Kitabı oku: «La leyenda negra en los personajes de la historia de España»

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LA LEYENDA NEGRA

en los personajes de la historia de España

javier leralta


ISBN: 978-84-15930-08-2

© Javier Leralta, 2013

© Punto de Vista Editores, 2013

http://puntodevistaeditores.com/

info@puntodevistaeditores.com

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Índice

El autor

La-leyenda-negra: una verdad a medias

Sugerencias musicales

Alfonso VI, rey de Castilla y León, y Rodrigo Díaz, el Cid, hidalgo castellano. La leyenda de la Jura de Santa Gadea

La complicada herencia de Fernando I de Castilla

El cerco de Zamora y la Jura de Santa Gadea

Historia apócrifa del destierro del Cid

El POEMA DE MÍO CID

Ramiro II, rey de Aragón. La leyenda de la campana de Huesca

La formación religiosa

Las primeras medidas y los primeros problemas

La leyenda de la Campana de Huesca

La boda del rey y la cesión del reino

Alfonso X, rey de Castilla. La leyenda del Rey Sabio

Las enfermedades del rey y sus empresas culturales

El dilema de la sucesión

La-leyenda-negra de las misteriosas ejecuciones de los nobles

El golpe de Estado y la primera guerra civil española

La maldición del infante rebelde y los testamentos del rey

Fernando IV, rey de Castilla. La leyenda del rey emplazado

María de Molina y la ingratitud del hijo

La legitimación del rey

La muerte del rey: la sentencia de emplazamiento

Pedro I, rey de Castilla. La leyenda del rey psicópata

La guerra civil fratricida

¿Cruel o Justiciero?

Las mujeres del rey

Leyendas sevillanas del Rey Cruel

La terrible leyenda de María Coronel

La triste historia de Blanca de Borbón

El asesinato de Montiel: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”

La peste negra

Juan II, rey de Castilla. La leyenda de la muerte del condestable

La reina Isabel de Portugal

La pesadilla de Juan II

La “loca de Arévalo”

Enrique IV, rey de Castilla. La leyenda del rey impotente

El muñeco de la farsa de Ávila

La impotencia del rey

Las mujeres de Enrique IV

Juana la Beltraneja

Muley Hacén, rey de Granada. La leyenda de los Abencerrajes

Las primeras muertes

Fátima y Zoraya

Juana I y Felipe I, reyes de Castilla. La leyenda de la loca cautiva

La extraña enfermedad de Felipe I

El macabro cortejo fúnebre por los campos de Castilla

El cautiverio de Juana

Felipe II, rey de España. La leyenda del coleccionista de huesos

El relicario de Felipe II

Carlos de Austria, príncipe de Asturias. La leyenda del príncipe atormentado

El accidente de Alcalá

El cirujano del rey

Las enfermedades del príncipe

Prisión y muerte de Carlos

Fernando Álvarez de Toledo, gran duque de Alba. La leyenda del carnicero de Flandes

El Tribunal de la Sangre

Las matanzas de las ciudades del norte

El comienzo de La-leyenda-negra de Felipe II

Antonio Pérez, secretario de Estado, y Ana de Mendoza, princesa de Éboli. La leyenda de un asesinato

Las acusaciones contra Escobedo

El papel de la princesa de Éboli

La cárcel de clérigos viciosos

El final de la historia

Carlos II, rey de España. La leyenda del hechizado

Las enfermedades del rey y los tratamientos

El empleo de la alquimia y el elixir universal

Crónica de una muerte anunciada

Lugares con historia

Ruta de Alfonso VI y el Cid

Ruta de Ramiro II

Ruta de Alfonso X

Ruta de Fernando IV

Ruta de Pedro I

Ruta de Juan II y Álvaro de Luna

Lugares del condestable

Ruta de Enrique IV

Ruta de Muley Hacén

Ruta de Juana I y Felipe I de Castilla

Ruta de Felipe II

Ruta del príncipe Carlos

Ruta del duque de Alba

Ruta de Antonio Pérez y de la princesa de Éboli

Ruta de Carlos II

Direcciones web de los lugares citados con más frecuencia

Bibliografía

Otras consultas

El autor

Javier Leralta es un escritor y ensayista español. Ganador del premio Ortega y Gasset de periodismo, destaca por sus obras sobre Madrid, como Pueblos y paisajes de Madrid: guía turística de la comunidad; Historia del taxi de Madrid o Madrid: cuentos, leyendas y anécdotas.

La Leyenda Negra: una verdad a medias

¿Qué hay de verdad en algunos acontecimientos históricos, notables por su crueldad?, ¿realmente ocurrieron como sabemos o fueron el resultado de la fantasía o distorsión interesada de algún cronista? Muchos personajes de nuestra cultura han pasado a la historia acompañados de una leyenda negra que ha ocultado, a veces, las buenas obras realizadas. En el momento de confeccionar el contenido de la obra surgieron muchas preguntas y dudas razonables sobre varias cuestiones tópicas como la crueldad de Pedro I, los trágicos sucesos de Huesca en tiempos de Ramiro II, la muerte de los Abencerrajes en una sala de la Alhambra o el ajusticiamiento de dos jóvenes que emplazaron a su rey a reunirse con ellos en el plazo de un mes para probar su inocencia, sentencia que se cumplió con gran precisión.

Con frecuencia el investigador tropieza con historias amañadas, difíciles de entender por la falta de documentos y a veces, cuando los encuentra, nota que el cancionero o el romanticismo de una época ha contaminado su espíritu. Dice la Real Academia que la leyenda negra es una opinión contra lo español difundida a partir del siglo XVI; y añade una segunda acepción de opinión desfavorable y generalizada sobre alguien o algo, generalmente infundada. Y es en este segundo supuesto donde se detiene la obra, en una selección de hechos históricos, más o menos legendarios, que bautizaron a sus protagonistas con la aureola de leyenda negra. Hechos diversos marcados siempre por la sangre, la violencia, el dolor o la excentricidad que con el paso del tiempo o por intereses varios desvirtuaron la verdad. El maestro Fernández Álvarez lo explica con el acierto de un gran investigador:

“Cuidadosa distorsión de la historia de un pueblo, realizada por sus enemigos, para mejor combatirle. Y una distorsión lo más monstruosa posible, a fin de lograr el objetivo marcado: la descalificación moral de ese pueblo, cuya supremacía hay que combatir por todos los medios”.

El filósofo Julián Marías ahonda en la misma explicación:

“La Leyenda Negra consiste en que, partiendo de un punto concreto, que podemos suponer cierto, se extiende la condenación y descalificación de todo el país a lo largo de toda la historia, incluida la futura. En eso consiste la peculiaridad original de la Leyenda Negra”.

Es cierto que la mayoría de los autores consultados coinciden en fijar el siglo XVI como el inicio de la mala imagen española en el mundo debido a una serie de sucesos que empezaron con las crónicas de Bartolomé de las Casas sobre las barbaridades cometidas contra los indios americanos, siguieron con las crueles políticas de conquista llevadas a cabo por Francisco de Pizarro, Hernán Cortes o Pedro de Aguirre –con su particular cruzada en busca del dorado sueño de la riqueza–, y se completaron con el fanatismo religioso de la Inquisición y la política represiva de Felipe II dentro y fuera de España, convenientemente adulterada por Antonio Pérez y Guillermo de Orange en sus respectivas obras apologéticas. Para muchos autores, los comentarios realizados por el líder flamenco sobre la crueldad de los españoles fue el nacimiento del mito de la leyenda negra española. Aquel panfleto, redactado realmente por su capellán Pierre L’Oyseleur, fue leído con interés en media Europa y muchos creyeron las acusaciones de barbarismo de las tropas imperiales y otras más graves contra Felipe II, etiquetado de mujeriego, adúltero, bígamo y asesino del príncipe Carlos y de su tercera mujer Ana de Austria. Las acusaciones también salpicaron al resto de la población, señalada de judía y mora por el cruce de culturas que convivían en España.

Pero mucho antes, en unos tiempos en los que aún no se había inventado el concepto leyenda negra, hubo episodios particulares que tiñeron de sombras el buen nombre de algunos personajes de nuestra historia. De todos los sucesos estudiados se han elegido solo aquellos protagonistas cuyos actos narrados tuvieron lugar en la Península y como mucho en algún lugar de Europa para facilitar la proximidad a los lugares con el fin de mejorar la comprensión de los hechos y conocer a las personas implicadas en cada historia.

¿Se puede conocer a un personaje histórico por los lugares y objetos que formaron parte de su vida? Posiblemente, sobre todo si se dispone de una información previa sobre sus hazañas y leyendas. La recreación imaginaria y la ambientación interior que hacemos de unos hechos después de leer sus andanzas ayudan mucho a comprender las historias narradas en la obra. Un objeto o un escenario por sí solo no aporta más información que la meramente visual y técnica; en cambio, esos datos pueden resultar emocionantes y divulgativos si nos acercamos a ellos con información previa. La suma de varios objetos y lugares conectados entre sí por medio de un personaje histórico sí ofrece un valor añadido a su biografía y al conocimiento de su obra.

El Camino del Cid, por ejemplo, es una ruta histórica, literaria, paisajística y legendaria que evoca una época y las peripecias que atravesó Rodrigo Díaz de Vivar a lo largo del siglo XI según la tradición escrita. Si a los lugares por donde pasó camino del destierro, le sumamos la ambientación que supone el contacto directo con los elementos que formaron parte de su vida, el conocimiento sobre el personaje en cuestión se enriquece mucho más y la lectura de su historia se disfruta con mayor intensidad, con mayor implicación si cabe. Existe, pues, una interacción entre la vida del personaje, sus huellas visibles y la inquietud del lector por profundizar en la leyenda de cada protagonista.

La intención de este libro es, por tanto, buscar la complicidad del lector, invitándole a conocer los lugares frecuentados por las personas que dan vida a los capítulos. Siempre he pensado que la historia hay que vivirla con intensidad, con todos los sentidos si es posible, y que una buena manera de entenderla y disfrutarla es paseando por sus recuerdos a través de todas las posibilidades que tenemos a nuestro alcance: museos, yacimientos arqueológicos, conventos, templos, palacios, fortalezas, bibliotecas, pueblos y ciudades, paisajes, caminos, música, literatura, pintura, cine y así hasta completar el maravilloso circuito del túnel del tiempo. La historia hay que tocarla y por eso creo que el mejor complemento de un libro de divulgación de estas características es viajar en el tiempo a través de sus huellas. Afortunadamente este país tiene un rico patrimonio que permite reencontrarnos con ella, a veces en las mejores condiciones posibles, circunstancia que es de agradecer.

Estas rutas solo pretenden servir de ambientación para conocer mejor a los personajes a través de sus mundos, de aquellos lugares que frecuentaron, objetos que manejaron, villas donde residieron e hicieron justicia, dependencias que utilizaron, tierras donde lucharon y murieron y sepulturas que les cobijaron. En algunas rutas se ofrece la posibilidad de mirar a los protagonistas a los ojos, cara a cara, a través de los retratos y pinturas historicistas que nos han dejado los artistas; obras que también le ayudarán a conocer mejor al personaje e incluso a entender su leyenda negra en el lugar de los hechos.

Cada lugar de referencia viene acompañado de varias direcciones web para preparar la ruta con acierto y buena información. Pistas para seguir profundizando en el apasionante mundo de la historia. Me gustaría indicar que en la mayoría de los casos las rutas y recorridos propuestos son solamente un resumen orientativo de los lugares que conservan algún recuerdo de los protagonistas del libro, a partir de los cuales cada lector puede añadir a su gusto otros escenarios a medida que vaya recopilando más información. Aunque el libro tiene una estructura cronológica –del siglo XI al XVII– por razones de orden temporal, la obra se puede abrir por cualquier capítulo y leerse a la carta, a capricho, a trozos, a gusto de lector.

Quiero terminar este preámbulo con una sugerencia para completar la ambientación de la vida de cada personaje. En todas las cortes citadas la música formaba parte del arte de vivir de los nobles y, afortunadamente, tenemos muy buenos testimonios sonoros gracias al espléndido trabajo de grandes especialistas en música antigua y popular como Jordi Savall (www.jordisavall.es), Luis Delgado (www.luisdelgado.net), Joaquín Díaz (www.funjdiaz.net) y Eduardo Paniagua (www.pneumapaniagua.es) entre otros artistas. En la discografía de todos ellos podemos encontrar una maravillosa ambientación musical para acompañar la lectura de cada capítulo.

De todos los maestros citados he elegido al madrileño Eduardo Paniagua para completar el ciclo emocional del libro. Se trata de uno de los grandes especialistas en música medieval, arábigo-andaluza y de las tres culturas, laureado con múltiples premios gracias a su trabajo de investigación y hermanamiento a través de la música. Recomiendo leer cualquier capítulo acompañado de la excelente música recopilada en su vasta discografía que abarca desde la España del Cid hasta la Conquista de Granada en lo que se refiere al ámbito del libro. Para la España de Juana la Loca, Felipe II y Carlos II existen muy buenas obras de música renacentista (ver música borgoñona y de la Capilla Real) y barroca que pueden utilizarse para acompañar la lectura de los últimos capítulos como las de Juan de la Encina, Cristóbal de Morales y sobre todo el ciego Antonio de Cabezón, músico favorito de Felipe II al que acompañó toda su vida.

Termino con dos apuntes que conviene anotar: las páginas web de Radio Clásica (www.rtve.es) y www.musicaantigua.com pueden ayudar para completar el apartado de documentación, y el programa musical Spotify puede ser una buena herramienta informática para tener la oportunidad de escuchar todas las propuestas musicales sugeridas.

Sugerencias musicales

El capítulo primero se puede abrir escuchando de fondo los Romances del Cid de Joaquín Díaz, completados con la recopilación España del Cid. Para la lectura del capítulo de Ramiro II se pueden elegir varios álbumes como Tres Culturas y Octoechos Latino. El capítulo de Alfonso X es el más complejo por el minucioso trabajo realizado con las Cantigas, desmenuzadas por territorios. De todas ellas propongo escuchar las de Toledo, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Madrid, Jerez, Santa María del Puerto más una obra de tiempos de su abuelo Alfonso VIII, Trovadores en Castilla. De todas formas, cualquier elección siempre será un acierto. Para el capítulo de Fernando IV el Emplazado puede ayudar la audición del disco Al Ála Al Andalusiyya por la fuerte vinculación que tuvo el monarca castellano con el viejo Al Andalus.

