Kitabı oku: «Entre el deseo y el temor»

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28001 Madrid
© 2020 Jennie Lucas
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Entre el deseo y el temor, n.º 2807 septiembre 2020
Título original: Claiming the Virgin’s Baby
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-695-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
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Capítulo 1
PÁNICO. Terror. Amargo remordimiento.
Todo eso sentía Rosalie Brown mientras miraba su abultado vientre. Estaba embarazada de siete meses y había pensado que podía hacerlo, que podía ser madre de alquiler para una pareja sin hijos. Se había convencido a sí misma de que cuando todo terminase sería capaz de poner al bebé en brazos de otras personas.
Pero se había engañado a sí misma.
Durante los últimos siete meses, mientras el bebé crecía en su interior, lo había sentido moverse y se había acostumbrado a hablarle en voz baja mientras paseaba por la bahía de San Francisco, mañana y tarde, lloviese o hiciese sol. Y mientras la niebla del invierno daba paso al sol primaveral, se había enamorado de aquel bebé.
En secreto.
Estúpidamente.
Cuando vio el anuncio de la clínica de fertilidad buscando madres de alquiler estaba en una situación difícil. Con el corazón roto, incapaz de volver a casa y, sin saber qué hacer con su vida, el anuncio le había parecido un milagro.
Sería una ayuda para su economía y, además, haría algo bueno por otras personas. La mejor manera, la única manera, de olvidar su sentimiento de culpa y su dolor.
De modo que había conocido a la futura madre, una bella mujer italiana que, con lágrimas en los ojos, le había contado que su marido y ella anhelaban tener un hijo.
–Por favor –le había rogado–. Usted es la única que puede ayudarnos.
Había firmado el contrato de embarazo subrogado ese mismo día y se había sometido al procedimiento de inseminación artificial. Unos días después, supo que había quedado embarazada. Estaba esperando un hijo que, según el contrato que había firmado, tendría que entregar a la pareja italiana el día que naciese. Tendría que renunciar a un hijo al que no solo llevaba en su vientre sino con el que estaba emparentada biológicamente.
Había cometido un terrible error.
Sí, había concebido al bebé en una clínica de fertilidad y no conocía al padre, pero era su hijo.
Había intentado hacerse a la idea de que el bebé no era hijo suyo en realidad. Se decía sí misma que el bebé era de Chiara Falconeri y su marido, Alex.
Era hijo de los Falconeri, no suyo.
Pero su cuerpo, su corazón y su alma estaban en violento desacuerdo y, por fin, no había podido soportarlo más.
Se había hecho el pasaporte y, en un momento de locura, había comprado un billete de avión con destino a Venecia. ¿Pero cómo iba a convencer a la pareja italiana de que rompiesen el contrato y la dejasen quedarse con el bebé?
–¿Signora?
Un sonriente joven italiano con camiseta de rayas le ofrecía su mano para salir del vaporetto que los había llevado por la laguna desde el aeropuerto Marco Polo. Su vestido amarillo estaba arrugado después de un viaje de catorce horas y el ferry se balanceaba bajo sus pies. O tal vez estaba mareada por el estrés y la falta de sueño.
–¿Quiere que la ayude con la bolsa de viaje? –le preguntó el joven.
–No –respondió ella, colgándose la bolsa al hombro–. Grazie.
–Ciao, bella.
Rosalie esbozó una sonrisa. Ella no era bella. Los hombres italianos debían llamar así a todas las mujeres como un gesto de simpatía o de respeto, pensó, mientras pasaba frente a encantadoras terrazas y tiendas de objetos de cristal y máscaras venecianas.
Venecia, la ciudad de los sueños. La Serenissima.
Ella había crecido en una granja al norte de California antes de mudarse a San Francisco para trabajar como recepcionista. Nunca había imaginado que algún día viajaría a Europa y estaba abrumada por aquella maravilla renacentista. Los preciosos edificios, que tantas veces había visto en el cine, los románticos y pintorescos balcones, los canales brillando como diamantes bajo el ardiente sol italiano.
Rosalie sacudió la cabeza. ¿Qué le importaba todo aquello? Estaba allí por una sola razón: para reclamar a su hijo.
Tenía que convencer a los Falconeri de algún modo. Tenía que hacerlo.
Siguiendo las indicaciones del callejero, se apartó de los turistas que iban hacia la plaza de San Marcos y tomó una callecita estrecha hacia la dirección que aparecía en el contrato, la Piazza di Falconeri.
Poco después, se detuvo frente a una verja de hierro forjado. Tras la verja podía ver un patio lleno de árboles y, tras ellos, un precioso palazzo. Aquel era el sitio.
Armándose de valor, Rosalie pulsó el timbre.
–Si? –respondió una fría voz masculina.
–Quiero ver al señor y la señora Falconeri, por favor.
–Al señor Falconeri, querrá decir –replicó el hombre, con un acento que le recordaba al del mayordomo de Downton Abbey–. ¿Tiene cita?
–No, pero estoy segura de que querrán verme.
–¿Y cuál es su nombre?
–Rosalie Brown. Soy la madre subrogada de su hijo –respondió ella. Silencio al otro lado–. ¿Hola? ¿Sigue ahí? Por favor, he venido desde California para hablar con ellos. Tengo que explicarles…
La verja se abrió con un zumbido metálico y Rosalie entró en el silencioso patio, tan distinto a las abarrotadas calles venecianas. Oyó cantar a un pájaro mientras se dirigía hacia una puerta de madera labrada, frente a la que esperaba un anciano de gesto altivo y espesas cejas blancas.
–Puede pasar –le indicó, mirando su abultado abdomen con gesto de sorpresa.
–Gracias –dijo Rosalie, entrando en el fresco vestíbulo–. ¿Es usted el señor Falconeri?
El hombre hizo una mueca.
–Soy Collins, el mayordomo. Empleado del conte di Rialto.
–¿Conte? –repitió ella, desconcertada.
–Alexander Falconeri es el conte di Rialto, señorita. Qué extraño que no sepa quién es si está esperando un hijo suyo –dijo el mayordomo, con tono escéptico.
–Ah.
Genial. De modo que el padre de su hijo era un aristócrata. Lo que necesitaba para sentirse aún más insegura.
Levantando la cabeza, Rosalie admiró los frescos en el techo y la impresionante lámpara de araña.
–Por aquí, señorita Brown.
El mayordomo la llevó por un ancho pasillo hacia un salón con molduras doradas, muebles estilo Luis XIV y enormes ventanales sobre el canal.
–Espere aquí un momento, por favor.
