Kitabı oku: «La Biblioteca de Ismara»
JAVIER L. IBARZ
LA
BIBLIOTECA
DE ISMARA


El Concurso literario Primum Fictum ha sido organizado por Librooks con la colaboración de Associació Literària La Mordida.
Primera edición: diciembre de 2015
© Javier L. Ibarz, 2015
© De esta edición:
LIBROOKS BARCELONA, S.L.
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Ilustración de la cubierta: Marta Martínez García
ISBN: 978-84-944569-1-6
eISBN: 978-84-948376-4-7
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor.
A Clara, siempre en mi corazón. Este libro está dedicado, sobre todo, a ti.
Y a Teresa, mi madre, que bastante tiene con serlo.
A Mercedes, Teresa y Mónica. A Arán, Guillermo y Hugo.
A Pachi, Teresa, Juan e Inés. A Roman y a Ramón. Y a Carlos.
A Teresa, madre e hija, y a Jesús, padre e hijo.
Y a Javier. Esta novela es también tuya.
A Natalia, Víctor, Sancho y Rebeca. A M.a Carmen, Víctor, Noelia y Patricia, a José Luis padre e hijo, a Elena, madre e hija, a Jorge y Silvia. A Mercedes, Marisa y Mario.
Y también a Enrique: descansa donde quiera que estés.
Y finalmente a Carlos, Joe, Santiago, Jorge, Marine, Sergio, Luz, Alfonso, Simón, Aurora, Paco, Manuel, Andrés… y tantos y tantos otros que me ayudaron incluso sin saberlo.
Gracias.
Gorgas

Ismara

ÍNDICE
Prólogo
I. El accidente
II. Gabriel
III. La Hermandad
IV. El nuevo profesor
V. Tarde de compras
VI. La huida
VII. Lucas
VIII. Pau
IX. Alquimia
X. El instituto nuevo
XI. La fiesta de Bosca
XII. La Hermandad se acerca
XIII. Las dudas de Clara
XIV. Gabriel se sincera
XV. Vacaciones
XVI. Hay que decirle la verdad
XVII. Una noche fuera de casa
XVIII. Clara se ha ido
XIX. Daniel y Clara
XX. La directora del instituto
XXI. La identidad real
XXII. Natalia
XXIII. La sociedad de los alquimistas
XXIV. Buscando a Clara
XXV. En los dominios de Ramyr
XXVI. Ramyr, el monstruo
XXVII. Los calabozos
XXVIII. El Antiste
XXIX. El destino de los Riglos
XXX. La tabla esmeralda
XXXI. Muerte en Ismara
XXXII. ¡Raptados!
XXXIII. ¿Un golem tiene alma?
XXXIV. La batalla
XXXV. La Jamii
XXXVI. El secreto de Clara
XXXVII. No más aventuras, por favor
PRÓLOGO
Una difusa luz ambarina anunciaba el crepúsculo cuando una figura encapuchada entró en la gran cámara.
—Mi señor —dijo, arrodillándose—. Hemos encontrado al Oponente. Los Riglos, finalmente, han salido a la luz.
—¿Estamos seguros de que es quien buscamos? —preguntó una sombra espigada, elegante y siniestra, apartándose del ventanal hexagonal que iluminaba la estancia.
—Sin estudios y pruebas que lo confirmen, Antiste, todo parece indicar que es así.
La sombra volvió a mirar a la ciudad que se abría a sus pies. Su voz sonó rotunda.
—No esperaremos ningún análisis. Es mejor que muera cuanto antes. La Hermandad se ocupará.
Hubo un segundo de duda.
—¿En la superficie, señor?
—Serán discretos. Saben hacerlo cuando es necesario. Ve.
La figura encapuchada no se movió.
—¿A qué esperas? —añadió, impaciente, la sombra—. ¿Quieres morir tú también?
—¡En absoluto, mi señor! —Había auténtico miedo en la respuesta—. Solo pienso si no sería mejor comprobar si es realmente el Oponente antes de que desaparezca.
—Ya le harás la autopsia después y entonces sabremos si hemos eliminado lo que nunca debió nacer. Y ahora vete. No tengo más tiempo para ti.
—Antiste —dijo la figura con una reverencia, y se retiró. La noche estaba cayendo sobre la ciudad, y luminarias de color ámbar comenzaban a encenderse en todos los edificios.
La sombra sonrió con una mueca gélida. Acabar con el Oponente era el primer paso para recuperar lo que era suyo por derecho. Y luego el mundo sería un lugar mejor.
Mejor… para las sombras.
I
EL ACCIDENTE
1
—¡Ojalá te mueras! —Clara dio un portazo y se lanzó sobre la cama, desesperada. Su madre, una vez más, haciendo el comentario que más podía dolerle mientras su padre no se molestaba siquiera en intentar entenderla. Enterró la cabeza entre los almohadones y suspiró.
—Clara. —Una voz masculina, enfadada, se oyó al otro lado de la puerta—. Abre.
Clara no respondió. La rabia la devoraba por dentro. Todos sabían de lo que era capaz cuando se enfadaba, pero desearle la muerte a alguien, y más a una madre, era… no se le ocurría un adjetivo lo bastante fuerte. Esta vez se había pasado. Debería pedir perdón.
—Me da igual cómo te pongas —continuó su padre—. Estoy muy, muy cabreado contigo. No creo que mamá se merezca que la trates así.
«Tampoco yo me lo merezco» quiso contestar ella, pero lo pensó mejor y no dijo nada. Replicar ahora solo serviría para empeorar las cosas.
—El silencio no es la mejor actitud —añadió él, impaciente—, pero tú sabrás lo que haces. Ya tienes quince años, así que no creas que vamos a esperar a que se te pase la rabieta y entres en razón. Salimos ahora mismo. Si vas a venir con nosotros, será mejor que te decidas ya.
Tras unos segundos de silencio, Clara emitió un gruñido.
—Muy bien —concluyó su padre—. Nosotros nos vamos; pero ni se te ocurra salir de casa. Te quedarás aquí, meditando sobre lo que has dicho. Hablaremos a la vuelta.
Eso fue todo. Apenas se apagó la conversación y oyó que la puerta se cerraba, su primer impulso fue salir detrás de sus padres y pedirles perdón, pero ese momento pasó pronto.
La rabia volvió para aferrarse a su garganta. Quería romper algo. Se sentó en la cama, agarró la almohada y la mordió hasta sentir cómo los dientes atravesaban la tela. Un grito subió desde su pecho, raspando sus cuerdas vocales como un papel de lija. Pero no encontró alivio.
No tendría que haberlo dicho.
¿Y si llamaba a su madre al móvil? No, no era una buena idea. Cuando hablaban en caliente terminaban gritándose y diciéndose cosas que no sentían. Y tampoco era la única que se había pasado; ellos también deberían disculparse. Lo mejor sería esperar a que las cosas se calmaran.
Eso intentó a lo largo de la mañana; calmarse.
Internet, whatsapp, vídeos, mensajes en el muro… pero las imágenes de la discusión se resistían a desaparecer. Era esa casa la que no la dejaba en paz. Si seguía allí encerrada se volvería loca. Tenía que irse a dar una vuelta. Daba igual que se lo hubieran prohibido; ¿cómo se iban a enterar en la sierra de lo que estaba haciendo en Madrid? A las tres y media salió a la calle. Sola, sin vigilancia, con toda la tarde por delante, era libre. Y esa libertad había que disfrutarla con los amigos.
Pero no consiguió quedar con nadie. Los que no tenían un plan de críos tipo «estoy en Guadalajara con mis abuelos», se habían ido al cine o no tenían ganas de salir.
La fabulosa tarde que había imaginado terminaría con ella haciéndole compañía a los lagartos de piedra que colgaban del alero de su casa.
De vuelta en su cuarto, tuvo que volver a enfrentarse con el asunto que había intentado esquivar: la discusión. Ahora parecía más grave. Porque todo el mundo sabía que Clara se cegaba discutiendo y que podía soltar sapos y culebras por la boca, pero había cosas que no se le debían decir a nadie (y menos, a una madre). En cuanto volvieran de la sierra, les pediría perdón. No lo diría más. Nunca.
Encendió la tele, hizo zapping en busca de alguna serie para reírse un rato, terminó el cuento corto que tenía como trabajo de Lengua… Se le daba bien escribir, pero tampoco había que volverse loca. Un cuento de tres hojas sobre un junco que crecía en un lodazal cumplía más que de sobra. Sin releerlo, fue al despacho de su padre a imprimirlo.
No había papel en la impresora. Revolvió toda la habitación en busca de folios y encontró un envoltorio medio vacío en el que quedaban unos diez. Más que suficientes. Encendió la impresora e imprimió el documento. Rebuscó en los cajones del escritorio una carpeta para guardarlo y entonces vio, al fondo, bastante escondido, un paquetito envuelto con papel de regalo.
La curiosidad le pudo. Abrió el cajón y dio la vuelta al paquete. Tenía adosada una tarjeta, con su propio nombre escrito en el dorso. Se sonrió. No podía ser un regalo de navidad, porque aún quedaba mucho para diciembre. Y su cumpleaños era en febrero. Intentó resistirse a leer la tarjeta, sin éxito. Quiso volver a dejarlo. Si sus padres llegaban ahora… solo una ojeada y ya está. Solo leer lo que le había puesto.
«Hoy hace cinco años que me enseñaste tu primer cuento y me dejaste maravillado. Este es solo un pequeño detalle para que recuerdes la gran escritora que eres y lo mucho que te quiero».
Se acordaba perfectamente. La ilusión que había visto en los ojos de su padre cuando leía la página y media que ella había escrito… Desde entonces, el dieciocho de octubre de cada año, su padre le regalaba algo. Aún quedaban dos días, y Clara se moría de ganas de abrir ese paquete.
Lo palpó con cuidado. Parecía un libro pequeño, con tapas duras. Se contuvo. No quería dejarse llevar y acabar abriéndolo. Volvió a ponerlo en su sitio y cerró el cajón. Le encantaban las sorpresas. Recordaba con especial cariño los misteriosos regalos que había recibido por correo cada cumpleaños. En el sexto llegó el último paquete, como siempre sin remite. Un libro: El pequeño alquimista, y luego el silencio. No hubo más paquetes sorpresa. Más tarde llegaría a la conclusión de que el misterioso donante tenía que ser su padre, pero siempre que lo comentaban, él zanjaba el tema diciéndole que no tuvo nada que ver, y que dejara de darle vueltas. Seguramente le tomaba el pelo.
Pero esa magia de los regalos inesperados, la intriga y el cosquilleo que encierran los envoltorios, eran parte de Clara desde entonces. Y aún conservaba ese último libro como un tesoro. Tal vez de esos envíos misteriosos sin remite nació su amor por las historias y los libros, y aunque últimamente no encontraba mucho tiempo para leer, al menos seguía escribiendo siempre que podía.
Abandonó sus reflexiones. Grapó el cuento recién impreso, lo colocó en una carpeta y salió del despacho.
Esperó hasta las nueve y media para cenar con sus padres, pero como no llegaron, se calentó un par de sanjacobos y se los comió en el salón, frente a la tele. Luego se tumbó en el sofá, zapeó un rato más y en unos minutos se quedó dormida.
Se despertó sobresaltada. Eran casi las dos de la madrugada y sus padres aún no estaban en casa. Miró las llamadas perdidas; nada. Llamó a su padre. «Teléfono apagado o fuera de cobertura en este momento». Y lo mismo el de su madre.
Clara insistió, pero ninguno de los teléfonos daba señal. No era normal que se retrasaran tanto. ¿Y si les había pasado algo? Rechazó la idea. Seguro que les había salido algún plan «de padres» y se habían quedado más tiempo en la sierra. Cuando volvieran les iba a echar una bronca descomunal por retrasarse tanto sin avisar. Así podría dar un poco la vuelta a la tortilla. Era reconfortante tener algo que echarles en cara.
Se recostó de nuevo en el sofá y al poco volvía a estar dormida.
El despertador sonó a las siete y media. Nadie andaba preparando desayunos en la cocina. Entre legañas comprobó que la habitación de sus padres seguía vacía.
Entonces se asustó de verdad.
Llamó a Fernando Navarro, su tutor en el instituto y el mejor amigo de su padre.
—No sé nada, Clara, pero no te preocupes —le dijo este, tranquilizador—. Se les habrá acabado la batería o les habrán robado el teléfono, o qué sé yo. Tú ven a clase, que en cuanto tenga alguna noticia te lo diré.
Eran las ocho de la mañana y a las ocho y media empezaba la clase de Tecnología. Preparó sus cosas y salió, no sin antes echar una ojeada al cajón donde estaba el regalo. Hubiera dado su brazo derecho por saber lo que era.
Cuando llegó al instituto le pidió a Fernando que le permitiera tener encendido el móvil en clase, por si sus padres finalmente llamaban.
—Lo siento, Clara —le contestó—. Si quieres, lo dejas en la sala de profesores y te lo traerán si suena, pero en el aula los móviles se apagan, sí o sí. Son las normas. Como haga una excepción contigo, tendré que hacerla con todos. Y no te preocupes. A lo largo de la mañana tendremos noticias y seguro que son buenas.
Clara aceptó, resignada. No había dormido bien y no tenía fuerzas para montar el show. Prefirió apagarlo y llevarlo consigo. De ese modo podría encenderlo entre clase y clase.
La primera hora pasó. Y luego, la segunda. Y en cada descanso encendía el móvil, sin noticia alguna. Hacia el mediodía, en clase de Sociales, la llamaron al despacho del director.
Allí estaba Fernando, y también un policía nacional que jugueteaba, nervioso, con su gorra. El corazón de Clara empezó a latir con violencia.
El policía quiso hablar y Fernando le detuvo:
—Deje que sea yo quien se lo diga.
Clara comprendió que algo terrible había sucedido.
—¿Están mal? —Y ante la mirada esquiva del director, que le confirmaba sus peores presagios, preguntó—: ¿en qué hospital…?
El policía solo negaba con la cabeza. Y alguien empezó a hablar de un terrible accidente. Oyó un grito y, por un instante, pensó que era molesto tenerlo tan cerca hasta que se dio cuenta de que era ella misma quien gritaba. Sus padres, decía alguien, habían muerto. Pero no podía ser: ayer mismo había hablado con ellos. No tenían más que preguntar, investigar con más cuidado; seguro que era otra gente, seguro que se habían confundido de coche, seguro que eran unos ladrones que les habían robado, seguro que estaban heridos y por eso no daban señales, seguro que aparecían… Y su cabeza observaba a distancia toda esa escena mientras su cuerpo lloraba, se debatía y protestaba, abrazándose a Fernando, y el policía giraba la gorra una y otra vez.
2
Clara veía cómo la tarde desaparecía lentamente tras la ventana del tanatorio.
Fernando intentaba darle cariño con una cierta torpeza, sosteniéndole la mano. De cuando en cuando le acercaba un pañuelo de papel para secarle las lágrimas. Los padres de Clara no habían hecho testamento y Fernando intentaba solucionar lo que estaba en su mano haciéndole las preguntas imprescindibles para no agobiarla, pero consciente de que el tiempo jugaba en su contra. Nadie tenía mucha idea de lo que iba a ser de ella. Aunque Fernando estaba dispuesto a alojarla en su casa, en ausencia de parientes directos la decisión debía de tomarla Servicios Sociales. Hasta ahora, él había ejercido de interlocutor con la Comunidad de Madrid, pero si quería optar a ser su tutor, les esperaba una larga serie de papeleos.
Al día siguiente tendría lugar el entierro.
Sus amigos habían ido llegando por turnos a lo largo de un día interminable, pero Clara no les había prestado mucha atención. Y a esa hora de la tarde, solo quedaban los más allegados.
Clara pensaba en otra cosa, algo que le martilleaba el cerebro a cada momento: ella había deseado la muerte de su madre y ahora era huérfana. Daba igual que la razón le dijera que era una coincidencia, en su interior sabía quién era la culpable.
Ella.
Tenía el poder de matar a voluntad; no tenía más que desearlo y la persona elegida caería muerta. En un instante podía pasar de sentírse como el ser más poderoso del mundo a dejarse dominar por el autodesprecio. Por culpa de ese supuesto poder que nunca había pedido, sus padres ya no estaban con ella. No solo era una criminal. No solo era un ser miserable, abyecto y rastrero. Además era estúpida. Había deseado la muerte de lo que más quería en el mundo y la había obtenido. Ahora tenía que vivir una vida sin ellos. Toda una existencia de tortura, sin siquiera el alivio de la confesión. ¿A quién podía contárselo? ¿Habría alguien que pudiera entenderla, ponerse en su lugar y perdonar lo que ni ella misma era capaz de perdonar?
Una idea terrible se introdujo en su mente con insidia. Tal vez una vida así no mereciera ser vivida, quizá lo más justo sería morir también. A lo mejor bastaba con inyectarse aire en las venas, o tirarse por una ventana, o tragarse una mezcla de medicinas y productos de limpieza; entonces recibiría su castigo y todo el dolor desaparecería para siempre.
Quiso tomar algo de aire, pero el enorme ventanal del tanatorio no podía abrirse. Apoyó la cabeza en el cristal y la fría superficie la calmó un poco. Fijó la mirada en el parquecillo que se extendía a sus pies.
Una sombra pareció moverse entre los setos. Tal vez fuera un pony, o un perro de buen tamaño. Fue tan solo un segundo y luego desapareció. En otras circunstancias, Clara hubiera intentado averiguar de qué se trataba, pero ahora le daba igual.
Apartó la mirada del exterior y, al volverse de nuevo hacia la sala, vio la puerta ornada de coronas tras la que yacían los cuerpos de sus padres. El dolor le nubló los ojos.
No era cierto. Todo eso no podía ser real; la muerte de sus padres no había sucedido. Era una broma absurda, macabra, un chiste estúpido, de un terrible mal gusto, o un error, pero ellos no podían estar muertos. En cualquier momento aparecerían para confesarle que todo eso era una inocentada, una apuesta o una pesadilla, que su vida podría volver a ser como antes y ella se enfadaría con ellos por tener tan poca gracia, les diría que se habían pasado tres pueblos, pero al final los perdonaría y todos se sentirían felices de nuevo. Tendría la oportunidad de retractarse de sus palabras, de responsabilizarse de sus insultos, de ser redimida.
Y sin embargo allí estaba, en el tanatorio, más sola que nunca, rodeada de gente con la que no podía compartir la verdad. Si pudiera volver atrás y deshacer lo hecho, si pudiera conseguir que la vida retrocediera, si pudiera cambiar el pasado, eliminar aunque solo fuera esa mañana de domingo y conseguir que sus padres volvieran de nuevo… Si pudiera, al menos, subirse con ellos a ese coche y compartir su destino…
Su profesor de francés, el responsable de que odiara el idioma suspendiéndole dos exámenes seguidos, se acercó con cara compungida para decirle cuánto lo sentía y Clara pensó que era más de lo que podía soportar.
No entendía los ritos de la muerte. Gente a la que no conocía de nada, gente que jamás había mostrado el más mínimo interés en ella o gente que directamente no la soportaba, iba ahora a rendirle pleitesía como si fuera la reina, a abrazarla y a darle el pésame. Los odiaba a todos.
Pero sobre todo se odiaba a sí misma.
Se fue al baño.
En el espejo no reconoció a esa muchacha de quince años y pelo castaño que la miraba con sus hermosos ojos almendrados de color madera, estragados ahora por el llanto. Era como si esa mecha violeta que asomaba entre sus cabellos ya no fuera suya. Como si el óvalo perfecto de la cara y la nariz, que a ella no le hacía demasiada gracia, no pertenecieran ya a su rostro. Eran rasgos armoniosos y equilibrados, y ella una joven hermosa, pero no quería aceptarlo. Solo podía pensar que esa boca carnosa y bien dibujada había deseado la muerte de su madre.
Se refrescó la cara.
Había dormido en casa de Fernando, que se estaba portando realmente bien. Ese hombre de barba poblada, mejillas sonrosadas y oronda barriga era lo más parecido a una familia que Clara había tenido jamás. No había conocido a ningún pariente de sus padres. Los dos se habían quedado huérfanos muy pronto, y ahora Fernando era todo lo que le quedaba.
Pero, pensaba Clara, él no podía protegerla de sus obsesivos pensamientos, porque no sospechaba que existieran y ella no podía confesárselos. Nadie, ni siquiera Fernando, comprendería por qué lo había hecho, ni entendería cómo alguien puede desear la muerte de las personas que más quiere. Él no podía salvarla de sí misma, ni sería capaz de perdonarla si alguna vez supiera que ella era una asesina.
II
GABRIEL
1
Un desconocido se detuvo frente a la sala donde se encontraban los ataúdes. Mediría algo más de un metro setenta y cinco, complexión delgada y nariz rotunda, con el cabello entreverado de canas recogido en una impoluta coleta. Habló un momento con un par de profesores y estos le señalaron a Clara. Asintió brevemente con la cabeza y se dirigió hacia ella. Cuando llegó a su altura, se presentó, mientras Fernando la miraba con curiosidad.
—Hola, Clara. Soy tu tío Gabriel.
Clara levantó la vista, incrédula.
—¿Quién?
—Tu tío Gabriel, el hermano de tu padre.
—¿Mi padre… tenía un hermano?
—Sí. Yo. He venido para hacerme cargo de todo.
—¿Cómo que «hacerse cargo»? —interrumpió Fernando.
Clara los miró, extrañada. No sabría decir porqué, pero notaba algo raro en esa conversación, como si no fuera del todo real. Como si esas dos personas se conocieran de antes pero quisieran fingir que no era así.
—Soy el padrino de Clara y su único pariente vivo —explicó el extraño—. He venido en cuanto supe de la muerte de César. Voy a ser su tutor de hoy en adelante.
Clara miraba desconcertada al recién llegado. Sus padres jamás habían hablado de ningún pariente. Sin embargo, allí estaba Gabriel y aparentaba tenerlo todo bajo control. Clara reconoció en él algunos rasgos de su padre; los ojos claros, algo en el porte… Tenía un cierto aire de familia, sin duda. Pero si lo que decía era cierto, eso planteaba un montón de preguntas: ¿cómo podía ser su padrino alguien a quien ella no conocía? ¿Dónde había estado todo ese tiempo? ¿Por qué nunca la había visitado? Y, sobre todo, ¿cómo era posible que nadie le hubiera comentado nunca nada de él? Para ella fue demasiado. Algo en su cabeza hizo clic y se desentendió. Solo quería que ese día acabara, que alguien se diera cuenta de que todo ese dolor lo había causado ella y le proporcionara el castigo que merecía; que le permitieran ajustar cuentas y pagar su crimen. Y tener así, por fin, algo de paz.
Su tío traía consigo los papeles de la comunidad, un viejo libro de familia, su DNI, todo lo que podía probar que era quien decía. Habló largo rato con Fernando, le dejó tiempo para que se despidiera de Clara y después estrechó su mano, le dio las gracias con amabilidad y se llevó consigo a su sobrina.
Un elegante coche negro, algo pasado de moda, los esperaba en la puerta. Junto a él, un hombre trajeado. Gabriel los presentó.
—Óscar, Clara. Clara, Óscar. —Óscar era un hombre cercano al metro ochenta, al que, bajo un traje de corte impecable, se le adivinaba atlético y flexible. Un coche con chófer. Evidentemente, su tío tenía dinero.
—¿A dónde vamos? —preguntó Clara.
—A tu casa; allí estarás más tranquila. Mañana será el entierro y tienes que reponer fuerzas. Necesitas descansar un poco.
—No necesito descansar —replicó Clara, llorosa—; necesito a mis padres.
Su tío acusó el golpe y sus ojos brillaron con dureza.
—Por desgracia, esa es la única cosa que no puedo conseguir. Ni tú tampoco. Tus padres no van a volver. Y tienes que empezar a vivir con eso.
Clara sintió como si la hubieran abofeteado. Le odió, con todas sus fuerzas. ¿Qué hacía ese monstruo allí? ¿Por qué tenía que hacerse cargo de ella alguien a quien ni siquiera conocía? ¿Por qué nunca nadie le había hablado de él?
Los tres subieron en el ascensor y entraron en la casa. Todos los muebles, todos los rincones, parecían hablarle de su madre, cuya muerte había deseado, y de su padre, que la había acompañado en ese absurdo accidente.
—De momento, hasta que podamos organizarnos en Madrid, nos alojaremos aquí —dijo Gabriel.
Clara pensó en rebelarse, negarse a esa invasión, echarles a los dos y que la dejaran tranquila. Al levantar la vista, su mirada se cruzó con la de Gabriel, que la observaba con una intensidad casi dolorosa. En su mano llevaba una cajita.
—Ábrela —le pidió su tío.
Clara lo hizo. Dentro había una medalla octogonal, lisa por completo salvo por unas finas incisiones paralelas, a un par de milímetros del borde.
—Este medallón era de tu padre —dijo Gabriel mientras sacaba la joya de la cajita—. Yo tengo uno igual.
Y le mostró el que llevaba colgado alrededor del cuello. Era también octogonal, solo que trabajado con unas intrincadas filigranas.
—Los dos lo llevábamos cuando éramos niños. Luego… luego nos distanciamos. Creo que ahora deberías tenerlo tú.
Clara miró el medallón. Era bonito. Sencillo, de plata. Y se sentía cálido y agradable al tacto. Llevarlo puesto sería como si su padre y ella compartieran algo más que una joya. Pensó en el paquetito con su nombre guardado en el cajón y si tendría algún significado que los dos últimos regalos de su padre le hubieran llegado después de su muerte. Las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas. Gabriel no dijo nada y salió de la habitación.
Óscar le trajo un vaso de leche y Clara, sin protestar demasiado, se lo tomó. Apenas ingerido, durmió sin sueños toda la noche.
2
Se despertó sobresaltada. Notó el tacto del medallón contra su pecho y lo miró. Juraría que ahora tenía unas filigranas que no estaban allí ayer. Debía de haberlo visto por la otra cara, porque, pensó, lo que estaba claro es que una joya no podía cambiar de aspecto.
Sin reflexionar, como un autómata, fue a la habitación de sus padres. Iba a llamar con los nudillos y a decir «mamá, déjame entrar», para acurrucarse medio dormida junto a ella y apurar un poco más el sueño, cuando recordó de nuevo el accidente y el corazón le dio un vuelco.
No podría hacerlo nunca más.
Al darse la vuelta para ir a la cocina, pegó un grito, sobresaltada por una sombra. Óscar, vestido de pies a cabeza, como dispuesto a ponerse en marcha en cualquier momento, la esperaba en el pasillo, junto al despacho de su padre.
—¿Quieres alguna cosa? —preguntó el hombre con una voz cálida y agradable. Clara lo miró, estupefacta. La voz le pegaba, pero la amabilidad con la que hablaba, no. Había esperado un tono más severo, ronco, agresivo. Negó con la cabeza y lo esquivó en su camino a la cocina.
No recordaba nada de esa noche y se encontraba extrañamente relajada. ¿Le habrían puesto algo en la leche? «¡Qué tontería!», se dijo. Mejor que no se dejara llevar por su imaginación. La situación ya era bastante rara de por sí, sin necesidad de añadirle literatura.
Y, en cualquier caso, se sentía con fuerzas. Triste, arrasada, inconsolable, pero fuerte.
Al ver la vieja caja de galletas, recordó a su madre alcanzándosela todas las mañanas a lo largo de su vida. La vio desde su altura de cuatro, de diez, de doce años. Su rostro se volvía hacia ella y sonreía…
El dolor le retorció el estómago y tuvo que correr a su cuarto. Pasó por delante de Óscar como una exhalación, entró en su habitación y cerró la puerta con pestillo. Se sumergió entre las sábanas, deseando con todas sus fuerzas poder retroceder dos días y que alguien le impidiera pronunciar esas palabras y causar ese accidente.
No hubo respuesta.
3
Los días que siguieron al entierro su tío se mostró muy respetuoso. Dejó que Clara llorara todo lo necesario, consintió que durmiera hasta muy tarde, y le permitió no volver al instituto hasta que se sintiera con fuerzas, mientras se encargaba de solucionar la ingente burocracia que hace falta para morir en el siglo XXI.
Pero los nichos lucían ya el nombre de sus padres en letras de bronce y Gabriel se estaba haciendo cargo de todos los gastos. El dolor se empapaba lentamente de normalidad.
Fernando se dejó caer de cuando en cuando para verla y ella se lo agradeció. La sensación de que su tío y él se conocían de antes le parecía a Clara cada vez más peregrina. O quizá es que estaba asumiendo su nueva situación.
En cuanto a Óscar y su tío, Clara, poco a poco, les iba tomando cariño. No le quedaba otra familia.
Una mañana, al pasar por delante del despacho de su padre, vio a Gabriel leyendo unos papeles manuscritos. Hubiera jurado que lloraba, pero él, al oírla, le rehuyó la mirada y preguntó:
—¿Qué quieres, Clara? ¿Necesitas algo? —mientras se pasaba la mano por los ojos.
—No, nada, tío. Iba a prepararme una tostada. ¿Te preparo otra?
—No… o, mejor, sí. Con tomate y aceite, por favor. Tengo que terminar un par de cosas, pero en cuanto acabe, voy a la cocina y te ayudo.
Clara asintió. Antes de salir, vio cómo su tío metía los papeles en un sobre en el que estaba escrito «Gabriel», con la letra de su padre.
—¿Una carta de papá? —preguntó.
—Sí —contestó él, lacónico.
—Tío. —La duda le rondaba desde que Gabriel apareciera en el tanatorio, pero no había encontrado el momento de resolverla. Hasta ahora—. ¿Por qué mi padre nunca me habló de ti?
Los ojos del hombre se nublaron con un brillo vidrioso.
—Sabía que no tardarías en hacerme esta pregunta. —Le indicó con un gesto que se sentara y suspiró—. Es una larga historia: César, tu padre, era mi hermano mayor y nos queríamos mucho. Pero hace ya varios años, antes de que nacieras, tuvimos una discusión terrible, ninguno quiso retractarse y eso nos separó. Ni siquiera tu nacimiento pudo volvernos a unir, pero mantuvimos el contacto, hasta que, cuando cumpliste seis años, volvimos a discutir y esa vez fue la definitiva. Desde entonces ni siquiera respondió a mis llamadas o a mis cartas. Hasta hoy.
—¿Y por qué discutisteis?
Él dudó antes de contestar, y empezó a hablar con lentitud, como si cada palabra le costara un gran esfuerzo.
—Fueron disputas entre hermanos, asuntos que nunca deberían haber llegado tan lejos, nada que no hubiéramos podido solucionar de saber… —Tragó saliva antes de continuar—. Tal vez, cuando haya pasado más tiempo y duela menos, pueda contártelo. No digo que no fuera importante, solo que los dos nos queríamos y deberíamos haber pensado más en el bien de nuestra familia; haber sabido llevar mejor nuestras diferencias. Pero de nada vale lamentarse: ahora estoy aquí y no voy a permitir que te suceda nada malo.
Clara lo miró. Aunque no tenía hermanos, conocía de primera mano las discusiones familiares. A lo mejor eso también estaba en los genes de los Carrasco… Sintió deseos de abrazarle, pero no lo hizo. Apenas se acercó para darle un beso en la mejilla. Gabriel sonrió, pero no fue capaz de corresponderle. Tras unos segundos incómodos, ella se levantó y salió del despacho.
Una semana más tarde, Gabriel la instó a volver a clase, pero Clara aún no se veía capaz y su tío lo aceptó, siempre y cuando se comprometiera a conseguir los apuntes para no perder demasiado el ritmo.
Y por fin se sintió con fuerzas para hacer lo que había postergado tantos días; entrar de nuevo, a solas, en el despacho de su padre, en esa habitación donde tantas veces habían hablado, reído e incluso discutido. Los ojos le ardían cuando se acercó al cajón donde, días atrás, había descubierto el regalo. Inspiró hondo, tragó saliva y sacó el paquetito. Lo sostuvo un instante entre sus manos, intentando manejar los sentimientos que se agolpaban en su cabeza y terminó llevándoselo a su habitación. Sentada en la cama, sintiéndose más sola que nunca, se enjugó las lágrimas y lo abrió.
No era un libro, sino una libreta para tomar notas, un cuaderno negro de viaje que se cerraba con un elástico. En la contraportada, su padre le había escrito una dedicatoria:
«Un buen escritor siempre lleva encima una libreta de notas, y las que se cierran con goma son las mejores. Úsala y disfrútala. Te quiero».
Un medallón y una libreta. Eso era lo último que le había dejado. Nunca más le daría otro regalo, ni habría más «te quiero», ni más besos; con lágrimas en los ojos, Clara se dio cuenta de que las que acababa de leer eran las últimas palabras de su padre. El dolor la partió en dos. Abrazó la libreta y se acurrucó en la cama, hecha un ovillo.

