Kitabı oku: «Violencias complejas: un acercamiento a cinco casos de maltrato hacia varones»
Violencias complejas
Un acercamiento a cinco casos de maltrato hacia varones
Joel G. Ramírez Rodríguez
Directorio

Universidad Nacional Autónoma de México
Dr. Enrique Graue Wiechers
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Jefa del Departamento de Fomento Editorial
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| Catalogación en la publicación UNAM. Dirección General de BibliotecasNombres: Ramírez Rodríguez, Joel G., autor. Título: Violencias complejas : un acercamiento a cinco casos de maltrato hacia varones / Joel G. Ramírez Rodríguez.Descripción: Primera edición | Ciudad de México : Universidad Nacional Autónoma de México, Escuela Nacional de Trabajo Social, 2020.Identificadores: LIBRUNAM 2084500 (libro electrónico) | ISBN 978-607-30-2576-8 (libro electrónico).Temas: Violencia en los hombres -- México | Hombres maltratados -- México. Clasificación: LCC HV6626.23.M6 (libro electrónico) |DDC 362.82920972—dc23 |
Primera edición, febrero 2020
D. R. © 2020 Universidad Nacional Autónoma de México
Avenida Universidad 3000, Ciudad Universitaria
Col. Universidad Nacional Autónoma de México
Coyoacán, 04510, Ciudad de México
Escuela Nacional de Trabajo Social
ISBN 978-607-30-2576-8
Esta edición y sus características son propiedad de la Universidad Nacional Autónoma de México. Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
Hecho en México.
Agradecimientos
A los sujetos de estudio, por su loable apertura y confianza: Rubén T., Álvaro G., Geovani M., Carlos Z. y Luis Érick I.
Al profesor y maestro Carlos Arteaga Basurto, por su destacada dirección y asesoría en la producción de esta investigación; por su dedicación y entrega en cada fase del proceso.
A la profesora y maestra Delia Selene de Dios Vallejo, por su inagotable espíritu de enseñanza.
Al jurado revisor de la investigación, por sus finas sugerencias y precisiones: Dra. Guadalupe Fabiola Pérez Baleón, Dra. Berenice Pérez Ramírez, Mtra. Carolina Grajales Valdespino y al Mtro. Jorge Hernández Valdés.
Al Programa para la formación de jóvenes a la investigación en Trabajo Social 2015-I.
Al Comité Editorial de la Escuela Nacional de Trabajo Social, así como a los dictaminadores y árbitros de evaluación al contenido y corrección de estilo.
Finalmente, a las mujeres y hombres de mi vida: Celia, Lupe, Angélica, Andrea, Eva, Eunice, Fernanda, Emily, Alberto, Gustavo y Saúl.
