Kitabı oku: «Punto de cruz»

Yazı tipi:


Primera edición, octubre de 2021

Segunda edición, octubre de 2021

Punto de cruz © Jazmina Barrera, 2021

© de esta edición, Editorial Tránsito, 2021

DISEÑO DE COLECCIÓN: © Donna Salama

DISEÑO DE CUBIERTA: © Donna Salama

FOTOGRAFÍA DE SOLAPA: © Ángel Valenzuela

IMPRESIÓN: KADMOS

Impreso en España – Printed in Spain

IBIC: FA

ISBN: 978-84-123036-8-1

DEPÓSITO LEGAL: M-22854-2021

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PUNTO DE CRUZ

jazmina barrera

A las que bordaron junto a mí.

«No estés triste, Lilí. Hallarás el hilo, y hallarás a la araña».

ELENA GARRO

Contenido

Punto de cruz

Agradecimientos

A mediodía me metí a bañar. La humedad en el cuarto de baño iba creciendo en el techo, despegaba la pintura y alimentaba una colonia de hongos, primero verdes y después rojos, como en una tortilla vieja. Es el tipo de cosas que dejé pasar durante el primer año y medio de vida de mi hija, demasiado cansada y atareada como estaba para prestarles atención, pero ahora empiezan a molestarme.

Entré desnuda al cuarto, busqué la ropa y antes de vestirme escuché vibrar el celular. En la pantalla apareció un mensaje de Facebook, de Valentina Flores. Tardé un instante en recordar que era la tía de Citlali. Me muero de tristeza, querida Mila, decía. Se me parte el corazón cada vez que escribo estas palabras. Citlali tuvo un accidente en el mar de Senegal y se ahogó. Ya traemos sus cenizas de regreso. Lo siento tanto, mi niña. Ella te adoraba y yo sé que tú a ella también.

Me dolió la cabeza como si me hubieran roto la cara. Como si me estuvieran tratando de succionar el cerebro por los ojos y no pudiera abrirlos. No sé cuánto tiempo estuve abrazando la toalla, sentada en la cama, procurando llorar en silencio para no llamar la atención de mi hija y de Andrés. En mi cerebro se sobreponían imágenes breves y dolorosas, como murciélagos en una cueva: el rostro de Citlali con los labios azules; sus manos luchando contra el mar; su boca abierta, tragando agua salada; su cuerpo flotando entre algas, espuma y botellas de plástico. Todo se mezclaba con la risa y el canto agudo de mi hija, que bailaba con su padre un disco de The Breeders. El cabello húmedo escurría sobre mi cuello. Me costaba respirar.

Al rato su padre la dejó entretenida con algún juguete y entró en la habitación. ¿Pero cuál amiga?, preguntaba. No la conoces, decía yo, la viste sólo una vez. ¿La del perro con parvovirus? No. ¿La punk?, ¿la ingeniera?, ¿la pelirroja antiniños?, ¿la rubia antiniños?

Sonreí, y al momento me di cuenta de que mi nariz empezaba a escurrir sangre. Andrés fue por algodón para detener la hemorragia. No tuve fuerzas para explicarle quién era Citlali. Hasta después, hasta la noche empecé a intentarlo.

¿Es la que vivía en España?

No —le digo a Andrés—, esa es Dalia, Citlali se mudaba todo el tiempo. Al final vivía en Brasil, pero se la pasaba viajando, porque trabajaba en una ONG ecologista.

Ah, ¿y la conocí? ¿Una de pelo negro, morena?

No, esa era Dalia. Citlali era de cabello claro y corto, muy delgada.

¿La que usaba ropa medio masculina?

Sí, ella.

¿Y a las dos las conociste de niñas?

En la adolescencia.

Pero luego estudiaste con Dalia.

No la misma carrera, pero sí en la misma facultad.

Ah, ya, creo que ya sé.

Desperté muy tarde al día siguiente y lo primero que hice fue escribirle a Dalia. Respondió unas horas después. Escribió sólo: Ya sé. No supe qué más decirle y supongo que ella tampoco.


La etimología del verbo «bordar» tiene una raíz indoeuropea (bhar) que significa «punta, aguja», que la emparenta con la palabra fastus del latín, que dio «fastuoso» y «fastidio». «Bordado» y «bordar» vendrían después del francés antiguo bord, que significa «lado de la nave». Ahí se relaciona con la palabra «borde», porque el bordado se usaba para decorar el borde de la tela.

Del siglo X es un pasaje del Libro de Exeter que dice en anglosajón: Faemne aet hyre bordan geriseth. La traducción de esta frase es ambigua, porque la palabra bordan significa «bordado» y también «borde». Hay quien la traduce: «El lugar de una mujer está junto a su bordado». Una traducción más libre podría ser: «El lugar de una mujer está junto al abismo».


Estuve días sumida en una tristeza muy honda por la muerte de Citlali. Me distraía con la rutina diaria, con los cuidados de mi hija, que exigen una atención absoluta, vivir en el más estricto presente, pero cada momento de calma me regresaba la pena revuelta con enojo. Todavía se me revuelve: estoy furiosa con ella, por haberse dejado vencer, por no haber logrado nunca desafiar al idiota de su padre ni recuperarse de la muerte de su madre, por no haber logrado reponerse de sí misma. En mi egoísmo más profundo le reprocho también haberse rendido del mundo en el que ahora también vive mi hija, haberme abandonado en mi nueva vida, ahora que tanto echo en falta su humor y su cariño. Pero otra parte de mí está enojada conmigo misma, se siente impotente y a la vez responsable de no haberla cuidado mejor. El coraje y la desdicha se me turnan por oleadas.

Tardé un par de días en responder el mensaje de la tía Valentina. Le dije lo mucho que me dolía la noticia y que me angustiaba no saber más detalles, que me explicara lo que le pasó a Citlali. Me repitió lo mismo que había dicho en su mensaje anterior: que Citlali se había ahogado en el mar de Senegal; se metió a nadar y nunca salió. Encontraron su cuerpo horas después, en la playa. Nada en sus palabras me aclaraba si había sido un suicidio o un accidente.

Las cenizas las tenía su padre. Las había puesto en la sala de su departamento. Yo quería saber exactamente en qué parte del departamento, pero decidí mejor ir a averiguarlo yo misma.

Le pregunté si pensaban hacer alguna ceremonia de despedida. Habría que hacerla, sí, respondió, pero yo no tengo cabeza, estoy destrozada. ¿Podrías ayudarnos tú a organizarla? Me tardé unos segundos en responder, pero dije que sí, por supuesto. Le pedí una fecha, dije que contactaría a sus amigos y que pensaría cómo hacerlo.


Decido dejar un rato el bordado para hacer esas llamadas. Llevo días sintiéndome culpable de postergarlo. No sé cómo puedo bordar y pensar en Citlali y no pincharme los dedos. Me propuse empezar hoy, aunque me cuesta un mundo hacerlo. Por ahí guardo una antigua libreta de teléfonos donde debo tener apuntados los celulares de algunos amigos de la preparatoria. Quizás unos pocos hayan conservado el mismo número.

Revuelvo el cajón más desastroso de mi escritorio, pero antes de encontrarla me topo con otra libreta, la del viaje a Europa, y me siento a hojearla. Con la muerte de Citlali, los recuerdos que compartíamos se me vinieron encima, porque ya no está ella para ayudarme a cargarlos. Emergen por todos lados imágenes, escenas y conversaciones que no sabía que había olvidado, secretos y recuerdos sólo nuestros y otros que compartíamos con Dalia. En esta libreta hay huellas de esas vivencias de las tres, fotos y notas de lugares que visitamos juntas, y una colección considerable de basura pegada al papel: boletos de museos, de metro, hojas secas, la envoltura de un chicle. Hay suficiente información en esas páginas, en esos cachitos de papel y en esas frases, para reconstruir y recordar el itinerario, aunque sé perfectamente que recuerdo mal, que me invento la mitad de las cosas. Más de la mitad. Me da lo mismo.

