Kitabı oku: «Ciudad Pantano»

A Mercedes, esposa
de Gabriel García Márquez.
He notado que los libros
dedicados a ella
tienen muy buena
recepción.
Idiotas y Plagiarios y Magistas son otro tanto oro para decir mal de los modernos; y quando las otras digan que hacen vaynicas, si la preguntaren qué hace, diga que comentarios, notas y escolios, y sean á Plinio si fuere posible.
QUEVEDO
—Jugando con la literatura.
—¿Qué tiene de malo eso?
—La literatura, por supuesto.
—Menos mal. Por un momento, temí que pudieras decir, el juego. ¿Seguimos?
CABRERA INFANTE
Salt peanuts! Salt peanuts!
GILLESPIE
ACLARACIONES
La escasa representación femenina no se debe a las condiciones históricas, al canon machista de las letras latinoamericanas ni a un sesgo de la industria editorial, sino a asuntos irresueltos del antologador con su madre. Y de su madre con su madre, y de su abuela con su bisabuela.
Ante el malentendido, se aclaró que peruanos y uruguayos fueron excluidos por motivos meramente discriminatorios. Cualquier mención a un hondureño podría llevar a esta editorial a la bancarrota.
Cabe evocar a Orson Welles, en F de falso, ensayo audiovisual dedicado a los falsificadores de arte y el mito de la originalidad, relatando la receta húngara para preparar un omelette. «El primer paso consiste en robarse un par de huevos». El antologador hurtó una docena y luego los quemó en la tostadora.
La presente antología ha recibido diversos comentarios por parte de una docena de críticos que murieron antes de que se publicara. «Como experiencia de lectura, prefiero los manuales de fontanería», señaló George Steiner. «El libro entero es un error tipográfico», dictaminó Emmanuel Carballo en entrevista. «¿Cómo obtuvieron mi dirección? Dejen de mandar spam», comentaron por correo los de Letras Libres. O, como escribiera Harold Bloom en Vice: «Digno de incluirse en el canon de las pérdidas totales de mi tiempo».
ACLAMACIONES
A la comida yucateca, el mar de Sian Kaan y los divorcios.
ACUSACIONES
A la clase política, al resto de las clases, a la gente que se chupa los dedos y vuelve a zambullirlos en el tazón de la botana.
ACOTACIONES
Para otras aclaraciones se recomienda el cloro, mucho más accesible que la claridad.
AFILIACIONES
Agorismo tropical.
APELACIONES
Cada quien es libre de chuparse los dedos cuando quiera. Lo que en verdad importa es no chupar los dedos del prójimo sin su consenso.

NOTA AL PIE: dice Alan que la pulpa de tomate aliviana los juanetes.
CHANGOS CHINOS
RECHIFLADOS
# 1
[Imagen de postal: Toma aérea de Ciudad Pantano. El cielo, una humarada azul, y el río, que en la foto aparece en tonalidades de esmeralda, en realidad es café, con algunos destellos de verde fosforescente y negro petróleo].
Querido Arcenio:
Llevo tres días en Ciudad Pantano. Tengo la impresión de que he entrado a otro campo gravitacional. Nada aquí es lo que parece, puede que sea la casa de los espejos.
El Instituto de Estudios Pantanenses me invitó a dictar una conferencia con el propósito de conmemorar el cincuenta aniversario de Los olvidadizos, y yo acepté el desafío, sumando por iniciativa propia la consigna de impartir la charla en el lenguaje de la efe, pero en ruso. Me interesaba, además, conocer esa urbe donde Buñuel filmó una de sus obras cumbre, tragicomedia sobre un tragibarrio donde toda la tragipoblación tragigasta la totalidad de su tragisalario en tragitransporte público para ir a tragitrabajar, y así tragillevan su tragidianidad.
Ahora, tras una sucesión disparatada de eventos, me quieren inculpar de asesinato. Te envío estas postales en fuga. También te las envío en fuga, quise hacerlas una superposición polifónica, una frase musical con sujeto y contrasujeto.
Al principio todo parecía en orden. El taxista del aeropuerto me platicó del clima y de política, sobre todo del clima político, de los chubascos demagógicos y las tormentas propagandísticas, pues las elecciones estaban a un par de semanas de realizarse. En esta ocasión, su relevancia trascendía la historia. Según me puso al tanto, mientras yo me puse al tonto, uno de los candidatos proponía volver a independizar Ciudad Pantano del resto del país. «La histeria me absolverá», era su eslogan de campaña. El otro fundó su ideario alrededor de la criogenia como medio para solucionar problemas sociales. Puesto en un contexto distinto resultaría estrafalario, pero como se trataba de políticos, pasé sus historias por desapercibidas, como si pertenecieran a la más rotunda normalidad y no como la primera pista que la ciudad me ofrecía para entender el disparatado mecanismo que al parecer la hace funcionar.
—Ese de la criogenia es mi gallo —declaró el taxista antes de cobrar.
# 2
[Imagen de postal: El Monstruo del Pantano, legendario personaje de la ciudad, flotando en una llanta inflable, bebiendo un coctel, insultando a niños y turistas].
La sensación de extrañeza se agravó después de mi encuentro con los empleados del hotel. El individuo del lobby me recibió embizcando la mirada, pronunciándose con tal cordialidad que casi era amenaza. Su sonrisa, como fijada con colágeno, me pareció síntoma de inminente paro, cardíaco o laboral. Eso o era una política de la empresa y le descuentan el día ante el menor gesto de hartazgo, aburrimiento, emoción sincera.
—Disculpe, por favor, caballero. Atentamente le disculpo–entrego su habitación.
Luego conocí al maletero, un tipo tan tímido que hablaba, no solo apretando los labios sino mordiéndolos hasta desfigurarse el rostro en una mueca de dolor. Cuando le pregunté qué esperaba de las inminentes elecciones, al cabo de unos segundos, vi cómo le escurría una gota de sangre por la barbilla. Por motivos que podrían ser paranormales, aunque no para normales, o si acaso, el caso, consecuencia sin secuencia de un perverso reverso con sentido ido a lo cosmicómico, mi maleta, que no era maleta sino buenera, se desvaneció en el trayecto.
