Kitabı oku: «Conflicto armado en Siria»



Conflicto armado en Siria: campo de batalla geopolítico por el Medio Oriente / Janiel David Melamed Visbal. -- Barranquilla (Área Metropolitana): Editorial Universidad del Norte, 2020.
277 p. : il., color ; 24 cm.
Incluye referencias bibliográficas (páginas 245-277).
ISBN 978-958-789-176-8 (impreso)
ISBN 978-958-789-177-5 (PDF)
1. Siria-Política-Siglo XXI. 2. Conflicto armado—Siria—Siglo XXI. 3. Medio Oriente -- Historia -- Siglo XXI. I.Tít.
(320.95691 M517 ed. 23) (CO-BrUNB)

Vigilada Mineducación
www.uninorte.edu.co
Km 5, vía a Puerto Colombia, A.A. 1569
Área metropolitana de Barranquilla (Colombia)
© Universidad del Norte, 2020
Janiel David Melamed Visbal
Coordinación editorial
Zoila Sotomayor O.
Asistencia editorial
María Margarita Mendoza
Diseño y diagramación
Álvaro Carrillo Barraza
Diseño de portada
Joaquín Camargo
Corrección de textos
Henry Stein
Revisión y arte final
Munir Kharfan de los Reyes
© Reservados todos los derechos. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio reprográfico, fónico o informático, así como su transmisión por cualquier medio mecánico o electrónico, fotocopias, microfilm, offset, mimeográfico u otros sin autorización previa y escrita de los titulares del copyright. La violación de dichos derechos constituye un delito contra la propiedad intelectual.
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Para Natalia, Isaac y Gabriel, los nombres con los que se escriben mis sueños, la luz de mis ojos. Agradecido por la felicidad que recibo de sus miradas siempre tiernas, sus sonrisas llenas de vida y su amor restaurador.
Al aplicar mi inteligencia a la política, he decidido demostrar un cierto e indudable argumento […] y para poder investigar el tema de esta ciencia con la misma libertad de espíritu que generalmente usamos en matemáticas, he procurado, no reírme ante las acciones de la humanidad, no irritarme ni desesperarme, sino comprenderlas.
Baruj Spinoza (1670), Tratado Político.
CONTENIDO
AGRADECIMIENTOS
ACRÓNIMOS
ÍNDICE DE MAPAS
ÍNDICE DE TABLAS
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
GEOPOLÍTICA: UNA DELIMITACIÓN CONCEPTUAL
CARACTERIZACIÓN GEOPOLÍTICA DE SIRIA
LA CREACIÓN DEL ESTADO MODERNO SIRIO
ESTADOS UNIDOS
Introducción
Antecedentes de las relaciones entre Estados Unidos y Siria
Intereses geopolíticos de Estados Unidos en Siria
¿La salida de Bashar al-Assad?
Socavar la influencia regional iraní
RUSIA
Introducción
Antecedentes de las relaciones entre Rusia y Siria
Intereses geopolíticos de Rusia en Siria
Apoyo al régimen de Bashar al-Assad
La lucha contra el terrorismo internacional
La promoción de diálogos de paz entre las partes en pugna
La contención de la influencia de los Estados Unidos en la región
Aumentar la imagen de Rusia como gran actor internacional
Utilizar a Siria como punto de salida de la dependencia energética
IRÁN
Introducción
Antecedentes de las relaciones entre Irán y Siria
Intereses geopolíticos de Irán en Siria
Apoyo al régimen de Bashar al-Assad (Factores económicos)
Mantener el eje de resistencia a los intereses norteamericanos
Conservar a Siria como frente de batalla contra Israel
Consolidar la hegemonía chiita de Irán en la zona
ARABIA SAUDITA
Introducción
Antecedentes de las relaciones entre Arabia Saudita y Siria
Intereses geopolíticos de Arabia Saudita en Siria
Contrarrestar la influencia iraní en la región
La salida de Bashar al-Assad o su distanciamiento de Irán
Combatir amenazas de movimientos islamistas radicales
TURQUÍA
Introducción
Antecedentes de las relaciones entre Turquía y Siria
Intereses geopolíticos de Turquía en Siria
Las aspiraciones nacionalistas kurdas
Mantener un balance de poder con Irán y Rusia
La crisis de refugiados
Del cambio de régimen al reacomodamiento estratégico
CATAR
Introducción
Antecedentes de las relaciones entre Catar y Siria
Intereses geopolíticos de Catar en Siria
Incrementar su influencia en la región
Promover la consolidación de la Hermandad Musulmana
Enlazar a Siria como punto de salida energetica
ISRAEL
Introducción
Antecedentes de las relaciones entre Israel y Siria
Intereses geopolíticos de Israel en Siria
Contener el atrincheramiento de Irán y sus Proxies en Siria
ESTADO ISLÁMICO
HEZBOLÁ
UNIDADES KURDAS DE PROTECCIÓN POPULAR
EJÉRCITO LIBRE SIRIO – EJÉRCITO NACIONAL SIRIO
CONCLUSIONES
REFERENCIAS
NOTAS AL PIE
AGRADECIMIENTOS
En primer lugar quisiera expresar mi sincera gratitud a mi familia, quien nuevamente ha sido, por una parte, principal motor de motivación y, por la otra, testigo directo de la dedicación y empeño puestos en este trabajo de investigación. Adicionalmente quiero manifestar mis reconocimientos a Mauricio Jaramillo Jassir, Doctor de la Universidad de Toulouse I y profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario por sus comentarios y anotaciones alrededor de esta obra y a Marcos Pablo Moloeznik Gruer, Doctor de la Universidad de Alcalá y profesor del Departamento de Estudios Políticos del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, por aceptar escribir el prólogo de este libro.
De la misma forma, deseo darle las gracias al personal docente y administrativo del Departamento de Estudios Políticos, Históricos, Religiosos y Culturales de la Universidad de Karlstad en Suecia, donde transcurrió parte de este trabajo de investigación. También le doy las gracias a mis estudiantes, quienes con sus aportes, reflexiones y debates han hecho de la docencia y la investigación un ejercicio mutuamente enriquecedor.
ACRÓNIMOS
AKP: Partido de la Justicia y el Desarrollo
AMAL: Brigadas de Resistencia Libanesa
AMIA: Asociación Mutual Israelita de Argentina
ATP: Asociación de Tenistas Profesionales
EAU: Emiratos Árabes Unidos
FARC: Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
FDI : Fuerzas de Defensa de Israel
FEI: Federación Ecuestre Internacional
FIFA: Federación Internacional de Fútbol Asociado
FIM: Federación Internacional de Motociclismo
FINA: Federación Internacional de Natación
FIVB: Federación Internacional de Voleibol
IAAF: Federación Internacional de Asociaciones Atléticas
ISAF: Federación Internacional de Navegaje
ISF: Federación Internacional de Escuelas Deportivas
ISIS: Estado Islámico en Iraq y Siria
IHF: Federación Internacional de Balonmano
ITTF: Federación Internacional de Tenis de Mesa
LNG: Gas Natural Líquido
OCDE: Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
OLP: Organización para la Liberación Palestina
ONU: Organización de las Naciones Unidas
OPEP: Organización de Países Exportadores de Petróleo
OTAN: Organización de Tratado del Atlántico Norte
PKK: Partido de los Trabajadores de Kurdistán
PYD: Partido de la Unión Democrática
RAU: República Árabe Unida
SIPRI: Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz
UCI: Unión Internacional de Ciclismo
UE: Unión Europea
URSS: Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas
WTA: Asociación de Tenis para Mujeres
YPG: Unidades de Protección Popular
YPJ: Unidades Femeninas de Protección
ÍNDICE DE MAPAS
Mapa 1. Divisiones administrativas de Siria
Mapa 2. Extensión del Imperio Británico a principios del Siglo XX
Mapa 3. Potenciales puentes de conexión y abastecimiento iraní en la región
Mapa 4. Incidentes terroristas en la Federación Rusa (2018)
Mapa 5. Reservas energéticas de Rusia (2018)
Mapa 6. Influencia regional iraní
Mapa 7. Zona de seguridad buscada por Turquía
Mapa 8. Ubicación regional del yacimiento de gas North Dome/South Pars
Mapa 9. Campos de gas compartido por Catar e Irán
Mapa 10. Redes de distribución energética entre Rusia y Europa
Mapa 11. Zona bajo control kurdo en Siria
ÍNDICE DE TABLAS
Tabla 1. Indicadores internacionales de riesgo a nivel político (2009-2010)
Tabla 2. Ranking de la Liga Árabe (Democracias, Corrupción, Libertad Religiosa)
Tabla 3. Resoluciones vetadas en el Consejo de Seguridad referentes al conflicto armado en Siria
Tabla 4. Producto Interno Bruto en Irán durante la guerra en Siria
Tabla 5. Índices de exportaciones en Irán durante la guerra en Siria
Tabla 6. Alza en la inflación en Irán durante la guerra en Siria
Tabla 7. Total de muertes por enfrentamientos entre el PKK y fuerzas de seguridad turcas
Tabla 8. Refugiados sirios registrados en Turquía (2013-2019)
Tabla 9. Ingreso per capita de Catar
Tabla 10. Principales eventos deportivos auspiciados por Catar
Tabla 11. Principales escenarios de mediación catarí
Tabla 12. Ataques de la Fuerza Aérea de Israel en Siria (2014-2018)
Tabla 13. Número de muertes aproximadas de combatientes de Hezbolá en Siria
Tabla 14. Lugar de mayor ocurrencia de muertes de combatientes de Hezbolá en Siria
Tabla 15. Facciones del Ejercito Nacional Sirio
PRÓLOGO
La obra a cargo de Janiel David Melamed Visbal, titulada Conflicto armado en Siria: Campo de batalla geopolítico por el Medio Oriente constituye un esfuerzo intelectual que gira alrededor del análisis del caso sirio, a partir de un riguroso marco teórico-metodológico que recoge las mejores tradiciones de las Relaciones Internacionales como disciplina autónoma del conocimiento. Por su contenido original, la profundidad de su análisis y las conclusiones desarrolladas, estoy seguro que esta obra suscitara un gran interés y utilidad entre la comunidad académica vinculada a los estudios de seguridad internacional y para aquellas personas que quieran profundizar en el tema.
El lector tiene en sus manos un texto único –e inédito– por su contenido y alcances, respaldado en más de 330 fuentes consultadas y citadas, la mayoría de origen académico y en inglés. Tal como su título lo pone de relieve, el análisis gira alrededor de un conflicto armado de carácter no internacional (CANI). De conformidad con el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), este conflicto se ha caracterizado por infracciones graves del derecho internacional humanitario (DIH), tales como sitios y bloqueos a poblados, ataques desproporcionados en zonas urbanas densamente habitadas, ataques indiscriminados contra civiles, ejecuciones sumarias, asesinatos masivos, violaciones, torturas, mutilaciones, toma de rehenes, uso de escudos humanos y afectación de servicios esenciales, incluyendo ambulancias, abastecimiento de agua y mercados.
Se trata de una crisis humanitaria sin parangón en las últimas décadas que, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), desde el estallido de las hostilidades a mediados de 2011, acumula cientos de miles de víctimas (la mayoría civiles), lo que ha obligado a más de la mitad de la población siria a abandonar sus hogares; estimándose en más de 5 millones el número de personas que se han refugiado en terceros países, y en aproximadamente 6 millones los desplazados internos.
Las discusiones y análisis alrededor de esta metástasis de violencia son un ejercicio inacabado y sometido a múltiples interpretaciones, en virtud de que la guerra continua. Sin embargo, para entender esta verdadera catástrofe, debe considerarse seriamente que el conflicto armado en Siria tiene a su vez una dimensión multicausal y una multiactoral. En la primera, la obra destaca la forma como el actual régimen político de Siria constituye una autocracia hereditaria que encuentra sus raíces en el golpe de Estado del entonces general de la fuerza aérea siria Hafez al-Assad en noviembre de 1970 y su consecuente consolidación como líder del partido socialista árabe Baaz. A partir de entonces, el control de la disidencia política por la fuerza, mediante la agencia de inteligencia Mukhabarat como principal instrumento represivo, y la consolidación de una cerrada conducción política basada en la propia familia Assad y de funcionarios políticos y militares de su confianza, pavimentaron cinco décadas de régimen autoritario.
Sin embargo, entre marzo y junio de 2011, el hartazgo social por promesas de reformas incumplidas por el gobierno encabezado por Bashar al-Assad y los efectos de la llamada Primavera Árabe, desencadenaron diversas protestas sociales, que cobraron cientos de víctimas de la mano de una reacción (léase, represión) gubernamental desproporcionada manu militari. El inicio de esta escalada de violencia contra manifestantes y grupos contestatarios no deja de poner de relieve la naturaleza de una por demás compleja situación regional, signada por la efusión sistemática de sangre cuya principal víctima es la población civil.
Así mismo, la obra hace hincapié en el peso de la historia y el factor geopolítico para una mejor comprensión de las causas asociadas al conflicto. Al hacerlo, por una parte, resalta cómo las divisiones político-administrativas de la región responden más a dictámenes de potencias coloniales que a realidades en el terreno. Por otra parte, desarrolla una caracterización geopolítica de Siria y la importancia de su posición relativa (determinismo geográfico) como cruce estratégico y tránsito de recursos energéticos mediante oleoductos y gasoductos; fortaleza y a la vez debilidad del Estado. No hay que pasar por alto que el país carece de profundidad estratégica, lo que se erige en una vulnerabilidad insoslayable, por ejemplo, desde el mirador del monte Hermon en los Altos del Golán, pues en un día despejado se alcanza a vislumbrar Damasco, su capital, a aproximadamente 40 kilómetros de distancia.
