Kitabı oku: «Del Tibidabo al mar»

© Jaime Malet, 2021.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, SLU, 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: septiembre de 2021.
REF.: ODBO918
ISBN: 97-884-9187-841-4
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A MIS PADRES, QUE ME ENSEÑARON
A AMAR LO PROPIO SIN ODIAR LO AJENO
CONTENIDO
PORTADA
PORTADILLA
CRÉDITOS
DEDICATORIA
CITAS
1 OBSERVAR EL MUNDO A 575 METROS SOBRE EL MAR (inédito)
2 UN INTENTO PARA IMPEDIR EL GRAN DESASTRE (inédito)
3 LA CULPA SIEMPRE ES DE MADRID (inédito)
4 EL BOTÓN ROJO (relato brevísimo e inédito)
5 EL MEDIADOR INTERNACIONAL (inédito)
6 TOCAR HUESO: EL PODER JUDICIALY LA POLÍTICA DE CONTENTAMIENTO (inédito)
7 CUATRO MARCOS MENTALESEN CUATRO CONVERSACIONES (inédito)
8 SOCIEDAD CIVIL Y ESTATUT (La Vanguardia, 30 de noviembre de 2005)
9 EL DERECHO A OPINAR DE LASORGANIZACIONES EMPRESARIALES (La Vanguardia, 4 de noviembre de 2013)
10 INVERSIÓN EXTRANJERA EN CATALUÑA (La Vanguardia, 13 de julio de 2014)
11 QUO VADIS, CATALUÑA? (La Vanguardia, 3 de septiembre de 2015)
12 ¿ADÓNDE VAS, CATALUÑA? (La Vanguardia, 16 de noviembre de 2015)
13 CUATRO PRIORIDADES NACIONALES (El País, 1 de enero de 2016)
14 FRATERNIDAD (La Vanguardia, 5 de junio de 2016)
15 LA CAUSA CATALANA, EL PROGRESO Y EL CAOS (La Vanguardia, 10 de febrero de 2017)
16 NO (La Vanguardia, julio de 2017)
17 EL 2 DE OCTUBRE (La Vanguardia, 22 de septiembre de 2017, publicado junto a José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España)
18 LA MENTIRA EN LA MONTAÑA MÁGICA (La Vanguardia, 17 de marzo de 2018)
19 RESILIENCIA (La Vanguardia, 30 de julio de 2018)
20 PROPAGANDA EN CATALÁN (El Confidencial, 9 de noviembre de 2018)
21 INVERSORES (La Vanguardia, 19 de noviembre de 2018)
22 BOTIFLERS (La Vanguardia, 15 de diciembre de 2018)
23 SISTEMA DE ESTRICTA VIGILANCIA (La Vanguardia, 18 de febrero de 2019)
24 DEL TIBIDABO AL MAR (La Vanguardia, 23 de marzo de 2019)
25 FIN DE FIESTA (La Vanguardia, 16 de septiembre de 2019)
26 GLOBALIZACIÓN Y POPULISMO (extracto de mi artículo publicado en el libro En defensa de la democracia: crisis política, populismo y nacionalismo de Barcelona a Washington, editorial Almuzara, 2019)
27 ESPERAR LO MEJOR, PREPARARSE PARA LO PEOR (El Confidencial, 16 de marzo de 2020)
28 EL COVID-19 DEBE SER UNA OPORTUNIDAD PARA ESPAÑA (El Confidencial, 16 de abril de 2020)
29 LA BROMA (La Vanguardia, 22 de abril de 2021)
30 A MODO DE EPÍLOGO: UNA CONCORDIA VERTEBRADA (inédito)
AGRADECIMIENTOS
Vale más hacer y arrepentirse que no hacer y arrepentirse.
MAQUIAVELO
Haec omnia TIBI DABO si cadens adoraveris me.
(Todo esto te daré si te prosternas ante mí para adorarme).
MATEO, 4,9
1
OBSERVAR EL MUNDO A 575 METROS
SOBRE EL MAR
(inédito)
Tantos años mirándote, aun sin quererlo, y tú acogiéndome con tus brazos abiertos y fraternales. Pareces un Cristo de Corcovado en miniatura, blanco y omnipotente, pero suficientemente modesto para que nadie hable de ti. Observas la ciudad desde arriba, desde la montaña hasta el mar.
El verde de un bosque amable a tus pies. Pinos, encinas, almeces y arbustos se suceden, perdiendo algo de altura, hasta las primeras construcciones en blanco, negro, marrón y ocre. En perfecto orden, las cuadrículas conforman las calles del Eixample. Desde allí, a través de largas travesías que bajan casi hasta el final, dispones de una visión perfecta de las tres grandes señoras góticas, que sobresalen a lo lejos en un barrio central frente a la costa, desordenado, antiguo y diferente: la catedral, la iglesia de la Mercè, patrona, y, más a la izquierda, la preciosa iglesia gótica de Santa María del Mar, la catedral de los pobres. A la izquierda también, más arriba, la catedral del modernismo, la Sagrada Familia, con sus ocho torres, algunas antiguas, otras inconclusas, algunas otras modernas y extrañas todas, siempre rodeadas de grúas —un ejercicio que se renueva de generación en generación en una construcción inconclusa y eterna—. También las torres modernas, en la playa, las dos olímpicas del 92, equidistantes y centrales; y las otras, la primera con forma de obús, hacia Badalona, las torres de 2004, un barrio de torres.
Antes de llegar allí, en el mismo plano de un corte diagonal, hay más torres confundidas entre otros muchos edificios: dos negras, del poder financiero, otra del poder mediático y, alineada con todas ellas pero en un plano inferior otra torre bancaria, algo más alta que las otras, pero de menor diámetro. A la derecha, el gran estadio del deporte favorito —mucho más que un deporte— también tiene cuota en el plano y se puede ver bien, un redondo de cemento y hormigón apabullante con un verde pasto en medio, agujero-centro de muchas de las ensoñaciones ciudadanas y antesala de la otra montaña de la ciudad que apenas se atreve a sobresalir ante tu poderío, mostrando trazos diseminados de un pasado de múltiples y gloriosos acontecimientos. Al final, mucho más allá, en el otro extremo, las imponentes tres torres gigantescas y ya inservibles de Fecsa, pequeño tributo a un pasado cercano, pero de muy diferente tradición.
Y, enfrente, abarcándolo todo, el mar. El Mediterráneo, siempre armonioso. Quizá, si cabe, todavía más amable y benigno por estar lejos de guerras, sin azotes de la naturaleza, sin conflictos étnicos o religiosos... Un pequeño mundo ordenado y perfecto. Desde tu cabeza de bronce hasta la de Colón, que señala con arrogancia el infinito frente al mar, hay tan solo 575 metros de pausada pendiente... y un mundo.
En el Eixample, en San Gervasio y en todos los barrios centrales de la ciudad, la montaña está omnipresente y su cima, junto a la torre Foster, puede observarse desde todos los ángulos. Pero, extrañamente, el mar se repliega y se esconde. Hay un cambio de rasante bajando por la calle Muntaner tras la ronda del General Mitre donde el mar se aparece de repente, sin avisar. Sin embargo, desde gran parte de la ciudad el mar es invisible y, para verlo, necesariamente es obligado pasar por ese punto, el cambio de rasante.
