Kitabı oku: «Exploraciones y ocurrencias de un niño de los 70»
EXPLORACIONES Y
OCURRENCIAS DE UN
NIÑO DE LOS 70

JESÚS GONZÁLEZ HERRERA
EXPLORACIONES Y
OCURRENCIAS DE UN
NIÑO DE LOS 70
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2020
EXPLORACIONES Y OCURRENCIAS DE UN NIÑO DE LOS 70
© Jesús González Herrera
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2020.
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ISBN: 978-84-18230-71-4
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JESÚS GONZÁLEZ HERRERA
EXPLORACIONES Y OCURRENCIAS DE UN NIÑO DE LOS 70
PRÓLOGO DEL AUTOR
Este pequeño libro no es una autobiografía personal de quien lo escribe ni persigue reivindicación alguna; sin embargo, podría decirse que es una biografía de muchos de los que fuimos pequeños en una determinada época. Contiene una sucesión de estampas que ref lejan cómo era la vida en la España de los años setenta para un niño cualquiera. Muchas personas no conocerán el modo en que se hacían las cosas en ese tiempo por no haberlo vivido, otras lo habrán olvidado con el paso del tiempo, erosivo de memorias, al menos parcialmente.
Cuando se estrenó la genial comedia de Robert Zemeckis titulada Regreso al futuro, el éxito de su guion cómico se alimentaba del choque entre el modo de vivir de un adolescente del año 1985 en una ciudad norteamericana y el propio de justo treinta años atrás (1955) en el mismo lugar. Hoy podría hacerse de nuevo el mismo viaje y planteamiento humorístico: montar a algunos adolescentes de este tiempo en un DeLorean y llevarlos con ayuda del condensador de f lujo a un tiempo nada menos que cuarenta años atrás, a la segunda parte de la década de 1970, y dejarlos tirados ahí, en el mismo lugar en el que hoy viven. Descubrirían que no entienden nada de ese mundo pasado y les sucederían unas situaciones grotescas y surrealistas según el planteamiento de la sociedad actual.
Los capítulos que siguen tienen más de descriptivo que de narrativo, pues se trata precisamente de hacer revivir al lector maduro las sensaciones visuales, sonoras, táctiles, olfativas y de gusto de aquel tiempo. Para quienes no lo vivieron, la lectura de este libro supondrá un descubrimiento de datos, circunstancias y sensaciones que rozan con lo increíble muchas veces. Sin embargo, a pesar de que todo el planteamiento de personajes, lugares y hechos es ficticio, los que vivimos aquella magnífica infancia sentiremos como familiares al menos algunas de las circunstancias que aquí vamos a ir desgranando. Sin otro fin que el de conseguir alguna sonrisa de los lectores, les ruego que se acomoden en el DeLorean, tomen pista y contengan la respiración.
CAPÍTULO 1
¡Vivan los novios!
(29/03/1975)
Amigos que leéis este librito: antes de nada, os contaré que me llamo Julio Gutiérrez y vivo en un pueblo del centro-sur de España, en el que nunca pasa nada ni hay monumentos interesantes para ver, junto con mis padres, mi abuela y otros dos hermanos. Bueno, nunca pasa nada que salga en el telediario, porque a mí me han pasado, hace algún tiempo, muchas cosas interesantes que voy a contar con todo el detalle que pueda. Empezaré por la aventura que viví cuando fui a mi primera boda. La cosa comenzó con un cabreo que tuvo mi padre:
—¡Vaya faena! —Entró a toda prisa por el pasillo dando voces, como si le acabasen de robar la cartera. Miré para atrás todo asustado y sus voces me sacaron de mi mundo idílico de los dibujos animados de la tarde, justo cuando el Coyote se ponía unos patines a reacción marca Acme para perseguir al maldito Correcaminos—. ¿Y tú qué miras? —me preguntó cuando me vio la cara de susto—. ¿Dónde está tu madre?
—Está en la… —Iba a decir cocina, pero el talgo, que es lo que parecía mi padre por el pasillo, ya se dirigía hacia allí sin mi valiosa información. «Claro —pensaba yo—, ¿dónde puede estar una madre sino en la cocina?». También hice la siguiente ref lexión: «¿por qué mi padre pregunta unas cosas tan obvias que todo el mundo las sabe?»; decididamente, no entendía a los mayores. «¿Y por qué buscar la presencia de alguien que puede escuchar tus voces a dos kilómetros?», como yo oía desde el salón las voces que venían de la cocina.
Desde la cocina precisamente se emitía una voz, vía pasillo, que no paraba de hacer otras preguntas sin respuestas, distintas a las mías; preguntas de mayores y de compleja solución. Bueno, se alternaban preguntas y respuestas o conclusiones que apuntaba el propio inquiridor:
—¿Es que no tiene otra gente en quien pensar? ¡Claro, habrán pensado en el sacaperras1! ¿Ves lo que pasa por dar confianza a todo el mundo? ¡Y encima a día 29, que es fin de mes y no hay un duro! ¡Bueno, es que no lo hay desde el día 15 en ningún mes! ¿Esto es vida? ¡Como me líe la manta a la cabeza, me voy a Fernando Poo2 y que les vayan dando!
Yo sufrí un ataque de risa f loja cuando escuché toda aquella retahíla de frases sin sentido: hablaba de sacaperras, de mantas en la cabeza y de un tal Fernandopón. Me sonaba todo a película de indios navajos o de moros con turbante con algún enano, o algo así, llamado Fernandopón, que era un nombre gracioso, como de dibujos animados o sacado de un programa de Torrebruno, que tampoco era muy alto. El caso es que no sabía cuál era el motivo del enfado ni entendí nada de aquellas palabras por más alto que las dijeran.
A la hora de cenar, nos sentamos a la mesa y yo miraba fijamente a mi padre comiéndose un huevo frito. De repente, me acordé de la manta en la cabeza y de Fernandopón, y me imaginé a quien tenía enfrente con una manta encima, así como un tuareg, corriendo por un monte cuesta arriba. Como no podía ocurrir de otro modo, me dio una risa f loja cuya causa no podía expresarle a nadie, así que me mordí los labios para no reventar; pero empecé a soltar bufidos delatores. Mi padre, en vivo contraste con mi humor, estaba negro por aquel asunto que le había enfurecido esa tarde y, pegando un manotazo en la mesa, me dijo una frase habitual en él:
—¿Y tú de qué te ríes, idiota?
Yo no dejaba de pensar en el de la manta en la cabeza y en un enano tirándole huevos, y me dio aún más risa. No obstante, se me curó rápidamente el ataque de hilaridad cuando una mano certera me soltó una colleja a traición y por la espalda: era mi madre, que me hacía recordar aquello de que en la mesa ni se juega ni se canta ni se ríe.
—¡Y en cuanto acabes, a la cama! —Fue lo único que me dijo.
Me fui a la cama y, debajo de las sábanas, estuve aún un buen rato riéndome a mi aire con el recuerdo de la manta, el enano Fernandopón y los huevos.
