Kitabı oku: «Aproximación psicoanalítica a la psicopatología»

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Santiago de Chile.

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JAIME COLOMA ANDREWS

APROXIMACIÓN PSICOANALÍTICA A LA PSICOPATOLOGÍA

EDITORES:

LUCAS SÁNCHEZ Y FRANCISCO VALENZUELA

CORRECCIÓN DE ESTILO

VÍCTOR SALDAÑA

1ª EDICIÓN, SANTIAGO: PÓLVORA ED., 2020. 300 P.;

15 X 22 CM. (COLECCIÓN PSICOANÁLISIS)

ISBN IMPRESO: 978-956-9441-36-3

ISBN DIGITAL: 978-956-9441-54-7


© 2020, Pólvora Editorial

DISEÑO EDITORIAL Y PORTADA: CAMILA GONZÁLEZ S.

FOTOGRAFÍA: MIGUEL MORALES

Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura.

Convocatoria 2018, del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Diagramación digital: ebooks Patagonia

www.ebookspatagonia.com info@ebookspatagonia.com


ÍNDICE

PRÓLOGO

CLASE 1 EL DIAGNÓSTICO, ENTRE LA ESCUCHA Y LA LECTURA

CLASE 2 ANTE EL DESLINDE DE ESTRUCTURA E HISTORIA. ¿ANTINOMIA O CONTRADICCIÓN?

CLASE 3 LO (DES)CENTRADO EN EL (DES)CONOCIMIENTO PSICOPATOLÓGICO

CLASE 4 LÍMITE DE LA INTERPRETACIÓN: EL FUNCIONAMIENTO PSICÓTICO FRENTE A LA ESTRUCTURA PSICÓTICA

CLASE 5 ¿EL RETORNO DE LO REAL? RESTO, CUERPO, DEMANDA, OBJETO

CLASE 6 LA ASIMETRÍA EN EL OFICIO: EL ANALISTA Y SU DERECHO SOBRE EL DESEO DEL PACIENTE

CLASE 7 ¿QUÉ ES LA ESTRUCTURA? PRECISIONES SOBRE LA TRANSFERENCIA

CLASE 8 DESDE LO REAL HACIA LA VIDA COTIDIANA

CLASE 9 NEUROSIS DE TRANSFERENCIA. ORIENTACIONES PARA ESCUCHAR SU ESTRUCTURA

CLASE 10 CONJETURAS SOBRE EL PSICOANÁLISIS A PARTIR DEL OBJETO FÓBICO

CLASE 11 EL FANTASMA COMO CARÁCTER FUNDAMENTAL EN LO NEURÓTICO

CLASE 12 LO PSICOSOMÁTICO Y LA FORCLUSIÓN

CLASE 13 EL ESPEJO NEGRO. DISTINCIONES EN TORNO A LA DEPRESIÓN Y LA MELANCOLÍA

CLASE 14 EL OFICIO EN LO INVISIBLE

CLASE 15 LA METÁFORA DEL NOMBRE DEL PADRE Y SUS DOS LUGARES

CLASE 16 LA “ASPIRADORA” SIGNIFICANTE

SOBRE ESTA EDICIÓN

Las clases del Profesor Jaime Coloma A. que se presentan en Aproximación psicoanalítica a la psicopatología corresponden al curso dictado el año 2006 en la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. El Profesor Coloma dictó este curso en solitario y en el estilo de un seminario, vale decir, como una comunicación oral ante un grupo de aprendices, la cual gira libremente en torno a un tema central y ha de apoyarse en el esfuerzo de problematización del maestro, llevado a cabo durante largos años de trabajo teórico y práctico.

La presente edición ha sido preparada en base a transcripciones y grabaciones existentes en idioma original, las cuales fueron llevadas a cabo por sus estudiantes bajo el encargo de la psicoanalista Eleonora Cassaula. La edición, corrección de estilo y notas al pie han sido íntegramente elaboradas por el equipo de Pólvora Editorial.

Los títulos de cada clase fueron definidos por los editores, de modo de hacer visible al lector los puntos focales de cada sesión y la organización conceptual del curso como un todo. La corrección de estilo y el establecimiento del texto fue realizado por Víctor Saldaña. Como ya es usual en Pólvora, el diseño y diagramación del libro estuvo a cargo de Camila González S y en fotografía Miguel Morales.

Debemos finalmente agregar que a nivel de edición sólo se han introducido los cambios de estilo y redacción requeridos para adecuar el registro oral al escrito, con el objetivo de procurar una lectura fluida del texto. Toda vez que fue posible hemos optado por conservar los rasgos de espontaneidad, coloquialidad e inventiva propios del lenguaje de aula.

* * *

El derrotero de este libro puede resumirse del siguiente modo: Corría el año 2017 y el libro Freud y los chilenos de Mariano Ruperthuz acababa de ser publicado. En ocasión de una presentación del libro en el VIII Congreso chileno de Psicoanálisis (ICHPA), el equipo de Pólvora, liderado por su editor en jefe Lucas Sánchez, tomó contacto con Jaime Coloma y Eleonora Cassaula, ya que hace un buen tiempo existía la intención de llevar adelante una serie de publicaciones de psicoanalistas chilenos, que recogieran el trabajo clínico, la investigación y la transmisión del psicoanálisis que éstos promovieron durante su dilatada trayectoria. Por su parte, Eleonora comentó que varios estudiantes de Jaime que habían sido sus ayudantes en cursos de especialización clínica en la Escuela de Psicología de la P. Universidad Católica habían transcrito las grabaciones de un curso sobre psicoanálisis y psicopatología que se realizó el año 2006, y que Jaime venía realizando anualmente hace un par de lustros. A partir de ese punto, la idea de publicar parte de la enseñanza del Profesor Coloma vio por primera vez la luz.

La totalidad de las transcripciones de las clases fueron solicitadas a Eleonora, las cuales fueron compiladas como un único manuscrito, e iniciamos un primer y largo periodo de lectura y revisión, sin apuros. Durante el proceso tuvimos la oportunidad de dialogar con algunos de los antiguos ayudantes de Jaime, buscando ampliar el contexto de las escenas y entreveros que emergían una y otra vez a lo largo del texto. De vital importancia fueron los aportes de Jonathan Kaufmann, psicólogo y psicoanalista del ICHPA, quien compartió recuerdos detallados de la dinámica en aula, además del programa de las ayudantías y la bibliografía complementaria del curso, y especialmente el trabajo de Francisco Valenzuela, Profesor de la Universidad de Chile, quien se incorporó como coeditor y ayudó a completar el enmarque textual y de estilo que nos permite hoy presentar esta edición a público.

Rápidamente, la lectura del material transcrito nos reveló el compromiso que Jaime tiene con lo que él mismo ha llamado la “incorrección”: un esfuerzo constante por reivindicar la lectura activa de los materiales clínicos y teóricos por parte del analista, y de este modo hacer equivalente la interpretación a un acto de apropiación. Encontramos en ello el esfuerzo de adoptar una posición inusual en relación al psicólogo clínico en ciernes, orientado a revitalizar el entendimiento dogmático y árido de la psicopatología al que los estudiantes son expuestos normalmente. Descubrimos que esta suerte de rebeldía, que podemos considerar la piedra angular de la formación que Jaime ha intentado dispensar desde hace décadas, se basa en fuertes convicciones sobre la formación psicoterapéutica, las cuales a su vez son animadas por un deseo que en no menor medida ha surgido a partir de la experiencia política en las aulas universitarias chilenas.

Por una parte, reconocemos en su discurso la convicción de que la formación clínica psicoanalítica, en tanto magisterio de un “oficio en lo invisible”, se basa en afirmar la necesidad de que el futuro intérprete aprenda a poner en acto una “voz propia”, lo cual implica no sólo conjurar la voz curiosa e inquisitiva de los estudiantes, sino además, y decisivamente, de dar un lugar a la voz creativa, provocadora y rebelde del clínico en su rol de profesor. Como se podrá apreciar una y otra vez a lo largo de este libro, para Jaime la instancia de clase se entiende como un ejercicio fundamental de la Trans-misión, escrita con guión y entendida en un sentido ético y no ingenieril: se trata de que formadores y aprendices avancen juntos en una empresa interminable de problematización de herencias intelectuales y del psicoanálisis mismo, en tanto saber fallido del inconsciente. Por otra parte, reconocemos en el decir del Profesor Coloma la convicción de invitar a los aprendices, y ahora al lector, a encontrar en las grandes corrientes del psicoanálisis —la de relaciones objetales de Klein, Winnicott y Bion, y el (pos)estructuralismo de Lacan— elementos conceptuales que han de ser puestos al servicio del paciente en el encuentro clínico. “No trabajamos con el psicoanálisis, trabajamos con el paciente” afirma el autor de este libro, sesión a sesión y caso a caso, en el marco de una ética psicoterapéutica antes que académica, más allá de la repetición ciega del mantra de la Escuela. Una y otra vez a lo largo del curso, a veces subrepticiamente y a veces de manera más que franca, Jaime encuentra el modo de incluirse de forma reflexiva y autocrítica en esto último, desde su ubicación “moebiana” como Profesor Titular de la Escuela de Psicología.

Como un único cuerpo, este libro recoge gran parte de esa lucha tenaz, y al mismo tiempo simple y cotidiana, por encontrar un lenguaje propio para navegar un quehacer incierto, y radicalmente alterno, por parte de un renombrado formador en/del psicoanálisis. Como editores, hemos procurado definir unos límites suficientemente buenos, que permitan al lector sumergirse en el mar de una enunciación combativa, vigorosa e insistente, de antigua calaña, sin riesgo de ahogarse. En este sentido, para facilitar la lectura hemos estructurado este libro siguiendo los contornos materiales de las clases que el Profesor Coloma dictaba durante la realización de sus cursos: esto es, una hora lectiva, un capítulo. Sin perjuicio de lo anterior, el lector ha de ser advertido sobre un sinuoso recorrido, comenzando por la(s) neurosis, y avanzando por la(s) fobia(s), la depresión y la perversión, volviendo una y otra vez sobre el territorio indómito de la(s) psicosis.

Sin duda, capturar en un único registro escrito el genio de un orador con cientos de miles de horas de cátedra, consulta y supervisión en el cuerpo resulta, en una palabra, imposible. Sin embargo, como todo estudiante del psicoanálisis llega a aprender de modo más o menos forzoso, imposibilidad es el nombre del juego, fuente de todo dolor y a la vez de toda dicha y de todo poder de transformación. En nombre de un noble compromiso con la paradoja, yendo en contra y a favor de la imposibilidad del pensamiento —y del tiempo irrefrenable— esperamos que el lector se encuentre con una edición trabajada con cuidado y afecto, elaborada con un único fin: dar lugar a la palabra viva de uno de los psicoanalistas más influyentes en la historia de nuestro país.

LUCAS SÁNCHEZ

FRANCISCO VALENZUELA

EDITORES

PRÓLOGO

Nos encontramos ante un libro basado en el trabajo como profesor de Jaime Coloma Andrews, que admite ser tenido como singular. Si lo abordamos, primeramente, desde el ángulo de lo que no es, tenemos que decir que no es, aunque parezca obvio hacerlo constar, un manual o tratado de psicopatología psicoanalítica. Su relación con la psicopatología no se deja caracterizar de buenas a primeras, para ello resulta útil tener en cuenta un libro anterior del profesor Coloma, El oficio en lo invisible (2011). En dicho trabajo, que es el resultado de distintas ocasiones en las que el trabajo del psicoanalista se convierte en el objeto de examen y reflexión confrontado con diversas instancias y problemas en el interior del campo psicoanalítico y otros espacios de pensamiento, en un sentido amplio, el de la cultura, se hace visible que el interés más permanente a lo largo de una larga trayectoria es la insistencia, del autor, de hacer pensable o representable, si se prefiere, el quehacer y la manera en que el psicoanalista hace uso de sus herramientas, es decir, de sus conceptos. Desde una toma de posición que reconoce una preeminencia de la comprensión psicoanalítica del paciente y las vicisitudes de su sufrimiento, por sobre las acciones que pudieran denominarse técnicas, que en rigor se derivarían de esa comprensión, el presente libro se ubica en la trayectoria de este empeño.

El libro, que es el resultado de las transcripciones de las clases realizadas en el desarrollo de un curso en la escuela de Psicología de la Universidad Católica de Chile, en el año 2006, cuyo nombre, Curso de Aproximación Psicoanalítica a la Psicopatología, es revelador de su naturaleza, consiste en una sostenida interrogación sobre el trabajo del psicoanalista teniendo como telón de fondo los distintos problemas del campo psicopatológico. Entre el polo que podemos denominar psicopatológico, que normalmente concebimos como una realidad estática, en la pretensión de fijar los procesos mentales en estructuras y el devenir de las vicisitudes de la vida del paciente, tanto psíquica o interna, como externa, en las relaciones con sus objetos y ocupaciones, parece situarse el psicoanalista como un atento observador participante, en “una actitud diagnóstica de la situación en proceso”. Sin embargo, el uso de la palabra diagnóstico no debe llevarnos a una idea equivocada acerca de lo que el autor nos quiere indicar con esta operación del psicoanalista. Como nos lo advierte “se trata de una actitud diagnóstica que implica conservar una alerta implícita a la evolución del material”, una actitud, nos atrevemos a remarcar, atenta al estado de cosas, en distintos momentos del conflicto psíquico, durante el desarrollo del psicoanálisis.

A lo largo del desarrollo del curso, Jaime Coloma nos recuerda en distintas ocasiones la naturaleza de su trabajo y la independencia que reivindica respecto de las diferentes escuelas psicoanalíticas y los autores que las lideran, pero que no han dejado de imprimir en él la huella de su trabajo: Klein, Lacan, Winnicott, Bion, entre otros. Estos pensadores del campo psicoanalítico no son solo unos hitos respecto de los cuales se quiere conservar tal independencia, sino son también referencias en diálogo con las cuales toma forma el pensar de Coloma y respecto de las cuales, si así puede decirse, toma sus posiciones en diferencia o en acuerdo, respecto de los más diversos y complejos problemas con que se encuentra el psicoanalista en el trabajo de asistir al paciente en el devenir del hacer realidad su subjetividad. En el proceso de posibilitar el advenimiento del yo en el lugar donde ello es.

