Kitabı oku: «Cuando Colón llegó a Japón»
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CUANDO COLÓN LLEGÓ A JAPÓN
Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Nota para el lector
1. El navegante que empezó naufragando
2. Todo lo que Colón aprendió en Portugal
3. El patrón y el dinero
4. 1492: El viaje de descubrimiento
5. Cuando Colón llegó a Japón
6. Insubordinación antes de Navidad
7. Un tormentoso regreso
8. El segundo viaje de descubrimiento
9. Desconcierto caníbal en las Antillas
10. Una desagradable sorpresa
11. Te coloniso
12. Qué bien se vive en las Indias
13. ¿Dónde están los chinos?
14. Cinco meses y medio de caos español
15. Cristóbal se pone serio
16. Los fantasmas de Isabela
17. Colón descubre el Paraíso terrenal
18. Caos español: parte dos
19. El factor Bobadilla
20. El último viaje de Colón
21. Adiós, Almirante
Agradecimientos
Notas
Sobre los autores
Página de créditos
Cuando Colón llegó a Japón
V.1: mayo, 2020
© Javier Traité, 2018
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020
Todos los derechos reservados.
Corrección: Francisco Solano
Diseño de cubierta: Taller de los Libros
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-17333-95-9
THEMA: NHTQ
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
Cuando Colón llegó a Japón
Embárcate en esta desternillante crónica del descubrimiento de América
¿Quién no conoce a Colón? El gran descubridor de América es un personaje popular en todo el mundo, pero ¿de verdad sabemos cómo era? ¿Nos hacemos realmente a la idea de lo loco que estaba?
Esta es la historia torcida del mayor caso de chamba que han conocido los siglos: el de un hombre que convenció a una reina de que le diera tres barcos para ir a Japón y se salvó de palmarla en el mar por el simple hecho de que, si uno navega hacia el poniente desde España y se empecina en no dar media vuelta, que es lo que habríamos hecho todos, es prácticamente imposible NO descubrir América.
Únete a Bartolomé y Giacomo Colón, Juan de la Cosa, Martín Alonso Pinzón, Luis de Torres y muchos otros marineros que acompañaron a Cristóbal Colón en su búsqueda de Japón y descubre que la Historia no es como te la han contado, sino mucho más torcida.
¡Únete al movimiento Historia Torcida, que aborda la Historia con humor y rigor!
A mis tres mujeres
Nota para el lector
«Bueno, pues ya hemos llegao a Japón», dijo Cristóbal Colón cuando descubrió América.
Esto resume de forma magnífica la figura del almirante: un tipo que lideró una expedición disparatada basada en cálculos erróneos y que no tenía la menor idea de adónde cojones había llegado por casualidad.
Tal fue el dislate que cambió el mundo.
Así suele acontecer en la historia: más allá de los grandes planes de los personajes célebres y de las tendencias sociales, al final las cosas toman una dirección u otra por azares absurdos. Napoleón, por ejemplo, tenía un plan ambicioso para dominar los mares y vencer a los británicos, pero, entonces, le encargó la misión a un tal Villeneuve, que, en lugar de hacer caso a Napoleón, se dedicó a hacer un crucero que duró meses por el Atlántico y el Mediterráneo, huyendo de cuantos enemigos encontraba. Y así, por culpa de un idiota, los grandes planes de Napoleón quedaron en nada y las guerras napoleónicas (y con ellas, el mundo) tomaron una dirección que no habrían tomado de haber nombrado almirante a otro. O quizá sí, según los miles de acontecimientos posteriores.
Esto queda clarísimo en lo tocante a Colón, y no solo por su rocambolesco descubrimiento: a lo largo de este libro, el lector encontrará mil equívocos, casualidades afortunadas o desafortunadas, malentendidos terribles, órdenes ignoradas y decisiones pésimas, todo ello aderezado con meses y meses de retraso en las comunicaciones, cosa que solo podía mejorar el mejunje. El resultado de esta sucesión de acontecimientos y casualidades fue un hallazgo tan impresionante como game-changer y una colonización descontrolada y virulenta que, a medio plazo, erradicaría a muchos pueblos nativos y diezmaría a los supervivientes.
Acercarse a Cristóbal Colón sin ideas preconcebidas es prácticamente imposible. Incluso el menos interesado en la historia conoce el personaje y lo considera o bien un héroe descubridor para mayor gloria del Imperio español, o bien un tirano genocida. Yo, como amante del lado pobre de la historia (soy de bárbaros antes que de romanos, como soy de indígenas antes que de colonizadores), no me acercaba a Colón con demasiada simpatía en el cuerpo. Aunque los españoles no tuvieran una voluntad expresa de aniquilar a los pueblos indígenas (al contrario, lo que querían era absorberlos y explotarlos bien como buenos siervos cristianos, bien como esclavos), la dominación, la violencia y, especialmente, el intercambio bacteriológico acabaron con la mayoría de ellos. Esto es un hecho histórico que deberíamos recordar, sobre todo cuando nos acercamos a las «celebraciones» del 12 de octubre como si los indígenas hubieran tenido la gran suerte de que los españoles llegaran a América porque les enseñaron a rezar a Cristo en castellano.
Pero todo humano es un infinito conjunto de matices. Colón, por fuerza, era algo más que un héroe descubridor y un tirano genocida, y yo quería descubrirlo adentrándome en los diarios y registros de sus viajes, y en sus detalles; sospechaba que hallaría lo mismo que descubrí al leer las fuentes de las exploraciones de Conquistadores secundarios: que aquello fue un puto cachondeo.
Y así ha sido.
Si la conquista y colonización de América fue una aventura disparatada, el descubrimiento y la primera colonización en La Española fue un dislate todavía mayor que incluye territorios imaginarios, violencia desmedida, funcionarios inútiles, huracanes, barcos podridos, caníbales, enfermedades, folleteo y una buena cantidad de trolas. Y Colón se nos descubre no solo como un aventurero y un tirano aficionado a la tortura y el castigo, sino también como un hombre valiente y resuelto, marinero excelente, mejor comerciante, gobernador pésimo, rencoroso, tacaño, imaginativo y soñador, imprudente y quejoso hasta la extenuación. Y perseverante. Muy perseverante.
Vamos a adentrarnos, pues, en los extraños vericuetos del descubrimiento de América y las aventuras y desventuras de Cristóbal Colón cuando creyó haber llegado a Japón.
Y asistamos, una vez más, al espectáculo de la historia que tiene lugar a partir del azar y el caos más absoluto.
¡Quédense cerca de los botes por si naufragamos!
1. El navegante que empezó naufragando
Cristóbal Colón nació en Bilbao, en el sentido de que podría haber nacido donde le saliera de las narices. De las narices de los historiadores, siendo más precisos, pues le han asignado múltiples nacionalidades. La corriente mayoritaria opina que Colón era genovés, y este es el origen que yo elijo para esta historia, porque es verosímil y le queda bien ser italiano. Pero, si a ti te parece mejor que sea catalán, gallego, ibicenco, vasco, chino, marciano o lo que quieras, puedes creerlo perfectamente; a mí me da igual y a Colón ni te cuento. Además, elijas lo que elijas, seguro que algún historiador ya ha propuesto esa teoría. Es curioso el afán que hay en el mundo de apropiarse de este personaje, que al final no es para tanto y, de hecho, era bastante antipático. Pero allá cada uno con sus manías.
Asumimos en este libro que don Cristóbal era italiano. Diremos, pues, que nació en la ciudad de Savona, entonces perteneciente a la República de Génova, entre 1446 y 1451.1 Sus progenitores, Domenico Colombo y Susanna Fontanarossa, tuvieron cinco hijos: Cristoforo el primero, seguido de Bartolomé, Giacomo, Giovanni y, para acabar, una niña, Bianchinetta. Los dos últimos no llegarían a viejos, como sucedía a menudo en la época (de ahí las proles tan exageradas, incluso en la pobreza; la mitad de los hijos no sobrevivían). Los otros dos, Bartolomé y Giacomo, superaron la juventud y acabaron enredados con Cristóbal y sus movidas. Hablamos de ellos en Conquistadores secundarios y volveremos a verlos a lo largo de este capítulo. Vayamos ya con el primogénito.
El primer gran hito documentado de Cristóbal Colón fue un naufragio. Lo cual, si lo piensas, no es nada prometedor. Corría el año 1476 y Cristóbal empezaba en el mundillo del comercio marítimo, siguiendo los pasos de su padre. Aquel verano se preparaba en Génova una expedición de transporte de mercancías con destino a Inglaterra. El convoy era respetable: un pedazo de urca flamenca, un par de naos y un par de carracas, las cinco cargadas hasta los topes, tripuladas por un millar de almas entre las que se contaban marineros, mercaderes como Colón y una buena cantidad de soldados armados. No es que fueran a invadir Inglaterra en secreto: era la medida básica de protección comercial en aquel Mediterráneo poblado de piratas berberiscos. Y se añadía un factor de peligro: debían cruzar aguas castellanas y portuguesas en su rumbo a Inglaterra. Las dos coronas estaban en guerra.
Se trataba de la guerra de Sucesión Castellana, una compleja disputa monárquica entre parientes que desconfiaban unos de otros y se pasaban los pactos por el forro. Para que el lector se ubique en el contexto, aquí viene un breve resumen:
He aquí que tenemos al rey Juan II de Castilla, que se casó una vez y tuvo tres hijas, que no pasaron del año, y un hijo, Enrique. Juan enviudó y, para asegurar su exigua progenie, se casó de nuevo y tuvo a Isabel y a Alfonso. En efecto: tres potenciales herederos a la Corona de Castilla, lo que en la Edad Media significaba sangre, seguro.
Enrique reinó como Enrique IV y, tras engendrar a una legítima heredera, Juana, la línea de sucesión parecía asegurada y los hermanastros de Enrique quedaban fuera. Pero, cómo no, un grupo de nobles ganaría mucho más dinero si en lugar de Juana reinaban los hermanastros de Enrique, por lo que empezaron a hacer presión, a tocar las narices en plan feudal, haciendo correr el rumor de que Enrique era maricón y que la hija que decía suya la habían hecho entre su esposa, Juana de Portugal, y su valido Beltrán de la Cueva. Y un rumor tan goloso se expandió como la pólvora. Enrique, acorralado, consintió en despojar a su hija, Juana «la Beltraneja»,2 del título de princesa y nombrar heredero a su hermanastro Alfonso.