Óscar y su tío la dejaron bastante libre toda la semana, haciéndole saber tan solo que estaban allí. Pero llegado el domingo, Gabriel insistió en que tenía que volver al instituto.
La vuelta fue dura. El otoño estaba bastante avanzado y los días eran tan fríos y desapacibles como el ánimo de Clara. Al principio todos la trataron como si fuera de cristal, en especial los profesores. Aprendió a fingir que se encontraba bien para cortar esas miradas de compasión que la enervaban. Su vida fue volviendo poco a poco a la rutina y la gente empezó a comportarse con ella como antes. La tristeza se convirtió en una compañera silenciosa y el sufrimiento mismo también cambió; en unas semanas, dejó de ser una opresión constante en el pecho para irse transformando en punzadas de un dolor agudo, inesperadas, intensas, pero cada vez más espaciadas.
Los días fueron pasando y Clara se sumió en un estado semisonámbulo en el que no tomaba decisiones, sino que las delegaba en su tío, en sus profesores, en sus amigos. No quería pensar ni elegir. Tal vez las cosas se irían resolviendo o tal vez no.
De momento, no le importaba.
III
LA HERMANDAD
1
Fernando Navarro, tutor de Clara y jefe del departamento de Lengua, llevaba nueve años como profesor del IES Lope de Vega. Exactamente desde que Gabriel perdiera el contacto con su familia, en el sexto cumpleaños de Clara. Había cumplido con creces el objetivo de acercarse al hermano de Gabriel y convertirse en su amigo. Pero su misión también consistía en evitar que a Clara le sucedieran desgracias, y en eso había fracasado, de un modo terrible, por razones que todavía no lograba explicarse. Tal vez por eso se había volcado con tanta intensidad en esta otra misión. Tal vez por eso, esa noche aún seguía en el instituto trabajando a contrarreloj.
El bedel se había retirado a las nueve a regañadientes, después de repetirle una y otra vez que no se olvidara de cerrar bien todas las puertas. Tras asegurarle que lo haría y que podía irse tranquilo, Fernando había vuelto a su despacho a seguir trabajando. Ahora eran casi las doce de la noche y el resultado estaba allí, extendido sobre la mesa. Había logrado desencriptar por completo el manuscrito descubierto en los subterráneos de Lyon: un intrincado alfabeto jeroglífico que ocultaba un texto escrito en griego clásico. Fernando había organizado el nuevo texto respetando la distribución y la estructura del original. Rebeca se encargaría ahora de traducirlo y Fernando procedió a enviarle el documento escaneado y toda la documentación necesaria mediante un servidor seguro.
Cuando tuvo la confirmación de que lo había recibido sin problemas, envolvió con cuidado el original en un grueso papel e introdujo el paquete resultante en una caja de madera bellamente trabajada. Ahora debía devolverlo al despacho de María Benedé.
El edificio donde el instituto se encontraba era un antiguo palacio del siglo XVIII reformado hacia 1970, y en el despacho de María habían dejado una pared de piedra vista sin cubrir, tras eliminar del muro el revoco original. Fernando sacó un medallón de su pecho, un octógono de plata con sutiles y elegantes filigranas, y lo apoyó en uno de los sillares. Un rectángulo de unos ciento cincuenta por noventa centímetros se empezó a destacar; una pequeña puerta en el muro. Fernando presionó sobre el batiente y la portezuela giró sobre sus goznes. Colocó el manuscrito dentro del hueco no demasiado profundo que se abría tras ella, cerró la puerta, retiró el medallón y la abertura desapareció del muro como si nunca hubiera estado allí.
Volvió a su despacho y destruyó en el triturador de papeles las pocas notas que había apuntado fuera del portátil. Recogió sus cosas y dio una vuelta por el instituto. Una vez hubo comprobado que aulas y despachos estaban bien cerrados, dejó las llaves en la portería, se aseguró de que alarmas y mecanismos de seguridad estuvieran conectados, cerró con varias vueltas la puerta de entrada y salió del edificio.
Atravesó la plaza del Dos de Mayo camino del parking. Empezaban a bajar de verdad las temperaturas y Fernando se subió el cuello del abrigo para protegerse del ambiente nocturno. Se dio cuenta de que llevaba desatado el cordón de un zapato y se agachó a atárselo. Al hacerlo, escuchó un ruido, sutil, a su espalda, como el que hace involuntariamente alguien que no quiere ser oído. Los sentidos se le agudizaron y todo su cuerpo se puso en tensión. Quizá no fuera nada, pero en su situación no podía arriesgarse. Tenía que llegar a su coche de inmediato.
Corrió hacia la entrada del aparcamiento. El sonido a su espalda cambió; unas patas de considerable tamaño iniciaban también una carrera.
Lo habían localizado.
Corrió aún más rápido. Llegó al parking resoplando y bajó por las escaleras hasta la planta menos dos, donde tenía aparcado su automóvil. Los pulmones le ardían.
Su coche era el único que había en ese nivel. Accionó la apertura automática y las luces parpadearon dos veces a lo lejos. Solo tenía que ponerlo en marcha y salir, sin maniobras. Los jadeos tras él eran más y más cercanos.
El coche estaba apenas a unos metros cuando una bestia, parecida a un lobo grande y oscuro, surgió de entre las sombras, se lanzó en dirección a Fernando y, saltando por encima del vehículo, se plantó entre el coche y él, bloqueándole el paso. Era un lyko, sin duda, uno de los feri de la Hermandad.
El profesor dribló con agilidad; la bestia intentó seguirle pero resbaló sobre el asfalto del aparcamiento. Fernando rodeó el coche, abrió la puerta del copiloto e intentó encerrarse dentro del vehículo. El animal logró introducir una pata entre el marco y la puerta. Fernando, sujetando la manija, tiraba hacia sí mientras pisoteaba la garra del lyko. Unos golpes sobre el capó le advirtieron que otro animal se había subido al techo del vehículo.
Dos lykos. El dueño no andaría lejos.
Intentó una maniobra arriesgada: abrió un poco la puerta; la bestia retiró la pata dolorida, Fernando pudo cerrarla de nuevo y bajó los pestillos de seguridad. Ahora solo tenía que poner el coche en marcha. Metió la llave mientras las bestias zarandeaban el vehículo.
Entonces lo vio, parado delante del coche, con la espada desenvainada, una capa con capucha gris y el característico emblema hexagonal en el lado izquierdo: un miembro de la Hermandad. Un monje. Un esbirro asesino.
El encapuchado subió de un salto al capó y al caer incrustó la espada en el motor. El coche emitió un gorgoteo antes de detenerse.
—¿Dónde está? —gritó el intruso con voz áspera.
Fernando analizó rápidamente el panorama. Lykos a los lados y el Hermano sobre el capó. Ninguna posibilidad de huida: tenía que presentar batalla. Saltó el respaldo de los asientos delanteros, desmontó los de atrás para acceder al maletero y empezó a levantar el falso suelo bajo el que guardaba su propia espada, mientras el monje bajaba del coche y lo rodeaba asestando un mandoble tras otro. El esbirro consiguió perforar la puerta trasera y el arma fue a incrustarse en la pierna de Fernando, atravesándole el gemelo derecho. Fernando aulló de dolor. Tiró de la espada que guardaba en el maletero y, al hacerlo, la cruz de la empuñadura se enganchó en un saliente. El profesor forcejeó para soltarla mientras el cruzado extraía su mandoble para volver a clavarlo de nuevo, esta vez más arriba, traspasándole el muslo. Fernando ahogó un juramento.
—¿Dónde está? —repitió el encapuchado, sacando el arma y blandiéndola en el aire.
El profesor consiguió liberar por fin la espada, un magnífico mandoble decorado con filigranas al igual que su medallón. Maniobró dentro del coche con dificultad, quitó los seguros de las puertas y salió del auto por el lado contrario al de su atacante. Una vez fuera, cojeando, enarboló el arma. Mientras vigilaba los movimientos del monje gris, echó mano al medallón e intentó concentrarse para pedir ayuda, pero las dos bestias se lanzaron contra él.
De un tajo, segó la cabeza de la que venía por su derecha, que sufrió un par de espasmos antes de quedarse inmóvil.
El monje dio un gruñido de disgusto.
La otra bestia se abalanzó sobre Fernando y le hincó los dientes con furia en el brazo izquierdo. Fernando intentó defenderse con la espada, pero el arma era demasiado larga para hincársela sujetándola por la empuñadura. La tomó por la mitad de la hoja y clavó la punta en el cuello del lyko.
El cruzado aprovechó para acercarse y atravesar a Fernando por la espalda. Al sentir en sus entrañas la fría hoja de acero, este se revolvió, golpeó con la empuñadura de la suya la boca de su agresor y le saltó dos dientes. El monje ni se inmutó. Tan solo hincó aún más su espada y la retorció con saña.
Fernando cayó al suelo, agonizante. Se llevó la mano al bolsillo y sacó una ampolla de vidrio recubierta de plata que intentó acercarse a la boca. El monje gris le pisó la muñeca, apartó el recipiente con el otro pie y lo aplastó contra el pavimento del parking. Un líquido verdoso se derramó del frasquito, brilló un segundo y fue absorbido por el suelo, que se volvió de un negro intenso, como recién asfaltado.
El cruzado empuñó el arma y cortó de un tajo la cabeza de Fernando.
El medallón octogonal del profesor emitió un apagado brillo verde y sus filigranas empezaron a desaparecer. Una especie de vaho verdoso salió de la joya y recorrió como una onda expansiva el aparcamiento, perdiéndose en el infinito.
2
Gabriel y Óscar conversaban en el despacho cuando lo notaron. Esa extraña desazón, tan temida. Gabriel echo mano a su pecho y miró el medallón. Las filigranas brillaban con una luz mortecina. Eran malas noticias.
—Fernando ha caído. Nos han localizado.
—No —replicó Óscar—, solo lo han localizado a él. Si supieran dónde estamos, habrían organizado una ofensiva y en este momento estaríamos luchando.
—Pero si han localizado a Fernando, tal vez ya han encontrado… —Gabriel calló. Ambos sabían lo que eso significaba.
—Confiemos en que no. Lo único claro es que andan muy cerca.
—Salgamos. Tendremos que ocuparnos del cadáver.
—No, Gabriel —le detuvo Óscar—. Pueden haber dejado un merodeador esperando que se presente alguien. Por mucho que nos duela, no podemos hacer nada hasta mañana. La mejor manera de no despertar sospechas es seguir con nuestra rutina hasta que podamos volver a Ismara.
—Ismara. —Gabriel negó con la cabeza—. No lo veo claro. Clara todavía no está preparada.
—Estaría segura —insistió Óscar—. Piénsalo bien; allí nadie la alcanzaría, sabríamos en todo momento dónde está… Todo son ventajas.
—No para ella —replicó Gabriel—. Estuviera dispuesto a enviarme esa carta o no, mi hermano dejó muy clara su voluntad: quería, por encima de todo, que Clara se criara alejada de mí, de los nuestros. Que yo no le contara nada de, en sus propias palabras, «mis absurdas ideas sobre el mundo, reales o no». Murió por mi culpa, porque yo no fui capaz de mostrarle la verdad sin ofenderle. No voy a traicionar su última voluntad. No… —La voz se le quebró—. Mientras Clara no tenga edad para decidir por sí misma, intentaré darle una vida normal.
—Estupendo. Solo tienes que convencer de eso a los que nos están matando.
—No la llevaré a Ismara, Óscar.
—Muy bien. Pues entonces sigamos con el plan original. Vayámonos a Bosca. No estaremos en Ismara, pero sí cerca.
—Bosca… Antes estaba de acuerdo, pero ahora… No sé si es buena idea volver a abrir el refugio en la boca del lobo.
—El lobo solo puede ver su propia boca si la ve reflejada —contestó Óscar—. Y los lobos no se miran al espejo. Es lo que dices siempre.
—Cuando solo éramos tú y yo. Ahora es distinto. Ahora la tenemos a ella. Ahora podemos perderlo todo. —Gabriel se frotó los ojos, cansado, y suspiró—. Fernando muerto… No puedo creerlo.

Clara estaba dormida en su cuarto, pero algo extraño, como una desazón, la sacó del sueño, y en el duermevela le pareció ver brillar el medallón que le había regalado su tío. Pensó que debía ser un reflejo, o la luz de la ventana. A través de la puerta llegaba la voz apagada de su tío hablando con Óscar, pero solo entendió unas pocas palabras inconexas: «lobo», «muerto», «Fernando».
Sin duda estaba soñando. Se arrebujó en la cama y volvió a dormirse casi de inmediato.
3
Las alarmas del instituto Lope de Vega se pusieron en marcha en cuanto el Hermano rompió los cristales de una ventana del segundo piso. Tenía poco tiempo, pero sabía que el lyko le advertiría en cuanto alguien se acercara. Recorrió a toda prisa los interminables pasillos, acompañado por el sonido metálico de sus botas. Llegó a la planta de despachos y localizó el de Fernando. Cerrado con llave.
Reventó la puerta de una patada. En el interior, todo parecía escrupulosamente ordenado. Se entregó a una búsqueda frenética, tumbando estanterías, rompiendo cerraduras, partiendo a espadazos los cajones y destrozándolo todo. Pero nada. Allí no parecía estar lo que buscaba.
Iba al despacho contiguo, dispuesto a hacer lo mismo, cuando oyó la llamada de advertencia del lyko: alguien se acercaba. Pateó la puerta, entró y rebuscó a toda prisa pero sin resultados.
El lyko seguía gruñendo en la calle.
Echó una última mirada, se encaramó a la ventana del despacho, saltó desde el alféizar y aterrizó en el suelo limpiamente, dispersando el impacto de la caída con una precisa voltereta.
El lyko fue a su encuentro. En su grupa, embutidos dentro de una especie de arnés, llevaba los restos del otro animal. No podían correr el riesgo de que un feri llegara a ser analizado.
Dos coches de la policía se detuvieron en la calle San Bernardo, a la entrada del instituto. El encapuchado agarró el medallón hexagonal que llevaba al cuello, vio las filigranas de la joya iluminarse en ámbar, señalando hacia el sudeste, y salió a todo correr en esa dirección.
Una alcantarilla mostraba unos caracteres anaranjados fosforescentes. El monje levantó la tapa como si no pesara nada y el animal y él desaparecieron en su interior.
La tapa cayó sin apenas ruido y el brillo ambarino se extinguió mientras, en la fachada lateral del IES Lope de Vega, los policías descubrían la ventana rota.
4
Rebeca era una mujer nerviosa, menuda, que dependiendo de cómo fuera vestida podía aparentar tanto quince años como los treinta que tenía en realidad. Se había pasado toda la noche pendiente de recibir los documentos que le enviaba Fernando a través del servidor seguro habitual. Y ahora que los tenía, no podía esperar.
En cuanto abrió el archivo, comprobó satisfecha el meticuloso trabajo de su colega. La transcripción de las páginas originales al griego estaba distribuida respetando la estructura del manuscrito y las ilustraciones habían sido insertadas en los espacios correspondientes. Bien. En muchos legajos de esa época, tan importante era lo que se decía como dónde se decía.
Preparó un buen número de hojas de papel fotográfico A3 y empezó a imprimir el documento a tamaño un poco superior al real.
Lo ideal hubiera sido poder trabajar sobre el manuscrito y no sobre una copia, pero a ella no se le daba tan bien descifrar claves y una buena digitalización también tenía sus ventajas. Poder ampliar el documento era una de ellas, y otra, que podían trabajar más personas sobre el mismo manuscrito en lugares diferentes. Había excelentes medios técnicos en el siglo XXI.
Se preparó una infusión mientras esperaba a que la impresora terminara su trabajo. Tomó la taza caliente con las dos manos y suspiró. Tras la ventana la vieja Oviedo se empapaba con lentitud bajo una lluvia menuda. Tiempo atrás, la investigación se hubiera hecho en la Biblioteca de Ismara, donde ese documento habría tenido un lugar de honor. Pero gran parte de los fondos, especialmente aquellos que hablaban de la historia del Alquimista Oscuro, fueron robados o destruidos. Los pocos investigadores que trabajaban en la Biblioteca, y Rebeca no era uno de ellos, se encontraban una y otra vez con ejemplares catalogados en los índices que habían desaparecido para siempre. Tal vez en este manuscrito se hallaran las claves necesarias para…
Un pitido en la impresora le indicó que se había quedado sin papel. Fue a solucionarlo y reparó en la última hoja que acababa de salir. Estaba bellamente ilustrada, aunque no era el dibujo lo que le llamó la atención, sino una frase escrita en latín, no en caracteres griegos: Ex sanguine nihil. Pero si el manuscrito estaba codificado y en griego clásico… ¿Era un error de Fernando? Cotejó la página con la imagen del original que tenía en pantalla. La frase estaba en latín en ambos documentos.
Un momento… ¿qué era esa especie de brillo metálico? No parecía casual. De hecho, la forma era semejante a una ro, una «erre» griega. Comparó las dos copias, pero en la imagen del original no se veía tan claro. Quizá era un problema de la luz del escáner, o de la tinta de la impresora o tal vez… Mañana llamaría a Fernando para preguntarle. Dio otro sorbo a la infusión y continuó imprimiendo.
Un pálido resplandor verdoso se insinuó bajo su blusa y una sensación de congoja le hizo soltar la taza, que se rompió en mil pedazos contra el suelo.
«Fernando —pensó—. Lo han descubierto».
Pálida, se sentó un segundo en la silla y sacó el medallón octogonal de su pecho. Sus filigranas iban apagándose poco a poco.
Fue al ordenador, entró en el servidor y lo desconectó. No sabía en qué circunstancias se había producido la muerte, pero era imprescindible bloquear el acceso a su red de comunicaciones. El protocolo era aislar el servidor del exterior por completo hasta que se supiera si la seguridad de la conexión corría o no peligro.
Miró las páginas que seguían saliendo de la impresora. Al menos el documento estaba a salvo. Pero ahora ella sería la única que trabajaría en él.
Fernando había muerto. ¿Cómo era posible?
5
En el instituto no se hablaba de otra cosa. Habían matado al profesor de Lengua como a un prota de videojuegos. Decapitado, lleno de heridas de arma blanca y mordiscos de perros salvajes. ¡En pleno centro de Madrid! Pero además habían entrado en su despacho y también en su apartamento y lo habían dejado todo patas arriba. Como si buscaran algo y no les importara qué pudieran destrozar en el intento. El ataque no había sido casual.
Las noticias hablaban de crimen ritual, de sectas satánicas, de juegos de rol, de ajustes de cuentas, de drogas, de mafias… No tenían ni idea.
Si eso no era la propaganda de una peli, era para tener miedo de verdad.
Los de primero de Bachillerato se hacían los gallitos asustando a la gente en los recovecos de los pasillos, aunque la verdad es que todos tenían miedo. Fernando no era el personaje más apreciado del instituto, pero era un profesor, y el crimen sucedía un mes y medio escaso tras la muerte de los padres de Clara. Algunos empezaron a evitarla, como si tuviera gafe o pesara sobre ella una maldición. Al fin y al cabo, Fernando era muy amigo de su padre, y encima le ponía las mejores notas, siempre hablando de Clara, del talento de Clara, de lo buena escritora que era Clara… Habían muerto ya tres de los adultos que la rodeaban. ¿Cómo podían estar seguros de que todo eso se pararía allí? ¿O esas muertes no eran sino el comienzo de una serie interminable de desgracias?
Lo peor de todo es que la propia Clara empezaba a pensar que tenían razón. Porque, en el mismo momento en que se enteró de la muerte de Fernando Navarro, la relacionó con lo que había oído entre sueños y una imagen siniestra se empezó a formar en su cabeza. Su tío Gabriel podía estar detrás de la muerte del profesor de Lengua. «Por supuesto —pensaba—, también podría ser una paranoia de las mías. Pero yo oí “Fernando”, y algo de lobos y muertos…». Una idea, que ella misma catalogó de absurda, se abrió paso en su cabeza: su tío había aparecido en su vida tras la desaparición de sus padres. ¿Pero y si no era así? ¿Si ya estaba allí y usó el accidente como excusa para presentarse? ¿Y si de algún modo inimaginable, también estuviera relacionado con esas muertes?

