Kitabı oku: «Los timadores»
Título original: The Grifters
© Jim Thompson, 1963
© The Estate of Jim Thompson, 1985
© traducción de María Antonia Fernández Álvarez-Nava
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
OEBO246
ISBN: 978-84-9006-64-09
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Índice
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Notas
Otros títulos
1
Cuando Roy Dillon salió tambaleándose del establecimiento, su rostro era de un amarillo enfermizo y cada respiración le suponía una intensa agonía. Un golpe fuerte y bien dado en el estómago puede hacerle eso a cualquiera, y Dillon acababa de recibir uno de los buenos. No con el puño, que ya de por sí es bastante duro, sino con el extremo de un bate de béisbol.
Regresó al coche sin saber cómo y consiguió deslizarse en el asiento. Pero eso fue todo lo que pudo hacer. Gimió cuando al cambiar de postura se le tensaron los músculos abdominales. Acto seguido, sacó la cabeza por la ventanilla y lanzó un ahogado quejido.
Pasaron varios coches mientras vomitaba. Sus ocupantes sonreían, burlones, fruncían el ceño compasivamente o desviaban la mirada con repugnancia. Pero Roy Dillon estaba demasiado enfermo para darse cuenta, o en caso de haberse percatado, para preocuparse lo más mínimo. Se sintió bastante mejor después de vaciar el estómago, aunque no tan bien como para conducir. Para entonces, un coche patrulla se había detenido tras él. Se trataba del coche del sheriff, pues se encontraba a las afueras de la ciudad de Los Ángeles, en la jurisdicción del condado. Un agente con uniforme marrón lo invitó a salir a la acera. Dillon obedeció, vacilante.
—¿Una de más, señor?
—¿Qué?
—No importa. —El policía se había percatado de la ausencia de alcohol en su aliento—. Enséñeme su permiso de conducir, por favor.
Dillon se lo mostró desplegando a la vez, con aparente distracción, un surtido de tarjetas de crédito. El recelo se desvaneció de la expresión del policía, dando paso a la preocupación.
—Parece usted muy enfermo, señor Dillon. ¿Alguna idea del porqué?
—La comida, imagino. Debí de tener más cuidado, pero he comido un bocadillo de pollo con ensalada... No tenía muy buen sabor, pero... —Dejó que su voz se desvaneciera poco a poco mostrando una tímida sonrisa de arrepentimiento.
—Hum. —El policía asintió muy serio—. Sí, debe de haber sido esa bazofia. En fin… —Una perspicaz mirada de arriba abajo—. ¿Ya se encuentra bien? ¿Quiere que lo llevemos a un médico?
—Oh, no es necesario. Me estoy recuperando.
—En el cuartelillo tenemos a un enfermero de primeros auxilios. No hay problema en llevarlo.
Roy declinó la oferta, amablemente pero con firmeza. Cualquier contacto prolongado con la pasma quedaría registrado, y ese tipo de registros acaban resultando una molestia. Hasta ahora estaba limpio; los follones en los que se había metido hasta ese momento nunca habían acabado en la policía. Y tenía la intención de continuar así.
El agente regresó al coche patrulla y él y su compañero se alejaron. Roy los despidió con la mano y volvió a meterse en el coche. Con cautela, esbozando una leve mueca de dolor, encendió un cigarrillo. Convencido de que los vómitos se habían terminado, hizo un esfuerzo por apoyarse en el cabezal.
Se encontraba en un barrio de las afueras de Los Ángeles, uno de los muchos que se resisten a la incorporación a pesar de depender de la ciudad y de la ausencia de fronteras visibles. Había unos cincuenta kilómetros hasta la ciudad, cincuenta larguísimos kilómetros a aquella hora del día. Necesitaba recuperarse un poco, descansar un rato antes de sumergirse en la desbordada marea del tráfico vespertino. Y aún más importante, necesitaba reconstruir los detalles de su reciente desastre mientras estos aún permanecían frescos en su mente.
Cerró los ojos por un instante. Volvió a abrirlos para enfocarlos sobre las cambiantes luces del tráfico cercano. De repente, sin moverse del coche, sin apartarse físicamente de él, estaba de nuevo en el establecimiento. Bebía una limonada junto a la máquina de refrescos a la vez que examinaba los alrededores con aire despreocupado.
Se diferenciaba muy poco de las miles de tiendas de Los Ángeles, establecimientos en cuyo interior había siempre una máquina dispensadora de refrescos, una vitrina o dos con cigarros, puros y dulces, y estanterías rebosantes de revistas, novelas baratas y tarjetas de felicitación. En el este, esos locales se llaman quioscos o tiendas de golosinas. Aquí generalmente se conocen como confiterías o sencillamente «fuentes».
Dillon era el único cliente; la otra persona presente era el dependiente, un joven grandullón, lleno de granos, de unos diecinueve o veinte años. Mientras Dillon terminaba su bebida, observaba al muchacho, que rascaba el hielo de los bordes de las neveras y trabajaba con una paradójica mezcla de diligencia e indiferencia. Sabía exactamente lo que había que hacer, su expresión lo reflejaba, y a la mierda con hacer más. Nada de lucimientos, nada para impresionar a la gente. Tenía que ser el hijo del jefe, decidió Dillon, dejó el vaso en la barra y se levantó del taburete. Avanzó lentamente hacia la caja registradora, y el joven dejó a un lado el bate que estaba utilizando. A continuación, secándose las manos en el delantal, también se aproximó a la caja.
—Diez centavos —dijo.
—Y un paquete de esos caramelos.
—Veinte centavos.
—¿Veinte centavos, eh? —Roy comenzó a rebuscar en sus bolsillos mientras el dependiente se agitaba con impaciencia—. Bueno, sé que tengo cambio, estoy seguro. Me pregunto dónde demonios... —Movió la cabeza con exasperación y sacó la cartera—. Lo siento. ¿Te importa cambiarme uno de veinte?
El dependiente casi le arrancó el billete de la mano. Lo introdujo bruscamente en un compartimento de la caja y contó el cambio. Dillon lo recogió con aire ausente sin dejar de rebuscar en sus bolsillos.
—En fin, ¿no es para ponerse de los nervios? Sabes de sobra que tienes cambio y... —Se interrumpió abriendo los ojos y sonriendo complacido—. ¡Aquí están las dos monedas! Toma, devuélveme los veinte.
El chico cogió ambas monedas y le devolvió el billete. Dillon se dirigió, despreocupado, hacia la puerta y se detuvo en la salida para observar con indolencia una estantería de revistas.
Por décima vez ese día se había trabajado los «veinte», uno de los tres trucos típicos del «timo corto». Los otros dos son el «smack» y el «tat», generalmente buenos para golpes mayores, pero no tan rápidos y tan seguros. Algunos primos pican con el de los «veinte» varias veces, y ni se enteran.
Dillon no vio que el dependiente salía de detrás del mostrador. De repente estaba allí con el ceño fruncido, balanceando el bate como si fuera un ariete.
—Asqueroso timador —aulló iracundo—. Los asquerosos timadores no paran de darme palos y luego mi padre me echa a mí la culpa.
El extremo más grueso del bate aterrizó en el estómago de Dillon; incluso el chico se sobrecogió ante su efecto.
—Bueno, no puede acusarme, señor —balbució—. Lo estaba pidiendo a gritos. Le di el cambio de los veinte y luego me pidió que le devolviera el billete, y... y... —Su autoconvicción comenzó a desmoronarse—. Bu-bueno, sa-sabe que lo hizo, se-señor.
Roy no podía pensar en otra cosa que en su agonía. Volvió sus ojos acuosos hacia el dependiente, ojos desbordados por la perplejidad teñida de dolor. Aquella mirada hizo polvo al muchacho.