Otras ciudades portuarias tienen al mar más presente. Se han ido conformando, acogiéndolo y mimándolo, no se han atrevido a darle la espalda. Por supuesto que hay barrios marítimos, como la Barceloneta, pero la mayor parte de Barcelona mira poco al mar, y no lo miraba nada antes de 1992, cuando se habilitaron playas y nuevos barrios, recuperando bajo un nuevo formato el origen marítimo de la ciudad.
Este extraño ocultamiento del mar, en una ciudad amablemente decantada hacia un frente marítimo tan amplio, tiene seguro muchas explicaciones técnicas que desconozco. Aunque quizá sea tan solo la venganza de la burguesía cuando dejó de ser comerciante y lideró la revolución industrial, cansada de permanecer siglos enjaulada entre las murallas romanas y el Mediterráneo.
Habiendo diseñado, construido y financiado tanto el Eixample como la urbanización posterior de la ciudad hasta la montaña, la burguesía pudo decidir olvidar su pasado portuario y vengarse del encierro milenario en el barrio que hoy mal llamamos Barrio Gótico, una de las zonas más densas e insalubres de Europa durante los siglos XVIII y XIX, donde la ciudad se había enclaustrado mortecinamente desde la época de los romanos.
¿Qué interés podía tener además el mar para esa nueva clase industrial? El comercio (azúcar, tabaco, chocolate...), sobre todo con Cuba y Puerto Rico desde 1800, sirvió para aportar el capital semilla de lo que vino después. Así, al igual que en Castilla muchas fortunas antiguas procedían de la conquista de América, en Cataluña detrás de muchos de los apellidos de la burguesía catalana se esconden indianos enriquecidos con el comercio con Cuba y Puerto Rico y retornados a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Pero la verdadera acumulación de capital devino tras esos orígenes comerciales. El dinero de los indianos ayudó a traer tecnología inglesa y a montar las primeras industrias textiles y químicas del sur de Europa. Y, sobre todo, el capital se formó con la descomunal especulación inmobiliaria que siguió a la destrucción de las murallas en 1854 y que generó fortunas colosales en la urbanización del plan Cerdà.
El mar era comercio, y es posible que a partir de ese momento el comercio se desprestigiara tanto frente a la nueva clase enriquecida —industrial y financiera— que esta intentase borrar el mar de la nueva ciudad y olvidar su existencia. Sea esta u otra la causa, la mayor parte de los barceloneses vivimos nuestra infancia y juventud sin ver el Mediterráneo durante buena parte del año, salvo en verano en la costa, o cuando intencionadamente queríamos ir a verlo.
Entiendo que tú, escultura impertérrita, disientas. Desde donde estás todo parece diferente. Todo fluye hacia abajo, con armonía, hacia el puerto y las playas. Todo tiene sentido porque al final está el mar azul, que todo lo integra de forma que nada queda fuera de la postal en este pequeño y gran mundo compacto y estéticamente armonioso. El mar es tu límite, pero es también el infinito.
La ciudad construida contra el mar, pero no solo contra el mar. También contra sí misma. Antes de 1992, todos pensábamos que vivíamos en una ciudad fea y mediocre. Había muy poco interés turístico. Poca gente visitaba Barcelona y, si lo hacía, era por razones de negocio. En aquel momento se trataba de una ciudad a la que se conocía como la de las «Ferias y Congresos»; también como parada obligada antes de huir a las famosas playas de la Costa Brava y la Costa Dorada. Barcelona no parecía interesar fuera, ni mucho menos dentro, y los barceloneses nos quejábamos de que no tuviese el empaque y la estética de otras grandes ciudades europeas como París, Londres, Madrid o Roma...
Parece que fue ayer. Los edificios ennegrecidos por tantos años recibiendo el humo de las fábricas —que afortunadamente fueron apartadas de la ciudad hasta hoy no quedar ninguna— trasladaban al visitante una imagen triste y decadente. Incluso los principales edificios modernistas, maltratados también por la polución y la falta de cariño, interesaban solo a una minoría de eruditos, en España y fuera de ella, pero raramente a los propios barceloneses. En los apartamentos de la Pedrera y la Casa Batlló, muchos reconvertidos en oficinas, se habían enmoquetado las magníficas maderas nobles del suelo, tapado los pórticos de puertas y ventanas y rebajado los magníficos techos modernistas. Las fachadas eran de un gris mortecino, y a nadie le importaba. Muchos otros edificios principales y nobles del Paseo de Gracia, de Rambla Cataluña y de sus aledaños habían tenido idéntico trato. O peor, habían sido demolidos para ser sustituidos por nuevos edificios, en su mayor parte espantosos.
Durante los años sesenta y setenta, los alcaldes del desarrollismo tardofranquista habían permitido impresionantes barbaries urbanísticas que, por razones difíciles de entender, se sumaban, si uno se pone a repasar fotografías antiguas, a las de otras décadas anteriores. La mayoría de los edificios construidos en aquella época obtuvieron prórrogas ilegales: áticos y sobreáticos construidos sin licencias urbanísticas en la azotea, intentando democratizar el pelotazo urbanístico original de 1854 mediante su extensión desordenada a todos y cada uno de los inmuebles con posibles. De esta forma, la vista hacia el mar desde pisos superiores se acanalla hoy todavía más si cabe, con esa multitud de construcciones falsas y desordenadas, con sus antenas que jalonan el perfil de la ciudad observada desde arriba.
Entre los visitantes y barceloneses de aquella época —hablo ahora de los años setenta y ochenta del siglo XX— tenía gran predicamento una atracción que enseñaba los monumentos de España en miniatura, le llamaban El Pueblo Español —y para más chanza, creo que todavía existe—. Era más visitada que los propios monumentos de la ciudad. La gente podía ver la catedral de Burgos, la de Salamanca, la Giralda de Sevilla y otras obras del genio arquitectónico español en miniatura sin desplazarse de la ciudad, y sin duda muchos las preferían a las magníficas joyas arquitectónicas que, pese a todo, existían en Barcelona provenientes de su legado histórico y del esfuerzo embellecedor de la época modernista.
Barcelona fue, en fin, durante toda mi infancia y parte de mi juventud, una ciudad sucia, fea y peligrosa. Demasiado grande para algunas cosas, demasiado pequeña para otras. Una ciudad especialmente golpeada por las drogas, donde la vida valía poco para los jóvenes de los barrios más miserables.
Al mismo tiempo era también una ciudad fascinante para algunos, venidos del resto de España y de Sudamérica. Al ejercer de segunda capital, lejos de los corsés burocráticos y trascendentes de la verdadera capital, Madrid, Barcelona respiraba un aire diferente, donde todo era posible. Un mayor viento de libertad durante los años del final del franquismo había dado alas a una industria editorial en español que tenía magnetismo sobre una juventud de ilustrados latinoamericanos (Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, entre otros), que vivían admirando la ciudad y ejercían de verdadero imán a otros muchos, reflejando un cosmopolitismo, avanzando al de toda España tras la Transición, que se unía a la posibilidad real de mejorar gracias al llamado ascensor social a disposición de todos aquellos que llegaban del resto de España con ideas y ganas de trabajar.
Además, la ciudad tenía desde siempre unos contrastes de alegría algo anarquista. Barcelona era una ciudad realmente popular y desenfadada —al estilo de Coney Island en Nueva York— que trascendía a su realidad cotidiana, mucho más gris, y poseía un alma sugestiva y trasgresora que en cierta medida hoy, pese a la pandemia y al victimismo triste y dramático, todavía subsiste.
