Kitabı oku: «El secuestro de la novia»

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© 2002 Pamela Hanson & Barbara Andrews
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El secuestro de la novia, n.º 1311- octubre 2020
Título original: Stop the Wedding?!
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1348-904-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
ERA un rollo esperar en el salón para novias Leonora’s Bridal Salon, pero al menos solo estaba allí por su madre, se dijo Nick Franklin en tono de consolación. Casarse no entraba en sus planes; estaba aturdido ante el rápido noviazgo de su madre, viuda. ¿Quién hubiera podido imaginar que conocería a un hombre y se casaría con él en menos de ocho meses?
—¿No quiere usted sentarse, caballero? —preguntó Joyce, la dependienta de mediana edad vestida con una minifalda, igual que si tuviera veinte años.
Nick observó los silloncitos repartidos por el salón, tapizados en satén con patitas doradas talladas, y declinó cortésmente la invitación. Bastante estúpido se sentía esperando allí a que le arreglaran el vestido de novia a su madre, como para sentarse en aquellos pretenciosos asientos. No podía alegrarse más de que fuera su madre, y no él, quien se casara. Sue Bailey Franklin había estado sola desde que murió el padre de Nick, y su importante cargo en Bailey Baby Products, la empresa del abuelo, Marsh Bailey, no podía compensarla por tener un padre tan irritable.
Su novio, David Gallagher, era un buen hombre. A Nick le gustaba, igual que a sus hermanastros gemelos, Cole y Zack Bailey. Lo que no le gustaba era haber sido nombrado chófer de su madre para los preparativos de la boda. Por lo general, Sue no necesitaba chófer, pero por desgracia se había caído de un caballo hacía un mes. David y ella se habían conocido dando clases de equitación, y el romance había resultado mucho más satisfactorio que las clases.
Nick se balanceó impaciente. Teniendo en cuenta cuánto detestaba esperar sin hacer nada, podía tachar de su lista de posibles profesiones la de guardaespaldas. En realidad, Nick estaba lejos de averiguar qué quería hacer con su vida. Sue asomó la cabeza por una cortina, con un teléfono móvil en la oreja.
—Lo siento, Nicky, tengo que hablar con un representante —comentó tapando el auricular—. Hay problemas con la distribución de sillitas de bebés para las bañeras. Estaré en la oficina de Leonora’s, si me necesitas. Luego me probaré la chaqueta, y nos vamos.
Nick no podía imaginar un traje de seda que le sentara mejor que el que había escogido, pero suspiró resignado. Volvió a mirar a su alrededor y desvió la vista hacia la puerta, por la que entraba una esbelta rubia. Esperar se haría más entretenido, con una preciosa mujer como aquella en la tienda.
Lo que más había echado de menos durante el año anterior, mientras trabajaba en un buque minero en Great Lakes, era a las mujeres. Allí no había a bordo ni una sola mujer que pudiera poner en peligro su estatus de soltero vocacional. Y no es que trabajar para sus hermanos gemelos fuera mucho mejor. Sus compañeros de a bordo lo habían puesto a prueba igual que al resto de novatos, pero en cuanto demostró su habilidad para la mecánica lo dejaron en paz. Por desgracia, tenía mucho más que demostrarle a sus tiránicos hermanos, que lo calificaban de vago simplemente por no terminar los estudios universitarios hasta no tener primero un objetivo firme en el terreno profesional. En la empresa de construcción propiedad de los gemelos, él no era sino el chico de los recados.
Cole y Zack habían cambiado mucho, al terminar los estudios. De solteros, llevaban una vida desordenada que, decididamente, para Nick era un modelo a seguir. Pero desde el nacimiento de los gemelos Cole se había convertido en un padre atento, y Zack vivía pendiente de su mujer, una personalidad de la televisión. Nick seguía sin poder creer que se hubieran dejado domesticar.
Al menos Marsh Bailey, su abuelo, no lo había perseguido a él tanto como a los gemelos para que se casara. De todos modos, no le habría servido de nada. Nick sabía que él no era del tipo de hombres que encajan en el matrimonio, y jamás lo sería. Le gustaba excesivamente la variedad. Lo único que quería era quitarse de encima a Marsh. Para su abuelo, progresar en la vida significaba casarse y ser un hombre de provecho en el terreno profesional. Mientras tanto, Nick no dejaba de pensar en el problema de a qué dedicarse. No le desagradaba la construcción, siempre y cuando sus hermanos no lo mangonearan e utilizaran de chico de los recados.
La nueva clienta de la tienda sacó un vestido de boda de un perchero y se miró al espejo sujetándolo encima. Tenía el pelo tan corto, que dejaba al descubierto la nuca.
—Ese es bonito —comentó Nick.
La había sobresaltado. La rubia examinó el voluminoso vestido bajo la atenta mirada de la dependienta. En realidad, Nick no tenía absolutamente ninguna opinión acerca del vestido, excepto que ella estaría preciosa con él. Simplemente estaba demasiado aburrido como para no observar a una chica guapa.
—Sí, supongo —contestó la chica sin mucha seguridad, tendiéndoselo a la dependienta—. Puede que me lo pruebe.
¿No debían mostrar entusiasmo las novias, ante esas exuberantes tiendas de campaña llamadas vestido de novia? Al menos su madre tenía el suficiente gusto como para no intentar parecer la decoración de una tarta. Le gustaba su sencillo traje de chaqueta color marfil, pero estaba impaciente por salir de allí.
Solo podía hacer una cosa, mientras esperaba: pensar. Y tenía mucho en qué pensar. Por ejemplo, qué hacer con su vida. De volver atrás, ¿tiraría de nuevo por la borda el título universitario en Finanzas? Probablemente. Le faltaba solo un semestre para graduarse, pero había abandonado convencido de que eso no era para él. Su abuelo se había puesto hecho un basilisco, y había echado mano de sus contactos para conseguir que ingresara en el Alvirah College, en Michigan. Nick entonces accedió a asistir, pero se aseguró de no permanecer allí más de seis meses.
Nick sonrió. No había resultado difícil, conseguir que lo echaran de la Escuela de Artes Liberales de Alvirah. Esa había sido su intención, en cuanto comprendió lo mal que encajaba allí. Le había dado una oportunidad a la Escuela solo para mantener la paz en la familia, pero su educación había llegado a un brusco final al liderar una protesta contra el nuevo toque de queda impuesto por la dirección. En esa Escuela se había sentido como un adolescente, volviendo a casa a las diez. Marsh, por supuesto, no se había mostrado complacido, ante las protestas de su nieto en pro de las libertades civiles. Cuando recordaba la regañina que le había echado, sentía aún dolor de oídos.
