Kitabı oku: «La perestroika de Felipe VI»

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© del prólogo: Enric Juliana, 2015.

© Jaime Miquel, 2015.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO716

ISBN: 9788490563120

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Índice

DEDICATORIA

PRÓLOGO. EL HOMBRE QUE VIO QUE LA MONTAÑA SE MOVÍA

PREÁMBULO. QUIÉNES SOMOS

PRIMERA PARTE. EL APRENDIZAJE

1. EL FRANQUISMO NOS HIZO SUMISOS (1939-1975)

2. LA TRANSICIÓN, UN PACTO ENTRE ÉLITES (1975-1982)

3. LLAMARON DESENCANTO A LO QUE EN REALIDAD FUE MANSEDUMBRE (1982-1996)

4. LECCIONES DE CINISMO (1996-2004)

5. LA DIDÁCTICA DE LA GEOMETRÍA VARIABLE (2004-2010)

6. EL LADO IZQUIERDO DE LO MISMO (2010-2011)

7. EL LAPSO HEGEMÓNICO DEL PP (2011-2012)

8. «NO NOS REPRESENTAN», ALGO MÁS QUE UN ESLOGAN (2013-2014)

9. LA RUPTURA COMO FENÓMENO ELECTORAL (2014)

10. FELIPE VI NECESITA UN ORDEN NUEVO

SEGUNDA PARTE. CRÓNICA DE LA SITUACIÓN ACTUAL

1. CRISIS DE CONFIANZA EN LA CLASE POLÍTICA Y LOS PODERES PÚBLICOS

2. CRISIS DE IDENTIDAD DEL ESPAÑOL Y DEL MODELO TERRITORIAL

3. LA UNIÓN EUROPEA, ESPAÑA Y SUS NACIONES

4. LA RED HA LIBERALIZADO EL NEGOCIO DE LOS VOTOS

5. LAS ENCUESTAS SE CONTRADICEN Y FALLAN, NO TIENEN NÚMEROS

6. CÓMO INTERVIENE LA LEGISLACIÓN ELECTORAL EN LOS RESULTADOS

7. LOS RESULTADOS DE LAS ELECCIONES EUROPEAS ERAN EXTRAPOLABLES

8. TRIBULACIONES MUNICIPALES DEL PP

9. CAMBIOS PROFUNDOS EN OCTUBRE DE 2014

10. ERRORES ESTRATÉGICOS

11. PODEMOS PASTOREA Y ACIERTA. ESTAMOS EXHAUSTOS

12. DAVID CONTRA GOLIAT

13. EL CIS DE ENERO DE 2015 DISTANCIA AL PSOE. SÁNCHEZ REACCIONA

14. QUINTO CICLO, TERCERA FASE: EMERGE CIUDADANOS Y YA SON CUATRO

TERCERA PARTE. LA PERESTROIKA DE FELIPE VI (2015-2019)

1. EL ELECTOR DE LA RUPTURA NO ES DE IZQUIERDAS, ES DE ENFRENTE

2. FUNDAMENTOS, DATOS O RAZONES PARA LA REBELIÓN

3. LA CONTIENDA ES SENCILLA, LA CONQUISTA ES IMPORTANTE

4. RECAPITULACIÓN

5. LAS ELECCIONES DE ANDALUCÍA ANUNCIARON EL FINAL DE ESTE ORDEN

6. POR FIN SOMOS EUROPEOS

7. CUÁLES SON LOS PROBLEMAS

8. APROXIMACIÓN A LA PERESTROIKA DE FELIPE VI

9. QUIEN LO TIENE QUE ENTENDER ES ÍÑIGO ERREJÓN

10. UN PROFUNDO CAMBIO DE TODOS

NOTAS

ESCRITO PARA TODOS, DEDICADO A LA GENERACIÓN

MÁS JOVEN

PRÓLOGO
EL HOMBRE QUE VIO
QUE LA MONTAÑA SE MOVÍA

por

ENRIC JULIANA

Tuve noticia de Jaime Miquel en la plaza de la Mare de Déu de Valencia, una de las más bellas de la ciudad, donde los valencianos celebran la festividad de la Geperudeta, un lugar muy apacible entre semana. Sentados en una terraza, un amigo valenciano me dijo: «Tendrías que conocer a Jaime Miquel, es un analista electoral que va por libre, con unas teorías muy interesantes sobre lo que puede ocurrir en España en los próximos años. Dice que el actual sistema de partidos ya no es capaz de absorber todo el malestar que la crisis va a provocar...». Primavera de 2013.

Hice caso a Salvador Giménez, uno de esos valencianos vivaces que oyen crecer la hierba, y me puse en contacto con el hombre que se crio entre encuestas. Jaime Miquel, de origen valenciano, es hijo de uno de los introductores de los sondeos de opinión en España, allá en la década de 1960. Delegado del Instituto Gallup en España, su padre dirigió las primeras encuestas para conocer la popularidad del joven príncipe Don Juan Carlos de Borbón. Mientras su progenitor radiografiaba la Transición, Jaime estudiaba Geografía y se adentraba en el oficio paterno comenzando desde abajo, como entrevistador. Antes que fraile ha sido cocinero.

Quedamos un día para tomar café en Madrid y lo que más me sorprendió de aquel tipo alto, enjuto y algo quijotesco fue la convicción con la que defiende sus razonamientos, sin ondulaciones especulativas. Respeta los datos, pero no se columpia con ello. Tiene una teoría general de España. Me dijo: «En este país se está configurando una gran zona de ruptura, desde la izquierda, pero también desde el centro y la derecha; desde la periferia, pero también desde el centro. Cada vez habrá más gente que se colocará enfrente del sistema, pidiendo cambios en profundidad. Por el momento no tienen ni un programa, ni un partido que los represente, incluso plantean cosas contradictorias, pero en esa plaza cada vez hay más gente. Mira cómo va creciendo el número de gente que no sabe lo que haría si hoy se convocasen elecciones. Puede llegar el momento en que los dos partidos principales no sumen el 50% de los votos y que la suma de los votos de «ruptura» sea mayor. Verás como en España pronto se empieza a hablar de la conveniencia de una gran coalición entre PP y PSOE».

Miquel añadió, además, el siguiente pronóstico: «UPyD difícilmente será el gran sintetizador de esta situación. Tiene un enfoque demasiado viejo de la política. Ha colocado el discurso sobre la unidad de España en el centro de su programa político y con sus reclamos para fortalecer el Estado central y debilitar las autonomías solo va a conseguir que en Madrid les aplaudan mucho y que en las distintas periferias se les observe con cierto recelo, ya no solo digo en Cataluña y el País Vasco. Se equivocan. Con ese discurso no obtendrán mucho más de un millón de votos en las próximas elecciones europeas». Diciembre de 2013.

Tomé nota de las palabras de Jaime Miquel. Las apunté en una libreta y al cabo de cinco meses pude comprobar que, efectivamente, UPyD apenas superaba el millón de votos en las elecciones al Parlamento Europeo que tuvieron lugar el día 25 de mayo de 2014. Concretamente, el partido magenta obtuvo 1.015.994 votos, el 6,5% de los sufragios emitidos. Cuatro eurodiputados. El partido que parecía destinado a representar una «tercera vía» entre PP y PSOE se veía súbitamente desbordado por una nueva agrupación electoral denominada Podemos que obtenía 1.245.948 votos (7,9%) y cinco eurodiputados. Al cabo de una semana, el rey Juan Carlos I anunciaba su abdicación y la situación política española entraba en una fase de agitación sin precedentes. Sin precedentes, efectivamente: sin la sombra amenazante de un golpe militar, sin terrorismo y sin violencia política en las calles. Por primera vez en su historia, España afrontaba una crisis de calado plenamente insertada en las coordenadas políticas y culturales de la democracia liberal europea.

Por pura casualidad, el día de la abdicación tuve la oportunidad de conocer, a través de otro amigo común, a Juan Carlos Monedero, uno de los promotores de ese ente llamado Podemos, del que tanto se hablaba aquellos días. Habíamos quedado para almorzar y Monedero, hombre con tendencia a la hiperactividad, llegó bastante agitado. No podía ser de otra manera, dada la noticia del día. «Nos están llamando de Izquierda Unida para que nos pronunciemos inmediatamente a favor de la Tercera República y no hay forma de hacerles entender que esto no es lo que hoy preocupa a la gente. La gente hoy quiere decidir, quiere retomar la democracia, no regresar a 1931». Volví a tomar nota. Y de nuevo pensé en uno de los comentarios de Jaime Miquel meses atrás, en una cafetería de la calle Príncipe de Vergara de Madrid: «Cuando me refiero a la zona de ruptura, no estoy hablando de derecha e izquierda; en la zona de ruptura hay gente de distintas tendencias y orientaciones que en un futuro pueden llegar a ser muy antagonistas, lo que les une es que han decidido ponerse “enfrente” del estado actual de las cosas para exigir cambios. Son muchos y diversos, pero su contingente principal es la nueva generación de españoles educada plenamente en democracia, liberada del recuerdo del autoritarismo y del reclamo sentimental de la Transición, gente que quiere una verdadera convergencia europea. Fíjate bien. Quieren más democracia, exigencia de responsabilidades, transparencia; son intransigentes ante la corrupción y diría que empiezan a detestar aquel cuadro de Goya en el museo del Prado en el que aparecen dos hombres enterrados hasta las rodillas, moliéndose a garrotazos».

Ha pasado un año desde la abdicación del rey Juan Carlos y parece que haya transcurrido una eternidad. Las recientes elecciones municipales y autonómicas han sido muy explícitas. Más de lo que muchos pensaban. De entre las personas que en España vieron venir la ola, Jaime Miquel merece una mención especial. La vio venir y le dio un nombre: zona de ruptura. Al escribir estas líneas recuerdo una de las escenas más inquietantes de la película Interestellar, estrenada hace unos meses. En busca de un nuevo hogar para los humanos, una nave espacial logra posarse en un planeta que parece cubierto por una tranquila y no muy profunda capa de agua. Al fondo se observa una silueta oscura que parece una cadena montañosa. Todo está en orden, todo está tranquilo, hasta que uno de los exploradores descubre que las montañas no son montañas y que una inmensa muralla de agua se les está acercando.

Una fenomenal ola de descontento está recorriendo España y parece ser más alta de lo que había previsto el discurso oficial. Jaime Miquel nos explica en este libro cuáles son las energías sociales que la han puesto en marcha, cuál es su velocidad de desplazamiento y la oportunidad de cambio positivo que significa para el país, si gente ágil y con mentalidad abierta sabe surfearla y reconducirla. El título del libro —cosecha Miquel— es de lo más sugerente que se ha escrito desde que el horizonte comenzó a moverse.

ENRIC JULIANA

Madrid, 2 de junio de 2015

PREÁMBULO
QUIÉNES SOMOS

Somos materia en transformación circunstancialmente consciente de estar viva e individuos de una especie que puebla uno de tantos planetas que viajan por el cosmos. En nuestra galaxia hay 200.000 millones de estrellas y en el resto del universo hay cientos de miles de millones de galaxias, con unos 60.000 millones de planetas cada una. La importancia de nuestra especie pensante es, por lo tanto, infinitesimal en el universo y nuestra dimensión individual es prescindible o irrelevante dentro de la evolución de nuestro mundo, aunque otorgamos importancia a nuestros actos, como por ejemplo la que le doy yo a la creación de este libro. Somos 7.100 millones de personas en este planeta y el conjunto de nuestras actividades altera los procesos de la naturaleza de tal modo que hemos impuesto en el plazo inmediato el ciclo geológico del homoceno, que es una consecuencia no deseada del crecimiento económico sostenido que aparentemente exige la subsistencia humana. La finitud geográfica de la Tierra desvela una realidad última a este individuo de especie pensante que nos enseña Kant: el planeta es el único lugar donde estuvimos, estamos y estaremos. Es nuestra casa, es de todos y eso impone un sentido último a la existencia humana que es necesariamente la solidaridad entre sus individuos. Aunque no deja de ser una obviedad, porque una especie no es otra cosa que un conjunto de individuos imperativamente solidarios, transportadores infinitesimales de materia genética hacia el futuro.

Estamos organizados en civilizaciones —algunas más arcaicas, otras más evolucionadas—, que apenas sabrán convivir en el mundo global del siglo XXI. La nuestra es la más avanzada o determinante para el progreso científico y técnico, ha definido lugares de encuentro entre las personas y lo que llamamos la ciudadanía, proporcionando derechos y seguridades a sus individuos que son inimaginables en otros lugares del planeta. Somos los occidentales de la Unión Europea, 500 millones de personas muy evolucionadas, seguras y ricas en términos globales que se declaran en crisis, lo que resulta inconcebible para un centroafricano. Es inconcebible se mire como se mire porque tenemos lo nuestro y además lo suyo; compramos sus tierras y los empleamos o los echamos; transformamos su sustento en beneficio para nuestra multinacional de agricultura extensiva y finalmente en aportaciones para nuestros sistemas de salud, educación, subsidios y pensiones. Nos declaramos en crisis cuando en más de medio mundo no llegan los antibióticos ni hay agua potable.

La globalización de los problemas es ineludible para este ciudadano occidental que prefiere mirar para otro lado mientras refuerza las vallas de Ceuta y Melilla; el europeo de la Unión no se quiere ver reflejado en el Mediterráneo de Lampedusa. La globalización es irritante y vergonzosa, porque nos obliga a enseñar nuestros valores más íntimos y a asumir el carácter egoísta e injusto de nuestra existencia occidental. Su fragilidad se advierte por al menos dos razones. Por un lado, el envejecimiento de una población autóctona europea que ya no asegura su reemplazo. Por otro, el desprestigio de las instituciones y el desgobierno en la gran región fronteriza del sur, donde los sistemas electorales han dejado de representar a las personas, y las sociedades se están desintegrando. La Unión Europea se defiende de lo que Fernando Vallespín llama los nuevos bárbaros, las hordas de desfavorecidos que llegan a sus fronteras para traspasarlas como puedan. La globalización invita a rectificar, pero el europeo occidental mira para otro lado porque la Unión se salva en último caso parapetada detrás del terciario, es decir, los Pirineos, los Alpes y los Cárpatos. Por el este, el paso lo bloquean los rusos con un Estado precámbrico.

En cuanto a nosotros, somos personas que vivimos en España, un Estado soberano del suroeste de la Unión Europea, una zona de mercado y una de las regiones más ricas del planeta. Tenemos una renta per cápita de más de 30.000 dólares y casi treinta veces más que en África central. Somos algo más de 42 millones de habitantes de nacionalidad española y alrededor de 5 millones de extranjeros. El primer grupo está distribuido en cuatro generaciones a las que he puesto nombre.

• Los niños de la guerra. Nacidos antes del año 1939, suman algo más de 4 millones de personas y todos han cumplido ya los setenta y siete años de edad.

• Los niños de la autarquía. Nacidos entre los años 1939 y 1958, los más jóvenes de entre ellos tienen ahora cincuenta y siete años y suman casi 9 millones de personas.

• Las dos generaciones anteriores dieron paso a una tercera: los reformistas. Nacidos entre los años 1959 y 1973, son más de 9,5 millones de personas.

• A la cuarta generación, la más joven, la he llamado los ciudadanos nuevos. Son casi 20 millones de personas nacidas después del año 1973; los mayores rondan los cuarenta años de edad y más de 12 millones de ellos están convocados a las urnas en 2015.

Las tres primeras generaciones son hijas de la España de la dictadura y han vivido alejadas del poder ininterrumpidamente desde el año 1939. La cuarta se desarrolla plenamente en la democracia, la Unión Europea, el euro y el mundo globalizado. Son los ciudadanos nuevos, usuarios plenos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que han socializado el conocimiento, lo que conocemos como la red.

España existe como Estado, administración o aparato burocrático, pero no como sociedad plenamente identificada con la nación española. La España entendida como una sola nación, tanto por Franco como por el pacto de 1978 nunca ha existido. La identidad española supone que todo el territorio del Estado está castellanizado y todo vestigio de otras culturas o identidades nacionales forma parte de la diversidad de esta única nación española, que es castellana. Esta identidad española está en crisis, porque omite el hecho de que las poblaciones autóctonas vasca y catalana se definen como otras identidades nacionales, y junto a la gallega suman unos 4 millones de personas.

La realidad plurinacional ha superado con creces el modelo territorial del Estado y no hay reciprocidad política ni convivencia entre las naciones. Además de esto, y después de un largo proceso de aprendizaje, las personas han asociado los grandes partidos políticos a la corrupción y a los poderes patrimoniales y financieros, los contratistas de lo público y los burócratas de las administraciones que autorizan los gastos y las inversiones. Una amalgama de intereses que denomino el bloque burocrático español. Es el mismo concepto que otros llaman la casta y es un poder autónomo, arbitrario y corrupto que engloba al representativo y que viene de la época de los castillos.

Aprendí la profesión de mi padre, Jorge Miquel Calatayud (Agres, 1931), creador de la empresa que inició las actividades de Gallup en España en 1969. Empleado de ICSA, una consultora de ingenieros catalanes, supo convencer a George Gallup para empezar a hacer encuestas en España. Así nació ICSA-Gallup, una empresa de capital catalán establecida en Madrid y gestionada por un valenciano que no estaba loco. España era un país de valores oficiales donde mandaba Franco (y además mucho) y donde la opinión de las personas no existía. Así que no es de extrañar que hasta el año 1977 detuvieran a los entrevistadores que iban por las casas haciendo preguntas de política.

De niño entendí que mi padre se dedicaba a averiguar lo que pensaba la gente. Más tarde supe que asesoró con sus encuestas al príncipe Juan Carlos en la etapa preconstitucional y luego desempeñó otros trabajos junto a su colaborador más íntimo y también maestro mío, Ricardo Romero, como los preparatorios del referendo sobre la Ley para la Reforma Política de 1976 y otros previos a la legalización del Partido Comunismomento justo, en un período de tiempo breve, y tenían que ser entendidas por todo el mundo como pasos firmes hacia la normalidad democrática. Ellos hicieron las primeras encuestas de intención de voto para los periódicos, así como otros estudios pioneros y preparatorios tanto para las elecciones constituyentes de 1977 como para otras posteriores y, en definitiva, trabajaron con éxito en aquel proceso de transformación de la naturaleza del Estado.

Transcurridos tantos años de democracia parlamentaria como de dictadura, el poder representativo está atravesando su crisis más profunda y la España institucional del siglo XX se ha hundido en el desprestigio más absoluto. «El problema son los burócratas», se afirmaba en la URSS de Gorbachov a finales de la década de 1980, cuando nadie había imaginado aún que aquel inconmensurable poder soviético no tardaría en formar parte del pasado. Y sucedió, casi de repente, glásnost. La URSS nos demostró hace tiempo que nada es para siempre por mucho que lo parezca. Esta enseñanza ahora es doblemente útil, porque ayuda a los españoles más antiguos a aflojar las tuercas del pensamiento político. La historia funciona muchas veces así: produce acontecimientos que son imposibles de imaginar por las personas y que no están en las agendas de los políticos, sucesos que inmediatamente adquieren lógica y explicación dentro del proceso histórico. Así había caído el muro de Berlín en noviembre de 1989, así estallaron las primaveras árabes en 2011 y así se sucedieron los acontecimientos en el Maidán de Kiev.