—Ha-ha si-sido un error, señor ¡u-usted co-cometió un error, y yo, yo he co-cometido un... señor! —Retrocedió aterrorizado—. ¡No-no me mire así!
—Me has matado. —Dillon jadeaba—. ¡Me has matado, bastardo de mierda!
—¡Nooo! ¡P-por favor, no-no diga e-eso, señor!
—Me estoy muriendo. —Dillon jadeó de nuevo y, entonces, de algún modo, logró salir del local.
Y ahora, sentado en su coche y reexaminando el incidente, no encontraba motivo alguno para culparse ni fisuras en su técnica. Había sido mala suerte. Se había topado con un idiota, y eso es impredecible.
Estaba en lo cierto. Y también estaba en lo cierto sobre algo más, a pesar de que no lo sabía.
Mientras conducía de vuelta a Los Ángeles, pisando constantemente el freno para volver a acelerar, inmerso en el espeso tráfico, deteniéndose y reiniciando la marcha varias veces, cada minuto que transcurría, se estaba muriendo.
Su muerte podía ser evitada si tomaba las medidas oportunas. De lo contrario, no le quedaban más de tres días de vida.
2
La madre de Roy Dillon pertenecía a una de esas familias de un pueblo de mala muerte. Tenía trece años cuando se casó con un ferroviario de treinta, y no había cumplido los catorce cuando nació Roy. Un mes después del nacimiento, su marido sufrió un accidente y ella enviudó. Las circunstancias de este suceso la convirtieron en respetable según los criterios de la comunidad. Nada menos que doscientos dólares mensuales para gastarse en ella misma, que era justo en lo que tenía la intención de gastárselos.
Su familia, a la que muy pronto cargó con el mochuelo de Roy, tenía otras ideas. Acogieron al niño durante tres años y ocasionalmente lograron sacarle unos cuantos dólares a su hija. Pero un día su padre apareció en la ciudad con Roy bajo un brazo y blandiendo un látigo con el otro. Y procedió a demostrar su teoría de toda la vida de que una chica nunca era demasiado mayor para recibir una zurra.
Como el carácter de Lilly Dillon ya se había moldeado hacía mucho, sufrió pocos cambios con los azotes. Pero se quedó a Roy, ya que no tenía otra elección, y, atemorizada por las severas amenazas de su padre de mantenerla vigilada, se alejó de su vista.
Tras instalarse en Baltimore, encontró un lucrativo y poco agotador empleo como chica de alterne. O para ser más exactos, era poco agotador por lo que a ella se refería. Lilly Dillon no se molestaba por nadie; al menos no por unos cuantos dólares o un par de copas. Su innata crueldad disgustaba a menudo a los clientes, pero atrajo la beneficiosa atención de sus jefes. Después de todo, el mundo estaba lleno de camareras, fulanas que se podían conseguir a cambio de una sonrisa o una ginebra. Pero una chica inteligente, una muñeca que no solamente tenía buena presencia y clase, sino que además era lista..., en fin, a esa clase de chicas se les puede dar otros usos.
Y la utilizaron dándole encargos cada vez de más responsabilidad. Como encargada, como reclutadora para una cadena de salas, como espía de empleados torpes y con dedos pegajosos; como correo, alcahueta y sonsacadora; como recaudadora y distribuidora de fondos. Y así fue ascendiendo peldaños... ¿O sería más propio decir descendiéndolos? El dinero llovía, pero muy pocas gotas caían sobre su hijo.
Quería despacharlo en algún internado, pero desechó la idea, indignada, cuando le dijeron lo que costaba. Un par de miles de dólares al año, más un montón de extras, ¡y solo por cuidar a un crío!, ¡solo por evitar que se metiera en líos! De eso nada, por esa cantidad de dinero podía comprarse un bonito abrigo de visón.
Debían de creer que era una prima, pensó. Aunque era una lata, ella misma cuidaría de Roy. Y mejor que no se metiera en líos, porque si no lo despellejaría vivo.
No obstante, aunque bastante erosionados y atrofiados, aún conservaba ciertos instintos inextirpables, así que de tarde en tarde tenía sus momentos de conciencia. Además, había que hacer ciertas cosas por el bien de las apariencias, como eludir los cargos por abandono y la desagradable condena que acarreaban. En cualquier caso, evidentemente, Roy sabía que todo lo que hacía era pensando en sí misma, movida por el temor o para tranquilizar su conciencia.
Su actitud solía ser la de una egoísta hermana mayor hacia un latoso hermano pequeño. Se peleaban a menudo. Ella se complacía en reducir el beneficio de su hijo en algún trato mientras él saltaba a su alrededor con rabia e impotencia.
—¡Eres mala! Una vieja y sucia cerda y nada más.
—No me insultes, mocoso. —Y le golpeaba—. ¡Ya te aprenderé!
—¡Aprenderme, aprenderme! ¡Eres tan tonta que no sabes que se dice enseñar!
—¡Claro que lo sé! ¡He dicho enseñar!
Roy era un estudiante excepcional y de excelente comportamiento. Aprender le resultaba sencillo, y el buen comportamiento le parecía simplemente cuestión de sentido común. ¿Para qué arriesgarse con problemas que no conducen a nada? ¿Para qué detenerse inútilmente a la salida de la escuela cuando se puede estar repartiendo periódicos, llevando recados o haciendo de mozo? El tiempo era dinero, y el dinero era lo que hacía que el mundo girase.
Naturalmente, como era el chico más listo y de mejor comportamiento de la clase, los demás lo tenían en el punto de mira. Pero por más crueldad y frecuencia con que lo atacaran, Lilly solo le ofrecía una sardónica condolencia.
—¿Solo un brazo? —solía decirle cuando le mostraba el brazo magullado e hinchado.
Y cuando se le había caído un diente:
—¿Solo un diente?
Y si aparecía con todo el cuerpo magullado como leve muestra de peores consecuencias futuras:
—Bien, ¿por qué refunfuñas? Podrán matarte, pero no comerte.
Aunque parezca mentira, sus irónicos comentarios lo reconfortaban. Superficialmente eran peor que nada, meros insultos añadidos a las heridas, pero en el fondo ocultaban una escalofriante y cruel lógica. Una filosofía fatalista de «actúa o te joderán» que podía adaptarse a cualquier cosa excepto al olvido.
No sentía aprecio por Lilly, pero llegó a admirarla. No le había dado más que malos ratos, lo cual era la máxima extensión de su generosidad para con cualquiera. Pero se lo había montado, sabía perfectamente cómo cuidarse.
No mostró ningún flanco débil hasta que Roy alcanzó la adolescencia y se convirtió en un chico atractivo y saludable con un pelo negro azabache y ojos grises de mirada profunda. Entonces, para su íntimo regocijo, comenzó a observar un sutil cambio en su actitud, un endulzamiento en su voz cuando le hablaba y un hambre contenida en sus ojos cuando lo miraba. Y viéndola así, sabiendo lo que se ocultaba tras ese cambio, se complacía en provocarla.
¿Algo iba mal? ¿Quería que se largara por un tiempo y la dejara en paz?
—Oh, no, Roy. De verdad, me-me gusta que estemos juntos.
—Mira, Lilly, sé que lo dices por educación. Mejor que me aparte de tu vida ahora mismo.
—Por favor, c-cielo... —Se mordía un labio con desacostumbrada ternura, un rubor de vergüenza se extendía por sus bellas facciones—. Por favor, quédate conmigo. Después de todo, soy tu madre.
Pero no lo era, ¿no lo recordaba? Siempre lo había hecho pasar por su hermano menor; era demasiado tarde para cambiar la historia.
—Mejor me voy ahora mismo, Lilly. Sé que tú lo deseas, es solo que no quieres herir mis sentimientos.
