Kitabı oku: «1.280 almas. El asesino dentro de mí. Los timadores. La huida.»
Título original en inglés: Pop. 1280.
© Jim Thompson, 1964.
© de la traducción: Antonio Prometeo Moya, 2010.
Título original en inglés: The Killer Inside Me.
© Jim Thompson, 1952.
© de la traducción: Galvarino Plaza, 1975.
Título original en inglés: The Grifters.
© Jim Thompson, 1963.
© de la traducción: M.ª Antonia Fernández Álvarez-Nava, 2013.
Título original en inglés: The Getaway.
© Jim Thompson, 1959.
© de la traducción: María Antonia Oliver, 2011.
Publicados los cuatro títulos por acuerdo con el autor, c/o Baror International, Inc., Armonk, New York, U.S.A.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO357
ISBN: 9788491871774
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Nota editorial
1280 almas
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El asesino dentro de mí
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Los timadores
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La huida
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Ómnibus en RBA
Jim Thompson
NOTA EDITORIAL
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se había convertido de repente en una superpotencia. Era un país que había luchado por dejar atrás una enorme crisis económica que se había alargado durante diez años y que intentaba cerrar las brechas abiertas por el conflicto bélico. Los estadounidenses, pues, encaraban con optimismo la feliz década de 1950 en la que la prosperidad les conferiría un ligero aire de despreocupación y, hasta cierto punto, de ingenuidad. La primera gran grieta de ese aparente estado de inocencia en un contexto nacional no se abriría hasta el asesinato de Kennedy en 1963.
Para los americanos, al menos en la visión que querían transmitir al mundo, el mal anidaba más allá de sus fronteras y dentro, el american way of life se imponía. El país generaba riqueza y el baby boom dejaba estampas felices de familias sonrientes que vivían en casas con jardín y se reunían ante el televisor para ver I Love Lucy o El Llanero Solitario. Pero todo eso solo era la fachada exterior. El Sueño Americano también tenía una cara oculta, porque Estados Unidos seguía siendo un lugar perturbador, egoísta, violento y racista. Ese país que contradecía la versión oficial asomaba en muchos rincones, pero uno de los más evidentes eran los quioscos, en los cuales se vendían periódicos sensacionalistas y abundaban cada vez más las novelas negras que se publicaban directamente en ediciones baratas. Allí era donde reinaban nombres como David Goodis, John D. MacDonald, Lionel White o, sobre todo, Jim Thompson.
Thompson fue un novelista tardío. Con cuarenta y cinco años apenas había publicado tres novelas menores, aunque hacía tiempo que se dedicaba a escribir, sobre todo relatos, aunque también crónicas periodísticas truculentas. Su rumbo profesional definitivamente cambió a partir de 1952, cuando asumió el rol de escritor profesional, dejando atrás un reguero de oficios variopintos. Y lo hizo marcando un ritmo diabólico. En apenas trece años (hasta 1964), publicó diecisiete novelas con las que consiguió perforar las conciencias americanas de sus lectores como un martillo neumático y, de paso, se erigió en heredero de los clásicos del hardboiled, así como en uno de los escritores más salvajes y subversivos de la literatura moderna.
Esa etapa tan intensa y determinante para la evolución de la novela negra es la que RBA quiere reivindicar con este volumen, que recoge las cuatro obras más importantes alumbradas por Thompson en esos años —1280 almas, El asesino dentro de mí, Los timadores y La huida—, que dan la justa medida de los temas y las obsesiones que pueblan su universo literario.
Abren esta compilación las dos obras magnas de Thompson, las dos novelas que deberían figurar en cualquier canon del género que se precie. Existen muchas semejanzas entre 1280 almas y El asesino dentro de mí. Narradas en primera persona, ambas están protagonizadas por sendos sheriffs de una localidad pequeña para quienes la ley exterior ha dejado de regir sus vidas y, por debajo de la pátina social de estúpida amabilidad que lucen ambos, emerge un demonio interior sediento de sangre. Sin embargo, los caracteres y las motivaciones de Nick Corey (1280 almas) y Lou Ford (El asesino dentro de mí) son distintos, lo que desemboca en personajes y novelas diferentes. Mientras que Corey es un personaje mucho más maquiavélico y sarcástico, obsesionado por mantener su puesto tras unas elecciones, Ford es un sádico que vive sometido por lo que él llama «la enfermedad», que lucha por mantener oculta.
La siguiente novela de esta selección, Los timadores, es la más sexualizada de las cuatro. El sexo es un tema recurrente en la producción de Thompson, pero no suele tener un marcado carácter sensual, sino que más bien aúna placer y sufrimiento. Buena muestra de ello es el tortuoso triángulo que en esta obra se establece entre Roy Dillon, su joven madre y su pareja, que da la medida de los infiernos que el autor podía crear con increíble facilidad. Además, con el mundo de los timos como trasfondo (que Thompson conoció de primera mano en su juventud), la novela es un perfecto ejemplo de lo traicionera que es su prosa y las múltiples trampas que tiende a sus lectores sin apiadarse de ellos en ningún momento.
Cierra el volumen La huida, una personal y maliciosa obra maestra thompsoniana que comienza como una trepidante novela de atracos y acaba siendo una carga de profundidad destinada a hundir los estándares narrativos del género. La parte final de la odisea de la pareja protagonista, preñada de simbolismos, puede considerarse sin duda uno de los momentos culminantes de su producción literaria. Tan revolucionario es el desenlace de Thompson que cuando lo presentó a sus editores, estos se mostraron asustados y quisieron cambiarlo, pero el autor se mostró inflexible. No es de extrañar que la famosa versión cinematográfica de la novela (dirigida por otro estilista de la violencia como Sam Peckinpah) se alejara mucho de ese final para el que el gran público no estaba preparado. Sin embargo, el tiempo ha confirmado que Jim Thompson tenía razón al atreverse a ir más lejos que nadie. Afortunadamente para sus lectores.
1280 almas
1
Verá, señor, el caso es que tendría que haberme sentido satisfecho, tan satisfecho como un hombre pueda sentirse. Porque allí estaba yo, el sheriff de Potts County, ganando casi dos mil dólares al año, sin contar los extras que me iba sacando. Por si fuera poco, tenía una vivienda gratis en el segundo piso del Palacio de Justicia, el sitio más bonito que se pueda imaginar; hasta había cuarto de baño, de manera que no tenía que bañarme en un barreño o ir a un lugar público, como hacían casi todos los del pueblo. En lo que a mí respecta, podría afirmarse que aquello era el reino de los cielos. Para mí lo era, y parecía que podía seguir siéndolo —mientras fuera sheriff de Potts County— siempre que me ocupara exclusivamente de mis propios asuntos y solo detuviera a alguien cuando no tuviese más remedio, y eso siempre que se tratara de un don nadie.
Sin embargo, no estaba tranquilo. Tenía tantos problemas que la preocupación me tenía enfermo.
Me sentaba a la mesa para comer una media docena de chuletas de cerdo, unos cuantos huevos fritos y un plato de bollos calientes con menudillos y salsa; pues bien, no podía acabármelo todo. No me lo terminaba. Empezaba a dar vueltas a los asuntos que me preocupaban y cuando me daba cuenta me había levantado sin rebañar el plato.
Con el sueño me ocurría lo mismo. Puede decirse que no pegaba ojo. Me metía en la cama pensando que aquella noche tenía que descansar, pero qué va. Pasaban veinte o treinta minutos antes de que me durmiera. Y luego, después de solo ocho o nueve horas, me desvelaba y ya no podía volverme a dormir, cascado y hecho polvo como estaba.
Pues bien, señor, el caso es que estaba despierto, igual que la noche que he puesto como ejemplo, moviéndome en la cama y dándole vueltas a la cabeza, hasta que no pude soportarlo más. Así que me dije: «Nick, Nick Corey, las preocupaciones acabarán desquiciándote, así que será mejor que pienses algo y pronto. Tienes que tomar una decisión, Nick Corey, porque, si no, lamentarás no haberlo hecho».
Así que me puse a pensar y pensar, y luego pensé un poco más.
Llegué a la conclusión de que no sabía qué coño hacer.
2
Me levanté por la mañana, me afeité y me di un baño, aunque era lunes y ya me había aseado a conciencia el sábado anterior. Después, me puse la ropa de los domingos: el Stetson nuevo de sesenta dólares, las botas Justin de setenta y cinco dólares y los Levi’s de cuatro dólares. Me planté delante del espejo y me observé minuciosamente por todas partes para asegurarme de que no parecía un paleto de pueblo. Quería visitar a un amigo. Iba a ver a Ken Lacey para hablarle de mis problemas, y siempre que iba a ver a Ken Lacey me gustaba ir presentable.
Camino de la escalera pasé por delante del dormitorio de Myra; había dejado la puerta abierta para que corriera el aire. Sin que se percatara de mi presencia, me detuve y eché un vistazo. Entré y me la quedé mirando un ratito. Me acerqué de puntillas a la cama y me quedé a su lado para observarla bien, relamiéndome y sintiendo un estremecimiento.
Tengo que confesaros algo, y hablo en serio. Hay una cosa que no me ha faltado nunca. Apenas había salido del cascarón —un crío con su primer pantalón largo— cuando las chavalas empezaron a insinuárseme. Cuanto mayor me hacía, más hembras se me acercaban. A veces me decía: «Nick, Nick Corey, tendrás que hacer algo con las tías. Lo mejor será que lleves un látigo y que te las quites de encima a hostias, porque, si no, van a acabar contigo».
El caso es que no lo hice nunca porque no soporto que le peguen a una mujer. En cuanto una lloriquea un poco, me desarma.
Para volver con lo que estábamos, como decía, nunca me han faltado mujeres; todas han sido de lo más generosas conmigo. Precisamente por eso es más extraño cómo miraba a Myra, mi mujer. Relamiéndome y sintiendo cierto cosquilleo. Myra era un poco mayor que yo y, se la mirara por donde se la mirase, parecía tan soez como era en realidad. Creedme, Myra era una mujer terriblemente ordinaria. Pero el problema soy yo, que soy un tipo de ideas fijas. Me pongo a darle vueltas a algo y ya no puedo pensar en nada más. La verdad es que no andaba falto, pero ya sabéis cómo son estas cosas. Quiero decir que es igual que comer palomitas de maíz: cuantas más tienes, más quieres. Era verano y no llevaba camisón; además, las sábanas estaban revueltas y no la tapaban del todo. Estaba más bien boca abajo, de manera que no podía verle la cara, lo que la favorecía mucho.
Allí estaba yo, mirándola, poniéndome cachondo y excitándome, hasta que ya no pude aguantar más y empecé a desabrocharme la camisa.
«A fin de cuentas —me dije—, a fin de cuentas, Nick Corey, es tu mujer, así que tienes derecho».
Supongo que imagináis lo que pasó, aunque creo que no lo sabéis porque no conocéis a Myra. Os aseguro que sois afortunados. A lo que íbamos: se dio la vuelta de repente y abrió los ojos.
—¿Qué haces? —me preguntó.
Le expliqué que iba al condado donde Ken Lacey era sheriff, que probablemente estaría fuera hasta bien entrada la noche y que, como lo más seguro era que nos echáramos de menos, quizá deberíamos estar juntos antes.
—¡Ya! —exclamó, casi escupiéndome la interjección—. ¿Pensabas que iba a dejarme, aunque tuviera ganas?
—Bueno —dije—, pensaba que a lo mejor sí. Vamos, lo esperaba. Además, ¿por qué no?
—Porque apenas puedo aguantar tu presencia. ¡Ahí tienes el motivo! ¡Porque eres un idiota!
—Bueno —contesté—, no estoy seguro de que tengas razón, Myra. O sea, no digo que te equivoques, sino que no estoy de acuerdo contigo. Vamos, que no tienes que insultarme, aunque sea un idiota. El mundo está lleno de idiotas.
—Es que tú no solo eres idiota: ni siquiera tienes voluntad. Eres lo más insignificante que he visto en mi vida.
—Oye, tú —dije—, si piensas eso, ¿por qué te casaste conmigo?
—¡Mira quién fue a hablar! ¡Será animal! —exclamó—. ¡Como si no supiera por qué! ¡Como si no supiera que tuve que casarme con él porque me violó!
Aquello me dolió un poco. Siempre decía que yo la había violado, y eso me sentaba mal. La verdad es que no podía contradecirla cuando afirmaba que yo era un idiota abúlico, porque a lo mejor no soy muy listo —¿quién quiere un sheriff listo?—, y creo que me conviene más dar la espalda a los problemas que hacerles frente. Lo que quiero decir, qué narices, es que ya nos metemos en muchos líos por nuestra cuenta sin ayuda de nadie.
Pero cuando decía que yo era un violador, era otra cosa. Quiero decir que no era cierto. Además, no tenía sentido.
¿Por qué iba a violar a una mujer un tipo como yo, al que le sobraban las tías?
—Mira, voy a decirte algo de eso de la violación —le dije, ruborizándome un poco, mientras me abotonaba la camisa—. No digo que seas una mentirosa porque no sería educado por mi parte, pero entienda una cosa, señora: si me gustaran las embusteras, ya te habría matado a polvos.
Bueno, aquello la puso fatal. Empezó a llorar y a desgañitarse, gritando como un becerro en una tormenta de granizo. Evidentemente, despertó a su hermano Lennie, el cretino, que entró como una tromba, llorando, parpadeando y babeando.
—¿Qué le has hecho a Myra? —preguntó rociando de saliva un área de tres metros—. ¿Qué te has atrevido a hacerle, Nick?
No contesté porque estaba ocupado en limpiarme sus babas. Fue dando tumbos hasta Myra, que lo abrazó y se me quedó mirando.
—¡Animal! ¡Mira lo que has hecho! —vociferó ella.
Dije, maldita sea, que no había hecho nada, que Lennie siempre estaba a punto para berrear y babear.
—Y cuando no lo está —añadí— es porque anda merodeando por el pueblo para espiar a alguna mujer por la ventana.
—¡Qué mala leche! —exclamó Myra—. ¡Acusar al pobre Lennie de algo que no puede evitar! Sabes que es tan inocente como un cordero.
—Puede ser —dije.
Tema zanjado. Además, se me iba a escapar el tren. Me dirigí al recibidor, pero a ella no le gustó verme marchar sin ni siquiera una súplica de perdón, de manera que se revolvió contra mí.
—Será mejor que mires lo que haces, Nick Corey. ¿Sabes qué pasará si no lo haces?
Me detuve y me di media vuelta.
—¿Qué pasará?
—Les diré a los del pueblo lo que eres en realidad. ¡Veremos cuánto duras de sheriff cuando les diga a todos que me violaste!
—Te diré lo que pasará exactamente —respondí—: Me quedaré sin empleo antes de que pueda abrir la boca.
—¡Efectivamente! ¡Será mejor que no lo olvides!
—No lo olvidaré, aunque tú tienes que recordar otra cosa: si dejo de ser sheriff, ya no tendré nada que perder, ¿no te parece?, y todo me importará una mierda. Además, si yo no soy el sheriff, tú tampoco serás la mujer del sheriff, y ¿adónde hostias iréis a parar tú y el cretino de tu hermano?
Abrió los ojos como platos y tragó aire a bocanadas. Hacía tiempo que no le levantaba la voz, y los humos se le bajaron rápidamente.
Le dediqué un significativo gesto con la cabeza y acto seguido salí por la puerta. Bajaba ya la escalera cuando oí que me llamaba.
Había reaccionado deprisa. Llevaba puesta una bata e intentaba esbozar una sonrisa.
—Nick —dijo inclinando la cabeza—, ¿por qué no te quedas un ratito, eh?
—No sé. No estoy de humor.
—Bueno, a lo mejor yo te hago recuperar el humor, ¿eh?
Dije que no sabía. Tenía que coger un tren y quería comer algo antes.
—No... —dijo un tanto nerviosa—, no irás a cometer una locura, ¿verdad?, solo porque estés enfadado conmigo.
—No, no voy a hacer nada —contesté—. No más de lo que tú harías, Myra.
—Bueno. Que lo pases bien, cariño.
—Lo mismo digo, señora.
Terminé de bajar la escalera, crucé el Palacio de Justicia propiamente dicho y salí por la puerta principal.
Estuve a punto de darme un cabezazo al salir a la luz neblinosa de las primeras horas de la mañana. Estaban pintando la maldita fachada y los pintores se habían dejado las escaleras y las latas por todas partes. Ya en la acera, me volví para comprobar los progresos. Me pareció que no habían hecho casi nada en dos o tres días. Aún estaban en el último piso, pero no era asunto de mi incumbencia.
Yo solito podría haber pintado el edificio entero en tres días, pero ni recaudaba los fondos del condado ni el pintor contratado era cuñado mío.
Cerca de la estación había una freiduría que regentaban unos negros y me detuve allí a comerme un plato de pescado frito con pan de centeno. Estaba demasiado fastidiado para meterme un buen desayuno, demasiado obcecado con mis preocupaciones. Así que me lo zampé todo y pedí otra ración con una taza de achicoria para llevar.
Llegó el tren y subí. Me senté junto a la ventanilla y me puse a comer. Pensaba que aquella mañana había puesto en su sitio a Myra y que en adelante iba a estar más suave conmigo.
Pero sabía que me engañaba.
Habíamos tenido enfrentamientos parecidos muchas veces. Me amenazaba con lo que iba a hacerme, y yo le recordaba que tenía mucho que perder si lo hacía. Luego mejoraban las cosas durante un tiempo, aunque no del todo. No cambiaba nada de lo que realmente importaba.
Y no era, fijaos bien en lo que os digo, porque no fuéramos complementarios.
Era muy echada para adelante, pero cuando las cosas se ponían feas, entendía que yo reculara.
Por supuesto, sabía que si me hacía perder el empleo se perdería a sí misma. Tendría que dejar la ciudad con aquel desgraciado que tenía por hermano, y lo más seguro es que pasara mucho tiempo antes de que pudiera divertirse tanto como conmigo. Probablemente nunca se divertiría tanto.
Pero podía defenderse.
Acabaría consiguiendo cualquier cosa.
En cambio, yo...
Lo único que había hecho en mi vida era trabajar de sheriff. Era todo lo que podía hacer, que no es sino otra forma de decir que todo cuanto podía hacer se reducía a cero. Si dejaba de ser sheriff, no tendría ni sería nada.
Era duro aceptar que no fuera más que una nulidad que no hacía nada. A esta preocupación se sumaba otra: que pudiera perder el empleo sin que Myra dijese o hiciese nada.
Últimamente había empezado a sospechar que la gente no estaba del todo satisfecha conmigo, que esperaba que hiciera algo más que sonreír, bromear y mirar a otra parte. Y, la verdad, no sabía qué hacer al respecto.
El tren tomó una curva y siguió el curso del río durante un trecho. Estirando el cuello, pude ver los cobertizos sin pintar de la casa de putas del pueblo y a dos individuos —dos chulos— tumbados en el pequeño muelle que había delante del local. Aquellos dos macarras me habían causado muchos problemas, un montón. La semana anterior, sin ir más lejos, me habían empujado, presuntamente de forma accidental, y me había caído al agua, y unos días antes me habían tirado de boca en el barro, según decían, sin mala intención. Lo peor de todo era la forma que tenían de dirigirse a mí, poniéndome motes, gastándome bromas ordinarias y sin guardarme el respeto que lógicamente se espera que los macarras le tengan a un sheriff, aunque este les saque un poco de dinero.
Decidí que tenía que hacer algo con aquellos dos macarras. Algo efectivo.
Acabé de comer y fui al lavabo de hombres. Me lavé las manos y la cara, saludando con un gesto al tipo que estaba sentado en el largo banco tapizado en cuero.
Llevaba un traje de corte clásico, a cuadros blancos y negros. Calzaba botines con polainas y se cubría con un sombrero de hongo blanco. Me observó con detenimiento y sus ojos se detuvieron un momento en la cartuchera y la pistola que llevaba yo. No sonrió ni dijo nada.
Señalé el periódico que leía el individuo.
—¿Qué le parecen los bolcheviques esos? —le pregunté—. ¿Cree usted que derrocarán al zar?
Gruñó, pero siguió sin decir nada. Me senté a su lado en el banco, bastante cerca.
La verdad es que yo quería echar una meada, pero no estaba seguro de si debía entrar en el retrete o no. La puerta no estaba cerrada y daba bandazos según el movimiento del tren, o sea que debía de estar desocupado. Sin embargo, el tipo seguía allí y quizá quería hacer lo mismo que yo. Así que, aunque estuviera libre, no habría sido muy educado por mi parte colarme.
Esperé un rato. Esperé, removiéndome y retorciéndome, hasta que ya no pude más.
—Perdón —dije—. ¿Espera para entrar en el retrete?
Pareció sobresaltarse. Me dirigió una mirada grosera y habló por primera vez.
—¿Le importa mucho?
—Claro que no. Lo que pasa es que quiero entrar y pensaba que usted iba a hacer lo mismo. Vamos, que creía que había alguien dentro y que usted estaba esperando.
Miró la batiente puerta del retrete; de una sacudida, se abrió lo suficiente para ver la taza. Después clavó los ojos en mí, entre perplejo y molesto.
—¡Por el amor de Dios! —dijo.
—¡Vaya! No me había dado cuenta de que no había nadie dentro.
No me imaginaba que me respondería después de un minuto, pero lo hizo pasado ese tiempo.
—Sí —dijo—, el retrete estaba ocupado. Por una mujer desnuda a lomos de un potro moteado.
—¡Oh! —exclamé—. ¿Cómo se ha atrevido esa mujer a utilizar el lavabo de caballeros?
—Por el potro —dijo—. También tenía que mear el animal.
—Pues desde aquí no veo a ninguno de los dos —contesté—. Es curioso que no pueda verlos en un lugar tan pequeño.
—¿Me está llamando embustero? ¿Dice que no hay una mujer desnuda en un potro moteado ahí dentro?
Respondí que no, por supuesto que no. En ningún momento había dicho yo eso.
—El caso es que me urge bastante —añadí—. Lo mejor será que vaya a otro vagón.
—¡Ni lo sueñe! Nadie me llama embustero y se marcha tan campante.
—Yo no... No he querido decir lo que insinúa. Yo solo...
—¡Se va a enterar! ¡Le voy a enseñar quién dice la verdad! Se va a quedar usted ahí hasta que salgan la mujer y el potro.
—Pero ¡tengo que mear! —exclamé—. Vamos, que tengo muchas ganas, señor.
—Pues usted no se mueve de aquí —replicó—. No hasta que vea que digo la verdad.
Bien, señor, el caso es que yo no sabía qué hacer. No lo sabía. Puede que vosotros lo supierais, pero yo no.
Durante toda mi vida me he comportado tan amable y educadamente como se puede comportar un hombre. Siempre he creído que si un tipo era simpático con los demás..., en fin, que los demás serían simpáticos con el tipo. Pero no siempre resultaba así. Al parecer, la mayoría de las veces las cosas llegaban al punto en que me encontraba en aquel momento, y yo no sabía qué hacer.
Cuando ya estaba a punto de cabrearme, entró el revisor para pedirnos los billetes y pude salir. Me fui de allí tan deprisa que no tardé nada en llegar a la puerta que daba al vagón contiguo. Entonces oí una explosión de carcajadas procedentes del departamento que acababa de abandonar. Se reían de mí, supuse, el revisor y el hombre del traje a cuadros. Pero estoy acostumbrado a que se rían de mí y, además, en aquel momento tenía otras cosas en que pensar.
Así que crucé el vagón contiguo y oriné. Creedme, fue un alivio. Volvía por el pasillo en busca de un asiento para no tener que encontrarme otra vez con el tipo del traje a cuadros, cuando vi a Amy Mason.
Estaba segurísimo de que ella también me había visto, pero fingió que no. Vacilé durante un minuto junto al asiento vacío que estaba a su lado. Finalmente me crucé de brazos y me senté.
No lo sabe nadie en Potts County porque procuramos mantenerlo en secreto, pero Amy y yo fuimos muy íntimos en otro tiempo. El caso es que nos habríamos casado de no ser porque su padre me puso tantas pegas. Esperamos y esperamos a que el anciano caballero se muriera, pero una semana más o menos antes de que ocurriera, Myra me enganchó.
Desde entonces no había visto a Amy más que un par de veces en la calle. Quería decirle que lo sentía e intentar darle una explicación, pero ella no me había dado ninguna oportunidad. Si hacía ademán de detenerla, cruzaba a la otra acera.
—Hola, Amy —dije—. Bonita mañana.
La boca se le tensó un poco, pero no dijo nada.
—Qué agradable casualidad encontrarte aquí —dije—. ¿Adónde vas, si no es indiscreción?
Esta vez respondió. Lo justo.
—A Clarkton. Me bajo enseguida.
—Me habría gustado que fueses más lejos —dije—. He buscado muchas veces la oportunidad de hablar contigo, Amy. Quería explicarte ciertas cosas.
—¿De verdad? —Me miró de soslayo—. A mí me parece que sobran las explicaciones.
—No, no —dije—. Sabes que nadie me gustaba más que tú, Amy. Nunca he querido casarme con nadie que no fueras tú, esa es la verdad. Te lo juro. Te lo juraría sobre un montón de biblias, querida.
Parpadeó deprisa, como solía hacer para contener las lágrimas. Le cogí la mano, se la apreté y vi que le temblaban los labios.
—En... entonces, ¿por qué lo hiciste, Nick? ¿Por qué tú...?
—Eso es precisamente lo que quería contarte. Lo que pasa es que es muy largo, y... mira, guapa, ¿por qué no me dejas que baje en Clarkton contigo, nos metemos en un hotel un par de horas y...?
Eso era precisamente lo que no tenía que haber dicho, lo menos indicado en aquel momento.
Amy se puso pálida. Me dirigió una mirada fría como el hielo.
—¿Es eso lo que piensas de mí? —preguntó—. ¿Es eso lo único que quieres... lo único que has querido? Casarte conmigo, no. ¡Oh, por supuesto que no! No me querías para el matrimonio. Solo para llevarme a la cama y...
—Por favor, cariño, yo...
—¡No intentes engatusarme, Nick Corey!
—Pero si no estaba pensando en eso... en lo que tú creías que yo pensaba —dije—. Lo que pasa es que me llevaría mucho rato explicarte lo que ocurrió entre Myra y yo, y he supuesto que necesitaríamos un lugar tranquilo para...
—Ni lo sueñes. ¿Comprendes? Ni lo sueñes. Ya no me interesan tus explicaciones.
—Por favor, Amy. Déjame por lo menos...
—Le diré una cosa, señor Nicholas Corey, y será mejor que se lo comunique a quien corresponda: como vuelva a pillar al hermano de tu mujer espiándome por la ventana, va a haber jaleo. Jaleo del bueno. No voy a callarme como las demás mujeres de Potts County. Así que díselo a tu esposa. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Le dije que esperaba que no hiciera nada de eso. Por su propio bien, claro.
—No me gusta Lennie más que a ti, pero Myra...
—¡Ya te lo he advertido! —Sacudió la cabeza y se levantó cuando el tren reducía la velocidad al aproximarse a Clarkton—. ¿Crees que esa me da miedo?
—Bueno —dije—, quizá tendría que dártelo. Ya sabes cómo es Myra cuando la toma con alguien. Empieza a chismorrear y a contar mentiras, ya sabes...
—Déjame pasar, por favor.
Me empujó para abrirse camino y salió al pasillo con la cabeza erguida, mientras la pluma de avestruz de su sombrero se sacudía y se balanceaba. Cuando el tren volvió a ponerse en marcha, quise decirle adiós con la mano, pero ella, aún en el andén, volvió la cabeza inmediatamente, dando otra sacudida a la pluma de avestruz, y echó a andar hacia la calle.
Eso fue todo, y me dije que quizá no había estado tan mal, porque ¿cómo podríamos haber aclarado nada tal y como estaban las cosas entre nosotros?
Myra existía, y el problema seguiría existiendo hasta que Myra o yo muriéramos de viejos. Aunque Myra no era el único inconveniente.
Yo tenía una amiguita, una mujer casada llamada Rose Hauck, uno de esos líos en que acostumbro a meterme sin darme cuenta. Rose me importaba un rábano, aunque era terriblemente guapa y generosa. Pero yo significaba mucho para ella. Mucho, mucho. Cantidad, y me lo demostraba.
Para que os deis cuenta de lo lista que era Rose, Myra la consideraba su mejor amiga. Sí, señor, Rose lo había conseguido. Cuando estábamos solos, quiero decir Rose y yo, echaba pestes de Myra hasta que me sacaba los colores, pero cuando las dos se juntaban, ¡ay, amigo!, Rose la agasajaba, la llenaba de elogios y se la metía en el bolsillo. Myra estaba tan complacida y embobada que casi lloraba de alegría.
La forma más segura de picar a Myra era insinuar que Rose no era del todo perfecta. Ni siquiera Lennie se salvaba. Una vez se le ocurrió decir que una mujer tan guapa como Rose no podía ser tan simpática como aparentaba. Myra lo sacó a guantazos de la habitación.
3
No sé si ya os lo he dicho, pero Ken Lacey, el tipo al que iba a visitar, era el sheriff de un par de condados río abajo. Nos conocimos en una convención de funcionarios jurídicos celebrada hace años, y el caso es que congeniamos. No solo era un buen amigo, sino que además era muy listo; lo supe en cuanto empecé a hablar con él. De modo que, en la primera ocasión que se presentó, le pedí consejo sobre un problema que tenía.
—Mmmm —dijo cuando le hube explicado la situación y después de pensarlo un rato—. Veamos. Las letrinas se encuentran en una propiedad comunal, ¿no? Detrás del Palacio de Justicia, ¿me equivoco?
—Exacto —dije—. Exactamente como dices, Ken.
—Y solo te molestan a ti, ¿no es así?
—Efectivamente. El juzgado está al final de la planta baja y no tiene ventanas que den atrás. Las ventanas están arriba, en el segundo piso, que es donde yo vivo.
Ken me preguntó si podía conseguir que las autoridades del condado derribasen las letrinas. Le contesté que no, que era muy difícil. Al fin y al cabo, las utilizaba mucha gente.
—¿No podrías hacer que las limpiasen? —preguntó—. ¿Que las desinfectasen un poco con unos cuantos barriles de cal?
—¿Por qué iban a hacerlo? —dije—. Si solo me molestan a mí. Lo más probable es que se me echen encima en cuanto me queje.
—Ya, ya. —Ken asintió—. Parece que solo sea cosa tuya.
—Pero tengo que hacer algo, Ken —insistí—. No es solo el olor que despiden cuando hace calor, lo que ya es bastante insoportable, sino todo lo demás. Están también esos cochinos boquetes en el techo que dejan el interior al descubierto. Suponte que recibo visitas y que piensan: «Caramba, qué vista tan maravillosa». Se asoman a la ventana y la panorámica de la que disfrutan es la de cualquier tío haciendo sus necesidades.
Ken dijo «Ya, ya» otra vez, carraspeó y se pasó la mano por la boca. Luego la abrió para decir que era un problema, un verdadero problema.
—No entiendo cómo se puede molestar a un sheriff como tú, Nick, con todas las preocupaciones que conlleva tu importante cargo.
—Tienes que ayudarme, Ken. Tengo la picha hecha un lío.
—Te ayudaré —asintió Ken—. Nunca he dejado en la estacada a ningún colega de profesión y no voy a hacerlo ahora.
Me dijo lo que tenía que hacer y lo hice. Aquella misma noche me colé en los retretes públicos y aflojé un clavo aquí, otro allá, al tiempo que removía un poco los tablones del suelo. A la mañana siguiente me levanté temprano, preparado para entrar en acción cuando llegara el momento oportuno.
El tipo que más frecuentaba aquel servicio público era el señor J. S. Dinwiddie, el director del banco. Entraba antes de ir a su casa a comer y al volver del almuerzo, al irse a su casa por la noche y cuando volvía al trabajo por la mañana. A veces pasaba de largo, pero nunca por las mañanas. Cuando la salsa y los menudillos le empezaban a hacer efecto, ya estaba lejos de casa y tenía el tiempo justo para entrar corriendo en los retretes.
La mañana siguiente a la noche de los estropicios lo vi entrar: un tiarrón gordo, con cuello de camisa blanco y ancho y un traje de velarte recién estrenado. Los tablones del suelo cedieron y el fulano cayó con ellos en el pozo.
Más exactamente, en un pozo de mierda acumulada durante treinta años.
Por supuesto, corrí en su ayuda casi al segundo del incidente. No sufrió ningún daño, aunque quedó totalmente embadurnado. En mi vida he visto a un tipo más cabreado.
Daba saltos, se movía arriba y abajo, de lado, agitaba los puños, sacudía los brazos y gritaba cosas muy feas. Quise echarle un poco de agua para quitarle lo más negro de la porquería, pero como no paraba de brincar y retorcerse, fue poco lo que pude hacer. Le tiraba el agua cuando estaba en un sitio, pero cuando el agua llegaba, el tío ya estaba en otra parte. ¡Y soltaba cada taco! Nunca había oído cosa igual, ¡y eso que ayudaba en la iglesia!
Las autoridades del condado y algunos funcionarios llegaron enseguida, todos muy nerviosos al ver al ciudadano más importante del lugar de aquella guisa. El señor Dinwiddie acabó por reconocerlos, aunque es difícil saber cómo lo consiguió, con toda aquella mierda en los ojos. De haber tenido a mano una estaca, seguro que la habría emprendido a palos con todos.
Los puso de vuelta y media. Juraba que los llevaría a juicio por negligencia criminal. Gritaba que los encausaría por daños personales, por tener abierto un lugar público peligroso.
Yo fui el único para quien tuvo una palabra amable. Dijo que un hombre como yo podía gobernar el condado solo y que iba a hacer lo posible para que destituyeran a los demás funcionarios, ya que constituían un gasto innecesario y, además, una amenaza peligrosa.
Pasó el tiempo y el señor Dinwiddie no cumplió ninguna de sus amenazas, pero arregló el problema de las letrinas públicas. Las eliminaron y cegaron el pozo en una hora. Si alguna vez sube algún olorcillo, no hay más que ir a las autoridades y denunciar los retretes del Palacio de Justicia.
Esto ha sido una muestra de los consejos de Ken Lacey. Solo un ejemplo de lo buenos que eran...
Por supuesto, habrá quien diga que no eran tan buenos, que el señor Dinwiddie podía haberse matado y que yo me habría metido en un buen lío. Podría pensarse que los consejos de Ken estaban dictados por la maldad, que estaban destinados a hacer daño y no a aportar soluciones.
Pero yo, bueno, yo siempre pienso bien de las personas mientras puedo. O, por lo menos, no pienso mal hasta que no me veo obligado a hacerlo. Así que aún no me había decidido en lo que respecta a Ken en ese sentido.
Imaginaba que medía sus palabras, que meditaba los consejos que me daba para que yo tomara una decisión. Si me resultaba medianamente útil, le pagaría el favor. Pero si la utilidad no asomaba por algún lado...
Bueno, ya sabría lo que tenía que hacer con él.
Siempre lo sabía.
4
Compré un poco de comida en el tren: unos cuantos bocadillos, un trozo de pastel, patatas fritas, cacahuetes, galletas y una gaseosa. A eso de las dos de la tarde llegamos al pueblo de Ken Lacey, la cabeza de partido del lugar en que era sheriff.
Era un lugar muy grande, con unos cuatro o cinco mil habitantes. La calle mayor estaba empedrada, y también la plaza que se abría alrededor del Palacio de Justicia. Por todas partes había calesas de ruedas radiadas y fantásticos carruajes cubiertos; hasta vi dos o tres automóviles conducidos por tíos pijos con anteojos, acompañados por mujeres con velos y trapitos de lino sujetándose con fuerza. Vamos, que era como estar en Nueva York o en una de esas grandes capitales de las que he oído hablar. Tantas cosas para ver y la gente tan atareada y acostumbrada al movimiento que no presta atención a nada.
Por poner un ejemplo: pasé delante de un espacio abierto en que se celebraba la pelea de perros más acojonante que he visto en mi vida. Una verdadera batalla entre dos sabuesos, un bulldog y una especie de mestizo de culo moteado.
Aunque no hubiera habido ninguna pelea, el mestizo habría bastado para que un tipo se parase a mirar. Porque, de verdad, ¡era algo serio! Tenía el culo levantado, manchado y salpicado como si se le hubiera cagado encima una vaca. Las patas delanteras eran tan cortas que la nariz casi le tocaba el suelo. Tenía un ojo azul y el otro amarillo. Un amarillo muy brillante, como el pelo de una rubia.
Allí estaba yo, como un tonto, deseando que hubiera conmigo alguien de Potts County para que fuera testigo; nadie me creería cuando contara que había visto un perro semejante. Eché un vistazo alrededor y, aunque me resultaba difícil alejarme, abandoné aquel espectáculo y me encaminé al Palacio de Justicia.
Prácticamente me vi en la obligación de marcharme, ya me comprendéis, porque no quería que me tomasen por un paleto: yo era el único que se había parado a mirar. Había tanto que hacer en aquella ciudad que nadie habría mirado dos veces un fenómeno como aquel.
Ken y un ayudante llamado Buck, un tipo al que no había visto nunca, se encontraban en la oficina del sheriff; estaban prácticamente sentados en la rabadilla, con las piernas cruzadas y los sombreros Stetson tapándoles los ojos.
Tosí e hice ruido con los pies. Ken levantó la mirada por debajo del ala del sombrero. Dijo:
—¡Vaya! Que me condenen si no es el sheriff de Potts County. —Giró la silla para encararse conmigo y me tendió la mano—. Siéntate, siéntate, Nick —me ofreció, y así lo hice—. Buck, despierta y saluda a un amigo mío.
Buck estaba ya despierto, al parecer, así que también giró su asiento y nos dimos la mano como Ken había dicho. Acto seguido, Ken hizo un gesto con la cabeza y Buck dio otra vuelta y sacó del escritorio un litro de whisky blanco y unos cigarros puros.
—Este tipo, Buck, es el ayudante más listo que tengo —dijo Ken mientras tomábamos un trago y encendíamos los puros—. Mucha iniciativa, este Buck. Ni siquiera tengo que decirle lo que hay que hacer, como pasa con la mayoría de la gente.
Buck dijo que se limitaba a cumplir con su deber y Ken contestó que no, señor, que era un tío listo.
—Como mi viejo amigo Nick. Por eso es el sheriff del cuadragésimo séptimo municipio más grande del estado.
—¿De verdad? —preguntó Buck—. No sabía que hubiera cuarenta y siete municipios en este estado.
—¡Pues claro! —respondió Ken mirándole un tanto ceñudo—. ¿Qué tal las cosas por Potts County, Nick? ¿Seguís prosperando?
—Bueno, no —contesté—. No me atrevería a decir que prosperamos. Potts County no es exactamente una gran ciudad, como lo que tenéis aquí.
—¿No? —dijo Ken—. Parece que pierdo la memoria. Como sea, ¿qué población tiene Potts County?
—Pues mira —respondí—, hay una señal en la carretera, a las afueras del pueblo, que dice « 1280 almas», así que supongo que será eso: mil doscientas ochenta almas.
—Mil doscientas ochenta almas, dices. Se supone que esas almas estarán dentro de otros tantos cuerpos, ¿no?
