Kitabı oku: «La historiografía medieval»
LA HISTORIOGRAFÍA MEDIEVAL
ENTRE LA HISTORIA Y LA LITERATURA
LA HISTORIOGRAFÍA MEDIEVAL
ENTRE LA HISTORIA Y LA LITERATURA
Jaume Aurell
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Jaume Aurell, 2016
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2016
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Maquetación: Textual IM
Corrección: Communico-Letras y Píxeles S.L.
ISBN: 978-84-370-9964-4
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
PARTE I LOS CONTENIDOS HISTÓRICOS Y LOS GÉNEROS LITERARIOS
I. LA FUNCIÓN DE LAS GENEALOGÍAS: EL RITMO DINÁSTICO
II. LA FIGURA DEL HÉROE FUNDADOR: LA MITIFICACIÓN DE LOS ORÍGENES
III. LAS CRÓNICAS AUTOBIOGRÁFICAS: LAS MEMORIAS DE LOS REYES
IV. LA FUNCIÓN DE LA NARRATIVA EN LA HISTORIOGRAFÍA MEDIEVAL
PARTE II LA HISTORIOGRAFÍA MEDIEVAL, ESPEJO DE LA HISTORIOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA
V. LA INTERPRETACIÓN DE LOS TEXTOS HISTÓRICOS: DEL HISTORICISMO AL POSMODERNISMO
VI. LAS NUEVAS INTERPRETACIONES DE LA HISTORIOGRAFÍA MEDIEVAL
VII. DE LA HISTORIOGRAFÍA MEDIEVAL A LA CONTEMPORÁNEA: EL PROBLEMA DE LA REFERENCIALIDAD
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ANALÍTICO
INTRODUCCIÓN
Este libro responde a las reflexiones que se me han planteado en los últimos quince años en torno a las cuestiones fundamentales que me han surgido en mis estudios sobre la historiografía medieval. Mi interés por la historiografía medieval se inició tras unas conversaciones mantenidas con la profesora Gabrielle M. Spiegel, hacia el año 2000, tras una visita que la autora de las monografías Romancing the Past y The Past as Text hizo a la Universidad de Navarra, donde actualmente ejerzo como docente. Este interés se fue incrementando a medida que iba aumentando, paralelamente, mi interés por la historiografía contemporánea, fruto del cual publiqué, precisamente también en las Publicacions de la Universitat de València, La escritura de la memoria: de los positivismos a los postmodernismos, que ha tenido una buena acogida también en otros ambientes historiográficos, como lo demuestran sus traducciones al italiano y al portugués.
Este libro es fruto, en buena medida, de la progresiva convergencia que, en mi tarea investigadora y docente, se iba verificando entre los ámbitos de la historiografía medieval y la historiografía contemporánea. El entrelazamiento de estos dos campos –fruto de mi convencimiento de la continuidad del discurso histórico y de la unidad de la condición del historiador como autor– ha surgido de modo natural y se ha visto acrecentado en estos últimos años por las conversaciones que he mantenido sobre estas cuestiones no solo con mis amigos y colegas medievalistas –especialmente José Enrique Ruiz-Domènec, Antoni Furió, Juan Carrasco, Flocel Sabaté, Adam J. Kosto, Teófilo F. Ruiz, Paul Freedman, Álvaro Fernández de Córdova, Alfons Puigarnau, Antoni Riera, Thomas N. Bisson, Patrick Geary, mi hermano Martin Aurell y la mencionada Gabrielle M. Spiegel– sino también con los investigadores relacionados de un modo u otro con la historiografía contemporánea, como Peter Burke, Robert A. Rosenstone, Anthony Adamthwaite, Fernando Sánchez-Marcos, Mart, Pablo Vázquez Gestal, Juan Pablo Domínguez, Felipe Soza, Catalina Balmaceda, Rodrigo Moreno, Natalie Z. Davis, Arsenio Dacosta, Kalle Pihlainen, Martin Jay, Ignacio Olábarri y Alun Munslow, y con la crítica literaria representada por Rocío G. Davis, Rosalía Baena, Stefano Cingolani y Xavier Renedo. En estos últimos años, mi incorporación al Comité Editorial de la revista Rethinking History ha incentivado mi propia búsqueda de nuevos caminos para la historiografía. Asimismo, los ricos debates surgidos en torno al grupo «Religión y Sociedad Civil», del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra, dirigido por la filósofa política Montserrat Herrero, me han introducido en estos últimos años en el campo de la antropología, tan necesaria en el mundo posmoderno en su continuo diálogo con la historia.
Como se percibe por la estructura de los contenidos, he decidido dividir el libro en dos partes claramente diferenciadas. La primera versa sobre los contenidos y las formas de la historiografía medieval, es decir, sobre lo representado y las formas de representarlo o, dicho también de otro modo, sobre los eventos y los géneros literarios utilizados por los cronistas medievales para recrear esos acontecimientos. Los capítulos analizan, sucesivamente, los géneros genealógico (capítulo 1), autobiográfico (capítulo 3) y cronístico (capítulo 4). Ellos constituyen, desde mi punto de vista, los géneros clásicos de la Edad Media, a los que quizás habría que añadir el de los esquemáticos anales de la época altomedieval. Dedico también un apartado a la figura del «héroe fundador» (capítulo 2), porque me parece uno de los fenómenos historiográficos más representativos y fascinantes de la cronística medieval. He elegido un texto representativo de cada uno de los géneros analizados, habitualmente relacionado con mi propio ámbito de especialización –las Gesta Comitum Barchinonensium para las genealogías, el Llibre dels fets del rey Jaime I de Aragón para las autobiografías y la historia de Bernat Desclot para las crónicas– para relacionarlo con otros textos medievales de la misma naturaleza literaria y plantearme finalmente las cuestiones teóricas que emergen de su análisis, muchas veces relacionadas con los debates que tiene planteados la historiografía contemporánea.
Basándome precisamente en esa inescapable relación entre la historiografía medieval y la contemporánea, la segunda parte del libro está dedicada a la reflexión sobre las interpretaciones y aproximaciones que la historiografía contemporánea ha vertido sobre la historiografía medieval. Mi propósito es poner de manifiesto que la distancia que separa el trabajo de los cronistas medievales de los historiadores actuales –y por tanto los problemas que surgen de su trabajo específico de recuperación y representación del pasado– no es tan amplia como una visión ingenua podría sugerir. Es evidente que la historiografía actual ha experimentado una revolución epistemológica esencial –la revolución historicista decimonónica– que la ha marcado para siempre. Pero también lo es que los problemas teóricos y prácticos con los que se han tenido que enfrentar los historiadores de todos los tiempos siguen ahí: la fiabilidad de las fuentes utilizadas, el criterio de selección del material, las formas de representación, la elección de los géneros, el proceso de escritura, la honesta búsqueda de la veracidad, los criterios de verosimilitud y, sin pretender ser exhaustivo en este recuento, la reacción frente a un relativismo paralizante o a un escepticismo inoperante. Toda esta conexión se ha ido acentuando tras la ruptura posmoderna, muchos de cuyos postulados están más cerca de la historiografía tradicional –aquella que privilegiaba la narración sobre el análisis, y que estaba más emparentada con la literatura que con las ciencias sociales– que de la historicista, analítica y científica que predominó en la historiografía occidental desde mediados del siglo XIX hasta los años setenta del siglo XX.
Todas mis reflexiones en esta segunda parte están gobernadas por mi convicción de que el historiador debe mantener un adecuado equilibrio entre el respeto por la realidad histórica, por un lado, y la conveniencia de ajustar su discurso a las necesidades y demandas de la sociedad que le rodea, por otro. El problema es que cualquier polarización de esa ecuación le llevaría a dejarse llevar por un excesivo preterismo o presentismo, respectivamente: o bien se encerraría en una torre de marfil acorazada en un lenguaje autorreferencial y jergal que terminaría en un callejón sin salida y haría estéril su trabajo, con su acusada tendencia al anticuarianismo; o bien se deslizaría hacia una historia partidista que le convertiría en un esclavo al servicio de la utilidad (política, ideológica o económica) del momento presente y de lo políticamente correcto.
Una interpretación de la historiografía medieval realizada a la luz de las tendencias recientes permite adentrarse en los problemas que la historiografía actual tiene planteados. Y quizás esto no sea tan paradójico como parece a primera vista, pues muchas veces, desde su simplicidad, los cronistas medievales ya se plantearon todos los problemas asociados a la práctica histórica: tuvieron que analizar un pasado ya irrecuperable a la luz de un presente cuyas demandas políticas, sociales e ideológicas los acuciaban. Así, en el capítulo 5 realizo un intento de análisis de la historia de la historiografía contemporánea, desde el historicismo al posmodernismo, basándome en el modo como los historiadores han analizado los textos históricos medievales durante los dos últimos siglos. En el capítulo 6 me refiero a los tres «neomedievalismos» (el nuevo medievalismo, la nueva filología y el nuevo historicismo) que han surgido al amparo precisamente de la interpretación de los textos históricos. Esto me da pie a cuestionar el sentido de lo «nuevo» en la historiografía. Finalmente, en el capítulo 7, que funciona de hecho a modo de epílogo, me planteo el problema de la referencialidad en la historia.
Algunas de las ideas que aparecen en este libro han sido previamente publicadas, de modo disperso y algunas de ellas en otros idiomas, en artículos y monografías en estos últimos años: Authoring the Past. History, Politics and Autobiography in Medieval Catalonia, Chicago, The University of Chicago Press, 2012; Theoretical Perspectives on Historians’ Autobiographies, Londres, Routledge, 2016; «Antiquarianism over Presentism. Reflections on Spanish Medieval Studies», en Karl Fugelso, Vicent Ferré y Alicia C. Montoya (eds.), Studies in Medievalism XXIV: Medievalism on the Margins, Woodbridge, Boydell & Brewer, 2015, pp. 115-137; «The Self-Coronation of Peter the Ceremonious (1336): Historical, Liturgical, and Iconographical Representations», Speculum 89, 2014, pp. 66-95 (junto a Marta Serrano-Coll); «Memoria dinástica y mitos fundadores: la construcción social del pasado en la Edad Media», en Arsenio Dacosta, José Ramón Prieto Lasa y José Ramón Díaz de Durana (eds.), La conciencia de los antepasados. La construcción de la memoria de la nobleza en la Baja Edad Media, Madrid, Marcial Pons, 2014, pp. 303-334; «Le Livre des faits de Jacques Ier d’Aragon (1208-1276): entre la chronique historique et la fiction autobiographique», en Pierre Monnet y Jean-Claude Schmitt (eds.), Autobiographies souveraines, París, Publications de la Sorbone, 2012, pp. 159-178; «Medieval Historiography and Mediation: Bernat Desclot’s Representations of History», en Robert Maxwell (ed.), Representing History, 1000-1300: Art, Music, History, Princeton, Princeton University Press, 2010, pp. 91-108; «Los lenguajes de la historia: entre el análisis y la narración», Memoria y Civilización 15, 2012, pp. 301-317; «La Chronique de Jacques Ier, une fiction autobiographique. Auteur, auctorialité et auctorité au Moyen Âge», Annales. Histoire, Sciencies Sociales 63, 2008, pp. 301-318; «El Nuevo Medievalismo y la interpretación de los textos históricos», Hispania 66, 2006, pp. 809-832; «A Secret Realm: Current Trends in Spanish Medieval Studies», JEGP: A Journal of English and Germanic Philology 105, 2006, pp. 61-86; «From Genealogies to Chronicles. The Power of the Form in Medieval Catalan Historiography», Viator 36, 2005, pp. 235-264. Por este motivo, me ha parecido oportuno ahora reunir todas estas ideas en un solo volumen, poniéndolas además a disposición de la cada vez más amplia audiencia de habla hispana.