Estos avanzados también intuían, aunque en esa época nadie hablaba de ello —al menos en la forma en la que lo hacemos hoy— que la ciudad tenía, y tiene, una calidad de vida imbatible: un clima perfecto, con cuatro estaciones bien delineadas pero todas amables; una geografía compacta que permite llegar caminando a todas partes; excelente y variada cocina y, también, un patrimonio histórico y cultural de gran calidad —aunque tal vez menor en cantidad a los patrimonios urbanos de las grandes capitales de las antiguas monarquías e imperios— en la cima de cualquier ranking de ciudades burguesas europeas. Una ciudad industrial, pero sobre todo mediterránea.
Puede que tú no lo sepas, porque ese pequeño mundo es tan grande en su pequeñez que es fácil olvidarse de todo lo que representa. Tú ves las calles rectilíneas y sus plátanos, que aparecen por doquier acompañándolas, dándoles sombra con sus hojas caducas y sus troncos heridos. Ves la elegancia de las casas más cercanas, en Pedralbes y Sant Gervasi, o la coqueta perfección de los antiguos pueblos de Sarrià, Horta y Gracia, absorbidos por la ciudad, como otros, en la conquista del espacio. Los barrios más populares te quedan lejos y, aunque la feria de atracciones, que tienes a tu lado, te acerca a la gente de todo tipo, tu percepción no puede ser otra que la de encontrarte ante una ciudad burguesa, rica y plácida, que discurre serena hacia el mar.
Pero esta ciudad no es una ciudad cualquiera, es también la segunda ciudad de una potencia media, en complejo proceso de redención histórica tras siglos de confrontación y ensimismamiento. También es la capital de un pequeño territorio, con otras montañas y ciudades, que recorre un paisaje con planos diferentes, pero en cierta manera semejantes al tuyo, y que discurre sin tropiezos importantes desde las montañas de los Pirineos, que separan esta parte del mundo del resto de Europa, hasta la desembocadura del río Ebro que, por su parte, separa esta parte de España del resto. Estás eternamente observando, sin querer saberlo, a la capital de un mundo.
2
UN INTENTO PARA IMPEDIR
EL GRAN DESASTRE
(inédito)
Este libro nace de la sugerencia de algunos amigos que me han animado a plasmar en un solo papel mi posición ante el independentismo en Cataluña, posición que he venido desarrollando durante años al son de los acontecimientos. Recoge artículos escritos por mí, algunos inéditos y otros muchos publicados en diferentes medios a lo largo de los años que he creído oportuno editar y poner en su contexto histórico y económico, así como expurgar de las repeticiones que surgen al colocar muchos de estos escritos, nacidos de la actualidad del momento y para ver la luz en un periódico, en un volumen conjunto.
En 2005 publiqué el primero de ellos, un artículo sobre el Estatut («Sociedad Civil y Estatut») que escribí al constatar que mucha gente inteligente y preparada apoyaba con gran vehemencia la modificación del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 («volem un nou estatut»), pero acríticamente, sin siquiera habérselo leído. Los artículos publicados que le siguen comienzan en 2013. El primero de ellos («El derecho a opinar de las organizaciones empresariales») lo escribí tras las reacciones exageradamente desatadas a unas declaraciones mías en la radio pública catalana el 15 de octubre de 2013. En esa ocasión me atreví a explicar ante una estupefacta entrevistadora lo que pocos se atrevían a decir pero que a muchos nos parecía totalmente obvio: las empresas podían deslocalizarse y la atracción de talento e inversión se aminoraría si se persistía en la inestabilidad política generada por el, en aquel momento, súbito proceso soberanista.
En otoño de 2013 decir esto en Cataluña, sin pertenecer a ningún partido político, y desde la sociedad civil y el mundo empresarial, fue tratado como pecado capital. Mis declaraciones se sumaban a las de los pocos que se habían pronunciado hasta el momento, entre ellos el empresario y editor José Manuel Lara Bosch, y el empresario José Luis Bonet. El movimiento soberanista consideró como una gran afrenta que voces del empresariado expresaran explícitamente sus dudas sobre el camino recién iniciado al que se estaban dedicando enormes esfuerzos de marketing. Así, se pusieron manos a la obra el mismo día de mis declaraciones. El propio presidente de la Generalitat y el conseller de Comerç, con los que mantenía hasta ese momento una relación cordial, así como un montón de articulistas y tertulianos, se movilizaron organizadamente y realizaron declaraciones de diferente intensidad para tranquilizar a la población —afirmando todo lo contrario, que el proceso independentista supondría una avalancha de nuevas inversiones— y, sobre todo, buscando que mis declaraciones parecieran fruto de una politización «españolista» o se entendieran como realizadas por alguien sin ningún tipo de autoridad en el mundo empresarial,[1] aunque en aquel momento yo llevaba ya once años al frente de la institución que hoy todavía presido.[2]
El último artículo publicado, titulado «La broma», del 22 de abril de 2021, es una llamada general a atemperar el extremismo de cualquier signo en la cada vez más encendida política española. Pero también es una réplica al último embate del agitprop nacionalista, entre otros muchos que he tenido que sufrir estoicamente.
Mirando hacia atrás, estos incisivos ataques mediáticos y virtuales, de impune difamación y calumnia, especialmente cuando se organizan contra empresarios o intelectuales y mediante el uso organizado de redes sociales, programas de televisión y radio públicas, son una de las principales causas que me han alentado a dejar mis razonamientos bien atados por escrito.
La mayoría de los textos tratan del tema catalán, pero también he incluido algunas reflexiones publicadas sobre la pandemia al inicio de la misma, sobre la globalización y el populismo, así como otras reflexiones inéditas sobre el nacionalismo excluyente que he creído que pueden resultar útiles para contextualizar el objetivo de esta obra. Muchas de las ideas se reflejan una y otra vez en los textos, pues en este empeño de años he intentado repetir lo que me han parecido verdades inmutables (falta de causas suficientes para la secesión, riesgo de graves repercusiones sociales y económicas, estampida de inversores, imposibilidad de respaldo internacional...). Esperaba con ello, a fuerza de ser pesado, que se generase un verdadero debate civil, más allá del político, que nunca llegó. El lector puede leer los relatos por orden —un orden que refleja matices en un estado de ánimo que va mutando con el paso del tiempo, a medida que se van produciendo los acontecimientos— o por separado, empezando por aquellos títulos que le parezcan más atractivos.
Espero que el lector entienda que esta humilde compilación no es un ejercicio de vanidad, ni va en contra de nadie, ni mucho menos supone el inicio de nada.
No pertenezco ni he pertenecido a ningún partido político, y no tengo ambición —seguramente tampoco capacidad— en ese campo. Soy lo que los anglosajones llaman «un independiente». He votado a diferentes formaciones durante años, siempre buscando a los líderes más templados, que pudiesen coser heridas, generar consensos, atraer y retener talento y, en definitiva, aportar aquello que debería ser el único faro de todo gobernante: generar bienestar y riqueza a las familias, a los trabajadores y a los empresarios. En el pasado llegué incluso a votar en algunas ocasiones a la extinta Convergencia, que me parecía formada por gente seria y responsable, algo de lo que me arrepentiré eternamente, sabiendo hoy lo que sé y viendo las consecuencias de aquel plan estratégico de ingeniería social —que promovieron unos pocos a hurtadillas del resto desde los años noventa[3]— y que hoy tiene la enorme responsabilidad de habernos envilecido hasta el punto de conducirnos a este cul de sac.