Al día siguiente todo el instituto se congregó en el patio para guardar un minuto de silencio por el profesor asesinado, pedir más seguridad y manifestarse contra la violencia. Jefatura de Estudios proporcionó brazaletes negros para quienes quisieran llevarlos y las banderas ondearon a media asta.
El director del Lope de Vega reunió a los delegados de los cursos afectados por la desaparición de Fernando. María Benedé, la profesora de Inglés, se encargaría de las clases hasta que llegara el sustituto definitivo. Los trabajos pendientes, hasta que se pudieran recuperar los materiales de Fernando Navarro, seguirían sin hacerse. Ella continuaría donde lo habían dejado y a partir de allí intentaría terminar lo propuesto antes de los exámenes, que eran la semana siguiente.
Miró a Clara de un modo extraño y Clara pensó: «Lo sabe. Sabe que mi tío es culpable». El codazo de Lucas la sacó de sus pensamientos:
—Le vas a echar de menos, ¿eh? Seguro que esa no te pone notazas; con la mirada que te ha echado, conténtate si te aprueba.
—Eres lo más insensible que me he echado a la cara. Era amigo de mi padre, ¿sabes?
Lucas intentó balbucear una disculpa, pero Clara le cortó:
—Y además: ¿a tu profesor le han cortado la cabeza y crees que lo echaré de menos solo porque me ponía buenas notas? Cómprate un euro de cerebro y luego hablas.
—Eh, perdona, que iba de coña, señorita ofendida.
—Que te pires.
IV
EL NUEVO PROFESOR
Pero María no duró mucho como profesora de Lengua. Solo una semana después ya había aparecido un sustituto. Un hombre cuando menos peculiar; de modales exquisitos, metro noventa de estatura, un cuello larguísimo y un cuerpo de gimnasio que le hacía parecer más un atleta que un profesor.
—Adolfo Recarte —se presentó.
Dijo que había repasado los expedientes de todos los alumnos y que se veía en condiciones de adaptar la materia impartida para terminar el curso cumpliendo con el temario propuesto. Así todos saldrían ganando y la pérdida de un profesor en circunstancias tan trágicas no significaría un drama en lo académico.
—Y os voy a proponer una cosa para empezar —continuó—. Mañana me traeréis un trabajo de medio folio que describa un objeto personal. Algo pequeño; una goma de borrar, una cinta del pelo, cualquier cosa que sea vuestra, pero que no vayáis a necesitar, porque, y os lo advierto para que luego no me vengáis con que tengo que devolvéroslo, me lo quedaré junto a vuestro trabajo, a modo de ilustración. Y no, no quiero una foto del objeto. Quiero la pestaña postiza, el guante o la goma de borrar. Conque mejor que no sea más grande que una tablet y que sea muy barato. A este primer trabajo lo llamaremos «Estudio del natural», como los pintores a sus bocetos.
Un bosque de manos se levantó preguntando si tal o cual objeto podía servir. Adolfo fue dando indicaciones a todos y finalmente se inclinó junto a Clara, que ni se había movido.
—¿Tú no tienes dudas? —le dijo en voz baja.
Clara lo miró, inexpresiva:
—Un objeto pequeño y personal, ¿no?
—Eso es. ¿Cómo te llamas?
—Clara Carrasco.
La cara del profesor se iluminó en una sonrisa amplia. Se incorporó.
—Atención, clase —exclamó en voz alta—. Clara es una de las personas con más talento de este instituto. Sabe cómo contar historias, manejar los tiempos y el suspense. Si alguno de vosotros tiene alguna duda sobre cómo redactar o terminar un trabajo, consultádselo.
Clara se quedó de piedra, roja como la grana, sin saber qué decir. Aunque el profesor felicitara después a otros alumnos, a Clara no le hizo ninguna gracia entrar así con un profesor nuevo.
Bueno, ninguna, ninguna… nunca estaba de más que te felicitaran. Y ella estaba muy orgullosa de su forma de escribir. Pero al terminar la clase el profesor la citó para que acudiera a su despacho antes de irse a casa y eso ya le gustó menos.
Cuando acabó el día, algo incómoda, Clara se encontró llamando a la destrozada puerta del antiguo despacho de Fernando Navarro, ahora ocupado por Adolfo Recarte.
—Pasa y siéntate, Clara —le invitó la voz grave y calmada de Adolfo—. Sé que has pasado por momentos muy duros en estas últimas semanas, e imagino lo difícil que te habrá sido seguir luchando a pesar de todo. Quiero que sepas que lo que he dicho en clase es totalmente sincero. Confío en tu talento y creo que puedes llegar a ser una gran escritora, periodista o cualquier trabajo que tenga que ver con el dominio del lenguaje. Por eso, si necesitas ayuda, apoyo o consejo, académico o no, puedes contar conmigo.
Clara se quedó mirándolo, atónita. ¿De dónde había salido ese marciano y a qué venía todo eso de la confianza? Ella no era de las que se confesaban al primero que le ofreciera su hombro. Y menos a un profesor. Jamás había sido una «pelota» y no iba a empezar ahora. Pero Adolfo seguía hablando:
—De hecho, el cuento que escribiste el mes pasado, el del junco, creo que podrías convertirlo en una historia corta. Yo te puedo ayudar con pautas o ejercicios que te ayuden a soltarte y a solucionar los típicos bloqueos de escritor. Insisto, solo si tú quieres. Y digas que sí o que no, no influirá para nada en la nota de la asignatura. Esto es totalmente al margen.
Era una oferta generosa. «Demasiado como para no pensar que hay algo oculto», se dijo. Y acto seguido se burló de sí misma. Se estaba volviendo demasiado paranoica. Su tío podía ser un asesino, el nuevo profesor tenía segundas intenciones… A lo mejor tenía que dejar de ser tan peliculera.
Clara dijo que se lo pensaría y salió del despacho. De verdad tenía que pensarlo. Sí, siempre era mejor tener al profesor a favor que en contra, pero ¿y si se ponía muy pesado? Lo último que quería era tener que buscar la manera de quitárselo de encima. Aunque no le había dado la impresión de ser un plasta. Hasta le había parecido guay, que era mucho más de lo que Fernando había sido nunca; por mucho que no se alegrara de su muerte, empezaba a ver un lado positivo a las malas noticias.
Sí, ese pensamiento había sonado mezquino.
Recordaba ese cuento. Era la última historia que había escrito, justo antes de saber que sus padres habían muerto.
Se negó a que el dolor volviera a apoderarse de ella, apretando los dientes. Funcionó el tiempo necesario para salir del instituto y alejarse de sus compañeros.
Al llegar a casa revisó el cuento. Adolfo tenía razón. Podía alargarse para que abarcara diez o doce páginas más. Se puso a ello. Hacia las siete de la tarde, cuando Gabriel la llamó para comer alguna cosa, casi había terminado de reescribirlo. Sonrió, mientras devoraba una tostada de queso y salmón ahumado. Por primera vez en dos meses, se sentía realmente bien.
Gabriel la miraba encantado. Para él también era una victoria verla sonreír.
Clara volvió a la habitación con intención de concluir el cuento, pero la inspiración se había ido. Le salían frases previsibles, sin ritmo ni sentido, así que pronto se vio de nuevo en internet, chateando, haciendo planes para el fin de semana y cambiando su estado a «aburrida».
A última hora recordó el «estudio del natural» que les había mandado Adolfo. Echó una rápida ojeada por la habitación. No vio nada que le pudiera servir y tampoco le apetecía darle al profesor nuevo algo demasiado personal. Y entonces se le ocurrió. Le pareció divertido usar uno de los coleteros de su tío para hacerlo pasar por uno suyo. Salió de la habitación, fue al cuarto de baño y recogió uno de los muchos elásticos que su tío tenía enrollados en el mango de un cepillo. De vuelta a su cuarto, en poco más de cinco minutos había llenado tres cuartos de hoja con una descripción detallada. Plegó el folio y lo metió en un sobre junto al coletero. Trabajo terminado.
Esa noche tuvo un sueño extraño. Un ser oscuro vestido de gris, con un signo hexagonal en el pecho, los ojos brillantes ocultos en una capucha, susurraba: «He de encontrarle, he de encontrar mi némesis».
A la mañana siguiente había olvidado el sueño, pero la palabra resonaba en sus oídos: némesis. Fue al diccionario, pero no la encontró. Miró en la Wikipedia y vio que era la diosa griega de la venganza… Quiso preguntarle a su tío, pero había vuelto a desaparecer. ¡Eso era talento para el escapismo, y no lo de los magos de YouTube!!
Sabía quién podría contestarle: Óscar. Estaba claro que él sí se preocupaba de verdad. No entendía cómo podía ser amigo de su tío. Uno tan guay y el otro tan estirado. Al principio había creído que Óscar era el chófer, pero nada de eso. Si conducía era porque su tío no tenía carné. Ni chófer, ni mayordomo, ni nada. Óscar era perfecto.
Clara se lo preguntó mientras desayunaban.
—Es la venganza de los dioses —le contestó enseguida—, la respuesta al pecado de orgullo, o hibris.
—Y entonces, ¿qué sentido tendría la frase: «He de encontrar mi némesis»?
—¿Dónde has oído eso? —preguntó intrigado Óscar.
—Lo he soñado. Alguien lo susurraba en la oscuridad.
Clara hubiera jurado que Óscar se había estremecido, pero si fue eso, pasó con rapidez, porque contestó de inmediato.
—Supongo que se referirá a alguien capaz de destruirle. «Némesis» tiene ese sentido en inglés y ahora muchos lo utilizan también en castellano.
«Némesis es quien acaba con alguien que ha pecado de orgullo». Se quedó con esa idea. Y se preguntó de dónde demonios podía sacarse una palabra que no conocía, para soñar con ella.
En el instituto, Lucas tenía la respuesta.
—Es de los X-men.
—A mí no me gustan los cómics —repuso Clara.
—Pero eso no quiere decir que no lo hayas oído. Se te quedaría en la cabeza. A veces pasa. Yo vi una vez la foto de una tía con tres pezones y de cuando en cuando me vuelve… —El coro de adolescentes que le rodeaba se rio con ganas. Clara ni se dignó en contestar. Valiente panda de micromentes.
En el recreo, su amiga Patricia la vino a buscar:
—Estoy harta de cotilleos. Que si Lucas está tan bueno como el Mario Casas, que si se ha enrollado con Elena, que si no durarán, que si Lucas por aquí…
Patricia no callaba.
—Decían que él y una tía de bachillerato… —continuó.
—Vale, ya lo pillo —le cortó Clara—; vienes de un programa de cotilleo.
—Pero de los bien cutres.
Siguieron riéndose, poniendo a caldo a todo el instituto. Entonces Clara vio, a través de las ventanas que daban al patio, a su tío hablando con María, la profesora de inglés. Tuvo que mirar dos veces, porque al principio no lo reconoció. Parecía alguien distinto, alguien… ¿cuál era la palabra…? Normal. Con ropa normal, gafas oscuras normales y aspecto normal. Sí, incluso la coleta parecía normal. Nadie se fijaría en él dos veces. Excepto, claro está, su sobrina. Pero allí estaban los dos, conversando como si ya se conocieran de antes.
No dijo nada, pero no les quitó el ojo de encima mientras Patricia pasaba de los líos de Marisa y Rubén a la salida del armario de Aarón. Para Clara no era difícil. Podía mantener una conversación insustancial mientras pensaba en otra cosa. Esa capacidad le había permitido superar un montón de clases y charlas estúpidas sin convertirse en una borderline. Al cabo de unos minutos, Gabriel se fue.
Clara se disculpó con Patricia y salió corriendo detrás de él. Lo detuvo en la puerta del instituto.
—Hola —le dijo él, al verla. Y sin darle la oportunidad de preguntar nada, añadió—: he venido a hablar con tus profesores, a ver qué saben de la muerte del amigo de tu padre y, de paso, interesarme por tus notas.
Una explicación que no había pedido… y demasiado simple. Lo que se temía; su tío ocultaba algo.
—¿Conocías a la de inglés de antes?
—¿La de inglés?
—María Benedé.
—Ah, tu nueva tutora… Apenas. Mientras te recuperabas, hemos estado en contacto un par de veces… Te han pasado muchas cosas en estas semanas, y quería saber cómo afecta eso a tu rendimiento académico.
Sonó la campana de final de recreo y se despidieron. Mientras lo veía marchar, pensó que la conexión entre esos dos no parecía deberse tan solo a una o dos charlas en un mes. Volvió a clase, dándole vueltas a la mejor estrategia para averiguar qué estaba pasando. Preguntarle a su tío otra vez sería inútil. Si quería saber de qué conocía él a su profesora de inglés, y breve suplente de lengua, o por qué y de qué estaban hablando, tendría que descubrirlo sola.
Decidió investigar por su cuenta.
V
TARDE DE COMPRAS
1
El sábado, apenas veinticuatro horas más tarde, Clara tuvo la confirmación de que algo raro pasaba.
Cuando su tío se disponía a salir de casa, como siempre sin decir adónde iba, ella le comentó que había quedado a las seis en Príncipe Pío para hacer las compras del amigo invisible. Gabriel no le puso ningún problema, siempre y cuando volviera antes de las nueve.
Unos treinta minutos después, Óscar recibió una llamada, se puso rápidamente el abrigo y se fue diciendo que volvería a la hora de cenar.
Clara estaba casi con la mano en la puerta cuando recibió un SMS para retrasar la quedada a las siete. Pensó en salir de todos modos, pero prefirió aprovechar esa hora extra. Ahora tendría tiempo para seguir dándole vueltas al cuento y encontrar un final más potente o algo que sonara mejor que lo que tenía.
Su tío volvió hacia las seis y, pensando que no había nadie en casa, se fue directamente al despacho.
Diez minutos más tarde sonó el timbre. Gabriel gritó:
—¿Puedes abrir tú, Óscar? —Y acto seguido rezongó para sí—: Pero si no hay nadie en casa…
Se levantó para ir a abrir pero Clara ya había salido de su habitación diciendo:
—Óscar no está, tío. Abro yo.
Gabriel salió del despacho a la carrera, visiblemente azorado.
—Clara, no, déjalo, voy yo. No…
Pero la muchacha ya estaba abriendo la puerta.
La profesora de inglés, María Benedé, apareció en el umbral llevando un paquete de buen tamaño. Pasado el primer momento de sorpresa, la profesora empezó a musitar una gran cantidad de absurdas excusas: que había venido a comentar las notas, a hablar de sus buenos resultados, a comprobar si se encontraba bien… Era obvio que María no había venido a verla. Y, como para confirmar las sospechas de Clara, su tío y la profesora hicieron como que no recordaban sus nombres.
Clara se vio obligada a hacer unas presentaciones que sabía superfluas antes de despedirse para irse de tiendas. Desde la calle llamó a Patricia para contarle lo extraño que le parecía todo. Patricia le preguntó si no había pensado lo más obvio.
—¿Lo más obvio?
—Que estén enrollados.
Y de pronto, Clara se sintió estúpida. Era una posibilidad que ni siquiera se había planteado. Y lo explicaba prácticamente todo. Tal vez debía dejar descansar su imaginación y olvidarse de tramas policíacas.
2
María Benedé salió de casa de Clara hacia las ocho y cuarto y entró en el metro. Línea 10. No podía quitarse de la cabeza a la propia Clara abriéndole la puerta y ella soltando un montón de excusas no pedidas. Encontrarla allí era lo último que esperaba. De hecho, habían quedado en casa de Gabriel porque este le aseguró que la muchacha estaría fuera. Verse al día siguiente en el instituto sería embarazoso, sin duda. A saber lo que se había imaginado.
Aunque lo importante era que el manuscrito estaba, por fin, en manos de Gabriel. Esperaba que ese fuera el final de un viaje largo y peligroso que ya había costado al menos una vida. Desde que Sophie lo encontrara en Lyon, años atrás, el documento había sufrido un continuo peregrinar de criptógrafo en criptógrafo hasta que cayó en manos de Fernando y este logró por fin dar con la clave. Un hallazgo que tal vez había provocado, indirectamente, su muerte.
María esperó en el andén hasta que el tren llegó, y entró en el vagón mirando con desconfianza a todos lados.
Ella nunca había sido una mujer asustadiza. Pero desde la muerte de Fernando, cualquier ruido, por pequeño que fuera, la hacía saltar. En otro tiempo, solo quienes trabajaban en primera línea debían preocuparse por ese tipo de ataques. Y ella siempre había preferido quedarse en la retaguardia. Las guerras no solo se ganaban en el campo de batalla. Los pertrechos, la sanidad, la intendencia… eran necesarios. En eso ella era buena. Y no quería ser nada más.
El asesinato de Fernando lo había cambiado todo, cubriendo a todo el mundo con una sombra de sospecha. ¿Cómo pudo localizarle la Hermandad? El ataque había sido demasiado preciso. Sabían contra quién actuar, e incluso dónde estaban los despachos. ¿Quién estaba mandando información desde dentro?
Bajó en la estación de Príncipe Pío e intentó apartar esos pensamientos de su cabeza. Ahora se relajaría junto a Enrique Castán, el crítico de cine, y luego tomarían un trago comentando la película. Él solía invitarla a los estrenos, pero esta vez le había hecho llegar una entrada por correo, advirtiéndole de que se retrasaría y de que el filme se proyectaba en los multicines de Príncipe Pío, doblado. Lástima. Aunque así estaba más cerca de su casa. Comprobó que llevaba la entrada en el bolso y salió del metro.
En la sala uno, la más grande, estrenaban la cuarta entrega de una saga de espada y brujería y regalaban entradas a los cinco primeros que llegaran disfrazados. Catorce o quince frikies hacían cola vestidos de guerreros.
«Me estoy haciendo mayor. Cada día entiendo menos las tonterías que hace la gente», se lamentó, para sí, María.
Canjeó la invitación, subió al último piso y se dirigió a la sala tres; no había acomodador y entró, confiando en que, a pesar de todo, Enrique ya hubiera llegado.
Todavía no.
María se sentó en la fila diez, centrada, casi al final de la pequeña sala. Estaba sola. No era el tipo de cine que la gente veía en un centro comercial.
Miró la hora. Faltaban un par de minutos para que empezara la sesión. Le encantaba ese momento mágico antes de que se apaguen las luces, cuando todo es posible y parece que los personajes se preparan para vivir sus pasiones en pantalla. En el fondo era una sentimental. Aunque los documentales le gustaban, sus películas favoritas eran las comedias románticas. Llamaron al móvil. Era Enrique.
—¿Dónde estás? —preguntó María, sin esperar a que hablara.
—Lo mismo te digo. Estoy sentado en la sala desde hace un rato y como no llegues pronto…
—Espera, espera —le interrumpió María—. Yo llevo aquí cinco minutos y aún no ha venido nadie.
—¿Estás en la sala dos?
—No. La peli es en la tres. En la dos ponen la de Woody Allen.
—¿En dónde estás tú?
—Pues en Príncipe Pío, ¿dónde voy a estar?
—En los Princesa, como siempre.
—Pero si la invitación era para…
En ese momento la puerta de la sala se abrió y uno hombre vestido de guerrero, con una filigrana hexagonal bordada sobre su capa gris, entró y cerró tras de sí.
3
Clara se estaba tomando un batido de fresa sentada en una terraza del centro comercial. Habían acabado comprando cada uno diez chorradas a un euro con las que podrían organizar sin problemas el amigo invisible. Martín y Elena tonteaban y se lanzaban puyas por enésima vez (¡paraestarasícasaosya!) y Jorge se había perdido en una juguetería que también tenía maquetas de Warhammer, que era lo que más le gustaba.
Se topó con los frikies que estaban haciendo cola en los multicines vestidos de guerreros y pensó «qué pringaos». Y entonces entrevió a María Benedé dirigirse a las salas del tercer piso.
De inmediato, uno de los frikies, alto y corpulento, cubierto con una capa gris y una capucha, subió también. Clara creyó reconocer el traje y el signo que había visto en sueños y un escalofrío le recorrió la espina dorsal, pero enseguida se tranquilizó: «Ahora me lo explico —pensó—, seguro que he visto algún tráiler de la película en internet y por eso he incorporado la imagen en el sueño. Los X-men, una película de frikies… me estoy convirtiendo en un cliché».
No volvió a mirar hasta que oyó unos gritos en la entrada de los multicines. El portero le estaba diciendo al frikie que no podía pasar hasta que abrieran la sala de su película, pero él quería entrar ya. El encapuchado miró a su alrededor; todo el mundo estaba pendiente de él, con caras no muy comprensivas. Esperó.
Clara y sus amigos tiraron los vasos a la basura y se encaminaron al metro. Habían bajado ya las escaleras cuando se oyeron unos gritos saliendo del centro comercial y la gente empezó a correr hacia los andenes.

Un encapuchado que blandía una espada cubierta de sangre salió corriendo de los multicines, se dirigió a la barandilla de la mezzanine y la saltó por encima; cayó al vacío tres pisos más abajo y aterrizó sobre una mesa, destrozándola. Acto seguido rodó sobre sí mismo, se enderezó, dudó una milésima de segundo y corrió hacia los aparcamientos.
Todo el mundo estaba atónito. Los guardias de seguridad salieron corriendo tras él pero al poco regresaron con cara decepcionada. Alguien aplaudió y unos cuantos le siguieron, pensando que era un espectáculo promocional de la película que se estrenaba esa tarde, pero había tres heridos y demasiado desconcierto para ser algo programado. Y pronto se oyeron gritos de angustia saliendo de los multicines.
Había una mujer decapitada en la sala tres, fila diez, centrada.

