Kitabı oku: «Alada y riente»

Alada y riente
JESÚS BENGOECHEA
Alada y riente
www.armaeniaeditorial.com
1.ª edición: junio 2016
1ª edición ebook: agosto 2021
Ilustración de cubierta: © Tom Neely, Moby-Dick, 2007
Ilustración de solapa: Jesús Bengoechea Martí (D.R.)
Copyright © Jesús Bengoechea Martí, 2016
Copyright de la edición © Armaenia Editorial, S.L. 2016, 2021
Armaenia Editorial, S.L.
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ISBN: 978-84-18994-01-2

A mi hermano de su hermano,
que también escribía.
«¡Oh, alada y riente mentira, cuándo será que
los hombres se convenzan de la necesidad de tu triunfo!
¿Cuándo aprenderán que las almas donde sólo existe la luz de
la verdad son almas tristes, torturadas, adustas, que hablan en silencio con la muerte, y tienden sobre la vida una capa de ceniza? ¡Salve, risueña mentira, pájaro de luz que cantas como la esperanza!»
Ramón María del Valle-Inclán
Sonata de invierno
«Nothing that happens after we are twelve matters very much»
James M. Barrie
Londres, 2 de marzo de 1878
Inolvidable amigo, tal vez soñado:
Que me lleve el Diablo si en el momento en que empuño esta pluma de ave y me siento frente al pliego de papel estoy seguro de tener por destinatario a un ser real, de carne y hueso. Créeme si te confío que en ocasiones, al recordarte, figuro tu presencia como un mero producto de mi imaginación, una quimera fabulosa que ya no vive —que nunca vivió— sino en el mar tibio y enfermizo, encrespado y ácido de mis delirios, los que entonces me azotaban y los que aún me consumen. Tan mágico te presentas en el escenario de mis remembranzas, tan magníficamente benigno reapareces en ocasiones en el marco onírico de mis noches febriles, que no puedo por menos que dudar de tu existencia, como si el calor de la mano que tantas veces apretó mi brazo para infundirme ánimo no fuera carta de presentación válida ante los impíos fantasmas de zozobra que gobernaban mi vida y todavía, como entonces, la someten a permanente tortura. Llevado de la esperanza de que existas de hecho, te escribo estas líneas. Aún me niego a aceptar que durante aquellas angustiosas semanas en el vientre de la ballena sólo compartí mis cuitas con dos espectros neblinosos, engendrados por el detritus que la desesperación siembra en los recovecos del cerebro, allí donde la mente fabrica imágenes, gestos, palabras. ¿Debo resignarme a asumir que os inventé a ambos en la búsqueda de un amigo con quien compartir aquella situación? Como refutación de esta hipótesis dispongo de la nota que, firmada de tu puño y letra, me entregaste junto al ruego de escribiros en caso de supervivencia. Para bien o para mal, estoy vivo y presto a satisfacer tu grata encomienda. Tengo en mis manos el referido trozo de papel, lo manoseo y lo contemplo. Las letras quebradas y trémulas que sobre él trazaste, a fin de comunicarme vuestra dirección en Italia, permanecen en su superficie como prueba de vuestra adscripción a la zona concreta de las cosas, y no obstante aún estoy tentado de dudar de mis sentidos. Al fin y al cabo, y situándonos en el peor de los casos, el remitir una carta a dos simples hijos de la fiebre y la locura no es el mayor dislate que he cometido ni cometeré.
Permite que comience relatando muy sucintamente lo que ha sido de mí desde la última vez que nos vimos. Como ya preveíamos, el brutal estornudo del cachalote nos impulsó a los tres en direcciones aleatorias, y he aquí el segundo y no menos importante de mis temores. No puedo dejar de dudar si tu hijo y tú saldríais, como yo, airosos de la insólita odisea. Así como me pregunto si eras real antes de la hecatombe que nos lanzó por los aires, anhelo confirmar que continúas en el mundo tras ella. Deseo fervientemente que así sea, mi inolvidable amigo. Espero que cuando esta carta llegue a vuestras manos tanto tu hijo como tú os encontréis perfectamente, sanos y juntos. Os imagino leyendo esta carta al calor de un fuego que crepita en la chimenea y os comunica una luz cálida. Sentado en una butaca con vuestro gato ronroneando en el regazo, lees estas palabras a tu hijo en la atmósfera lánguida y confortable de una tarde de otoño. Durante aquellas semanas en las que junto a vosotros me convertí en moderno émulo de Jonás, me hablaste mucho de vuestra vida en Italia, modesta y feliz. Me referiste con tanto orgullo las discretas alegrías y los sinsabores de tu humilde profesión, me describiste con tan cuidadoso detalle vuestra acogedora casa de roble, que ahora me resulta fácil, amigo mío, representaros en la luz tenue de una sala de estar infundida de paz a la inquieta penumbra de una chimenea. Soy capaz incluso de imaginarlo con mayor precisión. Imagino que ahora te has visto obligado a interrumpir la lectura en voz alta de esta frase porque los múltiples relojes que, según tu testimonio, adornan en mil formas e ingeniosas variantes las paredes de tu casa han anunciado al unísono las seis en punto de la tarde. Ahora tu hijo y tú estáis en silencio, envueltos en mil melodías contradictorias y enfrentadas que no obstante forman un conglomerado sonoro extrañamente armónico. ¿Ha cesado ya la sinfonía heterogénea? Sigue leyendo entonces, mi amigo inolvidable y acaso soñado.
El cachalote, como decía, nos impulsó a los tres en diversas direcciones. Según he podido colegir con posterioridad, la mía fue dirección nordeste. Como bien sabes, estoy suficientemente familiarizado con la idiosincrasia de estos cetáceos. Debo reconocer, sin embargo, que me sorprendió vivir en carne propia la velocidad infernal de sus estornudos, la potencia huracanada que imprimen al aire expulsado en ese trance. Ni siquiera, de hecho, estaba seguro de que las gigantescas criaturas acuáticas dispusieran de esa facultad o servidumbre. Como recordarás, me mostré escéptico cuando tu hijo expuso la brillante idea que a la postre nos liberaría del cautiverio. Aseguré a tu hijo que jamás tuve noticias de un solo estornudo de una ballena o cachalote, y creo que puedo considerarme ducho en la materia. No había, pues, razón alguna para pensar que la Ballena Blanca respondiera con este acto reflejo al estímulo dañino de una hoguera encendida en sus mismísimas entrañas. Pero, ¡vive Dios!, nada podíamos perder intentándolo. ¿Recuerdas el humo negruzco anegando la sórdida y viscosa dependencia? ¿Recuerdas el progresivo temblor de las cartilaginosas paredes cuando aquellos estertores, consecuencia del picor de garganta sobrevenido al leviatán, comenzaron a resonar desde allá arriba, anunciando nuestro inminente lanzamiento? Fue espeluznante, ¿verdad? Me parece que te estoy viendo, aterido por la incertidumbre, aguardando el incierto momento, aferrado con una mano a tu hijo y con la otra a una tabla de madera que pudiera servir de precaria balsa una vez consumada la liberación. Me parece que puedo sentir el dolor en mis dedos, entumecidos al contacto con el mástil de vuestra barca, el cual hube de usar como improvisado asidero que me salvase de morir ahogado si la fuga, finalmente, tenía en efecto lugar. Los dos amagos de estornudo que como dos inquietantes temblores de tierra precedieron a nuestra incorporación al grueso de satélites terrestres, nos encontraron arremolinados contra la membranosa pared posterior del estómago del monstruo, cegados por el humo y la negrura, asolados por el pánico. Recuerdo que pensé en la posibilidad de quedar ensartado en uno de los colmillos del animal antes de que la atroz ráfaga de aire que habría de impulsarme pudiera dar con mis huesos en el exterior.
Las últimas impresiones sensoriales que acceden a mi memoria parecen brotadas de una pesadilla infernal, engendrada por la malaria. Aún contemplo ese marasmo de fuego y carne como un espejismo movedizo lubricado de lágrimas. Aún olfateo la repugnante amalgama de olores que me situaban al borde del vómito, esa miscelánea abominable de azufre y piel, de sal y madera podrida, de sangre y pescado muerto. Aún puedo sentir el agua estancada inundándome hasta la cintura, aún soy capaz de registrar la sensación eléctrica de algunos peces vivos rindiendo tributo a su horror en un baile descerebrado que se enredaba en mi única pierna. Aún, en fin, escucho el bramido desacompasado y doliente del coloso con esa sonoridad reverberante, esa onda totalizadora que sólo puede percibirse cuando se atiende a él desde el propio interior de sus vísceras.
Déjame confesarte, amigo mío, que todavía, algunas noches, despierto sobresaltado al experimentar con exactitud la sensación de vértigo y espanto, me parece que vuelvo a surcar su garganta a la velocidad del rayo, impelido por la homérica corriente de aire, chocando aleatoriamente contra ambos lados de las paredes de la tráquea en un vuelo sin precedentes y sin claras expectativas de supervivencia, alternando golpes contra anillos del gaznate, salmones empavorecidos, ingentes cuerdas vocales y medusas fosforescentes que prestan a ese oscuro firmamento en forma de tubo una rara dignidad de estrellas fugaces, zahiriendo mi cuerpo en bárbaras sacudidas contra inopinadas estructuras óseas, cadáveres de meros y estrellas marinas confundidos en una vorágine semisólida de organismos regurgitados. No sé si os dejé atrás en mi vuelo o si en todo momento me precedisteis en la evasión, no sé si en la tarea de catapultarme por los aires resultó más decisivo el torrente desaforado de aire en que se plasmó el estornudo o el no menos virulento de agua a presión que se originó por su causa. Sólo sé que súbitamente, a mis ojos, aquel cielo claustrofóbico, impenetrable, se tornó en otro inabarcable de un azul límpido que atravesé convertido en gaviota involuntaria, y sólo sé que la oscuridad de las entrañas del cetáceo se vio canjeada, de pronto, por la milagrosa claridad de las nubes de Dios. Cuando un golpe de viento hizo virar mi cuerpo en un giro de ciento ochenta grados, comprendí que estaba sobrevolando el océano, y si bien no atesoraba experiencia en lides semejantes pegué mis brazos al cuerpo con objeto de adoptar una postura lo más aerodinámica posible imitando la conducta tantas veces observada en el albatros, con la inevitable salvedad de la posesión de alas como extremidades superiores que dicho ave atesora en lugar de los más comunes brazos. De pronto, y con las facciones aplanadas por la velocidad, miré a mi derecha, donde verifiqué la presencia de un compañero de vuelo que me alivió encontrar. Me refiero al mástil de vuestra pequeña barca, al cual me así de nuevo, consciente de su eventual importancia en caso de amerizaje.
