Kitabı oku: «Un diccionario sin palabras»

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JESÚS RAMÍREZ-BERMÚDEZ UN DICCIONARIO SIN PALABRAS Y TRES HISTORIAS CLÍNICAS

ENSAYO

DERECHOS RESERVADOS

© 2016 Jesús Ramírez-Bermúdez

© 2016 Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.

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Colonia Roma Norte,

Ciudad de México,

C.P. 06700

RFC: AED140909BPA

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Primera edición: julio de 2016

ISBN: 978-607-8667-75-8

En colaboración con el Fondo Ventura A.C. y Proveedora Escolar S. de R.L. Para mayor información: www.fondoventura.com y www.proveedora-escolar.com.mx

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JESÚS RAMÍREZ-BERMÚDEZ
UN DICCIONARIO SIN PALABRAS
Y TRES HISTORIAS CLÍNICAS


A mis padres: José Agustín y Margarita

Ananké vendría a ser el símbolo de la desilusión. Es el nombre de una realidad sin nombre. Es además el azar, la ausencia de relaciones entre las leyes de la naturaleza y nuestros deseos.

PAUL RICOEUR

BITÁCORA CLÍNICA

SEPTIEMBRE, 2013; FEBRERO, 2009; FEBRERO 3, 2009. 11:45 A. M.; FEBRERO 3, 2009. 11:46 A. M.; FEBRERO 3, 2009. 12:06 A. M.; MARZO 3, 2009. 12:35 P. M.; MARZO 3, 2009. 12:45 P. M.; MARZO 3, 2009. 12:55 P. M.; ABRIL, 2009; JUNIO, 2009; AGOSTO, 2009; DICIEMBRE, 2013; DICIEMBRE, 2009; DICIEMBRE 9, 2009; DICIEMBRE 10, 2009; DICIEMBRE 11, 2009. 9:00 A. M.; DICIEMBRE 11, 2009. 9:30 A. M.; ENERO 7, 2014. 7:01 P. M.; ENERO 7, 2014. 7:15 P. M.; ENERO 7, 2014. 7:15 P. M.; ENERO 7, 2010; FEBRERO 10, 2010; FEBRERO, 2014; MARZO 10, 2010. 9:33 A. M.; MARZO 10, 2010. 9:39 A. M.; ABRIL 6, 2010; ABRIL 7, 2010; JUNIO, 2010; JULIO 8, 2010. 1:14 P. M.; JULIO 8, 2010. 1:14 P. M.; JULIO 8, 2010. 1:18 P. M.; JULIO 8, 2010. 1:49 P. M.; JULIO 8, 2010. 1:59 P. M.; JULIO 8, 2010. 1:59 P. M.; JULIO 8, 2010. 1:59 P. M.; AGOSTO, 2010; SEPTIEMBRE, 2010; OCTUBRE, 2010; NOVIEMBRE, 2010; ABRIL, 2014; DICIEMBRE 6, 2010. 9:15 A. M.; DICIEMBRE 6, 2010. 9:35 A. M.; ENERO 29, 2011. 8:30 A. M.; ENERO 29, 2011. 8:31 A. M.; ENERO 29, 2011. 8:56 A. M.; ENERO 29, 2011. 9:26 A. M.; ENERO 29, 2011. 9:56 A. M.; ENERO 29, 2011. 10:04 A. M.; ENERO 29, 2011. 10:08 A. M.; ENERO 29, 2011. 10:08 A. M.; ENERO 29, 2011. 10:32 A. M.; ENERO 29, 2011. 10:49 A. M.; MARZO, 2011; ABRIL 3, 2011; FEBRERO 4, 2012; FEBRERO 4, 2012. 10:59 A. M.; FEBRERO 5, 2012; OCTUBRE 15, 2014; OCTUBRE 24, 2014.

BOCETOS

1. ILUSIÓN POSITIVA Y REALISMO DEPRESIVO

2. DIVAGACIONES EN TORNO AL SAGRADO NOMBRE DE DIOS

3. JERGAFASIA

4. ELLA SÓLO RECUERDA LA LENGUA QUE LOS DEMÁS OLVIDARON

5. EXPERIMENTO AL ORIENTE DE LA ESCRITURA

6. EL AH DE LAS COSAS O LA EXCLAMACIÓN DE LA CONCIENCIA

7. BITÁCORA ALTERNA

8. LENGUAJE SILENCIOSO

9. CARRETERAS ORIENTALES

10. NEOLOGÍA DE LA IDENTIDAD

11. CONCIENCIA SIN PALABRAS

12. DE CARNÍVOROS Y VEGETARIANOS

13. SOBRE LA GEOMETRÍA DEL PENSAMIENTO

14. BREVE DICCIONARIO CLÍNICO DE NEOLOGISMOS

BITÁCORA CLÍNICA

SEPTIEMBRE, 2013

Este ensayo podría empezar por el epílogo: no sé cuándo apostar mis mejores cartas al azar y cuándo hacerlo por el destino; ignoro si la diosa Fortuna viene esta noche a evocar relatos de bienaventuranza o parodias siniestras. Le pregunto a un colega en las aulas del hospital: Si arrojo diez veces esta moneda, grabada con el águila del escudo mexicano por un lado, y en el reverso por el sol, ¿debo esperar una respuesta prudente? ¿Cuántas veces puedes adivinar el resultado de la suerte? Seis aciertos de cada diez, me responde, confiado. Mi sonrisa es de asombro, aunque parece condescendiente. Un niño con habilidades matemáticas básicas sabe que la moneda sólo tiene dos lados, y que la mitad de diez es igual a cinco. ¿Qué insensato juego de emociones lleva a mi amigo a pensar que su suerte será mejor que la prevista por el cálculo matemático elemental? ¿Quieres apostar?, le pregunto. Tomo la moneda con la pinza de los dedos; la sostengo en el plano horizontal, alineada con la superficie del planeta. Ahora el pulgar aplica la fuerza y la técnica (¿así se obtiene el azar?) para lanzar el objeto giratorio un metro por encima de mí. Atrapo el signo metálico y muestro la cara vencedora. El rostro del apostador se ilumina velozmente en un gesto de alegría. Repito el experimento hasta alcanzar diez ensayos. ¿Cómo se encuentra ahora el semblante de mi colega? ¿Ha triunfado al derrotar a la fortuna en este juego frívolo? ¿Se decepciona al encontrar su lugar promedio en el mapa estadístico del mundo?UNO

Detengo la escritura y me asomo por la ventana. La textura ocre y amarilla de la placa rocosa ha sido penetrada por geometrías innominadas de metal y cemento, allá abajo. El norte de la República Mexicana no muestra signos de esplendor desde esta altura. El avión prosigue su curso, indiferente a la meditación que me lleva a la sospecha de que mis colegas, y yo también, así como la columna interminable de maestros que se pierden en una tradición milenaria, debemos realizar apuestas contra el azar diariamente para enfrentar la adversidad humana en el entorno clínico. La confianza, el autoengaño, la vanidad o la ciencia nos proveen de fuerza para seguir adelante, entre los enfermos.

La turbulencia del avión durante el transcurso por las nubes me ha obligado a detenerme otra vez. Veo a lo lejos el paisaje montañoso de la capital del norte mexicano. En unos minutos aterrizaremos. La materia de este ensayo tomó forma hace cuatro años en la ciudad de Monterrey.

Aquí, en la carretera que comunica el aeropuerto con la ciudad, comenzó la historia. Diana Valdez Casanova viajaba en el carril opuesto al mío: iba acompañada por su novio rumbo al aeropuerto, con prisa pero lentamente, como suele suceder durante las horas de calor insoportable. El novio –le llamo Oswaldo, por motivos confidenciales de este caso clínico– conducía el automóvil, tenso por la expectativa realista de un retardo que complicaría los planes del viaje.

En esta zona puede haber ocurrido el accidente. Aquí han ocurrido inundaciones fatales, por el desbordamiento de corrientes de agua acumuladas desde lo alto de los cerros circundantes. En esta parte del camino sucedieron también, en años recientes, enfrentamientos con armas de fuego entre pandillas urbanas, debido a la lucha por el territorio para la venta de drogas prohibidas. El hastío por la formación de líneas interminables de automóviles y enormes vehículos de carga habría sido reemplazado, abruptamente, por la experiencia de terror al identificar la proximidad de las balas y la aparición de cadáveres en pleno arroyo vehicular. Pero la historia de Diana no incluye conexiones ocultas con el crimen organizado. Esta no es una gesta mitológica acerca de la sociología contemporánea del mal y sus posibles interpretaciones geopolíticas. Aparece más bien como la irrupción de las ciencias naturales en el confort de la vida cotidiana: una fuerza física destruye el órgano de las ideas (y las palabras) de forma imprevista y altera los planos de la convivencia diaria. ¿Habrá ocurrido en este tramo del camino? No estoy seguro de haber registrado esa información en mi cuaderno clínico. Debo proceder a la reconstrucción hipotética de los eventos.

