Kitabı oku: «La cuchillada en la fama»

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LA CUCHILLADA EN LA FAMA

SOBRE LA AUTORÍA DEL LAZARILLO DE TORMES

LA CUCHILLADA EN LA FAMA

SOBRE LA AUTORÍA DEL LAZARILLO DE TORMES

Joaquín Corencia Cruz

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

© Del texto: Joaquín Corencia Cruz, 2013

© De esta edición: Universitat de València, 2013

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Pau Viciano

Cubierta:

Ilustraciones de la edición del Lazarillo, París, Imprenta de Gaultier-Laguionie, 1827 Diseño: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9314-7

Edición digital

Peor es la cuchillada en la fama que la pedrada en la cabeza, porque la herida de la cabeza en un mes sana, mas la mancilla de la fama no saldrá en toda su vida.

Liber facetiarum Ludovico Pinedo et amicorum

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN: «Nuestro victorioso emperador»

1. AUTORÍA: ESTADO DE LA CUESTIÓN

2. DE LAS «COSAS TENIDAS EN POCO DE ALGUNOS QUE DE OTROS NO LO SON». UN PRÓLOGO, CICERÓN Y UNA SOSPECHA

3. ASPECTOS ANÓMALOS DEL TRATADO TERCERO: «SEÑALÁNDOSE TODO LO QUE PODRÍA CONTRA MÍ»

4. DE LAS FORTUNAS Y ADVERSIDADES DE DON DIEGO HURTADO DE MENDOZA

1. Genealogía, biografía

2. Fortunas

3. Adversidades

5. LA PROSA DE MENDOZA. ANALOGÍAS Y COINCIDENCIAS CON EL LAZARILLO DE TORMES

1. Diálogo entre Caronte y el ánima de Pedro Luis Farnesio, hijo del papa Paulo III

2. La Carta del bachiller de Arcadia al capitán Salazar, y la Respuesta del capitán Salazar

3. Sermón de Aljubarrota con las Glosas de D. Diego Hurtado de Mendoza.

4. Carta de D. Diego de Mendoza, en nombre de Marco Aurelio, a Feliciano de Silva

5. Carta de los catarriberas A las muy Illes. señoras las damas de su Magd. y Alteza, habiendo estado en Aranjuez muchos días muy solas

6. La Guerra de Granada hecha por el rey D. Felipe II contra los moriscos de aquel reino, sus rebeldes

7. Otros textos: las cartas cruzadas entre Hurtado de Mendoza y el emperador con especial relevancia de las escritas en el tiempo de la fortifcación y caída de Siena

6. NOVELA DE VIAJE, NOVELA DE PILLAJE

Novela realista e irónica: las Cortes de Toledo de 1538-39

7. ACERCA DE ALGUNOS PERSONAJES

1. Lázaro, un superviviente y un perdedor

2. Lázaro González Pérez, un hombre corriente

3. El arcipreste de San Salvador

4. Del comendador de la Magdalena

8. CODAS

1. Nuevas tecnologías, novicias metodologías

2. De las inadecuadas grafías del verbo «haber»

3. De las Cortes de Toledo de 1538-1539 al desastre de Argel

4. «Con reverencia hablando»

5. El papel de los Catarriberas o Carta de los Catarriberas

6. D. Diego Hurtado de Mendoça a don Francisco de Mendoça»

7. De esta nonada

BIBLIOGRAFÍA

Introducción

«NUESTRO VICTORIOSO EMPERADOR»

Harto difícil es aportar algo nuevo a una obra literaria tan excepcional y tan expertamente analizada antes de nuestro modesto intento crítico. La feliz expresión de que no hay que buscar a su autor, porque así lo quiso él o porque está evidenciado en su protagonista, Lázaro de Tormes, no debe poner freno al intento de encontrarlo en su escondite. No obstante, somos conscientes de que la autoría no es lo más importante de la novela, aunque sí es cierto que desde ella emerge la verdadera dimensión de algunas de sus críticas, personajes y contextos.

El paso de los años y los afortunados asedios críticos nos han ido aproximando al narrador y su fresco social, pese a las desventuras que ha sufrido la novela con otros intentos espurios.

José Hierro solía decir que la poesía, como la literatura, para ser más verdadera, tenía que mentir. Y eso ha hecho nuestro novelista en su texto, presentarlo como anónimo y unívoco. Por nuestra parte, ensayamos también un acercamiento poético a la novela, y así, al observar cómo se articulaba la realidad representada y su imaginario desde un momento tan importante como el final del texto literario, pensamos que el Lazarillo recobraba otros valores decisivos. Las últimas líneas de la novela no trataban exclusivamente de datar un texto a partir de unas fechas o hechos históricos que se citan en la conclusión. Creemos que debemos detenernos y analizar qué es lo que el autor ha seleccionado para finalizarla, y contemplar, con la misma ironía que recorre toda su creación, esas fechas, personajes y acontecimientos históricos.

En efecto, una ficción narrativa en la que la ironía y la sutil sátira no han dejado títere ni estamento con cabeza, no detendrá su visión irónica precisamente al final. Pues decía también José Hierro que la poesía es un texto que se abre desde dentro y desde el final, como una caja fuerte, que tuviera sus cerrojos en el interior y en su parte postrera. Y este ha sido nuestro camino. Hemos intentado desentrañar la novela aprendiendo de todos los muy importantes estudios que nos han precedido y ayudado; pero sin perder de vista el interior de la novela, sus adentros, y, especialmente, su final. Creemos que el creador de una buena poesía o una buena novela sabe que los últimos versos o líneas son su clímax, el momento culminante no sólo por su ubicación estratégica; sino porque es el broche desde donde el autor intensifica la especificidad de su mensaje, nos resuelve sintética y concluyentemente su intención y emoción, culmina, en definitiva, la trayectoria y sentir de todas las palabras que preceden a este momento dominante. Y un poeta del 27, Pedro Salinas, decía que dicha secuencia climática contiene, además, una sensación de despedida. En verdad, ahí deja escrito datos esenciales, termina su entero mensaje e intención comunicativa, abandona a su criatura para ceder el paso al lector.

El colofón de la novela es precisamente el momento en que leemos, por ejemplo en su edición de Medina del Campo de 1554, que «nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró, y tuvo en ella cortes, y se hicieron grandes regocijos y fiestas, como Vuestra Merced habrá oído». El final de la novela no debe ser entendido sólo, pues, como una fechación, para eso ya estaba el remate de los impresores o editores. El final del Lazarillo es de su autor, pertenece al mismo autor del resto de la novela. Y este antepone, pensamos que con el mismo tono irónico de toda la narración, el adjetivo «victorioso» a su emperador, e «insigne» a la ciudad de Toledo. Pero las Cortes de Toledo (1538-1539) están escritas con minúscula –«cortes»– ampliando la polisemia del vocablo porque los nobles no le dieron ni un ducado a su empobrecido y «victorioso» emperador, que venía, por cierto, de ser derrotado en Préveza (1538) y se dirigía, terco y torpe, hacia el calamitoso y silenciado gran desastre de Argel (1541). Y no se hicieron «grandes regozijos y fiestas», como era costumbre al finalizar las Cortes, aunque el autor sí escribió «regocijos y fiestas» con ánimo burlón porque rescataba de la memoria los acontecimientos políticos y personales que agraviaron a su emperador al acabar dichas Cortes. Sucesos que Lázaro de Tormes, el protagonista de la ficción novelesca, pregonaría por la ciudad de Toledo y que llegarían a oídos de «Vuestra Merced».

Se han buscado datos históricos en el colofón del Lazarillo para fechar el texto, estudio sustancial y necesario; pero la historia oficial dista de la interpretación de sus contemporáneos, aquella dimensión intrahistórica unamuniana. Y, sobre todo, el colofón de la novela y su irónica e histórica interpretación son propiedad de su autor, las palabras postreras y su intención comunicativa le atañen a él, y no al impresor o historiador, porque siguen siendo parte de su novela, su momento culminante –«la cumbre de toda buena fortuna»–, el instante climático en el que su fina ironía se dirige explícitamente al emperador y su hueca capital, por la que ha hecho desfilar a todo tipo de personaje poco «insigne». El mismo planteamiento topamos en el contemporáneo Liber facetiarum et similitudinum de Luis de Pinedo: «Sopló el odrero y levantóse Toledo».

Sabemos que nuestra tentativa de clave acróstica es discutible como todas las anteriores, pero parte de unos aspectos textuales que están ahí y que confluye con otros intentos, aunque, obviamente, puedan aceptarse o rechazarse en pleno. Con todo, no es lo importante de nuestra aportación, ni lo pretende. Sí lo es nuestra modesta invitación a otra lectura, a otra aproximación interpretativa de la novela que pretende escapar de ideas preconcebidas y de verdades absolutas.

En este sentido, habría que analizar cuánto daño hizo Alfred Morel-Fatio a don Diego Hurtado de Mendoza. Aunque, ¿qué sería de nosotros sin los sabios trabajos de tantos hispanistas y esa luz que nos viene de fuera? O, tomándole prestado unas frases a Max Estrella, «¿Qué sería de este corral nublado? ¿Qué seríamos los españoles? (...) Quizá un poco más tontos». No obstante, hombres fueron como nosotros, y como nosotros también se equivocaron. Ahí está, por ejemplo, la errónea interpretación de Hugo Friedrich sobre los romances y el «Romance sonámbulo» de Lorca, o la opinión ligera y desacertada de Morel-Fatio sobre Hurtado de Mendoza. Sin que por ello sufra, en nuestra sincera opinión, la más mínima mella el valor, vigor y vigencia de muchas de sus investigaciones y desvelos. Pero su idea del círculo erasmista de los hermanos Valdés para la autoría del Lazarillo, y su valoración de obra poco digna de un noble como Hurtado, barrieron de un plumazo cualquier juicio previo favorable al aristócrata, pero golfo humanista. Y, sobre todo, se empezó a descartarlo de la candidatura sin apenas leerlo. Sin embargo, una simple lectura de su prosa, cartas literarias y personales, y, sobre todo, su poesía, desmienten de golpe un criterio poco atinado.

Si en un primer momento Hurtado compitió en buena lid por la autoría del Lazarillo con fray Juan de Ortega, su caída en desgracia ocultó a ambos y abrió la candidatura a considerables aspirantes: Alfonso y Juan de Valdés, Luis Vives, Sebastián de Horozco, Lope de Rueda, Hernán Núñez de Toledo, Pedro de Rúa, Fernando de Rojas, Torres Naharro, Juan Maldonado, Cervantes de Salazar, Juan Arce de Otálora, fray Juan de Pineda, Gonzalo Pérez, etc. No hay una sola obra literaria con tal cúmulo de estudios pretendientes a su autoría. Ante tantas opciones, algunas fútiles y poco fértiles, comenzamos nuestra investigación rescatando a los dos primeros contendientes en liza que fueron propuestos por aquella su crítica coetánea (fray José de Sigüenza, Valerio Andrés Taxandro, Andrés Schott). Y es ahí donde don Diego Hurtado de Mendoza presenta las mejores credenciales de sus experiencias y destrezas con varias prosas. Con ellas va creciendo como novelista al tiempo que vemos desfilar y depurar rasgos, técnicas, temas y personajes del Lazarillo: Diálogo entre Caronte y el ánima de Pedro Luis Farnesio, Carta del bachiller de Arcadia al capitán Salazar, Respuesta del capitán Salazar, Carta a Feliciano de Silva, Carta de los catarriberas, y, muy especialmente, el Sermón de Aljubarrota, un texto narrativo de mayor madurez creativa y vinculación con el Lazarillo (desde el uso de la primera persona narrativa a la presencia de bulderos, hidalgos pobres, sátira clerical, etc.). Vinculación que también comparte el Liber facetiarum et similitudinum de Pinedo con quien don Diego colaboró. Su versatilidad narrativa –dejando de lado su amplia, italianizante y diversa obra lírica– se refrenda con su Historia de la Guerra de Granada hecha por el rey D. Felipe II contra los moriscos de aquel reino, sus rebeldes.

Estas últimas líneas son, como las de un poema, de despedida e invitación. Un pequeño contrasentido. La función de unas páginas introductorias es siempre de iniciación y apertura, de acercamiento primero. Y, a nuestra invitación a la lectura, se solapa la sensación de lance que añade todo prologo. Un rasgo paradójico que comparte con el poema, el cuento, y esta maravillosa novela de cuentos con un final poco apreciado, pese a su táctica posición natural y su condición de cumbre y guinda de una novela de fortunas. Ciertamente el Lazarillo es una ficción afortunada; pero sin duda que no le hicieron ni pizca de gracia a su «victorioso Emperador», Carlos V, aquellos «regocijos», aquella cuchillada.

Capítulo 1

AUTORÍA: ESTADO DE LA CUESTIÓN

El anónimo autor de La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades, y hay más de una docena de estimables candidatos al mérito, no gozaba de una personalidad mediocre o zafia, ni podía ser una persona sin importancia social, ni un escritor sin un significativo bagaje lector y cultural, clásico y renacentista. Su destacada posición social es precisa y presuntamente la que le obliga a preferir el anonimato, pues la cruda visión que elige para sus personajes y la selección que hace de estos, así como las ironías con que concluye los últimos párrafos, son razones suficientes para ocultar su firma.

En efecto, no suele un autor vulgar decidir la ironía también desde el inicio como primer recurso narrativo. Su habilidad y refinamiento con esta técnica literaria entraña un particular genio personal y una madurez que le permiten un inteligente distanciamiento tanto burlón como demoledoramente crítico con una sociedad contemporánea de la que va a mostrar sus íntimas vergüenzas. Es un autor culto como lo demuestran las citas clásicas del prólogo, las de la novela (Galeno, Alejandro Magno, Penélope, Macías, Ovidio, santo Tomás) y las relaciones intertextuales del Lazarillo con otros textos señalados como El asno de oro de Apuleyo, el Retrato de la lozana andaluza de Francisco Delicado, la versión castellana en prosa del poema macarrónico Baldo de Teófilo Folengo, el Novellino de Masuccio, La Celestina de Fernando de Rojas, la Propalladia de Torres Naharro, obras de Erasmo de Rotterdam, Luis Vives, Antonio de Guevara, etc.

Como no podía ser de otra manera, de forma natural, este autor culto, junto a las fuentes folclóricas, nos traslada rasgos de alguna de sus lecturas, de los textos de sus contemporáneos, así como de los que conforman su propia biblioteca.

Varias personalidades han optado a la autoría de tan maravillosa novela. Haremos un sucinto recorrido por los candidatos más acreditados recientemente, y nos detendremos en los tres que han centrado la atención o polémica crítica durante la última década: Alfonso de Valdés, Luis Vives y Diego Hurtado de Mendoza.