Unos días después, yo daba vueltas aburrido por la casa, cosa natural cuando solo tienes dos juguetes y uno de ellos es un coche roto y el otro un balón desinf lado. De repente, reparé en algo nuevo en mi escenario habitual: vi encima del taquillón del pasillo un pequeño sobre, haciendo compañía a un cenicero de cristal de esos que nunca usa el fumador habitual del lugar (o sea, mi padre) y a una estatuilla de porcelana que representaba a una japonesita en kimono, cuya cabeza estaba pegada al resto con cola, ya que había sufrido una caída inducida por un manotazo del que esto narra. Apoyado en esa chica oriental (que en lo tocante a su nacionalidad y vecindario nunca hice averiguación más profunda), se hallaba el sobre en cuestión, que era como los del correo: blanco, pero más pequeño; y no tenía adherido el sempiterno sello azul de Franco de tres pesetas. Sin embargo, sí venían en él las señas de su destinatario: ponía «D. Jose Gutierre y familia» así, sin acentos, y lo de Gutierre sin la zeta final; todo escrito en letra temblorosa y de gran formato. Dentro del sobre se adivinaba un papel y tenía la solapa abierta. Movido más por el aburrimiento que por el afán de leer cosas de los mayores y, ¿por qué no?, también por la legitimidad que me daba el hecho de que estuviese dirigida la carta a los familiares (incluido yo) de mi padre, aunque fuese un Gutierre en vez de un Gutiérrez; abrí el sobre y me encontré con un documento de bella factura. En papel verjurado de color envejecido, con contornos irregulares y con formato díptico, se presentaba ante mí a la izquierda la imagen de dos palomitos nacarados en romántica pose de confidencia con fondo de atardecer y a la derecha, un texto en letra cursiva inglesa del siguiente tenor:
Las familias Gómez Márquez y Ayuso Martín tienen el gusto de invitarles al enlace de sus hijos Pedro y Natividad, que se verificará, D. m., el próximo día 29 de marzo de 1975 a las seis de la tarde en la Iglesia de la Asunción. A continuación, se servirá la cena en el Restaurante Casa Camacho. Se ruega que confirmen su asistencia.
«¡Así que lo que va a ocurrir el día 29 y que ha cabreado tanto a mi padre es que nos han invitado a una boda! —pensé—. ¿Cómo puede ser? Pero ¡si una boda debe ser como una fiesta, doble mejor que un cumpleaños, por lo menos! ¿Por qué tiene que salir mi padre con un turbante corriendo detrás del enano Fernandopón ese? ¡No entiendo nada!». Andaba yo en esas elucubraciones sin aparente salida lógica cuando apareció mi padre por la puerta de casa y, al verme con el sobre de la invitación en la mano, me dio una cálida recomendación:
—¡¡Deja ese sobre ahí, tontaina, que no es para ti!! —Yo le contesté que sí, porque ponía en el sobre «familia». Su réplica a la mía fue más sonora: un cogotón, que vino unido a la siguiente glosa aclaratoria—. ¡¡Se refiere a tu madre, atontao’!! ¡¡Es lo que me faltaba, tener que llevar a estos tres y pagar el triple de regalo!!
Sin más turno de intervenciones, al menos por mi parte, me fui pensativo al oráculo cocineril de mi madre, que siempre tenía más aptitudes para el diálogo, y con la venia le pregunté algo que me parecía rarísimo.
—¡Mamá, mamá! ¿Cómo es eso que para ir a una fiesta de una boda hay que pagar mucho dinero? Cuando yo voy a un cumpleaños no me pide dinero el niño que hace la fiesta ni su madre.
—Pues porque en las bodas la costumbre es que cada invitado pague su cubierto.
—¿Cómo es eso? —volví a preguntar—. ¿Cada uno tiene que comprarse un tenedor y una cuchara? —Mi madre se rio de mi conclusión y me explicó que se pagaba la comida que te comías o eso entendí yo. Protesté—. Pero ¡yo quiero ir y papá no me deja porque no quiere pagar mi comida! ¿Y si rompo mi hucha y la pago con lo que haya dentro?
A fuerza de insistir, convencí a mi madre para que me llevaran a aquella fiesta más estupenda que un cumpleaños, que no imaginaba ni cómo sería de divertida.
Sábado día 29 a mediodía: nervios en la comida. Después de unas arduas negociaciones, mi madre convenció a mi padre de que al menos yo fuera a la boda por ser el mayor. Mis hermanos se quedarían con la abuela, pues eran pequeños para tener conocimiento de aquel evento y por aquello de que el regalo no sería tan gravoso.
—En cuanto hagas la digestión, te voy a bañar —dijo mi madre—, porque hueles a indio.
Siguiendo los consejos sanitario-preventivos de aquellos años, a las dos horas de comer, siendo el baño en caliente y en bañera, mi madre me hizo desvestir y entrar en la misma. El agua salía de dos modos posibles: ardiendo o fría. Cuando mi madre consideró que estaba lista, entré dentro de lo que a mí me parecía agua de escaldar cochinos. Me regañaba, amenazándome con quedarme en casa, para que me estuviese quieto y me pudiese enjabonar; yo no paraba quieto, el agua estaba ardiendo. Pero lo mejor vino cuando me echó encima el champú para el pelo: era una ampolla de aquellas de forma romboidal de champú Sindo que se abría cortando un pico con una tijera y que contenía un líquido amarillo que no hacía espuma, pero que escocía en los ojos como una ortiga; me ardía y me picaba todo, y no hacía más que bailar el baile de San Vito3. Luego, vino el enjuague final con un agua bastante más fría, ya que, como suele pasar, la bombona de butano se estaba agotando en ese preciso instante y no había tiempo de ir a cambiarla o, lo que más se podría esperar, porque no había otra bombona en casa. Me sacó mi madre fuera de la bañera entre insultos por lo que, a su parecer, era una injustificada coreografía de niño que se pone nervioso ante la novedad de ir de boda. Al salir, como el día estaba frío y yo venía de las aguas calientes y frías que quedan descritas, me entró un temblor tremendo y con él más bailes y aspavientos. En ese momento, apareció mi padre por la puerta del servicio, atraído por las voces de mi madre, y viendo que no paraba de menearme, me hizo entrar en calma de un capón que me quitó radicalmente las sensaciones de ardor, de frío y de picor, quedando todo eclipsado por un nuevo dolor, esa vez de cabeza, que anulaba el efecto de todo lo anterior.
Encima de mi cama, me encontré la ropa de fiesta habitual: una camisa de manga larga a cuadritos de tergal, nada menos, muy moderna; pero lo mejor era el pantalón: para esa temporada, y dado que yo tenía ya seis años, me habían comprado mi primer pantalón largo, un cheviot gris con pateras a la última moda, de elefante. Cuando me los puse parecía mayor y casi no se me veían los zapatos; eso era genial porque odiaba los zapatos que tenía: una especie de mocasines indios marrones, feísimos, con unos cordones de esos encerados y tiesos que no se podían atar y para cuya compra nadie había pedido mi opinión. Por la falta de costumbre, al ponerme los pantalones, sin embargo, sentí un gran picor en las piernas, un picor que no se iba y que me obligó a estar toda la tarde rascándome las pantorrillas. Salí de mi habitación vestido y, al verme mi padre rascándome una pierna con la otra, creyó que seguía haciendo el tonto y bailando.
—¡Tira para la calle! ¡Y como te vea haciendo más el tonto te dejo en casa! ¡Se ha lucido tu madre con la idea de que vengas! ¡Qué tarde vas a dar! ¡Cuanto más grande, más ganso!
Salí pitando; mi padre iba detrás, imponiendo respeto con su traje de pata de gallo a la moda, chaqueta estrecha de hombros y pantalón de campana, corbata de diseño superancha y corta con unas rayas oblicuas azules sobre fondo verde, y camisa blanca. Mi madre iba con un elegante traje rojo de una pieza y, sobre la solapa, un broche dorado con una especie de piedras semipreciosas que simulaban ser un escarabajo, una mariquita o algo así. Fuimos caminando hasta la cercana iglesia. En la puerta, mucha gente sonriente, todos vestidos con sus mejores galas: algún señor con puro y señoras con unos ridículos bolsos en los que no cabía casi nada; había, no obstante, algunas abuelas razonables con sus bolsos negros de grandes dimensiones de aquellos en los que cabe la compra, y, además, una vieja vestida de negro con una cara como la de la bruja de Blancanieves, o al menos eso a mí me recordaba.