Aquello debía contentar a los nobles conspiradores, pero ocurrió que el jovencito Alfonso era un pasmao de órdago, fácil de manipular, y los nobles se decían: «Joder, cuando este tío reine, esto va a ser una bicoca». Y como Enrique IV no tenía pinta de morir en los próximos años, se les hacía muy largo; así que, al año siguiente, en una reunión informal en Ávila, insistieron en que Enrique era impotente y demasiado «efeminado» para gobernar una nación tan machuna como Castilla y nombraron rey a Alfonso, porque ellos lo decidían y eso bastaba.
El destronado Enrique IV, claro, dijo que destronado lo que tengo aquí colgado, y empezó una guerra que terminó en 1468 con Alfonso muerto, no se sabe si a causa de la epidemia de peste o envenenado por Enrique, quien recuperó el poder con miles de hombres muertos en aquellas absurdas batallas.
¿Acabó aquí el conflicto? No, claro: Alfonso había muerto ignominiosamente a los quince años, pero los nobles que lo manejaban seguían vivos y no iban a tolerar el reinado de aquel rey gay. Así que sacaron al terreno de juego a la que quedaba, Isabel, que resultó ser el Messi de los pretendientes. Con una espectacular finta, Isabel le dijo a su hermano que no pretendía destronarle, que si la nombraba a ella heredera en lugar de a «la Beltraneja», todo iría sobre ruedas. Y Enrique, feliz ante la perspectiva de que no habría violencia, accedió. A cambio, eso sí, de que Isabel se comportara como heredera, lo que incluía aceptar el matrimonio político que él negociara.
Enrique concertó que su hermana se casara con Alfonso V de Portugal, que unificaría ambas coronas. Pero resultó que Isabel no tenía nada de pasmada, sino un carácter de calarse la boina, y no le gustaba un pelo Alfonso V de Portugal. Así que, pasando de la jeta del rey, al año siguiente se escapó una noche y llegó a Valladolid para casarse en secreto con Fernando, un primo maño, heredero de la Corona de Aragón, que se había pateado media España disfrazado de vagabundo para reunirse con ella.
Cuando Enrique IV se enteró, se puso de un mal humor impresionante, claro; todo el mundo le tomaba el pelo. Así que dijo que Isabel podía irse al cuerno, que la heredera era otra vez Juana «la Beltraneja». Durante los años siguientes, los nobles de Castilla tomaban partido por una u otra mientras Enrique languidecía, incapaz de reinar en aquel caos sin nadie que le hiciera caso. Y cuando, felizmente, murió en 1474, empezó la guerra entre pretendientes gestada en los años anteriores. Por un lado, Isabel y Fernando aportaban el peso de media Castilla y todo Aragón. Por otro, «la Beltraneja» aportaba media Castilla… y nada más. Así que le propuso al despechado Alfonso V de Portugal que se casara con ella, a lo que él, por supuesto, accedió, encantado de poder zurrarle a esa mamona que le había dejado tirado por un primo maño.
Aquella guerra fue asimétrica: por tierra, los de Isabel barrieron a los de «la Beltraneja». En un par de años, habían acabado con todos los juanistas. Pero, claro, Portugal no era tan fácil; miraba al Atlántico y navegaban mucho y bien. Así que, mientras sus tropas palmaban en tierra, en el mar sus barcos machacaban a los castellanos.
Este amigable ambiente era el que debía atravesar el convoy mercante que llevaba a bordo a Cristóbal Colón en 1476.
Se comprenden, pues, los soldados a bordo.
Pero no sirvieron de nada.
Nada más doblar el cabo San Vicente, se toparon de frente con una armada portuguesa comandada por un pirata francés que, atención, ¡se llamaba Colón! Colón el Viejo, también conocido como Casenove, comandaba una escuadra de diecisiete barcos. Portugal no tenía ningún problema con Génova, por lo que los mercantes no tenían nada que temer con su salvoconducto en la mano. Pero, bueno, ¿qué se espera de un pirata? Exacto: que se comporte como un pirata. Colón el Viejo se fumó el salvoconducto y se lanzó al ataque. Aquello debía ser un trabajo rápido, dada la superioridad numérica, pero un tipo que llevaba una antorcha en la mano recibió un saetazo en el culo, dijo «¡ay!» y se llevó ambas manos al antedicho, dejando caer la antorcha en la maniobra. La antorcha rodó hasta detenerse junto a un barril de pólvora y, cuando el soldado se arrancó la saeta y dijo: «Menos mal que solo ha sido el trasero», una gran explosión le desintegró las posaderas y el resto de su persona, además de a media carraca y a cuantos combatían por ahí. El fuego se propagó en minutos y consumió tres de los cinco barcos genoveses y cuatro barcos portugueses. A Colón el Viejo le había salido cara la broma. Y a los genoveses, más. Las dos naves supervivientes pusieron rumbo a toda vela a Cádiz, pero en ellas no estaba Cristóbal. Cristóbal flotaba a duras penas entre maderos en llamas, en busca de la costa, y nadaba hacia ella con la poca energía que le quedaba tras muchas horas de refriega.
Lo logró: un montón de ciudadanos portugueses observaban desde la orilla, sentados, alucinados con el espectáculo de la batalla naval en llamas, y al ver a esa pobre rata nadando, más mal que bien, echaron un bote al agua para rescatarle.
Así fue como Cristóbal Colón, con apenas veinticuatro años, entró en Portugal, como un sin papeles. Y ya que había caído allí por la gracia de Dios, decidió quedarse. Total, sus amigos y socios estaban muertos o huidos en Castilla y, en plena guerra entre ambas coronas, no se iba a patear la península Ibérica.
De esta forma tan rocambolesca empezó la importantísima etapa portuguesa de Cristóbal.
2. Todo lo que Colón aprendió en Portugal
Cristóbal Colón estaba mojado como un pollo, semidesnudo, con calambres en las piernas, sin una mísera moneda, y encima no hablaba portugués. La escritura tampoco era su fuerte. Su padre, antes de ser comerciante, había sido tejedor, y la única escuela que visitó Cristóbal de niño fue la gremial, donde a duras penas aprendió a leer y escribir. Las cuentas se le daban todavía peor. Se supone que un comerciante ha de saber matemáticas, pero Colón en esto era un zote. A él lo que le gustaba era viajar, navegar, no encerrarse detrás de una mesa sumando ganancias y restando costes.
En resumen: no tenía motivos para sentirse optimista, y, desde la perspectiva actual, podía acabar mendigando por las calles de Lisboa. Pero el siglo xv era otro rollo; no te pedían mil certificados. En una gran urbe del siglo xv, se podía salir adelante con tesón y algún que otro contacto. Y en Lisboa entró en contacto con los paisanos genoveses de la casa comercial lisboeta, bajo el mando de un comerciante de especias y esclavos llamado Bartolomeo Marchionni. Estuvo trabajando para ellos los primeros años, navegando como marinero y aprendiz de agente en diferentes misiones comerciales que le llevaron por el Mediterráneo y el Atlántico. Colón adquirió experiencia y cultura. Refinó su capacidad intelectual. No le sobraba el dinero, pero conseguía mantenerse. El fin de la guerra con Castilla, en 1479, le permitió viajar con seguridad por tierra o por mar, y pronto se reunió en Lisboa con su hermano Bartolomé, dedicado a la venta de libros y cartas de navegación. También Giacomo pasaría en Portugal una temporada. Los Colón se estaban formando como navegantes, sobre todo Cristóbal.
Y es que Portugal, en el siglo xv, era un lugar estupendo para vivir, si lo tuyo era el mar. Los portugueses habían acabado, hacía la tira, su parte de Reconquista;3 se aburrían arrinconados en el extremo suroeste de Europa y se dedicaron a explorar el océano. Inventaron, basándose en el diseño de sus pesqueros, un nuevo tipo de barco, naves pequeñas y ligeras con gran capacidad de carga, llamadas carabelas, ideales para surcar el Atlántico o buscar rutas que no dependieran del cabotaje.
A principios de siglo, Enrique el Navegante (pariente de reyes, pero sin interés por el poder) reguló los esfuerzos marítimos portugueses tras impulsar la creación de escuelas cartográficas y de navegación. Llegaron a Madeira en 1419; a las Azores, en 1427. Y, luego, se lanzaron a navegar el Atlántico hacia el sur, siguiendo las costas africanas. ¿Qué secretos y riquezas comerciales habría más allá del Sáhara? ¿Qué aguardaba en aquellos países a los que parecía imposible llegar por tierra, con los musulmanes en el norte de África?
Para los navegantes medievales, el límite marítimo africano era el cabo Bojador, a unos doscientos kilómetros en línea recta hacia el sur desde Fuerteventura. Ningún marino había doblado aquel cabo y regresado, y corrían todo tipo de historias pintorescas: serpientes gigantes, dragones, el fin del mundo…
La realidad era más prosaica. En aquella zona dominaban los fuertes vientos del noroeste, que empujaban las embarcaciones al sur. Y en el sur, las corrientes y las tormentas de polvo saharianas forman los bancos de arena más gigantescos del planeta; podías estar a cinco o seis kilómetros de la costa con un par de metros de profundidad. En resumen: si un barco doblaba el cabo Bojador, no podía virar al norte y quedaba embarrancado en algún asqueroso bancal. No es tan tremendo como un dragón, pero sí igual de efectivo para hacer imposible la navegación.
Enrique el Navegante, sin embargo, no se daba por vencido. Enviaba expediciones sin descanso, una tras otra; hasta quince tentativas se han registrado. Quince expediciones: si los marineros de la primera tenían miedo, imagina el temor que sentirían los marineros de la decimoquinta, que sabían que de catorce expediciones no había regresado nadie.
Pero todo cambió en 1434, con la decimosexta expedición. El capitán, un navegante portugués llamado Gil Eanes, pensó que, si se había fracasado quince veces de la misma manera, había que cambiar de método. Y se le ocurrió que, en lugar de realizar navegación de cabotaje, a partir del cabo Bojador se adentraría en el océano hasta perder de vista la costa, digamos que dando un rodeo «por fuera», saltándose el tramo maldito.
Y resultó. Descubrió que las costas se prolongaban hacia el sur, que la navegación era plácida rebasado aquel punto, y que soplaban desde el sureste al noroeste unos vientos, los alisios, que impulsarían las naves de vuelta al norte por el océano.