La misma vinculación con el sur peninsular tuvo Pedro el Cruel y por ello se sugieren los trabajos La felicidad cumplida, Alcázar de Sevilla y Poemas de la Alhambra. Este último álbum también es recomendable para seguir las vidas de Juan II y sobre todo la de Enrique IV, fanático de la cultura nazarí. Los temas de La conquista de Granada, El oficio de la toma de Granada, Zambra de moriscos y Tesoros de Al Andalus completan las recomendaciones de los capítulos sexto, séptimo y octavo pertenecientes al siglo XV. Quisiera añadir algunas sugerencias para el capítulo de Juana la Loca: Juana I de Castilla, Misteris de Dolor y Si no os hubiera mirado. La lectura de la vida del príncipe Carlos puede estar acompañada por la ópera Don Carlo de Verdi y para cerrar la primera parte del libro (capítulo de Carlos el Hechizado) me recomiendan la música de Cristóbal Galán, responsable de la capilla de las Descalzas Reales y de la Capilla Real del monarca, más los álbumes La Rosa de la Alhambra y Canciones de amor y de guerra.

Javier Leralta

Alfonso VI, rey de Castilla y León, y Rodrigo Díaz, el Cid, hidalgo castellano. La leyenda de la Jura de Santa Gadea

“Dios, qué buen vasallo, si tuviese un buen señor”.

Comentario de las gentes de Burgos al pasar Rodrigo por la ciudad de camino al destierro según el Poema de Mío Cid.

Alfonso VI (?1040-Toledo, 1109), rey de León, Castilla y Galicia; hijo segundo de Fernando I de León y doña Sancha. Conquistó la taifa de Toledo en 1085 extendiendo la frontera cristiana del Duero al Tajo. Su leyenda negra está relacionada con la posible participación en la muerte de su hermano Sancho II, rey de Castilla, ocurrida junto a la muralla de Zamora. Este episodio sangriento obligó al Cid a tomarle juramento en la iglesia burgalesa de Santa Gadea para que negase tal acusación. Según la tradición aquel acto, ofensivo para la dignidad real, fue castigado con el destierro de Rodrigo Díaz. Los restos de Alfonso VI descansan en el monasterio de benedictinas de Sahagún de Campos, en León, al pie del Camino de Santiago, cuya seguridad impulsó.

Rodrigo Díaz (Vivar del Cid?, Burgos, hacia 1045?-Valencia, 1099), hijo de Diego Laínez y de María? Rodríguez; se casó con Jimena Díaz con la que tuvo tres hijos: Diego, María y Cristina. Noble castellano apodado Campeador (posiblemente del vocablo latino campi doctor [luchador]) y el Cid (del árabe sidi [señor]). Descendiente por vía paterna de Laín Calvo, uno de los primeros jueces de Castilla, entró al servicio de Fernando I de León como doncel del infante Sancho, donde aprendió las artes de las armas y las letras. Luego fue caballero de confianza de Alfonso VI que le encargó el cobro de las parias de los reinos de taifas. Desterrado dos veces por desavenencias con el monarca, también estuvo al servicio del emir de Zaragoza.

Su apodo de Campeador se hizo patente al conquistar Valencia, en junio de 1094, en cuya ciudad murió y recibió sepultura. Posteriormente su cuerpo fue trasladado al monasterio de San Pedro de Cardeña de donde salió en 1921 para ser enterrado en la catedral de Burgos junto a su mujer.

De la relación entre Alfonso VI y el Cid sabemos lo que la leyenda ha querido que supiéramos. Durante años la idea de un castigo de destierro por obligar a su señor a jurar que no había participado en la muerte de su hermano Sancho fue un hecho asumido por la historia popular, sin más consideraciones historiográficas. El mito del héroe castellano estaba por encina del rigor histórico. Las alabanzas y elogios recogidos en los textos medievales y épicos como el Carmen Campidoctoris, la Crónica Najerense, la Historia Roderici o el Poema de Mío Cid fueron suficientes argumentos para dar crédito a todos los episodios. Pero llega un momento en que la ficción histórica se desvanece con el discurrir de las investigaciones y los hechos probados. Ahora, después de muchas reflexiones y de un conocimiento más profundo de la figura de Rodrigo Díaz, podemos afirmar que la leyenda del destierro y otras tantas vinculadas al Campeador son solo eso, leyendas que han servido para magnificarle como uno de los personajes más relevantes de nuestra historia, un héroe útil e imprescindible para una España necesitada de personajes épicos más allá de reyes y papas.

Y lo mismo se puede decir de su amo y señor, del rey Alfonso VI. Seguramente nada tuvo que ver con la muerte de su hermano Sancho II (1038?-1072), hecho real y cierto; igual que la famosa Jura de Santa Gadea de Burgos en la que pretendidamente el Cid hizo jurar al rey de Castilla y León de que no participó en aquel vil asesinato ni que aquel acto tan osado y prepotente le supuso al Campeador su primer destierro. Estas leyendas, recogidas en el Poema de Mío Cid, una de las obras épicas más trascendentales de nuestra literatura, circularon de boca en boca por plazas y caminos de Castilla hasta constituirse en una verdad legendaria que animaban a las gentes a reunirse en las plazas mayores alrededor del juglar. No quiero decir que algunos de aquellos lances no ocurrieran, pero tal vez no sucedieron como realmente se contaron. Ahora hay más información para ofrecer un poco de luz sobre unos acontecimientos fechados a finales del siglo XI y que forman parte de la leyenda negra de dos personajes que impulsaron el carácter y la grandeza de Castilla: Alfonso VI y Rodrigo Díaz, Cid y Campeador a la vez.

La complicada herencia de Fernando I de Castilla

A veces las herencias son un regalo envenenado, un maná caído del cielo que si son mal recibidas y mal administradas resultan un serio problema. Sancho Garcés III (988?-1035), uno de los principales reyes navarros, abuelo de Sancho II y Alfonso VI, repartió sus bienes al morir entre sus cuatro hijos: García Sánchez recibió Navarra más las tierras de Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y La Rioja; a Fernando le correspondió Castilla; Gonzalo se encargó de los condados pirenaicos de Sobrarbe y Ribagorza, germen del reino de Aragón, y el bastardo Ramiro fue agraciado con el condado de Aragón. El reparto no gustó por razones de envidias y cuestiones fronterizas y enseguida empezaron las tensiones entre los hermanos que acabaron con la muerte de Gonzalo entre otros escándalos. Aquel error, que debía haber servido de ejemplo, lo repitió Fernando I (1016?-1065), el primer rey de León y Castilla, quien cometió la equivocación de segregar sus tierras entre sus hijos. A Sancho, el mayor, le tocó en suerte Castilla; a Alfonso le correspondió el reino de León, y García, el tercero, se hizo cargo de Galicia. La herencia también incluía la recaudación de los tributos (parias) de los reinos musulmanes de Zaragoza, Toledo, Albarracín, Badajoz y Sevilla que rendían vasallaje a los reinos cristianos con el fin de evitar sus ataques.

Pero este reparto no se ajustaba al derecho castellano porque los bienes territoriales repartidos por Fernando I –sobre todo los correspondientes a Castilla– formaban parte indisoluble de su patrimonio y según el derecho en vigor, esas tierras le correspondían a su primer hijo Sancho. Además la cuestión jurídica era muy complicada en este caso porque Fernando I hizo muy bien al entregar el reino de Castilla a Sancho porque era patrimonio propio y así debía ser según la ley; y tal vez pensó que los otros territorios, los de León y Galicia, que los había recibido de su matrimonio con Sancha –aunque él fuera el rey efectivo de todos ellos– los debía entregar a sus otros hijos, seguramente por razones defensivas y militares. Rodrigo Jiménez de Rada (1170-1247) cronista y arzobispo de Toledo, autor de la Historia de los hechos de España, explicó muy bien este conflicto en sus escritos:

“ningún poder admite ser compartido y como los reyes de España deben a la feroz sangre de los godos el que los poderosos no soporten a nadie igual ni los débiles a nadie superior, con bastante frecuencia las exequias de los reyes se empaparon con la sangre de la herencia entre los godos”.

Por eso, la distribución territorial realizada por Fernando I no fue del agrado de sus hijos que aguantaron la furia mientras vivió la reina madre, Sancha, fallecida en 1067. Fue entonces cuando se desataron las hostilidades; Sancho –que con razón se consideraba el único rey de Castilla y León– atacó a Alfonso en Llantada (1068), cerca de la raya fronteriza formada por el río Pisuerga, con un resultado dudoso que no alteró los límites de ambos reinos. Más tarde, el pusilánime García sería despojado de su territorio por sus hermanos quienes se repartieron el reino de Galicia, seguramente con un mal acuerdo porque al poco tiempo ambos se enfrentaron de nuevo, esta vez cerca de la localidad palentina de Carrión de Campos por donde ya empezaban a pasar los primeros peregrinos de camino a Santiago. Y digo lo de un mal acuerdo porque resultaba muy complicado ejercer el control de Galicia desde Castilla estando por medio el territorio del reino de León. Aquella batalla, conocida con el nombre de Golpejera (1072), se saldó con la derrota de Alfonso, detenido y posteriormente desterrado al reino musulmán de Toledo en donde entabló una gran amistad con el prestigioso y hospitalario rey Ismail al-Mamún. Se desconoce la causa por la que Sancho dejó en libertad a su hermano cuando lo normal en esos casos era matar o dejar inválido (ciego) al oponente para que no pudiera gobernar, aunque fuera un familiar. Tal vez la petición de clemencia hecha por su hermana Urraca y por el influyente abad de Cluny, san Hugo, hicieron cambiar de parecer a Sancho II. El caso es que los territorios de León y Castilla volvieron a unirse bajo el cetro de Sancho II, pero un hecho aparentemente ocasional cambió el rumbo de la historia que se estaba escribiendo en ese momento.

El cerco de Zamora y la Jura de Santa Gadea

Al parecer los deseos expansionistas de Sancho fueron más allá y ahora pretendía la conquista de la ciudad de Zamora, señorío de su hermana Urraca y bien defendida por sus robustas murallas, orilladas por el Duero. No se sabe muy bien cómo ocurrió, el caso es que un caballero zamorano, de nombre Vellido Dolfos (Vellido Adolfo según la Primera Crónica General de Alfonso X) consiguió abandonar la villa y llegar hasta el campamento de Sancho II a quien le pidió su protección. Una vez ganada su confianza, el resto de la operación resultó sencilla. El falso desertor aprovechó un momento de soledad del monarca para atravesarle el pecho con una lanza, provocándole la muerte. Otras opiniones indican que el traidor, aprovechándose de la amistad de Sancho, le explicó la manera de entrar en la ciudad a través de un portillo. El confiado rey se acercó a la muralla y en un descuido fue apuñalado en el costado (7 de octubre de 1072) por el caballero zamorano. El traidor pudo escapar del acoso de la guardia real a través de una pequeña puerta del recinto que durante mucho tiempo se llamó Portillo de la Traición y ahora es conocido como de la Lealtad. Es probable que aquel incidente fuera un hecho organizado por los defensores de Zamora, nobles gallegos y leoneses favorables al desterrado Alfonso quien había cedido la ciudad a su hermana Urraca, o bien a una decisión personal del audaz caballero, tal vez un noble, que empujado por el cerco de las tropas de Sancho II decidiera acabar con la vida del rey en un momento crítico para los asediados por la escasez de víveres y moral. El caso es que la hazaña le salió bien: penetró en las líneas enemigas, alcanzó el objetivo, consiguió destruirlo y finalmente volvió sano y salvo a la ciudad. Una proeza al alcance de muy pocos que aprovechó el exiliado Alfonso para recuperar el trono de León y las tierras de Castilla. Para asegurarse el total dominio del reino, encarceló a su hermano García para el resto de su vida en el castillo de Luna, en la montaña leonesa, donde murió después de dieciocho años de cautiverio.

A partir de estos acontecimientos, la fantasía popular y la tradición inventaron diferentes finales para el protagonista del magnicidio. Para algunas fuentes el héroe zamorano se perdió por tierras de moros sin dejar rastro gracias a la ayuda de Urraca; para otras murió descuartizado por cuatro caballos, vengado por Diego Ordoñez, primo del rey muerto, y por último hay quien opina que el tal Vellido vivió tranquilamente al norte de Zamora como héroe y dueño de amplias tierras. Este episodio histórico del cerco de Zamora, cierto y documentado, fue el origen de la primera leyenda negra atribuida a Alfonso VI, el primer interesado en recuperar el control de León y Castilla y por ello fue acusado de participar en la muerte de su hermano a pesar de encontrarse lejos del lugar del suceso, en la corte de Toledo. Uno de los jóvenes militares que acompañaron a Sancho II en la toma de Zamora fue Rodrigo Díaz, alférez real y magnífico caballero que durante el asedio hizo gala de su destreza en el manejo de las armas al enfrentarse en solitario a quince soldados enemigos a los que puso en fuga menos a uno que resultó muerto y dos más que cayeron heridos. La Crónica Najerense, por su parte, recoge una versión más heroica al indicar que el Campeador luchó contra catorce leoneses de los que trece perdieron la vida. La propia leyenda indica que fue Rodrigo el primero en dudar de las verdaderas intenciones de Vellido Dolfos y que, después del vil asesinato, le persiguió a caballo sin conseguir alcanzarlo por muy poco.

Según la tradición, Rodrigo, tras la muerte de su señor, al que había acompañado desde sus tiempos mozos, quiso saber la verdad de los acontecimientos y hasta qué punto eran ciertos los rumores que corrían por la corte sobre la participación de Alfonso en la muerte del rey. Posiblemente en representación de todos los caballeros y nobles castellanos, se autoproclamó defensor de la memoria de su señor y obligó a su nuevo amo, el rey Alfonso VI, a jurar ante Dios y el pueblo de Burgos que no había intervenido en los sucesos de Zamora. Un acto lleno de arrojo y osadía que el rey aceptó y cumplió en la iglesia de Santa Gadea de Burgos, no sin reservas por la arrogancia del Cid al poner en duda su inocencia. Según las fuentes épicas, la Jura de Santa Gadea se celebró a finales de 1072 y el rey juró que no había participado en la muerte de su hermano ni en los hechos que se le imputaban. La consecuencia inmediata fue el castigo y la expulsión del reino de Rodrigo, su primer destierro durante el gobierno de Alfonso VI. Un destierro que le llevaría a recorrer las tierras musulmanas de Barcelona y Zaragoza para ponerse al servicio del mejor postor, de aquél que valorara más sus conocimientos guerreros, como así sucedió. Fue el caso del rey de Zaragoza a cuyo servicio estuvo cinco años por su reconocido talento militar y bravura.

