Kitabı oku: «Semiótica del discurso»

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SEMIÓTICA DEL DISCURSO

Jacques Fontanille



Colección Biblioteca Universidad de Lima

Semiótica del discurso

Primera edición digital, marzo 2016


©Jacques Fontanille
©De la traducción: Óscar Quezada Macchiavello
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ISBN versión electrónica: 978-9972-45-311-3

… de todas las comparaciones que se pueden imaginar, la más demostrativa es la que se puede establecer entre el juego de la lengua y el de una partida de ajedrez. En uno y otro caso, nos encontramos en pre senc ia de un sistema de valores y asistimos a sus mo dificaciones. Una partida de ajedrez es co mo una realización artificial de lo que la len gua nos presenta en forma natural.

Ferdinand de Saussure, Curso de Lingüística General.

Índice

Prólogo

Capítulo I DEL SIGNO AL DISCURSO

1. Signo y significación

1.1 Diversidad de aproximaciones al sentido

1.2 Las teorías del signo

2. Percepción y significación

2.1 Los elementos que han de ser retenidos

2.2 Los dos planos de un lenguaje

2.3 Lo sensible y lo inteligible

Capítulo II LAS ESTRUCTURAS ELEMENTALES

1. Las estructuras binarias

1.1 La oposición privativa

1.2 La oposición entre contrarios

2. El cuadrado semiótico

2.1 Las relaciones constitutivas

2.2 La sintaxis elemental

2.3 La polarización axiológica

2.4 Los términos de segunda generación

3. La estructura ternaria

3.1 Los tres niveles de aprehensión de los fenómenos

3.2 Propiedades de los tres niveles

3.3 Los modos de existencia

4. La estructura tensiva

4.1 Problemas en suspenso

4.2 Las nuevas exigencias

4.3 Las dimensiones de lo sensible

4.4 La correlación entre las dos dimensiones

4.5 Los dos tipos de correlación

4.6 De las valencias a los valores

4.7 Balance

Capítulo III EL DISCURSO

1. Texto, discurso, relato

1.1 El texto

1.2 El discurso

1.3 El relato

1.4 Texto y discurso

1.5 Relato y discurso

2. La instancia de discurso

2.1 La toma de posición

2.2 El “brague”

2.3 El campo posicional

3. Esquemas discursivos

3.1 Los esquemas de tensión

3.2 Esquemas canónicos

3.3 La sintaxis del discurso

Capítulo IV LOS ACTANTES

1. Actantes y actores

1.1 Actantes y predicados

1.2 Recorridos de la identidad, roles y actitudes

1.3 Actantes y actores de la frase

2. Actantes transformacionales y actantes posicionales

2.1 Transformación y orientación discursiva

2.2 Los actantes posicionales

2.3 Los actantes transformacionales

2.4 Campo posicional y escena predicativa

3. Las modalidades

3.1 La modalidad como predicado

3.2 La modalización como imaginario pasional

Capítulo V ACCIÓN, PASIÓN, COGNICIÓN

1. Acción

1.1 La reconstrucción por presuposición

1.2 La programación de la acción

2. Pasión

2.1 La intensidad y la cantidad pasionales

2.2 La dimensión pasional del discurso

3. Cognición

3.1 Saber y creer

3.2 Captaciones y racionalidades

4. Intersecciones y engastamientos

4.1 Engastamientos

4.2 Lo sensible y lo inteligible

Capítulo VI LA ENUNCIACIÓN

1. Recapitulación

1.1 La instancia propioceptiva

1.2 El campo de presencia

1.3 Las lógicas del discurso

2. Confrontaciones

2.1 Enunciación y comunicación

2.2 Enunciación y subjetividad

2.3 Enunciación y actos de lenguaje

3. La praxis enunciativa

4. Las operaciones de la praxis

4.1 Las tensiones existenciales

4.2 El devenir existencial de los objetos semióticos

4.3 El devenir existencial de la instancia de discurso

5. La semiosfera

Prólogo

Este libro es un manual dirigido a los estudiantes del segundo y tercer ci clos, así como a todos los que, ya un poco informados de las teorías y de los métodos propios de las ciencias del lenguaje, se in te resan por la teoría de la significación. En efecto, este libro se propone ha cer la sín tesis de las adquisiciones de la investigación en semiótica. Otros manuales de semiótica, concebidos y publicados en el curso de los años se tenta y ochenta, dan ya una visión de conjunto de la disciplina, en la pers pectiva del análisis estructural de textos. Éste se esfuerza por presentar, en suma, “lo que ha pasado” luego, en los años ochenta y noventa, conser van d o en segundo plano las anteriores adquisiciones.

Es cierto que estas diferentes investigaciones han sido desarrolladas des de perspectivas con frecuencia divergentes, a veces incluso francamente polémicas. Pretender hacer la síntesis es, pues, aceptar borrar en par te estas divergencias, para conservar las grandes líneas de conver gencia; es, también, renunciar a tomar en cuenta ciertas propuestas más di fíciles de integrar. Cada una de las investigaciones que han contribuido a la elaboración de este libro —par ticu larmente las de Denis Ber trand, Jean-François Bordron, Jean Claude Coquet, Jean-Marie Floch, Jac ques Geninasca y Claude Zilberberg— pierden en especificidad, es cier to, pero la disciplina en su conjunto ganará en “legibilidad”; así lo es peramos.

¿Qué es, pues, lo que ha pasado? En los años sesenta, la semiótica se cons tituyó como una rama de las ciencias del lenguaje, en la confluencia de la lingüística, de la antropología y de la lógica formal. Como to das las otras ciencias del lenguaje, la semiótica ha atravesado el período llamado “estructuralista”, del que ha salido dotada de una teoría fuerte, de un método coherente… y de algunos problemas no resueltos. El pe ríodo estructuralista ha pasado; no obstante, eso no significa que las no ciones de “estructura” y de “sistema” no sigan siendo pertinentes.

El contexto en el cual evolucionan hoy las ciencias del lenguaje es otro: las estructuras se han hecho “dinámicas”, los sistemas “se auto-organizan”, las formas se inscriben en “topologías”, y el campo de las inves tigaciones cognitivas ha tomado, nos guste o no, el lugar del estructuralismo en sentido estricto. En varios aspectos, este cambio sigue siendo superficial y no modifica en profundidad las hipótesis y los métodos que, más allá de las modas intelectuales, definen en profundidad el espíritu de las ciencias del lenguaje. Sin embargo, y solidariamente con sus vecinas más próximas, la semiótica ha encontrado en el curso de los úl timos quince años, nuevas cuestiones; descubre nuevos campos de investigación y desplaza progresivamente sus centros de interés.

Desde un punto de vista general, una episteme puede ser considerada como una jerarquía de sistemas que organizan el campo del saber. Pe ro, desde el punto de vista de una disciplina particular, una episteme es, también, un principio de selección y de regulación de lo que, en una épo ca dada, debe ser considerado como pertinente y “científico” para esa disciplina. De ahí que el cambio adquiere con frecuencia el aspecto de una ampliación de perspectivas, cuando no el de una concertada trans gresión de coerciones epistemológicas: lo que estaba prohibido es, en tonces, cuestionado y se hace, de nuevo, posible; y lo que estaba excluido vuelve al campo de las preocupaciones. La “innovación” teórica y metodológica es, con cierta frecuencia, un efecto de sentido del olvido o de una exclusión anterior. La prudencia exigiría, pues, que nos guar demos cuidadosamente de decretar rupturas epistemológicas y cam bios de paradigmas, cuando de lo que se trata es del “retorno de lo re primido”.

Renovación no es, pues, negación. Por ejemplo, el estructuralismo ha planteado como principio que sólo los fenómenos discontinuos y las opo siciones llamadas “discretas” son pertinentes. Pero no contaba con los procesos de emergencia y de instalación de estos fenómenos y de es tas oposiciones, procesos en el curso de los cuales atraviesan fases en las que las modulaciones continuas y las tensiones graduales predominan. Desde el punto de vista de la lengua, concebida como un sistema abs tracto y cerrado, estas fases anteriores no son pertinentes; pero el dis curso y su enunciación no son sólo el reflejo de la lengua y de su sis tema; comprenden, ante todo, los procesos que ponen en forma el sis tema, los procesos de emergencia y de esquematización del sistema. Hoy matizaríamos, pues, el propósito y diríamos que, ciertamente, sólo las discontinuidades son inteligibles, pero no lo son del todo si no se to man en cuenta los procesos que conducen a ellas. Esto significa, enton ces, que estos procesos son pertinentes, lo mismo que las oposiciones discretas que resultan de ellos.

Otro ejemplo: la semiótica estructural, lo mismo que otras disciplinas de orientación estructuralista, preconizaba la formalización: el formalismo, que se presenta, entre otras, bajo la forma de una notación simbólica explícita y codificada, traduce el carácter puramente conceptual, fijo y acabado de las formas descritas. Pero, conforme a la observación precedente, estas formas acabadas han atravesado otras fases en las que eran aún inestables y en devenir. Además, en el curso de esas fases anteriores, han adquirido propiedades “sensibles” e “impresivas” que, luego, la formalización les hace perder. El formalismo simbólico no se adap ta a estas nuevas preocupaciones; la “forma”, ciertamente, sigue sien do el objetivo, así como su descripción más explícita; pero, en este ejer cicio, la representación topológica, por ejemplo, ocupará ventajosamente el lugar de la notación simbólica; más generalmente, se preferirá una esquematización de la significación en devenir a su formalización aca bada.

Todas las ciencias del lenguaje que han buscado rendir cuenta a la vez de las formas y de las operaciones que las suscitan, que han querido tener en cuenta tanto las fases del proceso como su resultado, han da do el paso: las posiciones en un espacio abstracto, deformable pero con trolado por parámetros conocidos, reemplazan de aquí en adelante las series de símbolos y sus correlatos terminológicos.

Lo que ha pasado en los años ochenta-noventa es, además y sobre todo, la aparición de nuevos temas de investigación que anteriormente ha bían sido con frecuencia descartados. Descartados porque, si bien ya dependían de la semiótica en cuanto disciplina, habían sido, sin embargo, excluidos en nombre de los principios del estructuralismo. La objetividad científica prohibía, por ejemplo, que alguien se interesase por lo im plícito y por lo sobreentendido del discurso: sin embargo, se les ha in troducido, en el curso de los años ochenta, en el movimiento inspirado, de un lado, por la pragmática, y, del otro, por la lingüística de la enun ciación. Ello no impide que, ya en los años treinta, Bajtin opusiera a la lingüística formal el estatuto implícito y sobreentendido del sentido mismo de lo que él llamaba el “enunciado”, y de la orientación axiológi ca e ideológica del discurso.

Uno de los pecados capitales de la práctica científica era, para el estructuralismo, el “mentalismo”; estaban así excluidas del campo de la reflexión científica la impresión subjetiva, la introspección, la psicología in tuitiva, etc., y, en consecuencia, todo lo que, de cerca o de lejos, podía parecer dar pruebas de esos errores del pensamiento. Gustave Guillaume era con frecuencia rechazado porque inscribía en el psiquismo de los sujetos del lenguaje el “tiempo operativo”, necesario, según él, pa ra la formación de las realidades lingüísticas. Noam Chomsky era vivamente discutido porque atribuía los juicios de gramaticalidad a la intui ción de los sujetos hablantes —de hecho: a la introspección de los lin güistas profesionales—. En fin, Gérard Genette rechazaba la noción de “punto de vista” por considerarla demasiado dependiente de la psicología de la percepción.

Se comprende, pues, por qué la semiótica ha necesitado tiempo para re descubrir las emociones y las pasiones, la percepción y su rol en la sig nificación, las relaciones con el mundo sensible, y su connivencia con la fenomenología. Sin embargo, a nadie escapa que los discursos con cretos ponen en escena acon te ci mientos y estados afectivos, y que la percepción organiza las descripciones y los ritmos textuales. La semiótica ha necesitado tiempo porque tenía que descubrir los medios para tratar todos esos temas como propiedades del discurso, y no como pro piedades del “espíritu”; como temas propios de una teoría de la significación, y no de una rama de la psicología cognitiva. Los fenómenos eran reconocidos; faltaba construirlos como objetos de co no cimiento des de el punto de vista de la semiótica del discurso.

Esto es hoy cosa hecha, así parece: se puede, en adelante, hablar de pa siones y de emociones discursivas, con el mismo derecho con el que se puede hablar de enunciación del discurso, o de una lógica narrativa o argumentativa del discurso. Y esto, sin reducir el discurso al estatuto de un simple síntoma, revelador de un estado psíquico que le sería exterior. La semiótica, que ha hecho del discurso no solamente su dominio de exploración, sino, mejor aún, el objeto de su proyecto científico, tiene, pues, ahora, la capacidad de abordar estas nuevas cuestiones sin renunciar por ello a lo que la funda enteramente como disciplina.

