Kitabı oku: «De lo maravilloso y lo real»

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DE LO MARAVILLOSO Y LO REAL.

ANTOLOGÍA


Joan Perucho, 1982.


COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL

Responsable literario: Francisco Javier Expósito

Cuidado de la edición: Lola Martínez de Albornoz

Conversión a libro electrónico: Criteri Digital i Multimèdia, S.L.

© Fundación Banco Santander, 2014

© De la introducción y selección, Mercedes Monmany

© Herederos de Joan Perucho

© Fotografía de Joan Perucho, Pilar Aymerich

ISBN: 978-84-92543-62-5

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ÍNDICE

Joan Perucho: la aventura de la vida verdadera, por Mercedes Monmany

Bibliografía utilizada

HISTORIAS APÓCRIFAS Y RELATOS FANTÁSTICOS

El irlandés O’Connell en la defensa de Montserrat

San Simeón el Estilita y el caballero bizantino Kosmas

Carcasona, Simón de Montfort y la bella Josette

Nicéforas y el grifo

Las aventuras de Kosmas

La bella dama Egeria

Las arañas

El enamorado de Katie King

El diario de guerra de Xaconín

Entre las armas y las letras

Olesia y los diálogos del gobernador

La milagrosa Navidad de Bob Lantern

Je lui parle chapeau bas

Carlsbad y los secretos de la historia

Archipenko o la destrucción

Leningrado y las veladas del conde

La heráldica y los caballeros de Armenia

ERUDITOS DE LO MARAVILLOSO

Los eruditos de lo maravilloso

Don Faustino de la Peña y su enigmático Tratado de carnes

Un caballero erudito

Cronicones de España

Noticia del Doctor Thebussem

La última Navidad del caballero Arístides Cardellach de la Harche

Hacia el pasado

Filosofía de la espada

Isidro de las Pedrochas

Rocambole y Toledo

BRUJOS, MAGOS, FANTASMAS Y OCULTISTAS

Las brujerías del conde Alejandro Kulak

Apariciones y fantasmas

El diablear de los diablos

La magia

Nueva luz sobre un brujo

Un brujo del Risorgimento

Sheyton Barrett, el fantasma de Shakespeare

Con la técnica de Lovecraft

Bajo la sombra del Barón Corvo

Los fantasmas de Çanakkale

SANTOS, SABIOS Y CRISTIANOS

Lecturas

La casa de los santos

Recuerdos de santos y amigos

Santa Teresa y las corrientes erasmistas

La monja vidente

Primitivos cristianos orientales

La piedad y los santos

La ciudad de los santos

BESTIARIO FANTÁSTICO

Pamphilio

El Bernabó

El Calígrafo

Gérard de Nerval y el monstruo Zmb

Madofa

La tímida sensitiva

El basilisco

BOTÁNICA OCULTA

El imperio, los magos y la strigiles

La «carnívora»

La «zapadora»

La mandrágora

CUENTOS MÍNIMOS Y AUTOBIOGRÁFICOS

Anita Febrer, o un vago murmullo sobre el agua, allá donde empieza o acaba la poesía

Homenaje a Renoir

Les jours s’en vont

Week-end

La perla de las Antillas

El té

Diana y El Mar Muerto

La ciudad

Geografía

Bel canto

Ejercicio literario

Dos camaradas

Un poeta

Este hombre

La ventana de la infancia

MEMORIAS Y RECUERDOS

Mi infancia

Un mundo agitado

La tragedia de la guerra

La universidad

El gusto por lo fantástico

La actividad literaria

Las novelas y los elfos

Mi juventud perdida

Las conexiones

VIAJES: LO CERCANO Y LO LEJANO

Introducción a la Tierra Alta

Santa Eulalia de Bóveda

Viaje a la Aquitania

El Danubio azul

Paisajes y tarantelas

Viajes por el mundo

El país oscuro de Las Hurdes

Carta de Finlandia

Bajo el cielo de Berlín

Viaje a Egipto

TEORÍA DE CATALUÑA Y MISTERIOS DE BARCELONA

Vagabundear por las calles

La Sagrera

La memoria del pasado

Actualidad de Pablo Piferrer

Tres interpretaciones

Barcelona

Las artes

El nacionalismo

La lengua

MERCEDES MONMANY

JoAN PERUCHO: LA AVENTURA DE LA VIDA VERDADERA

SI TUVIÉRAMOS que escoger un resumen de ese inmenso catálogo de temas e inspiraciones que adornan la obra del gran escritor que fue Joan Perucho (Barcelona, 1920-2003), nada mejor que citar el prólogo que él mismo redactó para su delicioso libro de relatos Roses, diables i somriures (1965): «Este libro es floral, monstruosamente artificioso y esteticista y, entre los recortados ramajes de su jardinería decadente, surgen rostros de diablos, sonrisas y rosas enigmáticas y deshojadas. El temario deriva y discurre hacia alquimias, castillos, fantasmas, perfumes, animales fabulosos, cortesanas francesas, magia, gastronomía y antiguos bailes de disfraces. Es, pues, un libro especialmente apto para los voluptuosos y para los entusiastas del “final de siglo” […]. El autor no lamenta el gusto que siente por estas cosas. Las restantes tienden a aburrirle».

¿Qué hay detrás de los espejos? ¿Y detrás de las cosas reflejadas en las aguas plácidas —y a veces no tan plácidas— de los espejos? «Me obsesionan los espejos. Reflejan la lenta e infinita concatenación de la realidad», diría Joan Perucho, parafraseando a su manera a Stendhal. En numerosas ocasiones, y a través de títulos concretos de su bibliografía como el libro de poemas Els miralls (1986) o las prosas de Galería de espejos sin fondo (1963), este autor declaró su fascinación por el doble filo que escondían los espejos; es decir, el reflejo pero también lo que se esconde detrás del reflejo, que abre un campo sumamente seductor de posibilidades a la imaginación y a la fantasía. En cada cosa observada estaría, por una parte, la realidad reflejada tal cual es, y, por otra, lo que un artista, y sobre todo un creador tan proclive a dejarse llevar por el murmullo de lo no visto y por el rumor de lo presentido poéticamente, como es el caso de Perucho, percibe detrás de las cosas. Alguien que se interroga frente a la oscuridad de unas aguas estancadas o en la quietud cómplice de su habitación, desde lo cercano a lo lejano, ya sea en Delfos, en Samos, en el Museo de Madame Tussauds, en la imponente plaza del Kremlin, en el parque Güell diseñado por Gaudí, en el paisaje de neblinas del Mont Saint-Michel, en las rápidas corrientes del Bósforo, en la Tierra Alta del Ebro, en un viaje gastronómico por Aquitania o bajo el cielo de Berlín, «acerca de una vida, distinta a la real». Con el tiempo esas preguntas van creciendo, el mundo se va ensanchando, y se hará cada vez más intolerable el no saber y a la vez no inventar respuestas nuevas para cada ocasión.

Poeta en sus inicios y a lo largo de toda su vida, cuentista, novelista, ensayista, articulista en la revista Destino y en La Vanguardia, crítico de literatura y de arte, aparte de juez en la vida diaria, la adoración de Joan Perucho por el arte y la literatura como entes superiores, intocables, como una segunda vida distinta a la palpable y materialmente habitable, era infinita. «Los artistas —diría— viven, en el fondo, una vida distinta a la real, que es vulgar y despreciable, anodina. El arte abre las puertas de lo desconocido, jamás explorado por nadie (me refiero, naturalmente, a los que hacen del arte su razón de ser), y por él, y a través de él, crean la aventura de su vida verdadera, hasta ese momento ignorada, no susceptible de ser cambiada por nada absolutamente». Uno de los caminos para emprender esta «aventura de la vida verdadera» sería la poesía. Otro, la intuición y la experiencia de lo fantástico, de visiones más allá de la realidad y del escueto mundo de las apariencias. Los niños, y en concreto el reducto sagrado de la infancia, ese reino mágico en el que se prefiere la imaginación a la razón, serían un primer estadio ideal de revelación. En ese reino que alterna lo posible y lo imposible, lo verosímil y lo inverosímil, «a veces, un personaje es simplemente un aire estremecido y perfumado, hablando curiosamente múltiples lenguas con preciosas y enjoyadas etimologías». En el otro polo, la ciencia y la fría teoría de las certezas ofrecerían toda la desconfianza previsible a poetas y artistas. Estas «verdades reveladas», incomprobables, serían siempre fervorosamente defendidas por Perucho, como base de cualquier acercamiento al arte y a la experiencia artística: «La mayor frustración de la filosofía de ciertos libros es su racionalidad, y esta es también su miseria. La razón es humana y construye sus andamios lenta y trabajosamente. Dudamos porque no nos fiamos. Es mucho mejor la verdad revelada, la que iluminaba, por ejemplo, a san Pablo proclamando verdades que no sabía de dónde habían salido. La verdad revelada es la intuición. Conocemos la belleza intuitivamente, no por la razón. […] La intuición, como fuente de la verdad, es divina, deslumbrante y segura», dirá en su texto «Una poética» del libro La puerta cerrada (1995).

Verdades mágicas, estremecimientos por lo que se ve y lo que no se ve, que «no les ocurren a todos, ni todos lo detectan». Solo algunos («los que poseen el sentido de lo maravilloso y poético») serán los elegidos, nos dice una y otra vez el autor a lo largo de su obra. Los que no adivinan sombras ni verdades ocultas, los que no presienten ni perciben nada más allá de lo material y físico, los que carecen de turbulentos universos interiores, de verdades poéticas, de una existencia paralela, profunda y espiritual, eran para Perucho «dignos de la mayor compasión». Así definiría a los que habitaban el universo chato y único, cotidiano y ramplón de lo masivo y codificado, «sin imaginación»: «Hay mucha gente que no ha visto en su vida un fantasma […]. Es gente que no tiene imaginación ni gusto por el riesgo y la aventura. Pasan por la vida sin darse cuenta de lo que se pierden. Prefieren, naturalmente, un coche y una segunda residencia cómoda […], disfrutan, felices, del consumismo y de su egoísmo. Esto equivale a una vida a ras del suelo. Es triste».

EL ARTE, VOCACIÓN IRRENUNCIABLE

En las antípodas estaría para Perucho la tenacidad del artista que defiende una vida entregada al arte y una vocación irrenunciable. Numerosos de sus textos dedicados tanto a pintores como a escritores o estudiosos y eruditos de lo más variopinto abundan en esta defensa encendida de la necesidad de mantener incólumes las «verdades interiores», a contrapelo del mundo de la realidad y de las presiones fáciles y engañosas del entorno. Traiciones mundanas que empujan a aparcar las pasiones, tendencias y vocaciones íntimas, fundamentales en la formación y afirmación de un artista. A los que carecían de metas y se dejaban llevar por la corriente, a los que traicionaban sueños y aspiraciones, Perucho los equiparaba irónicamente con auténticos «pecadores». En ellos, solo cabía esperar una vida pobre, descargada de inquietud y desasosiego, pero también de felicidad por el hallazgo y la exaltación de la obra personal llevada a cabo. Hablando de Paul Gauguin («si ha habido un artista que no ha traicionado su vocación, este es Paul Gauguin») diría en su texto «Vocaciones y traiciones» del libro El basilisco (1990): «Hay gente que traiciona su propia vocación y hay gente que se mantiene fiel a ella, siguiéndola dificultosamente muchas veces, postrándose a veces y levantándose siempre. Los que traicionan su vocación (a veces, no se tiene ninguna) traicionan el espíritu, y, en términos de teología católica, esto es un pecado contra el Espíritu Santo. Esto es destruir la raíz de nuestro destino individual y es infracción grave que el hombre moderno, habiendo abandonado la conciencia del pecado, ignora».

La poética de Joan Perucho, uno de los autores de nuestra época —y de un país a menudo adorador únicamente del realismo y el costumbrismo— menos convencionales, uno de los que menos se han conformado con unas pocas y consabidas respuestas a sus interrogaciones de creador, es una poética de lo invisible y de lo intemporal. Se trata, ya sea en sus libros de poemas o en sus a veces célebres libros de prosas de variada inspiración o en sus relatos fantásticos, como es el caso de Diana y el Mar Muerto, Rosas, diablos y sonrisas, Galería de espejos sin fondo, Nicéforas y el grifo, Los misterios de Barcelona, La sonrisa de Eros, Botánica oculta, Historias secretas de balnearios, Bestiario fantástico, Los laberintos bizantinos, Detrás del espejo, El césped contra el cielo o La puerta cerrada, así como en sus novelas Libro de caballerías, Las historias naturales, Las aventuras del caballero Kosmas, Pamela, La guerra de la Cochinchina y Los emperadores de Abisinia, de una poética y una obra de aliento sumamente libre, que mezclan géneros sin cesar. Ambas destruyen de forma ininterrumpida, desde el comienzo de su trayectoria, todos los conceptos y reglas firme y trabajosamente levantados por el andamiaje estricto de lo académico y racional: en un ambiente dominado machaconamente por el realismo y la literatura social, con mensaje, la irrupción de Joan Perucho —tal y como sucedió en 1958 con la aparición en Italia de El gatopardo del príncipe Giuseppe Tomasi di Lampedusa— en la escena literaria catalana, y por extensión española, con su relato Amb la tècnica de Lovecraft, de 1956, y enseguida con su primera novela, Llibre de cavalleries, de 1957, da paso, aún hoy, dado el carácter intrínseco de su modernidad y de su espíritu de anticipación, a un saludable y fresco vendaval inesperado. Un vendaval que agitó las velas libres de la imaginación, sacudiendo desde sus mismas profundidades y entrañas lo más rígido e inamovible de nuestras vidas, nuestros tímidos y respetuosos conocimientos al uso, nuestras lecturas, nuestros prejuicios de consumidores culturales rutinarios, nuestras tercas y ciegas incredulidades.

ENSEÑAR A VER Y CREER EN LO VEROSÍMIL Y EN LO INVEROSÍMIL

Una función didáctica y particular que recorre la literatura de Perucho por entero es enseñar a ver y creer, devotamente y con pasión, tanto en lo verosímil, en lo que se ve, como en lo inverosímil, en lo que no se ve y, como mucho, se llega a imaginar, a adivinar, a sospechar y a conjeturar. El crítico literario y escritor Julià Guillamon, gran y reputado especialista en la obra de Joan Perucho —junto al desaparecido y añorado Carlos Pujol—, a través de numerosos estudios dedicados a su obra, de exposiciones y de una completísima biografía, condensó a la perfección lo inaudito de esa irrupción de Perucho en su día, especialmente por medio de su muy particular lectura de lo fantástico. Un género fantástico idiosincrático y singular que lo uniría ya para siempre, a veces de forma maquinal y en exceso redundante, a escritores como Borges y Calvino: «Para Perucho lo fantástico significa el acceso a otros mundos, otros ámbitos. La producción de tema sobrenatural de los años cincuenta no podía tener en su obra la menor resonancia […]. La ficción futurista y apocalíptica era más fría, estaba desprovista de misterio y magia. Solo el expresionismo alemán y sus ramificaciones en la otra orilla del Atlántico coincidían en la elaboración de una fábula más siniestra que se habría de leer como un manifiesto a favor de la imaginación». Es decir, volveríamos a esa base casi programática —el manejo de una verdad poética unida al temblor y el estremecimiento por un misterio más sugerido que plasmado a través de claves cerradas y de «género»— que ilumina toda la obra peruchiana. Así lo explicaría el propio autor en su fragmento titulado «El universo», de su libro de memorias Los jardines de la melancolía: «El misterio mantiene al hombre en su búsqueda de la verdad imposible. Para algunos, misterio equivale a poesía. El hombre es el gran interrogador. Si un día el misterio dejara de serlo, todo se derrumbaría sobre su cabeza».

Por otro lado, su fervor por las relecturas históricas, por los apasionantes juegos de ajedrez en el tablero de países, hechos fabulosos, épocas, personajes y aventuras múltiples ocurridas o no, lo resumiría él mismo del siguiente modo en su texto «El gusto por lo fantástico» del libro citado: «La capacidad de inventar historias apócrifas es un recurso para instalarme en el corazón de los acontecimientos pasados, de fabricar puertas secretas con el fin de penetrar furtivamente en los misterios de antaño. El pasado nos revelará la naturaleza del presente. Respecto al futuro, no encuentro ningún indicio de felicidad». A ello añadiría de nuevo varias constantes sobre su forma de concebir la poesía: «Hay quien busca la poesía desde premisas racionalistas, inclinado a rechazar el milagro. El milagro, no obstante, es más fuerte y surge como una flor rara y misteriosa. La poesía es esta flor, es la única flor que nos queda para salvarnos de nuestra propia destrucción». Inspiraciones todas ellas, muchas veces, como es notable en la obra de este escritor, de raíces profundamente «librescas», extraídas de un fervor incondicional por la lectura, y de una ingente erudición familiarizada con todos los siglos y principales fases de la cultura occidental, como muy bien explicaría en su bello pasaje titulado «Où allez-vous chercher tout ça?», del libro El césped contra el cielo: «Soy un lector impenitente. Es de mis lecturas —extrañas lecturas referidas al pasado, pues, como es sabido, me gustan los libros antiguos— de donde sale mi literatura. La vida cotidiana no me interesa, no me gusta. Generalmente, de una referencia histórica, paso a imaginarme un desenlace fantástico que tiende a revelar el mundo de lo maravilloso, del misterio, de la aventura. En definitiva, de la poesía que hay detrás del mundo. La referencia histórica es mi trampolín. El presente […] no me interesa».

Sabios, ocultistas, eminentes zoólogos y exploradores, caballeros errantes, poetas, inventores, místicos, anacoretas, inflamados patriotas, liberales exiliados en París o Londres, adoradores del diablo, eruditos de lo maravilloso, médiums sabrán por encima de todo que la poesía es el verdadero manto protector que está detrás de todas las cosas y todas las gestas, que salva y purifica a la vez, y que hay que ser capaces de hallarla en la realidad, porque sin ella «el hombre colisiona su ser por los caminos del mundo», dirá Perucho en el Dietario apócrifo de Octavio de Romeu (1985). Tomarán el nombre del caballero Arístides Cardellach de la Harche, del «bibliopirata» Bartolomé José Gallardo, de Isidro de las Pedrochas, del conde y brujo Alejandro Kulak, del caballero bizantino Kosmas, de la misteriosa Dama Egeria, de Madame Edwarda, de Madame Blavatsky, del doctor Doolittle y Livingstone, de Montague Rhodes James y Lovecraft o de Cunqueiro y el doctor Samuel Johnson, da igual. Pero en todos ellos palpitará sin cesar el hálito eterno e indestructible de la poesía, de los misterios del mundo, de las búsquedas en pos del más allá de todo, incluso del más allá del infinito.

POETA, POR ENCIMA DE TODO

«Personalmente, por encima de todo, me siento poeta», repetiría Joan Perucho en muchas ocasiones. «La poesía es, verdaderamente, una aventura hacia lo absoluto». Pero precisaría aún más su definición: «El creador es un médium… Todo es muy misterioso y sin misterio no hay gran literatura». Hay que decir que el tercer libro de poemas de Perucho, de 1954, tras Sota la sang, de 1947, Aurora per vosaltres, de 1951, y las bellísimas prosas poéticas de Diana y el Mar Muerto, de 1953, se titularía El médium. El mundo, efectivamente, es un libro abierto que pocas veces se logra abrir por la página adecuada, hay que buscarla con cuidado, con ahínco, intentar descifrarla y penetrar en sus trampas ocultas, en sus oscuridades. «El misterio del mundo —sigue diciendo Perucho en un texto elaborado en torno al pintor Grau Santos, del libro Espectacles i secrets, de 1992— permanece indescifrable ante noso­tros. Para un espíritu, la mirada va más allá de las cosas y de los acontecimientos. Esta mirada estructura esquemas, cosas, siluetas (vagas y extintas) que llenarán, sucesivamente, y cada vez más lejos, el pasado. El mundo es como un palimpsesto para el vidente o el médium que captan significados que otros nunca verán. Existen voces sofocadas, esbozos diluyéndose en la luz, fantasmas que se abocan a su deseo y palabras que se han perdido en la memoria inmensa de Dios. Algunos participan de esta visión: son los artistas y los poetas que tienen el don de hacerlas aparentes en determinadas circunstancias».