En 1605, fray Juan de Ortega fue propuesto por su hermano de orden, fray José de Sigüenza (Historia de la orden de San Gerónimo), como autor, porque «dicen que (...) hizo aquel librito que anda por ahí, llamado Lazarillo de Tormes (...) El indicio desto fue haberle hallado el borrador en la celda, de su propia mano escrito». No sabemos si se trataba ciertamente del original, de unos resúmenes a partir de él, o de una copia manuscrita que hubiere realizado Ortega. Sólo tenemos la atribución de un fraile admirador, sin más pruebas que una fórmula impersonal e imprecisa: «dicen».

Fray Juan de Ortega, de «ingenio tan galán y fresco» fue General de los jerónimos de 1552 a 1555, una razón objetiva para no firmar tal obra. En 2002 su autoría volverá a reivindicarse por Antonio Alatorre.1

En 1607, de Diego Hurtado de Mendoza escribe Valerio Andrés Taxandro (Catalogus clarorum Hispaniae scriptorum) que fue autor de «poesías en romance y el libro de entretenimiento llamado Lazarillo de Tormes». Y en 1608, Andrés Schott (Hispaniae bibliotheca) apoyaba la posible autoría de Hurtado de Mendoza: «Se piensa ser obra suya el Lazarillo de Tormes, libro de sátira y entretenimiento». Nuevamente una atribución sin pruebas y cierta impersonalidad: «se piensa». Sin embargo, a su favor observamos que se apresuran a enmendar a Sigüenza y que la atribución procede de dos autores distintos, profesionales, independientes y sin sometimiento alguno al autor que proponen. Y otro dato favorable: como obra de Hurtado se imprimió La vida de Lazarillo de Tormes por Antonio Facchetti (Roma, 1600) y por Juan Pérez de Valdivieso (Zaragoza, 1599) como constata Alexander S. Wilkinson.2 Es importante el hecho de que las reseñas provengan de dos localidades diferentes, y tan dispares. Después, Tamayo y Vargas ratificaba a don Diego en su Junta de libros la mayor que ha visto España en su lengua hasta 1624, y citaba por suya la edición vallisoletana de 1603 y por Luis Sánchez.

Nicolás Antonio en 1873 remite como probables autores a Ortega y Hurtado, y, en 1970, E. Spivakovsky3 reafirma la paternidad del segundo. Ya en 2010, Mercedes Agulló4 vuelve a defender para don Diego dicho honor. Agulló publica el testamento y el inventario de bienes de Hurtado de Mendoza y basa su tesis en que en el cajón de los libros del secretario de Felipe II y administrador de Diego Hurtado de Mendoza, Juan López de Velasco, había «Vn legajo de correçiones hechas para la ynpressión de Lazarillo y Propaladia.»

En nuestra modesta opinión, el hallazgo es importante, pero la frase no prueba mucho. De un lado, tiene un valor de credibilidad parejo a la frase de fray Juan de Ortega sobre el «borrador» de José de Sigüenza: no hay texto conservado, ni el «borrador» ni las «correçiones», sólo un intento de atribución basado en suposiciones entusiastas. De otro, se citan dos conocidas obras literarias corregidas, censuradas, al parecer, por una misma persona, pero no se identifica plenamente quien hizo las correcciones para la impresión. ¿Velasco o Hurtado? ¿Qué modificaciones estaría haciendo Hurtado en obra ajena como la Propalladia? ¿Por qué razón iba a imprimir el texto de Naharro? Y, si como humanista y exquisito bibliófilo hubiera decidido editar obras modernas, ¿para qué enmendar a otros autores? ¿Por qué sería él y no el censor Velasco el autor y dueño del legajo y de las presuntas «correçiones» en ambas obras?

Parece que todas las respuestas apuntan a López de Velasco puesto que sí sabemos que Velasco, por ventura, adaptó a los criterios inquisitoriales, «castigó», el Lazarillo de Tormes, la Propalladia de Torres Naharro y las obras de Castillejo. De manera que, a pesar del relativo orden de los inventarios de libros, legajos y documentos variados, pensamos que bien podrían ser los propios papeles del administrador Velasco, ya fallecido, mezclados con los de su administrado don Diego. El legajo subrayado por Mercedes Agulló estaba junto a «Vnos cuadernos y borrador de La rebelión de los moriscos de Granada y otras cossas de don Diego de Mendoça»; pero leemos que también con otro «legajo de papeles de Indias»5 que seguramente no era suyo y sí de Juan López de Velasco, a la sazón, cosmógrafo y Cronista mayor de las Indias.

Felipe II encargó a López de Velasco su futura biblioteca de El Escorial. Velasco es conocido porque fue quien censuró el Lazarillo vedado por la Inquisición en el Índice de libros prohibidos de 1559, y quien lo editó «castigado» en 1573 (Madrid, Pierre Cosin). Además, fue el encargado de la administración de los bienes de don Diego Hurtado de Mendoza durante 14 o 15 años. Al morir López de Velasco, fue su testamentario el abogado Juan de Valdés, este recibió también los papeles de Hurtado de Mendoza. Cuando muere el jurista en 1599, su hermana, Francisca de Valdés, inventarió todos los libros y documentos de Hurtado, Velasco y Valdés, ya clasificados previamente por alguno de estos dos últimos.

Rosa Navarro Durán,6 a quien veremos a continuación respaldando la autoría de Alfonso de Valdés, critica con cierta arbitrariedad las aportaciones del libro de Agulló, negando la candidatura de Hurtado, según ella «un prosista mediocre», al que atribuye la Segunda parte de Lazarillo de Tormes que define como alegoría política contra Carlos V (pero no se percata de la que existe en la primera parte). Mercedes Agulló se defiende7 cuestionándose el porqué de la reedición del Lazarillo en 1573, sugiriendo que, a cambio de ella, Hurtado donaría sus libros a la biblioteca de El Escorial de Felipe II. Agulló se pregunta también si el hecho de que en el Índice de libros prohibidos no se etiquetase como anónimo supondría que conocían a su autor. Propone a Gonzalo Pérez como «Vuestra Merced». Insiste en que la carta de don Diego a su sobrino en 1557 incluía un libro para Felipe II que podría tratarse del Lazarillo y que Hurtado cuenta «con muchas posibilidades para ser considerado el autor». Desde luego es indudable su buena relación con Velasco y que, puestos a suponer, debido a su pasión por la literatura y condición de experto bibliófilo seguramente colaboraría en las correcciones del Lazarillo expurgado.

No podemos olvidar a otros muchos autores que optan a la autoría de la novela. Morel-Fatio y Manuel J. Asensio señalaron, basándose en el espíritu supuestamente anticlerical y erasmista de la obra, a Juan de Valdés (1499-1541) o algún «alumbrado» de su entorno ideológico. También su hermano, el secretario real de cartas latinas Alfonso de Valdés (1490-1532), fue propuesto como posible autor por Morel-Fatio (1904), M. J. Asensio (1959), Joseph V. Ricapito (1976). Más recientemente, en 2003, Rosa Navarro Durán lo afirmó tajantemente y llegó al extremo de editar la novela con su nombre, aunque su hipótesis no hubiera sido planteada a partir de objetiva y rigurosa argumentación. En ambas atribuciones, debido a las tempranas muertes de los dos hermanos, es incuestionable que la escritura del Lazarillo tendría que anticiparse dos décadas, exagerado salto retrospectivo para un texto tan popular y exitoso que no cuadra con un silencio editorial de 22 años, con la orden municipal de expulsión de mendigos y vagabundos de Toledo de 1546, con la cronología de la segunda parte de la novela (Amberes, 1555) que arranca con posterioridad a las Cortes de 1538-1539 y con Lázaro embarcando para la guerra de Argel de 1541, y, sobre todo, con la fecha de las cuatro primeras ediciones conservadas de 1554 (Burgos, por Juan de Junta; Medina del Campo, por Mateo y Francisco del Campo; Alcalá, con interpolaciones y editada por Atanasio de Salcedo; Amberes, por Martín Nucio).

Rosa Navarro Durán imagina una hoja arrancada en el Lazarillo que incluiría, casualmente, el argumento. Este sería erasmista al estar basado, por las buenas, en el secreto de confesión. Además, «Vuestra Merced» sería una mujer, y la obra anterior a 1532 para que se armonice con la defunción del humanista.

Félix Carrasco y Valentín Pérez Venzalá,8 con un modélico estudio, y, siguiendo su estela, Marco Antonio Ramírez López y Pedro Martín Baños,9 entre otros, desmontaron razonadamente cada precipitado paso de Navarro Durán (el folio perdido, Vuestra Merced es una dama, etc.), incluso las gratuitas comparaciones entre el Lazarillo y los diálogos de Valdés con la obra de Rojas, Delicado y Naharro. También criticó su tesis Francisco Calero por «la metodología utilizada por R. Navarro, que consiste en descubrir lecturas del autor del Lazarillo, sin hacer ninguna comparación con obras de A. de Valdés»10 quien, por cierto, no parece ser el autor acertado si recibía críticas del cardenal García de Loaysa en su comunicado a Cobos sobre su incompetencia latina: «suplico á vuestra merçed tomeys un gran latino y no lo es Valdés, porque aca se burlan de su latinidad.» A primera vista, es el mismo y exiguo reconocimiento que obtuvo su hermano Juan en su estancia en Nápoles. En 1600, Scipione Miccio le citaba en su Vita de don Pietro de Toledo: «un certo Valdés Spagnolo; uomo ignorante e balbo (…) faceva professione d’intendere la Sacra Scrittura senza ajuto de glosa ordinaria, ma solamente col perverso suo giudizio».11

El paradigmático modelo de inventio de nihilo que propone Navarro Durán, falto de moderación y de fundado apoyo textual visible, es, desde una fiel lectura de la novela, muy cuestionable.

Las sangrías harinosas del padre de Lázaro de Tormes y la sisa sobre carne, harina, etc., del impuesto directo del emperador en las Cortes de 1538-39 tuvieron consecuencias negativas para el futuro de un modesto molinero y de los estamentos nobiliario y eclesiástico. Frente a ambos resultados adversos, la subjetiva sustracción o sisa del prólogo que Navarro imagina no deja de ser una entelequia con efectos asombrosos, pues publicó el presunto texto erasmista alegando la indiscutible autoría de Valdés,12 y con una secuela importante ya que dejó el camino expedito para que la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes se lanzara a una edición en 2006 con el nombre de Alfonso de Valdés.

Desde otro tiempo y circunstancia, es llamativo también que en 1605 fray José de Sigüenza no detectara nada erasmista y se limitara a ponderar los valores literarios del librito: «mostrando en un sujeto tan humilde la propiedad de la lengua castellana y el decoro de las personas que introduce con tal artificio y donaire, que merece ser leído de los que tienen buen gusto». Sigüenza muestra complacencia con la «propiedad de la lengua», con el «decoro» de los personajes, el «buen gusto», es decir, con la adecuación real y verosímil a cómo eran los comportamientos de los personajes seleccionados con respecto a su condición social. Sigüenza no percibía ningún contenido heterodoxo: anotaba que la caracterización de cada personaje y las acciones de los clérigos novelados entraban dentro del comportamiento social de la época. Lo mismo le sucede a V. Andrés Taxandro que define la novela como «libro de entretenimiento.» Y recuérdese que el texto expurgado seguía mostrando la codicia e impiedad de sus personajes.

Pablo Jauralde13 se congratula del hallazgo de Agulló afirmando que en el inventario de los bienes de Hurtado de Mendoza, uno de sus «cajones contiene inequívocamente las correcciones del Lazarillo». Afirmación algo extremada, como su frase «de mano del propio autor iba el texto expurgado por Velasco», porque la cita del «legajo» no prueba razonadamente su autoría, y porque nada se dice de que el texto fuera un manuscrito de Hurtado. Jauralde en un sugerente artículo posterior14 avanza sobre la hipótesis de Agulló señalando que las enmiendas textuales del censor Velasco pueden provenir del propio autor, defiende la edición crítica de Aldo Ruffinatto15 y sus variantes, y funde investigación documental e histórica. Su muy importante trabajo trae cordura al revuelto río lazarista: recorre la biografía de Hurtado, le atribuye la escritura de la novela tras caer en desgracia después de sus gestiones en Siena, indica que la impresión expurgada por Velasco cuenta con la mano del autor, corrobora su relación con santa Teresa, que estaba en contacto con la Corte al tener como confidente a Velasco, y que «las correcciones del Lazarillo estaban entre los papeles de dhm, y posiblemente eran de su letra.»

Diversos estudios de Francisco Calero niegan las tesis de Rosa Navarro Durán y atribuye la novela al humanista de origen judío Juan Luis Vives (1493-1540) al cotejarla con palabras, expresiones e ideas expuestas en sus obras latinas. Sin dejar de reconocer el interés de sus trabajos, nos parece exagerada su atribución basada en la presencia, precaria en varios casos, de una misma palabra16 o giro expresivo similar en obras latinas de Vives y en el Lazarillo.

Después de su edición del Lazarillo, Francisco Calero17 insistía en la presencia de argumentos de índole temática, expresiva y estilística que apoyaban supuestamente su atribución. Lamentamos no coincidir con su trabajo y algún aspecto notable (el apartado de la sintaxis). Calero sugiere todo un abanico de temas e ideas que impregnaba, en verdad, a toda la comunidad culta, desde el moralista al intelectual de la época. Su trabajo antologiza parte del pensamiento de Vives alrededor de unas palabras –no temas tratados en profundidad– que están presentes en el Lazarillo; de manera que entendemos mejor la problemática histórica, el ambiente ideológico, sus aspectos contextuales. Pero nada de ello es prueba irrefutable. Que en otros libros, diálogos renacentistas presuntamente de Vives, aparezcan referencias al hambre, pobreza, anticlericalismo, caridad, piedad, espiritualidad, moralidad, etc., en sí mismas son unas relaciones muy poco significativas que le sirven como «argumentos», pero que no tienen por qué ser señas identitarias de la autoría, ya que forman parte del acervo cultural de otros autores coetáneos. Además, ya que Vives muere antes que otros candidatos y sus obras gozaron de estimación y predicamento entre los humanistas contemporáneos, parece razonable que fueran leídas por autores más jóvenes que conocían el latín, que formaban o poseían una buena biblioteca, etc., y que podían recrearlas, en mayor o menor medida, en sus propias obras. Tal es el caso de Diego Hurtado de Mendoza.