Trabajar en un buque en el lago, con hombres rudos, lo había convencido de que necesitaba hacer algo con su vida. El problema era que no sabía qué. Cole y Zack se habían establecido por su cuenta, a pesar de las presiones de Marsh para que entraran en el negocio familiar. Bailey Baby Products se dedicaba al diseño y fabricación de artículos infantiles. Para Nick, la construcción tampoco era una meta.
La rubia salió del probador arrastrando una cola bajo la que hubieran podido esconderse seis hombres, y se detuvo ante un espejo. Por la expresión de su rostro, era evidente que no le gustaba la idea de dirigirse al altar con aquella tienda de campaña de satén.
—Es perfecto para usted, señorita Moore —aseguró la dependienta.
—No lo creo.
Bien. Detestaba ver cómo las dependientas intimidaban y presionaban a los clientes. Sí, ya veía cuál era el problema. A la rubia no le gustaba el escote. Cierto, era bajo. Pero ella lo llenaba muy bien. La chica tiró para arriba, obviamente incómoda.
—Es encantador —repitió la dependienta.
—Creo que me probaré el de encaje —contestó la rubia decidida.
—Estoy de acuerdo —intervino Nick, a quien le gustaban las mujeres que tomaban sus propias decisiones—. Ese vestido no es para ti.
—¿En serio? —preguntó la rubia.
¿Era ira lo que había brillado por un segundo en sus ojos azules?; ¿qué la molestaba, su comentario, o el hecho de tener que imitar a una princesa de cuento de hadas?
—Sí. Decididamente, no es tu estilo —sonrió Nick ampliamente.
—Deberías reservarte esos comentarios para tu novia —respondió la rubia.
—No tengo.
—¿Y qué haces aquí?
—Estoy esperando a mi madre —contestó Nick pensando que la rubia no tenía pelos en la lengua—. Ella es la novia.
—Ah.
La clienta volvió a entrar en el probador seguida de la dependienta, con otro vestido.
Stacy dejó que la dependienta la ayudara a quitarse el voluminoso vestido, pero ni aun quitándoselo logró tranquilizarse. Era la quinta tienda que visitaba en tres semanas, y seguía sin encontrar un vestido que le gustara. En las revistas de novias que se apilaban en su apartamento había tantos trajes que había imaginado que la tarea sería sencilla. ¡Ja! Quizá fuera sencilla, si hubiera estado dispuesta a malgastar unos cuantos miles de dólares en un vestido para solo un día, pero sus padres, simplemente, no podían pagarlo. Insistían en que querían que su boda fuera maravillosa, pero ella no iba a permitírselo.
Stacy miró discretamente el precio del vestido de encaje que iba a probarse e hizo una mueca. Le gustaba su línea sencilla y sus delicados y finos tirantes, pero incluso un vestido tan modesto como aquel costaba mil doscientos dólares. Sus padres la presionaban para que se comprara algo cuanto antes, pero Stacy no quería que se endeudaran solo por un artículo sobrevalorado que apenas utilizaría. Quizá pudiera confeccionárselo ella.
Sí, claro, como si fuera fácil. Apenas había vuelto a ver una aguja, desde el colegio. La tía abuela Lucille, tía de su padre, que vivía con la familia, siempre la había ayudado con la costura, pero no quería saber nada de vestidos de novia. Tía Lu era la única persona a la que, decididamente, no le gustaba su novio, Jonathan. Decía que la sonrisa jamás le iluminaba los ojos, fuera lo que fuera lo que eso significara para una septuagenaria corta de vista.
Su padre insistía en que el precio del vestido no importaba. Tenía un trabajo estable en el banco. Pero las instituciones financieras pagan tan mal como las escuelas infantiles. Stacy era ayudante de dirección en Happy Times Early Learning Centre, una escuela infantil. Su sueldo llegaba justo para alcanzar fin de mes. Y no era hija única. Sus dos hermanos mayores estaban recién casados, y los dos más pequeños aún estudiaban, uno en el instituto, y el otro en la universidad.
—Este sí que te queda de ensueño —comentó Joyce, la dependienta, echándole teatro.
Stacy soportó a la dependienta, que no dejaba de tirar del vestido por un lado y por el otro. En realidad, no era con ella con quien se sentía molesta. Toda su familia, excepto tía Lucille y sus amigos, estaban encantados de que se casara con Jonathan Mercer. Era abogado, su familia era de las de dinero. Había tenido suerte de conocerlo, cuando un día él fue a buscar a su sobrina a la escuela infantil. Sí, muchas mujeres habrían estado dispuestas a cualquier cosa, con tal de ponerse en su lugar. Ni siquiera les habría importado llevar los zapatos de tacón alto que obligaban a ponerse en la tienda, para probarse vestidos. Stacy estaba harta de oír hablar de la suerte que tenía. Se casaba con Jonathan porque lo quería, no porque su currículum fuera impresionante.
Pero tenía suerte de estar comprometida con un hombre como él. Lo único que pasaba era que la ponía nerviosa que se lo recordaran constantemente. Stacy siempre había creído en los caballeros de brillante armadura, y Jonathan había sabido seducirla. Ella adoraba las flores y las cajitas de bombones con forma de corazón, las declaraciones de amor eterno. Y a su novio parecía encantarle complacerla, en ese sentido.
Jonathan era el hombre más romántico que hubiera conocido jamás. Antes de declararse, prácticamente había llenado su apartamento de cestas de flores. La había agasajado con cenas y vinos como si fuera una princesa, devolviéndola a casa y arrodillándose ante ella para hacerle la proposición. Era una actitud un poco anticuada quizá, pero la había hecho sonreír.
Quizá Jonathan fuera un poco anticuado, al desear que ella abandonara su profesión cuando estuvieran casados, pero la respetaba y estaba dispuesto a cuidar de ella. Además, era guapo. La tía Lucille decía que era como Shirley Temple pero en chico, pero a Stacy le gustaba su cabello rubio rizado y sus ojos azules de bebé. Y jamás la había hecho sentirse incómoda, como el despampanante tipo que estaba fuera, en la tienda. Stacy no sabía por qué aquel tipo la hacía sentirse así; quizá fuera porque exhalaba masculinidad y resultaba más que imponente.