Sombras, «voces sofocadas», presencias y ausencias, fantasmas entrevistos, palabras evadidas y errantes por la noche de los tiempos…, todos, siguiendo la estela ­coherente de la poética mantenida siempre por Perucho, serán convocados y traídos de nuevo a la luz por dos clases de seres fundamentalmente: poetas y artistas. Perucho disfrutará siempre con artistas o autores que se pregunten qué hay detrás de las cosas y que amen en su profunda y más invisible dimensión esas mismas cosas de este mundo, hasta el punto de ver más allá de ellas y, sobre todo, verlas en el antes y el después de ellas mismas: las desaparecidas y las presentes. Para ello, como insistiría el autor, se tendrá que penetrar principalmente con dos armas: la de la intuición y la de la imaginación. Joan Perucho no dejó nunca de defender, a lo largo de toda su obra, ese algo irracional, esa sensación, distorsión de la realidad, inspiración y búsqueda permanente más allá de lo explicable, demostrable y obvio, que tan solo se encuentra en la poesía y por extensión en los que no rechazan esa «flor rara y misteriosa del milagro de la poesía», como un día dijo. Un milagro y una revelación íntimos y secretos, que se consumen en sí mismos, sin ninguna clase de premisa utilitarista en lo mágico de esa percepción, al contrario de tantas épocas de la historia en las que se los quiso teñir de necesario «milagro social», buscándoles bajísimos y toscos rendimientos en la cotización ideológica que se quería representar. Sólo hay que pensar que un poeta de la altura indiscutible de Osip Mandelstam, en la época de la revolución rusa, el único poema «realista», de concienciación, que llegó a componer fue el que hizo contra Stalin («el montañés del Kremlin»), lo que le condujo directamente a la muerte. Y lo mataron, precisamente, quienes lo acusaban, a él y a otros, de falta de «realismo social». «A veces —diría Václav Havel, citado por Perucho en un texto titulado “Las palabras se gastan”, que le dedicaría al intelectual y presidente checo con motivo de la concesión en 1989 del Premio de la Paz otorgado por los libreros alemanes— puede parecer que sobrevaloro la significación de la palabra, yo que vivo en un país donde las palabras pueden ser causa de encarcelamiento». La palabra, efectivamente, como recordaba Joan Perucho en ese mismo artículo, «se gasta, se empobrece, altera su significado, se fosiliza, y cuando la queremos sacar del magma fangoso de la corriente de la vida, se presenta como una piedra cubierta de musgo y líquenes».

Por otra parte, hablando de Heidegger y Hölderlin, Perucho seguiría explicando la «inutilidad» absoluta de la poesía y del arte frente a aquellos que los quieren volver eficaces para algún fin o motivo pegado en exceso a la «realidad»: «Para Heidegger hacer poesía es algo enteramente inofensivo, tal y como quería Hölderlin. Y a la vez ineficaz, porque todo se va en decir y hablar. Es la poesía algo semejante a un sueño, pero no a una realidad; un juego de palabras sin la verdad de la acción». Y aquí hará la entrada otro concepto básico en la literatura de este autor: la idea de juego. Juego de la palabra, juego de la cultura, juego de los hechos cambiados y de la historia recuperada e imaginada. El desaparecido Italo Calvino, cuya obra comparte no pocas conexiones y un aliento común con el universo de Joan Perucho, decía muy acertadamente en «Las aventuras de tres relojeros y de tres autómatas», pertenecientes a su Colección de arena: «Muchas veces el empeño que los hombres ponen en actividades que parecen absolutamente gratuitas, sin otro fin que el entretenimiento o la satisfacción de resolver un problema difícil, resulta ser esencial en un ámbito que nadie había previsto, con consecuencias de largo alcance. Esto es tan cierto para la poesía y el arte como lo es para la ciencia y la tecnología. El juego ha sido siempre el gran motor de la cultura».

ELFOS, HADAS Y OTROS SERES SURGIDOS DE LA FANTASÍA

En el capítulo «Las novelas y los elfos» de sus memorias, Els jardins de la malenconia (1992), elaboradas a partir de escenas y fragmentos más que narradas cronológicamente y en continuidad, Perucho incluiría de nuevo una serie de reflexiones sobre la irrupción de «lo invisible» en poetas-videntes como Yeats, que veían «más allá» de la realidad y creían en seres fabulosos como los elfos. También rememoraría el acontecimiento que supuso, en un páramo de realismo social como era la España de los años cuarenta y cincuenta, la aparición simultánea, sin ellos conocerse aún, de dos escritores, uno catalán, él mismo, y uno gallego, Álvaro Cunqueiro: «En el año 1957 apareció mi primera novela, Libro de caballerías, que fue, con Merlín y familia, de Álvaro Cunqueiro, aparecido ese mismo año, la primera reacción contra la literatura social, o testimonial, de la época». Como el autor recordaba, con los intelectuales gallegos Álvaro Cunqueiro y José María Castroviejo, que llegarían a ser grandes amigos suyos, hablaron desde el principio «extensamente» de literatura fantástica. En concreto, Perucho les dio a conocer a ambos a Lovecraft, que había leído en 1954 en una traducción francesa de La couleur tombée du ciel, comprada en París, que le produjo una «impresión enorme» y le inspiró su primera composición, Amb la tècnica de Lovecraft, de 1956. Un texto que inauguraría su ciclo personal de literatura de género fantástico, tras haber publicado únicamente poesía y unas pequeñas prosas poéticas, Diana y el Mar Muerto, de carácter realista.

Por su parte, a través de la lectura del poeta irlandés W. B. Yeats, «memorable autor —como afirmaría— de “Un aviador irlandés prevé su muerte”», un poeta que «tenía una gran sensibilidad para ver los seres invisibles», Joan Perucho descubriría los elfos y las fuentes de su origen en las baladas y las canciones irlandesas. ¿Ver lo invisible? Sí, incluso fotografiarlo, como harían las niñas inglesas Elsie Wright y Frances Griffiths, de Bradford, en 1917, que «verían» y lograrían reproducir fotográficamente a unos pequeños seres «feéricos» en un bosque maravilloso, hecho al que Conan Doyle dedicaría todo un libro, El misterio de las hadas. ¿Quiénes serán los más dotados para esta «segunda visión», como la llama Perucho? Sin lugar a dudas, «los niños, los poetas, los videntes, dotados con una segunda visión, hombres y mujeres que han sintonizado y están en paz con su entorno natural, ellos han sido los que históricamente han tenido más oportunidades de entrar en contacto con los elfos». Por otra parte, como seguiría explicando, «los elfos son espíritus de la naturaleza, los hijos de la Madre Naturaleza, y son tristes, vengativos, pesados, amistosos, bromistas y llenos de odio, dependiendo de las circunstancias».

Muchas veces, y de múltiples formas, desde el comienzo de su obra, ya sea esta poética, narrativa o de reflexiones e inspiraciones varias, Perucho ha relatado, de una manera u otra, esa nostalgia triste e indefinible por el mundo ido de la poesía que en un tiempo todo lo impregnaba, de forma envolvente, sutil y delicada, a la vez que respetuosa e imbuida del halo de un sumo prestigio. Es decir, la nostalgia por la desaparición de «una sociedad que amaba a los poetas y a la que los poetas daban algo que se recibía con agradecimiento». Ahora, dirá, «el pulso del tiempo es otro». Se trata de una nostalgia también por la literatura imaginativa, por las delicias de la fantasía, por «la erudición inventada, de ternísimo humor», por una literatura fundamentalmente encauzada «en un mundo de la más pura arbitrariedad poética», como decía muy en concreto refiriéndose a su querido y llorado amigo Álvaro Cunqueiro, paralelo a él en gustos, afanes y formas de encarar el arte y la literatura, y recogido también en esta Colección Obra Fundamental con el volumen De santos y milagros. La poesía, el arte, la imaginación, la risa mezclada en todo ello todo lo consigue. Logra fijar y detener mágicamente el instante, el tiempo en sí: «Sólo el arte detiene el tiempo», recordó Perucho en su texto «Santiago Rusiñol desde la ventana del tiempo», del libro Galería de espejos sin fondo.

LA HISTORIA, LA RISA Y OTROS HECHOS MARAVILLOSOS

A Cunqueiro, su camarada de la literatura y de tantos momentos compartidos, Joan Perucho rindió siempre los más altos elogios: «Nadie ha escrito, ni en este país ni en ningún otro, con un sentido tan profundo de lo que es maravilloso, sacándonos de lo que es inmediato y útil, de aquello que deseamos y anhelamos mientras nos hundimos en la más resignada de las condenas. Él abrió la puerta de los sueños».

Instalado en una incontenible «nostalgia del pasado», que nunca se podrá llegar a sentir con la misma intensidad en el presente, Perucho creará el suyo propio, un pasado a su manera y medida, como hacía también Cunqueiro, el gran transformista de hechos, épocas, leyendas, lecturas, héroes y poemas. Un pasado, en el caso del autor catalán, adornado por numerosos fantasmas, como manifiesta en el pasaje de su libro Detrás del espejo titulado «Los fantasmas góticos»: «Cada persona crea, si es capaz de ello, sus propios fantasmas […]. Los racionalistas no los ven. La fe, como en tantas cosas, es esencial. Los devotos de lo maravilloso, por el contrario, los ven y, a través de ellos, se materializan». La literatura, pues, actuará de «médium» que convoca espíritus en la mesa del texto, de vaso comunicante de un pasado del que se extrae la sangre y al que se vampiriza poéticamente para otorgarle vida y mantener así las mejillas del fino entramado de la ficción sonrosadas. Todo tendrá que ser siempre así, «velado y susurrante». En un texto titulado «El secreto de los magos», del libro Rosas, diablos y sonrisas, Perucho se preguntaría, con mucha razón, estupefacto, ante el «entusiasmo congresual» imperante: «¿Qué clase de congreso es este?», ya que en aquellos días se había anunciado pomposamente un «congreso mágico internacional». Perucho esperaba que fuera eso, algo velado y susurrante, que sirviera para intercambiar entre los participantes secretos y experiencias «sutilísimos y oscuros». Un ambiente como el que Rilke describía «de círculos concéntricos, dilatándose alrededor de las cosas, misteriosamente atraído por su presencia y también por su ­ausencia», vinculado a una poesía que expresa la fugacidad de las cosas, lo ina­prensible, los destellos y luces que nunca dejan de parpadear a lo largo de los tiempos, y que tendrán que ser emitidos con el respetuoso susurro de lo no dicho, de los ecos sutilísimos y remotos.

Todavía compartirían algo más Perucho y Cunqueiro: su devoción por el poder de la risa, de la ironía, del puro juego formulado con las técnicas imperturbables de la seriedad, levemente retocadas para provocar la más placentera de las sonrisas, común en ambos. Un juego y divertimento culto, dirigido a todos los públicos y a todo tipo de lectores, indudable salvador de los hechos solemnes y de las gestas de este mundo. En una ocasión, el filósofo Santayana enunció los tres componentes esenciales de la vida: «Todo, en la naturaleza, tiene una esencia lírica, un destino trágico y una existencia cómica». Muchas veces Perucho hablaría de ese revulsivo fantástico, la risa, que él prefería llamar «ironía», y que tanto practicó en su obra, convirtiéndose en un pilar fundamental que sostiene la originalísima y extensa arquitectura de sus libros: «La risa surge, no en un fluir craso y rabelesiano, sino encogida sobre sí misma, con doble intención, algunas veces solo insinuada, apuntada en un pince-sans-rire. Rara vez lo grotesco deja aquí de ser macabro, pero es una identificación que no coincide exactamente con lo que se ha venido en llamar “humor negro”, a la manera de un Alfred Jarry», diría Perucho en «La nueva Ester» de su libro El basilisco. El gran poeta italiano Giacomo Leopardi, serio y pesimista siempre respecto a sus contemporáneos y, en general, respecto al ambiente pétreo y sombrío que lo rodeaba, nunca dejó de apreciar la llegada de momentos desinhibidos, así como a los alegres y felices practicantes de la risa. «Entre los hombres es inmenso y terrorífico el poder de la risa, frente a la cual nadie, en su fuero interno, se siente por completo inmune. Quien tiene el atrevimiento de reír es dueño del mundo». Se puede decir que, de relato en relato, de aventura en aventura, de búsqueda e investigación apasionada en búsqueda y pesquisa no menos ferviente en pos de metas casi inalcanzables, los personajes de la obra de Joan Perucho conforman una especie de familia de lazos estrechos y genéticos, «un mundo aparte, autónomo, peculiarísimo e inquietante; un mundo en que los misteriosos personajes mantenían ligaduras invisibles, una jerarquía de estirpe solar, una ironía entre cáustica y erudita», definición que Perucho aplicó a la literatura de Salvador Espriu, «maestro de una prosa rarificada, tensa y difícil, para mí la punta avanzada de la literatura catalana hacia Europa», pero que se podía aplicar perfectamente a él mismo y a los personajes que poblaban sus libros, siempre a mitad de camino entre la erudición y la sonrisa irónica, entre la solemnidad académica y rigurosa y la fantasía libre y sin ataduras propia de bardos y poetas.

MONSTRUOS ESCAPADOS DE LOS INVENTARIOS

El humor de Perucho muchas veces se instala en el corazón de una doméstica y poco ruidosa normalidad, aunque inmediatamente pasa a fusionarse, de forma natural, con la aparición nada rutinaria de lo fantástico. Ya se trate de sus bestias fantásticas imbuidas del vicio de la erudición o de sus feroces plantas maravillosas que solo quieren suplantar a un bebé, Perucho nunca deja de ironizar con las fuentes y versiones sumamente móviles y desconcertantes de la «normalidad», lo real, lo plenamente civilizado, casi humano, lo puesto en duda por las costumbres y las inamovibles leyes de la ciencia como algo verosímil y «terrenal». Es decir, aquello no exactamente terrorífico, pero que, salido de la norma, se convierte rápidamente en «monstruoso». El estupor por parte de sus lectores de ficciones proviene a menudo de la perfecta instalación de sus criaturas maravillosas en el mundo dócil de las prácticas cotidianas. Monstruos, vidas imaginarias que, al describirlas armado de todo un solemne aparato de puntillismo y burocratismo biográfico, a veces llegan a parecer casi rigurosamente normales; de ahí su escandalosa monstruosidad. En El libro de los monstruos, otro de los «raros» más fascinantes que ha dado la literatura del siglo xx, el escritor italoargentino J. R. Wilcock, descubría lacónicamente a uno de estos seres: «Es cierto que, como todos los mamíferos, tiene dos ojos, una nariz, una boca y, en alguna parte, cuatro extremidades». Obsérvese la terrible e inquietante imprecisión que se encierra detrás del concepto «en alguna parte». Por su parte, Stephen Jay Gould, el célebre paleontólogo e investigador de la teoría de la evolución, dijo de forma divertida en su ensayo Los monstruos útiles: «En las décadas anteriores a Darwin los anatomistas médicos franceses instauraron tres categorías: falta de partes (monstres par défaut), partes de más (monstres par excès) y partes normales en los lugares equivocados».

Para no ser menos, el premio Nobel Elias Canetti llegaría a nombrar una ausencia específica en todos los bestiarios tradicionales, la de los animales «que faltan»: «Las especies que no han aparecido porque el progreso del hombre se lo ha impedido». Asimismo, la introducción que el escritor —y gran amigo en vida de Joan Perucho— Carlos Pujol hizo para su Bestiario fantástico enlaza perfectamente con el espíritu de fantasía libre e imaginación desbordante que siempre caracterizó a este gran creador. Pujol sería de las personas que con más cariño y perspicacia, con más complicidad, entenderían su obra. Con un escueto y perfecto diagnóstico, presentaba el Bestiario de Perucho: «Donde el zoólogo acaba su inventario de bichos, empieza la labor del poeta». ¿Qué separa la labor de un observador sensible y amante de la naturaleza como era Perucho de, por ejemplo, la labor de un naturalista también sumamente sensible y exquisito como fue el escritor Gerald Durrell? Pues, sencillamente, la insumisión, la rebeldía. Esa rebeldía que se añora en bestias demasiado domesticadas también se echa de menos en los pragmáticos catalogadores —o aburridos catapultadores— del mundo animal. Como dijo Carlos Pujol en su día, con Perucho tenemos que refugiarnos «en el voluptuoso placer de tomar el pelo al prójimo con todos los requisitos de la cultura».

Cada uno de los animales o monstruos de Perucho muestran cualidades casi humanas, que los hacen frágiles y entrañablemente «adoptables». Sus monstruos de papel tienen su propio carácter, sienten arrebatos y pasiones, y padecimiento, como los humanos. Ya en Els balnearis este autor participaba al lector la delirante división practicada por Izaak Walton entre peces castos y lujuriosos: cuando el fogoso sardo no encuentra consuelo en las aguas, sale de ellas en busca de cabras… Sin embargo, en la dulce y seráfica serie de Gàbia per a petits animals feliços, Perucho nos mostrará a estos tiernos monstruos de la naturaleza como más entrañables, más dignos de ser adoptados en cualquier hogar que nunca: cantan, lloran, se esconden, vigilan, sueñan, suspiran ruidosamente, hablan sin parar, buscan protección, curiosean. Se meten en los cuartos de baño, en la colada, en las habitaciones con calefacción, en los jardines, en las capillas, o, si no, en la famosa reserva de animales de Albinyana, broma que Perucho hacía con frecuencia refiriéndose a su querida casa de campo de Tarragona. Por su parte, Cunqueiro no se había quedado atrás en el campo de lo imaginario y de la ironía, y con su saludable y habitual buen humor había comentado algunos pasajes «desconocidos» y sin embargo muy cotidianos, junto a algunas características sorprendentes, de sus animales fantásticos. En aquella ocasión era un dragón de su novela Las mocedades de Ulises: «Tenía el rostro humano, y herido mortalmente por la lanza de san Miguel Arcángel, por el ojo derecho vertía una lágrima azul. El marinero Basílides comentó que a lo mejor tenía familia y dejaba menores». Porque ¿dónde duermen su sueño eterno estos monstruos de difícil acomodo e instalación? Aunque el destino y el fin de estas legendarias malformaciones quede sin aclarar demasiado en la mayoría de los casos, con pistas confusas y desconcertantes, sí sabremos de algunos de estos fines, como el del monstruo Canuto, que «rompió la cuerda a la que estaba atado, y marchándose a los Pirineos, se hizo salvaje». O del melancólico desenlace que el tiempo depara al indefenso Calígrafo: «La invención de la mecanografía debió ser fatal para el Calígrafo. Circulaba por las calles sin ninguna clase de ilusión. Triste y desamparado, recordaba los tiempos idos, los bellos abecedarios de antaño. Nadie enseñaba ya caligrafía».

FIEL A LO FANTÁSTICO Y ANTIRREALISTA

Fiel siempre a sus principios estéticos y a su poética, la terca idea y espíritu literario de lo fantástico y antirrealista que resistió en Perucho, inmune a las tentaciones, vicios de la época, tendencias, imposiciones y dirigismos de mercado, no hizo más que afirmarlo a lo largo del tiempo como creador y otorgarle prestigio internacional. En 1994 el crítico neoyorquino Harold Bloom le citaría en su obra más conocida, El canon occidental, lo que supuso un notable espaldarazo para un autor de culto como ya era Perucho, con un circuito muy establecido de seguidores y especialistas devotos de su obra. A comienzos de los años ochenta su difusión entre jóvenes autores de aquellos días como Juan Manuel Bonet, Julià Guillamon, Jose Carlos Llop, Andrés Trapiello, Luis Antonio de Villena, Àlex Susanna o César Antonio Molina, aparte de críticos y escritores de otras generaciones que con frecuencia habían analizado y prologado obras suyas, como es el caso de Pere Gimferrer, Antoni Comas o Carlos Pujol, o maestros y amigos admirados como Carles Riba y Martín de Riquer, se había establecido ya plenamente. En 1986 la revista Pasajes, de Pamplona, dirigida por el escritor Miguel Sánchez-Ostiz, le dedicó un número monográfico en el que colaboraron todos los autores citados, a excepción de Comas, que había fallecido unos años antes.

