Kitabı oku: «La caja de letras»

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La caja de letras

La caja de letras Hallazgo y recuperación de «Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina», de Pinie Katz

Versión y notas

Javier Sinay

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Prólogo: Inmigrantes, diarios y noticias en una Buenos Aires babilónica, por Javier Sinay

Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina, por Pinie Katz

Un poco de prehistoria como introducción

Veteranos

‘Der Viderkol’

‘Der Idisher Fonograf’

Abraham Vermont y ‘Die Volks Stimme’

‘Der Pauk’ y ‘Di Blum’

‘Der Folksblatt’ – ‘Idish-Argentiner Bojnblatt’

‘Der Tog’

‘Der Iudisher Colonist’

‘Der Farteidiker’

J. Sh. Liachovitzky

Idealistas

La influencia de los trabajadores judíos en la inmigración

‘Najrijten’ – ‘Dos Idishe Lebn’

‘Di Idishe Hofenung’

‘Der Avangard’

‘Di Shtime fun Avangard’

‘Dos Arbeter Lebn’

‘Lebn un Fraihait’

Una página judía dentro de ‘La Protesta’

‘Broit un Ehre’

‘Unzer Vort’

‘Shtrahlen’

Otros momentos en la historia del periodismo judío en la argentina


Sinay, JavierLa caja de letras : hallazgo y recuperación de Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina 1898-1914, de Pinie Katz / Javier Sinay. - 1a ed ampliada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Empedrado, 2021.Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-47274-6-61. Periodismo. 2. Religión Judía. 3. Historia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. I. Título.CDD 070.449

La caja de letras: hallazgo y recuperación de “Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina”, de Pinie Katz.

Foto de portada: Reproducción del periódico Die Volks Stimme (fotocomposición de las ediciones del 25 de enero y del 13 de julio de 1899/archivo del IWO de Buenos Aires).

Imágenes de interior: Reproducciones del libro “Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina”, de Pinie Katz (Sociedad de Escritores y Periodistas Israelitas en la Argentina) / Archivo del autor (salvo donde se indique otra cosa).

Versión: Javier Sinay

Director editorial: Norberto I. Chab

Diseño: Estudio ZkySky

Diagramación: Bruno Vera

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de portada, podrá ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna o por ningún medio, ya sea digital, electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia sin el previo permiso escrito del editor.

Buenos Aires, Argentina

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ISBN edición digital (ePub): 978-987-47274-6-6

Agradecimientos

Javier Díaz, Rolando Pocovi, Malena Chinski, Herman Schiller. Del ICUF: Nerina Visacovsky, Marcelo Horestein y Julio Schverdfinger (Z”L). Del Instituto IWO: Abraham Lichtenbaum y Ezequiel Semo. Muchas gracias.

El editor y el autor desean reconocer especialmente a las siguientes personas, cuya ayuda fue decisiva para la realización de este libro: Marcos Moiseeff, Alan Astro, Ana Powazek de Breitman (traducción y arte del ídish), Carlos Rottemberg, Irene Celcer, Carlos Ulanovsky, Familia Katz – Voitzuk (Pablo Voitzuk, Ana Voitzuk, Salvador Voitzuk, Anat Eitan, Eitan Katz).

Inmigrantes, diarios y noticias en una Buenos Aires babilónica [Prólogo por Javier Sinay]

Quien tuviera las letras, tendría la palabra. Lo sabía Abraham Vermont, un periodista ambicioso pero pobre, que soñaba con crear su propio periódico judío en Buenos Aires, una ciudad extraña a la que había llegado un poco azarosamente luego de criarse en un rincón balcánico y de rodar por puntos brumosos de Europa y de Medio Oriente.

Ahora Vermont habitaba el barrio judío: un laberinto sin otra muralla que el ídish que se hablaba a lo polaco, a lo litvak, a lo besaraber. Era 1898, y entre las calles Libertad, Talcahuano, Lavalle y Corrientes había un mundo de gente que decía el kadish y que comía arenque con pastrami kosher y pepinos en vinagre, y acerca de ese mundo otro periodista, Roberto Arlt, escribió algunos años más tarde: “El que no ha viajado se imagina que así debe ser Gaza o Jerusalén”. Vermont se movía ahí como un pez en el agua, conocía a los honestos y a los tramposos, sin dudas era un hombre hábil. Pero tenía un problema: había otro, que no era él, que ya estaba haciendo un periódico judío en Buenos Aires. Había otro que tenía las letras y, por lo tanto, la palabra.

Ese periódico se llamaba Der Viderkol [El Eco], y no lo hacía un periodista con oficio como Vermont –que enviaba correspondencias a los diarios judíos de Europa–, sino un muchacho entusiasmado de 20 años. Su nombre era Mijl Hacohen Sinay. Era un cohen, un descendiente de Aarón (el héroe bíblico, el hermano de Moisés), y ser un cohen era, en esos tiempos más que hoy, ser alguien especial. Su padre, un rabino muy conocido, había protagonizado el año anterior una rebelión de colonos en Moisés Ville y había viajado a París para entrevistarse con los directores de la Jewish Colonization Association. A ellos les pidió, en nombre de los rebeldes, que cambiaran al administrador a cargo de la colonia: las cosechas no rendían y nadie tenía dinero, pero igual se les exigía el pago de las tierras en las que vivían y trabajaban. Como los directores le dijeron que no lo iban a hacer, al volver el rabino tuvo que dejar Moisés Ville (adonde había intervenido la policía santafesina para acabar con las protestas) y su familia se desperdigó por la Argentina. Su hijo Mijl llegó a Buenos Aires en febrero de 1898 y el 8 de marzo publicó el primer número de su periódico. Lo hizo un poco para revelar lo que había ocurrido en Moisés Ville y otro poco porque soñaba con lanzar su propio diario. Y como no tenía trabajo, pensó que ésta sería una buena forma de ganar unos pesos. Der Viderkol fue un suceso.

Pero volvamos a Abraham Vermont. Al enterarse de lo que estaba preparando el hijo del rabino –Der Viderkol aún no había sido publicado, pero me imagino que los chismes corrían en esas calles–, se presentó junto con el vendedor de suscripciones de ese periódico en un conventillo de la calle Corrientes, en la habitación que hacía de redacción improvisada. El muchacho se encontraba sentado, doblado, escribiendo un texto a mano en una hoja inmensa. Era el periódico mismo, que no se iba a hacer con tipos de imprenta porque no había en la ciudad ninguna imprenta de alfabeto ídish; por lo tanto, Mijl Hacohen Sinay había decidido publicarlo en litografía, o sea, como un grabado. Eso convertía a Der Viderkol en una suerte de obra de arte casual e involuntaria, bastante agobiante de crear: exigía atención, detalle, hasta esfuerzo físico. La mano escribía y simulaba la perfección de una imprenta mientras el resto del cuerpo se tensaba.

Al entrar Vermont, el muchacho interrumpió su tarea y volteó para verlo. Vermont era una persona de aspecto desprolijo. Las crónicas que nos llegan dicen que sus ojos lacrimosos lucían enfermos, no había señal de cejas, la nariz era puntiaguda y los labios, carnosos. Por el rostro amarillento, como chupado, no corría una gota de sangre. “Conózcalo”, le dijo el vendedor de suscripciones, “este es el señor Vermont”. Mijl Hacohen Sinay ya había escuchado sobre la fama de periodista de aquel y de repente dejó de fijarse en su apariencia y se sintió honrado por la visita.

Vermont, que había llegado con la excusa de suscribirse, se convertiría pronto en uno de los redactores de Der Viderkol, y al periódico lo harían entre los dos.

Mucha gente se acercó en las semanas siguientes a la publicación, por el impacto que Der Viderkol tuvo en una comunidad de cientos o miles de personas que hasta entonces se habían conformado leyendo diarios en ídish llegados de Europa con varios meses de retraso, y que estaban deseosas de tener una voz propia. Uno de los que tendió su mano a Mijl Hacohen Sinay –rápidamente convertido en una celebridad en el barrio ídish– fue Soli Borok, el judío más rico de la ciudad.

Borok fue a verlo a la redacción del conventillo y lo invitó a tomar un vermouth a su casa. Unos días más tarde lo recibió en un salón enorme adornado con tapices, figuras de bronce, cuadros, alfombras con almohadones de seda y espejos que se elevaban hacia el techo. Borok había hecho su fortuna con una fábrica de artículos de goma, vendiéndole pilotos de lluvia a la policía y al ejército. Le dijo que lo apoyaría en lo que fuera necesario. Mientras hablaba, entró al salón su esposa: una joven bella, celestial. Ella sirvió el vermouth; él desplegó su tesoro de diarios: ejemplares de Yiddishe Gazetten y Der Yiddisher Express, de Nueva York, y Der Telegraph, de Bruselas. Algo maravilloso de ver en Buenos Aires.

Der Viderkol lanzó un segundo número y luego un tercero, y entonces el dueño de la imprenta que hacía la litografía le preguntó a Mijl Hacohen Sinay por qué no lo imprimía con tipografía en vez de grabarlo. Le dijo que trabajaba con un inglés que era un especialista en poner tinta sobre todo tipo de letras. El muchacho lo fue a ver y le preguntó si podía hacer para él letras hebreas. El inglés le respondió que lo iba a intentar: necesitaba que Mijl Hacohen Sinay le entregara un alfabeto con el que calcularía los kilos de hierro (“los kilos de escritura” escribió Sinay en una memoria). Días después, cuando escuchó el precio, Mijl Hacohen Sinay habló con Borok y lo convenció de que le diera un préstamo para un adelanto. Con eso marchó al taller y dejó el dinero y dos modelos de letras para fabricar los moldes. Uno era de letras pequeñas y otro de letras grandes, para los títulos. Sería la primera caja de letras ídish de Buenos Aires.


Tercer número de Der Viderkol, aparecido el 5 de abril de 1898: fotocopia encontrada en 2010 en un cajón del escritorio del hijo (por entonces ya fallecido) de Mijl Hacohen Sinay.

Vermont miraba todo esto desde su posición relegada: él no había creado Der Viderkol, él no había tomado vermouth en la casa de Soli Borok, él no había encargado las letras en hierro. En cambio, pasaba sus días alimentándose con dos cafés y dormía en una piecita oscura, donde extendía diarios como sábanas para taparse (lo dice Pinie Katz en su libro). Imagino que la envidia lo hacía verse aún más carcomido y seguía soñando con su propio periódico. Tenía pensado un nombre: Die Volks Stimme, la voz del pueblo. Y escuchaba cómo, últimamente, Mijl Hacohen Sinay se lamentaba del cansancio de hacer todas sus páginas a mano, imitando perfectamente la escritura de molde, lo que al final lo dejaba exhausto. “Como un esclavo negro o como un convicto en las barracas de Siberia”, había escrito en la última carta a los lectores, “así trabajo yo con el periódico, así de día como de noche, sentado como pegado a la silla, encorvado sobre el escritorio, sin soltar de la mano la pluma, ni siquiera medio segundo me tomo para respirar, ni me permito salir afuera, donde corre el aire y está mucho más fresco…”.

Entonces Vermont hizo una ecuación: si Der Viderkol se acababa, lo que no parecía estar demasiado lejos de ocurrir, él podría contratar para su propio periódico la caja de letras financiada por Borok. Sonaba bien. Pero un día, cuando Mijl Hacohen Sinay volvió de ver al imprentero y le contó que ya la había encargado, su proyecto pareció condenado al fracaso. Los judíos de Buenos Aires no eran tantos como para leer dos periódicos diferentes. Quien tuviera las letras, tendría la palabra, y Vermont decidió jugar sucio.

Actuó así: visitó a Borok en secreto y le dijo que un artículo publicado en Der Viderkol, uno que hacía una burla al presidente de una institución, firmado con un pseudónimo, era una jugarreta contra el propio magnate escrita por Mijl Hacohen Sinay. Le contó que él mismo había visto al muchacho firmando con un nombre falso. Su hipótesis era que si Borok se ofendía y cancelaba su préstamo, Der Viderkol se quedaría sin fondos. Y ese dinero de Borok sería para Vermont, quien editaría su propio periódico comprando la caja de letras que Mijl Hacohen Sinay ya había contratado con el imprentero inglés, pero que, quebrado y sin periódico, se vería obligado a abandonar. Borok era el presidente de una asociación de trabajadores y le creyó a Vermont su cuento.

