Kitabı oku: «Manifiesto Redneck»

Yazı tipi:

JIM GOAD (1961) sobrevivió a una adolescencia solitaria, misántropa y de bicho raro, con padre violento y monjas abusivas, en Clifton Heights, Pennsylvania, un barrio de lo más redneck, del que suele decirse que, como no te largues a tiempo, a los veinte años estás acabado. En cuanto puede huye a Nueva York, estudia interpretación con Stella Adler y conoce a Debbie, una chica judía de Coney Island, en un concierto de Johnny Thunders. Por problemas con un casero se marchan a Los Ángeles (se casan en Las Vegas) y juntos fundan la mítica revista de culto ANSWER Me! de la que, entre 1991 y 1994, salen cuatro números (el último, dedicado a la violación, es retirado de las tiendas por obscenidad). Entrevistas con Russ Meyer, Timothy Leary, Public Enemy, Iceberg Slim y artículos satíricos y muy cabrones sobre la masturbación en la literatura, la pedofilia en la obra de Steven Spielberg, los asesinos en serie, los 100 mejores suicidios de la historia o la música country racista. Se dice que Kurt Cobain andaba leyendo el número del suicidio antes de sacarse el carnet del Club 27. También inspiraría el suicidio de tres neonazis británicos. Francisco Martin Duran, el tipo que se lió a tiros desde la verja de la Casa Blanca con su carabina semiautomática en el 94, llevaba recortes de la revista en el bolsillo… La relación de Jim con Debbie y, luego con Anne «Skye» Ryan, «la dulce chica Drácula», fue bastante tormentosa; el asunto acabaría con Jim cumpliendo dos años en la prisión estatal de Oregón, preso nº12800236, por agresión. Allí escribiría sus memorias, Shit Magnet (Imán para la mierda). Se declara miembro orgulloso de la Nación de la Basura Blanca y ha girado con Hank III. No hay ni una sola minoría que no le odie. Él se ríe. Ellos no. Él piensa que sin humor estamos perdidos. Y lo estamos. Actualmente no vive en un parque de caravanas, pero se lo está pensando.

MANIFIESTO REDNECK

MANIFIESTO REDNECK

De cómo los hillbillies, los hicks y la basura blanca se convirtieron en los chivos expiatorios de Estados Unidos

Jim Goad

Traducción Javier Lucini


Título original:

The Redneck Manifesto: How Hillbillies, Hicks, and White Trash Became America’s Scapegoats

Simon & Schuster Inc., 1997

Primera edición: Junio 2017

Segunda edición: Septiembre 2017

Tercera edición: Diciembre 2017

Cuarta edición: Octubre 2018

Quinta edición: Noviembre 2020

© Jim Goad, 1997

© 2017 de la traducción: Javier Lucini

© 2017 de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (con Tomás

Cobos ayudándole en el alambique)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento», 2017

Maquetación: Marga Suárez

Correcciones: Marta Velasco Merino

ISBN: 978-84-19288-07-3

Producción del ePub: booqlab

Índice

Nota de los editores

Agradecimientos

1- Los negratas blancos también tienen sentimientos

2- Existencia feudal. Las raíces de la eurobasura

3- Una historia rápida de la clase baja blanca estadounidense (y una historia aún más rápida de los Goad)

4- La vista desde fuera. De cómo los rednecks se convirtieron en extraños

5- Trabajar duro

6- Ocio duro

7- Rezar duro

8- ¿Qué tienen de malo los incitadores al odio, los locos por las armas y los extremistas paranoicos que se niegan a pagar impuestos?

9- Yo y los negros

10- Varios argumentos de peso para la esclavización de todos los progresistas blancos

Notas

Bibliografía

NOTA DE LOS EDITORES

A lo largo de la obra, el autor utiliza varios términos de uso común en Estados Unidos (básicamente peyorativos) para referirse al objeto de su estudio: el trabajador blanco de clase baja estadounidense. Salvo en el caso de «white trash», que tiene una traducción poco chirriante y más o menos establecida («basura blanca»), hemos decidido dejar el resto en su versión original. La opción era traducirlos por los consabidos términos recurrentes: paleto, palurdo, cateto, pueblerino, patán, gañán o rústico, pero lo cierto es que no son solo ni exactamente eso. La iracunda erudición de la que hace gala el propio autor, declarado ciudadano de la Nación White Trash, es buena prueba de ello. Por otro lado, cada término tiene su origen y su idiosincrasia (a veces puramente geográfica) y, en la mayoría de los casos, el autor los explica en el texto.

El término «redneck» hace referencia a una circunstancia muy concreta, la nuca roja, achicharrada de tanto trabajar al sol, de los aparceros blancos pobres. Suele utilizarse para referirse peyorativamente a los sureños conservadores. Muy de interior, baja renta, lata de cerveza y bandera confederada.

El «hillbilly» también ha llegado a convertirse en un término insultante para referirse a los habitantes de ciertas áreas remotas, rurales o montañosas, sobre todo de la cordillera de los Apalaches y, en ocasiones, de los Ozarks, dos de las zonas más pobres del país. Denota aislamiento respecto a la cultura dominante (accidental o voluntario). Según Anthony Harkins, en su libro Hillbilly: A Cultural History of an American Icon, el término aparece impreso por primera vez a principios de siglo, en un artículo del New York Journal, con la siguiente definición: «Un Hill-Billie es un ciudadano blanco, libre y sin restricciones, de Alabama, que habita en las colinas (“hills”), carece de medios reseñables, se viste como buenamente puede, habla como le da la gana, bebe whisky en cuanto tiene la oportunidad y dispara su revólver cuando se le antoja». El estereotipo lo pinta como un blanco sureño con barba descuidada, muy mala dentadura, escasa educación, un rifle y un sombrero de paja destrozado que anda descalzo, casi en harapos, bebe whisky ilegal de elaboración casera, toca el banjo o el violín, tiene una camioneta que se cae a trozos y, en general, es feliz con lo poco que tiene. Ha dado lugar a un género musical: la música hillbilly.

En el capítulo 4, Jim Goad explica el origen de los términos «hick», «rube», «hayseed» y «yokel» como denominaciones peyorativas rurales que se construyen de manera similar a la de «hillbilly» (Billy de las colinas), tirando del nombre propio de un varón imaginario que, supuestamente, vendría a representar a todos los hombres del campo; en el caso de «hick» la palabra procede de una variante actualmente obsoleta del nombre «Richard», «rube» es una abreviatura rural de «Reuben». El caso de «Hayseed» apunta directamente a la vida rural, por lo de simiente («seed») y heno («hay»), más utilizado en el Medio Oeste rural. «Yokel» parece designar a un tipo de granjero, el que lleva el yugo («yoke»), un pobre diablo.

En el mismo capítulo Jim se extiende un poco más con la etimología del término «cracker» y su derivado «corn-cracker». Encuentra su origen en Bretaña, en el siglo XVII, como sinónimo de bomba (como en el caso de «firecracker», petardo). Vendría a referirse a una persona de ira explosiva o demasiado ruidosa. También rastrea la raíz hasta el término «corn-crackers», los «cruje-maíz» o «chasca-maíz», porque machacar, o crujir, el maíz, era una de las pocas formas que tenían los primeros moradores de los bosques norteamericanos para obtener alimento. Otra explicación que apunta el autor es la de que «cracker» sea una reducción de «whip-cracker», una expresión inventada por los urbanitas sureños para etiquetar a los vaqueros rurales (chasqueadores) de Georgia y Florida que conducían a sus mulas y sus bueyes por tierras de pastoreo valiéndose de un látigo. Los afroamericanos modernos, que son quienes parecen utilizar más la palabra «cracker», alegan que el chasquido del látigo no era el del vaquero sino el del negrero. También nos explica el autor que, a mediados del siglo XIX, poco a poco, los afroamericanos empezaron a favorecer el uso de la palabra «cracker» para denigrar al odiado blanquito, abandonando el término que hasta entonces tenía más solera: «po’ buckra», una mezcla de pobre («poor») y una palabra africana que viene a significar algo parecido a «demonio blancucho».

«Honky» también suelen utilizarlo los afroamericanos para humillar a los blancos, sobre todo en el Sur. Su origen es misterioso. Puede ser una variante de «hunky», que a su vez proviene de «bohunk», término despectivo con que se conocía a la población inmigrante magiar de Bohemia a principios del siglo XX. También puede proceder de los mineros de carbón de Oak Hill (Virginia Occidental), en la época en la que era un oficio segregado: los negros en una sección, los blancos en otra y los extranjeros que no hablaban inglés en una tercera que se conocía como «Hunk Hill», la zona de los Hunkies. Honky también puede ser una mutación del término «xonq nopp», que en idioma wólof de África Occidental significa «persona de orejas rojas» y, por tanto, «persona de raza blanca». Llegaría a Estados Unidos a bordo de los barcos negreros. Otro posible origen documentado es el apodo que, allá por 1920, la población negra daba a los blancos temerosos que iban en coche a los barrios negros y tocaban el claxon («honk») para que las prostitutas afroamericanas se acercasen y se fuesen con ellos sin necesidad de salir del coche y exponerse a indecibles peligros.

«Bumpkin», sinónimo de «yokel», se refiere a las personas que viven en las zonas rurales, algo necias y con escasa educación. Gente muy poco sofisticada y apenas interesada en la cultura. Visten como espantapájaros y no hay quien les entienda al hablar. Pueblerino y paleto suelen ser las traducciones más habituales.

Un «peckerwood» es un sureño blanco rural, por lo general pobre, sin cultura, ignorante e intolerante. El término ganó popularidad en el Sur profundo a principios del siglo XX con uso claramente peyorativo. Se le da la vuelta a la palabra «woodpecker», el pájaro carpintero que luce una mancha roja en la parte posterior de la cabeza, con lo que resulta que estamos hablando de un «redneck» en toda regla. En el folklore de comienzos del siglo XX se utilizaba como contraste simbólico con el «blackbird» (el mirlo, traducido literalmente, «el pájaro negro») que representaba a los afroamericanos. En la subcultura carcelaria (y de banda motera) el término hace alusión a los presos blancos en general.

Tal y como se explica en una nota a pie de página, el origen del término «Bubba» se relaciona con un mote derivado de la palabra «brother» (hermano). Un apelativo cariñoso que suele darse a los hermanos mayores dentro del círculo familiar, o a un buen amigo. Su aparición en el Sur de Estados Unidos parece proceder de la lengua creole de los afroamericanos de las islas de Carolina del Sur, concretamente de la expresión Krio «bohboh» (niño), que entre los gullah aparece como «buhbuh». Bubba suele utilizarse fuera del Sur de manera ofensiva para señalar a una persona de bajo estrato económico y educación limitada.

«Linthead» es un término despectivo de principios del siglo XX, muy de las zonas montañosas del Sur, para designar a los empleados de la industria algodonera (de «lint», pelusa y «head», cabeza: cabeza llena de pelusa). Luego se generalizaría para referirse al típico blanco sureño de clase baja.

Y por último «shit-kicker». Persona del campo ruin y poco sofisticada, bastante lerda, que anda pisando o pateando bostas de vaca (de «shit», mierda y «kicker», pateador). El paleto de toda la vida.

Nota: Para no convertir el texto en un basural de asteriscos y cruces hemos optado por numerar y referenciar a pie de página las notas que, como editores, hemos considerado necesarias para la comprensión del texto (sobre todo, notas de referencias culturales) y reservar para las páginas finales las notas del autor, puramente bibliográficas, señalándolas con números entre paréntesis.

Manifiesto Redneck

Jim Goad

AGRADECIMIENTOS

Gratitud de Varón Blanco Cabreado a quienes me inspiraron mientras estuve trabajando en este libro, a quienes de forma desinteresada me facilitaron consejos y sugerencias de documentación e incluso a quienes hicieron todo lo posible por echarme un cable y fracasaron estrepitosamente:

Phil Anselmo • Jim Blanchard • Nick Bougas • Alan Brabson • Ivan Brunetti • G. Lynn Burch • Lisa Carver • Ray Crowe • Francisco Martin Duran • Lorin Ferguson • Donna Gaines • Jane Greenhow • Rick Hall • Rob Hardin • Mark Hejnar • Michael A. Hoffman II • Scott Huffines • Phil Irwin • Darius James • Jeff Kelly • Alan «Hellstomper» King • Hollister «Gun Fag Manifesto» Kopp • Jeff Koyen • J. Keith Layne • Jessica Morgan • Michael Moynihan • Annalee Newitz • Karen Niziolek • Adam Parfrey • Randall Phillip • Dickie Joe Reed • Chip Smith • Peter Sotos • Steve Svymbersky • Sean Tejaratchi • Jesco White • Diane y Richard Willman • Matt Wray • Leroy Wright

Pero no me pidáis ningún favor. Y si no aparece vuestro nombre, bueno, quizá haya sido a propósito. Gracias también a todos los críticos que, sin darse cuenta, me han proporcionado su particular variedad embriagadora de inspiración pervertida.

Que caigan como copos de nieve bendiciones de basura blanca sobre quienes arriesgaron sus reputaciones en la industria editorial: Charlotte Sheedy, Neeti Madan, Chuck Adams, Cheryl Weinstein, Trish Todd, Bob Mecoy, Ted Landry y Andy Hafitz.

Besos torpes y endogámicos a todos los miembros de mi familia con los que me sigo hablando (¿qué pasa, hermanita?). Y, naturalmente, una caravana llena de afecto cracker para Igor, Eggy, Percy, Bjorn, Flavia y Debbie.

No hay agradecimientos para nadie más.

Dedicado a todos los que viven entre Nueva York y L.A.

«¿Estás escribiendo sobre la basura blanca? Bueno, pues espero que no te burles de ellos como el resto de los medios».

UN TIPO QUE SIGUE VIVIENDO EN MI ANTIGUO VECINDARIO

1
LOS NEGRATAS BLANCOS TAMBIÉN TIENEN SENTIMIENTOS

¿No los odias? ¿A todos ellos, desdentados, endogámicos, incivilizados, violentos e irremediablemente IDIOTAS? Dios mío, ¿cómo no vas a odiarlos? No existe gente con menos honor. Con menos dignidad. Nadie más ignorante. Más simplón. Son una estirpe primitiva de modales prehistóricos, no aptos para otra cosa que no sea el derramamiento de sangre aleatorio y los delitos menores. Sus mentes atrofiadas e infrahumanas vegetan cautivadas por el alcohol barato, la fiebre de la lotería y las más necias supersticiones de la religión de los pobres. Dejan de pegar a sus esposas solo el tiempo que a estas les lleva escurrir otro mocoso deforme de sus entrañas. Van desparramando sus genes de segunda mano en una espiral degenerativa de disfunción. Engendran niños anencefálicos que respiran por la boca. Vulgares. Todos ellos. Sanguijuelas. Sin duda, la degradación de su raza.

Por suerte para ti, no he especificado de qué raza hablo. Si me hubiese estado refiriendo a la basura negra, podrían lincharme. Si estuviese hablando de la basura blanca no sería más que otro abanderado del permanente linchamiento nacional. La diferencia entre vil racismo y sátira rigurosa depende solo del color del negrata en cuestión.

No pasa ni un solo maldito día sin que se nos invite a odiar a la basura blanca. Nuestra maquinaria mediática y sus lactantes masas oprimidas muestran escasa compasión por el redneck. Nuestros magazines, comedias de situación y bombazos de taquilla rebosan de portazos dados por hicks, hayseeds, hillbillies, crackers y escoria de tráiler. A través de la incesante exposición a todas esas imágenes que recalcan la inconveniencia de semejante chusma, acabamos por husmear con desprecio la acre pestilencia del retrógrado Eurosudor. Poco a poco llegamos a la convicción de que los blancos de clase obrera son caricaturas bidimensionales, carnaza canalla de tripa cervecera, portadora-de-rifles y muy aficionada a comerse los mocos. Babosas homófobas llenas de picaduras de mosquitos que se rascan las pelotas, follan con cerdos y meten mano a sus hijas. Aprendemos a reírnos (y a tener miedo) de sus rostros arrasados por los granos y sus ojos lechosos y estúpidos. Nos reímos por lo bajo de los chutadores de anfetas y de los esnifadores de pedos. De los lanzadores de bostas y los manipuladores de serpientes. De las amas de casa abultadas y de los leñadores con peinado de cola de pato. De los licántropos de culo peludo que ocupan parques de caravanas próximos a las zonas designadas por el Superfund1. De las mujeres obesas con rulos que posan desvergonzadas en bikini naranja con tetas caídas que ocultan las cicatrices de sus cesáreas. De sus hijos desaseados y perplejos de dientes verde-amarillentos acribillados de caries. De la piel escamosa color gris pálido de los hombres dentudos que inhalan trementina y revientan a hostias a cualquiera que sea más inteligente que ellos. Rostro cadavérico tras rostro cadavérico de gente de campo de encefalograma plano. Vertederos ondulantes de blancura cuajada. Pis de gato y pañales sucios. Platos costrosos en el fregadero. Manchas amarillentas en sobacos de camisetas blancas. Millones de gilipollas blancos y apestosos que contaminan la nación.

Los estereotipos no son nuevos, lo que pasa es que de un tiempo a esta parte se han vuelto más crueles. Persistentemente. El Paleto Blanco Idiota siempre ha formado parte del elenco estadounidense. Pero hace cincuenta años las representaciones se inclinaban hacia lo benigno y lo cómico, desde Li’l Abner2 a Ma y Pa Kettle3. A medida que nuestra percepción de una hegemonía blanca de lirio metido en el culo comenzó a fracturarse, las caricaturas se han ido volviendo cada vez más cruentas hasta degenerar en los crackers homicidas de Easy Rider4 y los desastres genéticos revienta-ojetes de Deliverance5.

Gente muy de viñeta. En la actualidad apenas se ve al redneck como otra cosa que no sea una caricatura. Todo un filón de experiencia humana, de literatura potencial, desestimado como un chiste, al igual que, hace una o dos generaciones, las nociones populares a propósito de la cultura negra en Estados Unidos quedaron relegadas a las caricaturas de Sambo6 y a las estatuillas de jockeys para jardín. En nuestra barraca de tiro étnica, el redneck es el único monigote que queda en pie. El resto de las dianas se han ido retirando discretamente por deferencia a leyes no escritas de sensibilidad cultural. Ya no tenemos a Stepin Fetchit7, pero Jim «Ernest» Varney8 sigue irguiendo su feo careto de pobre diablo9. En lugar de Amos’n’Andy10, tenemos a Beavis y Butt-head11 o a Darryl y Darryl de Newhart12. Veda abierta para la basura blanca. El parque de caravanas se ha convertido en el retrete cultural de los medios de comunicación, el único lugar aceptable en el que verter nuestras inclinaciones racistas.

Para reforzar esta descabellada afirmación mía que suena tan inverosímil, he llevado a cabo un pequeño estudio pseudocientífico sobre el modo en que la prensa dominante recurre a los términos «negrata» y «redneck» para referirse a la raza. Ratón en mano y a golpe de clic, me fui abriendo camino por los archivos digitales del Detroit Free Press desde 1987 hasta los seis primeros meses de 1995, a lo que hay que añadir un sondeo más limitado del San Francisco Chronicle desde agosto de 1994 a mayo de 1995. La búsqueda se saldó con ciento setenta y tres resultados de la palabra «negrata» frente a los ciento quince casos de la voz «redneck». Debido a las limitaciones de mi software de internet, no pude buscar expresiones como «basura blanca», aunque parece razonable que tanto «redneck» y «basura blanca» como «cracker», «honky», «hillbilly» y «hick» se registren con la suficiente frecuencia para obtener, al menos, una paridad numérica bastante aproximada con «negrata» y sus sinónimos. Pero no es hasta que uno se pone a analizar el modo en que se utilizan los insultos (y la identidad de quien los lanza) que las cifras en bruto empiezan a cobrar sentido.

Empecemos con los rednecks…

Redneck: 115 resultados

En términos generales, estas menciones pueden dividirse en las siguientes categorías:

ESOS DESPRECIABLES PAYASOS REDNECK: 39 RESULTADOS

—Rednecks representados como psicóticos y repulsivos («un redneck imbécil gordo y desaseado»; «un redneck oleaginoso»; «un redneck maníaco, retorcido y lleno de desprecio»; etc…).

—Rednecks estereotipados como borrachuzos («un redneck traga-cervezas»; «redneck mama-cervezas»; y seis casos de la expresión «bar redneck»).

—Rednecks retratados como dignos objetivos de sátira étnica («humor redneck» y la habitual plétora de chistes que comienzan diciendo: «Puede que seas un redneck si…»).

—Un par de referencias de esta categoría vinculan a los rednecks con dos viejas patologías sexuales, la endogamia y el incesto.

REDNECKS COMO EXTRANJEROS: 26 RESULTADOS

—La experiencia redneck tratada como algo procedente de otro planeta, aislada de lo corriente, tanto geográfica como ideológicamente («remotas aldeas redneck»; «un rústico Sur redneck»; «territorio redneck» y «una ciudad redneck de Texas»).

—El culo del mundo redneck queda retratado sistemáticamente como un lugar adverso del que cualquier persona sensata habría de huir. Tras escapar, se celebra al redneck rehabilitado que se disculpa por sus raíces («el marido de Lily, Ralph, ha ascendido de su origen redneck […] para fastidiar a su esposa, socialmente superior» y «Soy producto de la zona redneck donde me crié y a través de la franja horaria del Este y del budismo he intentado cultivar otra faceta de mi personalidad»).

YA SE SABE LO QUE ES UN REDNECK: 22 RESULTADOS

—Estas menciones resultan reveladoras por su falta de descriptividad, pues tienden a dar por sentado que la mente del lector ya se encuentra bastante repujada de imágenes de archivo de lo que representa el redneck. Se presume que el estereotipo está ya tan plenamente materializado que no necesita mayores explicaciones («mujeres redneck»; «un sargento instructor redneck»; «éxtasis redneck»; «una gran caminata redneck»; etc…).

