Kitabı oku: «Relación y amor»

Título original del inglés: THE ONLY REVOLUTION
© 1970 KRISHNAMURTI FOUNDATION TRUST
Brockwood Park. BRAMDEAN, Hampshire SO240LQ. ENGLAND
© de la presente edición en lengua española:
2008 by Editorial Kairós, S.A.
www.editorialkairos.com
Recopilación: Mary Lutyens
© Fotografía: KFT/KFA
© Traducción: FKL
La presente edición en lengua española ha sido contratada –con la licencia de
la Krishnamurti Foundation of America (KFA) www.kfa.org, e-mail: kfa@kfa.org y la Krishnamurti Foundation Trust Ltd (KFT) www.kfoundation.org, e-mail: kft@brockwood.org.uk– con la Fundación Krishnamurti Latinoamericana (FKL), Apartado 5351, 08080 Barcelona, España, www.fkla.org, e-mail: fkl@fkla.org.
Primera edición: Septiembre 2008
Primera edición digital: Diciembre 2010
ISBN-13: 978-84-7245-676-1
ISBN epub: 978-84-7245-902-1
Composición: Replika Press Ltd. Std. India
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada
con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.
SUMARIO
LA INDIA 1970
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
CALIFORNIA
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
EUROPA
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Fundaciones
LA INDIA 1970
CAPÍTULO 1
La meditación no es un escape; no es una actividad que uno practica para aislarse del mundo y encerrarse en sí mismo, sino el acto de comprender el mundo y su forma de actuar. El mundo tiene poco que ofrecer aparte de alimento, ropa y techo, así como placer con su gran desdicha.
Meditar es vagar, alejándose de este mundo hasta ser un extraño por completo. Entonces el mundo adquiere un sentido y es constante la belleza de los cielos y de la Tierra; entonces el amor no es placer, y de ese amor emana esa acción que no es resultado de las tensiones y contradicciones, ni de la búsqueda de satisfacción personal o de la arrogancia que el poder otorga.
La habitación tenía vistas a un jardín, y diez o doce metros más abajo fluía el caudaloso y ancho río, sagrado para muchos y, para otros, una bella extensión de agua abierta a los cielos y a la gloria de la mañana. Se podía divisar la otra orilla, con su aldea rodeada de árboles frondosos y, en esta época, el trigo de invierno recién sembrado. Desde la habitación aún se distinguía el lucero del alba mientras el Sol se elevaba lentamente por encima de los árboles; el río se convertía entonces en un sendero dorado, gracias a los rayos del Sol.
Por la noche, cuando la habitación quedaba totalmente a oscuras, la amplia ventana mostraba el cielo inmenso del Sur. Una noche, con sonoro batir de alas, un pájaro entró en la habitación. Encendí la luz, me levanté, y lo vi bajo la cama; era un búho. Tenía casi medio metro de alto, los grandes ojos extremadamente abiertos, y un pico aterrador. Nos observamos fijamente, muy cerca el uno del otro. El búho estaba asustado por la luz y por la proximidad de un ser humano. Nos quedamos mirándonos sin pestañear largo rato y en ningún momento perdió su porte ni su fiera dignidad. Se podían apreciar sus crueles garras y las delicadas plumas con las alas apretadas fuertemente contra el cuerpo. Uno hubiera querido alargar la mano y acariciarlo, pero él no lo hubiese permitido. De modo que finalmente apagué la luz y durante unos instantes la habitación quedó en calma, pero pronto hubo un batir de alas –uno sintió el aire en el rostro– y el búho emprendió el vuelo a través de la ventana. Nunca más regresó.
Era un templo muy antiguo; se decía que posiblemente tenía más de tres mil años, pero ya se sabe que a la gente le gusta exagerar; sin embargo era muy antiguo. Había sido un templo budista, pero hace alrededor de siete siglos pasó a ser un templo hindú, y en vez de una imagen del Buda colocaron una hindú. El interior estaba muy oscuro y se respiraba una atmósfera peculiar. Había varias salas con el techo sostenido por columnas y largos corredores bellamente esculpidos con un olor a murciélagos y a incienso.
Los devotos, recién bañados, iban entrando desordenadamente y con las manos juntas recorrían los pasillos, postrándose cada vez que pasaban frente a la imagen cubierta de sedas brillantes. En el altar más oculto un sacerdote cantaba y resultaba agradable escuchar aquel sánscrito tan bien pronunciado. Recitaba sin prisa, y las palabras llegaban con gracia y fluidez desde las profundidades del templo. Había niños, mujeres ancianas y hombres jóvenes. Los seguidores habían sustituido sus pantalones y chaquetas de estilo europeo por dhotis y, con las manos juntas y los hombros desnudos, permanecían sentados o de pie en actitud de gran devoción.
También había una poza llena de agua –era sagrada– con una larga escalinata que bajaba hasta el fondo y pilares de roca cincelada a su alrededor. Uno dejaba a su espalda la carretera polvorienta, el ruido ensordecedor, el Sol cegador y ardiente, y entraba en la sombra del templo en el que reinaban la oscuridad y la quietud. No había ni velas ni gente arrodillada, salvo aquellos que hacían su peregrinaje alrededor del altar moviendo silenciosamente los labios en oración.
Aquella tarde vino a vernos un hombre y dijo que creía fielmente en el Vedanta. Debido a que había cursado estudios en una de las universidades, hablaba muy bien el inglés, y tenía un intelecto brillante y agudo. Dijo que era abogado, con una posición económica desahogada, y sus ojos penetrantes le miraban a uno hurgando, midiendo, y con cierta ansiedad. Aparentemente había leído mucho, incluyendo algo de teología occidental. Era un hombre de mediana edad, alto y más bien delgado, con la dignidad del abogado que ha ganado muchos casos.
Empezó diciendo: «Le he escuchado hablar y lo que usted expone es puro Vedanta, extraído de la antigua tradición y adaptado a esta época». Le preguntamos qué entendía él por Vedanta, y contestó: «Señor, nosotros sostenemos que sólo existe Brahman, creador del mundo y de la ilusión del mundo, y el atman –el cual existe en todo ser humano– que pertenece a ese Brahman. El ser humano tiene que despertar de esta conciencia cotidiana de la pluralidad y del mundo aparente, igual que si despertara de un sueño. De la misma manera que este soñador crea la totalidad de su sueño, la conciencia individual crea la totalidad del mundo aparente y el resto de personas. Usted, señor, no explica todo esto, pero sin duda quiere decir lo mismo, ya que ha nacido y se ha criado en este país y, aunque ha pasado la mayor parte de su vida en el extranjero, forma parte de esta antigua tradición. Tanto si le gusta como si no, esta tierra le ha visto nacer; de modo que es producto de la India y posee una mente india. Sus gestos, esa posición erguida sin movimiento que mantiene mientras habla y su misma apariencia forman parte de esta antigua herencia. Sus enseñanzas son sin lugar a dudas continuación de lo que nuestros antecesores han enseñado desde tiempo inmemorial».
Dejemos a un lado la idea de si quien le habla es un indio educado en esta tradición, condicionado por esta cultura, y de si es una síntesis de estas antiguas enseñanzas. En primer lugar, él no es indio, es decir, no pertenece a esta nación ni a la comunidad de los brahmanes, aunque naciera en ella. Él niega que tenga ninguna validez esa tradición con la que usted lo ha investido; niega que sus enseñanzas sean la continuación de las antiguas; y no ha leído ninguno de los libros sagrados de la India ni de occidente, puesto que son innecesarios para el hombre que se da cuenta de lo que está sucediendo en el mundo, del comportamiento de los seres humanos con sus teorías interminables, de esa forma aceptada de proselitismo que data de hace dos o cinco mil años, y que se ha convertido en la tradición y en la revelación de la verdad.
Para este hombre, que se niega total y rotundamente a aceptar la palabra, el símbolo y su condicionamiento, para él la verdad no es un asunto de segunda mano. Si le hubiera escuchado, señor, sabría que desde el principio ha dejado bien claro que aceptar cualquier autoridad es la negación misma de la verdad, y ha insistido en que uno debe dejar atrás toda cultura, tradición o moralidad social. Si le hubiese escuchado, no diría entonces que es indio, o que sus palabras son una continuación modernizada de la antigua tradición, porque él niega absolutamente el pasado, a sus maestros e intérpretes y sus teorías o sistemas.
La verdad no pertenece al pasado. La verdad del pasado son las cenizas de la memoria, y la memoria pertenece al tiempo, ¿qué verdad puede haber en las cenizas muertas del ayer? La verdad es algo vivo, no puede estar recluida en los límites del tiempo.
Por tanto, una vez desechado todo eso, podemos considerar ahora el asunto básico sobre Brahman, que es lo que usted postula. Su misma aseveración, señor, con toda seguridad es una teoría inventada por una mente imaginativa –ya sea la de Shankara o la de un teólogo erudito de hoy en día–. Puede que uno experimente una teoría y la considere prueba irrefutable de la verdad, pero es el mismo caso del hombre que, educado y condicionado en el mundo católico, tiene visiones de Cristo. Es evidente que dichas visiones son la proyección de su propio condicionamiento y que aquellos que se han criado en la tradición de Krishna tienen experiencias y visiones relacionadas con su cultura. De modo que la experiencia no prueba nada. El aceptar una visión como Krishna o como Cristo es producto del conocimiento condicionado y, por tanto, no es algo real en absoluto; es una mera fantasía, un mito fortalecido por la experiencia y sin valor alguno.
¿Por qué necesita tener teoría alguna y por qué postula una creencia? Esa reiterada aseveración de creer en algo es indicio de temor –temor al vivir cotidiano, al sufrimiento, a la muerte y al sinsentido absoluto de la vida–. Al darse cuenta de todo eso uno inventa una teoría, y cuanto más astuta y rebuscada sea, más valorada será. Y después de dos o de diez mil años de propaganda, esa teoría, invariable y estúpidamente, se convierte en “la verdad”.
Pero si uno no postula dogma alguno, entonces se encuentra cara a cara con lo que realmente es; y lo que es, es pensamiento, placer, dolor y miedo a la muerte. Cuando comprenda la estructura de su vivir cotidiano –con su competitividad, egoísmo, ambición y ansia de poder–, entonces no sólo se dará cuenta de lo absurdo de las teorías, de los salvadores y los gurús, sino que quizá también descubra el fin del dolor, y la terminación de toda la estructura creada por el pensamiento.