Una de las primeras dificultades que salen al paso del psicoanalista en tanto psicoterapeuta, es la necesidad de distinguir, de no pasar por alto, los indicios que pueden anunciar un desenlace del proceso que se ha echado a andar en el despeñadero de la psicosis. Como decía Freud en sus trabajos sobre técnica, para el psicoterapeuta esta distinción no es un problema puramente teórico o académico, se trata de un asunto práctico, que tiene consecuencias para los destinos del paciente y el trabajo emprendido. Consecuentemente, este es uno de los primeros problemas que aborda Coloma en su aproximación psicoanalítica a la psicopatología. Teniendo como referencia las líneas más gruesas, es decir, aquellas que dibujan los rasgos más característicos, de las escuelas que llevan el nombre de sus fecundadores, Klein, Lacan, Winnicott, el autor nos presenta un esquema referencial que permite ordenar, mediando una inicial caracterización del tipo de construcción teórica en que los autores sostuvieron su trabajo, y reconocer nuestra posición en relación con el tipo de elementos conceptuales utilizados. ¿Pensamos en términos de estructura, función o existencia? Respectivamente, ¿en conceptos propios de Lacan, Klein o Winnicott? Señalemos de paso que Jaime Coloma no ha dejado de expresar, en distintas oportunidades, el de mantener su trabajo de pensamiento con independencia de las distintas teorías dominantes, pero sin perderlas de vista en tanto perspectivas que dan cuenta de la compleja experiencia de conocimiento en que consiste el psicoanálisis. Orientando su discurrir con este entramado conceptual, aborda los distintos problemas implicados en el esfuerzo de distinguir, en distintos momentos del trabajo psicoanalítico, no solo la naturaleza de los fenómenos y procesos psíquicos como pertenecientes al espacio de las neurosis, las perversiones o las psicosis, sino también el modo en que estas regiones de la psicopatología presentan fronteras con grados diversos de permeabilidad entre ellas: el modo en que una clase de fenómenos pueden devenir en otros y en qué condiciones.

Aunque el propósito central de esta confrontación del pensar del psicoanalista en el trabajo con el paciente apunta a la relación de este trabajo con las teorías y conceptos psicopatológicos, en el discurrir de Coloma no se evade la posibilidad visitar las más distintas estaciones del pensamiento y la cultura en general, dada la necesidad de profundizar en la comprensión de los hechos de la clínica que ponen en entredicho nuestros hábitos de pensamiento no solo en la dimensión metapsicológica sino, también con frecuencia, en problemas propios de la metafísica y la antropología, por un lado, y en las cuestiones más domésticas y cotidianas para el psicoanalista como lo son los problemas implicados en la conducción del proceso de cura que acostumbramos nombrar como técnica, por el otro. Esta trayectoria está jalonada con diversas instancias de confrontación y reconocimiento en y con los más distintos autores, ante las cuales el pensamiento de Jaime Coloma se precisa, pero también se pone en crisis, aunque sin dejar de progresar. En todo este desarrollo no es posible desentenderse del hecho de que se trata de un pensar en conjunto con los autores y con los estudiantes que, participando activamente del desarrollo del curso, interpelan, interrogan, cuestionan y piden esclarecimientos, ante los cuales el profesor mantiene una actitud dialogante que también interpela a los estudiantes. El autor es generoso en el ejercicio de trasmisión del saber del oficio de psicoanalizar, exponiendo el soporte más importante de su saber: su larga experiencia en el oficio.

Con estas breves indicaciones queremos invitar al lector a emprender la aventura de participar de esta discusión del autor con una gran pluralidad de puntos de vista, experiencia en la cual deberá pasar, también, por distintos y contradictorios sentimientos. No siempre se está de acuerdo con el autor, pero siempre se puede llegar a la experiencia de sentirse provocado y convocado a tomar parte del estudio, el examen y la discusión de cuestiones psicoanalíticas que, cuando profundizamos en las exigencias de nuestro particular trabajo, resultan ineludibles.

HUGO ROJAS OLEA

ENERO DE 2020

CLASE 1

EL DIAGNÓSTICO, ENTRE LA ESCUCHA Y LA LECTURA

Hace muchos años pensé en hacer este curso por obra de algo que me ocurrió en la clínica, en la cual trabajo psicoanalíticamente. La mayoría de ustedes saben que denomino “psicoanálisis” a aquella disciplina psicoterapéutica que se sostiene en una lectura psicoanalítica de lo que ocurre en la sesión, más allá del modo concreto de acción que se desarrolla durante la misma. Trabajo de la siguiente forma: leo psicoanalíticamente, y con regularidad, lo que manifiesta el paciente, para luego seleccionar intervenciones de distinta índole. No adscribo a una técnica, sino que opero con distintos recursos derivados de la lectura del material del paciente, para proceder en función de esa interpretación en la forma más ajustada que pueda, buscando logros terapéuticos cercanos o lejanos en el tiempo. Esto es lo que define, para mí, la puesta en práctica de un psicoanálisis. No me siento representante de ninguna escuela psicoanalítica, sólo me defino como psicoanalista. Ni kleiniano, ni winnicotiano, ni lacaniano. Solo un psicoanalista que sostiene su práctica en las posibilidades que esta teoría le da para comprender profunda y acuciosamente al paciente, permitiendo un actuar, según mi criterio, más eficiente.

A lo largo de los años, al correr de las clases de esta cátedra, comencé a darme cuenta, revisando mi actitud y comportamiento en las sesiones concretas con mis pacientes, que era necesario estar siempre en lo que podría considerarse una “actitud diagnóstica de la situación en proceso”. Vale decir, en el aquí y ahora de las cosas, en el entonces y en el cuándo, de acuerdo con cada sesión. A veces, cuando la situación lo demandaba y algo de ella despertaba mi atención, me fijaba en el minuto en juego. Otras veces, tomaba como antecedente la semana, el período que podía abarcar el mes, el año, todo lo ya vivido, etcétera. Se trata de una actitud diagnóstica que implica conservar una alerta implícita a la “evolución del material”, como lo llaman los kleinianos.

El término “material” no es universal dentro de esta disciplina. Con los lacanianos, por ejemplo, no concebimos un material, sino que hablamos del “discurso”, aunque, al hacerlo, no podemos referirnos a una “evolución del discurso”. Quizá se dan cuenta por qué no se puede hablar de evolución del discurso. A un lacaniano lo que le interesa no es el proceso en tanto se da evolutivamente, sino que encontrar aquellos momentos que podemos llamar de significación, en los cuales vale la pena introducir un corte para que, en ese corte, se haga presente el sujeto del inconsciente. Aunque esto pueda simplificar la idea lacaniana, por ahí creo que camina. En este sentido, sólo se podría hablar del discurso y de su estructura, pero no de “evolución del discurso”.

En tanto discurso, valdría tener presente algo relativo a una cierta… no se trata de una etimología de la palabra discurso, pero sí de una implicación de esta idea: dis-curso, así, con un guion separando, o sea, el discurso como lo que altera el curso de la continuidad. Si no fuera por el dis-curso viviríamos en una continuidad imposible de asumir. La continuidad es quizás asimilable a la llamada Naturaleza, vale decir, un sostén de la existencia precultural. Esa condición donde, según entiendo afirman los lacanianos, un significante inscribe inicialmente lo que se desplegará como Cultura. Lacan, en el Seminario 11,1 habla de los significantes de la naturaleza, aquellos que operan en el campo determinado por el pensamiento salvaje de Lévi-Strauss; formas clasificatorias primarias que operan por oposición y que son aportadas por la Naturaleza. Es un momento de origen de enigmática factura, pero que vale tener presente, cuando hablan precisamente los lacanianos de una discontinuidad radical entre Naturaleza y Cultura. Winnicott, por ejemplo, se pronuncia por una continuidad, pero ¿quién puede afirmar tan definitivamente el tema de los orígenes? Winnicott habla del “origen teórico”. Me parece interesante, pero volvamos a lo que estábamos viendo.

Me atrevo a postular que, si bien vivimos en la Naturaleza, solo podemos existir en la Cultura, que es la que hace Mundo. El vivir podría adjudicarse solamente al ser como tal, no al existir en el mundo. Pero estas son sutilezas filosóficas a las que solo puedo aludir superficialmente. No soy filósofo. En todo caso, el Dasein heideggeriano, por definición excéntrico, instala en esa excentricidad la presencia de lo que Lacan llama “gran Otro”, principalmente identificado con el peso determinante del lenguaje. Sólo podemos asumir lo representacional, lo que se alcanza con los cortes del lenguaje que inicialmente son significantes. Los cortes configuran una representación en la diferencia que marcan, que vuelve discontinua la continuidad de la Naturaleza. Así se da la re-presentación que es una presentación en segunda instancia. Existimos en la representación, en la palabra. Heidegger dice que la cuestión del ser se halla directamente vinculada a la pregunta por la palabra. En Introducción a la metafísica,2 Heidegger liga al ser con el “brotar”, el “surgir”. Aludo a esto porque creo que en la actitud de tomar postura por una continuidad o una discontinuidad entre Cultura y Naturaleza están en juego asuntos muy complejos. Por ejemplo, lo que implica distinguir y aunar el ser y el existir. Habría que hacer aquí ciertas elucubraciones respecto del lugar de la facticidad en lo representable, pero no me detendré en esto ahora porque nos desviaríamos demasiado. En todo caso, para lo que nos interesa aquí, esta discusión está en el trasfondo de las distancias entre Lacan y Winnicott, entre experiencia y estructura, entre tratamiento y técnica, etcétera. Espero que podamos, en este curso o en el otro sobre teoría de la práctica psicoanalítica, precisar y profundizar estas consideraciones.

El dis-curso, que discontinúa el curso de la continuidad, integra nuestra existencia apoyada en un ser que conlleva un sustrato supuesto de pura continuidad. Lo representacional, producto del corte de esa continuidad, hace posible entonces el existir. Estas son las derivaciones de la potencia del corte que da lugar al discurso. En realidad, si queremos ser estrictos con la idea lacaniana de discurso, este corte implica el significante y, por ahí, el sujeto. Para el lacaniano, el sujeto es un significante significado por otro significante. En la medida que hay un significante dos que significa al significante uno, apareciendo el sujeto. Esto requiere una discusión más precisa, pero no es aún el momento de llevarla a cabo. El discurso es cosa del sujeto; el material, idea kleiniana, es tema del yo.

Entonces, no es estricto decir “evolución del discurso”, porque este no evoluciona en su estructura, sino que cambia solamente en su contenido, lo que no es de interés para un lacaniano. Lo que digo lo relacionaré, posteriormente al aludir a las ideas de antinomia, contradicción, estructura e historia. Lo veremos en un momento más.


Antinomia Contradicción
Estructura Historia

Tabla N°1: Antinomia, contradicción, estructura e historia.

Quiero que se den cuenta que estoy guiándolos en una dirección reflexiva, que busca mostrar algo que está incluido en un cuadro de ordenamiento psicopatológico que he elaborado para organizar el modo de aplicar lo que alguna vez llamé “el uso incorrecto de los autores”.

Hace pocos años en un congreso en Buenos Aires postulé, en una crítica al ejercicio técnico de las escuelas psicoanalíticas, algo que llamé “el uso incorrecto de los autores”.3 Con ello, me refería a que la corrección técnica y teórica conducía a un sometimiento del pensar, que vulneraba la capacidad de leer al paciente como un ser altamente particular, como un individuo que supera en sus singularidades, aun su propia historia, y lo que se considere como su estructura. Sostuve que quien incurra en este “uso incorrecto” debe velar por su propia consistencia al hacerlo y no por la consistencia del autor citado. Señalaba también que, a mi parecer, buena parte de los autores psicoanalíticos de diversas orientaciones aportaban a la comprensión de los pacientes de una manera fecunda, que era necesaria aprovechar. Seleccioné así tres grandes escuelas: la de Klein, la de Lacan y la de Winnicott, y las organicé por sus características que, a mi entender, son las centrales: función, estructura y existencia. En este curso justificaré y fundamentaré este esquema para hacerlo operativo.

Solo con afán introductorio detengámonos por un momento en cómo concebí este cuadro:


PSICOSIS NEUROSIS PERVERSIÓN
Lacany seguidores ESTRUCTURA “La ’psicosis‘” “La ’neurosis‘” “La ’perversión‘”
M. Klein, W. Bion y seguidores FUNCIÓN “Lo” psicótico “Lo” neurótico “Lo” perverso
D. Winnicott y seguidores EXISTENCIA “el” o “la” psicótico/a “el” o “la” neurótico/a “el” o “la” perverso/a

Tabla N°2: Escuelas psicoanalíticas y categorías psicopatológicas clásicas.

La tabla se organiza en la fila superior sobre la base de la distinción estructural que formula Lacan entre psicosis, neurosis y perversión. Es posible que en la práctica se requiera agregar otras categorías que incluyan, por ejemplo, patologías de déficit u otras. Sin embargo, por lo menos por ahora, esta distinción estructural me parece orientadora de las bases de una psicopatología, entendiendo que, en la primera columna, las teorías de la función permiten abordar patologías más cercanas a lo yoico, como las condiciones limítrofes. En esta columna se reparten buena parte de las teorías principales del psicoanálisis distinguiendo entre aquellas definidas por lo estructural, aquellas basadas en lo funcional y aquellas que dan cuenta de una consideración existencial.

El sentido de este ordenamiento lo expondré a lo largo del curso, pero en principio permite, al diferenciar entre lo estructural y lo funcional, considerar que las estructuras no se pueden intercambiar, pero las funciones sí. Por ejemplo: una psicosis estructuralmente no puede transformarse en una neurosis, pero un funcionamiento psicótico sí tolera aparecer en una estructura neurótica. Una ilustración de esto se ve en las locuras histéricas. Así “lo” psicótico puede darse en “la” neurosis. La vertiente existencial, inspirada en Winnicott, tiene presente que más allá de las descripciones estructurales o funcionales, es siempre necesario considerar al individuo, cuya particularidad solo se da en el modo de vivir la vida cotidiana.

En todo caso, estas referencias a lo antinómico, a lo estructural, a lo funcional, a lo histórico, estos dos esquemas que he dibujado en la pizarra, se intercalan en la reflexión para darle sentido y contenido a la escucha, la atención al discurso y al material que mencionábamos al comienzo de esta clase. Quiero decir, si asumimos una posición dialéctica desde la contradicción, podemos tomar las teorías estructurales y funcionales en su campo. Si tomamos una posición antinómica, no. Pero avancemos y veamos después esto de manera más fundamentada. Volviendo a lo que planteábamos respecto del discurso, decía que hablar de “evolución del discurso” es una transgresión conceptual. Podemos hablar entonces de ella en la medida que tengamos presente que hacerlo es una transgresión, una licencia en el uso de lenguaje.