Historia apócrifa del destierro del Cid

Hasta aquí la narración de los sucesos de Zamora que dieron paso a la leyenda negra del rey Alfonso VI, acusado de la muerte de su hermano y de castigar a uno de sus mejores caballeros con el destierro por cometer la osadía de obligarle a defenderse de la acusación y tener que negar su participación en los hechos en la Jura de Santa Gadea. Ahora bien, las narraciones históricas posteriores, a excepción del Poema de Mío Cid, donde se recoge la Jura de Santa Gadea y su expulsión del reino, nada dicen de aquel episodio que seguramente fue una invención del amanuense que un siglo después redactara el cantar de gesta, escrito alrededor del año 1200. Unos sucesos que, de ser ciertos, tendrían que haber aparecido descritos en diferentes documentos coetáneos y posteriores y no fue el caso. Por ello, los investigadores defienden la teoría de que se trata de una historia imaginaria, inventada para dar más categoría de héroe al Cid y de esta manera crear un personaje de leyenda en una época que andaba necesitada de ellos (siglo XIII).

En cambio, sí existió el destierro del Campeador, dos en concreto, acontecimientos bien documentados a través de diferentes narraciones. El primero tuvo lugar en 1081, nueve años después de la muerte de Sancho II, tiempo excesivo como para pensar que fue una consecuencia del acto de Santa Gadea. Pero las causas no están nada claras; para algunos el motivo estuvo en las parias que recaudó al rey de Sevilla, el poeta al-Mutamid, y que no entregó íntegramente a su señor, y, para otros, se debió a una incursión realizada en las tierras de la taifa de Toledo para vengar un ataque musulmán a la fortaleza soriana de Gormaz y alrededores. Rodrigo, al enterarse del suceso, tomó la iniciativa personal de salir en la búsqueda de las tropas enemigas penetrando en las posesiones del rey de Toledo, amigo de Alfonso VI, donde asoló tierras, capturó rehenes y se adueñó de un importante botín que repartió generosamente entre su mesnada. Se dio la curiosa circunstancia de que el rey castellano se encontraba en suelo musulmán intentado sofocar un ataque del rey de Badajoz contra su compatriota toledano, por lo que se vio envuelto en una situación delicada: por un lado defendiendo al rey de Toledo y por otro atacando sus territorios por medio de uno de sus mejores hombres. Una vez recibida la queja de quien le pagaba buenos dividendos para defenderle, Alfonso castigó a su mejor soldado expulsándole de León y Castilla. Así pues, la leyenda negra del rey castellano se ha mantenido viva hasta que las investigaciones sobre la figura del Cid han demostrado lo contrario, que el personaje histórico superaba al personaje literario. Aún así, como muy bien indica el profesor Francisco Javier Peña, experto cidiano, detrás de una leyenda se esconde un mensaje y en los episodios legendarios narrados en este capítulo destaca el talante de un caballero honesto, de moral firme, defensor de la legalidad y del orden político y social del reino, algo impropio entre la alta nobleza.

El POEMA DE MÍO CID

La historia de la obra literaria del Cid es tan legendaria como la de su protagonista. No está claro cuando fue escrita por diferentes motivos. Hay quien entiende, entre ellos Ramón Menéndez Pidal, el gran investigador cidiano, que el Poema fue obra de dos autores por el desarrollo de los temas, el uso de la métrica y la narración de los sucesos históricos y lugares descritos. Tradicionalmente se ha pensado que una parte de la obra se debió a un juglar de San Esteban de Gormaz –villa próxima a los lugares citados– que la debió escribir hacia 1105, seis años después de la muerte del Cid. De ahí el conocimiento fresco, cercano y casi real de los sucesos y lugares narrados en la primera y segunda parte: “Cantar del Destierro” y “Cantar de las Bodas”. Siguiendo con esta teoría, el autor de la tercera y última parte, el “Cantar de la Afrenta de Corpes y Cortes de Toledo”, pudo haber sido algún poeta de Medinaceli, también en tierras de Soria, pero más alejadas del Duero, el cual comete imprecisiones en la descripción de los lugares por desconocerlos y hace una narración más alejada de la realidad, más imaginaria y novelesca, tal vez con más gancho legendario. La fecha probable de la redacción se sitúa alrededor de 1140 teniendo en cuenta los arcaísmos utilizados en el texto y las costumbres descritas entre la población.

En cambio, los estudios actuales no coinciden plenamente con las tesis del gran filólogo y medievalista gallego y apuntan a una fecha en concreto, la que aparece en el manuscrito: 1207, es decir, cien años después de la muerte del héroe castellano, una fecha que también levanta discusiones debido al tipo de grafía, más parecida a la utilizada en el siglo XIV, y a una duda que surge en la fecha del documento. El manuscrito se conserva en la Biblioteca Nacional de España y es una copia del siglo XIV que no deja dudas. La controversia está en conocer el original que sirvió para la copia realizada por el amanuense Per Abad o Pedro Abad, cura de la localidad soriana de Fresno de Caracena, próxima a Gormaz, territorio muy conocido por el Campeador por tener propiedades en la zona y cuyas hazañas seguro que conoció el copista de viva voz por algún juglar. Si hay algo claro es que la obra es el resultado de la tradición oral y de la lectura de relatos anteriores como el Carmen Campidoctoris y la Historia Roderici. Posiblemente de la amalgama de ambas fuentes surgió el germen de la obra, inventada en este caso por un solo autor de origen desconocido.

El Poema de Mío Cid es posiblemente la obra más antigua de la literatura castellana, lengua que empezaba a desplazar al latín de los ambientes cortesanos y aristócratas y que era entendida, además, por el pueblo. De ahí la gran difusión y buena acogida que tuvo. Un trabajo memorable, único e irrepetible por su desarrollo narrativo y planteamiento argumental, dividido en tres actos. Un texto de ficción, comprobado por diferentes estudiosos del tema, que intentó promocionar el orgullo castellano y los valores caballerescos de la época como la lealtad, la justicia, la fidelidad y la nobleza. El Cid aparece como un personaje de leyenda, asumiendo con resignación la desgracia de abandonar su tierra por una decisión injusta. Pero el autor de la obra supo combinar muy bien la verdad histórica con la ficción y el resultado fue un poema épico de gran calidad y mucha trascendencia literaria e histórica. Ante el acoso almohade, Castilla vivía un periodo convulso necesitado de personajes heroicos que dieran valor al espíritu castellano de siempre, de guerreros vencedores y combativos con el enemigo almorávide. Hacía falta una renovación del sentimiento de vasallaje hacia el rey y, al mismo tiempo, había que contentar a la nobleza con proezas bélicas y episodios atractivos que afirmaran el espíritu caballeresco del momento, y el Cid representaba todas esas virtudes. Así pues, el Poema de Mío Cid se convirtió en la mejor campaña de propaganda de la España de Alfonso VIII y tal vez ayudó a subir la adrenalina y la autoestima de los soldados cristianos que derrotaron a los musulmanes en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212.

Ramiro II, rey de Aragón. La leyenda de la campana de Huesca

“No por ambición ni codicia, sino por necesidad del pueblo y la tranquilidad de la Iglesia y llevado por el mejor deseo”.

(Palabras de Ramiro II al ser coronado rey de Aragón)

Ramiro II (Jaca, 1084-Huesca, 1157), rey de Aragón (1134-1137), tercer hijo de Felicia de Roucy y Sancho Ramírez I, rey de Aragón y Navarra. Heredó la corona del reino de su hermano Alfonso I y en 1137 cedió el trono a su yerno Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, aunque siguió ostentando el título de rey hasta su muerte. Está enterrado en la iglesia de San Pedro el Viejo de Huesca.

La muerte de Alfonso I el Batallador, sin descendencia directa, dejó el trono de Aragón lleno de incertidumbres y tensiones porque nadie, o muy pocos, dieron crédito al testamento real de donar la gestión de la Corona de Aragón a las Órdenes Militares y, mucho menos, de hacerlo efectivo. Una cosa era la decisión personal del rey y otra muy distinta la realidad social y política del reino, su historia, sus costumbres y sus maneras de vida. La Iglesia exigía el cumplimiento de la última decisión de Alfonso I y la nobleza aragonesa buscaba una salida más sensata y ajustada a derecho. Al final, los aragoneses buscaron una solución momentánea para salir del apuro como fue la propuesta de ofrecer el trono de Aragón al monje Ramiro, hermano menor de Alfonso I.

La formación religiosa

Ramiro, al igual que su hermano, había recibido de su madre Felicia de Roucy una esmerada educación fundamentada en profundos principios religiosos que le animaron a entrar en la abadía benedictina francesa de Saint-Pons-de-Thomières [San Ponce de Tomeras] con nueve años; después su hermano Alfonso le encargó que se hiciese cargo de la abadía leonesa de Sahagún (1110); luego fue elegido obispo de Burgos (1114) y un año después de Pamplona, más tarde abad del maravilloso templo románico de San Pedro el Viejo de Huesca (1130) y finalmente alcanzó el grado de obispo de Roda de Isábena y Barbastro (Huesca) en 1134. Y así pasaba su vida, entre claustros, hábitos y oraciones, alejado del mundanal ruido de las batallas y de los despachos reales. Esta vida fue la que le valió el sobrenombre con el que ha pasado a la historia, Ramiro II el Monje o el Rey Cogulla, como aparece en los escritos.

Pero la muerte de su hermano le obligó a salir de las dependencias monacales para ceñirse la corona de Aragón. Necesitó de una dispensa pontificia de Benedicto IX (1134) para que abandonara su matrimonio con Dios y se hiciera cargo de otros menesteres más tangibles e incómodos como era el gobierno de un reino envuelto en guerras y disturbios. Lo cierto es que Ramiro no lo hizo con buena gana y que fueron razones de Estado las que le empujaron a cambiar la cogulla de obispo por la capa y el cetro de rey… “no por ambición ni codicia, sino por necesidad del pueblo y la tranquilidad de la Iglesia y llevado por el mejor deseo”. Los cuatro años que estuvo reinando en Aragón fueron tan intensos y frenéticos que no es de extrañar que al final echara en falta su vida contemplativa de monje e hiciera todo lo posible para desprenderse de la corona como así hizo más adelante.

Las primeras medidas y los primeros problemas

Antes de entrar en los detalles de la leyenda negra de Ramiro II conviene explicar algunas circunstancias previas a los acontecimientos que tuvieron lugar en Huesca, entre ellas su elección de rey, hecho que no fue del agrado de mucha gente. El nuevo monarca fue coronado en su localidad natal de Jaca en 1134, pero la ciudad de Pamplona no le aceptó y una parte de la nobleza proclamó rey de Navarra a García Ramírez V. En aquellas fechas Aragón y Navarra estaban unidas desde 1076 a raíz de la muerte del rey de Pamplona Sancho Garcés IV, asesinado en el transcurso de una cacería por orden de sus hermanos, Ramón y Ermesinda, que pretendían alcanzar el poder. El rey navarro fue arrojado al fondo de un profundo precipicio pero las cosas no salieron como esperaban. Enterados algunos nobles de la intriga, no aceptaron como soberano a ningún miembro de la familia, ni siquiera al pequeño heredero del monarca asesinado debido a su corta edad, y decidieron elegir a su primo, al rey aragonés Sancho Ramírez I. Desde entonces habían permanecido unidas las coronas de ambos reinos hasta que Ramiro II tuvo que colgar el hábito.

Por si faltaba algo, el monarca castellano Alfonso VII, que se hallaba en todos los acontecimientos, decidió entrar en escena aprovechando la debilidad y la confusión del momento, ocupando Soria, Nájera (La Rioja) y Zaragoza. Para poner las cosas en orden, el nuevo rey pidió una tregua a los musulmanes y firmó algunos pactos con sus vecinos navarros para aclarar las fronteras de ambos reinos que en aquellos tiempos estaban muy difusas por varias circunstancias como eran la inestabilidad política –hecho que provocaba que entre los reinos vecinos se ocuparan y se entregaran plazas en función de acuerdos y casamientos– y las razias o incursiones musulmanas, que penetraban en territorios ajenos y luego los tomaban en propiedad. El caso es que Ramiro II tenía tanta faena en casa que no sabía muy bien qué hacer. Además, estaba la presión de Inocencio II que de vez en cuando le enviaba algún aviso recordándole el testamento de su hermano, la cesión de la Corona de Aragón a los caballeros templarios, hospitalarios y del Santo Sepulcro.

La leyenda de la Campana de Huesca

Tantos problemas internos y externos animaron a una parte de la nobleza a levantarse por la mala gestión política del nuevo regidor que, entre otras medidas, había devaluado la moneda jaquesa y vaciado los cepillos de las iglesias para superar la crisis económica. A partir de esta situación social se creó, siglos después, la leyenda de la Campana de Huesca con múltiples facetas y diversas interpretaciones históricas de dudosa verosimilitud. He intentado analizar de nuevo todas las versiones históricas para trasladar al lector la verdad de uno de los episodios más tristes de la Alta Edad Media, y lo cierto es que no he podido llegar a una conclusión categórica. Así pues, a medio camino entre la leyenda y la verdad historiográfica, estos fueron los sucesos ocurridos hacia el año de 1135 y que dieron lugar a la leyenda negra de Ramiro II.

Según la tradición, el rey aragonés, cansado de tanta rebelión y crispación civil, convocó a los nobles en su palacio de Huesca con la excusa de presentarles el proyecto de construir una campana que se oyera en todo el reino. A la cita fueron llegando los principales nobles a los que invitó a pasar uno a uno a una sala del palacio donde les esperaba una trágica sorpresa: todos fueron decapitados por los hombres del rey y sus cabezas quedaron colocadas en círculo menos la última, la del prohombre más levantisco, el obispo Ordás, titular de la diócesis de Huesca, cuya cabeza fue colgada de una campana pendiendo como un badajo. Algunas fuentes hablan de hasta doce nobles decapitados y otras de siete. Allí, en el suelo del palacio de los Reyes de Aragón, se encontraban repartidas las cabezas del señor de Albero Alto y Torreciudad, Lope de Fortuñones; la del señor de Bolea, Ejea y Luna, Bertrán; la del señor de Perarrúa, Miguel de Rada; la del señor de Naval, Íñigo López; la del señor de Ruesta, Cecodín de Navasa, y, por último, la de Fortún Galíndez, señor de Huesca. En total, seis nobles más la cabeza de la máxima autoridad religiosa del reino. La ausencia de estos caballeros en la documentación de aquel año de 1135 hace pensar que ellos fueron los elegidos para formar parte de la leyenda de la Campana de Huesca. Después, una vez cumplido el atroz escarmiento, Ramiro II hizo entrar al resto de los invitados para que vieran qué destino les esperaba si continuaban agitando el orden de Aragón. Visto lo visto los caballeros abandonaron el palacio y las revueltas cesaron.

