Kitabı oku: «Mensaje urgente a las mujeres»

Yazı tipi:

Jean Shinoda Bolen

MENSAJE URGENTE A LAS MUJERES

Traducción del inglés de Elsa Gómez


Título original: URGENT MESSAGE FROM MOTHER

© 2005 by Jean Shinoda Bolen, M.D.

All Rights Reserved.

© de la edición en castellano:

2006 by Editorial Kairós, S.A.

www.editorialkairos.com

Primera edición: Febrero 2006

Primera edición digital: Mayo 2011

ISBN: 84-7245-611-0

ISBN epub: 978-84-9988-013-6

Fotocomposición: Grafime. Mallorca 1. 08014 Barcelona

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SUMARIO

Introducción

1. El Día de la Madre

2. La Madre Tierra/ la Madre Diosa

3. Monoteísmo/ Sobrevivir sin la Madre

4. ¡La Madre te necesita!

5. Primer antídoto: el poder visible de las mujeres unidas

6. Segundo antídoto: el poder invisible de los círculos de mujeres

7. Lo que amamos lo podemos salvar

Agradecimientos

Guía para el coloquio, y una experiencia de círculo

Fuentes

Permisos

Sobre la autora

A mi hija Melody Jean Bolen y a mi hijo Andre Joseph Bolen (16 de febrero de 1972 / 4 de junio de 2001)

INTRODUCCIÓN

“Reúne a las mujeres” es un mensaje que envía a sus hijas la Madre Tierra, la Madre Diosa, el arquetipo de la Madre. Las palabras evocan un intuitivo reconocimiento, una sabiduría cuyo momento ha llegado. Es un llamamiento de la Feminidad Sagrada para que la mujer tome conciencia del principio femenino. Ha llegado la hora de “reunir a las mujeres”, pues sólo con la fuerza que nos da el estar unidas podemos las mujeres proteger con fiereza aquello que amamos; sólo entonces estarán a salvo los niños, y la paz será una posibilidad real.

La primera vez que oí la frase “reúne a las mujeres”, me sentí profundamente en sintonía con esas palabras. Soy sin duda una de las mujeres a las que va dirigido el mensaje, como quizá tú también lo seas. Es un mensaje urgente de la Madre a sus hijas, que no oirán aquellas mujeres que son aliadas del patriarcado, cuyas identidades y cuya valía nacen de sus relaciones con los hombres y con las instituciones hechas por los hombres. Las mujeres que responden poseen un sentimiento de hermandad hacia otras mujeres, y reaccionan con maternal desvelo ante el dolor y el sufrimiento, especialmente ante el de aquellos que son vulnerables y se sienten impotentes.

Desde el punto de vista colectivo e histórico resulta relevante ser mujer en el siglo XXI. Por un lado, el destino de la Tierra y de toda la vida que hay en ella está en peligro; por otro, henos aquí: mujeres que hemos gozado de los beneficios de una educación, de unos recursos, de la oportunidad de elegir en cuestiones reproductivas, de viajar, del acceso a Internet, y de una esperanza de vida mayor de lo que las mujeres jamás hayan tenido en la historia de la humanidad.

Ya en dos ocasiones han cambiado las mujeres americanas su propio mundo y han influido en el mundo a gran escala a través de la acción colectiva. A la primera de ellas se la llamó “el movimiento sufragista feminista”; su meta era la igualdad política: el derecho al voto. A la segunda se la denominó simplemente “el movimiento feminista”; sus principios y objetivos eran la igualdad social, personal y económica.

Yo siento que, en lo más hondo de la conciencia colectiva, se está fraguando un tercer movimiento que va cobrando ímpetu.

Puede que se convierta en “el movimiento de las mujeres por la paz” esta tercera vez; su meta: detener la violencia mediante la participación de las mujeres en su prevención, en la resolución de conflictos y en la restauración de la paz. La violencia doméstica, la violencia en las escuelas, en las calles, el terrorismo y las guerras tienen como origen común el ansia de dominar y de ser depredador en lugar de presa. Mientras las mujeres no intervengan colectivamente en la creación de una cultura de paz que ponga fin a esa violencia que engendra más violencia en la familia, las mujeres y los niños seguirán siendo las principales víctimas.

Cuando las personas se encuentran en una encrucijada o ante una crisis, para dar un paso adelante hacia la salud, la reconciliación y la vida el reto consiste en desprenderse de una actitud, una idea o una percepción obsoletas. Individual o colectivamente ha de producirse un cambio; una vez que se alcanza el punto clave, aquello de «Nada es tan poderoso como una idea cuyo momento ha llegado» entra de lleno.

Reúne a las mujeres

En enero de 2003, recibí el premio Woman of Vision and Action, di una charla en el banquete de celebración el viernes por la noche, y me quedé hasta el día siguiente. Por la mañana, durante el desayuno oí hablar de “Reúne a las mujeres” por primera vez. Se trataba de un proyecto para, a través de Internet, invitar a las mujeres a que se congregaran el 8 de marzo de 2003, Día Internacional de la Mujer, o alrededor de aquella fecha.

Sentí el poder que encerraban las palabras “reúne a las mujeres” en cuanto las oí.

Al consultar mi agenda, vi que aquel día estaría en Irlanda, en un congreso sobre psicología junguiana. Durante la conferencia, hablé del proyecto “Reúne a las mujeres” y pregunté si había alguien a quien la idea le inspiraba lo suficiente como para organizar algún acto. La evocadora fuerza de aquellas tres palabras surtió efecto. Se presentaron algunas voluntarias, y se planeó un ritual para el 8 de marzo por la mañana temprano. Se invitó a que todo aquel que estuviera interesado se congregara en el exterior del hotel que había a la orilla de Galway Bay.

Durante la noche estalló una tormenta, que por la mañana aún no había amainado: el viento soplaba con furia, las olas de la bahía estaban coronadas de crestas blancas y caía una lluvia torrencial. Me pregunté si saldría alguien con aquel tiempo; pero, puesto que había sido yo la que había promovido la idea del ritual y deseaba además apoyar a las mujeres que lo habían planeado, a la hora acordada me aventuré a salir. Con la cabeza baja, me dirigí a través del viento y la lluvia hacia la enorme roca que, como un gran pecho redondo, emergía cerca de la orilla y alrededor de la cual habíamos quedado en reunirnos. Cuando llegué había allí agachadas algunas personas; y luego, solas o de dos en dos, irían llegando del hotel varias más, hasta que fuimos más o menos veinticinco –incluidos cuatro o cinco hombres– los que nos agrupamos en torno a la roca. Empezó a entonarse una canción, pero, como el viento se llevaba el sonido, sólo llegaban a oírse algunos fragmentos. Cada uno habíamos recogido una piedra de la orilla y la habíamos depositado sobre la inmensa piedra madre acompañándola de nuestros propósitos u oraciones, que nadie excepto uno mismo era capaz de oír.

Esta experiencia ratificó mi intuición de que las palabras “Reúne a las mujeres” tendrían también en otros un poder evocador. El hecho de que algunos hombres acudieran era indicio de que algunos son conscientes de la necesidad de que las mujeres tomen las riendas, y de que apoyarán lo que hagamos, incluso cuando estallen las tormentas.

Al regresar a casa me enteré de que nuestro grupo de hombres y mujeres, que zarandeados por el viento y empapados habíamos celebrado en Irlanda el Día Internacional de la Mujer, era uno de los 405 grupos, de veintitrés países y treinta y ocho Estados, que habían dado noticias de su reunión.

Si decides responder al mensaje “Reúne a las mujeres”, el primer paso podría ser una charla con tus amigas, o una invitación a que formen parte de un círculo con un centro espiritual, o quizá se te ocurra una idea para el próximo Día Internacional de la Mujer. La energía que se genera cuando las mujeres están juntas es una mezcla de amor, indignación, ideas, comentarios, risa contagiosa, y el deseo de originar un cambio.