Cuando el hombre desapareció, Rosalie miró alrededor sin saber qué hacer. Un palacio como aquel era algo completamente extraño para ella, que compartía un diminuto apartamento con otras tres chicas. Y antes de eso, la granja de su familia en el norte de California, con una casa abarrotada de muebles viejos.
Y todo altamente inflamable además…
Pero no podía pensar en eso ahora, se dijo, angustiada.
Suspirando, miró el cuadro sobre la chimenea. El hombre del retrato, sin duda un antepasado del señor Falconeri, parecía mirarla con más desdén que el mayordomo.
«Este no es tu sitio», parecía decir, con una sonrisa desdeñosa.
Y Rosalie estaba de acuerdo. No era su sitio y tampoco el de su hijo. No iba a dejar que el niño fuese criado en aquel mausoleo.
Había descubierto recientemente que el embarazo subrogado era ilegal en Italia. Un hecho que Chiara y Alex Falconeri debían conocer. Por eso decidieron contratar a una madre de alquiler en California…
–¿Quién es usted y qué es lo que quiere?
Rosalie se dio la vuelta para mirar al hombre vestido de negro que acababa de entrar en el salón. Era alto, atlético, de hombros anchos. Tenía el pelo oscuro, algo despeinado, y el brillo de sus ojos negros hacía que le temblasen las rodillas.
–¿Es usted Alex Falconeri?
–No ha respondido a mi pregunta –replicó él–. ¿Quién es usted? ¿Qué es esa ridícula historia que le ha contado a mi mayordomo?
Ella frunció el ceño, sorprendida. ¿No sabía quién era? ¿Cuántas madres de alquiler habían contratado?
–Soy Rosalie Brown.
–Muy bien, Rosalie Brown –repitió él, con tono burlón–. ¿Esto es una especie de broma? ¿De verdad afirma estar esperando un hijo mío?
–Usted sabe que es así.
–¿Y cómo es posible? –preguntó él, cruzándose de brazos–. Nunca le fui infiel a mi mujer. Ni una sola vez.
–Pero vi su firma en el contrato de embarazo subrogado –dijo Rosalie.
–¿Qué contrato? ¿De qué está hablando?
Ella lo miraba, atónita. ¿Era posible que no lo supiera?
–Su mujer, la señora Falconeri, me contrató en una clínica de fertilidad de San Francisco el pasado mes de noviembre. Según ella, usted estaba demasiado ocupado para viajar hasta allí, pero me contó que eran una pareja feliz y que solo necesitaban un hijo para que su felicidad fuese completa.
–¿Chiara le dijo que éramos felices? –replicó él, mirándola con gesto de incredulidad–. No puede estar hablando de mi esposa. Ella jamás hubiera dicho eso.
–Me dijo que un hijo era lo que más deseaban… pregúntele a ella –sugirió Rosalie–. Ella fue quien se puso en contacto conmigo y…
–No puedo preguntarle nada –la interrumpió él–. Mi esposa murió en un accidente de tráfico hace cuatro semanas.
Rosalie se quedó helada. ¿Chiara Falconeri había muerto?
–Lo siento mucho… –empezó a decir, nerviosa.
–Murió en el coche con su amante –la interrumpió Alex Falconeri–. Por eso sé que todo lo que está diciendo es mentira.
Esa ridícula historia no podía ser cierta. Ni siquiera Chiara habría hecho algo así. Engendrar un hijo gracias a una madre de alquiler sin decirle una palabra.
Era imposible.
¿O no?
Aquella joven decía haber quedado embarazada en una clínica de fertilidad en San Francisco. ¿Cómo podía una clínica americana tener una muestra de su ADN?
Tenía que ser un fraude. Un fraude perpetrado por Chiara, que llevaba dos años pidiéndole el divorcio y la mitad de su fortuna. Él se había negado, por supuesto. No veía razón para aceptar el divorcio y mucho menos para romper el acuerdo prematrimonial y entregarle un dinero que no había hecho nada para merecer. Además, había hecho promesas matrimoniales y un hombre sin honor no era un hombre.
Para él, el matrimonio, feliz o infeliz, era para siempre.
Pero Chiara pensaba de modo diferente. Cuando su padre murió, un año después de la boda, y recibió su esperada herencia, no veía razón para seguir casada con él. Quería ser libre para casarse con su amante, un músico pobre y adicto a las drogas, pero habían derrochado el dinero a manos llenas y la herencia no duró mucho.
Carraro, un hombre casado, había dejado claro que solo una fortuna realmente espectacular podría tentarlo para dejar a su mujer y, de repente, un simple divorcio no era suficiente para Chiara, que había exigido la mitad de su fortuna.
Cuando Alex se negó, Chiara decidió alardear de su aventura con el músico, yendo de fiesta en fiesta, emborrachándose en las discotecas más conocidas de Venecia y Roma. Había hecho todo lo posible para forzar su mano, pero él se negaba a ceder.
¿Por qué iba a hacerlo?
Por fin, desesperada, Chiara había amenazado con chantajearlo; una amenaza a la que no prestó atención porque él nunca la había engañado con otra mujer y nunca había hecho nada ilegal.
Pero un hijo…
Chiara sabía que quería tener hijos. Él era el último de su linaje. Su familia, poderosa durante quinientos años, había quedado reducida a Alex y a un primo lejano, Cesare. Si no tenía descendencia, el título de conte di Rialto moriría con él, pero la posibilidad de tener un hijo era cada día más lejana porque había dejado de tener relaciones con su mujer mucho tiempo atrás.
Había esperado que Chiara recuperase el sentido común, que pudiesen mantener una buena relación. No necesitaba amarla. De hecho, era mejor que no la amase.
Pero Chiara debía saber que si lo sorprendía con un hijo biológico, él estaría dispuesto a darle lo que le pidiese: el divorcio, su fortuna, cualquier cosa para proteger a su heredero.
¿Podría estar diciendo la verdad aquella desconocida?
–Siento mucho lo de su esposa –dijo la joven americana, poniendo una mano en su brazo–. Aunque tuviesen… problemas en su matrimonio, estoy segura de que usted la quería mucho.
Atónito, Alex miró la delicada mano en su brazo. El roce había provocado un escalofrío que se extendía por todo su cuerpo.
¿Por qué reaccionaba así con una extraña?
No había ninguna magia especial, se dijo a sí mismo. Era una reacción instintiva, nada más, porque hacía tiempo que no mantenía relaciones.
Años en realidad. Nunca hubo pasión en su matrimonio, ni siquiera al principio. Había sido un enlace de conveniencia, la unión de dos familias con viñedos centenarios.
Apenas sabía nada de Chiara salvo que era bellísima, que pertenecía a una familia distinguida y que llevaba el viñedo Vulpato como dote.