Encuentro el boleto de Air France y recuerdo nuestro viaje, a los diecinueve años, como si pensara más bien en un sueño. Desde el último año de preparatoria, Dalia trabajaba los fines de semana en una librería de Coyoacán, pero en realidad su pasaje había sido un regalo de su tía lesbiana. Tanto Dalia como yo éramos hijas de padres separados, lo que para entonces ya era muy usual, pero también nos unía esta coincidencia que nos parecía más rara: ambas teníamos tías lesbianas y solteras —fantaseábamos con juntarlas en una cita a ciegas, pero nunca quisieron—, que eran casi como otras madres para nosotras, pero con un poco más de poder adquisitivo y mucho más capitalistas. Mi tía compró mi pasaje sin chistar, aunque seguramente lo pagó en muchas cuotas. A última hora apareció mi padre, que debía cuatro años de pensión alimenticia, para entregarme un sorprendente y culposo fajo de dólares que guardé en el brasier, como mi madre me había recomendado.

El motivo del viaje era visitar a Citlali, que llevaba seis meses en Francia. Pocos días antes del vuelo nos mandó un correo diciendo que había pasado dos días sin comer por falta de dinero, y entonces el viaje se volvió urgente: íbamos a rescatar a nuestra amiga, a ponerla a salvo y a traerla de regreso, como yo quería, aunque eso último era motivo de controversia con Dalia.

La misma mañana del viaje Citlali mandó otro correo, casi un telegrama, que decía sin más que no podía vernos en Londres, que nos alcanzaba en París la siguiente semana. Le preguntamos qué había pasado, si estaba todo bien, le dijimos que por favor lo reconsiderara, que le prestábamos dinero para costear los viáticos en Londres, pero en el fondo sabíamos que no había nada que hacer; Dalia y yo pasearíamos solas por Londres y después, si Citlali no llegaba a París, nosotras mismas iríamos por ella al pueblo de la Provenza donde estaba.

Mi madre, por lo demás completamente atea, me persignó al despedirse, pero al menos aceptó quedarse en casa. La madre de Dalia, en cambio, insistió en llevarnos al aeropuerto. Nos preguntó si teníamos cargados los teléfonos, si traíamos apuntada la dirección del primo de Dalia en Londres, si llevábamos el teléfono de Citlali anotado para emergencias. Ya te dije que no viene a Londres, que nos alcanza en París, respondió Dalia, impaciente. Pero para emergencias, repitió su madre. ¿Qué va a hacer ella en una emergencia desde Francia?, Dalia se exasperó y yo las interrumpí. Tomé un mechón del cabello de Dalia entre mis dedos: Tu mechón rojo ya es oficialmente rosa. ¡Ya sé! Se decoloró muy rápido, pero creo que me gusta más así. Me sonrió, olvidándose de Marie —su madre— por un instante. Entonces Marie soltó un suspiro y un «sea por Dios» —detestaba que Dalia se hubiera teñido—. Le dio dos besos fuertes de despedida y me pidió a mí (y no a Dalia) que avisáramos al llegar a Londres.

Luego estábamos Dalia y yo en la interminable fila para documentar. Traíamos puesto el abrigo para la nieve, aunque eso que hacía en México a duras penas podía llamarse frío. Su abrigo me daba envidia, era lindo: negro y acinturado. El mío parecía una bolsa de basura. Mi madre accedió a comprarme un abrigo sólo si estaba relleno de plumas de ganso. Nada de poliéster y esos plásticos que están acabando con el mundo. Yo sabía que era mejor no contradecirla en esas cosas, pero el único abrigo que encontramos era un par de tallas demasiado grande y tenía un extraño adorno amarillo fosforescente en el gorro. Hubo un tiempo, anterior a este viaje, en que Dalia me decía de cariño Tucán, ya se nos había olvidado por qué. Cuando reparó en el abrigo, me puso el gorro y me llamó ¡Tucán!, y nos reímos y me abrazó.

O trató de abrazarme, sin soltar la maleta gigante que arrastraba, porque se le había roto la jaladera justo al llegar al aeropuerto. Cargaba también un maletín, una bolsa y una mochila. Le pregunté qué tanto llevaba y dijo que ropa de frío. ¿Y en esa bolsa? Comida para el avión, porque dicen que la que dan es horrible. ¿Y en esa otra? Las cosas del bordado. Iba a necesitar entretenerse, dijo, porque era mala para dormir en lugares incómodos. ¿Te van a dejar pasar con las agujas?, pregunté. Sólo llevo una y está clavada en el alfiletero, no creo que la noten.

Mi bordado estaba hasta el fondo de la maleta. Estaba bordando un árbol negro, con pájaros negros, sobre una tela también negra. Dalia no lo había visto todavía. Para el avión yo llevaba libros y música, un aparato lleno de canciones y unos audífonos, de esos de cordón, que podíamos dividirnos para escuchar las dos al mismo tiempo. Dalia decía que no sabía de música y que le gustaba la que yo escuchaba, que así aprendía.

Nuestra fila en el avión era de tres asientos. Estábamos casi seguras de que nos iba a tocar solas, con un asiento extra para estirar los brazos y poner nuestros bultos. Estábamos felices de viajar solas; acabábamos de terminar nuestro primer semestre en la universidad, era un tiempo magnético, cargado de posibilidades, estábamos estudiando por primera vez lo que de verdad queríamos estudiar, dábamos nuestros primeros pasos por un camino enteramente nuestro. Una canción de Françoise Hardy dice que a los veinte años somos los reyes del mundo, y aunque todavía teníamos diecinueve, sentíamos que el mundo estaba a nuestros pies, que volábamos sobre él como íbamos a hacerlo dentro de algunos minutos más.

Poco antes de que cerraran las puertas del avión entró un cura joven, casi guapo. Tuvimos que apretujarnos para cederle el paso a su lugar en la ventanilla de nuestra fila. Nos saludó muy amable, leyó un par de veces las instrucciones de seguridad y luego se puso a leer un libro con un sapo en la portada que se llamaba Lágrimas de esperanza. Dalia sacó el bordado. Estaba a la mitad de un separador con un patrón complicadísimo de flores rojas en punto de cruz. Era un regalo para el cumpleaños de su tía. Los regalos de cumpleaños eran nuestro pretexto favorito para bordar. Yo iba leyendo Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson. Me tenía picadísima: su personaje era igual a mí, a una parte de mí al menos, porque yo era mucho más cobarde y alegre, pero mientras leía me embriagaba la ilusión de que éramos al menos como hermanas, de que entendía su oscuridad, que era mía también.