No insistiremos aquí en estas nuevas preocupaciones: estos diferentes aspectos serán largamente evocados a continuación, o han sido ya tra tados en alguna otra parte. Queremos solamente recordar dos dimensiones esenciales de este desplazamiento de interés: (1) un desplazamiento del interés por las estructuras hacia las operaciones y los actos; (2) un desplazamiento desde las oposiciones discretas hacia las diferencias tensivas y graduales. El primer desplazamiento conduce a una sintaxis general de las operaciones discursivas; se considerará, entonces, el uni verso de la significación más bien como una praxis que como un amon tonamiento estable de formas fijas. El segundo desplazamiento conduce a una semántica de las tensiones y de los grados, que es compatible pero en concurrencia con la clásica semántica diferencial.

Decimos que este libro es un manual. Un manual debe obedecer a al gu nos principios de base para facilitar el acceso a los resultados presen ta dos: las adquisiciones de la investigación deben aparecer bajo una for ma sistemática y coherente, explícita y operatoria. Lo más frecuente es que se deja al tiempo el cuidado de este trabajo, y a los didácticos y pe da gogos, el de recoger los resultados. La consecuencia de esa actitud es, casi siempre, que las adquisiciones de la investigación sólo son utili za bles en la enseñanza 10 o 15 años más tarde.

Corremos el riesgo de no esperar a que el tiempo trabaje en lu gar nuestro. Es un riesgo, porque el tiempo valida o invalida, retiene o relega al olvido, hipótesis y proposiciones de la investigación; el tiempo filtra, hace la selección, y construye poco a poco las condiciones de una coherencia, de una sistematicidad y de una explicitación completa. Nosotros debemos también filtrar, escoger, retener, rechazar y organizar: en reemplazo del tiempo, adoptaremos, pues, un punto de vista.

Es la elección de un punto de vista de conjunto, y sostenido con perseverancia, la que otorgará su coherencia, su sistematicidad y su carácter explícito a nuestra tentativa de síntesis. Este punto de vista será el del discurso en acto, el del discurso viviente, el de la significación en de venir.

Esta elección será primero presentada y justificada en el primer capítulo (Del signo al discurso): escoger el punto de vista del discurso en ac to, es, en efecto, optar por observar la manera en que la praxis semiótica esquematiza nuestra experiencia para hacer lenguajes a partir de ella, más que observar y recortar unidades mínimas. La semiótica que avi zoramos, en la perspectiva definida por Greimas hace una treintena de años, es la de los conjuntos significantes, pero de los conjuntos significantes en construcción y en devenir.

Esta elección será luego puesta en marcha a propósito de las formas de base de las que debe dotarse toda teoría semiótica: Las estructuras ele mentales. En efecto, si la unidad pertinente de la semiótica del discurso no puede ser el signo, es porque ella investiga el sistema de valores que organiza cada “conjunto significante”; y este sistema de valores adquie re aquí la forma de la estructura tensiva.

En el tercer capítulo se consideran todas las consecuencias de la op ción propuesta: se titula El discurso, y propone una representación glo bal del discurso como campo (una forma topológica), así como el examen de diferentes tipos y niveles de esquematización, esquemas de tensión y esquemas canónicos.

En el cuarto y quinto capítulos (respectivamente: Actantes y Acción, pa sión, cognición), a propósito de temas que son clásicos en la teoría se miótica, serán extraídas otras consecuencias de esta opción inicial. A pro pósito de la teoría actancial, se mostrará que la competencia entre dos lógicas, la lógica de los lugares y la lógica de las fuerzas, nos conduce a distinguir los actantes posicionales del discurso y los actantes transformacionales del relato. A propósito de las grandes dimensiones del dis curso, mostraremos en qué la perspectiva del discurso en acto modifica las lógicas respectivas de la acción, de la pasión y de la cognición.

Finalmente, el capítulo de conclusión se esforzará por hacer un lugar al concepto de enunciación. En efecto, este último concepto ha sufrido mu chos desengaños: después de haber sido “olvidado” por el estructuralismo, se ha vuelto preponderante en las lingüísticas postestructurales; has ta el guillaumismo se ha reconvertido, después de todo, en teoría enun ciativa. Después de haber sido poco, la enunciación sería, ahora “to do” —todo lo que no es reductible a un sistema cerrado y fijo—. Así, a veces, el sujeto de la enunciación está estrictamente identificado con la instancia de discurso en general. Explicar todo, como todo mundo sabe, equivale a no explicar nada. Es por lo que, en la perspectiva del discurso en acto, nos esforzaremos, para terminar, por especificar el concepto de enunciación.

CAPÍTULO I
Del signo al discurso

Del signo al discurso / Resumen

La historia de las teorías de la significación se presenta en general como una historia de las teorías del signo. Desde fines del siglo XIX, con Peirce, y a inicios del siglo XX, con Saussure, una nueva disciplina se instala en este campo de investigaciones, la semiótica, que se encarga de hacer la tipología de los signos y de los sis temas de signos. Sin embargo, actualmente, esta disciplina se orienta firmemente hacia una teoría del discurso y desplaza su interés hacia los conjuntos significantes.

Este capítulo se propone reexaminar las teorías del signo bajo esta nueva luz: ¿qué se puede conservar de la teoría de la significación en la perspectiva de una semiótica del discurso?, ¿qué pasa cuando se pone entre pa réntesis la cuestión de las unidades mínimas de la sig nificación y cuando se la reemplaza por la de los conjuntos significantes y la de los actos que producen los discur sos? Se percata uno, entonces, de que emergen la percepción y la sensibilidad.

1. Signo y significación

En la gran diversidad de concepciones del sentido, una constante al menos se perfila: casi siempre se distinguen la significación como producto, como relación con vencional ya estable, y la significación en acto, la sig nificación viviente, que parece siempre más difícil de apre hen der. No obstante, a pesar de la dificultad, es la se gunda perspectiva la que escogemos, puesto que el cam po de ejercicio empírico de la semiótica es el discurso y no el signo: la unidad de análisis es un texto —verbal o no verbal—.

Las teorías del signo, examinadas en esta perspectiva, hacen aparecer cuatro propiedades principales de la significación. De Saussure, mantendremos solamente, de una parte, la coexistencia de dos "mundos", el mundo interior de los significados y el mundo exterior de los significantes, y, de otra parte, la definición de la significación como sistema de valores. De Peirce, de otro la do, conservaremos sobre todo la preeminencia del interpretante, es decir, del punto de vista que orienta la mi ra sobre el sentido, y la importancia del fundamento, que impone los límites de un dominio de pertinencia a la captación de la significación.

2. Percepción y significación

Los dos planos del lenguaje reemplazan ahora a las dos caras del signo: cualesquiera que sean los nombres que les demos, los dos planos del lenguaje son deslindados por un cuerpo percibiente que toma posición como frontera entre lo que corresponde al orden de la expresión (el mundo exterior) y lo que corresponde al orden del contenido (el mundo interior). Es este cuerpo el que reúne esos dos planos en un mismo lenguaje.

Lo sensible y lo inteligible están ineluctablemente ligados en el acto que reúne los dos planos del lenguaje. La semiótica del discurso, tal como las ciencias cognitivas, no puede ignorar más esta interacción de lo sensible y de lo inteligible. En efecto, la formación de categorías y la significación en acto están sometidas al régimen de lo sensible: la semántica del prototipo nos enseña, entre otras cosas, que puede haber muchos "estilos" de categorización y trataremos de mostrar que la dis tinción entre esos diferentes estilos reposa en el peso que le otorgan, respectivamente, a lo sensible y a lo inteligible.

Del signo al discurso

1. SIGNO Y SIGNIFICACIÓN
1.1 Diversidad de aproximaciones al sentido
1.1.1 Sentido, significación, significancia

Disponemos de tres términos para designar los fenómenos semióticos en general: sentido, significación, significancia.

a— El sentido

El sentido es, ante todo, una dirección: decir que un objeto o una si tuación tienen un sentido es, en efecto, decir que tienden hacia alguna cosa. Esta “tensión hacia” y esta “dirección” han sido con frecuencia in terpretadas, injustamente, como referencia. La referencia, en efecto, no es más que una de las direcciones del sentido; otras son posibles: por ejemplo, un texto puede tender hacia su propia coherencia y es eso lo que nos hace presentir su sentido; o también, una forma cualquiera pue de tender hacia otra forma típica ya conocida y eso es lo que nos per mitirá reconocerle un sentido. El sentido designa, entonces, un efecto de dirección y de tensión, más o menos cognoscible, producido por un objeto, una práctica o una situación cual quiera.

El sentido es, finalmente, la materia informe de la que se ocupa la se miótica, la materia que se esfuerza por organizar y por hacer inteligible. Esta “materia” (purport en Hjelmslev) puede ser de naturaleza física, psicológica, social o cultural. Pero esta materia no es ni inerte ni solamente sometida a las leyes de los mundos físico, psicológico o social, pues to que está atravesada por tensiones y por direcciones. La condición mínima para que una materia cualquiera produzca un efecto de sen tido identificable es, entonces, que esté sometida a lo que llamaremos en adelante una intencionalidad.

b— La significación

La significación es el producto organizado por el análisis; por ejemplo, el contenido de sentido vinculado a una expresión, una vez que es ta ex presión ha sido aislada (por segmentación) y que se ha verificado (por con mutación) que ese contenido le está específicamente asociado. La sig ni ficación está, pues, ligada a una unidad, cualquiera que sea el ta ma ño de esa unidad —la unidad óptima, para nosotros, es el discurso—, y des can sa sobre la relación entre un elemento de la expresión y un elemento del contenido: por eso se habla siempre de la “significación de… alguna cosa”.

Se dirá, en consecuencia, que la significación, por oposición al sen tido, está siempre articulada. En efecto, puesto que no es reconocible más que por segmentación y conmutación, sólo se le puede captar a tra vés de las relaciones que la unidad aislada mantiene con otras uni da des, o que su significación mantiene con otras significaciones dis po ni bles pa ra la misma unidad. Tal como la noción de “dirección” es indi s o ciable del sentido, la de articulación está, por definición, ligada a la de sig ni ficación.

Hace mucho tiempo que la noción de articulación ha sido reducida a la de diferencia, y aun a la de diferencia entre unidades discontinuas. Ése no es, sin embargo, más que un caso entre otros posibles. Por ejemplo, una categoría semántica como la de calor es una categoría gradual y sus diferentes grados (cf. frío/helado) se distinguen sin opo nerse forzosamente; más aún, si el gradiente es orientado, la significación de al gunos de sus grados, por ejemplo /tibio/, será diferente según que el gradiente sea orientado positivamente al calor (tibio es entonces peyorativo) o positivamente hacia el frío (tibio es entonces mejorativo); la significación depende, entonces, de la polarización de un gradiente. Además, según las culturas y las lenguas, a veces hasta según el discurso, la posición relativa de los grados cambia; así, el grado /tibio/ aparecerá más próximo del polo frío o del polo caliente: si se recorre el gradiente en el sentido de su polaridad, del negativo hacia el positivo, se encuentra un umbral que determina la aparición del grado /tibio/. Los tipos de articulaciones significantes son, por tanto, muy diversos: opo siciones, jerarquías, grados, umbrales y polarizaciones.

c— La significancia

La significancia designa la globalidad de efectos de sentido en un con junto estruc tu ra do, efectos que no pueden ser reducidos a los de las unidades que componen ese conjunto; la significancia no es, por consiguiente, la suma de las significaciones. Este término ha conocido numerosas acepciones, particularmente psicoanalíticas, cuyo valor operatorio es difícilmente controlable. Pero plantea principalmente una cuestión de mé todo: ¿hay que conducir el análisis desde las unidades más pequeñas hacia las más grandes o a la inversa? El concepto de significación, en sen tido estricto, correspondería a la primera opción y el de significancia a la segunda opción.

El término significancia apenas es utilizado, pues presupone una jerarquía que ya no es pertinente hoy en día; en efecto, se justificaría sólo en un contexto científico donde se pudiera aún creer que el sentido de las unidades determina el de los conjuntos más vastos que las engloban.

La opción que hemos tomado, es decir, la de una semiótica del discurso, nos impone considerar que la significación global, la del discurso, comanda la significación local, la de las unidades que la componen; mos traremos, por ejemplo, cómo la orientación discursiva se impone a la sintaxis misma de las frases. Esto no significa, sin embargo, que el microanálisis no sea ya pertinente; debe, simplemente, quedar bajo el control del macroanálisis.

Como ya no se encuentran razones para creer que lo “local” determina lo “global”, el término de significación ha tomado frecuentemente una acepción genérica que engloba la de significancia. Y así lo usaremos en adelante.

1.1.2 Semiótica y semántica

Benveniste proponía distinguir dos órdenes de la significación: el de las unidades de la lengua, de tipo convencional, fijado en el uso o en el sis tema lingüístico; y el del discurso, es decir el de las realizaciones lingüísticas concretas, el de conjuntos significantes producidos por un ac to de enunciación. El orden semiótico correspondería, según él, a esa relación convencional que une el sentido de las unidades de la lengua y su expresión morfológica o lexical, y el orden semántico, a la signifi ca ción de enunciaciones concretas tomadas a cargo por “sujetos de discurso”.

