sino que es necesario tomar en consideración las estrategias, es decir, ese nivel de pertinencia en el que se «ajustan» de manera significante, pertinente y coherente las prácticas entre sí. En ese caso, como la mayor parte de los elementos del «corpus» proceden de enunciaciones específicas y distintas, el «montaje» estratégico deberá componer esa diversidad enunciativa, y acomodar, al mismo tiempo que las prácticas, las diferentes «voces» que las guían, subsumidas por la «voz» de la marca. Sabemos que en el estudio de posicionamiento, la diferencia establecida con la concurrencia presupone al menos la coherencia interna, y por consiguiente, la de las diferentes enunciaciones particulares en el seno de la enunciación general de la marca.

Podríamos evocar otro caso que es aparentemente de menor complejidad, y no obstante, más difícil de resolver: frente a un «corpus» de 15 o 20 entrevistas semi-dirigidas, recogidas de una muestra de usuarios o consumidores, el semiótico se esfuerza por reconstruir el «universo semántico» de las representaciones de esa categoría de usuarios. Para ese efecto, los psicosociólogos han inventado desde tiempo atrás el «análisis de contenido» que se contenta por lo general con cruzar un grupo de temas y una distribución de roles y de puntos de vista, sin pretender, como el semiótico, la unificación del «corpus» bajo un mismo principio de pertinencia.

El análisis semiótico de tales «corpus» se proyecta transversalmente sobre el conjunto de enunciados, de estructuras narrativas, distribuye roles actanciales, extrae sistemas de valores, y procede con cada una de las entrevistas como procedemos cuando actualizamos la significación de un pictograma o de una indicación señalética: cada contribución particular proporciona constituyentes para un conjunto significante de nivel superior, cuyo estatuto no siempre está claramente precisado.

La expresión generalmente adoptada a este respecto, «universo de representación de una clase de usuarios», dice sin embargo, explícitamente, que cada entrevista nos da acceso a un conjunto englobante de nivel superior, unificado por una misma práctica (es decir, por el uso común del conjunto de los usuarios en cuestión, y que permite constituirlos en «clase de usuarios»). Ese conjunto de nivel superior es, pues, en ese caso, una «escena práctica» homogénea. Dicho nivel superior puede incluso ser a veces una «forma de vida», cuando la clase de usuarios es suficientemente amplia, por ejemplo si coincide con un «socio-estilo». Se ve bien entonces cómo se define ese conjunto de nivel superior: es una construcción del análisis (una «semiótica construida»), que, reduciendo la heterogeneidad de las enunciaciones y de los textos propuestos, extrae los constituyentes y la sintaxis de una práctica significante.

Eso, sin embargo, no resuelve la heterogeneidad de las enunciaciones: ¿cómo tantos actantes de enunciación diferentes pueden comunicar en una misma «representación compartida»? Una de dos: o bien esa representación compartida no es más que una construcción social, un simulacro eventualmente inscrito en los cuerpos, como el habitus, o bien es una configuración semiótica, práctica, estratégica o forma de vida. En el primer caso, no tiene nada que decir; en el segundo caso, la semiótica debe estatuir sobre la enunciación de tal «representación compartida».

La semiótica textual ha encontrado ya esta cuestión, y aparentemente la ha resuelto con la noción de «polifonía»: la multitud postulada de las «voces» que se expresan en un texto es distribuida en una jerarquía de planos de enunciación. Pero esa solución es también reductora porque escamotea toda la complejidad de los «diálogos» potenciales entre enunciaciones reduciéndolos a equivalencias y a relaciones entre niveles. Para restituir toda la complejidad de esas voces múltiples, por cacofónica que sea, es necesario suponer un espacio de enunciación impersonal y colectivo, en cuyo seno salen a luz estrategias de ajuste, de conflicto y de colusión, y dan forma, en el nivel superior, a una «representación compartida».

De hecho, lo sabemos por experiencia, en el universo semiótico de una clase de usuarios, la modelización extrae posiciones y sistemas de valores, una «cartografía» donde cada enunciación particular puede ser asignada a una posición tipo, y el conjunto de posiciones tipos forman un sistema modelizable. Cualquiera que sea el modelo utilizado, estructura elemental o secuencia narrativa canónica, entre otros, cada discurso particular explota uno de los términos [de la estructura elemental], una de las etapas [de la secuencia narrativa], más que las otras. La modelización transforma en cierto modo la cacofonía en distribución de roles interactivos, y las posiciones interdefinidas son ocupadas por actantes que las defienden contra las otras posiciones posibles. Y por consiguiente, la multiplicidad de «voces», observable en el nivel «n», no es reducida en el nivel «n+1», sino redistribuida en el interior de un juego de roles, de una estructura actancial, modal y axiológica, que se sitúa, por lo menos, en el nivel de las estrategias.