El cura dejó a un lado su libro del sapo y nos preguntó si podía hacernos una pregunta, sin afán de molestar. Respondí que sí. No podía evitarlo, dijo, porque casi no convivía con muchachas de nuestra edad y le daba mucha curiosidad saber si creíamos en Dios. Mi postura era que no había forma de saber si existía, pero pensaba que había que vivir como si no lo hiciera. Yo estoy segura de que no existe, dijo Dalia; todas las religiones, y el cristianismo en particular, son ficciones interesantes, pero peligrosas. Eso me interesa, dijo el cura, y se embarcó con Dalia en una discusión bizantina sobre las pruebas a favor y en contra de la existencia de Dios. Dejé de poner atención al poco tiempo, pero ya no podía concentrarme en Jackson, así que me puse los audífonos y sintonicé una película de Hugh Grant. Con Dalia y Citlali habíamos hablado un par de veces del enigma de Hugh Grant: no quedaba claro si era guapo o feo, si parecía guapo porque era simpático o si de tanto decirnos que era guapo nos lo creímos, pero en realidad era feo. ¿A eso nos referimos cuando decimos que alguien es atractivo?, quise preguntarle a Dalia. No le dije nada, porque de reojo alcancé a ver que la discusión seguía y que ella se iba enojando, subiendo el tono de voz. Escuché que citaba los evangelios apócrifos y a un par de filósofos alemanes que yo no conocía. ¡Tú qué sabes, ustedes son unas niñas ricas a las que sus papis mandaron a Europa!, dijo casi gritando el cura. Y tú eres un viejo verga muerta y de seguro pederasta, respondió Dalia, que hizo un ademán conclusivo, se levantó y se fue al baño. Cuando volvió, sacó de inmediato un ejemplar de Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg, y se encerró en el libro como en una caja fuerte. Al rato el cura se paró también. Nos pidió permiso para llegar al pasillo y para hacer las paces regresó con dos paletas heladas de chocolate que estaban regalando al fondo del avión. Las aceptamos con incomodidad —se veían deliciosas—. El cura intentó disculparse y retomar la conversación con Dalia, pero ella le dijo con firmeza que ya no quería hablar con él. Dejó de lamer la paleta, se la terminó a mordidas y siguió leyendo con el ceño fruncido, durante una hora más. Luego se durmió, hecha un ovillo, un frijol negro, con el gorro de su abrigo puesto. Cuando Hugh Grant encontró por fin la felicidad, me puse un antifaz, tapones de oídos y me dormí yo también.

Al salir del avión me di cuenta de que en el mismo vuelo iba mi maestro de Shakespeare. Quién sabe cómo no lo habíamos visto al entrar. Era una coincidencia extraña, pero no tanto, tomando en cuenta que eran las últimas semanas de vacaciones en la universidad. Me gustaban sus clases, aunque me desesperaban un poco su ironía exagerada y su personaje de literato melancólico. Creía caerle bien, porque era de las pocas alumnas que participaban en su clase.

Nos saludamos y caminamos juntos hacia las maletas. Eduardo iba a visitar a un amigo suyo, un exalumno que vivía en Londres y que era novio de Iris, una amiga mía de la carrera, que estaba por allí también, y con la que Dalia y yo pensábamos juntarnos dentro de un par de días. Eduardo conocía bien Londres y nos contó de sus librerías, sus pubs y sus museos favoritos. Tenía particular ilusión de ver la exposición de un neoexpresionista alemán en la galería White Cube. Nos apuntó el nombre del artista (Anselm Kiefer) al otro lado de su tarjeta personal, por si queríamos ir. Al poco tiempo Dalia ya tenía su equipaje, Eduardo tenía también el suyo y sólo faltaba mi maleta. Finalmente resultó que se había extraviado. La iban a localizar y a mandarla al lugar donde me hospedaba lo antes posible. Tomé uno de los bolsos de Dalia y caminamos los tres hacia la entrada del metro. Eduardo nos ayudó a comprar las tarjetas para las zonas adecuadas y compartió con nosotras el trayecto durante varias estaciones. Me daba no sé qué emoción cada que escuchaba al señor del altavoz pedir precaución con el agujero entre el metro y la plataforma: mind the gap.

Eduardo se quejó del frío: no traía un buen abrigo, no hacían abrigos a la medida de su chaparrez, dijo. Yo me reí; Dalia no se rio y le sugirió que lo comprara en el área de adolescentes —no era un chiste—. Un hombre en el altavoz explicó que la estación subsiguiente, en la que teníamos que bajarnos Dalia y yo para transbordar, estaba cerrada. Nos angustiamos, tratamos de tomar una decisión rápida, nos despedimos de Eduardo y nos bajamos ahí mismo. Nuestro mapa, grande y arrugado, decía que por ahí pasaba un autobús que nos llevaba directo al departamento.

El elevador de la estación estaba descompuesto, así que Dalia arrastró por decenas de escalones su maleta hasta la calle. Salimos junto a una plaza, vimos desdibujado en la noche un edificio gris enorme con una cúpula encima. Creo que eso es algo, le dije a Dalia, emocionada —después supimos que era la National Gallery—. Los autobuses rojos, de dos pisos, parecían de mentiritas, los señalamos y nos dimos cuenta de que ahí cerca estaba la parada, pero por más que tratamos de entender en qué dirección ir, no lo logramos. Nos aventuramos con el primer autobús.

Dalia aventó su maleterío al pequeño espacio reservado para las carriolas. Una mujer con un niño pequeño movió amablemente la suya para que cupiéramos. Me senté junto a la ventana y me puse a ver las luces de las calles y los autos. Dalia se quedó viendo a la mujer de la carriola y de pronto me preguntó si conocía algún lugar donde se pudiera abortar en la ciudad de México. Me asusté porque pensé que era para ella, pero rápidamente aclaró que era para una amiga de la universidad —yo conocía a todas sus amigas, pero no me quiso decir su nombre—. Tenía que ser un lugar barato, porque el padre no figuraba y su amiga no podía decirle nada a su mamá. ¿Es muy católica?, pregunté. No, es muy budista, respondió. No sé qué tipo de budismo sea, pero le prohíbe matar hasta a una mosca y no hay forma de convencerla de que un aborto no es matar. Le dije que no conocía ningún lugar, pero sabía que una prima mía había abortado hacía no tanto. Le iba a preguntar. Debimos haber estudiado medicina, dijo Dalia, es lo único que tiene sentido estudiar en estos tiempos. Sí, pero son muchas agujas y cuchillos, y esos pobres estudiantes nunca duermen. A mí me encanta dormir, necesito dormir, le dije. Yo no tanto, dijo Dalia. Nos quedamos un rato calladas, observando esa noche tan distinta de las nuestras.

Bajamos en la siguiente parada y tratamos de corregir el rumbo. Todavía nos equivocamos una vez más, nunca nos imaginamos que leer mapas podía llegar a ser tan complicado, a pesar de que estábamos acostumbradas a consultar de vez en cuando los mapas de la Guía Roji en la infinita Ciudad de México. Cuando llegamos al autobús correcto nos dio un ataque de risa y de cansancio. Eran cerca de las once de la noche. Esa vez logramos bajarnos en la parada que nos correspondía. El edificio debía de estar cerca. Íbamos en silencio, pensando que el barrio era medio sin gracia, con edificios grises y recientes, pero poco a poco le fuimos viendo cierto encanto. En la banqueta de enfrente pasó un corredor en shorts y manga corta y pregunté en voz alta si estaba loco o si en ese país era normal que la gente corriera a esas horas y a esas temperaturas. Es normal, el cuerpo entra en calor, dijo Dalia, que tenía la costumbre de salir a correr de vez en cuando y además iba a un gimnasio en el que Citlali y yo también estuvimos inscritas algunos meses. Sólo Dalia lo aprovechaba; Citlali y yo nos distraíamos comentando los atuendos, imaginando las historias de vida de los demás usuarios. Nos angustiaba mucho un hombre que iba todos los días y sin embargo parecía estar subiendo de peso, y nos daba risa un entrenador diminuto, que les decía «muñecas» a las mujeres y «muñecos» a los fisicoculturistas —ni a ellos ni a ellas parecía molestarles—.

Algo no andaba bien: habíamos cruzado la intersección donde debía estar nuestra calle y no dábamos con ella. Desesperadas, nos detuvimos en una estación de taxis y le pedimos a un chofer que nos llevara a la dirección que teníamos anotada. Eso es a la vuelta de la esquina, nos dijo riéndose, les va a salir carísimo. ¿Están seguras de que quieren pagarlo? Estábamos seguras.