Esta distinción no ha sido adoptada por la comunidad de lingüistas, que reservan la de nominación de semántica al estudio de los contenidos de sentido en sí mismos, particularmente en el dominio lingüístico, y la denominación de semiótica al de los procesos sig nificantes en general. Pero, la cuestión planteada es siempre de actualidad: más allá de las relaciones entre lo “local” y lo “global” (cf. supra), surge, ahora, la cuestión de los dos mo dos de aproximación a los lenguajes: de un lado, una aproximación es tá tica, que só lo concierne a las unidades instituidas, almacenadas en una memoria co lec tiva bajo la forma de un sistema virtual, y del otro, una aproximación dinámica, es de cir, sensible, a los actos y a las operaciones, y que concierne a la significación “viviente” pro ducida por los discursos concretos.

La semiótica surgida de los trabajos de Peirce también ha propuesto dis tinguir la semántica (la significación de las unidades), la sintaxis (las re glas de disposición de las unidades) y la pragmática (la manipulación de las unidades y de su organización por sujetos y para sujetos individuales y colectivos, en situación de comunicación). La solución es diferente, mas la cuestión tratada, idéntica: ¿el discurso es simplemente una “puesta en marcha”, una “apropiación individual” de unidades instituidas y organizadas en sistemas, o bien comporta sus propias reglas y sus pro pios efectos de sentido? Pero si adoptamos el punto de vista del discurso en acto, la distinción entre semántica, sintaxis y pragmática se re vela poco pertinente desde la perspectiva del método. En efecto, si to mamos en cuenta las operaciones de enunciación, es necesario que po damos medir las consecuencias que esta actitud produce en la sintaxis y en la semántica del discurso. Por consiguiente, en esta perspectiva, ellas no pueden ser tratadas aparte.

1.1.3 ¿Por qué optar?

La solución que consiste en separar la cuestión del sentido en dos o tres órdenes de significación sólo puede ser una solución provisoria, una solución históricamente necesaria, pero que choca pronto con cues tiones que vale la pena resolver. Por ejemplo, todo el mundo se pone de acuerdo en distinguir el “sentido en lengua” de una unidad y su “sen tido en discurso”; la distinción no plantea problemas insuperables en cuanto a que el “sentido en discurso” es una de las acepciones posibles del “sentido en lengua”: se dirá entonces que el discurso selecciona una de las acepciones de la palabra; pero ¿qué sucede cuando las dos sig nificaciones no se superponen? Es cierto que un “sentido en discurso”, que no está previsto “en lengua”, exige un esfuerzo suplementario de interpretación y una gestión de la interpretación diferente de la que con siste solamente en sacar elementos de un stock de formas virtuales, pe ro ésa otra gestión es posible y legítima. De modo muy frecuente, aun que no necesariamente, esta nueva acepción es producida por una fi gura de retórica. Sucede lo mismo cuando algunas de esas acepciones imprevisibles aparecen en la lengua, por ejemplo, bajo la forma de catacresis (un trombón, o un ala de edificio).

Esta última acotación indica claramente el nivel de pertinencia de las dis tinciones que hemos mencionado hasta ahora: se trata de procedimientos de codificación y de decodificación de los lenguajes, codificación facilitada o trabada, automatizada o más elaborada, según que el sen tido de las unidades sea o no sea ya conocido. Pero esas distinciones en tre las muchas modalidades de codificación y de decodificación de los lenguajes no nos dicen nada del proceso de significación mismo, tal co mo es puesto en marcha por los actos de discurso.

Además, el razonamiento no debe, en esta consideración, apoyarse so lamente en el lenguaje verbal, que dispone de un stock muy extendido de formas codificadas, pues, cuando se abordan los lenguajes no ver bales —gestuales, visuales, etc.—, estamos obligados a admitir que el lugar de la invención, por el discurso, de expresiones y de su significación es mucho más importante. Porque, desde el punto de vista de la organización de las unidades en sistema, los lenguajes están lejos de ser homogéneos. Si podemos establecer las “lenguas” de un lenguaje ver bal, estamos muy lejos de ello en lo que concierne a la pintura, la ópe ra o la gestualidad en general, que, sin embargo, son igualmente prác ticas significantes; nos preguntaremos incluso si la empresa que con sistiría en establecer el sistema de unidades provistas de sentido tiene alguna pertinencia en el caso de los lenguajes no verbales. Y, si tuvie se alguna, deberíamos, tal como en los lenguajes verbales, esperar to davía algunos siglos, si no algunos milenios, antes de que la necesidad de una traducción entre sistemas —como se ha dado entre el sistema de lo oral y el sistema de lo escrito— dé lugar a un recorte estable de unidades y a la producción de gramáticas aceptables.

La aproximación a los fenómenos de significación por la vía de los signos (las unidades) ha persistido por tiempo: pero se revela poco operatoria pues, una vez establecidas las unidades—signos, habría que inventar sus articulaciones y particularmente la aso ciación entre canales sensoriales extraños los unos a los otros; ello ha conducido al ato mismo, hasta a clasificaciones vertiginosas (en una carta a Lady Welby, Peirce se felicita de poder reducir (!) las 59.049 clases de signos aritméticamente calculables a 66 cla ses realmente pertinentes). Además, esta aproximación es un factor de balcani zación de la disciplina y de sus métodos, puesto que la integración de todas las clases de sig nos en un solo discurso, al momento del análisis, es particularmente ardua, y los estudios semióticos en esos casos tienden a especializarse por clases de signos (semiótica literaria, semiótica pictórica, semiótica del cine, etc.).

De otro lado, las ciencias del lenguaje en su conjunto se orientan hacia una formalización de las operaciones y de los procesos y la semióti ca participa de ese movimiento: la semiótica peirceana pone hoy el acen to sobre el “recorrido interpretativo” más que sobre la clasificación de los signos; la semiótica del discurso se dirige hacia una exploración de los actos fundamentales, particularmente la predicación y la asunción más que hacia una clasificación, cualitativa o estadística, de los predicados y de los sustantivos correspondientes. Globalmente, esta nueva preo cupación se interesa por la praxis, praxis semiótica o praxis enunciativa.

Por consiguiente, presentaremos ahora brevemente las dos principales teorías del signo, la de Saussure y la de Peirce, en la perspectiva que he mos escogido, la de una teoría del discurso, a fin de llegar a una teoría de la significación sintética que habría superado el mero recorte de los signos.

1.2 Las teorías del signo
1.2.1 El signo saussuriano

El signo está compuesto, según Saussure, de dos caras, el significante y el significado; el significante es definido como una “imagen acústica”, y el significado, como una “imagen conceptual”; uno adquiere forma, en cuanto expresión, a partir de una sustancia sensorial y física, y el otro, en cuanto contenido, a partir de una sustancia psíquica. Pero, una vez que están reunidos en un solo signo, no tienen otro status que no sea semiótico, y sus propiedades sensoriales, físicas y psíquicas no son ya tomadas en consideración.

La relación entre las dos caras del signo es calificada de “necesaria” y “convencional”, es decir fundada por una presuposición recíproca que no debe nada a sus propiedades sustanciales de origen. Además, esa relación está enteramente determinada por el “valor” del signo, es decir por las diferentes oposiciones que su significante y su significado mantienen con los otros significantes y con los otros significados de la misma lengua; en sincronía —entendamos: en un estado de lengua dado— ese valor es inmutable; en cambio, en diacronía, es decir, en la historia de los diferentes estados de lengua, ese valor evoluciona; el lazo que une las dos caras del signo puede asimismo, en el curso de esa evolución, deshacerse completamente.

La noción de sistema procede directamente de la definición de “valor” lin güístico, puesto que si el valor de un signo depende de una red de opo siciones y si esa red de oposiciones debe ser, para cada signo, es table en sincronía, entonces el conjunto de la red de oposiciones de to dos los sig nos forma un sistema estable. No tiene más que una existen cia vir tual, salvo en las gramáticas y en los diccionarios, pero está dis ponible en todo mo mento para los usuarios de la lengua. La lingüística tiene entonces por tarea, según Saussure, el estudio de ese sistema de valores.

Las nociones de sistema y de valor, de las que se puede desprender la cuestión del signo en Saussure, imponen la exclusión del “referente”: la cosa, real o imaginaria, a la cual el signo remite no es cognoscible lingüísticamente. Dicho de otra manera, el conocimiento del sistema en el cual el signo toma lugar no nos suministra ninguna información sobre la realidad designada. Esta exclusión, la mayor parte del tiempo, es presentada como una decisión metodológica y epistemológica: excluir el referente mundano es pro curar a la lingüística su propio objeto en cuanto ciencia y su autonomía en cuanto dis ciplina. Pero la posición de Saussure con respecto al referente es, de hecho, una con secuencia de su definición de signo, porque se da lo mismo para todas las pro piedades sustanciales de las dos caras del signo que sin depender del referente son, no obs tante, excluidas de la misma manera; en efecto, el sistema de valores no puede de ci rnos nada de ellas. El lazo entre el signo y el referente es calificado de arbitrario—se hu biera podido decir también contingente—, es decir que el sistema de valores no pro cu ra ninguna explicación satisfactoria de él: un lazo considerado ininteligible es declarado arbitrario. Notemos, no obstante, que ese lazo no es intrínsecamente ininteligible, ar bi trario y contingente; y que es el punto de vista adoptado, el del signo y del valor, el que hace la referencia incognoscible.

Examinando luego la ampliación de la reflexión a otros tipos de signos diferentes de las lenguas naturales, Saussure diseñó el proyecto de una semiología que englobaría la lingüística propiamente dicha: allí se en contrarían no solamente significantes en los que la sustancia física sería diferente de la del lenguaje verbal, sino también signos en los que la relación fundadora no sería “necesaria” o “convencional”; por ejemplo, los sistemas de signos visuales.

Se ve que, si se pone entre paréntesis la delimitación de unidades, la cuestión tratada por Saussure puede ser reducida a dos puntos esenciales:

(1) La relación entre la percepción y la significación

A partir de nuestras percepciones emergen significaciones; nuestras per cepciones del mundo “exterior”, de sus formas físicas y biológicas, pro curan los significantes; a partir de nuestra percepción del mundo “interior”, conceptos, impresiones y sentimientos, se forman los signifi ca dos;

(2) La formación de un sistema de valores

Estos dos tipos de percepción entran en interacción, y esta interacción define un sistema de posiciones diferenciales; cada posición está ca racterizada según los dos regímenes de percepción; el conjunto es enton ces llamado sistema de valores.

Subyacente a la teoría del signo, aparece en Saussure una teoría de la significación; y esta teoría, particularmente a través de la noción de “ima gen” (imágenes acústicas, visuales, imágenes mentales, psíquicas), es tá enraizada en la percepción.

1.2.2 El signo peirceano

Mientras que Saussure concebía el signo como la presuposición recíproca entre dos caras distintas, Peirce lo define de inmediato por una relación disimétrica: alguna cosa que, para alguien, toma el lugar de cualquier otra cosa bajo cualquier correspondencia o bajo cualquier as pec to. Se dice generalmente que el signo saussuriano es diádico (dos ca ras: un sig nificante y un significado) y el signo peirceano, triádico. Pero si se obser va atentamente la definición propuesta por el mismo Peirce, se constata que comporta, de hecho, cuatro elementos: (1) “alguna co sa” que toma el lugar (2) de “otra cosa” (3) para “alguien”, y (4) bajo “cual quier co rrespondencia” o bajo “cualquier aspecto”. Se dice también co rrien temente que Saussure ha excluido el referente de la definición del sig no, y, en consecuencia, de la lingüística y de la semiología, mientras que Peir ce lo tendría en cuenta. Esta mención tan breve no permite juz gar so bre el asunto. Observemos más bien el conjunto de la definición:

Un signo o representamen es alguna cosa que, para alguien, to ma el lu gar de otra cosa bajo cualquier correspondencia o ba jo cualquier as pec to. Al dirigirse a alguien crea en su es pí ri tu un signo equivalente o tal vez un signo más desarrollado. Ese signo que crea, lo llamo el interpre tan te del primer signo. Ese signo toma el lugar de cualquier cosa: de su ob jeto. Toma el lugar de ese objeto no bajo todas las conexiones sino por re ferencia a una suerte de idea, que he llamado alguna vez el fundamento del representamen.

Contemos: (1) representamen, (2) objeto, (3) interpretante, (4) fundamento; esto hace cuatro. A lo que se añade a veces la distinción entre ob jeto dinámico (el objeto enfocado por el representamen) y objeto inmediato (lo que es seleccionado en el objeto por el interpretante); o sea, cinco elementos.

El funcionamiento del signo puede ser resumido así: un objeto di námi co —objeto o situación percibidos en toda su complejidad— es puesto en relación con un representamen—eso que lo representa—, pero solamente bajo un punto de vista (bajo cualquier correspondencia o ba jo cual quier aspecto), designado aquí como el fundamento; este punto de vis ta, o fundamento, selecciona en el objeto dinámico un aspecto pertinente de él, llamado objeto inmediato, y la reunión del representamen y del objeto inmediato se hace “en nombre de”, o “por”, o “gracias a” un quin to elemento: el interpretante.

