Kitabı oku: «Señales 2.0»
Jaume Salinas
SEÑALES 2.0
1ª Edición: octubre 2011
ISBN: 978-84-123322-9-2
© 2011: Señales 2.0 - Nuevas historias invisibles de la vida cotidiana
© Portada: Ana Gratacós
© Editora Tarannà
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Prólogo
Hace ya varios años que hice un primer libro en el que se recogían experiencias inverosímiles, de acuerdo con los parámetros de la vida ordinaria, que titulé “Señales - Historias invisibles de la vida cotidiana”. Su finalidad era la de hacer pensar, por no decir recordar, y hacer reflexionar al lector, si alguna vez había vivido alguna experiencia que pudiera ser calificada como imposible, desafiando la lógica racional de nuestro mundo material ‒y materialista‒ en el que estamos inmersos.
Creí, erróneamente, que sería mi primer y único libro de este género que, o bien serviría para confirmar la creencia (y experiencia personal) de muchos lectores en otras realidades diferentes a la nuestra, o bien simplemente, facilitaría al lector más escéptico, un rato más o menos agradable, de lectura de relatos de misterio.
Esta segunda recopilación ha tenido diversas etapas de auge y decaimiento, siendo principalmente tres de ellas las más significativas: la primera, poco tiempo después de la aparición del primer libro, en que tuve acceso a más de una docena de experiencias personales, lo que me hizo concebir, por primera vez, la posibilidad de un nuevo libro; la segunda, poco después de la muy dolorosa experiencia de la pérdida de un hijo mío, ya que tuve oportunidad de conocer las experiencias de otros padres que también habían sufrido esta irreparable pérdida; la tercera, y que me sirvió para dar el empujón definitivo para que salieran a la luz las historias que permanecían silenciosas en el disco duro del PC, y que me obligó a tomar la determinación de acabar con el proyecto, fue en ocasión de conocer la experiencia de un muy buen amigo personal, al que también podría considerar como hermano, que me contó la historia de “Zio Alessandro”, que se incluye en el presente libro.
A través de los diversos testimonios de las diferentes vivencias aportadas, tanto en el primer libro como en el que actualmente tiene el lector en sus manos, se evidencia que existe “algo” más allá de nuestra realidad física y que se podría resumir de la siguiente manera:
1) Todos los seres humanos, o mejor dicho, todos los seres vivientes formamos parte de una unidad, a pesar de la aparente separación y diferenciación, de forma similar que los átomos de una molécula de nuestro organismo, que aparentemente están separados, forman parte de una unidad superior (célula, tejido, órgano, etc.).
2) Todo lo que se ve y se percibe a través de los sentidos, incluyendo a nosotros mismos, es energía. La diferencia está en que cada uno vibra de una forma diferente. Esta energía ni se crea ni se destruye, se transforma.
3) Los vínculos afectivos entre dos o más personas, cuando han sido muy intensos, pueden mantenerse más allá de la muerte física de alguna de ellas. En este sentido, me gustaría recalcar el acierto del término “traspaso” en catalán, para definir el momento o acto por el cual una persona abandona esta vida, ya que significa traspasar el umbral, ...pero ¿hacia dónde? Esto ya es harina de otro costal, en el que cada movimiento filosófico y/o religioso puede tener o dar una respuesta.
4) La evidencia de que hay personas dotadas de una sensibilidad especial, por la que pueden captar o acceder a otros planos de existencia menos densos que el nuestro, pudiendo incluso, establecer contactos con personas que dejaron nuestro plano existencial (¿Es correcto decirlo así, o está mejor dicho conectar con su energía?).
5) La existencia de algunos personajes, digamos virtuales que, sin motivo aparente y como por arte de magia, entran en contacto con nosotros, pudiendo inclusive distorsionar la dimensión espacio-tiempo. Tanto en el primer libro como en este segundo, se recoge el relato del contacto con una simpática viejecita, la cual, sin tener ninguna relación con los personajes de la historia, en un momento determinado se relacionan con ella.
Para no cansar más al lector, ni pretender encontrar una explicación o justificación más o menos lógica y racional (entre otras razones porque difícilmente la encontraríamos en la mayoría de los casos), sí quiero dejar constancia de que cada vez hay más científicos de diversas disciplinas, desde la medicina hasta la física cuántica, que nos describen la posibilidad de una realidad superior que incluiría la nuestra.
He querido seguir el mismo esquema clasificador que en el primero, dividiéndolo en cinco grandes apartados, totalmente subjetivos como son: Personajes y vivencias virtuales; Conexiones vitales; Despedidas; Desde “el otro lado”; y Ouijas. Creo que son bastante comprensibles por el tipo de relato que se incluye en cada uno de ellos.
Por último, sólo me resta agradecer las aportaciones de Ana, Anika, Anna, Carmen, Enrique, Gemma, Jaume, Joan, Josep Mª, José Miguel, Lola, Marga, Meri, Marisun, Patricia, Silvia, Teresa, Teresa M., Toni, Vicente y otros que han preferido mantener totalmente su anonimato, ya que sin sus experiencias este libro no hubiera sido posible.
JAUME SALINAS
Barcelona, julio de 2011.
PERSONAJES Y VIVENCIAS VIRTUALES
El portador de equipajes
Madre e hija ya llevaban más de una hora intentando convencerse mutuamente de sus respectivas posiciones sobre un tema que las tenía enfrentadas, desde que la hija, Julia, empezó a descubrir, lo que llamaríamos, la espiritualidad y el esoterismo. Julia era una ferviente creyente en el “más allá” y estaba intentando demostrar a su madre que, desde aquel lugar, sus moradores siguen en contacto con nosotros, pero lo que sucede, es que no nos damos cuenta.
Por el contrario la madre, la Sra. Aranzazu, era totalmente escéptica respecto a la forma de pensar de su hija. Viuda desde hacía más de 15 años, se había acostumbrado a vivir sola y lo que era aún más interesante, a viajar con sus amigas, todas en la misma situación familiar que ella. ¡Qué no le viniera su hija con tonterías! Sólo creía en lo que palpaba con sus manos, veía por sus ojos o escuchaba por sus oídos.
—Mira hija mía, si esto que me dices fuera así, por qué tu padre, con el que estaba muy unida y que me costó mucho aceptar su muerte prematura, nunca se ha “dignado” hacer ningún tipo de contacto conmigo desde ese lugar que dices al que iremos todos. Además, ¿dónde está ese lugar? Lo que sí sé es donde van a parar nuestros restos... ¡al cementerio o al crematorio! ¡Allí se deshace nuestro cuerpo y no quedan más que las cenizas!
—Madre, ese lugar del que te hablo es de paso, donde se quedan los que o bien todavía no han sabido encontrar el camino de la luz o los que aún no pueden acceder porque tienen deudas a pagar —le respondió su hija en tono conciliador, pero al mismo tiempo segura de sí misma.
—Julia, parece mentira que seas hija mía y que te hayas licenciado en Filosofía y Letras. ¿De qué te ha servido aprender a pensar? Además, si fuera así, ¿cómo establecen contacto con nosotros? Es muy fácil decir que lo hacen a través del pensamiento o los sueños, como si tuviéramos que hacer caso de todas las fantasías y pensamientos que nos pasan por la cabeza o de lo que soñamos mientras dormimos.
Esta discusión se estaba produciendo en el salón de la casa de la Sra. Aranzazu, que está en el Casco Viejo de Bilbao, donde había ido su hija a pasar el día con motivo de su 85º aniversario. Julia es hija única y reside en Barcelona, donde está casada, sin hijos y ejerce de profesora de instituto. Aunque el tono de la discusión era fuerte, en ningún momento había ninguna señal de enfrentamiento ni de desprecio por la forma de pensar de la otra. Además, no se sabe bien por qué, pero siempre o la una o la otra sacaba el tema de conversación cada vez que se veían, circunstancia que se producía tres o cuatro veces al año.
—Está claro que la forma de contactar con nosotros no es la convencional. Hay que estar receptivo a determinadas señales, de tal forma que cuando nos damos cuenta de ellas, las sabemos distinguir nítidamente de las ordinarias —le respondió la hija.
—Pero ¿de qué señales me hablas? ¿Telepatía? ¿Mesas que se mueven en sesiones de espiritismo? ¿Apariciones de fantasmas? ¡Vamos hija, por el amor de Dios, que ya soy un poco mayorcita para creer en estas cosas!
—No madre no se trata solamente de eso. Sería muy fácil si fuera así. Creo que cada uno tiene una forma especial y única de establecer, por decirlo de un forma comprensible, contacto con esa otra realidad que sólo es una continuación de la que nos encontramos ahora. Para unos será a través de los sueños, otros necesitarán la ayuda de un “especialista” o bien vivirán una determinada experiencia, a todas luces ilógica, pero que tendrá significado. Lo que hay que ser es consciente de esta vivencia. Todo el mundo, en algún momento determinado, tiene alguna. Lo que sucede es que la mayoría de veces no las valoramos como es debido o bien, sencillamente, nos negamos a aceptarlas. Piensa un poco, mamá —añadió Julia— ¿nunca te ha sucedido nada especial que desafiara la razón o que no tuviera ningún tipo de explicación racional?
—Hija mía, no sé qué pensar. No tenemos suficiente con los problemas de este mundo que sólo nos falta preocuparnos por los del “otro mundo”. Supongo que sí que nos suceden cosas que, aparentemente, no tienen explicación, pero también, quizás, es que no nos hemos fijado en todos los elementos que entran en juego y por tanto, difícilmente los podemos valorar en toda su magnitud.
—Pero ahora que lo dices —continuó la madre después de una breve pausa— una vez me sucedieron un par de cosas que me impresionaron mucho porque no le supe encontrar una explicación razonable, pero poco a poco, las fui arrinconando en el lugar del olvido que hay en mi mente. Ahora me las haces recordar de nuevo. Es más, ahora recuerdo que cuando fui consciente de lo que acababa de vivir me dije a mí misma que hubiera sido mejor que te hubieran pasado a ti, ya que crees en estas cosas.
—Soy toda oídos, madre —le dijo su hija, adoptando una actitud entre interesada e incrédula por lo que su madre iba a contarle.
—Como sabes hija, me gusta viajar mucho y siempre que puedo lo hago en avión, pero hay tres aeropuertos que no soporto: el de Madrid, el de Barcelona y el de Palma de Mallorca. Son gigantescos y demasiado grandes para mí, de tal forma que, cuando he tenido necesidad de ir a uno de estos sitios, lo he hecho en autocar o en barco. Como las dos veces que fui a Mallorca, por ejemplo.
—Hará unos catorce años (¡cómo pasa el tiempo de rápido!) quise ir a Madrid, con mi amiga Consuelo, a ver una exposición antológica, ahora no sé de quién, en el Museo del Prado. Era la primera vez que iba a la capital desde la muerte de tu padre y mi amiga quiso acompañarme.
—Recuerdo —continuó la Sra. Aranzazu— que aquel día me había dormido e iba con el tiempo más que justo, teniendo en cuenta que el autobús de línea era extremadamente puntual a la hora de salir. Por suerte, ya tenía el billete (lo había reservado por teléfono) y el taxi fue puntual. Sólo faltaban diez minutos para la salida y después de prometerle una buena propina al taxista, hicimos el trayecto en ocho. Tenía el tiempo justo para bajar del coche, pagar al taxista, poner la bolsa en el maletero, subir al autocar y rehacerme de la tensión del momento. Esperando el cambio del taxista, no me di ni cuenta, pero un hombre muy bien vestido y muy apuesto, por cierto, se acercó a mí y me dijo: “No se preocupe señora, ya le pongo su bolsa en el maletero”. Entre que cogía el cambio del taxista, me lo ponía en el monedero e iba rápidamente hacia la puerta del autocar, no pasaron ni diez segundos. Cuando me di cuenta aquel hombre ya había desaparecido de mi campo visual. Lo primero que me vino a la cabeza fue que me había robado la bolsa de viaje, pero inmediatamente me tranquilicé al verla pulcramente puesta en el maletero, tal como me había dicho. Acto seguido, pensé que se debería tratar de otro pasajero, muy amable por cierto, y que ya me lo encontraría en el autocar.
Justo cuando acabé de subir, el conductor me dio prisa para que ocupara mi asiento, pues íbamos a salir inmediatamente. El autocar iba lleno y no tuve tiempo de fijarme en la cara de todos los pasajeros. Sólo veía la cara de mi amiga que me hacía señales desde la quinta o sexta fila, donde teníamos nuestros asientos.
—Ya estaba sufriendo —me dijo Consuelo—. Hasta que no te he visto bajar del taxi he estado muy intranquila pensando que quizás te había pasado algo, pues no es habitual en tí llegar con el tiempo tan justo.
La Sra. Aranzazu le explicó todo lo que le había sucedido, el retraso, la carrera en taxi y el señor tan amable que le había ayudado a poner su bolsa en el maletero.
—Seguramente es otro pasajero que debe haber subido al autocar poco antes que yo. Tengo ganas de saludarle y darle las gracias por su gentileza —añadió la Sra. Aranzazu.
—¿Estás segura Zazu?, así la llamaban sus amigas. Los últimos en subir han sido esta pareja que está sentada dos filas delante de nosotras y luego ya has subido tú. Me ha parecido que no quedaba nadie en tierra, pero no me hagas mucho caso, porque como estaba preocupada por tu retraso, he estado todo el tiempo mirando por la ventana... Al igual ha subido por la puerta del medio. Cuando hagamos la parada en Burgos, tendrás oportunidad de saludarle.
