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Las FARC-EP en la coyuntura estratégica de la paz negociada (2010-2017)
Un acercamiento a su lenguaje político subalterno

Las FARC-EP en la coyuntura estratégica de la paz negociada (2010-2017)
Un acercamiento a su lenguaje político subalterno
Juan Carlos García Lozano
Editor académico

Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico Sociales
Gerardo Molina (Unijus)
Bogotá D.C., 2021

CATALOGACIÓN EN LA PUBLICACIÓN UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA
Las FARC-EP en la coyuntura estratégica de la paz negociada (2010-2017) : un acercamiento a su lenguaje político subalterno / Juan Carlos García Lozano, editor académico. -- Primera edición. -- Bogotá : Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Derecho Ciencias Políticas y Sociales. Vicedecanatura de Investigación y Extensión. Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina (UNIJUS), 2021.
188 páginas : ilustraciones en blanco y negro, diagramas. -- (Colección Gerardo Molina ; 89)
Incluye referencias bibliográficas al final de cada capítulo e índice de términos ISBN 978-958-794-506-5 (rústica).
-- ISBN 978-958-794-508-9 (e-pub). – ISBN 978-958-794-507-2 (impresión bajo demanda)
1. Gramsci, Antonio, 1891-1924 -- Crítica e interpretación 2. Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo (FARC-EP) -- 2010-2017 3. Grupos subversivos -- Colombia 4. Democracia -- Colombia 5. Conflicto armado -- Colombia 6. Proceso de paz -- Colombia -- 2010-2017 7. Acuerdos de paz --Colombia -- 2010-2017 8. Análisis del discurso I. García Lozano, Juan Carlos, 1979-, editor II. Serie
CDD-23 303.6909861 / 2021

Las FARC-EP en la coyuntura estratégica de la paz negociada (2010-2017) Un acercamiento a su lenguaje político subalterno
Colección Gerardo Molina
©Universidad Nacional de Colombia - Sede Bogotá
©Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales
©Vicedecanatura de Investigación y Extensión
©Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina, Unijus
©Juan Carlos García Lozano (editor académico)
©Laura Esperanza Venegas Piracón, Juan Carlos García Lozano, Julieth Jesenia Jiménez Navarro, Jesús David Gutiérrez González y Miguel Ángel Duque García (autores)
Primera edición, 2021
ISBN (impreso): 978-958-794-506-5
ISBN (IBD): 978-958-794-507-2
ISBN (digital): 978-958-794-508-9
Dolly Montoya Castaño
Rectora Universidad Nacional de Colombia
Hernando Torres Corredor
Decano Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales
Alejo Vargas Velásquez
Vicedecano de Investigación y Extensión
Preparación editorial
Instituto Unidad de Investigaciones Jurídico-Sociales Gerardo Molina, Unijus
Pedro Elías Galindo
Director Unijus
Viviana Zuluaga
Coordinadora editorial
Julieth Leal
Asistente coordinación editorial
Hernando Sierra
Asistente coordinación editorial
Fabio Toro
Coordinador académico
Luis Miguel Solórzano
Asesor administrativo y financiero
Hernando Sierra
Corrector de estilo
Ricardo González Angulo
Diagramador
Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia y Rodrigo Londoño Echeverri, alias de “Timoleón Jiménez” de las FARC.
Fuente: Presidencia El Salvador. Dominio público.
Imagen de cubierta
Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
Hecho en Colombia
Made in Colombia
CONTENIDO
Introducción
DISCURSO, LENGUAJE Y POLÍTICA
Laura Esperanza Venegas Piracón
Lenguaje
Discurso
Discurso político y lenguaje político
Referencias
EL LENGUAJE POLÍTICO SUBALTERNO EN ANTONIO GRAMSCI: LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL SUJETO
Juan Carlos García Lozano
La concepción materialista del lenguaje
El problema de la alianza de clases
La crítica del sentido común dominante
Referencias
EL CENTAURO CONTRA EL NUEVO PRÍNCIPE: TRES CONCEPCIONES SOBRE DEMOCRACIA Y SU CORRELATO CON LA PAZ
Julieth Jesenia Jiménez Navarro
Graduando los lentes de aproximación
Herramientas analíticas de apertura
Coerción y dominio
Potestas como elemento organizador
El Estado que se puede sacrificar a sí mismo para garantizar el orden
Concepción coercitiva de la democracia
Énfasis coercitivo deriva en una paz reaccionaria
Consenso y legitimidad
El consenso en el poder constituyente
La legitimidad y la moralidad pública
La legitimidad del Estado liberal
Concepción consensual de la democracia
Mercado como realización de la democracia
El énfasis consensual deriva en paz neoliberal
Auctoritas como elemento realizador de potestas
Desde la hegemonía: develando al centauro
La paz como problema democrático
Referencias
LAS FARC-EP Y LAS RELACIONES DE FUERZA QUE CONFIGURAN LA COYUNTURA ESTRATÉGICA 2010-2017
Jesús David Gutiérrez González
Crisis de hegemonía y alzamiento armado
Equilibrio catastrófico
Coyuntura estratégica
Conclusión: el acuerdo final y el paso de la guerra de movimientos a la guerra de posiciones
Referencias
ELEMENTOS DEL LENGUAJE POLÍTICO SUBALTERNO DE LAS FARC-EP EN LA COYUNTURA 2010-2017
Miguel Ángel Duque García
Introducción
Tres elementos del lenguaje político subalterno
Un acercamiento a lo dicho por las FARC-EP/FARC en sus comunicados
De la reivindicación de las armas a la palabra como única arma
Algunas conclusiones
Referencias
EL LENGUAJE POLÍTICO SUBALTERNO DE LAS FARC-EP EN UN PROCESO DE REVOLUCIÓN PASIVA (2010-2017): JUSTICIA SOCIAL Y ENFOQUE DE GÉNERO
Juan Carlos García Lozano
Precisiones históricas en tres coyunturas político-militares
Hacia la desmovilización de las FARC-EP
Un lenguaje político subalterno de la justicia social
El enfoque de género como crítica del sentido común
Referencias
ANEXO “LA VISIÓN DE LAS FARC ES BASTANTE GRAMSCIANA”. ENTREVISTA A JESÚS SANTRICH, INTEGRANTE DE LAS FARC-EP/FARC
LISTA DE SIGLAS Y ACRÓNIMOS
AD-M19-Alianza Democrática m19
ADO-Autodefensa Obrera
CEDEMA-Centro de Documentación de los Movimientos Armados
CICR-Comité Internacional de la Cruz Roja
CGSB-Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar
CNG-Coordinadora Nacional Guerrillera
DANE-Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas
DNP-Departamento Nacional de Planeación
DSEPP-Dirección de Seguimiento y Evaluación de Políticas Públicas
ELN-Ejército de Liberación Nacional
EPL-Ejército Popular de Liberación
EPL-Esperanza, Paz y Libertad
EMC-Estado Mayor Central
Furja-Frente Urbano Rural Jacobo Arenas
FARC-Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común
FARC-Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
FARC-EP-Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo
ID-Índice de Democracia
LPS-lenguaje político subalterno
M-19-Movimiento 19 de Abril
MAQL-Movimiento Armado Quintín Lame
NFO-Nueva Forma de Operar
OPC-Observatorio de Paz y Conflicto
OACP-Oficina del Alto Comisionado para la Paz
OECD-Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
PCCC-Partido Comunista Clandestino de Colombia
PRT-Partido Revolucionario de los Trabajadores
PPT-puntos de pre-agrupamiento temporal
PTN-puntos transitorios de normalización
EIU-The Economist Intelligence Unit
ZVTN-zonas veredales transitorias de capacitación y normalización

INTRODUCCIÓN

Durante el periodo 2010-2017 se desplegó una coyuntura estratégica en el sistema político colombiano que desembocó en la terminación de una guerra irregular de más de cincuenta años. Los actores de esta contienda fueron, por una parte, el Estado colombiano, y por la otra el grupo armado ilegal más poderoso, la insurgencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP). Este tránsito modificó la relación de fuerzas político-militares entre la sociedad civil y la sociedad política, de manera que puso en cuestión la condición de la histórica crisis hegemónica del Estado colombiano e hizo que el problema de la democracia en los grupos y las clases subalternas se situara en el escenario nacional. De ahí que esta investigación asume una lectura, desde la ciencia política, que toma en consideración la coyuntura del tránsito de la guerra irregular a la paz negociada en términos de la constitución política del sujeto subalterno FARC-EP/Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC). Este desarrollo se da en un contexto de reconfiguración de la crisis hegemónica y, en especial, del cuestionamiento del sentido común agenciado por la guerra irregular.
La pieza analítica que se presenta a continuación al lector hace parte de una trayectoria académica que comprende la ciencia política como filosofía de la praxis y alude a la experiencia del Grupo de Investigación Presidencialismo y Participación, con asiento en la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia. Este equipo de trabajo, con veinte años de formación, se ha propuesto desarrollar una línea de investigación a propósito de la historia social, política y económica de los grupos y las clases subalternas, inicialmente en Colombia, en el contexto de la región andino-amazónica.