En otras palabras: la idea de Gil Eanes dio el pistoletazo de salida a la llamada «Era de los Descubrimientos» que venía gestándose en las décadas anteriores. Se lanzaron a navegar por el Atlántico en todas las direcciones desconocidas. También hacia el oeste: en 1452, partió de las Azores una expedición liderada por Diego de Teive que llegaría a descubrir un «mar de hierba» ante el que se acojonaron, tras lo cual decidieron regresar. Pero, sobre todo, sin prisa y sin pausa, Portugal fue descubriendo el centro y el sur de África, levantando colonias en enclaves potencialmente comerciales y extrayendo los recursos que proporcionaba la tierra: madera, animales, tejidos y, especialmente, oro y personas negras para servir de esclavos. Con estos mimbres se iniciaba en Portugal un período dorado, y Cristóbal Colón lo viviría de lleno. Cuando llegó, ya existían colonias en Cabo Verde y en Santo Tomé. En 1478, los portugueses llegaron a Angola, y por toda la costa se levantaron nuevos fuertes y puntos de extracción de oro y comercio de esclavos, especialmente en Senegal. Allí viajó Colón, tomando buena nota de los vientos alisios que lo impulsaban hacia el oeste y curtiéndose como navegante. Inflamándose de espíritu descubridor.
Sus viajes como agente comercial lo llevaron también al norte, a Inglaterra e Irlanda, y es posible que incluso a Islandia. Colón hacía amigos en cada puerto. Bebía en las tabernas con los navegantes locales; se intercambiaban información y se contaban historias. Colón le contaba a un piloto islandés borracho historias sobre el cabo Bojador, y este eructaba y proclamaba que había tierras más allá del océano, hacia el oeste, que sus antepasados habían conocido, o eso decían los viejos. En Irlanda, otro marino le dijo que habían recogido restos de maderas y troncos traídos desde el oeste por la corriente, y claro, los troncos no brotan en el agua.
En aquellos días, la idea de tierras al oeste estaba en boca de muchos.
Pero, si tanto viaje y tanto rumor hacían germinar ideas peligrosas en su cabeza, en aquellos años Cristóbal se dedicaba también a leer a humanistas y autores de best sellers que transformarían sus ideas peligrosas en geográficamente erróneas gracias a los galimatías que leía. ¿Quiénes eran los autores favoritos de Cristóbal Colón?
El primero, ¡un papa de Roma! Pero no un papa cualquiera, sino Pío II (1405-1464), un toscano que, antes de nombrarse Pío, se llamaba Eneas Silvio Piccolomini, un individuo que vale la pena conocer. Este papa no se hizo cura hasta cumplidos los cuarenta: las décadas anteriores las había dedicado a viajar mucho, hacer el amor con innumerables mujeres sin casarse con ellas y dejar por ahí un par de hijos naturales y un buen puñado de obras de todo tipo: crónicas, historias, poemas eróticos, una refutación del islam, comedias, una novela erótica (su mayor éxito) y un tratado geográfico sobre Europa y Asia.
En resumen: un humanista típico, que remató su enérgica vida como papa fundando la universidad de Basilea, convocando (sin éxito) una cruzada contra los turcos, escribiendo una autobiografía en trece volúmenes y urbanizando su pueblo natal, Corsignano, hasta el punto de cambiarle el nombre; lo bautizó Pienza en su propio honor.
Cristóbal frecuentó mucho la obra de Piccolomini, y es posible que cayera alguna pajilla tras algunos pasajes de su Historia de dos amantes. Pero lo que más manoseó y subrayó fue el tratado geopolítico sobre Europa y Asia llamado Historia Rerum ubique Gestarum, generoso en imprecisiones y datos sacados de la manga, pues los humanistas eran fantásticos, pero partían de donde partían.
Sobre geografías imaginarias encontramos otro autor de cabecera de Cristóbal Colón: Pierre d’Ailly (1351-1420). Este teólogo y geógrafo francés era conocidísimo por una obra llamada Imago Mundi, donde afirmaba que el mundo era simétrico. ¿Por qué? ¡Pues porque le daba la gana! No se basaba en nada, simplemente decía que, si había un continente en el norte de occidente (Europa), otro en el sur de occidente (África) y en el norte de Oriente había otro (Asia), por narices tenía que haber otro continente en el sur de Oriente. De esta manera, el mundo era bellísimamente simétrico, con dos continentes al norte y dos al sur y, a la vez, dos en Oriente y dos en occidente.
¿A que ya empieza el lector a entender que la bibliografía de Colón era de todo menos útil?
Pero esperen, que queda más. Si hay una obra de la biblioteca de Cristóbal subrayada, toqueteada y con migas de pan petrificadas entre las páginas, de cuando se comía el bocata mientras la releía, esa es Il Milione, más conocida como Los viajes de Marco Polo. Ese texto se gestó en 1295, durante una de las innumerables guerras entre ciudades y repúblicas italianas, cuando los genoveses tenían presos, en el mismo lugar, a un escritor llamado Rustichello de Pisa y al comerciante veneciano Marco Polo. Aburrido en el calabozo, Marco Polo contaba a Rustichello sus largos viajes por Asia, soltándole un montón de trolas y exageraciones, y cagándola en la mayoría de las medidas que le daba. Rustichello decidió convertir aquellos cuentos en un libro que adornaría cuanto fuera preciso para crear una de las ficciones de viaje más famosas de la historia.
Claro que, para libro de viajes famoso, otra de las obras de cabecera del joven Cristóbal: el Libro de las maravillas del mundo, de Juan de Mandeville. Este fue un caballero inglés que un día se largó a Egipto, se le complicó la cosa y acabó de mercenario para el sultán. Visitó Palestina y otras tierras bíblicas, y luego se incorporó a la Ruta de la Seda; llegó hasta el Extremo Oriente, donde sirvió quince años como militar en el ejército del Gran Khan. A su regreso, escribió sobre sus experiencias y su percepción del terreno con la ayuda de un médico de Lieja, y las dio a conocer al mundo. Aquella sí debía ser una fuente valiosa, ¿no?
No.
Para empezar, el tal Juan de Mandeville no parece haber existido; hay muchas teorías al respecto. En cualquier caso, es irrelevante, porque, como tantas obras medievales, se trata de un relato verídico en una pequeña parte, maqueado con cientos de plagios de obras contemporáneas o clásicas. Por si no está al tanto el lector, en la Edad Media eso estaba bien visto. Hoy plagias dos párrafos y te meten un puro que te cagas, pero en aquellos años escribía tan poca gente que se daba por hecho que quien escribía era un sabio, una autoridad. Y si se trataba de un doctor de la Iglesia o un clásico tipo Plinio, una Auctoritas de primera. Cuanto más material plagiabas, mejor lo reconocían los lectores y más veracidad otorgaba al conjunto. Si lo piensas, es un sistema de copyleft muy interesante para la época… si las autoridades citadas realmente decían la verdad. Pero, amigos, asumámoslo: el 70 por ciento de los rollos que soltaban los geógrafos y exploradores clásicos y medievales se lo sacaban de la manga; historiadores y filólogos del mundo entero se rompen los cuernos con estudios críticos para intentar descifrar qué cojones quieren decir esos reputados autores. Entre lo que veían y explicaban mal, lo que veían y no entendían, lo que no veían, pero se lo habían contado y lo ponían igual, y lo que se inventaban porque les daba la gana, aquellos libros de viaje se convertían en lo que querían ser: libros de maravillas. Porque lo extranjero y oriental era exótico, desconocido, oculto, aterrador y fascinante; nada que ver con el careto de Agapito el Labrador o el gordo culo de Mosén Fonseca, que eso lo veías cada domingo en misa.
Así, en el Libro de las maravillas del mundo encontramos todos los monstruos de los bestiarios clásicos y algunos nuevos. Tienes a las blemias, por ejemplo, humanoides sin cabeza que tienen la cara en medio del pecho, con una triste boca en forma de herradura a la altura del ombligo. Estos, por ejemplo, parecen ser una confusión con los blemios históricos, un pueblo seminómada que ocupó la Baja y la Alta Nubia hasta su desaparición en el siglo vii. La arqueología ha sacado a la luz las armaduras de los guerreros blemios y resulta que iban a la guerra con una máscara de mimbre y un pedazo de escudo oval decorado que les cubría desde debajo de las rodillas hasta la nariz. Vistos de lejos, con la calenturienta imaginación de aquellos años (y algo de miopía), podían parecer perfectamente guerreros sin cabeza y con la cara en el pecho.
Este tipo de criaturas inventadas o malinterpretadas abundan en la descripción de Oriente de Juan de Mandeville:
Hay en las Indias una isla en la cual viven hombres de gran forma como gigantes y no tienen sino un ojo en la frente, los cuales no comen más que carne y pescado, sin pan.
En la provincia de Sitia hay unas grandes y altas montañas […] y sobre dichas montañas viven una manera de gentes que se llaman panocios, los cuales tienen todos los miembros así, como nosotros, salvo las orejas, que las tienen tan grandes que parecen mangas de tabardo y con ellas se cubren todo el cuerpo; tienen la boca redonda así, como una escudilla. Y todavía hay otra isla donde viven hombres que andan en cuatro pies y son todos vellosos y súbense por los árboles así, como si fuesen simios, y andan desnudos.
En otras islas hay gentes que tienen los pies como cabras y tienen cuernos; son muy poderosas gentes y grandes corredores, que toman las bestias salvajes muy rápido y se las comen.
Otros hombres monstruosos tienen la cara muy deformada, con el labio inferior tan enorme que, cuando quieren dormirse al sol, llegan a taparse toda la cara con sus mismos labios.
Hay en otra isla una clase de gentes muy maravillosas que son a la vez hombres y mujeres, porque juntos y pegados están sus cuerpos, y no tienen más que una teta por un lado, pues del otro no tienen nada, y cada uno de ellos lleva órganos de hombre y mujer.
Podríamos seguir: hombres y mujeres con cuello de grulla, o los cinocéfalos, esos humanos con cabeza de perro… Más allá de lo plagiado, el tipo se inventaba un montón de mandangas; llegó a decir que, al pasar por el monte Ararat, el Arca de Noé todavía encallada arriba. Como para fiarse de sus descripciones y medidas geográficas. Pero, claro, el libro es entretenidísimo, fue un best seller del siglo xiv, y el genovés lo tenía en su mesilla de noche.
El problema era que Cristóbal se tomaba en serio aquellos libros.
Como el 98 por ciento de Occidente por aquel entonces.
Porque, verán, Alfonso V de Portugal (al que Isabel la Católica había dado calabazas) estaba tan interesado en encontrar una ruta alternativa a Asia como cualquiera en la época. De ahí que apoyara a su tío, el infante Enrique el Navegante, en sus exploraciones africanas. Y de ahí que preguntara sobre la cuestión a sus cosmógrafos e intelectuales portugueses. Por ejemplo, a Fernando Martins de Roriz, clérigo y médico con muchos contactos en Italia, que consultó a un amigo suyo, un geógrafo florentino llamado Paolo dal Pozzo Toscanelli.