Nosotras creíamos que era el nombre de la calle, pero era el nombre del edificio: a eso se debía la confusión. En México los edificios no tienen nombre, le dijimos al chofer, que nos respondió con otra risa alegre y la cifra exacta de lo que le debíamos. Sacamos unos billetes del fajo escondido en el brasier para pagarle y nos bajamos.


En Oaxaca, los chinantecos, mixtecos, chatinos y triquis comparten la trama principal de un mito, que deriva en parte del Popol Vuh de los mayas quichés de Guatemala y de la Leyenda de los soles. Se trata de una tejedora (la señora tepezcuintle para los chinantecos), esposa de un venado, que adopta o concibe unos gemelos. En algunas versiones se embaraza mientas teje y luego, embarazada, teje las distintas capas del cielo en su telar. Los gemelos que nacen de ella serán Sol y Luna, y tendrán muchas aventuras. Entre ellas, matan a un monstruo de ojos brillantes, ahorcándolo con un hilo o con un ceñidor tejido. Luego arrojan una bola de hilo al cielo y así inauguran el tiempo, y trepan entonces por el cabo suelto. También violan a una señora, que los maldice y les avienta palos de tejer —la cara de la luna queda marcada por esos palos—. La señora, furiosa, tira entonces su tejido ensangrentado sobre la tierra y desde entonces las mujeres deben menstruar.


Los equinodermos —las estrellas de mar— tienen la capacidad de regenerar los miembros que pierden. Los mamíferos no la tenemos. La hemos suplido hasta cierto punto, y sólo hasta cierto punto, con aguja e hilo.


Mi abuela siempre usaba dedal. Aprendió a bordar con su tía, en el pueblo de Yucatán donde creció. Descubrió los dedales cuando se mudó a Mérida y quedó maravillada. Decía que los dedales, las máquinas de coser y las lavadoras le habían cambiado la vida. Yo nunca me acomodé con los dedales, pero hubo un momento en que de tanto bordar tenía callos en los dedos y si me pinchaba no sangraba, la aguja no atravesaba la piel. Citlali se reía de nervios cuando le pedía que me pinchara para demostrarle la calidad de mis callos. Acordarme de su risa me da risa, pero la contengo para no despertar a mi hija, que duerme en la pieza de junto mientras bordo su nombre en el morral que nos pidieron para su primer día de clases. La risa debe de ser una de las cosas más difíciles de contener, casi más que el llanto. Citlali y yo teníamos una amiga, no muy cercana, a la que llamábamos Pi, que un día nos invitó a su casa y ahí nos tuvo un rato, observándola mientras ensayaba su risa. Estaba buscando una risa nueva porque no le gustaba la suya y probaba varias opciones con nosotras, se lo tomaba muy en serio y Citlali y yo hacíamos todo lo posible por no reírnos de ella con nuestras risas indiscretas y silvestres.

Citlali tenía una risa arrolladora: de su boca grande salían carcajadas como relámpagos, seguidas muchas veces de ataques de hipo —una vez vi a su padre regañarla, decirle que algo hacía mal al reírse así y por eso le daba hipo—. Siempre se estaba riendo y los maestros la odiaban. Intercambiaba bromas, papelitos y dibujos con las chicas de junto, con habilidad de espía rusa. Las risas se encendían a su alrededor como luces de bengala, los maestros intuían que se estaba riendo de ellos, y muchas veces tenían razón. Se reía de todo, de todos y de ella misma tanto más. Pero tenía buenas calificaciones, le iba bien en los exámenes y no existía evidencia de sus desacatos, así que todas las semanas, cuando la mandaban a la dirección por un reporte amarillo o rojo, nadie sabía decir exactamente qué había hecho y era casi imposible castigarla. Pasó de año en año como una eterna sospechosa.

Los primeros meses después del inicio de clases, Citlali se sentaba al otro extremo del salón. En los recreos se juntaba con un grupo de amigas en una banca frente al balcón del primer piso, viendo hacia la cancha, y hablaban entre ellas sin verse a la cara, como si estuvieran narrando para la radio el torneo de futbol que se disputaba en el patio. De vez en cuando se sentaba con ellas Dalia —que había estudiado en la misma primaria que Citlali— aunque ese no era su grupo principal de amigas, ella se juntaba con las guapas, que ya no eran niñas, que por las tardes jugaban futbol o voleibol y tenían novios y usaban escotes y sabían bailar.

A ellas yo las envidiaba y les temía un poco, pero a Dalia no. O sí, pero también la admiraba y a veces le sonreía al pasar —ella siempre sonreía de vuelta—. Dalia era la más inteligente del salón. Quizás no era la mejor en matemáticas o en biología, pero sí era la consentida del profesor de lengua, un barbudo sabio y tierno que nos recomendaba libros que yo odiaba: La insoportable levedad del ser o Siddharta, pero lograba convencerme de que eran buenos o por lo menos divertidos de discutir. Era mi maestro favorito, y Dalia era su alumna favorita. Tenía una ortografía perfecta, leía mejor que nadie, rápido y sin equivocarse nunca, hacía los análisis arbóreos en el pizarrón en un dos por tres y había leído, eso estaba claro, más que el resto de todos nosotros juntos. Esa condición de alumna elegida y hermosa estrella del deporte le aseguraba admiradores y detractores en igual cantidad. En el baño de mujeres, cada tanto, aparecía una pinta que decía: «Amo a Dalia (corazón)», y cada otro tanto, alguna otra que decía: «Dalia es una zorra».

El primer día de clases en esa nueva escuela, me recargué en el balcón durante el descanso, junto a una chica rubia muy linda y de voz aguda, que habló un poco conmigo y en algún momento comentó cómo saltaban las chichis de una muchacha que jugaba basquetbol en la cancha. Al parecer eso le sucedía porque no usaba brasier. Al parecer eso era un error. Yo tampoco usaba brasier. Sentía que mis chichis eran muy pequeñas como para necesitarlo y además mi madre aborrecía los brasieres, salvo si se trataba de quemarlos en alguna hoguera feminista. En cuanto escuché el comentario de la rubia me sentí como una idiota. De inmediato me hice consciente de cómo rebotaban mis chichis bajo la blusa, así de pequeñas y todo; me quedé el resto del día con el suéter puesto, aunque hacía muchísimo calor, y después de ganar una pelea que en principio parecía imposible, convencí a mi madre de que esa misma tarde me llevara de compras. Desde ese día me quedó claro que yo era una de las raras, y como correspondía, me empecé a juntar con ellas.

Éramos una chica flautista, risueña, con frenos de caballo, que era buena para las ciencias exactas y se llamaba Manuela (creo); otra ultratímida, chaparrita y delgada, llamada Sol, que a pesar de su nombre brillaba por su poco o nulo carisma, pero compensaba con una enorme bondad y calidez; Lourdes, que tenía ojos de jirafa y en vez de tomar apuntes peinaba su largo cabello rojo durante toda la clase —tenía tan buena memoria que no necesitaba tomar apuntes—; y yo, que en ese entonces no habría sabido cómo definirme y ahora tampoco, claro.

Parte de mi rareza consistía en que ni siquiera con ellas me gustaba convivir demasiado. Casi nunca salía del salón. En los descansos me quedaba leyendo, dibujando o almorzando ciruelas y mazapán. Dibujaba y escribía para no perder la imaginación. Estaba segura de que la iba a perder, de que todos los adultos la perdían en algún momento. Me aferraba llena de angustia a esa mirada infantil que encuentra en todo lo que la rodea motivos de curiosidad y asombro. Con quienes más platicaba era con los maestros, que me querían por diligente. En mi primaria hippie nunca nos dejaron tarea, así que cuando entré a la secundaria me pareció una verdadera novedad, me daba ilusión hacerlas. Si no era la más lista, sí era posiblemente la más ñoña de la clase.

