Kitabı oku: «Un conde nórdico en el Caribe:»

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Viloria De la Hoz, Joaquín
Un conde nórdico en el Caribe: la presencia de Federico Tomás Adlercreutz en Colombia, Jamaica y Venezuela, 1820-1849 = En Nordisk Greve I Karibien: Fredick Thomas Adlercreutz tid i Colombia Jamaica och Venezuela, 1820-1849 / Joaquín Viloria De La Hoz, María Wickelgren. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2020.
(Humanidades y artes. Historia)
Incluye datos de los autores en la pasta. -- Contiene bibliografía. -- Texto bilingüe español - sueco.
ISBN 978-958-746-270-8 -- 978-958-746-271-5 (pdf) -- 978-958-746-272-2 (epub)
1. Adlercreutz, Federico Tomás, 1793-1852 2. Convención de Ocaña, 1828 3. Colombia - Historia, 1820-1831 I. Wickelgren, María II. Título III. Serie
CDD: 986.104 ed. 23
CO-BoBN–
Primera edición, mayo de 2020
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Diseño editorial: Luis Felipe Márquez Lora
Diagramación: Eduard Hernández Rodríguez
Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro
Corrección de estilo: Clinton Ramírez C.
Santa Marta, Colombia, 2020
ISBN: 978-958-746-270-8 (impreso)
ISBN: 978-958-746-271-5 (pdf)
ISBN: 978-958-746-272-2 (epub)
DOI: 10.21676/9789587462708
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Contenido // Innehåll
Presentación a esta edición
Han pasado quince años desde que se publicó la primera edición del documento que hoy presentamos en versión bilingüe. En aquel entonces el profesor Carlos Dávila, de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes, mostró interés en publicar la investigación sobre el conde sueco-finlandés Federico Tomás Adlercruetz en la serie de Monografías. El tema era desconocido para administradores, economistas e historiadores contemporáneos, por lo que la Facultad le pidió al historiador Luis Fernando Molina que hiciera una presentación de la Monografía, resultando muy generosos sus comentarios.
Nuestra publicación de 2005 motivó a que varios miembros de la familia Adlercreutz viajaran a Colombia, como María y John Wickelgren, además de Thomas, Gustaf y Elena Adlercreutz, entre otros. El documento también sirvió para que las embajadas de Suecia y Finlandia en Colombia retomaran su interés en este personaje del siglo XIX.
En estos tres lustros se han publicado algunos artículos sobre el conde Adlercreutz en periódicos y revistas nacionales. En 2009, se reeditó el primer libro publicado sobre el conde nórdico, el cual contiene una parte considerable de sus cartas conservadas en los archivos suecos. Esta reedición fue coordinada por la Academia Nacional de Historia de Venezuela y contó con el apoyo entusiasta de Mikko Pyhälä, embajador de Finlandia en Colombia y Venezuela.
Vale la pena recordar que Federico Tomás Adlercreutz nació en Finlandia a finales del siglo XVIII, cuando todavía este territorio formaba parte de Suecia. Cuando los suecos perdieron este territorio a manos de los rusos a principios del siglo XIX, la familia Adlercreutz decidió establecerse en Suecia. Este hecho histórico ha permitido que suecos y finlandeses sientan a Federico Tomás como suyo, por lo que ambos países han empezado a impulsar su figura como el nórdico amigo del Libertador Simón Bolívar que participó en las gestas de la Independencia en Colombia y Venezuela.
En el año 2020, se conmemora el bicentenario de la Independencia de la provincia de Santa Marta, así como los 200 años de la llegada del conde Adlercreutz al Caribe grancolombiano. La reedición que estamos presentando contempla un libro bilingüe español - sueco en el cual se incluyen cartas, fotografías y mapas que hacen más amena la lectura del documento. Adicionalmente, la edición bilingüe se publica el año en que la Feria Internacional del Libro de Bogotá –FilBo - tiene como invitados especiales a los países nórdicos: Suecia, Finlandia, Noruega, Dinamarca e Islandia. Este libro es el aporte de la Universidad del Magdalena y de su Editorial a los países invitados FilBo 2020.
Esta edición estuvo al cuidado de Clinton Ramírez; muchas gracias por sus aportes idiomáticos. También fue de mucha utilidad el apoyo de Diego Cardoso en la elaboración de los mapas. Por último, expresamos nuestros agradecimientos a la Editorial de la Universidad del Magdalena, en especial a su director Jorge Elías, por la confianza al publicar este libro bilingüe.
Santa Marta y Lund, abril de 2020.
Post Data
Del 21 de abril al 5 de mayo de 2020 debía realizarse la 33ª Feria Internacional del Libro de Bogotá –FilBo, teniendo como invitados de honor a los países nórdicos. Infortunadamente, en diciembre de 2019 surgió en China una epidemia conocida como coronavirus o covid-19, que rápidamente se convirtió en pandemia. “Hoy, a mediados de mayo de 2020, el virus está presente en 187 de países, lo han padecido cerca de 4.300.000 personas y ha cobrado la vida de 300.000 contagiados”. Para tratar de controlar el virus la mayoría de países han adoptado medidas de aislamiento social, suspendiendo vuelos nacionales e internacionales, así como cancelando eventos públicos, restringiendo las salidas a la calle e impulsando medidas como “Yo me quedo en casa”. Ante estas circunstancias, la FilBo fue aplazada hasta que se controle a nivel mundial la pandemia del covid-19.
Con esta publicación, la Universidad del Magdalena, su casa Editorial y los autores, rinden un homenaje a las víctimas del coronavirus, así como al personal de salud que ha arriesgado su integridad física por cumplir su deber como servidores públicos, en especial los que lo han ejercido en Colombia y Suecia.
Santa Marta y Lund, mayo 2020
Introducción
De cuantos suecos llegasen a Iberoamérica durante la Época de la Emancipación, ninguno más famoso que el conde Federico Tomás Adlercreutz, hijo de una de las personalidades del Reino y teniente coronel al optar por enrolarse en el ejército de Bolívar en 1820 (Mörner, 1961).
La sola afirmación de Mörner es argumento suficiente para emprender una investigación sobre el prócer de la Independencia colombiana Federico Tomás Adlercreutz. La vida de este conde sueco está llena de vicisitudes como haber nacido en cuna noble, perder a su madre a temprana edad, tener a su padre como una de los militares más prestigiosos de su país y ser edecán del rey de Suecia. Después de la muerte de su padre, no supo administrar ni la fama de éste ni la fortuna familiar. Estos inconvenientes le costaron su carrera militar en Suecia, a la que tuvo que renunciar y buscar su destino en otras latitudes. De seguro con la anuencia del rey, Federico se encaminó a Londres a finales de 1819 para unirse a uno de los contingentes de la legión irlandesa, y con ellos, marchó a América para luchar por la Independencia de las colonias españolas.
A principios del siglo XX un historiador colombiano (Posada, 1903) fue el primero que se interesó en relatar la vida política y militar de Federico Tomás Adlercreutz. Hace más de un siglo (1903), Posada escribió un pequeño artículo sobre el prócer sueco, que fue ampliando y enriqueciendo en posteriores artículos de 1923 y 19331. Por su parte, el venezolano Parra-Pérez escribió en 1928 un libro sobre Adlercreutz, basado en las cartas recibidas por el conde que originalmente fueron escritas en español o francés. Algunos años después (1941) el historiador argentino Iso Brante publicó en Venezuela una investigación rigurosa, basada en cartas originales de Adlercreutz, muchas de ellas escritas en sueco. Otros artículos como el de Paulin (1952) y Mörner (1960) traen referencias de Adlercreutz, y sobre todo el último da pistas de dónde encontrar otros documentos históricos relacionados con el conde.
A partir de esta bibliografía me propuse como objetivo adelantar una investigación sobre Federico Tomás Adlercreutz y el contexto histórico que vivió en Colombia durante esos años (1820-1831), con algunos detalles relevantes de la guerra de Independencia ocurridos en Cartagena, Mompox y Santa Marta principalmente. Resultó interesante estudiar la vida de un hombre prominente como diplomático, político y militar, pero que fracasó en todas sus actividades económicas y financieras a lo largo de su vida. Los documentos sobre Adlercreutz dan testimonio de haber sido un buen administrador público (un ejemplo puede ser su desempeño como gobernador de Mompox), pero también confirman su escasa visión para los negocios y su limitado espíritu empresarial.
Así mismo, en el desarrollo del documento se utilizó un enfoque que permitiera estudiar a Adlercreutz no como un personaje aislado, único e interesante, sino tomarlo como ejemplo de un fenómeno más general: los otros militares extranjeros involucrados en la guerra de Independencia, muchos de ellos enrolados en las legiones inglesa e irlandesa.