Toscanelli estuvo unos cuantos días dándole vueltas a la petición de su amigo Fernando, pensando en cómo ayudar al rey de Portugal, y razonó que lo primero era definir cuán grande era exactamente el mundo, porque nadie se ponía de acuerdo. Para ello, se sumergió en lo que se sumergían los humanistas: en los clásicos grecorromanos. Y, sorpresa, los clásicos tampoco se ponían de acuerdo. ¡Aquello era un puto lío!
El primero era Eratóstenes, sorprendentemente preciso al calcular el diámetro de la Tierra, pese a su incierto método de tomar como medida el «estadio» (sin tener en cuenta que el estadio de su ciudad no medía lo mismo que el estadio de la ciudad vecina).
Pero, como ocurre tantas veces, alguien hace algo bien y viene otro y se lo jode. Fue el caso de Posidonio, que más de un siglo después resolvió que lo de Eratóstenes era una chapuza; rehízo los cálculos y escribió que la Tierra era mucho más pequeña de lo que decía Eratóstenes, y de lo que es en realidad. Y, luego, apareció Marino de Tiro e hizo estimaciones por el estilo.
Para rematarlo, llegó el gran geógrafo Ptolomeo, que en su Geographia tomó las medidas de Posidonio y Marino en lugar de las de Eratóstenes. Y como eran tres autoridades contra una, Toscanelli se decantó por Ptolomeo y consideró que la Tierra tenía más o menos el tamaño de Marte.
Satisfecho con aquellas medidas, Toscanelli pensó que el planeta no era para tanto y que quizá se podía llegar a Asia navegando por el Atlántico hacia el oeste, dando la vuelta al mundo. ¿De dónde podía sacar las medidas, la latitud y el perfil costero de Asia? Pues de la fuente más precisa que encontró, o sea, de Los viajes de Marco Polo. ¡Que ya hemos visto que eran medidas como poco imprecisas y, como mucho, inventadas! Y eso contando que no echara cuentas también con las medidas del Libro de las maravillas del mundo.
Aquello era fantástico. Toscanelli estaba encantado, a nadie se le había ocurrido llegar a Asia por el otro lado, ¡y él acababa de demostrar que era posible e incluso fácil! El geógrafo corrió a escribir una carta a su amigo Fernando Martins, incluyendo un mapa con latitudes y longitudes en las que Japón quedaba a un tiro de piedra de las islas Canarias, como quien dice. Y no contento con aquellas facilidades, aun incluyó a mitad de ruta la mítica isla de Antilia, por si los navegantes de Alfonso V necesitaban reabastecerse y estirar un poco las piernas.
Huelga decir que, cuando Alfonso V tuvo noticia del plan y se lo explicó a sus cosmógrafos, lectores de Eratóstenes, estos le dijeron que ni se le ocurriera financiar ningún disparate por el estilo, porque el planeta era mucho más grande y quien lo navegara en esa dirección moriría en mitad del océano. Puede que hubiera alguna isla desconocida perdida en mitad del Atlántico, sí, pero ¡cómo encontrarla! ¿Y a qué lunático se le ocurriría dibujar en un mapa una isla que nadie había visto?
Total, que la carta de Toscanelli quedó en manos del clérigo Martins relegada al olvido.
Para entonces, Cristóbal Colón ya era conocido entre el clero portugués (como hombre devoto y con gran capacidad para relacionarse y medrar), y algún amigo con casulla le pasó bajo mano la dichosa carta de Toscanelli. Y, claro, a Cristóbal le encantó esa idea.
Así que, sumando su curiosidad, su amor por la navegación, su ambición, las noticias recogidas en sus viajes y el apoyo teórico de geógrafos clásicos y modernos, quedaba claro que Colón debía lanzarse a la aventura.
Solo necesitaba los contactos adecuados. Y de eso se encargó casándose, en 1480, con Felipa Moniz, hija del colonizador del archipiélago de Madeira, un tal Bartolomeu Perestrelo. Este, aparte de cierto relumbrón como aristócrata, tenía buenas relaciones con familias como los Braganza, y con esos contactos Colón intentó llegar a la corte del rey de Portugal para que estudiara la propuesta.
De pronto, todo empezó a moverse.
3. El patrón y el dinero
Hacia 1483, Cristóbal Colón había logrado armar un proyecto con las suficientes fuentes y apariencia de racionalidad para que el nuevo rey de Portugal, Juan II, le echara al menos un vistazo. El rey lo remitió a sus sabios cosmógrafos. Su respuesta: «Esto es el mismo rollo de Toscanelli que ya vimos hace unos años. Es un dislate, olvídelo».
Bueno, poca gente logra sus objetivos al primer intento. Y eso que el rey Juan no desistió del todo de la idea; envió dos o tres expediciones por el Atlántico hacia el oeste a ver si se topaban con algo que no fuera el escorbuto. De hecho, a uno de esos capitanes lo nombró almirante de una tierra que decía haber descubierto, aunque nunca más se supo del capitán y de la tierra. Y claro, sin pruebas, yo puedo afirmar haber encontrado la Atlántida, y créame usted.
Para Cristóbal Colón, en cualquier caso, aquello era una vía muerta. Y, de hecho, en 1485 prefirió largarse de Portugal antes de acabar muerto: Juan II, por problemas nobiliarios, había comenzado una purga que alcanzaba a los valedores de Cristóbal, los Braganza. Por otro lado, tanto él como su hermano se habían aficionado a visitar la escuela náutica de Lisboa, un lugar donde uno se enteraba siempre de cosas y podía consultar cartas náuticas, salvo los portulanos secretos con indicaciones que el rey de Portugal no quería que nadie conociera. Pero un día, al parecer, el bueno de Giacomo despistó a los guardias, o los sobornó para que hicieran la vista gorda, se coló en la sala prohibida y chorizó algunas cartas náuticas. Cuando el rey de Portugal se enteró, emitió una orden de busca y captura contra el menor de los Colón, pero este ya había puesto pies en polvorosa y jamás llegaron a atraparle. Esa orden no se extendía a Cristóbal; pero, entre unas historias y otras, le pareció inteligente salir de escena por un tiempo. ¿Adónde podía ir? ¿A qué corte podría colarle el proyecto? Mientras Bartolomé y el fugado Giacomo, con las cartas secretas bajo el brazo, se dedicaban a lanzar globos sonda en diferentes rincones de Europa, para Cristóbal la decisión era fácil: Castilla. Allí se lo trabajaría personalmente.
Todo eran ventajas.
Primero, estaba cerca. Vaya palo vivir en Inglaterra, con el mal tiempo que hacía. Castilla, en cambio, estaba al lado y el clima era parecido. Y aunque no tenía que llevarse a su mujer —Felipa Moniz murió justo entonces—, sí debía transportar al hijo que había tenido con ella, Diego, y mejor no alejarlo del resto de la familia, de sus cuñados y cuñadas. ¡Con alguien tendría que dejarlo cuando al fin lograra salir en un barco hacia lo desconocido por un período impredecible en la misión más peligrosa de la historia! Su cuñada, Briolanja, vivía en Huelva y era un encanto. ¡Maravilloso!
Cristóbal, en la década que pasó en Portugal, no solo había aprendido portugués, también un castellano nivel Michael Robinson que le permitiría desenvolverse con soltura.
Además, tenía buenos contactos religiosos en Castilla. No había podido entrarle al clero, pero sí a las órdenes religiosas, en particular a los franciscanos de La Rábida y a los cartujos de Sevilla. De ahí saldrían cosas interesantes, seguro.
Por último, en Castilla, y en Sevilla más concretamente, Colón tenía un contacto comercial muy útil que consiguió por los Marchionni de Lisboa. ¿Genoveses como ellos? No, porque a Colón los negocios genoveses de Sevilla, centrados en el Mediterráneo y el Atlántico Norte, no le interesaban. La ruta que él planeaba partía de latitudes africanas y, en Sevilla, el italiano que más puesto estaba en eso era un tal Gianotto Berardi, Juanoto para los sevillanos, que se dedicaba al comercio de especias y de esclavos africanos como los portugueses. Berardi era uno de los principales proveedores de esclavos de Sevilla, igual que Marchionni lo era de Lisboa.
Así que, ya ve el lector, la viveza del buen Cristóbal: había llegado a Portugal solo, ignorante, desnudo y flotando, agarrado a un madero, y una década después salía de allí con buena familia, un porrón de contactos, excelente formación, vestimenta decente y un proyecto entre las manos que podría cambiarlo todo. ¿Conseguiría convencer a los Reyes Católicos?
Bueno, todos sabemos que finalmente lo consiguió.
Pero le llevó su tiempo; tuvo que trabajárselos a fondo, como un buen comercial en busca de una gran cuenta.
El primer contacto, eso sí, fue rápido. En 1486, apenas un año después de llegar a Castilla, ya había trabado amistad con un montón de personajes relevantes de la corte y conseguido que se estudiara su proyecto. Los frailes franciscanos le pusieron en contacto con Hernando de Talavera, un fraile jerónimo, amigo y confesor personal de la reina Isabel. ¿Y quién mejor para emponzoñar el oído de una reina que pasaría a la historia como «la Católica» que su propio confesor?
El problema era que «la Católica» no era «la Idiota» y tenía cosmógrafos en su reino, y los mamones eran también followers de Eratóstenes. «Que no, Su Católica Majestad, que ese hombre está loco, morirá a medio camino».
El proyecto fue rechazado, pero Isabel no conseguía sacárselo de la cabeza. Estaban dándole duro a los últimos musulmanes de la península y, unida al reino de Aragón, era un pepinazo de Corona. Si encima descubrían una ruta alternativa hacia Asia y monopolizaban ese comercio, iba a ser la bomba: se convertirían en los amos del mundo. Todas las cortes europeas se pondrían de rodillas para mendigar las migajas de los españoles. Y tendrían un montón de asiáticos a los que cristianizar. ¿Quién sabía en qué falsos dioses creían aquellos putos chinos? ¡Si Colón tenía razón, el sueño de un mundo cristiano estaría a su alcance! ¡Entre los cristianos occidentales y los nuevos cristianos chinos le harían tal pinza a los musulmanes que Constantinopla duraría tres Ángelus y medio!
La reina, pues, le dijo a Colón que de momento nada, pero que no se fuera muy lejos, que seguirían estudiándolo y verían si la cosa acababa fructificando. Y como Colón se había quedado sin curro al irse de Portugal, le asignó una pensioncilla a cargo del contribuyente para que no muriera de hambre mientras esperaba.
