Kitabı oku: «El asesino del cordón de seda»
Primera edición: abril de 2022
© Copyright de la obra: Javier Gómez Molero
© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-124916-8-5
Código ISBN digital: 978-84-124916-9-2
Depósito legal: B 3387-2022
Corrección: Juan Carlos Martín
Diseño de portada y maquetación: Cristina Lamata
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
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EL ASESINO DEL CORDÓN DE SEDA
JAVIER GÓMEZ MOLERO
A mi nieto Íñigo, el último en aterrizar en este mundo de locos.
Contenido
DRAMATIS PERSONAE
Prólogo
1 Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492
2 Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492.
3 Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492
4 Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492
5 Roma, 18 de agosto del año del Señor de 1492
6 Roma, 18 de agosto del año del Señor de 1492
7 Roma, 25 de agosto del año del Señor de 1492
8 Roma, 25 de agosto del año del Señor de 1492
9 Roma, finales de septiembre del año del Señor de 1493
10 Roma, mediados de febrero del año del Señor de 1494
11 Roma, marzo del año del Señor de 1494
12 Roma, mediados de diciembre del año del Señor de 1494
13 Roma, finales de diciembre del año del Señor de 1494
14 Roma, primeros de enero del año del Señor de 1495
15 Roma, mediados de enero del año del Señor de 1495
16 Velletri, febrero del año del Señor de 1495
17 Roma, 15 de junio del año del Señor de 1497
18 Roma, 16 de junio del año del Señor de 1497
19 Roma, 17 de junio del año del Señor de 1497
20 Roma, febrero del año del Señor de 1498
21 Roma, junio del año del Señor de 1498
22 Roma, octubre del año del Señor de 1499
23 Imola, noviembre del año del Señor de 1499
24 Imola, noviembre del año del Señor de 1499
25 Roma, diciembre del año del Señor de 1499
26 Roma, diciembre del año del Señor de 1499
27 Roma, diciembre del año del Señor de 1499
28 Roma, diciembre del año del Señor de 1499
29 Roma, agosto del año del Señor de 1500
30 Roma, julio del año del Señor de 1500
31 Roma, agosto del año del Señor de 1500
32 Roma, 4 de diciembre del año del Señor de 1501
33 Roma, 4 de diciembre del año del Señor de 1501
34 Roma, 5 de diciembre del año del Señor de 1501
35 Roma, 13 de diciembre del año del Señor de 1501
36 Roma, 14 de diciembre del año del Señor de 1501
37 Roma, enero del año del Señor de 1502
38 Roma, enero del año del Señor de 1502
39 Roma, enero del año del Señor de 1502
40 Roma, marzo del año del Señor de 1502
41 Roma, marzo del año del Señor de 1502
42 Roma, mayo del año del Señor de 1502
43 Imola, octubre del año del Señor de 1502
44 Imola, octubre del año del Señor de 1502
45 Cesena, diciembre del año del Señor de 1502
46 Senigallia, diciembre del año del Señor de 1502
47 Senigallia, diciembre del año del Señor de 1502
48 Roma, enero del año del Señor de 1503
49 Roma, enero del año del Señor de 1503
50 Roma, enero del año del Señor de 1503
51 Roma, primeros de febrero del año del Señor de 1503
52 Roma, julio del año del Señor de 1503
53 Roma, julio, año del Señor de 1503
54 Roma, julio del año del Señor de 1503
55 Roma, julio del año del Señor de 1503
56 Roma, julio del año del Señor de 1503
57 Roma, julio del año del Señor de 1503
58 Roma, julio del año del Señor de 1503
59 Roma, julio del año del Señor de 1503
60 Roma, julio del año del Señor de 1503
EPÍLOGO
NOTA DEL AUTOR
AGRADECIMIENTOS
BIBLIOGRAFÍA
Acerca del autor
DRAMATIS PERSONAE
Protagonistas:
Alejandro VI: antes de ser elevado al pontificado, Rodrigo Borgia.
Borgia, César: hijo de Rodrigo.
Burchard, Johann: maestro de ceremonias del papa.
Michelotto: mano derecha del papa y responsable de la seguridad de Roma.
Ruggieri, Ángelo: rico e influyente banquero.
Ruggieri, Carlo: hijo de Ángelo.
Ruggieri, Margherita: hija de Ángelo.
Stéfano: campesino de visita en Roma.
Secundarios:
Alessandra: cortesana protegida del banquero Ángelo Ruggieri.
Alfonso de Nápoles: segundo marido de Lucrecia, hija del papa.
Caterina Sforza: gobernadora de Imola.
Elías: judío propietario de un negocio de perfumería, amigo de Michelotto.
Fermo, Oliverio da: condotiero de los ejércitos pontificios bajo César Borgia.
García de Paredes, Diego: amigo de Michelotto.
Giulia: joven amante de Alejandro VI.
Giuseppe: músico del Vaticano.
Guidobaldo: copista de la Biblioteca Apostólica Vaticana.
Jofré: hijo de Alejandro VI.
Juan: hijo de Alejandro VI.
Lorca, Ramiro de: gobernador de Cesena.
Lucrecia: hija de Alejandro VI.
Machiavelli, Niccolò: representante de alto rango de la República de Florencia.
Nicoletta: dueña de la taberna El Gato Romano.
Orsini, Francesco: condotiero de los ejércitos pontificios bajo César Borgia.
Orsini, Giambattista: influyente cardenal, patriarca de la familia Orsini.
Orsini, Paolo (doña Paula): hermano de Francesco, asimismo condotiero.
Perotto: mayordomo de su santidad.
Pompilius: amigo de Burchard.
Pomponius: amigo de Burchard.
Rovere, Giuliano della: cardenal rival de Alejandro VI.
Spannolius: amigo de Burchard.
Turca: propietaria de la taberna del mismo nombre.
Vannozza: amante de Alejandro VI y madre de sus hijos.
Varanno, Francesco: amanuense de Caterina Sforza.
Virgilio: oficial a cargo de Porta San Paolo y aficionado a los cultos antiguos.
Vitelli Vitellozo: condotiero de los ejércitos pontificios bajo César Borgia.
Prólogo
Me hallo en un lugar donde ni en la más lúgubre de mis pesadillas imaginé que fuera a estar. La primera vez que rendí visita a las mazmorras de Torre di Nona –hace la friolera de once años– se debió a mi condición de capitán de la guardia de la ciudad de Roma, honor con el cual me distinguió su santidad Alejandro VI, no más haber tomado posesión del trono pontificio. El motivo que por entonces me convocó a esta prisión emplazada a orillas del Tíber fue inspeccionar sus dependencias y pasar revista a los instrumentos de tortura, merced a los cuales el verdugo es capaz de arrancar confesiones que en raras ocasiones se sostienen en pie.
A lo largo de esos once años me he codeado con los más altos jerarcas de la Iglesia, he conocido de primera mano a príncipes y reyes, he mantenido encuentros con destacados políticos, banqueros e intelectuales, he mandado sobre ejércitos de millares de hombres. Mi mesa ha rebosado de los vinos más caros y los bocados más exquisitos. He vestido gorgueras, calzas, camisas, casacas y jubones expresamente confeccionados para mí, que ya hubieran querido en sus arcones los más atildados petimetres. Y un dosel de guadamecíes, colchones de plumas y acariciadoras sábanas de seda han velado mis noches de insomnio. ¿Y ahora? ¿Qué queda ahora de lo que he sido, de lo que he poseído?
A día de hoy, con el viento encabritado en contra mía y el corazón en un puño, soy uno más de esa reata de presos, a cuál más desgraciado, con quienes, más allá de compartir la humedad de una celda, las ratas y los piojos, comparto un mañana que se vislumbra cuando menos comprometido. Brujas, asesinos, ladrones, herejes son algunos de mis conmilitones. Me sustento de mendrugos de pan y engaño la sed con agua sucia, por cuya superficie navega una armada de sanguijuelas. Por encima de mi cuerpo se entrecruzan harapos mugrientos, que apenas si bastan para tapar mis vergüenzas. Y un duro jergón roído de chinches y serpenteado por orines de Dios sabe quién provee un hueco a mi espalda cuando el sueño me abraza.
Y todo por haberme mostrado dócil a los mandados del santo padre y los suyos, por haberme prestado a sacar brillo a su nombre cada vez que lo mancillaban, por no haberle hecho ascos a tomar venganza de afrentas pasadas y perpetrar los crímenes más atroces que pensarse pueda. Por descontado, he mentido, he jurado en falso, he traicionado y, a sabiendas de que no me amparaba la fuerza de la razón, he segado la vida de algún que otro inocente. Fuera como fuese, no estoy por arrepentirme de mis actos, y mil años que viviera, mil años que obraría de la misma forma, pues, a fin de cuentas, quien estaba detrás de mi proceder no eran el papa ni sus allegados, era Dios Nuestro Señor, que no ignora lo que se hace y cuya capacidad de perdón no conoce techo.
Estaría en deuda con la verdad si admitiese que los tormentos que van en pos de que desvele la identidad de quienes en tiempos de bonanza se ocultaban entre las sombras, no me generan inquietud, pero lo que a decir verdad me agobia y me roba el sueño es la mengua de libertad, así como la imposibilidad de seguir prestando mis servicios a lo que queda de la familia de Alejandro VI. Con ser duro lo anterior, no lo es menos hacerme a la ausencia de la única mujer a la que de corazón he amado, a la que no cejo de orientar mi pensamiento y para cuya existencia ruego al Altísimo la más dulce de las suertes. Igual que Dios la puso en mi camino y concedió que se apiadara de mí, Dios la quitó de mi vista al otorgar su beneplácito a la repentina muerte de su santidad, lo que trajo consigo un nuevo orden de cosas, en el que yo no salí especialmente favorecido. La elección del nuevo pontífice, Julio II, dio pie a una etapa de mi vida en la que se me angostaron los caminos, me atrancaron las puertas, me soltaron los perros y terminé por dar con mis huesos en Torre di Nona, viéndome por ende forzado a renunciar al amor para el resto de mis días.
La puerta de mi celda acaba de abrirse con su sangriento chirrido, la voz de ultratumba del carcelero y sus manos manchadas de muerte me conminan a levantarme del lecho, renunciar al amparo de los barrotes y marchar detrás de él. Hasta hoy me habían interrogado –invariablemente en el interior de mi celda– sin hacer uso de la violencia, tratando de tirarme de la lengua con tanta habilidad como persistencia y con el compromiso de rebajarme la condena, en caso de que me aviniese a colaborar. Mas a la vista de la inutilidad de tan gentil y considerado procedimiento han determinado echar mano de métodos más expeditivos. De aquí a nada me las tendré que ver con la rueda, el potro, la espulguera, la pera veneciana, la bota española y una profusión de instrumentos de tortura que conozco como mis pecados, pero cuya denominación una cierta intranquilidad me dificulta recordar.
En tanto hago lo imposible por aparentar calma y arranco a entonar un Pater Noster, caigo en la cuenta de que a estas alturas de mi parlamento no os he proporcionado detalle alguno acerca de mi identidad. Y a la vuelta de un rato quién sabe si no me habrán abandonado los ánimos y me resultará de todo punto inviable revelárosla. Así que, después de haberos detallado la situación por la que estoy transitando, ha llegado el momento de deciros quién soy. Aun cuando mi nombre real sea Miguel Corella, hijo del conde de Cocentaina y natural de Valencia, desde que puse los pies en Roma tan solo vuelvo la cabeza al reclamo de la voz que me llama Michelotto.
1
Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492
Sucinta biografía de Ángelo Ruggieri y Alessandra
No era la primera vez que el banquero Ángelo Ruggieri rendía visita a su protegida, madonna Alessandra, en el palacete que se levantaba a tiro de piedra de Piazza Navona, el antiguo estadio para atletas y carreras de cuadrigas construido por el emperador Domiciano. Y, por Dios, que lo precisaba como los caudales y los clientes para la buena marcha de su negocio. La jornada, en la que había cerrado una compleja operación financiera que le iba a otorgar el control de varias industrias productoras de lana y seda instaladas en Florencia, había resultado si no agotadora, sí más ajetreada de lo normal. Había invitado a comer en su domicilio de Rione del Ponte a su amigo Johann Burchard, que lo había puesto al corriente de las nuevas de la corte pontificia, había descansado poco más de media hora y ahora, mientras le daba el enésimo retoque a la barba cuajada de hilos de plata y al delgado bigote y el espejo le devolvía los surcos que en el rostro delataban las huellas del tiempo, traía a su memoria anteriores encuentros con la mujer que desde dos meses atrás le tenía sorbido el seso.
Había reparado en ella cuando asistía a misa en Santa Maria in Aracoeli, de rodillas en uno de los primeros bancos, ataviada con un vestido de seda negro y en compañía de damas y pajes y un puñado de señores que a la legua se percibía bebían los vientos por ella. Con el Ite missa est salido de labios del sacerdote, que ponía el punto final a la ceremonia y despedía a los fieles congregados, la mujer se había dado prisa en abandonar su asiento y en su camino hacia la puerta de salida había desfilado a un palmo de donde el banquero hacía como si rezara, lo que había obrado el prodigio de que cruzara su mirada con la de ella y le diera ocasión de examinarla, sin pasar por alto el más íntimo detalle.
Y cómo de profunda no sería la impresión que los rasgos de su rostro contemplados tan de cerca le habían provocado, que, nada más perderla de su campo de visión, se llegaba a la sacristía, esperaba a que el sacerdote se retirase y abordaba al orondo y mofletudo sacristán que, al igual que los demás sacristanes, estaría al cabo de la vida y milagros de la mayoría de sus feligreses y con más razón de una dama que no pasaba inadvertida para nadie que tuviera ojos en la cara.
Ya en los escalones que conducían a la puerta de la calle, el sacristán le había referido, no sin cierta desgana o apesadumbrado tal que estuviera revelando un secreto de confesión, que la mujer que había merecido su interés era madonna Alessandra, una distinguida cortesana natural de Ferrara, que durante años había sido la protegida de micer Luigi del Búfalo, hombre de posibles y muy estimado en Roma, pero que de la noche a la mañana la relación se había enfriado y a la presente estaba en condiciones de asegurar que solo les unía una franca amistad.
El sacristán hizo amago de marcharse so pretexto de que debía acudir a otro templo para, en sustitución de un sacristán enfermo, ayudar al sacerdote a celebrar la santa misa, proceder a vestirlo y desvestirlo y apagar las velas del altar, pero fue advertir un par de monedas en la palma de la mano de Ángelo y reconoció que no habría mayor problema si se demoraba, que el sacerdote se armase de paciencia lo que fuera menester. Después de todo, estaba haciéndole un favor.
A la pregunta de si se apreciaba con entidad como para concertarle una cita con ella, el sacristán no se anduvo con disimulos y le explicitó que todo estaba a expensas de la cantidad que estuviera presto a pagar por su mediación y, antes que nada, de que la dama estuviera en la disposición adecuada, para lo que se le hacía imprescindible un informe detallado sobre su persona y sus verdaderas intenciones.
Una vez hubo conocido su nombre y profesión, y tuvo por seguro que obtendría lo que le pidiese por propiciar un encuentro entre ambos, el sacristán se avino a conversar con ella y trasladarle su recado, tan pronto se personase de nuevo en la iglesia. Y al cabo de una semana estaban el banquero y la cortesana paseando por Campo dei Fiori y Piazza San Pietro, intercambiando pinceladas de sus respectivas identidades, suscitando el asombro y la desazón de los viandantes, que tornaban la mirada en dirección a la espléndida figura de la mujer. En breve, Alessandra recibía joyas, perfumes, vestidos, y Ángelo se juzgaba más que pagado con dejarse reflejar en los inmensos ojos negros de ella, ansioso por hacer suyos sus labios anchos, embebido en la contemplación de una belleza tan rotunda.
En su primera cita en casa de ella, había quedado abrumado por otra suerte de encantos que, más allá de la belleza, la cortesana atesoraba y que hacían de ella una mujer de variados registros, que había empezado a alegrarle una existencia en la que solo había sitio para los negocios y el dinero. Dominaba la elocuencia y la filosofía, hablaba latín como el más culto de los humanistas, se sabía de memoria versos de Virgilio, Horacio y Ovidio, leía en griego al mismísimo Platón, conocía las obras de Petrarca, Bocaccio, Séneca o Cicerón, así como de san Agustín, san Jerónimo o san Ambrosio, recitaba sonetos de su propia cosecha, y cantaba y se acompañaba del laúd y la cítara.
Y, amén de ello, reunía discernimiento y temple que la habilitaban para dar su parecer en relación con cualquier asunto que se plantease en la conversación, para quedar ante el invitado que él propusiese llevar a su presencia, como el más sutil embajador de los destacados por sus gobiernos en la Santa Sede. Lo mismo se enfrascaba en las cuestiones más mundanas e intrascendentes, que peroraba sobre política, religión o materias de Estado. E invariablemente destilando amenidad, saber estar y un humor fino y envidiable.
En esa primera visita a su casa, Alessandra no había sentido reparo en ponerlo al día de quien realmente era y traerle a colación a lo que se comprometía si persistía en el empeño de convertirse en su protector. Desde que era una niña, y merced a la belleza que ya apuntaba, su madre no había escatimado en gastos, a fin de adoctrinarla para la lucrativa y honrosa profesión de cortesana que con tanta suficiencia ejercía. Nada más arribar a la adolescencia había gozado de proposiciones de eminentes personalidades de Roma que pugnaban por devenir en sus bienhechores, que dilapidaron fortunas por una cita con ella, inclinándose en virtud de los consejos maternos por escoger de entre todos ellos a micer Luigi del Búfalo, igualmente banquero, hombre culto, agradable de espíritu y, por encima de otras prendas que lo adornaban, en extremo generoso. De hecho, el palacete que habitaba junto a Piazza Navona, y que ella había amueblado y decorado con un gusto irreprochable, había sido un obsequio del bueno de Luigi.
En justa reciprocidad a la información que Alessandra le había revelado en esa primera visita, también él le abrió su corazón y sin ahorrar detalle la hizo partícipe de las vicisitudes por las que había transitado su vida. Y ni que decir tiene, le garantizó que iba a disfrutar de todos los lujos habidos y por haber y estaría en situación de dar rienda suelta a cuantos caprichos le viniesen en gana.
Ángelo había nacido en Siena, donde se había educado como correspondía al hijo de un banquero con casa asimismo en Roma. En sus tiempos mozos, su padre, al objeto de que aprendiera la profesión desde abajo y alcanzara a valorar el esfuerzo, lo había despachado a trabajar a la Ciudad del Vaticano en las oficinas de otro banquero sienés, Ambrosio Spannocchi, con el que llegaría a adquirir una sólida formación, que tiempo después le consintió independizarse y abrir su propio negocio, en un palacete a poca distancia del Panteón.
Se preciaba de su trabajo, que le había regalado la posibilidad de intimar con personas influyentes, algunas de las cuales habían pasado a ser amigos, y presumía de entenderse especialmente bien con los españoles que, al socaire del cardenal Rodrigo Borgia, vicecanciller de la Santa Sede, se habían establecido en la ciudad de los papas y atendían puestos de relevancia. Nada más haber recalado en Roma, les había otorgado préstamos con que hacer frente a los gastos de instalación y estrechado con ellos lazos indisolubles.
A su esposa, a la que había conocido de niña en Siena, por ser amiga de su hermana, y de quien había estado prendado desde la cuna, la perdió después de quince años de matrimonio, los más venturosos de su existencia. Cuando ni por asomo se figuraba que podía enturbiarse su vida, un mes de agosto, de esos que cargan de podredumbre la atmósfera de Roma y propagan por sus calles y plazas un hedor insufrible, trajo una epidemia de peste que se expandió por los trece distritos de la ciudad, se cobró centenares de víctimas y se llevó a su esposa al sepulcro. Y aun cuando en el lecho de muerte le hubiera insistido para que volviera a contraer matrimonio, en la medida en que sus dos hijos iban a quedar faltos de los cuidados de una madre, no había renunciado a su condición de viudo.
A la muerte de su esposa, que había tomado a su cargo la educación de los pequeños, Ángelo había estimado lo más razonable enviar a la niña, a Margherita, al convento de San Sisto, donde las monjas iban a cuidar de su desarrollo y la pondrían en contacto con otras niñas de la alta sociedad romana. Allí aprendería a expresarse y a escribir en latín, a asistir a lecturas piadosas, a coser, a bordar, a tocar un instrumento musical, a adiestrarse en definitiva en tareas femeninas, que el día de mañana la capacitaran para ser un buen partido a tener en cuenta. A la presente, ya con doce años, la niña vivía con él y proseguía sus estudios con los mismos preceptores y en la misma casa que la hija del cardenal Borgia, quien había dado el visto bueno a tal lance y obsequiaba al banquero con su consideración. Margherita era despierta, traviesa y alegre como un cascabel, le apasionaba la lectura y raro era el día en que a la hora de la cena no le glosaba lo que a lo largo de la jornada había aprendido junto a su compañera de estudio desde sus años en San Sisto.
La otra cara de la moneda venía a representarla su hijo varón, Carlo, quien a la muerte de su madre se encerró en sí y perdió la alegría de vivir. Antaño había sido un niño que se ilusionaba con las cosas más triviales, al que todo el tiempo le parecía insuficiente para jugar y divertirse con otros niños. Pero fue quedar huérfano y el mundo se le desmoronó. Carlo se mostraba reacio a admitir su pérdida, no hallaba consuelo en las razones que se le daban. Juzgaba la epidemia, por mor de la cual su madre había fallecido, no como el efecto del agobiante calor, de las perniciosas condiciones higiénicas o de la insalubridad de Roma, sino como un castigo enviado por Dios a los hombres por sus pecados.