De repente, todos se vuelven y miran a un punto: llegaban los novios caminando por la calle juntos y con el séquito de toda la familia más próxima. En esa calle, puertas en jornada de postigos abiertos con gente mirando la comitiva, visillos que iban y venían y persianas que se subían discretamente en las ventanas: no había que perderse detalle del desfile. Como digo, llegaron los novios y el acompañamiento, y yo me fijé en todo en posición de cigüeña, o sea, con una pierna de apoyo, la otra f lexionada para rascarme los picores del pantalón, y el cuello todo estirado para verlo mejor. Novio con traje negro y, en lugar de corbata, una especie de corbatín corto, zapatos negros nuevos acharolados de los que resuenan al caminar, rígidos y que solo se usan ese día especial; y, en la solapa, un adorno con una f lorecita blanca; cabeza repeinada y cara de tonto a más no poder, aunque se hablaba de las muchas tierras que poseía, lo cual hacía que todos lo mirasen bien. Por otro lado, la novia deslumbrante, «de buenas hechuras», según el señor del puro, con un vestido vaporoso y voluminoso «blanco roto», decían las señoras, aunque por mucho que miraba no le vi al traje rasgaduras ni sietes; sobre la cabeza y colgando hacia atrás, un velo inmenso como una colif lor con la estela del cometa Halley, que permitía ver su sonrisa y poco más.
—¡Qué valor! ¡Y viene de blanco!, ¡con lo que lleva en lo alto esta escopeta! —dijo indignada la vieja bruja malencarada vestida de negro y con una medallita de oro del Corazón de Jesús como único (y paradójico) adorno.
No entendí por qué el color del traje de la novia no podía ser blanco o por qué tendría que portar una escopeta: eran otros de tantos misterios de los mayores que me mantenían en la nebulosa de mi ignorancia. Los padres de la novia, muy sonrientes, saludaban a todo el mundo; ella, con sonrisa encantadora, y él, con chanzas y carcajadas. Los padres del novio, más discretos, se limitaron a ser saludados y a recibir enhorabuenas, y se apreciaban más risas en quienes les saludaban que en ellos.
Pasaron los novios a mi lado, dejando él un rastro a Varón Dandy y ella, a otra cosa más almizclera que no pude clasificar en mi breve catálogo de colonias, perfumes y sustancias olorosas. Entraron en la iglesia entre los murmullos y voces del personal, y todos detrás a coger sitio. Al entrar, ya estaba la vieja de Blancanieves puesta en el primer banco; el párroco la invitó gentilmente a irse a otro banco, pues el primero estaba reservado a los familiares de los contrayentes, y se fue no sin antes protestar por tener que dejar su sitio de todos los días y que le venía mejor para comulgar. Se vino para atrás y justamente a mi lado fue a parar aquella mala visión.
—¡Deja sitio, niño! —Me dijo con voz reseca, desagradable y aliento de ajos mal conjurados. Sus ropas olían a otro aroma aún más rancio entre humo, sardinas y sudor del paleolítico. Estaba refunfuñando todo el tiempo: que si el cura era un rojo, que si la novia de blanco, y otras apreciaciones negativas; pensé que aquella señora tenía manía a los colores o algo así. Durante la misa, me reprendió como diez veces porque me rascaba en la entrepierna, por causa del pantalón, que ya me estaba pareciendo, más que molón, un incordio—. ¡Sinvergüenza, deja de tocarte los cojones! ¿Eso os enseñan en la escuela? ¿Es que no dais la dotrina4?
De inmediato, un tortazo se vino, no a posar, sino a explotar en mi cogote, proveniente de mi padre, que me miró con hostil expresión. A mi espalda, risas en voz baja de dos niñas repelentes con faldita rosa, que habían presenciado la escena para mayor desgracia mía. Las risas f lojas siguieron de modo reiterativo y persistente hasta el final de la misa y a mí maldita la gracia que me hacían. Una de las niñitas lo vio todo con un solo ojo, pues tenía gafas redondas y una de las lentes, blanca y opaca: le faltaría un ojo o algo así, pero el otro ojo lo vio todo. Yo las miraba de medio lado de vez en cuando y era como si les hiciera cosquillas, porque volvían a su hilaridad y yo me ponía colorado.
De repente, todos de pie: había llegado el momento cumbre de la celebración. Cesaron hasta las risas de las dos repílforas5 que tenía detrás. El sacerdote invitó a manifestar su consentimiento a los contrayentes y el novio lo hizo con voz temblorosa y tenue; ella, con gran alegría y seguridad, dijo el sí, quiero. Luego, el emocionante acto de la entrega de alianzas: yo miraba con ojos como platos todo aquel rito y pompa que nunca había presenciado.
—Re-recibe esta alianza en… señal de mi amor y fi-fidelidad a-a ti —dijo el contrayente nervioso, sin duda embargado por la emoción del momento.
Mi vecina de oscuro hizo su comentario, apenas audible, pero sí oloroso por el pestazo a ajo que dejaba en el aire:
—¡Tontilán, pasmao’! ¿Adónde vas a poner la era?6
Y, de inmediato, la respuesta de la novia, más acelerada que segura:
—Recibe esta alianza en señal de mi amor y felici… ¡Ja, ja, ja, ja, ja! Fidelidad a ti —respondió la novia riéndose de su propio lapsus, traicionada tal vez por su subconsciente.
Murmullo creciente en la iglesia: la vieja bruja de negro masculló al momento su apostilla con otro atentado por halitosis:
—¡Encima se ríe la tía asquerosa! ¡Ya puedes estar contenta, ya, buscanovios! ¡Qué falta de respeto, en la casa del Señor! ¿Qué va a ser esto cuando muera el Caudillo?
La misa iba tocando a su fin con una cola interminable para comulgar. La bruja de Blancanieves, a pesar de haber sido desplazada al ostracismo de la fila trasera en que yo me hallaba, se valió de maña para ser la primera en «recibir al Señor», como ella decía. Para cuando volvió a recitar sus letanías desgastadas y sazonadas de ajos vetustos, yo ya estaba agarrando la puerta, pues me apetecía más ver la salida de los novios que seguir viendo y oliendo aquello. Todos gritaban y vitoreaban; había lluvia de arroz y también de maíz y garbanzos expelidos por algún invitado más palustre. Besos, abrazos, enhorabuenas y alegría eran la tónica general; como si todos celebrasen la desaparición de la vieja funesta, a quien no volví a ver más y que se iría a su casa después de la misa, a buen seguro, por no estar conforme con los colores del traje de la novia.
Siguiendo a los novios, todos fuimos caminando en procesión al Restaurante Casa Camacho, que se haya cercano a la parroquia de la Asunción. Al llegar, me asomé al bar, lleno de humo, de señores en la barra y con dos camareros moviéndose febrilmente tras ella; voces, cervezas, risas, vino, pinchos de tortilla, cigarros. Mi padre se unió a la parroquia de la barra con grandes voces y mi madre se quedó fuera charlando con otras señoras de similar tipo y calidad. En vista de que pedir allí dentro una Fanta era cosa de ciencia ficción, me fui a la calle, al sol. Pensé que, a diferencia de los cumpleaños, allí no se sentaban los invitados a la mesa y te daban unas patatas fritas, sino que solo comían y bebían los señores mientras los demás esperaban fuera. La verdad, prefería los cumpleaños.
Estaba en la calle aburrido cuando se me plantaron delante las dos niñas de la falda rosa. Viéndolas ahora de frente, reparé en que una tenía en un brazo una calcomanía de Heidi, y la otra, una de Niebla. Los vestidos eran iguales, por lo que pensé que serían hermanas o algo así. La de un solo ojo se dirigió a mí:
—¿Y por qué te han pegado? ¡Anda que no ha sonado bien la torta! Ha picado, ¿eh?