El caso es que cuando hicimos la parada prevista, aquel hombre no apareció entre los pasajeros del autocar. Me pareció bastante extraño, sobre todo teniendo en cuenta lo que me había dicho mi amiga, que no había nadie fuera del autocar. Pero poco a poco, le fui quitando importancia al asunto y lo reduje a una simple anécdota. Siempre me quedaría la imagen de aquel señor, de unos cincuenta años, rostro amable y sonriente, apuesto y con una elegancia casi natural que tuvo aquella gentileza conmigo.
—¡Todavía quedan caballeros! —pensé.
Después de media hora de descanso, reemprendimos nuevamente la marcha. Iba sentada junto a la ventana, centrada en mis pensamientos, que como te puedes imaginar hija mía, todos ellos estaban relacionados con tu padre y una cierta melancolía se apoderó de mí.
Suerte de mi amiga, que al darse cuenta de mi estado, me empezó a dar conversación y se puso a hacer planes de lo que haríamos las dos en Madrid, además de ver la exposición.
El trayecto se hizo mucho más corto y entre cotilleos, chistes y recuerdos de vivencias comunes, nos plantamos en la estación de autobuses de Chamartín. Estaba lloviendo y todo indicaba que habría para rato. Cuando habíamos parado, poco antes de que abrieran las puertas del autocar, me di cuenta, que entre las personas que estaban esperando, en primera fila, estaba ese hombre. Me estaba mirando fijamente a los ojos y me sonreía. —¡Es él —me atreví a decir medio temblorosa y pasmada. —¿Qué dices? —me preguntó mi amiga al mismo tiempo que se dirigía rápidamente hacia la puerta de salida. ¡Venga, baja y coge el equipaje! ¡En momentos como éste es cuando desaparecen las cosas! Pocos instantes después, ella ya estaba bajando por las escaleras sin haber prestado atención a lo que le acababa de decir. Poco después bajé yo a tierra, con el corazón que me salía por la boca por la emoción de lo que estaba viviendo. Entonces, escuché a Consuelo que me dijo en voz alta: —Voy pasando para coger un taxi, porque con este tiempo podemos tener problemas.
Me giré y allí estaba él. Con la misma sonrisa que tenía en el momento de la salida. No llevaba paraguas y no parecía estar mojado. Se acercó y me dijo:
—No se preocupe señora, ya le llevo la bolsa.
Sin apenas tiempo para decirle nada, cogió la bolsa y me la llevó justo al lado del equipaje de mi amiga, que en aquellos momentos estaba haciendo señas a un taxi para que se acercara. Acto seguido, como por arte de magia, materialmente se fundió y desapareció de mi campo visual. ¡Si en aquel momento me pinchan, no me sacan ni una gota de sangre!
Mi amiga se giró hacia mí, quedándose sorprendida de que los equipajes estuviesen juntos, cuando yo aún no había llegado a su lado.
—Sí que te has dado prisa en traer el equipaje, con lo lenta que eres a veces. Y ¿de dónde vienes ahora? —añadió medio en broma sin darse cuenta de lo que había pasado.
Y cuando ya estábamos camino del hotel, mi amiga me preguntó:
—Oye, ¿a quién me decías que habías visto en el autocar? Perdona que no haya estado por ti, pero ya sabes que con lo de los equipajes me pongo muy nerviosa, ya he tenido un par de experiencias desagradables y no quiero que se repitan.
—Nada, nada. Una confusión. Creía que había visto a un conocido, pero no ha sido así —respondí al mismo tiempo que me preguntaba qué pensaría de mí si le contase lo que me había sucedido.
Julia permanecía callada, esperando que su madre hiciese algún comentario más sobre esta experiencia. No obstante, unos segundos después la Sra. Aranzau añadió:
—Pero esto no es todo hija mía. En cuanto volví a casa después de aquel viaje, tanto como en el siguiente, cuando una semana después vine a verte a Barcelona, un gran pájaro de colores, totalmente desconocido para mí y que no he sabido encontrar en las enciclopedias, se puso en el marco de la ventana del comedor y picoteó el vidrio.
—¿Y qué piensas de todo esto, madre? —le preguntó la hija. —Pues ahora que me lo preguntas, no lo sé. Ya te he dicho que no creo en “cosas extrañas”, pero sí te diré lo que pensé en aquel momento: “Parece que hay alguien que me quiere proteger”. No me preguntes porqué, pero eso fue lo que pensé.
Septiembre del 2006.
La abuela del Turo Park
Sandra y Mónica son, hoy en día, dos mujeres casadas y con hijos, que están en la plenitud de su vida. El relato que sigue a continuación se refiere al período de su adolescencia, hace ya más de veinte años, cuando el teléfono móvil todavía no era una herramienta fundamental de comunicación ni tampoco el correo electrónico, o los “chats”, o Facebook o el Twitter; cosa que facilitaba más el contacto físico para contarse lo que sólo puede tratarse de forma confidencial, como en el caso que nos ocupa.
Estas amigas tenían la costumbre de quedar siempre en un mismo lugar, un determinado banco del Turo Park (un pequeño parque con mucho encanto, situado en la parte alta de Barcelona) El banco estaba y sigue estando situado, justamente en la parte sur del lago, una zona bastante apartada en la que se puede hablar con tranquilidad, lejos de miradas indiscretas y de la algarabía que hacen los niños correteando y jugando en otras zonas del parque. A raíz de los hechos que a continuación narraré, nunca más volvieron a aquel rincón, silencioso y solitario.
Un martes del mes de mayo, poco después de comer, Mónica recibió una llamada de su amiga Sandra que le decía que tenía “cosas” que contarle sobre el pasado fin de semana, pero que no podía contárselas por teléfono porque sus padres estaban en casa.
—Tú ya me entiendes, ¿verdad? —le dijo Sandra a su amiga, en un tono de complicidad.
—¡Claro que sí, Sandra! —le respondió Mónica, al mismo tiempo que imaginaba de qué le gustaría hablar. Seguramente, del “último ligue” surgido en la apasionante salida a la disco.
—¿Te parece quedar mañana a las seis, después de salir del instituto, en el mismo lugar de siempre, en “nuestro banco” del Turo Park? —le propuso Sandra.
—De acuerdo, pero sé puntual, porque a las siete y media tengo que estar en el Instituto Norteamericano. Ten go examen de nivel y no puedo llegar tarde —le respondió su amiga.
Al día siguiente, hacía una tarde esplendorosa y tal como habían quedado, cuando aún faltaban un par de minutos para las seis en punto, Mónica estaba sentada en el banco, testigo silencioso de tantas confidencias. ¿Qué le habrá pasado?, se preguntaba, pues recordaba un cierto tono de excitación e inquietud en la voz de su amiga y el hecho de que no le hubiera querido adelantar nada por teléfono, le daba un cierto aire misterioso al encuentro.
Habían pasado casi diez minutos y Sandra aún no había aparecido.
—Vaya, ya empezamos como siempre. Quedamos a una hora y siempre acaba llegando tarde. ¡A ver qué excusa me pondrá hoy! —se dijo para sí misma, al tiempo que contemplaba las aguas tranquilas del lago.
—¿Te has dado cuenta qué tarde más preciosa hace? —escuchó de repente.
Mónica giró su cabeza hacia la derecha y vio que aquella pregunta se la hacía una señora muy mayor, que estaba sentada junto a ella en el banco, al mismo tiempo que una sonrisa le llenaba de luz su cara. No entendía cómo había llegado allí, ya que estaba totalmente segura que el banco estaba vacío cuando llegó y no había visto llegar a nadie. En ese momento comenzó a fijarse mejor en aquella mujer, que si bien por un lado parecía mucho mayor que su abuela, por otro, su voz y la energía que desprendía dificultaban el ponerle una edad determinada. Igual podía tener casi setenta como pasar de los ochenta largos. De cara redonda y con el pelo corto, de color gris, unos ojos vivos de color azul y con muchas arrugas al lado de los ojos, las famosas “patas de gallo” propias de personas que ríen con facilidad. El resto de la cara la tenía lisa y bien cuidada. No llevaba ningún tipo de maquillaje, pero tampoco le hacía falta, ya que su piel se veía tersa y brillante. Vestía de una forma sencilla, pero con personalidad. Una blusa de color marfil, con los dos botones superiores desabrochados, falda lisa de color marrón y una chaqueta de punto sin abrochar, que permitía ver un collar de perlas de río, que le daba un cierto aire de distinción. De pronto, recordó que se había dirigido a ella, pero no recordaba el porqué.
—¿Perdone, qué me dice señora? —le respondió Mónica. —Que si te has fijado en la tarde más maravillosa que hace —repitió aquella mujer.
—Sí, le respondió la chica. Si se mantiene este tiempo pronto podremos ir a la playa —añadió Mónica con un tono amable y jovial.
—¡Ay la juventud! ¡Qué etapa más maravillosa de la vida! Una época en la que crees que el mundo está a tu alcance, pero que muchas veces el mismo impulso y las ganas de vivir te impiden disfrutar de las cosas maravillosas que nos ofrece la vida, porque no te das cuenta de ellas. Por ejemplo, ¿te has fijado qué flores más bonitas hay en el estanque?, y ¿te has fijado que el canto de los pájaros es una exaltación al renacimiento de la vida en esta época del año?
Mónica estaba en silencio y le siguió la conversación, no sólo por educación sino porque todo aquello que le contaba la mujer le parecía interesante ya que, anteriormente, nunca le había prestado atención. Por primera vez se dio cuenta que los nenúfares estaban a punto de florecer, que un grupo de cotorras llamativas pasaban volando hacia una palmera mientras un ruiseñor soltaba su hermoso canto; escuchó como una rana croaba al mismo tiempo que unas golondrinas, las primeras que se veían ese año, volaban a ras del agua, seguramente para pillar alguna mosca o algún mosquito, y vio como el sol se reflejaba de una forma especial sobre el lago provocando una luminosidad espectacular. Contempló también, medio sorprendida, como los peces del estanque hacían extrañas piruetas, algunas de ellas saltando fuera del agua. Era como si de repente, otro mundo se abriera ante sus ojos.
—Sí que es bonito todo esto —se dijo a sí misma en una voz a medio tono.
Era como si por primera vez hubiera visitado ese lugar que teóricamente, se sabía de memoria.
De pronto, recordó que el motivo por el que estaba en aquel lugar era verse con su amiga Sandra y aún no había aparecido. Miró el reloj y se dio cuenta que eran las siete menos cuarto. ¡Había pasado casi una hora y había perdido la noción del tiempo! Tenía la sensación que no habían transcurrido ni cinco minutos desde que aquella señora se había dirigido a ella. ¿Dónde estaba su amiga?
—Dispense señora, pero la tengo que dejar. Tengo que ir a llamar a una persona y tengo el tiempo justo —le dijo Mónica a aquella mujer, que no dejaba de mirarla sonriente.
—Vete hija. Y recuerda lo que te he dicho. ¡Casi nunca nos fijamos en la cantidad de cosas hermosas que nos ofrece la vida gratuitamente!
Mónica se levantó y dio una vuelta por el parque, para ver si su amiga se había confundido y la estuviese esperando en otro banco. Como era de esperar, no la vio por ninguna parte y salió del recinto, no sin antes pasar de nuevo por delante del banco donde se habían citado y que en ese momento ya estaba vacío. Aquella señora mayor ya no estaba.
Se dirigió a una cabina de teléfono situada en el Paseo Pau Casals, para llamar y averiguar qué había sucedido.
—Diga —escuchó Mónica al otro lado del aparato, al mismo tiempo que reconocía la voz de la madre de su amiga. —¿Que se puede poner Sandra?, soy Mónica.
—¿Mónica? ¿Eres Mónica Puig? —le preguntó la madre de Sandra—. ¡Pero si mi hija me ha dicho que había quedado contigo! ¡Ya me ha vuelto a enredar de nuevo! —continuó la madre sin darle tiempo a contestar.
—¡No! espere, déjeme explicarle —le dijo Mónica—. Estése tranquila que Sandra le ha dicho la verdad. Habíamos quedado a las seis para vernos, pero el caso es que no ha llegado todavía y por eso la llamaba, no fuese que nos hubiésemos confundido de lugar y hora.
—Pues ahora aún me haces sufrir más, porque mi hija ha salido ya hace más de una hora y ya tenía que haber llegado de sobras. ¡A ver si ahora habrá sufrido un accidente! —añadió con un tono aún más enérgico y con un cierto contenido de angustia. —No se preocupe, señora Mercedes —le dijo Mónica—. Ya verá como todo ha sido fruto de una equivocación sin importancia. Dígale que la llamaré a la hora de cenar y lo aclararemos todo. Buenas tardes —dijo a la vez que colgaba el auricular cuando el aparato ya estaba a punto de tragarse la última moneda.
Tal como había convenido con la madre de Sandra, poco después de cenar, hacia las diez de la noche, Mónica llamaba nuevamente a su amiga, pero ahora estaba estirada en su cama, dispuesta a pasar un buen rato de charla. Quería aclarar la confusión de la tarde y averiguar cuál había sido el motivo por el que el encuentro no se había producido.
—¿Sí? —escuchó Mónica al mismo tiempo que reconocía la voz de su amiga.