REDNECKS E IDENTIDAD ÉTNICA: 28 RESULTADOS

—La palabra «redneck» utilizada por los blancos para describirse a sí mismos de un modo desafiante (las matrículas en las que se lee REDNECK Y ORGULLOSO; letras de canciones que dicen: «Me llaman redneck/y reconozco que eso es lo que soy»).

—En cinco ocasiones se cita a negros que recurren a la palabra para describir a la escoria blanca. Esto, qué interesante, nunca se considera racista.

—Se señala a los rednecks como la fuente principal de la discriminación («un miembro redneck del Ku Klux Klan»; «un redneck fanático»; «racismo redneck»; etc…).

—Por último, en solo seis de los ciento quince resultados totales, el término «redneck» se analiza como un posible insulto racial. Seis de ciento quince; menos de un cinco por ciento. Las otras ciento nueve veces en que se utiliza se hace con la certeza imperturbable de que difamar a los rednecks es lo correcto.

No pasa lo mismo con los negratas.

Negrata: 173 resultados

«Negrata», por supuesto, ocupa un recoveco situado mucho más allá del «joder» en nuestro Panteón de lo Indecible. Como era de esperar, cada vez que afloraba un «negrata» iba acompañado de una cierta repulsión implícita o explícita por el uso de la palabra. La palabra que empieza por «N» es condenada universalmente como un «apelativo feo e insultante», una «obscenidad» o «la palabra más sucia, inmunda y asquerosa del idioma estadounidense». La información referente a «negrata» puede que se analice mejor si la dividimos en tres categorías:

BLANCOS QUE DICEN «NEGRATA»: 133 RESULTADOS

—Muchas de estas referencias implican meteduras de pata racistas muy publicitadas de Grandes Idiotas Blancos como Ted Danson, Marge Schott y Mark Fuhrman13. Varias más dan cuenta de controversias y pleitos surgidos a raíz de que algún funcionario público o cualquier otro caucásico insensato haya soltado un «negrata».

—Nada menos que en ciento nueve de estas menciones se trata del trauma experimentado por el mero hecho de ser llamado negrata, equiparándolo con un «linchamiento verbal» que en varios casos conduce directamente a la violencia. En siete casos se justifica que el negro ataque después de que a un humano de tez más clara se le ocurra etiquetarle como un negrata.

NEGROS QUE DICEN «NEGRATA»: 33 RESULTADOS

—Negros que recurren al «negrata» de manera autorreferencial, una reivindicación invertida de una expresión que otros utilizan para menospreciarles. Es idéntico al modo en que algunos blancos pobres se refieren obstinadamente a sí mismos como rednecks.

—En once casos (con más frecuencia que las diez ocasiones en que se refieren a sí mismos como negratas), negros que ponen el término en boca de blanquitos. En otras palabras, que acusan a los blancos de decir «negrata» sin ninguna evidencia de que en realidad lo hayan dicho («¿Qué? ¿Es que nunca habías visto un negrata?»; «Siguen mirándote como si fueses un negrata» y «Un hombre negro con un millón de dólares es un negrata con un millón de dólares»).

—Negros que rechazan el término con rotundidad («Esa cosa del negrata no existe»; «Yo nunca he sido un negrata, así que la palabra nunca me ha molestado»; etc…).

—Negros que reconocen que la utilización por parte de los blancos de la palabra «negrata» se ha reducido notablemente («Ya nadie te sale con lo de «negrata»; «Ya no se escucha la palabra «negrata». «Ya nadie dice eso» y «Nadie me ha llamado nunca negrata»).

«NEGRATA» TRAS UN INSULTO ANTIBLANCO: 7 RESULTADOS

—Un hombre negro al que echaron de un autobús después de que el conductor blanco dijese: «Que el negrata vaya a pata», se queja del trato de ese «conductor redneck».

—Un activista negro que se queja de haber sido llamado «negrata» cuando pregunta en la universidad: «¿Por qué debería rogar a un cracker que me integre en su sociedad cuando no quiere?».

—Al reseñar una pelea callejera en la que blancos y negros se habían insultado mutuamente recurriendo al «negrata» y al «honky», el comentarista solo lamenta el uso de «negrata».

—En un colegio, un profesor blanco insiste en que él «jamás de los jamases dice “negrata” delante de sus alumnos» y remarca su pretendida amplitud de miras añadiendo: «Llamo a los blancos “basura blanca” cuando son basura».

Como el diablo blanco que soy me he reservado la estadística más incriminatoria para el final: siempre que aparece la palabra «negrata», el escritor está citando a otros. Pero en ochenta de los ciento quince casos en que aflora la palabra «redneck» (más de dos de cada tres veces) es el propio AUTOR el que la utiliza como sustantivo o adjetivo para denigrar a los blancos de clase baja. Pensadlo: ningún escritor en ningún periódico estadounidense puede decir «negrata» sin ser despedido. Pero si la nuca es roja hay luz verde.

La edición de 1989 del Webster’s New World Dictionary refleja este doble rasero semántico. A la definición de una sola palabra de la voz «negrata» (Negro) le sigue un descargo de responsabilidad de sesenta y seis palabras:

«USO: en su origen una simple variante dialectal de Negro, hoy el término negrata es aceptable solo en el inglés afroamericano; en cualquier otro contexto se considera, por lo general, poco menos que tabú debido al legado de odio racial que subyace en la historia de su uso por parte de los blancos y su permanente utilización como calificativo violentamente hostil por parte de una minoría».

Compárese con la definición de «redneck»:

«Sureño rural, blanco y pobre, a menudo, específ., considerado ignorante, racista, violento, etc…».

Nótese que el Webster’s no se detiene a discutir la descripción de los rednecks como «ignorante[s], racista[s], [y] violento[s]». Tampoco menciona que quienes recurren a la palabra «negrata» suelen considerar ignorantes, violentos y, en ocasiones, también racistas a sus objetivos. Mientras que casi se disculpa por utilizar la palabra que empieza por «N», el Webster’s deviene casi conspiratorio en su aversión por el redneck.

Esos rednecks han de ser una gente de lo más abominable.

Todos hemos oído que la basura blanca es «la peor clase de basura» que existe, por lo general dicho sin una sola gota de ironía por personas que se consideran a sí mismas estridentemente antirracistas. Pues bien, ya podéis poneros a patear mi culo de blanco hambriento de melanina hasta hacerlo picadillo, pero a mí todo esto me parece de lo más contradictorio. Yo pensaba que la Primera Regla de la Etiqueta Racial era que a nadie se le debía permitir insultar a un grupo al que no perteneciese. Y aun así los negros, los judíos, los asiáticos y los hispanos (y, más significativamente, los blancos ricos) pueden proferir «redneck» o «basura blanca» con total impunidad. De hecho, cuando lo sueltan suele considerarse una manifestación en cierto modo heroica y corajuda, como si David le hubiese estampado al matón de Goliat un pedrusco de un kilo en toda la frente.

Para que no suene a racismo, los defensores de tales infamias se apresuran a señalar que no se refieren a todos los blancos; solo a la basura blanca. Y no se demoran en añadir que no tienes que ser pobre para actuar como basura blanca. Yo solo puedo replicar que los racistas blancos insistieron durante años en que no odiaban a todos los negros, solo a los que actuaban como negratas. Y tampoco tienes que ser pobre para actuar como un negrata.

El multiculturalismo es un club de campo en el que no se admite la entrada a la basura blanca. Su negativa a considerar «basura blanca» y «redneck» como términos específicos de raza y clase les obliga a tener que lidiar con un montón de contradicciones que, de no ser tan potencialmente peligrosas, resultarían hasta cómicas. En su pronunciamiento por reparar viejos agravios, quienes se ceban en la basura se explayan sin descanso acerca del primitivismo de la basura blanca al tiempo que ignoran ciertas realidades desagradables del África moderna. Las manifestaciones de la estupidez de la negritud estadounidense se despachan como algo «cultural», mientras que los pecadillos de la basura blanca se condenan como simple y llana imbecilidad. Si un médico negro da la impresión de avergonzarse de los raperos gangsta que se frotan el escroto y de los sudorosos predicadores negros, enseguida se le etiquetará de vendido y de traidor a la raza. Pero cuando es un abogado blanco el que se abochorna de los hillbillies que se rascan las pelotas y de los sudorosos predicadores blancos, su repulsión se considerará absolutamente comprensible. Si un blanco manipula serpientes venenosas para probar su fe en Jesús, es un imbécil. Pero si el tipo es negro y sacrifica pollos vivos para apaciguar a las deidades vudú, lo suyo se respeta como expresión cultural válida. Está bien mencionar la endogamia caucásica, pero no los índices afroamericanos de embarazo adolescente. Se puede cargar contra la basura de tráiler, pero no contra la escoria del gueto. Puedes burlarte de los camioneros, pero no de los lowriders14. Los anuncios de la campaña «Acabemos con el Hambre» del Tercer Mundo afirman que los bebés viven en la pobreza porque, de alguna manera, se han visto forzados a ello, mientras que los rednecks solo pueden culparse a sí mismos de su precariedad.

No voy a negar la estupidez de muchos de los rednecks que habitan en los parques de caravanas. Y, con espíritu igualitario, tampoco ocultaré el hecho de que muchos de los negros del gueto y los hispanos del barrio muestran el mismo coeficiente intelectual que un grano de arena. Desde luego, la clase cracker es ignorante de muchas cosas. ¿Pero acaso no lo son también los hombres de las tribus hutu?

Contradicciones. El hirviente asco progresista que despierta la basura blanca se evapora bajo la elevada fricción de la vehemencia de su propia ilógica. El análisis de la clase progresista se desmorona en el mismo instante en que se observa bajo la luz de… bueno, del propio análisis de la clase progresista. Este «análisis» comprende de buena gana los imperativos económicos que existen tras las bandas callejeras, pero no tras los destiladores ilegales de las zonas rurales; acepta a los Crips y a los Bloods15, pero no a los Hatfield y a los McCoy16. «Celebra la diversidad», aunque frunce el ceño sistemáticamente ante la experiencia de la clase obrera blanca. De algún modo, el obrero blanco siempre parece quedar excluido de la ecuación multicultural, se ve que posee una tez demasiado pálida para formar parte de sus coaliciones multicolores. Las patologías de la basura blanca casi nunca se contemplan como respuesta a factores ambientales, mientras que la conducta de los pobres de ascendencia no-europea siempre se disculpa bajo ese prisma. Abundan las coartadas socio-ilógicas para los actos aberrantes de cualquier otro grupo; en el caso de la basura blanca se consideran consecuencia de cierta forma de podredumbre innata. Si te dispones a argumentar que, sencillamente, los rednecks carecen de «lo bueno» (que engendran violencia, estupidez y otros rasgos de carácter indeseables), acabarás cayendo en una tesis eugenésica y socavarás cualquier pretensión de progresismo o igualdad. En el momento en que te adhieras a la igualdad, antes o después, te verás obligado a abrazar a la basura blanca, y a mí no me eches la culpa si no soportas el olor.

Para justificar el Anschluss17 ideológico contra la basura blanca, habría que proclamar que los hillbillies detentan un grado impío de poder. Como los izquierdistas vienen sosteniendo desde hace años, los únicos racistas auténticos son gente con poder para oprimir a otros de un modo sistemático. Y aquí es donde los expertos alternativos y los bocazas progresistas fracasan en su ataque contra los rednecks. Hablan de la basura blanca y del privilegio blanco como si fuesen términos intercambiables. Como la mayor parte de los ejecutivos de empresa son varones blancos, concluyen erróneamente que la mayoría de los varones blancos son ejecutivos de empresa. Pintan a la basura blanca como rematadamente estúpida pero, al mismo tiempo, capaz de sacar adelante una conspiración intercontinental que acabará por esclavizar a casi todos los habitantes del planeta que exhiban un exceso de melanina. Aseveran burdamente que gente que no puede ni costearse la plomería de casa controla la llave de paso de las tuberías de la riqueza global. Se describe a los rednecks como la personificación del poder blanco, cuando el único momento en que puede que se topen con un blanco poderoso es cuando el jefe les ladra en la fábrica.

Los ornamentos de estilo épico del kitsch redneck, bajo cualquier grado de escrutinio honesto, solo pueden contemplarse como fantasías de los impotentes, no de los influyentes. Como reacción a su debilidad inarticulada, la basura blanca desarrolla un sistema rúnico de exageración wagneriana: los «monster trucks»18, los «funny cars» con combustión de nitro19, los luchadores de más de dos metros, los Elvis mesiánicos, la grandilocuencia heavy metal y las ideas de potencia masculina extraídas de películas sangrientas. Y, en última instancia, sus fantasías se materializan en las guerras masivas a las que se les embarca para que sean engullidos como hamburguesas perladas de grasa.

Mientras compilaba mis notas para este ensayo comencé a preguntarme si podría pasar un solo día en el que no escuchase a alguien soltar mierda sobre la basura blanca. Así que sintonicé mis peludas orejas de conejo con la radio y la televisión. Enfoqué mis incisivos ojos de roedor en periódicos, revistas, fanzines e internet. Ni un solo día hice click sin toparme con furibundas invectivas contra yokels endogámicos o, al menos, con alguna caricatura condescendiente de Billy Bob. Y sigo a la espera.

¿Y por qué me perturba tanto toda esta insidia contra la basura?

Porque están hablando de MÍ.

Durante muchísimo tiempo no quise admitirlo. Darse cuenta de que eres basura blanca es como que te diagnostiquen un cáncer: primero viene la negación, luego una fase de «pataleta», luego la aceptación reticente. Con un poco de suerte serás capaz de convertir las malas noticias en algo bueno.

Ser basura blanca es similar a ser miembro de una secta en la que uno no se da cuenta de lo que está pasando hasta que sale de ella. El vecindario de mi juventud parecía perfectamente normal… hasta que me largué. Al igual que los demás rednecks, reuní mis pertenencias en un mantel de cuadros rojos y blancos, lo até al extremo de un palo y me puse en camino hacia la gran ciudad. Después de que me llamasen basura blanca (¿qué era eso?) dieciséis o diecisiete mil veces, empecé a pensar que los urbanitas podrían tener razón. Admitir que estaban en lo cierto fue para mí doloroso aunque, con el tiempo, de manera gradual, acabaría siendo algo glorioso: sí, yo procedo de una clase blanca económicamente desfavorecida. Pero no ando pidiendo cupones de comida. Ni siquiera exijo cuarenta acres y una mula. Aunque sería agradable que mostraseis un poco de simpatía por el redneck. De lo contrario, mi hermandad hillbilly mutante y yo tendremos que matarte.

Como Marie y Donny Osmond20, yo soy un poquito country y un poquito rock ’n’ roll. Soy urbanita y alimaña de campo a partes iguales. Mi madre era basura urbana de Philly21; mi padre escoria rural de Vermont. Juntos huyeron a un Dogpatch22 de hormigón situado a ocho kilómetros de la Ciudad del Amor Fraternal para vivir los candorosos sueños consumistas de la basura suburbana que se generaron tras la Segunda Guerra Mundial. Soy producto directo de basura mezclada y polinizada.

Manzana tras manzana de zona residencial de ladrillo, un desastre Lego estilo Levittown23, nuestro vecindario era una reserva de rufianismo obrero24. Las casas baratas, con sótanos habilitados a modo de salas de estar con orgulloso artesonado de un contrachapado de calidad ínfima, siempre olían a metano y a fruta podrida. Recortes de uñas de pies y pelotillas de mocos acechando bajo los sofás. Los hombres muy peludos y muy borricos, las mujeres solo algo menos peludas pero igual de borricas. Me acuerdo de tipos corpulentos con camisetas manchadas de césped peleándose en los jardines delanteros. Recuerdo árboles de Navidad derribados cuando las familias borrachas resolvían sus asuntos a puñetazos. Los ojos se me empañan al pensar en las chicas adolescentes masca-chicles que escribían números de teléfono en la pared de la cocina y esperaban que algún motero traficante de speed les concediese un anillo bañado en oro, un apartamento de un solo dormitorio y una camada de bebés.

Genéticamente, mi vecindario estaba dividido a partes iguales entre italianinis e irlandeses de mierda, y ninguna otra etnia aparente en varios kilómetros a la redonda. O eras un bailón-de-gigas de cara pecosa como yo, o un espaguetini de tez aceitunada. Los irlandeses de nuestra manzana hacían poco por eliminar el estereotipo de no ser más que una horda embrutecida de fracasados de nariz chata. Popeyes gruñones por todas partes. Una panda de duendes devastados por la cirrosis, muy de blandir cachiporras con sus pantalones marrones de trabajo, sus resplandecientes zapatos negros y sus calcetines blancos. Un patatal rara vez labrado lleno de tréboles humanoides, alcohólicos y sin escolarizar, de mirada férrea y olor a barbería. Aunque el lienzo étnico de mi madre también estaba salpicado de pinceladas británicas y escocesas, y mi padre era un edredón andrajoso repleto de parches de Dublín, Londres y Quebec, en nuestro vecindario nos consideraban irlandeses. Por lo tanto, bebíamos y estábamos siempre de muy mala hostia.

Eran los italianos y sus desvergonzadas y ostentosas manifestaciones de papismo los que hacían que nuestro vecindario oliese fuerte a basura de casco urbano. Las familias italianas que conocí intentaban enmascarar su condición social de pobres diablos recién desembarcados con vistosas montañas de oropel manufacturado. Entrar en uno de sus hogares era como darse un paseo por el Museo Liberace. Espejos biselados en el techo. Estatuas recargadas de aguadores en pelotas con coronas de laurel. Fundas de plástico transparente y moqueta de felpa dorada. Cenas domingueras en casas de amigos con salsa poco espesa y azucarada de espagueti y una nube incesante de remordimiento sexual romano, ardiente como las emisiones del aire acondicionado. Pagliaccis25 rotundos y patéticos. Siempre una abuela medio sorda con la cabeza envuelta en un pañuelo y medias gruesas cubriendo sus tobillos hinchados del viejo mundo. Virginidad imposible y un führer apenas disimulado en la figura del Papa. Saciaban su sed de sangre con los ultraescabrosos folletos antiabortistas a todo color que nuestra iglesia repartía los domingos en el vestíbulo a la salida de la misa. Los italianos parecían venidos de otro planeta y eran mucho más teatreros que los irlandeses. Casi parecían negros. Y por ninguna otra razón aparente que la de haber llegado antes a las costas americanas, nosotros nos considerábamos eugenésicamente superiores a ellos. Los italianinis eran nuestros negratas.

La basura comenzaba en casa y mi tazón de sopa estético siempre se vio cubierto por el enorme manchurrón de ketchup del aderezo de la basura blanca. Esto gracias, sobre todo, a la tutela cultural de mi hermano mayor. Allá por los años sesenta me instruyó para poder tener las entrañas bien atiborradas de comida basura de Philly, ahogada en manteca de cerdo y un montón de chiles picantes. Comí pastel de carne desbaratado y quemado26 y aprendí a mutilar mi dicción. Engullí bocadillos abarrotados de fiambres mortíferos y me esforcé por tirarme pedos a tiempo. Mi hermano me llevó a las carreras de «dragsters», hizo que me obsesionase por el gore escalofriante de EC Comics27 y se aseguró de que me supiera al dedillo la letra entera de «Greasy Grimy Gopher Guts»28. Una noche de verano de 1965, más o menos un año antes de que el gobierno le enviase a Vietnam con un arma, me dejó que le acompañase a un programa triple de pelis gore en el autocine local. Treinta años después, sigo recordando aquellas películas. La primera, Color Me Blood Red, era sobre un pintor psicótico que mata mujeres y utiliza su sangre para conseguir el deseado tono carmesí para sus cuadros. La última película del cartel, Blood Feast, iba de un proveedor de catering egipcio que extraía órganos humanos de sujetos casi vivos para preparar festines en honor a la diosa Ishtar. Movidas fuertes para los ojos de un niño de cuatro años, pero en realidad no mucho peor que lo que mi padre hacía en casa con mi madre y mis hermanos mayores.

Emparedada consanguíneamente entre Color Me Blood Red y Blood Feast, estaba la epopeya de la venganza redneck, Two Thousand Maniacs! La película transcurre en la mítica localidad sureña de Pleasant Valley (población: 2.000 habitantes), que se dice que fue diezmada por los victoriosos soldados de la Unión en 1865. Cien años más tarde, los lugareños masacrados se resucitan a sí mismos y capturan a seis yanquis como ofrenda sacrificial para los fastos del centenario. Mientras los yanquis murmuran en sus habitaciones de hotel acerca de la misteriosa hospitalidad de los habitantes de Pleasant Valley, «rústicos Daniel Boone» y «pretenciosas Daisy Mae», un hayseed en bombachos llamado Rufus se extasía ante lo «finamente» que se había comportado al principio una de las chicas norteñas. «Para esta noche, no le va a quedar nada de toda esa finura, Lester», le babea a su compinche. En efecto, esa misma tarde, le cercenan a la chica el brazo con un hacha… y luego, al caer la noche, lo asan a la barbacoa en un festival29 a ritmo de banjo. Atan los miembros de su novio a cuatro caballos que desgarran su larguirucha complexión en cuatro direcciones. Al día siguiente, espachurran a otra mujer yanqui bajo un enorme pedrusco conocido como «La Roca Tambaleante». Obligan a su novio a meterse en un barril atravesado con puntas de clavos y lo hacen rodar por una colina hasta que muere perforado. Mientras miraba la gigantesca y sangrienta pantalla rebosante de todas aquellas carcajeantes caricaturas redneck, le dije a mi hermano: «Me recuerdan a la gente de donde vive la abuela».