Podría decirse que el orden institucional está en peligro cuando el PSOE cuestiona el statu quo al plantear una reforma de la Constitución en un sentido federal. No es esto lo que quiere la mayoría de sus votantes ni hay más problemas territoriales que los planteados en el País Vasco y en Cataluña: las personas corrientes quieren que se resuelvan estas cuestiones específicas y no otras.

Este año caerá el PP en las urnas muy por debajo de su registro de 2011 y como consecuencia inmediata tendrá que pactar la legislatura con el PSOE. Ya no existen otras fórmulas para controlar y, en este caso, reformar el orden establecido en 1978, al tiempo que se cumple con los compromisos de Maastricht y Lisboa. Se agotó el tiempo para resolver los problemas, porque los doscientos escaños que se calcula que sumará el bipartidismo este año estarán respaldados en la calle por tres de cada diez electores: son pocos y de edad avanzada o representativos del pasado.

Estos tres de cada diez electores definen la estabilidad institucional en torno al PP y el PSOE. Hay otros dos que también la definen, aunque piden que se reforme en algún sentido la Constitución de 1978: son los votantes de IU o Ciudadanos, pero también los de Coalición Canaria o el Partido Regionalista de Cantabria. Otros tres no votan y dos lo harán reclamando un orden completamente nuevo o un Estado para su nación.

«Lo que sea España solo lo pueden decidir el conjunto de los españoles». Lo dijo Mariano Rajoy el 12 de julio de 2014 en la escuela de verano de su partido y tiene razón. Lo que conocemos como España será algo distinto a medio plazo y lo que sea se decidirá entre todos.

PRIMERA PARTE

1
EL FRANQUISMO NOS HIZO SUMISOS (1939-1975)

Faltaba un año para que la guerra terminase cuando Franco promulgó la Ley de la Administración Central del Estado. Esa fue la primera pieza de su nueva España. También eligió gobierno el 30 de enero de 1938 que se ocupó de implantar el Fuero del Trabajo, la primera de las leyes fundamentales del reino. Su preámbulo sería la carta fundacional del régimen.

Renovando la Tradición Católica, de justicia social y alto sentido humano que informó la legislación del Imperio, el Estado, Nacional en cuanto es instrumento totalitario al servicio de la integridad patria, y Sindicalista en cuanto representa una reacción contra el capitalismo liberal y el materialismo marxista, emprende la tarea de realizar —con aire militar, constructivo y gravemente religioso— la Revolución que España tiene pendiente y que ha de devolver a los españoles, de una vez para siempre, la Patria, el Pan y la Justicia.

Este preámbulo del Fuero del Trabajo estableció un poder militar y católico que estaría destinado a restituir en la historia y en las personas el orgullo de una España uninacional, imperial y autosuficiente, con la pureza de unos valores patrios singulares o distintos del marxismo y del capitalismo. Esos valores han perdurado como idea central de la identidad española hasta el final del siglo XX y aún subsisten en las personas de mayor edad de nuestra sociedad, pero también en la forma en que ejerce el poder representativo la clase política convencional de nuestros días.

Franco no había inventado nada. En realidad, el ideólogo o el inspirador de aquella revolución era el falangista José Antonio Primo de Rivera, que expresaba así su esencia en el cine Madrid el 19 de mayo de 1935:

La propiedad feudal era mucho mejor que la propiedad capitalista y que los obreros están peor que los esclavos. La propiedad feudal imponía al señor —al tiempo que le daba derechos—una serie de cargas; tenía que atender la defensa y aun la manutención de sus súbditos.

Ese pensamiento es, al mismo tiempo y objetivamente, predemocrático y precapitalista. Casi un año más tarde, el 2 de febrero de 1936 decía lo siguiente en el cine Europa de Madrid:

¿Es que España y la civilización occidental son cosas tan frágiles que necesiten cada dos años el parche sucio de la papeleta del sufragio? Es ya mucha broma esta. Para salvar la continuidad de esta España melancólica, alicorta, triste, que cada dos años necesita un remedio de urgencia, que no cuenten con nosotros. Por eso estamos solos, porque vemos que hay que hacer otra España, una España que se escape de la tenaza entre el rencor y el miedo por la única escapada alta y decente, por arriba, y de ahí por dónde nuestro grito de «¡Arriba España!» resulta ahora más profético que nunca. Por arriba queremos que se escape una España que dé enteras, otra vez, a su pueblo las tres cosas que pregonamos en nuestro grito: la Patria, el Pan y la Justicia.

José Antonio se estaba quejando de la convocatoria electoral del 16 de febrero de 1936 que ganó el Frente Popular. No tardaría en venirse arriba con sus quejas y terminar llamando a la rebelión. En ese éxtasis, pronunció las tres necesidades que cierran la carta fundacional del régimen y preámbulo del Fuero del Trabajo del 9 de marzo de 1938: «la Patria, el Pan y la Justicia». La propuesta de Franco fue volver a la España imperial, autosuficiente, obligatoriamente castellana y unidad de destino en lo universal. En aquellos años, las ideas del Caudillo coincidían con las de Benito Mussolini y Adolf Hitler, con la diferencia de que el fascismo y el nacionalsocialismo lideraron a las masas en Italia y en Alemania (ellos sabrán cómo encaja eso en su historia), mientras que el nacionalcatolicismo se había instalado en España a cañonazos. Era una diferencia sustancial que se reflejaba en la Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada el 9 de febrero de 1939 que formalizó el sometimiento de la sociedad civil al nuevo orden castrense y gravemente religioso.

Artículo 1.º Se declara la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde primero de octubre de mil novecientos treinta y cuatro y antes de dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis, contribuyeron a crear o a agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que, a partir de la segunda de dichas fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave.

El siguiente artículo de esta ley perseguía expresamente a las organizaciones políticas del Frente Popular y otras que concurrieron en las elecciones generales del año 1936.

Artículo 2.º Como consecuencia de la anterior declaración y ratificándose lo dispuesto en el artículo 1.º del Decreto número ciento ocho, de fecha trece de septiembre de mil novecientos treinta y seis, quedan fuera de la Ley todos los partidos y agrupaciones políticas y sociales que, desde la convocatoria de las elecciones celebradas en dieciséis de febrero de mil novecientos treinta y seis, han integrado el llamado Frente Popular, así como los partidos y agrupaciones aliados y adheridos a este por el solo hecho de serlo, las organizaciones separatistas y todas aquellas que se hayan opuesto al triunfo del Movimiento Nacional.

Aquello significaba la persecución hasta la eliminación total de cualquier oposición a la dictadura y de cualquier pensamiento distinto del nuevo Movimiento Nacional. España era uninacional y los nacionalistas vascos y catalanes habían dejado de existir. Entre 1937 y el día 1 de abril de 1939, había emigrado de España una cifra incierta de personas que podría rondar el medio millón. Los menos se tiraron al monte y otros se escondieron.

Al terminar la guerra en 1939, los recursos demográficos eran escasos, la natalidad se había interrumpido y los muertos de la contienda junto a los emigrados en edad de procrear habían dejado un vacío demográfico indirecto insalvable: el de los nacimientos imposibles por no existir padres. Eran 26 millones de personas cuando la dictadura establecida en España inició un camino autárquico y ajeno a la legalidad internacional, con políticas poblacionales estrictas que obstaculizaron la emigración al exterior hasta 1946.

Durante los primeros años de la dictadura fueron encarceladas y fusiladas miles de personas en España. Entre ellos, estaba el presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluís Companys, que fue capturado por los nazis en Francia, entregado a la policía española y fusilado el 15 de octubre de 1940. En el mes de diciembre de 1946 la Asamblea General de la ONU se pronunció en contra de la admisión de España por su alineación profascista durante la guerra. Alemania había perdido la suya y Franco se había quedado aislado del mundo con su nacionalcatolicismo. Un nacionalcatolicismo, por cierto, que no debía ser muy católico porque tuvieron que pasar catorce años para que el Vaticano reconociera la España de Franco. Lo hizo con poco entusiasmo y por razones geopolíticas en 1953 junto al acuerdo que permitiría la presencia militar de Estados Unidos en territorio español y algunos créditos estadounidenses; el régimen franquista estaba consolidado y, como tal, era un aliado frente a la URSS.

La autosuficiencia económica pretendida por Franco había fracasado con anterioridad al ingreso de España en la ONU en el año 1955. Por entonces, España y Portugal eran los países más pobres de Europa, por lo que el objetivo de la autarquía y la organización de la sociedad bajo la dirección del Estado y de la Iglesia habían fracasado. El régimen se resistía a cambiar una legislación donde la nacionalidad española tenía que ser mayoritaria en la propiedad y el control de las empresas y los capitales para declararse finalmente la bancarrota de las cuentas públicas en 1958. La población, menos de 32 millones de personas, sufría la miseria en un país que no podía progresar, aislado del mundo por mucho palmarés imperial que exhibiera.

Estos ciudadanos más viejos evolucionaron en unas condiciones de precariedad extrema, vivieron la persecución y el aislamiento internacional para forjar hábitos y valores distintos y propios de la austeridad o muy materialistas. La España uninacional, católica y precapitalista de Franco seguía sin pintar nada en el concierto internacional, pero su dictadura había creado una sociedad temerosa, alejada del poder, sumisa y clientelar, características que han perdurado en el tiempo hasta nuestros días.

El plan de estabilización de 1959 significó la entrada de capital y el know-how extranjeros iniciándose lo que conocemos como el desarrollismo de los sesenta. En paralelo, la sociedad tomaba contacto con el exterior mediante la emigración y la llegada de turistas a España. El éxito de la economía española durante la década de 1960 consolidó la aceptación del régimen por parte de la mayoría social, ya que las personas pudieron satisfacer sus necesidades materiales más básicas. El desarrollismo de los sesenta no fue más que la normalización o internacionalización de la economía española que siguió al cambio de la legislación. No se produjo más milagro que la claudicación de los planteamientos autárquicos del régimen o, dicho de otro modo, el final del anticapitalismo de Franco. De todos modos, el dictador había vendido lo principal de su ideología.

Aquella convención mediante la cual las potencias occidentales reconocieron la dictadura de Franco demostró a las personas lo que era la legalidad internacional. Las potencias occidentales dejaron España en manos de un dictador por razones geopolíticas, lo cual decepcionó profundamente a muchos de los contrarios más veteranos. La aceptación internacional de esta realidad española generó el vocablo dictablanda, que se empleaba para justificar esta segunda etapa del franquismo y diferenciarla de la primera, a pesar de que todo el mundo sabe que hasta el rabo todo es toro. Sin embargo, la gente corriente necesita un mundo en el que poder vivir, desarrollarse, sonreír, creer, querer, en el que poder ser. En eso se convirtió la vida cotidiana; en eso consistió la aceptación de lo que había y lo que tenía que venir.

Durante esa década se produjo el baby boom —la cohorte más numerosa de la historia de la demografía española—, la economía creció y con ella el tamaño de las familias. La emigración del campo a la ciudad creó nuevas clases urbanas de origen rural que ocuparon espacios segregados en las ciudades, barrios obreros que había que construir para los nuevos trabajadores industriales y de servicios. En la sociedad se buscaba la normalidad como meta, una normalidad que marcaban los alemanes o los franceses que nos visitaban: queríamos ser europeos.

Los cambios se sucedían rápidamente. En 1970 la población era de 34 millones de personas de las que el 63% no habían cumplido aún los cuarenta y dos años y en España no había extranjeros. Un poco antes, en 1968, apareció ETA, que mató y avivó el recuerdo de la guerra. Ese mismo año Adolfo Suárez González fue nombrado gobernador civil de Segovia. El 22 de julio de 1969 Franco formalizó su sucesión en quien fue el rey Juan Carlos. Un día antes, el hombre había pisado la Luna, algo que no parece casual y en ese caso fue excéntrico. Al día siguiente estalló el caso Matesa, el primer gran escándalo de corrupción política en España con tres ministros implicados e indultados por Franco. Esta cultura política del amo y su favor, de origen feudal, la mantuvo viva Franco y perdura hasta nuestros días. La trama del caso Matesa se urdió con fondos del Banco de Crédito Industrial para la instalación de maquinaria textil que se exportaba pero no se vendía, por lo que no se instalaba. El empresario Juan Vilá Reyes fue condenado a más de doscientos años de cárcel y casi 10.000 millones de pesetas en indemnizaciones. Fue indultado por el rey Juan Carlos en el año 1975.

En 1970 se celebró el llamado Proceso de Burgos, un juicio sumarísimo contra dieciséis miembros de ETA, con varias condenas a muerte que no terminaron en fusilamientos por una protesta interna que incluía a la Iglesia y por la presión internacional. Casi cuatro mil personas fueron detenidas por aquella policía de Franco en el País Vasco durante los dos años anteriores para conseguir detener a los dieciséis encausados: vivíamos en una dictadura.

El 20 de diciembre de 1973 ETA mató al presidente del gobierno Luis Carrero Blanco. Al año siguiente, se produjo la Revolución de los Claveles en Portugal, que vivimos en España como algo imposible por la naturaleza de nuestro ejército. Ese mismo año estalló el caso Sofico, una estafa inmobiliaria de envergadura que fue uno de los mayores escándalos económicos de la dictadura. En 1975 la justicia castrense condenó a muerte y ejecutó a cinco personas. Franco, anciano, murió pocos meses después. Llegaba el final del período de la historia que conocemos como franquismo, cuarenta años que determinaron las vivencias de tres de nuestras cuatro generaciones actuales.

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LA TRANSICIÓN, UN PACTO ENTRE ÉLITES (1975-1982)

Al finalizar los cuarenta años de franquismo, la sociedad no era más uniforme que al concluir la guerra en 1939. Un joven combatiente de veinticinco años en 1937 estaba vivo y había cumplido sesenta y tres años en 1975. En España había quienes deseaban la continuidad del régimen pero eran cada vez menos. Los nacionalistas vascos y catalanes no habían dejado de existir, lo mismo que los comunistas, los socialistas o muchos de los que habían perdido la guerra (que en el fondo fuimos todos), y otros que fueron perseguidos durante la dictadura. En ese momento había tantos franquistas como antifranquistas. La gente aún llenaba la plaza de Oriente, pero muchas personas dejaron de ir a misa de un domingo para otro. La mayoría social no quería ser de derechas ni de izquierdas, o al menos no quería asumir protagonismo alguno. El recuerdo de la guerra estaba vivo y la sociedad temía a la policía y a los militares.

Una figura excepcional entra en la Historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea.

Esas eran las palabras que le dedicaba a Franco el príncipe Juan Carlos de Borbón en el acto de su proclamación como rey de España el 22 de noviembre de 1975. Ambas afirmaciones son ciertas. En tanto que militar golpista, Franco debe ser uno de los grandes y desde luego su figura explica la clave de la vida política contemporánea de nuestras tres generaciones de más edad, que es la cultura de la confrontación para la imposición como el fundamento de la acción política en lugar de la negociación para el perfeccionamiento del acuerdo. Se trata de un problema cultural o un problema de todos, pero está localizado en las tres generaciones mencionadas.

Por entonces, la mayoría antepuso un principio colectivo de paz social al establecimiento inmediato de las libertades democráticas. Esto determinó el desenlace del debate de la época: se llamó reforma. En 1975, se mostraron pactistas los nacionalistas catalanes, los vascos y los principales partidos políticos de la oposición al régimen, como el PSOE de Felipe González, el PCE de Santiago Carrillo y el PSP de Enrique Tierno Galván. La sociedad había vivido alejada del poder, no tenía cultura democrática y era temerosa.

Las élites pactaron una reforma, con la cual se inició lo que conocemos como Transición, un proceso vertiginoso de transformación de la naturaleza del Estado que se inicia en 1976 con el referendo sobre la Ley para la Reforma Política, continúa con una Ley de Amnistía, la legalización de los partidos políticos, la celebración de elecciones constituyentes en 1977 y el establecimiento de la Constitución de 1978. En 1979 se inició la descentralización administrativa. En mayo de 1980 el PSOE rompió el consenso constituyente mediante una moción de censura al presidente Suárez, que dimitió en enero de 1981. El respaldo social a la monarquía se consolidó ese mismo año tras el intento de golpe de Estado del 23-F. En octubre de ese año se iniciaba el proceso de adhesión de España a la OTAN y al año siguiente ganó las elecciones un partido de la oposición al régimen: el PSOE. En 1983 se completó el modelo territorial y en 1986 se ratificó mediante referendo el compromiso Atlántico adquirido cinco años antes. Ese mismo año, España ingresó en la Comunidad Europea. Pudo hacerlo en 1981 pero se encontró con el veto francés.

Colectivamente nos mostrábamos temerosos y sumisos, o vivíamos alejados del poder. La Transición fue un asunto de los políticos, como habían sido siempre estas cosas en España. El franquismo nos había transformado esencialmente en idiotas respecto de lo público; por eso la cultura política de la burocracia española siguió siendo predemocrática y la cultura económica de los poderes patrimoniales y financieros, precapitalista. El orden establecido en 1978 no era una fórmula o un aparato. Lo que no supimos entender los más veteranos era que había que desarrollar estos cambios profundos también en nuestra forma de pensar y de ser, porque había que empezar el trabajo cotidiano en lo que es de todos. No lo hicimos, lo dejamos todo en manos de los partidos políticos suponiendo que se encargarían de todo con eficacia, lealtad y autocontrol en la administración de los recursos públicos. Vivíamos alejados del poder quizá porque estábamos acostumbrados a ser dirigidos. No supimos plantearnos colectivamente que teníamos que construirnos individualmente en una nueva cultura donde la persona corriente es dueño de lo público y ejerce este poder a través de las instituciones.

A finales de 1975, el 86% de los entrevistados por Gallup en España apoyaba la sucesión prevista, que concentraba el poder político en un rey, que era aprobado por el 54% de la población. Por aquellas fechas la monarquía era un hecho aceptado para el 40%, mientras que un 38% consideraba que debía ser sometida a referendo y un 22% no informaba sobre este asunto. El 61% estaba conforme con el cese del presidente Carlos Arias Navarro, algo que resultaba inaceptable para otro 15%; estos porcentajes daban una dimensión tranquilizadora al problema.

El 32% de los encuestados reaccionó positivamente al nombramiento de Adolfo Suárez y el 43% se manifestaba a favor de una gran reforma política, aunque estaban divididos entre los que pedían una nueva constitución y los que preferían la modificación gradual de la legislación vigente. El 23% temía cualquier cambio brusco o necesitaba una evolución muy controlada de las cosas.