Finalmente, deseo mostrar mi más sincero agradecimiento a Vicent Olmos, uno de esos editores que, junto a su gran competencia profesional, cultiva día a día su gran pasión por el conocimiento humanístico, que tantos autores apreciamos extraordinariamente.
PARTE I
LOS CONTENIDOS HISTÓRICOS Y LOS GÉNEROS LITERARIOS
I. LA FUNCIÓN DE LAS GENEALOGÍAS: EL RITMO DINÁSTICO
La mitificación de los orígenes dinásticos es un fenómeno cultural específico de la Europa de los siglos XI y XII, como lo fue la recuperación de los orígenes medievales de la historiografía romántica de la Europa del siglo XIX.1 En este primer capítulo me propongo realizar una aproximación global y teórica sobre la cuestión de la recuperación intencionada del pasado por parte de los linajes europeos a partir del siglo XI. En el Occidente medieval prolifera el uso de determinados géneros literarios e históricos (especialmente las genealogías) y, como consecuencia, en la aparición de la esencial figura del «héroe fundador» de los linajes (sean estos monárquicos, condales o nobiliarios), que será analizada en el siguiente capítulo. Estas narraciones tienen por objeto la fijación de los orígenes de las dinastías y los linajes, por lo que han sido definidas genéricamente como narrativas de orígenes. Estos relatos devienen pronto míticos y/o legendarios, y consiguen fijar unos «orígenes» con un claro componente ahistórico y atemporal, para distinguirlos claramente de unos «comienzos» propiamente históricos, cuyas coordenadas espacio-temporales y circunstancias concretas son bien conocidas y, por tanto, se avienen menos a una eventual mitificación o a procesos de legendarización.
Estos procesos de creación, generación, y recuperación de la memoria dinástica precisan de unos géneros literarios e históricos proporcionados a sus ambiciosos objetivos sociales. Pronto se descubre que las genealogías son el género que mejor se aviene a este propósito memorístico colectivo. En un principio, las genealogías se esparcen por los Países Bajos y Francia durante los siglos XI y XII, experimentando una llamativa eficacia, un enorme prestigio y una prolongada vigencia, como es bien patente en el caso específico de Castilla, donde se mantienen hasta el siglo XVI. Su enorme capacidad mítica las hará incluso hábiles para ser recuperadas, aunque utilizadas de modo diverso, por las narraciones historiográficas decimonónicas realizadas al amparo de los movimientos romántico-nacionalistas, aunque esto es parte ya de otra historia.2
La historiografía reciente ha descubierto la riqueza de las narraciones históricas genealógicas, cuyo contenido no había atraído excesivamente la atención de los historiógrafos positivistas por ser demasiado esquemáticas.3 Hacia el siglo XII, algunas de las familias nobiliarias que reciben el título monárquico (o que aspiran a recibirlo) buscan unos procedimientos proporcionados a su nuevo estatus político, con el objetivo de consolidar su creciente poder. En principio, los dos procedimientos que resultan más eficaces para cumplir estos propósitos son la expansión territorial a través de las conquistas militares y de unas cuidadas estrategias matrimoniales.4 Sin embargo, estos linajes pronto se dan cuenta de que la elaboración de textos históricos es otro de los métodos más eficaces de legitimación de una agresiva política expansiva o de la búsqueda del prestigio social de una determinada dinastía, si bien restringido al mundo cultural, más que (en principio) al político o militar. Las genealogías de los condes suplen entonces con eficacia a los sobrios anales altomedievales.5 La genealogía es asumida por los cronistas medievales como un medio privilegiado para establecer una sucesión ordenada y rigurosa de los hechos, que son los verdaderos fundantes de la estructura de la historia.6 Prolifera así una literatura propiamente histórico-historiográfica, que aprende a convivir con las leyendas épicas, percibidas como ficcionales por sus lectores.7
Ciertamente, la distinción entre los diversos géneros históricos medievales (anales, genealogías, historias y crónicas) es a veces confusa y, hasta cierto punto, arbitraria, porque no hay unas fronteras demasiados nítidas entre ellas –aunque esta porosidad de los géneros literarios es aplicable a todas las épocas–.8 Sin embargo, resulta evidente que la experimentación de unos nuevos tiempos (caracterizados sobre todo por la emergencia de las nuevas monarquías y la consolidación de los antiguos condados) condiciona la creación de unos géneros históricos más acordes con el nuevo contexto político y social. Las nuevas dinastías se lanzan así a la búsqueda de nuevos procedimientos de reactualización del pasado.
Uno de los objetivos prioritarios de las nacientes monarquías medievales es establecer su genealogía, para conectar un pasado remoto legendario con un presente que es preciso legitimar. No es extraño, así, que las genealogías adquieran una enorme carga política en la Edad Media.9 A primera vista, puede pensarse que se trata de una consecuencia de la asentada tradición bíblica de recoger las genealogías de los patriarcas, lo que tiene su culminación en el pórtico del primer evangelio, donde se recoge la genealogía de Jesucristo.10 Pero ahora ya no se trata solo de recoger una tradición testamentaria más o menos asentada, sino de imitar un modelo que se estaba extendiendo cada vez más en la Europa medieval: el de las listas de los reyes.
Para la construcción de las sucesiones dinásticas de los siglos XI y XII, la tipología escripturística se utiliza únicamente como modelo secundario. En este sentido, se aprecia el carácter laico de las nuevas genealogías dinásticas que se imponen a partir del siglo XI. Al tiempo que se introducen definitivamente los valores eclesiásticos en el interior de las grandes casas aristocráticas, la cultura de la corte se laiciza.11 Se trata de una primera secularización del tiempo –el tiempo dinástico– que es un elocuente precedente de la definitiva laicización del tiempo a finales de la Edad Media.12 Los textos históricos legitimadores no necesitan ya remontarse a los tiempos bíblicos: les basta con acceder, de un modo mitológico, a los fundadores heroicos de las dinastías. Los eslabones de la cadena de la sucesión hereditaria son los encargados de marcar los espacios de tiempo, que a su vez son sellados por unos interludios que se reducen más y más en la medida que se acercan al presente. La narración histórica pasa a ser controlada por el ritmo dinástico, que sustituye el rígido tempus cronológico de los Annales y los Calendarii, practicados en siglos anteriores como modos de conocimiento y transmisión históricos.
La emergencia de la literatura genealógica durante este periodo está conectada con la expansión del sentido dinástico y la consolidación de la organización agnática de la familia a partir del siglo X. La literatura genealógica de las monarquías y los grandes condados se verifica en un contexto todavía eclesiástico y monástico, pero con una intencionalidad más política y cortesana que religiosa y espiritual. Se conservan así algunas genealogías como las del conde de Flandes, Arnoldo el Grande, compuesta por Vuitgerius entre el 951 y el 959 y conservada en la abadía de Saint-Bertin; entre el 1050 y 1110, noticias de las genealogías del conde de Flandes, Arnoldo el Joven, redactadas en el monasterio de Saint-Pierre-au-Mont-Blandin; una genealogía de los condes de Vendôme, insertada en el cartulario de Vendôme, y seis genealogías de los condes de Anjou procedentes de Saint-Aubin de Angers; de finales del siglo XI data la primera redacción de la genealogía de los condes de Boulonge y un fragmento de la historia de los condes de Anjou, y entre 1110 y 1130 aparecen dos nuevas genealogías de los condes de Flandes. Hacia 1160 se produce un periodo de especial fecundidad: se revisan las genealogías flamencas y angevinas y los autores de crónicas e historias regionales se muestran mucho más atentos a los datos genealógicos. Por fin, en 1194, Lamberto de Ardres escribe la Histoire des comtes de Gines, considerado un modelo del género genealógico.13
En la Península Ibérica, las circunstancias que envuelven las genealogías de los condes de Barcelona, elaboradas en el siglo XII, son también ilustrativas de estos procesos, y encajan perfectamente en esa cronología. El texto de las Gesta Comitum Barchinonensium debe ser incluido entre los materiales que consolidaron el establecimiento de los principados territoriales nacidos de la disolución del poder real. En 1136, Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, se casa con la hija del rey de Aragón, Ramiro el Monje. Este matrimonio abre por fin a la casa condal catalana la posibilidad de acceder al título de rey. Unos decenios más tarde, en 1162, Alfonso el Casto hereda de su padre Ramon Berenguer IV tanto el condado de Barcelona como el Reino de Aragón. El conde de Barcelona pasa así a ser también rey de Aragón. Pocos años después, hacia 1180, tomaba forma definitiva uno de los textos fundantes de la historiografía catalana medieval: las Gesta Comitum Barchinonensium.
Las gestas de los condes, presentadas de modo genealógico, responden a la necesidad de las nacientes monarquías de establecer una genealogía, real o imaginaria, que les permita conectar con los orígenes legendarios de la dinastía y, en concreto, con sus fundadores.14 En cambio, significativamente, las crónicas caballerescas que se desarrollan en la Europa del siglo XIII (las conocidas «narraciones de cruzadas» francesas y la más próxima en Aragón, el Llibre dels fets del rey Jaime I el Conquistador) responden a otras motivaciones diferentes, fruto del diverso contexto político desde el que se articulan: una vez asegurada la continuidad dinástica, ahora se trata de mostrar la grandeza de un monarca en todo su esplendor, detallando sus conquistas en un estilo heroico y caballeresco. El Llibre dels fets, por ejemplo, no precisa ya el establecimiento de unas genealogías, que habían sido reservadas para la legitimación del poder de los condes de Barcelona pero no tenían demasiado sentido para la consolidación de los reyes de Aragón. El rey ya no tenía ninguna necesidad de asegurar un poder que estaba legalmente fundado en la elección y la consagración. La exaltación de la ascendencia carolingia de los condes de Barcelona había sido muy útil para asegurar las sucesivas herencias, pero en el caso de los monarcas de Aragón no era ya tan necesario probar sus orígenes en un contexto mítico. Esta evolución de los géneros histórico-literarios, de las genealogías de los siglos XI-XII a las crónicas de los siglos XIII-XV, realza lo heterodoxo (y quizás por esto fascinante) del fenómeno de la proliferación de la literatura genealógica de los linajes castellanos en los siglos XIV-XVI.