Adicionalmente, la dimensión multicausal de la guerra requiere considerar el complejo entramado de antagonismo religioso presente en las hostilidades. Por ejemplo, en el conflicto armado en Siria, se entrecruza una amalgama de grupos combatientes de oposición con claro raigambre de extremismo religioso, en gran medida fundamentalista y radical, a saber: Frente al-Nusra (afiliado a al-Qaeda y partidario de la creación de un Estado pan-islámico regido por la Sharia), Estado Islámico de Iraq y Siria (integrado fundamentalmente por yihadistas extranjeros, en gran parte combatientes veteranos de otros conflictos armados como el de los Balcanes, Afganistán y Chechenia), y Frente Islámico (alianza integrada por Ahrar-al-Shaam y las Brigadas Suqooral-Shaam, de raíz islamista siria). En el mismo sentido, la guerra en Siria ha agitado el escenario de violencia sectaria subyacente entre actores estatales que promueven su propia hegemonía regional a partir de la división entre chiitas y sunitas al interior del Islam. De ahí que no deba sorprender que la oposición siria se encuentre financiada y armada por Estados mayoritariamente sunitas como Arabia Saudí, Qatar y Turquía, al tiempo que se refuerza con la llegada de combatientes suníes yihadistas de todo el mundo, especialmente de Europa. En contraste, el régimen de Damasco recibe tanto apoyo chiita de Irán, como de Hezbolá, una milicia chiita libanesa.
Respecto a la connotación multiactoral, el autor resalta la injerencia protagónica de diversos Estados, desglosando y analizando sus intereses más relevantes. El resultado de este ejercicio permite entender, por ejemplo, como las relaciones Israel–Siria son por demás complejas y caracterizadas por un historial de hostilidades abiertas o encubiertas a lo largo de 70 años pero en el marco de una relativa racionalidad que se ha visto alterada a partir del creciente grado de influencia y control territorial de Irán y de las milicias de Hezbolá en el territorio sirio. Así mismo, ilustra por qué las relaciones históricas entre Turquía–Siria, se caracterizan recientemente por tener episodios de tensión y antagonismo. A su vez, resalta el papel de la República Islámica de Irán y el apoyo de las milicias de Hezbolá para conservar a Siria como epicentro de su agenda de resistencia contra Israel y los Estados Unidos. Por otra parte, proyecta la agenda tanto de Arabia Saudita como de Catar, en aras de consolidar su nivel de influencia regional mediante el apoyo a grupos rebeldes contra Damasco. Al mismo tiempo, define la participación de la Federación Rusa para contener la influencia de Estados Unidos de América en la región y proyectar su poder nacional y como este último, busca también sus propios objetivos estratégicos regionales, anclados en la consolidación de alianzas tradicionales (por ejemplo, con Israel) y emergentes con las monarquías del Golfo, detentadoras de las mayores reservas colectivas comprobadas de crudo.
Recapitulando, la obra de Janiel David Melamed Visbal se erige en una fuente de consulta obligada para todo aquel que quiera conocer las raíces, contenidos, alcances y notas esenciales del conflicto armado que, desde hace aproximadamente nueve años, desgarra a la sociedad siria en posiciones hasta ahora irreconciliables. La tasa de defunción de población civil supera, con creces, a la de los combatientes propiamente dichos, con la comisión de crímenes de guerra que, por su naturaleza, son de carácter imprescriptible y con efectos devastadores no solamente sobre sus habitantes e inmediaciones territoriales dado a que por sus implicaciones se ha convertido en una verdadera amenaza a la seguridad internacional. A la luz de todas estas circunstancias ¿podría considerarse el conflicto armado en Siria una guerra más en la compleja dinámica de antagonismos y rivalidades del Medio Oriente o el principio del Armagedón que anuncia el Evangelio?; el lector tiene la última palabra.
Marcos Pablo Moloeznik
Guadalajara, Jalisco, México, 23 de enero de 2020. Profesor-Investigador de la Universidad de Guadalajara e Investigador Nacional CONACYT (México) - 2017 William J. Perry Award for Excellence in Security and Defense Education, National Defense University, Washington, D.C.
INTRODUCCIÓN
La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. [...] Podríamos representarla como dos luchadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.
Karl Von Clausewitz
El 17 de diciembre de 2010 seguramente inició como cualquier otro día ordinario para Mohamed Bouazizi, un joven árabe que se encontraba desempleado en Túnez, su país natal. Por la necesidad imperante de subsistir se había dedicado a vender frutas y verduras de forma informal y ambulante en la pequeña y céntrica ciudad de Sidi Bouzid. Presuntamente, inspectores locales confiscaron las pertenencias del joven Bouazizi aduciendo que adolecía de permiso legal para continuar la venta de sus productos, y de repente algo que podría haber sido un simple procedimiento rutinario pasó a la historia como un hecho catalizador que, con diversos niveles de intensidad, propició una sorpresiva reconfiguración del norte de África, Medio Oriente1 y el golfo Pérsico.
Ese día, Mohamed Bouazizi, ante la incapacidad de pagar las coimas exigidas, sufriría una compleja sucesión de acciones frustrantes en su contra. Fue públicamente humillado y golpeado por la autoridad; posteriormente se dirigió a la oficina del gobernador para interponer un reclamo que no fue escuchado por nadie, siendo ignorado ante la absoluta indiferencia de quienes se supone deben velar por el bienestar de los ciudadanos. Estas circunstancias aumentaron su nivel de rabia y lo motivaron a llevar a cabo una protesta tanto desesperada como inusual. Mohamed Bouazizi se prendió fuego a las afueras de aquella misma oficina gubernamental que representaba todo su odio, toda su frustración y toda la injusticia que había tenido que soportar.
Este acontecimiento despertaría un inesperado sentimiento de protesta social que movilizaría a miles de tunecinos, que tal vez se compadecieron con Bouazizi y proyectaron en su experiencia sus propios sentimientos de ira y frustración. Estos manifestantes, exigían mayores libertades civiles y políticas, así como efectivas garantías por parte del Gobierno hacia sus ciudadanos. Rápidamente, las protestas se trasladaron hasta la capital de Túnez y terminaron por derrocar el gobierno autoritario de Zine al-Abidine Ben Ali, después de estar de manera ininterrumpida en el poder desde 1987.
La caída del exmilitar, hombre fuerte y autoritario líder de Túnez, se consolidó como un elemento de transformación significativo y desencadenó una masiva ola de protestas sociales a lo largo de otros espacios de opresión e inequidad en la región, exigiendo también mayores niveles de libertad y participación política de la ciudadanía en países circundantes. Este contexto tuvo enormes repercusiones. Por una parte, condicionó la competencia por la hegemonía entre diversos actores antagónicos a nivel regional. Así mismo, elevó el nivel de tensiones entre potencias con agendas de poder a nivel global. Finalmente, también potencializó a movimientos islamistas que promueven la violencia y el extremismo religioso con el propósito de borrar fronteras y restaurar órdenes medievales.
Por ende, algunas de las consecuencias de inestabilidad política más determinantes de este escenario de manifestaciones populares y juego geopolítico se pueden identificar en la eventual caída de dictadores como Muamar Gadafi en Libia, Hosni Mubarak en Egipto (norte de África) y Ali Abdulá Saleh en Yemen (península arábiga). Adicionalmente, es necesario destacar cómo la propagación de este escenario de exaltación política también determinó otros focos de inestabilidad, frente a los cuales diversas fuerzas intentaron promover sus propios procesos de transición.
Es necesario mencionar que desde distintos medios académicos, noticiosos y de análisis internacional bautizaron estas protestas con el apelativo de la Primavera Árabe2. Con el tiempo esta referencia, si bien se ha hecho corriente, a partir de la metáfora de despertar social producto de aspiraciones de transición hacia mayores libertades sociales y garantías políticas y democráticas, no ha estado exenta a críticas. Fundamentalmente, algunos sectores consideran que esta expresión no es acertada, pues simplifica las actuaciones y aspiraciones de estas movilizaciones populares en términos homogéneos y de corta duración, y por ello sugieren denominaciones alternativas como revueltas de ciudadanos árabes o protestas populares (Khouri, 2011).
Como la idea de este trabajo de investigación no es desarrollar un análisis teórico-conceptual de la expresión en sí misma, a lo largo de este texto se utilizará la expresión Primavera Árabe, debido a la connotada familiaridad del término en diversas audiencias y a sabiendas de que existen otras denominaciones para describir el conjunto de protestas y revoluciones evidenciadas en el marco temporal que abarca desde diciembre de 2010 hasta junio de 2011 en países del norte de África, Medio Oriente y el golfo Pérsico (Revilla y Hovanyi, 2013).
Es precisamente en este contexto temporal cuando en marzo de 2011, un grupo de jóvenes en la ciudad siria de Daraa fueron arrestados por pintar grafitis con consignas en contra del gobierno del presidente Bashar al-Assad. Este episodio en particular sumaría una tensión determinante a la ya evidenciada a partir de manifestaciones populares contra del Gobierno sirio y llevaría a un punto de no retorno la poca tolerancia del régimen de al-Assad a la crítica y la movilización ciudadana. Frente al temor de correr la misma suerte de otros dictadores en la región, el Gobierno sirio implementó una desproporcionada y brutal respuesta de represión armada en contra de las revueltas populares que exigían mayores libertades políticas y civiles y reclamaban la excarcelación de los jóvenes.
Los manifestantes, victimas de semejante represión, muy pronto empezaron a responder contra la violencia estatal. Con el paso del tiempo y la confluencia de múltiples actores se dio inicio a un cruento conflicto armado interno que, dado el posicionamiento estratégico de Siria, rápidamente generó un desbordado nivel de violencia y barbarie con profundas implicaciones geopolíticas en la región. En el desarrollo de todos estos acontecimientos se puede observar que los resultados evidenciados en las aspiraciones y reclamaciones de los distintos pueblos inmersos en la Primavera Árabe han sido ambivalentes y desiguales.
Por un lado, tenemos en la región a un importante número de líderes que al igual que Ben Ali debieron abandonar el poder tras un periodo de protestas relativamente corto, como ocurrió con Mubarak en Egipto. En otros casos, la salida del poder de otros líderes de la zona estuvo antecedida de importantes y prolongados escalamientos bélicos, como ocurrió en Libia con Muamar Gadafi. Sin embargo, en este contexto Siria se presenta como un caso sui generis, donde ni las hostilidades propias de una guerra campante de varios años ni el involucramiento de diversos actores internacionales han resultado elementos determinantes para derrotar al régimen y concretar la salida del poder de Bashar al-Assad.
Esta dinámica resulta paradójica y absolutamente inesperada, pues mientras la llamada Primavera Árabe supuso la salida del poder de emblemáticos líderes de la región, muchos analistas coincidieron en que en Siria se presentaría un contexto similar que finalmente sacaría del poder a la dinastía al-Assad tras más de cuatro décadas de gobierno autoritario. Sin embargo, con el transcurrir de casi una década de conflicto armado interno, ha ocurrido todo lo contrario. El régimen, aunque por momentos debilitado, aún se mantiene, y en el cruento proceso bélico desarrollado se ha evidenciado un dramático ciclo de violencia con grandes repercusiones a nivel humanitario, ocasionando cientos de miles de muertos y millones de víctimas.
En razón de lo anterior, según lo explican Fazio y Fazio (2016), la dinámica del conflicto sirio puede dividirse en dos momentos. Inicialmente, un conflicto con características propias de una revuelta popular que entre marzo y octubre de 2011 se militarizó intensamente. Posteriormente, desde mediados de 2012 se transformó en un verdadero conflicto geopolítico con serias repercusiones a nivel regional y elevados niveles de violencia.
En esta guerra se han entrecruzando intereses antagónicos de actores estatales y al mismo tiempo, entrelazado la agenda local de actores armados no estatales a partir de un variado mosaico de objetivos. Unos y otros han luchado a muerte para conseguirlos.
La mayor parte de la audiencia mundial ha quedado estupefacta de horror al observar el nivel de brutalidad, barbarie y violencia allí desplegada. En virtud de los anterior, el conflicto armado en Siria ha sido catalogado por Zeid Ra’ad al-Hussein (2017), Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, como el peor desastre humanitario ocasionado por el hombre desde la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo al país entero en una inmensa cámara de tortura, un lugar de salvajismos, descontrol y absoluta injusticia, con casi 7 millones de personas desplazadas, más de 250 000 muertos y cerca de 5 millones de ciudadanos que para huir de la violencia han solicitado asilo político en distintos países del sistema internacional.
Por ello, es en este contexto donde la problemática en Siria se torna un tema absolutamente central en este trabajo de investigación y, por lo tanto, este libro ha sido desarrollado con el propósito de explicar ¿cuáles han sido las dinámicas bélicas que han caracterizado el conflicto armado en Siria?, ¿cuáles son los imperativos geopolíticos de los principales actores en la contienda? y ¿qué futuro le espera a la región a partir de las consecuencias de la guerra?
