Kitabı oku: «Discursos históricos»

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Javier Alonso López. Filólogo Semítico, historiador y biblista, lleva más de un cuarto de siglo dedicado al estudio del antiguo Israel y la historia bíblica, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, así como de las tres grandes religiones del Libro: judaísmo, islam y cristianismo primitivo.

Ha participado en varias campañas arqueológicas en Israel, y en la actualidad compagina su trabajo como profesor de la IE University con diversas formas de divulgación histórica, desde seminarios hasta viajes al Próximo Oriente.

Es autor de numerosos libros y artículos sobre temas de historia y arqueología de Israel, y colabora habitualmente con varios programas de radio y televisión de temática histórica.

Desde la Antigüedad, la historia nos ofrece ejemplos de personas que, valiéndose de discursos bien construidos y escenificados, conmovieron a sus contemporáneos y transformaron sus corazones, convicciones y actos.

En Discursos históricos veremos cómo un buen discurso puede convertir a patriotas en verdugos, a hombres sin rumbo en guerreros de Dios, a oprimidos desesperados en un ejército lleno de esperanza, a enemigos en amigos y a seres comunes en criminales o iluminados.

Desde el Sermón de la montaña hasta Mandela, pasando por Cortés, Churchill, Hitler o Ghandi —entre otros— Javier Alonso no solo reproduce los discursos íntegros (casi todos traducidos por él) sino que nos da todas las claves para ponerlos en contexto y extraer su significado profundo. Además, nos ofrece referencias gráficas y audiovisuales para completar su comprensión.

Estas lecciones de historia y oratoria, no solo pertenecen al pasado sino a la naturaleza humana. Conocerlas nos ayuda a desenvolvernos en el mundo actual donde el discurso se adapta a los tiempos para seguir conmoviendo o manipulando.

DISCURSOS HISTÓRICOS


Discursos históricos

Del Sermón de la montaña a Mandela

© 2022, Javier Alonso López

Autor representado por Silvia Bastos, S. L. Agencia Literaria

© 2022, Arzalia Ediciones, S. L.

Calle Zurbano, 85, 3.º-1. 28003 Madrid

Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea

ISBN: 978-84-19018-06-9

Depósito Legal: M-6454-2022

Impreso en Artes Gráficas Cofás, S. A.

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.

Impreso en España — Printed in Spain

www.arzalia.com

Índice

Introducción

1. DEMOCRACIA

Discurso funerario de Pericles

2. IMPERIO

«Amigos, romanos, compatriotas» Marco Antonio

3. REINO DE DIOS

Sermón de la montaña Jesús de Nazaret

4. FE

«¡Dios lo quiere!» Papa Urbano II

5. LIDERAZGO

«Puedo aseguraros de mí que me basta el ánimo a conquistar el mundo entero» Hernán Cortés

6. LIBERTAD

«Discurso de Gettysburg» Abraham Lincoln

7. VISIÓN

El triunfo de la voluntad Adolf Hitler

8. RESISTENCIA

«¡No pasarán!» Dolores Ibarruri, Pasionaria

9. TENACIDAD

«Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» Winston Churchill

10. INDEPENDENCIA

«Abandonen la India» Mahatma Gandhi

11. PATRIA

«No preguntes qué puede hacer tu país por ti» John F. Kennedy

12. IGUALDAD

«Tengo un sueño» Martin Luther King

13. RECONCILIACIÓN

«El apartheid no tiene futuro» Nelson Mandela

Introducción

El cerebro humano empieza a funcionar cuando naces y no se detiene hasta que sales a hablar en público. GEORGE JESSEL

Quizás usted, querido lector que acaba de abrir este libro, esté de acuerdo con la frase de Jessel, quien, a pesar de ser actor, tenía pánico a hablar en público cuando no se trataba de interpretar un papel. ¡Qué difícil es pronunciar un discurso! ¡Qué complicado resulta enfrentarse a una audiencia, captar su atención, transmitir claramente un mensaje y convencer o emocionar para que actúe de acuerdo a nuestras intenciones!

A lo largo de la Historia, algunas personas han tenido el don, la habilidad o la capacidad de aprender las técnicas adecuadas para pronunciar discursos inspiradores, emocionantes, enérgicos, que en muchos casos han supuesto un cambio radical en el modo de actuar de sus contemporáneos. Grandes discursos han iniciado guerras, han animado a resistir más allá de lo humanamente soportable y han inspirado a pueblos enteros a emprender un camino hacia un futuro prometedor aunque incierto. Unos han expuesto lo mejor de los seres humanos; otros han sacado lo peor de nuestra naturaleza.

En este libro se presentará una selección de algunos de los mejores discursos pronunciados en el transcurso de la Historia, pero resulta imprescindible entender que un buen discurso no es igual a una buena idea. A lo largo de estas páginas, se mostrarán las herramientas retóricas con las que se construye un buen discurso, pero ante nosotros desfilarán personajes que, haciendo un uso magistral de ellas, las emplearon para propósitos a veces nobles, a veces muy oscuros. Para nosotros, ciudadanos del mundo del siglo XXI, es importante familiarizarnos con estas técnicas, porque solo así podremos ser capaces de comprender correctamente los mensajes con los que se nos bombardea a diario, en especial desde el ámbito político. Cuanto más sepamos, más difícil resultará engañarnos.

Pero repasar estos trece discursos nos proporcionará otras satisfacciones. Por una parte, estos textos nos ayudarán a comprender mejor varios momentos fundamentales de la historia universal en los que unas palabras pronunciadas con acierto inclinaron la balanza de uno u otro lado. Aprender historia nunca es una pérdida de tiempo, porque, aunque no se repite exactamente igual, sí se dan, sin embargo, patrones similares en otros momentos, y eso nos ayuda a entender mejor nuestro propio mundo.

Por otro lado, analizar algunos de los grandes discursos de todas las épocas puede contribuir a que los lectores, especialmente los más jóvenes, construyan sus propias intervenciones y presentaciones en un mundo en el que muchos de ellos se verán obligados a hablar en público en infinidad de ocasiones. Si hay que aprender, que sea de los mejores.

Este libro es el fruto de un curso que impartí en la IE University en el último trimestre de 2021 para alumnos de una decena de países diferentes. En el transcurso de aquellas sesiones, los estudiantes entendieron el contexto histórico en el que se pronunció cada uno de los discursos, leyeron y, en algunos casos, pudieron escucharlos, se familiarizaron con los principales instrumentos de la retórica y aprendieron a desgranar un discurso hasta sacarle todo su jugo. Fue una experiencia muy satisfactoria de la que tanto ellos como yo salimos enriquecidos y un poco más sabios. Vaya desde aquí mi agradecimiento a todos mis alumnos por su entusiasmo y participación, y también a María José Ferrari, directora académica de la División de Artes y Humanidades de la IE University, por apostar sin reservas por este seminario.

He intentado que las páginas de este libro resulten lo más amenas y didácticas posible. Por eso, creo que es una aportación interesante la última parte de cada capítulo, donde se presenta al lector la huella que cada uno de los discursos ha dejado en el arte en cualquiera de sus facetas. Las ideas viajan de la mente a la boca, y del oído del espectador a su cerebro para transformarse en imágenes. Creo que resultará curioso e interesante para el lector aprender cómo un templo griego, una película, un cartel publicitario o un evento deportivo internacional pueden estar inspirados por las palabras que un día pronunció algún hábil orador.

Por último, gracias a la tecnología, el lector podrá disfrutar, en muchos de los casos, de la reproducción en vídeo o en audio del discurso original gracias a los enlaces que acompañan a la mayoría de los textos. De esa manera, las ideas de Mandela, Martin Luther King, Kennedy o Churchill, entre otros, cobrarán vida en su contexto original y no serán tan solo, como desdeñosamente indicaba Hamlet, palabras, palabras, palabras.

Quiero dar las gracias a mi editor, Ricardo Artola, por aportar todo su saber para mejorar el libro y por tratarme con el mayor cariño; y a mi agente literaria y ángel guardián Silvia Bastos, por cuidar siempre de mí no como autor, sino como ser humano. Con gente así, da gusto.

1
DEMOCRACIA
Discurso funerario
de Pericles

Atenas, 431 a. C.

Contexto histórico

La historia de Atenas en el siglo V antes de nuestra era está tan íntimamente ligada a la suerte de Pericles, hijo de Jantipo, que en la actualidad se conoce aquel período de gloria, poder y brillo intelectual como el Siglo de Pericles. Sin embargo, para entender cómo Atenas alcanzó ese punto de desarrollo que la convirtió en el faro del Mediterráneo oriental, conviene retroceder unos decenios en el tiempo.

Para aquellas personas poco familiarizadas con el mundo antiguo, las guerras médicas evocan el ansia invasora de los «salvajes» y «corruptos» persas a la que hizo frente la virtud y superioridad moral y organizativa de las ciudades-estado de los griegos. Sin embargo, no fue exactamente así.

El origen de la primera guerra médica hay que buscarlo en la revuelta jonia de los años 499-492 a. C. Para librarse de una deuda contraída con el gobernador persa de Jonia (en la costa egea de la actual Turquía), el gobernante de Mileto, un griego llamado Aristágoras, organizó una sublevación contra los persas y pidió ayuda a las ciudades libres griegas de la otra orilla del Egeo. Solo dos, la pequeña Eretria y Atenas, atendieron al llamamiento y aportaron barcos y hombres que participaron en la destrucción de Sardes, la capital de la provincia persa. ¿Por qué los atenienses se prestaron a aquello? Pues porque Atenas estaba interesada en el comercio con las colonias griegas del mar Negro, que en aquel momento peligraba ante el empuje de los persas, que parecían apoderarse de todo lo que encontraban a su paso. No buscaban, por tanto, la liberación de sus «hermanos» de Jonia, sino defender sus propios intereses económicos y comerciales.

La revuelta jonia acabó en fracaso, pero Darío, el rey persa, no olvidó la ofensa. En 490 a. C., una flota persa puso rumbo a Grecia para castigar no a todos los griegos, sino tan solo a eretrios (en la isla de Eubea) y atenienses. Eretria fue arrasada, pero, cuando los persas se disponían a desembarcar todas sus tropas en la bahía de Maratón, fueron derrotados por el ejército ateniense que, de ese modo, libró a su ciudad de la ira del Rey de Reyes.

Darío regresó a Persia y no vivió para poder completar su venganza. Diez años más tarde, su hijo Jerjes preparó una nueva expedición contra Grecia, esta vez con una flota y un ejército gigantescos que amenazaban la seguridad de todos los griegos. Algunos, como los macedonios, se sometieron de buen grado y colaboraron con los invasores. Otros, como los espartanos, se alinearon con los atenienses y fueron protagonistas de la gloriosa derrota de Termópilas. La furia persa llegó hasta Atenas, que fue arrasada y saqueada mientras su población se refugiaba en las islas vecinas. Al final, la victoria naval ateniense en las aguas de Salamina en 480 a. C. y la terrestre en Platea al año siguiente conjuraron la amenaza persa. Jerjes regresó a su reino y nunca más un soldado persa puso su pie en tierra griega.

Aunque en la victoria sobre el invasor habían participado numerosas ciudades griegas, como Esparta, Corinto, Tebas, Focea, Megara, Platea, Epidauro, Egina, Micenas, Tirinto y otras, desde el punto de vista político, la gran triunfadora fue Atenas. La capital del Ática había pagado un precio muy alto, pues había sido arrasada, saqueada y profanada por las hordas persas, había llevado el peso principal en todas las batallas navales (Cabo Artemision y Salamina) y combatido casi en solitario en Maratón. Desde su punto de vista, era Atenas la que había salvado a todas las polis de Grecia, y la otra gran ciudad participante, Esparta, no había hecho tanto por la causa común, a pesar de que fueron espartanos les héroes de Termópilas y los que formaron el contingente principal que derrotó a los persas en Platea.

Una vez conjurado el peligro persa en territorio griego, Atenas se dispuso a cobrarse su deuda. En el año 477 a. C. lideró la formación de una alianza de ciudades griegas con el propósito de llevar la guerra a territorio persa, controlar el mar Egeo que separaba a griegos y persas, y saquear a sus enemigos para resarcirse de las pérdidas sufridas. Otra intención no declarada, sin embargo, era el ansia expansionista de los atenienses, que pretendían controlar las rutas marítimas del Egeo y de entrada al mar Negro de manera casi exclusiva. Según las bases de esta liga, las ciudades aliadas de Atenas debían contribuir con barcos y soldados a las expediciones que se organizasen, y con dinero a una caja común que tendría su sede en el santuario de Apolo en la isla de Delos, de ahí que la alianza fuese conocida como Liga de Delos.

Los primeros años de la Liga de Delos fueron exitosos. En 466 a. C., el ateniense Cimón derrotó a los persas en la batalla del río Euremidonte. Allí, la flota enemiga fue destruida y, de este modo, quedó conjurada la amenaza de una posible invasión por mar. Pero la liga había ido perdiendo su espíritu inicial incluso antes de este momento. El primer síntoma fue la decisión de la isla de Naxos de retirarse de ella en 470 a. C. Parecería que un estado es libre de abandonar un pacto cuando desee, pero fueron los atenienses, no la liga en su conjunto, quienes obligaron por la fuerza a los naxios a permanecer en la alianza, imponiéndoles un abusivo tributo anual. A partir de entonces, cualquiera que intentó abandonarla corrió la misma o peor suerte, llegándose incluso a la invasión y destrucción de un territorio teóricamente aliado. La liga dejó de ser una reunión de iguales para convertirse en un conjunto de estados sometidos a la voluntad de Atenas de buen grado, o por las malas.

El último clavo en el ataúd de la liga lo clavó la propia Atenas cuando, en 454 a. C., trasladó el tesoro común desde Delos a la propia Atenas con la excusa de que de ese modo estaría más seguro ante posibles amenazas persas. Atenas se había convertido en una potencia imperial. De hecho, gran parte de ese dinero no se empleó en la defensa de los intereses comunes, sino en el gigantesco programa constructivo de la Acrópolis, concebido a mayor gloria de Atenas.

Aproximadamente por la misma época, la polis había comenzado a tener choques diplomáticos cada vez más frecuentes con la otra gran vencedora de las guerras médicas: Esparta. Ambas ciudades parecían haber nacido para ser rivales la una de la otra. Atenas en el Ática; Esparta en el Peloponeso. Atenas era una democracia; Esparta una monarquía (en realidad, diarquía, pues tenía dos reyes). Atenas era de origen jónico; Esparta de origen dorio. En Atenas brillaban las artes y la elocuencia; Esparta era un estado militarista y escatimaban las palabras como si tuvieran que pagar por hablar, hasta el punto de que el adjetivo lacónico, por la región en la que se encontraba, acabó significando ‘breve, conciso’. Atenas tenía una proyección internacional; Esparta vivía encerrada en sí misma. Atenas lideraba la Liga de Delos; Esparta aglutinaba a sus aliados en torno a la Liga del Peloponeso.

En realidad, todo este esquema recuerda al que veinticinco siglos más tarde escenificarían los Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, dos antagonistas en todo lo posible que lideraban sendos bloques de alianzas que, en realidad, bailaban al son que tocaban sus respectivos jefes.

Las ofensas mutuas entre atenienses y espartanos, las heridas mal cerradas y los intentos más o menos velados de dañar a la parte contraria fueron sucediéndose desde la década del 460, y desembocaron por primera vez en un choque armado en la batalla de Tanagra, en 457 a. C., con la excusa de ayudar a terceras ciudades aliadas o enemigas de los actores principales. Durante los años siguientes se sucedieron las escaramuzas y las firmas de treguas, pero estaba claro que aquello solo podía terminar en una guerra de aniquilación. Poco importa el casus belli. El enfrentamiento abierto estalló en 431 a. C. Comenzaba la guerra del Peloponeso.