Porque el contraste entre «genealogías» y «crónicas» no solo existe a nivel del contenido (cosa que resulta evidente al leerlas) sino también en el nivel de la forma: en el tipo de narración, en el estilo y el género literario, en la lengua utilizada y en las formas gramaticales elegidas. Las genealogías analizan la sucesión cronológica de los condes y los monarcas y, solo como consecuencia y de modo sucinto, sus hazañas y conquistas principales; las crónicas se centran desde el primer momento, en cambio, en la narración de los hechos militares más sobresalientes de los condes y reyes a quienes se dedica la narración. El ritmo de la narración en las genealogías es cadencial y previsible; el de las crónicas es dramático y lleno de saltos cronológicos, de reflexiones y de detalles cotidianos. Las primeras utilizan habitualmente el latín; las segundas, las lenguas romances. Las genealogías utilizan un estilo literario sobrio y previsible; las crónicas, por contraste, basan su eficacia en un estilo literario lleno de fuerza y expresividad.
En lo que concierne al género literario, las genealogías están redactadas en la forma seriada condicionada por su opción claramente dinástica, mientras que la prosa de las crónicas suele alcanzar tintes dramáticos y épicos, e incluso, para lograr ese efecto épico, utilizan como fuente los textos rimados anteriores que narraban las gestas de los reyes.15 Respecto a las formas gramaticales utilizadas, la complejidad de las crónicas delata un mayor dominio por parte de su redactor de las técnicas narrativas, lo que indudablemente genera un dinamismo mucho más considerable que la rígida estructura de las genealogías.
Todas estas características del texto están íntimamente relacionadas con los condicionantes y las motivaciones que le llegan de su contexto. Así como algunas genealogías se suelen redactar en el ámbito de los claustros de los monasterios, por encargo directo de reyes y condes (esto evidentemente ya no vale para las genealogías tardomedievales), las crónicas se suelen elaborar ya en el contexto físico e intelectual de las cortes –quizás con la única gran excepción de las Grandes Chroniques de France–. Si durante los siglos XI-XII las nacientes monarquías luchan por su consolidación, a partir del siglo XIII la fuerza de los hechos confirma su prestigio y solidez, lo que les permite lanzarse a una audaz política de expansión política, militar y comercial –cuya narración se aviene mejor con la jugosa prosa cronística que con el esquemático ritmo narrativo genealógico–. Esta evolución tan peculiar «de las genealogías a las crónicas», que afectan tanto al contenido de la forma de los textos como a las circunstancias de su contexto, no es lógicamente un hecho aplicable únicamente a la Edad Media.16
El título que llevan algunas de las genealogías, Gesta, puede llevar a engaño, porque esos textos no suelen consistir en una colección de las gestas de los condes o las cabezas de linaje, sino en una sobria y esquemática compilación de las sucesiones dinásticas, que se inicia con la historia del «héroe fundador» y que culmina con el último vástago del linaje y primer monarca de la dinastía. La elección de la forma genealógica por parte de los linajes para construir su pasado responde a la práctica eterna de la fijación de los orígenes (el libro del Génesis de las Escrituras constituye una de sus primeras manifestaciones), independientemente de si se tienen noticias ciertas o no de esas raíces. El pasado remoto se pierde en la noche de los tiempos, y es más sencillo de reescribir, de ficcionar, de mitificar; la invención del pasado reciente es más compleja. La peculiar estructura formal de la genealogía es la que permite a los linajes más prestigiosos y a las nacientes monarquías crear los nexos necesarios para legitimar el principio hereditario de la sucesión monárquica.17 Uno de los casos más paradigmáticos de este acercamiento de un pasado mítico al presente hegemónico es la pretensión de la monarquía francesa de emparentarse con los reyes carolingios, para enlazar desde allí con los merovingios e incluso con la monarquía troyana, tal como aparece en el preámbulo de la sección dedicada a los Capetos en las Grandes Chroniques.18 Pero para que estas apelaciones a los orígenes tengan eficacia, la figura del héroe fundador cobra una particular importancia.
LA CONEXIÓN DEL PASADO Y EL PRESENTE: LA FUNCIÓN POLÍTICA Y SOCIAL DE LAS GENEALOGÍAS
La función de las genealogías históricas y de la figura del héroe fundador, reseñada en los párrafos anteriores, nos invita a replantearnos algunas cuestiones teóricas. El texto histórico fue utilizado durante la Edad Media como un medio de acercamiento del pasado al presente, para legitimar y dar consistencia a la situación del momento presente.19 La falta de referentes cronológicos fijos en el pasado facilitaban esta proximidad del pasado con el presente. Se ha criticado con frecuencia la falta de rigor cronológico en la historiografía medieval. Pero habría que preguntarse si esta falta de rigor no es más una herramienta política que una laguna metodológica. Buena parte de las dinastías de este periodo buscan reducir al máximo la distancia que les separa con la generación fundante de su linaje, a través del tiempo cadencial pero abstracto de las narraciones genealógicas. La falta de fijación cronológica les permite distorsionar esas distancias temporales, tanto las que se refieren a los interludios generacionales entre los sucesivos herederos consignados como a la distancia entre el fundador de la dinastía y el presente.
En las genealogías se impone de modo natural la proximidad entre el pasado del héroe fundador y el presente del linaje. Este efecto se consigue a través de la continuidad genealógica, que amortigua la sensación de lejanía cronológica. Sin embargo, el crítico contemporáneo percibe una enorme distancia entre los extremos de esa historia, porque lo ve con una mayor perspectiva y una mayor carga científica derivada de los postulados de la crítica moderna. Hay, en efecto, un periodo de larga duración, desde el tiempo en que se narran esas historias, entre los siglos XI y XII, y el tiempo narrado de los orígenes las dinastías, que habitualmente se refiere al siglo IX, pero muchas veces se remontan incluso a la Antigüedad. Con todo, esos textos funcionan con una enorme eficacia, entre otros motivos por la falta de fijación cronológica de la cultura medieval, lo que explicaría su uso análogo en sociedades y culturas tan alejadas cronológica y geográficamente como la antigua India, el moderno Hawai o la contemporánea Norteamérica indígena (algo que por cierto siempre me ha impresionado y fascinado).20
En una sociedad tan tradicional como la medieval, los hábitos que superan el paso del tiempo y consiguen establecerse en el presente adquieren un influjo mucho mayor que las novedades, sean del tipo que sean. Algo que, desde luego, contrasta con un mundo actual donde la novedad tiene una legitimación de por sí, más allá de lo que vaya a perdurar. Los gobernantes medievales, por contraste, basaban buena parte de la legitimación de su poder en la autoridad del pasado. La historiografía cobra así un inesperado interés, independientemente de la mayor o menor cantidad de sus receptores potenciales, porque lo que está asegurado es la recepción de las élites sociales y políticas. La paradoja, y lo que confirma todas estas reflexiones, es que así como el contenido de las genealogías abarca muchas veces siglos (los que transcurren desde la narración de los orígenes del linaje hasta el presente), en cambio las narraciones cronístico-caballerescas que se imponen en los siglos XIII y XIV suelen remontarse, todo lo más, a dos generaciones, cuando no se centran en una única figura –que muchas veces asumen, además, formas biográficas o autobiográficas, con la emergencia de la subjetividad literaria, lo que les restringe a la duración de una vida.21
La evolución «de las genealogías a las crónicas», verificada en buena parte de Europa durante el siglo XIII, confirma que a los nuevos linajes ya no les interesa tanto legitimar la propia institución condal o monárquica como justificar su eventual expansión territorial, militar o política. Este es el fenómeno que se experimentó también en la Francia de finales del siglo XIII, al divulgarse la doctrina técnicamente conocida como el reditus regni ad stirpem Karoli Magni.22 Esta doctrina no fue utilizada por los cronistas franceses tanto por la posibilidad que ofrece de la legitimación de la dinastía reinante como por su eficacia en la confirmación de la expansión política y militar experimentada a partir del reinado de Felipe Augusto, a principios del siglo XIII.23 La aplicación de la doctrina del Reditus a la historiografía francesa tendría así un influjo tanto en el ámbito de las conquistas territoriales como en el de las convicciones intelectuales y las prácticas culturales.
Las aspiraciones expansivas de algunos de los monarcas del siglo XIII como Felipe Augusto y San Luis en Francia, Fernando III en Castilla y Jaime I el Conquistador en Aragón se reflejan sin duda alguna en el modo de diseñar las historiografías nacionales respectivas. En este contexto, el paralelismo entre las Grandes Chroniques francesas, la producción del taller alfonsí castellano y las crónicas catalanas es más que evidente.24 Sin embargo, así como las dos primeras generan un sentimiento muy arraigado de legitimación de toda una dinastía, las terceras ponen un mayor empeño en consolidar la memoria histórica referida a los monarcas singulares. Significativamente, las propias Gesta Comitum Barchinonensium sufren una transformación continua a lo largo del siglo XIII, por las adiciones que se van haciendo en ese texto para narrar las gestas de los monarcas que se van sucediendo en el tiempo presente. De este modo, la propia estructura del texto cambia profundamente, y a finales del siglo XIII es difícil argumentar que se trata del mismo texto que las Gesta originarias, además del hecho (nada desdeñable) de que esas adiciones están hechas ya en lengua romance (catalán) y no en el latín originario.25 La entusiasta recepción de la doctrina Reditus regni ad stirpem Karoli demuestra su estrecha relación con las aspiraciones legitimadoras de la dinastía capeta. Las aspiraciones de esta dinastía de establecer sus nexos directos con la dinastía carolingia es un fenómeno político de primer orden, que tiene un enorme influjo en la consolidación de unas prácticas de gobierno acordes con esa filiación.26
Las nuevas crónicas caballerescas basan su eficacia en la narración continuada y casi exclusiva de las gestas de sus monarcas, o de los caballeros cruzados. Por contraste, las genealogías habían basado su eficacia en la fuerza de la sucesión genealógica más que en la narración de las gestas de los condes. De este modo, se da la paradoja de que el texto de las Gesta no se centra prioritariamente en las gestas de sus protagonistas, sino en su propia existencia –la apelación a la vieja distinción romana entre unas gestas basadas en la potestas y unas crónicas que enfatizan sobre todo la autoritas de los reyes se impone por sí misma–.27 La coincidencia de los términos (Gesta en el título y gestas narradas) es simplemente formal, porque el contenido del texto desmiente esa identificación del continente semántico. Esto queda claro desde el momento en que el compilador de las Gesta barcelonesas, por ejemplo, expone la finalidad del texto («Este libro cuenta la verdad de los hechos del primer conde de Barcelona, y de todos los que le sucedieron») ya que, salvo la caballeresca historia de Guifré, el texto se centra simplemente en una enumeración de los condes, los territorios heredados y los matrimonios que aseguran la sucesión patrimonial.28
Las crónicas francesas vernaculares del siglo XIII (las Chroniques des Rois de France, del Anónimo de Béthune, escrita entre 1220 y 1223, y otra anónima Chronique des Rois de France, así como las bien conocidas Grandes Chroniques de France) mantienen un contexto de legitimación política, que convive con la emergencia de las autobiográficas «crónicas de cruzadas».29 Los Capetos habían manipulado su historia a través de la fabricación historiográfica del reditus carolingio, que al mismo tiempo era una respuesta al mito de la translatio imperii germánico. La monarquía francesa estaba urgida para aclarar la legitimidad de sus conquistas en Normandía, que habían pertenecido al rey de Inglaterra.30 Con la «carolingización» de los Capetos no solo se legitimaba su expansión territorial sino también su hegemonía respecto a las demás monarquías europeas, especialmente los Plantagenet ingleses y los vecinos emperadores germánicos. La culminación de este proceso de principios del siglo XIII tiene lugar en el magno escenario de Bouvines, donde convergen tantas líneas maestras de la política europea del momento, así como las dos grandes tradiciones historiográficas del momento: la esquemática-genealógica y la discursiva-cronística.31
Lo que parece evidente es que, ya a finales del siglo XIII, los cánones de la prosa cronística oficial cancilleresca se imponen a los rígidos moldes de la historiografía genealógica elaborada desde los claustros. El proceso de prosificación de los textos históricos es paralelo, por lo demás, al fenómeno de prosificación de los textos literarios originariamente compuestos en verso, típico de las literaturas románicas de principios del siglo XIII, así como a su vernacularización.32 Estos cambios aparentemente formales reflejan unas realidades sociales y políticas en mutación.