—Hola Sandra, soy Mónica. ¿Qué te ha pasado esta tarde que no has venido?
—¡Mira tía, tienes un morro que te lo pisas! —le dijo Sandra a su amiga, con un tono de voz alto y agresivo. Mónica se quedó casi sin voz, tanto por lo que decía como por el tono que utilizaba su amiga.
—¿Cómo dices? —preguntó Mónica, con un tono más serio. —¡Que sí bonita, que tienes un morro que te lo pisas! Si no ibas a venir porque tenías que ir a hacer “posturitas” con tu “profe” de inglés para aprobar el examen, habérmelo dicho y hubiéramos quedado para otro momento. Pero el plantón que me has dado no te lo perdono y además, has tenido la cara dura de llamar a mi madre preguntando por mí —dijo como una ametralladora.
—¿Pero qué tonterías estás diciendo, guapa?, —le respondió Mónica un poco cabreada por el tono de voz de su amiga—. Yo llegué puntual y hasta las siete menos cuarto no me moví del lugar. Es más, estuve charlando todo el rato con una viejecita que estaba sentada en el mismo banco sobre diversos aspectos del parque y del lago.
—Espera, Mónica, para el carro que no sé de que me estás hablando. ¿Dices que estuviste hablando con una vieja sentada en el banco? Es lo mismo que estuve haciendo yo. Reconozco que llegué diez minutos tarde, pero cuando llegué, tú aún no habías llegado. Me senté y estuve casi una hora charlando con una anciana sobre las mismas cosas que tú. Me fui poco antes de las siete viendo que no venías. Por cierto, de muy mal humor por tu poca palabra.
—Vamos a ver. ¿Me quieres hacer creer que estuvistes en el mismo lugar que yo y también estuvistes hablando con una vieja de las mismas cosas que yo? ¿Qué te estás burlando de mí? —le respondió Mónica, ahora sí con un tono enojado e igualmente agresivo.
—No te quiero hacer creer nada, es así. No tengo porque decirte otra cosa. Como te he dicho, yo llegué diez minutos después de las seis y en el banco, donde siempre hemos quedado, no había nadie. Me senté y aún no habían pasado ni un par de minutos cuando me di cuenta que, sin saber de dónde había salido, había una señora muy mayor en el banco, muy simpática por cierto, con la que estuve charlando casi una hora, más o menos sobre los mismos temas que tú me dices.
Durante los tres minutos siguientes Sandra y Mónica se hicieron preguntas, mutuamente, sobre aquella mujer con la que habían hablado casi una hora y sobre lo que habían hablado, coincidiendo en todo. Se produjo un silencio sepulcral entre las dos chicas que se podía cortar con un cuchillo y que duró un eterno minuto.
—¿Sandra? —preguntó Mónica, al sentir que aquel angustioso silencio le hacía erizar los pelos de la nuca—. ¿Estás aquí? —añadió.
—Sí —respondió Sandra, con un tono de voz entre gélido y tembloroso.
—Mónica —continuó Sandra—, ¿me juras por lo más sagrado para tí, que no me estás engañando? ¿Estás segura de que fuiste al mismo banco de siempre? ¿No estarás confundida?
—Eso mismo quería preguntarte yo a ti. Mira, esto tiene muy mala pinta. Te propongo una cosa: volveremos a hacer una descripción, pero por escrito, lo más exacta posible, de aquella señora y de todas las cosas que hablamos. Mañana a las seis quedamos nuevamente en el mismo banco y nos intercambiamos los papeles. Si coincidimos, es que algo extraño nos ha pasado, pero si no coincidimos, eso querrá decir que una de las dos miente, con lo que...
—De acuerdo —le respondió Sandra con decisión—. Mañana nos vemos a las seis y aclaramos lo que pasó.
Al día siguiente, puntuales como un clavo, las dos estaban en el mismo banco donde deberían haberse encontrado el día anterior. Se intercambiaron los escritos donde habían hecho la descripción de la vieja con la que habían estado en ese mismo lugar, justamente veinticuatro horas antes. Los dos escritos coincidieron punto por punto. También coincidió la temática de la que habían hablado con pequeñas, pero lógicas diferencias. La esencia era la misma: la vida ofrece muchas cosas bonitas, que no nos cuestan nada, para poder disfrutar de ellas.
No entendieron nunca lo que había sucedido. Mónica y Sandra habían estado en el mismo lugar a la misma hora y habían estado charlando del mismo tema con la misma persona, pero ¡no se habían visto! Se abrazaron emocionadas. Primero, por haber superado el peligro de romper su amistad y segundo, porque se sintieron protagonistas de una vivencia insólita e irrepetible.
Una vez se calmaron, después de tanta emoción, la alegría propia de su edad presidió la conversación. Eso sí, decidieron que nunca más quedarían en aquel lugar, ni volverían a pasar por allí. A partir de aquella experiencia acordaron que sería mejor citarse en un bar, como hace casi todo el mundo, por ejemplo en la cafetería La Oca (hoy ya desaparecida) de la bulliciosa plaza Francesc Macià, a sólo quinientos metros de aquel lugar.
Tampoco le quisieron buscar una explicación lógica, porque no la había; más bien lo quisieron olvidar rápidamente. No ha sido hasta ahora, cuando Sandra ha leído una historia similar en un libro cuyo título es ‘Señales’, la que hablaba de una viejecita que se apareció a una pareja cuando caminaban deprisa por una solitaria calle de Madrid, cuando ha recordado a la abuela del Turo Park y ha dado crédito a lo que había vivido, hace ya muchos años.
¡Caramba con las viejecitas que aparecen y desaparecen cuando quieren!
Abril del 2006.
Despedida desde el autobús
Hace más de cuatro años que sucedió y parece que sólo hayan pasado diez minutos ¡Está tan vivo el recuerdo que guardo en la memoria!
Me llamo Sonia, tengo 25 años recién cumplidos y estoy estudiando el último curso de “telecos” en la UPC de Barcelona. Soy natural de una capital de comarca, localidad que está bastante lejos del lugar donde estudio, lo que me obliga a compartir piso con cuatro personas más, dos chicos y dos chicas, todos ellos compañeros de universidad, aunque de facultades diferentes.
Teóricamente, los fines de semana y en vacaciones vuelvo a mi casa. Digo teóricamente, porque esta situación de alejamiento temporal de casa de mis padres me está ayudando a emanciparme de ellos. La mayoría de fines de semana “paso” de ir a verles, unas veces porque tengo que trabajar y otras, porque me lo monto con mis colegas y nos vamos de marcha. Las lamentables condiciones en que me encuentro después de estas juergas me hacen estar impresentable ante mis padres que, al ser de otra generación, aunque tolerante y liberal, no acaban de entender la forma que tenemos de divertirnos los jóvenes de hoy en día. No quiero ser una excesiva carga económica, así que trabajo en un restaurante de comida rápida. Hago turnos, cosa que representa que uno de cada cuatro fines de semana tengo que ir a trabajar. Además, la causa de este distanciamiento es que mi abuelo, con el que habíamos vivido siempre juntos y al que estaba muy unida sentimentalmente, murió hace unos tres años y medio; a finales de mayo del 2002.
Mi abuelo tenía la costumbre de salir a pasear por el campo cada día, lloviese o no, a primera hora de la mañana, justo después de amanecer y antes de hacer la primera comida del día.
—Me gusta ver y vivir cómo se despierta el campo —me decía cuando yo le preguntaba de dónde venía con los ojos aún llenos de legañas, tras levantarme de la cama.
—Los que viven en ciudades nunca podrán disfrutar de este regalo que nos da la naturaleza —solía añadir antes de que yo le contestara.
En aquella época yo no podía apreciar el alcance de sus palabras. Ahora ya me estoy acostumbrando a ser una “urbanita” más y entiendo lo que me quería decir.
Recuerdo que cuando todavía era una niña, que no tenía más de siete u ocho años, paseábamos juntos las tardes de verano, cuando las golondrinas vuelan acrobáticamente por los campos y su susurro acompaña la despedida del sol.
—Ahora es la hora que el campo se va a dormir y todos se despiden hasta mañana —me decía muchas veces mientras me levantaba con sus poderosos brazos alimentando mi fantasiosa mente infantil.
Después, una vez volvíamos a casa y hasta la hora de cenar, él me contaba mil y una historias, algunas de ellas reales y otras quizás no tanto, de cuando era joven y trabajaba la tierra de sol a sol, sin los recursos técnicos actuales.
De mayor, en mi pubertad, se convirtió en mi paño de lágrimas. Me consolaba en los primeros fracasos que me daba la vida: los fiascos de amores fallidos, las broncas con mis padres, los desengaños con las amigas,... Sin embargo, nunca se saltó la autoridad de mis padres, aunque no estuviera de acuerdo en la forma que tenían de ejercerla.
La primavera de aquel maldito año fue muy extraña. Días de calor propios de la canícula del verano, eran seguidos por días fríos más propios del mes de febrero. El caso es que a principios de mayo, durante uno de sus acostumbrados paseos, al atravesar un arroyo, por donde pasaba siempre, ya fuera debido a la humedad de las piedras o que sencillamente puso mal el pie, resbaló y además del correspondiente golpe, cayó al agua, quedando totalmente empapado como si se hubiera tirado vestido a una piscina. No tardó mucho en regresar a casa. Explicó a mis padres lo que le había sucedido, como si fuera una anécdota divertida y recibió la consiguiente bronca por parte de mi madre:
—Ya es bastante mayorcito ¿no?... ¡A ver si escarmentamos de una vez! Sáquese inmediatamente la ropa y antes de vestirse de nuevo, pase por la ducha y estése un buen rato bajo el agua caliente. No sea que se nos haya constipado, que con este tiempo y su edad, hemos de tener mucho cuidado.
Mi abuelo, por lo que me explicaron después, se fue en silencio a su habitación con el rabo entre las piernas, igual que un niño pequeño al que le acaban de reñir y lo dejan castigado sin postre.
A pesar de que se quitó la ropa rápidamente y se dio la ducha que le dijo mi madre, no habían pasado ni diez minutos cuando empezaron los estornudos y pasadas un par de horas, apareció la fiebre que fue aumentando hasta llegar a casi cuarenta grados.
Avisaron al médico de la familia de toda la vida, que enseguida se presentó y dio un diagnóstico demoledor: lo que era un sencillo resfriado se había convertido en una neumonía. Todo fue en vano, a pesar de todos los esfuerzos del doctor, que desde el primer momento fue consciente de la gravedad de la situación. Aquella neumonía pasó a ser una insuficiencia cardiorespiratoria que lo mató a las tres semanas justas del accidente, con los pulmones encharcados de agua.
En aquella época yo me encontraba en plena fase de exámenes de fin de curso y mis padres creyeron que lo mejor era no decirme nada de la enfermedad de mi abuelo, para no distraer mi concentración y sobre todo, para ahorrarme el sufrimiento, pues eran conscientes del especial vínculo que me unía a él. Estaban seguros de que lo hubiera plantado todo para estar a su lado. Cabe añadir que, por primera vez, me quedé tres fines de semana seguidos sin subir a casa y sin apenas llamar. Quería aprovechar el tiempo al máximo, para asegurarme que superaría con éxito el primer curso de mi incipiente carrera universitaria. El éxito acompañó al esfuerzo, pero pagué un precio del que fui consciente después, ante el cadáver de mi querido abuelo: ¡No me había podido despedir de él, ni él de mí! ¡Nunca me lo perdonaría ni se lo perdonaría a mis padres!
La misma noche del último examen, un jueves, recibí la llamada de mi madre en la que, además de preguntarme cómo me habían ido los exámenes me comunicaba el estado de mi abuelo.
—Está muy grave —me dijo cuando yo, medio llorando, le pregunté por su estado. La realidad era que en aquellos momentos la rigidez de la muerte había invadido su cuerpo.
No fue hasta el día siguiente, a media mañana, que pude volver a casa, gracias a un compañero de piso que se brindó a llevarme en su coche. Aún tenía la esperanza de encontrarlo con vida, ya que sentía la imperiosa necesidad de darle el último beso, decirle que lo quería muchísimo y devolverle todo el amor que él me había dado a mí.
Cuando finalmente lo pude ver, los de la funeraria ya lo habían preparado para la última ceremonia. Había tenido la suerte de morir en su casa y no en el hospital. Sentí una profunda tristeza y lo único que fui capaz de hacer fue llorar desconsoladamente. No aceptaba las explicaciones que me daban mis padres y tampoco las motivaciones por las que me habían escondido los hechos hasta el último instante. Sencillamente no habían querido interrumpir mi actividad académica.
—Y si su muerte se hubiera producido hace diez días, ¿lo habríais enterrado sin decirme nada? ¿Sabéis lo que representa para mí el no haberme podido despedir de él en vida?
No respondieron. Un abismo gigantesco me separó de mis padres al mismo tiempo que una profunda amargura se instaló dentro de mí de tal forma, que casi no recuerdo como pasaron esos meses. Sólo un pensamiento presidía mi mente: el amor que sentía por él y la tristeza que sentía por no haberle dado un último beso en vida. Siempre había creído que los vínculos del amor entre los seres humanos se mantienen más allá de nuestra realidad física. No me preguntéis, lo intuía y ya está. Pero ahora sé que es real debido a lo que a continuación relataré.