—Bueno, claro —dije—. Eso es lo que he querido decir. Es otra manera de decir mil doscientos ochenta habitantes.
Tomamos otro par de tragos. Buck sacudió el cigarro en un cacharro y se cortó un pedazo para mascar. Ken matizó que yo no era del todo exacto al decir que mil doscientas ochenta almas eran lo mismo que mil doscientos ochenta habitantes.
—¿Verdad que no, Buck? —inquirió Ken, haciéndole un gesto con la cabeza.
—Muy cierto —repuso Buck—. Tienes toda la razón, Ken.
—¡Pues claro! Dile a Nick por qué.
—Sí —dijo Buck volviéndose hacia mí—. Mira, Nick: la cantidad de mil doscientos ochenta comprende también a los negros, porque los leguleyos yanquis nos obligan a contarlos, pero los negros no tienen alma. ¿A que no, Ken?
—Muy cierto —respondió este.
—Mira, chico, yo no entiendo esas cosas —dije—. No me atrevo a deciros que no tenéis razón, pero me parece que tampoco estoy de acuerdo con vosotros. A ver, explicadme por qué se os ha ocurrido decir que los de color no tienen alma.
—Pues porque no la tienen.
—Pero ¿por qué no la tienen? —insistí.
—Díselo, Buck. A ver si consigues que el viejo Nick alcance la verdad —dijo Ken.
—Sí, claro. Mira, Nick: los negros no tienen alma porque no son personas.
—¿No? —dije.
—¡Toma! Claro que no. Casi todo el mundo lo sabe.
—Si no son personas, entonces ¿qué son?
—Negros, solo negros. Por eso la gente les llama negros y no personas.
Buck y Ken afirmaron con la cabeza, mirándome como si ya no hubiera más que decir al respecto. Tomé otro trago de la botella y se la pasé.
—A ver, a ver —dije—. ¿Cómo puede ser eso? Mi madre murió prácticamente después de nacer yo, y a mí me amamantó una mujer de color. Yo no estaría vivo de no haber sido por ella. Si eso no demuestra...
—¡Qué va! —me interrumpió Ken—. Eso no demuestra nada. A fin de cuentas, te podría haber alimentado una vaca, y no me irás a decir que las vacas son personas.
—Bueno, creo que no. Pero ese no es el único argumento. He tenido relaciones con tías de color que, sin duda, no habría tenido nunca con una vaca y...
—Pero podrías —dijo Ken—, podrías. Tenemos en chirona en este momento a un guripa que se ha tirado a una cerda.
—Está bien, lo tendré en cuenta —dije, porque había oído hablar de casos similares, pero no había conocido ninguno tan de cerca—. ¿De qué le vais a acusar?
Buck dijo que quizá de violación. Ken le lanzó una mirada inexpresiva y dijo que no, que no se atreverían.
—A fin de cuentas, puede afirmar que la cerda consintió, y entonces ya me dirás lo que hacemos.
—¡Eh! —dijo Buck—. ¡Eh, eh, Ken!
—¿Qué es eso de «eh»? —repuso Ken—. ¿Quieres decir que los animales no entienden lo que les decimos? Mira, si voy al perro y le digo: «Tú, ¿quieres cazar ratas?», verás cómo me salta encima, me ladra, me gruñe y me lame la cara. O sea, desgraciao, que me da a entender que quiere cazar ratas. Si le digo: «Tú, ¿quieres que te dé un palo?», verás cómo se pone en un rincón con el rabo entre las piernas; con eso querrá decir que no quiere que le dé un palo. Y...
—Vale, vale —dijo Buck—. Pero...
—¡Me cago en...! —lo interrumpió Ken—. ¡Cierra el pico cuando hablo! ¿Qué coño te pasa? Le digo aquí a Nick que eres un tío listo y tú vas y me quieres hacer quedar como un embustero delante de él.
Buck se ruborizó un poco y dijo que lo sentía, que no había querido contradecir a Ken.
—Ahora que me lo has explicado, lo entiendo a la perfección. Seguramente el guripa fue a la cerda y le dijo: «¿Quieres un poquito de lo que ya sabes, cerdita?», y la cerda se puso a chillar y a remover el rabo, dando a entender que estaría dispuesta siempre que el tipo quisiera.
—¡Pues claro, hombre! ¡Fue así! —dijo Ken arrugando la frente—. ¿Por qué me lo discutías? ¿Por qué decías que el tipo no contaba con el consentimiento de la cerda, haciendo el ridículo delante de un sheriff que ha venido a visitarnos? Te voy a decir una cosa, Buck —prosiguió Ken—: Tenía esperanzas depositadas en ti. Casi estaba convencido de que eras un blanco sensato y no uno de esos bocazas sabelotodo. Pero ahora ya no estoy seguro; de verdad, no estoy seguro. Todo lo que puedo decirte es que tengas cuidado con lo que haces a partir de ahora.
—Lo tendré, lo tendré —repuso Buck—. Lo siento mucho, Ken.
—Y ojito, ojito con lo que te he dicho. —Ken le miró de mal humor—. Vuelve a discutirme o a contradecirme y te pongo en la calle a picotear la mierda de caballo con los pájaros. ¿Crees que no soy capaz? ¿Me vas a decir ahora que no competirás con los pájaros por la mierda? ¡Responde, desgraciao, gilipollas!
Buck tartamudeó un poco y luego dijo que claro, que Ken tenía razón.
—Tú lo has dicho, Ken, eso es exactamente lo que haré.
—¿Qué harás? ¡Dilo, así te mueras!
—Pi... —Buck volvió a tragar saliva—, picotear la mierda de los caballos con los pájaros.
—Mierda caliente, de la que humea. ¿Estamos? ¿Estamos?
—Sí —murmuró Buck—. Tienes toda la razón del mundo, Ken. Yo... admito que no hay nada menos apetitoso que la mierda de caballo fría.
—Venga, de acuerdo, ya está —dijo Ken dejándole en paz y volviéndose hacia mí—. Nick, supongo que no has venido hasta aquí para oírme discutir con el imbécil de Buck. Sospecho que tienes un montón de problemas.
—Pues sí, mira, tienes razón, Ken, ¡vaya si la tienes! Así es.
—Has venido a pedirme consejo, ¿no? No eres como esos sabihondos que creen que tienen respuestas para todo.
—No, y por supuesto que quiero tu consejo, Ken.
—Bueno, bueno —asintió—. Pues adelante, Nick.
—Verás, tengo tal lío en la cabeza que me va a reventar. Como apenas puedo comer y dormir, estoy que no me tengo. Me he puesto a analizarlo y a estudiarlo, y he empezado a pensar y a pensar, hasta que he llegado a una conclusión.
—¿Y bien?
—Que no sé qué hacer —dije.
—Ya. Bueno, mira, sin prisas. Buck y yo tenemos mucho trabajo, pero siempre podemos hacer un hueco para escuchar a un amigo, ¿no, Buck?
—Es verdad. Tienes toda la razón del mundo, Ken. Como siempre.
—Así que tómate tu tiempo y cuéntanoslo, Nick —dijo Ken—. Siempre dejo a un lado todas mis preocupaciones cuando tengo a un amigo en apuros.
Dudé en hablarle de Myra y su hermano, el cretino, porque así, de repente, me pareció demasiado íntimo. Quiero decir que no se va a discutir así como así de la propia mujer con otro tipo, aunque sea un buen amigo como Ken. Además, aunque se lo contara, ¿qué hostias podía hacer él?
Consideré que lo mejor era aparcar el tema e ir directo al otro lío gordo que tenía. Suponía que él podría afrontarlo con facilidad. Es más: puesto que ya habíamos recuperado un poco de camaradería y había visto cómo se las tenía con Buck, sabía que era el hombre adecuado para plantarle cara a la situación.
5
—Vamos a ver, Ken —empecé—. Tú conoces el burdel de Potts County. El que está al otro lado del río, a un tiro de piedra del pueblo...
Ken miró al techo y se rascó la cabeza. No podía decir que lo conociera, pero suponía, naturalmente, que Potts County tenía un burdel.
—Un pueblo sin burdel no puede ir bien, ¿verdad, Buck?
—¡Claro! Porque si no hubiera putas, las mujeres decentes no podrían ir seguras por las calles.
—Efectivamente —asintió Ken—. A los tíos se les hincharían los huevos, se pondrían a cien e irían detrás de ellas.
—Yo pienso lo mismo —dije—, pero vayamos al grano. Mira, hay seis putas, todas simpáticas y amables como la que más. No tengo queja de ninguna, de verdad, pero hay dos macarras, uno por cada tres chicas, supongo, que me llevan de calle, Ken. Me levantan la voz no sabes cómo.
—Venga ya, hombre —dijo Ken—. No irás a decirme que esos macarras le gritan al sheriff de Potts County.
—Pues así es —contesté—, eso es exactamente lo que hacen. Y lo peor de todo es que a veces lo hacen delante de los demás, y una cosa así, Ken, no puede beneficiar en nada a un sheriff. Enseguida corre la voz de que te has dejado acojonar por los macarras, y eso no te beneficia en nada.
—¡Y que lo digas! Tienes más razón que un santo, Nick. Supongo que les habrás dado su merecido, que habrás tomado alguna medida.
—Bueno —dije—, les devuelvo la pelota. No puedo decir que les haya parado los pies, Ken, pero te aseguro que les devuelvo la pelota.
—¡Devolverles la pelota! ¿Por qué haces eso?
—Bueno, me parece lo justo. Un tío te fastidia y lo justo es fastidiarle tú a él.
Ken frunció la boca y sacudió la cabeza. Le preguntó a Buck si había oído algo igual en su vida. Buck dijo que ni en coña. En toda su vida.
—Te voy a decir lo que tienes que hacer, Nick —dijo Ken—. Mejor dicho, te voy a enseñar lo que tienes que hacer. Levántate y date la vuelta, que te voy a dar una clase práctica.
Le obedecí. Se levantó de la silla, cogió impulso y me dio una patada; me dio tan fuerte que salí disparado contra la puerta y prácticamente crucé el vestíbulo.
—Ahora vuelve aquí —dijo llamándome con un dedo—. Siéntate como estabas antes para que pueda preguntarte algo.
Respondí que creía que por el momento era mejor que me quedase de pie; él me contestó que de acuerdo, que hiciera lo que más me conviniera.
—¿Sabes por qué te he dado una patada, Nick?
—Bueno, supongo que tendrás un buen motivo. Querrías enseñarme algo.
—¡Muy bien! Precisamente eso es lo que te quiero preguntar. En el caso de que un tío te diera una patada en el culo, como yo acabo de hacer, ¿qué harías tú?
—No te puedo decir con esactitud —respondí—. Nadie me ha dado patadas en el culo nunca, salvo mi padre, que en paz descanse, y la verdad es que yo no podía hacer gran cosa.
—Pero suponte que alguien lo hace. Imaginemos una situación hipotética en la que alguien te da una patada en el culo. ¿Qué es lo que harías tú?
—Bueno, supongo que yo también le daría una patada en el culo. Es lo justo.
—Date la vuelta. Date la vuelta otra vez. Aún no has aprendido la lección.
—Oye, mira —dije—, si te explicaras un poco mejor...
—¿Cómo? ¿A qué viene esa actitud? —Ken frunció el ceño—. ¿Pretendes dar órdenes a un tipo que quiere ayudarte?
—No, no, en ningún caso, pero...
—Eso espero. Ahora date la vuelta como te he dicho.
Volví a darle la espalda; a la vista estaba que no podía hacer otra cosa. Él y Buck se levantaron y me dieron una patada al mismo tiempo.
Me dieron tan fuerte que prácticamente me impulsaron hacia arriba, no hacia adelante. Caí sobre el brazo izquierdo, que se me torció, y me hice tanto daño que por un instante casi me olvidé de quién era.
Me levanté e intenté frotarme el culo y el brazo al mismo tiempo. Por si alguna vez se os ocurre hacerlo, ya os digo que no podréis. Me senté, dolorido como estaba, porque me encontraba demasiado aturdido para quedarme de pie.
—¿Te has hecho daño en el brazo? —preguntó Ken—. ¿Dónde?
—No estoy seguro —respondí—. En el cúbito o el radio.
Buck me dirigió una mirada rápida y suspicaz bajo el ala del sombrero, como si yo acabara de entrar y me viera por primera vez. Pero, claro, Ken no se dio cuenta. Ken tenía que pensar tanto, lo reconozco, intentando ayudar a los tontos como yo, que se le escapaban muchas cosas.
—Espero que hayas aprendido la lección, ¿eh, Nick? —dijo—. ¿Has visto ya las consecuencias de no devolver más de lo que recibes?
—Bueno —reconocí—, creo que he aprendido algo. Si eso es lo que querías enseñarme, creo que lo he aprendido.
—Mira, es posible que el otro tipo te arree más fuerte que tú, o que tenga un culo más duro y no le hagas tanto daño como él a ti. O supongamos que te encuentras en una situación parecida a la que hemos representado Buck y yo: dos tipos se ponen a darte patadas en el culo, de manera que tú recibes dos por cada una que das. Si te encuentras en un caso así, que es más o menos lo que te ocurre con esos tipos, puedes perder el culo antes de que tengas tiempo de quitarte el sombrero para saludar.
—Pero si esos macarras no me dan patadas —objeté—, se limitan a contestarme mal y a darme algún empujón.
—El mismo caso. Exactamente el mismo caso. ¿No, Buck?
—¡El mismo! Mira, Nick, si un tipo te fastidia, la mejor moneda que puedes devolverle es fastidiarle el doble. De lo contrario, como mucho, solo empatas, y así no arreglarás nada.
—¡Pues claro! —dijo Ken—. Te diré lo que tienes que hacer con esos macarras: la próxima vez que parezca que van a replicarte, limítate a darles una patada en los huevos tan fuerte como puedas.
—¿Eh? —dije—. Pero... pero eso tiene que doler muchísimo.
—No, qué va. No si llevas un buen par de botas sin agujeros.
—Es verdad —dijo Buck—. Tú procura que no sobresalga ningún dedo y verás cómo no te hace daño.
—Pero si yo me refería a los chulos —contesté—. Yo no creo que pudiera soportar una patada en los huevos, aunque fuera flojita.
—¿A ellos? A ellos, claro. Claro que les hará daño —asintió Ken—. ¿Cómo quieres que se porten bien si no les haces daño?
—Estás consintiendo demasiado, Nick —dijo Buck—. Te aseguro que no me gustaría estar presente si un macarra le levantase la voz a Ken. No se contentaría con patearle las pelotas. Antes de que se diera cuenta, habría sacado el pistolón y le habría destrozado la boca respondona.
—¡Vamos! —dijo Ken—. Lo mandaría al infierno sin pestañear.
—Sí, Nick, estás consintiendo demasiado. Demasiado para un funcionario orgulloso, inteligente y destacado como el viejo Ken. Ken los dejaría más muertos que mi abuela, si estuviera en tu lugar. Ya lo has oído.
—¡Desde luego! Eso es lo que haría.
Bueno...
Ya tenía lo que había ido a buscar y, además, se estaba haciendo un poco tarde. Así que le di las gracias a Ken por su consejo y me levanté. Estaba todavía un poco aturdido, con una especie de temblorcillo en los talones. Ken me preguntó si creía que podía llegar a la estación sin ayuda.
—Me parece que sí —respondí—. Vamos, eso espero. No estaría bien pedirte que me acompañaras después de todo lo que has hecho por mí.
—Pero ¡bueno!, eso ni se pregunta —dijo Ken—. ¿Crees que voy a dejar que se vaya al tren solo un tipo tan importante como tú?
—No querría molestarte —dije.
—¿Molestarme? Pero ¡si es un placer! Buck, salta de esa silla ahora mismo y acompaña a Nick a la estación.
Buck asintió y se levantó. Dije que no quería causar ninguna molestia y él dijo que no era ninguna molestia.
—Espero no aburrirte —dijo—. Ya sé que no soy tan buena compañía como Ken.
—Seguro que sí. Pareces un tipo muy interesante.
—Lo intento —afirmó Buck—. Sí, señor, lo intento de veras.
6
Quise cenar cerca de la estación y compré comida en abundancia para Buck y para mí. Cuando llegó el tren, Buck me acompañó hasta el vagón que me correspondía. No es que no lo pudiera haber hecho yo solo, pues ya me encontraba perfectamente, pero lo estábamos pasando en grande, como había supuesto, y teníamos cantidad de cosas que contarnos.
Me quedé dormido en cuanto le di el billete al revisor, pero no descansé bien. Fatigado como estaba, me sumergí en un sueño agitado, en la pesadilla que siempre me perseguía. Soñé que volvía a ser un niño, solo que parecía real. Yo era un niño y vivía en una ruinosa granja con mi padre. Quería escapar de él y no podía, y cada vez que me ponía las manos encima, me daba de palos hasta dejarme medio muerto.
Soñaba que me escabullía por una puerta, pensando que conseguiría zafarme de él, pero de repente me cogían por detrás.
Soñaba que le servía el desayuno en la mesa y que intentaba protegerme con los brazos cuando me lo tiraba a la cara.
Soñaba —vivía— que le enseñaba el premio de lectura que había ganado en la escuela porque estaba seguro de que le gustaría y yo quería enseñárselo a alguien; y soñaba —vivía— que me levantaba del suelo con las narices chorreando sangre por el golpe que me había dado con la pequeña copa de plata. Él me gritaba, me chillaba que estaba en la escuela porque era un desastre para todo lo demás.
En realidad, creo que no podía soportar que yo hiciera nada bien, porque si yo hacía algo bien, ya no podía ser el monstruo anormal que había matado a su madre al nacer. Y yo estaba obligado a serlo. Él necesitaba tener siempre algo de que acusarme.
Ya no le guardo tanto rencor, porque he visto a muchas personas más o menos como él. Personas que buscan soluciones fáciles a problemas inmensos. Individuos que culpan a los judíos o a los tipos de color de todas las cosas malas que les han ocurrido. Individuos que no se dan cuenta de que en un mundo tan grande como el nuestro hay muchísimas cosas que por fuerza tienen que ir mal. Y si hay respuesta al porqué de todo esto —y no siempre la hay—, lo más probable es que no sea una sola, sino miles.
Pero así era mi padre. Esa clase de personas que compran libros escritos por un fulano que no sabe una mierda más que ellos (de lo contrario, no se habría puesto a escribir libros) y que al parecer tiene que enseñarles las cosas. O de los que compran un frasco de píldoras. O de los que dicen que la culpa de todo la tienen los demás y que la solución consiste en acabar con ellos. O de los que afirman que hay que entrar en guerra con otro país. O... Dios sabe qué.
Como sea, la cuestión es que mi padre era así, y así me crié yo. No me extraña, mira por dónde, que las mujeres y yo siempre nos hayamos llevado tan bien. Me doy cuenta de que, en realidad, les voy, como si me saliera de forma involuntaria. Porque un tipo ha de gustar, es natural que sea así. Y las chicas sienten naturalmente la necesidad de gustar a un hombre.
Al pensar en eso, creo que estaba confundido lo mismo que los individuos de los que he hablado. Porque no hay problema más gordo que el amor. No hay nada más difícil de abordar, y yo estaba buscando una solución al respecto.
7
Sí, señor, que me cuelguen si no llegué a Potts County la noche más oscura del año. Estaba tan oscuro que se me podría haber posado una luciérnaga en la nariz y ni siquiera la habría visto.
Claro que la oscuridad no me incomodaba demasiado. Me conocía de tal manera cada grieta, cada rincón de Potts County, que podía ir adonde quisiera incluso dormido. La oscuridad era más bien una ventaja para mí, y no lo contrario. De haber habido alguien levantado y merodeando, y por supuesto que no lo había a aquella hora de la noche, no habría visto adónde iba yo ni por qué me dirigía allí.
Bajé por el oscuro centro de la calle principal. Torcí al sur al llegar al final y me encaminé al río. Apenas había un rayo de luz en aquel lugar, algo así como una chispita que destacaba en la tiniebla. Supuse que procedía del burdel o, mejor aún, del pequeño embarcadero que había detrás. Los dos macarras estarían allí, lo sabía, tomando el fresco y bebiendo como cosacos.
Sin duda, se pondrían tontos en cuanto llegase yo. Respondones y obscenos, dispuestos a molestar a un tipo que siempre se había mostrado simpático con ellos.
Encendí una cerilla y eché un rápido vistazo al reloj. Apreté el paso. El vapor, el Ruby Clark, estaba a punto de pasar, y yo tenía que estar allí cuando doblase el meandro.
Había llovido mucho la semana anterior; en la parte baja del río siempre llovía mucho. La humedad había desaparecido por completo porque también da mucho el sol, pero el camino tenía socavones aquí y allá y, como iba corriendo, acabé por meter el pie donde no debía.
Me tambaleé y estuve a punto de darme una leche antes de recuperar el equilibrio. Me detuve un momento, lo suficiente para recobrar el aliento, y me di la vuelta. Agucé vista y oído, las orejas casi tiesas durante un minuto: había oído un ruido, un ruido parecido al traspiés que me acababa de dar, solo que más flojo.
Me quedé quieto como una estaca un par de minutos. Luego, al oír el ruido otra vez y al darme cuenta de lo que era, casi me eché a reír, ya más tranquilo.
Era uno de esos condenados grillos que hay por aquí. Van dando saltos, se buscan, se juntan en mitad del aire y se van de cabeza al suelo.
Si la noche es silenciosa, arman un alboroto de la hostia, y si se está tan inquieto como yo lo estaba entonces, pueden darte un susto de cuidado.
Un par de minutos después llegaba al burdel. Caminé de puntillas por el paseo que recorre el lado del local y me acerqué a la parte trasera.
Allí estaban los macarras, tal y como había supuesto. Sentados, con la espalda apoyada en los amarres, con un candil tenue y una jarra de whisky en medio. Abrieron unos ojos como platos cuando salí de la oscuridad. El que se llamaba Curly, un lechuguino de pelo muy rizado, me señaló con un dedo.
—Vaya, Nick, sabes que no tienes que acercarte por aquí más que una vez por semana. Solo una vez por semana, lo suficiente para coger tu parte y ahuecar.
—Así es —dijo el que se llamaba Moose—. Es más, somos demasiado generosos al dejarte venir aquí, aunque sea una sola vez. Tenemos que cuidar nuestra reputación, y desde luego no nos beneficia en absoluto que un tipo como tú se deje caer por aquí.
—Oye, tú —dije—, no me gusta que digas eso.
—Ojo, que no es nada personal —dijo Curly—. Es una de las tantas cosas desagradables de la vida. Eres un maleante, y no nos gusta que merodeen maleantes por aquí.
Le pregunté por qué había llegado a la conclusión de que yo era un maleante y él respondió que no podía llamarme de otra forma.
—Sacas tajada, ¿no? Te quedas un dólar de cada cinco que se recaudan.
—Tengo que hacerlo —dije—. Quiero decir que se trata casi de un deber cívico. Si yo no os sangrara un poco, seríais demasiado poderosos, y antes de que me diera cuenta, gobernaríais el condado en mi lugar.
Moose hizo una mueca de desprecio y se levantó tambaleándose.
—So payaso —dijo—, ¿quieres largarte de aquí o prefieres que te eche yo?
—Bueno, bueno —contesté—. No sé por qué te pones así. Me parece que es una forma demasiado ordinaria de hablarle a un tipo que siempre ha sido amable con vosotros.
—¿Te vas a ir o no? —Dio un paso hacia mí.
—Será mejor que lo hagas, Nick —insistió Curly levantándose también—. Nos revuelves el estómago, ¿sabes? Quizá no sea culpa tuya, pero el aire se enrarece en cuanto apareces por aquí.
Distinguí las luces del Ruby Clark en el meandro y alcancé a oír el golpeteo de las paletas mientras rodaban. Era el momento oportuno y no podía desperdiciar ni un solo segundo. Desenfundé la pistola y apunté.
—¡Qué...! —Moose se quedó petrificado, con la boca abierta para tragar aire.
—Oh, vamos, Nick —dijo Curly esforzándose por sonreír. Era la sonrisa más nauseabunda que había visto en mi vida.
Creo que hay una cosa que un hombre sabe siempre: el momento en que va a morir. Moose y Curly supieron que iban a palmarla.
—Buenas noches, gentiles caballeros —saludé—. Hola y adiós.
El Ruby Clark hizo sonar la sirena.
Cuando se desvaneció el eco, Moose y Curly estaban ya en el río con una bala entre los ojos.
Esperé en el pequeño muelle hasta que el Ruby Clark hubiera pasado. Siempre he pensado que no hay nada más bonito que ver pasar un vapor por la noche. Después, recorrí la pasarela y me dirigí a casa.
Naturalmente, cuando llegué, el Palacio de Justicia estaba a oscuras. Me quité las botas y subí por la escalera sin hacer ruido. Me metí en la cama sin despertar a nadie.
Me quedé dormido enseguida. Me desperté al cabo de un par de horas. Myra estaba a mi lado sacudiéndome.
—Nick, ¡Nick! ¿Quieres levantarte, por el amor de Dios?
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa, Myra?
Entonces oí golpes en la puerta de abajo. Habría tenido que estar sordo para no oírlos.
—Voy a ver —dije—. ¿Quién demonios será a estas horas?
—Ve y averígualo, cojones. Baja antes de que despierten al pobre Lennie.
Me quedé pensativo un momento, quieto, mientras Myra seguía sacudiéndome. Dije que no estaba seguro de si debía bajar o no, porque ¿a santo de qué iba a llamar a la puerta una persona honrada a las tantas de la noche?
—Puede que sean ladrones, Myra —insinué—. Es más, no me sorprendería que así fuera. He oído decir que roban de madrugada, cuando la gente honrada está en la cama.
—¡Imbécil! ¡Animal, estúpido, cobarde, abúlico! ¿Eres el sheriff del condado o no? —gritaba Myra.
—Bueno, podríamos decir que sí.
—¿Acaso no es tarea del sheriff encargarse de los delincuentes? ¿Eh? ¡Respóndeme, so... so...!
—Bueno, creo que a eso también podríamos decir que sí. No lo he pensado mucho, pero parece lo más sensato.
—¡Baja, baja enseguida! —barbotó Myra—. ¡Baja a mirar! ¡Baja enseguida! Si no, yo... yo...
—Pero si no estoy ni vestido —dije—. Solo llevo unos calzoncillos gastados, y no sería muy prudente bajar desnudo.
Myra bajó tanto la voz que apenas pude oírla, pero echaba fuego por los ojos.
—Nick —anunció—, es la última vez que te lo digo: o bajas ahora mismo o lamentarás no haberlo hecho. ¡Vaya si lo lamentarás!
Los golpes eran escandalosos y alguien gritaba mi nombre, uno cuya voz se parecía una barbaridad a la de Ken Lacey. Además, como Myra se había puesto como se había puesto, pensé que quizá lo mejor sería bajar a ver qué pasaba.
Saqué las piernas de la cama y me puse las botas. Me quedé pensando un ratito. Me mojé el dedo con saliva y me froté una zona un poco dolorida. Bostecé, me estiré y me rasqué los sobacos.
Myra gruñó. Cogió los pantalones y me los tiró de tal manera que las perneras me rodearon el cuello como una bufanda.
—No estarás enfadada por algo, ¿verdad, cariño? —dije mientras me desliaba los pantalones del cuello y me los ponía—. Espero que no estés molesta por algo que yo haya hecho.
No dijo nada. Empezó a hincharse como si estuviera a punto de estallar.
—Te tengo que contar un chisme —dije—. Un tipo me dijo el otro día: «Nick, tienes la madre más guapa del pueblo». Yo le pregunté que a quién se refería, naturalmente, porque mi madre lleva años enterrada. Me dijo: «Toma, pues a esa señora que se llama Myra. ¿Es que no es tu madre?». Eso dijo, cariño. Venga, ahora cuéntame cualquier cosa bonita que hayas oído sobre mí.
Myra siguió sin decir nada. Saltó sobre mí, casi maullando como un gato, las manos como garras dispuestas a sacarme los ojos.
No lo consiguió porque yo estaba esperando algo parecido. Mientras le hablaba, me había ido acercando a la puerta, de modo que, en vez de caer encima de mí, se dio contra la pared y arañó un buen cacho antes de recuperarse.
Mientras, yo bajé la escalera y abrí la puerta.
Ken Lacey se coló. Tenía los ojos como platos y jadeaba. Me sujetó por los hombros y me zarandeó.
—¿Ya lo has hecho? —preguntó—. ¡Maldita sea! ¿Has ido y lo has hecho ya?
—¿Qué... qué dices? —Intenté desasirme—. ¿Si he ido y he hecho qué?
—Lo sabes bien, maldita sea. ¡Lo que te dije que hicieras! Vamos, responde, pedazo de adoquín, o te muelo a palos aquí mismo.
Me dio la impresión de que estaba nervioso por algo, tanto que se habría desplomado entre convulsiones. Lo llevé a mi oficina y lo obligué a sentarse delante del escritorio. Abrí una garrafa e hice que tomara un trago de whisky. Entonces, cuando pareció que estaba un poco más calmado, le pregunté que qué era todo aquello.
—¿Qué crees que he hecho, Ken? Tal como te comportas, se pensaría que he matado a alguien.
—Pero ¿no lo has hecho? —preguntó, clavándome los ojos—. ¿No has matado a nadie?
—¿Matar? —dije—. ¡Toma! ¡Qué pregunta más ridícula! ¿Por qué iba yo a matar a nadie?
—¿No lo has hecho? ¿No has matado a los dos macarras que te molestaban?
—Ken, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? ¿Por qué iba yo a matar a nadie?
Suspiró largamente y se relajó por primera vez. Después de tomar otro largo trago, dejó caer la garrafa y se puso a despotricar de Buck, el suplente.
—¡Maldita sea! Espera a que le ponga la mano encima. ¡Verá lo que es bueno! Le voy a dar tantas patadas en ese sucio culo que tiene que va a tener que quitarse las botas para peinarse.
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho? —dije—. ¿Qué ha hecho el bueno de Buck?
—Me ha metido el miedo en el cuerpo, eso es lo que ha hecho. Estaba tan nervioso y tan preocupado que tengo la cabeza como un bombo —respondió Ken maldiciendo a Buck y a todos sus muertos—. Bueno, la culpa es mía, lo admito. Sabía a ciencia cierta que era un puerco maníaco, pero como soy un tipo liberal, cerré los ojos.
—¿Cómo es eso? ¿Qué quieres decir con que sabías que era un puerco, Ken?
—Quiero decir que lo pillé leyendo un libro, eso es lo que quiero decir. Sí, señor, lo sorprendí con las manos en la masa. Se defendió diciendo que solo estaba mirando las estampas, pero me di cuenta de que mentía.
—Bueno, lo tendré en cuenta —dije—. ¡Lo tendré muy en cuenta! Pero ¿qué tiene que ver Buck con que estés aquí?
Ken me contó lo que había ocurrido.
Al parecer, al poco de dejarme, Buck había vuelto a la oficina y se había mostrado inquieto. Temía que estuviera tan fuera de mí que quisiera matar a los chulos, lo que pondría a Ken en un brete.
Según la versión de Buck —en aquella reflexión suya en voz alta—, Ken me había dicho que yo tenía que matarlos, y si yo iba y me los cepillaba, Ken sería tan culpable como yo.
Buck siguió diciendo que yo era capaz matar a los macarras, porque siempre había seguido al pie de la letra los consejos de Ken en el pasado, por descabellados que fueran. Solo entonces, cuando se percató de que le estaba mosqueando, dijo que seguramente la ley no sería demasiado severa con él, que lo más seguro era que fuera indulgente, no así conmigo, que quizá le cayeran solo treinta o cuarenta años.
El resultado de aquello fue que Ken salió de la oficina y cogió el mercancías de Red Ball a Potts County. El viaje no había sido muy cómodo porque el furgón de cola, donde se sentó, tenía una rueda rota. Dijo que tenía el culo más dolorido que el mío por el traqueteo y que lo único que quería en aquel momento era meterse en la cama.
—He soportado más de lo que un cuerpo puede aguantar en un día —dijo bostezando—. Supongo que podrás alojarme, ¿no?
Le dije que lo sentía una barbaridad, pero que no, que no podía. No teníamos ninguna cama libre.
—¡Maldita sea! —dijo con el ceño fruncido—. Bueno, bueno, en ese caso iré al hotel.
Le advertí que era un tanto difícil, ya que en Potts County no había hoteles.
—Si fuera de día, podrías echarte un rato en la Widder Shop, como hacen los viajantes de comercio, pero a estas horas lo más seguro es que no te dejen.
—Entonces, ¿dónde coño voy a dormir? —preguntó—. ¡Porque no voy a pasarme en vela toda la noche!
—Déjame pensar —dije—. Creo que solo hay un sitio, Ken, un lugar en el que podrías acostarte, aunque me temo que no podrás dormir mucho.
—Tú limítate a llevarme allí. Yo me encargo de lo demás.
—No sé si te dejarán descansar en el burdel —dije—. Mira, a las chicas les va mal el negocio últimamente y se pondrán muy pesadas. Lo más seguro es que te asedien toda la noche.
—Ya, ya —dijo Ken—. ¡Qué coño! Un tipo tiene que hacer frente a todo tipo de situaciones. ¿Son muy mayores las chavalitas?
—No, qué va. Casi todas son bastante jóvenes, de diecisiete o dieciocho años. Contrataron a una ya mayor, que pasa de los veintiuno. Esa no querrá dejar solo a un tipo, no querrá, Ken, y no sería honrado no advertirte.
Un hilo de saliva le corría por la barbilla. Se lo limpió y se levantó con mirada vidriosa.
—Lo mejor será que vaya —dijo—, que vaya en seguida.
—Te indicaré el camino. Tienes que saber algo más: se trata de los dos macarras...
—No te preocupes. Ya me ocuparé yo de ellos.
—No tendrás que hacerlo —dije—, porque no estarán. Andarán por alguna otra parte, borrachos, a estas horas, y no se despertarán hasta mediodía.
—¿Qué pasa, entonces? —Ken dio un paso impaciente hacia la puerta—. Si las chicas saben que ellos no están...
—Es que ellas no lo saben. Los chulos las han convencido de que vigilan el sitio día y noche, cosa que, obviamente, hace difícil que las chicas se relajen y disfruten. Así que...
—Ya, ya —dijo Ken—. ¡Sigue, maldita sea!
—Así que te diré lo que has de hacer en cuanto llegues. Di a las chicas que ya no hay problema con los chulos, que te has encargado de ellos y que ya no hay peligro de que husmeen por allí. Diles eso y todo irá sobre ruedas.
Asintió (y así fue, lo dijo exactamente como yo le había indicado). Después salió y cruzó el patio tan deprisa que apenas podía ir a su lado.
Llegamos a las afueras del pueblo y lo dejé en la carretera del río. A partir de allí siguió solo. Se despidió con un movimiento de cabeza. Supongo que entonces recordó sus modales, porque se dio la vuelta y fue a mi encuentro.
—Nick —dijo—, te estoy muy agradecido. Puede que no haya sido muy amable contigo en el pasado, pero no olvidaré nunca lo que estás haciendo por mí esta noche.
—Vamos, vamos —dije—. No te pongas así, Ken; tampoco yo voy a olvidar todo lo que has hecho tú por mí.
—Bueno, es igual, te estoy muy agradecido.
—Pero si es un placer. Un gran placer, de verdad.
8
Ken apareció al día siguiente a la hora del desayuno con mala cara, pálido y hecho polvo. A pesar de su aspecto, se las apañó para hacerle la pelota a Myra y cuatro carantoñas a Lennie, por lo que Myra lo trató la mar de bien. No demasiado, porque sabía que había pasado la noche en el prostíbulo —solo podía haber estado allí—, pero sí con la amabilidad que una dama demostraría a un caballero en aquellas circunstancias. Insistía en que comiera algo y Ken se excusaba continuamente dándole las gracias y diciendo que apenas tomaba nada por la mañana, que con un poco de café tenía de sobra.
—Tengo que cuidar la línea, señora —dijo—. No tengo la esbelta figura que lucen usted y su encantador hermano.
Lennie se echó a reír y le roció con saliva; le hizo gracia el cumplido, mira por dónde. Myra se ruborizó y dijo que Ken era un completo adulador.
—¿Yo? ¿Yo, adular a una mujer? —preguntó Ken—. ¡Vamos! Nunca había oído nada igual.
—¡Oh, por favor! Usted sabe que no tengo una bonita figura.
—Es posible, pero porque aún no se ha desarrollado del todo —dijo Ken—. Aún es una muchacha.
—¡Ji, ji! —rio Myra—. ¡Qué cosas tiene usted!
—Espere a ponerse un poco rellenita —dijo Ken—. Espere a tener la edad de su hermano.
¡Qué barbaridad! Semejantes halagos ponen en evidencia a un hombre, aunque este solo quiera resultar amable. Precisamente eso es lo que pasaba con Ken. Obviamente, estaba meando fuera de tiesto, y a la vista estaba que había llegado al límite. Por suerte, en aquel momento parece que Myra pensó que estaba dándole demasiada confianza a Ken y que se estaban metiendo en el terreno de las picardías, así que de pronto adoptó una actitud fría y se puso a limpiar la mesa. Ken dijo gracias y adiós, y me lo llevé a la oficina.
Le tendí una botella de litro de whisky blanco. Dio un trago largo, larguísimo, hizo gárgaras, tragó y se arrellanó en la silla. La frente se le cubrió de sudor. Se estremeció de arriba abajo y la cara se le puso un poquito más pálida. Durante un minuto, pensé que se iba a poner malo; aquellas mentiras y aquellos cumplidos a Myra tenían que haberle dejado destrozado. De pronto, le volvió el color a la cara y dejó de sudar y temblar. Lanzó un suspiro largo y profundo.
—¡Cojones! —dijo suavemente—. Lo necesitaba.
—No se puede montar con un solo estribo —dije—. Tómate otro, Ken.
—¡Al diablo! Al diablo, Nick. Me da lo mismo.
Dio un par de tragos más y dejó la botella por la mitad. Dijo que se le estaba haciendo tarde. Yo le contesté que se tomara el tiempo que quisiera, porque no podría coger un tren de vuelta hasta pasadas dos horas.
Estuvimos sin abrir el pico un par de minutos. Me miraba, apartaba los ojos y en la cara se le reflejaba una expresión de vergüenza hipócrita.
—Un chico guapísimo, tu cuñado —dijo—. Sí, señor, guapísimo.
—Está como una chota —dije—. Vamos, que el tarro no le funciona muy bien.
Ken asintió y dijo que ya, ya, que se había dado cuenta.
—A algunas mujeres eso no les importa demasiado, ¿no te parece, Nick? Me refiero a mujeres mucho mayores que uno, y feas, de las que aguantan lo que les echen.
—No entiendo mucho de eso —repuse—. No me atrevo a decir que te equivocas, aunque tampoco puedo darte la razón.
—Será porque no eres muy brillante —dijo Ken—. Vaya, apostaría a que hay una mujer en este pueblo que preferiría estar con Lennie antes que estar contigo. No quiero decir que no seas un tipo atractivo, sino que probablemente no tengas un manubrio tan largo como él... Me han dicho que los retrasados la tienen como sementales. Y claro...