La obra de Perucho, singular y de una notable alergia por el mimetismo ambiental, siempre lucharía contra el uniformismo corrosivo de las tendencias y de las modas, tanto experimentales en cuanto a estructura y lenguaje como realistas y naturalistas en cuanto a temas planos y de escasa opción para la imaginación, el humor y la fantasía. También a sus personajes les gustó sobrevivir a contracorriente, en momentos o atmósferas muchas veces, si no declaradamente hostiles, sí poco propicios para los caminos emprendidos en solitario, con enorme y valiente independencia. En su novela Historias naturales, de 1960, como se dice, «los personajes buscan la poe­sía desde presupuestos racionalistas, en ambientes dispuestos a rechazar el milagro».

Porque ¿qué representa a fin de cuentas lo fantástico? Es decir, ese gusto por lo maravilloso que nunca, desde el principio, abandonará a este gran autor en lengua catalana que, perfectamente bilingüe, salvo en contadas ocasiones siempre se tradujo a sí mismo al castellano. Él mismo responde en el texto «La montaña que habla», de su libro Rosas, diablos y sonrisas: «A mí me parece que lo que en el fondo representa toda la literatura fantástica es la pura y simple reivindicación de la poesía y lo maravilloso ante la racionalidad excesiva de la vida. Me parece que el elemento fantástico es aquello que hace salir al hombre de lo habitual, de lo cotidiano, de lo antifantástico». Por otro lado, la necesidad, el hambre de mitos creados en todas las culturas y a lo largo de todas las épocas, la explicaría así: «Asistimos al nacimiento del mito por la sencilla razón de que el hombre necesita mitos para vivir. Tiene necesidad de lo maravilloso y fantástico porque jamás un orden científico explicará totalmente el misterio de lo creado». Mitos, símbolos, rastros inexplicables y extraños desperdigados, aquí y allá, a lo largo del camino… Quizá llegue un día en el que, gracias a esos múltiples rastros dejados, a las múltiples vidas y pintorescas existencias recorridas en sus libros, a la variedad de registros y caminos elegidos, alguien, como decía Perucho hablando de Shakespeare y de Homero, se pregunte quién era realmente él: «¿Una sucesión de nombres? ¿Un rey con seudónimo? ¿Un hombre? ¿Una escuela o muchas escuelas? ¿Una época o muchas épocas?».

M. M.

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

Diana i la Mar Morta, ilustraciones de F. Todó García, Barcelona, Atzavara, 1953.

Diana y el Mar Muerto, Madrid, Mondadori (Colección Montena), 1987.

Galería de espejos sin fondo, Barcelona, Destino, 1963.

Roses, diables i somriures, Barcelona, Destino, 1965.

Rosas, diablos y sonrisas, Barcelona, Taber, 1970.

Rosas, diablos y sonrisas/Roses, diables i somriures, edición bilingüe, traducción de María-Lluïsa Cortés, edición y prólogo de Julià Guillamon, Barcelona, Edicions del Mall, 1986.

Nicéforas y el grifo, Barcelona, Taber, 1968.

Los misterios de Barcelona, Barcelona, Taber, 1968.

La sonrisa de Eros, Barcelona, Taber, 1968.

Botánica oculta o el falso Paracelso, Barcelona, Taber, 1969.

Botànica oculta o el fals Paracels, Barcelona, Destino, 1980.

Historias secretas de balnearios, prólogo de Martín Riquer, Barcelona, Destino, 1972.

Els balnearis, Barcelona, Destino, 1975.

Històries apòcrifes, Barcelona, Edicions 62, 1974.

Monstruari fantàstic, Barcelona, Galba, 1976.

Bestiario fantástico, prólogo de Carlos Pujol, Barcelona, Cupsa, 1977.

Gàbia per a petits animals feliços, ilustraciones de Sofia Perucho, Barcelona, Quaderns Crema, 1981.

Los laberintos bizantinos o un viaje con espectros, Barcelona, Bruguera, 1984.

Un viatge amb espectres, Barcelona, Quaderns Crema, 1984.

Els laberints de Bizanci. Un viatge amb espectres, Barcelona, Edicions 62, 1989.

Teoria de Catalunya, Barcelona, Edicions 62, 1985.

Teoría de Cataluña, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín), 1987.

Detrás del espejo, Barcelona, Mondadori, 1990.

El basilisc, Barcelona, Destino, 1990.

El basilisco, prólogo de Carlos Pujol, Madrid, Rialp, 1990.

Els jardins de la malenconia, Barcelona, Edicions 62, 1992.

Los jardines de la melancolía, traducción de Justo Navarro, Valencia, Pre-Textos, 1993.

La gespa contra el cel, Barcelona, Destino, 1993.

El césped contra el cielo, Palma de Mallorca, Bitzoc, 1995.

La puerta cerrada, Madrid, Huerga & Fierro, 1995.

VOLÚMENES COMPILATORIOS

Cuentos (selección procedente de Galería de espejos sin fondo, Nicéforas y el grifo y Rosas, diablos y sonrisas), Madrid, Alianza, 1986.

Rosas, diablos y sonrisas. La sonrisa de Eros, introducción de Fernando Valls, Madrid, Espasa Calpe (Colección Austral), 1990.

Fabulaciones (Diana y el Mar Muerto; Botánica oculta; Historias secretas de balnearios; Lapidario portátil; Bestiario fantástico; Jaula para pequeños y felices animales; Cuentos), edición y prólogo de Carlos Pujol, Madrid, Alianza, 1996.

HISTORIAS APÓCRIFAS Y RELATOS FANTÁSTICOS

El irlandés O’Connell en la defensa de Montserrat

PUESTO BAJO LA BRILLANTE TUTELA de san Patricio, y confiando en su valiosa protección, el joven coronel O’Connell no temía, en realidad, a ningún peligro de este mundo. Había nacido en Kerry, Derrynane, y los prados de la verde y vieja Irlanda, tan ondulantes cuando sopla el viento, habían cobijado los duros juegos de su infancia. George O’Connell hablaba, cantaba y aun componía habilidosos versos en galés. Era el menor de doce hermanos, y su familia, patriarcal y contrabandista como tantas otras, constituía un ejemplo vivo de las tradiciones seculares que el tiempo borra. Por las noches, especialmente cuando el padre salía de viaje montado a caballo, los doce hermanos, encabezados por su madre, iban a la iglesia a rezar el rosario y a pedir la protección de san Patricio. George O’Connell era primo hermano de Daniel O’Connell, que con el tiempo, y como es sabido, fue uno de los grandes hombres de Irlanda.

A los dieciséis años, George O’Connell se descubrió vocación de poeta y estudió en una de aquellas escuelas bardas de que nos habla el marqués de Clanricarde en sus pintorescas Memorias. La escuela estaba en la cima de un monte, entre salvajes soledades, aprovechando las ruinas de un viejo monasterio. Los discípulos allí congregados oían la palabra iluminada del maestro, y se exaltaban con las batallas de los príncipes y con los nombres venerables de Clonard, Clonmacnoise y Armagh. ­George O’Connell aprendió de memoria las baladas de Egan O’Rahilly, de Owen Roe O’Sullivan y de Brian Merriman, todos ellos ­poetas desastrados y bebedores y de inspiración muy alta. Cuando quería componer sus propios poemas, George O’Connell se tendía en el lecho de su celda y, poniéndose una gran piedra sobre el pecho, rumiaba las consonantes y contaba las sílabas. Eso de la piedra solía hacerse corrientemente para no desviar el espíritu.

Un día, en una danza campesina, George O’Connell se lio a porrazos con uno de los esbirros del Gobierno y le dejó maltrecho y medio tartamudo. Como la cosa era grave y empezaba ya a planearse la Royal Irish Constabulary, a cuyos componentes el vulgo llamó peelers en honor a su fundador, Robert Peel, el muchacho escapó lejos, y no viendo otra solución se alistó en la Brigada Irlandesa. Diez años ­estuvo en las colonias combatiendo a los enemigos del Imperio y su talento y valentía le conquistaron el grado de capitán. A menudo se encomendaba a san Patricio, o a Patricius, el hijo de Calpurnius, como eruditamente llamaba al santo en los sermones el párroco de su iglesia. Cuando los ejércitos de Bonaparte invadieron a España, Georges O’Connell fue destinado a las fuerzas de Sir John Moore, que operaba en Galicia, y sirvió de enlace al marqués de la Romana, que la gente del pueblo llamaba el «marqués de las Romerías», por sus numerosas marchas y contramarchas. Participó en la batalla de La Coruña, peleando con ardor inigualable, y en Elviña asistió a la agonía de Sir John, que tenía el hombro izquierdo destrozado por una bala de cañón. Sir John era un hombre rudo y fuerte y requería prolongados sorbos de whisky para mitigar su dolor. Cuando hubo muerto, O’Connell, devotamente, se arrodilló y recomendó aquella alma británica a san Patricio.

Ascendido por méritos de guerra al grado de coronel, O’Connell pasó de instructor al celebérrimo Batallón de los Literarios, llamado así porque se componía de gente bulliciosa y más o menos estudiosa, y a cuyo recuerdo se conserva hoy día, con su nombre, una de las plazas de la catedral de Santiago. O’Connell, que había aprendido gallego y castellano, se hizo muy amigo del tambor mayor del batallón, don Antonio Galbán, cirujano, hombre voluptuoso, bebedor y comedor, corazón abierto a las más nobles empresas. Mientras ensayaba su tambor por alguno de los patios del hospital, Galbán discutía con O’Connell acerca de la nomenclatura de los vientos, y si su fuerza dialéctica triunfaba hacía con su instrumento un ardoroso repique floreado. Ambos se distinguieron en la batalla del puente de San Payo y celebraron luego la derrota de los franceses bebiendo el espumoso del Ribeiro en las tascas de la santiaguesa calle de la Raiña.

Cuando la Junta Central Suprema convocó Cortes para principios del año 1810, O’Connell partió hacia Cádiz en calidad de observador. Galbán le recomendó a un primo suyo de la isla de la Gomera, escribano público y diputado en Cádiz, apellidado asimismo Galván, pero, como se ve, con uve. Llegado a Cádiz, O’Connell entró en activa relación con los diputados y asistió a la primera reunión en la isla de León. Fue amigo del conde de Toreno, del atravesado e irascible Bartolomé José Gallardo, bibliotecario de las Cortes, del melifluo y temible Lorenzo Villanueva, hermano del autor del Viaje literario a las iglesias de España; pero enamorado de la periferia española intimó sobre todo con los diputados catalanes, a quienes fue presentado por el escribano José Galván, y fue amigo inseparable de Antonio de Capmany, de Ramón Lázaro Dou y del marqués de Tamarit, así como de un escritor medio loco llamado Antonio Puigblanch. Con el escribano canario, O’Connell cató y se hizo especialista de los generosos caldos andaluces. Pepe Galván, a quien no se le resistían las mujeres y que sabía muy bien montar a caballo, recitaba de carrerilla, y sin faltar una, todas las leyes de Partida. Las decía cerrando los ojos y con una mano agarrándose la solapa de la levita.

O’Connell obtuvo una inmensa popularidad en Cádiz. Era la época en que se publicaban los diarios liberales llamados El Redactor General, El Atisbador, El Conciso, El Duende de los Cafés, La Abeja Española, redactada por Bartolomé José Gallardo; los diarios antiliberales ostentaban nombres tales como El Procurador General de la Nación y el Rey, El Censor General, El Tío Tremenda o los Críticos del Malecón. Muchas tardes O’Connell las pasaba conversando con Gallardo en la redacción cochambrosa de su periódico. Este le leía los artículos de su Diccionario ­crítico-burlesco. Apuesto y muy buen mozo, O’Connell frecuentó asimismo los salones de las damas gaditanas, y en uno de ellos conoció a la condesa de Navacerrada, de quien se enamoró rendidamente. La condesa tenía un marido muy celoso y feroz. Un día el conde, echando espumarajos por la boca, desafió a O’Connell a batirse en duelo. Fueron padrinos Capmany y Puigblanch. O’Connell recibió una estocada en la tetilla izquierda y estuvo durante quince días entre la vida y la muerte. Como san Patricio no tenía jurisdicción sobre tierra española, los amigos catalanes de O’Connell le recomendaron la milagrosa Virgen de Montserrat. En los apuros de la muerte, O’Connell alzó su espíritu pecador a tan alta Señora y prometió que, si curaba, iría a postrarse, cual romero, a sus pies. Al día siguiente, muy milagrosamente, ­O’Connell era abandonado por las fiebres y pedía a grandes voces sólido sustento para su estómago. Cuando hubo sanado, O’Connell lloró sus culpas y, cumpliendo su promesa, se dispuso a partir para Cataluña.

La despedida de los amigos de O’Connell fue emocionante. Se hicieron discursos a la libertad y a la independencia de España, así como a la supresión del Santo Oficio, y se sirvieron unas jícaras de chocolate de ultramar. Todo el mundo lloraba. Luego Galván se puso al clavicémbalo y cantó unos aires canarios. O’Connell prometió regresar así que hubiese cumplido con la Virgen de Montserrat, y, dando un paso adelante, erguido y con mucho brío, recitó, en buen castellano, un poema de José Manuel Quintana. Después fue abrazado por Dou, Capmany, Galván, Gallardo y Puigblanch.

El itinerario de O’Connell fue duro y sobresaltado. Procurando rehuir las fuerzas francesas que batían los campos, subió Andalucía arriba, atravesó La Mancha y llegó, tras largo camino, a Teruel. Se aposentó en ventas destartaladas y siniestras y frecuentó arrieros que olían insistentemente a ajos. En Teruel, no totalmente curado del mal de amores, visitó el mausoleo de los llamados «amantes de Teruel», que iban con unos faldellines de terciopelo, y le dio un vuelco el corazón ante su penoso estado. Llegó a Alcañiz un día de mucha nieve y borrasca y tuvo que defenderse de unos salteadores de caminos. Hacía un frío espantoso. Con caballos de refresco hizo noche en Gandesa, la muy noble y liberal, y se hizo muy amigo del corregidor José M. López-Mora, hombre culto, fluyente y dadivoso, y de Julio Lacambra, delegado de la Junta Central. Julio Lacambra tenía aficiones filosóficas y leía a Maimónides en su lengua. Para congraciarse con ellos, y en homenaje a Cataluña, O’Connell les recitó un fragmento de un poema de Antonio Puigblanch, el autor celebrado de La Inquisición sin máscara. Dijo, refiriéndose a la lengua catalana:

Llenguatge és tal aquest que del mateix usaren

Del francès Carlo Magno los cortesans complots

Y’ls dextres catalans ab ell se gloriaren

Que del Jonich solcant y del Egeu los flots

Duenyos foren d’Atenes prole dels qui donaren

Recordant de la pàtria los carinyosos mots

Del riu Segre lo nom a los sicarios Feachs

Y del Ebro al qui banya los camps ferits dels Trachs.

Después de este sensacional poema, precedente seguro de la Renaixença, O’Connell se adentró en Cataluña, atravesando el Ebro en una barca. Bebió vino del Priorato y ponderó las excelencias de la avellana tarraconense. Estuvo unos días enfermo en Villanueva y la Geltrú. Llegado a Manresa se enteró que, habiendo sido declarado «plaza de armas», Montserrat fue tomado por los franceses el año anterior, y que, incendiado y abandonado por estos, el comandante en jefe inglés, Edward Green, cuidaba en la actualidad de su fortificación y defensa. O’Connell subió a Montserrat y contempló un espectáculo desolador: el monasterio derruido y con todos los restos del pillaje. El altar mayor estaba vacío, pues los monjes, antes de la llegada de los franceses, habían cuidado de esconder la santa imagen. O’Connell se arrodilló en la nave desierta y, con lágrimas en los ojos, rezó durante toda la mañana.

El día 28 de julio de 1812 los franceses, al mando del general Mathieu, volvieron a presentarse ante Montserrat. O’Connell se había puesto a las órdenes de Green, el cual había fortificado la ermita de San Dimas. La defensa fue heroica, pero sin esperanza. O’Connell dio pruebas de un valor temerario y fue la admiración de todos los presentes. No contando con los elementos de defensa necesarios, Green, sin embargo, a la mañana siguiente capituló.

Los franceses trasladaron a O’Connell prisionero a Lión. Tres meses más tarde fue canjeado y devuelto a Londres. Tras una licencia de un año, O’Connell recibió un destino en misión secreta al Afganistán.

En las noches claras del desierto, O’Connell salía de su tienda y se recostaba junto al fuego. Entonces recordaba a sus amigos españoles. Sacaba de su pecho dos estampas y antes de dormirse las besaba. Una estampa era de san Patricio; la otra, de la Virgen de Montserrat, cuya imagen no llegó nunca a contemplar. Aérea y gentil, desde su cielo resplandeciente, la dulcísima patrona de Cataluña sonreía y extendía su mano protectora sobre el sueño profundo de O’Connell.

San Simeón el estilita y el caballero bizantino Kosmas

CUANDO LA ROSA del cristianismo abría sus pétalos en los calores de Oriente y perfumábase el aire con el olor de santidad de tantos cenobitas y anacoretas del desierto, nació Kosmas en la ciudad de Antioquía en el seno de una noble familia griega. Kosmas fue un niño dócil, de pelo rubio y sonrisa abierta. Su madre le educó en el amor a Cristo y Kosmas, por las tardes, después de sus juegos, se encantaba oyendo de labios de su vieja nodriza la vida y los hechos de los apóstoles, esos hombres arrebatados y ebrios de Dios. Kosmas fue muy aplicado y pronto aprendió a leer en copto y en siríaco. Cuando se levantaba un poco el aire, Kosmas se sentaba bajo una higuera y leía las dulces palabras de la Didaché. Un cuervo llegaba volando y se posaba sobre sus hombros. Era un cuervo muy letrado, pues graznaba enfurecido así que veía una interpolación en el texto, y hacía muchos aspavientos con las alas. Kosmas no sabía qué pensar.

Así que llegó a la edad viril, Kosmas aprendió el arte militar y fue al gimnasio. Fue diestro en la espada y en el manejo del arco y fue asimismo un excelente jinete y gran conocedor de caballos. Mientras se ejercitaba en tales menesteres, su maestro, que era un bizantino de Éfeso, cantaba a grandes voces un peán didáctico que tenía la virtud de secar el sudor así que este salía por los poros y acomodaba la respiración al ritmo de los ejercicios. Estudió también filosofía y los comentarios al paralipómenon de san Efrén, que era orador, místico y poeta. San Efrén, que había nacido en Nísibis de Mesopotamia, era llamado, por sus versos sublimes, «La Cítara del Espíritu Santo». Kosmas aprendió de memoria los Carmina Nisibena, pero también agudizó su espíritu en la ortodoxia y supo bien pronto descubrir en cualquier texto los errores de los herejes. Kosmas descubrió asimismo que en algunos lugares del Imperio todavía se practicaban, a pesar de la prohibición, numerosos cultos paganos, como el del nefasto dios Serapis, muy extendido en las provincias orientales. Decididamente, el mal seguía corrompiendo las almas de los hombres, y el diablo, de una forma u otra, procuraba entorpecer la obra de los santos. A veces el diablo se aparecía al conjuro de los Magos y salía del fondo del desierto en formas espantables. Kosmas leyó un día en Teodoreto que Juliano el Apóstata, haciendo un encantamiento para invocar a los demonios, fue tan terriblemente asustado al ver algunos espectros que obedeciendo a la voz de los Mágicos se le presentaron que, creyéndose en un gran peligro, hizo prontamente sobre sí la señal de la cruz, según la costumbre de los cristianos, y por el hábito que había tomado cuando profesaba su religión. «Y la virtud de esta sagrada señal fue tan soberana que puso en huida a los espectros y a los demonios que le estremecían, y desconcertó todo el aparato mágico.»