Las pocas veces que habían hecho el amor había sido algo mecánico, indiferente. Y unos meses después de la boda, ni siquiera dormían juntos.
Eso había sido casi tres años antes.
Era lógico que su cuerpo reaccionase ante el menor roce, pensó.
Alex apartó su mano y vio que ella se ponía colorada. Era muy guapa, con expresivos ojos castaños y el pelo oscuro sujeto en una larga coleta. Llevaba un vestido amarillo que se pegaba a sus curvas de embarazada y tenía unas piernas largas y bien torneadas. No parecía llevar una gota de maquillaje y ni una sola joya.
–Pero… no entiendo nada –empezó a decir ella–. Lo siento mucho. Imagino lo mal que lo está pasando…
–No, no puede imaginarlo –la interrumpió él–. Y yo no sé nada sobre esa clínica.
Rosalie lo miró en silencio durante unos segundos.
–¿Dice que su mujer murió en un accidente?
–Así es –respondió Alex.
«Si se puede llamar accidente a emborracharse con tu amante y conducir por una carretera llena de curvas una noche lluviosa».
–Hace cuatro semanas. ¿No lo sabía? Salió en las noticias.
La muerte de Chiara había sido comentada en todos los medios franceses e italianos. El orgulloso conte di Rialto, que antes de casarse había sido un conocido playboy, abochornado por las públicas traiciones de su esposa, que por fin había muerto con su amante en un accidente. Las revistas de cotilleos no iban a dejar pasar tan jugoso escándalo.
Todos sus amigos y conocidos le habían preguntado por qué no se divorciaba de ella, pero nadie entendía que para él era una cuestión de honor.
«Tu mujer te pone en ridículo continuamente», le decían. «El honor no exige que cumplas las promesas matrimoniales sino que te divorcies de esa fulana».
Alex miró los luminosos ojos de la joven americana, llenos de angustia y compasión.
Era un fraude, tenía que serlo. No podía estar diciendo la verdad sobre el embarazo porque era imposible que una clínica americana tuviese una muestra de su ADN. Tal vez Chiara había encontrado a una actriz embarazada en Los Ángeles y la había convencido para que hiciese esa charada. Tenía que ser eso.
–Espero que le pagase por adelantado –le espetó, con los dientes apretados.
La chica lo miraba con cara de sorpresa.
–¿Qué?
–Chiara la contrató para que viniese a Venecia y dijese estar embarazada de mi hijo, ¿no?
–¿Está diciendo que no me cree?
El temblor en su voz, los ojos empañados…
Era una buena actriz, debía reconocerlo. Tan buena que seguramente la vería en televisión algún día aceptando un premio.
–Claro que no la creo. ¿Cómo iba a concebir un hijo del que yo no sé nada?
–Por inseminación artificial –respondió ella, poniéndose colorada.
–Señorita… ¿cómo ha dicho que se llama?
–Rosalie Brown.
–Muy bien, señorita Brown, le pagaré el doble de lo que le pagó Chiara si admite que está mintiendo. Admita que no soy el padre de su hijo –Alex la miró de arriba abajo–. Eso, si está embarazada de verdad.
–¿Que no estoy embarazada? –exclamó ella, indignada–. ¡Toque esto!
Rosalie Brown tomó su mano y la puso sobre su abultado abdomen. Alex había esperado tocar algo blando, un almohadón o algo parecido, pero apartó la mano con sorpresa al comprobar que de verdad estaba embarazada.
–¿Es un niño o una niña? –le preguntó.
–¿Qué importa eso? Es un niño y nacerá dentro de dos meses. Y usted es el padre.
–Y ha venido a recibir su dinero. Ya estaba embarazada cuando Chiara la contrató, pero ella le prometió una cantidad de dinero si me hacía creer que ese niño era hijo mío –dijo él entonces–. De ese modo conseguiría el divorcio.
–¿Su mujer quería el divorcio?
–Pero cuando descubrió que Chiara había muerto, temió no recibir el dinero prometido –siguió él, como si no la hubiese oído–. Y ahora espera que se lo dé yo, naturalmente.
–¿Qué? ¡No! No me ha entendido, señor Falconeri. No se trata de eso.
–¿Entonces qué es lo que quiere, señorita Brown?
La vio tragar saliva. Tenía unos preciosos y expresivos ojos castaños, profundas piscinas oscuras con puntitos dorados que, por alguna razón, le parecían hipnóticos.
–Quiero quedarme con el niño –respondió, en voz baja–. Por eso he venido, por eso me he hecho el pasaporte y he viajado al otro lado del mundo por primera vez en mi vida. Quiero quedarme con el niño porque es mío, es mi hijo.
Alex la miró sin entender.
–Quiere que le dé dinero…
–Lo único que quiero es a mi hijo –lo interrumpió ella, sacando del bolso un fajo de billetes que puso en su mano–. Este es el dinero que me dio su mujer por el contrato. Está todo, no he gastado un céntimo.
Atónito, Alex miró el fajo de billetes. Parecía una cantidad muy pequeña.
–¿No quiere nada de mí?
Rosalie Brown negó con la cabeza.
–Solo quiero a mi hijo.
–Yo no sé nada sobre ese niño. Es imposible que yo sea el padre, así que márchese.
Esperaba que ella respondiese con palabras airadas, pero en lugar de eso Rosalie Brown lo abrazó con lágrimas en los ojos.
–Gracias –susurró, besándolo en la mejilla–. Muchísimas gracias.
Alex sintió el roce de sus pechos, la caricia de su vientre en la entrepierna. Respiró el aroma de su pelo, a vainilla y azahar, y experimentó una descarga eléctrica por todo su cuerpo, como un estallido de luz y calor tras un largo y frío invierno.
–No sabe lo que esto significa para mí –dijo ella, con lágrimas en los ojos–. Temía hacerme ilusiones para nada –añadió, metiendo la mano en el bolso para sacar un documento–. Por favor, firme esto y envíelo a la clínica de San Francisco para que no me pongan ningún problema. Y gracias, de verdad. Es usted una buena persona.
Después de decir eso salió del salón y Alex se quedó mirándola, atónito. Luego miró el papel que tenía en la mano. Era un documento legal por el que, según las leyes de California, renunciaba a sus derechos parentales sobre el bebé.
¿Por qué no le había pedido dinero? Alex miró el fajo de billetes que tenía en la mano. De hecho, ella le había dado dinero. Nada de aquello tenía sentido.
A menos que su historia fuese cierta.
Pero no podía ser. Porque, aunque Chiara hubiese urdido aquel plan diabólico, ¿como lo había hecho? Era imposible que él fuese el padre de ese niño. La clínica de San Francisco no podía tener una muestra de su ADN.