Había madurado muy temprano, cosa nada extraña dadas las circunstancias. Poco antes de cumplir los dieciocho años, la primavera en que se graduó en la escuela superior, era más maduro que un hombre de veinte. Aquella noche le dijo a Lilly que se largaba. Para siempre.
—¿Largarte...? —Roy suponía que ya se lo esperaba, sin embargo no se resignaba—. Pero... pero no puedes. Tienes que ir a la universidad.
—Imposible. No tengo pasta.
Se rió agitada, lo llamó tonto. Evitaba su mirada, se negaba a ser abandonada como debería ya saber que ocurriría.
—¡Claro que tienes dinero! Yo tengo un montón, y todo lo que tengo es tuyo. Tú...
—«Todo lo que tengo es tuyo» —repitió Roy entrecerrando los ojos—. Sería un buen título para una canción, Lilly.
—Puedes ir a una de las universidades buenas de verdad, Roy. A Harvard o a Yale, o algún sitio así. Tus notas son muy buenas, y con mi dinero, nuestro dinero...
—Vamos, Lilly. Sabes que necesitas ese dinero para ti misma. Siempre ha sido así.
Ella se amedrentó como si le acabara de asestar un duro golpe, su rostro adquirió una expresión enfermiza, y su elegante traje de repente parecía dos tallas más grande: una moraleja muy cruel para una vida que le había proporcionado de todo sin regalarle nada. Y por un instante Roy casi se apiadó; casi le daba lástima.
Pero ella lo estropeó. Comenzó a sollozar, a vociferar como una niña, lo cual resultaba una tontería, una estupidez que no pegaba con Lilly Dillon. Y para rematar aquella ridícula y violenta representación apeló a su vena sensiblera.
—No seas cruel conmigo, Roy. Por favor, por favor, no. Me-me estás rompiendo el corazón...
Roy se rió a carcajadas. No pudo contenerse.
—¿Solo un corazón, Lilly? —le dijo.
3
Roy Dillon vivía en el hotel Grosvenor-Carlton, un nombre que sugería un esplendor absolutamente inexistente. Hacía alarde de disponer de cien habitaciones y cien baños, pero era un mero alarde. En realidad solo tenía ochenta habitaciones y treinta y cinco baños, incluyendo los del pasillo y los dos del vestíbulo, que poco tenían de baño.
Se trataba de un edificio de cuatro plantas con fachada de arenisca y un pequeño vestíbulo de suelo de terrazo. Los empleados eran ancianos pensionistas encantados de trabajar por un insignificante salario y una habitación gratuita. El botones negro, cuyo distintivo consistía en una vieja gorra de conductor de autobús, también hacía de conserje, ascensorista y chapucero para todo. Con tales disposiciones, el servicio dejaba bastante que desear. Pero como el enérgico y jovial propietario apuntaba, el que tuviera prisa que se largara a uno de los hoteles de Beverly Hills, donde sin duda podría encontrar un bonito cuarto por cincuenta pavos al día en lugar de los cincuenta al mes que pedía el Grosvenor-Carlton.
En términos generales, el Grosvenor-Carlton se diferenciaba poco del resto de los hoteles «familiares» y «comerciales» que se extendían a lo largo de la West Seventh, Santa Mónica y otras arterias de la parte oeste de Los Ángeles, establecimientos que albergaban a parejas retiradas y a trabajadores que precisaban de un domicilio en las cercanías. La mayoría de estos últimos eran hombres solteros: dependientes y empleados de oficinas. El propietario tenía arraigados prejuicios contra las mujeres solas.
—Así son las cosas, señor Dillon —dijo la primera vez que habló con él—. Le alquilo una habitación a una mujer y tiene que tener baño dentro. Yo mismo insisto en ello, por supuesto, porque sino ocupa el baño todo el tiempo para lavarse su maldito pelo y su ropa, y toda la mierda que se le ocurre. El mínimo por una habitación con baño es diecisiete semanales, casi ochenta pavos al mes, y solo por dormir, sin derecho a cocina. Y dígame, ¿cuántas pavas ganan lo suficiente para pagar ochenta al mes por un dormitorio y para comer de restaurante y comprar ropa y un montón de potingues pegajosos para untarse en esas caras que el Señor les ha dado y... y...? ¿Es usted un hombre temeroso de Dios, señor Dillon?
Roy asintió, alentándolo. Por nada del mundo hubiera interrumpido al propietario. La gente era su negocio, más concretamente, conocerla. Y el único modo de hacerlo era escuchando.
—Bien, yo también lo soy. Yo y mi última esposa, maldita sea, Dios la tenga en su seno, nos unimos a la Iglesia a la vez. Eso fue hace treinta y siete años, en las cataratas de Wichita, en Texas, donde tuve mi primer hotel. Allí fue donde lo aprendí todo de las pavas. No ganan lo suficiente para pagar la habitación, ¿sabe?, y solo tienen un modo de conseguirlo. Vendiendo su material, ya sabe. Explotando las cochinas huchas que tienen. Al principio lo hacen de vez en cuando, lo justo para mantenerse. Pero muy pronto comienzan a abrir la hucha las veinticuatro horas; y por qué no, se dicen ellas. Todo lo que tienen que hacer es abrir su bonita ranurita y el dinero sale a chorros. Y claro, darle mala reputación al hotel les importa una mierda.
»Sí, sí, como le digo, señor Dillon. He tenido hoteles a lo largo y a lo ancho de esta maravillosa tierra nuestra y le aseguro que las furcias y la hostelería no combinan bien. Va en contra de la ley de Dios y en contra de las leyes del hombre. Uno cree que la policía está muy ocupada atrapando a los criminales de verdad en vez de meter las narices por ahí en busca de furcias, pero más vale prevenir que curar, como reza el dicho, y yo estoy de acuerdo. Prevención, ese es mi lema. Si mantienes a las pavas a distancia, mantienes a las furcias a distancia, y tienes un bonito lugar limpio y respetable como este, sin un montón de polis merodeando por ahí. Claro, si un poli entra aquí ahora, sé que es nuevo y le digo que mejor vuelva cuando lo haya confirmado en comisaría. Y nunca vuelve, señor Dillon. Le queda muy clarito que no hace falta, porque este hotel no es un burdel.
—Me alegra mucho oír eso, señor Simms —dijo Roy sinceramente—. Siempre he sido muy precavido con los lugares donde me alojo.
—Pues claro, un hombre tiene que serlo —asintió Simms—. Ahora veamos. Quería una suite con dos habitaciones; pongamos... salón, dormitorio y baño. La cosa es que aquí no hay mucha demanda de suites. Las partimos en dos, habitación con baño y sin él. Pero...
Abrió la puerta e hizo pasar a su futuro inquilino a un espacioso dormitorio cuyos techos altos rememoraban cierta solera de antes de la guerra. La puerta divisoria conducía a otra habitación, un duplicado de la primera, pero sin baño. Se trataba del antiguo salón, y Simms le aseguró a Roy que podía volver a serlo en un periquete.
—Seguro, podemos sacar la cama y estos muebles y traer los del salón en menos que canta un gallo. Mesa, sofá, sillas y todo lo que quiera dentro de lo razonable. Un mobiliario mejor del que haya visto jamás.
Dillon comentó que le gustaría echarle un vistazo y Simms lo condujo al almacén del sótano. De ningún modo se trataba de lo mejor que había visto, por supuesto, pero era decente y cómodo; no esperaba, ni tampoco quería, algo bueno de verdad. Tenía una imagen que mantener. La imagen de un joven que vivía bastante bien. Bien, pero sin exagerar.
Se interesó por el precio de la suite. Simms abordó el tema dando un rodeo, apuntando a la doble necesidad de mantener una clientela de primera clase, ya que él no admitía menos, por Dios, y de ganarse la vida, lo cual resultaba terriblemente duro para un hombre temeroso de Dios en aquellos tiempos.