La multiplicidad de las «voces enunciativas» sufre, pues, la misma suerte que la polisensorialidad y que la multimodalidad: la heterogeneidad es resuelta (y no reducida) por redistribución en el interior de un plano de inmanencia que reconfigura la diversidad en distribución coherente.

En suma, la jerarquización de los niveles de pertinencia permite oponer dos modos de análisis:

1/ La «aplanación» [«mise à plat»] descriptiva en el nivel «n»:

Las estructuras formales y su entorno sustancial están situadas en el mismo nivel, unas conservadas como pertinentes y las otras declaradas «no pertinentes», o, en el caso de las teorías y de los métodos de frontera «porosa», se invocan en el análisis a título de «contexto», de «instancias presupuestas» o de «experiencia subyacente».

2/ La «puesta en relieve» analítica en el nivel «n+1»:

Las estructuras formales del nivel «n» encuentran un lugar y un rol en el interior de estructuras englobantes que asignan así un rol y un lugar a lo que era considerado, en el nivel «n» como sustancial, material o contextual.

Esa distribución (aplanación / en relieve) [à plat / en relief], aunque metafórica, expresa, sin embargo, el hecho de que en cada paso al nivel superior, se añade una dimensión al plano de la expresión, y de que el añadido de esa dimensión suplementaria consagra la discontinuidad del análisis de un nivel a otro:

(i) por ejemplo, del signo al texto-enunciado, se añade la dimensión «tabular» y la toma en consideración de la superficie (o del volumen) de inscripción, y/o la dimensión temporal de la expresión: esa superficie, ese volumen, o esa sustancia temporal de inscripción son dotadas de reglas sintácticas por la disposición de las figuras (una suerte de «malla» virtual);

(ii) o también, del texto-enunciado al objeto (especialmente al objeto-soporte), se añade la dimensión del espesor (por tanto del volumen) y de la complejidad morfológica del objeto mismo (envoltura / estructura material); esa nueva dimensión (el «espesor» y la complejidad de los materiales) implica principalmente, desde un punto de vista semiótico, propiedades de resistencia al uso y al tiempo, y más generalmente, la «corporeidad» de las figuras semióticas;

(iii) a continuación, del texto-enunciado y del objeto a la práctica, se añade la dimensión de las propiedades deícticas (espacio tridimensional y temporalidad referidos a un cuerpo centro de referencia) propios de una escena, así como otras propiedades temporales (el «aspecto» y el «ritmo» de la práctica, principalmente), etcétera. En ese caso, estructuras espaciales y temporales independientes del texto y del objeto acogen, localizan y modalizan las interacciones de los que participan en la práctica: se puede hablar entonces con todo derecho de la dimensión «topo-cronológica» de la escena predicativa;

(iv) esa progresiva autonomización de las propiedades espacio-temporales con relación a las figuras pertinentes (actores, objetos, etcétera) desemboca en las estrategias, en el sentido en que, en ese caso, los regímenes temporales y los dispositivos espaciales igualmente «abstractos», así como las formas de complejidad irreductibles (encabalgamientos e intersecciones) determinan los tipos de acomodación entre prácticas;

(v) en fin, para desembocar en el nivel de las formas de vida, hay que acceder primero a la dimensión estilístico-axiológica de las semióticas-objetos, una dimensión en cierto modo teleológica, que desborda los objetivos de las prácticas y de las estrategias para inscribir los valores en una instancia irreductible a todas las precedentes: el Otro, ya sea que participe de una alteridad estética, o de aquella de la cual la ética nos hace responsables (cf. infra).

De esa manera, el recorrido de integración de los diferentes niveles de pertinencia toma el aire de un «recorrido generativo de la expresión», en el que, partiendo de una situación de amalgama, que constituye un «fondo» sustancial del que únicamente se destacan «figurassignos» elementales, vemos cómo se van formando progresivamente nuevas dimensiones pertinentes que, al acumularse, definen niveles autónomos que exigen análisis específicos:

(i) la dimensión tabular-plástica de los textos;

(ii) la dimensión corporal de los objetos;

(iii) la dimensión topo-deíctica de las escenas;

(iv) los regímenes de acomodación espacio-temporales y aspectuales de las estrategias; y

(v) la alteridad ética o estética (globalmente: teleológica) de las formas de vida.