Nuevos contactos, nuevas presiones, nuevos viajes para conocer a más gente, nuevas visitas a nobles de alta gama. Juanoto Berardi le puso en contacto con algunos de sus mejores clientes, como el duque de Medina Sidonia o el duque de Medinaceli. Y el proyecto de Colón volvía a ser examinado y revisado. Se lo miraban del derecho y del revés en la universidad de Salamanca, nuevos geógrafos daban su opinión; los curas malmetían aquí y allá, dependiendo de sus ansias de caer bien a alguien o de si hallaban nuevos infieles a los que cristianizar.
De vez en cuando, Colón hacía un amago, el típico «no se lo piensen demasiado porque esta casa tiene muchos novios». Por ejemplo, a finales de 1488, fatal de pasta y con la noticia de que el portugués Bartolomé Díaz había regresado con el descubrimiento de la ruta africana hacia las Indias, Colón se agobió muchísimo y le escribió al rey de Portugal, Juan II, que le invitó a visitarle. Y esa carta se la enseñó a Isabel la Católica: «Mire, señora, que no es por nada, pero si el rey Juan se ofrece a apoyar mi proyecto, por mal que me sepa tendré que ponerme en sus manos. Que no es mi deseo, porque yo quiero que Castilla alcance la gloria eterna con mi gesta; pero, en fin, su pensión de usted ya no me da para mucho, y tengo bocas que alimentar».
La reina, bordeando el fuera de juego, le deseó suerte en su viaje a Portugal.
En algunos momentos, Colón llegó a flaquear. La campaña militar castellana avanzaba, nadie parecía tener tiempo ni ganas de atender sus demandas, y en sus visitas comerciales se lo veía mirando la hora. En 1490, a los reyes no se los encontraba en los palacios habituales, sino en un campamento real levantado en Santa Fe, a un tiro de piedra de Granada, aislada y a punto de caer como una fruta madura. Allí se dirigió Colón, en 1491, mientras la reina Isabel hacía estudiar de nuevo su proyecto en una nueva junta, que lo rechazaría una vez más. Aunque, a estas alturas, los motivos del rechazo ya no tenían tanto que ver con la viabilidad del proyecto como con las exigencias de Colón.
Fray Hernando de Talavera se prepara para la junta
Fray Hernando de Talavera se arregla el hábito y carraspea un gargajo mientras su asistente se acerca para ponerle al día.
—Muy bien —dice fray Hernando—, dentro de una hora se reúne el consejo y hemos de informar a Sus Majestades. ¿Qué tenemos hoy en el orden del día? ¿Se sabe algo de Boabdil?
—Bueno, antes de entrar en el tema de Granada, tenemos una nueva solicitud de don Cristóbal Colón, que…
—¡El puto Colón otra vez! Joder, qué tío más pesado. ¡Si ya le hemos dicho cincuenta veces que se meta su proyecto por el ojete!
—Es persistente.
—Es un plasta. ¡Y pensar que yo mismo le di cancha al principio y puse a la reina a su favor! ¡Vaya cagada! Ahora la reina está obsesionada. Y Granada por tomar, y nosotros aquí, escuchando las chorradas de ese tipo. En fin, a ver, ¿qué quiere ahora?
—Dice que deberíamos mirar de nuevo su proyecto, que cree que hemos contado mal las millas porque, según sus cálculos…
—Mira, a mí lo de las millas ya me da igual. De hecho, preferiría que se largara en su dichoso viaje y se muriera de hambre en el mar del Norte, o que lo acuchillasen sus hombres y lo tiraran por la borda. Así al menos dejaría de dar por saco. ¿Qué pide? ¿Dinero? Porque con la dichosa guerrita estamos más pelados que el desierto de Almería.
—Bueno, además de una cantidad ingente de maravedís, quiere ser almirante de todo cuanto descubra, al mismo nivel que el de Castilla. Y también quiere ser virrey, para gobernar allende los mares a su antojo —Fray Hernando se va poniendo rojo por segundos—, además de un cuarenta por ciento de todas las ganancias, aunque podría estar dispuesto a bajar el porcentaje…
—Veeenga…
—… y libertad absoluta para dirimir cualquier pleito comercial que…
—Sí, hombre, sí, y lo hacemos vicepapa también, para que administre la voluntad de Dios. Pero este colgao, ¿qué narices se piensa?
—Dice que la conquista de Granada palidece en su pequeñez ante la grandeza del descubrimiento que él les promete a Sus Majestades y que no puede demorar más su proyecto u otro se le adelantará. Y que está por irse a Francia, a ver si le hacen más caso.
—Pues a ver si hay suerte y se larga. En fin, vamos tirando, que si no, no llegamos. Lo peor es que los funcionarios del rey Fernando le son favorables. Especialmente el secretario, Luis de Santángel, que no sé si lo sabes, pero no es cristiano viejo, ¡es un converso! Algunos dicen que Colón también lo es; vete a saber si esto no es un complot judío.
La opinión de Talavera y sus afines se impuso, y la junta desestimó las descabelladas pretensiones. Colón, hasta el gorro, renunció, o hizo como que renunciaba (a saber…), y comunicó a todos que adiós, que se iba, ¿eh? «Miradme bien, que me marcho a Francia. Mirad, estoy subiendo al caballo. Qué lástima que os vayáis a perder el descubrimiento del milenio. Me acomodo un poquito más en la silla, salgo ya mismito al galope y no podréis atraparme; ahora o nunca».
Estaba a unos seis kilómetros de Santa Fe cuando le alcanzó el mensajero real diciéndole que no se fuera, que finalmente Santángel había convencido a Sus Majestades e impuesto su opinión (prometiendo poner él mismo un montón de dinero sobre la mesa), y la Corona aceptaba organizarle el viaje.
¡Bingo! Colón se quedó unos meses más junto a los reyes, mientras se iniciaban las negociaciones definitivas entre los intermediarios y Sus Majestades remataban la faena de Granada, que recibieron de manos de Boabdil el 2 de enero de 1492.
El 17 de abril de aquel año, quedaría cerrado el trato y formalizado en las celebérrimas Capitulaciones de Santa Fe, negociadas entre Juan de Coloma (amigo del rey Fernando y secretario de ambos monarcas) y fray Juan Pérez (uno de los amigos franciscanos de La Rábida que tenía Colón). Y resultó que el franciscano fue mejor negociador que el secretario, porque Colón se llevó el gato al agua en casi todo lo que pedía.
Las Capitulaciones tienen muchos aspectos curiosos; el mayor y más famoso: que se hable de las tierras «que ha descubierto» Colón. Esto ha dado pie a todo tipo de especulaciones, la clase de enigmas sobre la que los historiadores se abalanzan como perros famélicos. ¿Había noticias certeras previas al viaje de Cristóbal? ¿Se habían tragado las historias de los capitanes portugueses? ¿Tenían algo que ver las cartas náuticas que había mangado su hermano Giacomo en Lisboa? Quizá lo redactaron «por anticipado» para no tener que modificarlo después, o quizá es una modificación posterior, como también se ha argumentado. O vaya usted a saber qué trola les estaba contando Colón a los reyes. «Sí, entonces vi perfectamente aquella costa con el catalejo, lo juro, pero tuvimos que volvernos porque de allí venía una inoportuna tormenta que nos habría hecho polvo, y miren, están ustedes de suerte, porque de haber llegado entonces, se habría quedado la gloria el rey de Portugal».
Otro aspecto curioso de las Capitulaciones de Santa Fe, como dijimos, es que Cristóbal les sacó a los reyes casi todo lo que pedía.
Para empezar, el título de almirante de forma vitalicia y hereditaria. ¿Prerrogativas del cargo? Pues las mismas que había tenido el último almirante de Castilla. Y entiéndase su importancia; en los últimos tiempos, el cargo había pertenecido a una más que influyente y rica familia, los Enríquez, que pasaban de comandar los mares y se dedicaban a atesorar más cargos y más dinero. Hasta el punto de que nadie, salvo el almirante, tenía una idea exacta de cuántas y cuáles eran sus prerrogativas; ni siquiera los reyes, lo cual es tremendamente absurdo. Pero, en general, se entendía que el almirante controlaba toda la flota, los astilleros y los puertos en el territorio bajo su control, así como la administración de justicia correspondiente, y eso era un enorme bocado para Cristóbal.
Pero aún había más. Les sacó también el título de virrey, para manejar el cotarro político en las Indias a su aire, siempre con la venia de Sus Majestades, claro.
Las ganancias quedaron en un diez por ciento, que era mucho si había tantas riquezas como prometía.
Y, entre otros detalles, también se le concedió la autoridad para resolver los litigios mercantiles que surgieran de aquel comercio a punto de hacerles ricos a todos. Siempre que esa prerrogativa correspondiera también al ya difunto almirante Enríquez, que, como hemos visto, nadie lo tenía claro.
En resumen: Cristóbal Colón les sacó el hígado. Los historiadores también han especulado mucho sobre esto; se preguntan por qué los reyes no exigieron más contrapartidas, o por qué no especificaron cómo iban a cobrar lo que no fuera el diez por ciento de Colón. Yo creo que no hay más misterio. El propio Fernando el Católico ofreció un motivo muy razonable de su puño y letra un par de décadas después, cuando los conquistadores de La Española le pedían las mismas condiciones para salir a descubrir:
Todo lo que ahora se puede descubrir es muy fácil de descubrir, y no mirando esto, todos los que hablan de descubrir quieren tener fin a la Capitulación que se hizo con el almirante Colón. Y no piensan cómo entonces ninguna esperanza había de lo que se descubrió, ni se pensaba que aquello pudiese ser la merced que yo le iba a hacer.
En otras palabras: que daban por hecho que Colón volvería con las manos vacías, o mejor aún, que palmaría en el viaje.
Seguro que, tras su regreso, Isabel se ciscó en Fernando, y Fernando se ciscó en todo el santoral.
Las apuestas arriesgadas es lo que tienen.
Conseguido el patrón, solo faltaba el dinero. ¿Quién iba a financiar el viaje?
En fin, la Corona, ya pringada del todo, aportó la mayor parte, más de un millón de maravedís, adelantados como dijimos por Luis de Santángel. También tenían cogidos por los huevos a los vecinos de la villa de Palos de la Frontera por una deuda con la Corona; firmaron una provisión que los obligaba a proporcionar a Cristóbal un par de carabelas tripuladas y pertrechadas a costa de sus bolsillos, y ahí tenías trescientos o cuatrocientos mil maravedís más.