—Ya ve, algunos de los tipos que entran aquí, quiero decir que intentan entrar aquí, son capaces de armarte una bronca por una bombilla fundida. No hay modo de complacerlos, ya me comprende. Son como los rateros, cuanto más sacan, más quieren. Pero así son las cosas, supongo, y como solíamos decir allá en las cataratas de Wichita, si no puedes sujetar los postes, mejor no caves agujeros. Esto... ¿ciento veinticinco al mes, señor Dillon?
—Me parece razonable —sonrió Roy—. Me la quedo.
—Lo siento, señor Dillon. Me gustaría rebajársela un poco. No he dicho que no estuviera dispuesto a rebajarla si el inquilino se lo merece. Si garantiza, digamos, quedarse un mínimo de tres meses, bueno...
—Señor Simms... —empezó a decir Roy.
—... bueno, podría hacerle un precio especial. Podríamos decir...
—Señor Simms —dijo Dillon en tono firme—. Me quedaré un año entero. El alquiler del primer y último mes por adelantado. Y ciento veinticinco mensuales me parece bien.
—¿Le-le parece bien? —El propietario se mostraba incrédulo—. La alquilará por un año a ciento veinticinco y..., y...
—Sí. No me gusta mudarme a menudo. Me gano la vida con mis negocios y me parece bien que los demás hagan lo mismo.
Simms tragó saliva. Estaba asombrado. Su panza se agitaba por encima de los pantalones, y todo su rostro, incluida la zona trasera de la calva, adquirió un tono rojizo de placer. Él era un perspicaz y experimentado conocedor de la naturaleza humana, declaró. Conocía a los patanes en cuanto los veía, y distinguía a los caballeros. Desde el primer instante había sabido que Roy Dillon pertenecía a esta última clase.
—Y además es listo —asintió con prudencia—. Sabe que no merece la pena escatimar con la vivienda. ¿Qué demonios, de qué sirve ahorrarse unos cuantos pavos por la habitación, si la gente que va a ver todos los días le acaban cogiendo manía?
—Tiene usted toda la razón —afirmó Dillon.
Simms añadió que estaba jodidamente seguro de que la tenía. Si por ejemplo había una investigación sobre un huésped del tipo patán, ¿qué podías decir aparte de que vivía allí y que era tu costumbre cristiana no contar nada sobre un hombre a menos que fuera algo bueno? Pero si el objeto de la investigación era un caballero, en fin, entonces estabas obligado a decir que lo era. No solamente se alojaba en el hotel, vivía en él, un hombre con personalidad y recursos que alquilaba por un año y...
Dillon asentía y sonreía, permitiendo que continuara su parloteo. El Grosvenor-Carlton era el sexto hotel que visitaba desde su llegada de Chicago. Todos le habían ofrecido habitaciones idénticas y tan baratas o más que las que acababa de alquilar. Pero todas tenían alguna pega, aunque fueran vagas e indefinibles. El aspecto no era el correcto. No le convencía la atmósfera. Solamente el Grosvenor y Simms poseían el aspecto y la atmósfera adecuados.
—... una cosa más —decía Simms—. Este es su hogar, ¿sabe? Al alquilar como usted lo hace es como si estuviera en un apartamento o un chalé. Es su castillo, como dice la ley. Y si quisiera traer a algún huésped, ya sabe, a alguna mujer, está en su perfecto derecho.
—Gracias por decírmelo —asintió Roy con gravedad—. Por el momento no tengo a nadie en mente, pero acostumbro a hacer amistades allá adonde voy.
—Pues claro. Un hombre de tan buen aspecto como usted tiene que tener muchas amigas, y apuesto a que también tienen clase. No como esas de tacones de aguja que hacen polvo el suelo en cuanto pisan el vestíbulo.
—Jamás —le aseguró Dillon—. Soy muy cuidadoso con las amistades que hago, señor Simms, particularmente con las mujeres.
Y lo fue. Durante sus cuatro años de estancia en el hotel solo tuvo una visita femenina, una treintañera divorciada, y todo en ella, aspecto, vestimenta y modales, era absolutamente satisfactorio incluso ante los ojos del exigente señor Simms. La única falta que podía encontrarle era que no aparecía muy a menudo. Porque Moira Langtry también era exigente. Si la hubiera dejado a su aire, cosa que Dillon trataba de evitar con frecuencia por cuestión de principios, no se habría acercado ni a dos kilómetros del Grosvenor. Después de todo, ella tenía un bonito apartamento en propiedad, con dormitorio, dos cuartos de baño y minibar. Si de verdad deseaba verla, y ella comenzaba a dudar de que así fuera, ¿por qué no podía ir él hasta allí?
—Bien, ¿por qué no puedes? —decía Moira sentándose sobre la cama con el teléfono en la mano—. Te queda a la misma distancia que a mí.
—Pero tú eres mucho más joven, querida. Una muchachita como tú puede permitirse mimar a un viejo chocho.
—Piropearme no va a servirte de nada —dijo complacida—. Soy cinco años mayor que tú, y siento cada minuto de ellos.
Dillon sonrió. ¿Cinco años mayor? Mierda, o diez si ella lo decía.
—El hecho es que me encuentro algo mal —explicó—. No, no, nada contagioso. Resulta que anoche tropecé con una silla a oscuras y me di un buen golpe en el estómago.
—Bueno... supongo que puedo ir...
—Esa es mi chica. Contendría la respiración si mi corazón no palpitara tanto.
—¿Sí? Oigámoslo.
—Pum-pum —dijo él.
—Pobrecito —dijo ella—. Moira se dará toda la prisa que pueda.
Debía de estar vestida para salir cuando él la llamó, porque tardó menos de una hora. O tal vez se lo pareció. Se había levantado para quitar el cerrojo para cuando ella llegara, y al volver a la cama se había sentido extrañamente cansado y mareado. De modo que permitió que sus ojos se cerraran, y cuando volvió a abrirlos, lo que le pareció un instante después, ella entraba en la habitación andando majestuosamente sobre sus zapatos de tacón alto; una mujer rellena pero con curvas, de pelo negro y liso y oscuros ojos ardientes de mirada firme.
Se detuvo nada más traspasar el umbral, segura de sí misma, pero suplicante. Posando como uno de esos maniquíes arrogantemente incitadores. Echó la mano hacia atrás y cerró la puerta con llave, girándola con un débil chasquido.
Roy olvidó plantearse su edad.
Era lo suficientemente mayor, era Moira Langtry.
Era lo suficientemente joven.
Ella entendió su silencio aprobador, y con un golpe de cadera dejó que la estola de armiño le quedara colgando de un hombro. Entonces, con un delicado contoneo, atravesó lentamente la habitación, con la pequeña barbilla adelantada y el cuerpo ligeramente proyectado hacia adelante gracias al generoso desequilibrio bajo su ajustada blusa blanca.
Se detuvo apoyando ambas rodillas sobre la cama, y al mirar hacia arriba, Roy solo vio su nariz por encima del contorno de sus pechos.
Levantando un dedo señaló sus prominencias.
—Te estás escondiendo —dijo—. Sal, sal de donde quiera que estés.
—Apestas —respondió ella en tono monótono; su blusa se agitaba con sus palabras—. Te odio.
—Las gemelas parecen muy inquietas —dijo él—. Tal vez debamos meterlas en la cama.
—¿Sabes lo que voy a hacer? Voy a ahogarte.
—¿Qué es este fuego abrasador que me mata? —dijo, y después tuvo que guardar silencio.
Tras una eternidad de dulce y suave aroma, se le permitió tomar aire. Y le habló susurrando.
—Hueles bien, Moira. Como una perra en celo.
—Cariño, ¡qué cosas tan bonitas dices!
—Tal vez no huelas bien.
—Pues claro que sí. Acabas de decirlo.