En este propósito, el grupo de investigación ha explorado, entre otras temáticas, la obra de Antonio Gramsci y sus aportes a la comprensión de los diversos grados y relaciones de fuerza que estructuran la realidad política de la hegemonía en un Estado capitalista. Estos mismos temas se han sintetizado en diversos libros, como, por ejemplo, Antonio Gramsci y la crisis de hegemonía. La refundación de la ciencia política (Herrera Zgaib, 2013), Antonio Gramsci y el pensamiento de ruptura (Herrera Zgaib, 2016), y Antonio Gramsci: subjetividades y saberes sociales (Rodríguez y Mora, 2016).
Al comprender el carácter disgregado y contradictorio de la historia y la acción política subalterna, el grupo de investigación ha desarrollado un conjunto de investigaciones que aportan a una comprensión compleja e integral de los procesos políticos. Producto de este esfuerzo que completa casi dos décadas se encuentran obras tales como Seguridad y gobernabilidad democrática. Neopresidencialismo y participación en Colombia (1991-2003) (Herrera Zgaib, 2005), La reelección presidencial inmediata en el sistema político colombiano (Herrera Zgaib, 2006), El 28 de mayo y el presidencialismo de excepción en Colombia (Herrera Zgaib, 2007), Liberémonos de la guerra. Pasado, presente y futuro de las clases y grupos subalternos (Herrera Zgaib, 2010), Los subalternos en el bicentenario de la independencia (García Lozano, 2013), así como la obra de uno de los coautores del presente libro, Juan Carlos García Lozano, titulada La lucha contrahegemónica de las FARC-EP (1998-2002) (García Lozano, 2016).
En efecto, lo que anima el ejercicio politológico referido por parte del equipo de investigación es el estudio y el análisis de la condición subalterna de los sujetos políticos desde una lectura compleja que privilegia la autonomía de los procesos sociales, políticos y económicos, así como de sus instituciones. Esto quiere decir que el interés investigativo se afinca en asumir el problema de cómo un grupo subalterno se hace dirigente en el trasegar incierto que va de la guerra a la paz. Además, cómo en ese recorrido adscrito a una relación de fuerzas particulares emerge la tensión por la democracia y las formas organizativas de lo común. Tal es la idea central que animó la investigación que entregamos en el presente libro, en el que se pone a prueba el tránsito de las FARC-EP en su último periodo como insurgencia armada.
De ahí que el objetivo central trazado en esta investigación consiste en interpretar la relación del lenguaje político subalterno de las FARC-EP y el proceso democrático en una posible transición hacia la paz durante el periodo de estudio 2010-2017. Es este un objetivo que, para su realización, pretende ir más allá de la división que se presenta en las investigaciones enfocadas en el sujeto político o en las investigaciones centradas en las estructuras. Se trata de una mirada que admite la interdependencia compleja y necesaria para el problema social y político que nos ocupa: la constitución política de los subalternos. En este sentido, existen por lo menos tres cuestiones que se deben advertir, puesto que constituyen la hoja de ruta del ejercicio en comento: 1) ¿cómo transitan las FARC-EP a la dejación de armas?; 2) ¿cómo surge o se constituye un posible nuevo sujeto político en pleno proceso de paz?; y 3) ¿cómo la paz negociada puede implicar o no la transformación del orden socio-político vigente?
Estos propósitos toman en consideración el lenguaje político subalterno que las FARC-EP articulan en la coyuntura estratégica del proceso de paz del periodo 2010-2017, elemento que, fundamentalmente, se estudia a partir de la literatura de o sobre Antonio Gramsci. En consecuencia, se acude a un conjunto de textos de diverso tipo a partir de los cuales se busca recomponer la integralidad y la complejidad de un sujeto político en formación que protagoniza en uno u otro sentido la coyuntura estratégica.
Las autoras y los autores de este libro han tomado una muestra representativa al analizar una docena de entrevistas que realizaron a militantes y combatientes de las diversas estructuras de las FARC-EP, en las que se buscó develar parte de su sentir, así como pensar el periodo histórico que determina el curso de la democracia y el problema de la autonomía en Colombia. En este ejercicio colectivo se incluyeron integrantes del Secretariado y el Estado Mayor Central, guerrilleros y guerrilleras de base de distintos frentes, militantes del Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia (MB) y del Partido Comunista Clandestino Colombiano (PCCC). Todos ellos y ellas militantes actuales del partido político legal Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC).
De igual forma, existen diversos documentos emanados de los órganos e instancias de decisión de este grupo subalterno que también se analizan para dar cuenta de la forma en que esta fuerza político-militar subalterna concibe el mundo material y proyecta su acción de transformación e interacción en él. Se pasa revista, por ejemplo, a sus estatutos, a las conclusiones de las conferencias nacionales guerrilleras y a las tesis políticas que dieron paso a la construcción de la FARC como partido legal en su congreso constitutivo (desarrollado en el 2017 en los Llanos del Yarí), así como a los estatutos del partido político legal que surge en dicho proceso. Adicionalmente, se analizan los comunicados dados a conocer por la insurgencia agraria durante el periodo de estudio, lo que incluye en esta lista cerca de 1055, emanados de diversas estructuras de su aparato militar tales como el Secretariado, el Estado Mayor Central, los estados mayores de bloque y diversos frentes, columnas, compañías y guerrillas.
En este periodo de tiempo y como parte de la dinámica propia de la mesa de conversaciones entre las FARC-EP y el Gobierno Nacional de Juan Manuel Santos Calderón, la insurgencia subalterna suscribe 109 comunicados conjuntos con su contraparte en la negociación, así como trece acuerdos parciales y protocolos, el Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera y, posterior al plebiscito del 2 de octubre del 2016, el nuevo Acuerdo final, suscrito en el Teatro Colón de Bogotá. Estas piezas primarias también las estudiaron en su totalidad las y los investigadores, pues contienen una parte de la concepción del mundo del grupo subalterno estudiado.
Finalmente, se toma referencia del registro de los movimientos coyunturales que se encuentra en la prensa de alcance nacional y regional, lo que incluye 38 medios de comunicación de corte institucional, privado y alternativo. Lo anterior permite a las y los investigadores reconocer el conjunto de actores, intereses y estrategias puestas en acción durante el periodo de estudio y en relación con el problema de investigación planteado. En suma, se reconoce que las FARC-EP tienen relaciones en diversos sentidos comunes con el conjunto de sectores sociales y políticos del país, las cuales inciden en su subjetividad política y en el lenguaje articulado que sobreviene en este tránsito de la guerra irregular a la paz negociada.
Asimismo, se reconocen las dificultades que la guerra irregular impone a quienes buscan comprenderla, por tanto, no se pretende diseccionar las múltiples dimensiones que configuran a las FARC-EP como sujeto político; esa será una tarea siempre incompleta si se considera que gran parte de las expresiones del lenguaje político de la insurgencia se difundieron y transformaron en cientos de rincones de la geografía colombiana, allí donde el papel viajaba a lomo de mula, plegandose como las cordilleras que recorría.
Como elemento conector de todo el proceso de análisis se toma en consideración la propuesta analítica de Antonio Gramsci para pensar la hegemonía en el Estado capitalista. Así, se reconoce la crisis de hegemonía en Colombia a propósito de la constitución del sujeto subalterno que estudiamos, una realidad que hace juego con la propuesta de Gramsci en la medida en que significa asumir la crisis de hegemonía como crítica del sentido común dominante. Además, en este orden de ideas, la guerra irregular como realidad fue el gran sentido común dominante. En el tránsito hacia la paz negociada observamos la emergencia de un nuevo sentido común que posibilita hablar de un lenguaje político subalterno in nuce, precario, en las FARC: aquel que articula la lectura desde los grupos y las clases subalternas y, en especial, con respecto a la propuesta de pensar la cuestión de género en el posacuerdo de paz.
El libro que presentamos, producto de investigación en la Universidad Nacional de Colombia, se estructura en seis capítulos escritos por las y los autores; a manera de anexo, se presenta una de las entrevistas más representativas realizada durante el trabajo de investigación. Este ejercicio se realizó con el concurso valioso de dos semilleros de investigación de estudiantes activos de la Universidad Nacional de Colombia, a quienes agradecemos sus aportes y contribuciones, así como agradecemos el apoyo decidido que recibimos del director del grupo de investigación Presidencialismo y Participación, el profesor Miguel Ángel Herrera Zgaib.
LAS Y LOS AUTORES
REFERENCIAS
García Lozano. (2013). Los subalternos en el bicentenario de la independencia. Bogotá: Unijus, Universidad Nacional de Colombia.
García Lozano, J. C. (2016). La lucha contrahegemónica de las FARC-EP (1998-2002). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Herrera Zgaib, M. A. (2005) Seguridad y gobernabilidad democrática. Neopresidencialismo y participación en Colombia (1991-2003). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Herrera Zgaib, M. A. (Dir.). (2006). La reelección presidencial inmediata en el sistema político colombiano. Bogotá: Unijus, Universidad Nacional de Colombia.