Me estaba refiriendo a la abuela Goad, nuestra abuela paterna, que se parecía mucho a la abuela Clampett de los Beverly Hillbillies30 y se vestía casi igual. La abuela vivió y murió en Windsor, Vermont, mi conexión directa con la basura campestre. La gente de Windsor también me recordaba a los personajes de Petticoat Junction, Green Acres o cualquiera de las telecomedias cracker que proliferaron en los años sesenta. Pero detrás de las risas enlatadas hervían las presiones económicas. Desde que el abuelo Goad, el borracho del pueblo, abandonó a la abuela con cuatro hijos que alimentar, ella salió adelante cocinando para leñadores. Pensar en su dulce de mantequilla de cacahuete, su panceta, sus bollos de mermelada y su salsa «amarillenta» aún hace que mi boca serrada se haga agua. Lo más probable es que nunca vuelva a probar una comida como esa, porque nunca volverá a existir gente como esa.

Nuestra familia solía pasar buena parte de cada verano en Vermont, en casa de la abuela, de la tía Berle o del tío Junie. ¿Te resultan lo bastante redneck ESTOS nombres? Dormíamos apretados como escarabajos patateros en viejos cobertizos astillados con contrapuertas oxidadas. El aire limpio y oloroso a madera contrastaba agradablemente con el aire vomitivo de Philly. Un puente cubierto medio podrido cruzaba el río Connecticut hasta las colinas color verde marihuana de New Hampshire. Mientras mi tío se iba a trabajar como un esclavo a la fábrica local de Goodyear, los chicos Goad nos dedicábamos a perseguir perros callejeros o a buscar renacuajos. Había momentos en que Vermont resultaba casi perfecto. Sus leñadores y sus vendedores de lombrices eran la gente más amistosa y honesta que he conocido en mi vida. Nunca aprendieron a avergonzarse de lo que eran.

Yo no tuve tanta suerte. No recuerdo haber sido aleccionado de un modo explícito, pero de alguna manera llegué a saber que no debía enorgullecerme de mis parientes yokel de Vermont. Puede que viese florecer esta vergüenza instintiva por primera vez cuando empecé a asistir a la escuela primaria. El campo local de adoctrinamiento para jóvenes católicos, la Escuela Elemental de la Cruz Sagrada, se alzaba en la confluencia del muy obrero y redneck Clifton Heights y el más administrativo y blanquito Springfield. Yo era de Clifton Heights. Springfield tenía un club de campo con hoyos de golf; Clifton Heights tenía bares en cada esquina para jugar a los dardos. Los hombres de Springfield bebían cócteles; los hombres de Clifton se mataban a beber. Springfield contaba con prórrogas por estudios; Clifton con bajas de Vietnam. Springfield era feliz, correcto y tranquilo; Clifton estruendoso, chapucero y miserable. A los hombres de Springfield se les permitía cagarla cien veces; a los hombres de Clifton, solo una. Al cumplir veinte en Springfield tenías toda la vida por delante; en Clifton tu vida se había ido por el sumidero.

Los chavales de Springfield se mofaban de Clifton como si fuese Harlem y, al principio, su condescendencia clasista me resultó muy chocante. Me había pasado mi más temprana juventud pensando que vivía en el centro del universo, solo para enterarme de repente de que era un barrio bajo. Había crecido acostumbrado sin problema a una jerarquía social de dos niveles (los omnipotentes obreros irlandeses y los repulsivos obreros italianos), para enterarme de pronto de que yo era el negrata de otra gente.

Al conducir por Springfield en nuestro Chevy Impala color mosca verde botella, recuerdo a mis padres señalar enormes jardines con el césped cortado a navaja y hogares del tamaño de Graceland. Comentaban que eran casas de clase media y yo me preguntaba en qué clase nos dejaba eso a nosotros. No estaba muy seguro de por qué otros vecindarios eran más prósperos que el nuestro, solo sabía que de algún modo se habían apartado de nuestro rebaño. Cuando mi padre le estuvo haciendo chapuzas de fontanería al propietario del bar donde solía ir a beber, íbamos en coche hasta una finca de ricachón más allá de Springfield. El lugar contaba hasta con un arroyo privado poblado artificialmente de peces luna. Mientras mi padre raspaba la mierda de las tuberías de cobre del dueño del bar, yo nadaba en la piscina del jardín de atrás con el hijo de aquel hombre. Hasta entonces yo ignoraba que existía gente con piscina en el jardín de atrás. Nosotros no teníamos ni jardín de atrás, teníamos un callejón.

Mi padre se comportaba en casa como Mussolini, pero cerca de su cliente adinerado era como un botones entusiasta. Recuerdo ver al dueño del bar sacarse del bolsillo un fajo de cinco centímetros de grosor y, uno a uno, ponerse a extraer billetes para papá. Mi padre se quedaba mirando el dinero en las manos de aquel hombre. Tan deferente. Como correspondía, yo también me portaba con inusual cortesía con mi compañero de piscina y no llegué a salpicarle ni una sola vez. Jamás actuaría así con los chavales de mi barrio.

Poco a poco aprendí a renegar de mis raíces. Las imágenes de la basura blanca que transmitían los medios comenzaron a resultarme repulsivas. El cantante de country Porter Wagoner parecía encarnar todo lo que estaba empezando a odiar de mi posteridad como basura blanca. Vamos, antes saltaría por un aro de nabos en llamas que negar que Porter Wagoner era el ser humano más feo que había visto en mi vida. Ahí junto a la insosteniblemente tetuda beldad hillbilly Dolly Parton en su redifundido programa de televisión de mediados de los años setenta, tieso y cigüeñudo en su traje de fantasía rojo faisán, con ese copete dorado sobre una cabeza más escuálida que un cacahuete, Porter Wagoner hacía que me sintiese avergonzado.

La última vez que mis padres me arrastraron a Vermont fue en el verano del 78, justo antes de mi último año en el instituto. Dado que me hallaba atiborrado de los blues de falsos negros de los Rolling Stones y de la política cenagosa de una generación formada al amparo de la frecuencia modulada, las formas de tiro al plato y remo en charca de mis parientes paternales me avergonzaron más que nunca. Aquel otoño, para mi redacción «Qué hice en las vacaciones de verano» de clase de lengua, satiricé al «clan Goad» pintando a mi familia de Vermont como burdos glotones hillbillies. Provocó vendavales de carcajadas engreídas entre los miembros, en su mayor parte femeninos, de la clase, jovencitas poéticas que se parecían a Ben Franklin.

La conciencia de clase se estaba convirtiendo para mí en algo así como una obsesión permanente. Entré en la universidad un poco demasiado tarde para disfrutar de ser blanco y justo a tiempo para que me culpasen por lo que habían perpetrado unos blancos muertos que jamás había tenido el gusto de conocer. Lo mismo daba que mis ancestros hubiesen instalado la plomería de las pirámides, yo seguía siendo el opresor. No encajaba ni con los yogurines pijos ni con los rockerillos siniestros de pelo teñido, así que opté en su lugar por el inconsciente ademán de la basura blanca, el rockabilly retro. Y sin importar cuánto desodorante me echase, seguía emanando eau de garbage blanc. Mi novia de entonces, cuyo padre se levantaba un cuarto de millón al año dibujando planos en casa, me dijo al principio que pensaba que yo era un farsante del extrarradio. Ella, con su casa inmensa y sus cursos de verano en París, era indudablemente más punki que yo. Me alentó a leer la revista Ms.31 y a reconocer mi papel en la sistemática opresión a la que se veía sometida. Una vez, cuando ya vivíamos juntos, se quejó de que estaba cansada de vivir «en la precariedad». Dado que yo siempre había vivido así, no sabía por qué se quejaba. Luego, cuando voló de vuelta a Pittsburgh para sacarle más dinero a su papá, yo tuve que conducir un taxi en mitad de la nieve para sacarme mi parte del alquiler.

Porque no fue hasta que me puse a TRABAJAR para ganarme la vida que me di cuenta de que ser basura blanca no era algo vergonzoso… Era algo cabreante.

Odiaba a mis padres como personas, pero llegué a entender su apuro social y el modo en que este debió alimentar su amargura. Mis papis solían intimidarme con historias terroríficas de la Gran Depresión. Mi padre –al que le encantaba leer– se vio obligado a dejar el instituto para ayudar a mantener a sus hermanos y a su madre vendiendo leche chocolatada a los mineros de la cantera. Mi madre hablaba de semanas interminables sorbiendo gachas aguadas y preguntándose si acabaría muerta de hambre. Ambos vestían ropa andrajosa por culpa de la codicia especulativa y desenfrenada de otra gente. Esa «otra gente», como podréis suponer, no era lo que llamaríais «basura blanca». Y después, cuando comenzó el reflujo de la Depresión, esa misma «otra gente» envió a mi padre a Alemania con un rifle, a dar su vida para proteger unos intereses militares e industriales que escapaban a su comprensión.

Desde que nací, mi viejo trabajó ochenta horas a la semana: cuarenta con un casco bajo las crudas llamas de una refinería de Gulf Oil, y cuarenta como fontanero, dejando que la mierda, el óxido y el pulverizador de termitas de las familias blancas forradas de pasta rezumase en sus manos ampolladas de redneck. Para ayudar a pagar las facturas, mi madre y mi hermana trabajaban de camareras en el club de campo, recogiendo apuradamente los sándwiches de ensalada de huevo a medio masticar que se dejaban las mujeres blancas adineradas. A pesar de ser un capullo malhumorado, mi padre fue un hombre razonablemente brillante, en apariencia capacitado para algo mejor que la fontanería o la plataforma petrolífera. No puedo evitar pensar que en parte se debió a que nadie esperó nunca que fuese mejor. En el momento en que se dio cuenta de que jamás conseguiría algo mejor que limpiar mierda o refinar petróleo, empezó a actuar como basura. Se convirtió en esclavo de la bebida, las carreras, los cigarrillos, el café, los remedios estomacales y los breves estallidos intermitentes de violencia desesperada.

El vejestorio atiborrado de beicon murió mucho antes de mi boda en Las Vegas en 1987 en el interior de una casa remolque de un parque de caravanas Tropicana. El tipo que nos casó fue el reverendo Walker Goad; encontramos su nombre en la guía telefónica. Yo padecía la misma falta de perspectiva ancestral que sufrían muchos estadounidenses blancos, pero ni siquiera estaba seguro del origen étnico de mi apellido ni de cuándo llegaron a América los primeros Goad. Walker, un reverendo enorme y calvo que podría haber sido defensa de un equipo de fútbol americano, me explicó amigablemente que el nombre era británico. Dijo que los primeros Goad de América fueron convictos embarcados en Inglaterra para cumplir sus penas de prisión como siervos contratados en las plantaciones. En otras palabras, que mis antepasados fueron esclavos blancos. Cuando se abolió la esclavitud, toda esa gente fue la que se convirtió en montañeses furtivos y corn-crackers, insectos de cadena de montaje y camioneros, más de trescientos años de desesperanzados trabajos de mierda goteando sobre mis espaldas.

Si las afirmaciones de Walker eran ciertas, aquello me daba una ascendencia completamente distinta a la de los blancos acaudalados. Significaría que mis antepasados fueron negratas en el Reino Unido, y no han dejado de ser negratas aquí. ¿Es justo decir que nací con las mismas oportunidades que Thomas Jefferson? ¿O que un expatriado forrado taiwanés o un inmigrante kuwaití? Los que se ceban con la basura no se molestan en ponderar en serio tales preguntas argumentando falazmente que los rednecks tuvieron su oportunidad y la cagaron.

A eso de las tres de la madrugada, cada día, me desgarro del sueño como un feto decidido a abortar. A veces tengo que abofetearme la cara para asegurarme de que no me vuelvo a quedar dormido. Otro comprimido de efedrina, otro tazón de café homicida. Mi culo chorrea sangre a causa de todas las variedades de speed que absorbo para mantenerme despierto y poder currar. A menudo soy un estropajo tan derrengado que no hago más que mirar mis notas durante horas. Pero no puedo permitirme cerrar los párpados. Trataré de escribir más o menos hasta las siete, momento en que tanto yo como la parienta nos preparamos para ir al curro. Ella es mecanógrafa en una fundición de acero. Yo hago trabajos de preimpresión en una imprenta. Hacia el atardecer intento exprimir sobre el papel unas cuantas palabras más de mi interior antes de dejarlo. Y después me vuelvo a despertar instintivamente a las tres de la madrugada. Hago dos turnos completos, igual que hacía mi viejo. Si me salto un día de trabajo pasaré hambre. Y si no escribo por la noche me muero.

De camino al trabajo en el coche atajo por un cuadrante suburbano muy bien cuidado que me recuerda mucho a Springfield. Fortificaciones insondables. Altos arbustos cubistas. Aspersores de césped traqueteando en círculos arrogantes. Mujeres blancas con jersey blanco, pantaloncitos blancos, calcetines cortos blancos y deportivas blancas aguardando en la cuneta al autobús que se lleve a sus empalagosos hijos al colegio. En el trabajo se me recuerda por partida doble la diferencia de clases entre blancos. Mi jefe ha contratado a su mujer y a su hija para que se ocupen de las llamadas telefónicas, coman donuts y se limen las uñas mientras yo me deslomo ocho horas sin descanso. Mientras mis extremidades bailan de manera robótica el mambo del currante, mi mente rememora todos los curros en los que he tenido que recibir órdenes de alimañas ricachonas, hijos de papá con la mitad de cerebro y cien veces más pasta que yo. Esas jodidas temporadas de friegaplatos, chef de fritangas, taxista y dependiente de zapatería. Las ocasiones en que dormía en mi coche agujereado y dejaba que se me pudriesen los dientes porque no podía permitirme ir al dentista. El curro de media jornada en un periódico semanal alternativo donde escuchaba a los progresistas de limusina hablar constantemente mal de la basura blanca, resistiendo en silencio sus pullas como si estuviesen contando chistes de polacos y no se diesen cuenta de que yo era polaco. Así que a veces, de camino al trabajo, fantaseo con esas mujeres blancas ricas y sus hijos desangrándose y arruinando la inmaculada blancura de sus ropas.

Porque siempre era la gente de su vecindario la que más se cebaba con la basura blanca. Como los negros pobres les hacen pensar en sus pecados, se abstienen de cebarse con los negratas; como los blancos pobres les hacen pensar en sus éxitos, se cagan en los rednecks y se descojonan de ellos. ¿Cómo debería referirme a los caucásicos que no son basura? ¿Oro blanco? ¿La Gente Valiosa? ¿Los auténticos beneficiarios del imperialismo blanco? Se trata de la misma clase de gente que crea en los medios imágenes negativas de la basura blanca, los escritores que utilizan «redneck» como adjetivo. Denigran la basura blanca igual que uno insulta a un familiar bochornosamente ebrio. Y al hacerlo desvían de sí mismos el resentimiento que sienten los no blancos hacia la basura blanca. Es una especie de proyección de culpabilidad, casi como un padre que viola a su vecina y luego culpa a su hijo del crimen. Porque no son los multiculturalistas de la Ivy League quienes sirven como carne de cañón en nuestras guerras, sino los negratas y los rednecks. No son los teóricos sociales propietarios de apartamentos en el East Village los que mueren de neumoconiosis, sino los mineros de Virginia Occidental. La incesante repulsión de los medios por la basura blanca puede ser, de manera consciente o no, un mecanismo a través del cual los blancos ricos convierten a los más pobres en chivos expiatorios. Se trata de una cómoda y efectiva estratagema de divide y vencerás. Durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos se esforzaron por conseguir que los rednecks culpasen a los negratas. En los últimos treinta años o así, han alentado a los negratas para que culpen a los rednecks. Una cosa está clara: el día que los negratas y los rednecks unan fuerzas, serán imbatibles. Pero la gente de su barrio no quiere que sea así.

Así que me revienta leer una columna difundida en varios periodicuchos firmada por un tal Tad Friend que parece haber forjado su carrera criticando a la basura blanca como si fuesen ladillas. En el artículo titulado «La Nación de la Basura Blanca», Tad nos avisa de una «epidemia de basura blanca» y bufa con desaprobación que:

«[…] lo vergonzante de la conducta de la basura blanca […] no es ese encantador flamenco de plástico en el jardín delantero de la cultura norteamericana ni el atisbo de una libertad existencial. La auténtica basura es antisocial y violenta. La auténtica basura es un continuo berrinche hirviente a punto de estallar. La auténtica basura es una eterna edad difícil»(1).

Lo que Tad se olvida de mencionar es que la auténtica basura es muy posible que no pudiese permitirse la instrucción de la universidad a la que a él le enviaron sus padres. La auténtica basura estaba demasiado ocupada disfrutando de todas las maravillosas patologías físicas y mentales que nunca se ven en The Beverly Hillbillies. La auténtica basura se estaba preocupando de no dar ese paso en falso que los acabaría convirtiendo en indigentes.

La auténtica basura estaba viviendo de atún, fideos ramen y macarrones con queso, y muriendo en plena juventud por no poder permitirse todos esos médicos. La auténtica basura estaba forcejeando con la rabia tóxica y agobiante de saber que la cosa nunca iba a mejorar. La auténtica basura no disponía de tiempo para el ingenio, la creatividad ni la elegancia. La auténtica basura tenía dos trabajos y aun así no llegaba.

La auténtica basura es también algo que sigue siendo útil a sus generadores. A medida que la aldea global se convierte en algo más real que un vago McLuhanismo, los trabajadores blancos estadounidenses solo son otra mano de obra barata. En realidad, no tan barata en comparación con los sueldos que aceptarían los malayos y los dominicanos. La basura blanca es residuo industrial en términos humanos. Edsels raciales32. Efluvio genético, cartones de leche arrugados en la pila de desechos del progreso.

Pero más allá de una conspiración económica Bilderbergiana, hay una razón muy sencilla por la que los trabajadores de cuello blanco odian a la basura blanca: los rednecks fueron los abusones del instituto. Por lo general, esa fue la única ocasión en la que los progresistas blancos de cuello blanco se vieron obligados a mezclarse con la basura blanca. El instituto fue probablemente el experimento social más igualitario que se les obligó llevar a cabo en la vida, y no han dejado de huir de esa pesadilla desde entonces. Porque esa es una forma de huida blanca con frecuencia pasada por alto: huir de las propias raíces. El redneck les recuerda lo que fueron antes… y de lo que tuvieron la increíble suerte de poder escapar. Es una antipatía ancestral de raíces muy profundas. En la basura blanca los blancos ricos ven a los primitivos demonios del paganismo nórdico que les gusta pensar que lograron «civilizar» lejos de sí mismos.

Así que convierten a la basura blanca en el pináculo de lo fuera de onda. Pero estas cosas siempre se las ingenian para cambiar. Temo una ola inminente de Simulacro Basurero, que ya se insinúa en esa moda afectada que anda propagándose de un tiempo a esta parte por las insulsas revistas nacionales. Comenzando en algún momento de la época de El negro blanco de Norman Mailer, los aburridos estudiantes blancos de arte impregnaron la vacuidad de sus vidas con la «autenticidad» de la experiencia negra. ¿Reclamar la identidad del blanco-oakie puede ser la próxima última moda? Si hay algo más irónico que unos adolescentes blancos haciéndose pasar por negros, es unos adolescentes blancos haciéndose pasar por blancos. A veces, a los falsos negros se les llama «wiggers»33, ¿deberíamos llamar a los falsos blancos «nudnecks»?34. Que no te sorprenda toparte con una cosecha bien abundante de falsas variedades de Tex y Edna35 reacondicionando viejas autocaravanas Winnebago y vestidos de Elvis, emulando a la basura blanca en una perversa manifestación de comedia carnavalesca. Vaciarán una lata entera de Cheez Whiz36 posmoderno encima de su tributo a la basura blanca, asegurándose de que no pienses ni por un segundo que de verdad estén adoptando a esa gente ni su modo de vida. Como siempre, engullirán la parafernalia estilística y desecharán la experiencia como si se tratase de una cáscara de plátano.

Como burbujas de pobreza blanca, los chistes de rednecks siguen arreciando. Pero la auténtica basura no se molesta. Se vuelve violenta… ¿verdad? Ahí fuera, en los parques de caravanas, parece estar fraguándose una especie de Segunda Revolución Americana. Bajo la vigente sábana empapada de Prozac de la contemporización multicultural de los medios, a los blancos de clase obrera se les niega cualquier identidad aparte de la cháchara de la culpabilidad. Su resentimiento no es de fiar. Así que no te hagas el sorprendido cuando forjan una identidad solo por ser odiados y usados como chivo expiatorio. A medida que se desvanecen las oportunidades para la mano de obra no calificada, la basura blanca puede que se vuelva desagradable. Y se politizará de un modo que te hará retorcerte. Estos «lunáticos paranoicos de derechas» tienen razón en una cosa: el resto del mundo VA a por ellos. No es raro que correteen por los bosques vestidos de camuflaje, arremetiendo contra el enemigo oculto. No es raro que su resentimiento de clase se manifieste en los potentísimos estallidos de las bombas de fertilizante. A la basura blanca no le quedan sueños. Pero toda esta endogamia, mala nutrición, cerveza barata y anfetaminas de banda motera nos ha proporcionado una ventaja evolutiva. Todos esos trabajos revienta-almas y toda esa condescendencia de los blancos ricos nos ha arrinconado en una esquina. Y, como las ratas suburbiales que siempre habéis dicho que somos, solo nos queda la opción del contraataque. Cuesta mucho despertar nuestra furia, pero no nos presionéis. La siguiente escaramuza étnica a gran escala de Estados Unidos puede que sea interracial: basura blanca vs. dinero blanco.