Peor aún, en lugar de un cuarto me habían reservado un palomar. Supongo que eso entendieron cuando pedí habitación con vista panorámica. En lugar de tina, había un balde. En vez de frigobar, hielera de unicel. No terraza, sí un charco enlodado. Y, lo peculiar, hasta donde alcanza mi memoria, hasta donde empieza el olvido, no ordené un desconocido durmiendo en un viejo camastro. Y no lo digo porque esperaba una cama en vez de una sandwichera vertebral.
—Hey, hey —mientras sacudía al cuerpo—. Despierta, compadre.
—Sí, sí, ya, ya. Despierto. Vigilaba. Confirmaba. Atento —el cuerpo se tambaleaba de regreso a la realidad—. Permita me presente, permita me pasado y permita me futuro. Mi nombre es Chuchofedrón y me ha sido encomendada la tarea de ser su guía durante esta breve estancia en Ciudad Pantano.
Vaya degeneración de un nombre mítico, de nuestro amigo bustrofosfórico, pensaba, del rey de los parodistas, cuya corona era un pastel estrellado; el bustrobufón, que escribía siempre en sentido contrario, conducía una lancha de motor por la carretera y andaba en patín del diablo sobre el mar.
—¿Chuchofedrón?
—Sí, sí, el chuchofedrónico, el chuchofedrante, el mismísimo que chuchofedrona los días con singular ligereza. Tú cuéntame algo y yo me encargo de chuchofredrearlo.
—Es curioso, yo conocí a un Bustrofedón hace tiempo. Era gran amigo y maestro y aparición espectral.
—Desconozco al tal Bustofeón. Yo me considero una Chuchobelleza y te aseguro que has caído en buenas manos, ambas tienen palma y cinco dedos.
—Era un hombre que supo vivir, quizás por eso murió joven. Un Homo ludens. La realidad se le figuró parodia y el lenguaje un artefacto para borrar.
—¿Las parodias son esos chistes para–odiar?
—No, amigo, te confundes, las parodias son para–días de fiesta, parodiar es para–dar un bofetón al mito, para–orar a lo pagano, para otra el sarcasmo, para–osar al contrasentido y para–obviar el valor. Son para desentonar el canto y los himnos.
—Ah, ya. Son un plagio a discreción.
—Preferiría entenderlas como la apropiación sin propiedad.
Entonces, me hallé tan desconcertado que podía comerme un caballo. Abajo, en la recepción, cuando solicité el cambio de alojamiento:
—Estamos, disculpe, llenos. Podríamos por favor compensarlo con un mediante la presente paquete de toallas y jabones. Pero las toallas están sucias, usted tendría que perdone lavarlas. Saludos cordiales. Seguimos en contacto. A ver cuándo nos tomamos un café.
A veces, ante la duda, cuando la confusión lo nubla todo y no hay faro que oriente, me pregunto cómo procedería un adolescente alcoholizado en mi situación. Luego, actúo.
# 3
[Imagen de postal: Noche de muertos en Ciudad Pantano. Tradición en que la gente del pantano sale a la feria y el Cartel del Nuevo Emprendurismo los acribilla mientras intentan atinar el aro en un molde en el que no cabe].
Íbamos a toda velocidad, engullendo kilómetros en el auto descapotado de Chuchofedrón, recorríamos cual balas perdidas la Avenida Malecón, y su única costa eran barrios grises, y sus palmeras, signos en aerosol. Lo más extraño es que había una peluquería en cada cuadra. La mitad de los negocios, además de ser expendios de alcohol o talleres mecánicos, operaban como salones de belleza.
Mi guía insistió en que tenía que conocer uno de los parajes icónicos de la ciudad y en efecto, tal cual advirtió, el sitio desbordaba turistas, eran cientos tomándose fotos junto a lo que resultó ser colosal estatua de paloma, cubierta en plata, sitiada por palomas vivas y sus excreciones.
Fue ahí donde conseguí las postales que ahora recibes. Me acordé de ti, nos vi en la arena con dos mulatas mudas que estaban ahí a modo de decoración, mientras tú y yo hablábamos indetenidos, y pensé que hubieses bautizado el sitio como el Monumento a la Humanidad. Luego nos imaginé o nos recordé, no sé, sentados en el pasado, en la alfombra voladora de la juventud, bebiendo ron con Bustrofedón, especulando sobre todas las estatuas que le hacían falta a la civilización occidental. En términos conceptuales, para ser congruentes: al autoengaño, a la prepotencia, al miedo a la humillación. En términos ideales: a la duda, a la curiosidad, a la travesura. En términos mitológicos: la caja de Pandora, la caverna de Platón. En términos figurativos: la estatua–agujero.
Por el contrario, cada idea que Chuchofedrón arrojaba me parecía una versión accidentada de lo que hubiese podido ser una frase de Bustrofedón.
—Yo también soy escritor, ¿sabes? Ahora mismo trabajo en un musical de doscientas páginas sobre mi pene.
No tan lejos de ahí se hallaba el arco que conmemora una efeméride histórica y marca el inicio de los viejos barrios. Al parecer, en el año de 1874, de improviso, a causa de la confusión, impulsados por el discurso de un hombre que pretendía vender el primer telégrafo a la población pantanense, quisieron independizarse del resto del país.
A ese arco del triunfo se le conoce como el Monumento a la Reversa y no, no es un homenaje al culo, como bien podría serlo en una sociedad con moral más avanzada que la pantanense. Esta construcción conmemora el día en que el ejército, en un acto de honor sin igual, emprendió la retirada caminando hacia atrás pero mirando hacia el frente. Esto resultó desafiante en demasía para los altos mandos que montaban a caballo. Decenas de honorables guerreros y héroes patrios fallecieron en el trayecto.
# 4
[Tríptico para turistas: «Experimente las vacaciones de sus sueños. Elija entre uno de nuestros fabulosos destinos invernales: Plantón a favor de los plantones (Ciudad Pantano), marcha ecologista por la supervivencia de los mosquitos (Ciudad Pantano), huelga de hambre contra los terremotos (Ciudad Pantano). ¡¡¡Adéntrese en el folclor del país y su rica tradición marchante!!! Y por esta ocasión, reciba un bono de acarreado. Disfrute esta experiencia familiar formativa, y comparta una tienda de campaña con un agremiado ¡sin cargos criminales!»].