A los veinte años, Kosmas fue enviado a Constantinopla, junto a su tío Basilio, gran estratega del Imperio, y estudió Derecho muy provechosamente. Su tío Basilio le colocó en la Administración del Estado y fue secretario del logoteta del Tesoro Público, hombre violento y atrabiliario, pero que amaba mucho el canto de los pájaros mecánicos. Kosmas inventó un hábil sistema de contabilidad y controló al céntimo todos los impuestos. Creó oficinas para la capitatio, especie de impuesto personal, y su labor fue presidida por la equidad, «sin dolo y sin fraude». En la Vida de León I se lee que «los pobres, antes abrumados, pudieron reanudar la vida, cultivando cada uno su campo y recogiendo el fruto de su viña, sin que nadie intentare arrebatarle el olivo y la higuera que le dejaron sus padres; todos tuvieron un reposo habitual a la sombra de los árboles que les habían dejado en la herencia». Sin embargo, Kosmas tuvo frívolos amores con cortesanas frigias, las más temibles del Imperio, y fue hombre fácil en dinero, en regalos de maravillosas flores artificiales, en perfumes afrodisíacos. Fue célebre su peña, un tanto disoluta, a la que concurrieron los primos Galvanius, parientes romanos del emperador, el «cuestor» Humberto, el «gran doméstico» Julio y el «gran drongario» Ortoneda. Más tarde se arrepintió de todo este período de su vida e hizo penitencia.

Avanzando en su carrera política, Kosmas fue nombrado Recaudador General de Contribuciones, cargo que llevaba implícitas las tareas de inspección de los tributos. Viajó intensamente por todas las provincias del Imperio y estuvo en Roma cuando la invasión de los bárbaros. Sus ojos contemplaron escenas de horror en las fronteras: pillajes, incendios, violaciones. Los bárbaros manejaban diestramente carros con grandes cuchillas en las ruedas que segaban la vida en las legiones, y llevaban cráneos humanos momificados en lo alto de sus estandartes. Remitió cartas a Constantinopla relatando las hazañas de los visigodos de Alarico, de los hunos de Atila y los ostrogodos de Teodorico, sembrando con sus relaciones el pánico en Bizancio. En las Galias se hizo amigo de una piadosa y misteriosa dama llamada Egeria que había viajado por el desierto de Nitria, en Egipto, conversando con los anacoretas en su camino a Jerusalén. Egeria había escrito un libro contando sus aventuras, que tituló Peregrinatio ad loca sancta.

Vuelto a Constantinopla, partió luego Kosmas hacia la tierra donde había nacido, con amplias funciones de inspección. Sus oídos se alegraron cuando su boca habló otra vez siríaco. Leyó la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea y su corazón se inflamó de ardor religioso. Visitó los conventos de Qhoziba, de Mar Saba, de Kesrouan y llegó hasta los desiertos de Ouadi Natroum en busca de datos de primera mano para escribir unas Vidas que tenía proyectadas de san Antonio y san Pacomio, ya que no le satisfacían los textos que sobre los mismos habían escrito san Jerónimo y san Atanasio. No es seguro, pero parece ser que llegó hasta Etiopía, oscura tierra recién evangelizada. Según cuenta un extraño cronista, allí mató Kosmas un dragón de ocho cabezas que volaba por los aires y se posaba solo en la copa de los árboles o en la cúpula de los palacios. Kosmas lo deslumbró con un espejo y le atravesó el corazón con un dardo envenenado. De regreso, a su paso por la Tebaida, escribió un poema latino, más tarde atribuido a Sollius Modestus Apollinaris Sidonius, que fue amigo de Kosmas cuando lo de Roma. Es el poema que empieza

Abraham sanctis merito sociande patronis,

quos tibi collegas dicere non trepidem,

nam sic praecedunt, ut mox tamen ipse sequare,

dat partem regni portio martyrii.

Un día, después de recaudar unas capitatio difícilmente cobrables en Alepo, se alejó de su escolta y se detuvo a beber un jarro de vino en un mesón de la ciudad. Allí oyó contar las hazañas del «hombre que hablaba con Dios». Este hombre era Simeón, llamado el Estilita porque hacía más de treinta años que vivía encima de una columna (stylo) orando y meditando. Kosmas pasmose de tanta virtud y sacrificio y determinó ver con sus propios ojos al santo. Este tenía su columna de veinticinco metros en Quala’at Sema’an, cerca de Alepo, y era la más alta de las que había utilizado hasta entonces, pues las anteriores habían medido cinco, seis y once metros, respectivamente.

Cuando Kosmas llegó a Quala’at Sema’an, una muchedumbre rodeaba la columna del santo. Había griegos, armenios, sirios y negros africanos. Todo el mundo se hallaba postrado rezando. Kosmas se sentó en el suelo y esperó a que viniera la noche. Cuando la gente se hubo ido Kosmas cogió una escalera y apoyándola en la columna subió hasta donde estaba san Simeón. Vio una faz estremecedora, inmóvil. La faz le habló toda la noche.

A la mañana siguiente, Kosmas hizo penitencia. Se instaló en Alepo y ordenó a su servidumbre que no le faltara nada a san Simeón. Los criados llevaron a este dátiles, sandías y melones, frutas que hicieran pasar la sed, y las colocaron en una cestita que pendía al pie de la columna; pero san Simeón no aceptó más que tres dátiles. Kosmas comprendió en seguida lo que quería significarle el santo. Kosmas volvió a hablarle durante la noche.

Al cabo de unos días avisaron a Kosmas que san Simeón el Estilita había muerto. Sus discípulos, los estilitas Antonio y Daniel, que a diferencia del maestro protegían sus columnas con toldos y barandillas, estaban consternados y, por primera vez, lloraban públicamente. Kosmas sacó seiscientos soldados de Antioquía y con ellos protegió el cuerpo de san Simeón, que la multitud quería llevarse a toda costa. De acuerdo con el magister militum, Ardabour, lo puso a disposición del patriarca Martyrius. Más tarde, el emperador León lo hizo transportar a Constantinopla y elevó allí un santuario.

Algo debió ocurrir en el corazón de Kosmas. Muchas veces se sentaba junto a la vacía columna del santo y meditaba. Parece que vivió el resto de su vida muy santamente y renunció a su cargo. Las crónicas, por más que he indagado, no dicen ya nada más de Kosmas, ese bizantino economista y aventurero. Su memoria, como tantas otras, se ha perdido en la oscuridad de los siglos.

Carcasona, Simón de Montfort y la bella Josette

COMO EN UNA TABLA GÓTICA, sobre un fondo de oro, surgía la maravilla de los siglos, «La Cité», encumbrada sobre el manso curso del Aude. Los reflectores, entre el césped, iluminaban las viejas piedras con una luz muerta e irreal. Brillaban más los diamantes en los descotes de las damas, y sin embargo el fulgor de aquellos muros ganaba en hiriente belleza, en rutilante y misterioso silencio.

La noche era fría, y aquel verano más parecía otoño, por lo inestable y tornadizo de sus días. Se hallaban agrupados en la desembocadura de la calle y contemplaban sin decir palabra aquel fascinante espectáculo. Ya en 1835, Próspero Mérimée, en plena exaltación romántica, calificaba a «La Cité», en sus Notes d’un voyage dans le Midi de la France, de joya única y sin par. Esta cita erudita la había musitado tímidamente Álvaro Fonseca, uno de los más altos y extraños caballeros del grupo. No se le hizo, desde luego, caso alguno.

Empezaron a caer algunas gotas de lluvia. Maruja Puig, que era una viuda guapa y muy elegante, corrió a refugiarse en un portal, porque sabía, aunque no lo decía, que la lluvia suele descomponer el sabio desorden de las mujeres elegantes y bellas. La siguieron, dando pequeños gritos, Amalia Linares, María Luisa Ochoa y la señora de Amat. La linda y juvenil Josette permaneció con los caballeros, los cuales apuraron sus pitillos dando una última ojeada a la iluminación arqueológica. Josette, que era francesa, sobrina de los señores de Ochoa y estudiante en la Facultad de Letras de Montpellier, lucía unos breves pantaloncitos color de cielo, que ornamentaban codiciosamente la esbelta morenez de sus piernas de diosa adolescente. Al profesor Fernando Amat le hubiera gustado tener en Barcelona alumnas de este género.

La lluvia duró solo un momento, y desapareció dejando un leve rastro húmedo en la calzada. Las damas y los caballeros decidieron entonces ir a ver —ya que no se podía hacer otra cosa— La dolce vita, o La douceur de vivre, según habían leído en la cartelera regional de espectáculos de un periódico de Toulouse. Cuando llegaron ante el cine hallaron sustituido el programa por una vulgar y anodina película americana protagonizada por Robert Mitchum.

«La Cité» seguía resplandeciendo en lo alto. Sumida en la penumbra, la moderna Carcasona, prolongación de la ville basse, presentaba un perfil amorfo, sin gran carácter, con avenidas frías y desapacibles, y constituía en realidad una ciudad viva alimentándose a expensas de otra ciudad muerta. El siglo xiv, no obstante, había dejado un testimonio de importancia en la iglesia de Saint Vincent, con la escultura en piedra de san Luis, el gran rey. Esto era algo que el profesor sabía desde hacía muchísimo tiempo, aunque lo aprovechaba para criticar a Viollet-le-Duc.

De regreso al hotel, nuestros amigos, ante un café de la Place Carnot, vieron estupefactos cómo la gente, al son de amplificadores eléctricos, bailaba sardanas. Entonces, algo extraño aconteció, algo extraño en la noche, y lívidas sombras ensangrentadas desfilaron en cortejo por el firmamento.

A la mañana siguiente, el grupo barcelonés y la linda Josette montaron en sus coches y, atravesando el Puente Viejo, penetraron en la gran ciudad medieval por la puerta Narbonesa. Había una enorme cantidad de vehículos aparcados por todas partes, preferentemente en los fosos del recinto amurallado, y los turistas de todos los confines del mundo constituían una vasta y abigarrada Babel.

La noble ciudad de Carcasona, la de los albigenses, la que conquistó el furor y el hierro de Simón de Montfort, aparecía intacta y cerrada sobre sí misma, en muda interrogación sobre el pasado. Jamás el arte militar dará otra muestra de tan singular belleza, y ni siquiera la Aviñón de los papas podrá competir en la perfección de su total unidad.

Sin embargo, entristece decirlo, la fuerza y el horror se abatieron sobre estos muros. Hay un trasfondo de tragedia en la que se recorta casi siempre la figura ensangrentada de nuestro Pedro el Católico, caído allá, en los campos de Muret. La guerra empezó en julio del año 1209, cuando después del asesinato del legado pontificio Pedro de Castellnau, el papa Inocencio III alza la voz de cruzada. Se trata de combatir una herejía, pero al interés religioso se le une también el interés político, que encarnará Simón de Montfort. Era por aquel entonces señor de estos vastos territorios del mediodía de Francia, el conde de Tolosa, Raimundo VI, cuñado del rey de Aragón. Después del saco de Béziers, las huestes de Simón de Montfort se dirigen a Carcasona, a la que ponen sitio. En vano intenta mediar Pedro el Católico. En la ciudad hay escasas fuerzas, y la flor de la nobleza del norte acampa bajo los muros de piedra gris. Cuando, después de varias vicisitudes, los cruzados entran en «La Cité», los habitantes, cubiertos solamente de una camisa y de sus bragas, son arrojados al campo, y el vizconde Raimundo Roger, gobernador de la plaza, es encerrado en una mazmorra en la que muere al año siguiente. Años más tarde morirá también, como es sabido, nuestro amado rey, derrotado en Muret.

La voz del profesor se hizo trémula. Estaba visiblemente emocionado. Los recuerdos históricos son peligrosos, y hieren como dagas en la base de todos los romanticismos políticos. Un no sé qué de austeridad, punzante y cruel, se diluía en aquella gozosa mañana de agosto.

Recorrieron los pasos de ronda a lo largo de las murallas, que, dicho sea de paso, son dos, la interior y la exterior. Subieron hacia las altas torres de nombres pintorescos y transitaron por las desnudas salas del palacio condal. La piedra era gris y majestuosamente severa. Por las callejas, los turistas compraban, en las tiendecitas de souvenirs, postales y chucherías inservibles. Maruja había encontrado a un simpático y antiguo conocido de Sevilla, el cual, después de las presentaciones, se unió al grupo. Josette le miró, descaradamente y sin pudor, a los ojos.

Ramiro Ochoa, abrumado por la sed, se bebió una cerveza, de un solo golpe y sin pestañear. Amalia Linares, que era un poco novelista, tomó unas notas muy emotivas y candentes. Todo el mundo charlaba animadamente. Josette, que antes del desayuno se había bañado en las piscinas del hotel, iba descalza y ajustaba a su cuerpo un lindo vestido sin hechuras, confeccionado con una tela escarlata de toalla de baño. De vez en cuando recogía una punta de la falda, con un ademán del todo innecesario, pero ondulante y gracioso.

No solo fue nuestro rey quien cayó. También fue abatido el campeón de la cruzada, sudoroso y polvoriento, luego, en el sitio de Tolosa. Cayó Simón de Montfort bajo la terrible maza de hierro. Pero la victoria era ya para Francia, y franceses serían los territorios de Languedoc y la Provenza. Un siglo de alianzas familiares, de trobar clus y amor cortés, tutelado por la casa de Barcelona, se hundía, con humo de incendios, para siempre.

Cent ans li Catalans, cent ans li Provençau

Se partageron l’aigua e lo pan e la sau.

El profesor hablaba con un dejo de resentimiento. Dijo que era muy importante el libro de Ferdinand Lot L’art militaire et les Armées au Moyen Âge, editado en París el año 1947. Atacó también muy duramente a Viollet-le-Duc, como siempre que se terciaba, por haber restaurado «La Cité» según el gótico del norte. Era una traición al espíritu, al genio de Occitania. Y sin embargo aquello era tan bello, ¡tan bello!

Se consolaron almorzando bajo los arcos medievales del Grand Hotel, donde les fue servida una poularde à la Raymond VI, de perenne memoria. Álvaro provocó involuntariamente una situación forzada, pues refiriéndose a Colliure habló del hotel de La Bretelle, en vez de La Balette, que hubiese sido lo correcto. Se intentó en vano recordar algún poema trovadoresco. Por casualidad, salió el sirventés famoso:

Ai, Tolosa e Proença

e la terra d’Agença.

Beziers e Carcassey

quo vos vi e quo us vei!

A la caída de la tarde estaban todos algo fatigados. Sin embargo, habían jugado a la canasta y aguzado el espíritu. Alguien dijo que en los cines de Perpiñán ponían La dolce vita. Realmente, era un título digno del Renacimiento.

•

Ahora pienso una cosa. Un poeta amigo mío, viniendo de Carcasona, tuvo la desgracia de hacerse, con un cristal roto del tren, un tajo profundo en la mano. En la estación siguiente le pusieron unos puntos en la herida. Había perdido mucha sangre.

Mi amigo meditó mucho sobre la vieja ciudad. Me dijo que, desde entonces, le era imposible dejar de asociarla con el dolor.

Nicéforas y el grifo

NO ES QUE LAS COSAS fueran irreconocibles, ni muchísimo menos, pero su diáfana pequeñez se cortaba en dilatados y extraños paisajes que, desde lo alto, semejaban un mundo nuevo y fascinante. El caballero Nicéforas, montado en su grifo, sentía el aire chocar contra su armadura de hierro mientras contemplaba los ríos y los valles, los castillos encaramados en escarpadas rocas, los burgos casi desiertos. Sus aventuras le habían llevado muy lejos, recorriendo de continuo con su grifo el país de los búlgaros y hasta el de los magiares, y siempre retornaba indemne y con la rosa de una sonrisa de mujer prendida en el pomo de su espada. Quien dice una sonrisa dice también un pañuelo perfumado o algo más íntimo todavía, como la camisa que le diera en prenda la dulce Esclarmonda, desencantada por Nicéforas en una alcoba real llena de espejos giratorios. En aquella ocasión, el lecho exhaló abandonadas palabras, arrebatados y suspirantes ecos.

Aunque bizantino, Nicéforas despreciaba la corte decadente de Constantinopla y a su emperador, el basileus. Por eso siempre era como un extranjero en su tierra y prefería viajar en busca de lo maravilloso. No sabía exactamente quién era, salvo la nobleza de su linaje y la existencia de una misteriosa tía llamada Liscaris que, aunque griega y princesa, fue condesa de Pallars en Cataluña. Esta tía le mandaba, de vez en cuando, cariñosas misivas y regalos que le entregaba el duque catalán de Atenas. Un día, cuando niño, le mandó un libro, el Yvain ou le chevalier au lion, y quedó deslumbrado por su contenido. Se lo aprendió de memoria y muchas veces solía recitarlo:

Il avint, pres a de set anz,

Que je, seus come païsanz

Aloi querant avantures,

Armez de totes armeüres

Si come chevaliers doit estre,

Et trovai un chemin a destre

Parmi une forest espesse.

Desde entonces Nicéforas quiso ser caballero andante y muy pronto partió en busca de aventuras. Sus lances se hicieron famosos en toda la Romania, pues combatió contra infinitos monstruos: dragones alados, serpientes enormes, gigantes descomunales, pérfidos enanos, etc. Visitó castillos encantados cuyas cámaras vacías estaban iluminadas por un bosque de cirios encendidos y en las que se oían cavernosas voces ininteligibles. Combatió asimismo con caballeros de mérito, volviendo siempre victorioso, y viajó por Alemania y Francia, llegando hasta Irlanda, en donde repitió la hazaña del caballero Owen visitando el Purgatorio de San Patricio. Allí grabó su nombre en la piedra, y de ello da fe Ramón de Perellós, que vio la inscripción años más tarde y lo constata en su libro.

El hallazgo del grifo representó para Nicéforas un paso decisivo para su reputación, ya que a partir de entonces se le designaba también como el Caballero del Grifo. Este portentoso animal, que volaba a gran altura y hacía a Nicéforas inexpugnable, fue un regalo de un mago persa al que se le cayó su anillo en un lago, siendo Nicéforas quien se lo devolvió buceando en las aguas. El mago dejó de llorar y, entrando en una floresta, volvió con el grifo atado a una cuerda y se lo dio. El grifo dio tres vueltas alrededor de Nicéforas gritando: «Vuestro soy».

La tía Liscaris seguía mandándole regalos desde Cataluña: un yelmo cincelado, unos guantes perfumados, el Jaufré. Un día recibió una carta de un amigo de su tía, un tal Ramón Muntaner que había sido mestre racional en los tiempos de la Compañía Catalana, interesándole, de parte del rey, aunque muy veladamente («¿qué os diré?»), el envío de la cabeza de san Jorge, que se suponía oculta en aquellos lugares. A partir de entonces menudearon los encargos reales hechos a través de Ramón Muntaner, que se reveló a Nicéforas como un tipo formidable. Más tarde le puso en contacto con dos caballeros catalanes que, en misión real, se hallaban en Grecia, llamados Tomàs Çafont y Blasco de Alama, este último poeta e inventor de la «máquina de trovar». Tanto el uno como el otro se convirtieron en dos amigos inseparables de Nicéforas.

