Kitabı oku: «Tiempos canallas»


Carta uno
Estimada A:
Permítame contarle una historia de fantasmas. Sé que usted no me conoce y esto debe representar una absoluta intromisión en su vida. Pero resulta mejor escribir que acercarme a usted mañana en un pasillo de la universidad donde estudia para contarle una historia de fantasmas, donde usted está involucrada (aunque esto, aún no lo sabe), seguro me daría alguna excusa muy cortés (me consta que a pesar de su juventud, 19 años, usted es una persona amable) e inmediatamente se daría la media vuelta para escapar con paso veloz. Nuestro encuentro se convertiría, si bien nos va, en una incómoda anécdota sobre un nervioso hombre desconocido que la interceptó en la universidad para contarle una bizarra historia de fantasmas. Ahí acabaría el asunto: usted con un disgusto y cierta alarma, y yo con un vergonzoso sentimiento de derrota.
Por eso mismo he decidido enviar esta misiva a su domicilio por correo tradicional, sí, ese viejo sistema donde un empleado con uniforme lleva y trae letras. Sé que casi nadie ya usa este método, pero lo haré porque quiero recuperar algo maravilloso: el poder de la espera. ¿Que a qué me refiero? Antes, al esperar una misiva durante varias semanas las palabras adquirían una especie de hondura, se fermentaban hasta formar un poso, no sé si me entienda; cuando se recibía una carta había que leerla muchas veces hasta encontrar todos sus significados. Ahora esto resulta imposible con el replay o send que están disponibles como el gatillo de una escopeta. Y es justo lo que pretendo evitar, no deseo que conteste de inmediato, es más, pido que no me conteste de algún modo, por eso esta carta sólo lleva como remitente un apartado postal que a su vez conecta a una lista de correos con un seudónimo; así que, créame, estimada A; no pierda tiempo haciendo el rastreo de dónde viene esta carta, sólo quiero que reflexione sobre estas líneas, porque la historia que voy a compartirle es de tal manera perturbadora que necesito contarle paso a paso para que pueda concebirla en su sencilla complejidad.
Esto me lleva a hablar del segundo motivo de por qué quiero contarle la historia en episodios epistolares y tiene que ver con la verosimilitud. Usted estudia biología así que doy por descontado que es una joven de espíritu científico y ya no cree en supersticiones. Los jóvenes ahora se burlan de las historias sobrenaturales de sus abuelos, pero créame que todas las creencias, bien dosificadas, se implantan en el seso como una semilla que, si se riega en repetidas ocasiones, desarrolla raíz y en un tiempo florece. Algo increíble que tiene el ser humano: la necesidad de creer. No estoy diciendo que quiero meterme en su cerebro para manipularlo. Lo que sucede es que mi historia debe ser contada en dosis, porque sus piezas, a la vez extrañas y fantásticas, necesitan cierto tiempo para embonar.
Seguramente se está preguntando: y a todo esto ¿quién soy yo? ¿Por qué la elegí para ser la destinataria de mis letras y de esta historia que presume tener dosis de misterio y espectros por igual? ¿Tengo alguna intención oculta con usted? ¿Soy un vulgar acosador? Tal vez debería denunciarme ante la policía. Permítame tranquilizarla, por favor.
Le propongo un pacto unilateral, lo es, porque esto no es una correspondencia al uso; estamos ante un monólogo en el que he elegido a usted como única lectora, pero le puedo dar las siguientes garantías:
Sé que no espera mi permiso, pero puede mostrar estas cartas (van a ser varias, me temo, y cada vez más largas) a quien desee: policía, amigos, familiares. Aunque recomiendo, al principio, que tenga el deleite de ser la única depositaria de esta historia.
Nunca nos vamos a conocer personalmente. Aunque sé muchas cosas de usted, estimada A; juro que jamás me acercaré, ni propondré nada indebido. Le prometo que no tendrá el disgusto de verme aparecer en su vida real. Tiene mi palabra.
Y tercera y última garantía: dejaré de enviar estas cartas cuando usted lo solicite. Sólo envíe un sobre vacío al apartado postal con la palabra “No” escrita al reverso y será suficiente, no volveré a molestarla y me guardaré estas cartas para mí mismo.
Espero que esto haya sido suficiente. Ahora tendré que atraer su atención de algún modo, porque es posible que para este momento la esté perdiendo con tantos preparativos. Lo crea o no, nuestras existencias están enlazadas además del nexo que tenemos entre México y España. Mi nombre es Diego, por ahora es lo único que basta. Para comenzar mi relato permítame llevarla al pasado, casi tres décadas antes de que usted naciera.
Acompáñeme a Madrid, a inicios de verano de 1987. Como debe suponer la ciudad hervía en canícula, al igual que la cabeza de Lucía, mi madre. ¿Por dónde comienzo con ella? Veamos, era editora de una revista independiente de cultura y música llamada Chaka Pop (horroroso nombre, pero todo lo que tuviera “pop” automáticamente se volvía guay de Paraguay). Por su trabajo mi madre tenía un maravilloso pretexto para meterse a hoyos kinkis y punkis de Malasaña donde le medía el pulso a la movida. Yo no, en ese entonces yo era un insípido quinceañero que tomaba una horchata tras otra en compañía de los electroduendes de La bola de cristal con Alaska, el “huracán mejicano”. Solía dar largos paseos por la Gran Vía con los audífonos enchufados a mis walkman que consumían baterías a todo galope. En mi cabeza retumbaban casetes con “Notorious” de Duran Duran, “Suburbia” de Pet Shop Boys, “No puedo evitar pensar en ti” de Duncan Dhu. Santi, mi mejor amigo, me regaló el acetato de Never Let Me Down de David Bowie. Acababa de terminar el EGB y arrancaban las vacaciones bajo las noticias de la guerra en Sudán, ataques de ETA y todavía se hablaba de las nubes radiactivas del desastre nuclear de Chernóbil del año pasado. Aunque en realidad yo pensaba en otras cosas más frívolas, me temo, como el cine, porque en ese entonces ya soñaba con volverme guionista de Hollywood. No se ría, se lo juro, mis modelos a seguir eran Aliens, el regreso y Star Trek IV que había ido a ver tres veces al Coliseum y escribí un pastiche de ambas películas, en fin, un horror. Me estaba dejando una coleta al estilo Miguel Bosé y buscaba el Bionic Commando en locales, era un videojuego tipo tragamonedas que me hacía perder horas (y bastantes duros).
Estimada A, disculpe toda esta verborrea de nostalgia ochentera y casposa, sé que a usted no le dice nada, así que me detendré, pero sólo de momento, porque temo que volverá a salir por ahí otro ataque de antigualla, porque lo que tengo que contarle tiene como base el verano que menciono. Si no le molesta y no tiene inconveniente pasaré ahora a narrar mi situación personal de aquel momento.
Mis padres se habían divorciado cinco años atrás y vivía con Lucía, mi madre. Habíamos conseguido un enorme piso en Chamberí. Los alquileres de ese tiempo eran razonables, nada que ver con ahora. Además Lucía, como editora de un pasquín musical, era amiga de varias bandas de rock; no de las importantes, me temo, sino de las tenían nombres como: Bacinika, Espectros de Úbeda, Maruja plus, y otras aberraciones que en ese momento sonaban maravillosas. Lucía se codeaba con artistas alternativos, actores de teatro experimental, gente de ese pelaje, y en ésas, conoció al Paqui, que nunca supe a qué se dedicaba; decía trabajar “en el mundo de la música” así en general, y mi madre se zambulló directamente en sus ojos de pupila dilatada para no salir ni para tomar un respiro. Lucía comenzó a faltar a la casa, hacía viajes frecuentes a Bilbao (o eso decía), con el tiempo parecía un poco enferma, muy delgada, yo lo atribuía al exceso de trabajo. Entonces un día, escuché en las escaleras a unas vecinas murmurar mientras nos señalaban a Lucía y a mí: “Ahí va, la drogadicta del tercero izquierda, enganchada al caballo que no veas. Yo ya pedí que la echen, pero en casos así, uno piensa, pobre del crío”.
Tuve ganas de enfrentarme a esas arpías en ropa deportiva de tactel, pero algo peor me detuvo, la certeza de que fuera cierto. Cierto, Lucía, no era una santa de estampa, sabía que era aficionada a la cerveza, que fumaba un churro de vez en cuando, pero ¿enganchada a la heroína? Eso me parecía absurdo, tenía estudios de periodismo en la Complutense (que no terminó), vamos, no era la madre del año, pero siempre estuvo al pendiente del colegio, me regaló la enciclopedia de los jóvenes castores y muchos cómics como los del teniente Blueberry, Kirk y Mortadelo y Filemón; aseguraba que tanto los libros como las historietas eran parte de la formación de cualquier adolescente, y los domingos me hacía waffles, fatales de aspecto, pero con sabor glorioso. Además tenía muchos libros de sociología en su habitación. ¿Qué tenía que ver ella con los drogadictos de venas reventadas del parque de Vallecas? Nada. Entonces, un día mi madre no volvió a casa ni esa noche, ni la siguiente, ni la otra. Vamos, que no volvió. Yo quedé al pendiente del teléfono y contando los suministros de la despensa, hacía cálculos para no morir de hambre.
Ya sé… ya sé… Para este momento usted, mi estimada A se pregunta: pero ¿quién es esta momia que le ha dado por contarme su patética adolescencia? Sólo quiero que sepa quién soy. Si yo conozco algunos datos de su vida es justo que usted sepa algo de la mía, esta relación debe tener algún asomo de equidad, creo yo.
¿Sigo?
No es mi intención extender el drama, pero las cosas se pusieron peor, digamos que la Movida terminó para mí. Lo supe cuando vi a Teo (mi padre) cruzar el umbral del edificio de Chamberí. Eso era bastante sospechoso si tenemos que cuenta que Teo vivía en la Ciudad de México, a 9,075 kilómetros de distancia. También llegó Inés, la tía de mi madre, que siempre me provocó ansiedad con esos ojos de viuda, venía desde Valladolid (en este caso no hay mérito, son escasos 196 kilómetros). Por lo que oí a retazos supe que mi madre estaba en una clínica de Valencia, hospitalizada por sobredosis. La habían encontrado bajo un puente vehicular, pero además la habían identificado como la responsable del robo de un auto en Picassent, de un minisúper, de una gasolinera, en fin, había una serie de delitos alrededor de mi progenitora (y del Paqui de pupilas dilatadas, ni sus luces). Por algún motivo, Lucía, la editora, con estudios universitarios y una pila de libros de sociología, se había convertido en una adicta lamentable.
Tía Inés sugirió que mientras Lucía se rehabilitaba (o salía de la cárcel, lo que pasara primero), yo podía entrar de interno en un colegio jesuita de Salamanca donde trabajaba su hermano mayor, un cura de la más rancia cepa franquista. Tal vez tía Inés imaginó que así me protegía de mis depravados padres. ¿Comenté antes el motivo de su divorcio? Creo que no, fue la infidelidad compulsiva de Teo, se enredó con la mejor amiga de mi madre, entre otras damas que se le cruzaron. En fin, digamos que mi padre, a pesar de su talle más bien escaso, 1.63 m, era muy sociable con el sexo opuesto.
No me ilusionaba vivir con el donjuán liliputiense de mi padre pero las cosas dieron un giro esa misma semana cuando Teo me reveló que había llegado un fatal desenlace: Lucía no podía hacerse cargo de mí, vamos, que nunca. En un impulso kamikaze pregunté a bocajarro:
—¿Está muerta?
Teo asintió y un zumbido se instaló en oídos, apenas pude oír algo sobre un paro cardiorrespiratorio, colapso pulmonar y otros terminajos. De momento no sentí la más mínima pena, al contrario, me invadió una enorme furia contra Lucía, ¿pero quién se había creído? Yo era el adolescente, ¡no ella! ¿Se había creído la Janis Joplin de la Movida? Pero ni era artista, ni nada, ¡su revista era una asquerosidad que salía un mes y dos meses no! La odiaba. De cierta manera se había quitado la vida y de paso había estropeado la mía. Yo estaba a punto de entrar al BUP, emocionado porque estaría también con Elena, la rubita que tanto me gustaba.
Luego de oír la noticia me encerré en mi habitación a ver Ghostbusters en VHS, y al final de la película me eché a llorar unas dos horas, y sin venir a cuento porque el final de esa peli es feliz y con música pegajosa.
Sé que prometí que esto no se volvería una telenovela y lo cumplo, porque justo aquí se detiene el asunto lacrimógeno. Ya no supe nada de los asuntos fúnebres, Teo y tía Inés se encargaron de todo, pero mi destino ya estaba echado, entre el internado franquista y mi padre, yo mismo tomé la decisión y preparé mi equipaje para viajar los 9,075 kilómetros.
Mi padre vivía en México por la sencilla razón de que era su país, él era el verdadero huracán mejicano. Se hacía llamar Teo, aunque su nombre completo era Teocalli Javier (esto queda entre nosotros, por favor). Como ya comenté, era de estatura un tanto compacta y rubio, algunos mexicanos de los Altos de Jalisco son blancos o güeros, por la mezcla entre españoles, franceses e italianos que llegaron a esa zona. Teo pisó Madrid en 1971 para unas prácticas profesionales y conoció a Lucía, la española morena a la que sólo le faltaba peineta y mantilla para completar el anuncio de Welcome to Spain. Se enamoraron y mi padre le propuso matrimonio; nací en 1972 en el Hospital 12 de Octubre, y me llamaron Diego en honor al pintor preferido de Teo y para hacer juego con su apellido; en efecto, soy Diego Velázquez. Mi breve existencia había transcurrido entre la Ciudad de México y Madrid, digamos de los mariachis a las seguidillas, de Teotihuacan al Prado, y así, hasta el divorcio de mis padres.
Me gustaba ser medio-mexicano, aunque hubiera preferido que mi padre fuera descendiente de sanguinarios aztecas más que un rubito ligador, pero la vida no siempre es justa. No había pisado la Ciudad de México desde hacía años y por lo que se decía en los noticieros, había quedado prácticamente destruida por los terremotos de 1985.
—A ver, pérate, eso no es cierto —me aclaró Teo—. Ya se está reconstruyendo. Además el año pasado fue el Mundial de Futbol. No quisiste ir a visitarme.
No fui porque acompañé a mi madre a una gira musical a la Costa del Sol, lugar donde por cierto conoció a Paqui, mientras que México había sido anfitrión del mundial y tuvo la más triste mascota de la historia: El Pique, un chile desnutrido de enorme bigote. Un año después, me preparaba para dejar la calurosa Madrid por un sombrío y lluvioso México, del otro lado del mundo, donde me esperaba el verano más terrorífico de mi vida.
¿Por qué terrorífico?, se estará preguntando estimada A. Tal vez debo decir que fue también fascinante, pero eso lo voy a relatar en mi siguiente carta, tampoco es mi intención dar demasiada información, recuerde, el secreto son las dosis.
Sé que hice una promesa, abrí lanzando el anzuelo de que lo que nos unía a usted y a mí era básicamente una historia espectral. Bien, aunque eso es totalmente cierto, temo que mis fantasmas aún se están preparando y corren de un lado a otro ajustándose el ectoplasma para salir a escena; pero no quiero desilusionarla, así que le contaré ya mismo una pequeña historia, le pido que estire un poco más su paciencia, sólo un poco, vamos.
Esta historia sucede en el lluvioso mes de agosto de 1961 donde vive una mujer en un apartamento con su pequeño hijo de cinco años. Como el padre pasa largas temporadas trabajando lejos, ella está a cargo del niño. El asunto comienza cuando la joven madre escucha que su hijo habla por las noches con alguien. Cuando ella le pregunta, el niño dice que está jugando con Abu. Raro, sí, pero la madre no le da importancia, los niños a determinada edad son naturalmente raros y proclives a tener amigos imaginarios.
El asunto se vuelve extraño cuando el pequeño comienza a soltar algunas frases como “Abu dice que no debo ir a la escuela, que no le gusta quedarse solo” o “Abu dice que él cenaba pan con miel antes de la Gran Guerra, yo también quiero”. Esto alarma a la mujer. Un amigo imaginario por muy imaginario que sea no dice eso. La mujer interroga al niño más a fondo. ¿Quién es Abu? ¿Cómo es? ¿Dónde está? El niño explica que al principio lo veía en la recepción del edificio, luego en el elevador y después entró a su habitación. Viste con una especie de bata blanca, le dijo que fue doctor, y como es viejo, le puede decir abuelo o Abu. La pobre mujer tiene una horrible sospecha: ¿y si algún anciano pedófilo ronda a su hijo? Se espeluzna.
Alarmada, investiga si hay algún vecino con esas características, no encuentra nada pero de todos modos llama por teléfono al marido para explicarle su alarma, le pide, suplica, que los visite lo más pronto posible. Después le dice a su hijo que tiene prohibido hablar con desconocidos y coloca una tranca en la puerta del apartamento y protecciones en las ventanas de la habitación del niño.
Durante unos días las cosas están tranquilas, hasta que la madre vuelve a oír al pequeño hablar en voz baja en su habitación. Cuando la mujer abre la puerta a toda prisa, ve al niño solo, frente al espejo del tocador. La ventana sigue cerrada. Le pregunta si ha estado hablando con Abu y el niño reconoce que sí, pero se ha ido, no le gusta que ella lo vea. Entre gritos la joven madre le recuerda las advertencias.
“Abu dice que él no es desconocido”, asegura el pequeño con cierto reproche. “Él ya vivía aquí y dice que estás muy nerviosa, que te irás pronto y él y yo estaremos juntos.”
A partir de ahí la mujer no deja que el niño duerma solo por ningún motivo, pone crucifijos en las habitaciones y le dice al pequeño que no importa lo que diga Abu, es peligroso y no debe hablar con él. En este punto ya no está segura de nada. Se trata de un vecino pervertido, de los atisbos de una enfermedad mental, o una presencia que no es de este mundo, pero la mujer confía en que el marido volverá pronto y pondrá orden.
Las cosas vuelven a un cauce tranquilo por unos días, hasta que una semana después la madre baña a su hijo en la tina y el pequeño comienza a cantar una canción extraña: “Mi cabra, con panza rellena, como vieja gaita, hace bee, bee, bee”. La mujer intenta dominar su terror y le pregunta dónde aprendió esa tonada. El pequeño guarda silencio. Ella insiste: “¿Fue Abu?”. El pequeño continúa en silencio, el mismo que usa cuando sabe que ha hecho algo malo. “¿Dónde está?”, insiste ella. Y el pequeño, con la vista baja, dice una única palabra: “Aquí”.
La madre siente un golpe de terror, como si el cuarto de baño se cargara de electricidad. Se gira para tomar la toalla, la misma que acaba de dejar en un banco cercano pero ahora está vacío. La toalla ahora se encuentra a unos metros, en el pasillo que conduce a las habitaciones. La mujer, cada vez más aterrada, sale; es apenas un instante cuando escucha el portazo. El baño se ha cerrado con su hijo dentro. No consigue abrir, han puesto el seguro. Grita, golpea, llama a su pequeño. Alcanza a oír que el niño murmura algo como: “No, no puedo. A mamá no le va a gustar…”.
Finalmente la mujer toma una lámpara con base metálica y la usa para romper el picaporte y entra al cuarto de baño. Su hijo sigue en la tina y mira fijamente algo. La madre sigue el rastro de la mirada y alcanza a ver por el espejo el reflejo de un viejo de ojos astutos y bata blanca. El anciano se desliza y se pierde por el borde del espejo.
La mujer toma a su hijo, lo envuelve en la toalla y sale desesperada del edificio. Corre por la calle, con el corazón en los oídos. El horror ocupa todos sus pensamientos, la hace ver la silueta del anciano en cada reflejo de los cristales, ventanas, escaparates, ni siquiera se da cuenta de que cuando cruza la calle para llegar a un parque, un coche impacta contra ella.
Algunas versiones dicen que es un taxi y que por una terrible vuelta del destino, dentro viene el marido de la mujer, que finalmente había conseguido volver del lejano trabajo para ver a su familia. Esto no me consta pero lo cierto es que, según testigos, al niño no le pasó nada, la madre lo protegió con su propio cuerpo.
En el caos, mientras llaman a la ambulancia, que no tiene nada que hacer, la mujer muere a los pocos minutos, el padre (o una vecina, esto está a discusión) toma al pequeño y a toda prisa lo aleja de la zona del accidente, para que no quede en su memoria la imagen de su madre rota, borboteando sangre, y no se le ocurre mejor lugar que llevarlo a su habitación, con sus juguetes, frente al tocador con el gran espejo.
El niño parece tranquilo, pese a la conmoción. Se queda ahí, cantando en voz baja: “Mi cabra, con panza rellena, como vieja gaita, hace bee, bee, bee”, mientras la puerta se cierra lentamente.
La siguiente carta la tendrá pronto en sus manos, mientras tanto puede releer ésta y reflexionar qué respondería, en caso de que fuera posible.
Queda de usted,
Diego
Carta dos
Estimada A:
Sé que debe estar intrigada con la carta que le envié hace pocas semanas. Lamento tardar tanto en volver a escribir, pero un ejército de dudas asaltó mi cabeza: ¿estoy haciendo lo correcto? ¿La asusté con mi burda intromisión en su vida? ¿La historia del niño y su amigo Abu estuvo fuera de lugar? Llegué a pensar que no era buena idea seguir con esta correspondencia, todavía podemos detenernos. Perdone que hable en plural, obviamente usted nunca aceptó iniciar este intercambio, aunque tampoco he recibido el sobre con la palabra “No” en el reverso.
Créame, estimada A, iniciar esta relación epistolar no fue a la ligera, tardé muchos años, esperando a que usted creciera y tuviera la edad suficiente para que pudiera acompañarme en esta develación de prodigios. Dios, ¡qué retorcido suena eso! ¡Fatal! Como si la hubiera estado espiando por años. En mi defensa diré que fungí el papel de un espectador, que se mantuvo a la espera. Sólo puedo tranquilizarla recordándole mis garantías: nunca nos veremos personalmente y puede detener este flujo epistolar en cualquier momento. También extiendo la promesa de que no la volveré a buscar más.
Antes de que sufra otro ataque de dudas, retomaré el hilo de mi relato. Como seguro recordará, estimada A, a principios de julio de 1987 mi vida dio un giro y me fui a vivir a la Ciudad de México. Al pisar tierras aztecas me di cuenta de que mi padre había contado al menos dos mentiras gordas. La primera era que la ciudad seguía devastada por los terremotos. Por aquí y por allá se veían calles rotas, montones de escombros, edificios sin paredes y con esqueletos metálicos expuestos. En ciertas zonas había muchos edificios abandonados y otros en peligro por derrumbe. Los sismos habían arrasado con multifamiliares, fábricas, escuelas, oficinas, casas, talleres. La débil economía mexicana, en eterna crisis, no pudo hacer frente a tanta devastación y muchas zonas quedaron como escenarios de zona de guerra durante diez y hasta veinte años.
—No pongas esa cara.
Dijo Teo cuando pasamos por lo que había sido un conjunto de hospitales que ahora parecía un árido paisaje lunar. En el terremoto habían muerto cientos de enfermos y personal, aunque sobrevivieron bebés de incubadora que durante días encontraron como segundo útero la oscuridad de las ruinas. Les decían bebés milagro.
—No todo está así —aseguró Teo—, otras colonias están intactas. Estaremos bien.
Ésta era la segunda mentira de Teo. No estaríamos bien, primero porque a sus 37 años vivía como adolescente en un departamento de proporciones nanométricas. En realidad era un cuarto de servicio en una azotea. Apenas una habitación con baño, en la que la cocina era una hornilla eléctrica sobre una silla, mientras que un frigobar lleno de cervezas fungía de alacena y mesa de centro. Eso sí, las paredes estaban forradas de libros hasta el último resquicio. Teo había estudiado Historia aunque en ese momento trabajaba en una estación de radio cultural donde ganaba un sueldo minúsculo, pero era impagable el aura de intelectual que le otorgaba ser locutor frente a sus conquistas amorosas. Cuando llegamos, Teo despejó un sofá para que yo pudiera dormir, puse al lado una enorme maleta verde militar que contenía todas las pertenencias que poseía sobre la tierra.