Profundizar y comprender esta estructura es meditación. En ese momento se dará cuenta de que el mundo no es una ilusión, sino una realidad terrible que el hombre ha edificado por su forma de relacionarse con sus semejantes. Comprender esto es lo importante, y no esas teorías suyas del Vedanta, con sus rituales y toda la parafernalia de la religión organizada.
Cuando el hombre es libre, cuando no tiene ningún motivo para sentir miedo, envidia o dolor, sólo entonces la mente de forma natural tiene paz y silencio; entonces puede no solamente percibir la verdad a cada instante en la vida diaria, sino ir más allá de toda percepción; y, por tanto, ése es el final de la división entre el observador y lo observado, es el final de la dualidad.
Sin embargo, más allá de todo esto y sin relación alguna con esta lucha, con esta vanidad y desesperación, hay una corriente –y no se trata de una teoría– que no tiene principio ni fin; hay un movimiento inconmensurable que la mente nunca podrá apresar.
Al escuchar estas palabras, señor, seguramente las convertirá en una teoría, y si esta nueva teoría es de su agrado la divulgará, pero lo que divulgue no será la verdad. La verdad se manifestará únicamente cuando esté libre del dolor, de la ansiedad y la agresividad, que ahora llenan su corazón y su mente. En el instante en que comprenda todo esto y descubra esa bendición llamada amor, entonces se dará cuenta de la verdad de lo que se ha dicho.
CAPÍTULO 2
Lo que importa en la meditación es la cualidad del corazón y de la mente; no es lo que consigue o lo que espera alcanzar, sino la cualidad de una mente que es inocente y vulnerable. Es a través de la negación como se llega al estado positivo. El limitarse meramente a acumular experiencias o a vivir en ellas, niega la pureza de la meditación. La meditación no es un medio para alcanzar un fin, es ambas cosas: el medio y el fin. La mente nunca puede ser inocente por medio de la experiencia; es la negación de la experiencia lo que da origen a ese estado positivo de inocencia que el pensamiento no puede cultivar, porque el pensamiento nunca es inocente. La meditación es el fin del pensamiento, no porque el meditador le ponga fin, sino porque el meditador es la meditación. Sin meditación, uno es como un ciego en un mundo de gran belleza, de inmensa luz y color.
Camine sin rumbo fijo por la orilla del mar y deje que esta cualidad meditativa le envuelva. Si eso sucede, no trate de apresarla, porque lo que capture sólo será el recuerdo de lo que fue, y lo que fue es la muerte de lo que es. o cuando vague por los montes deje que todo le hable de la belleza y del dolor de la vida, de modo que uno despierte a su propio dolor y a la finalización del dolor. La meditación es la raíz, la planta, la flor y el fruto. Son las palabras las que dividen el fruto, la flor, la planta y la raíz. La acción que nace de esa separación no puede generar bondad, porque la virtud es la percepción del todo. Era una carretera larga y sombreada, con árboles a ambos lados; era estrecha y serpenteaba a través de los verdes campos relucientes de trigo en sazón. El Sol proyectaba densas sombras y a ambos lados había aldeas sucias, descuidadas y sumidas en la pobreza. Las personas mayores tenían aspecto enfermizo y triste, pero los niños jugaban en la tierra polvorienta con alboroto, y arrojaban piedras a los pájaros posados en las copas de los árboles. Era una mañana fría, muy agradable, y sobre las montañas soplaba una brisa fresca.
Los loros y los mirlos formaban una gran algarabía esa mañana. ocultos en el verde espesor de los árboles, los loros apenas se distinguían; habían excavado varios agujeros en el tamarindo y los utilizaban como su hogar. Su vuelo zigzagueante era siempre ensordecedor y chillón. Los mirlos, mucho más mansos, se paseaban por el suelo y dejaban que uno se aproximara a ellos bastante cerca, antes de emprender el vuelo. La verde y dorada áurea cazamoscas estaba posada en los cables del tendido eléctrico que atravesaban la carretera. Era una hermosa mañana y el Sol aún no calentaba demasiado. En el aire flotaba una bendición y se sentía esa paz que antecede al despertar del hombre.
Una carreta tirada por un caballo transitaba por la carretera. Tenía dos ruedas y una plataforma con cuatro postes y un toldo; sobre la plataforma, colocado en sentido transversal y envuelto en un paño blanco y rojo, llevaban un cadáver para ser incinerado a orillas del río. Junto al conductor viajaba un hombre, posiblemente un pariente, y debido al traqueteo por el mal estado de la carretera, el cuerpo del difunto saltaba arriba y abajo. Aparentemente venían de algún lugar lejano, porque el caballo estaba sudoroso, y el cuerpo del difunto con las sacudidas a lo largo de todo el viaje, daba la impresión de estar muy rígido. El hombre que vino a vernos unas horas más tarde dijo que era instructor de artillería en la marina de guerra. Parecía muy serio, y llegó acompañado de su esposa y sus dos hijos. Tras saludarnos explicó que deseaba encontrar a Dios. No se expresaba muy bien, probablemente era algo tímido, y aunque sus manos y su rostro denotaban capacidad de trabajo, había cierta dureza en su voz y en su aspecto, porque después de todo, era un instructor en las artes de matar. Dios parecía estar muy lejos de su actividad cotidiana y todo resultaba un tanto extraño; por un lado, allí estaba aquel hombre que afirmaba ser sincero en su búsqueda de Dios, pero, para ganarse la vida, se veía obligado a enseñar a otros diferentes métodos de matar.
Dijo que era una persona religiosa y había seguido varias doctrinas de diferentes hombres que se consideraban santos; debido a que todos lo habían dejado insatisfecho, venía ahora de un largo viaje en tren y autobús para vernos, porque deseaba saber cómo alcanzar ese extraño mundo que hombres y santos han buscado. Su esposa y sus hijos permanecían muy callados, sentados sin moverse y con actitud respetuosa. Afuera, en una rama próxima a la ventana, una paloma de color castaño claro se arrullaba suavemente. El hombre no la miró en ningún momento, y tanto los niños como la madre permanecieron tensos, nerviosos y con semblante serio.
No se puede buscar a Dios; no hay ningún camino que conduzca a él. El hombre ha inventado muchos métodos, muchas religiones, muchas creencias, salvadores y maestros que, según cree, le ayudarán a encontrar una dicha que no sea pasajera. El infortunio de la búsqueda es que conduce a una fantasía, a una visión que la mente proyecta y mide basándose en lo que ya conoce. El comportamiento del ser humano, su forma de vivir, destruye el amor que busca. No es posible llevar un arma en una mano y a Dios en la otra. Dios ha perdido todo su significado, no es más que un símbolo o una palabra, porque las iglesias y los lugares de adoración lo han destruido. Por supuesto, no importa si uno cree o no cree en Dios, ambos sufren y pasan por la agonía de unas vidas vacías y estériles; y la amargura de cada día hace que la vida no tenga ningún sentido. La realidad no está al final de la corriente del pensamiento y, sin embargo, son las palabras del pensamiento las que llenan el corazón vacío. Hemos llegado a ser muy hábiles inventando nuevas filosofías, pero más tarde o más temprano viene la amargura del fracaso. Inventamos teorías para poder alcanzar la realidad suprema, y el devoto acude al templo a fin de perderse en las propias fantasías que su mente elabora. El monje y el santo jamás descubrirán esa realidad, porque ambos forman parte de una tradición, de una cultura, que los reconoce como santos y monjes.
La paloma había emprendido el vuelo, y la belleza de la montaña y las nubes descendía sobre la Tierra –la verdad está aquí, donde nunca miramos.
CAPÍTULO 3
Era un viejo jardín mogol con muchos árboles enormes. Había grandes panteones, oscuros en su interior y con sepulcros de mármol. La lluvia y la intemperie habían vuelto negra la piedra y más negras aún las bóvedas, las cuales servían de refugio a cientos de palomas, que solían pelearse con los cuervos por un lugar; y en la parte más baja se aposentaban los loros, que llegaban en grupos desde todos partes.
El césped estaba primorosamente cuidado, regado en abundancia y cortado con esmero. Era un lugar tranquilo y sorprendía que no hubiera demasiada gente. Al atardecer, los sirvientes del vecindario llegaban en bicicleta y se sentaban juntos sobre el césped a jugar a las cartas. Era un juego que sólo ellos entendían; para alguien que no sabía, aquello no tenía ni pies ni cabeza. En el parterre que rodeaba otra de las tumbas había grupos de niños jugando.
Uno de los mausoleos era singularmente majestuoso, con grandes arcos de proporciones armónicas. En su parte posterior había una pared asimétrica, hecha de ladrillo, que el Sol y la lluvia habían oscurecido, casi era negra; también había un letrero advirtiendo de la prohibición de arrancar flores, pero la gente hacía caso omiso y a pesar de todo las arrancaba.
Había también una avenida de eucaliptos y, tras ella, un jardín de rosas rodeado de muros ruinosos. Estaba cuidado con gran esmero, sus rosas eran magníficas, y el césped siempre verde y cortado regularmente. Había algunos gitanos entresacando las malas hierbas del césped, pero por lo demás, poca gente venía a este jardín; se podía caminar por todas partes en completa soledad, viendo ponerse el Sol detrás de los árboles y de la bóveda de la tumba. Especialmente al atardecer, a esa hora en que las sombras son largas y oscuras, reinaba una gran paz, lejos del ruido de la ciudad, de la pobreza, y de la ridícula ostentación de la gente rica. En su conjunto era un lugar muy hermoso, pero, poco a poco, el hombre lo estaba deteriorando.
En uno de los rincones más apartados del césped había un hombre sentado con las piernas cruzadas y la que era su bicicleta junto a él; tenía los ojos cerrados y sus labios se movían. Había estado en esa posición más de hora y media, completamente ajeno al mundo, a los transeúntes, y al chirriar de los loros. Su cuerpo permanecía inmóvil, aparte de los labios, sólo se apreciaba el movimiento de los dedos de la mano que sostenían un rosario cubierto con un pedazo de tela. Venía a este lugar todos los días al atardecer, seguramente después del trabajo diario. Parecía ser pobre, estaba bien alimentado, y siempre acudía a ese rincón para desconectarse de todo. Si uno le hubiera preguntado, habría respondido que estaba meditando, repitiendo alguna oración o algún mantra; para él eso era más que suficiente, porque aquí encontraba el consuelo de la monotonía de la vida diaria. Seguía sentado sobre el césped y detrás de él había un jazmín en flor, el suelo estaba repleto de flores, y la belleza del momento le rodeaba. Era incapaz de ver esa belleza, porque estaba perdido en la belleza que él mismo se había construido.