Al reconocer la lentitud del tránsito, Oswaldo flexiona y extiende brazos y piernas, con impaciencia, en los confines reducidos del asiento de automovilista. Mira el reloj, busca entre los autos detenidos algún signo de esperanza que lo catapulte hacia el final del trance incómodo. Como suele ocurrir, el tránsito se diluye en segundos y el espacio queda libre para tomar la delantera, sin que alguna razón visible explique el cambio en la densidad de vehículos sobre la autopista; en todo caso, el novio de Diana acelera para ganar tiempo en su competencia contra la inercia torpe de la ciudad: esa fuerza anónima que, al parecer, lucha para retenerlo en la zona metropolitana. Oswaldo puede concentrar o no su atención en el velocímetro de su tablero de control, pero las manecillas realizan, indudablemente, variaciones desde los veinte kilómetros por hora hasta alcanzar, según testimonios ulteriores, una velocidad de cien o ciento veinte kilómetros por hora. Diana está tranquila, escuchando música, sin advertir el movimiento absurdo del inmenso tráiler en su flanco izquierdo. Sólo reacciona cuando siente el impacto.

FEBRERO, 2009

Ayer recibí la llamada telefónica del Dr. Fernando Corona, buen amigo de mi padre y excelente profesional de la psiquiatría.

–Mira, Jesús –me dijo–. Te quiero mandar el caso de una muchacha que tuvo un accidente terrible; tuvieron que hacerle una cirugía cerebral pero desde entonces tiene muchos problemas de conducta… Su madre es amiga mía y, según me cuenta, la niña salió del estado de coma hace algunas semanas, pero desde entonces se encuentra muy inquieta, rompe cosas y llora. Trata de golpear a sus familiares, grita y destruye objetos en la casa de su madre; está viviendo allí desde el accidente.

–¿Qué edad tiene? –le pregunté– No tengo mucha experiencia con niños.

–¡No, ya está grande, tiene veinticinco años o algo así!

–Ah, bueno.

–Yo no tengo mucha experiencia con pacientes que tienen este tipo de lesiones cerebrales, pero supongo que tú ves casos así en el Instituto de Neurología, ¿no?

–Sí. Dale mi teléfono. Con mucho gusto la atiendo.

Unos minutos después recibí la llamada de la Sra. Casanova. Su preocupación más inmediata era el comportamiento de Diana.

–Desde que salió del estado de coma se encuentra muy agresiva, doctor. A veces se encierra, a veces nos grita. Rompió una televisión, vasos, platos y ha tratado de golpearnos a mí, a su novio, a cualquiera que se le acerca. Es como si no nos conociera. Además tengo que aclararle algo: yo creo que se encuentra muy desesperada porque perdió el habla. Y tampoco entiende nada de lo que le decimos. Entonces llora, y muchas veces trata de golpearnos. Otras veces su agresividad aparece sin razón. Estamos muy asustados porque antes del accidente ella era una persona muy educada, muy pacífica. Créame, doctor, es una niña súper linda y nos preocupa la situación porque ya han pasado más de dos meses desde el accidente y ella sigue muy mal. Está completamente discapacitada, obviamente no puede trabajar ni ayudarnos en la casa; no puede hacer ninguna actividad productiva.

–Sí, no se preocupe –respondí–. Estos estados son muy comunes después de una lesión cerebral.

–Pero sí se va a recuperar, ¿o no, doctor?

–No se lo puedo asegurar, pero sí puedo decirle que los pacientes como ella generalmente se recuperan bien después de un accidente, a diferencia de otras enfermedades. Por lo general los mecanismos naturales de reparación se echan a andar y es frecuente que haya una mejoría significativa durante los primeros meses, aunque no puedo asegurarle algo en particular; tendría que atenderla personalmente.

Prescribí un medicamento por teléfono. Hicimos una cita; se presentó el día de hoy en la consulta externa mientras atendía a otras personas. Una enfermera me extendió una tarjeta con el nombre de la paciente.

FEBRERO 3, 2009
11:45 a.m.

Han entrado al consultorio tres personas: una mujer de mediana edad, con atuendo oscuro y porte elegante, quien sonríe y me saluda de inmediato. Junto a ella viene un joven alto y esbelto, vestido con un traje de color café claro, corbata roja y cabello largo, castaño. Su sonrisa franca y llena de simpatía le da un tono de calidez al entorno un tanto impersonal del consultorio número doce del edificio de consulta externa.

Suele suceder que los espacios de un hospital público carezcan del lujo frío de los hospitales privados de prestigio en México, pero también de la apariencia acogedora que sobresale en el estudio de un psicoanalista, con su intimidad de libros y estructuras de madera que evocan de inmediato los orígenes centroeuropeos, burgueses, la mueblería sofisticada y el entorno discreto de artes plásticas y referencias literarias que consigue crear un mundo artificial dedicado a la profundidad de la conversación. En su novela acerca del psicoanálisis, titulada Música y editada en Japón en los años mil novecientos sesenta (yo leí el libro en una edición española de Seix Barral en los años mil novecientos noventa), Yukio Mishima realiza un delicado estudio sobre los requisitos plásticos de un entorno privado, un consultorio, para provocar un desnudamiento paulatino de la subjetividad durante el relato psicoanalítico; la novela se refiere a un joven analista japonés, pionero en la aplicación de su disciplina en Tokio; la historia funciona como un documento transcultural acerca de la relación entre los supuestos estéticos del diseño de interiores y la técnica del psicoanálisis. Mishima, sujeto de análisis por tantos años que fabricó con autoridad el personaje del analista, eligió diseños neutrales, casi monocromáticos, en relación con los atributos visuales del espacio clínico; la austeridad del ambiente psicoanalítico, sin ser hostil, debería funcionar como un marco neutral para la asociación de ideas: si las imágenes del consultorio revelan demasiadas claves culturales del analista, pueden resultar coercitivos y por lo tanto enmascarar o distorsionar la formación de imágenes del paciente, o incluso provocar el tránsito por un laberinto de proyecciones inconscientes donde el paciente recorre sin querer los símbolos culturales del analista mientras cree comentar su propio mapa simbólico. Al menos eso piensa el personaje de Mishima, en Tokio, durante los años mil novecientos sesenta.

Hoy, en México, en el consultorio doce del edificio de consulta externa, la decoración aséptica, la paleta de color insulsa, dicotómica, azul y blanca, y en general la austeridad impersonal de los muebles provocan, tal vez, una consecuencia inesperada de acuerdo al canon de Mishima: la falta de diferenciación entre el interior y el exterior de los espacios de consulta. Afuera, en la sala de espera, gobierna la inquietud y la impaciencia, el ruido inespecífico de conversaciones superficiales y disposiciones verbales con mero valor logístico, como las instrucciones de una secretaria, las indicaciones del enfermero, la entrega-recepción de facturas, monedas, y otros documentos financieros en la caja de transacciones. Adentro, en el consultorio, el espacio físico debería significar una transición hacia los sentimientos de seguridad y protección frente al médico: es aquí donde las experiencias de consuelo, esperanza y empatía tendrían lugar. Sin embargo, en los hospitales públicos de México, la continuidad neutral del arreglo arquitectónico no distingue entre la sala de espera y el espacio de consulta. No hay experiencia de inmersión; el ruido de afuera no es suprimido adentro; la enfermera entra y sale para realizar diligencias sin relación con la narrativa del paciente; la secretaria abre la puerta por error; los estudiantes de medicina observan la escena, sentados en la cama de exploración: no hablan durante la consulta, pero escuchan y descomponen así, sin desearlo, la simetría de la relación médico-paciente, tan delicada en el contexto de la neuropsiquiatría. ¿Cómo se obtiene entonces la personalización de la consulta? Sin los artificios de la arquitectura de interiores, la expectativa de intimidad debe cumplirse mediante los recursos interpersonales del clínico: un lenguaje corporal atento y cálido, que no intimide a los pacientes más tímidos o desconfiados; un diálogo que avance desde la trivialidad del mundo colectivo hacia los puntos críticos de la salud, la vida personal, la tensión entre el individuo y sus personas significativas. No es infrecuente que la consulta en neuropsiquiatría se asome al lado problemático de la identidad personal. En los hospitales públicos de México (supongo que es igual en muchas partes del mundo) el clínico debe entrar en el mundo privado del sujeto que sufre, en las condiciones menos propicias para hacerlo. Pero en esta ocasión, no son mis artificios interpersonales los responsables del clima emocional de la consulta: la actitud sonriente del hombre joven de traje color café y cabello largo, castaño, es lo que provoca un ambiente de confianza. Mientras acompaña a Diana, me sonríe y luego coloca una silla de tal forma que ella pueda sentarse con facilidad. Luego me extiende la mano.