Para delimitar el número de actores estatales objeto de análisis se ha establecido un criterio fundamental: que hayan tenido una activa participación en el conflicto armado sirio. Es decir, que sus acciones excedan los pronunciamientos de tipo político, más a modo de tributo verbal hacia el diálogo, la justificación o el reproche de las dinámicas de la guerra y que hayan tenido una decidida participación desde el punto de vista militar de forma directa o indirecta. En razón de lo anterior, los Estados cuyos intereses geopolíticos son objetos de análisis son: Rusia, Estados Unidos, Irán, Arabia Saudita, Turquía, Catar e Israel.
Adicionalmente, en razón de la especial y activa participación armada de otros actores no estatales en el conflicto, se realizará una caracterización complementaria de algunos de ellos a partir de cuatro ejes temáticos: grupos rebeldes, organizaciones nacionalistas, actores delegados y movimientos islamistas de corte radical3. En este sentido, se desarrollará una caracterización de la participación del Ejército Libre Sirio, las Unidades de Protección Popular como milicias kurdas, Hezbolá y el Estado Islámico4.
Es interesante mencionar que en la mayoría de los actores estatales anunciados, sus dirigencias políticas se han mantenido sin modificaciones por largo tiempo y, en consecuencia, han experimentado pocas transformaciones realmente significativas. Por ejemplo, Vladimir Putin en Rusia, Benjamín Netanyahu en Israel, Recep Erdogan en Turquía.
Lo mismo ha ocurrido en las casas monárquicas de Arabia Saudita y Catar, respecto a las cuales hay que destacar que, aunque hay nuevos y jóvenes mandatarios con un importante papel frente de la toma de decisiones de sus países, representan casas monárquicas que mantienen los mismos intereses geopolíticos de sus líderes antecesores. De estos Estados, el único viraje político significativo a nivel doméstico ha ocurrido en Estados Unidos, al pasar de la presidencia demócrata de Barack Obama al mandato republicano de Donald Trump.
Respecto a los objetivos geopolíticos de cada uno de ellos, serán presentados de acuerdo con tres elementos estratégicos. Primero, la determinación de los objetivos vitales para la seguridad de cada Estado. Segundo, identificar la principal fuente de amenaza a estos objetivos. Tercero, asegurar los recursos, políticos, económicos y militares que pueden ser empleados para la consecución de los objetivos de seguridad nacional (Schmidt, 2012). Sin embargo, vale la pena establecer que ninguna de las dinámicas geopolíticas que serán presentadas en este texto puede ser entendida a tal punto de lograr predecir los acontecimientos futuros.
Así mismo, se podrá evidenciar cómo la guerra en Siria dejó de ser una muestra de descontento y sublevaciones populares frente a un régimen enquistado en décadas de gobierno autocrático y rápidamente se convirtió en un tinglado de antagonismo hegemónico de actores con agendas globales y regionales. Paradójicamente, algunos de estos actores estatales mantienen aún una férrea postura de hostilidad y/o defensa, según se analice, frente al régimen de al-Assad y en otros ha imperado una lógica pendulante caracterizada por la transición y el acomodo en sus posiciones antagónicas a otras más propensas al pragmatismo político. Esto quiere decir que en los casos en los que efectivamente se han ocasionado reajustes a la política exterior frente a este tema, estos no obedecen a virajes políticos de índole doméstica sino a cálculos y reacomodos alrededor de la obtención de sus principales objetivos frente a un desenvolvimiento inesperado de la guerra.
El capítulo primero presenta una introducción básica a la geopolítica, de tal forma que puede verse la evolución de su concepto a partir de un amplio barrido doctrinal de autores destacados, determinar sus distintos alcances disciplinares y puntualizar una delimitación conceptual específica y adecuada para la mejor comprensión del contenido trabajado a lo largo de este texto.
El capítulo segundo desarrolla una caracterización geopolítica de Siria, resaltando las relevantes particularidades que este país presenta tanto en tamaño como localización. Adicionalmente, proporciona al lector información valiosa de otras múltiples variables que deben ser analizadas de manera integral en aras de lograr comprender la complejidad del conflicto armado y los diversos intereses creados alrededor de él.
El capítulo tercero describe el temprano proceso de formación estatal vivido en Siria a mediados del siglo XX y resalta cómo en buena medida los orígenes y raíces causales de muchas de las circunstancias actuales de la guerra en ese país pueden obedecer a episodios de formación estatal, intervencionismo, rivalidades interestatales a nivel regional, la agenda de múltiples actores armados no estatales y regímenes dictatoriales.
El capítulo cuarto examina el papel desempeñado por los Estados Unidos en la contienda. En este punto se atenderán las principales aristas de la política exterior norteamericana frente a este tema en los respectivos mandatos de los presidentes Obama y Trump, destacando sus principales rupturas y continuidades.
El capítulo quinto centra su análisis en el papel de Rusia y los intereses geopolíticos que explican un inusitado pero firme retorno a la esfera política de los asuntos de mayor trascendencia en la zona. En tal virtud, se explican las razones a partir de las cuales se ha consolidado una alianza significativa con el régimen en Damasco y las circunstancias que lo motivaron para desarrollar un importante movilización y activa participación de sus propias fuerzas militares en el campo de operaciones en Siria, la más lejana desde el punto de vista territorial desde el colapso de la URSS.
El capítulo sexto se desenvuelve a partir de un análisis sobre el involucramiento de Irán como potencia regional en este conflicto, explica las cercanas relaciones diplomáticas que el Gobierno iraní mantiene con el régimen sirio y cuáles son los intereses geopolíticos iraníes para justificar su decidido apoyo al régimen de Bashar al-Assad en medio de una ambiciosa apuesta de consolidación regional.
El capítulo séptimo presenta a su vez los intereses de Arabia Saudita, otra potencia regional que ha promovido un cambio en el gobierno sirio y que por ello ha tenido un relevante vínculo con el conflicto armado, prestando apoyo logístico, financiero y militar a muchos de los grupos que se encuentran combatiendo al régimen. En este sentido, se hace un especial énfasis en las medidas tomadas desde Riad para promover una posición hegemónica a nivel regional, la cual estiman que se encuentra amenazada desde múltiples frentes.
El capítulo octavo desarrolla un análisis del activo papel de Turquía en este conflicto y sus intereses geopolíticos en la guerra en Siria. A partir de un amplio análisis se presenta una evolución de las relaciones políticas entre ambos países y, adicionalmente, se desglosan las principales circunstancias que el régimen turco identifica en este contexto como serias amenazas a su estabilidad interna y justificantes de la imposibilidad de mantener una postura distante o estática frente a los acontecimientos en el vecino país.
El capítulo noveno indaga respecto al papel desarrollado por Catar, uno de los territorios petroleros más pequeños pero influyentes de la región y su inusitada búsqueda de influencia regional mediante su vinculamiento, a través de actores delegados, a algunos de los escenarios más candentes y conflictivo tanto en el norte de África, el Medio Oriente y el golfo Pérsico.
El capítulo décimo presenta un análisis del papel de Israel en la contienda y los principales intereses geopolíticos que procura en medio de un elevado escenario de hostilidad y violencia. Si bien la guerra se desarrolla al norte de su frontera, en múltiples ocasiones ha incursionado en su propio ámbito territorial y amenaza permanentemente con preocupantes consecuencias directas para su seguridad nacional a partir de un eventual escalamiento bélico.
El capítulo décimo primero inicia el análisis de actores no estatales que han tenido un importante accionar violento en la confrontación armada. En este sentido, se examina la participación de la organización conocida como Estado Islámico, sus orígenes, sus fundamentos ideológicos y la agenda proyectada a partir de su participación en la guerra.
El capítulo décimo segundo examina a Hezbolá y describe las raíces causales de esta organización, sus principales antecedentes y lineamientos ideológicos. Así mismo, resalta la enorme significancia que esta organización tiene para Irán como instrumento de su proyecto de expansión hegemónica y se explica su participación en la guerra a partir del desespero, desgaste y socavamiento del régimen sirio en la etapa inicial de la confrontación.
El capítulo décimo tercero se ocupa de las milicias kurdas conocidas como las Unidades de Protección Popular y hace una caracterización de esta organización a partir de la apuesta nacionalista kurda, su papel como una fuerza de despliegue rápido y efectiva contra el Estado Islámico y su antagonismo con Turquía.
Finalmente, el capítulo décimo cuarto examina al Ejército Libre Sirio y destaca cómo, pese a los reveses sufridos a lo largo de la guerra, ocupa un sitial de relevancia como la primera estructura organizada de resistencia rebelde con vocación nacional. En este orden de ideas, destaca sus orígenes y el proceso de aceptación, reconocimiento y canalización de apoyos materiales de diversos actores interesados en derrocar el régimen.
GEOPOLÍTICA: UNA DELIMITACIÓN CONCEPTUAL
A quien contempla racionalmente el mundo, el mundo le ofrece a cambio su aspecto racional. La relación es mutua.
Georg Hegel
Hablar de geopolítica es referirse a una disciplina fascinante y con enormes puntos de interés para los estudios de seguridad global y relaciones internacionales. En palabras de Clover (1999), pocas ideologías modernas son tan caprichosamente englobantes, tan románticamente oscuras, tan intelectualmente descuidadas y tan propensas a su vez a iniciar una tercera guerra mundial como la geopolítica. En la medida en que el territorio es la base física esencial del Estado, pues estos ocupan inevitablemente un espacio de suelo más o menos bien definido, fruto a menudo de un proceso histórico cultural que no escapa a turbulencias o fricciones, desde sus inicios disciplinares, la importancia de la geopolítica se ha visto relacionada en la manera en que puntualiza e instrumentaliza el territorio como elemento fundamental para la consecución de objetivos estratégicos o incluso vitales para los Estados (Sanguin, 1981).
Por ello, vale la pena hacer algunas aclaraciones para la adecuada comprensión geopolítica que pretende desarrollar este texto. Por un lado, si bien existen regiones con unas particularidades de gran relevancia para el sistema internacional, son pocas las que pueden llegar a equiparar la especial connotación del norte de África, Medio Oriente y el golfo Pérsico respecto a sus múltiples escenarios de antagonismos. Por ejemplo, si comparamos las realidades propias de estas zonas y las contrastamos, con los antagonismos de los Estados europeos, podemos evidenciar que principalmente estos últimos se han desarrollado tradicionalmente con enorme fuerza por actores estatales propios de sus inmediaciones geográficas, mientras que en estas regiones iniciales ha predominado el intervencionismo de actores foráneos.
Adicionalmente, respecto a estas zonas hay que puntualizar que mientras el modelo de Estado-nación existió en Europa durante varios siglos y era ya un concepto asimilado en el viejo continente a principios del siglo XX, su implementación al norte de África, en el Medio Oriente y en el golfo Pérsico resultaba una idea confusa, abstracta y problemática. Ello en razón de que tan solo sería hasta la década de los cuarenta cuando la región adquirió características westfalianas, es decir, cuando en ella se originan Estados-nación con independencia política de los poderes europeos5 (Lawson, 2000).
En este análisis introductorio es menester presentar una relación de algunas de las más importantes definiciones conceptuales y aproximaciones que sobre geopolítica se han elaborado y su relación con la línea investigativa de esta obra. En este sentido, según Parker (1998), el término “geopolítica” se desprende, desde el punto de vista etimológico, de las raíces griegas Gaia, diosa de la tierra, y Polis, proveniente del concepto de las islas Estados-nación de la antigua Grecia. Por lo tanto, por lo menos desde su sentido etimológico, la geopolítica hace especial referencia a la intrínseca relación de los conceptos de la tierra y/o el territorio, como el hogar físico y ancestral del ser humano y la forma de control y organización que se ha implementado en ella a través del Estado y la política.
En virtud de esta relación inherente, es necesario afirmar que la geopolítica, como resultado de las observaciones respecto a la interacción constante entre las relaciones del hombre con el suelo, equiparadas a las del Estado con su territorio, es, por ende, una disciplina de larga gestación. Esta afirmación puede sustentarse en la forma evidente como el espacio determinó la vida de muchos pueblos a lo largo de la historia de la humanidad. En este sentido, por ejemplo, se observa cómo diversos factores físicos, como la cercanía a fuentes hídricas, la protección en medio delas barreras naturales que se encontraban en las montañas y el entorno en general, determinaban razones suficientes para el asentamiento en determinados lugares por encima de otros, promoviendo inclusive la transformación de sociedades nómadas en pueblos sedentarios.
Por ello, si contemporáneamente se reconoce la influencia que ejercen los factores geográficos y físicos en el desarrollo de la política exterior de un país y las dinámicas de poder en el sistema internacional, también en la antigüedad el espacio y el territorio tuvieron una influencia notoria en la vida política de la humanidad (Renouvin y Duroselle, 2001).
Como consecuencia, diversas culturas de la antigüedad tomaron asiento en áreas geográficas que parecían más atractivas que otras, pues estas permitían desarrollarse de manera más favorable según sus intereses. Por ende, si el espacio geográfico era inadecuado para proporcionar los medios que garantizaran su supervivencia, simplemente se desplazaban y/o conquistaban otros territorios, en aras de anexarlos a su espacio geográfico original6. De ahí entonces que los terrenos fértiles, la vecindad de los ríos, el acceso al mar, los accidentes montañosos de interés y el control de las rutas comerciales, por ejemplo, se convirtieran en la antigüedad en objeto de interés de aquellas formas primitivas de organización social y política y, por supuesto, también en la era contemporánea sean fuente de interés de los Estados modernos.