Sin embargo, nada ocurrió según las conjeturas de Vermont. Borok le retiró su saludo y cortó todo vínculo con Mijl Hacohen Sinay, pero siguió sus instintos de buen comerciante: terminó de comprar las letras y le dijo al imprentero que no le vendiera ningún otro juego de letras hebreas a nadie. A Borok no le había gustado tampoco la traición de Vermont, así que con estas letras decidió hacer un nuevo periódico con un nuevo redactor, algo completamente distinto para dejar atrás el mal trago, y convocó a un hombre que estaba en una colonia en Entre Ríos y que jamás había oído una palabra sobre esta historia.

La trama de Vermont se desvaneció en el aire de un momento a otro. Borok le había cerrado la puerta y se había quedado con las letras. Por su parte, Mijl Hacohen Sinay, ahora también rechazado por Borok, no sabía nada sobre la traición y no entendía por qué el magnate no le hablaba: nadie le había dado ninguna explicación de este desastre. Así que Vermont tenía una última oportunidad, y pienso que cualquiera que se considere astuto no la dejaría pasar: le pediría a Mijl Hacohen Sinay que convenciera al imprentero inglés de que le vendiera un nuevo juego de letras y ya vería cómo pagarle. Porque quien tuviera las letras, tendría la palabra.

*

¿Cómo termina la historia? El final está en un capítulo de este libro, pero por ahora es suficiente con plantear el problema. Regresamos al siglo XXI. Desde aquí toda esa intriga en torno a la caja de letras me parece una metáfora de lo que fue la génesis del periodismo judío en la Argentina: una sucesión de aventuras protagonizadas por héroes y villanos que persiguen el sueño de la voz propia en un extraño confín al que acaban de llegar.

Cargan con abrigos viejos, con samovares y con ritos milenarios que en Buenos Aires valen poco o nada y a veces, mientras trabajan de cualquier otra cosa, se ocupan de fundar una nueva tradición basada en los artículos de prensa. Son periodistas: sus virtudes y sus bajezas, sus discusiones y sus carencias siguen siendo fáciles de reconocer para cualquier periodista que hoy lea estas páginas. Pinie Katz es a quien debemos agradecer: al registrar en un libro los inicios crispados del periodismo judío en la Argentina, evitó que quedaran en la nebulosa.

El título original de este libro de Pinie Katz es Tsu der geshijte fun der idisher dyurnalistik in Argentine (traducido en la primera edición como Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina). Fue publicado en ídish, en Buenos Aires, en 1929. Como conté en un artículo titulado “Pinie Katz and I” (publicado en el libro Splendor, Decline, and Rediscovery of Yiddish in Latin America), encontré un ejemplar de aquel libro en una pequeña biblioteca que nunca me había interesado demasiado en la casa de mi abuela Mañe. Ella se llamaba Miriam Perelmuter y era una vieja pequeña y enérgica rematada en un copo de cabello gris, que había nacido en un pueblo polaco que hoy está en Ucrania, y solía acomodar los libros sin ningún tipo de orden: sobresalía un volumen azul acerca de la Operación Entebbe (en la que un grupo de elite de ejército de Israel rescató a un centenar de rehenes en el aeropuerto de Uganda) al lado de la novela Tiburón y de un libro firmado por William Somerset Maugham. Quiero decir: todo era un poco confuso y ahí, en la hilera de atrás, había uno pequeño, carente de inscripciones. Siempre me emocionó encontrar un libro sin título y abrirlo. Éste era un original de Tsu der geshijte fun der idisher dyurnalistik in Argentine de tapas blandas, al que se le había agregado una cubierta protectora.


Portada de la edición original de Tsu der geshijte fun der idisher dyurnalistik in Argentine [Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina], de Pinie Katz.

Recuerdo el eureka cuando descubrí el nombre de Pinie Katz y el título. Era esa edición de 1929, publicada por la Yiddishn Literatn un Yournalistn Farain in Argentine, la Sociedad de Escritores y Periodistas Israelitas en la Argentina, una organización olvidada hacía ya mucho tiempo. Por entonces, yo estaba trabajando en la investigación de un libro que luego se publicó con el título de Los crímenes de Moisés Ville: Una historia de gauchos y judíos. Era una non-fiction sobre los inicios de la comunidad judía en la Argentina que tomaba como punto de partida una serie de 22 asesinatos ocurridos a fines del siglo XIX en la primera colonia judía en este país, la de Moisés Ville. Mi bisabuelo, Mijl Hacohen Sinay, había firmado en 1947 un artículo sobre esos crímenes, una suerte de memoria en la que también evocaba su llegada a ese sitio tan anhelado como inhóspito. Siempre me pregunté si mi bisabuelo habría escrito algo sobre aquellos 22 crímenes de la colonia de Moisés Ville en el periódico Der Viderkol, y buscando una respuesta recurrí a otros informantes, como Pinie Katz. Pero cuando leí el libro de Katz me topé con mucho más: Katz había escrito una historia de la prensa judía en la Argentina y era un relato intenso, ágil, indiscreto y divertido.

*

“Ah, sí, Pinie Katz fue un famoso periodista”, me respondió mi abuela, cuando me acerqué a la cocina con el libro en mis manos. No pareció importarle demasiado mi aventura intelectual y continuó lavando los platos. Yo ya venía buscando ese libro desde que había iniciado mi investigación. Eliahu Toker, uno de los últimos y más relevantes idishistas argentinos, me lo había mencionado en un correo fechado en junio de 2009: “¿Leés ídish? Hay un libro de Pinie Katz sobre periodismo ídish en Argentina que debe tener material acerca de tu bisabuelo y su periódico”, me decía.


Pinie Katz, en un retrato de 1928.

Lo pasé a buscar algunos días más tarde por la casa de Toker, y esa fue la primera vez que tuve un ejemplar de Tsu der geshijte fun der idisher dyurnalistik in Argentine en mis manos. En tanto mi investigación fue avanzando, comencé a viajar, a hacer entrevistas y a encontrar más libros, cartas y documentos, y solo pude dedicarme a traducir a Pinie Katz seis meses más tarde. Afirmar que lo traduje yo es una forma de decir: en realidad, lo hizo Ana Powazek de Breitman –a quien todos conocemos como Jana–, una mujer siempre dispuesta a cultivar el ídish, criada por dos sobrevivientes del Holocausto, quien asistía como traductora en el IWO (Instituto Judío de Investigaciones; Idisher Visnshaftlejer Institut), la sede que en el año 2020 aún existe en Buenos Aires del desaparecido YIVO de Vilna. Ella lo tradujo y yo le di al texto un estilo, intentando ser fiel al original.

Tsu der geshijte fun der idisher dyurnalistik in Argentine, con esas historias en las que periodistas como Mijl Hacohen Sinay y Abraham Vermont se mezclaban con un financista como Soli Borok, me cautivó inmediatamente.

*

El libro de Pinie Katz es un libro de periodismo judío. De periodismo judío, pero también de periodismo argentino. Bucea en la intersección de ambos conjuntos de muchos modos posibles y como Katz no fue un historiador sino un periodista, el libro, en definitiva, es la mirada de un periodista sobre otros periodistas.

Los asuntos que cuenta, los hombres que los protagonizan, los periódicos que ellos fundaron, las noticias que publicaron y los debates que mantuvieron a través de las páginas de sus diarios dan forma a escenas perfectas de la vida argentina en torno a la frontera del año 1900, y se enmarcan en lo que se conoce como “periodismo étnico”: en Buenos Aires los periódicos judíos compartían la calle con las publicaciones italianas, españolas, francesas, inglesas y alemanas.

En febrero de 1898, mientras el número inicial del primer diario judío estaba siendo preparado, llegaron a la Argentina 4.824 inmigrantes: 2.919 italianos, 1.284 españoles, 166 franceses, 137 turcos, 84 rusos, 47 austríacos, 46 alemanes, 42 ingleses, 35 portugueses, 23 suizos, 15 belgas, 13 marroquíes, 5 norteamericanos, 4 daneses, 3 suecos y 1 holandés. También en el sur se podía hacer la América. El periodismo judío, iniciado en marzo de 1898 con Der Viderkol, retrató en sus páginas a una Buenos Aires en la que más de la mitad de sus 700.000 habitantes eran extranjeros; proporción que se mantuvo hasta la década de 1920. Las inquietudes sobre la asimilación y la tradición se repiten en los títulos del periodismo étnico, que esencialmente fue (y continúa siendo) una apuesta por la multiculturalidad.

El libro de Katz fue editado en 1929. Años más tarde, en 1944, un pasaje fue reproducido en la Antología de la Literatura Idisch [sic] en la Argentina [Antologie fun der Idisher Literatur in Argentine], presentada por un comité de homenaje al diario Di Presse. Luego, en 1946, el libro fue publicado como el quinto volumen de las obras completas de Pinie Katz, editadas en nueve tomos bajo el título de Geklibene Shriftn [Escritos selectos] por un Comité Social del capítulo argentino del ICUF (Idisher Cultur Farband: Federación de Entidades Culturales Judías). El Comité Social, sin embargo, acortó el título del libro: en el quinto volumen, simplemente figura como Idische Yournalistik in Argentine.

A lo largo del tiempo, estos Apuntes… sirvieron como base a otros autores que también escribieron la misma historia: en 1938, Jacob Botoshansky lo hizo en su artículo “Dos Gedrukte Idische Wort in Argentine” [“La palabra judía impresa en la Argentina”], aparecido en un libraco del tamaño de una guía de teléfono con el que el diario Di Presse celebró los 50 años de la vida judía en el país; en 1941, Shmuel Rollansky –uno de los líderes del IWO y un estudioso relevante de la cultura judía argentina del siglo XX– la incluyó en su libro Dos Idishe Gedrukte Vort un Teater in Argentine [El periodismo, las letras y el teatro judíos en la Argentina (sic)]; y Lázaro Schallman, en 1970, volvió a contarla en otro artículo, “Historia del periodismo judío en la Argentina” (¡el primero en español!).

Después, el libro de Katz pasó a engrosar la masa imperfecta de la vasta y dorada literatura ídish argentina: hoy, un sinfín de páginas con polvo. Los Apuntes… se volvieron una referencia opaca, muchas veces inaccesible, y solo una feliz circunstancia hizo que sobrevivieran a los ecos de una guerra mundial, a las batallas internas de la colectividad judía argentina, a la frecuente falta de interés de los dirigentes comunitarios por sus padres fundadores y, quizás peor, a la construcción de un relato de origen algo naif que pocas veces ha sido revisado. Tratándose de un libro, esa feliz circunstancia de su supervivencia puede ser considerada como un milagro judío.

*

El cuento de Pinie Katz comienza en 1898 y termina en 1914. Es decir, desde que surgió Der Viderkol hasta Di Ydische Zaitung, el primer diario moderno de alcance masivo. El año de 1914 fue también un tiempo de recambio para el periodismo judío argentino porque el estallido de la Primera Guerra Mundial perjudicó a los correos y en consecuencia escasearon los diarios que llegaban desde Europa y Estados Unidos. El periodismo judío local se tornó profesional y moderno por necesidad.

Estos Apuntes… de 1929 son un libro de historia que está atravesado por una serie de debates vivos: a su manera, dan una noticia del día de ayer, una historia del pasado cercano que se continúa en ese presente en el que escribe Pinie Katz y que, por lo tanto, da forma a un libro más periodístico que historiográfico.

El breve período 1898-1914, de solo 16 años, fue recordado por muchos autores. Sin idealizaciones. “La palabra escrita tuvo en sus comienzos un nivel muy bajo, con periódicos muy pobres en sus conceptos, donde los periodistas eran principiantes sin ningún tipo de preparación, nivel ni autoridad”, anota Shmuel Rollansky en Dos Idishe Gedrukte Vort un Teater in Argentine. “El comienzo de la palabra escrita fue muy ambiguo. Los pioneros llegaron a ella con pocas ambiciones: ganar dinero o tener influencia sobre temas comunitarios. La escritura no era su meta”, agrega Rollansky. En el mismo año de 1914, David Goldman escribe en su libro Di Iuden in Argentine [Los judíos en la Argentina] acerca de “la cantidad de cadáveres que yacen en el cementerio literario argentino”, refiriéndose a los periódicos de poca vida.

Sin embargo, visto a la distancia, pienso que fue también un período apasionante. En esos años nacieron o dieron sus primeros pasos algunas instituciones que fueron luego pilares de la comunidad judía argentina: en 1951, la revista Der Shpigl/El Espejo miró hacia atrás y definió aquellos tiempos como “la época heroica del periodismo judío”. Sus protagonistas fueron un puñado de quijotes inquietos.