—¿Tú eres idiota o solo tuerta? —le respondí con muy mal estilo, entrando al trapo como un toro de buen trapío.
—¡Mamá, mamá! —Salieron las dos corriendo hacia el grupo de señoras en el que estaba mi madre—. ¡Ese niño malo me ha llamado idiota y tuerta!
—¡Y no le hemos hecho nada! —testificó en su favor la hermanita de dos ojos.
La madre me miró con mirada de fusilamiento y la mía, con cara de ahorcamiento al amanecer. Al momento, vino hacia mí y me dio un guantazo, además de voces y amenazas diversas. Aquellas dos malhadadas niñas, detrás y en su barrera, presenciaban con cara de satisfacción la ejecución de aquella suerte taurina.
—¡Déjalo, déjalo! —decía la mamaíta de las dos pequeñas felonas con boca de media risa—. ¡Son cosas de niños!
Pensaba para mí que estar todo el día recibiendo mamporros e insultos era cosa de niños, pero no de algunas niñas que lo merecerían por triplicado, y empecé a soñar despierto, con saña, en una escena muy edificante: aquellas dos criaturas recibiendo escobazos en el culo a discreción. Estaba en aquellos amenos pensamientos cuando me devolvió a la realidad una voz de alguien que, al parecer, tenía mucha hambre.
—¡A cenar! ¡Ya era hora, coño!
Un tropel de gente entra en el salón comedor. Su doble puerta con cristal biselado en la parte superior gemía en sus goznes ante el tumulto de personas que iban todas a coger sitio: todos pasaban por ella poco menos que a presión, codazos, pisotones, empujones y con algún garrote senil en alto. Mis padres, más prudentes, entraron de los últimos y, como no podía ser de otro modo, ya no había sitio. Los comensales se distribuían en varias mesas muy alargadas, de estas de tablones sobre caballetes, codo con codo y, a modo de mesa presidencial, había otra mesa larga situada perpendicularmente al resto, adornada con unas f lores blancas y amarillas sobre un mantel blanco. Mis padres y yo no pudimos sentarnos juntos, y para que no me quedase sólito y desamparado, me acomodaron en «la mesa de los niños». Como no podía ser de otro modo, y para mi estupor, las dos amiguitas de las calcomanías me tocaron enfrente. Cuando me senté, empezó la risa, que duró toda la comida. Sabedoras de que tenían plena impunidad y de que sobre mí pesaba una presunción de culpabilidad, no escatimaron en el pitorreo. Para abstraerme de aquella desagradable situación y con las consabidas risitas f lojas de fondo, me puse a leer la minuta del menú de bodas, que se hallaba al lado de cada cubierto. Tomé un papel blanco en díptico y leí en su exterior los nombres de los novios; en el interior, lo que más me interesaba, el menú:
ENTREMESES VARIADOS: chorizo, salchichón, jamón, queso, ensaladilla y croquetas.
PRIMER PLATO: langostinos tres salsas.
SEGUNDO PLATO: ternera a la riojana.
POSTRES: tarta nupcial. Café, copa, puro.
BEBIDAS: agua, vino, gaseosa, refrescos de naranja, limón y cola.
«¡Cuántas cosas ricas! ¡Vaya comida que me espera! ¡Y voy a poder beberme por lo menos tres vasos de Fanta de limón!», pensé para mí. Pero, al momento, levanté la vista del papel y vi la cara de la niña de un solo ojo mirándome fijamente. ¿Qué me estarían preparando las hermanitas?
De repente, un gran vocerío llevó mi atención hacia la puerta: gritos de «¡vivan los novios!». Los recién casados acababan de entrar saludando a todo el mundo y, en ese momento, sonó por un altavoz que había en una pared una música, que me dijeron después que era la marcha de los novios o algo así. El disco sonaba fatal, como si estuviera hecho de papel de lija, y en un momento dado se rayó y repetía todo el tiempo dos o tres notas hasta que sonó un ruido como de estallar algo y se apagó la música.
—¡Anda ya a tomar por culo ese tiroriro7! ¡Pon cante8, imbécil, que parece que nos están arrascando la barriga! —dijo a voces un señor de la mesa de al lado, gordo, con boina y garrote, palillo en la boca, y con más morrillo que un buey.
Los novios se sentaron con los padrinos en la mesa principal y al punto comenzó a sonar una música más al gusto del boinudo: pasodobles variados en versión instrumental y postmoderna con arreglos de teclado electrónico Hammond. De vez en cuando, sonaba una voz del coro de señores que decía: «¡Olé, olé!». Toda la mesa de los niños comenzó a gritar entre grandes risas y palmadas:
—¡Que les den por culo! ¡Olé, olé!
En ese momento, llegó a la mesa un señor bajito, con barba de chivo y con cara de muy mala pipa, y preguntó quién estaba diciendo esas palabrotas. Como un resorte, las dos pequeñas harpías me señalaron como culpable. Mi reprensor me pegó un tirón de orejas y me amenazó con contarle el asunto a mi padre si se repetía. Yo gritaba en mi suplicio que habían cantado todos los demás, pero tal razonamiento no me eximió de expiar las culpas de los otros, quienes negaron haber abierto la boca, por supuesto. Las niñitas rieron una vez más y yo empecé a maquinar mi venganza, que habría de ser fría y cruel.
Todos estos malos pensamientos tuvieron su pausa al ver que por fin, mil años después de habernos sentado a la mesa, sirvieron la cena, que casi pasaba a ser desayuno. Me pusieron delante, como a todos, un plato en el que estaban unas rodajas de chorizo y salchichón de Revilla, una loncha de jamón de York reseca y, como cosa exótica, otra loncha de queso con forma cuadrada. En medio de aquel tiovivo de fiambres y como su centro y eje, un pequeño montón de ensaladilla en cuya cúspide había una aceituna rellena de anchoa. La bebida no era Fanta genuina, sino Revoltosa de naranja; pero podía pasar, porque a diario no bebía ni de la una ni de la otra. A mis espaldas, el boinudo bramó:
—¿Esto qué es? ¿Queso almericano9? ¡Será de patata, seguro!
Las niñitas llamaron a su mamá a voces de repente:
—¡ Mamá, mamá, no nos gustan las aceitunas! —Pensé para mí que, además de malas, eran tontas, porque a mí me encantan las aceitunas.
—¡Se come todo! —Se presentó la madre, que estaba sentada en otro sitio—. Si no os gustan las aceitunas, dádselas a ese niño de enfrente, que tiene cara de que le gustan mucho.
Yo pensé en que la sagaz madre se había percatado de que no dejaba de mirar las aceitunas y me puse colorado. Existía la expectativa de que las aceitunas rellenas iban a ser para mí, pero ese anhelo se fue por la borda, porque, una vez más, la mala uva de las niñas salió a relucir.
—¡No, a ese no, que nos insulta y dice tacos! —dijeron ambas indignadísimas a su madre a voz en grito.
En definitiva, con tales perros de hortelano las aceitunas se quedaron de momento sobre la mesa. Vino el segundo plato, recibido como cosa excelente, pues no todos los días se comían aquellos langostinos. Me pusieron unos cuantos en el plato y dejaron sobre la mesa un recipiente abierto de cerámica lacada blanca (algo desportillado) lleno de una mahonesa amarillenta. Esa debía ser una salsa, pero en el díptico se anunciaba que los langostinos eran «tres salsas», y por tanto, faltaban dos. La solución vino después: se pasó por las mesas un camarero bastante orondo, con blanca camisa arremangada al estilo legión, sin lacito ni nada, y con muchos pelos en los brazos y en las barbas; parecía una imagen expresionista con su contraste blanca camisa-barbas bravías. Este señor tan zurbaranesco10 iba dejando dos sobrecitos a cada comensal, los cuales sacaba de un bolsillo de la camisa, y los dejaba caer sin mucha gracia al lado de cada plato. Eran como de plástico: yo nunca había visto algo tan moderno; en uno ponía «salsa cóctel» mientras que el otro atendía por «salsa tártara». Al momento, volvió a bufar el buey de la boina a mi espalda:
—¿Qué son estas guarrerías? ¡Será para que sepa a algo el ganado11 este que nos han traído!