Cuando murió Ramón Muntaner, el caballero bizantino siguió recibiendo ­encargos reales, más o menos nebulosos, directamente de la Cancillería. Por ello, ­seguramente, lo encontramos relacionado con los «documentos misteriosos» de ­Eleonor, duquesa de Atenas, que L. Nicolau d’Olwer estudió y publicó descifrados pocos años antes de morir. El historiador bizantino Pachymeras, contemporáneo de estos hechos, no dice nada de nuestro caballero, pero Gregoras, por el contrario, da a entender que Nicéforas se apareció con su grifo a Juana de Nápoles, que se hallaba peinándose en su tocador, y la obligó a transigir en el asunto de la duquesa. Juana, que había tenido ya tres maridos, soltó su larga cabellera sobre la espalda antes de decidirse a contestar sí o no.

Sin embargo, las cosas no iban demasiado bien para los ducados de Atenas y ­Neopatria, y Nicéforas, por tal motivo, viose insistentemente solicitado por la predilección real. La tarea, sin duda, era ardua, pero Nicéforas peleó con extraordinaria valentía contra toda clase de enemigos, especialmente contra los franceses, cuya caballería caracoleaba presuntuosa y fatua por los campos de Grecia. Convencido y orgulloso el poder real de la importancia y significación de la Acrópolis, mandó, como es sabido, una guardia de doce ballesteros para su protección. La orden, deliciosa e ingenua, decía así:

«Lo rey.

Tresorer: sapiats que a nos son venguts missatgers, síndichs e procurador dels ducats de Athenes e de la Patria, ab poder bastant de totes les gents del dit ducat, e han nos fet sagrament e homenatge es son fets nostres vasalls. e ara lo bisbe de la Megara, qui es j. dels dits missatgers, tornassen de licencia nostra, e ha nos demenat que per guarda del castell de Cetines (Acrópolis) li volguessem fer donar x o xij. homens d’armes. e nos vahents que açó es molt necessari e que no es tal cosa que no es deja fer, majorment con lo dit castell sia la pus richa joya quial mont sia, e tal que entre tots los reys de cristians envides lo porien fer semblant, havem ordonat que ’I dit bisbe se n men los dits xij. homens d’armes los quals entenem degen esser ballesters, homens de be qui sien be armats e be apparellats e que ls feta paga de ïij. meses, car abns que ls dits ïij, meses no seran passats, nos hi haurem trames lo vescomte de Rochabertí e lavores ell los provehirá. per que us manam espressament que vos procurets los dits xij, borneos e que estiguen apparellats de guisa que quant lo dit bisbe será aquí, no s haja a leguiar per ells una hora. dada en Leyda sots nostre segell secret a xj, dies de setembre del any mccclxxx, rex Petrus».

Como hemos dicho, este mandato real es de sobra conocido y se halla transcrito en el Diplomatari de l’Orient Català de Antonio Rubió y Lluch. Lo que no se ha sabido hasta ahora es que fue Nicéforas el capitán de dicha guardia y, por consiguiente, el responsable de la defensa de la Acrópolis. Su papel, hasta el último momento, fue brillantísimo, quedando los enemigos aterrados al contemplar, de súbito, a Nicéforas cómo salía volando de la Acrópolis con su grifo y se abalanzaba contra los despavoridos atacantes. Los famosos ballesteros, por su parte, cuidaban de aprovechar escrupulosamente la teatral aparición de Nicéforas.

Cuando se hundió la Grecia catalana, nuestro caballero desapareció por el momento. Un documento conservado en el monasterio del monte Athos refiere, sin embargo, que Nicéforas, al igual que su amigo Tomàs Çafont, casose con una princesa del reino cristiano de Armenia. La vida apacible de palacio hizo enfermar al grifo de melancolía y aburrimiento, y dícese que se entretenía meciendo con su garra la cuna del primogénito de Nicéforas, niño rubio e irascible. Entonces, sosteniéndose en el aire, entraba por la ventana un poliedro de cristal en cuyo interior se contenía el germen misterioso e invisible de la caballería andante.

Las aventuras de Kosmas

MUCHO ANTES DE ENAMORARSE de la dama española Egeria y de que esta desapareciera misteriosamente en las páginas de un códice propiedad de san Braulio de Zaragoza, el caballero bizantino Kosmas viajó mucho por España, deleitándose ante los grandes paisajes y meditando al pie de los hondos precipicios mientras su capa era agitada arrolladoramente por el viento. Viajaba casi siempre de incógnito, durante el tiempo que le dejaba libre su cargo de recaudador de impuestos del Imperio, así como el despacho de su oficina en Cartagena. Kosmas, que era un hombre de una vasta cultura, construía en un pequeño taller de su palacio, todas las tardes de los domingos, unos maravillosos autómatas que tocaban la cítara y soplaban la tuba, llegando a reunir una verdadera orquesta, de la cual estaba prendado el gobernador ­bizantino Nicéforo, que organizaba con ella, en préstamo, desfiles por las ­calles. En la puerta de su alcoba, Kosmas había dispuesto una piadosa cigüeña mecánica que cada media hora repetía el Kyrie Eleison. Era la más querida de las cre­aciones surgidas de sus manos.

El caballero Kosmas era un erudito de la literatura cristiana, y un sagaz rastreador de las desviaciones heréticas. Le bastaba leer la primera línea de un tratado o de una homilía para saber si era herética o no, de tal forma que los arrianos le temían como si fuera el mismo diablo. Se carteó muchísimo con san Leandro y con san ­Isidoro de Sevilla, del cual posteriormente fue secretario, proporcionando a este último mucha información recogida en sus múltiples viajes. Así, por ejemplo, le describió el pilentum y el petorritum, que eran vehículos cubiertos y de cuatro ruedas que usaban antiguamente las matronas romanas. El primero lo cita el poeta latino Virgilio, cuando dice (Eneida, 8, 666):

Pilentis matres in mollibus.

[Las matronas, sentadas en los blandos pilentos].

El segundo era citado por Horacio, que dice (1, Sat. 6, 104):

Plures calones, atque caballi

pascendi, ducenda petorrita.

[Han de alimentar muchos esclavos y muchos caballos para conducir los coches.]

Antiguamente los pilentos eran todos de color verde, y no eran como los de entonces encarnados, y solo podían ser utilizados por las honradas matronas. También le informó sobre el alción, que es ave del mar, llamada así como si dijera ales aceanea, porque en invierno hace su nido en las aguas del océano y allí saca sus pollos. «Se dice —añadía Kosmas— que, cuando está sacando sus polluelos, el mar se calma y los vientos callan por espacio de siete días, como obsequio de la naturaleza a esta ave y a sus hijos». Asimismo le habló a san Isidoro de las grullas; esta vez lo hizo en el célebre verso que empieza «Italice Samius…», y que fray Roque de San Pedro Mártir, especialista en los estudios sobre el bizantino Kosmas, tradujo en castellano romance del siglo xvii de esta manera:

Samio, famoso autor italiano

En verso breve encierra su decreto,

Dándonos por consejo, que ante mano

De poner los negocios en efecto,

Los consultemos bien; y es caso llano

Lo tomó de las Grullas, que en secreto

Las piedras toman en lugar de lastre

Para pasar las aguas sin desastre.

Nuestro caballero asistió al II Concilio de Toledo en calidad de observador de la Administración de Bizancio. El rey herético Amalarico concedió a regañadientes un salvoconducto especial para Kosmas, y las autoridades visigodas se quedaron viendo visiones cuando Kosmas llegó a Toledo precedido por su famosa fanfarria de autómatas. Inmediatamente, Kosmas comunicó a Constantinopla diciendo que había llegado sin novedad y sin vejamen alguno. Le recibió el obispo de Egara (Tarrasa), Nebridio, que firmó las actas con la más escrupulosa autenticidad: «Nebridius in Christi nomine Episcopus ecclesiae Catholicae Egarensis, hanc constitutionem consacerdotum meorum in Toletana urbi habitam cum post aliquantum temporis adveniseem, salva auctoritate priscorum canonum, relegi, probari, et subscripsi».

Con Nebridio tuvo Kosmas amistosas controversias acerca de la excelencia del derecho justinianeo comparado con el germánico, llegando el bizantino a las más altas regiones del espíritu al disertar, anticipándose a los glosadores, sobre la significación técnica de la traditio. Nebridio le presentó a un joven monje llamado Juan de Bíclaro, también conocido por «el Biclarense», el cual, años más tarde, se convertiría en catalán de adopción, al ser nombrado obispo de Gerona. Bíclaro, que a la sazón tomaba apuntes para una futura Historia de los godos, intimó mucho con Kosmas, de quien admiraba la sabiduría. Todas las tardes, después de comer, pa­seaban juntos por la calzada romana en eruditas conversaciones, que muchas otras veces degeneraban en verdaderas y amistosas polémicas.

Nunca dejaron de relacionarse epistolarmente Kosmas y Bíclaro, y así, cuando este último ocupó la silla episcopal, invitó al primero a Gerona. Viajero por naturaleza, Kosmas aceptó de buen grado y emprendió el fatigoso camino, maravillándose a cada paso por las bellezas de Cataluña. En Gerona abrazó a Bíclaro, regalándole un autómata que recitaba el Evangelio en las diversas lenguas del Imperio. A los dos amigos, cuando se encontraron reunidos nuevamente, les latía con alborozo el corazón. Sus ansias culturales encontraban rienda suelta al poder intercomunicar sus sentimientos.

Kosmas recorrió el país de un lado para otro y, por fin, decidió alquilar una villa en Blanes, que entonces se llamaba Blanda. Quedó deslumbrado sobre todo por el paisaje costeño y por los fabulosos bosques de pinos que llegaban hasta el mar. Conoció al dedillo lo que hoy llamamos Costa Brava y escribió un itinerario muy pormenorizado, verdadero inventario, que tituló Peregrinatio. Aquello era como la primera guía de nuestro país, de las tierras que después constituirían la llamada Marca Hispánica.

Un día, en Blanda, por pura casualidad y sin ánimo de indiscreción, vio cómo se bañaba en la playa Egeria, dama visigoda de ascendencia hispanorromana, famosa por su extraordinaria belleza. Las proporciones físicas de Egeria eran clásicas y podemos decir ahora que constituyen el precedente histórico más remoto de «Teresa, la Bien Plantada», porque de un modo u otro el pensador catalán Xènius debió conocer la vida y aventuras del caballero bizantino.

Kosmas quedó mudo de admiración. Los pájaros cantaban ocultos en la copa de los pinos. Pero Kosmas no oía nada. En realidad, estaba perdidamente enamorado de Egeria, la dama de misterioso destino. Sin embargo, esto es ya otra historia que un día u otro, con un poco de suerte, contaré a mis queridos lectores.

La bella dama Egeria

EN UNA DE SUS MÚLTIPLES NAVEGACIONES Y VIAJES, el caballero bizantino Kosmas tuvo una aventura amorosa en España. La cosa terminó mal, porque la dama, llamada Egeria, desapareció misteriosamente rezando la Didaché en compañía de una cigüeña mecánica, verde y amarilla, que tenía siempre a sus pies. Luego, al cabo de muchos años, Egeria fue hallada por san Braulio en las páginas de un códice miniado de un convento de Zaragoza. Egeria bordaba en aquel momento unas primorosas rosas azules en un bastidor, mientras la cigüeña repetía incansablemente: Kyrie Eleison.

Kosmas, ante la desaparición de su amada, se retiró sollozando al desierto y, encaramado en lo alto de una columna, mantuvo eruditas disertaciones con san Simeón el Estilita, que estaba a dos pasos de allí, en el capitel de otra columna, y el cual, entre otras cosas, le comunicó el origen de los panotios, hombres que existían en Escitia, siendo sus orejas tan grandes que les cubren todo el cuerpo. Su nombre viene del griego pán, que significa «todo», y óta, que significa «orejas». También le comunicó el santo la existencia de los sciopodos, que se dice que estaban en Etiopía, la futura ­tierra del Preste Juan, y eran admirables por sus piernas y la celeridad de sus carreras; los griegos les daban el nombre de skiópodos, porque en verano, acostados sobre la tierra en posición supina, se dan sombra con la planta de los pies, cuya excesiva longitud causa asombro.

Kosmas estaba encantado con la vecindad de san Simeón, con quien intercambiaba cestillos de dátiles y cuencos de agua de lluvia. Considerando que había hecho ya suficiente penitencia, Kosmas, sin embargo, abandonó su columna, no sin antes haber maravillado a san Simeón con un discurso brillantísimo, el «Materia facta est de nihilo». Durante los dos años que estuvo en su columna, Kosmas escribió la vida de los mártires san Luciano y san Marciano, obra de la que únicamente nos queda el siguiente fragmento, traducido al castellano por fray Roque de San Pedro Mártir. Dice así:

«Yo quiero, hermanos míos, para vuestra edificación, contaros la historia del martirio de san Luciano y de san Marciano. Eran estos paganos, y tan adictos al demonio, que no tenían mayor pasión, ni más gusto, que seducir almas, para atraerlas a su sacrílego culto. Servíanse para esto de aquella ciencia tenebrosa que los demonios han enseñado a los hombres; porque eran mágicos de profesión, y por la fuerza de sus encantos y la virtud de sus filtros, de sus anillos constelados y de sus figuras talismánicas, hacían conseguir a los unos el fin de sus amores, y facilitaban a otros los medios de satisfacer sus odios. Y así, cualquiera que quería o hacerse temer o ­hacerse amar no tenía más que acudir a ellos. Pero Dios, que se complace en que veamos brillar su gracia entre la oscuridad de los mayores delitos, y que gusta de dar a conocer su nombre a los que parecen estar los más distantes, y que son, en efecto, los más indignos de este divino favor: Dios, digo, obró en un instante la conversión de estos dos famosos encantadores del modo que voy a referir».

Desgraciadamente, nos hemos quedado sin saber cómo seguía la emotiva narración. Lo que sí sabemos es que Kosmas volvió a España y, desembarcando en Cartagena, tuvo una entrevista con el famoso estratega Belisario, que a la sazón se hallaba allí comisionado por el emperador. Kosmas contó la historia de sus amores con Egeria mientras almorzaban en la terraza del palacio y los pájaros de la primavera cantaban dulcemente en el cielo. Belisario, después de acariciarse su rizada barba y eruptar por tres veces seguidas, dijo en latín:

—Prandeamus tamquam ad inferos cenaturi.

Tras lo cual dictó a un secretario un salvoconducto para que los visigodos del reino dejasen indagar a Kosmas el paradero de su amada.

Viajó Kosmas inútilmente por toda la península, llegando hasta Galicia, recién conquistada. Nada supo de Egeria. Al fin, derrotado y cansado, se trasladó a Sevilla, visitando a san Isidoro, que estaba trabajando en sus Etimologías. Kosmas le proporcionó mucha información, especialmente siríaca, y san Isidoro le nombró su secretario.

A las órdenes del santo, Kosmas montó y organizó archivos y redactó papeletas y fichas sin cuento, escribiendo en una primorosa caligrafía que tenía la virtud de resultar invisible a los eruditos plagiarios. Utilizando dicha caligrafía estableció unas bases, de gran sentido político y teológico, para uso de los concilios de Toledo, lo que le valió una gran disputa con un demonio llamado Arnulfo, que se le aparecía todas las tardes a la hora de la siesta. Arnulfo decíase autor de un tratado titulado De las pelucas, pero fue derrotado por Kosmas en un discurso sobre las virtudes ­teologales. Arnulfo desapareció rabiando, dejando un rastro de ceniza y humo.

El caballero bizantino vivió muchísimos años y —cosa extraordinaria— no envejeció jamás. Un día se sintió enfermo de muerte y rezó al Señor. Cuando se acostaba en el lecho, llegó un correo de Zaragoza con un libro. Kosmas ordenó que lo abrieran. Bordando en un bastidor, apareció Egeria sonriéndole con lágrimas en los ojos mientras una cigüeña a sus pies decía: Kyrie Eleison.

Kosmas besó el libro y luego, quedamente y en silencio, expiró.

Las arañas

LA JOVEN Y BELLA CONDESA iba muy a la última moda y surgía ante los deslumbrados ojos masculinos vistiendo estrechos pantalones acampanados y entallado chaquetón de pana color ciclamen. Su marido, el conde de Clathz, entomólogo de profesión, era un tipo siniestro a lo Erich von Stroheim, siempre con el cráneo rapado y usando monóculo, polainas y jerseyes de cuello alto doblado. Llevaba perpetuamente enfundadas sus manos en guantes de reluciente cuero negro.

Por el contrario, la belleza de la condesa se apoyaba en el puro idealismo que le conferían su larga cabellera rubia, su tez pálida y sus ojos azules. Era una preciosidad. Leía a Novalis, hablaba con voz suave e interpretaba al piano por las noches, junto a la encendida chimenea del gran salón del castillo, la música evanescente de Claude Debussy. Su marido, entonces, hundido en una mullida butaca, entornaba los párpados y hacía rechinar sus enguantadas y escalofriantes manos.

La cosa se puso fea cuando la policía intervino por la muerte misteriosa de Matías, el mayordomo. El forense dictaminó que Matías había muerto de miedo, y los agentes practicaron un registro minucioso por todas las dependencias del castillo. En el sótano se hallaron seis monstruosas arañas, de la especie de la Mygala, grandes como mastines, silbando amenazadoramente. Cuando los horribles bichos vieron llegar a la condesa conducida por los agentes, se calmaron y fueron a acurrucarse voluptuosamente a sus pies. Tres de los policías se desmayaron ante tal abominable espectáculo.

El conde y la condesa de Clathz fueron declarados locos de atar, y se les puso en seguida la camisa de fuerza. Los monstruos fueron destruidos con lanzallamas del ejército. En el gabinete de la condesa se encontraron libros de magia y abundante correspondencia infernal. Una de las cartas estaba redactada en los siguientes sibilinos términos:

«A la condesa de Clathz.

Abominación de la detestación, terremoto, diluvio, tempestad, viento, cometa, planeta, océano, flujo, genio, silfo, sátiro, adríada y amadríada.

El mandante del gran genio del mal, aliado de Belcebú, compañero de armas de Astarot, triunfador y seductor de Eva, autor del pecado original y ministro del zodíaco, tiene derecho de poseer, atormentar, punzar, perfeccionar, excitar a la naturaleza impotente, quemar, envenenar, dar de puñaladas y acosar con las arañas a la humanidad entera por haber ultrajado la naturaleza y haber desoído y maldecido a la muy honorable sociedad mágica; cuyas armas, en fe de todo esto, hemos mandado fijar.

Hecho en el sol, frente a la luna, el gran ministro plenipotenciario, el 5.818 día y a la 1.819 hora de la noche, gran cruz y tribuno de la sociedad mágica. El presente poder tendrá efecto incluso sobre Cocó» (era la ardilla del conde Clathz, muy odiada por la condesa y sus arañas).

Thesaurochrysonicochrioydes.

Por su excelencia, el secretario

Pinchichi-Pinchi.

También se encontraron, entre los papeles de la condesa (que según se vio después combinaba la brujería con la ciencia entomológica de su marido), detalladas acotaciones sobre las propiedades mágicas de distintas arañas: la «tegenaria», la Epeira diadema, la Lycosa de Narbona, la Salticus e incluso la «tarántula», y la «viuda negra», tan temidas por su picadura. Había asimismo antiguos y polvorientos tratados sobre tales artrópodos, los cuales no siempre fueron funestos, como lo atestigua la noticia de que Pablo V gratificó a una hermandad con las llamadas «indulgencias de las arañas».

