Kitabı oku: «No desamparada»

Yazı tipi:

«Con gracia y humildad, Jenn alza la voz para decirles a otros sobrevivientes de abuso que hay esperanza y un futuro más allá de su dolor. Con consejos basados en la Escritura, Jenn repasa su proceso de sanación personal y ofrece recomendaciones fundamentadas en su experiencia para otras personas que están en el mismo sendero. Si has sido abusado o estás apoyando a un ser querido que ha experimentado abuso, encontrarás consuelo y sabiduría aquí».

KARLA JACOBS, miembro de la Georgia Commission on Women, Georgia Human Trafficking Task Force

«Fascinante, doloroso, amable, glorioso y devastador. Greenberg pone los puntos sobre las íes».

LORI ANNE THOMPSON, sobreviviente y contadora de historias.

«En No desamparada, te sentirás comprendido si has experimentado abuso. Si ese no ha sido el caso, entenderás mejor el impacto que tiene el abuso. Las estadísticas muestran que el abuso está fuera de control en nuestro mundo y en nuestras comunidades cristianas. Este es un recordatorio de lo mucho que debemos hacer para proteger a los inocentes y de que hay esperanza en Jesús para los que sufren».

DR. TIMOTHY S. LANE, presidente del Institute for Pastoral Care, Autor de Cómo cambia la gente y Unstuck [Desatascado]

«Comenzar un ministerio para las personas que han sufrido abuso intrafamiliar ha sido un camino largo con una curva de aprendizaje muy pronunciada. Este es el libro que me gustaría haber tenido al principio».

JASON MEYER, pastor de predicación y visión,

Bethlehem Baptist Church, Minneapolis

«Un libro poderoso y necesario, pues la prevalencia del abuso está saliendo cada vez más a la luz en nuestro mundo y nuestras iglesias. Este libro no solo será un bálsamo sanador para las heridas más profundas, sino que también te hará adorar al Dios de la esperanza, la sanidad y la redención».

SARAH WALTON, autora de Esperanza en medio del dolor

«Jennifer es precisamente la clase de experta que nadie quiere ser: ha experimentado en carne propia la naturaleza destructiva del abuso. A pesar de eso, nos entrega un relato personal del poder del amor. Este libro combina la compasión de la experiencia del #YoTambién con la sabiduría de un teólogo experto».

BOB HAMP, Terapeuta matrimonial y de familia,

autor de la serie Think Differently [Piensa distinto]

«Una exploración audaz y auténtica de los sentimientos y acciones complejos y a menudo conflictivos que acompañan al abuso. La condición humana compartida del dolor está irradiada en este libro, pero de una forma que infunde esperanza, sanidad y un futuro más allá de ese dolor».

NICOLE F. FISHER, presidente de Health &Human Rights Strategies

«Para los que están buscando un proceso de recuperación basado en la fe, este libro sienta las bases para dar los primeros pasos hacia la sanidad».

TODD HILDEBRANDT, sobreviviente, RAINN Speakers Bureau

«El libro de Jennifer presenta las verdades poderosas de Dios mediante las realidades dolorosas de su propio testimonio. La autora te permite sentir, sanar y descubrir quién eres en las aguas turbias del abuso que ha intentado ahogarte. Estoy agradecida por la voz de Jennifer y por su valentía: ¡todos se beneficiarán al leer No desamparada!».

POLLY HAMP, sobreviviente y autora de Cherished [Amada]

«Si quieres ver cómo el evangelio recibe a los que han sido heridos y abusados, lee este poderoso libro. Y si tienes cualquier clase de liderazgo en la iglesia, mantén varias copias a mano para ayudar a infundirles esperanza a los que se sienten desesperados».

DANIEL DARLING, vicepresidente de Communications, The Ethics and Religious Liberty Commission; autor de The Dignity Revolution [La revolución de la dignidad]

«Hay pocos libros que en verdad tienen el poder de transformar la vida de una persona, pero creo que este es uno de ellos. No desamparada es una de las historias más poderosas, escalofriantes, desgarradoras, redentoras e inspiradoras que he leído. Jenn invita al lector a acompañarla en su viaje del desamor a la sanación, y, a lo largo del camino, experimentarás todo el abanico de las emociones humanas y verás la bondad de Dios de maneras novedosas».

DAVE WILLIS, autor de Cría hijos que respeten a las chicas

«Profundamente conmovedor. Como sobreviviente, puedo decir que cada capítulo habla de mis experiencias personales y resultó ser corroborante y satisfactorio. Jenn aporta su espiritualidad y compasión a su obra y a los que se benefician de su bondad y su historia. Yo me considero uno de ellos».

CHAD FELIX GREENE, sobreviviente, abogado y autor

«Jenn no esquiva las experiencias espantosas y horribles que soportó, pero a la vez pinta una imagen hermosa de la redención. Las palabras de Jenn hicieron eco en mí como sobreviviente de abuso. Este libro es perfecto para los cónyuges, familiares y amigos que buscan entender el abuso que experimentó un ser querido. Los pastores, maestros y líderes, encontrarán que este libro se transformará en un recurso que sacarán del librero una y otra vez mientras acompañan a los sobrevivientes de sus iglesias, ministerios o escuelas».

MEGAN LIVELY, sobreviviente y fundadora de Relevant Reach

«Si nunca has experimentado abuso, tómate un momento para agradecer a Dios. Después, lee este libro para ingresar al mundo aterrador en que quizás vivan tus amigos, tus familiares, los miembros de tu iglesia y tus vecinos. La Iglesia necesita este mensaje».

WILLIAM BOEKESTEIN, pastor de la iglesia Immanuel Fellowship Church, Kalamazoo, Michigan; autor de The Future of Everything [El futuro de todas las cosas]

«Esta es la historia cautivadora de una joven que encuentra la redención después de sufrir abuso en la familia y la iglesia. Aunque no es una lectura fácil, ayudará a la Iglesia a aprender nuevamente a defender a los débiles y a los maltratados. Insto a los pastores y líderes de la Iglesia a leer No desamparada».

BARRY YORK, presidente y profesor de teología pastoral, Reformed Presbyterian Theological Seminary

«¿Qué muestra de cuidado es una de las más beneficiosas que podemos darles a los que han sido abusados? Escucharlos. ¿Eso te incomoda? Es mejor admitirlo y superarlo que ignorar la incomodidad. Jenn Michelle Greenberg nos ha dado la oportunidad de escuchar, lo que nos ayudará a hacerlo mejor cuando alguien que conozcamos nos comparta su historia. Deja que su vulnerabilidad y valentía te preparen para el momento en que alguien confíe en ti para que lo pastorees o lo acompañes como amigo mientras navega por las secuelas del abuso».

J. D. GREEAR, presidente de The Southern Baptist Convention

«Recomiendo este libro a todos como un recordatorio glorioso de que no estamos desamparados. En una cultura saturada de victimización e introspección, Jennifer nos lleva al Dios trascendente, que es el único que puede darnos esperanza en las luchas de la vida a través de Jesucristo».

PROF. DUSTIN BENGE, The Andrew Fuller Center for Baptist Studies

«La Iglesia ha estado pidiendo a gritos un libro como este, y ahora la persona correcta lo ha escrito de la manera correcta. Sí, es crudo, honesto, transparente y doloroso. Esa es la razón por la que hará eco en muchos. Sin embargo, a diferencia de muchos recuentos de abuso seculares, este también está lleno de gracia, verdad, evangelio y esperanza. Por eso será redentor para muchos».

DR. DAVID MURRAY, profesor de Antiguo Testamento y teología práctica, Puritan Reformed Seminary

«No desamparada nos permite ver lo que hay en el corazón y la mente de una persona que ha sobrevivido abusos, tanto durante esa experiencia como después de ella. Con compasión perita, Jenn nos ofrece esperanza basada en la historia del evangelio. Una guía útil y esperanzadora tanto para los sobrevivientes de abuso como para los consejeros».

ERIC SCHUMACHER, coautor de Worthy: Celebrating the Value of Women [Digna: Celebremos el valor de las mujeres]

Publicado por:

Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

www.farodegracia.org ISBN: 978-1-629462-75-2

Este libro narra los eventos de la vida de la autora a la luz de sus recuerdos y perspectiva. Es posible que los diálogos, nombres, fechas, lugares, eventos y detalles hayan sido modificados por motivos de privacidad o con propósitos literarios.

Originally published in English. under the title: Not Forsaken: A Story o Life After Abuse, by Jennifer Michelle Greenberg Copyright © 2019, by Jennifer Michelle Greenberg, Spanish edition © 2021 by Publicaciones Faro de Gracia with permission of The Good Book Company. All rights reserved. Represented by The Good Book Company.

©2021 Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Julio Caro; edición de texto, diseño de la portada y las páginas por Francisco Adolfo Hernández Aceves. Todos los Derechos Reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro— excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.

©Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina–Valera ©1960, Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.



Contenido

Prólogo por Russell Moore

1. Esta es mi historia

2. ¿Fui abusada?

3. Jesús lloró

4. Conmoción del corazón

5. Cómo acabar con la autodestrucción

6. El problema de la culpa (y su solución)

7. #Porquénodenuncié

8. El desentierro de la imagen de Dios

9. El extraño interior

10. Tras el valle de sombra de muerte

11. Paternidad restaurada

12. La verdad sobre el perdón

13. ¿Qué es el amor?

14. Entonces soy fuerte

Agradecimientos

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PRÓLOGO
por Russell Moore

Una vez, la novelista Flannery O’Connor escribió: «En resumen, al leer mis propios escritos he descubierto que el tema de mis historias de ficción es la acción de la gracia en el territorio mayormente dominado por el diablo». Medito en esa idea con frecuencia porque me parece que su aplicación va mucho más allá de la esfera literaria. Lo más real del cosmos es precisamente eso: la acción de la gracia en un territorio mayormente dominado por el diablo.

Como cristianos, vemos el horror de la maldad y, en contraste con él, la belleza triunfante del evangelio de Jesucristo. No vemos el mundo, la historia ni la trama de nuestra propia vida como narrativas moralizantes y sentimentales, tampoco como historias de terror góticas. Mientras seguimos a Jesús, vemos al mundo que nos rodea bajo el prisma de la cruz. Y en la cruz, vemos el quebranto nauseabundo de este universo atormentado por el diablo y aún más que eso: la gracia del que derramó Su propia sangre para salvarnos.