Los movimientos iniciales de la contienda fueron de tanteo. Los atenienses eran superiores en el mar y los espartanos en el choque en campo abierto, así que ambos evitaron exponerse a caer en el terreno del rival. Los espartanos llevaron sus tropas más allá del istmo de Corinto y devastaron el terreno de los aliados de los atenienses con la esperanza de atraer a estos a una batalla campal. Atenas, por su parte, lo basó todo en romper los bloqueos por tierra gracias a su superioridad en el mar y en evitar un enfrentamiento a gran escala en tierra, donde se sentían inferiores a la infantería espartana.

Cuando llegó el invierno, se dieron por finalizadas las operaciones militares, y cada uno regresó a su hogar a preparar el siguiente asalto.

Quién es quién

Pericles, nacido en 495 a. C. en el seno de una familia aristocrática ateniense, tuvo en su juventud una formación muy completa al abrigo de algunos de los filósofos de moda. Se inició en la política dentro del partido democrático, que lideró desde 461 a. C. Hizo aprobar en asamblea varias reformas democráticas con la oposición de las oligarquías locales.

En 454 a. C. fue nombrado strategós, o jefe militar, y se dedicó a subrayar la supremacía ateniense dentro de la Liga de Delos. Fomentó la construcción de naves de guerra y la creación de colonias atenienses en el Egeo.

Desde 443 a. C., como máxima autoridad política de Atenas, fue responsable directo del empeoramiento de relaciones con Esparta que desembocó en la guerra del Peloponeso y que, después de su muerte, acabaría con la derrota ateniense y el fin de la hegemonía de la polis.

Murió en 429 a. C., víctima de una peste que asoló la región del Ática.

Su gobierno fue una época de mecenazgo y florecimiento de las ciencias y las artes en Atenas. Se rodeó de dramaturgos como Eurípides y Sófocles, historiadores como Heródoto de Halicarnaso y Tucídides, el filósofo Sócrates o los escultores Fidias y Policleto.

Su mayor legado lo constituye el complejo arquitectónico de la Acrópolis, llevado a cabo bajo la dirección de Fidias. Destaca en el conjunto el Partenón (construido entre 447 y 438 a. C.), dedicado a Atenea, la diosa patrona de Atenas. Los frontones, relieves y metopas del Partenón responden a un programa iconográfico concebido para ensalzar las virtudes míticas, morales y políticas que, en opinión de los atenienses, hacían de su ciudad el centro del mundo.

El historiador Tucídides pone en su boca este discurso en su obra Historia de la Guerra del Peloponeso II, 34-46.

Tucídides, historiador griego (460-395 a. C.) de origen aristocrático, ejerció diversos cargos en Atenas antes de entregarse a la labor historiográfica. Su Historia de la Guerra del Peloponeso es, probablemente, la primera obra histórica nacional en la que no intervienen los dioses y se intentan explicar de manera ordenada las causas, los acontecimientos y las consecuencias de un hito histórico. Aunque contemporáneo de los hechos narrados en su obra, es evidente que Tucídides no pudo estar en todos los lugares donde se desarrollaba la acción. Así, y refiriéndose a los discursos recogidos en su libro, él mismo reconoce que se trataría de reconstrucciones aproximadas que intentarían preservar el sentido general:

En cuanto a los discursos pronunciados ante la inminencia de la guerra o durante esta, ante la dificultad de rememorar sus propios términos, tanto los oídos por mí como los de ajena información, he formulado la elocución que me pareció más apropiada a las circunstancias, ciñéndome estrictamente al pensamiento general de lo realmente pronunciado.

(Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 22)

Tucídides escribió este discurso años después de que fuera pronunciado y una vez que Atenas ya había sido derrotada. Por todo ello, ya en la Antigüedad, Plutarco, en su Vida de Pericles, dudaba de la autoría del discurso y señalaba al historiador. Del mismo modo, también hay en la actualidad investigadores que creen que la alocución no fue compuesta por Pericles, sino por el propio Tucídides, y que, más que el discurso fúnebre de Pericles a los muertos durante el primer año de la guerra, se trata del discurso fúnebre de Tucídides a la Atenas vencida que, a pesar de la derrota, comenzaba a presentarse ya como un paradigma universal de cultura cívica. El elogio fúnebre a los caídos en combate sería, en realidad, nada más que un pretexto para enaltecer a Atenas y resaltar la vigencia eterna de su patrimonio.

Aspasia, originaria de la ciudad de Mileto (¿470-400? a. C.), fue una hetaira que se convirtió en amante permanente de Pericles tras conocerse en el burdel que ella regentaba en Atenas. Poseía una educación exquisita, frecuentaba a los más importantes intelectuales de la ciudad y ella misma era una experta en diversas disciplinas como la retórica y la logografía —se denominaba «logógrafos» a los historiadores y cronistas anteriores a Heródoto, el considerado Padre de la Historia—. Por su posición junto al hombre fuerte de Atenas, y por su propia valía personal, Aspasia fue la única mujer de la Grecia clásica que desempeñó un papel de importancia y propio en la esfera pública. Más aún, precisamente por sus conocimientos de retórica y redacción de textos, algunos investigadores creen que su mano podría encontrarse detrás de la redacción del discurso funerario de Pericles.

Dónde y cuándo

Pericles pronunció su discurso funerario al final del primer año de la guerra del Peloponeso, en el invierno de 431-430 a. C., cuando, tras la suspensión de las hostilidades, los atenienses celebraron los funerales de los caídos en ese año inicial de la contienda. Era costumbre enterrar a los muertos en el campo de batalla, como atestigua, por ejemplo, el túmulo de los atenienses en la bahía de Maratón, pero en esta ocasión se optó por celebrar la ceremonia en la propia Atenas, probablemente en el ágora. Durante tres días se expusieron los huesos de los difuntos, cuyos cuerpos habían sido incinerados previamente. Tras recibir las ofrendas de flores y perfumes de sus familiares, los restos fueron agrupados en féretros de ciprés, de acuerdo a las tradiciones de la tribu a la que pertenecieran, y colocados sobre carretas. Además de los féretros, había también un lecho vacío para recordar a los muertos cuyos cuerpos no se habían podido recuperar. El cortejo fúnebre se dirigió al vecino cementerio del Cerámico, extramuros, junto al camino que llevaba a la Academia. Tras enterrar a todos los muertos en un único túmulo coronado por una estela, era costumbre pronunciar un discurso laudatorio de los fallecidos. En aquella ocasión, considerada especialmente señalada, pues era el primer año de guerra, la asamblea ateniense (boulé) eligió como orador a Pericles, hijo de Jantipo y gobernante de facto de la ciudad. Pericles, tras subirse a un estrado desde donde todo el pueblo pudiera verlo, se dirigió a los atenienses.

El discurso
Idioma original: griego

Muchos de aquellos que antes de ahora han hecho oraciones en este mismo lugar y asiento, alabaron en gran manera esta costumbre antigua de elogiar delante del pueblo a aquellos que murieron en la guerra, mas a mi parecer, las solemnes exequias que públicamente hacemos hoy, son la mejor alabanza de aquellos, que por sus hechos las han merecido. Y también me parece que no se debe dejar al albedrío de un hombre solo que pondere las virtudes y loores de tantos buenos guerreros, ni menos dar crédito a lo que dijere, sea o no buen orador, porque es muy difícil moderarse en los elogios, hablando de cosas de que apenas se puede tener firme y entera opinión de la verdad. Porque si el que oye tiene buen conocimiento del hecho y quiere bien a aquel de quien se habla, siempre cree que se dice menos en su alabanza de lo que deberían y él querría que dijesen; y por el contrario, al que no tiene noticia de ello, le parece, por envidia, que todo lo que se dice de otro es superior a lo que alcanzan sus fuerzas y poder. Entiende cada oyente que no deben elogiar a otro por haber hecho más que él mismo hiciera, estimándose por igual, y si lo hacen tiene envidia y no cree nada. Empero, porque de mucho tiempo acá, está admitida y aprobada esta costumbre, y se debe así hacer, me conviene, por obedecer a las leyes, ajustar cuanto pueda mis razones a la voluntad y parecer de cada uno de vosotros, comenzando por elogiar a nuestros mayores y antepasados. Porque es justo y conveniente dar honra a la memoria de aquellos que primeramente habitaron esta región y sucesivamente de mano en mano por su virtud y esfuerzo nos la dejaron y entregaron libre hasta el día de hoy. Y si aquellos antepasados son dignos de loa, mucho más lo serán nuestros padres que vinieron después de ellos; porque además de lo que sus ancianos les dejaron, por su trabajo adquirieron y aumentaron el mando y señorío que nosotros al presente tenemos. Y aún también, después de aquellos, nosotros los que al presente vivimos y somos de madura edad, le hemos ensanchado y aumentado, y provisto y abastecido nuestra ciudad de todas las cosas necesarias, así para la paz como para la guerra. Nada diré de las proezas y valentías que nosotros y nuestros antepasados hicimos, defendiéndonos así contra los bárbaros como contra los griegos que nos provocaron guerra, por las cuales adquirimos todas nuestras tierras y señorío, porque no quiero ser prolijo en cosas que todos vosotros sabéis; pero después de explicar con qué prudencia, industria, artes y modos nuestro Imperio y señorío fue establecido y aumentado, vendré a las alabanzas de aquellos de quien aquí debemos hablar. Porque me parece que no es fuera de propósito al presente traer a la memoria estas cosas, y que será provechoso oírlas, a todos aquellos que aquí están, ora sean naturales, ora forasteros; pues tenemos una república que no sigue las leyes de las otras ciudades vecinas y comarcanas, sino que da leyes y ejemplo a los otros, y nuestro gobierno se llama Democracia, porque la administración de la república no pertenece ni está en pocos sino en muchos. Por lo cual cada uno de nosotros, de cualquier estado o condición que sea, si tiene algún conocimiento de virtud, tan obligado está a procurar el bien y honra de la ciudad como los otros, y no será nombrado para ningún cargo ni honrado, ni acatado por su linaje o solar, sino tan solo por su virtud y bondad. Que por pobre o de bajo suelo que sea, con tal que pueda hacer bien y provecho a la república, no será excluido de los cargos y dignidades públicas.

Nosotros, pues, en lo que toca a nuestra república gobernamos libremente; y asimismo en los tratos y negocios que tenemos diariamente con nuestros vecinos y comarcanos, sin causarnos ira o saña que alguno se alegre de la fuerza o demasía que nos haya hecho, pues cuando ellos se gozan y alegran nosotros guardamos una severidad honesta y disimulamos nuestro pesar y tristeza. Comunicamos sin pesadumbre unos a otros nuestros bienes particulares, y en lo que toca a la república y al bien común no infringimos cosa alguna, no tanto por temor al juez, cuanto por obedecer las leyes, sobre todo las hechas en favor de los que son injuriados, y aunque no lo sean, causan afrenta al que las infringe. Para mitigar los trabajos tenemos muchos recreos, los juegos y contiendas públicas, que llaman sacras, los sacrificios y aniversarios que se hacen con aparatos honestos y placenteros, para que con el deleite se quite o disminuya el pesar y tristeza de las gentes. Por la grandeza y nobleza de nuestra ciudad, traen a ella de todas las otras tierras y regiones mercaderías y cosas de todas clases; de manera que no nos servimos y aprovechamos menos de los bienes que nacen en otras tierras, que de los que nacen en la nuestra.

En los ejercicios de guerra somos muy diferentes de nuestros enemigos, porque nosotros permitimos que nuestra ciudad sea común a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a persona natural o extranjera ver ni aprender lo que bien les pareciere, no escondiendo nuestras cosas aunque pueda aprovechar a los enemigos verlas y aprenderlas; pues confiamos tanto en los aparatos de guerra y en los ardides y cautelas, cuanto en nuestros ánimos y esfuerzo, los cuales podemos siempre mostrar muy conformes a la obra. Y aunque otros muchos en su mocedad se ejercitan para cobrar fuerzas, hasta que llegan a ser hombres, no por eso somos menos osados o determinados que ellos para afrontar los peligros, cuando la necesidad lo exige. De esto es buena prueba que los lacedemonios jamás se atrevieron a entrar en nuestra tierra en son de guerra sin venir acompañados de todos sus aliados y confederados; mientras nosotros, sin ayuda ajena, hemos entrado en la tierra de nuestros vecinos y comarcanos, y muchas veces sin gran dificultad hemos vencido a aquellos que se defendían peleando muy bien en sus casas. Ninguno de nuestros enemigos ha osado acometernos cuando todos estábamos juntos, así por nuestra experiencia y ejercicio en las cosas de mar, como por la mucha gente de guerra que tenemos en diversas partes. Si acaso nuestros enemigos vencen alguna vez una compañía de las nuestras, se alaban de habernos vencido a todos, y si, por el contrario, los vence alguna gente de los nuestros, dicen que fueron acometidos por todo el ejército.

Y en efecto, más queremos el reposo y sosiego cuando no somos obligados por necesidad que los trabajos continuos, y deseamos ejercitarnos antes en buenas costumbres y loable policía, que vivir siempre con el temor de las leyes; de manera que no nos exponemos a peligro pudiendo vivir quietos y seguros, prefiriendo el vigor y fuerza de las leyes al esfuerzo y ardor de ánimo. Ni nos preocupan las miserias y trabajos antes que vengan. Cuando llegan, las sufrimos con tan buen ánimo y corazón, como los que siempre están acostumbrados a ellas.

Por estas cosas y otras muchas, podemos tener en grande estima y admiración esta nuestra ciudad, donde, viviendo en medio de la riqueza y suntuosidad, usamos de templanza y hacemos una vida morigerada y filosófica, es, a saber, que sufrimos y toleramos la pobreza sin mostrarnos tristes ni abatidos, y usamos de las riquezas más para las necesidades y oportunidades que se pueden ofrecer que para la pompa, ostentación y vanagloria. Ninguno tiene vergüenza de confesar su pobreza, pero tiénela muy grande de evitarla con malas obras. Todos cuidan de igual modo de las cosas de la república que tocan al bien común, como de las suyas propias; y ocupados en sus negocios particulares, procuran estar enterados de los del común. Solo nosotros juzgamos al que no se cuida de la república, no solamente por ciudadano ocioso y negligente, sino también por hombre inútil y sin provecho. Cuando imaginamos algo bueno, tenemos por cierto que consultarlo y razonar sobre ello no impide realizarlo bien, sino que conviene discutir cómo se debe hacer la obra antes de ponerla en ejecución. Por esto, en las cosas que emprendemos usamos juntamente de la osadía y de la razón, más que ningún otro pueblo, pues los otros algunas veces, por ignorantes, son más osados que la razón requiere, y otras, por quererse fundar mucho en razones, son tardíos en la ejecución.

Serán tenidos por magnánimos todos los que comprendan pronto las cosas que pueden acarrear tristeza o alegría, y juzgándolas atinadamente no rehúyan los peligros cuando les ocurran.

En las obras de virtud somos muy diferentes de los otros, porque procuramos ganar amigos haciéndoles beneficios y buenas obras antes que recibiéndolas de ellos; pues, el que hace bien a otro está en mejor condición que el que lo recibe para conservar su amistad y benevolencia, mientras el favorecido sabe muy bien que con hacer otro tanto paga lo que debe. También nosotros solos usamos de magnificencia y liberalidad con nuestros amigos, con razón y discreción, es decir, por aprovechar sus servicios y no por vana ostentación y vanagloria de cobrar fama de liberales.