Hasta aquí la leyenda de la Campana de Huesca como ha sido contada en los escritos desde el siglo XIV cuando apareció por primera vez en la Crónica de San Juan de la Peña o Crónica Pinatense, escrita por orden del rey aragonés Pedro IV el Ceremonioso. Después, la historiografía ha intentado indagar en las causas de la matanza, en los motivos que guiaron a Ramiro II a cometer tal locura y parece ser que una parte de la tradición tiene su base en los Anales Toledanos Primeros que citan de esta manera un suceso ocurrido en 1136: “Mataron las potestades en Huesca”. Si damos crédito a este breve comentario, podemos deducir que algo pasó durante el reinado del monarca aragonés; además, el historiador árabe Ibn Idari va más allá y explica que la causa de los asesinatos se debió al asalto que hicieron varios nobles a una caravana de mercancías que viajaba por tierras musulmanas hacia Huesca, acto que rompió el pacto de no agresión firmado entre Ramiro y el gobernador árabe de Valencia y Murcia.

Otras fuentes explican que la decisión tomada por el rey aragonés estuvo influenciada por Frotardo, abad del cenobio francés de San Ponce, donde había aprendido desde pequeño la moral cristiana y otras enseñanzas. Ante la difícil situación que vivía el reino, el soberano envió a un emisario para pedirle consejo sobre la mejor manera de acabar con el desorden. Como el religioso francés no se fió del enviado real, le invitó a visitar el huerto monacal y allí se dispuso a cortar las coles que sobresalían por encima de las demás. Una vez acabada la faena, le dijo que contara a su rey lo que había visto. Y eso hizo el buen caballero. Ramiro II interpretó que el huerto era su reino y las coles cortadas las cabezas de los nobles insurrectos.

También se cuenta que una parte de la nobleza se mofaba de él y le ridiculizaba porque entendía que era una persona inepta para el gobierno, sin valor ni conocimientos guerreros y poco hábil con las armas de batalla como la lanza y la espada, cuyo uso le resultaba difícil de compaginar cuando iba montado a caballo hasta el punto de llevar sujetas las bridas con la boca. Y así lo explica el romance:

“Las riendas tomad, señor,

en aquesta mano misma

con que asides el escudo,

y ferid en la morisca.

El rey, como sabe poco,

luego allí les respondía:

Con esa tengo el escudo,

tenellas yo no podía,

ponédmelas en la boca,

que sin embarazo iba”.

La boda del rey y la cesión del reino

Una vez resueltos de forma drástica una parte de los problemas internos, el rey se dispuso a pensar en la retirada. Como el tiempo apremiaba porque había que buscar a un heredero, inmediatamente le buscaron esposa y se casó con Inés de Poitiers, de noble linaje y buenas referencias, pues era hija de los condes de Toulouse. La boda, celebrada el primer día del año 1136, se realizó antes de que llegara el permiso papal para que pudiera consumarse el matrimonio, cosa que debió hacer sin más dilación porque a los nueve meses de la ceremonia nació Petronila, destinada a heredar el trono paterno de forma inmediata. Y así fue pues antes de cumplir los dos años la casaron con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, que contaba con veinticuatro años en el momento de los esponsales, celebrados en Barbastro el 11 de agosto de 1137.

Tres meses después, el monarca aragonés decidió abdicar en su yerno y regresar a su lugar de origen, el monasterio de San Pedro el Viejo, joya del románico aragonés, donde vivió hasta su muerte. A pesar del retiro, siempre mantuvo el título de rey mientras su yerno, en un signo de inteligencia política, se reservó el nombramiento de príncipe de Aragón. El enlace sirvió para unir definitivamente las tierras de Aragón y Cataluña en un solo reino, una sola unidad territorial pero con tradiciones y leyes diferentes.

Alfonso X, rey de Castilla. La leyenda del Rey Sabio

“Mientras estudia el cielo y observa los astros, perdió

la tierra”.

Padre Juan de Mariana

Alfonso X (Toledo, 1221-Sevilla, 1284), rey de Castilla (1252-1284), hijo primogénito de Fernando III el Santo y Beatriz de Suabia, reyes de Castilla y León. Se casó con Violante (1246), hija de Jaime I de Aragón, con la que tuvo diez hijos, entre ellos a Sancho IV. Se da la curiosa circunstancia de que Alfonso repudió a su esposa por estéril y decidió casarse con la princesa noruega Cristina, pero cuando llegó a Burgos para la boda (1254) la reina había dado a luz a Berenguela. Al final tuvo que arreglar el problema casando a la joven nórdica con su hermano Felipe. Alfonso X y Violante descansan en la catedral de Sevilla, menos el corazón del rey que reposa en la catedral de Murcia.

La vida de Alfonso X es una de las más paradójicas de los reyes de España. Su sobrenombre de Sabio ha transmitido la idea de un monarca con un talento especial para sacar adelante empresas culturales, y con ese semblante literario ha pasado a la historia, a la memoria profana del conocimiento; en cambio, su biografía profunda dista mucho de la imagen de un buen rey en todos los ámbitos de gobierno y no solo en el cultural. En la gestión política de Alfonso X debió pesar mucho la referencia paterna de Fernando III, un monarca ejemplar y que marcó el camino político de Alfonso, para lo bueno y para lo malo, para asemejarse al rey santo y para superarle a pesar de las limitaciones políticas del hijo.

Aunque no lo parezca, Alfonso tuvo una vida dramática, un reinado lleno de problemas de toda índole como el fracaso por alcanzar la corona imperial, las invasiones africanas, el levantamiento de los nobles, el sufrimiento padecido por las gravísimas enfermedades que tuvo, la muerte de su primogénito o, su peor pesadilla, la rebelión familiar que le persiguió parte de su vida hasta el punto de ver como su hijo Sancho le despojaba del trono de Castilla ayudado por una parte de la nobleza y la Iglesia. Durante un largo periodo de su gobierno, Alfonso X estuvo preocupado por alcanzar el sueño de la corona imperial alemana, cargo ofrecido al monarca en 1256 por su descendencia directa materna con el duque de Suabia, abuelo del monarca y dinastía que había gobernado mucho tiempo en Alemania. El “fecho del Imperio”, como aparece recogido en los libros, acabó oficialmente en 1273 con la elección como emperador de Rodolfo de Habsburgo, a pesar de que Alfonso X insistió en su demanda hasta el verano de 1275, cuando tuvo lugar la entrevista con Gregorio X en la ciudad francesa de Beaucaire, cerca de Montpellier. Aquella reunión terminó con la derrota moral del soberano de Castilla ante los argumentos y la firmeza demostrada por el papa, contrario a la presencia de la dinastía Suabia en el trono imperial.

Precisamente fue la prolongada ausencia del monarca de la Península la que facilitó una nueva invasión árabe, esta vez a cargo de los benimerines, herederos directos de los almohades. Los nuevos africanos, apoyados por el reino de Granada, ocuparon varias plazas (tierras de Cádiz, Sevilla, Jaén y Córdoba) hasta que unos y otros firmaron varias treguas a la espera de mejores tiempos. Unos tiempos turbulentos, ni mejores ni peores, llenos de crisis porque la nobleza se levantó contra su rey. No aceptaban las reformas legislativas que limitaban su poder y aumentaba el de la realeza, ni tampoco el espíritu del Fuero Real, dado por Alfonso a las villas y ciudades de Castilla y la Extremadura con el fin de regular las relaciones entre monarquía y nobleza. También hubo momentos de satisfacción. Uno de sus aciertos como gobernante fue la política repobladora que se extendió a gran parte del territorio castellano, desde Galicia a Huelva y desde Asturias a Murcia. En fin, un rey docto en sabiduría y torpe en administración pública. ¿Un buen monarca? Intentaré responder a la pregunta en las próximas páginas.

Las enfermedades del rey y sus empresas culturales

Pueden parecer consideraciones independientes y no relacionadas, dos situaciones más de su vida, quizá inconexos, pero me ha llamado la atención que las etapas en que sufría graves enfermedades coincidían con momentos de intensa labor literaria. El carácter creador de Alfonso se manifestaba de manera gloriosa cuando se apartaba de la corte por razones de salud y dedicaba todo su tiempo a la producción cultural. Solo desde la soledad y alejado de las responsabilidades de gobierno se puede entender la magna obra del Rey Sabio. Son varios los estudios que sostienen que su carácter errático, que su posible desequilibrio mental, que sus enfermedades y males, que sus crisis de dolor sirvieron, no solo para deponerle del reino ante la incapacidad de reinar con equilibrio y razón, sino para fortalecer sus inquietudes literarias, científicas y legislativas.

Quizá desde este argumento se puede entender cómo un rey de Castilla pudiera disponer de tiempo para sacar adelante sus extensos proyectos culturales. En cambio, también he advertido lo poco conocidas que resultaron las enfermedades del rey, aún así, en las Cantigas, uno de los mejores trabajos directos de Alfonso, encontramos algunas citas (Cantigas 200, 209, 235, 279, 366 y 367) que hablan de las desdichas del rey, de sus males físicos y de los malos momentos sufridos que el monarca quiso trasladarlos a su obra más ambiciosa, más autobiográfica. Para muchos investigadores, este maravilloso documento literario es más fehaciente y real que cualquier otro testimonio escrito legado por los cronistas de la época. El rey padeció varias enfermedades que fueron agravándose con el paso de los años, desde una hidropesía, que le afectó a las funciones renales, hasta fiebres generales, descompensaciones cardiacas, trastornos mentales y un cáncer maxilar que le produjo la pérdida de un ojo. Un empeoramiento general que le obligó a ceder a su hijo Sancho una parte de sus responsabilidades.

El dilema de la sucesión

Cuando Alfonso X estableció en su obra Espéculo y luego en las Partidas el “derecho de representación” que otorgaba a los hijos del heredero al trono el derecho a la corona, no sabía muy bien en qué enredo se estaba metiendo, ni se lo imaginaba. Este principio hereditario alteraba notablemente la costumbre castellana según la cual, el hijo primogénito, nacido de un matrimonio legal, sucedía al padre y, en caso de ausencia por fallecimiento, era sustituido por el segundogénito y así sucesivamente. Después de la muerte del príncipe Fernando (Ciudad Real, 1275), primer varón del rey castellano, la nueva norma alfonsina dejaba el trono de Castilla en manos del nieto de Alfonso X, el infante Alfonso de la Cerda, para más señas sobrino de Felipe III, rey de Francia, hermano de su madre.

Algunos estudiosos entienden que una de las condiciones para la celebración de la boda entre el príncipe Fernando y su futura mujer Blanca, hija de san Luis IX de Francia, tío de Alfonso X, fue que los descendientes del matrimonio gobernaran en Castilla, cláusula renovada por el nuevo rey francés Felipe III que subió al trono en 1270. Según parece, todos los implicados en los derechos hereditarios estaban de acuerdo, sobre todo el Rey Sabio que sabía de la importancia de tener como aliado al país vecino y de hacer cumplir la legalidad vigente sobre los derechos de sucesión. Al hilo de esta declaración de intenciones entre Castilla y Francia, sabemos que unos años antes, en 1255, ambos monarcas hablaron de la posibilidad de unir los dos reinos casando a la infanta Berenguela con Luis, primogénito del soberano francés, un ambicioso e histórico proyecto que no salió adelante al nacer el infante Fernando ese mismo año, y morir prematuramente el heredero de Luis IX. Pero tanta negociación hereditaria no fue cosa fácil en aquellos tiempos de luchas terribles entre corona y nobleza.

De hecho, la historiografía nos ha dejado una lectura política del conflicto que se avecinaba entre Alfonso X y su hijo Sancho. Al parecer, el heredero Fernando, poco antes de morir, exigió a Juan Núñez de Lara que jurase defender los derechos de su pequeño Alfonso a la corona del reino. Por otro lado, existía un acuerdo de amistad y lealtad entre el infante Sancho y Lope Díaz de Haro para que el noble defendiera los derechos de sucesión ante su sobrino Alfonso. Así las cosas, al margen de cuestiones de procedimiento jurídico que solo podía decidir el monarca, aunque la norma era clara, comenzaba una lucha nobiliaria por el gobierno real entre las dos familias más poderosas de Castilla, los Lara y los Haro.

Aunque el rey estaba por encima de casi todo, ciertas decisiones debían contar con el apoyo y el visto bueno de sus consejeros por que al fin y al cabo eran los encargados de gobernar en la sombra con sus sabias decisiones y propuestas. La buena gestión realizada por Sancho en Castilla durante la ausencia de su padre en Beaucaire y la habilidad mostrada en la negociación con los musulmanes para pactar una tregua, debieron ser motivos suficientes para cambiar de opinión. Al final, los partidarios de Sancho presionaron para que la solución política predominara sobre la norma legal e hicieron todo lo posible para que así fuera, hasta el punto de presentarse una importante delegación de ricos hombres en Toledo para disuadir al rey.

Detrás de la campaña estaba Lope de Haro, fiel a su compromiso de apoyar al infante Sancho en todo lo que fuera necesario para alcanzar el objetivo, pero el rey, haciendo honor a su futuro apodo, no quiso desvelar su decisión, probablemente porque el conflicto que vivía en su interior, como persona y como rey, como padre y como legislador, no le dejaba aplicar la razón a un asunto con muchas aristas. Parece ser que el tiempo y los hechos –las hazañas bélicas de Sancho contra los moros– le hicieron reflexionar sobre la conveniencia de que su hijo era la mejor opción para ocuparse del trono de Castilla, eso es al menos lo que sucedió en las Cortes de Burgos (mayo-julio de 1276) en donde la figura del infante salió reforzada con la designación de “hijo mayor y heredero”. Pero fue en las Cortes de Segovia (mayo de 1278) cuando el infante juró ante los procuradores del reino el nombramiento de príncipe, dando carácter oficial a una elección que ya había sido aceptada en todos los mentideros y plazas públicas de Castilla y León. Con la designación se debía poner fin a tanta polémica y angustia sucesoria y a tanta duda e incertidumbre por parte del rey, pero las cosas se torcieron unos años después. De momento Violante empezó a preparar su salida porque su sentido de madre y abuela le avisaba de posibles riesgos para la vida de sus nietos.