¿Pero quién hubiera podido imaginar que organizar una boda fuera una experiencia tan penosa? ¿Es que jamás iba a encontrar un vestido adecuado para ella? El delicado vestido de encaje de algodón sobre el forro resultaba atractivo, pero jamás podría decidirse sin mirarse con perspectiva, en el espejo del salón. Por desgracia eso significaba pasar el modelo ante el atractivo tipo de los vaqueros. Y no es que le importara la opinión del Señor Musculitos, al revés. Iba sola a las tiendas a propósito, para que nadie influyera en su decisión. Pero aquella mirada atenta la hacía estremecerse.
Stacy vaciló antes de salir del probador. La molestaba sentirse intimidada por aquel tipo. Su reacción ante él le había recordado a la época de adolescente cuando, a causa de su timidez, sus hermanos mayores habían tenido que concertar citas para ella. Quizá fuera más callada que sus amigas, y a veces un tanto reservada con los desconocidos pero, con veinticuatro años, tenía que haberlo superado. Y estaba segura de haberlo superado.
Stacy sonrió enigmáticamente, esperando dar la imagen de mujer misteriosa, alzó el mentón y fingió indiferencia. Aquel tipo no era su novio, su opinión no importaba. Le gustaba la forma en que el vestido se le ajustaba al torso como el traje de una princesa, para quedar suelto desde la cintura, sin parecer tampoco una hippie. Eso era lo que contaba. La única persona a la que quería impresionar era a Jonathan, y a él le parecería bien, si lo aprobaban los abogados del prestigioso gabinete para el que trabajaba.
El hecho de que Jonathan estuviera orgulloso de ella no tenía nada de malo, se repitió en silencio. Quería ser una buena esposa, una buena anfitriona para los amigos y colaboradores de Jonathan, por mucho que no estuviera muy segura de que quisiera dedicarse solo a ser ama de casa. Al menos, hasta que no tuvieran niños. Quizá la causa de que le costara tanto decidirse por un vestido fuera que Jonathan la encontraba perfecta. No quería decepcionarlo, el día de la boda.
Al salir, el silbido que oyó fue largo. Aquello sí que era un piropo. Stacy deseó desaparecer de nuevo en el probador, pero por otro lado se sintió complacida ante la reacción del Señor Musculitos. Confirmaba su opinión de que, de entre todos los vestidos que se había probado, aquel era el mejor. Quizá debiera comprarlo, a pesar del precio. Por Jonathan. Después de todo, él pagaba el banquete. Jonathan insistía en que los más de doscientos invitados que él aportaría eran demasiados como para esperar que lo pagara el padre de la novia. Stacy le había sugerido que celebraran una boda más modesta, pero Jonathan no había querido ni oír hablar de ello. Stacy se giró frente al espejo tratando de no imaginar la iglesia, con setenta invitados a un lado, por su parte, y más de doscientos al otro, por parte de Jonathan.
—Ese está mucho mejor —comentó el crítico espontáneo.
—Gracias.
¿Por qué le daba las gracias? No era ella quien había diseñado el vestido, ni siquiera se había decidido. Aún quedaban muchas tiendas que visitar en Detroit.
—¿Va a ser una boda grande?
—Más grande de lo que hubiera querido —respondió Stacy sin darse cuenta.
—Creía que era la novia la que decidía esas cosas —comentó el tipo de los vaqueros.
—Puede ser una decisión conjunta.
—Pues no me parece que sea conjunta, si tú piensas que es demasiado grande.
—¿Tienes algún interés profesional en las bodas de los demás?
—¿Es que tengo aspecto de organizador de ceremonias? —inquirió a su vez Nick riendo.
—No, más bien pareces el chico de los recados.
—¡Vaya, un ángel con mal genio! —respondió Nick torciendo la boca, medio sonriendo.
Stacy no sabía si sentirse halagada, o insultada. De un modo u otro, habría preferido que aquellos ensoñadores ojos negros contemplaran cualquier otra cosa que no fuera a ella. ¿Cómo podía tomar una decisión cuando no dejaba de torcer el sensual labio superior, haciéndole desear lamerlo?
«¡Dios!», una idea extraña había entrado en su cerebro. Tenía novio, tenía un futuro. ¿Cómo podía concebir tales pensamientos acerca del Señor Musculitos? Stacy buscó la ayuda de la dependienta, pero fue inútil. Por mayorcita que fuera, sus ojos no se despegaban del atractivo tipo, como diciendo: «cómeme».
—Creo que te llama tu madre —dijo Stacy tratando de terminar de una vez por todas con aquella charla.
—Ojalá se diera prisa —sonrió Nick abiertamente—. Preferiría descargar un camión que estar aquí.
—¿Es a eso a lo que te dedicas? ¿A descargar camiones?
—Trabajo en la construcción, temporalmente. Apuesto a que tú eres… —Nick frunció los labios provocando en Stacy una vez más pensamientos no deseados—… profesora de baile.
—¿Qué? —preguntó Stacy sorprendida.
—Tienes una figura grácil, esbelta, eres… artística…
—¡Artística! —rio Stacy—. ¡No sabes cuánto me cuesta que mis alumnos de preescolar dibujen bien un árbol!
—¡Profesora! Andaba cerca.
—En absoluto.
Stacy le volvió la espalda fingiendo contemplarse en el espejo. En realidad, lo que miró fue el reflejo de Nick. Tenía orejas bonitas, pequeñas y pegadas a la cabeza. Pero ya bastaba de prestarle tanta atención. Tenía cosas más urgentes que hacer. El vestido le gustaba. Quizá debiera comprarlo, antes de cambiar de opinión. Le gustaban los tirantes finos, el hecho de que no tuviera una larga y molesta cola, y el escote, revelador pero recatado.
—Voto por ese. ¿Vas a consultarlo con tu novio? —preguntó él.
—No, es decir… él confía en mi juicio.
—Sería un estúpido, si no lo hiciera.
—No es estúpido, es abogado —afirmó Stacy.
Nick abrió la boca para decir algo, pero en ese momento su madre asomó la cabeza por la pesada cortina que separaba el salón de la trastienda, diciendo:
—Nicky, todavía estoy aquí, tratando de solucionar esto. Quizá debas ir a echar otra moneda al parquímetro. ¿Tienes cambio?