–Buenos días, doctor, soy Oswaldo. Muchas gracias por recibirnos –su tono es alegre y su acento extranjero: chileno, uruguayo o argentino, pienso de inmediato. Debo disculparme con los lectores de esos países: mi oído no está bien entrenado para discriminar las voces del Cono Sur. Él permanece de pie atrás de Diana, mientras ella descansa los brazos sobre las piernas y dibuja una sonrisa más dulce y serena que la del joven, quien luce casi eufórico, como si estuviéramos en medio de una celebración y no en la consulta de una mujer con la vida destrozada. La sonrisa serena de Diana, con su mirada color marrón, parece más cercana al optimismo inapropiado de su acompañante que a mi realismo pesimista.

–¿Cómo está, doctor? Soy María José, la mamá de Diana –la señora Casanova toma la palabra. Estrechamos la mano. Ella con suavidad, yo con más firmeza. Nuestra mirada se encuentra por unos instantes: sus ojos, de color gris oscuro, me permiten entrever un mundo de ambiciones robustas sobre un paisaje de fondo menos penetrable, de sueños amplios, desdibujados, con un toque de esperanza y tristeza: la clase de meditación sentimental que se genera precisamente porque la espera supone la ausencia; el acontecimiento que daría sentido a la esperanza es solamente una posibilidad, todavía. Me pregunto qué ha mirado en mí. Ojalá hubiera un libro escrito por esta mujer, por otras personas, por una mujer como ella, cuando me mira de frente y descifra en instantes el significado de mi presencia, mediante su saber intuitivo de madre, realizado en forma tácita durante nuestro encuentro. Ahora frunce el ceño, las cejas se aproximan entre sí y descienden en su extremo más cercano a la nariz, mientras los párpados se entrecierran sutilmente: me inspecciona y finalmente el gesto se ilumina con una sonrisa amable, aunque se trata de una luz fría. Supongo que ese rostro duro se ha formado al enfrentar desafíos incontables en el dominio social de los hombres y las mujeres.

–Es un placer –respondo. Digo mi nombre; se trata de un automatismo cortés. No ignoro que lo conocen, pues han venido a buscarme. Me acerco a Diana y extiendo mi mano. Sin levantarse, ella devuelve el mismo gesto y nos saludamos; esta vez ambos lo hacemos con suavidad; las palmas y los dedos se abrazan y oscilan sincronizados, hacia arriba y abajo, con desplazamientos de amplitud discreta: una, dos, tres y cuatro veces. Su mano es muy débil; el brazo también. Todos hemos tomado asiento: el ritual que inicia la consulta ha terminado en instantes.

FEBRERO 3, 2009
11:46 a.m.

–Buenos días, Diana. Me llamo Jesús. Voy a ser tu médico. ¿Me puedes decir tu nombre completo?

Diana responde de inmediato, con una voz aguda:

–Mimimi mi mi ni miii mimi ni mi.

Me quedo un tanto perplejo.

–Disculpa, Diana, no te entendí bien. ¿Me puedes repetir cuál es tu nombre completo?

–¿Mi ni mimimi mi mi? Mini nimi nimiiiimi miii mi miii nii… ¡Mimimimi mimi mimi mimmm mi mi!

Miro desconcertado al novio de Diana, luego a la madre.

–Desde que salió del estado de coma habla así –me dice Oswaldo.

–Bueno, al principio nada más gemía o gritaba a veces –interviene la madre–. Pero desde hace unos seis meses ha estado hablando de esa manera, así como usted la oye, con la m y con la i; así contesta cualquier cosa que se le pregunte, habla así cuando necesita algo, cuando quiere comunicarse, cuando está contenta o enojada. Parece que olvidó las demás letras; muy de vez en cuando la oímos decir alguna palabra aislada, pero en medio de todos esos sonidos que está usted oyendo. No podemos entender nada de lo que dice.

Miro a Diana y le doy una orden muy común en la práctica neurológica, con voz firme y pronunciación clara, aunque probablemente estereotipada:

–Levante sus brazos.

Diana me mira, sonriente, pero no realiza el movimiento. Le doy unas cuantas órdenes más, siempre relacionadas con mover partes de su cuerpo o cumplir actos sencillos como señalar el techo o levantar una moneda. Invariablemente dirige a mí su sonrisa dulce pero no sigue las indicaciones.

He tomado un papel y escribo. Extiendo la hoja frente a los ojos de Diana y la sostengo allí, para que vea el mensaje, la indicación:

ESCRIBE TU NOMBRE

Observo el movimiento de sus ojos: el rastreo visual que recorre las letras, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.

–Mimi miii mii mi mimi mi mi mi. ¿Mi mimimi miii mimimi mii mii mmmi mi? ¡Mimim nim mii nim mii nim mii! –la emisión es rápida, desconcertante.

Pongo la hoja sobre la mesa, frente a ella. Le entrego el lápiz en la mano. Le pido que escriba su nombre o cualquier cosa que ella desee. La mano derecha se encuentra débil. Con la mano izquierda toma el lápiz y se dispone a escribir, pero sólo traza una figura errática, sin parecido con una letra o algún número, y luego desiste. Le pido por escrito que cierre los ojos; que levante el brazo izquierdo (el derecho se encuentra débil por la lesión cerebral); que se ponga de pie y señale su oreja derecha con la mano izquierda. Al dársela, ella toma la hoja y la mira, pero no realiza las acciones indicadas.

–Ya lo hemos intentado –comenta la madre–. No entiende las palabras, habladas o escritas. Y nosotros no entendemos su lenguaje inventado. Todavía no escribe. Nos dijeron que se trata de un problema de afasia, ¿no, doctor?

–Sí –les dije–. A este problema le llamamos afasia.DOS

FEBRERO 3, 2009
12:06 p.m.

Al encontrar un defecto tan grave y prolongado en la neurología del lenguaje, me pregunto siempre: ¿cuáles son las expectativas reales de recuperación? Sin el privilegio del intercambio verbal, la vida de Diana podría ser difícil de sobrellevar en los términos planeados durante años. ¿Podrá ejercer su profesión? ¿Será una madre amorosa? ¿Cómo aceptar el compromiso en una ceremonia matrimonial, cómo escribir su nombre y firma en las actas y documentos legales? ¿Cómo enseñar a sus hijos a hablar, leer, escribir, a declarar sentimientos y conceptos? La hora del cuento antes de dormir es imposible sin lenguaje verbal. Pero entonces escucho a su novio, Oswaldo, quien permanece de pie, apoyando el hombro derecho en el marco de la puerta, jugando con las manos mientras declara que Diana es y será siempre su mujer, y en un futuro próximo, la madre de sus niños, y que no le importa en lo más mínimo el hecho de que ahora se encuentra discapacitada. La forma del cráneo es asimétrica; la subestimada superficie curva y predecible del cráneo ha tomado un aspecto frágil y mórbido en el lado derecho, por encima del pabellón auricular, porque fue necesario retirar el hueso para realizar la neurocirugía. Entre la piel y la masa encefálica no existe la dura protección de calcio que da, por cierto, un magnífico recurso estético a la cabeza; sin esta protección, la piel describe un camino irregular de crestas y hundimientos. Si esto tiene un impacto emocional para Oswaldo, no lo revela: se muestra seguro de mantener su instinto romántico y protector a través del horizonte incierto de la fortuna.

–Ya puede hacer muchas cosas, doctor –me comenta, como si escuchara mis pensamientos y tratara de darme ánimos–. Se arregla sola, se baña sola, puede comer sola.

–Bueno, necesita un poquito de ayuda a veces, ¿no? –interviene la señora María José.

–Sí, claro, pero acuérdese cómo estaba al principio. Era algo bárbaro, doctor. Llegó a la casa en silla de ruedas, con un tubo conectado al abdomen, para alimentarla –el joven me muestra el sitio donde estuvo la sonda de gastrostomía; la chica ríe mecánicamente y retira su cuerpo: el movimiento es rápido y gracioso–. ¡Ya tiene cosquillas, doctor! Al principio estaba durmiendo todo el día.