La leyenda negra de las misteriosas ejecuciones de los nobles

Uno de los episodios de enfermedad que padeció Alfonso X tuvo lugar en el invierno de 1276-1277. Durante varios meses estuvo recluido en su residencia de Vitoria y una vez recuperado hizo una reaparición pública brutal: ordenó ajusticiar a su hermano Fadrique y al caballero Simón Ruiz de Cameros, uno de los señores más ilustres de Castilla. La orden salió de su puño y letra pero uno de los brazos ejecutores fue el del infante Sancho, obediente por intereses ante la decisión paterna de la elección de heredero. Esto es lo que cuenta la Crónica de Alfonso X:

“el Rey mandó al infante don Sancho que fuese prender a Simón Ruiz de Cameros, y que le hiciese matar. Y don Sancho salió luego de Burgos y fue a Logroño y halló a don Simón Ruiz y prendióle, y este mismo día que los prendieron prendió Diego López de Salcedo en Burgos a don Fadrique, por mandato del rey. Y don Sancho fue a Treviño y mandó quemar allí a don Simón Ruiz, y el rey mandó ahogar (estrangular) a don Fadrique”.

En cambio, otro documento de la época, los anónimos Anales del reinado de Alfonso X, indican que Fadrique fue apresado en un castillo y metido en un arca llena de hierros agudos donde murió. Atroz muerte para un pariente del rey. La misma fuente añade que el cuerpo de Fadrique fue arrojado a un sucio e “indigno lugar”, seguramente a una letrina o estercolero. Años más tarde, el cadáver sería trasladado al templo de la Trinidad de Burgos y después al monasterio de las Huelgas de la misma ciudad una vez derribada la iglesia. Así empezó a escribirse la leyenda negra del Rey Sabio.

La legislación del momento establecía castigos de pena de muerte o ceguera para determinados delitos como bien tipificaban las Partidas:

“deben morir [se refiere a los traidores] por ello lo más cruelmente […] arrastrándolo, horcándolo o quemándolo o echándolo a las bestias bravas […] debiéndolo matar en otra manera así como haciéndolo sangrar o ahogándolo”.

Por su parte, el Fuero Real no se quedaba corto en las penas y castigaba algunos hechos con la extracción de los ojos para “que haya siempre amargosa vida y penada”. Al parecer, en ambos casos, el rey sospechaba que tanto su hermano como el noble riojano –pariente de la familia real al estar casado con una hija de Fadrique– le habían traicionado organizando un plan para asesinarle, deducción que puede entenderse del lacónico comentario que leemos en su Crónica justificando las ejecuciones: “porque el rey supo algunas cosas”. Pero, ¿qué cosas llegó a saber el rey para firmar tamañas sentencias?

Encontramos otros argumentos que explican aquella espeluznante decisión, impropia de un rey sereno y reflexivo, pero seguramente sujeto a los impulsos irrefrenables que los trastornos mentales y las manías persecutorias le provocaban. Entre las diferentes causas que la historia ha querido desvelar para explicar los episodios comentados, encontramos la derrota de las tropas castellanas ante las francesas por culpa de la traición de los familiares (Francia invadió Navarra al conocer la elección de Sancho al trono). Bueno es saber que Francia y Aragón eran favorables a la corriente hereditaria del infante Alfonso por razones de parentesco y estrategia política (Violante, abuela del infante, era hija de Jaime I y hermana de Pedro III, rey de Aragón, y Blanca, madre de los infantes de la Cerda, era hermana del rey francés).

También se habla de la pérdida de confianza o paciencia del rey hacia su hermano, siempre metido en problemas e intrigas políticas que tantos disgustos le había ocasionado, especialmente en el asunto del imperio, al participar en alianzas con los enemigos de Aviñón, sede del papado en aquellos tiempos. Otra línea argumental, esta quizá menos consistente pero propia de una sociedad ignorante, fue la predicción astrológica –conocida por el rey– de que un miembro de la familia real le destronaría y qué mejor sospechoso que Fadrique, enemistado con el soberano por sus andanzas y correrías, culpado incluso de facilitar la huida de la reina Violante con sus nietos a tierras de Aragón por miedo a los desmanes del bravo Sancho, aunque esta acusación no se sostiene por incompatibilidad de fechas –la reina huyó un año después de la muerte del cuñado–. Claro que el vaticinio no anduvo desviado de la verdad porque fue un familiar cercano, el infante Sancho, quien le despojó de la corona. Misterios de la historia. Existe una corriente legendaria que asegura que la causa de la muerte del infante fue debido a las relaciones entre Fadrique y Juana de Pointhieu, segunda esposa de Fernando III y por consiguiente madrastra del rey, asunto muy mal visto en la corte alfonsina.

Por último, dejamos abierta la posibilidad a otras conjeturas muy mal vistas en aquel mundo como la homosexualidad, la sodomía, la perversión sexual, la desviación religiosa o la herejía, asuntos siempre ocultados pero latentes en la sociedad y que la propia legislación alfonsí reconocía como temas tabúes. No se trata de hipótesis manejadas con poco rigor pues en el códice de Florencia se pueden ver seis ilustraciones alegóricas (Cantiga 235) que posiblemente representen los sucesos de los que hablo, entre ellos la quema del noble rebelde. En cambio, el miniaturista dejó en blanco la siguiente viñeta, la que debería representar el tormento de Fadrique, pero prefirió obviar el suceso al tratarse de un miembro de la familia real y de una obra destinada a la cámara regia, abierta a los ojos de la monarquía. Los versos 70-78 de las Cantigas se encargan de estos acontecimientos.

Las ejecuciones se hicieron de forma simultánea, en diferentes lugares, bien coordinadas y en la clandestinidad como indica Salvador Martínez en su gran trabajo sobre Alfonso X. Por todo ello cabe pensar en un atentado contra la figura del rey, de ahí la premura de las ejecuciones; además, en ningún momento fueron justificadas ni aclaradas como si Alfonso hubiera querido ocultarlas a la opinión pública a pesar de la complicidad de Sancho quien, tiempo después, denunciaría los hechos e insultaría a su padre por los crímenes.

El golpe de Estado y la primera guerra civil española

Si importante fue la vida intelectual de Alfonso X, no menos trascendentales fueron sus últimos años de reinado. Su enfrentamiento con el infante Sancho dejaron una huella excepcional en las páginas de la crónica de la Edad Media española. Hasta ese momento no se conocía una guerra civil entre familiares ni que un hijo depusiera del trono a su padre; un padre de envergadura que había sido candidato al imperio alemán y que era célebre en el mundo cristiano por su labor intelectual. Una situación muy comprometida, aunque predecible, y que el monarca castellano podía esperar pues no era ajeno a los movimientos del infante buscando socios y aliados para su causa. En septiembre de 1281 se celebraron las Cortes de Sevilla donde padre e hijo se vieron las caras y pusieron las cartas sobre la mesa. Sancho no quiso aceptar la propuesta de Alfonso X de ceder el viejo reino de Murcia al infante Alfonso de la Cerda como pago por renunciar a la herencia de Castilla como primogénito del fallecido infante Fernando. Sancho se negó a una división del reino y el rey le debió amenazar con apartarle de sus derechos al trono si seguía manteniendo esa actitud hostil y nada conciliadora.

Es posible que la entrevista fuera bastante tormentosa ya que padre e hijo rompieron cualquier relación. La situación económica de Castilla era muy delicada en ese momento por la fuerte presión fiscal; el descontento de las ciudades y de la Iglesia era patente y el infante Sancho quiso aprovecharse del estado de ánimo del pueblo para presentarse como el salvador de la unidad castellana y restaurador de los derechos populares y eclesiásticos que habían sido pisoteados por el fisco y la autoridad real durante tantos años. Unos meses después se celebraron en Valladolid (21 de abril de 1282) unas Cortes muy especiales, tanto, que fueron un acontecimiento único en la historia de España: el insólito nombramiento del infante Sancho como rey de Castilla ante la presencia de familiares, nobles, maestres, caballeros, procuradores y religiosos de alto copete. La Crónica de Alfonso X dejó registrado el momento del simulacro de Cortes con estas palabras:

“Y acordaron todos que se llamase rey al infante don Sancho y que le diesen todos el poder de la tierra. Y él nunca lo quiso consentir que en vida de su padre se llamase él rey de sus reinos […]”.

Aquella decisión, pronunciada por el infante Juan Manuel, sobrino del monarca (hijo de su hermano Manuel) y uno de los personajes más relevantes de las Cortes, supuso una suspensión indefinida de los poderes del rey, una deposición técnica o mejor dicho, un golpe de estado en toda regla con la participación de una parte de los representantes del reino. En la cita de Valladolid se oyeron muchos testimonios y varias sentencias para justificar la deposición de Alfonso X, entre ellos las muertes de su hermano Fadrique y del señor de Cameros, ejecutados “escondidamente” por orden del monarca, la mala política fiscal con las alteraciones de la moneda, el exceso de gastos por el tema del imperio y los desafueros, los fueros y privilegios tradicionales de villas y ciudades que habían sido anulados. Verdades a medias o exageraciones de los rebeldes que sirvieron para conseguir el suficiente apoyo mediático.

Hasta ese momento, la guerra civil se libraba dentro de la más exquisita diplomacia, utilizando los mecanismos del Estado y los pronunciamientos de unos y otros. Fue una guerra civil de despachos y reuniones, sin sangre ni muertes, de negociaciones y promesas. Y todo este episodio lo sufrió el Rey Sabio convaleciente de una grave enfermedad, una más, que le había impedido moverse de sus aposentos. La recuperación física del soberano y la inesperada y sorprendente ayuda recibida de su enemigo Abu Yusuf, el sultán de los benimerines, dieron un vuelco al panorama político con la dura declaración real de desheredamiento y pública maldición de Sancho. Como vemos, las recuperaciones del rey eran terribles para la salud de los demás. La leyenda negra de Alfonso X seguía creciendo.

La maldición del infante rebelde y los testamentos del rey

Las graves acusaciones que había vertido Sancho contra su padre, justificando su incapacidad para gobernar, fueron respondidas convenientemente por Alfonso X. No olvidemos que el infante había comentado “que el rey está demente y leproso, que es falso y perjuro en muchas cosas, que mata a los hombres sin causa, como mató a Fadrique y a don Simón”. Tales palabras fueron contestadas por el monarca de forma enérgica el 8 de noviembre de 1282, medio año después de los sucesos, con esta sentencia:

“Por consiguiente, dado que el sobredicho Sancho nos causó impíamente las graves injurias indicadas y muchas otras que sería largo escribir y referir, sin temor alguno y olvidando de todo punto la reverencia paterna, lo maldecimos, como digno de la maldición paterna, como reprobado por Dios y como digno de ser vituperado por todos los hombres, y viva siempre en adelante víctima de esta maldición divina y humana, y lo desheredamos a él mismo como rebelde contra nosotros, como desobediente, contumaz, ingrato, más aún hijo ingratísimo y degenerado […]”.

Curiosamente, justo un año después, Alfonso X firmaba su testamento en Sevilla con su sello personal, un texto autobiográfico, literario, expresivo y muy duro contra su hijo que dejaba zanjada la discusión del heredero a la corona. Ni derecho tradicional ni nueva legislación, el testamento dejaba fuera de la línea de sucesión a todos sus hijos varones y apostaba por el mayor de sus nietos, es decir, por el infante Alfonso de la Cerda, decisión no deseada por el monarca pero única salida para solucionar el contencioso. No había más opciones aunque el rey, previsor como el que más, introdujo una cláusula inviable y alejada de toda lógica según la cual, en caso de fallecimiento del heredero –aún muy joven–, se haría cargo de Castilla el rey de Francia “porque viene derechamente de línea derecha de donde venimos”.

Poco antes de morir, Alfonso X retocó el testamento (10 de enero de 1284) con una segunda revisión o codicilio (disposición de última voluntad) conmovedora donde explicaba el destino de sus pertenencias. Sus restos mortales serían enterrados en la iglesia de Santa María la Real de Murcia y su corazón en el monte Calvario de Jerusalén, una voluntad no respetada pues su cuerpo fue trasladado a la catedral de Sevilla y su corazón a la de Murcia. El encargado para ejecutar los traslados fue el maestre del Temple Juan Fernández, beneficiado con el caballo y las armas del rey y una suma de mil marcos de plata para misas por su alma cantadas en el Santo Sepulcro. Sus libros y objetos personales más preciados serían enterrados con su cuerpo, entre ellos el Espejo Universal, las Tablas Alfonsíes, las Cantigas, el Setenario. Nada de ello se cumplió.

El 23 de marzo de 1284, poco antes de morir, el rey de Castilla envió al papa una carta comunicándole la intención de perdonar al infante Sancho como recoge su Crónica, aunque el documento en cuestión nunca apareció. El día 4 de abril fallecía en Sevilla y con él se cerraba uno de los periodos más gloriosos de la cultura española, sólo equiparable al Siglo de Oro de nuestras letras. Terminaba la Reconquista y el esfuerzo por alcanzar la integración de todos los pueblos peninsulares, judíos, moros y cristianos. No hay duda de que fue un gran rey, un rey desgraciado, sí; desacertado a veces, también; contradictorio, polifacético, pero un rey que ha pasado a la historia con letras mayúsculas que se adelantó a su tiempo en más de un siglo. En definitiva, un Rey Sabio. Como era de esperar, le sucedió en el trono su hijo Sancho con el apodo de Bravo.

Fernando IV, rey de Castilla. La leyenda del rey emplazado

“Y estos caballeros, cuando el Rey los mandó matar, viendo que los mataban con tuerto –injustamente–, dijeron que emplazaban al Rey, que compareciese ante Dios con ellos […] de aquel día que ellos morían a treinta días”.