He pergeñado multitud de cábalas en el vano intento de dilucidar el número de millas durante las cuales, arrastrado por un vendaval imponente, me transfiguré en pájaro marino. Aferrado al mástil de vuestra pequeña barca, volé y volé y volé. Puedo garantizarte que la emoción primigenia, derivada del hecho inusual de encontrarte desempeñando funciones más propias de díscola gaviota que de capitán de embarcación, se ve secuencialmente sustituida por una rutina fastidiosa cuando las horas de vuelo acumuladas a las propias espaldas superan el límite de lo razonable. Durante tanto tiempo volé, amigo mío, que conocí la cansina cotidianeidad de la existencia del ave migratoria, y si no quedé dormido durante alguna de las dos noches que me sorprendieron subrayando la trayectoria de algún paralelo o meridiano terrestre fue sólo por temor a que el fin del océano me encontrara roncando y estrellara mi ya maltrecha anatomía contra alguna cordillera o cualquier otro accidente geográfico. No avisté sin embargo tierra durante las incontables horas que me sostuvieron convertido en titán de las alturas. Al amanecer del tercer día de vuelo, cuando ya pensaba que la situación se mantendría así indefinidamente, la corriente que me impulsaba comenzó a decrecer en términos de potencia. Serían cerca de las dos de la tarde cuando la progresiva pérdida de velocidad principió a traducirse en su correspondiente de altura, y no tardé mucho en experimentar una traumática toma de contacto con el agua, a consecuencia de la cual pueden encontrarse aún huellas de quemaduras en la totalidad de mi cuerpo.
El medio marítimo ha sido siempre, como bien sabes, por excelencia el mío. Con ello sólo quiero indicar que, en términos comparativos, lo prefiero al aéreo, espacio por el momento casi virgen en lo que a exploración humana respecta y por consiguiente poco estimable aún como natural hábitat del animal racional. Los cuatro días que sobreviví en la superficie de un océano no identificado, sostenido a flote por el palo mayor de vuestro pequeño bote, no resultaron, empero, un camino de rosas. No tenía siquiera una idea aproximada de las coordenadas que definían mi posición. Sólo sabía que aquellas aguas anónimas, cuyo fin espacial no acertaba a divisar en lontananza cualquiera que fuese la orientación de mis pupilas, bien podían representar mi paisaje postrero. ¡Con qué cruel minuciosidad, con qué afán perfeccionista los ígneos rayos de sol ajaban mi piel mancillada de cicatrices! ¡Con qué empecinado escozor ardían estas heridas abandonadas al flagelo del fuego solar, con qué furor infernal recrudecían su quemazón por efecto de la sal marina! Y esas horas interminables abandonado a mi suerte en alta mar… Ese horizonte imprecisable de agua y cielo fundidos en un común sustrato de borrosa ingravidez, como un filtro perturbador que redujera espacio y tiempo a una misma y difusa esencia… Sumido en una resignación oscura y paradójicamente doliente, anegado en una confusión de pesadilla y vigilia, me entregué al informe ejercicio de flotar y dejarme morir. Cuando dormía, en un estado onírico que sin embargo era tributario de una turbadora consciencia, transfiguraba los latigazos del sol en llamaradas desatadas por la garganta de un gigantesco rostro luciférico al fuego de cuya boca ardiera mi cuerpo indefenso. Cuando despertaba al estado de consciencia, que no era sino versión hiperrealista del delirio más desaforado, lamentaba no estar ya, de hecho, abrasándome en las calderas de Mefistófeles, allí donde las almas sucumben sempiternamente al llanto y la agonía, allí donde algún día, mi fiel amigo, encontraré el descanso a mi desatinada existencia.
Llegué a perder la cuenta de los días. Acaso fueron seis, siete… No sólo llegué a asumir la idea de la muerte. Alcancé incluso a abrazarla. Con enloquecidos gritos llamé por sus nombres a los tiburones, suplicándoles que a dentelladas dieran curso a una muerte violenta que me redimiera de aquella otra, mucho más lenta y pormenorizada, que amenazaba con apagar morosamente todo resto de vida en mi castigado cuerpo, todo vestigio de latido en mis entrañas. Voces blasfemas elevé a ese cielo inabarcable y sarcástico que negaba a aquel náufrago, insignificante a sus ojos, una tempestad que lo devorara. El cielo ni siquiera reparaba en aquel punto apenas perceptible en el desierto de las aguas que se extendían infinitamente, como un regazo letal cuya calma, exasperante, me recordó la fúnebre quietud, la paz desasosegadora de los cementerios. A mis blasfemias denodadas oponía el cielo un silencio atronador sólo comparable al del mar, su lóbrega imagen en el espejo sobre cuya superficie interminable yacía yo, como lo hace el cadáver de un mosquito en el cristal. Acaso el mejor modo de hacerte comprender la hondísima desolación que me abrumaba sea confesarte que, a fuerza de perder energía, a punta de verme privado de cualquier aliciente vital, llegué incluso a sentir anestesiado ese odio insobornable y visceral que ha dirigido los últimos años de mi vida, ese odio motriz que, como bien sabes, es el punto de referencia de mi existencia desde que el bicho mostrenco me convirtió en un tullido, un impedido digno de conmiseración. Largamente te hablé de ello, amigo mío, y tú comprenderás, tal vez mejor que nadie, a qué extremos había llegado mi abatimiento para hacerme olvidar los deseos de venganza que constituyen el auténtico norte de mis días.
No quiso el cielo concederme la gracia de una muerte violenta. Sí quiso el infierno, en cambio, reembarcarme en la nave de la ignominia por medio de una salvación que no merezco y nunca solicité. Belcebú tomó la forma corpórea de un ballenero inglés para transportarme, de nuevo, a ese puerto infestado de inmundicias que es la vida. Sabe Dios y sabe Satán cuánto lamenté que alguien me avistara desde la cofa, cuánto maldije el momento en que mis ojos, tras columbrar la embarcación en lontananza, verificaron cómo enfilaba proa hacia mi posición. ¡Oh, Dios! ¡Con qué ímpetu insano deseaba morir! De nuevo estallé en desaforados aullidos. No vengan, gritaba. No vengan, quiero morir. No era capaz de soportar la perspectiva de una nueva fase de mi enajenación. Cuando pensaba en un porvenir plagado de noches recurrentes, enfangadas de cruentas pesadillas, cuando barruntaba nuevas noches alienadas por espectros angustiosos, escatimaba todo atisbo de valor a la vida. Recordaba esas noches y recordaba también esos días. Pensaba en el lento fluir, el denso cauce que la necesidad de sangre que repare la sangre derramada otorga a las horas diurnas. ¡Con qué sórdida delectación se demora la aguja del reloj cuando en alguna coordenada del calendario aguarda la fecha en que volverás a hacerte a la mar en su búsqueda! En la búsqueda, amigo, de esa criatura asesina y mordaz, ingente y astuta, cuya blanca giba, sobresaliendo sobre la superficie del océano como un siniestro Sinaí, tantas veces creía contemplar desde la cubierta del Pequod en lo que no eran sino espejismos auspiciados por la fobia más indómita. No había día en que no me pareciera avistar su inconfundible surtidor en el horizonte, como no había viento alisio que no trajera consigo la fragancia ácida de su piel sepulcral.
Cuando los marineros del Octopus —que así se llamaba el barco que me recogió— me izaron a popa, poco podían sospechar que aquel viejo harapiento y hediondo de luengas barbas, con una pierna de carne y hueso y otra incompleta de marfil quebrado, cuyos bárbaros gritos plagados de referencias apocalípticas les amenazaban con ultraterrenos padecimientos, había sobrevolado millas y millas de océano tras habitar el vientre de un cachalote. Si hubieran tenido siquiera un vago conocimiento de mi vida pretérita no les habría extrañado mi actitud demencial y belicosa, reacia a la salvación que ellos creían ofrecerme. Si nunca he podido presumir de ser un ejemplo de cordura, en ese momento mi juicio hallábase particularmente extraviado, desembocando en un ánimo hostil irreductible. Para introducirme en el tambucho hubieron de reducirme previamente entre siete hombres, hasta tal punto me resistía con puntapiés, puñadas y exabruptos.
Con el transcurso de los días, y acaso confortado por esas ebrias siestas de Luzbel que los mortales traducimos en momentos de resignación, fui entrando en razón. Acepté los víveres que para mi sustento me procuraba aquella tripulación bienintencionada, y poco a poco me avine a hablar con ellos haciendo gala de cierta calma, por lo que accedieron, en ocasiones, a desatar mis manos. Merced a estas conversaciones pude saber que surcábamos el Atlántico en viaje de retorno al puerto de Hastings, en el sur de Inglaterra. Si bien se trata sólo de una conjetura, deduje pues que, tras haber entrado a conformar la ración proteínica del coloso en aguas del Pacífico, en inusual viaje submarino había bordeado junto a vosotros el contorno ignoto del continente sudamericano, cortando los Mares del Sur, rodeando el estrecho de la Patagonia y plantándome a bordo de la ballena en medio del Atlántico Sur, que fue donde, de acuerdo con mis cálculos, mi secular enemigo profirió el estornudo que amén de liberarnos nos puso a los tres rumbo a diversos destinos.
(La ruta seguida por el malhadado cetáceo no deja de resultarme sorprendente, pero así debo aceptarla cuando para mayor estupor vosotros señalasteis que habíais sido devorados por el Maligno en aguas mediterráneas, cerca del Tirreno: debo admitir que el afán cosmopolita de mi ancestral rival movería a la admiración a espíritu menos artero que el mío).
Lo que sobrevolé durante dos días con sus noches fue en consecuencia el propio Atlántico en dirección nordeste, hasta llegar a amerizar, siempre según mis lucubraciones, varios cientos de millas al norte de las Islas Azores, donde fui recogido por el Octopus.
Cuando recuerdo la travesía que ahora te refiero, no puedo menos que emparentarla con esa otra, ya distante en el tiempo aunque no por ello cicatrizada en el alma, en que desde la cabecera de una litera contemplaba ese cuerpo mutilado que algún ponzoñoso dios de las tinieblas quería hacer pasar por el mío. También entonces hubieron de utilizar correas para sofocar mis ataques de histeria y restringirlos al ámbito de un catre enmohecido en un húmedo camarote. Estaba tentado de escribir ahora que, en ambos casos, la locura fue remitiendo a medida que la embarcación se aproximaba a su destino, pero acaso sería más acertado significar que esta, simplemente, pasó a acomodarse en mi cerebro de una manera más solapada y traicionera. Nada más peligroso que un orate en un momento de aparente salud mental: tras la esquina del tiempo más inesperada puede aflorar, con inopinada vehemencia, la cara más lacerante de su alienación. Como en una comedia bufa, como si en una mediocre reproducción en cera del hombre que fui me hubiera convertido, la pierna de marfil quebrada parecía representar aquella otra que, ocho años antes, había echado en falta con inexpugnable sufrimiento, una macabra imitación barata. Símbolo inequívoco de mi propia insignificancia ante la perfidia del innombrable, y al mismo tiempo del carácter irrenunciable de mi venganza, era aquel sucedáneo de pierna partido como el original que le precedió, roto como el modelo en carne del que fue tomado. Diríase que, del conjunto de mi anatomía, el leviatán albergara una lúgubre preferencia por cercenar dicho miembro. ¿No ratifica esta inclinación mi tesis, en virtud de la cual el monstruo se halla en posesión de una inteligencia perversa, reservada sólo a los mundanos sicarios del Ángel Caído? ¿No confirma, asimismo, la hipótesis según la cual la mostrenca criatura me conoce y reconoce en sí a mi rival, que me tiene presente a lo largo de sus singladuras por los océanos de uno y otro confín? En alguna ominosa profundidad marina, el ente me evoca con lo que en boca humana calificaríamos de sádica sonrisa, y eleva a su satánica deidad una plegaria devota. Reza para que pronto podamos encontramos de nuevo.
No entra, sin embargo, en mis planes el satisfacer una vez más sus deseos, sangrientos e imperecederos. Por mi parte, creo que he tenido suficiente. No interpretes por ello que el ánimo de desquite ha amainado en mis entrañas. En lo más hondo de mi pecho sigue alentando un rumor sordo e insaciable. ¿Sabías que el odio puede a veces escucharse?