—Puede que sea tu ropa.
—¡Soy yo! ¿Quieres que te lo demuestre?
Él quiso y ella se lo demostró.
4
Cuando se estableció por primera vez en Los Ángeles, el interés de Roy Dillon por las mujeres se limitaba meramente a la necesidad. Tenía veintiún años, era un viejo de veintiuno. Su atracción por el sexo opuesto era tan fuerte como la de cualquier hombre, aunque se incrementaba quizá con los éxitos que iba dejando tras él. De todas formas, era un culo de mal asiento, como reza el dicho. Así que había buscado meticulosamente antes de elegir Los Ángeles como base permanente de sus operaciones. Por entonces su capital se reducía a menos de mil dólares.
Por supuesto, era un montón de dinero. A diferencia de los timadores a lo grande, cuya elaborada puesta en escena puede exigir más de cien mil dólares, el pequeño timador se las arregla con poco. Pero Roy Dillon, aunque se mantenía leal a este último tipo, estaba abandonando sus esquemas habituales.
A sus veintiún años estaba cansado de dar el golpe. Sabía que para poder dar el golpe constantemente, había que saltar de una ciudad a otra antes de que la cosa se recalentara, y eso podía comerse casi todos los beneficios, incluso siendo ahorrativo. Él trabajaba todo lo que podía pero siempre mirando que las condiciones fuesen los más seguras posible, y aun así no estaba exento de terminar con el lobo mordiéndole la culera de sus raídos pantalones.
Roy había visto ya demasiados casos.
En cierta ocasión, saliendo a toda prisa en tren de Denver, se había topado con un grupo de tipos. Los pobres diablos estaban tan mermados de capital que se habían visto obligados a aunar sus esfuerzos.
Se trabajaban un timo de cartas. El que repartía hacía el papel de «primo», a quien se suponía que los otros iban a engañar. Cuando volvió la cabeza para discutir con dos de los compinches sosteniendo tres cartas de forma que podían verse, el «enganche» dibujó una pequeña marca en la carta superior y guiñó un ojo a Roy con complicidad.
—¡Vamos, apuesta! —Su susurro fue ridículamente alto—. Pon ese billete grande que tienes.
—¿El de cincuenta o el de cien? —contestó Roy en otro susurro.
—¡El de cien! ¡Deprisa!
—¿Puedo apostar quinientos?
—Bueno, esto, no. Mejor empiezas con cien.
La mano oportunamente estirada del que repartía comenzaba a cansarse. A los compinches se les terminaban las excusas para distraer su atención. Pero Roy persistía en su cruel broma.
—¿Es muy alta la carta marcada?
—¡Un as, mierda! ¡Las otras dos son doses! Venga...
—¿Un as gana a un dos?
—¡Que si un...! ¡Mierda, sí, claro! ¡Venga, apuesta!
El resto de los clientes de la cafetería del tren se percataron y comenzaron a sonreír burlonamente. Roy sacó su cartera muy despacio y extrajo un billete de cien. El que repartía contó una masa grasienta de billetes de uno y de cinco. A continuación barajó, cambió el as marcado por un dos marcado, y cambió también uno de los doses de la pareja por otro as sin marcar. Sin marcar a simple vista.
Llegó el momento decisivo. Las tres cartas se colocaron boca abajo sobre la mesa. Roy las estudió entrecerrando los ojos.
—No veo muy bien —se quejó—. Préstame tus gafas. —Y con destreza se apropió de las «lectoras» del que repartía.
A través de las gafas tintadas identificó el as de inmediato, apostó más dinero y ganó.
El grupo salió cabizbajo del compartimento entre las risas de los demás pasajeros. En el siguiente pueblo, un lugar amplio con una carretera fangosa, saltaron del tren. Seguramente ya no les quedaban fondos para seguir viajando.
Cuando el tren se puso en marcha, Roy los vio de pie en el andén desierto, los hombros encorvados por el frío, el miedo desnudo en sus pálidos y escuálidos rostros. Y en la plácida comodidad de su compartimento tembló por ellos.
Se estremeció.
Ahí te conducía el «golpear», ahí es donde podía conducirte. Ahí o a algo peor; era el destino de los desarraigados. Hombres para los cuales echar raíces era un riesgo más que una ventaja. Y los chicos del timo a gran escala no estaban más exentos que sus parientes de miras estrechas. De hecho, su destino a menudo era peor. Suicidio. Drogadicción y delirium tremens. Al hogar de los muertos o al de los locos.
Moira se incorporó y con un balanceo posó sus pies en el suelo para coger otro cigarrillo de la mesita. Cuando lo encendió, él se lo arrebató y ella encendió otro.
—Mírame, Roy —le dijo.
—Ya lo hago, cariño. Ya lo creo que lo estoy haciendo.
—¡Por favor! ¿Así que esto es todo lo lejos que podemos llegar? No me quejo, compréndelo, pero ¿no debería haber algo más?
—¿Cómo podríamos rematar algo así? ¿Haciéndonos cosquillas en los pies?
Lo miró en silencio, con sus expresivos ojos apagados, observándolo tras un velo invisible. Sin volver la cabeza extendió la mano y apagó el cigarrillo muy lentamente.
—Era gracioso —dijo él—. Se supone que deberías reírte.
—Ya lo estoy haciendo, cariño. Ya lo creo que lo estoy haciendo —le respondió ella.
Se agachó para recoger una media y empezó a ponérsela. Un poco preocupado, él la sujetó por detrás y la giró hacia sí.
—¿Adónde quieres ir a parar, Moira? ¿Matrimonio?
—Yo no he dicho eso.
—Pero yo sí que te lo estoy preguntando.
Ella frunció el ceño, dubitativa. Después negó con la cabeza.
—No te estoy pidiendo eso. Soy una chica muy práctica, y no creo en dar más de lo que recibo. Pero quizá puede sonar un tanto extraño para un vendedor de cajas de cerillas o lo que quiera que seas.
Eso le dolió, pero siguió con el juego.
—¿Te importaría pasarme el botiquín? Creo que acaban de hacerme un rasguño.
—No te preocupes. A tu gatita ya se le han acabado las balas.
—La verdad es que las cerillas son una tapadera. A lo que me dedico en realidad es a dirigir un burdel.
Estás en la cima y las ganancias vienen solas. Pero una mala mano, y al barranco.
Y eso no iba a ocurrirle a Roy Dillon.
Durante su primer año en Los Ángeles se dedicó a ser un tipo normal. Un vendedor independiente que visitaba a pequeños comerciantes. Cuando volvió a deslizarse en el mundo del timo, continuó siendo vendedor, y aún lo seguía siendo. Disponía de crédito y de una cuenta bancaria. Literalmente, tenía cientos de conocidos que podrían dar fe de su excelente carácter.
Y en ocasiones tenían que hacerlo, momentos en los que las sospechas amenazaban con enredarse en algún asunto policial. Pero, naturalmente, nunca acudía a los mismos dos veces; en cualquier caso, tampoco sucedía muy a menudo. La seguridad le daba confianza en sí mismo. La seguridad y la confianza en sí mismo habían engendrado una depurada técnica.
Y lograr todo eso le había restado tiempo para las mujeres. Nada aparte de los habituales contactos pasajeros de cualquier joven. Hasta el tercer año no comenzó a buscar un tipo de mujer en particular. Alguien que no solamente fuera extremadamente deseable, sino que además deseara, e incluso prefiriera aceptar la única clase de relación que él estaba dispuesto a ofrecer.
La encontró, a Moira Langtry, en una iglesia.
Se trataba de una de aquellas lunáticas sectas que a menudo florecen en la Costa Oeste. El payaso de turno era un yogui, o un swami, o algo por el estilo. Mientras su audiencia lo escuchaba como hipnotizada, él se extendía interminablemente sobre la Suprema Sabiduría Oriental sin ni siquiera explicar una sola vez por qué la más elevada incidencia de enfermedad, muerte y analfabetismo pervivía en la fuente de dicha sabiduría.