Gracias a la acumulación de esas dimensiones, podemos hablar de «recorrido generativo de la expresión» en el mismo sentido en que hablamos del recorrido generativo de los contenidos de significación, caracterizado por la «progresiva coagulación del sentido». Y es también esa acumulación progresiva la que garantiza a la vez la hétero-morfía entre los niveles, y la que hace del análisis un proceso discontinuo.

RETÓRICAS ASCENDENTES Y DESCENDENTES DE LA MANIFESTACIÓN
Generación de tipos y producción de ocurrencias: el recorrido de la manifestación

El recorrido de integración ha sido definido, primero, por referencia a la concepción lingüística propuesta por Benveniste. Ha sido adaptada a continuación a una concepción generativa, que procede por acumulación progresiva de dimensiones. Tanto una como otra obedecen a una dirección única, la dirección ascendente, que va de las semióticas-objetos elementales que desembocan en semióticas-objetos heterogéneas; de lo más simple a lo más complejo.

Hay que imaginar ahora que ese recorrido de generación pueda funcionar también como una sintagmática de la manifestación semiótica. Desde el punto de vista de un recorrido generativo que no se ocupa más que del engendramiento de semióticas-objetos tipos, los signos desaparecen en cuanto tales en el interior de las estrategias y de las formas de vida. Pero desde el punto de vista de un recorrido de manifestación, es decir, de producción concreta de semióticas-objetos particulares (las ocurrencias), entonces los signos son aún identificables en cuanto tales sobre los objetos, y las prácticas también son identificables en el interior de las formas de vida que las subsumen.

Además, desde el punto de vista de la manifestación, la integración de una semiótica-objeto en otra procede gradualmente. Si consideramos, por ejemplo, las diferentes maneras de integrar un texto en una pintura, podemos encontrar los casos siguientes: (i) la inscripción del texto en desorden, o siguiendo las líneas del contorno o de construcción de la pintura; (ii) la inscripción del texto en su forma impresa (tabular); (iii) la inscripción del texto con representación del marco de la página; (iv) la inscripción del texto en una zona de color específica, en los límites del marco; (v) la representación del objeto figurativo sobre el cual está inscrito el texto (por ejemplo, una hoja, o un libro); (vi) la representación de la escena de escritura (objeto para escribir, mano, autor…) en la pintura; (vii) «collage» del objeto de escritura sobre la tela.

Esos siete casos corresponden a siete grados de integración del texto, con el añadido de una dimensión a cada grado: (i) los caracteres, y las figuras que forman; (ii) su sintaxis de inscripción; (iii) los bordes de la superficie de inscripción; (iv) la materialidad de la superficie; (v) el objeto-soporte; (vi) la práctica de escritura; (vii) una confrontación estratégica entre la práctica de escritura y la práctica de pintura. Esa gradualidad de las integraciones figurativas es una propiedad esencial y discriminante de un proceder de manifestación semiótica.

Sin embargo, la diferencia más importante entre esos dos tipos de recorrido queda aún por venir: el recorrido generativo no funciona más que en un solo sentido, el de integración ascendente, mientras que el recorrido de manifestación funciona en los dos sentidos: el de integración ascendente y el de integración descendente.

El recorrido de manifestación ascendente obedece a la integración progresiva canónica: los textos integran las figuras, los objetos integran los textos, las prácticas integran los objetos, etcétera. Como en todos los recorridos canónicos, las realizaciones concretas pueden soportar numerosas variantes y, principalmente, movimientos inversos (integración descendente), pero también síncopas, en el sentido ascendente o descendente.

En integración descendente, una práctica puede manifestar una estrategia o una forma de vida; un texto puede manifestar una práctica, así como los otros niveles superiores, y un signo puede, por último, manifestar toda una forma de vida. Las síncopas, por su parte, consisten en integraciones no progresivas, que «saltan» uno o varios niveles, en un sentido o en otro.

Integraciones y síncopas ascendentes

Las síncopas ascendentes consisten, pues, en «saltar» uno o varios niveles del recorrido de integración canónico. Por ejemplo, la «desmaterialización» del soporte de las escrituras, que suprime el nivel del objeto, nos hace pasar directamente del texto a la práctica. Sabemos que hay que desconfiar de los discursos sobre la «desmaterialización» de nuestra vida cotidiana, pero los modos de pago electrónico, por ejemplo, si no suprimen el «objeto» que es explotado en una práctica (la tarjeta magnética), ofrecen sin embargo una alternativa a los soportes de inscripción de las unidades del valor monetario (los billetes de banco), que suprime, en la práctica de la compra y de la venta, uno de los objetos del intercambio.