Si las condiciones ambientales son las adecuadas, si el silencio es lo bastante sepulcral, si uno es capaz de contener la propia respiración en beneficio del éxito del experimento, puede oírse ese segundo aliento envenenar los pulmones como una tóxica corriente subsidiaria. En ocasiones las naturales inspiración y expiración ocultan su murmullo, pero no por eso cesa su espectral ulular. Detenido el mecanismo respiratorio (llamémoslo) físico, puede uno advertir el susurro inveterado de su hálito que arde, para ser exactos, en el reverso del esternón. Produce este segundo vapor de las entrañas un sonido más gutural que el propiciado por las idas y venidas de oxígeno y dióxido; su textura es acaso más densa y, aunque algún alma transida de misticismo lo asimilaría al estertor de un moribundo, lo cierto es que rezuma vida, si por vida entendemos el perpetuo mordisco de fuego y cizaña que lo alimenta. Todavía, si guardo el silencio idóneo en la sórdida tiniebla de mi habitación, puedo en ocasiones escuchar su fluir. Pero me siento demasiado viejo, demasiado cansado para reiniciar los trámites encaminados a satisfacer mi encono. ¿Son viejo y cansado vergonzantes eufemismos, por los cuales quiero dar a entender mi derrota? Digamos, recto amigo, que me he vencido de saña. Así como el alma enamorada conoce momentos de saturación que le hacen temer por la perdurabilidad de su arrobo, el espíritu poseído por el odio alcanza, a fuerza de odiar, un paralizador enquistamiento en su aversión. Casi doce lustros contemplan mi figura taciturna. Cerca de sesenta abriles acumulan mis párpados cansados. Se trata, amigo, de circunstancias que pesan demasiado y como añadidos lastres me retienen a mí, que siempre he sido animal marino, en la empedrada quietud de tierra firme. No volveré a lanzarme a la mar con el objeto insensato, tantas veces fallido, de consumar mi venganza.
A la seca niebla que acaricia el pavimento de las aceras abandono ahora mi confesión, descarnada y al fin lúcida: tuya es la victoria, Moby Dick.
Disculpa que me pierda en digresiones, amigo, mientras permites que dirija nuevamente mi pluma al corazón de la trama, de otra parte sencilla, que me afanaba en desenredar. El Octopus atracó en el puerto de Hastings, donde fui abandonado a mi suerte. Sin duda los rudos marineros que desde cubierta veían a aquel viejo de mirada desorbitada desembarcar y perderse en medio de la neblina se preguntaban qué sería de él, y temían incluso por su vida. El viejo de mirada extraviada y quebrada pierna de marfil, apoyado en la muleta desvencijada que el cocinero de a bordo había tenido la gentileza de donarle, deambuló lastimosamente durante dos días. Las calles de la pequeña población costera lo vieron merodear las esquinas en busca de alguna limosna, dormir cobijado de la lluvia bajo los balcones, sucumbir a los irracionales ataques de los maleantes. Convertido, asimismo, en temporal ave de rapiña callejera, robó en el cepillo de una humilde iglesia la cantidad necesaria para tomar un tren a Londres. Llevado de algún pálpito, pensaba que en la capital británica encontraría un rincón que acogiera con mayor humanidad su desvalimiento.
Las primeras semanas en Londres fueron duras. Decididamente integrado en el mundo de los vagabundos, de los desheredados, hice de sus tétricos suburbios mi hogar. Malviví bajo puentes o en viviendas semiderruidas. Con el entendimiento contaminado de espectros y las facciones demudadas de hambre, toqué fondo sin ni siquiera tomar conciencia de que lo hacía. En ocasiones, en alguno de esos merodeos urbanos que me hacían recorrer la ciudad sin rumbo fijo, me fustigaban infaustas premoniciones. Temía encontrar tras cualquier esquina la presencia dantesca. Figuraba esa mole blanca ocupando la totalidad de la calle cimbreándose entre estertores atroces. Imaginaba a la muchedumbre escapando en desbandada, horrorizada ante la agonía del pez mostrenco cuya cabeza y cola embestían las fachadas de las edificaciones circundantes en un afán destructor inusitado. Sembrando la vía pública de muerte y caos, como si quisiera extender espacialmente su titánica última hora, en mi desquiciada fantasía agitábase el monstruo sobre los adoquines de la calzada, arrastrábase grotescamente, con lentitud patética, Oxford Street arriba, boqueando abominablemente y arrasando a su paso con mujeres y niños, coches de caballos y puestos ambulantes, vetustas viviendas y modernos palacetes. Cuando finalmente y de hecho superaba la esquina, las calles de Londres en su cotidiano devenir, los transeúntes londinenses en sus prosaicas idas y venidas, me exhortaban sin saberlo a exorcizar el fantasma. Todo ha pasado, me repetía mientras enjugaba el sudor frío en mi frente. Algún día conocerá la muerte, y con dicha certidumbre deberás conformarte. No aspires a presenciar su pavoroso final; no aspires a asistir a sus postreras bocanadas de aire; no pretendas contemplar sobre el asfalto de Chelsea los últimos coletazos del bicho.
Fue así cómo, gradualmente, fueron imponiéndose concesiones al pragmatismo. Yo mismo me sorprendí con mi sobrevenida cordura temporal. A pesar de mi edad y mi deplorable presencia física, logré un empleo como ayudante en una carnicería. Londres es un lugar tan inmejorablemente pésimo como cualquier otro para vivir. Tiene Londres la maldición y la bendición de encontrarse inalcanzablemente lejos de Moby Dick, y tampoco en esto se distingue de muchos otros sitios del planeta. Ahora vivo aquí. ¿Y por qué no? Lo mismo me da una ciudad que otra. Si la tripulación del Pequod supiera que voy a acabar mis días desempeñando el papel de charcutero no daría crédito alguno a la información. Y yo tendría que asentir a sus jocosas suposiciones. En efecto: cada vez que hacha en mano desmembro una vaca o un cerdo, cierro los ojos figurando que así actúo con el costado de la bestia.
La tripulación del Pequod. ¿Qué habrá sido de ellos? No me enorgullezco al confesar que el destino de sus vidas nunca fue para mí un tesoro que salvaguardar. Cierta curiosidad y un asomo de tibia humanidad, empero, me mueven hoy a preguntarme por su suerte. ¿Sobrevivirían al tercero y fatal ataque a la ballena? Hay algo indudable: si ellos pueden contarlo, a buen seguro descartan que yo corriera igual fortuna. ¿Cómo pensar siquiera en la posibilidad de la supervivencia de Ahab, cuando todos lo vimos enredado en una maraña de cabos que parecían unir por siempre su destino al de la ballena? ¿Cómo considerar la opción de la supervivencia del viejo cuando todos lo observamos hundirse en las profundidades del océano, prendido al lomo del monstruo como una fantasmagórica, cínica condecoración? ¿Cómo concebir la hipótesis según la cual una vez bajo el agua nuestro desequilibrado capitán logró zafarse de sus ataduras y braceando desesperadamente inició una búsqueda de la superficie que el ágil escorzo de Moby Dick convirtió en infructuosa? ¿Cómo extrapolar, además, que el inmediato mordisco del engendro, torpe en su furia, no alcanzó a partir su cuerpo en dos como pretendía, sino que lo envió directamente a su estómago sin otra mácula o rotura que la causada en su pierna de marfil? Puestos a enunciar posibilidades que cualquier espíritu escéptico tildaría de descabelladas, y que sin embargo tuvieron inopinado lugar, permíteme que me refiera a vosotros dos con el más emocionado recuerdo: ¿cómo sospechar, en el supuesto de haber imaginado que Ahab acabó en las tragaderas de la enorme criatura, que allí encontró compañía? ¿Cómo alumbrar la idea según la cual un senecto artesano italiano y su primogénito, previamente engullidos por la bestia, se convertirían en impagables compañeros de fatigas en el vientre del cachalote?
Dispénsame, amigo, si te confío la impresión que en ese primer encuentro me provocasteis. Ser deglutido por el animal acuático que con ahínco has perseguido a muerte a lo largo de cientos y cientos de millas marinas no es algo fácil de asumir. Pero más difícil aún resulta aceptar como verosímil, una vez instalado en las vísceras del elemento, el carácter compartido del hecho. A ciencia cierta sé que vosotros recibisteis mi llegada con análoga sorpresa: ello no supone merma en el estupor que me abrumó al contemplaros allí, y no me duelen prendas al reconocer que al principio creía estar soñando. Entiéndeme. Uno cae dentro de la tripa de una ballena y de algún modo subconsciente alberga al menos el reconfortante alivio de considerarse, Jonás aparte, más o menos pionero en la materia. Encontrar al deslizarte desde el tubo digestivo al propio interior del estómago una pequeña embarcación, un escritorio modesto, un venerable hombrecillo y un niño que con todos los respetos no dudaré en calificar de singular, no es circunstancia fácil de interiorizar. Yo recuerdo todavía, de un modo retrospectivamente entrañable, el pasmo reflejado en vuestros rostros cuando irrumpí en la improvisada vivienda. Espero que vosotros guardéis en vuestras almas, envuelta en similar aura de ternura, la memoria del desconcierto dibujado en el mío.
Algún realista soterrado aduciría que en tales condiciones, independientemente de la personalidad de los tres cautivos, el nacimiento de cierta clase de amistad era inevitable. Poco peso tiene este argumento enfrentado a la realidad de vuestra ayuda infatigable en semejantes circunstancias. Con el ánimo auxiliador del veterano que orienta y templa la desazón del neófito, me facilitasteis considerablemente el trance. No sé qué habría sido de mí sin vuestro aliento, sin vuestros consejos. Curtidos ya en aquellas lides, con casi un mes de cautiverio a vuestras espaldas, me instruisteis en el arte de sobrellevar las innumerables limitaciones que conlleva el sufrir prisión tan obscena. Trucos como la utilización de guantes en la búsqueda de besugos o merluzas que sirvieran de almuerzo, con el objeto de sortear los nocivos efectos que la explosiva mezcla de jugos gástricos y agua produce en la epidermis, o la realización de las evacuaciones corporales en el rincón más próximo a la escotilla que comunica el buche con el intestino, a fin de facilitar un pronto desalojo de los excrementos y el orín, resultan allí de perentorio aprendizaje; y vosotros me formasteis en estas disciplinas con paciencia y eficacia. Jamás terminaré de agradecéroslo. Inagotable es, asimismo, mi gratitud por otra concesión conmovedora: me incluisteis en el turno establecido a la hora de proceder para el uso del camastro de vuestra embarcación. Pero mucho más allá de estos favores materiales, domésticos, está vuestro continuo auxilio espiritual en un momento francamente aciago.