A este respecto cabe preguntarse: ¿Cuáles fueron las motivaciones de Adlercreutz para venir a América y luchar por la Independencia? ¿Fue un simple aventurero o un mercenario, como muchos de sus compañeros extranjeros? ¿Cuál fue su aporte a la República? ¿Tenía un capital humano que lo hiciera sobresalir de los otros oficiales nacionales o extranjeros?
El trabajo se estructuró a partir de tres ejes temáticos: el político-militar, el económico-administrativo y el familiar-sentimental. Estos temas se desarrollan de manera transversal a lo largo de todo el documento. Para adelantar la investigación no solo se consultó la bibliografía referida a Adlercreutz, sino su correspondencia con otros próceres de la Independencia como Bolívar, Santander, Montilla y de Francisco Martín, entre otros. También se tuvo acceso a la documentación existente en el Archivo Nacional de Suecia (Riksarkivet) - Archivo Militar - en Estocolmo, el Archivo Histórico de Cartagena, de la Casa de la Moneda y la Sala de Libros Raros y Manuscritos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. En abril de 2004 tuve la oportunidad de visitar el Instituto de Estudios Latinoamericanos (LAI por sus siglas en inglés) de la Universidad de Estocolmo, en donde me entrevisté con los historiadores Magnus Mörner y Carlos Vidales. Allí tuve acceso a un trabajo inédito de Vidales, en el que recopila gran parte de los documentos que se encuentran en los archivos suecos referidos a Federico Tomás Adlercreutz.
Esta investigación surgió de manera fortuita, a partir de la correspondencia que el autor entabló con María Wickelgren, una profesora sueca descendiente del momposino Carlos Natividad Adlrecreutz Díaz Granados (hijo del sueco Federico Adlrecreutz y la cartagenera María Josefa Díaz Granados), quien buscando pistas de su antepasado llegó a uno de mis documentos sobre historia empresarial del Caribe colombiano. Para ella, y su esposo John Wickelgren, mis agradecimientos muy especiales. Me beneficié igualmente de una visita a Suecia en la primavera de 2004, por invitación de la Asociación de Profesores de Español del Sur de Suecia, presidida por Inger Enkvist. También colaboraron con esta investigación Steinar Saether, historiador noruego; Magnus Mörner (QEPD), quien fuera fundador del Instituto de Estudios Latinoamericano de la Universidad de Estocolmo; Carlos Vidales (QEPD), quien se desempeñó como profesor colombiano del mismo Instituto; la Biblioteca Luis Ángel Arango, y Alberto Arias De Greiff, quien me facilitó documentos históricos referidos a su antepasado sueco, el capitán Carlos de Greiff.
1. En 1933 el Ministro de Suecia en Madrid obsequió a la Academia Colombiana de Historia un retrato de conde Federico Tomás Adlercreutz (Posada, 1933), y en 1955 el Ministro de Suecia en Colombia hizo lo mismo con la Academia de la Historia de Cartagena (Torres, 1955). El retrato original, que pertenece a sus descendientes en Suecia, fue pintado por Per Krafft, el joven (1777-1863), discípulo de Louis David, éste último pintor neoclásico francés.
I. Suecia y la Independencia
Los contactos del gobierno sueco con los líderes republicanos de Hispanoamérica se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII. Se debe recordar que “El Precursor” venezolano Francisco de Miranda fue bien recibido por algunos miembros de la nobleza (entre ellos el rey) y por diferentes funcionarios del gobierno sueco, cuando visitó ese país en octubre de 1787. De acuerdo con Mörner, “El Precursor” fue el visitante hispano-parlante más famoso que estuvo en Suecia en el siglo XVIII, quien debió llegar de incógnito para eludir la persecución diplomática española (Mörner, 1961).
En su Diario, Miranda nos dice que habló con el rey sobre “España y su decadencia e ignorancia extraordinaria”. Sobre el conocimiento de la “lengua de Cervantes”, el rey reconoció que apenas comprendía algunas palabras, pero así mismo dijo entender sin mucha dificultad el idioma de algunos asturianos que visitaron Suecia en esa época. De acuerdo con Miranda, la anterior afirmación “prueba que los pueblos godos que dominaron a España eran sin duda de este paraje” (Miranda, 1992, p. 265).
Desde finales del siglo XVIII, el rey Gustavo III de Suecia estuvo interesado en obtener para su país una posesión en el Caribe insular o continental. Como el monarca sueco mantenía estrechas relaciones con el rey Luis XVI de Francia, cuando se definió la paz que puso fin al conflicto entre Inglaterra y la alianza franco-española, Francia obtuvo para Suecia la isla de San Bartolomé, a cambio de privilegios comerciales en Gotemburgo. El tratado de cesión se firmó en París el 1 de julio de 1784 y durante cien años Suecia ejercería el control y administración sobre esta pequeña isla de 21 kilómetros cuadrados. La isla de San Bartolomé se ubica en el grupo de las Antillas Menores y pertenece al archipiélago de Barlovento.
Desde sus inicios, Suecia organizó su pequeña posesión como un establecimiento comercial y portuario, aprovechando las calidades excepcionales de los dos puertos naturales que poseía: la bahía de Le Carenage, donde se fundó el puerto de Gustavia en 1785, y el islote de Fourchue o Five Islands. La importancia estratégica de la pequeña isla de San Bartolomé no estaba en su tamaño, sino en su condición de puerto neutral. Este carácter determinó su importancia política y económica, en especial el comercio de “tránsito” con sus principales agentes, los corsarios republicanos (Vidales, 1988)2.
El interés y la publicidad sueca sobre las guerras de independencia en América fueron permanentes en esta época. Así, por ejemplo, en 1781 se había reimpreso una parte de la obra del abate francés Raynal, referente a la emancipación norteamericana, y luego en 1816 apareció una edición en sueco de la misma obra. En 1818 siguió la publicación en sueco de la obra del abate De Pradt (al parecer por encargo del mismo rey Carlos Juan) y luego en 1819, Olof Erik Bergius, antiguo empleado de la isla sueca de San Bartolomé, publicó un libro titulado Sobre las Indias Occidentales. Bergius subraya en su obra que “Europa no reconquistará nunca a América. Un pueblo ya maduro para la Libertad, no la perderá al otro lado del Océano” (Mörner, 1961, pp. 16 y 22).
Otro hecho significativo ocurrió en París en abril de 1814, cuando el príncipe real de Suecia, Juan Bautista Bernadotte, se entrevistó con el venezolano Manuel Palacio Fajardo, quien en ese momento hacía parte de la comisión diplomática que el nuevo Estado de Cartagena había enviado a Estados Unidos y Europa. De estos países Palacio Fajardo no recibió el respaldo esperado, mientras “Juan Bautista Bernadotte tuvo una aptitud completamente diferente a la de sus aliados… Se podría añadir que el príncipe Carlos Juan es un hombre emprendedor (y) que el pueblo sueco lo es igualmente” (Vidales, 1988, pp. 3-4). De acuerdo con algunos historiadores suecos, detrás de esa publicidad sobre la emancipación hispanoamericana se encontraba el propio Bernadotte, el futuro rey Carlos Juan.
En estos años, en Suecia se veía con un gran entusiasmo romántico las luchas por la independencia de las colonias españolas y portuguesas, que una vez libres abrirían sus potenciales mercados a los productos suecos, en especial el hierro. Al terminar las guerras napoleónicas, se agudizó la competencia inglesa en productos como el hierro y el carbón, lo que obligó a los exportadores de hierro suecos a buscar otros mercados por fuera de Europa como Estados Unidos, Brasil y las antiguas colonias españolas. De ahí que “durante el siglo (XIX)..., las relaciones económicas fueron el elemento principal en nuestros contactos con América Latina. Podemos decir que ese fue el factor que forjó el acercamiento entre (Suecia) y Latinoamérica” (Karlsson y Magnusson, 1992, p. 184). Pese a estos esfuerzos, lo cierto es que el intercambio comercial de Suecia con Iberoamérica en el siglo XIX no fue de consideración, con la sola excepción de Brasil.
En 1820 se dio un primer contacto en Londres entre el enviado colombiano Francisco Antonio Zea y diplomáticos suecos. Zea le ofreció ventajas comerciales a Suecia, en caso de que este país le diera su reconocimiento político a Colombia. Esto no se concretó tan rápido como hubieran querido los colombianos, pero en cambio si pudo ser la antesala para que Federico Tomás Adlercreutz tomara la decisión de enrolarse en el ejército de Simón Bolívar en el mismo año de 1820, y se enviara un emisario especial en 1823.
2. C. Vidales, “San Bartolomé: las Antillas suecas y la Independencia Hispanoamericana (1810-1830)”, publicado en la Rana Dorada: revista de historia y cultura <http:/hem.bredband.net/Irbid.