Por lo demás, aunque el estatuto material del discurso verbal oral ha sido sistemáticamente ocultado por la lingüística estructural, la mayor parte del análisis de las interacciones orales reposan en esa misma síncopa «desmaterializante», que «desencarna» las prácticas del lenguaje, y que puede, evidentemente, en la perspectiva aquí abierta, ser puesta en cuestión.

La síncopa ascendente puede ser más radical aún: suspendiendo todos los niveles anteriores, permite que uno de los niveles del recorrido tome su autonomía y pase por «originario»: así, encontraremos objetos sin figuras-signos ni texto aparentes, como sucede con la mayor parte de los utensilios. Esta última posibilidad nos lleva aparentemente a los límites del dominio que es tradicionalmente asignado a la semiótica, puesto que proporciona un estatuto semiótico a manifestaciones sociales y culturales que, en último término, pueden no conllevar ninguna «figura-signo», «ningún texto-enunciado», y a fortiori, ninguna relación con manifestación verbal alguna.

Pero, como lo hemos recordado más arriba al tratar de los «objetos», su significación y sus capacidades de comunicación (sobre todo respecto de los usuarios) está lejos de limitarse exclusivamente a los textos y a las inscripciones que llevan consigo: los colores, los volúmenes y las formas (es decir, en cierta manera, su dimensión plástica, y no solamente su dimensión figurativa y verbal) comunican y significan de manera eficaz en el interior de la práctica.

Del mismo modo, podríamos estar tentados a reconocer prácticas sin objeto material, directamente ancladas en una «topo-cronología deíctica», centrada en un cuerpo de referencia, como la danza o el mimo. Además de que la danza implica un texto musical, eso sería olvidar que esa topo-cronología es una estructura de acogida que hace significar a los cuerpos, y no solamente como centros de referencia deíctica, sino también con todas sus propiedades de cuerpos (forma de la envoltura, densidad de la estructura material, tipos de movimientos, etcétera)28. Es cierto que esos no son «objetos» en el sentido corriente, pero sí son, sin embargo, soportes de inscripción: la expresión coreográfica consiste justamente en inscribir figuras en los cuerpos de los bailarines, como se hace de ordinario sobre objetos, y son siempre esos «cuerpos» danzantes los que manifiestan el principio de resistencia y de permanencia propia del nivel objetal.

Finalmente, tales síncopas ascendentes no invalidan la jerarquía de los niveles de pertinencia en la medida en que esos utensilios o esas prácticas pueden ser objeto de una notación o de una presentación textual. Si esa presentación es anterior al uso o a la construcción del objeto, o a la puesta en marcha de la práctica, tenemos que ver entonces con un texto o con una imagen de prefiguración (por ejemplo, el esquema gráfico de un utensilio). Si esa presentación es posterior, nos enfrentamos a textos y a imágenes de representación (por ejemplo, en una instrucción de montaje, la fotografía del mueble que hay que armar). La receta de cocina es un texto de prefiguración, que puede comportar a la vez un discurso de instrucción previo a la práctica culinaria, y una imagen de prefiguración del plato por preparar. En los hechos, con frecuencia resulta difícil saber, en ausencia de una indagación genética, si nos enfrentamos a «prefiguraciones» o a «representaciones», pues, en función de las experiencias anteriores de cada uno, lo que puede pasar para unos por una representación a posteriori, para otros no será más que una prefiguración a priori.

Integraciones y síncopas descendentes

Cada nivel superior es susceptible de ser manifestado en los niveles inferiores, según el recorrido de integración descendente. La integración ascendente procede por complejificación, y por añadido de dimensiones suplementarias, mientras que la integración descendente procede por reducción del número de dimensiones. Los dos recorridos, sin embargo, no son el inverso uno de otro: en integración ascendente, un texto va a encontrarse inscrito en un objeto y manipulado en una práctica; en integración descendente, una práctica va a encontrarse emblematizada por un objeto, o puesta en escena en un texto. La diferencia entre las dos integraciones radica en que los dos recorridos de integración son recíprocos pero asimétricos: cuando la práctica integra un texto en su manifestación lo hace en el sentido ascendente, que obedece a la regla del recorrido generativo de los planos de inmanencia, mientras que cuando el texto integra una práctica, lo hace en el sentido descendente, a contrapelo del recorrido jerárquico generativo.