Y, cómo no, mis vecinitas también llamaron a su mamá en aquel trance:
—¡Mamá, mamá! ¡Pélanos las gambas y llévate estos sobres, pero no se los des al niño malo!
Ya me tenían frito las dos prójimas aquellas. En aquello, la mesa comenzó a temblar y a retumbar toda como si hubiera un terremoto; gran ruido de cubiertos chocando con vasos y un coro de voces fuertes reclamando besos por doquier:
—¡Que se besen los novios! ¡Que se besen los padrinos! ¡Que se besen los suegros! ¡Que se besen los abuelos!
Los interpelados se iban levantando, unos con más ganas que los otros, y se daban los besos demandados. Cuando se besaban, más voces y más porrazos a la vajilla, y los platos temblando sobre las mesas. Pensé para mí que como me dijeran que yo le diese un beso a cualquiera de las dos de enfrente, salía corriendo. Con las manos pringadas de los jugos de los langostinos más la mugre añadida de las salsas en que estuve revolcando sus cuerpos cual cerdos en un charco, vi cómo levantaron los platos con las cáscaras sobrantes. A continuación, trajeron la carne de ternera, que venía echa trozos en una bandeja con patatas. Detrás de quien servía la carne, el camarero gordo del claroscuro traía una gran fuente con la salsa y servía un cucharón sobre la carne a cada cual. Pensé que aquel camarero sería una especie de especialista o algo así, porque solo servía salsas; también que pronto haría su protesta el boinudo de mi espalda, pero una señora a su lado dio una gran voz al maestro salsero.
—¡¿Qué haces, tontaina?! ¡Mira cómo me has puesto mi vestido con la salsa! ¡Qué valor! ¡Esto está ardiendo y no hay quien lo quite!
Se fue corriendo el salsero y vino presto con un bote de polvos de talco y los echó por encima de la mancha a la señora, que, por cierto, era la esposa del buey con boina. Su vestido era de color beige y por delante entonces tenía un aspecto almizclero con la mancha y el talco encima. La señora se quedó desconsoladísima, dando de que hablar a los demás, y el marido soltó mil improperios contra el desarrapado de las salsas y contra la carne, que a su parecer y leal entender, no era ternera, sino vaca berrenda de desvieje12. Pensé que ese señor sería un ganadero o algo así; al menos, él tenía aspecto de ganado vacuno.
Observé a las candorosas niñas de enfrente, que se habían aburrido de comer y estaban enredando con las aceitunas que no me querían dar. Vino a dar una vuelta de vigilancia por la mesa infantil, como si fuera un guardia jurado haciendo una descubierta, el señor bajito de la barba de chivo y riñó a las dos criaturas por dedicarse a jugar con la comida. Entonces, yo tuve una idea endiablada para ajustar cuentas por todos los daños que me habían causado. En un despiste de las dos, cogí las aceitunas y, sin mirar adonde caían, las tiré para atrás, de abajo a arriba y en trayectoria elíptica en dirección al ganadero y su señora manchada. De dos, una se perdió en un destino incierto, pero la otra se le fue a colar a aquel buen hombre por dentro de la camisa, rodando espalda abajo. Al sentir el elemento extraño, se puso de pie, encogiendo el (poco) cuello que tenía.
—¿Qué me han echado por la espalda, Eusebia? ¡Tengo como una cosa fría y pringosa! ¡Vaya boda! ¡Trae para acá el sobre, que saquemos dinero!
Al instante, y alarmado por las voces del boinudo, volvió nuestro celoso vigilante barbado y, cuando vio que la señora Eusebia sacaba de la camisa de su esposo una aceituna estrujada y oliendo a pescado fiambre, se dirigió directamente a las sospechosas de la acción delictiva: las dos niñitas a las que antes había reñido. Cogió a cada una por una oreja, las levantó de modo que sus pies parecían estar danzando El lago de los cisnes y, para mi regocijo y solaz mientras las oía chillar, se las llevó de esa manera hasta la presencia de sus padres, de quienes recibieron otros castigos similares. No se sentaron más enfrente de mí ni las eché sinceramente de menos.
A aquella dulcísima sensación se añadió el anuncio de la entrada de la tarta nupcial: en una mesa con ruedas fue empujada hasta el centro del salón con música alegre de Pérez Prado. Era una gran tarta en tres o cuatro pisos, blanca de merengue y con cerezas, en cuya cúspide venían unos pequeños muñecos que representaban dos novios pintiparados. Entre vivas y aplausos, los novios recibieron una especie de gran cuchillo, machete o cimitarra, y partieron al alimón un trozo de la planta baja. Pensé para mí: «¡Vaya cara, se quedan la parte que tiene más relleno y más cerezas! ¡Con todos los que estamos aquí, no vamos a tocar a nada!». Repartieron la tarta en unos platitos y mis malos augurios se hicieron realidad porque tocábamos «a medio minuto» cada uno. ¡Qué decepción al ver aquella ridícula porción escuálida de dulce! Además, no traía encima ninguna de las cerezas. Al probarla, sabía aún a menos porque el bizcocho estaba reseco y no tenía relleno ni gracia por el centro. Yo pensé que se habrían metido los novios en la cocina y se habrían comido todos los adornos y la mayoría de la tarta, y los demás nos habíamos quedado con los restos.
Estaba mirando y remirando aquella ridiculez de ración de tarta cuando llegaron por la mesa con gran fiesta y alborozo cuatro bergantes: venían en mangas de camisa, con el cuello desarreglado y alguno con un lamparón de salsa en la barriga, si bien no supe identificar cuál de las tres de los langostinos sería. Olían a un cóctel de vino, cerveza y otros ef luvios efervescentes, y sus caras estaban coloradas, sus pelos, despeinados, y hablaban con un tono excitado, como si una urgencia les apremiase. Traían un bote de ColaCao vacío y se lo ponían a todo el mundo delante de las narices para que echasen dinero para los novios. «¡Sí, hombre, además de comerse toda la tarta se van a llevar mi paga de los domingos!», pensé para mí, así que no eché nada. Los señores mayores introducían en el bote algunas monedas de duro o de veinticinco, los más con mala cara, y los descamisados les entregaban un trozo de tela pequeño, que, según decían, era la corbata del novio cortada a trocitos. En ese momento, pensé si yo podría pedir una tijera y cortar a trozos las pateras de mis pantalones, de modo que obtendría una doble ventaja: por un lado, dejaría de tener picores en las piernas y, por el otro, obtendría pingües beneficios con la venta de los retales. Pero, de repente, otra imagen nueva me sacó de mis elucubraciones negociales: aparecieron otras cuatro personas, en ese caso, unas adolescentes crecidas, que traían también un negocio similar, anunciándose con una especie de coro de voces y graznidos. Aquellas vendían trozos de una especie de cinta rosada que debía de ser reliquia del traje de la novia y los óbolos en ese caso eran depositados en una cestita de mimbre. Las chicas tendrían mejor presencia que los primeros recaudadores de no ser por las grandes voces que daban, transmitiendo la misma sensación de emergencia que aquellos. En cualquier caso, pensé que los novios debían de ser muy pobres y por eso pedían dinero, como cuando nos daban en el colegio los sobres del Domund para que les hicieran una iglesia a los negritos o a los chinitos.