Pero todavía no era suficiente. Colón debía poner su parte, cerca de medio millón adicional, algo que el genovés nunca les perdonó a Sus Majestades; en su testamento, en el que legaba una suculenta fortuna, se quejaba de lo tacaños que habían sido los reyes al no pagarle el viaje entero.
Colón no tenía tal cantidad, claro, así que tuvo que pedir prestado a varias almas cándidas, como su socio florentino en Sevilla, Juanoto Berardi, el esclavista. Este pobre infeliz moriría antes de llegar a cobrar el dinero prestado y el puto Colón estuvo a punto de quebrarle el negocio, pero Berardi se vengaría a su manera: en sus tratos con el almirante, presentó a Cristóbal a un aprendiz muy avispado que le habían enviado de Florencia, un tal Amérigo Vespucci, con el que llegaría a trabar amistad y que se la jugaría en el futuro de la peor manera posible. Volveremos a encontrarle en los capítulos finales de esta historia.
4. 1492: El viaje de descubrimiento
¡Todo estaba listo! ¡Tras años de maquinaciones, espionaje náutico, ardua labor comercial y cálculos erróneos basados en la Puta Peor Bibliografía del Mundo, el viaje iba a comenzar!
Colón estaba que no cabía en sí de gozo y, al llegar a Palos, estaba seguro de que sus esfuerzos y dificultades habían terminado. Ja.
Escenas del descubrimiento: Cristóbal Colón visita a los monjes de La Rábida
—Entonces, ¿has tenido problemas en Palos, Cristóbal? —pregunta fray Antonio de Marchena mientras le sirve un vaso de vino al genovés, que está visiblemente frustrado.
—Pues unos cuantos, padre, unos cuantos. No están lo que se dice ansiosos por ayudar. Parece que todos tienen algo mejor que hacer que cumplir las órdenes de Sus Majestades…
—La relación entre ellos es complicada desde esa deuda que adquirieron… ¿No os han provisto de barcos? Me dijo fray Juan…
—No, no, si las carabelas sí que las tenían a punto. ¡Pero vaya mierda de naves! En serio, padre, están que se caen a pedazos; nadie en su sano juicio navegaría con ellas por nada más grande que una charca. Y ojo, que yo lo haría, ¿eh? Porque estoy desesperado por partir…
—Entonces, ¿cuál es el problema?
—Pues que, aunque tenga las naves, ¡no tengo tripulación! Los marineros de Palos se han puesto de culo porque no me conocen de nada y dicen que les doy mal rollo. Que la idea de ir al oeste les parece un disparate y que, en caso de embarcarse en tamaño dislate, lo harían con un capitán al que conocieran bien. Yo les he insistido mucho, pero uno ha comentado que tengo acento portugués y han empezado con que no les caen bien los portugueses. Y les digo: «¡Eh, eh, si yo soy genovés!». Y resulta que los italianos todavía les caen peor. Total, que aquí estoy, atrapado, con permiso de los reyes y sin nadie que quiera navegar conmigo. Salvo cuatro criminales.
—¡¿Cuatro criminales?! —se escandaliza fray Antonio.
—Sí, sí, supongo que los reyes se esperaban el rechazo de los de Palos y firmaron otra provisión para permitirme reclutar marineros de las cárceles. Pero, vamos, poco aprovechable, ya le digo, uno que está condenado a muerte por asesinato y unos amigos suyos que lo encubrieron y estaban también pringando en el calabozo.
—No parece la mejor compañía para quedarse a solas en mitad del océano.
—Pues no, la verdad. Ya le digo que no tengo más que problemas.
—Pero, bueno, Cristóbal, es la historia de siempre, tienes que hablar con las personas adecuadas. Los marineros son marineros, muy suyos, ya sabes. Lo que necesitas es meterte en el bolsillo a algún capitán influyente al que conozcan. Mira, habla con los Pinzón. Martín Alonso es uno de los regidores de Palos, criado del duque de Medina Sidonia, y tiene buena posición. Ahora envío una nota para que te reciba. Ha navegado mucho y los hombres confían en él. Y le va la marcha, por lo que cuentan; si le convences, seguro que te enrola toda la tripulación que necesitas.
Y así fue: Cristóbal Colón entró en conversaciones con aquel tal Martín Alonso Pinzón y, en un par de horas de charla, con dos botellas de vino, le convenció de lo ricos e inmortales que iban a ser los capitanes de aquel viaje y que lo repartirían todo como hermanos. Otro par de horas después, Martín Alonso había convencido a sus hermanos Francisco y Vicente, y juntos, empezaron a recorrer Palos, los pueblos vecinos y la provincia entera, en busca de parientes, amigos o marineros reputados a los que embarcar. En la misma Palos, Colón conoció a otro personaje interesante y muy influyente: Pero Vázquez de la Frontera, el marinero más viejo y respetado del lugar, que en sus años mozos había navegado con la armada portuguesa. Quizá si aquel matusalén hubiera tenido otra experiencia, habría dicho que Colón era imbécil y habría alzado a toda la vecindad en su contra. Pero resultaba que, en 1452, el tal Pero había embarcado en la exploración atlántica del portugués Diego de Teives, en la que hallaron un «mar de hierba». El viejo navegante siempre había lamentado haber dado la vuelta, pues suponía que, tras aquel mar de yerbas flotantes, se hallaban las míticas tierras asiáticas de Cipango y Cathay. Cuando Colón le explicó la ruta planeada, mostró un apoyo total al proyecto, lo que acabó de convencer a otros reticentes, e incluso animó a Martín Alonso Pinzón a poner dinero de su bolsillo para sufragar gastos.
El tal Pinzón, por cierto, dijo que, en efecto, las carabelas que le habían preparado a Cristóbal en Palos eran una mierda y que él se encargaría de conseguir otras mejores. Habló con un tal Cristóbal Quintero con el propósito de fletarle su nave, una carabela nórdica llamada La Pinta, que había arrendado en otras ocasiones y rendía de maravilla en mar abierto. De paso, consiguió enrolar al mismo Quintero como marinero. Pinzón era un tipo realmente eficaz. Luego fue a hablar con unos conocidos, los Niño, otra familia de navegantes influyentes, con el mismo resultado: tres hermanos enrolados (Pedro Alonso, Francisco y Juan) y una nave fletada: una carabela de vela latina llamada, como no podía ser de otra forma, La Niña.
Y como Colón debía aportar un tercer barco, los Pinzón le pusieron en contacto con la persona adecuada: un navegante y cartógrafo cántabro que llevaba años en Puerto de Santa María y tenía en propiedad una nao estupenda llamada La Gallega. El tipo en cuestión era un navegante y cartógrafo llamado Juan de la Cosa, y no solo le fletó la nave a Cristóbal, sino que se enroló en el viaje junto a un puñado de marineros vascos que pululaban por Cádiz tan acalorados como el propio De la Cosa. El almirante, pensando que iba a necesitar mejor protección que una pinta, una niña y una gallega para un viaje tan peligroso, rebautizó a esta última como Santa María.
En agosto de 1492, todo estaba listo, con las tres flamantes naves reparadas y bien pertrechadas. Las bodegas, llenas de alimentos, agua, vino y productos varios para posibles intercambios. Y a bordo, una variopinta tripulación de casi un centenar de hombres, entre los que se contaban Cristóbal, los Pinzón, los Niño, los criminales, un tonelero, un pintor, un artillero, un sastre, tres cirujanos, los vascos de Juan de la Cosa, un italiano de Calabria, algún murciano e incluso un judío amigo de Cristóbal, traductor de mozárabe, árabe y hebreo. ¿Por qué un traductor de árabe y de hebreo? Pues porque no encontró ningún traductor de chino. «Mejor eso que nada», pensó Colón. Por otro lado, era más fácil que algún chino conociera el árabe antes que el español, pues estaban más cerquita. Y, además, ¿no podían encontrar las míticas tierras habitadas por la tribu perdida de Israel? Sería una putada encontrar a unos judíos ricos con ganas de comerciar y no poder hacer negocios porque nadie hablara hebreo, y ellos, al estar perdidos, tampoco hablarían castellano.
Con estos mimbres comenzó el viaje que cambió el mundo.
El primer viaje de Colón empezó como cualquier mal comienzo de vacaciones veraniegas. Al poco de salir, se jodió el coche; la carabela, en este caso, y más concretamente La Pinta, cuyo timón se rompió. Según explica (presuntamente) Bartolomé de las Casas en su Diario de a bordo (que, también presuntamente, es una transcripción anotada del cuaderno de bitácora de Cristóbal), sospecharon del propietario, Cristóbal Quintero, que había sido visto rondando el gobernario poco antes de que se desencajara. Quizá Quintero estaba borracho cuando aceptó alquilar su barco y unirse a la tropa y, cuando se le pasó la resaca, se encontró en alta mar, embarcado en un viaje hacia la muerte bajo el mando de un loco. En cualquier caso, nadie tiró a Quintero por la borda, y los expedicionarios tuvieron que apañar el timón de La Pinta de mala manera y hacer escala en las Canarias. Cosa que, por otro lado, planeaban hacer para cargar alimentos frescos que les duraran unos días más de viaje.
Pasaron allí la primera semana de septiembre, entre Lanzarote, La Gomera y Gran Canaria, admirando las explosiones volcánicas del Teide («vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife»), comprando quesucos canarios, tomando el sol y reparando el timón de La Pinta y algunas vías de agua que se habían abierto.
«Desde luego, parece que me haya comprado la carabela en Aliexpress, joder.»
Cristóbal Colón, 3 de septiembre de 1492
Ya que estaban entretenidos con las reparaciones, Colón ordenó sustituir las velas latinas de La Pinta y La Niña por velas cuadradas, más adecuadas para aprovechar los vientos atlánticos. Y quizá el almirante se habría quedado unos días más en las Canarias haciendo turismo, o se habría acercado a Tenerife para ver de cerca los fuegos del Teide (y habría muerto asfixiado como un Plinio de la vida), pero, entonces, llegó otra carabela española que le informó que una flota portuguesa andaba por la zona buscando y, tal vez, siguiendo a Colón, por lo que decidió partir sin más demora el 6 de septiembre.
Empezaba así la Gran Odisea Española, la epopeya náutica ibérica por antonomasia, cuyo mayor exponente fue que… vieron pájaros.
En serio.