La curiosidad sustituyó al pánico y pronto todos en el centro comercial y en el vestíbulo de la estación sabían que alguien había muerto.
Pero solo Clara tenía la certeza de que conocía a la víctima.
Iba a contárselo a todos, que la había visto entrar, que el monje gris la había seguido, que no podía ser casualidad… Y entonces enmudeció. Porque si fuera verdad, si no fuera una terrible coincidencia, entonces su propio tío, el hermano de su padre, su tutor; el hombre con el que estaba compartiendo su casa, podía ser el responsable.
La profesora había visitado a su tío y ahora estaba muerta, Clara soñaba con un encapuchado, y oía a su tío hablar de Fernando el mismo día de su muerte. No podía ser por azar. No, su tío estaba relacionado con los asesinatos, eso era innegable. Y si no escapaba inmediatamente de esa casa, ella y sus amigos serían las próximas víctimas. O se lo estaba inventando todo y comiéndose la cabeza. Demasiadas películas.
Su móvil sonó. Era Óscar; había oído las noticias, sabía que ella estaba en el centro comercial y temía que le hubiera pasado algo. Le pedía que fuera a casa enseguida.
—Estoy bien, Óscar —lo tranquilizó Clara—. Iré a casa, pero ahora necesito… no sé, cualquier cosa menos encerrarme en un piso.
—Clara, lo entiendo, pero tienes que volver ahora mismo. Si quieres, voy yo a buscarte, pero tienes que venir.
Clara asintió, a regañadientes. Estaba demasiado alterada para discutir. Se despidió de todos y entró en el metro, sin darse cuenta de que un hombre la seguía a una prudente distancia. Era Óscar.
Salieron los dos en Alonso Martínez y cuando la muchacha llegó al portal de su casa, Óscar la llamó:
—¡Clara! —Ella se volvió sorprendida— Espera, que entro contigo.
Clara sonrió aliviada al reconocerlo y retuvo la puerta.
—He salido a comprar —se justificó él, mientras entraba en el patio. Clara se encogió de hombros y subieron juntos al piso.
VI
LA HUIDA
1
Cuando entraron en casa las cosas estaban revueltas. Tal cual. Gabriel estaba organizando maletas y, en cuanto la saludó, empezó a darle instrucciones:
—Por fin estás aquí. Elige un abrigo, dos camisetas, o blusas…, lo que te pongas en la parte de arriba; dos pantalones, o faldas, o lo que sea…, un par de zapatillas y otro de zapatos y tres complementos. Y el bolso que prefieras. El resto lo compraremos cuando lleguemos.
—¿Cuando lleguemos a dónde? —Clara no entendía nada. Quiso preguntar de todo, pero Gabriel no le dejó.
—Ya lo sabrás a su debido tiempo —contestó él—. Han asesinado a dos personas de tu instituto y este no es el lugar donde quiero que te eduques.
Clara no daba crédito.
—Está todo organizado y decidido —prosiguió Gabriel, sin dejarle abrir la boca—, así que no, no puedes despedirte de nadie y tienes que hacer la maleta ya. Saldremos ahora mismo.
—¿Cómo que no puedo despedirme? ¿Y mis amigos…?
—Lo siento. Tenemos que irnos.
—¿A dónde? Me estás pidiendo que cambie mi vida entera para irme a… ni siquiera me lo puedes decir. Pues no, no quiero marcharme. No puedo dejarlo todo sin más. Tengo mi vida, a mi gente, mi corazón está aquí… —Vale, eso había sido muy melodramático, pero lo sentía de verdad. Si se iba de Madrid se moriría de nostalgia. No podía imaginarse la vida sin sus amigos, sin las calles, plazas y parques donde vivía, el ruido, la contaminación, todo… No quería irse, y menos porque…— ¿Por qué nos vamos? De verdad.
—Ya te lo he dicho, Clara; porque tu instituto no es un lugar seguro.
—¿Para quién? —escupió, furiosa—. ¿Para mí o para ti?
—No te sigo.
—Sé que conocías a Fernando y también a María, y está claro que te has enterado de su muerte antes que nadie.
Se quedó mirándolo, los labios apretados, esperando una respuesta.
—Clara —empezó Gabriel, algo condescendiente—, vale que te encante escribir y que tengas mucha imaginación, pero no es el momento. Lo que pasa es que dos profesores de tu instituto han muerto de la misma forma. No quiero que tú estés cerca. No quiero que te suceda nada. Tienes derecho a una vida normal en un instituto normal, sin que haya asesinos corta cabezas merodeando.
—Yo vivía en un instituto normal hasta que apareciste tú. Así que no me cuentes que esto es por mi bien.
Gabriel encajó el golpe. Clara vio que le había dado en lo más hondo y se alegró. Él no podía hacerle esto. No podía salir de la nada y trastocar su vida un día sí y otro también, todo porque era un asesino (vale, tal vez en eso estaba exagerando) o porque le daba miedo que le pasara algo o… Seguro que nadie iba cambiando a sus hijos de instituto por eso.
Se equivocaba. Mientras Clara tenía esa discusión con Gabriel, en otras muchas familias la conmoción era similar. El Instituto debía hacer algo; todos se merecían una explicación. Algo que les ayudara a comprender cómo habían decapitado a dos profesores con apenas una semana de diferencia. Los rumores de una secta satánica entre los docentes, una facción masónica o un grupo de fanáticos religiosos (dependiendo del color de los críticos) no contribuían, precisamente, a calmar los ánimos. En lo que todos coincidían era en pedir una investigación a fondo y depuración de responsabilidades.
2
—No quiero ser frívola —dijo Noe Rodríguez, la forense, mientras recogía pruebas en la sala tres de los multicines de Príncipe Pío—, ¿pero habéis visto cómo está el tapizado?
Señaló el asiento sobre el que yacía el cadáver de María.
—Como si lo hubieran estrenado hoy —respondió su ayudante—. Pero los de al lado no; se les ve maqueados. Lo habrán cambiado hace un par de días.
—¿Y cambiarían el tapizado solo en una parte del asiento? —Noe señaló el límite a partir del cual el terciopelo era igual de viejo que el resto de la sala—. ¿Conoces algún tapicero capaz de cambiar solo una parte de la tela sin que se noten las costuras? Pero mira la madera. Pasa exactamente lo mismo. Es como si algunas zonas estuvieran protegidas por una especie de barniz.
—Doctora, mire esto. —El ayudante alumbró con luz ultravioleta el vestido de la mujer muerta. La marca de un líquido derramado sobre el hombro derecho, parte de la manga y el dorso de la mano del cadáver delimitaba una zona distinta; nueva, joven, más brillante, casi imperceptible en algunas partes, pero muy clara en los dedos y el brazo. Lo que estaba dentro de la huella líquida correspondía a una mujer de unos veinte años; lo que estaba fuera, a otra de más de cuarenta. Los restos de una ampolla esférica en la mano derecha parecían el origen. Como si la víctima hubiera intentado llevarse el líquido a la boca antes de ser decapitada y no lo hubiera conseguido. La doctora y el ayudante se miraron, incrédulos.
—¿Bótox a lo bestia? —dijo él.
—Llévate la ampolla para analizarla —contestó ella—. Esto es muy, muy raro.
—Bueno, no solo esto —continuó el ayudante—. También está lo del medallón.
—¿Qué pasa con el medallón?
—Mire la foto que tomaron al llegar. —Le mostró una imagen en la que el medallón presentaba unas leves filigranas.
—Vale. ¿Y?
—Mírelo ahora.
Le puso la joya en la mano. En la superficie plateada del octógono no había ni rastro de signos, ni siquiera una leve rozadura.
—Puede ser que solo se vean con la luz —aventuró la forense.
—Ya lo he pensado, pero no —replicó él, enfocando el objeto de plata con la linterna, cambiando los filtros, el ángulo… Nada. No había nada—. ¿Ves?
—Bótox mágico, inscripciones que desaparecen… —La forense estaba atónita—. ¿Seguro que no era aquí donde estrenaban la película de magos?
El ayudante se encogió de hombros.
Noe suspiró.
—Cuando pillemos al asesino —dijo—, va a tener que contestar muchas preguntas.
3
Al final, Clara había conseguido una hora de plazo prometiendo que no diría a nadie dónde se iban (cómo iba a decírselo, si no lo sabía); tenía sesenta minutos para despedirse.
Que alguien a quien quieres desaparezca sin dar explicaciones es muy duro. Gabriel tenía que entenderlo. No podía culparla por querer ahorrarle ese dolor a sus amigos. Sobre todo a Lucas. ¿Lucas? Eso era lo más absurdo. Todo el tiempo pensando que era un idiota y ahora que tenía que irse no podía quitarse al borderline ese de la cabeza, con sus musculitos y sus ojos verdes, su sonrisa de chulo de playa y su corazón dolorido…
¿Corazón dolorido, ese insensible macarra que solo pensaba en mujeres de tres tetas? Eh, eh, eh, un momento… ¿Es que estaba sintiendo algo por él? No. Él sí que estaba por ella. Siempre con excusas para preguntarle cualquier cosa. Cada vez que se distraía, allí estaba, mirándola. ¿Y ella? También intentaba hablar en voz alta de cosas que quería que él oyera… No, no podía marcharse sin hablarle.
¿Qué? Lo que no podía era marcharse. Su tío no tenía derecho a fastidiarle la existencia. Fuera un asesino o solo un aguafiestas, no podía arruinar su vida apartándola de sus amigos y sus futuros novios. ¿Había dicho novio?
«Clara, estás desbarrando. No has pensado en ese tío en tu vida… vale, al principio creías que estaba bueno, pero eso fue hasta que abrió la boca y descubriste que tenía el cerebro entre las piernas y viceversa… ¿Y ahora es tu novio? A lo mejor es preferible que te marches antes de acabar convertida en animadora… ¿Es posible vomitar de pensamiento? Porque voy ahora mismo a buscar un baño en mi cerebelo».
En lugar de eso, se encerró en su cuarto. Llamó a Patricia y le contó todo, incluidas sus sospechas sobre la culpabilidad de su tío. Pero Patricia no compartía sus paranoias. Era una tía con los pies en el suelo y el perfecto contrapunto para una Clara con imaginación superdesarrollada. Le encantaba escuchar las historias que Clara se imaginaba, pero siempre le devolvía a la tierra con un par de frases categóricas. «Eso es imposible» era su favorita. Y se la repitió unas cuantas veces a lo largo de la conversación. Sobre todo cuando Clara le dijo que creía que, en el fondo, Lucas era un tío sensible.
Quedaron en la plaza del Dos de Mayo, junto al instituto. En cualquier otro momento se hubieran reunido frente al Príncipe Pío, pero a nadie le apetecía volver ahora allí; demasiado macabro. Con tan poco tiempo, solo podrían venir los que vivieran más cerca.
—Por cierto, yo soy la amiga invisible de Lucas —añadió Patricia—. A lo mejor te apetece cambiármelo, ahora que te vas, y despedirte como una reina…
VII
LUCAS
En cinco minutos le dio vueltas a una estrategia para saber si Lucas sentía o no algo por ella, un complicado plan que terminaría por obligarle a confesar su interés… o que no estaba interesado en absoluto. Y, por supuesto, sin revelarle que a ella le gustaba él. Aunque no sabía cual de las dos opciones sería mejor: si Lucas no estaba interesado en Clara sería un palo, aunque, dado que se iba, al menos no tendría que verlo todos los días. Pero si al final resultaba que Clara era el amor de su vida… ¿qué iban a hacer? ¿Estar pegados al teléfono todo el día? ¿Entrar en el mundo de las chorradas con siglas (T KIERO MCHO, T EXO D MNOS, M GSTARIA, STAR CNTIGO)? ¿Una relación por internet?
No. Tenía que convencer a su tío de que no se movieran de Madrid. Insistir e insistir para quedarse.
Pero Gabriel lo tenía todo muy claro. Una hora para despedirse de sus amigos y eso era todo. Lo que había sucedido con sus dos profesores había sido el detonante, pero hacía tiempo que tenía pensado abandonar Madrid. Estaba demasiado lejos de su trabajo y tarde o temprano tenía que volver. Como su tutor, era responsable legal de Clara y ella se venía con él. Y no. No valía que se quedara en casa de un amigo o que la adoptara un profesor. Se iban ahora. Con despedida, o, si se ponía muy tonta, sin ella.
Y se terminó la discusión.
Clara se fue a la plaza del Dos de Mayo con un macrocabreo de mil pares de narices.
En la plaza la esperaban dos o tres compañeros del instituto, Lucas incluído (gracias, Patricia). Pero también estaba Adolfo, el profesor de Lengua. Eso era un poco raro.
—¿Lo has llamado tú? —le preguntó a Patricia.
—No. Me lo he encontrado por el camino y se lo he contado. Vive por aquí cerca.
Era la última persona que Clara esperaba ver y no tenía muchas ganas de hablarle, pero estuvo encantador; le dijo cuánto sentía que se fuera, cómo le hubiera gustado poder leer sus trabajos y tenerla más tiempo como alumna. Ella asentía mientras vigilaba a Lucas, que cuchicheaba con Patricia.
—Por cierto —añadió el profesor—. Me debes algo.
—¿Yo? —Clara estaba segura de que eso no era verdad. Se puso a la defensiva.
—Sí —insistió él—. Y no te lo voy a perdonar: me debes un cuento. Un cuento sobre un junco.
Por supuesto. Clara sonrió. No le importaba tener ese tipo de deudas. De hecho, había seguido trabajando en él esa última semana.
—Deme su e-mail y en cuanto lo termine se lo mando, lo prometo. —Clara sacó la libreta que le había regalado su padre, para escribir al dictado, pero el profesor se la quitó de las manos y le apuntó el mail con su propio bolígrafo.
—¿A dónde os vais? —preguntó mientras escribía.
—No lo sé. Mi tío no quiere decírmelo.
—Está demasiado alterado —replicó él y le devolvió la libreta—. No hay para tanto. Ha sucedido una desgracia y dos personas han muerto, pero no creo que tenga nada que ver con el instituto. Pero yo tampoco te pondría en peligro, sobre todo después de todo lo que has pasado.
Clara dudó si contarle o no sus sospechas, pero Adolfo era tan… confiable…
—La verdad es que quiere que nos marchemos esta misma noche —se sinceró por fin—, pero yo tengo que contarle a todo el mundo que lo haremos mañana al mediodía. Dice que es para protegerme, pero creo que quiere protegerse a sí mismo.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Adolfo.
—Bueno…, todo ha empezado a pasar desde que llegó mi tío… —Y dudó un segundo antes de añadir—. Creo que…, de alguna manera, él…, él está relacionado con los asesinatos.
—Por esa regla de tres, también podría decirse que todo empezó con la muerte de tus padres —replicó él—. No me interpretes mal. Quiero decir que todos podríamos estar relacionados de algún modo con estas muertes. Todos conocíamos a esos profesores.
—¿Usted conocía a Fernando Navarro?
—Es una forma de hablar. Eran profesores del instituto, conque tenían contacto con más de mil personas entre alumnos, profesores y padres.
—¿Y eso qué significa? ¿Que todos somos sospechosos?
—No. Pero establece una conexión entre nosotros y los crímenes. Y eso incluye a tu tío. A ti te parece que tiene relación con las muertes, pero ¿por qué? Solo por estar cerca cuando sucedieron. Aunque tú también andabas por ahí y no eres la asesina. Hoy estabas en el centro comercial y en esta plaza está el aparcamiento donde mataron a Fernando. Tú también serías sospechosa, si seguimos tu razonamiento. O yo.
Lo que estaba diciendo Adolfo sonaba lógico, aunque Clara tenía más motivos para dudar de su tío que las meras coincidencias:
—Pero ni usted ni yo hablamos del asesinato antes de que nadie supiera nada —añadió—, ni invitamos a ninguna víctima a nuestra casa.
—¿Tu tío invitó a Fernando a su casa? —Adolfo parecía muy sorprendido.
—Bueno, Fernando vino a verme alguna vez, pero no; yo hablaba de María.
—Vaya. —Clara notó que el profesor dudaba, buscando una interpretación satisfactoria— … Bueno…, era tu casa, ¿no? Conque tú también estabas allí… Y sé que todos los profesores del instituto se han preocupado mucho por ti estos meses. Es normal que fuera a visitarte.
—Pero es que no vino a verme a mí, sino a él.
—Clara, son dos adultos —contestó Adolfo, con rapidez—. Seguro que hay más puntos en común entre ellos que unos crímenes, por horribles que sean. Estoy convencido de que tu tío quiere lo mejor para ti. —Y ahora cambió el tono—. Pero si crees, de verdad, que tu vida corre peligro, puedes contar con mi ayuda.
Sacó una tarjeta de visita de su bolsillo.
—Este es mi teléfono particular. Solo se lo doy a personas en las que confío plenamente. Como espero que tú confíes en mí.
Y le entregó la tarjeta. Clara se la guardó en el bolsillo interior del abrigo mientras volvía a plantearse sus sospechas. ¿Tan convencida estaba de la culpabilidad de su tío? ¿De verdad creía que era el asesino? Le molestaba mucho que se la llevara de Madrid, eso es cierto, pero…
—Clara. —Adolfo la sacó de sus pensamientos—. No te estará maltratando.
—No. —Fue categórica—. Nada de eso, ni hablar. No. Es solo que yo… no quiero irme.
—¿Quieres que hable con él? —se ofreció—. Puedo intentar convencerle. Si el problema es la seguridad, vamos a contratar un servicio de vigilancia para proteger el instituto. No habrá más crímenes.
—¿Lo… lo haría? ¿Hablaría con mi tío?
—Pues claro. Dame su teléfono y lo llamo ahora mismo.
Clara le dio el número y Adolfo lo marcó.
—¿Gabriel Carrasco? —dijo, en cuanto oyó una voz al otro lado—. Soy Adolfo Recarte, profesor de Lengua de su sobrina. (…) Sí, está conmigo. (…) No, no le pasa nada. Soy yo quien quería tener una conversación con usted. Me gustaría hablar de lo que ha pasado con los profesores…
Adolfo se fue alejando de ella conforme hablaba. Clara empezó a ver un rayo de esperanza. Si Adolfo consiguiera que su tío entrara en razón, si pudiera quedarse en Madrid con todos sus amigos, en su casa, entre su gente…
Vio a Lucas que la miraba y le hacía señas.
Adolfo seguía hablando con su tío. Clara quiso hacerle entender por señas que iba a hablar con Lucas, pero el profesor estaba demasiado enfrascado en la conversación para reparar en ella.
—Que no te hace falta hacerle la pelota, que no te va a poner más exámenes. —Fue lo primero que le soltó Lucas cuando llegó a su lado.
—Si te vas a poner idiota, me largo ahora mismo.
Lucas cambió de inmediato.
—No, Clara, no te lo tomes así. Ya sabes como soy. Solo quería decirte que te echaremos de menos.
—Tú y quién más.
—Venga, Clara, no me lo pongas difícil. Sabes que me cuesta, y seguramente si no te fueras no estaría hablando contigo, así soy de cagado, pero yo…
—¿Qué? ¿Qué pasa, Lucas?
—Pensaba que creías que era un idiota, por eso siempre hacía el tonto para que pareciera que no me importabas. Pero…
—Pero…
—Me importas. Y te voy a echar mucho de menos. Y ojalá hubiera tenido valor para hablarte antes, porque ahora te vas y yo no sé… Patricia me ha dicho que… te… caigo bien y si lo hubiese sabido antes no hubiera hecho tantas tonterías ni me hubiera metido tanto contigo, porque me gustas mucho, Clara. Desde el primer día que te vi.
—Eso fue en primaria.
—Venga, Clara, que ya sabes por dónde voy.
—Sí, Lucas. Es que yo tampoco me esperaba que tú…
Y acercaron sus labios y se dieron un pequeño beso, tímido al principio, que poco a poco se fue convirtiendo en un beso largo y dulce. Se miraron con ternura y Clara dijo:
—Voy a matar a Patricia.
—¿Por qué? Venga, no le digas que te lo he dicho, que me ha hecho jurar que no te lo diría.
—No, si la voy a matar por no habértelo dicho antes… —rio, y se unieron en un segundo beso, más apasionado que el primero.
—Clara —a su espalda sonó la voz familiar de Óscar—. Tienes que venir conmigo. Ahora. Es urgente.
—¿Qué? —¿En ese preciso momento? ¿Estaba de broma o qué?—. ¿Qué pasa?
—Te lo explico por el camino.
—Deja que me despida.
—No hay tiempo. Vamos.
—No. Tengo que decir adiós.
—Déjela que se despida —dijo Lucas, intentando parecer duro.
—Clara, de verdad. —Óscar insistió, sin hacer caso a Lucas—. Es importante y no hay tiempo que perder.
Algo en la mirada de Óscar le hizo ver que era en serio, en serio de verdad. Lo que pasaba era grave y no le quedaba otra que obedecer.
—Adiós a todos, muchas gracias por venir. Tenéis mi móvil y mi correo y los que no lo tengáis, pedídselo a Patricia y os lo dará. Os echaré mucho de menos.
Clara soltó esas cuatro frases a voz en grito, y Óscar y ella salieron corriendo hacia la calle Velarde.
Adolfo la oyó, salió tras ellos e intentó alcanzarles, pero Óscar la llevaba en volandas a una velocidad pasmosa.
En unos segundos estaban dentro de un coche aparcado en la calle Fuencarral, Clara asustada y Óscar mudo. En el interior les esperaba Gabriel, que colgó el teléfono por el que estaba hablando, lo abrió y le quitó la tarjeta y la batería. En cuanto se pusieron en marcha, partió la tarjeta y volvió a meter la batería. Llegaron a la calle Génova, siguieron hasta Colón, y cuando tomaron Jorge Juan, junto a los Jardines del Descubrimiento, tiró el aparato por la ventana. El teléfono voló por encima de las jardineras y se estrelló contra el suelo.
Gabriel se volvió hacia su sobrina.
—Clara —le dijo—: hay algo que debes saber.
VIII
PAU
1
Óscar llevó el coche a toda velocidad por las calles de Madrid, buscando las menos transitadas, hacia la A-1. En unos veinte minutos, estaban pasando junto a San Sebastián de los Reyes.
Entonces Óscar los vio. Dos coches grises, a unos 500 metros por detrás de ellos.
—¿Nos siguen? —preguntó Gabriel—. ¿Cómo demonios…? Si he tirado el móvil…
Miró a Clara.
—Clara, dame el tuyo.
Ella se negó.
—Clara, no estamos para tonterías. Dame el móvil.
A regañadientes, la muchacha lo hizo. En cuanto lo tuvo en sus manos, Gabriel lo tiró por la ventana. Clara ahogó una maldición.
—Para el coche —ordenó, histérica—. Tengo que recuperarlo. Tengo que bajar y… tengo allí todos los teléfonos de todos mis amigos, tengo mi cuenta de Facebook, tengo… Eres un mierda y te juro que en cuanto pueda te mataré.
Y empezó a pensar: «Ojalá te muer… » pero no pudo seguir. Por mucho que odiara a su tío en ese momento, por mucho que quisiera hacerle desaparecer, no podía cargar con otra muerte. Si con solo desearlo podía matar, sus padres ya erán más que suficiente. El dolor y la rabia se mezclaron y sintió que el aire le faltaba. Intentó inútilmente contener las lágrimas pero, al no conseguirlo, fijó su vista en la carretera, evitando la mirada de Gabriel. Él la observó en silencio. Hizo un amago de acercamiento, pero Clara se removió, violenta. Una cosa era no querer matarlo, y otra muy distinta dejar que fuera el culpable de su situación quien la intentara consolar.
Entretanto, Óscar intentaba despistar a sus perseguidores. Al llegar a la salida A-19, dribló aprovechando un cambio de rasante y apagó las luces. Era imposible que, a esa distancia, sus perseguidores se percataran de la maniobra, y cuando finalmente se dieran cuenta sería demasiado tarde.
Por unos segundos creyó que los habían perdido de vista, pero apenas habían recorrido unos cientos de metros cuando por el retrovisor pudo ver que los coches les seguían por la avenida de los Pirineos.
—Llevamos un localizador —afirmó, convencido, Óscar.
Gabriel se encaró con su sobrina:
—¿Qué es lo que te han dado, Clara?
Clara dejó de llorar, atónita. ¿Todo esto era por el beso con Lucas?
—¿Qué te ha dado Antonio, o Alfredo, o… como se llame el profesor que ha hablado conmigo?
—Nada. No me ha dado nada, solo su tarjeta.
—Dámela.
—No.
—Dámela, maldita sea. Puedes morir, Clara, ¿no te das cuenta?
—Pero morir ¿por qué? —Ella sintió que el pánico le congelaba la espina dorsal—. Por favor, tío, no me mates, ya te la doy, pero no me mates.
Gabriel se quedó anonadado.
—¿Eso crees? ¿Crees que sería capaz de matarte? Nunca, jamás; daría mi vida mil veces por ti. Pero necesito que me des esa tarjeta. Porque es a él y a los que están con él a quienes debes temer, Clara. No a mí. Y esa tarjeta es un localizador con el que nos están siguiendo.
Clara se lo quedó mirando. En la vida le habían dicho una estupidez tan descomunal. ¿Un papel con GPS? Su tío estaba loco como veinte cabras. Decidió que lo mejor sería seguirle la corriente y le dio la tarjeta. Gabriel la tiró por la ventana. Ella no dijo nada. Estaba concentrada intentando memorizar el número de móvil de Patricia. Una y otra vez, repasaba los dígitos que había oído y leído cientos de veces sin prestar atención, cada vez que Patricia o ella misma daban el teléfono a otra persona, pero era incapaz de confirmar que eran los correctos.
Óscar realizó una maniobra, girando bruscamente en una calle y entrando en un garaje que había visto abierto. Los dos coches grises pasaron de largo un par de minutos después. No había más localizadores, al parecer. Salieron y retomaron la autovía de Burgos. Cada cierto tiempo, salían de la vía principal para circular en un recorrido paralelo. Así lo hicieron en Cerezo de Abajo, luego en La Horra, esquivando Aranda de Duero y, ya en Vitoria, tomaron la E-5 hasta la A-10 y la A-15, de ahí a San Sebastián y por Hendaya pasaron a Francia. Tomaron la Route Nationale 117 hasta Orthez y desde ahí la route hasta la ciudad francesa de Pau.
A las tres de la madrugada circulaban ya por la villa y llegaron a una casa señorial de la Rue d’Orléans. Allí, Gabriel bajó, abrió la verja y esperó junto a ella a que el coche entrara. Al fondo de un patio que encerraba un frondoso jardín, una casa de finales del XIX les daba una fría bienvenida.
No parecía haber nadie. Solo una luz en la planta baja revelaba que estuviera habitada.
La puerta, pintada de verde oscuro, se abrió, enmarcando a una mujer de unos sesenta años que los saludaba con efusión.
—Ah, quelle joie! Ça fait longtemps qu’on ne s’est pas vus, mais la famille Riglos est toujours la bienvenue!1
Clara conocía el suficiente francés para saber que les estaba llamando «familia Riglos». Riglos, no Carrasco. Ella no era Riglos. Y si su tío lo era… bueno, definitivamente no era su tío. Empezó a hilar cabos. Un hermano que nunca ha existido aparece para hacerse cargo de ella al morir sus padres, asesina a dos profesores para separarla de todos los que ella aprecia y traerla hasta Francia y allí…
Tenía que ser un secuestro; estaba secuestrada y aunque se escapara, no podría ni siquiera llamar a Patricia y decirle dónde estaba porque no conseguía recordar su maldito número de teléfono.
—Oui, ça fait longtemps —asintió Gabriel—. Vingt ans, peut être?2
—Bien plus! —replicó la mujer, con una sonrisa—. Vingt-cinq ans, au moins.3
Entraron todos en la casa, hasta una salita coqueta y un tanto recargada, donde Clara se derrumbó sobre un sofá algo pasado de moda. Mientras intentaba pillar el sentido de la conversación que los tres adultos sostenían, fingió quedarse dormida. A nadie pareció extrañarle. Había sido un día duro y Clara casi se durmió de verdad. Fue la indignación lo que la mantuvo despierta. Le irritaba que estuvieran manteniendo una conversación en sus mismas narices, sin importarles un bledo si ella entendía o no francés.
Al final consiguió recordar el teléfono de Patricia, con un par de cifras un tanto dudosas. Ahora solo tenía que distraer a su tío, a Óscar y a la dueña de la casa. Pan comido, claro. De paso, podía descubrir la teoría de campo unificado o la fusión fría. A no ser que sucediera algo parecido a un milagro, Clara no tenía ni la más mínima posibilidad de escapar.
Mientras esperaba a que esa coincidencia cósmica se diese, procuraría averiguar qué querían de ella.
—Tu dois le lui dire. Je sais qu’elle n’a que quinze ans, mais c’est son destin, sa vie, ses risques…4
La conversación entre su tío, Óscar y la mujer, que al parecer se llamaba Sophie, seguía desarrollándose en francés y, a pesar de sus esfuerzos, Clara solo pillaba algunas palabras sueltas. Ahora se arrepentía de no haber prestado más atención en clase. Se movió un poco y todos callaron. No se habían olvidado de ella.
—Je vais l’amener à sa chambre —dijo Gabriel—. Où…?5
—En bas —contestó Sophie, señalando una escalera—, dans la chambre de ta grand-mère. Je pense souvent à elle. Comme elle était belle, ta grand-mère…! Et Clara, elle a ses yeux. Comme une forêt en automne.6
Gabriel se acercó al sofá para llevarla a su habitación, pero Óscar se adelantó y la tomó en brazos. Bajó las escaleras hasta una habitación recogida y un poco recargada, como el resto de la casa. La temperatura era agradable, pero no excesiva y Clara, en cuanto Óscar la tumbó sobre la cama, le quitó los zapatos y la cubrió con la colcha, se durmió de inmediato. A su pesar.
2
A la mañana siguiente la despertó un olor a croissants recién hechos. Subió las escaleras, un poco amodorrada, y se encontró a Sophie en la cocina, preparando un abundante desayuno. Le sorprendió lo temprano que era. En cualquier otra circunstancia la habrían tenido que despertar con cañonazos para tenerla desayunando a las siete. Pero estaba asombrosamente despejada.
—Bonjour, ma petite. ¿«Quiegues» huevos en omelette o «a la coca»? —preguntó Sophie con su cerrado acento del sur de Francia.
—Pas «a la coca»; à la coque sont des œufs «pasados por agua» —aclaró Óscar—. ¿Cómo los quieres? ¿En tortilla, revueltos…?
—Solo croissants, gracias —gruñó Clara—. Y un café con leche.
—Ça c’est du café au lait, con eso seguro que no me confundo —dijo Sophie, con sus erres guturales y recias—. Perdona mi español, porque soy un poco oxidada. Hace mucho que no practico. Desde que cerramos el hotel y no tengo huéspedes de España.
Clara no estaba por la labor de ser sociable y le dedicó una mueca torcida. Se había levantado en un país distinto, con un idioma que le costaba esfuerzo y tras un día sacado de una película de espías. Aunque Sophie pudiera parecer encantadora y los croissants olieran de maravilla, necesitaba saber qué hacía allí y por qué. Su tío aún le debía la explicación que le prometió cuando la sacó corriendo de la Plaza Mayor sin dejarle despedirse de nadie y a mitad de un beso indescriptible con Lucas.
Apareció Gabriel. Se había cortado la coleta y parecía cuatro años más joven. Pero Clara no estaba para valorar mejoras. Lo miró con odio, se terminó el café con leche y el croissant, bajó los escalones que la separaban del jardín y se sentó en ellos.
Hacía ya frío y el viento sur llevaba el aire gélido de los Pirineos, que se levantaban al fondo como un inmenso acantilado irregular. Algún copo de nieve aislado anunciaba la cercanía del invierno.
—Nevó ayer, pero el sol aún tiene puissance… potencia, para derretir la nieve, por eso no queda nada. —Era Sophie, hablando desde la puerta de la cocina—. Mais la semana que viene tendremos los primeros fríos de verdad.
—¿Qué hago aquí? —preguntó Clara, al borde del llanto. Sophie bajó los escalones y se sentó junto a ella.
—Ma petite, yo te lo contaría todo, pero es a tu tío que le toca hacerlo. Lo único que puedo decirte es que es por tu bien. Por el bien de todos, en realidad.
—Me ha tirado el teléfono a la carretera, con las direcciones y todo. Estoy secuestrada.
—Tú eres… estás protegida —le corrigió Sophie con suavidad, utilizando su castellano trufado de giros a la francesa—. Ellos te seguían, usando tu teléfono y la tarjeta que te dio ese profesor. Es por eso que las tiró Gabriel.
—¿Pero cómo puede una tarjeta…? —Clara ni siquiera se atrevía a completar la pregunta.
—Porque la tarjeta era un localisateur… un localizador.
—¿Y eso qué es?
—Algo parecido al GPS, pero con una tecnología diversa. Uno móvil, claro, o no te hubieran podido seguir en el coche.
La extrañeza en los ojos de Clara obligó a Sophie a precisar.
—Los localizadores pueden ser móviles o fijos. Los móviles son más grandes. Un gran botón, un billete, un bolígrafo o un lápiz, pueden incluir un localizador móvil y son los más potentes y efectivos. Los fijos, al contrario, solo pueden transmitir su posición cuando llevan un buen rato quietos en un mismo lugar, lo que los hace de menos útiles para perseguir a alguien. Mais son mucho más discretos. Una simple raya en un papel o la cabeza de un alfiler pueden ser un localizador fijo.
La expresión en el rostro de Clara era un poema.
—Pero no te inquietes más —prosiguió Sophie, creyendo que la cara de la muchacha se debía a la preocupación—; aunque tuvieras algún localizador fijo, esta casa tiene barreras protectoras muy potentes, conque dentro no funcionan. Y si tú hubieras traído algún localizador móvil, los detectores habrían saltado al entrar y lo habríamos encontrado.
Clara no daba crédito: la dulce Sophie era en realidad tan paranoica como su tío. Tras esa fachada de abuelita encantadora se escondía otra lunática más. Reparó entonces en que también llevaba un medallón octogonal, similar al que su tío le había regalado. ¿El medallón era la marca de la paranoia? Pero su tío le había contado que ese medallón era de su padre. ¿Sophie era, entonces, otra pariente? ¿La paranoia era hereditaria?
—¿Quiénes son «ellos»? ¿Y quién eres tú? ¿Y quién soy yo? —preguntó, por fin. Tal vez si le seguía la corriente lograría entender cuales eran las verdaderas intenciones de sus secuestradores.
La mujer suspiró, antes de decirle:
—Te prometo que haré todo lo que pueda para que Gabriel te lo cuente. Mais aunque quiera, y te juro que quiero, no puedo decirte nada. Solo que con nadie estarás más segura que con Gabriel y Óscar.
La besó con cariño en la cabeza, se levantó y entró en la casa. Clara la miró irse, deseando miles de cosas, ninguna de las cuales incluía permanecer allí junto a su tío.
3
—Tendremos que ir de compras. —No habían pasado ni treinta minutos desde el desayuno y ya Gabriel estaba complicándole otra vez la vida—. Y aquí, en Francia, las tiendas cierran en domingo. Iremos a Andorra. Todo; ropa, calzado, complementos… ha de ser nuevo antes de que volvamos España. Ah, y tendrás que teñirte el pelo. Es demasiado… tuyo.
La bronca fue de campeonato. Primero, Clara odiaba ir de compras. Segundo, la ropa que tenía era la que a ella le gustaba y le había costado mucho elegirla. No, eso no era discutible. Y, por supuesto, de ninguna manera le tocarían la cabeza.
A Gabriel se lo llevaban los demonios. ¿Pero es que no podía entender que todo eso no era fruto de un capricho, sino que era por su bien? ¿Acaso pensaba…?
Sophie llamó a Gabriel a un aparte, intentando evitar que las cosas terminaran saliéndose de madre. Óscar, conciliador, se acercó a la muchacha:
—Es lo mejor —intentó explicarle—, lo único que queremos es…
—Es que me da igual. —Clara no necesitaba más declaraciones de buena voluntad—. ¿Me estáis metiendo a la fuerza en una secta o algo así? ¡Venga ya! Cada día que pasa os inventáis cosas más absurdas. Estáis todos mal de la cabeza y yo no pienso acabar dando botes vestida con una túnica.
—Clara —le dijo Óscar—. Tú misma viste cómo nos seguían hasta que nos deshicimos de la tarjeta…
—No —replicó ella—. Lo que yo vi es que me sacasteis de Madrid a toda velocidad, me apartasteis de mis amigos y ahora queréis convertirme en otra persona. Eso es lo que veo. Y, la verdad, preferiría que los que dices que nos seguían nos hubieran alcanzado.
Óscar fue a decir algo, pero se contuvo.
Sophie regresó, tomó a Clara de la mano y se la llevó a la cocina. Preparó una infusión aromática y la sirvió en dos tazas. Olía maravillosamente bien, a regaliz y frutas silvestres.
La joven tomó un sorbo y una lágrima amenazó con rodar por sus mejillas.
—Escúchame, Clara —empezó Sophie, dando pequeños sorbitos a la hirviente bebida—. Tu familia es muy importante. No porque sea rica o poderosa, sino porque tiene un deber transmitido de generación en generación. Et para conseguir cumplir ese deber, ha tenido que cambiar a menudo de identidad. Tú eres una Riglos, como tu padre lo era y lo es tu tío, pero ese apellido no puede usarse fuera de estos muros. Tu abuelo lo cambió por Carrasco hace largo tiempo y ahora tú vas a tener que cambiarlo de nuevo. Los que persiguen a tu familia rastrean cualquier señal para encontraros. Y cuando dan con una pista, sucede lo que pasó en tu instituto; ellos asesinan.
Clara se hubiera estremecido, pero estaba ya cansada de tantas historias rocambolescas. Lo único que quería era que le dejaran en paz.
—Hasta la muerte de tus padres —siguió contando Sophie—, tu tío estaba convencido de que había conseguido despistarles. Mas ahora esclaro que os siguen. Por eso tenéis que cambiar de aspecto y de nombre. Por eso tenéis que iros a otro sitio donde poder empezar una vida nueva sin que nadie os conozca.
—Mi vida estaba bien —gruñó Clara—. No sé por qué tengo que empezar otra. No veo qué tiene que ver todo eso conmigo.
—Eres la sobrina de Gabriel y eso te convierte en una forma de llegar a él —respondió, paciente, Sophie—. Quizá aún no sepan que sois los verdaderos Riglos. Pero sí que estáis relacionados con ellos. Y eso es más de lo que han tenido en los últimos años. Si te atrapan, nada les impedirá utilizarte para chantajear a tu tío. Y créeme, él daría su vida con tal de salvar la tuya.
—Sí, seguro…
—No lo dudes, Clara. —La voz de Sophie sonó firme—. Gabriel hubiera podido seguir oculto y desentenderse de ti, mais no lo hizo. Gabriel te quiere. Y ha estado siempre a tu lado, aunque tú no lo notaras.
A Clara le parecía todo tan retorcido y delirante que ni siquiera preguntó qué quería decir Sophie con esa última frase.
—Vale. Resulta que me tengo que cambiar de casa, de ciudad, de amigos, de pelo, de ropa y de nombre. Y encima tendré que dar las gracias…
—Lo siento. Sé que ahora es difícil que me creas, mas esta es la única solución posible, de momento. Si te hubieras quedado en Madrid…
—Ahora sería feliz.
—No. Lo más probable es que estuvieras muerta.
Sophie hablaba en serio, sin duda. Sin embargo, eso no encajaba con la historia que le estaba contando. ¿Por qué iban a querer matarla si su tío era el objetivo? ¿Le ocultaban algo o es que ni siquiera habían conseguido inventarse una película en condiciones? Ese argumento hacía aguas por todas partes. Las conspiraciones, las familias marcadas con un destino y las sectas molaban en televisión, no cuando te las cuentan unos alucinados. Pero era evidente que tanto su tío como esa mujer creían de verdad en lo que decían. Eso les convertía en gente peligrosa; había visto las suficientes pelis de sectas como para tener claro que los fanáticos cumplen sus amenazas, así que no pensaba replicar. Estaba en Francia, lejos de Madrid y de sus amigos. Si les llevaba la contraria, tal vez ella sería la siguiente en desaparecer. No le quedaba otra que aceptar ir de compras, cortarse el pelo y cambiarse el nombre.
—Aunque veo difícil que me acuerde del nuevo —ironizó.
—Es con eso que contábamos ya —replicó Sophie—. Hasta que te acostumbres, tendrás que llevar este amuleto al cuello.
Le mostró un hermoso colgante de plata con inscripciones rúnicas, tal vez íberas.
—Tu voz sonará incomprensible cuando tú intentes pronunciar tu viejo nombre —explicó—. Así no podrás darlo par error. Por supuesto, tu tío tendrá también el suyo.
La paranoia estaba alcanzando límites ridículos.
—¿Y tendré que decir abracadabra antes de usarlo? —preguntó, cínica.
—Mais no —contestó Sophie—, no es un amuleto mágico, aunque lo parezca.
—¿Y qué es, entonces?
Sophie se le acercó y le susurró al oído, como si le confesara un secreto muy íntimo:
—Es Alquimia.
1 ¡Ah, qué alegría! Hace mucho tiempo que no nos vemos, pero la familia Riglos siempre es bienvenida!
2 Sí, mucho tiempo. ¿Veinte años, quizá?
3 Ni hablar. Veinticinco, como poco.
4 Tienes que decírselo. Ya sé que no tiene más que quince años. Pero es su destino, su vida, sus riesgos…
5 La llevaré a su habitación. ¿Dónde…?
6 Abajo, en la habitación de tu abuela. Me acuerdo mucho de ella. ¡Qué guapa era…! Y Clara tiene sus ojos. Como un bosque en otoño.
IX
ALQUIMIA
1
Serían las diez cuando salieron de la casa en el viejo Citroën GSA de Sophie. Les esperaba un viaje de casi cuatro horas hasta llegar a Andorra la Vella.
—En realidad, España está mucho más cerca —comentó Óscar—. Pero en Aragón las tiendas tampoco abren los domingos y en Andorra llamaremos menos la atención.
«Sí, por supuesto —pensó Clara—. En un coche del siglo XV. Lo más discreto del mundo». Y preguntó en voz alta, con cierto retintín:
—¿Entonces, todos sois alquimistas?
—Eso es —contestó Sophie.
—¿Y yo? —añadió—. ¿También tengo yo poderes alquímicos?
Los tres se rieron, pero Clara no. Había estado meditando después de la conversación con Sophie, y aunque le explicaron que no existían los «poderes alquímicos», que el conocimiento de la alquimia se obtenía a base de estudio, intenso y detallado, los medallones y los poderes mágicos no tenían nada que ver con la alquimia que Clara conocía por los cuentos infantiles, con sus piedras de la inmortalidad y sus señores de barba blanca trabajando entre retortas. No. Eso era otra cosa.
Y su propio sentimiento de culpa se las ingenió para crear un argumento «irrefutable»: si en esas paranoias y yuyus había el más mínimo rastro de verdad, si la alquimia de la que hablaba Sophie era real, aunque solo fuera un poco, entonces las cosas se volvían más oscuras. En ese caso, tal vez fuera la causante de la muerte de sus padres.
Si tenía poderes de algún tipo, entonces era una asesina de verdad.
Tras dos horas y media de viaje pararon junto a una fuente, en mitad de una carretera secundaria, a estirar las piernas y tomar un refrigerio. Unas brioches rellenas de queso y un tupper de crudités. Clara comió en silencio. Los demás hablaban en castellano, pero si lo hubieran hecho en francés, o en chino, no se hubiera sentido más aislada. En su cabeza los argumentos se retorcían, contestándose unos a otros: «es imposible que sea verdad», «pero tus padres están muertos»; «son todo paranoias», «pero tú los mataste»; «son una secta», «pero las muertes que deseas se te conceden»…
—Llegaremos a Andorra alrededor de las dos —comentó Sophie—, y enseguida iremos a comprarte toda la ropa que haga falta, un tinte para el cabello y, si te apetece, unas lentillas de color. Aunque te advierto que será muy incómodo y, además, puede resultar más sospechoso que respetar tu color natural.
—Pues cámbiame el color de los ojos con alquimia, o lo que sea —dijo, intentando ser irónica. En realidad, le importaba un comino el color del iris.
—Tendría que ser permanente —aclaró Óscar—. Luego no volverías a recuperar jamás tu color original. Y sería una pena, porque tienes unos ojos preciosos.
—Me da igual —dijo. ¿Dónde se habían dejado el sentido del humor? ¿Pues no se lo habían tomado en serio? Si no hubiera estado tan harta de las ocurrencias de ese clan enfermizo, se habría reído un buen rato, pero lo cierto es que le daba igual. Por lo que a ella tocaba, podían ponerle la piel de color verde o magenta o teñirle de rosa. Eso no alteraría nada de lo que en verdad deseaba cambiar.
Volvieron a subir al coche y Sophie, dándose cuenta de que había algo más que un simple enfado superficial, dejó que Clara se sentara junto a ella en el puesto del copiloto.
—Yo conozco esa mirada —le dijo, casi en un susurro, en cuanto puso en marcha el viejo Citroën. No quería que Óscar o Gabriel la oyeran—. La he visto muchas veces en gente que no podía perdonarse; por decepcionar a sus maestros, por haber flaqueado en el camino, por creerse indigno de lo que le entregaba la vida… Los seres humanos somos bastante absurdos. Solemos culparnos de lo que no somos responsables y en cambio cargamos sobre los otros nuestros verdaderos errores. No sé de qué te sientes culpable, mais piensa bien en lo que has hecho y luego decide si es tu responsabilidad o no. Si puedes corregirlo, hazlo; si le has hecho daño a alguien, pídele perdón. Mais deja de sentirte culpable, porque la culpa es un sentimiento inútil. No soluciona lo que has hecho, ni ayuda a nadie. Solo te hunde y te hace sentir miserable.
¿Era simpatía lo que estaba empezando a experimentar? ¿Así empezaba lo que llamaban síndrome de Estocolmo? No lo sabía. Lo único que sentía es que no tenía derecho a recibir la amabilidad de nadie. «Si supieras lo que he hecho, ni me hablarías» —pensó; la gente que podría perdonarla ya no estaba y ella no podía hacer nada para solucionarlo.
Llegaron a Andorra y a las tres menos cuarto estaban comprando ropa. Pasaron por varias boutiques y Clara se fue animando un poco. Sobre todo por los zapatos. Sophie tenía un gusto exquisito y le permitió comprarse unos de tacón, que le sentaban de maravilla. Lucas estaría encantado de haberla visto así. Pero Lucas ni estaba ni se le esperaba.
—Sophie —dijo, de pronto, Clara.
—Dime, ma petite.
—¿Podré volver a ver a mis amigos de Madrid?
—Sí, claro —contestó, sonriente, Sophie—. Mais no de momento. Si todo va bien, antes de que llegue el verano se acabará el esconderse.
—¿Y si va mal?
Sophie dudó un momento antes de responder.
—Si va mal —dijo—, ver a tus amigos será la última de tus preocupaciones.
2
A las seis de la tarde era ya de noche en Andorra la Vella. Clara estaba agotada, pero tenía ropa para estrenar en los próximos dos meses: dos abrigos estupendos, varias faldas, pantalones, chaquetas, vestidos, jerséis de cuello alto, barco, en pico, redondo… Se sentía como la prota de una serie de moda. Había sido increíble no tener que elegir. Como tenía que renovar todo su vestuario de una sentada, le habían comprado casi todo lo que le apetecía.
Gabriel y Óscar habían actuado de convidados de piedra y todo el proceso lo habían orquestado Sophie y Clara. Ahora, dando por terminado el día, se sentaron a merendar en una cafetería del centro.
Y entonces Clara volvió a alucinar.
A través del ventanal del establecimiento se podía ver, en la acera de enfrente, a Adolfo, su profesor de Lengua, metiendo unos bultos en la trasera de un monovolumen de color oscuro.
Por un segundo dudó. ¿Era cierto, entonces? ¿La estaban siguiendo de verdad y el profesor era un miembro de una secta rival? Enseguida rechazó esa paranoia. Seguro que estaba en Andorra por casualidad, y hablar con él era la oportunidad que necesitaba para volver a contactar con sus amigos. Pero claro, si su tío se enteraba no le dejaría hablar con el profesor y volverían a salir huyendo. Se excusó diciendo que iba al baño y salió de la cafetería por una escalera lateral.
Intentó llamar al profesor lo más fuerte posible, procurando que los suyos no le oyeran. Adolfo Recarte se volvió, sorprendido y encantado.
—¿Clara? —exclamó, sonriendo—. ¿Clara? ¿Qué haces aquí? ¿Te has venido a vivir a Andorra?
Le pareció una contestación muy normal, pero necesitaba asegurarse.
—¿Y usted? ¿qué hace usted aquí?
—Me encanta el esquí —respondió él con toda naturalidad—, y tengo un pequeño apartamento en Pal. Suelo venir todos los años en cuanto caen las primeras nieves. Y ahora estaba aquí, en Andorra la Vella, comprando para la temporada.
Lógico y razonable. Eso confirmaba que su tío y su secta estaban como una cabra.
—¡Qué casualidad! —dijo ella, llevándole detrás del monovolumen, de modo que pudieran hablar sin ser vistos desde la cafetería—. Yo también he venido de compras. ¿Cómo está? ¿Cómo están todos? No pude despedirme de nadie…
—Bueno, se quedaron bastante sorprendidos al verte salir tan deprisa —contestó Adolfo—, pero la verdad es que desde ayer no he vuelto a verles.
Ayer. Parecía haber pasado un siglo desde que salieron de Madrid, pero apenas habían transcurrido veinticuatro horas.
—Quiero que me dé su mail —dijo Clara, acelerada. En cualquier momento Gabriel y los demás se preguntarían por qué tardaba tanto en volver del baño. No podía entretenerse—; le mandaré mi dirección en cuanto la sepa y así podrá dársela a Patricia y a Lucas. Por ahora no tengo ni móvil ni nada…
—Pero si tú ya tienes mi email —le interrumpió Adolfo.
—No, ya no. Perdí la tarjeta.
—Vaya, lo siento… pero no me refería a la tarjeta. Te lo escribí en la libreta, ¿no te acuerdas?
Clara lo recordó.
—Es verdad. Me lo escribió con su propio boli…
—Clara. —Adolfo la miró fijamente.
—¿Si?
—¿Quieres venirte conmigo? —Hizo una pausa para que digiriera la propuesta—. Al principio tendrías que quedarte con los servicios sociales, pero en unos pocos meses podría pedir tu custodia y convertirme en tu tutor legal. Lo que está haciendo tu tío contigo es cruel…
¿Podía ser verdad? ¿Podía ser tan fácil recuperar lo perdido? Volver a una vida normal, rodeada de gente normal, en su casa de nuevo…
—¡Clara! —La potente voz de Óscar atravesó la calle.
—Es Óscar —dijo, sobresaltada—. Que no lo vea. Si saben que he hablado con usted, me registrarán entera y me quitarán la libreta.
—Podemos marcharnos ahora mismo, si quieres. —Y Adolfo le indicó la puerta del vehículo.
Era tan tentador volver a Madrid, a su instituto, con Patricia, con Lucas, volver a su vida…
—No, no, ahora no —razonó, a su pesar, Clara—. Empezarían a buscarme y me encontrarían enseguida. No. Ahora que tengo su email y su teléfono, podré ponerme en contacto con usted.
Adolfo sacó del bolsillo otra tarjeta.
—Toma mi tarjeta entonces, por si acaso —le ofreció.
—No —susurró Clara—. Si me la encuentran, sabrán que hemos hablado y no podré contactar con usted. No pueden sospechar que nos hemos visto.
—¡Clara! Que nos vamos. —Óscar oteaba en todas direcciones. Su voz parecía firme, pero no podía ocultar un cierto nerviosismo.
—Adiós, pues —se despidió Adolfo, con un mohín tristón.
—Adiós —respondió Clara.
Óscar volvió a entrar en la cafetería y Clara aprovechó para llegar hasta las escaleras laterales y hacer lo propio. Óscar la vio acceder al establecimiento, pero en lugar de sermonearle, pareció respirar aliviado.
—Es que he visto un poco de nieve y me apetecía tocarla —mintió Clara—. ¿Nos vamos ya?
—Sí —dijo Óscar.
Y Clara se despidió con discreción de la sombra que se ocultaba en la calle contigua.
3
—No. Que no la sigan. El localizador no funcionará mientras se mueva, pero en cuanto se quede quieta, será cuestión de horas. Seguro que la llevan a una casa franca, pero tendrá que salir, sentarse, ir al instituto, pasear. Volverá a estar quieta el tiempo suficiente y entonces sabremos a dónde han ido. Vamos a permitirnos el lujo de ser pacientes.
Adolfo colgó el teléfono. Le molestaba utilizar esa tecnología, pero había que reconocer que era útil para comunicarse con los simpatizantes. No volverían a fastidiarla. Y si lo hacían, él no sería quien cargara con las consecuencias.
Se acercó a la puerta trasera de su monovolumen y dio unos leves toquecillos en la ventana. Una bestia se lanzó con los ojos encendidos y las fauces abiertas contra el cristal, hasta que vio el rostro de Adolfo. Entonces se calmó.
El profesor entró en la furgoneta y salió en dirección a la vieja frontera con España.
4
Clara no podía esperar a llegar a Pau. Todo el viaje estuvo pensando cómo pedirle a Sophie, con su mejor cara de niña buena, que le dejara conectarse un rato a internet para mandar un mensaje a Adolfo y, de paso, entrar también en su cuenta de Facebook y hablar con sus amigos.
Pero al llegar a la casa, Óscar y Gabriel cambiaron inmediatamente todas las compras de coche.
—¿No nos vamos a quedar? —preguntó Clara.
—No —contestó Gabriel—. Salimos en media hora. Quiero que lleguemos cuanto antes a nuestra nueva casa.
—Pero es ya muy tarde, ¿no? —insistió, consciente de que, fueran a donde fueran, sin la ayuda de Sophie ni en sueños podría conectarse a internet—. Por poco que dure el viaje, no llegaremos hasta la madrugada.
—No te preocupes por eso —replicó Óscar.
Sophie le trajo el colgante de plata con las runas íberas que le había mostrado esa mañana.
—Deberías ponértelo —le dijo.
Clara estaba enfadada. Nada estaba saliendo como ella quería. Todo el mundo podía opinar sobre su vida y ahora tenía que ponerse un colgante absurdo que le impediría decir su apellido. Y entonces tuvo una idea. Esa comedura de tarro era bien fácil de desarmar.
Se puso el amuleto al cuello con aire desafiante. Ahora les demostraría que todo eso de la alquimia era una estupidez alucinatoria. Y también se probaría a sí misma que lo de sus propios poderes era pura psicosis. Pronunciaría su nombre y quedaría claro el grado de delirio de los alquimistas, de esa mujer, de ella misma.
—Clara Crosdodfajant —dijo. Vaya, se le había trabado la lengua.
Lo intentó de nuevo:
—Clara Crisodanitx. —¿Otra vez? Volvió a insistir—: Cisrudgadfa… Claslkdjaot… Chustireated…
Era imposible. Cada vez que intentaba decir «Carrasco», la lengua se le trababa.
—¿E…es magia? —preguntó, asombrada.
Sophie la miró, sin decir nada, negando con la cabeza. Clara sintió cómo una desazón amarga reptaba con lentitud para instalarse dentro de su cabeza. Su culpabilidad había encontrado la certeza que buscaba. La magia existía, luego era su solo deseo el que había provocado la muerte de sus padres. Gruesos lagrimones empezaron a caer por sus mejillas.
—Ma petite. —Sophie la abrazó—. ¿Qué te pasa, mi niña?
Clara solo lloraba. ¿Cómo podía contarle lo que le estaba carcomiendo? ¿Cómo explicarle quién era de verdad? No. Tenía que soportar el dolor ella sola. Ni siquiera tenía derecho al perdón.
—Estarás bien, cariño —le decía con ternura Sophie—. Te lo prometo.
Óscar se acercó para decir que el coche ya estaba preparado, pero se detuvo al verlas abrazadas. Volvió hacia donde estaba Gabriel y habló con él en voz baja.