Roy se sorprendió de encontrar allí a alguien como Moira Langtry. No era el prototipo habitual. Pero al mismo tiempo, observó la perplejidad en el rostro de ella cuando lo vio a él, aunque, bueno, él tenía sus razones para estar allí. Se trataba de un modo inocente de matar el tiempo. Más barato que el cine y mucho más divertido. Además, aunque le iba bien, no descartaba la posibilidad de mejorar. Y en reuniones así puedes descubrir muchas cosas.
La audiencia era sistemáticamente imbécil. En su mayoría, de imbecilidad acaudalada, viudas de mediana edad y solteronas, mujeres que sufren de una extraña picazón que podrían rascarse con un fajo. Así que... en fin, nunca se sabe, ¿no?
Se podían mantener los ojos abiertos sin meterse en un lío.
El payaso terminó su representación. Se pasaron canastillas para la «Ofrenda de Adoración». Moira tiró su programa en una de ellas y salió. Sonriendo, Dillon la siguió.
Se había entretenido en el vestíbulo tomándose excesivo trabajo en enfundarse los guantes. Mientras se aproximaba, lo miraba con cautelosa aprobación.
—¿Y qué hacía una chica como tú en un sitio como ese? —le dijo.
—Oh, ya sabes —se rió abiertamente—. Me he dejado caer para tomarme un yogur.
—Ajá. Menos mal que no te he ofrecido un Martini.
—En efecto. No admitiría menos de un escocés doble.
Ese fue el punto de partida.
Que los condujo más o menos rápidamente a su actual situación.
Últimamente, y hoy en particular, ya intuía que ella quería ir más lejos.
En su opinión solo existía un modo de manejar la situación. Con mucho tacto. Nadie podía reírse y estar serio a la vez.
Deslizó una mano por su cuerpo para dejarla reposar sobre su ombligo.
—¿Sabes una cosa? —le dijo—. Si te colocases una uva pasa aquí, parecerías un pastel.
—¡Para! —le dijo ella apartando su mano y dejándola caer sobre la cama.
—También podrías dibujar un círculo alrededor y hacer que eres un donut.
—Comienzo a sentirme como un donut —le respondió—. Como la parte del centro.
—Estupendo. Temía que se tratara de algo vergonzoso.
A continuación, cortándolo con resolución, manteniéndolo a raya:
—Ya ves adónde quiero ir a parar. Apenas nos conocemos. No somos amigos, ni siquiera conocidos. Lo único que hemos hecho es acostarnos desde que nos conocimos.
—Has dicho que no te estabas quejando.
—Y así es. Para mí es necesario. Pero me parece que las cosas no deben comenzar y terminar solo con eso. Es como intentar vivir a base de bocadillos de mostaza.
—¿Y tú quieres paté?
—Una chuleta. Algo nutritivo. Aah, mierda, Roy. —Movió la cabeza con impaciencia—. No lo sé. Tal vez no esté en el menú. Tal vez esté en el restaurante equivocado.
—¡Madame es demasiado crguel! ¡Pieg se tigagá en la olla del pescado!
—A Pierre no le importa si madame vive o se muere. Ya lo ha dejado muy claro.
Comenzó a levantarse con cierta resolución en sus movimientos. Él la sujetó y volvió a sentarla sobre la cama. Apretó su cuerpo contra el de ella. La soltó delicadamente. Le acarició el pelo y le besó los labios.
—Mmm, sí —dijo—. Sí, estoy seguro. La venta es definitiva, no se permiten cambios.
—Ya estamos de nuevo —respondió ella—. En el espacio exterior sin siquiera haber puesto pie en el suelo.
—Lo que quiero decir es que me costó mucho trabajo encontrarte. Una preciosa perdiz. Tal vez haya pájaros mejores en los arbustos, pero también puede que no, y...
—... y un pájaro en la cama es mejor que un arbusto. O algo así. Temo que estoy aguándote el monólogo, Roy.
—¡Espera! —intentó sujetarla—. Estoy intentando decirte algo. Me gustas, pero soy muy vago. No quiero seguir buscando. Así que muéstrame la etiqueta, y si puedo, compraré.
—Eso está mejor. Se me ocurre una idea que podría ser bastante beneficiosa para ambos.
—¿Dónde comenzamos? ¿Unas cuantas noches en la ciudad? ¿Una juerga en Las Vegas?
—Mmm, no. Creo que no. Además, no podrías permitírtelo.
—Sorpresa —dijo en tono cortante—. Ni siquiera te haría pagar tu propio trayecto.
—Mira, Roy... —Lo despeinó con afecto—. No es precisamente lo que tengo en mente. Demasiadas chicas, resplandor y cristalería fina. Si vamos a ir a algún sitio, será al otro lado de la calle. Ya sabes, calma y tranquilidad, así podremos charlar, para variar.
—Bueno. La Jolla está muy bien en esta época del año.
—La Jolla está bien en cualquier época del año. Pero ¿estás seguro de que puedes permitirte...?
—Continúa —le advirtió—. Si sigues con esa cantinela tendrás el trasero más rojo de La Jolla. La gente creerá que se trata de otra puesta de sol.
—¡Bah! ¿Quién te tiene miedo?
—Y lárgate ahora mismo, ¿vale? ¡Regresa a tu alcantarilla! Me has desangrado y has hecho que derrochara mis ahorros, y ahora pretendes matarme con tu rollo.
Ella se rió afectivamente y se puso en pie. Tras vestirse, volvió a arrodillarse junto a la cama para darle un beso de despedida.
—¿Estás seguro de que te encuentras bien, Roy? —Le apartó el pelo de la frente—. Estás muy pálido.
—¡Oh, Dios! —se quejó él—. ¿Es que esta mujer no va a marcharse nunca? ¡Me pega un buen meneo y después dice que estoy pálido!
Ella se marchó sonriendo con aire de suficiencia. Complacida consigo misma.
Roy se incorporó con dificultad, sus piernas renqueaban de camino al baño. Se dejó caer sobre la cama por primera vez un poco preocupado por sí mismo. ¿Cuál podría ser la causa de aquel extraño y abrumador cansancio? Moira no, seguro; estaba acostumbrado a ella. Tampoco el hecho de haber comido muy poco durante los últimos tres días. Solía tener temporadas en las que perdía el apetito, y esta había sido una de ellas. Comiera lo que comiera, lo devolvía en un líquido de color marrón. Era extraño, ya que no había probado otra cosa que helados y leche.
Frunciendo el ceño, procedió a examinarse. Una débil mancha amarillenta se dibujaba en su estómago. Pero no le dolía, a menos que apretase fuerte. No había sentido dolor desde el día del golpe.
¿Entonces...? Se encogió de hombros y se tumbó. Tan solo era una de esas tonterías, creía. No se sentía enfermo. Si un hombre estaba enfermo, se sentía enfermo.
Colocó las almohadas una encima de otra y se apoyó adoptando una posición inclinada. Mucho mejor, pero aún cansado. Estaba inquieto. Con cierto esfuerzo, cogió sus pantalones de una silla próxima y sacó una moneda del bolsillo del reloj.
A simple vista parecía una moneda cualquiera, pero no lo era. El lado correspondiente a la cruz estaba pulido, la cara no. Sosteniéndola entre los dedos índice y corazón por el canto pudo identificar ambos lados.
La lanzó al aire, la recogió y la depositó sobre la otra mano con una palmada. Se trataba de una de las versiones. Uno de los tres trucos típicos del timo corto.
—Cruz —murmuró, y salió cruz.
Volvió a lanzar la moneda y pidió cara. Y salió cara.