José M.ª Asensio, Julio Cejador y Francisco Márquez Villanueva señalaron al paremiológico, jurista y dramaturgo toledano Sebastián de Horozco (1510-1580?) por semejanzas y coincidencias temáticas y de personajes18 (un «questor», un clérigo mercenario, un «echacuervo» de indulgencias, un ciego mendicante con lazarillo, un pregonero) con sus representaciones religiosas (Parábola del capítulo xx de san Mateo, Historia evangélica del capítulo ix de san Juan, Entremés), Cancionero, Teatro universal de proverbios, y las Relaciones y noticias toledanas. Fonger de Haal, Julio Cejador y Fred Abrams insinuaron parecidos de la vida del Lazarillo con un pregonero de Toledo hacia 1538 del mismo nombre que el autor de los pasos, Lope de Rueda (1510-1565). Otras investigaciones (Aristides Rumeau, 1964) dirigieron sus estudios hacia el helenista Hernán Núñez de Toledo, el Comendador Griego, también conocido como el Pinciano (1475-1553), por coincidencias expresivas entre el Lazarillo y su edición de Las ccc del famosísimo poeta Juan de Mena (1499); el humanista Pedro de Rúa (¿?-1556), según Arturo Marasso (1955) que analiza la novela como una parodia del estilo de las Epístolas familiares de Antonio de Guevara; Fernando de Rojas, presunto autor de La Celestina por su agnosticismo de converso y su didactismo al criticar la corrupción social, según Horward Mancing (1976); el dramaturgo renacentista Torres Naharro (h. 1485-h. 1530), según A. M. Forcadas (1994) por sus similitudes con episodios de la Propalladia (1517); el humanista, amigo y difusor de Erasmo, Juan Maldonado (1485-1554), según J. Cejador (1914) O C. Colahan y A. Rodríguez (1995) por las correspondencias temáticas y formales (habilidad con los monólogos con forma autobiográfica) entre el Lazarillo y sus obras, aunque Maldonado sólo escribía en latín; el cronista de la conquista de Méjico, Cervantes de Salazar (h. 1514-1575), según José Luis de Madrigal19 (2003) por sus concordancias ideológicas, vitales, temáticas, bibliográficas (Crónica de la Nueva España, 1567) y de citas literarias, y, además, por el parecido entre la palabra «Lázaro» y la parte final del nombre con que firmaba sus obras, Franciscus Cervantes «Salazarus». Sin embargo, en 2008 Madrigal defendió la autoría de Juan Arce de Otálora (¿1510?-1561), autor de los Coloquios de Palatino y Pinciano, que vuelve a ser señalado «como el autor más solvente para su atribución» por Alfredo Rodríguez López-Vázquez (2010) al liderar aquel el uso mayoritario del cotejo de palabras (45 sobre 53) entre varios escritores contemporáneos.20 No obstante, en su tercer artículo de 2010 (p. 313) A. Rodríguez se desdice y concluye «que estadísticamente tanto el primer Lazarillo como su continuación son obra del mismo autor, y que este escritor, Fray Juan de Pineda (¿1513-1593?), es también el autor de las ‘interpolaciones’ de Alcalá, que deben ser contempladas como añadidos no apócrifos.»21

Anteriormente, Dalai Brenes Carrillo había afirmado que el Secretario de Estado Gonzalo Pérez, autor en 1550 de la traducción de La Vlixea de Homero, lo era también del Lazarillo de Tormes, que analiza como «un comentario de la vida en la corte de Carlos V». Y decide «establecer sin lugar a una justificada duda que Gonzalo Pérez es Anón (sic) y Lazarillo es una anti-Vlixea en la cual Lázaro es la combinada antítesis del joven Telémaco y del astuto Ulises de las tretas».22 No obstante, los ejemplos y expresiones textuales, que Brenes propone como pruebas irrefutables de que un mismo autor escribió ambas obras, nos producen muchas dudas. De hecho, otro autor citado por Brenes, Hurtado de Mendoza, podría haber leído su Vlixea (1550) y reutilizar alguna expresión parecida o mínima idea en un texto posterior. Esta simple posibilidad justificaría las difusas intertextualidades y poca fortaleza de las conjeturas que propone el crítico. Este define al Lazarillo como «una sátira política, un roman à clef» (p. 62). Si así fuere, Francisco de los Cobos, por ejemplo, que había fallecido ya en 1547, merecía una crítica feraz y feroz como un ansioso acaparador de cargos, posesiones, riquezas, encomiendas, privilegios, etc. Y esto no sucede o estaremos, quizá, ante un escritor de su bando político. Tampoco creemos que se trate de una crítica únicamente palaciega, pues ¿dónde ubicaríamos a otros personajes tan decisivos como el ciego, el clérigo de Maqueda, el mercedario, el buldero, etc.? En realidad, como sátira política encubierta sólo está clara la fase inicial y final de la novela, amén de alguna identificación probable, el resto es una sabia combinación de elementos folclóricos, literarios y creación personal. Y sí, es una sátira, pero de génesis lucianesca. No hay más que recordar El pescador: «Odio a los impostores, pícaros, embusteros y soberbios y a toda la raza de los malvados, que son innumerables, como sabes»; y comprobar que esos son los personajes escogidos en la novela.

Brenes aporta una carta inédita cifrada (14-VII-1547) de Hurtado23 a Carlos V para explicar «los cuidados del rey de Francia». Estos no se corresponderían con las atenciones a Francisco Ien Madrid tras la victoria de las tropas germano-españolas en Pavía (1525) sino con la petición del rey francés Enrique II para poder almorzar antes de su coronación (25-VII-1547) ya que el acto sería largo. La carta es muy valiosa; no obstante, Brenes parece olvidar que esa ironía, ese chismorreo guasón, partiría del que primero lo conoce y redacta la noticia por escrito. Y no es el secretario Gonzalo Pérez sino el embajador Diego Hurtado de Mendoza.

El crítico también rescata los testimonios de Barrantes y Pedro de Gante a favor de la verosimilitud de los «grandes regocijos y fiestas» de las Cortes de Toledo de 1538. Pensamos que esos «regocijos» son una chanza contra el chasco del emperador y la humillación de los nobles, una falacia del narrador jugando con el valor irónico de sus palabras. De la finalización de las Cortes con el disgusto del emperador, «Vuestra Merced», como cualquier otro superior, señor principal o lector contemporáneo, no tendría una sensación expansiva de alegría y júbilo, sino de desengaño acompañado, eso sí, de cierta liberación al quedar exonerados los altos estamentos del pago del nuevo y abusivo impuesto imperial.

En general, son todas pruebas de que el anónimo autor podría haber leído la traducción de una obra de Homero. Nada más. De la equiparación de ejemplos (el personaje da nombre, familia y domicilio) y de expresiones (ej.: «un tono bajo reposado y muy sonable» vs. «una voz suave y entonada») en obras distintas sólo se obtienen resultados imprecisos e inconsistentes.

Finalmente, no nos parece argumentada ni concretada la tesis de que es una obra contra unos determinados personajes de la corte de Carlos V, «entre ellos Don Diego Hurtado de Mendoza, Gattinara, Enciso, Siliceo y otros»,24 como Francisco de los Cobos (arcipreste de San Salvador, sí, pero en Úbeda), cuyos nombres en clave encuentra, apoyándose en su anterior artículo de 1987 en el que decía que la odisea de Lázaro «es una sangrienta burla de los que al servicio de Carlos V “con fuerça y maña remando salieron a buen puerto” usando y abusando de su “oficio real viendo que no ay nadie que medre: si no los que le tienen”. Cobos, Perenot, Siliceo, Gattinara, Hurtado de Mendoza, Granvela, Enciso, y otros tantos.»25 Muchos nos parecen, y con poca concreción.

Francisco de los Cobos tuvo junto al emperador una vida sin problemas económicos y contó constantemente con tanta confianza de Carlos V que este lo recomendó a su hijo Felipe como consejero. Menos estable es pensar en la autoría de Gonzalo Pérez («Tomé González»), él no se incluiría en la novela, y menos aún como burlado personaje, porque deseaba ocultarse del escarnio público producido por los rumores sobre su hijo natural Antonio Pérez («Antona Pérez») siendo él, presuntamente, todavía clérigo. En ningún caso le interesaba airearlo más. Y no podía ser tan ingenuo de autorretratarse con sarcasmo.

En 1992, Brenes indica que cuando el escudero menciona «manos limpias», en contraste con la opinión de Blecua, no cree que se refiera a «limpieza de sangre» sino que, siguiendo un expediente informativo de Lorenzo Galíndez de Carvajal26 dirigido al emperador, «la expresión manos limpias o referencias a esa expresión sólo tienen que ver con la honradez del individuo en lo tocante a cuestiones financieras».27 También afirma que el escudero es el duque de Arcos o su hermano. Y reitera la idea de que la novela es una sátira política contra Cobos, Hurtado, Gattinara, Enciso, Silíceo,28 etc. Sin aportar al respecto una sola prueba o argumentación.

Tampoco nos parece convincente la caprichosa combinación de letras29 para forzar la aparición de la palabra «Covos», pues no se atiene a su propia premisa «se usa una cifra basada en 3 y múltiplos de 3», sin olvidar que este experimento fracasa si reconocemos como ajeno al autor el subtitulillo del tratado primero, en el que se basa, y de los restantes, añadidos presuntamente por el primer editor.

También reitera la autoría de Gonzalo Pérez apoyándose en otro juego de letras (1ª de la 1ª palabra, 2ª de la 2ª, 3ª de la 3ª, 4ª de la 4ª y 5ª de la 5ª) que da «Peres»; pero se salta la tercera palabra «Vuestra» con lo que se rompe el ciclo y, además, no parece lógico buscarle más marcas ocultas a un texto que deja al descubierto los apellidos «González» y «Pérez» de los padres de Lázaro.

Tras frecuentar varios argumentos de publicaciones anteriores (G. Pérez fue arcipreste de la iglesia del Salvador en Úbeda, la carta de Hurtado sobre el almuerzo del rey francés, el oficio real de Pérez), Brenes concluye su trabajo aseverando que «V. M.» o «vuestra M.» es «vuestra Majestad el emperador Carlos V» a quien dedica la novela, afirmación dada sin ninguna explicación y al final de la última página.

Con respecto a la búsqueda de grafías que transparenten una presunta autoría, hay que recordar también que en 1973 Fred Abrams refiere el uso de técnicas criptográficas españolas en el XVI, y que propone otra clave secreta del autor para ser recordado por la posteridad. En concreto, Abrams, vía encriptamiento de la frase «Pues sepa V. M. ante todas cosas», encuentra la presencia de otro escritor: «Urtado», «Mendosa», y sus pseudónimos, «Danteo», «Andrea».

Retornando a la actualidad crítica, en 2009, José Luis Canet30 ha fijado su mirada en los dos autores que fueron designados inicialmente como creadores de la novela: fray Juan de Ortega y Hurtado de Mendoza. Probablemente, lo más sensato sea esta vuelta a los orígenes y a los primeros testimonios y atribuciones.

Como primera hipótesis, Canet propone que, en el caso de Ortega, algún amigo llevaría una copia manuscrita a algún librero. A partir de ella, «se realizaría un original de imprenta y de éste el primer texto impreso, del que procederían las siguientes reediciones». Para Hurtado, plantea una serie de preguntas muy convincentes:

…¿no pondrían en marcha sus relaciones e influencias para que saliera impresa y cualquier librero estaría orgulloso de realizar su impresión? ¿No es un reclamo seguro, aunque sea a sottovoce, que se atribuya un texto a un gran personaje? ¿No podría dar su manuscrito a algún secretario o profesional de la edición para que preparase uno o diferentes originales de imprenta y éste incorporase, según era la moda, un nuevo título e incluso los epígrafes de las diferentes partes o tratados?

La resolución a estas cuestiones es también esclarecedora:

…Si fuera así, podríamos entender las diferentes ediciones casi simultáneas y sin una clara filiación ecdótica y también que algunos libreros e impresores no especializados en libros literarios se embarquen en este menester (p. 72).

Como ya escribimos31 a propósito de estas dos citas, reiteramos que la segunda opción de autor nos parece de sentido común. Entre ambos estudiantes salmantinos, nos decantamos por la candidatura de Hurtado por numerosas razones. Él, a diferencia de fray Juan de Ortega, sí tiene abundante obra lírica y narrativa previa –tres largas cartas paródicas y un extenso sermón con múltiples facecias ensambladas– de tono irónico, crítico, burlón o desmitificador. También posee un amplio bagaje literario, popular y culto, y de primera mano, al que seguramente no accedió Ortega (el cuento de la casa lóbrega y oscura, por ejemplo, o Masuccio, Garcilaso, Delicado, Aretino, Ariosto, etc.). Asimismo, tiene motivos personales para modelar una sutil sátira contra personalidades de la Corte, incluido el emperador, que estaban ninguneando el poder de los Grandes de España. En estas circunstancias, cuando fue depuesto de su autoridad y cargos imperiales en 1552, su rencor le estimularía a burlarse de Carlos V ridiculizándole ante la Historia, recordándole su genealogía, derrotas, y humillaciones. Y, contrariamente a fray Juan de Ortega, Hurtado sí debía guardar, y mantener, el anonimato para no menoscabar el buen nombre e influencia de su familia, también arrimada al poder de Carlos V y Felipe II.

Perceptiblemente, nos hemos decidido por la posibilidad de que Hurtado de Mendoza sea el escondido autor. A su favor ya hemos contemplado la atribución doble, temprana y profesional de su autoría, dos o tres años después que la de Ortega, pero con el aval de que la novela se le atribuye con anterioridad en ediciones de 1599, 1600 o 1603. Al mismo tiempo, hemos observado que la carta de 1547 sobre «los cuidados del rey de Francia» es suya, y que él escribirá en 1557 a su sobrino pidiendo que enseñe a Felipe II, para su supervisión controlada, un libro que había escrito con ciertas «necedades» comprometidas. Y no hay noticia de que escribiera ningún otro volumen en esos años. Además, veremos que hay otra serie de datos, cartas, semejanzas léxicas y elocutivas, probables claves acrósticas, paralelos literarios y circunstancias históricas, que acaban cercando e identificando a Hurtado de Mendoza como el autor del Lazarillo de Tormes.

1. Lo apuntaba inicialmente en las páginas 254 y 255 de su reseña en NRFH (vol. L, n.º 1, Méjico, 2002, pp. 252-264) sobre «Alberto Martino, Il ‘Lazarillo de Tormes’ e la sua ricezione in Europa (1554-1753)». Posteriormente en «Contra los denigradores de Lázaro de Tormes» (NRFH, vol. L, n.º 2, Méjico, 2002, p. 427-455) exponía más abiertamente su «convicción de que el autor del Lazarillo es el jerónimo fray Juan de Ortega. No hay nada comparable al testimonio de fray José de Sigüenza» (p. 447).

2. Books published in Spanish or Portuguese or on the Iberian Peninsula before 1601; Boston, Brill, 2010, pp. 414 y 652, respectivamente.

3. «New Arguments in Favor of Mendoza’s Authorship of the Lazarillo de Tormes», Symposium, 24.1, pp. 67-80. Su tesis, basada en interpretaciones simbólicas que identifica a todos los personajes y sucesos en relación con la vida del embajador Hurtado de Mendoza, viene de 1961 (Hispanofilia, 12; Symposium, xxv).

4. A vueltas con el autor del Lazarillo. Con el inventario de bienes de don Diego Hurtado de Mendoza, Madrid, Calambur, 2010.