Una vez concluido el paseo, nos dirigimos a comer con autoridades del Instituto de Estudios Pantanenses. En la mesa aguardaban los mismos personajes de siempre, los mismos devotos de estos rituales de formalidad. De un lado tenía a un investigador de cine; del otro, un doctor en literatura. En las cercanías, un escritor profesional de poesía, su esposa, y el rector. Por cierto, ninguno de ellos conocía a Chuchofedrón y la idea de que el Instituto tuviese tales cortesías les pareció ridícula.
—A mí me encanta el trabajo de Lira Ornelas —comentó el doctor en literatura—, es muy bueno.
—Yo diría que es bastante bueno —refutó el poeta—, pero no tan bueno como podría serlo.
—Me recuerda un poco a lo que está haciendo Sosa Críado, que también es muy bueno.
—¡Sí! Es exactamente la impresión que tuve cuando lo leí.
—Lo que más me gusta de su obra es que es muy buena.
—¡Ajá! ¡A mí también!
—A diferencia de Clara Partida, que me parece un tanto malo.
—Sí, lo leí a profundidad por años y concluí que es malo.
—No como Paredes Ferraz, que es una chingonaza.
—¡Es una chingona!
Era una conversación para anestesiar elefantes hasta que, en el segundo de cinco tenedores, la polémica se desató, es decir, se levantó de su letargo, se paró sobre la mesa, usó la ensaladera como casco de batalla, sin siquiera tocar el tema de las inminentes elecciones. Unos y otros y yo, que solo llevaba la contraria para darle una tunda al aburrimiento, no lográbamos ponernos de acuerdo en la más trivial de las cuestiones.
—Es un honor tenerlos a todos reunidos para celebrar la presencia del señor Silvestre, distinguido escritor, estudioso del cine y de la noche.
—Hey, pensé que estábamos aquí para festejar mi nuevo libro: El viento, las aves y lo febril —refutó el poeta, aporreando copa—. Tenía una coreografía preparada para la hora del postre pero veo que he sido víctima de un engaño.
—Y no ha sido usted el único —irrumpió el doctor en literatura—. Yo llegué bajo el entendido de que recibiría un ascenso o mínimo habría oportunidad de difamar a alguien hasta el despido.
—A mí me dijeron que podía repartir tarjetas, así que no hay problema —agregó el artista.
—Yo sugiero —dije segundos antes de incomodar a la concurrencia— que esta velada sirva de ocasión para celebrar la existencia de los ancianos que regañan a desconocidos en la calle. Si no fuese por los ellos, francamente, ¿qué sería de nosotros?
—Concuerdo con el señor Silvestre —agregó la esposa del poeta—. Yo misma estoy agradecida con ellos y algún día aspiro a ser así.
La polémica zapateaba sobre el mantel de la tatarabuela, así que, para aliviar la tensión, se me ocurrió desafiar al rector a un trabalenguas.
—Escuche, este es uno que le encantaba a mi abuela y dice así: Chango chino rechiflado que a tu china changa chiflas, ¿por qué chiflas chango chino rechiflado a tu china changa?
—Oh. No sé, a mí lo que se me da es firmar documentos burocráticos en cantidades industriales.
—No sea tímido, señor. Es solo un juego para aligerar la atmósfera.
—Bueno, si insiste —hizo una pausa para afinar la garganta—. Chingos de changos rechiflados enchinan, chistan y hacen chillar. Me chingan chido, chiflando. Sobre los chinos, preferiría no opinar.
Visto que todos se callaron y el silencio se hizo ruidoso, decidí brindar por los niños que escalan árboles y bardas, y ponen en riesgo su vida. Tampoco funcionó.
¿Qué le va a hacer uno? Diría uno en estos casos. El mundo se me esclareció como un carnaval de farsantes y como farsas comenzaron a volvérseme parodias. ¿Soy acaso una parodia de mí mismo? ¿Soy acaso la parodia de alguien más? El mero pensamiento me puso a temblar.
# 5
[Imagen de postal: Promocional del gobierno. «Amigo extranjero, si nos visitas de fuera o vienes a vivir aquí, recuerda que a donde fueras haz lo que vieras». Y la fotografía de un bigotón con sombrero devorando una iguana viva, embutida en un taco].
FRAGMENTO DE CONFERENCIA:
¿Ficciones verosímiles para realidades inverosímiles? ¿Ficciones inverosímiles para realidades verosímiles? Inverosímiles los montes y reverdecen, dirán algunos pero yo a veces me lo pregunto. Otras veces, bailo para olvidar que la realidad también supera a las parodias.
Cada ciudad contiene otra ciudad oculta, cada calle una calle subterránea y una aérea. En uno de los muchos planos paralelos de la territorialidad, la urbe se configura a razón de sus representaciones imaginarias.
Buñuel retrató Ciudad Pantano como si hubiese una fuerza superior, un magnetismo que condenaba a los cuerpos a la tierra, a sus leyes, al sinsentido.
En cambio, a mí me han bastado unas horas aquí para percatarme de que este territorio es a todas luces una broma. Alguien me tendió una trampa. ¿Fui yo? ¿Es mi mirada o será acaso que en esta ciudad todo es intrínsecamente parodia? Hombres que son burdos dibujos de un hombre verdadero. Mujeres a disposición de una modelización ridícula de sí mismas. Todos a la orden de un rol cuya lógica, en eso sí coincido con Buñuel, es el sinsentido.
Me pregunto por qué lo que a otro le parece trágico, a mí me deshilacha en risa y carnaval. Me pregunto si el mundo no tiene salvación a menos que nos riamos lo suficiente de él. Lo mismo para los individuos que no se rían de sí mismos.
Lo que quiero decir es que esta ciudad me ha hecho percatarme de que la realidad no es sino parodia de un mundo mejor. Y sí, me roba el aliento. A carcajadas.
Por eso mi amigo Bustrofedón era la flatulencia inflamable al final del túnel: nada humano le fue divino. (…)
# 6
[Imagen de postal: Publicidad de un recinto funerario que ofrece descuentos a partir de tres muertos].
Damas y caballeros del perreo intenso. Leidis an yentelmen of intens doging. Esta noche plena invita a untar el camarón. Dis plenti nait shal bi a greit nait for unteiting de chrimp. Así que a moverse como mayonesa. Quiero que me den más gasolina. Sou, lets muv laik gasolin. Ai guana yu to giv mi som mayonis. Sacudan el cuchi–cuchi y si se meten con el cucu que sea en los baños, no aquí, que hay pura gente decente. And sheik yor cuchi–cuchi and if yu mes wit de cucu, let it bi in de batrum, not jir, ders disident pipol jir.