Comenzó a cerrar los ojos en cada petición, asegurándose de que no hacía trampas inconscientemente. La moneda subió y bajó; su mano palmeó fraudulentamente el dorso de su mano.
Cara... cruz... cara, cara...
Y se terminó el palmeo.
Sus ojos se cerraron y permanecieron cerrados.
Era poco más de mediodía cuando volvió a abrirlos. La penumbra ensombrecía la habitación y el teléfono sonaba. Miró a su alrededor violentamente, sin reconocer dónde estaba, sin saber dónde estaba. Perdido en un mundo extraño y aterrador. Después, debatiéndose por recuperar la conciencia, tomó el auricular.
—Sí —respondió, y a continuación—: ¿Qué, qué? Repítalo. —El empleado le estaba diciendo algo que no tenía sentido.
—Una visita, señor Dillon. Una joven dama muy atractiva. Dice... —una risa diplomática— dice que es su madre.
5
Cuando todavía no había cumplido los dieciocho años, Roy Dillon se marchó de casa. No se llevó nada con él salvo la ropa que llevaba puesta, ropa que él mismo se había comprado y pagado. No se llevó más dinero que el que tenía en los bolsillos, y también se lo había ganado él.
No quería nada de Lilly. Ella no le había dado nada cuando lo necesitaba, cuando era demasiado pequeño para conseguirlo por sí mismo, y a esas alturas no le iba a permitir entrar en el juego.
Durante los primeros seis meses fuera de casa no mantuvo contacto alguno con ella. Después, en Navidades, le envió una postal, y otra el Día de la Madre. Ambas eran de tipo cursi y sensiblero, rezumaban una ternura nauseabunda. Pero la última era una verdadera vacilada. Corazones, flores y angelitos rollizos pululando por encima de un absurdo montaje irrisorio. El mensaje impreso iba dedicado a la querida y vieja mamá, y chorreaba lágrimas de besos de buenas noches, fuentes y bandejas de galletas recién hechas y leche cuando un niño llegaba a casa después de jugar.
Era como para pensar que la querida y vieja mamá (Dios bendiga sus plateados cabellos) era propietaria de una especie de lechería-panadería que no servía a más clientes que a su querido chiquitín (montado en su flamante bicicleta).
Se rió tanto cuando se la envió que estuvo a punto de emborronar la dirección. Pero después volvió a reflexionar sobre el tema. Tal vez aquella broma se volvía contra él. Tal vez al burlarse de ella revelaba una herida profunda y permanente que demostraba que ella era más dura que él. Y esto, naturalmente, no era sí. Había aceptado todo lo que a ella le sobraba y no le había hecho mella. ¡Por todos los demonios!, nunca debía permitir que ella creyera lo contrario.
Así que, después de aquello, se puso en contacto con ella por Navidades, en su cumpleaños y cosas así. Pero se mostró muy correcto. Sencillamente no pensaba lo suficiente en ella, se dijo a sí mismo, como para burlarse. Se requería a una mujer mucho mejor que Lilly Dillon para que calase en él.
La única forma en la que mostraba sus verdaderos sentimientos era a través de los regalos que intercambiaban. Aunque evidentemente Lilly podía permitirse regalos mucho más caros, él se negaba a reconocerlo. Al menos no lo hizo hasta que el esfuerzo por mantenerse a la par, o incluso sobrepasarla, no solamente amenazaba sus objetivos a largo plazo, sino que además se revelaba como lo que era en realidad: una nueva manifestación de sus heridas. Ella lo había herido, o eso parecía, e infantilmente él rechazaba todo esfuerzo de expiación.
Ella podía pensar eso y no iba a permitírselo. Así que le había escrito como de pasada que los regalos estaban hipercomercializados, y que, en adelante, mejor se dedicaban a intercambiarse recuerdos. Si le apetecía hacer un donativo de caridad en su nombre, perfecto. La Ciudad de los Muchachos le parecía apropiada. Y él, por supuesto, también haría un donativo en su nombre. Por ejemplo, a alguna institución para mujeres voluntarias...
Pero, en fin, esto es adelantarse a la historia, saltarse sus principales ingredientes.
Nueva York está a dos horas de Baltimore. Cuando todavía no había cumplido los dieciocho años, Roy se fue a la gran ciudad, objetivo lógico para un joven cuyas únicas posesiones eran una buena apariencia y un innato y vivo deseo de ganar dinero rápido.
Y por la necesidad de ganar dinero, aceptó de inmediato un empleo de vendedor a comisión. Se trataba de ir puerta a puerta vendiendo revistas, carretes de fotografías, utensilios de cocina, aspiradoras..., cualquier cosa que pareciera prometedora. Pero todas ellas prometían mucho y daban poco.
Puede que Miles de Michigan hubiese ganado mil trescientos dólares en su primer mes enseñándoles supertelas a sus amigos, y puede que O’Hara de Oklahoma ganara noventa dólares diarios por sus pedidos de taca-tacas marca Oopsy Doodle. Pero Roy lo dudaba mucho. A cambio de quedar literalmente hecho polvo, lo máximo que había ingresado eran ciento veinticinco dólares en una semana. Y esa fue su mejor semana. La media oscilaba entre setenta y cinco y ochenta dólares, y se dejaba la piel para conseguirlo.
De todos modos, era mucho mejor que trabajar de mensajero o aceptar algún empleo de oficina que prometía «buenas oportunidades» y «posibilidades de ascender» en lugar de un sueldo interesante. Las promesas eran baratas. ¿Qué pasaba si él iba a uno de esos sitios y prometía que algún día sería presidente? ¿Qué tal un anticipo?
Lo de las ventas era un rollo, pero no conocía otra cosa. Se sentía molesto consigo mismo. Allí estaba él a punto de cumplir los veinte y ya era un fracasado manifiesto. ¿Qué era lo que iba mal entonces? ¿Qué tenía Lilly que él no tuviera?
En los veinte entró dando un tropiezo.
Fue pura casualidad. El imbécil propietario de un estanco se lo había puesto a huevo. Roy continuó rebuscando ensimismado una moneda tras haber recibido el cambio del billete, y el inquieto tendero, que tenía prisa por despachar a otros clientes, perdió la paciencia de repente.
—¡Por el amor de Dios, señor! —se quejó—. ¡Solo es un centavo! Ya me lo pagará la próxima vez.
Y le arrojó el billete de veinte. Roy estaba a una manzana de distancia cuando se dio cuenta de lo que acababa de ocurrir.
Apenas asimilado el suceso, otro le siguió: un joven ambicioso no espera a que tales accidentes felices lluevan del cielo. Los crea. Sin dilación, comenzó.
Lo echaron fríamente de dos establecimientos. En otros tres le insinuaron, más o menos con educación, que no tenía derecho a la devolución del billete. En los tres restantes tuvo éxito.
Se sentía eufórico por su buena suerte. (Y había sido excepcionalmente afortunado.) Se preguntaba si existirían trucos similares al de los «veinte», métodos de ganar tanto dinero en pocas horas como un tonto ganaba en toda una semana.
Existían. Empezó a introducirse en ellos aquella misma noche en un bar adonde había ido a festejar su éxito.
Otro cliente se sentó a su lado dándole un codazo. Derramó parte de su copa, se disculpó e insistió en pagarle otra. Después todavía pagó una ronda más. Llegado a tal punto, Roy quiso a su vez invitarlo a una ronda. Pero el hombre había distraído su atención, buscó en el suelo, se agachó y recogió un dado, que posó sobre la barra.
—¿Se te ha caído esto, amigo? ¿No? Bueno, mira, no me gusta beber tan rápido, pero si quieres que nos juguemos una ronda para quedar en paz...