Personalmente, no puedo sacar nada de tiempo de mi apretada agenda para el extremismo político. Ni para la moderación política. Pero me siento más cómodo viviendo entre la basura blanca. No es exactamente lo que llamaría hermanamiento, sino, claramente, un sentido de experiencia compartida. He intentado vivir doce años en la movida multicultural de la gran ciudad, solo para darme cuenta de que la mayor parte de los partidarios del multiculturalismo (gente blanca y rica) no me quería. Así que me mudé a un vecindario redneck, un barrio de currantes y de basura blanca. Alquileres bajos. Clase baja. Bajos fondos. Camioneros, soldadores, traficantes de meta, pit bulls, cercas podridas. Un puente colgante color sopa de guisante desvaído cruza el río Willamette hasta las colinas verde marihuana de Forest Park. Casi idéntico a Vermont, pero en una costa totalmente distinta. De todos los vecindarios de Portland, este (St. Johns) es el más notorio por su alto cociente de basura blanca. Aunque aquí viven más negros y mexicanos que en casi todas las demás zonas de la ciudad. Por razones económicas, la basura (ya sea negra, parda o blanca) siempre ha vivido codo con codo en Estados Unidos. Son los blancos de Tarjeta Oro los que siempre pagan lo que sea para autosegregarse, dejando que los rednecks, los negratas y los putos hispanos se peleen por las galletas que sobraron ayer.

Podéis considerarme un cínico que pretende venderos la sofisticación del mecánico, un separatista de clases con predilección estética por las manifestaciones basureras de la ansiedad del obrero blanco. Pero eso es MUY difícil de meter en una chapa. Así que no hay problema, llamadme redneck. No voy a llorar. No me voy a disculpar por vivir en la marmita purulenta de lo desplazado y lo deforme. Sus características más repugnantes me parecen extremadamente atractivas. Tal y como yo lo veo, sus costras, sus moretones y sus dientes perdidos son declaraciones de sus formas arraigadas de un modo inconsciente en la clase. En mi manzana, mujeres arterioscleróticas se pasean por ahí con forma de modelo primitivo de Bomba-A, meneando sus piernas pálidas y fofas bajo el raro sol estival. Madres adolescentes con ojos morados y marcas de pinchazos en los brazos empujando carritos de bebés y deteniéndose a pegar la hebra con traficantes de meta que TAMBIÉN tienen los ojos morados. Niños retrasados allá donde mires. Me siento en el astillado porche delantero de mi chabacano nidito de amor oregoniano y miro cómo lucha toda esta gente para escapar de su fealdad, solo para volver a quedar atrapados en ella una y otra vez. Esto queda muy, muy lejos de los hipsters. Aquí me siento como en casa.

En cuanto te vuelves basura, ya no hay vuelta atrás. El clima actual solo ofrece abnegación, por lo que me siento muy cómodo viviendo en el pasado. Es como salir del armario; yo he salido del tráiler. Asumo la vergüenza. Me regodeo como un cerdo de rostro pálido en el vertedero de mis iguales. Estoy orgulloso de ser una especie en peligro de extinción, un santo moderno de la Diáspora Cavernícola. Ahora estoy vitoreando a los Dos Mil Maníacos para que linchen a unos cuantos yanquis. Y escucho a Porter Wagoner casi a diario. ¿Me duele cuando me llaman basura blanca? No, en cierto modo me alienta. Soy un fénix resurgiendo de la basura. Eternamente plebeyo. Si no es basura, no vale una mierda.

1 Programa federal del gobierno de Estados Unidos destinado a financiar la limpieza de zonas contaminadas con sustancias nocivas y contaminantes. (N. de los E.)

2 Tira de la prensa satírica estadounidense que narra las andanzas de una familia rural en la empobrecida localidad de Dogpatch, Kentucky. Escrita y dibujada po Al Capp. en España no tuvo mucha suerte. Solo se publicaron algunos episodios en la revista El Globo de Buru Lan Ediciones en 1973 y una edición posterior en cuadernos monográficos de Ediciones Eseuve entre 1991 y 1992, que solo alcanzó los seis números. (N. de los E.)

3 Personajes de una serie de películas de Universal Studios que se rodaron a finales de los años cuarenta y a lo largo de la década de los cincuenta. Son una pareja hillbilly con quince hijos cuyas vidas cambian radicalmente en el momento en que ganan un concurso y abandonan la granja para mudarse a vivir a la casa que les dan como premio. (N. de los E.)

4 Easy Rider (1969), dirigida por Dennis Hopper. (N. de los E.)

5 Deliverance (1972), dirigida por John Boorman, basada en la novela de James Dickey. (N. de los E.)

6 El estereotipo que alcanzó notoriedad en 1898 a través del libro infantil The Story of Little Black Sambo, de Helen Bannerman, en el que se retrata a los negros como gente muy alegre, vaga, irresponsable y despreocupada. (N. de los E.)

7 Nombre artístico del actor y comediante afroamericano Lincoln Theodore Monroe Andrew Perry (1902-1985), «el hombre más perezoso del mundo». Fue el primer intérprete negro en lograr que su nombre apareciese en los títulos de crédito. Sus caracterizaciones siempre fueron motivo de controversia y se consideran ejemplo de estereotipo negativo de los afroamericanos. (N. de los E.)

8 James Albert Varney, Jr. (1949-2000), actor y cómico estadounidense que se hizo célebre por el personaje de Ernest P. Worrell, un idiota con gorra, estereotipo de basura blanca, creado originalmente por una agencia de publicidad de Nashville. Murió tres años después de la publicación de este libro. (N. de los E.)

9 «Po’bucker», expresión afroamericana para referirse peyorativamente a la basura blanca. Resulta de unir la palabra inglesa «poor» (pobre) con «buuker» o «buckra», término con el que en África occidental se denomina al diablo, al hombre del saco o al hombre blanco. (N. de los E.)

10 Exitosa comedia de situación basada en estereotipos racistas que comenzó su andadura como programa de radio en 1928 antes de dar el salto definitivo a la televisión. (N. de los E.)

11 Serie de animación de la MTV. Sus dos protagonistas, basura blanca adolescente de la peor calaña, obsesionados por el sexo y deficientes mentales, comentan las peripecias de sus lamentables vidas mientras ven videos musicales. (N. de los E.)

12 Serial de la CBS emitido desde 1982 hasta 1990 (184 episodios de media hora) que transcurre en una pequeña localidad rural de Vermont llena de personajes extravagantes, entre los que se encuentran los hermanos Larry, Darryl y Darryl. Estos dos últimos no hablaron hasta el último episodio. (N. de los E.)

13 El actor Ted Danson tuvo muy mala prensa cuando el 8 de octubre de 1993 apareció con la cara pintada de negro en el Friars Club en una fiesta en honor a su pareja de por aquel entonces, Whoopi Goldberg, interpretando un monólogo en el que soltó más de doce veces la palabra «negrata» mientras se comía una sandía. Goldberg le defendió diciendo que le había ayudado a escribir el guión. Marge Schott, presidenta del equipo de béisbol de los Cincinatti Reds que estuvo envuelta en una polémica tras ser acusada de haberse referido a dos de sus jugadores como «negratas de un millón de dólares». Mark Fuhrman, exdetective del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD). Célebre por su participación en la investigación de los asesinatos de Nicole Brown Simpson y Ronald Lyle Goldman en el caso de O.J. Simpson. Muy aficionado al lenguaje racista y sospechoso de haber plantado pruebas falsas en el caso. (N. de los E.)

14 Comenzó en los años cincuenta como una manifestación de la cultura chicana, a la que más tarde se acabaría uniendo la cultura afroamericana. Consiste en la manipulación de coches clásicos como forma de vida y afirmación social. (N. de los E.)

15 Bandas afroamericanas rivales de Los Ángeles. (N. de los E.)

16 Familias rivales de la región fronteriza entre Virginia Occidental y Kentucky. Su mítica enemistad, que duró años y estuvo a punto de desencadenar una guerra, ha pasado a formar parte del folclore estadounidense. El trasfondo del conflicto puede rastrearse, por ejemplo, en la serie de dibujos animados Los Osos Montañeses (1965), de Hanna-Barbera, en la que la familia protagonista vive en perpetuo enfrentamiento armado con «los malditos Mojarras» en la zona rural más profunda de Estados Unidos. (N. de los E.)

17 «Anschluss» es una palabra alemana que, en un contexto político, significa «unión», «reunión» o «anexión». Fue usada para referirse a la incorporación de Austria a la Alemania nazi el 12 de marzo de 1938 como provincia del III Reich. (N. de los E.)

18 Camionetas modificadas con ruedas gigantes y suspensión neumática que se utilizan en exhibiciones, carreras destructivas de obstáculos, etc…, muy populares en la «América profunda». (N. de los E.)

19 Vehículos que disputan la segunda categoría más potente, por detrás de los Top Fuel, de las carreras de «dragsters» de la NHRA (National Hot Rod Association). En esta, dos competidores corren sobre una recta pavimentada de un cuarto de milla (poco más de cuatrocientos metros). Los «funny cars» son copias modificadas de alto rendimiento de coches último modelo con un motor V8 que puede llegar a alcanzar los 8000 CV de potencia y recorrer 330 metros en cuatro segundos. (N. de los E.)

20 Del programa de la cadena de televisión ABC en los años setenta Donny & Mary. Dúo pop que se formó en el célebre grupo familiar The Osmonds. (N. de los E.)

21 Apodo coloquial de la ciudad de Filadelfia, también conocida como la Ciudad del Amor Fraternal. (N. de los E.)

22 Pueblo montañoso ficticio donde habita el clan de hillbillies de la tira cómica de Al Capp Li’l Abner (1934-1977), localidad habitualmente descrita como el lugar más miserable e innecesario de la tierra. (N. de los E.)

23 Nombre con el que se conoce a los siete grandes proyectos suburbanos creados en Estados Unidos por William Levitt y su empresa Levitt & Sons después de la Segunda Guerra Mundial para dar residencia a los veteranos y sus nuevas familias, aunque limitado exclusivamente a veteranos de «raza caucásica». Seguían el modelo de una cadena de montaje, miles de casas similares o idénticas de construcción fácil y rápida, con su valla blanca, su parcelita de césped y sus electrodomésticos. (N. de los E.)

24 El término utilizado por el autor es «ruffneckism», derivado del término «roughneck», que se refiere a los obreros de trabajos manuales pesados. La connotación de trabajo duro ha hecho que el término haya pasado a formar parte de los logos y los nombres de varios equipos deportivos. Un trabajo duro que, por otro lado, endurece y brutaliza. Johnny Cash escribió una canción en honor de esta clase obrera embrutecida, «Born To Be A Roughneck», casi un himno redneck. (N. de los E.)

25 Pagliacci es un drama en dos actos. Música y libreto del compositor Ruggero Leoncavallo. Relata la tragedia de un esposo celoso y su esposa en una compañía teatral de la comedia del arte. (N. de los E.)

26 El «scrapple» es un pudín de despojos y tiras de cerdo mezclados con maíz molido, harina y especias que se corta en rodajas y se fríe. Típico de los estados de la zona atlántica de Estados Unidos: Delaware, Pensilvania, Nueva Jersey y Maryland. Procede de los holandeses y probablemente sea una receta menonita o amish. Se vende en los supermercados de toda la zona, tanto fresco como congelado. (N. de los E.)

27 Sello editorial de cómics dirigido por William Gaines que vivió su época dorada entre los años cuarenta y cincuenta. Se especializó en cómics de ciencia ficción, crímenes, guerra y, sobre todo, terror. De estos últimos, sus series más destacadas fueron Tales from the Crypt, The Vault of Horror y The Haunt of Fear. Finalmente, debido a la presión de la censura, cerró todas sus publicaciones para concentrarse en la revista de humor Mad. (N. de los E.)

28 La canción «Great Green Gobs of Greasy, Grimy Gopher Guts» es una canción infantil muy popular en Estados Unidos. Data de mediados del siglo XX, es de dominio público y se canta con la melodía de «The Old Gray Mare». Habitual en comedores y campamentos de verano, su letra expone cómicamente horrores macabros relacionados con el aseo y el comportamiento en la mesa. Existen varias versiones, pero en todas suele hacerse referencia a fluidos y partes del cuerpo de animales que los estadounidenses, por lo general, no consumen: «carne mutilada de mono», «ojos fritos nadando en una piscina de sangre», «patas de loro desgarradas» o, como dice el propio título de la canción: «toneladas de verdes, grasientas y asquerosas tripas de topo». Todas las versiones acaban diciendo: «y yo sin una cuchara». (N. de los E.)

29 «Hootenanny» es una palabra escocesa que significa «celebración» y/o «fiesta» que ha acabado convirtiéndose en un coloquialismo típico de la región de los Apalaches. Hoy día se utiliza generalmente para referirse a fiestas de música folk con micrófono abierto en las que todo el mundo participa. (N. de los E.)

30 Serie de televisión estadounidense de los años sesenta sobre una familia de montañeses que tras descubrir petróleo en sus tierras se va a vivir a Beverly Hills, California. En países de habla hispana se conoció como Los nuevos ricos o Rústicos en Dinerolandia. (N. de los E.)

31 Revista feminista y progresista estadounidense cofundada en 1971 por las activistas Gloria Steinem y Dorothy Pitman Hughes. (N. de los E.)

32 Edsel fue una marca de automóviles vendida por Ford. Se considera uno de los mayores fracasos automovilísticos de todos los tiempos. En sus tres años de existencia causó unas pérdidas a Ford de doscientos cincuenta millones de dólares. (N. de los E.)

33 Resultado de la unión de «white» (blanco) y «nigger» (negrata). Es de uso peyorativo y se considera un insulto racial. (N. de los E.)

34 Resultado de la unión de «nude» (desnudo) y «redneck». Cuello al aire, al desnudo, al descubierto. (N. de los E.)

35 Típicos nombres redneck, como Billy Bob. (N. de los E.)

36 Marca estadounidense de queso procesado de consistencia sólida, similar a la de una salsa o queso para untar, introducido en el mercado por Kraft Foods en 1953. Suele emplearse para untarse sobre crackers. En Estados Unidos es una marca icónica. (N. de los E.)

2
EXISTENCIA FEUDAL LAS RAÍCES DE LA EUROBASURA

Aquí es cuando me pongo mis zapatos de profesor de historia. Os juro que prefiero esputar gargajos contra postes telefónicos antes que intentar revisar la historia, pero la estrecha miopía visionaria de las ideas populares acerca de la blancura estadounidense me han obligado a levantar el culo y subirme a la tribuna.

La historia escrita, como la postura del misionero, es una acción ejecutada desde arriba mirando hacia abajo. La mayoría de los textos históricos llevan el inequívoco acento de la gente que habla con una cucharilla de plata en la boca. Así que aquí estoy yo, con siete huecos esparcidos por mis piños, cargando con la dudosa tarea de reescribir la historia americana. Me he visto arrojado al papel de arqueólogo cultural: un excavador de basura. Vengo resentido y con un mazo en la mano, preparado para reventar unas cuantas rótulas ideológicas. Estoy aquí para follaros con el puño de los hechos.

La propia historia es una novela sadomasoquista de curso incesante. La historia es muchísimo más enferma, sangrienta e injusta de lo que los historiadores nos dejarán ver jamás. Cuando finalmente se decidan a escribir la historia real, todos necesitaremos medicación. Será demasiado deprimente.

Los libros de historia fueron escritos por hombres blancos muertos, eso seguro, pero por hombre blancos muertos ricos. Y SIGUE pintando mal para los ricachones. A lo largo de toda la historia, los ricos han sido solo un diminuto porcentaje estadístico de todos los blancos. Durante el Oscurantismo y el Medioevo, incontables millones de huesos de campesinos europeos se convirtieron en polvo blanco bajo la tierra, privados de la única promesa que alguna vez les hicieron: la vida eterna. ¿Qué clase de historia habrían contado ellos si les hubieran dado la oportunidad de hablar?

Tuvimos la Cuestión Negra. La Cuestión Judía. La Cuestión Irlandesa. Finalmente, la Cuestión Redneck. ¿De dónde ha salido el redneck? ¿Cómo llegaron aquí esos cretinos con dientes de mula, cara de langosta, unicejos, folla-hijas, jode-ovejas, mascadores de tabaco y tan de anda-ven-y-chúpasela-un-rato-a-papi? Mientras se nos anima a reírnos de su simplona degradación, en ningún momento se nos obliga a pensar en su origen. La basura blanca TIENE que haber salido de alguna parte; en serio, no brotaron la semana pasada del culo de Jed Clampett37, ¿verdad?

La basura blanca pobre, junto a los empresarios de la élite de los hacendados que les trajeron aquí, es el grupo inmigrante con raíces más hondas en este país. Ya trabajaban en gran número en las plantaciones antes de la llegada de los primeros cargamentos importantes de esclavos africanos. Y aun así, es probable que la basura blanca pobre sea el grupo social estadounidense menos consciente de su genealogía.

Aceptaré la premisa de que la basura blanca existe en este momento en Estados Unidos. Pero eso desentierra otras dos cuestiones: cómo llegaron aquí y cómo se convirtieron en basura. Y qué sucedió primero, ¿lo de llegar aquí o lo de convertirse en basura? Así que, con todas mis disculpas para Alex Haley, los dos siguientes capítulos servirán como un sucedáneo de RAÍCES para rednecks. Al igual que toda la comida que uno ingiere ha de pasar por un tortuoso proceso de descomposición antes de emerger por el otro extremo como una larga ristra de blandos zurullos, me propongo demostrar cómo el «sistema» transforma a los seres humanos en basura. No será agradable, pero el negocio de limpieza y recogida de basuras nunca lo ha sido.

Ser basura blanca en Estados Unidos, más que como una situación socioeconómica, se percibe por encima de todo como una actitud personal. Se piensa que es una elección más que un aprieto. Aquí la gallina, allí el huevo. ¿Los hillbillies van descalzos porque quieren o porque no pueden permitirse el lujo de comprarse unos zapatos? ¿Van por ahí desdentados a causa de un extraño sentido de la moda o porque el dentista más cercano está a más de ciento cincuenta kilómetros y es demasiado caro? El chaparrón de esputos viscosos de la imaginería antiredneck, de un modo consciente o no, apunta hacia la SITUACIÓN que hay tras la ACTITUD. Se mofa de alguien no por nada que haya hecho, sino simplemente por su procedencia.

Para algunos, afirmar que nuestra imaginería popular es hostil hacia los rednecks puede parecer tan descabellado como decir que a los malditos nazis tampoco se les está dando un trato justo. Me atrevería a decir que por ahí corre el mito del poder redneck en este país. Tal y como lo ven mis suspicaces y estrábicos ojos inyectados en sangre, uno de los problemas principales es semántico: la gente confunde el término «good ol’ boys»38 con el término «old boys’ network»39. Muchas veces he escuchado cómo se utilizan indistintamente, o cómo se usa uno donde debería ir el otro. Esta metedura de pata ocurre con tanta frecuencia que la gente se piensa que son sinónimos.

Se trata de un error de proporciones megatónicas. Confundir a los «good ol’ boys» con la «old boys’ network», es confundir la tripa cervecera del redneck con la obesidad engreída del pez gordo capitalista. Tal y como se define para mis propósitos, los «good ol’ boys» y los que configuran la «old boys’ network» se sitúan en polos opuestos. Los «good ol’ boys» son picapedreros rupestres; los miembros de la «old boys’ network» son unos Rockefeller. La «old boys’ network» representa a las élites consolidadas que han estado envolviendo en sus garras blancas un porcentaje desproporcionado de riqueza y poder desde hace siglos. Los «good ol’ boys» son los tíos de los tráilers de aluminio y de las camionetas oxidadas que siguen preguntándose cuándo les llegará por fin la oportunidad para ingresar en la «old boys’ network».

Los que los odian suelen argumentar que los rednecks son reaccionarios insatisfechos que temen perder su poder en manos de los nobles y triunfantes campesinos del Tercer Mundo que no dejan de proliferar. Yo surjo de las tinieblas como el monstruo del Lago Ness para replicar airadamente que los rednecks jamás (ni aquí ni en Europa) han detentado nada que pueda considerarse un mínimo control sobre el poder. Bueno, si os referís a «poder» en el sentido de ser capaces de darle una paliza a los intrusos en sus vecindarios, entonces sí; si os referís a «poder» en términos de capacidad para enviar soldados al extranjero, no. Poder para cometer pequeños hurtos, sí; poder para cobrar impuestos, no. Poder para disparar a alguien con un fusil de chispa, sí; poder para lanzar misiles nucleares, no. Poder para destilar whisky, sí; poder para declararlo ilegal, no.

Pero para algunas mentes, el parque de caravanas y el Capitolio son indistinguibles. La representación en los media del Hinchado Diablo Blanco rara vez discrimina entre el cracker paupérrimo y el esclavista acaudalado. La falta de distinción ha provocado la impresión de que se trata del mismo tío. Esta fábula aún generalizada en la cultura popular de una Norteamérica blanca sin clases está fundada en la endeble premisa de que todos los blancos estadounidenses son galgos de sangre azul que en su momento saltaron de la línea de salida con la misma riqueza y las mismas oportunidades, y que la basura blanca pobre debió de haber despilfarrado su fortuna en metanfetaminas baratas40 y en máquinas tragaperras. Para hacer frente a los rednecks, culpar-a-la-víctima es el modo normativo. El espécimen humano Redneckus Americanus, por todas sus presuntas costumbres odianegratas, se ha convertido en nuestro Negrata Nacional.

Bromeo con lo de negratas, por supuesto; te aporreo, querido lector exquisito, con la palabra «negrata» solo para llamar la atención sobre las susceptibilidades relativas con respecto a unas pequeñas y ridículas aglomeraciones de vocales y consonantes. La gente tolera el uso progresista de la palabra «redneck» mientras hace que la expresión «negrata» asuma proporciones blasfemas.

¿Por qué ese doble rasero? Muy sencillo: LA PRESUNTA HISTORIA DE LA OPRESIÓN.