En suma, nuestra ciudad es totalmente una escuela de doctrina, una regla para toda la Grecia y un cuerpo bastante y suficiente para administrar y dirigir bien a muchas gentes en cualquier género de cosas. Que todo esto se demuestra por la verdad de las obras antes que con atildadas frases, bien se ve y conoce por la grandeza de esta ciudad; que por tales medios la hemos puesto y establecido en el estado que ahora veis; teniendo ella sola más fama en el mundo que todas las demás juntas. Solo ella no da motivo de queja a los enemigos aunque reciba de ellos daño; ni permite que se quejen los súbditos como si no fuese merecedora de mandarlos. Y no se diga que nuestro poder no se conoce por señales e indicios, porque hay tantos, que los que ahora viven y los que vendrán después nos tendrán en grande admiración.

No necesitamos al poeta Homero ni a otro alguno, para encarecer nuestros hechos con elogios poéticos, pues la verdad pura de las cosas disipa la duda y falsa opinión, y sabido es que, por nuestro esfuerzo y osadía, hemos hecho que toda la mar se pueda navegar y recorrer toda la tierra, dejando en todas partes memoria de los bienes o de los males que hicimos.

Por tal ciudad, los difuntos cuyas exequias hoy celebramos han muerto peleando esforzadamente, que les parecía dura cosa verse privados de ella, y por eso mismo debemos trabajar los que quedamos vivos. Esta ha sido la causa por que he sido algo prolijo al hablar de esta ciudad, para mostraros que no peleamos por cosa igual con los otros, sino por cosa tan grande que ninguna le es semejante, y también porque los loores de aquellos de quienes hablamos fuesen más claros y manifiestos. La grandeza de nuestra ciudad se debe a la virtud y esfuerzos de los que por ella han muerto, y en pocos pueblos de Grecia hay justo motivo de igual vanagloria. A mi parecer, el primero y principal juez de la virtud del hombre es la vida buena y virtuosa, y el postrero que la confirma es la muerte honrosa, como ha sido la de estos. Justo es que aquellos que no pueden hacer otro servicio a la república se muestren animosos en los hechos de guerra para su defensa; porque haciendo esto, merezcan el bien de la república en común que no merecieron antes en particular por estar ocupados cada cual en sus negocios propios; recompensen esta falta con aquel servicio, y lo malo con lo bueno. Así lo hicieron estos, de los cuales ninguno se mostró cobarde por gozar de sus riquezas, queriendo más el bien de su patria que el gozo de poseerlas; ni menos dejaron de exponerse a todo riesgo por su pobreza, esperando venir a ser ricos, antes quisieron más el castigo y venganza de sus enemigos que su propia salud; y escogiendo este peligro por muy bueno, han muerto con esperanza de alcanzar la gloria y honra que nunca vieron, juzgando por lo que habían visto en otros, que debían aventurar sus vidas y que valía más la muerte honrosa que la vida deshonrada. Por evitar la infamia lo padecieron, y en breve espacio de tiempo quisieron antes con honra atreverse a la fortuna que dejarse dominar por el miedo y temor. Haciendo esto, se mostraron para su patria cual les convenía que fuesen. Los que quedan vivos deben estimar la vida, pero no por eso ser menos animosos contra sus enemigos, considerando que la utilidad y provecho no consiste solo en lo que os he dicho, sino también, como lo saben muchos de vosotros y podrán decirlo, en rechazar y expulsar a los enemigos. Cuanto más grande os pareciere vuestra patria, más debéis pensar en que hubo hombres magnánimos y osados que, conociendo y entendiendo lo bueno y teniendo vergüenza de lo malo, por su esfuerzo y virtud la ganaron y adquirieron. Y cuantas veces las cosas no sucedían según deseaban, no por eso quisieron defraudar la ciudad de su virtud, antes le ofrecieron el mejor premio y tributo que podían pagar, cual fue sus cuerpos en común, y cobraron en particular por ellos gloria y honra eterna, que siempre será nueva y muy honrosa esta sepultura, no tan solo para sus cuerpos, sino también para ser en ella celebrada y ensalzada su virtud y que siempre se pueda hablar de sus hechos o imitarlos.

Toda la tierra es sepultura de los hombres famosos y señalados, cuya memoria no solamente se conserva por los epitafios y letreros de sus sepulcros, sino por la fama que sale y se divulga en gentes y naciones extrañas que consideran y revuelven en su entendimiento mucho más la grandeza y magnanimidad de su corazón, que el caso y fortuna que les deparó su suerte. Estos varones os ponemos delante de los ojos, dignos ciertamente de ser imitados por vosotros, para que conociendo que la libertad es felicidad y la felicidad libertad, no rehuyáis los trabajos y peligros de la guerra; y para que no penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de bien ninguno son más cuerdos en guardar su vida que aquellos que por ser de mejor condición la aventuran y ponen a todo riesgo. Porque a un hombre sabio y prudente más le pesa y más vergüenza tiene de la cobardía que de la muerte, la cual no siente por su proeza y valentía y por la esperanza de la gloria y honra pública.

Por tanto, los que aquí estáis presentes, padres de estos difuntos, consolaos de su muerte y no llorarla, porque sabiendo las desventuras y peligros a que están sujetos los niños mientras se crían, tendréis por bien afortunados aquellos que alcanzaron muerte honrosa como ahora estos, y vuestro lloro y lágrimas por dichosas. Sé muy bien cuán difícil es persuadiros de que no sintáis tristeza y pesar todas las veces que os acordéis de ellos, viendo en prosperidad a aquellos con quienes algunas veces os habréis alegrado en semejante caso, y cuando penséis que fueron privados no solo de la esperanza de bienes futuros sino también de los que gozaron largo tiempo. Empero, conviene sufrirlo pacientemente y consolaros con la esperanza de engendrar otros hijos, los que estáis en edad para ello, porque a muchos los hijos que tengan en adelante les harán olvidar el duelo por los que ahora han muerto y servirán a la república de dos maneras: una no dejándola desconsolada, y la otra inspirándole seguridad, pues los que ponen sus hijos a peligros por el bien de la república, como lo han hecho los que perdieron los suyos en esta guerra, inspiran más confianza que los que no lo hacen.

Aquellos de vosotros que pasáis de edad para engendrar hijos, tendréis de ventaja a los otros que habéis vivido la mayor parte de la vida en prosperidad y que lo restante de ella, que no puede ser mucho, lo pasaréis con más alivio acordándoos de la gloria y honra que estos alcanzaron, pues solo la codicia de la honra nunca envejece y algunos dicen que no hay cosa que tanto deseen los hombres en su vejez como ser honrados.

Y vosotros, los hijos y hermanos de estos muertos, pensad en lo que os obliga su valor y heroísmo, porque no hay hombre que no alabe de palabra la virtud y esfuerzo de los que murieron, de suerte que vosotros los que quedáis, por grande que sea vuestro valor, os tendrán cuando más por iguales a ellos y casi siempre os juzgarán inferiores, porque entre los vivos hay siempre envidia, pero todos elogian la virtud y el esfuerzo del que muere. También me conviene hacer mención de la virtud de las mujeres que al presente quedan viudas, y concluiré en este caso con una breve amonestación, y es que debéis tener por gran gloria no ser más flacas, ni para menos de lo que requiere vuestro natural y condición mujeril, pues no es pequeña vuestra honra delante de los hombres, cuando nada tienen que vituperar en vosotras.

He relatado en esta oración, que me fue mandada decir, según ley y costumbre, todo lo que me pareció ser útil y provechoso; y lo que corresponde a estos que aquí yacen, más honrados por sus obras que por mis palabras, cuyos hijos si son menores, criará la ciudad hasta que lleguen a la juventud. La patria concede coronas para los muertos y para todos los que sirvieren bien a la república como galardón de sus trabajos, porque doquier que hay premios grandes para la virtud y esfuerzo, allí se hallan los hombres buenos y esforzados. Ahora, pues, que todos habéis llorado como convenía a vuestros parientes, hijos y deudos, volved a vuestras casas.

TUCÍDIDES, Historia de la Guerra del Peloponeso II, 34-46

Traducción de DIEGO GRACIÁN

Contenido del discurso

Para comprender mejor el contenido del discurso, lo dividiremos en 5 partes: Excurso introductorio; Recuerdo de los antepasados; Virtudes básicas de Atenas; Comportamiento heroico de los caídos y Llamada al consuelo.

Excurso introductorio

Pericles comienza su alocución hablando de la costumbre instaurada en Atenas de pronunciar un discurso fúnebre dedicado a los caídos en la guerra. En su opinión, lo más relevante son las ceremonias públicas, mientras que las palabras deberían ser mucho menos importantes, pues la brillantez de las mismas dependerá de la habilidad del orador. En realidad, mediante esta exposición de (falsa) modestia, Pericles se cura en salud ante su auditorio y se protege frente a posibles críticas.

Recuerdo de los antepasados

Honrar a quienes los han precedido es, en opinión de Pericles, un ingrediente básico de la conciencia patriótica. Los antepasados iniciaron un camino y la generación presente lo continúa y aumenta. ¿Y adónde llevaba ese camino? A la obtención de un imperio que, desde el punto de vista del político, se encuentra en su momento de mayor plenitud.

Es curioso que Pericles todavía no haya mencionado a los caídos por cuya causa están allí reunidos. Parece que está demorando ese momento para subrayar que su importancia es menor que los propósitos comunes que han defendido. El individuo subordinado al bien común, a un ideal que es superior a él.

Virtudes básicas de Atenas

Entramos ahora en la parte central del discurso, en donde se describe el espíritu ateniense. Para Pericles, el régimen democrático de Atenas, que fue tomado como modelo de gobierno por otras ciudades griegas, tenía como principal virtud que no se buscaba el beneficio de unos pocos, sino del conjunto, y esto se lograba mediante la participación directa de la población, aunque en realidad era un privilegio exclusivo de los varones libres. Esta igualdad de todos los ciudadanos atenienses es política, pero no económica; ahora bien, también los más pobres pueden prestar un servicio a la ciudad. Tal vez la expresión «con tal que pueda hacer bien y provecho a la república» pone como condición que aquellos que poseen menos recursos materiales participen también en el servicio militar.

A continuación, Pericles pinta un cuadro idealizado de la sociedad ateniense: se vive en libertad, no hay envidia por la fortuna ajena y todo el mundo respeta las leyes, haciendo hincapié en la defensa del más débil. Y lo que es más sorprendente, dado el tono fúnebre del discurso: expone los numerosos pasatiempos de los que disfrutan los atenienses y las magníficas instalaciones de recreo. Por último subraya la capacidad comercial de la polis, fruto en gran medida de la actividad de la flota. La exposición conjunta de estos rasgos implica un mensaje claro por parte de Pericles: ninguna otra ciudad goza de todas estas ventajas; quizás algunas, pero no todas.

El precio a pagar por vivir en este País de las Maravillas es el servicio militar en caso de conflicto. Sin mencionarlos expresamente en un primer instante, alude a los enemigos espartanos al decir que en Atenas

permitimos que nuestra ciudad sea común a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a persona natural o extranjera ver ni aprender lo que bien les pareciere, no escondiendo nuestras cosas aunque pueda aprovechar a los enemigos verlas y aprenderlas…

Se está refiriendo a los ilotas y otra población dependiente de Esparta pero desprovista de derechos. Esparta es el estado militarista que los esclaviza, expulsa a los extranjeros y utiliza a los aliados en los combates. Y es más: no se atreven a atacar si saben que los atenienses están listos para defenderse, una insinuación poco sutil sobre su perfidia y presunta cobardía. Atenas, por el contrario, es un estado cosmopolita que basa sus éxitos en las virtudes de sus ciudadanos libres y sus alianzas.

Ya metido en la cuestión, Pericles alaba las virtudes atenienses como opuestas a las espartanas: moderación pese a la riqueza de la ciudad, modestia y templanza. Amor por la belleza y la sencillez, deseo de conocimiento y progreso. Generosidad y benevolencia. ¿Quién no firmaría poseer estas virtudes?

En resumen, para Pericles, Atenas es «una escuela de doctrina, una regla para toda la Grecia y un cuerpo bastante y suficiente para administrar y dirigir bien a muchas gentes en cualquier género de cosas». Y esto ha sucedido gracias a las virtudes de sus habitantes. En otras palabras: la materia prima era la mejor, y de ahí ha surgido la mejor ciudad-imperio. En la victoria y en la derrota, que las ha habido, y los presentes las recuerdan, los atenienses son los mejores.

Comportamiento heroico de los caídos

Pericles pasa por fin a hablar de los caídos, que son el motivo por el cual se ha reunido allí el pueblo de Atenas. Enlazando con el tema anterior, asegura que poseían las virtudes propias de los atenienses que han engrandecido la ciudad, y alude a la muerte como igualatoria entre ricos y pobres: todos eran atenienses. Y eran, además, valientes, pues pudieron huir y no lo hicieron. Se describe la muerte en combate como la gloria suprema a la que se puede aspirar, algo tan honroso y casi deseable que, para nuestra mentalidad moderna, puede parecer un tanto deshumanizado. No hay insinuación del dolor por no poder seguir viviendo. Era necesario entregar la vida por el bien común.

Pericles pasa entonces a arengar directamente a los que aún viven. Que tomen a los caídos como modelo a seguir, y que

conociendo que la libertad es felicidad y la felicidad libertad, no rehuyáis los trabajos y peligros de la guerra; y para que no penséis que los ruines y cobardes que no tienen esperanza de bien ninguno son más cuerdos en guardar su vida que aquellos que por ser de mejor condición la aventuran y ponen a todo riesgo. Porque a un hombre sabio y prudente más le pesa y más vergüenza tiene de la cobardía que de la muerte, la cual no siente por su proeza y valentía y por la esperanza de la gloria y honra pública.

En realidad, el mensaje es pesimista: está preparando a su audiencia para los funerales de los años próximos. El destino de muchos los presentes será el mismo que el de los caídos honrados en ese día.

Llamada al consuelo

Para terminar, Pericles se dirige a los familiares de los muertos, y los consuela afirmando que sus seres queridos han alcanzado la mejor muerte posible, preferible a llegar a una vejez improductiva. Apela a la resignación e invita a los presentes a que llenen con nuevos hijos los huecos dejados por los caídos. Recurso muy sentimental pero que oculta la frialdad del hombre de Estado que piensa en la necesidad de sostenimiento demográfico de la ciudad. Dedica unas últimas palabras a las mujeres, a las que anima a permanecer virtuosas y productivas, y recuerda, por último, que los huérfanos de los caídos serán educados a cargo del Estado.

El discurso finaliza con una fórmula casi estandarizada. Una vez realizada la lamentación por los muertos, todos deben volver a sus vidas.

Herramientas retóricas

Unos años después de ser pronunciado este discurso, Aristóteles (384-322 a. C.) escribió una obra, Retórica, en la que exponía las cualidades que deben trabajarse en el arte de la persuasión. En ella afirmaba que la clave de la persuasión se encontraba en el empleo acertado de cuatro elementos: ethos, pathos, logos y kairos.

Veamos en qué consiste cada uno de ellos y cómo aparecen reflejados en el discurso funerario de Pericles.

Ethos

Se trata del carácter o la autoridad del orador, cómo lo percibe el público y si este considera que puede confiar en sus palabras. Dicho de otro modo. ¿Por qué debería prestar atención a lo que dice? Porque posee prestigio, sea afectivo, moral o social. El ethos se refiere al emisor del discurso, a su credibilidad ante su audiencia.

Pericles era, sin duda, uno de los personajes más prestigiosos del momento en Atenas. Puede que hubiera otros atenienses que gozaran del aprecio de sus conciudadanos, pero ninguno poseía, en ese instante, el conjunto de atributos de prestigio que él atesoraba. Se trataba del gobernante de la ciudad en la cumbre del poder ateniense, por lo que resulta tentador —y fácil— identificar el éxito de la polis con el del personaje. Pericles era Atenas, y se disponía a hablar de las virtudes atenienses, así que la credibilidad y el prestigio eran máximos.