Déjame, inolvidable amigo, que abra en este capítulo de agradecimientos un apartado especial dedicado a tu hijo. Reconozco que guardé, durante los primeros días de convivencia, ciertas reservas respecto a su persona, comprensibles por otro lado o así espero que las juzgues: reservas no ajenas, claro está, a su increíble apariencia física. Durante dos o tres días, no osé apenas mirarle. Estaba perplejo. Deseaba soslayar la certidumbre de lo que veía. Tras observarle momentáneamente, necesitaba esperar un tiempo prudencial antes de volver a enfocar mis ojos hacia él: acaso de ese modo la realidad científica, cotidiana, acabaría imponiendo su ley frente a lo que sólo podía constituir una alucinación motivada por la intensidad excesiva de mis últimas andanzas marítimas, las luchas con el coloso y demás penalidades. Poco a poco, con esa lenta asunción con que el ser humano termina haciendo suya la quimera, y tal vez ayudado por la locura de la que ya era portador, que por sí misma me situaba quizá en disposición de admitir lo inadmisible, asimilé su particular realidad somática. Al cuarto día de estancia en la ballena, haciendo acopio de valor, me aventuré a manifestarte mi estupor ante la evidencia. Reíste con desparpajo. Atribuyendo tu anterior mutismo a la fuerza de la costumbre, que te movía en ocasiones a olvidar la especial configuración material de tu vástago, y obrar a todos los efectos como si fuera un chico de carne y hueso, me referiste la extraña y fascinante historia, la que todavía hoy, en la penumbra de mi habitación, dudo si enmarcar en un contexto de puro ensueño. Aunque en aquel instante, es curioso, la escuché de tus labios con la máxima naturalidad. Una vez asumido que uno comparte estómago de cachalote con una criatura de madera, que habla y se mueve y se comporta como un niño normal, resulta sencillo, supongo, creer lo de tus plegarias a la Estrella Azul, así como lo del Hada que según tu hijo apareció un rato después para brindarle el don de la vida. Resultaba sencillo asumir las orejas de burro que, pujantes y cartilaginosas, brotaban de sendos agujeros en su plumífero sombrero amarillo. Resultaba fácil, incluso y al fin, achacar las dimensiones exageradas de su nariz, adornada con ramos de hojas naturales y hasta con algún pequeño nido donde piaban enternecedores gorrioncillos, a sucesivos deslices de insinceridad, ya que a un mágico castigo por tal pecado asegurabas tú que se debían. Con el trato diario, los iniciales recelos ante tu insólito hijo se disiparon, minimizados por su bonhomía. Poco a poco descubrí a un niño cuyo corazón (¿de roble ausente?) latía desplegando amorosos sones de celestial candor y caridad. Sus episódicos falsos testimonios, por otro lado, siempre comprensibles en la infancia y en todo caso purgados con suficiente dureza a base de adicionales centímetros de pituitaria, no podían ensombrecer su bondad inapelable. Sus méritos crecieron a mis ojos cuando me narraste su odisea. Un niño capaz de meterse en el mar a pie y caminar por las profundidades abisales hasta encontrar a la ballena que ha ingerido a su padre con barca y todo, para voluntariamente ser devorado por esta y así acompañar a su progenitor en el suplicio, ha de reunir por fuerza, y por muy de madera que sea, notables cualidades humanas. Bien es verdad que todo esto no hubiera acontecido si tu hijo, aquella fatídica mañana, no hubiera desobedecido tus indicaciones, tomando un sendero distinto del que conduce al colegio. No negarás, sin embargo, que su gesta posterior, arrostrando los múltiples peligros oceánicos con la sola determinación de dar contigo, compensan con mucho esta travesura, por más que el Hada tratara de magnificarla asimilándola a la más censurable fechoría. Sé que debiera circunscribirme a mis asuntos, pues ninguna autoridad ostento en esta materia, pero ya te dije muchas veces que a mí, personalmente, lo del crecimiento de su nariz, por ejemplo, se me antoja una pena desorbitada en relación a sus magros delitos. Se me ocurren cien mil faltas más severas que una mentirijilla de vez en cuando.
Pero volvamos ahora, metafóricamente hablando, a las entrañas del pez. Las desventuras más aciagas, las peripecias más terribles, forjan lazos poderosísimos. No es preciso que abunde en la paradoja que para mí suponía hallarme poco menos que enterrado en vida bajo la grasienta tierra a la cual quise dar muerte. Sin vuestra presencia a mi lado, acaso no hubiera podido resistirlo. Es difícil expresar con palabras que le hagan justicia la sabia lección humana que me brindasteis; las palabras son siempre limitadas, como un fuego que no alcanza a acalorar la estancia. Cuando caí en las fauces del monstruo, me encontraba demasiado cegado por la locura como para siquiera tomar conciencia de que otras presencias humanas me circundaban, que otros corazones —acaso no obturados por el odio— latían en rededor. Ahora, cuando empuño esta pluma de ave y doy rienda suelta a mi prosa atropellada, vehemente, me consumo en nostalgia de vosotros, una melancolía que humedece estos ojos, los mismos que durante años sólo atinaban a escrutar con encono desde unas pupilas empequeñecidas por la afrenta de la vida y de la muerte. Vosotros supisteis engalanar esta existencia roma, clausurada al perdón, con un último rasgo de humanidad. Mínimo, si se quiere, pero no por ello despreciable si atendemos al punto de partida, un espíritu en perpetua lucha interna, sin resquicio para la paz.
Recuerdo esas noches en el interior de las tripas del fenómeno; en realidad, sostenidos por meras conjeturas, no podíamos discernir a ciencia cierta entre la noche y el día. En todo caso, recuerdo las horas en que a ti te correspondía utilizar el catre para iniciar aquel sueño siempre inquieto, superficial, que el infierno que padecíamos tenía a bien concedernos. Mientras dormías, tu hijo te observaba con arrobo y yo a mi vez, a escondidas, le observaba a él. Puedes estar orgulloso de tu primogénito. Contemplándole así, a la luz incierta y movediza de nuestra lámpara de aceite, velando tu sueño encaramado al mástil de vuestra barca como un onírico vigía, me sentía intensamente conmovido, y no puedo negarlo. No puedo negar que, intercambiando los papeles paternofiliales, la escena me remitía a otra muchas veces repetida en un pasado, por desgracia, irreconquistable. Yo también tuve un hijo cuyo sueño velé con los ojos enrojecidos por la emoción de sus mejillas leves, con el regazo sacralizado por el reposo de su porvenir. Ya no puedo precisar si alguna vez te hablé de ellos. Tuve una joven esposa y un adorable niño a quienes abandoné por otro amor, el amor de mi odio, un amor más irracional que por ello, de manera insensata, juzgué más platónico, más excelso. No dejé de tenerles presentes, no dejé de adorarles ni un solo minuto de mi vida.
Es sólo que la saña, cuando es verdadera, derrumba los cimientos del hogar más sólido. La más desaforada pasión extramarital no es capaz de minar la institución familiar con tanta efectividad como el despliegue del odio, dotado de toda su parafernalia de espumarajos anímicos. Sólo la insoslayable necesidad de vengarme a mí mismo, sólo la necesidad incanjeable de ajusticiar a Moby Dick podía alejarme de ellos, y fue precisamente la realización de esa tarea, divina a la par que endiablada, la que tuvo que enfrentarse a mi condición de padre y marido. Venció, por desgracia. Era mi destino y tenía que suceder.
Recuerdo, sí, esas noches de textura idéntica a los días, esos días homologables a noches. Seguro que tú tampoco podrás olvidarlo mientras vivas. ¿Pudimos de hecho resistir ahí dentro doce días, o tal vez la acuciante necesidad de aire puro aceleró la percepción del tiempo en mi mente, conduciéndome a un cierto error por exceso? ¡Cómo apestaba la acumulación de pescado muerto, de algas apagadas, de plancton hacinado en la oscura gruta carnal entre cuyas paredes discurría —es un decir— nuestra vida! ¡Cómo atosigaba la negrura circundante, de qué modo desazonaba la absoluta ignorancia respecto al rumbo seguido por nuestro portador! ¡Qué pánico nos poseía cuando la criatura gustaba de efectuar bucles y giros en su ominosa ruta, lanzándonos despedidos de unas paredes a otras, volteándonos maliciosamente en un juego macabro y zahiriendo nuestros cuerpos! ¡Cuán molestos resultaban los movimientos sísmicos en que para nosotros se traducían sus eventuales, groseras, presuntas cópulas, que tal vez, últimamente suelo pensarlo, no eran sino masturbatorios frotamientos contra las profundidades oceánicas! ¿Recuerdas cuando hubimos de rescatarte bajo el peso del mástil de vuestra barca, arrancado por causa de uno de esos terremotos, motivados a su vez por el furor testicular del leviatán? Tu hijo resultó vital en la tarea de liberar tu cuerpo, sepultado bajo el palo mayor, antes de que el agua inundara tus pulmones, como también su privilegiado cerebro de alcornoque —valga la aparente sinrazón— devino fundamental en la idea que a la postre nos permitió alcanzar el exterior. Tu hijo. ¡Tu inefable hijo!
Tu hijo te idolatra, mi noble amigo. No lo pierdas nunca. No es de tu misma sangre, eso es cierto. No es de ninguna sangre, en realidad, puesto que no es plasma, sino savia vegetal, lo que por sus venas fluye. No es hijo de tu carne, no es hijo de tu placer. Es, por el contrario, hijo de algo más valioso: es hijo de tu trabajo. Como recompensa a tu abnegada laboriosidad, como premio también a tu capacidad creativa, quiso el Cielo retribuir tu compromiso con la belleza de las pequeñas cosas. De la madera hiciste un muñeco, y del muñeco nació la vida. Pese a los años transcurridos desde entonces, sigue sin ser bueno que el hombre esté solo, y por ello modernos adanes, cada cierto tiempo, son escogidos por el Creador para obrar en sus existencias milagros que desmientan el sindiós de la soledad. Obviando los molestos trámites de la costilla y la mujer, obviando también el engorroso paso de la procreación, quiso el Supremo Hacedor brindarte el definitivo don a que estos conducen: la paternidad. No cometas jamás, si aceptas un consejo de amigo, torpeza similar a la mía. No pierdas ese regalo incalculable.
Lo reitero: para vivir, Londres es un lugar tan inmejorablemente pésimo como cualquier otro. Cuenta en su haber con una ventaja que antes pasé por alto enumerar, un mérito de orden ambiental. Las nubes bajas, el tiempo lluvioso, la persistente neblina, armonizan de modo extraordinario con mi actual estado de ánimo. Porque puedo decir que un húmedo desinterés, una trágica abulia, una —si cabe la contradicción—doliente indiferencia se ha instalado en mi alma con el traicionero silencio con que el vapor de la niebla se adueña de la mañana. La densa niebla londinense, que anega las calles y siembra en los congojos una sensación de desarraigo aplastante, la niebla que se extiende en el espacio y el tiempo y parece advertirme que las limitaciones visuales que de ella se derivan van más allá del plano meramente físico, y se adentran también en lo anímico asfixiando la esperanza —ese polifémico ojo del alma—, se me antoja la humareda de un fabuloso tren que acaba de partir, que por siempre estará recién partido para siempre. Soy viejo.
Soy viejo y estoy cansado. Aquí acabaré mis lúgubres, mis necios días, amado Geppetto. Con una nueva pierna —de madera esta vez, en homenaje a tu hijo— y convertido en un profesional de la casquería, aguardo mi descanso, tan inmerecido como inexorable. Moby Dick no tuvo siquiera la gallardía de aniquilarme del todo. Me tragó de un sorbo, me escupió envuelto en moco y en criaturas marinas y me condenó a un lento final en una lenta ciudad, ciudad triste donde algún día —no lejano— exhalaré mi último suspiro. No pudo ser más cruel mi ancestral enemigo: ese último suspiro estará penetrado del fétido aroma de la mediocridad.