Estas consideraciones confirman que los cambios formales de la escritura histórica representan algo más que un cambio de estilo, lo cual se puede aplicar a la evolución general de la historiografía.33 El texto histórico es fruto del contexto histórico, pero al mismo tiempo incide en él. Algunos han llegado a definir este proceso como la lógica social de la prosa.34 La consolidación de la prosa caballeresca vernácula en la Europa del siglo XIII representa mucho más que un simple fenómeno literario. Analizados los textos desde una dimensión historiográfica, se descubre el mundo social desde el que fueron articulados y se ilumina toda su dimensión social. Se experimenta así una interconexión específica entre el texto y el contexto, que relaciona la realidad lingüística con las estructuras sociales.
Por esto, siempre he defendido que la interpretación de los textos histórico-medievales es fruto no solo de su consideración como un «artefacto literario» o como las «narraciones históricas» que más evidentemente son, sino también como una fuente privilegiada de convergencia entre el texto y el contexto, entre el contenido y la forma. Se descubre así una función pasiva y una función activa de los textos históricos, según estos sean considerados como espejos o como generadores de realidades sociales.35 En este sentido, son muy significativas las estrechas relaciones que se producen entre las diversas tradiciones nacionales de la historiografía medieval. En este capítulo me he centrado en las conexiones entre las historiografías francesas, flamencas, castellanas y catalano-aragonesas, cuyos influjos mutuos son evidentes, tanto en la fase de las genealogías en la segunda mitad del siglo XII, como en las crónicas del siglo XIII. La envergadura de las aspiraciones políticas de la monarquía francesa parece darles una prioridad, aunque la enorme vitalidad cultural del mundo flamenco explica también el influjo de sus textos históricos. Al mismo tiempo, la originalidad de la historiografía medieval peninsular es llamativa, pero parece que no es tan capaz de generar nuevos modelos originarios como otras tradiciones, lo que explicaría la vigencia anacrónica de las genealogías en la Castilla durante los siglos XIV-XVI, pero también el enorme interés del análisis sistemático de esta «anomalía» (¿o quizás no?) histórica e historiográfica.
LA FUNCIÓN DE LAS GENEALOGÍAS: MITIFICANDO EL PASADO PARA CONSOLIDAR EL PRESENTE
Otro de los grandes temas que interesan más a los nuevos historiógrafos es la relación que se establece naturalmente, en el seno de los textos históricos, entre el presente y el pasado. No se trata de una simple relación cronológica dialéctica, que encorseta excesivamente el texto en su contexto. La historiografía codifica una realidad pasada para fusionarla con el presente. Las crónicas medievales utilizan toda la potencia del poder mitificador del pasado. Una de las motivaciones más comunes de la historiografía medieval es la de reducir el espacio entre un pasado legendario y un presente frágil, seco, sobrio, incapaz de generar mitos ni de consolidar tradiciones. Este procedimiento permite a los Capetos conectar sus orígenes legendarios con la monarquía troyana a través de las Grandes Chroniques36 o a los reyes castellanos enlazar con la monarquía visigótica, lo que legitima su agresiva política expansiva por la Península Ibérica.37 Cuanto más se aleja el cronista temporalmente, más capaz se ve de manipular los hechos, porque cuenta no solo con el desconocimiento que se presupone de un pasado remoto sino también con su notable capacidad mitificante.
Esto explica la potencialidad y la eficacia de las genealogías históricas. Este nuevo género histórico se divulga en Europa durante la segunda mitad del siglo XII como un instrumento privilegiado para consolidar el poder monárquico, basado en la transmisión dinástica y hereditaria. La creación de una tradición histórica requiere la demostración de una continuidad social y política. Así se recoge, por ejemplo, en la introducción de las Grandes Chroniques francesas, donde se justifica la construcción de esta gran obra histórica por las dudas suscitadas por algunos sobre la veracidad de la genealogía de los reyes de Francia, de sus orígenes y de la procedencia de su linaje.38 Los condes de Barcelona encargan también su genealogía, cuando devienen reyes de Aragón, para codificar su nexo genealógico con los orígenes de la dinastía. Se conecta así con el fundador de la dinastía, Guifré el Pelós, mitificando su figura, magnificando su influjo político y social y legitimando su conexión con los reyes franceses, en contraposición de visigóticos e islámicos.39 La enorme eficacia de estos textos queda así reflejada en las Gesta Comitum Barchinonensium, que se utilizó como referente histórico fundamental (un verdadero «canon») para el estudio de la Edad Media en Cataluña hasta bien entrado el siglo XIX.40
La construcción de las genealogías es uno de los métodos más eficaces de unir pasado y presente, o al menos de contribuir a reducir al máximo sus distancias. Son una evidencia de la continuidad histórica, transmitida de generación en generación. Si las genealogías no existen o se han perdido, es preciso crearlas de nuevo. De ahí surgen, en muchas ocasiones, los personajes legendarios fundadores de las dinastías, como el caso de Don Pelayo para Castilla o de Guifré para Cataluña. Las genealogías representan, por otra parte, un nuevo modo de concebir el tiempo, que pasa a ser dominado por la dimensión dinástica, sustituyendo a los viejos Annales o a los Calendarios.41 Al mismo tiempo, las genealogías de los siglos XII y XIII constituyen probablemente la primera secularización del tiempo en un contexto cortesano, porque las crónicas ya no necesitan remontarse a los tiempos bíblicos sino simplemente al fundador de la dinastía. La segunda y definitiva secularización del tiempo se produciría en los siglos XIV y XV, en un contexto ya urbano, al estallar la dicotomía entre un «tiempo mercantil» y un «tiempo eclesiástico», siguiendo la distinción hecha célebre por Jacques Le Goff.42 A través de las genealogías el tiempo se humaniza, lo que lo hace más historiable.
DE LAS GENEALOGÍAS A LAS CRÓNICAS: TRANSFORMACIONES LITERARIAS Y MUTACIONES SOCIALES
Sin embargo, a mediados del siglo XIII las genealogías parecen haber perdido vigor. Habían sido muy eficaces para legitimar la existencia de las nacientes dinastías, pero eran insuficientes para fundamentar ideológicamente las políticas expansivas que todas ellas estaban llevando a cabo. La recuperación de la doctrina conocida como reditus regni ad stirpem Karoli Magni y su inclusión en el ciclo de las Grandes Chroniques francesas es bien ilustrativa al respecto. Todo ello se produce, sintomáticamente, durante el expansivo reinado de Felipe Augusto, a principios del siglo XIII.43 Pocos decenios más tarde, Jaime I el Conquistador construye su gran epopeya, una crónica que narra paso a paso, de modo grandilocuente, las heroicas campañas militares de la expansión catalano-aragonesa frente a los musulmanes, sin detenerse excesivamente a considerar su genealogía y sin necesidad de remitirse al pasado remoto del fundador de la dinastía.44
Lo que muestran todas estas mutaciones de la historiografía durante el siglo XIII es que las transformaciones literarias en los textos históricos están estrechamente relacionadas con los cambios sociales.45 La textualización del pasado tiene una mayor eficacia en el momento en que las monarquías europeas están llevando a cabo una política expansiva agresiva. Es el caso de los Plantagenet en Inglaterra, los Capetos en Francia, los reyes de Aragón y la monarquía castellana. En este contexto, la vernacularización y la prosificación del texto histórico forman parte de la estrategia llevada a cabo por estas dinastías, encaminada a divulgar la historia y las gestas del pasado para consolidar y justificar las acciones emprendidas en el presente. La redacción de las monumentales Grandes Chroniques de Francia y la construcción del ciclo de las llamadas posteriormente Quatre Grans Cròniques de Cataluña son dos de las manifestaciones más sintomáticas de esta nueva orientación política de la historiografía medieval. El poder del texto histórico es tan grande en este momento que algunos monarcas llegaron a firmar personalmente sus crónicas, como en el caso de Jaime I el Conquistador de Aragón. Aunque todavía no se ha podido demostrar hasta qué punto fue su autor material o simplemente dictó unas ideas que fueron materializadas finalmente por los escribanos de la corte (probablemente más lo segundo que lo primero), aquí el dato importante es la forma autobiográfica que adquirió finalmente el Llibre dels Fets, la crónica del rey.
El texto histórico deviene, sobre todo a partir del siglo XII, un instrumento privilegiado para la consolidación de la cultura aristocrática y monárquica, aunque ambas utilizan procedimientos historiográficos muy diferentes. Junto a la vernacularización del texto histórico, se produce una elocuente prosificación. La emergencia de la prosa en sustitución del verso, de la lengua vernacular en lugar del latín, de la historia en lugar de la ficción, incrementa la credibilidad de la ideología aristocrática y monárquica. La prosa da una sensación de realismo mayor que el verso, que había sido utilizado hasta entonces para las narraciones épicas y de ficción. La lengua vernácula, cada vez más extendida, otorga a la narración histórica una flexibilidad mucho mayor que el latín. Tal como lo sintetiza Gabrielle Spiegel:
apropiándose de la inherente autoridad de los textos latinos y adaptando la prosa para la historización del lenguaje literario, la historiografía vernacular emerge como una literatura del hecho, integrando a un nivel literario la experiencia histórica y construyendo un lenguaje expresivo y narrativo, propio de la aristocracia.46
1 Este capítulo está basado, en parte, en mi artículo «From Genealogies to Chronicles. The Power of the Form in Medieval Catalan Historiography», Viator 36, 2005, pp. 235-264.
2 Las relecturas históricas románticas de la época medieval histórica, muy típicas de la España liberal, han sido analizadas por José Álvarez Junco: Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, Madrid, Taurus, 2011; Benoit Pellistrandi: Un discours national? La Real Academia de la Historia: entre science et politique (1847-1897), Madrid, Casa de Velázquez, 2004; Stéphane Michonneau: Barcelona: memòria i identitat: monuments, commemoracions i mites, Vic, Eumo, 2002. En una cronología más extensa, ver el documentado estudio de Martín F. Ríos Saloma: La Reconquista, una construcción historiográfica (siglos XVI-XIX), Madrid, Marcial Pons, 2011.