Lo que más llamó la atención fue, escrita de puño y letra de la condesa, la relación de lo que le aconteció, cuando iba de viaje, a un antepasado suyo, el mariscal de Sajonia. De tal noticia he hallado confirmación en Collin de Plancy, el célebre demonólogo, el cual afirma que el mariscal de Sajonia, al traspasar una aldea, acostose en una cabaña infestada de aparecidos que ahogaban a los viajeros; se citan de ello numerosos ejemplos. Mandó, pues, a su criado que velase una mitad de la noche, diciendo que le cedería su cama para dormir la otra mitad y velaría él a su vez. A las dos de la mañana, nada había aún aparecido cuando el criado, sintiéndose los ojos pesados, fue a despertar a su dueño, que no respondió, y creyéndole aletargado por el sueño le sacudió, una y otra vez, inútilmente. Asustado, toma la luz, levanta las sábanas y ve al mariscal bañado en sangre. Una araña monstruosa le chupaba el pecho izquierdo. Cae el criado de rodillas, reza un padrenuestro y ve que la araña disminuye de tamaño progresivamente hasta quedar normal, aunque hinchada y furiosa. Corre entonces, toma unas tenazas para combatir con este enemigo de nueva clase, coge la araña y la arroja al fuego, produciéndose un humo pestilente y grandes y cavernosos gritos. Hasta después de un largo adormecimiento no pudo recobrar sus sentidos el mariscal, y desde entonces no se oyó hablar más de aparecidos en aquel lugar.

Quizás esta historia determinase la extraordinaria locura de la condesa de Clathz, y le viniera de herencia lo de las arañas. Todo era muy raro, y fue prolijamente comentado por la prensa mundial. Lo cierto es que, no habiéndose encontrado explicación plausible al crecimiento inaudito de los repugnantes animales, todo quedó sumido en el más profundo misterio. Recientemente se rodó una película con este argumento.

La bella condesa sanó muy pronto de su enfermedad, y los médicos le dieron de alta. En cambio, el conde se hundió rápidamente en la decrepitud, y babeaba por los rincones. Al salir del manicomio, Karin —que este era el nombre de pila de la condesa— dejó de usar su título y montó una tienda de modas en Carnaby Street.

Ahora, un amigo mío me ha escrito desde Londres contándome que la atractiva y elegante Karin Clathz, habiendo enviudado del conde, se ha casado con un fotógrafo de moda y se ha convertido en una potencia en la edición y lanzamiento de posters. En uno de ellos puede verse a Jane Fonda interpretando el papel de Barbarella, una Barbarella aterrorizada y retenida por algo así como vivientes lianas o finas y largas patas de arácnidos. Es, desde luego, un poster muy bonito, pero que muy bonito y audaz.

El enamorado de Katie King

EL BLUE JAY, pájaro que tiene el vuelo azul, gritó durante toda la mañana emboscado en los matorrales del desierto, corriendo como un loco de uno a otro pedrusco, agazapándose con temor y sin motivo alguno, hasta que felizmente nació Charlie. Abrió este los ojos a la luz en un miserable rancho y berreó en brazos de su padre, el valiente Tom Sanders, quien, antes de cogerlo, escupió cuidadosamente el tabaco que estaba mascando y se limpió los labios con el dorso de la mano. En la cocina hervían, humeantes, unas habichuelas con oreja de cerdo y en el corral escarbaban, como siempre, las gallinas. La señora Sanders, desde la cama, dijo a su marido que le dejara el niño en su cuna y fuera a buscar un balde de agua en la charca.

El padre de Charlie murió peleando contra los indios en 1820 y su esposa tres años más tarde de fiebre tifoidea. Charlie, por consiguiente, quedó huérfano y, a los seis años de edad, fue confiado a la tutela de una tía suya que vivía en Boston. Esta le contó con mucho orgullo que su padre había sido un hombre de gran resistencia física y que, en cierta ocasión, en una feria, compró a un charlatán una botella de líquido crecepelo, pensando que era aguardiente, y se la bebió de un trago. Estuvo varios días entre la vida y la muerte, pero al fin triunfó su vigorosa naturaleza y sobrevivió. Quedó, sin embargo, algo reblandecido del cerebro.

Charlie tuvo una infancia triste y desastrada. Cuando salió de la escuela, trabajó sucesivamente de lampista, droguero, ayudante de un dentista, repartidor de sobres y empleado de oficina. En 1842 hizo amistad con un pintor que había ganado una medalla de oro por un Hércules moribundo, llamado Samuel F. B. Morse, pero que ahora proclamaba que había inventado el telégrafo. Charlie quedó maravillado. Todo se le volvían mensajes rapidísimos, y los veía volar fantásticamente a través de los Estados de la Unión. Se aplicó tanto en el telégrafo que Morse le nombró su ayudante, progresando mucho en el ramo de las telecomunicaciones. Cuando la Western Union y la American Telegraph explotaron el invento de Morse, Charlie fue nombrado, por sus extraordinarios conocimientos, director de esta última, inventando la bomba telegráfica y el telegrama sin fin. Huelga decir que Charlie, súbitamente, trocose en un hombre rico.

Un día, en su despacho, le ocurrió a Charlie una cosa verdaderamente extraña. Estando sumido en una profunda meditación sobre temas telegráficos, vislumbró, de pronto, cómo se alzaba del suelo una mesita que había en un rincón, volaba por el aire a velocidades intermitentes y aterrizaba finalmente con suma elegancia junto a la puerta. Luego observó que, en el lugar que siempre había ocupado la mesita, aparecía una maceta con un lirio dorado y un fresal con fresas maduras. Charlie se restregó los ojos sin creer lo que veía. Probó una fresa y le pareció muy buena y que olía muy bien. El extraordinario acontecimiento lo puso enfermo y tuvo que guardar cama una temporada.

Los hechos se repitieron cuando se reintegró al trabajo. Esto cambió el destino de su vida, pues así que se encerraba en su despacho se olvidaba del telégrafo y aguardaba anhelosamente lo que iba a suceder. Tornose melancólico. Las cosas se complicaron, y empezaron a aparecer objetos desconcertantes, tales como trompetas del modelo que usaba la caballería, almohadones bordados y adornados con cintas, sangrantes hachas de guerra de los sioux, dentaduras rotas y repugnantes, etc. En una ocasión, escribió al gran espiritista Allan Kardec preguntándole si los espíritus que suscitan enredos obran a consecuencia de animosidad personal o bien se fijan en el que se les antoja sin motivo determinado y solo por malicia. La respuesta fue: «Lo uno y lo otro. A veces son enemigos que os habéis creado en esta u otras vidas y que os persiguen, y en otras ocasiones no existe ningún motivo».

En plena turbación de su mente, Charlie fue presentado, al cabo de unos meses de que esto sucediera, al químico William Crookes, recién llegado de Londres. Le presentó Julia Ward Howe, feminista y famosa autora de «The Battle Hymn of the Republic». Crookes, a través de la médium Florence Cook, lograba la materialización de un espíritu femenino distinguido, llamado Katie King. La señorita King se aparecía envuelta en velos blancos, transparentes y perfumados, y era muy lánguida y bella. Charlie, al verla, se enamoró perdidamente. Cesó de preocuparse por las materializaciones que le perseguían y asistía a las sesiones de Crookes con el corazón palpitante y con un hermoso ramo de rosas rojas que ofrecía, emocionada e invariablemente, a la señorita King. Pero esta, de pronto y sin avisar, no volvió a aparecerse.

Se dieron varias versiones del asunto. Fueron desenmascarados muchos médiums falsarios por aquel tiempo, y se dijo que, en las materializaciones, estos expelían el ectoplasma, que llevaban hábilmente escondido en la boca, soplando en la oscuridad con cuidado, y lo recogían oprobiosamente, al terminar la sesión, en salva sea la parte. Este detalle provocó un derrumbamiento moral en Charlie y tuvo que ser internado en un sanatorio del Estado.

La American Telegraph pagó a los mejores médicos, que ensayaron procedimientos enérgicos y revolucionarios. Charlie, sin embargo, seguía empeorando. Una mañana de abril, los enfermeros sorprendieron a Charlie recitando íntegramente los comentarios o apparatus al texto de las Pandectas del glosador Irnerio. No teniendo formación jurídica adecuada ni sabiendo el latín de la Edad Media, esto era cosa verdaderamente anormal. Solo entonces los médicos, después de mucha reflexión, certificaron su locura.

El diario de guerra de Xaconín

SE LEVANTÓ IMPENSADAMENTE del suelo un puñado de polvo, y luego otro, y otro, mientras los silbidos rasgaban los aires que iban perfumados de tomillo, y con algo todavía del frescor de la mañana. Se arrojó de bruces contra unos zarzales, arrastrando tras de sí su fusil y su pesada mochila. Entonces, Xaconín, el bisoño voluntario ­realista del barón de Eroles, decidió, a pesar de una hormiga paseándosele, molesta y atolondradamente, por la nariz, escribir un diario de guerra, un diario que contara las cosas que estaban a punto de sucederle en aquella maldita contienda. Ahora, al cabo de siglo y medio, este diario, efectivamente escrito, ha sido hallado en Albi­nyana, escondido bajo una teja de la casa natal de Xaconín, medio comido por las ratas. Mi amigo mossèn Concordi, párroco del pueblo, estudiante que fue, en Roma, del más bello e ilustre latín del mundo, me lo trajo alborozado, como si se tratara de un fragmento inédito de Virgilio. Bailándole la mirada tras los cristales de las gafas, el docto y juvenil entusiasmo de mossèn Concordi se derretía de ternura por la figura de Xaconín.

—Le traigo a usted algo excepcionalmente interesante. Lo he leído toda la noche, y hay aquí un poco de todo, pues encontrará usted epopeya, lirismo, crueldad, hipocresía e, incluso, interés lingü̈ístico. Lo que cautiva, sin embargo, es la densidad humana de Xaconín y el constatar tristemente que todo se repite.

Preparé unos whiskys con hielo y, seguidamente, encendimos unos cigarrillos. Tomé el manuscrito entre mis manos y lo hojeé con mucho cuidado, pues su estado es muy defectuoso. En la primera página hay un dibujo, de trazo casi infantil pero extrañamente expresivo, que representa un misterioso personaje situado entre dos árboles, de los que penden unas cabezas humanas. Encima del dibujo, con cierta dificultad, puede leerse: «Llibreta de Joseph Nin, dit Xaconín, de Albinyana, soldat de Granaderos. Feta el dia 25 de juliol de 1823». Luego hay una apostilla que reza: «Cas de la perdre, fareu lo favor de tornarli, si us plau, pagant».

•

Como le aconteció a mossèn Concordi, me he leído el manuscrito de un tirón. En realidad, no es un diario en el sentido literal de la palabra, sino la relación pormenorizada de los sucesos que vivió Xaconín en la guerra que mantenía la Regencia de Urgel contra el Gobierno Constitucional hasta la entrada en España de los Cien Mil Hijos de San Luis. El manuscrito, encuadernado en pergamino, se divide en tres partes. La primera, muy precisa y esquemática, es la que puede ser considerada como un diario, pues contiene, día por día, lo que hicieron los restos del ejército de la fe después de salir de Seo de Urgel e internarse en Francia por Andorra. Las autoridades francesas trataron muy bien a estos refugiados, cuyo periplo culminó en Albi, para descender luego a Salses y Perpiñán, donde fueron armados nuevamente al objeto de luchar otra vez en Cataluña. La segunda parte, que debería ser en realidad la primera, nos narra cómo Xaconín salió de Albinyana, en la provincia de Tarragona, para unirse, voluntario, a las fuerzas realistas que operaban muy cerca, así como las batallas en que intervino, para terminar con el sitio y abandono de la Seo de Urgel. La tercera parte está constituida por la transcripción de coplas, originales de Xaconín o no, que cantaba el inflamado ejército de los «serviles».

Aparte del interés histórico que contiene este diario o memoria, es la gran humanidad y el realismo de las mismas lo que conmueve a quien las leyere. El estilo de Xaconín es ingenuo y directo, lleno de faltas y repeticiones y a veces ininteligible. Pero hay cosas que nos hacen estremecer, como al contarnos una retirada con nieve hasta la cintura (la trinxa de les calces), cuando el enemigo los descubre porque se posa a plorà una criatura, empezando en seguida las terribles descargas cerradas de la fusilería. Otras veces nos relata las marchas agobiantes, el hambre saciado a medias con los tronxos de col, los favons y el sègol, el desesperado terror de un ataque a la bayoneta y los saqueos e incendios de los pueblos y villas. También con una gran conmiseración por sí mismo y sus compañeros de armas, nos dice la invasión obstinada de los piojos, plaga terrible de los ejércitos, puntualizando que «nos corrien per tot sobre de nosaltres y las esquenas deis homens semblavan les dels deixuplinats amb les crostes que hi teníem». Al evacuar Seo de Urgel, que fue el 3 de febrero de 1823, se vieron obligados a dejar, ante los ataques del general Mina, los heridos en el hospital. Esto ocurría a las dos de la madrugada y «el llant que movien los dits malalts era capaç de fer plorar a un cor de bronzo al pensar que a la una eren vius y tal vegada a las sis de matinada ja serian morts. Era un còdol per tothom que se haguessen de quedar allí sense saber lo que farian de ells al entrar los malacianos».

Como poeta, Xaconín, aunque prolífero, es bastante pedestre. Admirador del barón de Eroles, le dedica unas Coplas tretas en honor del Baró, de las suas tropas y de la Religió. Una de sus estrofas dice:

De don Joaquim Ybaña

cantaré la alabansa

perque es amich de Déu,

amich de Déu y dels Angels,

amparo de la España

y de la Religió.

Visca la Iglesia Santa

y las tropas del Baró.

No hay mucha gente que escriba diarios, y menos en una guerra. Solo por eso ya nos resulta simpático Xaconín, de quien lo ignoramos todo, excepto lo que nos cuenta en el diario recién descubierto. ¿Cómo debía ser Xaconín?

La guerra terminó con el triunfo de los absolutistas. En uno de los libros parroquiales de Albinyana consta que el día 15 de diciembre de 1823, habiéndose concluido la guerra, se celebró un solemne funeral por los que habían muerto en defensa de la Religión y del Rey. Nada se dice de los vencidos.

Como es sabido, la represión fue dura. Sin embargo, todo vuelve otra vez, y, al cabo de diez años, volvieron los liberales. Por ello, nuestro simpático Xaconín no debió sentirse demasiado seguro. Lo cierto es que el diario que relata lo más importante de su vida (en caso de perderlo fareu lo favor de tornarli, si us plau, pagant) ha sido hallado ahora, al cabo de siglo y medio, maltrecho por el tiempo, pero cuidadosamente escondido bajo una teja.

Entre las armas y las letras

GUILLEM CREIXELL D’ELNA fue un caballero que, sin ser un destacado poeta, supo conquistar la amistad y la admiración de la mayoría de los trovadores de su tiempo, poniendo acompañamiento musical a las más famosas composiciones del trobar clus. Con ello queda dicho su valor como músico inspirado. Inventó asimismo una máquina de trovar, antecedente remoto de las máquinas parlantes y de los cerebros electrónicos, que más tarde fue perfeccionada por don Blasco de Alama, el caballero que batalló en Marea y colaboró con Tomàs Çafont, comisionado real, en el desenmascaramiento y derrota del paleólogo Dimas.

Guillem Creixell nació en Elna, a la sombra de su imponente catedral, pero pasó su adolescencia en la corte de su tío el conde de Foix. Vivió extraordinarias aventuras en estas turbulentas tierras occitanas, cuya belleza bien pronto iba a ser empañada por las más terribles desgracias. Falta todavía mucha luz en algunos rincones del pasado, y ya Claude de Vic y Joseph Vaissète, los dos dominicos de la Congregación de San Mauro, que en 1730 publicaron en París su Histoire Générale du Languedoc, escribieron que «personne n’ignore que la Province du Languedoc est une des plus belles, des plus étendues et des mieux situées du Royaume, et peut-être la plus féconde en événements. Son histoire mérite par là une attention singulière: cependant on peut dire que ceux qui jusqu’ici y ont travaillé, n’en ont donné que des ébauches très imparfaites».

Espíritu delicado y sensible, Guillem Creixell aborreció desde un principio la poesía realista y panfletaria, de intención social, y se refugió en las sutilezas de un idealismo cortante como un cuchillo. El jilguero fue su divisa y el amor cortés, su ambición. A los veinticinco años marchó a la corte del rey de Castilla, en donde alcanzó éxitos resonantes, y allí trabó amistad con un moro juglar, medio mago y matemático, muy hábil en el discurso de la trompa, el cual amplió los conocimientos musicales que el caballero había adquirido durante su juventud en el estudio del quadrivium. El moro tenía una sobrina bellísima muy enamoradiza, llamada Fátima, por cuya causa Guillem riñó con el moro. Parece ser que, después de este percance, nuestro caballero estuvo en Córdoba, despertando el recuerdo de Gerberto, el que luego fuera papa con el nombre de Silvestre II, exaltando siempre su amor por Ripoll, y allí concibió, con la ayuda de mecánicos árabes, su famosa máquina de trovar. Fuentes un poco sospechosas afirman que el moro tocador de trompa y mago poderoso animó con vida natural y vengadora a uno de aquellos animales fantásticos, concretamente a un ave espantosa de ojo almendrado y color verde, que hoy admiramos en los pocos beatus y códices mozárabes que nos quedan. Guillem dio un paso atrás y, soltando el libro, decapitó con su espada al terrible engendro, que ya había empezado a volar amenazadoramente por la cámara.

Guillem Creixell d’Elna dio por terminada su estancia en tan lejanos parajes y emprendió el viaje de regreso. De paso hacia Tolosa, visitó en Barcelona a un primo suyo, notario real, y adquirió una tierra de labranza en Sant Cugat del Vallés permutándola por un rico tratado de astrología. Poca cosa más sabemos de la vida de este caballero, que fue músico y poeta. El gran amor de su vida fue la condesa de Peitien, a quien enamoró poniéndole delante su máquina de trovar, las palabras de la cual acompañaba dulcemente con música de vihuela. Hasta hace muy poco, y pese a los estudios que se han hecho desde Milá y Fontanals a Martín de Riquer 1, se creían anónimos unos versos suyos cuyo esquema métrico es AA bAba AA. Son sus únicos versos que, con la correspondiente anotación musical, el tiempo nos ha conservado. Son los siguientes:

D’amor m’estera ben e gent

s’eu ma dona vis plus sovent.

Balada faz ab coindet son,

d’amor m’estera ben e gent,

qu’a ma bela don a randon,

quar ai estat tan lonjament.

D’amor m’estera ben e gent,

s’eu ma dona vis plus sovent.

Guillem Creixell d’Elna escribió planhs, pastorelas, tensós y algún sirventés. Se conservó soltero y fue amigo íntimo de Guilhem de Saint-Leidier, de Bertrán de Born y Arnaut de Maruelh. Usaba siempre guantes perfumados y era un apasionado de los halcones, a los que encapuchaba con caperuzas recamadas de perlas y rubíes. Fue afortunado poseedor de un cuerno de unicornio, lo que le valió la envidia de muchos grandes señores cátaros. Murió en la batalla de Muret, en la flor de la edad, combatiendo al lado del rey de Aragón, el infortunado don Pedro. Un poco más tarde, y a propósito de las luminosas tierras languedocianas, Bernat de Auriac escribió:

Veiran les Flors, Flor d’honrada semença

Et auziran dire […]

Oil Nenil en luec d’Oc o de No.

Todo esto no lo he soñado. Isabel ha cantado la «Balada del caballero de Elna», muy bella junto al piano. Los que allí estábamos hemos sentido, por nuestra piel, un ligero escalofrío. De pronto ha penetrado en la habitación la sombra de un enorme pájaro y se han hecho añicos los espejos, las copas, los objetos de vidrio. Hemos acudido precipitadamente a la ventana y hemos visto cómo en el jardín era más vivo el rojo de las rosas. El aire seguía siendo dulce y templado.

