Kitabı oku: «Eugenio d'Ors 1881-1954»

Yazı tipi:

© Javier Varela, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO086

ISBN: 9788490568491

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Prólogo

1. Hacia el polo austral

2. Horizontes de grandeza

3. El hombre que pudo reinar

4. Presagios

5. La traición

6. «Cuando yo era metalista»

7. Las dos procesiones

8. Delenda est barbaria

9. Ciudadano de Roma

10. En los días del ángel

11. El imperio de España

12. La importancia de llamarse Eugenio

13. Estilo y cifra

Lista de abreviaturas

Notas

Ni todo está dicho, ni todo está por decir.

Todo está dicho a medias.

EUGENIO D’ORS

PRÓLOGO

Este libro es una biografía de Eugenio d’Ors Rovira, también conocido por el heterónimo Xenius. Precisando más: es una biografía intelectual porque no solamente trata de narrar una vida, sino también de resaltar las ideas estéticas, morales o políticas, en el contexto de la Europa de la primera mitad del siglo XX. Su trayectoria vital puede dividirse en tres fases. La primera discurrió en Barcelona, desde la fecha de su nacimiento hasta 1922. La segunda tuvo Madrid y París como escenarios principales. La tercera abarca desde el comienzo de la guerra civil, en 1936, hasta el día de su muerte. Su obra literaria principal consiste en centenares de escritos breves, llamados «glosas». Las glosas, en definición insuperable de su autor, eran «improvisaciones inspiradas en la realidad circunstancial». Quizás hoy las llamaríamos columnas, sobre arte, literatura, política, filosofía, o sobre lo que los franceses llaman el fait divers y Unamuno «esto y aquello». Sobre esto y aquello tratan la mayoría de ellas. El glosario, o colección de las glosas, recibió nombres diferentes en cada etapa de su vida: Glosario, Nuevo Glosario, Novísimo Glosario. Aunque no fue un político en sentido estricto, d’Ors vivió pendiente de la política de su tiempo. Como buen intelectual, intentó que sus opiniones influyeran en personajes y movimientos políticos. Y en parte lo logró. En Cataluña impulsó un movimiento cultural conocido como «noucentisme», con ramificaciones importantes en la literatura y en las bellas artes. Su influencia en Barcelona no ha tenido igual; no ha habido escritor que pueda comparársele a lo largo del siglo XX.

Nuestro hombre fue cambiante en sus lealtades políticas. Primero fue partidario del nacionalismo catalán, en su versión más radical. Ocupó puestos importantes como director de la política educativa del primer gobierno autónomo catalán, el creado en 1914 con la Mancomunidad de Cataluña. El Glosari se publicó día tras día en La Veu de Catalunya, órgano de la Lliga Regionalista, el partido dominante en el nacionalismo catalán. A continuación, en su periodo madrileño, pudo identificarse con la monarquía, con el catolicismo político y, sobre todo, con figuras paternales y de autoridad como Salazar o Pétain. El Nuevo Glosario pasará al ABC y luego a El Debate, el diario vinculado a la Acción Católica. En 1937, durante la guerra, ingresó en la Falange Española. El periódico de referencia será entonces el pamplonés Arriba España y, pasada la guerra, el madrileño Arriba, órgano de la FET y de las JONS. También mantendrá un espacio importante en La Vanguardia, el viejo diario de la familia Godó, rebautizado como La Vanguardia Española.

A través de sus variaciones políticas, nunca dejó de ser un hombre profundamente marcado por la ideología de L’Action Française, el movimiento monárquico y autoritario fundado por Charles Maurras; una ideología que dividía el mundo en categorías antitéticas: clásico y romántico, monarquía y república, orden y caos; unas divisiones que eran tanto estéticas como políticas; un ejemplo de la politización del arte o de la estetización de la política, como anunció Walter Benjamin. De la lectura de los centenares de glosas y artículos he sacado la conclusión de que d’Ors, en su primera etapa catalana, exaltó varios mitos y símbolos políticos. El más importante de ellos fue el mito imperial. En sus etapas posteriores reescribió estos mitos, pero en clave española. Y así, se dio la paradoja de que unos mitos construidos para justificar la separación entre Cataluña y España sirvieron luego para afirmar la unidad indisoluble entre ambas. Teresa, la Bien Plantada, se convirtió en Isabel la Católica. El imperio catalán se renovó en el imperio de España. En este orden de cosas, sostengo que Eugenio d’Ors, no Ortega y Gasset, fue el escritor que más influyó sobre José Antonio Primo de Rivera y la Falange, por sí mismo o a través de discípulos como Rafael Sánchez Mazas.

Aunque puede contarse a d’Ors entre los escritores catalanes más importantes del siglo XX, su fortuna en Cataluña decayó de forma abrupta en 1920, a partir de su expulsión de los cargos oficiales que ocupaba en la Mancomunidad. Desde entonces, su figura ha sido considerada por el nacionalismo catalán como la de un traidor, la de un enemigo de la lengua y de la nación catalana, cuya figura conviene olvidar. Los episodios de censura sobre la figura del escritor y sobre cualquier conato de divulgar su legado se han sucedido hasta nuestros días.

Pero la fortuna de Eugenio d’Ors en el resto de España ha padecido de otra forma. Su afiliación a la Falange y su acomodación al régimen de Franco no han sido cartas de presentación aceptables en la España constitucional y democrática. En la España actual impera otra clase de censura, acaso más sutil pero no menos eficaz, que consiste en la corrección política. Todo lo que recuerde al franquismo, todo lo que se aparte de las banderías y preferencias existentes, tiende a ser colocado en el rincón de los trastos viejos.

Como resultado de ello, la edición de su obra principal, el Glosario, ha sufrido los avatares de la política. Tuvo que ser el señor Jaume Vallcorba, primoroso editor de Quaderns Crema, fundador luego de la editorial Acantilado, quien impulsara en Barcelona la edición completa del Glosari por especialistas tan destacados como Xavier Pla y Josep Murgades, aparte de otras obras escritas en lengua catalana. Una edición que fue precedida, es cierto, por la edición parcial que hizo Edicions 62 en 1982, en su colección canónica de literatura catalana. Pero esas iniciativas no han tenido equivalente en el resto de España. El lector del Nuevo y del Novísimo Glosario sigue obligado a consultar la edición de Aguilar, otro editor benemérito; una preciosa edición en cuatro volúmenes que tiene el inconveniente de haber sido revisada y ordenada por su autor. No es que hiciera grandes amputaciones o censuras en su obra. D’Ors estaba convencido —equivocadamente en mi opinión— de que su vida como escritor tenía una continuidad esencial. Pero esos «arreglos», si no impiden la lectura y el disfrute, hace que estos volúmenes sean poco recomendables para el estudio. Por añadidura, los últimos años del «Novísimo Glosario» que publicaba el diario Arriba quedaron fuera de la edición de Aguilar, y solo recientemente se han editado aparte. Por tanto, he acudido siempre que he podido a los periódicos y revistas en los que se publicaron las glosas. Además, hay ocasiones en que el significado de una glosa solamente puede apreciarse teniendo en cuenta el momento en que fue escrita. El estilo de nuestro hombre nunca es directo; está repleto de alusiones que solamente pueden apreciarse en el contexto oportuno. A veces, la mera posición de la glosa en la página de La Veu de Catalunya nos dice más sobre la intención de su autor —o del partido al que sirve— que lo expresado en ella. Se trata, pues, de considerar «las continuas ósmosis y endósmosis que en el escritor se producen entre la vida y la obra», por decirlo en las palabras justas del glosador.1

Este libro quiere ser un ejercicio de recuperación —me atrevería a decir «de restauración»— de un autor con el que —he de confesarlo— no simpatizo. El dandismo del personaje, su carácter acomodaticio, la insondable vanidad —la pasión dominante entre académicos e intelectuales—, el cinismo —tan visible en muchas ocasiones—, la creencia de pertenecer a una humanidad superior, no propician la identificación. Pero acaso esta distancia haya sido una ventaja. El principal deber del paisajista —decía Xenius— es no formar parte del paisaje. Y las ideologías que defendió d’Ors, el nacionalismo primero y el falangismo después, figuran, en mi opinión, entre lo más abominable del siglo XX. En todo caso, he procurado seguir el consejo de Tácito, y escribir sobre esta antipática personalidad sine ira et studio.

Decía Xenius que la presencia de una valoración moral en una biografía, lejos de reducir las posibilidades de objetividad, las acrece. Yo no he tratado de ser objetivo, porque creo que es un ideal inalcanzable, indeseable incluso. La coincidencia entre el relato y las cosas tal y como sucedieron es una prerrogativa semidivina. El historiador escoge entre los indicios que le ofrece el material conservado; selecciona aquello que necesita para tramar un relato y elabora una descripción que tenga sentido, una historia que contar. El «referidor» (así llamaba Xenius al biógrafo) ha de contentarse con ofrecer una versión; una interpretación entre otras, pero que sea contrastable; que haya tenido en cuenta todas las informaciones relevantes. La historia no se divide entre los que se inclinan por el análisis y los que prefieren la descripción. La división, según creo, hay que hacerla entre las maneras de narrar la historia. No es que la narrativa haya «retornado», como se decía hace años. Es que nunca se marchó. Estaba semioculta, agobiada por un empacho de teoría, fascinada por lo que George Steiner llamaba «la falacia de la forma imitativa», por el espejismo de la exactitud y de la predictibilidad característica de la ciencia natural. La historia es narración y, en lo fundamental, una variedad de la literatura. Que me perdonen los colegas que se crean revestidos con la bata blanca de los «científicos». Hay una historia seria, responsable, interesante, liberal incluso. Y hay una historia trivial, redundante, partidista o apologética. La historia, a mi juicio, tiene que ser una afortunada combinación entre la erudición y el estilo. Pero no puede establecer leyes ni tiene capacidad para predecir el futuro. A veces pienso que ni siquiera puede enseñar sobre las así denominadas «lecciones del pasado», porque los hombres tienen la memoria corta y, por lo general —sobre todo en España—, no leen libros de historia.

Pero no simpatizar con Xenius no excusa el interés y el aprecio, la admiración incluso. Basta con tratar a un autor con cierto detenimiento para que este se vuelva interesante, podría decirse con Flaubert. La verdad es que resulta intrigante —a mí, al menos, me ha apasionado— poder seguir la trayectoria que llevó a d’Ors desde el catalanismo más estricto a la Falange, pasando por el sindicalismo y el monarquismo autoritario. Este libro trata precisamente sobre el camino, lleno de vericuetos, que un nacionalista catalán recorrió hasta el falangismo. Y cuando digo «falangismo» no quiero decir «fascismo» siempre. Porque «fascista», en sentido estricto, es algo que el glosador nunca fue.

Xenius es, política aparte, un excelente escritor, tan bueno en castellano como en catalán —quizá más en esta última lengua—; un autor que merece la pena leer; un hombre de ingenio primoroso; un notable creador de aforismos. Dionisio Ridruejo, que lo trató en la última época de su vida, decía con razón que en lo suyo escrito no había nada comparable a lo suyo dicho. La desgracia o la tragedia de este escritor es que pretendió ser apreciado por lo que no era, o por las partes menos consistentes de su producción. Pretendió ser considerado un filósofo sistemático, cuando era un comentarista inteligentísimo de la actualidad evanescente. Aspiró a ser un teórico de la estética, estableciendo incluso una «Ciencia de la Cultura», cuando descollaba precisamente por su intuición y su capacidad nada sistemática de descubrir a los buenos artistas. Uno de sus lemas o imperativos más conocidos es el que invita a elevar la anécdota a categoría. Pero, acaso, lo mejor sería tomar el camino contrario, despojando al autor de sus pretensiones de ser un «ideurgo», para dejarlo en los huesos de lo anecdótico.

Quiso d’Ors combatir el tiempo, escapar a la trágica historia de su época y, por más que se esforzaba en crear arquetipos, eones, o como quisiera llamarlos, la historia del presente español y europeo se colaba entre sus glosas. Nadie más sensible a la coyuntura de los tiempos que Eugenio d’Ors. Nacionalista catalán, sindicalista, monárquico, falangista. ¿Hay quien pueda ofrecer mayores cambios? Quizás Azorín, su amigo, lo supere en algunos puntos. Alguno lo llamaría camaleón, cuando era instinto de supervivencia. Al comienzo de su libro El vivir de Goya, publicado en 1934, recomienda no ligar la identidad de un personaje a una colección de episodios, sino buscar el principio unitario, el hilo en que estos acontecimientos se engarzan. El consejo parece acertado. Si he conseguido, no ya fijar la «identidad» del personaje, harto evanescente, sino tan solo seguir el hilo, me daré por satisfecho.

Estamos tratando, también, con una figura originalísima del panorama literario español. Sus gestos y posturas, tan artificiosas; su cultura artística —rara entre los escritores españoles—, su enorme capacidad de trabajo... Todo eso lo convierte en un intelectual excepcional. En la Cataluña de Prat de la Riba logró ampliar los horizontes culturales, tan estrechos, que había mostrado el catalanismo durante sus inicios. En la España sórdida y aislada del franquismo, quedó como uno de los escasos intelectuales con empaque europeo. A través de las fundaciones artísticas que impulsó pudo recobrarse la memoria de las vanguardias artísticas de la preguerra. No fue un hombre vengativo. Al contrario. Procuró usar su influencia para librar de la represión a alguno de sus antiguos colegas.

El lector interesado deberá tener presente que las citas del Glosari catalán se expresan siempre con la letra G y con la fecha en que fue publicada cada glosa. Con ello puede ir, bien a la preciosa edición de Quaderns Crema, bien directamente a La Veu de Catalunya, cuyos ejemplares fueron digitalizados en el portal ARCA por la Biblioteca Nacional de Cataluña. Respecto del Nuevo y del Novísimo Glosario, salvo pocas excepciones, las citas van precedidas con el nombre del diario —LVC para La Veu de Catalunya, LN para Las Noticias, EDG para El Día Gráfico, ABC, LV para La Vanguardia o A para Arriba— y la fecha de aparición. Se recomienda, para el lector curioso, el portal de la Universidad de Navarra www.unav.es/gep/dors, al cuidado de la señora Pía d’Ors, que sintetiza muy bien la bibliografía y la iconografía del autor, y que contiene también muchos documentos interesantes, sacados de su archivo personal. Asimismo, son de imprescindible consulta los portales de prensa digital de la Biblioteca Nacional de España y del Ministerio de Cultura, que han hecho una obra formidable en los últimos años. He de mencionar también la gentileza y profesionalidad que he observado en el personal encargado de los archivos y bibliotecas de Cataluña. La Generalitat de Catalunya, en colaboración con los ayuntamientos y bibliotecas catalanas, ha realizado una labor de digitalización y catalogación ejemplar, poniendo al alcance del investigador el material necesario para su tarea.

He procurado traducir del catalán todos los textos largos que aparecen en el libro. Confieso que mi primera intención fue dejarlos tal como se publicaron, en la creencia de que todo español culto debería al menos leer en esta lengua y conocer sus clásicos. En cambio, he dejado sin traducir las frases breves, las palabras sueltas, porque he creído que dan sabor a la narración, añaden matices y rodean al biografiado de una lengua que siempre estimó mucho, como lo prueba el hecho de que en ella escribió partes sustanciosas de su obra. Xenius es el heterónimo más conocido de d’Ors y he optado por citarlo sin el acento grave, porque así suele escribirse en la prensa española en lengua castellana. He respetado siempre la d’ minúscula intercalada entre el nombre y el primer apellido, con la que nuestro autor quiso ser conocido. También he modernizado todas las citas en catalán; quiero decir aquellas que son anteriores al establecimiento de las normas gramaticales y ortográficas de Pompeu Fabra.

Querría agradecer a mi universidad, la UNED, las facilidades que me ha concedido siempre para dedicar tiempo a la investigación. Con Andrés de Blas Guerrero, mi querido amigo y colega, tuve la oportunidad de intercambiar opiniones, en una presentación resumida de este libro en nuestra facultad, la de Ciencias Políticas y Sociología. Quiero citar además a Pedro C. González Cuevas, colega y amigo también, solvente especialista en la historia de la derecha española, con el que he mantenido porfiadas conversaciones durante muchos meses. Finalmente, es de justicia citar a mis editores de RBA, que mejoraron mucho el texto original, y procedieron de manera implacable contra mi leísmo madrileño. A ellos y al jurado de la Fundación Conde de Barcelona y RBA Libros, que otorgó el décimo sexto Premio Gaziel de Biografías y Memorias a este libro, mi reconocimiento más expresivo.

1
HACIA EL POLO AUSTRAL

«MAGISTER CATALONIAE»

Eugenio d’Ors amaneció a la vida literaria y política barcelonesa en enero de 1903, con motivo del I Congreso Universitario Catalán. En aquel momento, tras los éxitos políticos de 1901, el nacionalismo catalán pasaba por dificultades: «un dels periodes de la història moderna de Catalunya més ingloriós»;1 el periodo que media entre la prisión y enfermedad de Enric Prat de la Riba, la escisión de la Lliga Regionalista, en 1902, y las primeras victorias lerrouxistas del año siguiente. El congreso fue convocado por tres entidades catalanistas: la Agrupació Ramon Llull, el Centre Escolar Catalanista y la Federació Escolar Catalana, vinculada esta última a la Lliga. A ellas se sumó la Protectora de l’Ensenyança Catalana. Los motivos de la convocatoria quedaron claros desde el principio: estimular las enseñanzas universitarias, ponerlas a la altura de las necesidades modernas, pero hacerlo con un espíritu que se quería autonomista en su esencia y democrático en la forma. Pàtria, ciència, art había sido el lema escogido por los primeros impulsores del movimiento en pro de la universidad catalana, algunos meses atrás. Ahora, como demostración de voluntad patriótica, el acto de inauguración se veía amenizado por una manifestación de estudiantes tocados con barretina. Las sesiones tuvieron lugar en el palacio de Bellas Artes cedido por la corporación municipal.2

El congreso tuvo un carácter fundacional. Contó con la adhesión de las principales entidades culturales y económicas de Barcelona. Entre sus impulsores —Martí i Julià, Bertran i Musitu, Domènech i Montaner, Casellas— se hallaban algunos personajes notables del primer catalanismo político. El joven Ors Rovira —así comienza firmando— intervino como ponente en la sección dedicada a las llamadas «enseñanzas especulativas», en representación del Círculo Artístico de San Lucas, que era una institución de orientación conservadora que había nacido bajo la guía del obispo Torras i Bages. También figuraba como «encargado de enmiendas» en el apartado sexto, dedicado a la creación de cátedras de Derecho Civil Catalán y de Historia y Literatura Catalanas.

El joven Ors parecía tomar buena nota de este sesgo desfavorable por el que pasaba el país. Consideraba que su ponencia era de una trascendencia grandísima para el congreso porque, con ella, pretendía realizar un experimento de «psicología nacional»: «yo os pintaré —parecía decir— el miserable estado en que estamos y os trazaré en las conclusiones el deber a cumplir». Cataluña caminaba hacia una «revolución», pero lo hacía con los ojos vendados. El país menestral y utilitario, rebosante de inquietud regionalista aunque estrecho de horizontes, debía mudar de dirección. Hasta entonces había aspirado a la «libertad»; ahora se trataba de adquirir una vida intelectual poderosa, un «espíritu» original que justificase su personalidad política ante el mundo. Días antes del congreso, el joven Eugenio Ors publicó en La Veu de Catalunya un cuento titulado «El Rabadà», un personaje —el Rabadán— tomado de una canción catalana de Navidad:

—A Betlem me’n vull anar:

Vols venir, tu, Rabadà?

—Vull esmorzar!

El Rabadán —pastor o zagal en castellano y catalán— evoca aquí al hombre del sentido común, que lleva la exacta relación del debe y el haber; el que rehúye todo riesgo, el gobernante vulgar, sordo a la luz que llega de Belén. El Rabadán es el burgués prudente, avaro y de escasos alcances, que duerme sin sueño. ¿A Belén? ¿Para qué tanta prisa? ¡Y de noche! ¡Estáis locos! El relato quería oponer la Cataluña contemporánea —«tota la terra nostra, a qui tan pràctica diuen i calculadora, i de somnis i d’ideals despullada»— a otra Cataluña posible, capaz de entonar las alegres canciones pastoriles para escarnio del Rabadán:

Doncs avant i no badem,

Que ja és hora que marxem,

Cap a Betlem!

Meses atrás había participado en el homenaje a santo Tomás de Aquino, organizado por la revista La Creu del Montseny, que se editaba bajo la supervisión del obispo de Barcelona. Según creía, el tomismo, defendido por una «legión de héroes», se orientaba en sentido idealista, metafísico y antipositivista. Con la bancarrota del «agnosticismo positivista», la ciencia —de la química a la estética, de la sociología a la estadística— había quedado huérfana de filosofía. Era, pues, tarea de la nova escolàstica proporcionarle un fundamento renovado. Merced a los «luchadores tomistas» acabaría realizándose una nueva Enciclopedia, llamada a sustituir la del siglo XVIII: «Obra gegant, obra de glòria... obra nobilíssima de caritat». También había publicado uno de sus primeros artículos en Pèl & Ploma, defendiendo la «sagrada inquietud». «Vivimos demasiado tranquilos», decía. Nos conformamos con la encalmada producción espiritual, cuando lo preciso era partir hacia la guerra. Hay que combatir con aspereza para imponer las propias ideas; para volver con victoria o perecer de forma honrosa. El reposo no puede ser más que un descanso entre dos batallas. Es necesario imitar a los antiguos caballeros que, hasta durmiendo, guardaban la espada junto a sí. ¿Serenidad? ¿Paz? En otro momento. Era llegada la hora de atender el aviso del poeta Maragall:

La lluita és ben incerta...

Companys, companys, alerta.

La moraleja del cuento del Rabadán, el romántico conjuro a la tempestad, el artículo en pro del tomismo y la ponencia del congreso venían a concluir lo mismo. La «inquietud sagrada» tenía que revolver las ideas recibidas. El idealismo tenía que sustituir al empirismo, esa filosofía del sentido común que, a lo largo del siglo XIX, se había identificado con el pensamiento catalán. «Ningú que hagi llegit El Criterio de Balmes ha arribat al pol austral». Tampoco servía el positivismo, con su «funesta» distinción entre filosofía y ciencia. Afortunadamente, la «reacción espiritualista» imperaba en la ciencia: Schopenhauer y Hartmann, Emerson y Carlyle eran «els mestres d’un corrent d’intens misticisme qui s’emporta una munió d’ànimes joves, qui aspiren a la identificació de lo real i lo ideal, de l’art i la vida».

Para encarar el porvenir, era imprescindible pasar del periodo de intuición y sentimiento, que a grandes rasgos podría llamarse modernista, a otro periodo intelectual y consciente. Se precisaba, pues, una kulturkampf, una obra de cultura filosófica. Para ello, era necesaria la creación de una Facultad de Teología; sí, de Teología, porque, sin importarle que lo llamaran «reaccionario», el joven creía que los supuestos de ese idealismo moderno que ambicionaba eran de índole teológica. Cataluña dormía, y el avispado estudiante se aventuraba a gritarle: «¡Levántate y anda!». Había que librarla de sus ataduras materiales para que pudiera desplegar su genio; viajar hacia horizontes de grandeza no soñados hasta entonces.3

El atrevido universitario que así hablaba había nacido en Barcelona, el 28 de septiembre de 1881, en la calle Condal, número 1, en el centro de la ciudad. En 1881 y no en 1882, como afirmará con posterioridad, acaso por coquetería. Su padre se llamaba José Ors y Rosal, natural de Sabadell, médico de profesión. Su madre era Celia Rovira García, nacida en Manzanillo, Cuba. Siempre gustará —incluso con la fonética sibilante— de realzar este doble origen, americano y catalán. Realizó sus estudios secundarios en el Instituto de Barcelona, entre 1891 y 1897. Su expediente juvenil está lleno de sobresalientes y premios extraordinarios. Luego se matricularía a la vez en Letras, su vocación verdadera, y en Derecho, seguramente por imposición paterna. Dejó la primera carrera de Letras colgada en 1898 para terminar la segunda, en el curso 1902-1903, con premio extraordinario y un expediente brillantísimo; salvo por un «bueno» en Instituciones de Derecho Romano, y un «notable» en Elementos de Hacienda Pública, finalizó todas las demás asignaturas con sobresaliente y matrícula de honor. Dirá, más adelante, que en su tiempo había dos maneras de abogados: los prácticos, que ejercían la carrera con sumisión a las reglas, y los que abominaban de ella, por haberla cursado debido a la presión familiar, y estos formaban en el grupo de los rebeldes, soñadores, ateneístas o diletantes peripatéticos. Abogado sin vocación, el joven pertenecía a este segundo grupo. Entre sus condiscípulos estaban Quimet Salvatella, que desde el republicanismo federal llegaría a ministro de Instrucción Pública en una situación Romanones. También Francesc Layret, atraído por la política desde muy joven, y Francesc Pujols, periodista y escritor, además de humorista. Los estudiantes de entonces formaban una tropa indisciplinada, con hábitos desgarbados compuestos de capas peludas y abrigos astrosos que remataban con sombreros extravagantes. Había un catedrático odiado por los alumnos, cuya madre había sido declarada venerable por el Vaticano. Cuando cruzaba el patio, la grey estudiantil murmuraba: «¡Hijo de santa! ¡Hijo de santa!». Muchos de estos alborotadores eran más asiduos a los espectáculos del Paralelo que a las clases de catedráticos de oratoria castelarina. El jueves, la asistencia a la plaza de toros de la Barceloneta solía vaciar las aulas. Algunos recordarán al joven Ors por unos versos que, sobre un cuplé de Antonia la Cachavera, hizo en relación con el principio de Arquímedes, resistente a la comprensión de aquellos jóvenes poco aptos para las ciencias.

Con una palanca y un punto,

Arquímedes dijo un día,

Si a mí me dieran, al punto,

un mundo descubriría.

Y Sócrates que era ese punto,

Le dijo sin más ni más,

Pues toma la palanca,

Toma la palanca,

Toma la palanca

Y haz.

Entre 1910 y 1911 despacharía las restantes asignaturas de la licenciatura de Letras con otro expediente que, salvo las excepciones de Historia Universal (notable) y Antropología (notable), ofrecía calificaciones de sobresaliente y matrícula de honor. En junio de 1912 verificó los ejercicios del grado de licenciatura en Filosofía y Letras, con la calificación de sobresaliente.4

El joven se representará su niñez y adolescencia, en la Barcelona finisecular, como un momento de crisis moral. Fin de siècle, decadencia, naufragio, senilidad, descomposición, son las palabras con las que califica esa circunstancia histórica. La ilusión en la ciencia se desvanecía, pero la fe religiosa seguía sin dominar los corazones. No había nacido un «idealismo nuevo». Era un tiempo en que predominaba el nihilismo y la sensualidad pervertida, viene a decir. «Nosaltres mateixos que érem infants, respiràrem aquest aire corromput». En armonía con el marasmo externo, una infancia de excesivo recogimiento, llena de situaciones tristes, melancólicas. Por imposición paterna, el niño realizaría en casa su primer aprendizaje. El padre le enseñaba latín y francés; la madre, religión y literatura; un preceptor de fuera trataba de enseñarle matemáticas; una señora también le daba clases de música pero, según propia confesión, nunca logró sacar de él nada de provecho. Quizás acudiera durante poco tiempo a alguna escuela externa, porque de mayor solía contar alguna anécdota acerca de don Isidoro, un maestro que obligaba a sus alumnos a darle los buenos días, acompañado de un sonsonete: «Buenos días, don Isidoro, / ¿cómo ha pasado usted la noche?». A continuación ponían las manos sobre el pupitre, para que el maestro pudiera comprobar la policía de las uñas.5

Entre los recuerdos infantiles figuran, de manera destacada, los de carácter olfativo. Los cambios de domicilio durante su niñez, tan frecuentes, quedaron asociados a un aroma dominante: las zanahorias podridas de la vaquería de la calle Condal, donde nació; el aroma picante que venía de la fábrica de papel de fumar Valadia en la calle San Pablo. Era, pues, sordo a las impresiones sonoras, pero muy receptivo para las visuales. Entre estas últimas, recordará después las cubiertas coloreadas de los librillos que manufacturaba la fábrica de Conrado Valadia, con escenas chillonas de la historia española: Juana la Loca dejando volar sus tocas entre sahumerios; los comuneros de Castilla, cruzándose de brazos ante el suplicio; una suerte de rey de armas ordenando el exilio de Boabdil. Otro recuerdo visual está asociado a La Ilustración Ibérica, revista acaso comprada por su padre, y a los grabados que publicaba esta de pintores contemporáneos, de Burne-Jones, Rosetti, Puvis de Chavannes, Whistler o Degas. En particular, guardó una memoria precisa de uno de estos grabados, en el que un dragón asomaba su larguísimo cuello sobre la cima de una montaña. Fue en 1886, con solamente cuatro años, durante un episodio febril. Y de su delirio, recordará, no se separó la imagen espantosa que era, en realidad, un cuadro de Böcklin.6 «Fue con los ojos con lo que yo capté al mundo», señaló Goethe en sus memorias. Algo parecido sucederá con el mozo catalán.

En los recuerdos del escritor maduro, escasos siempre y repartidos con cuentagotas, aparece la figura paterna como causa de enojo y frustración. Es el padre el que lo aísla, rodeándolo con precauciones higiénicas algo absurdas —como abrigarlo en exceso para protegerlo de las míticas «corrientes», o prohibir los baños de mar en septiembre— que contribuyen a la soledad del muchacho. Las camisetas, abrigos, bufandas y pieles, de tan voluminosos como eran, disparaban las bromas de la chiquillería del barrio, de los barrios sucesivos en que vivió. Hay un gabán de pieles en su historia, según escribe, que no podía recordar sin estremecerse. En alguna glosa aparece un niño, caminando por el paseo de Gracia de la mano del padre, abrigado hasta los ojos con un tapabocas de cuadros blancos y negros, que observa con envidia el cuerpo desembarazado de los niños desabrigados que juegan a sus anchas en la calle. El tapabocas, sobre todo, le parece el colmo del ridículo y de la ignominia y cree que todos los ojos de los viandantes se fijan en él y lo persiguen, y si se mueve la cortina de una ventana al pasar resulta que es a él a quien miran.7 Según quienes lo conocieron, el padre era un hombre sencillo y honesto, amigo de llamar a las cosas por su nombre. Esa llaneza en el trato era fuente constante de choques con su hijo. José Ors ejercía privadamente su profesión —el consultorio pegado al domicilio familiar— y, a la vez, era médico en el Hospital de la Santa Cruz y en la beneficencia municipal.

La muerte de la madre, seguramente de tuberculosis, cuando el muchacho tenía catorce años, le dejó «una orfandad que ha durado toda la vida». Su hermano José Enrique, su padre y él: una casa de hombres solos. La madre representaba la sensibilidad, la dulzura, la fantasía literaria. A ella adjudica el uso de libros de Rousseau y Lamartine. Durante años se conservó en la familia Ors un librito, escrito en excelente caligrafía, titulado Primicias, con textos en catalán y castellano, cuya encuadernación se atribuía a la señora Celia Rovira. A fuer de reivindicar la filiación materna, se convierte en cubano de vocación: «Hijo de cubana, nieto de cubana, cubano me he considerado siempre». Imagina en la edad adulta un paisaje tropical, con grandes árboles de hoja «lasciva», siestas bajo el azul y figuras solícitas de hombres de color y abanicos de oscilación lenta. Una Cuba que era, más que nada, una de esas images d’Épinal a las que siempre tuvo afición. Quería persuadir entonces a sus interlocutores de que su fonética seseante era una herencia cubana, y de que hasta en el retrato que le hizo Ramon Casas a sus veintitrés años, según decían algunos, podía adivinarse un elemento ultramarino en su estampa y figura, «una caracterización cubana muy expresiva».8 Cuba era para él una suerte de paraíso perdido, materno y femenino; un paraíso del que nunca disfrutó.

Solo en verano se quebraba la monotonía de ese vivir encerrado. Entonces viajaban hasta Sant Martí de Provençals, donde eran propietarios de una torre; el ideal campestre de la burguesía barcelonesa. Allí, el 6 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, escuchaba a su madre cantar la «novena» —más bien los gozos— a la Virgen:

En las borrascas del mar

Al hombre más afligido

Y en el agua sumergido

Vos le llegáis a sacar

...........................

¡Líbranos de todo mal,

Virgen de la Caridad!

En una glosa, de manera casual, aparece un recuerdo del balneario de Argentona, al que probablemente acudiera de mozo con su familia. Pero la memoria de semejante establecimiento es desagradable, dominada por personajes «graciosos», que daban el tono social, con recitados de Campoamor y baile del chotis madrileño, otro signo de la «decadencia» finisecular (o de la contaminación española). La bomba del Liceo y las que vinieron después le proporcionaron las primeras impresiones políticas. La entrada a la universidad coincidió con el desastre español. El catalanismo no se había traducido todavía en un movimiento político organizado. Quizá todo ello —no hay que poner en duda la sinceridad de estos recuerdos— lo incitara a superar ese marasmo, a remontar ese malestar cultural que era también un malestar nacional.9

En sus comienzos literarios, el joven se muestra en un papel de artista, poeta y dibujante, redactor de juveniles revistas que proclaman a las claras su afición a los valores heroicos y su desdén al filisteo antiartístico. Muy joven aún, frecuenta un salón informal, organizado por Isidre Raventós, arquitecto, poeta y crítico teatral, junto a su esposa, al que asistían artistas e intelectuales de todas las edades y tendencias, en el que participaban Rusiñol, Utrillo, Nonell y el escultor Pablo Gargallo.10 En la revista Auba publica un himno, musicado por Adrià Esquerrà, destinado al coro de Catalunya Nova, la sociedad coral fundada por Enric Morera. En el himno celebra a un caudillo sin nombre, de una gesta que tampoco se nombra, pero que el lector imagina que tiene que ver con Cataluña; un caudillo que define como hombre superior, de mirada omnipotente, guía de su pueblo:

És ell! És ell!

És el cabdill de la somniada Gesta;

És hermós, fort i noble com un Déu.

Sota son front la redempció germina;

Llampega sa mirada omnipotent.

Amb remor de clarins i de campanes

Ressona en nostres cors sa ferma veu,

Deixant-hi, com llevor fecondadora,

L’esgarrifança d’un sagrat anhel.

És ell! És ell!

Auba, Revista Mensual d’Arts i Lletres, estaba hecha por jóvenes (Alfons Maseras, Pompeu Crehuet y otros) que se definían como cruzados que habían partido para conquistar, no la ciudad sagrada, sino la belleza cautiva. El grupo de amigos que la confeccionaba solía asistir a la mítica tertulia de Els Quatre Gats, a la que también parece haber asistido d’Ors.