Luego, pasaron más personas, pero estas venían dando cosas. Se acercó por mi mesa una chica maquillada como las artistas del cuplé, que traía un vestido negro y unos zapatos con un tacón altísimo, y en la cabeza portaba un sombrero también negro, como del oeste, pero con una pluma de colores; me recordaba a los exploradores indios de las películas del oeste. Traía un gran cesto de castaño con asa y dentro de él venían unos regalitos. ¡A ver qué me tocaba de regalo, por lo menos! Fue entregando un puro a los señores y a las señoras, una especie de jarroncito minúsculo con un lacito rosa; pero para los niños, nada de nada. ¡Vaya desilusión, vaya discriminación! Las señoras miraban aquellos regalos y pude observar que tenían escrito los nombres de los novios.
—¿Dónde coloco yo este chochín? —dijo una dando vueltas a la jarrita. «Por lo menos tú tienes regalo», pensé yo.
Para finalizar el banquete y después de otro vocerío pidiendo que se besasen todos los de la mesa principal, sirvieron café y unas copas a los señores y a las señoras. Nuevamente, los niños estábamos siendo ignorados y no nos dieron nada más. Vino el camarero expresionista cargado con una bandeja en la que venían varias y coloridas botellas: una de Soberano, otra de anís La Castellana, y otra de Ponche Caballero, que era la más chula porque era plateada o niquelada. Cuando pasó a mi lado, le pedí que me sirviera.
—¡Yo quiero de eso!
—¡Vete a jugar, niño —me dijo seco y malencarado—, que luego te pica el culo!
Todos se rieron de mí y yo me fui de la mesa enfadado porque no me daban nada y a los demás les daban regalos y de beber. Al levantarme, reparé en el señor boinudo que había en la mesa contigua. Estaba haciendo una extraña ceremonia: mojaba el veguero que le habían dado en una copa de coñac y después lo chupaba con gran deleite y detenimiento. Otra injusticia más: «¡Anda, que si se me ocurre mojar las patatas fritas en Fanta, como a mí me gusta, tardan mucho en darme una voz!». Aún tuve ocasión de ver más cosas incomprensibles antes de que se levantaran los manteles, pues en la mesa principal, en medio de un tumulto y grandes voces, cortaban la corbata al padrino con la misma espada o cimitarra de cortar la tarta; padrino que, por cierto, ponía cara de estar siendo afeitado a navaja por un chimpancé. Los autores de aquella ocurrencia eran los cuatro descamisados que vinieron antes a sablearnos, y daban aún más voces que entonces. Por supuesto, pasaron nuevamente mesa por mesa con su bote de ColaCao y sus caras desencajadas a repartir los trocitos de la corbata padrinesca, pringada de merengue y demás, pues no habían tenido el detalle de limpiar el arma antes de dedicarla a aquel nuevo y arriesgado uso. Yo no entendía nada de aquella ceremonia, que hacía reír a muchos que me darían un tortazo por cualquier cosa de mucha menos gravedad.
Mientras una cola interminable de personas mayores pasaba por la mesa de los novios dejando unos sobres encima de una bandejita plateada, los camareros iban desmontando las mesas y retirando las sillas. Mi madre también estaba en la fila de personas que iban desfilando y felicitando a los novios. Vi que una señora que se hallaba sentada al lado de la novia abría aquellos sobres con una gran sonrisa y con los ojos como platos, y que iba escribiendo unos números en un cuaderno de Tauro de hojas cuadriculadas. Le pregunté a mi padre, que no estaba en la fila, qué significaba aquella ceremonia, por qué aquella señora se traía los deberes de mates a la fiesta y también por qué le hacía tanta risa sumar cuando a mi maldita gracia la que me hacían las cartillas de Rubio con sumas y restas sin fin. Tal vez por el exceso de preguntas, o tal vez porque estaba a otras cosas, mi padre me contestó a voces que me callase, llamándome tonto. Como no me daba por vencido, le pregunté a una señora más amable que ya había cumplido con los novios y esta me dio una respuesta que me dejó perplejo: aquellas personas estaban dando la manzana. Di dos vueltas a la mesa de los novios con discreción, pero no vi ningún canasto de manzanas ni vi que nadie les diese manzana ni pera alguna. Todo esto me llenó de confusión, pero no pregunté más. El caso es que aquel misterio fue uno más de los que quedaron sin solución.
A continuación, vino la parte más desenfrenada de la boda: retiradas las mesas y sillas, comenzó el baile. Un operario accionó unas luces de colorines que había en el techo y en las que yo no había reparado hasta el momento: se encendían y apagaban de modo gracioso, de manera que se veía a la gente a ratos verde, a ratos azul y a ratos colorada. Los novios inauguraron el baile con un vals fatalmente bailado por ambos. Cuando el vals estaba a medias, fue cortado intempestivamente para comenzar con músicas más del gusto de los concurrentes: un pasodoble titulado España Cañí. La sala se llenó al momento de parejas de señoras y señores maduros que hacían todos los mismos movimientos, como si llevasen años ensayando aquella danza. Había algunas parejas de abuelas que bailaban agarradas, pero no vi a ninguna pareja de señores bailando. En la barra del bar estaban los más, tomándose con gran algazara unas coca-colas en vasos largos o copas de coñac o anís. Yo me aburría muchísimo porque no sabía bailar y aquella música no me gustaba: las únicas canciones chulas para mi eran las de Heidi y la de Un globo, dos globos, tres globos, sin contar con las de Fofó; pero de eso no ponían nada. Después de sonar Mi carro, del inigualable Manolo Escobar, pusieron una música moderna, de sonido americano y en inglés, el Fly, Robin, fly: toda la fauna pasodoblera se fue de la pista maldiciendo al que ponía los discos porque aquello no se entendía y era todo ruidos. Pensé que eso mismo creía yo de los pasodobles, pero no me cabreaba así con ellos. Reparé en que la pista se había poblado ahora de otras personas más jóvenes y, a mi gusto, más alegres: chicos y chicas adolescentes que se movían sincopadamente con aquellos ritmos modernos. Me desconcertó y casi me ruborizó, por la falta de costumbre, el ver a chicas con minifaldas y unas botas altísimas bailando el último berrido de la música juerguera, el Saca el güisqui, Cheli. Pero lo que me pareció impresionante fue ver a un tipo al que llamaban el Bombón. Todas las chicas susurraban, en un tono emocionado, que había llegado para el baile El Bombón en su Mini Cooper, como si viniera Julio Iglesias o Cruyff. El Bombón se puso a bailar rodeado de chicas que no le quitaban el ojo de encima. Su aspecto era, como digo, lo más moderno que había visto: tenía el pelo con muchos rizos, como si fuera una gran bola de pelos, patillas impresionantes, una camisa de colorines y manchas chillonas, en plan psicodélico; una gran cadena con medallón al cuello sobre un pecho pobladísimo, a lo Tom Jones; un cinturón muy ancho de color blanco y un pantalón también blanco, muy ceñido y con unas inmensas campanas bajo las cuales se adivinaban unos grandes zapatos de plataforma. Bailaba el tío como desenfrenado, siguiendo los ritmos en perfecta sincronía. Fumaba como un carretero, pero no los puros apestosos del boinudo, sino Pepper mentolado. Yo soñaba despierto con vestir como aquel hombre y fumar cigarrillos de chocolate de los que vendían en el kiosko. Mi padre se acercó sin que me diera cuenta y me transmitió sus edificantes pensamientos:
—¡A ver si de mayor te vas a vestir como ese imbécil! ¡Vaya pinta de delincuente que tiene! —Pensé que mientras el Bombón fumaba cigarrillos picantes, lo único picante que tenía yo era precisamente la ropa; pero mi padre me siguió hablando con una propuesta brillante—. ¿Qué haces ahí parado como un soso? ¡Vete a bailar con esas niñas de ahí!