Por lo tanto, los cristianos deberíamos entender la realidad del trauma mejor que nadie. Y deberíamos saber mejor que nadie que el trauma no es insuperable para la obra de la gracia. Vemos las vidas humanas, incluida la nuestra, a la luz del Lugar de la Calavera, una escena que hace que los corazones quebrantados se aparten con dolor y una escena que también hace que los corazones quebrantados griten de gozo por la realidad de que, aunque el valle de sombra de muerte es una realidad concreta, allí hay un Pastor que está junto a nosotros.

Este libro es el testimonio de alguien que pasó por el trauma y que, como nos dice la Biblia, puede gemir por la ruina del mundo satanizado y clamar «Abba, Padre» por el Espíritu (Romanos 8:12–17). Cuando leas estas reflexiones conmovedoras, es posible que descubras que te ayudarán a lidiar con eventos de tu propio pasado o presente porque te harán verlos a la luz del evangelio de la esperanza. Y si, al igual que yo, no has enfrentado personalmente esa maldad, es posible que te detengas a preguntarte cuántas realidades terribles te rodean ahora mismo, realidades de las que puedes estar apartando la mirada con apatía.

Mi oración es que todos nos preguntemos de qué maneras —maneras que varían mucho de una vida a otra— la gracia de Dios ha transformado a las personas, o puede transformarlas, de «víctimas» a «sobrevivientes». Esas preguntas pueden llevarnos a luchar por la justicia para los que están siendo heridos. También pueden impulsarnos a recordar lo que muchos de nosotros aprendimos a cantar antes de entender verdaderamente lo doloroso que puede ser vivir:

Su gracia siempre me libró

Y me guiará feliz.

Russell Moore

The Ethics and Religious Liberty Commission

«No te desampararé,

ni te dejaré»

Hebreos 13:5b


Metió la tierra con firmeza en el frasco. Sería un agregado perfecto para las orugas que tenía ahí dentro. El patio enladrillado estaba saturado de frascos vacíos y bolsas de tierra. Como todavía no entraba al jardín infantil, a ella le encantaba pasar los días en el exterior, escarbando la tierra, plantando malezas y recolectando insectos.

«No sé leer muy bien», le explicó a Dios mientras rasguñaba la tierra con los dedos. «La Biblia es muy larga y orar con los ojos cerrados es aburrido. ¿Qué te parece si te hablo a Ti cuando hable en mi cabeza?».

Recordaba la ocasión en que su madre le leyó la Biblia y le contó de la sabiduría del rey Salomón. Le había pedido sabiduría a Dios, y Dios se la había derramado. Lo que ella más quería era ser inteligente como su papá: el científico con conciencia espiritual, el investigador, el lector y la autoridad en materias de doctrina y evolución. Le pidió a Dios que la hiciera sabia como Salomón. Sobre todo, le pidió a Dios en oración que le permitiera ver demonios, tal como lo había hecho Jesús, de modo que pudiera distinguir a la gente buena de la gente mala.


«Cállate», dijo. «Estoy leyendo».

Su padre volvió a sumergirse en el grueso volumen teológico de tapa elegante y teorema bíblico avanzado. La niñita asintió con la cabeza y volvió a jugar, esta vez en voz baja. De pronto, una mano fuerte la agarró desde atrás. Le apretó el brazo con firmeza, la agitó con violencia y empezó a golpearla.

Ella gritó que lo sentía. Prometió que estaría callada. Chilló pidiendo ayuda. Pero él no dejaba de golpearla. En unos instantes, su padre había pasado de estudiar apologética a golpear a su hija.

Al escuchar sus gritos, su madre entró corriendo al cuarto.

«¿Qué estás haciendo?», reclamó.

Su padre la soltó, y ella huyó a su cuarto. Allí, acurrucada en el piso, examinó las ronchas con forma de mano. Pasó sus deditos por cada hematoma: cinco contusiones moradas en los puntos que agarraron sus dedos.

«Así de grandes son las manos de mi papá», pensó.

En la ante sala, su padre volvió a leer su libro de teología.


Despertó de un remezón con el corazón acelerado, la piel empapada en sudor frío y el estómago retorciéndose de ansiedad.

Entonces, miró el reloj.

2:00 am.

Otra vez el mismo sueño horrible. Como tantas otras veces, el demonio había abierto la puerta de su cuarto, saltado a su cama y quitado las cubiertas. De algún modo, ella sabía que el demonio representaba a su padre.

«Solo es un sueño», se dijo a sí misma. «Solo un sueño».

Pero estaba aterrada.

Ella había visto la pornografía que él tenía. Al parecer, casi todas las noches ponía más en el computador de ella, y todos los días encontraba nuevas imágenes grotescas. Había escenas de violaciones, de tortura, de una multitud de hombres violando a una adolescente. A veces lo había visto observándola iniciar sesión en su computador; la miraba con un brillo gélido en los ojos.

Cada día traía más vergüenza y temor. Todas las noches tenía pesadillas recurrentes.

Empezó a ponerle seguro a la puerta de su cuarto.

Ató campanas alrededor de la manilla y dejó obstáculos como zapatos, juguetes y una caja de figuritas en el camino a su cama. Si viene mientras estoy dormida, pensaba, se va a tropezar y el ruido me va a despertar.

«Dios», oró una noche, llorando sola en la oscuridad, «este hombre con el que vivo no es mi papá; es un extraño. No sé si puedo crecer así. Necesito que Tú seas mi Papá. Por favor, Dios, cumple ese rol en mi vida. Sé que no puedes estar aquí de forma física y necesito a alguien que esté aquí, pero no me dejes sola como huérfana».

Y Dios respondió.

Fue como si el amor fuera un océano y ella se hubiera sumergido en su mismísimo corazón. Su miedo fue limpiado y su dolor se dispersó cual niebla de mañana estival. Sin duda ni excepción alguna, sabía que era hija de Dios, y se río entre las lágrimas por ese alivio repentino.


Se puso la hoja de afeitar en el brazo.

Sabía lo que tenía que hacer.

Sabía cómo hacerlo.

Recordó la vez cuando tenía unos cuatro años y estaba sentada a la mesa con su padre. Era una mesa de nogal ovalada que ella siempre había considerado elegante. Su mamá estaba lavando la loza y ella estaba sentada en la silla más cercana a la cocina. Él estaba sentado a la cabecera de la mesa, a su izquierda.

Su padre estaba hablando sobre un hombre que había intentado suicidarse. No recordaba si era una historia que había visto en las noticias o escuchado en el trabajo. En realidad, no importaba. Era un perdedor, dijo él, y no hay peor perdedor que el que ni siquiera puede matarse.

Luego la miró y le enseñó a suicidarse. Le explicó cómo cortarse de manera que incluso si el personal de urgencias la encontraba antes de que se desangrara, se les hiciera casi imposible salvarla. Mientras hablaba, le mostró la vena de su brazo e hizo que ella le mostrara la vena del suyo.

Su madre siseó y le dirigió una mirada condenatoria. La niña nunca olvidó esa noche en la mesa. Nunca olvidó que pensó: «Mi papá quiere que me mate».

Durante décadas, el recuerdo de esas palabras retumbó en su mente.

Durante años, trató de racionalizarlas.

Quizás era por su bien. Quizás, su papá sabía que a veces la vida se pone muy difícil. Quizás, a veces es necesaria una vía de escape. Quizás todos los padres buenos preparan a sus hijos para que huyan de sus vidas espantosas si surge esa necesidad.

Estas palabras espeluznantes se grabaron a fuego en su memoria:

Les será casi imposible salvarte.

Avancemos cerca de una década. Ella ya tenía 15 y estaba sentada sobre su cama individual de hierro forjado, blanca y dorada, y con rosas. Le encantaba esa cama. Recordaba que su madre la despertó la mañana de su cumpleaños, cuando tenía alrededor de siete años, arrojando sobre ella un nuevo cubrecama de color blanco. Todo se veía muy hermoso a la luz del sol: las flores de hierro pintadas, la curvatura de la cabecera, los botones dorados brillantes.

Se puso la hoja de afeitar en el brazo.

Sabía qué tenía que hacer. Su papá le había enseñado bien.

Sus palabras terribles, cual semillas sembradas en lo más hondo, se habían enraizado en su mente, emergiendo como vides venenosas.

Hace muy poco había escuchado a su papá decirle a su mamá que estaba desarrollando una figura muy bonita. No sonó paternal. Sonó como un cumplido sexual de la misma persona que colocaba imágenes de hombres adultos teniendo relaciones sexuales con adolescentes en su computador. Sintió que las murallas la aplastaban.

«Es claro», pensó, «que soy una especie de pervertida, una suerte de enfermedad. Puede que no peque yo misma, pero infecto a otras personas con el pecado. Mi papá no me ama. ¿Por qué no me ama? ¿O acaso todo esto solo está en mi cabeza? ¿Soy una pervertida porque me imagino que mi papá siente atracción por mí cuando en realidad me odia? ¿Cómo podría alguien sentirse atraído hacia una persona que odia? Eso no tiene sentido. Quizás me estoy volviendo loca. O a lo mejor mi papá mantiene la distancia emocional y se enoja porque está tratando de que yo no lo tiente. Quizás está siendo valiente al evitarme. Quizás su frialdad es abnegada. Quizás yo soy el problema».

Su madre siempre la instaba a ponerse ropa «decorosa» — pantalones cortos de mezclilla que llegaran abajo de las rodillas, suéteres y poleras de cuello alto y con mangas—. En parte, eso era lo común de las madres. Sin embargo, reforzó el temor que la niña tenía de ser la causante de que su padre se pusiera mal.

Ahogada en la confusión y el miedo, extendió las manos y se agarró de Dios.

Con la hoja de afeitar sobre la piel, lloró y oró.

«Dios, me quiero morir, pero tengo miedo. He escuchado que la gente que comete suicidio se va al infierno. No quiero irme al infierno. Dios, por favor perdóname. Por favor, dame una señal para que sepa que me llevarás al cielo».

Muy pocas veces en la vida, Dios irrumpe en las tinieblas cual relámpago, pero lo hizo en ese momento. Todo se puso blanco y brillante. Ella miró hacia abajo, y vio su dormitorio. Era como si estuviera suspendida, como si estuviera flotando sobre su cama. Todo estaba en silencio, como una película muda. Vio a su madre abrir la puerta y correr hacia su cuerpo inerte. Sus dos hermanas menores se abrazaban asustadas bajo el dintel.