Desde luego, el joven estaba imbuido de un alto sentido misional. Un afán que solo puede ponerse en parangón con el de otro contemporáneo suyo, nacido en 1883, José Ortega y Gasset. Ambos tenían el juvenil convencimiento de que todo lo anterior a ellos, la cultura de raíz católica o positivista, ya fueran las obras del obispo Torras i Bages, ya las de Menéndez Pelayo, constituían algo provinciano y abyecto. El madrileño quería ser un importador de idealismo; en sus vigilias de Marburgo se veía llenando sus «trojecillos mentales», labrando «blanco pan de idea» para sus desmoralizados paisanos. El barcelonés recomendaba un gran baño de platonismo, una inmersión que limpiara a los catalanes de la roña aristotélica; también pretendía nutrir la vida catalana con el «pan espiritual» del Renacimiento. El madrileño siempre creyó que la historia española había seguido un curso anormal, con falta de épocas o siglos enteros, con especial mención al siglo ilustrado; una peculiar trayectoria separada de Europa. El barcelonés también pensaba que la historia de Cataluña padecía de ausencias decisivas, la del Renacimiento en particular; una historia que, desde entonces, había seguido una ruta equivocada, una caída, uncida al yugo español. Ambos entendían que su faena era de importancia decisiva para los destinos nacionales respectivos. A menudo se identificaron con héroes culturales como Sócrates, Erasmo o Goethe. Ortega —preceptor hispaniae—, auxiliado por Kant, se proponía disciplinar las mentes españolas, elevarlas hasta el nivel europeo; un combate cultural que redimiera a una raza floja, decaída o afeminada. Ors —magister cataloniae— se tenía por artífice principal de una época de lumières que iba a conducir a sus paisanos a la grandeza imperial. Ambos, el castellano y el catalán, estaban convencidos de ser las personas más inteligentes de su tiempo, con alguna rara excepción. Y, fuera o no justificada su pretensión, lo cierto es que se alzaron a magistraturas intelectuales, en Madrid y en Barcelona, no igualadas por ningún miembro de la república de las letras.11

«LA GENT QUE S’ANOMENA INTEL·LECTUAL»

La promesa de redención fue mejor acogida en Barcelona que en Madrid. Los intelectuales avecindados en la corte, salvo el grupo relacionado con la universidad, se movieron entre el periodismo y la bohemia, haciendo y deshaciendo plataformas o ligas políticas, de espaldas casi siempre al Estado liberal de la Restauración. Los intelectuales barceloneses, en cambio, se aproximaron a la figura modernamente bautizada como «intelectual orgánico». El nacionalismo catalán era un movimiento dirigido por clases medias profesionales: abogados como Verdaguer i Callís, Prat, Rahola o Cambó; médicos como Bartomeu Robert, arquitectos como Puig i Cadafalch. Según los estudiosos, la hegemonía de las clases medias y profesionales en el primer catalanismo era abrumadora. Entre los cuadros de la Lliga casi el 47% eran profesionales titulados, y otro 21% eran profesionales de las letras y las artes. Estos eran, pues, los sectores de los que venían, o a los que trataban de asimilarse, las promociones catalanistas de principios de siglo. Como entendido en esta materia, d’Ors siempre dirá que el nacionalismo era un fenómeno de clases medias. No resulta extraño leer en la prensa nacionalista tempranos llamamientos a los intelectuales —a la gent que s’anomena intel·lectual—, literatos y artistas que sienten la veu de la pàtria, para que se unieran al esfuerzo cívico y participaran en la política electoral.12 Prat de la Riba era muy sensible a las demandas de los intelectuales. Los jóvenes licenciados por la universidad barcelonesa encontraron en él a un consejero comprensivo; alguien que era capaz de guiarlos y protegerlos hasta el desempeño de una profesión remunerada. Prat fue para ellos una ideal figura paterna; una especie de Giner de los Ríos, pero con poder político, con tacto suficiente para respetar el orgullo del hombre de letras. Quien era capaz de presentar a Josep Maria López-Picó, escribiente en su secretaría, como «un jove que s’està fent un nom en la nostra literatura i que ens fa l’honor d’ajudar-nos en les tasques administratives», ¿no era acreedor a una perenne devoción?13

Prat no era una persona que gustara de las multitudes. Podía presidir un mitin, pero apenas se hacía ver cuando ejercía como presidente de la Diputación de Barcelona. Era hombre de gabinete y, además, un gran administrador. Se encerraba en su despacho de La Veu, en el tétrico inmueble de la calle Escudellers, y recibía a todo el que lo solicitaba. Azorín se entrevistó con él, en 1906, y le pareció sencillo, reservado, de mirada afable y cálida sonrisa. Era familiar hasta en el gesto de frotarse las manos con suavidad, mientras encadenaba su charla persuasiva. Algunos le reprochaban que no se prodigara más, que apenas acudiera a recepciones y actos oficiales. Pero ese carácter retraído lo compensaba de sobra con sus cualidades personales. Era sagaz, franco, insinuante, grato. Mientras los políticos catalanes eran nombrados como en Cambó, en Lerroux, en Puig, él era citado siempre como el senyor Prat. Los jóvenes noucentistes como d’Ors, Bofill i Mates o López-Picó idolatraban al senyor Prat. Era el patriarca del nacionalismo catalán, «el Moisès —señalaba Bofill— que ens ha guiat en aquesta terra de promissió». Y el sutil patriarca supo emplearlos en las instituciones —viejas y nuevas— controladas por el catalanismo. Dominada la política municipal o parlamentaria por la generación pratiana, los mozos quedaron destinados a nutrir las filas de la burocracia cultural. La colaboración entre intelectuales y políticos, fundada en la comunidad de ideas y en el patronazgo, fue rasgo distintivo de la vida barcelonesa. Ya profesaran alguna disciplina liberal, ya fueran cultivadores de la rigorosa ciencia, ya poetas o periodistas, Prat les ofreció una colocación, bien como funcionarios administrativos, bien en alguna de las numerosas escuelas que creó desde la Mancomunidad. Daba igual que fueran de izquierdas o de derechas, republicanos o monárquicos. Por medio de este cordó umbilical, ideal i pressupostari, la Lliga logró la colaboración del mundo intelectual.14 A ello debió el nacionalismo su rápido dominio de la cultura catalana. Este fue el cordón que pudo ayudar a crear un arte y una literatura oficial; un conjunto de símbolos y mitos que ofrecieron la imagen de una Cataluña armónica, fuerte, unánime, europea, expansiva e imperial.

Gabriel Miró, el exquisito prosista alicantino, encontró en Barcelona un acomodo de estas características. Nada más llegar a la ciudad, le llamó Prat de la Riba, seguramente por indicación de Eugenio d’Ors, que en una glosa acababa de nombrarlo como novecentista. En la audiencia que tuvo lugar, «el poderoso señor Prat» le ofreció tres empleos, entre los que había de escoger el que más le acomodara. Eligió la contaduría de la Casa de Caridad, ya que era un puesto inamovible, tenía quinquenios y estaría rodeado de un ambiente acogedor, porque allí lo conocían como escritor. Le pagaban treinta duros mensuales, con un horario no muy estricto entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde. Así le quedaría tiempo para un segundo empleo vespertino y para trabajar en su obra. Miró estaba asombrado por la generosidad y la prontitud del señor Prat. Sobre todo porque, en el tiempo que llevaba en Barcelona, había podido apreciar que había gentes que comprarían un destino como el suyo con servidumbre y dinero. Pero el elogio de Xenius tenía otra intención, aparte del sincero aprecio por la prosa de Miró. El catalán contó que el alicantino se había dirigido a Madrid a recoger un premio de novela promovido por El Cuento Semanal (era en el año 1908); pero que en la capital nadie le hizo caso, porque no escribía para el teatro, no era tertuliano de café y, además, comía el arroz con cuchara para asombro de los circunstantes. En cambio, en Barcelona se había ganado el aprecio de Maragall, de Ruyra y del grupo de novecentistas, que lo habían tratado como a un hermano. Además, había visitado el Institut y la redacción de La Veu, en pleno frenesí electoral. ¡Qué diferencia! Los intelectuales de Madrid no sabían apreciar el verdadero arte literario, perdían el tiempo en el café o escribiendo para el vulgo y, de colofón, desconocían la degustación del arroz, mientras que los de Barcelona ensalzaban a Miró nada más verlo aparecer. Y, además, el senyor Prat le daba trabajo. Aunque eso vendría algo más tarde.15

Los propósitos de renovación cultural del joven Ors tienen rasgos comunes con las ambiciones de sus compañeros de generación. El primer trabajo, la primera colocación como publicista fue en El Poble Català, el periódico creado por los jóvenes que se habían escindido de la Lliga —Jaume Carner y Joan Ventosa i Calvell—, junto con otros procedentes de la revista L’Avenç —Jaume Massó i Torrents, Joaquim Casas i Carbó— y algunos escritores de filiación republicana, como Pere Coromines o Gabriel Alomar. El grupo de El Poble Català pensaba que el nacionalismo había pasado por varias fases: primero, la exaltación romántica del pasado; luego, su transformación en movimiento político, pero informado todavía por el viejo espíritu tradicionalista y romántico. Fue entonces cuando el catalanismo dio principio al trabajo práctico y de realización. Solo que la Lliga —pues a ella se refieren sin citarla— había dejado de ser un movimiento nacionalista; ya no era la expresión de todo el pueblo catalán, sino que se había contraído en los límites de un partido conservador, representante de las clases acomodadas. Se había producido, en suma, una desnaturalización del catalanismo militante. Ellos se proponían, y d’Ors de manera destacada, no transigir con el sistema político de la Restauración; olvidar la añoranza, abriéndose a la vida moderna, dando por sentada la mayor capacidad que tenía Cataluña para la civilización, en clamoroso contraste con la atrasada España.16

En las primeras colaboraciones en El Poble Català aparecen ya algunos anticipos del estilo e inclinaciones del joven escritor. La primera es la preferencia por un artículo corto, de 300 a 400 palabras, de asunto variado, escrito en letra cursiva. Unos textos que, a lo largo de 1905, titula provisionalmente «Reportatge de Xènius», dentro de una orla diseñada seguramente por él mismo. La segunda es la afición que demuestra a la crítica artística, con una sección que comienza a llamarse «Gazeta d’art». Como se ha dicho, el joven frecuenta en este fin de siglo Els Quatre Gats, la tertulia impulsada por Rusiñol, Utrillo, Ramon Casas o Pompeyo Gener; una tertulia a la que asiste el joven Picasso, que fue un jalón interesante en el nacimiento del modernismo catalán. A estos caballeros dedicará uno de sus primeros artículos, elogio de esta suerte de aristocracia felina: «Braus cavallers dels Quatre Gats [...] units per les traïdories de la sort que s’empenya en girar-se d’esquena a la gent de bé», que luego coleccionará en su primer libro. El autor —esta será otra constante en su carrera— hace uso de su nombre, Eugenio Ors, y de dos heterónimos para firmar sus trabajos: Xenius, para los artículos breves, y Octavi de Romeu, para los asuntos relacionados con el arte. Por fin, se descubre su afición al dibujo, a ilustrar sus escritos con trabajos personales, tomando expresamente como modelo al pintor simbolista e ilustrador británico Aubrey Beardsley.

El joven periodista destaca por su empuje o, para ser más exactos, destaca tanto por su ardoroso catalanismo como por su afán destructivo, de espaldas precisamente a esa gent de bé. Así, por ejemplo, la ambición política del joven es la «desintegración» del Estado, de cualquier Estado, aunque pacífica, para desvelar la soberanía originaria de regiones, comarcas y ciudades. La «descentralización», entendida como delegación de funciones del Estado central, es un concepto «odioso». Lo que hay que defender es una centralización que, partiendo de la soberanía de los extremos, pueda llegar a la formación de «Estados cooperativos», unidades no estrictamente nacionales, sino imperiales: «crec que la nostra generació jove deu mantenir-se avui tan apartada del superficial federalisme d’en Pi com d’aquell foralisme regionalista car a en Mañé i Flaquer». Cataluña es uno de estos Estados que ha de afirmar su vocación moderna e imperial. Pero para ello ha de terminar con las añoranzas del pasado, arruinar las masías viejas para construir templos a los ídolos nuevos. El paisaje de locomotoras, tranvías y chimeneas que avizora ha de sustituir al paisaje tradicional y pintoresco, «violeu el misteri de les muntanyes i dels boscos, amb tots els insults fecundíssims del progrés». Son acentos que anticipan la estética futurista o, mejor será decir, el «Arbitrarismo» del novecentismo. Y, naturalmente, junto a estas afirmaciones se halla la radical descalificación de España, «una raça seca i logística», inepta para la civilización moderna, privada de imaginación, divorciada de la historia, improductiva, arquetipo de lo pintoresco, decadente.17

D’Ors abandonó El Poble Català, a punto de transformarse en órgano del partido Centre Nacionalista Republicà, por las páginas más templadas de La Veu de Catalunya. Es un cambio que se produce de manera paulatina, a partir del verano de 1905, con las «Cròniques de l’eclipsi» hasta la definitiva implantación del Glosari desde el 1 de enero de 1906. En los primeros meses, las glosas aparecen rubricadas por «Ors» y, desde la titulada De com el glosador es diu Xènius, publicada el 9 de mayo de 1906, con el heterónimo que había usado ya en sus colaboraciones en El Poble Català. La glosa será un periodismo de una clase nueva; un periodismo poco noticioso aunque sin desdeñar la actualidad política o la vida de sociedad; no tanto de información sino más bien sobre hechos de cultura, atento a las «palpitaciones del tiempo». O dicho en el lenguaje inconfundible del glosador, siempre un punto engolado: «Sa informació serà d’idees, millor, d’ànimes. Farà gasetilles d’eternitats».18

El proyecto orsiano tomó forma definitiva durante su residencia en el extranjero, entre 1908 y 1910. Gozó para ello del auxilio de una beca. La Diputación de Barcelona había creado tres pensiones, dotadas de 3.500 pesetas cada una, «para el estudio de la organización, procedimientos y métodos de la enseñanza técnica, secundaria y superior». Después de un concurso bastante liviano, consistente en la presentación de una memoria y de un ejercicio de traducción de textos breves del inglés y del francés, resultaron agraciados Eugenio Ors Rovira, su amigo Enric Jardí Miquel y Antonio Llorens Clariana (pedagogo, becario también de la Junta para ampliación de estudios en Estados Unidos). En los papeles de la solicitud consta que tenía entonces veintiséis años, que había sido redimido por metálico del servicio militar, siendo además excedente de cupo. Su memoria se titulaba La crítica i els mètodes de la ciència contemporània.

Sin interrumpir su asidua colaboración en La Veu, d’Ors aprovechó su beca. Residió sobre todo en París, domiciliado en el número 27 de la rue Jasmin, en una tranquila zona del distrito XVI, acompañado de su mujer y de los hijos que fueron naciendo. Aquí procuró informarse sobre la organización y procedimientos docentes de la universidad, siguiendo —según dice en una memoria justificativa— los cursos de la Sorbona y del Colegio de Francia dedicados a la epistemología y a la biología. Confiesa haber cursado estudios de psicología experimental en los entonces llamados asilos de Santa Ana y Villejuif. También asegura haber asistido a las sesiones —«i alguna volta a les tasques»— de la Société de Philosophie, de la Société de Biologie y del Institut général psychologique de París. Aparte de sus actividades en la capital francesa, visitó otros establecimientos de enseñanza. Estuvo en Bruselas, Gante y Lovaina. También viajó a Heidelberg, Ginebra y Lausana. De algunas de estas visitas daba cuenta en su glosario de La Veu y en otras publicaciones. En varias memorias entregadas a la Diputación, el becario resumía, a estilo de un manual, las tareas y estudios cursados.

En 1908, d’Ors participó en el III Congreso Internacional de Filosofía, celebrado en Heidelberg, presentando dos comunicaciones. También asistió al Congreso de Psicología, en 1909, celebrado en Ginebra. En ese año habían aumentado hasta ocho el número de pensionados, y el president los cuidaba, según Josep Pijoan, com la lloca els pollets. De cuando en cuando, volvía a señalarse la aparición del brillantísimo becario en Barcelona, con motivo de cursos o conferencias. Aunque la pensión concedida era de dos años de duración, el interesado solicitó y obtuvo una prórroga para un año adicional. D’Ors se estaba preparando de manera concienzuda para ser el futuro director de la enseñanza superior; el impulsor y creador de una nueva mentalidad para Cataluña.19

Francia fue, en todo caso, una experiencia decisiva para d’Ors. Lo fue para todo joven catalán que se abría al mundo de la cultura. Más, mucho más, en comparación con lo que las universidades alemanas significaron para el resto de los intelectuales españoles. A París se viajaba para vivir la bohemia artística (los Rusiñol, Casas, Utrillo, Nonell, Anglada i Camarasa, Hugué, etc.) o, más adelante, para estudiar con destacados maestros. Los modernistas fin-de-siècle rompieron la marcha. Peius Gener, positivista con un sentido del humor algo grueso, afrancesado hasta el tuétano, creía que París encerraba todo lo bello, todo lo grande y toda la ciencia que se podía aprender. La tierra prometida a la que era imprescindible no ya viajar, sino peregrinar. A París se iba para respirar su ambiente, como hicieron Narcís Oller y Josep Yxart, adquiriendo insensiblemente los modales y el gusto de un hombre civilizado; para convertirse en francés honorario, incómodo por no serlo del todo, porque «ser francés es ya una distinción», dicho sea en palabras de Eugenio d’Ors, quien solía contar una anécdota sobre Manolo Hugué: el escultor pidió un croissant, a poco de su llegada a París; se lo envolvieron en papel de seda y, devolviéndole una perra, le dijeron: merci, monsieur. Manolo se dijo entonces: «Monsieur, merci, cinco céntimos, un panecillo y un papel de seda... ¡Me quedo!». A París se fugó el joven Agustí Calvet, Gaziel, en los umbrales de la vida adulta, y la ciudad haría de él un escritor. París convertirá a Josep Pla en un extraordinario periodista y narrador de historias: «Barcelona creà llavors nostàlgies de París en abundància». Estos escritores describían su relación con Francia en términos amorosos: la que se tiene con una mujer atractiva —«feminidad eterna», dirá el glosador—, regalo para los ojos y el olfato. Apenas llegado a la capital francesa, d’Ors era ya capaz de describir los rasgos esenciales de este espill de civilitat. Rasgos que, por descontado, no eran otros que la regularidad, el equilibrio y la proporción; la euritmia visible en sus monumentos públicos y, sobre todo, en Versalles y sus jardines. Clasicismo en el arte, en la retórica y en el código civil, rasgos intemporales de lo francés. Francia era la maestra del orbe, la fuente de toda novedad intelectual, «la doctora sempre de les renovacions espirituals».20

Si fijáramos la atención en la izquierda catalanista nos encontraríamos con idéntica devoción por lo francés, representada ahora por la tradición republicana y anticlerical. Gabriel Alomar hablará o, mejor, creerá en ella con tonos francamente religiosos; porque él no se había contentado con estar en París, como tantos otros, sino que había vivido la ciudad, apropiándose de su espíritu irónico y lúcido. Los catalanistas, sin distinción de matices, vieron España a través del romanticismo francés, destacando lo irregular y pintoresco del país; perspectiva que adoptaron Almirall, Prat, d’Ors, Pla y tantos otros, de acuerdo con el género literario de la literatura de viajes.

LA ESCUELA DE L’ACTION FRANÇAISE

La identificación cordial con Francia y lo francés proporcionó al nacionalismo catalán modelos políticos, literarios y artísticos; una fuente de identidad que fuera contrapeso o alternativa de la negada identidad española. Verdaguer i Callís, Prat o el joven Cambó tuvieron una estrecha relación con el nacionalismo conservador francés. En la disputa por el asunto Dreyfus, los nacionalistas catalanes se identificaron con sus adversarios. El joven Cambó escribió que la campaña de los dreyfusards había tenido un carácter antinacional. Todo aquello que debilitara la unidad nacional tenía que rechazarse como antipatriótico. Las críticas al liberalismo español, tan corrientes, por ser postizo, contrario a la constitución natural o histórica de España (o de Iberia), se parecen demasiado a las doctrinas antirrevolucionarias de Taine o de Barrès como para no considerarlas, a su vez, un producto de importación. Barrès viajó a Cataluña en abril de 1895 y visitó la sede de La Veu de Catalunya. También peregrinó a Montserrat. Parecía estar tan compenetrado con la causa catalanista que aceptó el nombramiento de mantenedor en los Juegos Florales de 1898, aunque renunció luego al coincidir con las elecciones, a las que se presentó como candidato.21 La Veu publicó después un extenso resumen del discurso que el escritor francés había pronunciado en Burdeos, en junio de 1895, con el título Assainissement et fédéralisme. Barrès tenía una visión corporativa de la nación francesa contraria al individualismo liberal. En la base estaban las familias, que se organizaban en poblaciones; estas se agrupaban para formar una región, y las regiones se unían para constituir una nación. Finalmente, la familia de las naciones podría aspirar a una humanidad federal. Una nación descentralizada resultaba mucho más poderosa que una nación con un solo centro. El ejemplo, seguía diciendo, era España, que fue capaz de desafiar a los ejércitos de Napoleón por el despertar de los sentimientos provinciales. La posición política de Barrès podría resumirse en el punto de la devolución de la soberanía, injustamente usurpada por el poder central, a las entidades locales y regionales, a las «nacionalidades provinciales». Estas asambleas deberían poseer todos los derechos, y la asamblea central, solamente aquellos que fueran delegados por un estatuto constitucional.22

La concepción descentralizadora, regionalista o federal del francés —las tres cosas son sinónimas para él— se asemejan tanto a las del primer d’Ors que hay que concluir que sirvieron de fuente o inspiración de sus primeras ideas nacionalistas. Pero hay una diferencia. El nacionalismo barresiano es defensivo. «El nacionalismo es un proteccionismo», afirma en el llamado Programa de Nancy. Se trata de proteger a la patria francesa frente a los elementos que tratan de disolverla, ya fuera el extranjero, ya el «feudalismo financiero» protestante o judío. El nacionalismo orsiano, sin desdeñar la protección hacia lo interior de Cataluña, presenta desde el principio una particularidad agresiva, invasora, imperialista.

No es de extrañar, pues, que Eugenio d’Ors supiera de antemano adónde dirigirse. Su llegada a la capital francesa, convertido en diario colaborador de La Veu de Catalunya, coincidió con el final del affaire Dreyfus. La figura del capitán Alfred Dreyfus tenía que llamar la atención del joven cronista. En julio de 1906 se produjo el desenlace definitivo de una querella cuyo inicio se remontaba a 1894. Primero fue el fallo de la Cour de cassation, rehabilitando al capitán, y luego, el 22 de julio, la ceremonia que escenificó su reingreso en el ejército, al ser condecorado con la legión de honor. Xenius contará para La Veu el acto que presenció en el patio de la École Militaire: «Aquella misma mañana, en el patio de la Escuela Militar, Dreyfus era rehabilitado. Y nosotros estábamos allí y lo veíamos. Pocos días después, forzado por la Ley de Separación entre la Iglesia y el Estado, el arzobispo de París abandonaba su palacio de la rue de Grénelle. En lo intermedio, habíamos estado frente a Jean Moréas».23 El desenlace del affaire le proporcionó una duradera lección sobre el activo papel que los intelectuales podían desempeñar en la política moderna. Una de sus primeras glosas está dedicada precisamente al autor del J’accuse, altísima lección de «intervención» y «sacrificio». Y siempre procurará desligar el naturalismo de Zola —una estética que aborrece— del papel «ciudadano» del novelista, ejemplo de lo que llamará más adelante «partido de la inteligencia».

Pero, en apariencia, el cronista no entra en el fondo político del asunto. Destaca la figura serena del oficial que, con ademanes impávidos, el monóculo firme en el rostro, evoluciona en el patio con la espada al hombro. «Antipàtic monocle de dandi impassible que un dia feu creure en la traïció».24 Otras crónicas contemporáneas, en cambio, refieren la emoción contenida de Dreyfus, su tiesura en el manejo del sable. Algunos vieron cómo la palidez de su rostro cedía ante el rubor. Hay fotografías de la ceremonia que lo muestran sonriendo. Pero Xenius no vio un hombre, sino una idea. Un anticipo de la estética simbolista. El affaire Dreyfus contemplado a través de un monóculo.

Así como el elogio de Zola nada tenía que ver con las convicciones republicanas del novelista, la alabanza a la impasibilidad de Dreyfus, virtud del noucentista, sobreponiéndose siempre a las pasiones desencadenadas, no guarda relación con la justicia o injusticia de su condena y rehabilitación. De hecho, sus alusiones a la República francesa son siempre irónicas u hostiles. El 17 de diciembre presenció, en efecto, la salida del arzobispo de París de su residencia. Sin embargo, como nueva muestra de su estilo, en la crónica no aparece mención ni juicio alguno sobre la bondad o justicia del anticlericalismo gubernamental. El cronista alude tan solo a la calle Grénelle como una de las más tristes del barrio comprendido entre el bulevar Saint Germain y les Inválides. Luego describe al grupo concentrado en el patio de la residencia episcopal, que entona el credo a la salida del prelado en actitud solemne y serena. La tristeza del acto descrita a través de la lobreguez del lugar. Superioridad moral de los fieles, que conservan su dignidad frente a la fuerza arbitraria de las autoridades republicanas.25

Apenas encontramos mención a las actividades académicas o políticas del glosador en París. En sus crónicas aparecen, sobre todo, viajeros como Roald Amundsen, el explorador del polo norte, que proporciona una «magnífica lección de energía humana»; figuras del gran mundo, que fascinan al joven escritor: nobles, grandes académicos, artistas famosas como Sarah Bernhardt, que representa a santa Teresa en La vierge d’Avila, obra de Catulle Mendès, una especie de mascarada que trataba de oponer las figuras de Felipe II y santa Teresa cuando, en opinión del glosador, ambas compartían «l’ombrina ànima espanyola». Aparece el divorcio del conde Boni de Castellane, el Grand Prix de Longchamp, el estreno de Salomé de Richard Strauss, varias exposiciones (con puntual reseña de la participación de artistas catalanes) y un acto que podríamos calificar de académico y mundano a la vez, una conferencia de Guglielmo Ferrero en el Collège de France, al que acudía un público mezclado de gente de viso y estudiantes pobretones. En el XI Salón del Automóvil —verdadera apoteosis del lujo—, que se celebraba en el Grand Palais, coincidió con otros paisanos un viernes en que la entrada costaba 5 francos. Disertaba sobre la luz esplendorosa del local, «romano hasta en París», mientras paseaba entre mujeres de la aristocracia, artistas de moda, el célebre muñeco de Michelín y alhajadas cocottes.26 Varias de estas crónicas eran ilustradas con maestría por el autor.

El joven catalán rinde visita a Moréas, un poeta griego avecindado en Francia. Años antes, Moréas había publicado un sonado artículo titulado «Le symbolisme», que venía a ser el manifiesto de una estética que abanderaban poetas como Stéphane Mallarmé y Paul Claudel. La poesía simbolista buscaba huir de la enseñanza, la declamación o la descripción objetiva. Había que tratar los fenómenos concretos como «apariencias sensibles», vestir la idea con un ropaje liviano o transparente. Se trataba también de introducir un sistema de correspondencias, de estilo neoplatónico, estableciendo las «afinidades esotéricas» con las Ideas primordiales. Este sesgo, con su devoción por las cosas ocultas, tuvo que atraer a un estudiante ya predispuesto a desgarrar el grosero velo que ocultaba a la pureza ideal.

Mallarmé será el poeta favorito del glosador, «dilecte meu i un dels meus professors d’arbitrarietats». El estilo del Glosari seguirá las indicaciones de la poética simbolista. Será lo contrario de la oratoria, que pretende convencer o entusiasmar. El glosador se contentará con insinuar o inquietar. «El nostre mètode de les insinuacions, de les al·lusions». Y ello a pesar de que esta prosa de indeciso referente, trasladada al periódico, podía no estar al alcance de toda clase de público. Así, cuando el insinuante glosador describía batallas o fiestas civiles, no necesariamente se refería a la lucha electoral, sino al combate entre el ALBEDRÍO y la REALIDAD o la FATALIDAD, entre la CULTURA universalista y el aislamiento provinciano.27 Con ello, naturalmente, se arriesgó a ser tachado —juicio recurrente— de «oscuro». El noucentisme, la corriente estética, el movimiento cultural que acaudillará Eugenio d’Ors, acaso pudiera definirse como la variedad catalana del simbolismo francés.

Cuando d’Ors conoció a Moréas, en 1906, el poeta había abandonado el simbolismo para concentrarse en el rescate del espíritu grecolatino enervado, según decía, por la Reforma y el Romanticismo. «Príncipe de la claridad», le llamará el catalán, que no parará de dedicarle elogios. Según él, Moréas había enseñado a los artistas y literatos franceses a proseguir las tradiciones del helenismo. Su nombre verdadero era Ioannis Papadiamantopoulos. Dominaba la lengua francesa de manera portentosa, harto envidiable en un extranjero como él. Maurras sostenía que el poeta griego había conseguido unir la tradición de Sófocles y Virgilio con la de Racine y La Fontaine. Moréas era el hombre representativo de un momento histórico; el momento en que el espíritu francés, limpio ya de todo rastro de romanticismo, se aprestaba a tomar posesión de la herencia clásica, de la tradición helénica; el periodo aquel en que L’Action Française influía sobre buen número de intelectuales franceses. Moréas tenía su sede fijada en el café conocido como La Closerie des Lilas, que todavía existe. Era un dandi peculiar, señalado por un vistoso monóculo, que conjugaba la mugre con los dedos repletos de anillos y todo manchado del tinte procedente de su bigote y sus cabellos. A su muerte, d’Ors recordará al poeta, sentado junto a él en un bistrot del Barrio Latino, atronando el local con su voz potente, fingiendo una truculencia que desmentía su natural tierno. El catalán estuvo presente en el entierro del poeta, en el cementerio del Père Lachaise, entre decenas de escritores, políticos y periodistas, y tuvo ocasión de escuchar las palabras de despedida pronunciadas por Maurice Barrès en honor del «gentilhombre del Peloponeso», citando las últimas palabras del poeta: «no hay clásicos y románticos; eso son tonterías...».28

Moréas era uno de los maestros de Charles Maurras, el antiguo felibre regionalista, que había pasado a su vez del nacionalismo literario al político. Maurras era el caudillo indiscutible de L’Action Française. A lo largo de su vida serán muchas las ocasiones en que el escritor catalán cite a Maurras o cuente anécdotas sobre su vida. El francés lo impresionó no solamente por el filo cortante de sus ideas, sino por su figura extraña. Cuando d’Ors se acercó a él, Maurras era un hombre consagrado en la política y en las letras; acaso uno de los más influyentes en el mundo intelectual francés. Aun así, se presentaba en público con un desgarbo característico. «No he visto a nadie de los que a la vez han abordado las cimas del pensamiento y la vida pública, producirse con menos solemnidad. No he visto a nadie salir a la calle, como él, con los bolsillos repletos de periódicos, mal plegados. Nadie con más descuidada sencillez, se ha calado los lentes, se ha atado las bufandas grises al cuello, se ha cubierto con cachirulos apabullados».29 Maurras parecía un estudiante más y tenía —al decir de sus varios amigos— un horario extravagante. A ello se añadía su sordera, rasgo extraño en una figura pública. Para d’Ors, las febriles conversaciones con los «camaradas» nacionalistas, el «fuego patriótico» que ardía en el Barrio Latino, le marcarán de forma duradera.

Desde finales del siglo XIX, existió un momento maurrasiano en la cultura catalana; un momento que incluyó a intelectuales muy disparejos, desde Santiago Rusiñol a Josep Maria Junoy, desde Joan Estelrich a Josep Vicenç Foix. Casi todo el nacionalismo catalán, ya fuera de derechas, ya de izquierdas, está influido por la ideología maurrasiana. Sus ideas en materia de descentralización facilitaban esta simpatía. Maurras pretendía, al igual que Barrès, alcanzar la autonomía de la sociedad civil. Autorité en haut, liberté en bas era uno de sus lemas. Los clásicos del pensamiento reaccionario francés —De Maistre, Taine, Le Play— habían defendido la existencia de un orden natural e histórico de las sociedades, al que era preciso atenerse, contra el artificio centralizador de la ideología jacobina y republicana.

Naturalmente, esta recepción de Maurras fue parcial, acomodada a la circunstancia catalana y española; olvidadiza del papel que la monarquía tradicional y antiparlamentaria desempeñaba en el pensamiento político del escritor francés. L’Action Française representaba una política reaccionaria, el llamado «nacionalismo integral», y, a la vez, una estética clasicista. La conjunción —dígase confusión— entre valores estéticos y valores políticos es una de sus características más señaladas. Otra, la división del mundo político y cultural en categorías antitéticas: CLASICISMO, o sea, razón, orden, medida, equilibrio, frente a ROMANTICISMO, sinónimo de anarquía sentimental; MONARQUÍA, que quiere decir autoridad, jerarquía, fuerza, corporativismo y catolicismo, contra REPÚBLICA, idéntica a espíritu revolucionario, democracia, protestantismo e individualismo.30 En el extremismo maurrasiano no había lugar para el claroscuro. El bien y el mal, la virtud y el vicio se adjudicaban con precisión maniquea. Era el suyo un pensamiento antitético, que excluía por principio la búsqueda de alternativas intelectuales. Un pensamiento que, de partida, rehusaba la moderación. La lógica dicotómica llevaba a establecer paralelismos arbitrarios: la república puede ser autoritaria, o el catolicismo, romántico; la estética clasicista puede asociarse a una política revolucionaria. Sobrados ejemplos había en la historia contemporánea de Francia. Pero ¿qué importaba? En el inquieto clima intelectual de fin de siglo, Maurras ofrecía el reposo de las síntesis definitivas. Distinguiendo con claridad al amigo del enemigo, podía servir de criterio infalible para el juicio, de guía segura para la acción.

Eugenio d’Ors reconocerá la influencia del «maurracismo» entre sus contemporáneos, sobre todo en aquellos «sectores peninsulares» donde se manifestaba «un ideal de autonomía o de secesión». O sea, en el nacionalismo catalán.31 La tarea ingente que se propuso consistió en moldear o recrear la cultura y la política del catalanismo —la cultura directamente; la política por modo indirecto— en los esquemas de L’Action Française. Romper con sus orígenes historicistas, ruralizantes, clericales. Terminar, digamos, con la exaltación de la Edad Media, el arte románico, el excursionismo alpestre, la jardinería inglesa, las florescencias estéticas y sentimentales del modernismo. Invertir, por decirlo al modo nietzscheano, las tablas de valoración, trocar el valor estético y moral antes adjudicado a la naturaleza, o depositado en el pueblo incontaminado, para ponerlo en el artificio y en la aristocracia; cambiar el bosque por la ciudad; el castillo feudal por la vivienda civil; la lejanía exótica por la cercanía y la normalidad. D’Ors quiso elaborar una doctrina que fuera la réplica a la defendida por Joan Maragall, que es el gran intelectual catalán con el que se encontró al comienzo de su carrera. Maragall elogiaba un mundo de relaciones personales y auténticas que encarnaba en la palabra viva, el lenguaje sublime y sin mediaciones abstractas, perceptible en la voz del poeta y en la del pueblo, puro e inocente; un creyente en «la santa espontaneïtat del poble». D’Ors defenderá lo contrario: el artificio estético, la perversión congénita de la vida instintiva y la lucha necesaria contra la espontaneidad popular. En el fondo, ambos espíritus encarnaban la vieja polémica sobre la naturaleza y la gracia; ahora eran la intuición frente al raciocinio y, desde el punto de vista político, el federalismo en oposición a la independencia de Cataluña.

Así pues, contrariando las doctrinas catalanistas al uso, que hacían depender la nación de factores como la lengua, la historia o la geografía, la novedad orsiana propugna una actitud de afirmación libérrima, soberana, que se coloca por encima de las fatalidades naturales o históricas. Se trataba de una tarea heroica: clausurar la era romántica y negativa que había santificado la PASIÓN, así en la política liberal como en el arte, para inaugurar una época de afirmación, en que dominara la VOLUNTAD; una era en que el elemento constructivo, ingenieril, pudiera sobreponerse al dato menudo, anecdótico.32 El novecientos tenía que entronizar una fase clasicista, urbana, moderna, matizadamente laica. Para facilitar el tránsito, Xenius procedió a inventar una serie de neologismos que sustituyeran las metáforas naturalistas de Prat de la Riba o de Cambó: el manantial, el pólipo de coral, la fertilidad, la roca, el río, la germinación; comparaciones que aludían a la patria o a la nación de los catalanes como hecho biológico o geológico. La prodigiosa inventiva orsiana creó un vocabulario con términos, a veces, desconcertantes: ALBEDRÍO, CIUDAD, INTERVENCIÓN, ARBITRARISMO, ROMA, siempre escritos con mayúscula, denotando la voluntad dominadora del CAOS de la naturaleza, creadora de un ORDEN artificial. La NORMA, espejo divino, en oposición al TEMPERAMENTO, invención del diablo. El glosador construye, pues, una imagen del mundo que, a la manera maurrasiana, está jalonada por términos antitéticos, por dualismos irreconciliables que tienen, como en el escritor francés, una lejana inspiración en Aristóteles, aunque a veces le plazca al glosador aludir a Spinoza, a su distinción entre natura naturans y natura naturata: Dios y la naturaleza creada, sustancia y atributos, causa y efecto, materia y forma, con el curioso neologismo catalán Albir naturat:

BIEN / MAL

POTENCIA / RESISTENCIA

ESPÍRITU / MATERIA

ALBEDRÍO / REALIDAD

CULTURA / NATURALEZA33

Son palabras jeroglíficas, que piden ser interpretadas con una clave; arquetipos culturales, como ROMA, sin precisa localización espacial o temporal. Por último, se usan a modo de conjuros, mitos movilizadores llamados a suscitar actitudes políticas o juicios estéticos; a crear, incluso, un tipo humano característico de una cultura que el interesado bautizará como noucentisme.