Umberto Eco llega incluso a seis elementos: (1) el fundamento procura, de un lado, un punto de vista sobre el objeto dinámico, pero delimita, de otra parte, el contenido de un significado; (2) el objeto inmediato es, de un lado, seleccionado en el objeto dinámico por el fundamento, e interpretado, del otro lado, por el interpretante; (3) el objeto dinámico motiva la elección del representamen, que, asociado él mismo al interpretante, per mite desprender de ahí el significado. Eco termina reduciendo todo a tres elementos, decretando que fundamento, significado e interpretante son ¡una sola y misma co sa!

Estas observaciones deben incitar a la prudencia: (1) el signo peir ceano sólo comporta tres elementos para aquellos exégetas que han de ci dido que así sea; (2) la obra de Peirce es tan vasta y diversa que mu chas glosas e interpretaciones pueden cohabitar; unos se satisfacen en ge neral con algunas soluciones simples que otros recusan con el mismo de recho.

Al menos queda claro que el “referente”, en el sentido en el que se le entiende habitualmente, es decir, la realidad a la cual el signo remite, es tá aquí fuera de alcance: el objeto dinámico es ya del orden de la percepción, y el objeto inmediato, su aspecto pertinente, sólo existe bajo una condición semiótica, el “punto de vista” que impone el “fundamento”. El objeto no es más que un puro artefacto suscitado en el es pí ritu de un sujeto por el representamen; y, como lo precisa U. Eco, el ob jeto di námico es sólo un conjunto de posibles sometido a una instrucción semántica. En cuanto al objeto inmediato, no es más que una imagen men tal del precedente, y una imagen empobrecida, en el sentido de que solamente una parte de los posibles son retenidos y presentados al es píritu. El mundo encarado, en la concepción peirceana del sig no, es un conjunto virtual de posibles, o un mundo percibido, o aún una parte ex traída de un mundo categorizado: es decir, que el referente, si es que hay referente, es ya un universo semiótico sometido a concep ciones mo dales, perceptivas y categoriales. La teoría del signo no nos re lata la emer gencia de una nueva significación sino que sólo capta un mo mento en una vasta semiosis infinita.

En consecuencia, si se pone entre paréntesis la cuestión del recorte en unidades, se advierte inmediatamente que la concepción peirceana del signo plantea también la cuestión de las relaciones entre la percepción y la significación, pero considerándolas de alguna manera “en el mo vimiento” que suscita la segunda a partir de la primera y no como ins tancias bien delimitadas. En efecto, dos elementos sensibles, el representamen y el objeto dinámico, están sometidos a un principio de selección recíproca: el representamen sólo puede ser asociado al objeto bajo el control de un interpretante y el objeto sólo puede ser asociado al representamen bajo un cierto punto de vista, el fundamento.

En los dos casos, esta selección de relaciones pertinentes se presenta como una guía del flujo de atención. En el primer caso, el interpretan te —lo que es finalmente enfocado por el conjunto del proceso— indica en qué dirección la elección del representamen debe conducir la sig ni ficación; en el segundo, el fundamento —aquello a partir de lo cual el objeto es captado— indica lo que debe retenerse del objeto dinámico.

Esta guía del flujo de atención puede ser comprendida (1) de una par te, como la indicación de una dirección y de una tensión que ya hemos definido como una intencionalidad, y, (2) de otra parte, como la de finición de un dominio de pertinencia.

Estas operaciones de guía semiótica, corresponden, la primera, la ten sión intencional, a la mira, y la segunda, la delimitación del dominio de per tinencia, a la captación; la mira concierne aquí al eje [representamen-objeto inmediato-interpretante], mientras que la captación con cierne al eje [objeto dinámico-fundamento-objeto inmediato]. La mira y la cap ta ción, independientemente de toda perspectiva peirceana, y des de un pun to de vista más generalmente fenomenológico, son las dos operaciones elementales gracias a las cuales la significación puede emer ger de la per cepción.

Pero aún faltan dos condiciones esenciales para que se pueda hablar de significación discursiva: de un lado el cuerpo, sede de percepciones y de emociones, y centro del discurso; y de otra parte el valor, los sistemas de valor, sin los cuales la significación no tiene nada de inteligible.

2. PERCEPCIÓN Y SIGNIFICACIÓN
2.1 Los elementos que han de ser retenidos

El examen de las teorías del signo suministra preciosas referencias so bre la manera en que la significación toma forma a partir de la sensación y de la percepción. En efec to, si se descarta todo lo que, en esas teo rías, apunta al recorte de unidades-sig nos, queda, sin embargo, un con junto de propiedades que parecen pertinentes en la perspectiva del dis curso, pero que ahora deben ser redistribuidas. Éstas son, en consecuencia:

(1) la coexistencia de dos universos sensibles, el mundo exterior y el mundo interior;

(2) la elección de un punto de vista (mira);

(3) la delimitación de un dominio de pertinencia (captación);

(4) la formación de un sistema de valores gracias a la reunión de los dos mundos que forman la semiosis.

2.2 Los dos planos de un lenguaje
2.2.1 Expresión y contenido

Desde que la perspectiva del signo es abandonada, es la de los lengua jes, tales como aparecen en los discursos, la que toma su lugar. Un len guaje es la puesta en relación de, al menos, dos dimensiones llamadas plano de la expresión y plano del contenido, y que corresponden res pectivamente a eso que hemos designado hasta el presente por “mun do exterior” y “mundo interior”.

Este cambio de denominación amerita algunos comentarios: la fronte ra entre el “interior” y el “exterior” no está dada de antemano, no es la frontera de una “conciencia” sino simplemente la que un sujeto pone en juego cada vez que otorga una significación a un acontecimiento o a un objeto. Si, por ejemplo, observo que los cambios de color de un fru to pueden ser puestos en relación con sus grados de madurez, los pri meros pertenecerán al plano de la expresión y los segundos al plano del contenido. Pero puedo también poner en relación los mismos grados de madurez con una de las dimensiones del tiempo, la duración; y, es ta vez, los grados de madurez pertenecen al plano de la expresión y el tiempo al plano del contenido.

Esta “frontera” no es otra que la posición que el sujeto de la percepción se atribuye en el mundo cuando se esfuerza por desprender su sen tido. A partir de esta posición perceptiva, se diseñan un dominio interior y un dominio exterior entre los cuales se va a instaurar el diálogo semiótico; pero ningún contenido está, fuera de esta toma de posición del sujeto, destinado a pertenecer a un dominio más que a otro, pues to que la posición de la frontera, por definición, depende de la posición de un cuerpo que se desplaza.

Ciertos lenguajes, particularmente verbales, son regidos o regulados por lenguas en las que la distribución entre la expresión (fonemática o grafemática) y el contenido (semántica y sintáctica) parece estable y fijada de antemano. Pero es suficiente tomar en con sideración lo que pasa en los discursos concretos, particularmente literarios, para cons tatar que, entre la expresión y el contenido, además de la división propiamente lingüística, otras distribuciones son igualmente posibles, y que “contenidos” figurativos, por ejem plo, pueden convertirse en expresiones para contenidos narrativos o simbólicos. Más aún, en el caso de los lenguajes no verbales se llega con gran esfuerzo a fijar los límites de una “gramática de la expresión”: cada realización concreta desplaza, en efec to, la línea divisoria entre lo que pertenece al contenido y lo que pertenece a la ex pre sión.

Tal concepción podría llevar a pensar que la semiosis, cuyo operador es taría siempre desplazándose entre dos mundos cuya frontera es sin ce sar renegociada, es una función inaprehensible. Pero sólo es inaprehensible en la perspectiva de una teoría del signo: esto puede ex pli car por qué los semiólogos de los años sesenta estaban tan frecuentemente li mi ta dos por los sistemas de comunicación rígidos y normativos, como los sis temas de señalización de caminos; se puede también comprender por qué las semiologías no verbales estaban entonces puestas bajo la férula de la semiología lingüística, la única que parecía entonces aprehensible a través de convenciones gramaticales y lexicales y, que, por ese hecho, se convirtió demasiado pronto en modelo de todas las otras.

Pero, en la perspectiva del discurso en acto, si nos atenemos a una teo ría del campo del discurso y a una teoría de la enunciación, entonces la “toma de posición” que determina la división entre expresión y contenido se convierte en el primer acto de la instancia de discurso, por el cual instala su campo de enunciación y su deixis.

2.2.2 Exteroceptividad e interoceptividad

Se podría, haciendo referencia a una proposición ya antigua de Greimas (en Semántica estructural), llamar aún de otro modo esos dos planos del lenguaje. El plano de la expresión será llamado exteroceptivo; el plano del contenido, interoceptivo; y la posición abstracta del su je to de la percepción será llamada propioceptiva, porque se trata, de he cho, de la posición de su cuerpo imaginario o cuerpo propio.

El cuerpo propio es una envoltura sensible que determina de este mo do un dominio interior y un dominio exterior. Por todas partes donde se desplaza determina, en el mundo en que toma posición, una brecha entre universo exteroceptivo, universo interoceptivo y universo propioceptivo, entre la percepción del mundo exterior, la percepción del mun do interior y la percepción de las modificaciones de la envolturafron tera misma.

La significación supone, entonces, para comenzar, un mundo de percepciones, donde el cuerpo propio, al tomar posición, instala globalmente dos macrosemióticas, cuya frontera puede siempre desplazarse pe ro que tiene cada una su forma específica. De un lado, la interoceptividad da lugar a una semiótica que tiene la forma de una lengua natural, y, de otro lado, la exteroceptividad da lugar a una semiótica que tiene la forma de una semiótica del mundo natural. La significación es, pues, el acto que reúne esas dos macrosemióticas, y eso es posible gracias al cuerpo propio del sujeto de la percepción, cuerpo propio que tie ne la propiedad de pertenecer simultáneamente a las dos macrosemióticas entre las cuales toma posición.

En la perspectiva de la enunciación, el cuerpo propio es tratado como un simple punto, un centro de referencia para la deixis. Pero en la pers pectiva de las lógicas de lo sensible, por ejemplo, será tratado como una envoltura, sensible a las solicitaciones y a los contactos provenientes ya del exterior (sensaciones) ya del interior (emociones y afectos).

Si se puede hablar de “macrosemióticas”, es en cuanto que están ya articuladas; es vano, en efecto, preguntarse “cómo las cosas han comenzado”: nos bañamos en un mundo ya significante, somos nosotros mismos parte pregnante de él y las percepciones que tenemos tienen también una forma semiótica. Pero, cada vez que “tomamos posición” en ese mundo, cada vez que lo sometemos a un punto de vista, volvemos a jugar el acto a partir del cual toda significación toma forma.

2.2.3 El isomorfismo de los dos planos

Hjelmslev hace observar que los dos planos de un lenguaje deben ser heterogéneos aunque isomorfos: de un lado, sus contenidos deben ser heterogéneos, de otro lado, sus formas deben ser superponibles.

Cuando la rojez no significa más que la rojez no aprendemos nada nue vo; si, en cambio, la rojez significa la madurez, nuestro saber sobre el mundo da un paso adelante. Pero la heterogeneidad de contenidos no debe impedir la reunión de las dos macrosemióticas: la secuencia de grados cromáticos debe, pues, ser isomorfa con la secuencia de los grados de madurez.

El isomorfismo no está dado de antemano sino que es construido por la reunión de los dos planos del lenguaje. La prueba consiste en que mientras un conjunto de elementos pueda ser puesto en relación con muchos otros conjuntos, cambiará de forma con cada nueva asociación. El color puede ser puesto en relación con la madurez, con la emoción, con la circulación de automóviles (el semáforo), etc. Resulta, por tan to, que esos diferentes conjuntos son superponibles entre sí: a cada nue va aproximación un nuevo “isomorfismo” es definido. De tal forma que los grados cromáticos no son los mismos según que el color exprese la madurez o la emoción; inversamente, los grados de la emoción no son los mismos si son expresados por el color o por la gestualidad.

La función semiótica es el nombre de esa reunión de los dos planos del lenguaje, que establece su “isomorfismo”. Antes de su reunión, la re lación de los dos planos puede ser calificada de arbitraria; pero no tie ne gran sentido, puesto que esa relación sólo es una de las relaciones en tre todas aquéllas posibles, que lo son en número infinito: lo “arbitrario” no es si no el efecto de nuestra incapacidad para ubicarnos en el se no de una infinidad de combinaciones posibles, y, después de todo, só lo es la confesión de nuestra impotencia para comprender eso que se nos escapa. Después de su reunión, la relación entre los dos planos se ca lifica de necesaria, en el sentido de que no pueden significar el uno sin el otro; pero también, si se recuerda que la frontera entre los dos mun dos se desplaza sin cesar con el cuerpo propio, se debe convenir en que se trata de una necesidad muy provisional, y que, más bien, sólo va le para un discurso particular y para la posición que lo define.