Soy catalán de pura cepa, con decenas de apellidos catalanes y creo que mi origen y el hecho de estar permanentemente viajando me permiten ver las cosas con cierta perspectiva. Como la mayoría de la población, hablo indistintamente catalán y castellano. Contesto en catalán cuando me hablan en catalán y en castellano cuando lo hacen en castellano. No he querido cambiar mi nombre de pila, Jaime, por el de Jaume, que no me gusta, como sí han hecho muchos políticos procedentes de entornos similares. El catalán y el castellano han convivido desde que desapareció el latín, como lo demuestran innumerables escritores catalanes, tanto antiguos [4] como contemporáneos,[5] y por eso creo en la convivencia serena, libre, sin cuotas y, sobre todo, despolitizada de ambas lenguas. Utilizar la lengua catalana como causa e instrumento del independentismo es seguramente uno de los mayores daños colaterales de todo lo que ha sucedido en estos años, tal y como se recoge en algunos de los artículos que forman parte de esta compilación, entre ellos «La culpa siempre es de Madrid» (inédito) y «Propaganda en catalán» (2018).
Me consta que durante años algunos hemos sido voces moderadamente molestas en determinados ambientes barceloneses al decir en público lo que muchos decían en privado y casi todos pensaban. Todavía me sorprende recordar la reacción mayoritaria en esos círculos ante el rodillo nacionalista. Algunos por comprensible prudencia; otros por su pasado o por sus legítimos intereses, presentes o futuros; bastantes, por miedo, o por un cálculo claramente erróneo de posibilidades a corto plazo, o por lealtades personales, o por no ser tachados de malos catalanes... Muy pocos por ideología. La omertà se instaló durante muchos años en los despachos del poder civil, creándose un entorno de seria incomodidad que ha impedido debatir abiertamente tanto las exageraciones y los atropellos auspiciados desde el omnímodo poder nacionalista, como, lo que es más grave, analizar a fondo los riesgos del atribulado proceso para la convivencia social y para las empresas. Y con ello, desde octubre de 2017 hasta la fecha, unas 5.500 empresas se han visto forzadas a cambiar de sede social a causa del procés, una migración empresarial inédita en la historia de la Humanidad.
Y así, durante estos años, cuando alguien expresaba claramente lo que casi todos pensaban, podían ocurrir dos cosas: o se neutralizaba la crítica con las eternas culpas a Madrid —que servían para justificarlo todo— o se cambiaba rápidamente de tema para que nadie se tuviese que exponer más de lo prudente, sabiendo que podía haber delaciones. Luego, en privado, algunos, los más politizados, se encargaban de acallar definitivamente al osado, afeándole su conducta, tachándolo de intenso y exagerado a través de algunas muletillas prefabricadas: «estigues tranquil, no pasarà res» (estate tranquilo, no pasará nada) o, peor aún, el malintencionado «així no» (así no), toda una alerta tramposa sobre el peligro de muerte civil en que uno incurría. «Hem de treballar pel darrere, construint ponts» (Hemos de trabajar por detrás, construyendo puentes), decían muchos, creyendo de buena fe que la ausencia de debate era de verdad un activo para impedir que todo volara por los aires.[6]
Como muchos otros que han intentado quebrar esta enfermiza espiral de silencio, tan bien planificada, mi propósito no ha sido impedir la independencia de Cataluña, que sigo creyendo que jamás llegará, sino únicamente contribuir a tiempo parcial a impedir el Gran Desastre. Es decir, impedir que el odio cercene familias y amistades; impedir altercados violentos en la calle y noches de cristales rotos; impedir que huyan las empresas; impedir el descrédito de lo catalán en el resto de España; impedir intervenciones de jueces y fuerzas de seguridad; impedir el desgobierno, o lo que es su causa, el gobierno de los menos preparados; impedir el envilecimiento de los recursos y la utilización partidista de las entidades públicas (incluyendo los medios de comunicación, las escuelas y las universidades) y de las privadas (especialmente los colegios profesionales, algunas de las instituciones de la Iglesia y las entidades empresariales y deportivas); impedir que políticos votados por mis vecinos terminen en prisión; impedir que marche talento joven; impedir que se empequeñezca la cultura; impedir que se coloque al pueblo catalán (que hasta hace poco se creía integrado por gente trabajadora y honesta) en la Champions mundial del victimismo chillón y sin justa causa... Este buen propósito, que ha requerido un cierto esfuerzo, se ha quedado desgraciadamente, como es fácil comprobar a estas alturas, en tan solo un intento.
Aunque la corriente podría parecer empeñada en seguir conduciendo a la sociedad catalana hacia un puerto imposible, continúo pensando que el posicionamiento expresado en los artículos que recoge este libro representa claramente el interés de la mayoría de los catalanes y del resto de los españoles. Un interés que consiste sencillamente en evitar un conflicto estéril en un lugar próspero y pacífico, alertando de sus consecuencias y denunciando la inocuidad y desproporción de sus causas. Un interés en retornar Cataluña al punto anterior al inicio de esta triste aventura de riesgo, un momento que, con todos sus claroscuros, es, seguramente, el mejor de su historia: desde el inicio de la Transición hasta el año 2008. Creo, además, que estamos a tiempo. El odio que ha impregnado la sociedad no ha dado lugar a una violencia irreversible, como ocurrió en el País Vasco en los años ochenta y noventa del siglo XX. Los muchos altercados de violencia callejera y desobediencia civil, así como su contención por las fuerzas de orden público, no han generado todavía, a día de hoy, un solo muerto. Entre las muchas y excesivas imágenes de este conflicto posmoderno que han dado la vuelta al mundo, no recuerdo ni una sola de políticos nacionalistas visitando a un solo herido en un hospital, ni siquiera el 1 de octubre de 2017 y los días que le siguieron.
Durante estos años he tenido muy presente una tradición apolítica de generación de debate y toma de opinión. Una tradición anglosajona pero también muy catalana, muy barcelonesa: la de la sociedad civil, la que sirve como verdadera contraposición intelectual al poder político, especialmente cuando este último se desborda.
Mis referencias, en este sentido, han sido dos. La primera, la tradición de la sociedad civil y empresarial anglosajona. Cuando he dudado sobre si debía o no posicionarme, siempre he reflexionado sobre qué haría el líder de una institución empresarial estadounidense en una situación similar a las muchas que hemos vivido en estos últimos años, que amenazase la estabilidad económica y el bienestar de los ciudadanos. Tengo buenos ejemplos que tomar como referencia en Estados Unidos: imponentes líderes-altos directivos de grandes corporaciones y presidentes de asociaciones empresariales. No se amedrentan ni se callan cuando el poder político amenaza el interés general, especialmente cuando sus actos pueden suponer un riesgo para la prosperidad económica. Esa referencia siempre me ha animado a no callarme.
Mi segunda referencia han sido algunos notables empresarios y directivos catalanes actuales, como los dos que he mencionado en páginas anteriores y muchísimos otros que, desde posiciones públicas o anónimas, también han intentado evitar a su manera el Gran Desastre.