Ahora Oswaldo adopta una postura seria, junto a su novia. Mete sus manos en los bolsillos del saco, las saca rápidamente y hace un gesto fugaz con ellas, las extiende y abre hacia arriba mientras su rostro parece decir: ¿qué hacemos ahora?

–Mimi miii mii mi mimi mi mi mi. ¿Mi mimimi miii mimimi mii mii mmmi mi? ¡Mimim nim mii nim mii nim mii! ¿Mi ni mimimi mi mi? Mini nimi nimiiiimi miii mi miii nii… ¡Mimimimi mimi mimi mimmm mi mi! Mi mi mi. ¿Mi mimimi miii mimimi mii mii mmmi mi? ¡Mimim nimm mii! ¿Mi ni mimimi mi mi? Mini nimi nimiiiimi miii mi miii nii… ¡Mimimimi mimmm mii! ¿Mi ni mimimi mi mi? –la voz es aguda, pero tiene variaciones de tono y al final de las frases (¿debo llamarles así?) la potencia del sonido se agota y el habla se hace un poco ronca. Esta dimensión de la historia sería capturada con fidelidad mediante el recurso de la audiograbación. Transcribir a un sistema de letras la secuencia de vocalizaciones de Diana es muy difícil para mí, como si fuera una canción sin palabras del siglo XIX. Nunca aprendí la escritura musical y es imposible para mí ahora realizar un transcrito de aquellos ciclos musicales de Jakob Ludwig Felix Mendelssohn conocidos como Canciones sin palabras. Escucho el piano del Libro 1, Opus 19, y comprendo sentimentalmente el discurso, pero mis dedos no encuentran las teclas para traducir la música. No encuentro una equivalencia entre las notas musicales y las letras de mi teclado. ¿No debería redactar esta parte del ensayo un músico? Tal vez necesito ahora un pentagrama y una secuencia de notas, porque hay momentos, al escuchar a Diana, más semejantes a la experiencia de la música que al entendimiento del lenguaje. He tratado, con torpeza, de dar cuenta de estas variaciones rítmicas y melódicas mediante signos de puntuación, de interrogación, de exclamación; con su lenguaje inventado, como le llama la madre, parece transmitir preguntas, afirmaciones, estados de ánimo; hay un ritmo difícil de codificar en su entonación melódica, como los balbuceos y la sílaba tartamuda de los niños en su primer año de vida. Los puntos son seguidos de pausas de duración variable, y luego aparecen segmentos de sonido, casi siempre rápidos, incluso en ráfagas, repeticiones de un patrón donde abusa colosalmente de la m y la i, con modificaciones progresivas, en ocasiones, aunque al final con recaídas a la sílaba magnética. A veces escucho residuos de una memoria de sonidos verbales, pedazos de función lingüística fascinantes, pero francamente incomprensibles.TRES

–¿Qué más puede hacer? –pregunto en un intento de acabar con mis fantasías para volver a la praxis– ¿Ve la televisión, juega con ustedes algún juego de mesa?

–Mire, doctor, pasa lo siguiente: cuando finalmente pudo caminar y comer sola se volvió extremadamente rebelde, muy inquieta. Sí se sienta con nosotros a ver la televisión, por ejemplo, pero de pronto se levanta y la apaga o simplemente se encierra en su cuarto; otras veces es peor. Se pone a llorar o se quita la ropa en medio de la sala o trata de pegarnos.

–Últimamente ha estado muy tranquila, ¿no? –comenta Oswaldo.

–Sí –continúa la madre–. La medicina le ha caído muy bien. La vemos más tranquila, incluso cariñosa; pero obediente, no. Supongo que no entiende las situaciones bien. ¿Usted cree que puede pensar de forma normal, doctor? Como no puede hablar, me pregunto si puede pensar. ¿Usted qué opina?

MARZO 2, 2009
12:35 p.m.

Hojeo el expediente para revisar la historia clínica, los estudios de laboratorio y de gabinete, las diferentes valoraciones de médicos especialistas. Leo la ficha de identificación:


I. EDAD: 25 años.
II. ESTADO CIVIL: Soltera.
III. RELIGIÓN: Católica.
IV. LUGAR DE NACIMIENTO: México, D.F.
V. OCUPACIÓN: Actualmente ninguna.
VI. ESCOLARIDAD: Administración de empresas.

La separación de sus padres ocurrió cuando era pequeña. Ha crecido con la señora María José, y recibe apoyo financiero de su padre; él ha realizado los trámites administrativos en el hospital. La situación económica de la familia es desahogada. Diana cursó la educación básica y la universidad en colegios privados. Los últimos tres años vivió en Londres.

Ahora repaso los detalles de su accidente: en junio del 2008 fue atendida en un hospital de Monterrey donde se registró, antes que nada, una extensa lesión de la piel en la pierna izquierda y una fractura de la clavícula. Pero ese no era el problema principal.

Una nota firmada aquel día por la Dra. Thalía Moreno, a partir de una imagen tomográfica del cráneo y el cerebro, nos ofrece una imagen sobrecogedora de los efectos que tuvo el impacto físico sobre las estructuras del cráneo: la doctora reportó fracturas en el ala mayor del hueso esfenoides, en el arco cigomático izquierdo, y en el techo del tímpano (en el oído izquierdo), con presencia de burbujas en la fosa temporal adyacente. Los senos paranasales, cavidades ubicadas dentro de los huesos, deberían contener aire pero fueron encontrados llenos de sangre. El aire, por otra parte, se encontraba fuera de su lugar: en la piel y los tejidos blandos de la cara.

Adentro del cráneo había un sangrado bajo el hueso, en el espacio subdural: los sangrados de esta zona crecen con rapidez, comprimen el cerebro y pueden ocasionar estados de coma y muerte. Diana se encontraba, efectivamente, en estado de coma. El cerebro estaba inflamado y una contusión hemorrágica se apreciaba en el lóbulo temporal izquierdo.

Se realizó una operación neuroquirúrgica urgente: se retiró el hueso parietal del cráneo y se drenó la sangre; la presión adentro del cráneo disminuyó y Diana siguió viva, pero con deterioro del estado de alerta. Su organismo contrajo entonces una infección provocada por bacterias con nombres siniestros: Acinetobacter, Klebsiella, Estafilococo.

Tras someterse a procedimientos con nombres contundentes (antibioticoterapia, neuroprotección, neumoprotección, protección antitrombótica), luego de recibir nutrición parenteral avanzada y de ser invadida mediante un tubo de traqueostomía por la boca y la garganta, una sonda Foley por la uretra, y una sonda de gastrostomía conectada directamente al estómago, entonces, en tales condiciones, fue dada de alta en julio de 2009. La lista de medicamentos era como la letanía de una ceremonia técnico-científica: enoxaparina, alcohol polivinílico, povidona ocular, glutamina probiótico, linezolid, pantoprazol, levofloxacino, itraconazol, haloperidol, metamizol sódico y morfina, inmunonutrición.

En casa, la familia se hizo cargo de alimentarla, primero a través de la sonda, luego a través de la boca; finalmente tomó ella misma los cubiertos. Los avances en el intento de hacerla caminar fueron igualmente asombrosos. Pronto la silla de ruedas no fue necesaria. Los pañales tampoco. Al fin podía desplazarse sola al baño, vestirse, arreglarse el pelo, asearse, comer sin ayuda. El problema entonces fueron los exabruptos de ira: arrojaba la comida con sus platos y vasos hacia cualquier persona, hacia el piso o la ventana. Al reprenderla, contestaba con gritos y sonidos de su jerga neologística.

12:45 p.m.

Oswaldo parece de buen humor.

–El lenguaje no ha mostrado mucho progreso –me dice–. Pero su comportamiento ha mejorado mucho. Ya no hay episodios de enojo. ¡Ya no golpea a nadie! –ahora el joven toma a Diana por los hombros: los agita con alegría en forma alternante, el derecho va para atrás y el izquierdo para adelante, y viceversa. Diana ríe con él–. Ahora está muy tranquila. Fíjese, doctor, que hace unos cuantos meses estaba muy agresiva, pero al mismo tiempo estaba todo el día inactiva. La mayor parte del día estaba acostada o sentada en una silla sin hacer nada. Una vez, su mamá se retiró de la mesa. Entonces nos quedamos ella y yo solos, y me puse a platicarle muchas cosas, aunque sabía que no entendía nada, pero me pareció que era un buen detalle incluirla en la plática, aunque no dijera nada, ¿no? El detalle es que no me respondió. Se quedaba allí sentada, sin hablar, sin mirarme siquiera, sin moverse, con una sonrisa en la boca que no venía al caso. Me moví de la mesa, la despeiné un poco, y no decía nada. Entonces me levanté de la silla y salí del comedor. La observé un buen tiempo y no pasaba nada, ¡nada! Salí de la casa y volví a entrar, y estaba en la misma posición en que la dejé. Moví su silla y la puse frente a mí: no hizo ningún gesto de emoción, de sorpresa, de nada. Entonces, nada más por bromear, extendí la mano como si fuera a saludarla y, ¿qué cree, doctor? Levantó el brazo automáticamente y estrechamos la mano, como si fuera un reflejo inconsciente. Nos dimos la mano y ya. Entonces aproveché que ya tenía su mano, la levanté y la puse a caminar hacia su recámara, como si fuera una muñeca que obedeciera en automático.