En el sentido ascendente se procede por despliegue de propiedades y de dimensiones de expresión, lo cual permite que una semiótica-objeto integrada conserve sus propiedades y todas sus dimensiones: integrados en una práctica de lectura, un texto y un libro siguen siendo lo que son aisladamente, y tienen siempre las propiedades semióticas de un texto o de un libro; mientras que en el sentido descendente, se procede por reducción de propiedades y de dimensiones, y por transposición de un tipo de expresión a otro, de suerte que la semiótica-objeto integrada deba contentarse con las propiedades de la semiótica-objeto de acogida: integrada a un texto, una práctica queda reducida a una manifestación textual; integrada a un objeto, una estrategia se reduce a una manifestación objetual-corporal; integrada a una figura-signo, una forma de vida queda reducida a una manifestación figurativa, y así por el estilo.

Este movimiento de integración descendente está particularmente bien ilustrado por la historia de la retórica: concebida en su origen como el arte de hablar en público, y especialmente en prácticas sociales bien identificadas, como aquellas que se desarrollaban en los recintos judiciales y en las asambleas deliberativas, se convirtió más tarde, en una colección de procedimientos decorativos, a base de figuras y de tropos, en géneros considerados generalmente como artísticos. Ahí se dio el paso de la retórica general a la retórica «restringida». Es claro que la reducción en cuestión (de lo «general» a lo «restringido») es el resultado de un cambio de nivel de pertinencia: se ha pasado, en efecto, del nivel de las prácticas sociales al nivel de los textos y al de sus figuras; y es esa proyección textual, esa integración descendente la que reduce la gama de las propiedades y la que traspone una praxis social viviente y compleja en formas textuales.

El caso de la danza es particularmente interesante, puesto que, por un lado, responde perfectamente a los criterios de una práctica, esquematizable en «escena predicativa», y, por otro lado, integra con toda evidencia, como Landowski insiste en ello recientemente, «ajustes» entre los cuerpos en movimiento. Ahora bien, los ajustes entre prácticas y sus regímenes espacio-temporales dependen de estrategias, y cuando hablamos de ajuste entre cuerpos en movimiento, tendríamos que hablar, para ser más precisos, de ajustes entre prácticas que implican cuerpos en movimiento (y ese es el caso en la mayor parte de las situaciones de la vida cotidiana). De hecho, la danza es una práctica homogénea, más o menos codificada, que integra (en el sentido descendente) formas de ajuste estratégico. En efecto, a partir de lo que se presenta en la vida cotidiana como ajustes entre prácticas autónomas y concurrentes (personas que se encuentran, que se cruzan, que se tocan, que se separan, cada una en el interior de su práctica en curso), la danza propone una sola práctica para dos o varios cuerpos.

Por tanto, así como las prácticas pueden ser «puestas en textos», en géneros de textos particulares (como las instrucciones de montaje y las recetas de cocina), las estrategias pueden ser «puestas en práctica» en géneros de prácticas específicos, como la danza, gracias a una condensación de sus propiedades semióticas. Y en ese caso, las estrategias de ajuste de los desplazamientos cotidianos deben contentarse con una representación y con una trasposición en una sola práctica, y someterse a las propiedades y a las reglas de esa sola práctica.

En caso de síncopa descendente, una forma de vida (ideología, creencia, relato, mito, etcétera) puede ser condensada y representada en un solo rito (una práctica particular), y hasta en una sola figura. De cierta manera, Pascal apelaba a una síncopa similar y a una condensación parecida cuando preconizaba: pónganse de rodillas, recen, y creerán: una forma de vida toda entera se encuentra a la vez condensada figurativamente en una práctica cotidiana, la oración, y en el texto y su soporte corporal, porque esa práctica es susceptible de engendrar un nuevo despliegue completo de la forma de vida. En suma, el conjunto del proceso solo es «eficaz» si, en producción, la síncopa descendente (de la forma de vida a la práctica o al texto) suscita, en explotación29, un redespliegue ascendente (de la práctica a la forma de vida).

Guardadas todas las proporciones, el logo de una marca obedece formalmente al mismo principio de síncopa y de condensación «descendentes». Como se trata de un icono-texto, y hasta de una simple figura a veces, dicha condensación es producida por una síncopa del mayor alcance, que produce un efecto de simbolización: el logo manifiesta entonces sin mediación tanto una escena figurativa típica (un texto), como una práctica (el oficio de la marca), o como una forma de vida (valores, un estilo estratégico, etcétera). De la misma manera, la eficacia estratégica de esa condensación depende de su capacidad de producir una tensión problemática, que invita, en la fase de explotación-interpretación, al redespliegue interpretativo ascendente.

