Kitabı oku: «Las extremas derechas en Europa»

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Las extremas derechas en Europa

Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg

Las extremas derechas en Europa

Traducción: Gabriela Villalba

Prólogo: Antonio Maestre

Índice de contenido

Portada

Portadilla

Legales

Prólogo La jamás existente «excepción española»

Las veleidades de Vox en Europa: sin plan ni concierto

Capítulo 1 Cómo nacen las extremas derechas

Reacción y contrarrevolución

Nacionalismo y socialismo

Fascismos

Diversidad de radicalidades

El nuevo orden europeo del Tercer Reich

Nuevas olas

El tiempo presente

Capítulo 2 ¿Qué hacer después del fascismo?

El nazismo, después de 1945

El laboratorio italiano

El «nacionalismo-europeo»

Del nazismo al neorracismo

El momento Joven Europa

Un contra-Mayo rampante

Capítulo 3 White Power

Un sectarismo transatlántico

Los skinheads de extrema derecha

Agresiones, radicalidades, populismos

Capítulo 4 Las nuevas derechas

Plasticidad del fenómeno

Nueva derecha y nacionalismo europeo

Eurorregionalismo

Subcultura(s)

¿Cuál es la identidad de los identitarios?

Capítulo 5 Los integrismos religiosos

Una fe, varios caminos

El integrismo en el contexto del Frente Nacional

Los caminos partidarios

Capítulo 6 Los partidos populistas

Insiders y outsiders

Una crítica nacional-liberal

La mutación neopopulista

¿Por qué el populismo?

¿Qué hay de nuevo en el Este?

Rusia: del nacional-bolchevismo al neoeuroasianismo

La era Putin

Rusia, el vecino poderoso

Recomposiciones y permanencias en Europa central y oriental

Capítulo 7 Cómo pueden morir las extremas derechas

Epílogo

Principales formaciones

Notas

Título de la edición original: Les extrêmes droites en Europe

éditions du Seuil, 2015

© Clave Intelectual, 2020

Cet ouvrage a bénéficié du soutien des Programmes d’aide à la publication de l’Institut français.

Esta obra cuenta con el apoyo de los Programas de ayuda a la publicación del Institut français.

Clave Intelectual, S.L.

Calle Recaredo, 3 — 28002 Madrid

Tel (34) 91 6501841

editorial@claveintelectual.com

www.claveintelectual.com

ISBN: 978-84-122800-2-9

Depósito legal: M-26967-2020

Edición y coordinación: Santiago Gerchunoff y Creusa Muñoz

Diseño de colección: Eugenia Lardiés

Ilustración de cubierta: Julio César Pérez

Diseño de cubierta: Hernández & Bravo

Diagramación: Daniela Coduto

Traducción: Gabriela Villalba

Corrección: Alfredo Cortés, Brenda Decumex y Lola Delgado Müller

Primera edición en formato digital: noviembre de 2020

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto451

Prólogo

La jamás existente «excepción española»

Antonio Maestre

La aparición de la extrema derecha en España de manera rupturista y fulgurante en el año 2018 acabó con la denominada «excepción española» en Europa. Un análisis más fino, sobre el terreno, permite aseverar que nunca hubo tal «excepción española», sino una emancipación política de la extrema derecha del partido de los conservadores (el Partido Popular). Sin embargo, la derecha radical en España, o posfascismo (según la definición de Enzo Traverso para estos movimientos de extrema derecha surgidos en Europa estos últimos años), tiene unas peculiaridades que es necesario conocer para asimilarla o excluirla de las familias creadas en otros países europeos. Para una adecuada comprensión de los posfascismos es vital el presente trabajo de Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg, ya que traza una magnífica radiografía de los movimientos posfascistas, de extrema derecha, derecha radical, nueva derecha o movimientos populistas. Es una genealogía muy completa de la ideología radical de derechas que permite establecer su trazabilidad hasta comprender cuál es la conformación de cada partido en cada región y país. Un análisis indispensable para comprender cuáles son los procesos de creación y las inquietudes de su ideario que explica las razones por las que en Francia la realidad de la extrema derecha es tan diferente a lo que ocurre en España, a pesar de los elementos en común. El libro de Camus y Lebourg es una guía indispensable para entender por qué tienen en España a Santiago Abascal en vez de a Marine Le Pen.

Vox nace como una segregación interior de los conservadores del Partido Popular (PP). El motivo principal es la caída de las redes clientelares que tenían en Madrid por la presión ejercida por los nuevos partidos que empujaron para que la Comunidad de Madrid acabara con el dispendio de gasto público en fundaciones e instituciones. Santiago Abascal fundó Vox en 2013 solo días después de que Esperanza Aguirre cerrara la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social, que había montado ad hoc para darle más de 83.000 euros anuales de sustento económico al por entonces integrante del PP. Vox es en esencia un espacio creado por Santiago Abascal para intentar seguir viviendo del dinero público fuera del PP después de que la crisis económica le cerrara el grifo dentro de los conservadores.

Hasta la aparición de Vox en 2013, la extrema derecha se encontraba enclaustrada dentro de los conservadores administrando con mayor o menor virulencia todos los mensajes específicos del nacionalpopulismo, según las necesidades estratégicas, las características regionales y el perfil del candidato. El Partido Popular fue desde los inicios de la democracia española la formación que asumió la integración de todos los partidos desde la extrema derecha nacional-católica a los democristianos más moderados pasando por el neofascismo ultramontano. Su presencia en el esquema ideológico español tan solo dejó espacio a partidos marginales que, a excepción de Fuerza Nueva en los primeros años de democracia, nunca lograron ninguna relevancia política. Tampoco Vox cuando apareció logró tener representación en sus primeros años de vida y resultó completamente irrelevante. Mientras las condiciones objetivas en España fueron similares a las de Europa, el PP aguantó muy bien su posición sin ceder a la pujanza de una fuerza de extrema derecha. La aparición en un primer momento de una fuerza de la derecha liberal como Ciudadanos comenzó a quebrar la unidad de acción de la derecha en España, pero sin extremar las posiciones de manera notable a excepción de la cuestión nacional. Cuando en casi todos los países europeos ya habían aparecido con vigor fuerzas nacionalpopulistas o de derecha radical con la simple conjunción de crisis económica y crisis migratoria, en España hubo que esperar a que estallara la cuestión territorial para que se crearan las condiciones necesarias para la eclosión de un partido de derechas radical. La crisis independentista en Cataluña fue el detonante necesario para que Vox tuviera la oportunidad de aparecer en el panorama electoral con una fuerza relevante. Los comicios autonómicos en Andalucía fueron el escenario ideal para su irrupción. Eran las primeras elecciones en toda España tras la declaración de independencia de una Cataluña liderada por Carles Puigdemont en 2017, en una región convulsionada por años de declaraciones lesivas de los nacionalistas catalanes, en una comunidad en la que el nacionalismo español es predominante incluso en los potenciales votantes del PSOE. Estos condicionantes propiciaron que Vox entrara con fuerza en el Parlamento de Andalucía. Las elecciones que se celebraron en clave nacional contra el proceso independentista resultaron una ocasión perfecta para que la formación de extrema derecha se presentara en sociedad. Es imprescindible comprender que el nacionalismo español es la estructura fundamental que ha sustentado el éxito de la formación de Santiago Abascal. Cimientos que han adornado con una habilidad notable para introducir en el debate público temas ideológicos basados en las culture wars, aderezados con una estrategia de agitprop comunicativa y cierta influencia en redes sociales. El supremacismo masculino, el discurso antiinmigración e islamófobo y la defensa de las tradiciones católicas forman parte también del corpus ideológico de Vox. Son ideas que no hubieran tenido relevancia alguna sin la reacción nacionalista favorecida por el peso constante y lacerante del proceso independentista en la opinión pública española.

En el aspecto económico Vox es una formación de ultraderecha ultraliberal. Muy similar a la extrema derecha latinoamericana, con la que tiene muchas similitudes por sus profundas raíces cristianas. El ejemplo paradigmático de sus políticas económicas es el economista Raúl Manso, un anarcoliberal que propugna la privatización de todos los servicios públicos. El ideario económico de Vox se encuentra alineado con las políticas de Jair Bolsonaro o Sebastián Piñera y la herencia del neoliberalismo ultramontano de Augusto Pinochet. Esta es una de las mayores diferencias con los movimientos de la derecha radical de su entorno europeo más cercano. Sus postulados muy alejados de la búsqueda de transversalidad de Marine Le Pen para atraer el voto de las clases populares, sus políticas destinadas a los más ricos y un discurso ultracatólico han imposibilitado por ahora que su mensaje logre impregnar al votante de izquierda, como sí consiguió el Frente Nacional en Francia.

Para que Vox se convierta en un partido con aspiraciones reales de gobierno en España debería cambiar su discurso hasta hacerlo transversal y convertirlo en proteccionista, de manera que mute desde su ultraliberalismo hasta expresar una retórica y unas políticas de un chauvinismo de bienestar. Rápidamente, en Vox comprendieron ese movimiento que el Frente Nacional realizó desde Jean-Marie Le Pen a Marine Le Pen y lo identificaron como el camino a transitar para ensanchar su base electoral. Marine Le Pen adoptó la estrategia del Estado de Bienestar chauvinista alejándose del ultracatolicismo de su padre hasta instaurar como base de su ideario una serie de medidas proteccionistas pero solo para los franceses. Una patria que cuida solo a los suyos: «En un mundo en el que los pueblos desean ser protegidos, el patriotismo no es una política del pasado, sino una política del futuro».

La conciencia de Vox del diagnóstico correcto para virar de estrategia no se ha visto acompañada por un mensaje eficiente y unas políticas orientadas en esa dirección. El intento de mostrarse como protectores de sus patriotas se ha quedado únicamente en actitudes estéticas poco convencidas, que aún no han fraguado. Un ejercicio retórico poco creíble con el que no incidieron de manera profunda: «Solo los ricos se pueden permitir el lujo de no tener patria», expresó Santiago Abascal citando a Ramiro Ledesma Ramos, uno de los ideólogos de la Falange Española. Una frase que marcaba ese intento de virar de forma discursiva a la línea del Estado de Bienestar chauvinista, pero que solo fue acompañada por la apertura de campaña para las elecciones europeas de un taller de carpintería y un vídeo en el que Rocío Monasterio, candidata de Vox en Madrid, denunciaba la proliferación de casas de apuestas en un barrio madrileño. Por ahora el proteccionismo obrerista de Vox es simplemente una retahíla de mensajes plagiados, repetidos y sin profundidad ni riesgo; escénico y sin capacidad de enraizar de manera profunda en la clase obrera tradicional. Sin embargo, el hecho de que hayan visto el potencial crecimiento de votantes en esa dirección convierte al partido de la derecha radical en una amenaza que conviene considerar.

Su carácter eminentemente nacionalista y nativista convierte al partido de Santiago Abascal en una formación con capacidad suficiente para transformarse en hegemónica si son capaces de centrar sus esfuerzos en las tremendas fortalezas que un discurso nacionalista español puede aportarles en un contexto de polarización regional. El mensaje de Vox está aderezado de constantes referencias históricas al pasado imperial de España intentando adaptar la historia nacional a los intereses de una determinada visión política. Las referencias a don Pelayo y Agustina de Aragón aparecen de manera constante y van destinadas a afianzar varias claves interrelacionadas. La lucha contra el invasor musulmán, la herencia cristiana del país y la expulsión del invasor francés, elementos consolidados con sus ataques constantes a Manuel Valls y Emmanuel Macron. Su concepción épica de la idea de España sirve para vincular la identidad a un pasado glorioso a la vez que muestra a un enemigo externo que, ayudado por sus aliados interiores, impide recuperar esa idea de una España grande, magnánima e imperial.

Esta visión nacionalista por encima de cualquier otra consideración, unida a la impugnación de la nación por los hechos de octubre de 2017 por parte de los movimientos independentistas catalanes, propiciaron que —al igual que el PP— Vox lograra captar casi todos los votos y miembros de partidos de extrema derecha que hasta entonces se encontraban dispersos y atomizados en diversas formaciones. Multitud de elementos de Falange, Alianza Nacional, Democracia Nacional, Alianza por la Unidad Nacional y Círculo Español de Amigos de Europa (CEDADE) pasaron a ser parte del partido de Santiago Abascal. El granero ultra alimentó las filas de Vox gracias al llamamiento por la unidad nacional y el servicio a la patria. La urgencia patriótica y el cuestionamiento de la unidad territorial sirvieron para que esa multitud de elementos con diferencias en principio insalvables las olvidaran para elegir a Vox como una organización de salvación nacional.

Las veleidades de Vox en Europa: sin plan ni concierto

Para comprender a Vox es imprescindible concederle que haga de la coherencia discursiva un elemento prescindible en aras de un bien superior. No importa defender una posición y a la vez la contraria si sirve para lograr el poder. Si es preciso mentir de forma descarnada o unirse a aquellos que pueden servir en Europa a sus objetivos aunque defiendan posiciones contradictorias o antagónicas, se hará sin ningún tipo de rubor o complejo. Esta conducta es un elemento central en la derecha radical europea, pero que en el caso español adquiere en ocasiones formas grotescas.

En un primer momento, tras su aparición en el panorama español, mostrarse en Europa junto a Matteo Salvini podía ayudar a hacerse ver como un partido atractivo para ciertas capas de la sociedad que admiraban la lucha incesante contra la inmigración del entonces ministro del Interior italiano. Salvini se había convertido en el hombre fuerte de la internacional de la extrema derecha en Europa, con Marine Le Pen como escudera. Acudir a reuniones y eventos con estos líderes servía a Vox como elemento legitimador para su electorado potencial y a la vez le otorgaba una presencia europea útil para asimilarlos con una fortaleza que ellos aspiraban a lograr.

La internacional de la extrema derecha tiene características muy heterogéneas. La ofensiva contra la Unión Europea está comandada por Matteo Salvini y Marine Le Pen, entre las formaciones de la derecha radical de carácter proteccionista del Sur de Europa. Por otro lado, el Grupo de Visegrado liderado por Víktor Orbán comanda la ofensiva desde el Este de Europa. Es en este grupo ideológico en donde finalmente Vox ha encontrado su lugar tras unirse después de las elecciones europeas al Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos (GCER) junto con los polacos de Ley y Justicia (PiS) o los ultras holandeses del Foro por la Democracia. Un grupo que se define por su visión ultraliberal de la economía y su rechazo a la inmigración masiva y la defensa de los valores tradicionales cristianos de Europa.

Las contradicciones de estos grupos de derecha radical, aun compartiendo grupo y estrategia, son casi insalvables y en ocasiones tienen posiciones contrapuestas, pero acuerdan programas de ejes mínimos que coinciden en un frente contra Emmanuel Macron y sus intentos por consolidar políticas comunes europeas que diluyan la soberanía de los países. Todos estos partidos de la derecha radical tienen intereses contrapuestos incluso cuando las ideas son compartidas. Su visión ultranacionalista choca con medidas como el reparto de inmigrantes en cuotas. La propuesta de Matteo Salvini de repartir inmigrantes en el resto de los países choca frontalmente, al ser Italia un país receptor, con los intereses del grupo de Víktor Orbán o Jaroslaw Kaczynski; un problema similar enfrenta al Frente Nacional con Vox por la devolución en la frontera de inmigrantes por parte de las autoridades francesas. El ultranacionalismo es incompatible con la resolución de problemas migratorios de forma colegiada.

Las grandes incoherencias de Vox en Europa alcanzan una dimensión superior cuando se trata del problema territorial español. La cuestión de la integridad territorial es una diferencia insalvable con muchos de sus potenciales socios de la derecha radical. Matteo Salvini proviene de un partido del norte de Italia que surgió como representante de unas elites que defendían la soberanía de Padania. La Liga Norte (Lega Nord) llegó a proclamar la independencia de Padania en 1996 en un acto del entonces líder Umberto Bossi en Venecia. Posteriormente se celebró un referéndum para consolidar dicha independencia de la región. Hechos que fueron considerados simples actos partidistas por el gobierno italiano de entonces, pero que muestran el carácter secesionista con el que surgió la Liga Norte. Años después, no es ya solo la Liga Norte la cuestión, sino que busca ser el «Frente Nacional Italiano», pero eso no le impide ser sensible a actos secesionistas como el que sucedió en octubre de 2017 en España. El apoyo de Salvini al proceso independentista catalán ha sido constante y habitual, y solo de manera coyuntural dejó de defenderlo, al considerar que era incompatible con las alianzas potenciales con Vox antes de las mencionadas europeas, para intentar atraer a la formación española al grupo de la internacional de la extrema derecha en el Parlamento Europeo con el que aspiraba a dinamitar las estructuras políticas de Bruselas. Durante los escarceos políticos de ambas formaciones, Vox llegó a asegurar que había logrado que Salvini dejara de apoyar el proceso de independencia de Cataluña, una afirmación que el líder italiano dejó que circulara hasta que su proyecto de toma de las instituciones europeas fracasara en los comicios europeos de mayo de 2019.

Este problema se repite con los nacionalistas flamencos con los que Vox comparte espacio en el Grupo Parlamentario de Conservadores y Reformistas Europeos. La Nueva Alianza Flamenca (N-VA) es quizás el máximo apoyo de Carles Puigdemont y los soberanistas catalanes en Europa. El partido belga de extrema derecha es el que ha dado soporte durante estos años al expresidente de la Generalitat de Cataluña a través de sus líderes Theo Francken y Bart de Wever. El choque de identidades quedó patente en marzo de 2019, tras la comparecencia de Javier Ortega Smith en la Eurocámara invitado por Kosma Zlotowski, del partido polaco Ley y Justicia, en la que tuvo un durísimo enfrentamiento con Mark Demesmaeker, europarlamentario belga del N-VA. A pesar de las líneas discursivas incompatibles de Vox y N-VA, tras las mencionadas elecciones europeas ambos partidos comparten grupo, por lo que la formación de la derecha radical española aseveró que entraban en el grupo de los conservadores y reformistas debido a que los nacionalistas flamencos renunciaban a dar soporte a los independentistas catalanes. Una afirmación que se mostró falsa tras la toma de posesión del acta de eurodiputado de Carles Puigdemont y Toni Comín, que fueron acompañados en todo momento por los diputados de la Nueva Alianza Flamenca como cicerones.

Estas profundas diferencias, enraizadas de forma troncal en los sentimientos nacionalistas contradictorios de todas estas formaciones de extrema derecha, impiden establecer con trazo grueso una equiparación entre los movimientos posfascistas europeos. Las similitudes son menos que las diferencias, pero eso no impide plantear líneas discursivas, estrategias de actuación y una cultura política asimilable que ayude a comprender la realidad de la extrema derecha en Europa. Entonces, es indispensable contar con una brújula con la que orientarse en el complejo mapa de la derecha radical. El trabajo que nos presentan Jean-Yves Camus y Nicolas Lebourg satisface con creces esta necesidad.