Herrera Zgaib, M. A. (Ed.). (2007). El 28 de mayo y el presidencialismo de excepción en Colombia. Bogotá: Unijus, Universidad Nacional de Colombia.
Herrera Zgaib, M. A. (Dir.). (2010). Liberémonos de la guerra. Pasado, presente y futuro de las clases y grupos subalternos. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Herrera Zgaib, M. A. (2013). Antonio Gramsci y la crisis de hegemonía. La refundación de la ciencia política. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Herrera Zgaib, M. A. (2016). Antonio Gramsci y el pensamiento de ruptura. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Rodríguez, Y. y Mora, G. (2016). Antonio Gramsci: subjetividades y saberes sociales. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

DISCURSO, LENGUAJE Y POLÍTICA

Laura Esperanza Venegas Piracón1
La escritura misma sobre la relación conceptual y práctica entre discurso, lenguaje y política es un ejercicio político, discursivo y de lenguaje. Aunque parece tautológico —sobre todo por motivos éticos— es preciso recalcar e insistir en esta explicitación y presentar una entrada a la reflexión que inicie, precisamente, en el reconocimiento de la inmersión inevitable en la que nos hallamos al existir y definirnos socialmente por medio de la construcción de formas de comunicación e interrelacionamiento. Si bien esta postura no es nueva en el abordaje de la temática ni es particularmente fácil señalar su origen cronológico, vale mencionar como primer trabajo riguroso y con relativa sistematicidad en el área de la reflexión materialista del lenguaje el realizado por Valentin Nikólaievich Voloshinov en el tomo El marxismo y la filosofía del lenguaje, subtitulado “Los principales problemas del método sociológico en la ciencia del lenguaje”, cuya edición de la década de los veinte del siglo pasado fue censurada y se mantuvo en las sombras hasta recién la década de los setenta cuando se dio a conocer su aporte y su temprana consciencia científica y material sobre la realidad social del lenguaje.
Si se tiene en cuenta que esta postura ha marcado la forma de tratar los temas del lenguaje en el ejercicio de la filosofía de la praxis, esto significa, en primera medida, que no haremos referencia en ningún momento a hechos externos que se puedan desligar de nuestra experiencia vital, sino que, precisamente, nos disponemos a lidiar con fenómenos que nos constituyen, nos dan forma y, a la vez, son producto de la constante retroalimentación que social y subjetivamente damos a nuestra posibilidad de existir de manera colectiva. Lo anterior, además de ser el planteamiento de una postura epistemológica, es también una invitación a la práctica consciente de una coherencia que no se agota en la formalidad académica, sino que exceda los límites de lo teórico para convertirse en el modo de ejercer el pensamiento desde la condición más inmediatamente humana. Esto es lo que Aristóteles, en voz de sus traductores al español, consideró como el ejercicio de la palabra:
Sólo el hombre [sic], entre los animales posee la palabra. La voz es una indicación del dolor y del placer; por eso la tienen también los otros animales. (Ya que por su naturaleza ha alcanzado hasta tener sensación del dolor y del placer y de indicarse estas sensaciones los unos a los otros). En cambio la palabra existe para manifestar lo conveniente y lo dañino, así como lo justo y lo injusto. Esto es lo propio de los seres humanos frente a los demás animales: poseer de modo exclusivo el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto y las demás apreciaciones. (Aristóteles, Política 1253A, citado en Parra y Fajardo, 2016)
Aunque en este breve fragmento de la Política no encontramos de manera explícita desarrollada la relación entre el lenguaje, el discurso y la política, es posible deducir de estas líneas una lógica que regiría, para el autor griego, la relación de los tres elementos que nos interesan. Partir de este referente a fin de desglosar de manera progresiva una serie de consideraciones en torno a lenguaje, discurso y política no es, ni mucho menos, un hecho del azar. Tampoco se trata de un culto irrestricto, como se profesa en algunos ámbitos, a los orígenes de Occidente, ni un compromiso apologético con los autores clásicos. Hay, de hecho, en la mención a Aristóteles, una primera forma de señalar que es visceral la relación que existe entre lenguaje, discurso y política, no tanto porque así lo afirma el filósofo en su tratado sobre política, como por el planteamiento relativo a la palabra en cuanto punto de convergencia de la diferencia entre lo humano y lo no humano, así como por la caracterización de la política en su calidad de valoración de la realidad a la que pertenecemos.
Si bien no es el objeto de este apartado, es preciso mencionar la relación orgánica que existe entre la noción de palabra y el materialismo, no solo el tejido por Voloshinov, sino, en general, por toda la corriente de pensamiento que ha dado lugar a la reflexión de esta investigación. Esta relación, que es francamente desarrollada en el libro del año 22 y luego retomada por investigadores más contemporáneos y de otras latitudes, se concreta en la forma ideología. Si bien decir se concreta es un poco impreciso, dado que por la naturaleza misma de la categoría ideología existe una inaprehensibilidad de fondo, no es posible obviar que, justamente, un elemento articulador de sentidos —tanto entre lenguaje, política y discurso como entre palabra y materialismo— es la ideología.
Podríamos comentar la cita de Aristóteles durante páginas, tal como se ha hecho ya en numerosos casos, y divagar en torno a las posibilidades que brinda la especulación filosófica. No obstante, algo más concreto es lo que nos convoca en relación con esta referencia: no se habla aquí ni de lenguaje, ni de discurso ni de política, y sin embargo sabemos que es de esto de lo que se trata, hasta cierto punto, cuando leemos términos como voz, palabra, sentido y apreciaciones. Esta lógica, este sentido común, es precisamente lo que emerge de la relación práctica —y no conceptual— entre lenguaje, discurso y política.
No sobra decir que nuestro acercamiento al texto de Aristóteles está mediado, precisamente, por un ejercicio comunicativo como lo es la traducción, y que si hacemos hincapié en ello no es de ninguna manera para desmeritar, como por lo general se hace, el trabajo del traductor que posibilita la lectura de Aristóteles en español, sino, precisamente, con el fin de hacer énfasis en la radicalidad de la condición material del lenguaje, el discurso y la política; es decir, efectivamente se encuentran tantas traducciones de Aristóteles como traductores de Aristóteles pueda haber, del mismo modo que intérpretes de Aristóteles como lectores tenga. A lo que pretende conducir esta parte inicial de la argumentación es, por una parte, al reconocimiento de una existencia humana íntimamente relacionada con los fenómenos del lenguaje (está por demás documentado que es una preocupación teórica desde tiempos lejanos); por otra, a la diversidad, variedad, multiplicidad y posibilidad que irrumpe en el ejercicio de dicha existencia y cómo, tal como fue enunciado e interpretado, este hecho que hoy podemos dar por sentado no era asumido de la misma manera en la lógica de un Ferdinand de Saussure y demás “padres” de la lingüística. Sería hasta el desarrollo más propio del siglo xx cuando se llega a plantear un cuestionamiento serio a la positividad innata de ciertas posturas que, en su afán de abstracción, no dieron cabida a la observación y comprensión de las realidades concretas del objeto de estudio de la ciencia del lenguaje (al respecto se vuelve más adelante con la mención del trabajo de autores como Michel Pêcheux).
Pese a que son muchos los puntos en común y las intersecciones que caracterizan la relación entre discurso, lenguaje y política, la finalidad de este apartado es establecer algunas claridades en términos de cómo comprendemos cada concepto y qué distingue, fundamentalmente, discurso y lenguaje, vistos desde la mirada de la política y lo político, sin por esto pretender, de manera artificial, descontextualizarlos de su matriz eminentemente social y relacional, así como comprender cada uno de ellos.
La mención a lenguaje, discurso y política (esto último entendido como un campo práctico-analítico) tiende a remitir, de forma casi directa y a veces exclusiva, a consideraciones sobre la teoría y el análisis crítico del discurso, ejercicios de manipulación en la comunicación o estrategias de manejo de masas, entre otras. Sin embargo, también cabe explorar lo relativo al rol del lenguaje y del discurso en la creación de representaciones sociales, constitución de subjetividades políticas y, por supuesto, estudios sobre ideología. Como se verá en el curso argumentativo, tanto la investigación en general como este capítulo en particular se abordan desde otra lógica, ya que estos campos mencionados, que de suyo asumen un entramado configurado por la comunicación política, no se dedican esencialmente a definir e interrelacionar conceptualmente discurso, lenguaje y política, sino que son, en su mayoría, ejercicios de aplicaciones descriptivas o analíticas de dichos conceptos. Por tal motivo, no constituyen un interés particular en el desarrollo de este apartado. De hecho, para efectos de la presente investigación, que se enmarca particularmente en la ciencia política, fue preciso indagar por dichas categorías mediante abstracción y síntesis a la vez, en lo que se refiere a definirlas sin ceñirse de forma muy rígida a sus fundamentos conceptuales ni a sus versiones más aplicadas.