Supe, por algunos objetos que encontré en el baño, como un lápiz de labios, un par de medias y condones, que mi padre usaba ese sitio como nido para sus conquistas. Por suerte se abstuvo de hacerlo cuando recién llegué, o al menos no me enteré. De cualquier modo, yo prefería estar fuera. Los primeros días tomaba un “delfín”, un autobús o caminaba hasta llegar a Plaza Universidad, un centro comercial. Pasé un par de tardes en los multicinemas Ramírez con las alfombras crujientes por la melaza de años de refrescos derramados. Ahí vi El imperio del Sol y Las brujas de Eastwick. También descubrí el Chispas, un local de maquinitas. En el Mercado de Discos conocí un poco más la música que se oía en esa parte del mundo, rock en tu idioma: Miguel Mateos, Soda Stereo, Enanitos Verdes y Radio Futura.
La primera semana volví a tener ataques de llanto y pensaba en Lucía, aunque sin tanto rencor; me parecía imposible que estuviera muerta, pensé que tal vez confundieron su cuerpo, pero luego abandoné la absurda idea. También pensaba en mi colega, mi amigo Santi que se había ido a Barcelona y que antes de la tragedia me había invitado a pasar las vacaciones con su familia a la Costa Brava. No pude aceptar, claro, y en cambio le escribí unas cartas para contarle mi vida de inmigrante indiano.
Teo podía ser un padre despistado, un adolescente tardío de 37 años, pero entendió que no podía tener a un hijo viviendo en un sofá, y era complicado hacer familia en un espacio de nueve metros cuadrados. Prometió que nos cambiaríamos. Rastreamos viviendas por la ciudad e hicimos varias citas. También dejamos solicitud en algunas agencias inmobiliarias. Algunas pedían una cantidad absurda de documentos: comprobantes de ingresos, actas de nacimiento, cartas de recomendación, de antecedentes no penales, avales. Teo entregó todos los documentos que había reunido en su vida. “Hasta parece que me voy a titular”, se quejó.
Yo ya había vivido en el D.F., de los siete a los diez años. La recordaba como una ciudad enorme, con suaves inviernos y camellones con palmeras, pero en ese momento me di cuenta de que el Distrito Federal era como una de esas colchas ensambladas con trozos de distintas telas y patrones. Bastaba salirse de una zona para llegar a otra ciudad horrible, con aire a lo peor de Calcuta, sucia y desordenada, llena de limosneros, vecindades decrépitas, pobreza extrema, para luego, un poco más adelante, llegar a una zona de rascacielos a lo downtown de Houston, o girar en una esquina para entrar a un pueblecito pintoresco engullido por el concreto. Había de todo: ruinas prehispánicas y palacios virreinales de tezontle, mansiones palaciegas y casuchas con techos de chapa de zinc. Todo cabía en ese monstruo urbano que para entonces ya era unas tres veces más grande que Madrid. Pero esto no es una guía de turismo del D.F. así que me detendré, pues voy a entrar a un momento importante. En toda la historia de fantasmas que se respete debe existir el típico lugar encantado. Pues bien estimada A, aquí viene.
Durante algunos días, Teo y yo vimos un montón de infectos departamentos: en semisótanos, en edificios con una inclinación de vértigo. En la colonia Obrera encontramos uno muy barato de dos recámaras, aunque los pasillos del edificio tenían tantas huellas de balazos y sellos de la policía judicial que, no sé, como que desanimaba un poco.
Pero nuestra fortuna estaba a punto de cambiar. Un domingo, al volver agotados de un frustrante recorrido, en la puerta del cuarto de azotea nos encontramos un sobre con el nombre de mi padre escrito con letra antigua y angulosa. Se lo pasé a Teo y extrajo un papel del interior.
—Ya tenemos dónde vivir —balbuceó atónito.
Me enseñó el mensaje, estaba escrito a mano, con la misma letra y en tinta verde del sobre. Soluciones Inmobiliarias nos había conseguido un departamento en renta a mi padre y a mí en el Edificio Begur. Sólo teníamos que ir a un despacho para llevar ciertos documentos en original y firmar el contrato. La carta la firmaba una mujer con un nombre rimbombante: Reyna Gala Fenck.
—Es imposible… ¡El Edificio Begur! —Teo parecía estupefacto.
Mi padre debió ver mi cara de panoli (o menso, para decirlo en mexicano) porque se adelantó a explicar.
—El Begur es un edificio de la colonia Roma; tiene mucha historia, ¡es alucinante! Es uno de los pocos ejemplos de arte ecléctico que siguen en pie en la ciudad, tiene detalles de modernismo catalán y algo de neogótico inglés. Son departamentos de los años veinte o así. Por aquí tengo un libro de fachadas catalogadas, a ver si lo encuentro.
Por mí, como si fuera el Palacio de Buckingham; además, había una cuestión obvia.
—No recuerdo que hayamos visitado lugares así… decentes —observé—. Seguro se equivocaron en la inmobiliaria al enviarte esa carta.
—Sí, tal vez —reconoció—, pero no perdemos nada con asomarnos. Tal vez tengan otras propiedades más baratonas. ¿Cómo ves? La cita es mañana a las 11:30.
Soluciones Inmobiliarias resultó ser un oscuro despacho con repisas cubiertas de figurillas de búhos con aire lúgubre. Estaba en la colonia Cuauhtémoc, una zona de viejas notarías y oficinas. Teo estuvo conversando alegremente con una secretaria (era experto en hablar con secretarias) y finalmente pasamos a una oficina donde nos recibió un hombrecito de piel cerosa y con medio litro de brillantina en el cabello. Se presentó como el licenciado Erasmo Gandía y representante legal de la señora Reyna Gala Fenck.
—La dueña del edificio pide que la disculpen —dijo el untuoso personaje—. No podrá venir a la cita, se lastimó un tobillo cuando sacó a pasear a su perro. Siempre le digo que mima demasiado a esa pequeña bestia. Pero no se preocupen, si traen la identificación en original y el recibo de nómina, cerramos el asunto.
Le lancé una mirada de urgencia a Teo.
—Tenemos una duda sobre el departamento —reconoció mi padre.
—Sé que el estado de conservación del edificio no es perfecto —suspiró el licenciado Gandía—, dado los años que tiene, pero les aseguro que es funcional. Una joya arquitectónica de primer orden —sacó una carpeta de un cajón—. Como dije, todo está listo. La señora Reyna envió con su chofer el contrato de renta debidamente firmado.
—¿Contrato firmado? —repitió mi padre—. Pero no conocemos el departamento.
—Qué raro —el hombrecito levantó unas cejas hirsutas—, pensé que ya se habían reunido con la señora Reyna. Tal vez hay un error, permítanme ver el expediente.
El hombrecito abrió la carpeta y leyó detenidamente las hojas.
—Tengo los datos de alguien que busca un departamento, Teocalli Javier Velázquez 37 años y su hijo Diego, de 15 años. El padre, historiador de profesión, trabaja en el programa de radio Noches de Ronda y Cultura, es viudo.
La palabra flotó con tétrica resonancia.
—Bueno, ésos somos nosotros —reconoció Teo—. ¿Por qué tiene nuestros datos?
—¿Dejaron solicitudes en otra agencia inmobiliaria? —preguntó el licenciado.
—En dos o tres —reconoció Teo.
—Pues alguna de ellas debió referirlos con nosotros. Aquí sólo se administra el Edificio Begur y la señora Reyna es quien aprueba a los inquilinos —el licenciado hojeó el resto de los documentos—. Su expediente está completo y aprobado. Está la copia de los ingresos, identificación, certificados de nacimiento, hasta sus cartas de retorno solar.
Teo y yo cruzamos una mirada de confusión.
—Estas últimas las hace la señora Reyna —señaló el hombrecillo—. De un tiempo acá se volvió aficionada a la astrología y le ha dado por hacer estos garabatos. Es un pasatiempo de salón, vamos, tampoco se asusten, pero ella es apasionada. Ojalá nos hubiera acompañado hoy, sus lecturas son tan… curiosas.
Mostró unos extraños diagramas llenos de líneas de colores que hacían carambolas dentro de un gran círculo.
—En fin, señor Teocalli Javier, me urge que me dé su respuesta —su mirada, parecida a la de uno de sus búhos, se clavó en Teo—. ¿Va a quedarse con el departamento?
—Pero ni lo conocemos —repitió mi padre.
—Y debe costar una fortuna la renta —agregué.
—Hace años sí que era costoso —el hombrecito lanzó un gran suspiro—. Y aun así, la lista de espera para rentar uno de los apartamentos era hasta de tres años. Pero todo cambió con la reclasificación a zona de desastre.
—¿Qué desastre? —salté asustado.
—¿Qué reclasificación? —preguntó Teo.
—El Edificio Begur se encuentra en perfecto estado —adelantó el licenciado—. Pero con los terremotos, con los derrumbes aledaños y ya saben… tanto muerto, la colonia Roma quedó declarada como zona de desastre y las rentas también se desplomaron. Actualmente el alquiler mensual es la cuarta parte de la que era antes. En fin, una lástima para la dueña pero una suerte para los inquilinos.
¿Suerte? Era como si nos ofrecieran una linda cabaña en Chernóbil. ¡Vaya oferta!
—¿Dijo una cuarta parte? —era lo único que había retenido el cerebro de Teo.
—Y un depósito, claro, pero puede ser sin aval. Sigue siendo un ofrecimiento inmejorable —reconoció el hombrecillo—. Pero deben decidirse ahora, son las 11:48 a.m.
—¿Y eso qué tiene que ver? —pregunté.
—La señora Reyna solicita encarecidamente que la firma sea antes de las doce. Es por cosas de prospección astral, algo así. No me pidan detalles, por favor, yo sólo obedezco las órdenes de mi patrona y vaya que tiene ideas fijas. Si usted, señor Teocalli, no firma hoy antes de las doce perdería su lugar hasta que la señora Reyna haga otros cálculos, y es posible que otro solicitante se quede con la propiedad en renta.
Le lancé una tensa mirada a mi padre. En mi cabeza sonaban todas las alarmas.
—Veo que desconfían —resopló el licenciado Gandía y comenzó a guardar los documentos—. No los culpo. ¡Prospecciones astrales! Sé cómo suena. En fin, de cualquier modo tenemos sus datos, veremos si el próximo año se desocupa algo en el Begur.
—Quiero firmar —saltó mi padre y miró el reloj.
—Pero Teo… —murmuré preocupado.
—¡Es el Begur! Un edificio histórico —repitió mientras sacaba la chequera y su identificación—. Por algo pasan las cosas, Diego. Nos estaba esperando. Confía en mí.
Miré al licenciado Gandía, por si detectaba alguna sonrisa aviesa, pero parecía una especie de idolillo prehispánico indescifrable.
—Perfecto, qué gusto —sacó las hojas del contrato—. Lea bien las cláusulas aunque, recuerde, debe completar la firma antes de las doce. El contrato es por un año.
Vi cómo mi padre hacía el cheque para entregar los pocos ahorros que tenía y firmó al calce los documentos, al lado de la barroca firma en tinta verde que ya estaba ahí, la de Reyna Gala Fenck. El proceso terminó justo a las 11:57 a.m. El licenciado nos entregó nuestra copia del contrato, su tarjeta personal y un anexo de reglas condominales.
—Felicidades y gracias por confiar —sonrió, parecía sincero—. Le avisaré a la señora Reyna que todo salió perfecto. Las llaves del 404 las tiene el conserje, el señor Pablito, él les dará posesión del apartamento desde hoy. Y listo, eso es todo.
Cuando salimos a la calle Teo parecía exultante.
—¿Te das cuenta? ¡El Edificio Begur! —repitió—. Tengo un buen presentimiento.
Yo no. Para mí era obvio que habíamos caído en una trampa absoluta.
—Diego, quita esa jeta, no seas tan desconfiado. ¿Qué puede salir mal?
—De verdad, ¿no te vas cuenta? —suspiré antes de enumerar los posibles engaños.
Uno, que el cetrino licenciado Gandía no tuviera nada que ver con el Edificio Begur ni con la dueña. Que fuera un simple estafador que se hizo con nuestros datos en otra agencia, escribió la carta con letra en tinta verde y le sacó a mi padre un bonito cheque.
Dos, que en el departamento 404 del Edificio Begur viviera un legítimo inquilino ¡y el sitio no estaba en renta! Y cuando volviéramos al despacho para reclamar el dinero, el hombrecillo se habría esfumado.
Tres, posiblemente alquilamos un departamento fantasma (y no hablo de asuntos paranormales); tal vez el edificio estaba vacío, dañado por el terremoto, se había derrumbado o simplemente no existía el interior marcado con el número 404.
Todas estas opciones eran probables. Habíamos rentado un departamento sin verlo y Teo entregó el dinero, como un idiota, al “representante legal” de una aficionada a las cartas astrales, totalmente desconocida.
—Pero… el mismo licenciado aconsejó no firmar si yo no estaba convencido —se defendió Teo, un poco pálido, luego de oír mis sospechas.
—Para meter presión —señalé—. Los estafadores no confiesan que están haciendo un engaño, ¡hasta se ponen de tu parte y aseguran que te entienden para que les creas!
Tampoco es que yo fuera muy inteligente, pero mi afición por las series policiacas de televisión (en especial Columbo y Reportera del Crimen) me había dado clases sobre el mundo policiaco y sus tejes y manejes.
Teo suspiró, preocupado. Sólo había una manera de salir de dudas: debíamos ir al Edificio Begur. Hicimos la parada a un taxi, un pequeño escarabajo Volkswagen, y pedimos que nos llevara a toda prisa a la colonia Roma.
Y con el tiempo me di cuenta que lo mejor hubiera sido que cayéramos en un engaño. Porque al final la trampa resultó mucho, pero mucho peor de lo que imaginé.
Estimada A, sé que el arranque de esta historia de fantasmas es casi de molde industrial. Padre e hijo se mudan de manera misteriosa a edificio encantado. No puedo negarlo, pero poco a poco le haré notar unas peculiares diferencias. Mientras tanto, le dejo otro pequeño relato de espectros. ¿Le parece bien? Vamos, esta misiva está por terminar. Viene una anécdota como digestivo.
Esto sucede poco antes de Navidad. Una pareja acaba de mudarse a un departamento. Él es un cincuentón, ella apenas mayor de edad. Parecen padre e hija, pero en realidad son amantes. La joven es su alumna de la universidad y él ha dejado a su familia e hijos. Obvio es un escándalo, a él lo han corrido de la facultad, ella ha abandonado la escuela; pero de momento nada les importa. Se aman y han encontrado un refugio para vivir su amor, un hermoso apartamento en planta baja.
El problema surge unos días después: comienzan a oír un ruido: crac, crac, crac. Sospechan de alguna plaga. Se quejan con el conserje y éste les da trampas para ratas y migas de pan con estricnina que colocan en armarios y cocina. El sonido se detiene apenas un par de días y luego continúa, peor que antes. Entonces ella consigue un gato con una amiga, pero el animalito aparece muerto esa misma semana. La joven se siente fatal: tal vez olvidó tirar un pan envenenado que comió el minino. El asunto es que el ruido sigue, sobre todo por las noches. La mujer no puede dormir, se está volviendo loca por los extraños rasguidos. Hasta que una madrugada cree identificar el problema, el ruido de las ratas proviene de una bodega que está justo bajo su apartamento, de alguna manera se cuela el sonido. El profesor intenta calmarla, le dice que bajarán por la mañana, pero ella, joven e impulsiva (por Dios, se fugó con un profesor que le llevaba treinta años), toma un par de trampillas y sale decidida, entra al elevador y baja al sótano del edificio. Y cuando se abre la puerta ve con sorpresa que el lugar está limpio, no hay ningún roedor, pero, al fondo, vislumbra a una persona. Llama y nadie le responde. Al acercarse ve que se trata de una mujer desgreñada y con una bata sucia. Está de espaldas y rasca las paredes, se ha destrozado las uñas en el muro. Rasca y rasca, murmura algo pero ya casi no le queda voz. De pronto se detiene y se gira. La joven contempla el rostro de la vieja, no lo puede creer: de alguna manera, es ella misma, incluso traen la misma bata, pero con un montón de años encima, mugre y desgaste. Las dos gritan, aterrorizadas.
Tenga en mente este relato estimada A. Volveremos más adelante a algunos de sus detalles para (si me permite la expresión) seguir escarbando. Eso es todo por hoy. Si ha leído esta carta durante la noche, le deseo dulces sueños.
Queda de usted,
Diego
Carta tres
Estimada A:
Le advierto que esta misiva puede ser larga, sólo un poco, contiene mucha y jugosa información. ¿Le parece bien si seguimos donde me quedé? Como recuerda, mi padre y yo rentamos (de manera un tanto turbia) un departamento en la colonia Roma, que en 1987 era considerada zona de desastre luego de los terremotos del 85. Ese barrio fue de los más golpeados de la ciudad, ninguna calle quedó intacta a la tragedia. Se desplomaron edificios, teatros, tiendas, casas, hospitales, oficinas, cines, en fin, una debacle. Las morgues estaban tan desbordadas que llevaron cadáveres a un cercano estadio de béisbol llamado Parque Delta. Y poco a poco, entre los trozos de concreto, el polvo y el hedor, volvió a aparecer el vetusto barrio original.
Estimada A, no si esté versada sobre la historia de la Ciudad de México, así que aprovecho para dar un breve repaso sobre este barrio. Venga, seré rápido. La colonia Roma fue una especie de ampliación de la Ciudad de México, se lotificó a principios del siglo XX. En ese entonces el centro de la capital estaba saturado y la burguesía porfirista buscaba amplios terrenos para levantar viviendas a su gusto y en lugares más ventilados e higiénicos. De este modo surgieron la colonia Americana (después bautizada como Juárez), la Santa María y pronto, Edward Walter, un payaso inglés con buen ojo para los negocios, dio con un gran terreno entre en los viejos potreros de una hacienda y un pueblo llamado Romita, con una iglesia del siglo XVI. En ese lugar comenzó la febril construcción de uno de los barrios más extraños del país. Los más ricos erigieron allí su delirante fantasía europea, aunque enclavada en tierras aztecas. Era tal la vehemencia que mandaron traer arquitectos de todo el mundo. En una sola manzana se podían ver chalets austriacos, castillos medievales, caserones con mansardas belgas, apartamentos con típicas buhardillas parisinas y tejados de dos aguas para esas tormentas de nieve que difícilmente iba a llegar a los suaves climas chilangos. No se seguía un estilo arquitectónico puro, la mezcla valía siempre y cuando el resultado fuera teatral e impactante: capiteles, columnatas, torres, balcones, lucarnas, esculturas, fuentes, mascarones de piedra, hojas de acanto labradas. En los grandes terrenos se alinearon las mansiones, en los lotes pequeños nacieron vecindades y modestas casas en condominio, pero todas daban a hermosas e higiénicas calles, algunas con camellones que remataban en parques que muy pronto se llenarían de árboles.
La colonia Roma tuvo una pequeña época de esplendor, de apenas unas décadas cuando se puso de moda y ahí vivían expresidentes, políticos, artistas, toreros, algunos aristócratas sin reino y militares enriquecidos por la Revolución (ya sabe, cada nuevo régimen tiene su casta divina). Por desgracia el barrio comenzó a perder su brillo cuando la ciudad continuó creciendo, como tumoración, y la zona dejó de ser aislada y exclusiva. Rápidamente los ricos emigraron a mejores y más apartados terrenos, hubo quien se llevó su palacio, ladrillo a ladrillo, a las lejanas Lomas de Chapultepec. Entonces, la gente sin títulos ni acciones en la bolsa, vamos, los de a pie, llegaron ansiosos para buscar adueñarse de un pedacito de ese paraíso de la escenografía europea. Algunas mansiones se fraccionaron, otras se hicieron academias de secretariado, muchas casonas cedieron sus pisos bajos para abrir tiendas de abarrotes, tintorerías, talleres mecánicos, carnicerías, tendajones de fruta. El nuevo gobierno no supo qué hacer con ese barrio que tenía más pinta de mausoleo y, en clara venganza a la plutocracia de antaño, sin remordimiento se derrumbaron algunas fastuosas construcciones para hacer insulsos bloques de apartamentos de corte funcionalista, aunque muchos de ellos colapsaron con los terremotos de 1985. De este modo vuelvo al inicio, luego de la devastación algunas de las mansiones originales volvieron a ser visibles, muchas de ellas habían sobrevivido envueltas en un aire de abandono. En algunas aún se guarecían ancianas de abolengo que vivían recordando los bailes del Club Vanguardias. Y justo en este barrio que tuvo un rápido ascenso y una fulminante decadencia se hallaba el Edificio Begur, donde estaría mi nuevo hogar. Fin de la lección. De nada.
El taxi se detuvo frente al edificio y no niego que quedé atónito por su impactante aspecto. La construcción ocupaba una cuadra entera y tenía cinco niveles más un ático con ventanas tipo buhardilla. Según Teo tenía un estilo ecléctico, lo que yo vi fue un lúgubre y hermoso edificio con unos balcones curvos y ventanas de trazo ondulante, lleno de extraños motivos vegetales tallados en la fachada, como si la piedra hubiera comenzado a florecer. En las pilastras y remates de los capiteles anidaba una fauna extrañísima que incluía águilas devorando leones, salamandras en botellones, un árbol con gárgolas y ángeles. La impresión general era la de un castillo de cuento de hadas en proceso de momificación.
—En el Begur han vivido muchas celebridades —explicó Teo, emocionado—. Gente de la farándula, escritores, músicos, pintores, surrealistas exiliados y próximamente nosotros.
—Si es que no nos estafaron —recordé.
Para acceder había que atravesar dos puertas: la primera era una reja de hierro forjado, con una enorme letra “B” ondulada que daba a un pequeño vestíbulo con las paredes adornadas con un mural de un siniestro paisaje nocturno con un lago gris. En la parte del fondo había buzones postales y una ventana de cristal tipo espejo; deduje que sería de la caseta del conserje, justo al lado de una amplia rejilla con plantas y una enredadera. Como no había nadie cruzamos hasta la segunda puerta de madera oscura que se abrió entre rechinidos. Conducía a un espectacular patio interior con un domo de vidrio con la misma letra “B” al centro. En sus buenos tiempos el efecto de la luz y color debió ser impresionante, pero décadas de polvo y mugre habían sepultado el tono y los detalles de la cristalería. Ahí nada era simple, todo estaba ornamentado hasta el delirio. Por ejemplo, el suelo estaba cubierto con mosaicos con diseño geométrico trenzado, en color oro, que se distribuían en un patrón de laberinto alrededor de una media luna plateada. Donde uno pusiera los ojos había algo curioso que ver: entre los pilares y arcadas vi tallas de piedra de cuervos, sirenas, cisnes, cigüeñas, espadas, copas, diminutos soles, dragones. Por algunas ventanas que daban al patio se oía el murmullo apagado de televisores y radios, algunas tenían diminutas chimeneas por las que salían vapores de guisos. Destacaba en una esquina la estructura de un elevador antiguo, de hierro y cristal, lucía como un gran joyero resplandeciente. Al fondo del patio había dos pasillos, uno de ellos comunicaba a las escaleras y el otro daba a un segundo patio más pequeño y descubierto, donde alcancé a ver al centro una vieja fuente o pileta tapizada de mosaicos.
—¿Buscan a alguien? —preguntó una voz femenina.
Una mujer se asomaba desde una ventana del cuarto piso. Me estremecieron sus enormes ojos verdes que contrastaban con un cabello oscurísimo. Atrás de ella había otra mujer, una versión similar pero de cabello rojo y mayor edad. Las dos fumaban.
Teo activaba todas sus dotes de macho ligador al momento de ver una mujer atractiva y se irguió todo lo que pudo en su escasa humanidad de 1.63 m.
—Buen día, señoritas —impostó su mejor voz de locutor—. Soy Teo. Mi hijo y yo acabamos de rentar un departamento en este edificio que parece que concentra toda la belleza de la ciudad.