Capítulo 1

Cómo nacen las extremas derechas

«Extrema derecha»: el término ha ilustrado el comentario y el análisis de la actualidad política francesa desde el ascenso electoral del Front National [Frente Nacional] a mediados de los años ochenta y se nos ha vuelto familiar por hechos acontecidos en el extranjero, tan disímiles como la entrada en el gobierno austríaco (2000) del Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ), dirigido por Jörg Haider, las revueltas raciales de Burnley, Bradford y Oldham en el Reino Unido (2001) o los atentados cometidos por Anders Behring Breivik en Noruega (2011). La ambigüedad fundamental del término reside en que generalmente los adversarios políticos de la «extrema derecha» lo utilizan como término descalificador, incluso estigmatizante, que apunta a remitir y reducir todas las formas de nacionalismo partidario a las experiencias históricas del fascismo italiano, el nacionalsocialismo alemán y sus más o menos cercanas declinaciones nacionales de la primera mitad del siglo XX. La etiqueta «extrema derecha» casi nunca es asumida por las personas a quienes se les adjudica (1) y prefieren autodesignarse con denominaciones tales como «movimiento nacional» o «derecha nacional».

Sin embargo, la literatura científica coincide en validar la existencia de una familia de partidos de extrema derecha. Cierto es que creer en la universalidad de los valores democráticos no necesariamente equivale a pensar que la división derecha-izquierda es atemporal o universal. Por un lado, «extrema derecha» sigue siendo, en lo esencial, una categoría de análisis adaptada al marco político europeo occidental: en rigor, puede atribuirse al One Nation Party australiano, a algunos grupos estadounidenses marginales (el American Party) e incluso a las formaciones sudafricanas nostálgicas del apartheid (Vryheidsfront, Herstigte Nasionale Party), pero no a las diversas dictaduras «caudillistas» reaccionarias y clericales de América Latina (el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla). Por otro lado, «extrema derecha» no termina de dar cuenta de la situación específica de las nuevas democracias de Europa central y oriental, donde prosperan partidos nacionalistas, populistas y xenófobos, como el Samobroona polaco, el LNNK letón (Alianza por la Patria y la Libertad) o el SRS (Partido Radical Serbio), que se vinculan, más que con las formaciones de extrema derecha occidentales, con las corrientes nacionalistas etnicistas autoritarias, que en los primeros treinta años del siglo XX acompañaron la llegada de dichos países a la independencia. Por lo tanto, para comprender la extrema derecha actual europea, es preciso comenzar por la historia en Francia. A partir de allí, podremos elaborar una teoría general de la extrema derecha.

Reacción y contrarrevolución

En la Asamblea Constituyente —denominación que adoptan los Estados Generales a partir del 9 de julio de 1789—, nacen los primeros partidos políticos. En ese entonces, la organización espacial de la sala de reuniones ubica a la derecha del presidente a los aristócratas («Negros»), es decir, a los partidarios del Antiguo Régimen que rechazan totalmente la Revolución. Después, de derecha a izquierda, se coloca a los monárquicos, que son partidarios de la monarquía parlamentaria bicameral a la inglesa; luego, a los patriotas o los constitucionales, que buscan reducir al mínimo los poderes del rey y desean una Cámara única, y, por último, en el extremo izquierdo, a los demócratas, partidarios del sufragio universal.

Esta distribución en la Salle du Manège del castillo de las Tullerías en París parece datar del 11 de septiembre de 1789, cuando los partidarios del derecho a veto del rey se colocan a la derecha del presidente y los opositores al veto, a su izquierda. La fracción ubicada más a la derecha, que se encuentra por fuera de la Asamblea en el Salón Francés, es liderada por el vizconde de Mirabeau, llamado Mirabeau-Tonneau (hermano de Honoré Gabriel de Mirabeau), el oficial de Cazalès y el abad Maury. Esta fracción abandona rápidamente los debates. Ya a fines de 1789, alrededor de doscientos de sus miembros, en su mayoría nobles, han emigrado, mientras que otros 194 se han retirado a sus tierras. A lo largo de la Revolución francesa, durante el Consulado y el Imperio, principalmente en la emigración, durante la Restauración y la Monarquía de Julio, y por último durante el Segundo Imperio, el campo contrarrevolucionario, muy heteróclito, encarna aquello que prefigura a la extrema derecha. Pero, aunque las palabras y las ideas ya están ahí, su difusión es un tema aparte... Porque, si bien ya a comienzos del siglo XIX las calificaciones políticas están dispuestas (extrema derecha, derecha, etcétera), no es sino hasta la Primera Guerra Mundial cuando los ciudadanos se clasifican a sí mismos en el eje derecha-izquierda: los posicionamientos políticos todavía se corresponden sobre todo con la vida parlamentaria.(2)

Las primeras menciones taxonómicas que se encuentran no son poco interesantes. Durante el reinado de Carlos X (1824-1830), un libelo presenta al «hombre de extrema derecha»: hostil tanto al estado de cosas como a las elites instaladas, escéptico, adepto a la tabula rasa para restablecer el orden, desconfiado de los políticos, pero elogioso de la acción y la fuerza, temeroso de una revolución por venir. (3) Hay allí un carácter antes que una ortodoxia, pero aquella pista no es inexacta, y al menos ese retrato es coherente. Los actuales herederos de aquellos contrarrevolucionarios son los legitimistas, ese pequeño ámbito realista que se identifica con la rama española de los Borbones, al igual que el catolicismo integrista, como por ejemplo el de los discípulos de monseñor Marcel Lefebvre. Los doctrinarios de la Contrarrevolución tienen una mirada del mundo de naturaleza político-teológica que descansa en una noción de orden (Joseph de Maistre, Louis de Bonald, Antoine de Rivarol, entre los más conocidos). Para ellos, el orden natural, tal como lo define el catolicismo, impone un modo de gobierno —la monarquía— y de organización social que asigna a cada «orden», precisamente, una función establecida e inmutable. Son franceses, pero el nacionalismo, tal como comienza a entenderse a partir de la década de 1870, no es la piedra angular de sus ideas. Además, tienen una deuda intelectual con el inglés Edmund Burke, los suizos Mallet du Pan y Louis de Haller… y el saboyano Maistre es súbdito del rey de Cerdeña. Desconfían del progreso y, más aun, de lo que las Luces han introducido: el libre análisis, el escepticismo, incluso el ateísmo. Según ellos, abstraerse de las enseñanzas de la historia está fuera de cuestión: son ante todo tradicionalistas, como más adelante lo será Charles Maurras. Tienden a idealizar el pasado, a gustar de la postura de la minoría fiel hasta el final, incluso cuando no queda esperanza. Esta ideología del «pequeño resto» también traduce su romanticismo a lo político. En algunos de ellos, como el abad Augustin Barruel, esta condena de una revolución, que consideran ante todo como una subversión, da nacimiento a la teoría del complot, que hace furor en la extrema derecha. En sus Mémoires pour servir à l’histoire du jacobinisme (1797) [Memorias para servir a la historia del jacobinismo], recientemente reeditadas, Barruel denuncia la acción de las logias masónicas, los «Iluminados», los filósofos y, en un grado menor, los judíos, para derrocar el Antiguo Régimen. La Revolución —no el acontecimiento sino su principio— sería de esencia satánica, emanación de fuerzas oscuras que buscarían destruir, a la vez, la religión y Francia. Barruel forja una nueva palabra para denunciar la ideología de su adversario: el «nacionalismo», que habría destruido a las antiguas provincias y quebrado la amistad universal. (4)

Como bien señala René Rémond, (5) en el período que corre desde la Restauración de 1814 hasta la Revolución de 1830, la única familia política que merece la denominación de «derecha» es la de los partidarios del regreso a la monarquía absoluta, que aceptan por sí mismos la etiqueta de «ultrarrealistas». El adjetivo «ultra» les es apropiado, porque van más allá del simple principio monárquico, que consagra la llegada de Luis XVIII al trono. Los «ultras» son místicos, adeptos a una concepción providencialista de la historia, y creen que Francia y la dinastía de los Borbones son depositarios de la voluntad divina (Gesta Dei per Francos, es decir, «la acción de Dios pasa por los francos», según una expresión medieval). Los exiliados contrarrevolucionarios, apartados de su país durante dos décadas, se apegan a un mito, el del retorno completo al Antiguo Régimen, y endurecen sus rencores, de modo que incluso el conde de Provenza, devenido rey, les parece liberal. Se oponen, dentro de la Cámara Inhallable (1814), a la Carta Constitucional, e incluso a su soberano. Se expresan a través de periódicos, como Le Drapeau blanc [La bandera blanca], o folletos, como el de Chateaubriand: De la monarchie selon la Charte [La monarquía según la Carta]. Solo encuentran la victoria en la llegada de Carlos X al trono en 1824, comprometido con su causa. Vuelven a ser minoría en 1830, con el inicio de la Monarquía de Julio, para nunca volver al poder. Es en esta época cuando el campo monárquico se divide en dos familias: los orleanistas, detrás de Luis Felipe, partidarios de una monarquía liberal, y los legitimistas ultracistas. Los primeros, favorables a una monarquía parlamentaria, de alguna manera son los precursores del liberalismo, de un centrismo que privilegia el equilibrio entre conservación social y progreso económico, y que se apoya a la vez en la industrialización, el avance del poder de la burguesía y la financierización de la economía. Los segundos se encuentran, por su propia intransigencia ideológica, y ya desde entonces, en el campo de los vencidos de la historia.

Para el jurista Stéphane Rials, (6) los legitimistas desarrollan, a lo largo del siglo XIX, ideas basadas en el sentido de la decadencia, en un catolicismo intransigente y en un providencialismo que, en autores como Blanc de Saint-Bonnet o Louis Veuillot, deriva con facilidad en un inmenso pesimismo. Los legitimistas casi no creen en la posibilidad de que sus ideas triunfen a través de medios humanos. Tienen una confianza ciega en el «milagro», en lo sobrenatural, que luego se encuentra en escritores cercanos a ellos, como Léon Bloy, Jules Barbey d’Aurevilly o Ernst Hello. Este pesimismo místico es un rasgo destacado de la mentalidad de extrema derecha, cuyo fascismo se distingue, sin embargo, por su vitalismo y su valoración del progreso.

En el último cuarto del siglo XIX, se produce la marginalización definitiva de la corriente contrarrevolucionaria. Cierto es que las elecciones complementarias del 2 de julio de 1871, que siguieron a la elección de la Asamblea Nacional del 8 de febrero del mismo año, instalaron una mayoría monárquica. Paradójicamente, es un católico liberal, monseñor Dupanloup, quien en ese entonces se sienta en la extrema derecha de la Asamblea. Inmediatamente a su lado se ubican los Chevau-légers (los más intransigentes de los legitimistas), comandados por Armand de Belcastel, Cazenove de Pradines y Albert de Mun. Tomaban su nombre del pasaje de Versalles donde se reunían. Partidarios de una monarquía fidelísima a sus símbolos —ya que no habían podido restablecer íntegramente el Antiguo Régimen—, estaban marcados por un catolicismo rígido, que solía hacerles ver la derrota de 1870 ante Prusia como un castigo divino. Representaban a una pequeña nobleza provinciana, con sus sirvientes plebeyos, que estaba perdiendo terreno. Fracasaron en su cometido cuando en 1873 se produjo la «restauración fallida» de su aspirante al trono, el conde de Chambord (Enrique V de Francia). Víctimas de un líder sin verdaderos deseos de poder, en 1892 se someten a la consigna de unir al papa a la legitimidad republicana. En adelante, el realismo ya no vuelve a expresarse con cierta visibilidad sino hasta tomar la forma de Action Française [Acción Francesa].

Cierto es que, en la época de la Contrarrevolución —cuando finalmente las elites nobiliarias e intelectuales se globalizan ampliamente por Europa y el Estado-nación no estaba del todo constituido—, el campo liberal y el de los contrarrevolucionarios trascienden las fronteras. De este modo, existe en España, desde comienzos de la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas (1808), un grupo absolutista de fuerte componente aristocrático y clerical. Se manifiesta en especial en las Cortes de Cádiz, que se oponen en 1810 a que el Consejo de Regencia reconozca que el principio de la soberanía nacional se encarne en la Cámara. Se radicaliza incluso después del regreso al trono de Fernando VII (1813) y se encarna a partir de 1833 en el carlismo, que, al igual que el legitimismo, se estructura en torno a una reivindicación dinástica a la vez que a una ideología. El movimiento absolutista da inicio a la teoría de las «dos Españas» y al tema de la «cruzada», que volveremos a encontrar en 1936 en el franquismo. Dejó a varios pensadores importantes: Jaime Balmes (1810-1848), pero sobre todo Juan Donoso Cortés (1809-1853), Juan Vázquez de Mella y Félix Sardá y Salvany, cuyo libro traducido al francés (Le libéralisme est un péché, 1886) es un buen resumen de esta doctrina. La edad de oro de la vicerrealeza española y el pensamiento contrarrevolucionario, junto con el misticismo católico integrista, inspiraron en México la obra literaria y la acción política de Salvador Abascal Infante (1910-2000) y del Movimiento Sinarquista, vástago tardío de la rebelión popular de los Cristeros (1926-1929) contra la República laica, consagrada por la Constitución de 1917.

En síntesis, aquello que históricamente se ha llamado la «primera globalización» permitió la circulación de ideas y de hombres. Con 180 millones de migrantes entre 1840-1940, (7) se trata de un período masificador que termina en una superación de la forma nacional en beneficio de imperios y teorías y prácticas jurídicas discriminatorias entre los miembros de estos imperios. Pero muchas de las ideas que constituyen hasta hoy la base común de la ideología de extrema derecha (nacionalismo, populismo, antisemitismo, en particular) también son defendidas en aquellos tiempos por la izquierda revolucionaria.

Nacionalismo y socialismo

La confusión léxico-ideológica es todavía mayor porque quienes promueven la extrema derecha no se llaman a sí mismos «nacionalistas», sino «patriotas». Sobre todo, se apropian repetidamente de esa palabra imprecisa, pero a la moda desde la década de 1820: «socialismo». Maurice Barrès (1862-1923), figura intelectual y política de aquel movimiento, lo escribe sin rodeos en 1889: «¡Socialismo! En esta palabra ha puesto Francia su esperanza. Seamos, pues, socialistas». (8) Esta dinámica no se detiene, más bien lo contrario. En Italia, el fascismo encuentra sus raíces dentro de la corriente socialista revolucionaria, a la que pertenece Benito Mussolini, y del sindicalismo revolucionario promovido por Antonio Labriola, corriente que, entre 1902 y 1918, se aleja progresivamente del Partido Socialista hasta dividirse en una línea nacionalista. Como muchas figuras de las extremas derechas alemanas, Mussolini era un gran lector de Georges Sorel, cuyas Réflexions sur la violence (1908) también fueron una referencia del anarco-sindicalismo (el propio Sorel había realizado varias idas y vueltas entre los extremos, lo que llevó a Lenin a considerarlo un «espíritu borrador» para él, y que Mussolini afirmara: «A quien más debo es a Sorel»). (9) La Revolución rusa de 1917, además, ofreció un modelo de toma del poder a través de una organización revolucionaria. De esta manera, el fascismo era en parte «una aculturación a la derecha de las lecciones de la Revolución de Octubre». (10) En Alemania, el filósofo Arthur Moeller van den Bruck expresa la posición de esta nebulosa de la «Revolución Conservadora» que se opone a la República de Weimar: existiría una carrera entre nacionalistas y comunistas para «ganar la revolución» por venir. En cada país, algunos revolucionarios buscarían establecer un «socialismo nacional», como el bolchevismo en Rusia o el fascismo en Italia. La extrema derecha, pues, debe hacer un «desvío revolucionario» para instaurar un Tercer Reich socialista en el sentido en que «el socialismo es el hecho de que una Nación entera sienta que vive en conjunto». (11) Esta tendencia llevó a imitaciones a veces un tanto serviles de las extremas izquierdas —por ejemplo, cuando después de 1968 los neofascistas alemanes, italianos o franceses toman prestados elementos de la comunicación de izquierda—, pero nunca cambió esta concepción interclasista del socialismo. El ideal es la organización de la unidad superior de la nación, no la lucha de clases. Para las extremas derechas, el socialismo siempre fue un remedio para el comunismo y el anarquismo. Si puede pensarse una congruencia entre lo nacional y lo social en la extrema derecha, es porque los años que separan la guerra franco-prusiana de la Gran Guerra cambiaron por completo el paisaje político e ideológico francés y europeo.

La derrota militar de 1870 puso fin a un Segundo Imperio que era un cesarismo popular. Antes de convertirse en Napoleón III, Luis Napoleón Bonaparte había planteado en 1840 que «la idea napoleónica consiste en reconstituir la sociedad francesa, alterada por cincuenta años de revolución, en conciliar orden y libertad, derechos del pueblo y principios de autoridad». (12) Para el historiador Philippe Burrin, este bonapartismo participa de la familia política de la «agrupación [rassemblement] nacional», que trasciende la división derecha-izquierda (en la actualidad se pueden citar, dentro de esta última, a Jean-Pierre Chevènement a la izquierda, Nicolas Dupont-Aignan a la derecha o Florian Philippot a la extrema derecha). Efectivamente, como escribe el historiador André Encrevé, el bonapartismo de Napoleón III tomaba «algunos elementos de la izquierda (principios de 1789, voluntad de favorecer el progreso económico, leyes sociales, defensa de las nacionalidades) y otros de la derecha (rechazo del respeto a las grandes libertades públicas, clericalismo, autoritarismo, defensa del orden y de la propiedad)». (13) Así pues, la modelización de Philippe Burrin permite comprender tanto aquello que a veces acerca a la extrema derecha a otros campos políticos como aquello que a veces confunde a parte de los observadores. Porque, así como el fascismo es la forma «radical» de la familia política de las ideologías de «agrupación nacional» (bonapartismo, autoritarismo cesarista, etcétera), el propio nazismo, según el historiador suizo, sería un «fascismo radical». Se obtiene así un continuum que conserva las especificidades, pues el fascismo es autónomo del «nacionalismo de fin de siglo», sin estar disociado de él, y la comparación funciona desde el nazismo hacia el fascismo y no a la inversa, puesto que el nazismo constituye un más allá del fascismo. (14) Esto permite comprender finalmente qué es lo que separa cada tendencia, lo que permite migraciones individuales, pero también lo que lleva a tanto exceso en los caprichos en las amalgamas tanto de unos como de otros.