Hasta que no llegan a América, el Diario de a bordo es un coñazo; nunca ocurría nada. De vez en cuando veían pájaros. «Eso es que estamos cerca de tierra», decían, porque este pájaro nunca se aleja más de veinte millas de tierra, y este otro nunca más de quince, etc. ¿Cómo lo sabían? Pues por experiencia marinera, es decir, que no lo sabían, porque, vamos, si esa gente pensaba que iba a llegar a Japón en cosa de un mes navegando por el Atlántico, ¿cómo cojones iban a saber con precisión las millas que tal o cual ave marina se alejaba de la costa? Pero era un pensamiento racional que confortaba las mentes de los hombres: si había pájaros, debía de haber cerca rocas o árboles donde hicieran sus nidos. Y era un pensamiento útil de forma aproximada. Los portugueses, a fin de cuentas, habían descubierto las Azores y otras islas siguiendo pájaros. ¿Por qué no iban a hacer ellos lo mismo?
Aquella fue la mayor labor de Colón durante la travesía: consolar a la tropa de marineros y funcionarios, cuyo fervor por el descubrimiento decrecía a medida que pasaban los días. Así que ver un pájaro significaba que había tierra cerca. Un día hallaron un mástil roto flotando en el agua: otra prueba de que había tierra en las proximidades, aunque fuera una tierra mortal donde naufragaban los barcos.
—Pero, don Cristóbal, bien podría haberse hundido el barco en mitad del océano por una tormenta.
—He dicho que hay tierra cerca. Tan cerca que tendrás que alcanzarla a nado si vuelves a ponerme en duda.
Otro día vieron una ballena. Todo un espectáculo, «señal de que estaban cerca de tierra, porque siempre andan cerca». También eran expertos en cetáceos y sabían de sobra que las ballenas nunca nadan en alta mar, son gigantes porque les gusta embarrancar en las playas y morirse al solecito.
Algunos días llovía: «Vinieron unos llovizneros sin viento, lo que es señal cierta de tierra».
También encontraban algas flotando, a veces sueltas, a veces en grandes masas como para hallar en ellas algún cangrejo. Otra señal de tierra cercana, era evidente. Aunque la verdad era que estaban en el corazón del mar de los Sargazos: una masa de agua casi inmóvil en mitad del Atlántico, con tres corrientes marinas que la aíslan, donde se concentran sargazos (un tipo de alga flotante) en extensiones que parecen praderas. El mar de hierba del que hablaba el viejo Pero Vázquez de la Frontera.
Hacia finales de septiembre, la tripulación estaba hasta el moño del viaje. Le preguntaban a Cristóbal por qué no viraban para seguir los dichosos pájaros en busca de la supuesta tierra que tan cerca estaba, pero este decía que «pa qué», que ya sabían que esas islas estaban allí, que las tenía en el mapa; el mismo Toscanelli las había dibujado sin haber salido de Florencia en su puta vida. Que ya las visitarían a la vuelta, porque lo que él quería era dirigirse a Cipango. Algunos, por la noche, murmuraban que quizá era hora de introducir un cuchillo entre las costillas de aquel perturbado que tenían por almirante y dar media vuelta con un tripulante menos. La comida se estaba pudriendo. Y conste que la comida ya era una porquería recién embarcada: aparte de los quesos de La Gomera, en las despensas de las carabelas se guardaba pescado en salazón, tocino, harina y lo que las fuentes llaman «bizcocho». Pero no piense el lector en el esponjoso y aromático bizcocho de la abuela, eso habría durado cinco minutos en alta mar. Lo que ellos llamaban «bizcocho» era un pan sin levadura que se cocía una vez… y otra… y otra… hasta que no quedaba una gota de agua en su interior. O sea: el pan más jodidamente duro del universo. Mal combo cuando cogías el escorbuto, porque te dejabas los dientes clavados en el bizcocho de las narices. Aunque podía sacarles de un apuro si, llegados a tierra, alguien les atacaba, porque en las carabelas no viajaba un solo soldado, pero con un bizcocho bien lanzado seguro que pulverizabas cráneos.
Para bajar aquellos manjares, los expedicionarios llevaban algo de vino y un buen cargamento de agua que era una delicia beber; para evitar que se pudriera, le echaban un montón de vinagre.
Imaginará el lector el ambiente en las carabelas cuando se plantaron en octubre. Tras dos meses de viaje, el hedor de la comida podrida y de veinte o treinta tripulantes sucios y sudados era tan insoportable que subían a dormir a cubierta y no saltaban al agua porque no sabían nadar. Estamos hablando de veinte o treinta bocas oliendo a perro mojado, de veinte o treinta culos por barco tirándose pedos de comida descompuesta, de cuarenta o sesenta sobacos infames, ¡de cuarenta a sesenta pies con aroma a infierno!
«Menos mal que estoy resfriao y no huelo ná».
Tripulante anónimo de La Pinta, 29 de septiembre de 1492.
No, los hombres no estaban contentos, y parece que si no estalló el motín fue porque Martín Alonso Pinzón logró calmar los ánimos en el último momento. Y eso que no sabían ni la mitad, porque el mamón de Colón les mentía con las distancias. Cristóbal no quería que nadie le copiara la ruta si tenía éxito, y contaba con que el viaje sería duro y que más de uno querría dar la vuelta; poco después de salir de Canarias, informó a la tripulación de que avanzaban menos millas de las que en realidad recorrían. Si hacían doce millas, decía nueve. Si hacían setenta millas, decía cuarenta. El mismo Cristóbal debía de estar preocupadísimo a esas alturas: estaban ya demasiado lejos como para una vuelta segura con lo puesto… ¡Si no hallaban tierra pronto, podían darse por muertos! ¿Y si Toscanelli la había cagado con las medidas? Vaya faena tirarse años lidiando con los cosmógrafos reales para acabar dándoles la razón al morir en mitad de la nada.
Tuvieron suerte: la noche del 11 de octubre, a Cristóbal le pareció ver un destello a lo lejos. ¡Lumbre! Avisó a algunos de sus hombres para que corroboraran, y sí, eso parecía, aunque estaba tan lejos que uno no podía fiarse. La célebre confirmación llegó al día siguiente desde La Pinta (que con el nuevo velamen era la más rápida de la flota, la que iba en cabeza), cuando el vigía Rodrigo de Triana gritó: «¡Tierra! ¡Tierra!».
Por supuesto, Colón comentó: «Yo ya la había visto antes».
5. Cuando Colón llegó a Japón
No se sabe con exactitud cuál fue la primera isla que vieron Cristóbal y sus muchachos. Luego sabrían, por los nativos, que se llamaba Guanahani. El almirante la llamó San Salvador por motivos obvios. Lo único seguro es que estaba en las Bahamas. Pero Cristóbal creía que había llegado a Japón.
Si la confusión de los indígenas fue remarcable, imagine el lector la de los cristianos.
El 12 de octubre, Colón se subió a una barca con los capitanes Pinzón, el intérprete, el escribano de la armada y un grupito de apoyo, y se dirigió a tierra. Cristóbal portaba el estandarte real. Cada Pinzón, un pendón con una cruz verde: uno con la Y de Ysabel y otro con la F de Fernando. Y con sus barbas, sus brillantes armaduras, sus espadas de hierro, su hedor insoportable.
Los indígenas no comprendían qué demonios era aquello. Los saltos culturales tienen estas cosas: ni siquiera parecían concebir que aquella gente hubiera venido navegando desde el este; era gente rarísima que llegaba de donde nunca nadie venía, del sol. Pensaron, por tanto, que venían del cielo. También que el cielo debía de ser un lugar tremendamente apestoso.
Los de la barca, mientras tanto…
Escenas del descubrimiento: los españoles llegan y empiezan a timar y a secuestrar a la gente
Cristóbal Colón salta de la barca, chapotea en la orilla, cae de rodillas y besa la arena. ¡Salvados, loado sea el Señor! Se yergue enseguida y, con toda la dignidad del mundo, toma posesión de aquellas tierras en nombre de los reyes mientras el escribano toma buena nota. El resto del grupo mira a su alrededor, alucinado con la belleza de las Bahamas. Y todavía se sorprenden más cuando reparan en que los nativos que se acercan están desnudos, cubiertos apenas por algunas pinturas aquí y allá.
—Esto es el paraíso —comenta uno de los tripulantes sin quitarle ojo a las bamboleantes tetas de una vieja indígena.
—¡Y qué bien huele! —añade otro, que apenas recordaba otros aromas más allá del olor de pies, de axilas o de culo.
—Pero estos no parecen chinos —remata el aguafiestas del grupo, confundido ante aquella gente de robustos y hermosos cuerpos, ni blancos ni negros, sino de un café con leche parecido al de los canarios.
Luis de Torres, el intérprete, se dirige a los nativos en todas las lenguas que conoce, sin ningún éxito. Al final, unos y otros empiezan a gesticular y a emitir gruñidos guturales, o a repetir palabras lentamente, intentando entenderse.
—No-so-tros —pronuncia Cristóbal mientras se señala el pecho y muestra a sus amigos—, cris-tia-nos. Cris-to. —Señala a sus desnudos interlocutores—. Vosotros, ¿qué? Vo-so-tros, ¿qué dioses adoráis?
Los indígenas dicen palabras incomprensibles, se rascan la cabeza y se miran unos a otros. Los más avispados se señalan a sí mismos y dicen «ta-í-no».
—Estos taínos no se enteran de nada —comenta Martín Alonso mientras le enseña a un indígena su espada—. Toma, cógela. Tú coger espada. Buen acero español. Coge, coge. ¡Espera! ¡Por ahí no!
El nativo, tras coger la espada por la hoja, se corta la mano y huye hacia la espesura gritando de terror.
—Esta gente no ha visto un arma en condiciones en su vida, hermano —dice Vicente—. Mira, si llevan palos con… ¿qué es eso que tienen en la punta?
—Parece un diente, como de pez, ¿no? —opina uno de los marineros.
—Joder, qué gente más rara…
—Parecen muy pobres —dice Luis de Torres, que ya ha desistido de probar con el árabe y el hebreo y gesticula de forma exagerada como los demás—. Ese tipo de ahí lleva un arete en la nariz que parece de oro, pero salvo eso…
Los españoles empiezan con los primeros intercambios, ya que los taínos parecen pacíficos y muy amigables. Están encantados con cualquier tontería que los españoles les dan: cuentas de cristal, cascabeles, lo que sea, incluso tazas rotas y basura que llevan en la bolsa. Ellos, a cambio, les regalan ovillos de una especie de algodón, les dan algo de comida que les sienta de maravilla, y uno de los taínos les regala con mucho ímpetu y gran gesticulación unos papagayos muy raros, de vistosos colores y curvado pico negro, que chillan como demonios.