Las bases

Cada una de aquellas reuniones se organizó desde un nivel básico. “Básico” es un adjetivo que hace referencia a algo que crece desde lo más bajo impulsado por la entrega y el esfuerzo de la gente común; algo que no está ordenado ni organizado desde arriba, que no tiene pretensiones, que es tan humilde e imperceptible como lo sería un pequeñísimo grupo de briznas de hierba, o una sola brizna, que brotara en una inmensa pradera. Las mujeres que sienten interés por la humanidad y el medio ambiente albergan las semillas de un activismo compasivo. La respuesta que obtuvo esta sencilla invitación para expresar ese sentimiento fue una pequeña indicación de que las mujeres de todo el mundo comparten las mismas preocupaciones y están conectadas entre sí.

El estar presente en la Organización de las Naciones Unidas durante la reunión de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer me dio una visión más amplia. Estos encuentros anuales, celebrados durante las dos primeras semanas de marzo, reúnen a una comunidad internacional de mujeres que trabajan en organizaciones no gubernamentales (ONG) centradas en la mujer. Una serie de acontecimientos, que comenzaron cuando escribí un libro titulado El millonésimo círculo, acabaron llevándome a la ONU con una organización del mismo nombre. El tener fácil acceso a una información que los principales medios de comunicación estadounidenses prácticamente ignoran, supuso una toma de conciencia. Una se da cuenta de la realidad de la situación al conocer el alcance del sufrimiento evitable que padecen mujeres y niños, unido a la indiferencia y explotación de quienes están en el poder. Me sentí motivada por las mujeres que, en la vanguardia y en las trastiendas, están llevando a cabo un cambio. Además, supe de la existencia de resoluciones y acuerdos vigentes de la ONU que, de ser respetados por los gobiernos que los firmaron, estipulan pasos concretos para acabar con la violencia y lograr la paz. En Estados Unidos se ha propuesto la legislación pertinente a fin de crear un Departamento de la Paz, cuya aceptación constituiría un significativo paso en pos de esa misma meta.

El millonésimo círculo

La idea que hizo germinar esta organización fue El millonésimo círculo: cómo transformarnos a nosotras mismas y al mundo. Guía esencial para los círculos de mujeres. “El millonésimo círculo” es la metáfora con la que nos referirnos al círculo que, sumado a los anteriores, da lugar a una masa crítica que supone el comienzo de una nueva era. La idea de esta organización se originó en Ginebra, y sus artífices fueron Elly Pradervand y Peggy Sebara. Las primeras noticias que tuve acerca de ella me llegaron de Peggy. A su regreso de Ginebra, me llamó para preguntarme si se podía utilizar el nombre “millonésimo círculo”, y si quizá me gustaría asistir a un encuentro que iba a celebrarse en el Norte de California con el objetivo de examinar la idea de formar una organización. Veinte mujeres que habían trabajado con círculos y se sentían afines a la idea, acudieron para discutir esa posibilidad, y, tras una segunda reunión en el centro de retiro Mother Tree, la organización El Millonésimo Círculo quedó constituida en 2001. A través de una serie de reuniones que se llevaron a cabo al año siguiente en el Estado de Nueva York, en las ciudades inglesas de Glastonbury y Londres, en Gales, y en las localidades de Findhorn e Iona en Escocia, se establecieron conexiones con las mujeres de aquellas áreas y con otras que habían venido de África, Sudamérica, Europa y la India.

En el proceso de formación de cualquier nueva organización activista, es necesario aclarar las intenciones y concretar los principios. Un pequeño círculo de trabajo redactó una declaración de propósitos a partir de lo que habíamos discutido, y lo envió por correo electrónico para que quien lo deseara añadiera sus comentarios. El resultado fue una visión compartida, que incluía establecer relaciones con la Organización de las Naciones Unidas:

Los círculos fomentan la conexión y la cooperación entre sus miembros e impulsan a encontrar soluciones compasivas a los problemas individuales, comunitarios y mundiales. Creemos seriamente que los círculos apoyan a cada uno de sus miembros para que ella o él descubran su propia voz y vivan con mayor valentía. Nuestra intención es sembrar las semillas de nuevos círculos y ayudarlos a germinar, allá donde sea posible, a fin de cultivar la igualdad, unos medios sostenibles de ganarse el sustento, la preservación de la Tierra y la paz para todos. Nos proponemos incluir el proceso de estos círculos en la sección de organizaciones no gubernamentales acreditadas de la Organización de las Naciones Unidas y en su Quinta Conferencia Mundial de Mujeres, y facilitar así la conexión entre los distintos círculos, a fin de que puedan sentirse parte de un movimiento mucho más extenso cuyo objetivo es producir un cambio en la conciencia del mundo. [Extraído de www.millionthcircle.org.]

Todo círculo que se considere a sí mismo parte de la visión del millonésimo círculo está vinculado a través de sus intenciones. PeaceXPeace (véase Fuentes) pone en contacto directo a los círculos de mujeres de Estados Unidos con círculos de otros países, dedicando especial atención a aquéllos de lugares azotados por la guerra. En Europa, El millonésimo círculo animó a la Women’s World Summit Foundation a formar Círculos de Compasión para hombres y mujeres, y se designó el 2 de noviembre “Día mundial de los Círculos de Compasión” como parte de la visión del millonésimo círculo. Hay probablemente miles de organizaciones y millones de personas que, sin saberlo, en lo más profundo de sus corazones están afiliados al movimiento. Hay también innumerables hombres que piensan que los hombres no son capaces de traer la paz al mundo, y que confían en que las mujeres lograrán comprender el mensaje y ponerlo en marcha.

Salvemos el mundo

Las mujeres tienen experiencia en cuidar de los niños y de los ancianos frágiles de salud, en limpiar y ordenar la casa, en ser moderadas con los recursos, en poner comida en la mesa, mantener la paz en el seno de la familia y tratar de que las relaciones sean cordiales con los vecinos. Son las mismas tareas que es preciso realizar en la comunidad, en la nación y a escala planetaria. El mundo necesita eso que las mujeres son capaces de hacer. El mundo necesita que “la madre” ponga orden en nuestro mundo desequilibrado.

Cualquier mujer puede ejercer una influencia allá donde esté. Si formas parte de un círculo que apoya lo que haces, tanto mejor. Cuando las mujeres nos reunimos, lo que espontáneamente hacemos es compartir vivencias; así es como aprendemos y encontramos aliento, aliadas e ideas. Las reuniones más numerosas –y que más influyen en las mujeres que participan, y también en el mundo– son las conferencias de mujeres del mundo bajo los auspicios de las Naciones Unidas.

Existía una extendida y equivocada suposición de que en 2005 se celebraría una quinta conferencia internacional de mujeres, diez años después de la última conferencia de Beijing. Lo cierto es que para 2005 no había nada preparado, ni siquiera como proyecto. Sería posible celebrar una a finales de la primera década del siglo XXI, pero sólo si un número suficiente de mujeres expresa sus deseos a aquellas personas elegidas para tomar decisiones y a sus representantes en la ONU. Con el poder de comunicación de Internet, ésta sería la reunión de mujeres más influyente que jamás se haya llevado a cabo

A la lectora

El mensaje urgente de la Madre es una llamada que puede oírse y a la que se puede responder desde cualquier lugar del planeta. Allá donde haya un grupo de mujeres unidas por un sentimiento de hermandad y un interés maternal, el mensaje será recibido. Mis palabras están escritas para ti, que quizá necesitas unas palabras que acompañen los sentimientos que ya posees, que necesitas apoyo para creer que eres capaz de hacer algo, o que necesitas motivación o un empujón que te haga cumplir el “cometido” que tú sabes que te corresponde.