A menos que…
Alex recordó entonces su visita a una clínica en Suiza, poco después de casarse, cuando aún esperaba tener un hijo con Chiara y se preguntaba por qué no quedaba embarazada.
Se había hecho unas pruebas y había aceptado que se quedasen con las muestras de su ADN para el futuro, por si acaso.
¿Podría ser…?
Sí, pensó entonces, con el corazón acelerado. Su difunta esposa, tan astuta y taimada, debía haber imaginado que pediría una prueba de paternidad y esa prueba demostraría que el bebé era hijo suyo.
Así era como pensaba chantajearlo. Había conseguido las muestras de la clínica suiza y las había enviado a San Francisco.
Esa idea lo dejó helado. ¿Habría encontrado Chiara la forma de vengarse desde la tumba?
¿Sería posible que Rosalie Brown, una mujer a la que no había visto en su vida, estuviese esperando un hijo suyo?
Capítulo 2
SIGUEN aquí? ¿Por qué no se marchan? –protestaba la tía abuela de Rosalie en la puerta de la cocina, mirando a los turistas que cantaban al otro lado del restaurante.
–Están pasándolo bien –respondió Rosalie, esbozando una sonrisa.
Su tía se volvió hacia ella con las manos en las caderas.
–Ya veo que te hace mucha gracia.
–Lo siento, no puedo evitarlo.
Pero no eran solo las canciones de los turistas lo que hacía sonreír a Rosalie. La verdad era que desde que llegó a Monte Saint-Michel dos días antes no había dejado de hacerlo.
Iba a quedarse con su hijo.
Había pensado que era un sueño imposible, pero ese sueño se había hecho realidad. Podía quedarse con su hijo para siempre, pensó, haciendo un alegre bailecito.
«Somos una familia, cariño. Tú y yo».
–¡No bailes en medio de mi restaurante! –exclamó su tía Odette, escandalizada–. ¿Estás borracha?
–Borracha de felicidad, tatie –respondió ella, dándole un beso en la mejilla.
–Mi hermana no debería haberse marchado a América –protestó su tía, intentando disimular una sonrisa–. ¡No te han enseñado a comportarte!
Rosalie soltó una carcajada. Se alegraba tanto de haber ido a visitarla. Odette Lancel era la propietaria del restaurante de tortillas más popular de Monte Saint-Michel, el pueblo-isla bajo la abadía medieval, una enorme fortaleza construida sobre una roca.
Al principio, Odette no se había mostrado precisamente contenta al ver a su sobrina soltera y embarazada. Había dejado bien claro que, en su opinión, era una tonta por haber quedado embarazada para otra pareja y una ingenua por pensar que podría criar sola a su hijo.
«Un niño necesita un padre y una madre, ma petite», le había dicho. «Tú lo sabes mejor que nadie porque tuviste una infancia feliz. Tus padres se adoraban y te querían con locura».
Recordar a sus padres hizo que Rosalie perdiese brevemente la sonrisa. No quería recordar a sus queridos padres o la felicidad de su hogar perdida para siempre.
Por su culpa.
Chiara Falconeri, la elegante mujer italiana a la que había conocido en San Francisco, también había fallecido. Qué tragedia morir de ese modo, pensó. Y, al parecer, su matrimonio no era un matrimonio feliz en absoluto. Al contrario, era un fracaso.
Chiara había muerto con su amante, engañando a su marido, después de haber engendrado un hijo sin el consentimiento de Alex Falconeri… ¿para obligarlo a divorciarse?
Todo aquello era un desastre y Rosalie se alegraba de poder criar a su hijo lejos de los Falconeri, sin dramas, en un hogar lleno de amor.
–Un niño necesita un padre –le dijo su tía por enésima vez.
–Ya, pero es imposible. El padre de mi hijo es…
«Guapísimo, sexy, poderoso».
Rosalie sacudió la cabeza, intentando apartar esas imágenes de su mente.
–Alex Falconeri está de luto por la muerte de su esposa y no tiene el menor interés en criar a un hijo del que no sabía nada.
–De todas formas, también es responsabilidad suya. Al menos, tendrá que ayudarte económicamente.
–No quiero su dinero –dijo Rosalie, irritada.
–¿Por qué no? –le preguntó su tía, con el ceño fruncido–. Tu sueldo de recepcionista no es una fortuna precisamente.
–No, es verdad, pero tengo el dinero del seguro de mis padres y si vendo la granja…
–¿Vender la granja? –exclamó Odette, escandalizada–. Yo nunca aprobé el matrimonio de mi sobrina con un granjero americano, pero él hablaba de sus tierras con mucho orgullo. La familia de tu padre trabajó esa granja durante generaciones y era tan importante para él como lo es este restaurante para mí. Lo heredé de mi abuelo –dijo su tía, mirando alrededor con gesto orgulloso–. Uno no debe deshacerse de un legado familiar a menos que sea absolutamente necesario.
–Pero la granja ya no existe, tatie. Mis padres han muerto y yo no puedo volver allí. Debo aceptar eso.
–Rosalie…
–Dentro de unos días volveré a San Francisco. ¿Por qué no dejas que te ayude en el restaurante mientras tanto?
No podía haber elegido mejor forma de distraer a Odette, cuyo rostro se iluminó de inmediato. Era temporada alta, de modo que pasó esos días atendiendo a los clientes y disfrutando de la isla, pero al día siguiente debía volver a Venecia y tomar un avión con destino a San Francisco.
Entonces tendría que empezar a tomar decisiones importantes. Porque, evidentemente, no podía criar a su hijo en un apartamento compartido con otras tres chicas. ¿Y podría seguir trabajando como recepcionista cuando las guarderías costaban casi más de lo que ella ganaba?
Aunque quisiera gastarlo, y no era así, el dinero del seguro de vida de sus padres no duraría para siempre, de modo que tendría que vender la granja. ¿Pero de verdad podía venderla?
Suspirando, miró a un grupo de ruidosos turistas americanos que brindaban y cantaban al fondo del restaurante. Todos eran de mediana edad, pero su alegría era contagiosa y Rosalie no podía dejar de sonreír, por mucho que su tía se lo pidiese.
–Diles que se callen, ma petite –le pidió Odette, irritada.
–¿Por qué? –preguntó ella–. No están molestando.
–A mí sí me molestan –insistió su tía–. Son más de las diez y deberían dejar de beber e irse a dormir de una vez. ¿Esperan que los lleve a cuestas al hotel?
–Muy bien. Les diré que vamos a cerrar –dijo Rosalie.