Estos pioneros se convirtieron con el paso de los años en figuras difusas o, en la mayoría de los casos, en simple materia de olvido. Abraham Vermont, el primer redactor judío que tuvo conciencia de sí mismo como “periodista” (“Yo soy un escritor de periódicos goyim que tiene la osadía de decir la verdad”, escribió en el primer número de Der Viderkol), yace hoy en una tumba difícil de encontrar en el cementerio de Liniers, en Buenos Aires (al menos a mí me resultó difícil de encontrarla y cuando lo hice, a duras penas leí en la roca el nombre en español del periódico que Vermont publicó durante 16 años: “La voz del pueblo”, Die Volks Stimme).


Abraham Vermont retratado en la revista Caras y Caretas (Nº 848, 1 de enero de 1915).

Pero aunque casi hemos perdido sus apellidos, todavía vislumbramos su estremecida belle époque, la fuerte politización que atravesaba a la comunidad: en sus locales, en sus sindicatos y en sus calles se veía a los activistas socialistas-idishistas del Bund, a los iskrovzes fieles a Lenin, a los S.S.ovetz sionistas-socialistas, a los trabajadores sionistas de Poalei Tzion, a los anarquistas, a los socialistas y a los sionistas. La represión de la revolución rusa de 1905 trajo hasta estas costas a un buen número de rebeldes; entre ellos, a Pinie Katz. “Todo era como una miniatura de lo que era la vida judía en Rusia y en Polonia”, escribe él.


“Un grupo de sionistas”: J. Sh. Liachovitzky, V. Zeitlin y otros en 1906. Fuente: Archivo Liachovitzky, IWO de Buenos Aires.

En el número 50 de Die Volks Stimme, del 27 de julio de 1899, Vermont le dedicó un largo artículo a Rosa Mangel, una muchacha de Galitzia que había llegado a Buenos Aires engañada por un comerciante de mujeres y que había escapado de su dominio. “Muchos de mayor edad no se hubieran atrevido a lo que ella se atrevió y menos hubieran tenido el coraje de estar en un país extraño, sin conocer a nadie, siquiera la lengua, bajo el control de la banda de ladrones judíos que se pasea franca y libremente, todos sus miembros adornados y brillantes con las joyas que hacen con el comercio de mujeres, del que le dan una parte a Dios, ya que de tiempo en tiempo le regalan una pequeña Torá”, escribió Vermont. Una fotografía de la muchacha completaba la nota, que se titulaba “Rosa Mangel”.


Artículo sobre Rosa Mangel en Die Volks Stimme. Ejemplar conservado en el IWO de Buenos Aires.

En esa ciudad y en ese tiempo, los activistas culturales se oponían a los tratantes de mujeres que estaban en la Argentina desde hacía ya muchos años (uno de ellos parece haber sido este Fr. V. Einstein, dealer in human flees, quien apareció en una noticia en Die Volks Stimme en 1899 y cuya imagen aparece hoy en la portada de este libro). Entre 1880 y 1930, Buenos Aires era considerada en Europa como el mayor centro de este negocio, según Víctor A. Mirelman, quien encontró que en 1909 había 102 prostíbulos (de un total de 199 en la ciudad) supervisados por regentes judíos. La colectividad luchó contra los traficantes y los boicoteó durante años en la vida comunitaria, no sin debates internos. Por eso es natural que los tratantes aparezcan en los primeros periódicos.

Los debates por la colonización judía en la Argentina completaban el panorama de la época sobre la que escribe Katz. Cuando comenzó la prensa judía en estas latitudes, ya existían cinco colonias (Moisés Ville, Mauricio, Clara, San Antonio y Lucienville), y hacia 1914 había trece. La Jewish Colonization Association (JCA), fundada por el Barón de Hirsch en 1891, había nacido para trasladar desde el Imperio Zarista hacia América a miles de judíos empobrecidos. Pero con la muerte del Barón en 1896, el plan quedó en las manos de funcionarios no muy queridos en las colonias. La colonización agraria había sido largamente anhelada por el pueblo judío, pero la exigencia a los colonos del pago estricto de las cuotas por la tierra y la negativa a entregarles parcelas para sus hijos trajo conflictos.

Katz se refiere a estos asuntos cuando explica que Der Viderkol apareció con un espíritu de denuncia sobre lo que ocurría en las colonias. Recordemos: su redactor, Mijl Hacohen Sinay, venía de Moisés Ville adonde su padre, el rabino Mordejai Reuben Hacohen Sinay, había encabezado una rebelión de los colonos contra el administrador. El levantamiento había sido derrotado con el apoyo de la policía santafesina. Der Viderkol presenta en su primer número un artículo con el título de “Di Inkvizitzion” [“La Inquisición”] sobre la condición de los campesinos judíos en este país, y un retrato fotográfico del colono Hirsh Tzainshtejer, quien, según escribe Pinie Katz, “está de pie, descalzo, atornillado a un elemento de tortura de la época de la Inquisición, que parece que fue aportado por la policía local”.

Todos estos debates acerca de la política, la colonización y la vida comunitaria sacudían a la época y algunos artículos podían llegar a ser muy agraviantes. Es conocido el refrán: “Dos judíos: tres opiniones”.

*

Una buena parte del acervo del IWO voló por el aire con el atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y cayó destruido, humeante, sobre la calle Pasteur: libros, cuadros, diarios. Junto a escombros y a paredes desmoronadas. Fue en 1994. Murieron 85 personas. El IWO funcionaba en ese edificio comunitario y el trabajo posterior de los rescatistas y voluntarios nunca podrá ser agradecido lo suficiente: de los 100.000 volúmenes que había en la biblioteca, se rescataron 60.000, aparte de 9.000 fotografías, 120 pinturas, 17 instrumentos musicales, más de 2.000 discos, 38 esculturas y 700 afiches de obras de teatro y de cine. El IWO conserva también 32.000 diarios y revistas, pero entre ellos hay muy pocos de los que menciona Katz.

Cuando se pueden encontrar, suelen ser colecciones incompletas; a veces, tan solo ejemplares sueltos. No queda casi nada de la primera prensa judía argentina. En parte, porque esos pioneros infatigables se comportaron como archivistas perezosos de su propio trabajo. El capítulo argentino del IWO, que es donde deberían hallarse estos diarios, no fue fundado sino hasta 1928: un año antes de la publicación de los Apuntes… y 30 años después de la aparición del primer periódico judío argentino.

Este libro tiende un puente hacia esa generación de forjadores y recupera el trabajo tangible de ellos: sus palabras, sus periódicos. Las noticias que son citadas por Katz son rescatadas porque, créanme, a esta altura ya no se las puede leer en ningún otro lado.

La generación de los pioneros escribió unos 40 periódicos en esta etapa de 16 años. Así lo indica David Goldman en Di Iuden in Argentine. Katz señala que Der Viderkol, que dio tres números, dejó con su vacío la necesidad de más. “Pero para quién más, es difícil indicar”, escribe. “Puede ser para los lectores, para el público en general o quizás para los escritores. Público en general, en ese momento, había tanto como lectores. Y escritores había tantos como público en general”. Es que, de alguna manera, el periodismo judío había tomado el lugar de la religión, que desde hacía más de un siglo retrocedía ante el racionalismo moderno. Pero no solo entre los judíos ocurrió así: a Hegel se le atribuye la idea de que la lectura del periódico es la oración matinal del hombre moderno. “Con los atractivos de la religión fuera de juego, si no hubiera sido por la palabra impresa –a través de los libros o del periodismo–, la vida judía se habría perdido”, señala Jacob Botoshansky.

No queda del todo claro cuántos judíos había entonces en la Argentina. Según el censo nacional de 1895, vivían 753 en la ciudad de Buenos Aires, pero un censo interno realizado en 1909 entre los judíos marcó 30.000, según indica Haim Avni. El ingeniero demógrafo Simon Weill dice que los judíos llegaban a 16.000 en todo el país en 1899 y Avni agrega que hacia 1914 la comunidad total contaba con 115.600 personas. Como sea, la cantidad de publicaciones judías era desproporcionada con respecto a la población judía. En la Biblioteca Nacional, por ejemplo, en el año 2015 encontramos 535 periódicos y publicaciones de 39 colectividades: a la italiana corresponden 107, y luego le siguen la judía y la española, con 70 títulos cada una. Y los judíos nunca representaron un porcentaje demasiado elevado en la población argentina: probablemente nunca hayan llegado a ser ni el 5 por ciento. Entre 1920 y 1930, en los tiempos en los que se publicaron los Apuntes…, había 24 diarios y revistas judíos, 18 italianos y 15 españoles, según una estimación de Ricardo Feierstein, autor de muchos trabajos sobre la historia de la comunidad judía en nuestro país. En una proyección de casi un siglo (1898-1989), 337 publicaciones judías vieron la calle, de acuerdo a Alejandro Dujovne, investigador del libro y la edición en la Argentina.

Había entre los judíos “una fiebre comunicativa”, me dijo una vez Ester Szwarc, una de las directoras del IWO, y como señala un refrán en ídish: todo aquel que tuviera al menos una mano o un pie escribía.

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“Realizamos una obra no solamente israelita, sino también muy argentina”, dijo el director del diario Di Ydische Zaitung –León Mass– a la revista Caras y Caretas, en un artículo sobre la prensa judía de Buenos Aires aparecido el 5 de enero de 1918 (cuyas fotografías muestran, entre otros, a un joven Pinie Katz). “Con nuestros tipos hebraicos predicamos el amor y el respeto hacia esta patria de nuestros hijos, no incompatible con el amor hacia la patria de los viejos abuelos”, también dijo Mass.


Pinie Katz (tercero desde la izq.) con colegas de Di Ydische Zaitung. Fotografía aparecida en la revista Caras y Caretas (Nº 1005, 5 de enero de 1918).

En esos primeros periódicos existe una narración de la vida argentina. Pero hoy se esconde en las penumbras: está desperdigada en las miles y miles de páginas escritas en ídish. Y al volverse esta lengua cada vez más extraña, esa narración producida en la Argentina sobre los asuntos argentinos va quedando inexplorada.

Se ha escrito mucho sobre la suerte y el destino del ídish. Pero esbocemos una breve nota sobre lo poco comprensible que puede llegar a resultarnos hoy este idioma: la elección idiomática del Estado de Israel, la eliminación física de la mayoría de los hablantes de ídish durante la Segunda Guerra Mundial (de los 18 millones de judíos que había en la víspera de 1939, once millones hablaban esta lengua; de ellos, más de la mitad fueron asesinados: el nazismo no escatimó esfuerzos en el lingüicidio), la desaparición natural de las generaciones más viejas y la asimilación de sus descendientes (sobre los jóvenes judíos argentinos de la década de 1920, escribió Pinie Katz en sus Geklibene Shriftn: “El ídish es para ellos el idioma de los ‘viejos’, que es como los hijos argentinos denominan, con desprecio o con cariño, pero sin respeto, a sus padres italianos, españoles o judíos. Entienden el ídish, pero no les es muy grato hablarlo”); en fin, todo esto llevó a que el ídish hoy sea, como señala Eliahu Toker, una lengua que tiene más historia, literatura y prestigio académico que hablantes.

En la Argentina, donde el ídish era una asignatura en muchas escuelas judías, la ola expansiva del atentado a la AMIA trajo entre sus efectos inesperados el fin de su enseñanza. Los únicos colegios que todavía lo dictaban entonces, el Scholem Aleijem y el I. L. Peretz, tomaron el ciclo de 1995-1996 como una instancia para reafirmarse luego del ataque y renovar sus materias, y lo dejaron de lado.

En el Atlas de las lenguas del mundo en peligro de extinción de la Unesco, de 2012, el ídish se encuentra en el tercer grado de una escala de seis (donde el primero es “a salvo” y el último, “extinta”). El tercer grado, “en peligro”, está definido como aquel en el que “los niños ya no aprenden el idioma como lengua materna en casa”. La Unesco dice que lo hablan 1,2 millones de personas; el Museo Judío de Berlín, alrededor de tres millones. La buena noticia es que hay cierto renacimiento: lo impulsan los investigadores históricos, los nostálgicos y los ortodoxos, que hablan ídish para no profanar el hebreo.