Vi que había tres niñas, mayores que yo, que estaban bailando y que no paraban de mirar al Bombón, y, como yo no sabía bailar, me daba mucha vergüenza ir a hacer el ridículo, más aún porque me iban a comparar con aquel ídolo del baile. Sin embargo, como los padres no se dan cuenta de esas cosas, seguía el mío diciéndome que me fuera a bailar, a ver si me espabilaba un poco y tal. Como el que es empujado a un barranco sin fondo, salí aterrorizado a la pista o salón sin saber ni cómo empezar a bailar. Las tres niñas me miraron y, como veían que estaba ahí tieso moviendo un pie y después el otro, como un portero de futbolín, empezaron a cuchichear y a reírse con justa causa. Me puse rojo de vergüenza, pero no se notaba mucho con los colores de las bombillas. Una de aquellas, queriendo que, efectivamente, me espabilase un poco, me dio un empujón y me puso al lado del Bombón. En ese momento, empezó a sonar Yellow River y el tipo hizo una especie de salto de baile y unos movimientos de cintura con tan mala fortuna para mí que uno de aquellos zapatos de plataforma vino a aplastar mi zapatito derecho, el cual estuvo a punto de pasar de mocasín a sandalia. Di un grito de dolor y las trillizas aquellas se rieron a carcajadas. El Bombón, viendo que le estaba afeando su coreografía, me dio una torta en el culo con su bendición:
—¡Fuera, niño! ¡Vete a comprar unas pipas, anda!
Medio cojo y oyendo aún las risas de varios, me fui de la pista, y aún del local de bodas, y, siguiendo el buen consejo de aquel bailarín, entré en el kiosko que había enfrente a comprarme un paquete de pipas de a peseta, que más me iban a aprovechar que el estar en aquella pesadilla a la que llamaban fiesta, y por la que encima había de pagarse la entrada y casi la salida. A modo de venganza, dejé todas las cáscaras encima del capó del Mini del Bombón y el cromo de fútbol que me había salido en la bolsa, que era una foto de Gárate, lo pegué en la luna de adelante, porque ya lo tenía repetido y para que se fastidiase el cabezón ese del baile, que encima seguro que era del Real Madrid.
CAPÍTULO 2
Viaje al más allá
(10/08/75)
Este que escribe nunca había visto el mundo exterior. Tenía ya explorado de modo sobrado todo el entorno del pueblo a pie y en bicicleta, tanto sus calles como sus caminos aledaños; pero llegaba al cruce de la carretera general13 y todo eran teorizaciones y nebulosas sobre lo que habría más allá. Una vez me llevaron a la cuidad mis padres en un coche de un señor (esto que llaman taxi) para que me viera un médico porque tenía «muchas anginas» y me trajeron para casa con la amenaza de que aquello habría de ser operado antes o después, lo cual me producía terror. Cuando fui a la ciudad, vi la carretera, tres calles y la consulta del señor médico, a la cual se subía por un ascensor; ese era un tipo de vehículo nuevo que podría sumarse a los que ya conocía: la bicicleta y el coche. Cuando volvimos de la ciudad, solo imaginaba al médico con un cuchillo cortándome el cuello: tal pensamiento funesto venía inspirado por las admoniciones de mis padres y del taxista sobre los riesgos de sudar, beber cosas frías e ir desabrigado en invierno. El taxista, aparte de conducir, daba conversación por el mismo precio. Y todo aquello era mi bagaje en materia de aventuras viajeras. El resto del conocimiento sobre cómo era el mundo me venía por la televisión y por el cine, que nos mostraban cómo era el mundo exótico con las películas de Tarzán y cómo era América con las de vaqueros; también sabía cómo era Madrid por haberla visto en Sor Citroen. Pero muy pronto iba a cambiar todo aquello y me iba a ver inmerso en una aventura viajera llena de peripecias, poco menos que una odisea llena de momentos para recordar algunos y para olvidar los más.
Ese verano mis padres habían decidido que me quitaban de en medio y que me mandaban, en compañía de mi abuela, a otro pueblo lejano, Horcajo del Río, a pasar unas semanas de agosto. Allí nos aguardaban la hermana de mi abuela, su hija, prima de mi madre, y unos niños de edad semejante a la mía a los que tendría que llamar «los primos», aunque no sabía ni sus nombres ni su número y talante. El caso es que mi madre, dos días antes de la partida, puso una conferencia14 al pueblo de destino en el teléfono público y, tras muchos cortes y voces, anunció nuestro viaje a la tía abuela, quien contesto, con otras voces y cortes, que nos esperaban con impaciencia.
—¡Verás qué bien se lo pasa el niño con los primos!. CRRRRRRRR ¡TUTH! Un abrazo, ¿eh? ¡A seguir bien!. CRRRRRRRR ¡CLOC!
Con tal perspectiva de aventura y diversión, aunque no fuera un viaje a la playa (que era un viaje de ricos) o a la selva de Borneo, aquello se planteaba como un plan de verano estupendo, ilusionante, que podría dar envidia a muchos otros amigos del pueblo que ni soñaban con pasar del cruce de la carretera general.
El viaje de ida fue eterno, dadas las enormes distancias existentes entre el punto de partida y el de llegada, unos trescientos kilómetros. Llegado el día, mi madre me sacó de la cama aún dormido a las seis de la mañana: no recuerdo haber visto en las películas que los porteadores saquen a Stewart Granger de la cama a la fuerza y legañoso para ir a buscar las minas del Rey Salomón, pero la verdad, tampoco le había visto levantarse en ellas. El caso es que mi madre me vistió y, cuando me di cuenta, estaba en la puerta de casa en ayunas, en el punto de partida de aquel periplo con el cielo aún oscuro y sin un alma por la calle. Mi abuela estaba ahí con una gran maleta atada con una cuerda y una cesta de mimbre con algunas cosas de comer para el camino. Traía un pañuelo negro en el pelo, por el frío de la mañana; yo tenía calor, pero me dijo que me pusiera una manta por lo alto, «que luego vienen las anginas». Y sin más dilación me encasquetaron por los hombros, a modo de capote de Guardia Civil, una manta a rayas marrones y verdes tan bonita como veraniega, y a callar.
Pasado un tiempo indefinido en el que recibí unos edificantes consejos en materia de abrigo, plazos horarios para baños tras comer, corrección en la mesa y demás normas de urbanidad, se presentó en la puerta de casa un coche rugiente y rampante, más que nada por las irregularidades del suelo sin asfaltar. Era un Seat 1500 negro, el mismo con el que había ido de viaje a la ciudad tiempo atrás. Salió solícito el chófer, llamado Mariano, que eficientemente dio los buenos días y acomodó la maleta y la cesta de las vituallas en el maletero, cerrándolo luego con un sonoro portazo. Mi abuela y yo nos montamos en el asiento de atrás tras una besucona despedida. El señor Mariano se puso unos guantes de cuero muy chulos a lo 24 horas de Le Mans y salimos con gran remeneo de baches hasta la carretera general, porque estaba todo el suelo en bruto y sin asfaltar, como antes dije. Ahí empezaba realmente la travesía, la aventura, el paso hacia el más allá.