Algunas noches despierto sobresaltado, envuelto en una espiral móvil de silencio y lágrimas, de sangre y luz. En un primer momento, deslumbrado por un espanto clarificador, me asombro ante la estaticidad del suelo sobre el cual reposa mi lecho. ¿Dónde está el continuo movimiento al que las olas someten al barco, el vértigo adictivo que infunde el hallarse en alta mar? ¿Acaso no es este mi camarote? ¿Acaso no orzamos por enésima vez, en errática persecución del cetáceo? Cuando comprendo que todo eso ha acabado, que nunca volverá, que ese rumor que la noche trae desde lejos no corresponde a viento alisio alguno, sino a los terrenales sonidos con que el hampa callejera desvirtúa la quietud de la madrugada, experimento una almagama inextricable de hastío y ansia, la que define al hombre que ha descendido a las más negras mazmorras del alma, el hombre que las odia y las teme y las conjura, el hombre que no sabe vivir fuera de ellas.
Me alojo en una paupérrima pensión. La calle en la cual vivo, cuyo nombre puedes leer en el sobre, pertenece al más humilde suburbio londinense. No pasará mucho tiempo antes de que la endeble espina que me sustenta ceda definitivamente a la carcoma de mi vejez. He luchado demasiado; he padecido con creces; inmisericordemente he sido asaetado por la locura. Una mañana la mujer encargada de las tareas de limpieza entrará en mi habitación y me encontrará muerto. Encontrará el cadáver de este desgraciado viejo tullido. Tétrica, férreamente atrapada en la osamenta de mis dedos, encontrará acaso, como un postrero tesoro, el trozo de papel sobre el cual escribiste para mí vuestra dirección en Italia. Me contentaría con que me ayudaras a sustituir un único detalle en este austero cuadro fúnebre. Me contentaría con que me ayudaras a pintarlo de nuevo y dibujaras, presa en mis rígidos dedos, una carta de tu mano. Si tu hijo se aviene igualmente a escribir unas líneas, la felicidad será completa. Podré morir tranquilo. Me hicisteis tanto bien que preciso confirmar que nuestras vidas se tocaron, necesito una prueba gráfica de que representasteis algo más que el lado amable de mi enajenación. Necesito saber que existís. Necesito saber que estáis bien.
Con este ruego desesperado, y con el envío del más cálido abrazo, se despide de vosotros vuestro amigo fracasado, este turbio espectro en vida que responde al nombre de
Ahab
Erigen burdos copetes en la cúspide del devenir sensato de la vida, y en virtud de ellos te niegan. Con bocas entrelazadas por mucosas punzantes, te niegan a ti, que desde el alumbramiento de mis ojos has sido mi luz y mi norte, mi guía y mi voz caliente de honestidad, mi clave de justicia, mi crujido leve de prudencia. Te niegan, música nocturna y discreta de mi templanza, pentagrama latente y pequeño de mi amor al mundo.
Serpentean mi firmeza por presuntos vericuetos verbales de realismo barato y ponen en mi mano la brújula fraudulenta, la que precisa y exactamente te niega. Te niegan a ti, criatura modélica de filantropía vibrante, bisagra de las articulaciones cefálicas de Dios, susurro en la oscuridad forestal de légamos y formas engañosas. Te niegan. ¿Quieren sustituirte, quieren suplantar tu aliento cabal con sus vulgares graznidos, o simplemente pretenden desalojar por siempre el trono? ¿Se trata de un afán magnicida revestido de oropeles cuerdos, a través de los cuales puedo por fortuna vislumbrar la realidad? ¿O es tan sólo una trama urdida con el fin de obviarte? Son en todo caso transparentes a mis ojos, son plebeyamente transparentes y no me embriagan con sus cánticos de sentido común. Lejos de sentirme abrumado entre esa melodía de desagües digitales, sigo perpetuamente encaminado a ti, alumbrado por el chirriar de la ejemplar puerta, casto silbido diseñado a mi medida, por y para mí.
Te niegan y no debe inquietarte.
La simple gratitud derivada de tu entrega, de tu empeño en velar desde el primer pestañeo el sueño de mis noches y mis días, bastaría para sostenerte frente al tañer de sus zafias cuerdas. Las esgrimen contra ti, blandiendo sus acordes incandescentes como pujantes uñas verificables. Sólo por gratitud las esquivaría. Pero hay algo más que justa correspondencia a tus desvelos, no sólo el corazón se guarece ante sus furibundos y muy documentados acorralamientos, sus muy empíricos arietes demostrados. También el cerebro se parapeta tras luciérnagas que desestiman sus intentos, los deslegitiman y deshacen, deshielan y quebrantan y así hasta que desistan. Te sigo fiel por sentimiento y convencimiento. Mil veces pueden negarte, sutil, agazapado salmo de rectitud inmarchitable. No me preocupan, amigo. No te preocupen tampoco a ti.
Pupilas que han presenciado fabulosos quiebros a las leyes de Natura parecen hoy circunscritas, de nuevo, al halo grisáceo de lo cotidiano. Cerebros ya acomodados al filo de lo fabuloso escamotean migajas fulgurantes a ese lado del espejo, el que un día hubieron de reconocer como el original, el que hoy —sorpresivamente— es relegado como antaño al papel de mera imagen. En la noche de los tiempos se conformaron con platónicos reflejos cavernarios y a la noche de los tiempos retornan, tan pertinaz parece ser el efecto imanante de la profundidad de la gruta. Hasta quienes un día desestalagmitizaron entelequias se ven hoy abocados, nuevamente, a muros insuperables de raciocinio, como si ni siquiera imponiéndose en la salud pavimentada de tierra firme pudiera la fantasía real abrirse paso hacia bajo contra entre hasta según sobre a la realidad fantástica. Cómo semejante proceso ha podido obrarse en sus almas, lo ignoro. Pero no temas un posible efecto de contagio. Cuantas veces me equivoqué, cuantas veces erré en la selección de métodos, tú vaciaste en mi oído un ajustado consejo que, tierno e insoportable, me impelía a rectificar. Sabe ahora, sabe aquí y ahora y por siempre, rector de mis jornadas, aspersorio faro de centellas en la tormenta barroca de mi espíritu, que de hoy en adelante y hasta el fin truncaré cada salaz «no existe» en ardiente y purificador «no existo» para que de este modo, contraviniendo por sistema sus reglas, todo intento de negarte por parte de ellos redunde en un nuevo peldaño furibundo, una emergente nueva etapa en el convencimiento de que son ellos, rigurosamente ellos, los prescindibles, los ya de hecho y hace mucho tiempo prescindidos.
Ingolstadt, 17 de marzo de 17…
A la señorita Elizabeth Lavenza
Amada Elizabeth:
Vayan por delante mis disculpas por no haberte escrito antes. Incluso la pluma que sostengo parece participar de la vergüenza que me embarga y se muestra tímida en su modo de asomarse al tintero, medrosa al enfrentar el pliego de papel. De sobra sé que debiera haberte dedicado más atención en las últimas semanas. ¿Semanas? ¡Dios mío!
Haciendo ahora improvisado recuento, descubro para mi propio descrédito que han transcurrido meses desde mi última carta. No sé si tengo derecho a suplicar tu perdón, mi adorada prima. Cifro mi esperanza en tu indulgencia en el carácter absorbente y aun obsesivo de la tarea a la que he estado entregado en los últimos tiempos, tarea cuyo desarrollo extenuante y asombrosas consecuencias me dispongo a referirte ahora. He dudado si contártelo y he sufrido en esa duda. Mi vida, empujada a una vorágine enloquecedora que yo mismo he impuesto a mis días, ha descrito un vuelco radical. Estoy confuso, Elizabeth, confuso y conmocionado. Mi corazón parece sumido en una honda consternación, causada por los abominables frutos de mi empeño. Mi conciencia, por su parte, se dirige desbocada al abismo del horror. Es precisamente ese estado de desesperación el que me ha convencido: debía escribirte. Debía buscar en tu acrisolada prudencia el consejo necesario en estos momentos desangelados, cuando mi alma no alberga más que un sinfín de turbios presagios y sordos lamentos. Compungido y temeroso, trémulo y abatido, no quiero observar pero observo la hueste de sombras que, a consecuencia de la obra realizada, se cierne sobre mi porvenir y hasta —no lo juzgues pretencioso o desmedido— sobre el porvenir del Hombre. Será difícil que creas lo que me afanaré en narrarte. El temor a que me tomes por loco me ha mantenido maniatado en lo que respecta a mantener contigo una comunicación sincera, pues una verídica relación de los hechos bien podría —pensaba— moverte a poner mi cordura en tela de juicio. Finalmente he resuelto contártelo todo. Eres, mi querida Elizabeth, una de las dos únicas personas a quienes podría confiar la verdad. La otra sería mi padre, pero estoy en condiciones de afirmar que incluso a él superas en la jerarquía de mis afectos. Sólo me resta, antes de iniciar el desglose de mis avatares, formular mi último ruego: Elizabeth, debes creer lo que vas a leer.
Respecto a la naturaleza de los experimentos a que he estado consagrado en la última etapa de mi vida, básteme decirte, de entrada, que se centran en las posibles consecuencias derivadas de la interacción entre energía eléctrica y materia inerte. ¡Qué diablos! ¿A qué viene sustentar estas reservas cuando mi intención, por mucho que la pluma zozobre, es hacerte partícipe de la entera verdad? Expresémoslo sin ambages. He pasado los últimos meses de mi vida encerrado en un sórdido laboratorio, empleando noches y días en el desatinado afán de brindar vida a la materia inerte, utilizando para ello energía eléctrica. Desatinado afán he escrito y lo mantengo, aunque no por su carácter utópico, sino más bien por la realidad infausta que (ahora comprendo) el logro de ese hito podría acarrear. No por su carácter utópico he escrito y lo mantengo también, pues no creo necesario demorar por más tiempo el hacerte saber que lo he conseguido. Yo, tu dilecto primo, tu compañero de juegos de la infancia, he sido capaz de animar el corazón de un muerto, he descubierto la veta de la inmortalidad. No me duelen prendas en reconocer de entrada que los primeros esfuerzos científicos realizados se revelaron infructuosos en ese sentido, haciéndose necesaria la explotación de (llamémoslas así) vías subsidiarias que también te detallaré.
Sí, mi bien amada Elizabeth, yo lo he conseguido. Epígono del Creador, sucedáneo del Hacedor Supremo, he transmitido la corriente de la vida a miembros que ya aceptaban, con la aciaga resignación de las piedras o los muebles, su categoría inanimada. Ojos, dedos, pómulos clausurados por el óbito han recobrado por mi mediación el hálito de antaño. Y no pienses que me siento orgulloso de ello, antes bien me estremezco ante los que imagino desoladores acontecimientos derivados de mi acto.
¡Idolatrada Elizabeth! Debes de sentirte confusa, aterrorizada incluso, al enfrentarte a estas primeras líneas de mi carta. Ojalá pudiera adjuntar a esta, bajo el mismo sobre, pruebas irrefutables de mi testimonio. O acaso me conformara con poder explicártelo todo frente a frente, mirando tus dulces ojos, de tal suerte que tú pudieras encontrar en los míos el refulgir inequívoco de la verdad, que pudieras verificar en mi voz, en mi ánimo maltrecho y sin embargo firme, en la acostumbrada calidez de mi abrazo, que soy el Víctor de siempre, que ningún acceso de demencia o desvarío desbarata la credibilidad de mis palabras. Aunque he contemplado cosas que bien pudieran haber atrofiado mi entendimiento por efecto del espanto, sigo —créeme— en mi sano juicio. Me atrevo a sugerirte, tierna Elizabeth, que prosigas la lectura de mi relato por más que este te resulte inverosímil, por más que la hipótesis de mi locura cobre un sesgo favorable. Poco, salvo remitirme al hombre que siempre conociste, puedo alegar a favor de la plena estabilidad de mis facultades mentales.