Traducir el ídish que se escribió en estas latitudes no ha sido un ejercicio frecuente. En la revista Judaica, creada por Salomón Resnick (un traductor sistemático), Aharon Ioel Zacusky publicó en junio de 1943 un artículo titulado “Las traducciones como medio de hacernos conocer”, en el que decía: “En todos los demás pueblos hay quien se interesa para estimular la introducción de distintas obras de importancia de otras naciones. Existe un entendimiento y un interés recíproco. Mucho influye para eso la acción del Estado. Obligan a ello motivos culturales y nacionales, razones patrióticas, obligaciones políticas, vinculaciones diplomáticas. Pero, tratándose de los judíos, no hay quién lo haga. Si no lo hacemos nosotros mismos, no habrá quién se acuerde de nosotros. Y lo que en nuestro medio no llevan a cabo los individuos, no llega a hacerse”. Aunque el artículo es anterior a la creación del Estado de Israel, poco cambió respecto al ídish. “Dejemos ya de ser un misterio”, pedía Zacusky.

Con el correr de las generaciones, yo mismo he olvidado el ídish, la lengua que utilizó mi bisabuelo para escribir su periódico. Por eso, una advertencia: esta traducción de los Apuntes… es una traducción posible, pero puede haber otras. La transliteración desde el ídish hacia el español no es sencilla. Dos alfabetos diferentes no pueden reflejar de un modo idéntico las palabras y en estas páginas se utiliza en general el criterio de la transcripción fonética literal. Shmuel Rollansky, Eliahu Toker y Perla Sneh han utilizado antes este mismo criterio.

En pleno siglo XXI, el ejercicio de traducir de este idioma continúa siendo como revelar un misterio. Rescatar una palabra desde un pasado que se ha vuelto críptico es correr un velo e invitar a una conversación nueva.

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Pinie Katz no evita la polémica ni la ironía. Cuando explica cómo surgieron muchos diarios en la Argentina, dice: “Con una máquina para imprimir los anuncios de los teatros (que necesitaban de letras grandes, de modo que los imprenteros debían abastecerse de ellas), el dueño de la imprenta pensaba: ‘¿Por qué van a estar las máquinas apagadas cuando no hay que prensar para el teatro? Linotipistas hay y pueden trabajar. Y si hace falta, podemos contratar a algunos chicos que pueden aprender… La redacción es el menor problema: hay tantos judíos en esta comunidad que quieren mostrar sus conocimientos y jóvenes que quieren ver sus nombres impresos, y por otro lado tenemos una tijera para recortar y pegar notas de otros periódicos… No hay que hacerse problema, ya sabemos cuál es el secreto y seguramente ya va a aparecer alguien que se va a adjudicar el título de ‘redactor’ sin dinero, para traducir las crónicas de los grandes diarios de la tarde y escribir algunos buenos artículos’”.

Katz cuenta anécdotas, regala detalles interesantes y siempre aporta información. Si no fuera por su libro, ¿quién sabría que un editor desde Buenos Aires le pagó a Scholem Aleijem por un cuento original titulado “Di Goldschpiners”? Sí: apareció por entregas en la revista Di Idishe Hofenung y quien lo consiguió (y pagó) fue Jacob Joselevich. El cuento llegó por correo y era una pieza a la que se le rendía reverencia: “Circulaba en la organización de mano en mano y yo, que era en realidad un extraño, pero que me sentía como en casa entre ellos, vi la pequeña carta y el manuscrito. Lo tuve en mis propias manos y lo leí”, recuerda Katz.

En buena medida, su libro también es un libro de retratos. Aparecen delineados todos los pioneros: el ya mencionado Abraham Vermont (1868-1916), “un periodista salvaje” y “un periodista del caos”; Jacob Sh. Liachovitzky (1874-1938), que “se infectó con el sionismo y operó en todos los frentes”; Jacob Joselevich (1859-1921), cuyo estilo “era el de los poetas clásicos del pueblo judío, y en su escritura había una especie de dialéctica como no la tuvo ninguno de los escritores de aquella generación”; Mijl Hacohen Sinay (1877-1958), “hijo de un rabino que también había escrito algunas piezas referidas a la religión, nacido en Grodno y empleado como maestro en la colonia de Moisés Ville”; Schapiro (¿?-¿?), un kropotkinista que “era una personita linda, con bigotes oscuros, con una vocecita como la de un ‘primer amante’, que actuaba en el escenario del teatro judío”; Leon Jazanovich (1882-1925), el famoso activista de Poalei Tzion para quien “la ortodoxia marxista era teoría y lo importante era la acción”; P. Shprinberg (¿?-¿?), que como era “el hijo de un hombre de mucho dinero y no tenía oficio, se le ocurrió hacer un negocio con un periódico ilustrado”; y muchos otros.


Ficha de ingreso al Idisher Literatn un Dyurnalistn Farain in Argentine [Sociedad de Escritores y Periodistas Israelitas en la Argentina] completada por Mijl Hacohen Sinay.

Los periódicos se escribían con orgullo: si no nosotros, ¿quién?; si no ahora, ¿cuándo?; y si no aquí, ¿dónde? Los hizo, como me dijo una vez la escritora Perla Sneh, una generación que respondía al ideal de los sastres poetas y de los obreros intelectuales, en el que la participación política pasaba por la cultura, y la cultura no era erudición sino un modo de vida.

Por eso en este libro también hay polémicas. Hay algunas ajenas, como la que Die Volks Stimme mantiene con los administradores de la JCA, donde, según escribe Katz, “nunca aparecen los nombres reales de los colonos [que publican cartas de denuncia], que solo figuran con apodos. Del mismo modo, el administrador de la colonia de Entre Ríos se llama Haman el Segundo y el de Moisés Ville, el Negro Egipcio”. Hay también polémicas propias, como esa que el propio Katz mantiene con Jacob Sh. Liachovitzky, iniciador del diario Di Ydische Zaitung y periodista célebre, definido por el historiador Boleslao Lewin como “el más exuberante fundador de publicaciones periódicas en ídish”… aunque Katz dice que “reina sobre él, en todos los círculos, cierta falta de reconocimiento, como si ya se hubiera retirado de la vida comunitaria”.

Y por último, hay polémicas que giran en torno a estos mismos Apuntes…: habiendo leído el libro, Lázaro Liacho (gran escritor en idioma español, hijo de Liachovitzky) lo describe en el año 1938 como “ese panfleto ignominioso y traidor de Pinie Katz” que está “plagado de inexactitudes, de inventos miserables que buscan denigrar a las personas de las cuales pretende hacer historia, rebajándolas intencionalmente”.


Documento argentino de Mijl Hacohen Sinay (“Miguel José Sinay”), emitido en agosto de 1923.

En medio de las polémicas, esta nueva edición anotada intenta dar contexto y reponer algo de lo que se ha olvidado a lo largo de casi 100 años. Muchas de las notas corresponden a citas de Mijl Hacohen Sinay, que también leyó estos Apuntes… y los comentó en una serie autobiográfica que publicó en la revista Der Shpigl/El Espejo. A veces discutió a Katz: “Yo no entiendo de dónde saca Katz que…”, “Conociendo como conozco a Katz hace tantos años, y sabiendo que escribe con una responsabilidad tan poco común, me es de verdad una gran sorpresa que se haya permitido anotar sin certeza…”, “Esto no es correcto…”, “Pinie Katz se dio cuenta luego de lo absurdo de la historia, ya que…”. A través de las notas al pie, Katz y Sinay, dos compañeros de generación, dialogan y agrandan la lectura de este libro.

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Pinie Katz (en el centro) y otros periodistas de Di Presse. Fuente: Archivo Di Presse, IWO de Buenos Aires.

Pinie Katz fue un periodista libre, un escritor famoso, un traductor dedicado, un fundador inteligente (creó y trabajó en el diario Di Presse entre 1918 y 1952), un líder sindical activo y un apasionado creador de instituciones culturales. Fue, a decir de Shmuel Rollansky, “un rabí de la palabra” y “el último de los primeros de la prensa judía en la Argentina”. En un obituario de Katz en el diario Di Ydische Zaitung, Rollansky escribió que “sus páginas acerca de los pioneros de la palabra impresa en la Argentina fueron la base para la posterior escritura sobre la prensa judía en la Argentina”.

Pinie Katz nació el 20 de diciembre de 1881 en Groseles (Grossulov; hoy su nombre oficial es Velikaya Mikhailovka), cerca de Odesa. Ahí y luego en Tiraspol trabajó, siendo muy joven, como pintor de letreros y como encuadernador. El oficio lo llevó a la actividad política, y se convirtió en un iskrovze del grupo de adeptos a Lenin. En 1903 tuvo que cumplir con el servicio militar, siempre temido por los judíos en Rusia; por entonces se libraba la guerra con Japón y Katz fue integrado a una guarnición de infantería de la región de Kosenitz. Cuando llegó, se hizo conocer como un joven culto y las familias judías de la zona lo contrataron en sus ratos libres como maestro particular de hebreo para sus niños. Algún tiempo después, su hermano Iosl le envió una carta contándole los sucesos de la revolución de 1905 en Odesa y Katz pidió una licencia. Llegó a casa cuando la rebelión ya había sido vencida y un pogrom había acabado con mucho de lo que los dos hermanos amaban. Como ya no tenían a dónde ir, decidieron emigrar.

Escaparon a Cracovia y siguieron hacia Amberes y París. En la primera ciudad se sumaron a un grupo de emigrantes que tenía como destino Argentina. Pinie Katz dudó: prefería quedarse en París; su hermano soñaba con Palestina. Al final, los dos subieron al barco Campana, con rumbo a Buenos Aires, y llegaron el 19 de abril de 1906.

En América, antes de ser periodista –e incluso en sus primeros años de oficio–, Pinie Katz trabajó como pintor de obra y como maestro judío. La prédica de Zalmen Sorkin, un dirigente de la organización de obreros sionistas Poalei Tzion, lo acercó al movimiento de trabajadores judíos y desde allí colaboró con los periódicos Broit un Ehre y Shtrahlen (antes se había iniciado en una página judía en La Protesta). En 1914 se vinculó con Di Ydische Zaitung, pero luego de una huelga se fue con el grupo que fundó Di Presse, el diario progresista (favorable a la Unión Soviética), que él dirigió por muchas décadas y que fue la competencia de Di Ydische Zaitung. Como periodista, Katz se destacó, según un obituario aparecido en Mundo Israelita, “por la galanura de su lenguaje, la sobriedad de su estilo y la agudeza de sus comentarios”.

Se casó con Lily Epstein y con ella vivió en un departamento (repleto de libros y, obviamente, de periódicos) en Buenos Aires, en esa zona de cruce de barrios que es la calle Gallo a poco de su esquina con Córdoba. Tuvieron dos hijos y cinco nietos.


“Murió Pinie Katz”: necrológica en Di Presse, 8 de agosto de 1959.

Al mismo tiempo que informaba y opinaba, Katz traducía. Llevó al ídish algunos libros fundacionales de la literatura argentina: Facundo, de Domingo F. Sarmiento; Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff; Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes; Los caranchos de la Florida, de Benito Lynch; Cuentos de la selva, Anaconda y La vuelta de Anaconda, de Horacio Quiroga; El río oscuro, de Alfredo Varela; Nacha Regules, de Manuel Gálvez; Pago chico y La vuelta de Laucha, de Roberto Payró. En 1950 publicó su gran traducción de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. También tradujo novelas de autores rusos, estadounidenses, australianos, ecuatorianos, brasileños, islandeses, belgas y franceses.

De joven fue secretario de Poalei Tzion. Actuó siempre en sociedad y fundó el ICUF argentino en abril de 1941. Cuatro años antes había estado en París, en el congreso mundial inaugural de esta Federación, que había nacido con una propuesta de los intelectuales judíos del Partido Comunista Francés por la causa antifascista, contra el antisemitismo y a favor de la cultura judía. Katz había participado de ese congreso como representante de 23 instituciones argentinas y cinco uruguayas. Como comunista, sin embargo, Katz vivió en una época de encrucijada en la que el maltrato de la Unión Soviética a los judíos era difícil de ocultar.

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Katz murió el 7 de agosto de 1959, pero muchos años antes pudo ver la publicación de sus obras completas en nueve tomos: un privilegio reservado a muy pocos escritores. En las primeras páginas del primero de esos tomos evocaba a su padre, un comerciante de gran cultura judaica llamado Schneer Zalmen bar Schmuel Hacohen Katz, y recordaba que, cuando se reencontraron después de 24 años, en la visita que el periodista Katz había hecho a Odesa en junio de 1929, el padre le dijo: “Yo sé quién fue mi padre, yo sé quién soy yo y yo sé quiénes son mis hijos”. Había pasado casi un cuarto de siglo desde que el hijo había emigrado hacia la Argentina y la comunicación no había sido sencilla, pero el padre, por entonces de 74 años, no encontraba nada inesperado en la esencia de ese hijo visitante.