En julio de 1976, un 67% respaldaba la amnistía política y el 61% pedía la legalización de los partidos políticos, aunque solo el 30% incluía en esa legalización al Partido Comunista, mientras que un 40% no opinaba, así que no se podía avanzar mucho. Un poco más tarde, en octubre de 1976 la aprobación del presidente Suárez era del 58%. Fuera uno u otro el camino legal preferido, la mayoría de las personas coincidía en un lugar común que fue la certidumbre más sólida de todo aquel proceso: el 85% de los entrevistados por Gallup quería el sufragio universal. Tras someterse a referendo la Ley para la Reforma Política el 15 de diciembre de 1976, la popularidad de Adolfo Suárez subió hasta el 74% de aprobación en febrero de 1977. En ese mes, los partidarios de la legalización del PCE eran el 43%, el doble que los detractores. Fue entonces cuando España estableció relaciones diplomáticas con la URSS. Queríamos un Estado como el de los franceses o los alemanes, una democracia europea occidental; queríamos ser iguales, nada de distintos. El PCE fue legalizado en abril y el 15 de mayo la popularidad del presidente Suárez alcanzó el máximo histórico del 79% de aprobación en las encuestas de Gallup.

Por su parte, la popularidad del rey Juan Carlos subió hasta el 83% de aprobación, aunque la mitad de los encuestados opinaba que la monarquía tenía que ser sometida a referendo. Pasadas cuatro décadas y dos reyes, los datos son los mismos.

La Transición política española fue un proceso de transformación legal pactado entre élites desconectadas de la mayoría social. No fue el producto de la presión de la sociedad, sino una expresión de los lugares de encuentro entre los poderes predemocráticos y los partidos de vanguardia, que también pertenecían a las élites. No existía más cultura democrática que la de los implicados en la transformación de la naturaleza del Estado, que eran los sindicatos clandestinos, los militantes de los partidos políticos de la oposición al régimen y un buen número de asociaciones de vecinos independientes, además de los curas de algunas parroquias de barrios obreros. Nada más.

Nos convocaron un día del año 1977 a votar a los partidos políticos y lo hicimos con la misma incultura democrática que nos caracterizaba dos años antes, cuando el príncipe Juan Carlos juró las leyes fundamentales del reino en el acto de su proclamación como rey de España. Nos limitábamos a votar lo que nos ponían delante y nada más porque éramos una sociedad acostumbrada a ser dirigida.

En vísperas de las elecciones constituyentes de 1977 el 17% de los futuros electores se autodefinían marxistas, el 16% socialdemócratas, democratacristianos el 7%, franquistas evolucionistas el 10% y el 6% involucionistas; de los demás no se sabía gran cosa. Esta clase de números determinó la definición del lugar electoral que debía ocupar el régimen reformista para dirigirse a un votante mayoritario que no entendía de política pero no quería ser ni de derechas ni de izquierdas. Ese sitio era el centro. Así se llamó y fue un acierto en términos de mercado. Esa etiqueta era exclusiva de Adolfo Suárez, la Unión de Centro Democrático (UCD) y el Centro Democrático y Social (CDS).

Alianza Popular reunió una porción decisiva del electorado franquista de dudosas intenciones respecto del proceso democrático y esto redujo el involucionismo al 6%. La resistencia social a las reformas era finalmente residual. En aquellos tiempos las organizaciones revolucionarias eran muchas. El comunista Enrique Líster fundó el Partido Comunista Obrero Español (PCOE); la sección internacionalista del Partido Comunista de España (PCE) pasó a llamarse Partido de los Trabajadores de España (PTE); estaban el Movimiento Comunista, la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT), que eran maoístas, los trotskistas de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), la Organización de Izquierda Comunista (OIC) y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), y también Acción Comunista y algunas otras. Fueron organizaciones muy activas en la clandestinidad, pero su legalización las transformó en partidos parlamentarios («burgueses»), que concurrieron a las elecciones constituyentes de 1977. Como no obtuvieron representación, en la mayoría de los casos se preguntaron «¿y ahora qué?», y acabaron disolviéndose.

La primera expresión de la nueva democracia española fue pluripartidista. La UCD de Adolfo Suárez ganó las elecciones de 1977 con ciento sesenta y seis escaños. El PSOE de Felipe González consiguió ciento dieciocho imponiéndose al Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván que se quedó en seis a pesar de haber reunido más de ochocientos mil votos. Alianza Popular sumó 1,5 millones de votos y dieciséis escaños. Completó la representación de los partidos que concurrían en el ámbito estatal el PCE de Santiago Carrillo, con diecinueve diputados. Los nacionalistas catalanes sumaron catorce escaños, los vascos nueve y otros partidos dos. Sumando las listas socialistas del PSOE y del PSP se completó una Cámara (166-124-19-16-14-9-2) que no fue muy diferente de la que proporcionó la convocatoria plebiscitaria de 1979 (168-121-23-10-9-11-8).

Este ciclo constituyente finalizó precipitadamente en el mes de mayo de 1980 cuando el PSOE planteó una moción de censura al presidente Adolfo Suárez que liquidó las posiciones consensuadas de la Transición política española. Desde esa fecha, ganaba el PSOE y la acción política se basó en la confrontación para la imposición de las políticas que se debían seguir, característica del pensamiento político posfranquista que perdura en la clase política española. La democracia no es lo que nos enseñan.

Pienso que las medallas de la Transición política —si es que tiene que haberlas— están muy injustamente repartidas. El consenso no fue obra de Adolfo Suárez, sino de las personas corrientes. Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez fueron los protagonistas del finiquito de las leyes fundamentales del reino o del ordenamiento jurídico de Franco. El primero abjurando la lealtad manifestada a esas leyes en su proclamación del 22 de noviembre de 1975; el segundo fue el actor principal pero pudo haber sido cualquier otra persona, simplemente tenía la edad y daba el perfil político que se necesitaba para llevar adelante la Transición. Adolfo Suárez era un político franquista, lo que en aquellos tiempos era exactamente lo contrario que ser un demócrata. Por ahí hay que empezar. Además, en España, el apellido Suárez pertenecía a Luis en el mundo del fútbol y a Fernando en la política, ya que este fue el último ministro de Trabajo nombrado por Franco y un personaje popular del régimen. Nadie sabía quién era Adolfo Suárez, que tampoco había hecho ningún mérito especial para protagonizar un proceso que no podía imaginar porque la música que amansaba a las fieras cuando fue elegido presidente era la evolución de las leyes fundamentales del reino.

Quien interpretaba esa música era Manuel Fraga Iribarne, que fue desde mi punto de vista uno de los artífices principales de la Transición. Fraga fue el promotor de la Ley de Prensa de 1966 durante su etapa de ministro de Información y Turismo, fue cesado después del caso Matesa en 1969 y desterrado por Franco a Londres en 1973 porque era incómodo por aperturista. Fraga regresó para coleccionar a los políticos del búnker y llevarlos a la democracia. Ni más ni menos. Terminó con la parte del régimen que se resistía a una evolución rápida de las cosas y redujo el involucionismo a la nada con el señuelo de la evolución de las leyes fundamentales del reino. Esto son hechos y esa es su aportación histórica, aunque de estas cosas no se habla, y por eso se le recuerda entre los nacionalistas y en la vieja izquierda por su etapa como ministro de Gobernación en el primer gobierno del rey aún franquista que presidió Arias Navarro entre los años 1975 y 1976. La policía mató a personas en Vitoria y la ultraderecha en Montejurra. Fraga también fue un político del régimen cuando otros eran demócratas.

El otro artífice principal de la Transición política a mi entender fue Santiago Carrillo. Los comunistas y los socialistas más viejos eran republicanos y aquello tampoco tenía buena pinta en 1976 para una parte más joven de la sociedad, que era más crítica, quería una evolución inmediata de las cosas y, desde luego, sin rey. Carrillo supo explicar con éxito a muchas de estas personas y a los viejos republicanos las razones que aconsejaban aceptar la nueva monarquía democrática; los condujo razonadamente a las urnas. Digamos que lo fácil era lo del centro y lo complicado de verdad lo de los extremos, aunque también es cierto que en términos cuantitativos lo central era abrumadoramente mayoritario.

Y, por último, están los nacionalistas. El independentista canario Antonio Cubillo trató de plantear en la ONU la africanidad del archipiélago canario, un hecho geográfico incuestionable aunque no tanto la demanda social de su descolonización por parte de España. Con independencia o no de su razonabilidad, Antonio Cubillo sufrió un atentado en Argel el 5 de abril de 1978 a manos de los servicios secretos españoles, según sentenció la Audiencia Nacional el 21 de octubre de 2003. No voy a dar unos datos que están en la red. No solo porque ilustra que no todo fueron acuerdos y facilidades, sino también porque esa entrevista pudo cambiar el rumbo de los acontecimientos, puesto que indicaría un camino cierto y directo a las mayorías sociales vasca y catalana, que fueron, desde mi punto de vista, los terceros protagonistas principales de la Transición intentando autogobernarse dentro de España.

La moción de censura al presidente Suárez en mayo de 1980 finiquitó el consenso político cuando la Transición no estaba ni mucho menos terminada, como demostró el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, que se presentó en las agendas de los políticos como el Maidán en Kiev. Pensar otra cosa me parece un disparate. El rey Juan Carlos no intentó sino alcanzar el formato institucional propio de una democracia europea occidental cuando los militares golpistas pretendieron de verdad restablecer la dictadura. A toro pasado se puede pensar que si no se hubiera producido, se tendría que haber inventado, porque los acontecimientos posteriores consolidaron una monarquía que era cuestionada por cuatro de cada diez electores y esa cifra quedó reducida a la mitad. Se trataba precisamente de lo contrario, que era normalizar la situación de una sociedad de consumo de masas llamada a formar parte del Mercado Común.

Franco había muerto en 1975. Pasaron dos años hasta las elecciones y otro más para tener una Constitución. Después de casi seis años seguían en el poder muchos políticos que, aunque reformistas, eran los de Franco, como el mismísimo Adolfo Suárez. El producto de la Transición no podía ser otro que derrotarles en las urnas y así sucedió en octubre de 1982.

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LLAMARON DESENCANTO A LO QUE EN REALIDAD
FUE MANSEDUMBRE (1982-1996)

Me estrené en mi profesión como técnico de estudios con una serie de seis sondeos preelectorales para UCD, que era el partido del gobierno en la campaña de 1982. Su electorado mayoritario de 1979 quedaría reducido a 1,4 millones de votos y once escaños, mientras que el CDS del expresidente Adolfo Suárez se hizo con seiscientos mil votos y dos escaños: ambas formaciones fueron laminadas por la legislación electoral. Un tercio de los votantes de UCD había elegido la coalición de AP con el Partido Demócrata Popular (PDP) de Óscar Alzaga, mientras que otro tercio se había incorporado al PSOE. Dotados de la nueva legalidad democrática, las elecciones de 1982 solo las podía ganar el PSOE. En ellas, aplastó a sus rivales con doscientos dos escaños. La popularidad del presidente Felipe González era del 62% de aprobación por tan solo un 13% de desaprobación cuando llegó a La Moncloa. Esas elecciones las tenían los socialistas más que ganadas sin referendo atlántico, pero lo comprometieron. Además de esto prometieron la creación de ochocientos mil puestos de trabajo, que entonces era una cifra enorme, y años más tarde se convirtió en el primer hito del desprestigio de la joven democracia española: el de la promesa electoral incumplida.

Pero lo importante por revelador fue el tercer eje de los socialistas en aquella campaña de 1982. Comprometieron lo que se llamó entonces la moralización de la administración pública, que es la regeneración democrática de ahora. El problema estaba ahí y ahí sigue: la burocracia española es un poder autónomo y arbitrario que engloba al representativo y existe desde siempre.

Durante esa legislatura aún se producirían más desengaños. En 1984 ocurrió el primer escándalo de financiación ilegal de un partido: el PSOE. Un diputado del SPD alemán, Peter Struck, declaró haber entregado un millón de marcos personalmente a Felipe González. Era un donativo procedente de la trama de financiación ilegal de los socialistas alemanes, que tenía su origen en los sobornos políticos de Friedrich Karl Flick, un poderoso empresario alemán. El conocido como caso Flick le descubrió a los electores que las grandes fortunas y las empresas financian a los partidos políticos a cambio de ventajas de algún tipo. Compran a los representantes. González afirmó no haber recibido dinero «ni de Flick ni de Flock», pero el escándalo fue considerable.

En 1985 apareció en Gallup un cliente para encargar una encuesta mensual. Aquel contrato acabaría prolongándose durante casi dos años. Mi trabajo se limitaba a traducir las preguntas y trasladar el encargo a la red de campo y las especificaciones al centro de cálculo para devolver una cinta con los datos. Entre los años 1985 y 1986 asistí al proceso de creación de la pregunta del referendo sobre la OTAN de este cliente, uno de tantos que debieron de intervenir en ese asunto. Cuando reemplazaron «OTAN» por «Alianza Atlántica» el voto favorable al sí mejoró diez puntos, pero seguía ganando el no. Muchos lectores recordarán que finalmente no se votó sobre la OTAN, porque lo que se llevó a referendo fue la política de seguridad exterior del gobierno, un decálogo que se resumía en tres propuestas: desaparecían las bases norteamericanas, se prohibía el tránsito de material nuclear por nuestro territorio y permaneceríamos en la Alianza Atlántica, aunque sin integrarnos en su estructura militar. El referendo atlántico de 1986 jamás lo habría ganado el gobierno sin hacer encuestas porque nadie habría encontrado esta fórmula.

Hicimos otros trabajos para la prensa a propósito del referendo. Para acertar con la estimación había que resolver una cuestión técnica que se resumía en un fenómeno de ocultación del voto en sentido contrario. Había un número significativo de entrevistados que verbalizaban su voto negativo a la permanencia de España en la OTAN, pero introducían la papeleta del sí en un procedimiento técnico paralelo que llamábamos de urna simulada. Digamos que las encuestas que no se publicaron fueron decisivas para dar con la formulación de la pregunta deseada y se convocó el referendo cuando creyeron tenerla. El 12 de marzo de 1986 ganó el sí buscado por el gobierno con el 52,5% de los votos.

Aquella interpretación del referendo era propia del PCUS o de Francisco Franco. No se trataba de que los ciudadanos expresaran su posición sobre la materia atlántica, sino que el referendo solo se planteó cuando hubo posibilidades de ganarlo. En España es el gobierno quien promueve los referendos y solo lo hace para ganarlos, lo que no es democracia directa. Los canarios, por ejemplo, no pueden opinar sobre el negocio del petróleo que quieren instalar en sus islas porque el gobierno prefiere no saberlo. Por eso está prohibido que alguien lo pregunte. Esta interpretación predemocrática de la política nos la enseñó Felipe González, y este pensamiento no es de derechas ni de izquierdas, sino español posfranquista o representativo del «porque aquí mando yo». El PSOE de Felipe González quiso configurar el resultado ganador en el referendo de la OTAN retorciendo la voluntad de las personas con una actitud totalitaria y tramposa.

La postura del PSOE en el asunto del referendo no fue la única destacable. El problema planteado en España con respecto a la Alianza Atlántica era muy grave y los aliados esperaban la colaboración de todos los partidos. Sin embargo, como Fraga podía derribar al gobierno si perdía el referendo, hizo una campaña implícita contraria al sí que se solapó con el silencio sepulcral de Adolfo Suárez. La derecha española exhibió un sentido de Estado y del interés general muy particular e inesperado, puesto que priorizó la conquista del poder parlamentario a la solución del conflicto atlántico. Y esto se anotó.

A pesar de todo, el poder del PSOE seguía siendo firme. Repitió mayoría absoluta en julio de 1986 con ciento ochenta y cuatro escaños, que eran menos que en la anterior legislatura pero aún eran muchos, mientras que la Coalición Popular liderada por Fraga consiguió ciento cinco escaños y el CDS de Adolfo Suárez dimensionó su espacio electoral quedándose por debajo del umbral de los 2 millones de votos y diecinueve escaños.

No parecía que en general la ética del poder fuera a mejor. Por ejemplo, en el mismo año de las elecciones estalló el caso KIO, otro escándalo financiero con suspensiones de pagos y condenas a empresarios. Otro detalle ilustrativo de esta ética se vio en abril de 1988, cuando el entonces vicepresidente del gobierno, Alfonso Guerra, se encontró atrapado en un atasco volviendo por carretera de Portugal. Primero intentó colarse pero la gente lo increpó y se dio la vuelta. Mandó que le enviaran un Mystère, un avión militar, al aeropuerto portugués de Faro para recogerlo y llevarlo a Sevilla. Todo el episodio ejemplifica la didáctica del «puto amo» consustancial a esa clase política española posfranquista que ahora desprecia la mayoría social.

Naturalmente, aún se destaparían cosas mucho peores. En 1989 nos encontramos con el caso Juan Guerra. El hermano del vicepresidente ocupaba un despacho en la delegación del gobierno de Andalucía en el que se dedicaba a sus actividades empresariales privadas. Se trataba de un caso claro de nepotismo que entrañaba un delito fiscal por el que Juan Guerra fue condenado años después. Alfonso Guerra llegó a ser desaprobado por siete de cada diez personas, un dato masivo que es una señal previa antes de desaparecer de la forma en que en general lo hacen. Guerra dañó irreparablemente la imagen del político antifranquista español en una sociedad que ya se encaminaba a lo que luego se llamó el desencanto, que en realidad no fue otra cosa que mansedumbre.

Aun así, en 1989 se celebraron elecciones generales y volvió a ganar el PSOE con ciento setenta y cinco escaños por ciento siete del PP. Felipe González gobernaba la España de los fondos estructurales, las autovías, el AVE y los Juegos Olímpicos de Barcelona. Por su parte, la derecha española de ámbito estatal no era la única opción de voto, ya que en las elecciones autonómicas de 1983, 1987 y 1991 concurrieron un buen número de partidos políticos regionales como Unió Valenciana, el Partido Andalucista, el Partido Aragonés Regionalista, Extremadura Unida, Unió Mallorquina, Coalición Galega, etc. Así era y es España, muy dispersa en lo territorial. Algunas de estas fuerzas políticas aún perduran en sus territorios, mientras que otras desaparecieron engullidas por el bipartidismo, que se convirtió en el tercer ciclo del comportamiento electoral.

Tras diez años en el gobierno del PSOE el elector medio había aprendido lo que era una promesa electoral incumplida, un referendo absolutista, el abuso de poder y el nepotismo, además de descubrir también las cloacas del Estado. Desde el caso Lasa y Zabala en 1983 hasta el number one de Txiki Benegas en 1991 habían pasado ocho años en los que se había intentado matar a etarras, o al menos eso parecía. En 1992, saltaron los casos de los fondos reservados y de los GAL que le enseñaron al elector dos cosas más: por un lado, que los políticos disponían de un dinero que no tenían que justificar porque se gastaba en actividades inconfesables y, por otro, que algunos se lucraban con esos fondos. Por si eso fuera poco, se confirmó que las campañas electorales de los partidos políticos se financiaban ilegalmente. Estábamos en los prolegómenos del caso Filesa, la primera trama de envergadura que organizaba un partido político (el PSOE) para afrontar sus gastos electorales (las elecciones generales de 1989).

