Kitabı oku: «1.280 almas»

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Título original: Pop 1280

© Jim Thompson, 1964

© Traducción de Antonio Prometeo Moya, 2010

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

OEBO092

ISBN: 978-84-9867-930-4

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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Otros títulos

1

Verá, señor, el caso es que tendría que haberme sentido satisfecho, tan satisfecho como un hombre pueda sentirse. Porque allí estaba yo, el sheriff de Potts County, ganando casi dos mil dólares al año, sin contar los extras que me iba sacando. Por si fuera poco, tenía una vivienda gratis en el segundo piso del Palacio de Justicia, el sitio más bonito que se pueda imaginar; hasta tenía cuarto de baño, de manera que no tenía que bañarme en un barreño o ir a un lugar público, como hacían casi todos los del pueblo. En lo que a mí respecta, podría afirmarse que aquello era el reino de los cielos. Para mí lo era, y parecía que podía seguir siéndolo —mientras fuera sheriff de Potts County— siempre que me ocupara exclusivamente de mis propios asuntos y sólo detuviera a alguien cuando no tuviese más remedio, y eso siempre que se tratara de un don nadie.

Sin embargo, no estaba tranquilo. Tenía tantos problemas que la preocupación me tenía enfermo.

Me sentaba a la mesa para comer una media docena de chuletas de cerdo, unos cuantos huevos fritos y un plato de bollos calientes con menudillos y salsa; pues bien, no podía acabármelo todo. No me lo terminaba. Empezaba a dar vueltas a los asuntos que me preocupaban y cuando me daba cuenta me había levantado sin rebañar el plato.

Con el sueño me ocurría lo mismo. Puede decirse que no pegaba ojo. Me metía en la cama pensando que aquella noche tenía que descansar, pero qué va. Pasaban veinte o treinta minutos antes de que me durmiera. Y luego, después de sólo ocho o nueve horas, me desvelaba y ya no podía volverme a dormir, cascado y hecho polvo como estaba.

Pues bien, señor, el caso es que estaba despierto, igual que la noche que he puesto como ejemplo, moviéndome en la cama y dándole vueltas a la cabeza, hasta que no pude soportarlo más. Así que me dije:

«Nick, Nick Corey, las preocupaciones acabarán desquiciándote, así que será mejor que pienses algo y pronto. Tienes que tomar una decisión, Nick Corey, porque, si no, lamentarás no haberlo hecho».

Así que me puse a pensar y pensar, y luego pensé un poco más.

Llegué a la conclusión de que no sabía qué coño hacer.

2

Me levanté por la mañana, me afeité y me di un baño, aunque era lunes y ya me había aseado a conciencia el sábado anterior. Después, me puse la ropa de los domingos: el Stetson nuevo de sesenta dólares, las botas Justin de setenta y cinco dólares y los Levi’s de cuatro dólares. Me planté delante del espejo y me observé minuciosamente por todas partes para asegurarme de que no parecía un paleto de pueblo. Quería visitar a un amigo. Iba a ver a Ken Lacey para hablarle de mis problemas, y siempre que iba a ver a Ken Lacey me gustaba ir presentable.

Camino de la escalera pasé por delante del dormitorio de Myra; había dejado la puerta abierta para que corriera el aire. Sin que se percatara de mi presencia, me detuve y eché un vistazo. Entré y me la quedé mirando un ratito. Me acerqué de puntillas a la cama y me quedé a su lado para mirarla bien, relamiéndome y sintiendo un estremecimiento.

Tengo que confesaros algo, y hablo en serio. Hay una cosa que no me ha faltado nunca. Apenas había salido del cascarón —un crío con su primer pantalón largo— cuando las chavalas empezaron a insinuárseme. Cuanto mayor me hacía, más hembras se me acercaban. A veces me decía:

«Nick, Nick Corey, tendrás que hacer algo con las tías. Lo mejor será que lleves un látigo y que te las quites de encima a hostias, porque, si no, van a acabar contigo».

El caso es que no lo hice nunca porque no soporto que le peguen a una mujer. En cuanto una lloriquea un poco, me desarma.

Para volver con lo que estábamos, como decía, nunca me han faltado mujeres; todas han sido de lo más generosas conmigo. Precisamente por eso es más extraño cómo miraba a Myra, mi mujer. Relamiéndome y sintiendo cierto cosquilleo. Myra era un poco mayor que yo y, se la mirara por donde se la mirase, parecía tan soez como era en realidad. Creedme, Myra era una mujer terriblemente ordinaria. Pero el problema soy yo, que soy un tipo de ideas fijas. Me pongo a darle vueltas a algo y ya no puedo pensar en nada más. La verdad es que no andaba falto, pero ya sabéis cómo son estas cosas. Quiero decir que es igual que comer palomitas de maíz: cuantas más tienes, más quieres. Era verano y no llevaba camisón; además, las sábanas estaban revueltas y no la tapaban del todo. Estaba más bien boca abajo, de manera que no podía verle la cara, lo que la favorecía mucho.

Allí estaba yo, mirándola, poniéndome cachondo y excitándome, hasta que ya no pude aguantar más y empecé a desabrocharme la camisa.

«A fin de cuentas —me dije—, a fin de cuentas, Nick Corey, es tu mujer, así que tienes derecho.»

Supongo que imagináis lo que pasó, aunque creo que no lo sabéis porque no conocéis a Myra. Os aseguro que sois afortunados. A lo que íbamos: se dio la vuelta de repente y abrió los ojos.

—¿Qué haces? —me preguntó.

Le expliqué que iba al condado donde Ken Lacey era sheriff, que probablemente estaría fuera hasta bien entrada la noche y que, como lo más seguro era que nos echáramos de menos, quizá deberíamos estar juntos antes.

—¡Ya! —exclamó, casi escupiéndome la interjección—. ¿Pensabas que iba a dejarme, aunque tuviera ganas?

—Bueno —dije—, pensaba que a lo mejor sí. Vamos, lo esperaba. Además, ¿por qué no?

—Porque apenas puedo aguantar tu presencia. ¡Ahí tienes el motivo! ¡Porque eres un idiota!

—Bueno —contesté—, no estoy seguro de que tengas razón, Myra. O sea, no digo que te equivoques, sino que no estoy de acuerdo contigo. Vamos, que no tienes que insultarme, aunque sea un idiota. El mundo está lleno de idiotas.

—Es que tú no sólo eres idiota: ni siquiera tienes voluntad. Eres lo más insignificante que he visto en mi vida.

—Oye, tú —dije—, si piensas eso, ¿por qué te casaste conmigo?

—¡Mira quién fue a hablar! ¡Será animal! —exclamó—. ¡Como si no supiera por qué! ¡Como si no supiera que tuve que casarme con él porque me violó!

Aquello me dolió un poco. Siempre decía que yo la había violado, y eso me sentaba mal. La verdad es que no podía contradecirla cuando afirmaba que yo era un idiota abúlico, porque a lo mejor no soy muy listo —¿quién quiere un sheriff listo?—, y creo que me conviene más dar la espalda a los problemas que hacerles frente. Lo que quiero decir, qué narices, es que ya nos metemos en muchos líos por nuestra cuenta sin ayuda de nadie.

Pero cuando decía que yo era un violador, era otra cosa. Quiero decir que no era cierto. Además, no tenía sentido.

¿Por qué iba a violar a una mujer un tipo como yo, al que le sobraban las tías?

—Mira, voy a decirte algo de eso de la violación —le dije, ruborizándome un poco, mientras me abotonaba la camisa—. No digo que seas una mentirosa porque no sería educado por mi parte, pero entienda una cosa, señora: si me gustaran las embusteras, ya te habría matado a polvos.

Bueno, aquello la puso fatal. Empezó a llorar y a desgañitarse, gritando como un becerro en una tormenta de granizo. Evidentemente, despertó a su hermano Lennie, el cretino, que entró como una tromba, llorando, parpadeando y babeando.

—¿Qué le has hecho a Myra? —preguntó rociando de saliva un área de tres metros—. ¿Qué te has atrevido a hacerle, Nick?

No contesté porque estaba ocupado en limpiarme sus babas. Fue dando tumbos hasta Myra, que lo abrazó y se me quedó mirando.

—¡Animal! ¡Mira lo que has hecho! —vociferó ella.

Dije, maldita sea, que no había hecho nada, que Lennie siempre estaba a punto para berrear y babear.

—Y cuando no lo está —añadí— es porque anda merodeando por el pueblo para espiar a alguna mujer por la ventana.

—¡Qué mala leche! —exclamó Myra—. ¡Acusar al pobre Lennie de algo que no puede evitar! Sabes que es tan inocente como un cordero.

—Puede ser —dije—.

Tema zanjado. Además, se me iba a escapar el tren. Me dirigí al recibidor, pero a ella no le gustó verme marchar sin ni siquiera una súplica de perdón, de manera que se revolvió contra mí.

—Será mejor que mires lo que haces, Nick Corey. ¿Sabes qué pasará si no lo haces?

Me detuve y me di media vuelta.

—¿Qué pasará?

—Les diré a los del pueblo lo que eres en realidad. ¡Veremos cuánto duras de sheriff cuando les diga a todos que me violaste!

—Te diré lo que pasará exactamente —respondí—: me quedaré sin empleo antes de que pueda abrir la boca.

—¡Efectivamente! ¡Será mejor que no lo olvides!

—No lo olvidaré, aunque tú tienes que recordar otra cosa: si dejo de ser sheriff, ya no tendré nada que perder, ¿no te parece?, y todo me importará una mierda. Además, si yo no soy el sheriff, tú tampoco serás la mujer del sheriff, y ¿adónde hostias iréis a parar tú y el cretino de tu hermano?

Abrió los ojos como platos y tragó aire a bocanadas. Hacía tiempo que no le levantaba la voz, y los humos se le bajaron rápidamente.

Le dediqué un significativo gesto con la cabeza y acto seguido salí por la puerta. Bajaba ya la escalera cuando oí que me llamaba.

Había reaccionado deprisa. Llevaba puesta una bata e intentaba esbozar una sonrisa.

—Nick —dijo inclinando la cabeza—, ¿por qué no te quedas un ratito, eh?

—No sé. No estoy de humor.

—Bueno, a lo mejor yo te hago recuperar el humor, ¿eh?

Dije que no sabía. Tenía que coger un tren y quería comer algo antes.