—Oye, mira, yo no sé mucho de eso —dije—. Nunca he tenido quejas en ese sentido.
—¡Cierra el pico cuando hablo! ¡Cierra el pico y con suerte aprenderás algo! Iba a decirte que lo demás da igual, cosa que dudo muchísimo en tu caso, porque todos los retrasados tienen un cipote con el que podrías saltar a la comba, pero..., pero que, a pesar de todo, una mujer puede preferir mojar con un chalao en vez de con un tipo normal. Así no tiene que hacer el paripé, ¿te das cuenta? Ella llevará las riendas y podrá hacerle las mil perrerías. Tendrá lo que quiere.
Me rasqué la cabeza y dije que bueno, que era posible, pero seguía pensando que se equivocaba en lo tocante a Lennie.
—Sé de buena fuente que en este pueblo no hay ni una sola tía que lo aguante. Fingen que sí para que Myra no se vuelva contra ellas, pero sé que a todas les da asco.
—¿A todas?
—A todas. Salvo a Myra, claro, porque es su hermana.
Ken lanzó una breve carcajada y se llevó la mano a la boca. Luego hizo lo posible por comportarse. Sus palabras se tornaron más moderadas, pero no pudo cambiar de tema.
—Lennie y tu mujer no se parecen demasiado. Nadie pensaría que son hermanos.
—Tienes razón —asentí—, aunque nunca me había parado a pensarlo.
«Sí lo había pensado. Sí, señor, lo había pensado muchas veces».
—¿Conocías a Lennie antes de casarte? ¿Sabías que ibas a tener por cuñado a un retrasado?
—Pues no. Ni siquiera sabía que Myra tuviera un hermano hasta después de la boda. Fue una sorpresa.
—Ya, ya —dijo Ken dando un bufido—. No te extrañe si alguna vez te llevas otra sorpresa, Nick. No, señor, no te sorprendas ni un pelo.
—¿Qué? —dije—. ¿Qué quieres decir, Ken?
Sacudió la cabeza sin responderme y se echó a reír. También me reí yo.
Era una broma buenísima, daos cuenta, y la víctima era yo. A lo mejor no podía hacer nada al respecto por el momento, pero suponía que ya me llegaría el momento de actuar.
Ken tomó otro par de tragos nada cortos. Me levanté y dije que quizá sería mejor que nos fuésemos.
—Daremos un paseo hasta la estación. Me gustaría presentarte a unos tipos. Les encantará conocer a un sheriff de capital como tú.
—Venga, vamos allá —dijo Ken, que se tambaleó al levantarse—. Seguro que están locos por conocer a un tío de verdad en una mierda de pueblo como este.
—Diles que te has ocupado de los dos macarras —sugerí—. Se quedarán muy impresionados cuando te oigan decir que les has plantado cara y les has dado su merecido.
Me miró parpadeando como una lechuza. Dijo que qué macarras, que de qué mierda estaba yo hablando. Le dije que de los chulos de los que le había advertido por la noche: los dos que podían haberle molestado.
—¿Sí? —dijo—. ¿De verdad me dijiste eso?
—¿No me dirás que aguantaste mecha? —dije—. ¿Que Ken Lacey besó el suelo que pisaban unos chulos de mierda?
—¿Eh? ¿Qué? —Se frotó los ojos—. ¿Quién dice eso?
—Ya sé que no fue así —dije dándole una palmada en la espalda—. Ken Lacey, el sheriff más valiente y más listo de todo el estado, no haría eso nunca.
—Bueno. La verdad es que hablaste mucho anoche, Nick. Vaya sí lo hiciste, sí, señor. No lo pudiste evitar.
—A otro no le habría dejado ir, pero sabía que tú les plantarías cara a los chulos si te iban con pistolas y navajas. Sabía que les harías lamentar haber nacido.
Ken apretó la mandíbula, como el William S. Hart ese que sale en las películas. Echó los hombros atrás y se irguió o, mejor aún, se enderezó lo que pudo con aquellas piernas que se le doblaban por tanto whisky como llevaba encima.
—¿Qué les hiciste, Ken? —le pregunté—. ¿Cómo les bajaste los humos?
—Yo, esto... bueno, los puse en su sitio, eso es. —Me hizo un guiño de lado—. Yo, ¿sabes?, yo, ¡hip!, los puse en su sitio.
—Magnífico. ¿Los pusiste en su sitio de verdad de verdad, Ken?
—Con dos cojones, sí, señor. No se les ocurrirá molestar a nadie nunca más.
Miró a su alrededor en busca de la botella de whisky. Le advertí que la tenía en la mano, dio otro par de tragos y acto seguido levantó la botella para mirarla a contraluz.
—¡Coño! Que me aspen si no me he metido un litro entero de whisky.
—¿Qué más da? —dije—. Si apenas se te nota. —Lo más gracioso fue que dejó de notársele de repente.
Lo había visto borracho otras veces y sabía cómo le sentaba el whisky. Un poquito de alcohol, medio litro más o menos, y cogía una borrachera de campeonato. Vamos, que se le notaba, pero cuando rebasaba esa cantidad —sin sobrepasar un límite, claro—, parecía completamente sobrio. Dejaba de tambalearse, no se le trababa la lengua y, en general, dejaba de hacer tonterías. Por dentro estaría como una cuba, pero no lo denotaba su aspecto exterior.
Se acabó lo que quedaba de whisky y nos dirigimos a la estación de ferrocarril. Se lo presenté a todo el que nos encontramos, es decir, a casi toda la población. Él sacaba pecho y le contaba a todo el mundo cómo había puesto en su sitio a los dos macarras. Es más, se limitaba a decir que se había encargado de ellos.
—No importa cómo —decía—. Eso es lo de menos. —Guiñaba el ojo, cómplice, y todos se quedaban la mar de impresionados.
Acabamos la presentación multitudinaria alegando que faltaban un par de minutos para que el tren saliera. Cuando llegamos a la estación, nos estrechamos la mano y, antes de darme cuenta de lo que hacía, me eché a reír.
Me dirigió una mirada suspicaz. Me preguntó que de qué me reía.
—De nada —respondí—. Pensaba en lo gracioso que fue que llegaras anoche corriendo a mi casa pensando que yo podía haber matado a los macarras.
—Ya —dijo con una mueca de resentimiento—. Muy gracioso. Imagínate, un tipo como tú matando a otro.
—Espero que ni se te pase por la cabeza, ¿eh, Ken? ¿Verdad que no? ¿Verdad, Ken?
Dijo que no, no, sin duda, que aquello estaba claro.
—Si hubiera parado de comerme el tarro en vez de dejar que el malnacido de Buck me sacara de mis casillas...
—En cambio, no es difícil imaginarte a ti quitándolos de en medio, ¿verdad, Ken? Tú los matarías como si nada.
—¿Qué? —dijo—. ¿Qué quieres decir? ¿Que yo...?
—No es difícil imaginarlo, ¿no te parece? Prácticamente se lo has insinuado a un montón de gente.
Me miró y parpadeó. Entonces comenzó a sudarle la cara otra vez y de la comisura de los labios le brotó un hilillo de saliva. El miedo le brilló en los ojos.
En ese momento se dio cuenta de la situación en que se encontraba. La certeza se abrió paso entre el litro de alcohol y le dio en la conciencia con mano dura.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Maldito seas! —dijo—. No eran más que palabras. ¡Sabes perfectamente que solo estaba pavoneándome! ¡Ni siquiera vi a los macarras anoche!
—No, señor, apuesto a que no. —Sonreía bonachonamente—. Apostaría un millón de dólares a que no.
—Tú... tú... —Tragó saliva—. ¿Quieres decir que los mataste tú?
—Quiero decir que sé que eres un hombre de palabra —contesté—. Si tú dices que no viste a los macarras, es porque no los viste. Pero tal vez otros no piensen así, ¿no te parece, Ken? Si aparecen los cadáveres de los macarras en alguna parte, todos creerán que los mataste tú. Tal como están las cosas, es difícil pensar otra cosa.
Soltó una maldición e intentó ponerme la mano encima. No me moví, sonriéndole, y bajó la mano lentamente hasta dejarla junto al costado.
—Es así, Ken —asentí—. Así están las cosas. Lo único que puedes hacer es esperar. Esperar, si alguien mata a los macarras, que nadie encuentre nunca los cadáveres.
Llegaba un tren.
Esperé hasta que se detuvo. Ken parecía demasiado aturdido para subir, así que tuve que ayudarle.
—Otra cosa, Ken —dije, y se volvió para mirarme desde el escalón—: Si yo fuera tú, sería más simpático con Buck. Fíjate que se me acaba de ocurrir la graciosa idea de que le caes un poco gordo. Yo no le volvería a decir que vaya a picotear mierda de caballo con los pájaros.
Se dio la vuelta y subió a la plataforma.
Yo me fui al pueblo.
9
Había llegado la hora de hacer un poco de campaña política, ya que tenía un oponente tenaz que pedía un cambio. Pensé que ya estaba bien por aquella mañana, después de las chulerías de Ken; por otra parte, no tenía ningún programa.
En ocasiones anteriores había hecho correr la voz de que estaba contra esto y contra aquello, cosas como las peleas de gallos, el whisky, el juego y demás. De este modo, la oposición pensaba que lo mejor era combatir lo mismo, solo que con un ímpetu redoblado. Entonces, iba yo y me desdecía. Prácticamente cualquiera puede hacer discursos mejores que los míos, y cualquiera podría resultar más contundente a favor o en contra de una cosa. La verdad es que yo no he tenido nunca convicciones demasiado fuertes respecto a nada.
Bueno, el caso es que, cuando llegaba el momento de votar, parecía que la gente se iba a quedar sin diversiones si se decantaba por mis oponentes. Lo único que podía hacerse sin correr el riesgo de ser arrestado era beber gaseosa y besar, como mucho, a la propia esposa. A nadie le gustaba demasiado la idea, esposas incluidas.
Así las cosas, mi imagen mejoraba en el pueblo. Era el típico caso de «más vale malo conocido que bueno por conocer», porque solo había que escucharme y mirarme un rato para percatarse de que yo no protestaba mucho por nada, salvo si dejaban de pagarme el sueldo, y de que mis habilidades no auguraban grandes éxitos, aun cuando me propusiera hacer algo. Me limitaría a dejar que las cosas fueran como siempre habían sido, porque no había demasiados motivos para cambiarlas. En resumen, cuando se contaban los votos, yo seguía siendo el sheriff.
No digo que no hubiera mucha gente a la que yo no cayera bien. Había muchas personas con las que había compartido mi niñez y que sabían que yo era un tipo amable que siempre estaba dispuesto a hacer un favor por poco dinero y sin perjudicar a terceros. Pero me parecía que ya no tenía tantos amigos como antes. Ni siquiera todos los tíos a los que les había hecho favores se mostraban tan cordiales como antes. Es como si me guardaran rencor por no haberles castigado. La verdad es que no sabía qué hacer, porque había adquirido la costumbre de no hacer nada, y no sabía cómo conseguir que me eligiesen de nuevo. Sí sabía que tenía que hacer algo: tenía que hacer o pensar algo completamente distinto de lo que ya había utilizado en el pasado. Si no, me quedaría en la calle cuando me derrotasen.
Torcí la esquina de la estación y seguí por la calle principal. Entonces retrocedí porque vi un corro de gente a unas dos manzanas calle arriba, gente que impedía el paso por la acera. Parecía una riña, así que lo mejor sería que desapareciera antes de que tuviera que detener a alguien o yo pudiera sufrir algún daño.
Me dirigí de nuevo a la esquina, pero, de repente, sin saber cómo, me recompuse y fui directo al gentío.
No era una pelea como me había temido. Tom Hauck le estaba dando una paliza a un tipo de color llamado tío John. Al parecer, Tom había salido de la ferretería con una caja de cartuchos de escopeta y tío John había tropezado con él o aquel con este. El caso es que los cartuchos se habían caído al suelo y algunos habían rodado hasta la calzada llena de barro. Por eso se había abalanzado sobre el tipo de color y había empezado a darle.
Me interpuse y le pedí a Tom que se detuviera.
La cosa tenía su gracia, porque Tom era el marido de Rose Hauck, la tía que se mostraba tan complaciente conmigo. Supongo que a cualquiera le haría gracia una situación así; en el fondo, me sentía culpable, como si tuviera que hacerle a Tom todos los favores que estuvieran en mi mano. Eso aparte, él era mucho más corpulento que yo —no es infrecuente— y estaba un poco bebido.
Las únicas ocupaciones conocidas de Tom eran empinar el codo e ir de caza. Rose, su mujer, se ocupaba de casi todo el trabajo de la granja cuando no estaba baldada por las palizas de su marido. Antes de salir de caza, le decía lo que tenía que hacer —más de lo que podrían asumir un hombre fuerte y un muchacho—, y si Rose no había terminado para cuando él volvía, se ganaba una paliza.
El caso es que puso su cara de borracho delante de la mía y me preguntó qué coño pretendía al interponerme en su camino.
—¿Quieres decirme que un blanco no puede pegarle a un negro si le apetece? ¿Acaso hay una ley que lo prohíba?
—Bueno —dije—, yo no entiendo de esas cosas. No digo que la haya, pero tampoco digo que no. Lo que sí hay es una ley que prohíbe la alteración del orden público, y eso es lo que estás haciendo tú.
—¿Y qué hay de este que me ha alterado a mí? ¿Qué me dices? ¿Eh? ¡Un negro hediondo que casi me ha tirado de la acera y me ha volcado la caja de cartuchos!
—Oye, mira, parece que hay división de opiniones al respecto —dije—. A lo mejor eres tú el que le ha empujado y no él a ti.
Tom aulló que cuál era la jodida diferencia. El deber del negro era observar a los blancos y cederles el paso.
—Pregúntale a cualquiera —dijo mirando a la muchedumbre congregada—. ¿No digo la verdad, amigos?
—Tienes razón, Tom —dijo uno. Se levantó un leve murmullo de conformidad, sincero a medias, porque a nadie le caía muy bien Tom, aunque tuvieran que ponerse de su lado contra un tipo de color.
Me pareció realmente que la gente estaba de mi parte. Lo único que tenía que hacer era poner el dilema entre él y yo, en vez de entre un blanco y un negro.
—¿De dónde has sacado ese madero con que le has estado pegando? —pregunté—. Me parece que lo has arrancado de la acera.
—¿Qué pasa? No pretenderás que utilice los puños con un negro.
—Mira, dejemos eso. La cuestión es que no tienes derecho a utilizar con fines particulares una propiedad del municipio. Suponte que se rompe la tabla. ¿Qué pasaría entonces? ¿Por qué tendrían que pagar una nueva los honrados contribuyentes de esta localidad? ¿Qué ocurriría si pasase alguien por aquí y metiese el pie en el agujero? Pues que los contribuyentes tendrían que pagar los daños.
Tom frunció el ceño, maldijo y miró al gentío. Apenas encontró una cara amable entre la muchedumbre, así que maldijo otro poco y dijo que de acuerdo, que a la mierda con la tabla. Cogería los ramales de su caballo para atizar a tío John.
—Alto, alto —advertí—, eso sí que no. No ahora, por lo menos.
—¿Quién me lo va a impedir? ¿Qué coño quieres decir con que no ahora?
—Quiero decir que tío John ya no está aquí. Parece que se ha cansado de esperarte.
La boca de Tom se abrió en un espasmo y parecía que iba a estallar. La gente se echó a reír porque tío John, por supuesto, se había escabullido, y la cara que había puesto Tom era digna de verse.
Me maldijo y maldijo a la muchedumbre. Después montó en su yegua y se alejó espoleándola con tanta violencia que el animal relinchaba de dolor.
Puse la tabla de la acera en su sitio. Robert Lee Jefferson, el propietario de la ferretería, me hizo una seña para que entrase. Lo hice y le seguí hasta la oficina del fondo.
Robert Lee Jefferson era el fiscal del condado, además del dueño de la tienda; el cargo no impedía que se dedicara al negocio. Me senté y me dijo que había resuelto muy bien el problema con Tom Hauck y que Tom guardaría, sin duda, más respeto a la ley y al orden en lo sucesivo.
—Creo que lo hará todo el pueblo, ¿no te parece, Nick? Todos los honrados contribuyentes que han comprobado tu forma de mantener el orden.
—Creo que quieres decir lo contrario de lo que has dicho —objeté—. Hablemos claro: ¿qué crees que tendría que haber hecho, Robert Lee?
—¡Tendrías que haber detenido a Hauck, por supuesto! ¡Tendrías que haberle metido en chirona! ¡Qué feliz habría sido acusándole ante el tribunal!
—¿Qué motivo tenía para detenerle? Por haber atizado a un tipo de color, seguro que no.
—¿Por qué no?
—Vamos, vamos, Robert Lee —respondí—. No lo dirás en serio, ¿verdad?
Bajó la vista para fijarla en el escritorio y dudó un momento.
—Bueno, puede que no, pero podías acusarle de otras cosas. Por ejemplo, por estar borracho en un sitio público, o por cazar fuera de temporada, o por pegar a su mujer. O... bueno.
—Pero, Robert Lee, todo el mundo hace esas cosas. Por lo menos, la mayoría.
—¿Sí? No me había dado cuenta de que hubiera pasado tanta gente por el banquillo.
—¡No los voy a detener a todos, caramba! O a casi todos.
—Estamos hablando concretamente de un individuo. De uno vulgar, de instintos bajos, borracho, vago, infractor de la ley y maltratador. ¿Por qué no lo utilizas para dar ejemplo a los demás hombres de esa calaña?
Le dije que no estaba muy seguro, que no me lo había planteado así. De verdad, no estaba muy seguro, pero lo pensaría, y si daba con una solución, se lo comunicaría.
—Ya conozco la solución —cortó—. Cualquiera que tenga un poco de seso la conoce. Eres un cobarde.
—Eh, tú, yo no estaría tan convencido —respondí—. No digo que no lo sea, pero...
—Si te da miedo afrontar las responsabilidades solo, ¿por qué no te buscas un ayudante? Los fondos del condado le pagarán el sueldo.
—Ya tengo un ayudante —dije—: Mi mujer. Myra es mi sustituta, de modo que puede hacer el trabajo de oficina por mí.
Robert Lee Jefferson me miró con severidad.
—Nick —dijo—, ¿crees sinceramente que puedes seguir haciendo lo que has hecho hasta ahora? En otras palabras, ¿absolutamente nada? ¿De verdad piensas que puedes seguir aceptando chanchullos y robando al municipio sin hacer nada por ganarte el sueldo?
—Bueno, no veo qué otra cosa puedo hacer, si quiero continuar en el puesto —dije—. Yo tengo que hacer frente a todos los gastos de los que tipos como tú y el juez del condado no os preocupáis. Siempre estoy en la calle, codeándome con cientos de personas, mientras que vosotros solo veis a este o a aquel de vez en cuando. Si un tipo se mete en líos, soy yo el que tiene que atenderlo; a vosotros solo os ven después. Si hace falta un dólar, acuden a mí. Todas las señoras de la iglesia vienen a verme para los donativos y...
—Nick...
—Un mes antes de las elecciones tengo que organizar fiestas cada noche, una detrás de otra. Tengo que comprar regalos cuando nace una criatura y tengo que...
—¡Nick! ¡Nick, escúchame! —Robert Lee levantó una mano—. No tienes que hacer todas esas cosas. La gente no espera que las hagas.
—Quizá no tenga por qué hacerlo —dije—. Lo admito. Pero lo que se tiene derecho a esperar y lo que se espera no siempre coinciden.
—Limítate a hacer tu trabajo, Nick, y hazlo bien. Demuestra a los demás que eres honrado, valiente y trabajador, y no tendrás que hacer nada más.
Negué con la cabeza y dije que no podía.
—Sencillamente, no puedo, Robert Lee, y esa es la cuestión.
—¿No? —Se arrellanó en la silla—. ¿Por qué no, si se puede saber?
—Hay dos motivos. En primer lugar, no soy valiente, trabajador ni honrado. En segundo lugar, los electores no quieren que lo sea.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión?
—Me eligen, ¿no? Y siguen eligiéndome.
—No es mala idea —admitió Robert Lee—. Es posible que confíen en ti y te tengan simpatía. No han hecho más que darte oportunidades para que hagas las cosas bien, y lo mejor será que les complazcas cuanto antes, Nick. —Se adelantó y me dio un golpecito en la rodilla—. Te digo esto como amigo. Si no te espabilas y cumples con tu obligación, perderás y te destituirán.
—¿Crees de verdad que Sam Gaddis es tan fuerte, Robert Lee?
—Sí lo es, Nick, sí lo es. Sam es precisamente todo lo que tú no eres, si me permites hablar así, y cae bien a los electores. Lo que tienes que hacer es espabilarte, porque, si no, te dejará con el culo al aire.
—Ya, ya —dije—. ¡Ya! ¿Te importa que use tu teléfono, Robert Lee?
Dijo que no y llamé a Myra. Le dije que iba a ir a casa de Rose Hauck para ayudarla en sus tareas domésticas y para que Tom no le diera una paliza cuando volviera. Myra dijo que bien pensado, porque ella y Rose eran muy buenas amigas —por lo menos eso creía—, y que estuviera con ella el tiempo que hiciera falta.
Colgué. Robert Lee Jefferson me miraba como si yo estuviera loco de remate.
—Nick —dijo sacudiendo las manos—, ¿has escuchado lo que te he dicho? ¿Esa es tu idea de cumplir con tu obligación? ¿Ir a la granja de Hauck a trabajar?
—Es que Rose necesita ayuda —contesté—, y no me dirás que hago mal al echarle una mano.
—¡Pues claro que no! Está muy bien; esa es una de tus cualidades, que siempre quieres ayudar a los demás. Pero... pero... —Suspiró y sacudió la cabeza con cansancio—. Ay, Nick, ¿no lo entiendes? Tu misión no consiste en hacer esas cosas. No se te paga para eso, y tienes que hacer aquello por lo que te pagan, porque, de lo contrario, Sam Gaddis te vapuleará.
—¿Me vapuleará? —pregunté—. Ah, quieres decir en las elecciones.
—¡Pues claro que me refiero a las elecciones! ¿De qué coño estamos hablando?
—He estado pensándolo. He estado pensándolo mucho, Robert Lee, y creo que he enfocado el asunto desde una perspectiva que acabará con el viejo Sam.
—¿Una perspectiva? ¿Te refieres a algún tejemaneje?
—Bueno, puedes llamarlo así.
—Pero... pero... —Me miró como si estuviera a punto de estallar otra vez—. Pero ¿por qué, Nick? ¿Por qué no te limitas a hacer tu trabajo?
—Bueno, también he pensado en eso —dije—. Sí, señor, he pensado mucho en eso también. Prácticamente estaba convencido de que tenía que ponerme a detener gente y empezar a comportarme como un sheriff normal, pero entonces he pensado un poco más y he llegado a la conclusión de que no tenía que hacerlo.
—Pero Nick...
—La gente no quiere que haga eso. A lo mejor creen que lo quieren, pero no es cierto. Lo único que quieren es que les dé algún motivo para elegirme otra vez.
—Te equivocas, Nick. —Robert Lee movió la cabeza—. Estás pero que muy equivocado. Ganaste con triquiñuelas en el pasado, pero esta vez no te saldrá bien. No con un hombre realmente admirable como Sam Gaddis.
Dije que bueno, que vivir para ver, y me lanzó una mirada fulminante.
—No pensarás que Sam Gaddis no es un buen hombre, ¿verdad? No es eso, ¿verdad que no, Nick? Porque si se te ha pasado por la cabeza sacar a relucir alguna porquería...
—Ni se me había ocurrido —dije—. No podría sacar a relucir ninguna porquería en contra de Sam aunque quisiera, porque no hay ninguna que desenterrar.
—Eso está bien. Me alegra que te hayas dado cuenta.
—Sí, señor. Sé que Sam es un hombre tan honrado como el que más. Precisamente por eso no comprendo cómo pueden circular todos esos rumores sobre él.
—Eso está bien. Yo... ¿qué? —Me miró sobresaltado—. ¿Qué rumores?
—¿Insinúas que no te has enterado? —le pregunté.
—¡Pues claro que no! Dime inmediatamente de qué se trata.
Hice como si fuera a contárselo, pero me detuve y negué con la cabeza.
—No voy a hacerme eco —dije—. Si no te has enterado ya, ten por seguro que no será por mí. ¡No, señor!
Echó un rápido vistazo a su alrededor y se inclinó hacia adelante, la voz casi un murmullo:
—Cuéntamelo, Nick. Te juro que no le diré una palabra a nadie.
—No puedo. Sencillamente, no puedo, Robert Lee. No estaría bien y no hay motivo para hacerlo. ¿Qué importa que la gente vaya difundiendo por ahí un montón de chismes sucios sobre Sam, cuando sabemos que todo es mentira?
—Nick...
—Te diré lo que voy a hacer. Cuando Sam salga a pronunciar su primer discurso electoral el domingo próximo, yo subiré con él al estrado. Tendrá todo mi apoyo moral, absolutamente todo, y voy a decirlo así, porque sé que no hay una palabra de verdad en todas esas historias repulsivas y nauseabundas que circulan sobre él.
Robert Lee Jefferson me siguió hasta la puerta delantera haciendo todo lo posible por sonsacarme los chismes. Seguí en mis trece, naturalmente, ya que lo más importante de mi silencio era que en toda mi vida no había oído decir nada malo sobre Sam Gaddis.
—No, señor —dije mientras cruzaba la puerta—. No voy a hacerme eco. Si quieres oír suciedades sobre Sam, pregúntale a otro.
—¿A quién? —inquirió ansioso—. ¿A quién puedo preguntarle, Nick?
—A cualquiera. Sencillamente a cualquiera. Siempre hay gente dispuesta a difamar a un hombre honrado, aunque no sepa cómo.
10
Saqué caballo y calesa del establo de alquiler y salí del pueblo. Aún tardaría un buen rato en ver a Rose Hauck. Antes tenía un tema pendiente con Tom, ya me entendéis; me costó casi una hora llegar a su lugar de caza favorito.
Allí estaba, a unos treinta metros de la carretera, engolfado en su cacería habitual, sentado con la espalda apoyada en un árbol, la escopeta en otro, y dándole a una garrafa de whisky tan afanosamente como podía tragar.
Miró a su alrededor cuando llegué a su lado y me preguntó qué hostias estaba haciendo allí. Entonces abrió mucho los ojos, quiso levantarse y me preguntó qué hostias hacía con su escopeta.
—Una cosa después de otra —contesté—. Lo primero que voy a hacer en cuanto me vaya es visitar a tu mujer; me acostaré con ella enseguida y me dará lo que tú no has podido sacarle por haber sido siempre un puerco miserable. Sé que me lo va a dar porque lo ha estado haciendo mucho tiempo. Prácticamente todas las veces que tú venías aquí a emborracharte. Eres demasiado imbécil para saber dónde está lo bueno.
Me maldijo antes de que yo hubiera pronunciado las últimas palabras, se apoyó en el árbol y se levantó tambaleándose. Dio un paso vacilante hacia mí y yo me acerqué la escopeta a la cara.
—La otra cosa que voy a hacer —anuncié— es algo que debería haber hecho hace tiempo. Voy a descargar las dos recámaras de esta escopeta en tus podridas tripas.
Y lo hice.
No se murió inmediatamente, pero no tardó demasiado. Quise que durara todavía unos segundos, los suficientes para sentir las tres o cuatro buenas y rápidas patadas que le di. Quizá penséis que no está bien pegar a un hombre que se está muriendo, y es posible que tengáis razón, pero hacía mucho tiempo que tenía ganas de patearlo y nunca lo había tenido tan a tiro como en aquel momento.
Al cabo de un rato me marché, mientras iba perdiendo la vida, retorciéndose en un charco formado por sus tripas y su propia sangre. Hasta que dejó de retorcerse.
Entonces fui a la granja Hauck.
La casa se parecía mucho a las granjas que suelen verse en esta parte del país, salvo porque su tamaño era un poco mayor: una barraca de techo bajo con una habitación grande que cruzaba horizontalmente la parte delantera, y un añadido de tres habitaciones detrás. Era de pino, naturalmente, y estaba sin pintar. Con el calor, el sol y la humedad que hay por aquí, a duras penas se conserva la pintura de una casa. Por lo menos, eso dicen, y, si no es así, es una buena excusa para no dar golpe. La tierra del plantío, una cuarta parte de la finca, era tan buena como la mejor.
Era de esas tierras de aluvión, ricas y negras, que se ven en los terrenos bajos del río; tan fina y delicada que casi se podría comer, y tan profunda que no se acababa nunca, al contrario de lo que ocurre en tantas zonas del sur, donde el suelo es poco profundo y se agota enseguida. Podría decirse que la tierra era como Rose, buena por naturaleza, profundamente buena, aunque Tom había hecho lo posible por arruinarla, lo mismo que había hecho con su mujer. No lo había conseguido porque ambas tenían mucha consistencia, pero tanto la una como la otra distaban mucho de ser las que habían sido antes de caer en las manos de Tom.
Rose trabajaba en las batatas cuando llegué. Se me acercó corriendo, con una mano en el pecho por la respiración agitada, apartándose el pelo húmedo de los ojos. Era una mujer guapísima; Tom no había podido estropear eso. Además, tenía un cuerpo soberbio. Tampoco había podido malbaratarlo el marido, aunque lo había intentado con saña. Lo que sí había podido transformar era su forma de pensar —vulgar y terca— y de hablar. Cuando no tenía cuidado, hablaba prácticamente tan mal como Tom.
—Hostia, tú —dijo, dándome un rápido y leve codazo, alejándose otra vez—. Cariño, es la leche, no voy a poder ni descansar. Ese hijo puta de Tom me ha puesto hasta las cejas de trabajo.
—Venga, no será para tanto —dije—. Seguro que puedes escatimar unos minutos. Ya te echaré una mano yo luego.
Me contestó que hostia puta, que no adelantaría ni aunque tuviera a seis hombres para ayudarla, y siguió resistiéndose.
—Sabes que te quiero —dijo—, que estoy loca por ti, cariño, y tú lo sabes. Si no fuera por esta mierda de trabajo...
—Bueno, no sé —dije con ganas de fastidiarla un rato—. No estoy del todo seguro de que me quieras. Si me quisieras, me dedicarías un par de minutos.
—Pero, querido, ¡no serían un par de minutos! ¡Sabes que no serían un par de minutos!
—¿Por qué no? El tiempo suficiente para darte un beso, unos pellizcos, unas caricias y...
—¡No, no! —protestó sin firmeza—. ¡No me digas eso! Yo...
—Si tienes tiempo hasta de sentarte en mis rodillas —dije—. Con que te levantaras un poco la falda, podría sentir tu calor y tu suavidad. Hasta podría bajarte la cremallera del vestido para verte la espalda y las cosas tan bonitas que tienes debajo...
—¡Ya está bien, Nick! Yo... tú sabes cómo me pongo y... y... ¡No puede ser! ¡No puede ser, cariño!
—¿Por qué? No te pido que te quites toda la ropa. Quiero decir que no es imprescindible para hacer según qué. Con una chavalita con las carnes tan prietas como las tuyas, un tipo no tiene que hacer casi nada, salvo...
Me interrumpió, piafando como un caballo espoleado.
—¡Mierda! ¡Me importa un huevo que ese hijo de puta me atice!
Me cogió de la mano y echó a correr arrastrándome a la casa.
Entramos, cerró la puerta y corrió el cerrojo. Enseguida se me pegó, retorciéndose y frotándose contra mi cuerpo. Entonces se echó en la cama, de espaldas, y se levantó el vestido.
—Cariño, ¿a qué cojones estás esperando? —dijo—. Vamos, cariño. ¡Joder!
—¿Por qué te tumbas? —dije—. Creía que ibas a sentarte en mis rodillas.
—¡Por favor, Nick! —volvió a quejarse—. No... No tenemos mucho tiempo... por favor, cariño.
—Bueno, está bien, pero tengo que darte una noticia. Es una especie de secretito. Me parece que es mejor que te lo diga antes...
—¡A la mierda con los secretos! —me espetó con rudeza—. ¡No quiero que me cuentes ningún secreto! Lo que quiero es...
—Pero es que se trata del pobre Tom. Al parecer, le ha ocurrido algo...
—¿Y a mí qué me importa? Todo será jodidamente malo hasta que el hijo puta no se muera. Ahora...
Entonces le conté el secreto: Tom había muerto.
—Era como si se le hubieran salido las tripas hasta dejarle al descubierto el espinazo —dije—. Posiblemente se cayó encima de la escopeta mientras estaba borracho. Se fue al cielo de una leche.
Rose me miró, atónita. Movía la boca intentando hablar. Por fin las palabras le salieron en un susurro vacilante.
—¿Estás seguro, Nick? ¿De verdad lo has matado?
—Digamos que sufrió un accidente. Digamos que el destino le hizo una putada.
—Pero ¿está muerto? ¿Estás seguro de que está muerto?
Le dije que sí, desde luego. Segurísimo.
—Si no fuera así, sería el primer bicho viviente que se queda quieto mientras le patean las pelotas.
Los ojos de Rose se iluminaron como si le hubiera dado un regalo navideño. Entonces se dejó caer sobre los almohadones partiéndose de risa.
—¡Santo Dios, está muerto el cabrón hijo de puta! ¡Por fin me he librado de ese sucio bastardo!
—Bueno, eso parece —dije.
—¡Maldito sea! Solo me habría gustado estar allí para patear yo misma al puñetero cabrón, chulo putas —dijo, y añadió unos cuantos epítetos más—. ¿Sabes qué me habría gustado hacerle a ese puerco bastardo, Nick? Me habría gustado coger un atizador al rojo vivo y empalar al mamón hijo de puta... Eh, ¿qué te pasa, cariño?
—Nada —dije—. Oye, creo que deberíamos guardar un poco de respeto al viejo Tom, ya que ha muerto y tal. No me parece bien mancillar al difunto con esa sarta de barbaridades.
—¿Quieres decir que no debería llamar hijo de puta al muy hijo de puta?
—La verdad, creo que no está bien, ¿no? No parece muy correcto.
Rose dijo que a ella le parecía de maravilla, pero que si a mí me molestaba, procuraría frenar la lengua.
—Ya ha causado bastantes problemas el muy hijo de puta mientras estaba vivo para que tenga que enfrentarnos ahora. Haría cualquier cosa por complacerte, vida mía. Lo que quieras, cariño.
—Entonces, ¿por qué no empiezas ya? —dije—. ¿Cómo es que llevas puesta la ropa todavía?
—Mierda —dijo mirándose—. Arráncamela, ¿quieres?
Se la quité a tirones y ella me ayudó a desnudarme. Las cosas iban bien, camino del clímax, cuando sonó el teléfono. Rose profirió una maldición y lo mandó a la mierda, pero yo dije que podría ser Myra —y lo era—, de modo que fue a la cocina y descolgó.
Estuvo hablando un buen rato; mejor dicho, estuvo escuchando lo que Myra le contaba. Todo lo que Rose alcanzaba a decir era un montón de «bueno, yo creo», «no me digas» y respuestas por el estilo. Por fin dijo:
—Pues claro que se lo diré, Myra, querida. En cuanto regrese del sembrado. Cuidaos mucho tú y Lennie hasta que vuelva a veros.
Colgó de un golpe y volvió a mi lado. Le pregunté qué quería Myra y me contestó que mierda, podía esperar. Teníamos cosas más importantes que hacer.
—¿Qué, por ejemplo?
—Esto —dijo—. ¡Esto!
De manera que dejamos de hablar durante un buen rato.
Pasado ese rato, nos quedamos tumbados el uno al lado del otro, cogidos de la mano y respirando acompasadamente. Por fin se volvió a mirarme, la cabeza apoyada en un codo, y me contó la llamada de Myra.
—Parece que es un día de buenas noticias, querido. Primero, el hijo de puta de Tom la palma, y ahora parece que vas a salir reelegido.
—¿Sí? —dije—. ¿Cómo es eso?
—Sam Gaddis. Todo el pueblo habla de él. ¿Sabes qué ha hecho, Nick?
—No tengo ni la más ligera idea —dije—. Siempre pensé que Sam era un hombre de lo más honrado.
—¡Pues ha violado a una criatura negra de dos años!
—¿De verdad? ¿Niño o niña? —pregunté.
—Niña, supongo. Yo... ja, ja... ¡Nick! ¡Bicho malvado, bicho! —Se rio y me miró de soslayo—. Pero ¿no es terrible, cariño? Pensar que un adulto se jode a una criatura inocente. Y esto no es más que el principio.
—Cuenta. ¿Qué más ha hecho?
Según Rose, Sam había chuleado a una pobre viuda hasta dejarla sin ahorros, y luego había matado a golpes a su propio padre con un palo para que no se fuera de la lengua.
—Y hay más cosas, Nick. Dicen que Sam profanó la tumba de su abuela para robarle los dientes de oro. ¿Habrase visto? Y que mató a su mujer y arrojó el cadáver a los cerdos para que se lo comieran. Y que...
—Un momento —interrumpí—. Sam Gaddis nunca ha estado casado.
—Querrás decir que nunca has visto a su mujer. Estuvo casado antes de venir aquí y echó a su esposa a los cerdos antes de que nadie supiera nada de ella.
—Vamos, vamos. ¿Cuándo se supone que Sam hizo todas esas cosas?
Rose vaciló y dijo que bueno, que no sabía exactamente cuándo, pero, alabado fuera el Señor, sabía con seguridad que las había hecho.
—La gente no inventa cosas así. ¡Es imposible!
—¿Tú crees?
—¡Pues claro, cariño! Además, según Myra, casi todo ha salido de la señora de Robert Lee Jefferson. Su propio marido se lo contó, y ya sabes que Robert Lee Jefferson no suele mentir.
—Sí —dije—, y no parece que tenga que hacerlo ahora, ¿no crees?
Tuve que morderme los labios para no reír. O quizá para no hacer lo contrario. La verdad, era lamentable, ¿no? Realmente, todo era muy lamentable.
Evidentemente, todo era en beneficio mío. Le había tirado el anzuelo a Robert Lee Jefferson y había picado. Había hecho ni más ni menos que lo que yo esperaba: preguntar a la gente por los chismes que se contaban de Sam. Los interrogados habían preguntado a otros, y no había tardado en aparecer una buena cantidad de respuestas; precisamente el tipo de marranadas que la gente inventa cuando no hay nada cierto.
¿Sabéis? El asunto me afectó un poco. Ojalá Robert Lee Jefferson no hubiera mordido el anzuelo y no se hubiera puesto a hacer preguntas. Eso fue lo que empezó a acumular porquería sobre un hombre tan excelente como Sam Gaddis.
Sí, señor. En cierto modo deseé que las cosas no hubieran ocurrido de aquella manera, aunque destrozaran a Sam y yo resultara reelegido, cosa que ocurriría sin lugar a dudas.
A no ser que fallara algo...
11
Llovió toda la noche y yo dormí la mar de bien, como me ocurre cuando llueve. A eso de las diez del día siguiente, mientras tomaba el segundo desayuno del día, llamó Rose Hauck; el primero había consistido solo en unos cuantos huevos y algunos bollos.