La meditación no es repetir palabras, no es la experiencia de una visión, ni cultivar el silencio. Es cierto que la palabra y rezar el rosario aquietan la mente charlatana, pero eso no es más que una forma de autohipnosis; es lo mismo que tomarse un somnífero.
Meditar no es centrarse en un patrón de pensamiento o en la fascinación del placer. La meditación no tiene principio y, por tanto, tampoco tiene fin.
Si uno dice: «Empezaré hoy a controlar mis pensamientos, a sentarme muy quieto en posición meditativa, a respirar con ritmo regular,” entonces quedará atrapado en los trucos que se hace a sí mismo. La meditación no consiste en fascinarse con alguna idea o imagen grandiosa, eso sólo aquieta momentáneamente, del mismo modo que un niño fascinado por un juguete se aquieta durante unos momentos, pero en cuanto pierde el interés por el juguete comienzan de nuevo la inquietud y las travesuras.
La meditación no es perseguir un camino invisible que conduce a una dicha imaginaria. La mente meditativa está viendo, observando, escuchando sin palabras, sin comentarios, sin opiniones; está muy atenta al movimiento de la vida en todas sus relaciones a lo largo del día. Y por la noche, cuando el organismo descansa, la mente meditativa no tiene sueños, porque durante todo el día ha estado despierta. Sólo el indolente tiene sueños, únicamente quien vive medio dormido necesita insinuaciones de su propio estado interno; sólo la mente que observa, que escucha el movimiento exterior e interior de la vida, entra en ese silencio que no es producto del pensamiento. No es un silencio que el observador pueda experimentar, porque si el observador lo experimenta, deja de ser silencio. El silencio de la mente meditativa no está dentro de los límites del reconocer, porque ese silencio no tiene límites –únicamente hay silencio, un silencio en el cual cesa el espacio de la separación.
Los montes se ocultaban tras las nubes y la lluvia pulía las grandes rocas alisadas por la erosión que yacían esparcidas por las vertientes. El granito gris tenía una veta negra, y aquella mañana la lluvia lavaba el oscuro basalto, que iba ennegreciendo cada vez más. Las charcas se iban llenando y las ranas croaban ruidosamente, y mientras el color de la tierra oscurecía, un grupo de loros venía de los campos en busca de abrigo y los monos trepaban a lo alto de los árboles.
Cuando llueve hay un silencio peculiar, y esa mañana parecía que todos los ruidos del valle hubieran cesado –los sonidos de la granja, del tractor, el hacha golpeando la madera–, sólo se escuchaba el gotear del agua en los tejados y el gorgoteo de los canales.
Era realmente extraordinario experimentar la sensación de la lluvia en el cuerpo, calarse hasta los huesos, y sentir cómo la tierra y los árboles la recibían con inmenso deleite; no había llovido desde hacía tiempo y ahora las pequeñas grietas de la tierra se iban cerrando. Con la lluvia, los ruidos de numerosas aves habían cesado y las nubes que provenían del Este, oscuras y cargadas de agua, eran empujadas hacia el oeste; los montes iban alejándose con ellas y el olor de la tierra se esparcía por todos los rincones. Llovió durante todo el día.
Y en la quietud de la noche, los búhos ululaban de un lado al otro del valle.
Era un maestro de escuela, un brahmán. Vestía un dhoti muy limpio, iba descalzo y llevaba puesta una camisa de estilo occidental. Tenía la mirada penetrante y directa, modales aparentemente afables, y su saludo fue una demostración de su humildad. No era demasiado alto y hablaba muy bien el inglés, debido a que era profesor de este idioma en la ciudad. Dijo que no ganaba mucho y que, como a todos los maestros del mundo, le resultaba difícil cubrir sus necesidades. Estaba casado –por supuesto– y tenía hijos, pero parecía dejar todo esto de lado como si no le importara en absoluto.
Era un hombre orgulloso, ese orgullo peculiar que no es resultado del éxito, ni de la alta sociedad o del rico, sino el orgullo de pertenecer a una raza antigua, de ser representante de una vieja tradición, y de un sistema de pensamiento y de moral que, de hecho, nada tenían que ver con lo que él era en realidad. Su orgullo residía en el pasado que representaba y en la tendencia a dejar a un lado las complicaciones de su vida presente, mostraba la actitud del hombre que las cree inevitables, pero por completo innecesarias. Tenía la dicción del Sur, de acento marcado y tono alto. Dijo que durante muchos años había escuchado las charlas, aquí, bajo los árboles; de hecho, su padre lo había traído cuando era todavía un joven estudiante universitario y, luego más adelante, tras conseguir su miserable empleo actual, había empezado a venir regularmente todos los años.
«Llevo escuchándole hace muchos años y, aunque quizás comprenda intelectualmente lo que dice, no parece que penetre a gran profundidad. me gusta el entorno de los árboles bajo los que se sienta mientras habla y observo la puesta de Sol cuando lo señala –como hace a menudo en sus charlas–, pero no soy capaz de sentirla, sentir la hoja y experimentar el júbilo de las sombras que danzan en el suelo; en realidad, no puedo sentir nada. He leído mucho, tanto literatura inglesa como, naturalmente, la de este país, puedo recitar poemas, pero se me escapa la belleza que reside tras la palabra. me estoy volviendo rudo, no sólo con mi esposa y mis hijos, sino con todo el mundo; en la escuela cada vez grito más. me pregunto cómo puedo haber perdido el deleite de contemplar una puesta de Sol –¡si es que alguna vez lo tuve!–, y me gustaría saber por qué no siento intensamente los males que hay en el mundo; todo lo percibo desde el punto de vista intelectual y puedo discutir sensatamente con cualquiera –o al menos eso creo–, pero ¿cuál es la causa de este vacío que separa el intelecto del corazón? ¿Por qué he perdido el amor, ese sentimiento de piedad e interés genuinos?»
mire esa buganvilla que hay fuera de la ventana. ¿La ve? ¿Ve la luz que la envuelve, su transparencia, su color, su forma y su cualidad?
«La miro, pero no me dice nada. Creo que hay millones de personas como yo. De modo que vuelvo a la pregunta, ¿cuál es la causa de esta separación entre el intelecto y los sentimientos?»
¿No es acaso porque nos han educado mal, hemos cultivando únicamente la memoria y, desde nuestra infancia, nunca nos han enseñado a mirar un árbol, una flor, un pájaro o un remanso de agua? ¿Se debe a que hemos convertido la vida en algo mecánico? ¿Es la causa el exceso de población, debido al cual, por cada empleo, hay miles que lo necesitan? ¿o es la causa el orgullo, el orgullo por la propia eficiencia, el orgullo de la raza, el orgullo del pensamiento sagaz? ¿No cree que es todo esto?
«Si quiere saberlo, soy orgulloso…, sí lo soy.»
Bien, pero ésa es sólo una de las razones del porqué nos domina el llamado intelecto. ¿No es debido a que las palabras se han vuelto demasiado importantes y no lo que está por encima o más allá de ellas? ¿o, porque está frustrado, bloqueado en diversos sentidos, y puede que no sea consciente de ello en absoluto? En el mundo de hoy se rinde culto al intelecto y cuanto más ingenioso y astuto es uno, más progresa.
«Posiblemente todos estos factores influyan, pero ¿tanta importancia tienen? Por supuesto que podemos seguir analizando indefinidamente, describiendo la causa, pero ¿solucionaremos así la separación entre la mente y el corazón? Eso es lo que quiero saber. He leído algunos libros de psicología y nuestra propia literatura antigua, y nada me apasiona realmente. Por eso he venido a verle, aunque tal vez sea ya demasiado tarde para mí.»
¿Le interesa de verdad que estén unidos la mente y el corazón? ¿De verdad no está satisfecho con sus capacidades intelectuales? Quizás el problema de cómo unir la mente y el corazón sea sólo teórico. ¿Por qué le preocupa que se logre esa unión? En realidad, su preocupación nace del intelecto, ¿no es así?; no surge de un verdadero dolor ante el deterioro de sus propios sentimientos. Ha dividido la vida en intelecto y corazón, y está verbalmente preocupado porque observa de manera intelectual cómo su corazón va secándose. ¡Déjelo que se seque! Intente vivir sólo en el plano del intelecto. ¿Es eso posible?
«No es que no tenga sentimientos.»
Pero… ¿no son esos sentimientos en realidad sentimentalismo, pura autocomplacencia emocional? Sin duda, ése no es el sentir del que estamos hablando. Lo que estamos diciendo es: muera al amor; ¡qué importa! Viva por completo con su intelecto y con sus manipulaciones verbales, con sus astutos razonamientos; porque si realmente vive así, ¿qué sucede? Lo que está haciendo es oponerse a la destrucción de ese intelecto que tanto venera, porque toda destrucción trae multitud de problemas. Posiblemente, al ver el efecto que tienen las actividades intelectuales en el mundo –las guerras, la competitividad, la arrogancia que genera el poder–, sienta miedo de lo que pueda suceder, sienta miedo de la falta de esperanza y de la desesperación del ser humano.
mientras exista esta división entre los sentimientos y el intelecto, uno dominará al otro, forzosamente uno destruirá al otro; no hay un puente que pueda unirlos. Es posible que haya escuchado estas charlas durante muchos años y, tal vez, haya hecho grandes esfuerzos para unir la mente y el corazón, pero ese esfuerzo es de la mente y, por tanto, la mente domina el corazón. El amor no pertenece a ninguno de los dos, porque el amor no tiene la peculiaridad de dominar. El amor no es algo creado por el pensamiento ni por el sentimiento; no es una palabra del intelecto o una respuesta sensorial. Cuando dice: «Necesito sentir amor y para conseguirlo tengo que cultivar el corazón,” en realidad lo que cultiva es la mente y así mantiene siempre a ambos separados; no se puede salvar el abismo que los separa y unirlos con una intención interesada. El amor está al comienzo, no al final de cualquier intento.