El principal factor explicativo de la importancia que toma la articulación entre lo nacional y lo social es, evidentemente, la irrupción de las masas: en el sistema de producción, con la Revolución Industrial, y luego en el debate político, al generalizarse el sufragio universal. Se produce en Francia, al mismo tiempo que se consolida la Tercera República en la década de 1880, un recambio de ideas que desemboca en la constitución de una nueva derecha, que Zeev Sternhell llama «derecha revolucionaria», en la que ve la prefiguración del fascismo. Primera doctrina ideológica a migrar desde la izquierda hacia la derecha: el nacionalismo. Hasta aquí, era el campo republicano el que llevaba el apego a la nación. El soldado Bara, las batallas de Valmy y Jemappes, el pueblo en armas, y más adelante Louis Rossel, oficial enrolado en la Comuna de París, son símbolos de la izquierda patriota, apegada a la idea de que la ciudadanía y la igualdad se desarrollan plena y naturalmente en el marco de la nación soberana. La personificación de ese nacionalismo de los socialistas es Louis Auguste Blanqui (1805-1881), quien reparte su vida entre la prisión y las conspiraciones. El blanquismo es más una actitud que una doctrina, y este estilo ha influido tanto en el fascismo italiano como en los movimientos radicales de extrema derecha y ultraizquierda. Exalta la insurrección, la barricada (Blanqui escribe en 1868: «El deber de un revolucionario es luchar siempre, luchar a pesar de todo, luchar hasta extinguirse»). El movimiento denuncia el capitalismo judío y participa de la Comuna calificando al régimen burgués de «prusiano de dentro», listo para abandonar Alsacia y Lorena. (15) Los blanquistas luego se unen al general Boulanger, figura nacionalista apodada el General Revancha. Esto se produce cuando la izquierda también hace un intenso trabajo ideológico.

Se da una ruptura entre izquierda y nacionalismo con Marx y Engels, para quienes «los obreros no tienen patria». (16) El caso Dreyfus y la masacre de Fourmies (donde el 1º de mayo de 1891 el ejército francés dispara contra los manifestantes) exacerbaron el antimilitarismo en la izquierda. La Confederación General del Trabajo organiza el 16 de diciembre de 1912 una huelga general contra la guerra y el 25 de febrero de 1913, una manifestación contra el proyecto de servicio militar de tres años. A fines del siglo XIX, se desarrolla, sobre todo entre los anarquistas y los sindicalistas, una tendencia antipatriótica. Su cabeza de puente es Gustave Hervé (1871-1944), quien llama a poner la «bandera en el estiércol». El antipatriotismo es inseparable del antimilitarismo y Hervé escribe en 1906: «Nosotros solo admitimos una única guerra, la guerra civil, la guerra social». Del mismo modo, llama a abstenerse para que el pueblo no se comprometa con la comedia parlamentaria. El agitador antipatriótico se incorpora a Union Sacrée [Unión Sagrada] en 1914, cuando su socialismo comienza a referenciarse en Blanqui y Proudhon. Durante la década de 1920, es pacifista, luego se une a las filas fascistas en 1932. Convencido de que hay que recrear Unión Sagrada, en 1936 publica un libro de título famoso, C’est Pétain qu’il nous faut [Pétain es lo que necesitamos] (un título que remite a la antigua canción popular «C’est Boulanger qu’il nous faut»). No obstante, en 1941 Hervé se niega a seguir más intensamente a Vichy y detiene por completo su militancia. (17) Esta breve biografía no solo echa luz sobre trayectos que hoy nos parecen sinuosos; también habla de la coherencia de una época pasada comprendida entre el post-1870 y el post-1918. Es ese el momento bisagra.

La derecha, marcada por el imperativo de la venganza contra Alemania, construye a partir de 1870 una mística nacionalista muy diferente a la de la izquierda. Se la puede ver muy activa durante el caso Dreyfus, a través del «falso patriotismo» y el texto con el que el escritor Paul Léautaud acompaña su suscripción al Monumento Henry: «Por el orden, contra la Justicia y la Verdad». El antisemitismo se difunde en la derecha: apoyado en la izquierda en Proudhon y Rochefort, se convierte en el credo de estos nacionalistas que, en los entornos de Édouard Drumont y Maurice Barrès, de la Ligue des Patriotes [Liga de los Patriotas] y de la Ligue de la Patrie Française [Liga de la Patria Francesa], y más adelante de Charles Maurras y la Ligue d’Action Française [Liga de Acción Francesa], hacen del judío el principal enemigo, la encarnación de lo anti-Francia, la causa eficiente de todos los males de la sociedad.

Las ligas aparecieron en la década de 1860, en una fase más liberal del Segundo Imperio. Se trata de organizaciones políticas que priorizan la acción sobre la elección (incluso hay ligas electorales a partir de la década de 1880): se concentran en un objeto y no en un programa político. Para ello, apuntan a la «agrupación» alrededor de una idea-fuerza, donde «agrupación» es la palabra fundamental de su vocabulario, a fin de superar las nociones de clase. Las ligas representan los primeros instrumentos de la entrada de las masas en el juego político. (18) La Liga de los Patriotas, conducida por Paul Déroulède, hace culto tanto de la Revolución francesa como de la nación. Su lema, a menudo imitado, es: «Republicano, bonapartista, legitimista, orleanista apenas son nuestros nombres de pila. Patriota es nuestro apellido». Sin embargo, en su desarrollo pasa de la idea de liberar Alsacia y Lorena a la de liberar el país: la regeneración nacional prima por sobre la venganza. Aunque Déroulède critica las instituciones parlamentarias, permanece en el campo republicano, junto con blanquistas y expartidarios de la Comuna. Déroulède habla de «República plebiscitaria», que implica la elección del presidente de la República por sufragio universal y la consulta regular a la voluntad popular mediante «plebiscito legislativo», otro nombre dado al referéndum. Junto con Déroulède, avanza una extrema derecha republicana y social (la fórmula que durante mucho tiempo utilizó Jean-Marie Le Pen —«derecha nacional, social y popular»— es perfectamente acorde con este espíritu). (19) Déroulède ofrece su poder de golpe al general Boulanger, a quien nada parece detener en 1887-1889. La crítica al parlamentarismo, las odas al pueblo y a la nación permiten que el boulangismo reúna desde realistas hasta antiguos de la Comuna. La negativa de Boulanger a dar un golpe de Estado sella la suerte del movimiento, liquidado por la represión judicial primero y por el suicidio de la figura del salvador en la tumba de su amante, después. El boulangismo muestra en su conjunto la cristalización de una corriente de extrema derecha, el nacional-populismo, y hasta qué punto no tiene sentido definir el extremismo mediante el criterio de la violencia. Sería confundir el fascismo y las extremas derechas. Sería deducir de los regímenes de extrema derecha lo que deberían ser los movimientos de extrema derecha.

El nacional-populismo siguió siendo la corriente de referencia de la extrema derecha francesa, en particular gracias a los resultados electorales del Frente Nacional, que se funda en 1972, pero no logra triunfar en las urnas hasta una década después. Por cierto, el politólogo Pierre-André Taguieff importa la expresión a Francia precisamente cuando intenta comprender sus primeros logros electorales. (20) El nacional-populismo concibe el desarrollo político como una decadencia de la que solo el pueblo, que es sano, puede sanar a la nación. Al privilegiar la relación directa entre el salvador y el pueblo, más allá de las divisiones e instituciones parásitas acusadas de amenazar de muerte a la nación, el nacional-populismo reclama para sí la defensa de la gente de abajo, del «francés medio» de «sentido común», frente a la traición de elites fatalmente corrompidas. Es el apologista de un nacionalismo cerrado, busca una unidad nacional mítica y es alterófobo (teme al «otro», asignado a una identidad esencializada mediante un juego de permutaciones entre lo étnico y lo cultural, generalmente lo cultual). Une valores sociales de izquierda y valores políticos de derecha (orden, autoridad, etcétera). Así pues, si bien recurre a una estética verbal socializante, su deseo de unión de todos luego de excluir lo ínfimo, cuna de parásitos infieles a la nación, representa una ruptura total con la ideología de lucha de clases. Para lograr que coincidan nación y pueblo, efectúa permutaciones entre los distintos sentidos de la palabra «pueblo». El pueblo es el demos, la unidad política; es el ethnos, la unidad biológica; es un cuerpo social, las «clases populares»; es la «plebe», las masas. La extrema derecha nacional-populista juega con la confusión entre los tres primeros sentidos: un dispositivo como la «preferencia nacional» debe unificar al pueblo social, étnica y políticamente. La plebe se entrega a un salvador para que rompa el yugo y permita que el pueblo y la nación ejerzan su soberanía. Al desembarazarse de los parásitos, las masas se convierten en el pueblo unido. Es, pues, una ideología interclasista, que se jacta de los valores «terrenales» contra las «falsas intelectualizaciones». El nacional-populismo se instaló en nuestra vida política hace ciento treinta años. El único sentido de remitirlo a la imagen del nazismo es, pues, despegarlo de la historia de la extrema derecha francesa; no hay ninguna posibilidad lógica de pensar que pueda desaparecer gracias a una fórmula mágica. Participa del sistema político francés de manera estructural.

Además, el nacional-populismo se convirtió en un fenómeno de amplitud europea con la formación de varios partidos durante la década de 1970. Esta dinámica descansaba en tres dimensiones: el rechazo de los votantes al Estado de Bienestar (el Welfare State, según el modelo escandinavo, en general) y a un sistema fiscal considerado «confiscatorio»; el avance de la xenofobia, en un contexto de movimientos migratorios de una naturaleza considerada nueva —porque es extraeuropea— y, por último, el fin de la prosperidad vivida desde la posguerra, a partir del shock petrolero de 1973. Entre los partidos típicos de la primera dimensión, los dos precursores son el Fremskrittspartiet de Dinamarca, dirigido por Mogens Glistrup, y el Partido Anders Lange de Noruega, que lleva el nombre de su fundador. Dos partidos encarnan la movilización de los votantes contra la inmigración, al tiempo que también se vuelcan a posiciones económicas ultraliberales: por un lado, el Frente Nacional francés, que terminó penetrando electoralmente en 1983-1994, y un partido rejuvenecido y radicalizado, el FPÖ austríaco, que, bajo el estandarte de Jörg Haider, inicia a partir de 1986 una lenta y continua progresión, cuyo punto más alto se alcanza en 1999. En esa misma época, el flamenco Vlaams Blok comienza a dejar su huella en el campo político belga simbolizando, probablemente mejor que todas las demás formaciones europeas, la continuidad histórica con el nacionalismo de la primera mitad del siglo XX y a la vez una profunda modernización de los métodos de acción política.

No obstante, durante el período de cristalización del nacional-populismo, este último está lejos de representar únicamente la efervescencia política. En la galaxia de las derechas de entonces, se destaca un movimiento, tanto por la coherencia de su doctrina como por el magisterio intelectual que ejerce hasta su disolución en 1944: Acción Francesa. (21) La revista L’Action française nace en 1898 con el caso Dreyfus: en ese entonces es nacionalista, antiparlamentaria, antidreyfusiana y republicana. Crece en 1889, cuando se suma Charles Maurras (1868-1952) y se convierte en portavoz del «nacionalismo integral» de este teórico. Dio su nombre al movimiento que se comienza a estructurar en 1905 y se convierte en periódico de combate en 1908.

Acción Francesa es una forma de neorrealismo mucho más apegada a la institución monárquica que a la persona de los príncipes, que la desaprueban. En su época, ni la Liga ni su mentor, Charles Maurras, fueron clasificados dentro de la «extrema derecha». Representaba al «nacionalismo integral», autoritario y descentralizador, que pone por encima de todo la noción de orden, incluso a costa de rebajar la religión católica —a la que concede gran importancia— al rango de mero instrumento de la sumisión de los individuos al orden natural, que Maurras definía a través de la razón (el empirismo organizador) y no de la mística. Se trata de que coincidan el «país real» y el «país legal», de poner fin al individualismo para restaurar las comunidades y jerarquías naturales (familia, oficio), de lograr que retroceda el Estado jacobino para volver a las antiguas provincias. Acción Francesa es de extrema derecha por la condena inapelable de la democracia, la utopía de edificar una comunidad orgánica, la definición exclusivista de pertenencia a la nación, por un antisemitismo feroz que encuentra su consecución en el estatus de los judíos implementado por el gobierno de Vichy (1940) y redactado por un maurrasiano, el ministro de Justicia Raphaël Alibert. Pero Acción Francesa y Maurras tienen influencia —y proyección futura— mucho más allá de la extrema derecha. Primero en la Resistencia, donde se encuentran el filósofo Pierre Boutang, el académico Pierre Renouvin y el teniente de navío Honoré d’Estienne d’Orves, el «coronel Rémy», que pusieron el nacionalismo antialemán de Maurras y Bainville al servicio de la independencia de la nación y no de su sumisión. Luego, entre los realistas que en la década de 1970 actualizan el pensamiento de Maurras dentro de Nouvelle Action Française [Nueva Acción Francesa], que apoya a la izquierda en 1981. Por último, políticos tan diferentes como François Mitterrand, René Pleven y Robert Buron —como recuerda Eugen Weber— «fueron influidos por su breve paso por los ámbitos de Acción Francesa», (22) como muchos escritores ajenos a la acción política y a todo extremismo (algunos «húsares», Michel Déon, Michel Mohrt). En el plano internacional, la influencia de Maurras se hace sentir desde el período post-1919 hasta la década de 1960. Probablemente sea en la península ibérica donde se lo acoge con más entusiasmo. El general Francisco Franco, a la cabeza de España entre 1939 y 1975, y António de Oliveira Salazar, que dirigió el Estado Novo portugués entre 1933 y 1968, conocen y aprecian este trabajo doctrinario… y el nacionalismo integral también es una inspiración en Bélgica, Suiza, el Canadá francés, Brasil o Argentina.(23)

Si estos pensamientos antiliberales pueden desarrollarse a fines del siglo XIX es porque responden a una transformación del sistema de las ideas. En Francia, el pacifismo está claramente en retirada a partir del caso Agadir, en 1911, que generaliza, en torno a la cuestión de Marruecos, la idea de que es inevitable una nueva guerra entre franceses y alemanes. Ese mismo año se publica Ênquete sur les jeunes gens d’aujourd’hui [Investigación sobre los jóvenes de hoy], libro que muestra que los valores en ascenso son los del orden, la disciplina, la nación, la práctica del culto, el deporte, la voluntad de acción. El libro está firmado por Agathon (seudónimo de Henri Massis y Alfred de Tarde) y se habla de «generación de Agathon» para describir a esta juventud lista para ir a la guerra y en ruptura tanto con el sistema liberal como con el carácter revolucionario socialista.(24)

En los años que preceden a la Primera Guerra Mundial se desarrolla una exacerbación de las tensiones tanto contra Alemania como entre franceses. Del otro lado del Rin, el movimiento del romanticismo alemán desempeña en ese entonces un papel fundamental: se rechazan la razón y el cientificismo, en favor del folclore legendario y el mito de una Edad de Oro: el Sacro Imperio Romano Germánico (962-1806). El Reich medieval, con sus principados feudales y sus corporaciones de oficios, representa una Alemania ideal donde toda la sociedad habría sido organizada en un orden jerárquico armonioso. De este modo, el pangermanismo se legitima en la idea de reunir a todos los hombres de lengua alemana en el Segundo Reich (1871-1918), que ofrece a Alemania su poder pleno frente a las naciones occidentales. Allí se desarrolla una nueva pasión cuando en 1879 se expande el neologismo «antisemitismo», que busca romper con el antijudaísmo para fundar una oposición racial y científica. La sangre, el suelo, la lengua: tal es la Trinidad que oponen los Völkischen al nacionalismo del contrato social. Völkisch es un término con fama de intraducible. Además de su dimensión mística, populista y agraria, significa «racista» (palabra francesa de raíz alemana) y a partir de 1900, «antisemita». Los Völkischen son los adeptos al ideal del Blut und Boden [«Sangre y suelo»]. La raíz volk significa «pueblo», pero su sentido va más allá del de «popular», en una acepción intrínsecamente étnica. Puede ser entendido como nostalgia folclórica y racista de una prehistoria alemana ampliamente mitificada. Esta corriente heterogénea tomaba sus referencias del romanticismo, el ocultismo, las primeras doctrinas «alternativas» (medicinas alternativas, naturismo, vegetarianismo, etc.) y, por último, de las doctrinas racistas. La reconstitución de un pasado germánico ampliamente mitificado alejó a los Völkischen de las religiones monoteístas, para intentar recrear una religión pagana, puramente alemana. Esta corriente nutrió fuertemente al nazismo, pero también fue la base de muchas reorientaciones nacionalistas en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, en corrientes tan variadas como el nacionalismo revolucionario, la nueva derecha o el neonazismo.(25)

Mientras se expanden las concepciones Blubo (contracción de Blut und Boden), Francia ve cómo se desarrollan nuevas ciencias, como la antroposociología y la psicología social, impregnadas de un racismo que es una especie de «sentido común» de la época y que durante mucho tiempo construye la creencia en una esencia «racial» de la nación francesa. Al utilizar y deformar la teoría darwiniana de la evolución desde la óptica de la «lucha de razas», Arthur de Gobineau y Georges Vacher de Lapouge teorizan acerca de la importancia de la selección de la especie. Su perspectiva higienista es seguida por Alexis Carrel y se mezcla con el mito ario, que también debe mucho al inglés Houston Stewart Chamberlain, promotor de la idea de que es posible crear una nueva raza. Se borra el mito de las dos razas francesas (el Tercer Estado que desciende de los galos y la nobleza, de los francos), que se establece desde comienzos del siglo XVIII, a favor de la idea, central en los escritos de Maurice Barrès y Édouard Drumont, de una «raza» francesa de sustrato intangible, corrompida por el elemento extranjero, en particular el judío. Esta doctrina concibe la pertenencia a la nación solo como una herencia y de sangre, y en consecuencia se opone absolutamente a la noción de ciudadanía contractual y voluntaria que funda la nación republicana. El racismo, así revestido de una garantía científica, viene a legitimar al mismo tiempo la política de colonización actual con el apoyo de la izquierda parlamentaria, cuando decreta la inferioridad natural de los pueblos de color o de los árabes y reduce a los «indígenas» al rango de sujetos de derecho diferenciado en el marco del Imperio o de los departamentos de Argelia. Otra mutación importante: aquí también el antisemitismo racial poco a poco va suplantando al antijudaísmo teológico, aunque durante los últimos veinte años del siglo XIX este es relevado, con eficacia y virulencia, por el periódico La Croix. Este antisemitismo se encuentra también en los revolucionarios de izquierda —de todas las extracciones—, que alimentan en él una identificación permanente del judío con el capitalismo, el dinero y la usura haciendo síntesis, de este modo, del viejo fondo religioso y del socialismo.