MITOLOGÍAS

La afición a construir mitos, lejos de ser una extravagancia orsiana, era ampliamente compartida por el nacionalismo catalán. Podríamos decir que todo nacionalismo aparece asociado con un mito de los orígenes. La literatura catalanista, desde principios de siglo, tenía ya formado este metarrelato. Hubo un tiempo de plenitud, cuyas raíces se hundían en una primitiva etnos ibera. Su florecimiento y expresión más granada se lograron en la época medieval. Este es el periodo en que la lengua, el arte, el derecho y el «carácter» o espíritu nacional llegaron a su eclosión. Según ello, Prat de la Riba podía llamar «nacionalista» a un personaje medieval como Guifré el Pilós (Wifredo el Velloso). Los orígenes medievales de la nación catalana conformaron la duradera imagen de la Marca Hispánica, avanzada del Imperio carolingio en tierra de infieles; imagen narcisista que describe a Cataluña como una nación europea desde siempre, opuesta y como extraviada en el conglomerado geográfico y político español, medio africano. Esta primavera nacional se vio frustrada por la política unitaria de Fernando el Católico. Una decadencia o letargo refrendado por los Decretos de Nueva Planta, a principios del siglo XVIII. Como colofón, la llegada del despertar hacia el ser de la semilla dormida, por obra de profetas y apóstoles nacionalistas. Prat de la Riba dio forma acabada al mito en su libro La nacionalitat catalana, y, como político realista, siguió afirmando su necesidad en horas de proselitismo. Los mitos, escribe Prat,

Afirmen i neguen tot alhora. Comuniquen a les multituds la fe que només es troba en la possessió d’ideals renovadors i constructius; i al mateix temps per la seva indeterminació i imprecisió, aglutinen totes les forces de protesta, totes les revoltes del malestar present, totes les opinions més divergents, perquè són una negació que nega tot lo que cada u vol destruir i una afirmació que reivindica tot lo que cada u desitja haver.34

Para la invención o reedición de estos mitos políticos y culturales, Xenius eligió, no por casualidad, la manera soreliana. El nombre de Georges Sorel y el de sus discípulos estaban asociados en estos años a Maurras y L’Action Française; una colaboración entre extremos que se haría más estrecha en el Cercle Proudhon.35 Síntesis temprana entre nacionalismo extremista y socialismo moralista; precedente doctrinal que solo descubrió sus atroces consecuencias después de la Gran Guerra. D’Ors estaba muy atento a estas novedades francesas, para recomendarlas enseguida a sus discípulos y amigos. La combinación entre lucha patriótica —«lluita per la constitució nacional»— y lucha de clases —«donar a la lluita de classes allò que a la lluita és degut»— aparece ya en una glosa de 1908, en que apoya las reivindicaciones de los dependientes de comercio agrupados en el CADCI. Los lectores de La Veu eran informados con puntualidad de cómo Georges Sorel «es troba allí amb un Charles Maurras per a dir: devem liquidar, contradir l’obra de la revolució»; «per a combatre plegats la forma democràtica dels Briand i dels Jaurès». Las citas y testimonios de admiración a Sorel menudearon en el Glosari tanto como en su correspondencia particular. El autor de las Reflexiones sobre la violencia era uno de esos noms ideals que todo joven no conformista tenía que venerar. Porque no se trataba solamente del apóstol del sindicalismo, el profeta de la moral obrera, sino de una de las figuras señeras de Francia y una de las más destacadas del mundo. Claro que la violencia soreliana, que para el glosador equivalía a INTERVENCIÓN (que podría traducirse como activismo, participación en la política, realización de un proyecto político y cultural), nada tenía que ver con las revoluciones burguesas. Las juventudes modernas, decía, querían enlazar la tradición grecolatina del Renacimiento con la del siglo XVIII, pero combatiendo la ideología democrática, últim baluard de la barbàrie burgesa i parlamentària. Si los sindicalistas barceloneses leyeran a Sorel, según afirmaba, no aceptarían colaboración alguna con los políticos demócratas; no lo aceptarían porque sabrían entonces que las concepciones democráticas se hallaban irreparablemente ligadas a la burguesía, habían caducado, pertenecían al siglo XIX, en tanto que el sindicalismo era claramente novecentista. En otro momento pone en parangón el mito de la huelga general con el mito de sant Jordi alanceando al dragón. «Nosaltres, lectors fervents de Georges Sorel, nostre mestre».36

Sorel era un moralista apocalíptico que juzgaba que la sociedad burguesa moderna se hallaba en absoluta decadencia. Las ideas sobre la degeneración biológica formaban parte de los tópicos del tiempo. Pero Sorel —ingeniero de formación— quedó muy impresionado por las consecuencias que parecían seguirse del principio Carnot-Clausius, o segunda ley de la termodinámica, que sostiene que la cantidad de entropía en el universo tiende a incrementarse con el tiempo. Sorel hablaba de «las cuestiones relativas a la disipación de la energía». La visión de un universo que se degrada inevitablemente parecía desmentir las ideas ilustradas sobre el progreso indefinido de la humanidad. La marcha natural hacia una especie de nirvana cósmico solo podría evitarse a través de un esfuerzo denodado de la voluntad, mediante una repentina mutación llevada a cabo por hombres de condición heroica y pura. El ejemplo de Alejandro podía servir como prueba de que, en medio de una sociedad refinada, podían resucitarse las creencias ancestrales, la teología de los dioses conquistadores. El Renacimiento, según Sorel, también se había embriagado con los relatos de aventuras emprendidas por personajes indomables. Napoleón, el nuevo Alejandro, habría podido ser fuente perdurable de leyenda si el Romanticismo no hubiera sumergido el paganismo renacentista en el torrente de la estética cristiana, germánica, medievalizante. Sorel afirmó entonces el valor del mito como fuente de energía creadora; su carácter arrebatador, total, de instantáneos efectos, en contraste con la utopía racional, parcial y reformadora. A una filosofía de la historia de carácter racionalista, evolucionista, inspirada por la idea del progreso indefinido, trató de oponer otra interpretación fundada en factores no racionales. Era la fe, la misión que determinados grupos humanos se creían obligados a cumplir, la certidumbre final del éxito, la que representaba la fuerza decisiva en la historia.37

Eugenio d’Ors se movía en el mismo clima intelectual que Sorel, hostil a la razón ilustrada y a la política democrática. El tipo del burgués, caricaturizado como un personaje de mediocre intelecto, codicioso, de rastreras pasiones —el filisteo alemán, el especiero flaubertiano— representa el opuesto al héroe. Es preferible la grandeza gloriosa al bienestar timorato —el benestar poruc—; mejor el imperio que la política democrática; mejor el Renacimiento que la burguesía ochocentista y su régimen odioso, el «burguesismo» en la vida social, la normalidad prosaica; la CULTURA —en mayúscula y con letras grandes— antes que la instrucción. La riqueza de Barcelona aumentaba año tras año. Pero ello, lejos de alimentar el orgullo, era motivo de preocupación. Pareciera como si el aumento de la prosperidad individual, «materialista», «plutocrática» trajera a modo de compensación una disminución de las «energías morales»; un estado de entropía espiritual. Con la riqueza parecían llegar los negocios escandalosos, el juego y la prostitución; y también la publicidad —la reclama— y la política parlamentaria, con su juego vil de injurias y papeles satíricos. Pero la redención era posible. Bajo este carnaval desordenado laboraban energías calladas (la suya y la de sus discípulos novecentistas sobre todo); energías que traerán a una nueva aristocracia heroica, capaz de redimir los pecados de la burguesía.38 Xenius estaba fascinado por la degradación de la energía y vio en ello un principio generalizable al mundo espiritual y humano: «enrunament ràpid de les energies morals», o bien «degradacions d’esperit». En la concepción entrópica apreciará, como veremos más adelante, una prueba irrefutable de la existencia del mal en la naturaleza, no solamente en el mundo moral; como si la ciencia se diera la mano con la doctrina teológica de la caída.

En apariencia, d’Ors hace gala de ser un devoto de la ciencia moderna. En varias ocasiones citará como «maestro» a Émile Boutroux, al que podríamos llamar «filósofo de la ciencia». Su nombre va muchas veces asociado al de otro filósofo norteamericano, William James, a quien conoció personalmente en Francia:

—Esta primavera tendremos la buena ventura de que el profesor William James venga a visitarnos.

Es M. Boutroux quien me hablaba así, el mes de febrero último. Sus ojos brillaban de contento, con resplandor alegre, como el de quien recuerda una graciosa frase o una ingenua calaverada de juventud.

—¿Y la arterioesclerosis?

Sabíamos al gran filósofo americano en mala salud. Tiempo ha que estaba jubilado y que Münsterberg le había sucedido en la cátedra de la Harvard University. Le imaginábamos acurrucado, acaso, en un sillón de inválido.

—La arterioesclerosis no se porta bien, desgraciadamente. Pero ¿qué queréis? Estos americanos son como son. Ya veréis con qué facilidad se desplazan. Para nosotros ir a América es una grave cuestión. Ellos, en cambio, vienen tranquilamente a veranear en Europa como nosotros a la Normandía. Mi hija se casa en mayo. Y Mr. James, con su buen humor de costumbre, me ha prometido asistir a la fiesta.39

Boutroux y James eran filósofos pragmatistas. Resumiendo, puede decirse que el pragmatismo en la versión clásica de Peirce o James defiende que la tarea de la indagación filosófica no es representar la realidad, sino más bien capacitarnos para actuar con eficacia. Lo verdadero equivale a lo conveniente para nuestro modo de pensar. Desde 1907, cuando menos, Eugenio d’Ors había llamado la atención en Cataluña sobre esta corriente filosófica. Fue él quien apellidó a Ramon Llull como «gran pragmatista ante el altísimo», el que afirmó que el centro de atracción de la filosofía había pasado de la exactitud a la eficacia. En una entrevista publicada en 1908 reconocía esta afiliación: «Apasiona al mundo entero y en especial al anglosajón la nueva escuela, o mejor dicho, la nueva posición filosófica que el pragmatismo representa, iniciada por los norteamericanos Sanders Peirce y William James. Esta doctrina gira alrededor del deseo que obedece a las necesidades ya expuestas aquí de integrar urgentemente la Sofía en la Vida. Su principio fundamental se cifra en considerar la verdad como instrumento de acción». Esta filosofía parecía haber saltado desde el mundo anglosajón a los países latinos, para inspirar «los esfuerzos aislados de algunos grandes pensadores franceses contemporáneos, como mi maestro Bergson y en el pequeño grupo intelectual Leonardo, de Florencia».40

Émile Boutroux y William James son, juntamente con Bergson y a despecho de algunas salvedades posteriores, los maestros que d’Ors tuvo en filosofía. Boutroux había distinguido la existencia de varios mundos, desde el mundo inanimado a los mundos vivo y pensante, como una suerte de estratos del ser. Una variación, como si dijéramos, de la vieja idea de la Gran Cadena del Ser. Cada uno de los estratos contenía algo más que los mundos inferiores a él, y ese algo más no estaba absolutamente determinado por la cantidad; había un perfeccionamiento posible y una posibilidad de decadencia. En el mundo existía, pues, la necesidad —sobre todo en los estratos inferiores del ser—, pero también la contingencia, que aumentaba conforme nos elevábamos por la cadena de los seres. D’Ors pudo tomar de Boutroux la dualidad irreductible entre NATURALEZA (traducida como RESISTENCIA) y ESPÍRITU (equivalente a la POTENCIA), interpretando con muchísima libertad la idea de contingencia. El filósofo francés —dentro de la corriente antipositivista de su época— trataba de salvar del determinismo los fenómenos superiores del ser, la conciencia moral, la libertad o la religión. «L’homme qui a fait la science, y est-il enfermé?». La ciencia no podía ser una jaula de hierro; era necesario sustraer la conciencia a la causalidad universal. Ni siquiera las leyes físicas bastaban para comprender el universo, en el que reina el cambio y la mutación constantes. El determinismo ayudaba a sistematizar los acontecimientos, pero nada más. De manera paradójica, una vez que el azar había sido expulsado y proscrito por la razón matemática, este reaparecía en el mundo moral. Paralelamente, el pragmatismo de William James venía a sustituir la concepción platónica del filósofo como «espectador», y la consiguiente teoría especular del conocimiento, para orientarlo hacia el mundo. Una frase de La voluntad de creer dice: «La única razón que puede haber para que un fenómeno deba existir es que tal fenómeno sea efectivamente deseado».41

Tuvo d’Ors la oportunidad de ver juntos a ambos filósofos durante la visita que James realizó a su amigo Boutroux en mayo de 1910, y lo contaría al año siguiente, en una glosa sobre la obra que Boutroux escribió sobre su amigo:

Yo he visto una tarde, en París, a estos dos hombres juntos. Nada más verles, ya se les adivinaba en las cimas de la inteligencia, de la sociabilidad, de la elegancia. Y ambos también en las cimas del carácter. El francés, enfermizo desde siempre, se sustentaba aquellas jornadas milagrosamente con unas cuantas cucharadas de líquido. El americano bordeaba ya el sepulcro y había ido justamente a París a consultar a los médicos franceses como último recurso. Pero, mientras conversaban, los dos rebosaban viveza, fuego, ingenio, buen humor. Era el francés esbelto dentro de su levita estrecha; el americano, señorial, dentro de su cazadora holgada. El uno sonreía jovialmente; reía el otro con francas carcajadas.

Años después, ampliará esta reseña para confeccionar el prólogo a la traducción española del libro titulado en aquel momento William James y su filosofía. Pero entonces, los dos filósofos se transforman en figuras casi antagónicas, como encarnaciones de los arquetipos clásico y romántico y aun de dos tipos sociales diferentes. De Boutroux, dirá que era un «gentilhombre» sencillo, cortés, entroncado con la tradición helénica, imbuido de un delicado sentido jerárquico. James, en cambio, era personalidad protestante, expansivo y cordial, que gritaba su «romanticismo puro» y su antihelenismo; el francés, «gentilhombre» imbuido de cierto sentimiento jerárquico; el americano, mesurado y cauto, «como es de ley serlo en la burguesía elegante».42

Entre ambas fechas, Eugenio d’Ors interpretó o resolvió tanto la idea de contingencia de Boutroux —para las leyes físicas— como la pretensión de James de desacralizar la ley moral abstracta, en un conjunto de ideas de un voluntarismo extremado.

En efecto, d’Ors convierte la ciencia física en una especie de juego literario. Sus juveniles crónicas del eclipse, sobre el grupo de marinos y astrónomos norteamericanos que observaron el eclipse de sol junto al monasterio valenciano de Porta Coeli, en el verano de 1905, muestran algo de esto. Los hombres de ciencia, trabajando al aire libre, representan la exacta oposición a los políticos, mendicantes de actas, que operan en sitio cerrado. Por añadidura, comenta, los astrónomos hablan en inglés, lengua mucho más adaptada para hablar de las cosas del cielo que el acento gallego de los secuaces de Montero Ríos. Un eclipse es una especie de milagro, un instante dramático. Es como si el héroe científico, cual Prometeo, acechara a la naturaleza para robarle su secreto, el fuego sagrado. O bien, cual moderno cazador, el científico diera alcance a la naturaleza como si de una pieza de caza se tratara, en un momento de debilidad. O, dicho de otra manera, los científicos son como un ejército que se sobrepone a la fatalidad, la del posible mal tiempo, librando un combate épico.43

Durante su estancia en París ofreció a sus lectores de La Veu varias crónicas sobre los científicos franceses del momento: Félix le Dantec, Joaquín Albarrán, madame Curie. Son unas crónicas llenas de imaginación acerca del carácter de la ciencia y de los científicos. En el anfiteatro de física de madame Curie, el cronista solamente repara en la oratoria seca y escueta de la investigadora: letras, signos, guarismos monosilábicos, disílabos, ecuaciones en el encerado. No advierte que el personaje que tiene delante es una heroína verdadera de la investigación científica: una mujer cuyo desempeño académico resulta excepcional. Lo interesante es que las explicaciones, si acaso llegó a entender algo, se le antojan otra vez una introducción al misterio. La radioactividad viene a ser lo «més místicament misteriós de la ciència moderna». Había, según d’Ors, una concepción maquinista del mundo, cuyo filósofo era Descartes. Pero entonces, a principios del siglo XX, esta idea se derrumbaba bajo el ímpetu de lo misterioso. Ello ocurría no solamente en la esfera de la física atómica —«en les substàncies anomenades radioactives», dice el catalán—, sino en todas las esferas. Por ello, dice, era necesario abandonar la idea de que la materia constituye algo estable, sustituyéndola por otra. De esta manera, el mundo entero aparecía como un combate, como una explosión, como una batalla de energía incesante.44 Como una metáfora, digamos, del mundo político.

Para el joven glosador, los hombres de ciencia son como los generales de un ejército de gente sacrificada. Han ascendido a tan elevada posición por una selección espontánea, poco a poco, a fuerza de trabajo y mérito. Ocurre, según él, como en la política en las repúblicas modernas (se sobreentiende que eso no ocurre en monarquías como la española). Sus cabecillas han servido antes en toda suerte de oficios: jueces, alcaldes, gobernadores. No han improvisado su mando, como vulgares piratas o condottieri. El ejército de los científicos es una sociedad ideal —eso cree el cronista catalán— en la que cada miembro conoce su sitio y no lo discute. Se hallan unidos sin coerción aparente, por una disciplina impersonal, espontánea. Lo que practican estos miembros de excepción, la ciencia, es austera y eficaz. Sirve como entrenamiento exigente para una moral de la exactitud y el orden. Los ideales políticos orsianos, a la altura de 1911, reflejan una mezcla de ideas maurrasianas y sorelianas:

Contra el romanticismo, la tradición clásica inmortal; contra la Burguesía, el Sindicato o el Imperio; contra el Liberalismo, el Socialismo o la socialización; contra la Democracia, el proletarismo, de un lado, las tendencias aristárquicas de otro.45

A despecho de su proclamado intelectualismo, también comparte con Sorel la devoción por Bergson, por esa intuición que capta la totalidad, frente a la razón que fragmenta; o, como decía en un párrafo lírico, lo que de único e inexpresable tienen las cosas. Precisamente, la filosofía que amparaba a las grandes palabras-símbolos: ALBEDRÍO, ARBITRARISMO, IMPERIALISMO, representaba una variante del pragmatismo, entendido como voluntarismo extremado, hasta el punto de pensar que bien podía ser Fichte, en lugar de Boutroux o William James, el inspirador de semejantes ideas. Bastaba con querer fuertemente algo; de quererlo todos juntos, colectivamente, inspirados o estimulados por símbolos o mitos movilizadores para que la realidad se modificara. De esta manera, malinterpretándolo, pudo mezclar la psicología de William James con el concepto o el mito de la huelga general de Sorel: «ja veiem... que la veritat resideix en l’eficàcia —en l’alta eficàcia— que en la exactitud». Esta filosofía del frenesí activista aparecerá una y otra vez en los años posteriores, ejemplificada con uno de sus pensamientos breves:

—«No hay ambiente».

Es la clásica excusa de los perezosos y los cobardes

Pero nuestro corazón se irá siempre tras de aquel Reformador-Sol que, en guisa del Rey-Sol, se diga:

—«El ambiente soy yo».46

La idea orsiana del mito es típicamente soreliana. Los mitos constituyen sistemas de imágenes, anteriores al razonamiento, que enardecen la voluntad; propician el cultivo sistemático de la ilusión, la fabulación del pasado como fuente de energía para el porvenir. «¡Ai del poble que deixa marcir la seva mitologia!». Xenius quiso desempeñar el papel de un Sorel catalanista. Así como el francés creó una mitología para el sindicalismo revolucionario, centrada en el mito de la huelga general, el catalán inventó un repertorio mítico para el catalanismo, una «mitologia nacional», centrada en el imperio. «Nosaltres som mitòlegs», afirmará en una glosa.47 Quizá por ello, la primera edición del Glosari, correspondiente a 1907, apareció adornada con un dibujo de Apa que representaba al glosador como David, garrido doncel, con la cabeza de Goliat a sus pies. Bastaba con voluntad y decisión para tajar la cabeza al gigante, enorme monstruo de nombre variable.

Los mitos orsianos proceden directamente de la Antigüedad grecorromana o son variaciones tomadas de la literatura contemporánea. El mito de Prometeo, el que roba el fuego a los dioses, vertido en la figura moderna del héroe de Carlyle: es el individuo ejemplar, hombre representativo, como Prat, Cambó o Chamberlain; o bien, el pueblo extraordinario —Inglaterra, Cataluña— que impone su vigorosa personalidad a una época. El mito de la ciudad antigua, memoria de la república platónica, actualizado en libros como el de Fustel de Coulanges, La cité antique, que circuló a porfía entre los seguidores de Maurras: quiere significar a un grupo humano homogéneo, incluso desde el punto de vista racial, unificado por la moderna religión del patriotismo, que tiene como ejemplo a la Solidaridad Catalana. El mito agustiniano de las dos ciudades, el conflicto perenne entre Dios y Satán, implícito en las duales versiones orsianas entre los intereses empíricos y los ideales, entre el IMPERIO y la NACIÓN; una bonita manera de ilustrar el antagonismo irreconciliable entre Cataluña y España. El mito del eterno retorno que, aplicado a la llamada «filosofía de la cultura», dará en el establecimiento de arquetipos o «eones», con las alternativas de CLASICISMO y BARROCO; un mito que tiene aplicación política, con los periódicos ricorsi entre una suerte de comunitarismo autoritario —ROMA— y el individualismo liberal, siempre motejado de «anarquista» —BABEL—. El lugar central de toda esta plétora corresponderá al imperio, «el que col·locat en l’avenir és una font certa d’energia».48

2
HORIZONTES DE GRANDEZA

NOCIONES DE GEOGRAFÍA FÍSICA

El mito imperial tuvo en d’Ors una elaboración temprana. La tesis doctoral, que dice haber redactado en 1905, pero que no leyó entonces, se titulaba Genealogía ideal del imperialismo. Según relata el interesado, fue Gumersindo de Azcárate, hombre de la Institución Libre de Enseñanza, quien supervisó el trabajo y recomendó la bibliografía pertinente. Y ello no sería de extrañar, dado el interés que la Institución Libre de Enseñanza dedicó a la cuestión colonial, y la posición en general favorable al colonialismo de muchos de sus miembros y afines, como Joaquín Costa. Azcárate, que estaba afiliado a la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas, creía que España tenía una misión civilizadora que cumplir en Marruecos y, más en general, que su porvenir estaba en África. ¿Por qué no habría de llevar allá, se preguntaba, los paños bejaranos o las telas que fabricaba Cataluña?1

No parece un azar que, recién entrado en la redacción de La Veu, el diario comisionara al joven Eugenio para informar sobre la Conferencia Internacional de Algeciras; y ello con un recuadro muy lisonjero para el joven periodista, presentado como genial escriptor.

Conviene recordar que la conferencia trataba de solventar la crisis surgida entre Francia y Alemania en torno a la intervención en Marruecos. De ella salió un acuerdo sobre las zonas en que se ejercería el futuro protectorado de Francia y España. Con la tesis en borrador, llevando como guía el «feix manuscrit de son imperialisme», Eugeni d’Ors juzgará a los hombres que habían participado en aquel evento —no a los argumentos o a las resoluciones— con una manera que estima imperial. El periodista cree que puede establecer una diferencia tajante entre el norte y el sur; una diferencia que no corresponde estrictamente a nociones de geografía física, sino de geografía mítica. El norte —Inglaterra, Alemania— es actividad y el sur —Andalucía, España, Marruecos— significa modorra. El norte es masculino y el sur es femenino. Andalucía significa la gracia, la fiesta, el olvido y la irresponsabilidad. El blanco paisaje de Algeciras —bajo la calma azul del cielo y de la bahía— parece dormir; sus habitantes, de lentos movimientos, manifiestan una voluntad de inacción. El paisaje blanco de Tánger se parece al vestido de una novia. Por contraste, la plaza inglesa de Gibraltar —un enclave norteño— está negra por el humo del carbón y de las máquinas. Aquí parece residir, según el periodista imperial, la razón por la que los españoles no han logrado el predominio en la ciudad internacional de Tánger. Sencillamente, porque actúan como individuos dispersos, inciviles, y padecen como anestesiados o ahogados en ese océano de femenil quietud. En cambio, los alemanes —o los ingleses— actúan como un ejército. De esta manera, la expansión germana opera como una máquina perfeccionada, en que cada elemento es una pieza en relación armónica con los restantes. Los representantes de las naciones presentes en la conferencia expresan estas características o estas oposiciones previamente adjudicadas por el periodista. Ingleses herméticos, alemanes severos, franceses elegantes y displicentes; o bien, portugueses simpáticos, españoles con aires morunos, como de opereta, y marroquíes zarzueleros. La figura que suscita la admiración del cronista es la del conde de Tattenbach, representante alemán: alto, elegante, aplomado, carente de rasgos pintorescos. Toda su figura respiraba armonía, disciplina ordenada por la voluntad, con cierto parecido a Chamberlain. Un imperialista perfecto; ejemplo soberbio —según el cronista— de un hombre del siglo XX.2

GENEALOGÍA IDEAL DEL IMPERIALISMO

¿Qué había escrito en el borrador de su tesis acerca del imperialismo? ¿Cuáles eran sus fuentes? Podemos deducirlo de las numerosas glosas dedicadas a este concepto. «Como primera definición, llamamos imperial a toda aquella política en que el poder y, por consiguiente, la responsabilidad, sobrepasa a la esfera de su dominio actual».3 Para llegar a estas fórmulas, Eugenio d’Ors se ayudó de cierta literatura sobre la expansión colonial, así como sobre las consecuencias que la formación de imperios tenía en las sociedades modernas. Libros como Social Evolution y Occidental Civilization, de Benjamin Kidd, ambos traducidos al castellano, o La cité moderne, de Jean Izoulet, inspirados en la corriente conocida como «darwinismo social». Esta corriente trataba de aplicar a la vida social los conceptos más populares del darwinismo, struggle for life y survival of the fittest. Resulta llamativo que Kidd, un caso de autodidactismo y de pop sociology, como ha apuntado un estudioso moderno, llamara tanto la atención en su época. Un imperialista practicante como Theodore Roosevelt designó en 1894 Social Evolution como libro del año. En España, Ramiro de Maeztu también lo leyó con mucha atención. Para el joven d’Ors, Kidd era el mayor filósofo contemporáneo después de Spencer. En 1907, recomendaba L’evolució occidental —mezcla inadvertida de los títulos de Kidd— , juntamente con las obras de Kipling y Carlyle para la biblioteca de todo escolar aplicado. De Izoulet, además, recibirá un directo influjo, asistiendo a sus clases en el Collège de France.4

Para estos autores, las sociedades eran organismos biológicos sujetos a un orden jerárquico de funciones. Las leyes de la selección natural y de la supervivencia de los más adaptados se desplazaban desde las especies zoológicas a las naciones. Cada organismo nacional eliminaba la competencia entre sus elementos para afrontar con eficacia a los restantes organismos. De ello resultaban dos imperativos: cooperación a rajatabla en el interior y lucha sin cuartel hacia el exterior. Por el primero, los intereses y pasiones de individuos o grupos se subordinaban al orden colectivo; cohesión que debía afirmarse con factores irracionales, ya religiosos, ya patrióticos. Por el segundo, las naciones y razas inferiores habían de extinguirse ante el empuje inevitable de las superiores. Así era el mundo, de acuerdo con lo que Izoulet llamaba la «ciencia bio-social». Así debía ser para el alumno aplicado que era d’Ors: «la biologia moderna ha dictaminat: viure és vèncer». Otra de sus fuentes es Alfred Fouillée, sociólogo positivista francés. El imperialismo es una «idea fuerza», algo que formaba parte de «un proceso constante de biología social». El término de idea fuerza podía ser bien acogido por un voluntarismo extremado, pues destacaba como causa eficiente al espíritu o, lo que es igual, la propensión de las ideas a realizarse a través de una acción consciente. El concepto de idea fuerza, según Fouillée, trataba de resolver las antinomias de la libertad humana, integrando en una unidad indisoluble los elementos en apariencia antagónicos de la actividad y la pasividad, de la acción y la inteligencia, de la libertad y el determinismo; antinomias que d’Ors colocará bajo el dualismo de la potencia y la resistencia. Las palabras imperiales eran ideas fuerza, algo que formaba parte de un «juego mitogénico nacional» en el que se cifraba la «excelsitud» de la vida catalana.5

Alude d’Ors a libros y políticos ingleses más o menos de actualidad. Entre ellos se encontraba el historiador J. R. Seeley, cuya obra The Expansion of England (1883) defendía que el carácter inglés se había forjado a través de la expansión imperial y que su dominio en la India resultaba beneficioso para los hindúes. Seeley era para el catalán una mena de somiador, escriptor, estranya i monstruosament poètic. También alude a James Anthony Froude, un entusiasta de la idea colonial, cuya «Oceana» —el título completo es Oceana or England and her colonies (1886)— dice haber consultado. La ideal genealogía imperial incluía, naturalmente, la concepción del héroe de Carlyle y su papel en la historia. Como es sabido, para el autor escocés todo lo importante en la historia había sido obra de los hombres eminentes, ya fueran profetas como Mahoma, reformadores religiosos como Lutero, poetas como Dante, escritores como Rousseau o caudillos como Cromwell y Napoleón; hombres de convicciones firmísimas, guías de los movimientos colectivos, dotados de una misión providencial. El escritor catalán pertenecía al gremio de los admiradores de Napoleón, al que llama hijo espiritual de Carlomagno. En distintas épocas gustará de traer al Glosario el Memorial de Santa Elena, una suerte de memorias del emperador escritas por Emmanuel Las Cases. Una devoción imperial que procuraba contrastar —reparemos en este detalle— con los gárrulos vindicadores hispanos del Cid, de Juana de Arco y de Isabel la Católica. En una entrevista dirá haber redactado, en 1906, una memoria titulada Tratado de la libertad y de la pujanza de Napoleón: «Recuerdo que para llevar a cabo este trabajo, tomé una casita cerca de Bruselas y de Waterloo». Más adelante procederá a extender a los pueblos esta misión napoleónica, propia de los individuos excepcionales. Lo mismo que existen genios religiosos, políticos o culturales, existen Estados héroes, de altísima idealidad, «viriles», destinados a orientar a los demás pueblos por los vericuetos de la historia. Los Estados reyes dominan; los Estados súbditos tienen obligación de someterse, en su beneficio y en beneficio de la «Cultura». Tampoco podía faltar la referencia a Joseph Chamberlain, el hombre del monóculo y la gardenia en el ojal de la chaqueta, que tanto subyugaba a Maeztu; el político británico cuya mayor virtud consiste en haber subsumido, según cree el glosador, las luchas sociales en una lucha por el predominio internacional. El glosador presenta a Chamberlain —un imperialista liberal o un conservador reformista, según los momentos de su carrera— como si fuera una especie de Sorel aristocrático, alejado del radicalismo y del conservadurismo, hostil a lo que llama el «liberalismo manchesteriano»; una posición análoga a la que iban adoptando els nostres noucentistes en Cataluña.6

Desde estas concepciones generales de la historia y de la política contemporánea, ya biológicas, ya trágico-heroicas, Xenius va a parar a la Cataluña de su tiempo, aquilatando el significado del imperio. Toda revolución, decía, se ha presentado como una restauración. El Renacimiento, como un aprendizaje en la Antigüedad; la Reforma, como una vuelta al más puro cristianismo. La Revolución francesa también creyó enlazar con el molde de Lacedemonia o de Roma. Lo mismo deberían hacer ellos, los que abanderaban, como él, «una revolución de la ideología catalana». Primero, se trataba de recuperar —o mejor, diríamos, de fabular— la cálida memoria del pasado anterior al siglo XIV: la expansión catalana por el Mediterráneo, la epopeya de los almogávares, o sea, «les nostres grans agressions d’un temps». El rey Jaime I es «EL NOSTRE REI “ACTUAL”». En los días de su centenario, se reclamó desde La Veu para que se alzara la bandera cuatribarrada en lo alto de la catedral, al objeto de conmemorar al «fundador de la nacionalidad catalana». Para d’Ors, la figura del rey medieval era digna de recibir el culto que reclamaba Carlyle; se trataba de un ejemplo a imitar para convertirse uno mismo en héroe; un personaje merecedor de ser cantado por un Kipling. Los verdaderos maestros del idioma catalán, los mestres en Gay Saber no son, como pudiera pensarse, las figuras decimonónicas de la Renaixença, sino Ramon Llull, Arnau de Vilanova o Bernat Metge. Porque así como Llull fue a París y enseñó allí, así debían hacer los catalanes contemporáneos: marcharse a París «confortados con la memoria, suscitadora de secretas imperiales ambiciones». Este pasado parecía servir como garantía de un futuro de fuerza y dominio: «la nostra pàtria va ésser gran perquè era una, perquè era imperi».7

Como segundo rasgo, el imperio se describe como una tarea de expansión actual: la reivindicación pancatalana, la integración de todos los territorios de lengua catalana desde el Rosellón hasta Alicante, incluidas las islas Baleares y algunas islas griegas —unión intelectual, sentimental y económica, según explica—; un conjunto que haría viable el engrandecimiento naval y mercantil catalán.

En tercer lugar, como colofón, el imperio promete un luminoso porvenir: Cataluña interviene en los asuntos mundiales, ombligo del Mediterráneo, heredera legítima de la Antigüedad, devuelta al centro de la vida europea. Queda descartado, o más bien ridiculizado, cualquier sentido de la palabra imperio que pretenda significar la influencia o el apoderamiento del gobierno de España —la conquista de la meseta—, al estilo de las recomendaciones de autores como Unamuno o Maeztu; eso sería, viene a decir, como hacer oposiciones para farero o a la fiscalía del Supremo.8 No; los catalanes se sentían fuertes, con ganas de dominar.

Según la ideal genealogía orsiana, el nacionalismo catalán tenía varias fases. La primera se había caracterizado por un descontento informe, la etapa de la abstención, la crítica y la sátira. La segunda, la primera propiamente dicha de la era imperial, correspondía a la de la intervención en los asuntos de Cataluña y, seguidamente, en los asuntos generales de España. Esta era la que caracterizaba el presente catalán en los primeros años del siglo XX. Pero había más. ¿Por qué limitarse a España? El Mediterráneo, mar nostre, abarcaba variados territorios en Europa y en África sobre los que se ejerció en otro tiempo la influencia catalana. El catalanismo debería tener, cuando menos, voluntad de intervenir en los asuntos mundiales, tanto en las corrientes mercantiles (puerto franco para Barcelona, intercambios con el mercado americano y con los orientales) como en las intelectuales (exposiciones, congresos). Hasta entonces, el nacionalismo catalán se había limitado a manifestar su simpatía por causas como la de los cretenses o los bóeres. Pero habría que considerar otras intervenciones para el porvenir. Finalmente, en la cuarta etapa, bajo un perfil todavía borroso, Cataluña resolvería por su cuenta los problemas que la civilización tenía planteados; unos problemas que d’Ors resume con afán sistemático: lucha por la Cultura (instituciones, propaganda, literatura), por la Ética (campañas para la imposición de la moralidad y la pureza del lenguaje) y por la Justicia social (cooperativismo, sindicalismo, estatismo).

El porvenir imperial significaría la abolición de todo particularismo y fuero individual. Algo parecido a la utopía de la unidad perfecta; la unanimidad en las creencias y la sindicalización o corporativización de la sociedad. Imperialismo significa lo contrario que liberalismo, algo parecido a la contraposición que había establecido Durkheim entre la solidaridad orgánica y la mecánica, o Benjamin Kidd entre el altruismo y la voluntad de sacrificio, enfrentadas al individualismo egoísta. El primero implicaba reforma, solidaridad, legislación laboral, «justicia social»; el segundo ofrecía la libre concurrencia, el Estado gendarme, el individualismo atomístico y el nulla est redemptio para el proletariado. Imperio significa gobierno de las élites, inspiradas por una nueva «nobleza» intelectual capaz de concebir ideas fuertes y audaces. En un resonante artículo, d’Ors resumirá el programa novecentista de esta manera: «Contra el romanticismo, la tradición clásica inmortal; contra la Burguesía, el Sindicato o el Imperio; contra el Liberalismo, el Socialismo o la socialización; contra la Democracia, el proletarismo, de un lado, las tendencias aristárquicas de otro». Después de leer las glosas sobre el imperio, se imponía la conclusión. «Caldrà combatre sense misericòrdia les supervivències i revifalles del liberalisme».9

Las esperanzas se fijan, a modo de colofón, en la reconstrucción «mística» del imperio de Carlomagno. D’Ors dice haberse servido del libro de James Bryce sobre el Sacro Imperio (The Holy Roman Empire, 1864), que acaso pudo conocer en traducción francesa (Le Saint Empire Romain, 1890), reafirmándole en la continuidad ideal entre Roma y los modernos imperios. El acuerdo francoalemán sobre Marruecos de 1909 pudo servirle para recordar el pasado carolingio, así como para refrescar el ideal imperial: un cuerpo orgánico nuevo, por encima de las naciones; una vida nueva para el Sant Imperi Romano-Germànic. Es un ideal que, en cierto modo, pretende reinventar la historia de Europa o rehacerla idealmente en moldes unitarios, dando por fenecida la época inaugurada por la Reforma protestante. Lo que d’Ors reivindica es la tradició gibelina, la de los partidarios medievales del emperador frente al Papa. El término ROMA, ahora y en lo sucesivo, nada tendrá que ver con la religión católica. El agente o portador del universalismo es la Roma de los césares, no la Roma de los sucesores de Pedro. El IMPERIO es una mezcla extraña de la Roma imperial y de la construcción medieval carolingia. El Imperio de Carlomagno será también aludido por Prat de la Riba, en los mismos términos. En el futuro podría hacerse realidad con la unión entre Alemania y Francia, teniendo a Cataluña como una de sus partes cordiales. Todo un amanecer de esplendor para la «civilización aria».10

El imperialismo representaba, de acuerdo con la concepción orsiana, una superación del nacionalismo, un estadio más elevado en la evolución social. «Entendemos siempre por nacionalistas aquellos que profesan que las naciones son categorías ideales estables», o bien que son «ideas metafísicas». El nacionalismo, aunque haya de ser rebasado, tiene mayor nobleza y dignidad moral que el internacionalismo, que va asociado al «tipo semita», «si és que no són del tot jueus».11 Cataluña había iniciado su trayectoria ascendente desde el provincialismo y el regionalismo hasta el nacionalismo. Desde allí debería alzarse hasta la universalidad. El nacionalismo es fiel a la materialidad de la tierra, exalta la diferencia de cada pueblo. Por ello dirá que el término nacionalismo es «equívoco». El imperialismo aspira a unir a los distintos pueblos en un Estado. El uno es defensivo, equivale a naturaleza, Romanticismo y liberalismo. El otro es agresivo y viene a ser igual a clasicismo, artificio humano y autoridad. El imperio es a la nación como el espíritu es a la carne.