«Entonces, ¿qué he de hacer?»
Ahora sus ojos brillaban más; había un movimiento en su cuerpo. miró por la ventana y empezó lentamente a enardecérsele el ánimo.
No puede hacer nada. ¡olvide todo eso! Simplemente escuche; vea la belleza de esa flor.
CAPÍTULO 4
La meditación es la manifestación de lo nuevo. Lo nuevo está más allá y por encima del pasado repetitivo; la meditación es el final de esa repetición. La muerte que la meditación trae es la inmortalidad de lo nuevo. Lo nuevo no se halla dentro del área del pensamiento, y la meditación es el silencio del pensamiento.
La meditación no es un logro personal, no consiste en retener una visión, ni es la excitación producto de las sensaciones. Es como el río que, indómito, fluye rápido y rebasa sus márgenes. Es música sin sonido; no puede ser domesticada ni utilizada. La meditación es el silencio en el cual, desde el mismo principio, el observador ha cesado.
El Sol aún no había salido y a través de los árboles podía verse el lucero del alba. Había un silencio realmente extraordinario; no era el silencio que hay entre dos sonidos o entre dos notas, sino el silencio que existe sin razón alguna, el silencio que debió existir en los inicios del mundo. Y ese silencio llenaba todo el valle y los montes.
Los dos grandes búhos, llamándose uno al otro, no perturbaban ese silencio, y un perro que a lo lejos ladraba a la Luna aún visible, formaba parte de aquella inmensidad. El rocío era muy denso y el Sol sobresalía por encima del monte, lanzando destellos de innumerables colores y bañándolo todo con el resplandor de sus primeros rayos.
Las delicadas hojas de la jacarandá estaban cargadas de rocío y los pájaros venían a ella a darse su baño matinal, agitando las alas para que el rocío de las delicadas hojas humedeciera sus plumas. Los cuervos graznaban con su peculiar insistencia, saltando de una rama a otra e introduciendo bruscamente la cabeza entre las hojas, agitando las alas y acicalándose. Alrededor de media docena de ellos estaban posados sobre una gruesa rama y había muchos otros pájaros dispersos por el árbol, tomando su baño matinal.
El silencio se expandía y parecía ir más allá de los montes. Se escuchaba el habitual alboroto de los niños, sus gritos y sus risas; y la granja empezaba a despertar.
Iba a ser un día frío y ahora la luz del Sol cubría los montes. Eran montes muy viejos, probablemente los más viejos del mundo, con rocas de formas fantásticas que parecían haber sido cinceladas con gran esmero, colocadas una en equilibrio sobre otra; y ni el viento ni golpe alguno podía moverlas de su equilibrio.
Era un valle muy alejado de los pueblos y la carretera que lo atravesaba conducía a otra aldea; estaba llena de baches y no había automóviles ni autobuses que turbaran la ancestral quietud de aquel lugar. Transitaban por ella carretas de bueyes, pero su movimiento formaba parte de los montes. Se veía el lecho seco de un río, que sólo llevaba agua cuando llovía en abundancia, y su color era una mezcla de rojo, amarillo y castaño. Él también parecía moverse con los montes; y los aldeanos, que caminaban en silencio, se asemejaban a las rocas.
El día transcurrió lentamente y hacia el final del crepúsculo, mientras el Sol se ocultaba tras los montes del oeste, el silencio que venía de muy lejos se extendía sobre los cerros, a través de los árboles, cubriendo los pequeños arbustos y la vieja higuera sagrada (el baniano). A medida que las estrellas empezaban a brillar, el silencio iba haciéndose cada vez más intenso; apenas podía uno soportarlo.
Se apagaron las pequeñas lámparas de la aldea, y, con el sueño, la intensidad del silencio se hizo aún más profunda, más amplia, e increíblemente poderosa. Incluso los montes se volvieron más silenciosos, porque también ellos habían interrumpido sus murmullos, su movimiento, y parecían haber perdido su peso inmenso.
Dijo que tenía 45 años; iba impecablemente vestida, con un sari, y llevaba varias ajorcas en las muñecas. El hombre mayor que la acompañaba dijo que era su tío. Nos sentamos los tres en el suelo, frente a un gran jardín en el que crecían un baniano, algunos mangos, una buganvilla de color muy vivo y varias palmeras aún jóvenes. Ella estaba muy triste; movía las manos inquietamente e intentaba no deshacerse en palabras y, quizás, en lágrimas. Su tío dijo: «mi sobrina y yo hemos venido para hablar con usted. Su esposo murió hace unos años y poco después perdió a un hijo; desde entonces no deja de llorar y ha envejecido terriblemente. No sabemos qué hacer. Los consejos médicos habituales no han servido de mucho; está adelgazando y creo ha perdido interés en sus otros hijos. No sabemos dónde acabará todo esto y ella ha insistido en que viniéramos a hablar con usted».
«Perdí a mi esposo hace cuatro años. Era médico y murió de cáncer, pero nunca me lo dijo y, más o menos, hasta el último año no me enteré de su enfermedad. Sufría terriblemente, a pesar de la morfina y otros sedantes que los médicos le suministraban. Ante mis propios ojos se fue consumiendo hasta morir.»
Casi asfixiada por sus propias lágrimas, guardó silencio. Posada en una rama había una paloma arrullándose pacientemente. Era de color gris oscuro, con la cabeza pequeña y el cuerpo grande –relativamente grande, claro, puesto que no dejaba de ser una paloma–. De pronto emprendió el vuelo y la rama osciló de arriba abajo por la presión del inicio del vuelo.
«Aunque parezca incomprensible, no puedo soportar esta soledad, esta existencia que carece de sentido sin mi esposo. Amaba a mis tres hijos –un niño y dos niñas–, y un día, el año pasado, mi hijo me escribió desde la escuela contándome que no se sentía bien; y poco después el director me telefoneó para decirme que había muerto.»
En este instante empezó a sollozar sin poder controlarse. A continuación mostró la carta del niño, donde expresaba su deseo de regresar a casa porque se sentía enfermo, y expresaba sus mejores deseos de que ella se encontrara perfectamente. Explicó que el niño se mostraba preocupado por ella; de hecho no quería ir al colegio, sino permanecer a su lado; pero ella, de alguna manera, lo había obligado a irse, temerosa de que su dolor pudiera afectarle. Ahora ya era demasiado tarde. Las dos niñas, añadió ella, no tenían plena conciencia de todo lo sucedido porque eran muy pequeñas. Súbitamente exclamó: «No sé qué hacer. Esta muerte ha sacudido mi vida hasta los cimientos. Porque, como si de una casa se tratara, construimos con mucho esmero nuestro matrimonio, pensando que tenía una base de sólidos cimientos, pero ahora este terrible suceso lo ha destruido todo».
Su tío debía de ser un hombre creyente, un tradicionalista, pues añadió: «Dios le ha enviado esta pena; pero, aunque ella ha cumplido todas las ceremonias necesarias, no le ha servido de nada. Yo personalmente creo en la reencarnación, pero eso no es ningún consuelo; no quiere ni oír hablar del tema, porque para ella nada tiene ya sentido; no hay forma posible de ayudarla».
Estuvimos allí sentados en silencio durante un rato. El pañuelo de la mujer estaba completamente empapado, de manera que sacamos uno limpio del armario, para que pudiera secar las lágrimas de sus mejillas. La buganvilla roja asomaba por la ventana y la brillante luz del Sur reposaba en todas sus hojas.
¿Quiere realmente hablar de esto, llegar hasta su misma raíz? ¿o busca sólo alguna explicación, algún razonamiento que la reconforte, algunas palabras satisfactorias que le hagan olvidar su dolor?
Ella contestó: «me gustaría examinarlo con detenimiento, pero no sé si dispongo de la capacidad o la energía para enfrentarme a lo que seguidamente quiere plantearme. Cuando mi esposo vivía solíamos venir a algunas de sus charlas, pero ahora puede que me resulte difícil entender sus palabras».
¿Por qué sufre? No me dé una explicación, eso sólo sería una interpretación verbal de su sentimiento y no el hecho real. Cuando hagamos una pregunta, no conteste, por favor; simplemente escuche y trate de encontrar la respuesta por sí misma. ¿Por qué existe en todos los hogares, ricos y pobres, en todos los seres humanos, desde el hombre más poderoso de la Tierra hasta el mendigo, el dolor ante la muerte? ¿Por qué sufre realmente? ¿Es por su esposo o es por sí misma? Si llora por él, ¿pueden sus lágrimas ayudarle? Él se ha ido para siempre y, haga lo que haga, no conseguirá que regrese, ni lágrimas ni creencias ni ceremonias ni dioses pueden devolverle la vida. Es un hecho que debe aceptar; no puede hacer nada. Pero si llora por sí misma, porque se siente sola, por su vida vacía, por los placeres sensuales de que disfrutaba y por la compañía de su esposo, entonces llora por su propia vacuidad y por la lástima que siente de sí misma, ¿no es cierto? Quizás, por primera vez se dé cuenta de su propia pobreza interior. Si me permite decirlo, sin ningún ánimo de ofender, puso todas sus esperanzas en su esposo, y esa entrega le dio comodidad, satisfacción y placer, ¿verdad? Todo lo que siente ahora –la sensación de pérdida, la agonía de la soledad y de la ansiedad– es una forma de lástima por sí misma, ¿no es así? obsérvelo, por favor. No se resista bloqueando su corazón y diciendo: «Amaba a mi esposo y en ningún momento pensé en mí misma; quería protegerlo, aunque a menudo trataba de dominarlo; pero todo lo hacía por su bien y nunca pensé en mí misma». Así pues, ahora que él se ha ido, ¿no es cierto que se da cuenta de su verdadera condición? La muerte de su esposo la ha sacudido y le ha mostrado el verdadero estado de su corazón y de su mente. Puede que no quiera afrontarlo, que lo rechace por miedo; pero si observa un poco más, verá que llora por su propia soledad, por su propia pobreza interior, es decir, por la lástima que siente de sí misma.
«Es usted un poco cruel, ¿no le parece, señor? –dijo ella–. He venido a verle buscando verdadero consuelo, y… ¿qué es lo que me está dando?»