5. Ibídem, p. 37.

6. «Diego Hurtado de Mendoza está de moda», Clarín, 86, 2010, pp. 85-88.

7. «A vueltas con el autor del Lazarillo. Un par de vueltas más», Lemir, 15, 2011, pp. 217-234.

8. F. Carrasco: «Lazarillo: “[…] Hablando con reverencia de Vuestra Merced, porque está ella delante” y la autoría de Alfonso de Valdés», Ínsula, 683, 2003. V. Pérez Venzalá: «El Lazarillo sigue siendo anónimo. En respuesta a su atribución a alfonso de Valdés», Espéculo. Revista de estudios literarios, 27, 2004.

9. M. A. Ramírez López: «Fortunas y adversidades de la autoría del Lazarillo de Tormes y la postura de Rosa Navarro Durán», Signos Literarios, 4, 2006. P. Martín Baños: «Nuevos asedios críticos al Lazarillo de Tormes, II», Per Abbat, 4, 2007.

10. «Luis Vives fue el autor del Lazarillo de Tormes», Espéculo, 32, 2006.

11. Archivo storico italiano, tomo IX, Florencia, Vieusseux, 1846, pp. 28-29.

12. Lamentamos no coincidir con el precipitado y animoso espaldarazo que a las hipótesis de R. Navarro (A. Valdés es el autor, el «Argumento» está arrancado, importancia del secreto de confesión, erasmismo, etc.) dio Juan Goytisolo («Alfonso de Valdés, libre y claro», Babelia, 26-07-2003), que se dejó llevar acaso por el entusiasmo de un incierto descubrimiento antes que por su rigor metodológico.

13. «El Lazarillo no es anónimo, su autor es Diego Hurtado de Mendoza», v. «El Cultural.es», El mundo.es (05/03/2010).

14. «Sin que de mi nombre quede otra memoria (Diego Hurtado de Mendoza y el Lazarillo de Tormes)», Manuscrt.cao, 2010, pp. 1136-3703.

15. Las dos caras del Lazarillo. Texto y mensaje, Madrid, Castalia, 2000.

16. Calero, en «El prólogo del Lazarillo y la obra de Luis Vives» (Espéculo, 35, 2007) encontraba diecisiete concordancias entre dicho prólogo y las obras de Vives. Afirmaba en la conclusión, hiperbólicamente en nuestra opinión, que «Con toda lógica puede concluirse que es prácticamente imposible que dicho prólogo no haya salido de la pluma de Vives.» Nos parece que palabras como «noticia», «nonada», «grossero», «Fortuna», etc., son coincidencias insustanciales y que otras expresiones están extraídas de refilón (el pensamiento de Plinio o de Cicerón –lugares comunes–, la diversidad de los juicios de los hombres, comenzar la obra desde el principio, la inconsistente gloria del linaje, etc.). Excepto la presencia de «nonada», todos son ejemplos sin un valor argumentativo sólido para una conclusión tan tajante sobre la autoría del Lazarillo. Además, la temprana fecha de defunción del humanista tampoco ayuda mucho a la atribución. Finalmente, en «Los Coloquios de Palatino y Pinciano y la palinodia de José Luis de Madrigal» (Espéculo, 47, 2011), también atribuye a Vives los citados coloquios.

17. Editado en Madrid, Blázquez, 2004. Seguimos la teoría de la obra cit. en n. 10, «Luis Vives fue el autor…».

18. La presencia de un mendigo ciego con un destrón de nombre «Lazarillo», así como ciertas acciones y frases («pues que olistes el tocino / como que no olistes la esquina?») suscitan considerables dudas. Francisco Rico, en su «Introducción» a su edición del Lazarillo de Tormes (Madrid, rae, 2011, p. 124) afirma que «la mera comparación entre la prosa del Lazarillo y los correspondientes versos de la Representación bastaría para revelar dos ideales estilísticos inconfundibles: frente a la contenida recreación que del habla popular ofrece la novela, el texto dramático la caricaturiza acentuando los rasgos vulgares y arcaicos (…) cortedad de expresión, grosería, falta de imaginación narrativa». Ya había escrito (Madrid, Cátedra, 1990, p. 43) que «de ningún otro de los escritores propuestos para la autoría puede decirse con tanta seguridad como de Sebastián de Horozco que el estilo de toda su obra desmiente la hipótesis en términos perentorios.»

19. Madrigal expuso sus argumentaciones, sugerentes y sopesadas, en su artículo «Cervantes de Salazar, autor del Lazarillo», Artifara, 2, 2003.

20. De Alfredo Rodríguez López-Vázquez utilizamos tres estudios acerca del Lazarillo en el año 2010. Todos están editados en Internet: «Juan de Arce de Otálora y el Lazarillo de Tormes» (Artifara, 10, 2010); «El “tractado del escudero” en el Lazarillo de Tormes y la metodología de atribución de la obra. Nuevas aportaciones al stemma» (Lemir, 14, 2010, pp. 259-272); «Una refutación de las atribuciones de Lazarillo a Alfonso de Valdés, Hurtado de Mendoza y Arce de Otálora: La hipótesis de Juan de Pineda» (Lemir, 14, 2010, pp. 313-334). Nuestra impresión es que fiar una autoría sólo a una mayor presencia estadística de ciertas palabras o frases no decide una verdad absoluta. De ahí su cambio de propuesta autorial. Y ponderar unos resultados basándose en «una fórmula algebraica basada en logaritmos neperianos», como indica el autor, para desvelar una obra anónima es un procedimiento incompleto, insuficiente. Ambas interesantes y necesarias direcciones de estudio demuestran quien utiliza más un repertorio léxico, no quien escribió el Lazarillo. Pensamos que su valor es de aproximación, no de identificación. A. Rodríguez muestra que CORDE permite lucubraciones ya ineludibles para un crítico; pero en esta metodología hay, entre otros, un olvido de lo mínimamente literario, del sentido y emoción que vibra en cada autor, de la voluntad expresiva, la intencionalidad y el sentir personal que impregnan cada contexto lingüístico y situación comunicativa de la palabra escrita. Además, A. Rodríguez niega la autoría de A. de Valdés e ilustra las intertextulidades del Lazarillo con Alonso Venegas, J. de Pineda, etc.

21. Sobre este añadido textual, Jack Weiner [«Las interpolaciones en El Lazarillo de Tormes (Alcalá de Henares, 1554) con énfasis especial sobre las del ciego»] sugería en 1971 que las seis interpolaciones «encajan temática y literariamente con la obra en general» y consideraba necesarias las interpolaciones del ciego para desvelar su sutil relación con el ciego pagano Tiserias y su papel de profeta en la novela.

22. Dalai Brenes Carrillo, «Lazarillo, La Vlixea y Anón», BBMP, LXIII, 1987, p. 58.

23. «El otro dia vino un correo de Francia con prisa y se despachó luego otro que nos dio que pensar, fue sobreque el rey pedia licencia para que el dia de su coronación pudiese almorzar, el y el clerigo antes de comulgarse, porque el officio, sería largo. El papa dijo a la mitad por el rey solo», en Brenes (1987, p. 64).

24. «¿Quién es V. M. en Lazarillo de Tormes?», BBMP, LXVIII, 1992, p. 83.

25. «Lazarillo, La Vlixea y anón», BBMP, LXIII, 1987, p. 100.

26. «Informe que dio a Carlos V sobre los que componían el Consejo Real», en Colección de documentos inéditos para la Historia de España, Madrid, Imprenta Viuda de Calero, 1842.

27. Dalai Brenes en «¿Quién es V. M. En Lazarillo de Tormes?», BBMP, LXVIII, 1992, p. 78.

28. El italiano Mercurio Arborio de Gattinara fue canciller de Carlos V desde 1518 hasta su muerte en 1530. Juan de Enciso, contador y banquero de Carlos V. Martínez de Silíceo, preceptor de Felipe II desde 1534. También fue su ayo González de Mendoza, sustituido por Juan de Zúñiga.

29. Fred Abrams, «Hurtado de Mendoza’s Concealed Signatures in the Lazarillo de Tormes», Romance Notes 15, 2; 1973, pp. 341-345.

30. «Algunas reflexiones sobre el proceso de edición en el siglo XVI y la bibliografía textual», Edad de Oro, vol. XXVIII, 2009, pp. 59-73.

31. Joaquín Corencia Cruz, «Anotaciones a la quinta y sexta parte del Abecedario espiritual y Lazarillo de Tormes (Medina del Campo, 1554). De ediciones, portadas, colofones, pobres, Lázaros e hilanderas», Lemir, 16, 2012, pp. 329-348.

Capítulo 2

DE LAS «COSAS TENIDAS EN POCO DE ALGUNOS QUE DE OTROS NO LO SON». UN PRÓLOGO, CICERÓN Y UNA SOSPECHA

Una ironía es que hayamos estado leyendo el prólogo de manera ortodoxa, esto es, como un texto introductorio escrito en primera persona y dotado de los habituales componentes: presentación y justificación de la narración (variación del horaciano «Aut prodesse aut delectare est»); citas de autoridades (Plinio y Cicerón) apoyadas ya en argumentación probatoria, ya en modelos sociales (soldado/armas, predicador/letras, caballero) demostrativos de cita; tópico de la falsa modestia; invocación y dedicatoria de la obra a un superior jerárquico; defensa de la valía y ejemplaridad de una vida miserable, etc.

En realidad, parece que, en una obra en la que todo tiene una doble lectura y en la que el aspecto mordaz es sobresaliente, también deberíamos tomar el prólogo como un texto preambular de intencionalidad si no heterodoxa o ambigua, sí, al menos, turbia, con sombras enigmáticas contagiadas del distanciamiento irónico del autor. Y estas sombras desvelan no sólo un rasgo satírico de la personalidad del escritor sino una pista inicial para conocer a la entera persona verdadera, a él mismo, que está jugando a esconderse entre sus palabras.

En efecto, prescindiendo de prejuicios eruditos, daremos la autoridad al narrador y crédito a sus conjeturas. Así, vamos a subrayar con cursiva todas las frases del primer párrafo del prólogo que pudieran resultar ambiguas o dilógicas, que pudieran indicar que hay una invitación para desentrañar un mensaje críptico en la novela. La segunda mitad del párrafo resalta la importancia que al reconocimiento intelectual otorga el escritor.

Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas vengan a noticia de muchos1 y no se entierren en la sepultura del olvido, pues Podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite. Y a este propósito dice Plinio que «no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena»; mayormente que los gustos no son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello, y así vemos cosas tenidas en poco de algunos que de otros no lo son. Y esto para que ninguna cosa se debría romper ni echar a mal, si muy detestable no fuese, sino que a todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo sacar de ella algún fruto. Porque, si así no fuese, muy pocos escribirían para uno solo, pues no se hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados, no con dineros, mas con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: «La honra cría las artes».2

Sin mucho esfuerzo podría entenderse que el autor del prólogo avisa de que en su texto hay «cosas señaladas (...) nunca oídas ni vistas», y que es bueno que lleguen a ser conocidas por muchos y no se entierren en el olvido, «pues podría ser que alguno que las lea halle algo» siempre que ahonde mucho. Así, «vemos cosas tenidas en poco de algunos que de otros no lo son».

En la segunda parte del párrafo, y con intencionalidad diferente, advierte que no se escribe para uno, «pues no se hace sin trabajo», y que los escritores «quieren (...) ser recompensados (...) con que vean y lean sus obras y, si hay de qué, se las alaben. Y a este propósito dice Tulio: “La honra cría las artes”».

Profundizando en el texto, penetrando en las entrañas de sus palabras y de «cosas tan señaladas», podemos, por tanto, hallar «algo». Y, sin duda, pensamos que al escritor le gustaría ser reconocido literaria y socialmente por su trabajo como narrador.

¿Por qué iba a ocultarse del todo y para siempre el autor si cree necesario el público reconocimiento intelectual como aspiración última? ¿Para qué se hace un elogio de la honra literaria si no va a firmar su obra? ¿Por qué distingue entre una lectura superficial y otra para los que ahondaren? ¿Además de la doble lectura que proponga la ironía, no sería lógico pensar que puede existir una clave identificadora, un anagrama, una interpretación disconforme con la presunta anonimia?

En realidad, la doble intencionalidad, el equívoco,3 la dilogía, la ironía sobre el propio escrito, es un recurso muy utilizado desde siempre. Un ejemplo guasón del valor polisémico de las palabras, lo tenemos en el autor de clerecía más singular del siglo XIV, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. En uno de los textos prologales del Libro de buen amor, el conocido como «La disputa que los griegos y romanos tuvieron entre sí», socavaba la interpretación de su miscelánea obra burlándose, mediante el bellaco de Roma, del lenguaje de signos, de las palabras, y añadía:

Por esto dize la pastraña de la vieja fardida:

«non ha mala palabra, si no es a mal tenida»;

verás que bien es dicha, si bien es entendida:

entiende bien mi libro e avrás dueña garrida,

la burla que oyeres no la tengas en vil,

la manera del libro entiéndela sotil

saber el mal, dezir bien, encobierto, doñeguil

tú non fallarás uno de trobadores mil.

(Estrofas 64 y 65)

El aviso de la doble interpretación de sus palabras iba salpicando versos sucesivos: «En general a todos fabla la escriptura (…) escoja lo mijor el de buena ventura» (estr. 67). Juan Ruiz avisaba de las «razones encubiertas», nos estimulaba a buscar las señales verdaderas: «trabaja do fallares las sus señales ciertas» (estr. 68), y así concluía la citada disputa:

De todos los estrumentes yo, libro, so pariente,

bien o mal, qual puntares, tal diré ciertamente,

quál tú dezir quesieres, y faz punto, y tente,

si puntarme sopieres, siempre me abrás en miente.

(Estrofa 70)4

Otro autor canónico, el judío converso Fernando de Rojas, temeroso de las críticas inquisidoras sobre La Celestina y sobre sí mismo, pudiera verse obligado a publicarla inicialmente anónima –si fuere quien la escribiere– en 1499 (Burgos) para que, un año después en Toledo, unos versos acrósticos, presuntamente suyos, identificaran al creador;5 acronimia que, con distinta intencionalidad, ya utilizara Alfonso X en Las Siete Partidas o Juan del Encina para referir a sus amadas (Bárbola, Ysabel, Leonor), tal y como nos refiere Hurtado de Mendoza:6 «supo meter el nombre de su amiga en las primeras letras de sus coplas, y declaró todas las letras del a, b, c, al propósito de sus amores».

Seguimos a Juan Ruiz, ¿Rojas? y Encina en este doble planteamiento de ambigüedad interpretativa de un lado, y clave diseminada, por otro. Nuestra intención es sacar, mediante esta prudente estrategia compositiva de precavidos autores, algún «fruto» para que nuestro escritor vea reconocida «la honra» de su arte.