Aunque no por ñoña sabía suficiente inglés como para entrar a la sección A, donde iban los alumnos de más alto nivel. En mi primaria el inglés era considerado el idioma del imperio y sólo nos enseñaban lo más básico. Lo suficiente, de cualquier forma, para granjearme un lugar en el área B, donde también estaba Citlali. Éramos pocos en el área B, ahí no estaban nuestras amigas habituales y nos sentábamos en bancas contiguas. La primera vez que hablamos, Citlali me señaló la mochila del maestro: el cierre de enfrente estaba abierto y se asomaba una caja de condones sabor fresa. Ya me imaginaba yo que a Tania —así se llamaba la maestra de biología— le gustaban las fresas, me dijo, y nos reímos mientras el maestro anotaba ejercicios en el pizarrón. La caja terminó por caerse de la mochila y de tanto reírse a Citlali le dio hipo. Pasamos el descanso juntas, tratando de todo para quitárselo: aguantar la respiración, asustarse, tomar agua de cabeza. Todo eso nos daba más risa y empeoraba el hipo. Se le quitó solo después, mientras platicábamos.

Empezamos a juntarnos en esa clase para los trabajos en equipo, que consistían casi siempre en transcribir la letra de canciones de Los Beatles o contestar cuestionarios sobre películas de Tim Burton. A partir de Los Beatles (que Citlali odiaba, porque había escuchado hasta la náusea a su padre los domingos tocar en un grupo de covers llamado Los Cara Abajo) comenzamos a hablar de música. A las dos nos gustaban los Aterciopelados y Blondie, también nos gustaban los mismos programas de televisión en MTV y el cereal de colores. Teníamos un sentido del humor parecido; con ella descubrí lo delicioso que podía ser burlarse de la gente a sus espaldas, teníamos chistes locales recurrentes, que involucraban, por ejemplo, a un chico al que llamábamos Desnudo, porque un día llevó una playera más larga que sus shorts y parecía que venía sin ropa de la cintura para abajo; o a la maestra Tania, que para hacernos callar emitía a todo pulmón un relinchido muy realista; o al compañero que llamábamos Godínez, que sólo hablaba de futbol y no entendía ningún concepto si no se le explicaba con balones. Pero nos reíamos, la mayoría de las veces, de nosotras mismas: de la perfecta imitación que hacía Citlali de Édith Piaf o de un video que filmamos con la cámara de su padre, para la clase de Historia Universal, sobre los neandertales, donde por un instante se me ve un pezón porque me había amarrado mal la cobija con animal print.

Empecé a juntarme con Citlali en algunos descansos y después en todos, y a la salida y en las tardes también. Abandoné a la jirafa y a las demás, me asimilé al grupo de amigas de Citlali, aunque mi relación con Pi —la muchacha de la risa ensayada— y con el resto era más bien superficial: Citlali era mi verdadera amiga.

Fue un día que estaba junto a Citlali en el salón, durante un descanso, cuando Dalia me habló por primera vez. Dijo: Me gusta tu nariz. Una chica estaba rolando un chismógrafo donde teníamos que rellenar quién nos parecía más guapo, quién tenía los ojos más lindos y quién era el más divertido de la clase, ese tipo de cosas. Había unas hojas dedicadas a la descripción de cada uno, y las amigas de Dalia estaban usando una cinta métrica para anotar cuánto tenían de busto, cuánto de cintura y cuánto de cadera. Yo trataba a toda costa de pasar inadvertida para no tener que responderlo, pero Dalia me vio, se me acercó y me preguntó cómo describiría mi nariz, porque era la nariz que más le gustaba del curso y lo pensaba apuntar en el chismógrafo. Yo odiaba mi nariz sólo un poco más de lo que odiaba el resto de mi cuerpo. Era flaca, pero tenía una panza chistosa, un par de estrías rojas en las caderas y unas chichis picudas que trataba de ocultar con playeras flojas y encorvando la espalda. Mi nariz tenía un relieve extraño sin llegar a ser distintivo, una curvatura convexa que de niña trataba de corregir con diúrex. Me parecía simplona. Toda yo, en cuerpo y alma, me sentía justamente simplona. Dalia, en cambio, era notable, preciosa. Era alta, tenía una piel morena brillante, el cabello negro y estrictamente lacio, brazos torneados, los dientes muy blancos y una nariz de una curvatura cóncava perfecta. Su voz era rápida, segura y grave. Hablaba como si fuera extranjera, con un acento sólo suyo. Había nacido en México y su madre era mexicana, pero sus abuelos maternos —que murieron en un choque antes de que ella naciera— eran franceses y ella parecía haber heredado algo de su acento. Pocas cosas de las que me dijeron en esos años tuvieron tanto impacto en mí como cuando Dalia dijo que le gustaba mi nariz. De ahí en adelante siempre la tuve en buena estima, aunque nuestra amistad empezó en realidad un par de años después.


Aprendí a leer y a escribir al mismo tiempo que aprendí punto de cruz. Mi abuela me había enseñado lo básico, pero fue hasta el taller de la primaria con Cristina, a los seis años, que consolidé lo que sabía. Cristina era la menos femenina de las maestras de mi primaria. Se vestía siempre de pantalón y playeras lisas, nunca usaba aretes ni collares, tenía el pelo chino muy corto y pequeños ojos rasgados. Su voz era grave y dulce, y ella era siempre cálida y gentil. Cristina nos daba clases de computación, y ahí, quienes además estábamos en el taller de punto de cruz con ella (a todos se nos asignaba un taller por azar cada tres meses: carpintería, cocina, alebrijes, encapsulado, pirograbado, barro, telares, batik o punto de cruz), teníamos permiso de aprovechar para dibujar y diseñar patrones con el zoom del programa Paint, que cuadriculaba la pantalla para emular la tela cuadrillé. En el taller, Cristina bordaba también y el revés de sus bordados, que distingue a los expertos de los amateurs, era un patrón geométrico inmaculado.

Todavía conservo el bordado que hice en ese taller de Cristina. Es un gato gris, pero parece un robot en cuatro patas.


Se siente anacrónico presentarle a Dalia a mi hija. Ya es casi una niña, hace ya mucho que pasé por ese ritual con mis amigos y familiares. Me parece horrible que la conozca tan tarde, tendría que haber sido de las primeras. Ya pasé también por ese periodo difícil en que quedó claro qué amigas conservaría y cuáles no. Las que entendían del cansancio, los horarios y las interrupciones constantes (muchas de ellas también tenían hijos), o las que simplemente demostraban cariño e interés por nuestra nueva vida, las que no tenían problemas con sentarse en el suelo para jugar mientras platicábamos, esas se quedaron. Las que insistían en vernos en horarios imposibles, las que venían a ser atendidas y exigían la misma atención que el bebé, a esas ya no las veo. Me da miedo que Dalia sea de las segundas. Nunca le gustaron los niños. Me da tanto miedo que casi prefiero no saberlo. Quizás cambió, pero casi no sé nada de su vida actual. En las redes sociales pone sólo imágenes de manuscritos medievales y artículos sobre feminismo y sobre injusticia social. No sé si tiene pareja, qué música escucha, qué tipo de ropa usa, qué zapatos, qué canciones le gusta bailar, si es que todavía baila. Antes sabía todo eso de ella: sabía todo de ella. De ellas. Casi todo.

Hay otra parte de mí, por supuesto, que se muere por verla. Tengo muchísimas cosas que decirle y tantas más que preguntarle.