Era un piropo simplón, vamos, que tampoco era para premio, pero las mujeres estallaron en risas como graznidos. Se agitaron sus rotundos escotes.
—Bienvenidos, Teo e hijo —dijo la pechugona de cabello negro.
Mi padre iba a decir algo más cuando interrumpió un carraspeo. Atrás de nosotros estaba un enorme anciano vestido con un desgastado overol, llevaba una escoba en la mano. Debía ser Pablito, el conserje. Había llegado el momento de la verdad, ahora descubriríamos la estafa.
—¿Señor Teocalli Javier? —preguntó el anciano. Su voz era ligeramente seseante, como si tuviera los dientes flojos.
—Dime Teo, así me llaman todos —repuso mi padre, extrañado, y luego me señaló—: Y él es…
—… Diego, su hijo —asintió el viejo—. Los estaba esperando. La señora Reyna me acaba de llamar. Me dijo que firmaron el contrato con el licenciado Gandía y me explicó que ustedes son los nuevos inquilinos del 404. Bien, ahora mismo les abro el departamento; voy por las llaves, permítanme un minuto.
—Ahí tienes tu estafa —Teo me dedicó una victoriosa sonrisa.
—Todavía no conocemos el apartamento —me defendí—, tal vez sea una pocilga.
Vi de reojo que en la ventana de las sonrientes mujeres corrían lentamente los postigos.
El anciano, tan macizo como un boxeador de la vieja escuela, se dirigió hacia una estrecha puerta a la entrada del patio, la portería. Teo lo siguió y yo me congelé en mi lugar. Había sentido esa incomodidad de cuando descubres que alguien te mira fijamente. Me giré y, en el pasillo que conducía al segundo patio, vi un cadáver.
Bien, no era exactamente uno, pero fue lo que me pareció al inicio. Era un hombre extremadamente demacrado, pálido, usaba un traje sucio, tenía barba crecida, manos con dedos negruzcos. Su mirada acuosa y dura provocaba escalofríos. Pero yo no creía en aparecidos… No todavía.
—Aquí están —el portero salió del cuartito y nos mostró unas llaves de hierro con un curioso diseño de triángulo invertido y combinación doble—. Su departamento está en el cuarto piso, es de los más espaciosos. Acompáñenme, por favor.
—¿Pocilga? —murmuró Teo y sonrió, feliz.
Era obvio que quería echarme en cara mis sospechas. Volví a mirar el pasillo pero ya no estaba el hombre cadavérico. Supuse que simplemente se había escabullido, pero era una prueba de que el Edificio Begur no sólo reunía bellezas.
El conserje nos acompañó hasta el elevador que tenía un sistema de seguridad de dos puertas: una tipo rejilla metálica y otra de cristal emplomado. El interior era impresionante, de paredes con vidrieras en las que se repetía un diseño vegetal art nouveau y el suelo lucía el trazo hipnótico de un remolino triangular. Los controles eran muy peculiares, había una placa de bronce tan pulido como espejo, con botones, ranuras y una palanca.
—El elevador funciona con un curioso mecanismo —explicó el conserje—. Para que se mueva primero hay que introducir esta ficha.
Nos mostró una pieza redonda, parecía un posavasos pero con el repujado de una lechuza, enmarcada en curiosas perforaciones y muescas. Introdujo la ficha a una ranura y se escuchó un ruido de engrane metálico, presionó el número 4 y en ese momento las dos puertas se cerraron con un leve chirrido y el mecanismo comenzó a andar.
—Bonito, ¿no? Es tecnología alemana de la de antes —sonrió orgulloso—. Por desgracia el elevador a veces se atasca. Sesenta y cinco años de uso no es cualquier cosa. Pero ya lo reporté con la dueña y mandó buscar piezas originales a Berlín.
—¿Y por qué no ponen algo más moderno? —pregunté mientras el elevador se movía entre lentos y chirriantes espasmos.
—Jamás. La señora Reyna dice que la antigüedad es parte del encanto del Begur. Quiere que permanezca como en el día en que lo terminaron, en 1922.
—Yo haría lo mismo —comentó Teo—. Oiga, ¿y la dueña vive aquí?
—Ya no. Pero viene seguido —asintió el viejo—. No se extrañen si aparece para darles la bienvenida. Ya la conocerán. Es una buena mujer aunque con ideas… especiales.
Tensó la mandíbula; por lo visto, mencionarla le activaba la gastritis.
El elevador seguía con su lento movimiento. Por los cristales de la vidriera se veía el patio algo deformado, y noté algo raro: siluetas, como si muchos otros inquilinos se asomaran por las ventanas de sus apartamentos para vernos. No distinguí detalles, todos parecían ancianos, pero podía ser un defecto del biselado.
—Junto con las llaves del departamento les daré la del ascensor —siguió el conserje—, y la del buzón de correspondencia externo, aunque si lo desean yo puedo subir las cartas o hacer mandados. También, si tienen algún problema de tuberías o electricidad, pueden llamarme. Estoy para eso. Soy vigilante, conserje, lo que gusten y manden. Me encuentran en la portería de la entrada.
—¿Y desde cuándo trabaja en el Edificio Begur? —preguntó Teo.
—Llegué en 1927, señor —su sonrisa se ensanchó—. Ya soy parte del edificio. Cuando muera mi urna con cenizas puede usarse como tope de puerta —lanzó una rasposa carcajada—, me gustaría seguir sirviendo en el Begur.
—¡Más de medio siglo trabajando aquí! —observó mi padre, maravillado—. Debe de recordar tantas cosas. En este lugar ha vivido gente tan famosa, políticos, escritores, pintores. Dicen que aquí estuvo la casa chica de un presidente, leí por ahí que su amante era una popular actriz de cine de la época.
—Oh, no señor, yo no recuerdo nada —reviró el anciano con exquisita educación—. Los conserjes vemos pero no miramos, oímos pero no escuchamos. Es parte de nuestro trabajo.
El elevador se detuvo y se apagó la señal luminosa del botón 4. Se abrieron las puertas y la ficha de cobre se liberó. Afuera había un pequeño vestíbulo como de película antigua, el tapiz de las paredes lucía un patrón de aves y los maceteros de hierro tenían la forma de caprichosas caracolas, aunque sin plantas, sólo tierra seca. Estaban encendidas unas farolas de hierro en forma de garra de dragón que sostenían una esfera de vidrio. Del vestíbulo partían dos pasillos, algunas puertas tenían encima un polvoriento crespón negro.
—Por aquí, por favor —el conserje nos condujo hasta el número 404.
La puerta tenía una rendija con trampilla para el correo al lado de una vieja cerradura. El conserje introdujo la llave. Cuando se abrió, me asaltó un olor raro, como de museo con estantes viejos y alfombras apolilladas.
—Ah, muy bien —Teo caminó unos pasos por una estancia forrada de madera—. La sala es un poco oscura, pero con una buena lámpara…
—Oh no. Éste es el foyer o recibidor —el conserje abrió una puertecilla—. Además tiene un clóset para poner abrigos y paraguas, el verdadero apartamento está aquí.
El viejo empujó una puerta corrediza que, a modo de telón de teatro, dejó al descubierto una estancia tan enorme como un salón de baile vienés. La luz entraba en cascadas por los ventanales del fondo, y el estilo ecléctico rococó estallaba por todos lados: en los altos techos con abigarradas molduras en forma de hojas de higo y acanto que hacían juego con la herrería; la duela del piso tenía tres tonos y armaban un intrincado diseño vegetal que conducía hacia una estrella del centro; las paredes estaban forradas con papel tapiz verde y rojizo e imitaban el diseño de plumas de pavorreal. Aunque se notaba el desgaste del tiempo, en el barniz de la madera, en los techos amarillentos por la nicotina de miles de cigarrillos consumidos en esa estancia. Para rematar, del techo colgaba un precioso candil de varios brazos cuajados de cristales de tono lechoso.
—Es como entrar a las estancias de Catalina la Grande —estalló mi padre—. Es que esto es enorme. ¿Ya viste, Diego? ¡Hay hasta una chimenea!
Era lo más espectacular de la estancia: una chimenea labrada en cantera rosada; a los extremos, como vigías, tenía dos esculturas de esfinges, con rostro hermoso de hada impasible, cuerpo de león y alas plegadas de libélula.
—Me temo que no funciona —suspiró el conserje—. La señora Reyna mandó cerrar el tiro de todas las chimeneas cuando tuvo una pesadilla en la que se incendiaba su edificio. Pero si conocen esta ciudad sabrán que los inviernos son mansos, así que quedó como un agradable detalle decorativo.
—Es increíble que vayamos a vivir aquí —mi padre se asomó por una ventana.
—El resto del apartamento es menos ostentoso —reconoció el viejo—. Aunque tiene sus detalles. Se los mostraré.
No sé a qué se refería el conserje con “menos ostentoso”. Conté cuatro habitaciones, además de un estudio con libreros empotrados, tan altos, que había una escalerilla para subir a los últimos estantes; dos baños que contenían gigantescas tinas con patas en forma de garras de león, lavabos y tazas de baño con cadenilla con mango de porcelana. Además, por aquí y allá, había armarios, bodegas, alacenas, camarines. La cocina era tan grande que tenía espacio para un comedor de seis sillas, e incluía un pequeño apartamento con dos estancias y un tercer baño. El conserje explicó que hasta los años cincuenta ahí vivía la servidumbre y tenían sus propios accesos, discretos, para no importunar a los señores. En una esquina de la cocina había un ducto para basura y un interfón. Todo era magnífico aunque con cierto aire de mausoleo. No estaba seguro de si me gustaba, pero Teo estaba a punto de levitar.
—Este lugar es una maravilla, un prodigio —repetía—. Me sorprende que se haya conservado con este aspecto, es como viajar a los años veinte.
—Es que está prohibido hacer modificaciones —recordó don Pablito—. El Begur está catalogado como monumento artístico y la señora Fenck no permite cambiar nada, ni siquiera colocar clavos en las paredes. Lo único que modernizó fueron las instalaciones hidráulicas y eléctricas, que no se ven, claro. Si quieren hacer alguna conexión especial para un lavavajillas o algo así, comuníquense conmigo.
—No creo que instalemos un lavavajillas —rio Teo—. Apenas tenemos un par de cosas; es más, no tengo idea de cómo llenaremos esto.
—¿El licenciado Gandía no les habló del servicio de muebles? —preguntó el viejo.
—¿Qué servicio? —saltó Teo.
—Hace años los apartamentos se rentaban amueblados —explicó Pablito—. Hay una bodega en el Begur con camas, vitrinas, mesas, sillones, tapetes y un montón de cosas. Si dejan un depósito o una carta responsiva, estoy seguro de que la señora Reyna les prestará muebles. Debo aclarar que son de gran valor, como todo lo que hay aquí.
Mi padre parecía a punto de sufrir una lipotimia con tanta buena suerte; preguntó por el trámite para el servicio de muebles mientras yo recorría el departamento por mi cuenta para elegir mi habitación. Descarté un cuarto que tenía un tapanco tenebroso; tampoco me gustó otro con un papel tapiz de color púrpura oscuro, casi negro y un diseño de ramas con cerezos lívidos, parecía el escondite de Drácula. Mis pasos retumbaban por la duela mientras recorría el pasillo. En un momento tuve una rarísima sensación, como si alguien me siguiera, aunque supuse que era un efecto causado por los espejos de azogue desgastado que había por todos lados y producían un juego de reflejos. Evité otra habitación que daba a un oscuro foso interior y finalmente llegué a una alcoba que tenía un agradable papel tapiz color mantequilla y el clóset más grande que he visto en mi vida, con cajoneras y gabinetes con una veintena de puertecillas; calculé que mis pertenencias cabrían en un par de cajones. Lo que más me gustó fue el gran ventanal. Jalé la palanca chirriante y salí a un compacto balcón lleno de hojas secas; arriba había otro balcón similar y, al frente, se extendía un camellón con frondosos árboles y detrás, un ruinoso edificio dañado por los terremotos. Me pregunté si habría muerto gente allí. No era agradable pensar en eso pero también recordé que gracias a esa desgracia se devaluó la Roma, y Teo y yo podíamos vivir como zarinas de Rusia por un alquiler ridículo.
Entonces sucedió algo imposible de explicar.
Cuando volví a la habitación las puertas de los gabinetes del interior del clóset estaban abiertas, las veinte, parecían bocas oscuras esperando su alimento. Olí a humo, a algo quemado. Tuve ese mareo repentino de cuando algo no encaja. Entonces intenté pensar. Bien, era condenadamente raro, ¿cómo se abrieron de golpe… todas? No había nadie más ahí. Tal vez entró una corriente desde el balcón, razoné, o posiblemente estaban abiertas desde el inicio pero no me di cuenta. Del olor a chamusquina, no tenía idea.
Mientras me decidía por alguna de estas improbables opciones, escuché pasos fuera del cuarto. Eran raros, como alguien arrastrando los pies, con cansancio.
—¿Teo? ¿Eres tú? —pregunté.
Me asomé al pasillo pero no había nadie, aunque (y esto fue lo más pavoroso) se seguían oyendo los pasos, alguien que no podía ver claramente se alejaba de ahí.
“Esto tiene una explicación”, me repetí dominando el horror. Vi que Teo y el conserje seguían en la cocina. Y al cruzar el enorme salón me percaté de unas manchas cerca de la base de las esfinges de piedra. Si la chimenea no servía, ¿por qué había restos de hollín?
—¿Diego? ¿Qué haces? —preguntó Teo.
—Oí pasos pero no hay nadie —declaré y de inmediato me sentí ridículo.
—Los pasos, claro —concedió el conserje Pablito—. Algunos inquilinos se quejan de eso. No se preocupen. Se trata del antiguo sistema de ventilación.
El viejo señaló la rejilla más próxima, en el borde inferior de la pared.
—Funcionan como túneles de resonancia —continuó—. A veces se cuelan ruidos de otros apartamentos. Es un eco incómodo que nunca hemos podido detener del todo.
Y como si hubiera preparado un show, al momento oímos los pasos sobre la duela, aunque se escuchó de manera indeterminada: en el salón, después ruidos en el muro, también creí percibir un murmullo apagado.
—Diré a sus vecinos que procuren descalzarse en casa —prometió el conserje—. Y que eviten el ruido excesivo en horas de descanso.
Antes de salir, el anciano vio las manchas de hollín de la chimenea.
—Esos bichos —suspiró—. Nunca se acaban. Luego traigo trampas para ratas.
Y de esta manera tomamos posesión del imponente apartamento. Teo no se cansó de recordarme que habíamos encontrado la ganga del año, a pesar de mi desconfianza. La mudanza la hicimos con dos viajes en taxi. Básicamente era ropa, libros de Teo, mi equipaje y un televisor portátil, con radio. Teníamos que usar un gancho de ropa, a modo de antena para invocar imágenes en blanco y negro en la diminuta pantalla, pero las paredes del Begur eran tan gruesas que era un suplicio ver entre lluvia de estática un episodio de MacGyver o cualquier capítulo de las telenovelas de moda: Quinceañera, Yesenia, Rosa salvaje.
Pensé que nos podrían prestar una buena tele junto con el servicio de muebles, pero cuando llegaron, supe que entre el mobiliario de la señora Reyna no había nada remotamente cercano a la tecnología. Entraron biombos calados, aparadores con madera curva, consolas, chifonieres, sillones tapizados con tela de damasco, vitrinas enormes, como sarcófagos. El conserje subió todo, ayudado por un carrito. Vaya que era fuerte.
—¡Son auténticas antigüedades! —Teo seguía fascinado—. Estos muebles valen un ojo de la cara, no tienes idea, Diego.
Como sea, para mí no eran hermosos, al contrario, daban un toque más tétrico. Sólo acepté una cama y una mesa con su silla que quedaron a la deriva en el inmenso vacío de la habitación color mantequilla. Teo se apropió de la recámara penumbrosa de Nosferatu, le encantó ese aire de aristócrata decadente; supongo que con todo eso iba a potenciar su poder seductor. Lo primero que hizo fue investigar quiénes eran las vecinas pechugonas de ojos verdes. Resultó que eran madre e hija, polacas, y vivían en el mismo nivel que nosotros, aunque al otro lado del foso de luz, rodeando el pasillo.
—Tenemos que invitarlas a tomar algo —propuso con entusiasmo—. También quiero traer a unos compas del trabajo. ¡Ya imagino su jeta cuando vean dónde vivimos!
En los siguientes días no escuché pasos en la duela ni se abrieron puertas, aunque la sensación de que había alguien conmigo era casi permanente; supuse que era normal cuando uno llega a vivir a lugares tan intimidantes como el Begur.
Para sentirme menos agobiado pegué carteles en mi cuarto (con cinta, no clavos), de Iron Maiden y uno de Indiana Jones. Al meter mi ropa en los cajones, encontré objetos curiosos como un peine de carey; una postal de Varadero, Cuba; un boleto de tranvía; un separador de libro que parecía tejido ¿con cabello? Recuerdos de otras vidas que ya se habían extinguido.
Mi propia vida pasada emergió cuando desempaqué. Mientras ordenaba mis cómics, apareció un ejemplar de la revista que editaba mi madre, dentro encontré entradas del cine Lope de Vega de Fuencarral y una lista de compras: “Cola Cao, yogur supremo de chocolate, bollos tigretón”. Y el dolor de su muerte que parecía amortiguado por las semanas y la distancia con Madrid, volvió de un solo golpe.
Me eché en la enorme cama a escuchar música, un casete con mezclas de Duran Duran en las que tenía “Planet Earth”, “Ordinary World” y “Hungry like the Wolf”. La música tiene esa cualidad de trasportarte lejos de ti y al mismo tiempo dentro de ti.
No me di cuenta de cuando Teo entró, lo vi a mi lado. Me quité un audífono.
—Diego. No puedes estar tirado aquí todo el día.
Vio las revistas de Chaka Pop, la fotografía de mi madre en la mesilla.
—¿Y qué más hago? —me giré y miré por la ventana, llovía—. Quedan como siete semanas de vacaciones antes de entrar al BUP.
—Prepa —corrigió Teo—. Aquí se llama así… ¿Y esto?
Tomó unos papeles que estaban sobre la mesilla.
—Es una carta que debo enviar a España —expliqué.
—¿A tu novia? —sonrió, cómplice—. No me habías dicho nada…
—No, no. Es para Santiago, Santi.
—Bueno, yo respeto… —carraspeó algo nervioso—. Puede ser una fase… o no.
—¡Dios! Tampoco es mi novio —corté el discursito—. Somos amigos desde niños, del colegio.
—Va, va. Lo que quiero decir es que no me gusta verte así —retomó—. Deberías tener amigos de tu edad aquí en México. En la mañana vi a unos chavos en el patio. Seguro son vecinos.
—No los he visto —murmuré sin ánimo—. Sólo al cadáver. Me lo topo siempre.
Me miró desconcertado.
—Un tipo que parece cadáver. Lo vi el primer día que llegamos y ayer, siempre está en la planta baja, entre las sombras. Parece un maldito zombi.
—Ya. Como sea —Teo suspiró—. Oye, ¿y si me acompañas luego a mi trabajo? Sería divertido que conocieras la estación de radio, hasta podría entrevistarte, como un joven inmigrante que da su testimonio sobre el choque cultural en otro país. ¿Eh? ¿Qué tal?
Me encogí de hombros.
—¡Lo voy a programar! Y ahora hazme un favor, ¿podrías ir con don Pablito? Parece que el departamento tiene teléfono, ¡qué tal! —se frotó las manos—. Quedó en prestarnos un aparato. Qué onda, ¿vas?
Era una gran noticia; en esos tiempos no cualquiera tenía teléfono, pero yo ¿a quién le iba a llamar? Acepté la misión sólo para no seguir escuchando la cháchara de Teo. Salí arrastrando los pies. Era verdad que me había hundido en un charco de desánimo. Fue emocionante el viaje a México, incluso la mudanza al vetusto edificio, pero con los días todo comenzaba a darme lo mismo, me era individual, como se decía entonces.
Ojalá mi vida hubiera seguido así, pero entonces no estaría escribiendo estas cartas. Sí estimada A; no crea que la he olvidado. Ha estado en mi mente en cada línea que he escrito y espero no haber terminado con su paciencia con tanto preparativo. Le garantizo que a partir de la próxima carta las cosas se pondrán más intensas, el Edificio Begur estaba por darme el verdadero recibimiento.
Debo tomar un poco de aire para lo que viene. No se preocupe, estimada A, que hoy mismo comienzo a escribir la siguiente misiva. Sólo le recomiendo que ponga atención en cada detalle que voy a describir, porque todo estaba por cambiar.
Queda de usted,
Diego
Carta cuatro
Estimada A:
Bien, espero que esta carta llegue casi al mismo tiempo que la anterior. ¿Se ha aburrido? Ruego porque no sea así. Entienda que los antecedentes a veces necesitan una cocción lenta, es el fondo del guiso, como dicen en cocina. Y toda narración de horror requiere un escenario sugerente donde se irá montando la historia. He descrito ciertos detalles del Begur, pero son apenas el attrezzo. Para que inicie el relato fantasmal en forma, falta por llamarlo de un modo: el suceso. Un umbral que al momento de cruzarlo se rompe algún sistema de lógica natural y nada es como antes. A partir de entonces, lo extraño va en escalada.
Como ya mencioné, en esos días yo había tenido ciertas experiencias en el apartamento 404: pisadas, manchas de la chimenea, el asunto de las puertas del clóset… aunque aún todo podría responder a cierta explicación racional.
… Pero llegó el suceso justo la tarde cuando mi padre me envió por el aparato telefónico. Como todo lo insólito, comenzó de lo más normal. Salí al pasillo y escuché la lluvia caer sobre el domo del patio. Llamé al botón del elevador que llegó casi al instante y entré, todavía empantanado en mis pensamientos de adolescente depresivo. Saludé sin prestar atención a los vecinos que estaban dentro y busqué la ranura metálica para colocar la ficha, pero ya estaba ocupada. Entonces, a través del reflejo del bronce pulido del tablero vi junto a mí a una pareja: un hombre encorvado y una mujer de terrible aspecto, con el cabello cortado casi a rape y el cráneo aderezado con llagas; llevaba una bata como de hospital e iba descalza. Me giré y con estupor descubrí que a mi lado sólo estaba el hombre. No sé qué fue lo que más me aterrorizó, que la anciana sin pelo se hubiera desvanecido o que estaba frente al cadáver, el hombre de aspecto ruinoso. El elevador ya había cerrado las puertas e iniciaba su lento descenso.
—La viste, ¿verdad? —preguntó el cadáver.
Tenía una mirada ansiosa.
—¿Disculpe? —la tensión me atenazó la garganta.
—Acabas de ver a una de las viejas —su boca torció un intento de sonrisa—. Lo noté en tu cara. Yo también veo a esos ancianos dementes. Están por todos lados: en los pasillos, en los patios, a veces tocan a las ventanas de los departamentos.
Asentí, tenso, no quería llevarle la contraria a ese hombre de expresión lunática. En una mano traía un maletín de cuero grueso y en la otra una batería de coche. El traje, además de roto y sucio, estaba manchado de grasa. Apestaba a sudor agrio.
La lógica me decía que la vieja sin pelo había salido justo antes de que se cerraran las puertas. Debía aferrarme a una hipótesis.
—Acabas de llegar al 404 con tu padre, ¿verdad? —siguió el hombre—. Puedo apostar a que tu madre está muerta. Los huérfanos se dan bien por aquí. Eres tan joven, ¿qué edad tienes?
Miré los botones del tablero, tal vez podía bajarme antes, es decir, ya mismo.
—Te hice una pregunta —bufó el hombre.
—Quince años —me tembló la voz.
—¡Mierda! Eres casi un niño —dijo con verdadera pena—. Les diría a tu padre y a ti que se larguen de aquí, que se pongan a salvo, pero es demasiado tarde. Si el Begur les abrió las puertas significa que están condenados y no hay nada que hacer.
El ascensor se detuvo de golpe entre dos plantas, me sostuve de las paredes. Intenté tranquilizarme, debía de ser una de las mentadas fallas.