Y se dio a buscar culpables y cuestionárselo todo: los que hacían del dinero el fin de su existencia, el escandaloso lujo de la Iglesia y de sus altos cargos, la impiedad de infinidad de clérigos y la ausencia de vocación de sacerdotes dominados por la lujuria o la gula. Y se refugió en la obsesiva lectura de libros de vidas de Santos, de los Padres de la Iglesia, de los sermones del franciscano Bernardino de Siena. Y se le metió entre ceja y ceja dejar atrás Roma y emprender camino a Florencia, con el anhelo de escuchar de viva voz las prédicas del dominico Girolamo Savonarola, quien por entonces generaba no poca admiración entre las multitudes. Carlo acababa de cumplir diecisiete años y estaba en su derecho de elegir su propio camino.
Luego de haberse instalado en la ciudad de los Médici, el joven se consagró en cuerpo y alma a la oración y empezó a acudir a la iglesia de San Marco, en la que Savonarola, que había sido nombrado prior, subía al púlpito a diario. Y tanto calaron en Carlo los sermones de aquel dominico, a quien seguían enjambres de fieles, que le besaban los pies y las manos y le cortaban trocitos de la túnica, que al cabo de unos meses terminó por demandar su admisión en la orden. Y, como si una cosa llevase a la otra, desde hacía ya demasiado se comportaba como si no tuviera un padre y una hermana.
Ángelo continuaba mirándose al espejo, apreciando cómo de las comisuras de los labios se había adueñado un rictus que no sabía si interpretar de intranquilidad o de congoja por el futuro de su hijo, cuando llamó a la puerta de su dormitorio uno de los criados para hacerle llegar el recado que con tanta impaciencia esperaba, desde que se levantó no más hubo amanecido. Le alertaba de que disponían del tiempo justo para cubrir el trayecto que separaba su casa de la de madonna Alessandra. El carruaje con su tiro de cuatro caballos pulcramente enjaezados estaba preparado a la puerta y el cochero con dos mozos de librea también.
2
Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492.
Ángelo visita a su protegida Alessandra y ambos se hacen cábalas acerca de la elección del nuevo papa.
Fue el mismo criado de la vez anterior, un individuo de semblante amable y complacido de su suerte, quien lo acogió con una reverencia y le rogó que tuviera la bondad de seguirlo, que madonna Alessandra lo recibiría en sus aposentos. Mientras ascendía los peldaños de la escalera de mármol y alcanzaba el primer rellano, desde donde arrancaba el tramo que giraba a la derecha, Ángelo descolgó sus ojos del color de las castañas a la planta de abajo y los centró en el cortile de estructura cuadrada, ornado con esculturas de la mitología griega, al que ceñían columnas que soportaban los pisos superiores y le traían al recuerdo los patios de la Roma clásica. Luego de unos instantes llegaba a la primera planta, a cuatro pasos de la puerta que daba entrada a la sala en la que se figuraba a la señora de la casa. El criado la abrió sin llamar y, con otra reverencia, rubricada por una sonrisa sin doblez y el ademán de la mano, lo instó a acceder a su interior.
Alessandra estaba de espaldas, sentada al extremo de la mesa más próximo a la puerta, y ni se inmutó. Aguardó a que Ángelo avanzase a su altura, le besase la mano y articulase unas corteses palabras a modo de saludo. Su mirada lo recorrió de arriba abajo, sus labios compusieron un mohín que venía a testimoniar su aprobación por la resplandeciente gorguera, las calzas acuchilladas de tejido beige y el jubón del mismo tono, y lo invitó a que tomase asiento enfrente de ella. Al segundo se llevó la mano derecha a la frente como si se hubiera olvidado de algo, se levantó sin dar tiempo a que Ángelo le retirase el sillón con respaldo de terciopelo rojo, y se apresuró hacia la puerta de salida.
—Vuelvo enseguida —se disculpó a la vez que la abría y derretía a Ángelo con el fuego de sus ojos negros.
El banquero dio por hecho que a Alessandra le acuciaba una urgencia que no admitía demora y se empleó en fijar su atención en la pieza en que se había quedado en soledad y a la que, de resultas de los nervios y de un cierto envaramiento, no había echado cuentas en su anterior cita. La decoración, el mobiliario, la configuración de una mesa, cualquier detalle en suma, lo entendía, además de interesante, de lo más revelador, porque formaban parte de la personalidad de su propietario, en cierto modo venían a proporcionar o sugerir indicios sobre su manera de ser.
Tapices de Arras, cortinas y guadamecíes revestían las paredes y creaban un mundo de confort que estimulaba a las confidencias. El suelo lo ocultaban mullidas alfombras, que al pisar sobre ellas daban la impresión de estar recubiertas de pluma de ganso, y del techo, en el centro del mismo, colgaba una araña de plata y cristal, cuyos cirios fabricados a molde, que se encajaban en modernas virolas, aún no habían sido prendidos por el fuego y puede que no se encendieran hasta bien entrada la noche, por cuanto los días estaban siendo largos y luminosos y los postigos de las ventanas los habían abierto de par en par.
A su derecha, pegada a la pared, una vitrina dorada, de cuidada talla de madera de roble, exhibía vasos y copas de plata, de alabastro y de pórfido, así como lozas de Urbino y vidrio de Murano. A la izquierda, sobre patas torneadas y tallas en relieve, se apoyaban dos arcones que Ángelo supuso con ropa de casa en su interior, encima de los cuales se apilaban tres o cuatro joyeros abiertos, con oros y piedras preciosas. Y uno de los rincones lo acaparaba una mesita baja cuya superficie de mármol se la repartían un laúd, una viola, un cuaderno de música y libros lujosamente encuadernados y dejados caer a la buena de Dios, en un desorden estudiado hasta el último detalle.
—Ángelo, como habréis observado, la mesa ya está puesta, de manera que nadie nos va a importunar, mientras tengáis a bien hacerme el honor de acompañarme —Alessandra portaba una bandeja de plata y esparcía su mirada sobre el mantel de lino blanco, que presentaba una vajilla de porcelana y copas y jarras de vidrio con motivos florales—. Espero hayáis perdonado mi momentánea ausencia, pero las muy estúpidas de las criadas habían olvidado servir estos exquisitos mazapanes, que a buen seguro os traerán recuerdos de vuestros años en Siena. Los elabora un confitero, compatriota vuestro, que goza en Roma de un reconocido prestigio. Si preferís dulces de miel, de almendra, de nueces, o pasteles de hojaldre con carne de ciervo y de liebre, tomad cuantos gustéis.
—Vos siempre tan atenta. No teníais que haberos molestado.
Los ojos de Ángelo se fueron detrás del rumboso escote que culminaba el vestido azul cielo de seda, con mangas transparentes y estrechas, ajustadas a los puños con cenefas de perlas de Alessandra, quien, al volcarse sobre la mesa para posar la bandeja con los mazapanes, dejó ver algo más que el inicio de unos pechos bien formados y de justas proporciones, entre los que hacía equilibrios un ángel de oro tallado en un rubí que colgaba de un collar de perlas, obsequio suyo al poco de conocerse.
—Satisfaceros constituye para mí el más dulce de los placeres. Decidme de cuál de los vinos que he elegido para abrir boca os sirvo —a Alessandra, que humedecía la punta de los dedos en el aguamanil y tomaba una servilleta para secarse, no le había pasado inadvertida la fijación de Ángelo en sus pechos y, lejos de violentarse, se sintió halagada.
—Si no os importa, para mí un Lacryma Christi —Ángelo había trasladado la mirada al rojo de sus labios, que unido al mismo tono en las mejillas hacía resaltar más aún su tez de porcelana, en contraste con las sombras que se había dado en los párpados inferiores y el mentón. Su pelo negro lo recogía una corona de cabellos postizos entrelazados con cadenas de oro y perlas preciosas, y un velo de color marfil envolvía sus orejas.
—Yo tomaré un moscatel de Asti —dijo mientras sus manos de nieve y uñas coloreadas escanciaban el vino en la copa de Ángelo —. ¿Qué me contáis de la ya no tan pequeña Margherita? ¿Cómo le van sus lecciones en casa del cardenal Borgia?
—Sus progresos me tienen admirado. Y sus ansias de aprender, todavía más —cada vez que su protegida preguntaba por su hija, a Ángelo le asaltaba la duda de si lo hacía porque realmente le iba algo en ello o por quedar bien ante él.
—¿Qué tal se os ha dado el día? —para Alessandra era una forma como otra cualquiera de reclamar a Ángelo que la pusiera al tanto de lo que se cocía en la ciudad.
—Me ha visitado Johann Burchard, o, para ser más ajustado a la verdad, lo he invitado a comer yo a mi casa. De entrada, me mandó recado declinando mi invitación, pero luego se lo pensó mejor y se presentó cuando ya no lo esperaba. Mañana es el gran día, no se le va de la cara la tensión que tendrá que soportar y habrá juzgado que un rato de esparcimiento, libre de preocupaciones, no le vendría mal. Aunque a los postres, ya más expansivo por el vino, hemos acabado conversando de lo mismo de lo que conversa Roma entera y media cristiandad. En el fondo, Burchard es un enamorado de su quehacer, un vocacional, y a partir de mañana va a estar en su salsa.
—Por nada del mundo me gustaría estar en su piel. No debe de ser fácil manejar a más de veinte cardenales, cada uno con su desbordado ego, habituados a ser ordeno y mando, a imponer sus condiciones —la esperanza de Alessandra se cifraba en que un día Ángelo se presentara en su casa trayendo del brazo al maestro de ceremonias del Vaticano, el hombre que dominaba los entresijos de la Santa Sede y el encargado de velar por el perfecto desarrollo de los cónclaves en los que se elegía al papa. No estaría de más departir con él y tirarle de la lengua.
—De Burchard admiro su sangre fría, su disciplina y su minuciosidad. Y, más que nada, la experiencia. En la elección de Inocencio VIII ya estuvo al frente de la organización del cónclave, así que seguro que no se le pasa un detalle. Y cuenta con el apoyo inestimable de un diario en el que, desde el día que tomó posesión de su cargo, va anotando cuantas cosas atañen al Vaticano, por fútiles que parezcan.
—Ese diario vale su peso en oro. Daría la más costosa de las joyas que me habéis obsequiado, por tenerlo un ratito en mis manos y ojearlo. A saber la de secretos que guardará. Lo mismo hasta nos desvela los remedios que, al objeto de alargarle la vida, los médicos aplicaron al papa en su agonía —Alessandra mojó los labios en su copa y chasqueó la lengua con coquetería.
Entre la población de Roma había cundido el rumor de que, ante la insuficiencia renal que padecía y habiéndosele practicado sangrías sin resultado, a Inocencio VIII se le realizó una «transfusión» por vía oral de la sangre extraída a tres niños que acabaron por morir y a cuyos padres se les compensó con un ducado de oro. A este rumor vino a seguir el de que a lo largo de los últimos meses de su vida el único alimento que el pontífice ingirió había sido la leche que mamaba de una mujer.
—Nunca Burchard revelaría un asunto de tal trascendencia. Todo lo que atañe a la intimidad del pontífice lo guarda tal que fuese un secreto de confesión —dijo Ángelo.
—Eso le honra. Pero, con unas copas de más en el cuerpo, lo mismo os ha dejado caer al oído algo, si no interesante, al menos curioso —Alessandra no se daba por vencida.
—Durante el almuerzo me ha hecho partícipe de las exigencias de los cardenales, algunas de ellas de lo más extravagante, para que en el interior de sus celdas se encuentren como en sus propios palacios y no echen a faltar nada —Ángelo esperaba que su cortesana se diese por satisfecha con las minucias que iba a referirle.
—Siempre me he preguntado cómo será por dentro una de esas celdas, en las que duermen hasta haber elegido al santo padre — Alessandra escoltó sus palabras con un suspiro.
El banquero vio el cielo abierto.
—Lo que voy a revelaros me lo ha leído de su propio diario hace unas horas. Una mesa, una silla, un escabel. Un asiento para descargar el vientre. Dos orinales, dos servilletas, cuatro toallas de mano. Dos trapos para secar las copas. Una alfombra. Un arcón para la ropa, camisas, roquetes, toallas para la cara y un pañuelo. Cuatro cajas de dulces, un vaso de piñones con azúcar, mazapán, azúcar de caña, bizcochos y un pan de azúcar. Una jarra de agua. Un salero. Cuchillos, cucharas y tenedores. Una balanza pequeña, un martillo, llaves, un asador, un alfiletero. Un juego de escritorio con cortaplumas, pluma, pinzas, junquillos y portaplumas. Una mano de papel para escribir. Cera roja…
—Desde luego sus eminencias no se privan de ningún capricho. Son como niños —Alessandra estaba tan admirada por las exigencias de los cardenales, como por la buena memoria de Ángelo. Y le sugirió—: Si está en vuestras manos, un día de estos lo invitamos a cenar y probamos a sonsacarle sobre asuntos de más calado.
A Ángelo la insaciable curiosidad de Alessandra lo tenía poco menos que anonadado, y estaba persuadido de que, si le trajese a Johann Burchard, ganaría enteros en la elevada cotización de la que a sus ojos ya gozaba.
—¿Haríais eso por mí? —la cortesana parpadeó de forma teatral y se propuso aprovechar el momento—. ¿Y podría saberse quién es el cardenal que cuenta con más posibilidades para ocupar la silla de Pedro?
—Puede que sea su eminencia Giuliano della Rovere, toda vez que con el último papa ya gobernó de facto, amontona años de servicio y goza de un gran predicamento entre la mayor parte de los cardenales. Tampoco está mal situado su eminencia Ascanio Sforza, hermano de Ludovico el Moro, príncipe de Milán. De cualquier modo, Burchard es del parecer que aquel que entra al cónclave como papa sale como cardenal, o lo que viene a ser lo mismo, que el favorito acaba derrotado y el que menos se espera se alza con el triunfo. Ya acaeció con la elección del cardenal Cibo, Inocencio VIII, en opinión de mi amigo un papa nefasto, a quien más que otra cosa ha preocupado amasar riquezas y colmar de prebendas a los suyos.
Alessandra acordó incidir sobre la brecha que Ángelo había abierto.
—¿Creéis que en la elección del nuevo papa primarán los intereses económicos sobre el interés puramente espiritual?
Ángelo, que acababa de saborear un mazapán de Siena, cuya calidad ponderó como si antes no hubiera probado otro igual, tomó una servilleta con la que se limpió los labios y no sin cierta parsimonia se aprestó a responder.
—Mi admirada Alessandra, ojalá poseyese dotes de adivino. A modo de ejemplo podría haceros partícipe del comportamiento que, para salir elegido, protagonizó el anterior pontífice. En el cónclave no se avergonzaba de garantizar a varios cardenales, a fin de que lo votasen, cuantas peticiones le hacían por descabelladas que fueran, hasta el punto de que las eminencias que estaban por meterse en la cama y no habían sido informados de nada, en cuanto se percataron de lo que se estaba tramando a sus espaldas, abandonaron sus celdas y corrieron a medio vestir, a efectuar también sus demandas a cambio de su voto.
Alessandra diseñó una mueca de desconcierto, que hizo especular a Ángelo que lo que le había revelado no entraba en sus cálculos. Los cardenales, en paños menores, corriendo de madrugada por la capilla del Vaticano a la caza de canonjías a cambio de su voto resultaba de lo más cómico, pero era una realidad que no admitía discusión.
—Y lo más admirable de esta historia es que a la larga Inocencio VIII no cumplió ninguna de sus promesas —remachó Ángelo, crecido por el impacto que sus palabras estaban suscitando en Alessandra—. Sea como sea, en los tiempos actuales no sería concebible un poder exclusivamente espiritual del papa. Si se pretende estar en igualdad de condiciones con los demás Estados de Italia y de la cristiandad, ha de verse refrendado por otro económico y militar.
—Si os pusieran una daga al cuello y os vieseis obligados a dar el nombre del cardenal que a vuestro juicio va a ocupar la vacante de Inocencio VIII, ¿por quién os inclinaríais? —Alessandra pasó un trozo de pastel de carne a Ángelo y al constatar cómo al roce de su mano la piel del banquero se erizaba, amagó una sonrisa con ribetes de picardía.
—Difícil me lo ponéis, madonna, pero haré un esfuerzo por complaceros —Ángelo le cogió la mano y sus dedos acariciaron los de ella—. La situación ha cambiado en el Vaticano, hasta no hace mucho eran las espadas de quienes apoyaban a uno u otro candidato las que decidían el nombramiento. Hoy por hoy gozan de más influencia el soborno y el oro.
—Si no he comprendido mal, estáis dando a entender que saldrá elegido pontífice aquel que más riquezas posea. No deseo que me malinterpretéis ni os sintáis ofendido por ello, pero me parece un planteamiento de lo más simplista —lo último que a Alessandra le convenía era menospreciar a su banquero, de ahí que se cuidara de quitar hierro a sus palabras, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Mi querida Alessandra, he de reconoceros el mérito de ir siempre un paso por delante de mí. Os asiste toda la razón. El candidato ha de hacer acopio de unos dones con los que poner a la Santa Sede donde le corresponde y recobrar la imagen de la Iglesia que Inocencio VIII echó por tierra. Ha de ser una persona de recio carácter, que gobierne el Estado Pontificio con mano dura y no se deje amilanar por nadie, la antítesis del anterior papa, una marioneta en manos del cardenal Della Rovere, quien, en vista de que le había sido imposible que lo eligieran a él, intrigó más que ningún otro para secundar el ascenso al trono de Pedro de aquel hombre sin personalidad y se creyó luego en el derecho de gobernar en su nombre.
—Supongo que vuestro candidato ha de estar adornado de una formación y cultura envidiables para lidiar con los cardenales, con los jefes de Estado italianos y de fuera de Italia, o con los embajadores de los cuerpos diplomáticos destacados en el Vaticano —interrumpió Alessandra, quien a medida que iba progresando la conversación se notaba más a gusto. Si hubiera nacido hombre…
—Mi querida amiga, tal y como gustan de decir los franceses, il va de soi, se presupone. Y así debiera ser. Pero ha habido de todo. A Calixto III, representante de Cristo en la tierra entre los años 1455 y 1458, como quiera que por vez primera contemplase el ingente número de volúmenes que integraban la Biblioteca Vaticana, no se le pasó por su augusta cabeza, sino comentar que la Iglesia bien podía haberse gastado el dinero en algo de más provecho. Y no porque no fuera un hombre culto, que lo era y en grado sumo.
—Y del último papa, ¿qué opináis? ¿Suscribís el parecer de vuestro amigo Johann Burchard? ¿Ha sido tan nefasto como os ha confesado? —Alessandra le medió de Lacryma Christi la copa, que estaba en las últimas, y le dio a probar un dulce relleno de miel, que ella hallaba particularmente delicioso.
—Mi impresión no obedece a un capricho ni es la secuela de una inquina personal, sino que nace de la reflexión a raíz de unos hechos de sobra probados y condenados por cualquier persona de principios. Inocencio VIII, por encima de desentenderse de los asuntos de gobierno, ideó cargos en el seno de la Iglesia con el ánimo de cobrar elevadas sumas de los que optaban a ellos, incrementó el número de otros ya existentes y tal que un mercader sacó a la venta bulas y perdones. Y a su hijo Franceschetto no hubo capricho que no le consintiera. Las multas que los fieles hacían efectivas por los delitos que cometían, y que estuvieran por encima de los ciento cincuenta ducados, Franceschetto se las quedaba en su integridad, y solo las de menor cuantía iban a engrosar el Tesoro papal, salvo un montante concreto de las mismas, que acababa en la bolsa del vicecanciller. Y a un cardenal, que en una partida de cartas le había ganado al impresentable Franceschetto cuarenta mil ducados, le obligó a devolvérselos con la pueril excusa de que había hecho trampas.
—Se ve que vuestro amigo os tiene informado al dedillo de cuanto acontece en la Curia Apostólica. Pero no habéis contestado a mi pregunta inicial. ¿A quién votaríais vos? —Alessandra lanzó sus ojos a los de Ángelo y los fijó con más intensidad cuando el banquero carraspeó y comenzó a hablar.
—Sin duda alguna al español Rodrigo Borgia, para mí el más capacitado para revertir el statu quo. Dueño de un temperamento arrollador, es astuto, flexible, hábil negociador, no se deja influenciar por nadie y, como el más sibilino de los diplomáticos, domina el arte de esconder sus intereses y sacar a la luz los ajenos. Y como quiera que comenzara en calidad de cardenal y vicecanciller con su tío Sixto III hace la friolera de treinta y seis años, cuando era un jovenzuelo imberbe, lo avala una larguísima experiencia.
—De no haber sido por su tío, el también español Sixto III, puede que Rodrigo Borgia no hubiera llegado tan alto. ¿No opináis lo mismo? —Alessandra no tenía nada contra el cardenal español, anhelaba en cambio poner a prueba la capacidad de argumentación de Ángelo. Debatir para ella era lo más similar a una partida de ajedrez o un duelo a esgrima. Le apasionaba la confrontación, la dialéctica. La destreza para salir airoso de una discusión era un mérito que admiraba sobremanera en un hombre, después de, por descontado, una bolsa bien repleta.
—Únicamente Dios lo sabe. De lo que sí sé que estoy del todo convencido es de que, si no lo ornasen ciertas prendas, no habría estado tanto tiempo en primera línea de fuego. Me parece de lo más revelador que, a la muerte de su tío, y cuando se persiguió y masacró a los españoles que se habían favorecido en tanto duró su mandato, a él se le respetara y se le dejara en paz. Si todo lo anterior lo sazonamos con que es rico hasta la exageración y ha cumplido los sesenta, la edad de la plenitud, me reafirmo en que resulta el candidato ideal.