El legado y la continuidad estaban a salvo, como ocurre en la cadena de oro de las generaciones, el camino de eslabones con el que la cultura judía representa la transmisión y la herencia. Di goldene keit.

Quizás también podamos decir algo así con estos Apuntes… hallados y recuperados. Y junto con ellos, ahora también volvemos a tener todos estos kilos de escritura: esta caja de letras que en realidad es propiedad de periodistas valientes, aventureros, caóticos y tercos. Héroes y villanos a los que Pinie Katz redime de la bruma y del olvido.


Apuntes para la historia del periodismo judío en la Argentina [Por Pinie Katz]

Un poco de prehistoria como introducción

El periodismo judío en la Argentina surge al mismo tiempo, quizás, que la comunidad. Por eso, si es bien archivado puede servir al escritor que trabaje sobre la historia de la colectividad y ser una brújula en la evaluación de la vida comunitaria, social y cultural, y de las fuerzas que aquí la influencian. Yo conozco el desarrollo de la comunidad ya que por mi actividad de los últimos 20 años, y a través de los datos que he reunido en las charlas que tuve con activistas mayores, me fue fácil demostrar los motivos que hicieron a las particularidades de la prensa judía en la Argentina.

Algunos de los creadores, editores y redactores de las primeras publicaciones periodísticas viven todavía y he recibido de ellos noticias directas junto con sus materiales. De otros, que ya han fallecido, tengo sus escritos ante mis ojos, como si estuvieran ellos aún aquí, con todo el ímpetu de su vida y la influencia que han dejado. No voy a hacer una investigación demasiado exhaustiva, sino que me dedicaré a los hechos tal como yo mismo los he visto, escuchado y evaluado.

Como introducción, y por la posibilidad que tengo de evaluar la influencia que tuvo la prensa judía, voy a permitirme traer el hecho histórico del comienzo de la comunidad judía en la Argentina.

A comienzos de 1889, 120 familias de Podolia, alrededor de Kamenetz, de los pueblos de Vinkovitz, Zinkov, Smotrich, Graidik y Lantznkrinen, comenzaron a viajar hacia Israel y a trabajar allí la tierra. Por eso fueron enviados dos delegados a París para hablar con el Barón Rothschild (1). Sin embargo, él desistió de colonizarlos. Pero allí los encontró un hecho glorioso: un tal Veneziani –pero no aquel que después fue director de la JCA (2) en la Argentina– se cruzó con ellos y les dio la idea de viajar a la Argentina. Para tal propósito él estaba a punto de comprar, a través del cónsul argentino en París, tierras en la provincia de Santa Fe. Ellos deberían pagar no más de 400 francos y podrían llegar a ser como nativos allí. La idea era que a cada familia le tocara 150 hectáreas. En ese momento, en Podolia había gente con poder adquisitivo, pero no tanto, y los enviados estuvieron de acuerdo en que viajar a la Argentina no iba a demandar un gasto extra porque el gobierno argentino repartía 40 mil boletos gratis entre sus cónsules europeos para quienes quisieran viajar, con determinado estatus social y económico, hacia la Argentina. Y como los podolier eran gente de buena reputación, podían gozar de este beneficio.

El 15 de agosto de 1889, entonces, 120 familias podolier llegaron a Buenos Aires, pero se enteraron de que sus tierras ya habían sido vendidas a otras personas porque el gobierno argentino no sabía de las operaciones del cónsul de París. El gobierno quiso compensarlos en ese momento y les informó que había tierras alrededor de La Plata –a una hora de tren desde Buenos Aires– que se pagaban en 700 o 800 pesos por hectárea y que se podían conseguir en condiciones muy sencillas. El gobierno también les dio ayuda en cuestión de agronomía, demostrándoles cómo debía ser cultivada la nueva región.

Aunque los judíos tenían miedo de que los quisieran esclavizar y un grupo de ellos no estaba a favor de esta colonización, lo cierto es que las 120 familias fueron la semilla de la comunidad en la Argentina. Con ellas comenzó el Barón de Hirsch (3) la colonización y ellas fueron las que le dieron un marco cultural a la vida judía.

Como dijimos, en Buenos Aires se encontraban los podolier –o como los llamaban en ese momento, los kamenetzer–. Sin embargo, también había otros que no podían ser pensados como un elemento positivo para la comunidad. Cuando llegaron los podolier, ya había aquí un grupo de judíos asimilados que habían venido de Alemania y de Alsacia. A pesar de que formaban una comunidad y de que en 1888 ya tenían su propio rabino, no se daban a conocer como judíos. Su rabino era un tal Henry Joseph (4), que hacía casamientos entre judíos y católicos, demostrando muy pobremente su judaísmo. Había también algunos judíos sefaradíes de Gibraltar y de Marruecos, y también judíos árabes, que son considerados por nosotros, los askenazíes, como “turcos” [“turkn”] hasta el día de hoy. Estos “turcos” tenían sus propios grupos de diez para rezar, sus entidades de beneficencia y de sepelios, sus reuniones para estudiar Torá y sus propias asociaciones sionistas.

Los que también vivían en Buenos Aires eran los comerciantes de mujeres (5) y sus víctimas, y las familias de éstas, que habían sido traídas de Varsovia, Odesa, Bucarest, Lemberg, Galitzia, Estambul, El Cairo y Londres, y que pasaban vergüenza por la condición de sus hijas. A pesar de todo, este grupo tenía sus propias asociaciones con templos y hacía la vida religiosa como si fuera decente.

También había gente llegada de Europa que vino con todo su judaísmo y sus particularidades. Gente que no solo trajo un kadish y un aniversario por los avergonzados papá y mamá, sino también un jazán y un shamash (6), un entierro con una alcancía (7), otra para Meir Baal Hanes (8) y halukka (9) (y ya en aquel entonces venían emisarios que obtenían grandes beneficios yendo casa por casa con ventanas tapadas y carteles rojos (10)), que iba a comer latkes con chicharrones de ganso, a jugar a las cartas (11), a comer arenque con pastrami kosher y pepinos en vinagre. También trajo el ídish con el dialecto polaco, el rumano y el besaraber, que sonaban libremente en los dos centros de este yishuv (12): la zona de las calles Libertad, Talcahuano, Lavalle y Corrientes; y la de las calles al sur del puerto.

Los judíos de Europa Oriental que no se dedicaban al comercio deshonroso de mujeres eran vendedores de objetos usados, comerciantes, jazanes y bedeles de sinagoga que aportaban “judaísmo” para los señores (13), y sastres y modistas que cosían para aquellos y para sus víctimas. Eran muy pocos los que no tenían trato con ellos. Había otra profesión cerca de esta gente: la de escribir cartas de las “señoritas” para sus padres. A esto se dedicaron muchos de los futuros periodistas. También eran buscados por esta gente los cocineros y los mozos judíos, trabajo del que no pueden vanagloriarse los “honestos” de hoy en día. Los comerciantes de mujeres, a través de los cocineros y los mozos, también buscaban relacionarse con estas familias para su propio provecho.

Los que llegaron en 1889 fueron los primeros colonos del Barón de Hirsch. Un tal Loewenthal, que estaba en ese momento con el ingeniero Cullen (14) en una misión del gobierno argentino, se interesó por estos inmigrantes que buscaban tierras para colonizar. Cuando Loewenthal volvió a París habló de este tema con el Barón de Hirsch, y luego regresó como colonizador para el suelo que había comprado el Barón en la provincia de Santa Fe, en Moisés Ville y Palacios, adonde fueron a asentarse los podolier (15). Al tiempo llegaron los de Grodno y luego los rumanos. Todos ellos fueron recibidos parcialmente y colonizados en Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires, donde fundaron la Colonia Mauricio.

La comunidad en Buenos Aires también comenzó a crecer. El nombre de la colonización judía en la Argentina traía desde Europa a algunos que tenían su dinero ahorrado y querían ser colonizados. Era gente de oficio, curiosa, pero también había estafadores. Todos querían hacerse la América aquí. Algunos de los embaucadores llegaron escapando. La guerra ruso-japonesa de 1898 trajo a algunos desertores también, aunque la ciudad recibió el mayor crecimiento por los agricultores que escaparon de las colonias.

Los años iniciales de la colonización fueron muy difíciles en todos los aspectos. Faltaban posibilidades y conocimientos para el trabajo. Las dificultades del transporte llevaron a malvender los primeros productos recibidos de la tierra. Los colonos no tenían una buena metodología de siembra y no le veían demasiado futuro a las cosechas. La vieja mentalidad era la de “el dinerillo es el mundillo” y los antiguos comerciantes empezaron a sentir que ésta no era la famosa “América” que se imaginaban. Los administradores de la JCA los trataban como si fueran absolutamente extraños, aunque algunos funcionarios sí fueron considerados como ángeles excepcionales. En general, el trato era inquisitorial: se relacionaban con los colonos como si estos fueran esclavos, pero hay que reconocer que a veces los colonos tenían pedidos infantiles, insólitos para personas adultas que debían tomar para sí la responsabilidad de ser pioneras en la tierra. Así, los colonos eran una mezcla de esclavos y niños de papá.

Al mismo tiempo, la filantropía y la burocracia se juntaban, de modo que el colono fue un producto raro de un gran ideal para el judío pobre que tanto padecía en Europa del Este. Realmente llama la atención que los primeros colonos fueran tratados por los administradores como sirvientes y que a la vez se comportaran como niños enfurecidos y malcriados: algunos de ellos, que ni siquiera sabían sostener un hacha y se quedaban esperando la ayuda que les daban en las proveedurías del Barón de Hirsch, terminaron dejando las colonias.

A pesar de que no estoy escribiendo la historia de la colonización judía en la Argentina, debo agregar que no todos los que abandonaron las colonias vinieron a la ciudad. Algunos se colonizaron en otras comunidades con condiciones similares a las que daba la JCA, pero sin sus administradores ni su sistema, y no sabemos si hoy siguen siendo campesinos o si ahora son príncipes, o incluso si todavía se siguen dedicando al trabajo de la tierra.

Una gran corriente de colonos escapó a la ciudad durante la administración de Cohan en Moisés Ville (16), cuando se dieron los hechos que se reflejan en el primer periódico judío de Buenos Aires, Der Viderkol, publicado el día 14 del mes de Adar del año תרנח; es decir, a comienzos de marzo de 1898. Se mencionan en un artículo colérico cuyo título es “Di Inkvizitzion” [“La Inquisición”], escrito por Gershom Bartz, que empieza con el primer versículo del libro de la Biblia “Lamentaciones”: “¿Quién tiene tantas lágrimas para que yo pueda llorar día y noche por los muertos de mi pueblo?”. En este artículo se pide a los lectores que visiten los conventillos (17) adonde llegaron los colonos escapando de la lamentable Moisés Ville, en las calles Cuyo –hoy Sarmiento– y Corrientes. El autor de aquel artículo escribe que en los conventillos van a lanzar un gemido y también derramar una lágrima.

El artículo viene con el retrato fotográfico del colono Hirsh Tzainshtejer, que está de pie, descalzo, atornillado a un elemento de tortura de la época de la Inquisición, que parece que fue aportado por la policía local. Pero también menciona métodos modernos inquisitoriales, como el castigo con la fusta, la quemadura en la punta de los dedos, la tortura con sed… Este tipo de métodos todavía son utilizados en las comisarías alejadas, como un vestigio del Santo Oficio. Esa imagen fue reproducida de una fotografía que hasta hoy se puede ver en la casa de algunos pobladores antiguos de la zona. Yo la vi en la del fallecido activista Leon Jazanovich, cuando estuvo de visita por las colonias en el año 1909. Él la había recibido de Israel Zangwill (18), quien la usó como un documento testimonial en el proceso que llevó a cabo contra la JCA en Londres.

Entre 1889 y 1898, la comunidad judía en Buenos Aires creció. No tenemos una cifra exacta, pero Mijl Hacohen Sinay, en el feuilleton (19) impreso en el primer número de Der Viderkol, en marzo de 1898, escribe: “Aquí hay una cantidad importante de judíos. Entre ellos hay escritores y maskilim (20) a los que la pluma no les es extraña…”.