2.3 Lo sensible y lo inteligible
2.3.1 La formación de los sistemas de valores
a— La presencia, la mira y la captación

Percibir cualquier cosa, antes de reconocerla como una figura perteneciente a una de las dos macrosemióticas, es percibir más o menos intensamente una presencia. En efecto, antes de identificar una figura del mun do natural, o también una noción o un sentimiento, percibimos (o “pre sentimos”) su presencia, es decir cualquier cosa que, de una parte, ocu pa cierta posición relativa a nuestra propia posición y cierta extensión, y que, de otra parte, nos afecta con cierta intensidad.

Tal es el mínimo necesario para poder hablar de presencia.

La presencia, cualidad sensible por excelencia, es, pues, una primera ar ticulación semiótica de la percepción. El afecto que nos toca, esa intensidad que caracteriza nuestra relación con el mundo, esa tensión en di rección del mundo, es asunto de la mira intencional; la posición, la ex tensión y la cantidad caracterizan en cambio los límites y el contenido del dominio de pertinencia, es decir, la captación. La presencia entraña en tonces dos operaciones semióticas elementales de las que ya hemos he cho mención: la mira, más o menos intensa y la captación, más o me nos extensa. En términos peirceanos, recordémoslo, la mira caracterizaría al interpretante, y la captación al fundamento. Más generalmente, ésas son las dos modalidades de la guía del flujo de atención.

Pero, un sistema de valores sólo puede tomar cuerpo cuando las diferencias aparecen y cuando esas diferencias forman una red coherente: ésa es la condición de lo inteligible.

b— Lo inteligible y los valores

Si partimos de la aprehensión sensible de una cualidad, siempre el rojo, por ejemplo, las experiencias de Berlin & Kay, entre otros, nos muestran que no percibimos jamás el rojo sino una cierta posición en una gama de rojos, posición que identificamos como más o menos roja que las otras. ¿Cómo pueden formarse los “valores” en esas condiciones? Es necesario y suficiente que dos grados del color sean puestos en re lación con dos grados de otra percepción, por ejemplo con el sabor de los frutos que tie nen esos colores. Solamente con esa condición po de mos decir que hay una diferencia entre los grados del color, así como en tre los grados del sa bor. Y el valor de una cualidad de color será en ton ces definido por su po sición en relación con otras cualidades de co lor y en relación con otras di ferentes cualidades de sabor al mismo tiempo.

Retornando a la simple presencia: si percibimos una variación de intensidad de la presencia, es insignificante hasta que no podamos po nerla en relación con alguna otra variación. Pero, desde el momento en que las variaciones de intensidad son asociadas a un cambio de distancia, por ejemplo, la diferencia es instaurada y podemos decir lo que sucede: una cosa se aproxima o se retira en profundidad. El espacio de la pre sencia se hace entonces inteligible y podemos enunciar (predicar) sus transformaciones.

Globalmente, el sistema de valores resulta, pues, de la conjugación de una mira y de una captación, una mira que guía la atención sobre una pri mera variación, llamada intensiva, y una captación que pone en re lación esta primera variación con otra, llamada extensiva, y que de li mi ta así los contornos comunes de sus respectivos dominios de pertinencia.

2.3.2 La forma y la substancia

Los desarrollos que preceden concurren a aclarar las relaciones entre la substancia y la forma. Hjelmslev ha precisado la teoría de Saussure in sistiendo sobre el hecho de que los dos planos reunidos en una función semiótica son en primer lugar substancias: substancias afectivas o con ceptuales, biológicas o físicas; esas substancias corresponden grosso mo do a las “imágenes acústicas” y a las “imágenes conceptuales” de Sau s sure. Pero su reunión gracias a la función semiótica las convierte en formas: forma de la expresión y forma del contenido.

Está claro ahora que el proceso de formación de valores que hemos evo cado líneas arriba corresponde más exactamente al paso de la substancia a la forma: la substancia es sensible —percibida, sentida, presentida—, la forma es inteligible —comprendida, significante—. La substancia es el lugar de las tensiones intencionales, de los afectos y de las variaciones de extensión y de cantidad; la forma es el lugar de los sistemas de valores y de las posiciones interdefinidas.

Desde el punto de vista de la lingüística propiamente dicha, en la me dida en que se interesa exclusivamente por los sistemas de valor que cons tituyen las lenguas, y también desde el punto de vista de una semiología que sólo se interesa por los signos aislables y bien formados, ni la substancia ni el paso de la substancia a la forma deben llamar la aten ción. Pero, para una semiótica del discurso, en la que se juega sin ce sar la “escena primitiva” de la significación, es decir, la emergencia del sentido a partir de lo sensible, esas cuestiones se convierten en primor dia les.

Además, oponer la substancia y la forma no debe conducir a imaginar, aunque los términos mismos lo sugieran, que todo lo que se refiere a la substancia es “informe”; la substancia tiene también una forma —una forma científica o una forma fenomenológica—, pero una forma que no resulta de la reunión de los dos planos del lenguaje, una forma que la semiótica en cuanto tal no puede siquiera reconocer, y que otras dis ciplinas toman a cargo; otras disciplinas, quede bien entendido, a las que hay que saber interrogar.

En fin, la frontera entre la substancia y la forma, según Hjelmslev, tanto como la frontera entre el objeto dinámico y el objeto inmediato, según Peirce, también se desplaza. No puede ser de otra manera, pues to que la frontera entre el plano de la expresión y el del contenido se desplaza constantemente, tal como lo hemos sostenido. Cada vez que la fron tera entre expresión y contenido se desplaza, aparecen nuevas correlaciones entre formas, que suspenden las formas precedentes. La mayor o menor estabilidad de la frontera entre forma y substancia de pende de la memoria del análisis, así como de su progresión; fran quean do el paso: esa frontera depende del punto de vista adoptado por el analista, y, en consecuencia, de la posición que se atribuye a sí mis mo.

2.3.3 Hacia una significación sensible

Hemos observado más arriba que las definiciones de apariencia lógi ca, propuestas para describir la función semiótica, a saber la arbitrariedad o la necesidad (función también a veces definida como presuposi ción recíproca), no eran ni definitivas ni muy operatorias. Cierto es que fundaron en los años cuarenta y cincuenta la consistencia de un objeto de co no cimiento —lo que no es poco—, en un universo de pensamien to don de la lógica matemática era un modelo de referencia; aun cuando re sultan en parte verdaderas, no proporcionan un punto de partida sa tis factorio para una semiótica del discurso.

La dimensión sensible y perceptiva parece más rica en enseñanzas. Re capitulemos: los dos universos semióticos son deslindados por la toma de posición de un cuerpo propio. Las propiedades de ese cuerpo pro pio, que se pueden designar globalmente con el término propioceptividad, pertenecen a la vez al universo interoceptivo y al universo exteroceptivo. La reunión de los dos universos, con vistas a hacerlos significar en conjunto, se hace posible por el tercero, y en particular por el he cho de que pertenece a la vez a los otros dos.

El cuerpo propio hace de esos dos universos los dos planos de un len guaje. Que esa operación desemboque en una presuposición recíproca resulta de poco interés fren te a esta última proposición: el cuerpo sensible está en el corazón de la función se miótica, el cuerpo propio es el operador de la reunión de los dos planos de los lenguajes.

Esta simple fórmula: la semiosis es propioceptiva, tiene numerosas repercusiones. La más evidente, por el momento, tiende a esta nueva proposición: si la función semiótica es propioceptiva más que lógica, entonces la significación es más afectiva, emotiva, pasional, que conceptual o cognitiva. Otras consecuencias aparecerán más adelante, particularmente en los capítulos consagrados al discurso y a lo sensible.

2.3.4 Los estilos de categorización

Una de las capacidades fundadoras de la actividad de lenguaje es la ca pacidad de “categorizar” el mundo, de clasificar sus elementos. No se pue de, en efecto, concebir un lenguaje que sea incapaz de producir tipos, puesto que se necesitaría una expresión para cada ocurrencia; lo que manipulan los lenguajes, comprendiendo en ellos los lenguajes no ver bales, son tipos de objetos (por ejemplo, una mesa de oficina en general), y no ocurrencias (por ejemplo, la mesa particular que se encuentra en mi oficina). Sólo el discurso podrá, sucesiva o paralelamente, gracias al acto de referencia, evocar tal o cual ocurrencia del tipo para ponerla en escena.

En el ámbito de la imagen, por ejemplo, la necesidad de hacer referencia a tipos visuales ha sido largo tiempo confundida con la necesidad de denominar los objetos representados. La imagen de un árbol no es la imagen de un árbol porque yo puedo llamarla “árbol”. Asimismo, si yo reconozco una forma redondeada elíptica, no es porque yo puedo llamarla “elipse” sino porque allí he reconocido el tipo visual de la elipse. En ca so de no conocer el nombre de algo y de que estuviese por ejemplo obligado a utilizar una perífrasis (“redondo aplanado”), no tendría por qué no reconocer el tipo visual.

La formación de tipos es, en cierta forma, otro nombre de la categorización; consiste en la formación de las clases, de las categorías que un lenguaje manipula. Interesa a todos los órdenes del lenguaje: la percepción, el código y su sistema. Pero la categorización es puesta en mar cha particularmente en el discurso, en especial porque ella preside la instalación de “sistemas de valores”. En ese sentido, la formación de ti pos y la categorización nos interesan directamente en la medida en que constituyen estrategias dentro de la actividad de discurso. Ahora bien, la semántica del prototipo nos enseña que no hay una sola manera de formar categorías de lenguaje.

Intuitivamente, y porque la aproximación estructural forma hoy parte de manera implícita de nuestros hábitos de pensamiento, se podría pensar que sólo la investigación de las propiedades o de los rasgos comunes, lla mados “rasgos pertinentes”, es posible: así lo certifica el célebre “pa ra sen tarse” (con respaldo, con tres o cuatro patas, con barandas, etc.) de B. Pottier, modelo de todos los análisis sémicos, y que designa el rasgo co mún de la categoría de los asientos. La formación de la cate go ría re po sa, entonces, sobre la identificación de esos rasgos comu-nes, so bre su número y sobre su distribución entre los miembros de la ca tegoría.

Es posible considerar una versión más vaga de esa aproximación. Ima ginemos un conjunto de parientes: las semejanzas que permiten reconocerlos están desigualmente distribuidas; el hijo se parece al padre, que se parece a la tía, que se parece a la madre, que se parece a los hijos, etc.; cada semejanza difiere de la siguiente, no hay nada de común en tre el primero y el último elemento de la cadena; y, sin embargo, la pe r tenencia de cada individuo al conjunto apenas puede ponerse en du da. Esa red de rasgos desigualmente distribuidos, sin que ninguno pue da prevalecer para definir globalmente el tipo familiar, reposa sobre lo que se ha convenido en llamar una semejanza de familia (Wittgenstein).

Pero se puede también organizar una categoría en torno a una ocurrencia particularmente representativa, a un ejemplar más visible o más fá cilmente localizable que los otros y que posee él solo todas las propiedades que sólo están parcialmente representadas en cada uno de los otros miembros de la categoría. De ello da testimonio, por ejemplo, el uso frecuente que hacemos de la antonomasia: Éste es un Maquiavelo. La formación de la categoría reposa entonces sobre la elección del mejor ejemplar posible.

En el mismo sentido, la ocurrencia elegida para caracterizar el tipo pue de también ser la más neutra, la que no posee más que algunas de las propiedades comunes a las otras. Se observa esta tendencia en la denominación de los instrumentos de cocina: para designar los recipientes re servados a la cocción, para unos es la cacerola la que se impone, para otros, la marmita; y los utensilios de cocina a motor son todos robots. La formación del tipo reposa, en ese caso, en la elección de un término de base.

No existe una substancia que se preste por naturaleza a tal o cual ca tegorización; es el acto de categorización, la “estrategia” que lo anima, la que determinará la forma de la categoría, sus fronteras, su organización interna y sus relaciones con las categorías vecinas. Esta cuestión in te resa, pues, directamente para estudiar la manera en que las culturas “re cortan” y organizan sus objetos para hacer de ellos objetos de lenguaje; pero interesa también para estudiar el discurso en acto, en la medida en que allí también se recortan y categorizan universos figurativos pa ra definir sistemas de valores. Por eso podemos hablar de estilos de ca tegorización.

Estos cuatro grandes “estilos” reposan ante todo sobre elecciones per ceptivas y más precisamente sobre la manera en la que es percibida y establecida la relación entre el tipo y sus ocurrencias: o bien la categoría es percibida como una extensión, una distribución de rasgos, una serie (reunida por uno o varios rasgos comunes) o una familia (reunida por un “aire de familia”), o bien es percibida como la reunión de sus miem bros en torno a uno solo de entre ellos (o en torno a una de sus es pecies), con el cual forma un agregado (reunido en torno a un término de base) o una fila (como se dice: alineados detrás de un jefe de fila, el mejor ejemplar). Para cada una de estas elecciones, la categoría nos pue de procurar, a causa de su propia morfología, un sentimiento de uni dad fuerte o débil: en el caso de la fila (parangón) y de la serie, el sen timiento de unidad es fuerte; en el caso del agregado (conglomerado) y de la familia, es más débil.