Los tres primeros capítulos tienen como objetivo hacer que cojas velocidad. El capítulo cuarto describe una serie de cualidades propias de las mujeres como género y que más podrían ayudar a la humanidad, ahora. Los tres últimos capítulos te informarán, motivarán, y te contarán cómo otras mujeres individualmente y en grupos son el antídoto contra el estado mental que nos ha puesto a todos y a nuestra Madre Tierra en peligro.

Los reproches quizá sirvan de algo al principio; pero no se trata de sustituir el patriarcado por el matriarcado. Sé a ciencia cierta que las mujeres pueden ser tan ambiciosas y tan indiferentes como los hombres; y sé que hay muchísimos hombres tan compasivos y capaces de sentir empatía como supuestamente lo son las mujeres. Me doy perfecta cuenta de las complejidades y diferencias individuales, que Las diosas de cada mujer y Los dioses de cada hombre tratan específicamente relacionándolas con su base arquetípica. Una vez dicho esto, creo que las mujeres como género –en conjunto, no todas las mujeres, sino las mujeres en general– tienen una sabiduría que ahora es necesaria. Ha llegado el momento de reunir a las mujeres y salvar el mundo.

1. EL DÍA DE LA MADRE

Originariamente, la proclamación del Día de la Madre, redactada por Julia Ward Howe en 1870, no era una idea comercial creada con el propósito de vender tarjetas, flores o dulces; era una propuesta para que las mujeres de todas las nacionalidades se unieran a fin de traer paz a la humanidad. Howe había presenciado los horrores, la devastación y las repercusiones de la Guerra Civil americana, y luego vio cómo la guerra volvía a estallar, esta vez en Europa: la Guerra franco-prusiana.

El primer Día de la Madre fue un llamamiento para reunir a las mujeres. Iba dirigido a las mujeres, con el objetivo de que sumaran sus voces a “la voz de la Tierra devastada”, y les pedía que se interrogaran unas a otras a fin de encontrar el medio de traer paz al mundo. Los sentimientos que laten en la proclamación expresan lo que las mujeres del mundo entero han sentido desde que las guerras comenzaron. Ahora, a principios del siglo XXI, quizá sea verdaderamente posible llevar este propósito a buen término. Desde la segunda mitad del siglo XX ha habido un significativo cambio del status y de la influencia de las mujeres en el mundo, así como una imperiosa necesidad de encontrar el modo de poner fin a la amenaza de la guerra, con las armas nucleares listas para ser usadas. Matthew Arnold predijo en el siglo XIX: «Si llega alguna vez el momento en que las mujeres del mundo se unan pura y simplemente para beneficio de la humanidad, la suya será una fuerza como el mundo jamás ha conocido». El sentimiento maternal investido de poder es una fuerza femenina aún sin explotar que el mundo necesita para equilibrar y transformar la agresión.

El trabajo preparatorio fundamental para que la unión de las mujeres sea hoy potencialmente una fuerza semejante fue obra del movimiento de la mujer: las mujeres de los años sesenta y setenta que abrieron las puertas por las que la generación Baby Boomer entraría luego a raudales. En cuestión de unas décadas, las mujeres consiguieron oportunidades y puestos en el mundo que nunca antes habían conseguido. El segundo elemento que haría esto posible es la tecnología de las comunicaciones que se desarrolló durante aquellos mismos años, y que ha permitido que la información y las imágenes puedan enviarse casi instantáneamente de un lado a otro del planeta. Las mujeres pueden conocerse, discutir ideas y hacer planes a través del correo electrónico; pueden conseguir traducciones, celebrar conferencias y remitir noticias a todas sus amigas y amigos con sólo pulsar una tecla. El tercer elemento es la aparición en la conciencia colectiva de la certeza de que son las mujeres quienes han de cambiar el mundo.

En su origen, la proclamación del Día de la Madre fue expresión del desvelo que toda mujer es capaz de sentir por los hijos de otra, la importancia de manifestar el dolor y la tristeza, y la necesidad, luego, de continuar buscando los medios para promover la paz.

¡Alzaos, pues, mujeres de hoy! ¡Alzaos, todas aquellas mujeres que tengáis corazón, ya hayáis sido bautizadas con agua o con lágrimas!

Decid con firmeza: «No permitiremos que las cuestiones auténticamente significativas las decidan organismos insignificantes. No permitiremos que nuestros maridos vengan a nosotras con hedor de matanza en busca de caricias y de elogios. No dejaremos que nos arrebaten a nuestros hijos para hacerles olvidar todo lo que hemos conseguido enseñarles sobre la caridad, la compasión y la paciencia. Nosotras, mujeres de un país, sentiremos hacia las de otros países demasiada ternura como para permitir que nuestros hijos sean adiestrados a fin de herir a los suyos».

Desde el seno de la Tierra devastada se alza una voz que se une a la nuestra, y que dice: «¡Desarmaos! ¡Desarmaos! La espada del asesinato no es la balanza de la justicia». La sangre no limpia nuestro deshonor, ni es indicio de posesión la violencia. Al igual que los hombres a menudo han abandonado el arado y el yunque para atender a la llamada de la guerra, que las mujeres dejen ahora, hasta donde sea posible, las tareas del hogar, y celebren con sinceridad un gran día de asesoramiento. Que se reúnan primero, como mujeres, con el propósito de llorar y rememorar a los muertos. Que luego se asesoren solemnemente unas a otras sobre los requisitos para que la gran familia humana pueda vivir en paz, y que cada una de ellas deje tras de sí la sagrada impronta, no del César, sino de Dios.

En nombre de todas las mujeres y de la humanidad, pido fervientemente que se organice un congreso de mujeres, sin exclusión de nacionalidad alguna, que se celebre en el lugar más conveniente y que sea desde el primer momento coherente con sus objetivos, a fin de promover la alianza de las distintas nacionalidades, la resolución amistosa de cuestiones internacionales, de servir a los grandes y generales intereses de la paz.

JULIA WARD HOWE, Boston, 1870

Ciento treinta y cinco años más tarde, el 26 de diciembre de 2004, Amalia Ávila González, madre del marine cabo interino Víctor González, tomó un avión en San Francisco y, tras más de diecinueve horas de vuelo, se presentó en Amman, Jordania. Víctor González, de diecinueve años, había muerto en combate en Iraq apenas un mes después de haber llegado. Durante los ocho días que pasó en Jordania, Amalia Ávila González se reunió con refugiados iraquíes, entre los que había madres que, como ella, habían perdido a un hijo o a un pariente en la guerra. Los delegados de la organización internacional de derechos humanos Global Exchange y de la organización de mujeres por la paz Code Pink, organizadoras del viaje, habían facilitado un servicio de traductores, pero la señora González dijo que entendía lo que sentían aquellas mujeres debido al lazo que, como madre, la unía a ellas: «Lloraban».

La maternidad. El arquetipo de la Madre

La Global Peace Initiative of Women Religious and Spiritual Leaders [Iniciativa para la paz global de líderes religiosas y espirituales femeninas] celebrada en Ginebra en 2002, y a la que tuve ocasión de asistir, fue un histórico primer encuentro de cientos de delegadas. A comienzos del siglo XXI, ésta fue una reunión internacional sin precedentes, patrocinada por la Organización de las Naciones Unidas, en la que hubo un reconocimiento del potencial sin explotar de las líderes espirituales y religiosas femeninas como fuerza necesaria para la paz. En el curso de la conferencia, el Ghandi- King Peace Award [Premio Gandhi-King a la no-violencia] (con el que anteriormente habían sido galardonados Kofi Annan, Nelson Mandela y Jane Goodall) le fue otorgado a Amma, más conocida en Occidente como “la guru de los abrazos”. En su discurso de aceptación, esta líder espiritual de la India dijo: «Con el poder de la maternidad que hay en ella, una mujer puede influir en el mundo entero. El amor de la maternidad consciente es un amor y es una compasión que se siente no sólo hacia los propios hijos, sino hacia todas las personas, los animales y las plantas, las rocas y los ríos…, un amor que se extiende a todos los seres».