—No... —dijo un tanto nerviosa—, no irás a cometer una locura, ¿verdad?, sólo porque estés enfadado conmigo.

—No, no voy a hacer nada —contesté—. No más de lo que tú harías, Myra.

—Bueno. Que lo pases bien, cariño.

—Lo mismo digo, señora.

Terminé de bajar la escalera, crucé el Palacio de Justicia propiamente dicho y salí por la puerta principal.

Estuve a punto de darme un cabezazo al salir a la luz neblinosa de las primeras horas de la mañana. Estaban pintando la maldita fachada y los pintores se habían dejado las escaleras y las latas por todas partes. Ya en la acera, me volví para comprobar los progresos. Me pareció que no habían hecho casi nada en dos o tres días. Aún estaban en el último piso, pero no era asunto de mi incumbencia.

Yo solito podría haber pintado el edificio entero en tres días, pero ni recaudaba los fondos del condado ni el pintor contratado era cuñado mío.

Cerca de la estación había una freiduría que regentaban unos negros y me detuve allí a comerme un plato de pescado frito con pan de centeno. Estaba demasiado fastidiado para meterme un buen desayuno, demasiado obcecado con mis preocupaciones. Así que me lo zampé todo y pedí otra ración con una taza de achicoria para llevar.

Llegó el tren y subí. Me senté junto a la ventanilla y me puse a comer. Pensaba que aquella mañana había puesto en su sitio a Myra y que en adelante iba a estar más suave conmigo.

Pero sabía que me engañaba.

Habíamos tenido enfrentamientos parecidos muchas veces. Me amenazaba con lo que iba a hacerme, y yo le recordaba que tenía mucho que perder si lo hacía. Luego mejoraban las cosas durante un tiempo, aunque no del todo. No cambiaba nada de lo que realmente importaba.

Y no era, fijaos bien en lo que os digo, porque no fuéramos complementarios.

Era muy echada para adelante, pero cuando las cosas se ponían feas, entendía que yo reculara.

Por supuesto, sabía que si me hacía perder el empleo se perdería a sí misma. Tendría que dejar la ciudad con aquel desgraciado que tenía por hermano, y lo más seguro es que pasara mucho tiempo antes de que pudiera divertirse tanto como conmigo. Probablemente nunca se divertiría tanto.

Pero podía defenderse.

Acabaría consiguiendo cualquier cosa.

En cambio, yo...

Lo único que había hecho en mi vida era trabajar de sheriff. Era todo lo que podía hacer, que no es sino otra forma de decir que todo cuanto podía hacer se reducía a cero. Si dejaba de ser sheriff, no tendría ni sería nada.

Era duro aceptar que no fuera más que una nulidad que no hacía nada. A esta preocupación se sumaba otra: que pudiera perder el empleo sin que Myra dijese o hiciese nada.

Últimamente había empezado a sospechar que la gente no estaba del todo satisfecha conmigo, que esperaba que hiciera algo más que sonreír, bromear y mirar a otra parte. Y, la verdad, no sabía qué hacer al respecto.

El tren tomó una curva y siguió el curso del río durante un trecho. Estirando el cuello, pude ver los cobertizos sin pintar de la casa de putas del pueblo y a dos individuos —dos chulos— tumbados en el pequeño muelle que había delante del local. Aquellos dos macarras me habían causado muchos problemas, un montón. La semana anterior, sin ir más lejos, me habían empujado, presuntamente de forma accidental, y me había caído al agua, y unos días antes me habían tirado de boca en el barro, según decían, sin mala intención. Lo peor de todo era la forma que tenían de dirigirse a mí, poniéndome motes, gastándome bromas ordinarias y sin guardarme el respeto que lógicamente se espera que los macarras le tengan a un sheriff, aunque éste les saque un poco de dinero.

Decidí que tenía que hacer algo con aquellos dos macarras. Algo efectivo.

Acabé de comer y fui al lavabo de hombres. Me lavé las manos y la cara, saludando con un gesto al tipo que estaba sentado en el largo banco tapizado en cuero.

Llevaba un traje de corte clásico, a cuadros blancos y negros. Calzaba botines con polainas y se cubría con un sombrero de hongo blanco. Me observó con detenimiento y sus ojos se detuvieron un momento en la cartuchera y la pistola que llevaba yo. No sonrió ni dijo nada.

Señalé el periódico que leía el individuo.

—¿Qué le parecen los bolcheviques ésos? —le pregunté—. ¿Cree usted que derrocarán al zar?

Gruñó, pero siguió sin decir nada. Me senté a su lado en el banco, bastante cerca.

La verdad es que yo quería echar una meada, pero no estaba seguro de si debía entrar en el retrete o no. La puerta no estaba cerrada y daba bandazos según el movimiento del tren, o sea que debía de estar desocupado. Sin embargo, el tipo seguía allí y quizá quería hacer lo mismo que yo. Así que, aunque estuviera libre, no habría sido muy educado por mi parte colarme.

Esperé un rato. Esperé, removiéndome y retorciéndome, hasta que ya no pude más.

—Perdón —dije—. ¿Espera para entrar en el retrete?

Pareció sobresaltarse. Me dirigió una mirada grosera y habló por primera vez.

—¿Le importa mucho?

—Claro que no. Lo que pasa es que quiero entrar y pensaba que usted iba a hacer lo mismo. Vamos, que creía que había alguien dentro y que usted estaba esperando.

Miró la batiente puerta del retrete; de una sacudida, se abrió lo suficiente para ver la taza. Después clavó los ojos en mí, entre perplejo y molesto.

—¡Por el amor de Dios! —dijo.

—¡Vaya! No me había dado cuenta de que no había nadie dentro.

No me imaginaba que me respondería después de un minuto, pero lo hizo pasado ese tiempo.

—Sí —dijo—, el retrete estaba ocupado. Por una mujer desnuda a lomos de un potro moteado.

—¡Oh! —exclamé—. ¿Cómo se ha atrevido esa mujer a utilizar el lavabo de caballeros?

—Por el potro —dijo—. También tenía que mear el animal.

—Pues desde aquí no veo a ninguno de los dos —contesté—. Es curioso que no pueda verlos en un lugar tan pequeño.

—¿Me está llamando embustero? ¿Dice que no hay una mujer desnuda en un potro moteado ahí dentro?

Respondí que no, por supuesto que no. En ningún momento había dicho yo eso.

—El caso es que me urge bastante —añadí—. Lo mejor será que vaya a otro vagón.

—¡Ni lo sueñe! Nadie me llama embustero y se marcha tan campante.

—Yo no... No he querido decir lo que insinúa. Yo sólo...

—¡Se va a enterar! ¡Le voy a enseñar quién dice la verdad! Se va a quedar usted ahí hasta que salgan la mujer y el potro.

—Pero ¡tengo que mear! —exclamé—. Vamos, que tengo muchas ganas, señor.

—Pues usted no se mueve de aquí —replicó—. No hasta que vea que digo la verdad.

Bien, señor, el caso es que yo no sabía qué hacer. No lo sabía. Puede que vosotros lo supierais, pero yo no.

Durante toda mi vida me he comportado tan amable y educadamente como se puede comportar un hombre. Siempre he creído que si un tipo era simpático con los demás..., en fin, que los demás serían simpáticos con el tipo. Pero no siempre resultaba así. Al parecer, la mayoría de las veces las cosas llegaban al punto en que me encontraba en aquel momento, y yo no sabía qué hacer.

Cuando ya estaba a punto de cabrearme, entró el revisor para pedirnos los billetes y pude salir. Me fui de allí tan deprisa que no tardé nada en llegar a la puerta que daba al vagón contiguo. Entonces oí una explosión de carcajadas procedentes del departamento que acababa de abandonar. Se reían de mí, supuse, el revisor y el hombre del traje a cuadros. Pero estoy acostumbrado a que se rían de mí y, además, en aquel momento tenía otras cosas en que pensar.

Así que crucé el vagón contiguo y oriné. Creedme, fue un alivio. Volvía por el pasillo en busca de un asiento para no tener que encontrarme otra vez con el tipo del traje a cuadros, cuando vi a Amy Mason.

Estaba segurísimo de que ella también me había visto, pero fingió que no. Vacilé durante un minuto junto al asiento vacío que estaba a su lado. Finalmente me crucé de brazos y me senté.

No lo sabe nadie en Potts County porque procuramos mantenerlo en secreto, pero Amy y yo fuimos muy íntimos en otro tiempo. El caso es que nos habríamos casado de no ser porque su padre me puso tantas pegas. Esperamos y esperamos a que el anciano caballero se muriera, pero una semana más o menos antes de que ocurriera, Myra me enganchó.

Desde entonces no había visto a Amy más que un par de veces en la calle. Quería decirle que lo sentía e intentar darle una explicación, pero ella no me había dado ninguna oportunidad. Si hacía ademán de detenerla, cruzaba a la otra acera.

—Hola, Amy —dije—. Bonita mañana.

La boca se le tensó un poco, pero no dijo nada.

—Qué agradable casualidad encontrarte aquí —dije—. ¿Adónde vas, si no es indiscreción?

Esta vez respondió. Lo justo.

—A Clarkton. Me bajo en seguida.

—Me habría gustado que fueses más lejos —dije—. He buscado muchas veces la oportunidad de hablar contigo, Amy. Quería explicarte ciertas cosas.

—¿De verdad? —Me miró de soslayo—. A mí me parece que sobran las explicaciones.

—No, no —dije—. Sabes que nadie me gustaba más que tú, Amy. Nunca he querido casarme con nadie que no fueras tú, ésa es la verdad. Te lo juro. Te lo juraría sobre un montón de biblias, querida.

Parpadeó deprisa, como solía hacer para contener las lágrimas. Le cogí la mano, se la apreté y vi que le temblaban los labios.

—En... entonces, ¿por qué lo hiciste, Nick? ¿Por qué tú...?

—Eso es precisamente lo que quería contarte. Lo que pasa es que es muy largo, y... mira, guapa, ¿por qué no me dejas que baje en Clarkton contigo, nos metemos en un hotel un par de horas y...?

Eso era precisamente lo que no tenía que haber dicho, lo menos indicado en aquel momento.

Amy se puso pálida. Me dirigió una mirada fría como el hielo.

—¿Es eso lo que piensas de mí? —preguntó—. ¿Es eso lo único que quieres... lo único que has querido? Casarte conmigo, no. ¡Oh, por supuesto que no! No me querías para el matrimonio. Sólo para llevarme a la cama y...