Fernando IV (Sevilla, 1285-Jaén, 1312); rey de Castilla (1295-1312). Segundo hijo de Sancho IV y María de Molina, proclamado rey de Castilla con tan sólo nueve años por la temprana muerte de su padre. En los primeros años de su reinado, hasta la mayoría de edad (diciembre de 1301), estuvo tutelado por su madre y el infante Enrique, hermano de su abuelo Alfonso X. Se casó con la princesa Constanza, hija del rey de Portugal Dionís, con quien tuvo dos hijos: Leonor y el futuro Alfonso XI.

La prematura muerte de Sancho IV de Castilla dejó una triste herencia de guerras y ambiciones abriendo una profunda herida que tardaría mucho tiempo en cerrar. Nueve años de guerra civil alimentada por la poderosa nobleza, esa que tantos trastornos había provocado después de la muerte de Alfonso X por defender sus cuotas de poder y que aprovechó la aparente debilidad de la monarquía para acorralar a una familia real atacada por todos los frentes. Corrían tiempos caóticos para la Corona de Castilla, incapaz de sacudirse el asedio voraz e incesante de los ricos hombres del reino que vieron una oportunidad única para seguir acumulando más patrimonio para sus casas y más títulos para sus apellidos. Debieron pensar los poderosos que el gobierno no estaba en buenas manos, con un inocente y pequeño rey de nueve años, una madre débil ejerciendo labores de reina en funciones y un viejo tutor que había desembarcado en Castilla para morir apaciblemente en su tierra después de una larga vida aventurera.

El error de los grandes de Castilla fue que solo vieron en el trono a un niño y a una mujer, y no a un futuro rey y a una reina madre experta, fuerte, prudente, hábil y sagaz, fiel reflejo de Berenguela, madre de Fernando III y tatarabuela del pequeño Fernando. La personalidad de María de Molina, la reina regente, reina por segunda vez, fue lo suficientemente aguerrida como para enfrentarse a los ataques enviados desde la oposición, representada por nobles y reinos vecinos. El tercer personaje del triunvirato era el infante Enrique, hermano de Alfonso X, un anciano en aquellos tiempos medievales que estaba de vuelta de todo y que, debido a su ambición y falta de escrúpulos, decidió regresar a casa para aprovecharse de la situación y ayudar en lo que fuera necesario si con ello sacaba algún provecho.

María de Molina y la ingratitud del hijo

Hasta tres veces fue nombrada reina María de Molina. La primera como esposa de Sancho IV, la segunda como regente de su hijo Fernando IV, y la tercera como abuela de su nieto Alfonso XI, también elegido rey a temprana edad. María fue la artífice de la cohesión de Castilla en unos tiempos difíciles para la unidad peninsular que con tanto ahínco y ardor había defendido su esposo Sancho cuando le propusieron entregar una parte del reino a su sobrino Alfonso de la Cerda para zanjar el espinoso asunto de la sucesión de Castilla. María sacó la fuerza y energía suficientes para no ceder a las presiones de los nobles castellanos, solo preocupados en atender sus tierras en detrimento del bienestar del reino. La reina regente luchó contra todas las adversidades posibles por sacar adelante el gobierno del reino, contra sus propias enfermedades y debilidades, odios, traidores, poderosos y farsantes, enemigos y tiranos. Gracias a su inteligencia, se rodeó de gente fiel, amigos leales que nunca la abandonaron como Guzmán el Bueno o Juan Mathe de Luna. En momentos de apuros económicos, cuando los maravedís escaseaban y hacían falta para pagar a caballeros y militares, buscaba préstamos entre los orfebres y ricos mercaderes de Burgos y nunca la decepcionaron. Su vida fue una lucha constante contra los inconvenientes.

Uno de los peores momentos que le tocó vivir fue en 1302, poco después de recibir la buena noticia de la dispensa papal. Aquella bula pontificia hizo mucho daño en la Corte, especialmente a los más allegados como los infantes Juan y Enrique (tío y tío abuelo del joven monarca respectivamente). Los dos pretendían la tutela del joven rey y los dos buscaban un buen motivo para alejar a María de Molina del trono. Aprovechando un viaje de la reina a Vitoria y la debilidad de carácter del monarca, ambos infantes se pusieron de acuerdo para injuriar y calumniar a María con falsedades que el inocente Fernando creyó porque salían de bocas amigas que solo buscaban la adulación. Aquellas malas palabras provocaron un distanciamiento entre madre e hijo. La reina regente se sintió herida por la ingratitud del rey, pero como buena madre, intentó alejarle de las malas influencias de los parientes. Tuvo a su lado a los representantes del reino que solo confiaban en la reina madre, solo a ella obedecían y respetaban con honor; una popularidad que encendió los ánimos de los infantes y ratificó la idea de alejar a María del rey y de las tomas de decisión. Solo había un camino para alcanzar el objetivo: seguir llenando la cabeza del joven rey con mentiras sobre su madre.

Le dicen al rey que tiene la intención de acordar el matrimonio de Isabel –primogénita y hermana de Fernando– con Alfonso de la Cerda para que fuera nombrado rey de Castilla y hasta le insinúan que María había enajenado las sortijas de su padre e incluso que había estado desviando dinero de los caudales públicos durante el periodo de regencia. Nada de eso era cierto, pero el ingrato hijo le pide a su madre las alhajas del rey Sancho y ella, sin sospechar nada, se las entrega ante la sorpresa de Fernando y de los calumniadores. Sin duda, aquel acto le debió avergonzar en exceso al monarca pero su reacción fue muy pasiva, demasiado abúlica; seguía confiando en la buena voluntad de sus tutores. También le pidió las cuentas del reino y Nuño Pérez de Monroy, administrador y canciller de la reina, hombre de toda confianza, accedió a entregarle los libros de cuentas donde se demostraba que, no solo no había desviado dinero sino que había puesto dos millones de monedas recibidos de préstamos para salvar la hacienda y el reino.

Cuenta la crónica que debido a la falta de recursos, María se vio en la obligación de tomar la sopa en escudillas, una pobre vasija de barro en forma de media luna. Pero al final la verdad vio la luz y la calumnia se volvió contra los acusadores cuando quedó demostrado que una parte de los préstamos solicitados por la reina fueron destinados a pagar los gastos de la guerra provocada por el infante Juan cuando se autoproclamó rey de León. Aquella dura verdad le fue ocultada al rey para no quedar en evidencia. María de Molina no solo tuvo que encargarse directamente de los problemas propios del reino, además tuvo que enfrentarse a la codicia de algunos nobles de mala fe que solo buscaban su beneficio particular, encumbrarse en la cima del poder. Ese fue el caso de su cuñado, el citado infante Juan, hermano de Sancho IV, tío de Fernando IV, un personaje que cubrirá el reinado de su sobrino con sombras, dudas, traiciones y actos rebeldes.

La legitimación del rey

Uno de los principales problemas del reinado de Fernando IV fue su legitimación como rey de Castilla, causa, entre otras razones, de la incruenta guerra civil al considerar sus enemigos que el soberano era ilegítimo a los ojos de la Iglesia y del mundo cristiano. La reina regente puso todo el empeño en solucionar la difícil empresa ante el papa porque en ella le iba el futuro de su familia y del reino. Hay que recordar que el matrimonio entre Sancho IV y María de Molina se realizó sin la necesaria dispensa papal, obligatoria cuando se trataba de enlaces entre parientes cercanos, como era el caso, ya que los novios eran tía y sobrino. La situación, que en condiciones normales se hubiera solucionado en poco tiempo, pues este tipo de bodas eran frecuentes entre la realeza, se complicó aún más debido al primer matrimonio de Sancho el Bravo que jamás fue anulado: me refiero a su enlace mediante procuradores con Guillerma de Montcada. Esta circunstancia, en cambio, no preocupó demasiado a la reina porque su marido había fallecido y no tenía sentido luchar por un matrimonio disuelto por la muerte del rey. Su angustia era la legitimación de sus hijos, entre ellos la del propio monarca.

Sancho IV había intentado resolver el problema con inteligencia, llegando a un acuerdo de paz con Felipe IV de Francia –monarca que acabaría en unos años con la Orden del Temple–, pensando que el gesto sería bien recibido por Nicolás IV, como así fue. Pero ni los tratados de paz ni los importantes traspasos realizados a la cuenta bancaria del Vaticano aceleraron el proceso. Tanto Martín IV como el resto de los prelados que le sucedieron, se desentendieron del asunto. Sancho moriría en 1295 sin alcanzar las bulas, dejando el problema en manos de su esposa y reina regente. Así las cosas, María siguió insistiendo ante el rey de Francia para que presionara a Bonifacio VIII con el fin de agilizar los trámites hasta que un buen día de septiembre de 1301 se recibió en el palacio de Segovia un comunicado avisando de las bulas. Por fin se legitimaba el matrimonio entre Sancho IV y María de Molina y al mismo tiempo se facilitaba la dispensa de parentesco en tercer y cuarto grado para que Fernando IV pudiera casarse con la infanta Constanza de Portugal.

Pero las buenas noticias no llegaron solas; el papa, enterado de los méritos y virtudes de María de Molina, a la que estimaba mucho, daba la bendición cristiana a sus hijos con los honores y dignidades correspondientes a su categoría de infantes y además concedía al rey la facultad de ingresar una parte de las tercias reales durante tres años. Por fin, los diez mil marcos de plata pagados por María para sacar adelante la reclamación habían dado sus frutos.

Habían pasado diecinueve años (1282-1301) esperando una dispensa que, de haber llegado en su momento, hubiera evitado mucho dolor a Castilla y a sus gentes, pero la Iglesia no obedecía a razones de corazón ni de justicia, sino a criterios políticos y económicos. De hecho, uno de los personajes que más trabajaron para convencer a Bonifacio VIII de la urgente necesidad de firmar la bula fue Gonzalo Díaz, arzobispo de Toledo y buen amigo del papa. El comunicado de la curia romana rompió los esquemas de mucha gente interesada en continuar con la guerra civil, entre ellos Jaime II de Aragón y Alfonso de la Cerda (nieto de Alfonso X), quien vio desvanecer sus aspiraciones a la corona una vez legitimada la figura de su primo Fernando. Otro de los afectados fue el omnipresente infante Enrique, que ambicionaba la tutela del rey de forma vitalicia y difundió el rumor de la falsedad de los certificados papales en las Cortes de Burgos (1301) para crear más confusión en la Corte, pero la reina se encargó de aclarar la fea maniobra leyendo la bula y la dispensa en la misma catedral burgalesa delante del pueblo. Una vez más el infante quedaba en evidencia.

La muerte del rey: la sentencia de emplazamiento

La leyenda negra del rey empezó a gestarse unas semanas antes de su muerte a raíz del asesinato del caballero Juan Alonso de Benavides, hombre de confianza y privado del rey, ocurrido en las puertas del palacio real de Palencia una noche de agosto de 1312. Poco tardaron las autoridades en arrestar a los hermanos Carvajales, encontrados al parecer en la Feria de Medina del Campo y considerados culpables del crimen. En una ciudad tan pequeña como aquella Palencia de principios del siglo XIV resultaba muy difícil esconderse de la justicia y, sobre todo, pasar desapercibido después de cometer un acto tan execrable delante de un lugar bien vigilado por tratarse de la residencia real. Enterado el rey del triste suceso, solicitó que los presuntos culpables fueran enviados a Jaén –donde se encontraba luchando contra los moros– para juzgarles. Las pruebas debieron ser tan certeras y verosímiles que los hermanos Carvajales, Juan y Pedro, fueron castigados a la pena capital.

La tradición cuenta que antes de ejecutarse la sentencia, uno de los hermanos, defendiendo su inocencia, emplazó al rey a juntarse con ellos en el plazo de treinta días por la injusticia cometida, según relata la Crónica de Fernando IV:

“Y estos caballeros, cuando el Rey los mandó matar, viendo que los mataban con tuerto (injustamente), dijeron que emplazaban al Rey, que compareciese ante Dios con ellos […] de aquel día que ellos morían a treinta días”.

Después de aquellas últimas palabras, los dos caballeros fueron empujados al vacío dentro de una jaula de hierro con puntas afiladas en el interior desde algún lugar del castillo de la Peña de Martos, villa cercana a Jaén. Y el destino –que a veces es muy caprichoso– quiso que treinta días después de las ejecuciones fuera encontrado el cuerpo sin vida de Fernando IV, acostado en sus aposentos. Aquella predicción de emplazamiento se cumplió a rajatabla y el engranaje del mentidero de Castilla entró en acción acusando al rey de su grave error, de haber matado a dos jóvenes inocentes, sin testigos ni pruebas fehacientes. El azar transformó una muerte anunciada –la del monarca– en un relato literario, en una leyenda negra que recorrió todo el país y que la historia no ha querido rectificar.

Según su crónica oficial, Fernando, después de “comer carne y beber vino” se retiró a su habitación a descansar y poco después murió. La causa de la muerte no fue un castigo divino por ordenar la muerte de dos presuntos inocentes como así lo han reflejado diversos estudios, sino la grave enfermedad que padecía desde hacía tiempo. Fernando murió de tuberculosis, igual que su padre Sancho IV, y la providencia quiso que fuera la tarde del 7 de septiembre de 1312, justo un mes después de la sentencia pronunciada por uno de los hermanos Carvajal. Una sentencia con tintes templarios, una leyenda negra que le acompañó hasta la sepultura. Fernando IV nunca se preocupó de su salud, comía y bebía sin reparo hasta que el corazón no pudo resistir tanta ansiedad. Él, que había sido un rey magnánimo y débil, clemente y bondadoso, justo y a veces impetuoso y enérgico como su padre, pasaba a la historia con el injusto apodo de Emplazado, muy apropiado para fomentar leyendas. Así es la historia.

Pedro I, rey de Castilla. La leyenda del rey psicópata

“El Rey hízole matar en Sevilla muy cruelmente: y la manera de su muerte sería asaz fea y cruda de contar, y pesó mucho dello a los que verdaderamente amaban el servicio del Rey, y no les placía tales obras”.

Cita del cronista López de Ayala sobre la muerte de Núñez de Guzmán

Pedro I (Burgos, 1334-Montiel, Ciudad Real, 1369), rey de Castilla (1350-1369). Hijo de Alfonso XI y María de Portugal, reyes de Castilla. Se casó oficialmente con Blanca de Borbón (1353) y Juana de Castro (1354), aunque su esposa de corazón fue siempre María de Padilla, con la que vivió nueve años y tuvo cuatro hijos. Fue asesinado por su hermanastro Enrique de Trastámara en Montiel y su cuerpo está enterrado en la catedral de Sevilla junto al de su amada.