Eso gritaba el anfitrión del antro, un tipo tentativamente patrocinado por una marca de energéticos, cuando ingresamos. Respondía al nombre de Estrellititita, era un enano con falda corta y trenzas de estambre, como de circo. Nada que ver con nuestra Estrella. Era, no sé, como si la Sarandinha, de Fellini, esa bestia mítica de la sensualidad, ese demonio de la noche, hubiese reencarnado en una insípida edecán de una compañía de celulares.
El primer sitio al que fuimos a dar esa noche me pareció a todas luces un montaje: artificial, sin colmillos, es decir, desalmado. El amor, el deseo, la imaginación, todo lo mejor del mundo tiene colmillos. Los jóvenes restregaban sus miembros contra el inmobiliario como si estuviesen ensayando una coreografía grotesca. El volumen estaba tan ALTO que resultaba imposible hablar, imposible bailar. Imposible, se diría in inglish.
Mientras tanto, recordaba esos veranos remotos (es decir, lejanos, motorizados y pachecos) y me entró nostalgia de Habana Vieja, de los seres de la noche, del sonido de trompetas que emerge de ventanas, cloacas e intersticios de cada calle. De beber y conversar contigo hasta la madrugada, cantarle a los gallos para que despierten porque, quizás, esto no podrán negarlo románticos, cínicos o existencialistas, quizás el sentido de la vida sea beber y conversar. «Vamos, vemos, bebemos», era tu traducción al cubano del Veni, vidi, vici.
Extrañé a mi Cuepitán, mi interlocutor, mi cotorro locotor. Si la Habana es danzón y Cancún es reggaetón, Ciudad Pantano es un idiota golpeteando la mesa con una pluma. Recuerdo cómo bailábamos hace décadas, como si el cuerpo pudiese hablar otro lenguaje, más sincero, más cándido, de lo que la mente jamás podría articular. Me acordé de Estrella, la auténtica, la ballena negra con esa voz que sacudía los siete mares. Y se lo dije al tal Chuchofedrón de poca monta. Aseguró entender a qué me refería y me llevó a conocer el sitio que buscaba.
—Como dice el refrán pantanense —añadió mi insospechado guía—: «Al mal paso, darle pizza».
# 7
[Imagen de postal: Fotografía para apreciar el skyline —línea para esquiar— de Ciudad Pantano. Dos de los edificios más altos fueron insertados digitalmente].
Salimos del bar y nos fuimos boca abajo contra la noche. Chuchofedrón se había involucrado, en contra de su voluntad, en un concurso de beber tequila púrpura y ahora caminaba con media estocada en el corazón.
Laspalabrasseencimaban lasunassobrelasotras, el auto zzzumbaba mientras nos dirigíamos a un rumbo incierto, ascendiendo hacia la cúspide de la noche, como las ilusiones antes de caer. El mundo no funciona, pensaba. Casi nada es lo que aparenta ser. A mí no me engañan. Lo que vi al medio día no era un verdadero policía. De serlo, no estarían cerca de una avenida transitada, jugando un concurso de tiro, a ver quién le atina al centro de una dona. Y ese otro no era un verdadero vagabundo. De serlo, no viviría en un castillo edificado con cáscaras de plátano.
Llegamos a un edificio abandonado, de unos cincuenta pisos de pretensión. Chuchofedrón dijo que era la construcción más alta de la ciudad, aunque se encontraba en total abandono. La policía la había incautado a uno de los capos del Cártel del Viejo Emprendurismo y, por complicaciones en los procesos burocráticos, no le habían designado otra función desde hace veinte años. El criminal tenía la mejor posición de vigilancia en la ciudad.
Subimos centenares de escalones, con los pulmones puestos como huaraches, azotando hasta llegar a la azotea. Una vez ahí, el rostro de mi guía se transformó como si se le hubiese metido otra persona al esqueleto.
—Oiga, maestro, presté atención a su conferencia y me quedé pensando en lo que dijo sobre esta ciudad, sobre cómo todo aquí es una parodia de un mundo ideal. Y, no sé, aquí nací, llevo toda mi vida aquí y siempre he tenido la impresión de que mi existencia es un chiste mal contado, por un tartamudo, quizás, y ahora que dijo eso…
—Ah, amigo, las conferencias son para decir disparates, si no, uno termina por vender mentiras o peor aún, verdades.
—¿Y cómo sabe que usted mismo no es la parodia de alguien más? He estado escuchando como se refiere a usted, como una suerte de intelectual de carnaval; pero no sé, no me la creo, ni siquiera parece cubano, le hace falta guaguancó.
—Ah, amigo, lo que yo pretendo es el wowwowco.
— ¿No se da cuenta? ¡Usted no es real!
—Bueno, podría aceptar que soy una pobre representación de mí mismo. Pero suele suceder…
—No, no es eso. Usted es una imitación poco imaginativa y, para ser francos, un tanto perezosa, de alguien que es una mejor versión de usted mismo.
—¡Hey! ¡Usted qué va a saber! Tal vez no sea una versión perezosa, tal vez mi creador es un zoquete que hizo lo mejor que pudo con sus limitaciones. Tal vez quiso parodiar al parodista y desde entonces pasa los días llorando en su rincón. Si la vida te da limones, prepara una salsa de tomate.
—Si esto es una parodia, como usted dice, la realidad debe ser como de caricatura: inconsecuente.
—Bueno, no creo que las parodias sean precisamente caricaturas. Además, las caricaturas, dentro de la lógica de su descabellada hechura, suelen tener una trama, un principio, un final. Este viaje, en cambio, me parece una sucesión desarticulada de episodios sin sentido.
—¿No dijo usted en algún momento que sentía como si estuviera en otro campo gravitatorio? Por lo tanto, si yo brincara, caería cual caricatura en una tienda de almohadas o de púas o de consoladores, y de una u otra forma saldría ileso, y quizás hasta lo disfrutaría.
—Me refería a otra gravedad que atrae a los cuerpos a la tierra con la misma exacta fuerza que la nuestra.
Fue entonces que Chuchofedrón, portando una sonrisa demente, idiota, brincó al vacío con la confianza de un muñeco de palitos. Cayó cual yunque desde el cielo y aterrizó contra el pavimento como un pastel de carne.
La oscuridad absoluta. La nada. ¿Cómo no tomarlo con humor?