Clara se calmaba frente a una infusión caliente. Sophie la miraba con ternura y Gabriel esperaba en silencio. Habían hablado largo rato y al final habían decidido que Pau seguía siendo un lugar seguro y podían esperar a que terminara el puente de la Constitución para que Clara empezara en su nuevo instituto.
Clara los miraba pensando que no habían entendido nada. Pero tampoco le importaba. Tal vez mañana fuera capaz de apreciar las posibilidades que tenía quedarse unos días más junto a Sophie. Pero ahora solo podía sentirse miserable, como no se había sentido desde el entierro de sus padres. Solo quería dormir; dormir y no despertar jamás.
Entre tanto, una fina nevada empezaba a cubrir de blanco la ciudad.
5
Clara se despertó más despejada. El aroma dulzón de los croissants parecía susurrarle que el mundo también podía ser un lugar amable. Clara se lanzó a comer con apetito el desayuno que Sophie le había preparado. La dueña de la casa le contó su plan: relax, paseos y diversión, las dos solas. Óscar y Gabriel se quedarían en la casa.
Visitaron el castillo y comieron en el restaurante del museo. De cuando en cuando, Sophie se paraba a hablar con los transeúntes, que recordaban con nostalgia los tiempos en que su pequeño hotel aún funcionaba. Y ella siempre tenía una sonrisa amable, presentando a Clara como une parente venue d’Espagne.7
Clara intentó decir «Carrasco» alguna que otra vez a lo largo de la tarde, solo para comprobar que las propiedades del colgante eran reales. Dijera Sophie lo que dijera, eso era magia.
—No lo es —había perjurado Sophie por enésima vez, mientras paseaban por el parque del castillo. Era increíble lo rápido que esa mujer recuperaba el dominio del castellano. Ahora, solo de cuando en cuando se colaban giros franceses en su discurso—. La Alquimia no se basa en oraciones ni en invocaciones, ni en la acción de un ente superior sobre la materia, sino en seguir un método modificado y perfeccionado a lo largo de siglos. Es el origen de la ciencia moderna, que se asienta sobre nuestras bases. El método científico no existiría más de no haber existido primero los alquimistas. La ciencia es la versión materialista de la alquimia, el método sin la filosofía. De hecho, la palabra «química» viene de la palabra árabe alkímya. Aunque los resultados te parezcan cosa de magia, no lo son. Si la gente del siglo XIX viera de pronto un móvil, o un ordenador de hoy en día, también pensaría que es magia. Pero tú lo sabes: es tecnología.
«Lo que tú digas —pensó Clara—. Pero eso es magia, lo llames como lo llames».
Esa noche fueron a ver una función de ballet. Clara revivió sus clases de danza viendo a los bailarines evolucionar como sin peso en el escenario. Recordó las lesiones que le obligaron a dejarlas e imaginó lo distinta que hubiera sido su vida si… La verdad es que todavía le gustaba bailar. A veces disfrutaba, a solas, repitiendo los ejercicios que había practicado tantas veces en las clases de danza y aún era capaz de hacer un spagat.
El espectáculo terminó y las dos volvieron a la casa en el viejo coche de Sophie.
—Sophie —preguntó Clara, cuando entraron en el salón—. ¿Podrías dejar que me conectara a internet?
Sophie suspiró antes de contestar.
—Clara, por mí sería muy fácil decirte que tu tío no me deja y cargarle toda la responsabilidad. Pero la verdad es que es peligroso. Para ti, para nosotros… cualquier contacto con tus amigos ahora revelaría a los que os persiguen dónde te encuentras. Y eso sería terrible. Quizá mortal. No puedo. Lo siento.
—Los echo de menos —replicó, suplicante.
—Ya te lo dije. Si todo va bien, volverás a verlos muy pronto.
Clara comprendió que no conseguiría nada y dejó de insistir. Por ahora. Lo volvería a intentar más adelante.
6
Sophie, Óscar y Clara fueron a esquiar a Gavarnie al día siguiente. Gabriel tenía que quedarse solucionando algunos asuntos en Pau y parecía que sin él todo era más relajado. Se lo pasaron de miedo.
A media tarde el cielo se encapotó y en pocos minutos se desencadenó una ventisca que les obligó a bajar con rapidez. Pararon en un bar de carretera y Clara se dio cuenta de que, a pesar de haberse puesto crema protectora, tenía la cara quemada por el sol. Cuando volvieron al coche, Sophie le aplicó un after sun de color verdoso que le alivió inmediatamente y Clara se durmió.
Cuando estuvieron seguros de que el sueño era profundo, Óscar y Sophie iniciaron una conversación en francés.
—Se merece saberlo —dijo ella—. Ahora. ¿Cómo podemos pedirle que participe si no sabe nada? Estamos corriendo un riesgo innecesario. ¿Y si cuando se entera se asusta tanto que se niega a asumir su responsabilidad? Si la tratamos como una niña, no tenemos derecho a quejarnos porque se comporte como tal. Y si eso pasa, perderemos. Todos.
—Gabriel aún confía en que no sea necesario decirle nada —replicó Óscar—. Espera encontrar algo en el manuscrito que podamos destilar, obtener o fabricar sin la participación de Clara. El secreto de los Riglos no tiene por qué pasar por ella. La quiere demasiado para obligarla a madurar antes de tiempo.
—Si ese documento es lo que sospechamos, quizá sea fundamental para vencer a Ramyr, pero no puede convertirse en una coartada para mantener a esta criatura en la ignorancia. Ella tiene derecho a tomar sus propias decisiones. Su padre ya murió por obstinarse en criarla alejada de nosotros.
—No —puntualizó Óscar—. César se negó a creer que la misión de los Riglos fuera real, eso fue lo que los mató, a él y a su esposa.
—¿Y qué hubieras hecho tú? Imagina que tus padres no te han contado nada sobre tu pasado y tu hermano Gabriel, el fantasioso de la familia, se presenta en tu casa y te cuenta que hay una sociedad secreta en lucha contra un enemigo mortal increíblemente poderoso, que tu hija es la destinada a terminar con ese malvado invencible, y que debe llevársela a un lugar remoto para enseñarle lo que tú crees que son tonterías…
—Es que no son tonterías, Sophie.
—Para él sí lo eran. Creyó que su hermano se había vuelto definitivamente loco. Y no quiso que su hija fuera arrastrada a esa locura.
—Pero eso lo mató, a él y a su esposa, y estuvo a punto de terminar también con Clara. Si ese domingo no se hubiera quedado en Madrid, ahora estaría muerta y no tendríamos nada. Si al menos hubieran mantenido el contacto con nosotros, todo habría sido distinto.
—Gabriel es muchas cosas, pero no un relaciones públicas.
—Ni de lejos. Adivina cuál fue el último libro que le regaló a su sobrina.
—¿Cuál?
— El pequeño alquimista.
—¡No! —se escandalizó Sophie, casi divertida.
—Sí. Después de eso, César y él tuvieron la peor discusión de su vida, no volvió a cruzar palabra con él ni, por supuesto, le permitió que se acercara a Clara. Y así hasta el accidente.
—¿Ya es seguro, entonces, que fue la Hermandad quien acabó con ellos?
—Eso es lo que estamos averiguando. Pero todo parece indicarlo.
—Si los mataron por ser de la familia… —Un murmullo en el asiento trasero hizo que Sophie callara. Pero Clara seguía dormida.
—No podían dejar de ser quienes eran. —Óscar tomó el desvío hacia Pau. A esa altura, el temporal se había convertido en aguanieve—. No importa si quieres o no ser parte del juego, o cuántos inocentes deban morir en el proceso; la Hermandad cumplirá sus órdenes. Pero si fueron ellos, saben quién es Gabriel y saben o sospechan quién es Clara. Y eso plantea dos retos: averiguar cómo han logrado enterarse, y preparar lo más pronto posible nuestra defensa.
Clara se arrebujó en el asiento y ambos guardaron silencio.
—Dentro de poco no podremos conversar en francés —susurró Sophie—. Se le dan bien los idiomas. Estoy segura de que antes de que volváis a España podrá entender el sesenta por ciento de lo que digamos.
—Pues será mejor que lo dejemos —concluyó Óscar—. A veces me pregunto si no tendríamos que contárselo todo nosotros, dijera Gabriel lo que dijera. Pero sé que la última voluntad de César era mantener a Clara al margen. Y mientras esté en su mano cumplir con ese deseo, por muy absurdo o irracional que nos parezca, Gabriel no le contará nada. Yo no puedo, ni quiero, luchar contra eso, al menos, de momento. Es él quien debe tomar las decisiones que afectarán para siempre a la vida de su familia. Nos guste o no, y aunque nuestro destino dependa de ello, es el único pariente vivo que le queda en el mundo.
Ninguno de los dos añadió nada más sobre el tema y la conversación siguió por otros caminos.
Clara durmió de un tirón hasta que llegaron a la Rue d’Orléans. Medio amodorrada, se tomó un vaso de leche con cacao y se acostó.

El after sun de Sophie era milagroso. Clara se levantó con un bonito color bronceado, feliz. Fuera nevaba y era muy agradable mirar por la ventana y ver el cielo nacarado vertiendo blandamente sus copos sobre Pau.
Se encontraba a gusto en esa casa. Hablar con la alquimista le hacía sentir que tenía otra oportunidad de entregar el cariño que hubiera querido darle a su madre. Junto a Sophie parecía posible aceptar el perdón.
—Hoy haremos una sesión de alquimia para degustadores. —La voz de la francesa interrumpió sus pensamientos.
—¿Y eso qué es?
—Hoy cocinaremos. Haremos una quiche-lorraine, que es la mejor manera de comprender los principios básicos de transformación a través del calor…
—Ja, que bueno —rio Clara.
Óscar asomó la cabeza:
—¿Qué es lo bueno?
—Sophie —contestó Clara—. Que dice que cocinar es como la alquimia…
—Porque lo es. —Sophie se reafirmó—. ¿Has hecho o visto hacer algo al baño maría? Pues es una técnica de alquimia, y se llama así por Miriam la Alquimista, o María la Judía: ya ves si están cerca las dos cosas. Si dominas las técnicas culinarias estás en camino de comprender las bases de la alquimia. Todas las dos tratan de transformar un elemento en otro, aunque los fines sean distintos.
—Pero no peores —apostilló Óscar, relamiéndose.
—No peores, es verdad —concedió, riendo, Sophie.
Cocinaron, se divirtieron y comieron. Incluso Gabriel pareció contagiarse del ambiente relajado.