3 Dos artículos, publicados en los años setenta, tuvieron mucha trascendencia en esta dirección. Uno de Georges Duby: «Remarques sur la littérature généalogique en France aux XIe et XIIe siècles», Hommes et structures du Moyen Age, París, Mouton, 1973, cap. 16. El otro de Gabrielle M. Spiegel: «Genealogy: Form and Function in Medieval Historical Narrative», History and Theory 22, 1975, pp. 314-325.
4 Un estudio que analiza integradamente todos estos factores, para el caso de los condes de Barcelona y reyes de Aragón, es el de Martin Aurell: Les noces du Comte. Mariage et pouvoir en Catalogne, París, Editions La Sorbonne, 1995.
5 Los Annales son el género histórico donde se recogen sistemática y esquemáticamente los principales acontecimientos: Michael McCromick: Les Annales du aut moyen âge, Turnhout, Brepols, 1975. En Cataluña reciben el nombre de cronicons: Miquel Coll i Alentorn: Historiografía, Barcelona, Curial, 1991, pp. 24-42; Thomas N. Bisson: «Unheroed Pasts: History and Commemoration in south Frankland before the Albigensian Crusades», Speculum 65, 1990, pp. 287-289. Una introducción general al género genealógico en Leopold Genicot: Les Généalogies, Turnhout, Brepols, 1975.
6 Northrop Frye: The Anatomy of Criticism, Princeton, Princeton University Press, 1957, p. 15.
7 Martí de Riquer: Història de la literatura catalana, Barcelona, Ariel I, 1964, p. 373.
8 Para la distinción entre los diferentes géneros históricos en la Edad Media, Bernard Guenée: «Histoires, annales, chroniques. Essai sur les genres historiques au moyen âge», Annales. Économies, Sociétés, Civilisations 28, 1973, pp. 997-1016. La cuestión de los géneros históricos me parece esencial e intuyo que va a ser uno de los temas que generará mayor atención entre los académicos en el futuro, pues es un tema que se aviene bien al mayor diálogo disciplinar experimentado entre la disciplina histórica y la crítica literaria en los últimos decenios. He reflexionado sobre esta cuestión en Jaume Aurell: «The Shift in Historical Genres», Authoring the Past. History, Historiography, and Politics in Medieval Catalonia, Chicago, The University of Chicago Press, 2012. Sin pretender ser exhaustivo, cito a continuación algunos de los estudios teóricos más relevantes de los últimos años sobre la teoría de los géneros, en concreto los que me parecen más aplicables al análisis de la historiografía medieval: Hans-Robert Jauss: «Littérature médiévale et théorie des genres», Poetique 1, 1970, pp. 79-101; Jacques Derrida: «The Law of Genre», Critical Inquiry 7, 1980, pp. 55-82; Heather Dubrow: Genre, Londres, Methuen, 1982; Alistar Fowler: Kinds of Literature. An Introduction to the Theory of Genres and Modes, Oxford, Oxford University Press, 1982; Jean-Marie Schaeffer: «Du texte au genre. Notes sur la problématique générique», Poetique 53, 1983, pp. 3-18; Carolyn R. Miller: «Genre as Social Action», Quarterly Journal of Speech 70, 1984, pp. 151-167; Gérard Genette y Tzvetan Todoroz (eds.): Théorie des genres, París, Seuil, 1986; Ralf Cohen: «History and Genre», New Literary History 17, 1986, pp. 203-218; David Baguley: «Genre and “Genericity”: Recent Advances in French Genre Theory», en Joe Andrew (ed.), Poetics of the Text. Essays to celebrate Twenty Years of the Neo-Formalist Circle, Amsterdam, Rodopi, 1992; Mark Salber Phillips: «Histories, Micro- and Literary: Problems of Genre and Distance», New Literary History 34, 2003, pp. 211-229.
9 Bernard Guenée: «Les généalogies entre l’histoire et la politique: la fierté d’être Capétien en France au Moyen Âge», Annales. Économies, Sociétés, Civilisations 33, 1978, pp. 450-477; Gabrielle M. Spiegel: «Genealogy: Form and Function in Medieval Historical Narrative», History and Theory 22, 1975, pp. 314-325.
10 Mateo, cap. 1, vers. 1-17.
11 José Enrique Ruiz Domènec: «Reminiscencia y conmemoración: el proceder de la literatura genealógica», La memoria de los feudales, Barcelona, Argot, 1984, p. 219.
12 Jacques Le Goff: «Au Moyen Âge: Temps de l’Église et temps du marchand», Pour un autre Moyen Âge. Temps, travail et culture en Occident, París, Gallimard, 1977, pp. 46-65 y Jacques Le Goff: «Le temps du travail dans la crise du XIVe siècle: du temps médiéval au temps moderne», Le Moyen Age LXIX, 1963, pp. 597-613.
13 Algunos de estos ejemplos están desarrollados en Duby: «Remarques sur la litterature généalogique», pp. 287-298.
14 Thomas N. Bisson: «L’essor de la Catalogne: identité, pouvoir et idéologie dans une société du XIIe siècle», Annales. Économies. Sociétés. Civilisations 39, 1984, pp. 454-479, especialmente en pp. 459-463. Bisson conecta este modo genealógico de narrar con aquel otro que describió Georges Duby para el norte de las viejas tierras carolingias, donde existe una producción fecunda de genealogías de linajes ilustres: Duby: «Remarques sur la littérature généalogique», cap. 16. También es útil, como modelo, Leopold Genicot: «Princes territoriaux et sang carolingien. La Genealogia comitum buloniensium», Études sur les principautés lotharingiennes, Louvain, Université de Louvain, 1975, pp. 217-306.
15 Miquel Coll i Alentorn: «La historiografía de Catalunya en el període primitiu», Estudis Romànics III, 1951-1952, pp. 139-196.
16 Utilizo la expresión acuñada por Hayden V. White: The Content of the Form: Narrative Discourse and Historical Representation, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1989, cuyas reflexiones sobre la moderna historiografía, y sobre todo su teoría sobre el texto histórico como artefacto literario, resultan muy útiles para enfrentarse al análisis de las historiografías de las diferentes épocas históricas.
17 Gabrielle M. Spiegel: The Past as Text. The Theory and Practice of Medieval Historiography, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1997, p. 106.
18 Les Grandes Chroniques de France, Jean Viard (ed.), París, Société de l’Histoire de France, 1920-1953, 10 vols. (aquí vol. 5, cap. 1-2).
19 Ver las interesantes reflexiones que sobre este punto se encuentran en el ensayo de François Dosse: Història. Entre la ciència i el relat, València, Universitat de València, 2001. En los últimos años se han publicado sugerentes obras teóricas sobre las relaciones entre historia y la memoria en las sociedades tradicionales y el uso del tiempo y la tradición: David Lowenthal: The Past is a Foreign Country, Cambridge, Cambridge University Press, 1985; Gordon S. Wood: The Purpose of the Past. Reflections on the Uses of History, Nueva York, The Penguin Press, 2008; y John L. Gaddis: The Landscape of History: how Historians Map the Past, Oxford, Oxford University Press, 2004. Para la España medieval, ver el interesante volumen colectivo de Jon Andoni Fernández de Larrea y José Ramón Díaz de Durana (eds.): Memoria e historia. Utilización política en la Corona de Castilla al final de la Edad Media, Madrid, Sílex, 2010.
20 Lo que explicaría su utilización en otros lugares muy distantes: para la India Antigua, ver Romila Thapar: «Society and Historical Consciousness. The Itihasa-purana, Tradition», Interpreting Early India, Oxford, Oxford University Press, 1992, pp. 137-173. Romila Thapar: «Genealogy as a Source of Social History», Ancient Indian Social History. Some Interpretations, Delhi, Orient Longman, 1978, pp. 326-360; Romilla Thapar: «Genealogical Patterns as Perceptions of the Past», Cultural Pasts. Essais in Early Indian History, Oxford, Oxford University Press, 2000, pp. 709-753. Para Hawai, ver Valerio Valeri: «Constitutive History: Genealogy and Narrative in the Legitimation of Hawaiian Kingship», Emiko Ohnuki-Tierney (ed.), Culture Through Time. Anthropological Approaches, Stanford, Stanford University Press, 1990, pp. 154-192; Davida Malo: Hawaiian Antiquities, Honolulu, Bishop Museum Press, 1971; Samuel M. Kamakau: The Ruling Chiefs of Hawaii, Honolulu, Kamehameha Schools Press, 1961. Para las sociedades indígenas norteamericanas, Karen I. Blu: The Lumbee Problem. The Making of an American Indian People, Lincoln, University of Nebraska Press, 2001.
21 Para el tema de la emergencia de la subjetividad literaria hay que acudir al clásico de Michel Zink: The Invention of Literary Subjectivity, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1999.
22 Ver, por ejemplo, Andrew W. Lewis: «Dynastic Structures and Capetian Throne Right: The Views of Giles of Paris», Traditio 33, 1977, pp. 225-252; Elisabeth Brown: «La notion de la légitimité et la prophétie à la cour de Philippe-Auguste», en Robert-Henri Bautier (ed.), La France de Philippe-Auguste: Le temps des mutations, París, CNRS, 1982, pp. 77-110.
23 Spiegel: The Past as Text, p. 112.
24 Para Francia, ver la edición de Jean Viard: Les Grandes Chroniques de France, París, Société de l’Histoire de France, 10 vols., pp. 1920-1953; para el taller alfonsí, ver la bibliografía de Georges Martin (ed.): La historia alfonsí. El modelo y sus destinos (siglos XIII-XV), Madrid, Casa de Velázquez, 2000 y Diego Catalán: «El taller historiográfico alfonsí: métodos y problemas en el trabajo compilatorio», Rom 84, 1963, pp. 353-375; para Cataluña, Jaume Aurell: Authoring the Past. History, Autobiography, and Politics in Medieval Catalonia, Chicago, The University of Chicago Press, 2012. Para una comparativa con Inglaterra es útil el libro de Antonia Grandsen: Historical Writing in England, c. 550-c. 1307, Londres, Routledge, 1974.
25 En la edición de las Gesta Comitum realizada por Barrau-Dihigo y Massó: Cròniques Catalanes. II. Gesta Comitum Barchinonensium, en Lucien Barrau-Dihigo y Josep Massó Torrents (eds.), Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 1925, se transcriben dos versiones diferentes a la original, que recibe el nombre de «primitiva», redactada en latín. Es especialmente interesante cotejar la versión «primitiva» con la traducción catalana, elaborada años después, a la que se han ido añadiendo diferentes pasajes con el paso del tiempo (el texto catalán está recogido en Gesta Comitum, pp. 119-144). Por este motivo, en este capítulo me he centrado en las dos primeras fases de esa redacción (redactadas hacia 1162-1182 y 1200-1208) porque las posteriores responden a otras motivaciones contextuales muy diferentes.