Técnicamente, podría corresponder a fenómenos de inercia patológica y apatía como secuelas del daño en la corteza dorsolateral del lóbulo frontal, pienso, pero no digo nada. Las explicaciones científicas serían presuntuosas y superfluas en este momento. Sólo pregunto:

–Ya no tiene problemas con el control de la orina, ¿cierto?

–Ya no los tiene. Pero lo que sí tiene es que anda de buen humor todo el tiempo, tan despreocupada que desde hace un par de meses se quita la ropa que su mamá escoge con tanto cuidado: se la quita totalmente, no se deja nada, ¡ni siquiera la ropa interior! Su mamá se enoja muchísimo, pero Diana nada más se pone alegre cuando la regañan, aunque, como le he dicho, también se puede poner furiosa sin razón, aunque la traten con dulzura –Oswaldo interrumpió de pronto su discurso, su rostro se contrajo en una mueca de alegría y sorpresa–. ¡Ah, por cierto, doctor, ya me acordé de otra cosa que me llamó mucho la atención! El otro día íbamos en mi coche, yo iba manejando, y Diana venía en el asiento de al lado, muy tranquila, de buen humor. Su madre me dio permiso de sacarla un rato a pasear. Fuimos al bosque de Tlalpan, y después al centro comercial Perisur, a comer algo. Cuando regresábamos a su casa, Diana iba muy relajada. Unas cuantas veces dijo algo en su idioma incomprensible del mimi mimi mimi, pero en general estaba más callada que otras veces. Entonces puse un disco compacto en el autoestéreo. Era un disco del grupo canadiense Arcade Fire, ¿los conoce, doctor? Lo que pasa es que cuando mi novia regresó de Inglaterra, venía encantada con estos músicos y con muchos otros grupos de rock británicos. Bueno, pues entonces, mientras íbamos de Perisur a la casa, Diana se puso feliz inmediatamente al escuchar a su grupo favorito. Me parece que estaba sonando una canción que se llama “Keep the car running”, “Mantén el coche corriendo”, y sin más ni más Diana se puso a cantar, ¡y muy bien! Y para mi completa sorpresa, empezó a cantar cada palabra de la canción, en su inglés perfecto, ¡se la sabía toda! Pero lo que más me sorprendió es que desde el accidente no había dicho ni una palabra bien, nada más que silencio y su lenguaje inventado, y ni siquiera había dado muestras de entender nuestras palabras, pero ahora, con la música, cantaba perfectamente y decía cada palabra con mucha claridad, pronunciaba perfectamente cada palabra. ¿Qué curioso, no, doctor? ¿Usted ha tenido muchos pacientes así?

–¿En serio? –le pregunté.

–Sí, doctor –respondió Oswaldo, susurrando como si su relato fuera secreto–. Cuando acabó la canción detuve la música y traté de hablar con ella, porque creí que se había curado mágicamente gracias a la música, pero otra vez no contestaba nada o me hablaba en su lenguaje de la m y de la i… y así ha seguido todos estos días, aunque ya hice el intento de ponerle otra vez su música favorita y lo que pude ver es que nada más canta en inglés sus canciones preferidas, pero no puede hablar en ese idioma a menos de que se trate de una canción, y tampoco puede cantar en español… Tararea las canciones, pero no se sabe las letras, ni siquiera trata de cantarlas. En resumen, no puede hablar en inglés ni en español, y no puede cantar en español, sólo en inglés. ¿Eso es normal, doctor?

Confieso que no había atendido a una paciente como ella, y tampoco escuché previamente un relato semejante; la historia tenía sentido, sin embargo, al tomar en cuenta que el sistema del lenguaje verbal es diferente al sistema de la música en el cerebro, los engramas físicos (es decir, las huellas neurales) que hacen posible la significación, la semántica y la sintaxis del lenguaje verbal se almacenan en el hemisferio izquierdo, mientras que la memoria de tonos melódicos se resguarda en el hemisferio derecho, al menos en las personas que no somos músicos profesionales. El ritmo y la armonía son un asunto menos fácil de reducir a una localización precisa. Por otra parte se sabe que la lengua materna no se inscribe en las mismas regiones de la corteza cerebral que la memoria de una segunda lengua. Todo el relato del novio de Diana tenía un perfecto sentido neuroanatómico, pero me tomó por sorpresa, porque nunca había atendido un caso donde se cumplieran estas predicciones. Y se cumplían cabalmente, según Oswaldo. Canción tras canción, era evidente que el caso de Diana podía describirse como un problema grave de afasia, pero también como un caso de afasia cantante, y posiblemente como una forma musical de la afasia del políglota. La última vez que atendí un problema semejante fue hace mucho tiempo, en 1998, cuando era médico residente. Incluso hice un relato sobre aquel caso, con la ayuda de mi maestra, la Dra. Teresa Corona. Aún tengo el manuscrito. Lo titulamos:

ELLA SÓLO RECUERDA LA LENGUA

QUE LOS DEMÁS OLVIDARONCUATRO

12:55 p.m.

Oswaldo me trata con un franco exceso de confianza, diría yo, como si fuéramos grandes amigos y estuviéramos hablando de literatura y futbol en algún café hedonista de Montevideo, de Buenos Aires. Ahora apoya el hombro derecho en el marco de la puerta y juega con las manos; declara una vez más que Diana siempre será su mujer y, muy pronto, la madre de sus niños, y que no le preocupa la discapacidad, no le preocupa la falta de hueso en la cabeza y el aspecto frágil, blando, asimétrico. Le preocupa hacerle daño mientras hacen el amor, pues ella ha comenzado a buscarlo y él no desea rechazarla, pero no quiere lastimarla físicamente por falta de cuidado o por exaltación pasional. Sólo en este momento de la conversación detecto un rastro fugaz de inseguridad, pero bromea en seguida sobre el asunto, y otra vez estoy encerrado en mí mismo, con nuevos cuestionamientos: ¿se trata de un romance auténtico? ¿Estoy ante un caso de lealtad masculina a prueba de calamidades, ante un sujeto con capacidades de humor y amor como no las he visto en muchos años? He visto hombres capaces de sacrificarse por décadas para cuidar con paciencia a sus enfermos, pero se mantenían deprimidos y, en el mejor de los casos, aspiraban al heroísmo de la víctima. ¿Pero un hombre joven, que acepta con lealtad alegre y romanticismo infatigable la enfermedad que retira todo el glamour a su novia, y se queda con ella para rehabilitarla y casarse con ella? Eso sería tan insólito como la evidencia del canto afásico.

ABRIL, 2009

El Instituto de Neurología es como una ciudadela, un pueblo amurallado con quince edificios interconectados por puentes, pasillos cubiertos y descubiertos, calles y jardines. Desciendo la colina urbana, desde la Unidad de Neuropsiquiatría, ubicada en la parte alta del diseño arquitectónico, hacia la Unidad de Resonancia Magnética Nuclear. Un magneto de potencia espeluznante funciona allí como herramienta para generar imágenes del cerebro: fotografías digitales capturadas por métodos magnéticos, que permiten adquirir datos anatómicos inaccesibles a la vista, mediante una antena: supongo que se trata de un tema atractivo para cualquier teoría general de la imagen. Pero yo no tengo la menor idea acerca de los debates contemporáneos sobre la epistemología (o la física) de la imagen. Resignado a desconocer la mecánica secreta de la imagenología penetro en el búnker donde se encuentra el magneto, camino entre pantallas de computadora, encuentro a un amigo y maestro: el Dr. Roger Carrillo me extiende su reporte técnico.

Existe una craniectomía en la región frontotemporal izquierda, con una zona de encefalomalacia principalmente a nivel de la región temporal del hemisferio izquierdo. He hablado de este tema varias veces con Diana y su familia, y hemos hecho planes para la colocación del hueso faltante en el cráneo de la chica.