La gente tiende a excusar el ejercicio de cebarse con la basura con un: «Oh, bueno, su experiencia histórica ha sido completamente distinta a la de los afroamericanos». Como el espinoso pez globo que son, hincharán sus carrillos y escupirán tibios y melodiosos flujos de aire acerca de cómo los rednecks no tuvieron ni remotamente la misma historia de pobreza, sufrimiento y explotación que los negros americanos. De su investigación exhaustiva por producciones televisivas y semanarios alternativos gratuitos, han concluido que es IMPOSIBLE que un varón norteamericano blanco sea oprimido, con independencia de cómo cojones definan la opresión. Porque ellos SABEN que la hégira del chico blanco ha sido un enorme y monolítico polo de coco de privilegio cutáneo y que hay que ser muy estúpido para ser blanco y no triunfar en este país. Cuando ellos hablan de «igualdad» se expresan estrictamente en términos raciales y de género, como si los varones blancos hubiesen gozado alguna vez de una verdadera igualdad entre ellos, como si la experiencia del varón blanco en América hubiese sido un período vacacional estándar ininterrumpido.

Y lo que es más importante, te recordarán que todos los rednecks vinieron aquí VOLUNTARIAMENTE y que los europeos NUNCA sufrieron la degradación de la esclavitud, ni aquí ni en Europa. Perdónalos, Señor, porque no tienen ni puta idea de lo que hablan.

La disonancia cognitiva es muy hijaputa. La gente no querrá admitir que estaba equivocada con todo esto. Darse cuenta de que uno está equivocado es como estar disfrutando de un grasoso tazón de tallarines y descubrir un largo y grasiento pelo rizado en el fondo. La negación es un río que, por lo general, fluye en una sola dirección; la negación de lo que resulta demasiado horrible admitir. La gente rara vez niega lo indeciblemente bello. ¿Qué puedo deciros? Alguna gente quiere justicia; otros quieren mamadas. La mayoría solo parece querer irse a dormir y olvidarse de todo.

Abrid vuestros ojos. Solo duele la primera vez. Alejad la cámara… solo un poquito… y la imagen adoptará una forma muy distinta. Mi intención no es minimizar la culpa de la que ya estáis más que enterados, sino sugerir que hay mucha más culpa de la que podéis haber sospechado.

Trataré de probar con resignación que según las reglas vigentes, «redneck» es un término intolerante. Según las reglas vigentes, la ininterrumpida campaña recriminatoria de los medios contra el redneck constituye incitación al odio. Según las reglas vigentes, los rednecks son más una clase víctima que una clase opresora. Y luego explicaré por qué las reglas vigentes están llenas de mierda.

El redneck, tal y como se suele entender, es una entidad estadounidense, pero el paradigma, el arquetipo, el anteproyecto, el modelo, el puto antecedente socialmente evolutivo del redneck norteamericano fue el campesino europeo en sus distintas manifestaciones a lo largo del Oscurantismo y de la Alta Edad Media. Los cimientos para que un pequeño grupo de élites blancas despreciase y abusase de una gran masa rural de desposeídos blancos se construyeron al menos hace mil años, puede que incluso antes.

Así que cuando dicen «el hombre blanco», yo digo: ¿QUÉ hombre blanco? Destapemos un bote de ambientador y desmitifiquemos esta cosa del varón-blanco-privilegiado, ¿os parece? Esto nos lleva a la pregunta: ¿algún blanco ha sufrido en algún momento en el transcurso de la historia del planeta?

Mi respuesta es un rápido, rotundo y arrogante sí. De hecho, la mayor parte de los blancos de América quizá pueda presumir un poco de opresión ancestral, si esa es vuestra idea de diversión. La mayoría de los blancos (sin duda un mayor porcentaje de los descendientes de esclavistas) tienen antepasados que fueron esclavos en algún que otro momento de la historia.

Hubo una vez en la que todos los miembros de la «old boys’ network» fueron esclavistas. Y todos los «good ol’ boys» esclavos.

Hace mucho tiempo, en las llanuras ensangrentadas y azotadas por el viento de Europa, no había nada parecido a un gobierno, ni nada parecido a la «clase» tal y como se entiende en la actualidad. La gente vagaba sola o en pandilla. Quienes vagaban solos, por lo general, caían presa de quienes vagaban en pandilla. Y las pandillas más grandes se comían a las pequeñas. Es dudoso que fuese una existencia utópica. La vida era corta, cruenta, ingrata y asolada por la enfermedad. Por otra parte, podías fijar tus propios horarios. Y cuando los hombres se mataban entre sí, casi siempre tenían que mirarse a los ojos.

Por necesidad, esos clanes organizados a la ligera o bien se hacían más fuertes o bien quedaban despedazados en manos de invasores sorbedores de sangre y empaladores de cráneos. Las sociedades tribales basadas en la caza y en la recolecta eran absorbidas (casi siempre a través de la fuerza) en una red de estados centralizados agrarios y esclavistas. Los hombres que cazaban animales tenían la libertad limitada por los hombres que cazaban hombres.

Bajo el Imperio Romano, los bárbaros fueron la basura rural de su tiempo. La palabra «pagano» proviene del latín pagus, que significa «campo», y los romanos lo utilizaban en tono despectivo para referirse a los moradores del campo. Del mismo modo, «bárbaro» se refería originariamente a los tipos rústicos que vivían al amparo de los matojos. Tanto «pagano» como «bárbaro» son, por tanto, antepasados verbales remotos del «hillbilly».

El escritor romano Ammianus Marcellinus describió a los hunos como «una raza salvaje sin parangón… Es cierto que tienen forma humana, aunque muy burda… Profieren toda clase de aullidos aterradores… Como bestias toscas que son, ignoran completamente la distinción entre el bien y el mal»(1). A mí esto me suena a hillbillies.

Después de su gira por Britania, Julio César escribió acerca de clanes de «gente de tierra adentro no agrícola» a los que denominó interiores. Se decía que esas tribus bizarras no romanizadas se pintaban la piel de azul con un tinte de origen vegetal y los observadores romanos los llamaron «pictos» (de pictus, es decir, pintados). Algunos piensan que los pictos son los progenitores de los montañeses celtas de Gales, Escocia e Irlanda Occidental. Las tribus godas, por lo visto, tenían varios apodos para referirse a los pictos, y todos ellos podían traducirse por «insignificante» o «nada». Otros cronistas se refirieron despectivamente a ellos como los «Piernas Azules». Las tribus que dominaban Britania, las que vivían sobre tierra en casas de madera, llamaban «moradores de mansiones» a los pictos de las cavernas, lo que puede que sea el primer sinónimo ancestral de «la basura de tráiler». Otros anotaron que entre los pictos «cada mujer estaba con su hermano», posiblemente el primer antecedente histórico de los chistes modernos sobre la endogamia (2). Seguro que los romanos se reían de los pictos del mismo modo que los neoyorquinos se ríen de los hillbillies.

Pero Roma, a pesar de su poder, nunca estuvo segura del todo. Sus fronteras en constante evolución siempre se vieron bordeadas por bandas ultraviolentas de asesinos implacables. Las hordas decapitadoras más allá de las garras del emperador siempre constituyeron un problema. Al final los romanos pasaron de una guerra de desgaste a una tentativa de asimilación. Luego vinieron los sobornos monetarios en un intento patético de rascar el picor bárbaro. Después vinieron los visigodos, los vándalos y los ostrogodos, que destrozaron Roma en pedacitos.

Mamá Europa fue donde empezaron a apilarse los vertederos de la basura blanca. Y tras la caída de Roma, difícilmente podía encontrarse un mejor contenedor de basura. Suele pensarse que la historia moderna de Europa occidental surgió de las cenizas de Roma. Pero (¡uf!) qué nacimiento más doloroso. El colapso de Roma precipitó un Nuevo Desorden Mundial. No lo llamaron Oscurantismo por gusto. Europa se estaba aniquilando a sí misma una y otra y otra vez. Invasiones. Masacres. Plagas. Hambrunas. Canibalismo. Infanticidios. Descuartizar, tajar, incendiar, saquear, pisotear, aplastar, violar, destripar. Enanitos para el césped en forma de cabezas empaladas. Guerra, guerra, guerra, guerra, guerra, guerra, guerra…

Y después, humo y silencio. Europa era un inmenso lodazal carbonizado, lunar y muerto. Se habían abierto gigantescos agujeros negros a lo largo y ancho del continente que se habían tragado todo. Un cartógrafo contemporáneo denominó a esas zonas despobladas «soledades» (3). Donde la vida no había sido completamente diezmada había negros muros de miseria. «Parece que el mundo se aproxima a su fin» (4), clamó el papa Gregorio I.

Algunos tuvieron la suerte de poder salvar sus cráneos del garrote abriéndose camino hacia las colinas y los bosques. Como esto marcó el primer éxodo a gran escala de campesinos blancos de una sociedad miserable, podría etiquetarse a esos refugiados europeos como los primeros, tímidos, hillbillies.

Abajo, en las llanuras, las agitaciones habían lanzado al aire a las poblaciones campesinas europeas como millones de hormigas sacudidas de una manta de picnic. Cuando volvieron a aterrizar, los viejos propietarios de las plantaciones romanas tenían las gargantas cortadas y se hicieron con el poder los que tenían las armas más grandes y las porras más pesadas.

Como los griegos y los romanos antes que ellos, los bárbaros patearon culos y tomaron esclavos. Los códigos esclavistas de los bárbaros permitían la extirpación de casi cualquier cosa que se pudiese cercenar de un cuerpo humano, incluyendo los genitales. Si un esclavo no estaba labrando el campo de manera satisfactoria para su amo ostrogodo, se arriesgaba a que le desmembrasen ambos brazos. Se cuenta que el duque Rauching, un noble franco, se corría de gusto viendo cómo mataban a sus esclavos achicharrándoles con antorchas entre las piernas. En Britania, durante el Oscurantismo, se lapidaba hasta la muerte a los esclavos que robaban, mientras que a las esclavas acusadas de robo se las quemaba vivas. En 1410, un código esclavista veneciano permitía la tortura física de las esclavas sospechosas de practicar brujería contra sus amos. A los esclavos italianos declarados culpables de envenenamiento o de conspirar contra sus propietarios se les sacaban los ojos, se les amputaba la nariz y los labios y se les despedazaba la carne con tenazas al rojo vivo. Tales atrocidades tenían lugar casi siempre en las calles de las ciudades o en las plazas públicas, a modo de advertencia para otros esclavos y para los campesinos de mentalidad rebelde.

A lo largo de toda la antigüedad, los esclavos europeos fueron comprados, vendidos e intercambiados por ganado. En el Oscurantismo se estimaba que las esclavas irlandesas valían tres vacas lecheras. Bajo los reyes francos, cualquiera que fuese declarado culpable de asesinar o robar al esclavo de otro, estaba obligado a reembolsar al propietario con un caballo o con su equivalente monetario. En la Britania anglosajona, el propietario de un esclavo asesinado tenía derecho a una compensación de ocho bueyes.

Y no nos olvidemos de los eslavos. En tiempos remotos a los eslavos se les identificaba muy habitualmente como una población esclava, la propia palabra «esclavo» surge como una adulteración de «eslavo». Comprobadlo en el diccionario si no me creéis. Sobre todo capturados por las vecinas tribus germanas como parte de la añeja rutina de violación y saqueo de los boches, los esclavos eslavos pasaron a ser otra simple mercancía (al igual que las pieles, la cera, las especias y la miel) en los mercados internacionales. Durante siglos, los traficantes de esclavos venecianos estuvieron surtiendo de eslavos capturados a los harenes y las plantaciones de Siria y Egipto (5). Pensad en ello: especímenes eslavos de un blanco níveo importados como esclavos y eunucos a Oriente Medio y al oscuro continente africano. Y para que no penséis que hablo de algo que ocurrió hace miles de años, el comercio de esclavos blancos establecido entre los italianos y Egipto continuó al menos hasta el siglo XV, dos siglos antes de que se forzase a los africanos a hacinarse en las bodegas de los barcos que partieron rumbo al Nuevo Mundo.

La necesidad de esclavizar es en realidad ciega al color. Los africanos eran imperialistas; solo que no se les daba muy bien. La calle de un solo sentido del punto de vista del imperialismo blanco tiende a olvidar que el imperio africano de Cartago poseyó temporalmente una porción de Europa y envió a multitud de guerreros blancos conquistados a trabajar como esclavos en el norte de África. También pasamos por alto que los moros africanos invadieron el sur de España en el siglo VIII y lo tuvieron bajo su dominio durante prácticamente quinientos años en los que se dedicaron a mandar a incontables cristianos blancos al cautiverio en Egipto y en el Mediterráneo. Puede que hayáis oído hablar de la funesta y desacertada Cruzada de los Niños de 1212, en la que miles de menores europeos partieron a raudales hacia el sur para recuperar el Santo Sepulcro; el remate raras veces citado de la historia fue que muchos de los desventurados niños fueron capturados por tratantes de esclavos musulmanes y enviados a Egipto.

Las cosas no iban mucho mejor en casa. Casi todo el mundo era siervo. El siervo estaba atado al territorio. Así que vamos a hablar de los siervos… y del territorio. El campesino era un gusano insignificante. Un peón era alguien sobre el que peerse. La vida del campesino no era vida. El siervo era pobre e inculto, no tenía modales ni haciendas. El siervo era blanco. También era basura. Y estoy seguro de que después de pasarse todo el verano labrando el campo, tenía la nuca roja. Era también desdentado, sucio y olía mal. Básicamente, no tenía voz y el pensamiento universal era que se MERECÍA su situación.

El feudalismo, como cualquier forma de gobierno, surgió como un tinglado de protección. Y también como cualquier forma de gobierno, uno se veía en la necesidad de protegerse de los protectores. La ecuación señor-siervo era la tradicional relación amo-criado, pitcher-catcher, enchufe-masculino-enreceptáculo-femenino. La diferencia entre invasores bárbaros y señores feudales era que los señores te mataban lentamente, y lo hacían por tu propio bien. Los señores eran mosquitos peludos con ropajes sueltos que succionaban la tierra y a los campesinos hasta dejarlos secos. Tal como dijo un observador: «Los señores intentaban esquilar y devorar a sus súbditos» (6). Para los señores, un siervo era poco más que estiércol humano que se utilizaba para fertilizar sus propiedades agrarias. Molaba ser el señor.

La palabra «siervo» es un término francés que deriva del latín servus, que significa «esclavo». Los romanos se refirieron a su campesinado no urbano como servi rustici, «esclavos rurales». Los textos medievales utilizan con frecuencia los términos «campesino», «siervo» y «esclavo» indistintamente. La servidumbre era comparable a la esclavitud en todos los aspectos importantes: los siervos trabajaban en plantaciones gigantescas para el beneficio único y exclusivo del señor. Desde que nacías hasta que morías seguías siendo siervo, o tal y como reza un dicho alemán: «solo el aire ya te hace siervo» (7). Los hijos de un siervo, nacían automáticamente a la servidumbre. A los siervos no se les permitía irse de la plantación y si lo hacían el señor podía recapturarlos amparado por la ley. También tenía derecho a golpearlos, fustigarlos, violarlos y asesinarlos con total impunidad. A los siervos se les prohibía comprar, vender o poseer propiedades, aunque a ellos sí se les podía comprar y vender. A los siervos no se les dejaba tener armas; varios textos de la época se refieren a ellos como «los desarmados». Los siervos estaban segregados de la clase señorial por un estricto código de apartheid: no se les permitía casarse con nadie de la aristocracia ni de fuera de la hacienda señorial. Siendo propiedad, las familias de siervos se veían frecuentemente divididas en transacciones legales. Los códigos legales no reconocían a los siervos como seres humanos.

Los grandes hombres eran pocos, la gente pequeña abundaba. Del aproximadamente millón y medio de habitantes británicos registrados en el Domesday Book41 de 1086, menos del tres por ciento se enumeran como terratenientes (8). La estructura de clases era la misma en toda Europa; según un historiador: «Millones de hombres se vieron así sujetos al dominio de unos pocos miles» (9). Así que en tiempos medievales solo un trocito de uña de la población blanca podría decirse privilegiada. El resto eran esclavos.

En Inglaterra a los miembros de la clase servil se les llamaba «villanos» en lugar de siervos. Del latín villanus, aldeano. La palabra «villano» en inglés moderno (el MALO de la película) desciende directamente de un término que se utilizaba para describir a la basura blanca carente de libertad, explotada y oprimida, que labraba en las plantaciones.

La literatura medieval traza límites entre «cortesano» y «villano» (10), entre «príncipes» y «el vulgo» (11), entre «libres» y «pobres» (12); incluso entre «héroes» y «granjeros» (13). Los franceses tienen un término en argot para referirse a su campesinado (bouseaux) del que se deriva la palabra «bozo» (payaso, zopenco, bobo). Traducido literalmente, bouseaux significa «boñiga de vaca» (14). Las fábulas cómicas francesas sostienen que el siervo era «una criatura apestosa, nacida de la bosta de un asno» (15), y que saboreaba el aroma de los montones de mierda. Otro escritor cómico se refiere a los campesinos como «brutos feos» (16). Guillermo el Bretón identificaba cuatro clases de humanos: clérigos, caballeros, urbanitas y rústicos, señalando que solo los rústicos estaban «entontecidos» (17). Prototipo literario, al siervo se le retrataba uniformemente como cretino, rastrero, animalesco y vago. «El montañés», se queja un escritor, «nunca se sienta a gusto frente a un telar, es como poner un ciervo en un arado» (18).

Hasta hoy, casi todas las sociedades poseen términos peyorativos para referirse a su campesinado. Se dice que los israelíes se burlan de los pastores yemeníes. Los rusos, que llamaban a sus campesinos moujiks («gente de nada») se refieren a sus hicks contemporáneos como zhlobs. A los de este mismo tipo social, los singapurenses los llaman los ah beng y los australianos los «yobbo». En Bosnia, mientras la artillería no dejaba de forzar a la gente de las montañas a descender con su ganado a las calles de Sarajevo, los habitantes de la ciudad se quejaron hace poco de la avalancha de papaks vulgares y cabrunos.

Al Gran Populacho Blanco se le suele retratar como abiertamente sensual (mucho más cómodo con las funciones corporales que la nobleza) y estúpido, alegre e infantilonamente satisfecho con su suerte. Al campesinado rara vez, o nunca, se le representa como miserable. Las pinturas medievales de siervos dóciles en su tiempo libre son extraordinariamente similares a las estereotipadas caricaturas de los esclavos negros del Sur de Estados Unidos, dentudos y alegres Sambos con sus banjos.

Pero retratar a los rústicos como bobos y patanes bufonescos nunca mitigó del todo el miedo elitista a que los yokels pudiesen algún día transformar las rejas del arado en espadas y buscar la venganza contra las clases altas. Según un historiador feudal, «el consejo para andarse con ojo con la servidumbre es un lugar común en la literatura destinada a las clases altas» (19). Las caricaturas dibujadas por la élite siempre han presentado al hombre común de la clase baja como un simplón, sí, pero como un simplón peligroso. Se cuenta que el rey Enrique I de Inglaterra recibió tres «visiones nocturnas» en las que campesinos sedientos de sangre le asaltaban con «herramientas rústicas» (20).

En la literatura medieval británica se solía simbolizar al campesinado con el personaje ficticio de Pedro el Labrador, una especie de señor Green Jeans42 honesto que estaba encantado de pasarse con una yunta de bueyes desde el amanecer hasta la puesta del sol. En los países francófonos, se conocía un personaje mítico casi idéntico, Jacques Bonhomme. En lengua franchute, bon homme significa «buen hombre», un precursor del «good ol’ boy». Los nobles franceses se referían con desprecio a sus campesinos como «Jacques», del mismo modo que hoy podrían llamarlos «Bubba»43.

En 1323 y 1328, en las ciudades flamencas de Ypres y Brujas respectivamente, Jacques Bonhomme se deshizo de su mítico sopor y se reencarnó en las revueltas campesinas conocidas como las jacqueries. En estas se presentaron los Varones Blancos Cabreados de su época. Liderada por dos trabajadores, uno de ellos, en efecto, llamado Jacques, la jacquerie declaró la guerra a los ricos y al clero, solo para ser aplastada por una coalición de comerciantes burgueses y nobleza terrateniente. En el norte de Francia, treinta años después, estalló otra jacquerie, se dice que con una fuerza de cien mil Bubbas franceses, y fueron de nuevo derrotados sin piedad. Veinte mil rebeldes franceses fueron ejecutados, y a los que sobrevivieron se les castigó con tasas astronómicas. Otro grupo contemporáneo que se hacía llamar los Capas Blancas exigió verse libre de impuestos. Un escriba de un escalón superior declaró la idea como «una osadía lunática» (21) presagiando los actuales intentos de vincular las protestas por los impuestos con la enfermedad mental. Los Capas Blancas, como era de esperar, fueron aniquilados. Similares levantamientos de las clases menos favorecidas ocurrieron en Italia y en España, con similares resultados.

La Revuelta Campesina Inglesa de 1381, en esencia una rebelión contra los opresivos impuestos de capitación y las restricciones salariales, fue descrita por los apologistas de la corona como «treinta mil demonios» (22), una representación de «los pobres que favorecían a los rústicos» (23). Dirigidos por un soldado llamado Wat Tyler, la Revuelta de los Campesinos predicaba la destrucción de la jerarquía de clases a través de la aniquilación de la propia clase alta. A través de un breve rayo de acción violenta, la rebelión se hizo con el control de Londres durante un día, aproximadamente. Presentándose ante la realeza entre una multitud de rebeldes callejeros, Wat Tyler hizo una deliberada exhibición tragándose una cerveza de un modo considerado irrespetuoso por la Corona y fue apuñalado a muerte por uno de los agentes del rey. Wat Tyler fue un antepasado mártir del eructante redneck de tripa cervecera que odia al gobierno. En el caos que siguió al asesinato de Tyler, la rebelión fue sofocada. Los líderes de la revuelta fueron ejecutados. La principal diferencia entre la violencia campesina y la violencia del rey era que los funcionarios reales escuchaban las confesiones antes de decapitar a sus víctimas.