El politólogo israelí Zeev Sternhell tiene mucha razón al afirmar que, a partir de esta época, la distinción que estableció René Rémond entre las tres derechas (contrarrevolucionaria, orleanista y bonapartista) ya no se sostiene: se está elaborando una síntesis de ellas, que junto con él podemos llamar «derecha revolucionaria» y que después se prolonga en los movimientos antidemocráticos de los años 1918-1940, y luego en la ideología de la Revolución Nacional de Vichy y —según Sternhell— en los fascismos. ¿En qué se apoya, entonces, esta «derecha revolucionaria»? En la modernización actual del continente europeo, la revolución tecnológica, la llegada al mercado electoral de las clases obreras. La «derecha revolucionaria» busca responder a las reivindicaciones de los estratos populares en cuanto a su estatus y sus condiciones de trabajo, y al mismo tiempo a la muy fuerte oposición al marxismo de buena parte de la clase obrera, que se encuentra, junto con otros componentes de la sociedad, en el culto a «la tierra y los muertos» de Barrès, especie de equivalente francés del Blut und Boden alemán. Crisis intelectual, rechazo del orden social establecido, con algunos caprichos revolucionarios y tonos anticapitalistas, dimensión populista que retoma la tradición plebiscitaria, justificación —incluso apología— de la violencia como modo de acción, pero también de regeneración individual y colectiva: tales son los rasgos más salientes de esta vía que proclama «ni derecha ni izquierda». (26) Es esta derecha, junto con los antidreyfusianos, los maurrasianos, Georges Valois y Georges Sorel entre otras figuras, la que a comienzos del siglo XX da cuerpo a una radicalización que Zeev Sternhell considera un fascismo, e incluso el primer fascismo.

Fascismos

Así, desde fines de la década de 1970, Zeev Sternhell opone a la idea de una cuasi ausencia del fascismo en Francia en beneficio de la santa trinidad de las derechas —y a la visión común de que el fascismo habría surgido en la Italia de la Primera Guerra Mundial— la concepción de que el fascismo provendría de la Francia de fines del siglo XIX. Sus trabajos reposicionan el debate sobre el fascismo francés, a la vez que rompen el yugo de lo que Ernst Nolte llama «la época fascista», que transcurre entre la salida de una guerra mundial a la otra. Estas investigaciones, al sacar a la luz la particular alquimia del fascismo y la importancia de revisar tanto el marxismo en su fundación como el rechazo de fin de siglo a la herencia de las Luces, contribuyeron a desmarxizar y desitalianizar la historia del fascismo. En estos trabajos, la Primera Guerra Mundial no se concibe como la madre del fascismo, y este último es considerado un sistema ideológico coherente y estructurado. Para Zeev Sternhell, el Estado fascista es «el Estado totalitario por excelencia y el totalitarismo, la esencia del fascismo».(27)

Históricamente, es cierto que si bien Georges Valois (1878-1945), referencia importante en la reflexión de Sternhell, reconocía que Italia había dado al fascismo su nombre y sus maneras, nunca dejó de afirmar que esta ideología era la del nacionalismo de fin de siglo en Francia y que su fundador era Barrès, socialista nacionalista republicano y antiparlamentario que supo reunir a su alrededor a hombres de izquierda y de derecha. Pero, además de que existen muchos argumentos fácticos para refutar la idea de que Barrès fuera fascista, no se trataría de que esta búsqueda de una esencia primaria del fascismo omita la «plasticidad» del fascismo (para retomar la caracterización de Pascal Ory), (28) dimensión que permite situar en él muchos elementos contradictorios. Así, Georges Valois afirmó que el fascismo encontraba su fuente en los jacobinos y que era la experiencia de la Gran Guerra la que había convertido a los fascistas en lo que eran… Además, el hecho de que la vanguardia fascista francesa provenga de Acción Francesa no convierte a esta última en un movimiento «fascista» (lo que equivaldría a transformar sucesión cronológica en causalidad). Valois, Brasillach o Drieu la Rochelle son fascistas porque rompen con el pensamiento de Maurras, no porque provengan de él. ¿Qué está diciendo Valois cuando pide que los fascistas franceses sigan siendo fieles a sus fuentes argumentando que los «jacobinos forjaron la noción de Estado totalitario»? ¿Qué está diciendo Doriot cuando exclama: «No hemos esperado la victoria de Alemania sobre Francia para descubrir el nacional-socialismo ni para proponer soluciones socialnacionales a nuestro país»? (29) Se legitiman produciendo un conjunto de signos donde se entremezclan la importación de elementos extranacionales y la afirmación de una tradición nacional específica, de desarrollo más extenso que el de los modelos italiano y alemán. Estas son perspectivas que nos acercan más a los aportes de Georges Mosse —que abrió el camino al análisis del fascismo como cultura, como «estilo», y no como simple reacción negativa— sobre la importancia en la producción del fascismo de la violencia ejercida contra las sociedades entre 1914 y 1918, y sobre las relaciones entre Revolución francesa y fascismo en el marco de una ideología de masas que sea también una religión cívica.(30)

Esta es, en efecto, la experiencia de la guerra total que radicaliza los márgenes a la vez que les permite encontrarse con las masas. En Italia, en Alemania, en Francia, el deseo de hacer que la sociedad viva como una comunidad de combate, que tenga la misma unidad en tiempos de paz como en tiempos de guerra, encuentra una salida política en los fascismos. (31) No es hasta después de 1918 cuando algunos elementos de derecha comienzan a decirse «revolucionarios»: en este punto, la «derecha revolucionaria» de Sternhell es un error de historia de la lengua. Habría sido mejor hablar de «reacción» antes que de «revolución», ya que el primer término no necesariamente significa una simple protesta conservadora, pues lo que se llamó «la reacción» en 1795 fue un episodio de ataques contrarrevolucionarios, también llamado «el Terror Blanco».

Si el debate interpretativo es tan rico, es también porque se produce una proliferación ideológica y taxonómica en un espacio-tiempo reducido. Porque, en definitiva, la palabra «extremista» aparece en el debate público francés en 1917, cuando la prensa francesa la utiliza para fustigar a los bolcheviques que acababan de tomar el poder en Rusia. Es en reacción a la «extrema izquierda» como se posiciona en adelante el campo de «extrema derecha». (32) Ahora bien, esta denominación en realidad aparece prácticamente en el momento en que este campo experimentaba una bipartición. La extrema derecha como campo ciertamente ha encontrado su coherencia. El centro de la visión del mundo de la extrema derecha es el organicismo, es decir, la idea de que la sociedad funciona como un ser vivo. Las extremas derechas transmiten una concepción organicista de la comunidad que desean constituir (ya sea que esta se base en la etnia, la nacionalidad o la raza) o que afirman querer reconstituir. Este organicismo implica el rechazo de todo universalismo en beneficio de la autofilia (la valoración del «nosotros») y de la alterofobia. Así, los extremistas de derecha absolutizan las diferencias (entre naciones, razas, individuos, culturas). Tienden a poner las desigualdades en el mismo plano que las diferencias, lo cual creó en ellos un clima ansiogénico, ya que perturban su voluntad de organizar de manera homogénea su comunidad. Cultivan la utopía de una «sociedad cerrada», capaz de garantizar el renacimiento comunitario. Las extremas derechas rechazan el sistema político vigente, en sus instituciones y en sus valores (liberalismo político y humanismo igualitario). Les parece que la sociedad está en decadencia y que el Estado agrava este hecho: en consecuencia, se invisten de una misión que consideran salvadora. Se constituyen como contrasociedad y se presentan como una elite de recambio. Su funcionamiento interno no descansa en reglas democráticas sino en la delimitación de «elites verdaderas». Su imaginario remite la Historia y la sociedad a grandes figuras arquetípicas (edad de oro, salvador, decadencia, complot, etc.) y exalta valores irracionales no materialistas (la juventud, el culto de los muertos y otros valores). Por último, rechazan el orden geopolítico en su forma actual.

Esta definición recubre el amplio campo de la extrema derecha y por tanto incluye a quienes aspiran más a una reformulación autoritaria de las instituciones que a una revolución total (antropológica y social) que derribe todos los rasgos heredados del liberalismo político. Este último elemento es el que caracteriza a la extrema derecha radical que surge de la Primera Guerra Mundial, de la que el fascismo constituye su corriente estructurante y referencial, pero no es la única. Cierto es que ha podido construirse con renegados del socialismo, elemento en el que tanto insiste Zeev Sternhell, pero también lo es que todos ellos ya habían hecho suyas con anterioridad esta visión del mundo y esta sociabilidad política de la extrema derecha.

La experiencia de la Gran Guerra y las repercusiones de la Revolución rusa fueron la matriz de la forma clásica del fascismo y de la manera en que se piensa, que desembocó en la constitución de un partido de masas jerarquizado y militarizado llamado a realizar una ósmosis con la sociedad y el Estado, y que forjó un hombre nuevo gracias a la guerra imperialista en el exterior y un Estado totalitario en el interior. Este Estado es dominado por un partido-milicia que impone su visión del mundo como una religión política, que moviliza permanentemente a su población. Aunque es ultranacionalista, el fascismo no desconoce la cuestión europea, que hace suya la noción de «naciones proletarias», inventada en 1909 por Enrico Corradini (1865-1931), un darwinista social, antiliberal y antisocialista que afirma que el combate no es entre clases sino entre naciones plutocráticas (como Gran Bretaña y Francia) y naciones proletarias (como Italia). Italia, entonces, debería ir a la guerra para regenerarse y construir un Imperio. En 1910 funda una asociación nacionalista que desempeña un papel notable en la agitación para entrar en guerra en 1914. Se fusiona con el Partido Nacional Fascista en 1923. La influencia de Corradini sobre Mussolini es importante. Para Mussolini, la Europa en crisis de civilización solo podrá salvarse mediante la acción imperialista de las naciones proletarias, con Italia a la cabeza. El imperialismo fascista es, pues, un instrumento al servicio de toda Europa. Revitalizada por el fascismo, Europa volvería a encontrar la grandeza de su civilización. Por cierto, el órgano de prensa del mussolinismo es sintomático: Il Popolo d’Italia enmarca su título con una cita de Blanqui y una de Napoleón. Así queda claramente señalado que, aunque el fascismo es un nacionalismo italiano, se inscribe dentro de una perspectiva socialista, nacionalista, imperialista, pero que no teme el contacto con el extranjero. A este respecto, las posiciones de Mussolini sobre la universalidad del fascismo mutaron con el tiempo. En 1928, declara que el fascismo no es exportable. En 1929, escribe el prólogo del libro del fascista inglés Major James Strachey Barnes (1890-1955), The Universal Aspects of Fascism: allí afirma que el fascismo es un fenómeno puramente italiano en su expresión histórica, pero que sus principios son universales. En 1932, afirma que el fascismo es la ideología del siglo XX. En aquel año, el régimen lanza la revista Ottobre, cuyo subtítulo es «Revista del fascismo universal». El periódico, que se vende muy bien, recibe las contribuciones del inglés Oswald Mosley, el alemán Alfred Rosenberg y Léon Daudet (Acción Francesa). Hace apología de la «joven Europa» y de la «Internacional fascista», llamadas a barrer con la «vieja Europa». En el verano de 1933, el Duce saluda la construcción en Alemania de lo que él mismo llama un «Estado fascista». Pero el régimen fascista no se contenta con el combate espiritual: financia al fascismo europeo. Especialmente en 1935-1936, Roma ofrece dinero a Oswald Mosley en Gran Bretaña, a Déat, Bucard, Deloncle y Doriot en Francia, a la Falange en España.(33)

Además, los movimientos no italianos esgrimen sin dudar la referencia transalpina, como sucede en el caso de Mosley, que lidera la British Union of Fascists. En el crepúsculo del fascismo italiano, se esgrime nuevamente la perspectiva internacional, como regreso a un programa revolucionario y movilizador. En noviembre de 1943, el Congreso de Verona delega a la República Social Italiana el objetivo geopolítico de constituir una federación europea de los Estados nacionalistas que emprenda la lucha contra la «plutocracia mundial» y organice la valorización de África, apoyada en los nacionalistas musulmanes. (34) El programa luego estará en el centro del neofascismo europeo.

Es notable que este europeísmo fuera solo doctrinal: los fascistas quieren su propio poder, no el de los extranjeros. Los fascismos de los diversos países europeos traducen ante todo el contexto nacional de los países donde surgen: en Europa occidental, el de la voluntad de regeneración del individuo y de los sistemas de gobierno, nacida de la Primera Guerra Mundial; en Europa central y oriental, la difícil resolución de la cuestión nacional luego del desmembramiento de los imperios centrales y en el marco de los reglamentos impuestos por los tratados sucesores del Tratado de Versalles. Contrariamente al mito extendido, nunca existió una «internacional fascista», ni siquiera al concluir aquellos 16 y 17 de diciembre de 1934, cuando en Montreux (Suiza) se realizó un «Congreso de los Movimientos Nacionalistas Europeos» que no era más que una operación de propaganda de la Italia de Mussolini. Las razones de ello son que el fascismo, contrariamente al comunismo, no poseía ni organización internacional centralizada, ni lugar geográfico único de realización, ni doctrina unificada, ni convergencia entre los intereses de sus partes/partidos. Existen, por el contrario, fascismos que, aunque comparten un fondo común de rechazo a la democracia, aversión por el comunismo, valoración de la violencia, culto al jefe, racismo, antisemitismo y chauvinismo étnico, poseen su propia especificidad nacional y siguen irrigando, en diversos grados, el movimiento de las ideas.

Diversidad de radicalidades

El fascismo está lejos de ser la única corriente de extrema derecha radical. Además, existen productos políticos más a la derecha que los fascismos. En Italia, el filósofo Julius Evola (1898-1974), autor de El fascismo visto desde la derecha, funda una doctrina llamada «tradicionalista», que en las décadas de 1960-1970 se extiende hacia la extrema derecha europea occidental. En Alemania, el «nacional-bolchevismo» de Ernst Niekisch (1889-1967) constituye «la más extrema derecha». (35) La historia del partido nazi tendió a ocultar el pluralismo del nacionalismo alemán, tanto en términos de ideologías como de formaciones. No puede reducirse a las doctrinas sumarias de Adolf Hitler, Alfred Rosenberg y Walter Darré. Su base proviene del Movimiento Alemán (Deutsche Bewegung), amplia corriente de ideas que va desde Herder hasta el romanticismo y que se establece como reacción tanto al racionalismo francés como al empirismo inglés. Toda esta familia intelectual está estructurada en torno a una visión del mundo (Weltanschauung) antes que a una ideología, en la que el concepto de germanidad ocupa un lugar central, al igual que la idea de Reich, mucho más cercana a la de imperium que a la de Estado-nación. Así pues, antes del nacional-socialismo, están Paul de Lagarde y Julius Langbehn; el movimiento völkisch y el movimiento juvenil del Wandervogel (en sus dos fases distintas, una que va de 1895 a 1914, la otra hasta la «puesta en vereda» de 1933, que le impone integrar la Hitlerjugend, lo que rechaza a una parte de sus miembros). Y, junto al nazismo —participando de él en parte y a menudo manteniéndose a una distancia crítica, como hizo Ernst Jünger—, existe otra corriente principal: la Revolución Conservadora, cuya historia intelectual fue investigada por el suizo Armin Mohler, en su abundancia y complejidad. (36) Muy probablemente se puedan ver, siguiendo a Mohler, equivalentes extranjeros de la Revolución Conservadora en los rusos Dostoievski y Aksakov, en el español Unamuno, en los italianos Vilfredo Pareto y Julius Evola, en los ingleses D. H. Lawrence y G. K. Chesterton e incluso en el pensamiento del teórico del sionismo revisionista Vladímir Zeev Jabotinsky, de quien también se puede argüir que transpuso al nacionalismo judío el pensamiento nacionalista polaco de su contemporáneo «enedecista» [de la Narodowa Demokracja] Roman Dmowski. Las diversas corrientes rivalizan tanto intelectualmente como en la voluntad de imprimir su sello en la carrera por el poder. Se resienten de la bipartición de la extrema derecha: ya en 1928, el revolucionario conservador Hartmut Plaas promueve la distinción entre los «nacionales» («conservadores») y los «nacionalistas» («revolucionarios»). (37) En Francia, esta distinción se vuelve dogmática después de la guerra de Argelia, gracias a la publicación de Pour une critique positive [Para una crítica positiva] de Dominique Venner. Solo restaba saber qué dinámica dar a esa pluralidad.

La dimensión «antisistema» tiende a ser el mínimo argumentativo para incluir a la agrupación en la extrema derecha. Es en 1927 cuando los cuadros alemanes de diversas corrientes de las extremas derechas —el nacional-socialista Joseph Goebbels, el nacional-bolchevique Ernst Niekisch y el neonacionalista Ernst Jünger— denuncian el Systemzeit de la República de Weimar, sistema que consideran políticamente nefasto y culturalmente degenerado. Contra ese magma, llaman a la unión de sus oponentes, los miembros de la «Periferia», los extremistas, que golpean el «Centro» (imagen tomada de Werner Sombart, el teórico de un socialismo alemán muy apreciado por las extremas derechas europeas, también vigente entre los geopolíticos alemanes que utilizan este concepto para elaborar el de «espacio vital»). Para los nazis, el «Sistema» iba de la mano del Kulturbolschewismus [bolchevismo cultural]. Rosenberg vio en él el elemento que desintegraba el alma del pueblo, y así como para Hitler sus agentes son los judíos que buscan que los alemanes pierdan sus «raíces», para Goebbels se trataría de aquellos que no tienen raíces, los cosmopolitas.(38)

El concepto de «Sistema» penetra los ámbitos neofascistas franceses a partir de 1951 (39) y sirve como referencia a Jean-Louis Tixier-Vignancour y Maurice Bardèche en la argumentación de la Agrupación Nacional, fundada en 1954 para unir a alrededor de veinte grupúsculos. La cuestión sigue siendo encontrar el modo de reunir una fuerza política balcanizada, hasta un punto particularmente intenso en Francia. Frente a la bipartición del espacio de la extrema derecha, el teórico de Acción Francesa Charles Maurras propuso en 1934 que las extremas derechas formaran un «Frente Nacional», a través de un «compromiso nacionalista». El proceso fracasa, entre otras cosas porque los radicales temen que ese FN no esté al servicio de la reacción. Ese Frente Nacional reunirá, sin embargo, entre 1934 y 1940, y al mando del legislador parisino Charles Trochu, a militantes de Acción Francesa, de Jeunesses Patriotes [Juventudes Patrióticas] y de Solidarité Française [Solidaridad Francesa], pero no incorporan a los de Croix-de-Feu [Cruz de Fuego], ni a los del Parti Populaire Français [Partido Popular Francés], ni a los del Parti Franciste [Partido Francista]. En 1937, Jacques Doriot intenta lanzar su propia agrupación unitaria en torno a su PPF llamando hasta a la izquierda reformista. La extrema derecha-régimen de Vichy se expresa en una pluralidad de movimientos de extrema derecha y fuerza algunos intentos infructuosos de los radicales de establecer un partido único.