Ahora bien, cabe hacer una acotación preliminar antes de entrar a explorar y desarrollar cada concepto en concreto: precisar hasta qué punto vale la pena, en primer lugar, definir de modo esquemático cada uno de estos términos; en segundo lugar, entenderlos como realidades ajenas y separadas; además, preguntarnos si hace falta adentrarse en las discusiones técnicas, o esencialmente teóricas, sobre las particularidades que caracterizan cada noción y la distinguen de las otras, cuando de lo que se trata es de proponer una reflexión sobre una relación que, en últimas, es por lo que indagamos cuando nos preguntamos por el campo de la política en juego frente al lenguaje y al discurso. Lo anterior se hace al privilegiar y optar por algunos de esos puntos o vasos comunicantes que existen entre el discurso, el lenguaje y la política, pero es preciso advertir que su delimitación conceptual también estará atravesada por la necesidad de justificar la elección de una categoría sobre otra, esto es, la decisión investigativa de indagar por el lenguaje político del sujeto FARC-EP más que por su discurso.
Dado que el objetivo último de esta investigación no es una teorización purista sobre discurso, lenguaje o política, el ejercicio de definir de modo esquemático cada uno de los conceptos tiene un carácter más bien metodológico. Así visto, funciona como la enunciación de puntos de partida sobre los cuales se plantean relaciones teóricas, pero también prácticas, en función no de alimentar, en principio, discusiones esencialmente conceptuales, sino de preparar el campo sobre el cual se formula un análisis que se interesa, entre otros, por interpretar ejercicios discursivos, de uso del lenguaje y, en últimas, de comunicación, en relación con otros procesos de carácter político. De suerte que, en este apartado, se reconstruye un camino conceptual para la elaboración de definiciones sobre el lenguaje, el discurso, la política y lo político que abarca desde las áreas que tradicionalmente se han ocupado de sistematizar el conocimiento formal sobre el lenguaje y el discurso, hasta los ejercicios más recientes de reelaboración conceptual, propuestos por disciplinas cuyo objeto de estudio no es propiamente el discurso, el lenguaje o la comunicación, como es el caso, por ejemplo, de la ciencia política.
Al proponer una reflexión en torno a esta relación es imprescindible partir de unas definiciones explícitas y enunciadas tanto de lenguaje como de política y de discurso. Sin embargo, a modo de preámbulo, vale aclarar que la discusión se sitúa en un contexto interdisciplinar o transdisciplinar en el que se opta por la comprensión de fenómenos desde miradas integradoras y críticas que no se ciñen a categorizaciones inflexibles, decimonónicas y fácilmente cuestionables; este gesto metodológico ya se había sugerido por autores de enfoque materialista del lenguaje como Voloshinov y el sustento del análisis empírico de Pêcheux, quien bajo el pseudónimo de Thomas Herbet afirmó:
La forma empírica concierne la relación entre una significación y una realidad, pese a que la forma especulativa concierna la articulación de significaciones entre ellas, bajo la forma general del discurso. Para usar términos tomados de la lingüística, podríamos decir que la forma empírica de la ideología pone en juego una función semántica —la coincidencia del significante con el significado—, aunque la forma especulativa ponga en juego una función sintáctica —la conexión de significantes entre ellos—. (1969, p. 79)
En efecto, para el ambiente posestructuralista de la época, la búsqueda de cientificidad en el ejercicio lingüístico de análisis del discurso y del sentido que buscaba Pêcheux a través del desarrollo de un instrumento que le permitiera obtener resultados experimentales termina por llevarlo a un diálogo directo con el concepto de condiciones de producción del discurso. Es, entonces, en esta “sociologización” del modelo de comunicación de Jakobson que Pêcheux aporta quizás la claridad más relevante en términos de la lógica dialéctica que existe entre las condiciones materiales de producción de la vida y la construcción y estabilización de sentido en el discurso. Al postular como imaginarias (esto, lejos de significar “irrealidad” quiere decir, más bien, imágenes que producen efectos materiales) las posiciones de emisor y receptor, esta forma de concepción del discurso pone de manifiesto que es el lugar que se le atribuye al referente común lo que en última instancia construye la posibilidad de comunicarse a través de la existencia de sentidos compartidos y aceptados. Sin embargo, no por esto se afirma que se trate de una elección libre a la hora de elegir dichas imágenes. Por el contrario, es preciso recalcar que se trata de lo que en buena medida está configurado por relaciones estructurales, así como lo que se pueda haber afirmado de tal o cual rol antes del hablante inmediato. En concreto, es preciso insistir en que si el sentido se mantiene estable, es entonces por efecto de las restricciones que operan sobre las posiciones imaginarias que se atribuyen a emisor y receptor, y estos últimos se mantienen relativamente estables en razón a que las circunstancias objetivas de producción de la realidad lo hacen, también, a su manera.
No se trata entonces aquí de aleccionar sobre qué es, en abstracto, el lenguaje o el discurso, y mucho menos sobre qué es, en abstracto, la política; es justamente lo contrario. Si bien es necesario delimitar los conceptos, no lo haremos con una pretensión prescriptiva, sino, más bien, con la intención de facilitar la comprensión de la argumentación que orienta este ejercicio. Para esto, permitámonos partir ejemplificando el uso de estas tres palabras por medio de una afirmación encontrada en una entrevista publicada en la revista PolítiKa Ucab: “La polarización que vive nuestro país (Venezuela) desde el punto de vista ideológico guarda estrecha relación con la forma como se expresan nuestros políticos”; se encuentra en un artículo titulado “El uso del lenguaje en el discurso político” (Pérez Pereda, 2016).
Para empezar, el título de este artículo nos obliga, como mínimo, a entender, en cuanto hechos separados —o al menos diferenciables—, el lenguaje, el discurso y la política, ya que, de lo contrario, su uso no tendría sentido en este sintagma (“el uso del lenguaje en el discurso político”). Fijémonos en que es, precisamente, discurso el nombre (sustantivo en la nomenclatura clásica de la sintaxis) que funge como eje central del grupo nominal. Al hacer un breve análisis de este enunciado podríamos decir que se hace mención a una realidad o un objeto concreto (el discurso) que está calificado como política (el adjetivo político se ajusta en número y género con el nombre al que califica) y se anuncia que se abordará lenguaje como una herramienta útil (puesto que se usa y aparece como complemento), aunque parezca redundante al primero, es decir, al discurso. Imposible, entonces, no dialogar con una realidad pragmática (desde el punto de vista lingüístico) que enuncia que no estamos ni ante sinónimos, ni ante realidades iguales, a despecho de lo que se podría resolver fácilmente afirmando que discurso y lenguaje son términos intercambiables. No obstante, no asumimos como propia la definición que se podría inferir del uso referido en el ejemplo citado; este último simplemente se trae a colación como una muestra simple de la frecuencia con la que se pueden encontrar los términos que buscamos conceptualizar y de cómo en estos contextos de uso es que adquieren y asientan sus diversos sentidos; en otras palabras, la polisemia como un hecho real y observable.
Al saber que en la práctica comunicativa cotidiana lenguaje, política y discurso son términos que, salvo contadas excepciones de aparatosas sinonimias, refieren a realidades distintas, pero además que en su uso académico cada disciplina, investigación e incluso cada autor emplea y conceptualiza según su enfoque e interés, prosigue indicar que cualquier definición que se proponga de estos tres términos estará formulada desde un lugar concreto de enunciación que, más que encarnar meras teorías, abstracciones o corrientes de pensamiento, se inscribe en una postura política, esencialmente práctica y subjetiva. En su sentido más amplio, al dar cuenta de un orden sobre el cual se organiza, y más determinante aún, se piensa y se asume que se debe organizar y comprender la vida en común de aquellos que se comunican.
Para ilustrar un poco lo anterior, podríamos simplemente comparar las agendas investigativas de la sociolingüística que se ocupan de la descripción de variedades dialectales de distintas comunidades, con finalidades de corpus, en oposición a la sociolingüística que se compromete con el fortalecimiento y la difusión de lenguas nativas en riesgo de desaparición; independientemente del legítimo derecho a elegir libremente el tema de investigación, no se puede dejar de observar en el ejemplo señalado que, probablemente, en cada caso hay presupuestos éticos distintos.
De esta manera, es preciso declarar que adoptamos en el presente ejercicio analítico un principio orientador de la investigación social: ninguna perspectiva que se derive de una lógica purista o conservadora que quiera esencializar lo humano será útil a la comprensión y explicación del fenómeno de la comunicación que se da en el relacionamiento entre lenguaje, discurso y política. Así, nos distanciamos de una delimitación conceptual prescriptivista, puesto que de sus supuestos se desprende el caer en lugares comunes como el sojuzgamiento de si la lengua es empleada según los parámetros —institucionales— de corrección lingüística, si el discurso y las construcciones discursivas son, a su turno, “buenos” o “malos” moralmente, y si la política es mejor o peor apriorísticamente, desenraizadamente o en el vacío.
Por el contrario, a fin de entrar a indagar en este ámbito es preciso desprenderse no solo de los reduccionismos y los prejuicios sociales ampliamente difundidos que recubren política, discurso y lenguaje, sino también —y quizá con mayor vehemencia— de la rigidez académica que, cuando se realiza desde una orilla positivista de lo social, insiste en conservar unas fronteras o bordes pretendidamente evidentes entre dimensiones que se entrecruzan y se afectan de forma constante. A su vez, es preciso anclar las consideraciones sobre el tema en una realidad concreta que permita evidenciar lo que se pone así en cuestión y establecerles un límite a los paradójicos relativismos generalizados, con lo cual nos proporcionamos un escenario idóneo para la filosofía de la praxis y nos blindamos de especulaciones demasiado vagas o ingenuas.