Toda esta violencia social ocurrió en un contexto en el que un diminuto germen había descabezado casi toda Europa. La peste bubónica, una bacteria transmitida por las pulgas a las ratas, succionó la vida de unos veinticinco millones de europeos. Los cuerpos humanos se retorcían y se pudrían encima de montones de residuos humeantes, su carne medio muerta hurgada por lobos y cuervos. En combinación con las diezmadoras hambrunas y las guerras casi constantes, Europa se hundió hasta un estado no muy distinto al de la miasma bárbara de mil años atrás. Los campesinos heridos y sangrantes buscaban en vano algo que echarse a la boca entre la inmundicia y los hierbajos secos.

Cuando Europa volvió tambaleante a la estabilidad, un proceso ominoso con el nombre en apariencia benigno de «cercamiento» comenzó a arrancar a los campesinos de la tierra. Los mismos nobles que antes habían pedido que los campesinos permaneciesen encadenados a la hacienda, ahora los estaban expulsando. Los terratenientes adinerados, al darse cuenta de que sus propiedades serían mucho más provechosas si se dirigían de manera privada como supergranjas, comenzaron a vallar (cercar) esas áreas y a sacar a patadas a los arrendatarios en masa. En las superficies agrarias a las que los británicos se referían como «comunales», ya no se querían plebeyos.

Y si los campesinos iban a ser expulsados de la tierra, solo tenía sentido que los culpasen por ello. «Los pobres de Northamptonshire», resollaba un lamebotas de la realeza, «habitan en bosques y desiertos, y viven como zánganos, dedicados al robo, entre los que se cría la misma prole de los vagabundos y los renegados». El rey Jaime I describió las zonas rurales como «viveros y receptáculos de ladrones, renegados y mendigos». Los pobres rurales de Inglaterra eran vistos como un detrimento para la economía explosiva de la nación. «Los pobres aumentan como pulgas y piojos», escribió John Moore en 1653, «y esta plaga acabará devorándonos a no ser que cerquemos» (24).

El efecto neto del cercamiento fue que los campesinos rurales se convirtieron en mendigos urbanos. La población de Londres, cerca de unos insignificantes sesenta mil a principios del siglo XVI, había estallado casi en un mil por ciento para el año 1700. La economía urbana era incapaz de absorber aquella masiva inyección humana. Londres se convirtió en una Calcuta caucásica, apestando con el alcantarillado abierto y un proletariado miserable, asqueroso, irascible, cubierto de úlceras y propenso al crimen.

La Corona respondió criminalizando la propia pobreza. En una prefiguración de lo que serían las flagelaciones de esclavos negros en América, la ley británica permitió que se diese latigazos a los mendigos hasta que les chorrease la sangre por la piel blanca y desnuda, torturados por el «crimen» de pedir comida. Surgieron las prisiones de deudores en las que uno podía ser condenado DE POR VIDA a una humedad oscura y mohosa solo por haber sido incapaz de llegar a fin de mes. Otros londinenses desnutridos fueron encarcelados en casas de trabajo44 regentadas con una disciplina deshumanizadora en lo que la Corona alegaba que era un acto de beneficencia.

Los escritores afines a la monarquía, puede que sabedores de las revueltas campesinas de los siglos precedentes, llegaron a etiquetar a sus masas urbanas desarraigadas como «la chusma». A la basura urbana de Londres también se la llamó «el vulgo profano», «la infame multitud», «el fracaso y la escoria de la gente», «el populacho cismático», «la más mezquina e ignorante clase de gentuza», «los sujetos más vulgares y oscuros del mundo», «los canallas y muy degradados y estercoleros bellacos de todas las ciudades y pueblos» y los «hombres descamisados» (25).

Pero con todo lo indigente que era la clase baja de Londres, podía encontrar una suerte de amargo consuelo en un hecho: lo tenían mucho, pero muchísimo mejor, que los irlandeses. Si consultáis un mapa de la zona de Gran Bretaña próxima a Irlanda, veréis un enorme cachorrillo de perro comiéndose a otro más pequeño. En 1610, el rey Jaime (el mismo soplapollas que colonizó América) comenzó a enviar barcos cargados de escoceses al norte de Irlanda. Aunque sostuvo que lo hacía «con todo su indecible amor y su tierno afecto» por la gente escocesa, en verdad fue un ingenioso plan para someter a Irlanda a través de la colonización social, mucho mejor que una conquista militar.

En caso de duda, culpad a los británicos. Lo que hizo la Corona a los irlandeses es directamente análogo a lo que hizo con los indios americanos. Los irlandeses fueron expulsados de sus territorios ancestrales. Su tradicional lengua gaélica y su modo de vestir fueron prohibidos. El catolicismo, que había sido la religión nacional, fue proscrita del mismo modo. A mediados del siglo XVII los sacerdotes que oficiasen la extremaunción a un creyente serían sentenciados a muerte. Los irlandeses fueron deliberadamente condenados a la inanición, masacrados y esclavizados, y su tierra fue entregada a colonos británicos y escoceses. Los católicos, que poseían el sesenta por ciento de Irlanda en 1641, solo poseían el cinco por ciento cien años más tarde.

Los británicos siempre han considerado a los irlandeses como una raza aparte. La literatura británica acostumbraba a hacer mención de «los salvajes irlandeses» (26) y los «simples irlandeses» (27). Se les comparaba sistemáticamente con los antiguos bárbaros. Un escritor llamado Fynes Moryson los acusaba de endogamia desenfrenada y vinculaba dormir en una casa irlandesa con aventurarse en la caverna de una bestia salvaje (28).

La zona de Irlanda controlada por los británicos pasó a ser conocida como la Empalizada y de los salvajes tréboles irlandeses que salían en estampida con presunta barbarie de ella se decía que vivían «más allá de la Empalizada». Los británicos conquistadores se referían a estos rebeldes celtas como «woodkernes». La palabra «kerne» era sinónimo de «campesino con poco armamento». Así que «woodkerne», que significa campesino armado que habita en los bosques, es un predecesor del «hillbilly». Se decía que los woodkernes eran carniceros salvajes muy dados a la pugna incesante y al moonshining45. La policía real los perseguía por las colinas con sabuesos. Una vez capturados, a los woodkernes se les disparaba tranquilamente en la cabeza sin juicio.

Con toda la brutalidad con que la Corona se ensañó con los irlandeses, no fue nada en comparación con lo que un führer puritano llamado Oliver Cromwell llegaría a hacer. Después de hacerse con el poder de la monarquía, los Puritanos Parlamentarios alardearon de que matarían a todos los católicos de Irlanda. Cuando Oliver Cromwell y su Nuevo Ejército Modelo cruzó a Irlanda en 1650, había aproximadamente un millón y medio de habitantes en Erin. Cuando se fue a los nueve meses, más del CUARENTA POR CIENTO de los residentes de Irlanda habían sido masacrados, murieron de inanición o fueron deportados. «Lo que hizo Cromwell» señaló un escritor, «merece ser clasificado junto a los horrores perpetrados por Genghis Khan» (29). En el siguiente medio siglo, cerca de medio millón de irlandeses fueron esclavizados y enviados a la Europa continental a dar sus vidas al servicio del ejército francés (30).

Los británicos de clase alta, que durante generaciones se preguntaron cómo deshacerse de su población «excedente», también volvieron la mirada hacia el Oeste. Dieron con un inodoro nuevo y fértil en el que descargar sus heces sociales. Se llamaba América.

37 El patriarca viudo de la familia protagonista de la serie The Beverly Hillbillies, interpretado por el cantante y actor Buddy Ebsen. (N. de los E.)

38 Término del argot estadounidense para referirse a los buenos chicos del sur rural. (N. de los E.)

39 Término del argot estadounidense para referirse al «amiguismo» de los poderosos y adinerados. (N. de los E.)

40 El término que utiliza el autor es «bathtub crank», metanfetamina de calidad ínfima producida normalmente en una bañera bastante cutre. (N. de los E.)

41 El Domesday Book (también conocido como Domesday, Doomsday o Libro de Winchester) fue el principal registro de Inglaterra, completado en 1086 por orden del rey Guillermo I. Se trata de un registro similar a los censos nacionales que se realizan hoy en día. (N. de los E.)

42 Personaje del programa televisivo para niños Captain Kangaroo interpretado por Hugh Brannun. El señor Green Jeans se ganó el mote por su atuendo, un overol de granjero de color verde. (N. de los E.)

43 El origen de este término está relacionado con un mote derivado de la palabra «brother» (hermano) que suele darse a los hermanos mayores dentro del círculo familiar, aunque se utiliza también fuera del mismo para referirse cariñosamente a un amigo. Su aparición en el Sur de Estados Unidos parece proceder de la lengua creole de los afroamericanos de las islas de Carolina del Sur, de la expresión Krio «bohboh» (niño) que entre los gullah aparece como «buhbuh». Bubba suele utilizarse fuera del Sur de Estados Unidos de manera peyorativa para referirse a una persona de bajo estrato económico y de educación limitada. Muy relacionado con el término «good ol’ boy». (N. de los E.)

44 En Inglaterra, desde 1931, se denominaba «workhouse» a la institución donde iban a vivir y a trabajar los pobres que no tenían con qué subsistir. (N. de los E.)

45 Destilación ilegal de alcohol. (N. de los E.)

3
UNA HISTORIA RÁPIDA DE LA CLASE BAJA BLANCA ESTADOUNIDENSE
(Y UNA HISTORIA AÚN MÁS RÁPIDA DE LOS GOAD)

Los BLANCOS EN ESTADOS UNIDOS. Pa’ mear y no echar gota, qué concepto más cargado de implicaciones. Ha adquirido el mismo tono siniestro que «VIH en tu riego sanguíneo» o «residuos radioactivos en el suministro de agua». Existe una noción primitiva, bíblica, muy de los-pecados-del-padre-bla-bla-bla, de que TODOS los blancos estadounidenses, en virtud solo de su nacimiento, acarrean en sus almas una mancha a causa de la esclavitud negra.

Culpa blanca. No se puede encender la tele ni la radio sin verse bombardeado por ella. Culpa blanca. Tras tubos y tubos de pasta dentífrica, sigo sin poder quitármela de los dientes. Culpa blanca. Intenté operarme para extirparme el tumor de la culpa, pero ningún médico pudo ayudarme.

Al final descubrí por qué no puedo librarme de mi culpa blanca. Es porque no la tengo. Aun así los mercaderes de la culpa siguen llamando a mi puerta como psiquiatras mandados por el tribunal para insistirme en que me trague la pastilla de la culpa. Me reprenden con un tono cada vez más condescendiente por ser demasiado corto de mente para poder llegar a captar la doctrina de la culpa colectiva.

Agachaos y a ver si captáis ESTO. Entiendo la culpa colectiva mucho mejor que vosotros. Estoy dispuesto a aceptar la culpa por todo lo que haya hecho, pero necesito PRUEBAS, sobre todo si se me va a obligar a pagar indemnizaciones. No lo aceptaré solo de oídas. A lo largo de mis investigaciones no he podido dar con ningún antepasado que poseyese esclavos, pero más de unos pocos fueron esclavos. Así que podéis coger vuestra afectada culpa blanca, plegarla como un avioncito de papel y, con el debido respeto, metérosla por vía rectal.

Es irónico que los libros de texto estadounidenses prediquen que todos los blancos vinieron aquí en busca de la libertad, cuando tantísimos de ellos llegaron encadenados. Sin embargo, el «ángulo de la libertad» es la totalidad panorámica de la historia recibida tal y como los libros de texto y las multimillonarias películas históricas de la tele lo bombean en tu cráneo. Con todo lo plagada que está de agujeros de queso suizo, nuestra impresión generalizada de la diáspora blanca americana va más o menos así: No hubo esclavos blancos. Todos los blancos DECIDIERON venir a América. Solo los negros fueron secuestrados, esposados y enviados a estas costas. Solo los negros sufrieron un espeluznante «pasaje medio» a través del Atlántico. Solo los negros fueron golpeados, fustigados, vendidos en subastas y separados a la fuerza de sus familias. Solo las mujeres negras fueron violadas por los negreros. Solo los negros fueron brutalizados por sus amos hasta el punto de decidir fugarse.

¿Me llamaríais duendecillo malcriado si probase que hasta la última de esas apreciaciones es incorrecta? ¿Me etiquetaríais de Satán en persona si llegase a probar que son erróneas no solo en casos aislados, raros y azarosos, sino aplicado a la mayor parte de los blancos que vinieron a las colonias? ¿Tacharíais mi nombre de la lista de invitados a vuestra próxima reunión de vino y queso?

Pues vale. Estoy más que acostumbrado. Soy un cretino profesional. Mi apellido es también un verbo. «Goad», por si todavía no lo habéis pillado, significa provocar, aguijonear, incordiar. Jim Goad: Jim el Incordio.

El pequeño Jim Goad fue a una escuela primaria, a un instituto y a una facultad donde se le enseñó una versión incompleta de la historia, probablemente algo similar a lo que os enseñaron a vosotros. Seguro que habréis oído hablar de la «servidumbre por contrato», puede que solo durante unos quince segundos. Si los profesores de historia llegan a mencionarlo, es casi exclusivamente en un contexto comparativo, para subrayar lo mala que NO fue en comparación con la esclavitud negra. Pudisteis tener la impresión de que la servidumbre por contrato era un acuerdo contractual benigno y voluntario, como el aprendizaje de un oficio. Al salir de la clase de historia, me iba con la idea de que una camarilla de arrogantes benefactores permitían a los blancos aprender una profesión en el Nuevo Mundo y fueron tan efusivamente benevolentes que hasta pagaron su pasaje para cruzar el Atlántico. Me imaginaba a Ben Franklin enseñándole a Oliver Twist a manejar una imprenta, o quizá a Tom Jefferson dándole lecciones de latín a Artful Dodger. Sonaba a un trato muy bueno, yo lo firmaría de cabeza.

Pero, ay, cuando el Joven Jim Goad se hizo adulto, había demasiada basura blanca a su alrededor y poquísimas explicaciones de su génesis histórica para satisfacer su mente atormentada. Así que me hice una pregunta: ¿Cuáles fueron las circunstancias históricas que trajeron al mundo a aquel pegote paliducho de porquería color marfil que fui yo? Comencé a explorar en mis ancestros esperando no encontrar un origen noble, sino campesino. Y parece ser que me topé con una mina de oro de basura.

Hará como un año, recibí por correo una voluminosa promoción de una empresa de Ohio de un libro de edición limitada titulado El libro mundial de los Goad. Por 39,95 dólares más gastos de envío y gestión, el libro prometía delinear la historia del apellido de mi familia. Apoquiné la lana y me puse a esperar junto a mi buzón. Los dos primeros tercios de El libro mundial de los Goad no tienen nada que ver con los Goad; en su lugar, se trata de un barato refrito histórico que recuerda mucho a mis viejos libros de texto de primaria. Ilustraciones rollo Reader’s Digest dibujadas al pastel que retratan personajes históricos mejor acicalados y más felices de lo que en realidad todos sabemos que fueron. Pero, casi a su pesar, esta sección aporta una valiosa desinformación chapucera:

«Muchos de los primeros inmigrantes que vinieron a América en esta época huyeron de Gran Bretaña y Europa por motivos religiosos […] Los afroamericanos constituyen la única clase que inmigró en contra de su voluntad».

Sin duda ya lo habréis oído antes. Pero no es verdad. Un impresionante porcentaje de los primeros «inmigrantes» europeos a América fueron FORZADOS a salir de Europa por motivos que no tuvieron nada que ver con la religión. El libro mundial de los Goad también afirma que Gran Bretaña envió más de ciento veinte mil convictos a Australia, una penosa política penitenciaria de la que la mayoría de los norteamericanos parece estar al tanto. Pero no se dice ni pío de que Gran Bretaña enviase más de cincuenta mil convictos a América y solo comenzase a enviarlos a Australia después de que por aquí nos rebelásemos contra la Corona.

Aparte de semejante estrabismo histórico, El libro mundial de los Goad contiene una lista de presuntamente todas las familias Goad de América, junto a sus direcciones postales. Según mis diligentes cálculos, el sesenta y uno por ciento de los Goad americanos viven en el Sur y en lo que yo llamo «el Suroeste Redneck», Texas y Oklahoma. Virginia y Tennessee son, respectivamente, los dos estados Goad más importantes. Otro veintiún por ciento de familias Goad viven en el Medio Oeste. Menos de uno de cada cinco familias Goad estadounidenses viven fuera de estas áreas. Así que solo por cumplir con el escollo geográfico, la mayoría de los Goad somos rednecks.

El libro dedica tres páginas escasas a los «primeros inmigrantes Goad de América», pero solo por eso ya habría merecido la pena pagar lo que costaba. En 1635, el primer año en que aparecen registros de que mis antepasados paternos alzaron sus Goadescas cabezas en el Nuevo Mundo, cinco Goad afloraron en las colonias americanas o en las Indias Occidentales. Thomas Goad, de quince años, llegó a Boston. Otro Thomas Goad, también de quince años, desembarcó en Nueva York. William Goad, de dieciocho, plantó las uñas de sus pies Goad en el barro de Virginia. Ese mismo año, otros dos Goad llegaron a Barbados: John, de veintidós, y William, de veintiuno. Samuel Goad fue enviado a Barbados en 1654, seguido por otro Sam a «Barbados o a Isla Nieves» en 1661. Un tercer William Goad (recuerdo los mordaces insultos del patio del colegio, cuando me llamaban «billy goat»46, cuando ni siquiera me llamo William47) se posó en tierra de Maryland en 1674. Y según una fuente citada con el título de Convictos ingleses en la América Colonial, un presidiario desterrado llamado Thomas Goad fue embarcado rumbo a estas costas en 1766.

Me revuelvo en la cama por las noches, empapado en sudor y tirando de mi ultrasedosa manta de Elvis: ¿Por qué solo Goad varones? ¿Por qué todos esos Goad vinieron hasta aquí solos, sin sus familias? ¿Por qué eran tan jóvenes aquellos Goad? ¿Por qué enviaron a un Goad convicto? ¿Y por qué tantos de esos malditos, sí señor, malditos, malditos y áridos Goad, fueron a Barbados?

Para seros franco, no tengo respuestas sólidas. Ni siquiera tengo deposiciones sólidas, ¿vale? Solo puedo especular y expectorar. En la actualidad, la mayor parte de las familias Goad de las islas británicas, según El libro mundial de los Goad, residen en el sur de Inglaterra. Y casi todos los siervos por contrato de América fueron extirpados de un grupo de inglesitos holgazanes de mierda, en paro y potencialmente coléricos del extremo sur de Inglaterra (1).

Aunque jamás os enteraríais de esto embobados ante vuestros televisores, casi todos los historiadores actuales coinciden en que la MAYORÍA de los blancos que vinieron a América en tiempos coloniales llegaron en condición servil. La inmensa mayoría de quienes se especializan en la investigación de la servidumbre por contrato opina que al menos la mitad, y puede que hasta dos terceras partes, de TODOS los inmigrantes coloniales blancos, llegaran encadenados (2).

En Virginia y Maryland, durante el siglo XVII, el cociente de siervos blancos fue incluso más elevado. Un estudio de Virginia entre 1623 y 1637 muestra que los siervos blancos superaban en número a los blancos libres en una proporción de tres a uno (3). En Maryland llegó un momento en el siglo XVII que la relación fue de seis a uno (4). Como se señaló anteriormente, al menos dos Goad fueron enviados a Virginia y a Maryland en el siglo XVII. Me la juego y apuesto a que al menos unos pocos de mis antepasados coloniales fueron traídos hasta aquí como siervos amarrados. Sin contar a Tom Goad, el convicto ya mencionado.

Existen las mismas posibilidades, o incluso más, de que algunos de aquellos Goad de Barbados fuesen esclavos blancos vendidos por Oliver Cromwell a los locos del látigo de las enormes plantaciones de azúcar de las Indias Occidentales. Barbados, un Hades sofocante más cerca de América del Sur que de América del Norte, pasó a ser el vertedero predilecto para arrojar a los enemigos políticos de Cromwell. Dio puerta de esta manera a tantos de sus oponentes que la práctica pasó a conocerse como ser «barbadoseado» (5). Se decía que Cromwell había barbadoseado como mínimo a cien mil adversarios político-religiosos. A través de un decreto en 1651 Cromwell esclavizó a entre siete y ocho mil escoceses y realistas británicos que conquistó en Worcester y los mandó, con estruendo de cadenas, al Nuevo Mundo (7). También mandó a la esclavitud a los supervivientes irlandeses de la matanza de Drogheda. En la década de 1640, más del ochenta y cinco por ciento de los veinticinco mil esclavos que se estimaba que habían recabado en Barbados eran blancos (8). En 1653, se calcula que la mitad de todos los blancos de Barbados eran esclavos políticos y religiosos de Cromwell (9).

Henry, el hijo de Cromwell, ayudó a su papá a montar el tinglado de los esclavos blancos desde Londres, y en 1655 emitió un edicto por el que se establecía que aunque «se deba usar la fuerza» para apoderarse de las jóvenes irlandesas como mano de obra colonial, será, en cualquier caso, «en buena medida por su propio bien» (10).

Al joven Hank Cromwell no le faltaba razón, siempre y cuando uno acepte que la muerte rápida a causa de la enfermedad, el agotamiento o la tortura sea por su propio bien. Como se desprende de casi todas las crónicas, los cerca de cien mil esclavos blancos de las Indias Occidentales rara vez sobrevivieron al plazo de su contrato. Podríais decir que el clima era hostil para la complexión caucásica. Cientos de miles de británicos, escoceses e irlandeses color masa de galletas fueron trasplantados de su lluvia ancestral y su helador tiempo plomizo al calor de horno para cocer arcilla de las Indias Occidentales y América del Sur. Sus tobillos paliduchos de pronto se vieron plantados en tabacales, en refinerías de azúcar y en arrozales pantanosos.