No fue hasta finales del primer trimestre del curso siguiente, o sea a mitad del mes de diciembre, que, como cada día al salir de clase, cogí el autobús de la línea 7. Lo cogía al principio de su recorrido, muy cerca de la facultad, hasta la calle Balmes esquina Diputación, donde estaba mi piso. Ese día en cuestión, iba más vacío de lo habitual, pues si no recuerdo mal, había fútbol en la tele. Como casi cada día, me acompañaba Eva, una compañera de clase que bajaba dos paradas antes que la mía.
La mayor parte del trayecto lo hacíamos en silencio, ella con sus auriculares puestos escuchando música y yo absorta en mis pensamientos. Esta circunstancia me permitía fijarme bien en la fisonomía de los otros pasajeros. Me había aficionado mucho a contemplar, discretamente, las caras de las personas e imaginarme qué estaban pensando, cuál sería su vida, qué problemas tenían o cuáles eran sus ilusiones y esperanzas. Bueno, hacía un poco la cotilla. La verdad es que en más de una ocasión, capté cosas no muy agradables y otras veces, simplemente me dejaba llevar por mis propias fantasías.
Fue en la parada del Boulevard de Pedralbes, junto a “El Corte Inglés” de María Cristina, cuando vi que subía un señor mayor, con los cabellos muy blancos y bien peinados. Vestía americana de pana de color gris marengo, pantalones grises, chaleco de punto, camisa y corbata. El corazón se me aceleró porque iba vestido igual que mi abuelo, tenía la misma mata de pelo blanco e iba peinado de la misma manera. No le podía ver del todo bien la cara, ya que otro señor situado delante suyo me la tapaba parcialmente. Yo estaba sentada justo en el asiento que está al lado de la puerta de salida del autobús, por lo que la escena de la entrada me quedaba un poco lejos, pero la controlaba perfectamente ya que como he dicho, el autobús iba casi vacío. Se sentó en el asiento que está, justamente, al lado de la articulación móvil que une los dos vagones del autobús, al otro lado del corredor. Se dedicó a mirar por la ventana todo el rato y yo sólo le podía ver, parcialmente, el perfil.
Desde un primer momento no le saqué el ojo de encima. ¡Me recordaba tantísimo a mi abuelo! Incluso estuve tentada en levantarme y preguntarle su nombre, no fuera que se tratara de algún familiar lejano, que yo no conociera, ya que con su familia, sobre todo la materna, apenas había habido relación a causa de la guerra civil y, sobre todo, de la posguerra. Habían luchado en bandos contrarios y nunca habían terminado de hacer las paces. En seguida rechacé la idea por incongruente, pues si mi abuelo cuando murió ya superaba de largo los ochenta años, ¿qué edad debería tener un pariente suyo de la rama materna…?
Sea como sea, tenía la mirada clavada en aquel hombre, estaba hipnotizada. Cuanto más lo contemplaba más veía en él a mi abuelo, tal como era cuando yo era pequeña. Tal era mi atención puesta sobre él, que incluso mi compañera de viaje se fijó en él y me preguntó qué era lo que me pasaba.
—Nada, cosas mías —le respondí para no perder tiempo en explicaciones que en aquel momento no venían a cuento.
De pronto, aquel hombre percibió que le estaba mirando, giró la cabeza, lentamente, y me miró fijamente a los ojos, aguantándome la mirada mientras me hacía una media sonrisa; la misma que me hacía el abuelo, cuando de lejos, le contemplaba al acercarme a él. Evidentemente no se trataba de mi abuelo, pero su cara, o mejor dicho, su semejanza global era idéntica. Aquella extraña situación se me hizo eterna, pero no pasó tanto tiempo, ya que en aquellos momentos, el autobús dejaba la Diagonal para coger la calle Balmes.
Entonces el hombre se levantó hacia la puerta de salida y sin quitarme la mirada de encima ni perder la sonrisa se acercó hacia donde yo estaba. Faltaba poco para llegar a la parada. Yo tenía el corazón desbocado y de un momento a otro, imaginariamente, me saldría por la boca. No sabía que hacer. Tenía la situación totalmente descontrolada y me sentía paralizada. ¿Por qué? No lo sé. Lo que sí recuerdo perfectamente, es lo que me dijo:
—Estate tranquila. Me encuentro muy bien, como no me he encontrado nunca. Siempre recordarás este momento. ¡Adiós! Y sin tener tiempo para decirle nada, el autobús paró y el hombre bajó tranquilamente, dirigiéndose hacia la Diagonal. Fue el único pasajero que bajó en esa parada. Inmediatamente después de que abandonara mi campo visual, giré la cabeza y miré por la ventana con la intención de verlo por última vez, pero no lo conseguí. No había nadie por la calle, por más que miré en todas direcciones... ¡Había desaparecido como si se hubiera evaporado en el aire!
Mi compañera de viaje se giró hacia mí y me preguntó:
—¿De qué conoces a este señor? ¿Qué te ha dicho? —No, no le conozco de nada. No le he entendido muy bien. Seguramente me ha confundido con otra persona —le respondí para zanjar el tema. Mi interior hervía como un volcán.
Por más que lo he intentado, no he podido (o no he querido, para decirlo claro) encontrar explicaciones lógicas a esa vivencia. ¿Fue real o fue fruto de mi desbordante imaginación? Lo que vale es lo que oí y lo que significó para mí, pues fue una plasmación, como decía más arriba, que los vínculos con los seres queridos se mantienen y traspasan la realidad física ordinaria.
Enero del 2006.
La abuela invisible
Nunca hubiera creído que la frase de Saint Exupery: “Lo invisible es lo esencial”, tuviera un significado tan real, a raíz de una extraña situación que viví con un buen amigo, Enric. Por poco no acabamos mal debido a una simple foto familiar.
La amistad con Enric viene de los lejanos días de la infancia: compartimos escuela durante muchos años hasta el momento en que él se decantó por el BUP y yo por la Formación Profesional. Después, volvimos a compartir las fatigas del Servicio Militar como soldados de reemplazo, dos años antes de que la incorporación al Ejército dejara de ser obligatoria. Fue en este período cuando nuestra relación se convirtió en una auténtica amistad, por la cantidad de ratos buenos (pocos) y los de muy malos (muchos), que compartimos a lo largo de quince meses que estuvimos juntos en el C.I.R. nº 14 de Palma de Mallorca. Una vez “licenciados”, yo fui el primero en casarme, tres años después de recuperar mi condición de ciudadano de este país. Invité a mi amigo a la ceremonia, que en aquellas fechas aún estaba libre de cualquier compromiso y no parecía haber ningún indicio de que la situación cambiase; todo lo contrario, estaba muy contento porque esta situación le permitía “volar” y hacer lo que realmente quería, sin ataduras de ningún tipo. Aunque no venga al caso, sólo tengo que añadir que al cabo de un año ya le habían recortado las alas y éramos nosotros los testigos de su nuevo estado. Un estado aparentemente feliz ya que era obligado por las circunstancias, al no haber sido muy previsor en sus aventuras íntimas y su novia estaba de tres meses de embarazo el día de la boda.
Ya fuera por el cambio de mi circunstancia personal o porque nuestras orientaciones profesionales se habían ido encarrilando en direcciones muy diferentes —él, como economista de un importante gabinete de asesoramiento fiscal y yo como técnico en electrónica—, nuestra relación se fue distanciando. Disminuyó la frecuencia de vernos y de salir de marcha. Sin embargo, dos o tres veces al año, siempre quedábamos una tarde para charlar y para ponernos al corriente de nuestras respectivas vidas. Fue en la última ocasión en que nos vimos, cuando él, la mar de contento, me enseñó una foto:
—Mira Toni, te quiero enseñar la foto de la que ha conseguido poner el primer eslabón de la cadena con la que muy gustosamente voy a perder mi actual situación de libertad provisional. Se llama Sonia, tiene veintitrés años, acaba de licenciarse como abogada y acaba de incorporarse al departamento jurídico del gabinete donde trabajo. Al mismo tiempo que me decía esto, me enseñaba una foto donde aparecían ellos dos, que había sido hecha en un día de excursión al campo.
—¡Ostras zorro, todos los ladrones tienen suerte! —le dije al ver que se trataba de una chica muy atractiva y que, por lo que se desprendía de la foto, también era muy simpática y todo apuntaba a que entre ellos dos había auténtica química, tanto por la manera en que se cogían, como por la forma en que ella lo miraba según aquella instantánea.
—Bueno, no hay que exagerar tanto. Tú tampoco te puedes quejar de nada con tu Irene —al mismo tiempo que me decía esto, hizo el gesto para volver a tomar la foto. Entonces es cuando yo le pregunté:
—¿Quién es esa señora mayor que está a tu lado, vestida de una forma propia del tiempo de nuestros abuelos?
Enric cogió rápidamente la foto, se la miró y al cabo de unos segundos respondió con un tono más serio:
—¿Te haces el gracioso o qué? ¿A qué vieja te refieres capullo? —me dijo en tono burlesco.
—Perdona Enric, pero me parece que no nos entendemos. Quiero decir esta señora que te está mirando, detrás tuyo, a tu derecha, al otro lado de donde está tu chica, a la que tienes cogida con tu brazo izquierdo. Me parece que me explico alto y claro, ¿no?
—Oye tío, ¿qué te enrollas, me lo quieres explicar? No tiene ninguna gracia lo que dices. ¿Se puede saber qué vieja estás viendo? ¿Qué te has metido un par de carajillos por la vena antes de vernos? ¿Se puede saber cómo es esta vieja que te estás imaginando? —me dijo con un tono burlesco y sarcástico que presagiaba, por momentos, que nuestra conversación podía acabar como el rosario de la aurora.
La verdad es que yo no entendía nada, ni mucho menos aquella actitud suya de negarse a hablar de esa tercera persona que aparecía nítidamente a su lado.
—Mira, si te quieres hacer el gracioso me parece cojonudo, pero que además me quieras tomar el pelo o hacerme pasar por idiota, eso no me gusta nada. ¡Tú sabrás por qué no te gusta que haya salido en la foto! ¡Si era la “carabina”, pues mala suerte! Otro día os vais los dos solitos y santas pascuas —le contesté en un tono duro y decidido. Él, se me quedó mirando fijamente.
—¿Quieres hacer el favor de describirme cómo es esa vieja que sólo ven tus ojos? —me preguntó en un tono más agresivo, que me molestó mucho.
—Me refiero a esta mujer, de unos setenta u ochenta años, de cara redonda, un poco gordita y sin muchas arrugas, con el pelo blanco recogido que, seguramente, lleva un moño detrás de la cabeza, que lleva unos pendientes que parecen unas perlas gruesas de color negro y lleva un traje oscuro, estampado, de una sola pieza, con cuello blanco y con una cinta de la misma ropa. Está derecha, con las manos recogidas, una sobre la otra, te está mirando con una actitud que no denota ni alegría ni tristeza, pero tiene una media sonrisa dibujada en la cara. ¿Te basta con esta descripción? —le respondí en tono desafiante.
—Mira, me respondió Enric, si no fuera porque eres mi amigo te diría que te fueras a hacer puñetas, pero como lo eres, sólo te diré que “te lo hagas mirar”. Al mismo tiempo que me decía esto, metió la maldita foto en su cartera y añadió:
—Bueno, es mejor que lo dejemos aquí. Ya no tengo más tiempo para perderlo en tonterías como ésta. Cuando hayas ido al oculista, llámame y ya quedaremos otro día. ¡Adiós!
Mientras se giraba de espaldas y se iba, con paso rápido, me quedé de una pieza. ¿Qué mosca le había picado para mantener esa actitud y negar la evidencia de la vieja de la foto? Bueno, —me respondí— algún día me lo explicará y sino, como decimos los catalanes: ‘bon vent i barca nova’1. ¡Sólo me faltaba esto, que me tomara por loco o por idiota!
Pasaron unas tres semanas y ese asunto, casi kafquiano, fue quedando relegado a un rincón de mi memoria donde, acto seguido, pasaba a ocupar el cajón del olvido cuando una tarde recibí una llamada. Descolgué el aparato, y antes de poder decir el habitual “Dígame”, oí desde el otro lado del auricular:
—¿Toni? —Era un tono de voz que me parecía muy familiar, pero por el nerviosismo y la impaciencia que denotaba, en aquellos momentos no acababa de ubicarme. —¿Sí, quién eres? —pregunté.
—Soy Enric y en primer lugar quiero pedirte disculpas si el otro día quizás utilicé un tono un poco inadecuado. ¿Nos podríamos ver mañana por la tarde en el Zurich de la Plaza Cataluña? Es muy importante y está relacionado con nuestra última reunión. ¿Te va bien a las 7 de la tarde?
—De acuerdo Enric, mañana a las siete en el Zurich. ¿Me puedes anticipar algo? ¿Te ha ocurrido algo grave? Es que me dejas muy intrigado.
—Ahora no puedo decirte nada, porque estoy a punto de entrar en una reunión importante. Pero estate tranquilo. ¡Hasta mañana!
La verdad es que esa llamada aún me dejó más perplejo que la última vez que nos vimos y que realmente casi acaba con nuestra amistad. Estuve recordando su tono de voz por si podía deducir algo más y sólo recordaba que no tenía nada que ver con el utilizado el día de la foto. Más bien escondía algo de ansiedad, como si en nuestro próximo encuentro pudiera aclarar algo que le estaba inquietando. No quise hacer más elucubraciones y volví hacia mi aparato de música que acababa de pararse tras poner un CD recopilatorio de Luis Eduardo Aute.