El caso de Liaisons dangereuses (Laclos)

Tres juegos de roles para tres segmentos textuales.- Nos proponemos examinar aquí un caso muy particular de integración descendente, tomado de la literatura30. La novela epistolar de Choderlos de Laclos, Las relaciones peligrosas31, se abre, en efecto, antes de la presentación de las cartas mismas, con una «advertencia del editor» y con un «prefacio del redactor».

La advertencia del editor pone en cuestión la «autenticidad» de la colección de las cartas, y sobre todo, la verosimilitud de las costumbres que en ellas son puestas en escena, cuyos aspectos más excesivos le parecen poco conformes con las costumbres de su tiempo.

El prefacio del redactor, por su parte, se extiende ampliamente sobre el método de composición de la colección y sobre el grado de intervención del redactor en los originales de las cartas reunidas: la selección y el orden establecido entre las cartas, las propuestas y las tentativas de reducir algunas de ellas, los pedidos de modificación estilística de otras (rechazados por sus autores, se nos dice). Aborda luego los objetivos y las posibles recepciones de su publicación: prevenir a los lectores contra la gente de malas costumbres; dar a conocer las estrategias de corrupción para suscitar resistencias y contra-estrategias. Además, el «redactor» se entrega a una curiosa revisión de los anti-lectores (aquellos a los que el libro no les va a gustar): los depravados, los rigoristas, los espíritus fuertes, las personas delicadas, etcétera.

Ese dispositivo despliega, en suma, la jerarquía concreta (actorial) que recubre eso que se ha convenido en llamar la «enunciación presupuesta» de la novela: los «autores» de las cartas, un «redactor» que las escoge, las retoca y las pone en orden, y un «editor» que decide poner el resultado a disposición del público32. De hecho, dicha distribución de roles actoriales atañe también, más profundamente, a los roles actanciales, porque cada uno de ellos interviene en un nivel de pertinencia específico, donde van a relacionarse con interactantes, también ellos específicos.

a/ Enunciadores manipulan enunciatarios vía epistolar en un plano de inmanencia estrictamente textual, el de la producciónenunciación de cartas.

b/ El redactor pone en escena las cartas, a disposición de los lectores, y en el interior de una práctica literaria (selección, reescritura, composición, etcétera), cuyos coparticipantes están predefinidos: (i) los autores que conservan aún un derecho sobre sus enunciados; (ii) un redactor que despliega su ethos, desvela las razones de su elección y define la temática de la manipulación principal, y (iii) una serie de tipos de lectores que se resisten a esa manipulación por razones que les son propias. El plano de inmanencia es aquí claramente la práctica, y su descripción es la de una práctica que comprende roles actanciales, modalizaciones, producción y uso de objetos concretos.

c/ El editor instala también, por su parte, un juego de roles: frente a sí no se encuentran los «lectores» (que son los copartícipes atraídos por el redactor), sino un «público», es decir, un actor colectivo susceptible de participar con él en un intercambio comercial complejo. Puesto que ese público no solo debe ser capaz de comprar la obra, sino que debe estar ante todo en condiciones de confrontar el contenido con otras informaciones y con experiencias de otra naturaleza distinta de la que le ofrecerá esta lectura. Su discurso trata en lo esencial sobre la no-concordancia entre las experiencias y las prácticas sociales atestiguadas por la vida cotidiana, por una parte, y aquellas que ofrece la lectura de la obra, por otra parte: el redactor habría escogido cartas que expresan costumbres de otros lugares o de otros tiempos, haciéndolas pasar por cartas actuales y francesas. En ese sentido, este discurso concierne más bien a la acomodación entre prácticas distintas y entre las experiencias que les corresponden, que a la compra del libro: el argumento de la inautenticidad y del «desajuste» entre prácticas, dirigido a un «público» que tiene todos los rasgos de la opinión pública, supone, pues, que se ha cambiado aquí de nivel de pertinencia, y que el interés se centra en la congruencia y en la acomodación estratégicas. En suma, al denunciar la incongruencia, o sea, el exotismo, del cuadro de costumbres que se formará en el momento de la lectura del libro, en relación con las observaciones y con las prácticas cotidianas y contemporáneas de los lectores, el editor se coloca en el quinto nivel de los planos de inmanencia, en el de las estrategias.

La integración descendente, que permite «poner en texto», y aparentemente en el mismo plano textual, a la vez la estrategia (editorial y comercial), la práctica (redaccional) y el texto del intercambio epistolar, va acompañada de varios efectos notables, los cuales son el resultado de las condiciones formales de dicha integración.