Algún ejemplo plástico puede advertirnos sobre el modo de esta elevación del nacionalismo catalán a la dignidad imperial; un modo que, como en la dialéctica hegeliana, conserva y supera a la vez. La sardana fue una de las tradiciones inventadas por el catalanismo a principios del siglo XX, igual que el canto coral, el himno de los segadores, la diada del 11 de septiembre, el excursionismo o la homogeneización de la lengua, depurándola de todo castellanismo sospechoso. Desde sus modestos orígenes ampurdaneses, que pueden fijarse en torno a 1850, este baile capicúa fue elevado a símbolo de la tierra, a ritual comunitario. Oír la sardana y «transparentar» el noble espíritu catalán era todo uno, porque representaba la «florescencia natural, espontánea y rica» de una tierra hermosa. Baile patriarcal, la llama un autor, emanación bellísima de aquellos tiempos felices en que se conservaban incólumes las gloriosas tradiciones de la pagesia catalana. Joan Maragall elogió también la sardana como emblema de la vida social catalana. Todo el mundo a una, pero cada cual entrando y saliendo a su albedrío. Un baile nada sensual, decíase también en elogio suyo, en contraposición a los bailes foráneos. Una vez formada, ya no puede deshacerse. Ahí reside su cualidad misteriosa. Su belleza se encuentra en que es fa i no es desfà. Milagrosa conjunción de orden y ritmo. Un acertijo geométrico. «Es una danza plenamente religiosa». Pues bien, por un ejercicio de prestidigitación, el ALBEDRÍO (ALBIR) orsiano la despoja de sus raíces románticas; su complicación, dice el glosador, es científica; su perfección, matemática; sus movimientos obedecen a un ritmo definitivo, eterno, como la patria catalana o el Mediterráneo clásico. La sardana podía ilustrar, pues, el tránsito del localismo al nacionalismo y, desde ahí, al imperialismo. Xenius creía que no faltaba mucho para que triunfara en los salones de París.12

NOCIONES DE GEOGRAFÍA HUMANA

Las fórmulas orsianas, por lo tajantes, pueden resultar equívocas. En su madurez, d’Ors haría circular la versión de que el imperialismo y su cortejo de imágenes suponían una crítica al nacionalismo catalán. Su doctrina, según confió a su discípulo López Aranguren, «venía a contradecir todo el aparato ideológico del catalanismo».13 Ahora bien, visto desde la época en que se escribió el Glosari, la conclusión debe ser la opuesta. Eugenio d’Ors dio tempranas muestras de ser un nacionalista exaltado, xenófobo, antisemita en ocasiones, hostil al liberalismo. Su separatismo no era solamente espiritual —«nostra ànima no és la seva»—, sino político. Cataluña debía ser un Estado soberano en relación directa con las «naciones extranjeras». Como mucho, como hemos visto, podría admitir una delegación de funciones para formar «Estados cooperativos». Al iniciar su carrera en La Veu de Catalunya pondrá una sordina a estos objetivos maximalistas, envolviéndolos en el mito imperial. Cataluña es «metrópoli», nunca nacionalidad o región autónoma. La celebración jubilosa de la independencia de Noruega, en 1907, constituye otra manera de aludir a la separación. El control aduanero sobre la calidad racial de la emigración castellana, o la limitación de los derechos de ciudadanía a los «metecos», eran propuestas solo realizables si Cataluña se apartaba de España. Una España que, además de opresiva, resultaba contaminante o infecciosa. La emigración era como un río desbordado o una tempestad. La multitud advenediza modificaba la sólida base formada por la población obrera autóctona erosionándola, corrompiéndola, volviéndola impura, condenando al fracaso los esfuerzos de civilización que desarrollaba el catalanismo. Según el glosador, Cataluña debía imitar las restricciones a la emigración que practicaban los Estados Unidos. Impedir la emigración, llegando incluso a la expulsión del «detritus», de los busca-feiners forasters, era ejercer la defensa legítima, el proteccionisme de raça. Era la única manera de evitar que esa multitud inhábil, ignara, fatalista, incivil, sorra humana dels deserts se abatiera periódicamente, como una plaga de langosta o un viento sahariano, sobre las tierras del principado, provocando disturbios como los de 1909. Xenius puso en circulación la palabra «meteco», que tomó del vocabulario de Barrès y de Maurras. El meteco era uno de los «cuatro estados confederados», junto con el judío, el protestante y el francmasón, que son una suerte de cuerpos extraños que conviene expulsar si se ha de evitar una enfermedad peligrosa. Los metecos, en la Cataluña novecentista, acechaban por todos lados. Estaban hechos de una materia equívoca, cambiante; de una pasta cuasi líquida, imposible de moldear. Ellos enturbiaban las purísimas fuentes de la Cataluña auténtica. Parecían una infiltración constante. Con su demografía creciente impedían los progresos de la lengua catalana y del nacionalismo. Nunca se habían visto en Barcelona, según el glosador, tantas porteras, tantos conductores de tranvías ignorantes del idioma catalán. Eran deracinés, desarrelats, gente desarraigada y bárbara que echaba a perder el demos autóctono. Puesto a desconfiar de los forasteros, hasta los turistas podían resultar contaminantes. No; Cataluña nunca se ofrecería como espectáculo a los extranjeros, ni bailarían en el carnaval de lo pintoresco; nunca se «prostituiría» como Suiza.14

También en materia lingüística mostró una intransigencia a toda prueba. La principal tragedia del catalán, o su primer acto, decía, reside en la coexistencia con el castellano; en que este sea la lengua oficial y no al contrario. La mentalidad catalana agonizaba con el uso del castellano. La ciencia probaba que si dos lenguas se daban en un mismo individuo, ello acabaría rompiendo su «unidad psíquica»; que el «espíritu» se dividiría, se dislocaría. El remedio consistía en relegar el castellano al fondo de la subconciencia, al rango ínfimo de «variedad dialectal». Todas las invitaciones, programas, catálogos; todos los rótulos de cualquier acto cultural, concierto, conferencia o exposición; todos los libros modernos, incluso, debían estar escritos en catalán exclusivamente. El uso exclusivo de la lengua propia, según afirma el glosador, tendría efectos taumatúrgicos sobre la creación cultural. Para demostrarlo ponía el ejemplo de Rubió i Lluch. El filólogo e historiador —primo suyo por añadidura— llevaba muchos años enseñando en la Universidad literaria de Barcelona y solo unos pocos años en los Estudis Universitaris. La primera gozaba de aulas y medios, cuando los segundos se desarrollaban de manera precaria, a veces en una modesta habitación. «Pues bien —sigue diciendo el glosador—, el resultado “científico social” de las primeras enseñanzas ha sido nulo o poco menos». Pero de los Estudis había salido ya una decena de jóvenes, «técnicos de la especialidad» y «doctos» en ella. Y ello se debía, sin duda alguna, a que la enseñanza en la universidad se daba en castellano, y en los Estudis, en catalán.15

Acaso no reparara en que sus diatribas contra la diglosia, muchas veces, las escribía en castellano; en que él era un ejemplo viviente de que la coexistencia del catalán y el castellano no impedía la inventiva intelectual ni, mucho menos, provocaban una especie de esquizofrenia. D’Ors era hombre del todo o nada, un totoresista, archinacionalista a fuer de imperial. Una posición semejante a la de Rudyard Kipling, apologista del imperio británico. A Kipling dedicó Xenius una porción de escritos: «Rudyard Kipling: nosotros... empezamos a balbucear palabras imperiales [...] llegue hoy hasta ti el eco de tu cantar grave».16 En el relato titulado El rey del Kafiristán, prodigiosa aventura de dos exsoldados pícaros y heroicos a la vez, que John Huston llevó al cine como El hombre que pudo reinar, Dravot le dice a Peachey: «No quiero fundar una nación... Quiero fundar un imperio». Sin duda, ese era el afán desmesurado de Xenius, aunque el soñador nunca viera realizada su fantasía.

Desde luego, había motivos para extrañarse. Proponer a un movimiento político como el catalanismo, dividido, cuya hegemonía era entonces disputada por el republicanismo lerrouxista; un movimiento que hasta 1913 no logrará la concesión de la Mancomunidad, un órgano de gobierno puramente administrativo; proponer a este movimiento —como decíamos— metas tan hiperbólicas como el imperio, por muy estimulantes que fueran para la acción colectiva, no era cosa sencilla de aceptar. La izquierda catalanista siempre dio prioridad al afianzamiento del nacionalismo, de puertas adentro, Catalunya endins, en lugar de Catalunya enfora. La polémica resucitaba siempre en el momento de las frecuentes escisiones del nacionalismo catalán. El doctor Martí i Julià llamaba «convicción manicomial» a la cosa imperial, una desviación social y humana. Y otro tanto pensaba algún lerrouxista barcelonés, como Adolfo Marsillach, al achacarlo todo a la «neurastenia» orsiana: «Cuántas cabezas trastorna, Jesús, la patriotería». Desde el liberalismo dinástico tampoco se entendió la genealogía que el nacionalismo catalán construía sobre sus orígenes medievales. Esto es lo que concluyó Royo Villanova, luego de un viaje a Barcelona realizado en 1907: «Pues todas las razones del nacionalismo son esas: que Cataluña era autónoma en tiempo de Wifredo el Velloso, y que piensa volver a aquellos tiempos, o transformar la unidad política de los Reyes Católicos, en el lazo confederado o de unión real de don Jaime I».17 Lo cierto es que, pese a las ironías, las fórmulas imperiales pasaron a formar parte del credo ortodoxo del nacionalismo catalán. En La nacionalitat catalana, publicada en 1906, Prat de la Riba dedicó el capítulo IX a «L’imperialisme». Prat describía la formación de la nación catalana como un río que engrosaba con afluentes sucesivos: renacimiento económico, literario y artístico; federalismo y catolicismo regionalista y nacionalismo. El imperio, finalmente, era su fase más elevada, no su negación.

Se ha afirmado que Prat de la Riba pretendió despojar a la consigna imperial de su posible carácter revisionista. Sin embargo, más bien parece que la hubiera acogido como valioso complemento o auxiliar de su doctrina. Imperio era una voz que parecía condensar para él todas las reivindicaciones del nacionalismo. Estudiando la historia de las grandes naciones europeas, según escribe Prat, los catalanistas habían aprendido a soñar con posibles grandezas. Eran, dice, hombres llenos de fe y de ideal que trataban de elevar a Barcelona a la plenitud de un imperio mediterráneo; pero también de abolir las murallas provinciales que impedían que Cataluña se constituyera como un único cuerpo político. A la vez, el nacionalismo catalán trataría de redimir o renovar —estas son las palabras que suele emplear— a las nacionalidades ibéricas. Hacia dentro, la construcción de la nación, la institucionalización política y cultural de Cataluña, la obra propiamente nacionalista. Hacia fuera, el proyecto imperial, la extensión del modelo catalán a toda España. La Solidaritat Catalana como núcleo de la Solidaritat Ibèrica, o bien el imperio peninsular como primer esbozo de l’Espanya gran.18 Así lo entendió, desde luego, el grueso del catalanismo conservador.

El tema imperial, entendido como el periodo expansivo de las razas fuertes (Cataluña) sobre las débiles (España), tenía matices distintos. El significado preciso de un mito político es difícil de aquilatar. Los mitologemas, la forma en que se expresa un mito, por decirlo con Manuel García Pelayo, permiten una constante actualización, pues las imágenes y símbolos que se utilizan carecen de un orden sistemático, especialmente porque suelen representar emociones. Además, el mitologema añade al objeto atributos que no tiene, o amontona exageraciones de carácter positivo o negativo. En Prat de la Riba el imperio suele denotar la unión de todos los pueblos ibéricos, desde Lisboa hasta el Ródano, teniendo a la greater Catalonia como centro. Cambó sigue la ortodoxia pratiana, graduándola según las ocasiones. Durante la Campaña de la Solidaridad, en 1907, el político más destacado del catalanismo imaginaba un futuro autonómico o federativo para España. Una vez reconocida la personalidad, el «hecho biológico» de las nacionalidades españolas, se produciría la lucha por el predominio entre ellas. Cambó identifica abusivamente el principio liberal de competencia libre con los postulados del darwinismo social. Sostiene que la hegemonía castellana tuvo su razón de ser en el pasado, al constituirse la unidad española, cuando primaba el espíritu aventurero y caballeresco. Pero, en los tiempos modernos, el espíritu dominante era positivista, industrial. Y era Cataluña la que, en el conjunto ibérico, mejor encarnaba este espíritu. La alternativa pasaba por invadir o ser invadidos. Al cabo, la nacionalidad más culta, la más rica, la que tuviere más voluntad e inteligencia se impondría a las restantes. Y ella, se supone que Cataluña, informaría con su espíritu a lo restante de España, «la veritable unitat nacional a l’entorn de la personalitat catalana».19 En otras ocasiones, la idea de dominio se presentaba en Cambó con lenguaje regeneracionista. Este tipo de planteamientos suele predominar en sus propagandas peninsulares. El catalanismo, según dijo en Salamanca, era un sentimiento y una doctrina. El sentimiento era exclusivo y particularista. La doctrina, en cambio, podía generalizarse. El problema catalán era idéntico al problema de las restantes regiones españolas. Cuanto más acentuase Castilla su personalidad peculiar, más cerca estaría la personalidad catalana de alcanzar sus aspiraciones. Cuanto más relieve adquiriesen las restantes regiones, mayor sería la vida de España, porque su fuerza y su grandeza habrían de fundamentarse en el esplendor de la vida regional. La misión de Cataluña, como dice en otra ocasión, ahora desde Zaragoza, consistía en insuflar un «alma» enérgica a una España moribunda. El catalanismo, pues, representaba la fórmula de redención. Existían dos o tres «civilizaciones ibéricas», a saber: la castellana, la catalana y, con un menor desarrollo y apariencia, la luso-galaica. La naturaleza y la historia habían hecho distintos a los pueblos hispanos. El Estado, con su artificioso centralismo, ocultaba esta realidad. Debían existir tantos movimientos nacionalistas como pueblos o civilizaciones había en Iberia. De aquí resultaría, según Cambó, un florecimiento de energías. Cada pueblo por sí mismo, unido en una solidaridad gallega o castellana o vasca, sin perturbadoras divisiones partidistas, al margen de problemas «de importación» como el clericalismo o el militarismo. Cambó podía sorprender a sus auditorios madrileños, mezclando la autonomía catalana con la misión imperial de España en América o entre los judíos sefardíes; llegado el caso, se lanzaba a inventar un españolismo irredento tomando a Portugal, el Rosellón y Gibraltar por objetivos de una auténtica «Iberia imperial». Ahora bien, si los oyentes eran catalanes, la cosa variaba. Entonces el nacionalismo «biológico», justificado como conflicto entre «razas» y «culturas», pasaba a primer plano. La proyección hacia Iberia servía para buscar apoyos, condición para lograr el triunfo en Cataluña.20 «Bolívar de Cataluña» y «Bismarck de España», llamó Niceto Alcalá Zamora a Cambó en 1919. España o Iberia, como prefería decir el político gerundense. El catalanismo tenía una original medicina para superar el llamado «problema español»: matar al enfermo, pero regalándole los oídos. Bismarck, o sea, la ilusoria grandeza, constituía una magra compensación para una España regida por un grupo de Bolívares nacionalistas.

Los discursos y propagandas nacionalistas usaron a porfía la retórica del imperio. Barcelona metrópoli, instrumento de hegemonía espiritual, réplica de Prusia, capital efectiva de la nueva Iberia. Los que menos, llamaban a una invasión catalana —del «espíritu», de sus hombres— de España. O invadir o ser invadidos. Los más ambiciosos, como los jóvenes discípulos orsianos, consideraban aquello de la Espanya gran como un entrenamiento colectivo, preparación remota de un imperio incalculable. ¿Había llegado la hora —se preguntaba Ramon Rucabado— de que la acción de Cataluña traspasara sus fronteras lingüísticas? ¿Tenía que comenzar a preparar su hegemonía sobre el futuro imperio español? ¿Había que reclamar el traslado de la capital a Barcelona? Sí, respondía; pero teniendo en cuenta que la influencia del centro madrileño —artificial y corruptor— era todavía poderosa. De momento, habría que ir reformando la enseñanza en sentido nacional e ir rotulando las tiendas en catalán.21 Catalunya capdavantera, a imagen del imperio británico. Un clérigo catalanista argumentó sobre el «imperialismo de la sangre de Cristo»: el «estratega de la milicia celestial» que, desde el «golpe decisivo» de la cruz, «interviene» como un ejército en la historia de la humanidad, hasta que las «legiones» poderosas de los elegidos hagan su entrada triunfal. Imperial era la religión, imperial el arte, imperial la literatura catalana. La preparación de una exposición de artistas catalanes en París, en la que participaba Xenius, podía considerarse «una gesta de imperialismo».22 El glosador, que también había nombrado a santo Tomás de Aquino patró de l’imperialisme, aconsejaba a los suyos ser imperiales hasta en la manera de rascarse. Hay motivos para pensar que algunos se lo tomaron al pie de la letra.

El imperio, en aquel tiempo, era un tema de moda en casi toda Europa. ¿Y cómo no iba a serlo si se trataba de los años posteriores a la Conferencia de Berlín y al reparto de África? En 1900, el liberal británico J. A. Hobson sostenía que el imperialismo estaba «en los labios de todo el mundo [...] y se utiliza para indicar el movimiento más poderoso del panorama político actual del mundo occidental».23 El imperialismo era, por cierto, un asunto muy comentado en el Madrid de finales del siglo XIX y principios del XX. La derrota del 98, la publicística sobre la superioridad de los anglosajones, había llamado la atención sobre las causas de la fuerza y la decadencia de las naciones. A esto se añadió el espectáculo de la guerra anglo-bóer y, a los pocos años, el conflicto armado entre Japón y China, seguido con atención en la prensa del momento. Los escritores españoles, en su mayoría, sacaban consecuencias para la política interior. La lección de la derrota aconsejaba concentrar las energías en los límites del territorio nacional, apartando toda tentación de expansión exterior. Las apelaciones de Unamuno o de Maeztu para la conquista espiritual y económica de Castilla por parte de Vasconia aluden a la colonización del interior pobre y decadente por parte de la periferia rica y pujante. El imperio pudo ser un tema para la nostalgia, pero no un objetivo realista. Y cuando algunos se decidieron a resucitarlo, allá por los años veinte, aparecería bajo la figura algo rebajada de la Hispanidad.

Por su parte, el incipiente nacionalismo catalán empezó manifestando simpatía por las pequeñas nacionalidades, o por las naciones en ciernes, como el Transvaal, que luchaban contra grandes imperios como el británico. Un ejemplo es el mensaje que la Unió Catalanista envió a Kruger en noviembre de 1900, elogiando su firmeza frente a los británicos. Esto significaba, indirectamente, la condena del imperialismo, para defender el derecho de las naciones pequeñas frente a Estados mayores. Solamente al asociar Cataluña a la grandeza francesa, el imperialismo pudo ser considerado también bajo una luz favorable. Así, por ejemplo, lo ponían de manifiesto las opiniones que, en julio de 1899, ante la visita de la flota francesa a Barcelona, se ilusionaron con la anexión. La primera guerra de Marruecos, la llamada guerra de Melilla, en 1893, había encontrado partidarios, como Pere Coromines, entre los miembros de la generación anterior a d’Ors. Y ello a pesar de sus inclinaciones republicanas y libertarias. Pero esta opinión no era entonces normal. Sobre el asunto marroquí, siempre de actualidad en España, el diario de la Lliga era partidario de mantener una actitud de reserva prudente, e incluso de oposición a una intervención militar española. En realidad, el nacionalismo catalán desconfiaba de la capacidad del Estado español para cualquier acción expansionista. Malo era renunciar a la influencia de España —y de Cataluña— en el Mediterráneo; pero mucho peor resultaría agotar unas energías escasas en beneficio de otras naciones poderosas.24

En torno a 1903 existía en Barcelona un grupo que se hacía llamar «imperiales catalanistas». Debió de tener una existencia discreta, a modo de sociedad o club reservado. Lo cuenta Pompeyo Gener, pintoresco publicista, de amplia y desorganizada mente. Dicha corriente estaba formada por individuos «distinguidísimos», que podrían llamarse «de la aristocracia». «Por la propaganda —dicen— podemos inducir a las demás provincias de España a que nos sigan. La Península se constituirá entonces en tres o cuatro grandes grupos alrededor de las capitales naturales. Lisboa para las razas célticas del Oeste. Sevilla para el Centro y Sur, con las razas godo-arábigas. Barcelona a Levante, capital de la España lemosina mediterránea. Y Bilbao o San Sebastián podían ser la capital de las razas vasco-navarras del Norte. Ya que la he hegemonía castellana, esencialmente guerrera y levantisca, ha producido la ruina de España, tócale ahora a Cataluña el conducir a España por las vías de la civilización a la moderna, industrial y superorgánica. Ella ha de ser la que predomine en el Mediterráneo, aliada con Francia, con Italia y con Grecia; provocaría la libertad de las provincias arias del Imperio turco, y ayudada por los egipcios haría un Estado libre en Oriente, con el apoyo de Rusia. El Mediterráneo volvería a ser un mar greco-latino, y las costas Norte de África colonias tan civilizadas como sus respectivas metrópolis».25

No sabemos si el hermano menor de Xenius, José Enrique, pertenecía a este grupo de distinguidos barceloneses. Pero justo en esas fechas escribió en La Veu un artículo sobre el papel de Cataluña en el mundo, como dando fe de que el imperialismo y la mitología que aparejaba constituían un asunto de interés familiar. Las nacionalidades, como los individuos, arguye José Enrique, necesitaban un pensamiento grande para llegar a un alto grado de desarrollo; «necessiten fer-se, removent les mitologies acceptades». La hora de la redención se acercaba para las naciones oprimidas. Y en este drama universal le estaba encomendado a Cataluña un papel importantísimo, pues debía imponer a la conciencia de la humanidad «el principio de autonomía». Esta suerte de misión histórica o destino manifiesto resultaba ineluctable. Como es sabido, los pueblos fuertes debían imponerse a los débiles, a los que estaban desprovistos de ideal (como España, se sobreentiende). Además, era hermoso que existiera el imperialisme intel·lectual, por mucho que molestara a los «cerebros cansados de los igualitaristas».26

Lo curioso, lo desmesurado de la elección realizada por Eugenio d’Ors reside en que él, por entonces un nacionalista radical, yendo a contracorriente de la línea dominante en la Lliga, tomaba a los grandes imperios como modelo a imitar. Sus propagandas, sin embargo, lograron cierto realce, ayudadas por la circunstancia internacional. A medida que se iba perfilando la intervención francesa en Marruecos, fueron apareciendo voces que invitaban a hacerse cargo del problema colonial o imperial. Entre el grupo de noucentistes barceloneses, Josep Pijoan se pronunció a favor de que la joven generación catalana asumiera su responsabilidad sobre Marruecos. Acaso también influyeran en él sus estrechas relaciones con la Institución Libre de Enseñanza. El suyo era un llamamiento a una acción, digamos, civilizadora y pacífica. Se trataba de un deber, una carga —la del hombre blanco—, una acción, una responsabilidad. Era la de Pijoan una invitación al trabajo y al sacrificio para dar vida nueva a otro pueblo.

En las filas nacionalistas aparecieron voces a las que interesaba la presencia catalana en Marruecos, sencillamente para compensar la pérdida del mercado cubano. El senyor Pere Soler i Graells fue comisionado del Foment del Treball Nacional para ejercer en Tánger funciones de representación de la industria catalana. El senyor Soler proclamó ante sus compatriotas catalanes cuál era su intención: «Em proposo en aquest país aixecar ben enlaire la bandera catalana». Dejar muy alto el pabellón. «¡Ah!», solían concluir algunos compatriotas de Soler. Si en lugar de andaluces fueran catalanes los vecinos de Marruecos; si Barcelona estuviera en Cádiz; si pudiera ocupar su lugar, entonces «seríem els amos de l’Imperi».

En el momento de reavivarse la guerra marroquí, en 1909, la posición del catalanismo resultó un tanto ambigua. En aquellos días de julio, mientras se embarcaban las tropas con destino a Melilla, no se levantaron voces de oposición, pero tampoco se demostró entusiasmo. Pere Rahola, que era dirigente de la Lliga y amigo de Cambó, fue uno de los que tomó la palabra entonces, con un artículo francamente lúcido. Dijo que el destino internacional de España, obligada por sus compromisos internacionales y su posición geográfica, era dominar el Rif. De momento, advertía la escasa preparación de un ejército que carecía, entre otras cosas, de unidades coloniales como Francia, y que tenía que llamar a filas a jóvenes reclutas. También, que la intervención española había despertado un sentimiento de independencia que no podría ser anulado por medios pacíficos. El coste de la operación era evidente. Los beneficios de la misma, inciertos. A pesar de ello, el diario de la Lliga siguió con mucha atención los trabajos de los españoles para ocupar su zona de influencia, manifestándose de manera muy favorable, a veces por razones económicas, a veces por razones de estrategia. Los editoriales de La Veu de Catalunya estaban lejos de compartir la tradicional política francófila de España. No conviene tener por vecinos a los franceses en el norte y en el sur. Era, pues, necesaria la colonización del Rif.27

El que se pronunciaba a diario era d’Ors, con una serie de glosas imperiales. La mayoría de ellas, en su modo habitual, invitaban a la intervención de manera rodeada, alusiva. En una de ellas se atrevió a reivindicar para sí, para nostre noucents, el mérito de haber cambiado o influido en la política catalanista. Cierto que la situación era «compleja». «Pero imaginemos —decía— cuál hubiera sido la actitud de la Renaixença ante el problema marroquí». Se habría limitado a condenarla, aludiendo al derecho de los moros a gobernarse a sí mismos. Ahora no. En aquellos momentos, si no todos se habían convertido en imperialistas, al menos estaban en camino de serlo, «tots hem emprès pràcticament el camí que duu a ser-ne». La reivindicación era tan insólita que la redacción del periódico, quién sabe si Prat o Casellas, tuvo que rectificar al glosador con una nota: «El nostre Xènius oblida que aquest sentit imperialista el tenia La Veu ja en aquells temps dels missatges als bòers, com l’ha tingut sempre i per tant, que era només una part de l’opinió catalanista la que adoptava la posició a què es refereix». ¿Cómo iba a olvidarlo? Bastaba con leer el capítulo correspondiente de La nacionalitat catalana, aquel «petit llibre auri», para convencerse de que la única persona que podía hacerlo le había concedido el título de «beligerante».28 Entre sus glosas imperiales y la publicación de la réplica a la nota de La Veu ocurrieron en Barcelona los acontecimientos nombrados por los nacionalistas como Setmana Roja, y luego como Semana Trágica, cuando las huelgas obreras y los disturbios se adueñaron de la ciudad, con un resultado de setenta y ocho muertos y más de un centenar de edificios incendiados, sobre todo religiosos.

CATALUÑA CLÁSICA Y ESPAÑA PINTORESCA

Era un día de octubre, al anochecer. Todavía hacía calor en Madrid. El joven Xenius estaba paseando por el centro de la ciudad. La calle de Alcalá, la Puerta del Sol, estaban casi vacías de gente. De repente, escuchó un rumor creciente. No era un ruido mecánico, pues estaba acompañado por estridentes silbidos y gritos guturales. Desde el fondo de la calle Arenal, viniendo del Palacio Real, avanzaba un rebaño, seguido de muchos más. Los había de carneros, de cabras y de ovejas. Iban acompañados por pastores y zagales, algunos a caballo. Había perros y algún carro en la retaguardia. Ante este espectáculo, el joven escritor tuvo una revelación. Al menos así recordará ese momento, bastantes años después. Aquella masa de vida campesina irrumpiendo en el corazón de la ciudad ilustraba la realidad española. Madrid, más que corte, era cabaña. Y toda España con Madrid era tierra de paganía, opuesta a Barcelona, a la Cataluña civil que él decía encarnar.

Los mitos orsianos trataron de explicar, pues, la diferencia insondable entre Cataluña y España. El dualismo maurrasiano venía aquí de molde. El mal, es decir, el casticismo, el Romanticismo, el desarreglo incurable de los españoles, eran mostrados con símbolos ucrónicos: eterna lucha de Indíbil y Mandonio contra ROMA; perpetuo motín de las capas y los sombreros —el motín de Esquilache—. Un día el chispero se llamó Viriato, significado por su pelliza animal. Otro se apellidó Sancho el Bravo, alzado contra el imperio civil representado por Alfonso X. Barbarie recurrente del vulgo español; manolos y chisperos, con la navaja pronta, prestos a enfrentarse con el ministro europeizante, o emigrantes de raza turbia, refractarios a la civilización; unos símbolos de rebeldía castiza que, para Xenius, tenían cumplida representación en la literatura española. De los escritores españoles solamente salvaba a Juan Valera, y ello no por la calidad de su prosa, sino por sus dotes como hombre de mundo. Según el testimonio de un amigo de juventud, «odiaba a Espronceda, al magro romanticismo español y a Echegaray. Los autores de primer orden contemporáneos ibéricos no los citaba nunca; silencio absoluto para Galdós, para Unamuno, para la Pardo Bazán, para Clarín».

Unamuno aprobaba el imperialismo catalán siempre que tratara de imponer su ideal de vida civil sobre el conjunto de España. Para lograrlo, sostenía el vasco, tenían que abandonar el idioma catalán por el castellano. La hegemonía del castellano era a su juicio definitiva. Usar el catalán era como servirse de una espingarda, mientras que el castellano se parecía a un moderno fusil. Claro que aquí surgían las diferencias sobre qué lengua representaba la espingarda y cuál, el máuser. Pero el rector seguía lanzando sus dardos. El catalán, contra lo que solía afirmarse, no era un pueblo de buhoneros, sino poético, sentimental, idealista. Un poco infantil, eso sí; hablador y aparatoso, como los franceses del mediodía. Barcelona se parecía a Tarascón. Fachada, fachada y fachada. Baroja tampoco manifestó una simpatía excesiva por el catalanismo. En la conferencia que dio en la Casa del Pueblo de Barcelona no dejó títere con cabeza. Militaba el vasco en el lerrouxismo; una militancia que resultó a la postre bastante efímera. La Veu lo tildó de «mestizo», al igual que a Unamuno; estos vascos eran una especie mala de «renegados» que no amaban su tierra; hombres simplistas que no comprendían la complejidad mediterránea. Baroja se había dirigido, según el diario de la Lliga, a un público popular compuesto por gente de paso, ejército de ocupación o tribu nómada. D’Ors llegó a perder la compostura novecentista al describir semanas después al autor de La busca, en una fotografía expuesta en Barcelona. En el retrato destacaba una calva «un poc obscena» y un rostro como de enfermo de hospital. El glosador observó una señal en el cráneo barojiano, como si una mosca se hubiera posado en él, borracha del sol castellano de mediodía, dejando una marca oscura y rojiza, «un senyal, gros i carminós, com un penelló»; un sabañón alevoso.29

Otra figura de la excentricidad hispana es Joaquín Costa. El glosador lo visitó en Madrid. Era verano; las persianas del cuarto estaban echadas y, aun así, el calor era insoportable. Costa se despachó con su joven visitante, como solía, anunciando el fin inminente de España. Nada; no había remisión. La nación española estaba vencida, sin honor. La intervención extranjera acaso fuera el único remedio para una patria moribunda. Y cuenta d’Ors que, en medio de aquellos trenos, entrelazado con aquel discurso nihilista, todavía podían percibirse admirables hallazgos de un lenguaje crudo y pintoresco, «admirables troballes de llenguatge cru i pintoresc». También encontró algunas frases de elogio para los paisanos de allende el Ebro:

—¡Qué gente son ustedes los catalanes, qué gente! Dichosos ustedes que han sabido conservar la ilusión y forjarse ilusiones nuevas.

Entre la conversación, sin embargo, el ambiente se iba volviendo denso. El tufo de las habitaciones sin limpiar producía náusea. De la cocina próxima llegaban aromas de aceite frito. La cocinera cantaba una jota. En la puerta estaban apostados los originales guardias de corps del prócer aragonés, cubiertos con una sucinta camiseta, escuchando sin pudor la conversación. Eso ocurría, según el glosador, el 1 de julio de 1905.30

En uno de sus escritos juveniles, «La fi de l’Isidre Nonell», publicado en la revista modernista Pèl & Ploma, acierta d’Ors a plasmar una escena angustiosa. Es sabido que los temas favoritos del pintor Nonell eran los gitanos y los miserables. Estos dibujos y cuadros llegaron a repeler a la buena sociedad de Barcelona. Pues bien, en su libro primerizo, el joven escritor describe una situación en que los pobres, los miserables, los cretinos, «carn de bordell, del presidi i de la forca, tota la canalla», se revuelven e incendian la ciudad. Al escapar de la quema, estos seres miserables, de rostros y cuerpos desfigurados, monstruosos, se encuentran con el pintor que los había retratado y le dan una muerte horrorosa, empujando entre todos hasta desfigurarlo, quebrándole todos los huesos del cuerpo. Conviene tomar nota de esta fantasía, en la que el pueblo aparece bajo la figura del roto, del mendigo y del gitano, con atributos vestimentarios que denotan su procedencia española. Interesa reparar en ella porque ofrece sensaciones mezcladas, algo turbias, de fascinación y de asco, y todo ello con una indudable admiración por la manera de pintar fuerte, suelta y valiente de Nonell.

El casticismo hispano venía acompañado también de imágenes plásticas de inmediata comprensión: la maja de Goya, la boda del torero Machaquito, las cubiertas rojas y amarillas de los Episodios Nacionales de Galdós, la cocinera gallega de Montero Ríos, la murga verbenera, los cuadros anecdóticos, inferiores, «pintura de pandereta», «pintura étnica» de Zuloaga, Romero de Torres, Regoyos y de toda la «siniestra» tradición española. Un conjunto que trata de apostillar la intención denigratoria: que España, toda ella, era una anormalidad permanente, pintoresca, africana, incapaz de una disciplina que no fuera la del garrote militar. La verdadera institución española era el café, alborotado por conversaciones estridentes y ruido de vajilla, por los fichazos del dominó y los envites con los nudillos de los jugadores de cartas. En el café hispano se hablaba de política, de arte y de la actualidad, pero a voz en cuello:

—Què, tanta política! —deia l’Octavi de Romeu—. Jo sóc del partit dels qui parlen a mitja veu!31

Ni que decir tiene que a estos cuadros e imágenes de la excentricidad completa e irremediable se oponen otros que representan a Cataluña como lo absolutamente concéntrico: fiebre constante de utopía, ciudadanía, normalidad civil, modernidad, europeísmo, clasicismo y pureza racial. A pesar de algún reparo a Gobineau, a su muy leído Essai sur l’inégalité des races humaines, el glosador dará abundantes muestras de creer que la civilización superior de los catalanes es efecto de la raza, entendida unas veces en sentido biológico y otras en sentido cultural. «El catalanismo —afirma— consiste en reconocer la divinitat de la raza propia, en ésser un home de sa propia raça». En cierta ocasión asegura haber coincidido con un mozo ilustrado, pero no catalán, en un pueblo costero. Entonces cayó en la cuenta de que el más ignorante de aquellos marineros le daba mil vueltas al mozo español. Y ello se debía a que, avezado a las conversaciones literarias de Madrid, al visitante se le escapaba la ironía catalana, hecha de matices finísimos. «Aquellos hombres poseían una aristocracia de raza»; una «disposició de la raça» íntima, ancestral, que ninguna aristocracia de la riqueza podía suplantar. Los catalanes, como parte del Homo mediterraneus, tenían una disposición ancestral a la belleza y a la filosofía; eran arios, inclinados a los valores abstractos —como la Justicia—, contra la inclinación de los semitas españoles a los impulsos del sentimiento —la Gracia.32

Los ideólogos del catalanismo habían construido la identidad propia —carácter o tradición política e intelectual— como lo opuesto a la de Castilla. El libro pionero de Valentí Almirall, Lo catalanisme (1886), se abre con dos capítulos dedicados a esta sistemática contraposición: «nosaltres els catalans, que som el revers de la medalla». En la cara de la medalla se hallaba el carácter razonable, pactista, analítico y positivo de los catalanes. En la cruz, la ignorancia supina, la aterradora inmoralidad, la pasión por lo abstracto, la miseria, el afán de predominio castellano, el militarismo; en suma, una raza degenerada, semítica, y un carácter de hidalgo pobre, representado en las figuras del Quijote y de don Juan. También para el obispo Torras i Bages, unos y otros eran como el agua y el fuego. Con su libro La tradició catalana el prelado trató de elaborar una especie de psicología nacional de los catalanes: organización patriarcal, natural, llena de católica espiritualidad frente a la burda democracia nacida con la revolución, un régimen artificial, inmoral, en el que los hombres carecen de vínculos que no sean el egoísmo y el interés. Enseñar el catecismo en lengua castellana era una costumbre destructiva de la fe, «una fe exòtica que la major part de vegades no arrela, una religió estrangera». Pompeyo Gener ponía a contribución el positivismo, no muy bien digerido, para justificar la necesidad que tenía Cataluña de apartarse de Castilla. España era un Estado político bajo el que coexistían varias razas diferentes. La historia de España había sido modelada por los castellanos, que eran una raza completamente distinta a la catalana. Los castellanos eran guerreros, ávidos conquistadores, absortos por una religión absolutista. La mayoría de España, por el predominio semítico y bereber, a causa también del aire enrarecido que se respiraba en la meseta, era incapaz de alcanzar un progreso a la moderna. Los catalanes eran aficionados a las ciencias y a las artes pacíficas. El antagonismo entre ambas razas solamente podría solventarse con la separación, y Prat de la Riba resumía con acierto el resentimiento del nacionalismo: «Esta obra, esta segunda fase del proceso de nacionalización catalana, no la va a hacer el amor sino el odio». Prat trató de explicar a los lectores franceses la manera en que los catalanes se diferenciaban de los españoles o, mejor dicho, de los castellanos. Estos constituían un pueblo semítico, de mezclada sangre árabe y africana, producto de invasiones repetidas. Dicho carácter explicaba por qué, en Castilla, las universidades no enseñaban, los gobiernos desgobernaban y los empleados no administraban. «¿Qué es lo que caracterizaba a la lengua catalana?», se preguntaba en su catecismo patriótico. La claridad y concisión de sus frases, el llamar a las cosas por su nombre sin jerigonzas inútiles. ¿Qué es lo que caracterizaba a la lengua castellana? Las formas ampulosas, el inútil gasto de tiempo y de palabras para designar la más insignificante de las ideas.33

Los hombres del catalanismo describen a España a la manera de un viajero romántico. En la frontera con la civilización europea suben a un tren que los transporta a través de páramos monótonos durante horas interminables. Llegan a la estación de Atocha y aprecian una algarabía de vendedores, limpiabotas y otros personajes equívocos que les ofrecen alojamiento económico o acarrear sus maletas. Aquello les parece entonces el anticipo de un país distinto, pintoresco. Con su equipaje a resguardo, juzgan España a través de Madrid, o, mejor dicho, a través de un aspecto suyo; como si toda la nación española pudiera describirse a través de la subcultura popular madrileña, la tierra de los toros y el género chico, a la que podía sumarse tal o cual rasgo andaluz. La frase de Pompeyo Gener resumía, a fin de cuentas, las creencias de buena parte de catalanes nacionalistas: «No podemos tolerar, en fin, la hegemonía de esa España negra, toda llena de supersticiones, paralizada por la rémora de los conventos; esa España muerta de la inacción, de la crueldad, de la pereza, en que todos aspiran a vivir del presupuesto, aunque sea en clase de esbirros; de esa España que no mira hacia adelante ni hacia afuera, a los puntos en que se trabaja y se piensa». Por otra parte, cuando la historia desmiente la imagen de la Cataluña civil y unánime, el nacionalismo adopta la posición de ignorarla, o de apuntar al adversario exterior. La Semana Trágica fue interpretada por d’Ors —y por el grueso del catalanismo— como un vendaval extraño, una tormenta terrible que se abatió de repente sobre Cataluña. «Oh Barcelona, Oh Catalunya! Què us han fet?». Las casas de Barcelona, el paisaje de la tierra natal, habían servido como decorado para quienes representaban la tragedia. El mal venía de fuera, no se incubaba dentro.