Entre los escritores y maskilim estaban Jacob Joselevich, un antiguo inmigrante de Europa nacido en Lituania, que había trabajado en Odesa y Varsovia, y que en la Argentina fue dueño de una fábrica de níquel, adscripto a Hovevei Tzion (21) y muy reconocido en su tiempo en Odesa, influenciado por Mendele Mojer Sforim (22); también Moshé Beib Lilienblum; Schlomo Liebeschutz, relojero de Kurland y sionista, con una cultura iluminista muy importante; Fabián Sh. Halevy, de Płock, un maskil que antes de vivir en Buenos Aires pasó algunos años en Lodz; Volf Zeitlin, un judío estudioso que tenía una imprenta; Zalman Levin, que luego fue redactor de Der Pauk y Di Blum; Abraham Vermont, un políglota de Rumania que tenía un pasado oscuro y mítico, con una educación de escuela católica catequizante, un bohemio siempre en contacto con los cafés y con el ambiente de las “casas” (23), cuya primera actividad periodística fue en las ciudades orientales y después en Buenos Aires, donde trabajó incluso en periódicos no judíos, y que se jactaba de atreverse a decir toda la verdad, como indica en el primer número de Der Viderkol; Jacob Liachovitzky, un muchacho que se infectó con el sionismo y operó en todos los frentes; Mijl Hacohen Sinay, hijo de un rabino que también había escrito algunas piezas referidas a la religión, nacido en Grodno y empleado como maestro en la colonia de Moisés Ville.

También había otros estudiosos y miembros de la intelligentsia que habían llegado a la Argentina para cumplir con el ideal de trabajar la tierra: los conocidos Mordejai Alpersohn y Abraham Rosenfeld, de la colonia Mauricio; Noé Cociovich, de Moisés Ville; los hermanos Shimon y Moshé Bustilnik, de Clara; y otros… A este grupo se agregaba el actual diputado Doctor Enrique Dickmann, que en esa época era un estudiante de Medicina y socialista asimilado que se movía en el ambiente judío dando clases de español.

Buenos Aires ya tenía en ese año una organización de trabajadores, que es la actual Bikur Jolim (24); también estaba la famosa Chevrah Keduscha (25), fundada en 1894 por el rabino de los alemanes, Henry Joseph; la Untershtitung Kassa (26), fundada en 1892 con sello alemán (que luego fue la Ezrah (27)); la Poalei Tzedek (28), con un templo y un grupo que se llamaba Hovevei Tzion; y una organización ortodoxa sionista, Zijron Schmuel (29), denominada así en honor al rabino Shmuel Mohilever (30).

En una palabra, teníamos aquí una especie de comunidad y algunas cosas para hacer. Solo faltaba un diario que agregara insultos, ataques personales y chantajes; o sea, todo lo que caracterizó a la colectividad judía argentina, como demuestra la vida de los periódicos de no mucho tiempo atrás.

1- El Barón Edmond Benjamin James de Rothschild vivió entre 1845 y 1934, y fue uno de los filántropos más importantes de su tiempo. Miembro de una familia de banqueros legendarios y poderosos, se convirtió en uno de los promotores más fuertes del sionismo.

2- Jewish Colonization Association.

3- El Barón Moritz (o Maurice) von Hirsch, que vivió entre 1831 y 1896, fue uno de los filántropos más importantes de fines del siglo XIX. Como el Barón Rothschild, apoyó el éxodo judío del Imperio Zarista, pero, a diferencia de él, se ocupó de dirigirlo hacia América. Para eso fundó en 1891 la Jewish Colonization Association (JCA).

La JCA compró tierras principalmente en la Argentina, Brasil, Canadá y Estados Unidos, apoyada en un capital de dos millones de libras esterlinas (equivalentes a 120 millones de libras del año 2020), aunque poco tiempo después el Barón lo cuadruplicó. La organización del Barón de Hirsch llegó a superar en su monto a todos los fondos públicos judíos de Europa y de América juntos y fue, en definitiva, la organización benéfica más grande del mundo finisecular. Su filantropía estaba concebida como un negocio en el que los capitales invertidos debían crecer sin pausa para realimentar la obra, y donde los colonos debían pagar sus tierras en cuotas anuales.

La primera colonia judía argentina se fundó en 1891 en las inmediaciones de la estación de tren de Carlos Casares, en la provincia de Buenos Aires, y se llamó “Mauricio”. Antes, en 1889, había sido fundada Moisés Ville, en la provincia de Santa Fe (por colonos independientes), y entonces también fue tomada por la JCA. A lo largo del siglo XX fueron creadas decenas de colonias: de ellas surgió la leyenda de los gauchos judíos y la mística de las cooperativas agrícolas. En 1925, con el florecimiento económico y cultural del sistema, se estimaba una población de 35 mil judíos en el campo argentino, sumando colonos, artesanos y comerciantes. A las colonias mencionadas se agregaron Barón Hirsch y Médanos (en la provincia de Buenos Aires); Montefiore (en Santa Fe); Lucienville, Clara, San Antonio, López y Berro, Santa Isabel, Palmar Yatay, Louis Oungre, Leonard Cohen, Avigdor, Walter Moss y Curbelo (en Entre Ríos); Nacisse Leven y Villa Alba (en La Pampa); Dora (en Santiago del Estero), Roca (en Río Negro); y Charata (en el Chaco). La JCA se retiró de la Argentina en 1975, pero todavía continúa existiendo en Israel, donde promueve el desarrollo agropecuario, educativo y turístico en Galilea y Negev.

4- Henry Joseph, comerciante inglés, fue el primer rabino de Buenos Aires. Llegó al país a fines de la década de 1850, participó en 1862 de la fundación de la Congregación Israelita de la República Argentina y en 1882 fue nombrado rabino por Lazar Isidor, Gran Rabino del Consistorio Central de Francia. “Sus conocimientos de judaísmo”, escriben Ricardo Feierstein y Perla Sneh en Comunidad judía de Buenos Aires 1894-1994, “eran insuficientes y más bien intuitivos; un judío debía ‘creer en Dios, hacer obras de beneficencia y comportarse decentemente’”. Murió el 25 de mayo de 1913.

5- Conocidos como tmeiim. “Tmeiim” significa “impuros” en hebreo y así es como los judíos llamaban a sus correligionarios ligados a la trata de mujeres. “Entre 1880 y 1930, Buenos Aires era considerada en Europa como el mayor centro de comercio de mujeres”, escribe Víctor A. Mirelman en En búsqueda de una identidad: Los inmigrantes judíos en Buenos Aires, 1890-1930. Las mujeres eran tomadas de familias pobres de Europa del Este y la mayoría eran engañadas con promesas de casamiento en América. Mirelman halló una primera referencia a comerciantes judíos de mujeres en la edición del Buenos Aires Herald del 18 de septiembre de 1879; y afirma que en 1909, 102 prostíbulos (de un total de 199 en la ciudad) estaban supervisados por regentes judíos.

En Colonia Mauricio: Memorias de un colono judío, Mordejai Alpersohn recuerda que, a su arribo a la Argentina en 1891, en el Hotel de Inmigrantes, un representante de la JCA le advirtió al grupo recién llegado: “Aquí no hay judíos honrados. Solo existen estas almas sucias, la resaca del género humano. Las pocas familias honorables, de origen inglés y español, por culpa de los tmeiim se avergüenzan de decir que son judías…”.

La colectividad luchó contra los traficantes y los boicoteó durante años en la vida comunitaria, no sin debates internos. Finalmente, la organización de trata más grande –la Zwi Migdal– fue desbaratada en 1930 y sus 424 miembros fueron capturados.

6- Un bedel de sinagoga.

7- Según se practicaba la caridad en un velorio.

8- Según la tradición, alguien que perdió algo o alguien que tiene un problema debe hacer una donación a Rabi Meir Baal Hanes para obtener la gracia. Rabi Meir Baal Hanes, también conocido como “Rabi Meir”, vivió en el siglo III d.C. y yace en la ciudad de Tiberías, en Israel.

9- Aporte a los judíos religiosos que vivían en Israel.

10- Se refiere a los prostíbulos administrados por los comerciantes judíos, adonde también los religiosos iban a buscar dinero.

11- En Januca.

12- Asentamiento comunitario judío.

13- Es decir, comerciantes de mujeres.

14- Charles Edmond Cullen, ingeniero agrónomo británico.

15- Wilhelm Loewenthal, un médico higienista que se encontraba en una misión del gobierno argentino para estudiar la sanidad en las colonias, recibió el encargo de parte de la Alliance Israélite Universelle de evaluar el estado de los colonos judíos recientemente asentados en Santa Fe. Cuando llegó a la primitiva Moisés Ville, el 23 de octubre de 1889, encontró un sitio semisalvaje, lleno de necesidades. En su libro Cómo fue la inmigración judía en la Argentina, Boleslao Lewin considera a Loewenthal como “el inspirador” del Barón de Hirsch. “Mientras viva, voy a recordar el rostro majestuoso de este judío digno”, escribió Mordejai Alpersohn en Colonia Mauricio, “su esbelta, magnífica figura y sobre todo sus negros ojos magnéticos, cuya mirada ninguno de nosotros podía sostener más de un segundo”.

16- Michel Cohan administró Moisés Ville entre 1893 y 1902, y dejó su marca consiguiendo cierta pujanza en la economía de la colonia gracias a la introducción de nuevos cultivos (como la alfalfa), pero también tuvo que enfrentar una rebelión de colonos que envió una delegación a la sede de la JCA en París para pedir su remoción, alegando prácticas autoritarias, maltratos y la imposibilidad de pagar –por las malas cosechas y las plagas– la cuota de la tierra. “En el trabajo de Michel Cohan hubo una montaña de cuentos y leyendas de los cuales es difícil saber la realidad”, escribe David Goldman –el hijo del primer rabino de Moisés Ville– en el libro Di Iuden in Argentine, en 1914. “Cohan era una persona autoritaria ante la que los colonos temblaban cuando abrían la boca”, sigue Goldman. Pero también: “Cohan es, sin lugar a dudas, el mayor organizador y el más hábil administrador que la JCA tuvo en sus colonias. Sus ideas económicas fueron el resultado de una praxis de varios años […] Él fue el primero que llevó a Moisés Ville árboles paraíso, plantó alfalfa, cercó los campos con alambre y construyó grandes depósitos para los productos agropecuarios necesarios. Por su influencia sobre los directores [de la JCA] de París y de Buenos Aires, se fundó en Moisés Ville una fábrica de leche que resultó de gran ayuda para los antiguos colonos y para los nuevos, de los alrededores […] Cohan tomó el puesto de administrador de la colonia Moisés Ville en el año 1893 con una población de 27 familias y nueve mil hectáreas de tierra. Cuando abandonó su cargo, en 1902, dejó a la colonia con 400 familias y 111 mil hectáreas”.

17- [Nota de Pinie Katz] Conventillos– Cada casa está compuesta por una pequeña pieza de tres por tres, donde está también la cocina. En estas piecitas viven aún muchas familias. A veces, la cantidad de piecitas llega a 200 en un patio y están construidas como un cajón. Cada familia debe lavar ropa propia o ajena, y trabaja también en confección de ropa traída de los grandes negocios. Además llegan niños para ser cuidados. Es para imaginar la estrechez, la suciedad y el ruido. El juego de los niños, dispersos y sucios entre la basura, se da junto a las peleas de las mujeres y los insultos de los hombres, a veces bajo la música de un acordeón, el grito de un italiano que ofrece fruta, los árabes que van con su mercancía, los judíos que pasan vendiendo manteles en cuotas y la guitarra que suena al viejo estilo y que improvisa su lamento de la ancha y lejana pampa. En las calles céntricas de la ciudad van desapareciendo los conventillos, pero todavía quedan bastantes. Los de Cuyo 1419, hoy Sarmiento, y Corrientes 1365, fueron especialmente conocidos por la gran cantidad de judíos que alojaban. Allí también vivían los schojets y los que se dedicaban al culto.

18- Escritor británico, vivió entre 1864 y 1926. Primero fue un aliado del Doctor Theodor Herzl y de su sionismo, pero luego se convirtió en un defensor del sionismo territorialista, que pregonaba que los judíos podían vivir en comunidad en cualquier lado y no solo en Israel.

19- Género periodístico finisecular, solía adoptar las formas de artículo literario, crítica, comentario sobre arte o de interés humano. No debe ser confundido con el folletín por entregas.

20- Educadores, sabios y hombres cultos en general, seguidores de ideas iluministas.

21- Movimiento de repatriación a la Tierra de Israel a través de la agricultura. Primitivo sionismo político.

22- “Mendele Mojer Sforim” es el pseudónimo de Sholem Yankev Abramovich, uno de los autores fundadores de la literatura ídish moderna. Vivió entre 1836 y 1917, y su ascendiente fue tan grande que la Enciclopedia Judía –publicada entre 1901 y 1906– lo apoda “el Cervantes judío”.