La definición que Amma dio de la maternidad fue arquetípica y elocuente: «No está restringida a las mujeres que han dado a luz; se trata de un principio inherente tanto a las mujeres como a los hombres. Es una actitud de la mente. Es amor: un amor que constituye el aliento mismo de la vida».

El arquetipo de la Madre, el desvelo maternal, y la descripción que Amma hace de la maternidad, son intercambiables entre sí. Mientras el desvelo maternal no tenga una voz potente –a la que sea imposible no prestar atención– en cuestiones relacionadas con la paz y la seguridad, continuará sin cambiar el orden de prioridades del mundo; seguirá centrado en el control y la ambición de poder, que son las metas patriarcales básicas. Los asuntos específicos del orden del día cambian, pero los fundamentos permanecen. Los líderes orientados hacia la consecución del poder determinan qué es lo importante; los hombres les siguen; las mujeres obedecen a los hombres y se ocupan del hogar y de los hijos. El patriarcado considera que éste es el orden natural, y que la guerra es un medio efectivo o necesario para hacerse con el control.

Diferentes puntos de vista respecto a la guerra: diferencias de género

Seis meses después de la Iniciativa para la Paz Global celebrada en Ginebra, el presidente de Estados Unidos decidió que el peligro que representaba Saddam Hussein hacía que fuera necesario invadir Iraq. Cuando comenzó la invasión había reporteros que iban con el ejército y equipos de televisión sobre el terreno. Había mapas con flechas que indicaban el progreso libre de obstáculos de la invasión, que recibió el nombre de “Operation Shock and Awe” [Operación de conmoción y pavor]. En general (con esto quiero decir que lo que afirmo puede aplicarse a la mayoría de los hombres y a la mayoría de las mujeres, pero indudablemente no a la totalidad), hubo una indiscutible división de géneros en la respuesta a la invasión, incluso cuando se trataba de mujeres que la consideraban necesaria.

Creo que sería razonable decir que los hombres estaban impresionados, que sentían interés por ver y oír hablar del armamento y la estrategia. En los bares había grandes pantallas de televisión retransmitiendo el conflicto de la misma manera que hubieran retransmitido un partido de fútbol. La experiencia era, de hecho, muy similar a la de estar viendo una retransmisión deportiva. Las flechas que señalaban los movimientos de las tropas eran iguales a las que se utilizan para indicar las buenas jugadas: quién está en posesión del balón, quién hace una interferencia, cuántos metros se ha avanzado en terreno contrario. El que nuestro equipo sea mayor, más poderoso y juegue decididamente con ventaja es razón de más para vitorearlo a medida que avanza y va marcando tantos. Sólo que la guerra no es un juego, por mucho que aparezca en una pantalla.

Durante los primeros días de la invasión, la mayoría de las mujeres seguían también a través de la televisión lo que estaba sucediendo, más que con admiración con desasosiego. Para una madre, un hijo o una hija de 18 a 24 años es poco más que una criatura. Era fácil imaginar a los propios hijos en peligro. Asimismo era fácil suponer que se iba a hacer daño a personas inocentes. Cuando el cielo por la noche se iluminaba con la explosión de las bombas, cruzaba por nuestras mentes lo espantoso que debía de ser vivir allí, y lo aterradas que estarían las niñas y los niños.

El fin de semana de la invasión coincidió con un encuentro del Millonésimo Círculo en el Bay Area. Varias amigas que habían venido con motivo de la reunión se alojaron en mi casa, y nos sentamos juntas ante el televisor, horrorizadas de que aquello estuviera ocurriendo. La única nota de levedad la ponían los comentarios que hacíamos sobre el encomiable trabajo de David Bloom, nuestro reportero favorito de entre los allí presentes. Al cabo de pocas semanas supe que había muerto. En el curso de aquel año, lo que nosotras, las madres de más edad, temíamos, sucedió: cada día aparecían fotografías de jóvenes que habían muerto en Iraq, y junto a ellas sus nombres, rango, edad y ciudad natal. No se mencionaban los seis o diez soldados heridos, algunos de forma terrible, por cada soldado muerto, ni el silencioso daño que irá surgiendo a la superficie, dando lugar a alteraciones traumáticas derivadas de la tensión, cuando las tropas regresen a casa. No tenía valor como noticia el número de víctimas entre la población civil.

Existen diferencias de género. El psicólogo Simon Baron-Cohen explica que la diferencia esencial es que las mujeres sienten una empatía natural, mientras que los hombres son más propensos a sistematizar. La mayoría de las mujeres a las que se les hizo una prueba coincidieron en afirmar: «Me siento mal cuando en los telediarios veo a la gente sufrir», o «Me duele ver sufrir a un animal»; y también: «Mis amigos me hablan a menudo de sus problemas», o «Normalmente soy capaz de comprender el punto de vista de otra persona, incluso no estando de acuerdo con ella». Los hombres a los que se les hace la misma prueba generalmente no comparten estas afirmaciones.

Mientras la programación de la actividad mundial la determinen los hombres, nos encontraremos con que las medidas y acciones que afectan al planeta, a sus gentes y a todos los seres vivos de la Tierra las decide el sexo que, muy probablemente, no conoce, o no tiene en cuenta, lo que otros sienten, viven o padecen. Mientras las mujeres no tomen realmente parte activa en la marcha del mundo, no se pondrán sobre la mesa la información esencial y los problemas cruciales.

¿Qué sucedería si dependiera de las madres el tomar la decisión de ir o no ir a la guerra? Así sucedía en la Confederación Iroquesa, pueblos conocidos también como Naciones Seneca, y que todavía conservan su soberanía al Noreste de Estados Unidos. El Consejo de Madres del Clan electo estaba compuesto por abuelas, mujeres con hijos ya mayores y que habían dejado atrás la edad fértil. Ellas determinaban las prioridades de la confederación, y, entre éstas, si ir o no a la guerra. En caso afirmativo, los pormenores de la guerra, incluida la elección de un jefe, pasaban entonces al Consejo de Hombres, cuyos miembros habían sido nominados por el Consejo de Madres del Clan. Se deliberaba sin prisa, tomando en consideración la experiencia de las siete generaciones anteriores y los efectos de la decisión sobre las siete generaciones venideras. Era una sabia y sensata reflexión, ya que la guerra y sus consecuencias invitan a las represalias, a la revancha, a la venganza del pasado en la que pueden verse involucradas las generaciones futuras.

Desvelos maternales; derechos de la mujer; primera ola del feminismo

Las mujeres quieren un mundo en el que sus hijas e hijos estén a salvo, un mundo en el que ellas mismas no vivan con miedo. Esto nunca sucederá, a menos que las mujeres como género intervengan activamente y participen de lleno en determinar el destino de la Tierra y de la vida que hay en ella. Con vistas a este fin, es valioso todo esfuerzo por afianzar y educar a las mujeres, así como hacer que cualquier vecindario y cualquier escuela sean lugares más seguros. Para que la paz se haga realidad, las mujeres tienen que reunirse, aprender unas de otras, y luego realizar una labor con los hombres con el objetivo de poner fin a la idea de que la violencia es el medio de ganar las discusiones, o de hacerse con el poder –en el hogar y en el mundo–. En los últimos años, las mujeres estadounidenses han apelado expresamente al instinto protector maternal y a los lazos de hermandad, y les han dado un papel activo. Resultado de ello es el MADD –Mothers Against Drunk Driving [Organización de madres contra la conducción en estado de ebriedad]–, que ha influido en las leyes, en las sentencias, y ha creado el programa “designated driver” [designa a un conductor]. La Million Mom March [Marcha del millón de madres], manifestación que exigía que se controlara la posesión de armas, fue promovida por Donna Dees-Thomases después de que un hombre armado con una pistola disparara al azar contra un grupo de escolares. Fue un llamamiento a congregarse ante la Casa Blanca el Día de la Madre del año 2000 con el fin de exigir que se aprobara una legislación sobre el control de armas de fuego. Se presentaron 750.000 manifestantes, mientras que simultáneamente se producían otras 60 marchas en el país, pidiendo «protección para los inocentes»; exclamando «¡Ya basta!», indignadas ante la indiferencia de las autoridades, que están forzando a las madres a convertirse en activistas.