En suma, los “estilos de categorización” se relacionan con las dos gran des dimensiones de la “presencia”, pero se trata ahora del modo de pre sencia del tipo en la categoría: puede presentar una extensión difusa o concentrada, y una intensidad sensible fuerte o débil. La tabla si guiente resume este último punto:


En la medida en que el discurso en acto hace referencia también a ocu rrencias más que a tipos constituidos y nos conduce sin cesar de los unos a las otras, en la medida en que predica y/o aserta sin cesar nuevas categorías y nuevos sistemas de valores, el conocimiento de estos “es tilos” de categorización se hace necesario para elaborar una semiótica del discurso. Pero los estilos de categorización sólo pueden ser establecidos si se coloca la formación de sistemas de valor bajo el control de las modulaciones de la presencia perceptiva y sensible; es decir, si se toma en cuenta, de manera explícita, el control que ejerce la percepción sobre la significación.

BIBLIOGRAFÍA

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1978 Charles S. Peirce, Ecrits sur le signe. Paris, Seuil. [En es pa ñol puede consultarse: Charles S. Peirce, Obra lógico-semiótica, Madrid, Taurus, 1987]

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HJELMSLEV, Louis

1971 Prolegómenos a una teoría del lenguaje. Madrid, Gredos.

KLEIBER, Georges

1990 La sémantique du prototype. Paris, PUF.

SAUSSURE, Ferdinand de

1990 Cours de linguistique générale. Paris, Payot, 1916 (réed. 1990). [En español: Curso de lingüística general. Buenos Aires, Losada, 1974].

CAPÍTULO II
Las estructuras elementales

Las estructuras elementales / Resumen

La esquematización de los procesos significantes es lo pro pio de los discursos. El mundo es un signo, el hombre es un signo, dice Peirce, pero ese sentido difundido en nuestro medio y en nosotros mismos sólo da lugar a una significación si está actualizado por un discurso, es de cir, por un acto de enunciación. Y, en relación con ese sen tido difuso, el discurso procede por esquematización, es decir, propone esquemas de significación, de los más simples a los más complejos, y en los que se ins talan sistemas de valores. Tal es el propósito de las “es tructuras elementales”: identificar las diferentes esquematizaciones elementales, las primeras articulaciones del sentido.

1. Estructuras binarias

Las estructuras binarias, en lo esencial, son de dos tipos: las oposiciones entre contradictorios (llamadas a veces privativas), y las oposiciones entre contrarios. La misma noción de oposición privativa es discutible, en la medida en que, frecuentemente, una oposición contradictoria puede adquirir un valor genérico, es de cir, acarrea un cambio de nivel jerárquico. Hjelmslev de finió estos dos tipos de oposiciones como dos maneras de ocupar el campo de una categoría: en el primer ca so, una ocupación más o menos concentrada, más o me nos intensa y, en el otro caso, un reparto en dos zonas que satura más o menos el campo.

2. Cuadrado semiótico

El cuadrado semiótico conjuga esos dos tipos de oposiciones en el seno de un mismo sistema de valores, gracias a otra relación, la implicación. Cada uno de los tér minos de la categoría está, entonces, en la intersección de tres tipos de relaciones: una contrariedad, una con tradicción y una implicación. Cada una lo ubica en re lación con otro término de la categoría. Recibe, en tonces, su definición del conjunto de esas relaciones. La unión así estructurada puede ser recorrida enteramente, diseñando de esta manera la armadura mínima de un relato.

3. Estructura ternaria

La estructura ternaria de Peirce trata de otro aspec to de la estructura elemental: las tres fases de la ela boración del sentido. El análisis de los tres niveles propuestos por Peirce muestra, en efecto, que co rresponden a diferentes grados de existencia de las magnitudes semióticas; se trata, en suma, de tres etapas mayores del proceso que conduce de la per cepción a la significación. Esos grados de existencia, que nosotros aumentaremos efectivamente a cua tro, y que llamaremos modalidades existenciales, pueden ser explotados en el análisis del discurso.

4. Estructura tensiva

La estructura tensiva es un modelo que trata de responder a las preguntas dejadas de lado por los modelos clásicos; otorga una representación de las estructuras elementales que está cerca del cuadrado semiótico, pero en la perspectiva de una semántica de lo continuo. Además, poniendo en relación un espacio tensivo de valencias y un espacio categorial de valores, la estructura tensiva conjuga las dos grandes dimensiones de la significación, lo sensible y lo inteligible.

Las estructuras elementales

1. LAS ESTRUCTURAS BINARIAS

El análisis de las diferencias mínimas conduce a descubrir oposiciones bi narias. La categoría es, entonces, definida por su eje, el rasgo común, y por sus dos rasgos pertinentes, los términos de la oposición. La forma más acabada y mejor conocida de esta concepción está representada por la fonología de Jakobson.

1.1 La oposición privativa

La primera diferencia es producida por la presencia y la ausencia de un rasgo: las consonantes pueden ser sonoras o no-sonoras, en el sentido de que una misma articulación, por ejemplo, bilabial, puede estar com binada o no con una resonancia de las cuerdas vocales (/b/ vs /p/). La categoría, en ese caso, es la de la sonoridad. Pero esta presentación es discutible porque no está claro cómo un término que no presenta el ras go definitorio de la categoría (el rasgo sonoro) podría pertenecer a esa misma categoría.

En los años sesenta, la noción de oposición privativa dio lugar a la de marca: entre los dos términos de una oposición privativa se acuerda entonces considerar que la presencia del rasgo “marca” un término; el otro término, que no posee el rasgo, es considerado como “no marcado”. La “marca” es, tal vez, más satisfactoria para el espíritu que la “privación”, pero no nos permite avanzar ni un paso: en efecto, sea “privado de un rasgo” o “no marcado”, el segundo término de la oposición di fícilmente puede pertenecer a la categoría definida por ese rasgo o por esa marca.

De hecho, la “privación” o la ausencia de “marca” esconden una propiedad esencial del término concernido, a saber, su valor genérico: al sus pender la aplicación de un rasgo específico, se encuentran todos los tér minos posibles de la categoría. El célebre slogan feminista, La mitad de las mujeres son hombres, reposa sobre ese mismo principio. El uso más corriente, según el cual la categoría de la sexualidad está designada por el término hombre, supone que este último posee el rasgo que de fine la categoría en general, el rasgo sexual por excelencia; en cambio, el término mujer es tratado como específico, y posee entonces un ras go suplementario que el término genérico no posee. Eligiendo el término mujer como término que designa la categoría, el slogan invierte la relación y hace del término hombre el término específico, dotado de un rasgo suplementario, y, del término mujer, el rasgo genérico que define la categoría. La guerra de los sexos recurre también a las armas de la categorización.

Las nociones de “oposición privativa” o de “marca” pueden, en rigor, ser conservadas cuando una categoría está limitada a dos términos, pero su puesta en marcha se hace particularmente problemática desde el momento en que el número de términos es superior a dos, puesto que entonces el término “no marcado” recubre toda la categoría, a excepción del término marcado.

Hjelmslev ha propuesto otra aproximación, poniendo en evidencia el hecho de que esta oposición concierne a la extensión de una categoría y no a su comprensión. Propone considerar que toda categoría equivale a un dominio en el espacio abstracto de los recortes culturales y que ese dominio puede ser ocupado de dos maneras diferentes: sea de ma nera difusa y vaga (sub-dominio A), sea de manera concentrada y pre cisa (sub-dominio a):


No se trata ya de rasgo “presente” o “ausente”, sino de la intensidad perceptiva de una parte de la categoría: el término “di fuso” o “vago” sirve de fondo sobre el cual se destaca una figura, el término “con centrado” o “preciso”.

La llamada oposición “privativa” es redefinida de esta manera como una oposición que depende del lugar y de la intensidad de los términos; pero hay que tener en cuenta, para evitar algunos malentendidos, que el término “vago” o “difuso” no es, como se podría pensar, “impreciso”, sino que tiene un valor genérico: desde ese momento, la negación que lo hace aparecer en el discurso da libre curso a todos los términos po sibles de la categoría: no se trata ya de una caja vacía sino de una caja de Pandora…

1.2 La oposición entre contrarios

Otra posible oposición es la que pone en presencia, sobre el fondo de un mismo eje, dos términos igualmente “plenos”, es decir, definidos ca da uno por un rasgo. En fonética, por ejemplo, se opondrá el rasgo “bi labial” al rasgo “labiodental”, sobre el fondo del eje común, el rasgo “la bial”. La categoría de las labiales será entonces organizada, en fran cés, por la diferencia del punto de articulación secundaria, labial o dental.

A otro nivel de análisis que el evocado líneas arriba, el masculino y el femenino obedecen a ese mismo principio de contrariedad: sobre el fon do de la categoría de la sexualidad, los dos términos se oponen gracias a la presencia de dos rasgos igualmente presentes, cada uno contrario del otro.

En la perspectiva de Hjelmslev, se debería entonces suponer o bien que él no otorga mucha importancia a esta figura o que dos subdominios concentrados ocupan el dominio de la categoría:

Esta representación tiene la ventaja de mos trar que el dominio pue de ser saturado o no sa turado por los dos contrarios, y que, en con se cuen cia, si hay zonas no cubiertas por A1 y A2, queda un subdominio “di fuso” ocu pado por el término genérico.

2. EL CUADRADO SEMIÓTICO

El cuadrado semiótico se presenta como la reunión de los dos tipos de oposiciones binarias en un solo sistema, que administra a la vez la pre sencia simultánea de rasgos contrarios y la presencia y la ausencia de cada uno de esos dos rasgos. Como la “ausencia” tiene, como ya se ha mostrado, un valor genérico, se puede decir que el cuadrado semióti co, en suma, se interesa a la vez por la organización interna de la categoría y por la delimitación de sus fronteras.

2.1 Las relaciones constitutivas

Un cuadrado semiótico descansa sobre los rasgos contrarios de una categoría, a partir de los cuales se proyectan los contradictorios:


Pero esta representación no ofrece gran interés mientras las relaciones entre todos los términos no estén precisadas, particularmente las relaciones entre a2 y no a1 de un lado, y a1 y no a2 del otro. Se trata, pues, de precisar la relación que se establece entre los productos respectivos de dos tipos de diferencias. En efecto, a partir de a1, por ejemplo, se obtiene el contrario a2 y el contradictoriono a1. Se constata en tonces que esos dos nuevos términos, si la categoría es homogénea, de ben ser complementarios el uno del otro. El rasgo contrario a2, en efecto, implica la ausencia del rasgo a1, es decir, su contradictorio no a1, que es del mismo género que él. Asimismo, el rasgo a1 implica el rasgo no a2.

En todas las obras de semiótica de los años setenta y ochenta se encontrarán excelentes pre sen taciones del cuadrado semiótico, el cual hace mucho tiempo que cumple la función de “emblema” de la semiótica greimasiana. Para más precisiones, nos remitimos a di chas presentaciones. De hecho, en su uso, ese modelo ha presentado siempre las mismas dificultades: una dificultad técnica y una dificultad metodológica. Desde un pun to de vista técnico, la relación más difícil de establecer y de justificar es siempre la re lación de complementariedad; es posible hilvanar mecánicamente cuadrados formales par tien do de dos contrarios A & B y proyectando sus contradictorios no A & no B; pero es mu cho más delicado identificar claramente esos contradictorios en el curso del análisis y asegurarse de que son realmente los complementarios de los contrarios.

Desde el punto de vista metodológico, la construcción de un cuadrado a partir del aná lisis de un corpus es siempre problemático, pues la definición del cuadrado no comporta ninguna indicación sobre la manera en que los datos textuales deben ser levantados y tratados para entrar en el estilo de categorización que es inducido por el cuadrado semiótico. Resulta que, frecuentemente, el cuadrado aparece como una proyección que presiona a los elementos del corpus a adoptar la forma que impone. De hecho, en un caso como en otro, la dificultad reside siempre en la relación problemática entre el mo delo constitucional y la forma de los datos textuales extraídos de un corpus con creto.

Pongamos un ejemplo. Imaginemos que, en un texto, dos elementos naturales se oponen como contrarios: el agua y el fuego, y que los otros dos no tienen otro rol que el de manifestar la ausencia de los dos pri meros, la tierra y el aire respectivamente: en ese caso, la tierra sería el contradictorio del agua; el aire sería el contradictorio del fuego:


La simple proyección de los dos tipos de diferencias no nos dicen na da de las relaciones entre, respectivamente, el agua y el aire, el fuego y la tierra y, en fin, la tierra y el aire. Ahora bien, para que la categoría sea isotópica y homogénea, sería necesario que el valor de cada término pudiera ser precisado en relación con todos los otros y no en relación con uno solo. Esta es una cuestión de “estilo” de categorización: si uno se contenta con definir cada término por una relación con sólo otro té r mino, globalmente, la categoría será una “familia”. Por el contrario, el ti po de categoría aquí investigada es una categoría que forma una totali dad en la que todos los términos entran en relación con todos los otros, es decir, según Saussure, un sistema de valores.