—Muchacho, grábate esto muy bien —el hombre siguió—: el Begur no es un simple edificio. Es una chingada trampa, un pozo maldito que se alimenta de lágrimas. En todos los rincones se oyen, y si pones atención también podrás ver a las víctimas que cayeron antes que nosotros, como esa vieja. Vagan por todos lados, están condenados, pero a Noemí aún la puedo salvar. ¿Entiendes?
No, no entendía absolutamente nada. Y el ascensor seguía atascado.
—Debe de haber un botón de emergencia —miré el tablero, con ansiedad creciente—. Hay que pedir ayuda.
Entonces vi que la mano del hombre empuñaba la palanca de frenado y se me erizaron los vellos. No había sido un fallo mecánico, él detuvo el ascensor,
—No debiste entrar —reconoció—. Pero tranquilo, muchacho, no te haré nada si prometes que vas a estar quietecito. ¿Entiendes?
Asentí repetidas veces.
—Serás testigo de algo prodigioso —abrió el maletín, di un paso hacia atrás, sacó un desarmador—. ¿Sabes cuántas plantas o pisos tiene el Begur?
Miré el reloj. Si tardaba, con suerte Teo iría a buscarme, sólo tenía que esperar.
—Te hice una chingada pregunta, muchacho —exclamó irritado y manoteó con el desarmador—. ¡Estoy siendo amable! ¡Deberías corresponder a eso!
Su aliento olía a leche rancia.
—Contando la planta baja son cinco niveles y el ático —calculé de memoria.
—Es lo que parece por fuera —repuso tranquilo y comenzó a quitar los tornillos del tablero donde estaban los botones de mando—. Pero por dentro tiene más, decenas de pisos… por eso tarda tanto en avanzar. El elevador cruza niveles ocultos, a los que no podrías llegar por las escaleras, sólo por este trasto. Por eso la dueña nos da estas cosas —señaló la ficha de cobre—. Para que no te desvíes a un nivel más allá del permitido, pero… en ciertos días, en algunas horas, suceden errores, y si no pones atención las puertas te llevan a lugares terribles y peligrosos. Lo sé y por desgracia mi novia lo supo.
—¿Noemí…?
Sonrió, feliz de que recordara su nombre. Con una pinza rompió los remaches de la tapa de los mandos.
—Llegamos aquí hace seis meses. Ahora parezco un pinche espantajo, pero entonces era un reconocido profesor de física en una universidad… ¿puedes creerlo?
Soltó una risa como si la frase fuera un chiste.
—Noemí entraba a mis clases de geometría lineal. Y no me veas así, ¡tampoco era menor de edad! No soy un pervertido… joven, eso sí, mucho. Debiste verla, irradiaba inteligencia y belleza, con ese cabello rojo como lumbre —desmontó la tapa metálica—. Sé que no entiendes, pero algún día conocerás eso que se llama pasión y nubla todo, la jodida vida entera. Nada me importó, ni mi esposa ni nuestro hijo, pero aún es pequeño para juzgar. Eso es bueno, ¿no?
Asentí.
—Chingada madre, ¡no me des el avión! —exclamó molesto—. Perdí todo, me expulsaron de la universidad, mi mujer me corrió de la casa pero… ¡estaba Noemí!
Retiró la tapa metálica. Dentro había una maraña de engranes. Buscó en su maletín.
—Tenía la liquidación de la universidad. Noemí y yo creímos que estábamos de suerte cuando conseguimos rentar un departamento en el Begur… ¡suerte!
Lanzó una carcajada áspera y chirriante. Peló la punta de unos cables.
—¿Qué está haciendo? —me animé a preguntar.
—Vivíamos en el departamento 111 de la planta baja —siguió el hombre sin oírme—. Era precioso, no podíamos creerlo, estábamos tan felices, pero dos semanas después comenzaron esos ruidos —se dio unos golpecitos en la cabeza como si aún los llevara ahí—. Alguien rascaba la duela. Crac, crac, crac. Nos quejamos con el conserje, intentamos con trampas, veneno, un gato, nada sirvió. Seguía el maldito crac, crac, crac.
El hombre enroscó los cables entre los engranes. Con un pie acercó la batería de carro. Seguía concentrado en su narración.
—Noemí estaba harta de no poder dormir y una noche se levantó, tomó un par de trampas para ratas y salió rumbo al sótano. La seguí, vi cuando se metió al elevador y se cerraron las puertas. Decidí alcanzarla por las escaleras, sólo era un piso y tenía las llaves de la bodega del sótano, aunque esa noche llegué primero y la puerta estaba abierta. No sabes lo enorme que está allá abajo, hay puertas extrañas. Inspeccioné, la zona de la cisterna estaba limpia, sin rastro de las ratas. Era raro, con esos bichos siempre hay cagarrutas, cartones roídos… pero nada. En ese instante el elevador llegó ¡apenas! Y se abrió. ¿Sabes qué había dentro?
Negué con la cabeza.
—Las trampas para ratas, pero no estaba Noemí. Ya sé lo que estás pensando —suspiró el hombre—, que Noemí había vuelto a subir. ¡También lo supuse! Volví, pero no estaba en el departamento, y todo seguía igual, sus cosas, ropa, su bolsa con dinero, sus zapatos. Bajé de nuevo, la llamé, salí a la calle, toqué en las puertas de los vecinos. Noemí se había esfumado en el aire, dentro de un elevador.
—Eso es imposible —susurré.
—Pero sucedió. Llamé a su mejor amiga, a sus padres que me odian. Comenzó un infierno. Hasta tuve que rendir declaración en el Ministerio Público. Me acusaron de tantas cosas, ¡todos decían que yo le había hecho algo! Perdí mis ahorros para pagar abogados, pinches pirañas. Y finalmente me encerré en el departamento, confundido; en mi cabeza le daba vueltas a lo que sucedió esa noche… hasta que lo entendí. Ese día, el elevador llegó vacío porque ella bajó antes.
—¿En un nivel oculto? —recordé.
—Exacto —sonrió como profesor orgulloso—. Entre la planta baja y el sótano debe de haber cinco, diez niveles secretos. Algunos muy parecidos entre sí.
A pesar de la incomodidad del momento, la historia estaba empezando a interesarme.
—Y cuando comenzaron los ruiditos, comprobé que tenía razón —el hombre esbozó una sonrisa salvaje—. Sí, exacto, otra vez… crac, crac, crac… pero con una diferencia, la oía a ella, a mi Noemí. Incluso anoche, hace rato, ¡siempre! Todos los días llora detrás de las paredes, debajo de la duela de madera, en los rincones, grita mi nombre… me pide que la ayude…
Guardé silencio impresionado; entonces, poco a poco empecé a entender qué estaba haciendo el hombre al conectar todos esos cables al mecanismo.
—¿La va a buscar?
—Es justo lo que haré —asintió, firme—. Ya no se puede bajar al sótano por el elevador, el acceso está bloqueado, pero no importa. Noemí se perdió en las plantas intermedias. Sólo tengo que tomar el control de esto.
Acercó los cables a la batería y lanzaron un chispazo. Puedo jurar que sentí un hormigueo en pies y manos. El elevador vibró. ¿Qué intentaba ese loco? ¿Electrocutarnos como en una silla de la prisión de Sing Sing?
—Podemos preguntarle a la dueña si hay algún entrepiso —sugerí, desesperado.
—¡Hablas de la señora Reyna Fenck! —sonrió feroz—. ¿Es una jodida broma? ¿La conociste? ¡Es un monstruo! Todo lo que sucede aquí es culpa de ella. Esa vieja nos colecciona, ¡somos los insectos del frasco! ¡Nunca olvides eso!
Entonces se escuchó la voz de alguien del exterior:
—Maestro Benjamín, ¿todo bien? —fue un alivio reconocer la voz del conserje Pablito—. ¿Se atoró el elevador?
—¡Va a ocasionar un corto circuito! ¡No me deja salir! —grité y al momento me arrepentí. No era la idea más brillante enfurecer a un maniático con el que estás encerrado.
El profesor metió la mano al maletín y sacó una navaja, de esas que salta la hoja activada por un resorte.
—No quiero lastimarte, pero lo haré si me estorbas —explicó el profesor, tenso, de los pies a la coronilla. Ahora sabía su nombre: Benjamín.
Mis tripas se congelaron de pavor. Todo parecía tan irreal como en un sueño. Intenté recordar una escena de la película Arma letal, ¿qué había hecho Martin Riggs? Acercarse y con rápidos golpes derribar al maniaco, pero yo no tenía ni el temple ni los músculos del Mel Gibson de entonces. Opté por mantener una distancia prudente del filo del arma.
—¡Tiene una navaja! —y sí, volví a gritar. No pude evitarlo.
Se oyeron exclamaciones, voces alarmadas, por el cristal esmerilado alcancé a ver cómo se reunían algunos vecinos en un pasillo.
—¡Sólo necesito dos minutos! —urgió el profesor Benjamín—. Ustedes también están en la trampa, ¿no se dan cuenta? Los estoy ayudando a todos. Así como se llevó a Noemí, seguiremos nosotros, uno a uno.
Yo estaba hecho un ovillo en una esquina cuando se apagó la luz general del Begur, todo quedó hundido en la penumbra de la tarde lluviosa.
—¡No! ¡Dije dos minutos! —chilló Benjamín y volvió a intentar con los cables y la batería, pero no hubo más chispazos—. ¡Es por el bien de todos! ¿No entienden? ¡Carajo!
Se giró para buscarme en la oscuridad, con navaja en mano.
—¿Ves lo que hiciste?
Ya estaba preparándome a defender mi vida cuando vi entrar una barra metálica entre las puertas del elevador. Con una rápida maniobra se abrió la hoja emplomada y la rejilla. Afuera estaba una pequeña multitud. Enseguida, Pablito, barreta en mano, entró a la cabina, y con una fuerza que ya quisiera Mel Gibson de todas las épocas se lanzó sobre Benjamín, le quitó la navaja y lo inmovilizó encajándole una rodilla en la espalda. Se asomó otro vecino, con barba canosa y un cigarrillo entre los labios, me tomó en volandas para sacarme como a un muñeco de trapo. Afuera, una mujer gorda me abrazó preguntándome una y otra vez si me habían “picado”. Vi los enormes ojos verdes de las mujeres polacas. Una pareja mayor, vestida de negro, me miraba con morbo, tal vez buscando la herida mortal, lo mismo un hombre; noté que tenía un brazo prostético con un remate en gancho. El conserje y dos hombres se llevaron a rastras a Benjamín, que gritaba desesperado en el suelo. Lo estaban inmovilizando entre varios vecinos.
—¡Diles qué viste! ¡Diles, muchacho! ¡¿A una de las aparecidas?! ¡¿A ese espantajo?! ¡Habla!
Me trasladaron a la conserjería o portería, el departamento donde vivía el señor Pablito. Aunque llamarlo departamento es una exageración; era apenas un modesto cuarto dividido por una cortina. De un lado, un escritorio, revistas viejas, un archivero, botes con cloro, escobas, jergas; y del otro, una cama casi infantil para alguien grande como el conserje, y en una esquina vi una puerta estrecha, supongo que de un baño. Alguien puso una taza de té en mi mano y un bolillo “para el susto”. Mi padre llegó en ese momento y supo por un coro de señoras estridentes que un vecino me había amenazado con una navaja. Se puso furioso.
—No sé qué pasó —reconoció Pablito, mortificado—. El maestro Benjamín es muy pacífico.
—¡Estuvo a punto de acuchillar a mi hijo! —reprochó Teo, molesto—. No sé cómo dejan que viva aquí un pinche loco, es un peligro para todos…
—Tal vez al maestro se le olvidó tomar sus medicamentos —dedujo la mujer gorda.
—Siempre dice cosas raras pero nadie le hace caso —aseguró Pablito—, además tiene prohibido entrar al elevador. No sé qué pretendía hacer.
—Buscar a su novia —dije y todos me miraron. Expliqué nervioso—. Según él, desapareció una noche dentro del elevador, mientras bajaba al sótano.
—El maestro Benjamín siempre dice eso —reconoció el conserje—. La señorita Noemí lo abandonó ese día, cuando tuvieron esa pelea.
Sentí casi una desilusión al oír una explicación tan… corriente.
—Yo mismo le conseguí un taxi esa noche —continuó el conserje—. Pero en los siguientes días el maestro comenzó a decir algo sobre niveles secretos que bajan al infierno.
—Loco total —comentó el hombre de barba cana que me extrajo del elevador—. ¡Y se supone que era un profesor universitario!
—La señora Reyna no ha querido correrlo —se excusó Pablito—. Le tiene lástima.
—¿Y si se repite otro ataque? —exclamó mi padre—. ¡Es un peligro para todos!
—Lo sé —reconoció el conserje, contrito—. Prometo que le diré a la señora lo que pasó. El profesor ya no puede vivir aquí. Debe irse, a un hospital, un asilo, donde sea.
Se escuchó un murmullo de aceptación: “Es lo mejor”, “Ya era hora”, “Al fin”.
Ahora que había escuchado la versión oficial que explicaba la demencia del profesor, sus alucinaciones tenían sentido… sólo sobraba algo: la espectral anciana sin pelo y con llagas que vi en el reflejo del tablero.
Por un día me convertí en celebridad. “El nuevo, el españolito”, me señalaban. “El pobrecito que fue atacado por el maestro loco.” La mayoría me sonreía con simpatía: las exuberantes polacas, una señora enorme, de blanco, con una trenza apretada, otra muy mayor y bajita, con cara de duende; los únicos que al parecer parecían decepcionados de verme sin un rasguño eran la pareja mayor de negro y el hombre del brazo protésico. Y fue cuando entre los vecinos vi a dos chicos de mi edad, uno grande y algo gordo y otro más pequeño. Seguramente eran los que mencionó mi padre; a la extraña anciana del ascensor la volví a ver, para mi desgracia. Pero no nos adelantemos.
Listo, estimada A. Esto ha sido el suceso. Recuerde que es apenas la punta de la madeja. A partir de entonces, el asunto no hizo más que volverse extraño y terrible. Espero que nunca se enfrente a un suceso en su vida. ¡Pero qué digo! Desde que llegó mi primera carta, ya está en uno.
Pero no se preocupe, me encargaré de protegerla… dentro de lo posible.
Queda de usted,
Diego
Carta cinco
Estimada A:
Estoy consternado y usted sabe por qué. Cuando vi su sobre en el apartado postal pensé que llegaba el temido mensaje de “No”. Sentí un golpe de tristeza, pero hice un trato con usted y sigo dispuesto a cumplirlo. Luego me percaté de que por fuera el sobre carecía de la temida palabra, aunque por dentro, al tacto, adiviné una o dos hojas. No tengo idea de qué decía, destruí todo sin abrirlo. Perdone mi arrebato estimada A, y por favor, no se moleste por cortarle esta iniciativa de comunicación. ¿Que si quería leer su carta? ¡Moría de curiosidad!, pero las reglas son las reglas.
¿Qué me quería preguntar? ¿Quién soy? Ya le he dado muchas pistas. ¿Existió o existe el Edificio Begur? Eso es fácil, puede resolverlo con teclear en la computadora; apuesto a que ya lo hizo. ¿Por qué le escribo? ¿De verdad lo planeé por años? ¿Y por qué ahora? Las respuestas las sabrá, poco a poco, como prometí desde un inicio.
Ahora voy a olvidar lo que hizo, fingiré que nunca intentó responderme, lo vamos a aparentar los dos, y seguiremos como hasta ahora, ¿le parece bien? Perdone mi rudeza pero, por el bien de ambos, debemos continuar.
Mi abrupto encuentro con el profesor Benjamín me dio una pista de cómo sería mi vida en el Edificio Begur, además ayudó a nuestra rápida integración con los vecinos. Teo hizo migas con las pechugonas polacas (¡cómo no aprovechar!); noté que usaba el “tono locutor”. Se presentó como un pobre viudo que criaba a un hijo. La palabra viudo tiene un tirón inmediato con las mujeres de espíritu protector, aunque técnicamente Teo no era viudo, ni siquiera seguía casado con mi madre cuando ella murió. ¿O cómo se otorgan los certificados de viudedad?
—¿De verdad te quería matar? —oí una voz nasal a mi espalda.
—A ver, enséñanos la cortada —pidió otra voz, fina como silbato.
Vi al muchacho grande y gordo y al pequeñito. El primero vestía un desconcertante saco de terciopelo y usaba lentes grandes que hacían juego con su rostro carnoso que recordaba a un jamón cocido. El pequeño llevaba un corte a lo príncipe valiente y era el de la voz aguda. Calzaba zapatillas Converse verde fosforescente, muy de la época.
—En realidad no me hizo nada —expliqué—. Aunque estuvo a punto de enterrarme una navaja… o freírme como pollo; el loco ese llevaba una batería para auto.
—¡Genial! —exclamó el muchacho robusto y explicó—. Digo, no es que me alegre de tu posible muerte, pero ya tienes una buena anécdota de tu llegada al Begur. ¿Y ese ceceo? ¿Eres de España o tienes frenillo?
—De Madrid —reconocí—. Aunque mi padre es mexicano.
—¡Ah! ¡España! ¡La Madre Patria! Tierra cantábrica, península de toros y castañuelas —asintió el robusto—. Encantato d’haver-tu coneguto. ¿Hablas catalán?
—La verdad es que no —reconocí y me atreví a señalar—. Aunque eso que dijiste no estoy seguro de que sea catalán.
El muchacho pequeño se soltó a reír, divertido.
—Y deberías escuchar su francés. Suena como a un perro que agoniza. Según él habla cuatro idiomas…
—Cinco —exclamó el robusto—. Inglés, francés, alemán, catalán y ruso. Yo mismo los aprendí con los discos fonéticos Linguaphonic. Lo que pasa es que me falta práctica con hablantes nativos. Por cierto soy Armando Requena de la Vega y Toro.
Me dio la mano como si fuera un pequeño y regordete diplomático.
—Yo soy Diego —preferí no dar mi apellido, para no empezar con las bromas.
—¿Y cuándo regresaste? —preguntó el muchacho pequeño.
—¿Regresar a dónde? —repetí desconcertado.
—Aquí. Ya te había visto antes —aseguró el bajito—. Hace como dos meses, en el elevador, con ese señor güero. Es tu papá, ¿no?
—Acabamos de llegar —expliqué—, y no tenemos ni una semana en el Begur.
—No, no. Te vi hace dos meses —insistió el pequeño.
No sé por qué, empecé a sentir un raro escalofrío.
—Hace dos meses estaba en España —aclaré—. Me parece que estás confundido.
—Confundida —corrigió Requena—. Estás hablando con la necia de Carla Conde.
La miré detenidamente, ¡el pequeñito de voz aflautada era chica!
—Disculpa yo… no me di cuenta —dije, turbado.
—No te preocupes —rio Requena—. ¡Todos creen que es un niño! Un pequeño y molesto pigmeo —se dirigió a la chica—. Te lo dije, ¡si por lo menos usaras falda!
—Si tanto te gustan, ponte una —reviró y se encogió de hombros—. No me importa qué piensen los demás, yo soy yo —me dio la mano—. Por cierto, llámame Conde.
—Mucho gusto, Conde —aproveché para cambiar de tema—. ¿Y tenéis… tienen —corregí la conjugación—, mucho tiempo viviendo en el Begur?
—Requena llegó aquí hace seis meses y yo hace ocho —dijo Conde—. ¡Este sitio es megaextraño! Está lleno de gente rarísima. No sólo el profesor, ¡hay algunos peores!
—Sí, he visto a un hombre con un garfio —recordé.
—Don Beni es inofensivo —explicó Conde—. Creo que era un chofer que perdió un brazo en un accidente. Los que me dan miedito son los cuervos, esos como hermanos mayores que viven en el segundo patio.
—Son esposos —aseguró Requena—. Salen tomados de la mano.
—Esposos y hermanos… —Conde se encogió de hombros—. Como sea, están medio locos, únicamente visten de negro y a veces hablan solos.
—Supongo que con este ambiente tétrico se presta —miré alrededor— a que a los chalados se les vaya la olla.
—¿Se vaya qué? —Requena entrecerró los ojos.
—Pues eso, la olla, la cabeza, la choya —traduje al mexicano, por suerte, la jerga estaba ahí, en alguna parte de mi memoria—. En fin, este edificio es tan tenebroso que no faltará que alguien diga que ve fantasmas.
Claramente noté cómo Requena se ponía muy serio.
—Ay, Diego de Madrid —rio Conde—. Acabas de cometer el error más grande de tu vida. ¡No debiste pronunciar esa palabra frente a Reque!
—¿Qué palabra? —murmuré, confundido.
—Fantasmas —señaló el mismo Requena y se me acercó—. ¿Sabes en dónde estás? ¡El Begur es el edificio más embrujado de la ciudad! De hecho, debe de ser la construcción con más concentración de fulgor del continente.
Conde puso los ojos en blanco, como si hubiera escuchado ese discurso antes. Requena siguió:
—¡Ni la rectoría de Borley de Essex tiene tantos fenómenos fantasmales como el Begur! Ya quisiera la Torre de Londres reunir nuestra cantidad de espectros. Entre estos muros ha sucedido de todo: suicidios dantescos, crímenes horripilantes, misterios sin resolver. Estos patios, pasillos y habitaciones guardan secretos y maldiciones que tu mente es incapaz de concebir… nos rodea una marea de phantoms, ghosts, hallows.
—Requena está haciendo una investigación —explicó Conde—. Para su libro.
—Será mi tercer libro —explicó orgulloso—. Antes hice una novela y un poemario, si quieres te los paso.
—Di que no. Esos mamotretos son horribles —murmuró Conde.
—¡Qué sabes de literatura, maldito Pigmeo! —dijo Requena molesto.
—Por lo visto más que tú —se defendió Conde—. Al menos sé qué es una rima.
—Pero el libro sobre el Edificio Begur será el mejor —retomó Requena—. Llevo meses reuniendo datos, todos terribles y reales. ¿Te atreves a conocer leyendas del edificio?
Había sobrevivido al ataque del profesor; ya puestos, no me molestaba conocer más cosas truculentas del Begur. Asentí.
—Sólo te advierto una cosa, españolito —Requena sonrió—. Cuando escuches mis crónicas no podrás volver a pasar una noche tranquilo, no mientras vivas aquí.
—En eso estoy de acuerdo —reconoció la pequeña chica—. Hay leyendas horribles en este edificio.
—¡No son leyendas! —replicó Requena—. Son casos reales, te los mostraré. Ven mañana a mi departamento, es el 301, a las nueve.
—Vale… okey, pero ¿por qué mañana?
—Tengo que preparar el material —sonrió enigmático—. Te estaré esperando y duerme tranquilo, españolito… será la última vez que lo hagas mientras vivas aquí.
Había que reconocer que Requena era bastante bueno con las frases teatrales.
Al fin volví al apartamento con Teo para instalar un viejísimo aparato telefónico fabricado con baquelita, un plástico prehistórico.
—Este lugar está lleno de gente interesante —sonrió Teo.
—Un profesor lunático intentó electrocutarme y clavarme una navaja. Digamos que común no es.
—No hablaba de eso —me miró con mortificación.
No sé por qué pero comencé a reír. No podía parar. Fue una sensación extraña. No había reído así desde que mi madre estaba viva, pensé que nunca más lo haría. Sentí cierto alivio, era como recuperar una parte de mí.
—¿Estás bien? —Teo me miró, preocupado—. Seguro tienes estrés postraumático.
—Tranquilo, no vengo de Vietnam. Estoy perfectamente.
—Vi que hiciste amistad con esos chavos mexicanos, ¿eh? Parecen buena onda.
—Y raros —observé—. Tú también hiciste amistades, con las vecinas.
—Es que, Diego, ¿las has visto bien? —Teo enrojeció de la emoción—. Se llaman Jasia y Lilka. Todavía no me queda claro quién es quién, pero vienen de Polonia. Son la esposa y la hija de Cecyl Chlebek, un violinista polaco que cruzó la Cortina de Hierro para ponerlas a salvo. El pobre hombre falleció de neumonía hace años, las dejó sin un centavo. Ahora viven de dar terapias energéticas de chakras. ¡Me enteré de todo el chisme! Por cierto, ofrecieron darte una consulta por el trauma del elevador.