Entonces, una voz rompió el silencio.

«No te desampararé, ni te dejaré».

Era una voz anciana pero intemporal. Estaba llena de un vigor profundo, pero era tan dulce como las palabras de un padre amoroso hacia su bebé recién nacido. Aunque nunca había escuchado esa voz, supo por instinto que era Dios. Era como si el reconocimiento de Su voz estuviera implantado en la trama de su ADN.

De pronto, como si alguien hubiera apagado las luces, se volvió a encontrar sentada en la cama, con la hoja de afeitar sobre el brazo, llorando en la oscuridad.

La dejó caer.

Sabía.

Tenía un Padre celestial que la amaba. Él nunca la traicionaría ni la abandonaría. Sin importar lo que ella hiciera, sin importar lo que su padre biológico hiciera, Dios siempre sería su Papá.

¿Y qué efecto tendría su suicidio sobre su madre y sus hermanas? A pesar del miedo y la agonía, sabía que su muerte produciría más dolor que su vida. Decidió ser valiente. Recogió la hoja de afeitar del suelo y la escondió en el cajón, por si alguna vez cambiaba de opinión. Después de todo, nunca se sabe lo mala que se puede poner la vida, ¿o sí? Su papá la había preparado para eso.

Entonces se quedó en el cuarto. Esperó para ver cuánto tiempo se habrían demorado en encontrar su cuerpo.

Pero nunca vinieron.

Nadie vino nunca.

Esperó varias horas.

«De seguro ya me habría desangrado», pensó. «No habría sido un fracaso».

Y bajó al primer piso para buscar algo que comer.


Iba a ser un fin de semana maravilloso. Iba de camino al campamento de verano de la iglesia, lejos de su papá, de los deberes, de las pesadillas, de las tareas y del estrés. Iba a hacer amigos, relajarse, nadar y quizá incluso conocer un par de niños simpáticos.

Oh, sí. Estaba esperando ese momento con ansias.

El viaje al campamento duraba diez largas horas. Para dividir el viaje, ella y los amigos que iban en el mismo auto se quedaron a pasar la noche en el hogar de un pastor. Desde su casa campestre, uno podía observar varios kilómetros a la redonda. Disfrutó ver las peleas de gallos, nadar en la piscina, compartir la cena en el patio y poder dormir al fin sin preocuparse de que alguien la estuviera mirando. Cerca de la medianoche, se levantó para buscar un vaso de agua.

Él estaba allí, sentado en el sillón.

Le explicó que, como pastor, muchas veces tenía que quedarse en pie hasta tarde escribiendo sermones o planificando las reuniones de la iglesia. Sin embargo, estaba contento de que ella estuviera en pie porque quería hablarle de algo.

«Cuando estabas en la piscina», le dijo, «noté que actuabas de forma muy sensual. La sensualidad te salía por los poros».

Sintió que el rostro se le sonrojaba. ¿Acaso se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo con su padre? ¿Era tan obvia su contaminación? Su tarde de relajo libre de acusaciones e insinuaciones se esfumó en una ráfaga de humillación.

«Tienes que entender», prosiguió el pastor, «que los niños de tu edad apenas están empezando a descubrir su sexualidad. Como mujer, les llevas kilómetros de ventaja. Están empezando a entender el lenguaje corporal y a notar cosas como las caderas y los escotes. Cuando avanzas por la piscina con los pechos asomándose bajo el traje de baño y tu figura a vista de todos, captas su atención. Los haces pensar en el sexo».

Ella empezó a buscar estrategias para terminar esa horrible conversación. Masculló que no era su intención hacer nada inapropiado. Simplemente se estaba divirtiendo con sus amigos. Pensó en decirle que su papá era quien había escogido su traje de baño, pero sintió una punzada de miedo y permaneció callada.

Eso es muy complejo, pensó.

«No quiero que te sientas avergonzada o en apuros», continuó el pastor. «Esta conversación la he tenido con mis hijas porque quiero que estén listas para el mundo real y sean conscientes de sus vulnerabilidades. Si sabes cuáles son tus vulnerabilidades, puedes protegerte. ¿Tiene sentido? Entonces, déjame preguntarte, ¿qué se necesitaría para que le abras las piernas a un hombre?».

Quedó atónita. Nadie, ni siquiera su papá, le había hecho una pregunta así.

«No me siento cómoda con esta conversación», dijo.

Él siguió hablando, pero ella logró excusarse. Cuando pudo volver segura a la cama, se dio cuenta de que había olvidado el agua y lloró hasta dormirse.

Unas semanas después, de regreso en casa, les contó a sus padres lo que le había dicho el pastor. Ellos lo invitaron a cenar. Hicieron que ella le cantara una canción. Nunca le contaron a nadie lo que había ocurrido.


El vidrio quebrado le salpicó la parte trasera de las piernas. Miró hacia abajo esperando ver sangre, pero no había nada. Su madre había ido a comprar comida y ella estaba a cargo de prepararle el almuerzo a su papá, y este no estaba contento con lo mucho que se estaba demorando.

No dijo nada. Si hablaba, podría enojarlo aún más.

Arrojó otro plato tras ella, quebrando así parte del piso de linóleo. Los fragmentos de vidrio tintinearon por la cocina y rebotaron en los gabinetes, las patas de las sillas y las murallas.

Siguió callada, pero el cuerpo le tiritaba de miedo, miedo que rápidamente se estaba convirtiendo en indignación.

Sintió que un tenedor pasó volando a un costado de su cabeza, dio contra los gabinetes y cayó al suelo con estruendo. Después vino un cuchillo, que hizo que el corazón se le alborotara y dejó una marca en la madera a centímetros de su rostro.

No pudo soportarlo más. Era su hija, pensó. Si él podía ser aterrador, también podía serlo ella. Se dio vuelta y lo enfrentó.

«¡No te tengo miedo!», le gritó. «¡Siéntate y cállate, o llamo a la policía!».

Sintió que la indignación de su padre disminuyó levemente. Se veía casi sorprendido, pensó ella, pero esa expresión pronto mutó en lo que, le parecía, podía ser resentimiento. Él se sentó a la mesa; ella terminó de prepararle el almuerzo.


«Cásate con un hombre rico», le dijo su padre. No hay ninguna razón práctica para que las mujeres se eduquen, decía. Los títulos universitarios no eran más que un slogan político costoso. Las mujeres en realidad no quieren tener carreras ni ganar dinero. «No seas estúpida», era el mensaje, «cásate con un rico».

Pero no pudo detenerla. La universidad era su vía de escape, su puerta secreta, su única esperanza. Iba a ir.

Fue aceptada en una prestigiosa escuela de ópera, y siguió viviendo en su casa, pero tomaba un bus para ir al campus. Luego de algunas semanas, conoció a un joven. Era un estudiante de ingeniería callado que nunca se enojaba. Le daba comida cuando estaba hambrienta. La escuchaba cuando le leía la Biblia. Le hizo sentir que se preocupaba por ella. Le dio un propósito.

Sin embargo, al parecer su padre pudo percibir que estaba creciendo un espíritu independiente en su interior, los indicios de la esperanza y la obsesión por el futuro.

«Los hombres solo te ven como un trozo de carne», le dijo. «Este no es distinto».

Se le acabó la beca. Su padre no quiso ayudarla a financiarse. Seguir en la universidad se transformó en algo aparentemente imposible. Entre lágrimas, dejó sus estudios.

Dos años después, el joven le pidió permiso a su padre para casarse con ella. Ahora tenía un título, un trabajo y planes de comprar una casa.

«No», dijo él.

Esa noche, ella le preguntó a su madre: «¿Qué hacemos ahora?».

«Cásate», le dijo su mamá. «Escápate si es necesario. Aléjate de tu papá. Él es malo».

Entonces, ella y el joven contravinieron a su padre.

El joven le propuso matrimonio. Ella planificó la boda. Él la llevó a ver casas piloto. La dejó elegir la alfombra y los colores de la pintura.

Cuando su padre la amenazó, ella se aseguró de esconderle la pistola.

Fueron a Colorado de luna de miel. Y mientras más fue conociendo a su esposo, más pudo ver la clase de hombre que era su padre.

Todo era extraño y nuevo.

Pero era libre.


Se sentó en la banca, sola en la multitud. Para ella, era más una morgue que una iglesia. Ese era el templo donde había adorado su padre. Esas eran las bancas donde su familia se había sentado en silencio. Y ahora que la verdad estaba empezando a salir a la luz, podía sentir las miradas en la parte trasera de su cuello, podía sentir los murmullos doloridos y consternados. Nunca se había imaginado lo vergonzoso que podía ser que le creyeran.

Recuerdos muertos. Ojos ciegos. Necesitaba aire. Le susurró una excusa a su marido y dejó el templo para vagar por los pasillos silenciosos. Trató de respirar hondo y quitarse el nerviosismo caminando. Luego de un tiempo, se detuvo para mirar un cuadro en la pared.

Los colores comenzaron a nadar.

No lo escuchó acercarse. El hombre dijo su nombre. Sonaba como su papá. Desde luego, eso no era culpa suya. Sin embargo, el golpe adrenalínico súbito la hundió en un ataque de pánico.

No podía respirar. Se retorció, jadeando. Luego de superar su sorpresa, el hombre corrió para buscar a su esposo. Era como si le hubieran sacado el aire a golpes, solo que cada vez que pensaba que la presión no podía empeorar, lo hacía. Sentía que los pulmones se le iban a reventar. El corazón le martillaba en la cabeza como un tambor.

¿Por qué no se había desmayado aún? En las películas, cuando a alguien le falta el oxígeno o experimenta dolores intensos, se desmaya. En la vida real, uno sigue agonizando con la conciencia aguda hasta que piensa que va a morir.

A la larga, llegó su esposo. La agarró, la tomó en sus brazos y la sostuvo con firmeza hasta que se calmó. Cuando la adrenalina cedió, se sintió exhausta, como si estuviera drogada. Era un estado de atontamiento, un estado aterrador, como si solo estuviera parcialmente consciente.

Cuando la iglesia salió, todos la vieron. Hubo mejillas regadas con lágrimas, miradas inexpresivas y un marido que lloraba. Siempre iba a lamentar eso: hizo que el marido que recién se había casado con ella llorara. Sabía que no era su culpa, pero sentía que debería haber sido más fuerte. Él no tenía por qué pagar lo que su padre había hecho.