Se dirá entonces que a las diferencias de base se añaden otros dos ti pos de relaciones: agua y aire son complementarios (pertenecen al mis mo género) puesto que ambos son opuestos a fuego; asimismo, fuego y tierra, ambos opuestos a agua y del mismo género, son complementarios. Tierra y aire son subcontrarios, producidos ambos por la negación de los contrarios.

La tradición plantea que los términos sean dispuestos de manera más ex plícita: el cuadrado semiótico es, en efecto, ante todo, un esque ma vi sual, y la visualización de las relaciones debe ser intui tivamente aceptable; la diagonal será reservada a la contra dicción, la horizontal a la con trariedad y la vertical a la com ple men ta riedad.


Desde un punto de vista práctico, si uno se esfuerza por construir un cuadrado semiótico, la dificultad reside casi siempre en el establecimien to de las relaciones de complementariedad; su interés reside, justamente, en procurar un buen test de consistencia: si los complementarios no funcionan en el texto analizado, es que la categoría está mal construida o mal delimitada.

2.2 La sintaxis elemental

El cuadrado semiótico está destinado a ser recorrido: el sistema de va lores que propone puede diseñar las fases principales de un relato mí nimo y las relaciones entre los términos sirven entonces de soporte a las transformaciones narrativas elementales. Pero todas las relaciones no son explotadas de la misma manera.

Ante todo, la contrariedad no puede dar lugar a una transformación: el camino que lleva de un contrario a otro, de a1 a a2, pasa primero por el contradictorio no a1. En suma, es necesario negar el término que es tá en el origen del recorrido antes de afirmar su contrario; es necesario negar el primer género para entrar en el segundo.

Luego, dos caminos son posibles, uno de los cuales es canónico y el otro no canónico: a partir de a1 se puede negar a1 (no a1) de manera canónica, después afirmar a2; pero se puede también, de manera no ca nónica, tomar en retroceso la complementariedad con no a2, después, tomar en retroceso la contradicción entre no a2 y a2. Este segundo recorrido se encuentra a veces en los textos, pero se ve enseguida por qué no es canónico, pues toma en retroceso cada una de las relacio nes que utiliza como soporte; esas transformaciones, como son no ca nó nicas, o sea ilógicas, aparecen como saltos cualitativos y pasionales par ticularmente sorprendentes. Sea:


2.3 La polarización axiológica

La sintaxis elemental es una secuencia de predicados (negar & afirmar) que aseguran las disjunciones (negar) y las conjunciones (afirmar) de un recorrido narrativo condensado. Si se admite con Greimas que el relato se define como una transformación de contenido, entonces es ta secuencia se convierte en la matriz narrativa por excelencia. Se mos trará más adelante que otras matrices narrativas son igualmente po si bles. Pero por lo que concierne a lo que nos ocupa en este momento, el cuadrado semiótico, los términos que lo componen constituyen en claves del recorrido narrativo: se parte, por ejemplo, de la posición a1 y se trata de alcanzar la posición a2, vía la posición no a1. En conse cuencia, el sistema de valores semánticos que esquematiza el cuadrado se miótico debe ser considerado como un sistema de valores para los su je t os, es decir, como un sistema axiológico. Se está entonces pasando (1) del valor de un término en relación con otros términos (2) al valor de una posición en relación con otras posiciones, y (3) al valor que esos con tenidos y que esas posiciones tienen para los sujetos. Del valor de fi nido por la diferencia (versión paradigmática), se ha pasado al valor de finido en la perspectiva de un sujeto narrativo, sujeto comprometido en una serie de transformaciones narrativas (versión sintagmática).

Esta conversión puede ser explicada simplemente a pesar de que no sea, en sí misma, una conversión simple. En efecto, una vez organizado como cuadrado semiótico, el sistema de valores saussuriano debe ser orientado o, más precisamente, polarizado —un polo positivo y un po lo negativo— para poder ser recorrido por un sujeto en busca del valor. El camino que lleva de un contrario al otro se convierte entonces en el ca mino que conduce de un polo al otro, es decir, en el camino que acer ca o que aleja del valor positivo. Si, por ejemplo, el cuadrado de ele mentos naturales es polarizado así:


entonces los caminos recorridos por la sintaxis serán:

• un camino canónico progresivo que conjunta con el valor positivo: (-) fuego aire agua (+)

• un camino canónico regresivo que conjunta con el valor negativo: (+) agua tierra fuego (-).

Se establecerá como regla que los dos recorridos están siempre disponibles y siempre al menos virtualmente activos. En consecuencia, cada uno de los dos sólo puede realizarse neutralizando al otro y la “energía” desplegada por este hacer estará entonces en función de la resistencia opuesta por el recorrido contrario. La primera consecuencia de la po larización del sistema de valores es, pues, una tensión (una diferencia de potencial), entre el polo negativo y el polo positivo; la segunda con secuencia es la aparición de una tensión entre las dos direcciones po sibles, es decir, entre dos recorridos de orientación opuesta.

2.4 Los términos de segunda generación

Los términos obtenidos en un cuadrado semiótico no son otra cosa que los términos resultantes de las relaciones constitutivas del cuadrado, que aparecen en la intersección de tres tipos de relaciones, la contra riedad, la contradicción y la complementariedad. Pero en los discursos concretos son con frecuencia las figuras mixtas las que se presentan, figuras compuestas que comportan dominantes, y ello resulta necesario para dar cuenta de la asociación de términos simples en lo que se ha convenido en llamar términos de segunda generación.

La asociación de dos contrarios a1 & a2, forma el término complejo. La asociación de dos subcontrarios, no a1 & no a2, forma el término neutro. Se pueden asociar también, dos a dos, los complementarios; si el cuadrado está polarizado para formar una axiología, una de esas aso ciaciones (a1 & no a2, por ejemplo) formará el término positivo y el otro (en este caso a2 & no a1) formará el término negativo.

La identificación de tales combinaciones es, en general, específica de ca da discurso concreto, pero como el número de combinaciones es limitado, se pueden prever diferentes figuras. Se puede imaginar, por ejem plo, para los elementos naturales, que tal discurso particular podría pro poner las siguientes combinaciones: [agua + fuego] = fuego líquido; [aire + tierra] = polvo; [agua + aire] = bruma; [fuego + tierra] = ceniza.

3. LA ESTRUCTURA TERNARIA
3.1 Los tres niveles de aprehensión de los fenómenos

La semiótica peirceana reposa enteramente sobre una concepción ternaria de la estructura elemental. Pero no se trata en este caso de la estructura de los términos de una categoría sino de niveles de aprehen sión de esa categoría o, en otros términos, de tres modos diferentes de la aprehensión de la significación que son, según Peirce, tres maneras di ferentes y jerarquizadas por las cuales podemos conocer el mundo del sen tido. Porque esta semiótica es ante todo una teoría del conocimiento.

En un primer nivel, llamado simplemente Primero (o primeridad — first ness en inglés—), se aprehenden solamente las cualidades sensibles o emotivas del mundo; este nivel es primero por rango de orden, pero tam bién porque comporta un solo elemento: la cualidad misma. Por ejem plo: la sensación de “mojado” es primera. El signo típico de este nivel es el icono.

En un segundo nivel, llamado Segundo (o segundidad— secondness en inglés—), se pone en relación la cualidad con otra cosa; este nivel es segundo por rango de orden, pero también porque comporta dos elementos. Por ejemplo, cuando la sensación de “mojado” es puesta en relación con la lluvia que cae, esa relación es llamada segunda. El signo tí pico de este nivel es el índice.

En un tercer nivel, llamado Tercero (o terceridad —thirdness en inglés—), se ponen los dos primeros niveles en la perspectiva o bajo el con trol de un tercero; este nivel es tercero porque comporta, de hecho, tres elementos. Lo más corriente es que este tercer elemento se presente co mo una ley o una convención: se podría, a partir del ejemplo en curso, tener por resultado “Llueve siempre que está mojado”, confrontando la relación de segundidad con el tiempo, que estaría en función de tercero, y llegaríamos así a desprender una regla. El signo típico de este ni vel es el símbolo.

3.2 Propiedades de los tres niveles

En los innumerables escritos de Peirce, los tres niveles de aprehensión de los fenómenos conciernen a casi todas las propiedades imaginables: cada exégeta se precia de encontrar las que le convienen para tal o cual uso.

Preguntarse qué son concretamente la primeridad, la segundidad y la terceridad no tiene, de hecho, mucho sentido, puesto que se trata de tres momentos fundamentales de toda construcción del sentido, de toda ex periencia, y, en general, de la relación entre el hombre y su entorno. En la teoría peirciana misma, la estructura ternaria sirve particularmente:

• para construir el signo mismo, puesto que el objeto es primero, el representamen segundo y el interpretante tercero;

• para distinguir los tipos de signos, puesto que el icono, el índice y el símbolo participan respectivamente del primero (semejanza cua lita ti va), del segundo (relación causal o explicativa) y del tercero (convención);

• para distinguir muchos tipos de objetos, de representámenes, de in terpretantes, luego de iconos, de índices y de símbolos, cada vez bajo el mismo principio, por una nueva división en tres niveles.

En cambio, si se adopta la perspectiva de la elaboración de un lenguaje y del funcionamiento del discurso que lo pone en marcha, uno se per cata de que la triplicación peirciana interesa fundamentalmente en lo que respecta a las modalidades de elaboración de la significación. En efec to, entre las muchas propiedades de esta triplicación que son objeto de consenso entre los diversos lectores de Peirce (Deledalle, Eco, Savan, entre otros), las propiedades modales son las más frecuentemente in vocadas.

Esas propiedades modales caracterizan los niveles de articulación de la significación. En la perspectiva de una semiótica del discurso, las definiremos como modos de existencia de la significación en discurso.

3.3 Los modos de existencia

Todas las teorías del lenguaje deben dotarse de niveles epistemológicos, que son definidos como modos de existencia de las magnitudes se mióticas.

Por ejemplo, Saussure distingue la lengua, que es virtual, y el habla, que es realizada. Guillaume distingue la lengua (virtual), la efectuación (ac tual) y el discurso (realizado). Hjelmslev distingue siempre lo realizable (el sistema) y lo realizado (el proceso). Por último, Greimas distingue las virtualidades del sistema, la actualidad del despliegue semionarrativo y la realización por el discurso. Estas diversas aproximaciones po drían ser superpuestas muy fácilmente, pero lo que debe interesarnos aquí es solamente el principio: toda teoría del lenguaje tiene necesidad de una teoría de los modos de existencia para poder precisar el es tatuto de los objetos que manipula.

Además, las enunciaciones concretas explotan también estos modos de existencia, ponen en juego de cierta forma esos diferentes “niveles de realidad”. La cuestión epistemológica del estatuto de las magnitudes lingüísticas y semióticas se convierte, entonces, en los discursos concre tos, en una cuestión metodológica, la de las modulaciones de la pre sencia de esas magnitudes en el discurso. Así, la litote (No te odio en ab so luto) juega con dos modos de presencia: un contenido en el que la pre sencia es real —el enunciado negativo—, y un contenido en el que la presencia es potencial —el enunciado positivo subyacente, Te amo—.

Globalmente, Peirce, con su estructura ternaria, no procede de manera diferente a Saussure, Guillaume o Hjelmslev: aunque la teoría que él deduce sea diferente, presenta también las diferentes etapas de una elaboración modal de la significación, distinguiendo: (1) el modo virtual (primero) es aquel que comprende todos los posibles de un lenguaje y particularmente todos los posibles sensibles y perceptivos; (2) el modo actual o real (segundo) es aquél que comprende los hechos realizados y que permite particularmente anclar la acción y la transformación de los estados de cosas en la percepción y en lo sensible; (3) el modo potencial (tercero) es aquel que comprende todas las le yes, reglas, usos que programan la existencia y sus transformaciones.

Los tres niveles de la semiótica peirciana nos animan también, de hecho, a definir los modos de existencia del discurso y a definirlos gracias a los contenidos de las modalidades: Habremos reconocido de paso (1) las modalidades aléticas (lo posible) en el pri mer nivel, (2) las modalidades factuales (querer, saber, poder hacer) en el segundo nivel, y (3) las modalidades deónticas (el deber, la ley, la regla, etc.), en el tercer nivel.

Elaborar la significación de un discurso consiste, pues, en atravesar esas diferentes fases modales, desde la apertura máxima de los posibles que procuran la impresión y la intuición, hasta la esquematización apremiadora que procura el análisis.