Para hacer oír su voz y ejercer una influencia en el mundo, antes las mujeres tuvieron que mantenerse unidas y hacer frente a las burlas y al desprecio. Individualmente y juntas, las mujeres se vieron obligadas a afrontar las amenazas de violencia dirigidas contra ellas, y estuvieron dispuestas a dejarse arrestar a fin de conseguir su derecho al voto (sufragio). Hicieron falta setenta años de forcejeos políticos para que las mujeres pudieran votar en Estados Unidos, lo cual se logró mediante una enmienda a la Constitución en 1920. En Gran Bretaña e Irlanda, una ley del Parlamento concedió el derecho al voto a las mujeres mayores de treinta años en 1918. El término “sufragettes”, hoy en día respetable, tuvo inicialmente una connotación despectiva, y se utilizó para rebajar la importancia de las mujeres sufragistas (suffragists). Desde los púlpitos se denunciaron sus esfuerzos como contrarios a la voluntad de Dios. Cuando marchaban por las calles se las escupía y ridiculizaba, y algunas eran encarceladas; de entre estas últimas, a gran cantidad de ellas se las golpeaba. Es fácil olvidar que los derechos que hoy damos por sentado son desde el punto de vista histórico muy recientes, y que fueron mujeres fuertes y audaces unidas entre sí quienes hicieron posible que hoy disfrutemos de ellos. El derecho a la propiedad, el derecho a conservar el dinero fruto del trabajo realizado, el derecho a contraer matrimonio sin el consentimiento del padre o de un sustituto de éste, el derecho a recibir una educación, o la derogación de leyes como la que concedía al marido el derecho a disciplinar a su esposa sirviéndose de una vara, siempre que ésta no sobrepasara el grosor de su dedo pulgar, fueron todos ellos hechos que ocurrieron en el contexto de la lucha de aquellas mujeres por su derecho al voto. Ésta fue la primera ola del feminismo.

La segunda ola: el movimiento feminista

La segunda ola fue el movimiento feminista, que produjo cambios sociales, económicos, personales y políticos, y definió nuevos derechos. Se originó hacia mediados de los años sesenta, a partir de Mística de la feminidad, de Betty Friedan, y el Report on the Status of Women, de John F. Kennedy en 1963, que documentan las desigualdades económicas de las mujeres.

El movimiento feminista surgió en las mentes de las mujeres que empezaron a hablar entre ellas sobre sus vidas, y a examinar la premisa de que eran inferiores a los hombres, así como las leyes y las prácticas comunes que apoyaban esto. Cada vez que una o más mujeres decidía reunir a varias amigas, nacían espontáneamente grupos de mujeres que habían tomado conciencia de su situación. Las ideas son contagiosas, y la idea de que la desigualdad y la opresión eran símbolos del patriarcado se extendió y penetró rápidamente la conciencia colectiva de las mujeres. Cada grupo que se creaba generaba una energía, y contribuía así a consolidar el movimiento feminista a la vez que se sentía reafirmado por él.

En estos círculos, las mujeres compartían sus vivencias personales, exploraban temas comunes y empezaron a ser conscientes del sexismo. Con el apoyo de las demás mujeres, cada una individualmente desafió los estereotipos, se definió a sí misma, se atrevió a expresar su sentir a la autoridad, y luchó por la igualdad personal en las relaciones con los hombres. Las mujeres se ayudaron unas a otras a tomar conciencia de lo que era necesario cambiar en la sociedad y en sus realidades más personales. El lema que resonaba en los años setenta, la década del movimiento feminista, era «lo personal es político». Las mujeres habían descubierto un paralelismo entre la desigualdad de poderío que existía en sus vidas privadas y la que caracterizaba la esfera económica, social y política. Las relaciones, los estereotipos y las leyes cambiaron como resultado de todo ello, y estos cambios se propagaron como ondas concéntricas e influyeron en el mundo.

La tercera ola: el movimiento de las mujeres por la paz

Yo diría que la tercera ola del feminismo está creándose de un modo muy parecido a como las olas mismas se forman en el océano. Van ascendiendo desde una gran profundidad, lejos y fuera de la vista, exactamente igual que los pensamientos, las intuiciones y los sentimientos emergen en las mentes de las mujeres individuales y cobran impulso al difundirse entre los otros. Las nuevas ideas se convierten en un movimiento cuando la fuerza y energía que las alientan vencen la resistencia al cambio. Creo que la tercera ola del feminismo será un movimiento pacifista de las mujeres, que ha empezado a originarse en el reconocimiento de que, sólo y únicamente cuando mujeres, niñas y niños estén a salvo de la violencia, de las privaciones y del abuso, podrá el ciclo de la violencia que engendra más violencia, y que constituye los cimientos del terrorismo y de la guerra, tocar a su fin. La compasión, la espiritualidad, la preocupación maternal y el deseo y la necesidad de paz son, combinados con el feminismo, la fuerza que puede salvar el mundo.

La primera conferencia de la Women’s International League for Peace and Freedom [Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad], celebrada en 1915 en La Haya, Países Bajos, fue el equivalente de la primera Women’s Rights Conference [Conferencia de los Derechos de la Mujer] que se llevó a cabo en Seneca Falls, Nueva York, en 1848 y que dio origen al movimiento sufragista en Estados Unidos (que no conseguiría su propósito hasta el siguiente siglo). En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, asistieron a La Haya 1.300 mujeres provenientes de los países que estaban en guerra unos con otros y también de países neutrales. Su perspectiva era similar a la expresada en la proclamación original del Día de la Madre. Sus propuestas para una paz duradera siguen siendo relevantes, como lo es la activa organización que nació de aquella conferencia.

La toma de conciencia promovida por el movimiento feminista respecto al uso y abuso del poder en el patriarcado puede ayudar a comprender las causas y los efectos de la guerra. La psicología de las relaciones de desigualdad, en las que una persona ejerce el poder y puede acosar, humillar, violar, controlar o intimidar a la otra, a menudo es posible aplicarla a los conflictos entre naciones. La guerra es, a gran escala, semejante a lo que para las niñas y niños es la violencia doméstica: una traumática tensión cíclica y crónica. Del mismo modo que la segunda ola del feminismo brotó de la primera, un tercer movimiento de las mujeres a favor de la paz podría nacer del movimiento feminista.

Niños traumatizados y el papel de opresor

La preocupación de las madres por hacer del mundo un lugar seguro para la infancia podría conducir al planeta hacia la paz y hacia la posibilidad de un sostenimiento global. La mayoría de los opresores que intentan intimidar o ejercer control sobre otros fueron durante la niñez o en la edad adulta víctimas de la humillación, y de sus secuelas con frecuencia traumáticas, ejercida por quienes tenían poder sobre ellos.

La ansiedad comienza en el vientre de la mujer embarazada que vive el terror de la violencia que la rodea, o que teme por su propia vida y por la del ser que lleva en su seno. El cortisol, la hormona del estrés, sube en las mujeres embarazadas sometidas a situaciones traumáticas, llega a la placenta y afecta al cerebro del feto. Estas madres a menudo dan a luz bebés prematuros o pequeños, que se convierten en niñas y niños con poca predisposición a controlar los impulsos, niñas y niños faltos de interés, con problemas de comportamiento y aprendizaje –propensiones que se agravarían en el caso de que presenciasen actos de violencia, o fueran víctimas de la brutalidad o el abuso–. La violencia ciertamente engendra violencia.