Una de las ilusiones que tiene la mayoría de la gente, es creer que existe tal cosa como el consuelo interior, que alguien puede darle ese consuelo, o que uno puede encontrarlo. Siento decirle que tal cosa no existe. Si lo que busca es consuelo, vivirá presa en la ilusión y, cuando esa ilusión desaparezca, se sentirá triste porque dejará de tener el consuelo. Por tanto, para comprender el dolor o para superarlo, tiene que ver realmente lo que está sucediendo en su interior; no ocultarlo. Señalar todo esto no es crueldad, ¿no le parece? No es algo deshonroso de lo cual deba avergonzarse. Cuando lo vea todo con auténtica claridad, entonces lo soltará inmediatamente, sin un rasguño, sin mancha, renovada, intacta de cualquier acontecimiento de la vida. La muerte es inevitable para todos nosotros; nadie puede escapar de ella. Tratamos de buscar cualquier tipo de explicación, de encontrar apoyo en toda clase de creencias con la esperanza de trascender la muerte, pero hagamos lo que hagamos, la muerte es una realidad que está siempre a la vuelta de la esquina; puede que aparezca mañana o al cabo de muchos años, pero siempre esta ahí, presente. Uno tiene que aceptar este hecho inmenso de la vida.
«Sin embargo…,” interrumpió su tío; y empezó a explicar la creencia tradicional en el atman, en el alma, en esa entidad permanente que continúa. Ahora se encontraba en su elemento, en ese camino tan frecuente plagado de sagaces argumentos y citas. Bruscamente, se había sentado erguido y se podía apreciar en sus ojos el grito de la batalla, la batalla de las palabras; habían desaparecido de él la simpatía, el afecto y la comprensión; se hallaba en su sagrado terreno de la creencia y de la tradición, apisonado por el fuerte peso del condicionamiento. «Sin embargo, ¡el atman está en cada uno de nosotros! Renace y continúa hasta darse cuenta de que es Brahman; y tenemos que pasar por el dolor para llegar a esa realidad, porque vivimos en la ilusión, el mundo es una ilusión; pero sólo hay una realidad.»
¡Y ahí terminó! Ella me miró sin prestarle mucha atención; pero su rostro empezaba a mostrar una sonrisa amable, y ambos nos pusimos a mirar a la paloma que había regresado y a la resplandeciente buganvilla roja.
No hay nada permanente en la Tierra ni en nosotros. El pensamiento puede dar continuidad a cualquier cosa en la que piense; puede dar continuidad a una palabra, a una idea, a una tradición, puede creerse a sí mismo permanente, pero ¿lo es? El pensamiento es la respuesta de la memoria y, ¿es permanente la memoria? Puede construir una imagen y darle a esa imagen continuidad, permanencia, llamándole atman o lo que sea; puede recordar el rostro del esposo o de la esposa y aferrarse a él; sin embargo, todo esto es la actividad del pensamiento; es el pensamiento quien crea el miedo, y, de ese miedo, nace la urgencia de tener lo permanente, miedo de no tener mañana el sustento o el abrigo necesario, el miedo a la muerte. Este miedo es producto del pensamiento, y Brahman también lo es.
Entonces su tío replicó: «La memoria y el pensamiento son como una vela; uno la apaga y la prende de nuevo; olvida y luego recuerda otra vez; se muere y renace de nuevo en otra vida. La llama de la vela es la misma y a la vez no lo es. De modo que en la llama hay cierta clase de continuidad».
Pero la llama que se apagó no es la llama nueva. Tiene que terminar lo viejo para que lo nuevo nazca. Si hay una constante continuidad modificada, entonces nunca hay nada nuevo. Los miles de ayeres no pueden renovarse; incluso la vela misma se consume. Todo tiene que terminar para que lo nuevo sea.
Ante esto, y no pudiendo hacer uso de citas, de creencias o de dichos ajenos, la actitud del tío fue la de retraerse y quedarse callado, totalmente desconcertado y un tanto furioso, porque se había desenmascarado a sí mismo y, al igual que su sobrina, no quería enfrentarse al hecho.
«No me interesa nada de esto –dijo ella–, soy terriblemente infeliz; he perdido a mi esposo, a mi hijo, y me quedan estas dos niñas, ¿qué he de hacer?»
Si de verdad le importan sus dos hijas, no puede vivir interesada en sí misma y afligida por su desgracia; tiene que velar por ellas, educarlas debidamente, y no contentarse con ofrecerles la mediocridad acostumbrada. Pero si sigue obsesionada por la lástima que se tiene a sí misma, a lo cual llama “amor a su esposo,” y vive encerrada en su dolor, entonces está destruyendo también a sus dos hijas. Consciente o inconscientemente, todos somos unos perfectos egoístas y, mientras obtengamos lo que queremos, creemos que todo está bien. Pero en el momento en que un acontecimiento destruye lo que hemos construido, gritamos desesperados esperando encontrar un nuevo consuelo que, por supuesto, de nuevo volverá a ser destruido. De manera que éste es el proceso que continuará funcionando, y si quiere seguir atrapada en esta secuencia repetitiva, sabiendo perfectamente cuáles son sus consecuencias, entonces, ¡adelante! Pero si ve lo absurdo que es todo eso, entonces de forma natural dejará de llorar, dejará de aislarse, y vivirá junto a sus hijas con una nueva luz y con una sonrisa en el rostro.
CAPÍTULO 5
El silencio posee muchas cualidades. Existe el silencio entre dos ruidos, el silencio entre dos notas, y el silencio que se expande en el intervalo entre dos pensamientos. Existe, también, un silencio peculiar, sosegado, penetrante, que emana de un atardecer en el campo; está el silencio a través del cual se oye el ladrido de un perro que llega desde la distancia, o el silbido de un tren según va subiendo la pendiente; existe el silencio de una casa cuando todo el mundo duerme, y su peculiar intensidad cuando uno se despierta a medianoche y escucha el grito del búho en el valle; así como el silencio que precede a la respuesta de la hembra del búho. Está el silencio de una vieja casa desierta, el silencio de una montaña, y el silencio que comparten dos seres humanos cuando ambos han visto lo mismo, han sentido lo mismo, y han actuado.
Esa noche, y particularmente en aquel valle lejano con sus antiquísimas montañas y sus rocas de formas caprichosas, el silencio era tan real como la pared que uno tocaba. Por la ventana se veían las resplandecientes estrellas y el silencio no era autogenerado, ni era debido a que la tierra estuviera tranquila y los aldeanos dormidos, sino que venía de todas partes: de las estrellas distantes, de aquellos oscuros montes, y de la propia mente y el corazón de uno. Era un silencio que parecía cubrirlo todo, desde el diminuto grano de arena del lecho del río – que sólo sabía del agua cuando llovía–, hasta el alto y anchuroso baniano, junto con la leve brisa que empezaba a soplar. Hay un silencio de la mente que ni el ruido ni el pensamiento o el viento pasajero de la experiencia pueden tocar. Este silencio es inocente y, por tanto, infinito. Cuando existe ese silencio en la mente surge de él una acción, y esa acción no genera confusión ni desdicha.
La meditación de una mente que está en completo silencio es la bendición que el ser humano siempre ha buscado. Ese silencio contiene todas las cualidades del silencio. Existe ese extraño silencio que reina en un templo o en una ermita vacía y perdida en un lugar recóndito lejos del ruido de turistas y adoradores; y el pesado silencio que yace sobre las aguas y que forma parte de aquello que está lejos del silencio de la mente.
La mente meditativa contiene todas estas variedades, cambios y movimientos del silencio. Ésa es la mente de verdad religiosa; y el silencio de los dioses es el silencio de la Tierra. La mente meditativa fluye en ese silencio y el amor es la forma como se expresa. En ese silencio hay alegría y bienaventuranza.
De nuevo regresó el tío, esta vez sin la sobrina que había perdido al esposo. Llegó vestido con mayor esmero y también más preocupado e inquieto; su rostro se había ensombrecido a causa de la tristeza y la ansiedad. El suelo donde nos sentamos era duro y la buganvilla roja nos contemplaba a través de la ventana. La paloma vendría probablemente un poco más tarde; acostumbraba a llegar alrededor de esta hora de la mañana y se posaba siempre en la misma rama, de espaldas a la ventana, con la cabeza señalando hacia el Sur, y su arrullo entraría suavemente por la ventana abierta.
«me gustaría hablar acerca de la inmortalidad y de la perfección de la vida a medida que ésta evoluciona hacia la realidad última. A juzgar por lo que dijo el otro día, usted tiene una percepción directa de la verdad y nosotros que no la tenemos, sólo creemos en ella; no sabemos realmente nada sobre el atman y lo único que conocemos es la palabra. El símbolo se ha convertido para nosotros en lo real y cuando se clarifica realmente lo que es el símbolo –como hizo el otro día– nos sentimos atemorizados. Sin embargo, a pesar de este miedo nos aferramos al símbolo, porque en realidad no sabemos nada excepto lo que nos han dicho, lo que los maestros anteriores nos han enseñado y, por eso, llevamos siempre a cuestas el peso de la tradición. De modo que, en primer lugar, quisiera descubrir por mí mismo si existe esta “realidad” que es permanente, esta “realidad” –como quiera que uno la llame: atman o alma– que continúa después de la muerte. No le temo a la muerte, me he enfrentado a la muerte de mi esposa y de algunos de mis hijos, pero me preocupa este atman como realidad. ¿Existe en mí esta entidad permanente?»
Cuando hablamos de permanencia, nos referimos a algo que continúa a pesar del constante cambio que sucede a su alrededor, a pesar de las experiencias, a pesar de todas las ansiedades, tristezas y barbaridades; nos referimos a algo que es imperecedero, ¿no es cierto? En primer lugar, ¿cómo puede uno descubrirlo? ¿Puede eso buscarse por medio del pensamiento, por medio de las palabras? ¿Es posible encontrar lo permanente por medio de lo que no es permanente? ¿Puede buscarse lo inmutable utilizando aquello que está constantemente cambiando, o sea, el pensamiento? El pensamiento puede dar permanencia a una idea, ya sea el atman o el alma, y decir: «Esto es lo real,” porque el pensamiento engendra el miedo al cambio constante y, de ese miedo, nace el deseo de buscar algo permanente –una relación permanente entre dos seres humanos, una permanencia en el amor.