La cuestión de las extremas derechas en Francia ciertamente se encuentra en la complejidad de su forma. La mayoría de los historiadores no han cuestionado el análisis que ya hacía Raoul Girardet en 1955, según el cual en el período de entreguerras francés se había producido un fenómeno de «impregnación fascista», a falta de un verdadero «movimiento fascista». (40) De este modo, Philippe Burrin sitúa Francia en el «campo magnético» del fascismo. (41) Sin embargo, entre la idea de la inexistencia del fascismo en Francia y la que satura Francia de fascistas, figura la posibilidad de una tercera vía analítica. En Alemania e Italia, el fascismo fue responsable de un partido militarizado y jerarquizado que recibió el poder. Sin embargo, no fue esta la forma que abrazó en Francia. Si bien en el período de entreguerras Francia atraviesa un poderoso fenómeno de antiliberalismo que descansa ampliamente en su historia nacional y en la difusión de las ideas prefascistas analizada por Sternhell, los hechos fascistas quedan limitados a la acción de los grupúsculos y a la aculturación de elementos extranjeros, con el nacionalismo de fin de siglo como sustrato. Así, como ha demostrado Jean-Louis Loubet del Bayle, los inconformistas no son fascistas, pero contribuyen al «espíritu de los años treinta» y a la «impregnación fascista».(42)

¿Era de extrema derecha el régimen de Vichy? Indiscutiblemente sí, a condición de recordar que la Revolución Nacional logra reunir a una minoría de intelectuales y políticos provenientes de la izquierda neosocialista o planista, incluso tránsfugas del comunismo y expacifistas del socialismo revolucionario, al cabo, para algunos, de un itinerario que los condujo del dreyfusismo a la colaboración. (43) El régimen del mariscal Pétain derroca la República, los partidos y las instituciones democráticamente elegidas, no solo por las circunstancias excepcionales, sino por espíritu de venganza hacia los valores de 1789 y las conquistas republicanas más recientes, como el laicismo. Pero lo que probablemente cobre más sentido en la acción de Vichy sea el antisemitismo de Estado, sin el cual, para los promotores del «orden nuevo», la regeneración de la nación francesa no podía ser completa. No obstante, no podemos silenciar el hecho de que los hombres provenientes de la derecha nacionalista o revolucionaria se opusieron a Vichy: fue lo que sucedió con Georges Valois, que se unió a la Resistencia y murió deportado, y con el coronel De la Rocque, también deportado. Además, es esta oposición de una parte de la derecha antes cercana a las ligas disueltas (Charles Vallin, dirigente del Parti Social Français [Partido Social Francés], llega a Londres en 1942) o de representantes de las formaciones conservadoras (Louis Marin, para la Federación Republicana; Georges Mandel y Paul Raynaud) la que permitió dar consistencia, después de 1945, al vocablo «extrema derecha» para designar las fuerzas políticas comprometidas con el ocupante nazi y los pequeños grupos que luego se identificaron con el petainismo, por oposición a las derechas legitimadas por su inscripción en la Resistencia.

Bajo Vichy, la negativa de Pétain a implementar un partido único y las rivalidades entre grupos y personalidades culminaron en la publicación del cuadro pintado por Pierre-Antoine Cousteau (1906-1956) en el número de Je suis partout del 17 de septiembre de 1943: «El fascismo francés existe. No es un partido (es, si se quiere, un polvo de partidos), pero es ante todo un estado de ánimo, un conjunto de reflejos, una manera heroica de concebir la vida, es mucha dureza y mucha exigencia, es una constante voluntad de grandeza y pureza, es la acepción de Europa sin renunciamiento nacional, es el socialismo sin los judíos, es la razón y es la fe». (44) En suma, Cousteau nos dice que, para definir el fascismo francés, en el nivel estructural, no es necesario que haya un partido: se trata ante todo de un «estilo fascista». El fascismo en Francia está constituido por una plétora de grupos con pocos miembros. Así lo señala Philippe Burrin: «incluso si incluimos al movimiento De la Rocque, lo cual sigue siendo problemático, las tropas de este fascismo se acercarían a la vara del millón de adherentes, es decir, mucho menos del 5% de la población adulta». (45) No solo en el fascismo francés no se reconoce un elemento tan importante como un guía, sino que este aspecto incluso ha sido teorizado por los hombres de La Cagoule [nombre con el que se conoció al Comité Secret d’Action Révolutionnaire (Comité Secreto de Acción Revolucionaria)], desde Deloncle que en 1941 arguye que «sociedades secretas convenientemente fragmentadas, separadas unas de otras: [son] el punto crucial», hasta el Mouvement Social Républicain [Movimiento Social Republicano] de fines de Vichy, que considera que el fascismo es una «nueva caballería», pero sin jefe, lo cual debe favorecer la reagrupación de las fuerzas colaboracionistas. La posguerra vio la continuidad tanto de la bipartición de la extrema derecha francesa como el funcionamiento en red de su ala radical. Es verdad que otros países de Europa experimentan en ese momento el mismo fenómeno: los servicios de inteligencia daneses y franceses observan en términos muy similares una vasta nebulosa después de la guerra, donde varias asociaciones no son sino el abrigo de otra, donde los militantes de los grupos se interconectan en movimientos ciertamente diversos, pero que constituyen un espacio común a la fragmentación parcialmente deseada y construida. Según los servicios de inteligencia franceses, algunos ex Waffen-SS franceses forman en 1946 una red que busca implantar cuadros en movimientos anticomunistas para lograr una dinámica subversiva dentro de la contrasubversión. Allí se encuentra, entre otros, el exagente de la división Charlemagne, Pierre Bousquet, que pertenecerá a Jeune Nation [Joven Nación], a Europe-Action [Europa-Acción], a Militant y será el primer tesorero del Frente Nacional de 1972. (46) En 1947, un clandestino Comité Nacional de Coordinación afirma en un memorando que hay que infiltrar cuadros en los movimientos anticomunistas para orientar la vida política a través de esta red oculta; y concluye: «Somos la nueva resistencia…». En 1951, se vuelve a cristalizar la oposición entre petainistas y colaboracionistas, donde los segundos se agrupan en torno al semanario Rivarol (47) (que se sigue publicando). Luego de la disolución del Joven Nación de Pierre Sidos en 1958, se lanza un Partido Nacionalista que desea (solo oficialmente) reunir al conjunto de los movimientos en un Comité de Entendimiento, pero también se disuelve. (48) Los intentos de maniobra del movimiento poujadista por parte de ex-JN y ex-PPF no llegan a ningún resultado, a pesar de que los militantes esperaban utilizarlo para hacer exitosa la manifestación antiparlamentaria del 6 de febrero de 1934, que terminó en tragedia. En poco tiempo, la esperanza de que la OAS (Organización Armada Secreta) pueda ser un compromiso nacionalista ganador resulta vana. Precisamente en función de esto, Dominique Venner escribe Pour une critique positive, donde rechaza el compromiso nacionalista maurrasiano si no es sostenido por los nacionalistas con una praxis leninista: «Cero más cero siempre da cero. […] La táctica del frente no puede pensarse sin una poderosa organización nacionalista capaz de imprimirle su impulso y de imponerle su línea política». (49) Para Venner, no es ilógico concebir la unión en términos más cercanos a Doriot que a Maurras. La distinción entre «nacionales» y «nacionalistas» se impone de forma paralela a algunos intentos de estructuración horizontal nacional-nacionalistas. Al respecto, la revista L’Esprit public, el aparato de superficie de la OAS, sirve como banco de ensayo, aunque es un fracaso: Raoul Girardet solo ve confusión y delirio étnico en el pensamiento de un Jean Mabire que exalta el revolucionarismo y el mundo blanco.(50)

El nuevo orden europeo del Tercer Reich

En Alemania, el establecimiento del Estado totalitario y su propaganda forjó la imagen de un partido perfectamente monolítico. Pero, antes de la toma del poder, el líder nazi Otto Strasser (1897-1974) sueña con replicar a Adolf Hitler. En 1930, divide el partido nazi para fundar la Kampfgemeinschaft Revolutionären Nationalen Sozialisten [Comunidad de Combate de los Socialistas Nacional-Revolucionarios], que en 1931 se convierte en el Schwarze Front [Frente Negro], luego de, entre otras circunstancias, una hemorragia de sus militantes hacia el Partido Comunista alemán. Una vez independizado, Otto Strasser entabla numerosos contactos: en Francia, con Alexandre Marc y la publicación inconformista L’Ordre nouveau; en España, con las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista de Ramiro Ledesma Ramos y Onésimo Redondo; en Alemania con el círculo Widerstand de Niekisch. La oferta doctrinaria que difunde Strasser en el período de entreguerras desempeña uno de los papeles más importantes en las futuras reflexiones radicales. Propone a la vez desmantelar la sociedad industrial y urbana, apoyar los movimientos separatistas existentes en Estados-nación opuestos a Alemania para provocar su desmantelamiento y crear una zona de cooperación económica relacionada con los recursos del Este de Europa, de África y Asia. (51) Esta propuesta de una nueva Europa hace referencia de modo amplio a la cristiandad medieval, que es el ideal de este conservadurismo revolucionario. (52) Tras la guerra, Otto Strasser participa del intento de relanzar una internacional de la que es presidente honorario: el Movimiento Popular Europeo (MPE), partidario de la neutralidad de Europa. En nombre de la reunificación alemana, Strasser coopera, junto a los comunistas estalinistas, con el congreso neutralista alemán de 1958. Por último, promueve la creación de una zona económica euroafricana y se opone, en nombre de la unión árabe-europea, a los conflictos de Suez y de Argelia y sostiene la causa palestina.(53)

El nazismo se elabora por la unión de diversos elementos del campo de las extremas derechas. Para forjar su representación del mundo, el nazismo alía fascismo radical, ideología völkisch y conceptos revolucionario-conservadores. Los modelos italiano y alemán se imitan ampliamente, a menudo trasplantando algunos de sus elementos al nacionalismo autóctono. En cada país el temor a la subversión comunista facilita la difusión y empuja al establecimiento de una contrarrevolución, que debía ser preventiva. En Hungría, la República de los Consejos (Soviets) es aplastada por las tropas rumanas que en 1920 llevan al poder al ex comandante en jefe de la Marina austrohúngara, el almirante Miklós Horthy de Nagybánya. El régimen autoritario conservador que instaura no detiene la proliferación de grupos radicales, a menudo inspirados en el nazismo (el propio régimen sufrió una radicalización entre 1932 y 1936). Entre ellos, destaca el Partido de la Cruz Flechada, fundado por Ferenc Szálasi. Cuando Hitler dejó de contar con Horthy, se volcó hacia estos radicales, que había mantenido cerca para la ocasión. Estos últimos pueden conciliar colaboracionismo y nacional-imperialismo, a través de la temática de la fraternidad europea revolucionaria. En Francia, Marcel Bucard, a la cabeza del Partido Francista, no decía mucho más al declarar: «La Unión de los fascismos será la paz del mundo». (54) Ya en 1941, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia y Croacia se adhieren al Pacto Tripartito Berlín-Roma-Tokio. En esa misma época, los principales grupos colaboracionistas franceses lanzan juntos la Légion des Volontaires Français contre le Bolchevisme [Legión de los Voluntarios Franceses contra el Bolchevismo] (LVF), que constituye el 638° regimiento de la 7ª división de la Wehrmacht (6.000 hombres).

Los regímenes autoritarios ibéricos, alejados tanto de la cuestión del frente oriental (55) como de la voluntad de parusía racial, trabajaron en expulsar a sus radicales. El Estado franquista se constituye y se consolida contra el falangismo «de izquierda» de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma Ramos y también contra el —claramente más «derechista»— de su fundador, José Antonio Primo de Rivera. De modo similar, el Estado Novo portugués de António Salazar pone rápidamente en vereda al nacional-sindicalismo de Francisco Rolão Preto. En el régimen el partido pesa menos que las administraciones. El sistema corporativista se inspira en el modelo fascista italiano, pero lo combina fuertemente con la influencia del catolicismo social (la Iglesia es un elemento fundamental de los regímenes autoritarios ibéricos). El salazarismo y el franquismo son dictaduras de extrema derecha, que tienen, como todas las extremas derechas, la voluntad de regenerar la sociedad a través de un organicismo desigual, pero desde esta perspectiva se oponen a la extrema derecha radical.

Este tipo de régimen autoritario desafiante respecto de la radicalidad aparece en otros países: la Austria de Dollfuss, la Estonia de Päts, la Letonia de Ulmanis, la Lituania de Smetona, la Francia de Pétain, la Hungría de Horthy, la Polonia de Pilsudski o la Rumanía del rey Carol II. El régimen autoritario letonio de Kārlis Ulmanis, dirigente de Unión Campesina, accede al poder entre 1934 y 1940. Es una reacción contra el avance de una extrema derecha local fuerte, encarnada por los Pērkonkrusts de Gustav Celmiņš y por la Legión de los Combatientes de la Libertad, del coronel Voldemārs Ozols. Cruz de Trueno, corporativistas que en ocasiones utilizan la esvástica, afianza su neopaganismo al resurgir una versión reformada del Dievturība, la antigua religión pagana mayoritaria hasta el siglo XIII. En Estonia, Konstantin Päts dirige la Unión de Granjeros y Pequeños Propietarios y, en 1934, establece un régimen autoritario que desactiva el aumento de poder de los Vaps, el movimiento fascista local dirigido por Andres Larka y Artur Sirk. El caso rumano marcará más a la extrema derecha radical europeo-oriental, cuando se descubra en Italia y Francia en las décadas de 1960 y 1970.

Corneliu Zelea Codreanu (1899-1938) funda en 1927 la Liga del Arcángel Miguel y la completa con la creación, en 1930, de Guardia de Hierro, su organización de masas, que en 1933 se convierte en Todo por la Patria. Algunos líderes del movimiento se presentan como voluntarios para combatir en las filas nacionalistas durante la guerra de España. Deseosa de refundar Rumanía a partir del campesinado, la Guardia de Hierro mezcla estrechamente misticismo cristiano y etnonacionalismo. Sus legionarios se consideran cruzados: el cristianismo es aquí un pivote ideológico y es el mundo rural, y no el industrial, el que construye el marco ideológico (esto no impide el reclutamiento de muchos estudiantes, lo cual explica la presencia de intelectuales como Mircea Eliade o Emil Cioran). A partir de la fundación de la Guardia de Hierro, el movimiento toma además un giro anticapitalista que termina por implementar ese fascismo rumano específico. La agitación lleva al rey Carol II a realizar un golpe de Estado preventivo en 1938. Codreanu es detenido y asesinado. Se instaura una dictadura autoritaria, cristiana, que prohíbe todos los partidos. Guardia de Hierro, dirigida por Horia Sima, logra su venganza en 1940 cuando se instala un Estado nacionalista legionario, conducido por el general Ion Antonescu y dominado por ella. La organización comienza a reinar sobre la sociedad rumana por medio del terror, lo cual lleva a Antonescu a conseguir que Hitler ponga en vereda a los fascistas rumanos. Aquí, los colaboradores se apoyan en el Reich para apartar a los colaboracionistas del poder, con el argumento de que el Reich conduce con mayor facilidad su guerra si los países «aliados» están en situación de paz civil. Sima se exilia en Alemania: Antonescu tiene, pues, las manos libres para colaborar, pero el Reich conserva la amenaza en su contra de los colaboracionistas capaces de reemplazarlo a la cabeza del régimen. Cuando el brazo de hierro no está claramente instaurado, los radicales pueden arrastrar al país a un proceso de fascistización y hacia el colaboracionismo, tal como sucedió en la Francia de 1943 con el desarrollo de la Milice Française [Milicia Francesa].

En los países colocados bajo la órbita del Tercer Reich, Hitler sabe disponer de la bipartición de la extrema derecha: entroniza a la cabeza de los regímenes a personajes «nacionales», encarnación para las poblaciones de una autoridad tradicional, sin dejar de mantener a los radicales al alcance de la mano como elite de recambio. Los primeros son colaboradores, generalmente provenientes de las elites tradicionales, de las corrientes sociopolíticas conservadoras. Movidos por el anticomunismo, quieren colaborar con Alemania, es decir, trabajar con ella en el marco de las relaciones bipartitas entre su Estado nacional y Alemania. Los colaboracionistas generalmente provienen de las minorías fascistas, buscan integrar su país al combate del Tercer Reich por edificar un Nuevo Orden Europeo. Hitler solo utiliza esta carta cuando no tiene otra (como cuando en 1942 le devolvió el poder en Noruega a Vidkun Quisling). Maurice Bardèche, teórico faro del neofascismo europeo, resume así el sueño que entonces mantienen los colaboracionistas: «Quienes no conocieron esa primavera de Europa no saben lo que queremos decir cuando hablamos de Europa». (56) Este rasgo ideológico no carece de cuestionamientos a la unidad del campo de la extrema derecha, a medida que se extiende el colaboracionismo radical. En 1943, el Tercer Reich concede a los voluntarios franceses el derecho a incorporarse a la Waffen-SS dentro de la división Frankreich (2.500 hombres). De esta última, la LVF y milicianos se vuelcan a la división Carlomagno de la Waffen-SS en noviembre de 1944 (menos de 8.000 hombres). Según el historiador James Gregor, serios antagonismos oponían a los miembros de la antigua LVF, marcados por una concepción nacionalista hexagonal y católica, y a SS franceses, europeístas, nazis, neopaganos. (57) Para el Nuevo Orden Europeo que dice construir en adelante el Tercer Reich, esto casi no importa, a tal punto se necesitan combatientes. De sus 900.000 miembros relevados en 1944, la Waffen-SS estaba compuesta en más de la mitad por no alemanes.(58)

Se suponía que la división Carlomagno no incluía en su instrucción una formación ideológica nacional-socialista. (59) Así pues, la oferta ideológica legítima es provista por los medios de comunicación de las SS. La interpenetración franco-belga nacida de la Administración Militar de Bélgica y del norte de Francia permite una circulación de términos y temas, ya sea cuando Degrelle, el líder rexista convertido en Waffen-SS, llega a París para halagar la «revolución europea», «socialista», porque carece de intelectuales y judíos, o cuando Pierre Quesnoy de Douai, ligado a los nacionalistas flamencos y al SD, pronto fundador de una Liga de los Derechos del Norte, dicta en Amberes un curso sobre las razas (se citan en particular Günther y Rosenberg) a los reclutas del «Allgemeine-SS del Norte de Francia», según la expresión que utilizaban los servicios de inteligencia generales, quizá para designar a la antigua Algemeene-SS Vlaanderen. (60) Pero, puesto que muchos de los «facilitadores» de posguerra escribieron en Devenir, cuyo subtítulo ya es todo un indicador («Journal de combat de la communauté européenne» [Diario de combate de la comunidad europea]), este periódico de las SS francófonas puede ser considerado especialmente significativo. Ahora bien, la publicación propone temáticas muy alejadas del nacionalismo francés, pero también de la «cruzada contra el bolchevismo» de 1941. Un texto se dedica a la unidad lingüística y mitológica de los indoeuropeos. Otro certifica la muerte de las naciones europeas con la llegada del «hombre nórdico que renace hoy», también «arraigado» y liberado del «orientalismo» cristiano. Un tercero se entusiasma con el dios Thor y compara a los SS con los vikingos. Jean-Marie Balestre halaga a «los hombres arios de Normandía, Bretaña, Borgoña, [que] se unen a sus hermanos de raza». Lucien Rebatet, por su parte, saluda a los alemanes nazis, a los rumanos de Guardia de Hierro, a los antisemitas de Estados Unidos, a los nacionalistas argentinos, a todos aquellos que tienen «el espíritu europeo, el espíritu ario, el espíritu revolucionario». Y concluye que los reclutas del Frente Oriental son «la elite de esta Internacional aria que mañana reconstruirá el mundo sin judíos, sin demócratas, sin monopolios. Compañeros SS de 18 naciones, les envío, con el brazo tendido, nuestro saludo, el saludo ario. ¡Muerte a los judíos!».(61)

Paganismo, rechazo del nacionalismo estrecho y promoción de una unión europea de «patrias carnales»: en Devenir se encuentran los elementos sustanciales de la imagen remodelada de las SS esoterizantes, que fueron la época dorada de las novelas de Saint-Loup (Marc Augier, seud.; 1908-1990), y, al otro lado, de la cultura pop de las décadas de 1960-1970 (por ejemplo, libros baratos que presentan ucronías o una ufología que integra a una SS depositaria de misterios). Al destacar su pasado como exvoluntario en el Frente Oriental, el escritor racialista alimenta la confusión entre el imaginario propagandista y la realidad efectiva del fenómeno del Nuevo Orden Europeo. Su recorrido también es significativo. En 1936, Augier era encargado de misión junto a Léo Lagrange, el ministro de la Juventud del gobierno de Blum. En 1941, participa en la creación del grupo «Colaboración, agrupación de energías francesas para la unidad continental», que milita por la construcción de un «bloque económico euroafricano, encaminado a instituir una economía mundial unificada». (62) Promueve una relectura geopolítica del conflicto: «¿Cómo no entendió usted todavía que los pequeños conceptos nacionales hoy estaban superados? ¿Cómo no entendió que ya no se trataba de una guerra por territorios o dinastías, sino de la guerra civil de Europa? […] El verdadero desafío del conflicto actual [es] la construcción del socialismo en una Europa unificada». (63) Augier se ocupa, más en particular, de la sección Jeunes de l’Europe Nouvelle [Jóvenes de la Europa Nueva] (JEN) y luego integra la Légion des Volontaires Français contre le Bolchevisme [Legión de los Voluntarios Franceses contra el Bolchevismo] (LVF).