1 Pasando por Faral, Jeanroy e Higinio Anglés.

Olesia y los diálogos dEL gobernador

EL ÉXITO QUE TUVIERON los diálogos didácticos del doctor Isidro de las Pedrochas le valió a este muchos discípulos e imitadores que intentaban explicar la razón natural de las cosas con más o menos fortuna y ponderación. Uno de ellos fue don Juan Benavides del Porro, gobernador de Quito, allá en las lejanas Américas, hombre discursivo y soñoliento, casado con una dama criolla llamada Olesia, cuya mítica belleza todavía siguen cantando muchos poetas hispanoamericanos. Lo particular de Olesia es que levitaba soñando y cruzaba por los aires las habitaciones de palacio con los consiguientes sustos y desmayos de la servidumbre y aun del mismo Benavides, que seguía en tales trances a su mujer, más muerto que vivo, en camisa y con un candelabro encendido. Olesia contaba luego extrañas y poéticas imaginaciones, mientras a pequeños sorbos bebía agua de un vaso, y su mundo la anticipaba a los años que tenían que llegar, pues comunicaba a todos que se veía como una artista muy celebrada con el nombre de Nina Juárez.

El gobernador se vio invadido por una gran pesadumbre, y procuraba distraerse haciendo largos paseos a caballo y contemplando la naturaleza. En ella, lo que le llamó más la atención fueron las orejas, tanto las de los hombres como las de los animales, y observando y estudiando detenidamente tal órgano compuso el célebre diálogo De las orejas, a imitación de la Endelechia de Isidro de las Pedrochas, y tanta fue su aceptación y aplauso que tuvo que imprimirlo en un suelto, vendiéndolo luego con grandes voces los indios en las esquinas de Quito. El diálogo en cuestión reza así:

DE LAS OREJAS

—¿Por qué tenemos dos orejas?

—Por la necesidad que tenemos del sentido del oído, que si falta una haya otra, y porque purgue el humor melancólico el cerebro.

—¿Por qué todos los animales mueven las orejas y solo el hombre no las mueve?

—Porque el hombre las tiene unidas y aprisionadas con un músculo a la cabeza. Los demás animales las tienen sueltas.

—¿Por qué los hombres de orejas grandes y largas suelen ser tontos e ignorantes?

—Porque abundan de materia seca y fría, no tienen el calor que aviva el ingenio y anima el entendimiento.

—¿Por qué son semifatuos?

—Por la misma razón; y porque la mucha frialdad los entorpece, y suspende las operaciones. Que las almas suelen seguir los cuerpos en ellas: si los sentidos y espíritus animales del cuerpo son sutiles, obra con sutileza el alma; si son torpes, con torpeza y rudeza.

—¿Por qué es indicio de agua cuando levanta el asno las orejas?

—Porque es bestia muy melancólica, y le penetra fácilmente la humedad del aire las ternillas, y las levanta, por el dolor que le ocasiona la humedad, que es indicio de agua.

—¿Por qué no tienen orejas las aves?

—Dijo Aristóteles que porque les servían de embarazo para volar, y no parece de tan gran maestría la respuesta, porque los murciélagos vuelan, y tienen orejas. Mi razón es porque no tienen ternillas, que es la materia de que se forman las orejas.

—¿Por qué tiene orejas el murciélago?

—Porque tiene mucho de terrestre.

—¿Por qué las tiene el grifo, siendo ave?

—Porque es monstruo, medio león y medio águila.

—¿Por qué cuando se corta algún madero, o se dan golpes a distancia, se oye primero el eco que el golpe de que resulta el eco?

—Porque el eco lo forma el aire, que como está de continuo unido a la oreja lo percibe al punto. El golpe no, porque su sonido está unido al leño, o a la materia que se golpea, y no lo percibe la oreja hasta después, que le ha avisado el eco.

—¿Por qué hay eco que repite, o la voz entera o la mitad de la voz, dando voces?

—No hay eco si no hay hueco, o cóncavo en los montes, o en algunos edificios, en los valles, que es donde el eco repite de ordinario; y es porque la voz que se da la lleva el aire al cóncavo o hueco; y como no puede pasar de allí, la recoge el mismo cóncavo toda; vuelve a salir la voz misma con el aire mismo que la llevó, y suena con los mismos acentos unidos, porque no los pudo revolver el aire. Y así se verá que si el hueco o cóncavo es mucho, repite toda la voz el eco, porque recogió todo el aire; si no es mucho, repite la mitad, porque lo demás lo divirtió el aire de afuera.

—¿Por qué ha de ser cóncavo, o hueco, para que repita la voz el eco?

—Porque recoge en sí la voz, la unión y detención del aire en lo cóncavo. Lo que sucede cuando se habla a la boca de alguna cuba o tinaja, que responde el eco toda la voz porque se recoge por la oreja con el aire unido y no se desperdicia nada de lo que se habla.

•

Don Juan Benavides del Porro escribió también letrillas y romances (existe una edición moderna de Jean Sarrailh), y muy ufano y contento de su gloria se hallaba nuestro hombre cuando, en Bella Vista, finca que poseía junto a un pantano, le sorprendió la muerte a consecuencia de un atracón de caimán, alimento fibroso, acrimonioso e indigesto. Los indios lloraron largamente al estudioso de las orejas, y Olesia, su viuda, se encerró en un mutismo ensoñado y misterioso, cada vez más al borde de lo inexistente. Si algo sabemos de ella, lo debemos evidentemente a Nina Juárez.

La milagrosa Navidad de Bob LanteRN

NO HABLARÉ DE VANAS fabulaciones y misterios, que tanto estragan el gusto y la imaginación de los lectores, sino de una historia real y verídica, con mucho de enérgico alegato contra las lacras morales de una abyecta sociedad, felizmente desaparecida. Digo desaparecida porque esta historia ocurrió en Londres durante la noche de Navidad de 1835 y, por lo tanto, dicha sociedad ya no existe, pertenece al pasado. La ejemplaridad del pasado es, para todos, manifiesta.

La historia se refiere a Bob Lantern, sórdido truhán y asesino, que solo abandonaba su guarida de Cheapside para cometer algún robo, alguna violación o alguna muerte. Bob Lantern era, además, un avaro. Habitaba en el sótano de una casa miserable y era preciso bajar unas escaleras siniestras mientras los pulmones se llenaban de miasmas fétidas. Vivía amancebado con una vieja bruja llamada Temperance que solía emborracharse los sábados por la tarde derrumbándose en el suelo como un pesado elefante. A Bob Lantern esto le ponía fuera de quicio, y cuando la encontraba así exclamaba:

—¡Temperance! ¡Hija de Satanás, bruja maldita! ¿Otra vez borracha? Algún día, si Dios no pone remedio, aplastaré tu sucia cabeza contra estos muros.

No le duraba mucho el enfado a Bob Lantern, y aprovechaba la ocasión para contemplar sus monedas de oro, que escondía cuidadosamente bajo una baldosa. Temperance no podía verlo. Entonces, ante el brillo del metal, se extasiaba y murmuraba cosas incoherentes.

Bob Lantern trabajaba al abominable servicio del marqués de Río-Santo. Quien haya leído Los misterios de Londres, de Paul Féval, sabrá quién era el marqués de Río-Santo y su fascinante personalidad. El novelista lo conoció en París, durante una despedida de soltero, y, en aquella ocasión, el disipado y elegante marqués puso de moda beber champaña en el chapín de una cortesana que se reía como una histérica. Don José María Téllez de Alarcón, marqués de Río-Santo, era un verdadero dandy, poseía una fortuna inmensa y deslumbraba a la gentry con su ejército de lacayos y sus famosas écuries. Pero el marqués tenía una doble personalidad y, a veces, podía hallársele en las silenciosas oficinas de la casa de comercio Edward and Co., situada en el ángulo formado por Finch Lane y Cornhill. Un día a la semana acudían a estas oficinas unos extraños personajes y, acercándose a una ventanilla con un letrero en el que se leía «Caja», cobraban unos nebulosos honorarios. Entre tales asalariados figuraban nuestro conocido Bob Lantern, el capitán Paddy O’Chrane, el gordo Charlie, Tom Turnbull, Patrick, Saunie el Labrador y Snail el Maullador; todos ellos, por lo tanto, gente escogida y digna de estar representada en efigie de cera en un excitante Museo de los Horrores. En cierta ocasión se produjo un tumulto en las oficinas de Edward and Co. a causa de haberse vislumbrado involuntariamente el dinero que contenían las arcas, imprudentemente abiertas, de Mr. Smith, el cajero. La vida de este peligró, pero en el supremo instante, cuando ya salía un palmo afuera la lengua del infortunado, apareció el marqués en lo alto de la escalinata que conducía a los espaciosos salones del primer piso. Llevaba una máscara de reluciente cuero negro en el rostro y un látigo en la mano. Dijo, entonces, descuidadamente, y en el más puro francés de París:

—Pourquoi ce bruit, monsieur Smith? J’ai besoin de repos. Que l’on fasse silence!

La chusma cayó de rodillas aterrorizada y todos los labios pronunciaron el tratamiento obligado de la Gran Familia. Estaban en presencia de «Su Honor».

La primera amante que tuvo Río-Santo al llegar a Londres fue Ofelia Barnwood, condesa viuda de Derby. Era una mujer exquisitamente bella, pero fría y cruel, y al mediodía, cuando se despertaba, placíale contemplar el fuego de la chimenea, bien arropada, desde la cama. Entonces, soñaba despierta, haciendo célebre la frase: ­l’amour vient en rêvant, y usaba perfumes ardientes para su cuerpo. La condesa de Derby fue condescendiente cuando ocurrió el escarceo amoroso de Río-Santo con Mary Trevor, la hija de Lord James. Sonreía enigmática, simplemente.

Sin embargo, un día apareció en la vida del marqués la frágil, inocente y encantadora Clary Mac-Farlane. Fue una pasión arrebatada, pero pura, y de ello dan testimonio las cartas cruzadas en el inicio de sus amores. La del marqués decía así:

«Señorita Clary Mac-Farlane:

¿Quién puede contemplar tantos encantos sin desear prestarles adoración? Desde que una feliz casualidad me hizo participar con usted de los placeres del baile, sus gracias y sus talentos ocupan sin cesar mi corazón y mi pensamiento.

Perdone usted, señorita… ¡Ah!, si pudiese lisonjearme de que no le desagrado, me atrevería, con su permiso, a presentar a sus respetables padres la ofrenda de los puros sentimientos que con tanto ardor deseo consagrar a usted para siempre.

Soy de usted, etc.».

Clary, después de muchas dudas, escribió la siguiente respuesta:

«Caballero:

Debo responder a la lisonjera carta de usted que la voluntad de mis padres es mi primera ley.

Si le he inspirado a usted un sentimiento tierno y delicado, puede dárselo a conocer, pues conozco demasiado el interés que toman por mi suerte para no recibir de su mano el esposo que debe fijar nuestro mutuo bienestar.

Sobre todo, reflexione bien, caballero, en que las gracias de la juventud pasan pronto, y que solo las cualidades del corazón encadenan por toda la vida: espero que tendremos tiempo de conocernos.

Soy de usted, etc.».

La condesa de Derby sintió unos celos atroces, devoradores. ¿Cómo se enteró la condesa de la existencia de Clary? Los misterios de Londres no dicen nada al respecto, pero los hechos atestiguan que fue Bob Lantern quien hizo la delación, pues Bob Lantern odiaba a «Su Honor» y le envidiaba sus éxitos, su poder y su prestancia varonil. La condesa juró vengarse y suprimir, al mismo tiempo, el objeto de sus celos. Estuvo un momento pensativa. Luego se volvió hacia Bob Lantern, que aguardaba con una sonrisa ratonil en los labios. Le puso una bolsa en la mano y le dijo algo al oído. Bob, el traidor, hizo en el acto una grotescca reverencia.

Aquella noche era Nochebuena. Habiendo meditado un plan, Bob Lantern se apostó en la sombra, tras uno de los pilares de Temple Church. Clary debía asistir al sermón del reverendo John Butler, amigo de la familia. Antes, para darse ánimos, Bob se había bebido media botella de ginebra en la taberna de la horrible vieja Peg Witch y, a través del barro de las calles de Londres, Bob Lantern había visto a otros miembros de la Gran Familia, esta gran sociedad del crimen. Se interpelaban unos a otros en la niebla. Bob también lo hizo:

—Gentleman of the Night?

—Family’s son.

La iglesia se llenaba de gente. Bob Lantern decidió abandonar su escondrijo y, saliendo del templo, se refugió en un portal. Al poco rato se oyeron unos pasos, surgiendo a la luz la figura de la hermosa Clary, que iba acompañada de su hermana Anna. Bob Lantern obró rápidamente. Sin pensárselo un minuto, se abalanzó sobre la muchacha con un puñal en la mano. Pero, en aquel instante, algo aconteció. Bob Lantern divisó ante sus ojos una luz resplandeciente y misteriosa, mientras llegaban a sus oídos unos cantos celestiales. Al mismo tiempo, algo pasaba en su corazón y una voz grave le llamaba por su nombre haciéndole ver lo que era, lo que había sido toda su vida: un miserable. Aquello era un milagro, y Bob cayó de rodillas, sollozando, con lágrimas en los ojos.

Al igual que otros casos parecidos, Bob Lantern cambió de vida. Se casó con Temperance, a quien redimió del feo vicio de la bebida, y repartió entre los pobres del barrio la fortuna amasada en el crimen. Con el tiempo, habiendo observado una buena conducta, fue admitido en el cargo retribuido de sacristán de Temple Church, y cantaba muy bien los salmos por cierto.

En la paz de su nueva vida, Bob Lantern envejeció pausadamente. Cuando se acostaba, un jilguero que había amaestrado venía a posarse en la cabecera de su cama y le adormecía con sus cantos. Solo entonces cerraba los ojos.

Je lui parle chapeau bas

QUEDARON RESTOS de las coronas, alguna flor de siempreviva, minúsculos desperdicios de lustrina funeraria. Cuando la puerta del piso se hubo cerrado, durante cinco o seis minutos, por primera vez la soledad y el silencio quedaron subrayados por la sorda y distante vida de la calle. El vidrio de alguna ventana trepidaba suavemente al impulso del rumor apagado de un coche; se adivinaba el tranvía, el eco de una voz. Una insólita hoja de árbol fue proyectada, yerta, contra el balcón, hizo un movimiento circular y se detuvo casi en el borde mismo de los hierros de la baranda.

Inmediatamente, un soplo de aire abandonó el diploma de la École des Chartes, fijado al muro dentro de un marco de caoba, y descendió hasta la cabecera de la cama. Flotaba el silencio. Después, en una fuga aparentemente caprichosa, apenas si rozó la almohada y desfiló por encima del escritorio, desplazando ínfimas partículas de polvo. Recorrió entonces con complacencia la fotografía de Gaston, fechada hacía veintisiete años en Seniller, durante el viaje de bodas.

Gaston estaba difunto. Sonreía al objetivo con cara optimista y llevaba una gorra de viaje, un abrigo de piel de camello y una pajarita. Junto a él Margarita, con gesto friolero, se ajustaba al cuello la caricia de la marta cibelina, diciendo al fotógrafo adiós con la mano. La pareja quedaba duramente enmarcada por las altas montañas cubiertas de nieve y un riachuelo helado huía bajo sus pies. Sonreían al incipiente año 1929. Habían vencido la resistencia de «Babi», que lo quería en la fundición entre vagonetas automáticas y chapas laminadas, y en primavera irían a París, donde Gaston escribiría la novela. Eran amigos desde los tiempos de la Bonanova, cuando iban al colegio de los Hermanos de la Doctrina Cristiana a media pensión. Resultaron ser parientes por el lado materno, ya que los Freixes provenían de Vilafranca y, concretamente, antes de que el abuelo se estableciera como notario de L’Arboç. El tío Juan conocía a la madre de Gaston, prima del marqués de Sallent, y contaba que un día de verano, en Cadaqués, se dio una recepción a Alfonso XIII, y que estrenó en aquella ocasión una gorra de capitán de yate. Se bailaron algunas sardanas delante del Casino, entre chillones gallardetes, en presencia del rey. Gaston tuvo un gran éxito.

El soplo de aire osciló hacia el retrato de Josefina, encima del tocador, entre los frascos de cortisona. Estaba también la última receta del doctor Vendrell, la cual, impulsada por una fuerza invisible, se elevó unos centímetros, extrañamente ingrávida, y dejose caer sobre la alfombra.

Pálida y delicada desde su inexistencia, Josefina inclinaba graciosamente la cabeza al escuchar Yes, we have not bananas en el gramófono de trompa. Había muerto el año 1947 en Auberville. Los decrépitos y rayados discursos los guardaban en el armario de luna, en álbumes monumentales, junto con las óperas de «Babi», condenadas al olvido. Recordaba I pagliacci, serie completa, y —era inevitable— la Aida, de Verdi. El armario exhalaba un olor a naftalina, polvos de talco y perfume evaporado, muy característico, y además de los discos Josefina guardaba entre la ropa una colección de bastones con puño de marfil y unos anteojos de campaña que nadie sabía de dónde provenían. Los discos los ponían en el megáfono los domingos por la tarde, cuando venían los Dalmau y organizaban grandes sesiones de bailes. Estaba de moda bailar el shimmy e ir de excursión en automóvil. Las mujeres se peinaban a lo garçon y vestían muy holgadamente, sin cintura y con faldas cortísimas. Se cubrían con sombreros en forma de casco que les ocultaban la cabeza y dejaban exhibir unas narices pequeñas y deliciosas. Los Dalmau tenían tres hijos que jugaban pasillo arriba y pasillo abajo, haciendo un gran estruendo, y Matilde decía: «¡Estos chicos, estos chicos!». Recordaba que Josefina preparaba, en tales ocasiones, una tisana a base de champaña y de un licor que no podía precisar de qué clase era. Resultaba muy agradable y producía euforia. Todo esto ocurría, exactamente, en la época del retrato de Josefina.

Algún ruido llegaba, casi flotante y sin consistencia, espectro de actos que parecían irreales. Desde la ventana del despacho, que daba a uno de los pisos, le estaba dando con un martillo. El ruido se filtraba a través de las cortinas de gasa, de un color crema, y moría en las tapicerías y en los almohadones del sofá. De cuando en cuando una lágrima de la lámpara de cristal se estremecía. De nuevo se hacía el silencio.

El movimiento invisible se insinuó, una vez más, por entre el polvoriento flequillo de los cortinajes, fue recorriendo las borlas de color granate y se detuvo en un lugar impreciso, pero muy próximo a la chimenea de mármol. Encima de la repisa se destacaba la reproducción, hecha con yeso pintado, del Arc de l’Étoile.

Era un recuerdo puramente sentimental, sin ningún valor. Habían comprado dos, y el otro se lo había quedado Gaston. Aquel día habían hecho una orgía burguesa en la Tour d’Argent con los francos llegados de improviso y todavía era visible el maître, consignando y escribiendo vertiginosamente con un lápiz minúsculo la unanimidad de aquellos clientes que pedían, con obstinación, raciones de salmón ahumado y unas botellas de Châteauneuf-du-Pape. Gaston y Margarita vivían, entonces, en Montmartre, al lado mismo de la plaza Pigalle, mientras que ellos seguían en la vieja mansarda de la calle de Seine, desde donde contemplaban un panorama fascinante. Josefina había arreglado con coquetería aquella buhardilla decrépita hasta convertirla en algo agradable e incluso cómodo. Gaston siempre se lo echaba en cara a Margarita, elogiando a un tiempo la habilidad de Josefina, mientras intentaba hacer sonar el aristón que habían encontrado en el marché aux puces. Era algo realmente cómico ver a Gaston pronunciando orgue de Barbarie. En una ocasión habían enviado a los Dalmau una fotografía de los cuatro en actitudes inverosímiles y absurdas, en la que Gastan tocaba l’orgue de Barbarie con una locura un tanto delirante del estilo que más tarde impondría Groucho Marx. Todos los sábados cenaban juntos y asistían a tertulias literarias, en las que se bebía ajenjo, se traficaba con cocaína y se alababa la belleza equívoca de las tantes.