La fase de aclimatación se conocía ominosamente como «maceración». Con la picadura de la probóscide de un mosquito se inoculaba la malaria en sus venas. La disentería se arrastraba dejando un rastro sangriento por los intestinos. A menudo les cocían vivos unas fiebres que les derretían los huesos. Según los relatos del siglo XVII tanto de Virginia como de las Indias Occidentales, alrededor del OCHENTA POR CIENTO de los esclavos/siervos blancos murieron en los primeros doce meses que sucedieron a su llegada (11). Miles y miles de siervos blancos, hombres y mujeres, perecieron silenciosamente en la mugre tropical, por lo que su «maceración» dejó unos fiambres bien curados.

Lo de Barbados fue una barbarie. No solo estaba el llameante calor ecuatorial, perjudicial para el metabolismo europeo, además se decía que los tratantes de esclavos de Barbados eran particularmente crueles. Un comisionado de la isla, según parece, le sugirió a Cromwell pasarse a la esclavitud negra argumentando que como los esclavos negros eran una inversión más costosa y más permanente, los despiadados capataces pondrían «más interés en su preservación y los utilizarían con moderación» (12).

Se dice que algunos negros de las Indias Occidentales siguen conservando vestigios de la lengua y la cultura gaélica. Los investigadores de la música han mantenido que la rara mezcla de ira y ritmo engendrada en las Indias Occidentales por la combinación de irlandeses y esclavos negros, produjo la génesis cultural del rock ’n’ roll. Pero si los esclavos blancos de Barbados siguen existiendo, es solo en letras y música. Casi todos fueron asesinados por un sistema sanguinario de esclavitud humana. Y algunos de ellos pudieron haber sido mis parientes lejanos.

Ya sería lo bastante grave si Barbados no hubiese sido más que una aberración, pero fue parte de un plan mucho más amplio de expulsión y esclavización forzosa que tuvo lugar en las Islas Británicas y en zonas de la Renania alemana. A partir de finales del siglo XVI, las entidades jurídicas de esas latitudes entendieron que el modo más eficiente para sofocar potenciales alborotos domésticos era deportar a los potenciales albortadores domésticos.

Primero llegaron los reclutadores. Panfletos y pósteres. Un apretón de manos grasiento, una amplia sonrisa y un puñado de mentiras a propósito de esa nueva tierra soleada llamada América. Había cargamentos de vil metal aguardando en el negocio del envío de cuerpos humanos al Nuevo Mundo, pero el típico agente reclutador británico puede que no os lo pintase con tanta crudeza. Con un discurso de vamos-que-nos-vamos empapado de estridente ostentación y promesas imposibles, el reclutador de siervos voluntarios con contrato era un sórdido vendedor de coches usados que comerciaba con cuerpos humanos como si fuesen Ford Pintos oxidados. Como casi todos los estafadores, primero tiraba de la persuasión y recurrían a la fuerza solo en caso necesario.

Por lo visto, la fuerza fue necesaria a menudo. En Inglaterra, a los agentes reclutadores que eran lo bastante respetuosos como para no cascarte el coco y llevarte a rastras hasta un barco negrero se les llamaba «tambores», porque restringían su actividad a reunir reclutas como a ritmo de tambor. A los que te echaban algún narcótico en la cerveza o te doblegaban en un mugriento callejón oscuro se les conocía como «engarzadores» o «espíritus». El espíritu, quizá acompañado por otros diversos fantasmas, secuestraba a sus presas silenciosa y repentinamente. Si una persona desaparecía de un modo sospechoso, se pensaba de él o ella que se había desmaterializado, que «se lo habían llevado los espíritus». Según el historiador Richard Hofstadter, el espíritu era alguien que «emboscaba, secuestraba o convencía a los adultos para que embarcasen en los barcos con destino a América […] A menudo sus víctimas iban casi de la mano» (13). Gary B. Nash escribe que la práctica de «secuestrar y narcotizar a borrachos y vagabundos para enrolarlos de marineros era endémica. Muchos desafortunados moradores de los puertos se despertaban una mañana con una resaca demoledora para descubrir que estaban en la bodega de un barco que se dirigía hacia el Oeste por el Atlántico» (14).

Una canción folk británica de la época conjura los pavorosos estragos subconscientes causados por las bandas de espíritus:

La noche que me casé

y me hallaba en la cama matrimonial

se presentó un furibundo capitán de barco

y se plantó junto a mi cama.

Sus hombres, me amarraron con firmeza

con una cuerda cruel y resistente

y me llevaron allende los mares

a trabajar durante siete largos años (15).

Los adultos no fueron los únicos blancos que se secuestraron y se vendieron como esclavos para las colonias. La captura forzosa de niños sin hogar o huérfanos era un deporte muy extendido. Se conocía vulgarmente como «kid-nabbing»48, más adelante deformado por los Cockneys para dar lugar al «kidnapping»49. Cientos de miles de niños británicos fueron pescados para llevar a cabo trabajos de esclavo no solo en las plantaciones coloniales, también se les forzó a inhalar los humos tóxicos de la doméstica maquinaria industrial británica (16).

Como a los hombres, mujeres y niños secuestrados se les asignaban contratos falsos (o, en muchos casos, ni eso hasta llegar al Nuevo Mundo) resulta difícil calibrar qué porcentaje de siervos blancos por contrato vinieron hasta aquí en contra de su voluntad. En The Mind of the South, W. J. Cash conjetura que «el mayor número» de siervos contratados «parecen haber sido críos y adolescentes tentados en casa por engarzadores profesionales o directamente secuestrados» (17).

Como pasaba con los esclavos negros de África, los esclavos blancos de Europa estaban siendo raptados y embarcados fuera del país no por puros motivos de odio humano, sino porque resultaba muy provechoso. Si uno desprende todos los horrores, de eso era precisamente de lo que trataba el negocio de los espíritus: de un negocio. Sin una fuerte motivación de lucro, el secuestro masivo de carne blanca no habría tenido lugar. «Uno podía secuestrar a un hombre al azar en los callejones de Londres y tener asegurada la venta en el Sur», escribe Thomas J. Wertenbaker en The First Americans (18). En un anuncio de un periódico de Nueva York de 1784 se habla de un «tráfico de blancos» (19) aún boyante, y un fallo judicial de 1829 señala que «antes era un negocio considerable importar siervos irlandeses y alemanes» (20).

Aunque el propio espíritu frecuentemente procedía de las clases bajas de Londres, no era más que un mercenario de mandameses tan aislados por su riqueza (comerciantes, jueces, navieros y propietarios de plantaciones en el Nuevo Mundo) que podían permitirse pagar a otros para que se hiciesen cargo del trabajo sucio. Sorprendentemente, el secuestro era en muchos casos una práctica autorizada jurídicamente. Una ley parlamentaria de 1618 permitía a los agentes de policía trincar por la fuerza a todos los niños huérfanos de más de ocho años y retenerlos en prisiones a la espera de ser embarcados hacia las plantaciones coloniales (21). Otras leyes autorizaban la captura física de deudores y criminales. Una ley de la Commonwealth de 1652 permitía que los oficiales identificasen a sujetos «vagabundos o mendicantes» y fuesen «capturados y encarcelados» con el fin de ser trasladados en grilletes a las colonias (22). Iniciativas similares brotaron por todas partes en las Islas Británicas en el momento en que los oficiales locales se percataron de que salía más barato embarcar hacia el oeste a su lumpemproletariado que seguir distribuyendo socorro a los pobres. Esperando librarse en masa de su clase baja destinándola a Nueva York, el Consejo Privado de la Corona Escocesa emitió órdenes en 1669 para que los oficiales locales acorralasen a todos los «mendigos fuertes y ociosos, a los vagabundos y a los egipcios, a las putas notorias y habituales, a los ladrones y a toda persona disoluta y de mal vivir» (23). Se trataba de un nuevo método, genialmente efectivo, de deshacerse de la basura.

Una estimación publicada en 1670 afirmaba que ese año habían sido raptados diez mil sujetos británicos (24). Un panfleto aparecido diez años más tarde calculaba que se seguían capturando diez mil británicos por año, cada año (25). Si estas estadísticas son fidedignas, nos daría un total de cien mil víctimas británicas de secuestro solo en la década de 1670. En toda la historia de la esclavitud en América se importaron menos de cuatrocientos mil esclavos negros (26). Con toda la mala reputación que se ha ganado Amerikkka por la esclavitud negra, es probable que no recibiese más del seis por ciento de todos los esclavos africanos que embarcaron al hemisferio occidental (27). (Psst: culpad a Brasil). Haciendo solo unas leves extrapolaciones de estas estimaciones británicas de secuestro, y conjeturando que cerca de diez mil blancos fueron también abducidos cada año durante un total de cuarenta años, la suma de inmigrantes blancos forzosos traídos a América igualaría o sobrepasaría el número de africanos forzados hasta estas costas en contra de su voluntad. Y este cálculo probablemente se queda corto, pues la servidumbre por contrato floreció durante más de doscientos años, no cuarenta. Y no estoy contando los cincuenta o sesenta mil convictos traídos a rastras en el siglo XVIII.

Así que aunque la creencia popular sea que NO hubo blancos embarcados a América en contra de su voluntad, es muy posible que hubiese MÁS blancos que negros traídos hasta estas costas en contra de su voluntad. No se trata de una competición, pero no me diréis que no se complica un poco el asunto.

Cuando los pescaba una banda de espíritus, a los niñitos y no tan niñitos blancos recién esclavizados se les solía encarcelar en celdas infestadas de ratas en espera del siguiente barco disponible. De camino a la embarcación se les arrastraba por las calles encadenados y a vista de todo el mundo, con todos los latigazos, el marcaje a fuego y la pompa y ceremonia que se empleaba normalmente en semejantes exhibiciones. En otras ocasiones se les encadenaba directamente en la bodega del barco en espera de la partida.

Luego venía lo de la travesía del Atlántico que solía ser tan traumática y letal como en el caso de los esclavos negros. Al igual que los británicos, los alemanes también se dedicaron a desarraigar y patear el culo de su campesinado. Los «novopobladores» alemanes, el equivalente continental a los «tambores» y «espíritus» británicos, difundieron falsas esperanzas y sueños vacíos entre los alemanes palatinos, muchos de los cuales se habían quedado indefensos por los cambios políticos en der Vaterland. Gottlieb Mittelberger, un organista de iglesia alemán que en 1750 pagó su pasaje para un embarque de seis meses desde la tierra nazi a Filadelfia, escribió con incisiva indignación acerca de los novopobladores que prometían el cielo pero entregaban el infierno. Una vez en el mar picado, los pasajeros comenzaban a darse cuenta de que les habían embaucado:

«Durante la travesía el barco está llenó de lastimosas señales de aflicción: olores, vapores, horrores, vomitonas, todo tipo de mareos, fiebre, disentería, dolores de cabeza, calor, estreñimiento, forúnculos, escorbuto, cáncer, fiebre aftosa y afecciones similares […] En semejante miseria toda la gente que va a bordo reza y llora al unísono patéticamente […] ¡Pero la mayoría clama contra los ladrones de seres humanos! Muchos gruñen y exclaman: “¡Oh! ¡Lo que daría por estar de vuelta en casa, aunque fuese tirado en mi pocilga!”. O gritan: “¡Ah, Dios de mi vida, si pudiese tener, aunque solo fuese una vez, un trozo de pan bueno o un poquito de agua fresca […]”».

Mittelberger escribió acerca de mujeres y bebés muertos arrojados a la espuma del océano. Describe a pasajeros despiojándose sin parar. El agua potable estaba infestada de sal y la comida (la que existía) era:

«muy negra y estaba llena de suciedad y plagada de gusanos […] Hacia el final del viaje teníamos que comer la galleta del barco, que ya se había echado a perder hacía mucho tiempo, incluso aunque no quedase ni un solo pedazo más grande que un tálero50 [un dedal] que no estuviese lleno de gusanos rojos y nidos de arañas» (28).

A pesar de las atrocidades que absorbieron los globos oculares de Mittelberger, él fue un pasajero de pago y recibió un trato de primera clase comparado con el que le dieron a los siervos alemanes encadenados bajo cubierta con aire viciado, luz escasa y ninguna libertad de movimientos. Y a pesar de todo lo deprimente que fue el viaje de Mittelberger, que solo de pensarlo se te cae el alma a los pies, hay un comentarista que dice que «no hay motivo para pensar que fuera particularmente inusual» (29). En 1731 el Love & Unity zarpó de Rotterdam con destino a Philly con lo que se estima que fueron ciento cincuenta alemanes palatinos de los cuales murieron todos menos treinta y cuatro antes de llegar a la Ciudad del Amor Fraterno. La comida se volvió tan escasa que los especuladores se pusieron a VENDER ratas y ratones al mejor postor (30).

Del mismo modo, los barcos de esclavos británicos a menudo eran poco más que ataúdes flotantes. Duncan Campbell, un comerciante inglés que embarcó a un montón de convictos blancos a América hasta que estalló la Revolución, apuntaba una tasa de mortalidad de un diez por ciento en la travesía del Atlántico como «pérdida moderada» (31). Un historiador calculó que entre el diez y el quince por ciento de todos los blancos encadenados «por lo general morían en el viaje» (32). Otros marcan el cociente de mortandad total como terriblemente superior.

Durante un viaje a América en 1638, cerca de tres cuartas partes de lo que se calcula que fueron trescientos cincuenta pasajeros murieron antes de llegar a su destino. Uno de los supervivientes de aquel barco dejó escrito lo siguiente: «Nos hemos pasado muchos días tirando a dos o tres por la borda» (33). En 1720, un tercio de los pasajeros la palmó a bordo del Honour (34). El año siguiente cerca del cuarenta por ciento de los que viajaron en el Owners Goodwill murió en la travesía (35). En el viaje de 1768 del Snow Rodney la comida se acabó; a los pasajeros no les quedó otra que recurrir a mascar el cuero de sus propios zapatos (36). En 1741 la travesía del Sea Flower de Belfast duró cuatro meses y acabó con la vida de cerca de la mitad de los ciento seis humanos que viajaban a bordo. Durante el trayecto, seis cadáveres humanos fueron mordisqueados por famélicos pasajeros caníbales (37). El agua llegó a escasear tanto en la excursión de Londres a Maryland del Justitia en 1743 que los criminales transportados optaron por beberse su propia orina. Casi una tercera parte del cargamento humano del barco murió en el mar. El capitán de la nave, como casi todos los capitanes desfalcadores de provisiones que se vieron involucrados en el negocio, desplumó a los convictos muertos antes de deshacerse de sus cadáveres. Declaró que él era el «heredero de todos los criminales que muriesen bajo su cuidado» (38). Un gran tipo.

En 1771, otro Justitia (puede que el mismo) llegó a Virginia con su cargamento caucásico. «Acaba de llegar a Leedstown», reza el anuncio del Virginia Gazette, «el Barco Justitia con cerca de cien Siervos Saludables, Hombres, Mujeres & Niños […] La Venta comenzará el Martes 2 de Abril» (39).

¿¡¿La venta?!? Sorpresa, sorpresa, Gomer Pyle51: igual que esclavos negros, se vendían siervos blancos contratados al mejor postor. En 1625, un comerciante británico declaró que en Virginia «se vendían siervos por todas partes como caballos» (40). En 1755, el gobernador de Maryland se hizo eco del símil del ganado: «Las fortunas de los hacendados consisten aquí en el número de siervos que se poseen (que se adquieren a precios muy elevados), igual que en las propiedades de los granjeros ingleses se basan en el número de cabezas de ganado» (41). William Green, un convicto transportado, rememoraba el proceso de subasta: «Nos revisaban allí como los tratantes de caballos hacen en este país con estos animales, nos miraban los dientes y nos revisaban las extremidades para ver si resultaban adecuadas y convenientes para el trabajo que nos esperaba» (42). A los siervos potenciales se les solía interrogar para determinar su temperamento y su entusiasmo general a la hora de ser tratados como mierda.

Al igual que con los africanos, las familias blancas solían romperse y sus miembros se vendían a diferentes postores. En las subastas, unos hombres a los que se conocía como «conductores de almas» eran quienes, por lo general, adquirían en lotes a los esclavos blancos recién llegados, los encadenaban en grupo y los arreaban a pie por zonas rurales, donde los iban vendiendo de la manera más rentable posible. «Nos arrastraban por el campo como ganado hasta llegar a un mercado de Smithfield y nos exponían a la venta en ferias públicas como a tantas otras bestias», se quejaba un siervo blanco (43). «Los llevaban por el país como lotes de ovejas hasta que lograban venderlos provechosamente», se mofaba otro (44).

Un siervo de cumplimiento forzoso era, por ley, «propiedad de su amo», tal y como estableció Johnstone, el gobernador de Florida Occidental en 1766 (45). Una ley de Carolina del Sur implantada en 1717 sostenía que «la titularidad de un blanco» debía ser un requisito previo para poder ser miembro de la Asamblea Estatal (46). Un fallo judicial de Pennsylvania de 1757 declaró que un siervo blanco llamado Thomas Teaffe era, en efecto, «propiedad» de su amo (47). Los siervos blancos figuraban como propiedad, junto al ganado, en las declaraciones tributarias, los vasallos junto a los caballos.

Como propiedad, los siervos blancos se compraban, se vendían, se intercambiaban y se heredaban como cualquier otro artículo desechable. Un amo intercambió un niño por dos venados para gran diversión de los demás siervos (48). En 1657 el propietario de una sierva cambió a la jovencita degradada por un cerdo (49). Muchos siervos blancos se canjearon por tabaco (50). John Rolfe, una de las primeras celebridades de la élite de Virginia, comentó en 1619 que se estaban intercambiando siervos blancos para solventar deudas de juego en partidas de cartas (51). Los siervos vivientes a menudo eran indistinguibles de los artículos inanimados, tal y como queda de evidencia en este comentario hecho en 1765 por un empresario de Filadelfia: «Los principales artículos irlandeses que pueden comprarse por aquí son lino […] ternera, mantequilla y hombres, mujeres y niños siervos» (52).

A pocos de estos siervos de cumplimiento forzoso se les podía calificar adecuadamente como aprendices, a no ser que penséis que «aprender» a recolectar tabaco, despejar ciénagas o extraer tocones sea una valiosa experiencia educativa. A la inmensa mayoría de siervos de cumplimiento forzoso se les utilizó como peones en las haciendas sureñas o en las granjas del Norte (53).

Los esclavos blancos temporales tenían pocos derechos jurídicos. No podían votar ni ocupar un asiento en un jurado (54). No podían casarse sin permiso de sus amos, quienes normalmente se lo negaban (55). A las siervas se les tenía prohibido quedarse embarazadas, aunque sus amos las violaban (56). Era su palabra contra la de ellas. Y su penalización no se quedaba en una buena y sangrienta sesión de latigazos seguida de un par de años de servidumbre añadida. Según la ley de Virginia el pequeñín heredaría su condición de esclavo hasta cumplir los treinta y uno (57). En aquel entonces, eso constituía la mayor parte de una vida. En 1765, Virginia restringió sus leyes esclavistas de bebés fuera del matrimonio a veintiún años para los niños de la basura blanca y a dieciocho para las niñas (58).

A los siervos blancos se les fustigaba bastante a menudo a lo Kunta Kinte. La presuntamente «privilegiada» piel blanca se desgarraba brutalmente plantación tras plantación. «Yo he visto a un capataz golpear a un siervo con una vara en la cabeza hasta hacerle sangre», remarcaba un observador, «por una falta de la que no merece la pena ni hablar, y más le valía ser paciente, o sería peor» (59). En 1624 Elyas Hintone, un siervo blanco, fue apaleado por su amo con un azadón hasta matarlo (60). Un siervo de Massachusetts llamado Marmaduke Pierce también fue aporreado hasta la oscuridad eterna por su amo, que quedó impune (61). Una pareja de Nueva Inglaterra fue absuelta de asesinato en 1666 después de que la señora le cercenase los dedos de los pies a un siervo causándole una muerte lenta (62).

Las siervas, por lo general, lo tenían peor que los hombres. El mismo amo de esclavos de Virginia que le reventó los faros a Elyas Hintone, fustigaba con regularidad a su esclava Elizabeth Abbott hasta en que «su piel se ponía en carne viva, se volvía muy negra y sangraba» (63). Abbott huyó al bosque, donde murió a causa de las heridas infligidas en su carne. En 1663, se ensañaron tanto con la sierva blanca asesinada Alice Sanford que su cadáver fue descrito como «azotado hasta quedar hecho gelatina» (64). Otra chica blanca fue azotada hasta la muerte por su capataz, la señora Ward, que fue declarada culpable por un tribunal y condenada solo a pagar una multa de ciento treinta kilos de tabaco (65). La sierva blanca Elizabeth Sprigs se queja en una carta fechada en 1756 de haber sido «amarrada y fustigada hasta ese grado en el que ya no sirves como animal […] No, salen más a cuenta unos cuantos negros […]» (66).

Bajo tales condiciones, los suicidios proliferaron. Un exsiervo escocés comentó que «algunos de aquellos pobres esclavos engañados, para lograr poner fin a su cautiverio, pusieron punto final a sus vidas» (67).

La tortura física de siervos blancos llegó a estar tan generalizada que la ley comenzó a tomarla en consideración. Un decreto de Virginia de 1642 señala el modo en que «el uso brutal de algunos siervos por parte de ciertos amos crueles trae demasiado escándalo e infamia al país en general». La ley procedió a prohibir el entierro privado de los siervos porque los amos solían ser «culpables de sus muertes» e intentaban ocultar los cadáveres (68). Una ley de 1717 de Carolina del Sur mencionaba «usos brutales de siervos por parte de amos crueles» (69). Treinta años más tarde, un forense de Maryland, alarmado por todos los cuerpos amoratados que pasaban zumbando por su oficina se quejó del «uso severo y los malos tratos de los amos a sus siervos» (70).