El coche entró en aquella carretera de rayas amarillas y me fijé en que en las rectas corría nada menos que a ochenta kilómetros por hora, ¡ahí es nada! Luego, alcanzamos a un camión humeante y lento en un tramo de curvas y de quitamiedos (más bien metemiedos) de alambradas rojas y blancas, y de pretiles de piedra infungible, y la marcha se redujo a treinta kilómetros por hora. El señor Mariano adelantó al camión cuando tuvo ocasión: era un Pegaso Barajas cargado de paja hasta encima de la cabina, el cual, con paciencia, resignación y humo negrísimo ascendía por aquellas rampas, conducido por un señor calvo que venía fumando un puro y en camiseta, como las mudas que yo tenía, pero más sucia. El taxi nos llevaba hasta la ciudad oliendo a lo que aquel camión iba exhalando por su esfuerzo titánico.
—¿A qué hora sale el tren? —preguntó el taxista.
—A las nueve y cuarto, mire usted —contestó mi abuela.
—¡Ah, bueno, vamos con tiempo!
Yo pensé para mí que vaya cosa estupenda montar en tren: yo nunca había montado en uno de esos. Había visto en la televisión que echaban humo, que eran largos, que montaban mucha gente y que los asaltaban los indios y los bandidos. Otro transporte más que podría decir que había probado.
Tras hora y media de viaje, y ya con el sol en lo alto, llegamos a la ciudad. El señor Mariano nos dejó a mi abuela y a mí en la estación de ferrocarril no sin antes entrar las maletas en su interior. Se despidió deseándonos un buen viaje y se volvió para el pueblo. Pensé para mí que pobre señor porque conocía solo un trozo de mundo, el que va desde el pueblo a la ciudad, para adelante y para atrás, y que jamás montaría en un tren humeante como el que yo iba a disfrutar a continuación. Entramos en la cantina de la estación, con olor a café y tabaco eternos, botellas de Fundador y de Anís de la Asturiana para los valientes, papeles y colillas por el suelo y varios señores en animada conversación. Mi abuela pidió un café y, para mí, un vaso de leche; la cafetera llenó las tazas con un ruido ensordecedor. Yo quería salir para ver cómo eran los trenes, pero me retuvo mi abuela hasta que me tomé la leche, trámite que me llevó un buen rato porque estaba ardiendo y el vaso, otro tanto.
Sudando y aún con la manta por encima, acabé la leche y me fui corriendo al exterior. Miré a mi alrededor y vi mil cosas nuevas. Todo aquello olía a creosota15. No había ninguna locomotora con chimenea, pero sí había vagones de carga, de color marrón, que esperaban que alguna tirase de ellos. Había dos largos andenes paralelos, un bonito reloj redondo fijado a la pared, una reluciente campana dorada y, al final de la estación, un alto poste que sostenía un arco metálico; luego, supe que aquello era un sistema de control de gálibo, pero en aquel momento me pareció una especie de juguete para ver quien le da con un palo o algo así. Había también, entre dos vías, una especie de ducha o grifo gigante negro: pensé que eso sería para que los que vienen negros de tanto carbón en las máquinas de vapor se duchen.
Mi abuela salió con la maleta y el cesto al andén, y me dijo que fuera al servicio porque como me dieran ganas de ir en el viaje no se iba a parar por mí el tren. Me mandó a una especie de casita que estaba al final del andén con una valla de madera en picos (como el fuerte de Comansi), que tenía un cartel que ponía «W. C.». La casita era por fuera como de cuento, pero por dentro era como de pesadilla: el olor al entrar era insoportable, a caca sobre caca de años. Por lo visto, todo el mundo que sube a un tren antes pasa por la casita, como trámite previo; debía ser como santiguarse con agua bendita cuando se entra en la iglesia, salvando las distancias en la comparación. Eso tampoco salía en las películas. El servicio como tal, además, era la mínima expresión de lo que debería ser: no había taza, sino una placa en el suelo con un agujero, llena de todo lo imaginable y lo inimaginable porque cisterna tampoco había; por supuesto, del papel higiénico no existía ni el recuerdo. Ante aquel inigualable escenario, llené la boca de aire y con los mof letes llenos entré y oriné sin mirar ni adónde (en el fondo, daba igual).
Salí de la «casita de chocolate» y me fui corriendo con mi abuela a ver llegar el tren. Nos sentamos en un banco de madera, rodeados de gente de todas las edades. Maletas, cajas de cartón reatadas y canastos conformaban el variopinto equipaje de aquellas gentes. Dos chicos mayores con un corte de pelo riguroso y trajes marrones esperaban con sus petates de igual color, fumando y en animada conversación sobre sus permisos. Miré el reloj redondo de la pared, marca Guiraud, y, aunque sus artísticas manecillas marcaban ya las nueve y cuarto, no había ni rastro del tren.
—¡Abuela, cuánto tarda el tren! ¿No lo habrán asaltado unos bandidos por el camino?
—No, hijo, no, es que viene con retraso.
—¿Me puedo ir a jugar a tocar la campana?
—¡Quédate quieto, que enseguida viene!
Enseguida fue a las nueve y media pasadas. Primero, vi una luz blanca en el horizonte tembloroso y luego oí un pitido bastante agudo que daba como risa: así no sonaban las locomotoras de oeste. Aquel tren era un poco decepcionante no solo por su voz: no echaba humo, no hacía el ruido de «chu-chu» que tenía que hacer, no tenía bielas en grandes ruedas, ni carbón, ni un gran farol sobre un grueso cilindro, ni chimenea, ni el pico que tienen delante, ni nada; era como un autobús que iba por la vía. Cuando me quejé a mi abuela del tren birrioso que nos iba a llevar, me dijo que eso era un ferrobús y que tirase para arriba.
Un tumulto de gente para subir en el andén, todos cargados de maletas y enseres de diverso volumen y formato. Se abrió la puerta, una especie de acordeón articulado que chirriaba, y subimos a ver si nos podíamos sentar. Venía aquel artefacto todo lleno y, como entró más gente, nos quedamos sin asiento; en un pasillo lleno de personas y bultos, mi abuela se sentó sobre la maleta y yo sobre ella. Dentro olía a humanidad y a gutapercha16. La algarabía de gente hablando y voceando era notoria. El jefe de estación, con su roja gorra y bandera en ristre de igual color, tocó el silbato y el ferrobús arrancó con otro agudo pitido de los suyos; nos agitamos y salimos con el traqueteo de la vías, que nos acompañaría todo el viaje. El tren paraba en todas las innumerables estaciones que había por el camino y en todas subía más gente, de manera que ya no se cabía. Yo pensaba que viajar en tren era más cómodo. Dieron las dos de la tarde y nos pusimos a comer. Mi abuela sacó del cesto un bocadillo para mí y, para ella, otro: venían ya resudados, blandos, aplastados; pero era lo que había de comer. La maleta sirvió también como silla de comedor. Todo el tren olía a esa hora a comidas diversas que iban saliendo de tarteras y cestos: chuletas empanadas, tortillas, chorizos matanceros, sardinas en conserva y otros manjares típicos de romería que eran manipulados con navajas y otros utillajes de comer. También había alguna bota de vino que pasaba de mano en mano, alabado y denostado por sesudos enólogos, y alguna botella de gaseosa Revoltosa, más caliente que fría en aquella hora y latitud. El olor se quedó para siempre allí porque las ventanas no permitían mucha ventilación y el calor de la tarde iba haciendo su trabajo. Durante todo el viaje esperé a que llegasen los indios con sus f lechas o los bandidos cabalgando al compás del tren para saltar encima (no hacía falta ir muy deprisa a caballo porque el tren iba a un paso parsimonioso), pero no aparecieron ni los unos ni los otros. A las seis de la tarde, y hartos de traquetear, del humo de Celtas emboquillados y de ef luvios de chorizo, llegamos a la ciudad en que terminaba nuestro ameno viaje en tren. Bajamos a un andén que ardía a pleno sol, sudando y medio mareados, con el trasero molido de ir sobre la maleta; el ferrobús siguió su camino lleno de menesterosos viajeros despidiéndonos con otro de sus agudos bocinazos.
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