Plantear, en cambio, que el material de la sesión evoluciona no es una transgresión conceptual, como he dicho, la idea de material se asocia a lo kleiniano. El material, a diferencia del discurso, implica contenido. Referirse a contenido es enfocar el carácter de lo imaginario en lo hablado, carácter que incluye lo yoico. Instancia perfectamente consistente con la noción de lo evolutivo. El material, les decía, es cosa del yo y el yo evoluciona por su condición imaginaria. Lo referente a lo imaginario se sostiene en una temporalidad secuencial, ordenándose por ello en una posibilidad de desarrollo. El tiempo del sujeto, que es el tiempo de lo inconsciente, a diferencia del tiempo del yo, es una temporalidad radical en la cual el antes y el después se condensan en lo que Heidegger llama el “instante”. Es el instante, el tiempo del sujeto, el que permite pensar en el orden de lo metonímico, pero eso es otro tema.

Pienso que, en el afán de usar los aportes de los diferentes autores psicoanalíticos, la concepción de lo que se ha llamado material gatilla en el psicoanalista un modo de prestar atención en las sesiones más inclusivo que el que postulan los lacanianos. La noción de material amplía la mera escucha del discurso a la observación de todo lo que muestra el paciente en la situación psicoanalítica. Por ello debiese incluirse en nuestra práctica tanto la escucha del discurso como un decir, como un enlace significante, como la atención a su contenido y a su forma de manifestarlo. Entiendo que también es necesario tener presente el sentido explícito e intencionado de lo que dice el paciente. Esto permitiría considerar lo intencionado preconscientemente en el paciente, en términos de la lógica significante, tal como lo que desde Melanie Klein se llama “fantasía inconsciente”, que es una representación de contenidos, vale decir, un imaginario expuesto en el orden de lo preconsciente, un conjunto de verdaderos argumentos experimentados en el orden de lo inconsciente.

¿Cómo se sostiene conceptualmente esta idea kleniana de un argumento en lo inconsciente? Pienso que el referente de los sueños es un buen fundamento para hablar de argumentos en la fantasía inconsciente. El sueño siempre es el sueño relatado, aquel que se organiza en el momento del despertar. Freud justifica sólidamente la posibilidad de que un sueño que, por su trama requeriría mucho tiempo de desarrollo para configurarse, puede armarse en un tiempo mínimo. Ocurre con los sueños en que un timbre despierta al soñante, incorporándose su sonido, con un sentido global a la secuencia temporal, mucho más amplia en su longitud discursiva que el instante del timbrazo.

Tener esta amplitud de lectura, en la que se considera el significante, la fantasía inconsciente, la trama de lo preconsciente en su sentido explícito, es arriesgado, en tanto puede emplearse sin integrar y jerarquizar elementos epistemológicos con requisitos lógicos, cayendo en un eclecticismo que no comparto. Por tanto, es necesario revisar esta idea con más estrictez de la que transitoriamente estoy ejerciendo.

El material de la sesión debería referirse a todo lo que tenga que ver con el orden de lo hablado, no solo una atención a los temas elaborados por el paciente, sino también una observación de lo paraverbal: su gestualidad, su manera de tenderse en el diván o de sentarse frente a frente, sus tonos de voz, sus inflexiones, sus pausas, su ritmo, su prestancia o falta de ella, su apatía, su compromiso emocional, etcétera. Considero también parte de este material lo que experimenta el psicoanalista en la sesión, tanto en lo emocional, como en la ideación, o en lo fantasioso. Soy consciente que la perspectiva lacaniana excluye todo esto. Allá ellos, están dentro de su lógica. Creo que la lógica es necesaria, pero abordar al paciente según esa exclusividad lógica, a mi entender, reduce las posibilidades de trabajo y ajusta al paciente al psicoanálisis, del mismo modo como se da en la perspectiva kleiniana. Prefiero trabajar usando el psicoanálisis para ampliar y profundizar mi comprensión del paciente y acceder, desde allí, a un abanico de intervenciones que surjan de la interpretación acotada a la situación de trabajo, a la historia del paciente, a su estructura discursiva, a su fantasía, a la singularidad de cada evento psicoanalítico como a la particularidad de cada individuo.

En fin, practicando el psicoanálisis de esta manera, me di cuenta de que constantemente necesitaba diagnosticar, estar en una posición diagnóstica, no solo en una posición de escucha. Sin duda tenía que estar en una posición de escucha, en esta particularidad de la escucha psicoanalítica, que es una no prejuiciada ni por la memoria, ni por el deseo. Se pretende, con Bion, que la escucha psicoanalítica sea “sin memoria y sin deseo”.4 Escuchar sin memoria y sin deseo no significa que uno pueda liberarse de la memoria y el deseo. Esto sería utópico y destruiría toda la concepción sobre lo humano que proviene de Freud. Se trata de una verdadera disciplina. Es un modo de escucha, es una apertura de la escucha, de modo que ésta resulte lo más desprejuiciada, lo más alerta y atenta a la literalidad de lo expuesto por el paciente en el aquí y ahora de la sesión.

Uso el término literalidad de un modo personal, no consagrado académicamente. Pretendo con este uso promover un estado de atención a lo que ocurre en cada encuentro psicoanalítico, que registre distintos niveles de lo expuesto en lo que hemos llamado material. No es solo la consideración del significante, sino también la toma en cuenta de los significados preconscientes que exponen una intencionalidad en su dicho, traicionada por el mismo contenido de lo expuesto. Por ejemplo, comentar en sesión “me gusta salir con mi pareja” puede ser recortado en la escucha del psicoanalista como un “me gusta salir” y ser entendido, quizás, como una referencia al deseo de salir de lo que se está hablando. No propugno que esto necesariamente sea interpretado al paciente, pero hay que guardarlo como un dato de lo que está pasando en sesión.

La literalidad tiene que ver, por ejemplo, con que el paciente en un momento dado formula un neologismo, y uno tenía diagnosticado a ese paciente como neurótico siendo que el neologismo es uno de los caracteres propios de lo psicótico. Entonces allí el neologismo aparece como una interrupción del discurso que hay que escuchar en una especial literalidad, no literalidad de su contenido, aunque quizás también de su contenido, sino que literalidad de su presentación sintomática, volveremos varias veces sobre esto. Su presentación con algo que trasmite sobre la estructura. Presentación sintomática sería exactamente eso, la presentación de algo como un síntoma que en su manifestación concentra la estructura, es decir, la muestra. Lacan dice que la hoja del árbol muestra toda la estructura del árbol: eso es una manifestación sintomática.5 El neologismo muestra la estructura, y sobre esto también reflexionaremos, ya que es discutible esto de la estructura en la psicosis, pero ahora usaremos el término transitoriamente. El neologismo muestra la estructura de la psicosis.

El neologismo es un logismo nuevo, es un logos que le pertenece al sujeto, nada más que al sujeto. Es discutible si hay sujeto y estructura en la psicosis, pero tenemos que usar las palabras sin detenernos todo el tiempo en su discusión. Esto sería interminable. Vamos a usarlas de la manera en que las entendemos a primera vista. Entonces, el neologismo, por ejemplo, la literalidad del neologismo, escuchar su literalidad, supone escuchar literalmente la presentación de un nuevo logos en esa palabra, de un logos que se sale del logos, de un logos que se administra en una particularidad absoluta. El psicótico crea un lenguaje en esa palabra que es un neologismo. No es un simbólico excéntrico el que le llega. Éste se constituye en centro.

Entonces, escuchar la literalidad implica escucharla de distintas maneras. Escuchar la literalidad es prestar atención sin estar todo el tiempo interpretando, aunque, paradojalmente, no se deje nunca de interpretar. Esto de la interpretación requiere ciertas precisiones. Existe el interpretar como actividad privilegiada del psicoanalista, entendiendo que en este oficio buscamos entender más que lo meramente declarado e intencionado. Pero también existe en la tradición psicoanalítica el interpretar al paciente como recurso técnico. Sobre lo último, tengo mis cuestionamientos. Prefiero no interpretar casi nunca, y cuando interpreto le propongo al paciente: “Que le parece si entendemos las cosas así…”, “A mí me suena sugerente…”, “Hipotéticamente…”. Pero, si consideramos lo que estoy implicando con literalidad, valdría tener presente lo que un paciente dice en un momento dado con la frase: “Es que lo que pasa aquí”, tocándose inadvertidamente el pecho. Si escucho la literalidad, tengo que escuchar que él está diciendo algo que le pasa en el pecho, aunque también debo asumir la palabra “aquí” como un “aquí” relativo a lo que está pasando en la relación con el paciente.

O sea, estar escuchando sin memoria y sin deseo implica estar abierto a algo que también tiene que ver con la observación de lo concreto, con este decir del significante, pero de un significante significado tanto por la significación de su contenido como por la fonética de su emisión, o por la situación misma en que se expresa, o por lo que se evita decir pero se dice. Si el paciente hace un gesto hacia mí, cuando habla de su padre, diciendo que no le importó lo que él le manifestó, tengo que tomar en cuenta que me indicó a mí. Es conveniente conjeturar si no me está transmitiendo algo sobre lo que le he expuesto.

En tal apertura de la escucha, empecé a darme cuenta de que junto con la escucha requería de una actitud diagnóstica constante, de estar diagnosticando todo el tiempo, diagnosticando entre medio, diagnosticando mi diagnóstico estructural inicial. Cuando empiezo a atender a alguien, y esto no es una novedad, destino dos o tres sesiones iniciales de entrevistas, en las que me dedico a conocer a la persona, su historia, cómo es, a oírlo, a observarlo y, desde allí, intento hacer un diagnóstico estructural cuando puedo. La mayoría de las veces se puede. No siempre los pacientes son tan difíciles de diagnosticar, la mayoría de las veces se puede.

Intento diagnosticar estructuralmente, sin embargo, debo estar atento a si no me equivoqué con esta primera impresión, y entonces si aparece un neologismo es posible que tenga que reformular esa mirada inicial. Tendré que decirme: “¿No será una psicosis?” En todo caso, la experiencia me ha enseñado que uno no debe casarse tanto con los conceptos y que hay que observar mucho cómo se dan estos en lo concreto de la clínica. Quizás ese neologismo no tiene nada que ver con una psicosis y que aparentemente está siendo usado de otra manera, no lo sé. Quiero decir que mi escucha y diagnóstico constante implica estar atento a tener que reformular el diagnóstico estructural inicial.

Distingo también entre lo que llamaré el gran diagnóstico y el pequeño diagnóstico. El pequeño diagnóstico me hace pensar que esta persona que me ha parecido ya sea insoportable, simpática o confiable, no lo es tanto, si tomo en cuenta ese nuevo dato que me está proporcionando. Es un diagnóstico también de las circunstancias de vida, de la manera como se concibe a sí mismo, del relato que me había transmitido y que ahora ha cambiado. Hay una actitud de diagnosticar que necesita estar siempre alerta.

Estudiante: A veces no me queda claro cómo usted toma cosas de Lacan. Hemos visto mucho de Lacan y se ha hablado de las entrevistas preliminares; no me queda claro que implica un diagnóstico previo a un diagnóstico estructural.

JC: En primer lugar, es importante adjudicar a cada profesor los conceptos escuchados en clase; de otro modo, podría suceder que ustedes escuchen las cosas que yo digo, las que pueden sonar parecidas a las que dicen otros profesores, y las van a considerar como parte del contexto al que ellos refieren de forma particular, y partir de ahí no sabremos que se está planteando exactamente, dónde terminan ellos y dónde comienzo yo.

El problema que veo es que mi utilización de Lacan pasa rápidamente en la mente del estudiante a tomar un lugar objetivo, y entonces se empieza a entender la posición subjetiva desde donde estoy hablando como una posición objetiva, confundiéndose, como si estuvieran apareciendo contradicciones. Fundamentalmente, creo que las contradicciones deben evaluarse al interior de la consistencia de la persona que expone, no en relación con lo que dice, por ejemplo, Lacan o Winnicott. El modo como otro transmite ideas referidas de un autor siempre supone una posición subjetiva; en ese sentido me parece que la atención debe prestarse a la coherencia de lo que cada uno afirma.

Estudiante: ¿Usted está de acuerdo con los lacanianos en que no hay que interpretar a un paciente psicótico?

JC: Si bien esto no está en conexión con lo que estábamos hablando, puedo decirte que los lacanianos evitan tanto las interpretaciones de contenido como interpretar a un psicótico. Estoy de acuerdo con esto último, pero lo primero, para mí, es relativo. No es adecuado interpretar a un psicótico. Te diría directamente: es inadecuado interpretar a un psicótico, como lo hace Bion, por ejemplo. Bion, a quien respeto mucho en múltiples conceptos, interpreta a los psicóticos y los interpreta como si fueran neuróticos. Esto es un error que se da por la carencia de un diagnóstico estructural, un error basado en dar por sentada la estructura que corresponde a la represión, propia del neurótico. Es distinto si se considera que la estructura del psicótico está apoyada en la forclusión como mecanismo de defensa o la del perverso en la renegación. Pero ya tendremos tiempo de hablar sobre eso.

Las entrevistas preliminares, independiente de cómo las conciban otros colegas, tienen, bajo mi criterio, el propósito de conocer a mi paciente, para no tender en el diván al cartero, como aparece en un chiste creo que de Quino. Necesito saber con quién trabajaré. Entonces, entre otras cosas, requiero hacer un diagnóstico estructural, porque si no lo hago, empiezo a interpretar al paciente psicótico con contenidos que solo pueden ser interpretados en un neurótico. Ni siquiera se puede interpretar con un perverso. Interpretarle contenidos y conflictos a un perverso es perder el tiempo; es difícil interpretar a un perverso, porque muy pocas veces llega a la consulta, pero puede llegar.

Lo anterior no quiere decir que no esté atento a comprender lo que muestra mi paciente más allá de lo que declara. Una cosa es la interpretación verbal, explícita, técnica, tan cara a muchas perspectivas psicoanalíticas, y otra cosa es asumir que si el psicoanalista no interpreta no es psicoanalista. El psicoanalista, para hacer psicoanálisis, para trabajar psicoanalíticamente, tiene que estar siempre leyendo lo manifiesto desde la perspectiva psicoanalítica, porque si interpreta desde la perspectiva sistémica no está haciendo psicoanálisis.