# 8
[Imagen de postal: Fotografía de una escultura en bronce que se encuentra en el Palacio Ducal, en Venecia. El texto dice: «Conoce Ciudad Pantano y ¡sorpréndete!»].
Me quedé pasmado. Fue un pasmo rápido, quizás fue un estornudo, si acaso duró un par de segundos porque de inmediato me percaté que me había situado como único sospechoso en potencial escena del crimen. En todo caso, ya había infringido la ley al ingresar a esa propiedad. Además, el detalle de que mi conferencia pudo conducir al muerto a suicidarse. Por eso, elegí huir como lo hicieran los grandes hombres de la historia pantanense: con la frente en alto y sin mirar atrás.
Lo único que me detuvo fue una pareja de ancianos seniles que habitaba una oficina en el edificio. Las condiciones eran precarias, tanto las de su departamento como las de su cabeza. Ambos me abordaron para quejarse de cómo habíamos descuidado el edificio, de la frialdad del resto de vecinos que ni saludan y de la posibilidad de organizar miércoles con juegos de mesa. Les dije que compartía su indignación y que debían de acompañarme para plantar una queja ante las autoridades correspondientes.
Fue así que escapé encubierto entre dos ancianos. Llegamos a mi palomar, embolsé mis pertenencias restantes, mis impertinencias de siempre, y abandoné a la pareja. Les dije que aguardaran su turno, que pronto llegaría.
Con la oscuridad a mi favor, sorteé el resto de los obstáculos que la urbe interpuso en mi camino: salas de cine, azoteas por descubrir, un Cristo predicador. Y vendedores de seguros; pensé que estaban todos en el infierno pero no.
Llegué a la costa cuando apenas amanecía. Me subí a un barco pesquero. Eran todos criminales, homosexuales, prostitutas. La hemos pasado de maravilla.
Miami, en cambio, tampoco me ha gustado, así que seguiré remando. Sospecho que la Antártida debe ser un sitio civilizado.
Disculpa que esta misiva venga en una docena de postales enviadas en desorden cronológico, por distintos servicios de paquetería, con variados tiempos de entrega, escrita con la técnica del micrograma.
Sabrazos, abrasivos, abrasonsos, hermano.
PD: ¿Te fijaste en la imagen de la funeraria? Es una auténtica joya. Si las joyas fueran un trozo de carbón

NOTA AL PIE: Obsérvalo. Estúdialo. Todo asombra si se le presta la suficiente atención. Chúpalo en la medida de lo posible. Y después lame un par de sobacos.
EL LABERINTO
DE LA SOCIALIZACIÓN
A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como una secuencia particular, intransferible, de compromisos forzados.
Víctimas de la historia y esclavos de la época, desesperados, en busca de identidad, ridículos, con tal de encontrar sentido de pertenencia, los pantanenses no están solos porque no sabrían cómo estarlo. En soledad no existen, son un ente enajenado. En cambio, son sociables, necesitados de atención y validación, al grado de ponerse penachos. Los penachos son símbolos de nuestro mal gusto para las fiestas de XV años.
¿Cuáles son las características distintivas del ser pantanense? ¿Por qué engalanan sus carros con cuernos afelpados de alce durante la temporada navideña? Esas son la clase de preguntas que me propongo responder.
La cultura, el modelo social de los pantanenses, sus costumbres, su comprensión de lo político y lo afectivo, se instituyeron en cuatro o cinco pestañeos que duraron siglos. Ellos no se dieron cuenta. Estaban ahí, ensimismados, en el juego de pelotas, mientras la historia violentaba sus destinos.
La socialización no es sino un complejo proceso de estratificación. Grupos organizados en función de infinidad de motivos absurdos, algunos clandestinos y otros constituidos fiscalmente. Ser social es procurar un estatus. Según la teoría sociológica de Lukas Doblwëbber, se han identificado más de 307 tipos de estatus. Estudios posteriores de Oliver Triplwëbber demostraron que, sin importar a cuál pertenezcamos, terminaremos muertos y, lo más probable, nada de lo que nos ocurra será en realidad importante.
FIESTA Y MATRIARCADO
Todos, en algún momento, fuimos niños de dos años y tuvimos el privilegio de habitar un mundo abierto en posibilidades, sin conciencia de que nuestra voluntad es endeble, la casualidad, vigorosa, y nuestra capacidad de elegir se va mermando en el transcurrir de cada semana. Lo mismo sucede con las civilizaciones. Nacen inocentes, se ilusionan, le piden al ratón de los dientes que les conceda el poder de volar, escalan hasta la cumbre de un árbol, aletean un poco, y se van de bruces contra la tierra.
Los pantanenses precolombinos, impolutos de la influencia de otras culturas, instauraron costumbres y rituales, modos de ser e interactuar con el mundo, que divergían del modelo occidental.
Basta fijarse en su esquema familiar para intuir los alcances de ese mundo, arcilla de neblina, que no pudo ser. Los antiguos pobladores se organizaron mediante paternidades y maternidades colectivas. Mientras las mujeres pasaban semanas tomando grandes y pequeñas decisiones, los hombres eran felices quedándose con los críos, salvo por ciertos críos francamente insoportables que ofrendaban a Ixquihualcan, Diosa de la Cosecha de Rábanos. Los rábanos nunca se dieron pero la selección de niños era excepcional. Los rábanos son signo de ensalada.
El matriarcado fue un orden familiar que devino en orden social. Adelantadas a su época, las féminas gobernantes consideraron que las pirámides resultaban poco prácticas e implicaban un desperdicio de recursos. Sus esfuerzos, en cambio, se usaron en cultivar su literatura, la invención de los números negativos, y extensas asambleas para recordar cómo fue que los hombres habían errado décadas atrás.
Como las mujeres suelen ser más diestras en el habla, la tarde entera podía irse conversando. En sus primeros años de vida, el pantanense estuvo inmerso en una dinámica que concibió la sociabilidad como valor imperante, y la ejerció de modo recreativo. Su dialéctica de la otredad estimulaba el desarrollo a través del desacuerdo.
Durante siglos, los altos mandos implementaron sesiones diarias de baile después del desayuno, a la hora del atardecer y antes de dormir. El resto eran opcionales. El rito de extraer el corazón de los machos que no sabían bailar las coreografías de las fiestas puede ser interpretado como la extracción del corazón de una sociedad que no sabe bailar en la fiesta. La fiesta es la vida. Bailar es anhelada e insostenible simpleza, desertar del imperio de la razón.