Lanzaron. Roy ganó. Pero, por supuesto, no era suficiente. Lanzaron de nuevo, apostándose cuatro copas. En esta ocasión ganó el tipo. Y, por supuesto, tampoco era suficiente. No iba a permitirlo. Mierda, tan solo estaban intercambiando copas amistosamente, y seguro que no iba a salir de allí ganando.
—Ahora lanzaremos por ocho copas; bueno..., pongamos por cinco pavos.
El «tat», con sus rápidas apuestas que se doblan, es la muerte para un primo. Ahí reside su perverso encanto. A menos que apuestes muy fuerte, el que saca ventaja te despluma en un número relativamente bajo de tiradas.
Las ganancias de Roy se fueron por el desagüe en veinte minutos.
En otros diez, su dinero honesto las siguió. El otro tipo dijo que lo sentía mucho, que Roy debía aceptar un par de pavos por la pérdida y que...
Pero el sabor del timo era muy intenso en el paladar de Roy, su sabor y su olor. Repuso con firmeza que aceptaría la mitad del dinero. El timador, llamado Mintz, podía quedarse con la otra mitad a cambio de sus servicios como instructor en la estafa.
—Puedes comenzar las lecciones ahora mismo —le dijo—. Comienza con ese truco que acabas de hacerme.
Siguieron protestas airadas por parte de Mintz y cierto lenguaje tosco por parte de Roy. Pero al final se trasladaron a uno de los reservados, y aquella noche y algunas más desempeñaron los papeles de profesor y alumno. Mintz no se calló nada. Por el contrario, charlaba hasta el agotamiento. Tenía la santa oportunidad de exhibir su presunción. Podía demostrar lo listo que era, cosa que su modo de vida generalmente aconsejaba no hacer, y podía hacerlo con absoluta seguridad.
A Mintz no le gustaba el de los «veinte». Requería algo indefinible que él no poseía. Y nunca lo hacía sin un socio, alguien que distrajera al primo durante la actuación. En cuanto a lo del socio, tampoco le gustaba; reducía la tajada a la mitad. Y era como una espada de Damocles, porque parecía que todos los timadores sentían la irresistible tentación de vencer a sus colegas. Poca gloria había en desplumar a un imbécil; ¡joder!, los imbéciles estaban hechos para ser desplumados. Pero desplumar a un profesional, aunque te saliera caro a largo plazo, ah, aquello era algo totalmente irresistible.
A Mintz le gustaba el «smack». Era natural, claro. Todo el mundo se lleva bien con las monedas.
Y le gustaba especialmente el «tat», cuyas múltiples virtudes eran tantas que no podían enumerarse. Y si conseguías echarle el anzuelo a un grupo de tíos, habías hecho la semana.
El «tat» debía jugarse en una superficie muy limitada, sobre la barra o en una mesa. De este modo no llegabas a hacer rodar el dado, aunque, claro, daba la impresión de que lo hacías. Agitabas la mano con fuerza manteniendo el dado en una posición elevada, sin agitarlo en absoluto, y después lo lanzabas permitiendo que se deslizara y tambaleara, pero sin llegar a volcarse. Si los primos comenzaban a sospechar, utilizabas una taza o un vaso para lanzar, ya que estabas en un bar. Pero en este caso tampoco agitabas el dado. Lo sujetabas como antes, haciendo que traqueteara con fuerza contra el cristal, y a continuación volvías a lanzarlo como antes.
Se requería práctica, claro. Pero todo la requería.
Si la cosa se calentaba, el camarero te sacaba del apuro a cambio de una buena propina. Decía que te llamaban por teléfono, que venía la pasma o algo similar. Los camareros estaban siempre hartos de los borrachuzos. No les importaba que hicieran el primo si eso les reportaba un pavo, a menos que los tíos fueran sus amigos.
Mintz conocía muchos más trucos que los tres típicos. Algunos de ellos prometían beneficios que sobrepasaban los mil dólares de tope del timo corto. Pero indudablemente requerían a más de un hombre, aparte de un tiempo considerable y preparación; en resumen, estaban en la frontera del timo a gran escala. Y tenían una seria desventaja: si el imbécil daba el soplo, te cazaban. No se trataba de haber cometido un error. Ni de mala suerte. Sencillamente, ocurría.
Había dos detalles esenciales en el timo que Mintz no explicó a su alumno. Uno de ellos resultaba imposible de explicar; se trataba de un hábito adquirido, algo que cada uno tenía que practicar por sí mismo y a su propio modo: mantener un alto nivel de anonimato mientras permanecías en circulación. Naturalmente, no podías disfrazarte. Se trataba más bien de no hacer nada. Evitar cualquier amaneramiento, cualquier expresión, cualquier acento o muletilla, cualquier gesto, postura o modo de andar; todo aquello que pudiera ser recordado.
Y ya tenemos el primero de los detalles esenciales que no pueden explicarse.
Seguramente Mintz no le explicó el segundo porque no le pareció necesario. Se trataba de algo que Roy debía de saber ya.
Las lecciones concluyeron.
Roy se puso a trabajar duro en el timo. Adquirió un vestuario elegante. Se mudó a un buen hotel. Incluso se permitió caprichos un tanto extravagantes, y aun así amasó un fajo de más de cuatro mil dólares.
Transcurrieron los meses. Un día, mientras comía en un restaurante de Astoria, entró un detective que lo buscaba.
Habló con el propietario y le describió a Roy. No tenía fotografías suyas, pero sí un retrato robot, y este era de un parecido asombroso.
Roy observó cómo miraban en su dirección mientras hablaban y pensó en huir desesperadamente. En largarse por la cocina y salir por la puerta trasera. Quizá lo único que evitó que lo hiciera fue la debilidad de sus piernas.
Entonces se miró en el espejo que había a su espalda y suspiró aliviado.
Después de salir del hotel, la temperatura había subido sustancialmente, así que había guardado el sombrero, el abrigo y la corbata en una consigna del metro. Y a continuación, tan solo hacía una hora, se había cortado el pelo al estilo militar.
Su imagen había cambiado de forma considerable; al menos, lo suficiente como para no ser reconocido. Pero temblaba de pies a cabeza. Se escabulló hasta la habitación del hotel preguntándose si volvería a tener agallas para trabajar de nuevo. Permaneció en el hotel hasta que oscureció y después se fue a buscar a Mintz.
Mintz se había ido del hotelucho en que vivía. Se había marchado hacía meses sin dejar dirección alguna. Roy se lanzó en su busca. Por pura suerte lo encontró en un bar a seis manzanas.
El timador se quedó horrorizado cuando Roy le contó lo sucedido.
—¿Quieres decir que has estado trabajando aquí todo este tiempo? ¿Has trabajado de fijo? ¡Dios mío! ¿Sabes dónde he estado los últimos seis meses? ¡En una docena de sitios! ¡Fui hasta la costa y volví!
—Pero, ¿por qué? Bueno, Nueva York es una ciudad muy grande y...
Mintz lo cortó con impaciencia. Nueva York no era una ciudad muy grande, le contestó. Lo único es que había mucha gente viviendo apretujada en un área bastante reducida. Y no, tu suerte no mejoraba saliendo del congestionado Manhattan para meterte en otro barrio. No solo no dejabas de toparte con la misma gente, gente que trabajaba en Manhattan y vivía en Astoria, Jackson Heights, etcétera, sino que además resultabas más sospechoso. Era más fácil que los primos te descubrieran.
—Y chico, hasta un ciego podría descubrirte. ¡Mira ese corte de pelo! ¡Mira ese reloj de lujo y los tres tonos chillones de tus zapatos! ¡Por qué no te pones también un parche en el ojo y los piños de oro!
Roy enrojeció. Le preguntó, preocupado, si ocurría lo mismo en todas las ciudades. ¿Tenías que andar saltando de ciudad en ciudad, gastando tu capital para mudarte cuando comenzabas a conocer lo que te rodeaba?
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