26 Spiegel, The Past as Text, p. 115.
27 Esta importante distinción aparece desarrollada en las obras de Carl Schmitt: Dottrina della constituzione, Milano, Giuffrè, 1984 y Giorgio Agamben: Homo Sacer. Sovereign Power and Bare Life, Stanford, Stanford University Press, 1998. Para la conexión de estos conceptos de derecho romano con la autoridad literaria en la época medieval, ver Larry Scanlon: «Auctoritas and Potestas: a Model of Analysis for Medieval Culture», Narrative, Authority, and Power. The Medieval Exemplum and the Chaucerian Tradition, Cambridge, Cambridge University Press, 1994, pp. 36-54.
28 «Iste liber ostendit veritatem primi comitis Barchinonae et omnium aliorum qui post eum venerunt, et de ordinatione omnium comitatuum qui sunt in Catalonia, et nomina et tempora illorum qui tenuerunt unus post alium comitatus, et qualiter regnum Aragoniae primo venit, et qualiter fuit unitum comitatui Barchinonae. Item ponuntur in eo facta et gesta nobilia quae fuerunt facta per reges Aragoniae suis temporibus et per nobiles comites Barchinonae» (Gesta Comitum, pp. 22-23).
29 Este «tipo literario» lo analizó magistralmente Michel Zink: The Invention of Literary Subjectivity, pp. 187-219.
30 John W. Dalwin: The Government of Philip Augustus: Foundations of French Royal Power in the Middle Ages, Berkeley, University of California Press, 1986.
31 Georges Duby: Le Dimanche de Bouvines, 27 juillet 1214, París, Gallimard, 1973.
32 Martin de Riquer: Història de la literatura catalana I, p. 378.
33 Desde una perspectiva más teórica, aplicada a la evolución del género autobiográfico, he defendido esta postura en Jaume Aurell: «Autobiography as Unconventional History: Constructing the Author», Rethinking History: Journal of Theory and Practice 10, 2006, pp. 433-449.
34 Sobre el alcance epistemológico de la expresión «Social Logic of the Text», ver Gabrielle M. Spiegel: «History, Historicism and the Social Logic of the Text in the Middle Ages», Speculum 65, 1990, pp. 59-86.
35 Spiegel: Romancing de Past, p. 10.
36 Jean Viard (ed.): Les Grandes Crhoniques de France, I, p. 90 y VI, p. 139.
37 Abilio Barbero y Marcelo Vigil: La formación del feudalismo en la Península Ibérica, Barcelona, Crítica, 1978.
38 Cita recogida y traducida en Spiegel: «Introduction», The Past as Text, 96.
39 Martin Aurell: Les noces du Comte. Mariage et pouvoir en Catalogne (785-1213), París, La Sorbonne, 1995.
40 Jaume Aurell: «La formación del imaginario histórico del nacionalismo catalán, de la Renaixença al Noucentisme (1830-1930)», Historia Contemporánea 16, 2001, pp. 257-288.
41 Orest Ranum: Artisans of Glory. Writers and Historical Thought in Seventeenth Century France, Chaper Hill, University of North Carolina Press, 1980, p. 5.
42 Jacques Le Goff: «Au Moyen Âge», y Le Goff: «Le temps du travail».
43 Gabrielle M. Spiegel: «The Reditus Regni ad Stirpem Karoli Magni: A New Look», French Historical Studies 7, 1971, pp. 145-174.
44 Ferran Soldevila (ed.): Jaume I, Bernat Desclot, Ramon Muntaner, Pere III. Les Quatre Grans Cròniques, Barcelona, Selecta, 1971.
45 Gabrielle M. Spiegel: «Social Change and Literary Language: The Textualization of the Past in Thirteenth-Century French Historiography», Journal of Medieval and Renaissance Studies 17, 1987, pp. 129-148.
46 Spiegel: The Past as Text, p. 193.
II. LA FIGURA DEL HÉROE FUNDADOR: LA MITIFICACIÓN DE LOS ORÍGENES
Las historias épicas que acompañan a las genealogías, principalmente las que hacen referencia a la figura del héroe fundador –habitualmente situadas al inicio de la narración–, funcionan como garantes de continuidad dinástica, y proporcionan a los nuevos grupos de élite una valiosa legitimación religiosa y social.1 La reinvención de héroes ancestrales, basada parte en historia y parte en ficción, aumenta el prestigio del linaje y crea una nueva conciencia genealógica, que toma forma de raíz de árbol, materializada en su base en la figura del ancestro fundador.2 Las leyendas fundadoras, creadas en los monasterios medievales, muchas de ellas presentadas en forma genealógica, no solo funcionan como ficciones inertes, sino también como textos que iluminan las formas en las que esas comunidades construyen su identidad y las relaciones sociales y políticas que esta misma identidad implica.3
Los relatos fundacionales invocan los orígenes básicamente a través de tres diferentes modelos: el vínculo con la sangre carolingia, la conexión con los linajes francos y romanos y las historias de los héroes fundadores. Todas las narraciones genealógicas europeas de los siglos XI y XII corresponden, de uno u otro modo, a estos modelos. La narración de las aventuras del héroe fundador de la dinastía o del linaje tiene como objeto consolidar su función como fundador y su prestigio como propietario de un condado, asegurando así la continuidad dinástica. Existe un enorme paralelismo en las historias de las figuras originarias y fundantes de los principales linajes occidentales, forjados a través de su constante y heroica lucha frente a todo tipo de adversidades y peligros. Estos héroes emergen sobre todo de las narraciones contenidas en la literatura genealógica elaborada durante la segunda mitad del siglo XII. Muchos de ellos son de origen escandinavo, como el jefe normando Gero, abuelo de los Blois; Achard, el fundador de la dinastía de los condes de Bar-sur-Aube; Raúl Barbeta, creador de la linaje de los Roucy; Tertulle el Forastero, el modesto pero heroico fundador de los condes de Anjou; Archambaud y Gouffier, fundadores de los vizcondes de Comborn y Lastours; Witikindo, el rebelde sajón vengado por Carlomagno, ascendente de toda la cabeza del linaje de los Robertinos; don Pelayo, el rey originario de la futura cadena política de los reinados de Asturias, León, Castilla y España; Guifré el Pelós, héroe originario de los condes de Barcelona, que devienen posteriormente reyes de Aragón. 4
La condición del fundador de la dinastía es su talante caballeresco, más que su probada ascendencia principesca, una condición que adquiere a través de un matrimonio netamente exogámico.5 Los relatos del héroe-fundador demuestran, por tanto, que esas narraciones épicas son esencialmente una cristalización del ideal heroico, presente en todas las culturas.6 Estas historias no son tomadas de la evidencia factual sino de la representación de un ideal. Las sociedades europeas medievales estaban convencidas de que la duración era la prueba definitiva de la validez de una costumbre porque demostraban su poder de resistencia frente a los desafíos de la historia, posibilitando a la sociedad sobrevivir y prosperar. La duración tiene también un poder validativo y legitimador porque implica un aumento natural del número de personas convencidas de la simple noción de que «tanta gente no puede haber estado equivocada durante tanto tiempo».7 Muchos de los fundadores de las dinastías europeas –y tantos otros de tantas otras culturas lejanas– fueron héroes gloriosos, mostrando con su convicción y perseverancia, así como con su excepcional éxito, que el mantenimiento de la tradición merece superar todos los obstáculos. Este es, para mí, el sentido real de la enorme proyección y la llamativa duración y vigencia histórica de las historias de los héroes fundadores. Así es, al menos, como yo entendí las palabras de Lévy-Bruhl la primera vez que las leí, salvando las distancias entre lo que él llamaba «sociedades primitivas o inferiores» con las sociedades europeas medievales:
Cuando un mito refiere las aventuras, las hazañas, los hechos generosos, la muerte y la resurrección de un héroe civilizador, no es el hecho de haber dado a la tribu la idea de hacer fuego o de cultivar el maíz lo que, en realidad, interesa y conmueve a la audiencia. Se trata, como en la historia sagrada, de la participación del grupo social en su propio pasado, el grupo se siente revivir entonces en una especie de comunión mística con aquel que lo ha hecho tal como es. En síntesis, los mitos son a la vez, para la mentalidad primitiva, una expresión de la solidaridad del grupo social con él mismo en el tiempo y con otros seres de su medio ambiente, y un medio de mantener y reavivar el sentimiento de esa solidaridad.8
La preservación del poder mítico de los orígenes es uno de los objetivos de toda sociedad. Tal como lo ha argumentado convincentemente Mircea Eliade, los mitos y las leyendas reflejan una nostalgia por los orígenes de la sociedad que, automáticamente, remiten al eterno retorno de una era creativa.9 Por este motivo, la natural anacronía que se produce entre el evento descrito (las aventuras del héroe fundador de un pasado remoto) respecto a las circunstancias históricas que se le asignan (que suelen ser las del presente desde donde se narra) quedan camufladas gracias a la utilización de un lenguaje épico ahistórico, una estructura narrativa muy básica, un modo de tramar clásico (que remite a las categorías típicas de la tragedia épica) y un contenido literario de contenido legendario.
En efecto, con la perspectiva del tiempo, nos parece inverosímil que a los contemporáneos del siglo XII se les pasara por alto que los héroes fundadores de los siglos anteriores poseyeran, en mayor o menor medida, los valores feudales, cuando todavía no habían sido creados en aquellos tiempos. Los atributos requeridos por el fundador de una dinastía se evalúan a través de su naturaleza caballeresca, un atributo desde luego mucho más contemporáneo al tiempo en el que estas narraciones son articuladas (el siglo XII) que al tiempo al que se refieren (desde los tiempos antiguos al siglo IX).10 En esa distorsionada percepción influyó con toda seguridad el hecho del escaso interés por la precisión cronológica de los lectores de esas obras históricas (e incluso de muchos de sus compiladores), pero me parece que simplemente pesó más el eficaz poder mítico y legendario de esas narraciones que el grado de su historicidad. Por consiguiente, la relación entre el hecho propiamente histórico y su narración épica fue asumido «acríticamente» por la sociedad de aquel tiempo como una tradición oral y poética ininterrumpida, que los textos genealógicos con sus narraciones de los héroes fundadores se encargaron de fijar, más que como un relato preciso de unos determinados eventos históricos. Como consecuencia, el mito del héroe fundador se vio reforzado por la cronológica distancia respecto a los hechos que se narraban, situados en el pasado remoto: es bien sabido que cuanto más lejanos en el tiempo son los eventos que se narran, son más susceptibles de manipulación y tipificación en la memoria colectiva. La naturaleza selectiva de la memoria permite al pasado remoto conllevar un mayor peso ideológico que el pasado reciente. Tal como lo ha expresado la literatura con mayor belleza y expresividad: «hurgar en el pasado remoto puede ser un lenitivo; el reciente hace más daño».11
Es más sencillo comprender así que la eficacia de la historiografía medieval reside en el poder mítico de la leyenda, más que en la menor o mayor distancia entre el pasado y el presente.12 Por esta razón, algunos antropólogos han postulado que la distinción entre los modos de operación mítica y los modos de operación histórica radica en la capacidad del presente para homogeneizarse con el pasado, más que en el grado de «realismo» de las historias. Cuanto más ejemplarizante y mimético sea el pasado para el presente (homogeneidad), más histórico deviene, independientemente del grado de leyenda que contenga; por el contrario, cuanto más imposible de replicar sea el pasado en el presente (heterogeneidad), más «irreal» aparece.13 En consecuencia, más allá de su dimensión legendaria, el Guifré de las genealogías catalanas, el Pelayo de las narraciones astur-leonesas o el Liderico de las genealogías flamencas, han sido considerados figuras propiamente históricas para los españoles, los flamencos y los catalanes de todos los tiempos, independientemente del grado de historicidad que sus narraciones originarias contienen.14 Cuando los mitos son transformados en representaciones intermediarias, que pueden tomar o no forma de narrativa histórica, funcionan siempre como modelos para la sociedad. Es precisamente en este contexto epistemológico en el que las genealogías transforman los mitos en historia.