Tampoco puedo engañarte respecto a mis motivaciones. Si la angustia atravesada en los últimos tiempos hubiera dejado en mi espíritu algún poso de mi vieja fatuidad de hombre de ciencia, atribuiría a un talante altruista la realización de experimentos tan macabros. Pero la desesperación, noble prima, trunca de cuajo todo atisbo de engolamiento. No era el deseo de convertirme en benefactor del género humano lo que me inclinó a afrontar el empeño de devolver la vida a los muertos. Seamos sinceros: anhelaba sin más la gloria vacua, el oropel sedoso de la posteridad. Llevado de ese fútil deseo construí para mis pruebas en el laboratorio una criatura semihumana, un monstruo repulsivo de estatura desproporcionada y rasgos horrísonos. La cuestión de la estatura tiene una explicación lógica: el trabajar con miembros gigantescos, con enormes vísceras y tejidos y cartílagos, me otorgaba una mayor maniobrabilidad. En cambio, el asunto de los rasgos pavorosos es achacable, lo reconozco, a simple dejadez. Diseñar, dar forma e infundir vida a una masa de músculos y huesos de más de ocho pies de altura es tarea demasiado ardua para intentar conciliarla con criterios estéticos, más propios del escultor afanado en maximizar la belleza que del hombre de ciencia con sus pragmáticos desvelos. No puse (lo admito) mucho interés en crear un ser bien parecido; tan exigente es el Arte con sus elevadas encomiendas que cuando desaparece toda prioridad por satisfacerlas la balanza se inclina abrumadoramente al lado opuesto.
Aquella noche, veíame el destino encerrado en un laboratorio junto a aquel nauseabundo pseudohombre que había manufacturado y al cual me proponía dar vida. No procede que me extienda en pormenores acerca del procedimiento seguido para fabricar aquella criatura, básicamente integrada por despojos de otras. Allí estaba yo, en cualquier caso. Allí estaba yo, encerrado en ese húmedo laboratorio con la sola compañía de cinco o seis cucarachas, la criatura que las superaba en términos de repugnancia y los artefactos mecánicos destinados a avivar en su anatomía el fuego fatuo de la vida. Hallábase el monstruo tendido sobre el camastro, muerto y sin embargo impregnado de vida latente. A consecuencia de su enorme estatura, los brazos desplomados alcanzaban a tocar el suelo con los dedos; las piernas, abiertas a ambos lados del catre, permitían a las descomunales plantas de los pies posarse dócilmente sobre las baldosas gélidas. Iluminado por siete haces oblicuos de luz nocturna y azulada, que se proyectaban sobre su fisonomía con una textura espectral, su fornido tórax, de dimensiones enormes, semejaba el casco de un barco volcado en alta mar bajo el brillo ciego de las estrellas. Era una noche clara, seca, terrible, nueva. El monstruo, tumbado boca arriba, completamente desnudo, yacía lánguidamente, como una planta desmadejada o una marioneta desprovista de mano interior. Al trasluz añil del cauce luminoso que se filtraba por la ventana, su piel verdosa cobraba un color incierto. Yo lo miraba como hipnotizado, en una mezcla inextricable de náusea y fascinación. Aunque intuía tácitos cataclismos, agazapados y lentos apocalipsis, abrigaba la esperanza de verificar el primer signo de vida en sus ojos como el niño aguarda el advenimiento de la Navidad, con la misma ingenuidad, con idéntica impaciencia. La promesa de la posteridad superaba con creces cualquier escrúpulo moral, y a la pregunta obligada —referente a posibles efectos secundarios de un eventual éxito— sólo podía oponerse la certidumbre de que el éxito era en sí demasiado seductor para escudriñar la respuesta. Imaginaba mi nombre escrito en los libros de Historia de la Ciencia, casi podía leer el párrafo donde se relataba aquella noche memorable. La noche en la cual el doctor Víctor Frankenstein relegó a Dios al papel de mero precursor de Víctor Frankenstein. No, querida Elizabeth, no me he vuelto loco, y desde mi cordura te suplico que continúes leyendo.
El monstruo yacía. Ceñido a la cabeza como una grotesca corona, el casco metálico constituía el punto de encuentro de cuatro gruesos cables que harían desembocar la corriente eléctrica en su masa cefálica. Me aproximé a la máquina generadora de energía sin poder apartar la mirada de aquel pergeño de hombre. Medité, acaso por vez primera, que mi creación era en verdad muy horrible. El dato no me ofuscó en exceso, aunque calladamente me reproché no haber prestado más atención al seguimiento de los helénicos cánones de belleza. Muchos hombres observan a los muertos tratando, infructuosamente, de reconocer en esa anatomía exánime, en esa gélida palidez, un vestigio del aliento interno que los animó. Yo observaba a mi muerto con una sensación idéntica, salvo en su referencia temporal. Esa incredulidad morbosa, que en el caso de tantos hombres obedece a una concepción retrospectiva del cadáver, tornábase para mí prospectiva, vaticinadora. Muchos hombres no pueden creer, viendo a un muerto, lo que ese muerto ha sido; a mí, lo confieso, me resultaba arduo creer lo que, si todo marchaba conforme a lo previsto, ese muerto iba a ser.
Por lo demás, no creo que muchos hombres hayan intuido tras los párpados clausurados de un cadáver la lúcida expresividad que se adivinaba tras los del mío. En realidad, no creo que muchos hombres hayan topado con la mitad de expresividad en muchos ojos abiertos, refulgentes de vida. Había más vida, querida prima, tras las dos pantallas de papiro que de forma provisional suspendían de luz el mundo para él que en todo el universo de goces que meridianamente nos presentan las pupilas de una hermosa doncella. No te ofendas, Elizabeth. Conoces los extremos de pasión que he llegado a alcanzar ponderando la locuacidad de tu límpida mirada. Y sin embargo transmitía mucho más el misterio de sus párpados cerrados que la enorme elocuencia de tus córneas, abiertas de par en par.
Refrenaré, empero, mi frenesí especulativo para centrarme en la historia. Con pasos prevenidos, con pasos que en ningún momento dudaban de su vital trascendencia en la Historia del género humano, me encaminé a la máquina. Esta, tras meses de desvelos dirigidos a perfeccionar su funcionamiento, había ahora de probar su eficacia. Era el momento exacto, era la grieta precisa, la falla decisiva en la errática línea seguida por el mundo. Accioné la palanca, empleando para ello toda la fuerza que mis brazos atesoran. No bien el mecanismo cedió, me lancé al suelo cubriendo mi cabeza con los brazos. Esperaba un impresionante estallido de luz y sonido, una aterradora descarga de energía que, de no proteger mis ojos y oídos, bien podría causar en ellos daños irreparables. Como verás más adelante, no fue este el único extremo acerca del cual las previsiones superaron con mucho a las realidades ulteriores. Claro es que en ese momento desconocía que más tarde sucederían cosas que sobrepasarían con creces, en términos de asombro, dichas previsiones. Pero vayamos por partes.
Supongo que no es difícil hacerse cargo de la frustración de un hombre de ciencias ante el fracaso de su experimento. No hubo explosión de luz. No hubo eclosión sonora, amada prima. Hubo, de hecho, un silencio tan escrupuloso que me permitió percibir con nitidez el bisbiseo de las cucarachas en sus infectos tejemanejes nocturnos. Incluso creí distinguir las vocecillas atipladas que, en su lenguaje ignoto, unas a otras se dirigían, así como lo que en ese instante identifiqué sin miramientos como risillas traviesas que, exhaladas por sus viscosas bocas, se mofaban acaso del fiasco cosechado.
Me erguí lentamente y, una vez puesto en pie, me dirigí hacia el monstruo. Continuaba yerto, tumbado sobre el camastro. Ni el menor signo de reacción, ni el más tibio apunte de vida. En vano aguardé durante unos minutos, mirándolo con detenimiento. En vano, asimismo, procedí a realizar un reconocimiento general. Su pulso era, por más que durante un rato me obstiné en dar crédito a la idea de una arritmia retardadora, sencillamente nulo. Le ausculté. «Está muerto», me dije, y en verdad puedo afirmar que dicha frase, aunque no era el caso, cruzó mi mente envuelta en el mismo eco de fatalismo con que suele ser pronunciada cuando el corazón de alguien vivo acaba de cesar en su latido. «Está muerto», me repetí, sin duda tratando de convencerme, pues ya había descontado su pertenencia al mundo de las cosas vivas.
Ya al comienzo de esta carta me veía obligado a insinuar que los primeros esfuerzos científicos, destinados a dar vida a la criatura, se habían revelado infructuosos. También, querida prima, te decía que este fracaso preliminar me había obligado a explotar lo que unas cuantas páginas atrás denominé «vías subsidiarias». Por más que me encontrara solo en la habitación, por más que ni siquiera el objeto de mis manipulaciones pudiera observarme, por mucho que tan sólo las cucarachas pudieran emitir chanzas sobre el ridículo acontecimiento, noté una vergüenza hiriente abrasando mis mejillas. Aquello no podía quedar así. Tantas semanas de ímprobos estudios… Tantos meses de pruebas… Tantas madrugadas sin conciliar el sueño, tantas jornadas sin contemplar la luz del sol… Tantas horas alejado de la cálida paloma de tu mano, amada Elizabeth, a trueque de una gloria científica que ahora, como agua salvífica, se escapaba entre mis dedos…
Vías subsidiarias, adorada Elizabeth. Ahora no puedo menos que sonreírme ante el pomposo nuevo apodo que acabo de otorgarle a lo que, durante milenios, el hombre ha llamado sencillamente plegaria. Superado por la crueldad de mi derrota, virtualmente incapacitado para ponderar opciones relativas a mis conocimientos de biología o electricidad, sólo fui capaz de hincar mis rodillas en el suelo y orar. Orar fue, en aquellos momentos, la única posibilidad que pasó por mi cabeza. Oré con las lágrimas del soldado en la trinchera, oré contra el destino que atormenta al niño en sus madrugadas insomnes. Oré, sobre todo, con la garganta quebrada del hombre que ha perdido el Norte. De sobra sé que te extrañará esta actitud pía en tu escéptico primo. Siempre fui de la escuela de Santo Tomás. Visto así, ahora que lo pienso, todo encaja: no creí hasta que no hube encajado mis dedos en las llagas del fracaso.