Mi abuela Sofía nació en el pueblo de Maxcanú, en Yucatán, y a los doce años se fue a Mérida con su familia. Ahí vivió hasta que se casó y después se mudó a la ciudad de México. Bordaba poco, de vez en cuando alguna blusa con flores en punto de cruz (xokbil-chuy, lo llamaba) o con una técnica llamada xmanikté. El xmanikté es una puntada que se hace en Yucatán, que lleva siglos haciéndose, pero está en peligro de extinción, a pesar de que su nombre significa «siempreviva» —igual que la planta—. Es una puntada muy difícil, un tipo de brocado que se hace sobre deshilado. Se dice mucho que el bordado llegó a México con los españoles, pero los arqueólogos encontraron restos del xmanikté de la época prehispánica en el cenote sagrado de Chichén Itzá, y otros tejidos de trama envolvente muy parecidos en la cueva de San José de Ánimas, en Durango. El de Chichén Itzá es un trozo de tela carbonizada con patrones geométricos. A partir de la urdimbre se formaban ojillos, usando agujas de hueso o madera.

Alguna vez le pedí a mi abuela que me enseñara el xmanikté, pero ya estaba muy cansada, dijo que era muy difícil, que otro día. Yo no volví a insistirle y ella no volvió a bordar.


El cuerpo humano está hecho en su totalidad de tejidos. Tejido adiposo, tejido cartilaginoso, tejido epitelial, tejido fibroso, tejido linfático, tejido muscular, tejido óseo, tejido conjuntivo.

El tejido conjuntivo está formado por hilos elásticos y flexibles que se entretejen en una red muy delicada, que se parece mucho a la seda. Bajo la piel, une las partes del cuerpo.


La gente siempre piensa que una libreta es un buen regalo para una escritora y para mí es el peor. Todas esas páginas en blanco me recuerdan cuánto he borrado y lo poco que he decidido conservar, no se diga ya publicar. Llevo meses decidiendo si regalar y tirar o no la inútil colección de libretas, llenas, a medio escribir o en blanco, como promesas vacías, que he acumulado en mi escritorio a lo largo de diez años o más. Las libretas se amontonan, van juntando polvo. También las usadas. Suelo pensar que en algún momento querré consultar mis apuntes de historia del arte o de lingüística estructural, o que me va a dar gusto o risa —aunque más probablemente me avergüence— releer los intentos de novelas que escribía en la universidad. No ha sucedido ni una sola vez en diez años y quizás no sucederá durante el resto de mi vida, o quizás lo haga ahora mismo. Tengo ganas. Me desespera verlas ahí apiladas, como tabiques de una iglesia en ruinas, como cajitas de olvidos y de fracasos, las libretas negras, rojas, verdes y azules.

Hace tiempo que ya no cargo libretas conmigo. Tomo notas en el celular. Antes escribía a mano y guardaba con ahínco boletos de museos y tarjetas del metro. Me daba satisfacción, tranquilidad y entusiasmo documentar los hallazgos y trayectos de mi vida. Pero un día la vida se me hizo corta. Ni siquiera he podido escribir en esa libreta de recuerdos de mi hija, donde muy de vez en cuando apunto alguna de las frases chistosas que dice. Ahora mismo se me ocurrió escribir algo que me dijo hoy —¡Papá tiene muchas manos!— pero me distraje porque me encontré otra vez esa libreta de Europa.

Entre sus páginas están las pocas fotografías que saqué y las que Dalia me regaló. La primera es una de Dalia desempacando, sobre un sillón gris, en el minúsculo departamento de su primo en Londres. Era tan pequeño que casi todos los muebles se doblaban o se guardaban debajo de otros muebles. Para nosotras había un colchón inflable, tamaño matrimonial, que lográbamos acomodar una vez que movíamos el resto de los muebles del único cuarto, junto a la cocineta y el baño. El departamento entero, hasta la cocineta y el baño, estaba tapizado con una alfombra peluda y beige que alguna vez había sido blanca. Me daba muchísimo asco imaginarme los fluidos y residuos corporales y alimenticios que podían esconderse en los resquicios de la felpa, y los hongos, bacterias e insectos que vivirían en jauja, multiplicándose y alimentando a otros hongos y bacterias e insectos; me arrepentí muy pronto de no haber llevado mis chanclas y me congratulé de sí haber llevado un frasco de antibióticos.

El primo en cuestión, de unos treinta años, era de complexión delgada, cabello oscuro y tenía unas ojeras profundas. Me pareció lindo. Dalia se presentó con él, porque aunque eran primos no se veían desde que eran unos niños. Era muy atento. Platicamos un ratito y nos dijo que iba de salida al antro y que en la mañana se iba temprano a trabajar. Regresaría hasta la noche (muy noche) del día siguiente, y luego se iría un par de días de viaje. Nos invitó al antro, pero estábamos agotadas y nos dormimos al instante.

Tanto Dalia como yo despertamos a las cuatro de la mañana, sin una gota de sueño. Nos quedamos en la oscuridad un rato platicando muy bajito, una conversación adormilada sobre lo extraño que era estar despiertas y sin sueño a esas horas infames. Dalia tenía a veces insomnio y le pregunté qué técnicas usaba para quedarse dormida. Recito «La suave patria», me dijo. ¿La qué?, le dije riéndome en voz baja, ¿de López Velarde? Sí, esa, me dijo, es por una cosa familiar, mi abuelo hacía competencias con mi madre para aprendérsela entera. ¿Tu abuelo que era francés? Sí, pero en México se volvió más papista que el papa. Mi madre me lo recitaba para arrullarme cuando era niña hasta que me lo aprendí de memoria y ahora me lo recito a mí misma. ¿En voz alta? —me seguía dando mucha risa la idea—. No, en voz baja, me dijo. ¿Y tú, qué haces cuando no puedes dormir? Me imagino que soy Orlando, el gato de mi tía.

Logramos dormirnos de nuevo. En la mañana desperté antes que Dalia, cuando el primo ya se había ido. Fui dando saltos al baño, tratando de casi no tocar el piso. Me tardé en calibrar la regadera y llegué a la conclusión de que esa era la primera señal de pertenencia en cualquier sitio: saber atemperar la regadera.

Desayuné unos pedazos de queso duro y pan de molde que encontré en el refrigerador, y me puse a leer en la guía Lonely Planet —amaba su nombre— sobre los lugares que, según el minucioso itinerario que habíamos hecho juntas, nos tocaba visitar. Teníamos un horario apretado, porque Dalia quería ver lo más posible cada día. ¿Qué tal que nunca volvemos a Londres?, me había dicho cuando estábamos planeando el itinerario. Claro que vamos a volver, le respondí, porque en ese entonces la vida me parecía eterna y el futuro radiante.

Dalia seguía sin despertar y aproveché para localizar el módem y revisar mi correo en el celular. Tenía un e-mail de mi novio, Iván, donde preguntaba por el vuelo y me contaba que iría a la fiesta de cumpleaños de mi amiga Nadia. No llevaba yo ni media hora en el avión y ya me había escrito. Me pareció dulce y medio insoportable. Le respondí que habíamos llegado bien, que todavía no veíamos nada, pero que ya le contaría. Que lo extrañaba. No sabía qué tan cierto era esto último, porque me encontraba justo en donde más quería estar y con quien más quería estar, sólo faltaba encontrarnos con Citlali.

Le escribí también a mi prima, para preguntarle si conocía algún médico que ayudara a abortar a la amiga de Dalia. Entonces Dalia despertó, con el chirrido del timbre: venían a dejar mi maleta. Tardé en encontrar las llaves y otro tanto en entender cómo usarlas. Dalia se levantó preocupada: íbamos tarde según el itinerario. Mientras se alistaba le pregunté si su primo era gay —quería descartar una posible historia romántica con él, que igual me imaginaba o me temía—. Dijo que seguro sí, sus padres eran muy conservadores y probablemente por eso Dalia nunca había escuchado en su familia nada al respecto, pero debía de ser, tenía toda la pinta. Le dije que no sabía que los millonarios mexicanos en Londres vivieran en cuchitriles, y nos preguntamos qué tan millonario tendrías que ser en México para vivir bien en Europa y cuál sería la etimología de esa palabra tan simpática, «cuchitril». Dalia prometió buscarla al regresar a México, en su diccionario de mexicanismos —no venía del náhuatl, como yo pensaba, sino del español antiguo, y se refería al lugar en donde duermen los cerdos—.