Justo cuando marcaban las siete en el reloj del que había sido la sede del Banco Central de la Plaza Cataluña y ahora está ocupado por unos grandes almacenes, llegaba a la cafetería Zurich. Enric había sido más puntual que yo y estaba sentado en una mesa junto a la pared. Llevaba unas gafas oscuras y tan pronto se dio cuenta de mi presencia, se levantó de la silla, se quitó las gafas con la mano izquierda y levantó la derecha para hacerme saber dónde se encontraba; al mismo tiempo, me hacía una sonrisa, medio forzada, medio sincera, de oreja a oreja.
—¡Hola Toni! —me dijo al mismo tiempo que nos dábamos un fuerte apretón de manos—. Te agradezco que hayas venido. La verdad es que no las tengo todas conmigo, sobre todo desde nuestro último encuentro en el que me mostré demasiado duro y sarcástico contigo.
—Bueno, no tiene importancia. Un mal día lo tiene todo el mundo —le respondí para suavizar la tensión del momento—. La verdad es que no le di más importancia —añadí mintiendo y utilizando una falsa seguridad que se veía a leguas—. Tú dirás, cuál es la urgencia. Me llamas y me dices que es muy importante que nos veamos y que está relacionado con nuestro encuentro… Espera, déjame que pida una cerveza, porque con este calor estoy sediento.
Una vez el camarero me trajo la birra y habiendo dado un primer trago largo para intentar matar la angustia que llevaba en la garganta, me quedé mirando a mi amigo a la espera que me desvelara lo que ya me estaba empezando a intrigar demasiado. —¡Tú dirás, soy todo oídos!
—Verás Toni, la última vez que nos vimos te enseñé una fotografía donde aparecía con Sonia, mi novia. Era una foto que nos habíamos hecho un mes antes, en ocasión de una excursión hecha a Camprodón. No la he vuelto a traer porque me da “yuyu” por el motivo que a continuación te explicaré y que es el motivo que nos hayamos encontrado, por mi parte, con cierta urgencia. El hecho es que esa misma noche, cuando encontré a Sonia, le comenté con tono jocoso y burlesco nuestro encuentro y, la verdad sea dicha, le mostré la fotografía que ya conocía y hice un poco de coña respecto a que según tú, se veía una vieja, a mi lado derecho, detrás de mí. Espera y déjame terminar todo lo que tengo que decir —añadió al ver mi intención de querer interrumpirle—. El caso es que Sonia, que es muy fantasiosa y cree en cosas extrañas, me advirtió muy seria, que a veces estas cosas pasan con las fotografías y que no tenía porque dudar de lo que habías visto, a pesar de que ni ella ni yo la pudiésemos ver. Viendo el tono que tomaba la conversación y como no me quería enfadar con ella lo dejé correr y escogimos una peli para ir al cine después de cenar. Aunque fui dejando el tema de lado, no me pude sacar de la cabeza ni tu seguridad ni la descripción de la presunta vieja que habías visto detrás de mí en esa maldita foto. El caso es que el domingo pasado fuimos a comer a casa de mi madre y no sé cómo, pero el hecho es que salió el tema de la foto y de la vieja que sólo veían tus ojos. No sé por qué, pero me acordaba muy claramente de la descripción que me hiciste de aquella señora mayor. Mi madre me escuchó en silencio y una vez terminé con mi descripción me dijo:
—Enric, ¿tú te acuerdas de tu abuela Rosario? Era mi madre y murió justo cuando acababas de cumplir los tres años.
—La verdad es que no mamá. ¿Y qué tiene que ver esto con la foto de las narices? —le respondí yo.
—Bueno hijo mío, es que por la descripción que me haces se parece mucho a tu abuela. ¿Tú crees que si le enseñaras a tu amigo una foto suya la podría reconocer? —me contestó ella.
—Mira mamá —le dije en un tono seco—. ¿Me estás diciendo que tú también crees en esta tontería de la vieja de la foto y que además se trata de mi abuela, que por cierto ni me acuerdo de ella?
Mi madre se limitó a levantarse de la mesa y fue a su dormitorio de donde volvió, pasados unos diez minutos, con una foto que, según me dijo, era la última que le hizo unos cinco años antes de morir (dos o tres antes de que yo viniera a este mundo). Era una foto en blanco y negro y se veía a una señora mayor, de buena presencia y que coincidía mucho con la de tu descripción. El hecho es que la llevo encima y es el motivo de nuestro encuentro. ¿Te importaría darle un vistazo y decirme si se parece o no a la que tú veías en la foto? La verdad es que no entiendo nada ni tengo nada a perder, pero no quisiera que un hecho aparentemente inexplicable llevara a pique nuestra amistad. Te vuelvo a pedir disculpas por mi comportamiento del otro día y, si no te importa, ahora te enseño la foto.
En un primer momento mostré una cierta perplejidad por la irrealidad del tema y de la situación, ya que tampoco soy muy crédulo con cosas que desafían nuestro mundo lógico y racional, pero la verdad es que a raíz de la vivencia de esa foto, en que sólo yo veía nítidamente a una señora mayor detrás de mi amigo, ya no sabía que pensar.
—Si tiene que servir para acabar con malentendidos y con una situación cada vez más surrealista, adelante: ¡Enséñamela y salgamos de dudas de una vez por todas!
Enric no se hizo de rogar y en un abrir y cerrar de ojos tenía la foto de la misteriosa dama en mis manos. En un primer momento no vi nada especial. Era la típica foto de un matrimonio adulto, en blanco y negro, hecha en casa del retratista, típica de finales de los años sesenta o comienzos de los setenta. Los dos estaban de pie y ella le tomaba el brazo derecho a él. Estaban los dos sonrientes (él más que ella) y mirando hacia delante, pero no directamente a la máquina de fotografiar. Él iba mejor vestido, con un traje de americana y pantalón propios de las ocasiones importantes. Ella también llevaba traje de falda y chaqueta, con el pelo recogido, seguramente con un moño y llevaba unos pendientes tipo perla Majorica que destacaban en aquella cara redonda.
Enric estaba en silencio, observando el gesto de mi cara, mientras yo hacía mi “trabajo” analizando esa foto. A medida que pasaban los segundos notaba su creciente inquietud. A medida que me iba fijando más, más “recordaba” la imagen que vi nítidamente en la foto de la discordia. Me concentré en la cara y después de un larguísimo minuto, finalmente, le dije:
—Amigo mío, en un tema tan rocambolesco como éste sé que no se puede estar del todo seguro, sobre todo cuando, aparentemente, sólo yo soy el que ve la imagen de una mujer que los demás no ven, pero estoy casi seguro que se trata de la misma persona. La que sale en esta foto que me enseñas, por eso, es un poco más joven que la que veía en la otra. Lo que me ha hecho decidir que se trata de la misma persona es, en primer lugar, la forma de la cara y el peinado y en segundo lugar, la mirada y la media sonrisa de su expresión que son casi idénticas a las de la otra foto. En cuanto al resto, como el vestido, la verdad es que no lo recuerdo. En definitiva, amigo Enric, estoy cada vez más convencido de que se trata de la misma persona. ¿Tienes suficiente con esto? Te has quedado medio jodido, pero yo también, porque ninguno de los dos creemos más allá de lo que vemos o percibimos por los sentidos o justificamos por la razón. ¿Y ahora qué? ¿Qué sacas de todo esto, si se puede saber?
—Pues algo tendremos que replantearnos. Al menos yo, porque ahora entiendo a mi madre cuando me comunicó lo que había dicho mi abuela poco antes de morir: “Me sabe muy mal morirme antes de tiempo y no poder ver crecer a mi nieto para protegerlo hasta el día que sea un hombre hecho y derecho”.
Agosto del 2003.
1 ¡Buen viaje!
La tienda de las piedras
¿Cómo puede ser que alguien que no me conozca de nada pueda saberlo todo sobre mí? Es más, ¿cómo podía saber aquella mujer qué era lo que más daño me estaba haciendo en mi vida?, ¿cómo, en definitiva, sabía aquella mujer de la tienda de piedras de Mataró, que mi hijo había muerto? y ¿cómo pudo describírmelo a la perfección?
Antes de entrar en detalles, dejadme que os diga quien soy y qué pienso de todo esto. Mi nombre es Amalia, estoy en esta etapa de la vida en que, si no fuera por la desgracia de la muerte súbita de mi hijo Sebastián, Sebas para los amigos, a causa de un accidente absurdo, estaría en mi plenitud personal. Plenitud tanto en el aspecto físico, ya que por el momento no tengo ningún problema de salud; como en el profesional, puesto que hace algo más de un año que he conseguido una plaza de bióloga médica para un equipo de investigación de un importante laboratorio; como en el personal, ya que entre mi marido y yo habíamos conseguido ver como nuestros dos hijos, Marc y Sebas, conseguían sacar adelante sus estudios, BUP y COU respectivamente, con muy buenas notas, pero sobre todo, veíamos que su desarrollo personal iba por buen camino, ya que eran muy responsables a la hora de tomar aquellas decisiones que más les convenían.
Todo eso se fue a pique aquella maldita tarde cuando recibimos la visita de la pareja de “Mossos d’Esquadra”2, diciéndonos que nuestro hijo Sebas había tenido un accidente y teníamos que ir a Bellvitge inmediatamente. No importa ahora, si cuento o no lo que sucedió, es más, prefiero no hacerlo ya que el resultado final es el mismo: ¡Mi hijo ya no está con nosotros!
Soy una persona muy racional, tal vez viene de mi condición de científica, sólo creo en lo que se puede ver, tocar y medir. Es más, apenas tengo ninguna creencia religiosa, más allá de lo que me contaron en su momento en la escuela, pues mis padres eran unos agnósticos convencidos, por no decir ateos, pero no indiferentes. Mi creencia en un ser superior se limita a la suposición de que “algo de orden más elevado” a nuestra condición humana, es la base o el causante de lo que llamamos las Leyes del Universo, muy lejos de la visión de un ser superior, una especie de “superhombre” a lo que llamamos Dios. Creo también, como científica, que en nosotros existen dos naturalezas: la material, el cuerpo, y la energética, la que alimenta y da vida a este cuerpo mientras estamos vivos, pero que en un momento determinado, lo abandona. La parte material se descompone y la otra se transforma. ¿En qué se transforma? No lo sabemos. Tampoco he creído nunca en lo que se llama el “más allá”, aunque me hubiera gustado hacerlo ya que en el fondo me hubiera servido de gran consuelo, como a la mayoría de los que creen, cuando una desgracia como la que he sufrido te golpea sin piedad. Bueno, esto último, se está resquebrajando a raíz de la visita que hice, hace un par de meses, a aquella tienda que os comentaba al principio.
Una tarde a finales del mes de mayo, recibimos una llamada del director del centro donde estudiaba Sebas, invitándonos a mi marido y a mí, a la ceremonia de graduación de fin de curso, en la que hubiera participado mi hijo con todos los honores, diciéndonos que, a iniciativa de los compañeros de Sebas, tenían previsto hacer una ceremonia especial de despedida en su memoria. En aquel momento no le respondí, pero me comprometí que en un plazo de cuarenta y ocho horas le daríamos una respuesta. De esta forma, Joan Anton (mi marido) y yo, podíamos evaluar la invitación. A favor, teníamos el hecho de comprobar que Sebas era muy querido por sus compañeros y eso siempre hace ilusión a los padres, sobre todo cuando se pone de manifiesto de forma pública. En contra, evidentemente, la sacudida que representaba revivir públicamente su muerte. A pesar de ser una ceremonia simbólica.
Después de evaluar los “pros” y los “contras” decidimos que iríamos, pues de una forma u otra estábamos convencidos de que nuestro hijo estaría presente, al menos en el recuerdo de todos los presentes. Es más, desde un primer momento, quise que su presencia se materializara en un medallón precioso que me había regalado él, hacía justamente un año, en motivo del día de la madre, y que llevaría puesto de forma bien visible. Sólo me hacía falta encontrar una cadena de plata adecuada, pues de este metal estaba hecha la joya. De todas las cadenas que tenía no había ninguna que me acabara de gustar del todo. Quería una de especial para que el medallón luciera como se merecía. Una amiga mía, Mónica, que en todo momento me había acompañado en aquel proceso de dolor y desesperación me dijo que conocía una tienda en Mataró, donde se hacían cadenas de todo tipo y que, con toda seguridad, encontraría lo que estaba buscando.
Quedamos para el lunes de la semana siguiente, a media mañana, cuatro días antes del día de la ceremonia, ya que ese día no tenía que ir al laboratorio. Cabe decir que, si bien vivimos en el Maresme, concretamente en Premià de Mar, siempre escogemos ir a Barcelona, ya sea para ir de compras, quedar con los amigos, ir a un restaurante, ir al cine o al teatro.
Tal vez hacía más de diez años que no había ido a Mataró. Lo encontré todo muy cambiado, tanto el paisaje urbano —había crecido mucho y se habían mejorado algunas vías de comunicación—, como el paisaje humano, se veían muchas personas provenientes de tierras lejanas. La primera impresión que tuve era que se había convertido en una pequeña ciudad, con todos los defectos de una ciudad grande y todos los defectos de un pueblo. Seguramente, si la conociese más, también encontraría todas las virtudes que sin duda tiene.