—Por favor, cariño, yo...

—¡No intentes engatusarme, Nick Corey!

—Pero si no estaba pensando en eso... en lo que tú creías que yo pensaba —dije—. Lo que pasa es que me llevaría mucho rato explicarte lo que ocurrió entre Myra y yo, y he supuesto que necesitaríamos un lugar tranquilo para...

—Ni lo sueñes. ¿Comprendes? Ni lo sueñes. Ya no me interesan tus explicaciones.

—Por favor, Amy. Déjame por lo menos...

—Le diré una cosa, señor Nicholas Corey, y será mejor que se lo comunique a quien corresponda: como vuelva a pillar al hermano de tu mujer espiándome por la ventana, va a haber jaleo. Jaleo del bueno. No voy a callarme como las demás mujeres de Potts County. Así que díselo a tu esposa. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Le dije que esperaba que no hiciera nada de eso. Por su propio bien, claro.

—No me gusta Lennie más que a ti, pero Myra...

—¡Ya te lo he advertido! —Sacudió la cabeza y se levantó cuando el tren reducía la velocidad al aproximarse a Clarkton—. ¿Crees que ésa me da miedo?

—Bueno —dije—, quizá tendría que dártelo. Ya sabes cómo es Myra cuando la toma con alguien. Empieza a chismorrear y a contar mentiras, ya sabes...

—Déjame pasar, por favor.

Me empujó para abrirse camino y salió al pasillo con la cabeza erguida, mientras la pluma de avestruz de su sombrero se sacudía y se balanceaba. Cuando el tren volvió a ponerse en marcha, quise decirle adiós con la mano, pero ella, aún en el andén, volvió la cabeza inmediatamente, dando otra sacudida a la pluma de avestruz, y echó a andar hacia la calle.

Eso fue todo, y me dije que quizá no había estado tan mal, porque ¿cómo podríamos haber aclarado nada tal y como estaban las cosas entre nosotros?

Myra existía, y el problema seguiría existiendo hasta que Myra o yo muriéramos de viejos. Aunque Myra no era el único inconveniente.

Yo tenía una amiguita, una mujer casada llamada Rose Hauck, uno de esos líos en que acostumbro a meterme sin darme cuenta. Rose me importaba un rábano, aunque era terriblemente guapa y generosa. Pero yo significaba mucho para ella. Mucho, mucho. Cantidad, y me lo demostraba.

Para que os deis cuenta de lo lista que era Rose, Myra la consideraba su mejor amiga. Sí, señor, Rose lo había conseguido. Cuando estábamos solos, quiero decir Rose y yo, echaba pestes de Myra hasta que me sacaba los colores, pero cuando las dos se juntaban, ¡ay, amigo!, Rose la agasajaba, la llenaba de elogios y se la metía en el bolsillo. Myra estaba tan complacida y embobada que casi lloraba de alegría.

La forma más segura de picar a Myra era insinuar que Rose no era del todo perfecta. Ni siquiera Lennie se salvaba. Una vez se le ocurrió decir que una mujer tan guapa como Rose no podía ser tan simpática como aparentaba. Myra lo sacó a guantazos de la habitación.

3

No sé si ya os lo he dicho, pero Ken Lacey, el tipo al que iba a visitar, era el sheriff de un par de condados río abajo. Nos conocimos en una convención de funcionarios jurídicos celebrada hace años, y el caso es que congeniamos. No sólo era un buen amigo, sino que además era muy listo; lo supe en cuanto empecé a hablar con él. De modo que, en la primera ocasión que se presentó, le pedí consejo sobre un problema que tenía.

—Mmmm —dijo cuando le hube explicado la situación y después de pensarlo un rato—. Veamos. Las letrinas se encuentran en una propiedad comunal, ¿no? Detrás del Palacio de Justicia, ¿no es eso?

—Exacto —dije—. Exactamente como dices, Ken.

—Y sólo te molestan a ti, ¿no es así?

—Efectivamente. El juzgado está al final de la planta baja y no tiene ventanas que den atrás. Las ventanas están arriba, en el segundo piso, que es donde yo vivo.

Ken me preguntó si podía conseguir que las autoridades del condado derribasen las letrinas. Le contesté que no, que era muy difícil. Al fin y al cabo, las utilizaba mucha gente.

—¿No podrías hacer que las limpiasen? —preguntó—. ¿Que las desinfectasen un poco con unos cuantos barriles de cal?

—¿Por qué iban a hacerlo? —dije—. Si sólo me molestan a mí. Lo más probable es que se me echen encima en cuanto me queje.

—Ya, ya. —Ken asintió—. Parece que sólo sea cosa tuya.

—Pero tengo que hacer algo, Ken —insistí—. No es sólo el olor que despiden cuando hace calor, lo que ya es bastante insoportable, sino todo lo demás. Están también esos cochinos boquetes en el techo que dejan el interior al descubierto. Suponte que recibo visitas y que piensan: «Caramba, qué vista tan maravillosa». Se asoman a la ventana y la panorámica de la que disfrutan es la de cualquier tío haciendo sus necesidades.

Ken dijo «Ya, ya» otra vez, carraspeó y se pasó la mano por la boca. Luego la abrió para decir que era un problema, un verdadero problema.

—No entiendo cómo se puede molestar a un sheriff como tú, Nick, con todas las preocupaciones que conlleva tu importante cargo.

—Tienes que ayudarme, Ken. Tengo la picha hecha un lío.

—Te ayudaré —asintió Ken—. Nunca he dejado en la estacada a ningún colega de profesión y no voy a hacerlo ahora.

Me dijo lo que tenía que hacer y lo hice. Aquella misma noche me colé en los retretes públicos y aflojé un clavo aquí, otro allá, al tiempo que removía un poco los tablones del suelo. A la mañana siguiente me levanté temprano, preparado para entrar en acción cuando llegara el momento oportuno.

El tipo que más frecuentaba aquel servicio público era el señor J. S. Dinwiddie, el director del banco, Entraba antes de ir a su casa a comer y al volver del almuerzo, al irse a su casa por la noche y cuando volvía al trabajo por la mañana. A veces pasaba de largo, pero nunca por las mañanas. Cuando la salsa y los menudillos le empezaban a hacer efecto, ya estaba lejos de casa y tenía el tiempo justo para entrar corriendo en los retretes.

La mañana siguiente a la noche de los estropicios lo vi entrar: un tiarrón gordo, con cuello de camisa blanco y ancho y un traje de velarte recién estrenado. Los tablones del suelo cedieron y el fulano cayó con ellas en el pozo.

Más exactamente, en un pozo de mierda acumulada durante treinta años.

Por supuesto, corrí en su ayuda casi al segundo del incidente. No sufrió ningún daño, aunque quedó totalmente embadurnado. En mi vida he visto a un tipo más cabreado.

Daba saltos, se movía arriba y abajo, de lado, agitaba los puños, sacudía los brazos y gritaba cosas muy feas. Quise echarle un poco de agua para quitarle lo más negro de la porquería, pero como no paraba de brincar y retorcerse, fue poco lo que pude hacer. Le tiraba el agua cuando estaba en un sitio, pero cuando el agua llegaba, el tío ya estaba en otra parte. ¡Y soltaba cada taco! Nunca había oído cosa igual, ¡y eso que ayudaba en la iglesia!

Las autoridades del condado y algunos funcionarios llegaron en seguida, todos muy nerviosos al ver al ciudadano más importante del lugar de aquella guisa. El señor Dinwiddie acabó por reconocerlos, aunque es difícil saber cómo lo consiguió, con toda aquella mierda en los ojos. De haber tenido a mano una estaca, seguro que la habría emprendido a palos con todos.

Los puso de vuelta y media. Juraba que los llevaría a juicio por negligencia criminal. Gritaba que los encausaría por daños personales, por tener abierto un lugar público peligroso.

Yo fui el único para quien tuvo una palabra amable. Dijo que un hombre como yo podía gobernar el condado solo y que iba a hacer lo posible para que destituyeran a los demás funcionarios, ya que constituían un gasto innecesario y, además, una amenaza peligrosa.

Pasó el tiempo y el señor Dinwiddie no cumplió ninguna de sus amenazas, pero arregló el problema de las letrinas públicas. Las eliminaron y cegaron el pozo en una hora. Si alguna vez sube algún olorcillo, no hay más que ir a las autoridades y denunciar los retretes del Palacio de Justicia.

Esto ha sido una muestra de los consejos de Ken Lacey. Sólo un ejemplo de lo buenos que eran...

Por supuesto, habrá quien diga que no eran tan buenos, que el señor Dinwiddie podía haberse matado y que yo me habría metido en un buen lío. Podría pensarse que los consejos de Ken estaban dictados por la maldad, que estaban destinados a hacer daño y no a aportar soluciones.

Pero yo, bueno, yo siempre pienso bien de las personas mientras puedo. O, por lo menos, no pienso mal hasta que no me veo obligado a hacerlo. Así que aún no me había decidido en lo que respecta a Ken en ese sentido.

Imaginaba que medía sus palabras, que meditaba los consejos que me daba para que yo tomara una decisión. Si me resultaba medianamente útil, le pagaría el favor. Pero si la utilidad no asomaba por algún lado...

Bueno, ya sabría lo que tenía que hacer con él.

Siempre lo sabía.

4

Compré un poco de comida en el tren: unos cuantos bocadillos, un trozo de pastel, patatas fritas, cacahuetes, galletas y una gaseosa. A eso de las dos de la tarde llegamos al pueblo de Ken Lacey, la cabeza de partido del lugar en que era sheriff.

Era un lugar muy grande, con unos cuatro o cinco mil habitantes. La calle mayor estaba empedrada, y también la plaza que se abría alrededor del Palacio de Justicia. Por todas partes había calesas de ruedas radiadas y fantásticos carruajes cubiertos; hasta vi dos o tres automóviles conducidos por tíos pijos con anteojos, acompañados por mujeres con velos y trapitos de lino sujetándose con fuerza. Vamos, que era como estar en Nueva York o una de esas grandes capitales de las que he oído hablar. Tantas cosas para ver y la gente tan atareada y acostumbrada al movimiento que no presta atención a nada.

Por poner un ejemplo: pasé delante de un espacio abierto en que se celebraba la pelea de perros más acojonante que he visto en mi vida. Una verdadera batalla entre dos sabuesos, un bulldog y una especie de mestizo de culo moteado.