Teníamos marcado con pluma roja, en el mapa de la guía, el trayecto hasta Bloomsbury. Había que bajarnos en King’s Cross y caminar hasta Russell Square y de ahí al Dickens House Museum —señalado en el mapa por la mano de Dalia con un decidido círculo—. Salimos del departamento, al que todavía no le daba ni un rayo de luz, y en la calle nos deslumbraron el cielo, el sol y el entusiasmo. En la primera esquina nos detuvimos a mirar las instrucciones escritas con blanco sobre el pavimento. Frente a nosotras pasaban los coches con sus conductores del lado derecho. Le conté a Dalia la anécdota de una amiga que se aventuró a manejar en Londres y estuvo media hora tratando de salir de una rotonda. Dalia me contó de un conocido al que atropellaron por no tomarse en serio esas indicaciones, y dejaron de parecerme chistosas. Echamos a andar tomadas del brazo, atentas a los autos que venían siempre en una dirección inesperada.

En el tren hablamos de Citlali. Entre el cansancio y la emoción habíamos comentado poco el asunto. Ninguna de las dos tenía una teoría muy convincente de lo que podría haber pasado para que cancelara el viaje tan de última hora. Teníamos mucha ilusión de ver Londres las tres juntas, no entendíamos por qué no había querido ir; seguro estaba tan mal de ánimo como de dinero, y como siempre que le pasaba eso, estaba cavando el hoyo más profundo.

Nos bajamos en King’s Cross y cruzamos la estación imaginando con cada letrero la posibilidad de llegar a Bélgica, a Ámsterdam y a Francia en unas horas. Imagínate que en México hubiera trenes que te llevaran a Colombia, a Argentina y a Chile en un ratito, le dije a Dalia. Luego tratamos de averiguar qué salida tomar y hacia dónde dirigirnos. No lo logramos. Dalia insistió en seguir el mapa y yo insistí en pedir direcciones. No sé por qué confías tanto en la gente, dijo, ¿cómo sabes que no nos van a perder? Yo pregunté cómo es que ella confiaba tanto en nosotras y en nuestras nulas habilidades cartográficas. Salimos por cualquier parte. Se nos llenaron los ojos del imponente edificio rojo, con su reloj de punta azul. Ahí la convencí de preguntarle a una señora de abrigo verde. La señora fue amabilísima y sus indicaciones, en efecto, nos perdieron. Dalia preguntó irritada si así iban a ser todos nuestros días en Londres, un permanente no llegar a ningún lado. Me acordé de esa frase de «El Aleph», de Borges, «Vi un laberinto roto (era Londres)», pero no le dije a Dalia, porque ya estaba de mal humor y Borges le caía mal, decía que era un viejo conservador esnob —yo le daba la razón, pero en secreto lo amaba—. Las calles eran espléndidas, no estaba nada mal perderse en Londres.

Al final la misma Dalia sugirió que volviéramos a preguntar. Un señor muy paciente logró explicarnos cómo llegar y una media hora después estábamos en Russell Square. Me decepcionó un poco el parquecito simplón de árboles pelados. No sé qué esperaba, que al dar la vuelta a la esquina se me iba a aparecer Mrs. Dalloway, con sus flores nuevas y lista para la fiesta, o que el fantasma de Dylan Thomas estaría en medio del parque recitando —casi cantando, como hacía Dylan Thomas— «The force that through the green fuse drives the flower by». Dalia le tomó una foto a la placa donde decía que la gente del grupo de Bloomsbury había vivido en los edificios aledaños, y seguimos.

Estuvimos a punto de perdernos de nuevo, pero rectificamos a tiempo. Y nos encantó la casa de Dickens. Era chiquitita, de ladrillo, con puerta verde. Adentro tenía el espejo frente al cual ensayaba sus lecturas públicas, su sofá, una ventana que inspiró alguna escena de Oliver Twist y primeras ediciones de Great Expectations. Traté de disimular la emoción que me daba todo eso y fracasé. Great Expectations era uno de mis libros favoritos, me sabía muchos pasajes de memoria, por ejemplo ese del final, cuando Pip dice que no vio más la sombra de la partida de Estella, y mi favorito, cuando Miss Havisham le explica a Estella que el amor es una devoción ciega, una humillación autoinfligida y sumisa, que es regalarle tu corazón y tu alma al destructor. Dalia sólo había leído Un cuento de navidad de niña, pero se acordaba de que le había gustado mucho.

Lo mejor de la casa era, sin duda, la silla-retrete. Una silla de madera decorada, con asiento desprendible, que se ponía sobre un recipiente redondo. Nos preguntamos por qué los retretes contemporáneos serían tan aburridos, tan iguales todos, salvo los japoneses, que te limpian el culo con un chorro de agua tibia y calientan el asiento cuando hace frío —Dalia me dijo que los había probado en un restaurante de sushi, pero no le creía—. Eso fue lo único de la casa de Dickens que Dalia fotografió: la silla-retrete, y a mí de pie junto a la puerta verde, a la salida.

Nos sentamos en los escalones del portón, para descansar y decidir qué hacer. No daba tiempo de ir a ningún otro museo. Teníamos hambre. Lo ideal era ir al súper y comprar comida para tener en el departamento y así ahorrarnos los carísimos restaurantes. Aunque la verdad es que yo no quería ahorrarme los restaurantes, quería probarlos, y gracias a la inesperada casi herencia que me había dado mi padre me alcanzaba al menos para los baratos, pero a Dalia no le alcanzaba, así que fingí que a mí tampoco. De cualquier forma, coincidimos en que queríamos pasar la menor cantidad posible de tiempo en el departamento inmundo de su primo. Comentamos las migajas en el suelo, los pelos en la alfombra y en el baño, y decidimos que no podíamos dormir ni una noche más ahí sin hacer una limpieza de fondo. En eso estuvimos el resto de nuestra primera tarde en Londres. Encontramos una aspiradora pequeña en un rincón y aspiramos, trapeamos y sacudimos cada centímetro del lugar. Alucinábamos cucarachas todo el rato y nos moríamos de risa, con la simpleza que nos daban el cansancio y el desfase horario. Nos desplomamos en la cama como a las nueve de la noche.


De la escritora Anne Brontë se conserva un abecedario en punto de cruz que dice debajo: «Es mejor confiar en el Señor que depositar confianza en el hombre» (supongo que aquí se refiere a la humanidad entera). En Jane Eyre, la novela de su hermana Charlotte Brontë, las mujeres aparecen bordando en situaciones inquietantes. Jane Eyre borda, por ejemplo, mientras observa cómo golpean a su amiga en el internado, y más adelante observa a una mujer bordar mientras discute con ella sobre un intento de asesinato —Jane sospecha que la mujer que borda es la asesina—.

Se dice que a las hermanas Brontë no les gustaba bordar. Les parecía muy aburrido. El personaje de Jane Eyre dice que las mujeres sienten lo mismo que los hombres, necesitan ejercitar sus facultades tanto como sus hermanos, pero se las ha restringido demasiado. Dice que es de mentes cerradas pensar que deben limitarse a hacer pudines, tejer calcetines, tocar el piano o bordar bolsas. Es tonto condenarlas o reírse de ellas si buscan hacer o aprender más de lo que la costumbre ha declarado necesario para su sexo.