«Deberías buscar otra iglesia», le recomendó un terapeuta con posterioridad.

Era cierto.

Había demasiados recuerdos que la atormentaban en ese lugar.

Demasiadas historias en esas cuatro paredes.


El primer año de matrimonio fue de ensueño. Por fin había escapado. Se sentía amada y libre, y eso era emocionante. Pero entonces comenzó a entender, y eso asentó sus dudas. Le costaba confiar en la forma de ser extraña y paciente de su esposo. Más de una vez había peleado con él, movida por la paranoia de que su amor era falso, demasiado bueno para ser cierto.

Una noche, lo vio: vio a su marido lavando la loza.

«¿Te olvidaste de lavar la loza?», le dijo una voz en su cabeza. «Eres una esposa patética. Te va a abandonar. Le daría un máximo de dos años. Es un tipo paciente, pero tú no vales nada. Estarás sola. Abandonada».

Cuidado, pánico.

«¿Qué estás haciendo?», ella preguntó con firmeza.

«Lavo la loza», respondió algo confundido.

«¡Genial! Ahora sospecha de ti», susurró la voz. «No le muestres lo loca que estás. ¡Quédate tranquila! Tienes que esconderlo. ¡Contrólalo! Eres una esposa terrible. No puedes mantener la casa limpia, y cuando él trata de ayudarte con los deberes, actúas de forma absurda. A lo mejor no sirves para el matrimonio. Quizás él estaría mejor sin ti».

No quería verse demasiado alterada, o él podría notar que estaba loca. Sin embargo, su respiración se volvió irregular y las ganas de llorar aumentaron. Le pidió que parara y recalcó que podía ser una buena esposa. Le exigió que soltara la esponja y se alejara del lavaplatos. Su esposo, por su parte, siguió lavando la loza tercamente.

Cuando se rindió y salió de la escena, la voz se rio de ella.

«Eres estúpida, hipersensible y ni siquiera puedes mantener la casa limpia», dijo. «Solo eres un pedazo de carne. El sexo es la única razón por la que él seguirá contigo».

Esas palabras reabrieron una herida que ella pensó que había sanado. La amargura fue chocante, pero el veneno era familiar. De golpe, volvió a ser la adolescente en la casa de su padre, y él le estaba enseñando sobre el pérfido actuar de los hombres.

Fue entonces que se dio cuenta, para su espanto, de que la voz de su cabeza sonaba igual que su padre.


Durante los últimos años, el control que su padre tenía sobre sí mismo y su familia se había desmoronado. La falta de incentivos para mentir desató más de la violencia y disfuncionalidad que antes retenía. Las relaciones familiares se desvirtuaron en desconfianza, amargura y desconsuelo. Los pastores necios dieron malos consejos, los pastores sabios dieron consejos que no fueron escuchados y ahora se hacía alarde público de los pecados que una alguna vez se habían cometido en secreto. Él seguía deseando que pretendieran que eran felices, pero los demás ya no lo hacían. Ya no.

Mientras ella y su esposo iban en el auto de regreso a casa luego de una cita, sonó el celular. Era el cumpleaños de su hermana menor, así que no era inesperado que la llamara su madre, pero esto fue lo que dijo:

«Tu padre se enojó porque tu hermana no quiso salir con él», le contó con voz llorosa. «Quebró un vaso de cristal en la mesa con tanta fuerza que hay vidrio incrustado en la madera. Usó el vidrio quebrado para cortarse el brazo mientras gritaba: “¡Así de mucho te amo! ¡Así de mucho te amo!”. Hay sangre por todas partes».

Llamaron a la policía.

Le dijeron que se fuera.

Le dijeron que buscara ayuda.

Nunca más volvió a la casa.


Fijó la mirada en los ojos de su hija.

«Te necesito, Mami», dijo la niñita con cariño, enrollando el cabello de su madre en sus diminutos dedos.

Durante todos esos años de niñez, y más de una década después, había tratado de arreglar a la gente estropeada que amaba. Había desempeñado el papel de hija buena, esperando que su papá la amara. Había peleado con él, le había rogado y lo había retado a ser un buen hombre, hasta que le quedó claro que él era quién quería ser, y su marido le dijo a su papá que no volviera a dirigirle la palabra.

Y ahora estaba allí: con su propia hija. Era mamá de una pequeña de tres años que la necesitaba, confiaba en ella y se sentía a salvo y segura.

Ya no era necesario arreglar nada. Ya no era necesario buscar amor y aprobación. Ya no era necesario agonizar preguntándose por qué. En algún punto del camino, se dio cuenta de que siempre había tenido a un Padre celestial. Él la había sacado adelante. Él la había amado siempre. Y con Su ayuda, su niñita podría conocer un hogar muy diferente al que ella tuvo. Y con Su ayuda, su niñita aprendería sobre el Padre que nunca la desampararía, sin importar cuán oscuro o desesperador se volviera este mundo.

Yo soy esa madre.

Yo fui esa niña.

1. ESTA ES MI HISTORIA

Nunca te diré que si Dios te ama, tendrás una experiencia espiritual dramática. Yo he tenido pocas, y todas ocurrieron en situaciones de vida o muerte. Algunos dirán que aluciné cuando escuché la voz de Dios. Quizá fue así. Algunos pensarán que me lo imaginé porque era lo que mi mente sabía que necesitaba oír para sobrevivir. Sin embargo, he orado muchas veces. He llorado por horas y rogado recibir señales. He anhelado que un remezón sobrenatural reavive mi débil fe. Por lo general, solo hay silencio a cambio.

En mi caso, Dios solo ha traspasado el velo espiritual en pocas ocasiones, para librarme de cometer errores horrendos. En otras ocasiones en que he estado aterrada, deprimida y ansiosa por una señal, no he recibido ninguna. Pero la vez que sí la recibí, el hecho de que las palabras que escuché vinieran directamente de la Biblia me garantiza que son auténticas, hayan sido o no resultados de una alucinación.

Quizás sí aluciné. Si un evento ocurre en la mente, ¿significa que en realidad nunca pasó? ¿Significa que no es importante? ¡Por supuesto que no! Hay muchas cosas que solo ocurren en la mente, pero tienen un impacto profundo en nuestras vidas y en las vidas de los demás. El pensamiento lógico, el gozo, el dolor, la ambición, los conflictos internos, la fe… todas esas cosas son válidas, reales e importantes, pero solo existen en nuestra cabeza. Dios obra a través de medios. Si Él decidió usar una alucinación para salvarme la vida, no tengo ningún problema con eso.

No es necesario que tengas una experiencia dramática para que seas salvo o sepas que Dios te ama. La fe no está basada en lo llamativo que es tu testimonio, y Dios no opera de la misma forma en la vida de todos. Puede que tus experiencias sean absolutamente distintas a las mías. Sin embargo, hemos sido creados a la imagen del mismo Dios. Por lo tanto, compartimos muchas emociones y con frecuencia experimentamos el dolor de la misma manera.

Tengo un amigo que fue brutalmente golpeado de niño. Aunque somos personas muy distintas en el exterior (yo soy una madre joven, él es un adulto divorciado), hemos sufrido la misma depresión, nos hemos dicho las mismas mentiras y hemos experimentado la misma confusión interna. Muy poco del abuso que sufrimos fue igual. Nuestra crianza fue distinta, y nuestros padres eran dispares. Sin embargo, los efectos psicológicos y emocionales —las heridas espirituales postraumáticas— son casi idénticos. He visto que esto es cierto con respecto a casi todos los sobrevivientes de abusos que he conocido e incluso de algunos veteranos de guerra con trastorno por estrés postraumático.

¿Cómo puede ser eso?

Mi teoría es que, más allá del tipo de arma usada contra nosotros, la herida producida es similar. Si a mí me disparan en el hombro y a ti te apuñalan en el hombro, los dos tenemos hombros lacerados. A grandes rasgos, necesitaremos cirugías, puntos, analgésicos y tratamientos kinesiológicos muy similares. Del mismo modo, las heridas emocionales infligidas por distintos medios muchas veces presentan un daño similar.

Si has sufrido abuso, entonces, como miembros de un club de un tamaño lamentable al que nadie quiere unirse, compartimos un dolor que es llamativamente uniforme. Nos han servido el mismo veneno en diferentes vasos. Acabas de leer parte de lo que yo experimenté, y hay más eventos de mi niñez que no detallé en estas páginas. Muchos de los que leerán este libro han sufrido cosas mucho peores que yo. Es posible que algunos se sientan demasiado dañados como para volver a sentir gozo. Otros pueden pensar que su abuso no fue «la gran cosa», pero sueñan con el día en que volverán a sentirse plenos. Sea cual sea tu trasfondo, dondequiera que te halles en el proceso de recuperación, tu sufrimiento es injusto, real e importante. No hay abuso tan pequeño como para no ser importante ni sobreviviente tan dañado como para no sentir la gracia sanadora de Dios. Me alegra mucho que estés leyendo este libro. Gracias.

O tal vez nunca fuiste abusado, pero deseas entender y ayudar a alguien que sí lo fue. Debes saber que este libro comenzó como una carta personal para Jason, mi esposo, a fin de ayudarlo a entenderme y contarle muchas cosas que no sabía cómo decir. Espero que lo que le dije a él también te inspire a ti. Estoy muy agradecida porque te estás dando el tiempo de entender mi travesía. Quiero que sepas que para la persona que estás ayudando es una bendición tenerte en su vida.

¿Acaso no es trágico que en un mundo tan hermoso y diverso, una de las características distintivas que todos compartimos sea el dolor? Si bien nunca le desearía nuestro sufrimiento a nadie, esta similitud tiene sus beneficios. Nos consuela saber que a pesar de cómo nos sentimos, no somos rarezas aisladas. Aunque nuestras lesiones fueron causadas en diferentes circunstancias por diferentes abusadores con diferentes armas, nuestras heridas son uniformes. Por ello, el mismo bálsamo nos puede sanar a todos.