Seguro que su madre era la única que lo llamaba «Nicky», pensó Stacy. El diminutivo no pegaba con la imagen de hombre grande e imponente. Stacy trató de no observarlo rebuscar por los bolsillos del estrecho pantalón.
—Tranquila, ya voy.
Nick salió de la tienda, haciendo sonar las campanillas. Stacy lo observó de espaldas. En realidad, no le interesaba. Le interesaba mucho menos que a la dependienta, a la que estaba a punto de caérsele la baba. Por fin podía pensar en el vestido sin verse interrumpida por sus comentarios. El vestido de encaje era bonito, inocente. Era adecuado para ella. ¿Llevaría guantes? Quizá unos cortos, abotonados en la muñeca. Y algo ligero en el pelo, una cinta, simplemente. Le gustaba llevar el pelo corto, con un estilo natural. No quería ponerse nada complicado en la cabeza. Por desgracia, debía dejarse crecer el pelo. A los socios del gabinete no les gustaba el aire de chica provocativa que tenía con él corto. La imagen de la novia perfecta se complicaba de día en día, y solo faltaban dos meses.
Las campanillas de la puerta volvieron a sonar. Stacy se giró esperando ver a «Nicky», y se habría echado a reír al ver el aspecto de los dos hombres que entraron, de no haberse quedado de piedra. La empleada emitió un ruido estrangulado, y Stacy rio sofocadamente. Eran dos hombres enmascarados, los que habían entrado. El alto habría resultado siniestro, todo vestido de negro, incluida la máscara, de no haber exagerado tanto en el uso de ese color. ¿Qué sentido tenía vestirse completamente de negro en un soleado día de junio? Stacy volvió a reír sofocadamente hasta que cayó en la cuenta de que aquel podía ser efectivamente «el malo».
El segundo tipo era fornido, desgarbado, llevaba vaqueros y una camisa de manga larga. Y la máscara naranja, que recordaba a las de los dibujos animados, le tapaba toda la cara, sobresaliendo solo una nariz que parecía una verruga. ¿Por qué entrar en una tienda con la cara tapada? ¡Para robar! ¿Pero qué hacían en un local que, posiblemente, solo funcionara con cheques y tarjetas de crédito?
—Aún no estamos en Halloween —soltó Stacy involuntariamente.
Su intención no era llamar la atención, simplemente se le había escapado. Al menos no llevaban pistolas o cuchillos, o lo que fuera que usaran los ladrones en tales casos. Aquella tenía que ser una broma, una broma de mal gusto. Sin embargo el desgarbado gordinflón la agarró del brazo, y no en broma. Tiró de ella con tanta fuerza que le hizo daño. Stacy se tambaleó, con los zapatos de tacón alto, y el hombre de negro, mucho más tenebroso que su compañero, la agarró del otro brazo.
—¡Basta! ¡Suéltenme! —gritó Stacy tratando de echarse atrás.
—¡Cierra la boca! —gritó a su vez el hombre de negro empujándola hacia la puerta.
—¡Cometen una terrible equivocación! No hay ninguna razón para secuestrarme a mí. Yo no soy rica. ¡Ni siquiera puedo pagar este vestido! Se han equivocado de persona.
—¡Cállate! —gritó el hombre de la máscara naranja mientras la arrastraban por la calle, presa de los brazos.
Conque querían que se callara, ¿no? Entonces gritaría. En la curva, cerca de la puerta de la tienda, había una furgoneta verde sucia aparcada marcha atrás.
—¡No se puede aparcar en el paso de peatones! —gritó Stacy.
El hombre de la máscara naranja la soltó para abrir las puertas traseras de la furgoneta, pero el de negro siguió sujetándola, y finalmente le tapó la boca. Stacy pensó en mordérsela, pero ¿quién sabía qué habría podido tocar aquella asquerosa mano peluda? En su lugar decidió dar patadas, asestándole una al de naranja en pleno trasero. El hombre gruñó, pero abrió la puerta. Dentro, la furgoneta estaba sucia y llena de desperdicios. Solo tenía dos asientos, en la parte delantera. Había basura y restos de césped por todas partes.
—No le hagas daño —advirtió el alto empujándola de cabeza sobre una pila de sábanas sucias, en el suelo.
Stacy aterrizó sobre el estómago. No podía pensar, y menos aún reaccionar. Aquello no podía estar sucediendo en un salón para novias en pleno centro de la ciudad. Incluso Jonathan había dado su aprobación, al consultarle su opinión sobre la tienda.
De improviso, Stacy dejó de estar sola en la parte de atrás de la furgoneta. Un hombre entró de bruces por la puerta delantera del conductor, rodando por encima de ella y del vestido, retorcido alrededor de su cuerpo. El hombre trató de agarrar el picaporte de una puerta, para evitar que cerraran. Stacy rodó por el suelo hasta quedar de lado, para ver qué ocurría. Su héroe salvador era «Nicky», el tipo de la tienda. Le asestó un par de golpes al de la máscara naranja, pero no pudo apartarlo de la puerta. El ladrón gordito seguía intentando trepar dentro de la furgoneta.
De pronto surgió una sombra, no se supo de dónde. Stacy gritó, pero fue demasiado tarde. Un paquete de seis latas de cerveza se estampó con fuerza contra la cabeza de Nicky, que cayó sobre sus piernas, en perpendicular a ella. Stacy quedó tumbada boca abajo, y las puertas traseras de la furgoneta se cerraron. El hombre de la máscara de negro había entrado por delante, y lo había golpeado.
Stacy no podía salir de debajo del enorme cuerpo de Nicky, inmóvil. Además, la furgoneta había arrancado, y giraba en una curva llena de baches. Luego continuó lentamente por la larga avenida plagada de tiendas. ¿Es que aquellos dos idiotas no sabían que debían huir de la escena del crimen? Acaban de cometer la peor felonía que pudiera imaginarse, y sin embargo paseaban por la calle más despacio que tía Lucille. ¿Acaso esperaban un premio de la policía, por buena conducta en carretera? Stacy se asustó. Estaba clavada al suelo bajo un hombre inconsciente, y quizá muerto.
Nicky gimió. Bien, no estaba muerto, pero debía de tener una fuerte contusión. No era más que un holgazán y un fresco, como hubiera dicho su tía, pero al menos había intentado salvarla.
—Mi héroe —susurró Stacy.
Stacy trató desesperadamente de moverse, pero entonces oyó ruido de tela rasgándose. El vestido debía de estar arruinado. Si salía viva de la aventura, tendría que pagarlo. ¿Y quién sabía qué manchas podía tener, tras arrastrarse por la furgoneta?