A Pedro I de Castilla le tocó vivir unos tiempos particularmente difíciles por varias causas excepcionales: primero la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra (1339-1453), originada por conflictos hereditarios que salpicó, de alguna manera, a los principales reinos europeos, entre ellos Castilla; luego el conflicto con Aragón, la llamada Guerra de los Pedros; y, finalmente, las nefastas consecuencias de la peste negra, pandemia de gran mortandad que alteró la vida social y política de buena parte de Europa y, por supuesto, de los reinos hispánicos. Las mentalidades cambiaron de tal manera que la idea de la muerte pasó a un primer plano en la vida cotidiana y varios colectivos tuvieron comportamientos opuestos en la forma y manera de enfrentarse al destino final. Algunos, como los flagelantes, recorrían largos trayectos azotándose el cuerpo para pedir perdón al Señor por los pecados cometidos; otros, en cambio –los más prácticos–, interpretaban que la plaga se curaba cantando, bebiendo y disfrutando de los placeres de la vida en todos los sentidos como tan bien lo expresó Boccaccio en su obra cumbre, el Decamerón. Si bien todo su gobierno estuvo marcado por las dificultades del momento, su leyenda negra la escribió él mismo con sus violentos comportamientos y manera de administrar justicia.

La guerra civil fratricida

La vida de Pedro I ha sido una de las más interesantes del Medievo español, investigada y repasada de forma rigurosa por ilustres historiadores hasta el último detalle escondido en archivos y bibliotecas. Su precipitada coronación, su escasa preparación en la pública gestión de un reino tan grande y notable como Castilla y el enfrentamiento con la nobleza, marcaron los primeros años de su gobierno. El primer problema que debió solucionar fue el de su grave enfermedad, un mal que estuvo a punto de acabar con su vida a los pocos meses de morir su padre. Todo parecía indicar que no se salvaría y enseguida aparecieron candidatos al trono que provocaron una fuerte tensión en Castilla hasta el punto de obligar a algunos ilustres caballeros a huir de la Corte después de la milagrosa recuperación del joven rey. Uno de ellos fue Juan Núñez de Lara que defendió su candidatura real al considerar que descendía en línea directa de Fernando de la Cerda, primogénito de Alfonso X. Meses después aparecería muerto en la ciudad de Burgos en misteriosas circunstancias; tal vez envenenado por el hombre fuerte del reino, Juan Alfonso de Alburquerque, persona que nunca aprobó la candidatura del caballero castellano, o quizá asesinado por mandato del monarca que ya mostraba su manera autoritaria de gobernar.

La siguiente en morir fue Leonor de Guzmán, amante de su padre Alfonso XI y por tanto madrastra de Pedro I, refugiada en Medina Sidonia, en una de sus posesiones, y hecha prisionera en Sevilla. Según la historia, la desdichada reina madre, María de Portugal, ordenó su muerte violenta en Talavera de la Reina en la primavera de 1351: “por su mandato mató a la dicha doña Leonor en el alcázar de Talavera […] y mucho mal y mucha guerra nació en Castilla por esta razón”, dejó escrito Pedro López de Ayala, cronista oficial de la época. Esta muerte, junto con las maneras arbitrarias y autoritarias de gobernar, levantaron a una parte de la nobleza contra su rey. El partido antipetrista o trastamarista, dirigido por su hermanastro Enrique, se extendió por casi todo el territorio castellano dando lugar a un largo conflicto de diecisiete años (1352-1369) con periodos de calma tensa y rebrotes fratricidas que acabaron con su vida (1366-1369).

Muchas han sido las críticas hechas a la gestión de Pedro I, desde la más evidente que se desprende de su apodo de Cruel, hasta la más política como fue la de prescindir de los aparatos del Estado, como las Cortes y el Consejo Real, para gobernar de forma autoritaria e individual. Pecados imperdonables que fueron aireados convenientemente por la propaganda opositora de la nobleza y sus hermanastros para justificar un levantamiento contra el rey por el uso indiscriminado del poder real, por sustituir el bien público por el privado. Si a esta forma de gobernar añadimos sus licencias sexuales fuera del matrimonio, que tanto rubor y condena levantaron en la Iglesia, y sumamos el apoyo dado a la comunidad hebrea y la mala situación social que vivía Castilla por el hambre y la peste, el resultado fue un reino desordenado, crispado y empobrecido, a punto de romperse en mil pedazos.

Una parte importante de la nobleza se levantó en armas contra Pedro I en la primavera de 1352, dando comienzo de esta manera a la dura pugna entre la monarquía y la alta nobleza; además la coalición nobiliaria contaba con el apoyo inestimable del papa Inocencio VI, que estalló al enterarse de la decisión tomada por los obispos de Ávila y Salamanca de anular el matrimonio del rey con Blanca de Borbón. La joven francesa se convirtió, sin quererlo, en el estandarte del enfrentamiento civil entre el rey y los nobles, salvadores de la ultrajada reina. Su proclama se extendió por todo el reino y debió calar en muchos lugares. Badajoz, Salamanca, Cuenca, Toledo, Medina del Campo, fueron algunas de las villas ocupadas por los rebeldes que por entonces ya contaban con la colaboración de los hermanastros del monarca, Enrique y Tello. Hasta el final de sus días, Pedro I vivió en permanente conflicto, a veces con el rey de Aragón, por cuestiones fronterizas y hegemonías marítimas, y otras con sus familiares y ricos hombres de Castilla.

¿Cruel o Justiciero?

La leyenda negra de Pedro I tiene su razón de ser en las terribles depuraciones que la historiografía ha recogido de su vida pública y que responden, en parte, a una realidad maquillada por el aparato de propaganda de su hermanastro Enrique de Trastámara que, nada más subir al poder, se encargó de destruir todo su pasado, otro argumento que sirvió para alimentar aún más su triste leyenda. Lo poco que sobrevivió del reinado de Pedro I fue su Crónica, escrita por el canciller López de Ayala, cargada con la intencionalidad de un hombre recompensado con buenos cargos en tiempos de Enrique II pero, aun así, se trata de un excepcional documento de consulta. Tampoco conviene dudar en exceso de la historia escrita; en la personalidad de Pedro se dieron una serie de circunstancias que explican sus actos violentos y comportamientos casi infantiles. El médico y antropólogo Francisco Simón Nieto (1856-1920) hizo un análisis de su cráneo llegando a la conclusión de que el rey de Castilla fue un psicópata con manía persecutoria, diagnóstico confirmado por un estudio contemporáneo realizado por el profesor Gonzalo Moya que afirmaba, además, que el monarca sufrió una parálisis cerebral infantil que le provocó la muerte de muchas neuronas y un retraso en la maduración de su personalidad. Esta patología le ocasionó no solo trastornos psíquicos, sino una cojera crónica por el acortamiento de la tibia izquierda.

Ante este cuadro médico las condiciones mentales del monarca no fueron las idóneas para gestionar un cargo público de tanta responsabilidad como el gobierno de Castilla. Los trastornos de conducta fueron la consecuencia de sus problemas biológicos, manifestados con excesiva violencia, propios de un psicópata, pero… ¿acaso la violencia extrema y las ejecuciones brutales no fueron comunes en todos los países de la Edad Media e incluso en tiempos posteriores? Probablemente sí, el autoritarismo y el poder regio aplicaban la justicia de forma sumarísima cuando el delito cometido era muy grave. Incluso en los nuevos tiempos de leyes y derechos del gobierno de Alfonso X se produjeron actos de gran violencia como hemos visto y veremos más adelante, por ejemplo, en tiempos de Felipe II, en pleno siglo XVI cuando se supone que corrían nuevas ideas europeístas.

Quizás el rasgo diferenciador de Pedro I fue su extremada forma de entender el cumplimiento de la legislación vigente, sin compasión ni reflexión, con una represión sádica y cruel. Bien es verdad que los actos de rebelión y traición se castigaban con la pena de muerte y así se hizo en su tiempo salvo excepciones muy puntuales. De ahí que el apodo de Cruel se ajuste a una verdad histórica mediatizada por sus enemigos, pero no muy diferente a las ejecuciones realizadas por otros reyes. Todos los ensayos históricos actuales coinciden en definir al monarca castellano de persona caprichosa, altanera, desafiante, imprudente, inexperta, mentirosa y especialmente violenta, amigo de la violencia de género como se podría definir en estos tiempos del siglo XXI.

El propio canciller Ayala dejó escrito en sus papeles que Pedro I:

“mató a muchos Caballeros y Escuderos de los mayores deste Reino; y tomó contra voluntad muchas dueñas y doncellas deste Reino, dellas casadas; y tomaba todos los derechos del Papa y de los Perlados”.

Seguramente, una de las escenas más macabras que hemos leído fue el asesinato de su hermanastro Fadrique cuando intentaba escapar del palacio donde residía la amante del rey, María de Padilla. Al parecer, una vez ejecutado, se puso a comer delante de su cadáver. Crueldad en el método pero justo en la pena, por eso Felipe II dispuso dos siglos después que el apodo de Cruel fuera sustituido por el de Justiciero, igual que el de su padre Alfonso, más acorde a la verdad.

Entre todas sus víctimas destacaron las ejecuciones de Pedro Núñez de Guzmán, asesinado de forma violenta según la crónica de Ayala:

“el Rey hízole matar en Sevilla muy cruelmente: y la manera de su muerte sería asaz fea y crua de contar, y pesó mucho dello a los que verdaderamente amaban el servicio del Rey, y no les placía tales obras”.

Después fue ajusticiado otro antiguo servidor del monarca, Gutierre Fernández de Toledo, acusado de traición, cuya cabeza fue enviada directamente a Pedro; o el caballero Garci Laso de la Vega, nada que ver con el célebre poeta, muerto asaeteado como nos cuenta el relato oficial de la época:

“entró el Ballestero, y diole con una porra en la cabeza, y Juan Fernández Chamorro diole con una brocha, y le hicieron muchas heridas hasta que murió”.

Después del tormento el rey ordenó que su cuerpo fuera tirado a la calle. Y así, de esta manera tan cruel, fueron muriendo más señores y nobles, víctimas de la paranoia y ensañamiento de un rey que posiblemente solo veía traidores a su alrededor. Hasta se habla de que su ayo Alburquerque, caído en desgracia, fue envenenado por orden del rey. Afortunadamente sus castigos no iban siempre acompañados de la pena de muerte; la privación de libertad o el destierro fueron también habituales.

Las mujeres del rey

“Fue el Rey Don Pedro asaz grande de cuerpo, y blanco y rubio, y coceaba un poco en el habla. Era muy cazador de aves […] muy templado y bien acostumbrado en el comer y beber. Dormía poco y amó a muchas mujeres […]”.

Así definió la pluma de López de Ayala al rey de Castilla. Repasando su historia vemos con asombro, y tal vez con un poco de envidia, que fue un gran vividor, un monarca que disfrutó de los placeres carnales de la vida todo lo que pudo, aprovechándose del poder del cargo y de sus excelentes artes amatorias y de una profunda capacidad de seducción si hacemos caso de los comentarios dejados por la historia. El canciller Ayala, buen conocedor del personaje, definió al monarca castellano de gran amante. El cronista Pedro sabía lo que escribía de primera mano, no en vano la primera dama seducida por el entonces príncipe fue su sobrina Teresa de Ayala, “señora ilustrísima” y dama de compañía de la reina madre. Seguramente, al ser la primera vez, no le debieron funcionar muy bien sus técnicas de cortejo y solo pudo llegar a su intimidad con la promesa de un casamiento en regla, palabra de honor que no quiso cumplir el joven Pedro porque los caprichos carnales son pasajeros, aunque en este caso dejó como prueba a una niña bautizada con el nombre de María. Ambas señoras, madre e hija, fueron prioras del convento de Santo Domingo el Real, en Toledo.

No hay duda de que Pedro I llevaba en la sangre los genes de su progenitor Alfonso XI, quién vivió toda su vida al lado de su amante Leonor de Guzmán, madre de once hijos, entre ellos los bastardos Enrique, Fadrique y Tello, que tanto dieron que hablar. Mientras, la reina oficial, María de Portugal dedicaba su tiempo a educar al pequeño Pedro para que algún día fuera rey de Castilla. En este ambiente de concubinas e infidelidades se crió el príncipe que, en cuanto pudo, se inició en el placentero arte de amar y de la seducción. Su codicia sexual no tuvo límites como lo prueba la extensa lista de amantes y romances, similar a la gran actividad amatoria que llegó a tener Jaime el Conquistador, apodo que le podría haber venido bien a nuestro personaje y no, precisamente, por sus hazañas en el campo de batalla.

La segunda mujer del rey fue Blanca de Borbón, segunda mujer y primera esposa oficial de la que hablamos en otro momento porque su historia bien requiere unas líneas aparte. La tercera dama que encontramos en la biografía de Pedro se llamó Juana de Aragón, hija de Pedro el Ceremonioso y María de Navarra, reyes de Aragón, entregada políticamente al soberano de Castilla por razones de Estado, como la anterior. Para ello, el monarca aragonés envió a Sevilla a un tal Bernardo de Cabrera para que arreglara el asunto y convenciera al rey castellano de la bondad del ofrecimiento, pero el joven Pedro rechazó a la princesa por motivos que dejó muy claros al pretendido suegro en una carta enviada al duque de Osona:

“el Rey de Castilla entiende que nuestra hija la Infanta Doña Juana es muy fea y que por esta razón se aparta del matrimonio que se tratara entre él y ella, diciendo que prefiere que no se haga dicho matrimonio […]”.

Muy claro lo debió ver Pedro para rechazar la oferta carnal del rey aragonés. Las malas lenguas medievales aseguran que el propio embajador Cabrera no solo intentó convencer al rey de Castilla de que la princesa no era un buen partido sino que le aseguró que Juana no era doncella.