—No habéis hecho mención a la fama de inmoral y corrupto que le precede. Le fascinan las piedras preciosas, los vestidos bordados en oro, la plata y las perlas en las gualdrapas de sus monturas, y si ha llegado a ser inmensamente rico ha sido porque ha acumulado un sinfín de cargos eclesiásticos que conllevan sustanciosas rentas y porque solo su cargo de vicecanciller le deja al año ocho mil ducados —a Alessandra le alentó el convencimiento de que con tales argumentos por una vez había dejado touché a su banquero.
Ángelo, que no veía el momento de llevarse a su cortesana a la cama y estaba empezando a cansarse de tanta palabrería, le contestó de modo lapidario:
—El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
3
Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492
Stéfano, un pobre diablo, a consecuencia del vino trasegado en una taberna y la oscuridad de la noche, es objeto de un accidente
Sentado en un banco corrido que flanqueaba una mesa de madera, Stéfano había llenado y vaciado hasta decir basta, el vaso de estaño que había extraído de debajo de la ropa y guardaba para no contagiarse de las plagas que asolaban Roma. Y aun así no las tenía todas consigo, que más de uno y de dos de los que tenían por hábito apurar las noches en aquel garito del Trastévere revelaban en las manos y en el rostro indicios de una enfermedad que no hacía distingos de sexo, edad o condición.
Ya algo achispado, se había solazado con Camila, una meretriz con nombre de heroína clásica, que estaba en el ocaso de su carrera y cuya tarifa era proporcional a la flaccidez de sus carnes y a la desgana con que se comportaba en la lid amorosa, y para poner colofón a tan gloriosa jornada había contribuido a que el tiempo volase con su rendición a una partida de cartas. A lo largo de la misma había apostado sus parcos ahorros en envites, en los que estaba seguro de que llevaba todas las de ganar y que le dejaron con la bolsa temblando. Y hacer trampas, mejor ni planteárselo, que la clientela que atiborraba el local no incitaba especialmente a ello. En más de una ocasión había sido testigo de disputas, mamporros y cuchilladas, cuyos protagonistas habían acabado haciendo compañía a los peces del Tíber.
Si esa noche había bebido por encima de lo que tenía por norma, si se había enfrascado en los naipes hasta quedar pelado, lo cargaba a las ganas con que había hecho acto de presencia en aquella taberna de mala muerte y a su deseo poco menos que obsesivo de recuperar el tiempo perdido por culpa de las tormentas que, sin conceder tregua a lo largo de tres días con sus correspondientes noches, habían azotado la ciudad de los papas y lo habían forzado, como a tantos y tantos, a recluirse entre las cuatro paredes de su casa.
Por más que el calor, igual que todos los veranos, hubiese sido implacable y tornado la atmósfera irrespirable e insana, hasta el punto de que nobles, terratenientes y prelados se habían mudado al frescor de sus villas de más allá de las murallas y de los montes Albanos, el brutal estallido de un trueno, al que se encadenaron otros, había dado vía libre a un combate, en el que rivalizaban relámpagos, rayos y un diluvio que amagaba con horadar la tierra y remover sus entrañas. De la ciudad se había apoderado una ominosa oscuridad, de sus pedestales habían caído estatuas, el suelo se había resquebrajado dejando a la vista vestigios del pasado, el Tíber se había salido de madre y, entre un lodazal de agua, fango y cascotes, habían aflorado a la superficie sepulcros y restos humanos.
Como otras noches, Stéfano había abandonado el local sin despedirse de nadie y con una punzada de aprensión se había dispuesto a enfrentar los peligros que a horas tan intempestivas acechaban los barrios de Roma y con más virulencia el barrio donde a la sazón se hallaba y al que había acudido llevado por su mala cabeza y su amargura. Y le dio por pensar que la muerte del papa Inocencio VIII había dejado una ciudad huérfana de autoridad, en la que bandas de facinerosos campaban a sus anchas, perpetraban toda suerte de delitos y se valían de la impunidad que se les concedía, para dirimir diferencias, restañar heridas y saldar cuentas pendientes. Entre otras razones, porque, durante las fechas que mediaban hasta la elección del nuevo pontífice, cuantos pecados se cometieran quedaban graciosamente perdonados, sin precisar de confesión.
La luz de las mañanas de esos días de interregno entre papa y papa solía traer montones de cadáveres desparramados por callejas y rincones o flotando en el río, cuando no en sus profundidades, con una piedra amarrada al cuello, y se estimaba de lo más normal que se saquearan o fueran pasto de las llamas palacios de algún que otro cardenal, cuya tabla de salvación se la proveían las murallas de sus fortalezas, tras las que se parapetaban hasta tanto las aguas volvían a su cauce.
Stéfano se alisó el pelo apelmazado y sudoroso, se tentó el chafalote de hoja afilada y ancha que colgaba de la cintura, bien resguardado en su funda a la altura del costado derecho, y elevando los ojos al cielo esbozó una media sonrisa al divisar allá en lo alto una luna grande y plateada, que iba a servirle de guía y escolta a lo largo del trayecto que estaba por emprender.
Después de unos primeros compases titubeantes, lentos y desconfiados, en los que no cesaba de echar la vista atrás, optó por apretar el paso, marginó al rincón del olvido la eventualidad de un enojoso encuentro y antes de que se quisiera dar cuenta se enfrentaba a Ponte Sisto, que lo ponía al otro lado del Tíber y en comunicación con la zona más extensa y abigarrada de Roma.
En paralelo a la corriente del río, sin perder de vista sus aguas negras y crecidas, transitó por delante del teatro Marcelo, dio la espalda a la iglesia de San Giovanni Decollato, cuyos escalones de acceso los agobiaban desheredados de la fortuna, que en las posturas más sorprendentes descabezaban un sueño, y cruzó a toda prisa lo que quedaba del Foro Romano, tras cuyas columnas se apostaban rufianes prestos a matar por unas calzas, una camisa, un jubón o una capa, que a la vuelta de unos días vendían en el mercado negro.
En tanto desfilaba por debajo del arco de Tito, se apreció empequeñecido, tal que hubiera menguado, y un estremecimiento le sacudió la nuca al alzar sus ojos al Coliseo, el majestuoso monumento que tal vez en mayor grado lo pusiera en conexión con el pasado, como si su mera contemplación lo retrotrajera a siglos atrás y le hiciera enorgullecerse de formar parte de una civilización que tantos episodios de gloria había obsequiado al mundo, si bien, analizado desde otra perspectiva, venía a representar de igual manera la crueldad y sinrazón de un tiempo ya superado.
El monte Opio, a medio camino entre el Palatino y el Esquilino, se insinuaba como el postrero escollo que le restaba por superar, antes de girar sobre sus huellas y enfilar en dirección a Campo dei Fiori, donde había dejado el carro de su propiedad y en cuyo interior tenía pensado encadenar un sueño, hasta que la claridad del alba, el regusto amargo de la resaca y los clavos en las sienes lo sacasen del mismo. Desde allí arrearía el mulo y atravesaría media ciudad rumbo al sur para salir de las murallas por Porta San Paolo a campo abierto, hasta converger en el cuchitril que tenía por vivienda y que no compartía con nadie. Y no porque le hubiesen faltado ganas o no lo hubiese ambicionado. Pero las cosas no habían salido como a él le habría gustado, los desengaños amorosos, las traiciones se habían ido sucediendo y acabaron por hacer de él un hombre receloso, arisco e insatisfecho con su suerte.
Ya que el amor había pasado de puntillas para no quedarse, y estaba cargado de prejuicios como para volver a salirle al paso, cifraba su ambición en llegar a ser como uno de esos ricachones que se concedían el lujo de mantener en exclusiva una mujer para su uso y disfrute, una cortesana a la que quien más y quien menos llamaría madonna, a la que instalaría en un palacete como el de los Orsini o los Colonna, a la que sepultaría en joyas y obsequiaría costosos vestidos y los perfumes más delicados.
Estaba Stéfano atacando las primeras rampas del monte Opio, cuando el cansancio y el sueño empezaban a pasarle factura. En determinadas zonas, el terreno, jalonado de matorrales en los que dormitaban gatos y culebras, se notaba resbaladizo, por lo que se veía obligado a poner en liza sus cinco sentidos, si no quería dar con sus huesos en el suelo. En otras, aluviones de tierra, que habían germinado de la tormenta de días atrás, le aconsejaban dar un sinfín de rodeos para no tropezar con ellos.
Conforme iba avanzando, alguna que otra nube aislada, que había aparecido de manera inesperada, cruzaba por delante de la luna y hacía que su resplandor llegase por momentos más difuminado, por lo que, más que de la vista, le era menester fiarse de su memoria y capacidad de retentiva, que para algo sus pasos estaban adiestrados para hollar el mismo sendero cada vez que el vino hacía de las suyas y en las oscuras noches de invierno era como si lo transitasen por cuenta propia.
Ahora, fragmentos de mármol, escapados de algún resto de columna, a los que se agregaban cascotes salidos de Dios sabe dónde, modelaban lo más afín a una muralla de escasa altura, que en condiciones normales habría salvado sin dificultad. Pero las piernas le pesaban como si cadenas de hierro las lastrasen, así que juzgó más conveniente retroceder unos pasos, desviarse del camino de siempre e indagar un acceso distinto.
Mientras tanto, la nube aislada pasó a ser un recuerdo y en lugar suyo montones de nubes vinieron a superponerse unas a otras trazando un enrejado, o, mejor, un tapiz, unas nubes compactas que no filtraban la luz y daban la impresión de que habían venido para asaltar el cielo. La luna acabó por transformarse en un torpe remedo de sí misma, poco más que en una siniestra caricatura, y en un suspiro la noche se tornó negra como pata de araña y lo dejó a merced de las tinieblas. Y se confesó desorientado y perdido. Tan desorientado y perdido como lo estaba en la vida. Y empezó a ser presa de los nervios.
Se paró en seco, tragó saliva y se marcó de objetivo tranquilizarse y recobrar la sangre fría. No estaba tan lejos de su destino y no sería la primera vez que se veía en la dificultad de plantar cara a una noche como aquella. Claro que el diluvio caído había dejado su impronta y el camino distaba de parecerse al de antes. Se habían originado corrimientos de tierras, se habían abierto socavones, y piedras de todos los tamaños y formas erizaban la superficie y le empujaban a ralentizar el paso.
Ante la perspectiva de que fuera a estrellarse contra algo y se lastimara, adelantó el pie derecho alzándolo en el aire de una forma grotesca y avanzando con ello más de lo que en él era normal. Ya había comenzado a hacerlo descender para dar con su apoyo en tierra, y a renglón seguido realizar la misma operación con el izquierdo, cuando un soplo de aire helado le abofeteó el rostro, la espina dorsal se le erizó y ante sus ojos que no veían cobró carne el espectro de su madre fallecida que, con una sonrisa sin dientes y agitando la mano, lo acuciaba a seguir en pos de ella.
En su descenso, el pie rozó primero hierbajos y zarzas cuyo crecimiento habría propiciado la lluvia y, no bien se disponía a posarse sobre la tierra, que por debajo servía de manto, y a aguardar la presencia del otro pie, que ya iniciaba la maniobra de aproximación, vino a desfondarse en el vacío más absoluto. Y un grito fue a escapar de su garganta, al tomar conciencia de que ambos pies acababan de ser succionados por una grieta que se agazapaba bajo la maleza y que, lejos de darse por satisfecha con tan magra presa, reclamaba las restantes piezas de su cuerpo. Luego, como si una fuerza inhumana tirase de él hacia abajo o unas manos lo empujasen por la espalda, el descenso al abismo, después, golpes y rozaduras en los hombros, los costados y la cabeza, y para finalizar, la agridulce sensación de que el mundo se acababa, ya todo había llegado a su fin y de una vez por todas se le permitía descansar en paz.
4
Roma, 5 de agosto del año del Señor de 1492
Un desconocido que pasaba por allí, oye los gritos de socorro de Stéfano
El cuerpo le dolía como si por encima le hubiese pasado una manada de búfalos, la pierna derecha no daba señales de vida y de un momento a otro la cabeza iba a saltar hecha pedazos. Se frotó los ojos y fue a rociarlos por los rincones de donde quiera que hubiera caído, pero no atinó a distinguir nada, y la mente le jugó una mala pasada al proyectarle que, de resultas del golpe en un punto sensible de su anatomía, lo mismo se había quedado ciego. Estaba tendido bocarriba, los brazos pegados a los costados, y fueron las manos las que al roce de lo que había debajo le revelaron que era tierra, una tierra reseca y cuajada de guijarros, que a la altura de los riñones y la espalda se le estaban clavando como puñales.
Con idea de escapar de aquel suplicio, hizo por incorporarse, ponerse primero en cuclillas y a continuación de pie, pero las fuerzas no le respondieron y la única pierna con ciertas garantías le temblaba de manera tan ostensible, que resolvió darse la vuelta y probar bocabajo. Por una asociación de ideas más que evidente, mientras redoblaba sus esfuerzos por cambiar de postura, le rondó la imagen de una tortuga a la que un niño travieso hubiera dado la vuelta y pugnara por recobrar su posición natural para echarse a andar.
Ahora, a la manera de una serpiente, empezó a reptar, a avanzar con el movimiento de los codos y con la rémora de la pierna que no obedecía las directrices de su cerebro, y en su desplazamiento a ninguna parte fue topándose con guijarros como los que se le habían clavado en la espalda y en los riñones, con montoncitos de tierra apilados unos detrás de otros y con lo que al tacto reconoció como cascotes y piedras de tamaño considerable.
La oscuridad y un silencio fracturado por el roce de su cuerpo sobre el suelo seguían siendo sus únicos acompañantes y en su mente empezaron a desmenuzarse los recuerdos, que conforme avanzaba el tiempo iban aproximándolo con más fiabilidad a lo que había sucedido.
Había pasado buena parte de la noche en una de las tabernas del Trastévere, donde había dado cuenta de un sinfín de vasos de vino, su fijación por las cartas le había hecho perder hasta el alma, y se había desahogado con una puta cuyo nombre había olvidado, pero que apostaría se lo había birlado a una heroína del mundo clásico. Luego de haber traspuesto media Roma, a la altura del monte Opio, la luna se había oscurecido, había renunciado a alumbrar su camino y entre tropezón y tropezón se había visto obligado a andar a tientas y confiar en su intuición para no terminar descalabrado.
Seguía anclada a su memoria la zona por donde había transitado, resbaladiza y sembrada de matorrales, de residuos de mármol, de alimañas, así como aquella última zancada en la que, en vez de encontrarse con el acomodo de la superficie, se encontró con un agujero lo suficientemente amplio como para haberse tragado su cuerpo entero. Luego, mientras se precipitaba cielo abajo, sin saber adónde, el cosquilleo en el estómago, la sequedad en la boca, la sensación de vacío e indefensión y el estallido de su cuerpo roto al estamparse contra la dureza del suelo.
De lo que, en cambio, no guardaba recuerdo alguno era del tiempo que llevaba en aquella cueva. Igual la noche en que había sufrido el percance aún no había tocado a su fin y había estado inconsciente dos o tres horas, que igual llevaba durmiendo días o semanas. Y se asió a la esperanza de que la grieta por la que había caído e intuía sobre su cabeza, más pronto que tarde permitiera el paso de un rayo de sol, que lo orientase y despejase sus dudas.
Mientras tanto, por más que fuese a un ritmo en exceso lento, seguía reptando y reptando, en un intento de al menos hacerse una idea de la forma y dimensiones de la trampa en la que lo habían cazado. Sus esfuerzos pronto se vieron recompensados y, tras varios recorridos hacia arriba y hacia abajo, aventuró que aquello era una cámara de planta rectangular no muy amplia, y para descanso de su cuerpo comprobó que uno de los lados más cortos presentaba un reborde a ras de suelo de una altura de tres o cuatro cuartas. A duras penas logró tomar asiento en él y al pasar las manos por la lisura de la pared y su rectitud, cayó en la cuenta de que igual se había precipitado al interior de una de tantas construcciones antiguas que proliferaban bajo la superficie de Roma.
En estas digresiones andaba embebido, cuando un rayo de sol, poco más que un hilo, vino a iluminar el espacio de delante de sus pies. Minuto a minuto el hilo fue ganando espesor y con él el área sobre la que proyectaba su claridad. Sus uñas escarbaron la tierra que ahora se veía rojiza y punteada por fragmentos de ladrillo y, escarbando y escarbando, apartando a un lado la tierra, fueron a tantear la superficie dura y lisa de lo que se ocultaba debajo: un pavimento enlosado cuyo color no adivinó, pero que lo reafirmó en la idea de que antaño aquel recinto en el que se hallaba había sido habitado por hombres como él y no era un accidente de la naturaleza.
Alzó los ojos y muy por encima del agujero por donde el sol penetraba vislumbró un cielo rosáceo, que al poco se hacía azul y lo ponía en conexión con la vida. Una vida que en el exterior daba por hecho seguiría como de costumbre, sin que nadie lo echara de menos. Faltaba poco para que hombres y mujeres circularan por las inmediaciones del agujero y quién sabe si no reparaban en él y no les daba por asomar la cabeza.
De sus conjeturas y reflexiones lo sacaron unas toses, que provenientes del exterior se iban haciendo cada vez más cercanas. No iba a dejar pasar aquella oportunidad. Igual no volvía a aparecer nadie hasta dentro de horas o días, o él no se apercibía de ello, o no aparecía nunca. Y haciendo bocina con las manos se puso a gritar, a pedir socorro. Ya se estaba figurando la cara de asombro de quien caminaba próximo a él, su cabeza dando vueltas y viendo de localizar la procedencia de las voces. O lo mismo no, lo mismo se agobiaba, salía a todo correr y desaparecía de por vida.
Por encima de su posición le llegó el eco de unas pisadas, que al cabo de unos instantes se detuvieron, y a las pisadas vinieron a reemplazar la cabeza de un hombre y su voz, que se abría paso a través del agujero:
—¿Quién está ahí?
—Me he caído en este agujero. Ayudadme. Os lo ruego por Dios Padre Todopoderoso.
—No perdáis la calma. Voy en busca de ayuda. Enseguida estoy de vuelta.
—Yo os diré cómo podéis ayudarme, buen hombre. Mejor vais a Campo dei Fiori y allí, a la derecha del abrevadero, veréis un carro con un mulo. Es un mulo bayo de los que se ven pocos por Roma, y el carro está medio despintado. Es mío, me sirve para acarrear fruta del campo. Traedlo aquí. En su interior hay una cuerda lo bastante larga y resistente como para llegar abajo y aguantar mi peso. Os recompensaré.
—No hay recompensa más valiosa que el amor de Nuestro Señor Jesucristo y hacer el bien.
No más haber dejado de oír la voz del hombre que se había brindado a socorrerlo, una sombra cruzó por delante de sus ojos y lo puso en guardia. Había sido un estúpido con dejarse embaucar, quién sabe si no regresaba y se quedaba con el carro y el mulo, siempre y cuando continuase amarrado a una de las argollas del abrevadero. Una actitud tan altruista no se ajustaba a la idea que se había forjado sobre el ser humano. Su filosofía de vida se apoyaba en dos premisas: nadie hace nada por nadie; y primero yo, luego yo, y después yo. Y empezó a hervirle la sangre por haber confiado en un individuo al que no conocía de nada, aunque, bien mirado, ¿qué otra cosa podía hacer?
Se cruzó de brazos, corrió los párpados y se dispuso a esperar. Semanas atrás, en el evangelio de la misa a la que asistió en la iglesia de San Clemente, había quedado impresionado por una parábola que narraba la historia de un samaritano que se encontró en el camino a un hombre medio muerto, a quien habían asaltado unos bandidos. El samaritano se acercó a él, derramó en sus heridas aceite y vino y las vendó, y montándolo luego en su cabalgadura lo trasladó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó de su bolsa unos denarios y se los entregó al posadero con el ruego de que mirara por él y le prometió que, si gastaba más, a su vuelta se lo reintegraría.
Quién no le decía que el hombre que se había prestado a socorrerlo no era como el buen samaritano de la parábola y regresaba y lo sacaba del agujero. Y hasta que regresaba, se puso a discurrir la manera de auparse a las alturas con el menor coste posible. De todas maneras, entre el porrazo que aún lo tenía aturdido, la fatiga por tanto reptar y la pierna que seguía más muerta que viva, el ascenso no iba a resultarle tarea fácil. Aunque, bien pensado, si desde arriba se actuaba de la forma que se estaba figurando, él apenas tendría que esforzarse, solo cuidar de que el nudo con el que iba a asegurar la cuerda a la altura de la cintura estuviera lo suficiente apretado como para no soltarse y no tanto como para dejarle sin aire. Ignoraba la edad del hombre al que aguardaba, si bien de resultas de su voz aseguraría que se trataba de una persona madura. Tampoco se hacía una idea de su físico, de si era alto o bajo, fuerte o débil. Fuera como fuese, tal detalle lo apreciaba irrelevante, tampoco se vería obligado a sudar en demasía, por cuanto su trabajo iba a consistir en desenganchar el mulo del carro y atar la cuerda al gancho del tiro. Era una operación tan simple, que hasta un niño podría realizarla.