Había intentado comunicarse conmigo, pero no lo había conseguido por el chismorreo que se traía Myra con lo de Sam Gaddis. Myra estuvo hablando con ella un par de minutos y luego me pasó el auricular.
—Me temo que le ha pasado algo a Tom, Nick —dijo Rose como si no supiera lo que había ocurrido—. Esta mañana ha regresado su caballo solo.
—¿Estás preocupada? —le pregunté—. ¿Te parece que salga a buscarlo?
—La verdad, Nick, no sé —dudó—. Si no le ha pasado nada, le dará algo cuando vea que he mandado al sheriff en su busca.
Dije que eso, seguro, que a Tom no le gustaba que nadie se metiera en sus asuntos.
—Quizá se haya refugiado en algún sitio por la lluvia —dije—. Es posible que espere a que se seque un poco la humedad.
—Seguramente será eso —asintió fingiendo alivio—. No podría guarecer a la yegua y dejó que volviera sola a casa.
—Sí, habrá sido eso. Después de todo, no te dijo que volvería anoche, ¿verdad que no?
—No, no lo hizo. Nunca me dice cuánto tiempo va a estar fuera.
—Bueno, no te preocupes. Es decir, aún no. Si Tom no ha vuelto a casa mañana, empezaré a buscarlo.
Myra ponía caras y hacía gestos para preguntar qué pasaba. Le pasé el auricular, hubo otro rato de parloteo y acabó pidiéndole a Rose que cenara con nosotros.
—Mira, querida, tienes que venir, porque tengo un montón de cosas que contarte. Puedes coger el correo de las cuatro y después Nick te llevará a casa.
Colgó, sacudió la cabezota y murmuró:
—Pobre Rose. Pobre, querida y dulce mujer.
—Querida —dije—, Rose no es pobre. La granja que tienen ella y Tom está muy bien.
—Venga, cierra el pico. Solo con que fueras medio hombre, hace tiempo que le habrías ajustado las cuentas a Tom Hauck. Lo habrías metido en la cárcel, que es donde debe estar, en vez de dejarlo en libertad para que pegue a esa mujercita que tiene, tan desvalida, la pobre.
—Oye, yo no puedo hacer una cosa así —dije—. Nunca me entrometería en los asuntos de un hombre y su mujer.
—¡No puedes, no puedes! ¡Nunca puedes hacer nada! ¡Si ni siquiera eres medio hombre!
—Oye, mira, yo no entiendo de esas cosas. No digo que te equivoques, pero no estoy seguro de que digas...
—¡Oh, cierra el pico! —repitió—. Lennie es mucho más hombre que tú, ¿verdad, Lennie, cariño? —Le dedicó una sonrisa a su hermano—. ¿Verdad que eres el chico valiente de Myra? No un borrego acobardado como Nick.
Lennie soltó una carcajada y me señaló con el dedo.
—¡Borrego acobardado, borrego acobardado! El sheriff Nick es un borrego acobardado.
Le eché tal mirada que se le quitaron las ganas de reír y de señalarme. Se quedó mudo como una piedra y hasta palideció un poco.
Después miré a Myra. La sonrisa se le tensó y acabó por desaparecer. Se quedó tan pálida y callada como Lennie.
—Ni... Nick. —Myra rompió el largo silencio con una risa temblorosa—. ¿Qué... qué ocurre?
—¿Ocurrir? —dije.
—Es por la cara que pones. Parece que fueras a matarnos a Lennie y a mí. Nun... nunca nos habías mirado de esa manera.
Me esforcé por reír y porque la risa pareciera ligera y bobalicona.
—¿Yo? ¿Yo matar a alguien? ¡Venga ya!
—Pero... tú...
—Pensaba en las elecciones. Pensaba que no está bien que se gasten bromas a mi costa con unas elecciones por delante.
Myra asintió rápidamente y dirigió una mirada seria a Lennie.
—Por supuesto, no lo haríamos nunca en público. Probablemente no esté bien, aunque sea solo una broma.
Le agradecí su comprensión y me dirigí a la puerta.
Me siguió unos metros, algo nerviosa aún, marcada con la cicatriz que le había provocado accidentalmente.
—No creo que tengas que preocuparte por las elecciones, querido. Por lo menos, después de los chismes que se cuentan de Sam Gaddis.
—Nunca he creído en la suerte —dije—. Siempre he pensado que un tipo tiene que doblar la espalda y ponerse a bregar. No se pueden contar los polluelos hasta que no hayan roto el cascarón.
—La señora de Robert Lee Jefferson dice que su marido dice que tú dijiste que no crees lo que se cuenta de Sam Gaddis.
—Y es verdad: no creo ni una maldita palabra —afirmé.
—Pero... también dice que su marido dice que tú dijiste que ibas a hablar en favor del señor Gaddis. Dice que dijiste que vas a estar a su lado en la tribuna el domingo que viene.
Le dije que le había dicho la verdad y que así estaban las cosas.
—Cuando vuelvas a verla, dile que, cuando dice que Robert Lee dijo que dije que iba a hablar en favor de Sam Gaddis, tiene todita la razón.
—¡Idiota...! —Se contuvo—. Cariño, Gaddis es tu oponente. ¿Por qué ibas a hacer algo que lo favoreciera?
—Bueno, ese es el problema, ¿no? Sí, señor, es un problema serio. Te daría la solución, pero es demasiado jodida.
—Pero...
—Lo mejor será que vuelva a la oficina —dije—. Tengo que saber qué ha ocurrido mientras he estado fuera.
Bajé por la escalera fingiendo que no la oía llamarme. Entré en el despacho, me senté y puse los pies en el escritorio. Me tapé los ojos con el sombrero y dormité un ratito.
Todo estaba la mar de tranquilo. El barro mantenía a casi todo el mundo en casa y los pintores se habían tomado el día de fiesta por la humedad, de modo que no se oían golpes, trastazos, chillidos y contestaciones a gritos. Se podía descansar y recuperar el sueño perdido durante la noche.
Descansé y dormí hasta mediodía, momento en que subí a comer.
Myra se había cubierto la cicatriz y estaba próxima a la normalidad. Me miró y dijo que se veía a la legua que había tenido una mañana muy ajetreada y que esperaba que no estuviera demasiado cansado.
—Bueno, eso espero —le respondí—. Un tipo como yo, del que dependen la ley y el orden de todo el condado, tiene que cuidar su salud. Eso me recuerda que tengo que llevar a su casa a Rose Hauck esta noche.
—¡Tendrás que hacerlo! —me soltó Myra—. Tendrás que hacerlo, y ni siquiera intentes negarte.
—Pero ¿qué ocurre si Tom está allí? Suponte que se cabrea porque llevo a su mujer a casa y... y...
Agitado, bajé los ojos, pero notaba que Myra me miraba fijamente. Cuando volvió a hablar, la voz le temblaba de odio y repugnancia.
—¡Bicho, que eres un bicho! ¡Qué pretexto tan miserable! ¡Te voy a decir una cosa, Nick Corey! Si Tom está y tú dejas que le haga daño a Rose, haré que seas el hombre más infeliz del condado.
—Vamos, cariño mío —dije—. ¡Vida mía! ¡Tesoro! No tienes motivo para hablarme así. No voy a quedarme para ver cómo pegan a Rose.
—Eso está mejor. Es cuanto tengo que decirte. ¡Eso está mejor!
Empecé a comer mientras Myra me iba fulminando con miradas suspicaces. Al cabo de un rato, levanté la vista y le dije que se me había ocurrido algo relacionado con Rose: si Tom volvía después de que yo la dejara en su casa, ella se quedaba sin nadie que la protegiese.
—Es un tipo muy ruin —añadí—. Con tanto tiempo fuera, lo más seguro es que vuelva el doble de borracho y bruto de lo normal. Tiemblo solo de pensar lo que le puede hacer a Rose.
—Bueno... —Myra vaciló, considerando lo que acababa de decirle y sin encontrar por dónde cogerme—. No me parece bien que pases toda la noche en la casa, pero...
—Quita, quita. Eso es imposible. Completamente imposible — dije—. Además, no sabemos cuándo regresará Tom. Puede que tarde dos o tres días. Lo único que sabemos es que será muy difícil aguantarlo cuando vuelva.
Myra empezó a echar pestes contra mí, frunció el ceño y dijo que hacía tiempo que tendría que haber hecho algo con Tom Hauck; que, de haber tomado medidas, Rose no se encontraría en semejante situación. Le respondí que probablemente tenía razón, y que era muy triste que no se nos ocurriera nada para dar cierta protección a Rose.
—Oye —dije—, ¿qué te parece si le buscamos un perro guardián o...?
—¡Calla, loco! Tom lo mataría al segundo. Ha matado a todos los perros que han tenido.
—¡Es verdad! Que me ahorquen si no lo había olvidado. Pensemos otra cosa. El caso es que yo sabría qué hacer si Rose fuera otra clase de persona. Con más empuje, quiero decir, y no tan mansa y tan blanda. Tal como es ella, no creo que dé resultado.
—¿Qué no daría resultado? ¿De qué hablas?
—De una pistola, claro —dije—. Ya sabes, uno de esos trastos que disparan. Pero tal como es Rose, que se asusta de su propia sombra, no daría resultado...
—¡Eso es! —saltó Myra—. ¡Le conseguiremos una pistola! Sola como está, hay que conseguirle una como sea.
—Pero ¿de qué le va a servir? Rose no le dispararía a nadie ni aunque corriera peligro de muerte.
—Yo no estaría tan segura... No si estuviera en peligro de muerte. De todos modos, puede usarla para intimidar, hacer que el bestia que tiene por marido se asuste un poco.
—Bueno, yo no entiendo de esas cosas —dije—. Si me preguntaras...
—¡No voy a preguntarte nada! Acompañaré a Rose para que se compre una pistola hoy mismo, así que acábate la comida y cierra el pico.
Acabé de comer y volví a la oficina. Descansé y dormité otro poco, aunque no tan bien como por la mañana. Estaba un tanto intrigado, ya me entendéis, porque me preguntaba qué haría Rose Hauck con una pistola. Por supuesto, yo quería que tuviese una.
Intentaba convencerme diciéndome que era solo para protegerse en caso de que alguien intentara molestarla, pero yo sabía que ese no era el verdadero motivo. En mi cabeza, la idea aún no había tomado forma. Formaba parte de un plan que tenía respecto al futuro de Myra y de Lennie... aunque tampoco tenía demasiado claro en qué consistía.
Seguramente no es muy sensato que un tipo actúe por motivos que desconoce, pero he estado comportándome así toda mi vida. La razón por la que había ido a ver a Ken Lacey, por ejemplo, no era la que yo había dicho. Lo había hecho porque había urdido un plan donde él encajaba... Y ya sabéis en qué consistía. Pero yo mismo lo desconocía en el momento en que recurrí a él.
Tenía una ligera idea y había supuesto que un fulano como Ken podría ayudarme a realizarla, pero no tenía del todo claro cómo iba a servirme de él.
En ese momento me encontraba en la misma situación; con respecto a Rose y la pistola, quiero decir. Lo único que tenía claro era que probablemente las haría encajar en un plan dirigido contra Myra y Lennie, pero no tenía ni la menor idea de en qué consistía; ni puta idea.
Solo que sería un poco desagradable...
Rose llegó al Palacio de Justicia a eso de las cuatro de aquella tarde. Yo estaba al tanto y la hice pasar al despacho antes de que subiera.
Estaba más guapa que nunca, lo que ya era decir mucho. Dijo que había dormido como un bebé, sin preocupaciones, toda la santa noche, y que se había despertado riendo, pensando que el hijo puta de Tom estaba muerto, tendido en el barro.
—¿He hecho bien en llamar esta mañana, cariño? —preguntó—. ¿Parecía preocupada por ese puerco bastardo?
—Has estado muy bien —dije—. Una cosa, cariño...
Le conté lo de la pistola, qué tenía que decir para que pareciera que estaba preocupada por la paliza que Tom le daría en cuanto regresara... Eso demostraría que ella ignoraba que estuviera muerto. Dudó un segundo y me dirigió una mirada rápida y desconcertada, pero no discutió.
—Lo que tú digas, Nick, cariño, siempre que creas que es una buena idea.
—La verdad es que se le ha ocurrido a Myra —respondí—. Yo no he hecho más que mencionarlo de pasada, porque de lo contrario habría parecido que sabía que Tom no iba a volver.
Rose asintió y dijo:
—¡Conque esas tenemos! —Y cambió de tercio—. Quizá algún día te pegue un tiro si no me tratas bien.
—Eso no pasará nunca —anuncié. Le di un rápido abrazo, un pellizco y se fue escaleras arriba.
Ella y Myra salieron al poco rato a comprar la pistola. No regresaron hasta pasadas las cinco.
Iban a dar las seis cuando me llamó Myra. Cerré la oficina y subí a cenar.
Myra llevaba la voz cantante, como siempre, y me interrumpía cada vez que yo iba a abrir la boca. Rose se limitaba a darle la razón, dejando caer de vez en cuando que Myra era maravillosa y listísima, también como de costumbre. Acabamos de cenar y Myra y Rose se pusieron a fregar los platos. Lennie me miró para comprobar si le vigilaba —cosa que hacía, aunque él no se diera cuenta— y se escabulló camino de la puerta.
Carraspeé para llamar la atención de Myra y señalé a Lennie con la cabeza.
—¿Qué me dices, cariño? —dije—. Recuerda lo que convinimos.
—¿Qué convinimos? —dijo—. ¿De qué hablas, si puede saberse?
—De que salga por las noches —le recordé—. Ya sabes lo que va a hacer, y no me parece prudente, con las elecciones encima.
—Venga ya. El chico solo va a tomar el aire. ¿O es que también eso te molesta?
—Pero acordamos que...
—¡Yo, no! Me confundiste tanto que no sabía ni lo que decía. Además, sabes perfectamente que Sam Gaddis está fuera de juego.
—No me gusta aprovecharme de las oportunidades y...
—¡Cierra el pico de una vez! ¿Has visto un hombre igual en tu vida, Rose? ¡No sé cómo no me he vuelto loca viviendo con él! —Myra me fulminó con la mirada y le dedicó a Lennie una sonrisa—. Puedes irte, querido. Pásalo bien, pero no vuelvas muy tarde.
Lennie se fue después de dirigirme una sonrisa babosa. Myra dijo que sería mejor que me fuera a mi cuarto, si no me gustaba aquello, y estaba segura de que no. No tuve más remedio que obedecer.
Me tumbé en la cama con la colcha vuelta para no ensuciarla con las botas. La ventana estaba abierta y podía oír el canto de los grillos, que siempre aparecía después de la lluvia. De vez en cuando se oía el ruidoso croar de una rana, que parecía un tambor que marcara el tiempo. Al otro lado del pueblo, alguien manejaba una bomba de agua, plum, fisss, plum, fisss, y hasta podía oírse a una madre que llamaba a su hijo: «¡Henry Clay, eh, Henry Clay Houston! ¡Ven enseguida!». En el aire flotaba el aroma de la tierra limpia, el olor más agradable que hay por aquí. Y... y todo era hermoso.
Era todo tan condenadamente hermoso y apacible que volví a dormirme. Sí, señor, me quedé dormido aunque no había tenido un día ajetreado y ya me las había apañado para descansar un poco.
Creo que llevaba dormido aproximadamente una hora cuando me despertaron la voz de Myra, que gritaba, la de Lennie, que se desgañitaba, y la de una tercera persona que se dirigía a los otros dos: era Amy Mason, que decía lo que pensaba de una manera contundente. Con suavidad, pero firme y tajante, como solo Amy podía hacerlo cuando se cabreaba. Lo mejor entonces era escuchar sus palabras; lo mejor era escuchar y aprenderse de memoria lo que dijera, porque de lo contrario uno podía pasarlo pero que muy mal.
A pesar de sus gritos y de su actitud desafiante, noté que Myra estaba muy afectada. Gemía y se quejaba, diciendo que Lennie no pretendía nada al espiar por la ventana de Amy, que era muy curioso y le gustaba observar a la gente. Amy dijo que sabía muy bien lo que pretendía Lennie y que sería mejor que se dejara de obscenidades, si es que sabía lo que le convenía.
—Ya se lo he advertido a su marido —dijo— y ahora se lo advierto a usted, señora Corey. Si vuelvo a sorprender a su hermano en mi ventana, la emprenderé a latigazos con él.
—¡No... no será usted capaz! —gritó Myra—. ¡Y deje de hacerle daño! ¡Suéltele la oreja a la pobre criatura!
—Con mucho gusto —dijo Amy—. Solo rozarle me repugna.
Abrí la puerta un par de centímetros y eché un vistazo al exterior.
Myra rodeaba con un brazo a Lennie, que parecía avergonzado, furioso y confuso mientras ella le acariciaba la cabeza. Rose estaba a su lado, haciendo lo posible por parecer preocupada y protectora, pero yo sabía, conociéndola como la conocía, que se estaba riendo por dentro, divertida al ver a Myra atrapada por una vez. En cuanto a Amy...
Tragué saliva al verla, preguntándome qué podría ver en Rose si estuviera con una hembra como Amy.
No es que fuera más guapa que Rose ni que estuviera mejor hecha. Se la comparara con quien fuera, no se podía encontrar defecto alguno en Rose en materia de belleza y constitución. La diferencia, supongo, radicaba en algo que salía del interior, algo que llegaba directamente al corazón y dejaba una huella como un hierro de marcar ganado, de tal manera que uno se sentía perseguido por aquella emoción y su recuerdo.
Asomé medio cuerpo por la puerta y miré a mi alrededor con cara de sorpresa.
—¿Qué pasa aquí, caramba? —pregunté sin darle a nadie la oportunidad de responder—. Oh, buenas noches, señorita Mason. ¿Algún problema?
Amy dijo que no, que no había ningún problema; lo diría para tomarme el pelo, supongo.
—Ya no, sheriff. El problema ha podido resolverse. Su mujer le dirá cómo evitar que haya otro en el futuro.
—¿Mi mujer? —Miré inquisitivo a Myra y a Lennie, y me volví hacia Amy—. ¿Ha hecho algo el hermano de mi mujer, señorita Mason? Dígamelo enseguida.
—Claro que no ha hecho nada —soltó Myra—. Solo estaba...
—¿Eres tú la señorita Mason? —le pregunté—. ¿Lo eres?
—¿Q... qué? ¿Qué?
—Le he hecho una pregunta a la señorita Mason. Por si no lo sabías, la señorita Mason es una de las jóvenes más destacadas y respetadas de Potts County, y si le pregunto algo es porque sé que me dirá la verdad. De modo que será mejor que no contradigas sus palabras.
Myra se quedó con la boca abierta. Pasó del rubor a la palidez y luego volvió a sonrojarse. Sabía que me montaría un número de mil diablos cuando estuviéramos a solas, pero por el momento no iba a replicarme. Sabía que no era conveniente, habida cuenta de la proximidad de las elecciones y la buena reputación de que gozaba Amy. Sabía que una mujer como ella podía armar un lío gordo, que a su vez podía influir en la opinión pública, y el período electoral no era el mejor momento para buscar jaleos.
De modo que Myra se mantuvo al margen, por mucho que deseara intervenir, y Amy quedó la mar de complacida por mi mediación. Dijo que lamentaba si había dicho algo molesto.
—Me temo que no he sabido dominarme —dijo sonriendo un poco envarada—. Si no les importa, me voy a casa.
—La acompañaré personalmente —dije—. Es demasiado tarde para dejar que una joven vaya sola por la calle.
—No hace falta, sheriff. Yo...
Dije que era absolutamente necesario; así lo creíamos yo y mi mujer.
—¿Verdad que sí, Myra? ¿Verdad que insistes en que acompañe a la señorita Mason a su casa?
Myra profirió un sí rabioso entre dientes.
Asentí y le guiñé un ojo a Rose; ella me devolvió el gesto. Salí con Amy.
Vivía en el pueblo, de manera que no tuve que sacar el caballo ni la calesa, como habría ocurrido de vivir en las afueras. De todas formas, quería hablar con ella y no iba a dejar que se me escapara. Es bastante difícil que una mujer se dé aires de superioridad mientras se la acompaña a casa en una noche oscura por las calles llenas de barro.
Tuvo que escucharme cuando empecé a contarle cómo me había pescado Myra. Dijo que no le interesaba, que no era asunto suyo y cosas por el estilo. Pero, como fuera, escuchó, porque no tenía más remedio. Al cabo de un par de minutos, dejó de interrumpirme y empezó a acercárseme; supe que se creía lo que le estaba contando.
En el porche de su casa me abrazó; yo hice lo propio. Así estuvimos en la oscuridad un rato. Luego me apartó con suavidad; no podía verle la cara, pero me di cuenta de que estaba enfadada.
—Nick —dijo—, Nick, ¡eso es terrible!
—Sí —acepté—, supongo que no tengo las cosas muy claras. Creo que fui un idiota al dejar que Myra me coaccionase para que me casase con ella y...
—No me refiero a eso. Lo que dices podría arreglarse con dinero y yo lo tengo. Pero... pero...
—¿Qué es lo que te preocupa, pues? ¿Dónde está el problema, cariño?
—No... No estoy segura —dijo moviendo la cabeza—. Sé qué es, pero no sé por qué, y no estoy segura de que fuera diferente si lo supiera. ¡No... No puedo hablar de eso ahora! Ni siquiera quiero pensarlo. Yo... ¡Oh, Nick! ¡Nick!
Ocultó la cara en mi pecho. La abracé con fuerza, le acaricié la cabeza y le murmuré que todo iba bien, que todo sería maravilloso si volvíamos a estar juntos.
—Ya verás, cariño —dije—. Dime qué te preocupa y te demostraré que no tiene ninguna importancia.
Se me pegó un poco más, pero siguió callada. Yo dije que bueno, ¡al infierno con todo!, que quizá podríamos solucionarlo en otra ocasión, cuando no tuviera tanto jaleo como aquella noche.
—¿Recuerdas que solía ir a pescar por la noche? —dije—. Estaba pensando que quizá podría ir mañana por la noche, y si en vez de ir al río viniera aquí, sería una confusión muy normal, puesto que no vives tan lejos.
Amy emitió un ruido por la nariz y se echó a reír.
—¡Oh, Nick! ¡No hay otro como tú!
—Bueno, espero que no. El mundo sería un desastre, si lo hubiera.
Dije que la vería la noche siguiente, tan pronto como oscureciera del todo. Se apretó contra mí y dijo que estupendo.
—Cariño, ¿tienes que irte ahora?
—Será lo mejor. Myra se estará preguntando qué ocurre y aún tengo que acercar a su casa a la señora Hauck.
—Entiendo. Me había olvidado de Rose.
—Sí, tengo que acompañarla —dije refunfuñando—. Myra se lo prometió.
—¡Pobre Nick! —Amy me acarició la mejilla—. Todo el mundo te da órdenes.
—Bueno, a mí no me importa. Después de todo, alguien tiene que hacerse cargo de la pobre señora Hauck.
—¡Es verdad! Es una suerte que cuente con alguien que se preocupa por ella. ¿Te has dado cuenta, Nick, de que la pobre señora Hauck parece sobrellevar con mucha entereza sus preocupaciones? Está incluso radiante, me atrevería a decir que como una mujer enamorada.
—¿Tú crees? No lo he notado.
—Quédate un poco más, Nick. Quiero hablar contigo.
—Creo que será mejor dejarlo para mañana por la noche —dije—. Es un poco tarde y...
—¡No! Ahora, Nick.
—Pero Rose, es decir, la señora Hauck... está esperando, y yo...
—Déjala estar. Tampoco pasa nada porque espere un poco. ¡Ahora, adentro!
Abrió la puerta, entró y yo la seguí. Me cogió la mano en la oscuridad y me condujo por la casa hasta su dormitorio. Tenía gracia que dijera que quería hablarme, porque no dijo ni una palabra.
O casi ninguna.
Cuando acabamos, se tumbó boca abajo, bostezó y se estiró. Era un poco incómodo, porque yo no veía bien en la oscuridad y tardaba en vestirme.
—¿Querrías darte un poco de prisa, cariño? Estoy a gustísimo, relajada y soñolienta. Me gustaría dormir.
—Bueno, ya me falta poco. Por cierto, ¿qué querías decirme?
—Es tu forma de hablar. No eres un paleto, Nick. ¿Por qué hablas como si lo fueras?
—Por costumbre, supongo. Una especie de rutina de la que me he hecho esclavo. Sé que es muy importante hablar bien. Cuando no hace falta, se olvida, y enseguida se pierde la costumbre. Lo que está mal parece bien y al revés; vamos, digo yo.
La cabeza de Amy se movió en la almohada. Los grandes ojos resaltaban en la palidez de su rostro mientras me observaba.
—Creo que sé a qué te refieres, Nick. En cierto modo, me pasa lo mismo.
—¿Sí? —pregunté mientras me ponía las botas—. ¿Qué quieres decir, Amy?
—Está empezando a pasarme lo mismo —dijo—. ¿Y sabes una cosa, cariño? Creo que me gusta.
Me levanté y me remetí los faldones de la camisa.
—Amy, ¿qué querías decirme?
—Nada que no pueda esperar a mañana por la noche. Es más, hasta entonces no tengo nada que decirte.
—Pero me habías dicho...
—Muchas cosas, cariño. Quizá no me escuchabas. Ahora tienes que irte; espero que la señora Hauck no haya perdido la paciencia.
—Sí —dije—. Eso espero.
Me daba en la nariz que la había perdido.
12
Había conocido a Myra en la feria regional, años atrás. Me había emperifollado a conciencia, como siempre que voy a alguna parte, y hasta el más lelo se habría dado cuenta de que iba a ver qué pillaba. Por lo menos, eso le pareció a Myra. Ella no estaba tan mal por aquel entonces y no había escatimado esfuerzos en acicalarse. No me resistí demasiado cuando se me arrimó.
Fue en la parada en la que se tiraban pelotas a la cabeza de un fulano de color; si le dabas, te llevabas un premio. Yo estaba allí porque el tipo que regentaba el tenderete me lo había pedido. Habría sido una descortesía no hacerlo, aunque no quería darle al hombre de color y lo evitaba. Oí que alguien aplaudía y me encontré con Myra, que hacía como si yo fuera el mejor tirador del mundo.
—¡Ooooh! ¡No comprendo cómo puede usted hacerlo! —dijo sonriéndome con afectación—. Por favor, ¿querría tirar unas cuantas pelotas en mi lugar, si le doy el dinero?
—Creo que no, señora —contesté—. Si no tiene inconveniente en escusarme. Es que ya me iba.
—¡Oh! —exclamó ella con desánimo, para lo que no necesitó fingir mucho, si es que os percatáis de lo que quiero decir—. Entiendo. Está usted con su esposa.
—No, de ningún modo —respondí—. No estoy casado, señora; es que no quiero darle a ese tío de color porque no me parece bien. Es más, no creo ni que sea decente.
—Me parece que dice usted eso —dijo haciendo una mueca y sonriendo con afectación— para castigarme por haberme precipitado.
Respondí que no, que de ningún modo, que había querido decir lo que había dicho.
—El trabajo de ese tipo es que le tiren pelotas, pero el mío no es tirárselas —dije—. Creo que es mejor no tener trabajo que tener uno así. Si se gana la vida recibiendo pelotazos, es porque no tiene motivos para vivir.
Myra adoptó un aire trascendente y dijo que yo era un tío profundo. Dije que a lo mejor, que no entendía demasiado de aquello; de lo que sí estaba seguro era de tener mucha sed.
—Señora, ya que no puedo hacerle el favor de tirar pelotas por usted, ¿podría invitarla a una limonada?
—Bueno... —Se movió, se sacudió, se puso nerviosa—. ¿No pensará que soy demasiado atrevida si acepto?
—No diga eso, señora —dije llevándola al tenderete de refrescos—. Usted dice que sí y ya está; no tengo por qué sacar ninguna conclusión.
Desde luego que no.
Lo que yo pensaba era que tenía un culazo tremendo y que había que hacerle un favor y pronto; si no, se le reventarían las bragas y era posible que se incendiase la feria y que cundiese el pánico entre los miles de personas que había allí, que hasta podrían sufrir un colapso, por no hablar de los daños a la propiedad privada. Solo se me ocurría una forma de evitarlo.
El caso es que no quería precipitar las cosas ni tenía ninguna necesidad de correr: iba a casarme con Amy la semana siguiente, y hasta entonces ella se había encargado de darme el biberón. Le daba vueltas y más vueltas al asunto, intentando decidir si tenía que hacer lo único en que podía pensar. Alguno dirá que no era problema mío si Myra incendiaba la feria y morían miles de mujeres y niños inocentes. Total, yo no era de aquel pueblo, aunque creo mucho en los fueros locales —ya me entendéis, los fueros regionales y todo eso—, y Myra vivía en la ciudad. Podía perjudicarme interferir en problemas locales, eso lo sabe hasta el más tonto. Allí nadie hacía nada al respecto.
La llevé a ver algunas atracciones, procurando no despegarme de ella mientras organizaba mis ideas. Montamos en el tiovivo y en otros sitios parecidos; yo la ayudaba a subir y a bajar, echándole miraditas cuando se le subía el vestido y tal. Que me ahorquen si tardé en decidirme.
Myra pareció aturdida cuando le insinué algo: tan aturdida como si le hubiera comprado una bolsa de palomitas de maíz.
—Qué cosas se le ocurren —dijo mientras se retorcía y agitaba—. Menuda idea, ir a un hotel con un extraño.
—¡Si no soy un extraño! —contesté pellizcándola—. Por dentro soy como los demás.
—¡Bicho, bicho malo! —exclamó, riéndose como una tonta—. ¡Es usted terrible!
—¡Qué va! —dije—. Aunque tampoco estaría bien hacerme el tonto.
Se rio, se sonrojó y dijo que no podía ir a un hotel.
—¡Es que no puedo! ¡De verdad que no!
—Bueno, si no puede, es que no puede —dije quitándole importancia al asunto—. Lejos de mi intención apurarla.
—Claro que... podríamos ir a mi pensión. Nadie pensaría mal si usted subiera un rato a hacerme una visita.
Subimos a un tranvía y llegamos adonde vivía ella, una gran casa blanca a unas cuantas manzanas del río. Era un lugar muy respetable, a juzgar por las apariencias, y los otros huéspedes también lo eran. Nadie levantó una ceja siquiera cuando Myra dijo que íbamos a subir a asearnos antes de salir a cenar.
Bien, señor, el caso es que apenas toqué a aquella mujer, y si lo hice, se tarda más en decirlo. Yo estaba muy salido y, bueno, quizá sí le metí mano, pero tal y como estaba, totalmente vestida, fue cabreantemente poco.
De pronto, por sorpresa, me da un empujón, me caigo al suelo y ella se pone a berrear y a llorar tan alto que se la habría oído a dos manzanas. Me levanté y procuré calmarla. Le pregunté qué coño le pasaba y quise acariciarla y tranquilizarla. Volvió a empujarme y a alborotar, con mayor brío, si cabe.
Yo no sabía qué hostias hacer, y el caso es que no tuve tiempo de nada, porque en el acto entraron a saco varios huéspedes de la pensión.
Las mujeres rodearon a Myra para calmarla y consolarla. Ella seguía chillando y sacudiendo la cabeza y no respondía cuando le preguntaban qué había ocurrido. Los hombres me miraban y preguntaban qué le había hecho. Precisamente era una de esas situaciones en que la verdad resulta increíble y las mentiras no sirven. Afortunadamente, no abundan en este valle de lágrimas.
Varios hombres me sujetaron y empezaron a sacudirme. Una de las mujeres dijo que iba a llamar a la policía, pero los hombres dijeron que no, que ellos se encargarían de todo. Me iban a dar mi merecido, dijeron, y había muchos tipos en el vecindario para echarles una mano.
La verdad es que no podía acusarlos por pensar así. Probablemente yo habría llegado a la misma conclusión al ver a Myra hecha un mar de lágrimas, con la ropa revuelta, y a mí también en bastante mal estado. Creyeron que la había violado, y cuando un tío viola a una tía en esta parte del país, apenas pasa por la cárcel. Si lo hace, no dura mucho tiempo.
A veces creo que quizá esa sea la causa de que no progresemos tanto como en otras partes de la nación. La gente pierde tantas horas de trabajo linchando a los demás y gasta tanto dinero en sogas, gasolina, alcohol y otras cosas superfluas que queda muy poco para fines prácticos.
Cuando Myra se decidió a hablar, creí que sería el invitado de honor de aquel grupo de linchadores.
—Creo... creo que el señor Corey no quería hacer nada malo —dijo mirando a su alrededor con los ojos anegados en lágrimas—. Es un hombre muy educado, lo sé, y no quería hacer nada malo, ¿verdad, señor Corey?
—No, señora, lo digo en serio —dije pasándome un dedo por el cuello de la camisa—. De verdad que no quería hacer nada malo, y no estoy mintiendo.
—Entonces, ¿por qué lo hizo? —preguntó un hombre mirándome con mala cara—. Difícilmente se puede hacer algo así por casualidad.
—Bueno, no sé —dije—. No me atrevería a decir que se equivoca, pero tampoco estoy seguro de que diga usted la verdad.
Quiso darme un empujón. Pude esquivarlo, pero otro tipo me cogió por el hombro y me lanzó contra la puerta. Caí de rodillas y uno me pateó mientras otros tiraban de mí sin demasiada amabilidad para que me levantase; de pronto, quisieron sacarme a empellones de la habitación, al tiempo que intentaban darme puñetazos.
—¡Esperen! ¡Por favor, esperen! —gritó Myra—. ¡Es un error!
Aflojaron un poco y uno dijo:
—Oiga, señorita Myra, no tiene por qué preocuparse. Este puerco no lo vale.
—Pero ¡es que quiere casarse conmigo! ¡Íbamos a casarnos esta noche!
Todos se quedaron sorprendidos, y yo el primero; estaban desconcertados, pero yo no. Parecía que salía del fuego para caer en las brasas, como se dice. Había perseguido a las tías toda mi vida sin pensar que donde las dan las toman, y ahora iba a pagarlo caro.
—¿Es verdad eso, Corey? —preguntó uno dándome un codazo—. ¿Van a casarse usted y la señorita Myra?
—Bueno —dije—, así son las cosas, por lo menos así las entiendo yo. O sea que... bueno...
—¡Anda! ¡Mira, le da vergüenza! —dijo Myra echándose a reír—. ¡Se excita con tanta facilidad! Eso es lo que pasó cuando... —Se sonrojó mientras se arreglaba el vestido revuelto—. Se excitó tanto cuando le dije que sí, que me casaría con él, que... que...
Las mujeres la abrazaron y la besaron.
Los hombres me palmearon la espalda y me estrecharon la mano. Dijeron que lamentaban haber malinterpretado la situación; además, qué carajo, ¿no podía una mujer poner a un hombre en un apuro sin siquiera proponérselo?
—Caramba, Corey, si la señorita Myra no llega a aclarar las cosas, ya estaría usted colgando de una cuerda. No habría sido un final muy feliz, ¿eh?
—No —dije—. Menuda broma. Óiganme un momento, amigos. De eso del matrimonio...
—Una institución maravillosa, Corey. Se lleva usted una mujer encantadora.
—Y yo un hombre encantador. —Myra se levantó de un salto y me abrazó—. Vamos a casarnos esta misma noche porque el señor Corey no puede esperar. ¡Están todos invitados a la boda!
Daba la casualidad de que había un cura en la manzana de al lado, y allí fuimos; es decir, allí fueron todos y allí me llevaron. Myra no hacía más que tirar de mí, con el brazo colgado del mío; los demás ocupaban la retaguardia, riendo, haciendo chistes, palmeándome la espalda y espoleándome para que no me rezagara.
Procuraba quedarme un poco atrás y a todos les hacía mucha gracia. Encontraban graciosa la expresión de mi cara y se pusieron prácticamente histéricos cuando dije algo parecido a que nos estábamos precipitando y que quizá deberíamos pensárnoslo un poco.
Me recordó uno de esos pasajes que se leen en la historia antigua. Ya sabéis. Una nutrida procesión, todos riendo, pasándoselo en grande y animando al tipo al que van a sacrificar a los dioses. El tipo sabe que le darán un hachazo en la cabezota en cuanto dejen de echarle rosas, así que no tiene ninguna prisa por llegar al altar. No puede zafarse, pero tampoco puede participar en la fiesta, y cuanto más protesta, más se ríe la gente.
Así que...
Así que pensaba en eso: en un tipo que se sacrifica por algo que no vale la pena.
Supongo que hay la tira de matrimonios como el mío. Todo apariencia y nada de verdad. Todo de cara al público y ni una viruta de puertas para adentro.
Aquella noche, cuando nos acostamos... bueno, creo que en eso también nos comportamos como muchos matrimonios. Gritos, acusaciones e insultos de lo más bajo: la mujer que se ensaña con el hombre porque él es demasiado cobarde para abandonarla.
Aunque quizá yo esté un poco mosca...
13
Saqué caballo y carricoche del establo de alquiler y fui al Palacio de Justicia. Myra se me echó encima nada más llegar; quería saber por qué había tardado tanto. Le dije que me había costado zanjar el tema con Amy.
—No lo entiendo —dijo Myra—. Se la veía muy tranquila cuando os habéis ido.
—Hay cosas que no comprendes —repliqué—. Por ejemplo, que tendrías que encerrar a Lennie por la noche para evitar líos como el de hace un rato.
—¡No empieces con Lennie!
—Te diré con qué me gustaría empezar —dije—. Me gustaría empezar llevando a Rose a su casa para que todos podamos dormir un poco esta noche.
Rose dijo que sí, que tendría que haberse ido ya. Le dio las gracias a Myra por la cena, le dio un codazo de camaradería y un beso de despedida. Me adelanté bajando la escalera para no entrar en más disputas; Rose llegó corriendo al cabo de un par de minutos y subió a la calesa.
—¡Uf! —dijo limpiándose la boca—. Cada vez que le doy un beso a esa zorra me entran ganas de lavarme la boca.
—Deberías tener cuidado con lo que dices, Rose —dije—. Algún día se te escapará algo sin que te des cuenta.
—Sí, tendría que hacerlo, me cago en la leche. La culpa la tiene Tom, el podrido hijo de puta, pero ten por seguro que haré lo posible por corregirme.
—Bien dicho. A la larga, saldrás ganando.
Habíamos salido ya del pueblo y Rose se desplazó en el asiento para apretarse contra mí. Me besó en la nuca, me metió la mano en un bolsillo y empezó a meneármela; poco después, se apartó y me dirigió una mirada de curiosidad.
—¿Qué te pasa, Nick?
—¿Qué? —dije—. ¿De qué hablas, Rose?
—Que qué te pasa.
—Bueno, nada —respondí—. Estoy cansado y hasta los huevos de jaleos como el de esta noche, pero la verdad es que no me pasa nada.
Se me quedó mirando en silencio. Se apartó, miró al frente y estuvimos un rato callados. Por fin habló ella, en voz tan baja que apenas la oía. Me hizo una pregunta. Me puse muy serio y le respondí:
—Virgen Santa, qué cosas se te ocurren. Sabes que Amy Mason no es de esa clase de mujeres, Rose. Todo el mundo lo sabe.
—¿Qué coño quieres decir con que no es de esa clase? —me espetó Rose—. ¿Quieres decir que está tan buena que no puedes acostarte con ella, no como yo?