Pues bien, dada la circunstancia de estar siempre interpretando, quise realizar este curso, el cual intenta trasmitirle al estudiante algunas ideas que permitan ejercer la capacidad clínica al menos en esta especie de doble vertiente, en esta “escucha-diagnóstico”, que es también diagnóstico en la escucha. Saber escuchar es también saber ir diagnosticando. Entonces, el nombre de este curso, “Aproximación psicoanalítica a la psicopatología”, tiene el propósito de aludir con el término “aproximación” a una elaboración teórica.

Incluir la palabra teoría implica que, a mi entender, nada que uno haga intelectualmente, en términos formales, deja de transformarse. Cuando se está demandado por lo cotidiano, en teoría —me resulta difícil pensar distinto— la demanda de lo cotidiano es constante, es lo que en términos de Heidegger se denomina como “ser caído”. Siempre me he preguntado, ¿qué otra posibilidad tiene quien habita el día a día de no estar caído, al modo como aparece en esta filosofía? Por lo menos, me parece que así ocurre en lo neurótico. En lo que podría llamarse la temporalidad de lo neurótico, que es la temporalidad de aquellos que hacemos psicoanálisis o practicamos cualquier oficio.

La teoría, sin duda, puede ser empleada con rigurosidad lógica y con fundamento empírico. Sin embargo, está también la tendencia a teorizar, que es propia del pensamiento preconsciente, que transforma la experiencia en representación, naturalmente. Esta es la inevitable presencia de lo yoico en nuestro acceso al mundo. El yo funciona transformando en imaginario toda mi aproximación al mundo, por compleja que sea. En fin, es lo que creo y es por esto que entiendo que solo podemos aproximarnos a los hechos, a las estructuras, entendiendo que no son cosas en sí a las que puedo acceder de alguna manera sofisticada.

Tengo la impresión de que todo lo que hagamos en filosofía, en psicoanálisis, en psicología, a la larga siempre va a estar traducido en términos yoicos y uno se va a relacionar con eso de alguna manera, al modo del imaginario yoico. Hay algo que hace imposible evitar cortes más, cortes menos —me refiero, sin duda, a lo que se plantea como escansión, con el uso técnico de los cortes de sesión, postulado por los lacanianos—, algo que hace imposible evitar que la experiencia deje de ser pensada en términos yoicos. Nunca he creído que ocurra algo distinto.

Cuando era un candidato a psicoanalista formado en la teoría kleiniana, se hablaba de insight del inconsciente. Mi condición de estudiante me llevaba a hacer arreglos teóricos muy complejos para comprenderlo e intentar practicarlo. Siempre tuve, en alguna parte de la mente, la sensación de que el modo de llevar a cabo aquello se relacionaba más con un aprendizaje que con el esperado insight. Posteriormente, llegué a formular que el insight del inconsciente era introducir un esquema de comprensión según la manera de como el psicoanalista modelaba, desde su formación teórica, el modo en que se daban las cosas. El paciente —llegué a pensar— no se encuentra con algo que le es propio, sino con lo que entiende la escuela a la que el psicoanalista pertenece.

Lo mismo me sugiere la búsqueda técnica de los lacanianos de lograr lo que se ha denominado como “escansión”. No dudo que algo se puede vislumbrar en la medida que el abordaje no sea modelístico. Pero me parece que esos hallazgos momentáneos, prerepresentacionales, son atrapados casi inmediatamente por el orden de las representaciones preconscientes de un registro imaginario. No creo que pueda darse esta iluminación de lo que podríamos llamar el “cierre significacional” del significante, la presencia del significante dos en el significante uno. Puede que lo vislumbre, pero lo pierdo al instante, porque todo acceso al mundo es atrapado por lo yoico.

Entonces, en ese sentido, solo podemos aproximarnos a, por ejemplo, la psicopatología. ¿Quién puede decir cómo son las cosas? ¿Quién puede decir lo correcto? ¿Cuál es, en último término, el metro de la corrección? Esta es la manera por la cual deduzco las cosas, la manera como encuentro coherencia suficiente para abordar la complejidad de abordar lo humano, máxime con una práctica que se sostiene nada más que en un oficio, el oficio de ser psicoanalista. Si hay otros que encuentran coherencia de otra manera, que piensan distinto, allá ellos. Yo trato de fundamentar mis criterios y, en ese sentido, es que he llamado a este curso “Aproximación psicoanalítica a la psicopatología”.

Al denominar el curso de ese modo, pensaba en esta perspectiva de la teoría, en este no poder acceder a la psicopatología como una sistematización intencionada de hallazgos hechos por seres humanos y que se ha instalado como referente estable dentro de la posibilidad de acceder a aquellos cuyo sufrimiento los lleva a consultarnos. Me identifico con la imposibilidad de abordar la psicopatología fuera de una aproximación, la cual en nuestro caso es psicoanalítica, con ello se busca distinguir entre formación y prejuicio.

Si no se hace esta diferencia, lo psicoanalítico es secundario, en tanto está al servicio de confirmar tendencias narcisistas que corresponden, en los psicoanalistas, a historias personales, solución de conflictos y rasgos de carácter. Quizás es por ello por lo que el psicoanálisis, en ciertos casos, puede darle un aire de superioridad a algunos que lo sustentan. Tenemos ejemplos, pero eso no es formación. Es psicopatología personal. Como dice el DSM IV, un “trastorno” de personalidad, lo que no quiere decir que el DSM IV sea tan atendible.

La formación supone la disciplina, el trabajo, la experiencia. Implica, entonces, alcanzar metas laboriosamente, implementarlas, desecharlas por la prueba de la práctica; enriquecer el conocimiento, sabiendo de su fragilidad. El prejuicio es globalizador, totalitario, afirmativo, da una convicción de hablar con la verdad de un conocimiento definitivo; asume posiciones rígidas, que es algo diferente de tomar posturas firmes y fundamentadas. Está cerca del fanatismo, tema que aborda con gran lucidez el psicoanalista argentino Darío Sor6 y que valdría la pena incluir en un curso como este, ¿tendremos tiempo?

Bueno, entonces, es “aproximación”. Así generé este curso con la idea de trabajar las ideas de la psicopatología desde una perspectiva obviamente psicoanalítica, pero en esa palabra intenté producir, como señal, que uno solo se aproxima psicoanalíticamente a los pacientes. En otras palabras, lo que busqué no es decir “este curso da cuenta de la psicopatología”, sino que pretendo encontrar en la formación psicoanalítica la posibilidad de aproximarme a la psicopatología de una manera que a algunos les resulte convincente. Aquí es donde surge la necesidad de diferenciar entre formación y prejuicio. No hay nada más lamentable que abordar al paciente teóricamente. Desde la teoría como manera de saber desde los textos lo que ocurre con los pacientes; como teoría conformando un prejuicio, esa traducción y selección de signos y señales que los va atrapando en una malla teórica que, muchas veces, produce perplejidad en el clínico, sobre todo cuando la particularidad del paciente no se ajusta a lo supuestamente previsto. Allí hay que ajustarlo, con la tendencia frecuente a adjudicar a los rasgos del paciente los fracasos del diagnóstico.

Esto implica que, si uno toma al paciente, por ejemplo, desde la teoría kleiniana, lo que va a incluir es el uso de la técnica kleiniana. Cuando se usa una técnica que pretende ser consistente con la teoría, se empieza a desconocer la posibilidad de escuchar quién es como individuo su paciente y se empieza a acomodar al paciente a la técnica. Para mí, escuchar al paciente es escuchar su particularidad. El paciente no es un significante S1 determinado por un S2 kleiniano o lacaniano. Desborda la lógica, es más que lo que un modelo pueda decir. El riesgo, para mí, es que el paciente empiece a hablar como el psicoanalista espera que él hable, para que el psicoanalista logre hacer lo que su técnica, derivada de su teoría, le plantea que tiene que hacer. Ahí es cuando, a mi parecer, se está lesionando la escucha. Entonces, cuando pienso en una aproximación psicoanalítica a la psicopatología, lo hago en esta necesidad de considerar el peso de lo psicoanalítico, cuando es la elección que uno ha hecho para leer el material.

Considero que las distintas teorías psicoanalíticas aportan en distintos niveles, y de distintas maneras y desde distintos ángulos, pero todas aportan. A mi entender, cuando la teoría deja de aportar, es cuando se trasforma en técnica y en técnica excluyente; técnica kleiniana, técnica lacaniana, por ejemplo. Creo que el modo de aproximarse al paciente es con el paciente, es en esta escucha abierta buscando con el paciente, la aclaración del lugar que tiene en el mundo y entender cómo este lugar lo ha perturbado para desplegar su modo de ser de un modo que no lo haga sufrir innecesariamente. Buscar eso implica que uno está usando su formación psicoanalítica para acceder a otra dimensión de lo manifiesto, al que otras escuelas psicológicas no acceden.

Ustedes ya saben lo que es, formalmente, valga la redundancia, formación psicoanalítica: someterse a psicoanálisis personal, un periodo relativamente largo de supervisiones y estudiar, ojalá en grupo, para discutir la teoría y cuando la cosa es mejor todavía, ojalá con alguien que sepa más que todo el grupo, alguien que sea un profesor con experiencia psicoanalítica o algo así. También puede ser que el profesional se forme en instituciones, aquí en Chile está el ICHPA, la APCh, están los grupos lacanianos, pero para ser psicoanalista, para tener formación psicoanalítica lo que uno necesita es psicoanalizarse, supervisarse y reflexionar sobre teoría psicoanalítica lo más profunda y acuciosamente posible. Eso a mí me da la idea de formación psicoanalítica, sea en instituciones o no. Eso es lo que le da a la escucha una impronta específica.

Les he contado cuando en mi afán de informarme de las cosas tomé un curso sobre conductismo. Fui a clases de postítulo con Sergio Yulis, un profesor absolutamente identificado con el conductismo, que llegó a dirigir esta escuela, hace ya unas décadas y que murió joven por una circunstancia absurda. También tomé un postítulo en el Hospital

Luis Calvo Mackenna con Patricio López de Lérida, un psiquiatra que también practicaba la clínica desde un conductismo muy consistente y excluyente de otras lecturas. Me di cuenta de que todo lo que me presentaban para ilustrar el “cómo” de la técnica conductista, yo lo leía psicoanalíticamente. No podía dejar de hacerlo. Me acuerdo de una paciente que tenía problemas al subir las escaleras porque temía que la violaran. La técnica que se estaba enseñando era de desensibilización sistemática. Esta implicaba, como ustedes lo saben mejor que yo, que se le presentaba una imaginería y entonces tenía que hacer una seña para indicar el momento en que la imaginería despertaba la mínima angustia. Yo preguntaba por esto de “ser violada en una escala”, en circunstancias que la paciente no había tenido ninguna experiencia de este orden, ni siquiera la experiencia de haber sido violada. Me interesaba por la razón de ser de esta fantasía. Sergio me decía que esa pregunta no tenía ninguna importancia. La formación conlleva que uno descarte ciertos elementos que se presentan, desde otra forma de lectura, como evidentes. Yulis podía desconocer la pregunta que yo me hacía, porque estaba formado como conductista. Podía dejar fuera todas estas cosas que para mí era imposible no verlas. Él podía leer conductistamente el material. Yo no.

Con el propósito de generar esta escucha, desarrollé el cuadro que he dibujado previamente con el proyecto de hacer diferenciaciones, que no me atrevería a llamar epistemológicas, porque no todas las teorías se ordenan como teorías del conocimiento y se hace epistemología solo de teorías del conocimiento. La ciencia es una teoría del conocimiento, toda ciencia implica una teoría del conocimiento. Las ciencias buscan conocer y, en este sentido, pueden sostener una epistemología. Hacer aproximaciones epistemológicas me parece sumamente válido, pero cuando se trata de tener presente las distintas teorías psicoanalíticas en esa pequeña tabla, es difícil decir que se hacen distinciones epistemológicas dado que la epistemología no cabría respecto de las perspectivas estructuralistas, que se interesan más por un saber que por un conocer. Saber y conocer son dos modos de acercarse para considerar el mundo. En primera instancia, pienso que el saber es experiencia de mundo, en tanto el conocer es relación con el objeto. Pero no nos detengamos en esto por ahora.

Lo que me interesó fue ubicar en un cuadro las distintas aproximaciones teóricas psicoanalíticas, cuadro que obviamente podría ampliarse hacia abajo mucho más: está André Green, que es un verdadero autor, está Jean Laplanche, Kohut, en fin. Quizás estos autores puedan ser ubicados entre las categorías de lo funcional, de lo estructural, de lo existencial. André Green estaría entre Winnicott y Lacan. Laplanche estaría paralelo a Lacan, pero sin dejar de lado a Lacan. Kohut estaría cercano a Winnicott, pero diferenciado de Winnicott. Lo que quise fue distinguir los aportes de estas teorías que tienen que ver con la estructura, con la función y con la existencia, o sea, desde la estructura, la función y la existencia. Definí el orden de ciertas teorizaciones. Por eso digo, si Laplanche estaría más cercano a la estructura, André Green, está en juego entre la existencia y la estructura.

Este cuadro se basa en la necesidad de intentar siempre el diagnóstico estructural. De algún modo esta tabla está sostenida por esta exigencia lacaniana de hacer diagnóstico estructural. Tomo la determinación lacaniana y la hago propia, porque no se puede evaluar a un paciente antes de hacer diagnóstico estructural. Esto implica considerar que hay diferencias cualitativas entre los cuadros psicopatológicos, diferencias que instalan un modo de ser, en esta área de la existencia, de un modo definitivo, desde un comienzo muy temprano. Hacer diagnóstico estructural significa, por tanto, lograr un diagnóstico en el cual no haya intercambio entre la neurosis, la psicosis y la perversión. No obstante, lo rotundo de esta aseveración tendría que, paradójicamente, vacilar a partir de las posibilidades reales que da la práctica. Espero poder explicarme, aunque las paradojas nunca logran la limpidez de las explicaciones.

En todo caso, creo que lo más interesante en la definición y operatividad de lo estructural radica en destacar el carácter de lo excéntrico. Hago esta aseveración porque vale la pena tener presente que “lo estructuralista” en Lacan empezó a cambiar a partir de su seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Insisto, más allá de las determinaciones de la academia implícita a toda escuela, a mí me parece válido y eficiente distinguir entre yo y sujeto, precisamente por este rasgo de lo céntrico versus lo excéntrico. Lo céntrico como sistema, el yo. Lo excéntrico como estructura, el sujeto. No distinguir entre yo y sujeto conlleva reducir todo enfoque a una presentación yoica, reduciendo todavía lo inconsciente a formas del yo, vale decir, enfoques más cercanos a lo consciente que a lo inconsciente, como, en mi criterio, aparece en los kleinianos y en los intersubjetivistas, tan de moda estos últimos en las tendencias psicoanalíticas actuales.