Aunque no hubiera habido ninguna pelea, el mestizo habría bastado para que un tipo se parase a mirar. Porque, de verdad, ¡era algo serio! Tenía el culo levantado, manchado y salpicado como si se le hubiera cagado encima una vaca. Las patas delanteras eran tan cortas que la nariz casi le tocaba el suelo. Tenía un ojo azul y el otro amarillo. Un amarillo muy brillante, como el pelo de una rubia.

Allí estaba yo, como un tonto, deseando que hubiera conmigo alguien de Potts County para que fuera testigo; nadie me creería cuando contara que había visto un perro semejante. Eché un vistazo alrededor y, aunque me resultaba difícil alejarme, abandoné aquel espectáculo y me encaminé al Palacio de Justicia.

Prácticamente me vi en la obligación de marcharme, ya me comprendéis, porque no quería que me tomasen por un paleto: yo era el único que se había parado a mirar. Había tanto que hacer en aquella ciudad que nadie habría mirado dos veces un fenómeno como aquél.

Ken y un ayudante llamado Buck, un tipo al que no había visto nunca, se encontraban en la oficina del sheriff; estaban prácticamente sentados en la rabadilla, con las piernas cruzadas y los sombreros Stetson tapándoles los ojos.

Tosí e hice ruido con los pies. Ken levantó la mirada por debajo del ala del sombrero. Dijo:

—¡Vaya! Que me condenen si no es el sheriff de Potts County. —Giró la silla para encararse conmigo y me tendió la mano—. Siéntate, siéntate, Nick —me ofreció, y así lo hice—. Buck, despierta y saluda a un amigo mío.

Buck estaba ya despierto, al parecer, así que también giró su asiento y nos dimos la mano como Ken había dicho. Acto seguido, Ken hizo un gesto con la cabeza y Buck dio otra vuelta y sacó del escritorio un litro de whisky blanco y unos cigarros puros.

—Este tipo, Buck, es el ayudante más listo que tengo —dijo Ken mientras tomábamos un trago y encendíamos los puros—. Mucha iniciativa, este Buck. Ni siquiera tengo que decirle lo que hay que hacer, como pasa con la mayoría de la gente.

Buck dijo que se limitaba a cumplir con su deber y Ken contestó que no, señor, que era un tío listo.

—Como mi viejo amigo Nick. Por eso es el sheriff del cuadragésimo séptimo municipio más grande del estado.

—¿De verdad? —preguntó Buck—. No sabía que hubiera cuarenta y siete municipios en este estado.

—¡Pues claro! —respondió Ken mirándole un tanto ceñudo—. ¿Qué tal las cosas por Potts County, Nick? ¿Seguís prosperando?

—Bueno, no —contesté—. No me atrevería a decir que prosperamos. Potts County no es exactamente una gran ciudad, como lo que tenéis aquí.

—¿No? —dijo Ken—. Parece que pierdo la memoria. Como sea, ¿qué población tiene Potts County?

—Pues mira —respondí—, hay una señal en la carretera, a las afueras del pueblo, que dice «1.280 almas», así que supongo que será eso: mil doscientas ochenta almas.

—Mil doscientas ochenta almas, dices. Se supone que esas almas estarán dentro de otros tantos cuerpos, ¿no?

—Bueno, claro —dije—. Eso es lo que he querido decir. Es otra manera de decir mil doscientos ochenta habitantes.

Tomamos otro par de tragos. Buck sacudió el cigarro en un cacharro y se cortó un pedazo para mascar. Ken matizó que yo no era del todo exacto al decir que mil doscientas ochenta almas eran lo mismo que mil doscientos ochenta habitantes.

—¿Verdad que no, Buck? —inquirió Ken, haciéndole un gesto con la cabeza.

—Muy cierto —repuso Buck—. Tienes toda la razón, Ken.

—¡Pues claro! Dile a Nick por qué.

—Sí —dijo Buck volviéndose hacia mí—. Mira, Nick: la cantidad de mil doscientos ochenta comprende también a los negros, porque los leguleyos yanquis nos obligan a contarlos, pero los negros no tienen alma. ¿A que no, Ken?

—Muy cierto —respondió éste.

—Mira, chico, yo no entiendo esas cosas —dije—. No me atrevo a deciros que no tenéis razón, pero me parece que tampoco estoy de acuerdo con vosotros. A ver, explicadme por qué se os ha ocurrido decir que los de color no tienen alma.

—Pues porque no la tienen.

—Pero ¿por qué no la tienen? —insistí.

—Díselo, Buck. A ver si consigues que el viejo Nick alcance la verdad —dijo Ken.

—Sí, claro. Mira, Nick: los negros no tienen alma porque no son personas.

—¿No? —dije.

—¡Toma! Claro que no. Casi todo el mundo lo sabe.

—Si no son personas, entonces ¿qué son?

—Negros, sólo negros. Por eso la gente les llama negros y no personas.

Buck y Ken afirmaron con la cabeza, mirándome como si ya no hubiera más que decir al respecto. Tomé otro trago de la botella y se la pasé.

—A ver, a ver —dije—. ¿Cómo puede ser eso? Mi madre murió prácticamente después de nacer yo, y a mí me amamantó una mujer de color. Yo no estaría vivo de no haber sido por ella. Si eso no demuestra...

—¡Qué va! —me interrumpió Ken—. Eso no demuestra nada. A fin de cuentas, te podría haber alimentado una vaca, y no me irás a decir que las vacas son personas.

—Bueno, creo que no. Pero ése no es el único argumento. He tenido relaciones con tías de color que, sin duda, no habría tenido nunca con una vaca y...

—Pero podrías —dijo Ken—, podrías. Tenemos en chirona en este momento a un guripa que se ha tirado a una cerda.

—Está bien, lo tendré en cuenta —dije, porque había oído hablar de casos similares, pero no había conocido ninguno tan de cerca—. ¿De qué le vais a acusar?

Buck dijo que quizá de violación. Ken le lanzó una mirada inexpresiva y dijo que no, que no se atreverían.

—A fin de cuentas, puede afirmar que la cerda consintió, y entonces ya me dirás lo que hacemos.

—¡Eh! —dijo Buck—. ¡Eh, eh, Ken!

—¿Qué es eso de «eh»? —repuso Ken—. ¿Quieres decir que los animales no entienden lo que les decimos? Mira, si voy al perro y le digo: «Tú, ¿quieres cazar ratas?», verás cómo me salta encima, me ladra, me gruñe y me lame la cara. O sea, desgraciao, que me da a entender que quiere cazar ratas. Si le digo: «Tú, ¿quieres que te dé un palo?», verás cómo se pone en un rincón con el rabo entre las piernas; con eso querrá decir que no quiere que le dé un palo. Y...

—Vale, vale —dijo Buck—. Pero...

—¡Me cago en...! —lo interrumpió Ken—. ¡Cierra el pico cuando hablo! ¿Qué coño te pasa? Le digo aquí a Nick que eres un tío listo y tú vas y me quieres hacer quedar como un embustero delante de él.

Buck se ruborizó un poco y dijo que lo sentía, que no había querido contradecir a Ken.

—Ahora que me lo has explicado, lo entiendo a la perfección. Seguramente el guripa fue a la cerda y le dijo: «¿Quieres un poquito de lo que ya sabes, cerdita?», y la cerda se puso a chillar y a remover el rabo, dando a entender que estaría dispuesta siempre que el tipo quisiera.

—¡Pues claro, hombre! ¡Fue así! —dijo Ken arrugando la frente—. ¿Por qué me lo discutías? ¿Por qué decías que el tipo no contaba con el consentimiento de la cerda, haciendo el ridículo delante de un sheriff que ha venido a visitarnos? Te voy a decir una cosa, Buck —prosiguió Ken—: tenía esperanzas depositadas en ti. Casi estaba convencido de que eras un blanco sensato y no uno de esos bocazas sabelotodo. Pero ahora ya no estoy seguro; de verdad, no estoy seguro. Todo lo que puedo decirte es que tengas cuidado con lo que haces a partir de ahora.

—Lo tendré, lo tendré —repuso Buck—. Lo siento mucho, Ken.

—Y ojito, ojito con lo que te he dicho. —Ken le miró de mal humor—. Vuelve a discutirme o a contradecirme y te pongo en la calle a picotear la mierda de caballo con los pájaros. ¿Crees que no soy capaz? ¿Me vas a decir ahora que no competirás con los pájaros por la mierda? ¡Responde, desgraciao, gilipollas!

Buck tartamudeó un poco y luego dijo que claro, que Ken tenía razón.

—Tú lo has dicho, Ken, eso es exactamente lo que haré.

—¿Qué harás? ¡Dilo, así te mueras!

—Pi... —Buck volvió a tragar saliva—, picotear la mierda de los caballos con los pájaros.

—Mierda caliente, de la que humea. ¿Estamos? ¿Estamos?

—Sí —murmuró Buck—. Tienes toda la razón del mundo, Ken. Yo... admito que no hay nada menos apetitoso que la mierda de caballo fría.

—Venga, de acuerdo, ya está —dijo Ken dejándole en paz y volviéndose hacia mí—. Nick, supongo que no has venido hasta aquí para oírme discutir con el imbécil de Buck. Sospecho que tienes un montón de problemas.

—Pues sí, mira, tienes razón, Ken, ¡vaya si la tienes! Así es.

—Has venido a pedirme consejo, ¿no? No eres como esos sabihondos que creen que tienen respuestas para todo.

—No, y por supuesto que quiero tu consejo, Ken.

—Bueno, bueno —asintió—. Pues adelante, Nick.

—Verás, tengo tal lío en la cabeza que me va a reventar. Como apenas puedo comer y dormir, estoy que no me tengo. Me he puesto a analizarlo y a estudiarlo, y he empezado a pensar y a pensar, hasta que he llegado a una conclusión.

—¿Y bien?

—Que no sé qué hacer —dije.

—Ya. Bueno, mira, sin prisas. Buck y yo tenemos mucho trabajo, pero siempre podemos hacer un hueco para escuchar a un amigo. ¿No, Buck?

—Es verdad. Tienes toda la razón del mundo, Ken. Como siempre.

—Así que tómate tu tiempo y cuéntanoslo, Nick —dijo Ken—. Siempre dejo a un lado todas mis preocupaciones cuando tengo a un amigo en apuros.