Heredé de mi abuela un Manual de costura para damas de 1886. Se lo había regalado mi abuelo en algún cumpleaños. Reconozco muchos de los puntos: el punto adelante, el punto de atrás, el punto piqué, el punto de cruz, el punto de dobladillo. A través de los siglos el idioma del bordado ha cambiado muy poco y ha cambiado por completo.


No sé si eran muy malas las clases de sexualidad en nuestra escuela o si yo había entendido lo que quería entender, porque pensaba que la menstruación te llegaba una sola vez y luego se iba para siempre. Hablaban tanto de cuando «te bajaba» y tan poco de cuando «te volvía a bajar» que nunca se me ocurrió que eso iba a sucederme de ahí en adelante todos los meses de las próximas tres décadas de mi vida. Mi madre me lo explicó mientras yo me doblaba por el dolor de los cólicos, a la orilla de la cama. Es la matriz que ensaya para expulsar a los bebés en el parto; te vas a acostumbrar, me dijo, y el comentario más que reconfortante me sonó medio sádico.

Habían pasado algunos meses del primer año de secundaria. Cambié las playeras guangas con dibujos de animales por otras negras y a veces rojas. Leía en las tardes novelas góticas: Drácula, Frankenstein y El monje; y novelas de fantasía: Harry Potter, El mago de Terramar y La materia oscura. Luego el maestro de inglés nos dio a leer un cuento de Angela Carter y enloquecí. Era la mezcla exacta de cuentos de hadas y literatura gótica, de terror y erotismo, una transición perfecta —aunque esto lo pensé después— de la infancia a la adolescencia. Se volvió mi escritora favorita, me aprendí sus cuentos de memoria —no son tan difíciles de memorizar, son casi poemas—, llené mis cuadernos con dibujos de sus personajes en tinta negra y roja. Soñaba con ser una de sus heroínas, vampiresas y mujeres lobo, seductoras, implacables y feroces; y en realidad era todo lo contrario: tímida, ñoña y curiosa, parecía más bien el personaje secundario de algún cuento de Carson McCullers, a la que también empecé a leer con fervor.

Mi fanatismo por Angela Carter me causaba sentimientos encontrados, porque odiaba al maestro de inglés que nos la había presentado: un tipo arrogante, ególatra, mentiroso y desagradable, con su calva asimétrica, su bigote también disparejo y su palidez de filete de huachinango. Humillaba a los alumnos, coqueteaba con las alumnas y siempre estaba chismeando, creando intrigas. Pero tenía buen gusto, el idiota. Por más que me resistí, terminé enamorada de Edward Gorey, Coleridge y The Clash. Además del maestro desagradable, mi familia también hacía que me avergonzara un poco de mi anglofilia. Mis padres leían a Eduardo Galeano y escuchaban a Salif Keita, a Mercedes Sosa, a Cesária Évora, y en los mejores años de su matrimonio se sentaban en la sala a escuchar son jarocho por horas, a veces hasta intentaban bailarlo. Esa era la música que yo pensaba que debía gustarme: música folclórica o de protesta, y no mis canciones gringas. La música de mis padres me gustaba también, a ratos, un poco, pero no podía evitar mi obsesión con esas melodías dulces y oscuras de Björk y Alanis Morrissette, porque ellas me cantaban a mí, así lo sentía en ese entonces.

Citlali me pedía que le resumiera los cuentos de Carter, de Henry James y Neil Gaiman antes de que empezara la clase de inglés, porque casi nunca se le antojaba leerlos. Era una lectora muy selectiva y lenta. Leía sólo un capítulo a la vez —odiaba los libros sin capítulos—. Cuando me gustaba un libro se lo recomendaba, y si mi reseña la entusiasmaba lo agregaba a su lista de lecturas pendientes, una lista larguísima, de páginas y páginas. Decía que cuando se muriera iba a heredar junto con sus pertenencias esa lista de libros pendientes, para que los repartiéramos entre sus amigos. Pero siempre estaba leyendo algo, aunque avanzara despacio, y siempre estaba inventando historias que pensaba que podían convertirse en películas o libros.

Durante unos meses nos inscribimos los jueves por la tarde al taller de escritura que daba un exalumno, estudiante de literatura. Una de las primeras clases nos pidió por equipos que escribiéramos el primer capítulo de una posible novela, y se nos ocurrió una idea que nos enganchó. El hilo de Adriana era la historia de una chica que heredaba de su abuela —que era medio bruja— el hilo mágico de Ariadna, el personaje del mito griego del laberinto del minotauro. Cuando la echaba a rodar, la madeja la llevaba a cualquier lugar que ella quisiera. Por ejemplo, si le decía: Llévame a donde está el asesino de mi amiga, bastaba con lanzarla al suelo y el hilo iba rodando directo a los zapatos del culpable. Al maestro del taller le encantó, y como a nosotras nos encantaba él —no era exactamente guapo, pero tampoco era feo, y era muy listo y cariñoso—, nos entusiasmamos el doble. A propósito de lo que habíamos escrito, él fue el primer maestro que nos explicó que la palabra «texto» y la palabra «tejido» compartían la raíz latina texere, que significa «tejer, trenzar, enlazar». Citlali y yo nos vimos convirtiendo nuestra novela en película y volviéndonos millonarias. Con el dinero que ganaríamos íbamos a comprarnos un barco y a atracarlo en Venecia, donde viviríamos las dos, navegando para conocer los puertos del mundo entero. Después de un par de meses, el maestro consiguió una beca para estudiar en Estados Unidos y abandonó el taller. Nos deprimimos un poco, pero seguimos escribiendo la novela, con la idea de mandársela por correo una vez que la termináramos.

Con el tiempo nos hicimos de un nuevo grupo de amigas, igual de raras que las anteriores, pero mucho más simpáticas. Estaba la niña azul, que tenía siempre una parte lateral de la cabellera rapada (eso le daba un tono azuloso a su cráneo), no nos atrevíamos a preguntarle por qué —no parecía que fuera por gusto y había rumores de cáncer, operaciones y problemas de la piel—, pero su corte de cabello era tan punk como su descaro y su ingenio para llevarle la contra a los maestros en clase. Ella misma adoptó ese apodo con que la molestaban, la Niña Azul, y así se empezó a llamar a sí misma. Estaba también Libia, altísima y mitómana para bien, porque sus mentiras eran muy divertidas. Y Mara, una especie de humana-koala, muy risueña, que nunca hablaba, pero cuando lo hacía era con frases cortas, bellas y enigmáticas, que sonaban oraculares. Había además un par de amigos, los tocayos Matías Fernández y Matías Undurraga, que se vestían de negro, hacían dibujos espectaculares de dragones en sus libretas y jugaban juegos de rol en los recreos. Eran muy distintos físicamente, uno era rubio y el otro moreno, pero sus almas también eran tocayas. Nos juntábamos por las tardes para ir al cine, para estudiar, ver series y escuchar música.

Cuando estábamos solas Citlali y yo, después de la escuela, nos encerrábamos en su cuarto a comer Miguelitos y cereales de colores a puños y a escuchar discos. Discutíamos las letras de las canciones y las memorizábamos. Me acuerdo cómo se emocionaba con «Tonight, Tonight» de principio a fin; estaba enamorada de Billy Corgan, cosa para mí incomprensible, porque su voz me parecía nasal y su cabeza cadavérica: pálida, calva y redonda, igual, según yo, a la del protagonista de Pesadilla antes de navidad. Citlali decía que no se parecían en nada, que Billy Corgan tenía cara de luna.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
09 ağustos 2024
Hacim:
227 s. 12 illüstrasyon
ISBN:
9788412440195
Telif hakkı:
Bookwire
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