II. De la Patria Boba a la Gran Colombia
Si bien es cierto que desde los primeros años del siglo XIX las elites criollas de Hispanoamérica se mostraron críticas contra las autoridades coloniales, sucesos externos al virreinato fueron decisivos para proyectar y extender el movimiento emancipador. En 1808, el ejército de Napoleón invadió España, sometió al rey y exigió le cedieran el trono. Las noticias de la desaparición de la monarquía española y la resistencia española contra el invasor fueron conocidas por la elite criolla, quienes aprovecharon las circunstancias para exigir a las autoridades del virreinato mayor participación en los órganos de gobierno. En medio de estas disputas, entre 1809 y 1810, se establecieron juntas locales de gobierno en casi todas las capitales provinciales de la Nueva Granada, Quito y Venezuela. Así, el 19 de abril de 1810, el cabildo de Caracas se constituyó en gobierno autónomo, y luego, en los meses siguientes, los criollos de Cartagena, Santa Fe y otras ciudades venezolanas y neogranadinas hicieron lo mismo. El 11 de noviembre de 1811 Cartagena proclamó su independencia absoluta de España.
Con las disputas entre los patriotas federalistas y centralistas se descuidó el enemigo común, las fuerzas realistas, quienes se apoderaron de Venezuela en 1812. Derrotados, varios venezolanos buscaron refugio en el Estado libre de Cartagena a partir de 1812, entre ellos Simón Bolívar, Carlos Soublette, Mariano y Tomás Montilla, Pedro Gual, Manuel Palacio Fajardo, Manuel Cortés Campomanes, Luciano D´Elhuyard, Miguel y Fernando Carabaño. Con la ayuda de los cartageneros, Bolívar organizó una fuerza que despejó de españoles el Bajo Magdalena, entró triunfante en Ocaña, marchó con sus hombres hasta Pamplona, donde de nuevo salió victorioso, y con la ayuda de Nariño penetró a Venezuela para enfrentar a los españoles.
El año de 1814 fue como la resurrección para los españoles, y a su vez el desastre para los patriotas: en mayo fue restituido Fernando VII al trono de España, en tierras americanas Bolívar era derrotado en Venezuela y Nariño caía prisionero en Pasto. En este período de la “Patria Boba” siguieron las disputas entre federalistas y centralistas, Bolívar se tomó Santa Fe en diciembre de 1814, y a principios del año siguiente hizo la campaña del río Magdalena, que tenía como destino desalojar a los relistas de Santa Marta. En Cartagena el coronel Manuel del Castillo y Rada se opuso a cooperar con Bolívar, por lo que este amenazó con tomarse por la fuerza la ciudad si no le brindaban su apoyo. Sorpresivamente Bolívar desistió de su campaña contra Santa Marta, levantó el sitio de Cartagena y se embarcó para Jamaica el 9 de mayo de 1815.
Por el lado europeo, una alianza militar de varios países encabezados por Inglaterra, Prusia, Rusia y Suecia derrotaron definitivamente a Napoleón en 1815, lo que para España significó la restauración del rey Fernando VII. Una de las primeras acciones del monarca español fue reconquistar sus antiguas colonias americanas, para lo cual despachó un ejército conformado por más de 10.000 combatientes, al mando del general Pablo Morillo. La expedición española desembarcó en Venezuela el 7 de abril de 1815, un mes antes de que Bolívar saliera para Jamaica. En julio de ese año “el Pacificador” Morillo llegó a Santa Marta y en agosto sitió Cartagena durante más de tres meses, pero finalmente los patriotas se vieron obligados a capitularon el 5 de diciembre de 1815, acosados por el hambre, las enfermedades y las armas españolas. Los patriotas que pudieron evacuar Cartagena, se dirigieron a los cayos de San Luis, Haití, donde se reunieron con Bolívar a principios de 1816. A mediados de ese año Bolívar y un pequeño grupo de patriotas salieron de Haití rumbo a Venezuela, con el propósito de expulsar a los españoles de su territorio. Por su parte, los españoles al mando de Morillo, después de haberse tomado Cartagena, siguieron en una rápida reconquista de la Nueva Granada, que se concretó en julio de 1816.
La derrota de Napoleón también trajo su parte favorable para los insurgentes hispanoamericanos: Inglaterra dio por terminada su alianza con España, lo que le permitió al primer país actuar con más libertad en el conflicto que se vivía en las colonias españolas. Luego de la victoria sobre Napoleón, los británicos desmovilizaron gran parte de su ejército, lo que les generó desempleo en un grupo de hombres especializados en la guerra. Unos seis mil británicos, entre ellos muchos soldados de fortuna, se enrolaron en el ejército de Bolívar a partir de 1818, y participaron en las decisivas batallas de Boyacá (1819), Carabobo (1821) y en la campaña libertadora del litoral Caribe de Colombia, entre 1819 y 1822.
Luego de la victoria de Bolívar en la batalla de Boyacá en 1819, este militar venezolano se constituyó en el líder indiscutido de los patriotas en la Nueva Granada y Venezuela, confiriéndosele el título de Libertador. En diciembre de ese mismo año se celebró el Congreso de Angustura, en donde se formalizó el nacimiento de la República de Colombia, integrada inicialmente por Venezuela y la Nueva Granada (más adelante se incorporaría Ecuador), se eligió a Bolívar como su primer presidente y Bogotá fue escogida como capital de la República, tal vez por seguir la tradición colonial (Palacios y Safford, 2002).
III. Los primeros años de Federico Tomás
El 23 de julio de 1793 nació Federico Tomás de Adlercreutz, en el seno de una antigua familia de la nobleza escandinava. Nació en Gammelbacka, Finlandia, perteneciente entonces al Reino de Suecia, población situada cerca de la frontera rusa. Sus padres fueron el general conde Carlos Juan de Adlercreutz y la baronesa Henriette Amalia de Stackelberg. Su padre se distinguió como un gran militar, y adquirió fama en toda Suecia luego de varios combates y victorias contra los rusos en la guerra de 1808-1809.
El torpe manejo dado por el monarca Gustavo IV al conflicto que perdieron ante los rusos, gatilló el golpe de Estado ocurrido el 13 de marzo de 1809, cuando Carlos Juan de Adlercreutz y otros seis oficiales depusieron al rey y lo reemplazaron por un tío de este, quien pasó a llamarse Carlos XIII.3 Más que un golpe de cuartel estos acontecimientos desencadenaron una revolución, una nueva época en la historia sueca. A partir de esa fecha se promovió aún más el interés de Suecia por las colonias españolas en América, ya que “toda la sociedad sueca se encontraba fuertemente ligada a los principios democráticos que habían sido establecidos a partir de la “revolución de Estado” de 1809-1810” (Vidales, 1988, p. 50).
Agitada en extremo fue la primera infancia de Federico Tomás. En 1796, cuando contaba solo tres años, quedó huérfano de madre, por lo que su padre se vio en la necesidad de dejarlo a vivir con sus tíos, ya que estaba en el frente de batalla luchando contra los rusos. A los trece años entró como cadete en la Escuela Militar de Carlberg, en donde permaneció cuatro años recibiendo una educación rigurosa y esmerada: allí hizo cursos de artillería, fortificaciones, reglamento de caballería, artículos de guerra, equitación, esgrima, topografía, álgebra, tablas logarítmicas, geografía, inglés, francés, alemán y baile (Brante, 1941, p. 224). No es extraño que descollara más tarde por su cultura entre la oficialidad colombiana y que su compañero de armas, el general irlandés Francisco O´Connor, dijera de él que era “el jefe más instruido y más completo de cuantos habían venido a Colombia”.
En 1809, formó parte de las comisiones que negociaron con Rusia el tratado de paz, y más tarde con Dinamarca. Luego viajó a la Francia napoleónica para ingresar a la Escuela de Artillería y Fortificación de Metz, en donde siguió estudios militares durante algunos meses. De regreso a Suecia en 1810 le correspondió salir al encuentro del mariscal Bernadotte, quien ocho años después sería coronado como rey de Suecia. Federico se ganó la simpatía de Bernadotte, por lo que este lo nombró su primer edecán (Giraldo, 1960).
Los años trascurridos entre 1810 y el Congreso de Viena (1815) son los más brillantes de la carrera militar de Adlercreutz en Europa, logrando sobresalir como soldado y como diplomático. Por sus servicios militares y diplomáticos, el rey de Prusia lo condecoró con la Orden al Mérito, el zar de Rusia con la Orden de Santa Ana y el rey de Suecia con la medalla de oro al valor militar, además de distinguirlo como Caballero de la Real Orden de la Espada. Sus méritos fueron de reconocimiento público, por lo que no se entiende el bajo perfil que lo caracterizó durante toda su vida:
¿Es por casualidad que no haya exhibido sus méritos, ni escrito sus memorias, o es un rasgo del carácter sueco-finlandés el de encerrar en sí las fuertes emociones y preservarlas celosamente del contacto con el mundo exterior… y relegarlos en lo trascendente, en lo metafísico, en lo religioso? (Brante, 1941, p. 230).