Los JEN básicamente se dedicaron a promover la LVF e integraron el Front Révolutionnaire Nationale [Frente Revolucionario Nacional] de Marcel Déat. La mayor parte de los militantes pasa luego a la Milicia o a la división SS Frankreich. (64) Eran los encargados de difundir en Francia La Jeune Europe, una revista destinada a atraer al colaboracionismo a los jóvenes intelectuales. Se lanza en doce lenguas en 1942, con el fin de representar la concordia continental que nace con las SS europeas. Es una revista de geopolítica apta para construir la ideología y la propaganda relativas a la europeización del Frente Oriental. Marcel Déat asegura allí que la presencia francesa en África es la de Europa, el alemán Matthias Schmitt espeta que Alemania unifica a Europa y que Italia unifica a África para culminar en una comunidad «desde Hammerfest hasta Ciudad del Cabo». (65) Bruno Francolini explica allí que después de la guerra la colonización de África deberá estar basada en la prohibición absoluta del mestizaje y el trabajo intelectual de los negros, porque «querer imponer al indígena una vida enteramente a la europea e inculcarle a la fuerza nuestra cultura no podría sino perjudicar a los indígenas», cuando su compatriota italiano Julius Evola expone que «el espacio del Reich» por venir es superior a los pequeños nacionalismos cerrados y favorecerá que las comunidades se apeguen a un ideal trascendente aunque desprovisto de universalismo. (66) Estamos aquí lejos de la clásica imagen del fascismo. Corremos el riesgo, entonces, de participar en las reconstrucciones históricas de los ámbitos radicales que presentan un fascismo mucho más europeísta de lo que fue, desprovisto de la brutalidad de sus hechos para atraerlo al éter de las ideas de sus márgenes. Seamos empíricos: ¿qué vemos?

Los fascistas del período de entreguerras se legitiman produciendo un conjunto de signos donde se entremezclan elementos extranacionales importados con la afirmación de una tradición nacional específica. Este proceso de bricolaje en el mercado internacional de modelos, de propagandas e ideas es permanente, cualesquiera sean el tiempo y el espacio utilizados para entender un «fenómeno» fascista. No obstante, a partir del momento en que el Tercer Reich decide, en 1942, reorientar su propaganda hacia un eje europeísta, Europa se convierte a la vez en el mito y en la utopía de los fascistas. Después de la Segunda Guerra Mundial, todos los grupos tienen conexiones internacionales y comparten este objetivo ideológico europeísta (los neonazis incluso abandonan todo racismo interno al mundo blanco). Así pues, puede elaborarse una escala del fascismo que descanse en la claridad de la cronología internacional: gestación ideológica previa a 1919, fascismo con varias etapas entre 1919 y 1942, neofascismo a partir de 1942.

Nuevas olas

El neofascismo que nace en 1942 no produjo una ruptura completa con el fascismo, pero, en comparación, privilegió la sociedad antes que el Estado y a Europa antes que a las antiguas naciones. Esta fisonomía no puede disociarse del desarrollo de los contextos sociales, políticos y económicos —en suma, de la planetarización y de la posmodernidad—, no más que de la historia de los márgenes supranacionalistas en la dialéctica interna del fascismo durante su primer período (1919-1941) (con Ernst Niekisch u Otto Strasser, entre otros). Pero, después de la Segunda Guerra Mundial, el fascismo se refugió en transmitir su «visión del mundo» —una rebelión moderna «contra el mundo moderno», una «revolución conservadora», cuyo objetivo ideal-típico es una palingenesia comunitarista—. El fascismo en cuanto sustrato ideológico sobrevivió, pero perdió todos sus signos manifiestos, que in fine solo fueron conceptos adyacentes, una forma relacionada con la era industrial. Solo conserva su decorum dentro de microsectas folclóricas, que además, justamente, ya no tienen que ver con lo político sino antes bien con lo cultural.

El marco francés corresponde a un caso extremo de esta forma. El fascismo francés no se corresponde ni con la morfología clásica del fascismo (partido que moviliza las masas), ni con el conjunto de sus signos (ausencia de imperialismo belicoso), sino que goza de una forma general que le es propia. El fascismo francés, apoyado en las bases del «nacionalismo de los nacionalistas» forjadas durante la fase 1870-1914, se produce, desde fines de la Primera Guerra Mundial, mediante la hibridación de signos, en general extranacionales, y se difunde en un proceso de rizoma cultural que se corresponde con su estructura de rizoma de organizaciones de baja densidad cuantitativa y sin una figura real del guía, inserto en el campo de las extremas derechas. La posguerra vio acentuarse esta estructuración bajo el efecto de los contragolpes de la limpieza étnica, de las formas básicas de combate de la Organización del Ejército Secreto —también de su fracaso, más adelante— y de la revolución mundialista. Así, el fascismo, en tanto reacción al fin del siglo de las naciones en 1919, continuó su camino de cuestionamiento de la organización de sociedades organicistas.

De este modo, se entiende por qué todas las extremas derechas rechazan el orden geopolítico establecido. En efecto, las innovaciones del campo se relacionan estrictamente con un cambio del orden geopolítico (1870, 1918, 1941, 1962, 1973 y 2001 son todas fechas de mutación tanto de la geopolítica como de las extremas derechas). La extrema derecha es una reacción hostil a las transformaciones en las relaciones Estado-sociedad en el marco de la globalización (el término recubre la «primera» y la «segunda» globalización).

En la Europa actual, la extrema derecha radical, en su conjunto, es menos una familia política que una contracultura de margen o una subcultura, en el sentido, no peyorativo, que dan a este término los sociólogos, es decir, el de expresión cultural minoritaria. El fenómeno es notorio en Francia. Los grupos radicales vieron cómo se reducía su espacio político a medida que crecía la audiencia electoral del partido lepenista, que se convertía de hecho en aquello que la ciencia política suiza llama con el bonito nombre de «organización buhardilla» [faîtière], (67) es decir, una organización que absorbe a la totalidad de los grupos existentes, por doble pertenencia o por migración de los militantes. Los «radicales» se distinguen por elegir estratégicamente la vía no electoral, a menudo empujados por su rechazo explícito de la democracia. También se diferencian de los partidos electoralistas por expresarse sin eufemismos sobre la cuestión étnica, por su europeísmo (opuesto al nacionalismo «estrecho», estrictamente francés, del FN) y por reclutar miembros básicamente entre los jóvenes. Este movimiento, desperdigado entre grupos locales y revistas nacionales de baja difusión (desde unas pocas decenas hasta miles de ejemplares), es tanto un fenómeno sociológico de contracultura marginal, incluso de «tribu urbana», como un objeto de estudio estrictamente político. Sin embargo, la estrategia de normalización del FN también permitió reforzar las estructuras más consolidadas.

Algunos movimientos de hoy, aunque no son fascistas, tienen ascendencia en la extrema derecha radical del siglo XX. En el nacionalismo de Vlaams Belang se encuentra la herencia del Verdinaso, de Joris Van Severen. El partido România Mare, expansionista y ferozmente antimagiar, antisemita y antirrom, debe mucho a la Guardia de Hierro. Sin embargo, la propia Guardia de Hierro es deudora del profesor Alexandre Cuza y su Partido Nacional Demócrata, quien había hecho del antisemitismo su profesión de fe ya desde 1919. Casi no puede comprenderse el nacionalismo húngaro contemporáneo sin mencionar el régimen reaccionario del regente Horthy y la Cruz Flechada de Ferenc Szálasi, así como hay que volver a colocar al nacionalismo croata en su relación con el Estado ustasha de Ante Pavelić y la ideología del Partido del Derecho, tal como la formulara entre las dos guerras su teórico Milan Šufflay.

A menudo, grupos políticos contemporáneos apelan a una tradición «de izquierda» o «auténtica» de los fascismos o del nacionalsocialismo contra sus degeneraciones reaccionarias: el Nationaldemokratische Partei Deutschlands [Partido Nacional Demócrata alemán] (NPD) convoca a los hermanos Strasser y a los nacionalistas revolucionarios de la Revolución Conservadora, mientras que, en Italia, Alessandra Mussolini y el jefe del Movimento Sociale Fiamma Tricolore, Luca Romagnoli, logran ser electos para el Parlamento Europeo con un programa que llama a la República de Saló contra la «traición» del fascismo por parte de Gianfranco Fini. España cuenta con diversas falanges, que se presentan —todas— como más auténticas y subversivas que las demás, pero también más que el fenómeno contemporáneo del poder franquista. El desvío por la izquierda a menudo surge de una confusión entre propaganda e ideología. Pero también da testimonio de la voluntad de volver a encontrar un fenómeno inconforme, liberado de peso, que retome el espíritu subversivo y social del primer manifiesto fascista de 1919.

La extrema derecha radical no pudo recuperarse de la conmoción de 1945. La extrema derecha de los «nacionales» estuvo mucho tiempo convaleciente. Tanto uno como otro campo no dejaron de intentar limpiar su nombre de las traiciones y los crímenes del otro. Sin embargo, el lenguaje cotidiano, común, se niega a desunir a los responsables entre sí. Es en este momento —luego de 1945— cuando el término «extrema derecha» integra plenamente el lenguaje cotidiano para designar a las formaciones políticas nacionalistas, autoritarias y xenófobas: Joven Nación (1949-1958), luego el movimiento Poujade (1953-1958) y, por extensión, los de los partidarios de Argelia Francesa que eligieron el camino de la acción violenta, dentro de la Organización Armada Secreta (OAS). Pero, así espacializada, la realidad militante del fenómeno interroga a los comentadores: ¿cómo atreverse a situar a «la extrema» de la «derecha» a personas que podían combatir a través del terrorismo a gobiernos «de derecha»? De hecho, es importante situar el objeto como un campo propio, y no como un punto último del eje lineal derecha-izquierda. Lo mismo sucede cuando abordamos los demás reproches efectuados al uso de la categoría «extrema derecha», según los cuales no sería válido para movimientos tan diversos como demócratas y nazis. Solo valdría si «extrema derecha» estuviera a la derecha de la derecha, lo cual contradiría muchos programas económicos nacionalistas y negaría la propia impugnación de este eje, tal como la practica, por ejemplo, la «nueva derecha», cuya figura intelectual más visible en Francia es Alain de Benoist. Se trata ampliamente de argucias.

En las extremas derechas, la forma económica nunca es más que un modo puesto al servicio de la visión del mundo y de las necesidades presentes. Fue lo que permitió a Mussolini pasar del «dejar pasar, dejar hacer», propuesto en 1921, al Estado totalitario. En la extrema derecha francesa reciente, se han visto las concepciones neoliberales como integradas al darwinismo social del nacionalismo étnico en el Club de l’Horloge [Club del Reloj] (nueva derecha), luego en el FN, antes que ver a ese último defendiendo un «proteccionismo inteligente» manejado por un «Estado estratega». Vichy intervenía económicamente más que el Frente Popular, Richard Nixon decía «todos somos keynesianos»: considerar el posicionamiento político según el criterio de intervención del Estado es un simplismo. Más allá de la diversidad de las extremas derechas, perdura su deseo de construir una sociedad «orgánica», holística, donde las desigualdades dependen de una jerarquía que se considera legítima.

Así pues, no se trata de pensar que, si se considera como pertinente la división derecha-izquierda, la extrema derecha sea, sin embargo, lo que se sitúa, en el eje mencionado, a la derecha de los partidos conservadores y liberales. La política es multidimensional y cada campo político tiene, cierto es, intersecciones con sus vecinos, pero se trata más de esferas interconectadas que disponen cada una de su autonomía que de un solo rasgo. Incluso así, sigue siendo una estructuración que clasifica «extrema derecha» a «derecha». Recordemos la definición de «derecha» que da uno de los académicos contemporáneos cercanos a la corriente católica tradicionalista y realista legitimista. Para Alain Néry, el término «derecha», que proviene etimológicamente del latín directus, indicaría la «dirección hacia la que hay que ir» respecto de «valores superiores, desinteresados a un fin». Mientras que el término «izquierda», derivado «de un verbo franco que significa ceder, flexionar», podría relacionarse con «siniestro», del latín sinister, que se traduce a la vez como «izquierda» y como «funesto». (68) Por un lado, el orden natural; por el otro, el desorden de la revolución a la que llevaría todo constructivismo. La extrema derecha, en la mayoría de sus componentes, no está lejos de compartir esta visión de las cosas. Las derechas radicalizadas que convergieron en 2013 en La Manif Pour Tous [La Manifestación para Todos] estarían de acuerdo con esto. (69) La propia izquierda, al presentarse como «el progreso» y «el movimiento» contra «el conservadurismo»y los «neorreaccionarios», dice más o menos lo mismo, pero invirtiendo el juicio moral. La idea también es leer lo implícito en la «nueva derecha» que aparece mediáticamente en Francia a mediados de la década de 1970, aunque la asociación que lleva sus ideas, el GRECE (Groupement de Recherche et d’Études pour la Civilisation Européenne [Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea]), habría sido fundada en 1968. El GRECE prefiere situarse más allá de una división derecha-izquierda, que declara obsoleta y reductora. Así resumía Alain de Benoist sus posiciones, en la reedición de su libro Vu de droite [Visto desde la derecha]: «Llamo aquí “de derecha”, por pura convención, a la actitud que consiste en considerar la diversidad del mundo —y, en consecuencia, las desigualdades relativas de las que necesariamente son producto— como un bien, y la homogeneización progresiva del mundo —promovida y efectuada por el discurso bimilenario de la ideología igualitaria— como un mal». (70) La «nueva derecha» es, además, efectivamente plural según los países inscribiéndose allí en el paisaje específico de las derechas autóctonas: más bien deutsch-national con el semanario alemán Junge Freiheit y su equivalente vienés, Zur Zeit; bastante crítica hacia la derecha berlusconiana y el americanismo de la Alleanza Nazionale, con el politólogo Marco Tarchi en Italia; más marcada por el catolicismo y buscando arrimarse al Partido Popular, con la revista española Hespérides; y, por último, en el caso del movimiento Synergies Européennes [Sinergias Europeas], dirigido desde Bélgica por Robert Steuckers, que canalizaba las tesis «neoeuroasiáticas» del ruso Aleksandr Duguin, así como una fuerte oposición al islam.