Las niñas y los niños mayores dominan a los de menor edad; los niños abusan de las niñas: es el resultado de un patrón de dominación. En las niñas y niños adecuadamente alimentados y atendidos, con madres capaces de responder a su aflicción y a sus necesidades, se desarrolla una confianza básica. Por el contrario, los niños y niñas que viven en zonas de guerra no se sienten seguros; viven sobresaltados por la intensidad del ruido, los cañonazos, las explosiones y las voces coléricas o aterradas. Un barrio peligroso, en el que inesperadamente se producen tiroteos, o aquellos hogares en los que estalla la violencia doméstica y donde las mujeres y los más pequeños resultan lastimados, son zonas de guerra para los que allí viven. En semejantes situaciones, las necesidades de esas niñas y esos niños son ignoradas; viven en peligro, y sienten un gran desamparo si las personas adultas se ausentan por cualquier razón. Sin una persona adulta o una sociedad que los proteja, las niñas y niños son vulnerables a todo aquello que tenga el potencial de hacerles daño. Los muchachos esperan su turno para ser hombres y llevar la delantera; la aculturación de las chicas las lleva a convertirse en mujeres sin ninguna confianza en sí mismas.

La campaña de Amnistía Internacional Stop Violence Against Women: It’s in Our Hands [Está en nuestras manos: no más violencia contra las mujeres] considera las estadísticas de actos violentos cometidos contra mujeres como una catástrofe de los Derechos Humanos: al menos una de cada tres mujeres ha sido golpeada, forzada sexualmente, u objeto de otras formas de malos tratos a lo largo de su vida. No son raros los abusos a los que se ven sometidas muchas mujeres embarazadas por parte de sus parejas masculinas. Generalmente, el que comete los abusos sexuales es un miembro de la familia, o alguien conocido. Y es una común incitación a la violencia la negativa a mantener una relación sexual.

La violencia doméstica es la causa más importante de muertes y lesiones de mujeres con edades comprendidas entre los 16 y 44 años; es responsable de más muertes y problemas de salud que el cáncer o los accidentes de tráfico. En Estados Unidos, las mujeres representan el 85% de las víctimas de la violencia doméstica. El 70% de las mujeres víctimas de asesinato muere a manos del hombre que es su pareja. Además de la violencia doméstica, Amnistía Internacional enumera los actos de violencia que se cometen contra las mujeres en la comunidad y los que comete el Estado, entre ellos los perpetrados o consentidos por la policía, los guardias de prisiones, los guardias fronterizos, etcétera, así como las violaciones perpetradas por miembros de las fuerzas armadas durante los conflictos, la violación de mujeres refugiadas y de mujeres retenidas bajo custodia.

Las madres que viven asustadas y sin confianza en sí mismas no pueden proteger a sus hijas e hijos por mucho que los amen. Para un bebé o un niño o niña de corta edad, su madre es todopoderosa: ella es la fuente de alimentos y de consuelo, de aprobación o castigo. Las personas adultas son gigantes en comparación con el diminuto organismo físico de esos pequeños seres. Así pues, si una madre (que en muchas culturas tradicionales podría ser a su vez poco más que una niña) es incapaz de procurar protección y cuidados a su prole, esos niños y niñas se sienten profundamente traicionados, no sólo por su madre, sino por el mundo. Aquellas madres convencidas de su impotencia inspiran desconfianza y transmiten a sus hijos e hijas una imagen devaluada de la mujer.

Niñas y mujeres a salvo y con control de sus vidas

Las muchachas alfabetizadas, que reciben una educación, que poseen conocimientos sobre nutrición, sobre la conveniencia de espaciar los nacimientos, y que se inspiran en un modelo de conducta positivo, se casan más tarde, tienen menos descendencia, y esos hijos e hijas nacen más sanos. El que las mujeres individualmente tomen decisiones en su propio interés, y que sus descendientes sean niños y niñas sanos y deseados, contribuye también a aliviar el problema planetario de la superpoblación.

Está muy arraigada, en el patriarcado, la idea de que la mujer pertenece al hombre, y de que la potencia masculina se refleja en el número de criaturas que éste engendra. Cuanto más patriarcal es la familia, la religión y la cultura, más jóvenes se casan, y menos cultas e independientes son las mujeres. La sexualidad y la maternidad de las mujeres están entonces en manos de los hombres. El fallo del Tribunal en el caso Roe v. Wade [Roe contra Wade] otorgó a toda mujer estadounidense, como principio, el derecho a decidir si quería o no ser madre. Este derecho ha sido atacado, y continúan los esfuerzos por revocar la ley. Cuando es la mujer la que elige, se debilita el principio patriarcal de que el hombre, individualmente o representado por la religión o el gobierno, posee el derecho de dominar el cuerpo de la mujer. Sin los medios con los que controlar la natalidad y elegir en asuntos de reproducción, muchas mujeres traumatizadas que no pueden negarse a mantener relaciones sexuales se ven además forzadas a ser madres, de hijos e hijas que también sufrirán las consecuencias.

Existe ya un proyecto para empezar a construir un mundo en el que las mujeres estarían a salvo de la violencia, la explotación y la discriminación, en el que podrían ocuparse del bienestar de sus pequeños y pequeñas y tener voz en todo tipo de cuestiones, incluidas las relativas al medio ambiente. Así se expone detalladamente en la Beijing Declaration and Platform for Action [Declaración y Plataforma de Acción de Beijing], que fue aceptada por la Cuarta Conferencia Internacional de mujeres de la Organización de las Naciones Unidas celebrada en Beijing en 1995. Se señalan doce áreas especialmente preocupantes, y se especifican los pasos para remediarlas. La firma de un documento como éste fue un significativo paso simbólico que pudo darse sólo tras superar una ingente resistencia. Sin embargo, los hechos son lo que realmente importa, y la verdad es que, en este mundo patriarcal, el interés por las mujeres y las niñas no ocupa un lugar entre las cuestiones prioritarias.

Esta falta de interés queda brutalmente reflejada en el tráfico infantil –de niñas en especial– y de mujeres, que constituye un próspero negocio internacional. A las mujeres de los países del Tercer Mundo se las seduce con promesas de matrimonio y trabajo; se las viola y golpea hasta que se vuelven dóciles y acceden a cooperar; se las transporta de país en país, con el fin de utilizarlas y abusar de ellas sexualmente. Las niñas pequeñas corren la misma suerte: se las compra o secuestra para que satisfagan los apetitos sexuales de hombres que pagan bien por niñas adolescentes, y más jóvenes incluso. Menos rentable, pero de todos modos provechosa, es la venta de mujeres, niños y niñas como esclavos domésticos y de empresas. Muy poco se ha hecho, si es que se ha hecho algo, respecto a este comercio, a pesar de que los informes que llegan a las Naciones Unidas estiman que más de un millón de mujeres y niñas al año se ven envueltas en él. Sólo cuando se informó de que un niño sueco desaparecido durante el tsunami de 2004 había sido visto en una clínica, supieron los americanos del tráfico de menores, o tuvieron noticia de que los niños y niñas que se habían visto separados de sus madres y padres, o que habían quedado huérfanos, podían ser presas a las que sacar provecho.

Para las mujeres, la paz no es simplemente la ausencia de guerra, sino la seguridad y el bienestar de sus hijos e hijas, nietas y nietos, y el sentirse libres de toda clase de terroristas, incluidos aquellos que representan a su gobierno, o que comenten actos de violencia doméstica contra sus familias. Una madre con una conciencia global sabe que no son únicamente sus hijos, hijas, nietas y nietos, o las niñas y niños de su comunidad, o de su país, sino los hijos e hijas de todas las personas y de todos los países los que merecen disfrutar de una vida grata y segura.