El tiempo iba pasando, del buen samaritano no había ni rastro y por vez primera le invadió una sensación de claustrofobia, que provocó que la respiración se avivase, el rostro se congestionase y el sudor corriese por el cuello, el pecho y la espalda. Y para echar más leña al fuego le dio por maliciarse que el buen samaritano estaría muerto de la risa, tomándose unos vasos de vino a su salud, bosquejando en qué se fundiría los ducados que iba a sacar por la venta del carro y el mulo. Pero lo que más encanallado lo tenía era que, si gracias a la intervención de otro transeúnte acababa fuera del agujero, no iba a poder darse el gusto de ajustarle las cuentas a aquel aprovechado que se había burlado de él. Y esa reflexión acabó por hundirlo del todo y convencerlo de que, si en un plazo más o menos aceptable no aparecía, se pondría a gritar de nuevo.
Por nada de esto tendría que haber pasado si, después de haberse desahogado en la taberna, se hubiese ido a dormir al carro y a la mañana siguiente, abiertas ya las puertas de la muralla, lo hubiese arreado a su casa en el campo. Pero con excedente de vino en el cuerpo le daba invariablemente por lo mismo, por patearse media Roma a la luz de la luna y aguardar a que el aire fresco de la noche le apagara la borrachera. Y juró por todos los Santos que, si salía de esta y recuperaba el mulo y el carro, renunciaría al vino y se daría por satisfecho con zumo de frutas y agua.
5
Roma, 18 de agosto del año del Señor de 1492
Miguel Corella, quien sirve como guardaespaldas al obispo César Borgia, es llamado al Vaticano por Rodrigo Borgia, padre de César y nuevo pontífice con el nombre de Alejandro VI
Había entrado en Roma por Porta Angelica, luego de haber cabalgado desde Spoletto y cubierto las veinticinco leguas que enlazaban las dos ciudades en poco más de cinco horas, para lo que había dispuesto de dos caballos, el que montó a la salida, de origen bereber, negro zaino y bragado, y el que llevaba de reata, un semental español, alazano y careto, de abundante hueso y alzada pronunciada. Cuando a la altura de Terni advirtió que a su primera montura empezaba a faltarle el resuello y estaba a pique de reventar, se deshizo de ella y sin perder un minuto se pasó a la segunda, que cubrió el tramo restante.
Si al partir camino de Roma estaba destacado en aquella ciudad de Umbría en la que no se le había perdido nada y que Cicerón había calificado de colonia latina in primis firma et illustris, no era fruto del azar, sino porque así lo había ordenado el obispo de Pamplona César Borgia, a quien servía como guardaespaldas, desde que dos años atrás su ilustrísima se hubo instalado en Pisa con el empeño de cursar los estudios de Teología. Aunque en honor a la verdad, tenía que reconocer que el jovencísimo prelado no había hecho sino acatar la voluntad de su padre, el nuevo pontífice, quien, para evitar habladurías, le había recomendado encarecidamente se abstuviese de asistir a su coronación en Roma y se desviase a Spoletto en unión de su séquito.
Con la carta para su hijo en la que le prohibía su presencia en Roma había llegado otra para él, igualmente cerrada con lacre y con el sello del anillo papal, en la que su santidad le pedía, por supuesto encarecidamente, que a la mayor urgencia hiciese acto de presencia en las dependencias del Vaticano, donde, una vez recibiese instrucciones del maestro de ceremonias Johann Burchard, pasaría a la sala de audiencias para mantener con él una entrevista privada.
A lo largo del camino que lo conducía a Roma, había dispuesto de tiempo para hacerse cábalas acerca de la razón que habría impulsado a Alejandro VI a convocarlo. Hasta donde a él se le alcanzaba, no le constaba que el papa lo conociera, al menos en persona, a lo sumo estaría al corriente del servicio que prestaba a su hijo César, y poco más. Entonces, ¿a qué venía citarlo y con tanta premura? Como no fuese para reprenderlo por acompañar al joven, a quien las putas se lo disputaban como un tierno bocado, a cubiles de los que salía la mayoría de las ocasiones sin un ducado y apestando a vino…
Aunque tampoco ese comportamiento se le antojaba tan desvergonzado como para censurarlo. Todos los estudiantes lo hacían y el joven obispo no iba a constituir la excepción. Tenía la sangre caliente, era apuesto y simpático, vestía de seda, tafetán o terciopelo con joyas y piedras preciosas al modo de un príncipe, el dinero lo manejaba a manos llenas, e iba seguido de una corte de españoles que le reían las gracias. Si se adentraba con él en aquellas tabernuchas era porque entre las obligaciones que había contraído al tomar posesión de su cargo se incluía la de no dejarlo solo ni a sol ni a sombra. De hecho, dormía a los pies de su cama y, por lo que pudiera pasar, ni en sueños se desprendía de la daga.
Que al santo padre le asistía el derecho de reprobarlo por «alentar» los malos hábitos de su señor no iba a ponerlo en entredicho. Pero se le hacía cuesta arriba entender que a un hombre de mundo como el que le había remitido la carta le inquietaran esas minucias, máxime cuando él en sus tiempos de estudiante en Roma y en Bolonia había tomado parte en jolgorios y frecuentado tabernas y prostíbulos.
Después de haber efectuado el cambio de caballo, como si el semental español que ahora montaba le hubiese insuflado una bocanada de optimismo, se había puesto a barajar que lo mismo la razón de tan inesperada citación se debía al deseo de su santidad de hacerle patente su felicitación por el trabajo desarrollado en Pisa. Y de modo especial por el arrojo exhibido la noche en que, a la salida de un burdel, por poco si pierde la vida al defender a César de la embestida de cuatro o cinco maleantes, que al revolver una esquina lo acechaban espada en mano y exigían su capa bordada en oro de la que colgaban piedras preciosas.
De Alejandro VI, más allá de lo que de él se rumoreaba, sabía lo que en contadas ocasiones le había revelado su hijo César cuando el vino lo volvía más parlanchín, a lo que venían a sumarse las informaciones que a cuentagotas le suministraban los dos preceptores del joven, Romolino de Ilerda y Vera de Ercilla, quienes no se tapaban de él a la hora de verter comentarios concernientes al antaño cardenal y ahora pontífice de la cristiandad.
Rodrigo Borgia acababa de cumplir los treinta cuando emprendió una relación con Giovanna Cattanei, a quien en Roma llamaban madonna Vannozza, una bella cortesana once años más joven, por la que el entonces cardenal Borgia perdió la cabeza, hasta el extremo de decidirse a formar con ella una familia tan estable como otra cualquiera, en cuyo seno fueron naciendo Juan, César, Lucrecia y Jofré. El cardenal, a fin de cubrir las apariencias y mirar por la honorabilidad de la cortesana, le fue procurando a lo largo de su vida en común tres maridos, uno tras otro, quienes, siempre y cuando se llenasen la bolsa de ducados, no ponían impedimento a aceptar de buen grado tan infamante situación: el primero, un empleado del Vaticano al que Rodrigo había recomendado para un puesto de escribano y que falleció relativamente pronto; el segundo, un preceptor que, por encima de calentarle el lecho a Vannozza, se prestó a educar a sus hijos, quien también desapareció; y un tercero del que Romolino y Vera no le habían dado razón alguna.
Por más que la relación se hubiese enfriado hasta acabar por romperse, la pareja continuaba respetándose y guardaban un inmejorable recuerdo el uno del otro. El cardenal había convivido con una mujer singular a la que dio unos hijos por los que se desvivía y cuyo porvenir no iba a consentir que se le fuera de las manos. La cortesana, por su parte, había mudado radicalmente de vida y prosperado lo indecible. De habitar una casa de pisos en la que tenía por vecinos a dos zapateros remendones, dos lavanderas, un carpintero, un herrador y una puta vieja española, a la que frecuentaba un canónigo, había pasado a ser dueña de un palacio en el barrio de Regola, así como de una viña extramuros, unas cuantas casas de huéspedes y alguna que otra taberna que le rendían jugosos dividendos.
Al cumplir César once años, Lucrecia, seis y Jofré, cinco, su padre juzgó acertado prescindir de los cuidados de madonna Vannozza y su compañía, y trasladarlos al palacio de los Orsini, en Monte Giordano, con idea de que fueran educados bajo la tutela de Adriana, una prima a la que Rodrigo dispensaba un cariño sincero y a la que hacía depositaria de sus cuitas y secretos más íntimos. Y sería en el palacio en cuestión donde, en una de las visitas con que sorprendía a su prole, iba a sus casi sesenta años a perder la cordura y el sentido del ridículo por culpa de Giulia Farnese, una jovencita de quince, que desde Capodimonte había recalado en Roma con el propósito de contraer matrimonio con el hijo de Adriana. El enlace entre la bella y virginal Giulia y Orso Orsini, «el Tuerto», se celebró en el exuberante palacio de su eminencia el cardenal Rodrigo Borgia, quien, en calidad de regalo de bodas, no tuvo inconveniente en cederlo a la feliz pareja para que se casasen como Dios manda.
Tras descabalgar y confiar el semental español a un palafrenero encajado en una librea del Vaticano, que al instante se evaporaba, y cuando se disponía a sacudirse el polvo de la vestimenta y a secarse el sudor del rostro con un pañuelo que había sacado de debajo de la camisa, notó a la altura del hombro la presión de una mano, que le hizo darse la vuelta.
—Vos debéis de ser Miguel Corella, el guardaespaldas de su ilustrísima César Borgia, obispo de Pamplona —el acento de Johann Burchard se evidenciaba de lo más peculiar y chocante, arrastraba las erres y un punto de rigidez le hacía parecer distante.
—Y vos, el maestro de ceremonias del santo padre —salió al paso Miguel, al tiempo que devolvía el pañuelo al sitio donde lo guardaba. Si no había saludado por su nombre al hombre alto y enjuto que lo había recibido, que iba admirablemente aseado, vestía jubón de seda azulón y calzas a juego y llevaba la cabeza destocada, era porque no estaba convencido de acertar a pronunciarlo con corrección.
—En poco más de una hora os recibirá en audiencia privada el pontífice. Hasta entonces nos queda mucho por hacer —Johann Burchard lo repasó de arriba abajo y no escatimó un aspaviento de disgusto, que subrayó con un movimiento de cabeza—. No pretenderéis presentaros de esa guisa. Seguidme.
Al rato Miguel Corella era otro hombre. Dos criados de Burchard lo habían metido en una tinaja de madera mediada de agua tibia y perfumada con pétalos de flores y ramas de plantas aromáticas, le habían frotado el cuerpo hasta despellejarlo con un jabón que olía a aceite de oliva y lo habían secado antes de pasarlo a una sala, donde, en vista de la abismal diferencia de altura entre el señor y su huésped, se habían puesto a revolver en el arcón en el que se guardaba ropa de todas las tallas.
—Esto ya es otra cosa —comentó el puntilloso Burchard, a quien faltó tiempo para escrutar el zuparello beige de tafetán con mangas rasgadas por las que asomaba una camisa blanca, y las calzas acuchilladas en rojo y ceñidas por un cinturón de cuero con filos bordados en blanco—. Ahora nos queda lo más engorroso.
Miguel Corella ajustó una mueca de extrañeza con la que venía a significar que ya estaba en disposición de presentarse ante su santidad Alejandro VI, con las máximas garantías para no dejar en mal lugar a su interlocutor, que qué otra cosa se vería en la obligación de hacer.
—A su debido tiempo se personará un sacerdote para conduciros a la sala de audiencias y os dejará a solas con el santo padre. A partir de ahí, todo dependerá de vos. No obstante, he de informaros que entre mis competencias está la de procurar que cualquiera que acuda a rendirle visita al papa, lo haga con el debido respeto y según unas normas de comportamiento, o, para expresarlo con un término más adecuado, de protocolo. Ni por asomo debéis olvidar que vais a estar frente al jefe del Estado de la Iglesia y representante de Cristo en la tierra.
Miguel Corella estaba empezando a ponerse nervioso y a sentirse más pequeño de lo que era, si es que eso fuese posible. Que le hubiera encantado crecer unas cuantas pulgadas estaba fuera de toda discusión, pero en ese aspecto la naturaleza se había mostrado cicatera con él, hasta el punto de que más de uno giraba la cabeza cuando pasaba por su lado y profería en voz baja comentarios que suponía ofensivos para su persona. Para compensarlo, esa misma naturaleza lo había dotado de la fuerza de un toro, de un valor que rayaba en la temeridad, de una inteligencia portentosa y de una sangre tan fría como la de un reptil.
—Al entrar os acercaréis al trono en que está sentado, os arrodillaréis ante él y le besaréis los pies y las manos. En cuanto os lo ordene, os pondréis de pie y así permaneceréis hasta que concluya la entrevista. Bajo ninguna circunstancia se os ocurra hablarle si no os lo ha pedido antes, ni contradecirlo. Y para dirigiros a él, debéis serviros del tratamiento de santidad o santo padre.
En pos de un sacerdote que marchaba como si le hubiesen metido fuego o estuviese huyendo de alguien, Miguel fue discurriendo a través de salas y más salas de suelos brillantes tal que armas recién bruñidas, de paredes cubiertas de tapices, colgaduras y maderas taraceadas, y de techos con pinturas que representaban temas religiosos y paganos, en su mayor parte inspirados en mitos griegos o en la historia de Roma. Los rincones que iba dejando atrás los invadían candelabros de varios brazos cuyos cirios estaban apagados, arcones de madera tallada que guardarían ropa, vitrinas en las que se exponían paños cubre cálices, mangas de cruces procesionales, un frontal de la Pasión bordado en oro, arquetas de tejadillo en madera y libros de pergamino, encuadernados con cuero estampado sobre madera con herrajes, esmaltes y piedras preciosas. Por entre las vitrinas se erguían atriles con pie de mármol y de metal, en los que no se resistió a echar un vistazo a códices abiertos por la mitad, cuyas hojas las iluminaban miniaturas coloreadas. Una mesa baja de mármol veteado sostenía el libro más voluminoso que sus ojos hubieran jamás contemplado, que de tan inmenso y pesado iba provisto de ruedas para trasladarlo. Y a la mesa la encerraba un corro de sillas de tijera, con asiento y respaldar de cuero en que reposar después de tanto trasiego o hacer tiempo hasta que llegara la hora de Dios sabe qué.
De donde quiera que fuese le venían aromas de cera, de incienso, de cirio encendido, que estimulaban a la meditación y al recogimiento, y a unos tramos del recorrido en que caminaban solos y en silencio sacerdote y guardaespaldas, sucedían otros en que se cruzaban con otros sacerdotes, en su mayoría jovenzuelos sonrientes, con dominicos y franciscanos de semblante entristecido, que dialogaban como si murmurasen, con funcionarios que a su paso dejaban la estela de un perfume mareante, con camareros, mayordomos y personal de limpieza que, como buenos italianos, discutían a voz en grito, y con otros que, vista su elegancia y apostura, la energía con que pisaban el suelo y el aire de importancia que se daban, serían miembros de alguna embajada extranjera con representación en la capital de los Estados Pontificios.
Quince o veinte pasos antes de que el largo corredor llegase a su fin, el sacerdote que le servía de guía se detuvo, torció la mirada a la derecha y su mano le señaló una puerta ceñida a media altura por dos espejos venecianos que circundaban marcos de cristal de roca. Tras llamar, la empujó, se volvió hacia Miguel Corella y le puso en su conocimiento que en su interior lo estaba esperando su santidad. Y fue en ese instante cuando por la mente del guardaespaldas resbalaron las últimas palabras de la breve, pero provechosa lección con que Johann Burchard acababa de obsequiarlo: «En cuanto el santo padre haga sonar la campanilla deberéis retiraros sin perderle la cara, no sin antes tener la deferencia de agradecerle mediante una reverencia la gentileza que ha mostrado al recibiros en audiencia».
6
Roma, 18 de agosto del año del Señor de 1492
Encuentro entre Miguel Corella (Michelotto) y el santo padre
Fue entrar en la sala de audiencias en la que había sido citado y su atención la absorbió la imponente figura del hombre que al fondo descansaba su humanidad, en un trono de oro que se elevaba por encima de un podio recubierto de terciopelo rojo. Según avanzaba sobre la alfombra del suelo y se iba aproximando a él, como si un impulso lo arrastrara a ello, se puso a observar con el rabillo del ojo las facciones del santo padre que, en una primera impresión, le remitieron a las de su hijo, el ilustrísimo obispo de Pamplona César Borgia, y caviló que dentro de cuarenta y tantos años el hombre al que servía como guardaespaldas vendría a ser el vivo retrato de su padre: sus mismos penetrantes ojos negros, su misma nariz ganchuda y sus mismos labios generosos y sensuales.
Cuando quiso darse cuenta, ya se había puesto e rodillas y le había besado los pies y el anillo del pescador que adornaba uno de los dedos de la mano. A una señal de Alejandro VI, se incorporó y sin darle la espalda retrocedió unos pasos. Fue cuando aprovechó para apreciar en toda su dimensión a aquel hombre, a quien los atributos de su cargo ayudaban a agrandarlo todavía más: en torno a su cuerpo, una túnica blanca que apretaba un cíngulo del mismo color, sobre su poderosa cabeza un solideo igualmente blanco, y unos zapatos rojos envolviendo sus pies, que reposaban encima de un escabel.
—Así que tú eres Michelotto. A tu padre, el conde de Cocentaina, nos cupo la dicha de conocerlo en Valencia hace ya demasiado —la voz del papa sonó fuerte y rotunda, su entonación era amable y ayudó a que los nervios de Miguel Corella se templasen un tanto. Sus dedos jugueteaban con la cruz pectoral de oro macizo.
El santo padre imponía, pero no se comía a nadie. Y la sensación de calma que emanaba de las paredes profusamente decoradas de aquella sala, de techos elevados hasta el cielo, acabó por obrar el milagro. O tal vez fuera más acertado conceder esa impresión a la cercanía que transmitía su santidad, al empeño que gastaba para que cuantos estuvieran frente a él no se notaran envarados. Que le habían dado razón acerca de su persona resultaba palmario por los datos que acababa de procurarle: desde su arribo a Italia, y por aquello de su corta estatura, se le conocía por Michelotto y no por Miguelito, y su padre era en efecto conde de Cocentaina. Y del hecho de que el santo padre hubiese descuidado mencionar su condición de bastardo cabía inferir que, en consonancia con un hombre de su talla y prestigio, lo identificaba un exquisito tacto.
—Cuanta información obra en nuestro poder acerca de tu persona, hemos de agradecérsela a nuestro hijo el ilustrísimo obispo de Pamplona y a los dos preceptores que para él contratamos, mientras se prolongaba su estancia en Pisa, los señores Romolino de Ilerda y Vera de Ercilla. En las misivas que nos han remitido, los tres se hacen lenguas de tu profesionalidad, de tu entrega y de tu valor. Y nuestro hijo nos refirió en su momento el encontronazo con aquellos delincuentes que en plena noche pretendían robarle la capa. De no haber sido por tu intervención, por haberte cruzado delante de uno de los mandobles que estaban destinados a él, por arriesgar tu vida por salvar la suya, ahora estaríamos llorando su muerte.
El rostro aceitunado de Michelotto enrojeció y sus ojos del color de las esmeraldas se humillaron en la alfombra sobre la que apoyaba los pies. Los informes que habían dado al santo padre estaban en lo cierto, de no haber sido por él su ilustrísima el obispo de Pamplona no lo habría contado. Y para refrescarle la memoria ahí estaba la cicatriz que a consecuencia de una estocada le había quedado, que le cruzaba la mejilla derecha desde la nariz a la oreja y le confería un punto de fiereza.
—Ser papa conlleva un sinfín de envidias, de odios, de rencores, que un hombre solo, por fuerte que sea, es incapaz de arrostrar, ni con la ayuda del Altísimo. Esta mañana, desde las primeras luces del alba y hasta la hora del ángelus, hemos celebrado nuestro primer consistorio, al que han asistido los cardenales que acudieron al cónclave en cuyo transcurso el Espíritu Santo los iluminó para que Nos saliéramos elegido representante de Cristo en la tierra. A lo largo del antedicho consistorio nos hemos visto en la situación de enfrentarnos a hombres que han puesto el grito en el cielo, ante nuestro anuncio de reformar el Colegio Cardenalicio y sanearlo del pecado de simonía, la compra y venta de cargos eclesiásticos. Son hombres que hasta ayer mismo estaban en un plano de igualdad con Nos y que a día de hoy se ven inferiores, algo hasta cierto punto no fácil de digerir. Unos lo aceptan con resignación cristiana, pero otros, los que se creían con más derecho que Nos a ser elegidos, jamás lo van a perdonar. Y harán todo lo que en sus manos esté para poner reparos a nuestras decisiones, agriarnos la vida y golpearnos donde más pueda dolernos. De recursos para hacerlo no andan escasos. Son ricos, poderosos y por lo general proceden de familias más que influyentes, que los secundarán en lo que emprendan. Cuentan con aliados de prestigio en la misma Roma —su santidad estaba pensando en los Colonna o los Orsini—, así como en Venecia, Milán, Florencia o Nápoles y en los Estados que configuran el mosaico de Italia. Igualmente, las grandes potencias de Europa saben de la conveniencia de procurarse amigos entre sus eminencias y con tal de disfrutar de ese privilegio están dispuestos a pagar una fortuna.
A Michelotto se le pasaba por alto adónde quería llegar el papa, a qué venía hacerlo partícipe de asuntos que no alcanzaba a entender. Y mientras el santo padre tomaba un vaso de agua de una bandeja de plata de la mesita de al lado y se lo acercaba a los labios, se entretuvo en contar los botones de su túnica y refrendar si, como había aprendido de niño, la cerraban treinta y tres, tantos como años tenía Jesucristo al dar la vida por la humanidad.