Con todos esos precedentes y una tasa de desempleo que alcanzaba el 20%, en la primavera de 1992 la desaprobación de Alfonso Guerra era del 72% y la de Felipe González del 46%. El PSOE perdía las elecciones en las encuestas. La popularidad de Felipe González ya era tan solo del 30%, una cifra que ya no remontaría aunque extrañamente sí los resultados de su partido. Muy extrañamente. Y tampoco hay que olvidar que además seguían apareciendo informaciones que dejaban al poder en mal lugar. En septiembre de 1992 el gobierno devaluaba la peseta. El aluvión de casos escandalosos parecía no tener fin: en noviembre el caso Roldán formalizó el hito del desprestigio de las instituciones; el caso AVE mostró al electorado la existencia de comisiones en la adjudicación de la línea de AVE Madrid-Sevilla; el caso SEAT demostró la existencia de más financiación ilegal del PSOE; el caso Casinos destapó que CiU hacía lo mismo; el caso Ibercorp fue de impacto porque el gobernador del Banco de España se estaba llevando el dinero y hubo también algo con el BOE; y más tarde el caso Urralburu acabó con la condena por primera vez de un expresidente de una comunidad autónoma.

Cumplidos diez años de gobierno socialista El País publicó una encuesta que mostraba a la sociedad sumida en el desencanto al que nos hemos referido antes. Solo el 7% de los entrevistados consideraba que el PSOE había cumplido con sus promesas electorales. La gente pensaba que la actuación de los socialistas había ido de mejor a peor. Cinco de cada diez entrevistados opinaban que en España había mucha corrupción, y tres que bastante, es decir, ocho de cada diez. Y de esto hace poco más de veinte años. La imagen que proyectaba el PSOE había cambiado profundamente, pero lo más importante era otra cosa. El 59% de los entrevistados consideraba que los beneficiados de la década de gobierno socialista habían sido las rentas más altas, los empresarios, los bancos y los propios políticos. Siete de cada diez personas opinaban que los perjudicados habían sido las rentas medias y bajas.

El desencanto apareció en la gente corriente al constatar que el gobierno socialista y la democracia eran lo mismo de siempre. Después de diez años de socialismo la riqueza seguía sin repartirse de otra forma. Durante estos años el PSOE se transformó en una familia político-económica beneficiada por una ley electoral trucada en su origen. El poder representativo no había materializado la expectativa colectiva de cambio en lo sustancial: la igualdad social, la justicia contributiva, la igualdad de oportunidades y la movilidad social. Todo esto seguía más o menos igual que en los tiempos de Franco. En aquellas circunstancias la sociedad fue, como siempre, idiota de lo público, lo común o lo de todos.

Hoy se puede decir de forma terminante que se ha hecho una política más afín a los segmentos altos de la sociedad que a los más desfavorecidos [...] los errores económicos se superan. Lo que es mucho más difícil de superar son las desviaciones ideológicas y culturales. Sobre todo se crea esa cultura de que aquí se puede ganar dinero en muy poco tiempo.

Lo dijo Nicolás Redondo en 1992 en una entrevista publicada en El País el día que se cumplieron diez años de gobierno socialista en España. El elector ya había comprendido que los partidos políticos estaban conectados con las clases altas en general y que estas coinciden con los poderes patrimoniales y financieros. Se empezó a decir que «son todos iguales» y la gente siguió con sus cosas. Sin embargo, Nicolás Redondo estaba advirtiendo de que el PSOE no era socialista ni obrero, aunque sí muy español y en consecuencia algunos se estaban forrando. Aquello no tenía nada de moralización de la vida pública sino al revés y siguieron los escándalos hasta el caso Banesto, que se llevó por delante a Mario Conde, un banquero importante en esa época.

Tras diez años de gobierno socialista, las elecciones ya solo las podían ganar el PP o el PSOE, aunque todas las encuestas daban ganador por un estrecho margen al PP. El 13 de mayo de 1993 el gobierno devaluó la peseta, y el 24 de ese mismo mes José María Aznar vapuleó a Felipe González en el primer debate televisado de la democracia española entre presidenciables. Se inauguraba así el bipartidismo, con una audiencia de más de 9 millones de espectadores que ya quisieran los líderes de estos partidos ahora. En el segundo debate Felipe González supo imponerse con claridad a Aznar.

El 6 de junio de 1993 el PSOE consiguió ciento cincuenta y nueve escaños, derrotando al PP de José María Aznar, que se había quedado en ciento cuarenta y uno. Fue contra todo pronóstico, aunque venían muy igualados. A propósito de estos sorprendentes resultados, debo decir que recibí una visita durante esa campaña en la que me aseguraron que ganaría González. Vinieron a informarme y a observar mi reacción, y no a que les informara o les diera mis datos, aunque fuera ese el motivo de la visita. El resultado electoral de 1993 fue y sigue siendo incomprensible en algunos aspectos, y su revisión exhaustiva es una materia que tengo reservada para el final de mi carrera.

En 1993 Felipe González seguía conservando intactos cinco de los atributos que estudió Gallup sobre este líder: inteligencia, amabilidad, decisión, liderazgo y determinación. Once años después de empezar a gobernar mantenía en valores positivos la honestidad, lo cual da una idea de su fortaleza. Es el líder más completo que he estudiado y un comunicador irrepetible. Felipe González había perdido imaginación, programa, altruismo, fiabilidad y sinceridad. Ese fue el déficit asumido por todos, que se llamó desencanto. La sociedad entendió por fin que el líder no tiene las soluciones, que el margen de maniobra real de la acción de gobierno es limitado o está condicionado y que los políticos fallan tanto o más que aciertan, pero esconden sus errores.

4
LECCIONES DE CINISMO (1996-2004)

En las elecciones legislativas de 1996, diecinueve años después de las constituyentes, ganó por fin el partido de Manuel Fraga Iribarne y José María Aznar con ciento cincuenta y seis escaños por ciento cuarenta y uno del PSOE. No hay que olvidar que Alianza Popular se abstuvo en la votación parlamentaria del 21 de julio de 1978 sobre el proyecto de la nueva Constitución española y que su diputado Federico Silva Muñoz votó en contra. Insistiendo en esta idea, José María Aznar formó parte en su juventud del Frente de Estudiantes Sindicalistas (FES), inspirado en el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera.

La mayoría del PP era insuficiente, lo que le obligaba a pactar con los nacionalistas para llevar adelante la legislatura. Lo hizo mediante un pacto con CiU, algo impensable en nuestros días. Con ese espíritu y no otro José María Aznar autorizó contactos con el «movimiento vasco de liberación», denominación con la que se refirió en septiembre de 1998 a ETA como se puede comprobar con facilidad en YouTube. El elector constataba ahora la asombrosa flexibilidad de este político español en una lista que ya era interminable sobre la utilización interesada que se estaba haciendo del poder representativo. Este votante reaccionó al calificativo de Aznar con cierta sorpresa, pero con el paso del tiempo concluyó que el cinismo es consustancial a la política española, porque el PP en la primera legislatura de Zapatero intentó desgastarlo por haber autorizado los mismos contactos que se encuentran en YouTube buscando «Aznar»+«movimiento de liberación».

El 12 de marzo del año 2000 el PP ganó las elecciones generales con ciento ochenta y tres escaños por ciento veinticinco del PSOE. Aznar estableció plusmarcas que su partido tampoco superará este año, como los siete escaños del País Vasco o los doce de Cataluña. Ese resultado electoral de Aznar sigue siendo paradigmático entre lo que llaman los críticos en ese partido, que es lo que antes se llamaba el Búnker.

Aznar despegó muy pronto. Ganó por la mínima las elecciones generales de 1996 y apenas un año después ya nos había dicho «el milagro soy yo», un síntoma inequívoco de que había contraído el mal de poder. Chaplin retrata esta enfermedad en El gran dictador mediante una escena en la que el mundo es un gran balón con el que juega el dictador, quien al final se asusta y trepa por una cortina hasta el techo y ahí se queda. «España va bien», nos repetía en su segunda legislatura José María Aznar. Había conquistado el mundo y, para demostrar la quintaesencia del absolutismo monárquico y la españolidad, el 5 de septiembre de 2002 se casó su hija con un tal Alejandro Agag en la basílica del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Este acto ilustra que, además de haber perdido el norte, quien es capaz de organizar algo semejante es hortera antes que poderoso y está muy acomplejado, ya que eso no se le ocurre a quien no tiene nada que demostrar, como es el caso de los poderes reales españoles. Aznar era un simple político enfermo de poder y la boda por todo lo alto de su hija una horterada que nos permite comprender la clase de valores que han naufragado en el ámbito de la política. Entre los testigos, estaba Manuel Fraga Iribarne —que consideraba la celebración un error del mismo calibre que la posterior foto de las Azores—, acompañado por Rodrigo Rato, Mariano Rajoy y el nostálgico de la dictadura Jaime Mayor Oreja. Entre el millar de invitados asistieron dos jefes de Estado, su compañero de guerra Tony Blair y Silvio Berlusconi que más tarde sería condenado por la ley, junto a Francisco Correa, Álvaro Pérez «el Bigotes» y otros amigos de la familia. Todo ideal, según la revista Hola.

Poco después de la faraónica boda, el 20 de noviembre de 2002, al día siguiente de la catástrofe del Prestige, el Partido Popular de Manuel Fraga Iribarne y José María Aznar condenó el golpe militar del 18 de julio de 1936. Lo hizo en el Congreso de los Diputados en su segunda legislatura en el poder; tardaron veintisiete años desde la muerte de Franco en condenar el golpe y en reconocer a quienes padecieron la represión de la dictadura. El PP votó a favor en el Congreso aunque no estaban obligados a tramitarlo porque gobernaban con mayoría absoluta desde el año 2000. Lo hicieron precisamente para bloquear las iniciativas emergentes sobre la recuperación de la memoria histórica. Pactaron una condena y a otra cosa. Jaime Mayor Oreja calificó más tarde el franquismo como una etapa de extraordinaria placidez de la historia de España sin que nadie de su partido lo desautorizara porque así es una parte del PP y de los españoles más antiguos. Esta cultura política es la que yo llamo posfranquista, que existe entre los dirigentes políticos convencionales y los electores más antiguos en España, pero no en Italia o en Alemania. El neofascismo es otra cosa que no tiene nada que ver con un líder popular que es cabeza visible de su partido en Europa y se distingue porque Jaime Mayor Oreja no lleva el pelo rapado.

El año 2013 tampoco empezó muy bien para el PP. El 15 de febrero se celebró una manifestación mundial contra la Guerra de Irak, y la movilización fue propia de los grandes acontecimientos porque nadie quería implicarse en ese conflicto. Tres días más tarde, la Unión Europea se había pronunciado en contra de un eventual ataque de Estados Unidos a Irak. Aznar pensaba de otra forma y quería ir a esa guerra, así que el día 22 se reunió con el presidente estadounidense George Bush en su rancho de Crawford, en Texas, para hablar del conflicto bélico. Venía de recibir buenas calabazas del presidente mexicano Vicente Fox que se sumarían a las del Vaticano en un alarde de ingenuidad negociadora. Estaba haciendo el ridículo internacional pero él estaba convencido de su protagonismo en el devenir de la historia de la humanidad y planeaba por encima del bien y del mal con auténtico acento tejano, muy cerca de Dios. Con su actitud, Aznar recordaba a Franco, aquel daba vergüenza ajena, mientras que el Generalísimo daba otra cosa.

Entre los días 22 y 26 de febrero de 2003 el CIS había realizado una encuesta sobre la implicación de España en la Guerra de Irak. El 91% de los entrevistados, lo que incluía a casi siete de cada diez votantes del PP, era contrario a que España se involucrase en el conflicto, pero además el 60 % consideraba muy mala la gestión que estaba haciendo el gobierno sobre este asunto.

José María Aznar no tardó en forzar dos fraudes parlamentarios objetivos y que a medio plazo le costarían las elecciones de 2004 al PP, acelerándose a su vez el proceso de desprestigio de la clase política y del poder representativo en España. A propuesta de su partido, el Congreso votó el 4 de marzo de 2003 sobre la implicación de España en la guerra de Irak, sustentándose legalmente en una interpretación laxa de la resolución 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU del 8 de noviembre de 2002. El resultado de la votación fue de ciento ochenta y tres votos a favor por ciento sesenta y cuatro votos en contra: Aznar había conseguido el 100% de los votos de su partido y ese fue el único respaldo que obtuvo su propuesta.

El resultado de esa votación es paradigmático y explicativo de la crisis de representatividad del sistema en que nos encontramos inmersos. Fuimos a la guerra porque le dio la gana a José María Aznar, a pesar de que nadie más quería. Y nadie es nadie. Hizo lo mismo que González con la OTAN pero a capela y le enseñó al elector cómo funciona el poder representativo en España, cómo se manda: se hace lo que yo digo y punto. Nos enseñó el carácter despótico y predemocrático de su pensamiento político porque había forzado dos fraudes que son objetivos o indiscutibles:

1) Todos los diputados del PP votaron contra los intereses de sus electores siendo conscientes de ello: Aznar había forzado un primer fraude.

2) Una parte estimable de estos diputados votaron en contra de sus conciencias. De otra forma no habrían sumado el 100% de votos favorables, porque la sociedad arrojaba otros porcentajes que lo hacían imposible.

El elector medio concluyó que muchos de sus representantes no tienen ni principios ni tan siquiera vergüenza. El resultado de esta votación dejó claro que el diputado es un mandado en su partido, que vota en el Parlamento lo que le ordenan, aunque sea lo contrario de lo que piensa, o no sale en la foto; por lo tanto, no defiende los intereses de las personas sino otros que ni él mismo conoce. El elector medio aprendió que, después de votar, los partidos hacen lo que creen conveniente con el diputado y con su voto. Incluso te llevan a la guerra. Así se escribe la historia y de esos polvos vienen estos lodos.

José María Aznar es el vivo retrato de la costra del siglo XX o el «porque me da la gana» imperial del político español en su acepción castellana de castillo, señor y vasallo que se ha quedado en el primer tomo de la historia de España. Su carácter sobrado y chulesco, con el dedo corazón apuntando al cielo, profundizó en la sociedad la crisis de confianza en la clase política en general.

Según todas las encuestas, a finales de 2003 el PP de Aznar había perdido la mayoría absoluta. La razón estaba clara: estaban haciendo lo contrario de lo que querían sus votantes. Sin embargo, la vida seguía y a las personas se les fue olvidando que este aprendiz de caudillo había implicado a España en una guerra. En el PP alardeaban de la buena marcha de la economía y esperaban su reválida, aunque fuera con mayoría relativa.

5
LA DIDÁCTICA DE LA GEOMETRÍA
VARIABLE (2004-2010)

La campaña electoral de 2004 estuvo marcada por los atentados islamistas del 11-M. Tres días después de cometerse estos, ganó las elecciones el PSOE. Un desenlace que dejó sin habla al Aznar de los «desiertos remotos» y las «montañas lejanas», a ese Aznar que no encontró armas químicas en Irak, pero que no se subió por la cortina hasta el techo para esconderse porque el político español no necesita rectificar. El político español se cree que es por lo menos tan infalible como el papa, que tiene un don y punto. Pues bien, esas elecciones de 2004 las tenía ganadas el PP y las perdió José María Aznar precisamente por implicar a España en la guerra contra Irak haciendo caso omiso de la voluntad de las personas. Voy a explicar esta afirmación.

Que las autorías de los atentados fueran islamista o de ETA habría sido irrelevante en términos electorales si la implicación en el conflicto de Irak hubiese contado con el respaldo de la mayoría social, pero era justo al revés. Para que quede claro este planteamiento no hay más que comparar la reacción ante los atentados que se cometieron en el metro y en un autobús de Londres el 7 de julio de 2005, que nunca fueron atribuidos al IRA ni le costaron las elecciones a nadie. En España, el gobierno necesitaba que el autor de los atentados fuera ETA porque de lo contrario se considerarían una consecuencia de la implicación de España en la guerra de Irak. Y precisamente fue esto lo que percibió la gente, que reaccionó con contundencia.

El PP fue derrotado en las urnas y ganó contra todo pronóstico el PSOE de Zapatero con ciento sesenta y cuatro escaños por ciento cuarenta y ocho de los populares. A pesar de los resultados, los socialistas se impusieron únicamente en cuatro comunidades autónomas: Andalucía, con quince escaños de ventaja, otros tantos en Cataluña, tres en el País Vasco y dos en Aragón. Una ventaja de treinta y cinco escaños de los socialistas sobre el PP en cuatro territorios que quedó reducida a dieciséis por su desventaja en otros.

La primera legislatura de Zapatero podría calificarse de plácida. Como asuntos más llamativos podría decirse que bajo este gobierno del PSOE se aprobó la ley que permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo, así como la ley de dependencia; se llevó adelante la regularización de ochocientos mil inmigrantes; se mantuvieron conversaciones con ETA; se dio carpetazo al Plan Ibarretxe, y se emprendió la reforma del Estatuto de autonomía de Cataluña. También en 2005 se sometió a referendo un proyecto de constitución europea que rechazó ese mismo año la sociedad francesa. El fracaso del Tratado Constitucional de 2004 dio lugar al Tratado de Lisboa como solución de emergencia. Este último acuerdo, al que se llegó el 13 de diciembre de 2007, propició que la Unión Europea disponga de personalidad jurídica, de unidad monetaria y del Banco Central Europeo (BCE). A partir de entonces, la Unión Europea tiene autoridad económica, pero su proceso de unificación política está inequívocamente interrumpido y así continuará en tanto el área de la Unión no sea más homogénea.

Rodríguez Zapatero no solo se encontró con un resultado electoral favorable, sino también con una economía en plena expansión en lo que podíamos llamar la España del pelotazo, un proceso en el que aumentaría aún más la desigualdad social: los ricos riquísimos, los propietarios del suelo vendiendo a ese precio que no se puede decir que no, los políticos y los burócratas imponiendo las normas y los constructores contratando dinero público. La gente de a pie como siempre, justitos a fin de mes. La economía crecía a base de ladrillo y de obra pública. Ya no se trataba de la cultura del dinero rápido como había advertido Nicolás Redondo, ahora podías hacerte millonario. La población hablaba de pelotazos mientras alicataban el litoral, construían infraestructuras sobredimensionadas, y los nuevos puertos deportivos se llenaban de barcos de una eslora media superior a la francesa. Toda esa locura la viví en primera persona y conocí a todo tipo de gente, incluso personas extraordinariamente comprometidas entre las rentas más altas.