Ahora bien, si se realiza un primer acercamiento poco detallado y no exhaustivo a la concreción de usos de términos tales como lenguaje o discurso, se encuentra que, lejos de existir un consenso conceptual, siquiera relativo, se encuentra una polisemia que, en gran medida, incluso no es verdaderamente reconocida. Es decir, tanto en ámbitos cotidianos como académicos muchas veces el contenido de las nociones de lenguaje y de discurso se da por descontado, con lo cual se asume que hay, por lo menos, un elemento común que permite comprender el significado de dichos conceptos de manera colectiva. Si bien es cierto que no existe un vacío semántico cuando se emplean y, sobre todo, se comprenden las nociones discurso y lenguaje en textos orales y escritos, también es constatable que, a la hora de entrar a definirlos, delimitarlos y ejemplificarlos, la univocidad tiende a entrar en crisis. Por ende, la posibilidad de recurrir a ellos analíticamente depende, en buena medida, de construir y garantizar una elaboración conceptual que, sin desterrarse de la realidad de uso de los términos, en contextos formalizados y no, dé cuenta de sus distinciones, particularidades, implicaciones y alcances.
En este orden de ideas y al retomar el ejemplo inicialmente mencionado en el que se habla del “uso del lenguaje en el discurso político” y, por ende, se asume que existe un determinado tipo de discurso y que este es el político, así como que en él es posible observar un uso particular del lenguaje, habría que aclarar, primero de forma negativa y luego propositivamente, que no se concibe, como sí se hace con mucha frecuencia, tanto en el uso formal como informal del idioma el lenguaje en cuanto reducción de la lengua, esencialmente entendida como uno de los muchos sistemas semióticos de la comunicación. De hecho, se asumirá lenguaje como la capacidad humana de generar consensos a partir de una concepción particular y compartida del mundo, sobre formas de relacionamiento, de comunicación e interlocución, concretada en sistemas de signos y códigos, entre los cuales podría incluirse a modo de ejemplo la lengua (categoría que remite a los más de 7000 idiomas que existen alrededor del mundo), así como otros sistemas también validados, como, por ejemplo, el lenguaje literario, musical, cinematográfico o pictórico, por mencionar algunos de carácter artístico, o el lenguaje o lengua de señas, el braille y demás sistemas de comunicación no verbales.
Por otra parte, el discurso no se entenderá única y principalmente como la intervención dialogada de un representante político (o, grosso modo, de representación política), ejercicio en el que existen un orador o varios y una audiencia, sino a grandes rasgos y con características y condiciones muy concretas, como, por ejemplo, la materialización comunicativa, consciente o no, en sus múltiples expresiones, de una construcción ideológica que busca posicionar su propia concepción de mundo, es decir, tanto su legitimación como su propia reproducción.
Finalmente, la política no se asume como el ámbito institucional, constituido, en el que muchas veces se da por sentado que el mecanismo de participación es representativo y, por ende, se presupone la existencia de figuras icónicas que encarnan el ejercicio de la toma de decisiones sobre la comunidad. Se asume, más bien, como un campo de acción e interacción abierto que, en su dinámica, recubre en gran medida los hechos y actores sociales, pero no los agota en la institucionalización de los canales y los mecanismos instaurados para disputar el sentido de la vida en común, con lo cual nos obligamos a traer a colación la forma y el sentido de la dicotomía política y político que espera ser elaborada, precisamente, en la construcción de la relación teórica y práctica presente en el escenario que surge de la articulación entre lenguaje, discurso y política a la luz del poder.
Dada la propuesta de partida inicial, antes de desembocar en la precisión del concepto lenguaje político subalterno que se deduce tanto del pensamiento gramsciano como de otras fuentes, es necesario realizar un recorrido teórico-conceptual de los vocablos lenguaje y discurso, y cómo estos se articulan en torno a la noción de la política y lo político. Es importante subrayar que esto, para efectos del presente estudio, implica, a su vez, una transición disciplinar en la que se parte del campo que tradicionalmente ha trabajado lo que se entiende convencionalmente por lenguaje y discurso, esto es, la lingüística, en dirección al campo de los estudios políticos, y en particular hacia la ciencia política. Por tanto, en principio se definirá el lenguaje desde las lecturas clásicas en lingüística, pasando por sus concreciones en modelos analíticos e interpretativos. Posteriormente, se lleva a cabo la revisión de las definiciones y los usos del término discurso, y se entra así a subdisciplinas más específicas como, por ejemplo, la textolingüística o el análisis del discurso. Finalmente, se plantea un campo de relacionamiento de estos conceptos mediante la definición de lo que se entiende por político y política, explicitando de qué modo es este matiz lo que articula la comprensión de los primeros dos conceptos de la manera en que se hace en este estudio, para desembocar en la mirada particular a través de la cual se realiza la aproximación al lenguaje político subalterno del sujeto FARC-EP en el periodo 2010-2017.
LENGUAJE
El lenguaje puede entenderse, inicialmente, como una función propia del ser humano, no en cuanto entidad independiente, sino como la existencia social de la forma de vida que cuenta con la posibilidad de relacionarse por medio de un sistema relativamente estable de signos compartidos y sentidos en construcción. Además de la noción de función, el lenguaje evoca necesariamente la existencia de una producción y reproducción de convenciones cuyo seno y medio de propagación es, precisamente, la comunidad lingüística (Lecours et al., 1979).
En ese orden de ideas, al entender el lenguaje como función, habría que considerar también aquellos casos en los que existe afectación de esta en sus distintos niveles. Puesto que, al menos desde la lingüística y en muchos casos también en el uso cotidiano de las palabras, el lenguaje tiende a ser estrechamente vinculado a la lengua, las disfuncionalidades que este puede presentar estarían relacionadas, principalmente, con la incapacidad de desempeñar de manera efectiva la producción o comprensión de los elementos que constituyen el sistema de sentidos particular que refiere al lenguaje en cuestión. Así, desde la neurolingüística, por ejemplo, se conciben procesos y técnicas diferenciadas para la rehabilitación de las capacidades lingüísticas humanas que constituyen en su totalidad la funcionalidad del lenguaje particular que es una lengua; esto es, expresión, comprensión, vocabulario, denominación, fluidez, discriminación, repetición, escritura, lectura, etc. En este contexto, el lenguaje (en cuanto función que en realidad hace referencia a la lengua) se concibe como una herramienta imprescindible para la vida social y, por ende, de su preservación y correcto funcionamiento dependen, a su vez, la producción y reproducción de la comunidad lingüística.
Es justamente en esa asimilación entre lenguaje y socialización que aparecen las definiciones de este en el marco de los esquemas y modelos sobre la transmisión de mensajes —de forma más o menos explícita y efectiva— que identifican la noción de comunicación. No se alejan, por tanto, de la idea de lenguaje como función, más bien habría que considerar que la concretan cuando, por ejemplo, en el caso del modelo clásico de la comunicación de Jakobson, se conciben de forma desagregada seis elementos constitutivos a este proceso comunicativo mediado por el lenguaje que son, fundamentalmente: 1) el mensaje en sí mismo, 2) el canal a través del cual este se transmite, por 3) un emisor que intencionalmente se direcciona a este fin, dirigido, valga la redundancia, a 4) un receptor, con el que comparte 5) un contexto o realidad; restaría agregar el elemento propio del lenguaje que este emplea para referirse a sí mismo y que Jakobson, sumándose a la tradición lingüística, reconoce como 6) código. La razón por la cual el modelo de Jakobson articula lenguaje y comunicación, en los términos propuestos inicialmente, referidos a la funcionalidad del primero, es que, en efecto, al depositar la atención sobre uno de estos aparecen, consecuentemente, las funciones del lenguaje.
Lo anterior no implica necesariamente que siempre en la comunicación exista una sola función presente, pese a que hay una predominante. De tal suerte, cuando se habla de una función centrada en el código estamos hablando de la función metalingüística; el proceso comunicativo se enfoca en el código mismo y emplea los elementos disponibles para referirse a este. Asimismo, cuando se centra la comunicación en el canal, hablamos de función fática y referimos al hecho de que el objetivo sea mantener vigente ese medio a través del cual se transmite el mensaje. En el caso de este último aparece la función poética, particularmente distintiva, cuando el objetivo de la comunicación radica no solo en la transmisión de un contenido, sino que se atiende a su forma y se estetiza así la experiencia verbal. La función referencial, primordial en las ciencias y demás discursos expositivos, busca efectuar comunicaciones que describan una realidad o contexto y, aunque emplee mecanismos diversos para hacerlo, no se pierde de vista que esta es la pauta rectora en el uso del lenguaje. Finalmente, la función conativa, que se centra en el receptor del mensaje, aparece cuando el emisor concentra sus estrategias en generar un efecto sobre quien recibe el mensaje; por su parte, la función expresiva es la que refiere a los mecanismos a través de los cuales el emisor busca enfatizar en su propio rol dentro de la comunicación y dentro de la realidad.