TERESA, LA BIEN PLANTADA

Para ilustrar el mito de la Cataluña clásica, imperial, racée, frente a la España anecdótica, pintoresca y degenerada, Xenius escribió por entregas, desde el 23 de agosto hasta el 5 de octubre de 1911, uno de sus libros más conocidos: La Ben Plantada. La heroína encarna toda la perfección física y moral de la tierra. Su cuerpo es grande, alto —mide 1,85 cm—. Blanca es la piel, pura la raza, con unas gotas de sangre americana (como el glosador, por cierto). Vestida con trajes holgados y blancos se asemeja a la Venus de Milo. Aunque natural de Barcelona, algunos rasgos físicos —las manos grandes, un poco bastas, los pies proporcionados a su altura, lo rotundo del busto— parecen delatar sus cercanos orígenes rurales. Es madre, o promesa de madre, antes que mujer. En una fiesta veraniega le susurra al glosador que son niños, y no hombres, lo que más deseaba en ese momento. Es sencilla y refinada; aristocracia y pueblo a la vez. Representa la tradición pero también las ideas europeas, forjadas desde la antigua Grecia. De su espíritu se derrama serenidad, dulzura, equilibrio, moderación. Su presencia majestuosa tiene la virtud de aquietar las discordias. ¡La pedagogía de la Bien Plantada! ¡Si pudiera contemplar su figura —dice su creador—, no un grupo escueto de hombres, sino todos los hombres de Cataluña! Poetas, artistas, políticos, arquitectos, negociantes. Todos sanarían en su escuela del Romanticismo, abjurarían de los errores pasados, aprendiendo normas de belleza y de buen vivir. En torno a ella se agitan los furiosos iberos, el africano violento (alusión a los causantes de los disturbios de la Semana Trágica).

¿Com te dius Ben Plantada? Me dic Teresa.

El símbolo creado por Xenius se llama Teresa, como la enamorada de Ausiàs March; una manera de subrayar la pertenencia a esta tradición patriótica. Teresa es un nombre castellano. Pronunciado a la manera de los catalanes, tenía sabor dulce, caliente, sustancioso; estaba lleno de gracia. Pronunciado a la manera española resultaba adusto, bilioso, encendido, como la mística de Ávila. D’Ors quería hacer con La Ben Plantada una filosofia de la catalanitat. Su modelo fue Le jardin de Bérénice, de Maurice Barrès, donde su autor pretende resumir la quintaesencia de lo francés. El glosador admira a Barrès. Lo mismo que hay clases, superiores e inferiores, hay libros impresos con mayor o menor esmero y lujo. Barrès era comparable a una de esas ediciones raras y exclusivas, no superiores a veinticinco ejemplares por cada generación. El catalán, sin embargo, se permitió introducir algunas variantes a su modelo, como la de trocar el otoño medieval francés de Aigues-Mortes por el verano clasicista catalán.34 El símbolo de la Bien Plantada —¿hace falta decirlo?— es un árbol, de raíces fuertes y ramaje poderoso, bien plantado entre la tierra —los muertos, la tradición, la cultura— y el cielo, como señalando el porvenir. La obra es, en efecto, una apelación al patriotismo barresiano de la tierra y de los muertos, de la «sangre ancestral», de la «savia noble de los muertos». Llegado el final del relato, ya al comienzo del otoño, la filosofía de la catalanidad se transforma en religión; mejor dicho, en una suerte de culto civil y patriótico, vestido con el ropaje del catolicismo. Teresa, virgen y madre, ideal encarnación de la patria catalana, asciende a los cielos desde los jardines de la villa de Este, en Roma, de manera clásica pero inverosímil. Su mensaje póstumo resulta ser verbo de salvación; un mensaje que puede mezclarse sin reparo con el de Jesús: «Jo no he vingut a instaurar una nova llei, sinó a restaurar la llei antiga». Y su creador y profeta se une, en una especie de unión mística, entre carnal e ideal, con su creación. «Como tú me has poseído, Xenius, ningún hombre me poseerá jamás. Porque una definición —afirma la culta Teresa— es una manera de conquista». «Vés, doncs, i instrueixin les gents, batejant les noucentistes en nom de Teresa». Desde entonces, Xenius podrá designar a los catecúmenos, miembros de la cofradía novecentista, como «hermanos nuestros en la Bien Plantada».

El conjunto de mitos asociados al imperio, y a esta nueva deidad imperial que era La Ben Plantada, sirvieron a d’Ors y al nacionalismo catalán para estimular el narcisismo colectivo. Ser nada menos que un pueblo heroico, civil, universal, llamado a gloriosos destinos. El mito podría transfigurar las positivas, aunque modestas, realizaciones del nacionalismo catalán, dándoles un carácter que no tenían. El Institut d’Estudis, al poco de fundarse, tenía influencia en la ciencia mundial. Prat estaba convencido de que su puesta en marcha señalaba una época nueva en la vida del catalán; de que, alcanzada ya su consagración interior por obra de la Renaixença, venía ahora la de su exaltación como instrumento habitual en la vida científica universal. Los artistas, pensadores y escritores catalanes triunfaban en Europa. La sardana conquistaba París. En Múnich se daban clases teórico-prácticas para el manejo del porrón, heredero glorioso del rithon helénico, ejemplo de elegancia y limpieza en el beber. La derrota de Pams frente a Poincaré, en la elección presidencial de 1913, demostraba la importancia de lo catalán en Francia.35 Sin duda, había ignorantes que se obstinaban en negar las evidencias del milagroso renacimiento catalán. D’Ors leía en el Times que la sardana era «a kind of provençal farandola». Alguien le había comentado el dicho de un inglés: «Barcelona... ¿eso cae en América?». En París asistió al estreno de La catalana, una ópera con libreto inspirado en la Terra baixa de Àngel Guimerà; pero ¡qué escenografía!, ¡qué canciones! Se conoce que los libretistas, puestos a vestir a la francesa el drama de Guimerà, buscaron en el guardarropa del repertorio romántico y pintoresco hasta dar con una amalgama entre La Favorita y Cavalleria rusticana. El «indecoroso» espectáculo le llenó de angustia: los campesinos catalanes bailaban el fandango, mientras el coro rompía en formidables «¡olés!».

3
EL HOMBRE QUE PUDO REINAR

«LA SANTA CONTINUACIÓ»

La diaria labor de Xenius en La Veu de Catalunya le granjeó el favor entre los dirigentes, los intelectuales y el público del nacionalismo. Sus iniciativas, como la constitución de una galería dedicada a las catalanas hermosas, empezaron siendo coreadas por todos los matices del catalanismo, lo mismo por Joan Maragall que por Pere Coromines. Los mitos imperiales y clásicos, con su vocabulario peculiar, corrían con mucha aceptación. Prat de la Riba le ofreció, en 1907, editar su trabajo o borrador de tesis en una colección popular, pero tuvo reparos, según dice; para entonces había perdido el carácter de novedad, troceada como estaba en multitud de glosas imperiales. A su vez, ofreció a Prat la publicación de una biblioteca popular política, cuyo primer volumen habría de consistir en fragmentos sobre asuntos de civilidad o moral social, entresacados de las glosas publicadas en La Veu; un petit volum de doctrina política ciutadana, que se titularía Paraules cíviques o, mejor todavía, Breviari civil. Serían unos libros de reducido tamaño, divididos en capítulos breves que, desde cierta altura teórica, descenderían hasta convertirse en propaganda electoral, «alta propaganda de les eleccions». La oferta no tuvo resultados. Pero el interesado proclamó en su momento el espaldarazo recibido por La nacionalitat catalana, ese breviario insuperado de ideología nacionalista; y lo hizo al modo de las antiguas órdenes militares, como un cruzado de la causa, poco clásico, por cierto: «Espasa de cavaller ens ha armat cavaller [...] Mestre: perquè la doctrina vostra és també la nostra doctrina, li jurem fidelitat a la doctrina vostra». También se cuidó de airear los estímulos que recibía de un noucentista armat, o sea, del mismo Cambó, a quien elogió como gran luchador y agresor, hermano en el imperialismo. Bastaron aquellas palabras de Cambó sobre la futura unidad española, que habría de formarse en torno a la nacionalidad catalana, para que Xenius lo exaltara como ultranacionalista; era el primer imperialista que difundía el nuevo credo en las reuniones electorales; «teniu raó... el patriotisme territorial és el patriotisme dels febles».1 A Eugeni d’Ors le asistían motivos para afirmar que, en Cataluña, si no todos se habían convertido en imperialistas, estaban en camino de serlo.

Hasta su llegada a La Veu, el periódico había defendido muchas de aquellas ideas viejas, ochocentistas, que d’Ors quería destruir. La política de la Lliga Regionalista —el nombre resulta expresivo— era gradualista y parlamentaria. Se trataba de un partido burgués, con fuertes vínculos con el Foment del Treball Nacional y el Institut Català de Sant Isidre, la patronal industrial y agraria de Cataluña. La gran mayoría de sus dirigentes y cuadros eran católicos. Su objetivo inmediato, consistente en alcanzar una administración recta y eficaz, era moderado. Se trataba de eliminar el caciquismo, haciéndose con los resortes de la vida local y provincial, primero, «dignificando» la vida política y, más adelante, conquistando el ideal nacionalista. Cierto que la Lliga y sus hombres siempre mantuvieron reservas frente al parlamentarismo como doctrina. Pero cuando llegaron los triunfos electorales, estos reparos se quedaron en un rincón, olvidados, como trastos inútiles. Desde el punto de vista doctrinal, la política pratiana se inspiraba en el positivismo francés. El Romanticismo era cosa de carlistas y alfonsinos. Destacar la república sobre la monarquía, o a la inversa, formaba parte de las imaginaciones exageradas y fantásticas; una política ideológica que era, según el dicho catalán, somiar truites. Para el senyor Prat, lo que primaba era lo real y tangible, lo práctico e inmediato, la comunidad de intereses de Cataluña. Por su parte, Cambó subrayó en varias ocasiones el accidentalismo de la Lliga. Monarquía o República eran conceptos generales que carecían de «valor sustantivo». Inglaterra, Rusia o Serbia estaban organizadas como monarquías. ¿En qué se parecían? Así, hasta llegar a la rotunda frase que pronunció en 1918 en un acto público: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!». En contraste con ello, un maurrasiano como d’Ors, alguien tan sensible a las imágenes y a los símbolos, tendía a ver con buenos ojos a la realeza. Desde luego, para él no había duda de que, en relación con las artes, la república era inferior a la monarquía. La primera había erigido como símbolo una prenda tan extravagante como el gorro frigio; la segunda, en cambio, se prestaba con mayor facilidad a los motivos ornamentales: toisones, escudos, flores de lis.2 Superioridad estética, no política. Ambigüedad que podía ser consonante con la de la Lliga, que, a partir de 1918, olvidó su accidentalismo para participar en varios gabinetes de la monarquía.

Estas opiniones motivaron algunas faltas de entendimiento entre d’Ors y sus patronos. Prat, él mismo o a través de Raimon Casellas, el redactor jefe de La Veu, podían censurar las glosas que menospreciaban algunos de sus autores más queridos. Taine y Torras i Bages eran intocables. En una ocasión, el glosador se atrevió a constatar «L’execució de Taine», a consecuencia de ciertas conferencias que Alphonse Aulard había pronunciado sobre la Revolución francesa. Y ello era algo que Prat no podía admitir. Según se deduce de su correspondencia con Casellas, Xenius andaba corto de dinero y el periódico pagaba poco.3 Pero, en general, Prat dejaba hacer. Como en aquella apostilla a la glosa imperial. En sus últimos años, ni siquiera insistía en su medievalismo, en su adhesión a la escuela histórica del derecho. La juventud leía a Vico, por recomendación del Pantarca (como también se conocía a d’Ors: el que lo manda u ordena todo), pero no leía a Taine. Su figura seguía produciendo una sensación de respeto y confianza. Prat trataba de afirmar la continuidad ideal entre los jóvenes nacionalistas, como Xenius, y su propia generación; para ello se apropió, una vez más, del vocabulario orsiano sobre «la santa continuació: la nostra obra continua substancialment en la vostra obra... pels ideals de generós imperi que a Catalunya comenten a descloures». Las palabras son importantes. Pongámoslas en castellano: «En los sustancial, nuestra obra continúa en la vuestra... por los ideales de generoso imperio que comienzan a ver la luz en Cataluña». ¿Hacía falta más?4

«EUFÒRIA DELS CIMS»

Las apariciones de Xenius en Barcelona empezaron a tener el aire de un acontecimiento. Se había casado en septiembre de 1906 con Maria Pérez-Peix, una mujer nacida en 1879, poco corriente, atractiva, no mala escultora —firmaba sus obras como Haydée de Telur—, aficionada a la música y a los deportes, que llevaba vestidos nada convencionales. En su momento, ambos formaron una pareja que hoy podríamos llamar «glamurosa».5

Tenía prestigio suficiente como para convocar dos veces en la Sala Parés —era en abril de 1908— a un buen golpe de artistas y literatos. El conferenciante dominaba su oficio a la perfección. Tenía claridad y elegancia. Se expresaba con una cadencia lenta, melodiosa. Pere Coromines asistió a varias de sus clases y conferencias y quedó prendado de su figura un poco episcopal; el suyo era como un sermón pronunciado con «una suau unció evangèlica». Tenía el «narcisisme de l’estil». Podía convertir una conferencia sobre temas en apariencia arduos en un acto mundano, a la manera de su maestro Henri Bergson; o bien en un juego de sociedad o en algo muy parecido a una sesión de espiritismo. Durante una conferencia en Can Parès, destinada a explicar la psicología de la atención, Xenius repartió entre los asistentes cuatro hojas diferentes: las tres primeras eran idénticas por su forma tipográfica; en la primera se hallaban unos versos conocidos del Tenorio de Zorrilla; en la segunda, un texto desconocido aunque de una materia sencilla de comprender; la tercera hablaba de química, siendo la cuarta francamente ininteligible. En cada hoja había doscientas erratas, en las que debían reparar los miembros del público. Cuantas más erratas fueran capaces de corregir, más intensa se consideraría su atención. El resultado del experimento, por así decir, desmintió la tesis sostenida por el conferenciante: que la atención resultaba más intensa en las cosas desconocidas que en las conocidas, y este rectificó con aparente honestidad científica.

De la psicología pasó a la lógica, en 1909, en un curso de cuatro conferencias que tenía como base su escrito «La fórmula biológica de la lógica», así como la comunicación presentada en el Congreso de Heidelberg. El local que tenían los Estudis Universitaris, en un piso principal de la calle del Pi, quedó desbordado. La crónica del acontecimiento advierte que el público asistente era tan numeroso como singular; una élite o, mejor, distintas élites correspondientes a los diferentes ramos literarios y científicos: Joan Maragall se codeaba con el doctor Pere Esquerdo; el doctor Pi i Sunyer se había sentado junto al poeta Carner, y Carreras i Artau, al lado de Marquina. El conferenciante se sirvió de una pizarra para trazar esquemas en cada una de sus intervenciones, que fueron elogiadas por su claridad, elegancia y sobriedad, así como por hallarse llenas «de una profundidad y solidez maravillosas». Uno de sus discípulos, Ramon Rucabado, elogió la «magistral» exposición porque, escuchando al maestro, a su «palabra augusta», tenía la impresión de viajar por el mundo científico y filosófico; un viaje que aunaba la sabiduría y la voluptuosidad. La ciencia, a través de los labios entrecerrados de Xenius, despojada de cualquier artificio mecánico y frío, era bella y amable. Solo a muy contadas personas, como les era dado levantar el velo a Isis para sacar a luz la Trinidad formada por la Belleza, la Verdad y la Bondad.6 En la charla que ofreció en el local que tenía en la calle Condal el CADCI (Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Indústria), la organización autonomista de los dependientes y empleados, adoptó un tono épico. Ante los asombrados oyentes apareció un escenario de reconquista espiritual, una Covadonga nueva, una apelación al milagro, como si los manes del pasado resucitaran entre las ruinas de Empúries para reunir otra vez las dispersas energías espirituales de Cataluña. Las conferencias que daba Xenius sobre asuntos tan variados como los de su glosario, ya fueran de psicología, de arte, de literatura o de filosofía, ya fueran divulgativas o dirigidas a un público definido, estaban siempre concurridas. De nuevo en la Sala Parés, que era donde el círculo de San Lucas solía convocar a sus asociados, el Pantarca habló de Leonardo. Comenzó con unas palabras para advertir a la concurrencia —literatos y pintores en su mayoría— de que iba a representar una ficción dramática, que se cifraba en evocar la grandeza de los principios del artista italiano y en observar cómo reaccionaba el auditorio ante ellos. Se hizo un «silencio religioso» y el conferenciante leyó con una cadencia perfecta... los escritos de Leonardo, coleccionados por el erudito francés Ravaisson-Mollien y los comentarios del erudito alsaciano Eugène Müntz. Y las palabras obraron como un conjuro. En el «silencio religioso» con que fueron escuchadas, el mismísimo espíritu del arte se hizo presente y, por un instante, habitó en el auditorio. Todo el mundo salió de la sala con el convencimiento de haber asistido a una «fiesta espiritual», mezcla de lección inaugural y revelación misteriosa: «I per tothom passà el fervorós estremiment de la fe». Pero el conferenciante también podía cambiar, en pocos días y en la misma sala, el papel de médium por el de prestidigitador, rodeándose de insólitos recursos teatrales. En esta ocasión, la charla estaba dedicada al francés Eugène Carrière, un pintor próximo al simbolismo, de paleta monocroma, tanto que a veces sus figuras parecían espectros; un artista que trataba de establecer una relación entre su obra y la naturaleza universal. Hizo una introducción y después pasó a leer una conferencia ya pronunciada por el francés, titulada El hombre visionario de la realidad, que trataba sobre esqueletos y fósiles del Museo de Historia Natural. Para la dramática reconstrucción de la charla, Xenius se rodeó de un esqueleto humano, dos de mono y otros de reptil o de pez. La «escogida» concurrencia estaba fascinada, rebosante de «fina emoción». Todos salieron de allí convencidos de haber asistido a un «convite espiritual», «satisfechos —dice la crónica— de haber nutrido sus almas menesterosas de espirituales elegancias, orgullosos por figurar entre los elegidos».7

Al retornar a Barcelona de su estadía en París, su ascenso resultó imparable. Había gente que se presentaba en la taquilla de la administración de La Veu preguntando por tales o cuales grupos de glosas: «Que em sabrien dir quins són els números que porten les Cròniques d’Algeciras? I el d’aquella glosa sobre en Maura?». La primera recopilación del Glosari, publicada en 1907, fue celebrada como un acontecimiento. Se advirtió su afán de tratar todas las cosas, de invadir todos los terrenos; se manifestó que pretendía la originalidad a todo trance, que era un «doctrinarista». Respecto del estilo se fijaron en su prosa algo atormentada, rota por frecuentes incisos que eran como apartes, a veces de gramática no muy coherente; también en que trataba las cosas de mayor trascendencia con desenfado y en que, al revés, aplicaba un estilo sublime a los asuntos de escasa importancia. Pero todos coincidían, por encima de las objeciones, en que Xenius era un «hombre útil», un autor fuera de lo común, uno de los escritores catalanes que merecían ser estudiados y discutidos. El prólogo que Raimon Casellas, el redactor jefe de La Veu, dedicó al autor, descubre que su figura y sus escritos se comentaban en los cenáculos barceloneses en parecidos términos:

—És un enginyós [...] un enginyós.

Decían de él que era como una mariposa, libando en la flor de las grandes ideas; uno que escribía de omni re scibili; un apriorista, acaso excesivo

—És clar que sí. Un apriorista a sang i foc.

Las Glosas recopiladas fueron impresas por el afamado establecimiento de Fidel Giró. La portada era austera, queriendo recordar las ediciones renacentistas. Tenía como remate una tabla onomástica. Del libro se tiraron cuarenta ejemplares en papel de hilo, para delectación de los bibliófilos.8 La alegoría que dibujó Apa para el frontispicio de la obra evocaba al glosador, vestido con una suerte de casaca dieciochesca, monóculo y bastón, acompañado de un tiernísimo infante con una protuberancia dorsal parecida a un rabo, que acaso fuera una imagen de la patria nueva catalana, apegada todavía a la naturaleza, que contemplaba en lo alto una ideal imagen clásica, apenas esbozada, una suerte de Venus servida por la mano diestra del glosador. Las revistas de humor apenas se atrevieron entonces a tomarlo como blanco. Alguna se asombraba por la manera en que el glosador saltaba con alegría desenfadada desde las cimas del imperio a las frivolidades del cotidiano vivir, desde el porvenir de la ciencia al color de los chalecos. Xenius estaba en todo. Un dibujo de Opisso, publicado en ¡Cu-Cut!, se refiere a estos múltiples saberes, entre los que podían encontrarse los que atañían a la cocina y acaso a otros conocimientos menos aparentes.

EL HOMBRE INDISPENSABLE

Al hacerse cargo de la Diputación de Barcelona, en 1907, Prat de la Riba dio impulso a la acción cultural del catalanismo. Bajo su patrocinio comenzaron las excavaciones en Empúries y la rehabilitación del monasterio de Sant Cugat del Vallès. Como prueba de la extensión de la obra cultural de la Diputación, Prat calculó que el gasto en el capítulo de Instrucción Pública superaba por muy poco el medio millón de pesetas antes de 1910 y que cinco años después pasaba de los dos millones. La fundación del Institut d’Estudis Catalans, a imagen de la Junta para Ampliación de Estudios de Madrid o de la École des Hautes Études de París, fue su creación más destacada. Aunque Prat no figurase expresamente en el grupo fundador, en el que estaban Pijoan, Carner, Rubió i Lluch o Puig i Cadafalch, ni tuviera cargo ni responsabilidad oficial alguna, fue el impulsor y artífice del proyecto. Su voto era decisivo en todas las cuestiones de importancia y, en la práctica, todos los nombramientos de personal necesitaban de su visto bueno. Solamente en 1917, cuando estaba al final de su vida, se le nombró miembro numerario de la sección de Ciencias, y ello a título honorífico. El Institut, según sus principales historiadores, fue una pieza clave en la política cultural del catalanismo, sirviendo de impulso para la profesionalización de los intelectuales catalanes; una institución que realizó en sus primeros años una estimable tarea de investigación y proyección de la cultura catalana hacia el exterior. Es cierto que había límites severos para los gastos por dietas (25 pesetas por reunión) y que no podían cobrarse más de cuatro dietas mensuales. También las ponencias tenían su tarifa, dependiente del número de páginas.9 Acaso por ello, la posición de Xenius en el Institut suscitó algún malestar y no pocas envidias. D’Ors se convirtió en el ojito derecho de Prat de la Riba en materias culturales. Fue Prat quien lo designó para que acudiera al Congreso de Filosofía en Roma, en 1909, disponiendo de los fondos de la institución para abonarle los gastos del viaje y la estancia. La ampliación del Institut, con las secciones de Historia y Ciencias, además de la de Filología, en 1911, se hizo por sugerencia suya, siguiendo ahora el modelo del Institut de France. Para él se reservaron los cargos de secretario general y miembro y secretario de la sección de Ciencias. Su actuación fue decisiva en la marcha del Seminario y Laboratorio de Pedagogía. Por si ello fuera poco, se creó para él un Seminario y Laboratorio de Filosofía y Psicología, con unos emolumentos adicionales de 7.000 pesetas anuales. En 1914 pasó a formar parte del patronato del Museo Social y del Consell de Pedagogia al año siguiente, teniendo a su cargo el departamento de enseñanza superior, academias y bibliotecas. Antoni Maria Alcover pudo asegurar que sus ingresos, por diversos conceptos, ascendieran a 15.000 pesetas anuales. En 1917 llegaría su designación como director de Instrucción Pública de la Mancomunidad; el reconocimiento que parecía definitivo, la responsabilidad para la que se había preparado a conciencia durante varios años. Antes del nombramiento se realizó una suerte de concurso, pero el resultado se daba por descontado. Nada más ser designado, redactó una exposición en la que trazaba un índice de las tareas que debían acometerse en el ámbito de la instrucción pública en Cataluña. Un índice que, como en su escrito juvenil, ponía como base del nuevo sistema educativo lo que hasta entonces se había tomado como cúspide. Primero se trataba de reformar la enseñanza superior y la investigación científica, «veritable fonament de qualsevol política de cultura», para luego descender hasta la enseñanza primaria y la divulgación. Este programa se amparaba tras la autoridad de Prat de la Riba, recientemente desaparecido: «La lluita per la cultura constituí [...] una de les centrals preocupacions de l’il·lustre republicà que fou el nostre primer president». El cargo, por otra parte, aparejaba un salario anual de 7.500 pesetas.10

Las tareas y responsabilidades se acumularon, al tiempo que se ampliaba la acción cultural del catalanismo. La antigua fábrica Batlló, que ocupaba cuatro islas del Eixample, cerca de la actual plaza de Francesc Macià, fue destinada para sede de las nuevas empresas. Allí se localizaron la Escola Industrial y el Consell d’Investigació Pedagògica, llamado Consell de Pedagogia en 1913, que era el núcleo impulsor de un conjunto de iniciativas en materia de enseñanza. «Aquell aplec d’edificacions va esdevenir la universitat de la diputació nostra», dice un participante. «Xènius tenía su despacho en el edificio llamado del Rellotge». Sucesivamente, fue asumiendo la dirección de la revista Quaderns d’Estudi y de la colección Minerva» —Col·leció popular dels coneixements indispensables—; la dirección de la Escuela de Bibliotecarias y la organización de la red de bibliotecas populares. También planificó los «Cursos Monogràfics i d’Intercanvi», en los que señalados profesores europeos dieron charlas y conferencias en Barcelona. Y todo ello sin abandonar la cotidiana colaboración en La Veu de Catalunya, ni sus lecciones en el Seminario de Filosofía. Después de almorzar escribía lo siguiente, según le comentó a un periodista:

Me interesa la organización de mi trabajo, de tal manera que he conseguido, para ganar tiempo, poder escribir inmediatamente después del almuerzo, aplazando la digestión y haciéndola coincidir con el rato en que no tengo nada que hacer... Y ya ve usted, tengo una salud envidiable.11

Algunos recordarán los años heroicos del Institut, cuando la sala de la biblioteca estaba a medio hacer y llegaban carretadas de libros, que eran catalogados por cuatro bibliotecarias y por voluntarios que terminaban cubiertos de polvo bibliográfico. El Institut estaba en la calle del Bisbe, al lado del palacio de la Generalitat. Campeaban sobre el dintel del portalón de ingreso las letras romanas de la institución, iniciativa seguramente del Pantarca: INSTITVT D’ESTVDIS CATALANS. Al trasponer la entrada, una fuente dejaba caer el agua sobre una taza de piedra, de vaga factura románica, muy del gusto de Puig i Cadafalch. Los bustos de Llull, de Eiximenis y de Vives, obra del escultor Clarà, y una bella cabeza de Milà i Fontanals, obra de Ismael Smith, se hallaban metidos en hornacinas, marcando la ideal genealogía de la ciencia catalana, en versión de Xenius, porque todos eran personajes destacados en sus glosas y seguramente se manufacturaron por encargo suyo. Trepando por la breve escalera se entraba al vestíbulo, que daba acceso a la biblioteca y a la secretaría, en cuya antesala estaba colgado un cuadro grande de Torres-García. El secretario del Institut se las ingenió para orillar la posible resistencia de Puig i Cadafalch practicando una política de hechos consumados, o eso daba a entender en una carta al pintor: «Victòria! “La filosofía décima musa” ha arribat a l’Institut. Avui l’he fet instal·lar, i, després, a cop calent he demanat i obtingut l’aprovació de Puig. La vostra pintura queda, doncs, a l’Institut».12 Cada sección parecía destilar una personalidad propia, con sus figuras humanas características. La sección de Historia y Arqueología, acaso la más pintoresca, por la que aparecía el señor Rubió i Lluch, con su sombrero de media copa; la sección de Filología, que comenzó presidiendo mosén Alcover, tenía un aire un tanto clerical, porque también pertenecía a ella mosén Frederic Clascar, autor de varias traducciones bíblicas, confesor de Prat de la Riba; solamente el poeta Josep Carner, que llevaba vestimenta poética, ponía la nota de color. La sección de Ciencias era —según recuerda Sagarra— la más gris, con el doctor Terrades, que después de estudiar en Alemania se había especializado en física matemática y pasaba, con razón, por ser «l’home més savi del país». En un despacho chiquitín estaba d’Ors, con un ramo de rosas sobre la mesa. Por allí andaban Agustí Calvet, Gaziel, el futuro director de La Vanguardia; Eudald Duran i Reynals, el bibliotecario que murió muy joven; Josep Maria de Sagarra, el futuro literato. Este último recordaba a Xenius con el gesto de pasarse las manos por la cabellera, «disfressat de Gavarni o de Dumas fill segons els dies», con los fantasmas de la filosofía —el cuadro de Torres-García— en la pared. De vez en cuando, Prat de la Riba se pasaba a echar un vistazo, mostrando siempre un gran interés. Todo el mundo lo saludaba entonces con gran respeto.13

D’Ors podía sentirse orgulloso. Aunque no fuera creación suya había contribuido a su desarrollo. Cuando recibía a un visitante le mostraba los libros raros y las publicaciones de la casa. Sacaba los dos volúmenes gruesos de La arquitectura románica en Cataluña, de Puig i Cadafalch; los archivos de la sección de Ciencias, de la que era secretario también. Hacían tiradas de mil ejemplares, y una parte la intercambiaban con las publicaciones de otras instituciones. «Vea, vea usted esta edición sobre geografía de los estados españoles en el reinado de Carlos I. Se hizo en Ámsterdam, para los reyes... Vea qué regalo, Las guerras de Cataluña. No son libros estos mamotretos, sino cajas. Papeles, programas, manifiestos, documentos oficiales; todo reunido pacientemente por un señor que hizo este legado». El secretario de la institución guiaba al visitante hasta las estanterías que tenían el rótulo de «Filosofía». «¡Ah! Este es mi rincón», decía entonces. Hegel, Kant, Espinosa. «¡Vea qué bonito, Espinosa!». Estaba la biblioteca de Jacinto Verdaguer; sus cartas, el manuscrito de La Atlántida. La biblioteca comprada a sus herederos. Viendo todos aquellos libros y papelorios, a veces creía encontrarse ante un cuadro sobre la vanidad de las cosas humanas. «Es lo que queda, amigo mío, es lo que queda de todas nuestras zalagardas». El espiritual, el exquisito Xenius parecía feliz, encantado de poder enseñar aquello.14

El proyecto de bibliotecas populares fue una de sus realizaciones más logradas. Aprobado en mayo de 1915 por el Consejo de la Mancomunidad, pretendía difundir y facilitar los útiles de conocimiento a todos aquellos que vivieran alejados de los grandes núcleos urbanos. Los edificios debían ser de una planta, separados de cualquier otra institución educativa; claros, limpios, decorados con higiénica y económica coquetería, «presentando por dentro y por fuera un aspecto agradable a la vista». Una vez fundadas, las bibliotecas deberían funcionar las unas en relación con las otras, teniendo como referencia suprema a la Biblioteca de Catalunya. Las bibliotecas, en el proyecto orsiano —casi una utopía bibliotecaria— tenían que representar el «començament d’una vida nova en els pobles de Catalunya»; tenían que establecerse a distancia de la vieja rutina, como faros o atalayas desde las que podrían difundirse las luces por todo el principado. Cada biblioteca tendría como remate el escudo y la bandera de Cataluña, que se izaría en los momentos solemnes. Pero, aparte de la extensión de los conocimientos generales, las bibliotecas estarían dedicadas a difundir la cultura catalana.

Las tres primeras bibliotecas populares de la provincia de Barcelona, creadas en Sallent, Canet de Mar y Pineda de Mar, adquirieron un fondo librero con esta proporción idiomática: 32,18% en catalán, 52,18% en castellano y 15,64% en otras lenguas. El personal de las bibliotecas fue escogido deliberadamente entre mujeres. Se pensaba que, de esta manera, se conseguiría una plantilla de primer orden, con un coste inferior. Si se abriera el reclutamiento a los hombres, solamente acudirían aspirantes mediocres, pero a un precio mayor. Las mujeres, además, añadirían un suplemento a su oficio: un carácter atractivo, amable, de limpieza y coquetería que el fundador pretendía dar a la institución. Para su formación se creó una escuela especial, que tuvo a Xenius como primer director. Las enseñanzas tendrían su parte especializada en biblioteconomía, pero dando un espacio insólito a las humanidades clásicas. Las bibliotecarias, en la utopía orsiana, habrían de desempeñarse como «misioneras» de todo género de superioridad. Las bibliotecas representaron una novedad en España. Ofrecían el acceso libre a sus fondos bibliográficos, tenían el servicio de préstamo gratuito y salas destinadas al público infantil.15

La primera piedra de la biblioteca de Valls fue colocada el 23 de octubre de 1916. Su creador pronunció unas palabras en la ceremonia que daban a entender la misión civilizadora a la que estaba dedicado; un discurso mesiánico en el que el fundador parecía ofrecerse en holocausto por el bien de Cataluña:

Recuerdo que algún escéptico me decía: ¿Por Cataluña quieres predicar la palabra nueva? Pierdes el tiempo. Hasta las piedras se levantarán contra ti.

Mejor, que se subleven; porque este será el camino necesario para que las piedras se transformen en señores (Muy bien).