–El fragmento de hueso se encuentra en Monterrey –me ha dicho la madre.

Piensan volar allá para colocarlo durante la última intervención quirúrgica. Al fin dejaremos atrás la fragilidad de la cabeza; a pesar de muchos años en el hospital de neurología no me acostumbro a ese aspecto y tal parece que no me acostumbraré nunca. Mientras leo el reporte de Roger Carrillo, posiblemente Diana y su familia se encuentran en el espacio aéreo, rumbo a Monterrey; tal vez está bajo anestesia, en los quirófanos de esa ciudad y ahora mismo el cirujano coloca el fragmento. Por mi parte, observo imágenes de resonancia magnética, en la secuencia conocida como FLAIR (por las siglas en inglés, que significan: Fluid Attenuated Inversion Recovery), y en la parte inferior derecha de cada corte (que corresponde a la porción posterior del hemisferio izquierdo) es fácil ver una región de aspecto irregular con mayor claridad en la escala de grises: una mancha blanca, heterogénea, con pequeñas imperfecciones grises en su interior.


Contrasto mi observación con el reporte de Roger Carrillo: En la unión del lóbulo parietal con el lóbulo temporal del hemisferio izquierdo, se encuentra una zona de encefalomalacia localizada en la corteza cerebral, con extensión a la sustancia blanca subyacente, lo cual provoca retracción del sistema ventricular, que se aprecia con discreto aumento de tamaño del lado izquierdo en comparación con el derecho. La actividad del cerebro es asimétrica: en los individuos diestros, el hemisferio izquierdo procesa en forma preferente información lingüística; genera secuencias ordenadas de datos que se objetivan en el movimiento corporal dirigido, en la escritura, en el discurso: podríamos decir, patrones secuenciales de datos que sólo pueden realizarse y aprehenderse en la dimensión del tiempo. El hemisferio derecho se especializa en el conocimiento del espacio corporal y del entorno; así lo hemos aprendido desde la segunda mitad del siglo XIX mediante evidencias clínicas, fisiológicas, mediante los recursos de la biotecnología. En la unión de los lóbulos parietal y temporal se localiza el módulo más importante para la decodificación de signos lingüísticos, auditivos o visuales. Una lesión en esa zona produce una pérdida en la habilidad para entender el lenguaje. Se trata del área designada con el nombre de un investigador pionero, el neuropsiquiatra alemán Karl Wernicke. La persistencia de una lesión localizada en el área de Wernicke sugiere que el defecto afásico será permanente: una zona de encefalomalacia significa que el tejido cerebral, formado por neuronas, vasos sanguíneos y células gliales, ha sido destruido en esa región y sustituido por líquido y tejido de cicatrización: en pocas palabras, por una masa inerte desde la perspectiva neurológica.

A pesar de la parafernalia contemporánea de las neurociencias, se desconoce aún el método para regenerar las zonas muertas del encéfalo que aparecen tras el acontecimiento de enfermedades y accidentes. La esperanza de Diana reside entonces en el canto afásico, en la cultura bilingüe, la plasticidad cerebral, los mecanismos de suplencia, la neurogénesis y la sinaptogénesis, en los factores de crecimiento neural… Pero llega un momento en que todos esos conceptos encantadores de la ciencia neural parecen artilugios de la ciencia ficción, mientras que las zonas muertas dentro de un órgano vivo, a pesar de ser conceptos negativos, presentan atributos recalcitrantes de eso que tantos filósofos odian y tantos científicos mistifican: pura y simple realidad.

JUNIO, 2009

He pedido ayuda a la maestra Martha Lestrade, jefa de la Clínica del Lenguaje de mi hospital. Me explica que en las últimas semanas Diana comenzó a decir palabras aisladas, en forma muy repetitiva: es imposible entenderla, pero al menos hay rudimentos verbales, tal vez la prefiguración de un futuro lleno de palabras con sentido lógico.

–Todo puede ocurrir –me dice–. Pero generalmente, en casos de afasia tan graves, persiste durante toda la vida un defecto muy importante para expresar y entender las palabras.

Le pregunto acerca de su “lenguaje inventado”, ¿se trata de un caso de jergafasia? Le pregunto acerca de su capacidad musical, acerca de su pensamiento. Sostengo la última página del expediente frente a mis ojos.

CLÍNICA DEL LENGUAJE

El reporte técnico-científico de la maestra Lestrade es un documento breve, de dos cuartillas, escrito en papel membretado por la institución.

10 DE JUNIO, 2009. La agilidad oral está disminuida. Su comunicación es predominantemente ecolálica, no produce lenguaje proposicional, ocasionalmente responde bien a alguna pregunta, probablemente al azar. Repite frases cortas bien articuladas; cuando estas últimas aumentan en el número de vocablos surgen múltiples distorsiones parafásicas –característica indudable de este tipo de afasia.

¿Por qué dice la maestra que la comunicación es predominantemente ecolálica? En fechas recientes, Diana repite involuntariamente sílabas y palabras pronunciadas por sus interlocutores. La maestra Lestrade identificó también otro signo clínico, conocido como parafasia: múltiples distorsiones parafásicas, ha escrito al final del texto. Algunos pacientes distorsionan fonemas, sílabas y palabras: pueden decir institito o institituto en lugar de instituto, formando falsos signos verbales por adición, supresión o desorden de las sílabas. También puede ocurrir que una palabra sea cambiada por otra, por analogía de sonido o significado, gato por pato, amarillo por verde. Si el discurso (hablado o escrito) se encuentra dominado por parafasias puede constituir una verdadera jergafasia.

Continúo la lectura del reporte. Diana tiene un grave defecto para la comprensión del lenguaje pero conserva en mayor medida la capacidad para repetir frases y palabras. La lectura está alterada tanto en voz alta como en los aspectos de comprensión de textos. La debilidad de la mano derecha obligó a la maestra a explorar la escritura con la otra mano: Los trazos efectuados con la mano izquierda, no dominante, son perseverantes y revelan disgrafia de índole afásica. Esto es congruente con la localización de la lesión en el hemisferio izquierdo, que domina la programación motora de la escritura, cuando se realiza con cualquiera de las dos manos. El dictamen de la especialista en afasiología concluye el documento:

AFASIA TRANSCORTICAL SENSORIAL

Pero la maestra agrega también en su nota un código para describir la severidad del problema en términos clínicos: veo que ha asignado el grado más severo posible, caracterizado como una carencia de comprensión verbal y de lenguaje útil, de acuerdo con una herramienta de medición clínica (la escala de Boston). ¿Pero esto qué significa en términos prácticos? ¿Cuáles son las expectativas de recuperación reales de mi paciente? ¿Podrá ejercer su profesión, la administración de empresas? ¿Podrá insertarse en el ramo del turismo como lo había planeado antes de irse a estudiar a Londres? ¿Y podrá ser la madre amorosa de los hijos de Oswaldo, como ambos lo habían soñado tantas veces? Imagino otra vez a su novio, Oswaldo, con la sonrisa confiada, de pie, apoyando el hombro derecho en el marco de la puerta, jugando con las manos mientras declara que Diana es y será siempre su mujer, y en un futuro próximo, la madre de sus niños. Frente a mí, la maestra Lestrade no tiene ese aire confiado, no juega con las manos ni enarbola un discurso optimista. Le he hablado de la capacidad de Diana para cantar en inglés, le he dicho que Oswaldo, la señora Casanova y yo hemos diseñado un programa de canto en ambos idiomas para favorecer la recuperación; Martha Lestrade se muestra conmovida por mi entusiasmo.

–Estos casos son muy graves, Jesús. Puede haber una recuperación, pero con el grado de severidad que tiene ahora, tantos meses después del accidente, lo más lógico sería una permanencia del daño, y una incapacidad para casi todas las tareas instrumentales del lenguaje.

Me retiro de la clínica como tantas otras veces, frustrado por la oposición dura de la realidad médica, por la contradicción entre mi deseo entusiasta y la experiencia mucho más vasta de algunos colegas que trabajan diariamente con los enfermos desde hace cuatro décadas, y que dedican su vida entera al estudio de la función cerebral.

AGOSTO, 2009

Abro la puerta de mi oficina. Diana camina sin dificultades; se ha vestido con esmero y luce muy bien, al igual que su madre y su novio, Oswaldo. No es sólo la ropa gris y negra, ajustada, los zapatos de tacones altos que contrastan en cierta forma con el estatus de enferma, asignado por su carnet de la institución; por un momento me parece incluso una fanfarronería el uso de los tacones o una imprudencia de la madre y el novio, pero Diana ha subido las escaleras y ahora cruza la puerta sin titubeos.