—Quiero decir que apenas conozco a esa mujer —dije—. Lo suficiente para saludarla por la calle y basta.
—Pues esta noche has estado fuera lo suficiente para profundizar ese conocimiento.
—Cariño, ¿qué dices? A ti te ha parecido un buen rato, lo mismo que a mí. Ya sabes cómo son estas cosas. Como estábamos deseando estar juntos esta noche, se nos ha antojado que pasaba la hostia de tiempo. Estoy rabiando de ganas de estar contigo desde el instante en que has aparecido por casa.
—Bueno... —Se movió un poco en el asiento.
—Por el amor de Dios —dije—. ¿Para qué querría yo a Amy Mason teniéndote a ti? Es ridículo, ¿no te parece? ¡No hay punto de comparación entre las dos!
Rose acabó por recorrer la distancia que nos separaba en el asiento. Apoyó la cabeza en mi hombro y dijo que lo sentía, aunque yo me había comportado de manera un tanto extraña, y que la ponía enferma la conducta de algunos hombres.
—¡El cabrón de Tom, por ejemplo! El muy hijo de puta no paraba hasta que lo ponía caliente y luego se iba a joder con la primera que pillaba.
—¡Qué barbaridad! —exclamé—. No comprendo a los tipos que actúan así.
Rose se me apretujó y me besó en la oreja. Me dio un mordisquito en el lóbulo y me susurró todo lo que iba a hacerme cuando llegáramos a su casa.
—Myra quiere que te quedes un rato, y yo estoy completamente de acuerdo. ¿No es estupendo? Podemos tardar el tiempo que queramos, estar juntos horas y horas. ¡Cariño, no voy a desperdiciar ni un minuto!
—¡Qué mujer!
—Lo pasaremos como nunca, cariño. —Se restregó contra mí—. Vida mía, esta noche voy a hacerte algo especial.
Siguió susurrándome cosas y frotándose con mi cuerpo. Según decía, jamás olvidaría aquella noche. Le respondí que apostaba a que ella tampoco, y lo decía en serio. Tal y como me sentía, vacío como una flauta y con los riñones hechos polvo, me temía que no habría fiesta cuando llegáramos a casa de Rose, lo que significaba que se enteraría de que yo había estado con Amy, lo que a su vez significaba que podía coger la pistola que había comprado aquel mismo día y dispararme en la zona del delito. Con semejante recuerdo, seguro que no olvidaría jamás aquella noche.
Buscaba excusas. Observé el cielo, que volvía a cubrirse como si fuera a llover, y vi un par de relámpagos. Pensé que bueno, que ojalá me alcanzase un rayo y me dejase frito para que Rose me liberase de mis obligaciones aquella noche. Luego pensé que bueno, que ojalá el caballo se desbocase y me arrojase a una cerca de alambre espinoso para que Rose me dejase en paz. Que ojalá se colase en el carricoche un insecto y me picase. Que ojalá...
Pero no ocurrió nada de eso. No se tiene suerte cuando hace falta.
Llegamos a la granja. Dejé el carricoche en el granero mientras me preguntaba cómo me afectaría un disparo donde iban a dármelo: en salva sea la parte. Me parecía que iba a quedar muy jodido, así que bajé de la calesa de un humor de perros.
Ayudé a Rose a bajar y le di una palmada en el culo, como siempre. Luego me incliné sobre el guardabarros del vehículo para desenganchar la lanza. El caballo estaba agitado y movía la cola; yo le decía «So, chico, so». Entonces se me ocurrió una idea.
Le di tal hostia al caballo que pegó un brinco. Me tiré contra el guardabarros, me golpeé el hombro y armé un escándalo de mil diablos, como si el caballo me hubiera coceado. Salí quejándome y frotándome la zona dolorida.
Rose llegó corriendo y me cogió de un brazo mientras yo daba traspiés, medio doblado.
—¡Cariño, vida! ¿Te ha coceado ese penco de mierda?
—Justo ahí, donde tú sabes —gemí—. Nunca había sentido tanto dolor.
—¡Me cago en su madre! ¡Voy a coger una hoz y lo voy a destripar!
—No, no, déjalo en paz —dije—. El caballo no lo ha hecho con mala intención. Ayúdame a engancharlo otra vez para que pueda volver a casa.
—¿A tu casa? En tu estado no vas a ir a ninguna parte —dijo—. Vamos a mi casa y no discutas.
Le dije que oye, mira, no es necesario que te molestes tanto.
—Me voy a casa y me echaré con unas cuantas toallas frías en la entrepierna y...
—Te vas a quedar aquí y ya veremos lo de las toallas en cuanto vea el golpe. A lo mejor necesitas otra cosa.
—Escucha, cariño, escúchame —insistí—. Es demasiado íntimo. Es casi imposible que lo pueda arreglar una mujer.
—¿Desde cuándo? —dijo Rose—. Anda, deja de discutir. Apóyate en mí y vayamos despacio.
Obedecí. No podía hacer otra cosa.
Fuimos hasta la casa. Me ayudó a entrar en el dormitorio, me tendió en la cama y empezó a desnudarme. Le dije que no hacía falta que me lo quitase todo, porque me dolía precisamente la parte que cubrían los calzoncillos. Dijo que no era ningún problema y que me encontraría mejor si me desnudaba del todo en vez de quedarme en paños menores, y que dejara de meterme en sus cosas.
Dije que el dolor era cosa mía; ella contestó que bueno, que mis cosas eran sus cosas y que en aquel momento mandaba ella.
Se inclinó sobre la zona en la que había recibido la coz, o, mejor, donde fingía que la había recibido, alumbrándola con la lámpara para poder inspeccionarla mejor.
—Mmmmm —dijo—. No veo moraduras, cariño, ni rasguños.
Dije que bueno, que me dolía y bastante.
—No hace falta un golpe muy fuerte en esa zona para que duela cantidad.
—Veamos —dijo—, dime dónde te duele. ¿Aquí, aquí, aquí...?
Lo hacía con suavidad, tanta que no me habría hecho daño aunque me doliera realmente. Le dije que tocara un poco más fuerte para estar seguro. Así que apretó, apretó un poco más y me preguntó si me dolía aquí o allí. Yo soltaba un «¡oh!» y un «¡ah!» de vez en cuando. Pero no de dolor, precisamente.
Ya no importaba lo de Amy; quiero decir, que hubiera estado con ella aquella noche. Estaba tan dispuesto como siempre y, por supuesto, Rose no tardó en advertirlo.
—¡Eh, oiga! —dijo—. ¿Qué le pasa a usted, caballero?
—¿Por qué lo dices? —dije.
—Me parece que ha habido una recuperación casi total.
—¡Coño! Justo después de un golpe tan duro en la economía. ¿No te parece que deberíamos celebrarlo?
—¿Qué pensabas? Espera a que me quite la ropa y verás.
Después dormité un poco, no más de quince minutos, probablemente porque había descansado mucho durante el día y no estaba realmente fatigado.
Me despertó Rose pellizcándome el brazo. Noté el miedo en su voz.
—¡Nick! ¡Nick, despierta! Hay alguien ahí fuera.
—¿Qué? —murmuré dándome media vuelta—. Bueno, pues que se quede fuera. Seguro que no quiere entrar.
—¡Nick! Está en el porche, Nick. ¿Qué... quién puede ser?
—Yo no oigo nada —dije—. Será el viento.
—No... ¡Escucha! ¡Se oye otra vez!
Entonces lo oí: pasos suaves, cautos, de alguien que anda de puntillas. También distinguí un ruido sordo, como si arrastrasen algo pesado por la escalera.
—Ni... Nick. ¿Qué podemos hacer?
Me incorporé y dije que iba a coger la pistola y a echar un vistazo. Ella asintió, pero alargó una mano y me retuvo.
—No, cariño, mejor que no se sepa que estás aquí a estas horas. Las luces están apagadas y tu caballo desenjaezado.
—Solo echaré una miradita —dije—. Me esconderé.
—Pero pueden verte. Será mejor que te quedes aquí y no hagas ruido. Iré yo.
Saltó silenciosamente de la cama y fue a la otra habitación sin hacer más ruido que una sombra. Yo estaba un poco nervioso, naturalmente, preguntándome quién o qué estaría en el porche y qué tendría que ver conmigo y con Rose. Tal y como había encarado ella la situación, tomando la delantera y dejándome a mí en segundo plano, me tranquilicé bastante. Recordé lo que Myra pensaba de Rose: que era una individua timorata y tímida, dispuesta a asustarse de su propia sombra, y casi me eché a reír. Si se lo proponía, Rose podía plantarle cara a un lince. Quizá se había dejado sacudir por Tom, pero aquello era otra cosa: juego sucio.
Oí el ruido de una llave en la puerta de fuera.
Me levanté y me quedé sentado en el borde de la cama, listo para entrar en acción si me llamaba.
Esperé conteniendo la respiración. Oí un chasquido cuando Rose corrió el pestillo del cancel, y acto seguido escuché el agudo chirrido cuando la empujó. Entonces...
Era una casa pequeña, como ya he dicho, pero nos separaba una estancia de unos diez metros o más. A pesar de la distancia, lo oí: el boqueo, el sonido de su boca tragando aire asustada.
En aquel momento lanzó un grito. Gritó y maldijo de una manera que preferiría no oír nunca más.
—¡Nick, Nick! El hijo de puta ha vuelto. ¡Ha vuelto el cabrón de Tom!
14
Eché mano de los pantalones, pero las perneras estaban del revés. Dada la situación de Rose, no quise entretenerme. No eran pantalones lo que yo necesitaba: el puerco de Tom había vuelto. Por el contrario, cogí la pistola seguro de que sí la necesitaría y corrí a la puerta.
Tropecé con una silla en la cocina y casi me estampo contra la pared. Me levanté y fui corriendo al porche. Allí vi lo que pasaba, y aunque la cosa estaba mal, no era tanto como había creído.
Lo que estaba allí no era Tom, sino su cadáver. Lo habían dejado en el porche, boca arriba, con la escopeta al lado. La barba le había crecido un poco, porque el pelo les sigue creciendo a los muertos durante un tiempo. Estaba cubierto de barro y en mitad del cuerpo tenía un enorme agujero rebosante de tripas. Tenía los ojos bien abiertos y miraban fijamente. La maldad había desaparecido de ellos, pero el miedo que había ocupado su lugar era mucho peor. Cualquiera que fuese el aspecto de la muerte, estaba claro que a Tom no le había gustado.
Os aseguro que no era un espectáculo agradable. No se habría llevado el primer premio en un concurso de tíos guapos. La parca había pintado a Tom Hauck con sus auténticos colores, y la verdad es que el retrato no era muy favorecedor.
La verdad es que no podía culpar a Rose por sentirse mal. Cualquier mujer habría hecho lo mismo si hubiera visto volver al marido a las tantas de la noche y en semejantes condiciones. Estaba en su derecho de armar un alboroto, aunque no solucionase nada ni me ayudase particularmente a pensar, lo que, obviamente, tenía necesidad de hacer y enseguida. La rodeé con un brazo e intenté calmarla.
—Tranquilízate, querida, tranquilízate. No es para tanto, aunque...
—Maldito seas, ¿por qué no lo mataste? —Me apartó de un empujón—. ¡Me dijiste que habías matado al hijo de puta!
—Y lo hice, cariño. No parece que esté vivo ahora, ¿verdad? No podría estar más muerto si...
—Entonces, ¿quién lo ha traído? ¿Qué cerdo bastardo lo ha hecho? Si cojo al hijo de puta...
Escrutaba a su alrededor con los ojos dilatados como si escuchara algo. Le dije que también yo quería atrapar al tipo y que no sabía por qué habían hecho aquello. Rose me respondió que cerrase la sucia bocaza.
—Cariño —le reproché—, esa no es forma de hablar. Tenemos que tranquilizarnos y...
—¡Allí! —gritó, señalando con el dedo—. ¡Allí está! ¡Ese es el hijo de puta que lo ha hecho!
Saltó del porche y echó a correr a toda hostia por la vereda que iba de la casa a la carretera. Su blanco cuerpo desnudo se perdió en la oscuridad. Dudé, preguntándome si no debería ponerme los pantalones, por lo menos; me dije que qué leches y eché a correr tras ella.
No sabía qué había visto Rose. Apenas podía ver nada, tan oscuro estaba, pero sí oí una cosa: el chirrido de las ruedas de un carromato y los cascos de un caballo por la vereda emparrada.
Seguí corriendo hasta que cesó el ruido y vi el blanco cuerpo de Rose. La oí volver a gritar y a maldecir, ordenando que bajara del carromato a quienquiera que estuviese en él.
—¡Baja, negro mamón! ¡Baja, muerto de hambre! ¿Cómo se te ha ocurrido traerme al hijo de puta de mi marido?
—Señá Rose. Por favor, señá Rose. Yo... —Era la voz asustada de un hombre.
—¡Yo te enseñaré, hijo de puta! ¡Ya te enseñaré yo! ¡Te voy a despellejar ese culo negro hasta que se te vean los huesos!
Cuando llegué, intentaba frenéticamente soltar una correa de los jaeces. La aparté y ella me miró fuera de sí mientras señalaba con un dedo tembloroso al tipo que estaba junto al carromato.
Era tío John, el fulano de color del que ya he hablado. Estaba de pie, con las manos medio levantadas; en la oscuridad, sus ojos asustados parecían completamente blancos. Había apartado la mirada, naturalmente, porque a un tipo de color se le podía matar por mirar a una blanca desnuda.
—¡Él, él ha sido! —gritaba Rose—. ¡Él ha traído al hijo de puta, Nick!
—Venga, vamos, estoy seguro de que no pretendía ofender a nadie —dije—. ¿Qué tal, tío John? Hermosa noche.
—Gracias, señó Nick. Estoy bien, gracias. —La voz le temblaba de miedo—. Sí, tie usté razón, es una noche hermosa.
—¿Serás hijo de puta? —gritaba Rose—. ¿Por qué lo has traído? ¿Cómo se te ha ocurrido que podíamos querer a ese cochino bastardo?
—¡Rose! —grité—. ¡Rose! —Los ojos de tío John parecían electrizados.
—Por favor, señá Rose —dijo como si rezara.
Había visto mucho, mucho más de lo que le convenía, y estaba claro que no quería oír nada que pudiera lamentar. Rose volvió a zafarse y abrió la boca para gritar de nuevo: tío John se tapó los oídos con las manos. Sabía que no le convenía. Oía cosas y sabía que yo me daba cuenta.
—¡No aguanto más, Nick! ¡Matas al muy hijo de puta y ahora este bastardo nos lo trae!
Le di en toda la boca. Ella se giró, se me tiró encima y me clavó las uñas. La cogí del pelo, la levanté en el aire y le aticé dos leches, con la palma y con el dorso.
—¿Te has enterado? —dije dejándola en el suelo—. Ahora cierra el pico y vuelve a la casa o te daré la mayor paliza que hayas recibido en tu vida.
Se llevó la mano a la cara. Entonces se dio cuenta de que estaba desnuda. Sufrió un escalofrío y quiso cubrirse con las manos, al tiempo que miraba asustada a tío John.
—Ni... Nick. ¿Qué... qué vamos a hacer?
—Anda, haz lo que te he dicho. —La empujé hacia la casa—. Tío John y yo arreglaremos esto.
—Pe... pero ¿por qué lo habrá hecho?
—Tampoco lo sé —dije—. Ahora, andando y no te preocupes por nada.
Vaciló y al momento echó a correr por la vereda. Esperé hasta asegurarme de que se había ido y me volví hacia tío John.
Le sonreí y él se esforzó por devolverme la sonrisa, pero le castañeteaban tanto los dientes que no pudo hacerlo.
—Bueno, no tengas miedo, tío John —dije—. No tienes nada que temer. Siempre te he tratado bien, ¿no? ¿No he hecho siempre lo mejor por ti?
—Sí, sí, claro que sí, señó Nick —respondió angustiado—, y yo siempre me he portado bien con usté, ¿verdá, señó Nick? ¿No es verdá? ¿No he sido un negro bueno para usté?
—Claro, claro. Tienes toda la razón.
—Sí, sí, señó Nick. Cuando los negros malos se meten en líos, yo voy y se lo cuento a usté. Si roban un pollo, o juegan a los dados, o se emborrachan, o hacen todo lo que hacen los negros malos, yo siempre voy a contárselo a usté, ¿verdá que sí?
—Claro, claro —dije—, también tienes razón en eso y no me he olvidado, tío John. Pero ¿qué harías en este caso?
Tragó saliva, se atragantó y ahogó un gemido.
—Señó Nick, no diré nada de... de lo de esta noche. De verdá, señó Nick, no diré nada a nadie, así que déjeme ir y... y...
—Toma, claro que te dejo ir. No te estoy reteniendo, ¿verdad?
—¿Lo... lo dice de verdá, señó Nick? ¿De verdá no está cabreao conmigo? ¿Puedo irme a casa y tener la bocaza cerrada por siempre jamás?
Le dije que claro que podía irse, pero que yo me sentiría muchísimo mejor si me contara antes cómo se le había ocurrido traer el cadáver de Tom Hauck.
—Si no lo haces, a lo mejor empiezo a sospechar de ti. Puede que hasta piense que has hecho algo malo y quieres ocultarlo.
—¡No, qué va, señó Nick! Si yo no he hecho nada malo. Quería hacer una cosa buena y lo he hecho mal, tonto de mí, y... y... ¡Ay, señó Nick! —Se tapó la cara con las manos—. No me trate mal... Tío John no sabía na y... y... Por favó, no me mate, señó Nick. Por favó, no mate al viejo John.
Le palmeé la espalda y le dejé llorar un minuto. Le dije que sabía que no había hecho nada malo, así que no tenía por qué suponer que yo iba a hacérselo a él, pero que le estaría muy agradecido si me contaba lo que había pasado.
—Usté... usté... —Apartó las manos de los ojos para mirarme—. ¿No va a matarme, señó Nick? ¿De verdá?
—Me cago en la leche, ¿me estás llamando mentiroso? —dije—. Venga, empieza a hablar, y solo quiero oír la verdad.
Me contó qué había pasado, por qué había devuelto el cadáver de Tom Hauck a la granja.
Fue más o menos como me había figurado.
Se había encontrado el cadáver a primeras horas de la noche, mientras cazaba zarigüeyas. Al principio, había pensado ir al pueblo para comunicármelo, pero como había tantos bichos por allí, creyó que lo mejor era llevarse el cadáver. Así que lo puso en su podrido carromato, junto con la escopeta, y se dirigió al pueblo.
Estaba a mitad de camino cuando se le ocurrió que a lo mejor no era conveniente que lo vieran llegar al pueblo con los restos; en realidad, podía perjudicarle. Mucha gente podía pensar que tenía razones sobradas para cargarse a Tom. A fin de cuentas, Tom le había dado una paliza de miedo y quería volverle a pegar si le echaba el guante otra vez. No lo pasaría muy bien mientras Tom andase por allí, así que no habría sido nada raro que lo hubiese matado. Además, como tío John era de color, ni siquiera podía contar con el beneficio de la duda.
Tom Hauck no tenía buena fama y la comunidad estaba hasta las pelotas de él, pero, aun así, habrían ahorcado a tío John. Tal como se concebía, el linchamiento era una especie de deber cívico, una manera más de tener en un puño a la población de color.
El caso es que el viejo tío John se había metido en un lío. No podía llevar el cadáver de Tom al pueblo, ni siquiera podía dejarse ver con él. Además, como Tom era blanco, tampoco podía tirar el fiambre a una zanja cualquiera. Tal como estaban las cosas, solo tenía una opción: lo único que aceptarían el fantasma blanco de Tom y el Dios Omnisciente en que le habían enseñado a creer. Llevaría el cadáver a su casa y lo dejaría allí.
—¿Verdá que no era mala idea, señó Nick? ¿Entiende por qué lo he hecho? Ahora sé que no ha estado bien, porque la señá Rose se ha puesto como se ha puesto y...
—Bueno, deja de preocuparte por eso —dije—. La señora Rose se ha alterado al ver muerto a su marido y, por cierto, con un aspecto muy desagradable. Le costará recuperarse, así que creo que lo mejor será trasladar el cadáver a otro sitio hasta que llegue el momento.
—Pe... pero usté dijo que podía irme, señó Nick. Usté dijo que le contase la verdá y...
—Sí, señor, es lo mejor que podemos hacer —dije—. Así que date prisa y dale la vuelta al carromato.
Se quedó donde estaba, la cabeza vencida, moviendo la boca como si quisiera decir algo. Sonó un largo pedorreo de truenos y luego brillaron la hostia de relámpagos que iluminaron su cara durante unos segundos. Tuve que apartar la mirada.
—¿Me has oído, tío John? —le pregunté—. ¿Has oído lo que te he dicho que hagas?
Vaciló, suspiró y subió al carromato.
—Sí, claro que le he oído, señó Nick.
Volvimos a la casa. Empezó a llover mientras cargábamos el cadáver de Tom. Dije a tío John que se guareciera en el porche mientras me vestía y no se mojara más de lo que ya estaba.
—Tendrás hambre —dije—. ¿Quieres que te traiga una taza de achicoria caliente? ¿Un panecillo? ¿Alguna cosa?
—De verdá que no, gracias. —Negó con la cabeza—. Seguro que la señá Rose no tendrá encendío el fuego a estas horas.
—Bueno, pues lo encendemos. Eso no es problema.
—Gracias, pero mejor no, señó Nick. No... No tengo nada de hambre.
Entré en la casa, me sequé con una toalla que me dio Rose y me sentí la mar de bien cuando me puse la ropa. Mientras me vestía, ella me cosía a preguntas: qué íbamos a hacer, qué iba a hacer yo y tal. Le pregunté que qué pensaba, si se sentiría segura mientras alguien supiera lo que tío John sabía.
—Bueno... —Se humedeció los labios, la vista apartada—. Podríamos darle dinero, ¿no? Entre los dos. Así... bueno, así no tendría ganas de hablar, ¿no te parece?
—Bebe de vez en cuando —dije—. Nunca se sabe lo que un tipo puede hacer cuando bebe demasiado.
—Pero él...
—Es un tipo muy creyente. No me sorprendería que rezara por nosotros.
—Mándalo a alguna parte —propuso Rose—. Móntalo en un tren y envíalo al norte.
—¿En el norte no podría hablar? ¿No se sentiría más libre de hacerlo estando lejos de nosotros que estando aquí?
Me reí, le hice una mueca y le pregunté de qué tenía miedo.
—Pensaba que eras una tía con el coño bien puesto. Al fin y al cabo, no te importó lo que le pasó a Tom.
—¡Porque odiaba al muy hijo de puta! Además, no es lo mismo con tío John, un pobre negro que se ha limitado a hacer lo que ha creído conveniente.
—Quizá Tom también hiciera lo que mejor sabía hacer. Me pregunto si no lo habremos superado nosotros.
—Pero... ¡Nick! Ya sabes cómo era ese bastardo.
Dije que sí, que lo sabía, pero que no sabía de nadie que hubiera matado a la mujer de Tom, ni que Tom se hubiera acostado con la prenda antes y después del hecho. Entonces me eché a reír y la corté antes de que me interrumpiera.
—Esta situación es bien distinta, querida —dije—, y tú eras consciente antes de que ocurriera. No lo has sabido después, así que dime, bueno, qué puedo hacer, puesto que no lo he organizado yo.
—Nick... —Me rozó el brazo un tanto asustada—. Lamento haber perdido la cabeza hace un rato, cariño. No puedo culparte por haberme hecho daño.
—No se trata de eso. Lo que pasa es que estoy un poco cansado de hacer cosas que todo el mundo sabe que voy a hacer, cosas que realmente se quiere y espera que yo haga, cosas por las que he de cargar con toda la responsabilidad.
Me comprendió; por lo menos dijo que lo comprendía. Me abrazó, estuvo así un rato y hablamos un par de minutos de lo que había que hacer. Después me fui, porque tenía toda una noche de trabajo por delante.
Hice que tío John se internara por los plantíos, unos cinco kilómetros detrás de la granja. Dejamos allí el cadáver de Tom, junto a unos árboles, y tío John y yo nos refugiamos donde pudimos, a unos metros de distancia.
Se sentó al pie de un árbol; las piernas le temblaban demasiado para sostenerle. Yo me coloqué a unos metros de él y abrí la recámara de la escopeta. Parecía limpia, lo suficiente para funcionar. Soplé un par de veces para asegurarme y la cargué con los cartuchos que había cogido de los bolsillos de Tom.
Tío John me observaba; en sus ojos se reflejaban todas las súplicas y plegarias del mundo. Cerré la recámara, apunté y él se echó a llorar otra vez. Fruncí el ceño un tanto irritado.
—Bueno, ¿por qué te pones así ahora? —dije—. Sabes que no tengo más remedio que hacerlo.
—No, señó, yo le creí a usté, señó Nick. Usté es distinto de los demás blancos. Yo creí todo lo que usté me dijo.
—Bueno, me parece que mientes, tío John —dije—, y me duele oírte. En la Biblia pone que mentir es pecado.
—También es pecao matar a la gente, señó Nick. Un pecao peor que mentir. Y usté... usté...
—Te voy a decir una cosa, tío John. Te voy a decir una cosa y espero que te tranquilice: todos los hombres matan lo que aman.
—Usté... usté no me ama, señó Nick...
Le contesté que decía la puta verdad, la jodida verdad. Yo solo me amaba a mí mismo y estaba dispuesto a hacer lo que fuera. Tenía que seguir mintiendo, valiéndome de chanchullos, bebiendo whisky, jodiendo con tías y yendo a la iglesia los domingos con las demás personas respetables.
—Y aún te diré algo más —añadí—. Algo más sensato que todas las tonterías que he leído. Es mejor el ciego, tío John, es mejor el ciego que se mea por la ventana que el listillo que lo engaña para que lo haga. ¿Sabes quién es el listillo, tío John? Bueno, hay muchos: todos los hijos de puta que se vuelven cuando cae una moneda al suelo; todos los cabrones que van con los huevos por delante, con un dedo en el culo y otro en la boca, creyendo que no les pasará nada; todos los chulo putas que piensan que la orina se les volverá limonada; todas las almas cándidas hechas, al parecer, a imagen y semejanza de Dios y a quienes lamentaría profundamente encontrarme en una noche oscura, incluido tú, particularmente tú, tío John; la gente que se queda oliendo la mierda con la boca abierta y finge que se sorprende cuando le meten la boñiga. Sí, tú sabes lo que eres: apenas un pobre y viejo negro, porque eso es lo que dices tú, tío John. Pero ¿sabes qué digo yo? Yo digo que te den por el culo, que no tienes más remedio que ser lo que eres y que yo no puedo evitar ser lo que soy; y sabes jodidamente bien lo que soy y lo que va a ocurrir. Sabes rematadamente bien que no tienes amigos blancos. Debes saber condenadamente bien que no vas a tener ninguno porque apestas, tío John, y porque vas por el mundo pidiendo que te jodan bien jodido. ¿Cómo se puede tener un amigo así?
Le vacié los dos cañones de la escopeta.
Casi lo parto en dos.
15
Yo quería que pareciera que tío John le había disparado a Tom con su propia arma y que Tom le había quitado la escopeta y había disparado sobre tío John. O al revés. De todos modos, cuando lo pensé bien, llegué a la conclusión de que la gente no tenía por qué entenderlo así. Es decir, que acabarían buscando al verdadero asesino. Me quedé muy preocupado un buen rato, aunque más adelante vi que no tenía motivo para ello. Por absurdo que fuera, teniendo en cuenta que tío John había muerto casi dos días después que Tom, y contando con la evidencia de que los dos habían muerto en el momento de recibir los tiros, resultó que nadie reparó en eso. Nadie se preguntó cómo un muerto podía haber matado a un vivo.
Claro que ambos cadáveres estaban empapados y llenos de barro, tanto que no se podía decir a simple vista cuándo habían muerto. Además, en Potts County no estábamos preparados para hacer exámenes científicos y llevar a cabo investigaciones. Si las cosas parecen haber ocurrido de cierta manera, la gente suele creer que han ocurrido así, y ni Tom Hauck ni tío John eran individuos por los que nadie quisiera armar jaleo.
La verdad es que a nadie le importaba un bledo ninguno de los dos. Por lo que a Tom respecta, era un caso clarísimo de indiferencia absoluta. ¿Y a quién le importaba que hubiera un tipo de color más o menos, salvo a otro tipo de color? ¿Y a quién le preocupaba que se preocupasen los tipos de color?
Pero creo que me estoy adelantando un poco...
Puse la escopeta entre Tom y tío John, dejé el caballo y el carromato de Tom donde estaban ellos y crucé los plantíos camino de la granja de Hauck.
Ya era muy tarde, o quizá debería decir muy temprano. Faltaría aproximadamente una hora para que amaneciese. Enganché el caballo sin pasar por la casa y me dirigí al pueblo.
La puerta del establo de alquiler estaba abierta. El mozo roncaba en un henil como una sierra circular. Sobre un barril de arena ardía una lámpara que iluminaba con luz parpadeante la hilera de pesebres. Coloqué el caballo y el carruaje sin hacer ruido apenas; el mozo seguía roncando. Salí otra vez a la oscuridad. A la oscuridad y la lluvia.
No había nadie en la calle, claro. Aunque no hubiera estado lloviendo, no habría habido nadie en la calle a aquellas horas. Llegué al Palacio de Justicia, me quité las botas y me deslicé escaleras arriba hasta mi cama.
El calor me sentó de maravilla después de haber llevado la ropa mojada; además, estaba derrotado por el cansancio. Me quedé dormido enseguida en vez de cabecear durante quince o veinte minutos, como me ocurría últimamente.
Me pareció que, nada más apoyar la cabeza en la almohada, Myra empezaba a gritarme y a zarandearme.
—¡Nick! ¡Sal de la cama, Nick Corey! ¡Santo Dios! ¿Es que quieres pasarte durmiendo toda la noche y todo el día?
—¿Por qué no? —murmuré agarrándome a la almohada—. Me parece una idea excelente.
—¡He dicho que te levantes! Es casi mediodía y Rose está al teléfono.
Me levanté y hablé con Rose un par de minutos. Le dije que lamentaba que Tom no hubiera regresado a casa todavía y que posiblemente saldría a buscarlo, aunque no sabía con seguridad si haría sol o si se pondría a llover otra vez.
—Saldré, Rose —dije—, así que no te preocupes más. Empezaré a buscarlo hoy, aunque se ponga a llover otra vez y me quede empapado como anoche, por no hablar de coger un resfriado. Si no puedo hoy, saldré mañana, seguro.
Colgué y me di la vuelta.
Myra me miraba con el ceño fruncido, la boca tensa y una expresión de disgusto. Me señaló la mesa y me dijo que me sentara, por el amor de Dios.
—Te vas a tomar el desayuno y vas a salir de aquí inmediatamente. ¡Cumple por una vez con tu deber para variar!
—¿Yo? —dije—. Siempre cumplo con mi deber.
—¿Tú? ¡So imbécil, gilipollas, abúlico! ¡Tú no haces nada!
—Bueno, en eso consiste mi deber —contesté—. En no hacer nada, quiero decir; por eso me votan los electores.
Se volvió con tanta rapidez que la falda voló por los aires. Entró en la cocina. Me senté a la mesa. Miré el reloj y vi que eran casi las doce, prácticamente la hora de comer, así que apenas me comí unos huevos con jamón, menudillos con salsa y siete u ocho bizcochos, además de una tarrina de melocotón con nata.
Me estaba tomando la tercera taza de café cuando volvió a entrar Myra. Mientras retiraba los platos, iba murmurando. Le pregunté si le pasaba algo.
—Si pasa —dije—, no tienes más que decírmelo: dos cabezas piensan mejor que una.
—¡So puerco...! ¿Es que no te vas a ir nunca? —gritó—. ¿Cómo es que estás todavía ahí sentado?
—Toma, porque estoy tomando café —dije—. Si te fijas, verás que no miento.
—Pues... ¡Te lo llevas y te lo tomas en otra parte!
—¿Quieres decir que me lleve la mesa?
—¡Eso es! Vamos, anda, vete, por el amor de Dios.
Le respondí que me encantaba complacerla, pero que si lo pensaba bien, se daría cuenta de que no tenía demasiado sentido que me llevara la mesa.
—Es casi la hora del almuerzo —dije—. Servirás la comida de un momento a otro, así que, ¿por qué tengo que irme cuando puedo muy bien quedarme y prepararme para comer?
—¡So... so...! —Le rechinaban los dientes—. ¡Largo de aquí!
—¿Sin comer? —dije—. ¿Quieres que vaya a trabajar toda la tarde con el estómago vacío?
—Pero si acabas de... —Le dio un telele y se dejó caer en una silla.
Dije que no pasaba nada, que se sentara y descansara un poco, que no importaba en absoluto que la comida se retrasara un par de minutos. Ella me contestó...
No sé qué me contestó. Estuvimos discutiendo un rato, sin escucharnos realmente. Era lo habitual, porque Myra nunca me prestaba ninguna atención y, a decir verdad, tampoco yo le prestaba demasiada atención a ella. De todos modos, aquel día no podría haberlo hecho aunque hubiera querido, porque estaba demasiado preocupado por lo que ocurriría cuando se encontrasen los cadáveres de Tom y tío John.
Supongo que por esa razón había estado importunando a Myra. No quería salir y afrontar lo que tuviera que ocurrir, así que me entretenía tomándole el pelo. Era como una costumbre que había adquirido y que ponía en práctica cuando me sentía mal o molesto. Una costumbre más arraigada de lo que yo creía.
—¿Dónde está Lennie? —pregunté, retomando la conversación—. ¡Si no se da prisa, llegará tarde para comer!
—¡Ya ha comido! Le preparé un plato antes de que se fuera.
—¿Insinúas que ha salido cuando puede dejar de brillar el sol, empezar a llover a cántaros, ponerse la ropa hecha un asco y acaso coger un resfriado? Vamos, no parece que cuides mucho de tu hermano, querida.
La cara de Myra empezó a hincharse como si soplara sin abrir la boca. Se me quedó mirando con los ojos a punto de salírsele de las órbitas. ¡Que me cuelguen si no temblaba de pies a cabeza!
—Vamos a ver: ¿por qué ha tenido que salir Lennie a la hora de comer? —pregunté—. No puede espiar por las ventanas a la luz del día.
—¡Hijo de...! —dijo levantándose—. ¡Hijo de...! —y señaló la puerta con mano temblorosa—. ¡Largo de aquí! ¿Me oyes? ¡Largo de aquí!
—O sea, ¿que quieres que me vaya? Haber empezado por ahí. Con una insinuación bastaba.
Me puse el sombrero y le dije que de acuerdo, que me llamase cuando estuviera lista la comida. Hizo ademán de coger bruscamente el azucarero y yo bajé la escalera pitando.
Me senté en el despacho. Me calé el sombrero hasta los ojos y puse los pies encima de la mesa. Me pareció que era un buen momento para dar una cabezada, porque la gente no salía demasiado por el barro que había. Pero aquel día no podía cerrar los ojos.
Finalmente, lo dejé estar. No arreglaría nada con tanta preocupación. Pensé que lo mejor que podía hacer era tomar las riendas del asunto, reunir a unos cuantos tipos y empezar la búsqueda de Tom. Luego, ocurriera lo que ocurriese, por lo menos se acabarían mis inquietudes.
Me levanté y me dirigí a la puerta. Sonó el teléfono y di media vuelta para responder. Mientras lo hacía, entró Lennie como una tromba.
Agitaba los brazos, parloteaba y escupía que era la hostia, todo adornado con un tremendo nerviosismo.
Le hice señas para que se calmase y hablé por el auricular.
—Un momento, Robert Lee. Acaba de llegar Lennie y parece que quiere decirme algo.
—No importa. Sé lo que quiere decirte —dijo Robert Lee Jefferson, y me contó de qué se trataba—. Lo mejor será que te dejes caer por aquí y te encargues del asunto.
Dije que lo haría así y así lo hice.
Henry Clay Fanning, un granjero que vivía tres kilómetros al sur del enclave de los Hauck, había encontrado los cadáveres. Estaba cortando leña, así que los había colocado encima del cargamento y los había llevado al pueblo.
—No he perdido ni un minuto —dijo orgullosamente mientras escupía tabaco en el barro—. ¿Crees que el municipio me pagará algo por esto?
—Bueno, no estoy seguro, Henry Clay —dije, advirtiendo que la cabeza de tío John estaba empotrada entre la leña y el fondo del carromato—. Al fin y al cabo, tenías que venir al pueblo igualmente.
—Pero ¿y por el negro? —preguntó—. A un blanco hay que darle alguna clase de recompensa por tocar a un negro.
—Bueno, quizá sí. Si no te la dan en este mundo, tal vez te la den en el otro.
Siguió discutiendo sobre lo mismo. Algunos de los allí presentes tomaron cartas en el asunto y empezaron a opinar y a rebatirse entre ellos. Estaban divididos más o menos en partes iguales: unos afirmaban que Henry Clay merecía una recompensa, otros alegaban que un blanco que se toma la molestia de ocuparse de un negro no merece más que una patada en el culo.
Llamé a un par de tíos de color y les pedí que se llevaran el cadáver de tío John con los suyos. Rezongaron y arrastraron los pies, pero vaya si lo hicieron. Después, entre Robert Lee, uno de sus empleados y yo, metimos a Tom en el bazar de Taylor, MUEBLES Y ATAÚDES.
Le dije a Robert Lee que me gustaría conocer su opinión. Se quedó mirándome. Tenía mala cara.
—¿Puedes esperar, por lo menos, a que me lave las manos? —me soltó—. ¿O es que tienes tanta prisa que ni siquiera puedes esperar?
—Yo, no —dije—. No tengo más prisa que el viejo Tom, y me parece que él no tiene ya ninguna, ¿no te parece, Robert Lee? Es difícil decir qué es más grande, si el viejo Tom o el agujero que le han hecho.
Nos lavamos todos en la parte trasera del bazar. Robert Lee estaba espantosamente pálido y tenía pinta de enfermo. El dependiente fue por detrás a la ferretería; Robert Lee y yo le seguimos unos diez minutos después. No pudimos ir más deprisa porque Robert Lee tuvo que correr hasta la pileta y quedarse un buen rato allí encorvado.
Cuando nos fuimos, ya estaba más repuesto, aunque tenía la boca tirante y estaba pálido como un aparecido. En el mismo momento en que salíamos, se le echó encima Henry Clay Fanning.
Henry Clay era un verdadero caso, un abogado de secano, como decimos aquí. Conocía todos sus derechos —incluso muchos más—, pero no tenía la menor idea de sus deberes. De sus catorce hijos, ninguno había ido a la escuela, porque obligar a que los críos fueran al colegio era violar los derechos constitucionales de un hombre. De sus siete hijas, las cuatro que tenían edad suficiente para estar preñadas lo estaban, y no permitía que nadie les preguntase cómo habían llegado a tal circunstancia porque, como se trataba de su responsabilidad jurídica, era asunto del padre velar por la conducta pública de las criaturas y no toleraba intromisiones.
Por supuesto, todos intuían quién podía haber embarazado a las muchachas, pero, dadas las circunstancias, no había forma de demostrarlo y, como Henry Clay tenía un carácter más bien fuerte, nadie hablaba mucho de ello.