23- Es decir, prostíbulos.

24- Se refiere a la Unión Obrera Israelita de Socorros Mutuos para Enfermos [Idisher Arbeter Farain far Gegnzaitiker Hilf], cuya secretaría estaba en el 136 de la calle Ombú, actual Pasteur.

25- La “Chevrah Keduscha Aschkenazi” [Piadosa Compañía Asquenazí] nació para dar sepultura a los judíos de Buenos Aires, ayudar a los humildes y encargarse de las viudas y de los huérfanos. Se convirtió en la organización judía con más socios y recursos, y en 1949 cambió su nombre a Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA).

26- Sociedad de beneficencia de judíos rusos aburguesados.

27- Fundada en 1900, la Sociedad Israelita de Beneficencia y Socorros Mutuos Ezrah creó en 1921 el Hospital Israelita de Buenos Aires.

28- Según Mijl Hacohen Sinay en 50 años atrás: El génesis de la comunidad israelita en la Argentina, su autobiografía seriada, publicada en la revista Der Shpigl/El Espejo entre 1944 y 1947: “Esta organización tenía el objetivo de ser un lugar para rezar. Los miembros eran comerciantes y durante muchos años el presidente fue Soli Borok. El sitio estaba en Talcahuano entre Córdoba y Viamonte”. La Poalei Tzedek quería organizar su propia compañía de sepelios pero la Chevrah Keduscha lo hizo antes.

29- Una de las primeras agrupaciones del sionismo argentino, fundada por el rabino Mordejai Reuben Hacohen Sinay, padre de Mijl Hacohen Sinay.

30- Pionero del sionismo, vivió entre 1824 y 1898. Fue uno de los iniciadores del movimiento Hovevei Tzion y convenció al Barón Rothschild de financiar la colonia Ekron, en la Tierra de Israel.


Mijl Hacohen Sinay, fotografía de fecha desconocida.

‘DER VIDERKOL’ (1898)

Sobre la creación de Der Viderkol (31) [El eco] nos cuenta su redactor, Mijl Hacohen Sinay, en el feuilleton:

“El humilde Mijele caminaba, dudoso y preocupado, con sus esperanzas caídas, hasta que sus fuerzas se agotaron y sus pies ya no pudieron mantener su cuerpo. De esta manera se lamentaba de que sus padres (el Rab Sinay fue enviado por David Fainberg (32) como rabino y colono desde la Gobernación de Grodno –P.K.) no le habían enseñado ningún oficio y él no tenía dinero para realizar ningún negocio…

Pero escuchen hasta qué es capaz de hacer un litvak (33) cabeza dura. Y fue el día, en un día muy caluroso, con el sol quemando y asando, y Mijele (esto debe leerse “Mejele” –P.K.) caminaba por las ruidosas calles de Buenos Aires buscando trabajo… Y así iba.

De pronto, se detuvo. Vio un tranvía por la calle y un pequeño joven, de esos que van llevando los diarios y se suben al primer escalón del tranvía, empezó a gritar a viva voz: ‘¡La Prensa! ¡La Nación! ¡La Capital! ¡Nueva Época!’ y así sucesivamente…

– ¡No hay entre todos los pueblos un pueblo como el de Israel en la Argentina! –gritó de pronto, pensando en esta escena.– ¡Cada pueblo tiene un periódico en su lengua, cada pueblo se vanagloria y escucha su literatura, pero el de Israel todavía no! ¡Tantos judíos hay aquí en la Argentina y seguramente se encuentran entre ellos tantos escritores y maskilim a los que la pluma judía no les es extraña, y sin embargo aquí no hay un periódico judío…! Entonces seamos los primeros… Probemos… ¡Sí, pensado y realizado…!

Un eco sonó en sus pensamientos:

– ¡Así será! ¡Mijl, ya vas a tener trabajo…!”

Él ya se disponía a irse del lugar donde estaba parado, pero se encontró de pronto con una persona, un judío petiso con una barbita negra, que le hizo un amplio y cálido scholem aleijem (34).

– ¡Reb Joel! –lo saludó sorprendido Mijl, y le dijo:– ¡Scholem aleijem!

–Mijl, ¿qué estás haciendo acá?

Reb Joel era el señor Joel Rosenblit (35), uno de los inmigrantes podolier de Kamenetz colonizados por la JCA en Moisés Ville, que le contó qué estaba sucediendo en la colonia, donde el administrador Cohan se estaba vengando de una manera vergonzosa con los colonos porque ellos habían enviado una delegación a París para quejarse por la dirección de Buenos Aires (en esa delegación también estaba el rabino Sinay (36)). A Rosenblit, la administración de la colonia le había robado lo que él había comprado con su propio trabajo: sus caballos y sus vacas. Y no solo a él le había pasado. También a Meir Schapiro, Leibze Levisman, Hirsh Tzainshtejer y a la familia de Mijl Hacohen Sinay (37). Por eso su padre, el rabino, había viajado a París como delegado contra la administración de Cohan.

El propósito de Der Viderkol era, en los dos primeros números, contar lo que ocurría en la colonia. Hubo un tercer número, pero la continuación no fue inmediata.

Ahora describiré más sobre Der Viderkol, tal como me fue transmitido por el señor Joel Rosenblit, creador y administrador de este periódico, que luego participó de Der Idisher Fonograf [El fonógrafo judío].

El señor Rosenblit tenía desde hacía mucho tiempo la idea de fundar un periódico en la Argentina (38) porque los judíos se interesaban aquí también por lo que pasaba entonces en el mundo: el proceso Dreyfus (39), el sionismo (40), la guerra española-americana por Cuba y la política europea a propósito de Japón, con Rusia a la cabeza.

Este judío tan inteligente era de Kamenetz, y cuando el administrador Cohan quiso acabar con sus ideales de trabajar la tierra, tuvo que venir a Buenos Aires a buscar otro oficio ya que conocimientos no le faltaban. Entonces tomó para sí como muy importante la idea de crear un periódico judío. Quería que sus textos llegaran hasta los diarios más importantes de aquel momento –como el Folks Advocat y el Yiddisher Express, de Nueva York; o Ha-Yehudi, de Londres– para que se supiera sobre los colonos y cómo hombres y mujeres eran alojados en una cueva húmeda, donde les pegaban toda la noche con la ayuda de policías rentados… (41)

Pero ¿cómo podía imprimir este periódico si en Buenos Aires todavía no existía la imprenta (42)? Así fue que el hijo del rabino pensó que si no sería con tipografía, sería con litografía. Para las celebraciones, había gente que enviaba notas talladas y eso fue tomado como ejemplo para el primer número de Der Viderkol, que fue escrito como un Sidur (43).

Rosenblit y Sinay fueron a una casa de litografía llamada La Teatral, que quedaba en Cerrito 136, y el negocio se puso en marcha (44).


Portada del primer número de Der Viderkol, que apareció el 8 de marzo de 1898.

Mijl Hacohen Sinay contrató a Abraham Vermont, que había olfateado la llegada del periódico. Vermont era una persona muy leída, que sabía muchos idiomas y que maravillaba al joven redactor con su conocimiento de las ideas y su interés por los judíos que vivían entre la Cruz y la Media Luna. Este tema le preocupaba a Vermont y sobre él escribiría cada semana durante quince años en su propio periódico, Die Volks Stimme. Vermont podía publicar sin parar sobre estos asuntos y trabajar sin ningún tipo de sistema, repitiendo los mismos cuentos una y otra vez (45).

Con toda la honestidad de un redactor y la responsabilidad para con la lengua ídish, y con sumo cuidado para que no apareciera el vocabulario vulgar que reprodujera las palabras de la calle, Mijl Hacohen Sinay se sentó cuando tuvo modelado el periódico en su cabeza y comenzó a tallar en la piedra de la litografía como las letras de un Sidur en ídish (46), en un estilo más elevado (47): “¡A los estimados lectores! Hacemos conocer a través de este…”. Así, o en un estilo parecido, fue escrito casi todo el primer número (48), que fue completado con la ayuda de Abraham Vermont. Solo en los feuilletones se olvidaron los redactores del “gran estilo” y cayeron en el ídish popular callejero.

El primer artículo de Der Viderkol está escrito como una charla entre dos personajes, Shmerl y Berl, que discuten sobre la posibilidad de comprar Palestina. Es un feuilleton firmado por el pseudónimo de Bilam Ben Coraj (49), que continúa hasta el tercer número (el último), sin concluir. El escritor parece simpatizar disimuladamente con el socialismo (influenciado por la defensa de Jaures y Zola a Dreyfus), y luego con los sionistas que quieren comprar Palestina.

Otros artículos atacan a los activistas sionistas y a los administradores de la JCA, pero no por sus pecados comunitarios, sino por la falta de status: uno fue un changador en Odesa; el otro, un planchador de sombreros… Luego hay un artículo sobre las relaciones entre Chile y la Argentina. También hay otro, el más fervoroso, de Gershom Bartz, con mucho descontento sobre la vida de los colonos de Moisés Ville; el feuilleton de Mijl Sinay sobre Der Viderkol; y el espacio donde Abraham Vermont escribe sobre política, historia, geografía y otras maravillas, dictando moral a los judíos ya que no escriben como si sus textos fueran parte de un álbum que los italianos enviaran a Émile Zola para su defensa a Dreyfus. Se pide también el traslado de los huesos de Julius Popper (50), que era un judío rumano, del cementerio cristiano de la Recoleta a un sitio judío. Hay una sátira sobre los diez mandamientos, donde no se perdona nada a nadie (51). Todo Vermont lo escribe en daytchmerish mezclado con rumano.

Mijl Hacohen Sinay firma un poema, “Der ner tomid” [“La llama eterna”], que empieza de esta manera en su primer verso:

“Yo me deslumbro ante la fuerza

del antiguo Israel,

que está escondida tan fuertemente,

muy dentro de mi alma”.

Un buen ejemplo del estilo de Der Viderkol es esta muestra de su artículo principal, desde aquí hasta el final:

“A todo el que se interese por nosotros, le es conocido que la política de la Argentina (me confieso) está gobernada por una mezcla de realidad y de un nudo que no se puede desatar, algo que no sucede en ningún tipo de política exterior y que no es tan fácil de leer. Por eso tendremos que esperar el tiempo que nos dará la razón sobre nuestros dichos, así como el proverbio hebreo que dice:

‘El tiempo contesta todo y resuelve todas las preguntas’.

Debemos observar y callar. Callar y esperar hasta el final, así como dice el ruso: konets venchaet delo (las palabras rusas están escritas con letras rusas (52)).”

Como el número aparece el día 14 del mes de Adar, que es Pesaj, incluye entonces un anuncio de matza.

La importante aparición de un periódico judío en Buenos Aires repercutió en toda la comunidad judía, desde Libertad hasta Callao y desde Tucumán hasta Cuyo, hoy Sarmiento (53).

El segundo número, que apareció dos semanas más tarde, parecía una reacción contra el primero. Había llegado a Buenos Aires, rechazado por la JCA en París, el padre del redactor y no le había gustado la actitud de su hijo ni tampoco que en el periódico se insultara al administrador de Moisés Ville, con quien todavía necesitaba tener algún contacto. Además, había en el primer número de Der Viderkol cierto ataque al sionismo y eso tampoco le gustó (54).

Por eso, el hijo invitó al padre a escribir un artículo bajo su firma, MRS (55). En ese artículo, Reuben Sinay diserta largamente, como dictando una clase de moral, sobre la paz, la historia judía, los hechos de la vida judía y la vida en comunidad:

“Queremos estar sentados en paz aquí con cada cual (pero cuando éste se haya ganado su condición) y para acercarse a otro individuo no es bueno insultar ni hablar de más, ni tampoco alabar demasiado. Queremos levantar la bandera de nuestro escritor Scholem Aleijem, con la cual simpatizamos, y se sabe de nuestro empredimiento gigantesco para apoyarlo. Lastimosamente, aquí se ha anudado el cuento con un diablo, como a propósito, y está disfrazado de Bilam Ben Coraj, quien aparece en el medio de todo esto…”.

La continuación de esa discusión (56) ya no aparece en este número, pero viene entonces otra cosa: “Purim Floderai” [“Un juego de Purim”], firmado por “Ish Iehudi” [“Un Judío”], que es en realidad Bilam Ben Coraj (una aclaración: es A. Vermont) (57). El redactor contesta con una observación conciliadora:

“Prestigioso escritor, me veo en la obligación de expresar mi sincero agradecimiento por su esfuerzo por enaltecer mi periódico”.