—¿A mí? —respondí, turbado—. Gracias, creo que de los chakras ando bien.
En ese momento unos pasos retumbaron en el apartamento. Guardamos silencio.
—¿Oyes eso? —pregunté en voz baja.
—Claro que lo oigo —Teo miró al techo—. ¡Hasta parece que traen botas! Pensé que don Pablito iba a recomendar a los vecinos que no hicieran tanto ruido.
Y así como empezaron, los pasos se esfumaron.
Cené con Teo. Como nos intimidaba el enorme comedor, más propio para el archiduque de Austria, terminamos en la mesa de la cocina; luego me fui a dormir, escuchando en el radiocasete mis mezclas de The Police y Eurythmics. El día había sido delirante aunque ésa sería la norma mientras viviera en el Begur.
Estimada A, en este punto debo hacer una pausa para hacer una confesión. Le he mencionado algunas cosas “paranormales” como la sensación de ser observado, las puertas del clóset que se abrían solas; el ruido de pasos; las manchas frente a la chimenea y la visión de la anciana con llagas en el ascensor, pero (aquí viene la confidencia) a pesar de esto, seguía siendo escéptico. Según yo, todo tenía una explicación. La realidad era tan dura que me parecía un despropósito que además hubiera otra realidad fantasmal con gente que ya ni siquiera era gente. Aunque mis creencias cambiarían pronto.
Al día siguiente mi padre se fue al trabajo y yo aproveché para visitar a mis nuevos amigos. Desarrollé cierto repelús al elevador y preferí las escaleras; además, sólo debía bajar al tercer piso. Toqué la puerta del 301 y abrió a una mujer gorda con más pintura en mejillas y párpados que un mural de Diego Rivera. La reconocí, fue la que me abrazó en mi salvamento y me dio el té y un bolillo. Pregunté por Requena.
—¡Eres el muchachito español! —exclamó la mujer—. ¿Cómo sigues, mijo?
Murmuré que bien.
—¡Siempre he dicho que el maestro es un peligro! —la mujer emanaba un fuerte olor a perfume y brandy—. ¡Un día va a matar a cualquiera de nosotros! Espero que lo refundan en un manicomio. Pero no te quedes ahí, mijo, ándale, pasa…
Entré. Como todos los apartamentos del Begur, ése era también espectacular y con un toque siniestro. Techos con doble altura, arañas de cristal, adornos de yeso en forma de racimos de uvas. El lugar estaba atiborrado de una absurda cantidad de mesas, taburetes, sillones, percheros, vitrinas con un centenar de pastorcitos de mayólica, alfombrillas, lámparas de pie. Unas espesas cortinas de terciopelo enmarcaban un gran piano negro. Sobre las mesas había fotografías de Requena en distintos grados de crecimiento, como una remolacha en desarrollo. Las había desde bebé, en un ensamble de gestos: berrinche, serio, pensativo. Otras haciendo la primera comunión o recibiendo un premio escolar de oratoria. En ninguna foto sonreía, Requena siempre fue un hombrecito regordete y circunspecto. Del padre, no había señales.
—¿Quieres un té? ¿Galletitas? —preguntó mi robusta anfitriona—. Mírate, estás tan paliducho. Seguro tienes fiebre. A ver… acércate.
—Por Dios, madre, deja de atosigar a mi invitado —apareció Requena. Detrás de él estaba Conde, con pantalones de mezclilla desteñidos. Me saludó.
—No, no tiene fiebre… ¡Y es muy guapo! —dictaminó la señora.
—¿Y? ¡No viene a pedir mi mano! —se quejó Requena—. De verdad, madre, apreciaría que dejaras de estrujar las mejillas de mi invitado, tampoco es un cachorro.
—Bebé, ¡siempre tan bromista! —rio la enorme mujer—. Les voy a preparar alguito para comer. Unos chilaquiles… sí comes eso, ¿no? Eres medio mexicano, eso oí, le pondré poquito chile, para darle su saborcito. Te va a gustar.
Requena me tomó del brazo para llevarme a su habitación, cruzamos un pasillo tapizado con imágenes religiosas de mártires sangrantes.
—Perdona a mi madre, es algo intensa —suspiró Requena—. Así son los artistas, ¿sabías que es pianista?
—Maestra de piano —aclaró Conde, de inmediato—. Da clases a escuincles de primaria y les enseña a tocar “Los changuitos” y el “Himno a la alegría”.
—¿Tienes que estar criticando lo que digo siempre? —bufó Requena.
—¿Y tú tienes que estar diciendo siempre mentiras? —se defendió Conde.
—Mi madre fue concertista —aseguró el grueso chico—. Flor del Toro, la promesa de su generación. Una vez tocó en el Palacio de Bellas Artes, pero luego tuvo problemas de salud… es una larga historia, ven, éste es mi cuarto.
—Tío, esto es flipante —exclamé y traduje al mexicano—. Es padrísimo.
La habitación de Requena tenía de todo; desde libreros surtidos con enciclopedias, novelas de la colección: “Elige tu propia aventura”, libros de Asimov, revistas, algunas que conocía como Ajoblanco, Makoki. Además había una vitrina con juguetes: Simón Dice, naves de Star Wars, figuritas de gremlins y un Atari con varios cartuchos (vi Pong y Asteroids). Había además una colección de estridentes revistas Duda, lo increíble es la verdad, con algunos títulos extraños como: “Umbríos, ¡esos misteriosos vampiros que viven en nidos debajo de nosotros!”, y mostraba una portada llena de sombras con afilados colmillos; y en otra aparecía el planeta partido y dentro un monstruo; el título anunciaba: “¿Vivimos sobre un huevo cósmico? Ovología, la enigmática anticiencia”. Finalmente, detrás de un escritorio estaba un tablón de corcho con una fotografía del tétrico Edificio Begur. Al lado algunos planos amateurs, croquis, mapas y ficheros.
—Es parte de mi investigación —mostró Requena con orgullo—. Digamos que es el work in progress de mi libro: la historia del Begur. Este edificio es un arcón de historias apasionantes. Mínimo ganaré el premio Pulitzer.
—El Pulitzer es premio para gringos —aseguró Conde—. Y tú naciste en Tlalnepantla.
—¡Entonces ganaré reconocimiento y dinero! —agregó Requena, irritado.
—¿Y esto qué es? —señalé una especie de organigrama, con decenas de recuadros y anotaciones en letra diminuta.
—Ah, es el árbol inquilinar del Begur —Requena señaló nombres—. Es como un árbol genealógico de famosos que vivieron en el edificio. Desde que se inauguró en 1922 el Begur usó su oscura belleza para atraer a celebridades. Al principio fue el edificio de moda en la ciudad, aquí se hacían las mejores fiestas, compitió con el Club Vanguardias.
—Vivió gente súper importante —acotó Conde.
—Diplomáticos, toreros, tiples y vicetiples, políticos —asintió Requena y mostró un directorio con fichas de personajes—. Por aquí pasaron pintores, periodistas, actrices de teatro y de cine mudo. Alquiló un apartamento la mismísima Lupe Vélez antes de irse a Hollywood, donde se suicidó en la plenitud de su belleza cuando supo que sería madre soltera. Yo digo que Lupe se llevó algo del Begur. Porque este edificio tiene una influencia maligna que ataca a personas sensibles.
Me pasó el recorte con una fotografía de Lupe Vélez, una mujer de piel pálida de alabastro y acuosos ojos como pozos de petróleo.
—Hay muchos personajes célebres en mi libro —aseguró Requena.
—Reque dice que algunos siguen aquí —dijo Conde, misteriosa—. Como fantasmas.
—Espectros —aclaró Requena—. Hay al menos cuatro presencias en el Begur —el chico mostró otro plano más pequeño que decía “zonas de rastros de fulgor”—. Tengo anotados los lugares donde aparecen. ¡El Begur lleva sesenta y cinco años reuniendo dramas y muertes!
—¿Y cómo consigues información? —pregunté—. ¿Te dijo algo don Pablito?
—El conserje no suelta prenda —resopló Conde—. Es lo contrario a todos los conserjes chismosos. Aunque es buena onda, nos ayudó a mis tíos y a mí cuando tuvimos problemas para pagar la renta. Se portó increíble. A mí me cae rebién.
—San Pablito sirve para hacer favores, composturas y mandados —suspiró Requena—. Pero jamás como fuente de información. Por eso me hice amigo de vecinos, sobre todo de la señora Clara Fuensanta del apartamento 101. Es la inquilina más antigua.
—Tiene como mil años de edad y está loca como una cabra —dijo Conde.
—Más respeto. Sólo tiene sus días confusos —aclaró Requena y mostró unos papeles con una familiar letra manuscrita en tinta verde—. También contacté con la dueña del Begur, la señora Reyna Gala.
—Dicen que es algo excéntrica —recordé—. Entonces, ¿la conoces?
—Sólo por carta —reconoció Requena—. Pablito me puso en contacto con ella. Le encanta hablar de las épocas de gloria del edificio, pero a veces le saco algún dato valioso para mi investigación… Por ejemplo, a mediados de los años treinta vivió aquí Jovita Vizcaya.
—Una bruja —anotó Conde.
—Chamana oaxaqueña —precisó Requena—. Hacía limpias y leía las cartas. Se hizo famosa entre los políticos. Murió en las escaleras… fue muy turbio, pero eso pasa cuando te metes con políticos. Según el acta de defunción fue suicidio.
—Quince puñaladas —explicó Conde con sonrisa macabra—, una de ellas en un ojo. ¿Te imaginas? ¿Apuñalarte un ojo?
—Seguro que doler, dolerá algo —reí nervioso.
—Todo es verdad —aseguró Requena, serio—. Se publicó en periódicos. Luego vino lo peor, a partir de la muerte de la chamana comenzó la decadencia del Edificio Begur; coincidió con que la colonia Roma dejó de ser un barrio burgués. Los ricachones se llevaron sus bailes y recepciones a otro lado y el Begur se llenó de refugiados hambrientos. En los años cuarenta éste era un nido de rojos, había muchos republicanos españoles que escaparon de la Guerra Civil y después de la dictadura.
—Tú debes saber de eso —me dijo Conde.
—Bueno, lo normal —reconocí—. No recuerdo haber escrito la Enciclopedia de España.
—El españolito maneja la ironía —sonrió Requena—. Pues así, y con la Segunda Guerra Mundial llegaron más extranjeros desesperados. Es difícil saber sus nombres porque algunos estaban de paso, otros estaban tan enfermos que estos apartamentos fueron su última morada. El Begur fue el hogar de cientos de refugiados, soldados, incluso de médicos nazis que llegaron a México en espera de un salvoconducto para Brasil o a Argentina.
—Eso de los nazis sí que lo estás inventando —señalé.
—Yo no invento nada —exclamó el chico gordo—. Aquí vivió un asesino serial nazi.
—Es neta, de verdad-verdad —aseguró Conde—. Se volvió una leyenda y todo.
—¿Como el Sacamantecas? —tanteé, todavía escéptico.
Requena me pasó una de las revistas Duda que hablaba en específico sobre asesinos seriales. Al hojearla no me pareció material muy académico, básicamente era un reportaje en formato de historieta.
—El doctor Krotter fue un moderno Gilles de Rais —explicó Requena—. Llegó a México después de la Segunda Guerra Mundial. De día era un reputado médico; de noche, un depredador. Salía a los barrios pobres a cazar niños. Vivió en el Begur donde cometió algunos de sus más horrendos crímenes.
Requena hizo una pausa como para que la espantosa información se asentara en mi mente. Luego siguió.
—Aunque el doctor Krotter murió hace décadas, no se ha ido del todo. Dicen que aparece, sobre todo cuando hay niños pequeños. Por eso en el Begur no se aceptan familias que tengan entre ellos a niños menores de nueve años.
—¿Y cómo sabes eso? —lo miré, con dudas.
—Está en los contratos de renta, hay una cláusula, revísala —aseguró Requena—. Nunca verás niños en el Begur, aunque sí los puedes oír —su voz se tornó siniestra—. Se escuchan los gritos de las víctimas del doctor. ¡Hasta Conde los escuchó!
Miré a la chica, intrigado.
—Anda, Pigmeo —Requena la animó—, cuéntale al españolito.
—Fue algo muy raro —reconoció—. Ocurrió hace como tres semanas, cuando comenzó a atorarse el elevador. Ese día subí por las escaleras y oí el llanto de un bebé, sonaba como con eco… y de pronto, ¡pum!, desapareció…
—Fue un sonido paranormal —Requena volvió a mostrarme el pequeño mapa—. Se llaman psicofonías y este sitio está plagado de cosas extrañas, hasta mi madre dice que en las noches alguien la llama por su nombre.
—Bueno, tu mamá no cuenta —opinó Conde.
—¿Qué insinúas? —el chico la miró de reojo.
—Nada… tú lo dijiste —explicó Conde con prisa—. Los artistas son temperamentales.
Por atrás, Conde me hizo la seña de alguien bebiendo de una botella; Requena, que no la vio, siguió con su perorata:
—Lo que queremos decirte, Diego, es que estés atento. En cualquier momento podrías toparte con un evento paranormal.
—Bueno, ya vi algo —reconocí.
Conde y Requena me clavaron la mirada, atónitos. Hasta yo me sorprendí por haber soltado la confesión. ¡Yo, el escéptico!
—A ver, espera, momentito —Conde dio saltos de entusiasmo—. Llevas una semana en el Begur ¡y ya tuviste una experiencia paranormal! Requena lleva medio año haciendo esta investigación y sólo ha visto una triste sombra borrosa.
—¡Era una sombra maligna! —se defendió el aludido.
—Tal vez era la tuya —se burló Conde—. Diego, ¿qué viste? ¡Cuenta!
—Va, pero no sé si sea paranormal —advertí—. Pero ayer, justo antes de que el profesor comenzara a enloquecer en el elevador, vi en el reflejo del tablero metálico a una anciana con el pelo rapado, tenía como llagas en la cabeza y no llevaba zapatos. Al darme vuelta sólo estábamos el maestro y yo. Él también la vio y me dijo que era común la visión de esos viejos dementes, que andan por ahí.
Hice un resumen de la extraña conversación con el profesor, de los niveles secretos que según tiene el edificio, de cómo desapareció su novia cuando fue a dejar trampas para ratas al sótano, aunque todavía seguía llamándolo a través de las paredes.
—Ni pongan esa cara —advertí a los nuevos amigos—. Es claro que el profe está majara.
—¿Loquito? Habla en cristiano —pidió Conde.
—Como sea —interrumpió Requena—. ¡Viste a un espectro! Es lo que importa.
—Ya… pero tal vez la pobre señora salió antes de que se cerraran las puertas —me sostendría a esa teoría como a un clavo ardiendo.
—En el Begur no hay ninguna anciana así —aseguró Requena—. No que yo recuerde.
—Tal vez era una demente de las clausuradas —murmuró Conde y explicó—. Así les decimos a los vecinos que casi nunca salen de sus departamentos. Viven en clausura.
—No fue una clausurada —interrumpió Requena—. Diego, tuviste un encuentro de categoría dos. ¡Viste un espectro! ¿Y dices que el profesor Benjamín escucha los lamentos del fantasma de Noemí? ¿Todos los días?
Sentí un escalofrío al oírlo tal cual.
—A ver, momento equipo de ghostbusters —repliqué—. Por principio, no hay pruebas que haya visto nada paranormal y Noemí no puede ser fantasma porque está viva. Don Pablito explicó que la novia del profe lo abandonó y luego perdió la chaveta, un tornillo, ya me entienden.
—Conocemos esa versión —aceptó el chico gordo—. Pero hay más teorías, ¿no Pigmeo?
—Algunos vecinos dicen que Noemí volvió una semana después —comentó la chica— para recoger sus cosas y el profesor aprovechó… y ¡moles!
—¿Moles? —repetí.
—Pigmeo quiere decir, en onomatopeya mexicana, que el profesor mató a su novia para que jamás volviera a dejarlo. Luego, supongo que por la culpa enloqueció y su mente montó una delirante historia, que tenía que rescatarla, que el edificio se la tragó…
—Si eso es verdad, el profesor debería de estar en la cárcel —deduje.
—Exacto —reconoció Conde—, pero sin cuerpo no hay delito, y nadie ha vuelto a ver a Noemí desde aquellos días, ni viva ni muerta.
—Si fue asesinada tal vez el cadáver sigue escondido en el Begur —dedujo Requena con morbosa emoción—. Eso explicaría los ruidos y lamentos. ¿Se dan cuenta? Estamos ante el caso de un espíritu que necesita justicia para descansar en paz.
Como historia era un poquito trillada, pero no quise criticar.
—Se me está ocurriendo algo —sonrió Requena—. ¿Y si bajamos al sótano a investigar? Podríamos dar con el cadáver de Noemí. ¿Se imaginan?
—Seríamos héroes —dijo Conde con ilusión.
—¿Qué dices, españolito? —el chico rollizo me miró con entusiasmo—. ¿Bajas con nosotros a explorar? ¿O te da miedo?
—Vamos si quieren —dije lo más tranquilo que pude—. Aunque el profe mencionó que el acceso al sótano está bloqueado.
—El elevador dejó de bajar hasta allá —reconoció Requena—. Aunque por las escaleras podemos llegar a la puerta.
—… Que está cerrada —agregó Conde—. Y aunque Pablito tiene llaves, primero muerto antes que romper una regla. Nunca las va a prestar.
—¿Me dejas terminar, Pigmeo? —resopló el chico—. Sé de alguien que tiene una copia: doña Clarita del 101. En el sótano alquila un espacio como bodega.
—¿Y si cambiaron las cerraduras? —pregunté.
—¡Aquí no han cambiado nada desde 1922! —rio Requena—. Investigaremos hoy mismo, pero cuando oscurezca. De noche los seres descarnados son más activos. Si damos con el fantasma de Noemí seguro nos indicará dónde está escondido su cuerpo.
—Eso quiero verlo. Le entro —dijo Conde, picada por la curiosidad.
Entonces me miraron. No podía negarme. Mi reputación estaba en riesgo.
—Me da igual, pero vamos —me encogí de hombros y asentí.
—Excelente. Españolito, recuérdame que te dé una clase sobre fenómenos paranormales —agregó Requena—. Para que estés preparado por lo que pueda pasar.
Súbitamente se abrió la puerta y entró la señora Flor. Llevaba los chilaquiles prometidos. Creo que el picante que comí esa vez inició la primera de mis úlceras.
La charla con Requena y Conde me dejó un extraño regusto, fue entretenida pero también las historias de crímenes me dejaron con mala vibra. Cuando volví al departamento, casi grito cuando vi dos figuras al lado de la puerta.
—Diego… ¿así te llamas? —preguntó una mujer con un marcado acento extranjero.
Eran Jasia y Lilka. Tanto la madre como la hija tenían una imponente belleza gatuna, con enormes y feroces ojos verdes, uñas largas, unas cejas trazadas milimétricamente a lápiz. No pude evitar que mi vista cayera en los vertiginosos escotes. Por un momento me costó trabajo hablar.
—Sí, soy Diego —reaccioné. Mi cara hervía—, el hijo de Teo…
—Pero tú eres más guapo —la más joven hablaba con perfecto acento mexicano. Lanzó una risita.
—Por Dios, Lilka, es niño, un bebé, kochanie —sonrió la madre, parecía su hermana mayor.
—¡No por mucho tiempo! —la joven soltó una carcajada potente y sonaron las campanillas y abalorios que pendían del collar.
—¡Y kochanie estar rojo como tomate! —señaló la madre, encantada.
—Está —corrigió la joven—. Tranquilo, pequeño, no te haremos daño.
Me puso una mano en el brazo y me llegó una oleada de su perfume herbal, fue sumergirme en un bosque resinoso.
—Feo susto de ayer —recordó Jasia—. Pero no todos aquí estamos locos.
—No, no tanto —sonrió Lilka—. Y de verdad, tu papi y tú pueden contar con nosotras, para lo que sea. Tomen, como regalo de bienvenida.
Tardé en entender que me tendía una vasija cubierta con un paño. La tomé murmurando un borroso agradecimiento. Hasta mis orejas pulsaban.
—Cuidado, todavía está caliente —advirtió la madre.
—Es krupnik, una sopita polaca —explicó la joven—. Tiene verduras y carne.
—¡Es para padre e hijo! —agregó Jasia—. Muy nutritiva. ¡Revive hasta muertos!
Se quedaron un momento ahí, sin dejar de sonreír, mirándome con esos ojos minerales. Y para no volver a despeñarme en los escotes me concentré en los anillos de la madre; tenían un curioso diseño de serpientes trenzadas.
Volví a agradecer, en mi nombre y el de Teo. A trompicones ingresé al apartamento y al cerrar me percaté de que fui descortés al no invitarlas a entrar, pero también me sentí aliviado por no hacerlo, estaba demasiado nervioso. Las oí un rato hablar en el pasillo, en polaco, antes de irse. Luego puse la vasija en la mesa de la cocina, quité el paño: era un potaje denso y blancuzco con un intenso aroma de regustos agrios.
En ese instante volví a oír los pasos. El efecto auditivo era bastante curioso, parecía como si alguien caminara a mi lado. Luego oí voces, era una mujer y, algo curioso, como una máquina de coser. Entonces salté con el estrépito de un cristal rompiéndose en la cocina. ¡Eso no era un efecto del sistema de ventilación! Me giré, en mi mente casi podía ver el espectro del médico asesino o de la chamana oaxaqueña, pero resultó ser una ventana abierta, había sido un golpe de aire. Respiré aliviado, fui a cerrarla. Un trozo del emplomado de vidrio se rompió, eso no le iba a gustar a la señora Reyna. Pero lo más extraño sucedió al volver a la estancia, había una mancha de hollín frente a la chimenea y en la base de una de las esfinges de cantera vi lo que parecía la huella de una mano.
Busqué una explicación. Me revisé, tenía las palmas limpias. Tal vez mi padre había colocado trampas para ratas antes de irse a trabajar. Me asomé, pero no había cepos, entonces en lo alto de la pared distinguí un brillo opaco. Entré en cuclillas para explorar, alguien había utilizado el hueco de un ladrillo faltante para dejar una caja de galletas, de esas viejas de latón. Tosí, la caja tenía mucho polvo y hollín, la llevé hasta la mesa de la cocina. Al abrirla encontré un papel amarillento, con una menuda letra en manuscrito.
¿Sois nuevos en el edificio? ¡Vaya escándalo que hacéis! A veces no puedo ni dormir con vuestras voces y pasos que van de un lado a otro. ¿Practicáis marchas militares prusianas por la noche o qué pasa? Perdonadme. Mi abuelo dice que soy una brusca. Va de nuevo. Me presento: soy María Fátima del Carmen, lo sé, tres vírgenes. Pero decidme Emma, ¿habéis leído el libro de Jane Austen? Pues si no, poneos en marcha, todo el mundo lo debe leer, es mi preferido, ¡lo he leído nueve veces!
¿Uno de vosotros es un chico? Es que a veces me parece oírte cantar. Qué fea voz tienes cariño, ¡con perdón! Sólo espero que os guste leer. A mí sí, lo adoro, aunque tengo pocos libros y no puedo comprar más. Y si tuviera pasta tampoco podría, al abuelo no le apetece que salga, dice que fuera no es seguro y, además, he oído que el edificio está encantado y no conviene ir por los pasillos, sobre todo por la noche. Fantasmas, duendes y espantajos. La otra vez se abrió una puertilla de la alacena, yo digo que fue un fantasma. El abuelo dice que eso es porque el edificio está inclinado, pero al abuelo Agustín nunca le lleves la contraria porque tiene más mala sangre que un pavo en víspera de Navidad, y desde el problema de los ojos, está peor que nunca, el pobre ya no ve tres en un burro. Pero debo terminar porque vais a pensar que estoy loca, y sí que lo parezco, pero un poco, lo normal. Sé que es difícil vernos el careto, pero podéis escribirme por aquí, ¡como los espías! Si es que tenéis algo que decir en vuestra defensa, hablo del escándalo que montáis todo el tiempo. ¡Otra vez os estoy cantando las cuarenta! En fin. Besos y todas esas cosas.