Por lo tanto, se puede afirmar que aun sin la aparición de una denominación definitiva, la geopolítica ha existido desde tiempos remotos, pues la influencia de los factores geográficos sobre la conducción política se ha mantenido siempre en la mente del estadista. Como bien lo señala Kolakowski (2004), la connotación histórica de la geopolítica enriquece la actual relevancia de la disciplina, y por ello, las lecciones de antaño deben ser tomadas en consideración aun en escenarios contemporáneos, pues desacreditarlas o restarles importancia sería casi tan absurdo como decir que no importaría si de pronto se borrara la memoria del propio pasado personal, solo porque, evidentemente, se vive en el presente y no en el ayer. En tal virtud, tal como se evidenciará en los siguientes capítulos de análisis en torno al conflicto armado en Siria, la historia de las generaciones pasadas es nuestra historia, y es necesario conocerla para saber quiénes somos; de la misma manera que la propia memoria construye la identidad personal.
Ahora bien, no existe un consenso exclusivo y vinculante respecto a la definición conceptual de la geopolítica. De hecho, de la geopolítica podrían citarse tantas definiciones como autores han estudiado esta disciplina. Por lo anterior, debido a que la geopolítica adolece de una definición única que sea vinculante y universalmente aceptada, ha sido usada indiscriminadamente para referirse a temas tan dispares como conflictos interestatales (ver Gyorgy, 1943), guerras civiles (ver Asseburg, 2013), estrategia (ver Rosemberg, 2017), finanzas globales (ver Park, 2018), energía (ver Grigas, 2017), defensa (ver Dalby, 2003), resultados electorales (ver Trinkunas, 2017) y hasta sociedades fraternales como la masonería (ver Arrieta, 2016).
Acudiendo a los inicios de esta disciplina y algunas de sus aproximaciones más tradicionales, es menester mencionar que Rudolf Kjellen, inventor del término “geopolítica” en 1899, la definió como la teoría que explicaba la influencia de los factores geográficos sobre el desarrollo político en la vida de los pueblos y Estados (Dodds, 2007; Cahnman, 1943). A su vez, desde mediados del siglo pasado Karl Haushofer (2003), considerado uno de los principales teóricos de la geopolítica en la escuela tradicional alemana, la definió como una ciencia estatal que permite la consecución de objetivos estratégicos, fundamentada especialmente en el determinismo espacial de todos los procesos políticos y su relación con la geografía.
Esta disciplina sería posteriormente revisada por diferentes corrientes del pensamiento político contemporáneo de Europa y Norteamérica. A partir de ello se señalaría que además de estudiar la influencia de los organismos geográficos en el Estado, estudia también otros factores de diverso orden que influyen decisivamente en la comunidad política. La razón de ello, es que es una disciplina que permite visualizar los caminos más convenientes para el futuro del Estado, de tal forma que el estadista pueda dirigirlo y conducirlo de manera acertada y sin caer en los estragos de la improvisación (Ibáñez, 1985).
En este sentido, desde espacios más contemporáneos también se han generado múltiples definiciones conceptuales en torno a la geopolítica. Por ejemplo, Ladis Kristof (1960) la definió como una herramienta de análisis de fenómenos políticos que intenta dar una interpretación geográfica de estos fenómenos. Lo propio hizo el general Pierre Gallois (1990) en su obra Geopolitics, ways to gain power, al definirla como el estudio de la conexión entre la orientación política de un poder, a nivel internacional, y el contexto geográfico de sus acciones (Ezzatti, 2010). Para Geoffrey Parker (1998), la geopolítica es el estudio de las relaciones internacionales desde una perspectiva espacial o geográfica. A su vez, Mary Gilmartin y Eleonore Kofman (2004) entienden la geopolítica como la articulación del arte de gobernar a través de la práctica de estrategias territoriales. Así mismo, John Agnew (2005) se refiere a la geopolítica como el examen de los supuestos, clasificaciones y explicaciones geográficas que participan en el diseño de la política mundial. Por su parte, Colin Flint (2007) expresa que la geopolítica contemporánea es una manera de ver el mundo y comprenderlo, pues frente a sus complejidades identifica las fuentes, prácticas y representaciones asociadas al control del territorio y los recursos asociados a él.
De la misma forma, Saúl Cohen (2009) la entiende como la disciplina encargada de analizar la interacción entre los ajustes geográficos (características y patrones), por un lado, y los procesos políticos (tanto nivel doméstico como internacional), por el otro, siendo ambos ajustes dinámicos y mutuamente interdependientes. De acuerdo con Silviu Costachie (2011), la geopolítica es, pues, una investigación teórica que revela la relación de sustancia entre la posición geográfica de un Estado y su política.
Ante el gran universo de aproximaciones conceptuales alrededor de la geopolítica, y en aras de facilitar la adecuada comprensión de la línea temática de esta obra, en este texto se entenderá la geopolítica como una herramienta de análisis utilizada por aquellos responsables de formular y diseñar estrategias de política exterior en los Estados, tomando en consideración factores geográficos, históricos y políticos. En este sentido, la geopolítica incorpora el determinante valor de la relación Estado-espacio y las influencias del medio físico (incluyendo el espacio y la localización) en el proceso de toma de decisiones internacionales de orden político y económico, ya sea en el marco de rivalidades, tensiones bélicas, conformación de alianzas y contraalianzas o el establecimiento de acercamientos comerciales.
Dicho en otras palabras, la geopolítica toma en consideración aspectos como el poder, la política y la geografía (no únicamente a partir de líneas fronterizas sino también de manera expansiva sobre zonas de influencia) y abarca una enorme interacción entre estos, de tal manera que permite establecer una distinción entre aliados y rivales, entre amigos y enemigos en la compleja competencia hegemónica entre Estados en el sistema internacional.
Esta aproximación conceptual promoverá la comprensión respecto a la influencia de la geopolítica tanto en la reorganización del sistema internacional como en el surgimiento de un nuevo orden mundial y las constantes rivalidades que se originan entre aquellas fuerzas que procuran mantener su alineación y entre esas fuerzas revisionistas que permanentemente procuran su alteración.
Cada una de estas fuerzas enfrenta desafíos comunes a partir de intereses privados, nacionales y regionales, inscritos en una sociedad internacional de Estados que está sufriendo procesos revolucionarios sin antecedentes en la historia humana. Así mismo, la constante reestructuración de nuevos ejes de poder mundial redefine sus identidades a la luz de nuevas prácticas y relaciones productivas, haciéndolos explorar nuevas instituciones e instrumentos que respondan más efectivamente a estas necesidades y realidades.
CARACTERIZACIÓN GEOPOLÍTICA DE SIRIA
No se puede hacer la guerra en el Medio Oriente sin Egipto y no se puede hacer la paz sin Siria.
Henry Kissinger
Siria siempre se ha encontrado en una zona de múltiples complejidades, especialmente al estar rodeada de vecinos hostiles de mayor poder. La región en la que se encuentra Siria es conocida en árabe como Bilaad al-Sham, que literalmente significa “la tierra hacia la izquierda” (McHugo, 2015). El país cuenta con una posición tanto estratégica como vulnerable, pues está situado en el cruce de caminos que entrelazan a Europa, África y Asia, lo cual ha hecho que sea una región tradicionalmente vulnerable, prácticamente desde todos los puntos cardinales, expuesta a múltiples invasiones por parte de poderes regionales e imperios continentales con el interés de influir las dinámicas de la zona (Phillips, 2010).
Por ello, de acuerdo con Gil, James y Lorca (2012), históricamente –aunque también se ha podido evidenciar a lo largo del último siglo– la región donde hoy se localiza Siria ha cumplido un papel geoestratégico no simplemente como zona de frontera entre Estados, sino como límite natural entre poderosos imperios, convocando con ello los antagónicos intereses de importantes actores políticos. Es interesante destacar que los autores resaltan la manera en que la región fue determinante en la configuración del Viejo Mundo antes de la irrupción conquistadora de Alejandro Magno en la historia de Oriente, y con él, el primero de un gran número de intentos significativos de control integral de la zona por parte de poderes occidentales a lo largo de más de dos mil años.
Ahora bien, el devenir político contemporáneo en esta región ha propiciado que durante mucho tiempo Siria sea más un país temido y cuestionado que un Estado comprendido en medio del complejo entorno geopolítico presente en la zona. Desde antes del inicio de la guerra civil, se solía simplemente asociar a Siria a un país con un casi perpetuo estado de beligerancia tradicional con Israel, a un régimen dictatorial de carácter hereditario y a unos cercanos y nocivos vínculos a la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas (en adelante, URSS) −posteriormente Rusia− e Irán.
Cualquiera que sea la perspectiva desde la cual se analice a Siria, es innegable que ya teniendo una aproximación conceptual clara respecto a la geopolítica, se la debe referenciar como un sitio de enorme importancia. Para ilustrarlo adecuadamente es necesario realizar una breve pero útil caracterización geopolítica de Siria, de tal manera que el lector pueda comprender más a fondo algunos de los aspectos sobre los cuales recae esta importancia.
Para empezar, vale la pena mencionar que la importancia geopolítica y estratégica de Siria se fundamenta en múltiples y variados elementos que deben ser idealmente considerados en conjunto. Por ejemplo, desde el punto de vista religioso, resulta particularmente interesante que la ciudad capital de Siria –Damasco− es mencionada 35 veces en el Antiguo Testamento y unas 20 más en el Nuevo Testamento. Damasco tiene adicionalmente un especial interés religioso e histórico para el mundo islámico, pues fue la base del califato Omeya entre los años 661 al 750 (McHugo, 2015; Armstrong, 2014).
Desde el ámbito poblacional, es importante señalar que antes del inicio del conflicto armado interno Siria contaba con 22 millones de habitantes aproximadamente. No obstante, a causa de la violencia generalizada y sistemática que atraviesa, la población se ha reducido ostensiblemente. Hasta marzo de 2019 se estimaba un numero aproximado de 570.000 muertes relacionadas al conflicto, así mismo se registraban cerca de 6 millones de refugiados sirios en países vecinos y muchos de los habitantes remanentes han buscado refugio en la zona costera del país (The Economist, 2015; Devadas, Elbadawi y Loayza, 2019). Ahora bien, con respecto a la población en Siria, es importante mencionar que es completamente diversa desde aspectos étnicos y religiosos. Esta circunstancia se ve reflejada al considerar que cerca del 75 % de sus habitantes son musulmanes sunitas, mientras que aproximadamente un 13 % restante de individuos pueden ser agrupados en otras minorías musulmanas, entre las cuales se pueden destacar los alauitas7 (quienes habitualmente han ostentado posiciones de relevancia en el ámbito militar desde la creación del Estado moderno sirio y que desde la década de los 1970 lograron el control político del país), los drusos y chiitas, mientras que el resto de la población es representada por una variedad de minorías cristianas (Starr, 2015; Van Dam, 2013).
Esta variedad poblacional, sumada a la compleja manera como tradicionalmente ha sido distribuido el poder a nivel nacional, han ocasionado una profunda fractura en el tejido social que puede incluso justificar lo manifestado por Van Dusen (1972), al señalar que desde que Siria adquirió su independencia se convirtió en un Estado sin nación donde históricamente ha sido muy difícil el desarrollo de elementos de cohesión entre sus habitantes.
Desde el punto de vista espacial, Siria es un Estado con un tamaño y una localización que le hacen vulnerable al carecer de una profundidad estratégica que le permita absorber ataques o amenazas. Adicionalmente, adolece de barreras naturales como grandes montañas o ríos infranqueables que la dejan en franca exposición frente a diversos actores regionales (Hinnebusch, 2014).
En este sentido, es también necesario hacer alusión a la localización geográfica del país y a la manera en que se encuentra ubicada al este del mar Mediterráneo. Si bien el país tiene menos de 200 kilómetros de costas, está situado en una zona estratégica por su cercana localización a otros 4 grandes cuerpos de agua como son el mar Rojo, el golfo Pérsico, el mar Caspio y el mar Negro, lo cual ha sido determinante para su habitual consolidación como puente en el tráfico y comercio de bienes y servicios en la región. Esta circunstancia permite en parte entender por qué Siria tiene un alto grado de influencia como agente estabilizador, no solo para aquellos países con los cuales tiene frontera, sino también para la región en general.
El territorio que constituye actualmente el Estado moderno sirio es tan solo una pequeña parte de una zona conocida históricamente como la Gran Siria. En este sentido, según Goujon (2014), tradicionalmente esta designación era frecuentemente usada por emperadores, mercaderes, navegantes y gente del común en general para designar un área de territorio que comprendía desde el Monte Tauro al norte (actual Turquía), el mar Mediterráneo hacia el occidente, la península del Sinaí hacia el sur (actual Egipto) y el vasto desierto hacia el oriente. Es decir, la Gran Siria comprendía en su momento una amplia extensión territorial de zonas que hoy pertenecen a Estados como Egipto, Turquía, Siria, Iraq, Israel, Jordania, Líbano y los territorios palestinos.
Por ende, la Siria contemporánea es mucho más pequeña, y hace apenas referencia al conglomerado social, política y jurídicamente constituido sobre un área territorial de mediana extensión y que tal como se evidenciar en el siguiente mapa, cuenta con una división administrativa de 14 provincias (Quneitra, Dar’a, Suwayda, Damasco, Rif Damasco, Homs, Hama, Tartús, Latakia, Idlib, Alepo, Raqqa, Hasaka, Dayr az-Zawr).