Él conoce perfectamente la tradición literaria. Desde el primer párrafo hay referencias cultas a Horacio, Plinio y Cicerón. Recurre a la paráfrasis de elementos folclóricos: orfandad, golpe en la cabeza con la piedra, robo de vino, hurto de carne, ciego resabiado, casa lóbrega, buldero embaucador, etc. Y presiente los problemas que pueden acarrearle los poderosos y la Inquisición con una novelita en la que desnuda a impíos pastores de la Iglesia, en la que vierte su finísima ironía contra la capital y el emperador, en la que ridiculiza a personalidades destacadas. Así es que acude al doble sentido de sus palabras, no sólo como humorístico uso elocutivo sino como salvaguarda de su verdadera personalidad e intencionalidad al escribir el prólogo (cual caballo de Troya), pues sabe que, con sopesada habilidad y astucia, puede engañar a censores y lectores.

Juega a la anonimia inicial para declarar su nombre donde no se le espera, más adelante, con una clave bien sencilla «después de todo, / después de tanto todo», como decían los versos del último poema de José Hierro en Cuaderno de Nueva York.

En su propia simpleza ha radicado el éxito de su ardid.

1. El pronombre indefinido tiene dos fuentes sustantivas. Una se refiere a los posibles lectores u oidores contemporáneos en lectura pública. Y, como sabe que bajo apariencia de carta fingida, de carta mensajera, la suya excede los límites razonables y se convierte en extenso texto narrativo, en novela, «muchos» se proyecta simultáneamente hacia los lectores futuros, hacia la posteridad. Comentan B. M. Damiani y G. Allegra en su edición crítica del Retrato de la loçana andaluza (Madrid, Porrúa, 1975, p. 8) que en «tal retrato entran, como insiste el autor, solamente aquellos elementos oídos y vistos por él: “… solamente diré lo que oí y vi”» (p. 70). Frente a esta prueba de veracidad de la «Dedicatoria», sospechosamente en el Lazarillo son también cosas «por ventura nunca oídas ni vistas.» En efecto, La loçana (Venecia, 1528), uno de los modelos para el Lazarillo, no sólo comienza con la «Dedicatoria» a un «Ilustre señor» al que se refiere como «vuestra señoría», sino que de varias frases de ella tendrá su paralelo y eco en el prólogo: «he dirigido este retrato a vuestra señoría (…) para publicar el retrato de la señora Loçana. Y mire vuestra señoría que solamente diré lo que oý y ví (…) alguno se maravillare que me puse a escribir semejante materia (…) y asimismo es pasado el tienpo que estimavan los que trabajavan en cosas meritorias (…) y tanbién por traer a la memoria munchas cosas que en nuestros tiempos passan, que no son laude a los presentes (…) Y pues todo retrato tiene neçesidad de barniz, suplico a vuestra señoría se lo mande dar, favoresciendo mi voluntad, encomendando a los discretos letores el plazer y gasajo que de leer a la señora Loçana les podrá suceder.»

2. Para las citas del Lazarillo seguimos la edición de Francisco Rico, Madrid, RAE, 2011, pp. 3-4.

3. Sadi Lakhdari («El equívoco en el Lazarillo de Tormes», en Actas XIII Congreso AIH, Tomo I, 199, pp. 360-365, Centro Virtual Cervantes) aprecia pocos ejemplos en el Lazarillo y piensa que el doble sentido está dirigido a las alusiones eróticas de ciertos términos («al pie de una carga», «bodigos», «pan», «da», etc.). Lamentamos no compartir esta idea, el doble sentido es muy frecuente y no creemos que necesariamente esté relacionado con elementos sexuales. Tenía la opción de parafrasear a La Lozana andaluza, pero el tono erótico no es el de Lázaro. En su relato, Lázaro disfruta de la imprecisión que le permite el equívoco, y el lector, con las sospechas del doble sentido que produce su bivalencia semántica.

4. Ambas citas son de la edición de Joaquín Rafel y Lidia Pons: Arcipreste de Hita, Libro de buen amor, Barcelona, Bruguera, 1978, pp. 90 y 91.

5. Sobre el autor, editor y transmisión textual véase la «Introducción» de José Luis Canet a su edición crítica de la Comedia de Calisto y Melibea, Valencia, Universidad de Valencia, 2011, pp. 9-165.

6. Respuesta del capitán Salazar (Sales españolas o Agudezas del ingenio nacional, Madrid, Tello, 1890, pp. 84-99).

Capítulo 3

ASPECTOS ANÓMALOS DEL TRATADO TERCERO:

«SEÑALÁNDOSE TODO LO QUE PODRÍA CONTRA MÍ»

Los siete tratados (posible división ajena) presentan una discontinuidad o inestabilidad en cuanto a su extensión media, pues, como veremos, existe una desproporción que otorga más importancia a los capítulos iniciales (o amos) en detrimento de los postreros.

Redondeando a cifras de una décima, este sería un aproximado reparto porcentual de las palabras utilizadas en cada secuencia textual:


Prólogo 2,5
Tratado I 24,3
Tratado II 21,9
Tratado III 34,4
+ 83,1%
Tratado IV 0,5
Tratado V 10,6
Tratado VI 1
+ 12,1%
Tratado VII 4,7%

A primera vista sorprende el desequilibrio que se produce entre los primeros tres tratados (o amos) y los últimos.1 El prólogo y los tres primeros tratados suman un 83% –si le añadiéramos el tratado VII o final narrativo llegarían hasta el 87,8%–, un cifra sintomática de la importancia que para el autor tuvieron estos primeros apartados y su contenido. Efectivamente, los tratados cuarto y sexto parecen de mera transición o relleno,2 y el quinto, con la urgencia de un nuevo aporte argumental que estabilizase y diese cuerpo a la progresión temática de la novela, tan sólo copa poco más del 10%. Parece, por tanto, que, amén del tratado final de cierre argumental de todo el relato, absolutamente necesario para alcanzar su coherencia textual y para aflorar los paralelismos vitales del protagonista, hay un mayor trabajo creativo y un mayor interés intelectual por la primera parte, hay una mayor implicación creadora explicitada en una superior complicación de la trama. Además, a tenor de las peripecias narradas y de la mayor extensión de las tres primeras servidumbres del rapaz, se refuerza la importancia de estas en el relato de la vida y formación de la personalidad de Lázaro.

Decididamente el autor ha primado los tres primeros tratados (amos), y especialmente el tercero, que acoge un 34,4% del contenido textual. En este «Tratado III», el coprotagonista es un personaje de la parte más baja de la escala social de la nobleza, un escudero.3 Al realizar el recuento de amos de Lázaro, tradicionalmente la crítica se ha fijado en el elevado número de eclesiásticos (clérigo de Maqueda, fraile de la Merced, buldero, capellán, arcipreste de San Salvador), representantes del estamento religioso frente a tres sólo del pueblo (ciego, maestro de pintar panderos, alguacil) y uno de la nobleza: el escudero. La descripción y actuación de los personajes extraídos del bajo clero y supuestamente inmersos en una crítica erasmista o anticlerical del autor ha centrado la atención en ellos y la ha desviado del escudero.

No pensamos, como ya demostró M. Bataillon, que sea una obra erasmista. No hay una sola crítica a los aspectos exteriores de la religiosidad cristiana (procesiones, prácticas supersticiosas, ayunos, culto a las imágenes, santos o reliquias, etc.) ni defensa de una verdadera religiosidad interior. No hay un solo personaje que se sienta cristiano o medite sobre la fe o el dogma, ni uno que hable de aspectos religiosos. Y esa ideología o moralina podía estar presente en la secuencia de las oraciones del ciego, en los mortuorios del clérigo de Maqueda, en la gesticulación teatral del buldero en la iglesia, etc. Sin embargo, sí hay numerosos personajes religiosos fraudulentos; pero que viven su propia vida, no su condición o reflexión religiosa. De manera que la crítica religiosa no es nunca honda ni militante, no es el centro de la novela, es algo que estaba en el corrupto ambiente del clero de la época, sobre el que no se profundiza, moraliza o dogmatiza. En consecuencia, el autor no da la impresión de que esté asociando a su texto una ideología erasmista, parece mucho más ocupado en el relato en sí, en narrar con habilidad un argumento al que todos los elementos se vinculen coherentemente: construcción de los personajes, acciones perfectamente trabadas, interés creciente de la trama, paralelismos temáticos, resolución rápida tras una gradación climática, etc. El narrador está más preocupado por escribir bien cada secuencia de su extraordinariamente conjuntada novela, que en transmitir una ideología religiosa. Aunque pudiera interpretarse un remoto eco de supuesta ideología erasmista, esta no está explícita y no tiene referencias rotundas para el lector, pues su autor estaba interesado en la redacción de una novela genial. No obstante, está claro que el texto sí poseía notas anticlericales para la mirada ortodoxa, y que era mejorable si era expurgado. Así, el tratado del «visitador» fraile de la Merced y singularmente la crítica implícita del tratado quinto, con un clérigo estafador y un alguacil corrupto, no podían agradar a un censor como López de Velasco sencillamente porque sabía que las bulas (privilegios a cambio de dinero) eran un recurso de financiación eclesiástica que la Iglesia y la hacienda pública no iban a dejar de regular, pese al pésimo ejemplo del desalmado buldero.

Así se expresaba una Real provisión del 19 de noviembre de 1553, fecha en la que ya circularía la primera edición del Lazarillo:

...todas y cualesquier justicias destos reynos e señoríos tomen é no consientan usar de cualesquier bulas, breves, gracias (...) que por su santidad se hayan concedido ó concedieren para impedir que no se cumplan é guarden y egecuten las sesiones del concilio Tridentino, por el R. señor arzobispo de Toledo en su arzobispado, é las envien al consejo real, para que en el se vean, &c.4

Y, en estas circunstancias, resultaba demasiado perceptible y cercano al estamento popular el escandaloso comportamiento asocial y antirreligioso de un representante eclesiástico compinchado con otro corrupto de la autoridad civil. Un hecho menos destacado que la artimaña de estos dos personajes –un buldero embaucador secuaz de un corchete farsante–; pero mucho más grave y censurable es el del clérigo de Maqueda por su deshonestidad y falta de caridad. Sin embargo, este era un capítulo menos desvergonzado o indecoroso, por lo habitual al lector, y no entrará en el castigo que López de Velasco aplica a la novela, salvo la frase sobre la avaricia agregada al clero.

Retomamos de nuevo el interés del personaje del escudero, y pretendemos realzar su rol actancial y su tratado. Es sabido que no sólo es el único amo que abandona a Lázaro sino que también es alimentado por su criado. Pero, además, es el único que traza, como Lázaro, una trayectoria desde sus orígenes hasta su actualidad vital. Y, es más, resulta significativo que este personaje de poca monta y con delirios de grandeza que nació en la Costanilla y vive cerca de las Cuatro Calles, barrios de asentamientos judíos de Valladolid y Toledo respectivamente, acapare tanto material narrativo cuando Lázaro sólo está a su servicio apenas un mes.

¿Por qué lo ha escogido? ¿Por qué le dedica tantas páginas? Sospechamos que hay cierta identificación velada y que el escudero nos proporciona claves interpretativas de la novela. Creemos que es hora de orientar el foco no hacia los eclesiásticos, que mantenían las costumbres licenciosas y sin caridad de la Edad Media y que, por otro lado, no parecen llegar a los excesos de La lozana andaluza, y sí emplazarlo hacia este escudero holgazán y pretencioso que no tiene donde caerse muerto, con un concepto anquilosado y ridículo de la honra; pero que, paradójicamente, sería capaz de trabajar con deshonra. Y que le referirá a Lázaro el hexálogo5 del perfecto asistente cortesano, del «privado» ideal de «un señor de título».

Veamos cómo se ensalzan como bienes preciados «en palacio» todo aquello que no es precisamente virtuoso u honorable, pero que el escudero entiende como unas destrezas que él posee, como una «habilidad para servir y contentarlos». Estas son sus supuestas cualidades:6

1. La mentira y la lisonja: «yo sabría mentille tan bien como otro y agradalle a las mil maravillas».

2. La adulación y la hipocresía: «reílle ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo».

3. El silencio taimado y el disimulo: «nunca decille cosa con que le pesase, aun que mucho le cumpliese».

4. La dejación del deber y la falta de lealtad: «no me matar por no hacer bien las cosas que él no había de ver».

5. La simulación y fingimiento: «y ponerme a reñir donde él lo oyese con la gente de servicio, porque pareciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba. Si riñese con alguno su criado, dar unos puntillos7 agudos para le encender la ira, y que pareciesen en favor del culpado».

6. La burla sarcástica, la delación, el chismorreo: «ser malicioso mofador, malsinar a los de casa, y a los de fuera, pesquisar y procurar de saber vidas ajenas, para contárselas».

Y añade también: «y otras muchas galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio y a los señores de él parecen bien»; y continúa con la crítica a los grandes señores porque «no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios y que no son personas de negocios ni con quien el señor se puede descuidar».

Destacamos que estas pautas de conducta social y política, faltas de toda ética y moral, son atribuidas directa e inequívocamente a la nobleza cortesana y se practican en las inmediaciones del emperador –«se usan en palacio»– y que son aceptadas y características del «señor de título», y que a los señores del palacio «parecen bien».

Prueba de la importancia y trascendencia de este perverso código de conducta8 del escudero la tenemos en que se reutilizará explícitamente en la Segunda parte de la vida del Lazarillo de Tormes de 1555. En su capítulo XIV el rey decide casar a Lázaro con Luna y se lo comunica a Licio que prefería eximirse del asunto, «mas por complacer al Rey no osó hacer otra cosa».9 Lázaro aceptará el casamiento porque se lo impone su rey, «no descuidándome de su servicio, pensando siempre como le daría placer y provecho (...) guardándome mucho de decirle cosa que le diese pena y enojo, teniendo siempre ante mis ojos lo poco que privan ni valen con señores los que dicen las verdades».

Más adelante, Lázaro incluso reconocerá explícitamente el estímulo de su anterior amo toledano:

...inspirándome en mi pobre escudero de Toledo, o por mejor decir de sus sagaces dichos, cuando se me quejaba no hallar un señor de título con quien estar, y que si lo hallara le supiera granjear, y decía allí él cómo del mal yo usé, y fue para mí muy provechoso, especialmente un capítulo de ella que fue muy avisado en no decir al rey cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese andar a su favor, tratar bien y mostrar favor a los que él tenía buena voluntad, aunque no lo mereciesen, y por el contrario, a los que no la tenía buenas, tratándolos mal, y decir de ellos males aunque en ellos no cupiesen.

Y Hurtado de Mendoza, en el segundo cuarteto de su soneto XXVIII («Del Saladino»), critica a los cortesanos aduladores del rey ya haga bien o mal sus gestiones:

Lenguas le rodeaban lisonjeras,

compaña que á los reyes de contino

sola sigue en las burlas y en las veras,

loándoles el bueno y mal camino.