Emma, vuestra vecina, que necesita un poco de silencio para leer con calma.
Quedé bastante desconcertado. Era obvio que se trataba de una chica española, en México nadie hablaba de esa manera. Parecía un poco infantil, casi como una niña, pero no estaba seguro. Busqué un papel y un bolígrafo para responder.
Emma o como te llames de verdad.
Soy Diego, tu vecino. Y antes que nada, los que hacéis un ruido infernal sois tu abuelo y tú. ¿Usáis zapatillas de soccer para andar por casa? Y vale, sí, cuando oigo mi música a veces canto, ¡pero no sabía que tenía jueces juzgándome! Es bueno saberlo. Supongo que eres española. ¿Qué edad tienes? Yo 15 y acabo de llegar de Madrid. Soy medio mexicano, no sé si eso signifique algo. También he escuchado las leyendas del Begur y he sido testigo de algunas cosas rarunas, pero no creo en esos cuentos. ¿Conoces a Requena y a Conde? Son expertos en la historia del Begur, que es horrible por donde la veas, muchas celebridades y muertes trágicas.
Por cierto, sí que leo, pero aún no la novela que mencionas, ¿no es un tocho romántico para chicas? No sé si me guste. Vivo con mi padre y estoy por entrar al bachillerato en México, ¿tú dónde estudias? Dime, puedes contarme lo que quieras. Sólo pido que dejéis de patear el parqué o seguiré cantando, ¡y ahora será en inglés! Estáis advertidos.
Diego
Puse el papel dentro de la caja de galletas y la coloqué en el interior de la chimenea. Me asomé para saber si alcanzaba a ver algo del apartamento de arriba, nada, sólo un oscurísimo conducto. La chica debía de tener brazos muy largos para haber dejado la caja allí, o tal vez usó un cordel o algo para bajarlo.
—¿Emma? —me atreví a llamar. Nadie respondió.
El resto del día fue casi normal, y digo casi porque ocurrió algo extraño. A mi padre le tocaba turno doble en la radio; yo estaría en el apartamento por muchas horas, solo. Me mentalicé para no pensar en tonterías. Era difícil luego de la conversación con Requena y Conde, sumado al turbio encuentro con Jasia y Lilka, para finalizar con la huella de la chimenea que todavía no tenía explicación. Más valía tener la mente ocupada.
Terminé ordenando lo que me quedaba de mi colección de historietas de la infancia: ejemplares de Zipi y Zape, y de Anacleto, agente secreto. Luego, vi en el diminuto televisor, entre una tormenta de estática, un capítulo de El auto fantástico (que en México se llamaba El auto increíble). Me hice un sándwich de queso (no toqué la sopa polaca por nada del mundo) y en algún punto de la tarde tomé una siesta mientras oía música (sin cantar).
Tuve un sueño extraño, iba en un barco de paredes herrumbrosas. Subía a cubierta y me topaba con mucha gente vestida con harapos, la mayoría lloraba en silencio. Había un sentimiento de agobio y tristeza que escocía. Cuando conseguí despertar, sentí la espalda empapada en sudor. Ya había oscurecido, encendí la lamparilla del buró. Entonces vi que las puertas de los gabinetes del clóset estaban abiertas y percibí ese olor a chamusquina, como carroña quemándose.
Busqué a Teo, fui a su habitación, pero no había vuelto del trabajo. Recorrí el apartamento en penumbra y, al llegar a la cocina, la sangre se me volvió escarcha: estaban abiertas las puertas de gabinetes bajos y de la alacena, además había dos sillas volcadas. Si yo era el único en el apartamento ¿quién hizo eso? De nuevo me llegó el olor a quemado.
El miedo me aturdió. ¿Qué demonios ocurría? ¿Y si yo mismo lo hice? Tal vez sufrí un ataque de sonambulismo como el que tuve a los ocho años durante unas vacaciones en Ureña. Esa tarde hicimos un agotador paseo por la muralla y la ermita. Y cuando volvíamos a casa de la tía Inés ocurrió algo curioso: en un parpadeo, era la mañana siguiente. No recordaba nada en medio. Según mi madre hablé con ella, me cepillé los dientes y puse la piyama, todo lo hice de manera automática.
Me aferraba a esta improbable idea cuando escuché fuertes golpes, venían de la entrada. Me asomé por la mirilla, eran Requena y Conde. Abrí.
—¿Listo para dejar de ser escéptico, españolito? —preguntó el chico regordete con una sonrisa.
—Vamos a buscar fantasmas, ya es hora —sonrió Conde.
Cómo decirles que tal vez los espectros ya me habían encontrado a mí.
Eso es todo por ahora, estimada A.
Me despido, no sin antes pedirle de manera encarecida que no vuelva a escribirme para hacer contacto, salvo si desea que interrumpa mis cartas, aunque no se lo recomiendo, estamos por entrar a una de las partes más interesantes de este recuento.
Con mis mejores deseos,
Diego
Carta seis
Bien, estimada A, primero que nada, agradezco su amable silencio. No recibir respuesta suya es la mejor que puede darme. Le aviso que le relataré mi primera experiencia fantasmal en forma. ¿Me acompaña?
Como mencioné unas líneas atrás, para que arranque una historia de horror hace falta el suceso, es el momento que se cruza la frontera de lo cotidiano, pero queda una duda. ¿Y si lo imaginé? ¿Y si me estoy dejando llevar por una sugestión? Por eso, a este paso sigue algo se que llama la confirmación. Es un evento, a todas luces, inexplicable. Luego de esa sacudida no queda de otra que reconfigurar el cableado que sostiene eso que llamamos realidad. Esa noche, yo iba directo a la confirmación.
Mi ánimo estaba sensible, todavía no había comenzado la caza y seguía desconcertado por el asunto de las puertas abiertas de la cocina y el armario. La opción del sonambulismo, aunque tranquilizadora, era un tanto improbable.
—¿Tienes miedo, españolito? —preguntó Requena.
El mote ya me estaba resultando odioso.
—¿Por qué voy a tener miedo de algo que no existe, mexicanito? —reviré.
—Eh, tranquilo —sonrió Requena—. Sabes que es puritito cariño.
—Yo te recomiendo que le digas Reque o Gordo —aconsejó Conde.
Suspiré. Fuimos por las escaleras. Requena mostró una llave muy vieja, con un curioso diseño triangular.
—Fui a visitar a la señora Clarita y tomé esto de un lugar a la entrada donde guarda llaves —explicó—. He visto a Pablito abrir el sótano con una llave igualita a ésta.
—¿Y la anciana no se dio cuenta? —observé.
—A doña Clarita puedes quitarle la dentadura y no se entera —aseguró Conde.
Seguimos bajando por las escaleras. Me daban repelús desde que supe del suicidio de la chamana con quince puñaladas. La atmósfera parecía cada vez más rara con esas paredes de madera oscura, rombos de espejos biselados y las viejas lámparas de farolillo decimonónico. Además, los techos debían de ser muy altos, porque conté demasiados escalones. Aproveché para investigar otro misterio.
—¿Y han visto a la chica extranjera entre los vecinos? —lancé la pregunta.
—La mamá de Requena la odia —reconoció Conde—. Dice que es trotacalles igual que la madre.
—Mamá y sus insultos de películas de rumberas —suspiró Requena—. Pero esas polacas son cosa aparte, ¿han visto qué ojos?
—¿Ojos? Siempre que te las cruzas en el pasillo les ves otra cosa —acotó Conde.
—Jasia y Lilka están como para mojar pan —reí—. Pero hablo de otra chica, la española que vive en el apartamento arriba del mío… ¿o debajo?, no estoy tan seguro.
—Debajo es imposible —declaró Requena—. Sería el 304 y ese departamento está desocupado porque lo van a remozar; algo del cableado eléctrico y los desagües, siempre paso por ahí.
—Y arriba de ti está el 504 —apuntó Conde—. Todo ese nivel está clausurado.
—Desde los terremotos de hace dos años —explicó el chico gordo—. Protección Civil determinó que el quinto nivel del Begur y el ático no deberían habitarse hasta que un perito confirme si hay o no daño estructural, y a como es la burocracia en este país, llegará el siglo XXI y seguiremos esperando.
—Ya no entiendo. ¡En mi departamento se oyen vecinos! —expliqué alarmado.
—No lo dudo —asintió Requena—. Que el quinto piso no deba habitarse no quiere decir que esté vacío. ¿De dónde crees que sacamos el nombre de los inquilinos clausurados?
—La mayoría son vecinos ilegales —develó Conde.
—Pero hay que entender a la señora Fenck —explicó Requena—. Con los terremotos el precio de las rentas se desplomaron y luego las autoridades le clausuran dos pisos. Eso es un gran golpe para su economía. Estoy seguro de que la dueña comenzó a alquilar los apartamentos superiores a escondidas.
—Y bueno, ¿viste a tus vecinos clausurados? —preguntó Conde.
Expliqué brevemente que desde que llegué oí ruidos, luego la chica me envió un mensaje por la chimenea para quejarse de que su abuelo y ella nos oían también. La acústica y comunicación entre los apartamentos nos estaban volviendo locos.
—No sabía que se podían enviar mensajes por la chimenea —dijo Conde, maravillada.
—Hay un hueco donde la chica pone una caja de latón con el mensaje —señalé—. Parece agradable, por carta, quiero decir.
—¿Descansamos un poco? —pidió Requena entre resuellos.
Sudaba tanto que le escurría gel wet look de la cabeza. El regordete chico sacó de un bolsillo un pañuelito para limpiarse.
—Estoy perfecto, sólo necesito aire —irguió la cabeza, tenía los mofletes muy rojos—. Y aprovecho esta pausa para hablar de algo importante. Diego, por favor, deja de pensar un momento en damiselas y concéntrate.
—¡Pero si sólo pregunté por una vecina que ni siquiera he visto!
—Como sea, ¿recuerdas que te daría una lección previa a la investigación?
—¿La clase sobre fantasmas y ectoplasma? —suspiré.
—No te burles. Esto es muy serio para él —avisó Conde.
—Gracias, Pigmeo. En efecto, esto es serio —Requena, circunspecto, se acomodó en un escalón y engoló aún más su voz—. Para comenzar, está mal dicho decir ectoplasma, ¡los fantasmas no están hechos de eso! Es un invento de Hollywood.
—¿O sea que esa babilla no existe? —me obligué a mostrarme serio y profesional.
—En realidad están hechos de fulgor —reveló Requena, misterioso—. Es la energía que impregna ciertos lugares después de eventos violentos, sobre todo muertes. Es una emanación emocional tan potente como el glamour de los seres mágicos. Pero ésa es otra lección, concentrémonos en el fenómeno fulgor…
—Reque dice que hay tres categorías —acotó Conde, que ya había tomado la lección.
—Exacto y se clasifican según su grado de intensidad —asintió el chico—. La categoría tres se llama de rastro o despojo y, como su nombre lo indica, son leves huellas de fulgor. Por ejemplo, áreas donde cambia la temperatura, corrientes de aire, ruidos sin origen aparente, murmullos vagos, cosas así. Se pueden percibir con el tacto, el oído…
—¿Y el gusto? —pregunté.
—¡Estoy hablando en serio! —gruñó Requena.
—Yo también —dije con sinceridad.
—No, con el gusto no, que yo sepa —reconoció el chico—. Pero sí con el olfato, como un perfume extraño que llega flotando por ahí. Son fenómenos sensoriales sin origen aparente, y también se sienten de manera perceptiva, como cuando te despiertas en la noche y sientes como si hubiera “algo” a los pies de la cama, pero no ves nada.
Recordé cierta sensación del pasillo y un soplo helado me recorrió las vértebras.
—¿Y la categoría tres es peligrosa? —pregunté.
—En realidad, no —aseguró Requena—. Es la más inofensiva de los fenómenos fulgor. Mucha gente ni siquiera se da cuenta… o le da una explicación racional; al ser tan breves se confunden con otras cosas. En el Begur hay varios ejemplos: en un barandal del tercer piso se ve la brasa de un cigarrillo que flota en la oscuridad, también se oye un cascabel en el pasillo que conecta los dos patios, en el vestíbulo de acceso se oyen murmullos.
—… Y el llanto del niño pequeño —recordó Conde.
—Exacto, son rastros o despojos de fulgor. Ahora bien, la categoría dos, la espectral, es más compleja en forma y duración; suele incluir una aparición parcial o completa.
—Los típicos fantasmas de las leyendas —apunté.
—¡No son fantasmas! —exclamó Requena, casi ofendido—. Estoy hablando de espectros, son distintos a los fantasmas, ¡totalmente!
—Ah, ya, disculpa —suspiré—, pensé que eran sinónimos.
—Reque se enoja si los confundes —anotó Conde—. De hecho, se enoja por todo.
—¡Déjenme hablar! —el chico gordo tomó aire—. Un espectro es una impresión de fulgor atrapada en un lugar concreto. Se reconoce porque se reproduce de manera cíclica o cuando se activan determinadas condiciones de espacio y tiempo. Por ejemplo, en un aniversario luctuoso o donde hubo una muerte traumática. Hay distintos tipos de espectros, desde siluetas borrosas hasta visiones tan complejas como la batalla entre conquistadores y aztecas que se ve de madrugada en la calzada México-Tacuba. Los testigos han dicho que se aprecia la ropa, los tocados, hasta las armas. Pero en cosa de minutos la imponente visión de la batalla se esfuma.
—También han visto a un guerrero azteca en la estación metro Pino Suárez —acotó Conde—. Seguro intentaba llegar a la pelea y se le fue el metro.
—Sería increíble ver una batalla de fantasmas —reconocí—. ¿Lo imaginan?
—¡Espectros! —corrigió Requena, desesperado—. Estamos hablando de la categoría dos. Fue lo que viste en el elevador, el espectro de una antigua vecina.
—Una impresión de fulgor —recordé.
—Exacto —dijo más calmado—. Los espectros no son peligrosos, salvo por el miedo que produce su fortuita visión. El único riesgo es que corras y te rompas la crisma.
—Entonces… —dije con tacto—, los fantasmas serían otra cosa. ¿La primera categoría?
—Exacto, eso es, primerísimo nivel —asintió Requena—. Los fantasmas o entes descarnados son el santo grial de los investigadores de lo paranormal. No son rastros ni impresiones de fulgor, son el fulgor mismo, entidades conscientes, como tú, yo o el Pigmeo, sólo que sin cuerpo físico, pero con personalidad, memoria y sobre todo consciencia. Se puede establecer contacto con ellos.
—¿Almas en pena? —pregunté.
—En muchos sitios se les llama así —convino Requena—. Mueren presos de una emoción violenta y la emanación de ese fulgor es tan potente que los ancla al plano físico. Pueden presentar tristeza intensa, o sentimientos de injusticia, zozobra, ira y venganza.
—Y estos seres… fantasmas… —carraspeé—. ¿Son peligrosos?
Requena hizo una dramática pausa antes de contestar:
—Me temo que sí. Algunos seres de la primera categoría pueden ser horrendos. Si te encuentras a un descarnado iracundo el ataque será terrible. En un enfrentamiento estas criaturas no tienen nada que perder, ¡ya están muertos! Pero calma, los verdaderos fantasmas son difíciles de encontrar. Algunos investigadores de lo oculto tardan años y muchos nunca consiguen ver a uno de estos seres en toda su carrera, sólo espectros. Si tenemos suerte nos toparemos en el sótano con un fenómeno de categoría dos, el espectro errante de Noemí. ¿Entendido?
—Sí, profe Requena —recapitulé para que no hubiera dudas—. Hay tres categorías, la tercera son simples despojos de energía; la segunda viene con espectros que son como ver una peli que se quedó plasmada en un sitio, y la primera y rarísima son los fantasmas, que son conscientes y malos como pegarle a una madre.
—No todos son malvados, pero sí hay que irse con tiento —aclaró el chico—. Pero bien, ya tienes las bases.
Y de este modo pudimos continuar con el descenso. Las escaleras terminaban en una pesada puerta de hierro, era el acceso al sótano. Requena sacó la llave de la anciana Clara y, ante mi sorpresa, entró a la cerradura sin problema y al girarla se escuchó un clic.
—Les dije que iba a funcionar —sonrió orgulloso y la puerta se abrió entre asmáticos rechinidos.
Nos miramos con susto y la emoción. Requena buscó algo en su mochila.
—Recuerden, los despojos y espectros no pueden hacernos nada —sacó una linterna y nos hizo una seña para que camináramos detrás de él—. Así que no quiero ver escenitas de histeria. Eso sí, ¡mucho ojo! Cada impresión de fulgor da pistas de lo que sucedió en ese sitio. Hay que estar muy atentos a todas las señales.
Avanzamos con cuidado, lo primero que contemplamos fue el hueco y las rejas del elevador. Requena presionó el botón, no pasó nada; en efecto, en ese nivel estaba bloqueado. De ese rellano salían dos pequeños pasillos, tomamos el primero, siempre siguiendo a nuestro rollizo amigo.
—Si encontramos el cadáver de Noemí vamos a ser famosos —murmuró Conde, con emoción—. Seguro salimos hasta en el noticiero 24 horas con Zabludovsky.
—Más bien con don Pedro Ferriz —consideró Requena—. Sería un triunfo doble, para la justicia y para las ciencias paranormales.
—¿Has visto el programa Un mundo nos vigila? —me preguntó Conde—. Es de avistamientos de ovnis. Es divertido, aunque los marcianos no me caen bien por metiches.
—Tienen que serlo —intervino Requena—, pero luego hablamos de eso. Silencio
El pasillo desembocaba en una estancia penumbrosa, olía raro, a humedad y naftalina. Requena usó la luz de la linterna para explorar.
—Pero… ¿qué es esto? ¿Quién vive aquí? —pregunté atónito.
Parecía un palacio subterráneo, atiborrado de mesas, gabinetes y armarios de lustrosa madera. Había un largo pasillo, formado con vitrinas con cristalería, que remataba en una cama de hierro forjado con cabecera coronada con un curioso enjambre de tiesos querubines, y al lado dos mesillas redoradas con lámparas de cristales colgantes.
—Nadie. Son las bodegas del Begur —Requena examinó las piezas con el haz—. Aquí es donde la señora Reyna guarda los muebles.
Había demasiado de todo: libreros de madera vasta y entintados, con laca y barniz; jarrones afrancesados y de estilo japonés, bancos de metal, otros labrados; cojines de satén, lamé y tejidos; maletas de todos los tipos: con ruedecillas, de mano y enormes como baúles; además un montón de bastones, zapatos, botines tipo bostoniano, bicolores, de tacón alto; sombreros y ropa, muchísima: vestidos rectos como de los años treinta, trajes de lana de los cincuenta, abrigos, batas para estar en casa. Todo cuidadosamente ordenado en estantes y cientos de perchas. ¿De quién era la ropa? ¿Qué hacía en ese sitio?
—Espera, ¡apunta ahí! —exclamó Conde—. ¡Ahí! ¡Del otro lado! ¡A la izquierda!
—¿Qué? ¿Qué viste? —Requena movía la luz de un lado a otro.
La chica tomó las manos de Requena para señalar con la linterna a una esquina donde se veía un rostro muy pálido. Todos lanzamos una pequeña exclamación.
—Es sólo una pintura —confirmé con alivio.
Conde avanzó hacia el cuadro que estaba parcialmente cubierto por una sábana, tiró para develar un enorme retrato al óleo de tamaño natural. Se trataba de una joven, hermosa como ninfa de cuento, aunque muy delgada, de piel lechosa, cabello rubio cenizo. Vestía un severo vestido negro. El pintor había conseguido transmitir una mirada colmada de tristeza y dulzura en sus ojos grises. Al lado del cuadro había media docena más de bastidores con pinturas y bocetos, todos de la misma mujer.
—A esta señorita la he visto antes en el Begur —explicó Conde—. Una vez en un pasillo y otra vez en el elevador, subía. Debe de vivir en los departamentos clausurados.
—Pigmeo, ¿ya viste la fecha de la pintura? —Requena señaló—. 1921. Si esta mujer vive, debe tener ochenta años por lo menos.
—No. Se veía como está aquí —insistió Conde y su voz tembló de emoción—. A menos que… ¡vi a un espectro, un fenómeno de categoría dos!
—Es eso o te urge ir con el oculista —convino Requena—. Recuerda que también viste por aquí a Diego, hace dos meses, cuando él vivía en Madrid.
—Con Diego tal vez me confundí, pero a ella sí que la vi, lo juro —Conde volvió a echar una mirada al retrato—. Es imposible olvidar esta cara y como va vestida…
Requena hizo una seña de silencio, oímos un clic y un motor que encendía.
—Son las bombas de la cisterna —nos tranquilizó—. Se encienden a esta hora.
Seguimos revisando aunque era complicado avanzar entre las pilas de muebles, baúles y gabinetes. Conde lo tenía más fácil porque era pequeña y delgada como un fideo.
—Eh, ¡miren acá! —nos llamó nuestra amiga desde una esquina—. ¡Hay una bóveda de banco! ¡Seguro hay un tesoro!
Como pudimos, llegamos a donde estaba Conde. En efecto, se trataba de una enorme puerta de metal que tenía al frente grabada una letra B entretejida con espigas y alrededor contenía unas líneas geométricas con trazo de laberinto. Requena la examinó.
—Tiene una cerradura de alta seguridad —señaló con su dedo regordete.
—¡Hay que abrirla! —Conde dio saltitos.
—¿No oíste lo que acabo de decir? —Requena empujó con fuerza—. Para abrir esto se necesita una llave especial.
—¿Qué habrá del otro lado? —di golpes. La puerta era tan gruesa que absorbía el sonido.
—Tal vez una bóveda de seguridad —meditó Requena—. Recordemos que en el Begur vivía gente extremadamente rica. No sería raro que tuvieran un sitio para guardar sus joyas y cosas de valor.
—A mis tíos les vendría bien unos lingotes de oro —suspiró Conde.
—¡Ya quisieras, Pigmeo! La bóveda debe de estar vacía. Los ricos se fueron hace tiempo… ¡y llegaron tus tíos!
—Ajá, y tu madre y tú —sonrió Conde—. ¡Todo lo que tienen es prestado!
—El piano es de mamá. Un auténtico Steinway & Sons, ¡vale una fortuna!
—Eh, chicos, seguro que todos somos pobres como ratas —interrumpí—. ¿Y si seguimos?
Después de explorar un poco entre la ropa y los muebles antiguos, volvimos al rellano y exploramos el pasillo que daba a otra habitación, aunque era mucho menos interesante. Allí estaba la caldera y bombas de la cisterna; había una mesa con herramientas, botes de impermeabilizante, mangueras e implementos de limpieza.
—Aquí no hay lugar para esconder un cadáver —observé—. Tal vez esté en algún mueble del almacén, pero tardaríamos una eternidad en abrir cada chisme.
—Tengo un remedio para eso —Requena sacó de su mochila una cadenilla con un dije—. Vamos a preguntarle dónde se encuentra.
—¿A… la muerta? —sonreí—. No hablas en serio.
—Esto es más serio de lo que crees —y extendió la mano con el péndulo—. Si Noemí busca justicia, y es lo que sospecho, nos dirá dónde escondió el profe su cuerpo.
—Pero ¿a quién vas a llamar? ¿Al fantasma o al espectro? —quiso saber Conde.
—A quién conteste, claro —el chico gordo cerró los ojos—. Sería genial un fenómeno fulgor de categoría uno, pero me conformo con un despojo de tercer nivel… ya veremos. Silencio —impostó la voz y comenzó su invocación—: Noemí, somos tus vecinos y queremos hablar contigo…
Trazó círculos con el péndulo. De pronto, me di cuenta de lo absurdo de la situación; apreté los labios para no reír.
—Estamos aquí para ayudarte —siguió Requena, reconcentrado—, para que encuentres justicia y tu cuerpo obtenga eterno reposo. Danos una señal.
—¿Y qué hacemos nosotros? —preguntó Conde.
—De momento cierren la boca —recomendó Requena y me miró, hosco—. Pero sobre todo, no echen malas vibras escépticas porque eso ahuyenta a los espíritus.