La forma simétrica y continua de la cabeza, y una cicatriz del lado izquierdo, revelan que la cirugía para colocar el fragmento de hueso, conocida como craneoplastía, se ha llevado a cabo. El cabello aún no crece: debe tener medio centímetro de largo.

–Quiso cortarse todo el pelo, doctor; no solamente el área de la cirugía.

Al explorar la fuerza y el tono muscular del brazo y la mano derecha, encuentro capacidades de movimiento prácticamente en rangos normales. Hace algunos meses, cuando traté de flexionar y extender la extremidad, encontré una resistencia leve al inicio del arco de movimiento. El término neurológico sería espasticidad. También había entonces un aumento en los reflejos osteotendinosos de ambos brazos y piernas. Ahora los reflejos son normales y el tono muscular también.

–Hola, doctor. Buenos días.

Lo que estoy oyendo es su voz.

La saludo y me devuelve unas palabras de cortesía; le hago algunas preguntas acerca de su viaje a Monterrey y su relato es sencillo pero correcto. Detecto algunas fallas menores en la pronunciación de algunas palabras, y en un par de momentos repite algunas sílabas, comete errores gramaticales, pero en general es fácil comprenderla y ella me entiende también. Miro desconcertado a su madre y a Oswaldo, y explota la emoción grupal. Celebramos el cambio drástico; hago muchas preguntas, pero el hecho es simple: en los últimos meses el lenguaje ha mejorado notablemente; los defectos no son fáciles de percibir ahora, ¡hay que poner atención para definirlos! La mejoría ha sido gradual y constante en los dominios del habla, la escritura, la lectura, la comprensión del lenguaje hablado. Al parecer el inglés se recuperó un poco antes que el español. Sin duda es otra variante desconocida (para mí) del fenómeno conocido como afasia del políglota.

Su comportamiento ha ganado organización y autocontrol de una manera igualmente notable. Seguimos hablando un buen rato; me entero de que ella planea regresar a su trabajo como administradora de un hotel en el centro de la ciudad; más aún, ella y Oswaldo tienen planes de casarse; bromean un poco sobre los detalles de la boda. Oswaldo está frente a mí, con un gesto de confianza en sí mismo, ¿satisfecho? Lo encuentro de pie, apoyando el hombro derecho en el marco de la puerta, jugando con las manos mientras piensa (imagino) que Diana es y será siempre su mujer, y en un futuro próximo, la madre de sus niños.

La señora Casanova nos mira a los tres; autoriza la escena: nos ve confirmando con resignación serena la validez del acontecimiento; a pesar del panorama sombrío que descendió a su vida como secuela de la catástrofe, ahora nos observa involucrados en la conversación, usando las manos como si intentáramos hablar con ellas. Así la imagino: superado el asunto del habla, nos contempla en una película muda y atiende a la mímica de la comunicación, que pasa de unos a otros; codificamos juntos los estados mentales del intelecto, del afecto, procreamos signos en el aire con la motricidad cambiante. Pero, ¿cómo diríamos lo que expresamos ahora si no tuviéramos palabras? Si todos fuéramos afásicos, como lo fue antes Diana, ¿podríamos aprender el lenguaje de señas de los sordomudos? ¿Contaríamos nuestra historia como lo hizo el personaje de Ítalo Calvino en El castillo de los destinos entrecruzados, mediante el ordenamiento secuencial de unas cartas de Tarot? En su relato, un viajero se pierde en el bosque y descubre en una taberna que ha perdido el habla, descubre que todos los viajeros también. El dueño de la taberna aparece y trae consigo una pila de cartas y las pone en la mesa. La única solución frente al mutismo inexplicable consiste en tirar la baraja, lentamente, para revelar cartas, una tras otra, para comunicar la historia que los llevó a perderse en el bosque. Pero, ¿es posible decir cualquier cosa con cartas de Tarot, con imágenes fotográficas, con cine mudo, con pintura?

DICIEMBRE, 2013

En casa los niños duermen. Julián me ha pedido que lo despierte a las cuatro de la mañana para despedirse, y tal vez para deslizarse al escritorio de los juegos mitológicos. En los últimos años dedica horas enteras a elaborar historias, frente a la computadora, en el mundo de los videojuegos. A veces convierte esas ficciones en cuadernos llenos de letras, dispuestos para la imaginación, o en prototipos de novela gráfica. Me pregunto si su universo de mitologías personales tomará al final la forma de las palabras o las imágenes. ¿Usará un lenguaje capaz de combinar ambos sistemas de comunicación?

Pienso en Italo Calvino, cuando narra su duelo por las historias hechas de dibujos: frente a las historietas publicadas en el periódico, Calvino (un niño que no sabía leer) construía ficciones con una rapidez vertiginosa. No necesitaba palabras. Le bastaban los dibujos. Elaboraba variantes de la historieta, interpretaba las escenas de muchas maneras, imaginaba relatos derivados de la trama principal, donde los personajes secundarios se convertían en personajes relevantes. Aprender a leer tuvo un efecto traumático, según lo narra en sus Seis propuestas para el próximo milenio: el orden secuencial obligatorio del lenguaje escrito forzaba una interpretación unívoca de las imágenes. Antes podía leer en cualquier dirección. Ahora debía hacerlo de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Descubrió, por así decirlo, el orden tiránico de la causalidad: esa lamentable dimensión donde ponemos nuestras vidas en escena, del pasado al futuro, sin enmendaduras, sin retroceso, sin una goma o corrector para borrar nuestras acciones desafortunadas. Calvino aprendió el orden secuencial de la escritura, como quien aprende el orden lineal de una realidad física marcada por la causalidad. Su proyecto narrativo intenta recuperar las posibilidades interminables de aquella ficción infantil, multidireccional, hecha de imágenes.

Vivo a mi manera el duelo por las imágenes. De niño, escribía y dibujaba historias en el lenguaje de los cómics. A los doce años tuve que elegir, como lo hizo mi padre en su momento, entre palabras o imágenes. No tenía tiempo de profundizar en ambos lenguajes y de seguir adelante con mi carrera escolar. Escogí las palabras. El resultado, ahora, es un ensayo sobre la pérdida del lenguaje.

Tomo el avión antes del amanecer. Me transporta a la urbe donde ha comenzado este ensayo: los desiertos del norte, la cadena montañosa donde emerge Monterrey. Miro hacia abajo por la ventana. No puedo ver el mosaico de colores secos donde termina la selva central del país, pues una superficie curva formada por nubes crepusculares invade mi conciencia: me reconforto en el asiento y atiendo al espectáculo de luz: mi reflexión sería menos melancólica si la práctica médica fuera como este día: una transición desde el desierto hacia un panorama blanco penetrado por el sol.

Tras la recuperación de Diana me impregné de un optimismo ingenuo. A pesar de la gravedad de la lesión cerebral, mi paciente recuperó el lenguaje y su capacidad de trabajo; un improbable espectáculo de solidaridad humana la mantuvo junto a su pareja. La bienaventuranza de Diana me ayudó a enfrentar los casos difíciles del hospital, con un ligero exceso de confianza y una convicción extravagante a los ojos de mis colegas. ¿Se trataba de un sentimiento de fe clínica? Al contemplar mis recuerdos, admito que no era prisionero de una fe religiosa o dependiente de un poder sobrenatural: simplemente defendía una convicción: las adversidades pueden superarse, y puede ser útil la capacidad para captar detalles imprevistos de la circunstancia. Algunos meses después tuve la oportunidad de poner a prueba el significado de mi optimismo, en ese margen estrecho que separa al valor de la imprudencia.

DICIEMBRE, 2009

He recibido una nota del jefe de consulta externa. Me pide atender a una mujer llamada Amanda Sánchez Muñoz, quien gritó palabras incomprensibles a su madre y la derribó en la sala de espera de nuestro hospital. Una enfermera intentó calmarla. Amanda se incorporó rápidamente y la enfrentó con ferocidad. Frente a dos policías de rostro severo, Amanda guardó silencio y se refugió en su asiento, cabizbaja, pero se negó a entrar al consultorio cuando llegó su turno.

–Si no quiere entrar a consulta, no podemos atenderla –explicó la enfermera, pero Amanda permaneció inmóvil, con el rostro desfigurado por la ira. Su madre mostró una carta del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino, según la cual Amanda padece una grave condición neurológica, problemas de comportamiento, y varios intentos de suicidio de alta letalidad. La hoja de referencia dice literalmente que:

La paciente tiene antecedentes de un trastorno por déficit de atención y de un trastorno limítrofe de la personalidad, y cursa actualmente con un trastorno orgánico de la personalidad.