—Como habrás comprobado, Michelotto, un panorama de lo más desgarrador. Y Nos, ¿con quién contamos Nos para plantar cara a esta jauría, que no cejará hasta hacernos daño o eliminarnos? ¿En quién podemos confiar, que no nos venda por un puñado de ducados o nos traicione por unas migajas de poder? La respuesta a esta interrogativa que podría pasar por retórica, por más que te cueste creerlo, es clara y contundente.
Alejandro VI guardó un instante de silencio y estampó los ojos en los de Michelotto, como si esperase una réplica de sus labios.
—Los únicos que nos merecen confianza —prosiguió su santidad—, y que sabemos colaborarán con Nos, son los miembros de nuestra familia, los hijos que hemos engendrado. Ellos son carne de nuestra carne, por sus venas corre nuestra sangre y llegada la ocasión no dudarán en jugarse la vida por Nos. Por esa razón nos cuesta encajar que el pueblo llano y ciertos clérigos se escandalicen por el hecho de que un papa engendre hijos y no caigan en la cuenta de que si los engendra es para que en edad adulta colaboren con él en el gobierno de los Estados Pontificios, ora mediante casamientos que procuren alianzas ventajosas para sus intereses, ora en calidad de consejeros en la administración, ora como gonfaloneros, al frente de sus ejércitos, en situaciones en que las armas se hacen precisas para defender la integridad de sus dominios o extenderlos.
Lo único que hasta este punto del monólogo de Alejandro VI había sacado en claro Michelotto era que no había sido citado al Vaticano para ser reprendido por acompañar a lugares poco recomendables a su ilustrísima el obispo de Pamplona César Borgia. Bueno, e igualmente empezaba a temerse que, de continuar la entrevista en el mismo tono, no se le iba a dar la oportunidad de pronunciar palabra.
—Habrás deducido, Michelotto, que nuestras esperanzas las tenemos depositadas en nuestro hijo Juan, quien, como no ignoras, se halla en España, en César, a la sazón en Spoletto, y en Lucrecia y Jofré, en la actualidad en Roma, en casa de nuestra prima Adriana. Pero, lo que son las cosas, los cuatro constituyen al mismo tiempo nuestra principal fuente de preocupación. ¿Que por qué decimos esto? La influencia de un papa dura en tanto en cuanto continúe con vida y en pleno disfrute de sus facultades, con su muerte muere también el poder de su familia. Que vamos a morir es algo que está fuera de toda duda, pero ya pondremos los medios a nuestro alcance para que nuestros hijos queden perfectamente situados y nadie maniobre en su contra. ¿Cómo? Procurándoles un futuro digno, colmándolos de dádivas y riquezas que perduren en el tiempo, haciéndoles emparentar, a través de alianzas matrimoniales, con familias de abolengo. Que nos van a acusar de nepotismo lo tenemos aceptado y que nos van a denigrar esos fariseos, que de estar en nuestra piel actuarían lo mismo que Nos, tampoco es algo que nos quite el sueño.
El cuadro que Alejandro VI le estaba pintando a Michelotto no le cogía de sorpresa. Los planes que para sus hijos tenía pergeñados no se diferenciaban en gran medida de los que pontífices anteriores habían diseñado para los suyos. Hasta cierto punto resultaba de lo más lógico y natural. Lo que ya no le quedaba tan evidente era por qué, sin conocerlo, y por muy meritorios que fueran los informes que de él había recibido, lo hacía confidente de sus intimidades y le desnudaba el alma.
El silencio que siguió a la última intervención del santo padre estuvo en un tris de quebrarse, por el incontenible deseo de Michelotto de inquirir la razón por la que lo había hecho llamar. Pero se le reavivaron las instrucciones del meticuloso Burchard y juzgó más inteligente esperar a ser interpelado para tomar la palabra.
—Amigo Michelotto, te estarás cuestionando para qué te hemos hecho comparecer ante Nos y por qué hemos compartido contigo nuestras cuitas —el pontífice le había leído el pensamiento —. Los servicios que hasta aquí has prestado a plena satisfacción a nuestro hijo César han de pasar a mejor vida, o, expresado de otro modo, han de ampliarse y extenderse a la familia entera. Queremos que te encargues, sin escatimar tiempo ni esfuerzo, de la seguridad de todos nuestros hijos, de proteger sus hogares, de escoltarlos en sus viajes, de garantizar su seguridad ante los peligros que los acechan. Los procedimientos que emplees, por expeditivos que sean, nunca los vamos a poner en cuestión. Y no solo eso, Roma asimismo te necesita. Hemos perdido la fe en los capitanes de cuya integridad, de cuya lealtad depende el orden público, nos asalta la duda de si no se habrán contagiado de la dejadez y apatía del último pontífice, nuestro predecesor Inocencio VIII. Te demandamos, pues, que asumas las riendas y adoptes las medidas que estimes oportunas, por crueles e impopulares que sean, para restablecer el orden, para que esta ciudad vuelva a ser la ciudad que fue. Nuestro apoyo lo tienes garantizado y los medios que precises también. ¿Qué me respondes?
A Michelotto la garganta se le había secado, y no precisamente de hablar, y le costó Dios y ayuda arrancar y dar con las palabras pertinentes para replicar a su santidad. Carraspeó un par de veces y dijo:
—Santo padre, que hayáis reparado en mi humilde persona para tan elevado cometido lo considero un honor inmerecido. Detrás de vuestras palabras, de vuestros deseos, se esconde la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo y como tal he de acatarla. No sé si sabré estar a la altura de lo que me pedís, pero tened la seguridad de que me dejaré hasta la última gota de mi sangre por daros satisfacción.
Alejandro VI cogió la campanilla de la mesita que había tomado el vaso de agua y la hizo sonar poniendo así fin a la entrevista con Michelotto, que de ser el guardaespaldas de su hijo César pasaba a convertirse en el responsable de la seguridad de todos los miembros de la familia y el garante del orden en la capital de los Estados Pontificios. A la vez que hacía una reverencia y se dirigía a la puerta de salida sin perderle la cara a su santidad, su mente ya maquinaba el modo de hacer frente a la ardua misión que se le había asignado. Y fue al pasar bajo el dintel y atacar el pasillo por el que había venido, cuando le volvieron dos de las frases que habían salido de los labios del representante de Cristo en la tierra: «Los procedimientos que emplees para conseguirlo, por expeditivos que sean, nunca los vamos a poner en cuestión». «Queremos que tomes las medidas que estimes oportunas, por crueles e impopulares que sean, para restablecer el orden».
7
Roma, 25 de agosto del año del Señor de 1492
Stéfano, el labriego caído en un agujero, es detenido cuando intenta salir de Roma
Las providencias habían sido lo suficientemente explícitas y tajantes, como para que los guardias que custodiaban las puertas de acceso a la ciudad las cumpliesen a rajatabla. El nuevo capitán que, desde que Alejandro VI se hubiera sentado en la silla de Pedro, los mandaba, no se andaba con minucias a la hora de exigir el acatamiento de las mismas. En la semana escasa que llevaba al frente de las fuerzas de seguridad de Roma había dejado traslucir un rigor, que derivaba en crueldad al ir a tomar medidas contra aquellos que las infringían.
Michelotto había impartido órdenes de que patrullaran día y noche por los barrios más inseguros de la ciudad, se detuviera sin la menor consideración a cuantos presentaran una actitud sospechosa y se vigilara el paso por las puertas que, a través de las murallas, enlazaban la sede de los Estados Pontificios con el exterior. Inserta en la tarea encomendada iba el registro concienzudo de carros, carruajes y cabalgaduras, que hasta entonces habían entrado y salido como si nada y aprovechado para traficar con armas, oro o dinero, que en no pocas ocasiones se desviaban con la voluntad de financiar revueltas.
Porta San Paolo recibía a una ola de campesinos que, procedentes de los predios que prolongaban la ciudad, traían sus productos extraídos de la tierra o arrancados a los árboles para venderlos o intercambiarlos por otros productos en el mercado, que al romper la mañana se abría en Campo dei Fiori. Por más que la férrea vigilancia de los centinelas y los registros a la entrada los incomodasen y retardasen el arranque de su actividad, aquellos hombres del campo no ocultaban su contento porque, merced a estas medidas, se estaba ganando en seguridad, lo que traía aparejado un incremento de las ventas. Eran medidas penosas, pero eficaces.
De ahí que no comulgaran con la postura de aquel individuo mal encarado y desabrido que, cuando la tarde ya moría, se manifestaba reacio a que le registraran el carro unos pasos antes de salir por Porta San Paolo que, junto a Porta San Sebastiano, ponía en comunicación la ciudad con las tierras del sur. Como tampoco entendieran el revuelo que, instantes después de que uno de los vigilantes se introdujera en el interior del vehículo, se formó alrededor y concitó la atención de sus compañeros del puesto de guardia. Que se habían tropezado con algo que no esperaban se palpaba en el ambiente. Y la presencia al cabo de un rato de Michelotto, el hombre al que ya empezaban a respetar y llamar su excelencia, vino a corroborar tal suposición.
—Tú y yo tenemos que hablar —fueron las primeras palabras que escaparon de los labios de su excelencia. Su mandíbula se tensó y sus ojos taladraron los de aquel pobre diablo, que no sabía con quién se la estaba jugando.
—Yo no he hecho nada malo —el propietario del carro que acababan de registrar no quitaba ojo de la cicatriz que cruzaba la cara de Michelotto.
—¿Y lo que mis guardias han descubierto debajo de la manta? —Michelotto se empinó sobre las punteras de sus botas de cuero—.
—El primer sorprendido he sido yo. Alguien lo ha colocado en el interior del carro cuando yo no estaba —el hombre del carro puso cara de no haber roto un plato en su vida.
—Ya. Suena muy convincente. Empecemos por el principio. ¿Qué hacías en Roma? —mientras Michelotto lo interrogaba, los guardias se apuraban en agilizar la salida de cabalgaduras y carros, cuyos dueños volvían la cabeza para examinar al recortado capitán de veintitantos años, que se apoyaba en el muro a la izquierda de la puerta.
—Vender mis melones, mis sandías, mis melocotones. Labro unas tierras que pertenecen a su eminencia el cardenal Riario y conforme a la temporada traigo unos productos u otros. De aquí a nada le tocará a la uva y a continuación a la aceituna.
—Por lo que me estás contando, eres un hombre rico. Empiezo a comprender por qué nos querías ocultar el cofre — Michelotto escoró la mirada hacia el carro.
—¿Rico? Si tomáis por rico a quien trabaja de sol a sol, vive en una casucha de muros de adobe y techo de paja, duerme en la misma pieza que los animales y, cuando la cosecha se viene abajo, no puede hacer frente al pago del arrendamiento y pasa hambre, soy ciertamente rico.
Michelotto, a quien las reivindicaciones del individuo del carro le importaban poco, no estaba por apresurarse, tiempo le sobraba. Y le divertía observar la manera en que la seguridad y el aplomo que al inicio del interrogatorio delataban todos, iba debilitándose a medida que avanzaba y les apretaba lo justo.
—¿Y la manta? ¿En agosto?
—Hay jornadas en que se me echa la noche encima y, como a esas horas las puertas de la muralla ya están cerradas, no me queda otra que dormir en el carro. Y de madrugada el relente aprieta —el labriego se guardó de apuntalar su respuesta, con el detalle de que si pernoctaba en Roma era por mor de las cogorzas que agarraba.
—Hay dos cosas de las que no me has hecho mención y que mi curiosidad me impulsa a preguntar: ¿cómo te llamas y por qué andas renqueante? —los ojos verdes de Michelotto viajaron por la pierna derecha del campesino.
—Vos no me lo habíais preguntado, excelencia. Mi nombre es Stéfano y si ando medio cojo es porque tropecé con una piedra, caí al suelo y a consecuencia del porrazo me destrocé la pierna. Espero recuperarme de aquí a poco y volver a andar con normalidad. Malamente un tullido podría cumplir con las labores que el campo requiere —replicó el que decía llamarse Stéfano.
—Ya vamos avanzando —ironizó Michelotto, que si había propuesto interrogantes tan simples era para que el tal Stéfano se confiase.
La bofetada que le propinó en la mejilla derecha por poco si le vuelve la cara. En décimas de segundos, a la bofetada siguió un puñetazo en la mandíbula, que más parecía la coz de una mula.
—Hasta aquí hemos llegado. Bastante paciencia estoy teniendo contigo. Te lo preguntaré otra vez. ¿Dónde has encontrado el cofre? O, te lo diré de otra forma, ¿a quién has desvalijado? —los ojos de Michelotto echaban fuego y la morenez de su rostro había dado paso al color de las amapolas.
—Si lo supiera, os lo diría. Os repito que quienquiera que fuese lo escondió debajo de la manta en mi ausencia, cuando dejé el carro con el mulo atado al abrevadero de Campo dei Fiori —Stéfano continuaba más entero de lo que cabía esperar, después de los dos sopapos que Michelotto le había endilgado.
Un rodillazo en los testículos que lo forzó a replegarse sobre sí mismo, fue la evidencia palmaria de que Michelotto estaba lejos de creer a Stéfano, se le habían hinchado las narices y estaba rumiando tomar medidas de más largo alcance. Esperó unos segundos a que se recuperase del rodillazo y volvió a insistir, no sin antes obsequiarlo con otro puñetazo, esta vez en la nariz, que empezó a sangrar.
—¿De dónde has sacado el cofre? —los brazos de Michelotto se cruzaron delante de su pecho y la puntera de su pie izquierdo se puso a tamborilear sobre el suelo.
—Por más golpes que me deis, no voy a faltar a la verdad. Alguien lo ocultó debajo de la manta —Stéfano sacó un pañuelo y con él presionó la nariz, que no dejaba de sangrar.
Michelotto hurgó por debajo de su camisa a la altura del cuello y extrajo un cordón de seda, lo tensó cuanto daba de sí y lo puso ante los ojos del sorprendido Stéfano.
—¿Sabes lo que es? —el acre aliento de Michelotto se expandió por la cara de Stéfano.
—Un cordón —lo que Stéfano no sabía era que el cordón encarnaba el arma favorita de Michelotto que, con su descomunal fuerza, lo empleaba para triturar la tráquea de cuantos lo incordiaban.
Michelotto anduvo unos pasos, se plantó a la espalda de Stéfano, le enlazó el cuello con el cordón y apretó hasta que notó cómo su cuerpo entero temblaba y de su garganta salían estertores que presagiaban un desenlace más rápido del que cabía esperar. Lo aflojó y, sin desprenderlo del cuello, volvió a preguntar acerca de la procedencia del cofre.
—Si lo supiera, os lo diría —articuló con dificultad Stéfano, al tiempo que, sin dejar de toser, se llevaba las manos al cuello.
Ante la capacidad de aguante de Stéfano y su contumacia en la respuesta, a Michelotto se le planteó la eventualidad de que no estuviera mintiendo. Alguien, con la evidente voluntad de recuperarlo más adelante, había ocultado bajo la manta el cofre, al objeto de que fuese Stéfano y no él quien corriera el riesgo de pasarlo por delante del puesto de centinelas. No obstante sus sospechas, el capitán de la guardia resolvió intentarlo por última vez, recurriendo a un procedimiento más sutil y retorcido.
—Cuando me han hecho venir para interrogarte, estaba a la orilla del Tíber, en Torre di Nona, adonde me desplacé con idea de conocer de primera mano la prisión en que encierran a delincuentes y herejes. Nada más ser recibido por su carcelero, indagué si había algún desgraciado en su interior y para mi regocijo me respondió que sí, que había una bruja a la que se la había condenado por haberse entregado a demonios y a íncubos y, con sus hechizos y encantamientos, haber provocado la muerte de un niño que estaba todavía en el útero materno. Había atormentado asimismo a hombres y mujeres con terribles dolores, y mediante conjuros había impedido a varones realizar el acto sexual y a mujeres concebir. A la bruja la había denunciado otra bruja, con quien había intimado en frecuentes aquelarres, que no había aguantado la tortura y había acabado por confesar. Personados en la casa de la bruja ahora encerrada, los guardias se habían tropezado en un armario del sótano con pruebas que la incriminaban y daban la razón a la que se había ido de la lengua: desde cordones de nudos para la venganza, cráneos, costillas, dientes, ojos y pelo de cadáveres, hasta suelas de zapatos y tiras de ropa desenterradas de las tumbas.
Stéfano estaba empezando a barajar si, más allá de violento, su excelencia no andaría mal de la cabeza. No entendía a qué venía sacar ahora a colación Torre di Nona, al carcelero y a la bruja que habían encerrado en las mazmorras por el chivatazo de otra bruja. Por lo demás, estaba encantado de que la conversación entre ambos —si es que la paliza que había recibido cabía catalogarse de esa manera— hubiera tomado otra deriva, en vista de que al menos gozaría de un rato de calma, que falta le venía haciendo.
—Ordené al carcelero que me condujera cuanto antes donde estaba la bruja, no por el capricho de admirar su continente ni someterla a un interrogatorio, sino para tener ocasión de examinar los instrumentos con los que la habrían torturado y sopesar la conveniencia de reemplazarlos por otros o mandar adquirir alguno del que estuvieran necesitados para llevar a cabo su encomiable labor. Junto a la bruja, y con el ánimo de que confesara sus crímenes y se arrepintiera de ellos, aun cuando al final iba a acabar de todas maneras en la hoguera, se hallaba un monje que al enterarse de quién era yo se me acercó y me suplicó medio llorando que mandara a mis hombres salir tras la pista de un hermano suyo del convento, que con él compartía las tareas espirituales de la cárcel y proporcionaba consuelo a los condenados, y que había desaparecido misteriosamente. Y me recalcó, a fin de facilitar la búsqueda, que el tal monje era gordo, sonrosado y bien parecido.
Que a Torre di Nona, al carcelero y a la bruja, su excelencia viniese a agregar ahora a un monje que andaba angustiado por la desaparición de otro monje, con el que seguro mantenía una relación pecaminosa, ratificó a Stéfano en la tesis de que el tal Michelotto estaba loco de atar. Y siguió rezando para que persistiera en ese camino y no reparara en las partes de su cuerpo, que aún no se había dignado marcar con sus golpes.
—Los instrumentos de tortura que el carcelero me fue mostrando, y que ya había sufrido en carne propia la bruja, los juzgué sencillamente insuperables, dignos de una cárcel de tal renombre y muy bien cuidados, halago este último que caló hondo en el ánimo de aquel hombre, que me lo agradeció con unos lagrimones y pasó a pormenorizar su funcionamiento y los efectos que sobre los delincuentes y herejes ejercían.
La calma que durante un rato se había reflejado en el semblante de Stéfano fue poco a poco desvaneciéndose, hasta degenerar en un destello de desasosiego que a Michelotto le provocó una sonrisilla de ida y vuelta. Las cosas pintaban mal, de un momento a otro fijo que el capitán se descolgaba con la descripción de los instrumentos de tortura. Y el labriego no erró en su suposición.
—Entre las dos planchas de hierro de la empulguera pones los dedos y esperas a que el torturador, dando vueltas a una manivela, los vaya apretando y apretando hasta que termina por aplastarte las uñas, las falanges y los nudillos; la pera veneciana, de metal y revestida de púas, te la introducen por el ano y girando un tornillo la van ensanchando y ensanchando, hasta que te desgarra por dentro; en la bota española, te colocan las dos piernas entre dos tablones de madera que golpean con un martillo, y a cada martillazo te van destrozando el hueso de la espinilla, hasta que se desgajan fragmentos que van a parar a la piel que hace de bolsa para contenerlos; el potro y la rueda te serán de sobra conocidos como para que malgaste mi tiempo y mi saliva en describírtelos, y otro tanto sucede con el tormento del embudo y el agua.
Stéfano se había puesto blanco como la cal, el labio de abajo le temblaba y un río de lágrimas corría mejillas abajo, hasta desembocar en los labios.
—Así que, como ya te supongo bien informado de lo que te espera, cuando lo estimes oportuno, amigo Stéfano, salimos para Torre di Nona, donde el verdugo se muere de ganas de empezar contigo.
8
Roma, 25 de agosto del año del Señor de 1492
Stéfano acaba por confesar la verdad a Michelotto, nuevo capitán del cuerpo de guardia de Roma y mano derecha del papa
—Hará cosa de quince o veinte días enganché el mulo al carro que la noche de antes había cargado de melocotones, sandías y melones y, dejando atrás las tierras que cultivo, me encaminé en dirección a Roma. Estaba amaneciendo cuando llegué a Porta San Paolo, por la que crucé sin que nadie me molestara, a lo mejor porque a esas horas los guardias suelen estar medio dormidos y lo que menos les apetece es interrogar a alguien o fisgonear. Las tiendas y talleres de las calles por las que iba circulando estaban abriendo sus puertas, y los patrones y aprendices se aprestaban a exponer al público sus productos; los banqueros pesaban, cambiaban monedas y vendían mentiras; los tejedores extendían sobre bancos de madera sus telas y madejas de lana; de las tintorerías escapaba un insufrible olor a lejía y alumbre; niños y no tan niños, con sus bártulos a cuestas, iban camino de sus clases; más de un carruaje tirado por caballos engalanados anunciaba la presencia de alguien importante, y de casas de relumbrón emergían criados con sus cestos rumbo al mercado, lo que me hizo arrear al mulo para llegar cuanto antes. Nada más pisar Campo dei Fiori, en medio de dos campesinas que vendían conejos, pollos y gallinas de sus granjas, ocupé mi sitio de costumbre y en un ora pro nobis monté el puesto y vacié el carro de su carga. Antes de que se me adelantaran, me apresuré hacia el abrevadero y en una de las argollas de sus bordes amarré el mulo con el carro detrás. Sin pérdida de tiempo, regresé al puesto y me puse a pregonar a gritos mis mercancías. Aun cuando a esas horas tan tempranas todavía se pueda respirar y el sol no aprieta con el ensañamiento de después del rezo del ángelus, la mayoría de los que iban o venían protegían sus cabezas con sombreros y se daban aire con abanicos de paja y espejitos incrustados. Por delante de mi puesto desfilaban músicos, danzarines, comediantes, sacamuelas, vendedores de remedios milagrosos, buhoneros, mendigos y patrullas de soldados, que no perdían detalle para que no se cobrara más de lo estipulado, no se salieran con la suya los ladronzuelos y no estallaran altercados.