—Yo no echo malas vibras escépticas —me defendí.
—¿Crees que no veo los gestos que haces? —dijo Requena.
—¡Esperen! —interrumpió Conde, alarmada—. Miren: ¡ahí!
Apuntaba hacia el rellano donde estaba el acceso al elevador.
—Tal vez es la señal —aseguró Requena con entusiasmo.
—Vaya, el espectro sí que fue exprés —suspiré por lo bajo.
—¿Ves lo que digo? ¡No tomas esto en serio! —se quejó el chico dolido.
—Cállense y miren allá —insistió Conde.
Obedecimos, de verdad había una silueta. De inmediato Requena apagó la linterna y, en la penumbra, vimos a alguien de espaldas y en cuclillas, que desenroscaba una soga.
El corazón comenzó a martillear mis escépticas costillas.
—¿Es un espectro o un fantasma? —preguntó Conde en voz baja.
—Acerquémonos para averiguarlo —murmuró Requena—. Pero déjenme a mí primero, tengo más conocimientos paranormales que ustedes.
Avanzamos lentamente. Se trataba de un hombre y se me escapó una risa corta.
—Por favor, seriedad —gruñó Requena intentando no levantar la voz.
—No estamos frente a ningún fenómeno fulgor —señalé—. Miren bien, es sólo el profe Benjamín.
Era inconfundible, el profesor lucía desgreñado, llevaba una curiosa armadura casera hecha con tablones atados a pecho y espalda, mismos que ocultaba mal con una gabardina enorme. En ese momento se ataba la soga a la cintura.
—Sí, es él —reconoció Conde—. ¿Qué estará haciendo?
—Tal vez se asegura de que el cuerpo de Noemí siga oculto —opinó Requena.
—Pero el profe piensa que el edificio se tragó a la novia —recordé.
—Bueno, tiene dos personalidades —reconvino el chico—. Y ahora estamos frente a la personalidad homicida. No hagan ruido, que nos va a oír y nos podría descuartizar.
—Tú eres el que está haciendo más ruido —acusó Conde—. No paras de hablar.
—¡Me están preguntando cosas! —se defendió Requena.
Reconozco que éramos un desastre como investigadores paranormales, además, para colmo, a Requena se le cayó la linterna, armó escándalo y para nuestra mala suerte se encendió. Los tres corrimos para tomar la linterna y, al levantar la vista, nos topamos con el profesor, estaba a escasos dos metros. Veía hacia otro lado y se adivinaba una expresión tensa, de gestos congestionados, la piel sudorosa y cabello húmedo y pegado a la frente. Cargaba dos paquetes envueltos en plástico negro. ¿Serían los restos de Noemí?
—Genial. Nos va a matar —resopló Conde con molestia—. ¿Eso querían? Nos va a asesinar un loco.
—Silencio, déjenme a mí manejar esto —murmuró el chico gordo.
Requena quedó paralizado, al parecer era mejor para hablar con los muertos.
—Buenas noches, profesor —fui yo el que dio un paso—. Soy Diego, nos conocimos en el elevador. ¿Podemos ayudarlo en algo?
—¿Qué haces? —exclamó Requena a mi espalda.
—Negociando con el homicida —murmuró Conde—. Como en las películas de policías. ¡Sigue, sigue!
Les pedí con señas que cerraran la boca. El profesor parecía impávido, concentrado en sí mismo. Entonces sucedió algo horripilante. Con más atención habríamos visto cierto ángulo, una pieza que no encajaba. El hombre giró la cabeza como reaccionando a un ruido y después avanzó a toda prisa hacia donde estábamos nosotros. Requena lanzó un grito, supongo que más agudo de lo que calculó. Conde se puso en posición de ataque ninja y yo hice mi último y desesperado intento por razonar:
—Profesor Benjamín, sólo queremos ayudar, por favor, escuche…
Y fue cuando ocurrió.
Como no se detenía intentamos abrirle paso, pero el profesor nos atravesó. Así como se oye. Un vaho frío traspasó limpiamente nuestra cabeza, pecho, brazos. Requena apuntó con la linterna hacia donde corría la figura, todavía se podían ver algunas partes del profesor avanzando: un pie, una mano, parte de la cabeza, hasta que todo se desintegró en la penumbra y quedó ese vapor ondulante que se ve en las carreteras. Unos segundos después, todo volvió a la normalidad. Bueno, no, a partir de entonces ya nada fue normal. Había vivido mi confirmación, me zambullía de cabeza en una historia de horror.
Bien, estimada A. Dejo mi narración por aquí. Tranquila, pronto sabrá qué demonios significó esa visión. Todo lo responderé a su tiempo, tenga paciencia. Sólo le puedo adelantar que el Begur nos tenía preparada otra sorpresa en las próximas horas.
Por ahora, descanse. Sueñe con un mundo en el que la realidad nunca se desarme frente a sus ojos. Un abrazo.
Diego
Carta siete
Estimada A:
De nuevo nos encontramos. Le prometo que esta carta será corta, pues describe un suceso adicional que ocurrió unas horas más tarde de lo que narré la vez pasada. Haré mi mejor esfuerzo para incorporar cada uno de los detalles. Agradezco que me siga acompañando a este recuento; no me atrevería a volver a recorrer ese verano de 1987 sin compañía.
Tal como conté, acababa de vivir la confirmación de un evento fuera de la normalidad: la visión del profesor Benjamín que luego de atravesarnos se desvaneció. En los primeros segundos Requena, Conde y yo nos quedamos petrificados. La primera que reaccionó fue Conde, corrió a la salida, pero la puerta del sótano se abrió en ese momento. Los tres lanzamos un grito, que se volvió un alarido cuando se encendió la luz y finalmente las cosas parecieron volver al carril de la realidad.
El conserje Pablito había entrado al sótano. Llevaba una cubeta y un trapeador.
—¿Qué demonios hacen aquí? —dijo, sorprendido.
Nadie se atrevía a hablar.
—Les hice una pregunta —repitió.
—Bajamos por unos muebles para Diego —Requena recuperó cierto aplomo—. Necesitaba un escritorio, y como aquí están las bodegas…
—Pero lo que vi es muy grande, no me sirve—continué, tieso, con la explicación.
—No pueden tomar las cosas así nada más, antes deben pedir permiso —Pablito miró alrededor—. ¿Cómo entraron?
—La puerta estaba abierta —mintió Conde con naturalidad.
—Eso es imposible —musitó el anciano—. No hay manera de que eso pase.
—Tal vez usted la dejó abierta la última vez que salió de aquí —agregó Requena—. Estaba abierta… ¿verdad?
Todos asentimos y cada vez don Pablito parecía más desconcertado.
—Como sea, ningún vecino puede entrar a las áreas de mantenimiento y servicio —repuso severo—, y la señora Reyna no permite que los inquilinos bajen al sótano desde el accidente.
—¿Cuando desapareció Noemí? —pregunté con interés.
—La señorita Noemí no desapareció, se fue con sus padres —Pablito carraspeó—. Hablo de otra cosa, de mucho antes, no importa. Rompieron una de las reglas del Begur. Tengo que reportarlos con la señora Reyna, tal vez los penalice, tiene muy mal carácter.
—Bueno, no tiene por qué enterarse —sugirió Conde—, no hicimos nada malo…
—Jovencita, ¿está insinuando que le oculte información a la señora? —Pablito la miró como si le hubiera pedido bombardear un orfanato—. Si la señora se entera, perdería mi trabajo, ¡me echaría del Begur luego de todos estos años! Ustedes no saben, no tienen idea de cómo es la señora cuando se molesta, y siempre sabe cuando alguien le miente.
Parecía que se iba a echar a llorar. La noche se volvía cada vez más disparatada.
—Bueno, don Pablito, no volveremos a bajar, lo juramos —aseguró Requena—. Si la señora Fenck se enoja, dígale que me hable, yo le explico todo. Somos amigos.
Dejamos al conserje rumiando y subimos a toda prisa por las escaleras, sólo nos detuvimos hasta llegar a la tercera planta. Al fin tomamos aire, lo necesitábamos.
—Debimos decirle la verdad a Pablito —musitó Conde—. Ya saben, lo que vimos…
—¿Estás mal de tu cabeza de pigmeo? —Requena saltó—. ¿Para qué? Nunca nos hubiera creído. Don Pablito no ve más allá de las jergas, la escoba y el reglamento. Para mí que es un poco corto de aquí —se señaló la sien.
—¿Y si de verdad nos acusa con la dueña? —inquirí.
—Lo hará, seguro —reconoció Requena—. Pero a ella sí que le contaré todo. ¡Y me refiero a lo que vimos! Finalmente ésta es su propiedad.
Después de un instante, Conde recapituló:
—Entonces eso era un espectro, ¿verdad? Un fenómeno de categoría dos.
—Exacto. Era sólo una impresión de energía, nunca nos vio —Requena parecía exultante—. ¿Sintieron la viscosidad del fulgor? ¡Qué lástima que no llevé frascos para tomar muestras!
—Yo sentí frío —recordó Conde—. Y una ansiedad rara, como si no fuera mía.
—A veces hay emociones remanentes en los espectros —explicó Requena—. Recuerden que los sentimientos intensos son el origen y ancla de estos fenómenos.
—Entonces, el profesor está muerto —razoné—. Para que haya un espectro se necesita un muerto, ¿no?
Mis amigos guardaron silencio un instante, dimensionando mis palabras.
—¡Uf! ¡Es verdad! —reconoció Conde—. Aunque… nadie ha dicho nada.
—Porque no lo saben aún —dedujo Requena—. Apuesto a que ahora mismo el cadáver del profesor se balancea del tubo de un clóset en su departamento.
—¿Y qué esperamos? —casi gritó Conde—. Tenemos que decirle a la policía.
—Tranquilos, ya está muerto, no podemos hacer nada por él —consideró Requena—. Pero hay que investigar. Vayan y pregunten en sus casas, tal vez ya se sepa qué ocurrió con el profesor.
—¿Y tú? —inquirí.
—En algún lado tengo el teléfono de la señora Reyna. Voy a llamarla para decirle yo mismo lo que vimos en el sótano, y que ella tome la responsabilidad.
—Va. El primero que tenga noticias les habla a los demás —confirmó Conde.
Todos nos marchamos a nuestros apartamentos. En mi cabeza daban vueltas un montón de cosas: ¿en qué momento se había suicidado el profesor? ¿De verdad había visto a mi segundo espectro? (considerando que la anciana del elevador fue el primero). Era complicado mantener mi escepticismo. ¿Alucinación colectiva? ¿Efecto óptico? Las explicaciones racionales ya no se mantenían bien paradas.
Al entrar a casa me topé con mi padre. Al fin había llegado del trabajo y estaba en la cocina terminando de comer el krupnik. Era evidente que no sabía nada del profesor porque ni tocó el tema y más bien me acribilló a preguntas sobre las vecinas: ¿lo trajo la madre o la hija? ¿Dijeron algo sobre él? ¿Entraron al apartamento? Y al final, casi por no dejar, preguntó dónde había estado y por qué llegaba a esa hora. Respondí a todo por encima, pero me preparé para explayarme sobre el último tema.
—Fui al sótano con Requena y Conde, mis nuevos amigos —comencé.
—Te dije que te llevarías bien con ellos… Sabes, me gustaría que fueran al programa de radio —llevó el cacharro al lavabo.
—¿Requena y Conde?
—¡Las vecinas! Jasia y Lilka —enjuagó el trasto—. Para que hablen de la Cortina de Hierro, de lo que es ser inmigrante, de Cecyl Chlebek. ¡Hay tantos temas! ¿Crees que acepten ir?
Lo miré molesto. Vaya, ¡qué pronto me había sustituido!
—Luego te llevo a ti —dijo como si adivinara mi pensamiento—. No se me olvida.
—¿Y sabías que está prohibido ir al sótano del Begur? —regresé al tema—. Se necesita un permiso. Mis amigos y yo entramos a escondidas, rompimos una regla.
—¿Has visto un recipiente azul? —Teo rebuscó algo en el trastero.
—Teo, ¿me oíste?
—Sí, que fuiste al ático —abrió el refrigerador—. ¿Robaron algo o qué pasó?
—¡No, nada! —exclamé ofendido—. Y fue al sótano, es que Requena tenía una hipótesis. Y vimos un… —me costaba trabajo pronunciar la palabra—. Algo…
—¿Un fantasma? —completó Teo.
—Espectro —corregí. Requena estaría orgulloso de mí—. Al principio pensamos que era el profesor Benjamín, bueno sí que lo era, pero no su cuerpo vivo…
—Órale, ¡qué padre!
—¿De verdad?
—¡Es lo menos que esperaría en un lugar como éste! ¿Fue una sombra o cómo? Luego tienes que contarme todo.
—¿A dónde vas?
En un parpadeo mi padre ya estaba en la puerta, con un recipiente de plástico en una mano y una botella en la otra.
—Voy a devolver el favor a las vecinas —su sonrisa apenas le cabía en la cara—. Estoy seguro de que no conocen el queso de tuna ni el mezcal con pepino. No tardo nada de nada, ahora me cuentas lo del ático.
—¡Sótano!
—Traje pollo rostizado por si quieres cenar —avanzó al recibidor—. Nomás un favor, si te pones a buscar algo no dejes tiradero, cuando llegué estaban las puertas de la alacena abiertas.
—También quería hablarte de eso…
Pero Teo ya se había ido. Miré el reloj de columna en el rellano: faltaban unos minutos para las once de la noche. Confié en que mi padre volviera pronto, me empezaba a dar cierto pánico quedarme solo en el departamento. Volví a imaginar al profesor colgando. Debía de hacer algo para mantener mi cabeza ocupada. Fui a la chimenea para ver si Emma contestó, pero encontré mi propia carta, tal como la dejé en la lata de galletas. Me desanimó un poco. Curiosamente no se oía nada a esa hora, ni pasos o voces, tal vez los vecinos estaban dormidos. Entonces tuve de nuevo esa sensación, como si alguien estuviera conmigo, a pocos metros. ¿Fenómeno fulgor de categoría tres? ¡No debía pensar en eso!
Fui a mi habitación a escuchar música, pasó una hora y seguía sin saber nada de mis amigos, tampoco de Teo. Empecé a irritarme, lo imaginé frente a las vecinas desplegando sus dotes de donjuán liliputiense, presumiendo sus viajes y estudios con su famosa voz de locutor. Me puse a tontear con el radio, había descubierto una estación llamada Rock 101 y en algún momento, entre The Cure y los Smiths, me dormí. Entonces tuve un sueño, o algo parecido… las imágenes eran apenas nubes borrosas pero oía el llanto de mujer, parecía estar al pie de la cama.
No supe cuánto tiempo pasó, seis, ocho horas, me despertó una chicharra afónica. Había amanecido y llovía. La chicharra arremetió de nuevo y me incorporé confundido. ¿Qué demonios era ese ruido? Crucé la estancia y entré a la cocina, vi que era el viejo teléfono de baquelita negra; era la primera vez que lo oía sonar.
—¡Diego! ¡Apaga ese ruido infernal! —suplicó Teo desde su habitación. Tenía la voz pastosa de una resaca.
Contesté.
—¿Diego? ¿Eres tú? —una voz emergió de una tormenta de interferencia.
—¿Quién es?
—Yo mero… Armando.
Tardé un momento en entender.
—¿Requena? —confirmé aliviado—.¿Cómo supiste de este número?
—En la base de cada aparato está el directorio del Begur —explicó—. Si tienes uno de esos cacharros dale la vuelta y ves los teléfonos de los apartamentos.
—Ah, okey. ¿Y pudiste llamar a la señora Reyna?
—El número que tenía no da línea, creo que le falta un dígito, pero fue mejor así.
—¿Por qué? ¡Debe enterarse de lo del profesor!
—Para eso te marqué, te tengo una súper noticia. ¿Estás sentado?
—Sí —respondí, aunque era mentira—. ¿Apareció el cuerpo?
—No lo vas a creer, esto es impresionante —era evidente que Requena disfrutaba paladear la noticia antes de soltarla—. ¿No adivinas?
—Pues no —estaba impaciente—. ¿Tuviste un avistamiento extraterrestre?
—¡Esto es serio! —resopló el chico gordo—. Acabo de topármelo.
—¿A un extraterrestre?
—Deja a los extraterrestres en paz. Esto no es broma —advirtió Requena—. Acabo de ver al profesor Benjamín en el patio, y no es ni espectro ni fantasma, está vivito y coleando.
Ahora sí tomé una silla para sentarme. El asunto se volvía confuso.
—Pero anoche vimos al profe atravesarnos y desaparecer —recordé—. ¿Cómo puede existir el espectro de alguien… vivo?
—¡Lo sé, esto es muy raro! —Requena lanzó un resoplido—. Estoy revisando mis libros de parapsicología, estoy seguro de que hay una explicación.
—¿Y Conde ya sabe que el profesor está vivo y coleando?
—Le acabo de llamar y salió corriendo para verlo con sus pigmeos ojos. Si te das prisa igual y encuentras al profe. Estaba en el patio grande cargando unas cosas…
Me estremecí, y todo a mi alrededor. Los trastos de una vitrina cercana vibraron, la mesilla, incluso el candil, pensé que era un sismo.
—¿Sentiste eso? —preguntó Requena.
El estremecimiento se repitió acompañado de un grave estruendo.
—¡Viene de afuera! —gritó Requena—. ¡Algo acaba de explotar…!
Cortó la llamada. Salí al pasillo, había varios vecinos del Begur asomándose por el barandal desde su respectivo piso; la pareja mayor, vestida de negro como cuervos, oteaba desde el patio. Vi una decena de ancianos en bata, al hombre manco sin el brazo protésico, una robusta enfermera en filipina, el señor de barba canosa siempre con un cigarrillo entre labios. Todos parecían alarmados. Alguien gritó y señaló una especie de nube blanca en la segunda planta. Impulsado por la curiosidad bajé por las escaleras. La nube parecía polvo de yeso. Llegaron más vecinos y entre la multitud me topé a Conde.
—¡El maestro Benjamín está vivo! —dijo exaltada—. ¡Y se volvió terrorista!
Todos hablaban al tiempo y alguien pidió que llamaran a la policía, a los bomberos. Conde me tomó del brazo y nos abrimos paso entre la marea de mirones hasta llegar al epicentro de la explosión: era el ascensor, la puerta de rejilla estaba doblada, había cristales rotos y trozos de metal. El profe Benjamín tenía la cara llena de sangre y una oreja parcialmente desgarrada. Vestía exactamente como el espectro que vimos, con tablones alrededor del pecho y espalda, cubierto con la enorme gabardina. A sus pies había restos de los paquetes plásticos con explosivos.
—¡Por Dios!, maestro, ¿qué pasó? —exclamó Flor, la madre de Requena.
—Atrás —advirtió el profesor—. ¡Que nadie se acerque!
Se limpió la sangre con la manga y de un bolsillo sacó un enorme cuchillo, tenía inclinación por las armas blancas. Todos lo obedecimos, hubo más gritos.
Requena apareció en escena para alejar a su madre del maniaco.
—¿Qué pasa ahora? —exclamó una voz cascada. Era don Pablito que subía a toda prisa por la escalera—. Profesor… ¿qué ha hecho?
Cuando el conserje vio la puerta destrozada del ascensor pensé que se iba a desmayar.
—Tenga cuidado, don Pablito —dijo el hombre de barba cana—. Trae un cuchillo.
El viejo conserje no se detuvo, siguió avanzando.
—Sólo quiero salvarla —gimió el profesor—. Me llama, su llanto me vuelve loco, sé que está en alguna parte.
Con la mano que tenía libre, el profesor anudaba la gruesa soga a unas poleas internas del elevador, el otro extremo lo tenía sujeto a la cintura.
—No quiero ni pensar cuando la señora Reyna se entere de este destrozo —el conserje no podía dejar de ver el hueco que dejó la rejilla abatible—. ¡Dios, Dios!, ¿qué intenta hacer?
Yo tampoco lo entendía, hasta que el profesor se asomó al foso del ascensor y lo supe, ¡iba a saltar! Por eso había atado la soga, para bajar y buscar los niveles secretos.
—¿No se dan cuenta? —los ojos del profe eran pura desesperación—. Todos caímos en esta trampa, vamos a morir pronto. Este sitio se alimenta de nuestras almas.
Para ese momento la mayoría de los vecinos del Begur había salido de sus departamentos. Desde la cuarta planta se asomaban las damas polacas envueltas en batas de seda, del otro lado detecté a mi padre, pálido por la bestial cruda y a punto de echar la sopa krupnik por la nariz. Un piso más arriba vi a contraluz a otros vecinos, los clausurados, seguramente entre ellos estaba Emma y su abuelo.
—Ayúdenme a detenerlo —pidió Pablito a la multitud.
Pero la mayoría de los inquilinos eran ancianos, asustadizos como los hermanos o esposos cuervos, ¿y qué podía hacer el pobre manco? Además, que el profesor cortara el aire con el cuchillo no animaba a nadie a tomar el papel de héroe. Miré a Requena y a Conde. “¿Y si intentamos?”, quise preguntar con la mirada. “Ni loco”, parecía responder Reque.
—¡Sólo necesito unos minutos para rescatar a Noemí! —pidió el maestro, furioso.
—La señorita Noemí lo abandonó hace meses —recordó el conserje, paciente—. Profesor, ya hablamos de eso.
—¡Mentira! —los ojos del profe restallaron de furia—. Noemí está aquí —señaló el foso—. ¡Se perdió en un nivel secreto!, iré por ella y se lo voy a demostrar.
Los vecinos cruzaron miradas de consternación.
—Profesor Benjamín, baje el arma —le pidió el hombre de barba canosa. Tosió.
—No quiero herir a nadie, pero si alguien se acerca, tendré que hacerlo —advirtió.
—Profesor, por favor, no haga esto más grande —Pablito parecía cada más desesperado—. Ya ha ocasionado suficientes daños en la propiedad.
—¡Qué importa el edificio! —chilló el profesor—. Carajo, Pablo, ¿cómo puedes seguir protegiendo a la dueña? ¡Eres tan tonto que no te das cuenta! La señora Reyna Fenck te usa; nos usa a todos…
En una medida desesperada, el conserje intentó quitarle el arma pero el profesor cumplió su amenaza y lanzó una cuchillada, Pablito la evadió por poco, varios gritaron.
—¡Basta todos! ¡Ya mismo! ¡Nadie a moverse! —dijo alguien.
El grito con problemas gramaticales era de Jasia. Llevaba un fusil Gewehr 43, una reliquia de la Segunda Guerra Mundial.
—Querida, cuidado —pidió la señora Flor—. No se te vaya a disparar ese chisme.
No sé si lo que sucedió después fue accidental, pero Jasia lanzó un disparo al aire. Salió un fogonazo verde; la munición debía de ser viejísima. Con el tronido se desató el pánico, la mayoría de los vecinos se arrojó al suelo, entre gritos, otros corrieron para ponerse a cubierto, y don Pablito aprovechó para lanzarse de nuevo sobre el profesor. Le dio un fuerte manotazo y consiguió que soltara el cuchillo. Se desató una lucha cuerpo a cuerpo entre el profesor Benjamín y el conserje, rodaron hasta quedar al borde del foso del ascensor.
—¡Que alguien haga algo! —gritó la señora Flor.
Para complicar las cosas, el elevador se puso en marcha, las poleas se activaron entre siniestros chirridos. Si descendía más allá del segundo piso, sería casi una guillotina para don Pablito y el profesor que forcejeaban a orillas del foso.
—¡Ayúdenlos, por lo que más quieran! —insistió la señora Flor.
Yo me acerqué decidido, pero mi valor flaqueó al ver que el profesor rebuscaba con desesperación algo en los bolsillos. En el caos se desperdigaron monedas, un llavero con un diminuto cubo de Rubik. Al final encontró un desarmador y lo empuñó dispuesto a clavarlo a quien sea.
—Benjamín, por favor, acepta tu destino —oí que le dijo el conserje.
Los dos tenían la mitad del cuerpo sobre el foso, estaban a punto de caer.
—Hay que moverlos, ¡rápido! —ordenó una voz.