La tienda a donde me llevaba mi amiga estaba situada en el centro histórico de la villa, muy bien cuidado por cierto, por lo que empecé a cambiar esa primera opinión, no muy favorable, de la antigua Iluro romana. Poco antes de llegar a nuestro destino me fijé en una pequeña tienda que tenía el escaparate lleno de piedras de varios tipos. El conjunto constituía un universo especial y atrayente. Decidí entrar, a pesar de los requerimientos de mi amiga, pues íbamos con el tiempo justo antes de que cerrasen las tiendas al mediodía. Sin embargo, Mónica me siguió y entramos dentro, sin saber muy bien a qué, pues no era mi intención comprar ninguna piedra.
Una vez dentro, enseguida vi que el local no era muy grande, pero tenía un encanto especial. Era un poco alargado, en la parte izquierda estaban expuestos las piedras y los minerales, según variedades y colores. Cada una de ellas tenía un pequeño cartel que indicada sus cualidades y sus utilidades. En la parte derecha, vi una gran cantidad de collares, pulseras y anillos hechos con aquellas piedras ya pulidas, lo que me hizo pensar que quizás también tendrían lo que estaba buscando. Finalmente, en el mostrador central del fondo de la tienda, me fijé que tenían un apartado de artículos orientales, tales como estatuillas hindús y budistas, varillas de incienso, etc. Hasta ese momento, no me di cuenta de que, en un extremo del mostrador, estaba sentada una mujer más o menos de mi edad, que no paraba de mirarme de una forma que me pareció extraña, pero a la que no quise decir nada y me limité a darle un tímido “buenos días”.
De las primeras reticencias de Mónica, debidas a que íbamos justas de tiempo, pasamos a mirar cada una de esas fascinantes piedras y a preguntarnos sobre las que nos favorecían más. En un momento determinado, se inició una pequeña discusión entre nosotras dos. Ella me decía que una determinada piedra era la “mía” y yo insistía en otra totalmente diferente, que cuando la cogí con la mano noté la energía que desprendía, cosa que no me ocurría con la que me decía Mónica. Para salir de esa pequeña discusión sin sentido, me dirigí a la señora de la tienda y le pregunté:
—Perdone, usted que tiene más experiencia, ¿cuál cree que es “mi piedra”?
—Sin duda, la que tiene usted en la mano —me respondió—, ya que la otra es una imitación —añadió al mismo tiempo que se levantaba de la silla.
—Gracias —le respondí—. ¿No tendrá también collares o cadenas de plata? —le pregunté con la convicción de que su respuesta sería negativa.
—No, lo siento, todos los tipos de collares que tenemos están expuestos en ese mostrador —me respondió señalando el mostrador situado a mi derecha.
Cuando ya me disponía a despedirme de aquella mujer y sin darme tiempo a decirle nada, me dijo:
—Perdone por lo que le voy a decir, pero usted lleva un gran dolor y sufrimiento interno.
—¿Cómo dice señora? —le respondí sin apenas recuperarme de la sorpresa inicial después de tan inusual afirmación y en un lugar como aquél.
—Sé que usted está pasando por un trance doloroso que tiene que ver con un hecho dramático que sucedió ahora hará cosa de unos seis o siete meses. ¿Me equivoco? —añadió con un tono totalmente seguro pero deferente y respetuoso.
—Oiga, usted y yo no tenemos el gusto de conocernos, por lo que ya me dirá a santo de qué vienen estas afirmaciones tan gratuitas —le respondí en un tono no muy simpático.
—Este drama se refiere a la muerte de su hijo. Un chico muy guapo que nos dejó en la plenitud de su juventud, lleno de vida y de energía. Perdone si me meto allí donde no me llaman por lo que le voy a decir: “Sepa que no es usted la que ha venido a esta tienda, sino que la han traído”.
—¿Cómo dice? —le pregunté con la voz medio temblando por la ira contenida—. ¿Cómo se atreve a decirme lo que me está diciendo, si no me conoce de nada ni sabe lo que realmente ha pasado ni lo que estoy sintiendo? Y además, ¿qué le importa a usted y quién le ha dado vela en este entierro? —añadí con un tono más elevado y enérgico de voz.
—Una vez más, tengo que pedir que me disculpe, pero sólo tengo que decirle que ha sido precisamente su hijo quién la ha traído hasta mí.
—¿Cómo? —le dije, ahora sí en un tono muy alterado de voz y con ganas de empezar una buena bronca con la persona que me estaba hurgando en lo más hondo de mi herida—. ¿Se puede saber cómo puede decir usted que ha sido él quién me ha llevado hasta este lugar?
Durante unos segundos un silencio que se podía cortar con un cuchillo se instaló entre nosotras dos, al mismo tiempo que no dejábamos de mirarnos a los ojos. Ella mantenía una mirada firme, pero cálida; la mía era desafiante. Pasados estos segundos, que parecieron eternos, aquella mujer añadió con una seguridad y una tranquilidad exasperantes:
—Sencillamente porque está a su lado.
—¿A mi lado? ¿Dónde? ¿Dígame? ¿Dónde está mi hijo según usted? —Insistí, ahora sí un poco descontrolada y mirando por todas partes de la tienda para fortalecer aún más mi planteamiento y dejar en evidencia las tonterías que estaba escuchando.
Durante todo este rato, mi amiga Mónica se había mantenido en un segundo plano, asistiendo a aquella insólita conversación, separada medio metro de mi lado izquierdo, en silencio, pero lista para intervenir por si las cosas se complicaban.
—Está encima de su hombro derecho —me respondió con una calma fuera de lugar—. Es más —añadió—, le haré una breve descripción de su hijo.
Iba a replicarle para decirle que tal vez quería decir “era” en lugar de “es” pero algo dentro de mí me hizo callar.
—Es un muchacho alto, corpulento, con mucha vitalidad y mucha energía. Su cabello es rubio, muy largo y rizado. Sus ojos son de color verde, tiene una mirada limpia y luminosa. Sus labios son carnosos, con los que seguramente, habrá roto más de un corazón. Lleva una camisa de deporte, de manga larga, de cuadros azul cielo y amarillo; en su muñeca derecha lleva una pulsera de cuero, de color marrón oscuro. ¿Sigo con la descripción? —me preguntó.
Aquella fue la primera sorpresa, pues su descripción coincidía plenamente con la realidad, pero como había la posibilidad de que me hubiese reconocido, ya que tanto mi foto como la de mi hijo salieron durante tres o cuatro días en la prensa comarcal, le dije:
—Oiga, no me dice nada nuevo ya que usted lo puede haber reconocido porque salimos en los periódicos cuando se produjo el maldito accidente.
—Sí, efectivamente existe esta posibilidad —me dijo una vez más con aplomo— pero lo que no ha dicho ningún periódico es que su hijo tenía la costumbre, cuando estaba frente a usted, de agarrarse constantemente el pelo con las manos y hacerse una especie de cola, para que el cabello no le tapase la cara.
Eso sí que me desmontó totalmente. Efectivamente, eso sólo lo hacía cuando estaba en casa ya que tanto su padre como yo, le insistíamos, que si quería dejarse el pelo tan largo, al menos lo llevara bien cuidado. Toda mi argumentación en contra se derrumbó. Sólo me atreví a preguntarle:
—¿Y todo esto por qué? ¿Qué es lo que pretende con todo lo que me ha dicho?
—Mire —me respondió—, tengo la suerte o la desgracia, según se mire, de tener este don de la visión especial que me permite ver a seres que ya están desencarnados y normalmente sólo funciona cuando tengo que ayudar a alguien de nuestro mundo. —¿Ayudar, ayudarme a qué? —le pregunté, ahora, en un tono entre dudoso y receloso.
—Ayudar a encontrar su paz, una paz que su hijo ya ha conseguido, pero que quiere, o mejor dicho, necesita que ustedes, tanto su marido como usted, también tengan. Por eso la ha conducido hasta aquí, para que me conociera. Pero no piense en un cuerpo físico, que éste quedó en nuestro mundo, piense en la energía —en su energía— ya que ésta, siempre queda en activo, ni se crea ni se destruye, se transforma. Es la energía de su hijo la que yo puedo ver.
No supe qué decirle ya que estaba totalmente confundida. Por un lado se hundían casi todos mis planteamientos sobre la vida, la muerte y la posibilidad de la existencia de un “más allá”, pero por otro parecía ser que una nueva puerta de luz y de esperanza se abría frente a mí. Una puerta, hay que decir también, llena de misterios e incertidumbres, sobre todo para una persona como yo, que siempre había querido respuestas racionales y lógicas cuando se me planteaba cualquier tipo de problema. Sólo me atreví a decirle un “hasta pronto” al mismo tiempo que mi amiga y yo nos disponíamos a salir de aquella tienda. Mi amiga estaba pálida por todo lo que había escuchado en los diez minutos más trepidantes de nuestra existencia.
—Hasta pronto, señora —me respondió. Seguidamente, añadió—. Sé que nos volveremos a ver, porque usted volverá.
Terminé de hacer la compra del collar de plata, en la tienda que había dicho mi amiga. Después, cuando volví a casa, le conté a mi marido todo lo que me había sucedido en aquella tienda. No me dijo nada porque él es muy respetuoso con todo lo que yo digo y hago. Todavía no he vuelto a esa tienda porque sencillamente no tengo las fuerzas necesarias para enfrentarme a no sé qué, pero tengo la seguridad que, tarde o temprano, tendré que volver.
Junio del 2007.
2 Policía autonómica de Cataluña.
Ya sé quién es este niño
Tengo un sobrino, José Ramón, hijo de mi hermano, que está en lo que se llama “la edad del pavo”, es decir, que a veces le daría un buen coscorrón, para ver si así, se le pasa la tontería. La verdad es que a menudo no nos acordamos de cómo éramos nosotros, ya que a su edad, también hacíamos de las nuestras y nos parecía de lo más normal. Tampoco éramos conscientes, o nos importaba un bledo, lo que pudieran pensar de nosotros nuestros padres. En fin, es ley de vida.
Retrocedamos ahora un poco y situémonos en la época de su nacimiento. Después de un embarazo complicado, con dolores, pérdidas y reposo absoluto, este sobrino mío fue el superviviente de un parto con cesárea (poco habitual en aquella época), de gemelos univitelinos, en el que el otro feto, una niña, sólo pudo vivir poco más de un par de horas antes de morir. La falta de un riñón y una lesión en la médula espinal hicieron, prácticamente inviable, su existencia de forma autónoma. Aunque no llegó a ser bautizada, siempre la llamé por el nombre que, seguramente, hubiera llevado: Rosa. José Ramón y Rosa eran los nombres que habían decidido sus padres en honor de nuestra abuela y del padre de mi cuñada.
A resultas de este parto y de unas complicaciones posteriores, mi cuñada ya no tuvo más hijos. La verdad sea dicha y es que nunca saqué nada en claro, ni me importa, la verdad, pero no sé si fue porque quedó imposibilitada (siempre defendió esta versión) o es que ya no le quedaron más ganas de volver a quedarse embarazada, con lo que José Ramón se convirtió en hijo único. Un hijo único un poco especial, por lo que a continuación os explicaré.
Hasta los dos años de edad, su crecimiento y su forma de ser era del todo normal. A partir del tercer año y a medida que iba dominando el lenguaje y a ser cada vez más autónomo en sus juegos, sus padres empezaron a observar un comportamiento un poco extraño, por no decirlo de otra forma.
Cuando se quedaba solo, siempre buscaba juegos en los que fuera necesaria la participación de un segundo jugador. Cuando su padre o su madre le hacían la observación de que para un juego en concreto, por ejemplo las damas, era necesaria la participación de otro jugador y le manifestaban la voluntad de querer jugar con él, su respuesta era siempre la misma:
—Ya estoy jugando con Rosa.
Cabe decir, que nadie le habló nunca de su malograda hermana ni de que nombre hubiera tenido en caso de haber vivido.
Primero no le quisieron dar importancia porque, tal como les habían dicho, tanto el pediatra, al ser consultado por el tema, como posteriormente los monitores de la guardería, el estímulo de la fantasía es muy necesario para los niños, pues les permite que, posteriormente y a medida que van creciendo, van aprendiendo a distinguir la realidad de su imaginario y por tanto, no hacía falta que se preocupasen.
El médico les explicó que el hecho de que la llamara por su nombre, seguramente, sería porque algún día habría escuchado el nombre de su hermana sin que ellos se dieran cuenta ni fueran conscientes de su presencia. Ésto los tranquilizó.
Sin embargo, fueron pasando los meses y los años y en lugar de disminuir, esta “relación” imaginaria iba más en aumento. Ya no eran sólo los juegos en pareja, muchos ratos en los que estaba en su habitación, se los pasaba “charlando” solo, dirigiéndose a un ser imaginario y sólo se escuchaba una parte del diálogo, la de José Ramón que seguía una línea lógica de preguntas y respuestas, propias de una criatura de su edad. Por aquella época ya tenía casi siete años.
Hay que decir que sus relaciones con los demás compañeros de escuela eran escasas, pues apenas tenía amigos con los que pasar los ratos de ocio y con los pocos que tenía, sólo se relacionaba cuando se encontraban en el patio, durante los descansos entre clases o a la hora de hacer deporte. El resto del tiempo y a diferencia de los demás niños, apenas veía la tele, se comportaba como un niño solitario y parecía encontrarse la mar de bien. Ante la preocupación de sus padres, cuando se referían a su soledad, él siempre les respondía que “no estaba solo”, ya que casi siempre estaba acompañado de su hermana Rosa.