Los americanos, de buen humor, pagaron la cuenta y le pidieron que felicitase a la cocinera por las estupendas tortillas.
–¿Cómo las hace tan esponjosas? –le preguntó una de las mujeres.
–Es un secreto familiar, pero tal vez pueda contárselo: es amor –respondió Rosalie. Los turistas soltaron una carcajada–. No, en serio. Así es como se crea todo lo que es realmente especial en el mundo, con amor.
Tenía que creer eso. A veces, la vida parecía un drama detrás de otro, pero el amor le daba significado y magia a todo.
¿Cómo si no explicar que hubiese quedado embarazada en el momento más terrible de su vida, cuando estaba más desesperada? Ella, que nunca se había acostado con un hombre.
¿Qué otra explicación había para el milagro de poder quedarse con su hijo?
Rosalie sabía que era muy afortunada y pensaba atesorar cada gota de alegría.
Claro que aquello era más que una gota, pensó, poniendo una mano sobre su vientre. Era un océano.
No entendía por qué Alex Falconeri estaba dispuesto a renunciar a su hijo, pero fueran cual fueran sus razones se sentiría agradecida durante el resto de su vida…
–Señorita Brown.
Rosalie se quedó boquiabierta al ver al hombre que acababa de entrar en el restaurante.
Alex Falconeri.
Los turistas americanos estaban despidiéndose, pero ella solo podía mirar al carismático italiano al que creía haber dejado atrás para siempre.
–Señorita Brown –repitió él, con voz ronca.
–¿Cómo… cómo me ha encontrado? ¿Y qué quiere? –le espetó Rosalie, temblando.
–No ha sido muy difícil. Llamé por teléfono hace unas horas y hablé con su tía.
–Con mi…
Rosalie se dio la vuelta para mirar a Odette con gesto acusador, pero su tía se encogió de hombros.
–Es el padre del niño. Como te he dicho muchas veces, también es responsabilidad suya.
–No es verdad –replicó Rosalie, volviéndose para fulminarlo con la mirada–. Usted renunció a sus derechos parentales en Venecia.
Él enarcó las cejas.
–¿Eso es lo que cree?
Sí, eso era precisamente lo que Rosalie había pensado, pero estaba tan asustada que tuvo que apoyarse en la mesa. Solo había una razón para que Alex Falconeri estuviese allí: quería quitarle a su hijo. Y podría hacerlo. Con su dinero y su poder, ¿cómo iba a impedirlo?
–Por favor, déjeme en paz –susurró.
Alex Falconeri iba a decir algo, pero vaciló al ver a su tía.
–Venga conmigo –le pidió, tomándola del brazo para salir del restaurante.
Las calles empedradas de Monte Saint-Michel estaban vacías a esa hora, salvo por el grupo de turistas americanos que se dirigía hacia el hotel.
Alex torció el gesto. No quería que unos extraños oyesen lo que tenía que decirle. Y tampoco su tía, que los observaba desde la puerta del restaurante con ojo de águila.
–Por aquí –le dijo, señalando los escalones que llevaban a la muralla de piedra.
Monte Saint-Michel, que una vez había sido un monasterio-fortaleza y una prisión, parecía embrujado bajo la luz de la luna. No se oía nada salvo el ulular del viento y la agitada respiración de Rosalie, que lo miraba con gesto de angustia. Bajo el delantal blanco, el sencillo vestido negro destacaba sus amplios pechos y el abultado abdomen en el que crecía su hijo.
Su hijo.
Aún no podía creerlo.
Cuando Rosalie Brown se marchó de Venecia dos días antes, Alex había llamado a un investigador privado y a la clínica de fertilidad de San Francisco. Y ahora lo sabía todo sobre ella, desde las notas que había sacado en el colegio hasta la reciente y trágica muerte de sus padres en un incendio.
No podía creer que Chiara hubiera sido tan malvada, tan traicionera. Estaba totalmente decidida a forzar su mano y de no haber muerto en el accidente habría conseguido lo que quería. Porque había encontrado la única cosa más importante para él que su honor. Más importante que su fortuna.
–¿Por qué ha venido? –le espetó Rosalie–. En Venecia me llamó mentirosa y dijo que no podía estar esperando un hijo suyo.
–Estaba equivocado.
Ella dejó escapar una risa amarga.
–Vaya, al menos lo reconoce. ¿Qué le ha dicho a mi tía, que quería compartir la custodia del niño?
–No exactamente –respondió Alex.
En el parapeto de piedra, con el viento moviendo su pelo, parecía una princesa de un cuento de hadas medieval.
Todo aquello empezaba a afectarlo, pensó entonces. Porque la magia no existía. Los cuentos de hadas no eran reales y aquella chica, por guapa que fuese, no necesitaba un caballero que la rescatase. Era una buscavidas que había aceptado engendrar un hijo a cambio de dinero.
¿Pero por qué? Por lo que le había contado el investigador, el dinero era lo último que interesaba a Rosalie Brown. Había recibido múltiples ofertas por la valiosa granja de sus padres en el condado de Sonoma, en California, famoso por sus viñedos. Podría haberla vendido. O podría haberle pedido a él una fortuna dos días antes.
Pero no había hecho nada de eso.
Alex lo sabía todo sobre Rosalie Brown, pero no entendía nada.
–¿Qué es lo que quiere entonces? –le preguntó ella.
–He hecho que te investigasen –respondió Alex, tuteándola por primera vez–. Lo sé todo sobre ti, pero hay cosas que no entiendo.
–¿Has hecho que me investigasen? No tenías ningún derecho…
–¿Por qué aceptaste tener un hijo de una extraña? ¿De verdad lo hiciste por dinero?
Rosalie negó con la cabeza.
–Pensé que podía hacer algo bueno por los demás, algo que compensase por… en fin, cometí un error cuando firmé el contrato. Cambié de opinión casi inmediatamente, pero para entonces era demasiado tarde.
–¿Cómo pudiste creer la ridícula historia de Chiara? ¿Te pareció normal que un hombre estuviese tan ocupado como para no conocer a la madre de su futuro hijo?
–Verás… ella no me dijo eso exactamente –respondió Rosalie.
–¿Qué te dijo entonces?
–Me dijo que eras impotente.
Alex la miró boquiabierto durante un segundo, y después soltó una carcajada. Rio hasta que la desafiante mirada de Rosalie se convirtió en una mirada de asombro y preocupación.
Como si pensara que se había vuelto loco. Y tal vez era verdad.
Alex pensó en los años que había soportado la infidelidad de su mujer, diciéndose a sí mismo que tarde o temprano entraría en razón y podrían retomar su matrimonio.
Impotente.