Sabe, mi inocente prima, que la desesperación nubla la racionalidad de nuestra conducta. Sabe que nos impele a desviarnos del camino del empirismo, pavimentado con nuestro propio sudor, para por vez primera tomar en consideración la presencia de vericuetos que anteriormente habíamos visto con displicencia. ¿Qué otra opción podía manejar? ¿A qué otro clavo ardiendo podía aferrarme? Supongo que bajo ese comportamiento (admitámoslo) impropio en alguien que se da en llamar hombre de ciencias, subyacía una vehemencia irrefrenable, un pasajero enajenamiento. El cansancio del trabajo acumulado, así como la evidencia de su carácter baldío, malograban sin duda mi raciocinio, y de ahí el inopinado delirio místico. Me hallaba sin duda trastornado, amada prima, alienado en mi ansia creativa. Hasta tal punto anhelaba el latido humano recobrado en aquel despojo carnoso que no reparaba en los medios utilizados para lograrlo. Era —y en este sentido no tengo nada que reprocharme— como si la necesidad de rezar se me impusiera con todo el peso de una lógica nueva. Cuando un hombre ha tocado fondo, sólo le resta alzar los ojos arriba. Yo lo hice desde una extraña, desconcertante convicción. Ni por un momento me asombré de la situación, acerca de la cual, por otro lado, era perfectamente consciente: estaba allí, en el reducto de mi laboratorio, postrado de hinojos y suplicando al Todopoderoso un milagro que me redimiera del fracaso. Ni por un momento, y esto constituye un acontecimiento todavía más asombroso que el hecho en sí, pensé que me estuviera permitido abstenerme de elevar al Cielo esa súplica. Tampoco dudaba que el prodigio iba a obrarse. A qué obedecía mi inquebrantable fe en la eficacia de esta oración, no lo sé. Supongo que en ese instante yo no era yo. Supongo que me había constituido en un elemento más dentro del cósmico ensalmo que muy pronto, en cuestión de minutos, iba a convertir mi sueño en realidad, sí, pero de la manera más insospechada. Lo viví como uno de esos sueños donde uno, es difícil distinguir si a propósito o accidentalmente, y haciendo gala en todo caso de la máxima simpleza, dispone los acontecimientos que tienen lugar a su alrededor. Y no obstante, bien sé que no se trató de un sueño, que lo que presencié en ese laboratorio hace apenas seis días sucedió a ciencia cierta, adorable Elizabeth. Estaba, como digo, arrodillado sobre las gélidas baldosas del suelo de la sala. Mascullaba uno de esos salmos aprendidos en la infancia que después abandonamos hechos jirones en los terrenos escarpados de la vida, y que retornan pasajeramente como un eco en la nostalgia o (como era el caso) en la angustia. Cubriéndome la cara con las manos, y como contrapunto al silbido de mi plegaria, podía escuchar todavía los susurros lenguaraces de las cucarachas, quienes definitivamente habían hecho de mis tribulaciones el blanco predilecto de su maledicencia. Las escuchaba comentar mis desventuras con un regocijo crujiente. Escuchaba también a mis espaldas, de un modo mucho más dramático, el persistente silencio de mi creación, inanimada aún. En un momento dado alcé ligeramente la mirada y encontré un hermoso cielo oscuro tras el enorme ventanal del laboratorio. En lo alto de lo que parecía un sobrecogedor lienzo, pendía una estrella azul. Medité, curiosamente, que nunca había reparado en la tonalidad, cautivadoramente críptica, del brillo de aquella estrella. Su luz colmaba la habitación con un resplandor magnífico, inmaculado, espectral. ¿Por qué nunca antes me había fijado en esa estrella? ¿Acaso antes no pude contemplarla porque antes no estuvo allí? Tan perturbadora idea me condujo a otras no menos extrañas. No puedo explicarte cómo la certidumbre de que aquella estrella estaba recién nacida al firmamento, que el Supremo Hacedor acababa de disponerla allí para mi solo uso y provecho y en mi único y exclusivo beneficio, comenzó a calar en mi entendimiento. Te equivocas si piensas que en algún momento me sentí atenazado o siquiera abrumado por esta certeza. Al contrario. De pronto cesaron la angustia del fracaso y el mordisco de la ignominia. Las sustituyó una confianza plena que parecía fluir cálida y majestuosamente a lo largo de mi espina dorsal, colmándome, abrigándome. Sin sombra de duda, con la paz interna y hasta diría que con la parsimonia de quien maneja el argumento más prosaico, asumí que aquel cuerpo celeste estaba allí por y para mí, que de él habría de valerme para la consecución de mi objetivo, que a él y sólo a él habría de utilizar como mediador en mi súplica al Omnipotente.
Amada Elizabeth, ¿te resulta increíble todo lo que te narro? ¿Deshacen las palabras de esta carta tus lágrimas, cayendo sobre el papel y arrastrando la tinta en el consternado cauce de la pena por un amor que ha extraviado su juicio? Si es así, mejor que no sigas leyendo, pues no hemos hecho más que empezar. De rodillas ante el gran ventanal del laboratorio, recé y recé a la estrella azul. ¡Qué paz tan extrema y nítida me ensanchaba! ¡Qué superadas estaban, no ya sólo aquella frustración, sino todas las anteriores también, todos los sinsabores y servidumbres de mi vida! Un milagro discurría a través de mí y yo ni siquiera me maravillaba. Quiero decir que, estando como estaba instalado en el éxtasis, reconocía dicho éxtasis como algo perfectamente natural, algo que, en realidad, siempre me había acompañado. Recé y recé durante horas, a lo largo de las cuales me empleé en mi ruego a la Estrella con fervor inusitado. Casi podría decir que dediqué a mi súplica un esfuerzo concienzudo, pormenorizado, similar (si bien en otros términos) al permanente desvelo científico de los últimos meses. La diferencia radicaba en la seguridad de la consecución del objetivo. Como un hombre que escarba la tierra en los aledaños de un río sabiendo que encontrará agua. Como ese hombre hunde sus manos en la tierra, así, arrodillado ante el gran ventanal, postrado ante la gran Estrella Azul, rezaba yo.
Y sucedió. Sucedió algo asombroso. Asombroso ahora, cuando varios días después del hecho todavía no acierto a encajar algunos detalles; pero no resultó asombroso en absoluto cuando tuvo lugar. Lo que intento explicar es que las cosas se sucedieron llevadas de una naturalidad sobrenatural, si cabe la paradoja. El único efecto que los sucesos que me dispongo a intentar bosquejar produjeron en mí fue, si acaso, una tímida perplejidad (una perplejidad cuya discreción, recordada ahora, me deja absolutamente perplejo), un leve apunte de extrañeza. Intuyo que intuía que lo que iba a suceder sucedería. Intuía que la refulgente luz de la Estrella, progresivamente más y más poderosa, terminaría por desbordar la habitación inundándola con un definitivo haz de cegadora blancura. Todas las formas y colores del laboratorio, todos los cuerpos físicos contenidos en él, todos y cada uno de los objetos que lo integraban, quedaron sumidos en su claridad arrolladora. Este fenómeno fue fugaz: repentinamente, como si de un sumidero se tratara, el ventanal pareció absorber de manera enérgica el extraordinario cauce luminoso. Un infernal estruendo, similar al producido por un brevísimo aunque mortífero huracán, acompañó a este nuevo estadio del acontecimiento. El divino haz desapareció de forma súbita, dejando en su lugar un silencio inapelable. Pero no fue esto lo único que dejó. No fue el silencio su único vestigio. Porque allí mismo, ante mis ojos, y en ese instante sí recuerdo hallarme tan sorprendido como fascinado, tan anonadado como expectante, se encontraba ella.
Inútil es que pretenda describirla. La rodeaba un aura infranqueable, ígnea, donde colores nunca antes contemplados por el ojo humano se fundían dando lugar, a su vez, a nuevas e innombradas pigmentaciones, a pioneras tonalidades de exuberante belleza. En el centro mismo de aquel amasijo luminoso levitaba ella, como una aparición. ¿Acaso de hecho no lo era? Su hermosura excelsa instituía su perfección desde dos perspectivas aparentemente contradictorias: por un lado era una belleza única, genuina, irrepetible; por otra parte parecía un compendio, un gozoso sumario de los rasgos más cautivadores de cuantos a lo largo del devenir del hombre han adornado a la Mujer. Quiero decir con esto, querida Elizabeth, que su perfección radicaba en la cualidad de estar hecha a imagen y semejanza de todas las mujeres del mundo sin excepción para, sin embargo, producir un resultado diametralmente alejado de sus predecesoras. O acaso confundo efecto y causa. Acaso su personalísima, autodidacta belleza, se antojaba una amalgama de cien mil bellezas distintas precisamente por no acomodarse a ninguna de ellas. ¿No comenzaba advirtiendo que es inútil intentar retratarla? Todavía no soy capaz de precisar el color y la forma de su cabello. Sí puedo afirmar, en cambio, que este se derramaba a lo largo de la cara frontal de su cuerpo en dos bandas longitudinales, cada una de las cuales se detenía en el punto exacto donde terminaban sendos senos. Estos detalles resultaban apreciables porque vestía telas (llamémoslas así, aunque estoy convencido de que su textura era prácticamente inasible, que el tacto no hubiera sido capaz de verificarlas digitalmente) vaporosas, transparentes. Una suerte de túnica translúcida cuya ingravidad daba lugar a la presencia de pliegues y arrugas que púdicamente trataba de disimular con una de sus manos (precaución por demás innecesaria por cuanto la cualidad cristalina de la prenda convertía en irrelevante el que en sus fluctuaciones se elevase demasiado o permaneciese en su lugar, pues en todo caso la visión de medio cuerpo para abajo era franca y expedita) flotaba en torno a sus voluptuosos contornos. Con una mano, como digo, trataba de domar los movimientos traviesos de la túnica mientras con la otra sostenía un estrecho y largo cilindro metálico en cuyo extremo se acomodaba una estrella que me pareció de cartón y que identifiqué como una perfecta reproducción a escala de la referida Estrella Azul. No pude por menos que extasiarme, siquiera momentáneamente, ante su sensual beatitud. Espero, prima, que esta última alusión a mis sensaciones personales no te haya movido al resquemor. No hace al caso en esta carta entrar a establecer comparaciones entre el Hada Madrina (pues con estos enigmáticos nombre y apellido se presentó ante mí) y ninguna otra mujer del mundo. Sóbrame con recalcar la ultraterrena dimensión de su atractivo.
Escuché con arrobo, con auténtica devoción, cada una de las palabras que, envueltas en un eco embriagador, conformado por la propia voz del Hada y lo que me pareció un coro de gargantas angelicales, mi visitante comenzó a proferir.
Habló con una voz moldeada por milenarias resonancias, una voz cálida y solemne al tiempo. Dijo tras presentarse que no debía sufrir más, pues mis deseos iban a verse realizados. Me sentí henchido de júbilo cuando pronunció esas palabras. No obstante, también experimenté cierto desconcierto cuando abundó en las causas que propiciaban el milagro. Porque no dijo sólo que mis deseos iban a verse realizados. Agregó que mis deseos iban a verse realizados porque había sido muy bueno. Aquel razonamiento llamó mi atención sobremanera, y hasta cabe decir que en alguna medida me desazonó. ¿Porque había sido muy bueno? Por un momento, había descontado que el inminente prodigio constituía una justa recompensa a mi esfuerzo: pensé que con él premiaba el cielo mi laboriosidad científica. Empero, y según cabía colegir de lo aseverado por el Hada, el milagro no parecía retribuir mi dedicación, sino mi bondad. ¿Bondad? Tú misma, querida Elizabeth, te habrás hecho la misma pregunta. ¿Bondad? No es que yo me considere un demonio del averno, pero tampoco soy, y tú lo sabes mejor que nadie, lo que se dice un dechado de virtudes filantrópicas. La prodigalidad caritativa, el estricto cumplimiento de los preceptos relativos al culto, la rectitud moral (especialmente en lo tocante a determinados mandamientos de la Ley de Dios, y acerca de este extremo tú puedes dar buena fe) nunca me han parecido principios de innegociable respeto, y he aquí que el Hada atribuía el cumplimiento de mi sueño a mi supuesta bonhomía. Incluso otorgué crédito a la hipótesis según la cual el Hada se había equivocado de persona. Coincidirás conmigo, sin embargo, en que habría resultado estúpido indagar en ese aspecto, emitir alguna pregunta destinada a ratificar que no se trataba de un malentendido. Si todo aquello no era más que una equivocación, no restaba sino representar con solvencia el papel erróneamente asignado, y obtener ganancia de la confusión sin entrar en más aclaraciones.