—Te estás yendo por las ramas Stéfano. Todo lo que me estás contando me lo conozco mejor que tú. Al grano —por un instante a Michelotto le dio la impresión de que aquel redomado embustero le estaba tomando el pelo.
—Disculpad, excelencia. Procuraré ceñirme a los hechos — declaró Stéfano, que mientras estuviese en posesión de la palabra no iba a recibir más golpes—. La jornada no se me dio mal, no bien quise darme cuenta lo había vendido casi todo y lo que me había quedado lo cambié por semillas de trigo, cebada y centeno. Con el anhelo de celebrarlo y refrescarme un poco, me dirigí a una casa de comidas de Vía Recta, a unos pasos del Panteón. Con el último bocado regresé adonde el mulo y el carro, me dejé caer en su interior y descabecé un sueño bajo un sol que amenazaba con derretir el toldo, y el chirrido de las cigarras y el chapoteo de unos niños en el agua del abrevadero como música de fondo. Apenas me desperté, ya la tarde más que avanzada, el sabor amargo que se me había instalado en la boca y la sequedad de la misma me hicieron desistir de mi intención de volver sobre mis pasos, trasponer las murallas por Porta San Paolo y tomar el camino de mi casa. Y sin explicarme muy bien por qué, me vi en el interior de una taberna del Trastévere en la que había estado otras veces, donde llegué a perder la noción del tiempo.
—¿Por quién me tomas? Me estás sacando de quicio. O abrevias o te muelo a golpes. O si lo prefieres, nos apresuramos a Torre di Nona —Michelotto estaba al borde del colapso.
—¡A Torre di Nona no! —Stéfano ya se estaba viendo enfrentado a empulgueras, peras venecianas y botas españolas.
—Te lo estás ganando a pulso —Michelotto volvió a hacer gala de su habitual flema.
Una vez hubo oído de labios de Stéfano el resto de su historia, por fin en sus justos términos y con la brevedad demandada, a lo que contribuyó de modo sustancial la daga que uno de los guardias le había puesto al cuello, Michelotto se interesó por que le revelara la suerte de prendas que lo adornaban, como para que un desconocido se hubiera prestado a ofrecerle ayuda así como así, después de haberse precipitado por una grieta del monte Opio.
—En el cielo escucharían los rezos que ofrecí al Altísimo y mi promesa de que, si alguien acudía a socorrerme y me sacaba de aquel agujero, llevaría al altar de la iglesia de San Clemente ramilletes de flores, cirios de los más caros, dos candelabros de oro macizo, una casulla para el sacerdote y una dalmática para el diácono.
—Y ¿cómo se desarrolló el rescate? ¿Resultó muy complicado?
—A la vuelta de lo que calculé serían dos o tres horas desde que me había prometido socorrerme, el buen samaritano regresaba, desuncía el mulo del carro, fijaba la cuerda en el gancho de los arreos y la arrojaba agujero abajo. Al verla descender, mis ojos no distinguieron una cuerda, sino la imagen de Nuestro Señor Jesucristo, que con los brazos abiertos venía a rescatarme. La cogí, me la até en torno a la cintura, la apreté con las dos manos y grité al buen samaritano que arrease al mulo y tirase del ronzal con todas sus fuerzas.
—¿Y qué pasó con tu buen samaritano?
—Al salir al aire libre y advertir cómo el sol quemaba mi piel y me forzaba a entrecerrar los ojos, me puse a llorar como un niño y abracé hasta por poco asfixiarlo al hombre que Dios había puesto en mi camino y me había salvado la vida. Me deshice en elogios a su bondad, le indiqué que mientras viviese estaría en deuda con él y me ofrecí a recompensarlo, ofrecimiento que rechazó, pues la única recompensa que interesaba a aquel bendito era la que Dios le tenía reservada en el cielo. Y ahí nos despedimos, él por su camino y yo por el mío.
—Tu relato ofrece tantos puntos débiles, que me impulsa a reconsiderar la conveniencia de seguir con el plan que tenía trazado: llevarte a Torre di Nona para que recuperes la memoria.
Las palabras de Michelotto fueron rubricadas por otro tremendo puñetazo asestado, en esta oportunidad, en el hígado de Stéfano.
—Os he contado las cosas tal y como sucedieron. Allá vos si no confiáis en mi palabra —se lamentó Stéfano, todavía doblado por el efecto del golpe.
—¿Cuál es el nombre de ese ángel y en qué barrio vive? — indagó Michelotto.
—Me quedé con las ganas de que me lo dijera. Prefería quedar en el anonimato más absoluto. Me aseguró que así su acción adquiría más mérito a los ojos de Dios.
—¿Por qué, una vez liberado del hoyo, no agarraste las riendas de tu mulo para regresar de inmediato al campo? ¿Por qué has esperado tanto tiempo para cruzar por Porta San Paolo? —preguntó Michelotto.
—De resultas de la caída en el agujero un hueso se me había desplazado de su sitio. Cada vez que daba un paso veía estrellas. A la pierna le eran precisos cuidados que solo me podían prestar en la ciudad. Y ya medio restablecido, por recomendación del curandero que me la recompuso, hube de quedarme tendido en el interior del carro sin moverme. Por fortuna, uno tiene amigos y gracias a ellos, que me llevaban alimentos y efectuaban curas, logré sobrevivir — alegó Stéfano, quien en realidad había retardado la salida por miedo a sufrir un asalto a lo largo del camino, dado que por esas fechas, en que la sede papal se hallaba vacante, se perpetraban frecuentes delitos.
—Y el cofre, ¿de dónde ha salido? A este paso acabarás por hacerme creer que te llovió del cielo o te lo regaló el buen samaritano —el vaso de la paciencia de Michelotto había rebosado. Lo agarró del cogote y le espetó—: andando, a Torre di Nona.
—Me lo encontré en la cueva en la que había caído. Estaba cubierto por un montón de tierra y escombros y tropecé con él. Abrirlo me llevó su tiempo y, no más meter las manos en su interior y verificar lo que guardaba, la cabeza empezó a darme vueltas y el corazón por poco se me sale por la boca. Tenía claro que si llegaba a salir con vida del agujero, me esperaba una existencia tan regalada como la del cardenal más rico o el mismo papa. Y nunca más me vería obligado a trabajar. Claro que ahora…
—¿Y tuviste la desfachatez de no hacer partícipe de tu hallazgo al hombre que te salvó? —a Michelotto no le cabía tanta indignidad.
—Le propuse repartirlo con él, pero se opuso a ello. Me dio a entender que los bienes terrenales le traían sin cuidado. ¿Qué podía hacer yo?
Minutos después de haber concluido el interrogatorio, Michelotto, Stéfano y dos de los hombres que hacían guardia en Porta San Paolo y llevaban en sus manos cuerdas y antorchas apagadas, guiaban sus pasos en dirección al monte Opio, en una de cuyas laderas los aguardaba la cueva a la que se descendía por una grieta de la superficie. Luego de unas tentativas fallidas de Stefano para dar con el punto exacto, que a Michelotto le parecieron hechas aposta para ganar tiempo, por fin dieron con lo que buscaban.
—Encended las antorchas y echad las cuerdas. Bajaremos Stéfano y yo —dispuso Michelotto a los dos guardias, que ignoraban la razón por la que estaban allí y lo que se le había perdido a su excelencia en el fondo de la tierra.
La antorcha en una mano y la cuerda en la otra, primero Stéfano y después Michelotto se introdujeron por la grieta medio tapada por hierbajos y fueron descendiendo hasta posar los pies en el suelo. Un olor insufrible, como a bicho muerto, que se propagaba desde el suelo hasta el techo, para quedar flotando en el espeso aire que allí circulaba, los forzó a contener la respiración. El resplandor de la llama iluminaba la pared de delante, que daba la impresión de estar tachonada de pinturas desvaídas cuya temática se le escapaba a Michelotto, quien sin apartar la vista de ellas avanzó con la intención de analizarlas más de cerca. Aunque igual había sido objeto de una ilusión óptica y lo que tenía enfrente de él era un simple muro desconchado.
En esta disyuntiva se hallaba, cuando su pie derecho, al avanzar, fue a tropezar con algo que por poco le hace trastabillarse y caer de bruces al suelo. Bajó la antorcha para averiguar de qué se trataba y al punto descubría que lo que había interceptado su paso era un cuerpo, que vestido con un hábito religioso estaba tendido bocabajo. Se agachó, le dio la vuelta, le limpió la tierra que le ocultaba la cara y constató que era la de un varón grueso, que en su momento habría sido bien parecido, y que tal vez fuera el monje sobre cuya desaparición alertó el otro monje que en Torre di Nona se esforzaba por sonsacar sus pecados a la bruja condenada a la hoguera.
Michelotto se hincó de hinojos y salmodió una plegaria. Sus ojos rastrearon los de Stéfano, que en cuclillas se daba golpes de pecho, lloraba y gritaba su arrepentimiento, por haber empujado por la grieta a aquel hombre cabal al que debía la vida.
—Merezco morir en la horca o en el fuego. Que Dios se apiade de mi alma.
Michelotto no se rebajó a efectuar comentario alguno ni a golpearlo hasta destrozarlo por completo o estrangularlo. Se limitó a despojarlo de la cuerda, atar con ella al monje que en vida tal vez hubiera lucido una tez sonrosada, y vocear a los dos guardias que tiraran con fuerza para arriba. Una vez lo hubieron izado y depositado en tierra firme, se repitió la maniobra, esta vez con Michelotto como protagonista del ascenso. No bien enfrentó sus ojos a los de los dos guardias y echó una última mirada al cadáver, los apremió a que fueran por cuantos materiales y aparejos estimasen precisos para taponar la grieta, por supuesto con Stéfano dentro, y trasladaran al monje al convento al que pertenecía. Hasta tanto el cierre del agujero no hubiera llegado a su término, no tenía intención de retirarse de allí. Había de estar seguro de que ningún otro desgraciado iba a caer por él.
9
Roma, finales de septiembre del año del Señor de 1493
Cena en la villa del banquero Ángelo Ruggieri, a la que asisten su protegida Alessandra y amigos de ambos
Desde que se hubo iniciado la cena, la orquesta no había dejado de tocar. Los sones del laúd, de la flauta, del arpa, del rabel y del violón, interpretados por profesionales venidos de Civitavecchia, a quienes habían instalado sobre la tarima del fondo de la estancia, tejían un espacio de intimidad, que animaba a hombres y mujeres a conversar en voz baja y compartir confidencias. Sentados a una mesa alargada, que arropaba un mantel de lino del color del marfil con escenas de la Odisea bordadas en oro y pedrería, habían degustado truchas con alcaparras de Egipto, melón con malvasía de Gandía, y lenguas de faisán, todo ello regado con los vinos más costosos de Grecia y Sicilia.
Y ahora, a los postres, entre bocado y bocado de dátiles, confituras y pasteles, observaban, sin ahorrar exclamaciones de admiración, cómo los platos de oro en los que les habían servido, después de ser retirados por los camareros con estudiada indiferencia, estaban siendo arrojados por las ventanas a las aguas del Tíber, que corría justo por debajo del salón que los acogía. Lo que escapaba a su conocimiento, sin embargo, era que antes de que fueran a caer a su sucia corriente y perderse para siempre, eran recogidos por unas redes disimuladas en el aire y cruzadas entre balcón y balcón.
Tal que obedeciesen a los dictados de la moda o se hubiesen puesto de acuerdo para que así fuese, los hombres coincidían en vestir jubones acolchados en tonos grises, por los que se entreveían camisas ligeramente más oscuras y calzas a rayas en tela de plata, en tanto las mujeres llevaban túnicas de seda con estampados de motivos florales, que sujetaban por debajo del pecho cordones de oro y nácar. Del cuello colgaban cajitas de plata agujereadas, que destilaban un perfume de esencia de flores y fruta.
—A su santidad se le podrán adjudicar infinidad de defectos, pero no el de la hipocresía. Dice las cosas a la cara, tal y como las siente, y actúa de frente —comentó Johann Burchard, el maestro de ceremonias del papa.
—En eso estamos en total sintonía —convino su excelencia el embajador de Génova, Francesco Marchesi, cuyos ojos saltones impedían valorar cualquier otro rasgo de su cara.
—Presumo que estáis pensando en la última resolución que ha tomado el santo padre —destacó el propietario de la fabulosa villa en la que se estaba celebrando la cena, el banquero Ángelo Ruggieri.
—Ni es el primer papa que ha actuado así ni va a ser el último —los ojos grandes y negros de Alessandra, la cortesana protegida del banquero, fueron ralentizándose en los de los demás invitados, a la espera de que alguno de ellos continuara tirando del hilo y avivara la conversación. Se había maquillado el rostro con albayalde y colorete, y las cejas las llevaba depiladas.
—Me he perdido. ¿De qué asunto estabais conversando? —se disculpó otra mujer, de pómulos alzados y cabello entreverado de hebras negras, cuyo color en exceso rubio pregonaba su exposición continuada al sol o el efecto de cortezas de árboles.
—A no ser que fuera de la concesión del capelo cardenalicio a su hijo César… —la última en intervenir fue otra mujer algo entrada en carnes y de ojos azules, cuyo cabello lo dividían dos bandas lisas separadas en medio de la frente, rodeado con una cinta de piedras preciosas.
Tanto ella como la del cabello falsamente rubio ejercían de cortesanas y habían sido invitadas por Alessandra para que equilibrasen las filas e hiciesen de pareja de Johann Burchard y de Francesco Marchesi.
—Primero lo hizo obispo, luego arzobispo y ahora cardenal. Y no tendrá más de dieciocho años. Pero después de todo no deja de ser su hijo. Más escandaloso valoro el nombramiento de Alejandro Farnese, de la misma edad de César, cuya única gracia estriba en ser hermano de Giulia, el último capricho del santo padre. Y no digamos el de un crío de quince, Hipólito de Este, por ser hijo del influyente Ércole de Ferrara —Alessandra estaba interesada en que los amigos de Ángelo se llevaran una buena impresión de los conocimientos que atesoraba concernientes al mundo de los cardenales.
—A tenor de estos nombramientos han arreciado las críticas a su santidad, a quien no parecen importarle gran cosa y las acepta como si formaran parte de su cargo. Varios cardenales de colmillo retorcido se le han revuelto a cara descubierta y, con más virulencia que otros, su enemigo del alma, Giuliano della Rovere —Johann Burchard se expresó con propiedad. Convivía a diario con el papa y los cardenales y de cada uno de ellos se había hecho una opinión.
—Y esa ojeriza de Della Rovere al santo padre, ¿a qué obedece? —la cortesana de cabellera falsamente rubia no iba a permanecer en silencio.
—¿A qué va a obedecer? Debes de ser la única persona de Roma que lo ignora, querida —Alessandra miró a su amiga con ojos de incredulidad—. Hace treinta años, cuando los dos eran cardenales, su santidad le birló a Della Rovere los favores de madonna Vannozza. Y una afrenta de esa naturaleza, amiga mía, un hombre jamás la olvida.
—Hace treinta años yo no había nacido —con su salida la falsa rubia provocó la hilaridad de los presentes.
Burchard no estaba por permitir que la cortesana rubia se quedara sin conocer otras razones que arrojaban luz acerca de la inquina del cardenal Della Rovere; él era un caballero, le encantaba quedar bien y tampoco revelaba un secreto si se lo aclaraba.
—Por supuesto, no seré yo quien reste credibilidad a las palabras de madonna Alessandra, en el sentido de que a partir del incidente al que ella ha hecho referencia se produjeron los primeros desencuentros entre ambos. Pero al desengaño amoroso hay que agregar otros motivos. De continuo, a Della Rovere le ha irritado su don de gentes, sus ansias de vivir, su capacidad para desenvolverse en cualquier ambiente, su afabilidad para tratar a todo tipo de personas, cualidades que él está lejos de reunir. Y de un tiempo a esta parte se le abren las carnes, porque el cardenal Borgia haya acabado por ocupar la silla de Pedro. Y es que Della Rovere se creía con más méritos para ello. De hecho, en el primer consistorio que se celebró después de la elección, se enzarzó con él y le echó en cara que había poco menos que comprado el cargo.
—¿Y es eso cierto? —Alessandra vio el cielo abierto para asegurarse de lo que por ahora era un rumor.
—¿Cómo va a ser cierto Alessandra? —la cortesana entrada en carnes y de ojos azules reprendió con dulzura a su amiga. Era de las que opinaban que todo lo que se murmuraba del nuevo portador de la tiara era reflejo de la envidia que le tenían.
En tanto las miradas de los comensales convergían en Johann Burchard, que daba la impresión de no darse por aludido, y a ningún precio iba a revelar lo sucedido en el cónclave del que él había cuidado hasta el último detalle, el embajador de Génova se aprestó a tomar la palabra. Sus colegas de otros Estados lo habían aireado, así como los corresponsales destacados por esos días en la Santa Sede. Y a la mujer de ojos azules la juzgaba un exquisito bocado, que no estaba dispuesto a dejar escapar. Así que resolvió explayarse en su intervención.
—Cuanto se dice acerca del intento de compra del nuevo papa es rigurosamente cierto. Que ahora recuerde, al cardenal Ascanio Sforza lo conformó con el castillo de Nepi y el puesto de vicecanciller que él dejaba vacante; al cardenal Giambatista Orsini, además de veinte mil ducados, le prometió las fortalezas de Monticelli y Soriano; al cardenal Giovanni Battista Savelli, el obispado de Mallorca, la encomienda de Civitta Castellana y el arciprestazgo de Santa Maria Maggiore; al cardenal Antonio Pallavicino, el obispado de Pamplona, y así podría continuar ad infinitum. Como bien conocéis, mi bella madonna —los ojos saltones del embajador devoraron los labios de la cortesana algo entrada en carnes—, esas concesiones llevan anejas rentas anuales de miles de ducados. Pero lo que tal vez no sepáis es que el cardenal Della Rovere, quien con desmedida acritud acusa y zahiere al santo padre, no le hizo ascos a recibir de sus manos el castillo de Ronciglione y más de un cargo que ahora no me viene a la memoria.
El embajador desvió su mirada a Burchard para que le otorgara su plácet a cuanto había manifestado, pero el maestro de ceremonias estaba rendido a un pastelillo de almendra que masticaba con fruición y no se dio por aludido.
—El cardenal Giuliano della Rovere es un traidor. Y a las pruebas me remito —. Ángelo Ruggieri, que mostraba un sincero afecto por Alejandro VI, no se anduvo con paños calientes y entró a degüello.
Las duras palabras del banquero y el tono de su voz, muy por encima del que tenía por costumbre emplear, provocaron un murmullo en el resto de comensales, que este sofocó de inmediato.
—Franceschetto, el hijo del anterior papa, había recibido de su padre el dominio de los castillos de Monterano, Cerveteri y Viano, además de la villa de Rota, pertenecientes al Estado Pontificio, y en previsión de que Alejandro VI lo forzara a devolverlos, se apresuró a vender tales dominios al noble romano Virginio Orsini, en realidad un testaferro del rey de Nápoles. Huelga decir que su santidad se opuso con rotundidad a la venta y, al objeto de contrarrestar el poder de Nápoles y quién sabe si su embestida, determinó sellar una alianza con el Ducado de Milán y la República de Venecia.
La cortesana entrada en carnes distaba de disponer de información como para entender tal cúmulo de datos, y los juegos de intereses y alianzas se le enredaban, pero puso cara de estar fascinada y no hacía sino acompañar las palabras de Ángelo con gestos de asentimiento.
—¿Y de qué forma reaccionó Della Rovere? —se preguntó a sí mismo el banquero, cada vez más enardecido—. Se puso del lado de Orsini y del rey de Nápoles, lo que provocó que el santo padre lo acusara de traidor. A partir de aquí, el cardenal empezó a cuestionar a Alejandro VI todas sus decisiones, todos sus nombramientos, a día de hoy apenas si aparece por el Vaticano y vive poco menos que atrincherado en su castillo de Ostia.
Alessandra se estaba percatando de que, si continuaba la conversación por tales derroteros, sus dos amigas iban a acabar por aburrirse y más pronto que tarde dar por concluida la velada y despedirse. Así que, apostó por un asunto, en teoría de menor calado y al alcance de ambas, en el que de meras oyentes pudieran pasar a protagonistas.
—¿Cómo ha encajado su santidad la ausencia de la niña de sus ojos? —aun cuando la pregunta de Alessandra fuese lanzada a todos, esperaba que fuesen sus amigas las que opinaran.
—Me pongo en su lugar e imagino la soledad que lo embargará —apreció la falsa rubia—. Lucrecia acaba de cumplir catorce años y hasta ahora no se había separado de su padre.