Dudé en hablarle de Myra y su hermano, el cretino, porque así, de repente, me pareció demasiado íntimo. Quiero decir que no se va a discutir así como así de la propia mujer con otro tipo, aunque sea un buen amigo como Ken. Además, aunque se lo contara, ¿qué hostias podía hacer él?

Consideré que lo mejor era aparcar el tema e ir directo al otro lío gordo que tenía. Suponía que él podría afrontarlo con facilidad. Es más: puesto que ya habíamos recuperado un poco de camaradería y había visto cómo se las tenía con Buck, sabía que era el hombre adecuado para plantarle cara a la situación.

5

—Vamos a ver, Ken —empecé—. Tú conoces el burdel de Potts County. El que está al otro lado del río, a un tiro de piedra del pueblo...

Ken miró al techo y se rascó la cabeza. No podía decir que lo conociera, pero suponía, naturalmente, que Potts County tenía un burdel.

—Un pueblo sin burdel no puede ir bien, ¿verdad, Buck?

—¡Claro! Porque si no hubiera putas, las mujeres decentes no podrían ir seguras por las calles.

—Efectivamente —asintió Ken—. A los tíos se les hincharían los huevos, se pondrían a cien e irían detrás de ellas.

—Yo pienso lo mismo —dije—, pero vayamos al grano. Mira, hay seis putas, todas simpáticas y amables como la que más. No tengo queja de ninguna, de verdad, pero hay dos macarras, uno por cada tres chicas, supongo, que me llevan de calle, Ken. Me levantan la voz no sabes cómo.

—Venga ya, hombre —dijo Ken—. No irás a decirme que esos macarras le gritan al sheriff de Potts County.

—Pues así es —contesté—, eso es exactamente lo que hacen. Y lo peor de todo es que a veces lo hacen delante de los demás, y una cosa así, Ken, no puede beneficiar en nada a un sheriff. En seguida corre la voz de que te has dejado acojonar por los macarras, y eso no te beneficia en nada.

—¡Y que lo digas! Tienes más razón que un santo, Nick. Supongo que les habrás dado su merecido, que habrás tomado alguna medida.

—Bueno —dije—, les devuelvo la pelota. No puedo decir que les haya parado los pies, Ken, pero te aseguro que les devuelvo la pelota.

—¡Devolverles la pelota! ¿Por qué haces eso?

—Bueno, me parece lo justo. Un tío te fastidia y lo justo es fastidiarle tú a él.

Ken frunció la boca y sacudió la cabeza. Le preguntó a Buck si había oído algo igual en su vida. Buck dijo que ni en coña. En toda su vida.

—Te voy a decir lo que tienes que hacer, Nick —dijo Ken—. Mejor dicho, te voy a enseñar lo que tienes que hacer. Levántate y date la vuelta, que te voy a dar una clase práctica.

Le obedecí. Se levantó de la silla, cogió impulso y me dio una patada; me dio tan fuerte que salí disparado contra la puerta y prácticamente crucé el vestíbulo.

—Ahora vuelve aquí —dijo llamándome con un dedo—. Siéntate como estabas antes para que pueda preguntarte algo.

Respondí que creía que por el momento era mejor que me quedase de pie; él me contestó que de acuerdo, que hiciera lo que más me conviniera.

—¿Sabes por qué te he dado una patada, Nick?

—Bueno, supongo que tendrás un buen motivo. Querrías enseñarme algo.

—¡Muy bien! Precisamente eso es lo que te quiero preguntar. En el caso de que un tío te diera una patada en el culo, como yo acabo de hacer, ¿qué harías tú?

—No te puedo decir con esactitud —respondí—. Nadie me ha dado patadas en el culo nunca, salvo mi padre, que en paz descanse, y la verdad es que yo no podía hacer gran cosa.

—Pero suponte que alguien lo hace. Imaginemos una situación hipotética en la que alguien te da una patada en el culo. ¿Qué harías tú?

—Bueno, supongo que yo también le daría una patada en el culo. Es lo justo.

—Date la vuelta. Date la vuelta otra vez. Aún no has aprendido la lección.

—Oye, mira —dije—, si te explicaras un poco mejor...

—¿Cómo? ¿A qué viene esa actitud? —Ken frunció el ceño—. ¿Pretendes dar órdenes a un tipo que quiere ayudarte?

—No, no, en ningún caso, pero...

—Eso espero. Ahora date la vuelta como te he dicho.

Volví a darle la espalda; a la vista estaba que no podía hacer otra cosa. Él y Buck se levantaron y me dieron una patada al mismo tiempo.

Me dieron tan fuerte que prácticamente me impulsaron hacia arriba, no hacia adelante. Caí sobre el brazo izquierdo, que se me torció, y me hice tanto daño que por un instante casi me olvidé de quién era.

Me levanté e intenté frotarme el culo y el brazo al mismo tiempo. Por si alguna vez se os ocurre hacerlo, ya os digo que no podréis. Me senté, dolorido como estaba, porque me encontraba demasiado aturdido para quedarme de pie.

—¿Te has hecho daño en el brazo? —preguntó Ken—. ¿Dónde?

—No estoy seguro —respondí—. En el cúbito o el radio.

Buck me dirigió una mirada rápida y suspicaz bajo el ala del sombrero, como si yo acabara de entrar y me viera por primera vez. Pero, claro, Ken no se dio cuenta. Ken tenía que pensar tanto, lo reconozco, intentando ayudar a los tontos como yo, que se le escapaban muchas cosas.

—Espero que hayas aprendido la lección, ¿eh, Nick? —dijo—. ¿Has visto ya las consecuencias de no devolver más de lo que recibes?

—Bueno —reconocí—, creo que he aprendido algo. Si eso es lo que querías enseñarme, creo que lo he aprendido.

—Mira, es posible que el otro tipo te arree más fuerte que tú, o que tenga un culo más duro y no le hagas tanto daño como él a ti. O supongamos que te encuentras en una situación parecida a la que hemos representado Buck y yo: dos tipos se ponen a darte patadas en el culo, de manera que tú recibes dos por cada una que das. Si te encuentras en un caso así, que es más o menos lo que te ocurre con esos tipos, puedes perder el culo antes de que tengas tiempo de quitarte el sombrero para saludar.

—Pero si esos macarras no me dan patadas —objeté—, se limitan a contestarme mal y a darme algún empujón.

—El mismo caso. Exactamente el mismo caso. ¿No, Buck?

—¡El mismo! Mira, Nick, si un tipo te fastidia, la mejor moneda que puedes devolverle es fastidiarle el doble. De lo contrario, como mucho, sólo empatas, y así no arreglarás nada.

—¡Pues claro! —dijo Ken—. Te diré lo que tienes que hacer con esos macarras: la próxima vez que parezca que van a replicarte, limítate a darles una patada en los huevos tan fuerte como puedas.

—¿Eh? —dije—. Pero... pero eso tiene que doler muchísimo.

—No, qué va. No si llevas un buen par de botas sin agujeros.

—Es verdad —dijo Buck—. Tú procura que no sobresalga ningún dedo y verás cómo no te hace daño.

—Pero si yo me refería a los chulos —contesté—. Yo no creo que pudiera soportar una patada en los huevos, aunque fuera flojita.

—¿A ellos? A ellos, claro. Claro que les hará daño —asintió Ken—. ¿Cómo quieres que se porten bien si no les haces daño?

—Estás consintiendo demasiado, Nick —dijo Buck—. Te aseguro que no me gustaría estar presente si un macarra le levantase la voz a Ken. No se contentaría con patearle las pelotas. Antes de que se diera cuenta, habría sacado el pistolón y le habría destrozado la boca respondona.

—¡Vamos! —dijo Ken—. Lo mandaría al infierno sin pestañear.

—Sí, Nick, estás consintiendo demasiado. Demasiado para un funcionario orgulloso, inteligente y destacado como el viejo Ken. Ken los dejaría más muertos que mi abuela, si estuviera en tu lugar. Ya lo has oído.

—¡Desde luego! Eso es lo que haría.

Bueno...

Ya tenía lo que había ido a buscar y, además, se estaba haciendo un poco tarde. Así que le di las gracias a Ken por su consejo y me levanté. Estaba todavía un poco aturdido, con una especie de temblorcillo en los talones. Ken me preguntó si creía que podía llegar a la estación sin ayuda.

—Me parece que sí —respondí—. Vamos, eso espero. No estaría bien pedirte que me acompañaras después de todo lo que has hecho por mí.

—Pero ¡bueno!, eso ni se pregunta —dijo Ken—. ¿Crees que voy a dejar que se vaya al tren solo un tipo tan importante como tú?

—No querría molestarte —dije.

—¿Molestarme? Pero ¡si es un placer! Buck, salta de esa silla ahora mismo y acompaña a Nick a la estación.

Buck asintió y se levantó. Dije que no quería causar ninguna molestia y él dijo que no era ninguna molestia.

—Espero no aburrirte —dijo—. Ya sé que no soy tan buena compañía como Ken.

—Seguro que sí. Pareces un tipo muy interesante.

—Lo intento —afirmó Buck—. Sí, señor, lo intento de veras.

6

Quise cenar cerca de la estación y compré comida en abundancia para Buck y para mí. Cuando llegó el tren, Buck me acompañó hasta el vagón que me correspondía. No es que no lo pudiera haber hecho yo solo, pues ya me encontraba perfectamente, pero lo estábamos pasando en grande, como había supuesto, y teníamos cantidad de cosas que contarnos.

Me quedé dormido en cuanto le di el billete al revisor, pero no descansé bien. Fatigado como estaba, me sumergí en un sueño agitado, en la pesadilla que siempre me perseguía. Soñé que volvía a ser un niño, sólo que parecía real. Yo era un niño y vivía en una ruinosa granja con mi padre. Quería escapar de él y no podía, y cada vez que me ponía las manos encima, me daba de palos hasta dejarme medio muerto.

Soñaba que me escabullía por una puerta, pensando que conseguiría zafarme de él, pero de repente me cogían por detrás.

Soñaba que le servía el desayuno en la mesa y que intentaba protegerme con los brazos cuando me lo tiraba a la cara.

Soñaba —vivía— que le enseñaba el premio de lectura que había ganado en la escuela porque estaba seguro de que le gustaría y yo quería enseñárselo a alguien; y soñaba —vivía— que me levantaba del suelo con las narices chorreando sangre por el golpe que me había dado con la pequeña copa de plata. Él me gritaba, me chillaba que estaba en la escuela porque era un desastre para todo lo demás.