Y en vena profética, anunció: «I vindrà ara tota la Renaixença d’un poble». En aquellos solemnes momentos, el glosador se sentía en el papel de Colón, y ganas le daban de arrodillarse y besar una tierra que anunciaba ya el porvenir venturoso.16

Xenius devolvía con su asombrosa capacidad de trabajo la amplia confianza que Prat había depositado en él. Fuera de las obligaciones institucionales, las iniciativas sociales del catalanismo contaban con su presencia y apoyo propagandístico, ya fuera la Lliga del Bon Mot, dirigida desde 1908 por Ivon L’Escop (seudónimo del eclesiástico Ricard Aragó), las campañas contra la «hemofilia» que llevaba a cabo el empresario y publicista Ramon Rucabado, ya fuera el Institut de Gimnàstica Rítmica, iniciativa lanzada por Joan Llongueras en 1913. Bofill i Mates resumía en pocas palabras la cultura del nacionalismo que abanderaba la Lliga, y lo que esta debía al eximio glosador; una cultura libre del «pulgón» de los esclavos y metecos; una cultura aristocrática, pero también burguesa, las clases que con los intelectuales —seguía diciendo— eran más nacionalistas, frente a las amorfas multitudes del lerrouxismo, que propendían a la utopía y al internacionalismo:

Toda cultura cristaliza en una Ciudad. El espíritu civil es flor de cortesía, de refinamiento, de plenitud, de aristocracia. Evita el pulgón de los esclavos y los metecos. Xenius, glosador eximio, es el primero que, de manera insistente, nos ha hablado de ello. La Lliga del Bon Mot ha creado escuela, así como la antihemofilia, la gimnasia, la fiesta del árbol, el feminismo, el teatro para niños, el antialcoholismo, el hospital de incurables, la extensión universitaria y los almanaques nuevecentistas.17

En esta actividad había otra semejanza con Goethe, su figura predilecta. En sus años de Weimar tenía potestad sobre los asuntos militares, los caminos y las minas; ejercía de supervisor de finanzas; dirigía la academia de dibujo y era una suerte de maître de plaisir o «maestro de ceremonias», encargado de la configuración artística de las festividades.18 El catalán era también un hombre ubicuo. «Ell ho era tot», dice Alexandre Galí: ministro, consejero, director de servicios burocráticos, proyectista, ejecutor. Informaba personalmente al Consell de Govern, se le convocaba a sus sesiones y, finalmente, llevaba a cabo la ejecución de las decisiones. En el Institut tenía vara alta en la contratación del personal, y se permitía saltar de una sección a otra, de la de Ciencias a la de Filología, sin embarazo alguno. Su actividad en la comisión de normas ortográficas fue discutida. D’Ors aceptaba, en general, el sistema propuesto por Pompeu Fabra, pero tenía algunas preferencias: defendía el grupo ch al final de la palabra (Francesch, epilech); por el contrario, pretendía abolir la hache —hac en catalán—. En la comisión se llegó a un pacto que consistía en conservar las etimológicas (home, herba) a cambio de suprimir las intervocálicas (grahó, vehí). Tan porfiado era d’Ors, tanto se dilataban algunos debates, que al parecer un miembro de la comisión, Pere Coromines, decidió entrevistarse con el president. Prat dirigió una suave amonestación a d’Ors y Fabra pudo imponer su perspectiva sin oposición.19 Con todo, el glosador seguía siendo el intelectual más considerado del catalanismo. Si exceptuamos a las figuras señeras, como Prat o Puig i Cadafalch, ninguna otra había concentrado tanta influencia personal en la política cultural del nacionalismo.

LA CONSTRUCCIÓN DEL «NOUCENTISME»

Su participación en el acto inaugural del Institut y de la Biblioteca de Cataluña, en mayo de 1914, tuvo una importancia simbólica; fue algo así como una consagración del papel destacadísimo que desempeñaba en la cultura del catalanismo. El acto se celebró, precisamente, el mismo día en que la nueva Mancomunidad había celebrado su primera reunión plenaria. Escuchándolo estaban las fuerzas vivas de Barcelona, los miembros de la Mancomunidad, el Ayuntamiento en pleno, representantes del Orfeó, del Ateneo, del Centro Excursionista... es decir, todos los que contaban en las letras catalanas. Todos admiraron algunos objetos de la exposición organizada al efecto: el manuscrito de L’Atlàntida, de Verdaguer; un fragmento de Tirant lo Blanc; un ejemplar del Cançoner provençal. D’Ors aprovechó su parlamento —interrumpido en varias ocasiones— para elogiar la personalidad de aquel que no se atrevía a nombrar, el seny ordenador —Enric Prat de la Riba—, que había sido capaz de unir la causa de la civilización con el destino de la patria. Su parlamento, en mitad del acto, tuvo lugar entre las intervenciones de Massó i Torrents y Rubió i Lluch, fundadores del Institut. El secretario del Institut promovería, semanas después, una edición lujosa de su Oración, con ilustraciones de Esteve Monegal, relacionando de manera explícita la estética clasicista del noucentisme y las realizaciones culturales del catalanismo.20

El influjo orsiano se amplió todavía más por obra de sus fervorosos discípulos: Josep Maria López-Picó, secretario de la Sociedad Barcelonesa de Amigos del País, adscrito desde 1914 a la secretaría de Prat de la Riba; Eladi Homs, que trabajaba en el Consejo de Pedagogía; Jaume Bofill i Mates, poeta que firmaba como Guerau de Liost, un trovador medieval, aunque también era un miembro activo de la Joventut Nacionalista y llegaría a ser concejal del Ayuntamiento de Barcelona; Joaquim Folch i Torres, bibliotecario, crítico de arte, profesor de la Escola de Bells Oficis y director en 1920 de los museos de Cataluña; o el mallorquín Joan Estelrich, que iniciaría en la Barcelona de 1918 una larga trayectoria como director de publicaciones y empresas culturales catalanistas, casi siempre bajo la sombra alargada de Francesc Cambó. Este grupo de literatos doblados en burócratas —podríamos ampliar la nómina con Joaquim Folguera, Carles Riba, Enric Jardí, Martí Esteve, Josep Farran i Mayoral, Martí Casanovas— colaboraba habitualmente en La Veu, en asuntos de su especialidad: crítica literaria, arte, pedagogía, crónica política. Folch i Torres tenía a su cargo la página semanal de arte a partir de la muerte de Raimon Casellas; desde ahí, difundió el ideario clasicista del noucentisme, expresamente colocado bajo el magisterio de Xenius. El grupo dominaría publicaciones como La Cataluña, desde 1907, refundada con el nombre de Cataluña en 1911, luego seguida por La Revista, inaugurada en 1917. Desde Cataluña, precisamente, d’Ors esbozará el programa de esta generación, en uno de sus trabajos periodísticos de más empeño, que titulará «El renovamiento de la tradición intelectual catalana», en el que establecerá las aspiraciones del grupo a dominar la cultura y dirigir las instituciones culturales del catalanismo. Cuarenta artículos se publicaron en el número inicial de Cataluña, relativos a todos los ámbitos del saber: arte, educación física, ciencias naturales, economía, pedagogía, literatura..., firmados en su mayor parte por los amigos o colaboradores de quien, para estas fechas, era ya el leader indiscutible de la juventud intelectual catalanista. Se trataba de un programa que, lejos de ser patrimonio de un reducido grupo de intelectuales, fue prohijado por la Lliga, al darle relieve en la primera página de La Veu de Catalunya. «La nota dominante consiste en una afirmación del ideal patriótico del catalanismo», afirmaba el editorial del periódico. Raro es el trabajo o artículo de los miembros del grupo novecentista donde no aparezca destacado el ideario, el vocabulario y hasta los conjuros orsianos: «la política és una estètica; Cultura és per a nosaltres, dominació; l’actuació nostra es diu classicisme; el nostre combat, antiromanticisme».21

Entre los artistas también fueron notables las influencias orsianas. Esta influencia se ejercía sobre un contexto intelectual que favorecía el clasicismo. Una ola de «revivalismo» clásico en el arte y en la literatura había barrido Francia y buena parte del sur de Europa. Ya citamos a Moréas, fundador de la École Romaine. Algunos escultores españoles residentes en París, sobre todo Manolo Hugué, Pablo Gargallo y Enric Casanovas se unieron a un pujante movimiento «mediterraneísta» que encabezaba el francés Maillol. Este clasicismo renovado representaba una reacción contra el frío gótico septentrional o el prerrafaelismo; contra figuras hasta entonces idolatradas como Wagner o Nietzsche. El más decidido clasicista, y el que más influencia tuvo sobre la pintura novecentista, fue Puvis de Chavannes.

Joaquín Torres-García tenía a La Ben Plantada como guía. Su cuadro La musa de la filosofía constituía un ejemplo de las doctrinas del maestro, que lo elevó a la categoría de «pintor nacional». Torres-García era de origen uruguayo, aunque hijo de catalán, y había hecho su aprendizaje artístico en Barcelona. Al principio de su carrera se había movido por los ambientes católicos y nacionalistas del Círculo de San Lucas. En pocos años, por su tesón y su vocación artística, se había convertido en un pintor muy estimable. Su obra concerniente a su periodo catalán, por así decir, estuvo inspirada muy de cerca por el pintor francés Puvis de Chavannes. Muchos consideraban a Puvis una especie de remedio para los males del arte moderno; como si señalara el camino para recobrar la grandeza perdida, abandonando la vulgaridad de lo cotidiano. La pintura de Puvis, los grandes murales de la Sorbona sobre todo, representaban una especie de feliz Arcadia no contaminada por el mundo moderno: un universo ideal de figuras solemnes, armoniosas, alusivas a un pasado vagamente clásico. Según el dramaturgo Adrià Gual, Puvis representaba el triunfo de la serenidad, de la sencillez y de la humildad, y ello en un tiempo de estridencias y velocidades. Sus murales y cuadros fundían de manera armónica figuras y paisaje; hacían pensar en la reverencia que un humilde sabio rendía al Todopoderoso. Sus críticos decían, sin embargo, que su pintura era «helenismo de agua de rosas». Xenius apreció de inmediato la vecindad de esta pintura, recreada en Cataluña por Torres-García, con su estética clasicista. En la reseña de la exposición de sus obras en la Sala Parés, en 1905, afirmaba que el pintor despojaba las cosas de lo accidental e histórico, para buscar amorosamente la esencia inmortal.22 También destacaba en Torres-García algo que parecía oponerse a la pintura española: colores apagados frente a colores fuertes, figuras hieráticas frente a figuras en movimiento, idealismo catalán frente a realismo «hispano-chulesco». La revista Cataluña, órgano de expresión del grupo novecentista, adoptó al pintor, encargándole un ex libris: Pallas Atenea defiende la tradición popular y científica de Cataluña. El árbol robusto, con el pendiente escudo cuatribarrado, personificaba a «nuestra raza»; era ejemplo de esfuerzo, de imperialismo y proverbial sabiduría. «Síntesis de todo cuanto comprender pueda la Norma humanista y nacionalista que nos impulsa». La matrona —acaso un retoño de la Bien Plantada— representa la tradición filosófica, escribiendo en un pergamino los trabajos de quienes formaron el acervo del pensamiento catalán. Por fin, la llama sagrada que sirve para simbolizar la lengua catalana y, a la vez, el espíritu religioso griego y cristiano, armonizados o fundidos en una misma idea civil y estética.23

Xenius edificaba su estética, siguiendo también el ejemplo de Maurras, con los mismos materiales que su política: CLASICISMO / ESTRUCTURA / IDEALISMO, frente a IMPRESIONISMO / SENSACIÓN / REALISMO. Ello conlleva, en la pintura, el predominio del dibujo sobre el color. Aquellos pintores como Poussin, que emplean colores fríos y composiciones estrictas, con algún elemento de arquitectura, serán elevados a la categoría de maestros. Y así, pintores y escultores fueron alabados o denostados, de ahora en adelante, según se ajustaran a este patrón dualista. Entre los catalanes, Torres-García y Josep Clarà se destacarán por su «valor de estructura» y su pura «idealidad». «La musa de la filosofía presentada por Palas en el Parnaso» fue expuesta en la exposición internacional de arte de Barcelona en 1911. De inmediato, Folch i Torres, el crítico de La Veu y discípulo del Pantarca, la saludó como muestra de un ideal pictórico purament nostre. La obra, como sabemos, fue adquirida por el Institut d’Estudis Catalans. El maestro glosador vio ejemplificadas o representadas sus ideas, su filosofía del hombre que trabaja y juega. Había ascetismo al pintar a una diosa desnuda. Aunque también era capaz de pintar escenas populares, limpias de anecdotismo. D’Ors elevó a Torres-García a la categoría de «pintor idealista» y de «pintor nacional»; idealista a la manera orsiana, que se decía ordenador pero no negador del mundo material: «somos nosotros unos ordenadores de lo sensible». Xenius pedía para Torres-García un ambiente favorable, un poco de simpatía.24 Llevaba razón en esto. El pintor había pasado por varias etapas, desde sus comienzos impresionistas, padeciendo estrecheces materiales, hasta llegar a lo que, de momento, parecía ser una consagración. Al poco tiempo, Prat de la Riba llamó a Torres-García para decorar el salón Sant Jordi del palacio de la Generalitat con frescos sobre la «Cataluña eterna».

Según Folch i Torres, había dos pintores que interpretaban adecuadamente el paisaje catalán; que lo interpretaban, por así decir, espiritualizándolo, sublimándolo. Uno era Torres-García, cuyas obras eran «la flor de nuestro renacimiento». El otro, Joaquim Sunyer. Ellos eran los únicos que habían extraído «el sentido nacional» que tenía un pedazo de tierra; el primero, al modo topográfico; el segundo, al modo geológico. Parecía que ambos habían logrado atisbar las «esencias» del espectáculo geográfico, la «fraternidad», la «armonía» que existía entre las cosas y los seres vivos de Cataluña. Los paisajes de Iu Pascual también pudieron tomarse como ejemplos de pintura noucentista. Pequeñas figuras moviéndose entre los árboles enormes, como denotando esa hermandad entre el hombre y la naturaleza. Tampoco los colores eran vivos; al contrario. Había «pastoriles tranquilidades, plácidos escenarios y grupos bucólicos. Según Guerau de Liost, Pascual había logrado reconstruir la unidad superior de la tierra catalana, liberándola de lo pintoresco y lo anecdótico y sus paisajes, para levantarla hasta la universalidad».25

Las esculturas de Josep Clarà, como La deessa, eran la «fórmula viva de las doctrinas del Glosador» que había comparado a Barcelona con una diosa: «una deessa assegura arran de l’ona... l’un si li toca a l’aigua, l’altre s’inclina graciosament a l’altre cantó». Una diosa que también podía ilustrar el arquetipo femenino de la Bien Plantada. Clarà se había formado en París, y había conocido a Aristide Maillol; un artista que le servirá de inspiración en varias de sus figuras, y al que siempre reconocerá d’Ors como el mayor, el más grande de todos los escultores contemporáneos. Clarà terminó en 1910 el busto del maestro (hoy en el MNAC, el Museu Nacional d’Art de Catalunya), presentándolo como un Sócrates o un Platón modernos, espiritualizándolo, adornándolo con una barba que nunca usó. Para el mestre, Clarà representaba el ciclo clásico que alboreaba; un viento de renovación que, en materia artística, consistía en un «helenismo esencial». Clarà participaba de esa estética «dórica», y todas sus obras evocaban serenidad, orden; todas estaban llenas de una «fuerza inquebrantable». Más que figuras eran dioses lo que esculpía.26 A su vez, Josep Llimona elaboró para la Biblioteca de Cataluña un grupo de factura clasicista, Catalunya i les Ciències. Llimona acababa de inaugurar el monumento al doctor Bartomeu Robert, coronado por un conjunto de figuras representantes de las clases y oficios de la sociedad catalana. Los prohombres de la Lliga, en cuyo partido militaba el artista, aplaudieron la intención del monumento; Xenius se limitó a saludarlo desde lejos, recordando simplemente las dificultades pasadas por el artífice, acaso porque no terminaba de compartir la estatuaria impresionista, los gestos crispados, las influencias de Gaudí que podían apreciarse en la composición.

Folch i Torres, sin embargo, otorgó a Llimona el título de «escultor nacional». Llimona pintaba también paisajes estructurales, de un «nacionalismo perfecto». Decía seguir la norma, la proporción del arte griego.27 En realidad, toda una generación de artistas catalanes se interesó por el tema de la mujer, del desnudo femenino, de la mujer y madre, interpretándolo según el canon noucentista de La Ben Plantada, haciendo de él el símbolo de Cataluña. Entre la docena de pinturas y grabados del Almanach dels noucentistes —uno para cada mes—, cinco son figuras femeninas —Maternidad de Ricardo Canals, Maternidad todavía de Javier Nogués— y tres desnudos, de Clarà, Gargallo e Ismael Smith, respectivamente.

Joaquim Sunyer, con su Mediterrània o su Pastoral, quiso aludir al paisaje y, por así decir, al espíritu catalán. En Mediterrània dos figuras desnudas, alegoría de la pareja primordial, se recortan sobre una cala marina en la que está anclada una barca de pesca. Es una escena paradisíaca, donde Adán trajina con una red llena de peces y Eva se alisa el pelo con coquetería, ambos rodeados de ovejas y perros. Pastoral fue adquirida por Francesc Cambó y, en el momento de su exposición de 1911, en el Faianç Català, también impresionó a Joan Maragall. En el cuadro de Sunyer, el poeta apreció —sintió más bien— una compenetración, una identificación cordial con el paisaje catalán, suave y áspero a la vez, como el alma catalana que simbolizaba. El caso es que la mujer desnuda del primer plano resulta, en apariencia, algo incongruente. ¿Qué hace allí una joven rodeada de ovejas, tendida al sol, sobre un fondo bucólico? «No —argüía Maragall—; la presencia femenina no es una arbitrariedad sino una fatalidad». Existía una misteriosa afinidad entre el paisaje y el espíritu. De hecho, mirándolo bien, Maragall pudo apreciar que la curva de la montaña que sirve como fondo correspondía al escorzo del cuerpo femenino; o que el pino mediterráneo se enroscaba como si fuera un brazo humano. El paisaje se hacía carne en la mujer del cuadro. Un elogio que revelaba el panteísmo de Maragall; una actitud o una creencia que rechazaba d’Ors. Pero resulta interesante que Maragall elogiara esa aparente incongruencia con los términos opuestos —fatalidad / arbitrariedad— creados por Xenius.28 Lo mismo podría decirse de Francesc Vayreda, otro pintor que d’Ors admitió en la cofradía novecentista y que se consagró en 1917, ante el entusiasmo del grupo, con una exposición en las Galerías Layetanas. El noucentisme evocaba una Arcadia moderna, un país habitado por idílicos catalanes, de cuerpos fuertes, rotundos, como queriendo significar sus raíces en una cultura ancestral.

También el cartel se llenó de motivos clasicistas. Francesc d’Assís Galí hizo uno para las fiestas de primavera de 1910 con una matrona vestida con un peplo, símbolo de Barcelona, rodeada de símbolos y figuras que pretendían denotar la riqueza y cosmopolitismo de la ciudad. Galí, que era sobrino de Pompeu Fabra y cuñado del pintor Joan Llongueras, abrirá una escuela, la Escola d’Art Galí, desde la que divulgará postulados noucentistes. Entre sus discípulos figurarían Lluís Plandiura y Joan Miró. Siguiendo la tendencia acostumbrada, Francesc Galí seguiría una carrera burocrática, entrando en 1913 a formar parte del Consell d’Investigació Pedagògica, pasando en 1915 a dirigir la Escola Superior de Bells Oficis.

También tuvo esta estética cierto influjo sobre la arquitectura, pero no pudo con la influencia del art nouveau que, al final, acabó dando el tono a la estética urbana hasta el punto de convertirse en signo de la identidad barcelonesa y motivo de atracción de visitantes. El noucentisme aborrecía las curvas caprichosas, els cargols incongruents y las decoraciones naturalistas y recargadas. Los comercios de Barcelona se habían poblado, a pesar suyo, de una variedad de espejos, dorados, estatuas en escorzos inverosímiles y otros excesos, decían; del modern style, propio de licorerías y almacenes de bacalao. Un ejemplo, pensaban, de que la corrupción del gusto era general. Todo ello constituía una escuela de estridencia; algo provinciano y pintoresco, destinado al consumo de muchedumbres forasteras.29 No les gustaba Gaudí y Xenius se permitió ignorarlo de manera ostensible. La opinión novecentista acerca del arquitecto de la Sagrada Familia queda perfectamente indicada en los recuerdos de TorresGarcía: «Mi primera entrevista con Gaudí fue una pelea. Pues de lo pequeño a lo grande en todo disentíamos [...] Él era un barroco y yo defendía lo clásico, la idea [...] Le hablaba yo de fray Luis de León y él de Verdaguer describiendo la inmensidad de las sierras del Pirineo. Yo lo veía todo a medida humana (y era mi sentido de proporción) y él, que era un formidable romántico, todo lo veía en lo ilimitado».

Xenius había dicho que noucentista y estructural eran sinónimos, que la estética arbitraria era composición, armonía, fidelidad a la norma, mitología. Y el arte del novecientos catalán se pobló de túnicas, peplos, columnas y frontones griegos y desnudos que se decían cívicos. Todavía pueden observarse en muchas casas y fachadas del Eixample los resultados de esta estética, conforme a la elegante simplicidad que era el lema de la escuela clasicista. Se trata de una manera poco apreciada hoy por las multitudes que se agolpan ante La Pedrera o la Casa Batlló. Mezclando realidad y ficción, el glosador imaginaba una ciudad adornada por muchas esculturas.30 En el cruce del paseo de Gracia y la Diagonal se levantaría la efigie de una diosa (que Clarà había esculpido entre 1908 y 1909, emplazada hoy en la plaza de Cataluña) y frente a la Casa de les Punxes, de cara al sol poniente, un Sant Jordi ecuestre, fundido en bronce. Este deseo último es un caso notable de anticipación. La figura de Sant Jordi, acabada para la exposición del Palau en 1920 por Josep Llimona, no se terminará de fundir hasta 1924, colocándose en el parque de Montjuïc. Es una representación extraña. El santo belicoso, que monta un caballo no muy apto para guerrear, se inclina en actitud contemplativa. Tampoco lleva los arreos típicos de la batalla, a excepción de la lanza. El mestre elogió entonces a «nuestro fuerte y venerable escultor», pero deplorando que el caballo no fuera más estilizado y más fino. Según un supuesto canon clasicista, el reposo debía corresponder al jinete y el movimiento a la figura bestial, no a la inversa, como el San Jorge de Llimona. Si se compara este diseño con el Sant Jordi combativo que Puig i Cadafalch creó como remate de la Casa de les Punxes, el contraste es evidente. El uno denota estabilidad, como si se dedicara a contemplar desde lo alto la obra realizada. El otro muestra la lucha contra el dragón, el monstruo horrible que bien puede evocar el poder opresor al que alude el lema: torneu-nos la llibertat. Y acaso esa comparación era buscada por el glosador, cuando pretendía que el Sant Jordi ecuestre se colocara frente al que era entonces su domicilio, pues caben pocas dudas de que el inspirador del Sant Jordi meditativo fue él, a pesar de sus observaciones sobre el canon.31 Los mitos, que habían trepado por las paredes de los edificios oficiales y residencias particulares, descendieron a las plazas públicas como demostración de la estabilidad y perfección de Cataluña.

D’Ors acogió la pintura cubista con una mezcla de aprobación y reserva. La inauguración de la exposición sobre el arte cubista, que tuvo lugar en las Galerías Dalmau en 1912, fue reseñada por Xenius con cierto detenimiento. El nuevo estilo era digno de aprobación porque, según creía, era un arte intelectual frente a la apoteosis de la sensación que era característica del impresionismo. El cubismo denotaba un gusto por la estructura y la definición sobre la sugestión y la representación. En eso merecía elogio, como una de las palpitaciones de los tiempos marcados por el retorno del ORDEN; palpitaciones o síntomas que el glosador pretendía conocer a fondo. Pero ello no era suficiente. El cubismo, afirmó Xenius, había recorrido una primera etapa del arte de los nuevos tiempos; una etapa que acertó a designar con metáforas sacadas de la religión católica. En la teología mística, la primera etapa, la vía purgativa, consiste en la purificación del alma mediante la penitencia y la oración, para así limpiarla de los apegos sensitivos. Algo parecido había obrado el cubismo. En la teología de san Ignacio, los ejercicios espirituales también tratan de disponer el alma para quitarle todas las afecciones desordenadas y buscar la voluntad divina. Bien; parece que la mística y la ascética coincidían en este punto. El cubismo era «los ejercicios espirituales del arte contemporáneo». Pero hacía falta otra cosa. Era necesario encontrar «la voluntad divina», en términos ignacianos. Al cubismo le sobraba abstracción pero le faltaba ese idealismo que, en el vocabulario orsiano, era una síntesis entre idea y representación; le faltaba figuración. Porque no podía pretenderse que la geometría escueta sirviera para goce y placer del ojo. En todo caso, d’Ors —en su fase barcelonesa— hizo una diferencia entre los cubistas racés, los intérpretes de la tradición racionalista francesa, los cubistas que él creía genuinos —¡qué error, qué inmenso error!—, como La Fauconnier o Metzinger, frente —¡ay!— a los cubistas advenedizos, los metecos como Picasso y Juan Gris, llenos de cualidades instintivas, pero irremediablemente marcados por el terruño. Y para ello se sirvió otra vez de metáforas católicas, esta vez paulinas. Había en Picasso demasiadas reliquias del «hombre viejo», demasiado «iberismo».32 Es posible que d’Ors se fijara en la guitarra de uno de los cuadros que Gris presentó a la exposición Dalmau, en Barcelona, que fue un hito en la historia del cubismo. Y que conociera la afición de Picasso, que no concurrió a esta exposición, por los toros y las bailaoras. Acaso le gustara más el cromatismo apagado de Metzinger, más próximo a Cézanne. Resulta imposible discernir qué es lo racé en un pintor, a no ser por la guitarra, que es un instrumento que aparecerá en otros pintores cubistas, como Braque, sin necesidad de atribuirles un iberismo racial. Es difícil, igualmente, averiguar por qué Juan Gris es instintivo y Jean Metzinger, racional, como no sea debido a la tendencia a corroborar el esquema o prejuicio previo, que afirmaba el antagonismo insuperable entre lo español y lo europeo.

LOS JARDINES DEL RENACIMIENTO CATALÁN

Para sus discípulos y seguidores, Xenius es un personaje arrebatador. «Parece un gran señor», escribe Aureli Ras; un Mecenas sería un d’Ors con muchos millones. Era una persona elegante. Al principio se dejó un bigotillo recortado, algo británico. Le gustaba arregostarse y hasta relamer sus propias palabras. Un gran refinamiento lo muestra como frívolo, en ocasiones. Pero ¿acaso la frivolidad bien temperada no es signo de distinción? Tratar las cosas graves de manera ligera y las ligeras como si nos fuera la vida en ellas era una máxima elegante que Octavi de Romeu no se cansaba de repetir. De «hechizo» hablaba Ramon Rucabado, escritor moralista habitual de La Veu: «La turbación es, realmente, el primer efecto de su contacto». Luego, pasado el primer instante, se sentían como llevados de la mano, «la mano enérgica y amorosa que les conduce seguros». Rucabado se dedicó a recoger las reseñas y críticas elogiosas del mestre i amic, encuadernándolas para enviarlas a los amigos. «Siento por este hombre una gran envidia», anota Josep Pla, sensible a la fascinadora habilidad del personaje; «como conferenciante a la francesa, Xenius llega a la voluptuosidad. Es magnífico. Sospecho que hacía muchos años que no se había hablado el catalán con esta corrección». Una obsesión a lo largo de su vida.33

Las profesiones de fe orsianas menudearon entre los jóvenes nacionalistas. El texto sobre Teresa, la Bien Plantada, tuvo un éxito indudable. A su figura le salieron espontáneos cantores populares, que recitaban las cançons de pandero en fiestas señaladas como las del Corpus:

Els àngels canten al cel

Els mariners a la marina

Canto per la Ben Plantada

Déu li do molts anys de vida […]

Los jardines del Renacimiento catalán, ceñidos de almendros en flor y surcados por amplios caminos de rosales, estaban silenciosos, escribe López-Picó. Una mañana entró Xenius, sacudiendo con suavidad árboles y arbustos, y de ellos brotó una lluvia de flores blancas y pétalos; desde entonces, el aire esparció perfumes primaverales. Era d’Ors, según su panegirista, un hombre de vasta cultura y firme voluntad. Tenía la elegancia de los modernos refinados y la férrea vocación de un hombre de acción, que mostraba la conveniencia de ser fuertes y dominadores. López-Picó admiraba al glosador desde hacía tiempo, pero a distancia. Cuando lo conoció, se le antojó que le había tratado desde siempre, tanta era la compenetración entre su vida y su obra; «la augusta perfección del ritmo y del equilibrio». Los jardines ya no estaban silenciosos, porque a ellos acudía una juventud ávida para «embriagarse en la suavidad de una lluvia de aromas». En un trabajo dedicado a la literatura catalana en 1908, entendida como un capítulo de su renacimiento cultural, López-Picó destacaba sobre todo el trabajo de Eugenio d’Ors. Por él se había ampliado el horizonte intelectual, dejando atrás definitivamente el provincianismo. Él había desamortizado la lengua catalana, dándole un valor de instrumento literario del que carecía. Las glosas que acaban de recogerse en libro eran la abominación de pasados errores, al tiempo que señalaban una norma para el porvenir. También había supuesto una especie de limpieza moral. López-Picó veía alejarse la sombra de vileza y malignidad rústica.34 Guerau de Liost le dedicó algunos versos:

Ets un perfecte cavaller

De la gran llei de l’elegància

Guaites la mort amb petulància

Tens el secret del viure bé.

Guardes la clau de la ciència

De l’equilibri l’alta norma

Aimes les formes per l’essència

Cerques l’essència dins la forma

Tens les divines venustats

D’aquells ponents aureolats

De calcedònies i ametistes.35

La aparición del Glosari significó el nacimiento de «un foco de irradiante inquietud», según escribe Farran i Mayoral. A pesar de algunas maliciosas reticencias, su autor alcanzó de inmediato la resonancia que ejercen los «organismo fuertes». Ante su personalidad poderosa, nadie podía permanecer indiferente; era necesario amar, comprender y seguir a este «maestro de normas» —cosa que hicieron muchos— o defenderse de su influencia. Manuel de Montoliu describe a jóvenes como él, aguardando con impaciencia la salida de la edición vespertina de La Veu, leyendo la diaria glosa a la luz de los faroles de Barcelona, comprándolas en cuadernillos mensuales al precio de quince céntimos.36 Alexandre Galí recuerda una experiencia parecida, cuando él y otros amigos letraheridos se reunían en Terrassa para leer La Ben Plantada como si fuera el Evangelio. Martí Esteve, que será el primer biógrafo de Prat de la Riba, colocaba al fundador en una suerte de preeminencia semirreligiosa: «que sies tu en el poble i el poble sia en tu». Pero el siguiente en la jerarquía era Xenius, el que había enlazado al ideal catalán con la tradición, dándole una fuerza de dominación universal. Francesc Sitjà, poeta y empresario, lo comparaba con Erasmo, y ello tuvo que gustarle a Xenius. La misma vibración de civilidad y de armonía que apreciaba en el Elogio de la locura podía leerse en la obra del glosador. En Terrassa había nacido un pequeño glosador, Joan Llongueras, y un núcleo de noucentistes. A imitación del grande, el glosador tarrasense se firmaba Chiron, el centauro inteligente y sabio de la mitología griega. Llongueras publicaba sus «Ínfimes cròniques d’alta civilitat» en La Sembra, el periódico nacionalista local. La recopilación de este glosario, publicado con prólogo de Xenius, iba jalonada por elogios en casi todas sus páginas («¡Oh excepcional! Gentilíssim Xènius; Xènius-Imperi, fabricant de consciències»), todo ello enmarcado, como era usual en los novecentistas, por un abundoso paisaje floral, el nostre jardí de lliris, regado y fertilizado por las ideas del glosador. «¡Maravilla de cada día, glosa esperada y saboreada con delicia, flor de nuevecentismo, flor de imperialismo... Maravilla y guía». O, dicho en catalán:

¡Meravella de cada dia, glosa esperada i assaborida amb delícia, flor de noucentisme, flor d’imperialisme, arbitrarietat d’alta norma, troballa que ens sobtares l’esperit bellament, deixant-lo tremolós de joia com après la visió d’un gràcil vol d’aucell en les cíliques diafanitats, aquí us retrobem, i sou encara, meravella de cada dia i de tot instant! ¡Meravella de tot instant i guia en tot instant, oh quin amor! ¿Meravella i guia, altra cosa que amor poden dur-les? ¡Quin amor ens cal per l’amor que ens dones Glosari! 37

Casi todos le llaman Mestre. De él esperaban la consagración del elogio, el nombramiento como noucentista —especie de ingreso en una orden caballeresca—, un prólogo al libro primerizo o una simple mención en el Glosari y, por qué no, también una regañina envuelta en sonrisas y ramos de flores. Destrissim en la lloança i en el blasme, dice Alexandre Galí.38 Para ellos, el Glosari fue un descubrimiento, una ventana abierta al mundo europeo. Allí se manejaban ideas, nombres, novedades políticas o intelectuales, en un catalán fino y ceñido. El autor parecía conocer de cerca, a veces en persona, a los escritores europeos más destacados. Por vez primera oyeron hablar del psicoanálisis, del sindicalismo, del cubismo o del jugendstil. Aprendieron el uso polémico del lenguaje, la ironía, la impertinencia envuelta en halagos, sin recurrir al adjetivo grueso, a la grolleria. Terminando por reivindicar la catalanidad de un término que, más que una denominación, era un grito de reunión y de batalla:

NOUCENTISTES!!!

Perquè a l’estranger s’ha usat aquesta i d’altres

Consemblants paraules, ens convertim en seguidors de

L’estrangerisme i acceptem la seva vianda, siga o no enverinada

NOUCENTISTES!!