Lo excéntrico de la estructura y del sujeto lo tengo presente por la conocida fórmula lacaniana respecto del sujeto: $ (A), siendo S, el sujeto, un sujeto tachado, dividido. Esta fórmula supone, en síntesis, que hay un sujeto cuando este se determina en función de una otredad, de algo excéntrico, el gran Otro lacaniano que representa la presencia del lenguaje como gran gestor del sujeto. Vale decir, es en el lenguaje donde se da el ensamblaje jerarquizado de los elementos parciales integrados a una totalidad representacional, radicalmente no-comuni-cacional. Esto último, precisamente, para destacar el carácter de estructura que brota del lenguaje, desplazando su función comunicativa a un lugar eventual y secundario que es, por lo demás, dudoso. Esto de que “siempre se comunica” desconoce que la recepción del mensaje del otro está herida por un gran vacío, un hiato de distancia insalvable, que hace que la recepción sea, al modo como podría decirlo Bion, siempre una transformación, nunca un hecho o un dato de lo exterior y objetivo. El que nos comuniquemos es un tema sumamente complejo y que valdría dedicarle una reflexión que, por ahora, y quizás para siempre, posterguemos. Aunque en realidad, nunca se sabe lo que viene por delante.

Lo que importa es que la estructura hace sujeto al recibir al individuo sin habla, el llamado infans. ¿Por qué detenerse en esto? Porque me parece dudoso y un riesgo de inconsistencia conceptual el igualar el concepto de estructura que estamos empleando para distinguir entre la psicosis, la neurosis y la perversión, al concepto de estructura que hemos situado en el lugar de la posición conceptual lacaniana y que hemos opuesto a la idea de función y de existencia.

Para no confundir las cosas, acepto que puedan ser limitaciones intelectuales mías. La estructura solo puede darse plenamente, como tal, en tanto S tachado función del Otro en la neurosis ($ (A)). Para que haya sujeto del inconsciente, sujeto dividido, es necesario que el lenguaje se instale en la existencia, quizás en el puro ser, vaya uno a saber, en la experiencia de la continuidad del infans, que es algo fácil de suponer en el origen. Es necesario que el lenguaje instale allí su función de corte, lo que implica que lo estructural implícito al lenguaje se sostiene en la condición diferencial del significante, no del significado. Por eso el lenguaje sería radicalmente estructural y no comunicacional. Este significante, cuya producción supuestamente goza el lactante al producir el laleo, el gorjeo, se corta por la introducción de la diferencia que opera y que Freud llamaría un adulto experimentado. El orden de lo significante es impuesto así, desde fuera, como una ley. Algo habría que pensar aquí sobre la ley paterna, el Nombre del Padre, la metáfora, la metonimia, entre otros. Sin embargo, lo que estoy buscando justificar es esta diferencia entre la estructura como distinción psicopatológica y la estructura como criterio teórico, global.

Decíamos que la estructura como excéntrica, sostenida en un gran Otro, se daría consistentemente solo en la neurosis. En la psicosis y en la perversión el lenguaje no cumple su función de hacer sujeto. En la psicosis, según las enseñanzas de Lacan, que me parecen válidas y sugerentes para leer la presencia de la psicosis, el agujero simbólico impide la posibilidad de hacer sujeto, según la operación de la llamada forclusión, que es un repudio básico al Nombre del Padre que se instala con el corte.

En la perversión, en tanto, el corte de la Ley se ha desplazado al yo, como una manera de usar del principio de realidad freudiano, para satisfacción exclusiva del principio del placer, en sus connotaciones no solo energéticas, sino también sensuales, sexuales. Se ha dicho que el principio de realidad es el mismo principio del placer, diferido por razones adaptativas. En la perversión, según creo, esta identidad se hace plena: se busca traspasar la representación, necesaria para ejercer el principio de realidad, de modo de usarla, llegando al acto. Se trata de salir de la representación, cumpliendo de algún modo el cometido del principio del placer. El perverso, apoyado en la representación, hace del Mundo una ocasión para llevar al acto a la pulsión. Supongo que esto podremos aclararlo en clases posteriores. Lo que en este momento interesa es que el sujeto tachado función de un (A) no opera ni en el psicótico ni en el perverso, porque, por definición, no aceptan, repudian la tachadura del sujeto.

Digamos que tanto la psicosis como la perversión son formas particulares de asentamiento del yo. La psicosis porque requiere restituirse, en ausencia del simbólico al imaginario yoico, como forma de participación, sin duda radicalmente fallida, en el Mundo y la perversión porque requiere del yo para transformar en acto la pulsión.

¿Cómo sostener, entonces, las diferencias psicopatológicas estructurales? En mi afán de usar solo a los autores y no de plegarme doctrinariamente a ellos, construyo según mi criterio, una respuesta que me parece operativa. Lo estructural en los cuadros psicopatológicos sería lo propio de la neurosis, sería allí donde tomaría peso el lenguaje y su función de corte, precisamente por su carácter representacional. En la psicosis, dice Lacan, retorna lo real que, siguiendo a Calligaris, se imanta a lo imaginario. Por lo tanto, el corte no ocurre, sino en una deriva imaginaria que escamotea el lugar de la Ley. En la perversión el corte es nuevamente situado, con gran coherencia, sin deriva, en el lugar del yo, para birlar el peso de la Ley.

Las diferencias psicopatológicas vale considerarlas como estructurales, en tanto sea la estructura neurótica la que instala el referente diferencial. De este modo, psicosis y perversión tendrían connotaciones estructurales por la regularidad funcional, es decir, yoica de su manifestación, en lo particular del registro imaginario en el abordaje del mundo. Esta tipicidad permitiría el diagnóstico y daría lugar a las diferencias estructurales cuyo determinante sería la ausencia de neurosis. Lo definitorio se daría en la manera positiva de organización de esta ausencia de neurosis. Esto solo se afirma en lo relacionado a los campos descriptivos y estructurales que sirven conceptualmente a la estipulación de las diferencias estructurales. No tiene que ver con la afirmación freudiana que dice que “la perversión es el negativo de la neurosis”.7 Eso merece una discusión aparte.

El diagnóstico estructural puede hacerse y tendría que poder hacerse desde todas las posturas. Quería de alguna manera integrar los aportes de las distintas escuelas psicoanalíticas, distinguiendo entre lo funcional, lo estructural y lo existencial, partiendo de que todas las aproximaciones psicoanalíticas deberían saber hacer un diagnóstico estructural, es decir, saber distinguir entre una neurosis, una psicosis o una perversión. Pero cuando nosotros integramos lo estructural tenemos lo psicótico, lo neurótico, lo perverso, entendiendo que lo neurótico, lo psicótico y lo perverso, sí pueden aparecer en estructuras disímiles. Por ejemplo, puede aparecer lo perverso como función en una psicosis estructural.

Estudiante: [Pregunta por el posible diagnóstico de la estructura denominada limítrofe].

JC: Lo limítrofe, a mi entender, no es un diagnóstico estructural. Lo limítrofe es un diagnóstico yoico; lo limítrofe es un diagnóstico en el funcionamiento y las alteraciones del yo. Digamos, si pudiera estar en algún lugar de este, podría estar en el lugar de la función. Esto es, un psicótico puede tener funcionamiento limítrofe, pero un limítrofe tiene funcionamiento psicótico sin ser psicótico. Aunque, cuando Winnicott habla de los limítrofes, dice que son psicóticos que funcionan neuróticamente. Habría que pensarlo. Lo limítrofe es un diagnóstico absolutamente necesario, y creo que Otto Kernberg verdaderamente hizo un estupendo trabajo clínico y teórico para que pudiéramos tener acceso al funcionamiento limítrofe, porque es de gran utilidad. Pero no se puede decir que eso es un diagnóstico estructural. Muchos de ustedes saben que distingo entre estructura y sistema. Para mí, la estructura está definida en función del lenguaje y el sistema está definido en función de lo imaginario.

1 Lacan, J. (1999). Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

2 Heidegger, M. (1999). Introducción a la metafísica. Barcelona: Gedisa.

3 Coloma, J. (2009). La simultaneidad de lo simétrico y lo asimétrico como meta de lo psicoanalítico. Revista del Centro Psicoanalítico de Madrid 18.

4 Bion, W. (1974). Atención e interpretación. Buenos Aires: Paidós. La cita completa reza lo siguiente: “En una carta a Lou Andreas-Salome, Freud sugirió su método para lograr un estado mental que le diera ventajas para compensar la oscuridad cuando el objeto investigado era peculiarmente oscuro. Habla de enceguecerse de una manera artificial. Como método para lograr esta ceguera artificial he señalado ya la importancia de evitar la memoria y el deseo. Para continuar y extender el proceso incluyo la comprensión y la percepción sensorial entre las propiedades que deben evitarse. La suspensión de la memoria, el deseo, la comprensión y las impresiones sensoriales puede parecer imposible sin una negación completa de la realidad; pero el psicoanalista está buscando algo diferente de lo que normalmente se conoce como realidad; una actitud crítica aplicada a lo que ordinariamente se designa como realidad no indica que el propósito de tomar contacto con la realidad psíquica, es decir, las características evolucionadas de O, sea indeseable. Este procedimiento es válido en psicoanálisis y en otras ciencias; del mismo modo, F es un componente esencial del procedimiento científico, por riguroso que sea” (p. 45). [N. de los E.]

5 Lacan, J. (1987). De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad. México: Siglo XXI editores.

6 Sor, D. y Senet, M-R. (2004). Fanatismo. Buenos Aires: Ediciones Biebel.

7 Freud, S. (2005 [1916]). Conferencias de introduccion al psicoanalisis: Parte III: 1916-1917. Obras Completas Sigmund Freud Vol. XVI. Buenos Aires: Amorrortu.

CLASE 2

ANTE EL DESLINDE DE ESTRUCTURA E HISTORIA. ¿ANTINOMIA O CONTRADICCIÓN?

Estuvimos hablando del cuadro sobre las teorías, las estructuras, las funciones y la existencia. Este cuadro tiene la meta de usar los aportes de los autores para hacer diagnóstico. Interesa definir si estos autores aportan desde lo funcional y no desde lo estructural, como los kleinianos y sus seguidores, o desde lo estructural y no de lo funcional, como los discípulos de Lacan. Siguiendo una indicación que Max Hernández,8 psicoanalista peruano, nos hizo a Juan Francisco Jordán y a mí hace muchos años haciendo referencia a Heidegger, pretendo plantear que Winnicott aporta desde lo existencial. Sin duda, esta afirmación tendría que tomarse otorgándole a Heidegger el horizonte de trasfondo. Insisto siempre en que los psicoanalistas no tienen disciplina filosófica para generar concepciones a nivel ontológico o metafísico. Esto no pretende descalificar la disciplina psicoanalítica. Solo busca afirmar que esta se ajusta a una zona específica de la existencia. El psicoanálisis se traduce, necesariamente, en un oficio.

La estructura y la función, de eso quiero hablar. Existe tradicionalmente algo que refiere a una tendencia que denominaría “bipolar” en el modo de abordar las teorías. Fredric Jameson, en un libro titulado Las semillas del tiempo9 dice que vale la pena diferenciar entre antinomia y contradicción. Esta terminología, antinomia y contradicción, puede servirnos para aproximarnos a la perspectiva que les estoy presentando a través del cuadro. Jameson distingue la antinomia de la contradicción, diciendo que la antinomia implica conservar dos ideas o posiciones opuestas, distintas entre sí, como enfoques incompatibles. Afirma que la antinomia es una forma de lenguaje más limpia que la contradicción. En la antinomia podríamos decir que el asumir una posición excluye la posición opuesta. Hay un tratamiento de los opuestos en la antinomia en la cual estos opuestos se excluyen. Distinto es en la contradicción, donde los opuestos se influyen mutuamente entre sí. Las posiciones en psicoanálisis pueden parecer antinómicas, vale decir, el estructuralista tiende a excluir al que vamos a llamar funcionalista; no es que sea un funcionalismo, pero, por ejemplo, un teórico de la función como lo es un kleiniano no toma en cuenta a un lacaniano, y al revés, un lacaniano no toma en cuenta a un kleiniano.

Sin duda hay autores que sí desarrollan teóricamente la posibilidad de que los polos antinómicos se complementen: por ejemplo, Ogden y Green. Se trata de teóricos que están más cerca de lo que podríamos llamar “la aceptación de la contradicción”. Si ustedes lo piensan, esto atrae también como concepto la idea de paradoja, por una parte, y de dialéctica por otra.

Dentro de la historia del pensamiento, lo mismo sucede entre Lévi-Strauss y Sartre. Lévi-Strauss como defensor, y probablemente principal inspirador del estructuralismo al que alude Lacan, aparece como aquel que detecta en la condición humana estructuras, vale decir, modos sustanciales, en tanto modos inherentes a la condición que interesa, que no dependen de ningún carácter evolutivo. El estructuralismo de Lévi-Strauss conduce directamente a la lógica del significante de Lacan y en la lógica del significante, por ejemplo, la historia de la historia no importa en tanto individuo. Puede importar la historia de la historia en tanto concepto. De hecho, hay un capítulo por ahí que no es de Lacan, pero, si no recuerdo mal es de un lacaniano, que habla de la historia de la historia. Recuerdo haber leído a un autor de esta escuela, que he citado en uno de mis trabajos, que señalaba que una mujer abusada por su padre durante su infancia no quedaba diferenciada de un modo tan radical de una persona que histéricamente fantaseara el abuso. Que ambas de alguna manera van a llegar a la estructura histérica.