Así que se nos presentó allí mismo para hacer valer sus derechos otra vez, atenazando a Robert Lee Jefferson por el brazo y dándole la vuelta.
—Oye, mira, Robert Lee —dijo—, puede que ese capullo de Nick Corey no conozca la ley, pero tú sí, y sabes cojonudamente bien que tengo derecho a una recompensa. Yo...
—¿Qué? —Robert Lee se le quedó mirando—. ¿Qué dices?
—El municipio da una recompensa por los cadáveres que se sacan del río, ¿no? Entonces, ¿por qué no he de recibir yo una por haber encontrado a esos? No solo los he encontrado, sino que además los he traído al pueblo y se me ha puesto el carromato perdido de sangre de negro y...
—Una cosa, rata incestuosa: ¿te estás dirigiendo a mí llamándome Robert Lee?
Henry Clay dijo que claro, que así le había llamado, y que qué pasaba.
—Oye, ¿qué insinúas al llamarme...?
Robert Lee le dio en la boca. Henry Clay salió despedido por la acera y aterrizó con la espalda en el barro. Se quedó con los ojos abiertos, pero sin mover un músculo. Allí permaneció, jadeando con dificultad por la sangre que le brotaba de la nariz y de la boca.
Robert Lee se frotó las manos como si se las limpiara, me hizo una seña y entramos en su tienda. Le seguí hasta su despacho.
—Bueno, ahora me encuentro mejor —dijo suspirando y hundiéndose en una silla—. Hace años que deseaba darle un puñetazo a ese sucio canalla y por fin me ha dado un motivo.
Dije que pensaba que, a fin de cuentas, Henry Clay no sabía demasiado de leyes.
—Si fuera así, sabría que llamarte por tu nombre de pila justificaba una agresión.
—¿Qué? Me parece que no te entiendo.
—Nada —dije—. Que le has dado un buen puñetazo, Robert Lee.
—Un golpe fino, ¿no? Me gustaría haberle roto el sucio cuello.
—Ándate con cuidado durante un tiempo —le aconsejé—. Henry Clay querrá devolvértelo.
Robert Lee lanzó una carcajada.
—No tiene agallas, pero me gustaría que lo intentara. Es el único tipo al que me encantaría matar. ¡Imagínate, llamarme por el nombre de pila!
—Ya, ¡imagínate!
—Bueno, en cuanto a lo otro, lo de Tom y tío John, no creo que haga falta molestar a ningún funcionario del juzgado de primera instancia en un caso tan claro. Los hechos parecen obvios, ¿no te parece?
—Bueno, sí. Está muy claro —dije—. No creo haber visto nunca un caso tan claro de asesinato.
—Efectivamente. Todos con los que he hablado son de la misma opinión. Aunque si Rose insiste en abrir una investigación...
—O la parentela de tío John...
—¡Oh, vamos! —dijo Robert Lee echándose a reír—. No digas tonterías, Nick.
—¿He dicho alguna?
—Bueno, ¡ejem! —respondió Robert Lee carraspeando un poco—. No he utilizado la palabra exacta. Debería haber dicho «estupideces».
Le miré inexpresivamente y le pregunté qué quería decir con aquello. Me replicó que sabía muy bien a qué se refería.
—Ningún médico le haría la autopsia a un negro. Ya es difícil conseguir que toquen a un negro vivo y tú pretendes que examinen a uno muerto.
—Tienes razón —respondí—. En el caso de que tuviéramos que hacerlo, y pregunto solo a título informativo, ¿crees que podrías obtener una orden judicial para que un médico interviniera?
—Bue... no. —Robert Lee se echó hacia atrás y frunció los labios—. Supongo que es algo que se puede hacer de jure, pero no de facto. En otras palabras, te enfrentarías a una paradoja: el derecho de hacer algo que en la práctica es imposible de llevar a cabo.
Dije que la leche jodida, que era el tío más listo que había en el mundo.
—Me hago la picha un lío con esas cosas que me cuentas, Robert Lee. Creo que será mejor que me vaya corriendo antes de que me des más información y me estalle la cabeza.
—Venga, adulador —repuso sonriendo con alegría y levantándose también—. Lo que me recuerda que he de felicitarte por tu conducta en este asunto. Lo has llevado muy bien, Nick...
—Vaya, muchas gracias, Robert Lee. ¿Cómo te parece que van las elecciones, si no te importa que te lo pregunte?
—En vista de los desdichados rumores que circulan sobre Sam Gaddis, creo que ganarás. Tú sigue haciendo tu trabajo, tal y como has hecho hoy.
—Sí, lo haré —dije—. Seguiré haciéndolo exactamente como hoy.
Salí de la ferretería y me dirigí al Palacio de Justicia. De vez en cuando me detenía para hablar con la gente o, mejor dicho, para que me contasen cosas. La mayoría opinaba como Robert Lee Jefferson en lo tocante a los crímenes. Casi todos estaban de acuerdo en que era un caso archivado, ya que tío John había matado a Tom, y Tom, muerto como estaba, había matado a tío John. O al revés.
Los únicos que no pensaban así, o que decían que no, eran unos cuantos desharrapados. Pretendían que se apelase al juez de primera instancia y estaban listos y deseando colaborar. Pero como no tenían ni un dólar, supuse que no habían pagado sus impuestos, de modo que lo que pensaran carecía de importancia.
Cuando llegué al Palacio de Justicia, Rose conocía la noticia por boca de doscientas o trescientas personas, probablemente. Myra me dijo que tenía que partir inmediatamente para la granja Hauck a buscar a Rose y traerla al pueblo.
—Vamos, por favor, date prisa por una vez en tu vida, Nick. ¡La pobre está muy afectada!
—¿Por qué está afectada? ¿Por la muerte de Tom, quizá?
—¡Pues claro que es por eso! ¿Por qué otra cosa, si no?
—Ya no sé qué pensar —dije—. Anoche estaba muy afectada pensando que Tom podía volver a casa y ahora está muy afectada porque sabe que ya no va a volver más. No me parece muy coherente.
—¡Bueno, déjalo ya! —me soltó Myra—. ¡No empieces a discutir conmigo, Nick Corey! ¡Haz lo que te he dicho o serás tú el que pierda el sentido! Y no te sobra, precisamente.
Saqué el caballo y la calesa. Me dirigía a la granja Hauck pensando que apenas se sale de un problema cuando se entra en otro. Tendría que haber previsto que Rose vendría a casa y pasaría con Myra y conmigo aquella noche, pero no lo había hecho. Había tenido muchas otras cosas en que pensar. Aquella misma noche tenía que ver a Amy... y sería mejor que acudiera, si es que quería seguir visitándola en lo sucesivo. Por otra parte, tenía que quedarme en casa. A Rose le parecería muy extraño que no lo hiciera. No sabía qué mierda iba a hacer.
Ambas, Rose y Amy, constituían un verdadero problema, un problema mucho mayor de lo que yo alcanzaba a comprender.
La casa estaba llena de humo y olores cuando Rose me hizo pasar. Se excusó y me hizo una seña con la cabeza, señalándome el vestido negro que había sobre la estufa.
—He tenido que lavarlo bien, cariño, y tiene que estar seco enseguida. ¿Quieres pasar al dormitorio y esperar?
La seguí hasta el dormitorio y se quitó los zapatos y las medias, que era todo lo que llevaba puesto.
—Mira, cariño —objeté—, quizá no deberíamos hacerlo ahora.
—¿Cómo? —preguntó mirándome con el ceño arrugado—. ¿Por qué coño no?
—Bueno, ya sabes. Ahora eres oficialmente viuda, y no parece muy decente meterse en la cama con una mujer que es viuda desde hace apenas una hora.
—¿Qué mierda importa eso? También te acostabas conmigo antes de que fuera viuda.
—Sí, ya —dije—, todo el mundo hace cosas así. Digamos que era una especie de cumplido. Sin embargo, en estas circunstancias, cuando la viuda ni siquiera ha estrenado el luto, me parece una falta de respeto. Quiero decir que, a fin de cuentas, hay que tener ciertos miramientos, y un tío decente se acuesta con una viuda reciente cuando ella, si es decente, se lo permite.
Rose vaciló mientras me observaba. Acabó por comprender.
—Puede que tengas razón, Nick. Dios sabe que siempre he hecho lo posible por ser una persona respetable, a pesar de ese hijo de puta con el que me casé.
—Claro que lo has hecho. ¿Acaso lo dudabas, Rose?
—Podemos esperar hasta esta noche. Cuando Myra se acueste, digo.
—Bueno —dije—. Bueno... yo...
—Ahora voy a darte una sorpresa. —Me dio un codazo con los ojos brillantes—. Pronto podremos olvidarnos de Myra y tú podrás divorciarte de esa vieja puta... ¡Dios sabe que tienes motivos de sobra! A no ser que la mandemos al infierno y la dejemos allí plantada. ¡Vamos a forrarnos, Nick! ¡A forrarnos!
—¡Eh, eh, eh! —dije—. ¿De qué coño hablas, cariño?
Se echó a reír mientras me contaba de qué se trataba.
Muy al principio, cuando Tom la trataba aún con delicadeza, había contratado un seguro por diez mil dólares. Diez mil, doble indemnización. Pasado un año, más o menos, cuando Tom se cansó de ser galante, dijo que a la mierda la póliza y a la mierda ella también. Pero Rose había seguido pagando la cuota con el dinero que le sisaba. Ahora bien, como Tom había fallecido de muerte violenta y no de muerte natural, la esposa quedaba amparada por la cláusula de la indemnización doble: nada menos que veinte mil dólares.
—¿No es maravilloso, cariño? —Volvió a darme un codazo—. Y eso no es todo. Esta tierra es condenadamente buena, aunque el hijo de puta era un bastardo tan asqueroso que nunca hizo nada por mejorarla. Incluso con una mala transacción, podrían sacarse diez o doce mil dólares, y con tanto dinero, bueno...
—Un momento, un momento —dije—. No corras tanto, cariño. No podemos...
—¡Claro que podemos, Nick! ¿Qué mierda nos lo impide?
—Piénsalo y verás. Piensa en lo que creería la gente. Matan a tu marido y de la noche a la mañana te haces rica. Lo matan, sacas una buena tajada y te lías con otro hombre antes de que el difunto se enfríe en la tumba. ¿No te parece que la gente sospecharía? ¿No crees que se pueden sacar muchas conclusiones sobre ella, el otro hombre y la muerte del marido?
—Bue... bueno —asintió Rose—. Tienes razón, Nick. ¿Cuánto te parece que tenemos que esperar?
—Yo diría que un año o dos. Probablemente, será mejor dos años.
Rose no pensaba lo mismo. No por lo que a ella respectaba. Un año iba a ser ya una espera de narices y no estaba segura siquiera de aguantar tanto.
—Pero ¡no tenemos más remedio! ¡Por favor, cariño! —dije—. No podemos correr riesgos precisamente cuando todo ha salido como queríamos. Sería de locos, ¿no te parece?
—¡No todo ha salido como yo quería! ¡Los cojones ha salido bien!
—Pero escucha, escucha, querida. Convendrás conmigo en que tenemos que ser precavidos, así que tú...
—¡Está bien! ¡De acuerdo! —Rose se echó a reír entre pucheros—. Aparentaré estar compungida, Nick, pero no olvides: no olvides que me perteneces. ¡No lo olvides ni un segundo!
—Desde luego, nena, qué cosas se te ocurren ¿Para qué iba a querer yo a otra mujer si ya te tengo a ti?
—¡Te hablo en serio, Nick! ¡Muy en serio!
Le dije que claro, que sabía perfectamente que hablaba en serio y que no tenía que darle más vueltas. Se relajó un poco y me acarició la mejilla.
—Lo siento, cariño. Nos veremos esta noche, ¿eh? Ya sabes, cuando Myra se vaya a dormir.
—No veo por qué no —respondí con ganas de ladrarle que no me apetecía en absoluto.
—¡Mmm! Casi no puedo ni esperar. —Me besó y dio un saltito—. A ver si ese maldito vestido está ya seco.
Lo estaba. Probablemente mucho más que yo, con todo lo que estaba sudando. Pensé: «Nick Corey, ¿por qué cojones te metes en unos jaleos tan increíbles? Tienes que estar esta noche con Rose; no puedes no hacerlo. Y esta misma noche tienes que estar con Amy Mason. Vas loco por acostarte con Amy, pero no vas a poder. Así que...».
Tenía que poder.
Pero aún no sabía cómo.
16
Myra nos esperaba al final de la escalera cuando llegamos Rose y yo. Cayeron, prácticamente, una en brazos de la otra. Myra exclamó: «¡Pobrecita, pobrecita mía!», y Rose dijo: «¡Oh! ¿Qué haría sin ti, Myra?» Las dos se pusieron a berrear.
Myra hacía más ruido que la viuda, por supuesto, aunque eso le correspondiera a Rose, pero había estado haciendo prácticas por todo el pueblo. Myra no tenía rival cuando se ponía a meter ruido. Empezó por acompañar a Rose a su cuarto, con los ojos fijos en ella y no donde ponía los pies, de modo que se dio un trompazo con Lennie. Se giró y le dio tal hostia que casi me dolió a mí. Luego volvió a atizarle porque se quejó.
—¡Cierra el pico! —le advirtió—. Cierra el pico y compórtate. La pobre Rose tiene ya demasiadas preocupaciones para encima tener que aguantar tu alboroto.
Lennie apretó los dientes para no gritar; casi me dio pena. Es cierto, sentí verdadera pena por él, aunque al cabo de un rato ya habían cambiado mis sentimientos. Supongo que porque yo soy así. Me compadezco de alguien, de Rose, por ejemplo, y hasta de Myra y tío John o... bueno, de mucha gente, pero pasado un tiempo, creo que es mejor no sentir lástima por nadie. Mejor para ellos, por supuesto. A mí me parece que es bastante normal, ¿no? Cuando te apenas por alguien, quieres ayudarle, y cuando ves que no puedes, que hay demasiada gente que necesita ayuda, que dondequiera que mires te sale uno nuevo, millones, que estás solo y que nadie más se preocupa y... y...
Aquella noche la cena iba para largo. Empezó cojonudamente: Myra estuvo la tira en el dormitorio con Rose. Por fin salieron. Le di unas palmadas a Rose en el hombro y le dije que fuera valiente. Ella me apoyó la cabeza en el pecho un instante, como si no pudiera resistirlo, y le di otra palmadita.
—Muy bien hecho, Nick —dijo Myra—. Cuida de Rose mientras sirvo la cena.
—Claro que sí —dije—. Lennie y yo nos ocuparemos de ella, ¿no, Lennie?
Lennie frunció el ceño. Naturalmente, culpaba a Rose de que Myra le hubiera pegado. Myra le fulminó con la mirada y le dijo que se andara con ojo. Después, se retiró a la cocina para servir la cena.
Cenamos bastante bien. Había carne con guarnición. Rose se acordaba de echarse a llorar de vez en cuando y decía que no podía probar bocado, pero la verdad es que no le habría cabido ni una aceituna si no se hubiera aflojado el vestido.
Myra nos sirvió el café y el postre: dos tartas y un pastel de chocolate. Rose tomó un poco de cada, vertiendo unas cuantas lágrimas para demostrar que se estaba esforzando por comer.
Terminamos de cenar. Rose se levantó para ayudar, pero Myra, claro está, no quiso ni escucharla.
—¡No, señor! ¡No, no y no! ¡Vete al sofá y descansa, que buena falta te hace!
—¿Cómo lo vas a hacer todo tú, Myra, querida? —dijo Rose—. Podría por lo menos...
—¡Nada, absolutamente nada! —Myra la apartó suavemente—. Te he dicho que descanses y es lo que vas a hacer. Nick, entretén a Rose mientras estoy ocupada.
—Toma, claro —dije—. Nada me gusta más que entretener a Rose.
Rose tuvo que morderse el labio para no echarse a reír. Nos sentamos en el sofá mientras Myra cogía una pila de platos y se dirigía a la cocina.
Lennie estaba recostado en una silla con los ojos cerrados, pero yo sabía que nos veía. Era uno de sus trucos: fingir que estaba durmiendo. Le gustaba hacerlo, porque aquella era la enésima vez que intentaba utilizarlo conmigo.
—¿Qué tal un besito, nena? —le murmuré a Rose.
Rose echó un rápido vistazo a Lennie y a la puerta de la cocina y dijo:
—Un besazo. —Y nos dimos un besazo.
Lennie abrió los ojos y la boca al mismo tiempo mientras daba un alarido.
—¡Myra! ¡Myra! ¡Ven corriendo, Myra!
A Myra se le cayó algo, porque hubo un alboroto de mil demonios. Una pila de platos, a juzgar por el ruido. Entró corriendo, asustada, como si hubiera un incendio.
—¿Qué? ¿Qué, qué? —preguntó—. ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre, Lennie?
—¡Se estaban abrazando y besando, Myra! —Lennie nos señalaba con el dedo a Rose y a mí—. Los he visto abrazarse y besarse.
—Hostia, Lennie —dije—. ¿Cómo puedes decir una animalada así?
—¡Tú también! ¡Te he visto!
—Hostia, pero si sabes que no es verdad —dije—. Sabes perfectísimamente bien qué ha ocurrido.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Myra, mirándonos desconcertada a Rose y a mí—. Estoy... estoy segura de que tiene que ser un... un error, pero...
Rose se echó otra vez a llorar y ocultó la cara entre las manos. Se levantó diciendo que se iba, que no podía estar ni un segundo más en una casa en que se decían barbaridades de ella.
Myra levantó una mano para detenerla y dijo:
—Nick, ¿quieres hacer el favor de explicarme qué pasa?
—¡Se estaban abrazando y besando, eso es lo que ha pasado! —gritaba Lennie—. ¡Yo los he visto!
—¡Chitón, Lennie! ¿Nick?
—A la mierda —dije con voz cabreada—. Puedes creer lo que te dé la gana, pero te advierto que es la última vez que intento consolar a alguien.
—Pero... ¡Oh! —dijo Myra—. ¿Quieres decir que...?
—Quiero decir que Rose se estaba derrumbando otra vez. Se ha puesto a llorar y le he dicho que se apoyara en mí hasta que se sintiera mejor. Le he dado unas palmaditas en el hombro como haría un tío decente. ¡Me cago en la puta! He hecho lo mismo hace un rato, cuando tú estabas aquí en el comedor, y has dicho que estaba muy bien hecho, que me ocupara de ella, y, ¡joder!, mira cómo te pones ahora.
—Por favor, Nick. —Myra estaba nerviosa y como un tomate—. Ni por un momento he pensado que... bueno...
—Es culpa mía —dijo Rose irguiéndose muy digna—. Myra, no puedo culparte por pensar cosas tan horribles de mí, pero tendrías que saber que yo nunca jamás haría nada que pudiera perjudicar a mi mejor amiga.
—Pero ¡si lo sé! ¡Si en ningún momento he pensado nada malo, Rose, querida! —Myra hablaba prácticamente a gritos—. Nunca dudaría de ti ni un segundo, querida.
—¡Te están engañando, Myra! —aulló Lennie—. Los he visto abrazarse y besarse.
Myra le arreó. Señaló con el dedo la puerta de su cuarto y fue tras él atizándole un par de hostias más.
—¡Adentro! ¡No quiero verte en toda la noche!
—Pero yo he visto...
Myra le dio un guantazo que prácticamente lo tiró al suelo. Lennie entró en su dormitorio dando un traspiés, murmurando y escupiendo. Myra cerró de un portazo.
—Lo siento mucho, mucho, Rose, querida. —Myra se dio la vuelta—. Yo... ¡Rose! Suelta ese sombrero porque no te vas a mover de aquí.
—Cre... creo que será mejor que me vaya —dijo Rose llorando, pero sin que en su voz hubiera verdadera determinación—. Es muy embarazoso después de una escena como esta.
—Pero ¡si no hay ningún motivo, querida! ¡No hay ninguna necesidad! ¿Por qué...?
—Se siente confusa —me entrometí—, y no la culpo. Yo también me siento igual. Es más, ¡hostia!, ahora hasta me da reparo estar en la misma habitación que Rose.
—Muy bien. Entonces, ¿por qué no te vas? —me soltó Myra—. ¡Santo Dios! ¡Sal a que te dé el aire o lo que sea! No tienes que comportarte como un idiota solo porque el pobre Lennie lo haya hecho.
—Muy bien, me iré —dije—. El cabrón de Lennie arma el lío y soy yo el que tiene que irse de su propia casa. ¡Que nadie se sorprenda si tardo!
—Será una agradable sorpresa. Estoy segura de que ni Rose ni yo te echaremos de menos, ¿verdad, Rose?
—Bueno... —Rose se mordió el labio—. Me siento culpable por...
—Venga, deja de preocuparte, querida. Ven a la cocina conmigo. Nos tomaremos una taza de café.
Rose la siguió, un poquito frustrada, naturalmente. En la puerta de la cocina se volvió un segundo para mirarme. Yo me encogí de hombros, con las manos extendidas y cara de circunstancias, como si le dijera: «La cosa está mal, pero ya pasará. ¿Qué le vamos a hacer». Rose asintió, dándome a entender que lo comprendía.
Saqué una caña y un hilo de pescar de debajo de mi cama. Salí del dormitorio y llamé a Myra para preguntarle si podía prepararme un bocadillo, porque me iba a pescar. Imagino que suponéis lo que me contestó. Así que me fui.
No había mucha gente en la calle a aquella hora de la noche, casi las nueve, pero prácticamente todos con los que me crucé me preguntaron si iba de pesca. Yo decía que de ningún modo, qué va. ¿Cómo se les había ocurrido eso?
—Entonces, ¿cómo es que llevas una caña de pescar con hilo y todo? —me preguntó un tipo—. ¿Qué vas a hacer, si no vas de pesca?
—Es para rascarme el culo —contesté—. Por si me subo a un árbol y no llego desde el suelo.
—Oye, tú... —El tipo vaciló frunciendo el ceño—. Eso no tiene sentido.
—¿Cómo que no? —dije—. Todos mis conocidos hacen lo mismo. ¿Insinúas que nunca has cogido una caña de pescar para rascarte el culo en caso de que te subas a un árbol y no llegues desde el suelo? ¡Hostia! ¡Tú eres retrasado!
Dijo que qué va, que él también lo hacía siempre. Es más, había sido el primero a quien se le había ocurrido.
—Lo que quería decirte es que no tendrías que ponerle hilo ni anzuelo. Eso es lo que no tiene sentido.
—Toma, pues claro que lo tiene —dije—. Es para subirte la parte trasera de los calzoncillos después de rascarte. ¡Joder! Estás muy anticuado, compañero. ¡Que no te enteras! ¡El mundo pasa por delante de tus narices y tú ni te das cuenta!
Se alejó arrastrando los pies con rostro compungido. Seguí calle abajo, camino del río.
A otro tío le dije que no, que no iba de pesca, que iba a colgarme con un gancho del cielo y me iba a columpiar hasta cruzar el río. A otro tío le dije que no, que no iba de pesca, que el municipio daba una prima por lanzar mierda al aire y que iba a ver si pescaba una poca en caso de que se vaciasen los retretes cuando el tren pasara. A otro tío le dije...
Bueno, no importa. No eran más que tonterías.
Llegué al río. Esperé un rato y empecé a remontar la orilla hasta que estuve más o menos a la altura de la casa de Amy Mason. Retrocedí hasta el pueblo otra vez, evitando las casas iluminadas y ocultándome siempre que podía, hasta que llegué a mi destino.
Amy me hizo pasar por la puerta trasera. Estaba oscuro; me cogió de la mano y me condujo al dormitorio. Allí se quitó el camisón, me abrazó y me apretó bien durante un minuto, pasándome la boca por la cara. Empezó a murmurarme porquerías, porquerías maravillosas. Me arrancó la ropa. Yo pensaba: «Hostia, no hay ninguna como Amy. ¡Ninguna como ella!».
Y estaba en lo cierto.
Me lo dejó muy claro.
Al acabar, nos quedamos uno junto al otro, cogidos de la mano, respirando al unísono, ambos corazones latiendo acompasadamente. Notaba cierto perfume en el aire, aunque sabía que Amy no usaba. También oía música de violines que, suave y dulcemente, ejecutaban una pieza que no existía. No había sido como el día anterior, como en ninguna otra ocasión, y me pregunté por qué tenía que ser de otra forma.
—Amy —dije, y volvió la cabeza para mirarme—. Vayámonos de este pueblo, cariño, vayámonos juntos.
Estuvo un rato callada, como si meditara. Me dijo que yo no pensaba demasiado en ella, porque, de lo contrario, ni se lo habría sugerido.
—Estás casado, y me temo que divorciarte puede ocasionarte infinidad de problemas. ¿Qué tengo yo para que quieras fugarte conmigo?
—Verás, cariño —dije—. Así no estamos muy bien, que digamos, y no creo que podamos seguir mucho tiempo, ¿no?
—¿Tenemos otra alternativa? —Se encogió de hombros—. Claro que, si tuvieras dinero... Pero no lo tienes, ¿verdad, querido? No, creo que no. Si lo tuvieras, podrías llegar a un acuerdo con tu mujer y entonces podríamos abandonar el pueblo, pero sin dinero...
—Bueno, ejem, sobre ese tema... —Me aclaré la garganta—. Sé que hay muchos tíos demasiado orgullosos para aceptar dinero de una mujer, pero tal y como yo lo veo...
—Yo no tengo nada, Nick, a pesar de que la gente diga lo contrario. Tengo algunas propiedades que me proporcionan una renta que me permite vivir bastante bien en Potts County, pero me darían muy poco por ellas si las vendiera. Ni mucho menos para mantener a dos personas el resto de su vida, sin mencionar la satisfacción que requerirían los sentimientos heridos de una esposa como la tuya.
Apenas supe qué responder. Me sentí un poco ofendido, porque estaba bastante bien informado del patrimonio de Amy y sabía que era más de lo que ella pretendía.
Lo que pasaba es que no quería arreglar las cosas y fugarse conmigo. O fugarse tan solo, como haría cualquier mujer enamorada. Pero era su dinero, así que ¿qué coño podía hacer yo?
Amy me cogió una mano y se la llevó a un pecho. La apretó, intentando hundirla, pero yo no mostré ningún entusiasmo y acabó por apartarla.
—Está bien, Nick —habló—. Te diré el verdadero motivo por el que no quiero irme contigo.
Le dije que no importaba, que no quería molestarla. Ella me espetó que ni me atreviera a ser grosero con ella.
—¡Ni lo intentes, Nicholas Corey! Estoy enamorada de ti, o eso creo. Me parece que es amor. Por ese motivo, voy a aceptar algo que en la vida se me había pasado por la cabeza que pudiera aceptar. Pero, te advierto, no seas violento conmigo, porque pueden cambiar las cosas. ¡Y puedo dejar de amar a un hombre que sé que es un asesino!
17
Estuve un rato sin decir nada; me quedé como estaba, preguntándome adónde habría ido a parar la música de los violines y por qué había dejado de oler el perfume.
Por fin dije:
—¿De qué hablas concretamente, Amy?
Cuando me lo dijo, me tranquilicé un poco, pero solo un poco, porque era terrible.
—Hablo de los dos hombres que mataste, aquellos, bueno, creo que se les llama macarras.
—¿Macarras? ¿Qué macarras?
—Ya basta, Nick. Me refiero a la noche en que tú y yo volvimos a Potts County en el mismo tren. Sí, ya sé que no me viste, pero yo también estaba allí. Sentí curiosidad por saber qué ibas a hacer en el río a esas altas horas de la noche con tu mejor ropa, así que te seguí...
—Un momento —dije—, no pudiste seguirme a ninguna parte. Estaba tan terriblemente oscuro aquella noche que...
—Estaba muy oscuro para ti, Nick, que nunca has visto bien de noche, pero a mí no me pasa eso. Te seguí con bastante facilidad y vi con claridad meridiana cómo mataste a aquellos dos hombres.
Bueno...
Por lo menos era mejor que si supiera que también había matado a los otros dos. Aquello no me ligaba a Rose de manera que no pudiera zafarme.
Durante un par de minutos casi deseé fugarme con Rose y los treinta mil dólares llovidos del cielo, y que le dieran por saco a Amy, pero el casi me frenaba demasiado y acabó por disipar las dudas. Rose, por naturaleza, era demasiado acaparadora, demasiado exigente y posesiva, y tenía poco que dar a cambio. Era una tía cojonuda, pero dicho esto se había dicho todo. Cojonuda, sí, pero también desastrosamente inconsciente. Una mujer proclive a perder la cabeza cuando más la necesitaba, como había ocurrido en el caso de tío John.
Me di la vuelta y abracé a Amy. Se pegó a mí unos instantes, apretándoseme con cada centímetro de carne cálida y suave; luego emitió un quejido y se apartó.
—¿Por qué lo hiciste, Nick? Te dije que lo había aceptado y así es, pero... ¿por qué, cariño? ¡Haz que lo entienda! Nunca se me había pasado por la cabeza que pudieras matar a nadie.
—Yo tampoco lo pensaba —dije—, y no puedo decirte exactamente por qué obré así. Hicieron algo que no me gustó, que no me gustó en absoluto. Yo les iba dejando, como tantas otras cosas que uno consiente, hasta que pensé: «Basta. Hasta aquí hemos llegado». Hubo muchas cosas, cantidad, que no podía evitar, pero sí podía hacer algo con ellos, hasta que por fin... por fin lo hice.
Amy se me quedó mirando con el ceño levemente fruncido. Le di una palmadita en el culo y volví a besarla.
—Si te digo la verdad, cariño —proseguí—, incluso pensé que era lo mejor para aquellos tipos. No se beneficiaban ellos ni beneficiaban a nadie. Seguro que lo sabían; eso se sabe. Así que fue un bonito gesto por mi parte ayudarles a no tener que seguir viviendo.
—Entiendo —dijo Amy—. Entiendo. ¿También te parece un bonito gesto impedir que Ken Lacey siga viviendo?
—Pues, mira, sí —contesté—. Un fulano que se burla de sus amigos, que hace daño a la gente para divertirse... ¡Ken Lacey! ¿Qué sabes de él?
—Solo una cosa, Nick. Lo único que sé es que parece que arreglaste las cosas de modo que el sheriff Lacey sea acusado de los dos asesinatos que cometiste tú.
Tragué saliva y le dije que no sabía cómo podía haber llegado a aquella conclusión.
—No fue mi culpa, te lo aseguro, que Ken viniese, se emborrachase y fuese por todo el pueblo fanfarroneando. Supongo que si un fulano quiere jactarse de lo duro que es, no le queda más remedio que apechugar con las consecuencias.
—Yo no pienso así, Nick, y no voy a permitir que lo condenen.
—A ver, a ver —dije—. ¿Por qué no, Amy? ¿Qué significa Ken para ti?
—Un hombre que puede ser acusado injustamente de asesinato.
—Pero... No lo comprendo —dije—. Si no te importa que yo haya matado a los macarras, ¿por qué...?
—No me has escuchado, Nick. Lo de esos dos hombres me importa demasiado. Además, yo no podía saber que ibas a matarlos. En el caso del sheriff Lacey, conozco tus planes, y si dejo que los lleves a cabo, seré tan culpable como tú.
—Pero... —vacilé— ¿si no tengo más remedio, Amy? ¿Si se trata de elegir entre él y yo?
—Entonces, lo lamentaría mucho, Nick, pero tendrías que ser tú. Sin embargo, no hay por qué llegar a ese extremo, ¿no crees? ¿Verdad que no hay modo de que te puedan inculpar?
—Bueno, no. Así, de improviso, no se me ocurre. Además, hay muchas probabilidades de que los cadáveres no se encuentren nunca.
—¿Entonces?
—Entonces, entonces... a la mierda, Amy, es mucho mejor que las cosas salgan como las he planeado —dije—, infinitamente mejor. ¡Bueno! Si conocieras a ese jodido de Ken Lacey como yo, si supieras algunas de las cabronadas que ha hecho...
—Que no, Nick, te digo que no.
—¡Me cago en todo!
—Que no.
—Escucha, Amy, escucha —dije—. No me parece que estés en situación de dar órdenes. Eres culpable de encubrimiento, como dicen los abogados. Sabías que había matado a los dos tipos y te callaste, así que prueba a hablar y resultarás también acusada.
—Ya lo sé —Amy asintió con firmeza—, pero lo haría igualmente, Nick, y sé que sabes que lo haría.
—Pero...
Pero sabía que lo haría aunque la colgaran. Así que no había más que hablar.
Me la quedé mirando. Tenía el pelo desparramado por la almohada, y su cuerpo, con el calor del mío, estaba tibio. Pensé: «Joder, vaya forma de estar en la cama con una mujer guapa». Allí, discutiendo de asesinatos y amenazándonos el uno al otro cuando se suponía que estábamos enamorados y que tendríamos que estar entregados a otras cosas. Pensé: «Bueno, quizá no sea tan raro. Quizá le ocurra igual a la mayoría de la gente: venga a hacerse reproches a pesar de tener el paraíso al alcance de la mano».
—Lo siento, cariño —dije—. Por supuesto, haré lo que quieras. No quiero hacer otra cosa.
—Yo también lo siento, querido. —Me selló la boca con un beso—. Haré lo que tú digas. En cuanto las cosas se arreglen un poco, nos iremos.
—¡Fantástico, cariño!
—Te quiero mucho y lo haré, en cuanto nos aseguremos de que no quedan cabos sueltos.
Volví a decirle que fantástico mientras rumiaba qué iba a hacer con el enorme cabo suelto llamado Rose Hauck. Pensé: «Bueno, ya afrontaré el problema cuando se presente», y aparté de mi cabeza todo lo que no fuera Amy. Me di cuenta de que ella apartaba de su cabeza todo lo que no fuera yo. Fue como al principio, quizá un poco mejor.
Fue como ninguna otra cosa, pero un poco más.
Volvimos a quedar uno al lado del otro, respirando al unísono, latiéndonos el corazón acompasadamente. De repente, Amy apartó su mano de la mía y se incorporó.
—¡Nick! ¿Qué es eso?
—¿Qué? ¿Qué es qué?
Miré a la ventana que me señalaba Amy, a la persiana echada con el borde levemente iluminado.
Entonces me levanté de un salto, corrí a la ventana y aparté la persiana. Gruñí en voz alta.
—¡Maldita sea! —dije—. ¡Maldito sea todo!
—Nick, ¿qué pasa?
—El barrio de los negros. Está ardiendo.
Tenía que haber esperado algo así. Tom Hauck era un blanco, fuera como fuese, y todo el mundo decía que lo había matado un tipo de color. De modo que a algún idiota se le había ocurrido pensar que «hay que dar una lección a esos negros» y habría hecho correr la voz entre otros idiotas. Pronto empezarían los líos.
Me vestí delante de una Amy que me miraba con preocupación. Me preguntó qué iba a hacer y le dije que no lo sabía, pero que tenía que hacer algo, porque una cosa así, el sheriff pescando mientras estallan los conflictos, puede echar a perder una campaña electoral.
—Nick... ¿Qué importa eso ahora? ¿No vamos a irnos juntos?
—¿Cuándo? —Me calcé las botas—. No me has dicho una fecha concreta, ¿recuerdas?
—Bueno... —Se mordió el labio—. Ya sé lo que quieres decir, cariño.
—Pueden pasar un año o dos —dije—, pero aunque pasaran seis meses, sería mejor que continuase en mi trabajo. Podremos atar esos cabos sueltos que has mencionado mucho mejor que si soy un ciudadano corriente.
Acabé de vestirme y me abrió la puerta trasera.
Regresé por el camino de ida, hasta el río; después, seguí la orilla. Por supuesto, me había dejado la caña de pescar.
Fui a un extremo del barrio negro y me tizné con un poco del carbón que encontré. Luego me mezclé con la multitud y me puse a sofocar las llamas con un trozo de saco que alguien había tirado.
En realidad, no había tanto peligro; en total, eran unas seis o siete las chabolas quemadas. Con la reciente lluvia y la ausencia de viento, al fuego le costaba prender y no había peligro de que se propagase demasiado.
Reuní a unos cuantos tipos de color y les dije lo que tenían que hacer. Después me quedé rezagado un minuto para quitarme el sudor de los ojos; alguien me palmeó en el hombro.
Era Robert Lee Jefferson; tenía la expresión más adusta que había visto nunca.
—¡Maldita sea! ¿Qué te parece, Robert Lee? —dije—. No quiero ni pensar lo que podría haber ocurrido si yo no hubiera estado aquí, como un ciudadano ejemplar, en el momento de declararse el incendio.
—Acompáñame —dijo.
—Gracias, Robert Lee —dije—, pero creo que no puedo. El incendio...
—El incendio está totalmente controlado. Lo estaba mucho antes de que llegaras. Ahora, ven conmigo.
Subí al coche, a su lado. Fuimos a su tienda. Había carruajes, calesas y caballos atados en el exterior, y una media docena de hombres esperando en la acera; hombres importantes, como el señor Dinwiddie, director del banco; Zeke Carlton, propietario de la desmotadora de algodón; Stonewall Jackson Smith, director de la escuela, y Samuel Houston Taylor, propietario del bazar Taylor, MUEBLES Y ATAÚDES.
Entramos todos. Nos sentamos en el despacho de Robert Lee, aunque debería decir que se sentaron todos menos yo, porque allí no había sitio para que yo me sentara.
Zeke Carlton comenzó la asamblea dando un puñetazo en la mesa y preguntando qué coño de condado dirigíamos.
—¿Sabe lo que puede suponer una cosa como la de esta noche, Nick? ¿Sabe usted lo que ocurre cuando se achicharra a un montón de negros pobres y desvalidos?
—Tengo una ligera idea —dije—: Los tipos de color se asustarán y no estarán por aquí para la cosecha del algodón.
—¡Ha dado en el clavo, sí, señor! Asustar a los pobres negros podría costarnos una animalada de dinero.
—Tu mujer nos ha dicho que habías ido a pescar esta noche —dijo Robert Lee Jefferson—. ¿En qué punto del río estabas cuando se declaró el incendio?
—No he ido a pescar —contesté.
—Vamos, Corey —dijo con firmeza Stonewall Jackson Smith—. Lo vi con mis propios ojos camino del río con los aparejos de pesca. Me atrevería a decir que es una prueba concluyente de que iba a pescar.
—Creo que no puedo estar de acuerdo con ustedes —dije—. No me atrevería a decir que están equivocados, pero tengan la seguridad de que tampoco voy a afirmar que estén en lo cierto.
—¡Oh, ya está bien, Nick! —me espetó Samuel Houston Taylor—. Nosotros...
—Pongamos un ejemplo de la otra noche —proseguí—. Vi que un tipo subía a un vagón de mercancías con cierto profesor del instituto. No pensé que fuera la prueba concluyente de que fueran a viajar a ninguna parte.
Stonewall Jackson se puso rojo como la grana. Los demás lo miraron con los ojos entornados, como si lo estuvieran viendo por vez primera. El señor Dinwiddie, director del banco, se volvió hacia mí. Era más amable que los demás. Desde que lo saqué del pozo ciego de la letrina pública, se venía comportando conmigo de una manera muy cordial.