Pathos

La palabra, en griego, alude a todo lo relacionado con sentir, sea para disfrutar, lamentar o padecer. Se refiere, por lo tanto, a cuanto tiene que ver con las emociones y busca conmover, lograr la empatía y la simpatía del auditorio. Estamos fundamentalmente en el terreno del receptor del mensaje.

En el caso de un discurso funerario, apelar al pathos resulta relativamente sencillo. En su relato, Tucídides describe el escenario: la ciudad de Atenas, con su centro cívico del ágora y, más allá, el cementerio del Cerámico: vida y muerte, comunidad e individuo. Las carretas sobre las que se han depositado los restos de los caídos presiden la escena, y hemos de imaginar a la población de Atenas acompañando a sus muertos. Hay mujeres, madres, esposas, hermanas, un colectivo que, por lo general, estaba relegado al secretismo de los gineceos. Hay quizás, lamentos de las plañideras. Emoción a flor de piel.

Tucídides no dice nada de la actitud de Pericles, más allá de señalar que se subió a un estrado para que todos pudieran verlo. Pero es muy probable que acompañara sus palabras con un lenguaje gestual y una expresión que transmitiera a sus conciudadanos los sentimientos que él mismo estaría experimentando. Puede que su «puesta en escena» no se pareciese a la de un orador moderno, pero no hemos de olvidar que estamos en el siglo del nacimiento de la tragedia griega, representada a unos centenares de metros de allí en el teatro de Dionisos, al pie de la Acrópolis. Los atenienses conocían y reconocían los recursos emocionales de un orador.

En el contenido de su alocución también hay numerosos instrumentos que apelan al pathos: vocablos como «libertad», «gloria», «muerte», «vida», «agradecimiento», «dolor», «alivio» o «valor» se dirigen directamente a los sentimientos, pero, más allá de palabras concretas, el resumen del discurso podría ser que más vale morir como un héroe que vivir como un cobarde. Es una idea que está aludiendo al honor, al orgullo, patrimonio del pathos.

Logos

El logos es el reverso de la moneda, se sitúa frente al pathos. Aquí no hay emoción, sino razón y lógica y, por lo tanto, los argumentos deben ser expuestos con objetividad, realismo y basados en evidencias sólidas. Lo que dice Pericles es objetivamente cierto para su audiencia, aunque es obvio que se trata de un público dispuesto a escuchar las glorias de Atenas. Pero cuando compara las virtudes atenienses con los «defectos» espartanos, no falta a la verdad. Quizás para los espartanos no sean defectos, pero lo que afirma Pericles sobre ellos es cierto. Igual ocurre con la descripción de la ciudad. No pensar en la libertad de los pueblos sometidos por Atenas no resta verdad al hecho de que los atenienses son grandes defensores de su propia libertad e independencia.

Pericles mezcla hábilmente el vocabulario emocional propio del pathos con otro mucho más sólido, que transmite poder, templanza y capacidad, que habla a la razón —«conocimiento», «leyes», «gobierno», «democracia», «administración», «ciudad», «razón»— y en el que no faltan las alusiones al comercio y al poder marítimo de Atenas. Hechos.

Kairos

El cuarto elemento, y gran olvidado de los métodos de persuasión es kairos, una palabra griega que se refiere a la parte cualitativa del tiempo (cronos es la parte cuantitativa). Kairos representa la idea del momento oportuno del propio discurso y de las diferentes partes del mismo.

En el caso del discurso funerario, resulta absolutamente oportuno, pues es el momento en el que, tras el cese de hostilidades por la llegada del invierno, los contendientes pueden enterrar en paz a sus muertos. Los temas tratados por Pericles (virtudes patrias, superioridad moral frente a los enemigos, sacrificio por la comunidad, etcétera) son tan apropiados que esta alocución puede ser considerada un modelo que ha sido seguido en infinidad de ocasiones a lo largo de la Historia.

En resumen, el discurso funerario de Pericles encuentra un equilibro perfecto entre los cuatro valores indicados por Aristóteles. Si fue pronunciado tal y como lo ha transmitido Tucídides, debió de producir un fuerte impacto en su tiempo.

El discurso en imágenes

A diferencia de la mayoría de los grandes discursos de la historia, en los que la palabra antecede a la imagen como reflejo de una idea, el discurso de Pericles es la puesta en palabra de una serie de ideas que ya habían sido representadas en imágenes y que el pueblo de Atenas conocía a la perfección.

Buena parte del dinero procedente del tesoro de la Liga de Delos y que acabó en Atenas se empleó en el programa constructivo concebido por Pericles para convertir Atenas en el centro del mundo civilizado. La colina de la Acrópolis, que había sido arrasada por los persas en 480 a. C., fue renovada por completo. Primero se erigió una gigantesca estatua de Atenea Promacos, una imagen en bronce de quince metros de altura esculpida por Fidias que mostraba a la diosa patrona de la ciudad con su panoplia en actitud de liderar a las tropas. La Atenea Promacos no tenía como función ser un faro marítimo, pero su brillo, visible a muchos kilómetros de distancia, expresaba la idea de que desde Atenas surgía un resplandor que iluminaba el mundo.

Pero, sin duda, la joya de la corona de este programa constructivo fue el Partenón, erigido entre 447 y 438 a. C. y dedicado a Atenea, la diosa patrona de Atenas. Los persas habían destruido el templo de Atenea de la Acrópolis, y estaba vigente la promesa de los atenienses de no reconstruirlo para que nunca se olvidara aquella ofensa. Por eso, en realidad, el Partenón no es un templo en sentido estricto, pues carece de altares para los sacrificios. Es, más bien, un recipiente para albergar la imagen de Atenea que se alojaba en su interior, una magnífica escultura elaborada con oro y marfil también por Fidias. Los 1140 kilos de oro empleados en ella procedían, por supuesto, del tesoro de Delos. Era toda una declaración de intenciones: todos los pueblos del Egeo estaban sometidos a Atenas y a su diosa protectora, y ella era merecedora de todo lo que pudiera recibir.

El edificio en sí también era una completa exhibición de poder. Nunca hasta entonces se había empleado el mármol como material constructivo para todos los elementos de un edificio, y nunca se había levantado un templo con semejante profusión decorativa. Para hacernos una idea, se pueden comparar algunas cifras del Partenón con las del templo griego más importante del momento, el de Zeus en Olimpia.


Templo de Zeus Partenón
70 x 29 metros hexástilo (6 columnas de frente) sin friso 12 metopas 69,6 x 31 metros octástilo (8 columnas de frente) con friso 92 metopas

Es decir, el Partenón no solo sería superior a cualquier edificio de cualquier ciudad griega, sino que superaría también al templo más importante de un santuario panhelénico, un lugar donde todos los griegos juntos celebraban a sus dioses. La arquitectura como exhibición de poder es un recurso que siempre ha funcionado. Babilonia, Persépolis, Roma, Constantinopla, Damasco, Córdoba y, más recientemente, París, el fracasado proyecto de Hitler para la capital mundial de Germania, Nueva York, Shanghái, Dubái... Ese era el mensaje de Pericles: Atenas es la nueva capital del mundo.

Le decoración escultórica del Partenón también abordaba los temas de la superioridad política de la polis. Los dos frontones del edificio estaban dedicados a dos mitos relacionados con la diosa de la ciudad. El frontón este representaba el nacimiento de Atenea de la cabeza de Zeus ante todas las divinidades del Olimpo, que bendecían a la recién nacida con su presencia. El frontón oeste narraba el duelo por el patronazgo de Atenas entre Poseidón y Atenea, del que salió victoriosa esta última al hacer a los atenienses el mejor regalo posible: el olivo.


Las metopas, colocadas en las cuatro caras del templo, abordaban cuatro temas diferentes.

La de la cara norte representaba escenas de la guerra de Troya. El mito de esta contienda enfrenta a una coalición de ciudades griegas contra un estado que se encontraba en Asia. La similitud con las luchas sostenidas en los años anteriores contra los persas no se le escapaba a nadie. Aludir de ese modo a una guerra en la que los griegos habían derrotado a los asiáticos equivalía a recordar a la vez el triunfo contra los persas en el que Atenas había sido protagonista absoluta.

En la cara sur podía contemplarse la lucha de los centauros contra los lapitas. El mito narra un banquete de boda en el que los lapitas, un pueblo griego, invita a participar a los centauros, seres que mezclan en su esencia la naturaleza humana y la animal, lo que equivale a decir que no son humanos del todo. Los centauros toleran mal el consumo de vino y, una vez borrachos, intentan violar a las mujeres de los lapitas. La lucha que se entabla a continuación acaba con la victoria de estos. Hay que ir más allá del simple mito y recordar que los griegos bebían el vino mezclado con agua, frente a la costumbre bárbara de no rebajarlo. Así pues, los centauros son los no-griegos que, además, rompen el sagrado deber de la hospitalidad, al violentar a quien los ha acogido. Este mito refleja la superioridad moral y de costumbres de los griegos (y por extensión de los atenienses, los mejores entre los griegos) frente a los extranjeros, los bárbaros, degradados a una condición semihumana.

La cara oeste mostraba una lucha de griegos contra amazonas, mujeres que, a ojos de aquellos, asumen funciones que no les corresponden, pues se comportan como los varones. Son unos seres que invierten el buen orden del mundo y crean caos. Y los héroes que combaten este caos son «civilizadores», pues restablecen el orden deseable. Se conservan muchas obras en las que las amazonas visten como los persas, un guiño más a la barbarie y el escaso nivel de civilización de aquellos enemigos que tanta impresión habían dejado en el imaginario mental griego. Pero las amazonas también reflejaban, al menos para los atenienses, una idea aberrante de las mujeres, que recordaban las extrañas costumbres de las espartanas, comprometidas en la crianza de niños-soldados y mucho más participativas en la vida pública que las mujeres de Atenas. No es casual que uno de los principales personajes que luchan en los mitos contra las amazonas sea Teseo, el gran héroe civilizador ateniense. La amazonomaquía era, por lo tanto, otra afirmación de los valores de la polis frente a extranjeros y griegos «desviados» de las costumbres deseables.

Por último, la cara este representaba una gigantomaquia, el combate de los dioses del Olimpo contra unas divinidades rivales que acabarán siendo derrotadas por Zeus y su corte olímpica. En el mito, un oráculo aseguraba que los gigantes no podrían ser derrotados a no ser que un mortal luchara en su bando. Y fue precisamente Atenea la que consiguió reclutar para esa tarea al héroe Heracles. Por lo tanto, una vez más se subrayaba la importancia de Atenas y de su patrona en las empresas comunes de los griegos, o de los dioses de los griegos.

El último elemento de la decoración del Partenón es el friso de las Panateneas, un bajo relieve de ciento sesenta metros de longitud que representaba la procesión de las Grandes Panateneas, las fiestas más importantes de Atenas, celebradas cada cuatro años en honor de Atenea. Por primera vez en el arte griego, las imágenes representadas no son divinidades o héroes, sino el pueblo de Atenas: varones a caballo, los principales prohombres de la ciudad, músicos, portadores de ofrendas, animales destinados al sacrificio, las jóvenes encargadas de tejer y llevar el peplo sagrado de la diosa… En resumen, toda Atenas está allí, y la escena es presenciada por el conjunto de las divinidades del Olimpo, que, una vez más, bendicen con su presencia las celebraciones.

Al contemplar todas estas esculturas que decoraban el Partenón, los atenienses estaban recibiendo exactamente el mismo mensaje que Pericles les trasladó aquella mañana de invierno del año 431 antes de nuestra era: Atenas era el centro del mundo, sus leyes y costumbres eran las más adecuadas, y la ciudad era bendecida por los dioses e imitada por aquellos que fueran capaces de admitir su grandeza. Merecía la pena morir por ella. Eso era lo que esperaba a los atenienses en aquella guerra: la muerte.

2
IMPERIO
«Amigos, romanos, compatriotas»
Marco Antonio

Marco Antonio en Julio César WILLIAM SHAKESPEARE Roma, 44 a. C. / Escrita en 1599

Contexto histórico

En la primavera del 44 a. C., Julio César era el amo indiscutible de Roma. En los años precedentes, había ido escalando todas las dignidades del gobierno de la Roma republicana con una imbatible mezcla de inteligencia, ambición, talento, dotes oratorias y, en ocasiones, suerte. Representando siempre los intereses de los populares frente a los optimates (las familias más nobles y antiguas que se resistían a compartir el poder con advenedizos de menor alcurnia), en el decenio anterior se había repartido el mando con Marco Licinio Craso, el hombre más rico de Roma, y con Gneo Pompeyo Magno, el gran militar héroe de mil batallas.

Demasiados gallos para un solo gallinero. Craso les hizo el favor a los otros dos rivales de quitarse de en medio con una humillante derrota y su muerte posterior en la batalla de Carrás (53 a. C.), pero las diferencias entre César y Pompeyo acabarían sumiendo a todo el mundo romano en una guerra civil. Tras su conquista de las Galias, culminada en el año 49 a. C., el Senado de Roma, temeroso del poder que estaba alcanzado César y de sus planes políticos, se alió con Pompeyo para poner freno a sus ambiciones.

La guerra civil, iniciada con el famoso paso del río Rubicón ese mismo año (donde pronunciaría su famoso alea iacta est), se libraría en diferentes puntos de los dominios romanos, desde Hispania hasta Mauritania, desde Grecia a Egipto, lugar donde encontró la muerte Pompeyo. Al finalizar la contienda, César regresó a Roma en octubre del 45 a. C., celebró un gran triunfo y fue nombrado dictador vitalicio. Parecía que llegaba la hora de ajustar cuentas, pero entonces César hizo algo absolutamente inusual en los vencedores: mostró clemencia.

En lugar de ejecutar a los que habían combatido en el bando pompeyano, no solo perdonó la vida de los principales líderes de los optimates, sino que intentó que se unieran a su proyecto de gobierno. Así hizo, por ejemplo, con Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, a quienes nombró pretores para el siguiente año. Hubo algunos, como Cicerón, uno de sus más feroces enemigos, que aceptaron de buen grado el perdón y no volvieron a importunar a César, pero en otros casos la clementia Caesaris se convirtió en un arma de doble filo. Algunos consideraban más honorable morir que vivir tras ser perdonados, pues el perdón de un dictador era humillante y arbitrario. Entre los partidarios de César también cundió el descontento. Tanta bondad hizo imposible que se cumplieran ciertas promesas que incluían apoderarse de los bienes de algunos vencidos después de haberlos enviado al Hades.

Pero el gran peligro que se cernía sobre César era, irónicamente, que se había quedado sin enemigos dignos de él. Tras su victoria, controlaba las elecciones a todas las magistraturas romanas (cuestores, pretores, censores, cónsules), así como el Senado, que, atemorizado, no se atrevería a oponerse a ninguno de sus deseos. Ya había accedido a nombrarlo dictador perpetuo, una dignidad que le concedía máximos poderes civiles y militares de por vida. El consulado, la dignidad suprema de la República, lo ejercían en el año 44 el propio César y su lugarteniente Marco Antonio.

César era, de hecho, como un rey.

Pero esa palabra, rey, y la mera idea de la monarquía, era algo que repugnaba a cualquier romano que se preciara de serlo. En los orígenes míticos de la ciudad, Roma había sido una monarquía. Primero Rómulo y después otros seis monarcas gobernaron a orillas del Tíber entre el 753 y el 509 a. C. Si bien el recuerdo de los primeros soberanos no era malo, el reinado del último, Tarquinio el Soberbio (534-509 a. C.), había supuesto un trauma que dejó su huella en la memoria colectiva de los romanos. Tras expulsarlo de la ciudad (curiosamente no lo mataron) por obra de Lucio Junio Bruto (antepasado de uno de los principales asesinos de César), Roma abolió la monarquía y creó un sistema representativo republicano que duró cinco siglos. Además del propio recuerdo traumático, la imagen que los romanos tenían de los reyes se correspondía con ideas de lujo excesivo, molicie y debilidad de las cortes del oriente mediterráneo. Al fin y al cabo, las legiones romanas llevaban ya varios cientos de años conquistando un territorio tras otro gobernado por reyes.