Juana fue una fugaz aparición en la vida sentimental de Pedro, igual que tantas otras como María González de Hiniestrosa –con la que tuvo al pequeño Fernando–, María Ortiz, María de Fermosiella, Juana García de Sotomayor o Isabel de Sandoval, aya del pequeño Alfonso, que debió ser algo más que un capricho pasajero ya que le dio dos niños, Sancho y Diego. Pero el verdadero amor fue María de Padilla, su mejor amante y la mujer que mejor le comprendió. María vivía en el palacio del hombre fuerte del reino, el todopoderoso Juan Fernández de Alburquerque, quien la había adoptado como dama de compañía de su esposa. Las crónicas no escatiman alabanzas y bondades presentándola como bella, afable, dulce, piadosa e inteligente. El flechazo entre ambos debió penetrar directamente en el corazón de los jóvenes porque el mismo día de conocerse, un 12 de junio de 1352, pasaron juntos la primera noche. Pedro I vivió un amor apasionado y cálido durante nueve años, casi una década de infidelidades que María supo llevar con resignación, discreción y elegancia, conocedora de su situación y de la arrogancia de su amante.

En ese tiempo fue madre de tres niñas (Beatriz, Constanza e Isabel) y de un varón (Alfonso) y tuvo que aguantar la situación de una reina prisionera, la de Blanca, y una boda efímera, la del rey con Juana de Castro, conocida como la Desamada, prima segunda del rey, señora de Ponferrada y demás lugares, distinguida y hermosa, de buen linaje y viuda de Diego López de Haro, uno de los nobles más ricos del reino. El capricho erótico del monarca no tenía freno y esta vez puso sus ojos en una dama de alta alcurnia, conocedora de los desmanes amatorios de Pedro I el cual aceptó las condiciones impuestas por Juana: amor a cambio de matrimonio por la Iglesia. Y así se hizo, una vez que la boda con Blanca de Borbón había sido anulada por los prelados de Ávila y Salamanca, seguramente bajo presiones y algún asunto oscuro. Ni siquiera importó el incumplimiento de la necesaria dispensa papal por tratarse de parientes cercanos; al final la ceremonia se realizó en la villa segoviana de Cuéllar y por la noche se desencadenó el frenesí y fragor erótico del rey. Una larga noche que dio como resultado un niño, el futuro Juan, y el abandono anunciado de la reina que se marchó a la mañana siguiente a tierras palentinas de Dueñas haciéndose nombrar reina de Castilla hasta el día de su muerte (21 de agosto de 1374). Al rey solo le valió un día para encapricharse de la dama y una noche para olvidarla. Las crónicas repiten el efímero idilio de los novios que, probablemente, debió durar algo más pues por medio hubo una amonestación papal y un proceso de excomunión, causa que tal vez fue el origen de la ruptura definitiva entre Pedro y la Desamada que marchó hacia las frías tierras de Campos con el título de señora de Dueñas y otras condecoraciones.

Todavía en vida de María de Padilla, el monarca castellano tuvo una nueva aventura amorosa en la misma ciudad donde residía, en Sevilla. Mientras María veía pasar el tiempo en el Real Alcázar, imaginando las infidelidades de su rey en los brazos de otras mujeres, su compañero sentimental se las veía con Aldonza Coronel en la Torre del Oro. Cuentan las crónicas que la nueva dama también era guapa y acaudalada, esposa de Álvar Pérez de Guzmán, noble al servicio del rey enviado a la frontera de Aragón para defender los intereses de Castilla. El caballero no volvió al calor del hogar, uniéndose a la causa de Enrique de Trastámara, dejando el terreno libre para que su amo y señor pudiera seducir a su mujer. María de Padilla, de naturaleza gitana, según algunos comentarios históricos de poco rigor, murió en julio de 1361 como la única esposa legítima de Pedro I según su declaración, palabra de poco valor si analizamos su vida, aunque, dos siglos después, Felipe II resolvió que María de Padilla reunía la categoría de reina por sus excepcionales valores de mujer y así lo hizo publicar en 1579. Después de tal afirmación, su cuerpo fue trasladado a la capilla real de la catedral de Sevilla junto a los restos de Fernando III y Alfonso X, como correspondía a una reina de Castilla.

Leyendas sevillanas del Rey Cruel

Hubo un tiempo en que Pedro I fue un auténtico ídolo entre la población sevillana. Se convirtió en un personaje con carisma, muy apropiado para convertirse en un rey legendario, protagonista de muchas historias enriquecidas por la fantasía y la literatura de pasión. Leemos en varios documentos la famosa leyenda del zapatero, la historia de un canónigo de la catedral que mantenía amores con la mujer o la hija de un zapatero, el cual murió después de una riña con el seductor. El tribunal eclesiástico se mostró benigno con el homicida y solo le condenó a un año sin celebrar misas. Pasado el tiempo, un hijo del zapatero coincidió con el religioso en una acto solemne matándole de una puñalada. Llevado ante el rey para que decidiera la pena y una vez conocidos los antecedentes, el monarca le impuso un castigo ecuánime, un año sin hacer zapatos.

En otra ocasión el rey, que disfrutaba de las noches sevillanas con gran libertad y audacia en busca de aventuras amorosas, se enfrentó a un buen espadachín al que mató después de un arduo combate. Una vieja con un candilejo fue testigo de la pelea y acusó al rey de la muerte quien terminó por confesar su crimen. Para que no quedase impune su culpa, decidió de forma simbólica que se colocase un busto de su cabeza en la calle de la pelea. Desde entonces existen en el callejero sevillano las calles de la Cabeza del Rey Don Pedro y del Candilejo, ambas muy próximas.

Su fama de cruel no siempre fue corroborada por los hechos como podemos comprobar en la historia del reo condenado a la pena capital por sus delitos. Mientras se dirigía al patíbulo iba gritando por las calles que ¡el rey le había perdonado! y tanta fue su insistencia que los jueces decidieron consultar al monarca para comprobar la veracidad de sus voces. El rey confirmó que no había perdonado al malhechor pero si rectificó la sentencia ordenando la libertad del reo pensando que la opinión pública había oído los lamentos del delincuente y podían creer que su rey no cumplía sus compromisos. Así pues, mejor la libertad de un condenado justo que la mala imagen de un soberano sin palabra.

La terrible leyenda de María Coronel

Volvemos a la historia de las hermanas Coronel. Aldonza tuvo una hermana igual de hermosa y gentil, llamada María, que también fue el foco de atención del monarca castellano, pero esta vez el escarceo amoroso terminó en tragedia, convirtiéndose el romance en una de las leyendas negras de Pedro I. María Coronel estaba casada con Juan de la Cerda, ricohombre que había sido apresado por las tropas castellanas después de desertar y afiliarse al partido trastamarista. Enterada de la detención, su fiel esposa puso rumbo a Tarazona (Zaragoza) –donde se encontraba el rey– para salvar la vida de su marido. María pidió audiencia al monarca y este al verla se enamoró locamente de su extrema belleza. El corazón del rey encontró un nuevo capricho sexual y como era de esperar, no dudó en firmar el documento de indulgencia para el traidor. Pero en aquella España de mediados del XIV las distancias eran eternas y cuando llegó a Sevilla con el salvoconducto su marido ya había sido ejecutado.

Hasta aquí la historia objetiva y fiel. Ahora entra en juego la leyenda sevillana y los intentos del rey por alcanzar los amores de la hermosa y honesta viuda. Muchos han sido los autores que han recreado esta historia, muy proclive a rellenar páginas de literatura y a jugar con la imaginación de escritores y lectores. Dejando de lado todos los adornos sentimentales, las crónicas narran el episodio de cómo el rey, cansado de no alcanzar sus pretensiones carnales por las buenas, seguramente mucho más excitadas por las dificultades, entró una tarde de 1357 en la clausura del convento de Santa Clara donde se refugiaba María, quien ante el acoso del rey corrió hasta la cocina donde intentó salvar su honestidad arrojándose una sartén de aceite hirviendo por la cara y las manos. La tragedia dio mucho juego y prueba de ello fueron los comentarios y versiones que han circulado desde entonces:

“la muy casta de manos crueles,

digna corona de los Coroneles,

que quiso con fuego vencer sus hogueras […]”.

Juan de Mena

“¡Doña María Coronel! […] El rey tenía tristeza de su hermosura. No podía resistir la soledad de su deseo. Ahogábale el desasosiego del mal de amores; rincones predilectos, patios frecuentados de sonidos familiares, fuentes, cielo y palabras no eran vida y realidad sino con la presencia de ella. ¡Y qué difícil la presencia de doña María Coronel! Recorría murallas y aposentos, forzaba puertas y cancelas, violaba alcobas y clausuras […] ¡Nada! Y su angustia no tiene más que un alivio: ¡ver a María!”.

Joaquín Moreno Murube

“estando su marido ausente, vínole tan grande tentación de carne, que por no quebrantar la castidad y fe debida al matrimonio, eligió antes morir, y metióse un tizón ardiendo por su miembro natural, del cual murió; cosa por cierto hazañosa y digna de perpetua memoria”.

Fernán Núñez

“La noble señora, por dar de sí loable fama y buena cuenta, tomó un hierro caliente y se lo pone por allí donde, quemada de doblado ardor, venció el fuego material al apetito carnal […]”.

Diego Fernández de Mendoza

Dicen que el rey, avergonzado de su acto, concedió a María una reparación y que ésta le pidió un antiguo solar de su marido para levantar un convento del que fue abadesa hasta su muerte. En el siglo XVI fueron hallados sus restos incorruptos y los colocaron en una urna de cristal que puede verse en el Real Convento de Santa Inés de Sevilla, junto al célebre órgano de Maese Pérez, organista de leyenda gracias a la prosa de Gustavo Adolfo Bécquer. Sabemos que en abril de 1979 una junta de doctores y miembros de la Real Academia de Medicina analizaron el cuerpo momificado de María Coronel pero no llegaron a ninguna conclusión clara, tan sólo citaron que “en gran parte de la mejilla derecha se percibía una mancha de color pardo, un tanto abigarrado […] Tales manchas podrían ser referibles a secuelas más o menos aparentes de presuntas quemaduras, según refiere la leyenda”.

La triste historia de Blanca de Borbón

Una de las bodas reales más largas de la historia en cuanto a los preparativos y a la vez más breves en su resolución fue la de Pedro I y Blanca de Borbón, un matrimonio de conveniencia por razones de Estado, como era la tradición, sin que el amor importara mucho. Blanca, hija del duque de Borbón y sobrina de Juan II, rey de Francia, fue la joven elegida para alcanzar un pacto de colaboración entre Francia y Castilla con el fin de alejar a Inglaterra de alianzas que reforzaran aún más su poderío. En las largas negociaciones participaron por parte castellana el ayo real, Juan Alfonso de Alburquerque, Juan Sánchez Roelas, obispo de Burgos, y Álvar García de Albornoz, hermano del arzobispo de Toledo. El acuerdo se cerró como si se tratara de un negocio: Francia entregaría trescientos mil florines de oro, pagados en cómodos plazos, y Blanca recibiría, en concepto de arras, las villas de Arévalo, Sepúlveda, Coca y Mayorga.

El joven príncipe tuvo que esperar casi dos años hasta ver a la novia en Valladolid, lugar del enlace. Para entonces el monarca castellano había tenido varios romances y una hija, Beatriz, fruto de sus amores con María de Padilla. La verdad es que la ceremonia no prometía mucha felicidad a los novios, más bien desencanto y resignación. La boda se celebró el 3 de junio de 1353 en la iglesia de Santa María la Mayor (situada donde hoy se levanta la catedral) y dos días después el novio abandonó a la joven esposa para siempre. Salió corriendo hacia el castillo de Montalbán, en Toledo, donde le esperaba su amante.

El cronista López de Ayala definió a la joven reina con estas agradecidas palabras:

“Era blanca, e rubia e de buen donaire e de buen seso […]”.

Blanca llegó a Castilla con diecisiete años y murió con veinticinco después de pasar un calvario de prisiones y arrestos (Medina del Campo, Arévalo, Sigüenza, Toledo, Jerez) hasta que la frágil y delicada reina murió en 1361 en el castillo gaditano de Medina Sidonia (otras fuentes sitúan la muerte en el alcázar de Jerez). Las crónicas y los investigadores no se ponen de acuerdo sobre la causa de la muerte; para algunos fue víctima de un envenenamiento ordenado por el propio rey: “Hízola morir con hierbas que por su mandato le dio su médico”, y para otros, acabó su vida asaeteada por el ballestero Juan Pérez de Rebolledo.

Pero, ¿por qué el rey abandonó a la reina? Tampoco hay constancia documental que certifique el motivo del rápido abandono. Varios historiadores han querido ver en la impulsiva actitud del joven rey dos argumentos: uno, la constancia en boca de la joven esposa de la imposibilidad de pagar el dinero acordado con Francia, asunto de mucha importancia en aquellas fechas de guerras y caudales escasos; y dos, que la joven Blanca no llegó doncella al matrimonio y que tanta tardanza fue aprovechada por su hermanastro Fadrique para disfrutar de los encantos de la joven francesa. Aquel abandono y las múltiples muestras de infidelidad fueron castigadas por Avignon, sede del papado, con la excomunión del rey y el entredicho de los reinos.

El asesinato de Montiel: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”

La leyenda negra acompañó al monarca castellano hasta el final de sus días; incluso se prolongó hasta después de muerto. Si bien todos los episodios narrados hasta ahora son suficiente motivo para desarrollar un tratado de crónica negra, el destino quiso que Pedro I terminara sus últimos momentos como vivió su vida, rodeado de muerte y violencia. Hacía mucho tiempo que Castilla vivía una guerra civil entre Pedro I y su hermano bastardo Enrique de Trastámara. Luchaban por el poder de un reino en decadencia, a punto de derrumbarse por la miseria, el hambre y las malas condiciones de vida.

La última fase de la guerra fratricida se libró en tierras riojanas y terminó a favor de las tropas petristas. La derrota de Nájera (3 de abril de 1367) provocó la huida de muchos caballeros rebeldes ante la posibilidad real de ser pasados a cuchillo por las iras del rey castellano. Después de un tiempo, ambos ejércitos se encontraron de nuevo en los campos manchegos de Montiel el 14 de marzo de 1369. Esta vez Pedro I y sus aliados granadinos fueron derrotados por el futuro Enrique II y su banda de mercenarios. El rey legítimo se refugió en el castillo de Montiel a la espera de nuevos acontecimientos. Como si se tratara de una negociación política de tiempos actuales, hubo quien ofreció al mercenario Beltrán du Guesclin una oferta de transfugismo a cambio de varias villas, entre ellas las de Soria, Almazán y Atienza, más una jugosa cantidad de doscientas mil doblas de oro castellanas, pero el caballero francés, sabedor del poco valor de la palabra del rey –tenía reconocida fama de no pagar sus deudas y de embustero habitual–, no quiso prestar atención a la tentadora propuesta.

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