El carácter de los hechos que se dan en la vida cotidiana no tendría, de acuerdo con estos criterios, mayor importancia, si es que se los compara con la estructura en la cual se está sustentando el tema del motivo de consulta. La estructura en la cual la persona está sintiendo razones como para pedir atención, supera todo lo que tendría que ver con la historia de ella. Lévi-Strauss es quien inspira los criterios de estructura que se usaron en psicoanálisis. Sartre, en cambio, no. Sartre fue un filósofo existencial, que escribió La crítica de la razón dialéctica,10 en consideración de la contradicción; se trata de un filósofo que se expresó explícitamente de un modo radical contra el psicoanálisis. Pese a lo anterior, por ahí hay algunos textos en donde aparece relativamente vacilante en esta descalificación. Por ejemplo, en las consideraciones previas que hace a la publicación que llamó El hombre del magnetófono,11 donde un paciente graba a un psicoanalista en su sesión y lo somete a condiciones extremadamente humillantes. Parece que fue tan radicalmente antipsicoanalista en un período que esto le trajo controversias teóricas que lo hicieron repensar un poco. En síntesis, pareciera pronunciarse por considerar que el psicoanálisis no ha aportado nada a la historia. En todo caso es cierto que Sartre representa, junto a Heidegger, una vertiente del existencialismo que tiene un peso potentísimo en la historia del pensamiento. Sin duda se diferencia del existencialismo de Heidegger. Sartre sí fue un teórico de la historia. Pero en lo que es atingente a este curso, es que las posiciones antinómicas y contradictorias están en juego de manera radical en la historia del pensamiento, reproduciendo quizás la vieja controversia medieval respecto de lo universal. Por eso comparto la idea de que la verdad no es una adecuación, sino más bien, una revelación, un hallazgo que se diluye en el momento en que se devela.

¿A dónde va todo esto? Se trata de establecer que en la historia del pensamiento apreciamos que existen posiciones antinómicas y contradictorias, y que en las posiciones contradictorias las teorías y enfoques se excluyen mutuamente. Esto, al contrario de lo que ocurre con las posiciones antinómicas, donde los polos opuestos se incluyen en la forma de la contradicción. ¿Qué significa aclarar tales posiciones? Significa destacar que, según la posición antinómica, las ideas de contexto y sentido pierden peso. En la posición antinómica, si ustedes lo piensan, el que yo conciba las cosas de una manera “x” implica que el contexto no relativizará ese modo de concebir las cosas, a excepción que ese contexto sea atrapado por la interpretación propia de ese modo de concebir las cosas. En cambio, en la posición contradictoria, la atención estará puesta en el contexto, en la relatividad, no en una relatividad peyorativa o degradada, sino en aquella que deriva de concebir la existencia como excéntrica. La contradicción siempre conlleva la presencia de su opuesto. En la contradicción, la negación de lo que afirmo supone o implica que incluyo en lo que afirmo su negación, porque si no, no podría afirmarlo. Para esto el texto de “La negación” publicado por Freud en 1925,12 es crucial. Vale la pena recordar que este texto, como todo lo freudiano, no es obvio.

El punto está en que las posiciones estructurales fácilmente se traducen en posiciones antinómicas. Abordar al paciente según la estructura de este no depende de su contexto, vale decir, de su historia. Lo que interesa es esta estructura que va a explicar cómo es que la Ley —metáfora del Nombre del Padre si ustedes quieren, en términos de Lacan— instala cortes que tienen un rango de permanencia, independiente del contexto. En cambio, aquellas teorías que se ocupan de la historia son posturas que aceptan la contradicción y, por lo tanto, el contexto. Si nosotros hacemos una revisión, si pensamos en la idea de contexto, como con-texto, con guion, vemos que todo el texto va acompañado o toda declaración va acompañada de su negación que hace contexto, entorno. El entorno de la presencia es su ausencia, es decir, solo se hace presente algo en un entorno de ausencia, si no la hay, imposible hablar de presencia. La negación es la condición de posibilidad de toda afirmación. César Ojeda, el lúcido psiquiatra chileno, escribió un libro que llamó La presencia de lo ausente.13 Es interesante ver allí cómo conduce la “presencia de la ausencia” a la condición caída, de la que habla Heidegger, propia de un existir en la vida cotidiana; lo que éste llamó el dasein.

Entonces, la contradicción surge naturalmente de la idea de historia. La historia aparece como contexto, en tanto implica la negación del peso de la estructura; es decir, va a significar que la estructura en convivencia con lo histórico sostiene su lugar, pero relativiza su importancia en función del contexto de la historia. La estructura es lo que hace sujeto y yo diría que el sistema yoico es el que hace historia; así, el yo es histórico. El sujeto, tal como ha sido expuesto, sin la derivación del yo, es inentendible.

¿Qué importancia tiene esto para atender, escuchar, mirar pacientes? La importancia es que el atender pacientes tendría que evitar una posición antinómica, buscando ser capaz de insertarse en la contradicción que implica estructura e historia, estructura y función. Las funciones son yoicas, mientras que las estructuras son del sujeto: si miro obsesivamente al sujeto, pierdo la función; si miro obsesivamente la función, pierdo al sujeto. Esto es una extrapolación vulgar de lo que en física se llama Principio de Incertidumbre, según lo estableció Heisenberg. Si atiendo a la velocidad de la partícula, pierdo su estado; si atiendo al estado, pierdo su velocidad.

De algún modo, esto justifica la escucha al modo que lo decía, pero ahora podemos hablar de la “escucha en la incertidumbre”, escucha del discurso, del material y del diagnóstico. Atiendo al paciente sin posiciones a priori, excepto en aquello que me dicta mi formación, que es algo que no puedo evitar y que enfoca mi forma de entender al paciente.

Estudiante: Desde lo hegeliano, se trataría entonces de una oposición radical. Sería como una balanza que no puede desequilibrarse nunca, y un par complementario en la distinción que tú estás haciendo para distinguir epistemológicamente un aspecto de la realidad, que en este caso sería el campo psicoanalítico, para descubrir cierto campo de realidad. Esa distinción tendríamos que observarla como complementaria, es decir, cada vez que yo distingo algo, está el otro lado que hace que el primer lado pueda existir. Entonces, estaba pensando a propósito de esto, que la distinción entre sistema y estructura, la distinción entre consciente e inconsciente, parece ser una máxima. Si hay consciente, no puede haber inconsciente, o más bien, donde hay consciente no hay una emergencia de lo inconsciente, o viceversa.

JC: Precisamente, en términos de estructura, podríamos decir que la distinción consciente e inconsciente sufre variaciones de acuerdo con las estructuras, vale decir, la distinción consciente-inconsciente en términos de una psicosis, de una neurosis, de una perversión, tiene variaciones radicales, estructurales. Sabemos que la relación consciente-inconsciente en términos de una neurosis está asegurada por la llamada represión primaria. La presencia de la represión primaria en la diferenciación consciente-inconsciente es fundamental, precisamente para hacer esa diferenciación. Si no hay represión primaria, no hay secundaria, ya que la secundaria le da contenido a la represión primaria, pero no hace la diferenciación consciente-inconsciente.

La diferenciación consciente-inconsciente, es lo propio de la represión primaria. En la neurosis tenemos la diferenciación consciente-inconsciente, y en ese sentido, a mí me parece que en la manifestación de un ser humano lo que uno tendría que plantearse es que existe en la diferenciación consciente-inconsciente —estamos hablando de la neurosis— una antinomia que hace que lo inconsciente no pueda ser consciente y viceversa. Hablamos aquí tanto de una antinomia como de una contradicción, dado que lo inconsciente es conceptualmente consistente con la idea de estar entramado en términos fácticos a lo consciente. Es por esto que, para mí, la antinomia es una posición teórica, intelectual solamente, porque al final —creo— en el mundo manda la contradicción. La antinomia es un resultado de la contradicción, considerando que la contradicción guarda dentro de sí antinomias. Es imposible que no las guarde, pero el modo en como las resuelve es paradojal, es dialéctico, no antinómico.

Estudiante: Lo que estaba diciendo es que un par hegeliano siempre puede ingresar en un campo complementario, en la medida que no satura. La negación radical de una cosa siempre es algo artificioso, una superación más que una negación total.

JC: Por eso que juego con estos cuatro temas: la antinomia que distingue lo estructural y dice lo que no es estructural, no vale. Sin embargo, al distinguir lo estructural, diciendo que lo no estructural no vale, está de algún modo lo no estructural, y así afirmando la posibilidad de hablar de lo estructural; porque, ¿cómo vamos a hablar de lo estructural si no negamos lo estructural? No se trata de negaciones radicales, se trata de la negación que hace contexto a la afirmación. No es artificiosa, es necesaria y, en ese sentido, no hay antinomia posible, porque no podemos pensar.

Ahora bien, llevando esto a nuestro tema, en el caso del psicótico la oposición consciente-inconsciente no existe, pero no es porque el psicótico este sumido en lo inconsciente. El psicótico, al final, es más consciente que el neurótico, está más ligado a la cosa del mundo, en tanto no filtra por un registro simbólico, lo que habla a favor de la idea de que quienes más deliran somos los neuróticos. Y eso considerando, como a veces digo, que la objetividad es lo más subjetivo que hay.

También vale la pena tener presente una distinción bastante elemental que hace Freud, cuando afirma que en un psicótico hay un modo restitutivo, normal y mórbido. Esto lo incluye en la condición humana, en la existencia. El modo restitutivo, mórbido y normal no son tres partes del psicótico, sino su modo de ser, de existir. Quizás considerarlo así conlleva, en el cuadro que expusimos, la síntesis de “la psicosis” y “lo psicótico”, donde el psicótico es mejor tomado en cuenta en la vertiente teórica que he clasificado como existencial. El modo mórbido, que da la psicosis, es la totalización narcisista que hace el psicótico de su mundo. En ese sentido, podría decirse que el psicótico no existe en relación con el modo mórbido, si es que tomamos la idea de existencia desde Heidegger como ser-en-el-mundo. Existir, ya lo hemos visto, es una excentricidad. El mundo es excéntrico y el psicótico hace del mundo su propio ser. Por ejemplo, esto se ve en lo que hablábamos acerca del neologismo hace un rato.

Sobre el neologismo dijimos que se trataba de un nuevo logos, propio de ese ser, uno puesto en una palabra, pero que es neo porque no está en la estructura, no está en el logos, está todo en la invención del neologismo. El psicótico, en este sentido, genera su propio logos de un modo muy especial. Supongo que me habrán escuchado hablar de la traducción que hacía Jorge Eduardo Rivera14 de los textos de Heráclito que trataban sobre el logos y el silencio. El logos como silencio, el gran silencio del logos. En la psicosis, el gran silencio del logos se altera en términos de pronunciar el logos de una manera nueva, neo, de una manera que me pertenece exclusivamente a mí, lo que le quita el silencio al logos. El psicótico repudia, podríamos decir, el silencio del logos, en tanto este es el mundo donde habitamos y se nos da la existencia.

¿Por qué silencio? Creo que el lenguaje suena, por la zona de silencio en que se lo pronuncia. El habla lanza, al descubrir la palabra, des-cubrir, con guion, una sombra de silencio, la cual conlleva, como quien pesca con redes, un desaguarse en el mar, dejando los peces atrapados fuera de su ambiente vital, destinados a desaparecer, como ocurre con el sentido que logran las palabras. El psicótico produce el neologismo como la palabra total, la que no se perfila en un entorno de mudez. Sería una red sin vacíos, un extraño artefacto que refleja restitutivamente la condición de red, pero cuya trama no tiene los huecos que hacen coherente la noción de red. Desde Lacan se dice que el lenguaje es castración. Ustedes saben que esta palabra —castración— no me convence en el uso generalizado que se le ha dado en psicoanálisis. Pero, para los efectos de lo que hablo, castración implica corte y vacío. Si recordamos la idea de alucinación negativa que expuso Freud en “El Hombre de los lobos”,15 tendremos presente que allí lo alucinado es el vacío que queda en un dedo que se imagina cortado. Esa “alucinación de vacío”, me atrevo a decir, está presente en este llenado del silencio del logos que ocurre, por ejemplo, con el neologismo.

Es por esto que es dudoso hablar en el psicótico de diferenciación consciente-inconsciente. El psicótico no puede decirse que vive en lo inconsciente, porque no podría abrirse a esa zona de lo inconsciente que describió Freud. Hacerlo, vivir en la presencia de lo inconsciente, sería lograr una existencia melancólicamente teñida, la propia de todo ser humano que, como el neurótico, recorta imaginariamente el mundo con el lenguaje, sintiendo o evitando sentir, con el síntoma y el rasgo de carácter: el silencio del logos. Logro y evitación que, en la cotidianeidad del día a día, está presente para el neurótico en los esfuerzos fallidos que constantemente hace para no sentir o sentir excesivamente la llamada “castración”. Para no sentir el silencio que lo amenaza constantemente.

Sin duda el neurótico puede no experimentar ese sesgo melancólico de la existencia, precisamente con sus síntomas y sus rasgos de carácter. Pero no puede sino, de una u otra manera, saber de la limitación de ese sesgo de sin sentido, de no-todo como dirían los lacanianos, que rodea la pronunciación de cada una de sus palabras, de sus frases, de sus formas paradojales de comunicación. De ese lenguaje con que logra —diría Heidegger— una morada para habitar, para ser. El neurótico, evitando cada día saber de esa zona de su inconsciente, no puede eludir, aunque muchas veces lo crea, el que este se le aparezca, regularmente, en sus caídas, en sus lapsus, en sus sueños, en sus errores “involuntarios”, en sus equivocaciones repetidas una y otra vez de la misma manera, en sus síntomas, en sus logros y fracasos vitales y cotidianos. Pero también, aparece lo inconsciente en esta bipolaridad, tan de moda hoy, que tanto observan muchos psiquiatras psicopatologizándola en exceso, cuando descubren ciclos de ánimo que tendrían que ser el tono necesario de nuestra vida cotidiana. Con esto no quiero decir que el diagnóstico de bipolaridad no exista; lo que crítico es solo el exceso de su empleo.

Lo inconsciente, desde Lacan, es un tema del lenguaje. Según lo entiendo, se radica en el registro simbólico. El registro de lo real, concebido como impensable, no podría ser lo inconsciente, excepto como marca originaria, puro significante uno, habría que decir. Pero para tener presente lo inconsciente, es necesario que se den aquellos cortes del lenguaje que son la estructura del registro simbólico. Bien, la estructura la da el nudo borromeo de los tres registros, pero el registro simbólico, forma de lo inconsciente, es el que hace posible la estructura. En la escuela lacaniana se ha planteado que el psicótico padece de un agujero simbólico. Esto se logra a través de lo que se ha llamado “forclusión”, vale decir, un repudio básico, originario, de aquello que, por el lenguaje, implica falta, corte, vacío. Por alguna razón, el psicótico, desde un comienzo no acepta, repudiándola, esta limitación en los fundamentos de la posibilidad de ser humano. Precisamente, es lo mórbido que busca, por condición humana, restituirse, desplegando modos “normales” de convivencia que son constantemente traicionados por lo restitutivo del delirio y la alucinación. Esto último son los que dan la imagen de un “loco” que, sin duda, habla con un lenguaje que evita su excentricidad constitutiva.