A lo largo y ancho de su extensión Siria posee 2363 kilómetros de fronteras territoriales con otros 5 grandes actores regionales. Al norte limita con Turquía (con 899 kilómetros de frontera), al este y al sudeste con Iraq (con 599 kilómetros de frontera), al sur colinda con Jordania (con 379 kilómetros de frontera), mientras al suroccidente se encuentra con Líbano (con 403 kilómetros de frontera) e Israel (con 83 kilómetros de frontera), con el que mantiene una disputa territorial por los Altos del Golán.
A través de su vida republicana Siria ha sido un actor de importancia en la zona, y ha sido a la vez un actor recurrente en diversos conflictos presentes en la región. Por ello, pueden identificarse claramente múltiples episodios de conflictividad bélica, tensiones y hostilidad con varios de sus vecinos, entre los cuales destacan Israel, Turquía, Iraq, Jordania, Líbano y distintos movimientos de resistencia palestina (Hof y Simon, 2013).

Fuente: elaboración propia.
Mapa 1. Divisiones administrativas de Siria
Pese a que su territorio comprende diversas cadenas montañosas y vastas extensiones de desiertos, paradójicamente, Siria también posee un importante potencial para la agricultura, pues cerca del 25 % de su tierra es arable, porcentaje considerablemente elevado al compararse con la vocación agrícola de otros Estados vecinos (Banco Mundial, 2019). Esta circunstancia deriva del importante número de fuentes hídricas con las que cuenta el país, entre las cuales destacan el río Eufrates (compartido con Turquía e Iraq), el río Tigris (compartido con Iraq y Turquía), el río Orontes (compartido con Turquía y Líbano), el río Khabur (compartido con Turquía), el río Sajur (compartido con Turquía) y el río Balikh, entre otros.
En virtud de la notable interconexión que buena parte de sus más importantes ríos tienen con varios Estados de la región, puede afirmarse que Siria se encuentra en una compleja posición de interdependencia con sus vecinos. Esta relación no siempre se ha caracterizado por la cordialidad o la amable cooperación interestatal, por el contrario, presenta antecedentes con amargos episodios de controversias y tensiones diplomáticas. Para mayor ilustración al respecto se puede analizar, por ejemplo, que Siria se encuentra en la mitad del recorrido entre los extremos del río Éufrates, una de las principales fuentes hídricas de la región. Ahora bien, el punto de nacimiento de este río se encuentra en Turquía, lo cual genera vulnerabilidad en Siria frente a proyectos de infraestructura desarrollados en ese país y que tengan el potencial de afectar el normal cauce del río y, con ello, el suministro de agua. Por otra parte, la desembocadura del río Éufrates al golfo Pérsico se encuentra en Iraq, por lo que este último también observa con desconfianza cualquier acción para reducir el cauce de esta fuente hídrica desde Siria, al punto de que ambos países estuvieron al borde de la guerra en 1974 como resultado de la construcción en Siria de una represa en Taqba (Cohen, 2009).
Ahora bien, en materia energética la importancia de Siria también es excepcional. Se ha mencionado que Siria se encuentra en una región históricamente relevante por situarse en medio de una ruta vital de comercio y por ser centro de grandes imperios. Sin embargo, su relevancia contemporánea también deriva en buena medida de su localización estratégica en el corazón de una zona rica en recursos energéticos y de amplio interés para actores regionales y potencias globales (Dening, 1950). Es interesante considerar que antes de 2011 –cuando comenzaron las protestas en contra del gobierno de Bashar al-Assad– Siria producía 383 000 barriles de petróleo al día, de los cuales exportaba aproximadamente la mitad, representando el 25 % de las rentas del Gobierno y aproximadamente el 45 % del total de las exportaciones del país (Energy Information Administration, 2015).
Estas cifras permiten concluir que su relevancia energética no radica en sus recursos naturales, los cuales son más bien discretos en la región. Comparativamente, esta afirmación se fundamenta al analizar que la cifra diaria de barriles de petróleo producida por Siria antes de la guerra no representa mucho en relación con otras potencias energéticas de la región como Arabia Saudita –que según datos de la revista Forbes produce cerca de 12 millones de barriles de petróleo al día.
En consecuencia, la importancia de Siria en materia energética trasciende la simple cuantificación de los yacimientos de petróleo encontrados en su territorio. Su verdadero papel protagónico está asociado con su posicionamiento estratégico como país de tránsito de este mercado energético, ya que por su territorio atraviesan de manera eficiente y barata varios oleoductos y gasoductos de carácter internacional que llevan una importante cantidad de gas y petróleo de la región a los mercados internacionales, especialmente en su tránsito hacia Europa8. Es decir, las riquezas energéticas que sí poseen otros Estados de la región deben idealmente desplazarse a través del territorio sirio para ser comercializadas en los mercados internacionales de mayor apreciación económica, pues es Siria, en definitiva, el que posee el territorio que satisface por igual las necesidades imperantes a nivel regional y global, de los mercados e industrias tanto de productores como de consumidores de energía.
Ahora bien, como consecuencia del conflicto armado interno, es apenas lógico observar cómo muchas compañías petroleras han suspendido sus operaciones en el país, disminuyendo aún más la producción de hidrocarburos nacional. Adicionalmente, un considerable número de las instalaciones nacionales para esta industria han sufrido una compleja serie de averías o han sido capturadas por fuerzas rebeldes de oposición al régimen, ocasionando una importante fuente de riqueza y liquidez para estas organizaciones armadas a través del fomento de comercio ilegal de hidrocarburos y sus derivados. En virtud de lo explicado, estas circunstancias no deben ser entendidas como el consecuente detrimento natural de la importancia de Siria en materia energética; por el contrario, debe entenderse como el resultado natural que ha ocasionado la violenta competencia multiactoral por el control y hegemonía sobre su territorio.
En este sentido, Siria no es la excepción a la conocida relación entre la dependencia global existente sobre el petróleo y el gas natural –fuentes aproximadas de cerca del 61 % de abastecimiento de energía primaria para el planeta– y la variedad de violencia y conflictos con la cual se asocia el control de esta industria (Klare, 2009). Este solo hecho permitiría por sí solo explicar por qué la gran mayoría de los países extranjeros involucrados en mayor medida en el conflicto armado en Siria son países con marcados intereses en el sector energético. Algunos de estos países buscan mantener el statu quo derivado de su notable cercanía y entendimiento político con el régimen sirio y otros procuran todo lo contrario. Es decir, buscan promover un cambio de régimen y un nuevo liderazgo en aras de presionar para que con posterioridad a su derrocamiento se consolide un Gobierno dispuesto a favorecer sus aspiraciones revisionistas, otorgándoles, consecuentemente, favorables concesiones para sus inversiones a futuro, de cara a consolidar un papel hegemónico en el sector energético del país.
Pese a todos estos hechos, los principales modelos de mediciones de riesgo político a nivel internacional fallaron en predecir la ocurrencia de la llamada Primavera Árabe, y con ella, los nefastos hechos relacionados con el conflicto armado en Siria. Tal como se evidencia en las siguientes tablas, este suceso tomó por sorpresa a todos centros de análisis de riesgo internacional. Estos, en su mayoría, no tenían en sus listas a Siria, Egipto, Libia o Túnez como Estados sujetos a riesgos considerables para el periodo 2009-2010, pese a que algunos de estos países se encontraban incluidos en mediciones internacionales con bajos rendimientos en materia de democracia, libertad de prensa y alta corrupción.
Tabla 1. Indicadores internacionales de riesgo a nivel político (2009-2010)

Fuente: Sottilotta (2017, p. 67).
Tabla 2. Ranking de la Liga Árabe-2010 (Democracia, Corrupción, Libertad Religiosa)

Fuente: elaboración propia con base en Marquina (2011).
De hecho, aun cuando se empezaron a desarrollar los acontecimientos y, con ellos, la caída de varios hombres fuertes en sus respectivos países, la dirigencia política siria continuó desmeritando el impacto que esta nueva realidad geopolítica podría tener su país. Al respecto, es bastante ilustrativa la declaración dada por el presidente Bashar al-Assad en una entrevista concedida al diario norteamericano Wall Street Journal (2014):
No estoy hablando aquí en nombre de los tunecinos o los egipcios. Estoy hablando en nombre de los sirios. [...] Tenemos circunstancias más difíciles que la mayoría de los países árabes, pero a pesar de eso, Siria es estable. ¿Por qué? Porque tienes que estar muy vinculado a las creencias de las personas. Este es el problema central. Cuando hay una divergencia entre la política y las creencias e intereses de la gente, tendrá este vacío que crea perturbación. Entonces las personas no solo viven de intereses; también viven de creencias, especialmente en áreas muy ideológicas. A menos que se comprenda el aspecto ideológico de la región, no puede comprender lo que está sucediendo.
Frente a estas declaraciones habrá quien tilde de ingenuo al joven presidente sirio, sin embargo, según Gelvin (2012), era razonable esperar que Siria se mantendría inmune frente a la Primavera Árabe, básicamente por 5 razones fundamentales. Primero, Bashar al-Assad gozaba de una imagen de reformista que se inclinaba por medidas de liberalismo económico9. Segundo, tenía el prestigio de ser uno de los líderes más importantes del eje antiamericanista en la región, en lo que para muchos era el principal frente de resistencia contra los Estados Unidos e Israel10. Tercero, el Gobierno sirio había demostrado en el pasado que no se andaba con rodeos para aplastar revueltas nacionales o movimientos yihadistas internos que supusieran una amenaza a su bienestar11. Cuarto, Siria es un Estado heterogéneo que históricamente había disfrutado del respaldo de amplios sectores sociales bajo el entendido que proporcionaba seguridad y evitaba la violencia sectaria. Por último, cuando la Primavera Árabe ya había demostrado ser un elemento catalizador en la salida de importantes líderes de la región, las primeras demostraciones de protesta en contra del régimen fueron rápidamente sofocadas por sus fuerzas de seguridad, y estas movilizaciones difícilmente tenían un importante nivel de convocatoria frente al conglomerado social en general. Sin embargo, el tiempo haría lo suyo, y con rapidez demostraría cuán equivocados estaban estos pronósticos de paz y estabilidad.
LA CREACIÓN DEL ESTADO MODERNO SIRIO
He aquí que Damasco ha dejado de ser ciudad y será montón de ruina.
Isaías, capítulo 17, versículo 1.
Desde un punto de vista contemporáneo, la historia política del Estado moderno sirio tiene muchos elementos comunes con los procesos de emancipación y las dinámicas sociopolíticas que durante décadas han experimentado varios de sus países vecinos. Un primer aspecto común puede ser evidenciado en cómo la estruendosa derrota sufrida por el Imperio otomano en la Primera Guerra Mundial, y el consecuente sistema de mandatos impuesto por la Sociedad de las Naciones, sembraron indefectiblemente la semilla de inestabilidad política en el naciente Estado. Fue tan solo a partir de este momento cuando en la región se observó el notable surgimiento de territorios políticamente organizadas bajo el modelo de Estados-nación y la impresionante rapidez con la cual asumieron entre sí posturas de rivalidad regional (Lawson, 2000).
Ahora bien, la estrecha relación entre el Imperio otomano y el devenir político de la región se evidencia tras comprender la dinámica de hegemonía que este actor desplegó en la zona durante varios siglos, a lo largo de un lento pero constante proceso de decaimiento político y debilitamiento militar. Esto se observa claramente al analizar la manera en que a principios del siglo XVI el Imperio otomano era prácticamente autosostenible en alimentos, minerales y tierras. Su formidable ejército, mayoritariamente unido por la fe islámica, era fuerte y con grandes capacidades operativas, de modo que no tenían nada que envidiarles realmente a los ejércitos de las grandes potencias europeas (Woodward, 2001).
Sin embargo, la última victoria significativa del Imperio otomano desde el punto de vista militar fue la conquista de Chipre entre 1570 y 1571. A partir de este momento se inicia una serie de acontecimientos que lo irían mermando militar y políticamente, repercutiendo en la reducción de la extensión territorial del imperio, que en su punto máximo de expansión abarcaba vastas extensiones de 3 continentes (sudeste de Europa, Medio Oriente y norte de África). En este sentido, a modo general se puede mencionar que ya para el siglo XVII el Imperio otomano no estaba en capacidad de proporcionar seguridad a zonas apartadas de su epicentro de gobierno. En el siglo XVIII, Francia invadió a Egipto –en ese entonces controlado por los otomanos–, y pese a que los británicos se sumaron a las fuerzas que lo combatieron, cobraron su favor promoviendo la pérdida de control del imperio sobre esta región, asegurando posteriormente un paso estratégico en su ruta colonial desde la India hasta las costas del mar Mediterráneo, a través del canal de Suez.
Adicionalmente, en el siglo XIX, el Imperio otomano sería objeto de varias intervenciones por las grandes potencias europeas, y resultó muy desgastado como consecuencia de las exigencias de la guerra de Crimea entre 1853 y 1855. Finalmente, en el siglo XX su realidad era prácticamente irreconocible. Era una vaga sombra de lo que alguna vez fue y se le denominaba despectivamente como “El hombre enfermo de Europa”, al punto que su desafortunada derrota en la Primera Guerra Mundial sería el último clavo en su ataúd imperial (Duranoglu y Okutucu, 2009; Uyar y Erickson, 2009).
Por lo tanto, se puede inferir al menos que entre las principales causas del debilitamiento y posterior fractura del Imperio otomano a principios del siglo XX se destaca el desgaste acumulado de múltiples guerras previas y la presión militar sufrida por parte del Imperio ruso en el este, y de los británicos, y especialmente de sus aliados árabes en el sur (Halliday, 2005).