Pero el pensamiento en sí mismo es efímero, es cambiante y, por tanto, cualquier cosa que invente como algo permanente, será igual que él, efímera. Puede aferrarse a un recuerdo durante toda la vida y considerarlo permanente, y luego querer saber si después de la muerte tendrá continuidad; pero es el pensamiento el que al aferrarse a ese recuerdo crea todo eso, le da continuidad y permanencia al alimentarlo día tras día. La permanencia es la mayor de las ilusiones, porque el pensamiento vive en el tiempo, y sigue recordando hoy y mañana aquello que experimentó ayer; así es como nace el tiempo, la permanencia del tiempo, y la permanencia que el pensamiento le ha dado a la idea de alcanzar algún día la verdad. El miedo, el tiempo, el logro, el eterno devenir son todo producto del pensamiento.
«Pero ¿quién es el pensador, el pensador que tiene todos estos pensamientos?»
¿Existe realmente el pensador o existe sólo el pensamiento que crea al pensador y, una vez creado, inventa lo permanente: el alma, el atman?
«¿Quiere decir que uno deja de existir cuando no piensa?»
¿No le ha sucedido alguna vez, de forma natural, que se encuentra en un estado en el cual el pensamiento está por completo ausente? Cuando eso sucede, ¿es consciente de que el pensador, el observador, el experimentador, es uno mismo? El pensamiento es la respuesta de la memoria y el conjunto de recuerdos es el pensador. Pero cuando no hay pensamiento, ¿existe acaso un “yo,” en torno al cual hacemos tanto ruido y alboroto? No me refiero a la persona que se halla en estado de amnesia, ni a la que vive en un ensueño diario o aquella que controla el pensamiento para silenciarlo, sino a una mente que está por completo despierta y atenta. Si no hay pensamiento ni palabra, ¿no tiene la mente una dimensión del todo diferente?
«Por supuesto que es muy diferente cuando el “yo” no actúa, cuando no se reafirma, pero esto no significa necesariamente que el “yo” no exista simplemente porque no esté activo.»
¡Desde luego que existe! El “yo,” el ego, el conjunto de recuerdos existe. Sólo vemos que existen cuando reaccionamos a un reto, pero están siempre en nosotros –quizás latentes o en suspenso– esperando la próxima oportunidad para reaccionar. Un hombre codicioso está ocupado la mayor parte del tiempo en su codicia; puede que en ciertos momentos la codicia esté inactiva, pero sigue estando presente.
«¿Y cuál es esa entidad activa que se expresa en la codicia?»
Sigue siendo la codicia; no hay separación entre ambas.
«Comprendo perfectamente a lo que llama el ego, el “yo,” con sus memorias, sus codicias, con sus reafirmaciones de sí mismo y toda clase de exigencias, pero ¿no existe nada a excepción de este ego? Si el ego deja de existir, ¿quiere decir que sólo hay inconciencia?»
Cuando esos cuervos dejan de hacer ruido, hay algo, y ese algo es el parloteo de la mente: los problemas, preocupaciones, conflictos, e incluso esta cuestión de lo que continúa después de la muerte. Una pregunta como ésa sólo puede contestarse cuando la mente deja de ser egoísta o envidiosa. Nuestro interés no es saber lo que hay una vez termina el ego, sino más bien terminar con todas las manipulaciones del ego. Ésta es la verdadera cuestión; no se trata de saber lo que es la realidad, ni si hay algo permanente o eterno, más bien si la mente, que está tan condicionada por la cultura en la que vive y de la cual es responsable, si esa mente puede liberarse a sí misma y ser perceptiva.
«¿Cómo puedo, entonces, empezar a liberarme?»
Uno no puede liberarse a sí mismo. Uno es la semilla de este sufrimiento y, cuando pregunta “cómo,” está buscando un método para destruir el “yo;” pero en el proceso de destruir el “yo” empieza a crear otro “yo”.
«Si me permite hacer otra pregunta, ¿qué es entonces la inmortalidad? La mortalidad es muerte; la mortalidad es la vida que conocemos, con su dolor y amargura. El hombre ha buscado sin cesar una inmortalidad, un estado sin muerte.»
De nuevo, señor, ha regresado al tema de lo intemporal, de lo que está más allá del pensamiento. Lo que está más allá del pensamiento es la inocencia, y el pensamiento, haga lo que haga, no puede aproximarse a ella porque es siempre viejo. La inocencia, como el amor, es inmortal; pero para que eso exista, la mente debe liberarse de los miles de ayeres con sus recuerdos. La libertad es un estado en el que no hay odio, crueldad, ni violencia. Sin solucionar todo esto, ¿cómo podemos preguntar qué es la inmortalidad, qué es el amor y qué es la verdad?
CAPÍTULO 6
Si uno se propone meditar, eso no será meditación; si uno se propone ser bueno, nunca florecerá la bondad; si cultiva la humildad, eso no es humildad. La meditación es como la brisa que entra cuando se deja la ventana abierta; pero si uno la mantiene abierta intencionadamente, si premeditadamente la invita a entrar, nunca aparecerá.
La meditación no está al alcance del pensamiento, porque el pensamiento es astuto, tiene infinitas posibilidades de engañarse a sí mismo y, por tanto, nunca encontrará ese estado meditativo. Es como el amor, no podemos perseguirlo.
Aquella mañana el río estaba muy calmado. En sus aguas se veían reflejadas las nubes, el nuevo trigo invernal y el bosque más distante; ni siquiera el bote del pescador parecía perturbarlo; la quietud de la mañana descansaba sobre la Tierra. El Sol apenas despuntaba por encima de los árboles y una voz lejana llamaba a alguien, mientras un canto muy cercano en sánscrito flotaba en el aire.
Los loros y los mirlos no habían comenzado aún a buscar alimento; los buitres, con el cuello pelado, se posaban pesadamente en la copa del árbol, esperando la carroña que llegaría flotando río abajo. A menudo se veía un animal muerto arrastrado por las aguas, con un buitre o dos sobre su cuerpo, mientras otros cuervos aleteaban alrededor con la esperanza de conseguir un bocado. Algún perro solía nadar intentando llegar al cadáver, pero al perder pie regresaba a la orilla para seguir deambulando. Pasaba un tren produciendo un traqueteo metálico a través del largo puente; y en la distancia, río arriba, se extendía la ciudad.
Era una mañana llena de una calma encantadora. Por la carretera todavía no caminaban la pobreza, la enfermedad y el dolor. Había un puente tambaleante que cruzaba el pequeño arroyo y el punto donde este pequeño arroyo, de color marrón sucio, se unía al gran río, se consideraba el más sagrado de los lugares, de modo que hombres, mujeres y niños venían los días festivos a darse un baño. La mañana era fría, pero a ellos no parecía importarles; y el sacerdote del templo que había al otro lado del camino recibía sumas de dinero. Había comenzado la fealdad.
Era un hombre con barba y llevaba puesto un turbante. Se dedicaba a cierta clase de negocio y parecía disfrutar de una situación próspera; se le veía bien alimentado. Era lento en su modo de andar y pensar, y sus reacciones eran aún más lentas; se tomaba algunos minutos para entender una sencilla frase. Dijo que tenía su propio gurú, pero al pasar cerca de aquí había sentido la imperiosa necesidad de subir para conversar sobre cuestiones que le parecían importantes.
«¿Por qué está usted en contra de los gurús? –preguntó–. ¡me parece tan absurdo! Ellos saben y yo no; pueden guiarme, ayudarme, decirme lo que debo hacer, y evitarme muchas calamidades y molestias. Son como una luz en las tinieblas y uno tiene que dejarse guiar por ellos, de lo contrario estaría perdido, confuso y en gran desdicha. me aconsejaron que no debía venir a verle y me mostraron el peligro de aquellos que no aceptan el conocimiento tradicional. me dijeron que, si escuchaba a otros, estaría destruyendo la casa que con tanto cuidado ellos habían construido, pero la tentación de venir a verle era tan fuerte que… ¡aquí estoy!»
Parecía estar complacido de haber cedido a la tentación.
¿Por qué necesita un gurú? ¿Cree que él sabe más que uno mismo? ¿Qué es lo que él sabe? Si alguien dice que sabe, en realidad no sabe nada; además, la palabra en sí no es el hecho real. ¿Puede alguien enseñarle ese estado extraordinario de la mente? Posiblemente sean capaces de describirlo, de despertar el interés de uno, o el deseo de poseerlo y experimentarlo, pero no pueden dárselo. Uno tiene que andar por sí mismo, ha de hacer ese viaje solo, y en ese viaje uno tiene que ser su propio maestro y discípulo.
«Pero todo esto es muy difícil, ¿no es cierto? –replicó–, y los que tienen la experiencia de esa realidad pueden aligerar nuestros pasos.»
Ellos se convierten en la autoridad y todo cuanto uno tiene que hacer, de acuerdo con lo que dicen, es seguirlos, imitarlos, obedecerlos, aceptar la imagen y el sistema que ofrecen. De esa manera, uno pierde toda iniciativa, toda percepción directa; nos limitamos a seguir el camino que, según ellos, conduce a la verdad, pero, lamentablemente, no hay camino alguno hacia la verdad.
«¿Qué quiere decir con eso?,” exclamó, perplejo.
Los seres humanos están condicionados por la propaganda, por la sociedad en la que se han criado, donde cada religión afirma que su propio camino es el mejor. Hay miles de gurús que sostienen que sus métodos, su sistema, su forma de meditación son el único camino que conduce a la verdad. Y si uno observa con atención, ve que cada discípulo tolera, complaciente, a los discípulos de otros gurús. La tolerancia es la aceptación civilizada de una división entre las gentes –política, religiosa o social–. El hombre ha inventado muchos caminos, a conveniencia de cada creyente, y, de ese modo, el mundo se ha fragmentado.
«¿Quiere decir que debo renunciar a mi gurú, abandonar todo lo que me ha enseñado? ¡Estaría perdido!»
Pero… ¿no cree necesario sentirse perdido para poder descubrir? Tememos sentirnos perdidos, no estar seguros, por eso corremos tras aquellos que nos prometen el cielo en el aspecto religioso, en el político o en el social. De manera que fomentan conscientemente el temor y nos mantienen prisioneros en ese temor.
«¿Quiere decir que soy capaz de caminar por mí mismo?», preguntó con voz llena de incredulidad.