En realidad, creo que no podía soportar que yo hiciera nada bien, porque si yo hacía algo bien, ya no podía ser el monstruo anormal que había matado a su madre al nacer. Y yo estaba obligado a serlo. Él necesitaba tener siempre algo de qué acusarme.

Ya no le guardo tanto rencor, porque he visto a muchas personas más o menos como él. Personas que buscan soluciones fáciles a problemas inmensos. Individuos que culpan a los judíos o a los tipos de color de todas las cosas malas que les han ocurrido. Individuos que no se dan cuenta de que en un mundo tan grande como el nuestro hay muchísimas cosas que por fuerza tienen que ir mal. Y si hay respuesta al porqué de todo esto —y no siempre la hay—, lo más probable es que no sea una sola, sino miles.

Pero así era mi padre. Esa clase de personas que compran libros escritos por un fulano que no sabe una mierda más que ellos (de lo contrario, no se habría puesto a escribir libros) y que al parecer tiene que enseñarles las cosas. O de los que compran un frasco de píldoras. O de los que dicen que la culpa de todo la tienen los demás y que la solución consiste en acabar con ellos. O de los que afirman que hay que entrar en guerra con otro país. O... Dios sabe qué.

Como sea, la cuestión es que mi padre era así, y así me crié yo. No me extraña, mira por dónde, que las mujeres y yo siempre nos hayamos llevado tan bien. Me doy cuenta de que, en realidad, les voy, como si me saliera de forma involuntaria. Porque un tipo ha de gustar, es natural que sea así. Y las chicas sienten naturalmente la necesidad de gustar a un hombre.

Al pensar en eso, creo que estaba confundido lo mismo que los individuos de los que he hablado. Porque no hay problema más gordo que el amor. No hay nada más difícil de abordar, y yo estaba buscando una solución al respecto.

7

Sí, señor, que me cuelguen si no llegué a Potts County la noche más oscura del año. Estaba tan oscuro que se me podría haber posado una luciérnaga en la nariz y ni siquiera la habría visto.

Claro que la oscuridad no me incomodaba demasiado. Me conocía de tal manera cada grieta, cada rincón de Potts County, que podía ir adonde quisiera incluso dormido. La oscuridad era más bien una ventaja para mí, y no lo contrario. De haber habido alguien levantado y merodeando, y por supuesto que no lo había a aquella hora de la noche, no habría visto adónde iba yo ni por qué me dirigía allí.

Bajé por el oscuro centro de la calle principal. Torcí al sur al llegar al final y me encaminé al río. Apenas había un rayo de luz en aquel lugar, algo así como una chispita que destacaba en la tiniebla. Supuse que procedía del burdel o, mejor aún, del pequeño embarcadero que había detrás. Los dos macarras estarían allí, lo sabía, tomando el fresco y bebiendo como cosacos.

Sin duda, se pondrían tontos en cuanto llegase yo. Respondones y obscenos, dispuestos a molestar a un tipo que siempre se había mostrado simpático con ellos.

Encendí una cerilla y eché un rápido vistazo al reloj. Apreté el paso. El vapor, el Ruby Clark, estaba a punto de pasar, y yo tenía que estar allí cuando doblase el meandro.

Había llovido mucho la semana anterior; en la parte baja del río siempre llovía mucho. La humedad había desaparecido por completo porque también da mucho el sol, pero el camino tenía socavones aquí y allá y, como iba corriendo, acabé por meter el pie donde no debía.

Me tambaleé y estuve a punto de darme una leche antes de recuperar el equilibrio. Me detuve un momento, lo suficiente para recobrar el aliento, y me di la vuelta. Agucé vista y oído, las orejas casi tiesas durante un minuto: había oído un ruido, un ruido parecido al traspiés que me acababa de dar, sólo que más flojo.

Me quedé quieto como una estaca un par de minutos. Luego, al oír el ruido otra vez y al darme cuenta de lo que era, casi me eché a reír, ya más tranquilo.

Era uno de esos condenados grillos que hay por aquí. Van dando saltos, se buscan, se juntan en mitad del aire y se van de cabeza al suelo.

Si la noche es silenciosa, arman un alboroto de la hostia, y si se está tan inquieto como yo lo estaba, pueden darte un susto de cuidado.

Un par de minutos después llegaba al burdel. Caminé de puntillas por el paseo que recorre el lado del local y me acerqué a la parte trasera.

Allí estaban los macarras, tal y como había supuesto. Sentados, con la espalda apoyada en los amarres, con un candil tenue y una jarra de whisky en medio. Abrieron unos ojos como platos cuando salí de la oscuridad. El que se llamaba Curly, un lechuguino de pelo muy rizado, me señaló con un dedo.

—Vaya, Nick, sabes que no tienes que acercarte por aquí más que una vez por semana. Sólo una vez por semana, lo suficiente para coger tu parte y ahuecar.

—Así es —dijo el que se llamaba Moose—. Es más, somos demasiado generosos al dejarte venir aquí, aunque sea una sola vez. Tenemos que cuidar nuestra reputación, y desde luego no nos beneficia en absoluto que un tipo como tú se deje caer por aquí.

—Oye, tú —dije—, no me gusta que digas eso.

—Ojo, que no es nada personal —dijo Curly—. Es una de tantas cosas desagradables de la vida. Eres un maleante, y no nos gusta que merodeen maleantes por aquí.

Le pregunté por qué había llegado a la conclusión de que yo era un maleante y él respondió que no podía llamarme de otra forma.

—Sacas tajada, ¿no? Te quedas un dólar de cada cinco que se recaudan.

—Tengo que hacerlo —dije—. Quiero decir que se trata casi de un deber cívico. Si yo no os sangrara un poco, seríais demasiado poderosos, y antes de que me diera cuenta, gobernaríais el condado en mi lugar.

Moose hizo una mueca de desprecio y se levantó tambaleándose.

—So payaso —dijo—, ¿quieres largarte de aquí o prefieres que te eche yo?

—Bueno, bueno —contesté—. No sé por qué te pones así. Me parece que es una forma demasiado ordinaria de hablarle a un tipo que siempre ha sido amable con vosotros.

—¿Te vas a ir o no? —Dio un paso hacia mí.

—Será mejor que lo hagas, Nick —insistió Curly levantándose también—. Nos revuelves el estómago, ¿sabes? Quizá no sea culpa tuya, pero el aire se enrarece en cuanto apareces por aquí.

Distinguí las luces del Ruby Clark en el meandro y alcancé a oír el golpeteo de las paletas mientras rodaban. Era el momento oportuno y no podía desperdiciar ni un solo segundo. Desenfundé la pistola y apunté.

—¡Qué...! —Moose se quedó petrificado, con la boca abierta para tragar aire.

—Oh, vamos, Nick —dijo Curly esforzándose por sonreír. Era la sonrisa más nauseabunda que había visto en mi vida.

Creo que hay una cosa que un hombre sabe siempre: el momento en que va a morir. Moose y Curly supieron que iban a palmarla.

—Buenas noches, gentiles caballeros —saludé—. Hola y adiós.

El Ruby Clark hizo sonar la sirena.

Cuando se desvaneció el eco, Moose y Curly estaban ya en el río con una bala entre los ojos.

Esperé en el pequeño muelle hasta que el Ruby Clark hubiera pasado. Siempre he pensado que no hay nada más bonito que ver pasar un vapor por la noche. Después, recorrí la pasarela y me dirigí a casa.

Naturalmente, cuando llegué el Palacio de Justicia estaba a oscuras. Me quité las botas y subí por la escalera sin hacer ruido. Me metí en la cama sin despertar a nadie.

Me quedé dormido en seguida. Me desperté al cabo de un par de horas. Myra estaba a mi lado sacudiéndome.

—Nick, ¡Nick! ¿Quieres levantarte, por el amor de Dios?

—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa, Myra?

Entonces oí golpes en la puerta de abajo. Habría tenido que estar sordo para no oírlos.

—Voy a ver —dije—. ¿Quién demonios será a estas horas?

—Ve y averígualo, cojones. Baja antes de que despierten al pobre Lennie.

Me quedé pensativo un momento, quieto, mientras Myra seguía sacudiéndome. Dije que no estaba seguro de si debía bajar o no, porque ¿a santo de qué iba a llamar a la puerta una persona honrada a las tantas de la noche?

—Puede que sean ladrones, Myra —insinué—. Es más, no me sorprendería que así fuera. He oído decir que roban de madrugada, cuando la gente honrada está en la cama.

—¡Imbécil! ¡Animal, estúpido, cobarde, abúlico! ¿Eres el sheriff del condado o no? —gritaba Myra.

—Bueno, podríamos decir que sí.

—¿Acaso no es tarea del sheriff encargarse de los delincuentes? ¿Eh? ¡Respóndeme, so... so...!

—Bueno, creo que a eso también podríamos decir que sí. No lo he pensado mucho, pero parece lo más sensato.

—¡Baja, baja en seguida! —barbotó Myra—. ¡Baja a mirar! ¡Baja en seguida! Si no, yo... yo...

—Pero si no estoy ni vestido —dije—. Sólo llevo unos calzoncillos gastados, y no sería muy prudente bajar desnudo.

Myra bajó tanto la voz que apenas pude oírla, pero echaba fuego por los ojos.

—Nick —anunció—, es la última vez que te lo digo: o bajas ahora mismo o lamentarás no haberlo hecho. ¡Vaya si lo lamentarás!

Los golpes eran escandalosos y alguien gritaba mi nombre, uno cuya voz se parecía una barbaridad a la de Ken Lacey. Además, como Myra se había puesto como se había puesto, pensé que quizá lo mejor sería bajar a ver qué pasaba.

Saqué las piernas de la cama y me puse las botas. Me quedé pensando un ratito. Me mojé el dedo con saliva y me froté una zona un poco dolorida. Bostecé, me estiré y me rasqué los sobacos.

Myra gruñó. Cogió los pantalones y me los tiró de tal manera que las perneras me rodearon el cuello como una bufanda.

—No estarás enfadada por algo, ¿verdad, cariño? —dije mientras me desliaba los pantalones del cuello y me los ponía—. Espero que no estés molesta por algo que yo haya hecho.

No dijo nada. Empezó a hincharse como si estuviera a punto de estallar.