De hecho, la extrema derecha europea tuvo, desde 1945, cuatro olas diferentes de partidos extremistas de derecha. La primera, entre 1945 y 1955, se caracteriza por su proximidad con las ideologías totalitarias de la década de 1930 y a menudo se la denomina «neofascista». La segunda ola, que aparece a mediados de la década de 1950, corresponde a un movimiento de las clases medias radicalizadas. Entre los años 1980 y 2001, llega la «tercera ola» que muchos autores califican como «nacional-populista». La cuarta ola se desarrolla después del 11 de Septiembre y es una traducción populista del concepto de «choque de civilizaciones». Se hicieron varios intentos de aislar, dentro de esta familia de extrema derecha, a subgrupos transnacionales. Así, Piero Ignazi distingue entre «antiguos» partidos, de neta filiación con los fascismos, y partidos «posindustriales». (71) Hans-Georg Betz prefiere oponer los populismos radicales de corte neoliberal, incluso libertario, a los nacional-populismos autoritarios.(72)

El tiempo presente

El FN aparece como un caso límite en todos los modelos de clasificación existentes, establecidos a partir de lo que Cas Mudde llama —con ironía pero con justeza— «baterías de criterios» que se emparentan, por su longitud, «a verdaderas listas de recados» (shopping lists). Según Cas Mudde, pertenecen a la extrema derecha las formaciones que combinan: el nacionalismo (estatal o étnico), el exclusivismo (por lo tanto, el racismo, el antisemitismo, el etnocentrismo o el etnodiferencialismo), la xenofobia, rasgos antidemocráticos (culto al jefe, elitismo, monismo, visión organicista del Estado), el populismo, el espíritu antipartidario, la defensa de «la ley y el orden», la preocupación por la ecología, una ética de valores que insiste en la pérdida de las referencias tradicionales (familia, comunidad, religión) y un proyecto socioeconómico que mezcla corporativismo, control estatal en determinados sectores y fuerte creencia en el juego natural del mercado. La lista de los partidos que corresponden a esta descripción comprende el conjunto de las formaciones que, en Europa occidental, experimentaron importantes éxitos electorales en las décadas de 1980-2000 y fueron espontáneamente clasificados por los observadores como de extrema derecha (Frente Nacional, FPÖ, Vlaams Blok, Liga Norte y Alleanza Nazionale, Partido del Pueblo Danés, Partido del Progreso noruego). El politólogo propone luego subdividir la familia de extrema derecha entre partidos moderados y partidos radicales. Según él, los partidos radicales profesan un nacionalismo xenófobo que excluye del beneficio de determinadas prestaciones redistribuidas por el Estado a todos aquellos que, por su nacionalidad o su origen, no pertenecen al grupo étnico dominante, que, en un plano ideal, es el único que detenta el derecho de residencia en el suelo nacional.(73)

El problema metodológico se presenta en el caso francés, con un FN poderoso cuando, en la década de 1990, muestra claramente una concepción ética de la nación, bajo la influencia de su dirigencia de neoderecha, pero que también logra el éxito en la década de 2010 con una estrategia de normalización. Por eso mismo, el FN vuelve a plantear la cuestión de la validez de la tesis de la «derecha revolucionaria», con la que sin demasiada dificultad algunos observadores quieren vincular al FN y, a partir de allí, relacionarla con el fascismo. Claramente, el FN de Jean-Marie Le Pen combina antiparlamentarismo y fibra populista, es favorable a trastocar y regenerar la sociedad y las jerarquías sociales, y se acerca a la «forma palingenésica del ultranacionalismo populista», que es —para Roger Griffin— la definición del fascismo; (74) ese fascismo que Roger Eatwell describe como «la ideología que buscó determinar un renacimiento social sobre la base de una tercera vía radical de tipo holística y nacional». (75) Sin embargo, los razonamientos que operan por modelización ideológica introducen una turbación que no tuvo lugar. El FN es un partido nacional-populista. También es un partido de tipo «posindustrial», que actúa en el marco de la democracia representativa buscando conquistar el poder a través de elecciones, que no posee filiación directa con los partidos fascistizantes de preguerra ni con las formaciones colaboracionistas del período 1939-1945. (76) Cierto es que presenta algunas características del fascismo, según la descripción del régimen mussoliniano que brinda el historiador italiano Emilio Gentile, justamente partidario de considerar el fascismo como una serie de acciones antes que de ideas.(77)

Si nos atenemos a la definición de Gentile, el FN solo reúne unas pocas características fascistas: no es un «movimiento de masas», no está organizado en forma de «partido milicia», no emplea «el terror» como medio para conquistar el poder, rechaza explícitamente la idea de construir «el hombre nuevo», ya que es anticonstructivista, a la manera ultraliberal de Hayek a la vez que a la manera tradicionalista de los contrarrevolucionarios. Tampoco promueve «la subordinación absoluta del ciudadano al Estado»: en efecto, primero, y muy por el contrario, en la época de Jean-Marie Le Pen, este pone en el centro de su programa reducir el papel del Estado a sus funciones soberanas, así como el desarrollo de la libertad de emprender y el libre juego del mercado; luego, en la época de Marine Le Pen, se produce un endurecimiento de la concepción del papel a acordar con el Ejecutivo y su intervención económica, pero sin una estatización significativa de las unidades de producción. Sin embargo, el FN presenta, efectivamente, algunos rasgos estéticos del fascismo, porque se trata de un movimiento que se considera investido «de una misión de regeneración social», que «se considera en estado de guerra contra los adversarios políticos» a la vez que en algunas ocasiones busca el compromiso táctico con ellos, cuyo jefe y sus cuadros suelen poseer «una cultura basada en el pensamiento mítico y en el sentimiento trágico y activista de la vida». Además, en la ideología frentista se encuentran otras particularidades del fascismo, según Gentile: «Una ideología de carácter antiideológico y pragmático», el antimaterialismo y el antiindividualismo (en el sentido de llamar continuamente a la movilización de las «energías nacionales»), el antimarxismo, la oposición al liberalismo político —visto como un equivalente del socialismo, el populismo y determinadas pretensiones anticapitalistas—. A decir verdad, una vez terminada esta comparación, ¿qué queda? No es que el FN sea un movimiento fascistizante, sino que los rasgos que tiene en común con el fascismo son rasgos comunes de las extremas derechas. Lo que sí puede validar racionalmente una comparación entre FN y fascismo es que el fascismo, sean cuales fueren las tentaciones de oscilación ideológica de sus márgenes, es un fenómeno que participa del campo de las extremas derechas, no la idea de que el FN pueda ser una extrema derecha radical.

Uno de los rasgos más originales del Frente Nacional es el haber logrado federar, en un largo período (1972-1999) —con, es verdad, algunas tensiones y divisiones, pero salvaguardando la existencia del partido—, los diferentes componentes de la extrema derecha francesa, de referencias a veces diametralmente opuestas. En consecuencia, agrupa a republicanos autoritarios y monárquicos, católicos tradicionalistas y neopaganos, excolaboradores y exresistentes, militantes de todos los grupúsculos nacionalistas del período de la «travesía del desierto» (1945-1984) y tránsfugas radicalizados de los partidos neogaullistas y liberales, que vuelven a encontrarse en el espíritu del «compromiso nacionalista»; esa táctica, ya presente en Maurras, que da muestras de la dimensión antisistema del partido. En efecto, esta constante en la unión más allá de las divisiones demuestra que todas las subfamilias de la extrema derecha francesa sienten que pertenecen a un mismo campo, el de los vencidos de todos los grandes cortes que jalonan la historia de Francia: Revolución de 1789, caso Dreyfus, Liberación, pérdida del Imperio colonial. Lo que acerca a estos diversos componentes es mayor que lo que los separa del adversario, designado con el nombre de «partidos del sistema», pura y simplemente reducido a un «ellos» contra «nosotros».

En lo sucesivo, este paisaje político plantea regularmente la cuestión de la identificación partidaria del islamismo. Ya sea que busque adquirir una visibilidad política participando eventualmente en el proceso electoral (Partido de los Musulmanes de Francia) o que limite su expresión a la esfera religiosa por pietismo o quietismo, rechazando totalmente las instituciones de los países «descreídos», una parte del movimiento islamista defiende una visión del mundo que en muchos aspectos es cercana a la de la extrema derecha. De este modo, posee una visión dualista de la sociedad, que se articula alrededor de la distinción amigo-enemigo y pone el acento ante todo en la pertenencia del individuo a la comunidad, en detrimento de los conceptos de ciudadanía, derechos individuales y el universalismo, que rechaza. Es teocrática y, como tal, defiende un modelo de sociedad y de Estado directamente derivado de los textos religiosos, en los que determinadas personas con poder de decisión creen detectar una condena formal de la democracia. Desea excluir y castigar a quienes se opongan a la moral religiosa, propone un modelo autoritario y jerarquizado de organización social. Algunos islamistas radicales integran en su discurso dos componentes estructurales del pensamiento extremista de derecha, en particular del catolicismo integral: el milenarismo (que da al salafismo yihadista una dimensión escatológica) y la teoría del complot. Construida primero en función del esquema del «complot judío» (rebautizado «sionista» para escapar a la chocante estigmatización del antisemitismo), dicha teoría incorpora, en algunos salafistas en particular, la denuncia de la francmasonería, la globalización, el comunismo y Estados Unidos, cuya conspiración explicaría el dominio de Occidente sobre el mundo musulmán. Estas ideas se acompañan de convergencias puntuales, interindividuales u organizacionales, que se expresan en particular en torno al antisionismo/antisemitismo. Cierto es que esto no autoriza a hablar del islamismo radical como de un «fascismo verde», ya que los elementos de analogía que se suelen presentar remiten, por lo demás, y de modo general, menos al fascismo que a la Revolución Conservadora. Pero esto demuestra que, en su proceso de integración y enraizamiento en la realidad europea, el islamismo tiende a asimilar algunos de los esquemas de pensamiento de las radicalidades ya presentes; en este caso, una extrema derecha que hoy en día es mayoritariamente islamófoba.

Si bien las rigideces en torno al islam son centrales para la cuarta ola de partidos, esta formulación no debe engañarnos respecto de que cada ola anularía la anterior. Las elecciones europeas de 2014 permiten delimitar tres modelos tipo que actualmente encuentran las masas en sus propios países. En Países Bajos, Geert Wilders y su Partido de la Libertad (PVV) representan uno de los indicadores de la dinámica neopopulista. El PVV, islamófobo ante todo, denuncia a las elites y hace apología de las virtudes del pueblo mostrándose como el campeón de las libertades de las minorías (gays, judíos, mujeres) contra las masas arabomusulmanas. Frente a la erosión de sus resultados electorales, Geert Wilders apostó a un endurecimiento contra la inmigración y hacia la Unión Europea. Este acercamiento ideológico con el FN se concretó en una alianza partidaria, cuando hasta ese momento Geert Wilders designaba al FN como un partido extremista y antisemita, para esgrimir que él mismo no lo era. Esta campaña no cosechó los frutos que Wilders esperaba y el PVV, que anticipaba un triunfo, registró un decepcionante 13,3% de los votos. En la otra punta del campo de la extrema derecha, se esperaba el resultado del movimiento griego Alba Dorada, que se inscribe decididamente en la extrema derecha radical. Del fascismo, retoma la forma de partido-milicia navegando entre violencia urbana y actividad electoral. Toma prestada la idea de construir un contra-Estado posicionándose como una fuerza del orden popular en el que conviven una acción social y un mandato de ejercicio legítimo de la violencia física. Retoma del nazismo los vínculos establecidos entre Antigüedad griega y arianismo (y afirma así que el nazismo había surgido del helenismo, más que él en el nazismo). (78) Retoma del neonazismo la superación de las divisiones internas a la raza blanca en favor de un afirmacionismo blanco esoterizante y paganizante. Con una baja promedio del salario en un tercio y la caída de una cuarta parte de los griegos bajo la línea de pobreza, el racismo oficia como instrumento de redistribución social. Alba Dorada registra un nuevo avance al alcanzar el 9,3% de los votos.

En esas elecciones, el logro más importante se registró en Francia, con un tercer modelo: el del Frente Nacional de Marine Le Pen. El partido ganó con el 24,3% de los votos. Su electorado es más interclasista que el de los casos anteriores. La línea que sostenía Jean-Marie Le Pen, cual perfecto nacional-populista, llamaba a que surgiera del pueblo un salvador, para que pusiera fin a la destrucción de la nación que habían efectuado las elites endógenas y las masas exógenas. A este software, Marine Le Pen integró primero la mutación neopopulista. A partir de 2012, el partido avanzó hacia la línea que adoptó en el escrutinio europeo y que se puede calificar como soberanismo integral. Hasta allí, el FN siempre había sido un partido de la demanda: era el marco sociológico el que inclinaba el voto hacia el FN, mucho más que sus propias capacidades. En la actualidad, el FN aparece como capaz de proponer una protección completa: su discurso es el de un soberanismo político, económico y cultural que promete al votante de todas las clases sociales que lo protegerá de la globalización económica, demográfica y cultural, y que gozará tanto de las ganancias del capitalismo emprendedor (tema del «proteccionismo inteligente») como de la protección del Estado de Bienestar (tema de la «preferencia nacional»).

Si se observan estos tres casos, resulta evidente que no se puede hablar de uniformidad ideológica. Los votos se siguen determinando en función de las problemáticas y culturas nacionales. El elemento común no es una eurofobia irreal, sino una crítica a las instituciones de la Unión Europea. Su déficit de legitimidad democrática es considerado un espejismo organizado para instaurar un liberalismo tanto económico como cultural. Dichas instituciones serían las productoras de los defectos de la sociedad posindustrial (atomización social, desempleo masivo), que para las extremas derechas se convierten en los defectos de la sociedad multicultural. Por lo demás, estas elecciones permiten observar la reacción simultánea de territorios que habían sido divididos entre naciones. Es el caso de Cataluña, dividida por el Tratado de los Pirineos (1659), cuya parte española atraviesa un profundo movimiento independentista, mientras que la catalanidad del espacio que permaneció en Francia es superficial, ya que durante las primeras décadas se efectuó una amplia tarea de regeneración. El importante movimiento nacionalista del sur de los Pirineos no está sostenido por la extrema derecha. No se nutre de un resentimiento contra la globalización, sino de la voluntad de insertarse en ella de manera óptima. Aunque, desde la década de 1960, nacieron en Cataluña varios grupúsculos de tendencia völkisch, un partido de orientación nacional-revolucionaria como el Movimiento Social Republicano (0,05% de los votos en el escrutinio europeo) considera el separatismo una reivindicación burguesa y promueve la federación de las Españas dentro de una confederación europea que englobe a Rusia.

Después del breve semilogro de Fuerza Nueva, (79) la extrema derecha española está marcada por un fraccionismo compulsivo y una incapacidad para renovarse de otro modo que no sea por imitación de las experiencias europeas, principalmente francesa e italiana. Ahora bien, los resultados del escrutinio en España no tienen nada que ver con los de Francia: las cinco listas de extrema derecha se repartieron el 0,38% de los votos. En Barcelona, los resultados son insignificantes: 0,05 para la Falange Española Auténtica de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, 0,03% para el MSR y el islamófobo Democracia Nacional, etc. Mientras la pluralidad de las candidaturas permitiría al menos detectar cuál es la línea más prometedora, todas las formas de la extrema derecha se encuentran en un callejón sin salida. Dado el interés del escrutinio porcentual, la oferta política de extrema derecha también fue múltiple en Perpiñán. Si bien las pequeñas formaciones de extrema derecha suman un resultado equivalente al del caso barcelonés, la lista frentista llega primera con el 35,89% de los votos.

Esto muestra que «la crisis de 2008» no es la causa de un «avance de los extremos en Europa». En efecto, así como la violencia de la crisis no deja ningún lugar a dudas en España, incluida Cataluña, donde el número de desocupados no indemnizados se triplicó desde 2010, Rosellón es justamente uno de los territorios franceses más frágiles. El 32% de la población perpiñesa vive bajo la línea de pobreza. Así pues, la explicación económica de los resultados no es suficiente. El desempeño electoral de la extrema derecha depende del encuentro entre una oferta política coherente y una demanda social autoritaria, nacida del sentimiento de deconstrucción de una comunidad de destino. Frente a la aceleración de la decadencia del Estado de Bienestar provocada por el euroliberalismo, una nueva parte de las poblaciones europeas está políticamente disponible.

No se trata, sin embargo, de un retorno a la década de 1930 ni de una reacción a un fenómeno económico que se habría iniciado en 2008. A ambos lados del Atlántico, se produce desde hace cuarenta años lo que en el contexto francés podemos llamar la «derechización». Se trata de un desmantelamiento del Estado social y del humanismo igualitario, vinculado con una etnización de las cuestiones y representaciones sociales, en favor de un crecimiento del Estado penal. Este proceso trae aparejada una demanda social autoritaria que es una reacción a la transformación y a la atomización de los modos de vida y de representaciones en un universo económico globalizado, financierizado, cuyo centro ya no es Occidente. Por eso, los indicadores socioeconómicos por sí solos ya no son suficientes. Si bien es cierto que un país como Francia atraviesa algunas dificultades, también lo es que su cultura se construyó durante cinco siglos sobre la base de valores unitarios. La crisis en ella, entonces, es política y cultural, y el soberanismo integral responde a sus fallas. Puesto que la derechización es un proceso en desarrollo, ofrece a las extremas derechas la posibilidad de adaptar su oferta a ella en cada sociedad nacional.

Capítulo 2

¿Qué hacer después del fascismo?

Después de la Segunda Guerra Mundial, las extremas derechas se enfrentaron a la necesidad de reinventar su radicalidad. Es el caso, en particular, de aquellas que se reivindican como experiencias políticas fascistas y nazis. De entrada, se instituye la «revisión», o más bien la negación, del exterminio de los judíos de Europa. El suizo Gaston-Armand Amaudruz se dedica a esta tarea ya desde 1946; el francés Maurice Bardèche, desde 1948. (80) El propio término «revisión» aparece en ese contexto. Es el título del periódico editado en Dinamarca y publicado hasta 1972, por la Landsforeningen af. 6. maj 1945 [Fundación del 6 de mayo de 1945]. Esta organización fue fundada en agosto de 1945, y debe su título al hecho de que el Danmarks Nationalsocialistiske Arbejderparti, el partido nazi danés, fue prohibido el 5 de mayo de 1945. (81) Claramente, es importante revisar el pasado, en sus hechos pero también en su doctrina, para asegurar un porvenir al neofascismo.

Además, a partir de entonces la legislación prohíbe expresarse sobre el nazismo o el fascismo, en particular en Alemania, Austria e Italia. Asimismo, la mayor parte de los movimientos actualmente designados como neonazis por la prensa o los militantes que les son hostiles dan muestras de hecho de herencias nacionalistas autoritarias autóctonas, pues —es verdad— vivieron los efectos de la adaptación al fascismo italiano y/o al nacional-socialismo alemán durante las décadas de 1930-1940. De este modo, en Polonia, el Narodowe Odrodzenie Polski se puede vincular más bien con el Obóz Narodowo Radykalny, fundado en 1934. En Hungría, Jobbik remite a la herencia de la Cruz Flechada. En Croacia, Lituania y Rumanía se encuentran otras agrupaciones que extraen sus fuentes de los fascismos autóctonos. La etiqueta de «neonazis» solo se debe endilgar a movimientos que defienden el racialismo, (82) el racismo biológico y eugenista, la superioridad de la raza blanca (idea heterodoxa si las hay respecto del nazismo, que consideraba a los eslavos como inferiores) y el antisemitismo racial, todos elementos que constituyen los cimientos del Manifiesto socialracista (1971) redactado por el Nuevo Orden Europeo (NOE) y que constituye uno de los textos de referencia de esta corriente. Estos grupos se adhieren a una visión complotista del mundo y niegan la realidad material del genocidio de los judíos. Proponen un culto al nacional-socialismo y a la persona de Adolf Hitler, conducta que a menudo los emparenta con movimientos sectarios.

El nazismo, después de 1945

En los países donde las leyes los autorizan a participar en las elecciones, los neonazis eligieron en ocasiones expresarse sin fingimientos, decididos a mostrar públicamente su existencia y su manera de pensar. En esos casos, los resultados son modestos. Los holandeses de Nederlandse Volks-Unie están presentes en las elecciones legislativas desde 1977, pero el partido nunca alcanzó más del 0,4% de los votos. En las elecciones regionales en Selandia en 2005, el Danmarks Nationalsocialistiske Bevægelse (DNSB) danés obtuvo el 0,1% de los votos. En las elecciones municipales de Grästorp en 2010, el partido sueco Svenskarnas, sucesor de Folkfronten, alcanzó el 2,8% de los votos. En el Reino Unido, en mayo de 2010, el British People’s Party logró el 4,95% de los votos en una ciudad en el West Yorkshire… es decir, solo 283 votos.