Zapatero lideró a las personas normales durante los años de la gran estafa que se produjo en España en la primera década del siglo XXI. Fueron los años en los que se cambiaron las maletas por baúles para llevarse el futuro de los hijos y los nietos de la gente corriente. Era la estafa perfecta, en la que los políticos quemaban el dinero público en obras absurdas porque así se financia el bloque burocrático. A las personas les da lo mismo que quien estuviera al frente de todo fuera un bambi, pero hay que dejar claro que llenaron España de grúas, hicieron su negocio y desaparecieron llevándose incluso los ahorros de los abuelos. El elector mejor formado se sintió estafado y dejó de votar a este partido, pero ahora exige responsabilidades a quienes decidieron esas obras que no voy a especificar porque se podrían escribir libros enteros con ellas y se encuentran con facilidad en la red.

El PP había ocupado su posición en el contexto de la crisis económica desde el verano de 2007, y en octubre los dos grandes partidos estaban igualados en las encuestas. La intromisión de los obispos en la campaña solicitando el voto para el bien mayor en enero de 2008 y la espantada de Alberto Ruiz-Gallardón al verse excluido de las listas de Rajoy propiciaron un nuevo distanciamiento del PSOE ya en vísperas de las elecciones. El PP empleó sentido común apoyándose en Merkel y Sarkozy para recuperar sus posiciones y a partir de entonces recurrió al mantra de la limitación de los derechos de la población inmigrante, en un escenario de crisis, para volver a empatar en las encuestas. Sin embargo, el 21 de febrero se celebró un debate televisivo de corte económico en el que Pedro Solbes pulverizó al representante del PP, Manuel Pizarro. Ahí se terminó la contienda porque Solbes había dejado claro que en España no había crisis ni motivos para alarmarse sobre la marcha de la economía.

Esa confrontación entre Solbes y Pizarro fue el prólogo a los debates entre los dos candidatos presidenciables que, después de quince años, podían volver a enfrentarse en televisión. Zapatero y Rajoy se vieron las caras el 25 de febrero y el 4 de marzo y en ambos casos quedaron en tablas. Entre tanto, algunas cabezas visibles del PP tampoco fueron de demasiada ayuda para su partido en la campaña electoral. Por ejemplo, el entonces secretario ejecutivo de Comunicación del PP, Gabriel Elorriaga, comentó desde Londres determinada estrategia de la abstención, que le brindó al PSOE el factor movilizador que necesitaba. Rodrigo Rato estaba olvidado o ausente. Y Aznar irrumpió en la recta final de la campaña para terminar de estropear el resultado del PP. Su aparición no solo no aportó más votos, sino que perjudicó a Rajoy, porque movilizó a otros electores en contra del PP, lo que se tradujo en un mejor resultado de los socialistas.

Si en las elecciones generales de 2000, el PP obtuvo el 30,4% del censo electoral, progresando unos seiscientos mil votos con respecto a las elecciones de 1996, en las de 2008 alcanzó el 29,3%, progresando lo mismo. Conclusión: el candidato que pongan es irrelevante porque el resultado electoral es inequívocamente el de la marca PP.

Esas elecciones generales terminaron con unos datos bastante relevantes para los analistas. La suma de las candidaturas españolas del PSOE, PP, IU/ICV y UPyD proporcionó un nuevo récord del 88,8% de los votos válidos, mientras que la tasa de participación general registrada había retrocedido un par de puntos, del 75,7 al 73,3%. Hasta esas elecciones generales, cuanto mayor era la participación más votos válidos estaban sumando las candidaturas españolas. Se había registrado por primera vez en la historia de nuestro comportamiento electoral colectivo una concentración de voto en las candidaturas que cubren el ámbito estatal que era independiente de la participación general registrada. Eso significaba inequívocamente que se habían producido transferencias de voto muy importantes desde los electorados de los partidos autonómicos a los estatales. Decenas de miles de votantes típicos del PNV en el País Vasco y de ERC en Cataluña trasladaron su confianza al PSE-EE y el PSC respectivamente. Zapatero había seguido una estrategia diferente a la del PP en Cataluña: había impulsado el Estatut mientras que el PP lo había recurrido.

En resumen, la victoria del PSOE en 2004 puede considerarse una excepción territorial en un período iniciado en 1996, en el que el bipartidismo estaba dominado por el PP. A consecuencia de estos resultados, los populares se mostraron rabiosos durante toda la legislatura, y volvieron a perder las elecciones generales de 2008, con ciento cincuenta y cuatro escaños. Se demostraba así que esa rabia se transmite y la gente la percibe. El PSOE, con ciento sesenta y nueve escaños, había ganado en Andalucía, Cataluña, País Vasco, Aragón y Canarias. La España del pelotazo aún marchaba como una locomotora, el bloque burocrático español proporcionaba pleno empleo y el bipartidismo había establecido plusmarcas. Para hacernos una idea más precisa de esto último, cabe destacar que en aquellas elecciones generales solo hubo seis comunidades autónomas donde resultaron elegidos diputados distintos del PSOE o el PP: País Vasco (PNV), Cataluña (CIU, ERC e ICV), Madrid (IU y UPyD), Galicia (BNG), Canarias (CC) y Navarra (NaBai). Entre todos sumaron veintisiete escaños. Aún había dinero, con lo cual no había tensiones.

Sin embargo, la idea de que no había crisis se desvaneció enseguida porque la gente, y sobre todo los más jóvenes, empezó a quedarse sin trabajo. El elector se dio cuenta de que sí había crisis, y además profunda, y en octubre de 2009 el PP ganaba en las encuestas por más de tres puntos de ventaja. En cambio, como Zapatero se había impuesto un año antes negándola, no había modificado su discurso. El PSOE transfería más de un millón de sus votantes a otros partidos, se desmovilizaban otros tantos y con ello se vino abajo en todas las encuestas. El 68% de los entrevistados por el CIS desconfiaba de Zapatero y el 80% de Rajoy. Nunca antes el presidente y su principal opositor habían sido desaprobados simultáneamente con un porcentaje de personas semejante. Era un dato que había que tener muy en cuenta. Solo confiaban plenamente en ellos 7 millones de votantes socialistas y menos de 6 millones de populares. El barómetro del CIS de octubre de 2009 señaló además que Carme Chacón o Alfredo Pérez Rubalcaba serían mejores candidatos socialistas que Zapatero. Por su parte, el PP contaba con una ventaja en las encuestas que se debía a la dificultad del PSOE para encontrar electores afluentes, ya que el voto útil se había desactivado y así sigue. Ni abstencionistas, ni nacionalistas, ni comunistas u otros de la vieja izquierda votarían de nuevo al PSOE para hacer frente al PP.

En esta etapa, los dos partidos fueron hegemónicos sobre todos los demás mediante una confrontación que evidenció contradicciones con el interés general al llegar la crisis, cuando la sociedad y la Unión Europea exigieron la colaboración de ambos. Ambos partidos hicieron oídos sordos: el PSOE presentaba al PP como la derecha más reaccionaria de Europa mientras que los populares ninguneaban la gestión de los socialistas al frente del gobierno. Los países del norte estaban asombrados de ver a los españoles peleándose con el país patas arriba y dispuestos a despeñarse con un pedazo de PIB que podía arrastrar a toda la Unión. Comprendieron que somos otra cosa y se asustaron por nuestro tamaño. Como consecuencia de esta forma de relacionarse basada en el desencuentro en unas circunstancias que exigían el acuerdo, un número creciente de electores se fue distanciando de ambos partidos, al fin percibidos como iguales, muy alejados del mandato y convertidos definitivamente en familias político-económicas. Empezaba entonces el rosario de escándalos de unos y otros que desembocaron en el desprecio general hacia toda la clase política.

¿Qué posibilidades tenían los socialistas de remontar esta situación? Ninguna. A finales de 2009 el PSOE ya había despreciado sin contrapartidas electorales el voto útil nacionalista y también el de determinados abstencionistas mediante su pacto con el PP en el País Vasco. Se cometió un error estratégico descomunal porque, además de perder amigos, le habían regalado a los populares ese elemento moderador que necesitaban para mejorar su imagen.

En cuanto al PP, giró sobre sí mismo y se transformó sin dificultades en el gestor alternativo de la economía que estaba sin estrenar. Desde ese momento todo lo político-ideológico pasó a un segundo plano con lo que la transferencia directa del PSOE al PP arrojaba un diferencial de 1,5 millones de votos favorable a los de Rajoy. El cuadro se completaba con otras transferencias del PSOE hacia UPyD de más de trescientos mil electores y de casi cuatrocientos mil hacia IU/ICV. Los socialistas ya no podían ganar y no asumieron este hecho, porque los políticos viven en un mundo irreal en el que se creen capaces de levantar cualquier resultado. Nadie les dice nada porque en caso contrario no sale en la foto, y los asesores externos no caben porque el problema empieza por quien paga. Zapatero simbolizaba la transformación del PSOE en una herramienta gestora de los ajustes exigidos por Bruselas, una percepción que estaba costando votos. Además, se pensaba que en términos de mercado cualquier solución razonable exigía su sacrificio.

Los resultados de los partidos convencionales hegemónicos como el PSOE y el PP siempre se han configurado interelectoralmente y se optimizan en las campañas, aunque en esa optimización se decida quién se llevará las primas o lo fundamental del resultado político, esto es, cuál será la actualidad de la que nos informarán los periodistas. En 2009, la crisis ocupaba el centro de las preocupaciones de las personas y en consecuencia ya había fijado el eje sobre el que tenían que decidirse más votos en las siguientes elecciones generales. En otoño de ese año, el PSOE carecía de factores aglutinantes porque estos eran de naturaleza económica y Zapatero había perdido la confianza de la mayoría social. Lejos de dirigir un mensaje para exponer la gravedad de la situación y requerir la colaboración de todos (que es lo único que podría hacer para tratar de recomponer la situación), Zapatero habló de brotes verdes, planes E y hasta de coches eléctricos como posibles soluciones para materializar el cambio del modelo productivo hacia unos objetivos y en unos plazos que tampoco explicaba. Se empeñaba en intentar convencer al elector de que pronto vería la luz cuando este ya sabía lo que estaba pasando. La conclusión lógica es que Zapatero estaba doblemente fuera de la realidad.

A un año de las elecciones en el PP trabajaban para que los votantes próximos al PSOE dieran por perdida su hegemonía electoral. «Caerán como fruta madura», decían los populares, siempre enfrentados al PSOE con el antisocial lema de cuanto peor (para todos) mejor (para nosotros), que naturalmente el elector medio anotó y subrayó.

En las elecciones europeas de 2009 todas las encuestas, salvo una, daban como ganador al PP, seguido por el PSOE y a gran distancia IU, UPyD y dos candidaturas nacionalistas. El estudio número 2800 del CIS era el único que arrojaba unos resultados distintos y daba como vencedor al PSOE. En las tablas de resultados de ese estudio, que se puede consultar en la red, se encuentra la información que permite calcular la intención de voto y afirmar sin ningún género de duda que con esos datos el PP debería haber sido estimado como el partido político más votado. Pensando de mejor a peor, no se trata tanto de un problema con la técnica de la pregunta (el entrevistador no debe sugerir) como más bien un problema con la técnica de estimación que quizá no funciona con muestras exageradamente desviadas en voto declarado como es el caso. Sin embargo, todo tiene unos límites y con los datos del estudio 2800 del CIS ganaba el PP con las dos técnicas de estimación que utilizo. De hecho, con cualquier técnica que utilice cualquiera. Quedaron mal en tiempos preelectorales dentro del sector profesional y poselectoralmente con todo el mundo, porque ganó el PP, tal como auguraban todas las encuestas.

6
EL LADO IZQUIERDO DE LO MISMO (2010-2011)

El ciclo electoral protagonizado por el PSOE finalizó precipitadamente con los decretos de Zapatero de mayo de 2010 ya en plena crisis económica. La intención de voto a los socialistas cayó al umbral del 20% del censo electoral, una pérdida de más de diez puntos que dio origen a un miniciclo hegemónico de los populares. El bipartidismo se había desarrollado ininterrumpidamente entre los años 1992 y 2010, dieciocho años en los que solo el PP o el PSOE podían ganar las elecciones generales sumando con sus votos recogidos más del 50% del censo electoral.

Ese estado de cosas estaba empezando a cambiar. En mayo de 2010 el PSOE se desplomó en las encuestas. Zapatero había anunciado la bajada de los sueldos de todos los funcionarios y una reforma del mercado laboral que terminaría con el pago de los cuarenta y cinco días por año trabajado implantado por Franco, además de introducir la flexibilización, lo que significaba que se podían modificar sustancialmente las condiciones en las que estaban trabajando las personas.

A partir del barómetro del CIS de julio de 2010 en todas las encuestas aparecía como vencedor el PP con mayoría absoluta. Zapatero había gobernado a corto plazo, sin plan ni criterio y sobre todo sin liderazgo. No supo sobreponerse a la dificultad, demostró incompetencia y poca fiabilidad. Ya no tenía margen para recuperar la confianza ciudadana. No tenía más proyecto que hacer lo que dijeran la Unión Europea y los acreedores o así lo entendió la gente. Zapatero era desaprobado por siete u ocho de cada diez electores según las circunstancias y cuestionado por todo el flanco izquierdo de su electorado. Había perdido la confianza de cuatro de cada diez de sus votantes en 2008 y de la mayoría social, y su turno de presidencia de la Unión Europea había sido un fracaso rotundo en términos electorales. La «conjunción planetaria» que una vez mencionó la socialista Leire Pajín no debió de producirse porque nadie notó ni un cosquilleo.

El electorado socialista se disponía a abstenerse masivamente en las siguientes elecciones, las que fueran, ante la certeza de que el PSOE era solo el lado izquierdo del sistema europeo que obligaba y quitaba. Este aprendizaje fue definitivo y fundamental, estructural y definitorio en el tiempo de una situación electoral completamente nueva. En el mes de octubre se confirmó la desmovilización más profunda del electorado socialista hasta entonces, así como la dispersión de todos sus refuerzos. No se trataba de la progresión electoral del PP sino de un problema del PSOE: no menos de 2 millones de sus votantes habían decidido abstenerse y no menos de 1,5 millones votarían al PP, a IU o a UPyD. En noviembre de ese año el PSOE se enfrentaba a la sonora derrota del PSC en Cataluña.

La lógica de la optimización de los resultados aconsejaba el reemplazo del cartel electoral del PSOE, así que Zapatero nombró vicepresidente a Alfredo Pérez Rubalcaba. Ese movimiento socialista ocultaba una decisión que ya estaba tomada y tendría tres efectos. La decisión era que José Luis Rodríguez Zapatero no sería el candidato del PSOE en las siguientes elecciones generales. Si todo iba según lo previsto y comenzaban a remontar en las encuestas, anunciaría su renuncia al final de la legislatura. El candidato sería Rubalcaba y su proclamación se formalizaría en un proceso de primarias.

El primer efecto de esta decisión era inmediato: nadie quería que apareciera Zapatero en sus campañas. En un principio se limitó a la contienda catalana que por entonces estaba en curso, pero luego incluso el castellano-manchego José María Barreda fue especialmente explícito al respecto en su campaña de 2011.

El segundo efecto tenía que ver con la movilización y la activación del voto útil, cuya intensidad dependería de la nitidez con la que los socialistas fueran capaces de comunicar una nueva oferta electoral —partido, programa y líder— distinta y progresivamente distante de la de Zapatero. El movimiento era seguro porque Zapatero tenía una valoración de 5,3 puntos sobre 10 entre los votantes del PSOE, mientras que Rubalcaba llegaba a 6,2 y además recibía mejores puntuaciones de los demás electorados que el presidente (según el CIS). La mejor valoración media de Rubalcaba se fundamentaba en su gestión como ministro del Interior.

El último efecto podía ser devastador: la valoración media de Rubalcaba era de 4,5 puntos frente a 3,1 de Rajoy. Esta pequeña distancia es un abismo. El dolce far niente de Rajoy esperando la caída de la fruta madura resultaría insuficiente frente a la nueva comunicación de los socialistas, más inteligible y sobre todo creíble. Además, si empezaba a remontar el PSOE en las encuestas, el liderazgo de Rajoy sería cuestionado vivamente en su propio partido. El cálculo debía de ser que Rajoy ya no era contrincante digno y cualquier otro que eligieran les favorecería, puesto que el aún prestigiado Rodrigo Rato y el entonces alcalde de Madrid Alberto Ruiz-Gallardón estaban descartados.

No sucedió nada de esto. No había plan ni cálculo porque Rubalcaba ocupó la vicepresidencia justificando a Zapatero y naturalmente el PSOE no remontó en las encuestas. Le comunicó al elector que ellos son así, porque Rubalcaba era lo mismo que Zapatero y para ese viaje no hacían falta alforjas. Personalmente, aquí tuve claro que no estaban en los números ni en el resultado electoral, lo mismo que el elector medio, y que los acontecimientos les tenían que estar superando.

Hagamos un breve inciso para fijarnos no tanto en los políticos como en los votantes. El siglo XXI se gestó en España con la llegada al mundo de los reformistas (1959-1973), que son los artífices del cambio profundo de mentalidad y actitud, además del cambio de los valores sociales sin ruptura generacional. Son sobre todo los nacidos en el desarrollismo de los sesenta, su edad en 2015 es de entre cuarenta y dos y cincuenta y seis años y configuran un grupo generacional crucial que suma algo más de 9,5 millones de personas. Han sabido ensamblar los valores antiguos con otros procedentes de la normalidad exterior y de la nueva realidad democrática. Las mujeres de este grupo de reformistas cambiaron mucho más con respecto a sus madres que los hombres respecto a sus padres. Esta generación en su conjunto logró la transición social hacia la normalidad exterior que significaba Europa. Los reformistas vivieron y viven un mundo aproximado. Esencialmente relativistas, crecieron en un contexto donde las normas de convivencia cambiaron sustancialmente, se formaron en un sustrato económico expansivo y su entorno evolucionó desde la precariedad hacia situaciones infinitamente más favorables.

Los babyboomers son quienes podrían explicarlo todo. Emparejados con niños de la autarquía en muchos casos, todos son hijos del mundo antiguo y padres de esos ciudadanos nuevos que conforman nuestra generación más joven, esa que vive ya en el mundo de Google, Skype y Twitter, el mundo global, en definitiva. Los ciudadanos nuevos son los protagonistas del siglo XXI. Lo que conocemos como España será como ellos convengan y no nos quepa ninguna duda de que cambiarán profundamente su diseño institucional.

De entre estos ciudadanos nuevos, los de mayor edad tenían un año en 1975 y suman casi 20 millones de personas de las que más de 12 tienen edad para votar y están convocados a las urnas en 2015. Para esta generación el franquismo está en el mismo lugar que Napoleón, en los libros de historia. Pronto distinguiremos los que incorporaron en algún momento las nuevas tecnologías de la información y comunicación de los que crecieron después de la revolución tecnológica de finales del siglo XX que produjo la autocomunicación social. Son personas muy distintas. Los primeros saben usar la red, los segundos son la red: la población actual de entre diez y quince años que pronto empezará a votar es internauta en el 90% de los casos y el 70% dispone de teléfono móvil personal. Viven en red.