—¡Ohh! —se quejó Nicky.
—¿Te encuentras bien? Por favor, si estás bien, quítate de encima. Ya sé que no suena muy amable por mi parte, pero me tienes clavada al suelo. ¡No, mejor no te muevas! No debes moverte, si tienes una herida en la cabeza.
—Creía que eras de las calladitas —gimió él.
De pronto Stacy se dio cuenta de que, entre ella y Nicky, oprimiéndole el trasero y la espalda, había un montón de tela crujiente. Tenía el vestido levantado hasta la cintura, enredado por todas partes excepto por donde lo necesitaba.
—¡Detesto que me digan que soy calladita! ¿Es que es necesario estar de cháchara todo el día? ¡Dios, me aplastas las piernas!
—Bonitas piernas —contestó él—. Y lo otro, también. ¿Con qué me han pegado?
—Con cerveza, con un paquete de seis latas de cerveza. ¿Dónde te duele? ¡No, no te muevas! Te han herido en la cabeza. ¡Sí, Dios, muévete! —Nicky se sentó al fin, y ella hizo lo mismo, tratando de bajarse el vestido—. Quizá debas quedarte tumbado.
Él estaba pálido, todo lo pálido que puede estar un hombre de tez morena. Stacy deseó palparlo para ver si estaba herido. Aunque, pensándolo bien, acariciar aquellos rizos resultaría excesivamente excitante.
—Estoy bien —dijo él moviendo con precaución la cabeza—. ¿Me han pegado con cerveza?
—Sí, debería verte un médico.
—No, tengo la cabeza muy dura. Bastará con que descanse un poco.
—Mejor, porque vamos de paseo con estos amigos.
—¿Quiénes son? —preguntó él en un susurro.
—No tengo ni idea.
—¿No te han dicho por qué te han secuestrado y te han metido aquí?
—No, además mis padres no son ricos, ni nada parecido. Gracias por intentar salvarme.
—Intentar… —repitió él de mal humor, trepando al otro lado de la furgoneta y dándose de bruces contra la pared.
—¡Este hombre está herido! —gritó Stacy mirando hacia delante, mientras el que conducía se detenía ante una señal de stop.
—¡Cállate!
—¡Pero puede estar mal herido! —insistió Stacy.
—Debería atarlos, ¿no crees, Perce?
—¡Sí, y darles también nuestra dirección y número de teléfono, idiota!
—Lo siento, olvidé eso de no decir el nombre.
—¡Tienen que dejar salir a este hombre! ¡Y a mí! ¡Se han equivocado de persona! —exclamó Stacy.
—Hazla callar —ordenó el que conducía.
Stacy cerró los ojos, aterrorizada ante lo que iba a hacerle el hombre de la máscara naranja. El enorme rollo de esparadrapo que sacó la hizo tragar.
Capítulo 2
DEBE de picarte toda la cara con esa máscara, Perce —comentó Nick tras un largo viaje en la furgoneta, que había acabado a orillas de un lago, donde habían tomado una barca para llegar a una remota isla.
Perce, el secuestrador alto vestido de negro, le dio un golpe entre los omoplatos, y Nick aceleró el paso por el sendero hasta una cabaña, a orillas del bosque. Los habían llevado a una isla desconocida, en algún lugar del norte de Michigan. Aparte de eso, Nick no tenía ni idea de dónde estaban.
De no haber tenido las manos atadas a la espalda, Nick podría haber reducido a los dos delincuentes con unos cuantos golpes. No parecía que fueran armados. ¿Qué clase de idiotas cometían un secuestro con seis latas de cerveza?
Le dolía la cabeza y se le estaban durmiendo las manos, pero Stacy estaba peor que él. Harold, que así se llamaba el otro secuestrador, según su compañero, la agarraba del brazo igual que una tenaza, arrastrándola con los tacones. Y mientras trataba de mantener el equilibrio, Stacy se pisaba el vestido cada pocos pasos.
La máscara naranja estaba flotando en algún lugar del lago. Harold se la había quitado, nada más sentir mareos a causa de las olas. Tenía la ropa calada, porque se había caído al tratar de salir de la pequeña barca, al atracar en la isla. Se quejaba constantemente, pero no lograba obtener la simpatía de su compañero, que no se hartaba de gritarle.
—Me duele la tripa —se quejó Harold—. No me dijiste nada de la barca.
—¿Crees que iba a dejar que fueras por ahí hablando más de la cuenta y arruinando los planes? —preguntó Perce—. ¡Cretino, jamás había oído que nadie vomitara las galletas en una barca de remos con motor de un solo caballo!
—Había olas —se defendió Harold—. Creo que me voy a morir.
—Me aseguraré de que así sea, ¡so tonto! ¿Cómo has podido olvidarte del teléfono móvil?
—¡Lo siento! —se disculpó Harold—. Debo de habérmelo dejado en la cocina, cuando fui por la cerveza. Pero tienes que admitir que esas latas han sido muy útiles.
—Sí, hasta que te bebiste cinco y las vomitaste en el lago.
—¿Es que no hay un teléfono por alguna parte en esta isla?
—No, no hay ningún teléfono por ninguna parte en esta isla —repitió Perce imitando la voz de Harold en tono burlón—. He estado aquí mil veces con mi tío Rudy, y no hay teléfonos.
—Está cerrado —dijo Harold girando el picaporte de la puerta de la cabaña con la mano que le quedaba libre.
—Por supuesto que está cerrado, estúpido. ¿Crees que al tío Rudy le gustaría que cualquiera pudiera entrar y usar la cabaña? La llave está encima del marco de la puerta. Búscala.
Harold encontró la llave, pero se le cayó al césped, junto a la pared de metal ondulado de la cabaña.
—Recógela —le ordenó Harold a Stacy, olvidando que tenía las manos atadas.
Stacy sacudió la cabeza. Era todo lo que podía hacer, con un esparadrapo en la boca. Nick admiró su valentía, teniendo en cuenta que su captor podía retorcerle el brazo cuanto quisiera.
—Pues yo no meto la mano ahí —dijo Harold—. Podría haber incluso serpientes.
—¡Recoge esa maldita llave! —le gritó su compañero.
—¿Por qué tengo que hacer yo siempre el trabajo sucio? —se quejó nuevamente Harold.