Lo cierto es que no todos los suecos que visitaron Colombia en esa época actuaron a la manera de Adlercerutz: por el contrario, sus compatriotas Severin Lorich, Carlos A. Gosselman, Pedro Nisser y Carlos de Greiff, plasmaron sus vivencias en informes, libros o diarios, de gran utilidad para conocer la situación de Colombia en los primeros años de su vida independiente.
Foto 1. Retrato de Federico Tomás Adlercreutz hecho por el artista Per Krafft, El jóven

Foto: Jens Lindhe.
3. El nuevo rey Carlos XIII no tuvo hijos, por lo que fue elegido como heredero un príncipe danés quien murió al poco tiempo, y en su reemplazo fue nombrado el mariscal francés Juan Bautista Bernadotte. Este militar francés se había ganado el aprecio y respeto de los suecos durante su permanencia en Pomerania (región que perteneció a Suecia) y por su decisión de combatir al ejército de Napoleón, su antiguo jefe. Bernadotte reinó en Suecia bajo el nombre de Carlos XIV Juan, desde 1818 hasta 1844, dando comienzo a la actual dinastía sueca (Parra-Pérez, 1928, pp. 11-12).
IV. Un conde convertido en prócer
A. La bancarrota del conde
Al morir el general Carlos Juan de Adlercreutz, en diciembre de 1815, su hijo Federico Tomás recibió el título de conde y una fortuna equivalente a cuarenta mil dólares. Federico Adlercreutz era por entonces mayor de Caballería en la Guarnición de Estocolmo. Su vida empezó a complicarse, tanto por razones financieras como sentimentales. Desde su juventud vemos en Adlercreutz desatinos económicos, mala administración de su fortuna, despilfarro y, al final, la bancarrota.
En 1817 es jefe de escuadrón y dos años después teniente coronel pero sin sueldo. Documentos contemporáneos ponen de presente los despilfarros y las deudas contraídas para sostener su alto rango y comprar la coronelía de la Guardia Real. Una carta escrita en 1820 por Christopher Hughes, Encargado de Negocios de los Estados Unidos en Estocolmo, deja testimonio de esta situación:
El conde Adlercreutz tuvo la gran desgracia de perder a su excelente y renombrado padre cuando era muy joven y sin experiencia. Así se vio a la cabeza de una familia ilustre, cortejado y halagado por sus compatriotas, como resultado de los servicios y fama de su padre; y siendo de temperamento generoso, hubo de incurrir en gastos que no le permitiera su fortuna, aunque ella fuese respetada en su país (Parra-Pérez, 1928, pp. 34-35).
Ante su bancarrota, Adlercreutz se vio obligado a pedirle ayuda económica al rey, y como última instancia, su autorización para trabajar en el extranjero. Esta última posibilidad fue la que se concretó, por lo que la primera recomendación de su tía Rosalía, Condesa de Engeström y esposa del ministro sueco de Relaciones Exteriores, fue que Federico ofreciera sus servicios al zar de Rusia:
Si las armas de los patriotas progresan, no hay ninguna duda de que tú serás un empleado favorable; si no, la mejor salida será la de volver sobre tus pasos y buscar el servicio de Rusia; esa fue siempre mi idea (Vidales, 2004, p. 8).
B. En busca de la Legión Irlandesa
No es aventurado pensar que las simpatías del monarca sueco por las ideas libertarias en América debieron tener un peso significativo al momento en que Adlercreutz, su ex edecán, tomara el camino de Iberoamérica. Incluso, luego de sus descalabros financieros, Adlercreutz obtuvo del rey una licencia por dos años para servir en el extranjero4. Ante la firme convicción de Federico, la condesa Rosalía de Engeström procedió entonces a solicitarle a Christopher Hughes, Encargado de Negocios de los Estados Unidos en Estocolmo, que recomendara al conde Adlercreutz ante el general John Devereux, jefe de la Legión Irlandesa5.
Por la carta de Hughes, con fecha 10 de julio de 1820, se sabe que Adlercreutz incurrió en exceso de gastos, por lo que “con la ayuda del rey” abandonó Suecia a finales de 1819 y se estableció en Londres por algunos meses, hasta que pudo viajar a América para enrolarse en el ejército de Simón Bolívar:
¡El se ha ido a consagrar su vida y sus talentos a la causa gloriosa de Usted! Es un completo y debidamente educado oficial de caballería y pertenecía al mejor Cuerpo de este país – la Guardia de Caballería del Rey -... Encarecidamente le suplico que usted mismo o por medio de su ilustre jefe, el general Bolívar, de ocupación a sus talentos y a su espada (Parra-Pérez, 1928, pp. 34-35).
Esta recomendación llegó a Devereux cuando Adlercreutz ya había partido hacia América, pero de seguro fue conocida por Bolívar y Montilla, que le dieron un trato preferencial al conde. Adlercreutz estuvo en la isla sueca de San Bartolomé entre los meses de abril y julio de 1820, para luego seguir viaje a la isla de Margarita y Angostura, base de los patriotas grancolombianos. A principios de agosto, solicitó en Angostura su incorporación al ejército libertador, hecho que oficializó personalmente El Libertador en Barranquilla el 29 de agosto de 1820, otorgándole el grado de teniente coronel.
Mapa 1. Viaje inicial del conde Adlercreutz de Suecia al Caribe grancolombiano, 1819-1820.

Fuente: Elaboración propia.
Durante la guerra de Independencia, el ejército libertador recibió miles de legionarios extranjeros, principalmente británicos, irlandeses, franceses y alemanes. Entre 1818 y 1821 llegaron a la isla de Margarita (Venezuela) cerca de 4.500 hombres de la Legión Británica y más de 2.000 de la Legión Irlandesa, entre los que se encontraba Federico Tomás Adlercreutz. Una de las escalas obligadas antes de desembarcar en Margarita era en la isla sueca de San Bartolomé, donde por lo general los legionarios eran recibidos en forma amigable. La primera expedición de voluntarios ingleses e irlandeses llegó a San Bartolomé a principios de 1818, y las operaciones de trasbordo a barcos republicanos fueron supervisadas por el almirante Luis Brión, de la armada insurgente. Con este primer contingente de 200 irlandeses llegó Francisco Burdett O´Connor, uno de los más destacados miembros de la legión y luego general de la República.
En estos años, por San Bartolomé siguieron pasando legionarios de diferentes nacionalidades, armas, municiones y demás mercancías para el ejército insurgente de la Gran Colombia. Esto era posible por el interés que despertaba en el rey Carlos XIV la Independencia de las colonias españolas. En 1819 el rey de los suecos da instrucciones al recién nombrado gobernador de San Bartolomé, para que venda a los insurgentes un cargamento de armas y pertrechos. De acuerdo con las instrucciones dadas el 29 de abril de 1819 “El rey espera del señor Norderling informes mensuales sobre la situación, no solamente de la Colonia, sino también de las otras colonias y países de América, cuyos acontecimientos no pueden carecer de interés para Suecia” (Vidales, 1988, p. 34).
El primer envío de armamento llegó a San Bartolomé junto con el nuevo gobernador, el 20 de agosto de 1819. Al año siguiente, el comerciante alemán Juan Bernardo Elbers compró en la isla 22.000 cartuchos y 35 quintales de pólvora. Elbers se naturalizó en San Bartolomé y en 1812 llegó a ser miembro del Consejo de Gobierno, en 1817 comenzó negocios con el ejército bolivariano y en 1819 se trasladó al continente (Vidales, 1988)6. Además del comerciante alemán Juan Bernardo Elbers, también vivieron en San Bartolomé el almirante curazaleño Luis Brión, el general venezolano Mariano Montilla y el francés Nicolás Joly, comandante de la marina grancolombiana, todos hombres muy destacados (y controvertidos) en la lucha por la Independencia.
C. El incendio de Ríohacha y la toma de Sabanilla
En agosto de 1819, llegaron a la isla de Margarita cerca de ochocientos legionarios irlandeses, pero en un momento crítico, cuando las provisiones escaseaban, lo que generó conflictos y deserciones. La comunicación con su nuevo comandante, el coronel Mariano Montilla, fue otro de los problemas que encontraron los irlandeses, ya que aquel no hablaba inglés y la mayoría de éstos no entendían el español. El 6 de marzo de 1820, cuando Montilla dio la orden para marcharse de Margarita, la muerte, la deserción y la enfermedad habían mermado la tropa y de los cerca de mil irlandeses que habían llegado unos meses atrás sólo quedaban cerca de 400 (Cochrane, 1994; McGinn, 1991).
La legión irlandesa y demás tropas al mando de Montilla se tomaron Riohacha el 12 de marzo de 1820, y luego, junto con el contingente organizado por el capitán José Prudencio Padilla enfrentaron a los españoles en el combate de Laguna Salada, de la cual salieron victoriosos los republicanos. Ante la inconformidad por la falta de paga y la escasez de agua, el 4 de junio los irlandeses se amotinaron, se emborracharon con el licor robado a los ríohacheros e incendiaron la misma ciudad que cinco meses atrás (en octubre de 1819) habían destruidos los mercenarios ingleses al mando de Gregor MacGregor. Pero ingleses e irlandeses tuvieron distinta suerte: mientras más de 200 ingleses fueron degollados por los nativos, los irlandeses fueron expulsados del ejército libertador y remitidos a Jamaica por Montilla.