—¿Dónde estaba usted realmente y qué estaba haciendo, sheriff? —dijo—. Le aseguro que estaremos encantados de oír sus explicaciones.
—¡Yo, no, válgame Dios! —dijo Zeke Carlton—. Yo...
—Silencio, Zeke. —El señor Dinwiddie hizo un ademán—. Adelante, sheriff.
—Bien, remontémonos a primeras horas de la noche —dije—. Yo ya imaginaba que podrían intentar algo contra la población de color, así que saqué mi caña y mi sedal e hice como que iba de pesca. El río pasa exactamente por detrás del barrio de color, ya lo saben ustedes, y...
—Sí, maldita sea, sabemos muy bien por dónde pasa —dijo Samuel Houston Taylor con el ceño fruncido—. Lo que queremos saber es por qué no estaba usted allí para evitar el incendio.
—Pues porque he tenido que dar un pequeño rodeo —dije—. He visto a un tipo que salía a hurtadillas de una casa y he pensado que quizá no estuviera haciendo nada bueno. Me ha parecido que tenía que investigar para salir de dudas. Así que me he acercado a la casa de marras, y estaba a punto de llamar cuando he considerado que no era necesario y que incluso podía resultar embarazoso. En el interior había un ama de casa que parecía tan contenta que no daba la sensación de que hubiera ningún problema. Además, la mujer no estaba del todo vestida.
Fue ni más ni menos que un golpe en la oscuridad, por supuesto. Un golpe doble. Supuse que, con tantos ciudadanos como hay en Potts County, alguno habría que pusiese los cuernos a la mujer, que por su parte engañaba al marido. Además, el marido del relato era mucho más sospechoso que la esposa.
Como fuera, di en el blanco, porque os habríais muerto de risa si hubieseis visto cómo se comportaron aquellos individuos. Todos —casi todos, debería decir— se miraron entre sí procurando al mismo tiempo mantener la cabeza gacha. Todos estaban en la misma tesitura.
El señor Dinwiddie preguntó a qué casa en concreto me refería, pero los demás le lanzaron tal mirada que el tipo cerró la boca al instante.
Robert Lee carraspeó y me pidió que continuara con mi relato.
—Entendemos que finalmente llegaste al río y que estabas allí cuando se declaró el incendio. ¿Qué ocurrió entonces? ¿Qué hacías mientras los demás luchábamos con las llamas?
—Hacía lo posible por atrapar a los tipos que lo habían provocado —dije—. Bajaban corriendo por la maleza. Pretendían escapar. Les he gritado que se detuviesen, que estaban detenidos, pero no ha dado resultado. Han seguido corriendo y yo he ido tras ellos. Les he advertido que si no se detenían dispararía, pero sabían que no iba a hacerlo, que no me atrevería a disparar, y por eso se han escapado.
Robert Lee se humedeció los labios y vaciló.
—¿Has visto quiénes eran, Nick?
—Bueno, hablemos claramente —respondí—: No creo que importe mucho quiénes eran o no. Puesto que no los atrapé, sus nombres carecen de interés y, la verdad, decirlos solo originaría hostilidades.
—Pero, sheriff —dijo el señor Dinwiddie—, no comprendo... este... —Se interrumpió al ver la mirada que le dirigía Zeke Carlton, al ver la mirada de sus mejores clientes.
Acababa de dar otro golpe a ciegas y había dado más en el blanco que el primero.
Salvo un par de excepciones, no había hombre allí que no tuviera un hijo adulto o casi adulto, y ninguno de aquellos jovenzuelos valía la mierda que cagaba. Haraganeaban por el pueblo, haciendo ver que trabajaban para sus padres. Iban de putas, se emborrachaban y tramaban cabronadas. Dondequiera que hubiera un conflicto, alguno de ellos estaba implicado.
Se levantó la sesión. Cuando se marcharon, apenas se despidieron de mí.
Seguí a Robert Lee hasta la acera y estuvimos hablando un minuto.
—Me temo que no has hecho ningún amigo esta noche, Nick —dijo—. Tendrás que espabilarte en serio y trabajar de ahora en adelante, si es que quieres conservar el empleo.
—¿Trabajar? —Me rasqué la cabeza—. ¿En qué?
—¡En lo tuyo, naturalmente! ¿En qué, si no? —dijo apartando los ojos cuando lo miré—. De acuerdo, es posible que hayas tenido que transigir esta noche, y puede que tengas que hacerlo más veces, pero una o dos excepciones no justifican que no hagas absolutamente nada para aplicar la ley.
—Bueno, te voy a decir algo, Robert Lee —dije—: Prácticamente todos los individuos que infringen la ley tienen una buena razón para hacerlo, según su forma particular de pensar, y eso convierte en excepcionales todos los casos, no uno ni dos. Ponte tú mismo como ejemplo. Mucha gente podría considerar que fuiste culpable de agresión cuando golpeaste a Henry Clay Fanning en...
—Voy a hacerte solo una pregunta —me interrumpió Robert Lee—: ¿Vas a aplicar la ley o no?
—Claro que sí —dije—. No pienso hacer otra cosa.
—Estupendo, me tranquiliza oírtelo decir.
—Sí, señor —dije—. Voy a ponerme a castigar sin contemplaciones. Todo el que a partir de ahora infrinja la ley se las tendrá que ver conmigo; siempre, claro está, que sea un negro o un blanco desgraciado que no tenga donde caerse muerto.
—¡Nick, esa afirmación es un poco cínica!
—¿Cínica? Vamos, vamos, Robert Lee. ¿Por qué tendría yo que ser un cínico?
18
El incendio se había declarado el viernes por la noche, y amanecía el sábado cuando llegué a casa. Me lavé a conciencia y me cambié de ropa. Fui a la cocina y empecé a prepararme el desayuno.
Myra apareció furiosa y echando pestes, preguntándome por qué cojones estaba levantado. Le conté lo del incendio, cómo me habían juzgado, y cerró la boca enseguida. No quería ser la mujer de un exsheriff más de lo que yo quería dejar de ser sheriff, y sabía que tenía que hacer algo sonado si no queríamos llegar a ese extremo.
Terminó de prepararme el desayuno, lo devoré y fui a darme una vuelta por el pueblo.
Al ser sábado, todas las tiendas estaban abiertas excepcionalmente temprano, y los granjeros que no estaban ya en el pueblo venían de camino. Paseaban por las aceras, aseados y con sus sombreros de fieltro negro cepillados, muy limpia la camisa de los domingos; el mono que llevaban había pasado de medianamente sucio a manifiestamente mugriento.
Sus mujeres llevaban papalinas almidonadas y batas de calicó o de guinga. La ropa de los críos —excepción hecha de los que estaban suficientemente crecidos para heredar prendas de los mayores— estaba hecha con tela de saco; en alguno que otro aún podía verse el letrero medio borrado. Hombres, mujeres y prácticamente todos los muchachos y chicas mayores de doce años mascaban y escupían tabaco. Los hombres y los muchachos se ponían el tabaco en la parte interior del labio inferior. Las mujeres y las chicas usaban palillos, varillas gastadas que hundían en las latas de tabaco y que luego se introducían por la comisura de la boca.
Deambulé entre los hombres, estrechando manos, palmeando espaldas y diciéndoles que acudieran a mí al menor problema que tuvieran. Dije a todas las mujeres que Myra había preguntado por ellas y que fueran a verla de vez en cuando. Acaricié la cabeza de los niños si no eran muy altos y les repartí monedas de uno y cinco centavos, según la estatura.
Por supuesto, anduve también con los del pueblo, buscando amistades como un loco y recuperando las que había perdido. No tenía la seguridad de que fuera a resultar mejor con ellos que con los granjeros y, por lo que tocaba a estos últimos, tampoco tenía ninguna certeza.
Por supuesto que todos eran la mar de agradables y ninguno se mostraba abiertamente hostil, pero muchos se comportaban con cautela y nerviosismo cuando les insinuaba algo relativo a los votos. Si yo sabía algo, era que un tipo que va a votarte no pierde mucho tiempo en darte su opinión.
Si intentaba hacer balance, me daba la sensación de que lo mejor que podía esperar era un empate aproximado con Sam Gaddis. Eso, como mucho, a pesar de todos los infundios que sobre él corrían. Si sobrevivía a los rumores, ¿cómo podía estar seguro de que no saldría vencedor en la carrera hacia el desempate?
Tomé galletas y queso e invité a los tipos con los que estaba hablando.
A eso de las dos tuve que ir al cementerio para el entierro de Tom Hauck. Como había un montón de gente para pasar el rato, no se podía decir precisamente que fuera una pérdida de tiempo.
Me arreglé con galletas y sardinas a la hora de cenar; también repartí entre los tipos con los que estaba hablando.
Cuando se hizo demasiado tarde para seguir trabajando, estaba tan hasta los huevos de hablar, tan cansado y deshecho, que me parecía que iba a reventar. Así que, en vez de irme a casa, me dirigí furtivamente a la de Amy Mason.
Entramos en el dormitorio. Me abrazó un minuto, algo fría e irritada, y de repente pareció cambiar de humor. Nos fuimos a la cama.
Todo fue más bien rápido, teniendo en cuenta lo cansado que estaba. Después, se me cerraron los ojos y me pareció que me hundía en un pozo negro y profundo y...
—¡Despiértate! —Amy me estaba zarandeando—. ¡Que te despiertes!
—¿Qué pasa, cariño? —dije. Amy insistió en que tenía que despertarme.
—¿No te parece un poco descortés que te quedes dormido como un cerdo en el estercolero mientras te estoy abrazando? ¿O es que quieres reservarte para tu preciosa Rose Hauck?
—¿Eh? ¿Qué? Por el amor de Dios, Amy...
—Rose ha ido a verte, ¿o no?
—Bueno, sí —dije—, por lo de la muerte y el entierro de su marido. Ella...
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué he tenido que enterarme por mi cuenta?
—Pero ¿por qué coño tendría que habértelo dicho? —pregunté—. ¿Qué tiene que ver con nosotros? Además, ya te conté lo que había entre Rose y yo, y no pareció molestarte.
Se me quedó mirando con los ojos chispeantes de rabia; de repente, me dio la espalda. En el mismo momento en que iba a rodearla con el brazo, se volvió hacia mí otra vez.
—¿Qué es eso que yo sé de ti y de Rose? ¡Cuéntamelo!
—Oye, cariño, yo...
—¡Responde! ¿Qué es lo que yo sé? ¡Habla!
Dije que había sido una equivocación involuntaria al hablar y que no había nada que contar. Evidentemente, ella no quería saber lo que había entre nosotros. Ninguna mujer que se acueste con un hombre quiere saber que otra también lo hace.
—Me refería a la otra noche —dije—. Ya sabes, cuando estuviste soltándome pullas de Rose y yo te dije que no había nada entre nosotros. Eso es lo que he querido decir cuando he dicho que ya sabías todo lo que había entre nosotros.
—Bueno... —Quería creerme—. ¿No me mientes?
—Toma, claro que no —dije—. Hostia, joder, ¿no estamos igual que cuando éramos novios? ¿No íbamos a irnos juntos en cuanto supiéramos qué hacer con mi mujer y estuviéramos seguros de que no quedaban indicios de los dos macarras que liquidé? Es así, ¿no? Entonces, ¿para qué iba a liarme con otra mujer?
Sonrió. Le temblaban los labios. Me besó y se acurrucó entre mis brazos.
—Nick... No la veas nunca más. Quiero decir, después de que vuelva a su casa.
—Te doy mi palabra —dije—. No voy a intentarlo siquiera. Te aseguro que no la veré, Amy, a menos que no tenga más remedio.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Pues que es amiga de Myra. Antes de que mataran a Tom, Myra estaba siempre con que le echara una mano a Rose, y como a mí me daba pena, lo hacía. Será raro cuando deje de hacerlo de repente, sin esperar siquiera a que contrate a un bracero.
Amy calló un momento, pensando en lo que le había dicho. Después hizo un leve movimiento de cabeza.
—Muy bien, Nick, tendrás que verla... pero solo una vez más.
—Bueno, no sé si bastará —dije—. O sea, probablemente sí, pero...
—Una sola vez, Nick. Lo necesario para decirle que le conviene buscarse ayuda porque tú no vas a verla más. No —y me tapó la boca con la mano cuando quise hablar—, ya está decidido, Nick. Una sola vez y nunca más. Si me quieres, harás lo que te digo. Si no, me enfadaré mucho pero que mucho contigo.
Dije que de acuerdo, que así sería. Realmente, no podía añadir gran cosa, pero lo que pensaba era que Rose iba a poner algunas pegas y que podía meterme en un atolladero por no hacerle tanto caso como a Amy.
Amy no me dejaba salida, ¡maldita sea! Por otra parte, yo tenía tantas ganas de librarme de Rose como ella de conservarme, pero eso requería tiempo, y si no tenía, si solo podía ver a Rose una vez más...
—Nick, querido... sigo aquí.
—Sí —dije—, que me cuelguen si no me doy cuenta.
La abracé, la besé y la acaricié con mucho entusiasmo, pero, siendo franco, no era del todo sincero; no lo era porque estaba tan cansado que apenas podía mover un dedo.
Estaba muy cerca de urdir un plan, uno que no solo solventara lo de Rose sin que tuviera que verla más de una vez, sino que al mismo tiempo iba a remediar lo de Myra y Amy. Pero Amy hablaba y hablaba y el plan se desmontaba, cada pieza por su lado. Yo sabía que me iba a costar recomponer los pedazos, si es que alguna vez lo lograba.
—¡Nick! —Empezaba a cabrearse otra vez—. No habrás vuelto a dormirte, ¿verdad?
—¿Yo? —dije—. ¿Dormirme yo al lado de algo tan bonito como tú? Vamos, qué cosas tienes.
Me abrió la puerta ella misma. Estaba tan agotada que apenas podía mantener los ojos abiertos. Me escurrí por el pueblo y, creedme, el verbo exacto es escurrirse, porque estaba tan seco que ni saliva me quedaba para remojarme el gaznate.
Llegué al Palacio de Justicia y me quité las botas al pie de la escalera. Subí sigilosamente, llegué a mi habitación y me desnudé. Acto seguido, me metí en la cama, cuidando al máximo que no crujieran los muelles. Suspiré y pensé: «Señor, ¿cuánto durará esta cruz? Una ya jode lo suyo: ¿cómo coño voy a soportar este calvario?».
Rose me cogió por banda. Se me montó encima y sentí que le ardía el cuerpo.
—¡Hostia, Nick! ¿Por qué has tardado tanto?
Me esforcé por no quejarme.
—Oye, Rose —dije—, ahora no podemos. ¡Ya es domingo por la mañana!
—¡Pues que le den por el culo al domingo por la mañana! —contestó—. ¿A quién coño le importa qué día sea?
—Pero es que no está bien, no está bien fornicar el domingo por la mañana. Anda, piénsalo y verás que tengo razón.
Rose dijo que no quería pensarlo, que solo quería hacerlo.
—¡Vamos, hostia! —jadeó—. ¡Vamos! Ya te enseñaré yo si está bien o no.
La verdad es que no podía, os lo aseguro; al menos, creía que no podía. Supongo que me las ingenié para hacerlo solo porque el Señor me dio fuerzas. Él se dio cuenta de que yo estaba bien jodido, obviamente, porque si se percata hasta del gorrioncillo que cae, no tuvo más remedio que darse cuenta del apuro en que me encontraba yo.
Así que me dio fuerzas, supongo. No quiero parecer desagradecido, pero era lo mínimo que podía hacer.
19
Rose fue a la iglesia con Myra y conmigo. Lennie se quedó en casa; no siempre reaccionaba demasiado bien ante las multitudes. Terminado el oficio, Rose y Myra se marcharon a casa para preparar la comida y yo me fui a dar una vuelta para estrechar unas cuantas manos, acariciar a unos cuantos críos y palmear alguna que otra espalda.
Lo mismo estaba haciendo Sam Gaddis. Era un tipo de pelo grisáceo, mediana edad y aire digno. El cura lo había apoyado indirectamente en el sermón, que trató de aquello de tirar la primera piedra y de no juzgar a menos que seáis juzgados. Me pareció que le acogían mejor que a mí. La gente volvía la cabeza para mirarlo mientras me estrechaba la mano. Cuando le daba palmaditas en la espalda a uno, parecía que lo catapultara hacia Sam. Hasta hubo una señora que apartó a su niño de un tirón cuando yo iba a darle un beso, de forma que estuve a punto de besarme la hebilla del cinturón.
Vi claramente que tenía que aplicarme aquello de a grandes males, grandes remedios, así que me abrí paso entre la multitud hasta ponerme al lado de Sam; le cogí de la mano.
—Quiero que sepa que estoy enteramente con usted, Sam —dije—. Sé que no son ciertas todas esas marranadas que circulan sobre su persona, aunque lo parezcan. Cuenta con todo mi apoyo moral y voy a subir con usted esta noche al estrado para demostrarlo.
—Bueno... eh... —dijo tosiendo visiblemente incómodo—. Bueno... este... es muy amable por su parte, sheriff. Pero... bueno... yo...
Lo que quería decirme es que no quería verme ni a mil kilómetros de distancia y mucho menos en la misma tribuna, pero tal y como era el fulano, no sabía cómo decirlo.
—Yo... Verá... —probó otra vez—. Le agradezco la propuesta, sheriff, pero será mejor que... bueno...
Le palmeé la espalda y le interrumpí. Le juré por mi santa madre que iba a hacerlo y que no tenía nada que agradecerme, porque, en realidad, no le estaba haciendo ningún favor.
—Creo que es lo justo —dije—. Usted dígame qué tengo que hacer, porque esta misma noche estaré en la tribuna con... ¡Ay!
Zeke Carlton me dio un empujón y me clavó el codo en las costillas. Pasó un brazo por los hombros de Sam y me señaló con la cabeza.
—Yo hablaré por ti, Sam. No permitas que Nick se te acerque, porque es marrullero, medio idiota y demasiado blando para ser sheriff; que te vean con él solo puede perjudicarte, aunque no te dé una puñalada trapera.
Sam volvió a carraspear con la expresión más patética del mundo. Zeke me miró como si quisiera escupirme en la cara.
—Bueno, Zeke —dije—, yo no hablaría así. Hoy es domingo y estamos aún en el terreno del Señor. Que me ahorquen si no me está poniendo motes y usando malas palabras como «medio idiota».
—¡Qué cojones! —dijo con desprecio—. ¿Quién coño es usted para corregirme? Porque...
—Soy el sheriff, y mi trabajo consiste en velar por que no se haga nada malo, sobre todo por que no se ultraje al Señor en su propia casa. Así que será mejor que no vuelva a hacerlo, Zeke, o por mi santa madre que le meto entre rejas.
Zeke resopló con rabia y soltó una carcajada temblorosa. Miró a su alrededor en busca de apoyo, pero somos una comunidad temerosa de Dios, como sin duda habréis notado ya, y todo el mundo le miraba fríamente o con el ceño fruncido.
Aquello le cabreó más todavía.
—¡Hostia, hos...! ¿No os dais cuenta de lo que pretende? ¡Quiere hundir a Sam valiéndose de mí! Sabe que yo respaldo a Sam y por eso quiere meterme en líos.
—Mire, no se trata de eso —dije—. Sabe que no es cierto, Zeke.
—¡Una mierda no lo es!
Le aseguré que no, señor, que no era verdad y que él lo sabía tan bien como yo.
—Que juzguen los aquí presentes —dije—. Pregunte si saben de alguna mala pasada que le haya hecho yo a alguien, que digan siquiera si he dicho alguna vez una sola palabra hostil a otro individuo. Pregunte a quien quiera. Que juzguen ellos.
Zeke frunció el ceño y murmuró algo para sus adentros. Parecían maldiciones. Le pregunté a Sam si creía que yo iba a perjudicarle. Sam se removió con rostro confuso.
—Bueno... Bien... Estoy seguro de que no lo haría, claro...
—Muy bien —dije—. No lo haría. En primer lugar, no va con mi naturaleza perjudicar a otro individuo y, en segundo lugar, sé que no serviría absolutamente de nada. Creo que no se le puede perjudicar, Sam. Tal y como yo lo veo ahora, es usted intachable y candidato ganador.
Sam sacudió la cabeza. Agitaba las manos, como si necesitara ayuda, como si no supiera si ponerse a mear o comerse una lechuga. Si él estaba sorprendido, los demás también, sin duda. Todos me miraban con los ojos como platos. Hasta Zeke Carlton se quedó boquiabierto unos instantes.
—Bueno, mire, Nick —dijo por fin—. Aclaremos eso. ¿Está diciendo que va a retirarse en favor de Sam?
—Sí, voy a hacerlo —contesté levantando la voz—. Me retiraré en favor de Sam en cuanto me responda a una pregunta.
Zeke preguntó que qué clase de pregunta. Yo dije que una muy sencilla. Esperé un minuto para que se concentrara el máximo de público.
—Una pregunta muy sencilla —repetí—. Una que está en boca de todos, por decirlo así, y que Sam tendrá que responder antes o después.
—¡Bueno, venga ya! —dijo Zeke con cara de impaciencia—. ¡Hágala! A Sam no le importa responder preguntas, ¿verdad, Sam? ¡La vida de Sam es un libro abierto!
—¿Qué ocurre, Sam? —dije—. Me gustaría que hablara por usted mismo.
—Bueno... Sí —repuso Sam—. O sea, que me gustaría responder a su pregunta. Es decir... si es que puedo.
—Bueno, se refiere a los chismorreos que la gente va contando sobre usted —dije—. ¡Un momento! ¡Un momento, Zeke, Sam! —Levanté la mano—. Sé que no son más que mentiras. Sé que Sam no violaría a una niña de color, ni robaría los dientes de oro de su abuela, ni mataría a su padre con un palo, ni se quedaría con los ahorros de una viuda, ni echaría a su mujer a los cerdos. Sé que un individuo educado como Sam no haría nunca nada así. De modo que lo único que pregunto es lo siguiente... Mi pregunta es la siguiente...
Volví a hacer una pausa para ponerlos a todos nerviosos. Esperé hasta que se oyó el vuelo de una mosca. Entonces formulé la pregunta.
—Muy bien, hela aquí: si las habladurías son infundadas, ¿cómo es que circulan? ¿Por qué casi todo el mundo afirma que son ciertas?
Sam parpadeó. Abrió la boca y volvió a cerrarla. Él y Zeke se miraron.
—Bueno... Esto... —comenzó Sam—. Yo... ¿Sabe?... Yo...
—¡Oiga, pare el carro! —saltó Zeke volviéndose hacia mí—. ¿Qué quiere decir con que todo el mundo dice que son ciertas? ¿Quién coño es todo el mundo?
—Rectifico —dije—. Bien mirado, no todo el mundo lo anda diciendo. Probablemente, no se trate más que de doscientas o trescientas personas. Para el caso, la cuestión es la misma. ¿Cómo es que hay doscientas o trescientas personas que dicen que es cierto que Sam violó a una niña de color, que mató a su padre a bastonazos, que arrojó a su mujer a los cerdos, que...?
—¿Qué importa eso, maldita sea? —Zeke cogió a Sam por el brazo—. Vámonos, Sam. No tienes que responder a una pregunta tan imbécil.
—Naturalmente, no tiene por qué hacerlo —dije—, pero yo creo que debería. No veo cómo lo van a votar, si no puede responder a eso.
Zeke tenía cara de pocos amigos. Le echó una mirada a Sam y acto seguido le dio un codazo.
—Muy bien, Sam, quizá sea mejor que contestes.
—Claro, claro —dijo Sam—. Esto... ¿Cuál era la pregunta, sheriff?
Empecé a formularla otra vez, pero me interrumpió un tipo que estaba detrás de mí.
—¡Ya lo sabes, Sam! ¿Cómo empezaron las habladurías que se cuentan sobre ti? ¿Por qué dice la gente que son fundadas si no lo son?
Hubo un murmullo de aprobación. Todos asentían y se daban codazos. Sam se aclaró la garganta para hablar, pero hubo otra interrupción. Se oyó a un espontáneo que se encontraba en la periferia de la muchedumbre.
—¿Qué hay de la niña negra, Sam?
La gente se miraba, confundida, riendo con disimulo o carcajeándose abiertamente. De pronto, empezaron a sonar voces por todas partes.
—¿Dónde está la dentadura de oro, Sam?
—¿Te follaste a la viuda por dinero, Sam?
—¿Qué les hiciste a los cerdos para que se comieran a tu mujer?
Etcétera. Hasta que todo fue una locura de gritos, risas y patadas.
Dejé que transcurrieran dos o tres minutos para que aquellos buenos cristianos me dejaran el terreno abonado. Entonces levanté los brazos, imploré silencio y por fin lo obtuve. Era un silencio inquieto, ya me entendéis; el silencio que precede a la tormenta.
—Bueno, Sam —dije encarándome con él otra vez—. Supongo que ya ha comprendido perfectamente la pregunta, ¿o quiere que se la repita?
—Yo, bueno...
—Voy a repetírsela, y escúcheme con atención, Sam. Si no ha violado usted a ninguna indefensa niña de color, ni ha matado a palos a su anciano padre, ni ha arrojado a los cerdos el cadáver de su amante y confiada esposa, a la que había jurado cuidar y proteger... Si no ha cometido ninguno de esos crímenes que revuelven el estómago con solo pensar en ellos, ¿cómo es que tanta gente lo afirma? Por decirlo de otra forma, Sam: ¿cómo es que la gente dice que ha cometido usted actos que un canalla aborrecería y que es usted más vil que un perro que se alimenta de vómitos, si no es verdad? En pocas palabras, ¿sostiene que dice la verdad y que los demás son unos puercos embusteros?
Zeke Carlton se puso a gritar.
—¡Eh, un momento! Eso no es...
Pero le abuchearon antes de que pudiera seguir hablando. Todos exigían a Sam que respondiese, que se explicase por su cuenta. Volví a levantar las manos.
—Bueno, Sam, ¿qué responde? —le pregunté—. Estamos esperando.
—Bueno... —Sam se humedeció los labios—. Bueno, yo...
—¿Sí? —dije—. Hable, Sam. ¿Por qué se dice que es cierto lo que se cuenta si no lo es?
—Bueno...
Sam no tenía ninguna respuesta. Casi se podía oler que sudaba sangre mientras buscaba una, pero no podía contestar. No me sorprendió, naturalmente. ¿Cómo podría nadie responder a una pregunta así?
No obstante, Sam siguió probándolo. Sería el decimosexto intento cuando alguien le tiró un misal y le dio en toda la boca. Fue como una señal, como el primer relámpago que anuncia la tormenta, porque, de pronto, el aire se llenó de misales, devocionarios, gritos, acusaciones y manos que querían atrapar a Sam. De repente, desapareció como si se hubiera colado por una trampilla...
Fui a casa paseando.
Pensaba que, bueno, que era estupendo no tener que acudir aquella noche a la tribuna en el mitin de Sam, porque Sam no iba a estar allí tampoco, porque no iba a haber mitin y porque Sam había dejado de ser candidato.
Pensaba que, bueno, que por lo menos había sacado un clavo de mi cruz, y que quizá si seguía siendo honrado y temeroso de Dios, y nunca hacía daño a nadie, salvo que fuera por el bien ajeno o el propio, que era más o menos lo mismo, vaya, que entonces quizá se me solucionasen todos los problemas tan fácilmente como aquel.
Rose, Myra, Lennie y yo almorzamos juntos aquel domingo. Al parecer, Rose tenía que volver a su casa aquella misma tarde y yo dije que me sentiría orgulloso de acompañarla en cuanto hubiera descansado un rato. Naturalmente, no la llevé.
No podía, ya lo sabéis, porque solo podía verla una vez más. Solo una vez para arreglar las cosas con ella. Aquel plan que comprendía a Rose, a Lennie y a Myra al mismo tiempo volvía a estar en marcha. No lo podía llevar a cabo la tarde del domingo ni ninguna otra tarde. Tenía que ser por la noche. Además, tenía que madurarlo un poco más.
Myra me llamó una hora después, aproximadamente. Al poco, entró en mi habitación y me llamó otra vez, zarandeándome hasta que casi volcó la cama. Por supuesto, no le sirvió de nada.
Se incorporó, volvió a la otra habitación y oí que se excusaba ante Rose.
—No puedo despertarlo, querida. Está como muerto. No es de extrañar, teniendo en cuenta el sueño que ha perdido.
Rose dijo que sí, que no era de extrañar. Su voz sonaba un tanto desafinada.
—La verdad, no tenía pensado pasar aquí esta noche, pero...
—No tienes por qué hacerlo —afirmó Myra—. Se lo diré a Lennie y entre los dos te llevaremos a casa.
—De verdad, no es necesario —respondió Rose en el acto—. No me importa...
—Y a mí no me importa llevarte. De verdad que no, querida. De modo que prepárate... Lennie, ve a lavarte la cara. Nos pondremos en camino enseguida.
—Bueno —dijo Rose—. Bueno, está bien, Myra, querida.
Se marcharon al cabo de pocos minutos.
Bostecé, me desperecé y me puse de costado, listo por fin para dormirme de verdad. Di unas cabezadas, pero no pude hacer más que eso, porque en aquel instante oí que alguien subía por la escalera.
Era un hombre, a juzgar por los pasos. Volví a tumbarme pensando: «Bueno, a la mierda con él. Es domingo por la tarde y tengo derecho a descansar un rato». Pero no se puede ignorar a un ciudadano cuando se es sheriff, sea domingo u otro día cualquiera. Así que eché los pies al suelo y me levanté.
Fui a la sala de estar y abrí la puerta del recibidor en el momento mismo en que el individuo iba a llamar.
Era un tipo con ropa de ciudad, alto, delgado, con una nariz como un anzuelo y una boca tan grande como el culo de una abeja.
—¿Sheriff Corey? —Me enseñó una tarjeta de identificación—. Me llamo Barnes, soy de la agencia de detectives Talkington.
Sonrió ampliamente con su boquita de piñón, lo suficiente para enseñar un diente: fue como vislumbrar un huevo que sale de una paloma. Dije que tenía muchísimo gusto en saludarle.
—Así que usted trabaja en la agencia Talkington. Que me cuelguen si no he oído hablar de ustedes muchísimo. A ver, a ver... ustedes acabaron con aquella huelga ferroviaria, ¿verdad?
—Exacto. —Y volvió a enseñarme el diente—. La huelga del ferrocarril fue uno de nuestros trabajos.
—¡Toma! ¡La leche! Pues eso exige fibra, ¿eh? —dije—. Los obreros tirándoles trozos de carbón y regándolos con agua, y ustedes no tenían para defenderse más que escopetas y fusiles automáticos. ¡Sí, señor! ¡Hostia! ¡Hay que reconocer que lo hacen ustedes cojonudamente!
—Un momento, sheriff. —Su boca se encogió como un ojal—. Nosotros nunca...
—¿Qué me dice de aquellos muertos de hambre que trabajaban en el ramo textil? —proseguí—. Joder, los apañaron ustedes, ¿eh? Gente que malgastaba un salario semanal, nada menos que de tres dólares, dándose a la mala vida y que luego se quejaba porque tenía que comer basura para sobrevivir. Pero ¡qué cojones!, eran extranjeros, oye, y si no les gustaba la basura norteamericana, que volvieran al lugar de donde habían venido.
—¡Sheriff! ¡Sheriff Corey!
—¿Sí? —dije—. ¿Quería decirme algo, señor Barnes?
—¡Claro que quiero decirle algo! ¿Por qué habría venido, si no? Ahora...
—¿Quiere decir que no ha venido para charlar un rato? ¿Ni siquiera para enseñarme sus medallas por disparar a la gente por la espalda y...?
—Estoy investigando a un antiguo vecino de Potts County. Un hombre llamado Cameron Tramell.
—Jamás he oído ese nombre —dije—. Adiós.
Fui a cerrar la puerta, pero Barnes me lo impidió.
—Tiene que haberlo oído —dijo—. Aquí le llamaban Curly. Era macarra.
Dije que ¡oh! Dije que ¡oh, sí, claro!, claro que había oído hablar de Curly.
—Ahora que lo dice, hace días que no lo vemos. ¿Qué tal le va?
—Mire, sheriff —me sonrió con los ojos—, no perdamos el tiempo.
—¿Perder el tiempo? ¿A qué se refiere?
—Me refiero a que Cameron Tramell, alias Curly, está muerto, como usted bien sabe, y que además sabe quién lo mató.
20
Lo invité a pasar. Nos sentamos en la sala de estar mientras parloteaba. Al parecer, habían rescatado los cuerpos, el de Moose y el de Curly. Nadie se había interesado por Moose, pero sí, y mucho, por Curly. Los que lo buscaban eran su propia familia, una de las más destacadas del sur. Sabían, naturalmente, que no era bueno; de hecho, le habían dado dinero para que se fuera. Aun así, el muchacho llevaba su sangre y querían que se ahorcara a su asesino.
—Así que aquí estoy, sheriff... —Barnes se esforzó por sonreír—. Seguramente, no estaremos de acuerdo en muchas cosas, pero, bueno, no soy un hombre rencoroso y estoy seguro de que ninguno de los dos quiere que haya un asesino suelto.
—Puede estar seguro de que yo no —contesté—. Si veo a cualquier asesino que ande suelto, lo detendré y lo meteré en la cárcel.
—Perfecto. Si usted me dice quién mató a Curly...
—¿Yo? —dije—. Yo no sé quién lo mató. Si lo supiera, lo detendría y lo metería...
—¡Sheriff! Usted sí sabe quién lo mató. Lo ha admitido.
—Yo, no. Usted, no yo, ha dicho que yo lo sabía.
Encogió la boca otra vez e hizo lo propio con los ojos. Con aquella nariz en forma de anzuelo, su cara parecía un banco de arena con tres terrones y un arado surcándolo.
—Hace aproximadamente una semana, la mañana siguiente al asesinato de Curly...
—Eh, ¿cómo sabe usted que fue la mañana siguiente? —dije—. Eso solo puede saberlo el tipo que lo mató.
—Lo sé. Sé que su amigo, el sheriff Ken Lacey, se jactó abiertamente por las calles de este pueblo de que se había encargado de Moose y de Curly, dando a entender que los había matado. Usted estaba con él cuando fanfarroneaba, cuando afirmaba que había matado a aquellos dos hombres, y usted lo aprobaba sinceramente.
—Ah, sí —dije riéndome—, ya me acuerdo. Aquello fue una broma de Ken y mía. Nos divertimos mucho.
—Oiga, sheriff...
—¿No me cree? —le pregunté—. ¿Cree que un tipo que ha matado a dos hombres se pasearía por las calles alardeando de ello y que yo, un funcionario de la ley, le palmearía la espalda?
—Lo que yo crea no tiene importancia, sheriff. Los hechos que le he relatado tuvieron lugar, efectivamente, y la noche anterior a dichos sucesos, la única que Lacey pasó en Potts County, visitó el prostíbulo del río. Allí se jactó, delante de las muchachas, de que les había dado su merecido a Moose y a Curly, de que les había ajustado las cuentas, etcétera. En otras palabras: hay pruebas irrefutables de que aproximadamente una semana antes de que se encontraran los cadáveres de Moose y Curly, durante la única noche que el sheriff Lacey pasó en Potts County, se llamó a sí mismo asesino de los precitados Moose y Curly.
—Ajá —afirmé, fingiendo que estaba muy interesado—. Bueno, ¿y esa prueba irrefumétrica que dice usted es lo que cuentan las putas?
—¡No solo eso, caramba! Están las bravatas del sheriff Lacey la mañana siguiente y...
—Pero si era broma, señor Barnes. Yo se lo propuse.
Barnes sacudió la cabeza y me clavó sus ojillos astutos. Se echó adelante como si fuera a engancharme con la nariz.
—¡Escúcheme, Corey! ¡Escúcheme bien! ¡No tengo intención de... de...! —Se interrumpió de repente. Hizo un movimiento brusco, como un caballo que se espanta las moscas. Retorció la cara, se hizo un nudo, lo deshizo, y que me cuelguen si no esbozó una sonrisa—. Por favor, discúlpeme, sheriff Corey; he tenido un día agotador. Me temo que por un momento he perdido el control y he olvidado que ambos somos igual de sinceros y que los dos estamos sedientos de justicia, aun cuando no pensemos ni nos comportemos del mismo modo.
Asentí. Le dije que me parecía que tenía toda la razón. Me sonrió bonachonamente y prosiguió:
—Bien. Hace años que usted conoce al sheriff Lacey. Es un buen amigo suyo y usted se siente en la obligación, naturalmente, de protegerle.
—Ah, eh —dije—. No es amigo mío y, aunque lo fuera, no iba a atribuirle la gloria de haber cometido dos asesinatos que yo mismo habría estado orgulloso de cometer.
—Pero, sheriff...
—Era amigo mío —especifiqué—. Dejó de serlo una noche apacible en que vino al pueblo, me sacó de la cama y me pidió que le enseñase el camino del burdel.
—¡O sea que estuvo allí! —Barnes se frotó las manos—. ¿Puede usted testificar voluntariamente que el sheriff Lacey fue al prostíbulo la noche en cuestión?
—Toma, claro que puedo. Es la pura verdad, ¿por qué no iba a dar fe de ello?
—Pero ¡es maravilloso! ¡Maravilloso, sheriff! ¿Le dijo Lacey por qué quería ir al...? No, un momento. ¿Dijo algo que indicara que iba al prostíbulo con la intención de matar a Moose y a Curly?
—¿Cuándo dice usted? ¿Aquella noche? —Negué con la cabeza—. No, aquella noche no dijo nada.
—¡Pero sí en otra ocasión! ¿Cuándo?
—Aquel mismo día, cuando fui a visitarle a su condado. Me dijo que él no podría tolerar la presencia de esos macarras y que creía que lo mejor era eliminarlos por principio.
Barnes se levantó de un salto y empezó a pasear por la habitación. Dijo que lo que le había contado no tenía desperdicio y que era precisamente lo que necesitaba. Se detuvo delante de mí y agitó un dedo un tanto juguetonamente.
—Es usted muy bromista, sheriff. Casi me ha hecho perder la cabeza hace poco, y eso que estoy orgulloso de mi autocontrol. Poseía usted toda esa información desde el principio y, sin embargo, hacía como que defendía a Lacey.
Dije que bueno, que así era yo, todo un carácter. Consultó su reloj y me preguntó a qué hora podía tomar un tren para la capital.
—Tiene tiempo de sobra —dije—. Dentro de un par de horas, más o menos. Lo mejor que puede hacer es quedarse a cenar.
Fui a buscar un poco de whisky a la oficina y tomamos unos tragos. Empezó a contarme su vida; me hablaba de él y de la agencia de detectives. Yo dejaba caer una palabrita de vez en cuando para tirarle de la lengua y la voz comenzó a agriársele. Al parecer, detestaba su trabajo. Sabía muy bien lo que era Talkington y no encontraba ninguna excusa para lo que hacía. Se sentía una pieza detestable de un engranaje odioso y eso le avergonzaba.
—Es probable que sepa usted a qué me refiero, sheriff. Hasta un hombre con su oficio tiene que cerrar los ojos delante de muchas cosas mal hechas.
—En eso tiene toda la razón —dije—. Tengo que cerrarlos, si quiero seguir en el puesto.