Pero todo termina. Con la sensación de haber disfrutado, pero con ganas de seguir en Pau una semana más, llegó el momento de marcharse. Clara empezaría las clases y se enfrentaría a sus nuevos compañeros en… de hecho, no tenía ni idea de a dónde se dirigían.
—Bueno, supongo que ahora me podréis decir a dónde vamos.
—No te preocupes. —Gabriel acomodaba el equipaje en el coche de Óscar—. En diez minutos estaremos allí.
¿Diez minutos? No había muchas opciones. Tenía que ser en Francia o en un sitio fronterizo. Y si mañana iba a ir al instituto, habría aulas de informática, conexión a internet… A mediodía, como muy tarde, Lucas y ella estarían hablando.
Sophie salió al jardín a despedirles. Clara le dio un enorme abrazo y le hizo jurar que se mantendrían en contacto. La alquimista asintió y volvió a abrazarla. Luego se quedó al pie de las escaleras esperando a que se fueran.
Subieron al coche y Óscar arrancó, pero en vez de enfilar hacia la verja de entrada, condujo el automóvil a un cobertizo al otro lado del jardín. Entraron por la enorme puerta abierta y todo fue oscuridad durante un par de minutos. Una luz débil se fue poco a poco transformando en lo que parecía la boca de un túnel. Salieron a un jardín con grava, frente a un palacete de estilo modernista rodeado de árboles.
Era un túnel cortito. Entonces seguían en Francia.
Bajaron del coche, sacaron las compras y entraron en la casa.
Era amplia, pero no hacía frío. Como si hubieran puesto la calefacción antes de llegar.
—Bienvenida a Bosca —dijo su tío—. Esta será tu casa desde ahora.
¿Bosca? ¿Esa ciudad de cincuenta mil habitantes al pie del Pirineo, donde los osos se morían de frío en invierno y solo se iba a esquiar? ¿Bosca? Maldita sea, ¿en qué momento del viaje se había dormido?, porque no es que la geografía fuera su fuerte, pero habían recorrido bastante menos de los, como mínimo, ciento y pico kilómetros que separaban Bosca de Pau.
Miró el reloj de la casa. Cinco minutos antes estaban en el jardín de Sophie. No podía ser. No había cambio horario entre Francia y España. Sencillamente, era imposible.
Entró en el salón y una luz anaranjada empezó a parpadear.
—¿Un localizador? —se extrañó Óscar—. Pero si lo miramos todo anoche.
—Alguien de los suyos nos ha visto en Pau, seguro. Hay que pasar otra vez los detectores.
Revisaron una a una todas las prendas. Nada.
—Ven, Clara. Veamos si lo tienes tú. —Gabriel empezó a pasar el detector por las cosas de Clara. El aparato parpadeó al pasar por la libreta. Ella se asustó.
—No. No me tires la libreta, por favor. Otra cosa más no. Me la regaló papá.
—No te la voy a quitar —la tranquilizó su tío—. Solo voy a desactivarla.
Introdujeron la libreta en una caja de boj decorada con filigranas plateadas y, al salir, la luz anaranjada no volvió a encenderse.
—Ya está. Alguien debió meterte algún localizador.
—Pero si en casa de Sophie no encontrasteis ninguno —apuntó Clara.
—El detector de Sophie solo capta los localizadores móviles y el de tu libreta debía ser fijo. Ella se niega a poner un detector de fijos porque dice que le da dolor de cabeza, y que como su casa está protegida contra transmisiones, basta con detectar los móviles. Y este es el resultado.
«Lo que está claro es que se tragan sus propias paranoias», pensó Clara. Lejos de Sophie, todo parecía aún más irreal. Detectores fijos, móviles, dolores de cabeza… Ella sí que tenía la cabeza como un bombo. En cuanto pudiera le mandaría un mensaje a Adolfo y…
—¿Te enseño tu habitación? —Óscar le indicó las escaleras. Clara asintió. Aunque no le apeteciera demasiado conocer su nueva celda, al menos allí podría estar un rato a solas.
Subieron a la segunda planta y luego a la tercera. El pasillo era elegante, pintado en un gris suave con las puertas lacadas en blanco. Todo parecía antiguo y nuevo a la vez, como recién restaurado. Al final de unas escaleras más estrechas estaba su habitación.
Una estancia circular, de unos 5 metros de diámetro, en una torre, rodeada de ventanas. ¡Y para ella sola!
—Es preciosa —dijo con sinceridad—. ¿Tengo internet?
—No.
—¿Tendré móvil?
—No.
—¿Play?
—¿Cómo?
—Consola de videojuegos.
—Sí. Sin conexión a internet, claro.
—Esto es una mierda de aburrimiento.
Óscar la dejó sola. Y Clara volvió a repasar su nueva habitación.
Si la viera Patricia, iba a flipar en colores y si la viera Lucas, la coronaba como la tía más guay de todo el instituto y si la vier…
No la iba a ver nadie.
Ella estaría allí, en esa ciudad helada y perdida al sur de los Pirineos, eternamente sola para el resto de su vida. Su habitación era guay, la casa era guay, pero estaban en el sitio equivocado. ¿De qué servía tener lo mejor de lo mejor si no había nadie con quien te apeteciera compartirlo?
Pero, aunque no quiso reconocérselo a su tío, cuando esa noche miró por la ventana y vio lo que parecía un bosque en medio de la ciudad, sintió que esa habitación tenía algo que le hacía sentirse bien, cómoda. Que la recibía como si, por fin, hubiera llegado a su hogar.
7 Una pariente de España.
X
EL INSTITUTO NUEVO
Gabriel acompañó a Clara, visiblemente nervioso, hasta la entrada del IES Carlos Saura, un inmueble de los años treinta, racionalista, con dos alas anexas. Pero la muchacha no veía el momento de separarse de él. «Con la pereza que me da conocer gente nueva —pensaba—, solo me faltaría empezar aquí de pardilla». Tenía claro el plan: en cuanto entrara, iría directa al aula de informática y contactaría con sus compañeros de clase de Madrid. Bueno, sobre todo con Patricia y Lucas.
—Aquí te dejo. —Gabriel la despidió en la puerta. Y antes de marcharse le dio un par de besos con una cierta torpeza—. Que tengas un buen día.
Clara abrió la mochila que le había preparado Óscar. El horario y los libros estaban allí. Óscar, el ordenado. Nunca fallaba. Miró qué aula le correspondía y entró en el edificio.
—Perdone, estoy buscando la clase de cuarto C —preguntó al bedel.
—¿Tú eres la nueva?
—¿Perdón?
—Sí. Ya te acostumbrarás. Aquí nos conocemos todos y enseguida se sabe donde están los buenos. Espera, que cierro la portería y te acompaño.
Subieron por unas escaleras de mármol hasta un rellano con el busto de un señor con gafas, que Clara supuso que era el susodicho Carlos Saura. Allí la escalera se dividía en dos tramos que convergían en el hall del primer piso. Sendos pasillos se abrían a derecha e izquierda. Tomaron el de la derecha y el bedel le indicó una puerta, al fondo. Por las ventanas, a la derecha del pasillo, se veía un jardín bien cuidado con una fuente en el centro.
La penúltima clase era la suya: 4 °C.
Entró en el aula y todos la cartografiaron con la mirada para volver luego a sus conversaciones, esperando al profesor. Según el programa, tocaba Inglés, de primeras y sin anestesia. Sacó el manual de su mochila y buscó con la mirada dónde sentarse.
Una chica de pelo castaño oscuro y sonrisa amplia le hizo señas.
—Aquí —gritó—. Aquí hay un sitio libre.
En cuanto Clara se sentó a su lado, se presentó, hablando a toda velocidad.
—Soy Nuria. Te dejaré los apuntes, no te preocupes. Y te pondré al día de quiénes son de fiar y quiénes más falsos que un billete de ocho euros. La mayoría son buena gente, aunque algunos son un poco pesaditos… Pero luego te cuento, que viene la profesora…
Pasó la primera parte de las clases y llegó el recreo. Nuria y su panda, bastante heterogénea, estaban bombardeándola a preguntas cuando un chico moreno, guapo, con los ojos de un verde intenso, se acercó al grupo.
—Bienvenida al instituto —le dijo a Clara, con una sonrisa de oreja a oreja —. Es bueno comprobar que los estándares van subiendo. Daniel Ramírez, para lo que necesites.
Clara se quedó enganchada en esos ojos y solo acertó a balbucear:
—Clara Caskrauostra.
—¿Cómo?
El maldito amuleto. Tenía que decir su nuevo nombre.
—Clara Sánchez.
—Mira qué bien, tú, Sánch-ez, hija de Sancho y yo, Ramír-ez, hijo de Ramiro, dos reyes de Aragón. Ya decía yo que tenías cara de princesa.
Clara le sonrió, encantada. Pero Nuria lo miraba con cara de pocos amigos:
—Vamos, Daniel, que ya te vale, siempre por ahí de asaltacunas. Vete con las de tu edad, anda. Serás…
Daniel hizo una seña con la cabeza y se retiró, no sin dedicarle a Clara un mohín pícaro que la dejó aún más encandiladita.
—Que tripite cuarto y aquí está, a ver si se enrolla contigo, como eres nueva… —apostilló Nuria, cuando Daniel estuvo lo bastante lejos—. Ni se te ocurra ir con él. Vive solo y dicen que monta de todo en su casa.
—¿Cómo es que vive solo? —preguntó Clara—. ¿Y sus padres?
—Es huérfano. Antes vivía en un pueblo con un pariente, pero para estudiar la ESO se tuvo que venir a Bosca. Y desde entonces… Dicen que una persona va a ayudarle con la casa una vez por semana.
Huérfano. Y había vivido con un pariente… Qué majo. Estaba claro que había sido muchas veces tema de conversación. Demasiadas cosas en común como para hacer caso al «consejo social» del Instituto. Clara tenía que conocerlo más.
—Pues a mí me ha parecido simpático —comentó—. Y dice cosas muy divertidas.
—Lengua de oro, pero corazón de hielo —soltó Nuria, encantada de haber encontrado una sentencia tan rotunda—. Vaya, esto sí que es una frase de culebrón.
Todas se echaron a reír.
Cuando acabaron las clases, Clara preguntó dónde estaba el aula de informática, o la biblioteca, o cualquier sitio con internet.
—Pues está allí —Nuria le indicó un aula al final de un largo pasillo, pero añadió—: Aunque si quieres conectarte al Facebook, lo tienes crudo. Está bloqueado para que no podamos entrar en redes sociales. De hecho, te deja meterte en muchas páginas, pero no puedes enviar nada. Es de una sola dirección. Te deja recoger datos, grabártelos en un pen y eso, pero si quieres chatear o enviar correo, olvídate; solo los profesores pueden hacerlo.
—Los profesores o yo. —Daniel se metió en la conversación con una sonrisa. Clara estaba encantada de verle otra vez, pero no Nuria.
—No estamos interesadas en nada que puedas hacer tú.
—¿Puedes conectarte a internet aquí? —interrumpió Clara, bastante ansiosa. Nuria la miró un poco molesta.
—Y donde quiera —contestó Daniel, enseñando un smartphone.
A Clara se le iluminaron los ojos:
—¿Me lo dejas? Solo tengo que enviar un mensaje.
—Los que haga falta —replicó él, agitando el teléfono.
Clara fue a por el móvil, pero él se lo apartó.
—Eh, eh, eh… —soltó, con una media sonrisa—. No hemos hablado del precio.
En ese momento, viendo la sonrisita estúpida de Daniel, su interés se desvaneció. Le pareció un cerdo prepotente, chulo y asqueroso.
—Que te den —dijo. Se colgó del brazo de Nuria y las dos juntas, después de hacerle la burla a dúo, bajaron por las escaleras del instituto.
Al llegar a la calle se echaron a reír a carcajadas.
—«¡Que te den!…» —se burló Nuria, cuando consiguieron parar de reír—. Eso es lo que tendrían que decirle todas, pero lo que pasa es que está muy mal acostumbrado. Se cree que con estar bueno ya lo tiene todo hecho.
—Pues con nosotras va listo —y se miraron cómplices.
Apenas un día en el nuevo instituto y ya hablaba con otra chica en plural. A lo mejor su vida en Bosca no sería tan mala, después de todo. Hoy se abría una nueva etapa en la vida de Clara Cslkjostt. Perdón: Sánchez.
XI
LA FIESTA DE BOSCA
1
Era un espejismo. La semana empezó y pasó, y la excitación del primer día se convirtió en monotonía. Al fin y al cabo, era otro instituto más, con las mismas estructuras, las mismas divisiones absurdas y los mismos clanes que los demás institutos. Y Clara se iba dando cuenta de que, aunque Nuria le caía bien, su clan era el de las «niñatas-que-no-causan-problemas», extremo que se confirmó en cuanto intentó pedirle que le dejara conectarse a internet en su casa y ella le contestó que tenía el ordenador en el salón para que sus padres supieran en todo momento con quién chateaba. Muy bueno para esquivar pederastas, pero malo para alguien que quiere navegar sin que le pregunten demasiadas cosas.
Y por otro lado, la ingeniería social imponía una serie de temas «neutros» para conversar a los que Clara no estaba acostumbrada. Cuando llegó el viernes y constató que llevaba varios días hablando de programas de cotilleo y famosos de medio pelo, decidió que tenía que encontrar más amigas, o podía empezar a elegir instrumental de suicidio.
Inés, catorce años, de mirada dulce y acuosa, fue su salvación. La encontró en el gimnasio del instituto, practicando ballet, y congeniaron enseguida. Al menos con ella podía hablar de algo que no fueran exnovias de toreros.
—Arantxa Argüelles en el Lago de los cisnes… —La cara se le iluminaba cuando hablaba de vídeos de danza—. ¡Veintidós doble fuetés! Tienes que venir a mi casa para verlo.
Inés podía invitar a gente a visitar su casa. Clara no.
A cambio, su nueva vivienda era fascinante: tres pisos, con las paredes pintadas en colores claros, sobrios y luminosos; dos grandes salones, uno en la planta primera y otro en la tercera; una enorme biblioteca, con miles de libros colocados en altas estanterías que llegaban hasta el techo, y un sótano tortuoso con una amplia bodega de origen medieval. El sueño de cualquier escritor.
Su tío le explicó que esa bodega era en realidad el final de un pasadizo que cruzaba por debajo la muralla de Bosca, usado en la Edad Media para escapar de los asedios a la ciudad. Formaba parte de una red de corredores que conectaban la casa con la Abadía del Temple, el castillo de Loarre o los numerosos alcázares y castillos de la comarca.
—O con Pau —apuntó Clara.
—No —replicó Gabriel—. Ese paso pertenece a otra red de comunicación. Solo nosotros podemos usarlo.
—¿Nosotros? ¿Quiénes sois «nosotros»? —se interesó la muchacha, y creyó ver cómo Óscar miraba a Gabriel con una cierta insistencia—. ¿Esa es la famosa información que aún estoy esperando que me cuentes?
—Ya te hablé de por qué teníamos que irnos de Madrid.
—No fuiste tú. Fue Sophie.
—Bueno —concedió Gabriel—, pero, fuera quien fuera, ya lo sabes.
—No me vale —insistió Clara—. Siempre que hablamos, llega un punto en que te callas y cambias de tema. Siempre parece que estés a punto de contarme algo importante de verdad y nunca lo haces.
—No hay nada más que debas saber. En cuanto lo necesites, no tendrás ni que preguntarlo, porque yo mismo te diré lo que haga falta. Pero, por favor, confía en mí. En este momento ya sabes todo lo necesario.
—Y, claro, tengo que confiar en ti porque no te había visto en la vida, pero eres mi tutor y el hermano de mi padre —hizo una pausa antes de añadir—, o eso dices.
—Sí.
—Pues no cuentes con ello. No soy una niña y tengo derecho a saber quién soy, quienes somos los Riglos y de qué va todo este asunto del ocultamiento. Por qué vuestros abuelos se cambiaron el nombre y quiénes nos persiguen. Si tengo o no más tíos o parientes sorpresa, si tendré que quedarme en Bosca el resto de mi vida o, en fin, si voy a acabar con la cabeza a dos metros del cuerpo antes de cumplir los dieciséis.
Óscar evitó que Gabriel tuviera una reacción desmesurada.
—Clara, no insistas —pidió Óscar.
—Es que es absurdo —le espetó Clara—. Cuando hablo con Sophie me dice que tal cosa y tal otra me la tiene que contar mi tío y cuando hablo con él no puede contarme nada.
Se volvió a Gabriel.
—Pues al menos deja que me lo cuente ella… —pidió—. O tú, Óscar.
Gabriel le lanzó una mirada disuasoria y en ese punto acabó la conversación.

Era frustrante. El relato de Sophie, que en realidad no aclaraba nada, era la única explicación con la que Clara podía contar; la difusa historia de una familia perseguida, sin saber muy bien por quién ni por qué, aunque, eso sí, por razones trascendentales para la raza humana. Pocas explicaciones podían ser menos satisfactorias que eso. ¿A dónde o a quién podría preguntar? Óscar parecía el más accesible de los dos, pero desde que habían empezado las clases, no había espacio para investigaciones, ni explicaciones ni nada que terminara en «ones». Óscar la recibía por las tardes y su tío la despedía por la mañana. Los dos trabajaban hasta tarde, porque siempre que Clara se despertaba había alguna luz encendida y oía conversaciones apagadas, pero no sabía en qué, ni cuánto durarían esos trabajos.
Por otro lado, su cuarto era muy guay y todo un éxito en el instituto: «¿Que vives en la Casa de la Bruja? ¿Y duermes en la torre? ¡Tienes que invitarme a tu habitación pero ya!». Pero su tío siempre se negaba a darle permiso.
—Nadie entrará en esta casa hasta que sepamos si son o no tus amigos de verdad y puedes fiarte de ellos. Óscar o yo tenemos que conocerlos antes.
—¿Por qué?
—Es mejor que no sepas los detalles.
Estaba harta de esa contestación. Y además, qué más daba. En cuanto llegaran y vieran que no había internet, solo libros y discos, seguro que ya no les molaba tanto.
2
Pero no todo era malo. Una de las consecuencias de vivir sin internet y apenas sin televisión era que Clara no había leído tanto en su vida. Ya no solo libros de fantasía: libros de literatura «de verdad».
Madame Bovary le resultó demasiado duro, así que lo dejó. Aunque podía entender a esa mujer muriéndose de asco en una ciudad pequeña. Ojeó el Ulises de Joyce y al cabo de un rato se dio cuenta de que no entendía ni una palabra. «Léetelo en inglés», le dijo su tío. Solo faltaría eso. Bastante tenía con comerse la cabeza en castellano para ponerse con un libro de 600 páginas y un diccionario al lado.
Pero en cambio le encantó Borges. El Aleph era un cuento genial. Fantástico y real y, al mismo tiempo… ¿no le estaba pasando a ella algo parecido? Vivía rodeada por cosas increíbles y sabía que los demás no las reconocerían aunque pudieran verlas. Por supuesto, en el cuento el aleph era auténtico, y lo de los Riglos y la secta… bueno, Clara aún tenía sus dudas.
Cuando terminó, le pidió otros libros de Borges a su tío, que le pasó las obras completas, pero a Clara no le hicieron mucha gracia los poemas. Prefería al Borges cuentista.
De modo que se estaba volviendo una chica superculta. Una frikie, vamos. Pero frikie con clase, no de los Klingon y eso. Frikie de premios Nobel. Borges era premio Nobel, ¿no?
Claro que un chateo insustancial de cuando en cuando, algún comentario borde en internet o un SMS con mala baba entre amigos… eso se echaba de menos. Incluso un golpe de serie cutre, para desculturizarse un rato.
Sorprendentemente, la segunda semana sin tele ni redes sociales todo empezó a resultar mucho más interesante. Tenía tiempo para hacer los deberes, leer y dibujar y, sin conexión a internet, el tiempo en el ordenador lo utilizaba para escribir. Estaba empezando a llevar una especie de diario y eso cada vez la llenaba más. De pronto tenía ganas de volver a su torre a imaginar universos y escribir reflexiones. Su lenguaje se estaba volviendo más rico y el Word le corregía faltas de ortografía que ahora se le estaban haciendo evidentes. Eliminar la escritura taquigráfica de los SMS empezaba a ser un placer.
Pero Nuria e Inés eran las dos únicas amigas que tenía. Los padres de Nuria estaban siempre delante e Inés era aún demasiado pequeña para tratar ciertos temas. Si pudieran utilizar su habitación, ese refugio perfecto, con maravillosas vistas y aislado por completo, donde hablar de lo que quisieran sin ser molestadas, sería genial.
Esa tarde se plantó delante de su tío y le dio un ultimátum.
—Necesito que dejéis a mis amigos venir aquí. Me da igual que creas que nos van a delatar o que su visita provocará la tercera guerra mundial. En esta casa hace falta alguien que tenga menos de cincuenta años.
—Óscar tiene treinta y yo, cuarenta y dos.
—Bueno, que sea todavía joven.
—No ahondaré en la humillación —Gabriel vaciló unos segundos antes de decir—. Pero te comprendo. Quieres amigos de tu edad en casa. Bien. Haremos una fiesta en algún local de la ciudad y así sabremos a quién puedes invitar y a quién no. Es todo lo que te puedo ofrecer. La excusa, el solsticio de invierno, las vacaciones de navidad o lo que te dé la gana. O también puedes dejarnos asistir al festival del instituto y allí…
—No hacemos «festivales» —se indignó Clara—. Eso es en primaria.
—Pues seguro que algún curso organiza algo para recaudar fondos para viajes de estudios, o tenéis semana cultural… Lo que sea. Óscar y yo iremos y nos presentarás a tus candidatos. Luego te diremos quiénes son los que hemos elegido y esos serán los que podrán entrar en tu habitación. No hay más opciones.
—Ya te vale. Seguro que no te gusta ninguno.
—Bueno. No voy a considerar si me caen bien o mal. Solo si son o no peligrosos. Eso es todo.
Y antes de que Clara pudiera protestar, se apresuró a añadir.
—Pero solo podrán entrar a tu habitación y nunca, nunca, podrán visitar ninguna otra parte de la casa a no ser que lo programemos con suficiente antelación.
—Ni que esto fuera el Palacio Real —ironizó Clara.
—Hay peligro.
—Pero tú puedes dar cuatro pasos de tus polvos mágicos y ya está.
—Clara, no frivolices.
—Es que me siento como la princesa del guisante… Que solo falta que les hagas pasar por pruebas para ser mis amigos. Como en un reality…
—¿Un qué?
—Déjalo, tío. Que lo haremos como tú quieras y ya está.

Finalmente se programó la fiesta. Sería el dieciséis. Alquilarían una sala en un local un tanto alternativo que tenía su encanto, y a las doce de la noche habrían acabado.
—Un sitio céntrico al que podrán acudir los padres… —dijo Gabriel. Clara puso los ojos en blanco—. Los padres, he dicho.
—Si van a venir padres será un muermo de fiesta.
—Eso no es negociable —aclaró Gabriel y continuó—. Y allí, con el protocolo y las parafernalias necesarias, te presentaremos en sociedad.
Clara se quedó boquiabierta. ¿Presentación en sociedad? ¿Cómo?
—¿Una puesta de largo? —A Clara se la llevaban los demonios—. ¿Estás loco? ¿Te crees que soy como esas pijas de la tele?
—¿Quiénes?
—Olvídalo. —Clara fue contundente—. Ni hablar. Fiesta de agradecimiento, de bienvenida, o de lo que quieras menos de «presentación en sociedad». O «puesta de largo». O cualquier otra cosa que suene a «mi sobrina ya tiene edad para entrar en el mercado de solteras que buscan marido». No; por encima de mi cadáver.
Óscar y Gabriel se miraron, negando con la cabeza. «¡Adolescentes!».
3
«Es imposible».
Eso se decía Antoine Lachance una y otra vez, como si esperara que lo que había descubierto se desvaneciera si lo repetía suficientes veces. Observaba, desconcertado, los nombres que había extraído de sus notas. Entre esos nombres tenía que encontrarse el del topo al servicio de Ramyr. Pero no podía ser ninguno de ellos. Y sin embargo…
Había pasado meses en la Biblioteca de Ismara investigando sobre la familia Riglos y el Alquimista Oscuro, buceando entre lo poco que la Hermandad no había robado o destruido cuando arrasaron las salas de Genealogía y Heráldica en la última guerra. Miles de ejemplares descritos en el Index habían desaparecido para siempre. Incluso las fichas, que registraban automáticamente fechas y datos de cada consulta, habían sido destruidas.
Pero esa misma mañana había descubierto que una obra sobre Ramyr podía haberse salvado del saqueo. Una reseña indicaba que la habían ocultado en otra sala de la Biblioteca. Sin embargo, no aparecía en el Index correspondiente, y sin esa referencia sería imposible de encontrar entre miles y miles de volúmenes.
Tras buscar sin resultado la ficha del libro u otra referencia en los archivadores, había creído ver un leve resplandor verdoso al fondo del mueble, más intenso cuanto más acercaba el medallón. El tipo de fosforescencia típico de la Societas. El origen de la luz estaba al fondo del cajón, adherido a la pared del mueble; una tarjeta con la nomenclatura de la Biblioteca para indicar situación de un libro: II-16-Bz-α.
Pero allí tampoco encontró La conjura de Ramyr. Parecía una gymkana que no acababa nunca. ¿Gymkana…? ¡Claro, eso era!; ¡una pista más! Buscó resortes, trampas, dobles fondos… nada. Pasó el medallón por el lomo de los volúmenes… y entonces, sí, uno de ellos se iluminó débilmente. Lo abrió.
Estaba hueco, y en su interior encontró una gran cantidad de fichas de libros que hablaban de Ramyr y de los Riglos. Libros que se habían salvado de la guerra y que Antoine había buscado sin éxito durante semanas. Alguien los había ocultado, y ahora conocía su nueva localización: en el Reservorio de la torre donde se restauraban los volúmenes deteriorados.
Tampoco en la torre había rastro de ellos. Alguien con acceso a la Biblioteca los había hecho desaparecer mucho después de la guerra, hacía menos de veinte años; alguien que no quería que fueran encontrados; alguien que era un miserable traidor. Alguien, no obstante, que había pasado por alto un hecho: las fichas se habían conservado y ahora seguían reflejando, tozudas, las últimas personas que habían consultado cada libro y en qué momento. Y Antoine tenía ante sí los nombres de esas personas:
La alcaldesa de Ismara, Sophie, Óscar, Rebeca, Natalia y Gabriel.
Por eso se repetía que era imposible. Habría puesto la mano en el fuego por todos. Y, sin embargo, uno de ellos tenía que ser el topo.
4
—No me has invitado —dijo Daniel, molesto. Clara no contestó. Su fiesta era la comidilla del instituto y ella aún no había decidido si le gustaba o no ser el centro de atención hasta ese punto.
—No —le contestó Nuria—. Ni lo hará. No queremos imbéciles que solo buscan una cosa.
—Vale —replicó Daniel, despectivo—, pero ¿por qué no dejas que me conteste ella? No me gusta tu voz.
—Ya la has oído. —Esta vez sí era Clara—. No te he invitado porque no quiero que vengas.
Daniel acusó el golpe.
—Te equivocas conmigo —alegó—. Entendiste mal lo que te dije. Me gustaría que me dieras la oportunidad de probarte que no soy el capullo que todos creéis que soy. Lástima. Pensé que tú y yo teníamos mucho en común.
—Sí, el instituto y un cromosoma X —se burló Nuria, emocionada por poder meter «cromosoma X» en una frase.
Clara sonrió; Daniel también esbozó una mueca amarga y se dio media vuelta, resignado. A Clara le podían los cachorrillos mojados con mirada triste y estuvo a punto de pararle, pero Nuria la agarró del brazo y musitó: «Ni se te ocurra».
Clara se lo agradeció. Aunque a veces Nuria podía ser un poco dictadora, lo cierto es que sin ella no hubiera podido sobrevivir en Bosca. Sin ella y sin Inés. Eran como mosqueteras, todas para una y una para todas. Y en la preparación de la fiesta se encontraron con su D’Artagnan: Ana, una chica de la edad de Clara que estaba en el equipo local de Gimnasia Rítmica. Inés la había conocido en los ensayos de la función de Navidad, y cuando la presentó en el grupo, congeniaron enseguida. Las tres le ayudaban en lo que podían (o en lo que Gabriel les dejaba, porque no tenían permitido entrar en el local) y gracias a ellas Clara estaba consiguiendo disfrutar un poco de los preliminares.
La semana se convirtió en un no parar de imprimir invitaciones, elegir decoraciones y hacer collares, esto último a cargo de Óscar y Gabriel. Con tanto movimiento, a Clara casi se le había olvidado que quería conectarse a internet.
Casi.
Durante los desplazamientos al salón donde se iba a celebrar la fiesta, había localizado un cibercafé en una calle cercana. Como Gabriel se negaba a que los amigos de Clara le ayudaran dentro del local, siempre iba allí sola. Y en uno de los viajes, aprovechando que ni Gabriel ni Óscar venían con ella, entró en el establecimiento, pagó la tarifa mínima y se sentó, al fondo, frente a un ordenador. Suspiró un momento antes de entrar en su cuenta de Facebook. Introdujo su email: ccarrasco789@hotmail.es…
O lo intentó, porque cuando intentaba escribir «Carrasco», en la pantalla aparecían otros caracteres. Menuda mierda el amuleto ese.
Se lo quitó; nada. Lo guardó en el bolsillo; nada. Le pidió a la chica que atendía el Cíber que se lo guardara…; nada. Debía tener un radio de acción enorme.
Tendría que abrir una nueva cuenta de correo.
Al cabo de un rato la tenía configurada: csanchez789@hotmail.es (cuanto más se pareciera a su correo antiguo, más fácil sería que supieran quién era). Ya podía crear una cuenta de Facebook con su nuevo nombre. Intentó usar la cámara del ordenador para hacerse una foto, pero solo obtuvo una masa de colores remotamente humanos en donde debía estar la cara. Lo intentó un par de veces más, sin éxito. La computadora debía estar estropeada. Pues sin foto, qué demonios. Abrió su cuaderno de notas, dispuesta a enviarle un correo a Adolfo… Y entonces se dio cuenta de que con el apellido cambiado y sin una foto iba a ser difícil que la reconocieran.
Cuando estaba dándole vueltas a la solución del problema, miró por la ventana y vio a su tío dirigirse al local del cumpleaños. Se levantó a toda prisa y salió corriendo; tenía que llegar antes que él o se acabarían las escapadas sorpresa. Evitó el recorrido que seguía Gabriel, metiéndose por calles secundarias, y logró entrar en el local segundos antes de que su tío llegara.
Al menos ya tenía configurada la cuenta. La próxima vez, la usaría.
5
Bruno Candial había dormido en Ismara. Desde los ataques de la Hermandad, cada vez lo hacía más a menudo. Siempre se había sentido más seguro en Ismara que en la superficie, pero ahora no era una cuestión de percepción. La superficie era peligrosa. Bruno era de la vieja guardia, de los pocos que aún se negaban a rodearse de electromagnetismo, módems, routers y todos esos aparatos modernos. Que le dieran un buen par de legajos, oliendo a polvo y ácaros, algo tangible, y lo verían disfrutar.
A las cinco encendía el fuego en su tahona, una de las pocas panaderías con horno de leña que quedaban en Bosca, y allí se dirigía cuando vio a Antoine salir de la Biblioteca de Ismara. Bruno observó cómo miraba a uno y otro lado antes de dirigirse a una de las salidas. Le pareció que no quería ser visto, y él mismo se ocultó. No era una hora habitual y ese comportamiento era sospechoso. Habían empezado a correr rumores insistentes sobre la presencia de un topo en la Societas, y no tenía ninguna intención de acabar con la cabeza separada del cuerpo. Esperó a que Antoine saliera de Ismara y, minutos después, hizo lo mismo.
Cuando Natalia acudió, como todos los días, a comprarle el pan, lo comentó con ella. Pero Natalia le restó importancia. Antoine estaba investigando la historia de los Riglos y su relación con Ramyr. Era normal que estuviera en la Biblioteca. Y en cuanto a la hora… ¿cuántas veces no se habían quedado ellos estudiando o leyendo hasta la madrugada?
Mientras Natalia salía de la panadería, Bruno se preguntó si no sería oportuno hablarle a Antoine de los libros del reservorio, que Gabriel descubrió y sirvieron para deducir que su sobrina podía ser el instrumento que estaban esperando. ¿Quién los tenía ahora? Había sido una investigación complicada, trabajando cada uno por su lado, unos en Ismara, otros en Bosca, o en Francia… ¿Seguían los libros en la Biblioteca o se los había quedado alguno de los investigadores? Natalia, Gabriel, Sophie… Sophie era como una madre para Antoine. Si los tenía ella, Antoine habría podido consultarlos. ¿Óscar…? Tal vez. O Mónica, aunque, desde que era alcaldesa, sus trabajos como investigadora estaban un poco estancados. Los libros se habían repartido entre ellos, de eso estaba seguro, pero juraría que se devolvieron al reservorio. Cuando volviera a ver a Antoine, se lo comentaría.
6
—Estás pillando fama de pija —dijo Nuria, en tono confidencial.
Clara casi se atragantó con la manzana. Acababan de terminar el primer bloque de clases y estaban almorzando en el patio. Miró a su amiga, atónita.
—¿Qué?
—Es lo que comentan todos. Por lo de la fiesta —añadió—. Todos la llaman ya Sweet Sixteen.
—No me fastidies —se quejó Clara, mirando suspicaz a su alrededor. Le pareció ver caras que la miraban con expresiones de desaprobación. ¿O es que se estaba emparanoiando?
—Sí. Y todos esperan que te regalen una moto, un apartamento en la playa o cualquier otra historia de esas; que salgas a cantar Mamma Mia o algo así con un coro de bailarines profesionales y que invites al Dani Martín o algún famoso. Como si fueras yanqui.
—¡Venga ya!
—Pues sí —confirmó Nuria, y luego, conciliadora, añadió—. Pero no hace falta que hagas nada de eso. Con las piñatas, alguna bebida y patatas fritas, a mí me parece que ya está bien.
—Pero es que ni siquiera es mi cumpleaños, que es en febrero… Eso ha sido idea de mi tío, que quiere… —No; mejor que no le contara a Nuria las paranoias de su familia, porque si se daba cuenta de lo grillados que estaban todos, ya la podía dar por perdida—. …bueno, tonterías suyas.
—Que a mí me gusta la fiesta, de verdad. Yo solo te cuento lo que hay. Y oye, si tú y yo sabemos que no eres ni pija ni rara, lo que piensen los demás da lo mismo, ¿no?
Sí, claro que daba lo mismo… Que te marcaran como la frikie-pija al mes de llegar a un instituto era lo mejor que te podía pasar… Si buscaba argumentos para un cuento costumbrista, ya tenía uno, con ella de personaje principal.
A cada segundo odiaba más esa maldita fiesta.