Pero César estaba hecho de otra pasta. Quedaba claro que Roma ya no iba a volver a ser la república que había sido, pues los interminables conflictos entre facciones que habían culminado con la guerra civil demostraban que el futuro estaría en manos de hombres fuertes que arrastraran tras de sí a una mayoría suficiente y ejercieran el poder con la competencia necesaria como para no ser cuestionados. El cargo de dictador le garantizaba teóricamente un camino tranquilo en el porvenir, pero a su muerte, aquellos ansiosos de poder se lanzarían de nuevo a por la presa. En cambio, si fuese nombrado rey, cuando muriera podría transmitir tranquilamente el poder a su descendencia y Roma gozaría de paz y prosperidad.

Expresado así, no sonaría mal en la mente de César, pero había que atreverse a ceñirse la corona. Los pasos tenían que ser cuidadosos.

La relación de César con Cleopatra, reina de Egipto, era otro escollo importante. Primero, porque los romanos contemplaban con enorme desconfianza a aquella extranjera de gustos extravagantes que se había traído a Roma y a la que trataba como lo que era: una reina. O más aún, pues llegó a erigir una estatua en su honor en el templo de Venus en la que recibía el tratamiento de divinidad. Una mujer que era reina y diosa. Y el propio César ya se había permitido ciertas licencias en Oriente, al acceder a ser adorado como dios. Los austeros romanos meneaban la cabeza escandalizados.

Tres fueron los hechos que insinuaron la ambición de César por ceñirse la corona real. El primero, en enero del 44, cuando una estatua en su honor que se alzaba en la tribuna de oradores del foro amaneció ceñida con una cinta blanca, símbolo de la realeza. El segundo, casi simultáneo, ocurrió cuando César entró en Roma después de una celebración religiosa en los vecinos montes Albanos y algunos de entre el pueblo lo recibieron al grito de rex, ‘rey’. Los tribunos de la plebe ordenaron retirar la cinta blanca y detuvieron al primero que había lanzado el grito monárquico. César se distanció de aquellos hechos y dijo que habían sido orquestados por sus enemigos precisamente para provocar un temor infundado sobre sus aspiraciones.

El tercer episodio tuvo lugar el 15 de febrero, justo un mes antes del asesinato, mientras César presidía la celebración de las Lupercales. Aprovechando la ocasión, Marco Antonio se acerco a él, que iba vestido con una toga púrpura y tocado con una diadema de laurel de oro, y le ofreció una diadema entrelazada con una corona de laurel. Se hizo el silencio. Si César la aceptaba, equivalía prácticamente a una confirmación de sus aspiraciones regias. Finalmente, la rechazó diciendo que él «era César, y no rey». El pueblo prorrumpió en aplausos.

Ahora bien, cabe preguntarse quién estuvo detrás de estos intentos y se nos presentan, por lo menos, tres posibilidades. La primera es que fuesen actos espontáneos de seguidores anónimos y no tan anónimos (Marco Antonio) que deseaban sinceramente que César diese el paso; la segunda, que se tratase de enemigos de César, quienes le ponían a prueba y le colmaban de honores precisamente para provocar la alarma social —sutil, pero brillante—; la tercera posibilidad es que detrás de esos actos hubiera un plan del propio César para sondear la reacción del pueblo romano ante la eventualidad de que se atreviera a dar el paso.

Cualquiera que sea la respuesta correcta, lo cierto es que sus coqueteos con la realeza sellaron la suerte de César. La conjura, en la que participaron unas sesenta personas, había comenzado a forjarse un año antes. El líder era Casio Longino, un pompeyano a quien, como ya se ha mencionado, César había perdonado tras la derrota definitiva de su bando. La otra figura prominente era Marco Bruto, descendiente de aquel Junio Bruto que había puesto fin a la monarquía cuatrocientos cincuenta años atrás. En torno a estos dos hombres se unieron otros optimates ofendidos, la mayoría procedentes del bando pompeyano, pero también algunos seguidores de César que estaban defraudados con la deriva de su líder.

La fecha del magnicidio se fijó para los idus de marzo (15 de marzo). Cuando estaba en la calle, César solía ir acompañado por veinticuatro lictores, que representaban la escolta oficial de un cónsul, además de otra guardia más informal formada por tipos duros de dudosa reputación, pero perrunamente fieles a César. Había que sorprenderlo allí donde no estuviese acompañado, y esa ocasión la brindaba la sesión del Senado que se celebraría en la curia del pórtico de Pompeyo.1 El último obstáculo lo constituía el fiel Marco Antonio, siempre al lado de su señor. Este impedimento se solucionó cuando, a la entrada de la curia, alguien se encargó de entretenerlo con un asunto que requería su atención. César entró solo, y dentro le esperaban los conjurados, aunque no todos, porque solo tenían acceso al lugar los que fuesen senadores.

Tan pronto como César se sentó, los asesinos lo rodearon fingiendo saludarle o presentarle alguna petición. Uno de los conjurados, llamado Tilio, le agarró entonces de la túnica para impedir que se levantara. Era la señal. Los asesinos sacaron sus dagas y comenzó una lluvia de puñaladas que César recibió primero sorprendido y después cubierto con su manto. En unos segundos todo acabó. Su cadáver quedó en el suelo junto a la estatua del que había sido su gran enemigo, Pompeyo. Marco Antonio no llegó a tiempo de ayudar a su señor.

Las horas que siguieron al asesinato fueron de total confusión. Los conjurados pretendían arrojar el cadáver de César al Tíber, pero la presencia de Marco Antonio y Lépido, otro general fiel a aquel, hizo que renunciaran a su propósito. Desde su punto de vista, habían librado a Roma de un tirano, pero ahora tenían que demostrar ante el pueblo que, efectivamente, había sido así. Intentaron ganar a Cicerón para su causa, y este aceptó, y a continuación pensaron en cómo evitar una guerra civil: habría que negociar con Marco Antonio.

Por su parte, los fieles a César estaban pasando momentos de zozobra. En las primeras horas, Marco Antonio estaba tan aturdido que buscó un lugar donde esconderse, pues temía por su vida, aunque, una vez llegada la noche, recobró la calma y se dispuso a hacer frente a la situación. Contaba además con la ayuda de Lépido, que había introducido en Roma tropas fieles que se encontraban acantonadas cerca de la ciudad.

Las negociaciones entre los conjurados y Marco Antonio dieron sus frutos. El Senado aceptaría la divinización de César como Divus Iulius y ratificaría todas las decisiones tomadas por él, de manera que su obra política, que incluía numerosas medidas beneficiosas para el pueblo, se respetaría. Se consideraría también válido su testamento, que todavía no se había abierto, y, a cambio, los principales conspiradores recibirían cargos provinciales que los alejarían de Roma hasta que la situación se tranquilizase.

Una vez alcanzado este acuerdo, no había motivo para no celebrar las honras fúnebres de César. El cadáver se encontraba en su propia casa, donde su esposa Calpurnia lo preparó para el ritual. Fue lavado, perfumado y vestido con la toga praetexta2 antes de depositarlo sobre un lecho entre imágenes de sus lares, sus antepasados.

El cortejo fúnebre salió de la casa de César acompañado por todos los cargos de la ciudad y por numerosas personas, patricios y plebeyos, ciudadanos, esclavos y soldados, y recorrió la Vía Sacra hasta llegar a la rostra, la tribuna de oradores en el foro republicano. Para ese momento, ya se conocía el contenido del testamento de César, en el que, además de instituir como principal heredero a su sobrino nieto Octaviano (el futuro Augusto), dejaba a cada ciudadano romano trescientos sestercios, y a la ciudad de Roma los jardines que poseía cerca del Tíber. Un último golpe de efecto populista que el pueblo acogió con sentidas muestras de dolor por su asesinato y deseos de venganza contra sus asesinos. Los ánimos se enardecieron todavía más cuando se supo que, en su testamento, César adoptaba como hijo a Bruto, uno de sus asesinos. No había mayor sacrilegio que haber sido partícipe del asesinato de su padre adoptivo. Las cosas se estaban poniendo feas para los conjurados.

El ambiente en el foro era de pena y rabia. Unos lloraban y otros golpeaban sus escudos con sus armas. En ese momento, Marco Antonio, decidido a pronunciar el discurso fúnebre, puesto que era el compañero cónsul del cónsul asesinado3 y amigo personal de César, tomó la palabra:

No conviene, ciudadanos, que la oración fúnebre de tan gran hombre la pronuncie yo solo, sino todo su país. Los decretos que todos nosotros (el Senado y el pueblo actuando juntos), con igual admiración por su mérito, le votamos mientras estaba vivo, los leeré para poder expresar sus sentimientos en lugar de los míos.4

Marco Antonio fue desgranando en tono serio y tranquilo cada medida, haciendo hincapié sobre todo en aquellas decisiones que instituían a César como un ser sobrehumano, divino e inviolable y le nombraban padre de la patria. Mientras leía, Antonio dirigía miradas o gestos hacia el lecho donde se encontraba su cadáver y expresaba su dolor y su rabia ante el crimen que se había perpetrado. A continuación, leyó los juramentos que comprometían a todos a proteger a César y su cuerpo. Luego, Marco Antonio clamó al dios supremo de los romanos:

Júpiter, guardián de esta ciudad, y los otros dioses, estoy dispuesto a vengarlo como lo he jurado y prometido, pero ya que aquellos que son de igual rango que yo han considerado beneficioso el decreto de amnistía, ruego que así se demuestre.

Aquellas palabras contenían una amenaza poco disimulada contra los senadores. Pero Antonio los calmó dando un paso atrás en su vehemencia:

Me parece, conciudadanos, que esta acción no es obra de seres humanos, sino de algún espíritu maligno. Nos conviene considerar el presente en lugar del pasado, ya que el mayor peligro se acerca, si es que no está ya aquí, no sea que seamos arrastrados a nuestras conmociones civiles anteriores y perdamos lo que quede del noble origen de la ciudad. Así pues, llevemos a este ser sagrado a la morada de los bienaventurados, cantando por él, tal como acostumbramos, nuestro himno de lamentación.

Entonces, Antonio se dirigió al lecho donde yacía el cadáver de César y cantó un himno para dar testimonio sobre su carácter divino. A continuación, recitó sus campañas, sus victorias en la guerra, las naciones sometidas a su dominio y el inmenso botín que había traído a Roma, subrayando siempre el tono milagroso de sus logros. Luego, en una actuación perfectamente calculada, bajó el tono de su voz y se sumergió lentamente en un estado de profundo pesar, llorando por su amigo.

A continuación, Marco Antonio tomó una lanza y levantó con su punta la túnica que llevaba César en el momento de ser asesinado. La contemplación de la sangre y los agujeros de las puñaladas conmovió a todos los presentes, que se iban indignando cada vez más, si eso era posible, contra los magnicidas. El siguiente golpe de efecto fue magistral. Puesto que el cadáver de César estaba tumbado en su lecho mortuorio y no podía ser visto por los que se encontraban más lejos, Marco Antonio había ordenado montar un ingenioso dispositivo: una imagen de cera de César sostenida sobre un armazón de madera y vestida con sus ropas, que mostraban a todos los presentes las veintitrés puñaladas recibidas en el cuerpo y en el rostro.

Aquello fue más de lo que la gente pudo soportar, y muchos perdieron la compostura. Los gemidos y gritos de dolor se mezclaron con los aullidos pidiendo venganza. La turba quemó primero el lugar donde había sido asesinado César y luego se lanzó por toda la ciudad a la caza de los asesinos, que habían tenido la prudencia de marcharse ya del lugar. En su furia vengativa, el populacho mató al tribuno Cinna, cuyo único pecado era tener el mismo nombre que el pretor Cinna que tiempo atrás había pronunciado un discurso contra César. Varias de las casas de los magnicidas acabaron devoradas por el fuego y se produjeron amenazas y escenas de lucha contra los sirvientes, en vista de que sus señores ya estaban muy lejos de allí.

Cuando se restableció el orden, el pueblo regresó al foro, donde continuaba el lecho con el cadáver de César, y donde se instaló una pira funeraria que ardió durante toda la noche. Sobre aquel lugar se levantó un altar, que posteriormente fue trasladado al templo del Divino Julio que se construyó en el propio foro. Aquella fue la primera ocasión en la que los romanos rindieron honores divinos a uno de sus gobernantes. A partir de entonces, los emperadores no solo serían adorados a su muerte, sino también en vida.

Hasta aquí se ha ofrecido un relato de lo sucedido en aquellos días basado en las noticias de los historiadores romanos, como Cayo Suetonio o, especialmente, Apiano, que proporciona una narración detallada en sus Guerras civiles. El asesinato de César, los hechos que tuvieron lugar durante los días siguientes y la guerra civil que acabaría años más tarde con Octaviano Augusto como señor absoluto transformaron para siempre no solo la vida de Roma, sino, en cierto modo, la de todo el mundo posterior. Los emperadores romanos se hicieron llamar «César», Roma se convirtió en una monarquía hereditaria tal como quizás había planeado aquel, y su herencia se prolongó hasta la caída de Constantinopla en 1453. Más allá de esa fecha, hubo un imperio germánico en el que reinaba un caesar (en latín) o káiser (en alemán), y los monarcas rusos se hicieron llamar tsar, palabra procedente de «César». Todos ellos llegaron con vida hasta el final de la Primera Guerra Mundial.

César es universal, trasciende su propio tiempo. Por eso, no es de extrañar que en cada época alguien se haya servido de su figura para transmitir su propia visión del mundo.

William Shakespeare no fue una excepción. Y el discurso que puso en boca de Marco Antonio con ocasión del funeral de César se convirtió en una obra maestra de la retórica.

Quién es quién

Marco Antonio nació en Roma el 14 de enero del 83 a. C. en el seno de una familia patricia; su juventud no auguraba nada bueno sobre su futuro, pues solo era notable por su abuso del juego y el alcohol o por frecuentar a las prostitutas. A los veinte años estaba tan endeudado que se marchó a Atenas, refugio habitual de la época entre la juventud pudiente romana. Allí, tras estudiar con algunos maestros locales, acabó entrando a servir en el ejército de César, de quien era pariente. Sus primeras acciones de combate tuvieron lugar en Judea y Egipto, y en ellas se labró una fama de buen soldado.

A la sombra de César, comenzó a ejercer cargos públicos en Roma a partir del año 52 a. C. y fue el representante y defensor de los intereses de su mentor en la urbe siempre que este se vio obligado a estar fuera de la ciudad, durante sus campañas en las Galias o en la guerra civil contra Pompeyo.

En 44 a. C., siendo cónsul junto a César, se mostró partidario de la instauración de una monarquía fundada por su patrón. El asesinato de César aquel mismo año dejó el control de la ciudad en manos de Marco Antonio, que se dedicó a defender su memoria y ajustar cuentas con los conspiradores.

Sin embargo, el testamento de César declaraba heredero a su sobrino nieto Octaviano, y la lucha por el poder no se hizo esperar. La fase inicial fue la de un acuerdo para formar un triunvirato compuesto por los propios Octaviano y Marco Antonio, más Lépido, uno de los principales generales de César.