Estaba de moda Max Jacob, los blues de Duke Ellington, las novelas de Pierre Mac Orlan y los jerséis de cuello cisne. Conocieron tipos de un pintoresco violento como el judío Krosno, que quería pintar el absoluto y confeccionaba postales pornográficas que después se vendían por los alrededores de Notre-Dame. La vida era relativamente fácil y, como decía Odette, no todo el mundo podía contar con los ingresos de unas fundiciones en Barcelona. En cierta manera era una observación magnífica, pero humillante. Est-ce moi qui te l’ai donné ce droit que je n’ai pas moi-même? El francés, contrariamente al catalán, se caracteriza por el circunloquio, decía Gaston. Por otra parte, la cuestión de si sus mujeres tenían un gusto pequeñoburgués era malévola y, en el fondo, procaz. Odette reía escandalosamente. Todo era en ella material sexual, y provocaba con impertinencia. Incluso el acto de llevar una copa a sus labios adquiría, en ella, una significación sexual y ávida. Un día, Krosno, al entrar al estudio, encontró a Odette fornicando con el negro de la orquesta de Le Petit Cheval. Krosno hizo una escena ridícula y Odette cambió de amante regular. Por otra parte, Josefina y Margarita, como dos buenas esposas burguesas, ayudaban a sus maridos en trabajos de traducción. Coleccionaban idiotismos como estos:

Il a l’air à la danse

On juge à son air

L’air qu’il prit à tous.

Odette reía escandalosamente. Había idiotismos en bas. Josefina murió en 1947, en Auberville; Gaston, poco antes. Je lui parle chapeau bas. Todo había sido siempre muy divertido. Las lágrimas acudían a sus ojos. Todo el mundo se había reído cuando Odette dejó a Krosno por las buenas y Gaston volvió a Barcelona. Le bas du ventre. París tiene, sin embargo, un color indefinible y maravilloso. De buena mañana los empleados municipales barren, como en todas las partes del mundo —así se ­supone— las calles. Mettre bas les armes. Casi rozando la acera, un hilillo de agua cristalina se escurre como en un rumor sobre el empedrado. Naturalmente todos habían muerto. Mais parlons d’ici bas.

Se dejó oír el estrépito de la presión del aire en las tuberías. Se producía a sacudidas y con intensidad ensordecedora, desde la cocina o, quizá, el cuarto de baño. Parecía como si la casa se partiera en sus cimientos por la mitad. Pero inesperadamente cesó la algarada.

Aquel año se le otorgó a Gaston el premio Literatura. Repentinamente y sin que nadie lo pudiera prever, vino el reconocimiento oficial de la valía de Gaston. Las cosas comenzaron entonces a cambiar. Era como si se tratase de otras personas, vistas en la pantalla del cine, muy lejanas, o como si el aroma del aire fuera otro y sorprendiera por su novedad. Insensiblemente se distanciaron. Había algo que se ­interponía entre ellos. Trató de eliminarlo, de vencerlo. Un día en el Ateneo se encontró haciendo una frase insidiosa que desacreditaba a Gaston. Ocurría esto, naturalmente, ya en Barcelona, cuando ingresó en el Departamento de Propaganda. Una tarde se presentó Gaston con el rostro demudado, pidiéndole cuentas por unos artículos que había publicado en un diario vespertino, del que nada más recordaba. Dios mío, ¡qué ganas de complicar las cosas! Había hablado con toda libertad, sin personalizar, sin hacer la más mínima alusión a nadie. Josefina le observó de forma extraña. Fue inútil. Se separaron fríamente. Después de la ruptura, afirmose más en sus convicciones en que la literatura no era un simple juego para estetas, sino que tenía que servir a los intereses del país. De la parte de acá estaban los patriotas, enfrente aparecía Gaston. Margarita y Josefina continuaron viéndose. Fue entonces, al cabo de unos años, cuando vino la guerra. El ganador del premio Literatura

—Gaston, el formidable— formó en el otro bando, con el adversario. Pudo escapar a Burgos y se alistó en una escuadrilla de aviación. Más tarde encontró la muerte en un accidente en la base de Palma de Mallorca. Desde entonces recordaba continuamente la vida gris del pequeño funcionario intelectual, dando conferencias políticas y mendigando por las noches un poco de té del paquete que la «ayuda pro-guerra» inglesa había remitido al Sindicato de Escritores.

Josefina murió en Auberville, durante el exilio. Ya nada valía la pena. Las cosas son de este modo. Veía el retrato de Margarita y Gaston. Veía también el álbum de homenaje de «Babi», las boquillas de ámbar, el pañuelo de seda que Josefina conservaba de Italia, las postales de cuando se habían prometido, los discos rayados del armario, y mil y una cosas familiares, inútiles y derrotadas. Veía también las frases en francés. Gaston. Je lui parle chapeau bas. París. La vida es inconexa.

Había oscurecido. En la calle se encendieron luces de neón rojas y espectrales. Algo se esforzó por concretarse. Hubo como una crispadura invisible y perniciosa. Duró solamente unos momentos. Después, desapareció.

Carlsbad y los secretos de la Historia

SI MARIENBAD FUE EL LUGAR preferido por la aristocracia europea para curar sus males o su tedio, todavía lo fue más el balneario de Carlsbad (asimismo en Bohemia), hasta el extremo de que casi todos los príncipes de las familias reinantes acudían a tan fastuoso y bello lugar un día u otro de su vida. Generalmente quedaban marcados por el impacto que les producía, y algunos parecían como embrujados por su recuerdo e incluso hubo quienes se suicidaron después de releer perfumados paquetes de cartas de aquellos días felices. Las cartas las había amarilleado el tiempo y las cintas con que se habían atado eran casi inexistentes por su fragilidad y de un desvaído color rosa de té. Inevitablemente, antes de que se produjera el hecho fatal

—casi siempre un pistoletazo en la sien—, las cartas eran quemadas una a una en la chimenea y era triste ver cómo el fuego las convertía en negras mariposas de cenizas.

Algo parecido le ocurrió —aunque sin llegar al suicidio— al príncipe Fernando de Sajonia-Coburgo, regente de Portugal, que se enamoró, en Carlsbad, de la señorita Hensler, cantatriz de belleza extraordinaria. Fue un dúo, tierno y exquisito, amenizado por el fragor de las aguas del Hervidero o Sprudel, fuente que sale a chorro de una cuenca gigantesca a la que los enamorados acudían para, allí, ante fondo tan grandioso, unir sus voces ensimismadas en delicados rizos melódicos. Esto sobrecogió en gran manera a la gente, y los corresponsales de prensa enviaron cables y crónicas detalladas con exceso a sus periódicos que alarmaron penosamente a la corte lusitana. Arrebatado por su locura de amor, el príncipe Fernando invitó a la señorita Hensler a cantar para él en el palacio real de Lisboa, una vez terminada la temporada de baños, cosa que esta efectuó con muchísimo gusto. Indudablemente, nada es más fuerte que el amor, y lo que hubiera podido ser un segundo Mayerling terminó felizmente en matrimonio el año 1869, después de rechazar el príncipe Fernando la Corona de España, que le era ofrecida por el general Prim, y de elevar a la señorita Hensler al rango de condesa de Edla.

Otro asiduo concurrente de Carlsbad fue Lord Stanhope, el célebre aristócrata inglés que terminó sus días devorado por una planta carnívora en su jardín de Londres, mientras aguardaba la llegada del premier británico para tomar juntos el té. Lord Stanhope, en una carta dirigida al naturalista barcelonés Antoni de Montpalau, nos ha dejado una descripción tan exacta del aspecto mundano de Carlsbad que no podemos dejar de transcribir este fragmento:

«Hay en Carlsbad un gran número de establecimientos de primer orden montados con todas las exigencias científicas, y al propio tiempo con grandísimo lujo. Entre ellos, el principal es el Kurhaus, luego hay el Baño Nuevo, la casa de baños del Hervidero, con galería magnífica de vidrios emplomados, y el Baño Elisabeth: mas para las personas de la realeza y alta aristocracia hay el Baño Imperial, de moderna construcción, de estilo Renacimiento y montado con un lujo extraordinario. Posee un espléndido vestíbulo y, al lado de la monumental escalera exterior, hay dos rampas para coches de mano; tiene ascensor hidráulico, ingenioso artefacto que dispensa de subir escaleras; peluquería de alta fantasía y cosmética suprema; salones deslumbrantes para fiestas de alcurnia y otros de descanso para señoras y para caballeros fatigados. Los criados y camareras realizan los servicios con pasos de ballet al son de músicas ejecutadas por una orquesta oculta tras los cortinajes. Hay una serie de cuartos de baño dispuestos en semicírculo, todos ellos provistos de un gabinete para desnudarse, recubiertos de azulejos y con retrete, tocador, calefacción al vapor y estufa para calentar la ropa de baño, siendo de notar que todo ello está perfumado con un perfume distinto cada día de la semana. El primero de estos cuartos está destinado exclusivamente a reyes y emperadores, pues además de estas dependencias tiene un salón ricamente amueblado para, si se tercia, celebrar consejo de ministros. Cada cuarto de baño contiene dos bañeras empotradas en el suelo, una para agua mineral y otra para los lodos, con toda clase de duchas. En este edificio hay una gran sala para ejercicios de gimnasia sueca y una instalación completa de mecanoterapia Zander. Cuenta además con baños de ácido corrosivo para operaciones reservadas».

En uno de sus viajes a Carlsbad, Lord Stanhope llegó acompañado del infortunado Kaspar Hauser, hijo, según se decía, de la gran duquesa Estefanía, y a quien Lord Stanhope había prometido adoptar. Lo presentaba a sus amistades con explicaciones prolijas, y aun peligrosas y temerarias, pues en este asunto, todavía no resuelto por la historia, confluían muchos hilos tenebrosos e intereses dispares. En una ocasión se presentó un mensajero de Núremberg, que se entrevistó con el aristócrata inglés en un gabinete secreto del Baño Imperial…, mientras Kaspar Hauser era raptado por unos esbirros de cara patibularia que lo sacaron a cajas destempladas de un baño de lodo que estaba tomando y lo montaron a un coche preparado al efecto. Al oír los gritos, Lord Stanhope reaccionó vivamente, sospechando lo que ocurría, pero tuvo que entretenerse rechazando la agresión del mensajero de Núremberg, que iba vestido enteramente de negro y envuelto en una gran capa del mismo color, el cual se abalanzó sobre él pretendiendo estrangularlo. Después de un violento forcejeo, y gracias al excelente estado físico que le proporcionaba la práctica continuada de los deportes, Lord Stanhope logró rechazar a su rival de un puñetazo en la barbilla. Este, impulsado hacia atrás por el golpe, tropezó con la bañera y, como castigo de la divina Providencia, cayó dentro del ácido corrosivo que estaba allí para las «operaciones reservadas». El ácido cumplió su cometido y, entre burbujas corrosivas, se disolvió el enlutado mensajero de Núremberg. Se buscó inútilmente a Kaspar Hauser y, registradas sus habitaciones, solo fue posible encontrar un crucifijo, una enigmática cartulina con una mano roja estampada y unos versos dirigidos a la desconocida condesa de X, madre, según se infería, de una misteriosa novia suya. Estos versos, muy divulgados en su tiempo, fueron traducidos al castellano, no recuerdo si por Hoyos y Vinent o Luis de Val, y rezan así:

Este día de contento

y general alegría,

puede ser para mí día

de feliz recordamiento

si presta usted asentimiento

y autoriza a mi pasión

para que, con efusión,

a su hija decir pueda

que suya mi vida queda

y suyo es mi corazón.

Las singulares propiedades de las aguas de Carlsbad, que a veces producen efectos dramáticos, o, a todas luces, fuera de lo común, se han pretendido explicar por la radiactividad. En efecto, según los doctores Gilbert y Carnot, analizadas las aguas con el fontactoscopio de Engler y Sieveking en el laboratorio de radiactividad de Madrid, se ha encontrado, empleando la fórmula de Madame Curie, la radiactividad en el punto de emergencia de 878 voltios-hora-litro, «casi toda debida a la emanación disuelta, puesto que si se hace hervir el agua desaparece por completo el poder radiactivo, del cual, al cabo de veinticinco días, tan solo reaparecen 6,4 voltios-hora-litro, indudablemente debidos a la existencia de una mínima cantidad de sustancia radiactiva fija».

Archipenko o la destrucción

NADIE SE ATREVERÁ a dudar que las aguas más misteriosas del mundo son, en la actualidad, las de Archipenko (Rusia), balneario situado en una vasta llanura, al pie de los montes Urales, y aunque las autoridades soviéticas procuran en todo momento quitarle importancia al asunto, lo cierto es que tal hecho está probado históricamente y, más aún, muy estrechamente unido a la casa imperial o dinastía de los ­Romanov-Holstein-Gottorp, que las utilizaban indiscriminadamente para asuntos de Estado. Ello se deduce con seguridad del contenido de una misteriosa arquilla propiedad de la princesa Natalia, esposa que fue del costurero francés Lucien Lelong, así como de las Memorias del gran duque Alejandro Mijáilovich, totalmente empapadas de nostalgia por los tiempos idos y por la tamizada luz de los paisajes moribundos de la vieja Rusia.

Todo empezó con el zar Alejandro I, hombre de una melancólica seducción, espiritual y galante, que brilló con luz propia en las diversas convenciones de la época napoleónica y que, después de haber conquistado en París el corazón de la reina Hortensia, alcanzó en Viena, durante el famoso congreso, su más rotundo triunfo. Alejandro I estaba casado con la que fue princesa Luisa de Baden, hermana de la reina de Suecia, así como de la electora de Baviera y de la gran duquesa de Hesse-Darmstadt. Muy enamorados al principio, pronto se dio cuenta el zar de todas las Rusias que la emperatriz le engañaba aviesamente con el príncipe Adam Czartoryski, personaje fatuo y vanidoso, y por este motivo juró vengarse. Para ahogar su tristeza pasaba largas temporadas en el balneario de Archipenko, cuyas aguas los médicos le recomendaron como muy eficaces contra la melancolía y afecciones del bazo. Por este motivo corrió el rumor en la corte de que, al igual que nuestro Carlos V, el zar quería abdicar y retirarse a Archipenko para meditar sobre las vanidades del mundo. Lo cierto es que a Alejandro I no le impulsaba el misticismo y que, por el contrario, bebía las aguas en alegre compañía de la baronesa de Krüdener —pues, despechado, la había tomado por amante— escuchando el son de alborozadas y raudas balalaicas, instrumento predilecto de los zares.

El balneario, de arquitectura arcaizante y orientalista, tenía cuatro fuentes termales, de las cuales únicamente tres estaban en servicio, pues la cuarta se hallaba en un subterráneo cuya pesada puerta, siempre cerrada, veíase resguardada por una reja exterior muy sólida, fijada al muro. Cuando el emperador quiso ver esta fuente el señor Archipenko-Karatov, propietario del balneario, empalideció e intentó disuadir al regio huésped de su propósito alegando el estado cochambroso de la misma, la necesidad de reparaciones urgentes, lo exiguo y risible de su caudal, etc. De nada valieron tales argumentos, y la puerta tuvo que ser abierta. Tras descender unos peldaños apareció, a la luz de las antorchas, una grandiosa cueva con bóveda de basalto y en el centro una fuente cuyo chorro se erguía como un gracioso surtidor.

El zar encontró delicioso y discreto el lugar y decidió celebrar allí, en lo sucesivo, sus fiestas de balalaica, a cuyo fin dispusiéronse tapices y alfombras, divanes y cojines y un estrado para los músicos. Así, afirmó muy jovial, después de las libaciones y los bailes sería factible bañarse, añadiendo a todo ello un nuevo placer y una práctica higiénica complementaria. La primera fiesta íntima tuvo lugar el día 1 de noviembre de 1855 y, después de una orgía que el pudor nos impide relatar, la baronesa de Krüdener se despojó de sus vestidos arrojándose al surtidor. Sin un solo grito esta desapareció de la vista de los presentes, volatilizándose en el aire. Alejandro I quedó estupefacto. Llamose al señor Archipenko-Karatov y este, de rodillas, declaró que el agua de aquella fuente, desde tiempo inmemorial, destruía todo lo que tocaba sin dejar la menor huella. Airado, el emperador ordenó que se arrojase a la fuente al señor Archipenko-Karatov, y, al igual que la baronesa, el infeliz desapareció instantáneamente. Acto seguido, y como comprobación de tan extraordinario efecto, fueron arrojados los lacayos y camareros, así como los músicos de la orquesta, y todos también desaparecieron. Entonces, al zar le brillaron los ojos con luz siniestra y, repantigándose en su sillón, comenzó a meditar profundamente.

De ahí en adelante, todo son misterios y conjeturas, si bien la verdad es que, invitado el príncipe Czartoryski a tomar las aguas de Archipenko, enigmáticamente no regresó jamás. Fueron muchos los que desaparecieron como por milagro, y el mismo emperador desapareció el día 1 de diciembre del mismo año, un mes después que la baronesa de Krüdener, aunque la versión oficial fue que falleció a consecuencia de una fiebre tifoidea. Sin embargo, cuando en 1917 los revolucionarios abrieron el panteón de los Romanov en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, hallaron vacío el sarcófago de Alejandro I. Los historiadores coinciden en afirmar que esto prueba que Alejandro I no fue sepultado, y no fue sepultado porque no existió nunca su cadáver, aseveración magníficamente plausible.

Diversos grandes-duques dejaron posteriormente de existir, disueltos repentinamente por el chorro líquido de la fuente de Archipenko, en especial los que contrajeron matrimonio morganático —moda muy en boga durante el siglo xix—, ya que tal decisión no fue jamás tolerada por los sucesivos emperadores de la dinastía. Otro de los que sufrieron la destrucción fue el príncipe Vladimiro Paléi, gran poeta que algunos reputan erróneamente asesinado por los bolcheviques. Hace muchos años, don Pedro Mourlane Michelena, imitando inconscientemente a Adriano del Valle, tradujo uno de los poemas al castellano, y ahora lo transcribimos íntegro aquí por ser una joya literaria desconocida.

BALALAICA

Si la bala tañes, la bala,

la balalaica triangular.

¡Oh Varenca, todo tu ser

se exhala

y en música te sorbe el Zar!

Parto en mi troica a guerrear,

en mi troicas, retroica, troica,

que ocho renos hacen volar.

¡Canta, Varenca, siempre así

aires de Rimski, Glinka y Cui!

Si le borra sendas la nieve

a mi troica, retroica, troica,

canta sol, re sol, re, re, mi,

gente heroica

y con mis años quiere el Zar.

Con cabezas de turco haré

un gran trofeo para ti,

lo tuyo es sol, fa, si, la, re,

y lo mío la sinfonía

con coros de artillería.

Balalaica: se va la troica

y en la troica, retroica, Igor.

¡Canta, Varenca, siempre así

aires de Rimski, Glinka y Cui!

Si el rigor

de una bala me deja allí,

canta un día en modo menor

bemolizando el mi y el si.

La bala, balalaica, bala…

Y pues todo tu ser se exhala

en música que sorbe el Zar,

si la bala, la bala, bala

me deja allí

no suspenda el re do si mi

la bala, rebala, bala,

la balalaica triangular.

También parece ser que el cadáver de Rasputín desapareció en el chorro satánico. Ghislain de Diesbach ha escrito que «el asesinato del starets ha suministrado tema inagotable a numerosas leyendas, a libros aún más numerosos y a algunas películas. A despecho de esta enorme publicidad, parece que ciertas reticencias impiden conocer exactamente la verdad. El autor de este asesinato, realizado desgraciadamente demasiado tarde para salvar a Rusia, fue el príncipe Yusupov, cuñado del gran duque Alejandro Mijáilovich». Dícese que cuando murió el príncipe hallose en su mesilla de noche un vaso de agua de Archipenko.

Una duda se ha suscitado modernamente a propósito del escultor de vanguardia del mismo nombre. Llamarse Archipenko ¿es una mera casualidad? Se desconocen detalles de la vida de este artista, pero ante sus esculturas muchos burgueses murieron de apoplejía, fulminados por un golpe de vehemente indignación.

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