Pero llegó el día. Gabriel tenía preparadas cientos de guirnaldas, una para cada invitado, que brillarían en la oscuridad. Primero en blanco, pero un par de minutos después de ser colocadas, se colorearían en tonalidades que irían del verde lima al azul eléctrico y del rosa chicle al ámbar. Gabriel le explicó el código: azules y verdes podían ser invitados a su casa sin problemas; del rosa al amarillo, con reservas (solo si una exhaustiva investigación los identificaba como no peligrosos). Pero las que brillaran en ámbar marcarían a alguien peligroso y esa persona debería ser neutralizada de inmediato.
—¿Asesinada? —preguntó Clara, entre asustada y esperanzada—. Porque tengo un par de nombres en mente…
—No —remarcó Óscar, riendo—. Neutralizada. Hay compuestos que producen pérdidas selectivas de memoria. Recordarán entrar en la fiesta, pero nada más. Y luego tendrán muchas dificultades para memorizar cualquier dato que se refiera a ti.
—¿Y cuándo me enseñaréis a hacer esos conjuros? —preguntó Clara. Si algo se le estaba haciendo evidente era que los aparatos que construía la secta de su tío funcionaban. ¿Habría parte de verdad en lo que le habían contado? Tal vez. Claro que de ahí a tragarse lo de la conspiración contra su familia había un mundo.
—Ni un segundo antes de que dejes de llamarlos conjuros —concluyó Gabriel—. Te lo repito; esto no es magia. Es como si llamaras poción al jarabe contra la tos, o maleficio a la quimioterapia.
—Bueno —ironizó—, pues cuándo aprenderé quimioterapia.
Gabriel y Óscar se rieron, a su pesar. Pero debían darse prisa, porque la fiesta empezaba a las siete y ya eran las cinco y media.
—Corbata… bueno. Pajarita no —opinó Clara, viendo que su tío se estaba probando lazos por encima de la camisa —. No vayas a parecer un viejo.
—Cada uno parece lo que es… Vale, llevaré pajarita —Clara le clavó la mirada—. Era broma, era broma. Corbata. ¿Lunares, rayas…, paramecios…?
Eligieron una verde oscuro con dibujitos para Gabriel y otra mostaza con rayas muy finas verde esmeralda para Óscar.
Estaban muy guapos, pensó Clara, «para ser tan mayores».
Se pusieron en la puerta, dando guirnaldas a tutiplén, desbordados por la cantidad de gente que había acudido. No solo los alumnos, sino sus padres, los profesores… media Bosca estaba allí… bueno, tal vez solo parte, pero sí casi todo el instituto. Y el verde y el azul eran los colores predominantes en la sala, iluminada con una luz suave que permitía ver las caras y las guirnaldas. Inés llevaba una azul celeste, Nuria, otra de un verde eléctrico, la de Ana, violeta… y se le veía bastante acaramelada con un chico que se había dado dos vueltas al cuello con una de color verdeazulado. Algún amarillo ocasional, pero ningún rosa o ámbar.
—¿Con quién está Ana? —le preguntó Clara a Inés.
—Con Juan —respondió esta—. Ya llevan unos días tonteando.
Juan. Clara recordó haberle visto por el instituto. Un chaval guapete, alto, que jugaba al baloncesto y hacía teatro. Le hizo gracia que esos dos se juntaran. Nuria se acercó.
—Venid —dijo, riendo—, que nos hacemos un selfie.
Las tres se abrazaron, divertidas y se hicieron la foto.
—Clara, tú siempre igual —se quejó Nuria, mirando el móvil—. No sé cómo lo haces, pero siempre sales borrosa…
Clara se hizo la loca, pero entendió qué pasaba: no era culpa del ordenador ni de la cámara; el amuleto impedía que se le viera en las fotos. Vaya con los alquimistas.
—Por cierto —añadió Nuria—; Pablo quiere preguntarte algo. Dice que es privado y que no quiere que te lo tomes a mal.
—¿Y por qué me lo preguntas tú?
—Porque él dice que no quiere que le cojas manía por hacer preguntas raras y que como soy tu mejor amiga y blablablablablá…
—Si puedo contestárselo —Clara suspiró—, adelante.
—Seguro que quiere preguntarte si los colores de las guirnaldas tienen que ver con la orientación sexual —se burló Nuria—. Desde que salió del armario, ve gays por todas partes.
—Vamos, dile que venga antes de que le dé un yuyu por comerse la cabeza.
Nuria se marchó riendo y al poco volvió con Pablo.
—Los colores no tienen nada que ver con lo sexual —se adelantó Clara.
—No es eso. —Pablo se estaba poniendo colorado—. No, déjalo, que seguro que te cabreas.
—Pues entonces no me lo preguntes.
—Es que no lo sé. A lo mejor ni te molesta ni nada. Pero a mí me gustaría mucho saberlo.
—Pablo: escupe.
—¿Tus tíos están casados?
Vaya pregunta. ¿Y para eso tanta parafernalia?
—No. O sea, no lo sé. Desde luego, yo no he conocido a sus mujeres.
—No. Digo entre ellos. Que si son pareja, vamos.
—¿Cómo? —La verdad es que no se le había ocurrido pensarlo. Pero dos hombres adultos, viviendo juntos… ¿Óscar y Gabriel eran matrimonio? Los miró e intentó verlos de la manera en que los veía Pablo. Tendría que preguntárselo.
—Pues ni idea. Aunque también puede ser que tengas estropeado el radar gay y veas solo lo que quieres ver.
—Me encantaría que lo fueran. Hacen una pareja tan mona. Y serían el primer matrimonio gay que conozco en Bosca.
—¿Aquí no hay ninguno?
—Alguno habrá, supongo. Pero desde luego no van de la mano por la calle. O yo no los he visto. Y si le presento a mi madre uno que no sea de famosos que se tiran los trastos a la cabeza, a lo mejor deja de sufrir un poco por mí.
—Haré lo que pueda.
La fiesta fue acabándose. La gente empezó a retirarse a eso de las once y hacia las doce ya no quedaba nadie en la sala. Clara buscaba el instante oportuno para hacerles la pregunta. «Que luego no es todo tan sencillo. ¿Y cómo se lo dices? ¿De sopetón? ¿Con preámbulos? ¿Y si se lo toman a mal? ¿Y si me dicen que qué me importa a mí?».
Y entonces llegó Daniel. Iba algo achispado y Óscar, que en ese momento hacía las veces de portero, le impidió el paso.
—Solo quiero hablar con Clara —dijo, con la lengua espesa.
—Pero sin entrar. —Óscar intentó ponerle una guirnalda alrededor del cuello, pero Daniel se zafó y entonces vio a Clara.
—¡Claraaa! —gritó, arrastrando la erre.
La muchacha se volvió, extrañada.
—No estás invitado y encima vas borracho —le dijo—. ¿Qué es lo que quieres?
—No puedo dejar de pensar en ti —balbuceó Daniel y empezó a llorar.
«Vaya, la ha pillado llorona» —pensó Clara, e inmediatamente se arrepintió por esa crueldad.
—¿Qué haces bebiendo? —acabó preguntando, y el tono de la pregunta le salió agresivo, tal vez demasiado, casi como un interrogatorio.
—Cumpliré dieciocho dentro de seis meses —respondió él, casi infantil.
—Ya. Pues seis meses son medio año. O sea, que no los tienes. —¿De verdad estaba echándole la bronca? ¿a qué venía esa conversación? ¿por qué tenía que importarle que Daniel bebiera o dejara de beber? No tenía respuesta. Ni siquiera sabía por qué estaban hablando, pero continuó:
—Y aunque fueras mayor de edad, ¿qué haces bebiendo?
—Necesitaba valor para hablar contigo —contestó Daniel e hizo un movimiento absurdo intentando besarla.
Clara se apartó, rechazándole.
—Mira, Daniel, no me seas pulpo —dijo—. Que serás muy guapo y todo lo que tu quieras pero no me interesas, ¿vale? Y menos borracho.
—No te intereso….
—Vete a casa, duerme y mañana, sereno, hablas conmigo, ¿eh?
Óscar, que no se había movido esperando ver el cariz que tomaban las cosas, acercó una guirnalda. Clara la recogió.
—Pónsela —le pidió Óscar.
Lo intentó como pudo, pero Daniel se la quitó de las manos y empezó a jugar con ella.
—Me la pongo si me dices que me quieres, aunque sea un poquito —masculló, inclinándose de nuevo hacia Clara—. Me gustas mucho. De verdad.
—Ya vale, Daniel —respondió la muchacha, esquivándolo otra vez—. Vete a dormir. Si te quieres poner la guirnalda, te la pones y si no, no. Pero no voy a hablar contigo tal y como vas.
—Pues te la pones tú. —Daniel tiró la guirnalda, se dio la vuelta y se alejó tambaleándose.
Clara quiso ir detrás, pero Óscar se lo impidió:
—Deja que le dé el aire. No va tan borracho como para tener problemas. Solo necesita dormir y aclararse las ideas.
—Vale.
—Clara…
—¿Sí?
—Ten cuidado con él. Ha tirado el collar sin ponérselo. No sabemos si es de fiar.
7
Esa noche Clara tuvo un sueño extraño. Su tío tenía un laboratorio como el del doctor Frankenstein, lleno de retortas, probetas, jaulas de Leyden y rayos cruzándolo de lado a lado. Guardaba en cajas de cristal los cadáveres verdosos de María y Fernando, los profesores asesinados del IES Lope de Vega, con tornillos en el cuello. Óscar y él bailaban un frenético vals y terminaban en un beso apasionado. Mientras, Daniel observaba la escena. Llevaba una guirnalda que relucía con un ámbar intenso, casi rojo, mientras repetía:
—Eres el amor de mi vida, eres el amor de mi vida, eres el amor de mi vida.
Su tío dejó de besarse con Óscar y se lanzó contra Daniel blandiendo una espada. Lo atravesó de una precisa estocada y el ámbar del collar y el rojo de la herida se juntaron en un surtidor que atravesó la estancia formando arabescos mientras una voz repetía: «Oterkes le se ese, oterkes le se ese».
Clara se despertó, sudando. Durante unos instantes no supo dónde estaba. Un perro ladraba en el parque y ella se asomó a la ventana. Bajo una farola, en la calle, le pareció ver a alguien de pie, mirando hacia la torre. ¿Daniel, quizá? No pudo verlo con más detalle; en un parpadeo, había desaparecido.
«Como en el tanatorio» —pensó.
Fue como si atravesaran su estómago con una lanza. Revivió una vez más la muerte de sus padres con la misma intensidad que si se hubiera producido ayer. El dolor era agudo, penetrante, se abría hueco desde su vientre hasta la garganta. Todos los reproches, todas las justificaciones, toda la culpa, todas las excusas viajaban con él, hendiendo sus entrañas, destrozándola por dentro. No pudo más. Se aferró al alféizar unos segundos, luchando contra el vértigo que le incitaba a saltar y terminar con todo. Luego se apartó de la ventana y se dejó caer, llorando, sobre la cama.
XII
LA HERMANDAD SE ACERCA
1
Bruno no era un hombre valiente. Sabía cuál era su sitio dentro de la Societas y asumía la necesidad de tomar parte en la lucha, pero no estaba hecho para afrontar peligros. Lo suyo era el estudio y la investigación, sumergirse en antiguos manuscritos. Era realmente bueno en eso. Pero el enfrentamiento directo no era cosa suya. Prefería cumplir con su deber en la retaguardia, lejos de luchas desequilibradas o temerarios hechos de armas de los que tanto disfrutaban sus compañeros. Bruno era un hombre sensato.
Y sin embargo allí estaba, en la orilla izquierda del Ebro, a la altura de la basílica del Pilar, esperando que vinieran a entregarle el encargo más peligroso de las últimas décadas. Él, que jamás lo hubiera querido, tenía que hacer el trabajo en persona.
Los hombres de la Hermandad habían atacado en Madrid hacía un mes y, dos noches atrás, en Lyon, aunque sin víctimas. Y había habido encuentros desafortunados en Graz y Boston. Él no habría aceptado la tarea. No soportaba el dolor, ni la presión. Era un hombre de paz. Tal vez un cobarde para otros estándares, aunque a él le gustaba definirse como prudente. No le gustaba la guerra; ¿qué había de valioso en una generación de muertos?
Ya pasaban de las cuatro y nadie acudía. No solo no era valiente; tampoco toleraba la impuntualidad. Tenía que poner en marcha su tahona. Si a las cinco y media no había empezado a cocer la masa sus clientes de Bosca no tendrían pan. Pero estaba en Zaragoza, soportando que el húmedo frío de la madrugada le calara los huesos.
El retraso de hoy podía significar otra cosa, pero prefería no pensarlo. Miró de nuevo a su alrededor y se puso en contacto con Natalia. Tener un móvil era la única concesión que estaba dispuesto a hacerle a las nuevas tecnologías, pero solo por necesidad, y a regañadientes.
—¿Ya? —preguntó Natalia, decidida, apenas descolgó el teléfono. Era una mujer enérgica, de rizos castaños y sonrisa perpetua. Pero ahora sonaba preocupada.
—No ha venido nadie. Yo no puedo esperar mucho más, así que, si no viene en diez minutos, no habrá entrega.
—Imposible. Algo le ha tenido que pasar. Es casi tan puntual como tú. Si fuera a retrasarse, habría avisado.
—Solo hay dos explicaciones. —Bruno odiaba subrayar lo obvio—. Ha sufrido un accidente y no puede comunicarse o…
—O la han detenido. —La voz de Natalia tembló levemente.
—¿Te ha llegado…? —preguntó él, con un nudo en la voz. No había sentido nada, pero quería asegurarse.
—No. —Natalia consultó el mapa que tenía delante. Dos octógonos minúsculos parpadeaban en Zaragoza, en los alrededores del Puente de Piedra. Lamentó para sus adentros no tener un pergamino más preciso—. Su medallón sigue intacto. Está viva y a unos cincuenta o cien metros de ti, por lo que veo.
Bruno respiró aliviado. Vio entonces cómo algo se movía entre la niebla.
—Viene alguien. Debe de ser…
Natalia vio en el mapa que las dos señales se separaban.
—No, Bruno; no es ella —urgió—. Sal de ahí ahora mismo.
Bruno colgó intentando no hacer ruido. La sombra ganó en definición. Era grande, flanqueada por dos bestias, y se le estaba acercando por la ribera del Ebro.
Tenía que huir.
Con cautela, se acercó a las escaleras que subían desde la orilla del río. En el segundo tramo de escalones había una entrada, pero llevaría un par de minutos hacerla practicable. Tenía que hacerlo sin que el Hermano o las bestias lo localizaran. Por fortuna, la brisa que soplaba desde el cauce alejaba su olor de los lykos.
Contó los escalones mientras ascendía. En el decimosexto estaba la entrada oculta. Un jadeo animal lo sobresaltó; el sonido de una bestia que husmeaba al pie de las escaleras. No podían verle, pero aún así se arrimó a la pared mientras palpaba el peldaño buscando un relieve octogonal. Cuando lo encontró, insertó en él el emblema de la Societas. Una oquedad empezó a materializarse, mostrando unos escalones descendentes. Cuando se disponía a entrar en ella, oyó que los pasos se acercaban. Si se apresuraba tal vez consiguiera desaparecer antes de que lo alcanzaran, pero lo verían entrar y eso inutilizaría para siempre esa entrada secreta. No podía arriesgarse. Extrajo el medallón y la oquedad volvió a desaparecer. Solo quedó roca sólida donde un segundo antes se estaba abriendo un pasadizo.
Su móvil vibró. Un SMS. Bruno se sobresaltó y contuvo la respiración, esperando que no lo hubieran oído. Y luego se sorprendían de que odiara la tecnología inalámbrica. Se pegó aún más al parapeto de la escalera, cobijándose en las sombras. Sacó el teléfono, cubriéndolo con cuidado para que la luz no lo delatara y leyó el mensaje de Natalia: «El contacto ha visto peligro y se ha ido. Vete de ahí. No hay entrega». Menuda noticia.
Un encapuchado gris salió de la bruma acompañado de una segunda bestia. Bruno se giró con lentitud, intentando evitar ser descubierto y comenzó a subir, pegado al murete de mampostería que servía de baranda, pero su medallón rozó con la pared haciendo un leve ruido metálico.
El Hermano lo vio; lanzó un grito y las bestias comenzaron a subir las escaleras. Bruno empezó a correr con todas sus fuerzas. Desde los ataques de Madrid, todos los miembros de la Societas llevaban un silbato de ultrasonidos para alejar a las bestias. Bruno lo sacó de su bolsillo e intentó soplar. Sus jadeos no le permitieron extraer un sonido lo bastante continuado y potente. Emitió una breve nota entrecortada, pero fue suficiente para que las bestias se detuvieran, desorientadas. Bruno siguió corriendo y atravesó el Puente de Piedra, dirigiéndose hacia la catedral de La Seo. Había aparcado el coche en la calle San Vicente de Paul, junto al conservatorio, pero el pasadizo bajo el Arco del Deán estaba más cerca. Si lograba despistarles, en apenas cinco minutos se pondría a salvo.
Unos doscientos metros más allá se dio cuenta de que no lo seguían. Durante un segundo, Bruno se sintió orgulloso de su forma física. De algo servía usar la bicicleta para moverse por Bosca. No obstante, se metió la cápsula en la boca, por si acaso lo alcanzaban, y volvió a correr. El aire le ardía en los pulmones. Lanzaba a cada espiración una bocanada de vapor tan espeso que casi le impedía ver.
Entonces un aullido aterrador cruzó la noche. Delante de él. Y otro le contestó detrás, sobre el Puente de Piedra. A su izquierda, surgiendo de las sombras, apareció un encapuchado blandiendo una espada. Hacia la derecha parecía su única salida. Pero su coche y la entrada estaban a su izquierda… Decidió jugársela. Se dio la vuelta y corrió hacia atrás, hacia el puente, torciendo de inmediato para tomar el Paseo Echegaray y Caballero en dirección a la calle San Vicente de Paul. Si lograba llegar a su coche, tal vez allí…
El monje pareció vacilar un segundo antes de perseguirle. Un automóvil venía hacia ellos. Bruno respiró, aliviado y se dirigió hacia el vehículo. El monje preferiría desaparecer antes que ser visto. Aquí no había excusas para un disfraz y la Hermandad había llamado demasiado la atención en Madrid. El coche lo vio y frenó. Bruno llegó hasta la ventanilla del conductor, que la bajó con parsimonia. Vestía un hábito gris.
El hábito de la Hermandad.
Bruno se giró para huir y allí estaban el otro hermano y sus dos bestias, cerrándole el paso. Él no era un valiente y tampoco amaba las armas. No llevaba espada, ni dagas, ni pistola. Solo una sepia de racimo. La soltó. Humo negro y denso se esparció a su alrededor, multiplicándose y dificultando la visión. Pero la mano enguantada del conductor del coche alcanzó su brazo y lo atenazó con una fuerza sobrehumana. Sintió la primera estocada en el costado derecho. Mordió la cápsula y notó como la herida se cerraba casi al instante. El segundo golpe le alcanzó los riñones y el efecto de la cápsula también lo curó. Bruno tomo impulso y lanzó un puñetazo hacia la cara del cruzado al volante del coche. El monje recibió el impacto y aflojó la presión sobre el brazo de Bruno, momento que este aprovechó para zafarse y echar a correr. En cuanto salió de la cobertura protectora del humo, las dos bestias se le abalanzaron, mordiéndole con saña en piernas y brazos, y lo tiraron al suelo. El monje se acercó y le colocó la espada en la garganta.
—¿Quién es y dónde está?
Bruno calló. El encapuchado golpeó el suelo con el tacón y una hoja afilada salió de la puntera de su bota metálica. Se la clavó en el muslo de una patada. Bruno gritó de dolor.
—Dime quién es y dónde está.
—No sé de qué me hablas.
—El Señor sabe que os estáis moviendo mucho, por todos lados. Y eso solo quiere decir que ya ha aparecido y lo estáis protegiendo.
—Tu señor es un paranoico. Siempre lo ha sido.
El cruzado retorció la puntera en el muslo de Bruno, haciéndole gritar de dolor.
—¿¡Dónde está!?
Bruno no era un valiente. Pero sabía lo que estaba en juego. Si seguían con el interrogatorio, tal vez no pudiera resistir el dolor. Intentó incorporarse.
—Tu señor lo sabrá cuando sea demasiado tarde —dijo, desafiante—. Sus delirios acabarán pronto y él desaparecerá para siempre. Y todos vosotros, traidores a todo lo humano, peleles de un monstruo, sombras infames de lo que una vez fue un hombre, moriréis con él. Muerte a Ram…
Diciendo esto, se lanzó contra la espada del encapuchado. La hoja abrió su garganta como una flor para cerrarse inmediatamente después envolviendo el arma. El encapuchado retiró la espada y Bruno cayó al suelo. El encapuchado permitió que se incorporara para segar su cuello de un tajo.
La cabeza rodó a dos metros del cuerpo mientras las heridas de ambas partes seguían cicatrizándose, hasta que la vida escapó del cadáver y el efecto del elixir cesó.
Un tenue humo verdoso abandonó el medallón de Bruno Candial y sus filigranas se fueron desvaneciendo hasta desaparecer por completo, como si nunca hubieran estado allí.
2
Natalia vio su propio medallón brillar un segundo y apagarse de nuevo. Luchó por reprimir su ira y no destrozar el mapa que tenía frente a sí. «A todos —pensó —, los estamos perdiendo a todos».
Pero no había tiempo para lamentaciones. Se dirigió a la calle Berta de Aragón, junto a la catedral de Bosca. Entró en el portal de una vieja casa y subió hasta el tercer piso. Desde allí se tenía una visión envidiable de los arbotantes del gótico tardío que coronaban la iglesia, pero no era el momento de reparar en el paisaje. Recogió todo lo que pudiera revelar algo de las prácticas secretas de Bruno, contuvo unas lágrimas de rabia y acto seguido salió del edificio, dejando una vela incendiaria autoextinguible en el centro del salón. Sabía que el fuego lo consumiría todo, pero se limitaría solo al departamento que acababa de visitar; no obstante, por si acaso, llamó a los bomberos y no se movió de los alrededores hasta asegurarse de que habían llegado. Luego bajó por unas viejas escaleras de piedra y allí, en un recoveco protegido de las miradas de la calle inferior y la superior, apoyó su medallón sobre uno de los sillares.
Una parte del muro se venció, mostrando una oquedad del tamaño de una pequeña puerta de la que partían unos escalones. Natalia inició el descenso. La pared se cerró tras ella y las junturas de la puerta se solidificaron y desaparecieron como si allí nunca hubiera habido una abertura.
3
Al día siguiente la noticia se comentaba en bares, oficinas, escuelas e institutos de Bosca: Bruno Candial, el panadero, había aparecido decapitado en Zaragoza, junto al río, muy cerca de la Lonja.
Clara se quedó de piedra al enterarse. Su tío había pasado todo el día en esa ciudad, supuestamente por asuntos de trabajo.
—¿Decapitado? ¿Cómo? —se atrevió a preguntar, aunque ya imaginaba la respuesta.
—Con una espada, de un tajo —contestó Ana, retorciendo nerviosa un mechón de su pelo castaño.
—¿No pasó algo parecido en un instituto de Madrid? —dijo alguien.
Y empezó una lluvia de comentarios, algunos de bastante mal gusto. Clara no podía dejar de pensar. Dos muertos en Madrid. Y ahora… Su tío podía soltarle miles de discursos sobre amistad y fraternidad, el destino de su familia o lo que quisiera: estaba en Zaragoza mientras decapitaban a un hombre. No podía negar la relación. Cada vez estaba más claro. No habían huido de Madrid para alejarla de los asesinos, sino para que no detuvieran a Gabriel. Tal vez fuera alquimista o tal vez no; lo único evidente es que era culpable. Clara tenía que alejarse de allí.
4
—Fíjate en el borde de la herida —señaló el forense frente al cadáver de Bruno.
—Venga, Ricardo, que no tengo estómago para detalles —replicó el inspector—. Dime lo que quieres decirme y ahórrame arcadas.
—Que es como si la víctima hubiera llevado la cabeza cortada por los bordes y unida al centro unos dos meses antes de que se la cortaran del todo. Que la herida externa está cicatrizada. Pero eso es imposible; tendría que haber sobrevivido dos meses sin recibir sangre a través de la yugular. No. Este tío cicatrizaba a una velocidad de vértigo. Más rápido que nada que haya visto nunca. Esto es raro, Mariano, raro de verdad.
El móvil de Mariano Melendo, el inspector jefe de la Brigada de Homicidios de la Policía Nacional en Zaragoza, empezó a sonar. Contestó, asintió varias veces en la conversación y colgó por fin, visiblemente cabreado.
—Los de Madrid —dijo, con un mal disimulado desprecio—, que vienen de visita. Están esperándome en comisaría. Una forense y una inspectora. A enseñarles oficio a los de la periferia. Si alguna vez montan la policía autonómica, me voy allí de cabeza.
—Paciencia, Mariano, que dan la vara un par de veces al año y luego te dejan en paz. No esperarías que le dejaran una decapitación ritual a un inspector de provincias, ¿verdad?
El inspector jefe Melendo gruñó un monosílabo ininteligible y salió del hospital.