—¡Porque tienes el cerebro de un mosquito! Yo no puedo dejar de vigilar a este tipo solo para recoger una llave que tú has tirado.
Nick se planteó la idea de derribar a aquellos dos hombres mientras discutían, pero con las manos atadas era imposible. No quería que le hicieran daño a Stacy, ni era muy inteligente conseguir que volvieran a golpearle la cabeza. Tras abrir la puerta Harold y hacer entrar a su prisionera, Percy empujó a Nick. Un solo golpe en el lugar indicado hubiera bastado, pero lanzarse sobre Harold habría sido como lanzarse sobre un enorme balón. Habría rebotado contra su barriga, sin tocar siquiera ningún punto vital.
Nick entró en la cabaña de una sola habitación, posiblemente utilizada como cabaña de pesca. A la escasa luz de las dos únicas ventanas, pudo observar una vieja cocina en un rincón, una mesa de formica naranja, dos sillas de madera distintas, un fregadero de acero y un armario de cocina viejo pintado de verde. Sobre una cama metálica, un colchón sin funda ni sábanas. Eso, junto con un sofá de flores descolorido, cubierto por una tela medio rota negra, completaba el mobiliario. En un rincón se amontonaban aparejos de pesca, trozos de cuerda vieja y otras guarrerías.
—Tengo que volver a tierra firme a llamar por teléfono —dijo Percy—. Átales los pies con esa cuerda.
Como ambos tenían las manos atadas a la espalda, Harold se atrevió a empujarlos sobre el colchón y comenzó a atarles los pies. Stacy hizo pequeños ruidos estrangulados con la boca, sugiriendo con ello que podían quitarle el esparadrapo, pero ninguno de los dos hombres le hizo caso.
—Quédate aquí y vigila —ordenó Percy mientras Harold comenzaba a atar a Nick.
—¡De ningún modo! Este sitio apesta. Están atados, ¿qué pueden hacer?
—Volveré en cuanto llame por teléfono —insistió Percy.
—¡Tú aquí no me dejas! —exclamó Harold cruzándose de brazos—. Quédate tú, yo iré a llamar.
Percy se rascó la barbilla por debajo de la máscara y se acercó a comprobar que Nick estuviera bien atado.
—Bueno, supongo que no podrán moverse.
Bien, pensó Nick. El primer error de los secuestradores sería dejarlos solos, y el segundo no registrarlos.
—No comprendo por qué tenemos que llamar por teléfono —se quejó Harold—. Como si no fuéramos dignos de confianza, o algo así.
Percy regañó a su compañero por hablar demasiado y se dirigió a la puerta, quitándose la máscara en cuanto se dio la vuelta. Nick pudo ver unos cuantos cabellos pelirrojos sudados antes de que Harold le bloqueara la visión, siguiendo a su compañero. En cuanto se hubieron marchado, Stacy comenzó a hacer ruidos y a gesticular.
—Si no te importa que me acerque, creo que podría quitarte el esparadrapo de la boca —dijo Nick. Stacy comenzó a moverse sobre la cama—. No, no trates de levantarte. Quédate tumbada. Así no tendré miedo de tirarte al suelo.
Stacy musitó algo. Sus pechos quedaron planos como los pechos de cualquier mujer cuando se tumba boca arriba. Nick había tenido pocas ocasiones de comprobar ese fenómeno últimamente. El escote de su vestido se levantaba lo suficiente como para atisbar una suave y cremosa porción de carne, y no pudo evitar pensar en lo delicioso que resultaría acariciarla. De momento, sin embargo, prefería rescatarla que descubrir sus encantos.
Stacy tenía dos tiras de esparadrapo pegadas de mejilla a mejilla. Por suerte, la de abajo estaba ligeramente levantada por una esquina, proporcionándole la oportunidad de tirar de ella con los dientes.
—Esto va a resultarte un poco incómodo —advirtió Nick, sabiendo que le dolería a rabiar. No podía utilizar los brazos, así que no podía sostenerse. Tenía que tumbarse a medias sobre ella, esperando no resultarle pesado—. Lo siento, si peso.
Nick sintió cómo se le aplastaba el pecho bajo su peso. Ella musitó algo así como «date prisa».
—Vamos a probar de lado —dijo Nick tras unos minutos intentándolo, frustrado—. Así no tendré que preocuparme de si te hago daño.
Nick rodó hasta ponerse de lado y ella se movió en sentido contrario, pero la maniobra no parecía haber sido calculada precisamente para ocupar su mente en la tarea que tenía entre manos. El colchón, viejo, se hundía por el centro, haciéndolos chocar por muchos esfuerzos que hicieran por separarse. Nick estaba sudando en todos los sentidos, pero no había tiempo de adoptar posiciones menos provocativas. Y la cosa no era tan fácil como parecía. Nick logró agarrar con los dientes el esparadrapo, pero mordió a Stacy sin querer en la barbilla.
—Lo siento —musitó consciente de su respiración, al acercarse a la nariz de Stacy.
Por fin consiguió atrapar la punta del esparadrapo con los dientes. Quería tirar y quitárselo de una vez, para evitar en lo posible el dolor, pero lo único que pudo hacer fue lamerlo con la lengua para tratar de soltarlo otro poco. Había progresado ya bastante, cuando un ligero llanto lo hizo detenerse.
—Aguanta, casi lo tengo.
Por fin tenía el esparadrapo seguro entre los dientes. Tiró con fuerza. Stacy se agitó, pero no se apartó. Le había quitado la primera tira, pero por desgracia la segunda seguía fuertemente adherida. Tenía que repetir el proceso, chupando con la lengua hasta que hubiera logrado levantar lo suficiente como para tirar. Y detestaba tener que hacerle daño.
—¡Ouch! ¡Eso duele! —exclamó Stacy con ojos llorosos.
Era una valiente. La piel se le había irritado por donde había tenido pegado el esparadrapo, pero conservaba bastante bien la calma, para ser la víctima de un secuestro. Y eso tenía que agradecérselo.
—No tenemos mucho tiempo. Ahora te toca a ti. Tengo la navaja en el bolsillo izquierdo delantero del vaquero. Tendrás que sacarla tú.
—¿De tu bolsillo?
—Rueda por la cama hasta ponerte a este otro lado, a mi izquierda.
—¿Rodar?
—A menos que sepas volar, claro.
—Bueno, está bien —accedió Stacy.