Este libro se trata de ese bálsamo. Se trata de mi travesía por el valle de sombra de muerte, de las cosas que me guiaron, de los hitos que ayudaron a procesar mi trauma y recuperarme. Desde luego, sigue incompleto. Es posible que siempre tengamos cicatrices a este lado del cielo. Verás algunas de las mías en este libro. Sin embargo, a fin de cuentas, esta es una historia de esperanza, de sanidad y de un futuro más allá de nuestro dolor. La Biblia llama a Jesús Admirable Consejero y Médico Grandioso. Déjame contarte cómo me sanó a mí.

Preferiría caminar con un amigo en la oscuridad que andar sola en la luz

(Helen Keller).

2. ¿FUI ABUSADA?

Ella me hizo lo peor que una persona puede hacerle a otra: hacerle creer que la ama y la desea para luego mostrarle que todo era una farsa.

(Agatha Christie, El espejo se rajó de lado a lado)

¿Mi papá me abusó? Ni siquiera estaba segura. Algunos amigos de mi familia se enfurecieron y dijeron que era un monstruo. Otros parecían pensar que estaba mintiendo o mentalmente desestabilizada. Empecé a cuestionarme todo, incluso mi propia percepción. Mi visión de la paternidad, el matrimonio y la masculinidad estaba errada. Mi visión del amor, la familia y la moralidad estaba torcida. Y consideré que, si había estado tan engañada antes, ¿quién era yo para decir que no estaba engañada ahora? Estaba desorientada. Abrumada.

Recuerdo el primer libro que leí sobre «cómo recuperarse del abuso». Mi plan era comparar mis experiencias con las historias del libro para ver dónde cabía mi abuso en la escala de «leve» a «severo». Mi esperanza era sentirme mejor si podía decir: «Mi abuso no fue tan malo; por lo tanto, no soy una víctima». Pensaba que minimizar mis experiencias minimizaría mi dolor.

Estaba equivocada.

Estudiar casos de abuso extremo tratando de hacerme sentir mejor al pretender que el mío fue intrascendente resultó contraproducente. Me hizo sentir estúpida, hasta loca. En esas páginas, había relatos de delitos horribles, muchos de ellos totalmente distintos a mis propias experiencias. Comencé a preguntarme si mi trauma era injustificado, si debía ser capaz de aguantarlo, pero era muy débil para hacerlo.

Incluso me pregunté si en verdad había sido abusada. Un pastor me dijo: «A menos que te haya dado golpes de puño, es un asunto legal», y «el abuso emocional y el abandono no son delitos». ¿Quizá las cosas por las que pasé no califican como incorrectas?

No es fácil admitir ante una misma —ni mucho menos ante los demás— que has sido abusada. Si creciste de una determinada manera o amas al abusador porque es tu cónyuge o un miembro de tu familia, es particularmente difícil aceptar lo que pasó. Cada vez que el abusador cruza una línea más, modificamos nuestra definición del abuso y lo convertimos en algo un poco más extremo. Vemos a alguien que está peor y pensamos: «Para mí las cosas no son tan malas como para esa persona, así que no debería quejarme».

Sin embargo, la victimización no es una competencia para ver quién ha sufrido más o merece expresar más traumas. Las complejidades de las emociones y la espiritualidad humana no pueden contenerse ni siquiera en todos los libros de una biblioteca. Una persona puede experimentar violencia severa y aun así sentirse plena. Otra puede sufrir años de palabras hirientes y sentir como si estuviera barriendo perpetuamente los pedazos de su corazón roto en el piso de su alma.

Para complicar aún más las cosas, puede resultar difícil distinguir entre un abusador y alguien que tiene problemas con el pecado, pero está genuinamente arrepentido. He descubierto que es sumamente doloroso asumir el hecho de que alguien que amo ama más su pecado que lo que me ama a mí. Es agonizante reconocer que una persona que admiraste es narcisista, sociópata o terca y voluntariamente disfuncional. Confrontarla con su pecado o sacarla de nuestras vidas se siente como cortarse el brazo derecho. Es desgarrador y aterrador, y todos nuestros instintos gritan contra esa idea.

Creo que esa es, en buena parte, la razón por las que las mujeres maltratadas a veces se quedan con los hombres violentos. Aman a su esposo, a su padre, a su novio o a su hermano. Es fácil pensar: «¿Y qué si logra cambiar? Quizá no va a volver a hacerlo. Parece arrepentido. De seguro va a ser mejor si me quedo con él y soy buena con él».

Lo triste es que cuando por fin nos damos cuenta de que no quiere ser bueno y no está dispuesto a cambiar, es posible que le tengamos demasiado miedo como para abandonarlo. Para empeorar las cosas, admitir que nuestra relación fue una total mentira es humillante, perturbador y abrumador. Parece poco natural buscar ayuda o abandonarlo. Es más fácil pretender que las cosas no son tan malas. Le bajamos el perfil a algo realmente importante.

Muchas veces, los abusadores son hábiles para culpar a los demás, en especial a sus víctimas. Son maestros de las excusas. Engañan a la gente para que sientan lástima por ellos. Es posible que se quejen de su propia niñez traumática o eludan la responsabilidad diciendo: «Ese no fui yo. El alcohol, los demonios, el estrés del trabajo o las cuentas que pagar me hicieron hacerlo». Incluso pueden negar que los eventos ocurrieron.

Recuerdo que una vez mi padre me pidió disculpas cuando era niña, y fue porque mi mamá lo amenazó con acusarlo a nuestro pastor por dejar hematomas con forma de mano en todo mi cuerpo de 11 años. Al comienzo de mi matrimonio, me pidió disculpas por muchos traumas del pasado, pero después actuó como si no recordara que hubieran ocurrido ni tampoco que me hubiera pedido disculpas. El juego psicológico era tan evidente, y tan angustiante para mí, que Jason le dijo a mi padre que no volviera a dirigirme la palabra.

La violencia no es la única clase de abuso. Hay abusadores que no te lastiman físicamente, pero pueden transformar tu vida en un infierno. Los abusadores emocionales desarrollan juegos psicológicos complejos: te manipulan e intentan enloquecerte hasta que ya no puedes distinguir tus propios pensamientos de sus mentiras. Los abusadores verbales insultan y degradan de forma sistemática hasta que perdemos toda esperanza de sentir gozo. Los narcisistas calumnian y difunden mentiras: publican tus secretos personales y hacen acusaciones falsas por despecho. Te humillan y buscar deteriorar tus relaciones con tu cónyuge, tus amigos, tu iglesia o tu empleador, pues cuando su víctima está aislada e insegura, es más fácil de manipular y controlar.

Como todas las personas, los abusadores son mucho más complejos que un diagnóstico médico o un rótulo psiquiátrico. Las emociones primarias de mi padre eran el enojo y la depresión. Para él, el amor era sexo y el sexo era odio. Alimentaba su odio con pornografía sádica, abuso infantil, juegos psicológicos y ataques de ira violentos. Pero también tenía buenas cualidades. En sus mejores días, amaba a los animales, tenía un doctorado en biología y era profesor universitario. Comprendía más teología académica que muchos pastores que he conocido, pero su corazón no lograba entender un concepto sencillo como el de la compasión.

También conocí a una narcisista que, luego de ser abusada toda la vida, estaba orgullosa de sus lesiones y las exhibía como si fueran plumas en su sombrero. Transformaba todas las situaciones en una conspiración compleja para perseguirla y se aprovechaba del sufrimiento de sus propios hijos para obtener atención y hacerse la víctima. Era abusadora y también víctima.

He conocido gente que hace regalos generosos, pero luego se voltea y roba objetos insignificantes o quiebra cosas a propósito y luego pretende que fue un accidente. Incluso hay personas que te halagan a la cara, pero después te insultan y te calumnian. A veces, la amabilidad es un camuflaje, la bondad, una fachada, y esas virtudes superficiales permiten que los abusadores infiltren familias, iglesias y los corazones de los inocentes.

ES COMPLEJO

Los sobrevivientes también son complejos. Ninguno de nosotros es perfecto. Nuestras vidas tienen cicatrices de pecados y errores. Mi propia vida le ha dejado poco espacio a la ingenuidad. Acribillados por el dolor y afectados por experiencias oscuras, es posible que parezca que actuamos de forma imprudente o ilógica, pero lo hacemos movidos por la pena o el miedo en lugar de la malicia y el egoísmo. Lo que parece no tener sentido puede cobrar sentido cuando el dolor es rastreado hasta su fuente.

Una vez, conocí a un hombre que tenía problemas para expresar sus sentimientos porque asumía la responsabilidad de la depresión de su hija menor. Prefería creer que era un agresor de niños antes que admitir que su madre, la abuela de la niña, la había lastimado. En un esfuerzo innecesario por evitar lastimar a alguien más, se cerró en el plano emocional.

He hablado con hombres y mujeres que, luego de ser violados o sufrir abusos sexuales, se fueron de juega, juergas temerarias en que dormían con extraños que conocían en el bar y participaban en fiestas desenfrenadas. Algunos recurrieron al alcohol, la cocaína o la marihuana para adormecer su intensa agonía emocional. Despertaban la tarde siguiente sin saber con quién habían dormido ni qué habían hecho.

He conocido a hombres que los demás calificaban erróneamente de misóginos o sexistas, pero en realidad tenían tan poca autoestima que solo se valoraban en función a su salario, su sexualidad o su apariencia externa. Eran violentos con las mujeres, pues suponían que ellas los juzgaban y los rechazaban, pero al trabajar para superar sus defensas, se volvieron compasivos y llegaron a estar muy agradecidos.

A pesar de su sufrimiento, todas estas personas llegaron a arrepentirse de su pecado. Se lamentaron por su quebranto y lucharon para vencer. Puede que haya sido un proceso de años, incluso de décadas, pero lenta y constantemente llegaron a entender su trauma, reconocer sus faltas y cambiar.

Sin embargo, a pesar de nuestras buenas intenciones, a veces no es saludable que nos rodeemos de otra víctima. A veces nosotros tampoco le hacemos bien a esa persona. Es posible que reflejemos los sufrimientos de la otra parte y activemos mutuamente nuestros traumas. El hecho de que alguien más sea un sobreviviente no significa que debas permitir que sus problemas te destrocen. A veces, lo más amoroso que podemos hacer es encomendar a esa persona a Dios, reconociendo que forma parte del campo misionero de alguien más. No puedes impedir que otra persona se ahogue si permites que también te arrastre a ti hacia el fondo del agua.

La Biblia es clara en enseñar que todos los humanos son capaces de hacer grandes bondades y de hacer grandes maldades. Como dijo de forma poética el profeta Isaías: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Isaías 53:6).