A veces los niños se mueren a los tres años de nacidos. A veces, por accidente, ruedan por escaleras en espiral, y fallecen de golpe. A veces alguien los empuja.
CORDIALIDAD, CONQUISTA Y COLONIA
La posibilidad de un mundo paralelo, con otra cosmogonía, otro lenguaje, se interrumpió de manera abrupta. Los conquistadores homogeneizaron las formas culturales, políticas. Se borró de la faz otra mitología fundacional. Nunca germinó en el aire la semilla de los mil frutos.
La apropiación militar del territorio pantanense aconteció en el año 1591, luego de que el capitán Torrente y sus secuaces salieron con rumbo a una despedida de soltero en Ibiza y terminaron en América. Cuando los indios vieron a los hombres blancos y barbudos acercarse, pensaron que eran dioses bajando a la tierra. Luego de que los apuñalaron, violaron, decapitaron, consideraron las prestaciones del islam y la iglesia maradoniana.
Los conquistadores estaban armados con escopetas, mientras que los pantanenses se defendieron con coreografías y manipulación emocional en otra lengua. Uno de los episodios más penosos fue el auto de fe en Lolcum (Tierra del Baile), cuando prendieron fuego a los documentos históricos del matriarcado. Se perdieron cientos de códices, objetos sagrados y todo registro de la literatura prehispánica. Luego asaron salchichas, malvaviscos y contaron historias terroríficas de hombres blancos que no tenían derecho a matar y violar a placer. Los nativos sobrevivientes aprendieron que la socialización también podía ser celebración de la crueldad e imposición de otra normatividad.
Entre las crónicas de la conquista se encuentran las cartas que fray Fermín, un humanista, un hombre sensible a la injusticia y el dolor ajeno, envió al rey:
La causa porque han muerto y destruido tantas y tales y tan infinito número de ánimas los cristianos ha sido solamente por tener por su fin último el oro y henchirse de riquezas en muy breves días y subir a estados muy altos y sin proporción de sus personas (conviene a saber): por la insaciable codicia y ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo, por ser aquellas tierras tan felices y tan ricas, y las gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a sujetarlas; a las cuales no han tenido más respeto ni de ellas han hecho más cuenta ni estima (hablo con verdad por lo que sé y he visto todo el dicho tiempo), no digo que de bestias (porque pluguiera a Dios que como a bestias las hubieran tratado y estimado), pero como y menos que estiércol de las plazas. Y así han curado de sus vidas y de sus ánimas, y por esto todos los números y cuentos dichos han muerto sin fe, sin sacramentos. Y esta es una muy notoria y averiguada verdad, que todos, aunque sean los tiranos y matadores, la saben y la confiesan: que nunca los indios de todas las Indias hicieron mal alguno a cristianos, antes los tuvieron por venidos del cielo, hasta que, primero, muchas veces hubieron recibido ellos o sus vecinos muchos males, robos, muertes, violencias y vejaciones de ellos mismos.
La respuesta del rey también se encuentra en nuestros archivos históricos:
Muy alto e poderoso Señor Fray, la reina y yo preocupad en demasía por misiva con tan atroces y tan muy terribles relatos. No perded esperanza. Como usted mismo dicéis con ánimo de rectitud: Dios mirad y escuchad por encima de todo género, todo bien y mal. La reina y yo practicad infinitos rezos y bendiciones para su santificada persona y la muy fatalísima calamadidad que acontece en las Indias. Así que no os preocupéis más, le he encargao a la Divina Providencia los estragos e perdiciones acontecidas.
Si tenéis ocasión de proveer al reino por sus favores, enviad oro y doce vírgenes en la muy próxima embarcación. Y si así sea, Dios lo preserve e conserve y haga bienaventurado.
El proceso de catequización presentó enrevesados desafíos. Fuese por la barrera del idioma o por el choque cultural, los indios no entendieron el sentido de la religión cristiana y comenzaron a crucificarse los unos a los otros al por mayor, causando particular angustia en fray Fermín, quien pasaba largas jornadas desclavándolos.
La ambigüedad de las parábolas bíblicas se prestó a toda clase de confusiones. Por ejemplo, cuando en el viejo testamento habla de «pájaros de fuego atravesando nubes de marfil», se interpretó como que las mujeres no debían tener derecho a educación, trabajo, voto o exhibición de pantorrilla.
Entre otras notables hazañas del progreso, estandarte de todo gobierno, podemos nombrar la invención del dinero, que tantas alegrías trajo desde entonces al uno por ciento de la población pantanense.
No todas las aportaciones europeas fueron perniciosas, también trajeron cítricos, café, ganado y, lo primordial, no importaron artistas del cante jondo. Además, insistieron durante siglos en que la deformación craneal y la mutilación dental no eran prácticas saludables, hasta que los locales concedieron que tenían un punto razonable, y en consecuencia exigieron la prestación del plan dental. Los españoles concedieron y enviaron a un dentista para removerles las caries con una bala de cañón.
Tras siglos de sublevación, los pantanenses comprendieron que todo intento de socializar es también un juego de poder. Sucede en el cortejo y el matrimonio, en la escuela y el trabajo, con hijos, padres, amigos. En los anales del pasado, tan profundos y misteriosos, se pueden hallar los orígenes de ciertas conductas de los habitantes contemporáneos de Ciudad Pantano. Se hicieron especialistas en pequeñas charlas porque en eso consistía su única posibilidad de supervivencia. En caso de «Hey, lindo clima, ¿no le parece, General?». Lanza en el pulmón. Lanza en estómago. Lanza en corazón. Y prenderle fuego a la familia. Y decapitar a la familia política. Y violar al gato de la abuelita con una tira de morcilla. De esa sola circunstancia derivan al menos dos consecuencias psicosociales. Por un lado, la labranza de un humor propio, con anhelos impotentes de liberación. En segundo término, el hábito de secundar las impresiones del otro con tal de eludir conflictos. Es por eso que en el presente celebran con desbocado entusiasmo compartir las mismas opiniones, a la vez que condenan burdamente lo que no se alinee con sus creencias.
Todos son simuladores en el pantano.