Luego del segundo incendio de Riohacha, Mariano Montilla, Pedro Gual y otros oficiales con su tropa salieron de la ciudad, se tomaron Sabanilla el 11 de junio y lo habilitaron como puerto al servicio de la República. En Soledad, Montilla nombró a Pedro Gual7 gobernador civil y al coronel Ramón Ayala gobernador militar, ambos de origen venezolano. El coronel Montilla se reunió en Barranquilla con el almirante Brión y con el teniente coronel Córdoba, para definir una estrategia contra los realistas de Cartagena, los cuales coincidieron en someter la plaza a un sitio o bloqueo por todos los frentes.
Montilla con sus hombres marcharon sobre la plaza fuerte de Cartagena, todavía en poder de los españoles, llegaron a Turbaco el 1° de julio e iniciaron de inmediato el sitio de Cartagena, que duraría catorce meses. La guarnición realista de Cartagena la componían 1.150 hombres, que cubrían las fortalezas de Bocachica, el castillo de San Felipe y los dos recintos de la ciudad. En cambio, la marina era muy débil, compuesta apenas por 175 hombres, así como tres lanchas, tres barcos y varios botes pequeños (Lemaitre, 1983).
D. La batalla de Ciénaga y la campaña de Santa Marta
A mediados de agosto de 1820, un año después de la victoria patriota en la batalla de Boyacá, Bolívar llegó a Barranquilla procedente de Villa del Rosario de Cúcuta. En Soledad se reunió con Montilla y Córdova, hizo un reconocimiento de la línea del Magdalena, y dio instrucciones sobre el ataque a Santa Marta. En esos días decisivos para la Independencia del litoral Caribe, también llegó a territorio colombiano el conde sueco Federico Tomás Adlercreutz. Bolívar lo recibió en audiencia y luego de revisar su trayectoria militar y diplomática, se lo recomendó al entonces coronel Mariano Montilla. Así, el 24 de agosto de 1820 (el 29 de agosto según O´Leary), durante la campaña de Santa Marta, Adlercreutz fue incorporado oficialmente al Ejército Libertador como teniente coronel de caballería, al igual que el capitán alemán Felipe Braun (Lecuna, 1982; Brante, 1941).
Mapa 2. Sitios visitados por Adlercreutz para incorporarse al Ejéricito Libertador, agosto 1820.

Fuente: Elaboración propia.
El 26 de agosto, Bolívar viajó de Soledad al “Cuartel General Libertador” de Turbaco, para pasar revistas a sus tropas y recibir los informes sobre el sitio de Cartagena. El primero de septiembre un destacamento realista con sede en Cartagena atacó sorpresivamente a las tropas republicanas acantonadas en Turbaco, de donde Bolívar había salido horas antes. Desde su cuartel en Soledad Montilla dispuso de inmediato una contraofensiva para recuperar las posiciones perdidas en Turbaco, población estratégica situada a poca distancia de Cartagena.
Montilla era un rico y aristocrático hacendado venezolano que se unió a la causa de la Independencia de su país en 1808. Derrotada en Venezuela la primera república, Montilla fue acogido por el gobierno republicano de Cartagena, ciudad que defendió durante el sitio de Morillo de 1815. De nuevo derrotado viajó por Estados Unidos, México y Haití, y en este último país discutió con Bolívar sobre la unidad de mando militar. Ante sus desavenencias con Bolívar en 1816, quedaron expulsados del Ejército Libertador Mariano Montilla, el corsario Luis Aury y Juan Miramón. Tres años después Montilla se reincorporó al Ejército Libertador en la isla de Margarita, bajo el mando del general Rafael Urdaneta. Luego de algunas acciones militares en Venezuela, Urdaneta y Bolívar le encargaron la misión de expulsar a los españoles de la costa colombiana sobre el Caribe (Imprenta de Manuel A. Carreño, 1851; Cacua, 2001).
Adlercreutz comenzó su actividad militar al mando del entonces coronel Mariano Montilla, comandante general del ejército que actuaba en las provincias colombianas del Caribe. Durante su primer año en la Gran Colombia (entre agosto de 1820 y junio de 1821), Adlercreutz estuvo al lado de Montilla reconociendo el terreno, las tropas, los jefes y las condiciones como se desarrollaba la guerra, y el 30 de mayo de 1821 fue nombrado ayudante general del estado mayor del ejército de la costa, comandante de su vanguardia y del escuadrón de húsares, “en cuyos destinos ha hecho la campaña del Magdalena hasta la entrada en esta plaza en donde es comandante del cuerpo de ingenieros” (Ediciones de la Presidencia de la República, 1982, p. 916, t. 2).
En este período crucial para la historia de Colombia, Adlercreutz mantuvo enterado de los acontecimientos al gobierno sueco, a través de su correspondencia con Johan Norderling, gobernador de la colonia sueca de San Bartolomé, en los años 1820 y 1821. El 8 de octubre de 1820 escribió desde Barranquilla una carta, en la que define crudamente su percepción del conflicto: “La guerra parece ser llevada más bien por comerciantes que por militares”. En este sentido considera al almirante Brión como la “imagen de una ignorancia completa, sin respeto ni crédito”, y critica en general a los oficiales extranjeros. Su visión es desconsoladora, pero no muy lejos de la realidad:
Si no estuviese España tan débil como lo está, podría sin duda alguna, con sólo cinco mil hombres para este continente prolongar la guerra o el juego de la guerra durante siete años todavía. Probablemente no volverá a producirse nunca más la invasión por parte de España (Vidales, 1991, p. 3; Mörner, 1961, pp. 34-35; Vidales, 2004, p. 11).
De seguro estas impresiones de Adlercreutz se basaban en amargas experiencias que se estaban viviendo en el corazón del ejército libertador en 1820, cuando legionarios irlandeses se sublevaron e incendiaron Riohacha, mientras el almirante Brión mantenía una agria disputa con el corsario francés Luis Aury, quien ofreció su armada a la nueva república, y la vieja rivalidad Montilla-Brión. Vale la pena conocer la opinión del patriota cartagenero José María del Castillo y Rada, quien el 10 de diciembre de ese año le dirigió una carta al general Santander, en que se queja por la forma seca y amenazante como el almirante Brión recibió en Santa Marta la escuadra de Aury. Sobre Brión dice que “aunque es laborioso y tiene mucho celo es hombre sin talento ni luces… El otro (Aury) tiene mucho partido; es un excelente marino, valiente oficial y el terror de los españoles” (Cacua, 2001, p. 173). Concepto similar tenía Adlercreutz, quien definió a Aury como “pirata honrado”, o el viajero sueco Carlos Hauswolff quien lo consideraba como “un gran hombre”.
En los meses finales de 1820 los patriotas efectuaron incursiones militares contra poblaciones dominadas por los españoles sobre el Magdalena y en la provincia de Santa Marta. Se debe recordar que durante la guerra de independencia, patriotas y realistas utilizaron el sistema de tierra arrasada. El saqueo de productos agropecuarios fue permanente durante la guerra, y practicado indistintamente por ambos bandos. Se sabe que algunos propietarios, cuando veían inminente el triunfo de sus enemigos, preferían incendiar sus haciendas o sus viviendas, para que aquellos no encontraran alimentos o sitio donde pernoctar. También fue política de ambos bandos imponer “cuotas forzosas” y confiscar propiedades de sus enemigos. Así por ejemplo en Cartagena, en 1815, el gobierno republicano ordenó una contribución forzosa del 5% sobre el valor del capital y las inversiones de cada persona. Al año siguiente, Morillo confiscó 109 inmuebles en Cartagena, propiedad de varios patriotas (Sourdis, 1994).
Bolívar había instruido a Montilla sobre sus prioridades en las provincias del litoral: el primer objetivo era asegurar el control del río Magdalena; el segundo, ocupar la ciudad de Santa Marta, el tercero bloquear a Cartagena, y por último lanzar la campaña contra Maracaibo. Y así se hizo, en estricto orden. Para llevar a cabo este propósito, Montilla estableció su cuartel general en Soledad, muy cerca de Barranquilla, a donde se trasladó con su oficialidad y edecanes, entre los que se encontraba Adlercreutz. Siguiendo el plan estratégico de Bolívar, los hombres al mando de los coroneles Carreño, Padilla y Maza se tomaron las baterías de la Barra y Puebloviejo el 10 de noviembre, así como las fortificaciones de San Juan de Ciénaga, mientras el almirante Brión aplicaba un cerco naval a la plaza de Santa Marta. Luego de la victoria en la Ciénaga Grande, el gobernador español de Santa Marta abandonó la ciudad y el Cabildo de la ciudad le escribió a Carreño para negociar la rendición. Los hombres al mando del coronel Carreño entraron a Santa Marta en 11 de noviembre de 1820, luego de una sangrienta campaña que dejó en el campo de batalla cerca de 700 muertos, 400 heridos y más de 600 prisioneros, en su gran mayoría pertenecientes al ejército español (Blanco y Azpurúa, 1977; Lecuna, 1950).