Dios no participa en juegos psicológicos ni pierde el tiempo suavizando los hechos. Nos confronta con nuestra inclinación natural hacia la transgresión. Y aunque ese concepto no es agradable, creo que en el fondo todos sabemos que es cierto. Sabemos que perdemos los estribos. Sabemos que actuamos de forma precipitada. Sabemos que decimos y hacemos cosas increíblemente estúpidas. Nos mentimos a nosotros mismos y les mentimos a los demás. No vivimos a la altura de nuestros propios estándares, ni mucho menos a la de los de Dios.

Todos somos pecadores. No todos son abusadores. Desenmarañar todo esto es complejo porque nosotros somos complejos. Los patrones pecaminosos y las adicciones pueden añadir capas de complejidad al desafío de la restauración, que de por sí es complicado.

A la larga, tuve que preguntarme: ¿cómo puedo discernir quién es digno de confianza? ¿Cómo puedo estar segura de que no me convertiré en abusadora? ¿Es seguro que tenga hijos? ¿Y qué si mi padre decía la verdad, qué si su pecado fue culpa mía o yo me lo imaginé todo? ¿Qué si mi padre me heredó la inclinación a abusar, como si se tratara de una enfermedad espiritual hereditaria?

GRACIADORES Y ABUSADORES

Me parece que es útil hacer la distinción entre el abusador y la persona a la que yo llamo «graciador». Esta es la diferencia: los abusadores alimentan su pecado, mientras que los graciadores luchan contra él. El graciador puede actuar mal, incluso horriblemente mal, pero lo admite, busca que lo perdonen y, en consecuencia, cambia activamente sus pensamientos, palabras y acciones (solo como aclaración, no estoy diciendo que el «graciador» es necesariamente cristiano. Dios otorga lo que comúnmente llamamos «gracia común», que restringe a las personas para que no tomen malas decisiones y las influencia para que decidan bien, aun si no lo reconocen a Él ni a Su actividad. Por ejemplo, todos nosotros tenemos una conciencia dada por Dios [Romanos 2:14–16]).

Cuando el graciador reflexiona, admite sus faltas y se arrepiente de verdad: cambia el curso de su actitud y sus acciones. El abusador, en muchos casos, es demasiado orgulloso y engañador como para pedir perdón de verdad. Si llega a pedir disculpas, es porque lo descubrieron, quiere conseguir una confianza que no merece o pretende jugar con tu cabeza.

El graciador trabaja con humildad para mejorar. El abusador no lo hace. Puede mostrar un cambio aparente o una mejoría temporal, pero a la larga vuelve a sus sendas abusivas. Es como la persona que Jesús describe en Lucas 11:24–26, que, luego de ser librada de un espíritu inmundo, asea su alma con sus propios méritos y orgullo, pero después vuelve a ser poseída y cae en un estado aún peor que el de antes. De la misma manera, el abusador puede limpiar su actuar por un tiempo, para después reincidir en pecados peores que los de antes. El libro de Proverbios nos advierte que «Como perro que vuelve a su vómito, así es el necio que repite su necedad» (Proverbios 26:11), y esa clase de necedad repetitiva tiene consecuencias catastróficas.

En contraste, el graciador no insiste en limpiarse de su actuar por sí mismo. Sacrifica su orgullo y acepta ayuda para reparar la relación. Los abusadores rara vez tienen la humildad suficiente para buscar consejería, pues eso sería admitir debilidades o fallas. Recalcan que no tienen ningún problema o afirman que se pueden arreglar a sí mismos.

La diferencia entre el graciador y el abusador no siempre es tan clara como la del héroe versus el villano, la de la luz versus la oscuridad o la de un jedi versus un sith. Puede que encuentres a un graciador tatuado en un bar a las 2 de la madrugada y a un abusador sentado en la banca de la iglesia el domingo en la mañana.

Entonces, ¿cómo podemos empezar a distinguirlos? Gálatas 5 describe «el fruto del Espíritu», que es el conjunto de atributos que Dios cultiva en Su pueblo. Pero en este contexto, también es esclarecedor para ayudarnos a distinguir, de modo general, entre las personas que tienden al pecado crónico y las que tienden hacia la gracia.

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

(Gálatas 5:22–23)

Es fascinante notar que los abusadores a menudo presentan comportamientos que son totalmente opuestos a estos.

El amor vs. la apatía y el odio

El abusador no ama en el sentido bíblico y abnegado. Aunque afirma amar, su forma de relacionarse conlleva niveles tóxicos de elementos como la manipulación, el control, la obsesión, la adicción, el engaño, la culpabilización, el narcisismo, el orgullo y el egocentrismo. Es posible que no incorporen todas esas características negativas, pero estas personas escogen algunos vicios y los perfeccionan de forma magistral.

El graciador ama a los demás más que su pecado y su orgullo. Está dispuesto a sacrificarse por los demás en vez de exigir constantemente que los demás se sacrifiquen por él. Hace esfuerzos activos por mantener relaciones positivas y evita herir los sentimientos de los demás. No dicta las aspiraciones y los objetivos de los demás, sino que promueve los talentos y deseos saludables que Dios les ha dado, y los influencia en la dirección correcta.

El gozo y la paz vs. la insatisfacción

Para el abusador, resulta difícil gozarse en cosas que no satisfacen sus necesidades. Se muestra insaciable, descontento, siempre anhelando cosas inalcanzables. Mientras más intentas complacerlo, más sube la vara. Tu amor nunca será suficiente, no por alguna falta tuya, sino porque es un hoyo negro en el plano emocional que siempre aspira, pero nunca se llena.

El graciador se goza en tus logros y talentos. Tu felicidad influencia su felicidad. Te prioriza y aparta tiempo para estar contigo. Mantener y construir la relación contigo le da gozo y satisfacción.

La paciencia vs. la impaciencia y la intolerancia

Con frecuencia, los abusadores carecen de paciencia y empatía. Hacer cosas que no les interesan por el bien de los demás no es su fuerte. Pueden ser extremadamente pacientes cuando se trata de sus propios pasatiempos, pero si les pides sentarse y hacer algo que no disfrutan, es probable que encuentres resistencia. Muchos abusadores también son intolerantes. En sus corazones sienten un aprecio especial por destruir a los demás debido a su género, religión, raza, nivel socioeconómico u otra razón. Son amargos, indolentes, impacientes e intolerantes.

Por su parte, el graciador puede encontrar que tu pasatiempo es aburrido, pero le da una oportunidad, aunque solo sea por pasar tiempo contigo. Incluso puede tener algunos prejuicios, pero llega a reconocer que son incorrectos y trabaja para superarlos. Te perdona por cometer errores y pide perdón por los suyos. Disciplina a sus hijos por amor, no por enojo; ayuda a su cónyuge con sus proyectos y los deberes del hogar, y es capaz de ejercer dominio propio.

La benignidad vs. el egoísmo

Se podría decir que el egoísmo es el sello distintivo del abusador. Entablan amistades con personas que creen poder utilizar. Se inflan a expensas de los demás. He visto a abusadores que procuran posiciones de enseñanza en iglesias y escuelas, no porque les guste enseñar, sino porque disfrutan tener autoridad y confianza inmerecida. He visto a abusadores que viven como parásitos: malgastan el salario de su pareja y al mismo tiempo se niegan a ayudar en la casa, criar a los hijos, conseguir un trabajo o contribuir algo positivo a la relación.

El abusador se aprovecha de la gente que lo ama y la usa como medios para lograr un fin: inflar su ego, alimentar su estilo de vida anómalo, llenar su billetera o satisfacer sus deseos sexuales. Un padre abusivo puede asfixiar a su hijo con responsabilidades para hacerlo sentir deficiente o negarse a enseñarle cualquier responsabilidad para hacerlo sentir inepto. Cuando parece que está siendo amable, casi siempre hay una segunda intención.

Por el otro lado, el graciador está dispuesto a servir. Disfruta preocuparse de los demás y desea que su matrimonio llegue a un nivel más profundo. Consulta con su cónyuge antes de tomar decisiones importantes, y lo hace sentir considerado y respetado. No le niega a su cónyuge las relaciones sexuales para avergonzarlo o manipularlo, pero tampoco insiste en tener relaciones íntimas con las que su pareja no se siente cómoda. Desea que su matrimonio sea mutuamente satisfactorio, no desequilibrado en el plano emocional.

La bondad vs. el pecado y la corrupción

Mientras que el graciador está avergonzado de sus vicios, el abusador marina su corazón voluntariamente en el pecado. Es posible que mejore superficialmente luego de recibir consejería o correcciones, pero solo por un tiempo, o mientras continúa practicando el pecado en secreto.

Los abusadores amparan y fomentan su pecado. De hecho, su pecado puede volverse tan poderoso que pasa a formar parte de su identidad. Hay una frase pegajosa: «Ama al pecador, pero odia el pecado». Sin embargo, ese concepto no funciona cuando alguien está tan enamorado de su disfuncionalidad que esta se ha transformado en lo que esa persona es. Es imposible ayudar a alguien que no quiere recibir ayuda. Es imposible tener una relación saludable con alguien que ama más su pecado que lo que te ama a ti.

La fidelidad vs. la traición

Muchos abusadores florecen cuando engañan a la gente. Les encanta embaucar a los demás y hacerlos creer que son amables, rectos o confiables. Disfrutan la influencia y el control, ¿y qué mejor forma de controlar a alguien que engañarlo para que les crea?

Los pecados sexuales son un vicio común, así que no es sorprendente que los abusadores suelan convertir las desviaciones sexuales en un pasatiempo. Es posible que abusen sexualmente a su pareja, acosen a sus propios hijos o se aprovechen de la confianza de otra persona para saciar sus propios deseos.

Un graciador podría ser adicto a la pornografía o incluso engañar a su cónyuge. La diferencia es que lamentará haber cometido esas acciones y sentirá vergüenza. Más importante aún: se arrepentirá y recibirá ayuda para cambiar, madurar y restaurar la relación en la medida de lo posible. No esperará ni exigirá que las personas que ha herido confíen en él. Toma en serio la lealtad y la responsabilidad; por lo tanto, también toma en serio sus pecados y sus fallas.