PRIMERA INDEPENDENCIA
Al cabo de cientos de años de estudiar el comportamiento de los invasores, los pantanenses se percataron, no solo de que las armas europeas podían ser utilizadas por no europeos, sino también de que el cristianismo, a diferencia de su religión anterior, no implicaba en realidad congruencia entre actos y creencias.
El hallazgo los condujo a fraguar un movimiento de liberación, un proyecto de patria que tomó mucho de Europa, poco de sus antepasados, algo del método Stanislavski de improvisación, y otro tanto de una virgen morena que se le apareció al líder para sugerirle que comerciara amuletos, prendas y artesanías de su imagen.
Los mejores bigotes de 1818 se reunieron y convocaron al pueblo a las armas bajo la promesa de una olla titánica de pozole que nunca llegó. El cura Gutiérrez sugirió que no lo consideran una instalación, sino un performance colectivo. Como estandarte patrio escogió una paloma, elección que delata un gusto premonitorio por el arte pop con brotes kitsch. Otro de los héroes que dio su vida para brindar días de asueto a las futuras generaciones, fue el capitán Avellanada, recordado por usar un paliacate en homenaje a Tupac Shakur, y el Pipiolo, quien utilizó a su suegro como escudo para infiltrarse a bases enemigas.
Nuestros signos, ciertamente, encadenan. Y, como la consecución de un gran bien suele implicar la realización de un gran mal, hubo miles de muertes, violaciones, daños patrimoniales; pero al cabo de meses de batallar, los mestizos consiguieron adueñarse de un vasto territorio bombardeado con pantanos y del poder para cometer sus propias atrocidades con inmunidad. Los independentistas continuaron erigiendo su civilización, su nueva patria, sobre una superficie que se hunde dos centímetros por año.
LA SOCIALIZACIÓN
Para entender al pantanense contemporáneo hay que prestar atención a dos mitologías que contienen todas las respuestas sobre nuestra identidad, el presente y el futuro. Primero, los carritos chocones, ese juego de feria en el que un grupo de gente, confinada a un espacio determinado, colisiona e intersecta el trayecto de los otros. Segundo, la lucha libre, en particular esa reiterada escena en que un greñudo noquea a un enmascarado y, mientras celebra su victoria, el otro rueda a discreción debajo de la lona, toma un asiento del público y le tunde un sillazo en la espalda al supuesto vencedor.
Otras explicaciones podemos encontrarlas en el estudio del habla. Por ejemplo, cuando alguien dice «Come verga de toro, pinche pendejo, hijo de tu rechingada madre», lo que en verdad quiere expresar es «Soy un sujeto colonizado, cuyo lenguaje y conducta mediocre fueron determinados por eventos que sucedieron cuatrocientos años antes de mi nacimiento».
El pantanense está condenado a la socialización. No puede con su horrible mismidad. Se ha inventado a sí mismo para pertenecer. Por eso, su única esperanza reside en el amor. El amor a estarse a solas, a no responder el teléfono, a inventar pretextos para no salir, a conocerse. El amor a encerrarse en una cueva, bailar solo por semanas, y recrearse en soledad.
EL GRAN PONCHO,
DE LINDO BACHE
Vine a Lindo Bache porque me dijeron que acá vivía el Gran Poncho. Me lo dijo un tal Pecas, que era más negro que el carbón, y yo le dije que sí como bien pude haberle dicho que no. Mi carro agonizaba desde que abandoné Ciudad Pantano, llevaba apenas hora y media en la carretera libre, cuando se detuvo y supe que probablemente había muerto.
—Por aquí no hay mecánicos, tendría usted que regresar a la ciudad —afirmó el Pecas, un sujeto que pasaba por ahí, por la ruta al sur, pidiendo aventón hacia el norte—. Pero si camina una hora por la dirección que llevaba y vira a la derecha pasando la segunda narcofosa, una grandota, como pa´cincuenta petateados —continuó mientras apuntaba a la izquierda— llegará usted a Lindo Bache.
—Y ahí, ¿por quién pregunto? ¿Quién es el macizo?
—Diles que vas a ver al Gran Poncho y le recuerdas al jueputa que me pague lo que me debe. No sabe nada de mecánica, pero es un gran llantero.
Emprendí rumbo sobre una plancha de asfalto. La temporada de calor, que se había prolongado por siglos, evaporaba el oxígeno del aire. La humedad selvática dotaba a la atmósfera de la consistencia de una pesadilla. Postes de luz intersectaban el vuelo de las mariposas que enturbiaban el recorrido de color naranja. Eran tiempos del reggaetón y el aire de agosto olía a Tonayán. A la deriva había espectaculares que anunciaban aerolíneas, autos de lujo, Las Vegas. Uno de ellos tenía la imagen de una familia de rubios jugando con una costosa máquina para revolver lechugas.
Atravesé Puerto Prohibido y llegué a San Carajito, población conquistada por aves de corral. Apandilladas aguardaban en cables, ceibas, azoteas, a punto de embestir. A la entrada, cual arco del triunfo, dos cantinas cubiertas por polvo, una de cada lado de la carretera. Ambas vacías, salvo por un chamaco de unos 16 años que hacía malabares con una navaja. Esos ya no juegan a las canículas, me dije, y lo abordé con cautela, desventajado por vestir cangurera y usar crema para el sol.
—Disculpe, joven ilustre, ¿podría usted darme información sobre el Gran Poncho?
—Eey —negación.
—¿Sabe de quién hablo?
—Ey —afirmación.
—Es que necesito un mecánico y me dijeron que él es un maestro en eso de la cambiada de llantas.
—Eeeey —resignación.
—Me contaron que en ese pueblo los han ido matando a todos.
—Eeeeeeey —dolor desgarrador.
—Me dijeron que los queman vivos.
—Eeeey —arrepentimiento.
—Si algún día me topo con uno de esos bárbaros...
—Eyyyy —tentativa amenaza de muerte.
—Oiga —respondí apresurándome a cambiar el tema—, y entonces, ¿cómo ubico su taller?
—Detrás de un árbol bien chido hay un paisaje chidísimo con mucho pajarraco del más chido. Ahí está el Poncho, que es bien chingón siendo chido.
En ese momento pensé que nunca llegaría. La luz del sol coloreó la mañana de averno, los pájaros caían del cielo intoxicados por el esmog de la zona industrial que se extendía desde el periférico de la ciudad hasta las comisuras de las poblaciones cercanas.