Casi le hacía gracia lo juvenil y vengativa que había sido, frustrada por no poder salirse con la suya.
–No disfrutaba del sexo con ella, pero no soy impotente.
Rosalie se puso colorada.
–¿No?
–No teníamos una buena relación… en fin, el nuestro fue un matrimonio de conveniencia, pero pensé que sería una compañera práctica y sensata para llevar el negocio y formar una familia. Cuando no quedó embarazada después de unos meses fuimos a una clínica en Suiza para hacernos unas pruebas y el médico dijo que no teníamos ningún problema –Alex hizo una pausa–. Más tarde descubrí que Chiara estaba tomando la píldora sin decirme nada.
–De modo que te mintió –dijo Rosalie.
–Solo se casó conmigo para complacer a su padre. En cuanto él murió y consiguió su herencia, me pidió el divorcio. Cuando me negué, sobornó a un técnico suizo para que enviase las muestras de ADN a la clínica de California.
–¿Todo eso para conseguir el divorcio?
–Para tenerme como rehén –respondió Alex–. Pensaba decirme que había tenido un hijo, al que retendría hasta que le diese lo que quería: el divorcio y toda mi fortuna. Solo así habría conseguido que su amante se casase con ella.
Rosalie lo miraba, boquiabierta.
–¿Qué clase de persona se casa por dinero?
–¿Por qué se casa nadie salvo por razones económicas o para formar una familia?
–Por amor –respondió ella–. Esa es la única razón, ¿no? El amor verdadero dura para siempre, pase lo que pase.
Alex hizo una mueca.
–¿Piensas lo mismo sobre el sexo?
Rosalie se puso colorada.
–Sí, claro –murmuró–. El amor es la base de todo. O debería serlo.
–Eres una romántica –se burló Alex.
–Lo dices como si fuese algo malo.
Porque lo era, pensó él. Pero en aquel parapeto de piedra, frente al mar, oyendo el ruido de las olas y el rugido del viento, experimentaba una extraña sensación, como si estuvieran solos en un mundo de fantasía.
–Pero no entiendo –dijo luego–. Si el amor es tan importante para ti, ¿por qué decidiste tener un hijo a cambio de dinero?
–No era por el dinero sino por amor –respondió ella, con voz estrangulada–. Pensé que si podía hacer feliz a una familia, eso compensaría por… –Rosalie sacudió la cabeza, sin terminar la frase–. ¿Por qué no quedó embarazada tu mujer si no teníais ningún problema? ¿Por qué me arrastró a esta pelea vuestra?
–Chiara no quería estar relacionada biológicamente con el bebé. Al parecer, ni siquiera ella hubiera sido capaz de renunciar a su propio hijo, pero siendo hijo de otra mujer…
–Yo no voy a renunciar a mi hijo. Ni por ti ni por nadie –lo interrumpió ella, llevándose una mano al vientre–. Es mi hijo.
Alex decidió ponerla a prueba de nuevo.
–¿Cuál es tu precio, Rosalie Brown? ¿Cuánto dinero hace falta para que me entregues a mi hijo y desaparezcas de mi vida?
–No hay dinero en el mundo que pueda comprar eso.
–¿Un millón de euros, diez?
–¡Ya te he dicho que no! ¡Déjame en paz! –Rosalie se dio la vuelta, pero él la sujetó por la muñeca.
–No puedo dejarte ir.
–No puedes obligarme a nada –replicó ella, soltándose de un tirón–. El embarazo subrogado es ilegal en Italia.
–Tienes razón, pero eso es irrelevante en este caso. Tú eres la madre y yo soy el padre de ese niño, así que tengo los mismos derechos que tú.
–¡No voy a dejar que mi hijo se críe en ese museo, con un padre que tiene un corazón de hielo! Tu mujer estaba desesperada por librarse de ti. ¿Por qué no le diste el divorcio? Si le hubieses dado lo que quería, no me habría arrastrado a esta situación. Yo pensé que estaba haciendo algo que haría feliz a otras personas y ahora…
Rosalie sacudió la cabeza, acongojada, y Alex recordó lo que le había contado el investigador sobre la muerte de sus padres. Habían fallecido en otoño, unas semanas antes de que se pusiera en contacto con la clínica de fertilidad.
Había visto fotografías de campos quemados, de una casa arrasada hasta los cimientos. En el incendio habían muerto sesenta personas, incluidos Ernst y Mireille Brown, los padres de Rosalie.
¿Sería por eso por lo que había decidido tener un hijo para otras personas? ¿De verdad podía ser tan idealista? ¿Había intentado salvar a otros de su propio dolor?
–Sé que perdiste a sus padres –empezó a decir Alex.
–No quiero hablar de eso.
–Tus padres acababan de morir en un incendio y estabas desolada, así que decidiste ayudar a unos extraños teniendo un hijo para ellos.
Rosalie parpadeó furiosamente para contener las lágrimas.
–Mi madre solía decir que cuando estás triste debes intentar hacer feliz a otra persona y así te sentirás mejor –dijo por fin–. Y eso era lo que quería hacer, pero enseguida me di cuenta de que había cometido un error al pensar que podría renunciar a mi hijo.
–Por eso fuiste a Venecia.
–Por eso fui a Venecia. Y entonces ocurrió el milagro.
–Descubriste que Chiara había muerto –dijo Alex Falconeri.
Ella lo miró, horrorizada.
–¡No, por favor! La muerte de tu esposa es una tragedia. No, el milagro fue que tú no quisieras saber nada de mi hijo. Cuando me dijiste que te dejase en paz, pensé que eran las palabras más dulces que había escuchado nunca. Como un coro de ángeles –le dijo, mirando la torre que coronaba la abadía–. Pero los milagros no existen. En la vida solo hay tragedias.
Alex la miró, en silencio. Cuando conoció a Rosalie Brown había pensado que sería como Chiara, pero no se parecía en absoluto. Era una soñadora, una ingenua romántica. Sencillamente, había intentado canalizar el dolor por la muerte de sus padres haciendo algo por los demás. Hacía mucho tiempo que no conocía a nadie tan generoso.
–Tal vez –dijo por fin– podríamos criar juntos al niño.
–¿Juntos? –repitió ella.
–¿Por qué no?
–¿Cómo íbamos a hacerlo? Yo vivo en California.
–No, ya no. Vivirás conmigo en Italia.
–¿Qué estás diciendo? –Rosalie se pasó una temblorosa mano por la cara–. ¿Quieres… quieres casarte conmigo?
Alex soltó una carcajada que hizo eco en la muralla.
–¿Casarnos? No, gracias. Estuve casado una vez y no quiero repetir la experiencia.