Estas líneas ideológicas y temáticas son muy habituales en Hurtado. A comienzos de 1541, iniciada la aciaga campaña de Argel, escribió la Epístola VII, A don Luis de Ávila. Allí se reunían y adelantaban buena parte de sus críticas a Carlos V, así como sus quejas por las ingratitudes, cautelas y servidumbres de su trabajo, la acción hostil de secretarios y cortesanos reales, etc.

¡Oh embajadores, finos majaderos,

que si los reyes quieren engañar,

comienzan por nosotros los primeros!

Nuestro mayor negocio es no dañar

y jamás hacer cosa ni decilla

que no corramos riesgo de ensañar.

Si hacéis algún bien por maravilla,

la persona que está cerca del rey

os ensilla el negocio o desensilla;

escrita con el dedo os da la ley;

él la entiende a su modo o la deshace

llevándoos por el cuerno como a buey. (vv. 10-21)

(…)

¡Oh putos de nosotros, que vivimos

los años siete y siete arrepentidos

y nos hacen merced cuando salimos! (vv. 37-39)

(…)

Contaré con verdad las maravillas,

los escollos, tormentas y nublados

que pasamos sentados en las sillas.

La primera fortuna que los hados

nos ordenan, al dar de la instrucción,

es que seamos indios de privados. (vv. 49-54)

(…)

En negocios privados gran pereza

y en los propios mayor solicitud,

juntando con el arte la destreza.

Magníficas palabras de virtud,

profesión de decir siempre lo cierto

y a nuestro modo templar el laúd.10 (vv. 64-69)

Junto a la sarcástica presentación de aquel hexálogo de virtudes nobiliarias y palatinas, parece como si el autor estuviera hablando de algo que conoce bien, de sí mismo, de sus desventuras palaciegas por ser, al contrario que el escudero, un hombre franco y virtuoso, un noble que ha sido menospreciado o desfavorecido en palacio. Aunque, como él, es un hombre sin trabajo, que aspira a que un gran señor le llame de la Corte, que vive de las apariencias, como un noble rebajado y desamparado, hueco y presuntuoso.

En este momento, cabe cuestionarse qué conocimientos podría tener fray Juan de Ortega del trato de los príncipes a sus privados o sobre cómo eran de largos los plazos de las pagas en palacio. La contestación es que disfrutaría de muy pocos elementos de juicio frente a la experiencia profesional que padeció Hurtado.

Ángel González Palencia y Eugenio Mele dedicaron a Diego Hurtado de Mendoza tres volúmenes, fruto de su extraordinario trabajo investigador y documental. Reproducimos dos párrafos del primero de ellos en el que las quejas del embajador Hurtado en carta del 2 de noviembre de 1541 evocan algunas de las que hemos visto verbalizadas por el escudero:

Insistía cerca de Cobos en las mismas peticiones que hiciera al Emperador. Se creía merecedor de premio: Yo he servido y soy para servir, y de todos los que lo han hecho se ha tenido cuenta. Tengo edad para poder rrecybir merçed y aun para que el Emperador me honrre como a criado; mas no querría sino tener con qué poder seruir sin miseria, y esto porque la gente no me mire como a persona en quien ay falta, pues auiendo seruido se me pareçe en la capa tan poco, aunque para no auerlo echo se me a hecho más merçed que merezco. Suplico a V. S., pues ay ocasión, se acuerde de hazerme merçed de manera que pueda esperar sirviendo (…) contenteme, porque no ay quien conozca mejor los méritos de los que seruimos que los príncipes; mas no se contentó tanto Vª Sª que no le pessase que se me uiesse hecho tan poca merçed, y ansí me lo escriuió. Si se me pareció la ausentia de V. S. en la capa, aora en presentia se puede rremediar lo que hizieron harto rruinmente los pollinos y los que no lo son.

Y todavía le queda que lamentarse del retraso de sus pagas (I, p. 149).

Obsérvese que en el texto que resaltamos en cursiva hay obvias coincidencias con el parlamento del escudero: «Ya cuando asienta un hombre con un señor de título, todavía pasa su lacería. Pues, ¿por ventura no hay en mí habilidad para servir y contentar a estos?»

Asimismo hay un posible eco del pago con «raída capa» vs «se me parece en la capa tampoco» y de la queja de servir a caballeros con los que «las más de las veces son los pagamentos a largos plazos» vs «del retraso de sus pagas» («que a nueue meses que no me quiere pagar los mill y ochoçientos ducados que me dio S. M.»). Además, añade en el margen de la carta: «Tomás de Forné me entretiene la paga, y yo no puedo dexar de ir a cobrar a Milán, porque no tengo crédito ni qué comer si ansí va».11 Y el 6 de marzo de 1542, cuatro meses después, continúa quejándose de la paga: «Tomás ni el Marqués no me pagan el dinero y ayuda de costa.» De ahí que en mayo vuelva a pedir a Cobos que escriba a Tomás de Forné porque «a nueue meses que no me quiere pagar los mill y ochoçientos ducados que me dio S. M.», y que persevere en la misma súplica a 9 de julio de 1542: «y mande también que yo sea pagado bien, porque Thomás lo hace muy mal».12 No obstante, la frase más cercana a «los pagamentos a largos plazos» proviene del modus operandi del mismo emperador, que, en agosto de 1543 en Brescia y tras reconocer a Hurtado unos gastos de 5.000 escudos, decide darle 2000, para pagarle el resto «luego, si ser pudiere o a lo más largo a los pagamentos de la feria de octubre deste presente año».13

El escudero tampoco gustaba de canónigos y señores de la iglesia por ser «gente tan limitada» que recuerda la broma de Hurtado a Cobos: «pues no me entreguen con Cardenal italiano, que nunca paga.» Aunque constantemente pida un cargo con renta ya sea en Astorga, Jaén, Santiago o Cuenca («se aquerde de hazerme hazer merced en Santiago y en Quenca», «hazerme merced», etc.) para poder vivir sin necesidad: «espero que S. M. se querrá acordar de mí en Quenca, a lo menos ponerme en términos que pueda servir sin hambrear y pedir y importunar».14

En el «Apéndice CXVIII. Cartas entre don Diego y Granvela, 1548-1551», que González Palencia y Mele publican en su tercer volumen, Hurtado se expresa con un sentir y una elocución muy cercana, otra vez más, al escudero. Veamos algunos ejemplos en los que don Diego se lamenta a Granvela –«yo no me puedo sostener aquí por mi pobreza», «i tan muerto de hambre»– y habla del emperador como su amo que podrá ordenarle lo que quisiere:

…disponga de mí como fuere servido, y no tenga quenta con esperar ocasión de mejorarme o hacerme merced, como lo suele hacer con otros criados suyos, porque yo no la tengo con seruille de qualquier cosa que me mandare.

Don Diego solicitaba la mediación del obispo de Arras expresándole su servidumbre incondicional a Carlos V:

V. S. me hará merced de mandarme scriuir libremente lo que siento desto, y si por alguna via puede comunicallo al Emperador, y auisarme como lo entiende S. M., le suplico que lo haga, que en estos casos ha de tomar el hombre el parecer de su amo como el de su padre.15

Las dos citas son de una carta escrita el 9 de noviembre de 1551 desde Roma. El día 21 y desde Siena continuaba Hurtado ofreciéndose a Granvela y al emperador: «pues se sirva de mi y salga con su buena gracia; creo que sería mejor (…) si le contenta o no, y en este caso no dexe el Emperador de satisfazelle.»

Y desde Siena el 23 de noviembre, y también con la misma intención y similares términos que el narrador del Lazarillo, don Diego exponía: «porque yo sé que le puedo servir también como otro, y que en la ocasión en que estamos tiene necesidad de criados informados.» Recuérdese el calco novelesco: «Pues ¿por ventura no hay en mí habilidad para servir y contentar (…) porque yo sabría mentille tan bien como otro y agradalle…»

Finalmente, en una «Hoja suelta», que González y Mele suponen intercalada en la anterior carta del día 21 de noviembre, Hurtado justifica su situación.

…porque deuo mucho y tengo poco, y he miedo que me acontezca alguna afrenta a acusa de no me poder sostener con tanta costa; y que porque S. M. no le parezca que esto es pedir o torcedor, sepa que es verdad, y infórmese y no me haga más merced de quedar satisfecho de mi servicio, y también las çancadillas son muchas para no se amohinar la persona (III, p. 480).

Don Diego manifestaba el miedo que sentía por su situación en Siena («este castillo me ha hecho mal quisto en la tierra», v. III, p. 479), mientras perseguía que Carlos V quedara satisfecho de su servicio; pero le advertía que las «çancadillas son muchas» para que una persona no se irritase. Y cuando lo haga, echará mano de todos los recursos que tenga a su alcance con un propósito doble: burlarse irónicamente de su cicatero monarca y dar a la imprenta una novela que considera culminación de sus anteriores intentos narrativos.

Meses antes del desastre de Siena y en carta de enero de 1552 al secretario Vargas presagiaba Hurtado su fortuna:

…teniendo por cierto que servicio de veinte años, o se ha de pagar con remuneración, o se ha de condenar con desabrimiento (…) descargar al Emperador la ingratitud de haberle servido veinte años como todo el mundo sabe, y auerme pagado con quatro mil ducados que me tornan en dos, y esos se me van en medios frutos, que si hubiera servido a un cardenal, tuviera mexor que comer.16

Desde esta suposición que comenzamos a afianzar, es más obvio el sarcasmo con que Lázaro fechará su carta «en esta insigne ciudad de Toledo»,17 capital de la Corte con ciudadanos poco distinguidos, nada «insignes», y que, pocas líneas antes, ya había sido menospreciada malintencionadamente al defender a su cónyuge: «tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo».

Ya en la «Introducción» apuntábamos que el Liber facetiarum de Pinedo la presentaba como ciudad pretenciosa y hueca: «Sopló el odrero y levantóse Toledo» (Mss. 6.960-100).

{y.y.v.m.} = {y.y.h.m.} / {mi amo: d.v.m.} = {mi amo: d.h.m.}

Antes de lanzar al vuelo nuestra hipótesis de que hay una firma encubierta entre las palabras de la novela, hay que ser sensatos y conscientes de las limitaciones del intento. En efecto, pretender que un escrito anónimo certifique, con la contundencia de un documento oficial o de un acta notarial, quien es el autor, con obviedad, de dicho anónimo, además de una incongruencia es una ingenuidad. Y conocer por las buenas, con facilidad, a través de la propia novela, quien es el autor del Lazarillo es una quimera, una fabulosa idea que devora páginas y deseos, ya que no hay documento irrefutable ni firma absolutamente clara. Henos aquí.

No obstante, y como todo el mundo sabe, el autor de la novela no optó por la anonimia de su obra por placer, juego o desinterés, sino por temor, por «mucho miedo». Deseaba evitar las secuelas peligrosas de su publicación. Así pues, determinó que la edición fuese anónima, de manera que no hubiera una firma clara o acróstico demasiado evidente que remitiera a su probable nombre. El novelista deseaba pasar desapercibido porque, desde la experiencia de su cargo, sabía bien cómo se las gastaban los responsables del poder imperial e inquisitorial, ya que había tenido problemas y enfrentamientos con la autoridad de Carlos V y la Iglesia. Por tanto, resolvió no incorporar su nombre al texto, decidió no menear la cuestión de la propiedad intelectual de su escrito, no remover supuestos asuntos o tensiones recientes. Sin embargo, conocedor y orgulloso de su valía, fue incapaz de no firmarlo secretamente, no resistió a la tentación de la fama, del laurel literario póstumo.

Estaba seguro de la pasmosa calidad de su obra. Conocía todos los lentos pasos que había ido dando en el terreno de la literatura hasta concluir una novedosa obra maestra, y no estaba dispuesto a que la posteridad no le reconociera sus méritos.

Sabía del gran trecho que él había avanzado en el género narrativo desde una novela tosca como La lozana andaluza. Veía lo que había acometido y conseguido Garcilaso en el campo de la lírica. Y estaba receloso de la distancia que separaba a los narradores españoles de los escritores italianos coetáneos: Berni, Ariosto, Aretino, etc. Así pues, aunque se priva del aplauso público de sus contemporáneos, dejará señales encubiertas, «cosas tan señaladas», para que algún lector le reconozca, encuentre esa firma encelada y silenciosa, y le aplaudamos finalmente sus avances y metas; para que esas marcas escondidas, esas «cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido».

En definitiva, el novelista apostó discretamente tiempo a su favor, mientras que, con relativa y calculada prudencia, decidía asomarse entre turbias grafías –«señalándose todo lo que podría contra mí»–. Arriesgó con mucha cautela una clave que le permitiera seguir en la clandestinidad, caminando entre el sigilo y la prevención porque «el deseo de alabanza» había vencido a la sensatez. Disimulará risas y degustará, en secreto, el placer del éxito literario. Conquistará con cada lector un nuevo adepto a su novela y a su genio creador. Saboreará con íntimo orgullo el reconocimiento popular, pensando como Cicerón que, en efecto, «La honra cría las artes».

Por nuestra parte, reanduvimos el camino crítico de los que nos precedieron y enseñaron. Con tropezones y desalientos, intentamos localizar, como ellos, las letras iniciales de los diversos autores que han sido propuestos como presuntos autores del Lazarillo, la clave de su autoría y, sobre todo, de la interpretación de la novela. Y, como tantos otros, no encontramos apenas nada que por su significación o reiteración en el primer tercio de la novela fuera medianamente concluyente. Con la esperanza de que hubiera una firma escondida entre líneas, optamos por la posibilidad de que se explicitara mediante otro tipo de signos, como, por ejemplo y «por evitar prolijidad», los resultados de combinaciones matemáticas o los de la escala musical atendiendo a los usos renacentistas del momento. Tampoco tuvimos éxito alguno. Así que seguimos buscando alguna pista cotejando indicios del primer y segundo tercio de la novela.

Finalmente, pensamos que no habría que buscar algo demasiado complicado o invisible si el autor pretendía ser descubierto para alcanzar la honra literaria. Y decidimos que el encriptamiento podría ser menos profesional y más literario.

En este momento, especulamos con que el protagonista podría ser la clave, la llave de la novela. ¿Por qué no? Algo tan imperceptible por ser tan obvio. Algo que es lo primero que vemos y sobre lo que no reflexionamos. Lázaro podría ser la clave. Y así, observamos que en dos momentos, y en sólo dos momentos, Lázaro tiene una, una llave: con el clérigo de Maqueda y con el escudero. Con la primera abre el arcaz y accede a su «paraíso panal» y con la segunda descubre la miseria de su tercer amo y sale a pordiosear. Con la primera tiene miedo («Yo hube miedo») de que le descubra el clérigo, que le abrirá la cabeza; y con la segunda teme («yo hube mucho miedo») que el alguacil le detenga y lleve preso.