Ahora bien, a partir de este modelo se puede dar paso a una consideración distintiva sobre lo que se entiende por lo lingüístico. El mismo Jakobson, en su interés por caracterizar el proceso de traducción, refiere tres posibilidades o tipos básicos de interpretación y comunicación de sentidos. El primero, la traducción intralingüística, que consistiría en una reformulación de enunciados en el interior de la misma lengua, empleando signos diferentes. El segundo, la traducción interlingüística, sería la famosa traducción propiamente dicha, en la que la transacción se sucede entre dos lenguas (dos sistemas) reconocidos lingüísticamente como diferentes. Finalmente, el tercero, la traducción intersemiótica, es aquella que se ocupa de traducir, transmutar e interpretar de los signos verbales de un texto a un sistema no verbal. De todo esto cabe resaltar la inexistente univocidad, por obvio que parezca, del nombre lenguaje y sus derivados adjetivales lingüístico, bien sea que se explique por una traducción conceptual o bien por la ausencia de neologismos que permitan distinguir entre lo relativo al lenguaje, de manera ampliada, y a la lingüística, en su acepción disciplinar. Es importante insistir en que la superposición de sentidos al hablar de lengua y lenguaje, de lingüístico y langagière (como recurso en francés para hacer referencia de manera diferenciada a lo linguistique, a lo relativo al lenguaje), da lugar a múltiples interpretaciones y usos de esos dos conceptos en las distintas áreas de las ciencias humanas.
DISCURSO
Desde la textolingüística se propone una definición de discurso muy próxima a la del texto mismo; este se asume como entidad cerrada, de dos niveles (el formal y el del significado), que no se restringe a la expresión escrita y no se agota en lo comprendido como producto. Extraído del Diccionario de lingüística en línea de la Universidad de Barcelona, este concepto remite a una,
expresión formal de un acto comunicativo, que se presenta bajo manifestaciones diversas (discurso oral, escrito, por ejemplo). Desde el punto de vista formal, el discurso suele constar de una serie de oraciones, pero desde el punto de vista del significado tiene una naturaleza dinámica; por ello, no es posible describirlo en términos de reglas (como el caso de la oración), sino de regularidades. El discurso no es un producto, sino un proceso cuyo aspecto más destacado es su finalidad comunicativa. (2013)
Si se tiene en cuenta que algunos autores asumen, particularmente desde la lingüística del texto y no desde el área del análisis del discurso, que discurso y texto son entidades equiparables, es preciso entonces insistir en las posibles diferencias que existen entre discurso y texto, incluso sin extrapolar los límites disciplinares. Teóricos como Beaugrande (2005) asumen que la diferencia entre uno y otro es que mientras el texto es un “evento comunicativo”, el discurso podría constituirse en un “multisistema de textos relacionados”. Esto indica que la relación entre discurso y texto es, en cierta medida, la relación entre parte y todo, al ser el discurso una sumatoria de textos y el texto un hecho comunicativo.
Ahora bien, en una revisión conceptual posterior, este mismo autor reformula su consideración y se aproxima a la de otros lingüistas, como, por ejemplo, Castellà (1992), Charaudeau y Maingueneau (2002), Cortés Rodríguez y Camacho Adarve (2003), u Östman y Virtanen (2011), para quienes texto y discurso confluyen necesariamente en términos de reconocer que no es posible aproximarse al texto o estudiarlo de forma sistemática sin considerar contextos y condiciones de uso, en lo cual se acerca a ciertos fundamentos de estudios sobre el discurso.
De lo anterior se desprende que la textualidad es el elemento que va a sintetizar la relación entre el evento comunicativo en general y el discurso como una concreción de este. Por tanto, al comprender discurso como evento comunicativo que implica una textualidad, este proceso debe contar con las características propias de lo que, por lo general, se reconoce como texto, es decir, contar con adecuación al contexto, cohesión, coherencia e intertextualidad si se le va a asumir de manera efectiva como “multisistema de textos relacionados” (Beaugrande 2004; Beaugrande y Dressler 1972).
No obstante la utilidad de estas referencias, no basta con definir el discurso desde la textualidad de forma exclusiva; en ese sentido habría que ampliar la consideración a lo que Halliday entiende como un ejercicio socio-semiótico:
Un evento sociológico, un encuentro semiótico a través del cual los significados que constituyen el sistema social se intercambian. El agente individual es, en virtud de su pertenencia al grupo, un “creador de significado” (a meaner), alguien que significa (one who means). A través de sus actos de significado, y de los de otros individuos, la realidad social es creada, mantenida en buen orden, y continuamente configurada y modificada. (Halliday, 2002, p. 50)
Esta novedad conceptual que relaciona el discurso con su realidad desde el punto de vista sociológico permite entender que, posteriormente, el mismo autor haya elaborado un esquema útil al análisis en el que la estructura semiótica de la situación (campo, tenor, modo) se asocia con el componente funcional de la semántica (función experiencial o ideacional, función interpersonal, función textual).
Si se empieza a contemplar un desplazamiento disciplinar para la definición de la noción discurso, una entrada inicial es la que plantean Bourdieu y Fairclough, en los comienzos de la década del setenta, a fin de marcar efectivamente el giro lingüístico de las ciencias sociales. Para ellos, discurso refiere precisamente al “conjunto de ideas, valores, principios y acciones determinadas por una historia que va a ser aceptada, adaptada, consciente o inconscientemente, por un grupo de personas” (Bourdieu y Fairclough, 1976). Lo anterior tiene asidero en los esfuerzos de la sociología, en mayor medida, pero también de otras áreas del saber, por rastrear en lo comunicativo un escenario idóneo para la comprensión del ejercicio del poder.
Por su parte, uno de los autores considerados fundadores de la teoría del análisis del discurso, Teun van Dijk, luego de pasar por múltiples elaboraciones conceptuales, comprende el objeto de estudio como la “unión de la psiquis personal con la sociología y el lenguaje para transmitir ideas y valores en fin de un objetivo común” (Van Dijk, 1978). Habría que cuestionar en esta definición, a su vez, qué se entiende por lenguaje y cómo se debe tomar el adjetivo común en el sintagma objetivo común.
DISCURSO POLÍTICO Y LENGUAJE POLÍTICO
Existen dos partes en la definición de discurso. Una es la que tiene que ver con el suceso de comunicación y la otra con la interacción verbal. Los discursos son públicos, dadas sus funciones sociales y políticas, y tienen relación con la ideología, pues una función específica es delimitar y fijar el significado de los conceptos con múltiples significados disponibles:
El discurso, así visto, es el vehículo de la ideología que emerge como la acción mediante la cual se hace posible la competencia por el poder, se plantean críticas y se generan expectativas. Es a partir de este discurso que “se exhiben en el escenario político las representaciones más significativas para cada actor” (Montesinos 2003: 172). (Guerrero y Vega, 2015)
Eagleton, citado en Guerrero y Vega (2015, p. 108), también señala que es en el discurso que la ideología se manifiesta como un campo en el que “poderes sociales que se promueven a sí mismos entran en conflicto o chocan por cuestiones centrales para la reproducción del conjunto del poder social” (Eagleton, 1997, p. 53). Asimismo, “el discurso político posibilita, justifica y transforma la acción política (Lamizet, 2002, p. 121, citado en Guerrero y Vega, 2015, p. 109), en busca no solo de representar una realidad social determinada, sino apuntando a convencer, persuadir y resignificar. Es decir, he aquí una función práctica del discurso orientada a la acción en el contexto de las relaciones de poder. Los discursos se encuentran articulados por conceptos políticos y la lucha por el significado de los conceptos, su fijación y asociación con otros conceptos en contextos específicos son parte de la ideología.
Ahora bien, el discurso ha de estar acompañado también de elementos persuasivos, que lo conecten con la realidad y con las percepciones de otros actores, que lo doten de poder para sostenerse frente a discursos alternativos (Cejudo 2008) [...] Los discursos de política, por ejemplo, buscan condicionar lo pensable, lo decible y lo posible de hacer, a través de un proceso de ideologización, es decir, mediante una operación de reductibilidad de la complejidad y polisemia de conceptos políticos, fijando significados. (Guerrero y Vega, 2015, pp. 113-118)
El análisis de discurso político, entonces, articula teoría y metodología, permite vincular ideología y praxis política, y dota así de sentido práctico a las ideas predominantes o invisibilizadas en la sociedad.