Él tiene que reconocer lo interesante del artículo de la Hagada de Pesaj, que hablaba sobre los acontecimientos de Moisés Ville, y lo imprime; y en el tercer número se despoja del miedo hacia su padre, el Rab, y toma una página entera para continuar aquella discusión.

En el segundo y en el tercer número figura un nuevo título, “Lmen Sion” [“Para Sión”], que hace propaganda sionista, y aparece un nuevo integrante del periódico con las iniciales “L. Sh. J.”, que son, en orden invertido, las de Jacob Shimon Liachovitzky.

En el segundo número de Der Viderkol aparecen dos poemas. Uno de ellos está dedicado al propio periódico, y su primer verso, en rima, dice así:

“Hace años que deambulo

y quiero llegar a la verdad,

pero lamentablemente veo por doquier

solo falsedad, estafa y mentira”

Estas líneas son muy características de Liachovitzky y también de su vida periodística y comunitaria: él oficiaba con el socialismo, con el anarquismo y con el sionismo, como lo caractericé en el capítulo anterior, pero también con la moral. Sus actividades socialistas, anarquistas y sionistas, y también las de buena moral, son por todos conocidas en Buenos Aires. Y también recibieron una definición general: la de liachovitzismo.

Liachovitzky escribió un segundo poema: “Ver iz main Got?” [“¿Quién es mi Dios?”], dedicado al señor Josef Koriman, presidente de la Unión Obrera Israelita de Socorros Mutuos para Enfermos. Esta no es una poesía muy refinada: la primera poesía muestra que la segunda no es tan original. Otra “originalidad” es el cuento “Geborn un geshtarben in a Hemrdele” (58) [“Nacido y muerto en una camisita”], también firmado por L. Sh. J., que cuando ustedes lo leen, quieren recordar de qué escritor ruso lo tradujo. Los personajes son campesinos rusos, y de pronto aparece esta frase: “Cualquiera puede imaginar el amor increíble de Anton. Cualquiera puede imaginar qué terrible y qué amargo es ese amor. Cualquiera puede imaginar qué terrible es tener una infancia sin el amor de una madre. El amor de la madre, qué dulce y qué tierno es. ¿Quién puede imaginar la frialdad y la tristeza de vivir sin una madre? ¿Quién lo puede hacer más que nosotros, los judíos?”.

Aquí ustedes pueden observar, tan claro como el brillo de una perla, cómo el “buscador de la verdad” ha introducido un poco de su propio punto de vista para limpiar las señales del engaño (59).

Abraham Vermont y Liachovitzky son los verdaderos veteranos del periodismo judío argentino. Ellos son los que le dieron el primer tono, cada uno con su motivo, como se dice en la música. Desde que el periodismo empezó a florecer, los dos demostraron sus características especiales, que trataré de señalar a través de sus actos en sus producciones. Pero ahora volveré al redactor de Der Viderkol.

En el tercer número, Mijl Hacohen Sinay ya estaba un poco cansado y cuando escribe “An die Lezer” [“A los lectores”] pone:

“Ya dos números del Viderkol han aparecido y aquí va el tercero. ¡Tres grandes pliegos, cuatro páginas por pliego, doce en total, y todo escrito a mano! ¿Alguien tiene sentimiento y entiende lo difícil que es este trabajo?

Todo este gran trabajo lo he hecho solo, sin la ayuda de nadie, de ninguna otra persona. Como un esclavo negro o como un convicto en las barracas de Siberia, así trabajo yo con el periódico, así de día como de noche, sentado como pegado a la silla, encorvado sobre el escritorio, sin soltar de la mano la pluma, ni siquiera medio segundo me tomo para respirar, ni me permito salir afuera, donde corre el aire y está mucho más fresco…”

Lo señalado anteriormente es una oportunidad para mencionar también los plagios literarios que se encontraron en los dos números anteriores. Por otro lado, se indica también un artículo en el segundo número, “Madame La France”, que está copiado de la neoyorquina Yiddishe Gazetten (60). Es por eso que el redactor informa que, como él no tenía tiempo de revisar tales robos, “en todo el diario, es Herr A. Vermont el que tiene que controlar los artículos que llegan al períodico”, y como demostración imprime en ese momento una carta de Vermont sobre el mismo asunto. Vermont escribe:

“Querido Mijl,

Con la seguridad de que en el futuro estaré en la ciudad, voy a tratar de controlar todos los artículos antes de que el periódico sea impreso, para que no sean copiados de otros periódicos. Podemos dar al lector que encuentre un artículo copiado un premio de 20 pesos.

Con esta medida espero que podamos apartar a los ladrones de literatura, para que puedan escribir en este periódico los que saben y los que entienden, para que el periódico sea libre y apartidario, sin necesidad de atacar ni a la religión ni a las condiciones personales de cada cual.

A su dedicación,

A. Vermont”.

Pero a Vermont se le ahorró el trabajo de seguir controlando los artículos que fueron puestos en el periódico. Después del tercer número, que salió el día 13 del mes de Nisan (61), Der Viderkol se interrumpió a pesar de que se había anunciado que el cuarto número saldría luego de Pesaj y que el 15 de mayo saldría el número cinco, que estaría impreso con una tipografía traída especialmente desde Leeds (Inglaterra).

Yo vi el cuarto número, escrito a mano por Mijl Hacohen Sinay, en una versión anterior a la de la litografía. A pesar de que no salió a la luz, ese cuarto número tenía letras más grandes y un formato más pequeño. Sinay ya estaba, en ese momento, muy cansado de este trabajo (62).


Portada del primer número de Der Idisher Fonograf, que apareció el 11 de agosto de 1898.

31- Es muy difícil decir si algún ejemplar de este periódico todavía hoy se puede encontrar en algún lado. Durante décadas, al menos uno estuvo archivado, como un tesoro de papel, en el Instituto IWO, que ocupaba el tercer piso del edificio de la AMIA de la calle Pasteur, en la ciudad de Buenos Aires. Pero con el atentado de 1994, toda la biblioteca del IWO voló por el aire. Tres años después, ese frágil ejemplar de Der Viderkol fue exhibido en una muestra en la Biblioteca Nacional donde se veía el trabajo de restauración y rescate de los libros y las publicaciones, pero después se perdió, en el medio de la anarquía que lo confundía todo en aquellos años en los que el IWO tuvo que mudarse de edificio y la AMIA fue reconstruida. Posiblemente, este ejemplar se encuentre hoy en el IWO, pero yo no lo pude confirmar.

Por lo demás, hallé una fotocopia legible de la página 1 del número 3 de Der Viderkol en el fondo de un cajón en la casa de Moisés (uno de los hijos de Sinay) doce años después de su muerte. Quedan, en algunos libros, reproducciones facsimilares de la página 1 del número 1 de Der Viderkol, y de la página 1 del número 3.

32- Representante de la JCA en San Petersburgo.

33- De la zona del Gran Ducado de Lituania, que incluía parte de las actuales Lituania, Belarús, Ucrania, Letonia y Polonia. Por el desarrollo cultural de la comunidad judía de la región, ser un litvak era un motivo de orgullo.

34- Saludo.

35- Administrador y creador de algunos de los primeros periódicos judíos en Buenos Aires, nacido en 1863 en Berdichev. Llegó a la Argentina (donde usó el nombre de “Julio Rosemblit”) en el vapor Wesser junto a un centenar de familias que fundaron la colonia de Moisés Ville y allí se casó con Rivka Maria Glasberg, hija del colono Pinjas Glasberg. Murió en 1930.

36- Hacia 1897, el administrador Michel Cohan había ajustado su relación con los colonos (disciplinando los pagos de las cuotas fijadas en el contrato y amenazando con expulsar a quien no cumpliera) y estos respondieron conspirando. Lo apodaron “Haman el Segundo”, en referencia a un villano bíblico. Muchos críticos de la JCA hablaban entonces de esclavitud y de filantropía feudal, y en la colonia el hombre fuerte que podía hacerle contrapeso al administrador era el rabino Mordejai Reuben Hacohen Sinay.

En sus memorias sobre el conflicto, luego recopiladas en el libro Génesis de Moisés Ville, el colono Noé Cociovich, que era un aliado de Cohan y que fundó varias instituciones en la colonia, dice que el rabino Sinay “confundió las mentes con su talento de orador y provocó un torbellino en la colonia”. En una asamblea, los conspiradores juraron sobre un rollo de Torá el envío de una delegación a París para ver a los directores de la JCA. En marzo de 1897, el rabino Sinay partió hacia Buenos Aires en busca de apoyo económico y cuando volvió ya habían sido elegidos sus dos acompañantes, Nute Gruer y Abraham Braunstein. Un mandato en hebreo firmado por los colonos certificaba su misión. Mi tatarabuelo partió con sus compañeros en una fría madrugada de abril de 1897, todavía a oscuras. Acababa de terminar Pesaj, la fiesta de la libertad.

A mediados de año, el director general de la JCA en París, Sigismund Sonnenfeld, recibió a los tres delegados gracias a los favores de Judah Lubetzky, rabino de los rusos en la capital francesa y primo lejano de Sinay. Pero no les concedió la remoción de Cohan.

Cociovich dice en Génesis de Moisés Ville que, luego del fracaso, los tres se pelearon entre sí y una sociedad de beneficencia ayudó a volver a Gruer y a Braunstein. “¿Y Sinay?”, se pregunta. “Los lindos elogios que había recibido le provocaron un ataque que lo mantuvieron atado a un hospital durante un largo tiempo”. Cada vez que leo esta información tan cuidadosamente enunciada para no decir lo que pasó, me pregunto si acaso el rabino sufrió un surmenage… o si fue asaltado por matones de la JCA. Como sea, volvió varios meses más tarde. En un diario de la época, el Krakowier Idishe Zaitung, un grupo de judíos de Buenos Aires publicó el 16 de julio de 1898 una carta contra los abusos de Cohan y mencionó la desgracia de la familia Sinay durante la ausencia del rabino: “Cuando su esposa solicitó herramientas para arar, a fin de no morir de hambre junto a sus hijos, la golpearon hasta dejarla enferma y de cama”.

Los colonos se enteraron del fracaso de la misión antes del regreso de los enviados, pero mantuvieron sus quejas. Por eso en septiembre de 1897 Cohan comenzó con una ola de desalojos y trajo desde San Cristóbal a la policía. Armó una historia: dijo que se estaba preparando el robo de la caja de la administración. O quizás fuera cierto. Para imponer el orden hizo detener a los más rebeldes, que luego fueron trasladados a la cárcel de San Cristóbal, donde fueron torturados. Mientras el escándalo llegaba a las páginas de los diarios capitalinos La Prensa y La Nación en noviembre de 1897, varios colonos dejaban Moisés Ville y se refugiaban en Sunchales y en Rosario, o se iban más lejos y terminaban en los conventillos de Buenos Aires.

37- Nació el 3 de diciembre de 1877 en Zabludow, cerca de Bialystok, y se crió en Grodno. Hijo y nieto de rabinos, recibió lecciones domésticas de Biblia, cursó Talmud Tora, fue educado en un colegio ruso y con unos amigos editó un periódico juvenil en hebreo, Nitzanim [Pimpollos]. “Mi padre tenía una biblioteca muy importante, de donde leía libros en hebreo y en ídish, y recibía casi todos los periódicos hebreos y rusos de esa época”, escribió en un artículo autobiográfico publicado en la revista Grodner Opklangen. “Así, yo tenía la posibilidad de leer mucho”.

En 1894, su padre, el rabino Mordejai Reuben Hacohen Sinay, fue contratado por la oficina de la JCA en San Petersburgo como educador para la colonia de Moisés Ville, que todavía no tenía una escuela, y la familia –compuesta por el rabino, su esposa, cinco hijos y una hija– emigró hacia la Argentina. Llegaron el 11 de noviembre de 1894. Durante dos años, Mijl Hacohen Sinay trabajó como maestro en la primera escuela de Moisés Ville, fundada en 1895, pero en marzo de 1897 su padre encabezó una rebelión de colonos contra la administración de Michel Cohan y viajó –junto a otros dos delegados, Nute Gruer y Abraham Braunstein– a la sede de la JCA en París para pedir la separación de ese administrador. Como no la consiguió, la familia Sinay tuvo que dejar la colonia cuando aquel regresó.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
311 s. 36 illüstrasyon
ISBN:
9789874727466
Telif hakkı:
Bookwire
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