—Te tengo que contar un chisme —dije—. Un tipo me dijo el otro día: «Nick, tienes la madre más guapa del pueblo». Yo le pregunté que a quién se refería, naturalmente, porque mi madre lleva años enterrada. Me dijo: «Toma, pues a esa señora que se llama Myra. ¿Es que no es tu madre?» Eso dijo, cariño. Venga, ahora cuéntame cualquier cosa bonita que hayas oído sobre mí.

Myra siguió sin decir nada. Saltó sobre mí, casi maullando como un gato, las manos como garras dispuestas a sacarme los ojos.

No lo consiguió porque yo estaba esperando algo parecido. Mientras le hablaba, me había ido acercando a la puerta, de modo que, en vez de caer encima de mí, se dio contra la pared y arañó un buen cacho antes de recuperarse.

Mientras, yo bajé la escalera y abrí la puerta.

Ken Lacey se coló. Tenía los ojos como platos y jadeaba. Me sujetó por los hombros y me zarandeó.

—¿Ya lo has hecho? —preguntó—. ¡Maldita sea! ¿Has ido y lo has hecho ya?

—¿Qué... qué dices? —Intenté desasirme—. ¿Si he ido y he hecho qué?

—Lo sabes bien, maldita sea. ¡Lo que te dije que hicieras! Vamos, responde, pedazo de adoquín, o te muelo a palos aquí mismo.

Me dio la impresión de que estaba nervioso por algo, tanto que se habría desplomado entre convulsiones. Lo llevé a mi oficina y lo obligué a sentarse delante del escritorio. Abrí una garrafa e hice que tomara un trago de whisky. Entonces, cuando pareció que estaba un poco más calmado, le pregunté que qué era todo aquello.

—¿Qué crees que he hecho, Ken? Tal como te comportas, se pensaría que he matado a alguien.

—Pero ¿no lo has hecho? —preguntó, clavándome los ojos—. ¿No has matado a nadie?

—¿Matar? —dije—. ¡Toma! ¡Qué pregunta más ridícula! ¿Por qué iba yo a matar a nadie?

—¿No lo has hecho? ¿No has matado a los dos macarras que te molestaban?

—Ken, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? ¿Por qué iba yo a matar a nadie?

Suspiró largamente y se relajó por primera vez. Después de tomar otro largo trago, dejó caer la garrafa y se puso a despotricar de Buck, el suplente.

—¡Maldita sea! Espera a que le ponga la mano encima. ¡Verá lo que es bueno! Le voy a dar tantas patadas en ese sucio culo que tiene que va a tener que quitarse las botas para peinarse.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho? —dije—. ¿Qué ha hecho el bueno de Buck?

—Me ha metido el miedo en el cuerpo, eso es lo que ha hecho. Estaba tan nervioso y tan preocupado que tengo la cabeza como un bombo —respondió Ken maldiciendo a Buck y a todos sus muertos—. Bueno, la culpa es mía, lo admito. Sabía a ciencia cierta que era un puerco maníaco, pero como soy un tipo liberal, cerré los ojos.

—¿Cómo es eso? ¿Qué quieres decir con que sabías que era un puerco, Ken?

—Quiero decir que lo pillé leyendo un libro, eso es lo que quiero decir. Sí, señor, lo sorprendí con las manos en la masa. Se defendió diciendo que sólo estaba mirando las estampas, pero me di cuenta de que mentía.

—Bueno, lo tendré en cuenta —dije—. ¡Lo tendré muy en cuenta! Pero ¿qué tiene que ver Buck con que estés aquí?

Ken me contó lo que había ocurrido.

Al parecer, al poco de dejarme, Buck había vuelto a la oficina y se había mostrado inquieto. Temía que estuviera tan fuera de mí que quisiera matar a los chulos, lo que pondría a Ken en un brete.

Según la versión de Buck —en aquella reflexión suya en voz alta—, Ken me había dicho que yo tenía que matarlos, y si yo iba y me los cepillaba, Ken sería tan culpable como yo.

Buck siguió diciendo que yo era capaz matar a los macarras, porque siempre había seguido al pie de la letra los consejos de Ken en el pasado, por descabellados que fueran. Sólo entonces, cuando se percató de que le estaba mosqueando, dijo que seguramente la ley no sería demasiado severa con él, que lo más seguro era que fuera indulgente, no así conmigo, que quizá le cayeran sólo treinta o cuarenta años.

El resultado de aquello fue que Ken salió de la oficina y cogió el mercancías de Red Ball a Potts County. El viaje no había sido muy cómodo porque el furgón de cola, donde se sentó, tenía una rueda rota. Dijo que tenía el culo más dolorido que el mío por el traqueteo y que lo único que quería en aquel momento era meterse en la cama.

—He soportado más de lo que un cuerpo puede aguantar en un día —dijo bostezando—. Supongo que podrás alojarme, ¿no?

Le dije que lo sentía una barbaridad, pero que no, que no podía. No teníamos ninguna cama libre.

—¡Maldita sea! —dijo con el ceño fruncido—. Bueno, bueno, en ese caso iré al hotel.

Le advertí que era un tanto difícil, ya que en Potts County no había hoteles.

—Si fuera de día, podrías echarte un rato en la Widder Shop, como hacen los viajantes de comercio, pero a estas horas lo más seguro es que no te dejen.

—Entonces, ¿dónde coño voy a dormir? —preguntó—. ¡Porque no voy a pasarme en vela toda la noche!

—Déjame pensar —dije—. Creo que sólo hay un sitio, Ken, un lugar en el que podrías acostarte, aunque me temo que no podrás dormir mucho.

—Tú limítate a llevarme allí. Yo me encargo de lo demás.

—No sé si te dejarán descansar en el burdel —dije—. Mira, a las chicas les va mal el negocio últimamente y se pondrán muy pesadas. Lo más seguro es que te asedien toda la noche.

—Ya, ya —dijo Ken—. ¡Qué coño! Un tipo tiene que hacer frente a todo tipo de situaciones. ¿Son muy mayores las chavalitas?

—No, qué va. Casi todas son bastante jóvenes, de diecisiete o dieciocho años. Contrataron a una ya mayor, que pasa de los veintiuno. Ésa no querrá dejar solo a un tipo, no querrá, Ken, y no sería honrado no advertirte.

Un hilo de saliva le corría por la barbilla. Se lo limpió y se levantó con mirada vidriosa.

—Lo mejor será que vaya —dijo—, que vaya en seguida.

—Te indicaré el camino. Tienes que saber algo más: se trata de los dos macarras...

—No te preocupes. Ya me ocuparé yo de ellos.

—No tendrás que hacerlo —dije—, porque no estarán. Andarán por alguna otra parte, borrachos, a estas horas, y no se despertarán hasta mediodía.

—¿Qué pasa, entonces? —Ken dio un paso impaciente hacia la puerta—. Si las chicas saben que ellos no están...

—Es que ellas no lo saben. Los chulos las han convencido de que vigilan el sitio día y noche, cosa que, obviamente, hace difícil que las chicas se relajen y disfruten. Así que...

—Ya, ya —dijo Ken—. ¡Sigue, maldita sea!

—Así que te diré lo que has de hacer en cuanto llegues. Di a las chicas que ya no hay problema con los chulos, que te has encargado de ellos y que ya no hay peligro de que husmeen por allí. Diles eso y todo irá sobre ruedas.

Asintió (y así fue, lo dijo exactamente como yo le había indicado). Después salió y cruzó el patio tan deprisa que apenas podía ir a su lado.

Llegamos a las afueras del pueblo y lo dejé en la carretera del río. A partir de allí siguió solo. Se despidió con un movimiento de cabeza. Supongo que entonces recordó sus modales, porque se dio la vuelta y fue a mi encuentro.

—Nick —dijo—, te estoy muy agradecido. Puede que no haya sido muy amable contigo en el pasado, pero no olvidaré nunca lo que estás haciendo por mí esta noche.

—Vamos, vamos —dije—. No te pongas así, Ken; tampoco yo voy a olvidar todo lo que has hecho tú por mí.

—Bueno, es igual, te estoy muy agradecido.

—Pero si es un placer. Un gran placer, de verdad.

8

Ken apareció al día siguiente a la hora del desayuno con mala cara, pálido y hecho polvo. A pesar de su aspecto, se las apañó para hacerle la pelota a Myra y cuatro carantoñas a Lennie, por lo que Myra lo trató la mar de bien. No demasiado, porque sabía que había pasado la noche en el prostíbulo —sólo podía haber estado allí—, pero sí con la amabilidad que una dama demostraría a un caballero en aquellas circunstancias. Insistía en que comiera algo y Ken se excusaba continuamente dándole las gracias y diciendo que apenas tomaba nada por la mañana, que con un poco de café tenía de sobra.

—Tengo que cuidar la línea, señora —dijo—. No tengo la esbelta figura que lucen usted y su encantador hermano.

Lennie se echó a reír y le roció con saliva; le hizo gracia el cumplido, mira por dónde. Myra se ruborizó y dijo que Ken era un completo adulador.

—¿Yo? ¿Yo, adular a una mujer? —preguntó Ken—. ¡Vamos! Nunca había oído nada igual.

—¡Oh, por favor! Usted sabe que no tengo una bonita figura.

—Es posible, pero porque aún no se ha desarrollado del todo —dijo Ken—. Aún es una muchacha.

—¡Ji, ji! —rió Myra—. ¡Qué cosas tiene usted!

—Espere a ponerse un poco rellenita —dijo Ken—. Espere a tener la edad de su hermano.

¡Qué barbaridad! Semejantes halagos ponen en evidencia a un hombre, aunque éste sólo quiera resultar amable. Precisamente eso es lo que pasaba con Ken. Obviamente, estaba meando fuera de tiesto, y a la vista estaba que había llegado al límite. Por suerte, en aquel momento parece que Myra pensó que estaba dándole demasiada confianza a Ken y que se estaban metiendo en el terreno de las picardías, así que de pronto adoptó una actitud fría y se puso a limpiar la mesa. Ken dijo gracias y adiós, y me lo llevé a la oficina.

Le tendí una botella de litro de whisky blanco. Dio un trago largo, larguísimo, hizo gárgaras, tragó y se arrellanó en la silla. La frente se le cubrió de sudor. Se estremeció de arriba abajo y la cara se le puso un poquito más pálida. Durante un minuto, pensé que se iba a poner malo; aquellas mentiras y aquellos cumplidos a Myra tenían que haberle dejado destrozado. De pronto, le volvió el color a la cara y dejó de sudar y temblar. Lanzó un suspiro largo y profundo.