Además de estas bajas producidas por el enfrentamiento armado, las tropas se enfrentaban a otro enemigo que atacaba por igual a los dos bandos: las enfermedades tropicales como el “vómito negro” (fiebre amarilla) y el paludismo. La correspondencia de la época nos confirma que el coronel Lara se enfermó días antes de la campaña de Santa Marta, por lo que debió ceder la dirección al coronel Carreño; las tropas del coronel Córdova se vieron afectadas por fiebre amarilla en la zona de Corozal; Montilla, que sufría de asma, también padeció de paludismo (Sourdis, 1994); y Adlercreutz se quejaba de calenturas y malestares estomacales “causados por una mala alimentación y el agua del río Magdalena. Sin embargo, me he ido mejorando gracias a la mejor agua y los buenos baños que hay aquí (en Santa Marta)” (Mörner, 1960).
Después de la liberación de Santa Marta vinieron unos pocos meses de relativa calma para las tropas de Montilla, como efecto del armisticio firmado entre Bolívar y Morillo el 25 de noviembre de 1820, con vigencia de seis meses, pero que en realidad se mantuvo menos de cuatro. Montilla se trasladó a Santa Marta el 15 de noviembre en compañía de Pedro Gual y otros colaboradores cercanos, con el fin de organizar el nuevo gobierno republicano. Adlercreutz llegó con este grupo a Santa Marta, y desde esta ciudad envió una carta al Gobernador Norderling con fecha 24 de febrero de 1821. En la misiva, Adlercreutz le explica al Gobernador de la isla de San Bartolomé los acontecimientos políticos y militares ocurridos en Colombia en los últimos meses, como el armisticio firmado entre “El Libertador” Bolívar y “El Pacificador” Morillo en noviembre de 1820, el aplazamiento de la instalación del Congreso de Cúcuta y el rompimiento de la tregua cuando las fuerzas del general Rafael Urdaneta apoyaron la declaración de independencia de la ciudad de Maracaibo y pidieron de inmediato la unión a la nueva República8. En esta carta, a diferencia de la anterior, se nota a un Adlercreutz más comprometido con la causa libertadora.
E. Los patriotas sitian a Cartagena
Al estar controlada por los patriotas la plaza de Santa Marta (aunque no así todas sus poblaciones interiores), el coronel José Prudencio Padilla recibió la misión de trasladarse a Cartagena, plaza que seguía sitiada por las fuerzas libertadoras. Padilla salió de Santa Marta con su escuadrilla de 43 canoas armadas, tomaron la ruta de los caños de la Ciénaga Grande hasta llegar al río Magdalena, siguieron por el canal del Dique y penetraron a la bahía de Cartagena el 4 de mayo de 1821.
Sobre la futura toma de Cartagena escribió Adlercreutz en la misma carta: “Cartagena es una de las más bellas fortalezas que se puede ver... sin embargo no lo creo tan imposible de tomar como se pretende, si bien sería necesario un fuerte bombardeo y un bloqueo completo por mar”. Y así sucedió cuatro meses después, cuando empezó el sitio de Cartagena, ahora bloqueada por los patriotas. El 24 de junio se dio el combate naval conocido como “La Noche de San Juan”. De acuerdo con la estrategia planeada, cuando Padilla atacara los barcos españoles, el ejército terrestre, al mando del coronel Adlercreutz, debía secundar la acción. Este coronel se apoderó de una pieza de artillería de 18 pulgadas que hizo colocar en el cerro de La Popa, desde donde bombardeo las fortalezas, con el objeto de atraer la atención de las tropas españolas. Montilla dejó un testimonio del aprecio y respeto que tenía por este conde sueco:
Libre ya la bahía interior se emprendió el transporte de piezas y municiones al punto de la Popa y necesario era hacer esto de noche porque el único punto capaz estaba a medio tiro de cañón del Castillo: el teniente coronel Adlercreutz en este y los demás trabajos sucesivos mostró un discernimiento y una constancia que acreditaban las buenas recomendaciones con que había venido desde Suecia a ofrecer sus servicios a Colombia (Montilla, 1982, p. 197).
Adlercreutz y sus hombres se tomaron el playón de Chambacú la noche del 24 de junio, hostigaron las murallas de Santa Catalina para atraer la atención de los españoles, quienes sin duda creyeron que los patriotas estaban atacando por tierra la plaza (Sebá, 1981). Mientras Adlrecreutz fustigaba por tierra, Padilla y sus hombres se tomaron la bahía sigilosamente, hundieron el bergantín Andaluz y se apoderaron de la escuadra que los españoles tenían anclada en la bahía de las Ánimas, compuesta por tres lanchas, tres barcas, dos bongos, dos obuseras y un bote, todas artilladas, además de doce barriles de pólvora. Luego de múltiples acciones militares y catorce meses de asedio, los realistas capitularon el 22 de septiembre de 1821, por lo que las tropas españolas se embarcaron para Cuba y el Ejército Libertador entró en la ciudad. Cartagena estaba por fin liberada, pero ahora aparecía como una ciudad en ruinas, una economía empobrecida y en la que por lo menos una tercera parte de su población había perecido en el conflicto o había emigrado.
F. Adlercreutz: comandante de húsares del Magdalena
Los catalanes de Santa Marta y los indios de Ciénaga seguían fieles a la causa realista y no se daban por vencidos. Es así como el 31 de diciembre de 1822 Francisco Labarcés y Jacinto Bustamante se tomaron el cuartel republicano acantonado en Ciénaga, y marcharon a Santa Marta el 3 de enero del año siguiente. Los realistas, o la catalanada como los llamaba Pedro Gual (Bierck, 1947), nombraron como gobernador al catalán Vicente Pujals, mientras al depuesto gobernador republicano Luis Rieux lo enviaron a Jamaica. Montilla organizó una expedición contra Ciénaga y Santa Marta de cuatrocientos infantes, ciento ochenta jinetes y ocho bongos de guerra y los puso al mando del coronel Reimboldt, quien salió de Barranquilla el 2 de enero. A su turno, el coronel Adlercreutz encabezó una escuadra de quinientos hombres, quienes entrando por los caños de la Ciénaga Grande debían desembarcar en el puerto del Carmen, cerca de San Juan de San Juan de la Ciénaga. El 20 de enero las tropas republicanas al mando de Adlercreutz y Reimboldt atacaron a los realistas de Pueblo Viejo y la Ciénaga encabezados por Jacinto Bustamante, quienes al verse derrotados emprendieron la huida (Alarcón, 1963).
Mapa 3. Movimientos de F.T. Adlercreutz en las provincias del Caribe grancolombiano, 1820-1830, como integrante del Ejército Libertador.

Fuente: Elaboración propia.
En 1821, Adlercreutz fue designado comandante del primer escuadrón de húsares del Magdalena y jefe de ingenieros y fortificaciones de la plaza de Cartagena. Montilla elogia a los hombres del escuadrón de húsares del Magdalena, por su valentía y por el manejo efectivo del armamento: “dudo que haya otro en la república que maneje las armas mejor que él” (Ediciones de la Presidencia de la República, 1982, p. 936). En cartas dirigidas al vicepresidente Santander, Adlrecreutz hace gala de sus conocimientos de caballería aprendidos en Europa, durante sus años de estudio y de combate: pide sillas y frenos para sus caballos, tomando como modelo los adoptados en Hungría; recomienda comprar carabinas francesas o inglesas; y envía modelos de uniformes para su escuadrón, pues desea:
Una rigurosa uniformidad tanto en la tropa como (en la) oficialidad (Cortazar, 1964, p. 115).
En la misma comunicación diferencia el comportamiento de algunos combatientes, como una justificación razonada de su solicitud:
Los medios de destruir a su enemigo que tiene el llanero, no los tiene el hombre de la costa, pues lo que la naturaleza ha dado al uno, es preciso que el otro logre por medio de trabajo, disciplina e instrucción (Cortazar, 1964, p. 115).