La primera misión de los triunviros fue acabar definitivamente con el partido de los magnicidas, lo que se logró con la victoria en la batalla de Filipos en el año 42 a. C. Después, en el Tratado de Brindisi (40 a. C.), los triunviros se repartieron los territorios imperiales: correspondió a Antonio todo Oriente, mientras que Octaviano Augusto controlaba Europa y Lépido, África. Este último fue eliminado de la lucha por el poder en el 36 a. C.

La alianza que hasta aquel momento habían mantenido Octaviano y Marco Antonio saltó por los aires cuando este se separó de su esposa Octavia, hermana del primero, e inició una relación con Cleopatra, reina de Egipto, que fue más allá de la mera alianza política. Octaviano aprovechó la ocasión para presentar a Marco Antonio como un títere manejado por la reina extranjera y entregado a los placeres y debilidades propios de las culturas orientales.

La guerra desencadenada culminó con la derrota de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla naval de Accio (31 a. C.). Los amantes regresaron a Egipto, donde acabaron suicidándose al año siguiente antes de caer en manos de sus enemigos.

Octaviano se convirtió en el señor único de Roma.

William Shakespeare nació en Stratford-upon-Avon, Inglaterra, en 1564. Hijo de un comerciante local, muy poco se sabe de sus años de juventud y formación. Aparece en Londres en 1592 trabajando como dramaturgo y gana cierta fama en la compañía teatral Lord Chamberlain’s Men, conocida posteriormente como King’s Men, propietaria de dos teatros, The Globe y Blackfriars.

Con el paso de los años, Shakespeare fue ganando fama gracias a su actividad como actor, dramaturgo y, finalmente, copropietario de la compañía. Vivió en Londres hasta 1613 y se retiró entonces a su localidad natal, donde murió en 1616.

El genio de Shakespeare se revela sobre todo en sus tragedias, donde retrata con impresionante maestría los rincones de la condición humana. La duda de Hamlet, los celos de Otelo, el ansia de poder de Macbeth o la codicia despiadada del Shylock de El mercader de Venecia forman parte del tesoro literario de la humanidad.

Dentro de esta serie de tragedias figura Julio César, escrita aproximadamente en 1599 pero nunca representada en vida del autor (como ocurrió con otras muchas de sus obras). La primera noticia sobre Julio César es su aparición en el First Folio, recopilación de las obras del dramaturgo que fue editada y publicada por John Heminges y Henry Condell, sus amigos, en 1623, siete años después de la muerte de Shakespeare.

Dónde y cuándo

El Julio César de Shakespeare sigue, a grandes rasgos, la narración de las Vidas paralelas de Plutarco, aunque comprime la cronología de los hechos para mejorar el efecto dramático y, por supuesto, ofrece su propia visión de los acontecimientos con el fin de transmitir sus ideas que, evidentemente, tenían su reflejo en la Inglaterra isabelina en la que vivió el autor. No es, por lo tanto, una narración histórica, sino un drama inspirado en episodios históricos.

En realidad, César es un personaje secundario, que no aparece hasta el comienzo del tercer acto de los cinco que tiene la obra. El personaje principal y el más interesante es Bruto (puede que este hubiera sido un título más apropiado para la tragedia). Es uno de los conspiradores, pero entre tanta ambición política y tanta falta de escrúpulos, Bruto despierta las simpatías del público por ser el único personaje con una justificación noble para sus actos. Sus dudas y su trágico final recuerdan al que sería tiempo después uno de los protagonistas emblemáticos de Shakespeare: Hamlet.

La obra se centra en un tema universal e intemporal: el mundo de la política y las pasiones humanas que se apoderan de los políticos. Todos afirman que sus actos están guiados por el interés de Roma y los romanos, pero, en realidad, actúan en su propio beneficio: César aspira al poder absoluto, Casio Longino teme perder el poder que tiene, Marco Antonio se vale de la muerte de su amigo para acaparar más poder. Para lograr sus propósitos, todos tienen que ganarse el favor del pueblo. La oratoria se convierte en un arma poderosísima. Tras la muerte de César, tanto Marco Antonio como Bruto se dirigen a la multitud para sumarla a su partido. Al final, como veremos, Marco Antonio será más hábil y logrará sus propósitos, y de paso la caída de Bruto. A pesar de haber transcurrido más de dos mil años desde que ocurrió y casi quinientos desde que fue escrita, todo suena tristemente actual.

El discurso se sitúa en la escena 2 del tercer acto. César acaba de ser asesinado en la escena anterior y ahora la acción se traslada desde el lugar del crimen hasta el foro, donde ya se ha reunido un grupo de ciudadanos que exigen saber los detalles de lo ocurrido para poder decidir su postura. Entran Casio y Bruto, a los que se les pide que hablen.

Toma la palabra en primer lugar Bruto y se dirige especialmente a los amigos de César con esta argumentación: ¿Por qué Bruto, que amaba a César, se ha levantado contra él? Porque Bruto ama a César, pero ama más a Roma, y era necesaria su muerte para que Roma viviera. «¿Querríais que viviera César y morir todos esclavos antes de ver morir a César y morir todos hombres libres?», pregunta a la multitud. En su presentación, Bruto solo contempla dos opciones: la tiranía de César o la libertad del pueblo, y ambas son excluyentes. Por eso él, imbuido de ideales de libertad, ha librado a Roma del tirano.

Nadie replica las razones de Bruto, que parecen convencer al pueblo. Entra en escena entonces el cortejo funerario de César encabezado por Marco Antonio. Bruto aprovecha la ocasión para introducirlo hábilmente en su argumentación:

Aquí viene su cadáver [de César] escoltado por Marco Antonio. Ninguna parte tuvo este en su muerte y, sin embargo, goza del beneficio de ella, ocupando un puesto en la comunidad. ¿Y quién de vosotros no lo ocupará también? Me despido afirmando que si únicamente por el bien de Roma maté al hombre a quien más amaba, tengo la misma arma para mí cuando la patria necesite mi muerte.

El pueblo vitorea a Bruto y propone coronarlo. Él, noble en sus intenciones, rechaza esos honores y se va, pero antes pide que nadie, excepto él mismo, abandone el lugar antes de escuchar el elogio fúnebre de Marco Antonio. El mismo pueblo que acaba de aplaudir a Bruto no recibe de buen talante a Marco Antonio. Saben que era la mano derecha de César y le advierten de que «lo mejor sería que no hablase aquí mal de Bruto», porque «este César era un tirano» y «es una bendición para nosotros que Roma se haya librado de él».

Así pues, a diferencia de la mayoría de los discursos que se analizan en este libro, en esta ocasión el orador no tiene al auditorio de su parte, y ni siquiera se muestra neutral. Se trata de una prueba de la mayor exigencia.

El discurso
Idioma original: inglés

ANTONIO ¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención!

¡He venido a enterrar a César, no a ensalzarlo!

El mal que hacen los hombres les sobrevive; el bien, con frecuencia queda sepultado con sus huesos.

¡Que así sea con César! El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si lo fue, su falta fue grave, y gravemente ha pagado César por ella.

Aquí, con la venia de Bruto y los demás, (pues Bruto es un hombre honorable, como lo son todos ellos, todos hombres honorables), he venido a hablar en el funeral de César.

Era mi amigo, para mí leal y justo; pero Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honorable.

Trajo muchos cautivos a Roma, cuyos rescates llenaron las arcas públicas. ¿Pareció en esto César ambicioso?

Cuando los pobres se lamentaban, César lloraba. ¡La ambición debería estar hecha de una sustancia más dura! Sin embargo, Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honorable.

Todos visteis que en las Lupercales tres veces le presenté una corona real, que él rechazó tres veces. ¿Era esto ambición? Sin embargo, Bruto dice que era ambicioso, y ciertamente, él es un hombre honorable.

¡No hablo para desaprobar lo que ha dicho Bruto, pero estoy aquí para decir lo que sé! Todos vosotros lo amasteis una vez, y no sin motivo. Así pues, ¿qué motivo os retiene ahora para no hacer duelo por él?

¡Oh, discernimiento! ¡Te has refugiado en los embrutecidos animales, y los hombres han perdido su razón!5 ¡Disculpadme! ¡Mi corazón está ahí, en el féretro, con César, y he de detenerme hasta que regrese a mí.

CIUDADANO 1 Creo que hay mucho de verdad en sus palabras.

CIUDADANO 2 Si juzgáis correctamente el asunto, César sufrió una gran injusticia.

CIUDADANO 3 ¿Así lo creéis, señores? Su puesto será ocupado por otros peores.

CIUDADANO 4 ¿Habéis escuchado sus palabras? No quiso la corona. Por lo tanto, es evidente que no era ambicioso.

CIUDADANO 1 Pues si es así, a algunos les habrá de pesar.

CIUDADANO 2 ¡Pobre alma! Sus ojos están rojos como el fuego por las lágrimas.

CIUDADANO 3 No hay en Roma quien en nobleza iguale a Antonio.

CIUDADANO 4 Escuchémosle, que empieza a hablar otra vez.

ANTONIO Ayer, la palabra de César podía haberse opuesto al mundo entero. Ahora yace ahí muerto, y ya ni el más humilde lo respeta.

¡Oh, señores! si mi intención fuera agitar vuestros corazones para amotinarse y desatar la ira, perjudicaría a Bruto y Casio, quienes, bien lo sabéis, son hombres honorables. No pretendo ofenderlos; prefiero ofender a los muertos, a mí mismo y a vosotros, que ofender a tan honorables hombres.

Pero tengo aquí un pergamino con el sello de César. Lo encontré en su escritorio: es su última voluntad.

¡Que tan solo oiga el pueblo el testamento —lo que, perdonadme, no está en mi ánimo— y vendréis a besar las heridas del difunto César, y mojaréis pañuelos en su sagrada sangre! ¡Sí, buscaréis uno de sus cabellos como recuerdo y, al morir, mencionaréis entre vuestras voluntades, la de legarlo a vuestra descendencia como una valiosa herencia!

CIUDADANO 4 Escuchemos el testamento, Marco Antonio.

TODOS El testamento, el testamento. Escuchemos la voluntad de César.

ANTONIO Tened paciencia, queridos amigos. No debo leerlo. No es bueno que sepáis cuánto os amaba César. No sois maderas, ni piedras, sino hombres y, siendo hombres, escuchar el testamento de César os encendería, os enloquecería. No es conveniente que sepáis que sois sus herederos. Porque, si lo supierais, ¡qué no ocurriría!

CIUDADANO 4 Lee el testamento, que lo oigamos, Antonio. Léenos el testamento, la voluntad de César.

ANTONIO ¿Tendréis paciencia? ¿Estaréis tranquilos? Al mencionarlo he dicho más de lo que debía. Temo ofender a esos hombres honorables cuyos puñales traspasaron a César. De verdad que lo temo.

CIUDADANO 4 ¡Son traidores! ¿Hombres honorables?

TODOS ¡Su última voluntad. El testamento!

CIUDADANO 2 Fueron unos villanos, asesinos. ¡El testamento! ¡Lee el testamento!

ANTONIO ¿Me obligáis, entonces, a leéroslo? Hagamos pues un círculo en torno al cadáver de César, y permitidme que os muestre al autor del testamento. ¿Desciendo? ¿Me dais permiso?

VARIOS CIUDADANOS Baja.

CIUDADANO 2 Desciende.

CIUDADANO 3 Tienes permiso.

[Antonio baja desde la tribuna de los oradores]

CIUDADANO 4 ¡Un círculo! ¡Rodeadlo!

CIUDADANO 1 Manteneos alejados del féretro, del cadáver.

CIUDADANO 2 ¡Dejad espacio a Antonio, el muy honorable Antonio!

ANTONIO No os agolpéis; manteneos a distancia.

VARIOS CIUDADANOS Atrás, dad espacio, echaos atrás.

ANTONIO Si tenéis lágrimas, preparaos ahora para verterlas.

Todos conocéis este manto. Recuerdo la primera vez que César se lo puso. Era una tarde de verano, en su tienda. Aquel día había vencido a los Nervii: ¡Mirad! Ahí lo atravesó el puñal de Casio; ved el desgarro que hizo el envidioso Casca; por ahí, la puñalada de su amado Bruto; y al retirar el maldito hierro, observad cómo fluyó la sangre de César, como si saliese a la puerta de casa para comprobar si era Bruto quien llamaba de aquella manera tan cruel. Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César.

¡Juzgad, oh dioses, cuánto le amaba César!

Este fue el golpe más cruel de todos. Porque, al ver César cómo lo apuñalaba, la ingratitud, más fuerte que la traición, lo nubló por completo. Estalló su poderoso corazón, se cubrió la cara con el manto, y a los pies de la estatua de Pompeyo, que se tiñó con su sangre, cayó el gran César!

¡Oh, qué caída, compatriotas! Entonces yo, y vosotros, todos nosotros, caímos también, mientras la sangrienta traición florecía sobre nosotros.

¡Oh! Ahora lloráis. Y veo que sentís la punzada de la compasión. ¡Estas son lágrimas benditas! ¡Almas nobles! ¿Lloráis con ver tan solo las heridas en las ropas de nuestro César? ¡Mirad aquí! Aquí está su cuerpo, como veis, lacerado por traidores.

CIUDADANO 1 ¡Oh, qué triste escena!

CIUDADANO 2 ¡Oh, noble César!

CIUDADANO 3 ¡Infausto día!

CIUDADANO 4 ¡Oh, traidores, villanos!

CIUDADANO 1 ¡Oh, qué sangrienta visión!

CIUDADANO 2 ¡Nos vengaremos!

TODOS ¡Venganza! ¡Rápido! ¡Buscad! ¡Quemad! ¡Prended fuego! ¡Matad! ¡Degollad! ¡Que no quede vivo ningún traidor!

ANTONIO Calma, compatriotas.

CIUDADANO 1 ¡Silencio ahí! Escuchad al noble Antonio.

CIUDADANO 2 Escuchémosle y sigámosle, aunque nos cueste la muerte.

ANTONIO Buenos amigos, queridos amigos, no permitáis que yo os arrastre a una rebelión tan repentina. Quienes han hecho esto son honorables. Sin embargo, desconozco qué querellas privadas tuvieron para hacer esto. Son sabios y honorables, y sin duda, os darán razones que os satisfagan.

No vengo a arrebatar vuestras pasiones. No soy un orador como Bruto, sino, como todos me conocéis, un hombre, franco, sencillo, que amaba a su amigo, y esto bien lo saben los que me dieron permiso para hablar de él aquí. Porque no tengo ni inteligencia, ni palabras, ni mérito, ni estilo, ni el don de la oratoria que enardece la sangre de los hombres; hablo de manera clara y os digo lo que todos ya sabéis.

Muestro las heridas del noble César muerto, ¡ay pobres bocas enmudecidas!, y les pido que hablen por mí. Pero, si yo fuera Bruto, y Bruto fuera Antonio, entonces Antonio excitaría el ardor de vuestros ánimos y pondría en cada herida de César una lengua capaz de conmover y alzarse en motín a las piedras de Roma.

TODOS ¡Nos rebelaremos!

CIUDADANO 1 ¡Incendiemos la mansión de Bruto!

CIUDADANO 3 ¡Vamos, pues! ¡Busquemos a los conspiradores!

ANTONIO ¡Escuchadme, compatriotas, permitid que os hable de nuevo!

TODOS Silencio, escuchad a Antonio, al muy noble Antonio.

ANTONIO ¿Por qué, amigos, vais a hacer quién sabe qué? ¿Cuál es la razón de que César merezca vuestro amor? No lo sabéis, así que os lo diré. Habéis olvidado el testamento del que os hablé.

TODOS ¡Es verdad! El testamento. ¡Escuchémoslo!

ANTONIO ¡Aquí está el testamento, con el sello de César! A cada ciudadano romano le deja —a cada uno— ¡setenta y cinco dracmas!