Nick se colocó boca arriba para facilitarle la operación, pero a pesar de todo a Stacy le costó subirse encima y rodar al otro lado. Tras lo que le parecieron larguísimos y tortuosos instantes, ella se tumbó de costado, flexionada como una cuchara a su lado, con el trasero y unos cuantos metros de tela revueltos contra él, y las manos al nivel de su bolsillo.
—No sabía que los vaqueros tuvieran unos bolsillos tan profundos —comentó ella tras un par de intentos por sacar la navaja.
Nick estaba convencido de que ella trataba de no entrar en un terreno excesivamente personal. Se sentía dividido entre la emoción por aquella caricia íntima, y el deseo de que ella no comenzara algo que él no iba a poder terminar con la conciencia limpia. Stacy había conseguido meter los dedos en el bolsillo, pero no los tenía lo suficientemente largos como para sacar la navaja.
—Me temo que voy a… —vaciló ella.
Nick sabía muy bien qué era lo que ella temía. Aquellos pequeños deditos, tan ocupados, iban a acabar por violentarlos a los dos.
—¡Eso no es una navaja! —jadeó Nick cuando ella agarró algo más que tela.
—¡Lo siento! No puedo…
—No tenemos elección. Trataré de levantarme un poco.
—Me siento como un gusano, arrastrándome —comentó ella—. ¡Ya, estoy tocando algo duro! ¡Casi lo tengo! ¡Oh, Dios!
Sí, exacto. Stacy estaba tocando algo más que la navaja. Había dado en el clavo, en más de un sentido.
—Caliente, caliente, pero no —contestó Nick fingiendo que no se moría por que siguiera tocándolo.
—¿Por qué tienes unos bolsillos tan profundos? —se quejó ella.
—Te aseguro que son de tamaño estándar.
Ni estaban hablando de los vaqueros, ni Nick era el único ruborizado.
—¡Lo tengo! ¡Sí, lo tengo! —gritó ella nerviosa—. ¿Por qué llevas navaja?
—Me la regaló mi padre. A veces es útil, en el trabajo. Déjala encima del colchón, en medio de los dos. Yo te desataré las manos primero. No te preocupes, lo haré despacio y pondré un dedo debajo de la cuerda, antes de cortar.
—¿Y puedes hacer todo eso sin mirar?
—Claro —contestó Nick. Trabajar de espaldas era un engorro, pero no tenía elección. ¿Cuánto tardarían esos dos en cruzar el lago y encontrar un teléfono? ¿Se quedarían merodeando por allí, o volverían a la isla inmediatamente? Probablemente todo dependiera de lo que dijera su jefe, por teléfono—. ¿Por qué te han secuestrado? —volvió a preguntar Nick.
—¿Es que crees que no me he estrujado yo el cerebro, con esa misma pregunta? —contestó Stacy—. Mis padres no son ricos, pero…
—¿Pero qué? —preguntó Nick terminando de cortar la cuerda de Stacy—. Ahora corta tú la mía —Stacy comenzó a cortar, pero dejó de hablar—. Si tienes alguna idea, dímela. No tengo ganas de juegos.
—Mi novio tiene dinero.
—Ah.
—Bueno, él no, exactamente. Su familia. Es un Mercer.
—¿De los famosos Mercer?
Nick no era un gran admirador del adinerado clan de los Mercer, pero su abuelo tenía contactos con ellos, debido al éxito de Bailey Baby Products.
—Sí. Ya está, estás libre —contestó ella contenta.
Nick le quitó la navaja y comenzó a cortar las cuerdas de los tobillos de ambos. Se sentía bien, excepto por un intenso dolor de cabeza y cierta tensión en los músculos de brazos y hombros. Flexionó los dedos y observó a Stacy ponerse en pie y moverse para desentumecerse.
—¿Estás bien?, ¿qué tal la cabeza?
—Estoy bien, es un simple dolor —contestó Nick.
—Quizá pueda encontrar algo. Todo el mundo tiene aspirinas en casa.
—No importa, salgamos de aquí.
En realidad, a Nick no lo preocupaban demasiado los secuestradores, pero siempre cabía la posibilidad de que volvieran con un arma más contundente que seis latas de cerveza. Stacy comenzó a rebuscar por el armario de cocina.
—Tazas, una lata de sopa, una tetera —enumeró Stacy abriendo luego un cajón y sacando un paquete de aspirinas—. ¿Lo ves? ¡Te lo dije! Todo el mundo las usa, de vez en cuando. Espera que te dé agua.
—Déjalo, tenemos que marcharnos.
—Será mejor que te la tomes —contestó Stacy en un tono de voz didáctico, que debía de ser el mismo que utilizaba con sus alumnos.
—Está bien —accedió Nick abriendo el paquete y tragándose dos aspirinas sin agua.
Estaba demasiado ocupado, calculando cuál sería su próximo movimiento, como para preocuparse por un dolor de cabeza. Probablemente, si se internaban en el bosque que había tras la cabaña lograrían salvarse. Percy y Harold, evidentemente, jamás habían sido grandes ases con las cuerdas, y era dudoso que fueran más competentes en el bosque. Stacy estaba ocupada llenando un vaso en el fregadero del que apenas salía agua. Nick se inclinó sobre él y bebió directamente del grifo.
—Está mala —dijo restregándose los labios y agarrando a Stacy de la mano.
Nick no se paró a mirar el anillo de compromiso de Stacy, pero sí se preguntó por qué los secuestradores no se lo habrían quitado. ¿No se habían sentido tentados, dado su valor? No sabía mucho sobre secuestros, pero Percy y su compinche no eran más que unos tontos, si creían que podían llevarlo a cabo.
Stacy no estaba muy segura de poder llegar lejos por el bosque, con aquellos zapatos y aquel vestido, pero tampoco podían quedarse esperando. En la tienda, le había gustado el vestido precisamente por su sencillez, pero en el bosque, en una isla probablemente deshabitada, la voluminosa y larga falda se le enganchaba constantemente, tirando de los delicados tirantes que, además, dejaban sus brazos y hombros al descubierto, a merced de la picadura de cualquier bicho y de los arañazos de las ramas.
—¿Vas bien? —preguntó Nick volviendo la cabeza, sin detener la marcha.
—Sobrevivo —contestó Stacy sonriendo burlonamente de oreja a oreja, haciéndole comprender lo estúpido de la pregunta.
Inmediatamente después se arrepintió. Era culpa suya si él se veía envuelto en ese lío. Él estaba allí simplemente por intentar salvarla. Pero ¿y ella?, ¿por qué estaba allí? ¿Cómo habían sabido Percy y Harold encontrarla, y qué esperaban sacar? Apenas le quedaba aliento, estaba desorientada por completo.