Pero igualmente han sido mis referentes líderes pretéritos. Siempre me ha parecido encomiable el esfuerzo de aquellos empresarios catalanes que se organizaron en asociaciones y fundaciones para luchar pacíficamente contra el régimen de Franco en la tardodictadura. Muy especialmente he admirado a los jovencísimos fundadores del Cercle d’Economia, que bajo la tutela del historiador Jaume Vicenç Vives crearon en 1958 un foro de influencia, para debatir y opinar, para elevar el nivel intelectual de toda una generación y prepararla para la Transición y la modernización del país.[7]
Como imagino que pensaron esos jóvenes, que tuvieron el valor de reclamar para España apertura y democracia en tiempos oscuros, muchas veces he llegado a la conclusión de que el debate sobre la conveniencia y viabilidad de la independencia de Cataluña debía ser también un debate de ideas, un debate intelectual de trascendencia. Hoy ya no estoy seguro. No hay debate posible contra el dogmatismo imperante, movilizado desde el poder, con su máquina de esparcir odio. Quien se atreve a expresar una idea que se aleje del oficialismo no tiene que temer una confrontación intelectual, porque esta no se da. Tiene que temer una lluvia de tuits y la ridiculización grosera del agitprop, perfectamente organizada, utilizando si es necesario los programas de agitación política 24/7 en los medios públicos pagados por todos. Es una guerra de guerrillas mediática y virtual en la que es difícil aportar algo más, salvo que uno quiera descender al fango.
Por supuesto que este esfuerzo tiene también su lado romántico, de amor a Barcelona (de allí el título, idéntico al del artículo escrito por mí en 2018), pero también de amor a Cataluña y de amor a España.[8] De amor a mi familia y a muchos de mis amigos, independentistas o no, pensando que quizá se merecen, nos merecemos todos, otro presente. Uno mejor, más global, más abierto, más moderado; el que podía haber sido y tal vez pueda todavía llegar a ser.
Pero supongo que me he posicionado sobre todo para tranquilizar mi conciencia. Soy optimista por naturaleza y pienso que tras la tormenta siempre viene la calma. Algún día, más pronto que tarde, volverá el seny, de la mano de una juventud harta de manipulación y aburrida del enfrentamiento estéril. Vendrá de los numerosos emprendedores y empresarios cosmopolitas que todavía eligen Barcelona por su calidad de vida a pesar de sus cansinas pendencias políticas. Vendrá también de un liderazgo político inclusivo que introduzca, en esa parte de los votantes que se ha hecho nihilista, nuevos marcos mentales de mesura y realismo en el cálculo de probabilidades que siempre debería suponer toda acción política.
Puede que se fiscalice de una vez por todas lo que los gobernantes pueden hacer con los recursos de la ciudadanía y que una exigencia de mayor neutralidad en los medios, en las instituciones y en los espacios públicos, acabe con la manipulación. Puede también que, como triste consuelo, los retos verdaderos, retos de verdad globales, como la terrible pandemia que hoy sufrimos y sus consecuencias económicas y sociales, o cambios geopolíticos de calado en Occidente, traigan a Cataluña sentimientos mayoritarios de pragmatismo y moderación.
Pero si en esto me equivoco y finalmente todo sigue decantándose hacia el vacío como en los últimos tiempos, si el odio y el fanatismo siguen invadiendo el espacio, y la decadencia económica y social persiste, espero que nadie me interpele de aquí a unos años y, sin tener nada que contestar, me pregunte: ¿y tú qué hiciste?
1. Años más tarde, en enero de 2017, uno de estos tertulianos tuvo la mala fortuna de coincidir conmigo en Suiza, en una situación embarazosa. Volvíamos los dos de un conocido foro internacional y se estropeó el tren que nos llevaba al aeropuerto de Zúrich (¡los trenes de cercanías tampoco funcionan bien en Suiza!). Ocho desconocidos de diferentes países nos vimos obligados a alquilar una furgoneta para no perder el avión. El tertuliano tuvo la mala suerte de que le tocó sentarse a mi derecha en el asiento trasero del vehículo. Yo llevaba un rato conversando en inglés con el Premio Nobel de economía greco-británico Cristóbal Pissarides que tenía a mi izquierda, con la participación esporádica de todos los demás, cuando me llamó mi mujer por teléfono y le contesté en catalán. El conocido tertuliano, que había estado en silencio hasta ese momento, codo con codo conmigo en la furgoneta, me preguntó: «Ah, però tu ets català?». Le dije que sí y que me extrañaba que ni siquiera me hubiese reconocido cuando en 2013 había sido objeto de incisivas descalificaciones por su parte en la radio pública catalana, pagada por todos, donde había dicho, entre otras lindezas, que yo no hablaba con nadie y él sí, que los inversores le decían que el proceso iniciado no iba a suponer ningún perjuicio, sino todo lo contrario, y que, en fin, yo era solo un «m...». Balbuceó que no recordaba, y le dije, muy claramente, que yo sí. La cara del pobre gran hombre, que tuvo que aguantar otra hora más apretado conmigo al lado, era un dilema.
2. A lo largo de los años hemos desarrollado relación estrecha con muchos gobiernos autonómicos. Las relaciones con el Gobierno de la Generalitat fueron también muy buenas hasta 2013. Estas relaciones giran habitualmente alrededor de la atracción y retención de inversión extranjera y el posicionamiento internacional de las empresas locales. Más allá de esos cometidos, en el año 2003 presenté a Bill Clinton en Barcelona y compartimos esa jornada con la Generalitat. Nueve años más tarde, en el año 2012, presenté al recién elegido presidente como «business friendly» en un desayuno en Madrid ante más de trescientos directivos de grandes multinacionales, expresión muy poco acertada por mi parte, como luego se ha visto. Desde 2013 a nadie no nacionalista se le ha ocurrido calificar de «business friendly» a un político nacionalista catalán. Tampoco recuerdo que haya visitado Barcelona en nueve años —desde entonces hasta el mes de junio de 2021, con la visita del presidente de Corea del Sur y del Primer Ministro italiano— ni un solo líder político extranjero de relevancia.
3. El Programa 2000 era la hoja de ruta elaborada en 1990 por orden del presidente de la Generalitat para manipular a la sociedad a través del control de la educación, los medios de comunicación y las instituciones. («El gobierno catalán debate un documento que propugna la infiltración nacionalista en todos los ámbitos sociales», El País, 28 de octubre de 1990).
4. Enrique de Villena (siglo XV), Pere Torroella (siglo XV), Francisco de Moner (siglo XV), Jaime Balmes (siglo XIX), Eduardo Marquina e Ignacio Agustí (ya en el siglo XX) y Joan Boscá (siglo XVI).
5. De la talla de Juan Marsé, Mercedes Salisachs, Rafael Argullol, Javier Cercas, Enrique Vila-Matas, Carlos Ruiz Zafón, Enrique de Hériz, Nuria Amat, Eduardo Mendoza, Maruja Torres, Rosa Regás, Ana María Matute, Juan y Luis Goytisolo, Enrique Badosa, José Corredor-Matheos, Francisco Ferrer Lerín, Félix de Azúa, Manuel Vázquez Montalbán, Pere Gimferrer, Cristina Fernández Cubas, Salvador Pániker, Eugenio Trías, Esther Tusquets y otros muchos.