De manera que nos pusimos a trabajar sobre esta nueva hipótesis, sobre estas dos llaves-claves, de la novela. Y, desde esta nueva y simple perspectiva, sí hay señales más claras.

Escrutando ambas sentencias narrativas, nos percatamos de que había unas llamativas coincidencias que apuntaban a Hurtado de Mendoza y descartaban a Juan de Ortega, los Valdés, Luis Vives, Sebastián de Horozco, etc. No obstante, los resultados obtenidos son más perceptibles, afortunadamente, desde la mirada y lectura de un lector del siglo xxi que desde las que tenía otro del siglo xvi.

En efecto, en el Lazarillo de 1554, no encontramos, por ejemplo, las palabras «había» y «hube», sino «auia» y «vue». Esta representación gráfica de la palabra «hube», sin la «h-» normativa ante «-v-» cuando es vocal (una falta ortográfica), es la que debemos considerar, pues, aunque podría atribuirse a cuadrar la línea, no parece que sea tal caso en la espaciosa edición de Medina del Campo, que está considerada, desde los trabajos de Jaime Moll,18 como la más antigua y cercana a la princeps.

Su relativamente inusual ortografía en toda la novela es la que orientó nuestra exploración textual sospechando que, quizás, el pícaro de Hurtado habría sustraído la «h-» de la escritura; no sólo porque estaba familiarizado con «haber» sin «h-» por influjo italiano, sino porque vería la oportunidad de adoptar dicha ortografía como medida preventiva que pasaría desapercibida y que garantizaba su propia seguridad. Debido a esta intención, el autor se vería obligado a proceder directamente sobre el impresor, para que respetara su propuesta de ortografía y puntuación. De ahí que unas mínimas oscilaciones ortográficas sean tan importantes en la novela.

¿Quién con flaca voz a mi apellido, / en tanta soledad está invocando? H. M.

De todas estas apreciaciones nace nuestra modesta hipótesis de partida para desvelar el nombre oculto del autor del Lazarillo de Tormes. Y en esta línea de interpretación, llamamos principalmente la atención sobre el único momento en que a Lázaro le preguntan quién es su amo, quién es su dueño, de quién es él. Y nos fijamos en cómo Lázaro medita cuando desaparece su amo con la excusa del cambio de la moneda. El alguacil le sujeta por el cuello y le exige que lo identifique, que descubra a su amo:

–Muchacho, tú eres preso, si no descubres los bienes de este tu amo.19

Yo, como en otra tal no me hubiese visto, porque asido del collar sí había sido muchas veces, mas era mansamente de él trabado para que mostrase el camino al que no veía. Yo hube mucho miedo20 y, llorando, prometí le de decir lo que me preguntaban.

Mediante la cursiva sugerimos que ya lo ha dicho, ya ha mostrado el camino al que no veía, ya ha dicho lo que le preguntaban: ha descubierto el nombre de este su amo, e indica la razón de su anonimato: «yo hube mucho miedo». La causa de su ocultación es su miedo, su «mucho miedo», que se debe a las consecuencias políticas, personales y jurídicas que le acarrearía firmar su obra, pues Hurtado había caído en desgracia en julio de 1552, había sido apartado de la representación imperial, de todos los órganos de poder y diplomáticos de la Corte.

Obsérvese cómo en las dos imágenes siguientes (final de una página de la novela y el principio de la siguiente), este primer «Yo» está aislado, separado, como palabra final de la primera página. Dicho «Yo» queda como una palabra solitaria, un sujeto oracional que abre una expectativa en la página anterior, pero que no encuentra su verbo en forma personal en la página posterior y sí un punto y seguido. No parece que falten palabras en el espacioso texto medinés, sino que hay un deliberado disloque oracional.


¿Qué solución tipográfica se ha aplicado por los editores actuales a esta singularidad de la novela? Pues, si seleccionamos las versiones de tres de sus más recientes editores,21 tenemos un tratamiento similar. El «Yo» aparece espaciado pero integrando dos clausulas oracionales en una sola.

Sin embargo, el «Yo» en la edición primitiva de Medina del Campo aparece en su cláusula oracional como primera palabra, un sujeto sin su verbo correspondiente en primera persona, y, después, surge como primera palabra con su verbo propio después del punto y seguido. El «Yo», en las ediciones modernas, estaría realzado e iterado en una misma oración, innecesariamente, por primera y única vez en toda la novela. Y sí que hay oraciones con el verbo también muy distanciado del sujeto. Esta solución de la reiteración pronominal supone una repetición anafórica del sujeto oracional, una duplicación controlada y premeditada del «yo» que, en cualquier caso, va a descubrir su caudal identitario, los bienes propios, los «bienes» raíces «deste tu amo» con una clave acróstica. Esta enunciaría el nombre del autor siguiendo el modelo que Hurtado ya había apreciado en Juan de la Encina «supo meter el nombre de su amiga en las primeras letras» (Respuesta del capitán Salazar). Y así nos encontramos con este «protoacróstico»: y.–-, y. h. m. Presumiblemente.

Si, por el contrario, observamos la verdadera disposición espacial en el texto de Medina que hemos reproducido, la impresión en el taller de los hermanos Del Canto es distinta; aunque la conclusión, coincidente. El «Yo» está solo porque quiere llamarse la atención sobre él, y, al buscarle su verbo para completar el sentido cabal de la oración, descubrimos que no existe más que otro «Yo» mucho más allá, que reformula el pseudoacróstico que proponemos.

El tercer tratado es el más extenso –más de un tercio de la novela– y se dedica al escudero, que es el único personaje (exceptuando «al lastimado Zaide») por el que Lázaro siente lástima22 y que, como él, confiesa y desnuda vida e ideología, llegando a identificarse con él: «el bueno de mi amo». Y en este tratado se produce, como hemos visto, el único caso en toda la novela de reduplicación del «yo» como sujeto, como si dijera reafirmándose «yo, yo, soy este», como indicando quien es el «yo» narrador, el «amo» del Lazarillo, su responsable, el «yo» que escribe la novela, el «yo» autor del texto.

Y, por si quedara alguna duda, poco más adelante, y como palabras finales del tratado tercero, refiere cómo le abandonó su tercer amo, «do acabé de conoscer mi ruin dicha, pues, señalándose todo lo que podría contra mí (…) mas que mi amo me dejase y huyese de mí»: «mi amo» = d. (y) h. (d.) m.

Señalándose todo lo que puede arriesgarse contra él, su contento será insignificante, una «ruin dicha», puesto que sólo así, mezquinamente visible, con sólo sus iniciales y en palabras salteadas, él puede ser reconocido. Y sólo porque «alguno que las lea –(las) “cosas tan señaladas”– halle algo». Y se ha señalado contra él todo lo que su razón y cuidado le han permitido, se ha descubierto «señalándose todo lo que podría contra mí». Como ya pronosticó en el prólogo tenía «cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas», por ventura para no ser penado, desterrado, encarcelado.

El autor ya había avisado escurridizamente con el «culebro» del clérigo de Maqueda. Esta fue la «otra tal» ocasión en la que sus iniciales pasaron desapercibidas, la secuencia narrativa que se recuerda presuntamente ahora con «Yo, como en otra tal no me hubiese visto». Esa «otra tal», esa frase igual a la que se refiere, es prácticamente la misma: «Yo hube miedo». Además, aquella frase en que no le habríamos visto se completaba con palabras en clave que adquieren nueva luz: «Yo hube miedo que con aquellas diligencias no me topase con la llave, que debajo de las pajas tenía.» La «llave», la clave, para toparle, encontrarle, la tenía o estaba «debajo de las pajas», supuestamente, de las palabras. Porque, recuérdese, guardaba y «metía (…) la llave en la boca».

El narrador avisaba de una clave, de un texto cifrado, y estaría advirtiéndonos que había que descubrir «la llave» debajo de las pajas. Y obsérvese que también en la secuencia anteriormente comentada, cuando los acreedores del escudero vuelven y preguntan a las vecinas, ellas respondían: «Veis aquí su mozo y la llave de la puerta». Es como si, repetidamente, se insinuase que el mozo es/tiene la llave/clave de la puerta/entrada de la novela. Y es el mozo al narrar el que emitiría el texto codificado.

Abundando en nuestro planteamiento sobre estas dos parejas de frases reiteradas y sus claves –«llaves»– engarzadas, hemos revisado varias veces más la novela buscando otras concordancias o correspondencias por si las hubiere. Y, con anterioridad a estas frases, podríamos vislumbrar otros dos momentos en que se señalaba, aunque más tenuemente, otra vez, al creador literario en este importantísimo tratado. Creemos que los dos casos siguientes son secundarios en importancia, pero mantienen, presentan, otros esbozos o propuestas de la misma idea encriptada. Son dos casos de refuerzo, y, en consecuencia, sustentarían nuestro presunto avistamiento.

El primer momento se produce en la conversación de Lázaro con el escudero cuando le enseña el producto de su mendicidad al «encomendarme a las buenas gentes»: pan, tripas y uña de vaca hervidas. Su amo le dice «que más vale pedillo por Dios que no hurtallo (…) solamente te encomiendo que no sepan que vives conmigo (…) Aunque bien creo que será secreto.» Tal vez sea sólo una coincidencia lo que destacamos. No obstante, el verbo «hurtar» aparece flexionado un total de seis veces –en una ocasión como sustantivo– hasta el «Tractado tercero» en que se manifiesta como «hurtallo». Después no hay ni un solo caso más de dicho lexema. Como si una vez escrita la forma verbal más parecida a su apellido, pero que no le identificaba plenamente, quisiera reservarla, quisiera dejarla ya como lexema que no se vuelve a derivar en toda la novela, porque consiguió manifestarlo con la fórmula más cercana a lo que se aspiraba a sugerir («hurtallo» vs «hurtado»), y, por eso, no se utilizaría más.


El segundo instante se localiza más adelante y contiene una ambigüedad final. Entre burlas y veras, el escudero reclamaba a Lázaro que no sentía «las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien», es decir, le exponía que todo lo que tiene de patrimonio un hombre de bien es su honra. Y repite la idea unas líneas después:

Que un hidalgo no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona.23

La frase posee, desde nuestra propuesta, una porción disonante en cuanto al sentido tradicional que sería «no debe nada que no sea a Dios y al rey»; pero se utiliza un sospechoso hipérbaton que arroja un resultado ambiguo y, tal vez, de encubierto descaro y de crítica: «al rey nada», «no debe (…) al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien se descuide un punto de tener en mucho su persona». Parece que en esta frase de rancio sabor linajudo (sin olvidarnos de que los hidalgos gozaban de exenciones tributarias) hay quizás una defensa del orgullo personal («siendo hombre de bien») y de casta («un hidalgo no debe a otro que a Dios»). La expresión podría enunciar no tanto una reivindicación hueca y altruista del sentimiento de nobleza del hidalgo como sí rezumar una reclamación del propio honor y orgullo maltrechos del autor.

El narrador transmite la misma y muy precisa ideología que Diego Hurtado en su altiva carta a Granvela del 16 de julio de 1551. Obsérvese el texto que realzamos con cursiva:

Yo soy caballero y no pienso cosa por donde sea menos; y el Emperador en esta parte ni es mi superior ni mi señor, sino caballero como yo (…) y no es desacato, porque hombre trata en este punto con su igual, caballero con caballero; ni es protesto, porque hombre no se exime de servir a su señor, aunque no haga lo que le pide, sino limpiar su honra y descargarse de los inconvinientes (…) ni me interpreten las palabras ni se asombren, porque me harán servir con el mayor descontentamiento y desabrimiento que hombre sirvió, y errar los negocios; y sé muy bien servir y guiallos.

Y al hablarle de las mercedes que los amos hacen a los criados, continúa exponiendo el maltrato al que él se cree sometido por su amo, el emperador. Es como si Hurtado denunciara que ha sido víctima de las malas acciones que estaría dispuesto a realizar el escudero del Lazarillo para servir «en palacio y a los señores de él».

…seyendo yo tan verdadero y tan claro y tan sin trapazas en el servicio de su Mt como ellos, y no teniendo fin a contentar ni a servir a otro hombre en el mundo, no puedo sino alterarme que tengan ellos crédito para fundar a mi señor mal contra mí, y yo no lo tenga para que su Mt piense en lo que arman, puede haber malignidad y mentira y fines particulares.24

Ya antes había analizado la mala gestión del conflicto de Siena porque el emperador no tenía un buen criterio:

…perderá la conçiençia y la honra y el estado: la conçiençia, porque haurá hecho quanto bastaua para mouer humores y no para resoluerlos, y aquel estado se gouernará ad arbitrium boni viri, el cual será vn escudero que el Emperador pondrá, que so color de Embaxador los robará hasta los huesos (…) Quanto a el stado, quedarán offendidos, y el escudero ni sabrá ni tendrá auctoridad para contentarlos.25

Y en carta a Granvela de 24 de mayo de 1551, se quejaba de que el emperador midiera «los méritos de 20 años de servicio con iiii mil ducados de pensión, que importan xx mil en dinero, teniéndolos yo de deuda», de manera que se ve como un miserable al «medir a palmos lo que tengo con lo que he servido».26 Y «comido por servido» dirá el escudero del Lazarillo.

La conclusión de estas citas que hemos entresacado es que se siente mal pagado y peor reconocido, tratado como si fuera un vulgar escudero y, sin embargo, él no actúa con la mentira y arbitrariedad de un paje o de sus enemigos políticos, sino con la honra, verdad y buen servicio de un caballero.

Por último, obsérvese que, si bien el fragmento del Lazarillo que viene a continuación suele ser analizado como parte del progreso social de Lázaro a partir de conseguir el oficio de pregonero, casi todo él podría aplicarse a un don Diego Hurtado, cesante de cargos y trabajos, que vivirá de las rentas que obtiene del nuevo oficio real conseguido a pesar de sus quejas a Granvela, Eraso y al futuro rey Felipe II. La concentrada ironía del fragmento, que hemos subrayado mediante cursiva, apuntaría directamente a su rey y enemigos políticos que medran y «toman» como Gonzalo Pérez:

…por tener descanso y ganar algo para la vejez, quiso Dios alumbrarme y ponerme en camino y manera provechosa. Y con favor que tuve de amigos y señores, todos mis trabajos y fatigas hasta entonces pasados fueron pagados con alcanzar lo que procuré, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que medre, sino los que le tienen.27

Y Hurtado, en su constante petición de alcanzar un «oficio real», un nombramiento del emperador que le proporcionara más ingresos económicos, escribía ya en cartas a Cobos de 1 y 9 de julio de 1542 lamentándose de estar lejos de la corte: «creo que los ausentes nunca medran», «el star aquí es dañoso para la hazienda y para la persona y se medra nada y vívese inquietamente y con poca seguridad».28 ¿Todos estos escritos no son de un mismo sentir e identidad?