Al acabar 2008, la economía española se estaba deteriorando vertiginosamente con el consiguiente aumento del desempleo en los años siguientes por encima del 25% de la población activa, pero el doble entre los más jóvenes. El aprendizaje de estos ciudadanos nuevos que deciden su voto de forma creciente en la red y lideran a las generaciones precedentes es el de un orden económico e institucional supuestamente avanzado que inexplicablemente se derrumbó enterrando sus proyectos existenciales y sus seguridades más básicas. Muchos de ellos, sobre todo internautas, urbanos, mejor formados o especializados, más jóvenes y críticos, concluyeron en la segunda mitad de 2010 que los poderes no representan a las personas en España, ni tan siquiera el poder representativo. Organizados en red desde entonces han seguido la revolución islandesa, las primaveras árabes y muchos de ellos han liderado el fenómeno de los indignados, que eclosionó en mayo de 2011 mediante las movilizaciones del 15-M.

Se trata de la primera generación que se ha interesado por el poder en España desde 1939, marcando con ello una discontinuidad. Han sabido liderar un cambio profundo en la sociedad contagiando su interés a todos. Han recuperado la capacidad crítica de las personas normales de más edad poniendo fin a su desinterés por los asuntos de todos. El 15-M fue, finalmente, un fenómeno intergeneracional de masas propuesto y liderado por la generación más joven.

Volvamos ahora a la historia reciente política y electoral. Como ha quedado dicho, el barómetro de enero de 2011 del CIS indicó con rotundidad que casi 1,5 millones de los electores del PSOE votarían al PP, lo que daba un diferencial particular de casi 3 millones de votos favorable a los populares, que estaban en disposición de conseguir 11,5 millones de votos. El PP obtenía una rentabilidad mayor que la proporcional por la desmovilización de unos 2 millones de electores socialistas que se restaban del total que se computan como válidos. En la medida en que ni IU ni UPyD capturaban el grueso de esos votantes, el PP mejoraba su posición relativa sobre los demás y conseguía más escaños con el mismo resultado.

El PSOE quedó reducido en las encuestas a 7 millones de votos, con lo que los más de 11 millones de electores que le habían dado la victoria en 2008 se habían dispersado. Podía pensarse que los socialistas tenían recorrido hasta los 9 millones si lograban movilizar a todos sus abstencionistas pero esta posibilidad estaba medida y un escenario distinto con otro líder apenas sumaría un millón de votos más: ya no podían evitar la mayoría absoluta del PP en las elecciones generales con Rubalcaba como candidato.

Así pues, en vísperas de las elecciones municipales de mayo de 2011 el PSOE tenía unos 7 millones de votos calculados para elecciones generales, el 20% del censo electoral, lo que les llevaba hacia el 30% de los votos válidos como mucho. Esa era la peor situación preelectoral conocida por los socialistas ante unos comicios locales. El 2 de abril de 2011 Zapatero anunció que no repetiría como candidato electoral del PSOE. Hacerlo antes de las elecciones municipales era necesario para flexibilizar las campañas de los candidatos locales y autonómicos para no perder votos. Tras el anuncio podían incluso discrepar abiertamente y, como diría Felipe González, «hipotizar sobre el futurible» a conveniencia. Trataban de evitar el peor resultado conocido del PSOE en unas elecciones municipales, porque todas las encuestas coincidían en la victoria del PP en las elecciones generales por unos quince puntos de ventaja, lo cual tiene su extrapolación.

Los creadores de opinión habían alcanzado una conclusión errónea en vísperas de esas elecciones. Concluyeron que el PSOE y el PP siempre quedan muy empatados en las elecciones municipales en España con independencia de lo que hubiera sucedido en las elecciones generales contiguas. Como esto había sido así en las tres últimas convocatorias, acabaron cometiendo este error de apreciación. En las elecciones municipales de 1999 ganó el PP aventajando en menos de cuarenta mil votos al PSOE, en 2003 ganó el PSOE con una ventaja de algo más de cien mil votos y en 2007 ganó el PP con ciento cincuenta mil votos de ventaja. Muy igualados siempre, aunque el PP hubiera ganado con mayoría absoluta en las elecciones generales del año 2000 y el PSOE con mayoría relativa en las dos siguientes. Ganara uno u otro las elecciones generales, en las municipales empatarían, esa fue su conclusión. Tampoco había encuestas que informaran sobre los resultados totales de las elecciones municipales porque no hay clientes interesados en esa estimación. Las encuestas que se publican son siempre relativas a los resultados de municipios concretos.

No era así. Los periodistas entendieron la situación de inmediato porque todas las encuestas que se empezaron a publicar coincidían en el desplome del PSOE, fuera en Madrid, A Coruña o Cádiz. El PP ganó con casi 8,5 millones de votos en las elecciones locales de 2011, un gran resultado, aventajando en más de 2 millones de votos al PSOE, que había perdido casi dos mil trescientos concejales en toda España y cerca de 1,5 millones de votos respecto a las elecciones municipales de 2007. Los indignados tuvieron mucho que ver en esto.

Antes de seguir adelante, vale la pena fijarse en el caso particular de UPyD para mostrar algunas cosas sobre las encuestas que quedaron de manifiesto en estas elecciones municipales. El desprecio demoscópico a este partido en la legislatura 2008-2011 fue una constante que se dio muy particularmente en la Comunidad de Madrid ante las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2011. Nadie había hecho los números para unos periodistas que ya habían decidido que UPyD no entraría en la Asamblea. Los resultados de las elecciones europeas de 2009 confirmaban que estaban dentro, aunque la participación fuera quince puntos superior. El cerrojazo de los medios convencionales a UPyD fue perceptible, no querían saber nada de ese partido y hacían como si no existiera aunque sabían que estaba ahí. No quisieron concluir que UPyD tendría necesariamente más votos en las elecciones autonómicas de 2011 que en las europeas de 2009 en la Comunidad de Madrid, como sucedería con cualquier otra candidatura, y construyeron una realidad preelectoral donde UPyD no existía. Se puede decir de otra forma: UPyD estaba ante las elecciones generales con 1,1 millones de votos como peor resultado en 2010; aun así los periodistas despreciaban el dato.

Lo de las encuestas con UPyD en la legislatura 2008-2011 nos enseñó que no querían la presencia de ese partido o que les complicaba el negocio, porque los únicos datos verdaderos con los que contaron fueron los de Publiscopio, la publicación de José Luis Zárraga y Obradoiro de Socioloxia, además de las tablas de resultados del CIS, y no sus estimaciones de la intención de voto. UPyD rompió un bloqueo informativo concertado que se llamó entonces luz de gas consiguiendo sus resultados en la red y en la vía pública, lugares que habían escapado al control de los medios. Algo parecido había sucedido con Compromís en la Comunidad Valenciana.

Finalmente, UPyD consiguió ocho diputados autonómicos y más de sesenta concejales en la Comunidad de Madrid, como no podía ser de otra forma. Todas las encuestas de los medios habían fallado, lo mismo que su análisis de la situación preelectoral o su verdad oficial, enseñándonos así algo muy valioso porque era la primera vez que sucedía: las encuestas no habían influido tanto como en 2008 o en cualquier campaña anterior. Los medios no determinaron la configuración final del resultado electoral, no consiguieron desanimar a los votantes de UPyD, que habían decidido su voto en la red y en la calle.

Volvamos ahora a los indignados. En vísperas de las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2011 los ciudadanos nuevos produjeron el movimiento que se ha llamado 15-M. Los medios de comunicación habían restado importancia a la protesta ciudadana y este fue uno de sus factores desencadenantes. Los mismos creadores de opinión concluirían luego que el 15-M fracasaría como fenómeno transformador de la sociedad por lo que no valía la pena darle mayor importancia ni dedicarle más análisis. Estaban equivocados, porque reapareció en modo electoral en 2014 y naturalmente tal fenómeno se estaba estudiando en Berkeley y en la Universitat Oberta de Catalunya desde su origen.

La primera y quizá última convicción de muchos electores del PP fue que eso lo había organizado el entonces demonizado Rubalcaba, cuando precisamente el 15-M era la expresión de lo opuesto o significaba entre otras cosas la retirada de la confianza electoral a los socialistas. La España más antigua y los medios más conservadores viven en el despiste sociológico y demoscópico desde entonces. El 15-M igualó al PSOE con el PP y por extensión a estos con los demás partidos, ahora responsables de la situación. El grito de «No nos representan» se refería a todos, esos ciudadanos se habían puesto enfrente de su poder representativo.

Las acciones no convencionales se revelaron como óptimas para la consecución de los objetivos electorales de quienes estaban cerca de la protesta. Había que estar en la red y había que generar vídeos de impacto para subirlos a YouTube. Nada que ver con la contienda de 2008. La red se había situado en el centro de la comunicación electoral y se intuía que una parte considerable de las decisiones de voto se producirían en su entorno. La autocomunicación social era un hecho que rompía el monopolio de la verdad que sumaban los medios convencionales, y este fenómeno tenía un impacto considerable en el mercado electoral. El orden institucional imponía una desigualdad extrema y el empobrecimiento de las personas con un PIB per cápita de ricos, y el sistema se mostró vulnerable por primera vez desde el año 1939.

El 22 de mayo de 2011 la gente que no pensaba votar estaba acampada en las plazas. El PSOE cosechó su peor resultado en unas elecciones municipales, con algo más de 6 millones de votos. El PP ya tenía la victoria contundente que necesitaba para solicitar la convocatoria de elecciones generales y acortar la legislatura. Terminaba una de las campañas electorales más erráticas y desdibujadas que he conocido, despreciada por las audiencias y los anunciantes hasta el punto de ceder el protagonismo a otras informaciones en las parrillas de las televisiones.

El muy transformador 15-M pudo ver la luz en España en mayo de 2011 y ocupar su espacio en la historia porque el poder parlamentario había dejado de representar a las personas. Surgió para reemplazarlo, no para participar del sistema. La gente no se marcharía de las plazas y no votaría a los partidos. Se trataba de un fenómeno asambleario autónomo contrario al liderazgo del partido de vanguardia y el pensamiento organizado, porque allí no se esperaba a la Izquierda Unida de Cayo Lara, pero tampoco a Lenin, ni a Karl Marx, ni a Trotski ni a Mandel, aunque sí estaban Touraine, Sampedro, Judt, Hessel, Morin, Castells o Acemoglu. Esto da una idea del despiste de quienes veían la pluma del faisán.

Aquello era otra cosa que lo negaba todo y quería empezar desde cero en las plazas de toda España. Aunque eran personas de todas las edades y condiciones sociales, todas tenían algo en común: compartían el desprecio a sus representantes, la insumisión a los poderes públicos y el interés en coincidir en soluciones y determinaciones ciudadanas. Las personas compartían en las plazas cierto entusiasmo emancipatorio o empoderamiento que era consecuente a la ocupación masiva del espacio público. El 15-M está en el origen de la rebelión de los idiotas de ese año y ganó su primera batalla permaneciendo en las plazas durante la jornada electoral del 22 de mayo de 2011. Se habían rebelado y habían ganado. El gobierno no tuvo más remedio que entender que «No nos representan» no era un eslogan y dejó hacer.

Algunos trataban de explicar que había que respetar lo que tenía que suceder el domingo y es que el pueblo constituido en asamblea elegiría a sus representantes por sufragio universal. Incluso que había que participar eligiendo a partidos pequeños y honestos porque existían aunque no aparecieran en las televisiones. El debate duró una siesta. Ese viernes por la tarde las plazas estaban a reventar y la gente ya no se marcharía. El que quisiera votar que votara y no pasaba nada. Viví esos días con preocupación porque la colmatación del espacio público impedía actuar a la policía y, a pesar de ello, las masas concentradas en las plazas estuvieron en situación de riesgo permanente.

Si lo comparamos con otros hechos históricos, aquello que estaba sucediendo podía parecerse a la acción espontánea de Rosa Luxemburgo en el sentido expresado por los comunistas consejistas de la revolución alemana de 1918. Anton Pannekoek decía lo siguiente en su texto de 1912 «Acciones de masas y revolución»:

La ilusión de que la conquista del poder es posible a través del parlamento se apoya básicamente en la idea de que el parlamento elegido por el pueblo es el órgano legislativo principal. Si el parlamentarismo y la democracia dominaran, si el parlamento controlara la totalidad del poder del Estado y la mayoría popular controlara al parlamento, sería la lucha electoral el camino directo para la conquista del poder político; es decir, la conquista paulatina de las mayorías populares mediante la práctica parlamentaria, el esclarecimiento de las conciencias y la puja electoral.

Podría tratarse del primer perroflauta de la historia. La vieja izquierda española se había dejado por el camino lo que rescató el 15-M para situarlo en el centro del movimiento: el esclarecimiento de las conciencias. Ahí estaba su propuesta, en la evolución de los valores de las personas hacia un lugar donde lo público o lo que es de todos ocupara el interés principal, entendido esto como la acción práctica revolucionaria o estar ya en el camino. La gente leía el ¡Indignaos! de Stéphane Hessel hasta convertirlo en un best seller. Como resultado de la autocomunicación social, había nacido el primer movimiento ciudadano en red del primer mundo.

Se llamó el movimiento de los indignados. Si se parecía a algo era a los consejistas. En 1920, Otto Rühle en «La revolución no es un asunto de partido» describía el poder representativo de esta forma:

... desde el primer día los partidos no eran más que máquinas para preparar las elecciones. Burguesía, parlamentarismo, partidos políticos se condicionan mutua y recíprocamente. El uno es necesario al otro. Ninguno es concebible sin el otro.

Los comunistas consejistas representaron lo opuesto al partido de vanguardia a principios del siglo XX como lo hacía el 15-M a principios del XXI. Sus líderes eran revocables y no perseguían la organización del pensamiento, sino la activación de la conciencia crítica y emancipatoria de las personas como el arma principal de su evolución colectiva y autónoma. Su empoderamiento, como se dice ahora.

La indignación no se limitaba a aparecer dentro de nuestras fronteras. En octubre de 2010 el ejército marroquí actuó contra la población saharaui como siempre lo había hecho, como si no existieran cámaras de vídeo en los teléfonos móviles, Internet o YouTube. El 17 de diciembre de ese mismo año se quemó a lo bonzo Mohamed Bouazizi, vendedor ambulante tunecino al que la policía había confiscado sus medios de vida y maltratado, y la administración no le hizo caso cuando él lo denunció. Es el comienzo de las primaveras árabes. En mayo de 2011 nuestros ciudadanos nuevos sorprendieron al mundo. El 15-M es sobre todo un fenómeno asambleario de masas sin precedentes en España, impulsado por la generación más joven que reflexiona sobre el poder, el orden establecido y la representación política en términos de «lo que tenemos y lo que queremos».

Su impulso se resume en la expresión «democracia real ya». De las seguridades propias del paradigma europeo occidental, el joven pasa a una nueva situación donde los recursos públicos se han esfumado, las empresas y las administraciones despiden a las personas, el desempleo se dispara hasta el 56% y la mitad de ellos se han quedado sin presente ni futuro. Muchos saben que ya no alcanzarán a cotizar lo suficiente como para que les quede una pensión. ¿Qué ha pasado?, se preguntan, y se interesan por el poder.

El 15-M está interconectado con la revolución islandesa y las primaveras árabes, protestas seguidas tanto en los medios convencionales como en la red. El 15-M es revolucionario e inmediatamente posterior a estas. Quizá el joven sin futuro aprendiera que la colmatación del espacio público impide actuar al sistema cuando los tanques que enviaba Mubarak a la plaza Tahrir se mezclaban con las personas. El 15-M surge y se desarrolla en la red y de inmediato se manifiesta como una forma de acción política, como un contrapoder nuevo, diferente, ciudadano y asombrosamente poderoso. Es revolucionario porque persigue el establecimiento de un orden nuevo. Se trata de un movimiento magmático y muy poderoso porque domina las tecnologías de la comunicación del siglo XXI, que es donde se deciden progresivamente más votos. Los ciudadanos ya tenían capacidad para aglutinar un resultado electoral autónomo en la red. Por eso el 15-M en modo electoral y en las elecciones europeas se expresó contundentemente en Madrid y en Barcelona, vehiculado por la candidatura Podemos. Es poderoso porque dispone de información propia, la que está en la red, su capacidad de convocatoria asombra y su repercusión es global. Uno de los factores determinantes de su origen es la autoprotección ante los poderes públicos en ausencia de una sociedad civil elaborada. La revisión es global y el juicio también. No sirve nada, todo es injusto y corrupto, no nos representan. El 15-M no está planificado y es cotidiano, se expresa a través de la convocatoria, la movilización, la ocupación y finalmente la colmatación del espacio público con la adhesión de la mayoría social, también en las encuestas y finalmente en las urnas.

Tras unas elecciones locales turbulentas en las que irrumpió el 15-M, el 28 de julio de 2011 Zapatero convocó las elecciones generales. Se celebrarían el día 20 de noviembre. Rubalcaba era el candidato del PSOE desde el día 27 de mayo pero eligió el día 8 de julio para anunciar su dimisión de los cargos de vicepresidente primero, ministro del Interior y portavoz del gobierno. Coincidiendo con ese anuncio se realizaban las entrevistas del barómetro de julio del CIS. Esa encuesta reflejaría en toda su dimensión el impacto mediático de la presentación del candidato virtual socialista. La idea de los estrategas del PSOE no pudo ser otra que superponer una realidad preelectoral en la que Rubalcaba recortaba distancias con el PP, que es lo que nos dijo su estimación de la intención de voto, sin advertir que lo fundamental de ese barómetro fue otro dato que estaba en las tablas de resultados: el PSOE transfería un 10% de sus votantes al PP, que conservaba con toda claridad su mayoría absoluta. No había pasado prácticamente nada.

Justo después de esta encuesta la realidad se mostró implacable con Rubalcaba. La deuda soberana española había alcanzando el máximo histórico de los cuatrocientos puntos básicos en el mes de agosto, aniquilando así la credibilidad del líder socialista en vísperas de las elecciones generales. Se le suponía en el puente de mando de la economía española, era el vicepresidente del gobierno y no había discrepado en nada con Zapatero. El PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero, Elena Salgado y Alfredo Pérez Rubalcaba había fracasado, mientras que el PP era percibido como la única alternativa para una mejor gestión de la economía y un partido europeo normal y corriente, como pudieran ser el de David Cameron o el de Angela Merkel. No había «derechona», solo otros gestores de las mismas políticas europeas; la estrategia de la confrontación no podía funcionar porque el escenario era otro, pero su cultura política es la que es y no lo entendieron.

Por entonces ya existía un pequeño espacio ciudadano de ruptura. La mayoría social expresaba la voluntad de que el PSOE dejara pasar al PP y probar lo único que quedaba. Los populares no asustaban y las razones eran tan simples como que no quitarían la sanidad ni la educación ni harían algo muy distinto que el PSOE con las pensiones o los subsidios. Tampoco se inventarían los puestos de trabajo, porque estos los crean los empresarios y nadie esperaba milagros. La gente confiaba en una mejor gestión por parte de los populares puesto que las políticas no podían ser muy distintas.