Ha habido muchos salvadores, maestros, gurús, jefes políticos o filósofos, y ninguno de ellos ha solucionado el propio conflicto ni la desdicha de uno. Entonces, ¿por qué seguirlos? Quizá haya otra forma muy distinta de afrontar todos nuestros problemas.
«Pero ¿soy lo suficientemente serio como para encarar todo esto por mí mismo?»
Uno no es serio hasta que empieza a comprender –a comprender por sí mismo, no a través de otro– los placeres que persigue. Si vive en el ámbito del placer –no es que no deba existir el placer, pero si esa persecución del placer es el principio y el fin de su vida–, entonces, evidentemente, no puede ser serio.
«Usted me hace sentir impotente y desesperado.»
Se siente desesperado porque desea ambas cosas: quiere ser serio y quiere también todos los placeres que el mundo le ofrece. Sin embargo, debido a que esos placeres son tan pequeños y mezquinos, desea además el placer al que llama “Dios”. Cuando valore todo esto por sí mismo, no según algún otro, entonces al verlo se convertirá en su propio maestro y discípulo. Esto es lo realmente importante, ser uno mismo el maestro, el alumno y la enseñanza misma.
«Pero usted es un gurú –afirmó él–; esta mañana me ha enseñado algo y yo lo acepto como mi gurú.»
No es que le haya enseñado nada, sino que lo ha mirado. El acto de mirar le ha mostrado algo; el mirar ha sido su propio gurú, si quiere expresarlo de esta manera. Depende de cada uno mirar o no, nadie puede obligarle. Pero si mira porque quiere ser recompensado o por miedo al castigo, ese motivo le impide que pueda ver. Para ver tenemos que estar libres de cualquier autoridad, tradición, temor, y del pensamiento con sus astutas palabras. La verdad no se encuentra en algún lugar distante; la verdad está en la observación de lo que es. Verse a uno mismo tal como es –desde ese estado de darse cuenta en el que no entra ninguna forma de elección– es el principio y el final de toda búsqueda.
CAPÍTULO 7
El pensamiento no puede comprender ni explicarse a sí mismo qué es el espacio. Cualquier cosa que el pensamiento formule estará dentro de los límites de sus propias fronteras y, obviamente, ése no es el espacio donde la meditación pueda darse. El pensamiento tiene siempre un horizonte, pero la mente meditativa no lo tiene. La mente no puede pasar de lo limitado a lo inmenso, ni puede transformar lo limitado en ilimitado; lo uno tiene que cesar para que lo otro sea. La meditación consiste en abrir la puerta a una inmensidad que no es posible imaginar ni especular sobre ella. El pensamiento es el centro alrededor del cual existe el espacio de la idea y ese espacio puede expandirse con nuevas ideas, pero esa expansión que es fruto de cualquier estímulo, no es la inmensidad sin centro. La meditación es comprender ese centro y, por tanto, ir más allá de él. El silencio y la inmensidad van juntos, y la inmensidad del silencio es la inmensidad de una mente que no tiene centro. La percepción de este espacio y del silencio no son cosa del pensamiento, porque el pensamiento sólo puede percibir sus propias proyecciones; y cuando las reconoce, ésa es su propia limitación.
Se cruzaba el arroyuelo por un puente destartalado, hecho de cañas de bambú y barro. El arroyo se unía al río grande y desaparecía en la corriente impetuosa de sus aguas. El pequeño puente estaba lleno de agujeros y teníamos que caminar con mucho cuidado. Después de subir la cuesta arenosa, se pasaba cerca de un pequeño templo y, más adelante, junto a un pozo que era tan viejo como los pozos de la Tierra. El pozo se encontraba en un recodo de la aldea, donde había muchas cabras, así como hombres y mujeres hambrientos con el cuerpo envuelto en sucias telas; hacía mucho frío. Los hombres pescaban en el río grande, pero aun así, estaban muy flacos, demacrados, envejecidos, y algunos de ellos mutilados. En pequeños aposentos lúgubres y oscuros, de ventanas muy pequeñas, las tejedoras de la aldea fabricaban saris bellísimos en seda y brocado. Era una industria que pasaba de padres a hijos, pero los que se quedaban con las ganancias eran los revendedores y tenderos.
La gente no atravesaba la aldea, sino que doblaba a la izquierda y seguía un sendero que se consideraba sagrado, porque se suponía que el Buda lo había recorrido 2.500 años atrás, y peregrinos de todo el país venían a recorrerlo. Este sendero cruzaba verdes campiñas, entre plantaciones de mangos, guayabos, y de algunos templos dispersos. Una de las antiguas aldeas, probablemente más vieja que el Buda, tenía muchos santuarios y lugares donde los peregrinos podían pasar la noche. Todo estaba medio en ruinas, pero a nadie parecía preocuparle demasiado, mientras las cabras vagaban por el lugar. Había grandes árboles, y un viejo tamarindo tenía la copa cubierta de buitres y de una bandada de loros. Se les veía llegar y luego desaparecían entre el verde follaje del árbol; su color era idéntico al de las hojas y, aunque se oían sus chillidos, era imposible verlos.
A ambos lados del sendero se extendían los sembrados de trigo invernal; a lo lejos se veía a los aldeanos y el humo del fuego sobre el cual cocinaban; había una gran quietud, mientras el humo ascendía en línea recta. Un toro fuerte, de apariencia feroz pero más bien inofensivo, vagaba por los sembrados comiendo el grano a medida que el agricultor lo dispersaba a lo largo y ancho del campo. Había llovido durante la noche y el polvo espeso se había asentado en el suelo. El Sol calentaría con más fuerza durante el día, pero ahora había nubes densas y era agradable caminar a la luz del día, oler la tierra limpia y ver la belleza del lugar. Era una tierra muy antigua, llena de encanto, y de tristeza humana, con tanta pobreza y aquellos templos inútiles.
«Habla mucho acerca de la belleza y el amor, y después de escucharle no sé exactamente lo que significan ninguna de estas dos palabras. Soy un hombre corriente, pero he leído mucho, tanto libros de filosofía como de literatura. Según parece, las explicaciones que los libros ofrecen difieren de lo que usted dice. Podría citarle lo que los antepasados de este país mencionan sobre el amor y la belleza, y también lo que creen en occidente, pero ya sé que no le gustan las citas, debido a la autoridad que sutilmente implican. Pero, señor, si le parece bien, podríamos examinarlo y, tal vez, seré capaz de comprender lo que el amor y la belleza significan.»
¿Por qué en nuestras vidas hay tan poca belleza? ¿Por qué son necesarios los museos con sus pinturas y estatuas? ¿Por qué tenemos que escuchar música o leer descripciones de paisajes? El buen gusto puede enseñarse o quizás sea innato en uno, pero el buen gusto no es belleza. ¿Se encuentra la belleza en las cosas que hemos construido –en el flamante avión, en la grabadora, en el fastuoso hotel moderno o el templo griego, en la belleza de las líneas, en la complicada máquina, o en el arco de un hermoso puente que cruza una profunda cavidad?
«¿Quiere decir que no hay belleza en las cosas que están maravillosamente construidas y funcionan a la perfección? ¿No hay belleza en una obra artística de calidad sublime?»
Por supuesto que la hay. Cuando uno observa el interior de un reloj de bolsillo, ve que es increíblemente delicado y que posee cierta cualidad de belleza, como la tienen algunas columnas de mármol antiguas o las palabras de un poeta. Pero si la belleza se reduce a eso, entonces se trata sólo de la reacción superficial de los sentidos. Cuando uno ve una palmera, solitaria frente a la puesta del Sol, ¿es el color, la quietud de la palmera, la paz del atardecer lo que hace que uno sienta la belleza? ¿o es la belleza, como el amor, algo que está más allá del tacto y de la vista? ¿Es cuestión de educación, de condicionamiento, el decir: «Esto es bello y aquello no lo es»? ¿Es cuestión de costumbre, de hábito, de estilo, decir: «Esto es inmundicia, pero eso es orden y en él florece la bondad»? Si en realidad es todo una cuestión de condicionamiento, entonces es un producto de la cultura y de la tradición y, por tanto, no es belleza. Si la belleza es el resultado o la esencia de la experiencia, entonces, tanto para el hombre de occidente como el de oriente, la belleza depende de la educación y de la tradición. ¿Es el amor, como la belleza, privativo del Este o del oeste, del cristianismo o del hinduismo, del monopolio del Estado o de una ideología? obviamente no es nada de esto.
«Entonces, ¿qué es?»
Como sabe, señor, la austeridad de la propia renuncia es belleza. Sin austeridad no hay amor; y sin esa renuncia, la belleza carece de realidad. Por austeridad entendemos, no la rigurosa disciplina del santo, del monje o del comisario político con su orgullosa abnegación, o la disciplina que les da poder y reconocimiento, eso no es austeridad. La austeridad no es rigurosa, no es una reafirmación disciplinada de la importancia personal de uno, no es la negación de toda comodidad, o los votos de pobreza y celibato. La austeridad es inteligencia suma; únicamente puede existir cuando hay la propia renuncia, y eso no puede ser fruto de la voluntad, de la elección, o de un intento deliberado. El acto de la belleza es lo que genera el abandono, y es el amor lo que trae la profunda claridad interna de la austeridad. La belleza es ese amor, y cuando hay amor toda comparación y medida han terminado. Entonces ese amor, haga lo que haga, es belleza.
«¿Qué quiere decir con “haga lo que haga”? Si uno renuncia a sí mismo, no le queda nada por hacer.»
El hacer no está separado de lo que es. Lo que engendra conflicto y perversidad es la separación; cuando esa separación no existe, el mismo vivir es un acto del amor. La profunda sencillez interna de la austeridad hace que la vida no tenga dualidad alguna. Éste es el viaje que la mente debe emprender, para descubrir la belleza que las palabras no pueden expresar; y este viaje es meditación.