És un derivat de «noucents» i l’apliquem a la gent del

«dinoucents»39

EL «NOUCENTISME» COMO MORAL

El Glosari tiene una apariencia casual y desordenada, tratando hoy un asunto, mañana otro, saltando de flor en flor como una mariposa, feina essencialment papallonera dirá su autor. A pesar de ello, ofrece un criterio inflexible para el juicio estético, político y moral; un breviario del hombre de mundo y un conjunto de reglas para alcanzar el ideal de vida civil y europea. La música de Wagner, la escultura de Rodin y la pintura impresionista tienen achaques de Romanticismo ochocentista. Los inventores, deportistas y exploradores forman en el gremio clásico y novecentista, porque subliman su energía agresiva en elegancias formales. Puede ser conveniente practicar un deporte como el fútbol, donde la agresividad particular está sometida a reglas. La esgrima es un ejercicio noble; el duelo es bajo y plebeyo. La pintura de Cézanne y de Puvis de Chavannes, la escultura de Maillol o las piezas interpretadas al clave por Wanda Landowska tienen nítidos contornos clásicos. El liberalismo es una ideología periclitada, romántica, individualista. Los nuevecentistas han de sentir aversión a la democracia, por encarnar las ideas revolucionarias en «los instintos de la burguesía». El futuro contemplará un refuerzo de la autoridad clásica. Picasso recupera las geometrías clásicas, eternas, pero no es bastante racé (¿un meteco en Barcelona y en París?). No blasfemar jamás, ni hablar alto. En el trato social, incluso entre amigos, lo mejor es evitar el tuteo. El noucentista pondrá atención en no servirse de muletillas en su habla diaria, al estilo de no t’emboliquis (no te compliques) o ja en pots tirar un troç a l’olla (darlo de barato, no obtener provecho material), té el cap molt clar porque no quieren decir nada y son signo de pereza ideológica. Otro rasgo que procurará evitar será el de la pronunciación descuidada del catalán. Se distinguirán las «e» mudas (Déu —Dios— a diferencia de deu —debe—) de las «a» abiertas, molestándose en pronunciar con los dientes las consonantes dentales, como hacía el propio d’Ors. Tendrá también que presentar una apariencia normal, sin rasgos pintorescos o chocantes, como barbazas, chalinas o sombreros de ala ancha, como los que portaban los modernistas. Los estudiantes universitarios llevarán siempre cartera, aunque mejor sería decir serviette, signo de aristarquía intelectual, abandonando cartapacios plebeyos y esa mala costumbre de atiborrarse los bolsillos de la chaqueta con libros y papeles. El piropo puede usarse, pero con precaución, reduciéndolo a casos contados. Sobre las diversiones y espectáculos recomienda no frecuentar los cafés —horribles—, nosaltres els noucentistes, no hi anem gaire a cafès; ni las peñas —espantosas—, ni el cine —de cafè i cinematògraf que no se’n parli a les sensibilitats una mica despertes—. El café es una bebida romántica, democrática, emblema de una civilización oratoria y banal: una característica del ochocientos, del «estúpido siglo XIX» según la frase de León Daudet. El té, por el contrario, es señorial, elegante, fino y nuevecentista. Cohetes y fuegos de artificio son dignos de elogio, pero reprensibles las tracas y petardos. No hay que asistir a las reuniones demasiado promiscuas o vulgares, pero sí a los círculos íntimos, delicados, selectos: un concierto, un tea five o’clock. Lo ideal es el salón, a estilo dieciochesco, donde el hombre inteligente resulta estimulado por la presencia de bellas y refinadas mujeres; o una sala de conciertos pequeña, con un bufet bien provisto y precios razonables. El resultado de tantas prohibiciones y requisitos, el propósito de excusar la animación y el ruido popular, puede ser el aburrimiento. El glosador lo reconoce sin que le duelan prendas. Los domingos del nuevecentista ideal pueden resultar vacíos, melancólicos.40

En el teatro se ha de hablar solamente en el intermedio y sempre en la nostra pròpia llengua, pronunciada con suavidad. Debería generalizarse el vestir de etiqueta al salir de noche, y siempre de negro. En lo tocante a la indumentaria, procede no abandonarse jamás; ni siquiera en verano está autorizado el hombre civil a olvidarse del chaleco. Las únicas efusiones públicas que convienen al nuevecentista son las que resultan de las reuniones patrióticas, con programa estricto; los banquetes en que cada delegación o sociedad se sienta delante del cartelito correspondiente, hasta que llegan los discursos de los líderes; o aquel memorable recibimiento a Salmerón, en 1906, donde cada quien —cada parte, cada miembro— tenía designado un lugar en las calles de Barcelona, moviéndose como un solo cuerpo, al compás que había marcado Cambó: «estem en presència de tota una art de proporció, contenció, coordinació de moviments».41

El Glosari sugiere a las damas elegantes no mezclar el perfume Pompeia, de Piver, con Gregoria, de Rigaud; tampoco alternar Rosa d’Orsay, Muguet Royal o L’ œillet de Lubin, porque denotaría falta de distinción y de instinto para dibujar a conciencia la personalidad propia. Aconseja sobre el arte de viajar, más complicado de lo que pudiera parecer. Los viajes son muy convenientes, si se realizan con afán de aprender. Hay que comportarse siempre como si se representara al país de procedencia; no generalizar a la ligera sobre el carácter de las ciudades y países visitados; qué maletas llevar —sencillas, sólidas, de cuero reforzado con níquel, tachonadas de etiquetas de hoteles y países, diplomas de nomadismo—, qué transportes elegir y si hay que dar propina al servicio, que nunca será superior al 10% de la factura abonada al establecimiento. Los paquetes sueltos o líos de ropa estarán absolutamente prohibidos, por ser deshonrosos para el viajero. Es conveniente saber relacionarse con los compañeros de ruta (no franquearse de golpe, contándose la vida a las primeras de cambio, como hacen los españoles con su nauseabunda facilitat; guardar una reserva prudente es lo adecuado). Si se viaja por el interior de la península, será menester demostrar una condescendencia altanera con los vicios de los indígenas, por ejemplo, al hablar de los toros y del flamenco: en estos casos basta con una curiosidad epidérmica, como la que demostrarían un inglés o un alemán. Los buenos catalanistas han de tener en cuenta que la diferenciación, la vostra raça, se muestra con la indiferencia, antes que en la indignación. El hombre de mundo, al viajar, usa las guías para saber de antemano dónde alojarse. Azorín llegó a Barcelona para hacer un reportaje y preguntó a un guardia municipal por un hotel mediano. No; eso no lo ha de hacer el hombre de mundo. Hay que usar las guías para saber de antemano dónde alojarse. El viajero irá en derechura desde la estación al hotel, seguro de sí, sin atender a los ganchos inoportunos, transportando las maletas por separado; luego dará sus órdenes en el hotel, «entre el silenciós respecte de les turbes», sin mezclar su persona en el abono de pequeños servicios. Habrá de tenerse muy en cuenta que, en Francia, la tarifa por cargar y descargar bultos equivale a una peseta (de 1907). No hay que pagar ni un céntimo de más, aunque se tenga la fortuna de un Rothschild. Tampoco hay que llamar monsieur al mozo de hotel.

Cuando se refiere a la manera más civil de pasar el verano —hotel, casino, torre, chalet, balneario—, cuando aluda a la forma de vestir —cuello duro, bombín, smoking, chaleco—, el glosador da por supuesto que sus lectores son personas con posibles. Cuando la Ben Plantada hace su primera aparición, los veraneantes se interrogan sobre el origen de la beldad. ¿Será de Barcelona? No puede ser; porque nadie la ha visto en el Liceu durante el invierno, ni en el polo en primavera; tampoco en el paseo de Gracia, cuando los coches dan vueltas a la caída de la tarde. Nadie es capaz de acreditar su adscripción a alguna familia conocida, ya en la propiedad, ya en el comercio, la bolsa o la industria textil. ¿Se tratará de una advenediza, de una sobrevinguda? No; no lo era. Pero los asombrados veraneantes, reunidos en el Casino de Argentona, «gents generalment acomodades», entre las que figuraba el glosador, y sus lectores de La Veu de Catalunya, denotaban con sus perplejidades de ficción el mundo social al que pertenecían. El noucentisme será un ideal de clase alta, o para aquellos sectores sociales —profesionales, intelectuales— que desean asimilarse a ella.

Los consejos de lectura, que abundan en el Glosari, descubren una preferencia por la literatura y las humanidades clásicas. Merece la pena detenerse en ellos, porque elaborar listas de libros será una costumbre que ejercerá en otros momentos de su vida. Están bien seleccionados, por lo general. D’Ors es un hombre cultivado, con buenas y escogidas lecturas. Filósofos y autores trágicos se hallan presentes, junto a la Ilíada y la Odisea. El único historiador es Plutarco, con sus Vidas paralelas. Es llamativa la ausencia de Aristóteles que, como sabemos, encarna el polo opuesto al idealismo platónico que abandera. Entre los medievales se hallan san Agustín, la colección de vidas de santos de Jacques de Voragine, la Divina Comedia de Dante, La muerte de Arturo (no se cita que sea la versión de Thomas Malory), el Roman de Renart, Curial e Güelfa, novela de disputada atribución, y la Crónica del rey Jaime I (se refiere al Llibre dels fets) «junto a otros libros de caballerías», con la llamativa ausencia del poema del Cid. La Vida de Cellini, Erasmo (Elogio de la locura), Montaigne, Rabelais y Las vidas de artistas de Vasari, entre los renacentistas. Pocos autores del siglo XVII, con excepción de Pascal y Spinoza. Pocos también de la Ilustración; y llama la atención la ausencia de Voltaire, al que en ocasiones se referirá como inspirador del Glosario. Está claro, Shakespeare y también el Quijote, pero este es el único representante de la literatura castellana, mientras que de la literatura inglesa tendrán cabida Sterne, Dickens o Wells, y Poe de la norteamericana. Goethe (Poesía y verdad) figura de manera destacada, junto a filósofos como Schopenhauer (en los aforismos de Parerga y Paralipómena) y Nietzsche (Así habló Zaratustra). La literatura —francesa sobre todo— está bien representada con Villiers de l’Isle-Adam, Baudelaire, pero también Carducci y los cuentos y fábulas de Grimm y Andersen. La lista de Xenius mantiene al margen a la cultura castellana; tiene originalidades, como la del cuasi desconocido Bernard Palissy, cuyo método para fabricar cerámica y esmalte, De l’art de terre, de son utilité, des esmaux et du feu, citará siempre con elogio. La biografía, o la autobiografía, tienen un rango destacado, como corresponde a un creyente en el papel decisivo de la personalidad descollante, como si la historia se pudiera contar o interpretar al modo de una novela de caballerías. Ello se acentúa con otras recomendaciones bibliográficas, que se relacionan con sus ideas imperiales. Está, naturalmente, el libro sobre los héroes de Carlyle, pero también las Obras de Kipling, la «Evolución occidental» de Benjamin Kidd (que mezcla, en realidad, dos títulos suyos: La evolución social y La civilización occidental) y un escrito de Roosevelt sobre La vida intensa, que es un canto al esfuerzo viril y las virtudes ciudadanas; el presidente seguidor de Emerson, que también está presente en la lista con sus Hombres representativos. No hay literatura nacionalista, a excepción de Los discursos a la nación alemana de Fichte.42

Al leer estas recomendaciones, los lectores, sobre todo los mozos, tenían la impresión de haber alcanzado de golpe las grandes culturas europeas, de estar en la cima de la escala social, teniendo a mano una enciclopedia del saber moderno. El Glosari, afirmaban, era el Nuevo Testamento del alma catalana, la epopeya moral y cívica de Cataluña.

La moral orsiana constituye una moral en imágenes, al igual que la política es una estética en acto. Su lema es una secularización del lema agustiniano del amor divino: tingueu el sentit de l’elegància i després feu el que vulgueu. Xenius intentó generalizar con su persona y escritos un tipo de dandismo marmóreo. Recordemos que el dandismo o elegancia estilizada, hecha de autocontrol y refinamiento —bon goût, fíneness—, había sido una manera de reafirmar las superioridades sociales puestas en solfa por la revolución. Los primeros de este linaje fueron los muscadins y los incroyables de Termidor y el Directorio. En España se los denominó con el galicismo «petimetres». La figura más destacada en Inglaterra fue, sin duda, George Brummel. Luego vinieron el fashionable de la Restauración y el lion de la monarquía de Julio. El dandismo tuvo con posterioridad representantes en el mundo de las letras, desde Dickens hasta Baudelaire, pero ahora con el fin de destacar la existencia de une espèce nouvelle d’aristocratie, la aristocracia del talento —la intelectualidad desclasada— en oposición a la del dinero. El gentleman, afirmará el glosador, es la muestra más exquisita de la vieja distinción nobiliaria. Es una figura social que rinde culto al honor, y hace que el buen gusto sea algo parecido a una actitud ante la vida, defendiendo o reivindicando el papel inigualable de las humanidades clásicas. Aspirar al dandismo, pretender ejercer de gentleman, era como ingresar en una orden de caballería. La pertenencia a esta orden obligaba a respetar algunas máximas de comportamiento: «El hombre bien educado se conoce en que, en cualquier situación que se presente, por imprevista y difícil que esta sea, obra con desembarazo, como si estuviese familiarizado con ella desde siempre». También se impone el aspirante a caballero una serie de prohibiciones taxativas, entre las que se incluyen: ser un listo, un vivo; ser gracioso, franco o campechano; decir la verdad sin tapujos, sincero a toda costa o ir «con el corazón en la mano»; tener temperamento; «ser así»; tener mano izquierda; ser llano y sin ceremonias; no hacer el primo. Xenius demuestra conocer la historia del dandismo parisino, porque suele redactar las necrológicas de algunos dandis célebres, como Caran d’Hache o Catulle Mendès. La que publicó sobre este último le sirvió para deplorar la muerte de la vieja cultura de bulevar, elegante, irónica, frívola, espiritual sin exceso. Una cultura y una época que nacieron con los imitadores de Brummel, como el conde D’Orsay, el chevalier de Beauvoisis, Barbey d’Aurevilly, los clientes del Café Tortoni o los fundadores del Jockey Club, a los que siguieron personajes como Alfred de Musset o Eugenio Sue. Una cultura que retrocedía con el siglo ante las acometidas del «americanismo» y de varios inventos modernos, como el fonógrafo o el cine.43

En la modalidad orsiana, el dandismo significa ejercer un control sistemático de la naturaleza impulsiva, hasta que el artificio parezca natural. Vigilarse, vigilarse y vigilarse: ese es el consejo que resume el comportamiento del buen noucentista, clásico en todo: cultivar la ironía y la aristocrática impasibilidad; no desacompasar el gesto, no abandonarse nunca, «no donar laxitud a la pompa desordenada dels instints». Hacer como aquel santo, Alfonso María de Ligorio, el patrón de los caballeros, que ni siquiera en soledad se permitía encabalgar una pierna sobre otra. Ejemplo de ese esnobismo exquisito podría ser un Gabriele d’Annunzio escultural, vestido de blanco, sobre un caballo blanco, o bien trabajando sobre un facistol gótico. De palabra lejana, desdeñosa, articulada con un leve temblor del labio inferior.44

La manera de hablar de Xenius era tan llamativa que raro era quien no se fijaba en ella. La voz sorda, opaca, trabajosamente modulada entre dientes; «una voz serpentina», dice Pla; «un ruido de cigarra», afirma Torres-García. Las palabras salían cadenciosas, con un pronunciado seseo, como subrayándose, que él achacaba a su herencia cubana. «Hablaba con voz cursiva», concluye Pla. Algunos le mandaban anónimos, acusando su prosodia: «El vostre accent no és català. Corregiu la vostra pronunciació». Pero esas advertencias lo reafirmaban en su desapego del sentimentalismo étnico. Él era como las palmeras, un árbol exótico que había terminado por arraigar en la tierra que el Mediterráneo baña.45

Uno de los discípulos de Xenius pudo resumir así las doctrinas del novecentismo, como si fuera un sistema cerrado, propio de una secta, que se define más por lo que niega que por lo que afirma: en religión, clasicismo era igual a catolicismo, o sea, sumisión a Roma, adhesión a la Iglesia y cultivo y ejecución perfecta de la liturgia; oposición al protestantismo, al modernismo y al libre examen. En filosofía, predominio de la inteligencia sobre la intuición y el sentimiento; combate, por tanto, contra el Romanticismo, el bergsonismo y los baluartes últimos del Romanticismo. En moral, privada o pública, predominio del seny sobre los instintos, lucha contra la moral «burguesa» de la abstención, pero también contra el anarquismo naturalista. En política, rechazo del pintoresquismo regionalista en nombre de un «nacionalismo exigente»; culto a la ciudad, autoridad, aspiración a la «dictadura espiritual» de Cataluña. En arte, en términos generales, defensa de un clasicismo que es adversario de la imitación, contra el colorismo, la inspiración y cualquier creación espontánea. De manera particular, en el teatro, renacimiento de la tragedia, tomando por modelo la tragedia griega y restaurando el verso; en pintura, antiimpresionismo, predominio de la composición y del dibujo: «Dibuix, molt dibuix». En escultura, forma pura y tipos eternos, figuras acabadas frente a las veleidades expresivas, antirrodinismo: «geometria, molta geometria». De Gaudí y sus seguidores, «seran enemics irreconciliables els arquitectes que vulguin ésser amb nosaltres». Y en música, para finalizar, antiwagnerismo; contrapunto y armonía: «molta composició, molta claredat».46

Sin duda, el glosador había elevado el tono de la intelectualidad catalana. Nadie deseaba quedarse atrás. Todos competían en ser elegantes y cultos. Nadie quería parecer poco refinado. Y viajaban a París, como el que viaja a La Meca, para ponerse al día en las modas intelectuales. Pocos se atrevían a hacer bromas sobre las maneras estilizadas del Pantarca. Uno de ellos era Francesc Pujols, poeta, novelista a ratos, punto fuerte de las tertulias barcelonesas y hombre divertido que cultivaba una ironía saludable. Pujols vaticinaba días felices para Cataluña: «Arribarà un dia que els catalans, pel sol fet de ser catalans, anirem pel món i ho tindrem tot pagat». Acababa Xenius de pronunciar una de sus conferencias. Pujols se acercó a felicitarle: «Et felicito, noi; només m’hi sobra aquell accent lleidatà».47

EL HOMBRE Y SUS MÁSCARAS

El Xenius que triunfa en Barcelona es un hombre alto, recio, de mirada penetrante. La frente amplia, el cabello abundoso muy alisado, las cejas pobladísimas. Le gustaba decir que se parecía al Renan joven. Impecable en el vestir, cuidando mucho hechuras y colores. Le gustaban los trajes de color oscuro, castany fosc, y usaba un llamativo bombín, de los conocidos en Barcelona como cap de Roosevelt, como corresponde a un buen imperialista. Su trato es insinuante y sugestivo. Ante quienes no lo conocen, alardea de viajes y libros, convirtiendo meras comunicaciones presentadas en oscuros congresos en libros importantísimos. Blasona de ser «catedrático» —«en el año 1909 me nombraron aquí catedrático de los estudios universitarios sobre materias filosóficas»— cuando apenas regenta un Seminario de Filosofía en una institución que depende de la Diputación Provincial. Pero, a la vez, desprecia todo lo que despide «un detestable regust universitari». Xenius tendrá siempre una relación de amor y odio con la universidad en la que quiso y no pudo entrar.

Vivía en un piso suntuoso, en la Casa de les Punxes, entre la Diagonal y la calle Córcega; una casa que tuvo por arquitecto a Puig i Cadafalch. Un edificio magnífico, de estilo neogótico y fachada de ladrillo. Su despacho estaba decorado con dibujos de su mano, porque aparte de sus indudables conocimientos artísticos poseía un don para el dibujo y la caricatura. Destacan también grandes fotografías de Henri Bergson y de don Francisco Giner. Tenía las maletas a la vista, presentándose como un peregrino en busca de sabiduría. «Para mí, la maleta es lo que el cráneo para los ascetas; me recuerda que soy libre de la localidad, libre de la vida». El Caballero Audaz concluyó al entrevistarlo: «Tiene la vanidad del hombre que no ignora su propio valer, pero es simpático».48

No cabe duda de que el hombre gusta de la máscara, disimulando detrás de las palabras y de los personajes que inventa. «Jo adoro aquesta immobilitat de la màscara, darrere la qual se remou i se congestiona la vida».49 Insiste en firmar con la partícula de con apóstrofo; la d’ rompe la cacofonía entre vocales y resulta levemente aristocrática. Usa de varios nombres de pluma a los que atribuye un significado especial, como si expresaran cualidades ocultas. Xenius parece, sencillamente hablando, una catalanización de Eugenio; pero también designa algo así como al glosador ideal, que siente la belleza, la bondad y la verdad, encarnado en un cuerpo mortal. Xènivs, con uve en lugar de u, que es como aparece en muchas ocasiones, es una grafía muy romana e imperial, que recuerda a genius o geni en catalán, próxima también a seny (cordura, sentido común). Aunque en lo de crear un heterónimo latino le precedió Pompeyo Gener, que gustaba de apellidarse como Peivs. Sus artículos en los Quaderns d’Estudi los firma como El Guaita, el vigía, siempre al acecho del ideal horizonte. Una tendencia al desdoblamiento que renace en su alter ego más querido, Octavi de Romeu; un nombre que trata de reunir varias dimensiones: la imperial y universal, la raíz catalana y patriótica, así como la alusión a la olorosa planta del romero.

Al principio utilizó el nombre de Romeu para firmar su labor de dibujante en la revista Cataluña, y luego lo asoció a sus crónicas de arte para terminar siendo una manera de interlocutor privilegiado, al que se atribuyen opiniones de hiriente ironía. Como vino a decir, Octavi de Romeu no era exactamente un seudónimo, sino un desdoblamiento. Desciende de americanos y catalanes y es, como su creador, un catalán perfecto; porque el catalán, en lo hondo, viene a decir el glosador, es un tanto criollo al estar modelado por sus orígenes ancestrales grecorromanos. Es un sabio también, de hablar sentencioso y grave; un gentleman con extraordinario dominio de sí; esteta, deportista y viajero. Este noucentista ideal es ingeniero y artista, como corresponde a una voluntad transformadora de la naturaleza bruta y creadora de belleza. Empresario de minas de las que no se extrae mineral alguno, es decir, alguien que desprecia al burgués sórdido y egoísta, que es propietario por diversión, que no distingue el trabajo del juego. Su físico es duro, casi inhumano: labios delgados, piel muy blanca, manos largas, móviles y precisas, «como los instrumentos modernos de cirugía»; los ojos claros, de «verdor eléctrico», tienen un destello luminoso de un diamante.50 Todo un símbolo de agresividad y conquista. Octavi de Romeu es el dandi aplomado que Xènivs, con uve, quería ser: rico, quizá noble, insolente con moderación, de apariencia asexuada, estoico; una mezcla de Brummel y el conde de Montecristo. El superego, el espíritu que encarnaba en un Ors de origen burgués, arribista, de incurable y desorbitada vanidad, inquieto siempre por su economía, apasionado, homme à femmes, Baudelaire en pequeño, fascinado por la figura stendhaliana de Julian Sorel.

Como siempre gustará de compararse con Goethe, Xenius proponía encontrar la genealogía de Octavi de Romeu en las conversaciones con Eckermann. Pero ello no resulta convincente. Eckermann no es exactamente el alter ego de Goethe, aunque muchas veces se limite a reflejar las opiniones de su maestro. A quien más se parece Romeu es a monsieur Teste, el personaje imaginario creado por Paul Valéry en 1896. Teste tenía la voz sorda, hablaba sin gesticular, como una esfinge; su pensamiento se caracterizaba por una precisión y una dureza diamantinas que solía expresar en aforismos. Odiaba la melancolía. Lo mismo le pasaba al glosador.

Eugenio d’Ors congregaba a sus discípulos y amigos en sus clases de los Estudis Universitaris, y luego en el Seminario de Filosofía. Asistían Joan Estelrich, mallorquín refinado, de cabeza escarolada y fuerte vocación política; Joan Creixells, prometedor filósofo, cuya vida se truncó prematuramente; Enric Jardí, abogado, autor de un libro sobre Georges Sorel, siempre con L’Action Française bajo el brazo; Eladi Homs, pedagogo que había estudiado en Estados Unidos; el también pedagogo Alexandre Galí y un jovencísimo Josep Pla. Este era el núcleo de esas dos docenas de noucentistes sense taca a los que se refiere Xenius. Acudían, además, las muchachas que concursaban para las bibliotecas de Cataluña. El maestro aparecía entre el silencio admirativo de los oyentes, elegante, casi en traje de etiqueta, con mucha prosopopeya. Un antiguo alumno lo recordaba vestido con levita, para dar una conferencia en la Associació Catalana d’Estudiants. En la mesa había siempre un jarrón con flores. Cuando empezaba a hablar, de manera pausada, su mirada parecía ausente. Gustaba de caminar por el estrado, a pasos lentos, solemnes, levantando la mano derecha con aire magistral. De vez en cuando sacaba un pañuelo del bolsillo con el que se enjugaba la frente. Una tarde veraniega, antes de empezar la lección, se dirigió a los oyentes: «Es prega a les senyoretes que procurin no moure massa llurs ventalls, a l’objecte de no distreure l’atenció dels oients». Las disertaciones comenzaban con algún tema de la Antigüedad: las aporías de Zenón de Elea sobre el movimiento le ocuparon una temporada. Luego saltaba a Bergson y la época contemporánea, hasta terminar con su propia contribución, la llamada «filosofía del hombre que trabaja y juega», con la que, sin duda, entendía que culminaba el pensamiento occidental. En el ciclo que dedicó a Cournot y el encadenamiento de las ideas fundamentales, de cuatro meses de duración, se le escuchó saltar de un asunto a otro, de la concepción cíclica del universo a las relaciones existentes entre socialismo y nacionalismo. Los asistentes a algunos seminarios restringidos podían gozar de un resumen de cada lección, escrito a máquina, que el maestro hacía distribuir por sus asistentes. Los alumnos se sentían partícipes de un pensamiento que se estaba elaborando ante ellos; «ens sentim meravellats i ufanosos a la vegada de veure l’ordre, la precisió i l’elegància amb que l’Ors anava elaborant i precisant els seus projectes». Maravillados por el orden y la precisión con que elaboraba su pensamiento, fascinados también por la prestancia del hombre famoso. Las muchachas, siempre numerosas entre su auditorio, formaban grupos aparte, de los que salía un fervoroso entusiasmo por el maestro que, como afirma un testigo, «no se mostraba del todo ajeno a los ditirambos y finezas de las alumnas».51

Xenius es un hombre sociable. Durante toda su vida lo veremos encabezando grupos o concurriendo a tertulias y academias. En torno a 1910 frecuentaba la reunión que tenía lugar en el taller de Francesc Horta, el impresor del Almanach dels Noucentistes, en que se daban cita Francesc Pujols, Josep Aragay, Ramon Raventós, Joaquim Montaner y Alfons Maseras, entre otros discípulos suyos. En la imprenta de Horta se editaba también una enciclopedia portátil, que se titulaba Pal·las, por consejo precisamente del Pantarca. En esta enciclopedia se publicó un primer artículo biográfico: «ORS (EUGENIO D’). Biog. Ilustre glosador, crítico y filósofo catalán contemporáneo. Nació en 1882. Opone el gusto al genio y el albedrío a la naturaleza (V. Arbitrarismo). Su labor tan intensa como copiosa se basa en la especulación científica y en el examen de los valores ideológicos de nuestro tiempo. Autor del Glosari, La formule biologique de la logique, etc. Su novela La Ben Plantada es considerada en Cataluña como un breviario de raza». También asistía a la tertulia dominical que tenía lugar en casa de Joan Maragall, más heterogénea, más formal, con la presencia de Miguel de los Santos Oliver —director de La Vanguardia—, Josep Pijoan; una tertulia en la que solían recalar varios literatos españoles y franceses, de paso por Barcelona. A la muerte de Maragall, Xenius organizó en su domicilio de la Casa de les Punxes otra tertulia dominical, que no llegó a alcanzar el tono de la anterior en la que, para variar el tono masculino de las anteriores, intervenía Maria Pérez-Peix.52 En los años de la Gran Guerra los vecinos de la calle Córcega veían cada mediodía un curioso espectáculo. Un nutrido grupo de personas, alumnos o tertulianos, seguían paso a paso a un personaje grave. Eran los admiradores del Pantarca, el que lo sabe y lo ordena todo. La corte se deshacía a las puertas de su casa.

Entre la devoción de los jóvenes y la buena acogida de la generación de Prat, el reinado cultural de Xenius parecía bien asentado en Barcelona. Mosén Clascar lo llama «heredero de Llull, de Vives y hasta de Balmes»; el hombre que nunca llegó al polo austral: «en són família vostra, vós sou genera d’ells i progenera ells vos daran».53 La Publicidad, órgano de la izquierda catalanista, celebraba a «nuestro Eugenio d’Ors, que empuña con noble mano su cetro sobre Barcelona». Su relación con publicistas republicanos era excelente y todos, o casi todos, reconocían su superioridad intelectual. Gabriel Alomar, el implacable creador de neologismos, reproduce una conversación con el glosador:

—El noucentisme és una fórmula encara massa actualista; no és bastant futurista, si bé és molt acceptable com a reacció contra el catalanisme encara no ben emancipat de l’ahir. Deixeu-me, doncs, aspirar a sentir-me, si més no puc, dosmilista.

—Oh! Jo voldria ésser l’Erasme d’una acció en la qual vós fóssiu el Luter!

—Quina major honra per a mi!

Para el inventor de la voz futurismo, que nada tenía que ver con el futurismo italiano, Xenius era el mayor cronista —dominador de Kronos— que jamás hubiera tenido España. Era el ideurgo, una de las fuentes más prolíficas de ideificencia.54

La Publicidad le dedicó una serie de artículos firmados por Diego Ruiz, llamándole «genio clásico». Era como si Cataluña, por fin, hubiera concebido a su pensador. Algún día podría decirse: «yo habitaba en los tiempos en que Eugenio d’Ors hablaba y escribía entre nosotros».55 El sopar dels noucentistes, en marzo de 1911, congregó a una cincuentena de políticos, filólogos, abogados, poetas, periodistas, médicos y artistas. Celebraban con el banquete la publicación del Almanach dels Noucentistes, todo un manifiesto político y estético, envuelto en la cuidada tipografía de Horta. La página preliminar tenía valor de símbolo: era la reproducción de la cabeza de Afrodita, escultura hallada en las excavaciones de Empúries. Una imagen de clasicismo acaso inspirada en la cabeza del llamado «efebo rubio», la del atleta ateniense usado por la Residencia de Estudiantes como sello editorial. El libro, además, no era venal. Estaba confeccionado para ser regalado, como un signo lanzado a los que despectivamente llamaban «filisteos».

En el Almanach, d’Ors había reunido colaboraciones de Josep Carner, Pere Coromines, Guerau de Liost, Ramon Rucabado, Marquina, Cambó, Josep Aragay y Folch i Torres; las personalidades catalanas en la literatura, el arte y la política de Cataluña. Doce poetas, doce artistas, doce prosistas, cuyas contribuciones procuraban aludir a los temas usuales del glosador: «De la Ciutat, De l’art clàssic, De la feminitat, De l’albir, De les profondes minúcies». Las doce hojas del calendario iban adornadas por pájaros dibujados por Xenius y un aforismo, entresacado de los más célebres del Glosari, como el que cerraba el mes de diciembre: «En Catalunya, lo més revolucionari que es pot fer és tenir bon gust». El banquete pretendía alabar el trabajo manual de los impresores, rendir un homenaje a las realizaciones y a la constancia por encima de las ocurrencias fortuitas; una especie de mentís a quienes describían a los novecentistas como habitantes de una torre de marfil; un guiño también a los obreros de parte de quienes se decían «trabajadores», amigos del sindicalismo soreliano. Pero los que acudieron al convite —cocina francesa y vinos catalanes— eran sobre todo miembros de las clases profesionales de Barcelona. Pocos políticos asistieron, acaso porque eran tiempos de elecciones. Dos operarios de la casa Horta ocuparon por un momento la cabecera del banquete. Hubo lecturas de poemas noucentistes de López-Picó, Guerau de Liost, Carner y algún otro. Y, naturalmente, fue Xenius quien hizo el brindis. El libro constituía un ejemplo de hermosura y perfección. Una muestra de lo que los intelectuales de Cataluña eran capaces de hacer cuando eran capitaneados por un hombre providencial.56

La aparición de La Ben Plantada en libro a comienzos de 1912, con éxito inmediato, dio origen a otra lluvia de elogios. Decía La Veu que la obrita era como un licor suave y poderoso, que embriagaba poco a poco al lector hasta sojuzgar su alma. Escritores ya maduros, como Joan Alcover, reticentes a las novedades estéticas —«ara ens toca ésser clàssics», decía con retintín— se rindieron ante Teresa, encarnación de la catalanidad esencial. Los numerosos amigos y admiradores del Pantarca le ofrecieron, en febrero de 1912, una exquisita edición del libro, en papel de hilo, acompañado por una blanca estatua femenina de Oleguer Junyent que se parecía a La Ben Plantada: «ofrena als postres, ofrena a la nació catalana d’un petit i substancial breviari de rassa». Entre los oferentes y suscriptores se contaban hombres de variada significación espiritual y de todas las procedencias. Había políticos, periodistas, críticos, artistas o pedagogos. Entre los inscritos al homenaje estaban Francesc Cambó, Alexandre Plana, Màrius Aguilar, Ramon Miquel i Planas, Quim Borralleras, Enric Casanovas, Ismael Smith, Folch i Torres, Joaquim Sunyer, Enric Jardí, Emili Junoy, Josep Maria Junoy, Francesc Pujols, Romà Jorí, TorresGarcía, Josep Clarà, Guerau de Liost, López-Picó y algunos más. Desde la revista La Cataluña se canonizó la novelita y a su autor con palabras altisonantes: «¡Cuán dentro de nuestra tradición está este libro! ¡Qué gozosos debemos sentirnos de su éxito, que es también nuestro éxito! Éxito de raza. Que toda la raza lo confirme, consagrando la soberanía de nuestro pensador».57

A raíz de este triunfo, d’Ors se propuso la creación de una revista. Lo anunció primero en conversaciones familiares, pero la noticia saltó a la prensa. Si él la patrocinaba, no había duda de que la empresa se haría pronto realidad. La revista estaría alejada de las batallas diarias. Sería ejemplo de mesura. No publicaría largos estudios ni artículos trascendentales. Buscaría pensamientos íntimos, destellos de ingenio o de meditación que tuviesen «la lleugera profunditat de les velles filosofies». Pero no; una revista como la imaginada por el glosador, confeccionada como conjunto de glosas y aforismos, no llegaría a ver la luz. Por entonces, la generación novecentista se expresaba a través de La Cataluña, y desde 1915 será La Revista, de aparición quincenal y llena de artículos sesudos y trascendentales, la que servirá de órgano a los amigos del glosador. Ahora bien, fue realizar el anuncio revisteril y todos, incluidos los republicanos, se precipitaron a elogiarlo. No; no habría revista que pudiera compararse con la que planeaba Xenius; aunque, como alguno suponía, fuese una «càrrega a fons contra la democràcia».58

Medio en broma, medio en serio, Francesc Pujols escribía sobre la inmensidad del genio orsiano: su obra se traduciría a todos los idiomas y marcaría una época en la historia universal. Pujols, que era un elegante crítico de arte, cultivaba el humor grueso desde las páginas de la revista Papitu. Un día el Pantarca le escribió lo siguiente: «Tú serás el Aristóteles de Cataluña y yo el Platón». Entre ambos había una rivalidad mezclada de admiración. Si d’Ors había inventado la «espudística», o ciencia del movimiento armónico y eficaz, Pujols sería el creador de una «sumpéctica» o ciencia de la verdad sublime. Pujols blasonaba de haber inventado una religión y una visión singular del mundo, la Pantología.59 Cuando Peius Gener residía en Francia, mandó confeccionar unas tarjetas de visita que decían: Pompeu Gener - Savi català. Así eran los cumplidos con que se celebraban a sí mismos los intelectuales de Barcelona. De la suma de pequeños narcisismos podía resultar una masa gigantesca.

Con estos antecedentes se comprende que d’Ors afirmara su convicción de ser un hombre providencial, habitante de una tierra privilegiada. ¿Vanidad acaso? A quien le recordaba las máximas del Eclesiastés le replicaba que aquello era una cosa budista. Sus comunicaciones en congresos europeos eran de inmediato reseñadas por La Veu con el título: «La ciencia catalana en el extranjero». Al participar en uno de ellos, el Congreso de Filosofía celebrado en Heidelberg, el glosador se describió leyendo su comunicación. El cielo nublado se abrió en ese momento; un rayo de sol dorado, mediterráneo, vino a herir la hosquedad del rojo terciopelo del aula; color de patria, que hablaba por su boca en el centro de Europa.

Al reseñar La Ben Plantada para los lectores del Mercure de France, el hispanista Marcel Robin hizo un encomio de su autor: era «el colaborador más extraordinario que haya tenido un periódico»; sus saberes eran tan variados —filósofo, artista, sutil amateur— que su figura podía compararse con la de Proteo; Cataluña le debía muchos beneficios espirituales. El Glosari era la Somme des temps nouveaux.60 «La suma de los nuevos tiempos», como lo fue la de santo Tomás para los medievales. Y el elogio se le quedó grabado y siempre lo sacaría a colación cuando tuviera que hacer un resumen de su trayectoria intelectual. Así quería verse el glosador. El Glosari era, pues, un gigantesco proyecto arquitectónico; una Suma que —según anunció en 1910— debería estar formada por tres ciclos o series: las correspondientes a las glosas de la juventud, de la edad viril y de la senectud; tres series de siete años y siete volúmenes cada una, con diez años de silencio «reparador» intercalados entre cada una de ellas. También podría intercalarse, al final de cada septenio, un volumen de sinopsis, índices y tablas generales.61

Eugenio d’Ors se definía como alguien ajeno a la política. Él era solamente un escritor que, en su tarea diaria, tocaba en algunas ocasiones temas que tenían que ver con la cosa pública. No había pertenecido a ningún partido o «casino político», como los denomina con desapego evidente. En realidad, viene a decir, ni siquiera había votado, por encontrarse fuera de Barcelona. Tan solo había logrado interesarse por la Ley de Régimen Local, que promovió Antonio Maura y a cuyo amparo acabaría creándose la Mancomunidad. Él había asistido a la conferencia que dio Cambó sobre el proyecto, un Cambó «ducal». Allí oyó a un patriota exclamar: «Sagell i tot: Jo ja veig la Catalunya feta». Sintió alborozo por lo que podía avecinarse: «Una gran alegría visitó entonces mi alma al comprender la posibilidad de que cesase, por fin, en la vida nacional de Cataluña, el imperio de la romántica, de la anormal, de la incivil improvisación en que tantas energías se pierden, que tanta sangre —sangre de riqueza y de cultura— nos cuesta».

Pero esa afectación de desdén encubría una realidad que todo lector de La Veu conocía de sobra. Las glosas casi diarias ocupaban un lugar destacado en el periódico, en primera página hasta los años de la Gran Guerra. Más adelante, cuando el diario aumente su dimensión, se colocarán en la página de los editoriales, en donde la Lliga marcaba su posición política. El Glosari solía acompañar, con ese arte alusivo y sugerente, tan orsiano, tan simbolista, acontecimientos relevantes de la vida del nacionalismo catalán. Venían a ser, a su modo breve y conciso, otro editorial más, para él mucho más importante que todos los restantes, destinado a fomentar «una ética y una política imperialistas». El Glosari sirvió con fidelidad a la política de la Lliga. Semana tras semana, una y otra vez fue comentando, subrayando cada uno de los avatares políticos del nacionalismo catalán, en su momento más optimista: calificando de enlluernament —deslumbramiento— la formación de la Solidaridad; saludando la reaparición de ¡Cu-Cut!, la llegada de los diputados solidarios a Madrid o las sucesivas diadas nacionalistas. La reunión de los comisionados de las cuatro diputaciones catalanas, publicada en La Veu con una gran fotografía, el antecedente inmediato de la Mancomunidad, iba acompañada por una glosa, «Renaixença», celebrando que la Raça volvía a cantar, a pensar, a legislar, «que la Raça renaix a la llum». «Hasta los ciegos —escribía Xenius— debían darse cuenta. La Renaixença... ÉS AIXÒ!». En vísperas de la diada de 1913, que se celebró en la localidad de Santa Coloma en pro de la Mancomunidad, el glosador publicó una conversación con su «director», o sea, con Prat de la Riba:

—Y un hombre que no tiene representación popular, que no pertenece a sociedad o juventud alguna, ¿qué puede hacer el viernes para mostrar su entusiasmo por la causa de la unidad de Cataluña?