—¡Cojones! —dijo suavemente—. Lo necesitaba.

—No se puede montar con un solo estribo —dije—. Tómate otro, Ken.

—¡Al diablo! Al diablo, Nick. Me da lo mismo.

Dio un par de tragos más y dejó la botella por la mitad. Dijo que se le estaba haciendo tarde. Yo le contesté que se tomara el tiempo que quisiera, porque no podría coger un tren de vuelta hasta pasadas dos horas.

Estuvimos sin abrir el pico un par de minutos. Me miraba, apartaba los ojos y en la cara se le reflejaba una expresión de vergüenza hipócrita.

—Un chico guapísimo, tu cuñado —dijo—. Sí, señor, guapísimo.

—Está como una chota —dije—. Vamos, que el tarro no le funciona muy bien.

Ken asintió y dijo que ya, ya, que se había dado cuenta.

—A algunas mujeres eso no les importa demasiado, ¿no te parece, Nick? Me refiero a mujeres mucho mayores que uno, y feas, de las que aguantan lo que les echen.

—No entiendo mucho de eso —repuse—. No me atrevo a decir que te equivocas, aunque tampoco puedo darte la razón.

—Será porque no eres muy brillante —dijo Ken—. Vaya, apostaría a que hay una mujer en este pueblo que preferiría estar con Lennie antes que estar contigo. No quiero decir que no seas un tipo atractivo, sino que probablemente no tengas un manubrio tan largo como él... Me han dicho que los retrasados la tienen como sementales. Y claro...

—Oye, mira, yo no sé mucho de eso —dije—. Nunca he tenido quejas en ese sentido.

—¡Cierra el pico cuando hablo! ¡Cierra el pico y con suerte aprenderás algo! Iba a decirte que lo demás da igual, cosa que dudo muchísimo en tu caso, porque todos los retrasados tienen un cipote con el que podrías saltar a la comba, pero..., pero que, a pesar de todo, una mujer puede preferir mojar con un chalao en vez de con un tipo normal. Así no tiene que hacer el paripé, ¿te das cuenta? Ella llevará las riendas y podrá hacerle las mil perrerías. Tendrá lo que quiere.

Me rasqué la cabeza y dije que bueno, que era posible, pero seguía pensando que se equivocaba en lo tocante a Lennie.

—Sé de buena fuente que en este pueblo no hay ni una sola tía que lo aguante. Fingen que sí para que Myra no se vuelva contra ellas, pero sé que a todas les da asco.

—¿A todas?

—A todas. Salvo a Myra, claro, porque es su hermana.

Ken lanzó una breve carcajada y se llevó la mano a la boca. Luego hizo lo posible por comportarse. Sus palabras se tornaron más moderadas, pero no pudo cambiar de tema.

—Lennie y tu mujer no se parecen demasiado. Nadie pensaría que son hermanos.

—Tienes razón —asentí—, aunque nunca me había parado a pensarlo.

«Sí lo había pensado. Sí, señor, lo había pensado muchas veces.»

—¿Conocías a Lennie antes de casarte? ¿Sabías que ibas a tener por cuñado a un retrasado?

—Pues no. Ni siquiera sabía que Myra tuviera un hermano hasta después de la boda. Fue una sorpresa.

—Ya, ya —dijo Ken dando un bufido—. No te extrañe si alguna vez te llevas otra sorpresa, Nick. No, señor, no te sorprendas ni un pelo.

—¿Qué? —dije—. ¿Qué quieres decir, Ken?

Sacudió la cabeza sin responderme y se echó a reír. También me reí yo.

Era una broma buenísima, daos cuenta, y la víctima era yo. A lo mejor no podía hacer nada al respecto por el momento, pero suponía que ya me llegaría el momento de actuar.

Ken tomó otro par de tragos nada cortos. Me levanté y dije que quizá sería mejor que nos fuésemos.

—Daremos un paseo hasta la estación. Me gustaría presentarte a unos tipos. Les encantará conocer a un sheriff de capital como tú.

—Venga, vamos allá —dijo Ken, que se tambaleó al levantarse—. Seguro que están locos por conocer a un tío de verdad en una mierda de pueblo como éste.

—Diles que te has ocupado de los dos macarras —sugerí—. Se quedarán muy impresionados cuando te oigan decir que les has plantado cara y les has dado su merecido.

Me miró parpadeando como una lechuza. Dijo que qué macarras, que de qué mierda estaba yo hablando. Le dije que de los chulos de los que le había advertido por la noche: los dos que podían haberle molestado.

—¿Sí? —dijo—. ¿De verdad me dijiste eso?

—¿No me dirás que aguantaste mecha? —dije—. ¿Que Ken Lacey besó el suelo que pisaban unos chulos de mierda?

—¿Eh? ¿Qué? —Se frotó los ojos—. ¿Quién dice eso?

—Ya sé que no fue así —dije dándole una palmada en la espalda—. Ken Lacey, el sheriff más valiente y más listo de todo el estado, no haría eso nunca.

—Bueno. La verdad es que hablaste mucho anoche, Nick. Vaya sí lo hiciste, sí, señor. No lo pudiste evitar.

—A otro no le habría dejado ir, pero sabía que tú les plantarías cara a los chulos si te iban con pistolas y navajas. Sabía que les harías lamentar haber nacido.

Ken apretó la mandíbula, como el William S. Hart ése que sale en las películas. Echó los hombros atrás y se irguió o, mejor aún, se enderezó lo que pudo con aquellas piernas que se le doblaban por tanto whisky como llevaba encima.

—¿Qué les hiciste, Ken? —le pregunté—. ¿Cómo les bajaste los humos?

—Yo, esto... bueno, los puse en su sitio, eso es. —Me hizo un guiño de lado—. Yo, ¿sabes?, yo, ¡hip!, los puse en su sitio.

—Magnífico. ¿Los pusiste en su sitio de verdad de verdad, Ken?

—Con dos cojones, sí, señor. No se les ocurrirá molestar a nadie nunca más.

Miró a su alrededor en busca de la botella de whisky. Le advertí que la tenía en la mano, dio otro par de tragos y acto seguido levantó la botella para mirarla a contraluz.

—¡Coño! Que me aspen si no me he metido un litro entero de whisky.

—¿Qué más da? —dije—. Si apenas se te nota. —Lo más gracioso fue que dejó de notársele de repente.

Lo había visto borracho otras veces y sabía cómo le sentaba el whisky. Un poquito de alcohol, medio litro más o menos, y cogía una borrachera de campeonato. Vamos, que se le notaba, pero cuando rebasaba esa cantidad —sin sobrepasar un límite, claro—, parecía completamente sobrio. Dejaba de tambalearse, no se le trababa la lengua y, en general, dejaba de hacer tonterías. Por dentro estaría como una cuba, pero no lo denotaba su aspecto exterior.

Se acabó lo que quedaba de whisky y nos dirigimos a la estación de ferrocarril. Se lo presenté a todo el que nos encontramos, es decir, a casi toda la población. Él sacaba pecho y le contaba a todo el mundo cómo había puesto en su sitio a los dos macarras. Es más, se limitaba a decir que se había encargado de ellos.

—No importa cómo —decía—. Eso es lo de menos. —Guiñaba el ojo, cómplice, y todos se quedaban la mar de impresionados.

Acabamos la presentación multitudinaria alegando que faltaban un par de minutos para que el tren saliera. Cuando llegamos a la estación, nos estrechamos la mano y, antes de darme cuenta de lo que hacía, me eché a reír.

Me dirigió una mirada suspicaz. Me preguntó que de qué me reía.

—De nada —respondí—. Pensaba en lo gracioso que fue que llegaras anoche corriendo a mi casa pensando que yo podía haber matado a los macarras.

—Ya —dijo con una mueca de resentimiento—. Muy gracioso. Imagínate, un tipo como tú matando a otro.

—Espero que ni se te pase por la cabeza, ¿eh, Ken? ¿Verdad que no? ¿Verdad, Ken?

Dijo que no, no, sin duda, que aquello estaba claro.

—Si hubiera parado de comerme el tarro en vez de dejar que el malnacido de Buck me sacara de mis casillas...

—En cambio, no es difícil imaginarte a ti quitándolos de en medio, ¿verdad, Ken? Tú los matarías como si nada.

—¿Qué? —dijo—. ¿Qué quieres decir? ¿Que yo...?

—No es difícil imaginarlo, ¿no te parece? Prácticamente se lo has insinuado a un montón de gente.

Me miró y parpadeó. Entonces comenzó a sudarle la cara otra vez y de la comisura de los labios le brotó un hilillo de saliva. El miedo le brilló en los ojos.

En ese momento se dio cuenta de la situación en que se encontraba. La certeza se abrió paso entre el litro de alcohol y le dio en la conciencia con mano dura.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Maldito seas! —dijo—. No eran más que palabras. ¡Sabes perfectamente que sólo estaba pavoneándome! ¡Ni siquiera vi a los macarras anoche!

—No, señor, apuesto a que no. —Sonreía bonachonamente—. Apostaría un millón de dólares a que no.

—Tú... tú... —Tragó saliva—. ¿Quieres decir que los mataste tú?

—Quiero decir que sé que eres un hombre de palabra —contesté—. Si tú dices que no viste a los macarras, es porque no los viste. Pero tal vez otros no piensen así, ¿no te parece, Ken? Si aparecen los cadáveres de los macarras en alguna parte, todos creerán que los mataste tú. Tal como están las cosas, es difícil pensar otra cosa.

Soltó una maldición e intentó ponerme la mano encima. No me moví, sonriéndole, y bajó la mano lentamente hasta dejarla junto al costado.

—Es así, Ken —asentí—. Así están las cosas. Lo único que puedes hacer es esperar. Esperar, si alguien mata a los macarras, que nadie encuentre nunca los cadáveres.

Llegaba un tren.

Esperé hasta que se detuvo. Ken parecía demasiado aturdido para subir, así que tuve que ayudarle.

—Otra cosa, Ken —dije, y se volvió para mirarme desde el escalón—: si yo fuera tú, sería más simpático con Buck. Fíjate que se me acaba de ocurrir la graciosa idea de que le caes un poco gordo. Yo no le volvería a decir que vaya a picotear mierda de caballo con los pájaros.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
200 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788498679304
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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