6. El eufemismo como recurso se ha utilizado hasta el agotamiento con eslóganes motivacionales y otro tipo de mantras, a mi juicio, cada vez más ridículos: «España nos roba», «derecho a decidir», «la revolución de las sonrisas», «el mundo nos mira», «el discurso del miedo», «hacer efectivo el mandato del 1-O», «tumbar el régimen del 78», «embate democrático con el estado»... Hay que reconocer que los guionistas del procés tienen una capacidad inacabable para generar eslóganes.
7. De todos ellos, quiero reivindicar aquí la figura de Carlos Güell, arquetipo de la sociedad civil barcelonesa, comprometido, pactista, tolerante y con conciencia social, para quien las formas encerraban el fondo. Atento y respetuoso, siempre aportando en positivo, con aplastante sentido común, escribió un artículo antes de fallecer muy en la línea de lo que aquí se recoge. «¿Hacia dónde vamos?», La Vanguardia, 8 de noviembre de 2012.
8. Como Rafael de Casanova, convertido sin buscarlo en símbolo del nacionalismo catalán, y cuya proclama el día 11 de septiembre de 1714, el día de la «derrota», animó a los ciudadanos a derramar la sangre por España: «Que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados, a fin de derramar gloriosamente su sangre y su vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España».
3
LA CULPA SIEMPRE ES DE MADRID
(inédito)
Era el fin de los años de plomo. A finales del año 2000, ETA todavía mataba sin descanso y el Gobierno del PP se negaba a negociar con asesinos en una estrategia que luego seguiría el PSOE con conatos intermitentes de negociación frustrada. Es políticamente correcto exigir en todos los conflictos diálogo, incluso cuando tengas delante a quien no quiere escuchar. Aun cuando haya una pared delante se debe intentar, y ese intento siempre es noble. Ernest Lluch era un profeta del diálogo, y lo creía de todo corazón. Una buena persona, intelectual estructurado e idealista. Luchador antifranquista y exministro socialista, universalizó la asistencia sanitaria. En el momento de su fallecimiento estaba retirado de la primera línea política y dedicado a la docencia de la economía. Tuve el honor de conocerle, brevemente, poco antes de su muerte. Acudí a la manifestación multitudinaria, seguramente la primera en la historia de Barcelona con más de medio millón de personas, que se hizo en su honor pocos días después de que ETA lo asesinara vilmente en el garaje de su casa. A la manifestación acudió el Presidente del Gobierno y el jefe de la oposición. En presencia de ambos, la oficiante se saltó el guion del comunicado, consensuado por todas las fuerzas políticas, y alzó su voz con un grito que dejaba helado. Con la voz alta de la exigencia y un coro de multitudes encolerizadas, la oficiante le gritó al Gobierno y a la oposición allí presentes, con el cadáver del asesinado todavía caliente: «¡Diálogo, exigimos diálogo!». Sí, hubo crítica a los asesinos, pero con la boca pequeña y porque estaba en el guion. Pero el grito sentido sinceramente, roto, lleno de odio y exigencia fue el dirigido a los gobernantes del Estado. Para mucha de la gente que me rodeaba, a Ernest Lluch lo mató más un Gobierno de España por ser poco dialogante que una banda armada que había decidido olvidarse, con manifiesta mala fe, de que Franco había muerto hacía ya muchos años y que existían opciones democráticas.
La pregunta que me hice entonces fue la de por qué los catalanes nos atormentamos, viviendo como vivimos en un pequeño paraíso, buscando siempre la culpa de todo en Madrid. Algunos, quizá muy pocos, pensamos en aquel momento que había algo de enfermizo y muy preocupante en lo que entonces, en el año 2000, se llamaba el «oasis catalán».
Desde el inicio del nacionalismo romántico europeo, y durante más de doscientos años, los movimientos nacionalistas excluyentes —sean de derechas, de izquierdas o ambivalentes, como el catalán— se han caracterizado por provocar en las poblaciones dos sentimientos afines: el primero es creer que la comunidad propia no solo es diferente y tiene un espíritu propio (un Volksgeist o «espíritu del pueblo», como acuñó Herder),[9] sino que además es mejor, es decir, se genera un fuerte sentimiento de superioridad. El segundo rasgo es el antagonismo hacia un elemento externo a la comunidad. La culpa siempre es del otro. Si el lector reflexiona sobre los movimientos nacionalistas más extremos en Europa, de cualquier signo, durante estos doscientos años, aun cuando hay muchísimas diferencias entre unos y otros, observará que la suma de estos factores es una constante: sentimiento de superioridad y victimismo, así como sobrerreacción frente a un enemigo externo. Cuando estos dos factores son estimulados en exceso por los líderes políticos, comunidades antaño cultas y ordenadas pueden llegar a fanatizarse hasta extremos inimaginables. La suma de sentirse superior y tener un enemigo permite germinar la semilla imprescindible para el desastre: el odio.
En Cataluña hay un poso históricamente muy enraizado, especialmente en la menestralía, de cierto sentimiento de superioridad respecto al resto de los españoles y que llega incluso al extremo de considerar que los catalanes que viven y piensan en idioma catalán son mejores que el resto de sus conciudadanos que, aun siendo igualmente catalanes, viven y piensan en castellano. Si bien esta superioridad (que también esconde un enorme grado de inferioridad y complejo) se sustentó originariamente en un sentimiento de raza, hoy ya no es así salvo excepciones, algunas por desgracia muy notables.[10] Esa «raza catalana», si es que alguna vez existió, ha evolucionado con la historia, quedando totalmente difuminada por las migraciones masivas del siglo XX, hasta el punto de que hoy es totalmente imposible diferenciar un catalán de un extremeño, por poner un ejemplo, en un territorio donde los apellidos catalanes están en clara minoría respecto de los de raíz castellana. Salvo para algunos pocos,[11] no hay tampoco una creencia respecto a la superioridad de la cultura catalana sobre la del resto de los pueblos de España (literatura, pintura, música, etc.), aunque sí una identidad y unas tradiciones diferenciadas, ricas en matices, como sucede con otros pueblos de España. Tampoco hay diferenciaciones religiosas históricas que hayan permitido germinar un nacionalismo religioso. Toda España es (o era) esencialmente católica.
Como decía George Orwell en 1945:[12] «el nacionalismo no debe ser confundido con el patriotismo» entendido como «la devoción a un lugar determinado y a una particular forma de vida que uno considera los mejores del mundo, pero que no tiene deseos de imponer (...). El nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder». Aunque muchos catalanes puedan confundir ser patriota (y amar a Cataluña, a sus costumbres y a su cultura) con ser nacionalista, no es lo mismo. El patriota ama a su tierra, el nacionalista se cree superior a los demás. Un patriota catalán puede albergar un extraordinario sentimiento de orgullo hacia lo suyo sin ser nacionalista. Podemos estar orgullosos de nuestra lengua, de nuestra historia, de nuestras costumbres, de los rasgos idiosincráticos de nuestra gente y cultura. Pero el orgullo es un sentimiento que no se contrapone a nada, no se compara con otros, no se transforma en un sentimiento de superioridad y no se intenta imponer.
La superioridad en la que se basa el nacionalismo catalán es una superioridad intelectual y, sobre todo, una superioridad moral.
¿Y de dónde viene hoy esa superioridad?