–Entonces, no lo entiendo. ¿Qué estás sugiriendo exactamente?
Él enarcó una oscura ceja.
–Estoy sugiriendo que vivas conmigo en Venecia, Rosalie. Yo correré con todos los gastos, por supuesto, y recibirás una asignación mensual…
–¡Yo no soy una buscavidas! ¡No estoy interesada en tu dinero!
–Muy bien, como quieras –dijo él, irritado–. Pero vendrás a Venecia conmigo y vivirás en mi casa –Alex inclinó a un lado la cabeza–. Como niñera.
Capítulo 3
ROSALIE miró a Alex Falconeri con los ojos como platos.
–¿Como niñera? –repitió, llevándose una mano al abdomen–. ¡Soy la madre de este niño, no tu empleada!
–Hace unos días solo eras un útero de alquiler. Yo diría que convertirte en niñera del bebé sería una promoción.
–¿Estás borracho? –le gritó ella, airada–. ¡Debes estarlo si crees que aceptaría ser la niñera de mi propio hijo!
Alex miró el delantal de camarera.
–¿Me equivoco al pensar que no tienes dinero… ahorros, inversiones?
Rosalie pensó en la granja de su familia, miles de acres de terreno convertidos en cenizas, la casa destruida hasta los cimientos. Solo la había mirado durante un segundo, de camino al funeral, pero esa imagen estaría para siempre grabada en su memoria.
–No tengo inversiones –dijo por fin. No mencionó el seguro de sus padres porque la ponía enferma pensar en ello y, además, no era mucho dinero–. Solo un trabajo en San Francisco, donde me esperan el lunes.
–Ya veo –murmuró él, esbozando una sonrisa–. Pero si no estás dispuesta a aceptar mi dinero, tendrás que ganarlo de algún modo mientras vivas en Italia, ¿no?
–No he dicho que vaya a mudarme a Italia, pero si lo hiciera conseguiría un trabajo…
–¿Tienes un permiso de trabajo?
–No, pero…
–¿Tienes capital para abrir una empresa que cree puestos de trabajo en Italia?
No sin vender la granja, pensó ella. Y no podía hacerlo, aún no. Tal vez nunca.
–No, no lo tengo.
–¿Hablas italiano?
–No –respondió Rosalie, airada.
–No tienes nada, pero te niegas a dejar que yo corra con todos los gastos…
–No quiero tu dinero, ya te lo he dicho –lo interrumpió ella.
Alex se encogió de hombros.
–Entonces, serás la niñera –dijo tranquilamente–. Podemos llegar a un compromiso.
–¿Un compromiso? La única que tendría que sacrificarse sería yo, dejando mi trabajo y mudándome al otro lado del mundo.
–¿Tanto echarías de menos San Francisco?
Rosalie pensó en lo que había dejado allí: un trabajo donde los clientes le gritaban por teléfono, un apartamento que compartía con otras chicas que salían de fiesta y llevaban hombres a casa. Más de una vez se había visto obligada a dormir en el sofá del salón, pero incluso eso era preferible a volver a Emmetsville.
«Vende la granja», le dijo una vocecita. «Vende las tierras y no tendrás que volver nunca por allí».
La granja estaba en una zona de viñedos, entre Sonoma y Petaluma. Ya había recibido muchas ofertas y con ese dinero en el banco podría borrar la estúpida sonrisa de satisfacción del rostro de Alex Falconeri.
Niñera, por favor.
–La verdad es que no tienes ningún deseo de volver a San Francisco –dijo Alex entonces, como si hubiera leído sus pensamientos.
–¿Por qué dices eso?
–Porque si quisieras vivir allí, ya habrías vendido la granja que heredaste de tus padres en el condado de Sonoma.
Ella lo miró, atónita.
–¿Cómo sabes eso?
–Ya te he dicho que lo sé todo sobre ti. No eres capaz de vender la granja de tus padres, pero tampoco eres capaz de volver allí. Estás estancada.
–Eso no es asunto tuyo.
Con el corazón acelerado, Rosalie miró los escalones de piedra que llevaban a la calle, a la seguridad del restaurante de su tía.
–Eres la madre de mi hijo y quiero que vivamos juntos –dijo Alex entonces–. Deja que yo me encargue de todo. Como dice tu tía, también es mi responsabilidad. Siendo la niñera, cuidarás de nuestro hijo como deseabas, pero sin tener que preocuparte por el dinero y sabiendo que tendrás una red de seguridad si te despido…
–¿Si me despides? –exclamó ella, estupefacta.
–Firmaremos un contrato, de modo que recibirías una indemnización en caso de despido. Y si te cansas de la maternidad o quieres volver a Estados Unidos…
–¿Estás loco?
–Un contrato sería la mejor forma de protegerte.
–¿Protegerme de qué? –le preguntó Rosalie–. ¿Protegerme de qué? –insistió cuando él no respondió inmediatamente.
–De mí –respondió Alex por fin.
Ella lo miró, sorprendida.
–¿Y por qué iba a necesitar protegerme de ti?
Alex dio un paso adelante. Estaba a unos centímetros de ella, su rostro medio escondido entre las sombras.
–Porque podría sentir la tentación de seducirte –respondió en voz baja.
Rosalie sintió un escalofrío.
–¿Qué?
–Viviendo en mi casa con una mujer preciosa que es, además, la madre de mi hijo…
–¿Crees que soy preciosa? –preguntó ella, mareada por su proximidad.
–Tal vez nos ayudaría marcar unos límites… para evitar el peligro.
–Para evitar el peligro –repitió Rosalie.
Estar tan cerca de él le hacía algo extraño a su cuerpo, a su alma. ¿Por qué? ¿Porque era atractivo, rico y poderoso? ¿Por esos labios sensuales y esa voz ronca, con un ligerísimo acento italiano cuando hablaba su idioma?
Y, además, estaba embarazada de su hijo.
En realidad, sería raro que no sintiera escalofríos cada vez que estaba cerca, pero no podía creer que la encontrase atractiva. Aunque no estuviese embarazada, ella no podía ser su tipo. Su tipo de mujer sería alguien como Chiara: chic, delgadísima, bella y sofisticada. Mientras ella era una chica normal, bajita y voluptuosa más que delgada. Jamás le había importado mucho la moda. De hecho, compraba su ropa en tiendas baratas y hasta en tiendas de segunda mano.
Era absurdo, pensó. Alex Falconeri no podía temer perder el control con ella.
Solo había una explicación, pensó. Había notado que se sentía atraída por él y estaba intentando rechazarla delicadamente. ¿Cómo no iba a notarlo si se ponía colorada cada vez que se acercaba, cada vez que lo miraba?