Esta explicación introductoria resulta, en efecto, pertinente en el marco de la línea de investigación de este texto. Además, tal como se puede evidenciar en el siguiente mapa, también permite ilustrar adecuadamente que desde incluso antes del inicio de la Primera Guerra Mundial, los británicos –pese a mantener estrechas relaciones diplomáticas con los otomanos– veían en este imperio regional a un poderoso rival natural y un factor de amenaza determinante que era mejor eliminar para salvaguardar sus intereses hegemónicos en la ruta que conectaba sus principales colonias en Asia con Europa y adentrarse aún más en la proyección de sus intereses en Medio Oriente, el norte de África y el golfo Pérsico.

Fuente: Washington Post (2015).
Mapa 2. Extensión del Imperio británico a principios del siglo XX
Así mismo, la idea de finalizar los siglos de injerencia otomana sobre la zona y sus pobladores resultaba también de interés para una gran variedad de actores y grupos tan variopintos entre sí como antagónicos en sus intereses. Alrededor de este objetivo se alineaban varias tribus y líderes árabes, e incluso líderes del movimiento sionista internacional. Por lo tanto, la lucha por derrotar la presencia hegemónica del Imperio otomano no representaba tan solo el anhelo de independencia, autodeterminación y soberanía de un solo pueblo unificado, sino, más bien, un ambicioso proyecto que convocaba múltiples socios y variados intereses yuxtapuestos.
Fue en este contexto en el que para 1915 Henry McMahon, Alto Comisionado británico en Egipto, contactó al jerife de La Meca, Hussein ibn Ali, para alentarlo a dirigir una revuelta árabe contra los otomanos12. A cambio de aceptar esta solicitud, el jerife reclamó el favorecimiento europeo para el establecimiento de un Estado árabe independiente en forma de monarquía, que resucitaría el viejo califato islámico desde la península del Sinaí, en el oeste, hasta los límites con Persia (actual Irán), en el este, y de Siria, en el norte, hasta el océano Indico, en el sur (Kuhn, 2011).
Estos contactos iniciales se convirtieron en la famosa correspondencia Hussein-McMahon, y daban testimonio de la ambigua aceptación de dicho requerimiento en aras de canalizar una importante fuerza de resistencia militar y revuelta social en contra del Imperio otomano y obtener, consecuentemente, la simpatía popular ante el proyectado avance de las tropas británicas en la región. Ahora bien, es cierto que el jerife de La Meca se había convertido en un importante receptor de ayuda material y logística por parte de los británicos durante la Primera Guerra Mundial, pero esto difícilmente puede ser interpretado como si este personaje hubiera sido el único líder de la zona que se identificara con esta causa ambiciosa común o como si fuese el único líder árabe con una cercana relación a los británicos13.
En tal virtud, tal como lo explica Rosenberg (2005), en aras de fortalecer su proyecto político y militar, los británicos habían celebrado también múltiples acuerdos adicionales con diversos líderes de la región, entre los cuales destacan el sheik Mubarak de Kuwait (1899), con Abdul Aziz Ibn Saud de Nejd (1915) y con Mohammed al-Idrisi de Asir (1915). Así mismo, habían expresado al movimiento sionista en 1917, a través de la declaración de Balfour, el visto bueno para el establecimiento de un hogar nacional para el pueblo judío en la región14.
En medio de este escenario, británicos y franceses convenientemente proclamaban en público su deseo de liberar a diversos grupos étnicos, tribales y religiosos del yugo opresor otomano en la región. Sin embargo, en privado sus acciones apuntaban hacia otro objetivo, pues se dividían arbitrariamente los territorios que entonces dominaba el Imperio otomano y que serían reclamados por los aliados que estas potencias europeas habían reclutado en aras de derrocar la hegemonía otomana en la zona.
El contenido de esta repartición secreta de territorios e intereses se ve claramente reflejado en el acuerdo Sykes-Picot, a menudo catalogado como un documento histórico que rinde tributo a la ambición, la doble moral y la traición, y es tomado como un importante justificante de muchos de los agravios y reclamaciones surgidas en la región desde entonces. El alcance de estas negociaciones entre británicos y franceses se mantuvo en reserva durante los primeros años de la guerra, sin embargo, la falsedad de sus promesas quedaría finalmente en evidencia.
El impacto que el acuerdo Sykes-Picot tendría sobre Siria hace necesario mencionar el papel del príncipe hachemita Faisal, tercer hijo del jerife de La Meca y a su vez importante líder militar de la revuelta árabe que liberaría a Damasco del control otomano en octubre de 1918. Tal como lo estipula Tanenbaum (1978), las tropas de Faisal actuaban en estrecha coordinación con las tropas británicas al mando del general Edmund Allenby, pues era Gran Bretaña el que proporcionaba su financiación y asesoría militar a través de célebres oficiales como el coronel T.E. Lawrence15.
El príncipe hachemita Faisal asistió a la conferencia de París celebrada en 1919. Allí evidenció que sus aliados europeos habían concluido que los pueblos de la región no estaban en capacidad de autogobernarse y que, consecuentemente, requerían de la administración conjunta de Gran Bretaña y Francia a través de la figura de mandatos hasta que estuvieran en capacidad de hacerlo. Algo completamente diferente del proyecto político prometido.
El alcance exacto de dicha medida puede verse claramente en el contenido del artículo 22 del Tratado de Versalles (1919), el cual textualmente señala:
Los principios siguientes se aplicarán a las colonias y territorios que, a consecuencia de la guerra, hayan dejado de estar bajo la soberanía de los Estados que los gobernaban anteriormente y que estén habitados por pueblos aún no capacitados para dirigirse por sí mismos en las condiciones particularmente difíciles del mundo moderno. El bienestar y el desenvolvimiento de estos pueblos constituye una misión sagrada de civilización, y conviene incorporar al presente Pacto garantías para el cumplimiento de dicha misión. El mejor método para realizar prácticamente este principio será el de confiar la tutela de dichos pueblos a las naciones más adelantadas, que, por razón de sus recursos, de su experiencia o de su posición geográfica, se hallen en mejores condiciones de asumir esta responsabilidad y consientan en aceptarla. Estas naciones ejercerán la tutela en calidad de mandatarias y en nombre de la Sociedad. El carácter del mandato deberá diferir según el grado de desenvolvimiento del pueblo, la situación geográfica del territorio, sus condiciones económicas y demás circunstancias análogas. Ciertas comunidades que pertenecieron en otro tiempo al Imperio Otomano han alcanzado un grado de desenvolvimiento tal, que su existencia como naciones independientes puede ser reconocida provisionalmente a condición de que la ayuda y los consejos de un mandatario guíen su administración hasta el momento en que sean capaces de dirigirse por sí mismas.
Este nuevo contexto significaba nada más y nada menos que serían franceses y británicos quienes tendrían el control y dominio sobre los territorios árabes que alguna vez fueron dominados por el Imperio otomano. A su vez, por el momento dejaba en entredicho las aspiraciones de independencia, soberanía y autodeterminación de aquellos nativos que lucharon contra los otomanos solo para atestiguar la continuidad de su condición de súbditos ante un mero reemplazo de patrono imperial que nada tenía de altruista o filantrópico (Hirst, 2010).
En este contexto, en un principio el papel de Faisal sobre Damasco fue limitado al de un mero gobernador con tareas puramente administrativas, papel que, por supuesto, estaba muy distante de la función de monarca en la ciudad que consideraba debía servir de capital al reino árabe unificado por el que tanto él como su padre y su tribu entera habían luchado durante la Primera Guerra Mundial. Eventualmente, tras consolidar su posición durante varios meses y revelarse finalmente ante la influencia que Francia ejercería con su mandato sobre Siria, Faisal formaría en Damasco un gobierno árabe en la forma de una monarquía constitucional y sería declarado como el rey Faisal I de Siria.
Como es natural en este escenario histórico, Francia bajo ninguna circunstancia contemplaba permitir que este tipo de actuación unilateral se interpusiera entre sus intereses coloniales y el control territorial que había negociado con los británicos y que le había sido conferido por la Sociedad de las Naciones. En virtud de lo anterior, la marcha de las tropas francesas hacia Damasco no se hizo esperar, y hacia mediados de 1920, en la batalla de Maysalun, sometieron militarmente a las fuerzas de Faisal, quien sería expulsado de Siria, y como premio de consolación bajo la tutela de los británicos, nombrado rey de Iraq (Aboultaif, 2016; Rabil, 2006).
Esta supremacía militar europea sirve como referente del devastador golpe sufrido por el nacionalismo árabe a principios del siglo XX –representado por Faisal–, y sembró en el imaginario social la idea de una Gran Bretaña traidora y una Francia hostil frente a los deseos de reunificación del pueblo árabe. Por ende, en buena parte del ideario social del Medio Oriente, norte de África y el golfo Pérsico estas naciones europeas no serían vistas como unas amigas, dispuestas a prestar ayuda y guía hacia la consecución de una independencia y autodeterminación genuina –como inicialmente indicaba el Tratado de Versalles–, sino como unas potencias coloniales, cristianas, occidentales y antiislámicas que rechazaban cualquier aspiración nacionalista y que amenazaban su cultura, religión y lenguaje (Chaitani, 2007).
Por supuesto, hoy en día resulta prácticamente imposible pensar en una unidad política que comprenda estas tres subregiones en un solo Estado. Sin embargo, a principios del siglo pasado este sueño nacionalista era contemplado como posible mientras la Primera Guerra Mundial se acercaba a su fin. Ello en razón de que entonces no existían ni Siria, ni Iraq, ni Líbano, ni Jordania como Estados autónomos, independientes o soberanos y su referencia semántica obedecía simplemente a la mera determinación de lugares geográficos, entidades administrativas y/o provincias del decadente Imperio otomano (Maalouf, 2011).
Por 25 años los franceses gobernaron Siria, separándola de los territorios árabes circundantes, dividiéndola en su interior en diversas unidades étnicas y forzando incluso la cesión del territorio de Alejandreta a Turquía (Kerr, 1973). Ahora bien, es cierto que la superioridad militar permitió a los franceses asegurar el territorio conferido por el mandato, pero gobernarlo era un asunto completamente diferente, pues encontraron múltiples formas de resistencia entre la población nativa. Por ello, según Hitti (1959), tal vez esto sea suficiente para explicar por qué los 3 primeros altos comisionados franceses para Siria –Henri Gouraud (1919-1923), Maxime Weygand (1923-1925) y Maurice Sarrail (1925)– serían en esencia militares de alto grado, sobresalientes y condecorados generales que se habían destacado al fragor de la batalla durante la Primera Guerra Mundial.
El talante militar del gobierno francés en Siria, demostraba la falta de favorabilidad para promover una pronta independencia en el país. Mas aun, cuando desde el poder colonial se obstaculizaba la realización de elecciones para conformar una Asamblea Constituyente. Esto, aun cuando la temprana y necesaria realización de estas elecciones a mas tardar en 1923, había quedado estipulada en el mandato otorgado por la Sociedad de Naciones. Finalmente, estas elecciones solo se realizaron cuando la gravedad de las revueltas populares así lo condicionaron.
Tal como es ilustrado por Provence (2008), cuando finalmente se realizaron estas elecciones, los resultados favorecieron a políticos de corte nacionalista que promovieron la inclusión en el texto constitucional de artículos controversiales que permitían a la Asamblea Constituyente, por ejemplo, la concesión de indultos, formar un ejército e incluso declarar estados de emergencia sin la autorización francesa o su consulta previa. Sin embargo, el mando francés había presionado para la inclusión de un artículo que les permitía la prerrogativa de suspender la aplicación de cualquiera de estas disposiciones, prerrogativa que efectivamente fue usada al día siguiente de ser aprobado el texto final de la Constitución en 1930, dejándola así sin posibilidad alguna de implementación.
Por ello, de acuerdo con Saouli (2014), a partir de este momento prácticamente todos los intentos de independencia nacional y reformas sociopolíticas en favor de la autodeterminación y la soberanía siria fueron reprimidos brutalmente por Francia, que habría de mantener intacto este contexto de control colonial desde 1920 hasta 1945. Es decir, hasta el eventual final de la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento de un nuevo orden global liderado por Estados Unidos y la URSS. Para contextualizar, es importante considerar que la cruenta dinámica de la Segunda Guerra Mundial había ocasionado la evidente debilidad resultante tanto para Francia como para Gran Bretaña y proporcionaría finalmente una circunstancia favorable para la independencia de la mayoría de sus colonias, incluyendo Siria. El país obtendría por fin su independencia política en 1946, tras un periodo de colonización relativamente corto si lo comparamos con las notables y prolongadas experiencias coloniales europeas en África y Suramérica.
Por lo tanto, al igual que otros actores estatales de la región, el diseño e invención de la Siria moderna estuvo basado en los acuerdos políticos realizados entre franceses y británicos sobre los territorios del Imperio otomano para la consolidación de sus intereses coloniales y no en realidades históricas, geográficas o culturales (Robinson, 2012). Esta circunstancia determinó la fundamentación de un Estado sirio sobre fronteras territoriales absolutamente artificiales y arbitrarias, las cuales encapsularon a diversos grupos étnicos y religiosos, entre los cuales destacan musulmanes suníes, alauitas, kurdos, drusos y cristianos, muchos de ellos con graves antecedentes de rivalidad y conflictividad.