En 1822, los realistas al mando del coronel Francisco Morales se tomaron Maracaibo. El general Montilla organizó un contingente de tropas patriotas acantonadas en Santa Marta y Riohacha, para contener el avance realista y recuperar Maracaibo. En noviembre de 1822 las tropas del coronel José Sardá, jefe de la Primera División, se enfrentaron en la batalla de Sinamaica, cerca de Maracaibo, a los hombres dirigidos por Morales. En estos combates también participaron los hombres al mando de Federico Tomás Adlercreutz, quién había pasado a la defensa de Riohacha en la campaña para recuperar Maracaibo. Esta batalla fue lamentable para las huestes patriotas, ya que en ella murieron unos cuatrocientos soldados y cayeron prisioneros cerca de seiscientos. Bolívar quedó tan indignado con esta derrota, que le escribió al vicepresidente Santander: “Si Morales no comete alguna falta muy grave y como vuelvan a cometer los nuestros otra imprudencia, como la de Clemente y Sardá, (a los realistas) espérelos usted en Bogotá” (Cortazar, 1964, p. 119; Miramón, 1997). Por fortuna los errores no se volvieron a cometer, y el general José Prudencia Padilla se llenó de gloria en la batalla del lago de Maracaibo, liberando esa ciudad definitivamente de las tropas españolas.
En mayo de 1823 Adlercreutz fue ascendido al grado de coronel, en 1824 se desempeñó como presidente interino de la “Comisión subalterna de repartimiento de bienes nacionales”, y en 1826 fue nombrado comandante militar de la guarnición y de provincia de Santa Marta. De nuevo en Maracaibo se presentaron algunos brotes de insurrección, por lo que Bolívar despachó para esa ciudad el batallón Granaderos y dio instrucciones precisas para que los escuadrones que marchaban con Adlercreutz no se sublevaran (Lecuna, 1917, p. 159). Esta enumeración de acciones en las que participó Adlercreutz, es una muestra rápida de la frágil cohesión de la Gran Colombia y la alta estima que de este coronel sueco tenían Bolívar y Montilla.
4. Real Archivo Militar (Colección Nils Adlercreutz), Estocolmo, Etat Major Général de l´Armée Suédoise, N° 657, Estocolmo, 9 de diciembre de 1819.
5. Devereux se desempeñó como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario para promover los inetereses de la Gran Colombia en las cortes de Rusia, Suecia-Noruega y Dinamarca, entre noviembre de 1822 y julio de 1823. El Vicepresidente Francisco de Paula Santander fue el encargado de nombrarlo y de revocarle los poderes conferidos (De Mier, 1983, pp. 1445-1446, t. 5).
6. En 1823 el Congreso de la República de Colombia y el vicepresidente Francisco de Paula Santander le otorgaron a Elbers el privilegio de la navegación a vapor por el río Magdalena. Aunque esta exclusividad era por veinte años, el presidente Simón Bolívar revocó el privilegio en 1829 (Viloria, 2002, p. 30).
7. Pedro Gual fue un destacado patriota y político venezolano. Colaboró con Miranda en la primera República (1810-1812), y poco antes de la derrota patriota fue nombrado agente ante el gobierno de Estados Unidos. De este país pasó a Cartagena en 1813, en donde lo eligieron diputado a la legislatura provincial. Entre enero y mayo de 1815 ejerció como gobernador del Estado de Cartagena, y salió para Estados Unidos unos meses antes de iniciarse el Sitio de Cartagena por las tropas de Morillo. Luego de campañas fallidas en México y Florida, regresó a las costas colombianas del Caribe en abril de 1820, y se desempeñó como gobernador civil de la provincia entre junio de 1820 y febrero de 1821. Se le podría considerar como el primer administrador público (no militar) de las provincias del Caribe colombiano (Bierck, 1947).
8. Carta de F.T. Adlrecreutz a Johan Norderling, gobernador de la isla de San Bartolomé. Riksarkivet (Archivo Nacional de Suecia), Estocolmo.
V. La venta de los buques de guerra suecos
En los primeros años de la República, los patriotas tuvieron siempre el temor de una nueva invasión por parte de las fuerzas españolas. Para enfrentar una posible reconquista como la adelantada por Pablo Morillo entre 1815 y 1819, el gobierno colombiano necesitaba adquirir algunos buques artillados. Para la misma época en que los colombianos buscaban una buena oferta para comprar los buques de guerra, el gobierno sueco había enviado a ese país suramericano un emisario con la intención de concretar un acuerdo comercial. Los colombianos se decidieron por la alternativa de comprar unos buques de guerra suecos, y es probable que la iniciativa de esta negociación haya sido múltiple: pudo ser fruto de la misión que adelantó Severin Lorich en Colombia en 1823; de la influencia del conde Federico Adlercreutz en el gobierno colombiano; y también de las relaciones del negociante sueco Carl Ulrich von Hauswolff con algunos empresarios y políticos de su país; o una conjugación de las tres.
En 1822, luego de la Independencia de Colombia (1819-1821), la corona sueca tomó la decisión de enviar un agente a ese país, que le permitiera negociar en forma directa acuerdos comerciales. Para esa misión fue designado Severin Lorich, Cónsul de Suecia en Filadelfia, quien llegó a Colombia en 1823 y se convirtió en el primer agente sueco ante el gobierno colombiano. Lorich propuso firmar un acuerdo comercial entra las dos naciones, y aunque este acuerdo no prosperó, son evidentes sus contactos con políticos republicanos de alto rango, como el Secretario de Guerra y Marina Pedro Briceño Méndez. En carta fechada el 23 de agosto de 1823 Briceño comenta de su reunión con Lorich y recomienda al Secretario de Hacienda comprar en Suecia artículos como pólvora, balas y metralla, ya que los precios son más favorables que en otros países (Vidales, 1991).
Otro contacto en este negocio al parecer fue Carl Ulrich von Hauswolff, llamado “el colombiano” por el ministro Lowenhielm, quien para la época de las negociaciones de los buques estuvo en París y Londres. “Hay motivos para sospechar que al salir de Colombia ya tenía en su bolsillo el proyecto del negocio de (los) buques… Sus maquinaciones en París y Londres disgustaron al gobierno de Suecia, por lo cual fue apartado de las gestiones” (Paulin, 1952, p. 625). Sea Lorich, Hauswolff o Adlrecrutz, lo cierto fue que en 1824 delegados colombianos tomaron la iniciativa de contactarse con el ministro sueco en Londres, para estudiar la posibilidad de la venta de unos buques usados.
Ante la anuencia del monarca Carlos XIV Juan, en 1825 el Consejo de Ministros sueco aprobó la venta de dos buques de guerra para Colombia y tres para México. Al ser descubierta la transacción secreta por parte de las delegaciones española y rusa en Estocolmo, el gobierno sueco se trató de eludir su responsabilidad argumentando que “los barcos estaban destinados a una expedición a las Indias Orientales. La cosa se complicó aún más, porque las tripulaciones que en total ascendían a 1.800 hombres, […] habían obtenido permiso para residir en le extranjero durante tres años” (Paulin, 1952, p. 625). Que se tenga noticias, de los 1.800 tripulantes suecos que debían permanecer en Colombia y México, solo uno se quedó en Colombia (Fahlmark), empleado en los servicios geodésicos con sede en el istmo de Panamá.
Los buques con destino a Colombia zarparon cuando comenzaban las protestas rusas y españolas. Ante lo delicado de la situación, Suecia aceptó la propuesta del ministro británico en Estocolmo, consistente en suspender la salida de los buques mexicanos, así como el permiso de los tripulantes de las dos primeras embarcaciones de permanecer en Colombia. Mientras se desarrollaba esta puja diplomática, llegaron los dos buques a Cartagena, en donde Adlercreutz de seguro los debía estar esperando para comunicarles los acontecimientos ocurridos durante su travesía. En Cartagena, el gobierno colombiano se negó a recibir los barcos, por la prohibición a la tripulación de vincularse temporalmente con la armada colombiana. Los buques siguieron viaje a Nueva York, en donde fueron subastados, pero la suma obtenida por la venta ni siquiera alcanzó para costear el regreso de los tripulantes. El negocio, que prometía amplias ganancias para Suecia, terminó en forma humillante para ese país y con una pérdida financiera considerable.
VI. Otros suecos en Colombia durante la época de Adlercreutz
En secciones anteriores hemos visto el interés político y comercial que despertó en Suecia la Independencia de las colonias españolas. En este sentido, la isla de San Bartolomé jugó un papel crucial al servir de puerto de trasbordo para los legionarios europeos, el armamento y demás mercancías con destino a los republicanos de la Gran Colombia. Entre 1818 y 1821, el Ejército Libertador recibió miles de legionarios extranjeros, que antes de llegar a la isla de Margarita hacían escala obligada en San Bartolomé.
Por esta isla pasaron los tres primeros suecos que estuvieron en territorio colombiano durante el siglo XIX: Severin Lorich, Federico Tomás Adlercreutz y Carl Ulric von Hauswoff. Lorich estuvo en la isla entre 1815 y 1816 como jefe de un destacamento y luego viajó por varias islas del Caribe y Estados Unidos; Adlercreutz solo hizo una corta escala en 1820, de paso para la isla de Margarita y luego al territorio continental, donde se incorporaría al Ejército Libertador; y Hauswolff se desempeñó como Secretario de la isla hasta 1819.