—La han casado con un viudo al que no conocía de nada y que le dobla la edad. Y a la ceremonia de boda no acudió madonna Vannozza, su madre, ni Jofré, su hermano pequeño. Para una niña ha de ser muy duro no tener cerca a su madre en una fecha tan señalada y sí, en cambio, a la nueva amante de su padre, la bella Giulia Farnese —los ojos azules de la cortesana entrada en carnes se humedecieron y en un gesto de lo más gallardo el embajador de Génova le prestó su pañuelo.
—Al menos disfrutó del respaldo de su padre, su santidad el papa, quien ofició una emotiva ceremonia, así como de sus otros dos hermanos. Si no fuera porque los ojos de Juan dan la impresión de transmitir susceptibilidad y desconfianza y los de César una ilimitada fe en sí mismo, me aventuraría a asegurar que ambos guardan un parecido asombroso. No pueden negar que son hermanos —la falsa rubia estaba en su salsa y por sus comentarios se diría que a diario compartía mesa y mantel con los hijos de Alejandro VI y madonna Vannozza.
—De la organización de la ceremonia me encargué personalmente yo. No iba a consentir que el más nimio error echara a perder la boda de la hija del papa en el Vaticano. Dispuse que las paredes de la Sala Real y los salones que la rodean las adornaran terciopelos y tapices, en el centro hice que se emplazara el trono de Pedro para el santo padre y a su alrededor tronos más bajos para sus eminencias, y mandé inundar el mármol del suelo de cojines de plumas. A su entrada, a Lucrecia la seguía una escolta de cien damas, entre las que, por expreso deseo de su santidad, iba la bella Giulia. Pero, pese a mis desvelos, hubo dos detalles, dos puntos negros, que enturbiaron mi labor. No voy a perdonar que la mayoría de las damas al pasar por delante del papa olvidaran arrodillarse como se les había advertido, ni que su eminencia el cardenal César Borgia rompiera el protocolo y se lanzara a besar a su hermana en los labios. El protocolo es el protocolo y hay que respetarlo. Una vez la ceremonia hubo llegado a su fin, se celebró una cena a la que puso la guinda una fiesta con música y baile, que se prolongó hasta el amanecer —al atildado, eficiente y meticuloso Johann Burchard le halagaba que le reconocieran sus méritos y no perdía ocasión de airearlos.
—Hoy en día raras son las bodas que se celebran por amor, y la de Lucrecia es un fiel exponente de lo que afirmo. En su enlace con Giannino Sforza, el «Sforzino», han confluido variados factores que lo han propiciado. Tened presente que el novio es sobrino de Ludovico Sforza, el «Moro», duque de Milán, y al mismo tiempo de su eminencia el cardenal Ascanio Sforza, quien tanto batalló en el cónclave para que saliera elegido Alejandro VI. Está fuera de toda duda que lo mismo para uno que para otro representa un altísimo honor emparentar nada más y nada menos que con su santidad. Y de otro lado, en virtud de esta boda, el santo padre se procura un socio poderoso, que, unido por lazos de sangre, viene a reforzar la alianza firmada con el Ducado de Milán —como buen conocedor de los recovecos de la política, a su excelencia Francesco Marchesi, embajador de Génova, no le habían pasado inadvertidos los intereses de unos y de otros, a la hora de concertar el matrimonio entre Lucrecia y Sforzino.
—De haber estado aquí mi hija Margherita, que como bien conoce madonna Alessandra, profesa un franco cariño a Lucrecia, os aseguro que habría discrepado de vuestro parecer. No sé si influida por la boda de su amiga, me ha hecho prometer que no voy a obligarla a casarse con alguien de quien no esté enamorada —objetó Ángelo.
—En cuanto se haga mayor, pensará de otra manera — contraatacó Marchesi.
—Sea como sea, mi admirado embajador, recemos al Altísimo para que derrame una lluvia de dones sobre los contrayentes y a no mucho tardar proporcione un nieto sano y fuerte a su santidad — echó el cierre a la noche Ángelo Ruggieri, el propietario de la mansión en que habían cenado.
10
Roma, mediados de febrero del año del Señor de 1494
Michelotto y el recién nombrado cardenal César Borgia visitan al judío Elías
El tintineo de una campanilla, que por momentos se apreciaba más nítido, hizo que a los dos hombres les aguijoneara la curiosidad por informarse de lo que estaba ocurriendo a pocos pasos de ellos. En razón de los comentarios que vertían los individuos que se apresuraban calle arriba y pasaban por delante con el rostro desencajado, en un abrir y cerrar de ojos averiguaron que la hacía sonar un leproso, con la intención de que los viandantes pusiesen tierra de por medio y no acabasen contagiados a su paso. Detuvieron su caminar, apoyaron la espalda en la pared y, no bien hubieron advertido, en medio de la calle desierta, la presencia del hombre que, encorvado, entre harapos y vendas, hacía el amago de darse la vuelta para evitar que corrieran peligro, se le acercaron, le brindaron una mirada de conmiseración y se santiguaron. El más alto de los dos extrajo de la bolsa de cuero que pendía del cinturón unas cuantas monedas y se las depositó en la mano.
Con un «que Dios Misericordioso os lo recompense» del leproso revoloteando en sus oídos, reiniciaron la marcha por aquel dédalo de callejuelas que se extendía en derredor de Campo dei Fiori, donde se asentaban infinidad de talleres que llevaban ya unas horas a pleno rendimiento y, luego de dejar atrás el barrio de los copistas, de los libreros y de los miniaturistas, en los que no resistieron la tentación de manosear sus recientes creaciones, abordaron sin más incidentes la calle de los perfumes. El viejo estaba fuera del mostrador, frente a una dama de aire aniñado y distinguido que, empinada sobre la punta de unos botines de fina piel, curioseaba uno de los frascos de vidrio que se desbordaban de los anaqueles. Destapándolo se lo acercó a la nariz, entornó los ojos e inspiró en profundidad, para seguidamente interesarse por la composición de su fórmula. La aclaración del viejo debió de dejarla complacida, ya que al poco extraía de su bolso de mano unas monedas, las dejaba sobre el mostrador y escoltada por una criada cruzaba el umbral de la puerta.
Fue el más bajo de los dos el que se chocó de frente con ella, el que tuvo que sujetarla por el talle para que no acabase por los suelos y el que se deshizo en mil disculpas por su torpeza. El rubor se le extendió por el rostro, la vista se le nubló y la perfumería empezó a darle vueltas, mientras el alto prorrumpía en una carcajada, al percatarse del embarazo de su amigo.
—La próxima vez mirad por donde andáis —la dama, al sonreír, dejó al descubierto unos dientes de niña y sus ojos de un tono ambarino examinaron de arriba abajo al hombre con el que se había tropezado.
Una vez la dama hubo desaparecido de su vista, el visitante más bajo, que parecía haberse ya repuesto de la impresión sufrida, avanzó unos pasos y se fundió en un abrazo con el viejo, que combatía el frío con una zamarra de piel de conejo y gruesas medias de lana.
—Elías, vas a gozar del honor de conocer a su eminencia el cardenal César Borgia —la mano derecha de Michelotto se orilló hacia la esbelta figura del hombre que lo acompañaba, quien, vestido con un jubón de brocado, un manto bordado de oro macizo y un calzón de tela de plata, habría pasado por un rico comerciante veneciano.
—Eminencia, sed bienvenido a mi modesto negocio y consideraos como en vuestra casa —Elías ensayó una torpe reverencia y le besó la mano.
—Michelotto me ha ponderado sobremanera vuestras cualidades —los ojos negros y profundos de su eminencia dieron un repaso a la ajada estampa de Elías, a quien así por encima calculó unos sesenta años.
Dejando al judío con la palabra en la boca, el cardenal le dio la espalda y se puso a husmear por entre los anaqueles, a coger y soltar frascos de vidrio y de cuarzo, que guardaban esencias de transparentes colores. Se volvió de nuevo y le preguntó:
—¿Qué se ha llevado la dama que ha causado una impresión tan profunda a nuestro común amigo Michelotto? ¿Tenéis idea de quién puede ser? Su cara no me resulta del todo desconocida, y esos ojos, ¿dónde he visto yo antes esos ojos?
—Un extracto de vainilla procedente del Nuevo Mundo, eminencia. Otros días se lo ha llevado de cacao. La dama, cuya identidad ignoro, hace gala de un gusto refinado a la hora de escoger su perfume. Lo corriente es pedir extractos de lavanda, de jazmín, de nardo, de alhucema, así como de sándalo, de almizcle o de ámbar, de precios más asequibles. A veces, en su lugar manda a la criada a por mixturas de miel con limón para suavizar las manos o de carbón de madera y hojas de salvia para el cuidado de los dientes.
—Es de esas mujeres que, de entrada, dan la impresión de no tener necesidad de ningún perfume para oler bien —definitivamente Michelotto parecía haber caído en las redes de la mujer objeto de la conversación.
—E’ una signorina molto bella —chapurreó en un precario italiano Elías—. Ojalá todas fueran iguales. Que de vez en cuando entran algunas que no huelen mejor que los carneros. Antes que bañarse con agua y jabón, confían su higiene a una mixtura de aceite de naranjo, de algalia, de ámbar y de almizcle con la que se untan el cuerpo entero, o recurren a métodos tan estrafalarios como ponerse en las axilas y en los muslos esponjas regadas de perfume.
—¿Cómo os va en Roma? —inquirió su eminencia el cardenal Borgia.
—No me puedo quejar, eminencia. Cuando los reyes de Castilla y Aragón ordenaron la salida de los judíos, me vi perdido. A no pocos conocidos míos de Valencia no les importó abjurar de la fe inculcada por nuestros mayores y hacerse cristianos. Yo fui de los que perseveraron y prefirieron abandonar el lugar donde habían nacido, antes que renunciar a sus creencias. Malvendí lo poco que tenía, pedí prestado para costearme el viaje y a mi llegada a Roma vine a dar con Michelotto, a quien conocía desde que era un niño allá en Valencia. Él me socorrió, a él debo mi bienestar.
Michelotto dibujó un mohín que venía a traslucir que se había ceñido a hacer lo que cualquier otro en su lugar habría hecho. Y que de haber sucedido al revés, Elías se habría desvivido por él.
—Huelga decir, eminencia, que de no haber sido por la generosa política de su santidad Alejandro VI, Roma no me habría acogido e igual seguía dando tumbos de aquí para allá. Él resistió las presiones del embajador que los reyes de Castilla y Aragón despacharon para que se opusiera a darnos cobijo y tuvo que padecer en carne propia los ataques de destacados miembros de la nobleza romana, que tampoco se revelaban proclives a tan desprendido gesto. Ni mis hermanos ni yo echamos en el olvido el día en que vuestro padre fue coronado y al ir nuestro patriarca a rendirle homenaje y entregarle el libro de nuestras leyes, no lo arrojó al suelo, como en un signo de desprecio habían hecho pontífices anteriores. Su santidad se lo devolvió y le reconoció que admiraba y respetaba nuestra ley, pues fue dada por Dios por medio de Moisés, si bien se mostró renuente a la interpretación que de la misma nosotros hacemos, ya que, a su entender, el Redentor, que seguimos esperando, hace tiempo que ha venido —el astuto judío se cuidó de no importunar a su eminencia, con la queja de que el padre santo, a cambio de haberlos acogido, los había gravado con abusivos impuestos y los había poco menos que relegado a un rincón de la ciudad.
—Eminencia, pasemos al interior, donde hay algo de vuestro interés que Elías se desvive por mostraros —Michelotto estaba invitando al cardenal Borgia a dejar la sala de los perfumes y visitar la estancia contigua, que se abría al otro lado de la cortina de detrás del mostrador.
Fue poner los pies en ella y un olor inmundo aconsejó a su eminencia y a Michelotto sacar el pañuelo y taparse con él la nariz. La habitación de techos bajos cruzados de travesaños de madera la oprimía la penumbra, estaba falta de ventanas que dieran a la calle o a un patio interior, y la atmósfera que se respiraba, sin llegar a ser asfixiante, resultaba cuando menos molesta.
—En esa caldera se maceran los vegetales y plantas, y en el alambique se destilan —el dedo extendido de Elías apuntaba a los dos aparejos imprescindibles para la elaboración del perfume—. La operación concluye con su disolución en alcohol y su fijación por medio de un bálsamo para que el aroma, al contacto con la piel, se conserve a lo largo de más tiempo.
Sobre el suelo terroso yacían cuatro o cinco cacerolas de cobre de un tamaño por encima de lo normal, en cuyo interior, al contacto con el fuego de otros tantos infiernillos, se evaporaba un líquido de un color harto difícil de determinar. Una de las cacerolas, en lugar de estar en el suelo, estaba en el hogar de una chimenea, tal vez para que la corriente de aire que por ella penetraba acelerara el proceso de evaporación.
Elías se acercó a la chimenea y agarrando de las dos asas la cacerola la trasladó, hasta posarla encima de una mesa de piedra. El cardenal y Michelotto fueron hasta la mesa y fijaron su atención en las evoluciones del judío, que amontonó con esmero el polvo resultante de algo parecido al moho, como unas manchas verduzcas que hubiesen sido espolvoreadas con sal, y a renglón seguido procedió a raspar con una espátula de marfil el cobre de la cacerola. La mixtura del moho y del cobre la vertió en un mortero de mármol, la molió con un mazo, la puso por pellizcos entre dos pulidores de ágata y la escurrió encima de un espejo de plata.
—La elaboración de este veneno la aprendí de un monje valenciano —adujo mientras tomaba un puñado de arsénico de un frasco y lo aglomeraba con el polvo que había dejado caer sobre el espejo de plata—. Él me enseñó por lo demás otra suerte de veneno con el que nunca he experimentado, por cuanto el ingrediente primordial son las vísceras de cerdo y para un judío el cerdo es un animal impío que no se debe tocar. El Levítico reza que «al cerdo, porque tiene pezuñas, y es de pezuñas hendidas, pero no rumia, lo tendréis por inmundo».
—¿Qué era lo que estaba evaporándose en el interior de las cacerolas? —Michelotto parecía no haber reparado en las palabras de Elías, que hacían referencia al cerdo.
—Si fuera más joven, posiblemente no te lo revelaría. Al menos no por propia voluntad. Pero a mi edad… —el judío no desconocía los expeditivos métodos de Michelotto para convencer a alguien a desvelar el secreto mejor guardado. Ya de zagal ahorcaba perros y gatos.
—Déjame que lo adivine —Michelotto se agachó y metió la nariz en una de las cacerolas que estaban en el suelo—. Me da a mí que es orina, orina humana. De un judío. Lo digo por el olor.
Elías se limitó a mover la cabeza en sentido afirmativo y a ensanchar sus labios con una sonrisa.
—¿Cuánto tarda en hacer efecto el veneno? —se interesó su eminencia.
—Todo va en función de las proporciones de la mezcla y de la cantidad que se disuelva en la bebida de la víctima, eminencia. Para calcular ambos factores se hace precisa una experiencia muy dilatada. Hay recetas cuyo efecto resulta instantáneo y otras que pueden retardarlo —alegó Elías.
—¿Y existe la posibilidad de que alguien pueda detectar la presencia del tósigo por su sabor? —preguntó Michelotto.
—Me extrañaría. El veneno no sabe a nada —aclaró el judío que, a juzgar por la seguridad en sus palabras, daba la sensación de haber experimentado consigo mismo.
—De todas maneras, la persona que vierte el veneno en el vaso corre el riesgo de ser descubierto al ir a echarlo. ¿No sois de la misma opinión, amigo Elías? —observó su eminencia.
—Con el mayor de los respetos, eminencia. Más riesgo se asume en un enfrentamiento directo, en un duelo cuerpo a cuerpo, ya sea con una daga o con una espada —sostuvo Elías.
—Lleváis razón —reconoció el cardenal.
—¿Veis este anillo? —el judío puso delante de los ojos de su eminencia el anillo de oro que lucía en la mano izquierda—. ¿Quién va a sospechar que en su interior guarda una dosis de veneno como para matar a un caballo?
Su mirada instó al cardenal y a Michelotto a que lo examinasen y probasen a descubrir dónde se ocultaba el mortífero polvo. Pero ni uno ni otro dieron con el escondite.
—Basta con pulsar el resorte que se esconde en la zona interior, pegada al dedo, y la tapa se abrirá dejando caer el polvo donde convenga —Elías apretó con la uña un diminuto saliente del anillo, imposible de ver, y al punto se derramó un polvillo blanquecino, que recogió en una cajita de oro que había sacado de entre sus ropas.
—¿El veneno pierde su efectividad si no se utiliza antes de un plazo de tiempo determinado? —preguntó Michelotto.
Aun cuando tuviese por costumbre estrangular a sus enemigos con el cordón que llevaba por debajo de la camisa, daba por sentado que esa operación se hacía imposible llevarla a cabo en todo momento, que había ocasiones en que se le figuraba en exceso arriesgada. Por contra, el veneno no dejaba rastro y resultaba complicado descubrir a quien lo había derramado en la bebida. Y tampoco él iba a estar día y noche presente para defender a todos y cada uno de los miembros de la familia del santo padre. Preferible aleccionarlos convenientemente y proporcionarles una dosis adecuada para que en caso de apuro la utilizasen. Para sus enemigos o para ellos mismos.
—Todo viene determinado por el receptáculo en que se guarde. El monje que me enseñó acostumbraba a guardarlo en un saquito de tela. La experiencia me dicta que tarda más en desvanecerse su efecto, si se deposita en una cajita de oro como la que he empleado para recoger el veneno del anillo.
11
Roma, marzo del año del Señor de 1494
El cardenal César Borgia abre su corazón a Michelotto y a continuación ambos enfilan sus pasos a la taberna de La Turca
Había jurado a su eminencia el cardenal César Borgia no revelar a nadie lo que a lo largo de la tarde le había ido desgranando y por el Altísimo, que antes se dejaría cortar una mano que faltar a su compromiso. Que el vino había puesto de su parte para que se sincerase haciéndole depositario de secretos que afectaban a lo más íntimo de su ser, lo tenía asumido. Pero había detectado en él un deseo poco menos que perturbador, por sacar de una vez por todas lo que le estaba devorando por dentro y se veía precisado a compartir con alguien, como si de esa manera le fuera posible espantar a sus demonios.
Lo que Michelotto no acertaba a adivinar era por qué se había inclinado precisamente por él en calidad de confidente, cuando había personas que mantenían con el cardenal una relación más estrecha y estaban más capacitadas. Aunque lo mismo tenía necesidad de alguien alejado de su círculo íntimo, alguien a la suficiente distancia, con la adecuada perspectiva, como para mostrarse objetivo. Y, ¿por qué no?, alguien que no le cuestionase ninguna de sus opiniones, ninguna de sus decisiones, por disparatadas que fuesen.
Su padre había dispuesto por él, sin consultarle ni pedirle su parecer lo había iniciado en la carrera eclesiástica, lo había hecho obispo y cardenal, simple y llanamente para contar con un consejero de toda confianza, un aliado dentro de la Curia, y quién sabe si con la pretensión de que un día ocupase la silla de Pedro. Él se tenía por un hombre al que le tiraba más la espada que la mitra, más la soldadesca y la gente de la calle que los atildados e hipócritas purpurados. Y le apasionaban las mujeres, la buena mesa, la fiesta, el juego, lancear toros, las peleas callejeras y las tabernas.
De haber estado en sus manos, habría abrazado la carrera de las armas, sería condotiero, habría prestado sus servicios a cualquier república o reino de Italia que le pagase por ello o a un poderoso Estado extranjero, o, mejor aún, en calidad de gonfalonero se habría puesto a la cabeza del ejército de los Estados Pontificios y habría defendido sus dominios y acrecentado su área de influencia.
De lo que no estaba tan seguro era de si, aun habiendo cambiado las cosas, la arrolladora personalidad de su padre, su carácter vehemente, no se habrían interpuesto y habrían acabado por manejarlo y pensado por él, como había pensado por sus tres hermanos, a los que movía a su antojo en el tablero de sus intereses y ambiciones, tal que de infelices peones del juego del ajedrez se tratase.
A su hermano Juan, duque de Gandía, lo había empujado a contraer nupcias en Barcelona con María Enríquez y Luna, prima de Fernando de Aragón, y, a lo que parecía, las relaciones entre la pareja no andaban precisamente a partir un piñón, hasta el punto de que tres meses después del enlace se rumoreaba que el matrimonio no se había sustanciado en el lecho. Enterado el papa de tal anomalía, en razón de los informes de hombres destacados en España, había escrito a Juan con la admonición de que se dejara de correrías nocturnas, partidas de cartas y atracones de vino, y se aplicase a la tarea de proporcionarle un nieto, a lo que Juan respondió que su esposa sufría continuos desarreglos intestinales que le hacían complicada la coyunda, pero que no más recobrase la salud se pondría manos a la obra.
A su hermano Jofré, un niño que acababa de cumplir doce años, lo había casado con la nieta del rey Ferrante de Nápoles, Sancha, una adolescente de quince, en demasía interesada por el sexo opuesto y cuya catadura moral no auguraba sino un sinfín de sinsabores para el inexperto y asustadizo marido, quien había tardado nueve meses en consumar el matrimonio.
Y a su hermana Lucrecia la había forzado a tomar por esposo al repugnante Sforzino, con quien nada la unía, habida cuenta de que la diferencia de edad los hacía poco menos que incompatibles, sus caracteres e intereses eran opuestos, en contadas ocasiones coincidían en el mismo lugar y se maliciaba que al cabo de diez meses de matrimonio todavía no habían mantenido relaciones íntimas.