El caso de las genealogías de los condes de Barcelona es muy significativo en este sentido, y me gustaría detener ahora mi narración para centrarme en este relato, con objeto de presentarlo como un buen modelo ejemplificador, en la práctica, de las ideas teóricas que acabo de exponer. Cuando los monjes de Ripoll se disponen a establecer, de un modo más o menos oficioso,15 los orígenes de la dinastía de los condes de Barcelona, el método genealógico se impone como el más eficaz para conseguir ese empeño.16 Para acceder a los orígenes, el compilador busca conectar la dinastía de los condes de Barcelona, hasta donde se conoce históricamente, con la dinastía carolingia, utilizando a los condes de Flandes como intermediarios. Para ello decide re-crear la figura del fundador de la dinastía, Guifré el Pelós, cuya historia se cuenta en los dos primeros capítulos del texto. Esta historia me parece modélica respecto al funcionamiento de los relatos del héroe fundador, y es desde luego extensible a otras narraciones análogas, surgidas en la Europa de los siglos XI y XII.
El padre de Guifré el Pelós, Guifré de Barcelona, había recibido el condado de Barcelona del rey franco. Poco después, en un viaje a Narbona, un caballero franco le tira de la barba. El conde, airado por la afrenta recibida, pasa por la espada al caballero franco. El conde de Barcelona y su hijo Guifré el Pelós son apresados y, posteriormente, Guifré padre es asesinado. Cuando el rey franco conoce la noticia, se encoleriza por la afrenta que ha recibido uno de sus condes y salva al hijo del conde, Guifré el Pelós, a quien envía al conde de Flandes para que lo eduque. Ya en la corte flamenca, Guifré se une a escondidas con la hija de los condes de Flandes. La condesa de Flandes, dándose cuenta de la situación e intentando evitar los efectos perversos de una unión fuera del matrimonio, hace jurar a Guifré sobre los cuatro evangelios que, en caso de heredar el condado de Barcelona, tomará a la hija de los condes de Flandes por mujer.
Poco después, Guifré es enviado por la condesa de Flandes a Barcelona, vestido pobremente para que nadie le reconozca a primera vista. Su madre le identifica por tener abundante bello, de donde recibe su sobrenombre. Lo presenta entonces a los barones barceloneses, quienes ven en él al padre supuestamente fallecido. Llaman entonces a Salomón, quien había tomado el condado de Barcelona tras el fallecimiento de su primer titular, y Guifré lo mata con la espada. Guifré toma así los condados de Barcelona y de Narbona. Tal como habían acordado, Guifré se casa con la hija de los condes de Flandes, en una solemne ceremonia. Ante las noticias que le llegan del propio conde de Flandes, el rey franco confirma en el condado de Barcelona a Guifré el Pelós.
Poco más tarde, el conde de Barcelona tiene que hacer frente a los sarracenos. Pide entonces ayuda militar al rey franco, que no puede concedérsela porque está ocupado en otros asuntos. El rey franco promete entonces a Guifré que sus sucesores podrán acceder perpetuamente al derecho de herencia si vence a los sarracenos sin su ayuda. Después de una heroica campaña, Guifré derrota a los sarracenos y, según lo acordado con el rey franco, hereda perpetuamente el condado de Barcelona. De este modo, concluye el cronista, «el condado de Barcelona pasó del poder real a manos de nuestros condes». La última frase del bello relato está dedicada, muy significativamente, a la fundación por el conde de Barcelona, Guifré el Pelós, del monasterio de Ripoll, desde donde se redacta la crónica.17
Ciertamente, la narración de los hechos de las Gesta tiene algunos visos de historicidad: el padre de Guifré el Pelós, llamado erróneamente Guifré por las Gesta, es Sunifred I, que había recibido Prada, en Conflent, por una donación de Carlos el Calvo. Sunifred había tenido relaciones con Salomón, un franco que le sucedió como conde de Urgell y Cerdanya hacia el 848. Finalmente, en el 870, Guifré el Pelós le sucedía como conde de Cerdanya y expulsaba a los musulmanes del condado de Vic.18 Pero el autor del texto se muestra mucho más condicionado por un presente que vive intensamente, el de la segunda mitad del siglo XII, que por un pasado remoto, el del siglo IX, que solo conoce vagamente a través de una borrosa memoria colectiva, más que por los documentos conservados. El antifranquismo que respira el texto responde al contexto de un Alfonso el Casto (el rey que manda compilar el texto), obsesionado por la independencia respecto a los Capetos y la familia condal de Toulouse. Por este motivo, los asesinos de Guifré son legados francos, el intruso Salomón es de nación gala y el rey de Francia es incapaz de luchar contra los musulmanes. Este detalle parece trascendental, en un momento en que las victorias frente a los sarracenos legitimaban la anexión de sus territorios. Al mismo tiempo, todo el texto parece condicionado por el deseo de legitimar la independencia de los condes barceloneses respecto a la Corona francesa, tal como lo demuestra la moraleja final de la historia: «Así fue como el condado de Barcelona pasó del poder real a manos de nuestros condes». La conciencia nacional se afirma en torno a la dinastía barcelonesa, a través de la repulsa de la alteridad capeta.
Los detalles de la narración hablan mucho de la intencionalidad con que están escritas las Gesta y dicen más del tiempo desde el que están escritas que del tiempo sobre el que escriben. Como primer texto destinado a exaltar la dinastía barcelonesa, las Gesta se preocupan por asegurar la legitimidad del fundador del linaje. El texto está basado en la repetición de ciertos verbos como genuit y successit, pero no duda en intercalar alusiones a los hechos de armas (concisamente consignados) cuando estos se avienen a la intencionalidad política buscada.19 Las Gesta son elaboradas entre 1162 y 1184, cuando Alfonso el Casto acaba de acceder a la realeza y unir en su persona Cataluña y Aragón, recuperar Provenza, anexionar Rosellón y reorganizar la reconquista frente a los sarracenos. Conviene celebrar todo este poder soberano y asegurar su continuidad.20
El monarca se dirige a los monjes del monasterio de Ripoll para conseguir toda la fuerza que surge de la unión entre la memoria arqueológica y la memoria literaria. Ripoll es la necrópolis condal, donde se ha enterrado secularmente a los condes de Barcelona fallecidos. Los epitafios en honor de los ancestros de los condes han sido escritos, desde tiempo inmemorial, por los monjes de Ripoll: ellos son los mejor preparados para escribir su genealogía. Es bien conocida la relación entre epitafios y genealogías.21 Al mismo tiempo, la propia autoridad de la Iglesia se pone en juego. Había sido en el monasterio de Ripoll donde se había empezado a escribir la historia de los condes de Barcelona.22 La toma de Barcelona por Al-Mansûr en el 985, con la pérdida de buena parte de sus documentos históricos, había hecho preciso un nuevo esfuerzo en la reescritura de la historia.23
Al mismo tiempo, el rol ejercido por los condes de Flandes no parece un detalle elegido al azar por el compilador. El matrimonio fundador de la dinastía se establece entre Guifré el Pelós de Barcelona y la hija del conde de Flandes. Protegido por el conde de Flandes y ligado para siempre a su familia, el conde de Barcelona asegura su independencia respecto a los francos, al tiempo que conserva una prestigiosa ligazón con la monarquía carolingia, de quien los flamencos habían recibido el condado. La conexión con las genealogías flamencas de la segunda mitad del siglo XII vuelve a aparecer. En 1194, Lamberto de Ardrés completa su genealogía de los condes de Guines, de los que era capellán. El fundador de la dinastía de los Guines era Sigfrido, un aventurero escandinavo que sedujo a la hija del conde de Flandes. Con ella había tenido un hijo ilegítimo, adoptado por su cuñado, el tío materno del niño.24 En una canción de gesta en lengua de oíl, Otger de Dinamarca, prisionero del castellano de Saint-Omer, engendra a Baudoin de la hija del carcelero. Carlot, hijo de Carlomagno, mata al niño, que Otger venga en una sangrienta lucha con los francos.25
El tema de los guerreros escandinavos, seductores de la hija del conde de Flandes y enemigos del rey de Francia, se difunde oralmente por toda Europa.26 Pero lo relevante de estas historias, cara a su recepción en Cataluña, es el papel ejercido por las mujeres flamencas. De nuevo es preciso volver a lo orígenes. Los Annales de Saint-Bertin, cuyas copias quizás llegaron a los monasterios pirenaicos, relatan la historia del fundador del linaje de los condes de Flandes, Balduino I, Brazo de Hierro, que había esposado a Judit, la hija de Carlos el Calvo. La unión se había hecho sin el consentimiento del rey, pero había asegurado la descendencia carolingia de la casa de Flandes, a través de las mujeres.27 La sangre del linaje imperial corre por las venas de los condes de Barcelona, porque también ellos habían seducido a la hija del conde de Flandes. Tanto los condes de Guines como los condes de Barcelona siguieron el ejemplo de Baduino I, quien había raptado a la hija de Carlos el Calvo para conseguir a través de ella la prestigiosa sangre de los carolingios.28 Los especialistas en linajes hablan de la prevalencia del matrimonio hipergámico, puesto claramente de manifiesto el papel activo de las mujeres en las genealogías del siglo XII, donde las consortes de los condes desarrollan una función primordial.29 En la leyenda de las Gesta la mujer no cumple un papel pasivo. No solo transmite la posteridad de la sangre real sino que, con su avispada y audaz actuación, marca con su poderosa impronta el curso de los acontecimientos. Después de ocultar el embarazo de su hija, la esposa del conde de Flandes organiza el viaje a Barcelona de Guifré el Pelós, que otorga finalmente el condado a su futuro yerno. El recuerdo remoto de las escrituras vuelve a estar presente, recordando la cuidada estrategia de la madre de Jacob, Rebeca, para que el moribundo Isaac confirme a su segundo hijo la primogenitura, en detrimento de los derechos teóricos de Esaú. Pero puede más la tradición reciente de las genealogías de la época, donde las mujeres tienen asignadas unas funciones que no se limitan simplemente a la transmisión hereditaria, sino que son empujadas a obrar audazmente para que se cumpla la historia prevista.