El desempleo había pasado del 11,3 al 20,9% en la legislatura que se terminaba y la mitad de los jóvenes estaban sin trabajo. En el mes de agosto de 2011, como acostumbran a hacer estas cosas, Zapatero propuso la reforma del artículo 135 de la Constitución española para habilitar a la Unión Europea en el establecimiento de los márgenes estructurales del endeudamiento público de España. Una reforma para tranquilidad del sistema de la UE que no pedía nadie cercano al votante ni fuera ni dentro de España. Venía a ser el aval de la millonada que nos enviarían para tapar los agujeros de los bancos, y luego se supo que lo ingresaban en el BCE porque, tal y como estaban los tiempos, era mucho más seguro que prestárselo a las empresas y a las personas. Son hechos que algunos electores van anotando y otros los van explicando, de modo que se pueden encontrar en la red todo tipo de informes relativos a quién está devolviendo los cerca de 50.000 millones de euros que le han prestado a los bancos españoles.

El electorado anotó la facilidad con que cambiaron el artículo 135 de la Constitución y subrayó el cinismo en la lista de estos políticos finalmente iguales porque acababan de hacer en un momento lo que le habían asegurado durante décadas que era prácticamente imposible. Fue en el mes de septiembre cuando se votó la reforma de este artículo 135 del título VII de Economía y Hacienda que en su punto 2 somete al criterio de la Unión Europea «los límites del endeudamiento del Estado y las comunidades autónomas». Eso suena a aviso para navegantes poco serio y poco claro porque las comunidades autónomas son Estado.

El único diputado que se rebeló en aquella sesión fue Gaspar Llamazares. Lo hizo muy enfadado desde su escaño interrumpiendo la sesión calificándola como una pantomima. Se encuentra en la red y vale la pena verlo porque aportó el hito del escrache parlamentario, una palabra que no sé de dónde ha salido pero que sirve en este caso. Gaspar Llamazares fue el primer diputado que rompió con las formas del hemiciclo al final de la segunda legislatura de Zapatero, unas formas con fuerte olor a naftalina hasta entonces. Para hacernos una idea de ello, el presidente del Congreso José Bono le llamó la atención una vez al ministro Miguel Sebastián por ir a trabajar sin corbata en verano. Está en YouTube.

Precisamente Gaspar Llamazares es una de las víctimas de las deficiencias del sistema. Las trampas de la legislación electoral, que veremos luego, habían traducido el millón de votos que obtuvo IU/ICV en las elecciones generales de 2008 en solo dos diputados. Aquello fue un atropello que violentó a todos. Incluso Zapatero comentó que había que hacer algo a propósito de la reforma de la ley electoral, pero naturalmente no se hizo nada. Gaspar Llamazares fue una voz que clamaba en el desierto durante cuatro años, sin faltar al trabajo ni un solo día, en la soledad más absoluta y sin traicionar ninguno de sus principios. Eso hizo que se ganara el aprecio de las personas y desarrollar un perfil personal mucho más transversal que el organizado bajo las siglas IU, puesto que la experiencia y la coherencia producen la idea de la honestidad, un valor electoral muy apreciado por ser muy escaso. Lo cierto es que hablaba desde un lugar distinto y en esa legislatura se consolidó como una rareza del sistema. El 15-M de Madrid le había entregado una carta para el presidente Zapatero unos días antes de la reforma constitucional y fue, a mi entender, el único parlamentario que se salvó del juicio sumarísimo al que los indignados sometieron a la clase política. Fue sumarísimo porque en junio de ese año fueron zarandeados, sin distinción, los diputados del Parlamento de Cataluña cuando se disponían a debatir los presupuestos. También está en YouTube y vale la pena verlo.

En las elecciones generales de 2011 los socialistas perdieron más de 4 millones de votos y quedaron reducidos al 28,3% de los votos válidos, su peor registro desde que el partido existe. Ganó el PP con ciento ochenta y seis escaños, tres más que Aznar en el año 2000 y un registro corriente si te vota el 30,4% del censo y tu rival se desfonda. Rajoy consiguió el mejor resultado del PP en unas elecciones generales, aunque muy insuficiente en número de votos o en apoyos populares. El PP no había hecho otra cosa que permanecer en su sitio porque no había ganado un volumen significativo en número de votos respecto a su posición del año 2008. En esa posición del entorno del 30% del censo habían ganado una vez con mayoría relativa en el año 1996, dos veces con mayoría absoluta en los años 2000 y 2011 y habían perdido en otras dos ocasiones en los años 2004 y 2008.

Los resultados de la elecciones generales de 2011 evidenciaron la debilidad electoral del PP porque, habiendo incorporado casi 1,5 millones de electores procedentes del PSOE había saldado unos seiscientos mil votos positivos respecto a su resultado de 2008. El PP había perdido un millón de sus votantes en la abstención como veríamos luego en Andalucía, pero además había transferido más de cuatrocientos mil electores a UPyD. Había conseguido diecisiete escaños más que Zapatero en 2008 pero con medio millón de votos menos.

7
EL LAPSO HEGEMÓNICO DEL PP (2011-2012)

Del PP se esperaba que obtuviese unos 11,5 millones de votos y no llegó a los 11, luego algo no terminó de funcionar. Respecto a los resultados de las elecciones generales de 2008 ganaron votos en Canarias, Aragón, Cataluña, Extremadura y Andalucía, pero los perdieron en Cantabria, Murcia, Madrid, la Comunidad Valenciana, Navarra y Asturias. La mayoría absoluta del PP, como ya se ha apuntado, se basó en el ingreso de casi 1,5 millones de electores procedentes del PSOE, un dato principal e irrefutable que remitía a ciertos costes populares que permanecían ocultos. En concreto, el PP había transferido unos cuatrocientos mil votos a UPyD y alrededor de un millón de sus votantes de 2008 se habían desmovilizado. UPyD ocupaba ya al inicio de la campaña la posición del entorno del millón de votos que finalmente refrendaron las urnas, por lo tanto el partido de Rosa Díez no era la razón que explicaba el mal resultado del PP en número de votos. En definitiva, la mayoría absoluta alcanzada por Mariano Rajoy en 2011 se sustentó en un electorado inicial de menor tamaño que el de Zapatero en su última legislatura, un respaldo social muy insuficiente.

En esas elecciones generales se evidenció la crisis de representatividad del sistema de partidos en su conjunto. Se había producido una abstención profunda del electorado socialista que, junto al millón de populares, arrojaba un total de 3 millones de electores desmovilizados del bipartidismo. Sin embargo, la suma de los escaños del PP y del PSOE solo había retrocedido veintisiete actas y solo en ocho comunidades autónomas.

IU/ICV había ocupado espacio en Andalucía (2), Aragón (1), Asturias (1), Cataluña (3), la Comunidad Valenciana (1) y Madrid (3), lo mismo que UPyD en Madrid (4) y Valencia (1). Aparte de estos partidos, solo se habían beneficiado cuatro formaciones políticas autonómicas del retroceso del bipartidismo y en particular del PSOE. Fueron CiU (de 10 a 16), Amaiur (7), Compromís-Equo (1) y el asturiano FAC (1). Ninguna otra candidatura mejoró sus resultados.

El elector tenía la experiencia reciente del gobierno socialista recortando los salarios a los funcionarios, congelando las pensiones y abaratando el despido, medidas eficaces en euros y en la imagen de una sociedad ordenada y solvente que es capaz de asumir los sacrificios que se le pidan. Zapatero se había dedicado la segunda mitad de su segunda legislatura a defender la imagen de solvencia de España en las cumbres de la Unión Europea, incluso le habían prestado una silla al efecto en una cumbre del G-20 celebrada en Washington.

Desde entonces la política económica estaba unificada en España y no se decidía en La Moncloa, sino en la Alemania de Merkel y la Francia de Sarkozy, o al menos así lo entendían las personas corrientes. Había que cumplir los presupuestos y nada más en tanto no fuéramos convergentes. Y esto significaba que el Estado tenía que gastar mucho menos, que era exactamente lo mismo que tenía que hacer el elector medio con su economía privada.

La imagen de solvencia de España que mantuvo la ministra Elena Salgado hasta el mismo día de las elecciones generales de 2011 se desvaneció cuando el 6,0% de déficit comprometido para ese año se transformó en el 8,51% reconocido por el nuevo gobierno de España. La conclusión del ciudadano alemán o del francés pudo ser que los políticos españoles no cumplen con sus compromisos ni son transparentes. El elector interiorizó que esto de la convergencia no era ninguna tontería: o se cumplía con las exigencias de la Unión Europea o la economía española terminaría intervenida, como la de Grecia.

Después de ganar las elecciones Rajoy desapareció. Un comportamiento que la gente no olvida, porque explica determinada interpretación de la exposición ante los medios y las comparecencias públicas. Al límite de la paciencia ciudadana cuatro de sus ministros anunciaron el 30 de diciembre de 2011 la aprobación de un decreto sobre medidas de orden económico y social y de corrección del déficit público. El gobierno decretó el incremento de los impuestos de bienes inmuebles (IBI) y de la renta de las personas físicas (IRPF), además de la congelación del sueldo de los funcionarios y la tasa de reposición de empleo público.

Todo esto se hizo antes de empezar a hablar, porque el objetivo del decreto era corregir 15.000 millones de euros de las cuentas públicas para absorber una desviación que el PSOE había ocultado en el cumplimiento de la cifra de déficit público. Así lo presentaron los ministros y lo llamaron herencia. Al elector no le sorprendieron estas medidas, aunque no estuvieran escritas en el programa electoral del PP. Tampoco lo estaban algunas de las decisiones trascendentales de los gobiernos de Zapatero, como la reforma laboral o la constitucional.

Sin embargo, poner como excusa la herencia era poco menos que insultar a las personas en ámbitos determinados como en la Comunidad Valenciana, con los acreedores llamando a la puerta y los cajones llenos de facturas que ni siquiera se habían contabilizado. «Que salgan las facturas de los cajones que las pago», dijo Montoro y aparecieron muchas en las administraciones gobernadas por el PP que se justificaban gracias a la herencia que atribuían íntegramente a los socialistas. Cualquier herencia valenciana o madrileña era necesariamente del PP, que disponía ya de una colección respetable de presuntos culpables que finalmente deterioraron la credibilidad de las estadísticas oficiales españolas en la Unión Europea y en los mercados financieros. La Unión Europea le comunicó al elector común, en julio de 2014, que los gobernantes autonómicos valencianos del PP habían falseado sistemáticamente las cuentas. Esto también es la herencia. En el contexto valenciano un presunto culpable que no dimite no está en la política para representar a las personas, porque hay muchos otros limpios del todo que pueden hacerlo y el sentido común invita a retirarse. El escaño no es suyo, es de los votantes. Y si al final resulta que era inocente, los votantes lo celebrarán. Todo el mundo tiene mala suerte alguna vez, y ser imputado por un juez en un momento determinado puede suceder. Pero que todos los imputados permanezcan en sus cargos también es herencia. Luego construyen una historia falsa, pero la mentira cae como fruta madura en determinados ámbitos territoriales.

Las encuestas decían de las medidas del gobierno que, aun siendo impopulares, se estaban adoptando en el momento adecuado. Así pues, Rajoy tenía el margen del ganador, por lo que podría contar con la expectativa de la mejor gestión: todo lo que hiciera en estos primeros meses gozaría de un plus de benevolencia ciudadana. Decidió gastar ese margen de golpe con una decisión estratégica: el anuncio de la llegada de medidas presupuestarias de la máxima dureza, advirtiendo además que la situación económica no mejoraría durante los dos años siguientes.

Desde ese momento cambió el panorama. La propuesta de Rajoy a la mayoría social no era otra que su empobrecimiento sostenido en el tiempo. España ya es muy desigual, pero en ese momento la sociedad empezó a romperse. La gran mayoría de las personas siempre ha vivido al límite, con el riesgo de no poder cubrir sus gastos, con independencia de la marcha de la economía. Lo que dijo Nicolás Redondo en 1992 era una verdad como un templo en 2012: el problema era y es cultural. Aquí el poder patrimonial no sabe aplicar adecuadamente el capitalismo porque no sabe cuidar a las personas, que son las piezas de su maquinaria de hacer dinero. El bloque burocrático español y el propietario antiguo tienden a abusar de la ignorancia del administrado y del empleado en unos parámetros culturales que no son europeos ni occidentales. Esta es la herencia verdadera.

El gobierno del PP continuó su camino y el 5 de enero de 2012 anunció un plan para luchar contra el fraude fiscal y la economía sumergida, lo que venía a significar que se imponía disciplina y control. Sin embargo, no eran más que palabras porque a finales de marzo informaron sobre una ley de amnistía fiscal. Para la gente corriente que no tiene dinero opaco los beneficiarios de esta amnistía eran inequívocamente los políticos corruptos, los burócratas, los poderes patrimoniales y financieros, las rentas más altas, los empresarios y el crimen organizado. El elector entendió que el poder representativo se disponía a premiar el fraude. Desconozco la eficacia en euros de la medida, pero indudablemente tuvo un coste para el PP en términos electorales.

Eran días de actividad frenética para intervenir en los entornos financiero, laboral, industrial y empresarial. El 27 de enero de 2012 el gobierno suprimió los incentivos a las empresas de energías renovables con el objeto de contener el déficit tarifario. Ese mismo día presentó un anteproyecto de ley de estabilidad presupuestaria y sostenibilidad financiera orientado a establecer multas a las administraciones no convergentes en la reducción del déficit público conforme al espíritu de la reforma constitucional. El gobierno del PP trasladaba con ello la presión de Bruselas a las comunidades autónomas: la medida abriría un frente revisionista de las aportaciones y la financiación autonómica. También el 3 de febrero, el gobierno presentó un decreto de saneamiento del sector financiero de 50.000 millones de euros para una mayor cobertura de los activos de los bancos. El día 10 se promulgó otro decreto, esta vez de medidas urgentes para la reforma del mercado laboral, que significó la generalización del despido con veinte días por año trabajado y toda la flexibilidad para el empresario. Así, en pocos días, el elector de la ruptura veía primero que los impagos de los bancos los tendrían que asumir las personas normales y, segundo, que podían cambiar por completo las condiciones de trabajo. El día 17 el gobierno intervino en las retribuciones de la dirección en el sector público empresarial estableciendo límites salariales. El 24 propuso quitas a los proveedores de las administraciones y presentó un anteproyecto de ley de reforma de organismos supervisores que unificaba los ocho en uno, la comisión nacional de mercado y la competencia; racionalización, simplificación, control.

Pero no toda la actividad se desarrollaba en los despachos. El 15 de febrero de 2012 se iniciaron los sucesos de lo que se llamó la primavera valenciana, que se resume en una brutalidad policial inusitada ejercida contra la población de forma indiscriminada. Tuvo su origen en las protestas de los estudiantes del instituto Lluís Vives de Valencia y culminó con la ocupación de la ciudad por las masas. Eran el poble, no l’enemic y habían echado a la policía de la calle. Aquello debió de ser un «no quiero protestas» que se les fue de las manos. Las batallas de la opinión se ganaban ya en la red y los valencianos habían ganado a quienes dieron esas órdenes o a quienes las interpretaron de ese modo.

Siguiendo con la crónica de los acontecimientos, el 2 de marzo el gobierno fijó el objetivo del déficit público en el 5,8% del PIB. Rajoy presentó esta cifra como un acto de soberanía, pero a los diez días la Unión Europea determinó que sería el 5,3%. Como el gobierno lo asumió sin rechistar, quedó patente la idea de que la soberanía económica estaba definitivamente cedida. También el 2 de marzo se hizo público el cuadro macroeconómico del gobierno con una caída del 1,7% del PIB y una tasa de paro del 24,3% de la población activa: no habría recuperación ni creación de empleo a corto plazo. Una semana más tarde, el 9 de marzo se creó el fondo para la financiación de pagos a proveedores de las administraciones públicas. La banca sindicó un préstamo de 35.000 millones para que los ayuntamientos y las comunidades autónomas pudieran pagar sus deudas con proveedores. El día 16 el gobierno presentó un plan de racionalización del sector público empresarial que eliminaba unas veinte empresas públicas. Etcétera. España estaba en obras, en reformas constantes.

Las siguientes elecciones que se celebraron fueron las autonómicas del 25 de marzo de 2012 en Andalucía. Todo lo que sucedió lo daban por descontado unos u otros encuestadores excepto una cosa: el electorado popular contribuiría a la abstención con más votos que los razonablemente estimados. Al PP se le calculaba alrededor de 1,8 millones de votos, que era quedar por debajo de su resultado andaluz de las recientes elecciones generales pero por encima de su posición autonómica de 2008. No fue así, se quedó en algo más de 1,5 millones de votos, que eran casi doscientos mil menos que en las últimas elecciones autonómicas y la friolera de cuatrocientos mil votos menos que en las elecciones generales de noviembre de 2011, celebradas tan solo cuatro meses antes.

Sobre quiénes fueron y por qué se desmovilizaron estos electores andaluces del PP distingo al menos tres colectivos y razones: los recién llegados procedentes del PSOE reactivos a las reformas de Rajoy, otros electores del lado extremo del PP que nunca han aceptado al líder gallego y son los mismos que no le votaron en las elecciones generalesy, por último, determinados electores populares andaluces que nunca votarían a Javier Arenas.

Por su parte, el PSOE obtuvo el resultado catastrófico de 1,5 millones de votos y un retroceso de más de seiscientos mil respecto a su posición previa. Un registro lamentable que debió proporcionarles cuarenta y un escaños y no cuarenta y siete. Griñán estaba radiante pero no su electorado. Habían perdido cientos de miles de votos, aunque sumaran con IULV-CA para seguir gobernando en Andalucía. También fracasaron el Partido Andalucista y UPyD que no consiguieron ni un solo diputado en unas condiciones extraordinariamente favorables. Ese mismo día naufragó el PP en Asturias derrotado por el partido de Francisco Álvarez Cascos y así llegaban los de Rajoy al borde del mismo abismo electoral que el PSOE en la legislatura anterior.

El 3 de abril de 2012 Rajoy insistía en la idea de que no veríamos resultados a corto plazo y eso era ya mucho insistir. Había dibujado ante el ciudadano un panorama económico peor de lo que cabía suponer, lo contrario de lo que había hecho Zapatero, para comunicarle en ese escenario su intención de cumplir con la cifra de déficit público que indicara Bruselas. El mensaje era sencillo y lo entendió el elector con claridad: Rajoy sería el más fiel guardián de la política económica de la Unión Europea y su gestión se diferenciaría de la de Zapatero en que él sí respondería a las expectativas comunitarias.