¡Qué diferente es la realidad! El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en su informe de 2005 “Children Under Threat” [Niños y niñas en peligro], dice que más de la mitad de los niños y niñas del mundo, cuyo número asciende a más de mil millones, sufren privaciones extremas a causa de la guerra, de la pobreza y del HIV/sida. El mundo es pequeño. Una criatura que padece privaciones y abusos pronto se convierte en una persona adulta, y como persona adulta llena de ira, con poder para hacer daño a otros, puede que haga precisamente eso.

El poder de Madre que poseen las mujeres unidas

El poder latente de las mujeres unidas es el recurso aún no explotado que la humanidad y el planeta necesitan. Sólo cuando las madres sean fuertes de espíritu, de mente y de cuerpo, habrá posibilidad de que los niños y niñas sean queridos y estén alimentados y a salvo. Sería posible entonces que, al cabo de varias generaciones, las relaciones entre hombres y mujeres experimentaran un cambio evolutivo en beneficio de todos.

El ejercer nuestros derechos, o exigir aquellos que no se nos han concedido, a fin de cuidar del hogar que es nuestro planeta, de la familia y de quienes comparten la Tierra con nosotros es tarea de la mujer, y se lleva a cabo mejor cuando se hace en compañía.

2. LA MADRE TIERRA/LA MADRE DIOSA

En la mitología griega clásica, Gaia era la Diosa de la Tierra. Ella fue la primera que, emergiendo del caos, tomó forma. A continuación dio a luz al cielo, las montañas, los ríos, los océanos, y a todos los seres vivos del planeta. Las palabras “materia”, “matriz” y “material” provienen de la palabra latina mater, que significa “madre”. Imaginar que la divinidad era de sexo femenino era una consecuencia natural de la observación. Cualquiera era capaz de ver que la nueva vida brota del cuerpo femenino, y que todos los seres recién nacidos sobreviven sólo si reciben el alimento y la protección de sus madres. Al hablar, hacemos referencia a la Madre Tierra y a la Madre Naturaleza fácil y espontáneamente. En una época, a la gente le resultó igual de fácil y natural adorar a la Madre Diosa, la Feminidad divina, y considerar a las mujeres a semejanza de ella.

Aquellos pueblos que en la antigüedad adoraban a la Diosa vivían en contacto con la naturaleza. Imagino que se sentían sobrecogidos y fascinados por el hecho de que un bebé pudiera crecer dentro de una mujer y venir al mundo. Creo que cada nacimiento es una experiencia maravillosa, que produce asombro y admiración. Me encantaba asistir en los partos, primero en la facultad de medicina bajo supervisión, y luego durante las prácticas, cuando me apunté a hacer turnos suplementarios en el servicio de tocología. El nacimiento es terrenal, caótico y milagroso, y creo que así lo veían los que conservaban la capacidad de sentirse sobrecogidos y maravillados. Pero cuando los hombres empezaron a considerar a las mujeres seres inferiores, cualquier cosa que una mujer hiciera, y que ellos no podían hacer, se definía como propia de un animal, y no de una diosa. Y dejó de reconocerse el carácter sagrado de la feminidad.

Oleadas de tribus guerreras, con sus dioses celestiales, invadieron, conquistaron y sometieron a los pueblos que veneraban a la Diosa en la Antigua Europa. A medida que invasores e indígenas se fueron entremezclando, las diosas se incorporaron a la religión patriarcal como consortes e hijas. La Ilíada, la Odisea y otros poemas, supuestamente de Homero, nos hablan de los atributos y mitos de las divinidades griegas. La Teogonía de Hesíodo nos explica su cosmogonía. La civilización occidental, que comenzó en la Antigua Grecia, es patriarcal, está basada en el poder masculino. Aun así, incluso en su cosmogonía, antes de que Zeus con sus rayos gobernara desde el Monte Olimpo, existía Gaia. La diosa precedió al dios.

Cuando Dios era mujer

Hasta el siglo XX la arqueología no se consideró una profesión, y hasta la segunda mitad de ese mismo siglo los arqueólogos no se vieron obligados, a fin de poder comprender el significado de los artefactos que iban encontrando, a desechar la suposición androcéntrica de que la divinidad había sido siempre masculina. La arqueóloga Marija Gimbutas catalogó y analizó cientos de yacimientos arqueológicos, a los que denominó Vieja Europa, y que florecieron y se desarrollaron entre -7000 y -3500. No se trataba de pueblos primitivos ni bárbaros. Vivían en lugares elegidos por la belleza de su entorno, por la calidad del agua y del suelo, por sus pastos y tierras de labranza. Cultivaban trigo, cebada, guisantes y otras legumbres, y criaban todos los animales domésticos que hoy día se encuentran aún en los Balcanes, excepto el caballo. Había estabilidad, y se desarrollaron la artesanía, alfarería, metalurgia del cobre, joyería y creación estatuaria; había comercio y comunicaciones, navegación a vela, una escritura rudimentaria, y hay evidencia de que se trataba de gente que amaba y valoraba el arte. Significativamente ausentes estaban las fortificaciones o las armas de ataque. El arqueólogo James Mellart hizo excavaciones en Catal Hüyük y Hacilar, florecientes comunidades del Sur de Turquía fechadas entre el año -7000 y –5000, y tampoco encontró allí ningún indicio de guerras ni de una autoridad central.

Basándonos en la evidencia arqueológica, los agricultores del Neolítico de la Vieja Europa y de Turquía eran gentes que rendían culto a la Diosa, y que mantuvieron comunidades estables y pacíficas, durante dos mil años en Turquía, y tres mil quinientos en la Vieja Europa. En El cáliz y la espada, Riane Eisler sintetiza los testimonios disponibles y hace una interpretación histórica que toma en consideración la existencia de una edad armoniosa y pacífica predecesora del patriarcado. Señala que los estudiantes de los siglos XIX y XX, al darse cuenta de que la gente del Neolítico adoraba a la Diosa, llegaron a la conclusión errónea de que, si la sociedad de aquel tiempo no era patriarcal, debía de ser matriarcal, queriendo decir que, si los hombres no dominaban a las mujeres, es de suponer que las mujeres dominarían a los hombres; o que, si las mujeres no dominaban, en ese caso la dominación debía de haber sido por norma siempre masculina. A partir de los testimonios, Eisler especula que la situación no respondía a una u otra alternativa, sino que, en vez de ello, ninguno de los dos sexos estaba subordinado al otro. Eisler propone que el poder simbolizado por el cáliz era un poder realizador, y ella lo distingue del poder dominador de la espada. Documenta el triunfo del patriarcado como el triunfo de una religión orientada hacia el poder y enfocada en la muerte, que aprobaba con autoridad divina el matar en la guerra.

La premisa de que antes de que hubiera dios hubo diosa cuenta con el apoyo de la arqueología y la mitología. Cuando los guerreros nómadas procedentes del Norte, de más allá de las estepas, llegaron en estampida a los territorios de la Diosa trayendo consigo sus dioses celestiales y sus armas, sometieron a las gentes desarmadas de aquellas comunidades sin murallas. Gimbutas, en Dioses y diosas de la vieja Europa, llama a estos pueblos guerreros “kurgans”, como alternativa al nombre “indoeuropeos”, y explica que sucesivas oleadas invasoras atacaron la península griega, y que, con el tiempo, los nómadas se asentaron, se aparearon con las gentes indígenas adoradoras de la Diosa, incorporaron la Diosa a sus creencias, y finalmente se convirtieron en los antiguos griegos.

¿Qué le ocurrió a la Diosa?