La superioridad viene de la lengua catalana, el hecho diferencial de verdadera enjundia.[13] El nacionalista irredento considera el catalán como el elemento que permite diferenciarlo y elevarlo sobre el resto de los españoles y sobre los catalanes no «normalizados», aunque no haya diferencias étnicas o religiosas. Pese a que el nacionalismo lingüístico tiene sus raíces en el nacionalismo romántico original,[14] de todos los motivos para sentirse diferente el del idioma es ciertamente el que puede llegar a crear silogismos más imposibles, pero que están allí. Tenemos lengua propia, ergo somos nación, ergo debemos ser estado. La ambición de poder viene de la lengua en este silogismo tan esquinado. Pero en el mundo hay más de 5.500 idiomas y tan solo doscientos países. Si todos los ciudadanos de territorios que tienen una lengua propia se considerasen seres nietzscheanamente superiores y reclamaran el derecho natural a ser un estado, el mundo sería francamente ingobernable.
Sin embargo es así. Algunos defienden la superioridad moral e intelectual de los catalanes por dominar la lengua de Ramon Llull y Ausiàs March. Esta superioridad les ha permitido crear un verdadero mandarinaje, donde los mandarines de la Cataluña del siglo XXI son los profesores de catalán, los filólogos de la lengua, los periodistas, tertulianos y articulistas en medios catalanes. Ellos son los realmente preparados, los buenos catalanes que tienen además la capacidad de marcar el orden de prevalencia y los dogmas en la cultura y en la historia. Una verdadera «casta» de expertos en el idioma catalán que, por dominar el lenguaje —y al modo que hacen en Francia los enarcas hasta ahora preparados en la École Nationale d’Administration— nutren de líderes el Parlament, las conselleries, las escuelas y universidades, los medios públicos y los altos puestos de la Administración catalana. Estos mandarines nos preparan desde hace lustros, todos los días, a los catalanes, a todos los catalanes, para pensar con cierto desdén sobre la calidad moral e intelectual del resto de españoles, infravalorando su cultura y su historia. Un goteo sibilino y constante de mensajes que poco a poco van calando en la población hasta convertirse en dogmas. Por ello es tan fácil, por ejemplo, atribuir tics de corrupción y nepotismo al resto de España. Para los incondicionales de los medios catalanohablantes, España es un país de poca tradición democrática, además de violento y corrupto, aparte de casposo, mientras que, contra toda fehaciencia actual o histórica, Cataluña es un cúmulo de virtudes morales e intelectuales desde el inicio de los tiempos.
Sin embargo, ni Cataluña ha sido un pueblo especialmente dotado de grandes pensadores o inventores —pocas patentes y ningún premio Nobel, por utilizar dos parámetros—; ni mucho menos pacífico, con cuatro guerras civiles en los últimos doscientos años (la última, la de 1936, derivó en la ciudad de Barcelona en una guerra de todos contra todos). Tampoco somos especialmente virtuosos, siendo como es Cataluña una de las comunidades autónomas con más casos de corrupción, al menos desde el inicio de la democracia. Tenemos buenas universidades, pero ni una destaca de verdad a nivel mundial (sí destacan, un lujo para Barcelona, las dos principales escuelas de negocio privadas). Los catalanes quizá tenemos (o teníamos) otras virtudes, entre ellas un gran sentido estético (diseño, arquitectura) y una cultura de trabajo, proveniente de un pasado mercantil e industrial, pero difícilmente superioridad intelectual o moral algunas.
Pero da igual. La educación y los medios de comunicación inoculan día tras día el pensamiento de que somos superiores, justamente porque tenemos el catalán. Así se explica que ningún nacionalista sea capaz de criticar al mayor dignatario de Cataluña cuando llama «carroñeros, víboras, hienas... bestias con forma humana» a aquellos habitantes de Cataluña que no están idiomáticamente catalanizados. En realidad, se atreve a decir lo que muchos piensan. Solo los seres inferiores, de segunda clase, se atreven a hablar habitualmente el castellano. Gente inferior, charnegos no adaptados o franquistas irredentos, que se merecen su incapacidad para acceder a la administración o la docencia o ser capaces de influir en la opinión pública. Si surgiese hoy un Einstein o un Cervantes nacidos en la sociedad catalana pero que no hablasen habitualmente catalán, con toda probabilidad serían tratados con desdén, como parias, porque aun cuando suponen más de la mitad de la población, los castellanoparlantes son considerados infra-seres. Como ha ocurrido con otras comunidades fanatizadas en la historia del nacionalismo europeo, el enemigo, aquel al que no se le puede conquistar, está deshumanizado.
Pero eso no es suficiente. Para que el nacionalismo se desboque de verdad, necesita además de un enemigo. Un verdadero enemigo contra el que poder enfrentarse a todas horas y de este modo reafirmarse. También en este caso el lector puede hacer repaso de los casos de nacionalismos europeos que han descarriado a sus comunidades en diferentes ocasiones durante los últimos dos siglos. La existencia de ese enemigo permite que el volksgeist (la comunidad catalanoparlante) primero permita, luego justifique y, finalmente, termine aplaudiendo la sobrerreacción de los gobernantes a cualquier estímulo, real o inventado, del enemigo común. Poco a poco, el pueblo se va acostumbrando al despliegue de símbolos de confrontación y a la ocupación de todo el paisaje con esa simbología. Poco a poco el pueblo va aceptando el uso partidista de los medios y las instituciones pagadas por los contribuyentes. Una verdadera nación «oprimida» debe estar permanentemente indignada y ofendida frente a un claro enemigo externo. En el caso catalán, el enemigo es el Estado español y su capital, Madrid. Por extensión, también la comunidad autónoma de Madrid. Cualquier excusa vale, todo es ofensa y exige enorme reparo aun cuando sea evidente que la espiral de acción-reacción-acción se enmarca en una estrategia de enfrentamiento consciente y expresamente querido,[15] o es una simple cortina de humo para ocultar las miserias autóctonas.
Así, se enmascaran responsabilidades y generan nuevas afrentas. Cuando gracias a la aventura imposible y nihilista de 2017 se rompió la convivencia y hubo altercados, miles de compañías, entre ellas las principales, trasladaron su sede social fuera de Cataluña, la mayoría de ellas a Madrid. A este éxodo empresarial, como he señalado antes, único en la historia, se le añaden las oportunidades perdidas. ¿Cuántas empresas dejaron de venir? ¿Cuánto talento se dilapidó por el camino? ¿Cuánta riqueza se ha perdido para siempre?
Sin embargo, en Cataluña hubo poca exigencia de responsabilidad social a aquellos que no solo no se arrepintieron del inmenso daño causado a su propia tierra, sino que además repiten sin cesar que lo volverán a intentar. Muchos líderes incluso señalaron que las empresas se fueron porque se les animó o presionó desde Madrid. Ninguna entidad importante de la sociedad civil empresarial se atrevió a contradecirles. ¿Alguien en su sano juicio se imagina un call center llamando a miles de compañías y convenciéndolas de tomar una decisión tan dolorosa en el seno de sus órganos del gobierno?