Continuó hablando el Hada. Entretanto yo permanecía con la cabeza agachada, arrodillado aún en actitud reverencial. Trataba de limitar mis movimientos al máximo, con objeto de evitar que un gesto mal calculado —o una mirada de más— permitiera al Hada advertir que yo, en realidad, no entendía una palabra de lo que estaba diciendo. Tan cerca estaba del milagro que ahora no podía consentir bajo ningún concepto el verme privado de él, cosa que muy bien podría suceder si el Hada se apercibía de que —como cada vez se hacía más patente— yo no era la persona predeterminada. Me convenció finalmente de ello el escuchar al Hada, durante su larga y un tanto deslavazada alocución, referirse al monstruo como «tu hijo». No hubiera resultado inteligente, como ya reseñé, aclarar al Hada que ni siquiera mancillando a la más sarnosa y repugnante bestia montaraz hubiera podido yo engendrar una criatura semejante. Quizá, no lo sé, utilizó este término en sentido figurado. También aludió a mi presunta condición de humilde carpintero, disparate por demás inexplicable que igualmente pasé por alto por las mismas razones logísticas. Debo apuntar, por otro lado, que en ese instante el Hada no parecía tener oídos para otra cosa que su propio discurso, el cual, dicho sea de paso, parecía aprendido de memoria.
No la interrumpí con preguntas porque como ha sido dicho no me interesaba, pero apuesto a que tampoco las hubiera respondido si hubieran tenido lugar, acaso ni siquiera hubiera hecho un alto en su exposición para atenderlas. En todo momento tuve la impresión según la cual el Hada actuaba respondiendo a un impulso puramente mecánico, como si sólo estuviera programada para representar fielmente su papel, sin margen alguno para la improvisación, sin lugar para el diálogo o la complicidad. En algún momento pensé que el Hada no era muy feliz en toda su magnificencia de celestial gestora, que se limitaba a cumplir su misión sin el menor apasionamiento. Albergué la sensación según la cual el Hada llevaba demasiados siglos desempeñando exactamente el mismo trabajo, que la rutina había hecho mella en su corazón. Acaso el Hada se limitaba a portar buenas noticias y a hacerlas efectivas con su mágica varita, pero quizá no era capaz de disfrutar con la dicha que proporcionaba a otras gentes. Acaso esta desidia le conducía a errores como el que ahora nos ponía en contacto. Aunque todo esto, claro está, son meras conjeturas.
Lo que no pertenece al terreno de las conjeturas es lo que sucedió inmediatamente después en mi laboratorio. Oh, Dios mío. «Tu deseo se ha cumplido», dijo el Hada. Yo me encontraba tan obcecado en la tarea de fingir ser el legítimo receptor de aquella dádiva que de entrada no reparé en el significado de esa frase. No reparé en que el Hada había pasado del terreno de las palabras al de los hechos. Siguiendo una indicación de la mano que sostenía la varita (la otra seguía empeñada en controlar las oscilaciones aéreas de su túnica transparente), dirigí mis ojos al monstruo. ¡Por Dios Santo! A punto estuve de sufrir un colapso al encontrarlo sentado sobre el camastro, con sus enormes ojos chisporroteantes de vida y la expresión de un pez que boquea fuera del agua pintada en el rostro. Con sus torpes manazas, y emitiendo unos infames gruñidos, trataba de zafarse del casco metálico que, ceñido a su cabeza, continuaba allí como ridícula muestra de mi nulidad como científico. Se puso en pie desmañadamente, hasta el punto de provocar que el camastro se desplomara sobre el suelo. No bien comprobó que se sostenía sobre sus pies, procedió a zarandearse de un lado a otro como un poseso, virtualmente enajenado. Al comprobar que le resultaba imposible quitarse el casco con ayuda de las manos, comenzó a intercalar sollozos lastimosos con devastadores gritos de angustia. Por entonces el espanto, como es natural, ya se había hecho dueño y señor mío. Arrinconado contra una de las húmedas esquinas del laboratorio, cruzado de lado a lado por escalofríos paralizantes, me debatía entre el pavor y el arrepentimiento, o acaso inventé un sentimiento nuevo misceláneo de ambos, un sentimiento precisa y rigurosamente insufrible. Comprendí cuán terrible y descabellado era el anhelo que durante tanto tiempo había alentado, y sabe Dios que lamenté el mero hecho de haberlo concebido.
De pronto, el monstruo advirtió la presencia del Hada y cesó en sus manifestaciones sonoras. Quedó prácticamente alelado ante ella. El Hada le miró a los ojos con una sonrisa que parecía trazada en su rostro desde el principio de los tiempos, una sonrisa consuetudinaria. Se hizo un silencio vibrante, sólo interrumpido por el murmullo, casi imperceptible, de las agitadas respiraciones de las cucarachas.
El engendro parecía hechizado por la hermosura del Hada. Estaba inmovilizado, y hasta juraría haber visto un hilo de saliva deslizarse al vacío desde la comisura de sus labios. Creo que de algún modo, en su rudimentaria conciencia, entendió que aquella dama acababa de brindarle el regalo de la vida. El Hada, por su parte, le miraba y le sonreía, es cierto, pero no parecía altamente interesada en él. Resultaba delirante asistir al primer encuentro de aquellos dos seres. De una manera que resultaba a la vez correcta e impersonal, el Hada comunicó oficialmente al monstruo que el don de la vida acababa de serle concedido «merced», insistió, «a la intachable bondad de tu padre, quien ve así cumplido su sueño de tener un hijo que le redima del sindiós de la soledad». A tan absurdas palabras siguieron otras no menos llamativas, mediante las cuales, o eso creí entender, el Hada aleccionaba al monstruo con una serie de moralinas. Incluso —no hagas tuyas a pies juntillas mis palabras, pues el horror maniataba mi discernimiento— juraría haber escuchado al Hada avisar al monstruo de los terribles castigos divinos que le aguardaban si hacía novillos a la hora de ir al colegio o si profería embustes. Sí, es absurdo, lo sé, no tiene el menor sentido. Sin duda no dijo eso en realidad, sin duda me hallaba tan asustado que la imaginación me confundía. Pero de una cosa sí estoy seguro.
Se encontraba el Hada en ese punto de su charla maternal cuando súbitamente pareció vacilar. Evidentemente, algún detalle no estaba previsto, algo no encajaba del todo con lo establecido en su guion. Fue ese el único instante en que el Hada demostró que también era capaz de conceder un mínimo margen a la espontaneidad, pues supongo que de una improvisación se trataba cuando, tras agacharse momentáneamente, se incorporó de nuevo sosteniendo entre sus dedos, con infinita delicadeza, una de las cucarachas del laboratorio. El Hada se la mostraba al monstruo con aire de autocomplacencia. El monstruo, todo hay que decirlo, no prestaba excesiva atención al bicho, y más bien parecía entretenido en escudriñar los pliegues vaporosos de la transparente túnica del Hada. El insecto, por su parte, guardaba un silencio escrupuloso, aunque lo decía todo con sus ojos inyectados en sangre. Y el único testigo de aquella ininteligible ceremonia de la confusión, es decir, yo mismo, aprovechaba el discreto segundo plano que había pasado a ocupar para subrepticiamente, sus pasos accionados por el más innombrable espanto, encaminarse hacia la puerta de salida del laboratorio un segundo después de que el Hada depositara cariñosamente la cucaracha en la palma de la mano de la criatura. Lo creas o no, antes de cerrar con sumo cuidado la puerta por fuera, pude oír cómo el Hada asignaba a la cucaracha un trascendente papel en la existencia del monstruo: ella había de ser su conciencia, y el monstruo debía obedecerla en todo momento sin rechistar.
Escapé de aquel lugar embrujado como alma que lleva el Diablo. Entré por la puerta de casa y preparé mi equipaje con el pulso todavía trémulo. Esa misma noche tomé un tren que me alejara del peligro. Cuando la mujer de la taquilla me preguntó el destino requerido, le indiqué que me conformaba con ir a donde me llevara el tren de más inminente salida. Terminé dando con mis huesos en una remota aldea de los Alpes. Pocos contrastes más abruptos que el de la infinita paz y la natural belleza de las cumbres y los bosques alpinos con la bulliciosa tormenta de remordimientos y miedos circunscrita a mi cerebro. Es curioso cómo el marco natural que nos rodea no puede a veces, por deslumbrante que resulte, filtrar ni tan siquiera un rayo de su calma en la tiniebla que nos anega, impermeable. Tal paradoja supone el mejor resumen de los días que he pasado en la referida población montañesa.
Ayer, cinco días después de la noche en cuestión, y tras madrugadas en blanco consumidas por la duda y el pánico, decidí enfrentarme a la realidad. Yo había propiciado la resurrección de la criatura, y en consecuencia sólo a mí correspondía el plantar cara a los efectos derivados de esa acción. Sentado en el tren que me traía de vuelta a Ingolstadt, las imágenes demenciales de la noche referida, grabadas en mi memoria como un ominoso tatuaje en movimiento, se proyectaban aún ante mis ojos.
Encontré abierta la puerta del laboratorio. Excuso comentar el horror que experimentaba en el momento de franquear su umbral. El cuadro que allí encontré era sencillamente espeluznante. No había rastro alguno del Hada, pero eso no resultaba lo peor: no había rastro alguno del monstruo, tampoco. El casco metálico, el que yo encajara en su cráneo esperando ingenuamente que le devolviera la vida, estaba tirado en el suelo. Cada extremo de los cables que lo conectaban a mi ridícula máquina había sido arrancado de cuajo.
¡Oh, Elizabeth! A cada hora que transcurre se añade un nuevo sentimiento de culpa, un nuevo peldaño ascendido por el oprobio en su persecución en pos mía. Al propio tiempo, el más cerril de los miedos va adueñándose de tu querido primo. ¿Qué he hecho, amada Elizabeth? ¿Qué suerte de atrocidades no será capaz de cometer el estúpido ser que por medio de la oración he traído al mundo? ¿Qué clase de peste bíblica he esparcido sobre la tierra? Y por otra parte, ¿qué puedo hacer ahora? Si tuviera una idea del camino que tomó el engendro al abandonar el laboratorio, podría seguir su rastro hasta dar con él y aniquilarlo, enmendar a punta de arma blanca la amenaza que para el género humano constituye el fruto de mi ansia creativa. Pero no reúno pistas sobre un posible paradero del monstruo.
En esencia, he aquí lo que quería contarte, o mejor sería decir lo que necesitaba contarte, mi siempre fiel Elizabeth. A ti y sólo a ti corresponde ahora decidir si me tomas por loco o me concedes, al menos, el beneficio de la duda. Entra en mis planes más inmediatos el realizar un viaje a Ginebra que me permita visitaros a mi padre y a ti, ahora que tanto os necesito. Esta carta, no obstante, llegará a tu casa antes que yo y te pondrá en antecedentes. Tal es mi deseo. Quiero que conozcas de antemano las vivencias acaecidas al hombre que vas a encontrar, las cuales sin duda le han marcado profundamente haciéndole, en alguna medida, distinto del que siempre conociste.
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