—¿Y aun así lo quiere? ¿Nunca ha pensado en trabajar en otra cosa?
—No, la verdad. ¿Qué otra cosa podría hacer un tío como yo?
—¡Ahí está! —Los ojos se le iluminaron y parecieron mucho mayores—. ¿Qué otra cosa podría hacer? ¿Qué otra cosa podría hacer yo? Pero, Nick... Perdone la familiaridad, yo me llamo George.
—Encantado de conocerte, George —asentí—. Puedes seguir llamándome Nick.
—Gracias, Nick. —Tomó otro trago de whisky—. Bueno, eso es lo que iba a preguntarte, Nick, algo que me preocupa mucho: ¿nos disculpa el hecho de que no podamos dedicarnos a otra cosa?
—Bueno —dije—, ¿disculpas tú a un poste por encajar en un hoyo? ¿Qué pasa si hay una madriguera de conejos en el hoyo y el poste los aplasta? ¿Es culpa del poste que entre en un agujero hecho para que encaje?
—No es un ejemplo muy acertado, Nick. Tú hablas de objetos inanimados.
—¿Tú crees? ¿No tenemos todos algo de inanimados, George? ¿Somos de verdad libres? Nos controlan por todas partes: nuestra estructura física, nuestra estructura mental, nuestro pasado. Nos moldean a todos por igual, nos determinan para desempeñar determinado papel en la vida y, George, lo mejor es hacerlo, llenar el agujero o como mierda quieras llamarlo, porque, si no, se derrumbará el cielo y se nos caerá encima. Lo mejor es hacer lo que hacemos o nos lo harán a nosotros.
—¿Quieres decir que es cuestión de matar o morir? —Barnes sacudió la cabeza—. No quiero pensar eso, Nick.
—Yo no lo diría así. No estoy muy seguro de lo que quiero decir. Creo que me refiero principalmente a que no puede haber infierno personal, porque no hay pecados individuales: todos son colectivos, George, todos compartimos los de los demás y los demás comparten los nuestros. Quizá, George, lo que quiero decir es que yo soy el Salvador, el Cristo en la cruz que ha bajado a Potts County porque Dios sabe que aquí me necesitan, y que voy por el mundo haciendo buenas obras para que la gente sepa que no tiene nada que temer, porque si se preocupan por el infierno, no tendrán necesidad de buscarlo. Santo Dios, lo que digo parece sensato, ¿no, George? Quiero decir que el deber no corre totalmente a cargo del individuo que lo acepta, tampoco la responsabilidad. Quiero decir que, bueno, George, ¿quién es peor, el tipo que fuerza una cerradura o el que llama al timbre?
George echó atrás la cabeza y se echó a reír.
—¡Es asombroso, Nick! ¡Para morirse de risa!
—Bueno, no es del todo original —dije—. Como dice el poema, no se puede culpar al cántaro de la curva que lo hizo resbalar de la mano del alfarero. Dígame quién es peor, el que jode la cerradura o el que llama al timbre, y yo le diré qué quedó torcido y quién tuvo la culpa.
—Pero... ¿qué ocurre si la misma persona hace ambas cosas?
—No es probable. Por mi cargo, tengo que asistir a muchos actos institucionales, y que me cuelguen si a veces no me parece estar viviendo en el mundo de las mentiras. Le aseguro que las pequeñas fechorías están bastante repartidas. Si no fuera así, George, tendríamos otra forma de entender las obligaciones y las responsabilidades. El tipo tiene que comer para forzar la cerradura, ¿no?, ¿y de dónde sale la comida?
Seguimos hablando y bebiendo hasta que llegó Myra.
Ella y Lennie habían cenado con Rose, así que nos preparó la cena. George fue muy galante con Myra. Que me condenen si no parecía casi guapa por el lustre que le daba el tipo, y que me condenen si este no parecía casi guapo por dárselo.
Finalmente, terminamos de cenar y acompañé a George paseando a la estación. Cambiamos de actitud. Éramos cordiales, pero por obligación. No había calor auténtico, ni tampoco ganas.
Creo que es lo malo del whisky, ¿sabéis? La parte mala de las cosas buenas. No tanto aceptarlas como no ser capaz de hacerlo. El momento después, cuando te queda en el paladar ese sabor a orina y quieres escupir al que sea. Te dices: joder, ¿por qué me quiero hacer el simpático con este tipo? Seguro que piensa que soy un redomado idiota.
George parecía cabizbajo y melancólico, un poco preocupado y pensativo. Entonces cruzó a nuestra acera Amy Mason, se la presenté y George se recompuso.
—Aquí tienen un sheriff estupendo —dijo palmeándome la espalda—. Un funcionario magnífico, señorita Mason. Me ha ayudado a resolver un caso importante.
—¿De verdad? —preguntó Amy—. ¿Qué caso, señor Barnes?
George se lo contó, añadiendo que no habría proceso contra Ken de no ser por mí.
—Estoy seguro de que no le ha resultado nada fácil —puntualizó George—. Para un funcionario nunca es fácil inculpar a otro, aunque no sean amigos.
—¡Qué razón tiene! —dijo Amy—. Yo estoy segura de que le resultará más difícil a medida que pase el tiempo. Por cierto, sheriff, ¿podría pasar por mi casa esta misma noche? Me parece que he visto a alguien rondando.
Le dije que con mucho, muchísimo gusto, y que no preparara café, pasteles ni nada, que no quería molestarla.
Ella contestó que no sería ninguna molestia y se despidió con un movimiento de cabeza. Se marchó, y George Barnes y yo seguimos andando hacia la estación.
En la parte alta del río, el tren silbaba al pasar por el cruce. George me estrechó la mano y me dedicó una sonrisa con su culo de abeja, agradeciéndome de nuevo la colaboración.
—Por cierto, Nick. Es meramente una formalidad, pero tal vez mañana llegue una citación.
—¿Una citación? ¿Para qué van a enviarme una cosa de esas?
—¡Porque es usted testigo de la causa contra Ken Lacey, naturalmente! El principal testigo del fiscal, diría yo. Es más, sin su testimonio no hay pruebas.
—Pero ¿qué voy a decir yo? —exclamé—. ¿Qué creen que ha hecho el viejo Ken?
—¿Que qué creen que ha hecho? —George se me quedó mirando—. Pero... pero ¿me toma el pelo? ¡Sabe muy bien lo que ha hecho!
—Creo que lo he olvidado —dije—. ¿Le importaría decírmelo otra vez?
—¡Escúcheme, Corey! —Me cogió por el hombro y le rechinaron los dientes—. No se haga el tonto conmigo. Si lo que quiere es dinero, de acuerdo, pero...
—Estoy desconcertado, George. —Le solté la mano—. ¿Por qué iba a querer dinero?
—Por declarar bajo juramento lo que me ha contado en privado: que Ken Lacey mató a Cameron Tramell, alias Curly.
—¿Eh? —dije—. Un momento, George, yo no he dicho nada parecido.
—¡Oh, sí, sí que lo ha dicho! Claro que lo ha dicho, y con esas mismas palabras. Usted me ha dicho...
—Bueno, quizá le haya dado esa impresión, pero no se preocupe más por eso, hombre, lo que yo le haya dicho no tiene importancia. Lo importante, me parece, es lo que no le he dicho.
—¿De qué se trata?
—De eso: al día siguiente de que se fuera Ken Lacey, vi a Moose y a Curly vivos.
21
Era domingo por la mañana. Muy, muy temprano. Alcancé a oír el canto de un gallo procedente de los campos. Pensé que era un gallo tonto o que le quedaba poco para serlo, porque faltaba por lo menos una hora para que amaneciese.
Sí, señor, había un silencio sepulcral. Podría decirse que ninguna criatura viva se movía. Excepción hecha de mí, que movía el culo de un lado a otro para estar cómodo, y excepción hecha de Rose.
Al parecer, estaba en la cocina preparando café. Oí un estropicio de platos e imaginé que había arrojado la taza a la pared; acto seguido, oí una sarta de palabras murmuradas que debían de ser maldiciones.
Bostecé y me desperecé. Quizá necesitaba dormir un poco más, aunque creo que siempre me hace falta algo más de sueño, lo mismo que estar comiendo siempre. Mis trabajos eran muy duros —ni el viejo Hércules imaginaba cuánto—, ¿y qué otra cosa se podía hacer más que comer y dormir? Cuando comes y duermes, no tienes que preocuparte por las cosas que no tienen solución. ¿Qué otra cosa se puede hacer salvo reír y tomárselo a cachondeo? ¿Qué otra cosa puede soportarse cuando todo es insoportable?
Está clarísimo que llorar no soluciona nada. Lo había intentado en algunos momentos de angustia —había llorado y gritado tan fuerte como un tipo puede hacerlo— y no me había servido de nada.
Volví a bostezar y a desperezarme.
«Domingo en Potts County —pensé—. Domingo en Potts County, mi amada va a abandonarme y espero que no me afecte. Los ojos me traicionan y nadie va a creerme».
Pienso: «Hostia, Nick, si no tuvieras ya un empleo fijo, serías poeta. El poeta laureado de los juegos florales de Potts County, toma ya. Apañarías poesías que hablasen de las meadas que tamborilean con múltiples ecos en los orinales, de los guripas con diarrea, de los ojetes que sueltan el mondongo y...».
Entró Rose y se colocó junto a mi cama.
Me miró. Se mordía el labio. Tenía el rostro contraído como un puñado de barro con el que ha jugado un niño.
—Voy a decirte algo, Nick Corey —dijo—, y piensa que te sonríe la suerte, porque si pudiera, haría algo más que hablarte. He de verte colgando del cuello, puerco bastardo. Voy a contar que mataste a Tom, maldito seas, y me moriré de risa cuando tiren de la cuerda y... y...
—¿No ibas a decirme una cosa? Ya llevas una docena.
—¡Maricón! No voy a decirte lo que pienso porque soy una mujer decente. Si no lo fuera, ¿sabes qué te diría? ¿Sabes qué te haría, cabrón, hijo de puta? Levantaría una pata y me mearía en tu boca hasta limpiarte esa mierda que tienes por cerebro.
—Eh, un momento, Rose. Mejor será que te domines o acabarás diciendo algo feo.
Empezó a gritar y salió dando tumbos de la habitación.
Se sentó en el salón, gritando y sollozando. Al cabo de un rato, la oí murmurar. Se preguntaba en voz alta cómo «un individuo» —yo, supongo— podía hacer algo tan terrible.
¿Qué podía decirle, salvo que no era fácil? Porque no lo era. ¿Cómo podía explicarle lo que ni siquiera yo comprendía del todo?
¿Y?
Ahora contaré lo que había ocurrido.
22
Después de acompañar a George Barnes a la estación el domingo anterior, me dejé caer por la casa de Amy Mason. Lo mejor era decirle que había estado bromeando con Barnes, que no tenía intención de dejar que acusaran a Ken Lacey de la muerte de los dos chulos, pero por la forma en que me saltó encima en cuanto me vio, apenas tuve oportunidad de decir nada.
—¡Te lo advertí, Nick! —me espetó—. ¡Te advertí que no lo hicieras! ¡Ahora pagarás las consecuencias!
—Un momento, cariño —dije—. ¿Qué...?
—Voy a enviarle un telegrama al gobernador. ¡Eso voy a hacer! ¡Esta misma noche! ¡Voy a decirle quién es el verdadero culpable de la muerte de aquellos dos... hombres!
—Pero, Amy, yo no...
—Lo siento, Nick. Ni te imaginas cómo me duele, pero he de hacerlo. No puedo consentir una ejecución injusta, y si acusan al sheriff Lacey de los crímenes, lo haría.
Me las ingenié para que por fin me escuchase. Le dije que ni se me había ocurrido incriminar a Ken.
—Solo era una broma, ¿entiendes? Le estaba tomando el pelo a Barnes.
—¿Cómo? —Me miró severamente—. ¿Hablas en serio?
—¡Claro que sí! Tendrías que haberle visto la cara cuando le dije que había visto a los chulos vivos al día siguiente de estar Ken en Potts County.
—Ah...
Aún no las tenía todas consigo. No estaba totalmente convencida de que no tuviera ningún plan para incriminar a Ken y salir así del embrollo. Acabé por perder la paciencia y le dije que no era muy agradable que dudase de mi palabra cuando no tenía ningún motivo.
—Lo siento. —Me sonrió y me dio un beso rápido en la mejilla—. Te creo, cariño, y voy a decirte otra cosa: si yo detestara al sheriff Lacey como tú, probablemente también querría verle muerto.
—¿Detestarle? ¿Qué te hace pensar que lo detesto?
—Vamos, cariño, pero si se ve a la legua. ¿Qué te ha hecho para que le guardes tanto rencor?
—Pero si no le guardo ningún rencor —dije—. Yo no lo odio. Además, no importa lo que sienta por él. Él es así; ya sabes las cosas que les hace a los demás. Yo... bueno, es difícil de explicar, pero... pero...
—No importa, cariño —dijo riéndose y besándome otra vez—. No vas a hacerle nada y eso es lo que importa.
Aquello no terminó allí, ¿sabéis? Ni en broma. Yo habría jurado que jamás le había tenido inquina a nadie, ni la más remota sombra de rencor. De haber sentido alguna vez el pinchazo de un disgusto, nunca había sido ese el desencadenante.
Eso era lo que yo creía hasta que a Amy se le ocurrió decir aquello. Me quedé algo preocupado. Podía apartar a Ken Lacey de mi cabeza hasta que tuviera que actuar contra él, pero los demás, bueno, es posible que todos pensaran igual, ¿no? Si creían que me había movido el resentimiento contra Ken, podían pensar que me comportaría de la misma manera con los demás.
Teniendo en cuenta lo que iba a hacer, las personas de las que me iba a ocupar...
Me di cuenta de que tenía que hacerlo. No tenía otra alternativa.
Deseaba que las cosas terminaran. Yo soy un tipo sufrido, si se me permite decirlo, pero ellos no pensaban igual.
Rose llamaba a Myra todos los días e insinuaba que necesitaba que le hiciera esto o aquello, y Myra no hacía más que azuzarme para que fuera e hiciera lo que Rose quería (que no era lo que creía Myra). Mientras, Amy insistía en que no podía ver a Rose más que una sola vez: una sola y se acabó. Y a Lennie le había dado por seguirme y espiarme. Y...
Llegó el sábado por la noche y yo ya no podía más. ¡Todos se la estaban buscando! Y como dice el libro santo, busca y encontrarás.
Serían las ocho de la noche, aproximadamente una hora después del crepúsculo.
Yo corría por los algodonales agazapado, lo que no me ocultaba demasiado, porque las plantas eran de escasa altura. Cualquiera podía verme a la luz del anochecer incluso desde lejos. Eso pretendía.
A Lennie no le gustaba andar. Por lo general, no sobrepasaba los límites del pueblo. Fue un verdadero reto conseguir que me siguiera hasta la casa de Rose.
Salí del algodonal y corrí hacia el edificio. Por el rabillo del ojo vi que Lennie se incorporaba en el plantío. Me miraba boquiabierto. Me vio llegar a la casa y llamar a la puerta. Creía sinceramente que me tenía atrapado, dijo después, que nos tenía atrapados a Rose y a mí. Como me había visto acercarme a hurtadillas a la casa de noche, no tardó en acercarse a espiar un poco. Después volvió al pueblo con una buena historia que contarle a Myra. Un chismorreo realmente sabroso sobre su marido y su mejor amiga.
Eso era precisamente lo que yo quería.
Eso era precisamente lo que yo había planeado.
Lennie buscaba algo que contar a Myra, cojonudo, pero iba a ser mucho peor de lo que se imaginaba.
—Nick... —Rose abrió la puerta—. ¿Qué...? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no has venido estos días?
—Luego. —Me colé en la casa y cerré la puerta. La besé; así le mantenía la boca cerrada hasta que la vi dispuesta a escuchar—. No he podido venir antes, nena, porque he estado tramando algo. Tenemos que desembarazarnos de Myra y de Lennie y ya he dado el primer paso. Ahora necesito tu ayuda. He venido a pedírtela. Si no quieres hacerlo, dilo: nos olvidamos de que podemos librarnos de ellos y seguimos como hasta ahora.
—Pero... bueno, ¿qué...?
Quería colaborar, pero estaba confusa y aturdida. Yo había hablado muy deprisa, fingiendo que estaba nervioso y atropellándome al decirlo, de manera que obtuve su consentimiento, aunque tenía el ceño fruncido y se preguntaba qué coño sería todo aquello.
—Bueno, olvídalo —dije dirigiéndome a la puerta—. Olvida lo que te he pedido, Rose; siento haberte molestado.
—¡Eh, espera! ¡Espera, cariño! —Me sujetó—. Solo me preguntaba qué... Por qué... pero lo haré, amor mío. ¡Dime de qué se trata!
—Primero espera un par de minutos. Después, saltas, coges a Lennie y...
—¡Lennie! —boqueó asustada—. ¿Está...?
—Me ha seguido hasta aquí. Le incité a que lo hiciera porque forma parte del plan. Lo coges, lo metes en casa y le dices lo siguiente...
Le expliqué lo que tenía que decir, la esencia, vamos. Se puso pálida y se me quedó mirando como si me hubiera vuelto loco.
—¡Ni... Nick! Eso... ¡Eso es absurdo! ¡No puedo...!
—Claro que es absurdo. Tiene que ser absurdo, ¿no te das cuenta?
—Pero... bueno... —dijo entornando los ojos un poco—. Sí, ya entiendo... Pero, Nick, cariño, ¿qué hay de lo demás? ¿Cómo va...?
—No tengo tiempo de explicártelo. Tú encárgate de Lennie y ya hablaremos después.
Me volví y me dirigí al dormitorio, fingiendo que daba por supuesto, ya me entendéis, que Rose iba a hacer lo que le había dicho.
Se quedó un rato sin moverse, temblorosa e insegura. Fruncía el ceño y quizá estaba un poco asustada. Dio un paso hacia el dormitorio, como para llamarme. Entonces, se dio la vuelta, abrió la puerta y salió precipitadamente al exterior.
Oí carreras apagadas, pasos rápidos en el barro duro del patio. Oí un grito cuando Rose cogió a Lennie, y después el parloteo y las risas tontas del chico mientras ella lo metía a empujones en la casa. Algo divertido, sí, pero también un poco asustado.
Fueron a la cocina. Yo estaba escondido, escrutando y escuchando.
—Muy bien —dijo Rose, los ojos puro veneno cuando miraba a Lennie—. ¿Qué hacías ahí escondido?
Lennie rio, sonrió satisfecho y se llevó las manos a la boca. Dijo que nos había pillado.
—Espera y verás cuando se lo cuente a Myra. ¡Lo he visto! ¡He visto a ese cuco de Nick! ¡Ha venido a escondidas para hacer cosas feas contigo!
—¿Te refieres a follar? —le preguntó Rose—. ¿Por qué dices que follar es feo?
—¡Oooh! —Lennie señaló a Rose con un dedo tembloroso, los ojos como platos—. ¡Lo hacéis, lo hacéis! ¡Ahora sí que os he pillado! Voy a decirle a Myra...
—¿Crees que le va a importar? —dijo Rose—. Tú follas con Myra. ¡No digas que no, cara de cretino! ¡Por eso te has quedado tonto, por follártela tanto! ¡Se la has metido tantas veces que se te han movido los cojones y el culo!
Estuve a punto de echarme a reír.
¡Ay, Rose! ¡No había otra como ella, me cago en la leche! En menos de un minuto había aturdido tanto a Lennie que el chico no habría podido encontrar su propia cabezota aunque le hubieran colgado un cencerro. Volvió a señalarla con el dedo, temblando de pies a cabeza. Se frotó los ojos con la otra mano mientras balbuceaba.
—¡Es mentira! ¡Es mentira! ¡Nunca he hecho eso y...!
—¡Una mierda, no lo has hecho! ¡Tú no eres su hermano, eres su amante! ¡Por eso te aguanta, porque le das gusto en el chocho! ¡Porque tú no tienes freno y ella es una viciosa!
—¡No es verdá! ¡No es verdá! Eres... eres... una mentirosa desgraciada...
—¡Mentiroso tú, bastardo cabrón! —Rose blandió el puño en la cara de Lennie—. ¡He visto cómo se la metías! Subí por una escalera de los pintores y miré por la ventana y, maldita sea, estabas dándole y dándole como un fuelle. ¡Le castigabas tanto el conejo que parecía que te ibas a colar dentro!
En suma, aquello era mejor que el circo. Desde luego, era estupendo lo que podía hacer un tipo cuando se lo proponía de verdad.
Allí estaban, hablando de algo tan normal y cotidiano como la fornicación, un efímero placer. Para unos, algo bueno y natural, mientras que para otros, no; el caso es que siempre era un tema controvertido, y ese era el tema ahora.
Se oyeron carcajadas: una forma de zanjar la conversación cuando uno no sabe cómo acabar.
—¡Se lo diré a Myra! —balbucía Lennie—. ¡Le diré lo que has dicho de ella, todas las cosas feas que...!
—¿No te jode? —dijo Rose, como si dijera «¿no te digo?»—. Tú me quieres comer el coño —como si dijera «tú me quieres comer el coco»—. Lo mejor será que tú y Myra dejéis de jugar a meterla y sacarla, muchacho, porque, si no, se te va a secar el seso igual que las pelotas.
—¡Se lo voy a decir a Myra! —gimió Lennie dirigiéndose a la puerta—. ¡Ya sabes la que te espera!
—Dile que ella tendrá un agujero, pero que tú no tienes un árbol —le contestó Rose—. Dile que le harás cosquillas en la raja si te silba Old Black Joe.
Le dio un empujón a Lennie. El tonto salió despedido por la puerta, cruzó el porche y aterrizó de bruces en el patio.
Se levantó murmurando y frotándose los ojos. Rose le soltó una última perorata, acusándolos a ambos de un montón de animaladas. Lo que salió de aquella boca fue muy hiriente. En comparación, lo que había dicho hasta el momento era un cumplido.
Volvió a entrar y cerró de un portazo. La abracé y le aseguré que lo había hecho de maravilla.
—Qué, ¿empiezas a comprender? —dije—. Lennie no sale nunca del pueblo. No solo es demasiado vago para andar tanto, sino que le da miedo alejarse demasiado. Myra lo sabe, y sabe que es más probable que le salieran alas y echara a volar a que se le hubiera ocurrido venir a tu casa. ¿Qué crees que pasará cuando regrese y le diga a Myra que ha estado aquí?
—Hum —dijo Rose, asintiendo lentamente—. Probablemente no le creerá. Pero ¿qué...?
—No le creerá. De todos modos, tendrá sus dudas. Entonces él le contará todas las porquerías que has dicho, que se acuesta con Lennie y lo demás. ¿Cómo va a creerse eso? ¿Cómo va a creer que su mejor amiga, una dama intachable, ha empezado de repente a decir barbaridades de ella?
—Mmm. —Rose asintió de nuevo—. Por un lado, no creerá que Lennie haya estado aquí y, por el otro, tampoco le creerá cuando le cuente lo que ha pasado en esta casa. Tal como ella piensa, creerá que Lennie se lo ha inventado todo y recibirá unos cachetes por embustero. Pero...
—No solo por mentiroso —dije—, sino también por peligroso. Esas mentiras sacuden los hogares y matan a la gente. Myra no querrá correr el riesgo de que vuelva a ocurrir. Pensará que es hora de afrontar la verdad y se lo llevará a algún lugar lejano, como ha dicho alguna vez que hará.
—¿Sí? —Rose me lanzó una mirada sorprendida—. ¿Cuándo ha dicho Myra una cosa así? Si apenas soporta que Lennie se aleje de ella...
Dije que Myra le había amenazado con llevárselo un par de veces, cuando se había cabreado mucho con él, y, efectivamente, no soportaba que Lennie se alejara de ella.
—Por eso nunca ha tomado ninguna medida al respecto, porque no quiere separarse de él y, al mismo tiempo, no quiere irse de Potts County. Ahora no tiene más remedio. Lennie se irá y ella, también.
Rose dijo que no estaba tan segura. No estaba mal pensado, pero no teníamos ninguna garantía de que fuera a ocurrir así. Yo contesté que bueno, que por supuesto tendríamos que forzar un poco las cosas.
—Myra se sentirá obligada a decírmelo. A nosotros, naturalmente, nos sentará como un tiro. Cuanto más preocupados parezcamos, más preocupada estará ella. Nos mostraremos inquietos por lo que Lennie pueda hacer a partir de ahora, ya me entiendes, como coger un hacha de cocina y matar a la gente en vez de andar contando mentiras de esa misma gente. O prender fuego a las casas. O perseguir a niñas. O... Bueno, tú no te preocupes, nena. —Le di un pellizco y una palmadita en el culo—. Todo saldrá a pedir de boca, absolutamente todo. No tengo la menor duda.
Rose se encogió de hombros y dijo que bueno, que quizá fuera así, que yo conocía a Myra mejor que ella. Entonces se me apretujó y me mordió la oreja. Yo la besé y me aparté.
—Lennie no anda muy deprisa —expliqué—. Voy a atajar por en medio del campo y llegaré al pueblo antes que él. Por si acaso, ya sabes.
—¿Por si acaso? —Rose frunció el ceño—. ¿Qué quieres decir?
—Por si necesitáramos una prueba irrefutable, algo que anulase la menor duda que Myra pudiera albergar. Si Lennie llega al Palacio de Justicia diciendo que yo estoy aquí, ¿no es una magnífica idea que me encuentre en mi oficina en ese momento?
Rose tuvo que admitir que lo era, aunque le fastidiaba que no me quedase.
Le prometí que volveríamos a vernos al día siguiente, más o menos. Me marché antes de que pudiera decir nada más.
Por supuesto, no volví al pueblo. Ya sabía lo que iba a pasar allí; lo que quería saber era qué iba a pasar en el lugar donde me encontraba, aunque tenía una ligera idea. Quizá pudiera contribuir al desarrollo de los hechos, si hacía falta.
Rodeé los plantíos hasta que llegué a la vereda que daba al camino. Me dispuse a esperar en cuclillas, tras un arbusto achaparrado.
Pasó cerca de hora y media. Empezaba a preocuparme, preguntándome si no me habría equivocado, cuando oí el chirrido de las ruedas de una calesa que se acercaba deprisa.
Aparté unas ramas y escruté. Lennie y Myra llegaban a toda velocidad, ella con las riendas en la mano; la cabeza de él bamboleándose adelante y atrás. Lennie llevaba algo en las rodillas, un objeto negro, parecido a una caja, y con una mano aferraba lo que parecía un bastón. Me rasqué la cabeza pensando qué coño sería aquello —la caja y el bastón—, pero la calesa ya me había rebasado, había recorrido la vereda y entrado en el patio de la casa.
Myra detuvo el caballo con un «¡so!». Bajaron los dos del carruaje y ella pasó las riendas por la cabeza del animal para evitar que se marchase. Cruzaron el patio y entraron en el porche.
Myra aporreó la puerta, que se abrió al cabo de un minuto. La luz de una lámpara perfiló su cara, pálida y con expresión decidida. Entró, cogió a Lennie por el hombro y de un empujón lo hizo pasar por delante de ella. Entonces vi qué llevaba el chico en la mano.
Era una máquina de retratar y uno de esos palos que relampaguean para sacar fotos en interiores.
23
Me levanté y me dirigí a la casa. Solo dar el primer paso, tropecé con una raíz y me di tal porrazo que me quedé sin aliento. Durante un par de minutos no tuve aire ni para quejarme, y cuando finalmente me las apañé para ponerme en pie, no podía andar muy deprisa. Tardé unos cinco minutos largos en llegar y en encontrar una ventana desde la que ver y oír.
La verdad, la cosa resultó muy graciosa, graciosísima, terriblemente graciosa. Lo que me llamó la atención no fue lo que sin duda habréis supuesto ya: ni Rose asustada y aturdida, preguntándose qué coño habría salido mal; ni Lennie y Myra sonrientes, rencorosos y divertidos; ni nada que hubiera en la habitación. O precisamente eso. El vacío. La ausencia de objetos.
Yo había estado en aquella casa muchas veces, cientos, y en otras cien casas como aquella, pero era la primera vez que vi lo que eran todas en realidad. Ni hogares, ni habitaciones con vida, ni nada. Solo paredes de pino que contenían el vacío. Sin cuadros, sin libros, sin nada que pudiera mirarse o sobre lo que reflexionar. Solo el vacío que llenaba aquel lugar.
De pronto, dejó de existir en aquel lugar concreto y se aposentó por todas partes, en todos los lugares como aquel. Súbitamente, el vacío se llenó de sonidos y volúmenes, de todos los sucesos implacables que los individuos habían conjurado en el vacío. Niñas indefensas que gritaban cuando sus propios padres se metían en la cama con ellas. Hombres que maltrataban a sus mujeres. Mujeres que suplicaban piedad. Niños que se meaban en la cama de miedo y angustia, y madres que los castigaban dándoles de comer pimienta roja. Caras ojerosas, pálidas por los parásitos intestinales, manchadas por el escorbuto. El hambre, la insatisfacción continua, las deudas que traen siempre los plazos. El cómo-comeremos, el cómo-dormiremos, el cómo-nos-taparemos-el-sucio-culo. El tipo de pensamientos que persiguen y acosan cuando no se tiene más que eso y cuando se está mucho mejor muerto. Porque es el vacío el que piensa, y uno se encuentra ya muerto por dentro, y lo único que se hace es propagar el hedor y el hastío, las lágrimas, los gemidos, la tortura, el hambre, la vergüenza de la propia mortalidad. El propio vacío.
Me estremecí y pensé en lo maravilloso que había sido nuestro Creador al hacer algo tan repugnante y nauseabundo, tanto que, cuando se comparaba con un asesinato, este resultaba mucho mejor. Sí, verdaderamente la suya había sido una obra magna, magnífica y misericorde. Dejé de cavilar y presté atención a lo que estaba pasando allí en aquel momento.
Hice un esfuerzo, me froté los ojos, sacudí la cabeza y agudicé los sentidos.
—¡Es un puerco embustero! —gritaba Rose—. ¡Jamás he dicho una mierda así!
—¡Eh, eh! —En el rostro de Myra había una sonrisa de zorra—. Vaya lengua. Empiezo a pensar que no eres una chica tan educada.
—¡A la mierda con lo que pienses! ¿Cómo quieres que esté, si te has presentado a las tantas de la noche con este idiota?
—¿Quieres decir que no nos esperabas? ¿Creías que iba a dejarte decir de mí todas esas cosas sin hacer nada?
—¡Que no he dicho nada de ti! ¡Lennie miente! ¡Lennie no ha estado aquí esta noche!
—¿No? Entonces, ¿qué hacía su pañuelo ahí, en el porche? Uno más grande de lo normal y el doble de grueso. Se lo hice yo misma porque el pobre está siempre lloriqueando.
Myra seguía sonriendo, contemplando cómo el miedo se extendía por la cara de Rose. Rose le replicó que eso también era mentira, que no había encontrado ningún pañuelo en el porche. Pero no era cierto: Myra había encontrado uno y yo mismo lo había dejado allí.
—¿Y bien? —dijo Myra—. ¿Y bien, Rose?
Rose estaba atrapada y se dio cuenta. La violencia con la que había hablado no había servido más que para acusarla. Como estaba asustada, siguió intentándolo.
—Bue... bueno. —Sacudió la cabeza—. De acuerdo, Lennie ha estado aquí. Lo sorprendí merodeando por la casa, me asusté y creo que le hablé un poco bruscamente. Pero... pero lo que sí es cierto es que no le dije ninguna de esas cochinadas.
—¿No?
—No. ¡No! ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?
Myra se echó a reír, con una risa obscena y aterradora que me estremeció. Le dijo a Rose que no hacía falta que lo repitiera más, que no conseguiría convencerla.
—Lennie ha dicho la verdad, querida. No tiene imaginación suficiente para inventarse algo así.
—Pe... Pero...
—Ni tú tampoco tienes imaginación suficiente. Tú no te habrías inventado esa historia. Eso significa... Bueno, no sé cómo te enteraste, pero lo hiciste, y eso es lo que importa, ¿no? Eso y la seguridad de que no se lo vas a contar a nadie más.
Rose se la quedó mirando y negó suavemente con la cabeza. Su voz era un susurro áspero.
—No... No te creo. Tú... Tú y Lennie. ¡No puedo creerlo!
El caso es que hasta a mí me impresionó un poco. Había dado en el clavo. Lo sospechaba, pero no era lo mismo que tener la certeza.
—No puedo creerlo —repitió Rose temblorosa—. ¿Cómo... Cómo puedes...?
—Vamos, deja de fingir —dijo Myra—. Nos descubriste y fuiste tan tonta de contárselo a Lennie. En cuanto al porqué, también vas a descubrirlo, y pronto. Vamos, si le resultas igual de atractiva.
Le hizo una seña a Lennie. Este aseguró la cámara pasando una cinta alrededor del cuello de Myra y ella la manipuló un rato, disponiéndola como pretendía. Lennie vertió en el flash el polvillo de una lata que se sacó del bolsillo y se lo tendió a Myra con cuidado.
Rose seguía mirándolos fijamente.
Myra lanzó otra carcajada obscena y aterradora.
—No te preocupes por el retrato, querida. Entiendo mucho de fotografía. Es más, me hizo ganar bastante dinero antes de casarme. pero que bastante. Te sorprendería si te dijera lo que me pagaban algunos por unas fotos muy especiales.
Rose vaciló y pareció que, por un momento, se le pasaba el miedo. Le dijo a Myra que se iba a llevar una sorpresa como no sacase pronto el culo de su casa.
—¡Óyeme bien, puta gordinflona! ¡Coge al tonto de tu amante y largaos de aquí antes de que olvide que soy una señora!
—Enseguida, querida. En cuanto te saque una foto... con Lennie.
—¿Sacarme una foto? Me cago en...
—Sí, sí, sacarte una foto. Con Lennie. Será mucho más seguro que eliminarte e igual de efectivo para mantenerte callada. ¡Arráncale la ropa, Lennie!
Lennie se adelantó antes de que Rose pudiera moverse. Le desgarró la parte delantera del vestido, llevándose también la ropa interior. Antes de que pudiera darse cuenta, estaba envuelta en jirones, desnuda como un recién nacido.
Lennie rebosaba alegría y se atragantaba con su propia saliva; un hilillo le corría por la barbilla. Myra le dedicó una mirada cariñosa.
—Parece que está muy bien, ¿verdad, cariño? ¿Por qué no la pruebas, a ver si es verdad?
—En... eh... —Lennie vaciló—. ¿Y si me pega?
—Venga, qué te va a pegar —dijo Myra riendo—. Tú eres muy grande y ella es pequeña; además, aquí estoy yo para defenderte.
—Eh... eh... —Lennie seguía dudando. Le había arrancado la ropa a Rose, pero para eso no hacían falta muchas agallas. No parecía muy preparado para continuar lo empezado, aun cuando Myra estuviese allí para estimularle y decirle que aquello era cojonudo—. ¿Qué... cómo lo hago, Myra?
—Cógela y tírala al suelo —le ordenó Myra. Acto seguido, bruscamente, obligándole a obedecer antes de que pudiera pensarlo, añadió—: ¡Abrázala, Lennie!
Rose estaba aturdida desde que le habían arrancado la ropa, atontada, demasiado estupefacta para intentar siquiera cubrirse.
Entonces Lennie se le echó encima, la abrazó, la babeó y las cosas cambiaron. Volvió a la vida como un gato escaldado, gritando, manoteando, dando puntapiés y empujones. Con los pies y las uñas hirió a Lennie en una docena de sitios al mismo tiempo, sin contar un rodillazo en la ingle y una patada en la espinilla.
Lennie se apartó, gritando y protegiéndose con los brazos. Rose corrió al dormitorio y cerró de un portazo. Myra dio un salto y le dio a Lennie un puntapié en el culo.
—¡Tonto, ve tras ella! ¡Echa la puerta abajo!
—Tengo miedo —gimió Lennie—. ¡Me ha hecho daño!
—¡Yo sí que te voy a hacer daño! —y le retorció la oreja para demostrárselo—. ¡Te voy a dar una paliza de muerte como no hagas lo que te he dicho! ¡Echa la puerta abajo!
Lennie empezó a empujar la puerta con el hombro. Myra estaba detrás, animándole, diciéndole lo que le ocurriría si no obedecía.
El cerrojo cedió. La puerta se abrió de golpe y Lennie entró dando un traspiés. Myra iba detrás. Entonces...
Entonces comprendí que nunca había sabido lo que Myra pensaba. O que no pensaba. Si había olvidado la pistola que le había obligado a comprar a Rose o si pensaba que Rose no se atrevería a utilizarla. O si estaba tan rabiosa y resuelta a poner a Rose en un apuro que ni siquiera se le había ocurrido pensar en ello.
No, señor, nunca había sabido lo que pensaba ni lo que no pensaba. Ni lo sabría nunca. Instantes después de abrirse la puerta del dormitorio, ella y Lennie estaban muertos.
Cuando Rose empezó a disparar, retrocedieron hasta la salita, se desplomaron y cayeron uno sobre otro en un confuso montón. Estaban ya muertos, supongo, pero Rose siguió disparando —como si tirara pescado a un barril— hasta que vació el cargador.
Subí a la calesa y me dirigí al pueblo, pensando en los extraños caminos de la Providencia. Yo había creído que Myra mataría a Rose y que se marcharía con Lennie del pueblo, porque yo habría sido totalmente imparcial, por muy parientes míos que fueran, y habría hecho lo posible porque fueran castigados, aunque hubiera tenido que dispararles mientras intentaban escapar. Probablemente habría sido la mejor forma de solventar la situación.
Pero no había salido tan mal, me dije: que Rose hubiera matado a Myra y a Lennie me era igual de útil.
Metí el caballo y la calesa en el establo de alquiler y escuché el ronquido del mozo en el henil. Crucé el pueblo camino del Palacio de Justicia; la gente dormía hacía rato, obviamente, y parecía que en el mundo no hubiera nadie más que yo.
Subí a la casa y corrí las cortinas. Encendí una lámpara, me serví una taza de café frío que había en el hornillo y me eché en el sofá para tomármelo.
Me lo terminé y dejé la taza en la cocina. Me quité las botas y me volví a tumbar en el sofá para descansar. La puerta de abajo se abrió de golpe. Rose subió los escalones pisando fuerte y entró bruscamente.
Me di cuenta de que había ido hasta el pueblo andando; tenía los ojos dilatados y la expresión enajenada. Se apoyó en el quicio de la puerta para recuperar el aliento y me señaló con un dedo trémulo y acusador. Fue lo único que pudo hacer durante un rato: señalarme.
Le pregunté cómo estaba y le dije que por allí, todo bien. Yo estaba bien, lo mismo que sus amigos, seguí, pero no me parecía muy correcto ir señalando a la gente.
—Creí que lo sabías —dije—. No solo no es correcto, sino que además puedes sacarle un ojo a alguien.
—¡Serás... serás...! —dijo intentando recuperar el aliento—. ¡Serás...!
—Claro que, si tienes delante a una persona alta —puntualicé—, puedes intentar meterle el dedo por algún otro agujero del cuerpo, lo que podría resultar muy embarazoso, por no hablar del peligro que correría el dedo.
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