Pero, por lo general, la ley no fue mucho más bondadosa que el esclavista individual. Dar latigazos a un siervo desobediente o fugado era legal siempre y cuando se hiciese bajo la dirección de un juez al que, presumiblemente, le gustaba mirar. En Maryland se autorizaban hasta treinta y nueve latigazos; a los amos solo se les prohibía golpear «excesivamente» a sus siervos (71). Un siervo de Carolina del Sur que se había fugado dos veces en 1671 fue condenado a «desnudarse hasta la cintura y recibir treinta y nueve latigazos en la espalda» (72). En una fecha tan tardía como 1785, el código legal de Virginia permitía que se «corrigiese con azotes» (73) a los siervos blancos engreídos.

La servidumbre de cumplimiento forzoso era lo bastante dura como para que los siervos intentasen fugarse con frecuencia, y los periódicos coloniales estaban repletos de anuncios de amos que trataban de reclamar sus propiedades de piel blanca. Aquellos anuncios de fugitivos comenzaron a aparecer a principios del siglo XVII y duraron hasta finales de la década de 1820. A los siervos se les describe casi siempre con marcas de latigazos y cicatrices de quemaduras, y se les atribuye una actitud «insolente», «arrogante» y «descarada» (74).

Al capturarlos, se latigaba a los siervos blancos de manera rutinaria y luego se les penalizaba con tiempo extra añadido a su cautiverio. Había estatutos y fallos judiciales que autorizaban que se les cortase las orejas a los siervos fugitivos, que se les marcase a fuego con atizadores al rojo vivo o que se les pusieran grilletes y unos collares de metal en el cuello que se llamaban «llares». La ley de Virginia establecía que a los siervos que se escapaban por segunda vez se les «marcase a fuego una “c” en la mejilla bajo la prescripción de canallas incorregibles» (75). En Virginia a los siervos fugitivos capturados también se les obligaba a servir dos días extra por cada día que hubiese durado su fuga (76). En Maryland, la proporción era de diez días por cada uno de fuga (77). En Carolina del Sur llegó a ser un año extra por cada semana que el siervo se hubiese ausentado (78). Hay registradas penas por fuga de cinco, siete, diez y hasta quince años (79). Los siervos blancos fugitivos fueron un problema tan generalizado que la Constitución de Estados Unidos declaró que aquellos «que presten servicio o trabajen en un Estado […] y escapen a otro […] serán devueltos».

Hay quienes han estimado que hasta la mitad de todos los siervos blancos de cumplimiento forzoso durante los más de doscientos años en que el sistema fue legal en América, jamás sobrevivieron al plazo de su contrato (80). Y por si todavía os queda alguna duda residual de que fuese un sistema despiadado que masticaba humanos y escupía cadáveres, tened en cuenta que estos vertiginosos índices de mortalidad se dieron entre una población integrada sobre todo por adolescentes cuyos plazos típicos pudieron haber sido de no más de siete años.

Sí, señor Charley, la vida de un siervo de cumplimiento forzoso no era más que un largo e insaciable festín de cerdos en ese bufé con postre, café y puro en que siempre han consistido los privilegios y los derechos culturales superiores de la piel pálida. Me pregunto qué habría pensado un esclavo blanco de hace doscientos o trescientos años, después de ser fustigado, encadenado, golpeado, violado, muerto de hambre, infectado o fecundado, de la actual y moderna doctrina del privilegio de la piel pálida de los bohemios del Soho. Seguro que querría matar a todos los escritores de Nueva York.

Los modernos traficantes de la culpa son simplemente incapaces de afrontar la realidad de los ESCLAVOS BLANCOS. Pero en tiempos coloniales, las palabras «siervo» y «esclavo» se utilizaban indistintamente Durante cerca de cincuenta años confusos, después del asentamiento de Jamestown, apenas existió distinción entre trabajadores forzosos blancos y negros; el sistema de esclavitud negra racialmente definido y avalado por la ley, no floreció en un sentido numérico significativo hasta ya bien entrado el siglo XVII. Según un historiador: «No hay duda de que los primeros negros de Virginia ocuparon en la colonia una posición similar a la de los siervos blancos» (81). Una ley de 1641 establecía que se marcase a fuego la piel de todos los siervos desobedientes, sin distinción de color (82). En 1652 una ley de Providence y de Warwicke (luego Rhode Island) menciona siervos «de raza humana negra o blanca» (83). Una ley de Pennsylvania de 1683 contiene la frase «ningún siervo blanco o negro» (84). Así que existe una alta probabilidad de que si algunos de aquellos «inmigrantes» Goad del siglo XVII fueron siervos de cumplimiento forzoso, sudaron la gota gorda en los campos, mano a mano con los negros. ¿Y SEGUÍS pretendiendo que pague los desagravios?

En el curso de un debate parlamentario de 1659 sobre el tráfico de siervos blancos a las colonias, los legisladores utilizan la palabra «esclavos» en lugar de «siervos» (85). Una ley de Virginia del año 1705 menciona el «cuidado de todos los esclavos cristianos», siendo cristiano un eufemismo de europeo (86). Un plumilla de la London Magazine escribió en 1751 que un convicto británico que embarcaba al extranjero pasaba a ser un «esclavo en América» (87). Un observador colonial de los convictos que trabajaban en Virginia dijo: «Nunca en mi vida he visto semejante amontonamiento de razas pobres […] No se les utiliza mejor que a tantísimos esclavos negros» (88). Una diatriba de 1777 que protestaba del tráfico de contratos afirmaba que el cuerpo de un siervo blanco era «sometido absolutamente igual que el cuerpo o la persona de un negro, hombre o mujer, que se vendiese legalmente como esclavo» (89). En la década de 1820, Karl Anton Postl comentó que a los blancos no poseedores de esclavos «no se les trata mejor que a los propios esclavos» (90).

Los siervos blancos de cumplimiento forzoso solían referirse a sí mismos como esclavos. En 1623, el siervo virginiano Thomas Best escribió que «el amo Atkins me ha vendido por ciento cincuenta libras esterlinas, como un condenado esclavo» (91). Un siervo blanco llamado Robert Perkins dijo que su cautiverio incluyó «todas las penurias que padecían los esclavos negros» (92).

Los historiadores modernos estarán de acuerdo. Howard Zinn afirma que «a los siervos de cumplimiento forzoso a menudo se les trataba tan mal como a los esclavos negros» (93). Eugene Genovese sostiene que «en el Sur de Estados Unidos y en el Caribe, el trato infligido a los siervos blancos de cumplimiento forzoso rivalizó y en ocasiones excedió en brutalidad al infligido a los esclavos negros […]» (94).

La razón de esto no es más que algo tan deficientemente etéreo como el odio humano. Es la misma razón por la que la gente en general está más dispuesta a machacar y meter más caña a un coche alquilado que a uno propio. «El negro», argumenta el historiador James Leyburn, «era una propiedad permanente y debía conservarse; el siervo era una inversión temporal que debía explotarse al máximo» (95). En 1770, William Eddis, inspector de aduanas de Annapolis, razonaba que los esclavos negros, siendo «propiedad vitalicia», vivían «casi sin excepción, bajo unas circunstancias más confortables que las de los miserables europeos, sobre quienes el riguroso hacendado ejercía una severidad inflexible». Eddis observó que a los blancos, como esclavos temporales, se los «forzaba al máximo para que hicieran el trabajo que se les asignaba […] Sin lugar a dudas, hay muchas excepciones a esta observación aunque, en líneas generales, gimen bajo un cautiverio bastante peor que el egipcio» (96).

Parece ser que algunos esclavos negros lo veían igual. «Preferiría ser un negrata» dice una canción popular de las plantaciones, «a un pobre hombre blanco» (97). Elija Henry Hopkins, un exesclavo negro de Arkansas, dijo que «en tiempos de la esclavitud, un blanco pobre era mucho peor que un negrata» (98). Era sabido que los esclavos negros contaban chistes de irlandeses para entretener a sus amos que, a menudo, situaban a los irlandeses a un nivel social inferior al de los africanos. «Mi amo es un gran tirano», decía una de aquellas pullas. «Me trata tan mal como a un vulgar irlandés» (99). En 1855, cuando Frederick Law Olmsted, arquitecto paisajista y escritor de viajes, preguntó a un tripulante de un barco de vapor de Alabama por qué los irlandeses se ocupaban de trabajos más peligrosos que los que hacían los esclavos negros, obtuvo este encogimiento de hombros verbal: «Oh, por aquí los negratas son demasiado valiosos para correr riesgos; si los irlandeses de mierda se caen por la borda o se parten la espalda, nada se pierde» (100). Recuerdo una frase de Sillas de montar calientes52: «Muy bien, daremos algunas tierras a los negratas y a los chinorris, ¡pero NO QUEREMOS IRLANDESES!».

Enterrados al fondo del montón de basura esclava blanca estaban los trabajadores convictos blancos. Los convictos se diferenciaban de los siervos de cumplimiento forzoso en que se pensaba que se habían merecido el cautiverio, fuese cierto o no. Los convictos blancos fueron, posiblemente, el primer grupo que se vinculó verbalmente en América con la basura. Un autor británico les puso el apodo de «desechos ofensivos» (101). Otro los llamó «la escoria de la sociedad» (102). Un escritor de Boston se refirió a ellos como «excrecencias» (103). En 1751, el Virginia Gazette decretó que la única forma que tenía Gran Bretaña de «mostrar un desprecio más soberano» hacia los colonos sería vaciar sus retretes sobre América (104). Ben Franklin ofreció enviar a cambio serpientes de cascabel a los ingleses (105).

Los trabajadores convictos blancos estuvieron goteando sobre las colonias a lo largo del siglo XVII, pero debieron llegar a componer una cuarta parte de TODOS los inmigrantes coloniales blancos (libres u obligados) del siglo XVIII (106). Durante el período en que Thomas Goad fue transportado a Maryland, se calcula que los convictos componían un cuarenta por ciento de todos los que entraron en dicho estado desde el otro lado del charco. Sobre uno de cada cinco de aquellos convictos de Maryland pesaba una condena que iba desde los catorce años a la perpetua (107). Habéis oído bien: blancos esclavos DE POR VIDA.

Los convictos británicos empezaron a llegar aquí en masa (se calcula que cincuenta mil en el siglo XVIII), después de la aprobación parlamentaria de la Ley de Transporte de 1718. La ley estipulaba que los criminales convictos podían «transportarse» al extranjero como trabajadores esclavos. A los esclavos convictos se les solía llamar «transportes». En severidad solo la pena de muerte superaba al transporte. Según un historiador, la deportación de convictos se convirtió «en Gran Bretaña en el máximo castigo a partir de 1718» (109). Se consideraba preferible a la horca, pero mucho peor que ser azotado o marcado a fuego. Un juez británico concluyó en 1741 que un ladrón al que había declarado culpable no reunía los requisitos de «objeto de clemencia y, por tanto, ordeno que, en lugar de quemarle la mano, sea transportado siete años» (110). Los criminales condenados solían suplicar que les latigasen o les quemasen en su lugar. Una ladrona llamada Mary Stanford solicitó que la ahorcasen en vez de ser expulsada al otro lado del charco (111). Para el sujeto británico promedio de aquella época, América representaba un desierto salvaje y aterrador, más una Siberia que un Disneylandia.

La mayor parte de los convictos británicos transportados no fueron criminales violentos. Como cuenta un escritor, «quienes cometían hurto mayor conformaban la mayor parte de los transportados […] El típico malhechor destinado al transporte era, entonces, un trabajador varón joven que se daba al crimen por necesidades económicas» (112). Hurto mayor se definía como robo de algo que superara un chelín. El salario diario del obrero no cualificado medio en aquellos tiempos apenas superaba el chelín. Supongamos que el obrero no cualificado de hoy gane siete dólares por hora, lo que se traduce en cincuenta y seis machacantes por jornada laboral completa. Por lo tanto, el hurto mayor constituía en aquel entonces el robo de cualquier cosa con un valor superior al de cincuenta pavos en moneda actual.

Muchos, si no la mayoría, de los convictos transportados puede que no hubiesen hecho nada más «criminal» que ser pobres. El transporte de condenados floreció durante un período en el que uno de cada diez ciudadanos se moría de hambre cuando las cosas iban bien, y casi la mitad pasaba hambre cuando las cosas se ponían feas. Se ahorcaba a sujetos británicos por robar pan. Podían echarte la soga al cuello solo por distraer fruta de la propiedad de un hombre rico (113). Hubo un hombre que obtuvo un destierro a América de siete años por robar un cordero después de ser atormentado por los «llantos de su familia por no tener pan en una temporada en que fue incapaz de proporcionárselo» (114). En 1771 una famélica mujer embarazada fue expulsada a América por robar un cuenco de sopa (115). Este caso, lejos de ser una excepción, fue descrito por un investigador como «bastante común» (116). Hubo incluso rumores de algunos trabajadores que fueron esclavizados solo por pedir que les pagasen (117). Y hay pruebas de que los funcionarios públicos solían condenar a personas inocentes para obtener comisiones monetarias de los traficantes de esclavos (118).

Al desembarazarse así de los pobres, los británicos ahorraban dinero en prisiones y asistencia social. Tal y como lo explica un escritor, los convictos eran «carteristas y ladrones que tenían más valor para la Corona en una plantación del Nuevo Mundo que pendiendo de una soga» (119). La Corona acostumbraba a pagar cinco libras a los comerciantes por transportar a los condenados al otro lado del charco. En Londres, el negocio lo copaban unas pocas empresas acaudaladas. Un comerciante del lado colonial señaló que «las ventas de convictos subieron asombrosamente en muy poco tiempo» (120). Los condenados generaban muchos más ingresos (aunque no para ellos mismos) de los que eran posibles en la vieja y brumosa Inglaterra. Se estimaba que el mantenimiento personal de un convicto costaba entre trece y quince libras al año (121), mientras que su trabajo durante ese mismo período podía llegar a generar unos ingresos de entre cincuenta y ciento cincuenta libras para su propietario (122). Si partimos del cálculo más bajo posible (el de treinta y cinco libras de beneficio anual para el amo) y lo multiplicamos por siete años, se llega a un beneficio MÍNIMO de doscientos cuarenta y cinco libras para el propietario del convicto. No es tontería para un convicto que pudo haber robado solo un chelín. La rentabilidad financiera del dueño de esclavos era posiblemente CINCO MIL veces la cantidad monetaria robada originalmente por el convicto. ¿Quién robaba a quién?

Economía. De eso se trató, se trata y se tratará siempre, sin más. El racismo solo es una pantalla de humo, una táctica cínica de distracción. Una vez que se entiende eso, el resto es fácil.

Los blancos integraron la mayoría de los trabajadores coloniales esclavizados a lo largo de casi todo el siglo XVII. Los esclavos negros alcanzaron la paridad numérica con los siervos blancos en algún momento, ya avanzado, del mismo siglo o a principios del XVIII (124). La idea de la supremacía racial tuvo poco que ver con el cambio gradual de la esclavitud blanca a la negra.

Durante el lapso de tiempo de la servidumbre blanca de cumplimiento forzoso, los esclavos africanos de por vida siempre fueron mucho más caros que los esclavos temporales británicos. En la década de 1690, los esclavos negros seguían vendiéndose por dos o tres veces el precio de los siervos blancos, pero los megahacendados comenzaron poco a poco a inclinarse hacia la esclavitud negra. El motivo del cambio fue más económico que racial. «El afán de lucro fue lo único que favoreció la sustitución del trabajo blanco por el negro», declara el historiador Edwin J. Perkins (125). En Inglaterra ya era de dominio público que el tráfico de siervos no era el programa de carita sonriente «Enrólate en el ejército y conoce el mundo» que prometían los tambores y los engarzadores. Para atraer nuevos «voluntarios», las colonias aprobaron leyes para proteger los derechos de los siervos blancos. El plan resultó contraproducente, pues encareció su mantenimiento. El suministro de siervos blancos disminuyó a medida que se fueron abriendo más mercados africanos, cimentando el cambio hacia la esclavitud negra.

También se decía que los hacendados habían percibido que los negros eran menos criminales y más dóciles que la basura blanca tocapelotas de sus coesclavos. Una última razón para la transición de la esclavitud blanca a la negra es tan abrumadoramente obvia que a menudo se pasa por alto: los negros son identificables visualmente por su color de piel. No se les odiaba tanto por ello como se les identificaba por ello. Según un comentarista en 1775, el problema de recapturar siervos blancos fugitivos siempre había estado en la dificultad de desentrañar «si eran siervos o no»; con los negros, sin embargo, podía «saberse siempre y proceder a su detención» (126).

Así que fue el dinero y la ley del hombre blanco rico (y no el odio empedernido del blanco pobre) lo que favoreció la esclavitud negra sobre la servidumbre blanca de cumplimiento forzoso. Sí, la intensificación de la esclavitud hundió al hombre negro pobre; lo que rara vez se reconoce es que también exprimió al hombre blanco pobre.

Al enano de ébano Spike Lee le pone de muy mala hostia que a los esclavos negros emancipados se les engañase con la promesa de los «cuarenta acres y una mula» que les hicieron sus supuestos libertadores. Hasta le puso el nombre de esa promesa rota a su productora cinematográfica. A Spike no le falta razón al afirmar que a los exesclavos negros se les engañó, pero me pregunto si se habrá enterado de que a los exesclavos blancos también se les estafó de manera sistemática con lo de sus cincuenta acres y una azada. Joder, lo más seguro es que ni siquiera sepa que hubo esclavos blancos.

Al verse libres de su cautiverio, a los siervos blancos se les concedieron por ley unos «derechos de libertad». El mito popular es que la mayoría de los siervos recibieron una porción de tierra y vivieron felices y comieron perdices. Esto es una absoluta falsedad puesto que casi ningún estado garantizó un solo pedazo de tierra como parte de sus derechos de libertad. Maryland fue la excepción. Pero un estudio de aproximadamente cinco mil siervos blancos de cumplimiento forzoso de Maryland en la década de 1670 revela que solo una cuarta parte de ellos heredó el derecho de tierra de los cincuenta acres; de hecho, el número de quienes murieron en cautiverio es superior al de quienes recibieron la tierra (127).

En lugar de tierra, a la mayoría de los exesclavos blancos solo se les prometió ropa, herramientas y/o una cantidad miserable de pasta. Una ley de Pennsylvania de 1700 establecía solo un par de trajes, un hacha y dos azadas (128). Las azadas, hemos de presumir, eran herramientas de jardinería, no prostitutas53, a no ser que «desbrozar» y «excavar» fuesen eufemismos sexuales en la América colonial. A mediados del siglo XVIII, los derechos de libertad en Virginia para los siervos recién liberados ascendían a un único pago en metálico de tres libras y diez chelines (129). En Carolina del Norte, en torno a la misma época, tres libras y a correr (130).

¿Y hasta dónde podría ir un exesclavo blanco con tres libras esterlinas? ¿Sería capaz de adquirir ganado, tierra o esclavos; en definitiva, cualquiera de las cosas que aportaban seguridad financiera, sobre todo en el Sur? Ni de coña, simplones. Para los siervos de cumplimiento forzoso liberados «la probabilidad estadística de alzarse incluso a la posición de la clase media era mínima», escribe un historiador (131). El cálculo aproximado que se cita con mayor frecuencia, facilitado por el especialista en servidumbre de cumplimiento forzoso Abbot Emerson Smith, es que solo uno de cada diez exesclavos blancos llegaría a «prosperar dignamente». Smith calcula que quizá otro de cada diez pudiese llegar a alcanzar cierto grado de autosuficiencia. No obstante, ocho de cada diez siervos o bien «morían en el período de servidumbre, regresaban a Inglaterra al acabar dicho período o se convertían en “blancos pobres”» (132). Un cura de Maryland observó que «los siervos blancos, al expirar los términos de su cautiverio, deambulan por el condado sin un trozo de pan que llevarse a la boca» (133). El gobernador Bradford de Massachusetts lamentaba que «de una u otra manera, de aquí a veinte años, la cuestión será si la mayor parte de ellos no hará sino empeorar» (134). En Carolina del Sur, Frederick Law Olmsted comentó que «los blancos pobres, refiriéndome, supongo, a los que no aportan al mercado nada a cambio de dinero que no sea su trabajo […] son peores, en casi todos los aspectos, que los esclavos» (135).

Como les tenían prohibido casarse o formar familias durante el plazo de su servidumbre, los siervos blancos solían llevar una vida social fracturada hasta el momento de su liberación. Quizá la única cosa positiva de la esclavitud negra era que proporcionaba a los negros un sentido de comunidad. Esto no se le facilitó al exconvicto blanco. Bebía y moría solo. Y como ahora era un trabajador «libre» en una economía basada en la esclavitud, había quedado excluido del mercado. No tenía dónde ir salvo hacia abajo (económicamente) y hacia fuera (geográficamente).

Spotswood, el gobernador de Virginia, también señaló que muchos exsiervos, expulsados de la economía sureña, se habían «asentado en la frontera» (136). La basura blanca y pobre comenzó a ocupar la frontera de América en más de un sentido de la palabra.

46 Macho cabrío, cabrón. (N. de los E.)

47 Billy es un diminutivo de William. (N. de los E.)

48 De «kid» (niño) y el verbo «nab» (agarrar, pillar, pescar…). Algo así como «pesca de críos». (N. de los E.)

49 Secuestro, rapto. (N. de los E.)

50 Antigua moneda alemana de plata. (N. de los E.)

51 Gomer Pyle fue un personaje televisivo interpretado por Jim Nabors que comenzó a aparecer en la tercera temporada de The Andy Griffith Show. Mecánico de coches simplón e ingenuo que llegaría a popularizar muchas expresiones. Entre ellas: «¡Shazam!», «Gawwww-leeeee!», «shame, shame, shame!» y «Surprise, sur-prise, sur-prise!». (N. de los E.)

52 Blazing Saddles (1974), dirigida por Mel Brooks. (N. de los E.)

53 El término «hoe» significa tanto «azada» como «prostituta» en argot. (N. de los E.)

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13 kasım 2024
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9788419288073
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