CAPÍTULO 8
La meditación es una tarea muy ardua. Exige la más alta forma de disciplina, no de conformidad, de imitación y obediencia, sino una disciplina que es resultado de un constante darse cuenta, no sólo de las cosas externas, sino también de las internas. De modo que la meditación no es una actividad que deba practicarse en aislamiento, sino que es acción cotidiana, y requiere cooperación, sensibilidad e inteligencia. Sin haber echado los cimientos de una vida de rectitud, la meditación se convierte en un escape y, por tanto, no tiene valor alguno. Llevar una vida recta no consiste en seguir los cánones de la moralidad social, sino en liberarse de la envidia, de la codicia y el ansia de poder –que son los causantes de la enemistad–; y no podemos liberarnos de ellos por la acción de la voluntad, sino dándonos cuenta de su presencia al descubrirnos y conocernos a nosotros mismos. Si no se conocen las actividades del “yo,” la meditación se convierte en una excitación de los sentidos y tiene, por consiguiente, muy poca importancia.
En esa latitud apenas se percibía crepúsculo o amanecer alguno, y esa mañana el río, ancho y profundo, era de plomo fundido. El Sol no había asomado aún sobre la Tierra, pero se veía un vivo resplandor en el Este. Los pájaros no habían empezado a entonar todavía su habitual coro matutino, ni se escuchaban aún las voces de los aldeanos hablando entre ellos. El lucero del alba brillaba muy alto en el firmamento y, según lo observábamos, iba palideciendo poco a poco hasta que el Sol asomó sobre los árboles, y el río se tornó de oro y plata.
Entonces comenzaron a cantar los pájaros y despertó la aldea. De pronto apareció en el alféizar de la ventana un mono grande, gris, de cara negra y frente peluda. Tenía las manos negras y su larga cola descansaba sobre el alféizar colgando dentro de la habitación. Se mantuvo sentado allí muy quieto, casi inmóvil, mirándonos sin hacer un solo movimiento. Estábamos muy cerca, a un metro escaso uno de otro; de repente extendió el brazo y nuestras manos se estrecharon unidas durante un rato. Su mano era áspera, negra, y estaba sucia de polvo debido a que había subido a través del tejado, por encima del pretil de la parte superior de la ventana, y había bajado luego a sentarse en el alféizar. Se le veía muy tranquilo y lo sorprendente era que estaba extraordinariamente alegre, sin temor ni ansiedad; se sentía como en su casa. Allí estaba, con el río convertido ahora en oro brillante y, más allá, la verde ribera y los árboles lejanos. Nuestras manos estuvieron unidas por un tiempo; después, con tranquilidad, retiró su mano, pero se quedó donde estaba. Nos mirábamos el uno al otro, y sus ojos negros y pequeños brillaban llenos de extraña curiosidad. Quiso entrar en la habitación, pero vaciló; en lugar de eso, extendió sus brazos y sus patas, alcanzó el pretil, subió al tejado y se fue. Al atardecer estaba de nuevo en lo alto de un árbol, comiendo algo; le saludamos con la mano, pero no hubo respuesta.
El hombre era un sannyasi, un monje, con un rostro amable, más bien delicado, y unas manos sensibles. Iba limpio y su túnica había sido lavada recientemente, pero no planchada. Dijo que venía de Rishikesh, donde había pasado muchos años bajo la dirección de un gurú, el cual acababa de retirarse a las altas montañas y permanecía solo. Había estado en varios ashrams, después de haber abandonado hacía muchos años su casa, quizás desde que tenía veinte –no lo recordaba bien–, y aunque tenía parientes, varias hermanas y hermanos, había perdido todo contacto con ellos. La razón de haber venido y haber hecho un largo viaje, era porque además de algunas cosas que había leído aquí y allá, varios gurús le habían aconsejado que viniera a vernos, y recientemente un compañero sannyasi había insistido en que lo hiciera; por eso estaba aquí. No se podía predecir su edad; parecía de edad mediana, pero su voz y sus ojos se mantenían aún jóvenes.
«Ha sido mi suerte vagar por la India visitando varios centros con sus gurús; algunos de ellos son eruditos, otros ignorantes aunque tienen una cualidad que indica que algo hay en ellos, mientras que otros son meros explotadores que sacan partido de sus mantras; estos últimos han salido a menudo fuera del país y se han hecho famosos, pero muy pocos se han mantenido alejados de todo esto, y entre esos pocos estaba mi último gurú. Ahora se ha retirado a una remota y aislada parte del Himalaya, aunque un numeroso grupo de discípulos vamos a verle una vez al año, para recibir su bendición.»
¿Es necesario aislarse del mundo?
«Evidentemente uno tiene que renunciar al mundo, porque el mundo es irreal, y uno debe tener como maestro a un gurú, ya que él ha tenido experiencia de la realidad y puede ayudar a sus seguidores a encontrarla. Él sabe y nosotros no sabemos. Nos sorprende que usted diga que el gurú no es necesario, porque eso está en contra de la tradición. Usted mismo se ha convertido en gurú para muchos; uno no puede encontrar la verdad por sí mismo, necesita ayuda, necesita los rituales y la guía de aquellos que saben. Quizás al final, uno puede permanecer solo, pero no ahora; somos niños y necesitamos a aquellos que han avanzado por el sendero. Únicamente sentándose a los pies del sabio, uno aprende. Pero usted parece negar todo esto y he venido a averiguar seriamente por qué.»
observe ese río, la luz de la mañana reflejada en él, mire esos centelleantes trigales de un verde cautivador, y los árboles a lo lejos. Todo tiene una gran belleza y, para comprenderla, los ojos que la contemplan deben estar llenos de amor. Escuchar el traqueteo del tren sobre el puente de hierro es tan importante como escuchar la voz del ave. De manera que mire, escuche el arrullo de esas palomas, observe ese tamarindo y los dos loros de color verde que hay en él. Para verlos, los ojos deben estar en comunión con ellos –con el río, con ese bote que pasa repleto de aldeanos que cantan mientras reman–. Todo esto forma parte del mundo; si uno renuncia a eso, está renunciando a la belleza y al amor, a la Tierra misma. Ha rechazado la sociedad de los hombres, pero no las cosas que el hombre ha hecho en el mundo; no ha renunciado a la cultura, a la tradición, al conocimiento; todo eso le acompañó cuando se retiró del mundo. Ha renunciado a la belleza y al amor, porque tiene miedo de esas dos palabras y a lo que puedan significar. La belleza se asocia con la realidad sensorial, con sus implicaciones sexuales, y con el amor que le acompaña. Esta renuncia ha hecho que los hombres llamados religiosos se vuelvan seres egocéntricos, quizá de una forma más sofisticada que el hombre común, pero sigue siendo egocentrismo. Si no tiene belleza y amor, no es posible descubrir lo inconmensurable. Si observa bien el mundo de los monjes y santos, verá que la belleza y el amor están lejos de ellos; puede que hablen de esas cosas, pero tienen una disciplina férrea, son violentos en sus restricciones y exigencias. De modo que, en esencia, no importa qué túnica vistan –ya sea la de color azafrán, la negra, o la escarlata del cardenal–, todos ellos son muy mundanos; la suya es una profesión como cualquier otra y, sin duda, no tiene nada de lo que llamamos espiritual. Algunos de ellos deberían ser hombres de negocios, en vez de darse ínfulas de espiritualidad.
«Pero, señor, está usted siendo demasiado crítico, ¿no le parece?»
No; simplemente estoy exponiendo un hecho, y el hecho no es demasiado crítico, agradable o desagradable, es lo que es. La mayoría de nosotros nos resistimos a encarar las cosas tal como son. Todo lo que estamos diciendo es bastante obvio y sin rodeos. El curso de la vida y el mundo tienden al aislamiento; cada ser humano, a través de sus actividades egocéntricas, se va aislando, no importa que esté casado o no, que hable de cooperación y de ciudadanía, o de logros y éxitos personales. Sólo cuando este aislamiento llega al límite, se desarrolla una neurosis que a veces produce –si se tiene ta-lento– arte, buena literatura, etcétera. Retirarse del mundo y de todo su ruido, de su brutalidad, de su odio y placer, es parte del proceso de aislamiento, ¿no es así? La única diferencia es que el sannyasi lo hace en nombre de la religión o de Dios, mientras que el hombre competitivo lo acepta como una parte de la estructura social.
Es cierto que en ese aislamiento uno alcanza ciertos poderes, cierto grado de austeridad y templanza, que otorgan una sensación de poder, pero el poder, ya sea el del campeón olímpico, el del Primer ministro, o el de la autoridad suprema de las iglesias y los templos, es siempre el mismo. El poder, en cualquier forma que se manifieste, es maligno –si me permite usar esta palabra–, y el hombre con poder nunca puede abrir la puerta de la realidad. Por tanto, el aislamiento no es el camino.
La cooperación es necesaria para poder vivir, y entre el gurú y su seguidor, no hay cooperación de ninguna clase. El gurú destruye al discípulo y el discípulo destruye al gurú. En esa relación entre el que sabe y el que no sabe, ¿cómo puede haber cooperación, cómo pueden trabajar juntos, investigar juntos, hacer el viaje juntos? Esa división jerárquica, que es parte de la estructura social, ya sea en el campo religioso, en el ejército o en la esfera de los negocios, es esencialmente mundana; y renunciar al mundo es seguir atrapado en lo mundanal.
Dejar de ser mundano no consiste en llevar un taparrabos, en hacer una sola comida al día, ni en repetir sin sentido una máxima, una frase, o ser estimulado por un mantra. Aunque abandone el mundo sigue siendo mundano; internamente sigue formando parte del mundo de la envidia, de la codicia, del temor, aceptando la autoridad y la división entre el que sabe y el que no sabe; buscar algo personal sigue siendo mundano, ya sea buscar la fama, o lo que uno llama el ideal, Dios o lo que sea. Aceptar la tradición de la cultura es básicamente mundano, y retirarse a una montaña lejos de la civilización no evita que uno sea mundano. La realidad, bajo ningún concepto, está en esa dirección.
Uno tiene que estar solo, pero esta soledad no es aislamiento; esta soledad significa estar libre del mundo de la codicia, del odio, de la violencia, sean cuales sean sus sutilezas, estar libre del dolor de la soledad y de la desesperación.
Estar solo significa no pertenecer a nada, a ninguna religión o nación, a ninguna creencia ni dogma. Únicamente en esa soledad uno encuentra la inocencia que nunca ha sido tocada por la maldad del hombre, y esa inocencia puede vivir en el mundo, en medio de toda su confusión y, aun así, no formar parte de él. La inocencia no lleva ninguna vestidura particular. El florecimiento de la bondad no depende de sendero alguno, porque no hay sendero que conduzca a la verdad.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.