Casi un siglo después, muchas de las motivaciones alrededor de algunos de los conflictos que se desarrollan sobre este territorio en parte reclaman la cohesión y unidad árabe, fracturada a partir de la creación de estos países inventados y la consolidación en el poder de regímenes dictatoriales (Gil, James y Lorca, 2012). Por ello, se logra comprender la manera como, luego de su independencia, el país confrontó una dura realidad caracterizada por la imperante crisis de gobernabilidad, producto de la debilidad estatal en materia de control y presencia efectiva sobre el territorio, por una parte, y debido a profundas diferencias sociales y económicas entre las zonas urbanas y las rurales, por la otra. Esta circunstancia nos lleva a otro común denominador de la realidad política en Siria con distintos actores regionales, el gran número de golpes de Estado sufridos desde su independencia política de Francia el 17 de abril de 1946 y la consolidación en el poder de Hafez al-Assad como uno de los personajes dictatoriales más emblemáticos de la región16.
Cuando Hafez al-Assad obtuvo el poder, Siria dejó atrás ese lastre característico de gobiernos débiles y propensos a ser frecuentemente depuestos por fuerzas opositoras. Bajo su dirección, el país se adoptó a un régimen autocrático, con altos niveles de resiliencia y estabilidad durante sus 30 años de mandato. Sin embargo, al pasar el legado de poder a su hijo Bashar al-Assad, estas circunstancias de estabilidad ya no pudieron ser garantizadas (Bar, 2006). Se puede incluso pensar que cuando Bashar al-Assad asumió el liderazgo del país no estaba preparado para el ejercicio del poder, pues quien realmente había sido designado para reemplazar a Hafez al-Assad era Bassel al-Assad, el primogénito del dictador y hermano mayor de Bashar.
Mientras Bassel al-Assad había sido formado a la imagen y semejanza de su padre, contaba con una larga y prestigiosa carrera militar, y era además miembro de las fuerzas especiales del Ejército en Siria, su her mano Bashar al-Assad había sido una figura mucho más introvertida que estudió medicina en la Universidad de Damasco para después especializarse en oftalmología, trabajar en el hospital militar sirio y luego irse a vivir a Londres para una pasantía de entrenamiento en el Western Eye Hospital.
Inesperadamente, Bassel al-Assad murió en un accidente automovilístico a las afueras de Damasco en 1994, dejando un vacío que debía ser llenado rápidamente y que ocasionó el improvisado retorno de su hermano Bashar a Siria. La tarea del régimen frente a estas circunstancias excepcionales era compleja. Consistía en convertir de manera express a Bashar al-Assad en un próximo dictador en ejercicio, debido a los acumulados problemas de salud de su padre, quien sabía que estaban contra el tiempo para asegurar una tranquila transición de poder en su ausencia (Hof y Simon, 2013).
Para este momento, en aras de asegurar este tipo de sucesión propia de un inusual modelo de monarquía republicana, Bashar inició apresuradamente tanto su entrenamiento militar como su inducción al complejo mundo de toma de decisiones políticas a la sombra de su padre. Finalmente, Hafez al-Assad moriría en junio del año 2000 y su hijo Bashar asumiría el control del país con tan solo 35 años de edad.
Este proceso de transformación extrema es detallado de manera clara por Hemmer (2003). El autor lo describe en los siguientes términos:
A los pocos días de la muerte de su padre, Bashar rápidamente asumió posiciones de liderazgo en 3 de las más importantes instituciones formales de gobierno en Siria: las fuerzas armadas, el Partido Baaz y el Gobierno central [...] A su regreso a casa Bashar era un capitán, al año fue ascendido a mayor, al año siguiente a teniente coronel, en el año 2000 a coronel y luego de la muerte de su padre a general de tres estrellas y Comandante en jefe de las fuerzas armadas. [...] Adicionalmente, fue seleccionado para reemplazar a su padre como secretario general del Partido Baaz. Al mismo tiempo, el Parlamento sirio modificó la Constitución del país para rebajar la edad mínima para ejercer la Presidencia de 40 a 34, en una conveniente y oportuna buena fortuna, pues resultaba ser la edad que tenía Bashar en aquel momento. El Comando regional del Partido Baaz posteriormente nominó a Bashar a la presidencia, siendo secundada por el Parlamento. Un mes después de la muerte de su padre, el pueblo sirio hizo lo suyo en el referéndum presidencial en el cual se aprobó la nominación de Bashar [...] Mientras alguno podría considerar el resultado con 97.29 % de los votos a favor como un hecho emblemático, representa una precipitosa caída del 99.98 % obtenido por Hafez en su anterior nominación presidencial. (pp. 222-223) (Traducción propia)
Por supuesto, este acelerado proceso de preparación política y militar ha sido desde entonces objeto de múltiples críticas. Muchos detractores de Bashar al-Assad veían en el nuevo liderazgo de Siria a un dirigente joven, inseguro e inexperto. Me explico: Hafez al-Assad era identificado al mismo tiempo como un líder político astuto y un sagaz comandante militar con un profundo sentido de la estrategia y la historia. Sus cualidades dentro y fuera del campo de batalla eran asociadas a una enorme capacidad de gestión, en donde no se dejaba absolutamente nada al azar ni a la improvisación, pues antes de tomar cualquier decisión calculaba profundamente sus repercusiones y requerimientos a largo plazo. Por el contrario, el gobierno de Bashar se caracterizaba por la toma de decisiones de manera impulsiva, y adolecía de la adecuada valoración y preparación para sus repercusiones inmediatas y futuras (Bar, 2006).
ESTADOS UNIDOS
En qué clase de mundo viviremos si los Estados Unidos de América ven a un dictador que descaradamente viola las normas internacionales con gas venenoso y decidimos mirar hacia otra dirección.
Barack Obama
INTRODUCCIÓN
Estados Unidos es el único país que ha experimentado una abrupta modificación de su política interna y exterior a partir del cambio de gobierno y las discrepancias existentes entre el actual mandatario Donald Trump con las bases de diplomacia establecidas por Barack Obama. Esta circunstancia ha generado una profunda grieta en lo que para muchos es el evidente retroceso de los Estados Unidos como actor hegemónico a nivel global. Ello, sumado a una serie de acciones a lo largo de la guerra, han generado un justificado cuestionamiento del papel estabilizador que puede desarrollar en la zona y la efectiva capacidad de hacer cumplir la palabra empeñada con tantos actores regionales que acuden a su órbita de influencia a partir de la promesa de protección.
De acuerdo con Pollack (2014), si bien se podría afirmar que Estados Unidos no tiene per se unos objetivos estratégicos en Siria es adecuado concluir que sí los tiene alrededor de Siria, en varios de sus Estados vecinos, por lo cual su participación en la contienda se entiende más que justificada. En este sentido, el autor mantiene que existen al menos 3 circunstancias fundamentales que explican la participación de los Estados Unidos en la guerra. Primero, una de carácter humanitario frente al elevado número de víctimas fatales, desplazados y refugiados que ha dejado la confrontación. Segunda, una de carácter estratégico, pues, por ejemplo, Turquía es un Estado miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), mientras que Iraq, un miembro destacado de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y un Estado muy proclive a replicar la violencia siria, lo cual generaría una desbordada inestabilidad proyectada adicionalmente hacia el golfo Pérsico. Por su parte, con Israel mantiene la alianza estratégica más cercana de la región y muchos intereses comunes. Finalmente, Jordania es un aliado norteamericano militarmente débil, expuesto a la onda expansiva de la confrontación. Tercero, el interés de combatir expresiones de violencia política que, a través de movimientos islamistas de corte radical, violento y transnacional, se han asentado en Siria y proyectan la comisión de actos de terrorismo contra objetivos de alto interés norteamericano.
ANTECEDENTES DE LAS RELACIONES ENTRE ESTADOS UNIDOS Y SIRIA
Para los Estados Unidos, el norte de África, el Medio Oriente y el golfo Pérsico en general han sido regiones absolutamente críticas en sus intereses desde el descubrimiento y explotación a gran escala de sus riquezas energéticas a principios del siglo XX. Tal como lo explica Elrich (2014), después de la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos se han consolidado como el principal actor foráneo con influencia en estas zonas, al punto que sus principales compañías petroleras controlan o han controlado directa o indirectamente −mediante acuerdos con las elites locales dominantes− las enormes riquezas energéticas provenientes de Arabia Saudita, Kuwait, Iraq, Irán y los Emiratos Árabes Unidos.
En este orden de ideas, los antecedentes más representativos de la relación entre los Estados Unidos y Siria necesariamente deben presentarse alrededor de la problemática realidad evidenciada durante la Guerra Fría. La evolución de esta rivalidad en Medio Oriente puede dividirse en cuatro fases fundamentales. Una primera fase (1946-1955) caracterizada por el antagonismo soviético con Estados Unidos y otras potencias occidentales, en especial a partir de Estados no árabes que se ubicaban cerca de las fronteras soviéticas, particularmente Irán y Turquía. La segunda fase (1955-1974), a partir de la consolidación de la URSS como aliado de regímenes árabes de corte nacionalista, en franca oposición al dominio norteamericano en la región. La tercera fase (1974-1985) es especialmente importante por el escalamiento de la tensión hegemónica entre soviéticos y estadounidenses a través de sus aliados. Finalmente, la cuarta fase (1985-1991) estuvo condicionada por un desescalamiento de algunas de las hostilidades que la Guerra Fría había ocasionado en la región, a partir del liderazgo de Mijail Gorbachov y su nuevo modelo político (Halliday, 2005). En consecuencia, a lo largo de estas fases, las relaciones entre Estados Unidos y Siria fueron complejas, tensas y ocasionalmente agresivas, pues gravitaron entre importantes episodios de hostilidad hasta, cuando las circunstancias lo ameritaron, momentos de discreta cooperación (Zisser, 2003).
El colapso del bloque soviético trajo una reaproximación de la política exterior en Siria. De acuerdo con Ortiz de Zárate (2016), a partir de entonces el régimen de Hafez al-Assad experimentó un breve proceso de rehabilitación en la esfera internacional desde su encuentro con el presidente George Bush (padre) en 1990, el restablecimiento diplomático con el Reino Unido el mismo año, su participación en la Conferencia de Paz para Medio Oriente en 1991 y, fundamentalmente, su acomodo frente a la guerra del golfo Pérsico luego de la invasión iraquí a Kuwait. Sin embargo, el nuevo milenio estaría determinado por nuevas convulsiones internas y regionales. La muerte de Hafez al-Assad significó la puesta en marcha de un apresurado proceso de sucesión que era visto con desconfianza por muchos actores regionales y terminaría radicalizando en gran medida la política antiamericanista del país.
INTERESES GEOPOLÍTICOS DE ESTADOS UNIDOS EN SIRIA
Los nacionales sirios están siendo en gran medida violentados de manera brutal por el mismo Gobierno que debería protegerlos. Esta circunstancia, si bien es apremiante, no es suficiente para ilustrar de manera integral la movilización de los Estados Unidos en este conflicto. Para ello se deben tener en cuenta también aspectos propios de la geopolítica y que enfatizan en el hecho de que Siria es un país vecino de importantes aliados de norteamericanos en la región como Israel, Turquía y Jordania, así como que también se encuentra muy próxima al teatro de operaciones militares más recientes del poder militar norteamericano, Iraq. Así que lo que pase en Siria afecta a la región, y de manera directa a los intereses vitales que los Estados Unidos pretenden salvaguardar allí.
1. ¿LA SALIDA DE BASHAR AL-ASSAD?
Desde el comienzo de la administración del presidente Barack Obama era evidente que su gobierno no se sentía cómodo con la cercanía y dependencia del régimen sirio hacia Irán, su decidido apoyo a la milicia chiita libanesa de Hezbolá ni por el férreo control dictatorial que la familia al-Assad había desarrollado en el país a lo largo de varias décadas (Barkey, 2016). Por ello, la Primavera Árabe se constituyó en un escenario ideal para promover su caída. La adecuada comprensión de esta circunstancia permite evidenciar con gran claridad lo que podría interpretarse como la manifiesta intención de promover la salida del poder al presidente sirio. Frente a este hecho en particular, las declaraciones del propio presidente Obama son bastante dicientes:
Creo que Assad tendrá que marcharse para que el país detenga el derramamiento de sangre y para que todas las partes involucradas puedan ser capaces de avanzar de una manera no sectaria [...] Él ha perdido la legitimidad en los ojos de la gran mayoría del país. (Reuters, 2015).
Sin embargo, pese a lo ambicioso de este objetivo, la política norteamericana durante la mayor parte de su gobierno fue caracterizada por la contención militar a gran escala, favoreciendo lo que podría llamarse un involucramiento de bajo costo y no necesariamente una ambiciosa apuesta de cambio de régimen (Patman, 2015). Esto básicamente significaba un tipo de involucramiento de bajo perfil, pues fundamentalmente evitaba el despliegue de grandes contingentes militares norteamericanos al teatro de operaciones Siria. No se debe olvidar que precisamente uno de los pilares sobre los cuales se edificó la candidatura y posterior elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos fue su interés de cerrar la participación norteamericana en dos frentes de guerra abiertos en la región (Afganistán e Iraq).
Estas intervenciones militares fueron costosas, desgastantes y contraproducentes. Con esto, lo que quiero decir es que la casi una década de intervenciones militares en estos países antes del inicio del conflicto armado en Siria ocasionó irremediablemente una enorme fatiga en la economía de los Estados Unidos, en adición a las crecientes manifestaciones sociales de rechazo y de opinión pública desfavorable que generaron en buena parte del pueblo norteamericano. Se estima que el costo financiero aproximado de tales intervenciones superó los 814 billones de dólares en Iraq y 685 billones de dólares adicionales en Afganistán, y ocasionaron la muerte de cerca de 10 000 efectivos, un costo muy elevado si se toma en consideración el limitado éxito obtenido a partir de ellas (Zakaria, 2016).