Para la gente de a pie esta política económica se resumía en «dame más y toma menos». Eso es lo que hizo el PSOE, es lo que estaba haciendo el PP y es lo que harán los siguientes en la legislatura de 2015. La valoración de la gestión de Rajoy dependía por completo de la aceptación social de unas políticas que en el tiempo podían ser percibidas como injustas o inasumibles por parte de la mayoría social. De hecho, la reforma del mercado laboral decretada por Rajoy fue interpretada como una exigencia de la Unión Europea que no ayudaría a crear empleo sino todo lo contrario. Una medida que, sin estar escrita en el programa, no sorprendió a nadie porque la gente ya había perdido cualquier capacidad de asombro. Rajoy lo fiaba todo a la benevolencia de las personas ante una situación muy complicada de gestionar y, a los tres meses de empezar, apelaba continuamente a una paciencia que el elector tiene y no hace falta recordarle.

Enfrente se encontraba el PSOE, que no estaba legitimado para hacer una política de oposición frontal al PP, puesto que había participado de los mismos principios de actuación y esto incluía a Eduardo Madina y Pedro Sánchez, quien también saltó al campo y jugó minutos cubriendo donde le dijeron. Y no solo eso, sino que además los socialistas habían engañado deliberadamente sobre el cumplimento del objetivo de déficit público o, en caso contrario, eran incompetentes, lo que a los efectos prácticos venía a ser lo mismo, porque la ministra Elena Salgado había proclamado en plena campaña electoral que la economía española alcanzaría sin dificultades el objetivo comprometido del 6,0% del PIB para el año 2011.

Así pues, el panorama se había ensombrecido por completo para Rajoy. El PP había fracasado en Asturias, y en Andalucía no había aritmética y gobernaría la coalición del PSOE con IULVCA. El gobierno había presentado los presupuestos indicados por Bruselas del 5,3% de déficit público y naturalmente no se los había creído nadie. La expectativa ciudadana sobre una mejor gestión de la economía en manos del PP se derrumbó precipitadamente con la caída de Rodrigo Rato en mayo de 2012. El margen que daba ser ganador de las elecciones generales se había terminado y, con la crisis de Bankia (la misma que la de Caja Madrid, la CAM o cualquier otra caja expoliada por los políticos), el mito de la mejor gestión de la derecha pasó a mejor vida. Todos eran igual de incompetentes y ninguno era de fiar. Ya se planteaba el rescate de la banca española porque estaba desplomándose la confianza de los acreedores y de los inversores en la solvencia de la economía. El 30 de mayo la prima de riesgo alcanzaba un máximo histórico de 547 puntos básicos y todavía subiría más.

Más allá de nuestras fronteras, en mayo de 2012, se produjo otro acontecimiento fundamental: la quiebra del sistema electoral griego. En las elecciones parlamentarias, el PASOK comenzó su imparable declive y pasó a ser el tercer partido más votado desbordado por Syriza, una coalición electoral que emergió en dos o tres meses. En la repetición de las elecciones griegas de un mes más tarde, Syriza mejoró sus resultados proponiendo el caos como programa, mientras que el PASOK los empeoró defendiendo el euro. Con ello, el PASOK, es decir, la vieja izquierda del siglo XX pasaba a ser el lado izquierdo del sistema en todo el sur endeudado. Una observación muy sencilla: en términos de mercado, el PSOE formaba parte del lado izquierdo del sistema UE.

Una parte del electorado griego había definido el nuevo espacio ciudadano de ruptura de las sociedades endeudadas del sur de Europa. Los votantes de Syriza eran personas de todos los orígenes electorales que se enfrentaban a su poder representativo. Grecia nos permitió tomar medidas electorales de la insumisión a los acuerdos comunitarios y la negación de las políticas en curso, la auditoria y la moratoria. La depuración de responsabilidades. Enfrente de todo, sin ser sistema ni parecerlo.

El hecho incuestionable es que el PASOK se decidió por apoyar el programa de Nueva Democracia y no el de Syriza, y esa fue la solución para gestionar el euro en Grecia. La enseñanza de este episodio es doble. Lo primero que aprendió todo el mundo fue sorprendente, ahora se podían ganar las elecciones proponiendo el caos. La segunda enseñanza encierra el secreto o la debilidad del marco referencial del sistema: la idea de que un Estado de la zona euro no es viable fuera de ella y se derrumbaría al día siguiente de la salida de Europa. Esta es la debilidad última de la posición política de la Unión Europea sobre las sociedades endeudadas del sur de Europa y es lo que propició la fusión de la izquierda y la derecha griegas del siglo XX como ente gestor. El sistema se salvó in extremis, pero el poder representativo griego había explotado, la izquierda y la derecha se reunieron, y frente a ellas quedaron los ciudadanos indignados con Syriza. Algo parecido sucedió más tarde en Italia y algo similar es lo que sucederá en 2015 en España.

El mensaje que enviaron los resultados de las dobles elecciones griegas fue diáfano y amargo para el PSOE: ser un partido mayoritario histórico ya no garantizaba ser la segunda fuerza política en España. Lejos de ponerse a pensar un poco, miraron a la Francia de Hollande, un recurso característico del político español que es profundamente incapaz de hacer autocrítica. Los resultados griegos obligaban a una reflexión muy profunda y más compleja aún, porque esas elecciones definieron tres escenarios posibles en España.

1) Una contienda convencional entre el PSOE, el PP, IU/ICV y UPyD por la hegemonía de los votos del sistema, con los ciudadanos dispuestos a asumir lo que indique el gobierno o la Unión Europea. Esta mayoría social es decreciente.

2) Una mayoría electoral creciente que es consciente de los problemas de la desigualdad y la corrupción, de la ausencia de futuro o de su empobrecimiento inexorable. El caso griego permitió visualizar esta nueva mayoría frente a la vieja izquierda que se explica con la figura «todos la mitad de ricos; tú también, Evangelos».

3) En España, además hay un tercer escenario en el que compiten las naciones que no son la española o castellana, que viven desde siempre su particular lucha para llegar a la ruptura con el Estado uninacional.

Este tercer escenario es transitorio, porque si el siglo XXI es el de la unificación política de Europa las disputas territoriales se terminan. Actualmente no hay orgullos patrios ni posiciones irreconciliables ni ultrajes ni otras historias. Hay Estados soberanos, confederados y federaciones de Estados que se han fusionado en una unidad política. Hay de todo y hay donde elegir. Todo tendrá estabilidad en ese horizonte de la unificación. La España actual tiene un encaje fácil o natural confederando Estados como en Bélgica. Se trata en todo caso de encontrar una solución transitoria que resuelva el hecho de la plurinacionalidad de modo convergente en ese proceso. Todo lo demás es ruido en el plano teórico de la unificación política de Europa.

El retroceso del PP de Rajoy en las encuestas entre los meses de noviembre de 2011 y mayo de 2012 (45-43-41-42-39-39-36-3637-37) no fue distinto del sufrido por el PSOE de Zapatero entre los meses de mayo y noviembre de 2009 (41-42-40-39-40-39-3838-36). El PP fue perdiendo apoyos hasta julio de 2012 y desde esa fecha los sondeos indicaban que ya no ganaría las elecciones generales con mayoría absoluta, mientras que el PSOE se mantenía a duras penas en su resultado logrado en 2011. IU/ICV, UPyD y otras fuerzas políticas progresaban en ausencia de ofertas aglutinantes del nuevo espacio ciudadano de ruptura.

En julio de 2012, Rajoy había incumplido todas sus promesas y España estaba al borde del rescate, Rato pulverizado y con él el mito de la mejor gestión de la derecha. El miniciclo hegemónico del PP había terminado. En ese mes y después de décadas de convivencia tormentosa se produjo el divorcio entre la mayoría social y la clase política española en general. Desde entonces, cada uno va por su lado.

El bipartidismo parlamentario había funcionado ininterrumpidamente desde mediados de 1992 hasta el mes de mayo de 2010. Con la caída del PSOE, se dio paso a un fugaz período de hegemonía electoral del PP, que ganó las elecciones generales de 2011 con una mayoría absoluta que en menos de un año ya había perdido según los sondeos. Desde entonces, la cámara resultante en unas elecciones generales sería claramente pluripartidista, pero, sobre todo, la mitad más joven del censo había reforzado la abstención hasta definir el espacio ciudadano de ruptura con su sistema de representación. La abstención superaba el 40% del censo electoral, y siete de cada diez abstencionistas eran menores de cuarenta y cinco años de edad.

Los números del CIS en julio de 2012 indicaban de un modo inequívoco que el sistema electoral estaba dejando de representar a las personas, porque el bipartidismo había perdido casi 12 millones de sus votos mientras que el supuesto reemplazo de IU/ ICV y UPyD solo había sumado 3 millones por 1,5 de otros partidos y los votos en blanco. La estabilización de la suma de IU/ ICV y UPyD en algo más de 4 millones de votos indicaba que los comunistas no serían capaces de conquistar más de ochocientos mil electores procedentes del PSOE, que no estaban incorporando a votantes partidarios de la ruptura y que perdían a los más críticos. También significaba que UPyD no sería el reemplazo convergente del PP, porque ahí había espacio, pero tampoco el voto de castigo del PP extremo. Además, pasado un año apareció VOX.

Personalmente, hice un estudio con el que comprobé que la recuperación del PSOE y el PP hasta producir una tasa de participación similar a la de 2011 no le proporcionaría a ninguno de los dos un número suficiente de escaños para arrollar al otro sumando con terceros. El sistema estaba roto y sabíamos que sería así por lo menos hasta la tasa de participación del 68%. Seguiría fragmentado aunque el bipartidismo reincorporase 3 millones de electores como umbral superior de la movilización posible. No había más porque suponer una participación superior a la de 2011 sin los votantes de la ruptura no era realista.

Desde entonces nos encontramos inmersos en el quinto ciclo del comportamiento electoral en España, que es pluripartidista como el primero (iniciado en 1977), aunque desde 2012 presentaba la particularidad de que el sistema había dejado de representar a varios millones de electores sobre todo jóvenes. El análisis demográfico es concluyente. Un ejemplo que se visualiza bien: Ada Colau, candidata a la alcaldía de Barcelona con una fuerza política de nuevo cuño, es una ciudadana nueva del mundo global que tenía un año en 1975, que tiene muchísimas cosas que hacer, y cuando recibe un orden que no le sirve construye el suyo que tiene otra forma, funciona y es resolutivo.

La debilidad electoral del PP que observamos en las elecciones autonómicas de Andalucía y Asturias se confirmó en el País Vasco y luego en Cataluña, como veremos a continuación. Solo pudieron defender sus resultados en Galicia, aunque de forma muy insuficiente. Los votantes del PP se marchaban a la abstención para reunirse con los desmovilizados del PSOE. Quedaba confirmado que el bipartidismo había perdido más de 10 millones de votos respecto al año 2008 de los que más de la mitad estaban en la abstención.

El 21 de octubre de 2012 se celebraron elecciones autonómicas en el País Vasco y en Galicia. En las de Galicia, el PP de Alberto Núñez Feijóo había revalidado la mayoría absoluta pero la noticia escondía un retroceso de más de cien mil votos respeto al año 2009. Lo que acababa de suceder lo anticiparon en mayor o menor medida los sondeos que se publicaron con la única excepción de la Alternativa Galega de Esquerda (AGE) de Xosé Manuel Beiras, cuya progresión se produjo en la segunda semana de la campaña. Este nuevo electorado no respondía a la partición del nacionalismo gallego en dos mitades, el votante de origen, del Bloque Nacionalista Galego (BNG), era uno de sus ingredientes principales pero otro igual de importante era el socialista ya desmovilizado. AGE nacía en un nuevo espacio ciudadano que era transversal y de ruptura con el statu quo, dando así respuesta a un elector insumiso y necesitado de aliados en las instituciones para imponer otras políticas. Venía a ser la Syriza gallega y así se la llegó a conocer. El PSOE saldó estos comicios con una derrota contundente, y lo mismo le sucedió en el País Vasco. También deberían preguntarse en UPyD por qué fueron marginales en Galicia cuando las encuestas los situaban por encima del millón de votos en España y promediando más del 8% de los votos válidos en circunscripciones como Madrid, Alicante, Guadalajara o Murcia. Rosa Díez había creado un partido asimétrico en lo territorial que era marginal en las comunidades autónomas donde hay nacionalistas, como Galicia, Cataluña, Navarra o el País Vasco.

En las elecciones al Parlamento vasco, el PNV y los partidos de EH-Bildu progresaron del 28 al 38% del censo, mientras que el PP, el PSOE y UPyD retrocedieron del 29 al 23% y la abstención del 41 al 37%. La mayoría electoral se manifestó claramente nacionalista, consiguiendo cuarenta y ocho de los setenta y cinco escaños autonómicos, a dos de los dos tercios de la cámara pero sin dudas, no como en Cataluña. Antonio Basagoiti había fracasado al frente del PP vasco y también Patxi López al frente del PSE-EE; el primero, con muy buen criterio, desapareció.

Desde las elecciones generales de 2011, se habían celebrado cinco elecciones autonómicas, pero en 2013 no se votaría nada. Esos cinco resultados autonómicos eran, por lo tanto, centrales para estimar la evolución de la estructura electoral durante el año 2012 y proyectarla hacia el 2013, porque las únicas referencias que tendríamos serían las encuestas de los periódicos y los estudios del CIS y sus equivalentes autonómicos. Pienso que es aquí donde se perdieron la generalidad de los analistas de los partidos y los proveedores de encuestas. Todos los resultados de todas las elecciones de todos los ámbitos definen una estructura donde el movimiento de un dato en un momento dado y en un ámbito concreto explica algo relativo a otro ámbito y otro tipo de elección. La cuestión es disponer de herramientas adecuadas y las que requiere la situación actual no se improvisan.

Cualquier resultado de cualesquiera elecciones tiene una ubicación exacta en un ámbito y un continuo temporal de resultados definitivos de un tipo —locales, autonómicas, generales o europeas—, permite extrapolar valores interelectorales referidos a otros ámbitos o tipos de elección y describe el relato del comportamiento electoral. De este modo, los resultados del PP, del PSOE y la abstención que se produjeron en las cinco comunidades autónomas donde se votó en 2012 nos permiten calcular otros valores razonables para elecciones generales y municipales que, dependiendo de cada ámbito, transitan por encima o por debajo del valor medio total de España en valores y tendencias conocidos a lo largo de la historia electoral. Los resultados estimados así obtenidos sirvieron para saber cómo estaban evolucionando las fuerzas políticas, como por ejemplo IU y el PSOE, en el reparto de los veintiún puntos de censo que aún conservaba la vieja izquierda española; entre los siete a catorce del ámbito estatal y los diez a once de algunos municipios metropolitanos había un abismo. En definitiva, los porcentajes sobre censo que obtuvieron los partidos en los comicios de 2012 explicaron algo muy concreto al tiempo que algo muy general sobre las características y la evolución del comportamiento electoral. Sin este planteamiento se perdería la pista a los números de situación durante 2013, puesto que no se tenían que celebrar elecciones de ningún tipo.

La primera observación sobre los comicios autonómicos de 2012 se refiere a la dispersión de las tasas de participación registradas, que además fueron todas atípicas. En Cataluña se produjo la tasa de participación más alta conocida en unas elecciones autonómicas, aunque no deje de ser un registro muy normal, en torno al 70% del censo. En Asturias, Andalucía o Galicia, la participación descendió hasta diez puntos respecto a los registros de las elecciones precedentes. Esta dispersión remite a cambios estructurales en estos ámbitos, donde aparecieron nuevos factores aglutinantes del voto, como la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) y la progresión de Ciutadans en Cataluña, o el decremento de posiciones hegemónicas, como las del PP y el PSOE en Andalucía.

Una segunda observación se refiere a la crisis electoral generalizada del PSOE que formalizaron estos comicios incluso en los ámbitos en donde estaba gobernando. Inevitablemente razonable era su evolución hacia el 14% del censo electoral en elecciones generales, entre cinco y seis puntos menos que en 2011. Así lo confirmaban las encuestas de intención de voto en elecciones generales para una participación inferior al 60% del censo, y así se deducía de las tasas de fidelidad de voto de los partidos en los estudios del CIS. Todo era coherente y convergente porque el PSOE había dejado de retener un millón de votos en 2012 respecto a las posiciones precedentes en cinco comunidades autónomas. Dicho de otra forma, el PSOE no solo no remontaba sino que seguiría perdiendo votos.

Otra observación sobre estos cinco comicios tiene que ver con el proceso acelerado de caída electoral del PP, incapaz de doblar en Andalucía el resultado de las elecciones generales, con el Foro Asturias Ciudadano (FAC) por delante en Asturias, y en pleno retroceso en Galicia, aunque el resultado político lo escondiera. El PP estaba ya situado en el umbral de la marginalidad en el País Vasco y Cataluña, donde la progresión de Alicia Sánchez-Camacho resultó muy escasa y Ciutadans les había ganado el espacio unionista de éxito, mientras que los menos de ciento treinta mil votos de Basagoiti en el País Vasco eran, como poco, para reflexionar.

Como cuarta observación, debe considerarse la evolución insuficiente de IU/ICV. Todos los valores de ese año conducían hacia el 7% del censo electoral, salvo en el País Vasco. Lo de Galicia lo explicaba Anova, el nuevo partido de Xosé Manuel Beiras, que era el socio de IU en AGE mientras que lo demás era muy limitado. En Cataluña, Andalucía o Asturias las posiciones de los comunistas resultaron escasas o muy alejadas de las conquistadas en otros tiempos.

Una quinta observación se refiere a la irrelevancia de UPyD en las comunidades autónomas donde concurren candidaturas nacionalistas. Sólo defendió cierto espacio en Asturias, porque su propuesta resultó también insuficiente en Andalucía. El aprendizaje es que la España uninacional no se puede desdoblar en las comunidades autónomas plurinacionales. Esto es, el PP y UPyD son distintos en Madrid o en Alicante pero son lo mismo en Barcelona o en Bilbao. Y Ciutadans, sin embargo, emerge en Cataluña porque dice lo mismo pero es catalán. Una observación final se refiere a los nuevos fenómenos electorales de AGE y la CUP, que nacieron en el espacio ciudadano de ruptura y progresaron espectacularmente durante las campañas electorales. El caso de AGE nos confirmó que el espacio se ocupa con un liderazgo fuerte como el de Xosé Manuel Beiras pero sobre todo que cualquier alternativa nueva podía progresar en las campañas actuales hasta límites aún desconocidos. Así había sucedido en la Comunidad Valenciana con Compromís en mayo de 2011, consiguiendo sus resultados en la segunda semana de aquella campaña, y AGE nos confirmó un año más tarde que esto ya sería así. El caso de la CUP en Barcelona redondeó la teoría del espacio ciudadano de ruptura: no hacía falta un líder preexistente para ocupar el espacio, ni nomenclaturas ni historias, porque quien propongan los ciudadanos será el idóneo aunque nadie le conozca ahora. Luego veríamos que esto es bastante aproximado pero no exacto, porque sin una campaña en los medios convencionales o sin réplicas forzadas por contenidos de éxito en YouTube no habría notoriedad suficiente y, sin esta, no se podría competir. La notoriedad para el candidato y la oferta electoral es como la gasolina para el coche.

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