En las cercanías, se erigió una columna de humo, densa como el pozole de la tía Bertha, a causa de la tradicional quema de la selva que celebran los constructores cada mes.
Me hallé en mitad de ninguna parte, junto a un puesto de artesanías con cientos de ranas portando sombrero, huipil, atuendo de la Virgen. Una, en particular, estaba disfrazada de Michael Jackson. No recuerdo cómo se dieron las negociaciones pero terminé llevando a todos los hermanos Jackson en contra de mi voluntad.
—¿Conoce usted al Gran Poncho? —pregunté de salida al artesano.
—¿Qué si lo conozco? ¡A huevo! Es como el diablo mismo. Una vez hicimos un cambalache. Le cambié una vaca enferma por cuatro llantas ponchadas. La vaca se murió a los dos días pero mis llantas, hasta el día de hoy, siguen ponchadas. —Hizo una pausa como para maldecir hacia adentro—. De él se dice mucha cosa. Cuenta un compadre que está loco, solito se coronó como rey de ese pueblo jodido.
Con la sed de un desierto llegué a Lindo Bache, sitio abandonado no solo por Dios, sino por el hombre; un pueblo fantasma que olía a guanábana en descomposición y cuyo único indicio de vida, no de civilización, era un sinfín de propaganda política de los últimos treinta años, colgando de cables y postes de luz, estampada en las paredes de las casas construidas con guano. Me acerqué a la única persona que encontré, un viene–viene en mitad de ninguna parte, pero no pude entender su lengua.
—Buenas tardes, me dijeron que aquí puedo encontrar un llantero.
—Ix cahuich puk le mok chak tu lek —Sal de aquí cuanto antes, si no quieres ser atocinado.
—Disculpe, no le entiendo. ¿Llan-te-ro? ¿Un llan-te-ro?
—Col Moloch tik pakmek cucurish, le cojok narco puk mak tok col —En serio, cabrón, es importante que me escuches. Si te quedas te van a hacer barbacoa.
Probé distintas estrategias —conductismo, psicología a la inversa, soborno—, pero ninguna funcionó.
Caminé hasta encontrar mi destino, no toqué la puerta porque no había. Frente al taller del llantero aguardaba un cementerio cuya población era diez veces más numerosa que la de habitantes en el pueblo. Muertos decapitados, disueltos en ácido, fusilados, cercenados por el Cártel del Nuevo Emprendurismo. Alrededor: un mundo baldío. La pequeña casa de Poncho, de las pocas cuyo material era cemento, estaba pintada con una docena de colores. En un muro lucían un autorretrato, un tigre y el escudo de los Cachirules de Puerto Prohibido. En la fachada, entre trazos azarosos de morado y amarillo, su apodo escrito a gran escala: EL GRAN PONCHO DE LINDO BACHE. Nadie respondía a los llamados pero alcancé a escuchar la televisión encendida. Después de algunos gritos, un sujeto que estaba tirado en su hamaca, viendo programas de concursos con volumen ensordecedor, despertó para atenderme.
—Me llamo Javier, pero me dicen Poncho porque soy deportista —informó mientras sobaba su prominente y soberana panza cervecera.
Poncho, un tipo negro y obeso que rondaba los cuarenta años, estaba acompañado por un amigo tan viejo que de pronto, cuando lo miraba, me parecía que estaba muerto. El compañero era de pocas palabras, nos recordaba su nombre a cada oportunidad y repetía cada frase al menos dos veces. Era de corazón noble, pensaría un optimista, pero lo más probable es que estuviera senil. La dinámica que mantenían ambos era desconcertante: el Poncho conversaba pletórico, se reía con alboroto de sus propios chistes, mientras el viejo sonreía en silencio, asintiendo de repente, como si estuviera sosteniendo una charla en otra dimensión.
—Si quieren encontrarlo, pregunten por el marido del Poncho —informó nuestro anfitrión al presentarlo—. Y si quieres encontrarme a mí, pregunta por tu papá —concluyó con grotesca carcajada.
Tras ponerlo al tanto de las desventuras de mi carro, Poncho abrió su caja de herramientas. Nada más tenía martillo, desarmador y montón de trozos de metal rotos que había recogido de la carretera. Realizamos el recorrido de regreso en tricicleta, demoramos el doble de tiempo que a pie. Cuando por fin llegamos al auto, Poncho estuvo dándole vueltas por diez minutos, como si nunca hubiese visto uno, hasta que finalmente se enfrentó al motor, habiendo resuelto martillar el desarmador en lo que quizás fuera el radiador o la bujía o el amortiguador. Cuando terminó, el auto emitió un aullido de muerte y nunca volvió a encender.
El precio fue barato, doscientos pesos y media botella de ron que guardaba para el viaje.
—Siéntate, chingada madre —dijo el Poncho, hospitalario, ya de regreso en su hogar.
Después vació la botella sobre una cubeta de veinte litros, donde mezclaba el alcohol que cayera en sus manos con agua de la llave y saborizantes artificiales, a pesar de que en su pueblo abundaban frutales. Sumergió tres vasos en el caldo y me convidó uno. Apenas me percaté de que su nombre estaba escrito con plumón sobre la pantalla de la tele, cuando me sacó de la narcosis para mostrarme su arte: docenas de trozos de madera sin forma sobre las que pintaba vírgenes que se entremezclaban con serpientes, calaveras e iconografía del futbol. Para que pudiera apreciarlas mejor, me pasó unos catalejos fabricados con botellas rotas y cinta aislante. Las vírgenes, tal cual advirtió, parecían salirse del cuadro.
Y así, de pronto sin camisa, portando un collar con un chupón colgando, permaneció sentado en un banco de madera cual rey en su trono, mientras el viejo lo bañaba con una mucosidad extraña que concluí era grasa de auto.
—Mira mi pipa —agregó con espontaneidad mientras mostraba un tronco devorado por comején, sin aparente boquilla, de unos cincuenta centímetros de largo y treinta de diámetro, relleno con un puño de marihuana—. Fuma la pipa.
Luego contó de una ocasión en que unos turistas alemanes se sentaron a beber tequila con él. Cuando vieron su espalda desnuda, ellos quedaron impactados, le dijeron que tenía la figura de una virgen en su espalda, como en sus pinturas —que también hacía sobre piedras y espejos— y que debía ser una especie de milagro tercermundista.
—No, solo estoy sucio —respondió con ligereza.
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