Por ello, siendo consecuente con su discurso político, el gobierno de Barack Obama evitó tomar medidas de escalamiento bélico que tuvieran una vinculación directa con el personal militar norteamericano. En tal virtud, la mejor alternativa posible era proporcionar el debido equipamiento bélico y entrenamiento militar a grupos rebeldes y sectores de oposición al régimen que ya estaban desplegados en la zona y realizar, en los casos requeridos, operaciones aéreas de contraterrorismo que permitieran degradar y ultimadamente derrotar al movimiento islamista radical conocido como Estado Islámico, minimizando el daño colateral a personal norteamericano (McDonald y Parent, 2018).
Sin embargo, este apoyo militar también estuvo permanentemente limitado. Esto, en la medida de las lecciones aprendidas con ocasión al anterior aprovisionamiento bélico norteamericano a los grupos irregulares Muyahidín en Afganistán en su lucha contra el Ejército soviético durante la década del ochenta17. Se temía la probable ocurrencia de un efecto de réplica, en la medida que en aquel entonces estos aliados momentáneos terminaron estructurando una organización transnacional conocida como al-Qaeda y utilizaron posteriormente esas mismas armas y entrenamiento para atentar en contra de los intereses, aliados, ciudadanos y tropas norteamericanas a nivel global (Ross y Jeffrey, 2013). Por lo tanto, cualquier señal que indicara que un objetivo fundamental de la dirigencia norteamericana de entonces era promover un cambio de régimen y, con ello, la salida de Bashar al-Assad podría decirse que fue una expectativa engañosa y condenada al fracaso desde el inicio.
En la medida que las dinámicas de la guerra fueron cambiando, haciéndose cada vez más evidente que ni los Estados Unidos ni sus aliados iban a poder conseguir la salida del presidente Bashar al-Assad, también fueron cambiando algunos de los objetivos y políticas norteamericanas inicialmente planteadas frente al conflicto (Humud, Blanchard y Nikitin, 2019). Dado que la dirigencia política y militar de este país sufrió un vertiginoso reacomodo tras la elección del republicano Donald Trump, se habría podido pensar que la salida de Bashar al-Assad sería un objetivo primario para la nueva administración, pero no fue así. En este sentido, si bien hubo continuidad en la idea de mantener al mínimo el involucramiento de tropas norteamericanas en el terreno, se favoreció el fortalecimiento de una estrategia que resaltó la importancia de los bombardeos contra los bastiones del Estado Islámico, al tiempo que en el terreno se coordinaba una ambiciosa operación de avance, soportada en las tropas kurdas e iraquíes, en aras de recuperar el control del territorio (Bolan, 2019).
2. SOCAVAR LA INFLUENCIA REGIONAL IRANÍ
Entre Israel y los Estados Unidos existe una alianza estratégica desde 1967, la cual históricamente ha superado los tradicionales elementos de discrepancia bipartidista norteamericana. A lo largo de este periodo de tiempo esta alianza, aunque asimétrica, se ha visto traducida en una estrecha relación de mutuos desafíos y beneficios. Para Israel ha significado importantes ayudas económicas, cercanas relaciones de cooperación política y fortalecimiento militar. Para los Estados Unidos ha tenido efectos significativos en contribuir a su seguridad regional frente a amenazas tan diversas como el expansionismo comunista o movimientos islamistas de corte radical y violento (Eisenstadt y Pollock, 2012).
La conexión entre los gobiernos de Estados Unidos e Israel es de tal envergadura que se destaca por su complejidad, tenacidad e impacto político a nivel internacional, pero también a nivel doméstico, en virtud de la atención brindada al tema por el pueblo estadounidense y que en ocasiones opaca la que él mismo les otorga a aliados occidentales de mayor tamaño como el Reino Unido o proximidad geográfica como Canadá (Lewis, 1999).
Ahora bien, tal como se ha explicado, el régimen de Teherán es visto como una amenaza existencial para el Gobierno de Israel. La alta dirigencia israelí sostiene que Irán mantiene una política exterior de hostilidad que se materializa a partir del apoyo a gobiernos enemigos como el sirio y su padrinazgo a grupos armados irregulares como Hezbolá, Hamas y la Yihad Islámica Palestina. Adicionalmente, el proceso de antagonismo desarrollado desde Irán en contra del más amplio sector de aliados e intereses norteamericanos en la zona y su creciente influencia regional, han posicionado a Irán en el centro de los intereses primarios del Gobierno norteamericano.
Si bien Israel posee los medios físicos, tecnológicos y militares para defenderse de las múltiples amenazas a las cuales debe responder en todos sus frentes, la eventual ocurrencia de un enfrentamiento bélico con Irán, aunque remota, ha sido considerada como posible. En virtud de ello, dada la distancia geográfica imperante entre ambos actores, es sensato y oportuno considerar que tal enfrentamiento difícilmente ocurriría a través de las lógicas y dinámicas de una guerra convencional. Por lo tanto, es más probable que en caso de ocurrir, este choque irregular se desarrolle en un punto geográfico medio, como lo son Siria y Líbano, a través del establecimiento de un corredor terrestre que permita desde Irán el abastecimiento de personal, armas y suministros.
En este sentido, la presencia militar norteamericana en la zona, aun siendo pequeña, puede ser instrumentalizada como un elemento de disuasión y/o contención en caso de que Irán pretendiera establecer un corredor terrestre para movilizar milicias chiitas y proporcionar apoyo logístico y de abastecimiento a tropas ejerciendo presión armada asimétrica en contra de Israel (Aftandilian, 2018). Esta circunstancia, por supuesto, no debe entenderse como un axioma, es decir, una verdad tan evidente que no requiere ser demostrada. Lo cierto es que ya en el pasado la presencia de personal militar norteamericano en la zona ha estado lejos de convertirse en un elemento de disuasión, y más aún, se transforma en una circunstancia de estímulo para estas organizaciones. Tal vez el caso más representativo a nivel histórico que se puede mencionar en este punto se relaciona con el despliegue militar realizado por los Estados Unidos al Líbano en la década del ochenta y cómo a partir de su cercanía territorial frente a actores armados delegados con estrechos vínculos con el Gobierno iraní se constituyeron como objetivo de permanentes hostigamientos. A modo de ilustración resulta interesante mencionar que en el periodo comprendido entre 1982 y 1986 Hezbolá condujo 36 atentados terroristas suicidas dirigidos, fundamentalmente, contra objetivos políticos y militares de los Estados Unidos, Israel y Francia en el país. Estos hechos dejaron un saldo trágico de al menos 659 personas asesinadas e incluyeron los emblemáticos ataques a la Embajada de los Estados Unidos y las barracas de las tropas norteamericanas en abril y octubre de 1983, dejando tan solo en estos dos eventos un saldo de 258 americanos muertos (Pape, 2006; Addis y Blanchard, 2010).
Este caso en especial resalta la efectividad que tuvieron estos actos de violencia política para transmitir un mensaje contundente. Hezbolá era una organización fuerte, con absoluta determinación de lucha y la capacidad operativa para desarrollar más actos de terrorismo en contra de los intereses, aliados y personal norteamericano. En este episodio histórico, la presión armada rindió fruto y ocasionó la salida de las tropas estadounidenses del Líbano. Fundamentalmente, esto ocurrió en virtud de tres elementos. Primero, la presencia de sus fuerzas armadas en Líbano era considerada desde Washington como un interés de bajo valor estratégico. Segundo, las enormes dificultades alrededor de su incapacidad para desarrollar operaciones de retaliación, en una guerra asimétrica, que resultaran equiparables en el daño a las capacidades operativas y moral de lucha del enemigo. Finalmente, la sensibilidad expresada por el público norteamericano, fundamentalmente democrático, ante lo que identificaban como elevados y dolorosos costos de la violencia ejercida hacia sus tropas en un teatro de operaciones lejano a sus intereses (Kydd y Walter, 2010).
Frente a este punto vale la pena preguntar: si la presión armada de milicias chiitas en Líbano antes funcionó y provocó la salida de los Estados Unidos del país, ¿es probable que en esta oportunidad se puedan prever resultados equiparables? Responder a este interrogante es, por supuesto, un ejercicio complejo y sometido a incertidumbre, pues no se pueden afirmar certezas absolutas. Sin embargo, se podría pensar que no necesariamente estamos frente a dinámicas y escenarios iguales, por lo cual es probable que no se registren resultados equiparables. Con ello quiero decir que si bien el antecedente del Líbano sirve como señal de alarma en Washington para no menospreciar las capacidades operativas de actores hostiles, muy difícilmente pueda servir como factor de disuasión en esta oportunidad.
Hay un par de razones básicas que permiten sustentar preliminarmente esta hipótesis. Primero, las acciones norteamericanas han mantenido un nivel de continuidad entre el enfoque del presidente Obama y su sucesor, el presidente Donald Trump, así como importantes reacomodos alrededor del papel de Irán. Respecto a las líneas de continuidad, puede apreciarse que ambos gobiernos han mantenido componentes básicos de la política norteamericana en la zona, es decir, la lucha contra el terrorismo, la contención de la amenaza iraní (a través de diversos mecanismos) y el apoyo a Israel. Las variaciones significativas frente a Irán se evidencian en la manera como durante el gobierno del presidente Obama se buscó un acomodo con los intereses iraníes a partir del acuerdo alrededor de su programa nuclear, mientras el presidente Trump ha preferido retirarse del acuerdo y empoderar las capacidades militares de Israel y Arabia Saudita para detener el creciente ámbito de influencia iraní en la región, e incluso autorizar una operación de asesinato selectivo que ocasionó la muerte del general Qassam Soleimani en enero de 2020 (Görmüş y Özel, 2018; Frisch et al., 2020).
En segundo lugar, es oportuno mencionar que desde la guerra civil en Líbano y el antecedente registrado en la retirada norteamericana del país, desde el punto de vista convencional es necesario mencionar que los últimos enfrentamientos entre tropas americanas e iraníes ocurrieron en los años finales de la guerra entre Iraq e Irán, mostrando una clara prevalencia estadounidense. Adicionalmente, desde el punto de vista de confrontaciones asimétricas, pese a las adversas dinámicas de lucha contra milicias chiitas en los conflictos de Afganistán (2001) e Iraq (2003), también se han podido evidenciar otros escenarios de confrontación donde las ventajas operacionales y resultados estratégicos de los Estados Unidos han prevalecido. Si bien no se puede ni se debe hablar de rachas perfectas o invictos absolutos, el antecedente más reciente se ubica precisamente en Siria, y allí también las tropas norteamericanas han tenido una clara ventaja operacional (Aftandilian, 2018).
Por ello, pese a lo controversial del cálculo, todo parece indicar que el gobierno del presidente Donald Trump está dispuesto a disminuir su participación en conflictos de la región; sin embargo, no está dispuesto a tolerar ataques directos y de gran sensibilidad por parte de Irán o de sus milicias irregulares contra instalaciones militares norteamericanas ni a su personal en la región sin que estas tengan claras consecuencias retaliatorias. Esto quedó demostrado con la operación militar que derivó en la muerte del comandante de las Fuerzas al-Quds, el general Qassam Soleimani, y Abu Mahdi al-Muhandis, comandante de las Brigadas de Hezbolá en Iraq.
En medio de esta compleja dinámica regional no hay que olvidar que Estados Unidos e Irán no tienen relaciones diplomáticas formales desde 1979 en medio de la Revolución iraní. Este hecho marcó el inicio de una compleja realidad de animadversión entre ambos actores que a lo largo de las décadas siguientes estuvo caracterizada por antagonismos, enfrentamientos y hostilidades en múltiples frentes regionales. Básicamente desde entonces ambos Estados no han escatimado esfuerzos para armar y financiar las actividades tanto de actores estatales como de no estatales que tengan la capacidad de promover actos de violencia política y sabotear sus respectivos intereses en la zona.
Por lo tanto, el régimen chiita en Teherán es un asunto de gran relevancia para el Gobierno norteamericano. En este sentido, Thompson (2018) resalta la manera en que la estrategia de seguridad nacional de 2017 lo menciona en 17 oportunidades, y específicamente establece una línea de acción prioritaria: prevenir la predominancia y hegemonía regional de cualquier poder hostil a los Estados Unidos, en clara alusión a Irán.
En razón de lo anterior, Adesnik y Ben Taleblu (2019) sostienen que la contención de la influencia iraní en Siria es tan solo una parte de lo que debe ser una agenda de acciones coordinadas para impedir su consolidación en el terreno. Tal como se ilustra en el siguiente mapa, ello supondría el establecimiento de líneas de comunicación que desde Teherán instrumentalicen a Iraq, Siria y Líbano para la movilización de armas, tropas y suministros hasta Beirut, Damasco, e inclusive hasta las propias inmediaciones de los Altos del Golán. Por ello, entre las medidas de contención se incluye, por supuesto, la presencia de personal militar en el terreno y la imposición de sanciones económicas y mecanismos de presión política. Por ejemplo, las adoptadas por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos sobre los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica, al designarla como una organización terrorista extranjera.

Fuente: United States Institute of Peace (2019).
Mapa 3. Potenciales puentes de conexión y abastecimiento iraní en la región
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