Alex era guapísimo, de modo que debía pasarle a menudo. Además, prácticamente le había preguntado si quería casarse con ella.
–Bueno, ¿entonces has decidido ser la niñera?
Rosalie negó con la cabeza.
–No quiero ser tu empleada.
–No quieres que pague tus gastos, no dejas que te contrate… –Alex murmuró algo en italiano mientras se pasaba una mano por el pelo–. ¿Entonces cuál es la solución?
Rosalie tomó aliento.
–Podría conservar mi trabajo en San Francisco y pedir dos meses de baja. Tú podrías alquilar un apartamento allí y visitar al niño cuando quieras. Yo no pondré ningún impedimento.
Alex soltó un bufido.
–Entonces tendría que mudarme a San Francisco.
–Tú me estás pidiendo que me mude a Italia, ¿no? Para ti no sería ningún problema. Además, hablas mi idioma casi sin acento.
–Mi madre era americana, como tú.
–¿Como yo? –Rosalie hizo una mueca–. ¿Tu madre era una chica de pueblo que trabajaba como recepcionista por el salario mínimo?
Alex esbozó una sonrisa.
–Mi madre era una chica de la alta sociedad, una Cabot de Boston que estudió en Wellesley.
–Ah, claro –asintió ella, poniendo los ojos en blanco–. Exactamente como yo.
Cansada de la discusión, se dio la vuelta y empezó a bajar los escalones de la muralla.
–¿Dónde vas? –la llamó él–. Aún no hemos decidido nada…
–Te equivocas –lo interrumpió Rosalie–. Yo he decidido que me voy a la cama. Y no te preocupes, no es una invitación.
–Rosalie…
–Buenas noches –se despidió ella, apresurando el paso.
Alejada de Alex sentía que podía respirar de nuevo, pero cuando iba a abrir la puerta del restaurante, él llegó a su lado.
–Espera…
–Te he dicho que no era una invitación.
–Solo quiero ayudarte a hacer la maleta.
–No pienso ir a Venecia contigo –dijo Rosalie, cerrando la puerta en sus narices.
–Claro que vas a ir –dijo su tía Odette, que debía haber estado escuchando la conversación.
Rosalie la miró, atónita.
–Tú no lo entiendes.
–Lo entiendo perfectamente. El padre de tu hijo quiere ayudarte a criar a un niño del que no sabía nada. Alex Falconeri está lidiando con la situación como un caballero.
–Un caballero… ¿pero qué dices? ¡Me está intimidando para que viva con él en Venecia, en su palacio! –exclamó Rosalie. Pero incluso ella se daba cuenta de lo ridícula que sonaba esa protesta–. ¡Quería contratarme como niñera!
–Y tú te has negado, claro.
–Por supuesto que sí. Soy la madre de este niño, no una empleada del conte di Rialto.
–Pero debéis conoceros, ma petite. Y más adelante, por el niño, tal vez decidiréis casaros.
Rosalie sintió que le ardían las mejillas.
–Él no quiere saber nada de matrimonios. Estuvo casado una vez y se toma muy en serio los votos matrimoniales. Tal vez demasiado en serio…
–Tienes que darle una oportunidad –la interrumpió Odette–. Ese hijo es tan suyo como tuyo. ¿No merece el niño tener una familia?
–El niño me tiene a mí. Y a ti –dijo Rosalie, desesperada.
Su tía esbozó una sonrisa triste.
–Ma petite, yo no viviré para siempre. Y un niño necesita un padre.
–Pero no puede ser. ¿Por qué tengo que vivir con él en Italia? No conozco a nadie allí.
–¿Tantas cosas te esperan en California?
Rosalie pensó en la casa de su familia, quemada hasta los cimientos. En sus padres, que habían muerto en el incendio… por su culpa. Si se hubiera casado con el vecino como sus padres querían, habría estado allí para salvarlos. Habría podido sacarlos de la granja antes de que fuese demasiado tarde.
En California solo la esperaban un montón de cenizas y un mundo de dolor.
¿Y si iba a Italia con el padre de su hijo? ¿Y si aceptaba vivir en el palazzo, al menos durante un tiempo? Tal vez su tía tenía razón, pensó.
–Pero no quiero ser la niñera –murmuró para sí misma.
–Claro que no –dijo Odette–. Pero si Alex Falconeri es un hombre rico, su deber es pagar todos los gastos.
–Pero no puedo aceptar eso.
–¿Por qué no?
–¡Porque no quiero caridad!
–¿Caridad? Tendrás que soportar un parto para traer a ese niño al mundo y luego tendrás que darle el pecho. Estarás despierta día y noche, meciéndolo hasta que se duerma, dándole el biberón. Si eso no es trabajar, ¿qué es? En realidad, le estarías haciendo un favor. Después de todo, ¿qué puede hacer él para ayudar con todas esas tareas? Nada, absolutamente nada.
Rosalie miró a su tía.
–Estás loca –murmuró, inclinándose para darle un beso en la arrugada mejilla.
–Pero sabes que tengo razón –dijo Odette, esbozando una sonrisa.
–Sí, la verdad es que tienes razón.
–Por eso los jóvenes necesitan a los mayores. Nosotros sabemos más de la vida.
Rosalie se quitó el delantal y salió a la calle, donde Alex esperaba como una sombra bajo la luna.
–He decidido ir contigo a Venecia.
Él asintió con la cabeza.
–Va bene.
–Pero solo durante un tiempo.
–Te convenceré para que te quedes.
–Pero no como niñera.
–Claro que no. Solo lo había sugerido para ver qué decías.
Rosalie torció el gesto.
–Ya que acepto mudarme a Venecia, tú tendrás que pagar por todo: comida, alojamiento, cuidados médicos. Y necesitaré una pequeña asignación para mis gastos.
–Muy bien –asintió él, sin dudar.
–Y una vez que nazca el niño y hagamos la prueba de paternidad, pagarás la pensión alimenticia vivamos en la misma casa o no.
–Por supuesto –dijo Alex–. ¿Alguna cosa más?
–Debes prometer que si esto no funciona, por la razón que sea, no intentarás intimidarme para conseguir la custodia del niño.
–Mientras tú prometas hacer lo mismo…
Rosalie hizo una mueca. Alex Falconeri, el poderoso conte di Rialto, pensaba que ella podría intimidarlo. Qué absurdo.
–Muy bien, de acuerdo.
–De acuerdo.
Alex estrechó su mano y, al sentir el calor de las ásperas palmas, tan viriles, una especie de descarga eléctrica la recorrió de arriba abajo.
Él apartó la mano abruptamente y Rosalie intentó disimular un suspiro.
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