Severin Lorich llegó a Colombia en 1823, convirtiéndose en el primer agente sueco ante el gobierno colombiano. De acuerdo con Lorich, para Suecia resultaba conveniente comerciar con las nuevas repúblicas hispanoamericanas, a través de la isla de San Bartolomé. El agente Lorich propuso firmar un Acuerdo Comercial entra las dos naciones, pero estas proposiciones no fueron aceptadas por el gobierno colombiano, ya que el Acuerdo no llevaba implícito el reconocimiento formal de la nueva República. En general, las opiniones de Lorich respecto a Colombia y sus habitantes fueron respetuosas, muy diferentes a las emitidas por su compatriota Carl August Gosselman, a raíz de su viaje por Colombia entre 1825 y 1826. Sobre los colombianos escribe Lorich (1991):
Los habitantes de Colombia son de numerosos colores. Hay españoles, indios, mulatos, negros, mestizos y una raza llamada de zambos, de origen africano e indígena […] El carácter del pueblo presenta menos impetuosidad y pasiones violentas que el del español. Su civilización es todavía muy inferior a la de los europeos, lo cual proviene más de falta de educación que factores de la naturaleza. El gusto del pueblo parece inclinado a las ocupaciones de paz (p. 3).
Otro de los suecos grancolombianos fue Carl Ulric von Hauswoff, quien en 1820 emprendió una gira por las costas de Venezuela, Colombia y Panamá. Al año siguiente llegó a la Cartagena recién libertada, en cuyas batallas decisivas participó su compatriota Adlercreutz, y al tener conocimiento de la fiebre de oro que se vivía en diferentes provincias andinas, se encaminó a Antioquia en donde consiguió la concesión de una mina. Con este documento viajó a Londres en 1823, en donde consiguió el respaldo económico de los banqueros judíos B.A. Goldsmith & Co. Luego viajó a Suecia en donde se casó con María von Greiff, reclutó algunos técnicos como el joven ingeniero Pedro Nisser y organizó la expedición del barco mercantil sueco Cristóbal Colón. En su viaje a Colombia en 1825, el Cristóbal Colón contó entre sus oficiales con Carlos Augusto Gosselman, teniente de la Armada sueca (Paulin, 1952, Mörner, 1961, Tisnés, 1983).
Al arribar a Cartagena, Gosselman se alojó en una casa colonial perteneciente a Domingo Díaz Granados Paniza, cuñado de Adlercreutz. Sin duda, el Conde le consiguió este alojamiento a su compatriota durante su estadía en Cartagena. Gosselman era un oficial de gran cultura, que durante dos años recorrió el país, observó sus paisajes, su gobierno, su economía y sus costumbres, plasmándolo todo en su libro Viaje por Colombia 1825 y 1826.
A diferencia del informe de Lorich, el libro de Golsselman está plagado de comentarios racistas sobre los colombianos. En palabras de Hans E. Skold, embajador de Suecia en Colombia en 1979:
Gosselman llegó a Colombia saturado de prejuicios […] Con gran largueza y muchas veces con tendencias racistas critica este forastero de las afueras de Europa Septentrional, condiciones y comportamientos que no le parecen conforme a su fondo de realismo nórdico y luteranismo frío. (Gosselman, 1981, pp. 9 y 38).
Gosselman no andaba en vueltas para tildar de perezosos a los colombianos y a los negros de indolentes:
Puedo decir con razón que los colombianos durante la mitad del año tienen días de fiesta y el otro medio año no hacen nada (Gosselman, 1981, pp. 9 y 38).
Pero el autor parece encontrar una explicación determinista a esta pereza generalizada: “Quizás el clima ayude a que así sea… Es difícil hacerse a la idea de un día de este estilo. Es como estar rodeado de una gran masa de gas que ilumina y llena todo con su deslumbrante luminosidad” (Gosselman, 1981, pp. 9 y 38).
Más allá de su incomprensión por las costumbres colombianas, el libro de Gosselman es una crónica de gran interés histórico, escrita en el estilo característico de los viajeros europeos del siglo XIX. En la medida en que fue conociendo el país, sus comentarios se hicieron más benévolos: argumentó que las tierras de Colombia no solo eran aptas para producir frutos tropicales, o explotar el oro y la plata, si no que también, en sus regiones montañosas, se podían cultivar los productos de clima templado, o impulsar una industrialización adecuada “capaz de satisfacer sus necesidades sin requerir de la ayuda extranjera” (Gosselman, 1981, p. 320).
Mientras Gosselman recorría Colombia y se dedicaba a observar detalladamente su geografía, sus instituciones o su economía, los otros suecos que llegaron con él se instalaron en Medellín, con la intención de sacar algunos gramos de oro de las minas que habían adquirido. Además de Hauswolff y su esposa María de Greiff, la pequeña colonia sueca en Antioquia la integraban Pedro Nisser, el capitán Carlos de Greiff (De Greiff, 1995), cuñado de Hauswolff, Luisa Faxe (esposa de Carlos), el químico Plageman, el herrero Zimmerman y una criada. La baja producción de la mina generó tensiones entre los suecos radicados en Antioquia, sobre todo entre Hauswolff y de Greiff. Hauswolff decidió regresar a Europa en 1831 para buscar nuevos recursos para sus proyectos, por lo que viajó a Cartagena y allí se embarcó rumbo a Estados Unidos y Europa. Ante una avería de la embarcación en que viajaban debieron desembarcar en Jamaica, en donde Hauswolff se encontró con su compatriota Adlercreutz y demás militares que habían sido expulsados de Cartagena, después de la muerte de Bolívar. Finalmente, Hauswolff prosiguió su viaje a Europa, pero ni en Suecia ni en Finlandia consiguió recursos para su empresa minera.
Ante el fracaso de la empresa minera de Hauswolff, las familias Nisser y de Greiff empezaron trabajos en una pequeña mina, y para conseguir el capital que la pusiera en funcionamiento, Pedro Nisser escribió un pequeño libro sobre la mina y viajó a Londres para promocionar su proyecto. En esa ciudad emitió acciones de la empresa que llamó “Río Anorí Gold Stream Works Company”, la cual tuvo una buena acogida en principio. Desafortunadamente, el entusiasmo y los consejos de Nisser no fueron de mucha utilidad, al comprobar que la mina no tenía las riquezas esperadas (Paulin, 1952; Nisser, 1990). Se debe destacar que, aunque Adlercreutz le daba gran acogida a sus compatriotas que pasaban por Cartagena, varios de los cuales se establecieron en Antioquia, nunca participó en las empresas mineras que los suecos tuvieron en esa provincia andina. Se podría plantear que Adlercreutz no fue un hombre de mentalidad empresarial o mercantil: mientras otros suecos y extranjeros en general buscaban oportunidades de negocio en la minería, en la venta de armamento a los patriotas o en el comercio en general, este conde sueco nunca le apuntó a tales actividades.
Otro de sus amigos fue el comerciante alemán Juan Bernardo Elbers, quien desde muy joven llegó al Caribe, y se instaló inicialmente en la isla sueca de San Bartolmé, desde donde despachaba armas, pertrechos, pólvora y demás mercancías a los patriotas colombo-venezolanos. Luego de ganada la Independencia de estas colonias, el gobierno colombiano recompensó con contratos y monopolios a varios de los comerciantes que habían colaborado con el Ejército Libertador. Fue así como en 1823 el Congreso de la República y el gobierno del vicepresidente Francisco de Paula Santander le otorgaron a Juan Bernardo Elbers el privilegio de la navegación a vapor por el río Magdalena. A Elbers se le confirió el permiso y la exclusividad por veinte años de transportar carga y pasajeros por el río Magdalena en vapores fluviales. Este privilegio solo duró seis años, pues en 1829 el presidente Simón Bolívar revocó el privilegio de navegación que había sido concedido el vicepresidente Santander a Elbers (Viloria, 2002). Se sabe de la amistad y consideración que Elbers tenía por Adlercreutz, pues en 1824 el primero le escribió al vicepresidente Santander solicitando “justicia” para que el gobierno colombiano cancelara sus deudas con el coronel sueco.
Por Colombia también pasaron otros suecos como el pintor y grabador Leonard Henrik Roos af Hjelmsater, quien estuvo en Cartagena y Mompox (1825-1827), y el joven oficial Eric Jacobo Fahlmark, que llegó a Cartagena en 1826 a bordo de uno de los buques de guerra suecos vendidos a la Gran Colombia (ver sección correspondiente), y luego fue empleado como geodesta por el gobierno colombiano, para hacer trabajos en el istmo de Panamá entre 1828 y 1829 (Gosselman, 1981, Paulin, 1952). De todos los suecos residentes en Colombia en este período, solo Carl Segismund von Greiff dejó descendencia en el país, siendo los más conocidos el poeta León de Greiff y el musicólogo Otto de Greiff. Por su parte, de los siete hijos de Adlercreutz y Pepa, uno murió recién nacido, tres murieron solteros en Venezuela y los otros tres se radicaron en Suecia, donde dejaron descendencia.
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