Así que Hurtado reiterará su petición de mercedes a su protector cada vez que haya un apetitoso cargo vacante, como en la carta del 27 de marzo de 1543:

…no tengo que dezir si no que pues tantas cosas y tantas ueces an vacado sin auerme cabido parte que me pueda sacar de lazería, y he servido y sirvo como V. S. sabe y S. M. me a prometido acordarse de mi y V. S. en todo me a de hazer merçed (…) y aora ay el aparejo para honrrarme y aprouecharme de estas vacantes, suplicar a V. S. encamine cómo yo tenga de comer sin lazeria, que sin ella siruo al Emperador y he de seruir a V. S.29

En definitiva, las dos claves-llaves coincidentes que proponemos, {y.y.v.m.} = {y.y.h.m.} / {mi amo: d.v.m.} = {mi amo: d.h.m.}, para desvelar al autor son, en nuestra modesta opinión, bastantes obvias una vez «topadas». Aunque, en principio, es necesario que haya que tomarlas con la necesaria prudencia y reserva, pensamos que vienen avaladas no sólo con estas cartas que hemos seleccionado, sino, sobre todo, por el resto de informaciones, documentos, paralelos vitales y el cotejo de los textos literarios o históricos de Hurtado –absolutamente olvidados– que comentamos más adelante y que asisten a esta candidatura y, también, porque descubren con relativa claridad las iniciales de uno de los presuntos autores del Lazarillo, de Diego Hurtado de Mendoza, en el único pasaje con un noble, un muy concreto escudero venido a menos. Este, como Hurtado, que ha perdido el favor del emperador, se queja de los Grandes y de palacio, en un final de tratado con avisos muy explícitos de lo que con «testigos» va a desvelarse al alguacil y el escribano, es decir, a la autoridad y por escrito; lo que va a descubrirse a los lectores: quien es el amo de Lázaro.

Véase que en nuestra sencilla propuesta no se inventa ningún personaje inexistente, no se añade una secuencia narrativa, no se imagina un fragmento de la novela. Nuestra flaca voz intenta que se exhume, se levante y se haga andar al autor de la novela que, suponemos, esperaba ser resucitado como el verdadero amo de Lázaro. Conocer al novelista era necesario para saber descifrar correctamente a sus personajes, situaciones y contenido. El sentido de la novela está marcado para siempre por la personalidad e intencionalidad de su autor, por su ideología e interpretación de la sociedad. De momento, parece que se oscurecerían las atribuciones a erasmistas o conversos, y que cobra importancia la idea de un anticlericalismo tradicional y muy particular que opina que los cardenales «andan tan arrastrados, que holgaría antes de traer un pantuflo en la cabeza».

Hurtado de Mendoza desempeñó sus cargos al servicio del emperador defendiendo la religión de un estado confesional y paladín de los cristianos; pero en su vida privada bromeaba al respecto, como vemos en sus cartas a Cobos refiriéndole sus amores con una bella judía:

…mas, biue Dios que la guardo para que V. S. guste uirgo judío, si acá viniere; y podrá ser que hallemos algún gentil, porque no se nos escape ley, sigún aquí son buenas christianas, y el pobre Embaxador çincunçidado capite, seguirá la istrutión de Génova.30

Y parece que en el texto, hay una serie de ideas expresadas sutilmente: la infancia o ingenuidad maltratada, cierta defensa de la caridad y la honestidad (especialmente por parte de quienes la tienen en su doctrina); la contradicción entre un dispendioso emperador en sus guerras europeas y la pobreza, hambre y penuria de su pueblo y su capital castellana; y, también, el sentir de cierta parte del estamento nobiliario atento a la realidad social y a la política del emperador, que añade a la novela una mayor reflexión y crítica histórica sin perder un ápice de sus valores humanos y universales. Con todo, más importante es la propia acción narrada, la selección y caracterización de sus personajes, la resolución vinculada de las diversas tramas, la perspectiva irónica y ambigua de la primera persona narrativa, la disposición y conjunción de todos los elementos novelísticos en aras de una construcción modélica y eficaz para un lector que no pierde interés por la lectura hasta el final. En definitiva, lo más sustancial es todo lo que tiene de literatura, más elaborada y fresca, y muy novedosa.

El autor ocultaría su nombre voluntaria y cautelosamente mediante los procedimientos sutiles que hemos propuesto y que están velados en el texto. Es un experto profesional de la carta diplomática con sus entresijos, dobles lecturas y cifrados, como leemos en sus cartas31 a Carlos V (2-V-1547) sugiriéndole que interprete entre líneas cuanto refiere el cardenal Farnesio: «aunque en mucha parte de las palabras diga verdat, en el sonsonete y la interpretación dellas miente», y le avisa explícitamente en otra misiva que «tenía los nombres en cifra» (10-IX-1547).

La práctica profesional del cifrado gráfico la venía utilizando desde mucho antes, como vemos en la carta que escribe a Cobos el 8 de abril de 1540 desde su destino de embajador en Venecia. En este caso, justificaba el motivo de no encriptar su mensaje: «no escribo en çifra porque me pareçe que no ay peligro en las cartas aora». Y también en otra carta del 19 de diciembre: «quando el tiempo estuuiera más dañado escriuiré por la cifra que V. S. manda: aora todas las cartas van siguras hasta Milán».32

Don Diego no podía explicitar más su nombre en la novela, ni con una firma que resultara más obvia, pues habría sido rápida y fácilmente reconocido por sus contemporáneos; y castigado por Carlos V. No podía exponerse más, no deseaba mostrarse con claridad. Y lo consiguió. Pero, como su amigo Garcilaso, «el deseo de alabanza le hace exponerse al peligro» confiando en que algún lector seguiría la pista de las «cosas señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas», los indicios de que no es un texto ni unívoco ni anónimo.

1. Antonio Alatorre («Contra los denigradores de Lázaro de Tormes», NRFH, vol. l, n.º 2, 2002, p. 439) no considera que decaiga el interés, «al contrario: ¡Qué fuerte pincelada pone el tratado IV en la parte religiosa y social del cuadro! E1 VI es un simple párrafo de transición, pero ¡qué bien cumple su función!, ¡qué manera de contar multum in parvo! Lo ‘vertiginoso’ no es la manera de contar sino la hechura de esos dos párrafos.»

2. La circunstancia de su brevedad con respecto al resto de los capítulos llevó a Albert Sicroff («Sobre el estilo del Lazarillo de Tormes», NRFH, XI, 1957, pp. 167-169) y Francisco Ayala («El Lazarillo: nuevo examen de algunos aspectos», Cuadernos Americanos, XXVI, 1967, p. 231) a pensar que la novela estaba inacabada. Razón por la que su autor la editaría anónimamente, y por la que dan por válida la última interpolación de Alcalá que avisa, precisamente, de que la novela queda abierta a una posible continuación. José Antonio Bernaldo («¿Está completo el Lazarillo?», Lemir, 11, 2007, pp. 197-202) supone que falta una salutación y despedida. Sentimos discrepar de dicha posibilidad, ya que pensamos que no es una obra al uso sino un texto muy innovador que tiene un complejo y encriptado prólogo, y una irónica referencia imperial y datación por despedida. No creemos que «el manuscrito fue profundamente manipulado en la imprenta», pues no iban a actuar de igual manera los cuatro editores. Una singularidad del Lazarillo es que renuncia al principio «in media res»; pero también a la estructura previsible y ortodoxa. El «grosero estilo» del prólogo decide no sólo la libertad elocutiva y argumental sino también la planificación textual.

3. En las Cortes de Toledo de 1538 se hace referencia en varias ocasiones a la estratificación social cuando habla de «regidores, caballeros, escuderos, oficiales y omes buenos» («Real Cédula convocando las Cortes de 1538, para dar cuenta de la paz con Francia y remediar las necesidades públicas»), que se repite como fórmula fija: «regidores, caballeros, escuderos, oficiales y omes buenos de la ciudad de…», en Título Núm. –2–; y también en Núm. –5–.

4. J. Lorenzo, Vida literaria, Londres, 1825, pp. 417-418.

5. Antonio de Guevara en su «Carta de d. Antonio de Guevara a d. Enríquez» describe la corte como el lugar donde: «Apenas tenemos tiempo para defendernos de los enemigos (…) En las cortes de los príncipes, yo confieso, que hay conversación de personas, mas no hay confederación de voluntades; porque aquí la enemistad es tenida por natural, y la amistad por peregrina.» A continuación, hace un similar recuento de sus vicios y defectos parejo al del escudero: «Otras cosas hay en esta corte á buen precio, ó por mejor decir á buen barato: es á saber, crueles mentiras, nuevas falsas, amistades fingidas, envidias continuas, malicias dobladas, palabras vanas y esperanzas falsas: de las cuales siete cosas tenemos en esta corte tanta abundancia, que se pueden poner tiendas y pregonar ferias» (Modelos de Literatura Castellana, Barcelona, Rosal, 1985, p. 8).

6. Edición citada de F. Rico, 2011, pp. 64-65.

7. E1 diminutivo es utilizado por Hurtado en dos de sus cartas de 1547 recogidas por A. Morel-Fatio, «A propos de la correspondance diplomatique de D. Diego Hurtado de Mendoza», Bulletin Hispanique, XVI, 1914, pp. 145 y 160, respectivamente.

8. Hay otro texto dialogado y con influjos de Luciano, Ariosto, Aretino, Boccaccio, etc., que es contemporáneo del Lazarillo y con problemas de fechación (1552-1555-1559) y autoría. Es El Crótalon de Cristóbal de Villalón que trata también la cuestión de la servidumbre a un gran señor o príncipe en el diálogo del decimonono canto, en el que «el auctor trata del trabajo y miseria que hay en palacio y servicio de los príncipes y señores». No obstante, Micilo defiende su actitud favorable a este trabajo, en clara oposición al planteamiento hipócrita del escudero de Lázaro. Micilo se declara muy dispuesto a servir en palacio como una manera de salir de su miseria y hambre. Cree que ser ministro o criado de un grande es una buenaventura y un remedio contra la pobreza. Sin embargo, el gallo se muestra contrario porque la pérdida de libertad que impone el servicio es un triste cautiverio. Y le recuerda que se sufrirá por un mal jornal, que con los poderosos no se enriquecerá nunca, y que la servidumbre de palacio está llena de esperanzas vanas, trabajos, afrentas, sufrimientos y fatigas. Además, puede observarse una vaga relación con el Lazarillo en los ejemplos que utiliza el gallo para convencer finalmente a Micilo de su error. En concreto, dice que los que viven en palacio viven de salario y merced; pero que el salario recibido «te lo da para unas calzas y un jubón». Aparte de recibir ropa como pago, algo habitual en la época, no hay más similitudes con la novela. El canto concluye con una crítica centrada en la soberbia, vanidad, presunción y desagradecimiento de los nobles (Cristóbal de Villalón, El Crótalon, Madrid, Espasa-Calpe, pp. 252-265).

9. Citamos de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Obras de Diego Hurtado de Mendoza, 2003.

10. Los fragmentos de los dos poemas de Diego Hurtado de Mendoza en Poesía completa (edición de J. Ignacio Díez Fernández), Sevilla Fundación Lara, 2007, pp. 359 y 92-94, respectivamente.

11. Esta cita y la carta completa también en A. González Palencia y E. Mele, Vida y obras de Don Diego Hurtado de Mendoza, Madrid, Instituto de Valencia de don Juan, III, 1943, pp. 316-317.

12. Ibídem, III, pp. 319, 320 y 323.

13. Ibídem, I, p. 157.

14. Las citas proceden de dos cartas a Cobos del 3 y 6 de marzo de 1542, Vida y obras…, III, pp. 316-318.

15. Ibídem, III, pp. 474, 477, 479 y 480 respectivamente.

16. «Don Diego al Secretario Bargas. Henero, 1552», ms. 000981-311-B, en Epistolarios de Juan de Silva, conde de Portoalegre, y de Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), con otros documentos, copia manuscrita del siglo XVII –de ahí algunos errores– editada por Biblioteca Digital Hispánica, BN.

17. Esta expresión del final del Tratado VII está repetida del principio del Tratado III en el que Lázaro nos dice que «di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo.»

18. «Hacia la primera edición del Lazarillo», en Actas del IV Congreso Internacional de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), pp. 1049-1055.

19. Añadimos la letra cursiva a esta cita-actualización de la edición de los hermanos Del Canto y a las siguientes para resaltar el mensaje que proponemos escondido. Recordamos que Fred Abrams, por otros caminos, llegó a la misma conclusión («Hurtado de Mendoza’s Concealed Signatures in the Lazarillo de Tormes», Romance Notes, 15, 2, 1973, pp. 341-345).

20. La palabra «miedo» se da cita en diez ocasiones en el Lazarillo: cuatro veces en el Tratado 1, dos en el T. 2 (el primer caso de «yo hube miedo») y cuatro en el T. 3 (con el segundo y tercer caso sospechoso: «yo hube miedo», «yo hube mucho miedo»). Curiosamente no vuelve a utilizarse en el resto de la novela.

21. Cotejamos el texto según Francisco Rico (2011, p. 66; 1990, p. 108; 1980, p. 64) con las ediciones de Rosa Navarro (2003, p. 185) y Aldo Ruffinato (2001, p. 209), que adoptan soluciones distintas para el período anterior a «yo hube mucho miedo», puesto que Rico lo ubica entre guiones. Sin embargo, son estimaciones coincidentes en cierta medida, pues Ruffinato lo sitúa entre coma y punto y coma, antes del segundo «yo»; y Navarro opta por dejarlo todo entre paréntesis, y coma antes del segundo «yo». Las tres soluciones dotan a dicho período de entidad independiente y dejan al primer «Yo» sin verbo inmediato, como elemento deíctico personal que sería reiterado después de la aclaración de Lázaro.

22. Entresacamos las citas que resaltan esa sensación de empatía con el escudero: «Tanta lástima haya Dios de mí como yo había de él», «le había lástima», «le he lástima», «no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo» (ed. cit. pp. 55, 57, 57, 58). Lázaro se apiada de él y actúa con caridad, lo que no habían hecho con él ni el ciego ni el clérigo de Maqueda. Lázaro predica con el ejemplo y tiene misericordia con el prójimo necesitado. Al humanizarse, madura y crece como personaje.

23. Edición citada, 2011, p. 62.

24. Esta y la anterior cita en Vida y obras, II, pp. 239-241.

25. Ibídem, p. 233.

26. Ibídem, p. 238.

27. Edición citada, 2011, p. 77.

28. Vida y obras…, III, p. 322.

29. Ibídem, pp. 324-325.

30. Ibídem, pp. 244, y 300.

31. Ambas en A. Morel-Fatio, «A propos de la correspondance diplomatique de D. Diego Hurtado de Mendoza», Bulletin Hispanique, XVI, 1914, pp. 133-176.

32. Vida y obras…, III, p. 276 y 295.

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