La enfermera explicó el problema al médico que esperaba impaciente en el consultorio once y, a pesar de los (¿mejores?) oficios del joven doctor para convencerla, Amanda se negó a ser atendida. El asunto fue turnado entonces al jefe de la consulta externa, quien redactó la nota dirigida a mi oficina. Ahora la madre de Amanda me espera al otro lado de la puerta.

DICIEMBRE 9, 2009

Viene sola. Prefiere tener esta conversación en privado para comentar problemas de Amanda que me darán una mejor perspectiva del caso: necesita quejarse sin testigos o entrometidos.

–Estela Muñoz, para servirle –se presenta conmigo al entrar a consulta.

Hago lo mismo y paso al problema tan rápido como puedo.

–Me informaron que su hija se comportó muy agresiva en la consulta externa.

–Lo que pasa es que Amanda estaba muy enojada ese día; de hecho ha estado furiosa conmigo durante varias semanas, porque piensa que queremos quitarle a sus hijos.

–El nombre de ella es Amanda Sánchez Muñoz, ¿cierto?

–Así es.

–¿Cuántos hijos tiene?

–Dos niños. Samuel, de seis años, y Bárbara, de cuatro. Precisamente de eso le quiero hablar. Están muy mal los niños, doctor. La niña no quiere comer y Samuel se ha vuelto como su madre, totalmente desordenado, distraído. Nos mandan muchos reportes de la escuela porque se porta mal. Se ha peleado con otros niños, y dicen que él empieza los pleitos. Es un problema tremendo. Le ponen reportes. Lo castigan. Me piden que lo vaya a recoger a las diez de la mañana. La situación es muy complicada, porque lo dejo en la escuela a las ocho, en Valle de Chalco, tomo el autobús para ir a trabajar hasta Iztapalapa, y apenas voy llegando a las diez a trabajar cuando ya me están llamando para regresarme a la escuela. Por muy rápido que vaya tardo dos horas en regresar, y de todos modos pierdo el día de trabajo.

–¿En qué consiste su actividad?

–Le ayudo a una señora que se llama Virginia. Yo lavo la ropa y arreglo su casa. Pero la verdad es que la señora ya se está fastidiando de mí porque a cada rato le pido permiso para salir: tengo que ir por Samuel, la niña ya se enfermó, tengo que traer a mi hija al hospital, hay que atender a los policías que la agarraron en algún escándalo…

–¿Amanda no puede ir por los niños a la escuela?

–¡No, doctor! A veces lo hace, pero tengo que cuidarla porque se mete en mil problemas –la voz de doña Estela es ronca y suave, pero sabe poner énfasis cuando quiere hacerlo–. Se ha peleado con una maestra y con el vigilante de la escuela. La directora del plantel me dijo que van a expulsar a Samuel, porque ahora le enterró sin querer un lápiz a otro niño.

–¿Cómo sucedió eso?

–Mire, doctor, hasta pena me da platicarlo. Pues resulta que Samuel tomó el lápiz y lo puso en el asiento de un compañero, con la punta hacia arriba, mientras lo agarraba con fuerza usando el puño. Cuando el compañero llegó corriendo a sentarse, ¡resulta que se enterró el lápiz hasta adentro del trasero! Imagínese el señor problema que se nos vino encima con la escuela y los papás del otro niño. Ahorita las cosas están muy difíciles para nosotros.

–¿Amanda no cuida a sus hijos?

–¡No, qué los va a estar cuidando! Para nada, doctor. Ella está bien contenta en la calle echando novio con el señor de los camiones, con el del taxi, con los muchachos que van pasando… Se nos ha desaparecido por varios días y los niños se quedan allí en la casa, abandonados. Nos les da de comer.

–Y Amanda, ¿qué dice de todo esto?

–¡No, pues ella no dice nada! Se ríe, se enoja, nos grita, pero no dice nada. Se pelea con los niños por cualquier cosa, especialmente con Samuel. El otro día lo golpeó hasta sacarle sangre de la nariz. Yo he tratado de impedirlo, pero ella me avienta, tiene una fuerza impresionante. Una de mis hijas, que se llama Adela, se metió en el pleito una vez para ayudarme y acabaron a los golpes las dos; entonces Adela se llevó a los niños a su casa durante unos días. Amanda piensa desde entonces que le queremos quitar a los hijos, y por eso trató de suicidarse, ¡dos veces! Mis otras hijas ya están hartas de la situación, dicen que ya la abandonemos, que nada más nos trae problemas.

–En la nota médica del Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino dice que Amanda tuvo un accidente en el año 2008, ¿es así?

–Así es.

–Tuvo una lesión muy grave en la cabeza, ¿cierto?

–Muy grave. Tuvieron que operarla del cerebro.

–Y su problema de agresividad, ¿apareció después del accidente?

–¡Qué va! Tal vez empeoró, pero desde antes del accidente era muy agresiva, se le iba a golpes a su esposo. Pero también era muy trabajadora. Se arreglaba el pelo con mucho cuidado y era muy coqueta. Tenía problemas con los hombres porque le decían cosas y sus esposas se la querían agarrar, hasta alguna vez pensé que el accidente era por parte de alguna de ellas. Las malas lenguas dicen que mi hija estaba con su amante en la casa de él cuando llegó la esposa; Amanda tuvo que salir corriendo, se subió a toda velocidad en su motocicleta, y al ver que la perseguían se descuidó y derrapó en medio de la calle; un coche la atropelló entonces… Quién sabe. Yo no estaba allí para comprobarlo. En el hospital nada más me dijeron que había sido atropellada.

La señora Muñoz hizo una pausa para preguntar:

–¿No tiene por casualidad un poco de agua que me regale, doctor? En el camino para acá pasamos por unos rumbos muy polvosos y contaminados…

–Sandy –me comunico con mi asistente a través de la línea telefónica–. ¿Me puede regalar un vaso de agua? Que sean dos –corrijo de inmediato. La aparición de mi asistente nos da una pausa para relajar la atención por unos instantes y asimilar tanta información.

–¿En qué estábamos? ¡Ah, sí! Mire, doctor, esta no es la primera vez que Amanda tiene hijos y los pierde.

–¿Qué quiere decir?

–La primera vez que estuvo casada maltrataba a sus niños; también eran un hijo y una hija, y un bebé. Se peleaba muchísimo con su esposo. ¿El resultado? El marido la dejó y se quedó con los niños. Quién sabe cómo le hicieron los abogados del señor, pero el juez le dio la razón y Amanda perdió a los niños. O al menos eso me contó ella. Puede ser que nada más los abandonó y me dijo otra cosa.

–¿Eso ocurrió antes del accidente?

–Exactamente. Los niños que viven ahora en mi casa, Samuel y Bárbara, son hijos de su segundo matrimonio. Los del primer matrimonio ya han de estar más grandes. Hace mucho tiempo que no los veo.

–¿Aún está casada?

–No, ya se divorció otra vez, antes del accidente. Esta vez los niños se quedaron con nosotros pero, como le digo, no me extrañaría que otra vez los pierda. Nos visitaron unas trabajadoras sociales del DIF para revisar la situación de los niños, porque en la escuela avisaron que llegaban golpeados… Y pues allí me tiene, explicando a las señoritas del DIF que Amanda tiene una enfermedad, pero de todas maneras se asustaron al ver cómo vive y más aún cuando la conocieron.

–¿Por qué?

–Se portó igual de grosera que siempre; creyó que yo las había mandado traer para quitarle a los niños o algo así; aunque les pega y todo eso, la verdad es que los quiere mucho, y creo que esta vez sí sentiría muy feo si se los quitaran.

–¿Ella no trabaja actualmente?

–No, doctor. Desde el accidente. Eso sí, lo que sea de cada quien antes era muy trabajadora.

–¿A qué se dedicaba?

–Un poco de todo, pero principalmente vendía cosas, sobre todo perfumes. La verdad, era la que ganaba más dinero de todos nosotros. Tenía una motocicleta y andaba por todos lados, de casa en casa, y de algún modo siempre sacaba algo de dinero. Siempre fue muy inquieta, nada más la veíamos de un lado para otro. Y a la fecha. Con todo y su lesión de la cabeza se sale de la casa y ni modo de mantenerla encerrada; además no puedo, es mucho más fuerte que yo. Ojalá usted pueda ayudarme, doctor. Creo que ahora sí puede venir a consulta porque anda de mejor humor.

Acordamos una cita con Amanda al día siguiente.

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22 ekim 2025
Hacim:
199 s. 16 illüstrasyon
ISBN:
9786078667758
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