—¿Qué es esto? —pregunta Luis de Torres al tiempo que señala el pájaro—. ¿Qué-es-este-bi-cho?
—Roro —dice uno de los taínos.
—Don Cristóbal, dicen que estos pajarracos se llaman «loros».
—Pues quiero uno para mi camarote —dice el almirante, encantado con aquellos bichos, y el taíno de los loros sonríe y le ofrece un pájaro tras otro.
Colón los acepta todos; planea llevarse unos cuantos y enseñárselos a Isabel y Fernando, porque no tiene muy claro que vaya a encontrar oro, pero al menos esos pájaros son vistosos, y los portugueses llevaron algunos parecidos del África tropical, allá donde tienen las minas de oro…
Deciden quedarse un par de días con aquellos taínos tan simpáticos. Decenas, centenares de hombres y mujeres desnudos o semidesnudos, pintados y semipintados, todos sonrientes y amables, vienen a visitarlos ahora que se ha corrido la voz. Lo hacen en unas extrañas barcas que parecen talladas en un simple tronco y que ellos llaman «canoas». Las mujeres están de buen ver, pero los españoles se comportan. No se ve mucho oro, salvo algún arete en la nariz o en la oreja. No parece haber especias, aunque Dios sabe qué potenciales económicos tienen esos árboles y esos extrañísimos frutos. ¡O qué potencial económico y geoestratégico pueden tener los loros!
En cierto momento, Colón repara en las cicatrices de algunos indígenas, gesticula para preguntarles por ellas y ellos dicen un montón de palabras incomprensibles a la vez que señalan en varias direcciones, hacia el sur, el suroeste y el noroeste; luego, hacen grandes gestos de remar y de atacar mientras siguen farfullando.
—Mira —le dice Cristóbal a Martín Alonso—, parece que de vez en cuando vienen aquí enemigos y les dan para el pelo a nuestros nuevos amigos. Eso quiere decir que Cipango está muy cerca, debe de ser alguna isla próxima. ¡Sin duda la tierra firme está al alcance! ¡Tenemos que partir de inmediato! Tengo en La Santa María una carta de puño y letra de Sus Majestades para el Gran Khan, y me he jurado entregársela y llevarles una respuesta en persona.
—Bueno —conviene el capitán Pinzón—, da gusto estar en tierra, pero la verdad es que aquí no hay nada, aparte de playas, y esta gente es más pobre que las ratas. Cargamos toda la comida y el agua que podamos y nos vamos. ¡Chicos! ¡Id apurando los últimos intercambios, que nos largamos!
—También debemos llevarnos a algunos de estos taínos —comenta Colón—, tenemos que enseñarles castellano y que nos hagan de intérpretes. Porque, entre tú y yo, Luis de Torres no me sirve de nada. Traerlo ha sido una estupidez.
—Pero ¿van a querer acompañarnos?
—¡Somos la gente del cielo, joder! Para ellos tiene que ser un honor. Y si se resisten, pues yo que sé, montamos algún numerito para distraerlos y raptamos a unos cuantos, un par por barco. Total, aquí no vamos a volver. Espero.
La negociación es relativamente sencilla, si bien los seis afortunados taínos que marchan con la gente del cielo no parecen muy convencidos. Uno de los marineros estornuda un par de veces y se limpia los mocos con el antebrazo antes de estrechar la mano de un taíno y partir. El puñetero catarro lleva más de un mes amargándole el viaje.
Cuando la gente del cielo se pierde en el horizonte hacia el noroeste, uno de los guerreros de la tribu se acerca al cacique.
—¿Qué dices, entonces? ¿Son dioses o no son dioses?
El cacique se encoge de hombros.
—Todos los signos así lo indican. Llegaron del sol naciente, de donde nunca viene nadie, en canoas aladas gigantes. Sus cabezas están cubiertas de pelo de arriba abajo. Tapan sus cuerpos con tejidos extraños y se protegen con esos caparazones brillantes como si fueran cangrejos. Nos han traído pequeños objetos maravillosos de ese reino del más allá que llaman Espania.
—Objetos que, por otro lado, no sabemos para qué pueden servirnos…
—Y la prueba definitiva es su hedor, que no es de este mundo. Nunca creí que una divinidad pudiera ser tan maloliente.
—Al menos se han llevado los putos loros —comenta el guerrero—; mi mujer ha puesto el grito en el cielo cuando se ha enterado, pero es que no me dejaban dormir, y mira, cuando vi que al tipo ese, el que parecía el líder, le gustaban, pensé: «¡Enchúfaselos todos!».
—Ahora te obligará a cazar diez más. Le gustan un montón.
—Bueno, pero al menos he ganado una semanita. De quien me compadezco es de los seis que se han largado con los dioses barbudos. No puedo ni imaginar cómo deben de oler sus canoas.
—Yo también los compadezco, pero debo pensar en el bien de la tribu. Para nosotros ya ha pasado lo peor. Dentro de tres generaciones, la visita de la Gente del Cielo será apenas una historia para dormir que contarán las viejas a los niños.
Mientras los primeros taínos que conocieron a un europeo ni se olían la que se les venía encima, los europeos de las carabelas ni sabían dónde estaban. Las siguientes semanas las pasaron navegando por las Antillas Mayores, trabando contacto con cuantos indígenas se acercaban a verlos mediante los intérpretes capturados en Guanahani, que resultaron mucho más útiles que el bueno de Luis de Torres. La relación entre ellos y los españoles, sin embargo, era compleja. Tras repartirlos por parejas en cada carabela, empezaron a enseñarles castellano y, de paso, a cristianizarlos. Los taínos ponían los brazos en cruz y decían «pater pater» con cara de no entender una mierda, y mal que bien les iban señalando direcciones y dando nombres de nuevas islas. También iban en las avanzadillas cuando se topaban con algunos nativos miedosos; los enviaban en un bote junto a algunos españoles para que gritaran que tranquilos, que aquellos barbudos eran buena gente, que no hacían daño a nadie y que tenían un montón de cuentecitas de cristal y otras mandangas increíbles para intercambiar como regalo. Y era verdad. Hasta entonces, los españoles no habían dado muestras de mayor violencia que algún rapto ocasional. Sin embargo, cuando regresaban a las carabelas, los intérpretes secuestrados miraban de reojo, murmuraban entre ellos y planeaban cómo escapar. Seguramente no soportaban el hedor de las carabelas: no estaban preparados para la divinidad.
En aquellas semanas de navegación caribeña empezó el festival toponímico que le complica la vida a cualquiera que quiera saber más sobre la conquista de América. En primer lugar, los taínos llamaban a las islas con diferentes nombres. O eran los españoles los que no entendían lo que los taínos decían. El mismo Colón llegó a desconfiar en cierto momento, tras algún incomprensible intento de fuga, creyendo que los intérpretes los confundían a propósito.
Luego, claro, como estaban apropiándose formalmente de aquellas tierras en nombre de la Corona, les daban a las islas y sus accidentes más reseñables nombres castellanos según el santo del día, algún evento particular o como peloteo a Sus Majestades. Así, tras partir de Guanahani-San Salvador, Colón fue descubriendo y rebautizando otras islas de las Bahamas. A la siguiente que hallaron, una tal Samaná (según aparece en el mapa que haría Juan de la Cosa), la llamó Santa María de la Concepción, y nadie sabe si era el actual cayo Rum o cayo Samaná. A otra, que llamaban Samaet, la bautizó Isabela en honor a la reina. A otra mayor la llamó Fernandina en honor al rey. Y, en cada parada, nuevos contactos, nuevos gruñidos y gestos, nuevas dudosas mediaciones con los intérpretes, nuevos intercambios de cuentas de vidrio y tacitas por ovillos, tubérculos y loros, nuevas referencias a enemigos armados que, sin duda, era gente del Gran Khan. Y nueva maravilla de los españoles ante tantas cosas nuevas y desconocidas, pues hasta los peces eran raros y de extraños colores, e incluso hallaban y mataban serpientes de siete palmos. Colón se queja constantemente en el diario de no tener más conocimientos botánicos, porque no solo es incapaz de identificar los árboles y arbustos, sino que tampoco puede augurar su potencial económico. Y, visto el poco oro que encontraban, necesitaba hallar un potencial económico en cualquier cosa. Llevaban algunas muestras de canela y pimienta para enseñárselas a los nativos y que les dijeran si había por los alrededores, pero casi siempre ponían cara de estar viendo eso por primera vez. De vez en cuando, saltaba alguna falsa alarma: algún nativo decía que sí, que había un bosque de canela detrás de tal o cual colina, pero luego nada de nada.
Finalmente, en uno de aquellos islotes desubicados de las Bahamas, obtuvieron indicaciones precisas sobre dos islas inmensas que llamaban Colba y Bohío, o Bofío. Decían que en ellas había muchos navegantes con grandes naos que tenían oro y perlas, y Cristóbal asumió que serían de los atacantes que describían los nativos. Colba, por tanto, tenía que ser Cipango, es decir, Japón. Por las noches, en su camarote, acariciaba la carta de los Reyes Católicos al Gran Khan, saboreando con anticipación el momento en que se convertiría en el nuevo Marco Polo. ¿Y Bohío? Pues Dios lo sabría; se acercarían a dar un vistazo y, si había oro o especias, verían el modo de iniciar la explotación.
Partieron de la isla Isabela el 24 de octubre y tardaron cuatro días en llegar a Colba. No encontraron mucha civilización, pero era grande, y se toparon con varios ríos, algunos de bocas anchas y navegables. Las casas, sin embargo, mantenían el estilo tribal que ya iban conociendo, techadas con hojas de palma. Por si acaso no era Japón, Cristóbal llamó a aquella isla Juana en honor al heredero de Sus Majestades, el infante Juan. Las comunicaciones con los nativos seguían con buenas vibraciones.
Escenas del descubrimiento: Pinzón se viene arriba
Martín Alonso sube a La Santa María y llama a Cristóbal a gritos.
—¿Qué pasa, Martín? —pregunta Cristóbal Colón, pensativo, mientras se hurga la nariz.
—Oye, almirante, he estado interrogando a los nativos de las casas de allá y, por los gestos y lo que dicen los taínos, se ve que aquí, en Colba…
—Isla Juana, Martín, habla con propiedad.
—Bueno, pues Juana, cojones, ¡atiende! Me cuentan que en el interior hay una ciudad que se llama Cuba y que su rey está en guerra con el Gran Khan en el norte.
—¡Anda! Pues son excelentes noticias, supongo. ¿Y estás seguro? ¿Cómo has obtenido datos tan concretos?
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