Por ello, el analista del discurso busca dar cuenta de las formas en que las estructuras de significación determinan “ciertas formas de conducta. Al hacer esto, pretende comprender cómo se generan los discursos que estructuran las actividades de los agentes sociales, cómo funcionan y cómo se cambian (Howarth, 1997, p. 125)”. (Correa Medina y Dimaté Rodriguez, 2011)
El lenguaje, en cuanto parte fundamental e integradora de la configuración y expresión de la experiencia en la vida social y de sus condiciones materiales, toma la forma específica de lenguaje político al ser público, consciente y voluntario; además, como tal reúne escalas de valores sobre lo que es bueno y deseable en este nicho. Con esto claro, lo bueno y lo malo se tornan discursos sobre cómo se debe orientar la sociedad. Estos discursos, sobre todo políticos, orientan nuestras acciones en la vida práctica y, más allá de esto, nuestros fines en cualquier acción social. Es decir, el discurso, más que una reunión en la que una persona habla y otras escuchan, es en sí las aspiraciones a organizar la vida, los sentidos y la lectura del mundo.
Es en este punto que lo ideológico como discurso tiene cabida en la lectura de una realidad material, con respecto, efectivamente, a las vivencias como sujetos, clases, sectores o grupos. Si bien el lenguaje político es contextual, logra serlo por la unanimidad o consenso en cómo se entienden o perciben los diferentes actores sociales y en el que entra la ideología. Esta unanimidad es posible por aparatos de socialización que reproducen estos sentidos y, en últimas, son instrumentos para mantener unos significados y con ellos un orden social. Sin embargo, al no tener presente todos los intereses de la sociedad permite y requiere que surjan otros discursos que puedan responder a lo que el discurso y la administración dominante no atañe. Es decir, a partir de un discurso que es en sí mismo hegemónico y propende a un orden instaurador, aparece el discurso de quienes están inconformes y genera un conflicto, mientras que el discurso dominante no permitirá ser alterado. Es en este proceso en el que lo subalterno procura tener un lugar en el orden social, genera nuevos discursos a partir de los códigos de lenguaje propiamente construidos y aceptados en el nicho con el que comparte vivencias y visiones, de modo que logra legitimidad y recepción por parte de los demás.
Sin embargo, la resistencia local y subalterna es fácilmente silenciada, puesto que su rigor se encuentra únicamente en ámbitos locales, mientras que el discurso hegemónico tiene gran parte de los medios de reproducción y, por tanto, la legitimidad que posee es mayor. Esto implica que los discursos subalternos se pueden tomar como “malos” de acuerdo con la moral y los intereses que establezca la hegemonía de turno. Consideramos que una verdadera alteración a un orden político y económico que no integra o siquiera le interesa todas las partes de la sociedad, que calla las ideas que ya son partido político, las censura y lleva en sí todas las maneras de violencia política es la resistencia civil. Esto implica entender, significar y, si es necesario, transformar desde nuestro papel en la condición de clase social y en la división del trabajo social, a fin de que así el discurso político se convierta no solo en un mecanismo de comunicación que propende a un orden fijado, sino al acatamiento de todas las voces que hacen parte de una sociedad. Solo de esta forma se puede esperar que el discurso se desprenda de manera orgánica del lenguaje político propio. Entretanto, el discurso hegemónicamente imperante continuará con el poder tanto de la vida en todos sus niveles como de aquellos otros discursos y lenguajes que aparecen con la idea de cambiar las configuraciones que opacan el amplio significado de las palabras y su incidencia en las acciones.
REFERENCIAS
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Notas
1Filóloga y politóloga de la Universidad Nacional de Colombia. Magíster en Traducción de la Universidad de Antioquia.

EL LENGUAJE POLÍTICO SUBALTERNO EN ANTONIO GRAMSCI: LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL SUJETO

Juan Carlos García Lozano1
El “historicismo” no puede concebirse a sí mismo como expresable en forma apodíctica o preventiva, y ha de crear un gusto nuevo, y hasta un lenguaje nuevo como medios de lucha intelectual.
ANTONIO GRAMSCI
En las siguientes páginas se presenta un ejercicio de acercamiento al tópico del lenguaje político subalterno en Antonio Gramsci. Esta expresión literal no se encuentra de forma explícita en los escritos del autor, pero sí de forma relacional con respecto al historicismo absoluto, el sentido común y la hegemonía, los cuales se organizaron, fundamentalmente, a partir de la escritura de los Cuadernos de la cárcel, coyuntura en la que el problema de la praxis subalterna y la lucha política hegemónica de la nueva clase social emergente requerían un novedoso lenguaje, esto es, el lenguaje político subalterno.
En ese sentido, se aborda, en un primer momento, un contexto argumental sobre el lenguaje como concepción material del mundo, a fin de pasar luego a detallar el momento en que Gramsci considera la tarea política de forjar un nuevo lenguaje para los grupos y las clases subalternas en ascenso, en el entendido de que el horizonte está trazado por un proyecto hegemónico revolucionario. En un tercer momento se detalla la preocupación del autor con respecto al sentido común con el propósito de articular con él un ejercicio desde la filosofía de la praxis, es decir, de una nueva ciencia política que retome la condición subalterna de los sujetos sociales para su cabal transformación.
De esta forma, podemos sostener como propuesta esquemática que una lucha hegemónica por la dirección intelectual y moral de los subalternos pasa por determinar la crítica del sentido común dominante en la sociedad, y así con él asumir con radicalidad la puesta en práctica del buen sentido en un nuevo lenguaje político subalterno, abiertamente a favor de la autonomía de los sujetos políticos y las subjetividades habidas y por haber.
LA CONCEPCIÓN MATERIALISTA DEL LENGUAJE
Mi mismo estudio profesional de las formas técnicas del lenguaje me obsesiona al representarme toda expresión de formas fosilizadas y osificadas que me producen repugnancia.
ANTONIO GRAMSCI, CARTA A JULIA SCHUCHT, CÁRCEL DE TURÍN, 9 DE FEBRERO DE 1929
Peter Ives (2004; 2017) sostiene en sendos estudios que en los escritos de Antonio Gramsci existe una política del lenguaje, entendiendo por tal un “terreno de lucha” en el que el lenguaje es central para la formación del Estado y, en esa medida, donde existen raíces lingüísticas para la concepción de la hegemonía. Por tanto, es posible señalar que, de acuerdo con Ives, en efecto, en Gramsci existe una política del lenguaje en relación con el ejercicio del poder político desde lo subalterno. Esta política del lenguaje, traducida en la lectura de Gramsci, implica una nueva concepción del mundo crítica del orden social.
En esta medida, si, en efecto, se conecta el lenguaje con la hegemonía y, por ende, con el Estado moderno capitalista, es importante considerar en Gramsci el estudio de la lingüística como aquella ciencia que estudia la transformación histórica de las lenguas en un Estado moderno. Esta lectura implica una toma de posición con respecto a cómo se concibe el historicismo absoluto en Gramsci: a partir del principio según el cual la humanidad crea su propia historia, y al tomar como sustento las condiciones que le son dadas por el pasado, fundamentalmente, por la cultura acumulada. De esta manera, la historia, leída desde Gramsci, la construyen los hombres y las mujeres con sus luchas relacionales entre gobernantes y gobernados; ellos y ellas crean y organizan su propio tiempo, así como su propio espacio de fuerzas (Salles, 2012).
Al respecto podemos considerar las contribuciones de Schirru (2017) y Carlucci (2017) cuando plantean la preocupación de Gramsci por la lingüística, pues justamente este interés da a la par con su inquietud por la hegemonía como dirección intelectual y moral, así como la crítica a la democracia de corte liberal que se agota en la representación. Recordemos que glotología se denominaba en Italia el estudio de la lingüística, y Gramsci, aún un joven estudiante en Turin a comienzos de la segunda década del siglo xx, asumió con seriedad su estudio y análisis hasta donde le fue posible, antes de embarcarse en las luchas políticas de su tiempo. De ahí que es fundamental en este periodo juvenil seguirle los pasos al profesor de Antonio Gramsci en la universidad, Matteo Bartoli.
En efecto, con el profesor Bartoli Gramsci aprenderá la preocupación por la historia del lenguaje como fundamento de la lucha política en el contexto italiano, la cual asumirá en Turín y cuyo vertiginoso proceso lo llevará años más tarde a crear su propia concepción del materialismo histórico, afincado este en la creación histórica de la hegemonía entre los grupos y las clases subalternas. Sobre el particular, Schirru sostiene con fundamento lo siguiente: “La lingüística pudo, por lo tanto, ser también la perspectiva desde la cual Gramsci absorbió inicialmente al marxismo” (Schirru, 2017, p. 67). La lingüística cumplió en Gramsci un papel central, le enseñó el problema de la dirección política e intelectual a partir del lenguaje, entendiendo por este una concepción del mundo de cuño materialista, práctico.
Por otra parte, el estudioso Bentivegna (2013) argumenta que a partir de las enseñanzas de su maestro Bartoli Gramsci se reconocerá en la articulación del lenguaje con las cuestiones histórico-culturales y la praxis crítica que sobreviene a esta realidad, cuando la cultura es un campo en disputa, justamente por la dirección del sentido común. En esta medida, Gramsci, con el estudio impartido por el profesor Bartoli, se encuentra con un modelo materialista del lenguaje que asume a un tiempo la heterogeneidad y el conflicto social en pos de su transformación.
Señala también Bentivegna, a propósito de la materialidad de la lengua en la concepción de Bartoli y luego en su hábil discípulo Gramsci: “Los procesos económicos y los procesos sociales son, en definitiva, procesos lingüísticos: «juegos de lenguaje» como sostiene Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas” (2013, p. 49).