En su libro El alfabeto contra la diosa, Leonard Shlain sugiere que la alfabetización significó el final de la Diosa, hizo declinar el estatus social y político de la mujer, y abrió las puertas al patriarcado y a la misoginia al reforzar la preponderancia del lado izquierdo del cerebro, lo cual supuso que el pensamiento lineal se valorara ahora por encima de los sentimientos y la intuición, la palabra por encima de la imagen, y la jerarquía por encima del orden natural.

El escribir Las diosas de cada mujer, que se publicó hace más de veinte años, me impulsó a leer acerca de cuanto se sabía sobre la historia y la arqueología de la Diosa. Pese a que estaba escribiendo sobre los arquetipos de diosa, y me fundamentaba sobre todo en la mitología y la psicología, la arqueología me permitió comprender que estos mitos y patrones arquetípicos habían tenido una evolución dentro del patriarcado.

Shlain proporciona una exposición que creo que explica más detalladamente cómo llegó el patriarcado a ser dominante. No creo que plantee un dilema el explicar qué les ocurrió bajo el patriarcado a la Diosa y a las mujeres. Con la llegada del alfabeto, el patriarcado, que hasta entonces se había basado en la fuerza física masculina, las armas y la estrategia militar, consiguió una autoridad basada en la palabra escrita. Las palabras ahora apoyaban y justificaban la tenencia de poder y de autoridad religiosa.

Shlain destaca que en hebreo no existe una palabra que signifique “diosa”. Al leerlo, me dije: «¡Ajá!»; de repente comprendí algo. En la catequesis y en el instituto, cada vez que leía sobre el pecado de adorar a “falsos dioses” pensaba siempre en entidades masculinas, nunca en diosas. No se me había ocurrido tampoco que aquellas estatuas o imágenes grabadas, abominables a los ojos de Dios, fueran quizá las de una joven doncella, una figura maternal o sensual, o una anciana, cada una de ellas representación de la Diosa en sus tres formas. Fue fácil dar un salto mental desde aquí y caer en la cuenta de que Canaan, la tierra prometida de leche y miel, era una tierra agrícola, pacífica, una tierra de abundancia, con ciudades, viñedos y arte, cuya divinidad suprema era la Diosa. Se inició una guerra contra un pueblo que no había cometido ningún acto hostil, una guerra santificada por el Dios que las tres grandes religiones monoteístas adoran. Busqué pasajes del Antiguo Testamento en los que aparecieran las instrucciones de Dios a los invasores. En el Deuteronomio 7, los israelitas reciben órdenes de derrotar y aniquilar a aquella gente por completo, de no mostrar clemencia, evitar los matrimonios mixtos y no acceder a ningún acuerdo. Se les ordenó que destruyeran sus altares, talaran sus pequeños bosques sagrados y quemaran sus estatuas.

Shlain ofrece una nueva visión de los Diez Mandamientos, en especial de los dos primeros. El primer mandamiento es: «Yo soy el Señor, tu Dios. No colocarás a ningún otro dios antes de mí». En el contexto de la Antigüedad, éste era un Dios como ninguna otra deidad anterior a él. No tenía necesidad alguna de esposa o consorte; no existía ningún matrimonio sagrado. Dios creó a través de su palabra. El segundo mandamiento, que casi nadie recuerda, es: «No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la Tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la Tierra» (Éxodo 20:4). Shlain señala que esta prohibición de hacer imágenes se repite a todo lo largo del Torah (los primeros cinco libros del Antiguo Testamento). No está permitida ninguna ilustración, ningún dibujo con colorido, ninguna pintura ni escultura, ninguna representación artística figurativa.

El grupo talibán, secta miliciana fundamentalista islámica, demolió el año 2001 dos colosales estatuas del Buda, esculpidas mil años antes en la roca arenisca de los acantilados de Bamiyán, en Afganistán. Los talibanes alegaron que aquellos budas violaban la prohibición islámica referente a las imágenes sagradas; que se trataba de falsos ídolos que debían ser destruidos. Los cristianos que arrancaron las narices y los miembros a las estatuas griegas y desfiguraron los templos egipcios tal vez tenían idénticas motivaciones. Los protestantes, cuyas iglesias están desprovistas de cualquier ornamento, siguen hoy en día mirando con desaprobación las imágenes de las iglesias católicas, que ellos ven como ídolos.

La prohibición del arte figurativo debió de hacer que la gente dejara por completo de apreciar y contemplar la belleza, gran parte de la cual se halla en el entorno natural. Las conexiones entre el amor y la belleza –la belleza que hay en los ojos del que ve, los ojos como ventanas del alma– se pierden. Shlain añade que la prohibición del arte apoyaría la dominación del lado izquierdo del cerebro. La necesidad de prohibir las imágenes hermosas desaparece una vez que la gente pierde la capacidad de deleitarse o sentirse conmovida por lo bello, de admirar la naturaleza, o de sentir que cualquier cosa puede ser sagrada. La fotografía de la Tierra vista desde el espacio sideral impresiona sólo a aquellos que todavía son capaces de conmoverse emocional y espiritualmente ante una imagen.

La Hipótesis de Gaia

A mediados de los años sesenta, el científico espacial James Lovelock y la microbióloga Lynn Margulis formularon la Hipótesis de Gaia, que propone que la Tierra está viva, y que funciona de una forma muy parecida a como lo hacen nuestros cuerpos para mantener una homeostasis. Nuestros cuerpos son un medio en el que la temperatura y las propiedades químicas han de mantenerse dentro de unos márgenes de fluctuación muy limitados. Estar vivo y sano requiere una delicadísima interacción entre los distintos sistemas: circulatorio, respiratorio, digestivo, excretor, hormonal, neurológico, etcétera. Gaia –el planeta Tierra– está constituida por una serie de sistemas interactivos igualmente complejos: la atmósfera, los océanos, la superficie terrestre y la biosfera, que también mantienen un medio físico y químico óptimo para la vida. La Hipótesis de Gaia fue sorprendente porque proponía la idea de que la Tierra es una entidad viviente y única; de que está viva.

Nosotros, los habitantes del planeta Tierra, mantenemos una relación con Gaia semejante, creo, a la de un feto con el cuerpo de su madre. Mientras estamos en el útero, flotamos en el líquido amniótico, y todos los nutrientes que necesitamos para crecer y desarrollarnos nos llegan del cuerpo de nuestra madre. Dentro de ese espacio uterino, estamos cuidados y protegidos, de un modo similar a como la atmósfera protege y cuida la vida en la Tierra.

Los detractores de la Hipótesis de Gaia apuntaron que, por debajo de la estrecha franja de vida que hay en la superficie, la Tierra está compuesta de materia inerte, principalmente hierro; y ¿cómo podría el planeta estar vivo cuando la mayor parte de él está inerte o muerto? Los defensores respondieron que la Tierra está viva igual que está vivo un árbol.

A menudo voy a pasear por Muir Woods, bajo las inmensas y añejas secuoyas, la mayoría de ellas centenarias; algunas llegan a vivir más de mil años. Entre estos gigantes, bajo sus verdes ramas, siento que estoy en una catedral verde. No hay duda de que estos árboles están vivos. Y sin embargo, como la mayor parte del planeta Tierra, la madera de sus troncos no está viva; sólo está vivo un pequeño borde de células en la periferia del tronco de una secuoya. El noventa y siete por ciento de él no lo está; la madera del tronco y la corteza permanecen inertes. Como en la Tierra, una fina capa de organismos vivos se extiende sobre la superficie del cuerpo del árbol. La corteza, igual que la atmósfera, protege los tejidos vivos del árbol y facilita el intercambio de dióxido de carbono y oxígeno. Los árboles, de hecho, inhalan el dióxido de carbono que nosotros exhalamos, y desprenden el oxígeno necesario para que la composición de la atmósfera se mantenga constante. Las selvas son los pulmones de la Tierra.

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