Kitabı oku: «Edición secreta», sayfa 2
Las mujeres, sus mujeres, como gusta decir, habitan su poesía, porque si una no bastaba para mantenerlo vivo, la vida le regaló una legión: las de la dedicatoria, aparte de otras que no aparecen, pero asisten, con asombro, al festín, esta vez sí, del poeta.
Henry Benjumea Yepes
Esos días
Abuelo Ernesto
Que murió de melancolía
dicen los vecinos.
Me resisto a creerlo.
Hace solo unos días
se veía feliz
trasteando el pequeño carruaje
de tablas, latas y otros cachivaches
Recordaba los juegos de niño
sus primos, el hermano
que se batió en la guerra de los mil días,
los cuentos de su padre
el olor a papa fresca
a tierra
a cebolla.
Bajo su ruana florecía el amor
simple, sin pretensiones.
Volvían los días de largas caminatas
por los caminos de herradura
tras el eco del telégrafo
o de la bosta fresca del ganado.
Las muchachas que batían sus faldas
ondeando las montañas.
La conquista certera
la iglesia
el casorio
los hijos
el tiempo implacable
que trajo a los hijos de los hijos
con nuevas historias
y una nueva vida
exiliada del campo.
Entonces, una especie de celdas
en lugar de su amplia casa en la colina.
Unos zapatos que aprietan
y dificultan el paso libre
de sus huellas sobre la tierra húmeda
de la parcela.
Ahora pasa sus días
en el estrecho patio de ropas
de la casa de alguno de sus hijos
donde solo entran esquivos rayos de sol
y algo de nostalgia.
El abuelo habla solo
en voz alta
Saluda a sus primos,
a su hermano antes de partir para la guerra
a su padre
que regresa de largas jornadas
con azadón, hacha y machete.
Al atardecer
levantan todos sus vasijas
de barro, de vidrio o de totumo
y celebran con buena chicha
cerveza y aguardiente
hasta la pérdida total
del juicio y del conocimiento.
Su memoria
Transforma el patio de ropas
en bosques infinitos
en recurrentes sembradíos
En paso de bestias
en camino de muchachas en flor
acechadas desde los matorrales.
Una chupada profunda
a su chicote
le devuelve la imagen de la hermosa joven
con sonrisa de oro
que conquistó con una amorosa zancadilla
cerca del riachuelo.
La misma
que regresó con el tiempo
a abonar su tierra
luego de largos años
y muchos hijos compartidos.
El abuelo no pudo
haber muerto de melancolía.
Bajo el ala de su sombrero
la ruana
la arrugada cajetilla de pielroja
el tiempo intacto
y todos sus recuerdos
que le acompañan
de nuevo
y para siempre.
Para Ernesto Molano Celis
La casa
Ver crecer el anturio
en las heridas de la tierra
que ahora nos da un retazo
de sol propio.
El jardín es solo un pretexto
para vivir de nuevo
para retoñar en el otro
para florecer
entre la húmeda piel
que alegra el camino.
Los ojos del firmamento
se abren como ventanas
y unen la luz
a nuestra esperanza.
Volvemos a nacer cada día
en los brazos
que nos esperan
igual que la primera vez
con la fuerza de esa leve herida
que abrió la tierra
para festejar la nueva semilla
de los anturios
y el aroma
del girasol
que aún crece
en medio del recuerdo.
Para Doris
Por la corona
Un día
mi hija de trece años me dijo:
«el problema de los dos
es de poder, no de dinero».
Y sí
desde pequeña
traía entre sus genes
las plácidas maneras de los reyes
Y el ejemplo que le di desde esos tiempos
alimentó el reflejo fiel para su espejo
Como si no cupiésemos
en la amplia casa que habitamos
no le bastan su cuarto y su baño propios
ni los generosos espacios compartidos
No.
Ella busca, más allá de esos lugares,
un espacio para su propio cetro
Un cielo exclusivo
Un reino independiente
Yo
solo atino a abrazarla
y a imponerle la corona de laureles
que mi amor ha tejido para ella
mientras guardo con sigilo
mi cetro
en el cofre secreto
que heredé de mi padre.
Para Nicole, desde su reino
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