CIUDADANO 2 ¡Muy noble César! ¡Vengaremos su muerte!

CIUDADANO 3 ¡Oh, regio César!

ANTONIO Escuchadme con paciencia.

TODOS ¡Silencio!

ANTONIO Además, os ha legado todos sus paseos, sus quintas privadas y sus jardines recién plantados a este lado del Tíber. Os los deja a vosotros, y a vuestros sucesores para siempre, como lugares de esparcimiento, para pasear y divertiros. ¡Este era un César! ¿Cuándo tendréis otro como él?

WILLIAM SHAKESPEARE, Julio César, acto III, escena 2 TRADUCCIÓN DEL AUTOR

Contenido del discurso

Ya se ha mencionado que la posición de Marco Antonio al inicio del discurso no es fácil. Como bien ha afirmado Bruto, no ha participado en el asesinato y, sin embargo, mediante los pactos acordados con los asesinos, se ha beneficiado de la muerte de César, pues ahora el poder es suyo, no lo ejerce en nombre de César. Uno de los puntos del pacto es que Marco Antonio hablará en el funeral de César, pero se ha comprometido a no hablar contra los magnicidas.

Por otra parte, su intención es enfurecer a un pueblo que, en ese momento, no está a su favor. ¿Cómo puede ganarse al pueblo sin criticar a los asesinos de César? Se enfrenta a un reto mayúsculo y, si su apuesta sale mal, podría costarle la vida, bien a manos de la plebe, o bien a manos de los conjurados.

Antes de su intervención ha hablado Bruto, que ha construido su argumentación sobre su honradez y su elevada moral, justificando sus acciones y mostrándose dispuesto al sacrificio personal. Desde el punto de vista de los tres pilares de la retórica, Bruto utiliza la secuencia ethos, logos, pathos.

Así, primero ha captado la atención del público en virtud de su probada buena fama («creedme por mi honor y respetad mi honor»). No le cuesta ningún esfuerzo porque, de hecho, el público está impresionado de antemano: «El muy noble Bruto está en la tribuna. ¡Silencio!». Ethos.

A continuación, tras pedir atención («oíd mis razones y guardad silencio para poder oír»), justifica su acción mediante un argumento impecable desde el punto de vista lógico: «No porque amara menos a César, sino porque amaba más a Roma», y «¿Querríais que viviera César y morir todos esclavos antes de ver morir a César y morir todos hombres libres?». Son dilemas que solo admiten una respuesta correcta: la patria por encima de los individuos y la libertad por encima de la tiranía. Logos.

Por último, apela a los sentimientos de los presentes llorando a César y ofreciendo su propia vida en el momento en el que el bien común así lo exija: «si únicamente por el bien de Roma maté al hombre a quien más amaba, tengo la misma arma para mí cuando la patria necesite mi muerte». Un sacrificio sine die o, como se dice en España, un brindis al sol. Pathos.

Marco Antonio, sin embargo, va a emplear un orden distinto de los elementos, más inusual, pero necesario dada su posición de desventaja. Construirá su discurso en el orden pathos, ethos, logos. ¿Por qué lo hace así? Antonio sabe que para convencer a una persona hay que razonar (logos), pero para convencer a una multitud hay que emocionar (pathos).

A pesar del terreno resbaladizo en el que se encuentra, Marco Antonio cuenta con algunas bazas a su favor. Aunque está limitado por su compromiso de no hablar mal de los conjurados, ha tenido la ocasión de escuchar a Bruto, de manera que tiene el control de la información y va a poder construir su discurso como una refutación del de aquel. Hablar el último concede una ventaja. Además, cuenta también con un elemento sorpresa: los que le escuchan desconocen los verdaderos motivos de su intervención, por lo que va a resultar más impactante.

El discurso de Marco Antonio puede dividirse en cinco partes: la ambición y la amistad de César; el testamento de César; elogio de César y recreación de su asesinato; desconocimiento de la razón y crítica de los amotinados, y, por último, el epílogo, la lectura del testamento de César.

La ambición y la amistad de César

El primer golpe de efecto aparece en las primeras frases («¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención! ¡He venido a enterrar a César, no a ensalzarlo!»). Aunque sabe que se presenta ante un auditorio que no es favorable, utiliza palabras amistosas y creadoras de vínculos: amigos, compatriotas. Y, sorpresa. No viene a defender a César, sino a enterrarlo, porque, para él, había sido un amigo «leal y justo». Valoraciones personales, sentimientos. Pathos.

A partir de aquí, enlaza su valoración positiva de César con la negativa de Bruto («pero Bruto dice que era ambicioso»), y parece confirmar esta valoración con el argumento de autoridad («y Bruto es un hombre honorable»). Sin embargo, todo es un juego en el que, como si de un espejo se tratara, Marco Antonio dice lo contrario de lo que piensa, limitándose a repetir los argumentos de Bruto y reforzándolos de un modo sutilmente irónico con la coletilla sobre la honorabilidad de Bruto. De este modo, desmonta la afirmación de este sobre la ambición de César con tres casos concretos: los pagos de los rescates de guerra no fueron a parar al bolsillo de César, sino a las arcas públicas; además, César mostró compasión (la famosa clementia Caesaris) ante las desgracias de los pobres y, por último, rechazó por tres veces la corona. Raras conductas para alguien ambicioso, y así lo subraya con una pregunta obvia («¿Era esto ambición?») y con una nueva ironía: («¡La ambición debería estar hecha de una sustancia más dura!»).

Antonio ya ha sembrado la semilla de la duda en su auditorio, y esto es muy importante, porque, en realidad, las posiciones de unos y otros pueden ser consideradas justas o injustas según el matiz. Veamos dos ejemplos. Marco Antonio defiende la honradez y falta de ambición de César afirmando que el rescate de los rehenes de guerra, una práctica habitual en el mundo antiguo, fue a parar a las arcas del Estado y no al bolsillo de César. Y, sin embargo, más tarde sabremos de la gran fortuna acumulada por César, donada en herencia al pueblo, sí, pero suya hasta aquel momento. Era un hombre inmensamente rico. El segundo ejemplo está en poner a César como modelo de humildad por haber rechazado la corona que le ofreció el propio Marco Antonio. Ya se ha mencionado con anterioridad que detrás de aquellos ofrecimientos no había nada más que un juego político, fuese de sus adversarios o del propio César. Pero que ambicionaba el poder absoluto era innegable. Para eso había librado una guerra contra Pompeyo.

Por lo tanto, Marco Antonio ha manipulado la información para crear un estado de opinión favorable a sus intereses sin permitir que haya un verdadero análisis de los hechos. Seguimos en el territorio del pathos, que culmina con las siguientes líneas, en las que apela a las emociones más primarias de pérdida con expresiones como amar, hacer duelo, corazón, féretro.

Y finaliza con una pausa dramática, bien calculada, que permite al auditorio digerir sus palabras y tragarse el veneno de los sentimientos que ha vertido inteligentemente. Además, consigue atraer la atención sobre sí, y no sobre el cadáver de César.

Hay entre los que le escuchan varios ciudadanos que comienzan a hablar en voz alta. Shakespeare no lo dice, pero es lícito preguntarse si se trata verdaderamente de ciudadanos conmovidos o, más bien, de agentes de Antonio infiltrados entre el populacho para introducir consignas o ideas sin que parezca que proceden del orador. Una vez más, sutil y profundamente maquiavélico, como siempre en política.

Las frases, ocho en total, de estos ciudadanos anónimos cubren todo el espectro de herramientas retóricas. Hay quien se compadece de las lágrimas de Antonio y sigue anclado en el pathos, pero también hay quien extrae, o cree extraer, datos objetivos de las palabras del orador («Creo que hay mucho de verdad en sus palabras», «Si juzgáis correctamente el asunto, César sufrió una gran injusticia», «No quiso la corona. Por lo tanto, es evidente que no era ambicioso»). Por último, Antonio ha logrado algo que parecía inalcanzable unos minutos antes, la autoridad moral ante su auditorio, el ethos: «No hay en Roma quien en nobleza iguale a Antonio». Lo que le permite poder continuar, ahora ya con un público dispuesto a escuchar sus palabras («Escuchémosle, que empieza a hablar otra vez»).

El testamento de César

La segunda parte del discurso es una obra maestra de cinismo. Antonio asegura que no está en su ánimo desatar la ira contra Bruto y Casio, cuando es eso, y no otra cosa, lo que está haciendo. «No pretendo ofenderlos; prefiero ofender a los muertos, a mí mismo y a vosotros, que ofender a tan honorables hombres».

Pero Antonio saca entonces un conejo de su chistera (no será el último). En este punto, el discurso toma un nuevo rumbo, porque se introducen conceptos externos a la palabra. Aparecen elementos visuales, como el pergamino con el sello de César que contiene su testamento. Donde antes Antonio pedía ser escuchado, ahora apela a la vista empleando varias veces los verbos mirar y ver. Lo hace en este punto con el testamento y lo hará más tarde con el cadáver de César. Aquí no hay razonamientos; hay, por una parte hechos objetivos, logos, en el testamento, y, por otra, pathos, en el cadáver y en la idealización de César a través de algo tan ínfimo como su sangre y su cabello:

¡Que tan solo oiga el pueblo el testamento —lo que, perdonadme, no está en mi ánimo— y vendréis a besar las heridas del difunto César, y mojaréis pañuelos en su sagrada sangre! ¡Sí, buscaréis uno de sus cabellos como recuerdo y, al morir, mencionaréis entre vuestras voluntades la de legarlo a vuestra descendencia como una valiosa herencia.

Lo más difícil ya está hecho. Ya nadie se ocupa de si César era ambicioso, sino que todos mueren de curiosidad por conocer el contenido del testamento. Y Marco Antonio insiste en su táctica de insinuar pero no enseñar: «... siendo hombres, escuchar el testamento de César os encendería, os enloquecería».

Su cinismo llega al extremo cuando dice: «No es conveniente que sepáis que sois sus herederos». Es decir, no es conveniente que sepáis, pero ya lo sabéis, porque acabo de decíroslo yo.6 Y otro tanto respecto a la probable reacción del pueblo contra los magnicidas: «¿Tendréis paciencia? ¿Estaréis tranquilos? Al mencionarlo he dicho más de lo que debía. Temo ofender a esos hombres honorables cuyos puñales traspasaron a César. De verdad que lo temo».

Una vez excitados los ánimos, Antonio baja de la rostra7, la tribuna de los oradores del foro, y da otro giro radical. Se supone que desciende porque va a leer el testamento, pero no...

Elogio de César y recreación del asesinato

Esta sección del discurso va a jugar con el pathos, y así lo advierte el propio Antonio al aconsejar que todo el que tenga lágrimas se prepare a verterlas. Recuerdos, objetos que lo vinculan con el muerto y, por encima de todo, la contemplación del cadáver y su túnica. Como se ha apuntado, en la realidad histórica, parece que, puesto que el cuerpo estaba en un lecho que impedía ser observado por la gente más alejada, preparó un dispositivo especial, un armazón parecido a un maniquí sobre el que colocó las ropas ensangrentadas que César llevaba cuando fue asesinado, mientras que el cadáver se cubriría con ropas limpias después de haber sido lavado. Este armazón se llama tropaeum y su función primaria era la conmemoración de una victoria en el campo de batalla. Sobre una cruz de madera se colocaban las corazas, escudos y armas de un militar romano y quedaban expuestas a la vista de todos. Lo que, al parecer, hizo Marco Antonio, fue erigir un tropaeum en el foro, pero en lugar de vestirlo con el equipamiento militar lo utilizó como expositor de las heridas sufridas por César.


Mientras el pueblo contempla el cadáver y la túnica de César, Antonio se recrea en los detalles morbosos, atribuyendo un autor a cada puñalada, pura invención, puesto que él no había presenciado el asesinato. La última mención es, cómo no, para Bruto. Shakespeare no lo menciona, pero César, en su testamento, adoptaba a Bruto, con lo que su participación en el crimen se convierte en el peor de los crímenes, parricidio, de ahí que subraye la sorpresa de la sangre de César ante su participación («como si saliese a la puerta de casa para comprobar si era Bruto quien llamaba de aquella manera tan cruel»). Y, como remate, la ironía más cruel de todas: «Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César».

Antonio ya se siente seguro, y al narrar los pormenores del asesinato, se atreve a afirmar que, al caer César, cayeron todos mientras florecía la traición. Se han cambiado las tornas. Antes de empezar su discurso, las facciones eran, por un lado, el pueblo y los magnicidas y, por otro, Marco Antonio, sospechoso por su amistad y lealtad hacia César. Ahora, el pueblo ha cambiado de bando y de etiquetas. Los magnicidas, que antes eran libertadores y patriotas, ahora son traidores.

El cadáver es un argumento visual que da constancia de la traición de los asesinos. Marco Antonio se vale de una prosopopeya, una figura retórica que consiste en conceder a algo inanimado o abstracto cualidades humanas, al transformar las heridas de César en «bocas enmudecidas» a las que pide que hablen por él, aunque, en realidad, es Marco Antonio quien pone voz a César. El efecto es magnífico. Las mentes de los presentes llenan los huecos de la narración con la imaginación de cada uno.

De nuevo, las voces de los ciudadanos interrumpen el discurso. En sus breves frases hay, sobre todo, sentimientos: tristeza, rabia, desolación, deseos de venganza (pathos); pero también hay un cambio de consideración. Ahora, se trata del «noble César» y de unos villanos asesinos. Y otro tanto ocurre con Antonio. Uno de los ciudadanos aconseja a los demás: «Escuchemos al noble Antonio». Noble. Definitivamente, el ethos ha cambiado de bando.

Desconocimiento de la razón y crítica de los amotinados

Esta parte del discurso constituye un cierre adecuado a la exposición de Marco Antonio, que ha estado impregnada de ironía (o hipocresía, que cada uno lo valore según crea conveniente). Marco Antonio se describe como «un hombre, franco, sencillo», no un orador como Bruto. Alguien sin inteligencia, palabras, ni don de la oratoria. «Hablo de manera clara y os digo lo que todos ya sabéis».

Igualmente irónico es que, después de haber empleado palabras como cruel, ingratitud, traición, etcétera, no tenga empacho ahora en decir que «quienes han hecho esto son honorables». El pueblo está indignado, y Antonio se dispone a rematar su faena. Pide: «no permitáis que yo os arrastre a una rebelión», y asegura que eso es lo que haría Bruto si estuviera en su lugar, pero que él no tiene intención de hacerlo.

Pero, si yo fuera Bruto, y Bruto fuera Antonio, entonces Antonio excitaría el ardor de vuestros ánimos y pondría en cada herida de César una lengua capaz de conmover y alzarse en motín a las piedras de Roma.

Ni una sola palabra «franca y sencilla» ha salido de la boca de Antonio hasta el momento. Es una exhibición de manipulación de masas que tendrá que esperar al siglo XX para ver paralelos tan hipócritas en el mundo real. Y ya ha aparecido el mensaje que quiere transmitir: hay que amotinarse contra los asesinos.

Por si alguien tiene dudas todavía, Marco Antonio se dispone a cerrar magistralmente su obra.

Epílogo. Lectura del testamento de César

Marco Antonio ya ha avanzado el contenido del testamento de César, pero ahora lo detalla: cada ciudadano romano recibirá setenta y cinco dracmas, y el pueblo hereda los paseos, quintas privadas y jardines para su uso y disfrute.

El pueblo es el heredero de César y, como tal, le corresponde al pueblo vengar la sangre derramada y la injusticia cometida. Antonio presenta aquí un contraste evidente entre los herederos dignos (el pueblo) y los indignos (Bruto por encima de todos por el hecho de que, como ya se ha señalado, había sido adoptado por César. Pero también Casio y otros pompeyanos que habían salvado la vida gracias a la clementia Caesaris, es decir, que le debían la vida como un hijo se la debe a un padre).