Como es lógico, la preocupación de los padres aumentó hasta que un buen día decidieron que era la hora de encontrar un amigo para su hijo. Un amigo que viniera a casa a jugar con él y que estuviera dispuesto, incluso, a aguantar algún chasco por parte de José Ramón. Fueron a la escuela a exponer la situación al director y al tutor de su hijo, que tras analizar la situación y conociendo el talante de José Ramón, decidieron que quizás, Javier, el hijo del tutor que tenía tres años menos y que José Ramón no conocía de nada, pero que tenía un gran carácter y una gran capacidad de empatizar con todo el mundo, seguramente, conseguiría congeniar con él y de esta forma, lo sacaría poco a poco de su aislamiento y del mundo particular en que se encontraba instalado.
Decidieron que al día siguiente, viernes, Javier se presentaría en su casa.
Esa misma tarde, cuando volvieron de la reunión, mientras José Ramón merendaba, sus padres le anunciaron que al día siguiente conocería a un amigo nuevo y que “era muy divertido” y que, seguramente, acabarían siendo muy buenos amigos, aunque fuera más pequeño que él.
José Ramón acabó de merendar en silencio y se retiró a su habitación a hacer los deberes y a jugar un rato, hasta la hora de ir a cenar. No habían pasado ni diez minutos desde la merienda cuando José Ramón volvió hacia la sala donde estaban sus padres y les dejó estupefactos cuando les dijo de una forma clara y rotunda:
—Ya sé quién es ese niño que vendrá mañana. Se llama Javier, es casi tan alto como yo, pero tiene el pelo negro, es muy alegre y le gusta mucho jugar a la pelota y montar en patinete. Le conozco de cuando jugábamos los tres juntos: él, Rosa y yo, antes de venir a este mundo.
La perplejidad de mi hermano y de mi cuñada no encontró límites cuando al día siguiente, tal como estaba previsto, llamaron a la puerta y apareció el tutor de José Ramón acompañado de Javier, un simpático muchacho con la misma descripción que había hecho su hijo de él, y como si se hubiesen conocido de toda la vida, los dos niños se fueron juntos, contentos y sin parar de reír, a jugar a la habitación de José Ramón.
Noviembre del 2005.
Noche de San Juan
Cada año, cuando se acerca el solsticio de verano y que en la cultura mediterránea celebramos con la noche de San Juan, la “nit del foc”3 como se la conoce en el levante español, no puedo evitar el recuerdo de una experiencia, digamos que inquietante, que tuve hace ya unos años (nueve pasar ser exactos) gracias a una protección que me había facilitado una mujer especial que conocí paseando por un camino que lleva al “Puig Campana”, cerca de Alfaç del Pi4 cuando llevaba pocas semanas de embarazo de mi hija Helena.
Por aquella época, me encontraba en un momento de inflexión en mi vida personal, ya que por una parte, acababa de quedarme embarazada de mi primera hija y como las cosas vienen de dos en dos, a las tres semanas mi empresa, dedicada a la fabricación de calzado, decidió reducir plantilla y propuso bajas voluntarias bien incentivadas. No sé el porqué, pero me acogí a esta propuesta, ya que se abría la posibilidad de poder vivir la experiencia del embarazo sin agobios económicos. Entre la indemnización y el seguro del paro podía estar más de dos años sin necesidad de trabajar, tiempo más que suficiente para poder parir y cuidar de mi hija. Soy de las que creo que es en los primeros años de vida cuando un hijo necesita más de los padres, sobre todo de la madre, por aquello de darle el pecho un mínimo de seis meses, gozar de su crecimiento e ir viviendo sus cambios día a día; eso sí, con la ayuda y cooperación del padre. Aunque también es cierto que durante este proceso inicial, el hombre queda un poco relegado de todo el proceso. Por suerte en nuestro caso, mi esposo, piloto de aviación civil, aportaba también un buen salario y podíamos gozar de una posición económica desahogada.
Por otra parte, también me planteaba acabar con una novela que hacía tres años había iniciado, pero que había abandonado al casarme. La escritura ha sido siempre mi gran pasión, pero por una razón u otra, siempre la había dejado en un segundo orden de preferencias personales. Ahora tenía la ocasión para, sin excusas de ningún tipo, finalizarla. Después ya vería que hacía con ella, presentarla a algún concurso de escritores noveles o entregarla a varias editoriales, para ver si alguna de ellas le veía posibilidades de edición. No sé, de lo que sí estaba segura es que la acabaría. Su temática quizás no era muy original, pero había algo dentro de mí que me impulsaba a continuar con el proyecto. Se trataba de novelar un hecho histórico acaecido en tierras de Aragón, concretamente de Graus (provincia de Huesca) de donde es originaria la familia de mi madre. A finales del siglo XVI, concretamente en 1593, 22 mujeres fueron acusadas de brujería por la ‘Santa’ y cruel Inquisición y en un plazo de mes y medio, fueron ahorcadas en la localidad ribagorzana de Laspaúles.
No sé aún la razón por la que me interesaba tanto el tema de la brujería. ¿Llevaba quizás algún gen de aquellas desgraciadas mujeres que fueron asesinadas? Porque así creo que hay que referirse al hablar de aquel lamentable suceso: obra y gracia del Santo Oficio.
Mis investigaciones sobre el fenómeno de la brujería, se encaminaban más hacia los aspectos históricos que hacia los escatológicos. Lo cierto es que las brujas no eran esos seres malvados que hacían hechizos y maleficios o pactaban con el demonio, tal como nos las han presentado por obra y gracia de la Inquisición. Sobre todo a partir de Santo Tomás de Aquino, responsable de la definición de lo que era la brujería y la magia y que ha perdurado hasta bien entrado el pasado siglo XX. El Tomismo fue la base ideológica en que se sustentó la caza de brujas ya que según el de Aquino, las personas que practicaban técnicas adivinatorias, en realidad lo que pretendían era apropiarse de conocimientos divinos con ayuda de los demonios. En este sentido, condenaba prácticas específicas como la prestidigitación, la nigromancia, la hidromancia o la quiromancia. Con anterioridad a Tomás de Aquino y dentro del marco de la Iglesia, se las consideraba seres ignorantes y maliciosos, seguidoras de las antiguas religiones paganas y que en diversas épocas, dentro del cristianismo, fueron perseguidas y marginadas, pero sin tanta virulencia y ensañamiento como lo hizo la Inquisición.
En realidad, se trataba de una reminiscencia de los antiguos cultos paganos, ligados a los ciclos naturales de la madre Tierra, cuyo papel central estaba en manos de la mujer y que dentro del cristianismo podían llegar a convertirse en movimientos heréticos. De hecho las actuales romerías, como por ejemplo la del Rocío, no dejan de ser una de estas prácticas que el cristianismo “reconvirtió”.
Yo siempre había relacionado la brujería con la superstición y la ignorancia. Además los aspectos históricos, antropológicos y sociales indicaban otra cosa: El paso del matriarcado al patriarcado, con la consiguiente substitución del papel hegemónico de la Diosa Madre por la del Dios Padre. Bajo ninguna circunstancia, había considerado la posibilidad de que poseyeran poderes o capacidades especiales, o la de poder conectar con otras entidades más allá de esta realidad física, etc…
Esto es lo que creía hasta que descubrí a Thelma, una mujer que conocí camino del “Puig Campana” tal como he comentado al principio del relato, aquella tarde del mes de mayo. Una tarde apacible y tranquila en la que se olía a primavera por aquellos parajes tan especiales, llenos de fuerza y a los que, según los más viejos del lugar, acuden las personas que necesitan recuperar energías perdidas o desean acelerar un proceso de recuperación después de una enfermedad.
Estaba andando por un sendero y pensaba en mi incipiente estado de gestación, pensaba en si sería niño o niña. Entre mi marido y yo habíamos cruzado una apuesta: él mantenía que sería niña, que es lo que prefería y yo, en cambio, aseguraba que sería un niño —por una vez en la vida, ganó mi marido—. La cuestión es que, después de un recodo, el camino empezaba a elevarse de una forma suave y observé que a unos trescientos metros más adelante, justo al lado del camino y sentada en una piedra junto a un gran árbol —me parece recordar que era una encina—, había una mujer que giró su mirada hacia mí, justo en el momento de haber superado el recodo y avanzar lentamente hacia ella. No sé por qué, pero un leve escalofrío subió lentamente por mi espalda hasta llegar a la nuca y no pude evitar un estremecimiento. Poco a poco me invadió una inquietud, al mismo tiempo que algo dentro de mí me decía que cuando alcanzase a aquella mujer, el encuentro sería significativo para mí. No me equivocaba. Cuando estaba justo a su altura y sin haber dejado de mirarme de una forma especial, me sonrió y me dijo:
—Hola, bonita tarde tenemos hoy. Es ideal para andar e impregnarse de la fuerza y de la belleza de este lugar.
—Buenas tardes —le respondí, entre prevenida y expectante, ya que era consciente que aquella atención hacia mi persona no era normal—. Sí, es cierto, hace una tarde espléndida de mes de mayo —añadí por cortesía.
—Y además, es extremadamente bueno y necesario que, en tu situación, estés en contacto con la naturaleza para contrarrestar los aires nocivos que respiras en la ciudad.
La verdad es que no esperaba aquel comentario. Por un momento dudé de hacerle un saludo con la cabeza y seguir mi camino, pero no pude evitar preguntarle.
—¿Qué quiere decir con esto de “mi situación”? —le pregunté de forma entre inquisitiva y burlona.
—Pues lo que es evidente, que estás embarazada de muy poco tiempo, pero la energía que transpiras es de vida, muy diferente a la de las demás personas que no lo están.
—No entiendo qué quiere decir. ¿Me está diciendo que sólo con mirarme sabe que estoy embarazada sin que ningún signo externo lo delate? ¿Es usted comadrona y por su larga experiencia intuye cuando una mujer está embarazada?
Una sonrisa bondadosa suavizó los rasgos de la cara de aquella mujer, de edad indefinida, que igual podía tener unos 50, 60 o 70 años. Se veía en la plenitud de su madurez, pero estaba lejos del inexorable declive y decrepitud a la que todo ser humano ha de llegar. Después de unos segundos de silencio, que me parecieron eternos y sin dejar de mirarme fijamente a los ojos, cosa que hacía aumentar más mi nerviosismo, me dijo:
—No hija no. Y perdóname que te trate de hija ya que por edad, de sobras podrías ser mi hija. No, no soy comadrona. Pero deja que me presente. Me llamo Thelma y estoy muy vinculada a los procesos de la vida y a los innumerables secretos que se esconden en la naturaleza y por los que se me ha permitido conocer casi todo lo relacionado con la salud y la enfermedad. Tu situación estaría dentro de lo que podríamos llamar, mi especialidad. —Y sin dejar que yo pudiese decir nada, añadió:
—Sí, tú estás embarazada de dos meses, semana arriba, semana abajo. Es más, en tu seno llevas una niña o mejor dicho, lo que será una preciosa niña ya que en estos momentos aún es un proyecto que ha de acabar de consolidarse y al que tendrás que prestar mucha atención. Un proceso que culmina, hacia finales del tercer mes, cuando una alma decida encarnarse.
—¿Cómo dice señora… Thelma? —le pregunté medio alucinada y añadí—. ¿Cómo sabe que llevo una niña, si ni tan siquiera el ginecólogo me lo ha podido confirmar mediante una ecografía? ¿Se basa quizás en la superstición de que se nos nota en la cara según llevemos un niño o una niña? Por otra parte, ¿qué quiere decir con eso que “tendré que prestarle mucha atención”?
—Perdona, ¿cómo me has dicho que te llamas? —María —le respondí desconcertada.
Sin dar casi un respiro respondió contundentemente y aún me dejó más confusa:
—Escucha María, sobre tu primera pregunta, digamos que es fruto de mi experiencia. Además tengo el 50% de probabilidades de acertar o de fracasar. Pero la segunda pregunta sí que es importante y quizás sea la causa por la que el destino ha hecho que nos encontremos por el camino.
—Has de saber —añadió con voz calmada y suave pero no exenta de firmeza— que cuando una mujer queda embarazada, se le produce un especie de “agujero energético” en el vientre por donde circulan las energías vitales que la unen con su hijo. Es por esto que la muerte de un hijo es tan especial para la madre, diferente a la muerte de otros seres queridos, puesto que con la muerte se rompe este vínculo y el agujero, al que me refiero, permanece abierto. La desvitaliza a no ser que lo “cierre” mediante la realización de unos determinados ejercicios, propios de chamanes y que son totalmente desconocidos en nuestra cultura occidental.
No daba crédito a lo que escuchaban mis oídos y con un tono entre burlón e intrigado le pregunté:
—¿Y qué tipo de energías circulan por esta especie de agujero energético?
—En primer lugar, por este corto espacio, circulan las energías vitales, el Prana de los hindúes, el Ki de los japoneses o el espíritu de la vida, como lo llamamos nosotros. Ten presente que la mujer es la portadora de la vida. Durante las primeras semanas de gestación, esta fuerza vital es lo que permitirá al feto seguir adelante en su proceso de formación física. Es a partir del cuarto mes, cuando pueden penetrar otro tipo de energías, algunas de ellas negativas y que no se plasman hasta que no se produce el parto.