¿Cuál es la razón por la que le pasa todo esto? Todos dicen algo. En el terreno de las explicaciones se cae, nuevamente, en aquella antinomia de la que hemos hablado. Prefiero quedarme con los hechos, vale decir, con la observación de manifestaciones que se presentan con un carácter estructural. Sin duda podemos aproximarnos a formas de causalidad, pero no puedo dejar de tener presente nuevamente a Lacan cuando, respecto de las causas, señala su etimología jurídica, o cuando dice que las causas son “lo que cojea”. Las causas, cuando se exponen en forma tan definitiva, como frecuentemente se hace, representan un alegato, una causa en la que se defienden posiciones frente a “lo que cojea”. Lo jurídico, lo plantea Agamben en su libro Lo que queda de Auschwitz,16 hace de lo justo un recurso a la corrección de lo formal. Me parece que las causas, concebidas al modo como lo postula Lacan, se ejercen en la discusión intelectual, concentrando la atención sobre la corrección de la formalidad de sus fundamentos, porque —es mi posición— ¿quién puede decir definitivamente cuáles son las causas de las cosas? A mi entender, si buscamos la razón de ser de las cosas, lo que tenemos que aceptar es que nuestras aclaraciones siempre son formas que en su núcleo ocultan una paradoja.

El psicótico, más bien, carece de un inconsciente, al modo como lo describió Freud. Este agujero simbólico podríamos quizás relacionarlo con la falta de represión primaria. Me atrevo a decir que en el psicótico lo que falta es la represión primaria, en lo que atañe a lo distintivamente psicótico, es decir, en lo que corresponde a su aspecto mórbido. Ese absoluto narcisismo es algo que aparece como una ausencia de represión primaria, resultado de la forclusión de la que hablábamos. Se dice que la forclusión es de la metáfora del Nombre del Padre, pero a esto vamos a referirnos posteriormente.

Lo que he buscado decir es que la antinomia consciente-inconsciente no aparece en el psicótico, como sí se da naturalmente en el neurótico. En el psicótico es como si pudiéramos decir: no hay inconsciente, al modo como no hay consciente. Plantearse la ausencia de consciencia, podría parecer un despropósito. Nadie podría vivir en esa negrura de la falta de consciencia. No es a esa consciencia a lo que refiere el inconsciente freudiano. De hecho, Guillermo Brudny,17 el psicoanalista argentino profundamente versado en Freud decía que al comienzo solo existía, desde Freud, consciente e inconsciente. Lo preconsciente se iba armando con la vida. Más exactamente, habría que afirmar que lo que no hay, en lo referente a la psicosis en el psicótico, es un preconsciente que haga posible un imaginario sustentado en lo simbólico, como modo de posibilidad de vida en lo cotidiano. El imaginario —hablaré posteriormente de esto— es la forma que toma el retorno de lo real, propio del psicótico, para restituirse a la vida cotidiana.

Se dice —y ustedes lo leerán y lo hablaremos— que el psicótico, en la parte mórbida que distingue Freud, excluye el registro simbólico. En ese sentido, es como si se imantara el registro de lo real al plano de lo imaginario; es como si el psicótico “imaginarizara” lo real, como si estuviera viviendo en lo real que describe Lacan, pero en términos imaginarios. Así, el psicótico hace de lo real un imaginario, y al hacer de lo real un imaginario, se liga a la vida, a la existencia que estrictamente no sería existencia, porque esta sería un ser-en-el-mundo, aunque esto es extrapolar excesivamente al campo de lo clínico una aseveración filosófica. Habría que discutirlo con otros antecedentes.

Ligarse a la vida simbólicamente implica, en lo concreto, decir “yo también fallo”. El símbolo es una ubicación de lo vivido en otra parte. Es fallido por definición. Por eso, asumir el registro simbólico es aceptar la relatividad de las cosas. Al fin y al cabo, el simbólico apela a la relatividad de las cosas, vale decir, siempre hay otro significante que significa al significante original. Simbólicamente, experimentar el “yo también fallo” equivale a decir: “en tanto soy humano, fallo”. Vale la pena tener esto presente respecto a aquellos que asumen posiciones antinómicas, por ejemplo, en lo relativo al psicoanálisis. Pero el retorno de lo real en lo imaginario lo van a observar, por ejemplo, en la obra de Calligaris, donde se afirma lo que decíamos: que el psicótico es como si se moviera con un imaginario que va imantado de lo real. En lo que está fundamentalmente el psicótico es en lo innombrable de lo real y la manera de hacerlo nombrable no puede ser mediante un simbólico, sino que es mediante lo imaginario. “La psicosis”, en el cuadro que ya vimos, alude al aspecto mórbido que dice Freud de los modos del psicótico.

Freud dice también que hay un aspecto restitutivo en los modos del psicótico, que son aquellos que generalmente hacen que las personas lo identifiquen por su locura. La locura no es, necesariamente, señal de psicosis. Por ejemplo, cuando Maleval habla de la locura histérica, dice que se asienta en una estructura histérica, o sea, con represión, pero es locura.18 ¿Por qué es locura? Porque en la locura histérica aparece el fenómeno restitutivo. ¿Cuáles con los fenómenos restitutivos? Los delirios y las alucinaciones.

El delirio y la alucinación dice Freud —lo diré de un modo más simple— son modos de restituirse aparentemente, imaginariamente, al mundo de los denominados normales. Vale decir, cuando se delira o alucina, se está usando la percepción al modo como la usamos todos, pero con una peculiaridad, que no es reconocida por todos de la misma manera que se aprecia en la psicosis. Hay mucho que hablar de lo que es la alucinación. La alucinación como “percepción sin objeto”, o más bien de un objeto que no está adecuado a la sensorialidad, a lo perceptible, lo que los lacanianos llaman el “objeto a”.

Lo que importa ahora es que la alucinación y el delirio son modos de restituirse al mundo de los considerados normales. Es como si el psicótico quisiera transmitir: “en el mundo de la percepción, yo percibo como percibes tú”. El delirio es un pensamiento. Schreber se despertó pensando que sería hermoso vivir la cópula como una mujer, o sea, lo hermoso que sería experimentar lo que una mujer siente en la cópula. Por ahí parte su delirio. Termina diciendo que necesita copular con Dios, para engendrar toda una raza especial. Conviene, en esto de una raza humana especial, no olvidar que el padre de Schreber, este educador alemán tan nombrado y respetado en un tiempo en Alemania, era un precursor del nazismo. El padre de Schreber dejó textos sorprendentemente cruentos en lo referente a sus ideales educativos, ideales que aconseja llevarlos a cabo por medios en exceso crueles. Algo que desconoció Freud y que nos plantea preguntas respecto a las causas. En todo caso, lo que importa es que el delirio y la alucinación son restitutivos y pueden ser parte de la locura y no de la psicosis. El delirio y la alucinación pueden ser parte de una locura histérica que no sea psicosis, tal y como señala Maleval, en la medida en que tal locura se sostenga desde la represión.

En el caso de la perversión, por ejemplo, no existiría antinomia inconsciente-preconsciente en el sentido que el inconsciente y preconsciente, por obra de la renegación, actúan la pulsión inconsciente, hacen un acto de la pulsión. El perverso puede perfectamente tener, y muy frecuentemente tiene, rasgos psicopáticos, porque busca psicopáticamente, es decir sin moral, sin ley, encontrar en su entorno la víctima perversa, a pesar de que, de acuerdo con la teoría estructural, no existe el psicópata. El psicópata, como patología del superyó, es un diagnóstico de la psiquiatría norteamericana. Yo considero que tiene su validez. Por ejemplo, ese austríaco que secuestró a su hija durante 27 años, teniendo hijos con ella, es un perverso psicopático. Si alguno de ustedes vio el reportaje sobre él transmitido por televisión, habrá notado la particularidad del modo como habilitó el subterráneo para aprisionar a su hija y nietos. Esta construcción está hecha de la misma forma como Janine Chasseguet-Smirgel, describe,19 valiéndose de Sade, los lugares en los cuales los perversos cometen sus actos de abuso. Son lugares en donde se construyen largos, estrechos y oscuros corredores, húmedos, en los cuales van apareciendo distintas puertas y donde, en algunos momentos, se estrechan los pasadizos de manera que, por momentos, obligan a agacharse. La descripción de Chasseguet-Smirgel es muy precisa.

A propósito de esto pienso en un caso clínico. En una supervisión, a un estudiante en práctica de otra universidad le sugerí la existencia de una perversión en el padre de una niña de más o menos 8 años que era chofer de metro. Al hacerlo tuve presente las descripciones de la autora que acabo de mencionar. La investigación que sugerí a mi supervisado abrió a una historia de perversión que estaba oculta en las determinaciones de un padre que aparecía como un educador muy interesado en el bienestar de su hija.

En la perversión, la antinomia entre consciente e inconsciente está puesta en contradicción a través del acto perverso, que es una realización de la pulsión, es una forma imaginaria de llegar al real. El perverso, en ese sentido, no simboliza, hace de lo simbólico un actuar. La antinomia, en verdad, solo es observada en la neurosis. En la psicosis no hay nada que contradecir, en tanto en la perversión está la contradicción en acto, condensándose pulsión y acto; condensación buscada conscientemente. Bien, nos vemos la próxima clase.

8 Max Hernández (Lima, 1937). Es un destacado psicoanalistas peruano. Ha sido presidente de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis. Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Peruana y de la Asociación Psicoanalítica Británica. Entre sus principales publicaciones se encuentran: El mito y la historia: psicoanálisis y pasado andino (1991), Memoria del bien perdido: Identidad, conflicto y nostalgia en el Inca Garcilaso (1993), Entre los márgenes de nuestra memoria histórica (2012), entre otros.

9 Jameson, F. (1997). Las semillas del tiempo. Madrid: Editorial Trotta.

10 Sartre, J-P. (2004). La crítica de la razón dialéctica. Buenos Aires: Losada.

11 Sartre, J-P. (1969). L’homme au magnétophone. París: Les Temps Modernes.

12 Freud, S. (1998 [1925]). El yo y el ello y otras obras. Obras completas de Sigmund Freud Vol. XIX. Buenos Aires: Amorrortu.

13 Ojeda, C. (1998). La presencia de lo ausente: Ensayo sobre el deseo. Santiago de Chile: Editorial Cuatro Vientos.

14 Jorge Eduardo Rivera (1927-2017). Filósofo y teólogo chileno. Discípulo de Hans-Georg Gadamer, Xavier Zubiri y Martin Heidegger. Autor de numerosos ensayos, artículos y libros. Reconocida es su traducción de Ser y tiempo (1997) de Martín Heidegger. Fue profesor del grupo sobre Heidegger en el que participó Jaime Coloma junto con Juan Francisco Jordán, Max Letelier y César Ojeda.

15 Freud, S. (2006 [1918]). De la historia de una neurosis infantil y otras obras: 1917-1919. Obras completas Sigmund Freud Vol. XVII. Buenos Aires: Amorrortu.

16 Agamben, G. (2002). Lo que queda de Auschwitz. Valencia: Pre-Textos.

17 Guillermo Brudny (1929-2008). Psicoanalista argentino. Fue miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Entre sus principales aportes se encuentran el haber contribuido a la formación de analistas didactas junto con Darío Sor.

18 Maleval, J-C. (1996). Locuras histéricas y psicosis disociativas. Buenos Aires: Paidós.

19 Chasseguet-Smirgel, J. (1985). Creativity and perversion. London: Free Assoc. Books.

CLASE 3

LO (DES)CENTRADO EN EL (DES)CONOCIMIENTO PSICOPATOLÓGICO

Este es un curso que está destinado a plantear la escucha del psicoanalista de un modo que incluye lo que se ha llamado “lectura del material” y aquello que estoy denominando aquí, con “diagnóstico constante”, “pequeño y gran diagnóstico”. Esto implica que el paciente está siendo siempre, de alguna manera, diagnosticado. Me gustaría decir después de esta afirmación, que uno no solo diagnostica en la incertidumbre, como vimos la vez pasada.

Decía que todo trabajo profesional es tal en tanto opera en la incertidumbre, pero lo que deseo precisar ahora es que no solo operamos en la incertidumbre, sino que es necesario tener simultáneamente presente que, pese a todas las capacidades formativas que tenga un profesional, el paciente siempre va a ser un enigma. Es perfectamente obvio decir que todo ser humano es totalmente enigmático para uno. Sin embargo, esta apreciación bastante obvia pasa por algo distinto, porque aquí se supone la pericia y el conocimiento del profesional, aunque la palabra conocimiento valdría la pena revisarla un poco. Se asume, así, una formación.

Entonces, se supone que la escucha del psicoanalista, como la de cualquier profesional, ha sido sofisticada en ese sentido, de un modo distinto a cualquier relación humana, y ese supuesto, pese a su complejidad y a la experticia que conlleva, no hace nunca posible que uno supere la condición de enigma del paciente. Creo que esto también es parte de la escucha. Podría figurarse como una manera de escuchar el silencio del otro. El silencio, no cabe duda, es una constante que recorre el tejido de lo que se ha pensado como lo inconsciente. La argamasa gramatical es callada y, sin embargo, es la que hace posible que la palabra se haga sonora y presente representacionalmente lo que se ha llamado “realidad externa”, que es la posibilidad de acceder a la cotidianeidad del mundo.

Al fin no es solo lo incierto lo que se da en todo intento de acceder a otro. Lo otro siempre está fuera del dominio del yo, en tanto yo consciente y, como lo suponemos, lo otro, la otredad —como quiera considerársela—, envuelve y estructura a aquello que en cierta orientación psicoanalítica se ha llamado “sujeto”, quedando así la presencia de lo otro como un determinante inconsciente, vale decir, no consciente y oculto en extramuros representacionales que operan en la oscuridad de la lucidez. En ese sentido, lo otro siempre es otro, está fuera de los dominios del yo. En un curso distinto decíamos que, independientemente de cómo se conciba el psicoanálisis, cuando Freud postuló el lugar determinante de lo inconsciente, gestó allí la idea de que somos sujeto de algo otro, algo que obra más allá de lo que creemos ser.