La mansedumbre vs. la violencia

y las palabras ásperas

Ya sea que te hiera con el puño o te apalee a punta de insultos, el abuso te golpea. Muchas veces, los episodios de violencia de mi papá se veían interrumpidos por meses de una calma depresiva y un descuido inquietante. Cuando al fin explotaba, arrojaba objetos, quebraba vidrios, pateaba las mascotas y lanzaba a las personas contra la pared.

Una vez, cuando era adolescente, mi papá dijo que podía ir a una cita. Unos veinte minutos antes de que llegara mi novio, cambió de parecer. Dijo que nunca me había dado permiso. Exigió que me quedara en la casa. Cuando me atreví a rebatirle, me agarró, sujetándome del brazo con una mano y del muslo con la otra, y me arrojó hacia arriba, haciéndome caer en la mitad de la escalera.

Nunca me había sentido tan indefensa. Me azoté la cabeza y el hombro contra la pared o el piso (no estoy segura de cuál de los dos fue, quizá contra ambos) y me raspé la espalda en el pasamanos. Subió los peldaños corriendo y emergió ante mis ojos como un oso iracundo. Traté de controlar la respiración para que mi pánico no lo molestara. Me aguanté las ganas de llorar porque sabía que las lágrimas lo enfurecerían. Me quedé callada. Me acobardé. A la larga, se alejó.

Eso es abuso. Pero aun así, cuando miro al pasado, sus palabras hirientes y sus «cumplidos» sexuales fueron incluso peores que su violencia. Terminé aprendiendo que los hematomas se sanan rápido, pero no el espíritu devastado.

El graciador también puede perder los estribos. La diferencia está en la reacción ante su acción. Se avergüenza de lo que hizo y evita repetirlo. Pide perdón, repara el daño y desea mejorar. Nunca toma represalias contra ti por haber contactado a un pastor, un consejero o la policía. Asume la responsabilidad por su pecado.

La templanza vs. el descontrol y la codicia

Al abusador le encanta gratificar sus impulsos. Se resiste a moderar su comportamiento, a no ser que lo haga para engañar a los demás o conservar las apariencias. Puede que solo peque en secreto, pero la concupiscencia insaciable y el egoísmo temerario están ahí.

Todavía puedo ver a mi papá temblando de ira, moviendo las piernas con nerviosismo, con los ojos furiosos y tiritones porque dejé un libro en la mesa de centro. Me tiró el libro a la cabeza. Tampoco tenía dominio propio para sus pasatiempos. En los períodos de desempleo, cuando mi mamá no tenía lo suficiente para comprar alimentos, él compraba ropa deportiva de marcas caras y salía a andar con estilo en su nueva bicicleta costosa. Priorizaba sus deseos por sobre las necesidades de su familia. Dejaba que a sus hijos les faltara mientras se autocomplacía.

En cambio, cuando yo tenía alrededor de quince años, conocí a un veinteañero que parecía solitario y deprimido. Creo que tenía un trasfondo oscuro. Las manos le temblaban y sacudía las piernas de forma compulsiva. Lo conocí en una cafetería donde yo tocaba piano y cantaba. Desarrollé una especie de amor platónico por él, y supongo que lo notó.

Una noche, con los ojos fijos en su botella de cerveza, me dijo: «Nunca podremos salir. No soy bueno para ti. Pero no te preocupes; vas a encontrar a alguien más».

En ese momento, él mostró gracia. Fue consciente y tuvo dominio propio. Vio a una niña solitaria e influenciable, pero no se aprovechó. Alguien podría decir que tuve suerte, pero yo le doy el mérito a Dios y a ese joven por protegerme.

LA RECETA DE LA VERDAD

Es probable que un abusador no exhiba todos los vicios presentados en este capítulo. Pueden actuar por períodos o abusar casi constantemente. De igual manera, el sobreviviente puede haber vivido un solo momento traumático que marcó el punto de inflexión o haber convivido con el abuso cada día de su vida. Cuando me resulta tentador excusar a mi abusador, culparme a mí misma por su pecado o pretender que mi victimización no fue gran cosa, volver a esta dicotomía entre el abusador y el graciador aclara la incertidumbre de mi mente.

¿Fui abusada? Sí. ¿Fue abusivo mi papá? Sí. En una ocasión, busqué el nombre legal de una de sus acciones, una que no he descrito en este libro. El nombre del delito me resultó tan chocante que fue como un balde de agua congelada para mi mente. Es doloroso que tus miedos se confirmen, pero también es aliviador conocer la verdad.

Es imposible tratar una herida si no notas que estás lastimado. Es imposible ver la luz antes de reconocer las tinieblas. No te recuperarás de la maldad si no puedes admitir lo que es la maldad. Dios es un Salvador que busca ovejas perdidas, adopta huérfanos y venda las heridas de los quebrantados de espíritu. Ya no es necesario tenerle miedo a la verdad. Podemos hablar la verdad, diagnosticar nuestro dolor y aceptar el pronóstico de la esperanza. Es que cuando le damos a la maldad su verdadero nombre, no solo emprendemos el proceso de recuperación, sino que también le quitamos a nuestro abusador el poder sobre nuestra mente.

Señor Jesús, la luz del día se fue,

La noche cierra ya, conmigo sé;

Sin otro amparo, Tú, por compasión,

Al desvalido da consolación.

(Henry Francis Lyte)

3. JESÚS LLORÓ

Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto. (Isaías 53:3a)

Una de las cosas más profundas que Dios ha hecho es humanarse. Jesús sufrió como sufre el hombre, lloró como llora el hombre y murió como muere el hombre.

¿Por qué hizo eso?

Principalmente, para obtener la salvación de los que Lo aman. Jesús vivió una vida perfecta para poder imputarles Su bondad a los que confían en Él. Sufrió una muerte agonizante para pagar nuestros pecados, en nuestro lugar. Resucitó de los muertos y ascendió al cielo para que Su pueblo pudiera gozar de la vida nueva con Él en el cielo.

Es por eso que Dios Se hizo hombre. Sin embargo, también hubo una razón secundaria. Dios Se hizo hombre para garantizarnos Su empatía y compasión. Sabemos que Él comprende nuestro dolor más intenso, pues Él también lo sufrió.

JESÚS FUE ABANDONADO

David, el rey más grandioso de Israel, escribió en el Salmo 22:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

¿Por qué estás tan lejos de mi salvación,

y de las palabras de mi clamor?

Dios mío, clamo de día, y no respondes;

y de noche, y no hay para mí reposo.

(v. 1–2)

Alrededor de mil años después de que David escribiera su lamento, Jesús lo citó desde lo alto de una cruz empapada en sangre. Gimió las primeras cuatro palabras arameas del antiguo poema: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Marcos 15:34), y al leer el Salmo 22 completo, uno se asombra por la forma conmovedora en que se presagia Su experiencia.

Ahora bien, el Hijo de Dios no estaba insinuando que Su Padre fuera un padre abusivo o negligente. Jesús sabía que iba a morir antes de que Adán y Eva mordieran el fruto prohibido en el huerto del Edén al comienzo de la historia humana (Génesis 3:6). Jesús es Dios. El Padre es Dios. La vida, la muerte y la resurrección de Jesús no eran solo los planes del Padre, sino también los de Jesús.

Cristo fue a la cruz humilde y voluntariamente por Su misericordia, abnegación y dedicación hacia Su amado pueblo. No obstante, en ese momento en que exhaló Sus últimos alientos agonizantes, rasgado por los clavos y azotado por los látigos de púas, Jesús supo cómo se sentía ser desamparado por un padre. Supo cómo se sentía ser abandonado, estar solo. Aunque siempre había estado en unidad inescrutable y gloriosa con Dios el Padre y Dios el Espíritu Santo, fue a un lugar donde Ellos no podían seguirlo. Fue a la muerte.

Podemos tener el consuelo de saber que Dios comprende el dolor indescriptiblemente amargo de ser devastadoramente separado de alguien que uno ama y necesita. Podemos tener el consuelo de saber que Dios entiende el quebranto del corazón y la soledad. Cuando colgó sangrante y moribundo, rodeado de soldados romanos endurecidos por la guerra, una multitud sádica y burlona, y un grupo de hipócritas religiosos vengativos, Jesús supo lo que es sentirse verdaderamente falto de amor, brutalmente abandonado y rodeado de odio:

Porque perros me han rodeado;

me ha cercado cuadrilla de malignos;

horadaron mis manos y mis pies.

Contar puedo todos mis huesos;

entre tanto, ellos me miran y me observan.

Repartieron entre sí mis vestidos,

y sobre mi ropa echaron suertes.

(Salmo 22:16–18).

JESÚS FUE TRAICIONADO

La noche de la Pascua, la última cena que celebraría con Sus amigos antes de morir, Jesús…

Se conmovió en espíritu, y declaró y dijo: «De cierto, de cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar». Entonces los discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba (…) Respondió Jesús: «A quien Yo diere el pan mojado, aquél es». Y mojando el pan, lo dio a Judas Iscariote hijo de Simón.

(Juan 13:21–22, 26).

¿Alguna vez te has preguntado por qué Jesús le dijo a Judas que Él sabía que lo iba a traicionar? Quizás quería darle la oportunidad de cambiar de parecer. Quizás quería advertirle sobre la maldad que estaba a punto de cometer. Quizás solo quería que Judas entendiera la profundidad de Su dolor. Sea cual fuere el caso, Jesús sabía qué había en el corazón de Judas, y le dejó eso muy claro.

Judas era uno de los doce discípulos que siguieron a Jesús por todas partes, cenaron con Él y aprendieron de Él. Jesús lavó los pies de Judas. Sin embargo, Judas dejó que el pecado se exacerbara en su corazón, lo que lo llevó a darle la espalda al hombre que llamaba «Rabí» o «Maestro».

Algunos suponen que Judas traicionó a Jesús por la recompensa que le ofrecieron Sus enemigos, pero en realidad eso no calza con el perfil de un hombre que había sacrificado su hogar, su trabajo y sus posesiones para recorrer los paisajes polvorosos del antiguo Israel predicando, aprendiendo y comiendo pescado. Otros tienen la teoría de que Judas esperaba asustar a Jesús, ponerlo en una situación en que se viera forzado a usar Su poder divino para detener la crucifixión, derrocar a los romanos y libertar a Israel. Un tercer grupo sugiere que Judas estaba celoso: no era el discípulo preferido, el que obraba de milagros ni el que Jesús ayudó a caminar sobre el agua.