Estaba bien avanzada la noche cuando Michelotto y su eminencia el cardenal dejaban a la espalda el palacio de San Clemente, en el que César Borgia llevaba residiendo desde que hubo vuelto de Spoletto, para encauzar su deambular por el cercano Ponte Sant’Angelo, en dirección al barrio cuyas callejas los adentraban en la Roma puttana, apelativo que hacía honor a que, de las aproximadamente siete mil prostitutas que vendían sus servicios en la ciudad de los papas, un elevado número de las mismas se concentrara en esta zona, en la que personarse a deshoras equivalía poco menos que a jugarse la vida.
Hasta poner los pies en la taberna en la que tenían pensado apurar las luces del alba, se les fueron ofreciendo prostitutas italianas, españolas, turcas, francesas, orientales, que atravesando la calle les destapaban sus carnes y les sonreían, y alcahuetes que, con la mano extendida, señalaban ventanas enrejadas, donde aguardaban rameras de celosía, y otro tipo de ventanas, protegidas por cortinas de tela, tras las cuales dormitaban rameras de empanada. Delante de las puertas, putas de candela, quienes a falta de criada acompañaban escalera arriba con la lamparilla en la mano, les llamaban a grito pelado, les hacían gestos obscenos y a la vista de su desidia les echaban en cara que no sabían lo que se perdían.
Ya se habían internado en la taberna de La Turca, cuando fueron acogidos por la propietaria del local, que conocía al cardenal de tiempos pasados y había sido quien había tenido el dudoso honor de arrancarle la virginidad. Se saludaron como viejos amigos y el matón que se desvivía por mantener el orden en aquel antro se dio prisa en echar a patadas a los rufianes que, en un banco corrido y ante una mesa de mármol, estaban acomodados en el fondo.
Antes de que les diera tiempo de asentar sus posaderas, una de las mujeronas que atendían las mesas les traía una bandeja en la que tropezaban entre sí dos vasos de estaño, una jarra de cristal con vino de garnacha y platos de cobre con albóndigas de picadillo especiadas con cilantro, así como con porqueta, pepitoria, berenjenas con pimientos, uvas y peras.
—Antes de nada, mi buen Michelotto, oremos a Dios Misericordioso para que deje caer sus bendiciones sobre nosotros y nuestras familias y brindemos por que pasemos una noche inolvidable —su eminencia el cardenal, al tiempo que alzaba el vaso, miraba a los ojos del hombre que tantas veces se había partido la cara por él.
Michelotto chocó su vaso con el del cardenal.
—La noche se presenta animada —su eminencia esparció la mirada por el local que a esas horas atestaban las prostitutas que ya habían dado de mano a su jornada, los chulos que las explotaban, alguna que otra alcahueta y un montón de clientes, a cual más perjudicado por el vino.
—Esperemos que hoy nos obsequien con la danza de las castañas. Gente hay para ello de sobra —sostuvo Michelotto.
—Eso, al final de todo. Antes tienen que hacer acto de presencia las brujas —puntualizó el cardenal.
Las mujeres, que se servían ellas mismas, que parloteaban con la boca llena, que bebían como si el vino fuese a acabarse y que sin razón que lo justificase estallaban en carcajadas, se protegían del frío con zamarras de piel de conejo, o quién sabe si de gato, echadas por encima de groseras prendas de color claro o teñidas de azul, y en su mayoría calzaban babuchas o pantuflas. De entre ellas, unas pocas se entretenían jugando a las damas, al ajedrez o a las cartas y, en cuanto el vino empezaba a subírseles a la cabeza, se procuraban aire con el abanico. Y era tal la confianza, que en su conjunto transmitían en sus evoluciones que daban la impresión de hallarse en su propia casa y en familia.
La Turca, el matón y dos clientes irrumpieron a través del vano de una puerta que una cortina separaba de las dependencias de detrás del mostrador, acarreando una tarima de madera, cuyos bordes se habían dado maña en despedazar las ratas, y la emplazaron delante de la pared de la entrada, de manera que quedara a la vista de cuantos se arracimaban en la taberna.
—¿Quién quiere ser la primera? —voceó la Turca.
Fue anunciarlo y una joven a la que llamaban la Perugina cruzó la sala por entre el gentío y se subió a la tarima:
—El primer consejo que mi madre me regaló cuando le comuniqué mi deseo de consagrarme al puterío, fue que, si resolvía retirarme y agenciarme a un hombre que no supiera de mi vida anterior, tratara de ruborizarme en la primera cita con él, por cuanto la timidez y la honestidad marchan de la mano. Y como no me salía de natural, me dio por hacer fuerzas como si fuera a mear o a cagar y así los colores se me subían a la cara, con la mala fortuna de que en una ocasión calculé mal y me cagué de verdad.
A la Perugina la reemplazó la Prudencia.
—Por una apuesta, me comprometí a matar de agotamiento en el plazo de un año a un judío español, un camarero y un canónigo, mis clientes más pertinaces. Y no falté a mi promesa: el mismo día enterraban a los tres. Al poco me arrepentí del mal causado y entregué mi vida a socorrer con el fruto de mi trabajo a putas viejas o enfermas, así como a adquirir cálices, candelabros y ropa de altar para las iglesias.
Tras la Prudencia vino la Virginia.
—Con alumbre y agalla de encina me comprometo a restañar la virginidad perdida y dejar la figa como una bolsa cerrada con cordones. Soy maestra, por demás, en el arte de preparar vejigas con sangre de paloma o de conejo para engatusar a los vejestorios que se pierden por montar a una doncella. Y como prueba de lo anterior, he de confesar que hasta el día de hoy he perdido la virginidad más de doscientas veces.
Después de la Virginia se encaramó a la tarima la Tiberia.
—A mi hija, que ansía entregar sus mejores años a la misma profesión que su madre, la he advertido que para prosperar en tan competitivo menester no basta con tener cabello rubio, rostro angelical, ojos verdes, o saber levantarse la falda. Lo primordial es aparentar, bien que no se tenga, cierta clase. No se debe masticar como si se rumiase, no se debe elevar putescamente la voz y, cuando se tengan ganas de mear, hay que procurar que la meada no caiga con el ruido de la leche al ordeñar las vacas.
A la Tiberia la siguió la Fausta.
—Antes de dedicarme a este oficio, yo era una mujer honesta y matrimoniada con un viejecillo con posibles, al que por puerco y desconsiderado había aborrecido y a quien volvía loco salir de noche y no regresar hasta que amanecía, por lo que me eché de amante a un fraile insaciable que, aprovechando su ausencia, no solo me visitaba y me daba lo que yo precisaba, sino que se bebía el vino que guardaba en un tonelillo. Sin que ni el fraile ni yo nos apercibiéramos de ello, el vino fue a acabarse, y prometí a santa Annunziata que, si mi marido no se daba cuenta de tal menoscabo, le llevaría a su altar un tonelillo hecho en cera. Al final, a la Virgen tuve que llevarle, no uno, sino dos. El primero, para agradecerle que, a raíz de la paliza que le propinaron por hacer trampas con los naipes, mi marido muriera desangrado, y el segundo para cumplir la promesa que le hice, ya que al estar muerto no tuvo oportunidad de apreciar que el tonel se había quedado vacío.
Un griterío proveniente del exterior indujo a las prostitutas y clientes de la taberna a volver la cabeza y gritar de contento. Habían llegado las brujas, que de mesa en mesa, con sus sortilegios, pronósticos, buenaventuras, ramas secas, ojos de lechuza, ombligos de niños, pieles de serpientes, uñas trituradas y manojos de cilantro, se las ingeniaban para desplumar a tan indocta concurrencia.
Su eminencia, a la par que jugueteaba con la daga extraída de su funda, se aprestó a escrutar los rostros de las strege que acababan de hacer acto de presencia y estaban ya leyendo las manos de prostitutas y clientes, y al azar escogió a una en los huesos, sin dientes y patituerta, a la que con un chasquido de dedos y el tintineo de unas monedas espoleó a que se acercara.
—Léele la mano a mi amigo Michelotto —sus ojos inyectados en vino, sus dientes apretados y la daga encima de la mesa no admitían una negativa.
La strega se guardó las monedas bajo la raída camisa que dejaba transparentar su esqueleto y pidió a Michelotto que extendiese la palma de la mano. Le pasó los dedos por las líneas que apenas se marcaban y mirándolo a los ojos le murmuró:
—Ya va siendo hora de que devolváis lo que obra en vuestro poder y no os pertenece.
A su eminencia le quedaba lejos el sentido de las palabras de la strega y Michelotto cayó en la cuenta, solo después de transcurridos unos segundos. Aun así, juzgó prudente no revelar nada al cardenal, a quien por el momento acuciaban otras prioridades.
—Ahora a mí —exigió su eminencia.
Empezar a leer las líneas de la mano y palidecer el rostro de la strega fue una misma cosa.
—Las líneas de vuestra mano no están nada claras. Mejor lo aplazamos para otro día.
—¡Ahora! ¡Y no se te ocurra embaucarme con falsedades como a mi amigo! Michelotto es honrado a carta cabal. Por nada del mundo se quedaría con algo que no le perteneciera —su eminencia puso la daga en el cuello de la strega.
—Alcanzaréis la gloria, pero vuestra vida será efímera. Las armas acabarán demasiado pronto con vos.
Iba el cardenal a poner en su sitio a la bruja, cuando de repente se apagaron las luces y la puerta de detrás del mostrador empezó a vomitar hombres y mujeres desnudos, que portaban candelabros encendidos y esparcían castañas por el suelo.
Por entre la penumbra se abrió paso la voz de la Turca, que anunciaba que de un momento a otro iba a iniciarse el baile de las castañas. Y pregonó:
—En el día de hoy la mujer que al parecer de los jueces sea considerada la más mañosa recibirá de premio un sombrero, una capellina, una pañoleta y un par de zapatos. Una castaña de oro donada por un buen amigo —la Turca brindó una mirada al cardenal — será la recompensa para el hombre que demuestre más entrega y brío a lo largo del concurso.
12
Roma, mediados de diciembre del año del Señor de 1494
Detallado informe de Michelotto a su santidad sobre el ejército francés, que al mando de Carlos VIII se ha apoderado de Florencia y amenaza con invadir Roma
Se había habituado a la vida de Roma y cuanto significara una alteración de su rutina le hacía sentir mal. Los días que había permanecido en Florencia le habían servido, entre otras cosas, para constatar que como en la ciudad de los papas no se vivía en ninguna parte, así como para confesarse a sí mismo que, a no ser por una causa de fuerza mayor, no iba a consentir abandonarla. No obstante ese sentimiento de arraigo, daba por bien empleado el viaje, en la medida en que cuanto se le había encomendado entendía haberlo llevado a cabo a plena satisfacción, aun cuando, hasta tanto su santidad no diese el visto bueno a su informe, no iba a echar las campanas al vuelo.
Había partido rumbo a la ciudad de los banqueros en compañía de Diego García de Paredes, un hombre de su edad, alto y fornido, con quien desde el primer minuto había congeniado y cuya presencia obedecía al deseo expreso de Alejandro VI. Diego era de ascendencia extremeña y, lo mismo que tantos, se había asentado en Roma en busca de fortuna. Con otros españoles se ganaba de mala manera la vida en duelos nocturnos, asaltos y emboscadas, bien por su cuenta, bien a sueldo de nobles romanos. Hasta que una tarde en que mataba el tiempo mediante la práctica del juego de la barra en la explanada de delante del Vaticano fue observado desde una ventana por su santidad, en el momento en que tanto él como sus compañeros eran importunados por unos italianos armados de espada y con ganas de bronca. Con la barra en la mano, Diego se las ingenió para mandar al otro mundo a cinco, herir a diez y obligar a huir despavoridos a los demás, lo que indujo a Alejandro VI a ofrecerle el puesto de jefe de la guardia papal de Castel de Sant’Angelo.
Y ahora los dos se estaban adentrando en el despacho privado del papa, a cuyo lado estaba, encajado en un jubón de terciopelo negro, Johann Burchard, el maestro de ceremonias.
—No es menester que pongamos en vuestro conocimiento que Carlos VIII, el rey de Francia, creyéndose en el derecho a heredar el trono de Nápoles con el peregrino pretexto de que en tiempos pretéritos había pertenecido a la Casa de Anjou, ha invadido Italia. A sus brazos ha corrido el cardenal Giuliano della Rovere, cuyos objetivos se dirigen a conseguir del invasor que se convoque un concilio, Nos seamos depuestos del trono de Pedro y lo eleven a él al pontificado. De otra parte, todas las ciudades por las que su ejército ha ido pasando han recibido al rey francés poco menos que como un libertador y se han puesto de su lado. Y de aquí a nada caerá sobre Roma. Decidnos, amigos, ¿qué habéis visto en Florencia? ¿Son las huestes francesas tan numerosas y formidables como pregonan los rumores? ¿Consideráis que disponemos de alguna posibilidad frente a ellas? —al papa se le veía cansado, los manchurrones morados que se extendían por debajo de sus ojos delataban que le costaba conciliar el sueño.
—Con vuestra aquiescencia, santidad —tomó la palabra Michelotto—. En mi vida he contemplado un ejército tan compacto y bien equipado como el francés. Su infantería, su caballería y su artillería están dotadas de todos los detalles habidos y por haber, alrededor de cincuenta mil hombres en su totalidad. Disponen de mercenarios suizos y alemanes provistos de alabardas que manejan a dos manos, de especialistas en rematar a cuchillo a los que caen heridos en la batalla, de arcabuceros con horquillas en las que apoyan las armas al disparar y de ballesteros de procedencia gascona. La impresión más profunda me la llevé cuando por delante de mis ojos desfilaron cañones y bombardas que, al rodar sobre la tierra, hacían tal ruido que me obligaron a taparme los oídos. De cañones conté unos doscientos y de bombardas yo juraría que otras tantas. La caballería la integran monturas y soldados pertrechados de arneses, gualdrapas, armaduras y estribos de oro y plata. Al menos cinco mil jinetes van armados de picas, arcos de madera y mazas descomunales.
—¿Y el rey? ¿Os dio lugar a observarlo? —el rostro del santo padre se ensombreció. Poco podían hacer sus magras fuerzas contra un ejército tan poderoso.
—Con vuestra venia, santidad —la voz de García de Paredes se evidenció temblorosa. Se juzgaba un hombre de acción, lo suyo era pelear, no construir un discurso. Y la atractiva y majestuosa figura del papa lo había sobrecogido—. Carlos VIII es la otra cara del ejército que manda. Su imagen mueve más a la risa que al respeto o al miedo. Es pequeño, me atrevería a decir que enano, sus miembros se aprecian desproporcionados, más parece un monstruo que un hombre. Sus ojos son grandes e incoloros, su nariz es varias veces más abultada de lo normal y de sus labios entreabiertos escapan hilos de saliva. Y lo que más me llamó la atención, sus manos sufren de persistentes espasmos. Con la debida deferencia a su condición de monarca, santo padre, podría pasar por todo menos por un hombre inteligente.
La mirada de Johann Burchard solicitó a Alejandro VI su beneplácito para interpelar a los dos hombres que habían sido comisionados para espiar en Florencia y evacuar el correspondiente informe.
—Nos han llegado referencias de que el mes pasado estalló en Florencia una rebelión, que se saldó con la expulsión de los Médici del gobierno y el nombramiento de una legación encabezada por el dominico Girolamo Savonarola, quien fue al encuentro del monarca francés, al que proclamó como el nuevo Ciro y el enviado por el Altísimo para deponer al santo padre y acometer la reforma de la Iglesia. Desde entonces andamos faltos de noticias fiables, tan solo rumores. ¿De qué manera calificaríais la situación en la ciudad? —al maestro de ceremonias del papa le interesaba conocer el parecer de Michelotto.
—A mi modesto entender, y en esto creo coincidir con Diego García de Paredes, en Florencia se ha perdido la alegría de vivir. La ciudad se me representa una sombra de lo que fue. Savonarola y otros dominicos la controlan mediante soflamas, les puede la obsesión de reprimir cualquier tipo de libertad y tienen atemorizada a la población. De persistir las medidas que están tomando, no me extrañaría que en breve echen en falta a los Médici.
—Un día Savonarola pagará caro su proceder y sus invectivas sin fundamento —sentenció Alejandro VI, cuya opinión sobre el prior de San Marco no resultaba precisamente halagüeña. Si no mudaba de actitud y se mostraba más contenido en sus manifestaciones, habría de tomar medidas contra él. Y bastantes preocupaciones lo tenían ahora absorbido, como para emplearse en frenar al lenguaraz dominico.
—Así que Florencia se ha pasado también al enemigo — comentó Burchard sin dirigirse a nadie en particular—. Aunque, a decir verdad, ninguna ciudad a la que el francés ha asomado la oreja se ha atrevido a hacerle frente.
—La única esperanza a la que podemos aferrarnos es confiar en que el rey francés se dé por satisfecho con su ataque a Nápoles y pase de puntillas sobre Roma —los ojos de su santidad descendieron al solideo que sus manos apretaban.
—Es lo que se desprende del mensaje que os ha hecho llegar, santidad: «Solicitamos del muy santo padre en Cristo, Alejandro VI, papa por la providencia de Dios, concedernos el paso franco por vuestros territorios y proveernos de las vituallas necesarias a nuestras expensas».
—Amigo Burchard, ¿quién nos garantiza que el rey va a cumplir lo que ha garabateado en un papel? ¿Quién está en situación de asegurar que no saqueará la ciudad? O peor aún, ¿que no acabará por pasarla a sangre y fuego? Sea como sea, y por muy en desventaja que estemos, no vamos a abandonar Roma. Nos encerraremos tras los muros de Castel de Sant’Angelo, a su interior trasladaremos las provisiones, armas y oro que podamos reunir. Allí resistiremos todo el tiempo que sea menester. Y a vosotros, Diego y Michelotto, os encomendamos que toméis las medidas pertinentes para la salvaguardia de la ciudad. En vosotros confiamos para que nuestra amada Roma, símbolo de la cristiandad, sufra el menor perjuicio posible. Si ha aguantado indemne a lo largo de más de veinte siglos, si ha soportado el embate de belicosos pueblos, no vamos a tolerar que ahora caiga en manos del monarca francés. Somos nosotros los que tenemos la obligación de conservarla para las generaciones venideras.
De nuevo, Johann Burchard se permitió apelar a Alejandro VI para que le concediera exponer su punto de vista.
—Santo padre, tal vez nos estemos precipitando al ponderar que solo las armas gozan de predicamento para combatir a un enemigo como el francés. Vos sois versado en el uso de la palabra, poseéis la admirable cualidad de convencer con vuestros argumentos. Hemos de hallar la manera de dilucidar el conflicto que se avecina por medio de la negociación, de la diplomacia. Y en ese terreno, santidad, no hay quien os supere. Y menos que nadie el rey francés, a quien el señor García de Paredes ha catalogado de persona poco avispada. Si a ello asociamos que es un joven sin experiencia, la batalla dialéctica está ganada.
—Muy optimista os habéis vuelto, amigo Burchard. Parecéis olvidar que los franceses no son de fiar. Para vuestro conocimiento, os revelaremos que ya han dado sobrada muestra de sus intenciones.
La cara de asombro que puso Burchard no pasó inadvertida para Alejandro VI, que continuó:
—Hace unos días, nuestra muy amada hija Lucrecia, en compañía de nuestra prima Adriana y la bella Giulia Farnese, solicitó de Nos autorización para abandonar el palacio de Santa Maria in Portico de Roma y emprender camino a Pesaro, donde la aguardaba su marido, Sforzino, con quien hacía tiempo que no se veía. Mientras nuestra hija se quedaba junto a él, madonna Adriana y la bella Giulia determinaron regresar a Roma, o, para no faltar a la verdad, obedecieron nuestras órdenes de retornar cuanto antes, pues las echábamos de menos, si bien no tanto como ellas a Nos. Pues bien, en las proximidades de Viterbo, el carruaje que las traía fue a cruzarse en su camino con una avanzadilla de los franceses que amenazan con caer sobre nuestra ciudad. Tanto una como otra se apuraron en hacer partícipe de su identidad al capitán al mando de la patrulla, que, lejos de dejarlas continuar, las hizo apresar y conducir a la fortaleza de Montefiascone. Justo ayer nos llegó una misiva de los franceses, en la que se nos conmina a entregar la suma de tres mil ducados para hacer frente al pago del rescate.
La indignación se había enraizado en los rostros de Michelotto y García de Paredes, al tiempo que Johann Burchard exhibía su habitual frialdad. Si de los dos españoles hubiera dependido, habrían partido a uña de caballo en dirección a Montefiascone, habrían rescatado sin pararse en mientes a la prima y a la protegida del santo padre y las habrían trasladado a su presencia.
—¿Hay algo más humillante para Nos que hayan apresado en nuestro propio territorio a dos damas a las que amamos de corazón y que encima nos veamos obligados a realizar un desembolso económico si queremos volver a verlas con vida? Si los franceses se han comportado de una manera tan ruin con quienes forman parte de la familia papal, ¿cómo no se comportarán con el resto de la ciudadanía? Amigo Burchard, se aproximan tiempos revueltos.
—Santidad, ¿a quién vais a despachar a Montefiascone para que haga efectivo el pago del rescate y traiga de vuelta a madonna Adriana y a la bella Giulia Farnese? —preguntó, sin perder la calma, Johann Burchard.
—Los tenéis delante —los ojos de Alejandro VI se asentaron primero en Michelotto y acto seguido en Diego García de Paredes—. Irán en una carroza con asientos de terciopelo y el escudo de los Borgia en los laterales, y los seguirá una escolta de medio centenar de hombres.
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