Dada esa aclaración, me gustaría seguir con lo que vimos sobre antinomia y contradicción, estructura e historia. Estas ideas las combino en base a mi lectura del ya citado Jameson y siguiendo lo aseverado por André Green en un artículo publicado en la recopilación llamada Estructuralismo y psicoanálisis,20 donde desarrolla un escrito sobre la oposición entre estructura e historia. Me ha parecido interesante ordenar lo postulado por estos dos autores en este cuadro que ya formulamos la clase pasada.

Quisiera tener presente ese referente, en la medida que detrás de ese referente, de la trama entre esas cuatro palabras, hay algo que implica la toma de una posición subjetiva del profesional, del psicoanalista en este caso, ya que estamos hablando de psicoanálisis. Una posición subjetiva en la cual uno está —lo diré de esta forma— predispuesto a mirar el fenómeno ya sea desde lo antinómico o desde el campo de lo contradictorio, y desde allí tener preferencia por la estructura o por lo histórico. ¿Por qué estoy afirmando la existencia de esta predisposición? Porque una posición subjetiva es cosa del sujeto y en este sentido, en tanto profesionales, somos —sabemos la frase, sabemos la fórmula— sujetos de un gran Otro. Vale decir, hay un gran Otro que nos precede en nuestra necesidad de posicionarnos frente al mundo; nos precede, no podría no ser así, ese gran Otro del lenguaje, que es la fuente del registro simbólico, que es la cultura. Ese gran Otro nos precede y, en ese sentido, nos precede en nuestras elecciones profesionales. Aun hecha ya la elección por un tipo de enfoque, por ejemplo, el psicoanalítico, esa posición de sujeto va a dar una aproximación más específica. Más allá de lo que trabajemos intelectual o reflexivamente, tal toma de posición nos va a superar, va a desbordar los límites de nuestro yo intencionado y consciente, preconsciente.

Hace años, yo hablaba de una forma bien concreta y burda sobre cómo uno nace con un determinado tipo de cabeza. De manera tosca intentaba decir algo de la posición subjetiva en esa época, porque lo dije hace 25 años, cuando no tenía los referentes lacanianos para hablar de la posición del sujeto y seguramente por eso trataba de explicarme diciendo “un tipo de cabeza”. Con esto quería decir que había cabezas objetivistas y cabezas subjetivistas. Teniendo hoy otro acervo conceptual, creo que esta manera de enfrentar las cosas proviene del modo en que somos sujetos, y lo somos de un modo que no es yoico —eso ya lo hemos hablado demasiado—. En este sentido, si en la noción de antinomia hay un posicionarse de un modo que excluye a los opuestos, o es esto o lo otro, y en la concepción de contradicción estaría la idea de hacerse cargo e incluir a los opuestos, diría que, dentro del enfoque psicoanalítico, las posiciones antinómicas muchas veces tienden a hablar de estructura, aun cuando no sean muy estrictos en la manera en que lo definen. Al parecer, la noción de estructura incluye una preferencia por lo antinómico.

Pienso, por ejemplo, que el concepto de estructura que aparece frecuentemente en las perspectivas kleinianas, y que aparece también en ciertas aseveraciones de Kernberg, es un poco liviano si se quiere, no es un concepto que pueda definir bien la situación entre yo y sujeto. Lo anterior hace que usen el concepto estructura sin que permita delimitar otra zona de integración dentro del individuo que no sea el yo.

Aunque quizás lo que afirmo no cuente con el apoyo de teorías consagradas —consagradas es una buena palabra para definir esto—, creo que es necesario distinguir entre estructura y sistema. Entiendo que identificar estructura y sistema es perder la posibilidad de tener presente lo que es lo centrado y descentrado, y al perderse la posibilidad de tener presente lo centrado y lo descentrado, se pierde la posibilidad de aludir a lo imaginario y lo simbólico, registros que permiten hacer distinciones valiosas en el enfoque de la relación del ser humano con su mundo.

Un sistema es, por definición, regulado desde un centro, trátese de sistemas abiertos o cerrados. Al ser centrado, va a generar articulaciones que se configuran, en su integración sistémica, como una congregación de elementos en torno a un punto. Para que haya un elemento de un sistema es necesario que haya una regulación que comande el orden de dispersión de cada elemento. Es desde el centro, es centrífugo. No podría la idea de sistema compatibilizarse con un orden externo al sistema, como el lenguaje. El lenguaje en sí mismo es un sistema que se autorregula. Esta es la base de la excentricidad del sujeto, que se estructura de acuerdo con ese sistema de lenguaje que le es exterior. A mí esto me parece que es fundamental para pensar lo imaginario.

El registro imaginario tiene que estar apoyado precisamente en el orden de lo central, lo que centraliza, lo que al hacer centro ordena lo que tiende a la dispersión, y cada uno de esos elementos debe tener la misma característica centralizadora en lo imaginario. De este modo, se justifica que el registro imaginario opere con significados y no con significantes. Los significados son unidades que, desde su centro, determinan la estabilidad articulatoria de las cosas. Se posibilita, por tanto, el concepto de imaginario en la medida que lo entendamos de acuerdo con las formas de ordenamiento del sistema. En el concepto de lo descentrado, en cambio, aparece la idea de estructura. La estructura es aquello que está más allá de la posibilidad del yo de ordenar centralmente las cosas, la estructura está descentrada, está enajenada, está excéntrica.

¿Por qué repito esto que hemos visto en tantas clases y que ustedes ya me han escuchado tantas veces? Porque la posición antinómica es una posición a la cual uno está de alguna manera predispuesto imaginariamente en su posición subjetiva. No podemos escapar de nuestros determinantes yoico-imaginarios. Lo uno o lo otro es un registro imaginario, por mucho que su complejidad intente dar cuenta de una subversión del sujeto, como lo llaman con tanta vehemencia algunos.

Me parece que en lo psicoanalítico es fundamental tener presente la estructura, pero como uno tiene una formación psicoanalítica, profesional, valdría la pena que esta formación sitúe los aportes del psicoanálisis respecto del concepto de estructura en un lugar que sea reconocido como una posición subjetiva. Es decir, mantengo la importancia y validez de considerar la noción de estructura no como una verdad objetiva, sino como una posición en la que el sujeto que sostiene mi yo imaginario es sujeto de algo que me trasciende, está más allá de mí, está en los órdenes del lenguaje que dieron la posibilidad de existir. Si no reconozco la preferencia antinómica de las estructuras como una posición subjetiva, pareciera que me piso la cola, que tropiezo conmigo mismo, porque declaro el carácter de la estructura como lo excéntrico, hablo del anudamiento estricto de lo simbólico con lo imaginario. Y, sin embargo, pese a esta imposibilidad de separar lo simbólico y lo imaginario, estaría considerando que todo aquello que viene de lo imaginario, como las teorías kleinianas, por ejemplo, antinómicamente, no puede ser considerado. ¿Me explico?

Algunos de ustedes me responden mostrándome su cara neutra de psicoanalista, cara de indiferencia, sin gesto alguno, y entiendo que no me he explicado. Lo que planteo respecto a una posición estructural es que es una posición que por definición es excéntrica, está fuera del centro, está en el Otro. En la medida que asumo una posición como esa, yo debería incluir, en esa manera de entender las cosas, la idea de que yo como; solo puedo radicarme en lo imaginario. Si me identifico con lo lacaniano, tal identificación conlleva afirmar implícitamente que mis conceptos lacanianos al ser explicitados coherentemente han pasado al orden de significados propio del registro imaginario. Toda conceptualización coherente tendría que ser, en la medida de su coherencia, una exposición de significados. Si no fuere así, ¿cómo podría darse este fenómeno tan común dentro de los iniciados que tan fácilmente consideran que el otro no ha comprendido la profundidad y la sutileza de las afirmaciones del maestro? En la medida que me establezco como centro de corrección de lo que verdaderamente significan los aportes de la Escuela, estoy imaginariamente desconociendo mi condición de ser incluido en una red simbólica. Como centro yoico estoy desconociendo mi condición de ser alguien que está siendo sujeto del Otro. De lo Otro, que está fuera de mí, como la máxima manifestación de lo inconsciente. Cuando se reconoce el lugar que en la posición de sujeto tiene la estructura, extrañamente se asume el asunto de la estructura como si el que la sostiene conceptualmente, fuera el centro privilegiado de las concepciones correctas, funcionando sin hacerse cargo de la inconsistencia, como centro yoico relativo a los conocimientos que da el estructuralismo. Parece así que los sujetos de lo inconsciente siempre fueran los interlocutores. Creo que orientar la interpretación sobre lo que nos constituye como seres humanos, de la manera que implica las nociones de sujeto, existencia y estructura como excéntricas, implica alcanzar un saber incierto que nos guía al modo de un mapa caleidoscópico, cuyas imágenes nos irán enseñando las distintas formas en que se dan las cosas. En esta imagen, tal mapa no podría desconocer que está determinado por una intención yoica, invisiblemente guiada por la mano fantasmática del sujeto, al que nos conduce el giro que apliquemos.

El estructuralismo es una temática dentro de Lacan bastante ambigua, en el sentido de que evoluciona hacia posiciones no necesariamente estructuralistas. Digamos estructuralismo, definiendo el modo como lo estamos usando, simplemente para comunicarnos entre nosotros y tratar de entender las cosas. Si tengo una posición teórica, conceptual, en la cual digo “la condición de lo humano en su estructura es ser excéntrica”, lo que debería asumir desde esta posición teórica es que debo cancelarme como agente de una posición centralista, dado que reconozco que soy sujeto de mi tiempo, de mi historia, de mi ambiente, el sedimento de mi historia para decirlo más estrictamente. Si lo reconozco así tendría que situarme, como teórico, siempre desde el lugar de lo imaginario.

Me pregunto por qué hablar desde una posición singular excluyéndome simultáneamente de ella. Sería como sostener que un país como Estados Unidos defiende la libertad de los hombres al invadir los pueblos, mostrando de modo evidente que las regulaciones pretendidamente libertarias implican el sometimiento de los otros y no de Estados Unidos. O sea, soy, comillas, “lacaniano”, estructuralista y, como tal, pienso que el sujeto del inconsciente es lo que manda, y cuando ejerzo la teoría psicoanalítica, la técnica psicoanalítica, no soy determinado por el sujeto del inconsciente, a la vez que poseo suficiente centralismo yoico para decir así son las cosas y generar la técnica, el corte. ¿Por qué? ¿Cómo puedo pretender decidir el corte sino es desde algo que, al hacerlo, está siendo dictado por lo propio del yo? El analista se supone a sí mismo en condiciones para definir el momento en que la sesión se interrumpe, porque ha llegado a un cierre significacional que está en condiciones de reconocer.

Desde este punto de vista, tengo que decir que cuando ejerzo la técnica del corte me establezco inmediatamente en el lugar de alguien que puede yoicamente determinarla; puedo determinar cuándo es el término de una sesión sin hacerme cargo, pero si afirmo que soy sujeto del inconsciente, ¿cómo determinaré el corte? Esto trae las cosas a otro lugar, a una posición en la cual considere que el paciente siempre es un enigma. Si me considero el centro de lo descentrado debo tener recursos de otro orden, no yoicos, para abordar al paciente que siempre va a ser enigmático.

Estudiante: Esa posición implica una escisión del profesional, que siempre va a estar en contradicción entre saberse comandado por la estructura y actuar tomando decisiones desde el sistema.

JC: El problema está en que la declaración de esa técnica no está sosteniéndose en la base del sujeto del inconsciente; la declaración de esa técnica está diciendo: yo considero que lo yoico es lo que prima en cualquier técnica. Pienso en realidad que la técnica psicoanalítica no debería verse como técnica, no debería ser técnica, lo he dicho muchas veces. En la proliferación de las técnicas, el técnico es yoico porque la ciencia es yoica, por eso el técnico trabaja con lo imaginario. La ciencia, en verdad, funciona con lo imaginario. Eso es lo que a mí me parece inexplicable; si me presento ante el paciente diciendo “mi teoría me dice que usted importa en su posición subjetiva, que está descentrada en un gran Otro”, estoy indicándole, obviamente, que cuando digo “usted” no me refiero a este paciente solamente, sino a “nosotros” los humanos. Desde esa posición no debería asumir posiciones técnicas, porque las posiciones técnicas son yoicas.

Es necesario encontrar otra manera de abordar al paciente. Se trata de encontrar el estilo, no la técnica, de aproximarse al paciente en lo verbal proponiéndole aperturas a partir de lo que él está diciendo. Aperturas que uno supone que él no tiene presentes. Proponérselo. Es distinto decir lo que a usted le está pasando que proponer. Es distinto de la afirmación de Lacan respecto a lo apodíctico de las intervenciones. En todo caso este es un curso que no es de teoría de la práctica. Al hacer estas alusiones al modo de intervenir, quiero solamente decir que a mí me parece que los conceptos aludidos previamente implican algo relacionado con el abordaje diagnóstico del paciente y, en ese sentido, ocurre una extraña paradoja con esto de ser estructuralista y tener posiciones antinómicas. A mí no me convence que se pueda tener una posición exclusivamente estructuralista.

Volvamos al cuadro que motivó toda esta reflexión.

Alguien decía la vez pasada que en él se ha optado por darle una prioridad a lo estructural, ya que en esta tabla de doble entrada la línea de arriba está marcada por psicosis, perversión y neurosis. Lo que implica que la primera aproximación al paciente debería ser intentando buscar estas posiciones estructurales. No obstante, debo tener presente que he afirmado que las posiciones antinómicas necesariamente ocultan su opuesto, vale decir, que vienen de la consideración de lo dialéctico, lo contradictorio. Por eso vale la pena tener presente de entrada que la posición subjetiva propia de la estructura es pensada como una afirmación que, en tanto tal, se caracteriza usando las formas y enlaces conceptuales de lo imaginario. El imaginario no depende de un S2, excepto cuando se expone la relatividad de un aserto en forma explícita, caso en el que la relatividad misma se usa como un significado, donde la explicitación del S2 queda atrapada en un significado definitivo. Estos enlaces tienen que alcanzar, por tanto, la estabilidad de los significados que son el modo de articulación del registro imaginario.

El campo de lo conceptual se enlaza según un orden de significados, es decir, que los conceptos se organizan por sus diferencias y por sus contenidos. Lo estructural es, por cierto, un abordaje conceptual, por lo tanto, busca hacerse cargo de la esencia de las cosas y no de sus accidentes; la esencia de las cosas no se configura por cadenas significantes. De esta manera no podemos aludir a lo simbólico si no es desde su registro imaginario conceptual. En este sentido, lo simbólico es una afirmación que delata su negación en el imaginario que lo describe para tener acceso a él.

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