El otro tema que causa grandes consensos en Cataluña es el del expolio fiscal.[16] La financiación autonómica da un maltrato fiscal a Cataluña y la Comunidad de Madrid utiliza su privilegio de capitalidad y hace dumping para atraer talento e inversión. Desde 1997 la legislación fiscal española permite a las comunidades autónomas autonomía regulatoria con respecto a ciertos impuestos que afectan a las personas físicas: renta, patrimonio y sucesiones. Cada gobierno autonómico impone su propio criterio a la hora de recaudar estos impuestos, y las razones pueden ser ideológicas o de necesidad. Cataluña obtiene de sus ciudadanos la mayor recaudación que le permite la legislación estatal. Por el contrario, Madrid rebaja al máximo los dos impuestos cedidos (Patrimonio, que está bonificado al 100%, y Sucesiones) y aplica el menor tipo al tramo autonómico del IRPF. Los sucesivos gobiernos de Madrid piensan que una política de impuestos bajos crea empleo y genera riqueza. Los sucesivos gobiernos de Cataluña piensan que cuantos más impuestos recauden, más recursos podrán utilizarse por parte de la Administración. Hasta ahí, todo podría ser muy correcto dentro de parámetros ideológicos de diferente signo.
Pero esto lleva, cada cierto tiempo, a campañas de encono y victimismo que aúnan voces variopintas de políticos, comentaristas y empresarios catalanes que piden que Madrid no haga dumping y deje de absorber recursos de Barcelona. En este debate, Madrid es un paraíso fiscal dentro de España, Cataluña, un infierno fiscal. Y la culpa es de la capital, que utiliza sus privilegios para esquilmar de recursos a los catalanes.
Sin embargo, un análisis sosegado lleva a otras conclusiones. En primer lugar, la posición de Madrid como eje central y vertebrador de toda España en exclusividad proviene en gran parte del posicionamiento de los políticos nacionalistas catalanes, que desde el año 78 han renunciado, por motivos políticos, a que Barcelona tenga algo que ver con la gobernanza del todo. El efecto capitalidad no existiría si los políticos catalanes hubiesen luchado para que España tuviese, como otros países federales (Estados Unidos, Suiza o Alemania, por poner claros ejemplos), una distribución competencial en la gobernanza del estado entre sus principales núcleos de poder (Madrid y Barcelona principalmente). Esa distribución de competencias nacionales —que podría haberse sustanciado con la presencia física de grandes organismos públicos en Barcelona— no se ha producido porque al nacionalismo nunca le ha interesado que Barcelona sea nada más que la capital de Cataluña. Cualquier intento de dar a Barcelona un papel de co capital dentro de España ha tenido no solo la comprensible resistencia de algunos madrileños (que no quieren perder lo que tienen) sino, sobre todo, la férrea oposición del poder catalán, interesado en centrarse en la gobernanza de lo propio, renunciando a involucrarse en la gobernanza de lo general. El «efecto capital» no se produce en Italia con Milán, ni en Alemania con Frankfurt, tampoco en Estados Unidos con Nueva York o Los Ángeles o en Suiza con Zúrich, que brillan frente a Roma, Berlín, Washington DC o Berna pese a no ser capitales, o justamente por no serlo.
En segundo lugar, las balanzas fiscales, es decir, la diferencia entre la inversión del gobierno en una comunidad frente a los impuestos que dicha comunidad aporta al conjunto del Estado, otro debate que va y viene (el «España nos roba»), arrojan cifras muy dispares según quién las elabore y el sistema que utilice. Los números difieren según las fuentes y metodologías aplicadas, y van de déficits catalanes astronómicos a superávits. La falta de rigurosidad de muchos de estos estudios, cuando son elaborados por la administración catalana, y su utilización oportunista para manipular a la población ante determinados hitos (como muchas otras cosas), permite dudar de su veracidad.[17] Lo que sí está claro es que Cataluña, Madrid y otras regiones ricas trasfieren rentas a otras más pobres. Esto ocurre dentro de la UE (Alemania trasfiere rentas a Portugal, Grecia o España), ocurre entre las regiones ricas y las pobres en la mayoría de los países, y también dentro de las regiones y hasta dentro de las ciudades (en Barcelona, los ciudadanos de Pedralbes contribuyen con sus impuestos al bienestar de los ciudadanos del Raval). Se puede ser partidario de establecer límites a la trasferencia de rentas (por ejemplo, a través del principio de ordinalidad, de forma que una comunidad autónoma no pierda puestos en el nivel de renta per cápita como consecuencia de las trasferencias a otras comunidades), pero no ir en contra de la solidaridad.
En tercer lugar, los gobernantes catalanes llevan años sin cuadrar las cuentas. A mí me enseñaron que el ordenado empresario y buen padre de familia gastaba menos de lo que ingresaba. En Cataluña nunca hay un debate público de la sociedad civil que exija a la Generalitat contención en el gasto. ¿Qué sentido tiene para una administración en quiebra mantener tanto gasto superfluo, los sueldos mejor remunerados de todos los funcionarios de España, embajadas, dos canales de televisión en quiebra perpetua y un largo etcétera? ¿Por qué las entidades de la sociedad civil y los empresarios no exigen contención a los sucesivos gobiernos autonómicos?
Y, en cuarto lugar, está el tema de los impuestos cedidos. Si la potestad que permite la legislación estatal para que las comunidades autónomas decidan su tramo autonómico en el IRPF y las exenciones y bonificaciones que deseen en el Impuesto de Patrimonio y en el de Sucesiones y Donaciones crea distorsiones fiscales entre las diferentes regiones de España, el debate catalán puede servir para pedir que se uniformice la legislación española y se elimine esa capacidad regulatoria de manera que todos tengamos los mismos impuestos. Es decir, que la totalidad de estos tres impuestos se decidan por los poderes ejecutivo y legislativo de España.
Como segunda reivindicación, si la anterior no sirviera, se podría exigir a la Generalitat que se acerque a la Comunidad de Madrid en la configuración de sus impuestos. Las entidades de la sociedad civil y los comentaristas podrían fomentar un debate para que el gobierno catalán siga la senda de Madrid y otras comunidades autónomas, rebaje a mínimos el tramo autonómico del IRPF, y bonifique Sucesiones y Patrimonio. Lo que es extraño, y sospechoso, es que el debate catalán se centre justamente en la tercera solución, la imposible: pedir a Madrid que en su capacidad regulatoria eleve los impuestos a sus ciudadanos para igualarlos a los impuestos que decide la Generalitat.
En fin, aunque sea totalmente obvio que se han retorcido burdamente hechos históricos, sociales o económicos para acrecentar la afrenta, en Cataluña hay siempre una gran coincidencia, muy trasversal, en que los males históricos, sociales y económicos vienen de Madrid. Pobre de aquel catalán que se atreva a cuestionarlo.
Años más tarde, volví a manifestarme en contra del terrorismo en Barcelona. Unas cuatrocientas mil personas nos manifestábamos el 27 de agosto de 2017 condenando los atentados yihadistas en las Ramblas de Barcelona y en Cambrils acontecidos pocos días antes. Aquí, de nuevo, un pueblo colérico, esta vez perfectamente organizado, señalaba al Gobierno del Estado y, sobre todo, al Rey, que había acudido para encabezar la manifestación, como responsables del mezquino asesinato de quince personas. Los lemas repartidos por las organizaciones «civiles» dejaban poco margen de duda. Muchísima gente salió a la calle encolerizada, con sus camisetas, sus pancartas, sus globos y su impresionante coreografía, en este caso trilingüe para que todo el mundo se enterara. Todo se había preparado en tan pocos días desde el atentado que daba miedo. Allí no hubo duelo, no se quería llorar a las víctimas sino exigirle responsabilidades al Estado, a Madrid, culpable.
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