—Señora —dije alzando un poco la voz y prescindiendo de llamarla por su nombre—. ¿Por qué me dice estas cosas? Jamás había oído hablar de ello… ¿Quiere asustarme quizás?
—No hija no, lo que quiero es prevenirte, ya que el período al que me refiero te coincidirá, más o menos, con el solsticio de verano y en concreto con la noche de San Juan, que es cuando estas fuerzas negativas tienen más poder y capacidad para penetrar en un organismo humano que esté gestando una nueva vida.
No daba crédito a lo que oía. Mi mente estaba procesando todo lo vivido, durante los últimos diez minutos, como algo difícil de asimilar y menos de asumir. Pero no estaba en condiciones de discutir nada con aquella mujer, tan misteriosa, que se había cruzado en mi camino. Decidí seguirle el juego para terminar pronto y seguir con mi paseo por aquella montaña. Eso sí, algo más alterada. Después de unos segundos de silencio le pregunté, con un tono de voz más calmada:
—Una pregunta Thelma, si lo que me dice es cierto, ¿cómo notaré que estas fuerzas pueden ser una amenaza para mí y para mi futuro hijo, bueno, hija, según usted? ¿Hay alguna forma de defenderme de ellas?
Durante unos segundos Thelma me miró a los ojos y sonriendo una vez más, me dijo:
—Ya sé que te suena a chino todo lo que te estoy diciendo y que ahora todo lo que te interesa es acabar con esta conversación y poder seguir tu camino. No obstante, voy a responder a lo que me preguntas y te recomiendo que prestes mucha atención, por si al final tienes que utilizarlo. En primer lugar, “sé” —haciendo énfasis en este sé— que estás trabajando en un tema que está relacionado con los aspectos más oscuros del ser humano y esto de una forma o de otra puede afectarte. En segundo lugar, sabrás que estas fuerzas te acechan a través de los sueños, en forma de pesadillas, que pueden ir en aumento a medida que te acerques a la noche mágica de San Juan. En tercer lugar, si notases que, efectivamente, tienes pesadillas extrañas, has de prepararte una protección especial con los siguientes elementos.
Toma nota o sino recuerda bien, por favor: En un recipiente grande con tres litros de agua añade 21 gotas de esencia o aceite de almendras y una cucharada de vinagre. Mezcla estos tres elementos y los remueves durante un buen rato, haciendo girar el líquido en sentido inverso a las agujas del reloj. Esta solución la pones en dos o tres botellas de cristal transparente y las dejas al sol, para que vayan energetizándose durante el día. Dos días antes del solsticio, por la noche, las pones a la intemperie, especialmente en la noche de San Juan. Si realmente eres objeto de ataques de estas fuerzas malignas y tú lo sabrás, como te he dicho, a través de pesadillas y sueños extraños y diferentes a los habituales, la misma noche de San Juan, a partir de las 12 de la noche, coges este líquido y mojas una esponja de baño totalmente nueva y primero te la pasas por todo el cuerpo, con lo que tu organismo absorberá su fuerza y contrarrestará cualquier influencia negativa. Acto seguido, con la misma esponja irás limpiando todos los marcos de las puertas de tu casa, empezando por la de tu dormitorio y acabando con la de la entrada a tu vivienda. De esta forma habrás expulsado, por así decirlo, toda la negatividad que pueda haber en tu casa. Si eres creyente, al terminar reza un padrenuestro o sino, simplemente, da las gracias a la Vida. Asimismo, mientras te sientas atacada, imagínate que estás dentro de una esfera reluciente y que todas las energías que te llegan, rebotan en la esfera y no te afectan.
No sabía qué pensar ya que en el fondo veía que aquella mujer me estaba ofreciendo algo a cambio de nada. En ningún momento me pidió dinero alguno ni que acudiese a ninguna “consulta”. Simplemente, cuando me vio, supo que estaba embarazada, a pesar de no tener ningún signo externo que lo indicase, me vaticinó que tendría una niña y así fue. No sé como lo hizo, pero sabía que estaba trabajando en una novela que trataba de brujas e inquisidores, cuando ni tan siquiera mi marido lo sabía. Y por último, me habló de una serie de cosas que yo hasta aquel momento ni creía en ellas y aún menos creía, que pudieran afectar mi estado.
Le di las gracias y le dije que, a pesar de que mi sistema de creencias no tenía ninguna relación con lo que ella me había contado, lo tendría en cuenta por si realmente, como decía ella, al acercarse el inicio del verano, empezara a tener pesadillas.
Me separé de ella y seguí mi camino zambulléndome en mis pensamientos y en lo que acababa de vivir en los últimos quince minutos. No habían pasado ni treinta segundos cuando decidí girarme para volver a fijarme en aquella mujer tan especial y saludarla con la mano, pero ya no la vi, había desaparecido. Como estaba cerca del recodo, pensé que había seguido su camino en dirección contraria y que estaba fuera de mi campo de visión. Retrocedí hasta ese recodo, desde donde se podía divisar todo el camino, de casi un kilómetro en línea recta, con la seguridad de verla. La sorpresa que me llevé es que tampoco estaba. Es como si se hubiera evaporado, con lo que se añadió, aún más misterio al encuentro mantenido con ella.
Cuando regresé a casa, no quise contarle nada a Francisco, mi marido, porque con toda seguridad me hubiese ridiculizado. No sabía por qué, pero estaba segura que aquel encuentro había sido importante para mí.
Fueron pasando los días y lentamente me fui olvidando de aquel encuentro y me fui centrando nuevamente en mi novela, al mismo tiempo que observaba como mi cuerpo y mi organismo, en general, iban sufriendo pequeños cambios propios del estado en que me encontraba.
A mitad de junio, el día 15 para ser exactos, el ginecólogo confirmó lo que me había dicho Thelma y pude observar por primera vez el cuerpecito de lo que sería mi hermosa hija. Aquella primera noche tuve un sueño raro, del que no me acordé cuando me desperté por la mañana, pero sí sabía que había sido más bien una pesadilla, ya que mi cuerpo, al despertarme, estaba alterado y muy cansado. No le di más importancia y pensé que quizás la copiosa cena de la noche anterior, en casa de unos primos de mi marido, había sido la causa.
Pasaron cuatro o cinco días más sin que mi sueño tuviese ninguna alteración digna de mención. Si no recuerdo mal, la noche del 20 de junio tuve una pesadilla atroz que me produjo un pánico terrible como el que tienen los niños pequeños. En el sueño estaba sola, estirada en la cama y tenía la seguridad de que debajo había “algo” amenazador, pero que no me atrevía a mirar. En un momento dado, giraba la cabeza para mirar qué era lo que había y una fuerza desconocida me arrastraba hacia abajo y por más que gritaba, nadie venía en mi auxilio. Me desperté sudando y entonces me encontré de nuevo al lado de mi marido, que seguía durmiendo plácidamente. Eran las tres de la madrugada, pero ya no pude volver a conciliar el sueño.
La noche siguiente, volví a tener el mismo sueño, pero justo cuando me ponía a gritar, en el momento en que una fuerza invisible me arrastraba debajo de la cama, vi como una serie de rostros, todos desconocidos para mí, me estaban mirando con malicia y un aire de perversidad, al mismo tiempo que sonreían de una forma maligna. Nuevamente, me desperté totalmente bañada en sudor sin que Francisco, que también seguía durmiendo tranquilamente, tuviese la más mínima noción de lo que yo estaba viviendo. Tampoco pude conciliar el sueño aquella noche y en mis pensamientos recordé lo que me había dicho aquella mujer un mes atrás. Al principio me dije que era una locura y que no podía perder el tiempo en aquellas tonterías y supersticiones, pero a medida que iba recordando todo lo que me había dicho, empecé a dudar y pensé que no me haría ningún daño si lo hacía. Lo máximo que podía pasar era que siguiese teniendo aquellas pesadillas.
El día 22, a primera hora de la mañana, mi marido tenía un vuelo internacional, si no recuerdo mal iba y volvía de Buenos Aires. Entre escalas, vuelos y revisiones no regresaría a casa hasta las cuatro de la madrugada del día 24, por lo que todo el día 22 y gran parte de la noche del 23 estaría sola en mi casa.
Desde el primer momento lo tuve claro. Cuando se fue Francisco y después de haber desayunado, cogí una olla grande y la llené con tres litros de agua, le añadí la cucharada de vinagre y las gotas de aceite de almendras que había ido a comprar a una tienda de productos naturales que está al lado de mi casa. Durante unos quince o veinte minutos estuve removiendo aquel líquido en sentido inverso a las agujas del reloj, tal como me había dicho Thelma. Después, llené tres botellas de vidrio transparente, de un litro de capacidad cada una de ellas, y las puse al sol, en la terraza de mi casa. Era un día espléndido de luz y calor, de un incipiente verano que resultaría más caluroso de lo habitual.
Tal como me había dicho aquella mujer, por la noche las volví a poner fuera, esta vez a la luz de la luna.
La noche del 23 me fui a acostar temprano, aún no eran las 11 de la noche y por los alrededores se oían los estruendos de los petardos y cohetes que tiraban los chicos del barrio. ¡Era la “nit del foc”! Yo en cambio, no estaba para muchas alegrías, ya que entre el embarazo, que no llevaba muy bien, el hecho de estar sola y las pesadillas de las últimas noches, realmente me encontraba muy cansada.
Cuando me puse a dormir, enseguida aparecieron aquellos rostros malvados de mis sueños, pero esta vez casi podía “olerles” el aliento putrefacto. Quería escapar y no podía. Me sentía inmovilizada. “Aquello” amenazador me acechaba debajo de la cama... Quise gritar y no me salía voz de la garganta. Entonces, en el sueño, recordé lo de la protección que me había dicho Thelma e imaginé que estaba en el interior de una esfera reluciente que me protegía de todos los peligros externos y noté que me iba tranquilizando al mismo tiempo que los rostros se alejaban. Poco después, desperté con la sensación que hacía muy poco que me había acostado y sin embargo, eran casi las dos de la madrugada. ¡Habían pasado tres horas!
No sé por qué, pero me sentía bien y con fuerzas y volví a recordar lo que me había dicho Thelma, lo que debía hacer con el agua de las botellas. Fui a buscar la esponja de baño que me había comprado el mismo día que el aceite de almendras y me limpié todo el cuerpo con el agua de la primera botella. Con el resto del agua limpié todos los marcos de las habitaciones y finalmente, el de la puerta de casa. Eran casi las tres y media de la madrugada cuando acabé con mi “limpieza” especial. Poco después, hacia las cuatro, Francisco entraba en casa con cara de cansancio por el vuelo, pero al verme se sorprendió y me dijo: —Cariño, ¿qué haces despierta a estas horas? Has de descansar y cuidarte.
—Te estaba esperando amor y no te preocupes por mí, que ya sé cuidarme sola. ¿Cómo te ha ido el viaje? Haces cara de cansado —añadí sin decirle lo más mínimo de lo que había pasado aquella noche ni las noches anteriores.
Aquella misma mañana del día de San Juan, bajé a la calle a comprar pan y unos bollos para el desayuno. No había caminado ni cincuenta metros cuando de pronto me topé de cara con Thelma, justo cuando giraba la esquina de mi misma manzana. Me quedé sorprendida al verla ya que nunca hubiese imaginado encontrármela en aquel lugar y menos una mañana como aquella. Viendo mi cara, sonrió y me preguntó:
—¡Hola María! ¿Cómo te fue anoche? ¿Tuviste pesadillas? ¿Has tenido que utilizar los remedios que te aconsejé?
—Hola… Thelma, —balbuceé—. ¿Cómo dice? Ah sí… anoche… bien, me encuentro bien —le respondí al mismo tiempo que intentaba poner en orden mis pensamientos.
—Pues nada —respondió ella—. Ya veo que estás bien y que todo está en orden. Cuídate mucho y ya verás que tendrás una niña preciosa.
Y sin decir nada más, sonrió y siguió su camino.
Yo no supe reaccionar y me quedé muy de cortada, sin saber qué decir, por aquel inesperado encuentro. Seguí mi camino y de repente, me volví a girar para ver dónde estaba ella y poder hacerle unas preguntas que me intrigaban de todo lo que había vivido durante la última semana, pero una vez más había desaparecido. Como si la tierra se la hubiese tragado.
Desde aquella noche ya no tuve más pesadillas. Cinco meses después nacía mi primera hija, Helena, una niña especial ya que desde muy pequeña parece saber leer mis pensamientos y la verdad es que me siento muy conectada a ella. Referente a la novela, deciros que finalmente la terminé y fue publicada por una pequeña editorial, y aunque he de reconocer que no fue un éxito comercial, se llevó más de una buena crítica. ¡La próxima será mejor!
A Thelma, nunca más la he visto. Siempre me he preguntado si era realmente una “bruja”, pero de las buenas, de las que están plenamente integradas a los ciclos naturales de la Tierra, de las que ayudan a los demás, sin pedir nada a cambio. No lo sé, pero lo que sí me ha quedado bien claro es que cuando alguien especial como ella te haga una advertencia o te dé un consejo, no le hagas oídos sordos, porque quizás podrías arrepentirte…
Abril del 2010.
3 “Noche del fuego”. En muchas zonas del Levante es costumbre hacer hogueras el dia 23 de junio por la noche.
4 Población costera alicantina, al lado de Benidorm.
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