Cuando la acción se traslada a Cataluña, la madre de Guifré es quien toma el protagonismo de la narración, al reconocerle por el hecho distintivo del bello en un lugar poco común, lo que asegura un sobrenombre al fundador del linaje. Los reyes bárbaros eran conocidos por el pelo que les surgía en la espina dorsal, lo que contribuía a aumentar su prestigio. Al mismo tiempo, esta abundancia de bello contrastaba con la calvicie de Carlos el Calvo, una prueba más del antagonismo que el cronista intentaba remarcar entre el fundador de la casa de Barcelona y el amo de la dominación que rechazaba. Esta mujer, una vez ha reconocido a su hijo, empieza a utilizar su influencia para que Guifré pueda recuperar la titularidad del condado que le pertenecía a su padre, pasando por encima que aún no ha conseguido los derechos de transmisión hereditaria del condado.
La función de las dos madres es, pues, determinante y lúcida, en contraposición a la figura algo apocada de la hija del conde de Flandes, cuya función es meramente pasiva. De este modo, se reproduce en el texto catalán de las Gesta una realidad que refleja exactamente las prácticas sociales del tiempo: la pasividad de la jovencita núbil (la hija del conde de Flandes, que se deja seducir por el foráneo); el poder doméstico, escondido y eficaz de la mujer casada, que se mueve a sus expensas instigando en el ámbito de la corte (la mujer del conde de Flandes, que urde toda la estrategia una vez conoce que su hija ha quedado embarazada), y la pujanza pública de la viuda (la madre del conde de Barcelona, quien conserva el poder de convocar la asamblea de los nobles de sus tierras e imponer a su hijo como conde, incluso estando presente su propio opositor).30
Después de narrar la odisea del fundador de la dinastía, el texto continúa con una somera descripción de los hechos más notables de los condes de Barcelona y del resto de los condados de Cataluña, desde la época de Guifré a finales del siglo IX al enlace entre el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y la hija del rey Ramiro de Aragón en 1136, a través del cual el conde de Barcelona devendrá también rey de Aragón. Una vez narrada la fundación del condado, las Gesta enfatizan la vertiente patrimonial y hereditaria de la dinastía de los condes de Barcelona, remarcando las progresivas reuniones de los condados en un solo príncipe y mencionando a las mujeres solo con relación a los hombres que tuvieron por padres o maridos.31
La leyenda de Guifré el Pelós, con todos los sugestivos detalles y símbolos descritos en los párrafos anteriores, vincula a este personaje con los orígenes míticos de la dinastía catalano-aragonesa, aun contando con la debilidad de la historicidad del relato.32 Las crónicas francesas y las genealogías flamencas, que habrían llegado a las bibliotecas de los monasterios catalanes, constituirían un valioso material utilizado por los monjes para elaborar los textos históricos patrocinados por los monarcas. Estas historias tendrían una recepción especialmente entusiasta en los territorios que surgieron en los márgenes del imperio carolingio, en este caso en el extremo suroccidental del imperio.33 Sin embargo, los compiladores se apresuran a asegurar que el relato del ascenso de Guifré al condado de Barcelona está basado en narración de los antiguos, lo que le hace ganarse desde el principio el prestigio de la tradición. El arranque de la redacción más primitiva de las Gesta no puede ser más significativo: Antiquorum nobis relatione compertum est quod miles quidam fuerit nomine Guifredus.34 El redactor del texto afirma basarse en la tradición oral «de los antiguos» y en escritos conservados probablemente en el monasterio de Ripoll, que contaba con una larga tradición en la elaboración de textos históricos, legendarios e incluso poéticos.35
Probablemente, el autor de las Gesta recibió la leyenda del conde Guifré por vía escrita o por vía oral, incorporando al texto definitivo algunos detalles que le permitieron afianzar la fuerza presentista del relato, y basándose en otros relatos similares contemporáneos. La aventura del viaje del fundador de la dinastía ha consolidado su función de fundador del linaje y su prestigio como detentador de un condado histórico. El paralelismo con otros tantos héroes míticos fundadores de los grandes linajes de Occidente a través de un viaje lleno de peligros es evidente. Es difícil precisar el proceso de manipulación histórica que culminó con la fijación escrita de la leyenda de Guifré el Pelós. Sin embargo, de lo que no hay ninguna duda es de su enorme eficacia como consolidador de la memoria histórica de una nación.
En efecto, aunque hay abundantes errores históricos y pasajes mitológicos en el texto, que la crítica posterior se ha encargado de localizar, es muy significativo que ese texto ha funcionado como modelo y plantilla para la elaboración de las sucesiones de los condes catalanes y los reyes de Aragón hasta bien entrado el siglo XX. En este sentido, el texto de las Gesta funciona perfectamente como un canon historiográfico-nacional, tal como lo definió en su día Pierre Nora para la historiografía francesa.36 Uno de los mejores conocedores de la historiografía catalana medieval, el erudito Miquel Coll i Alentorn, empezaba uno de sus documentados artículos sobre la leyenda de Guifré con estas palabras: «El fundador de nuestra dinastía nacional gozó ya en vida de prestigio y de fama».37 El artículo fue publicado en 1990, lo que muestra la llamativa persistencia del mito del «héroe fundador», en este caso en Cataluña. La explicación de este enorme influjo es quizás que las Gesta condensan la memoria dinástica y genealógica de Cataluña en una estructura extraordinariamente simple. El texto funciona con eficacia, inaugurando un nuevo modo de reconocer la continuidad histórica de esa naciente nación y aglutinando toda su herencia en la figura del conde de Barcelona y rey de Aragón. El pasado remoto de los orígenes carolingios del condado de Barcelona es re-presentado, se vuelve a hacer presente al servicio de las necesidades de una dinastía con audaces aspiraciones expansivas.38
La enorme complejidad de significados de las narraciones del héroe fundador confirma las profundas conexiones y el intercambio de modelos que se establecen en este periodo entre la literatura histórico-genealógica y la literatura de ficción.39 Las genealogías se van distanciando cada vez más de sus orígenes escripturísticos, litúrgicos y monásticos, para entrar en el campo de la literatura de talante caballeresco, basada en la tradición de las leyendas épicas y en el dominio del contexto cortesano. De este modo, los héroes legendarios ocupan un lugar de privilegio en un género supuestamente histórico. La historia se abre a lo legendario y a lo imaginario. Si algo caracteriza a la literatura genealógica del siglo XII es la invención de los antecedentes míticos del pasado remoto de las dinastías nacionales, en orden a consolidar un presente que debe revitalizarse. Las genealogías remiten a la época carolingia porque es el momento privilegiado descrito por los cantares de gesta.40 La dificultad del acceso documental a ese periodo no es un obstáculo para los cronistas del siglo XII, sino que, paradójicamente, los legitima para organizar a su manera los escasos materiales de que disponen.
En este capítulo he analizado más detalladamente las genealogías de los condes de Barcelona, y más específicamente la historia del «héroe fundador» Guifré el Pelós. Pero algo análogo sucede en la vecina Castilla, con la preponderante atención que le prestan a Don Pelayo las crónicas del ciclo de Alfonso III de Castilla, en su intención deliberada de enlazar el reino de Asturias con el reino visigótico de Toledo.41 Tampoco serían ajenas a esta tendencia la enorme proliferación de historias de reinados de reyes visigodos, particularmente llamativa en el caso de Wamba, como recientemente se ha puesto de manifiesto.42 Las detalladas narraciones que surgen del taller alfonsí, mucho más centradas en el devenir de la historia universal, y el papel de Castilla en esta «gran historia», buscan una mayor abstracción de la sucesión histórica, lo cual no reduce su eficacia historiográfica.43 Eficaz es también el recurso de las Grandes Chroniques de Francia de encontrar las raíces merovingias, carolingias y capetas de su monarquía. Este proyecto genealógico es encargado por el rey francés a uno de los centros culturales y religiosos más importantes de Francia, la abadía de Saint-Denis.44
1 Parte del contenido de este artículo apareció en Jaume Aurell: «Memoria dinástica y mitos fundadores: la construcción social del pasado en la edad media», en Arsenio Dacosta, José Ramón Prieto Lasa y José Ramón Díaz de Durana (eds.), La conciencia de los antepasados. La construcción de la memoria de la nobleza en la Baja Edad Media, Madrid, Marcial Pons, 2014, pp. 303-334.
2 La imagen de la raíz arbórea de las genealogías fue convincentemente defendida por Christiane KIapisch-Zuber: «La Genèse de l’arbre généalogique», en Michel Pastoreau (ed.), L’Arbre: Histoire naturelle et symbolique de l’arbre, du bois et du fruit au Moyen Age, París, Le’opard d’or, 1993, pp. 41-81. Otros aspectos relacionados con la amplitud simbólica de las genealogías en R. Howard Bloch: Etymologies and Genealogies. A Literary Anthropology of the French Middle Ages, Chicago, The University of Chicago Press, 1983; Zrinka Stahuljak: Bloodless Genealogies of the French Middle Ages. Translatio, Kinship, and Metaphor, Gainesville, University Press of Florida, 2005 y R. Radulescu y E. D. Kennedy (eds.), Broken Lines. Genealogical Literature in Medieval Britain and France, Turnhout, Brepols, 2010.
3 Amy G. Remensyder: Remembering Kings Past. Monastic Foundation Legends in Medieval Southern France, Ithaca, Cornell University Press, 1995, p. 4.
4 Eric Bournazel: «Mémoire et parenté», en Robert Delort y Dominique Iogna-Prat (eds.), La France de l’an mil, París, Seuil, 1990, pp. 114-124.
5 Martin Aurell: Les noces du compte, pp. 509-510.
6 Para la figura del héroe-fundador en la Península Ibérica medieval, ver Gerges Martin: «Le récit héroïque castillan (formes, enjeux sémantiques et fonctions socio-culturelles)», en Histoires de l’Espagne médiévale. Historiographie, geste, romancero, París, Klincksieck, 1997, pp. 139-152; Arsenio Dacosta: «E por otra manera dise la Historia: relatos legendarios sobre los orígenes políticos de Asturias y Vizcaya en la Edad Media», BITARTE, 1999, pp. 33-50; Sophie Hirel: «Le roi, le moine et la cloche. Genèse d’un modèle et tentative de mythification du roi Ramire II d’Aragon (1135-1137)», en Jean-Christophe Cassard, Elisabeth Gaucher y Jean Kerhervé (eds.), Verité poétique, vérité politique. Mythes, modèles et idéologies politiques au Moyen Âge, Brest, Centre de recherche bretonne et celtique, 2007, pp. 241-260; e Isabel de Barros Días: «Heróis fundadores portugueses em alguns textos da historiografia medieval ibérica», Dietrich Briesemeister y Axel Schönberger (eds.), Imperium Minervae: Studien zur Brasilianischen, Iberischen und Mosambikanischen Literatur, Frankurt am Main, Domus Editoria, 2003, pp. 89-109; ver también Jean-Marie Moeglin: «La mémoire d’un herós fondateur: Lidéric forestier et comte de Flandre», en Agostino Paravicini Bagliani (ed.), La mémoire du temps au Moyen Age, Florencia, Sismel, 2005, pp. 87-116.
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