La cuestión pendiente es la siguiente: ¿cómo hacer operatorias esas no ciones tan generales que son los modos de existencia? Lo más frecuente (en Saussure y en Chomsky, por ejemplo), es que ellas suministren el trasfondo epistemológico de la teoría; además, cada teoría sólo re tiene como pertinente uno de los modos de existencia (los dos autores aludidos se confinan voluntariamente en lo virtual, lengua o competencia). Peirce, con Guillaume y Greimas, es uno de los pocos teóricos que han dado a esas modalidades un rol en el método mismo, en el aná lisis de los objetos de significación; pero hemos visto que la solución que ha retenido desemboca en una multiplicación exponencial de ti pos y de subtipos de signos, que llega pronto a ser extravagante.

Para evitar tal deriva, proponemos afectar la distinción de los mo dos de existencia a una y sólo una categoría: la de la presencia. De es ta forma, los modos de existencia de la significación (cuestión gene ral de epistemología) se convierten en modos de existencia en el discur so, en modalidades de la presencia en discurso (cuestión de método y de análisis). Así, en la antonomasia Este es un Maquiavelo, el personaje de Maquiavelo está actualizado pero no realizado, porque la referencia enfocada por la predicación concierne a otro actor; mientras que ese otro actor enfocado por la predicación, por ejemplo tal hombre político, está realizado; además, el conjunto de actores que pueden responder a esa definición quedan virtuales, mientras que el esquema de comportamiento que implica y que caracteriza a la categoría, será considera do co mo potencial. Los modos de existencia serían, pues, cuatro: vir tua lizado, actualizado, realizado, potencializado. Volveremos sobre es to.

4. LA ESTRUCTURA TENSIVA
4.1 Problemas en suspenso

El cuadrado semiótico reúne los diferentes tipos de oposiciones para ha cer un esquema coherente. Pero presenta la categoría como un todo aca bado, que no está bajo el control de una enunciación viviente; además, transforma la categoría en un esquema formal, que no tiene ninguna relación con la percepción y la aproximación sensible a los fenómenos.

Los discursos concretos oponen sin cesar sus formas mixtas y figuras en tremezcladas: formas complejas y enredadas que se deben desenredar para llegar a los mecanismos elementales. Ahora bien, el método reposa sobre el establecimiento de estructuras elementales y parte, a la inversa, de las formas más simples para llegar a las más complejas. Debemos, entonces, para completar esta aproximación, darnos los medios para aprehender las cosas tal como ellas se presentan en el discurso, es de cir, ante todo, como formas complejas.

La estructura ternaria de Peirce, y más generalmente la distinción entre los modos de existencia, nos suministra una representación esquemática del camino que conduce de lo sensible a lo inteligible, representación que falta en el cuadrado semiótico. Pero, en cambio, esta otra apro ximación no nos dice nada de la manera en que se forman los sistemas de valores, sobre los cuales el cuadrado semiótico es perfectamente explícito.

4.2 Las nuevas exigencias

Si se quiere, hoy por hoy, proponer un esquema de las estructuras elementales, nos parece necesario plegarse a las siguientes exigencias:

• los vínculos entre lo sensible y lo inteligible, las etapas del paso del uno al otro deben ser definidas, quedando entendido que las pro pie dades semióticas propiamente dichas estarán del lado de lo “inte li gible”;

• el modelo propuesto debe, globalmente, desembocar en la formación de un sistema de valores;

• este modelo debe también tener en cuenta la variedad de “estilos de cate gori za ción”;

• la gestión debe respetar las cosas “tal como se presentan” en el discurso, es decir, partir de formas complejas para arribar a la formación de posiciones simples.

Proponemos una gestión en cuatro etapas, que seguiremos en compañía de los elementos naturales, a título de ilustración.

4.3 Las dimensiones de lo sensible

Antes de cualquier categorización, una magnitud cualquiera es, para el sujeto del discurso, una presencia sensible. Esta presencia se expresa, hemos dicho, a la vez en términos de intensidad y en términos de ex tensión y de cantidad (capítulo I, 2.3.1. La formación de los sistemas de valo res). ¿Cuál podría ser, por ejemplo, la cualidad de presencia de los ele men tos naturales? Antes de identificar tal o cual materia, tal o cual ele men to, habremos reconocido sus propiedades táctiles o visuales, el ca lor y el frío, lo liso y lo rugoso, lo visible y lo invisible, lo móvil y lo in mó vil, lo sólido y lo fluido.

Estas son cualidades sensibles que pueden ser apreciadas según las dos grandes direcciones que proponemos: lo móvil y lo inmóvil, por ejem plo, pueden ser apreciados según la intensidad: diferentes niveles de energía parecen adheridos a los diferentes estados sensibles de la ma teria, o según la extensión: el movimiento es relativo a las posiciones su cesivas de una presencia material e implica una apreciación del espacio recorrido y del tiempo transcurrido.

O también, la solidez, promesa de permanencia, será apreciada como la capacidad de permanecer en una sola posición y una sola forma (ex tensión), al precio de una fuerte cohesión interna (intensidad) mientras que la fluidez se deja aprehender como un debilitamiento de la cohesión interna (intensidad) con la promesa de una gran labilidad, de una inconstancia de las formas y de las posiciones en el espacio y en el tiempo (extensión).

Cada efecto de la presencia sensible asocia, pues, para ser justamente calificado de “presencia”, un cierto grado de intensidad y una cier ta po sición o cantidad en la extensión. La presencia conjuga, en su ma, de una parte, fuerzas, y, de otra parte, posiciones y cantidades. No te mos aquí que el efecto de intensidad aparece como interno, y el efecto de ex tensión, como externo. No se trata de la interioridad y de la exteriori dad de un eventual sujeto psicológico, sino de un dominio interno y de un dominio externo, diseñados en el mundo sensible como tal. Como ya lo hemos sugerido en el capítulo precedente, el cuerpo propio del sujeto se constituye en la forma misma de la relación semiótica, y el fe nómeno así esquematizado por el acto semiótico está dotado de un do minio interior (la energía) y de un dominio exterior (la extensión).

4.4 La correlación entre las dos dimensiones

Si, en la primera fase, se exploran todas las posibilidades de aprehensión sensible de los fenómenos, en cambio, en la segunda fase, hay que seleccionar dos dimensiones, una surgida de la intensidad y otra de la extensión, para ponerlas en relación.

Esta puesta en relación será llamada, en adelante, correlación. La correlación será establecida a partir de una cierta cualidad y de una cierta cantidad de la presencia sensible, antes incluso del reconocimiento de una figura. Por ejemplo, en nombre de la “solidez”, se podrá atribuir al elemento tierra una importante fuerza de cohesión y una débil propensión a la dispersión espacio-temporal. Inversamente, en nombre de es ta misma cualidad de presencia, se podrá atribuir al aire una débil fuer za de cohesión y una gran labilidad en la extensión. Cuando adoptamos el punto de vista del discurso, somos conducidos, antes de preguntar si los términos de una categoría tienen un valor universal cualquiera, a investigar, ante todo, las cualidades sensibles que determinan y orientan la puesta en escena de la categoría.

Si partimos de las dos dimensiones invocadas, intensidad y extensión, consideradas como dimensiones graduales, su correlación puede ser representada como el conjunto de puntos de un espacio sometido a dos ejes de control.


En conformidad con la definición de los dos planos del lenguaje:

• la intensidad caracteriza el dominio interno, interoceptivo, que se convertirá en plano del contenido;

• la extensión caracteriza el dominio externo,exteroceptivo, que se convertirá en plano de la expresión;

• la correlación entre los dos dominios resulta de la toma de posición de un cuerpo propio, sede del efecto de presencia sensible; es, pues, propioceptivo.

4.5 Los dos tipos de correlación

En la tercera fase, se deben extraer las consecuencias de la toma de po sición de un cuerpo propio, de un “cuerpo sintiente”; éste no impone so lamente la partición entre dos dominios, un dominio interno e intensivo y un dominio externo y extensivo; impone también una orientación, la de la mira (a partir del dominio interno; por consiguiente, en intensidad) y la de la captación (a partir del dominio externo; por consiguiente, en extensión).

La mira y la captación, las dos operaciones que hemos considerado co mo necesarias para una representación de la significación en acto (capítulo I, 2.3.1 La formación de los sistemas de valores), convierten, pues, las di mensiones graduales en ejes de profundidad, orientados a partir de una posición de observación. Los grados de intensidad y de extensión, ba jo el control de las operaciones de la mira y de la captación, se convierten entonces en grados de profundidad perceptiva.

Si se consideran los puntos del espacio interno, uno a uno, todas las com binaciones entre los grados de uno de los dos ejes con los grados del otro son posibles. En consecuencia, todos los puntos del espacio interno están disponibles, indiferentemente, para definir posiciones del sis tema. Pero no buscamos definir posiciones aisladas; investigamos valores, es decir, posiciones relativas, diferencias de posiciones. Y, desde el momento en que se considera la relación entre dos puntos del espacio interno, estamos obligados a tomar en cuenta la orientación relativa de los dos ejes de control.

Cuando se comparan dos posiciones diferentes en el espacio interno, son posibles dos evoluciones relativas, que definen dos tipos de correlaciones entre los ejes de control. En efecto, o bien, entre las dos posiciones, evolucionan las dos dimensiones en el mismo sentido: si más in tensa es la mira, más extensa es la captación; o bien, entre las dos posiciones, las dos dimensiones evolucionan en sentido contrario: si más in tensa es la mira, menos extensa es la captación, y recíprocamente.

Se distinguirán, entonces, dos tipos de correlaciones entre la mira y la captación: una correlación directa, conversa, y una correlación contraria, inversa.

El esquema de esas dos correlaciones podría ser representado así: el con junto de puntos de la correlación directa está situado en torno de la bi sectriz del ángulo formado por los dos ejes; el conjunto de puntos de la correlación inversa sigue un arco tangencial a los dos ejes. Las dos co rrelaciones pueden ser aproximadamente representadas por las dos zo nas grises de la figura adjunta.


4.6 De las valencias a los valores

Los dos ejes del espacio externo definen las valencias de la categoría exa minada. Todos los puntos del espacio interno son susceptibles de co rresponder a valores de la misma categoría. Pero de esa nube de puntos se desprenden algunos principios organizadores: de un lado, la diferencia entre las dos correlaciones determina dos grandes zonas (las zo nas grises); del otro, la conjugación de los grados más fuertes y más dé biles sobre los dos ejes determina zonas extremas. Todos los puntos del espacio interno son pertinentes, pero las zonas extremas de cada co rre lación son las zonas más típicas de la categoría examinada. La combi na ción entre esos dos principios permite desprender cuatro grandes zo nas típicas de la categoría, que corresponden, además, a los “estilos de ca tegorización” presentados en el capítulo precedente (capítulo I, 2.3.4 Los estilos de categorización):

• una zona de intensidad fuerte y de extensión débil (estilo categorial: el parangón);

• una zona de intensidad y de extensión igualmente fuertes (estilo categorial: la serie);

• una zona de intensidad débil y de extensión fuerte: (estilo categorial: la familia);

• una zona de intensidad y de extensión igualmente débiles (estilo categorial: el conglomerado).

Para volver a un caso más concreto, examinemos lo que pasa cuando, en tal discurso particular, los elementos naturales son mirados y cap tados según la energía que ponen en marcha y el despliegue espacio-tempora l de que son capaces. En ese caso, las valencias son la energía y el despliegue espacio-temporal. Las cuatro zonas típicas del espacio interno son, entonces, ocupadas por uno de los elementos naturales ca da una, cuya posición en el espacio de correlación define su valor. En re sumen, los elementos así definidos no son más que valores comanda dos y definidos por las valencias perceptivas y sensibles del espacio ex ter no. Hay que precisar aquí que el valor de una posición depende, a la vez, de los grados que lo definen sobre los ejes de control y del tipo de correlación (directa o inversa) al cual pertenece. La distribución ob te nida es específica de una cultura o de un discurso, puesto que de pen de de las valencias que han sido seleccionadas en un discurso particular; la elección no es inmensa, pero de todos modos es, en principio, es pecífica de tal o cual discurso.

El modelo propuesto está, entonces, concebido en principio para ren dir cuenta de la categorización discursiva tal como aparece bajo el con trol de praxis enunciativas concretas. Frecuentemente, se ha reprochado al cuadrado semiótico el proponer solamente estructuras universales antes que describir discursos concretos: tomamos nota de esa justificada crítica, colocando la aparición de los valores bajo el control de las valencias.

La distribución de los elementos naturales en una estructura tensiva debe ser específica del discurso o de la cultura analizadas; las valencias mismas serán específicas, pues si la intensidad y la extensión tienen un valor general, las isotopías que las realizan en cada discurso son específicas; los valores serán también específicos, en la medida en que los tipos figurativos retenidos dependen estrictamente de las valencias y de sus correlaciones. La distribución que proponemos líneas arriba ha sido elaborada a partir de un análisis de la semiótica del mundo natural en los filósofos presocráticos: el fuego ocupa allí la posición de la energía más alta y de la extensión más limitada; el agua, la de la energía más alta y de la extensión más amplia, etc.


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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
16 ocak 2025
Hacim:
345 s. 26 illüstrasyon
ISBN:
9789972453113
Telif hakkı:
Bookwire
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