Lo anterior nos permite pasar a considerar que puede haber una relación complementaria entre los saberes linguísticos de Gramsci y Wittgenstein, así como con respecto a lo investigado por Voloshinov y Bajtín (Balsa, s. f.). Con respecto a Wittgenstein, en este breve comentario Mancuso sostiene:
Existe una fundamental coincidencia teórica, en cuanto a la elaboración de categorías explicativas y metodologías comunes a gran parte de la intelectualidad occidental en torno a la elaboración de una teoría crítica del sujeto, de la sociedad y de los límites del (auto) conocimiento. (Mancuso, 2010, 16)
Con lo cual sostenemos que, en efecto, Gramsci y Wittgenstein tienen en común “interrelaciones ideológico-textuales” que deben estudiarse en una discusión en torno a la política del lenguaje o a una teoría crítica del sujeto, y en el caso de Gramsci del sujeto subalterno.
Al respecto, y a modo de sugerencia final, a fin de incitar al pensamiento y la intuición, la denominada política del lenguaje, según Ives (2017), nos colocaría de frente con el cuestionamiento del sentido común como concepción acrítica del mundo y, por esa vía, de la hegemonía en cuanto realidad histórica en construcción (Ives, 2004; Nun, 2015). Esta crítica del sentido común dominante debe surgir cuando se asume con seriedad la catarsis en los procesos históricos fundamentales, lo cual significa que es el momento preciso cuando el sujeto gana conciencia, historicidad y autonomía política. Así, entonces, es con la emergencia de la catarsis —en cuanto crítica del sentido común— cuando, en efecto, surge una nueva política del lenguaje de corte materialista.
Retomemos directamente a Gramsci: “La fijación del ‘momento catártico’ se convierte así, me parece, en el punto de partida para toda la filosofía de la praxis; el proceso catártico coincide con la cadena de síntesis que son resultado del desarrollo dialéctico” (Gramsci, citado en Valderrama, 2016, p. 24).
Si esto es así, una política del lenguaje en Gramsci debe asumir el proceso catártico de la historia frente a una nueva concepción del mundo, con un nuevo decir y un nuevo hacer. Esto es, la creación humana de un nuevo sentido común, lo cual implica de suyo una nueva forma de hacer ciencia política, entendiendo por tal una ciencia para la praxis y la autonomía. Señala, justamente, Fernández Buey: “La originalidad de Gramsci, y en particular, la originalidad de su marxismo, se debe en gran parte a la voluntad de expresar en una forma nueva una nueva forma de hacer política” (2001, p. 203).
EL PROBLEMA DE LA ALIANZA DE CLASES
A nosotros nos interesan los intelectuales como masa, y no solo como individuos.
ANTONIO GRAMSCI (2013A, P. 181)
Para Antonio Gramsci el problema del lenguaje se presenta de modo privilegiado cuando él trata de asumir las tareas históricas de la dirección intelectual y moral en la organización del Partido Comunista Italiano. Esto es, cuando piensa como intelectual orgánico el problema de cómo el proletariado, y con él las clases subalternas, se transforman en clases dirigentes. En esta nueva dirección intelectual y moral se revela el problema histórico del lenguaje y su función en la hegemonía.
En especial, nos referimos al año 1926 con el texto inacabado “Algunos temas de la cuestión meridional” (Gramsci, 2013a, pp. 175-182), que estaba en buena medida redactando cuando fue capturado por la policía fascista, en plena persecución a la oposición política que había decretado el Duce Benito Mussolini, con lo cual perdió Gramsci su inmunidad como parlamentario.
En efecto, el problema de la dirección intelectual y moral, un problema político con respecto a pensar el Estado capitalista, se asume en Gramsci también como un problema que pone en escena la preocupación por los lenguajes políticos, los lenguajes de la dirección y de la organización. ¿Cómo el proletariado puede obtener el consenso de amplias masas campesinas tradicionalmente pasivas y apolíticas?; lo cual es tanto como decir: ¿cómo crear un sistema de “alianzas de clase” que le permita al proletariado movilizar contra el capitalismo y el Estado burgués a la mayoría de la población campesina?
La reforma intelectual y moral que Gramsci está pensando desde 1926 plantea tareas prácticas en la organización, en la disciplina y en la dirección de los comunistas tanto en términos individuales como colectivos. En general, esta discusión se da en términos de lo que debería ser el partido político, con la construcción, ahora sí, de un nuevo príncipe, como lo reconocerá algunos años más adelante en sus Cuadernos de la cárcel. En esta coyuntura de 1926, pensando la difícil cuestión meridional es cuando Gramsci subraya el interés por “despojarse de todo residuo corporativo”, de todo prejuicio y egoísmo que tiene o pueda tener la clase obrera italiana con respecto a los demás sujetos sociales y políticos. Las nuevas tareas históricas con el fascismo imponen a la clase obrera italiana asumir el problema de pensar la dirección de los campesinos y de los intelectuales en términos de asumir ser la clase fundamental a fin de, a partir de allí, construir un socialismo democrático.
Para Gramsci era clara la necesidad histórica de reconocer el estado en el que se encuentra la “estructura meridional” de Italia. Según sus palabras, “la sociedad meridional es un gran bloque agrario constituido por tres estratos sociales: la gran masa campesina amorfa y disgregada, los intelectuales de la pequeña y mediana burguesía rural, los grandes propietarios terratenientes y grandes intelectuales” (Gramsci, 2013a, p. 177).
Esta “estructura meridional” así formada, con sus estratos definidos, presenta características propias: los campesinos, aunque en fermentación activa, no son capaces de dar una “expresión centralizada a sus aspiraciones y a sus necesidades”; a su vez, el estrato medio de los intelectuales recibe los impulsos políticos e ideológicos de los campesinos, pero no basta; por su parte, los grandes propietarios, junto con los grandes intelectuales, centralizan y dominan lo político y lo ideológico como un conjunto de manifestaciones no orgánicas.
Lo anterior quiere decir que existe entre los campesinos el gran problema de la expresión de sus intereses, a quienes no logran organizar los intelectuales medios ni los liberales. Además, pese a tener la cuestión meridional el acompañamiento de grandes intelectuales, como, por ejemplo, Giustino Fortunato y Benedetto Croce, ambas figuras encarnan la reacción italiana, por lo cual, frente a ellos, los campesinos meridionales no pueden ganar autonomía política ni menos la transformación del sentido común. Fortunato y Croce, por el contrario, lo que quieren es reproducir la condición subalterna de los campesinos meridionales y también de los obreros; al hacerlo, cumplen la función de separar de la posible dirección intelectual y moral a los subalternos. Por tanto, Fortunato y Croce no son intelectuales democráticos.
Volvemos así a poner en discusión la relevancia histórica de la dirección intelectual y moral con respecto a la importancia que esta tiene para pensar el problema de la “estructura meridional” italiana. Este problema histórico tiene que ver con la formación del Estado italiano, proceso que sobreviene con el risorgimento (Gramsci, 2010). Es por esto que Gramsci describe el problema de los intelectuales meridionales en términos de cómo ellos encarnan la burocracia estatal con sus taras y limitaciones; de este modo, en la medida en que tienen aversión hacia el campesinado llegan a ser intelectuales reaccionarios, aliados del gran propietario y del gobierno de turno, también centralista.
No obstante, los intelectuales meridionales han intentado escapar del bloque agrario tradicional, jerarquizado por los tres estratos citados algunos párrafos atrás. Para confirmarlo, Gramsci sostiene que hubo un acumulado cultural y de inteligencia en individuos sueltos o en reducidos grupos de grandes intelectuales. Sin embargo, al tiempo que se reconoce la importancia política del “meridionalismo”, todo esto debe leerse y analizarse también a partir de los moderadores políticos e intelectuales Fortunato y Croce. Este proceso central será pensado tiempo después en los Cuadernos de la cárcel, a propósito del tema de los intelectuales y su función política en la dirección intelectual y moral (Kanoussi, 2007).
Enseña Gramsci que Fortunato y Croce, reaccionarios por demás, en tanto intelectuales meridionales de formación, han conseguido que el sur campesino, es decir, la cuestión meridional, no se haga autónoma ni revolucionaria. Además, lo han hecho al desmotivar la formación colectiva de la unidad campesina, al enseñar que no pueden ser dirigentes de sus propios procesos (Gramsci, 1975, pp. 203-253).
Fortunato y Croce, grandes hombres de cultura e inteligencia que nacieron en el sur italiano, han ido más allá: han estado ligados integralmente a la cultura europea y mundial. En concreto, especialmente con la filosofía liberal de Croce se ha accedido a una “nueva concepción del mundo” en el sur, superando al catolicismo en su tarea histórica. Esto da a entender que Croce ha separado a los intelectuales radicales del sur de las mismas masas campesinas, permitiéndoles participar en la cultura nacional y europea. Con esto, piensa Gramsci, Fortunato y Croce han hecho “absorber por la burguesía nacional” a los campesinos del sur, es decir, por la acción del bloque agrario.
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