Así era César, un padre para todos. «¿Cuándo tendréis otro como él?».

El discurso en imágenes

Lo que ocurrió aquella mañana de marzo del año 44 a. C. en el foro de Roma tuvo consecuencias gigantescas en la evolución o, más bien, aniquilación de la república romana, que acabaría transformándose en un imperio gobernado por césares.

La maniobra de Marco Antonio consiguió inclinar la balanza de su lado y el de Octaviano (el futuro Augusto). Aunque los asesinos huyeron a tiempo de Roma para salvar sus vidas y obtuvieron cargos en las provincias orientales, la lucha entre ambas facciones acabaría liquidada en la batalla de Filipos, en el año 42, que terminó con la derrota y muerte de los asesinos de César.

Posteriormente, Octaviano también derrotaría a Marco Antonio y Cleopatra en Accio en el 31 a. C., quedando como amo único de Roma. Y aunque siempre mantuvo la hipócrita ficción de preservar las instituciones republicanas y nunca se proclamó rey, lo cierto es que Roma se convirtió en una monarquía hereditaria que desarrolló, además, un nuevo culto: el del divino Julio.

La idea no era nueva. Ya se ha comentado que César había erigido una estatua en honor de Cleopatra en el templo de Venus, en la que recibía el tratamiento de divinidad, y que también él mismo había accedido a ser adorado como dios (deo invicto) el mismo año de su muerte.

Tras su asesinato, y una vez afianzado el poder en sus manos, Octaviano construyó en Roma un templo dedicado a Divus Iulius8. La jugada era perfecta. Si Julio César era divus, y él era hijo adoptivo, podía lucir el título de divi filius, ‘hijo del dios’. Mejor que ser rey.

Una vez dado este primer paso, se podía forzar aún más el carácter divino del personaje. No sería solo divino tras su muerte, sino que lo era también de origen. El encargado de la elaboración intelectual del concepto fue Virgilio, uno de los poetas que prosperaron al abrigo de la corte de Augusto. En la Eneida, Virgilio desarrolla la idea, sostenida ya en vida de César, de que la gens Iulia procedía de la diosa Venus a través de su descendiente Iulio. Así anuncia Júpiter a Venus que de su prole nacerá un ser destinado a la divinidad: César.

Nacerá troyano César, de limpio origen, que el imperio ha de llevar hasta el Océano y su fama a los astros, Julio, con nombre que le viene del gran Iulio. Lo acogerás, segura, tú en el cielo cuando llegue cargado con los despojos de oriente; también él será invocado con votos.

VIRGILIO, Eneida I, 286-290

En las monedas de la época de Augusto se puede observar cómo el nuevo amo de Roma hace un uso excelente de la propaganda utilizando la imagen de César y su recién adquirido carácter divino. En una de ellas, aparece en una cara la efigie de Augusto, y en la otra, el templo de César, construido en el foro republicano, entre la basílica Emilia y el templo de Cástor y Pólux. Se trataba de un heroón, una construcción de origen griego que celebraba la memoria de un héroe o ser divinizado, por lo general cerca del emplazamiento de su tumba.


El templo de César estaba dedicado al culto de un cometa que había aparecido en el cielo poco después del asesinato y que fue bautizado como sidus Iulium (‘estrella Julia’). Octaviano Augusto no dejó pasar la ocasión de ligar a César con un objeto celeste. Así lo cuenta Plinio el Viejo:

Un cometa es objeto de culto en un solo lugar del mundo entero: en un templo de Roma. Fue considerado absolutamente propicio por el Divino Augusto en persona, ya que apareció cuando él iniciaba su reinado, durante los juegos que ofrecía a Venus Generadora, no mucho después de la muerte de César, su padre, en el colegio fundado por él. Precisamente manifestó su alegría en los siguientes términos: «En los mismos días de mis juegos se ha visto una estrella de cola durante siete días en la parte septentrional del cielo». [...] Con esta estrella la gente creyó que se indicaba que el alma de César había sido admitida entre los númenes de los dioses inmortales y en nombre de ello se le añadió como distintivo a la cabeza de la estatua que poco después hemos consagrado en el foro.

PLINIO EL VIEJO, Historia Natural I, XXIII Traducción de Editorial Gredos, 2007

En otra moneda de Augusto vuelve a aparecer él en el anverso, mientras que el reverso está ocupado por la estrella con la leyenda DIVUS IULIUS.


Solo quedaba un paso. Afirmar de manera inequívoca y rotunda que Augusto era hijo de un dios. Así se reflejaba en otra moneda de un denario de plata del año 17 a. C. En una cara aparece César, con una corona en la cabeza y una estrella por encima. La leyenda M SANQVINIVS IIIVIR se refiere al triunviro Marco Sanquinio que ejercía su cargo el año de la acuñación. La otra cara muestra la efigie de Octaviano y es ahí donde se envía el mensaje proyectado: AVGVSTVS DIVI F, es decir, Augusto hijo del divino [Julio].


A partir de aquí, el proceso es imparable. El carácter divino de los emperadores romanos, la adopción del nombre de César como designación de la dignidad regia en Roma o el empleo de herramientas similares en otros casos de divinización (son llamativas las similitudes con el proceso de divinización de Jesús de Nazaret por las primeras generaciones cristianas).

Marco Antonio solo buscaba venganza y poder. Pero sus palabras abrieron paso a la eternidad.

Discurso en la película Julio César de Mankiewicz (1953), con Marlon Brando como Marco Antonio. Versión traducida


https://www.youtube.com/watch?v=FAJWArdUD6o

Versión original


https://www.youtube.com/watch?v=101sKhH-lMQ

_________________

1 La sede del Senado se encontraba en el edificio cuadrado que aún hoy en día puede contemplarse en el foro republicano de Roma. Sin embargo, en el momento de su asesinato, César ya había recibido el mando para una expedición militar contra los partos. La ley romana prohibía que un general en armas entrara en el recinto primigenio de la ciudad, por lo que la sesión se trasladó a otro edificio, en este caso uno perteneciente al complejo del nuevo teatro que había construido Pompeyo Magno. El emplazamiento exacto de la curia de Pompeyo puede situarse en la parte trasera del conjunto de templos de Largo Argentina, un yacimiento bien conocido del Campo de Marte en la Roma actual. Aunque de la curia y del teatro no quedan prácticamente restos visibles.

2 La toga praetexta era una prenda blanca con el borde púrpura. Frente a la tradicional toga absolutamente blanca, solo tenían derecho a llevar la praetexta los niños menores de dieciséis años, los senadores y los que ostentasen una alta magistratura. Por eso César podía vestirla.

3 En la república romana, la máxima autoridad era la de cónsul, repartida entre dos representantes que permanecían en el cargo durante un año. En el momento del asesinato de César, los cónsules eran el propio César y Marco Antonio.

4 Apiano, Guerras Civiles, II, 20.

5 El texto inglés, O, judgment, thou art fled to brutish beasts, / And men have lost their reason, presenta un juego de palabras con el adjetivo brutish (bruto), que alude claramente a Bruto, un hombre que, en opinión de Antonio, ha perdido la razón y se ha convertido en una animal irracional, en una bestia brutal.

6 Preterición o paralipsis: figura retórica oblicua que consiste en afirmar que se omite algo, cuando, de hecho, se aprovecha la ocasión para llamar la atención sobre ello, a veces de forma enfática. En este caso, revelar quiénes son los herederos de César: el pueblo.

7 Rostra era el plural de rostrum, y aludía a los espolones (rostra) de los barcos enemigos expuestos en ese punto de Roma a mayor gloria de sus victorias navales. Ese era el lugar desde el que los políticos se dirigían a la plebe.

8 En latín hay dos palabras diferentes para los seres divinos. Deus se refiere al que es dios por su propia naturaleza; divus es aquel que ha alcanzado la dignidad divina, que ha sido deificado, como en el caso de César y los posteriores emperadores.

3
REINO DE DIOS
Sermón de la montaña
Jesús de Nazaret

Galilea, 29 d. C.

Contexto histórico

El siglo primero de nuestra era fue un momento especialmente sensible en el territorio que se corresponde aproximadamente con las fronteras del estado de Israel. Varios son los elementos que hay que tener en cuenta para comprender el ambiente político y religioso que se vivía en tiempos de Jesús de Nazaret.

El primer elemento es el propio pueblo judío. Se trata de una comunidad caracterizada durante gran parte de su existencia por un monoteísmo radical que hacía muy difícil la convivencia con otros pueblos cercanos. En el mundo antiguo, cada pueblo tenía sus dioses, pero no negaba la existencia de los dioses de los demás. A lo sumo, se proclamaba la superioridad de las divinidades propias frente a las extranjeras. Pero el judaísmo era diferente. No solo afirmaba la existencia de un único dios nacional, sino que negaba la existencia de los dioses del resto de los pueblos. Llevado a un nivel práctico, esto significaba que, en los momentos en los que eran invadidos y dominados por una potencia extranjera, los judíos se negaban a ofrecer cualquier tipo de gesto, homenaje o adoración a las deidades de sus conquistadores. Más aún. Consideraban que su tierra pertenecía únicamente a Yahvé, su dios, y que nadie tenía derecho a apoderarse de ella.

La relación entre los judíos y su dios se establecía mediante la Ley de Moisés, una serie de normas contenidas en los libros sagrados de la comunidad. Su cumplimiento estricto hacía difícil, como queda dicho, la coexistencia con los pueblos de su entorno, pues su Ley estaba llena de exigencias que resultaban complicadas de respetar en un ambiente no judío (reglas dietéticas y de pureza, especialmente). Todo lo dicho anteriormente hizo que, en muchas épocas, los judíos fuesen contemplados con recelo y suspicacia por sus vecinos y conquistadores.

Entre estos vecinos estaban todas las naciones que, a partir del siglo IV a. C., y tras la conquista de todo el Imperio persa por parte de Alejandro Magno, habían abrazado en mayor o menor medida la cultura griega. El helenismo fue la fusión de sus tradiciones autóctonas orientales con los usos y costumbres griegos de los conquistadores, y dio lugar a un período de brillante florecimiento cultural. A la larga, todo el oriente mediterráneo se fue helenizando cada vez más. La lengua griega se convirtió en el idioma internacional de comunicación e intercambio, una especie de commonwealth de hace dos mil trescientos años. Tanto impregnó el griego todos los ámbitos de la vida cultural y lingüística de los pueblos orientales que estos acabaron por traducir incluso sus libros sagrados: la Torá de los judíos no fue una excepción.

Pero no todo eran luces en el greek way of life. En Judea, la implantación forzosa de los hábitos griegos y la prohibición de las prácticas religiosas judías durante el dominio del Imperio seléucida (uno de los reinos helenísticos herederos de Alejandro Magno) provocó en 167 a. C. una revuelta judía contra los conquistadores. Parecía una empresa condenada al fracaso por el inmenso poder seléucida y la insignificancia del territorio rebelado, pero varias circunstancias hicieron posible lo imposible, y unos años más tarde, los judíos, liderados por la familia de los Macabeos, habían conseguido independizarse y habían creado un Estado teocrático en el que el poder lo ejercía el rey y sumo sacerdote de Yahvé, reunidos en una sola persona. Lo curioso es que, a pesar de ser un Estado teocrático nacido como reacción contra lo griego y con la idea de cumplir en la mayor pureza la Ley de Moisés, los sucesores de los primeros Macabeos, una dinastía denominada Asmonea, fue deslizándose con el tiempo hacia esas mismas modas y usos griegos que habían combatido. Era imposible frenar la ola helenística.

Una de las circunstancias que permitió el triunfo de los judíos fue que, en el momento de máxima dificultad, pidieron ayuda a una potencia exterior, Roma, que en 167, al inicio de la revuelta de los Macabeos, todavía no había conquistado ningún territorio en el Mediterráneo oriental, y a quien la intervención únicamente diplomática en favor de los judíos, y contra los seléucidas, debió de parecer un riesgo asumible. Pero cien años más tarde, las legiones de Pompeyo Magno ya estaban en Siria y, aprovechando una querella dinástica entre dos hermanos por el trono y el sumo sacerdocio de Judea, Roma intervino por primera vez de manera directa. Pompeyo conquistó Jerusalén, profanó el templo de Yahvé e impuso a su candidato al trono entre los dos hermanos. A partir de ese año, el 63 a. C., la visión que los judíos tenían de Roma cambió para siempre: ya no era un simpático aliado del otro extremo del Mediterráneo, sino el peor monstruo imaginable, capaz de cometer la mayor aberración concebible para un judío.

Como reza el dicho, si algo puede ir a peor, irá a peor. La dinastía Asmonea se extinguió en 40 a. C. y el trono de Judea recayó en Herodes el Grande, un rey medio judío medio extranjero que gobernó como rex socius de Roma, una forma elegante de denominar a un títere, por muy capaz y brillante que fuera el elegido. Para este momento, el ambiente en Judea era complicado. Una parte de la población, las élites económicas y religiosas, aceptaban a Herodes y la tutela romana porque traían prosperidad al país. Pero los más radicales en su celo por cumplir la Ley de Moisés consideraban que la situación no podía degenerar más. La tierra de Dios era gobernada por extranjeros y la Ley de Moisés no era respetada por una parte de la población. Comenzó a surgir la idea de que el fin del mundo se aproximaba, ese momento en el que la divinidad ajustaría cuentas con los impíos e instauraría el Reino de Dios, un estado de felicidad en el que los fieles a Yahvé recibirían todo tipo de recompensas mientras que los malvados serían castigados. La herramienta de Dios para instaurar su reino sería la llegada de un mesías de Israel, un personaje de características poco definidas, o diferentes según a quien se le consultase, pero que, en cualquier caso, liberaría a su pueblo del yugo de los extranjeros y los malvados.

La forma de transmisión de estas ideas apocalípticas (relacionadas con el fin del mundo) fue por medio de profetas y visionarios que predicaban al pueblo en los centros urbanos o en el desierto. Hubo personajes excéntricos como Juan el Bautista, líderes guerreros como Judas el Galileo, y estudiosos de la Ley, sanadores y milagreros como Hanina ben Dosa o Honi el trazador de círculos. Sea como fuere, el pueblo judío estaba habituado a escuchar a hombres santos que propugnaban el arrepentimiento, el regreso sincero a Dios y el rechazo del pecado desde puntos de vista diferentes.

Para el momento que nos ocupa, aproximadamente el año 29 a. C., Herodes el Grande ya había muerto, y su reino se había dividido entre varios de sus hijos. Galilea era gobernada por Herodes Antipas, un personaje que aparece varias veces en los Evangelios, relacionado con la muerte de Juan el Bautista, y al que vemos también en el juicio a Jesús en Jerusalén después de su prendimiento. Herodes Antipas se encontraba en Jerusalén no porque fuese parte de su reino, sino porque estaba peregrinando durante una de las grandes fiestas judías. El territorio de Judea llevaba en manos romanas desde el año 6 d. C. Quedaba bajo la autoridad de un prefecto dependiente del gobernador de la provincia romana de Siria. Su capital estaba en Cesarea Marítima, pero el territorio bajo su jurisdicción incluía la ciudad santa de Jerusalén, de ahí que fuese Poncio Pilato (prefecto de Judea entre los años 26 y 36 d. C.) el responsable último de la muerte de Jesús en la cruz (una pena romana).

Así pues, Jesús de Nazaret inicia su vida pública en un territorio pequeño pero dividido: una parte, su Galilea natal, gobernada por un aliado de Roma pero con cierta independencia, y otra parte, Judea y Jerusalén, sometida a las águilas romanas.

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13 kasım 2024
Hacim:
373 s. 22 illüstrasyon
ISBN:
9788419018069
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