Tres géneros textuales.- Para comenzar, el texto integrador es segmentado en tres conjuntos que corresponden a tres «géneros» de discurso diferentes, la advertencia, el prefacio y las cartas, y esa segmentación plantea difíciles problemas a quien quisiera decidir los límites del «texto». De hecho, podemos verificar aquí que la integración descendente de varias semióticas-objetos en una sola de nivel inferior obedece al principio de la especificación genérica: todas se encuentran en el mismo texto, pero bajo géneros diferentes y con títulos que marcan claramente las fronteras genéricas.

En otros términos, la integración descendente requiere, en el nivel de acogida, géneros específicos apropiados a dicha integración, como son aquí la «advertencia» y el «prefacio», y en otros casos, la «receta», el «modo de empleo» o la «instrucción de montaje». Esa diferenciación de los géneros permite también compensar la «aplanación» [«mise à plat»] del dispositivo semiótico: incluidos en un mismo texto, las diferentes instancias que son la estrategia, la práctica y el texto-enunciado son aún reconocibles y están jerarquizadas por su género. Solo esa diferencia entre géneros permite evitar una contaminación definitiva por la ficción: es cierto que la ambigüedad permanece, y la Advertencia y el Prefacio no dejan de evocar precauciones retóricas que se apoyan en un artefacto textual, pero la diferencia de los géneros mantiene, no obstante, un resto de separación entre los planos de inmanencia potenciales.

Uno podría preguntarse (pero ese sería el objeto de una investigación aparte que consistiría en medir todas las consecuencias de esta hipótesis) si la cuestión de los géneros encontraría, en esta perspectiva, una solución sintagmática, y no solo paradigmática, como es actualmente el caso. En efecto, un género tomado aisladamente no aparece jamás tan claramente, como es el caso en el comienzo de Las relaciones peligrosas, como una condición y como un medio de integración de semióticas-objetos en un plano de inmanencia inferior al suyo propio. La operación de integración descendente (con o sin síncopa) podría ser descrita, para estirar la metáfora, como la proyección plana, en una sola superficie, de varios objetos multidimensionales situados a alturas diferentes, de composición y de forma diferentes. Una vez proyectadas sobre el plano textual, las semióticas-objetos de nivel superior no tienen más que propiedades textuales, pero algunas de esas propiedades textuales conservan en alguna medida el «recuerdo» de su estatuto semiótico anterior a la proyección: esas son las propiedades específicas que permiten identificar géneros. Esto, en producción; mas en explotación-interpretación, el redespliegue ascendente permite reconstruir la práctica correspondiente.

La sintagmática de los géneros y de los tipos.- Lo mismo ocurre, probablemente, con todos los géneros. Tradicionalmente, los géneros han sido considerados como hechos culturales, que restringen y guían también tanto la producción como la interpretación de las semióticas-objetos, principalmente para las concepciones que los consideran como «instrucciones de lectura». Y esa aproximación es paradigmática en la medida en que solo puede distinguir los géneros entre sí, distinguir y confrontar los tipos de instrucciones de lectura, construir, en suma, tipologías sobre la base de rasgos diferenciales. Pero debemos advertir inmediatamente que, incluso definidos como «instrucciones de lectura», las propiedades de un género establecen cierta relación entre dos planos de inmanencia: por un lado, el texto; por el otro, la práctica. Y solo se habla de «género» si en el texto mismo podemos identificar las propiedades que, en el nivel de pertinencia de la práctica, serán consideradas como «instrucciones»: sus propiedades textuales son, en efecto, los disparadores del redespliegue ascendente en instrucciones prácticas, y ellas inducen el tipo de práctica adecuado al género. En suma, el principio general obedece al esquema siguiente:


En el caso particular de Las relaciones peligrosas, el esquema adopta la forma siguiente:


Volveremos sobre este punto, pero el caso de Las relaciones peligrosas nos invita, sin embargo, a adelantar una definición de los géneros culturales, que será de tipo sintagmático: un género consiste en el conjunto de las propiedades, observables en una semiótica-objeto dada, que corresponden a las posibles incorporaciones que la semiótica-objeto considerada, ha tomado a su cargo en un plano de inmanencia de nivel superior. Se supone que esas propiedades han sido obtenidas por «proyección» descendente a partir de planos de inmanencia de nivel superior. Precisemos el objeto de esa proyección: son las reglas de la inserción sintagmática de la semiótica-objeto de nivel n en la de nivel n+1; proyectadas en el plano de inmanencia inferior, aparecen en él como propiedades genéricas.