—¿Sabes adónde vamos?
—Primero nos internaremos en el bosque durante un cuarto de hora, todo recto —contestó Nick—. Luego giraremos a la derecha en ángulo recto. De ese modo, volveremos a la costa. Es como cortar un trozo de empanada.
—Eso suponiendo que la isla sea redonda. ¿Qué pasa si es rectangular?
—Hemos desembarcado en la costa este, así que el sol debe estar…
—¡Déjalo, no importa! —exclamó Stacy—. Estamos en Michigan, no en los espesos bosques de Canadá. Aquí es imposible perderse.
—¿Quieres descansar? —preguntó Nick deteniéndose un momento.
—No, esto no es nada comparado con pelearse con cuarenta y dos preescolares.
—Vamos —la animó Nick tomándola de la mano para guiarla entre las enormes raíces desnudas y levantadas de los árboles, como tentáculos gigantes.
Stacy tropezó y calló de rodillas rasgándose el vestido. Tardaría meses en pagarlo, y ni siquiera podría ponérselo. Además, sus padres debían de estar muy preocupados. Y Jonathan.
—¿Te has hecho daño?
—Dime que esto es solo un simulacro, y que yo seré la próxima que rescaten de la isla —contestó Stacy poniéndose en pie, tambaleándose.
—Quizá, si te quitaras los zapatos —sugirió él.
—¿Para pisar ramas con espinas, piedras puntiagudas, y animales que se arrastran sobre la barriga?
—Puedo llevarte a caballo —se ofreció Nick ocultando sus dudas.
—Gracias, pero no, gracias.
—Ahora giraremos en ángulo recto —dijo Nick—. Con un poco de suerte, saldremos del bosque a la suficiente distancia de la cabaña como para que no nos vean esos dos idiotas cuando vuelvan.
Nick encontró un sendero, de modo que el camino se hizo más llevadero. Stacy lo siguió levantándose las faldas. Había logrado calmarse, desde el momento de la fuga, y por fin podía pensar. Pero por desgracia no podía concentrarse en la huida. Tendía a rememorar vívidos e íntimos momentos de acercamiento personal. En concreto, el instante de sacar la navaja del bolsillo de Nick.
Stacy no había vuelto a pensar en él como «Nicky». Aquel no era un pequeño niñito malo. De hecho, cuanto más recordaba y más pensaba en ello, más violenta se sentía. Y procuraba desviar la vista a otra parte, cuando él se giraba para comprobar si lo seguía.
En realidad, Nick era una persona grata de contemplar, siempre que no tuviera que mirarlo cara a cara. Le caían rizos morenos por la nuca, y los músculos de su espalda eran visibles bajo la camisa. Era una lástima que Jonathan no tuviera músculos como él.
Nada más ocurrírsele la idea, Stacy comenzó a hacerse reproches. Los músculos de espalda y piernas no tenían nada que ver con la bondad de las personas. Un hombre podía ser físicamente tan perfecto como una escultura griega, y sin embargo ser un nefasto candidato para una vida feliz, duradera, con él.
Jonathan era… mono. Realmente mono. Stacy estaba avergonzada de sí misma. Bueno, un poco. Por escrutar el trasero de un tipo con vaqueros. Por supuesto, los hombres se pasaban la vida escrutando los cuerpos de las mujeres. Ella lo sabía muy bien, había oído hablar a sus hermanos. Así pues, no tenía nada de malo el hecho de que una mujer admirara el cuerpo bien proporcionado de un hombre. No significaba nada, simplemente la distraía de sus problemas. Por un segundo, incluso, había logrado olvidar que tenía los pies destrozados.
—Espera un minuto —advirtió Nick de pronto. Stacy se quedó paralizada—. Está bien, vamos.
Stacy lo siguió una vez más. De no haber estado tan ocupada, habría oído el ruido de agua. Lo que tenía delante no era exactamente una playa, pero la tierra iba en declive suavemente, hasta encontrarse con el agua.
—No me mires —dijo ella.
Stacy se quitó los zapatos, las medias, y se subió la falda por encima de las rodillas para meter los pies en el agua. El fondo era pantanoso, el agua corría por entre sus dedos, le salpicaba los tobillos. Estaba helada, pero la sensación era maravillosa. Por unos segundos estuvo tan absorta en aquella sensación, que ni siquiera se dio cuenta de que Nick la observaba.
—Bonitas piernas —comentó él cuando Stacy lo pilló mirándola. Había recogido sus medias y sus zapatos, y sacudía uno de ellos—. Este tacón se está rompiendo. ¿Quieres que arranque los dos?
—Claro, ¿por qué no?
—¿Qué tal está el agua?
—Fría.
—De todos modos, estamos demasiado lejos como para volver nadando —comentó Nick mirando al otro lado de la extensión de agua azul—. Podría hacerlo si no tuviera más remedio, pero no quiero dejarte aquí sola.
—Gané la Cruz Roja de salvamento —dijo ella.
—Está más lejos de lo que parece —advirtió él—. Yo paso, pero si quieres quitarte el vestido e intentarlo, adelante. Te observaré encantado.
—¡No creo!
Nick tiró los tacones entre las ramas, le dio lo que quedaba de los zapatos, y se guardó las medias en el bolsillo del pantalón junto con la navaja, diciendo:
—No hay que dejar pistas, si no queremos que nos sigan.
—Y ahora, ¿qué hacemos?
—Seguir por la costa. Parece que la isla es grande. Puede que haya más cabañas. O, al menos, puede que encontremos un bote.
—Podríamos hacer señas, a ver si nos ven al otro lado —sugirió ella contemplando la otra costa esperanzada.
—El agua parece limpia, si tienes sed —dijo él agachándose para recoger agua con ambas manos.
—¿Qué tal tu cabeza? ¿Estás mareado? ¿Cuántos dedos tengo aquí? —preguntó Stacy sacando tres.
—No es necesario que juguemos a médicos —respondió Nick agarrando la mano de Stacy y cerrándosela—, aunque no me importaría hacerlo, en otras circunstancias. Sigamos andando. Creo que he oído el ruido de un motor, mientras metías los pies en el agua —Stacy continuó caminando tras él—. Eh, ahí hay luces —añadió él unos cuantos metros más allá—. Estamos salvados.
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