Quizás Judas simplemente vio lo inevitable. A lo mejor sabía que la élite religiosa que odiaba a Jesús a la larga encontraría una manera de inculparlo. En lugar de correr el riesgo de morir junto a su maestro, Judas negoció para salvarse el pellejo. Cualquiera sea el caso, Judas usó medios pecaminosos para conseguir un objetivo pecaminoso. Sin embargo, ni todas sus confabulaciones, maquinaciones, mentiras y apuestas lo pudieron salvar. Más bien, lo llevaron a la desesperación, y terminó destruyéndose.

Pero Judas no fue el único amigo que abandonó a Jesús. Pedro, uno de los mejores amigos de Jesús, juró: «Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré» (Mateo 26:35). Así y todo, Pedro negó conocer a Jesús tres veces mientras Cristo era enjuiciado y torturado. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, se quebrantó y lloró. Y a esas alturas, los otros discípulos también habían huido.

Jesús experimentó traición por parte de los que Le habían jurado lealtad y habían declarado su amor por Él. Él entiende cómo se siente eso.

JESÚS FUE DIFAMADO

Imagínate un momento el juicio fingido de Jesús. Jesús está en el medio, abucheado, escarnecido y acusado falsamente por mentirosos que tenían puestas ropas sacerdotales. En el Antiguo Testamento, Dios instituyó a los sacerdotes para que hablaran al pueblo en Su nombre y Le ofrecieran sacrificios en favor del pueblo. Usaban ropas hermosas, diseñadas por y para el Sacerdote supremo, Jesucristo (Éxodo 28:31–35). ¡Hablando de lobos vestidos de ovejas! Incluso mientras torturaban y asesinaban al Mesías prometido, esos hombres tenían puestas Sus vestimentas sacerdotales. Sacrificaban corderos en el templo de Dios incluso mientras planeaban asesinar al Cordero de Dios en la cruz de un delincuente.

Las personas que Jesús amaba y a las que vino a salvar lo llamaron blasfemo —mentiroso, falso maestro y difamador de Dios—. Dijeron que estaba loco. Le dijeron borracho. Le pusieron todos los rótulos menos el que le pertenecía: el del Mesías prometido amoroso y paciente.

Yo no he sido acusada sin razón ni condenada injustamente por mi propio pueblo en un tribunal, pero sí fui golpeada en el salón donde mi familia leía la Biblia y oraba. Sé cómo se siente que te digan loca y mentirosa, y que aseguren que tú fuiste la que provocó el pecado de tu abusador.

Jesús sabe cómo se siente eso, cómo se siente que digan mentiras de ti, ser víctima de falsedades y rumores despiadados, que ciertas personas egoístas y poderosas destruyan tu reputación.

JESÚS FUE DESATENDIDO

Sería un ejercicio interesante contar las veces en que Jesús fue malentendido, malinterpretado o ignorado. Quizás sea más fácil contar las veces en que sí lo entendieron.

Muchas veces y de diversas maneras, Jesús dijo que Él era el Hijo de Dios. Muchas veces, predijo que iba a morir por nuestros pecados y resucitar de los muertos. Rara vez lo entendieron y con frecuencia pensaron que estaba loco o poseído por demonios.

Incluso en el huerto de Getsemaní, mientras Jesús lloraba y oraba, anticipando Su tortura y muerte, Sus discípulos se durmieron desconsideradamente. Jesús dijo: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo» (Mateo 26:38).

Ahora, si un amigo me dijera «Mi alma está muy triste, hasta la muerte», eso me preocuparía. Tengo la esperanza de que dejaría todo de lado para consolarlo y llorar y orar con él, incluso si no entendiera cuál es el problema.

Los amigos de Jesús no hicieron eso.

De niña, a veces traté de contarles a algunas personas sobre la vida en mi hogar. Todas esas veces me malinterpretaron. Supongo que pensaron que estaba hablando de lo que es normal en la disciplina paternal o quizá de un incidente puntual y extraño. Les dije que me estaban golpeando y, para peor, en mi propia casa, pero no se dieron el tiempo de escuchar ni de entender. De igual manera, los discípulos tuvieron una reacción totalmente inadecuada ante el sufrimiento de Jesús. En lugar de orar con Él, secarle el sudor de la frente y llorar por Su angustia, se echaron en el césped y se durmieron (v. 40, 43–44). Y eso no ocurrió una sola vez. Jesús les dijo tres veces a Sus discípulos que Su corazón estaba partiéndose, pero en lugar de preocuparse, tomaron una siesta.

¡Qué pasividad! ¡Qué indiferencia! ¿Cómo pudieron ser tan ciegos y apáticos? Sin embargo, cuando me acuerdo de las muchas personas a las que intenté contarles de mi sufrimiento, a las que traté de alertar sobre lo que me estaba haciendo mi padre, la reacción de los discípulos se vuelve muy creíble. Quizás estamos programados para hacer lo más fácil en lugar de lo mejor. Quizás el instinto humano es bloquear lo que resulta incómodo o inexplicable. Quizás todos por naturaleza preferimos ser negligentes con las personas cuando lidiar con su sufrimiento afectaría la manera en la que estamos viendo la vida o arriesgaría las relaciones o la reputación de las que gozamos.

Para la mayoría de la gente, es difícil imaginar que realmente es posible que estén ocurriendo historias de abuso como las que se ven en las noticias en la casa del lado o en su iglesia. Quizás sencillamente es algo demasiado horrible como para creer que es posible. Quizás no quieren saber porque entonces tendría que importarles. Quizás intervenir sería demasiado desastroso o inconveniente. Sin embargo, ya hagan caso omiso por ignorancia e ingenuidad o por irresponsabilidad y negación, la consecuencia que esa actitud tiene en la víctima es una sensación de aislamiento, de falta de atención y de abandono.

Las víctimas de abuso tenemos el temor profundo de que, si rompemos el silencio, nuestras palabras caerán en oídos sordos o desinteresados. Si, al igual que Cristo, le decimos a alguien «Mi alma está abrumada de dolor hasta la muerte, y quiero que sepas por qué», pero encontramos respuestas displicentes como «Deberías orar por eso», «¿Estás segura de que eso fue lo que pasó?», «Estoy seguro de que esa no fue su intención» o «¿Qué hiciste tú para que él te codiciara así?», todos nuestros miedos se ven confirmados. Y eso nos parte el corazón.

A veces, cuando Jesús fue incomprendido, Él quiso que fuera así. Decidió hablar en parábolas para que el significado quedara velado. Sin embargo, muchas veces Jesús habló con claridad, pero encontró ensimismamiento, displicencia o algo aún peor. De igual manera, podemos sentir que estamos hablando un idioma distinto al de todos los que nos rodean o que nadie se preocupa lo suficiente por nosotros como para escucharnos y ayudarnos. El sentimiento de soledad resultante Jesús lo conoce muy bien.

JESÚS FUE ODIADO

Cuando mi papá se enojaba, había un silencio aterrador antes de la tormenta. El rostro se le retorcía, sus ojos adquirían un brillo ausente, y todo su cuerpo se tensaba y tiritaba mientras movía las piernas con nerviosismo. Lo que ocurría después es lo que cualquiera podría imaginarse. Podía quebrar objetos, patear al perro o arrojarme platos, libros o una plancha. Si no tenía nada inanimado a mano, podía empujarme contra la pared, sacudirme o arrojarme. Aunque un observador externo podría pensar «Está descontrolado», yo no creo que haya habido nada de descontrol en mi papá. Pienso que sabía exactamente qué estaba haciendo y tenía pleno control de sí mismo durante sus rabietas. Desde mi perspectiva, sus ataques de ira no eran como los golpes inconscientes y los insultos disparatados de un borracho enojado, sino más bien una explosión de odio y destrucción que disfrutaba a cabalidad. A veces se reía eufórico durante sus ataques de ira.

¿Alguna vez has visto a alguien tan enojado que tiembla y escupe mientras te grita? Es aterrador. Así es cómo me imagino a la multitud iracunda que rodeaba a Jesús mientras el gobernador romano Poncio Pilato, que tenía la última palabra respecto a la vida y la muerte de todos los judíos, se dirigió a ella. Según la tradición de la fiesta judía de la Pascua, un delincuente debía ser librado de su castigo. Pilato dejó que la turba eligiera entre Jesús y Barrabás (Mateo 27:15–17).

Barrabás era un arribista político, un alborotador violento y un asesino. Pilato hizo que la gente escogiera entre ese delincuente extraordinariamente indeseable y un rabino inofensivo, con la esperanza de que eligieran a Jesús y resolvieran así su dilema moral. Sin embargo, los líderes religiosos alborotaron a la multitud y fomentaron el odio hacia Jesús. Cuando Pilato le preguntó a la gente si querían que librara a Cristo, la turba comenzó a corear: «¡Sea crucificado!» (v. 22–23).

Entonces, como puedes ver, Jesús sabe lo que es ser odiado.

Lo asombroso es que es muy probable que algunas de las personas que corearon «¡Sea crucificado!» en la corte de Pilato hayan sido almas por cuya salvación Cristo iba a morir. El hecho de que el Dios santo estuviera dispuesto a humillarse a Sí mismo, hacerse mortal, sufrir y morir por personas tan extraordinariamente indeseables es un testimonio de la grandeza de Su amor.

Ese día, Barrabás fue librado de la pena de la ley romana, aunque había sido condenado justamente, y el Jesús inocente y todopoderoso fue condenado voluntariamente en su lugar. De la misma manera, nosotros también podemos ser librados de la pena de la ley divina. Nuestra justa condena por ignorar y quebrar los mandamientos de Dios puede ser eliminada. Podemos ser librados porque Jesús murió en nuestro lugar. El soportó la ira, el juicio divino, y el juicio de los hombres porque amó a los que lo odiaban por naturaleza.

La locura del odio es aterradora. Es homicida. Es un frenesí que silencia la razón, justifica la injusticia y adormece la conciencia.

Mi padre era muy cuidadoso en su comportamiento cuando podía enfrentar consecuencias. Nunca perdió los estribos frente a personas ajenas a nuestro núcleo familiar. De niña, me enseñaron a tener cuidado con los doctores y los policías porque podían mentir sobre nosotros, denunciarnos al servicio de protección infantil y colocarnos en una familia de acogida, donde, según me decían, sufriríamos abusos aún peores.

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248 s. 15 illüstrasyon
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9781629462752
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