Era mi padre que había bajado a toda prisa.
—Vamos, ¡no se queden ahí! —urgió Teo.
Me acerqué junto con el señor de barba canosa, se nos unió Requena y Conde. Entre los cinco tomamos al profesor de un brazo y los cabellos, y a don Pablito de una pierna y un pie. Los arrastramos hasta dejarlos en zona segura del pasillo. Fue justo a tiempo porque el ascensor pasó frente a nosotros y continuó bajando, hacia el sótano. Ahogamos una exclamación.
—¡Son unos imbéciles! —el profesor se revolvió, furioso, manoteando con el desarmador.
—¡Dios, debería agradecer! —amonestó la señora Flor—. Le acaban de salvar la vida.
Y fue cuando sucedió la tragedia.
Nadie se había dado cuenta de que el profesor todavía llevaba atada la gruesa soga a la cintura y el otro extremo seguía enganchado al mecanismo del ascensor. La soga dio un tirón tan fuerte que Benjamín cayó de espaldas. Seguía enredado con Pablito y los dos se deslizaron de vuelta rumbo al foso. Teo se lanzó y consiguió sujetar una mano del conserje.
—¡Aguante! —le dijo mi padre—. ¡Rápido! ¡Alguien corte la cuerda!
Pero fue demasiado tarde. El mecanismo seguía bajando con la imbatible fuerza de la ingeniería alemana, y Pablito no pudo sostenerse más tiempo. Con horror, todos vimos cuando el conserje y el profesor desaparecieron por el hueco. Se escuchó un crujido de huesos rotos (luego supe que fue el esternón del profesor Benjamín). Y supuse que Jasia había lanzado otro disparo porque se percibió otro restallido verdoso. Luego de unos instantes eternos, la maquinaria del ascensor se detuvo. El silencio parecía irreal.
Fui de los primeros en asomarme al foso. Mala idea; me gané una de esas imágenes que se graban a fuego en la memoria. El cadáver del profesor colgaba entre los cables con el cuerpo casi partido a la mitad, mientras que don Pablito había caído al fondo, directo sobre al techo del elevador. Tenía un brazo y una pierna girados en ángulos imposibles, pero lo peor era su rostro, era difícil de describir el nivel de daño. Una polea hizo el efecto de cuchilla, rompió el cráneo y arrancó un trozo de la cara, dejando a la vista un amasijo de carne y sangre. La cuenca del ojo izquierdo parecía vacía.
Muchas cosas se rompieron ese día, pero nadie imaginó hasta dónde llegarían las consecuencias.
Estimada A, aunque prometí ser breve, otra vez me he extendido, una disculpa. Ahora debo hacer una pausa, la necesito para reponerme de ciertos recuerdos. Prometo enviarle la siguiente carta pronto, no quiero que se enfríe esta historia ahora que nos acercamos a su primer hervor.
Como siempre, le deseo la mejor de las noches.
Diego
Carta ocho
Estimada A:
Supongo que cada vez que recibe una de mis cartas se pregunta qué tanto hay de verdad o mentira en estas líneas. Me temo que le toca a usted separar las partes. Confieso que he cambiado ciertos detalles que no me corresponde divulgar, algunos nombres y datos personales, pero ciertas cosas que suenan imposibles, por desgracia sucedieron. La referencia del accidente en el elevador la puede encontrar en algún periódico de la época, en los “vespertinos” muy dados a la nota roja. Si ve algo titulado: “Dantesco accidente en un edificio de la Roma” dio en la diana. La prensa fue explícita en la descripción de los cuerpos, aunque no ahondó en las reacciones de los vecinos; tranquila, eso se lo contaré yo.
Ese día fue caótico. Llegó la policía, servicios médicos, unos hombres de expresión gris: los peritos forenses. Cuando sacaron los cuerpos, Protección Civil montó una gruesa reja de hierro soldada sobre el hueco que daba al foso, para sellarlo y evitar más accidentes.
Nunca se olvidan los primeros cadáveres que ves en la vida. El mío fue el del profesor Benjamín, aunque antes vislumbré a su espectro… Lo sé, ¡no entendía nada! Las autoridades despacharon el evento como accidente, terminaron los interrogatorios y se marcharon. Fue cuando la señora Flor convocó una reunión general de vecinos en el patio principal del Begur. No llegaron los clausurados, claro, supuse que estarían aterrorizados de que la policía descubriera que vivían en apartamentos irregulares. Tal vez estarían haciendo las maletas.
Entre los vecinos que asistieron estaban mis amigos, la señora Flor, la enorme enfermera de trenzas (que luego supe que se llamaba Rosario), las siempre esplendorosas Lilka y Jasia (la última sin el fusil, gracias), el hombre de barba cana, que se presentó como don Salva, estaba casado con Luzma, la señora pequeñita y arrugada. Ahí supe que eran los tíos con los que vivía Conde. Llegaron los cuervos, esos viejos hermanos o esposos, y el hombre manco que rara vez hablaba. Teo fue de los últimos en integrarse, antes se bañó y tomó su tradicional coctel de aspirinas y jugo de verduras para bajarse la resaca.
—Esto es una tragedia —lloriqueó la señora Flor—. No me cabe en la cabeza. Sé que el profesor estaba loco, se veía venir, pero don Pablito… pobre hombre.
—Madre, ¿tomaste? —le preguntó Requena en voz baja.
—Sólo un poquito, para calmar los nervios. Tranquilo, bebé —sonrió nerviosa y siguió—. Pobre Pablito, y todo por hacer su trabajo. No es justo.
—Es una tragedia —asintió Rosario, la enorme enfermera—. Una vez me prestó dinero…
—Igual a nosotras, siempre nos ayudó —reconoció Lilka.
—Era tan amable —aseguró uno de los hermanos cuervos y su hermana asintió.
—No hablen en pasado, no está muerto todavía —pidió don Salva y encendió un cigarrillo—. Está en terapia intensiva creo que en la Cruz Roja o el General.
—Pablito ya no tener media cara y quién sabe si cerebro —recordó Jasia con su castellano a dentelladas—. Y es viejo, mucho, no vivir más de un día, seguro.
Se hizo una pausa fúnebre.
—¿Alguien sabe si tenía… tiene —corrigió la señora Luzma—, familia?
Nadie sabía ese dato.
—La señora Reyna conoce todo sobre el conserje —don Salva sacó humo por la nariz—. Pablito lleva más de medio siglo trabajando aquí.
—Por cierto, ¿alguien ya habló con la dueña? —preguntó el hombre manco.
Resultó que tampoco. El teléfono que guardaba Requena estaba mal y nadie más lo tenía. Alguien mencionó que la señora Reyna Fenck vivía cerca, en la colonia Juárez; según otros, en la colonia Condesa.
—Nosotros depositamos en una cuenta —explicó la hermana cuervo—. Pero nunca hemos ido a la casa de la propietaria.
—Yo le paso la renta a Pablito, luego él se la da —explicó Lilka.
—Pues urge comunicarnos con la señora Reyna —observó el tío de Conde.
Don Salva no pudo evitar que su mirada se desviara un poco más allá, a las piernas de Lilka, lo que ocasionó una molestia, no de la esposa, sino de la señora Flor, que parecía decir con un gesto escandalizado: ¡trotacalle!
—Se me ocurre algo —intervino mi padre—, puedo hablar con Erasmo Gandía. Es el abogado de la dueña. Mi hijo y yo acabamos de estar en su despacho.
Todos parecieron complacidos de que mi padre tomara esa responsabilidad. La reunión terminó y, como el asunto urgía, cada uno salió a cumplir una tarea. Teo fue a la oficina del licenciado Gandía, don Salva al hospital para comprobar si don Pablito seguía en el reino de los vivos y la señora Flor convocó una cadena de oración por la vida del conserje. A mí me urgía hablar con mis amigos, les propuse que nos viéramos en el departamento. Aceptaron.
—¡Vives en uno de los condominios más grandes del Begur! —exclamó Conde al entrar—. ¡Podrías rentar el salón para un baile de 15 años! ¿Puedo ver lo demás?
No esperó mi respuesta. Asomó la nariz por cada rincón. Le encantó la tina de la habitación principal: “Tengo que venir a nadar aquí”. Aunque lo que ocasionó gritos de entusiasmo fue mi modesta colección de discos LP y casetes que guardaba en mi cuarto.
—¡La Trinca! ¡Toreros Muertos! —saltó emocionada—. ¡Nacha Pop! Tienes El momento. Llevo meses buscando este álbum. Se lo pedí a un amigo de mi tío que fue a España pero se confundió y me compró el de los Pecos. ¡Los Pecos!
—Conde, no vinimos a ver tu ataque de Pigmeo fan —la amonestó Requena—. Tenemos cosas importantes que tratar. Este día ha sido horrible.
—¿Me lo juras? —suspiré fúnebre—. Vi a los primeros muertos de mi vida.
—Muerto —detalló Requena—. En singular, don Pablito no está muerto. Lo más seguro es que quede como el fantasma de la ópera.
—La señora Jasia tiene razón —opinó Conde, triste—. Apuesto a que hoy chafea, ni con un millón de rezos se salva —palideció—. ¿Y si nosotros tuvimos la culpa…?
—¿De qué? —saltó Requena—. No lo arrojamos al foso.
—Ya sé, pero pudimos alertarlo de lo que vimos en el sótano.
—Pero es que… ¿qué vimos? —intervine con ansiedad—. Hasta donde entendí los espectros son huellas energéticas de los muertos, ¿no? Se necesita pues eso… un muerto.
—No vimos a un espectro, fue otra cosa —reveló Requena—. Ya investigué bien.
El chico gordo sacó libros de su mochila. Enigmas y secretos de Selecciones del Reader’s Digest y parte de su colección de Duda, las historietas con tema paranormal.
—¿Estamos hablando de un fenómeno fulgor de categoría uno? —Conde parecía perpleja.
—No, no. Tampoco era un fantasma —Requena buscó entre un libro y una revista con papelitos entre las páginas—. Posiblemente ni siquiera era un fenómeno fulgor.
—Me estás revolviendo los sesos —graznó nuestra amiga.
—Ésos los tienes revueltos sin mi ayuda —aseguró Reque—. Entiendan que las ciencias paranormales son muy extensas. Encontré dos explicaciones a lo que vimos. Pudo ser un fenómeno de bilocación, que es la habilidad de estar en dos partes al mismo tiempo —mostró el artículo sobre san Francisco de Asís—, tiene que ver más con la santidad, ¡y no me vean así!, tampoco creo que el profesor fuera santo. La segunda es que nos encontramos frente a un Doppelgänger.
Conde y yo nos miramos, confundidos.
—Es un término alemán —explicó Requena—. Doppel significa doble y gänger, andante. Me falta investigar más, pero si mi privilegiada memoria no me falla es una proyección a distancia de una persona viva.
—¿Y por qué apareció en el sótano? —pregunté.
—Aún no lo sé, pero debe tener sentido —reconoció Requena.
—Hay que volver a bajar otra vez —propuso Conde.
—No tiene caso. Ya no sirve la llave de la señora Clarita —reveló Reque.
—¿Como sabes? —lo miró Conde, desconcertada.
—Porque intenté entrar antes de venir. Creo que Pablito cambió la combinación de la cerradura después de que nos vio merodeando por ahí.
—¿Y entonces? —sentí alivio y desilusión de quedarme sin verano detectivesco.
—Cuando venga la señora Reyna le diremos todo —propuso Requena—. Eso será entre hoy y mañana. Y recuerden que todavía tenemos pendiente el enigma de Noemí.
—Por cierto… ¿creen que nos sirva esto? —Conde metió una mano en su chamarra de mezclilla y sacó un llavero con un diminuto cubo de Rubik.
—Es del profesor —lo reconocí.
—Se le cayó cuando peleaba con Pablito —asintió Conde—. Lo rescaté antes de que se perdiera. Pero no sé a quién dárselo.
Requena examinó la pieza, tenía dos llaves, una grande y antigua, como todas las del Begur, y una más pequeña; debía de ser la del buzón.
—Pigmeo, ¡eres genio total! —exclamó Requena.
—¿Yo? —parecía desconcertada.
—¡Con esto podemos entrar al departamento del profesor! —Reque tomó la llave grande. Su emoción iba en aumento—. El lugar debe de estar lleno de pistas, tal vez encontremos rastros de lo que le sucedió a Noemí.
—Perdón, chicos —interrumpí—, pero eso ¿no es allanamiento? La vivienda debe de estar precintada por la guardia civil o como se llame la policía de aquí que investiga.
Conde y Requena estallaron en risas.
—Esto no es Miami Vice, ni siquiera Madrid, es México —anotó el chico—. Además, ¿qué investigan? Un profesor loco y un viejo conserje cayeron por el foso del elevador de un edificio lleno de ancianos y chiflados que fueron testigos, ¡caso cerrado!
—¿Y si vamos ahora? —propuso Conde, emocionada.
—¡Hasta que tienes una buena idea, Pigmeo! Nos vemos abajo, en media hora —convino Requena—. Antes necesito prepararme.
—Si no vas a una cita —se burló Conde.
—Hablo de mis implementos de investigación… —explicó Reque y guardó repentino silencio—. ¿Oyeron eso?
Era un ruido que conocía muy bien, alguien (invisible) caminaba por un pasillo del departamento. Los pasos sonaban claros hasta que se desvanecieron junto con un largo suspiro. Mis amigos quedaron desconcertados.
—Tranquilos, es sólo un fenómeno acústico —dije con calma—. Parece que el sonido viene de arriba, de la vecina que les conté, la que me escribió por la chimenea.
—Ah, sí, ¿Elba? —Conde intentó recordar—. ¿Qué más te dijo?
—Emma —corregí—. Y no me ha respondido.
—Ojalá sea guapa —Requena miró al techo.
—Y eso qué tiene que ver —resopló Conde.
Estaba a punto de comentar algo sobre las puertas del clóset y los gabinetes de la cocina que se abrían solos, pero lo dejé para después, ya teníamos suficientes misterios con el profesor. Quedamos en vernos en media hora, y antes de que mis amigos salieran le presté a Conde El momento de Nacha Pop. Casi llora.
Cuando me quedé solo me hice un bocadillo que fui a comer cerca de la ventana; entonces vi rastros de hollín en la chimenea. ¿La vecina me había respondido? Saqué la caja de latón y al principio me desanimé al verla cubierta de polvo, pero dentro había un papel amarillento y quebradizo, distinto al mío. ¡Emma había escrito! Era la misma letra rápida, desordenada, un volcán de ideas, haciendo erupción.
Estoy alucinada, así, a-lu-ci-na-da. ¡Me has contestado! No sabes la emoción que me da, Diego, ¡y qué majo nombre! ¿Es por Diego Velázquez? Fijo. Así que eres gato, ¿eh? ¿Cómo pudiste salir de Madrid? Tal vez por ser medio mejicano, a que sí, eso ayudó. Si yo fuera medio algo me gustaría ser medio, no sé… ¿francesa?, no, últimamente no me caen bien los gabachos, sólo Victor Hugo, lo adoro, Les Misérables, la he leído tres veces. Pero no soy medio nada, soy de Motilleja, un pueblo al norte de Albacete que ni te molestes en buscar en un mapa, no hay mucho que decir, nada bueno, no ahora. Oye, ¿de dónde has sacado eso de zapatillas de soccer? Me he reído tanto que pensé que se me caerían los dientes. Pero después, lo que me hizo rabiar fue tu comentario sobre Emma de Jane Austen. Cito: “TOCHO ROMÁNTICO PARA CHICAS”. Veamos… ¿de verdad, Diego? ¡Jamás vuelvas a decir eso de ese libro! ¡Jamás! O te las verás conmigo y soy muy mala sangre cuando me lo propongo. En fin, que me cabreé cuando leí esto, pero después de pensarlo me calmé porque lo has dicho desde la ignorancia de tu mente de crío, ¡apenas tienes 15 años! Te lo voy a prestar, ¿bien? Será como una labor social para que conozcas el mundo de la genial señorita y mi diosa personal Jane Austen. ¿Lo has encontrado?…
Tardé un instante en entender. Entré de nuevo a la chimenea, tanteé en la oscuridad y en el mismo hueco donde estaba la caja de latón, al fondo, había un pequeño libro. Cuando lo llevé a la luz vi que era una novela viejísima, de papel amarillento. Pasé la mano para quitarle el hollín de la portada. Era, claro, Emma, de la genial señorita y diosa personal Jane Austen. Seguí leyendo la carta.
…Cuídalo como si fuera los originales del Viejo Testamento, aunque te daré una pequeña libertad, puedes hacer anotaciones con lápiz, yo lo hago, será interesante ver qué cosas pasan por la mente de un criajo como tú. Te doy cinco días para leerlo porque planeo leerlo por décima vez la semana próxima, ya está en mi calendario, todo lo planeo, eso me ayuda a no volverme loca, más, quiero decir, porque loca fijo que ya estoy.
No conozco a los chicos que dices, pero ya te dije que no conozco a nadie. Al abuelo Agustín no le gusta que salga, dice que no es seguro, y luego de la guerra quedó liado de la cabeza y a veces hace cosas sin pensar, pero es porque se le nubla el entendimiento, no porque sea malo. Además tengo la ventana, que es como leer un libro. Me asomo y veo a toda esa gente caminando por el paseíllo en medio del bulevar, aquí le dicen camellón. Imagino la vida de todos, de la chica con uniforme de criada que sale a pasear un perro, del hombre que vende pan, el viejo que entrega los botellines de leche, la anciana que va a la iglesia de las siete, los trabajadores del edificio nuevo, uno de ellos está enamorado de la criada del perro, ¡ojalá se dignara a verlo! Debes pensar que soy patética, mirando la vida de los demás por la ventana. Esto no será para siempre, estamos esperando noticias de mi madre y de mi hermana. De mi tío Mariano ya no esperamos nada; y si toco el tema con el abuelo, queda silencioso como sepulcro. Sospecho que mataron al tío en la cárcel. Pero tranquilo, no voy a marearte con mis tragedias, mejor lee las aventuras de Emma Woodhouse ¡y más vale que te guste o no volverás a saber de mí! Oye, ¿por qué ya no cantas? Tú no te cortes, tampoco suena tan mal, que tienes lo tuyo.
Emma, tu vecina algo loca y protectora del legado de la genial señorita y diosa personal Jane Austen.
Tuve que leer la carta tres veces más para desentrañar la maraña de temas, y aun así no entendí varias cosas: ¿qué era eso de que el abuelo estaba liado de la cabeza por la guerra? Tal vez fuera un veterano de la guerra de Ifni en el Sahara, mi madre tuvo un amigo que luchó en Marruecos. ¿El tío asesinado en la cárcel? Escribí de inmediato, pulsé el interruptor mental, para hacerlo con el castellano de España.
Hola Emma.
No sé cuándo escribiste esta carta, pero no mencionas el accidente de hoy. Me tocó estar en primera fila, fue de las cosas más horribles que he visto, pobre del profesor; sólo espero que puedan hacer algo para salvarle la vida al conserje. Por cierto, ¿saliste al pasillo durante la tragedia? Tal vez ya nos conocimos de lejos.
Gracias por el libro, tú tranquila, lo cuidaré como si fuera mi riñón derecho. Hoy mismo lo comienzo, pero te advierto, si me parece un tocho romántico, te lo diré, que también soy muy honesto. Hablado de libros, mi favorito es La historia interminable de Michael Ende, ¿lo has leído? A mí me voló la cabeza, y eso de las dos tintas me pareció flipante, la realidad, la fantasía y cómo se mezclan. Hay una peli reciente, pero no la veas, es un cabaret atiborrado con peluche. No lo digo yo, fue el mismo Michael Ende que casi le da un infarto al verla. Aunque, ahora que lo pienso, ese libro quizá te parezca algo infantil, por cierto ¿qué edad tienes? ¿A qué colegio irás cuando termine el verano? ¿Dónde dices que está tu madre y tu hermana? ¿Siguen en España? Seguro las echas de menos, escucho que lloras. Disculpa si soy cotilla, ¡no es mi intención!, ya sabes que se cuela el sonido.
Me has compartido cosas fuertes, gracias por la confianza. Para equilibrar el asunto te confesaré algunos asuntos personales, ¿vale? Vivo con mi padre mexicano, mi madre acaba de morir de manera terrible (ya, supongo que nadie muere de una manera maravillosa). No tengo hermanos, ni primos; mi familia es diminuta, aunque tengo un amigo, Santiago, que se mudó a Barcelona. En los últimos días he hecho migas con los chicos mexicanos de los que te hablé: Requena, de primera impresión es un poco borde, pero luego le pillas el tranquillo, y Conde, que es una chica pequeñita que viste como chico. Es muy, muy guay. Con ellos investigo sobre los fenómenos del edificio. Yo era totalmente escéptico hasta que vimos a un Doppelgänger en el sótano… es la proyección de una persona viva, un doble, o algo así dijo Reque. Aquí suceden cosas raras. ¿Las puertecillas de tu piso se han vuelto a abrir? Aquí pasa seguido. Te descuidas y al dar la vuelta, hala, las de la alacena o el armario están abiertas.
Se me ocurre algo; esto de pasarnos cartas por la chimenea, como espías, suena muy chachi o muy padre, como se dice en estas tierras (si te falta argot te puedo dar un curso, sin costo), pero ¿y si nos vemos? Para que todos nos conozcamos personalmente y si te interesa, puedes acompañarnos a nuestra investigación. Estoy seguro de que ni Requena ni Conde se van a negar. ¡Vamos a entrar al piso del profesor que acaba de morir! ¿Te animas? De tu abuelo no te preocupes, puedo hablar con él, o pedirle a mi padre (Teo, se llama) que me acompañe para hacer las presentaciones, ahora mismo es como el jefe vecinal (provisional) y jamás diremos a la policía ni a nadie que estáis en un piso clausurado. ¡Podéis confiar en nosotros! ¿Cómo ves?
Tu amigo Diego, el vecino medio gato, medio mexicano y que se dispone a entrar al universo de la gran (ya veremos) señorita Jane Austen.
Introduje el papel dentro de la caja de latón y la encajé en el hueco de la chimenea. Me hubiera gustado tener alguna campana o algo así para anunciar que mandé respuesta.
No pude evitar leer las primeras páginas del libro y por desgracia me pareció insufrible, Emma Woodhouse era demasiado mimada y mandona, quería controlar la vida de todos. Lo que me divirtió fue leer las anotaciones de la vecina: “¡Vaya con el padre!, además de hipocondríaco es un memo”. “Que me aspen si esa Harriet no es tonta como un cubo de basura.”
Me di cuenta de que había pasado la media hora y salí para reunirme con Requena y Conde, pero antes tuve una idea: ¿y si iba rápido, al apartamento de Emma? Sólo debía subir un piso. Podía conocerla en persona, y si no estaba, dejaría una nota bajo la puerta diciendo que mirara el interior de la chimenea. Tomé las escaleras pero al llegar a la quinta planta me detuve, había una gruesa valla metálica; por entre el enrejado pude ver el pasillo que comunicaba con las puertas de los apartamentos. Pero la valla no tenía accesos, cubría hasta el techo. Era muy raro. Vi un sello que decía: “Peligro, zona asegurada. Protección Civil del Distrito Federal. Noviembre 1985”. Quedé desconcertado: ¿cómo subían los vecinos clausurados a sus hogares? Claro, por el ascensor, pero… ¿y ahora que dejó de funcionar por el accidente? Debía de haber otra escalera por ahí.
En la planta baja ya me estaban esperando Requena y Conde.
—¿Listos? ¿Están nerviosos? —a Requena le brillaban los ojos—. Estamos a punto de entrar a la madriguera de un loco, de un asesino, que además tiene el poder de replicarse. Prepárense.
Estimada A. Dejo esta carta justo en este punto, ¿le parece? Los dos necesitamos un descanso antes de lo que viene, sólo le puedo adelantar que se llama primer ataque. Sí, así como suena; ya le explicaré sobre esto. Mientras tanto, puede repasar las líneas anteriores, cada detalle está puesto ahí por algo, créame.
Va un abrazo, desde este lado del papel.
Diego
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.