Él me respondió:

—Haga una glosa.

Y la escribió, publicándola justo debajo del gran titular de la jornada CATALUNYA PER LA MANCOMUNITAT, entre las noticias y comentarios sobre la reunión; en ella hablaba de la comunión espiritual entre el solitario y la multitud, y de cómo, con esa sensación nueva de compañía, bajó a la calle, dispuesto a tomar parte en la fiesta.

El público de Barcelona, incluso el menos enterado, el que estaba formado por «el hombre que no lee los diarios», no se engañaba al preguntarle al glosador por fulano: «És tan catalanista, que per força vostè el té de conèixer».62

Xenius será siempre un aficionado a los calendarios. En cada momento electoral creará una imagen para un imaginario almanaque; una suerte de advocación, un santoral abstracto al que orar y encomendarse, para servir a la religión civil del nacionalismo. La primera elección en vida del Glosari, de 1907, será la SANTA CIVILITAT; en 1907, la SANTA DISCIPLINA; la tercera imagen, para las elecciones de 1908, será la SANTA CONTINUACIÓ; en 1909 corresponderá a la SANTA EFICÀCIA. La glosa, además, puede imprimirse entreverada con las noticias políticas de la primera o de la segunda página, como formando parte del acontecimiento, ilustrándolo a un nivel superior. La titulada «29 juny 1908», por ejemplo, acompañaba la convocatoria de la Asamblea Catalana, la reunión de diputados, senadores, alcaldes y cargos públicos de la Solidaridad, reunidos en el local del Orfeó Català para reclamar la creación de un organismo regional y la mayor autonomía posible para la región catalana. Y se imprimió, una vez más, entre la crónica que relataba el desarrollo de la sesión primera. «Es la glosa —así lo describe su creador— como un toque de clarín; el aviso de un sereno, que canta las horas y el estado del tiempo mientras duerme la ciudad; el grito de un centinela —som atent!— que vela cuando los demás, entre fiestas y diversiones, olvidan momentáneamente la ingente tarea civil e imperial; o bien, un llamamiento a la movilización y a la disciplina, como un ejército nacionalista a las órdenes de su general»:

Recordeu que l’imperatiu categòric del Moment és d’INTERVENCIÓ.

Penseu que vivint com vivim en Campament —l’ABSTENCIÓ pot ser DESERCIÓ.

I —per lo mateix— sobre tota cosa DISCIPLINA!

Perdoneu el petit Glosador de parlar així. Aquestes coses que diu no són consells, són crits aguts de sentinella.

Talment com l’ordre m’és donada per mon General, jo us la canto: mon General se diu el General Moment.

[Recordad que el imperativo categórico del Momento es INTERVENCIÓN. Pensad que vivimos en un campamento, y que la ABSTENCIÓN puede ser equivalente a DESERCIÓN.

¡Por ello, es necesario por encima de todo la DISCIPLINA!

Perdonad al pequeño Glosador que hable así. Las cosas que dice no son consejos; son gritos agudos de centinela.

Como orden dada por mi general, yo os la canto: mi General se llama el General Momento].

El glosador podía proclamar, en otras circunstancias y sobre otros asuntos, su desvío de la política liberal y de la política a secas. En varias ocasiones protestará ante quienes lo encasillaban políticamente. No; la filosofía del hombre que trabaja y juega no era conservadora —¡quina paraulota!—, pero tampoco era liberal —¡quina altra paraulota!—. El noucentisme pretendía crear el clima cultural para que las instituciones «d’alta i autoritària normalitat» —institutos de estudios superiores, bibliotecas, escuelas especializadas— fueran posibles. Sin embargo, en bastantes ocasiones la glosa se apeaba de su torre marfileña, de su alta misión cultural e imperial, para transigir con la realidad corriente. La glosa será, frecuentemente, la compañera de la campaña electoral en una suerte de crescendo que llegaría hasta el día posterior al escrutinio. Así ocurrió, por ejemplo, durante las elecciones municipales de 1907. Las revoluciones podían ser gloriosas, pero las elecciones —según afirmaba— eran augustas. «El noucentisme fa eleccions», se titula una glosa publicada durante la campaña primera de la Solidaridad. Entre las que aparecieron acompañando la campaña de las elecciones legislativas de 1908 pueden destacarse «L’ ètica d’aquestes eleccions», entre avisos de no trocar ni alterar los nombres de la lista solidaria porque ello redundaría en beneficio de Lerroux, y la titulada «L’ajuda de cambra», en la que invitaba a no imitar la mezquindad del lacayo —para el que su señor carece de grandeza—, así como a apreciar al héroe y a la época heroica (se sobreentiende, la época de la Cataluña nacionalista), tanto en los momentos corrientes como en los dramáticos. El descubrimiento de una cabeza de Venus —o de Diana— en las excavaciones de Empúries —la que sirvió como frontispicio al Almanach dels Noucentistes— le proporcionó un motivo para una oración, o más bien un pequeño exorcismo, donde Venus, símbolo de la vieja Cataluña —la vella Catalunya grega— trasunto de la Virgen María, es invocada para cerrar el paso al enemigo político, lerrouxista y extranjero, durante las elecciones municipales de 1909:

Haz que su gobierno no pueda pertenecer sino a los ciudadanos, y líbrala de las manos de los bárbaros, de los esclavos, de los libertos, de los metecos. Que tampoco caiga en manos de retóricos y demagogos. Y que nuestro arcontado sea perfecto, dentro de lo posible.63

Hay un momento en el que el escritor se convierte en protagonista. Así, Xenius se describe en la estación del Mediodía formando grupo con otros catalanes —Zulueta, Ventosa i Calvell, Marquina— mientras esperaban con alborozo la llegada del tren con la comisión solidaria que acudía a Madrid. El momento político parecía haberlos unido. Ya no pertenecían a estos o a aquellos partidos. Eran todos uno. Constituían la CIUDAD unánime. Cuando entró la locomotora en el andén, la cubierta vidriada, Madrid entero, pareció estremecerse. Era un brazo de la Ciudad nueva y vibrante el que llegaba, una extensión de la moderna Cataluña hacia el «aduar de les velles tribus». O, visto de otra manera, la lanza de sant Jordi que venía a clavarse en el flanco del mítico dragón.64

Con todo, Xenius pretendía situarse por encima de unas menudencias políticas que, en realidad, no dominaba; detalles entre los que siempre se perderá. Cuando se aventuraba a dar su parecer sobre políticos españoles, el escritor no demostraba perspicacia, dejándose llevar por su irresistible inclinación estética: así ocurrió al sugerir que se desdeñaran los proyectos administrativos de Antonio Maura por venir de un abogado —ni mallorquín siquiera; un pobre hombre— y estar redactados en prosa abogadesca. En la división de tareas del catalanismo —Prat, director de la política catalana, y Cambó, director de la política española—, d’Ors reclamaba para sí una esfera, una función destinada a llenar de «espíritu» las restantes. Erigido en cabeza de la «escuela catalana de filosofía», serviría de guía y orientación intelectual: «Nosotros, en un colosal ensayo de interpretación, hemos recogido esta imperial tradición catalana, y, armados con ella, entramos agresivamente a la vida... Tanta ha sido así nuestra fuerza, que podemos sin jactancia afirmar que en dos años, aun antes de una sistemática articulación, hemos asegurado la definitiva victoria de nuestros ideales». En la ideal república catalana, él sería el filósoforey. Entonces se inauguraría una nueva idealidad, entre cívica y religiosa, porque el imperio necesitaba justificarse ante lo eterno, porque «cualquier imperio es vano si no está preñado de Dios».65

4
PRESAGIOS

LARVAS, MÁS LARVAS, MÁS Y MÁS LARVAS

En realidad, la sintonía de d’Ors con varios de sus discípulos y con una parte de los grupos nacionalistas barceloneses nunca fue completa. Varios de sus seguidores no acababan de entender el sentido del mito imperial, creyendo que podían cohonestarlo con las llamadas al realismo de la política de la Lliga. No; repite una y otra vez; el llamado realismo es característico de los homes espavilats. Uno de estos hombres es Cambó, que habla de política realista al dirigirse a los burgueses de la Lliga. Nosotros, los novecentistas, advierte a su amigo Ramon Rucabado, DEVEM ABOMINAR-NE. Los problemas existentes no han de dictar la norma de las intervenciones novecentistas. Lo que caracteriza al imperialismo no es dar tales o cuales soluciones, sino el plantear tales o cuales problemas que no existen todavía.

Mai l’imperialisme obeeix a l’existent, sinó que ho ordena. Imperialisme es «política d’albir», idealista, si voleu. Com els nostres amics l’han pogut oblidar.1

Pero si sus amigos más cercanos olvidaban un aspecto central en la doctrina, ¿qué ocurriría con los restantes? Por otro lado, la voz procedente de Vic, la del obispo Torras i Bages, que seguía siendo influyente, obligaba a mantenerse en guardia sobre los asuntos eclesiásticos y religiosos, máxime en un partido formalmente católico como la Lliga. Sobre tales negocios el glosador suele guardar prudente silencio. Siempre se hallaba pendiente del calendario, de estas o aquellas festividades, para asociarlas no tanto con la liturgia católica, sino más bien con el ciclo de las labores del campo y el cambio de las estaciones. De esta época viene su interés por el libro de Jerónimo Cortés, Lunario y pronóstico perpetuo (Valencia, 1594), un almanaque ilustrado con xilograbados que trataba del pronóstico del tiempo, de las influencias que ejercían los signos del zodiaco y los planetas sobre las personas, aparte de varios consejos sobre agricultura, medicina y navegación. Un libro que acabaría dando nombre a una de sus series de comentarios en los años veinte. Torras i Bages había sido consiliario en el Círculo de San Lucas, en los que el joven Ors había militado de mozo, y estaba familiarizado con las nuevas tendencias artísticas. El simbolismo idealista inspiraba al obispo de Vic un horror parecido al que sentía ante el modernismo. En 1906 había arremetido contra «la vanitat dels qui es diuen intel·lectuals», contra los que vivían entre tinieblas y andaban a tientas y tropezando y, sin embargo, pretendían llamarse «hijos de la luz». El arte debía estar sujeto al magisterio de la Iglesia, evitando toda innovación que estimulara el subjetivismo.

Culturalmente, el nacionalismo catalán, en sus representantes más destacados, no llegó a abandonar el positivismo y el pairalisme, la adhesión cordial a la vida rural catalana. Mientras el Pantarca glosaba a William James y a Émile Boutroux, La Veu celebraba a toda página el centenario de Jaime Balmes, en septiembre de 1910, con artículo incluido de Prat de la Riba. La nación seguía siendo, para muchos, un producto natural; un hecho biológico tan espontáneo como el árbol o la montaña. Esta idea de nación está presente tanto en Prat de la Riba como en Cambó. Con motivo del centenario del nacimiento de Jaime I, bautizado ya como «rey imperialista», creador de la nacionalidad catalana, volvió a suscitarse el tema del origen de la nación, artificio heroico o producto natural y divino. Así lo recordó Pere Muntanyola, coautor con Prat de la Riba del Compendi de doctrina catalanista, y miembro destacado de la Lliga:

—Per què dieu que les nacions les forma Déu?

—Perquè les nacions, com els arbres i les flors, són obra de la naturalesa i no dels homes.2

Jaume Bofill i Mates, poeta y concejal de la Lliga, aceptaba el clasicismo orsiano en materia literaria. Pero como doctrinario de lo que llamaba el «clasicismo nacional», muy poco clásico por cierto, no se separaba un ápice del positivismo de Prat. La nación era una «sociedad natural». El nacionalismo era la consagración en el orden político de «la obra de la naturaleza». El imperialismo, por consiguiente, era la resultante de una plétora de energías naturales, que parecían desbordarse siguiendo la «ley hidráulica».3 Joan Maragall defendía una idea de Cataluña —basada en la lengua— en que la montaña, lugar de la sencillez y la claridad, de la humildad y la dulce armonía, se oponía a la acción sobreexcitada, a la frívola vanidad de la vida ciudadana. Era el campo —el instinto popular— el que tenía que redimir a la ciudad, sede del raciocinio y la oratoria. A Maragall no le gustaba en exceso la prosa elaborada de Xenius, tan alejada de su ideal de espontaneidad cuasi mística, aunque su cortesía solamente le permitiera expresarse en privado: «Llegeix La Veu?», le preguntó a Joan Pijoan: «Em temo que l’Ors acabarà escrivint en francès».4 La idea de naturaleza, entendida como algo variado, multiforme, aparecía en la crítica artística de Folch i Torres. Al contacto con ella achacaba la pervivencia del idioma catalán. En las páginas artísticas que elaboraba en La Veu, dos veces al mes, solía mezclar las tesis noucentistes con la exaltación de las construcciones del campo catalán, o con las perdidas ermitas románicas del Pirineo. Folch estaba obsesionado con alquitarar la imaginería nacionalista, con aislar y eliminar lo importado para quedarse con los ingredientes puros, esenciales, característicos de un arte patriótico. El arte nuevo, la nueva arquitectura nacional, debería estudiar ese producto colectivo que era la masía, buscando en ella la inspiración para crear un arte auténtico, nacional y universal. Ante esta irrupción de agreste particularismo, el Pantarca comentó en privado su parecer acerca de la herejía, en una carta particular a otro de sus discípulos: «¿Per què los heu ficat al cap aqueixa empresa, quasi lul·liana de refer l’arquitectura amb injeccions de masia? [...] Lo pintoresc no és lo monumental i la masia sempre serà un feix de casos constructius anecdòtics, mai una suprema armonia».5 La masía, la casa rural catalana, representaba una anécdota constructiva, pero nunca una armonía suprema.

Lo mismo que con la masía ocurría con las tonadas populares, como L’emigrant, con letra de Verdaguer y música de Amadeu Vives, que formaba parte del repertorio del Orfeó Català y se había convertido en una canción patriótica:

Dolça Catalunya

Pàtria del meu cor

Quan de tu s’allunya

D’enyorança es mor.

Pero para Xenius, todo eso de añorar el blanco Pirineo, el bello Montserrat y la catedral de Barcelona constituía un emblema de esclavitud, o bien una carrincloneria, algo falto de distinción, ridículo. La añoranza es un sentimiento romántico; no era el aspecto propio de un pueblo que ganaba elecciones, de vocación imperial. Y así, en una glosa en que contraponía a Grieg —universal— con L’emigrant —particular, pintoresca—, despachó la tonada como covarda, enyoradora, «gallega». Sí, gallega; acaso por asociar la melancolía con esta región española. Con estos juicios, se adentraba en un terreno harto complicado. Y tuvo que recordárselo Lluís Millet, fundador del Orfeó. Millet creía que la música catalana, que el nacionalismo musical para ser más exacto, debía crearse a partir de los cantos tradicionales, ya resucitados por la Renaixença. Su opinión tenía peso no solamente en los ambientes musicales. El Orfeó era un organismo apoyado por varias entidades de la sociedad catalana, que estaban financiando la construcción del magnífico Palau de la Música, proyectado por Domènech i Montaner. El glosador, según Millet, podía saltar desde las modestas recomendaciones acerca de las maneras de viajar hasta las cimas de la metafísica imperialista; pero de música no entendía nada. ¿Habría que despachar como ridículas canciones como El comte l’Arnau, Els estudiants de Tolosa o Serrallonga, la celebración de un bandolero incivil?

Des de Sau a la Cellera,

Des del Far al Matagalls,

El trabuc d’en Serrallonga

Tornarà als amagatalls.

La finta de Millet, envuelta en halagos, anunciaba un par de estocadas. Con la primera se permitía dudar de las enseñanzas del Pantarca, y del efecto que podrían tener en una juventud candorosa. Estas enseñanzas, en el terreno musical, podrían desvalorizar las viejas tonadas populares, expresión de la patria catalana, sustituyéndolas acaso por la «pesada» polifonía alemana o por el «barniz deslucido» de los nuevos refinamientos franceses. Ello conducía a Millet a un segundo ataque, que consistía en dudar del patriotismo del glosador. «Qui no sap enyorar no sap estimar». En medio de todo esto, Millet terminaba preguntándose: «¿qué culpa tienen los gallegos?».6 D’Ors entendió perfectamente el mensaje, aludiendo a los acusadores de Sócrates, el corruptor de la juventud ateniense, y estableciendo la distinción entre dos clases de patriotismo: el territorial (que necesita de la nostalgia para existir) y el imperial, que idealmente abarca toda la tierra. Pero no abdicó de su creencia hostil a la melancolía, poniendo por testigo de ello a Francesc Cambó. Ocurrió, según decía, durante una excursión. Una fila de políticos y hombres de letras subían por un sendero empinado. El glosador mantuvo una conversación con aquel «fort noucentista armat, que el cor de la nació té al bell mig», que tomándolo por la solapa, le dijo:

Tiene toda la razón. Sin embargo, todavía queda por añadir una cosa: que cuanto más fuerte, más apto para la vida es un hombre o un pueblo, menos añoranza siente. Si hay dos patriotismos, como dice usted, el uno territorial y el otro extraterritorial, el primero es el patriotismo de los débiles.

Cambó no caía nunca en la melancolía. Sobre todo, decía, cuando estaba sano. A la montaña no subía para contemplar paisajes, no; iba para caminar por ella con violencia, con el fin de calmar sus nervios excitados. D’Ors hacía lo posible por ampararse en la autoridad de Cambó. El fort noucentista armat había salido la noche anterior en el expreso de Madrid, acompañado por otros colegas y amigos de la Lliga. La noticia titulada «Els diputats van a Madrid» aparecía publicada en La Veu colocada junto a la glosa. «Bon viatge i a reveure». 7

Las críticas, más o menos envueltas en halagos, podían venir de la derecha o de la izquierda, por así decirlo. Del filólogo arriscado que era Joan Alcover, un hombre procedente del carlismo, catalanista al estilo rancio —como él afirmaba— o del doctor Martí i Julià, médico frenópata, separatista a ultranza. El primero no gustaba de disciplinas clasicistas, que eran para él algo desustanciado y soso. El campo de Cataluña no podía transformarse en una estampa académica. Tampoco veía con buenos ojos el asunto imperial. ¿Para qué pensar en ensueños imperiales, en conquistar el mundo, cuando las conquistas interiores se encontraban lejos de estar aseguradas? El frenópata nacionalista apuntaba a los «intelectuales neuróticos», de dudosa masculinidad, que motejaban el sentimentalismo patriótico de antigualla. Sin el sentimiento patriótico, decía el doctor, un pueblo pierde su «virilidad».8

El caso es que la rotunda figura de la musa Teresa había suscitado comentarios entre irónicos y estéticos, que ahora se hicieron públicos. «Me parece un libro de una encantadora superficialidad. Es un lindo juguete para un lindo juego»; esta era la opinión de Romà Jorí, un periodista conocido y crítico de arte, cuyos orígenes políticos estaban en el liberalismo dinástico. Reservas que vinieron también de fuera de Cataluña. Unamuno era uno de los pocos intelectuales que sabía de sobra quién era Xenius, así como su significación política en relación con el nacionalismo catalán. Lo demostró en los tres artículos que dedicó al «Breviario de raza» en 1912: La Ben Plantada podría ser un incipiente evangelio, pero solamente de una parte, acaso la más culta, de la juventud catalana. La raza era anécdota, no categoría; la raza podía tener historia, pero lo que no tenía era filosofía, como pretendía Xenius. Y entre aquellas líneas, aparentemente corteses pero irritadas en el fondo, calificaba a Xenius de «catalán de profesión», recordando aquel dicho suyo, motivado por una visita a Barcelona:

¡Seréis siempre unos niños, levantinos! ¡Os ahoga la estética!9

En los Juegos Florales de 1912, el filólogo alemán Everart Vogel, autor de un diccionario alemán-catalán, ensalzó La Ben Plantada como cifra y símbolo del espíritu catalán, hermanándolo con el genio germánico. Tan arriba puso a su autor que el consistorio de los juegos, o más bien su presidente, Francesc Matheu, censuró el discurso en la versión comunicada a la prensa. El nombre de la Ben Plantada, que aparecía cuatro veces mencionado en el original, fue sustituido por «xamosa noia, la pubilla més prometedora del mon sencer, Catalunya florida i Catalunya granada». Vogel leyó la versión original el día de la fiesta y, al advertirse la censura, se suscitó una guerra de cartas y comunicados. La Veu de Catalunya tuvo el detalle de publicar a dos columnas la versión original y la alterada, editando en días posteriores varias referencias sobre el asunto. Pero las protestas llegaron, sobre todo, de los adversarios de la Lliga, del Correo Catalán, el órgano jaimista, que fue el primero en alzar la voz, y de los diarios republicanos. Para unos, especialmente el interesado, la censura fue una indignidad, un grosero ataque a una obra afamada, símbolo y cifra de Cataluña, un escándalo literario. Para Màrius Aguilar, periodista de El Poble Català, se trataba de un acto que revelaba la hostilidad hacia el glosador, sobre todo de los viejos, que no le perdonaban que se moviera al margen de cualquier rebaño. Por la protesta de Aguilar nos enteramos de que había quien lo denostaba como poseur; otros pensaban que era tan oscuro escribiendo que no había quien lo entendiera, o bien —¡envidiosos!— quien advertía las influencias que pesaban sobre el glosador y, por fin, también se decía que era herético. Lo de caminar al margen del rebaño lo citaban, naturalmente, los republicanos, acaso porque querían atraerlo al suyo. Rafael Marquina, traductor de la obra al castellano, denunció la ofensa a la literatura, al decoro literario de Cataluña; pero quejándose de la falta de apoyo: «¿No surgirá ninguna voz...? Esperemos, esperemos». Para otros, sobre todo para el perpetrador del desaguisado, era una bombolla de sabó, apenas una burbuja de ingrávido jabón. Matheu era un catalanista muy conocido, que había participado en la organización de los juegos florales casi desde su fundación y que ejerció de mantenedor en varias ocasiones y de presidente en otra. Xenius se envolvió en la bandera patriótica para decir que «la nostra Teresa ha estat afrontada gravement».10 En aquellos días se discutía en el Parlamento español la Ley de Jurisdicciones. Cambó pronunció entonces uno de sus grandes discursos; uno de esos en los que el orador, flaco y huesudo, parecía apoderarse de la atención de los diputados y de la Cámara entera. Y el asunto de la censura cayó en el olvido.

Como respuesta, la segunda edición del Breviari de rassa apareció impresa por Joaquim Horta, ornada con un grabado de Nogués en el que la deidad altísima aparecía rodeada de homúnculos vociferantes. Sus amigos y discípulos le ofrecieron, como homenaje, una nueva edición pulquérrima de La Ben Plantada. Dijeron de ella que tenía «aspecto de libro francés», refinado y sobrio. Reproducía en el frontispicio la estatuilla de Oleguer Junyent, en la cual los devotos querían ver una encarnación del ideal. Además de la tirada corriente se hicieron varios tirajes especiales: uno en papel de hilo de treinta ejemplares numerados y firmados; otro en papel Japón limitado a dos ejemplares, siendo uno para la esposa de Xenius y el segundo para el autor de la estatuilla, que galanamente se la cedió al escritor. Entre los suscritos a la edición volvieron a figurar personajes conocidos, como Cambó, Bofill i Matas, Alexandre Plana, Francisco Pujols, Folch i Torres, Josep Junoy, Josep Clarà, Torres-García, Joaquim Sunyer, Enrique Casanovas, Eladi Homs y varios más. ¡Qué mejor homenaje que este! «Que toda la raza lo confirme, consagrando la soberanía de nuestro pensador». Los discípulos de Xenius dijeron que el libro había sido un éxito de librería sin precedentes; que los ejemplares fueron arrebatados de mano del librero, apenas salidos del encuadernador.

Joan Maragall comentó en una ocasión que los trabajos escritos en catalán rara vez volvían a reeditarse. Y otros escritores, al ser preguntados por Royo Villanova, en 1907, coincidieron en describir la estrechez del mercado literario en catalán. Treinta y cinco ejemplares se vendieron de uno de los libros primeros de Xenius. Así que el hecho de que La Ben Plantada fuera reeditada con esos primores era ya un signo favorable, que sería corroborado en las décadas posteriores: entre 1911 y 1958 se lanzaron siete ediciones en catalán, y cinco en lengua castellana entre 1914 y 1954, en la traducción autorizada de Rafael Marquina.11 Faltaba poco para que el filólogo Vogel lo llamara der Sokrates des modernen Spaniens. Hasta los reparos e inconvenientes podían servir para aumentar la gloria de Xenius.

Sin embargo, el glosador sentía que había algo, alguna fuerza oscura que se oponía a la tarea novecentista. Era l’enemiga Natura, ya se manifestase a través de los elementos desencadenados —la inundación, el terremoto—, ya de manera insidiosa, pertinaz, como una suerte de caos acechando siempre, amenazando con derribar las frágiles construcciones de la cultura. Los pájaros nocturnos, advierte en La Ben Plantada, no mueren cuando se hace de día. «Vigila, Teresa, que els ocells nocturns no moren pas perquè sia jorn». Los novecentistas eran pocos, y d’Ors, que sentía una vocación mesiánica, era consciente de ello. «No som gaires». En verdad, entre ellos se hallaba quien negaría a Teresa antes de que el gallo de la crítica cantara tres veces, «abans mateix que el gall de la crítica hagi cantat tres cops».12 Más adelante, en Gualba, la de mil veus, la amenaza se representará como larvas, más larvas, más y más larvas todavía, larvas, larvas nuevas. Las larvas eran el tiempo destructor, que ahora se percibía como adversario.

EL ESCRITOR HACE OPOSICIONES

La rueda de la fortuna giró para Eugenio d’Ors en los meses anteriores a la Gran Guerra. A comienzos de 1914 sufrió un primer revés al fracasar en las oposiciones a una cátedra de Psicología Superior. La cátedra correspondía a la Universidad de Barcelona aunque, como era norma entonces, los ejercicios se celebraban en Madrid. La cosa no pintaba bien desde la formación del tribunal, presidido por el obispo de Madrid-Alcalá, monseñor Eijo Garay, luminaria del catolicismo español; un tribunal del que formaban parte Adolfo Bonilla y San Martín, discípulo de Menéndez Pelayo, José Ortega y Gasset, Josep Daurella i Rull y Marcelino Arnáiz, este último en calidad de secretario. Para fijar el calendario de la oposición, la primera reunión del tribunal se celebró en el palacio episcopal. Juan Díaz del Moral, notario de Bujalance, que años después escribiría un libro célebre sobre las agitaciones campesinas en Andalucía, declinó el nombramiento. Y fue una lástima para d’Ors, porque en él hubiera tenido un apoyo indudable. Marcelino Arnáiz, profesor escolástico en el colegio Santa Cristina del Escorial, que había sido provincial de los agustinos, fue quien suplió su ausencia. Don Francisco Giner, que siempre acogía con afecto a los representantes de la Cataluña intelectual, trató de «formar atmósfera» a favor del glosador. Según un miembro del público, don Francisco incitaba a los estudiantes para que acudieran a los ejercicios y respaldasen a su favorito, porque se temía un desenlace desfavorable. Don Francisco calculaba que el doctor Daurella, con su rigurosa ortodoxia y rígido escolasticismo, no votaría a d’Ors. De este hombre, catedrático de Metafísica en Barcelona, hizo Josep Pla un retrato inmisericorde. El obispo —seguía el señor Giner— no querrá ser menos ortodoxo y escolástico que el doctor Daurella. El «fraile» —el P. Arnáiz OSA— no querrá serlo menos que el obispo; y así ambos votarían también al antagonista, quedando d’Ors con el voto de los otros dos, que eran Ortega y Gasset y Bonilla. Don Francisco se equivocó por muy poco. El único voto favorable fue el de Ortega y Gasset. Arnáiz votó por dejar desierta la plaza.

El desenlace adverso tuvo que ver con una de tantas intrigas menudas académicas. El que acabó siendo beneficiario de la cátedra, un señor llamado Cosme Parpal i Marqués, tenía algunas publicaciones, más bien memorias cortas o discursos, inspiradas por el Maestro Angélico, según lo llamaba, como El deber de obediencia según Santo Tomás de Aquino (1898) y Las ideas de gobierno de Santo Tomás de Aquino. Algo más ambicioso era el libro La conquista de Menorca en 1287 por Alfonso III de Aragón, que vio la luz en 1901 con un apéndice documental; una publicación que le sirvió como tesis para el doctorado. Su autor era, precisamente, menorquín de nación. Su trayectoria había sido la de un historiador local, de erudición prolija. También había cultivado el estudio del folclore de Menorca y ejercido como corresponsal en periódicos de Ciudadela. Tenía publicaciones, sí, pero ninguna de psicología. Lo que tenía el señor Parpal eran buenas agarraderas, sobre todo en los ambientes católicos. Se trataba de una persona, según se decía, «muy dada a los menesteres de sacristía», con plaza reservada en casi todas las asociaciones piadosas de Barcelona, particularmente las que dependían de los escolapios, como la Academia Calasancia. Según cuenta su biógrafo, «Parpal estaba más cerca del tradicionalismo que de las ideas llamadas liberales». El tribunal se hallaba compuesto por ¡cuatro! católicos militantes, entre ellos dos hombres de iglesia. Bonilla explicó en privado su voto: «En este momento el doctor Parpal sabe menos de Psicología que su coopositor, pero yo creo que los tribunales han de votar para las cátedras no al que sabe más, sino al que muestra condiciones de mejor profesor de la disciplina».13

Las oposiciones de la época estaban lejos de ser una formalidad. Había que realizar cinco ejercicios. El primero consistía en una redacción, durante cuatro horas, sobre un tema sacado al azar entre los 113 propuestos por el tribunal. El segundo consistía en una exposición oral, sobre otro tema elegido también al azar. En el tercero había que comentar un párrafo de una obra, entre las cuatro que había elegido el tribunal. El cuarto era otra redacción acerca de una de las lecciones del programa propuesto por el candidato, para terminar en la jornada quinta con una defensa oral del programa de la asignatura. La psicología, tal como la concebía la mayoría del tribunal, constituía una disciplina muy vecina a la filosofía, más bien a la metafísica. D’Ors tuvo que hablar, en su primera exposición escrita, acerca de la «Doctrina metafísica sobre la esencia del alma», y durante la tercera jornada comentó el capítulo VI, del libro III del De anima de Aristóteles, mientras su contrincante hacía lo propio con el capítulo VIII de la misma obra. Fue en la defensa del programa cuando d’Ors pudo exhibir un buen conocimiento de las nuevas escuelas de la psicología; un conocimiento que había adquirido en sus viajes y residencias por las universidades europeas. En una nota manuscrita, entregada al tribunal con la bibliografía empleada, se cita un artículo de [James Mark] Baldwin, en inglés, probablemente tomado del Dictionary of Philosophy and Psychology; la Psychiatrie de [Emil] Kräpelin, en alemán; el Manuale di semejotica delle malattie mentali, cuyo autor era [Enrico] Morselli, y las obras de [Théodule-Armand] Ribot, en francés, sobre las enfermedades de la memoria, de la personalidad y de la voluntad. Acaso lo traicionara la vanidad, un cierto sentimiento de superioridad al citarse a sí mismo entre estos ilustres nombres con «La formule biologique de la logique» que, en efecto, había publicado en los Archives de Neurologie, la revista dirigida por Charcot, el maestro de Freud. También incluía en la nota los apuntes que había tomado de [Valentin] Magnan y de [Georges] Dumas, en el curso de 1908-1909, en la clínica Santa Ana de París, y que un año después tomó, según aseguraba, en la Psychiatrische Klinik, del mismo Kräpelin, en Múnich. En este ejercicio final era tanta la soltura y superioridad sobre el contrincante que, por un momento, se creyó ganador. Estuvo, según su opinión, «bé de paraula, bé de mesura, bé de tot». Bonilla se dirigió a él con mucha cortesía, mostrando respeto por sus conocimientos, dando a entender que su voto iba a caer de su lado. Pero la impresión no se confirmó luego. 14

El caso es que el señor Parpal concurrió al concurso presentando un «Programa de Psicología» que era una ligera exposición, más bien histórica, en la que advertía que esta disciplina había sido presentida por santo Tomás. La superioridad de Xenius era tan aplastante que, incluso, resultó contraproducente. En las oposiciones se hallaba presente entre el público una pintoresca figura, el señor Soltura, cuya máxima distracción consistía en asistir a ejercicios de esta clase. «Hoy ha ganado usted terreno. El otro ha dejado en el tribunal la impresión de quedar demasiado bien», le comentó Soltura a Parpal. «¿Y esto no le favorecerá?», preguntó este. «Eso, joven, no se perdona». Xenius describió los ejercicios a su amigo Enric Jardí: «Tots, tots els exercicis m’ha donat un immens, una imponderable avantatge... Parpal, fluix, baix, ignorant i fins infelicíssim de paraula, de manca d’aplom». El público hizo patente su indignación por el resultado, ovacionando a Ortega al salir de la votación, y hasta hubo, según el perdedor, «grups furiosos d’estudiants que volien menjar a Bonilla». Ante Prat de la Riba se quejó de ser víctima de «fuerzas oscuras» y del poco apoyo que, según pensaba, había tenido en La Veu. En vísperas de celebrarse los ejercicios, d’Ors había escrito a Prat para que intercediera, por sí mismo o a través de alguna persona amiga, con el obispo de Barcelona. La carambola debía realizarse a tres bandas. Alguien, acaso una figura de prestigio científico como Sanz Escartín, bien relacionado con el mundo católico, con amistades en Cataluña, debería tratar el asunto con el obispo de Tarragona, que, a su vez, debería recomendar a d’Ors al obispo de Barcelona, «que és de la mateixa corda». Pero la intercesión no tuvo consecuencias o no se llevó a cabo. A su vez, Parpal debía gozar de algunos vínculos con la Lliga, con eso que dio en llamarse el filó vigatà, el regionalismo conservador y católico que tenía al obispo Torras i Bages como enseña o referente. Era un enamorado del regionalismo tradicional, según destaca su biógrafo: «Las ideas de gobierno sustentadas por santo Tomás de Aquino apoyan el regionalismo». De hecho, un hijo de Cosme Parpal ejercerá como diputado regionalista en el Parlamento de la Segunda República. Quizá no se acordara d’Ors. ¡Hacía tanto tiempo de ello! Pero en 1900, en aquella revista llamada La Creu del Montseny, donde él había publicado un elogio de la metafísica y de la filosofía tomista, había también un artículo de su futuro contrincante, Cosme Parpal, titulado «L’amor a la patria segons Sant Tomàs», en el que demostraba un regular conocimiento de la Suma Teológica.

El Glosari dejó de aparecer durante varias semanas y su autor envió una carta de dimisión a Prat de la Riba, acusando «l’actitud torta i esquiva darrerament adoptada pel diari en comentar afers que m’importaven i que potser importaven també una mica als furs de l’esperit»; también aludía a un desacuerdo ideal, que se había disimulado hasta entonces.15 Con buen criterio, Prat salvó la situación y el Glosari volvió a su cita con el público de La Veu. De la herida enorme causada a su amor propio le quedó una duradera hostilidad a la universidad. A partir de entonces se presentaría como «el escritor que no hace oposiciones». Muchos años después todavía recordaba con horror aquel cuadro: apertura del certamen, convocatoria de candidatos, majestuosa constitución del tribunal. Recordaba la trinca innoble, o el descenso a una especie de mazmorra, donde pasó ocho horas preparando los ejercicios, sin más compañía que una comida ligera y unos libros. Recordaba eso que en el antiguo vocabulario académico se conocía como «la encerrona». Allí se sintió, infeliz candidato que fue, reducido a una categoría infrahumana, por la inquietud del resultado, la obsesión monográfica y la humildad y bajeza que imponían las circunstancias. Y, además, estaba el juego entre bastidores, las influencias, presiones y maniobras. No; no volvería a presentarse a unas oposiciones. Sus discípulos y amigos catalanes trataron de hacerle más llevadero el fracaso universitario, recordando sus éxitos. Espíritu selecto y cultivado, aristócrata del pensamiento, caballero del ideal. En resumidas cuentas, toda la trayectoria de Xenius había estado presidida por el triunfo, «la llei mateixa de la seva vida», según escribió Josep Carner. Dichosos los que lo habían conocido desde el principio de su carrera y habían gozado con el despliegue de sus portentosas facultades. Era necesario resarcir a aquel hombre, que había sido víctima de una sórdida mezquindad, creando para él una cátedra de Psicología en Barcelona. Carner instó a sus amigos Jaume Bofill y Josep Maria Jordà a que se pusieran manos a la obra. Y ello porque Xenius era algo suyo, el árbitro y guía de aquel tiempo inquieto, «perquè nosaltres som com ell». Todos estos elogios y algunos más se publicaron en la prensa de Barcelona. El revés académico volvía a probar, según algunas opiniones, el estancamiento, el atraso del Estado español, incapaz de renovar las enseñanzas oficiales.16

Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.

Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
831 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788490568491
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

Benzer kitaplar