Con razón, se puede hablar entonces de «géneros de signos» en función de textos, objetos y prácticas en los cuales pueden funcionar, o de «géneros de prácticas», según las estrategias y las formas de vida en las que pueden hallar lugar, así como de «géneros de textos», según las prácticas, estrategias y formas de vida donde esos textos puedan ser explotados.

Inversamente, podemos proponer denominar «tipos» el conjunto de instrucciones propias de una semiótica-objeto para la explotación de otras semióticas-objetos de nivel inferior. Dichas instrucciones se supone que son obtenidas por «inducción-redespliegue», en el curso de la integración ascendente a partir de las de nivel inferior. En pocas palabras, los «tipos» se proyectan en «géneros» en integración descendente, y los «géneros» se redespliegan en «tipos» en integración ascendente.

Encajes enunciativos.- Formalmente, y según la concepción tradicional de los «planos de enunciación», los tres géneros que se encadenan al comienzo de Las relaciones peligrosas dependen de tres enunciaciones, que comprenden tres juegos de roles actanciales, los cuales se encajan unos en otros. Sin embargo, las cosas resultan un poco más complejas desde el momento en que observamos que esos planos de enunciación no son planos «estancos», sino que existe entre ellos cierto número de interacciones:

1/ El redactor propone modificaciones a los autores de las cartas, modificaciones que ellos rechazan.

2/ El redactor juzga el comportamiento de los autores de las cartas en cuanto actores de costumbres narradas.

3/ El redactor trata de persuadir al conjunto de sus lectores potenciales, incluido el editor, de su buena fe y de su sinceridad.

4/ El editor juzga que el texto propuesto por el redactor es inauténtico, y no se deja persuadir por él.

Nos vemos conducidos a considerar que el mismo actor cumplirá roles temáticos y actanciales diferentes, según el plano de inmanencia (y aquí, según el género) al cual debe estar asociado: así, los «autores» de las cartas son:

(i) enunciadores en las cartas para enunciatarios y protagonistas;

(ii) autores responsables, en el prefacio, para el redactor y los lectores;

(iii) testigos, individuos que dan testimonio de las costumbres, en la advertencia, para el editor y para el público.

Pero esa integración descendente produce, no obstante, una confrontación, que permanece irresoluble, entre la «verosimilitud» y la «verdad» de las cartas:

(i) el redactor confiesa haber sacrificado, contra su voluntad, la verosimilitud (composicional, estilística) a la verdad: se ha visto obligado a conservar las cartas «verdaderas», las cartas escritas por los autores sin modificarlas como él hubiera deseado, y

(ii) el editor denuncia la «autenticidad» (la verdad) a partir de un error de verosimilitud (la no-congruencia entre las costumbres actuales y las costumbres puestas en escena);

(iii) esa confrontación solo es irresoluble (¿quién tiene la razón?) en virtud de la integración descendente, que las coloca en el mismo texto; pero si redesplegamos los niveles de pertinencia, no nos asombraremos de que, en una perspectiva ética (la del redactor), la verosimilitud y la verdad se combatan, y que, en una perspectiva de estrategia editorial y comercial, la verosimilitud se imponga a la verdad.

Esa puesta en escena es propia de una época y de una cultura, en las que la «puesta en abismo» y las «enunciaciones encajadas» fueron particularmente apreciadas, y todo a causa de una crisis de la representación literaria. Se desarrolla entonces una suerte de «meta-semiótica» del texto de ficción, donde se puede reconocer a la vez una estética, una ética y una ideología de la producción literaria. Esa nueva dimensión, en cierto modo teleológica, y que por eso mismo desborda prácticas y estrategias, señalaría el horizonte de una forma de vida (cf. supra).

Además, propone al usuario-lector un recorrido de manipulación-identificación particularmente sofisticado, al poner en escena para él, y en tres estratos sucesivos, que comprenden roles, modalidades y pasiones específicas, su «entrada en materia»: público de la edición, lector de la obra redactada, y narratario indiscreto de la ficción epistolar. Dicho recorrido, en sí mismo canónico, y hasta inevitable, aunque su inscripción en el texto lo problematiza, permite, por la confrontación irreductible de las posiciones, someterlo a una evaluación crítica, y por lo tanto, manipular sistemáticamente los diferentes roles que el enunciatario debe asumir.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
16 ocak 2025
Hacim:
497 s. 30 illüstrasyon
ISBN:
9789972453304
Telif hakkı:
Bookwire
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