El teniente lo recibió en la comisaría, nervioso y alterado. Lo puso al día:
—Que dicen que es un asesino en serie, jefe. Ya ha matado dos veces en Madrid.
Dos mujeres esperaban junto a su despacho.
—Silvia García Flores, de la Sección de Análisis de Conducta —se presentó la más joven. Tendría unos treinta años y un rictus severo en el rostro.
—Mariano Melendo, Inspector jefe.
—Noelia Rodríguez, forense, pero llámeme Noe.
—Bien —dijo el inspector—¿qué quieren hacer?
La forense habló primero.
—Me gustaría ver el cadáver.
—Aunque antes deberíamos visitar el lugar de los hechos —interrumpió Silvia—. Es un caso muy atípico. En España no se suelen dar los asesinatos en serie. Y normalmente las víctimas tienen alguna relación. Pero aquí no coincide ni el sexo, ni la ocupación: dos profesores del mismo instituto y un panadero.
—Ah, ¿ya saben a qué se dedicaba el muerto…? —el inspector no podía evitar que sus palabras destilaran cierta socarronería—. Muy impresionante. La comunicación fluye, desde luego. Hay algo muy raro en su cadáver, pero estoy seguro de que, con su experiencia, encontrarán enseguida una explicación. ¿Vamos?
5
En el recreo, Clara buscó con la mirada a alguien que estuviera utilizando un smartphone. Ahí estaba Juan. Si hubiera querido dedicarse a reflexiones, habría pensado que estaba bastante bueno, pero eso no era lo que le interesaba, sino su móvil.
—No sé si te acuerdas de mí, Juan.
—Claro que me acuerdo… Clara, amiga de Ana; la nueva de Toledo.
«La nueva de Toledo». Sonaba a villancico tradicional o a marca de mazapán.
—Bueno, pues mejor. Necesito que me dejes mandar un email con tu móvil.
—Eh… vale. Toma. Pero no lo uses mucho, que tengo una tarifa de las malas.
Clara tomó el móvil de manos de Juan y entró en internet. Sacó la libreta, buscó la dirección de Adolfo y envió un mensaje. «Hola, Adolfo, soy Clara…».
No lograría poner su apellido. El amuleto no se lo iba a permitir. Pero no quería dejar nada al azar. ¿Cómo podía hacer que la reconociera…?
—«Nos vimos en Andorra. Estoy en Bosca y ha habido otro asesinato. Dale este teléfono a Lucas y dile…».
Y entonces se dio cuenta de que no echaba de menos a Lucas, que no lo había echado de menos desde hacía dos semanas. Que recordaba más a Patricia que a él. Que incluso le costaba esfuerzo ponerle cara y que cuando intentaba recordar su rostro, los rasgos que veía eran los de Daniel.
Borró la última parte y el mensaje quedó así:
«Hola, Adolfo, soy Clara. Nos vimos en Andorra. Estoy en Bosca y ha habido otro asesinato. Mi nuevo correo es csanchez789@hotmail.es. Por favor, escríbeme. Gracias».
Esperaría su respuesta. O, mejor, le pediría a Nuria que le dejara quedarse en su casa a dormir, y luego… Luego ya se vería.
—Gracias, Juan.
—De nada, Clara. Por cierto, muy buena tu fiesta. Y feliz cumpleaños otra vez.
Desde el día de las guirnaldas todos la felicitaban por su cumpleaños. Se habían quedado con la idea de que por eso habían montado el evento. Aunque siendo Juan el novio de Ana, Clara hubiera esperado que al menos supiese la verdad. ¿La verdad? ¿Cuál era la verdad? ¿Que celebraban el solsticio de invierno? ¿Una puesta de largo? ¿O que era una fiesta para catalogar a los asistentes como inofensivos o peligrosos para una pareja gay de asesinos en serie?
Cuando volvió a clase le pareció ver a Daniel observándola a distancia. Después de la escena delante de su casa no habían vuelto a hablar. Por un lado a Clara le daba pena: le había dicho que la quería y se había puesto un poco en ridículo, pero por otro le fastidiaba que fuera por la vida pensando que con ser guapete ya tenía a todas las chicas detrás de él. Y le gustaba no ser una de esas. Si eso le fastidiaba, pues a aguantarse. Pero era tan mono…
Juan la siguió un momento con la mirada. Guardó el móvil y volvió al corrillo que planeaba la fiesta de nochevieja. Algunos ya tenían dieciocho y se planeaba beber alcohol en cantidades no recomendadas por el Ministerio de Sanidad. El único con carné de conducir y que estaba dispuesto a no beber sería el encargado de llevarlos de vuelta a casa. A Juan aún le faltaban dos años para poder sacarse el carné y tampoco pensaba beber, pero no le importaba, porque Ana estaría allí. Y se lo iban a pasar de miedo.
6
Ahora estaban todos rodeando al cadáver. El forense de Zaragoza, la de Madrid, el inspector, la psicóloga y el teniente.
—¿No encontraron una cápsula? —Noe Rodríguez, la forense, tomaba fotos con su smartophone.
—¿Espacial? ¿Con hombrecicos verdes? —El inspector no se cortaba con la socarronería. Le habían mareado toda la mañana y estaban retrasando su hora de comer. Y eso le enfadaba aún más. Pero el humor aragonés aparentaba no hacer mella en las dos meseteñas, que no parecían advertir el tenso ambiente de la sala.
—No. Como esta. —Silvia, la psicóloga, mostró en su tablet la pequeña cápsula de vidrio hallada en los multicines de Príncipe Pío.
—Ah, como esa, sí. —El forense les presentó una bolsa de plástico donde se veían los restos de una igual, hallada en el estómago del cadáver—. ¿Qué es?
—Pues al parecer, como dijo un compañero, algo para contener bótox a lo bestia. Una especie de regenerador olímpico. Analizamos los restos y debe tratarse de un compuesto muy volátil que no deja residuos, porque solo encontramos agua. Agua pura. Absolutamente pura. Sin la más mínima huella de residuo, sal o resto mineral. H2O. —Noe se quitó las gafas que había usado para estudiar el cuerpo—. Lo que está claro es que al menos dos de los tres crímenes están relacionados y que, cualquiera que sea la secta o sociedad secreta a la que pertenecían los muertos, los están exterminando.
XIII
LAS DUDAS DE CLARA
A media tarde, Clara se pasó por el cibercafé para comprobar si Adolfo le había contestado. Entró en su nuevo correo, pero no tenía más que spam y propaganda gentileza de MSN. Maldita sea, necesitaba una respuesta ya.
Se levantó, enfadada. Estaba cerca del barrio donde vivía Nuria, así que se acercó a su casa y le preguntó si podía quedarse a dormir esa noche.
—No puedo seguir ni un minuto más en la casa de mi tío.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo de que tu tío sea el asesino? —Nuria, la lista, más intuitiva de lo que Clara pensaba.
—¿De dónde has sacado esa idea? —No podía sincerarse con ella. Ya era demasiado difícil para la propia Clara, como para poner en peligro a su amiga. Si su tío era un criminal, le tocaba a su sobrina denunciarlo.
—No sé. Llegáis a mitad de curso, venís de Madrid…
—De Toledo.
—Bueno, de al lado de Madrid, donde han decapitado a dos personas. Y encima os vais a vivir a la Casa de la Bruja, que llevaba tres años vacía. Y no ha pasado ni un mes y decapitan a un panadero mientras tu tío estaba en Zaragoza.
Clara dio un respingo. ¿Cómo era posible que Nuria supiera eso?
—No me mires así —se defendió Nuria—; me lo dijiste tú. Con menos de esto vas a la silla eléctrica en Estados Unidos.
—Solo si eres negro —intentó ironizar Clara, para quitarle hierro al asunto.
—O latino.
—Matices.
—Si te vienes a casa ya sabes lo que va a pasar, ¿no? —advirtió Nuria.
—¿Qué? —A Clara no le parecía que irse a casa de Nuria fuera a suponer ningún cambio para nadie excepto para sí misma.
—Pues que todos pensarán que sabes que tu tío es el asesino e intentas escapar de él.
Clara se quedó de piedra. O sea, que si se iba de casa de su tío por precaución, todos pensarían que esa era una prueba de culpabilidad.
Necesitaba pensar. ¿Estaba tan segura de que su tío era el asesino como para implicarle? No lo tenía claro. Lo único que sabía era que si seguía dándole vueltas a solas se volvería loca. ¿Con quién podía compartir sus sospechas? ¿Óscar? No. O no tenía ni idea o era su cómplice, así que no la sacaría de dudas. Adolfo era una buena opción; siempre la había apoyado. Si hubiera aceptado su ofrecimiento ahora estaría en Madrid, lejos de los asesinatos que parecían perseguirle. Pero ella estaba en Bosca, y Adolfo no.
¿Sophie? Tal vez. Era también del club de los paranoicos, pero eso no significaba que fuera una asesina. La miraría a los ojos mientras le contaba sus sospechas y con lo que viera, tomaría una decisión.
Aunque quizá en el fondo solo le apeteciera volverla a ver.
Hacía ya bastante frío. La ciudad estaba engalanada con luces de colores y una megafonía repetía villancicos con insistencia a lo largo del Coso. Había belenes en algunos escaparates y la gente paseaba, Coso arriba, Coso abajo, mirando, conversando y haciendo compras.
Clara entró por la Plaza de la Constitución, pasó junto al Teatro Principal y llegó hasta la calle de Ramón y Cajal, la suya, que corría paralela al parque. Entró en el número 26; parecía una broma que su casa fuera conocida en Bosca como la Casa de la Bruja. «A partir de ahora la llamarán “La Casa de los Asesinos”», pensó, mientras abría la puerta y saludaba. No contestó nadie. Volvió a insistir; nada.
Ni Óscar ni su tío estaban en casa. «Si en coche tardas cinco minutos en llegar a Pau por el pasadizo —razonó—, ¿qué puedes tardar andando?». Salió al patio dispuesta a hacer el recorrido a pie. «Como máximo serán dos horas, digo yo». En la puerta le sobrecogió una ráfaga de aire frío. En cuanto el sol se retiraba, las temperaturas descendían rápidamente. Entró de nuevo para ponerse ropa de más abrigo, tomar unas cuantas barritas energéticas y una linterna. Volvió a salir y se dirigió resuelta al cobertizo. Con un poco de suerte, llegaría antes de las nueve. Luego Sophie siempre podría traerla de vuelta para no perder las últimas clases antes de las navidades.
Abrió el cobertizo. Era una construcción normal, con cuatro paredes y un techo. Sin túneles, ni puertas extra, ni aberturas de más. ¿Cómo era posible? Habían llegado hasta allí desde Pau, con lo que por narices tenía que haber un túnel.
Pero no lo había. Golpeó la pared, como había visto hacer en muchas películas. Se suponía que lo hueco tenía que sonar distinto. ¿Con eco? ¿Como una guitarra? ¿Como el pladur? Todo sonaba a piedra. Si había una puerta oculta, estaba muy bien oculta. O estábamos de nuevo con las magias, o las alquimias o lo que fuera que hacía su familia.
Salió del cobertizo, bastante decepcionada. Adiós al viaje nocturno.
Subió a su habitación, pensando qué podía hacer para ponerse en contacto con Sophie, y entonces vio que su medallón se iluminaba. Débilmente, como si reflejara una luz verdosa, pero brillaba. Lo frotó. A lo mejor lo del genio y la lámpara también funcionaba con eso. Pero no cambió nada. Ni brilló, ni se apagó, ni salió nadie del medallón.
Oyó un coche en el patio. Miró por la ventana, creyendo que Óscar y Gabriel estaban de vuelta, pero en su lugar vio, aparcando en la gravilla del jardín, el viejo Citroën de Sophie.

—Con el tiempo entenderás cómo es que funciona el medallón —explicaba Sophie a una sorprendida Clara mientras le preparaba un té afrutado—. Pero digamos que los medallones son como un lector de ondas cerebrales. Captan emociones y pensamientos y están conectados entre sí. Has pensado en mí con la intensidad suficiente y tu medallón le ha enviado una señal al mío.
—¿Qué tipo de señal? —preguntó Clara—. Quiero decir, ¿qué sentiste cuando yo…? ¿cómo supiste que estaba pensando en ti?
—Bueno —contestó. De su acento francés solo quedaban unas erres algo guturales—. Es como un presentimiento. Como cuando el corazón te da un vuelco al pensar en un ser querido. —Sirvió la infusión y tapó las tazas con un platito para que macerara.
—¿Entonces cómo sabes que es cosa del medallón y no algo que estás sintiendo de verdad?
—Al principio es difícil —concedió Sophie—. Pero con el tiempo aprendes a distinguir las dos cosas.
—Con el tiempo… —Nada parecía poderse hacer al momento en esta familia. Cada nueva cosa que conocía, la entendería con el tiempo, la podría hacer con el tiempo, la disfrutaría con el tiempo… ¿Cuándo llegaría ese famoso «tiempo» en el que podría llevar una vida sin secretos?
—Y como bijouterie también es bonito, ¿no? —Sophie tomó el azucarero, se sirvió y luego le ofreció—. ¿Quieres?
Clara asintió y la francesa le puso un par de terrones mientras continuaba:
—El medallón es como un DNI. Nos identifica a cada uno de nosotros y también puede servir como localizador. Se impregna con nuestras características y nos mantiene unidos al resto hasta la muerte. Entonces, el medallón se apaga y todos los demás brillan durante unos segundos.
—Por eso el mío era liso cuando me lo dio mi tío y luego le salieron los dibujitos… —observó Clara educadamente, aunque los detalles del funcionamiento de las medallitas no le interesaran demasiado. Estaba tan contenta de ver de nuevo a Sophie que no le importaba escuchar lo que fuera con tal de tenerla cerca.
—Eso es —confirmó—. Los medallones pueden mantenerse activos cientos, tal vez miles de años, y transferirse a otra persona, pero solo en tanto el poseedor original siga vivo. Mais si es robado con violencia, también se «desactiva», si puede decirse así. De este modo se evita en lo posible que pueda utilizarse en contra de la Societas.
Clara oyó el sonido de la puerta de entrada y recordó la razón por la que había llamado a Sophie. Tenía que hacerle la pregunta que le torturaba:
—¿Quién está matando a la gente? ¿Tiene algo que ver con mi tío? ¿O con vosotros?
Gabriel y Óscar entraron en la cocina y las preguntas quedaron sin respuesta. Con ellos delante, no había posibilidad de saber la verdad.
—¡Sophie! —se sorprendió Óscar al verla—, bienvenida… ¿Qué cosa que has venido…?
—Clara me llamó —contestó ella, mostrando el medallón octogonal.
—¿Ya sabes usarlo? —Gabriel estaba sorprendido.
—No será porque me lo hayas explicado tú… —replicó Clara, hostil.
—No voy a empezar otra vez con el tema —sentenció Gabriel con firmeza—. Te contaré lo que debas saber cuando debas saberlo, y ni un segundo antes. Punto final.
Clara fue a responder, pero cerró la boca y, con un enfado descomunal, se dirigió a su cuarto. Cuando iba a salir de la sala, cambió de idea. Se volvió, con los ojos húmedos y estalló:
—Pensaba pedirte permiso, pero no lo voy a hacer. No quiero seguir aquí, haciendo cosas sin saber por qué, viendo como la gente muere a mi alrededor y sin respuestas. La única persona que parece tener ganas de hablarme como a una adulta es Sophie, y de cada dos frases que me dice una es «Esto te lo tiene que contar tu tío». Pues ya no puedo más. Si no me cuentas de que va todo ahora mismo, me iré y no volverás a verme.
—Clara, no seas cabezota —intervino Óscar.
Clara hizo como si no lo hubiera oído y siguió mirando a su tío.
—¿Me lo vas a contar o no?
Gabriel dudó un segundo antes de responder:
—Ya sabes todo lo que necesitas saber.
—Buenas noches —masculló Clara, y salió de la casa dando un portazo.
Aún llevaba puesto el anorak, pero había caído una niebla espesa y la humedad empezó a calarle hasta los huesos. Se cubrió la boca con la bufanda y se encaminó a casa de Nuria. De ninguna manera conseguiría su tío que volviera. Jamás. Si tenía que pedir la patria potestad, pues la pediría.
Había llegado a la casa que se alzaba sobre la antigua estación de autobuses, detrás del Gran Hotel Casino, cuando oyó unos pasos. Se paró y las pisadas también se detuvieron. Aceleró un poco y los pasos (¿un hombre, un animal?) se acoplaron a su ritmo. Clara aumentó la velocidad y lo mismo hicieron las pisadas.
Ahora sí que estaba asustada.
«¿Ves, tío? —pensó—. Para eso sirven los móviles. Ahora llamaría y alguien se enteraría de que me están persiguiendo, pero sin móvil, lo único que sabrán es a qué distancia ha acabado mi cabeza».
Ese pensamiento le sobrecogió. No podía volver a casa de su tío, porque los que la seguían (sí, eso estaba claro) venían de allí. Apresuró más el paso y entonces las pisadas se hicieron más nítidas. Las había de dos tipos; metálicas unas y las otras de animal, como de un perro grande. Recordó los mordiscos que habían aparecido en el cuerpo del profesor de Lengua y echó a correr. Tenía que llegar a algún sitio con gente donde pudiera entrar a refugiarse.
Atravesó la plaza de las Musas a toda velocidad, hacia los Porches de Torrijos. Llegar a las estrechas callejas donde se agrupaban la mayoría de los bares nocturnos de Bosca, detrás del arco central, parecía lo más oportuno. Si quedaba algún sitio abierto, tenía que ser allí. Sus perseguidores estaban cada vez más cerca. Intentó protegerse bajo las arcadas y una sombra la agarró por un brazo y la arrastró con ella. Clara se revolvió, asustada, dispuesta a gritar, pero la sombra le puso un dedo sobre los labios para pedir silencio. Daniel. Antes de que ella pudiese replicar, ya cruzaban bajo el arco del Café Universal y llegaban a la trasera de la casa. A la izquierda estaba el viejo portal de servicio. Daniel forzó la puerta y entraron en el patio, cerrando tras de sí. Corrió el pestillo, apoyó su espalda contra la puerta y usó su cuerpo como puntal, indicándole a Clara que hiciera lo mismo. Ella, con la boca reseca, intentaba controlar sus palpitaciones.
Oyeron al perseguidor detenerse junto a la puerta. Al menos dos animales que olisqueaban, inquietos, lo acompañaban y, a juzgar por los jadeos, debían ser unos perros enormes.
Daniel se incorporó y le pidió a Clara, por señas, que lo siguiera. Ella lo hizo, aterrada. Nunca había sentido tanto miedo.
Subieron cuatro pisos por una escalera tortuosa hasta salir a una azotea cubierta, un antiguo tendedero en desuso, orientada hacia los Porches de Torrijos. Desde allí se adivinaba la Plaza de las Musas, perdida entre la niebla. Clara se detuvo un segundo a recuperar el aliento.
—Vamos, no nos podemos parar —apremió Daniel—. No pasará mucho tiempo sin que se den cuenta que has subido por aquí.
—¿Quiénes…? ¿Quiénes son? —preguntó, jadeante, Clara.
—Esperaba que me lo dijeras tú. Todo lo que sé es que detrás de ti iba un encapuchado con una capa gris y los perros más grandes que he visto en mi vida.
—¿Una… capa gris? —Clara se estremeció. ¿Era, pues, el asesino de Madrid que había venido a Bosca para perseguirla?
—Ven. —Daniel la guio hacia el pretil de la azotea—. Pasaremos por el tejado hasta el otro edificio.
Señaló otro tendedero a unos cuarenta metros y empezó a avanzar, con calma, asentándose con firmeza sobre las tejas antes de cada paso.
—Pon los pies donde yo los ponga —le dijo, volviendo apenas la cabeza.
Clara tenía bastante respeto a las alturas y todo eso le pareció demasiado peligroso. Deberían esperar a que… no lo sabía, pero no podía decidirse a dar el primer paso. Allí estaba, encaramada al murete que le separaba del tejado, temblando.
Un portazo a sus espaldas le obligó a reaccionar. Apoyó con aprensión los pies sobre las tejas. Parecían más o menos estables, pero tintineaban al pisarlas. Un nuevo ruido en las escaleras le hizo ponerse en marcha. Daniel llegaba ya al otro tendedero y, una vez alcanzó el nuevo pretil, se agarró a él con fuerza. Clara avanzó por la cumbrera con los zapatos resbalando sobre las tejas heladas. Dio un traspiés y a punto estuvo de caer al vacío. Se tumbó sobre el tejado, aterrada, y colocó las piernas a ambos lados de la cumbrera. Así, a gatas, logró moverse con más seguridad, hasta alcanzar la mano que le tendía Daniel.
Se incorporó para entrar en el segundo tendedero y entonces el perseguidor irrumpió en el primero. Una de las bestias saltó sobre el parapeto para llegar hasta ellos, pero sus enormes zarpas patinaron y se deslizó por el tejado pataleando con desesperación. Sus patas traseras se toparon con el canalón que recorría el borde y el animal frenó su caída. El monje se lanzó a por la bestia, la atrapó por la garra izquierda y tiró de ella hasta subirla de nuevo al vértice del tejado.
—¡Ve por las escaleras! —Daniel le señaló a Clara la puerta de la azotea.
Clara corrió hacia ella, pero estaba cerrada.
—¡No puedo! —gritó, tirando de la manija.
Daniel acudió en su ayuda, le dio una patada a la puerta y la reventó.
—Corre —dijo, señalando los escalones.
—Pero tú…
—¡Corre!
Clara bajó a toda prisa por la escalera. Llegó al portal y encontró la puerta cerrada; buscó un pestillo, o el botón de apertura automática. Inútil. Estaba cerrada con llave. Tendría que subir, piso por piso, buscando algún lugar donde esconderse.
—¿Quién anda ahí? —gritó un vecino, a través de una puerta—. Le aviso que he llamado a la policía y están viniendo.
—¡Ábrame, por favor, que me persiguen!
La mirilla se abrió y el rostro ajado de un hombre apareció en ella.
—¿Quién te persigue, muchacha? —dijo, asustado.
—Un encapuchado con dos perros, un monje asesino que…
La mirilla se volvió a cerrar con un golpe.
—¡Gamberros! —La voz se alejó de la puerta, rezongando…—. Os creeréis que hace mucha gracia molestar a la gente de madrugada, ¿verdad? Más os vale iros de aquí antes de que llegue la policía, o veréis lo divertido que es pasar la noche en comisaría…
Estupendo. Perseguidores arriba, «amables» vecinos en el medio, la policía llegando… Tendría que explicar demasiadas cosas si la descubrían dentro de esa casa. No podía retroceder, ni avanzar. Había que esconderse. Miró a su alrededor. Vio una especie de cuartucho bajo los escalones, con la puerta cerrada a presión y un agujero donde debería estar la cerradura. La abrió y entró. Era un espacio estrecho para los contadores de la luz y el agua, donde guardaban una bicicleta. Utilizó el vehículo para trabar la puerta.
La escalera quedó de nuevo en silencio. Clara se refugió en un rincón, tratando de que no se le oyera, esperando que algún vecino abriese la puerta de la calle. Al poco, escuchó un sonido leve, discontinuo; suaves crujidos sobre su cabeza. Alguien bajaba por la escalera intentando no hacer ruido. Oyó que recorrían al tacto la pared del patio y luego trasteaban en la cerradura de la entrada y aún se acurrucó más en el fondo del cuartucho.
—Clara —oyó susurrar al otro lado. ¿Daniel? ¿Había logrado librarse de…? No, era imposible. El encapuchado mediría como dos metros y los dos perros eran enormes.
—Clara, ¿dónde estás? —era él, sin duda. Clara apoyó la oreja en la puerta, intentando distinguir si estaba solo o había alguien más, otros ruidos, pisadas…, algo, pero no captó nada. Solo su propia sangre latiéndole dentro del cráneo.
—Clara. —La voz se hizo más nítida. Se estaba acercando—. Puedes salir; se han ido.
Clara iba a contestar, pero el sentido común le decía que Daniel no podía haber ahuyentado a semejantes bestias. Seguro que le estaban obligando a decirle eso. Seguro que el asesino estaba detrás de Daniel, esperando que ella saliera para matarlos a los dos.
—Hice que uno de los perros se desequilibrara y cayera al vacío —susurró la voz—. Y el de la capa desapareció con el otro perro en cuanto oyeron al vecino. Se fueron, sin más. Yo me quedé alucinado.
¿El monje no quería problemas? ¿Después de haber matado a alguien en un centro comercial? No. No era razonable. Eso sonaba aún más sospechoso.
—La puerta de la calle está abierta —continuó Daniel—. No hay nadie más, de verdad. Puedes salir.
Clara oyó cómo se abría la puerta de entrada. Se sintió tentada de hacer caso a Daniel, pero si era una trampa, no tendría escapatoria.
Una sirena de policía sonó muy cerca. Eso le dio esperanzas. Tal vez sí podría escapar corriendo y llegar hasta ese coche. Con infinito cuidado apartó la bicicleta que bloqueaba la puerta del cuartucho. Tomo aire, contó mentalmente hasta tres, empujó la puerta y salió a la carrera.
Daniel estaba solo, sujetando el portón de la entrada para que no se cerrara. La vio, le sonrió y le indicó que se acercara en silencio. Clara miró a todos lados, asombrada. Esperaba que en cualquier momento saltará alguno de los animales, o el cruzado, o todos juntos. Pero no había nadie más.
—Un perro se me abalanzó —explicó Daniel—, resbaló y empujó al otro al vacío. Entonces el encapuchado agarró al primero y lo azuzó contra mí. El vecino gritó en la escalera. Y, sin más, se dieron la vuelta y salieron por donde habían venido. Luego…
Daniel guardó silencio. Por la rendija de la puerta podían ver a los policías que se acercaban a la casa.
—¡Rápido, tenemos que escondernos! —musitó—. ¿Cabremos los dos donde estabas tú?
Clara asintió y lo condujo al cuarto de los contadores. Entraron justo a tiempo. Los policías llamaron al portero automático. El vecino les dijo que la puerta tenía el pestillo puesto y bajó a abrirles.
—Se persiguieron en el tejado —contaba el hombre, alterado—. Unos gamberros, con animales. Y había también una chica. No me atreví a abrir la puerta hasta que han llegado ustedes…
—Llévenos arriba —dijo uno de los agentes—. Tal vez hallemos algún rastro.
Los policías y el vecino subieron por la escalera y ese fue el momento que Clara y Daniel aprovecharon para huir. No se veía ni rastro del encapuchado ni de sus bestias.
—Te acompaño a casa —se ofreció Daniel.
Clara aceptó. Se sentía viva, eufórica. Y además, no le apetecía volver sola. El miedo estaba allí, pero el aire sabía casi dulce y Daniel le parecía aún más guapo que antes. Aunque no tenía ni la más mínima intención de demostrárselo.
—¿Qué le vas a decir a tu tío? —preguntó él.
—No lo sé. Si le cuento lo que ha pasado, no me dejará volver a salir sola en la vida. Pero si no se lo cuento… Me parece que esto es muy serio para no decírselo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.