La organización griega Chrissi Avghi [Alba Dorada] muestra un recorrido específico. Se trata del partido neonazi que obtuvo los mejores resultados electorales en Europa de las últimas décadas. La evolución de sus porcentajes electorales está claramente correlacionada con la humillación nacional y social del país luego de la crisis financiera: Alba Dorada pasó del 0,75% de los votos en 1999 al 0,46% en 2009, para trepar al 9,32% en 2014 y estabilizarse en el 7% en las legislativas de septiembre de 2015. El partido supo hacer concesiones mutando de un paganismo mitad helenístico y mitad nórdico a la defensa de la identidad ortodoxa. Aprovechó la normalización del LAOS (Laikós Orthódoxos Synagermós), que perdió su atractivo populista después de participar en 2011 de una coalición gubernamental, cuando defendía una posición de ruptura («securitaria», antiglobalización, xenófoba e islamófoba): del 7,13% en las elecciones europeas de 2009, cayó al 2,69% en 2014. Alba Dorada no solo promueve un etnonacionalismo imperialista, sino que también representa un caso probado de partido-milicia, que en el período que va desde enero de 2012 a abril de 2013 estuvo implicado en 281 ataques racistas que dejaron 400 heridos y cuatro muertos.(83)

Las formaciones neonazis germánicas gozan de un estatus específico, pues se supone que se favorecen con un vínculo directo con el Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP), cuyos programa y códigos, sin embargo, no pueden adoptar, salvo que pasen a la ilegalidad. Así, la agrupación se movilizó internacionalmente cuando fueron perseguidos en sus países los alemanes Michaël Kühnen y Friedhelm Busse (Freiheitliche Deutsche Arbeiterpartei), Christian Worch (Aktionsfront Nationaler Sozialisten), y dirigentes del austríaco Austrian Volkstreue Außerparlamentarische Opposition. No obstante, las organizaciones alemanas son controladas a tal punto por la Oficina Federal para la Protección de la Constitución (Bundesamt für Verfassungsschutz) que no logran desempeñar un papel motor internacional. Así pues, los entre cinco y seis mil neonazis con los que cuenta [en 2015] Alemania constituyen el espacio neonazi más importante de Europa, después de Rusia, pero sin potencial estratégico. Ya desde la posguerra, las experiencias políticas ensayadas mostraron la dificultad que tienen para maniobrar.

De hecho, la mayor parte de los antiguos cuadros medios del NSDAP que continuaron una vida política en 1945 militaron en partidos democráticos que no eran de extrema derecha o sirvieron en el aparato del Estado. No obstante, entre 1946 y 1953, el Deutsche Konservative Partei/Deutsche Reichspartei, el Sozialistische Reichspartei y el Deutsche Reichspartei tuvieron un impacto en la vida política alemana representando en el Bundestag a la fracción de la población desclasada por el derrumbe económico que siguió a la derrota, así como a muchos alemanes étnicos desplazados de Europa oriental y a exmilitantes hitlerianos afectados por la desnazificación. Al igual que en Austria, la Verband der Unabhängigen (VdU; 1949) y, a partir de 1956, el Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ) lograron la reintegración política de los ex nacional-socialistas e incorporaron a su programa la idea de comunidad de destino gran-alemana, así como determinado revisionismo histórico. Sin embargo, se trata de partidos insertos en el juego democrático, así como hoy el Nationaldemokratische Partei Deutschlands (NPD [Partido Nacional-Demócrata de Alemania]), que ciertamente presenta algunos rasgos de continuidad con el nazismo, que se eufemizan para seguir estando en el marco legal.

El NPD, fundado en 1964, reunió al conjunto de los movimientos neofascistas hasta 1970, con dos tercios de su buró político directamente provenientes del NSDAP. Intentó participar del juego electoral en 1965 con el eslogan «Alemania para los alemanes, Europa para los europeos», en una gran distancia dialéctica entre una rehabilitación de la experiencia histórica nazi y un programa conservador y populista destinado a confederar los sentimientos de descontento. (84) La labor de recentramiento y respeto por el marco democrático lo debilitó y a partir de 1976 comenzó a competir con numerosas nuevas formaciones. Cuando, después de 1997, reivindicó el regreso de Alemania a las fronteras de 1938, no generó ningún tipo de eco entre las masas. En cambio, recogió los frutos de su trabajo territorial en los Länder orientales, al tender la mano a las nebulosas de grupúsculos que se desarrollaron después de la caída del Muro. Al trabajar para implantarse en Sajonia desde 1989, en 2004 pudo alcanzar en ese estado el 9,2% de los sufragios y obtener doce diputados. (85) Pero no parece estar al alcance ninguna forma de afianzamiento sociológico nacional: el NPD debe únicamente a la ley alemana el haber podido obtener un diputado europeo en 2014, con el 1% de los sufragios.

En el estado actual de las fuerzas políticas, parece imposible que surja electoralmente el neonazismo en Europa, donde la violencia de los grupos neonazis representa más un problema de orden público que un riesgo político. Es lo que sucede particularmente en Rusia, donde proliferan nuevos grupos, a pesar del aumento de la represión estatal desde 2011: Unión Nacional Rusa (Russkoe Natsionalnoe Yedinstvo), Unión Eslava (Slavianski Soyuz, es decir, una sigla explícita), etc. Estas formaciones entremezclan nacional-socialismo, fundamentalismo ortodoxo y odio por Occidente, es decir una aleación poco acorde con los cánones del hitlerismo, pero con una capacidad de movilización que conllevó un número importante de actos homicidas contra no rusos, en particular de personas originarias de las repúblicas del Cáucaso y Asia. Las propias agresiones no pueden ser observadas como simples crónicas policiales. Corresponden a un hecho cultural (lo extendido de la representación del cristianismo ortodoxo como religión étnica rusa) (86) y sociológico (el 58% de las encuestas rusas calculaban en 2002 que los skinheads hacían el «trabajo sucio» en lugar de las fuerzas estatales).(87)

Si bien todos los grupos neonazis son negacionistas, también hay que precisar que la escena negacionista no se limita al neonazismo. Los negacionistas son una secta, por su desconexión total de la realidad y su funcionamiento de grupo, que descansa en la aserción casi teológica de su credo y la deslegitimación absoluta del adversario. Se trata más de una red informal de individuos creyentes que de un movimiento organizado. El fenómeno negacionista se desarrolla primero en Francia con Paul Rassinier y Maurice Bardèche; luego se extiende por el mundo a partir de la década de 1950, con una clara aceleración a partir de 1978 gracias al apoyo de militantes de ultraizquierda, que facilita la liberalización política del tema, y el trabajo de agitprop de Robert Faurisson. (88) Los autores más conocidos del negacionismo europeo son originarios, además de Francia, de países variados: Alemania, donde la ley castiga desde 1985 la minimización y la negación del exterminio de los judíos (Wilhelm Stäglich, Thies Christophersen, Udo Walendy, Horst Mahler); Austria (Gerd Honsik y Walter Ochensberger, que emigran a España en 1992 para huir de las actuaciones judiciales penales); Bélgica (los hermanos Verbeke y su asociación Vrij Historisch Onderzoek, VHO); Gran Bretaña (David Irving); Italia (Carlo Mattogno); Suecia (Ditlieb Felderer, el exoficial marroquí islamista y filohitleriano Ahmed Rami); Suiza (Gaston-Armand Amaudruz, René-Louis Berclaz y Jürgen Graf, quien se refugia en Irán en 2000 también para huir de los procesos penales). El peso de Alemania y Austria en la nebulosa negacionista es importante, aunque no predominante. Allí se observa la continuidad del compromiso ideológico de algunos nacional-socialistas que se volvieron negacionistas, como el mayor general Otto-Ernst Remer, uno de los artesanos de la represión del fallido golpe de Estado del 20 de julio de 1944, el editor Herbert Grabert, o el ex SS-Sonderführer Christophersen.

Probablemente, el más famoso de los negacionistas europeos de la actualidad [2015] sea Irving, exitoso autor de libros de pretensiones historicistas, que primero intentaron relativizar los crímenes nazis sobrecalculando el número de muertos que dejaron los ataques aéreos aliados contra Alemania (The Destruction of Dresden, 1962), luego poner en duda la tesis de la intencionalidad del genocidio y la participación personal de Hitler (Hitler’s War, 1977), para culminar, hacia 1988, en la pura y simple negación. Irving también adquirió notoriedad mundial por el juicio que abrió en 1998, y perdió en 2000, a la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt, que lo había acusado de falsificador. Con la reputación de historiador destruida por los debates y económicamente quebrado por el veredicto que lo condenó a pagar los gastos judiciales, Irving se volcó más hacia los movimientos marginales neonazis. Con prohibiciones de residencia en varios países, en especial en Austria, fue detenido y purgó una pena de prisión entre 2005 y 2006. (89) Los negacionistas europeos, en la actualidad, se mueven muy mayoritariamente por internet, lo que les permite poner sus escritos a disposición de un público amplio y evadir las legislaciones antirracistas, gracias a la vaguedad jurídica que rodea la cuestión de la responsabilidad penal para los autores de artículos difundidos por medios electrónicos. Algunos juicios desarrollados en Francia en 2005 acuerdan responsabilidades a los servidores y les ordenan implementar medidas de filtrado que impidan acceder a sitios negacionistas. Aunque algunos de los sitios más consultados ahora son inaccesibles, en particular porque los motores de búsqueda más importantes ya no los muestran, la situación jurídica que prevalece en Estados Unidos —por la libertad de expresión que garantiza la Primera Enmienda de la Constitución— permite un amplio margen de maniobra a los negacionistas. A menudo, estos recurren a servidores estadounidenses o situados en Europa oriental (Rusia en particular), de modo que resulta fácil eludir los filtros. (90) No obstante, el neofascismo desempeñó un papel consecuente en las reestructuraciones de las extremas derechas europeas. El modelo italiano tuvo varios efectos estimulantes.

El laboratorio italiano

Fundado en 1946, el Movimento Sociale Italiano (MSI) intenta perpetuar el espíritu de la República de Saló, Estado fantoche de la Waffen-SS que los neofascistas imaginan como un fascismo purificado y revolucionario. Para los iniciados, la sigla MSI significa «Mussolini Sei Immortale» [«Mussolini, eres inmortal»].Durante mucho tiempo, el partido funcionó como buque insignia de las extremas derechas europeas. Cierto es que la posición geoestratégica de Italia permite a los neofascistas ir y venir entre subversión (con la esperanza de derrocar la República) y contrasubversión (apoyar al aparato represivo del Estado). De este modo, los Gruppi d’Azione Rivoluzionaria son una estructura subversiva de partidarios fascistas activos en 1945-1947. Pero, al amparo de un ex-SD (Sicherheitsdienst: el «servicio de seguridad» de las SS), participan en la estructura de la red «Los Ángeles» montada por la CIA para espiar a los comunistas italianos. (91) Muchos de sus miembros pasan luego a la Avanguardia Nazionale de Stefano Delle Chiaie (fundada en 1959, disuelta en 1966 y reactivada en 1970), muy comprometida en la «estrategia de la tensión» que golpea a la península entre el atentado de la Piazza Fontana en Milán (1969, 16 muertos y 88 heridos) y el de la estación de Bolonia (1980, 85 muertos, 177 heridos).

El MSI era el centro de una efervescencia activista y de renovación de las ideas y prácticas de la extrema derecha radical, desde las renovaciones populistas hasta la vía terrorista. Esta última fue tomada por quienes consideraban al MSI demasiado burgués. En 1956, Pino Rauti funda el Centro Studi Ordine Nuovo, comúnmente llamado Ordine Nuovo. Los radicales italianos renuevan el fascismo a partir de sus lecturas del filósofo Julius Evola y su concepción aristocrática y esoterizante del fascismo. A menudo, esto los lleva a acercarse más al Tercer Reich que a la Italia fascista, en particular por la virulencia de su antisemitismo, ya que Ordine Nuovo también era antisionista, negacionista, racialista y europeísta. (92) Esto influye también en su estrategia política. En 1953, Evola publica Los hombres y las ruinas, con prefacio del militar fascista y «príncipe negro» Julio Valerio Borghese. (93) Promueve la agrupación de la «verdadera derecha», aguijoneada por las «formaciones de lucha» que, en concordancia con las policías y el ejército, tienen como misión garantizar la defensa del Estado contra la subversión. La influencia del texto en Ordine Nuovo fue importante desde un primer momento, aunque uno de los cuadros de la extrema derecha radical italiana, Clemente Graziani, lo consideraba, con justa razón, como «el Evangelio de la juventud nacional-revolucionaria» transalpina, que llevó a Ordine Nuovo a aferrarse a la estrategia de alianza con los sectores opresivos desde la perspectiva del «inevitable enfrentamiento final» con los marxistas y la democracia.(94)

El grupo, vinculado tanto con la Organización Armada Secreta como con el neonazi Nuevo Orden Europeo, busca sobre todo vincularse con los ámbitos militares italianos para concretar un golpe de Estado (según una estrategia que parece haber sido elaborada en encuentros durante la dictadura griega entre 1965 y 1968). Ordine Nuovo consideraba que había que desestabilizar la democracia, tanto mediante la violencia física como mediante las ideas (cierto es que el título elegido era una referencia al teórico marxista Antonio Gramsci, partidario de la desestabilización cultural y activista del Estado burgués). En 1963, Pino Rauti daba cuatro prioridades: redefinir el programa social; readaptar la batalla anticomunista, a través de nuevos tipos de propaganda, diferentes según los ámbitos socioeconómicos; realizar una profundización doctrinaria, y formar y educar a los militantes. (95) Pero, en 1969, luego de la designación del exdignatario fascista Giorgio Almirante a la cabeza del MSI, Rauti y sus amigos deciden reintegrarse a la agrupación. Los militantes que rechazan este regreso a la política partidaria fundan el Movimento Politico Ordine Nuovo. El símbolo elegido no da rodeos: una bandera nazi donde la esvástica fue reemplazada por la labrys, un hacha negra de doble filo que fue el símbolo del «Régimen del 4 de agosto» griego (1936-1941). Son tiempos de violencia: de los 4.290 actos de violencia política que golpean a Italia entre 1969 y 1980, el 67,55% es atribuido a los neofascistas surgidos de Ordine Nuovo y sus satélites. (96) Es entonces cuando Borghese funda una organización golpista: el Fronte Nazionale, donde apenas permanecen unos doscientos miembros de Ordine Nuovo. El militar es vigilado desde hace tiempo por sus caprichos golpistas y los contactos establecidos con ese fin con industriales o personal político, desde el MSI hasta el Partido Socialista Italiano. Cuando en 1971 toma el Ministerio del Interior con sus hombres (sobre todo provenientes de Avanguardia Nazionale), su falta de sentido de la realidad le impide culminar con éxito la operación.(97)

Al huir Borghese a España, otros militares, activistas neofascistas, que eran miembros de la tecnoestructura o de los servicios de inteligencia, buscan concretar el golpe. El Estado italiano les suelta la mano y en 1973 disuelve Ordine Nuovo (fortalecido por 2.500 miembros) por tratar de reconstituir el Partido Nacional Fascista. Esta prohibición da nacimiento a nuevos grupos terroristas, en particular a Ordine Nero [Orden Negro], que retoma el logotipo de Ordine Nuovo y edita un boletín, Anno Zero, dirigido por Clemente Graziani (1925-1996). Este líder neofascista italiano antes había provisto de armas a la OAS y, como especialista en guerra contrasubversiva, se capacitó en el tema con algunos ex-OAS que habían fundado Aginter-Press. Esta seudoagencia de prensa portuguesa, a cargo de operaciones de desestabilización anticomunista en Europa occidental, también operó en la estrategia de tensión. A su vez, Graziani huye a España de la justicia italiana, que lo investiga por su participación en el proceso terrorista. Esto no le impide trabajar activamente con el francés François Duprat cuando este, golpeado por el hacha de doble filo, lanza su propio periódico Année Zéro. (98) El imaginario de la secuencia es tan importante en las filas neofascistas europeas que, entre otros ejemplos, veinte años después, el grupo español Vanguardia sigue usando el hacha de doble filo.

En este contexto muy específico, el MSI pronto comprendió la necesidad de no ubicarse en un neofascismo folclórico y Almirante declara a los jóvenes missini en 1970: «Debemos prestar atención […] a no presentar el fascismo de manera grotesca, sobre todo no de manera anticuada, anacrónica y estúpidamente nostálgica». (99) Durante el maggio rampante (el muy largo Mayo del 68 italiano), supo reunir a las fuerzas anticomunistas duras, que le permiten pesar electoralmente cuando se convierte en MSI Destra Nazionale para las elecciones de 1972. De este modo, sirvió como ejemplo para el movimiento neofascista francés Orden Nuevo (constituido en 1969), que funda el Frente Nacional en 1972 inspirado en aquel modelo. Pero el MSI solo pudo integrar el ejercicio del poder después de su congreso de 1995, donde Gianfranco Fini proclamó la transformación llamada «posfascista». La renovación es simbolizada por la adopción del nombre Alleanza Nazionale. Cierto es que la AN puede participar del poder en el bloque de las derechas, pero la normalización conlleva su desintegración electoral… El cambio de orientación también se produjo en las relaciones europeas partidarias. El MSI estuvo durante décadas a la vanguardia de la organización de internacionales neofascistas. Ahora bien, en 2002, Gianfranco Fini cofunda el partido europeo Alianza por la Europa de las Naciones: con el Partido del Progreso (Fremskrittspartiet) danés de Pia Kjærsgaard; la Agrupación por Francia (Rassemblement pour la France) , de Charles Pasqua; el Likud israelí (admitido como observador de pleno derecho) y el Fianna Fáil (partido republicano irlandés).

Italia fue el país impulsor de los intentos de superar el nacionalismo a través de un internacionalismo, del mismo modo que fue una nación muy productiva en términos de innovaciones estratégicas, ya sea que asumieran formas partidarias o de combate cultural. De este modo, es una nación importante para el neofascismo internacional, que Roger Griffin describe sintéticamente, y con razón, como un combate cultural, internacionalizado y en forma de red policrática sin líder. (100) En general, los neofascistas estuvieron varias veces a la vanguardia de las formas y cuestionamientos sobre Europa. En ocasiones fue de un modo desordenado, heteróclito. Por ejemplo, el movimiento italiano Europa Civiltà, activista y evoliano, formó el Consejo Central por un Solidarismo Europeo, con el Frente de Liberación de Europa Oriental lanzado en 1969 por los franceses del Movimiento Joven Revolución (hijo del OAS Métro Jeunes) y los rusos blancos del Narodno Trudovoi Soyuz. Participan luego de un congreso «por un solidarismo mundial» (1971), y publican en colaboración el Bulletin of European Solidarists (1972-1974). (101) Sin embargo, no se trata de una internacional coherente. Cada grupo alude a realidades muy diferentes detrás del vocablo «solidarismo» y el movimiento transalpino parece tener como jefe real, más allá del oficial, a un periodista belga francófono con un cargo en Roma. (102) De este modo, hay que relativizar —y mucho— la apariencia de construcción de un marco internacionalista, que domine sobre tres lenguas nacionales.

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