Índice
Prólogo
Introducción
I. Revisiones acerca del género
1.1 Bases teóricas
1.2 Perspectiva de clasificación binaria
1.3 Precisiones
1.4 Niveles de análisis
II. Reestructura de la familia y parejas contemporáneas
2.1 Familia tradicional mexicana: herencia y vigencia
2.2 Modelos optativos
2.3 Coordenadas y fórmulas
III. Behind closed doors
3.1 El aporte del ciclo vital de la familia
3.2 Estabilidad y alteración relacional
IV. Concepciones sobre las violencias
4.1 Denominación
4.2 Expresiones
4.3 Violencias en la pareja
4.3.1 Distinciones relevantes
4.3.2 Factores y cuadros victimales
4.3.3 Elementos prácticos de erradicación
V. Trayectorias sociales de los casos estudiados
5.1 Caso 1: De 1967 al ras del hoy
5.2 Caso 2: La huida como opción
5.3 Caso 3: ¿Qué conlleva a la denuncia?
5.4 Caso 4: Rubén y Dorah J.
5.5 Caso 5: Sociografía de un noviazgo
VI. Manifestación del hallazgo
6.1 Infancias y familias
6.1.1 Relación paterna: hijos sin padre y el abandono como costumbre
6.1.2 Relación materna: apegos complejos y abuelas poderosas
6.1.3 Desarrollo conflictivo
6.2 Convivencia escolar
6.2.1 Escolaridad
6.2.2 Relaciones sociales
6.2.3 Desempeño escolar
6.3 Adolescencias
6.3.1 Experiencias afectivas y sexuales (aproximación)
6.3.2 Actividades y relaciones sociales
6.4 Primeras experiencias íntimas con mujeres – Inicio de la relación estudiada
6.4.1 Contextos de desprendimiento
6.4.2 Edades
6.4.3 Acercamiento entre los informantes y sus parejas
6.4.4 Dinámicas
6.5 Cotidianidades
6.5.1 Expectativas
6.5.2 Sexualidad
6.5.3 Comunicación
6.5.4 Descripción de las parejas
6.5.5 Fase de transición
6.6 Economías
6.7 Tensiones y conflictos destructivos
VII. Episodios agudos
7.1 Violencias psico emocionales
7.2 Violencias físicas
7.3 Violencias económicas
7.4 Violencias patrimoniales
7.5 Violencias por instigación a otras personas
7.6 Violencias inmersas en las sexualidades
7.7 Violencias contra las paternidades
7.8 Diagrama gradual de maltrato
7.9 Diagrama ambivalente
7.10 Diagrama relacional
VIII. Aportes para la discusión
8.1 Géneros en dialéctica
8.1.1 Silencio ancestral
8.1.2 2/98
8.1.3 Dimensionalidad masculina
8.2 Violencias complejas
8.3 Pactando
Referencias
Prólogo
Invariablemente, reflexionar en torno a la violencia doméstica y conceptualizarla, remite a la violencia ejercida por varones sobre mujeres; donde ser mujer y víctima es un binomio habitual, mientras que la posibilidad del varón como víctima en relaciones de pareja está raramente contemplada. La cotidianidad y gravedad de las agresiones que sufren las mujeres a manos de los hombres lleva a convertirlas en objeto de análisis desde la perspectiva de los problemas sociales. Pero este planteamiento, igual nos conduce a un proceso donde sólo se contempla una perspectiva direccional de la violencia y agresión en el marco de las relaciones de género. Así la sociología contemporánea se ocupa de víctimas y verdugos, pero tanto los unos como los otros son problematizables y añaden elementos de conocimiento de la realidad social; por tanto, en este trabajo, el objeto de análisis, el hombre como víctima en el seno de las relaciones de pareja heterosexuales, se distancia de lo aceptado socialmente.
Sostengo la idea de que no todos los atributos indeseables son tema de discusión, pero si aquellos que se alejan, que son incongruentes con los estereotipos acerca de cómo son o deben ser determinadas personas y este es el caso de la tesis de Joel, en la cual plantea el estudio de varones que han sufrido violencia a mano de su pareja; individuos que tienen una situación y experiencia de vida, incongruente con el estereotipo supuestamente de cómo son los “verdaderos hombres” y que Joel, mediante entrevistas y relatos de vida específicos de hombres, maltratados física y/o psicológicamente por su pareja, e incluso por las instancias judiciales, busca un acercamiento al conocimiento de esa realidad social mediante la vivencia personal de los sujetos objeto de estudio.
Coincido con Joel en el planteamiento de que la violencia, ya sea recibida o ejercida, se experimenta de diferente forma por hombres y por mujeres, debido no solo a las estructuras de poder sino también a los roles y estereotipos asignados o auto asignados de forma hegemónica a cada colectivo; de esta forma la violencia femenina contra el varón constituye un tipo de violencia atípica y el hombre no solo la sufre a nivel emocional como individuo sino que, asimismo la puede sentir como un caso de desviación de lo que la sociedad define como la norma de lo habitual, situación que lo conflictúa decididamente; además de añadir una violencia institucional al sentirse discriminados y humillados ante la justicia, por ser hombres maltratados por su pareja, lo que en muchas veces inhibe la posibilidad de acudir ante la instancia judicial respectiva a levantar una denuncia por ese hecho, ya que son vistos como “poco hombres”, como “maricones”; de esta forma, y es algo que se manifiesta en la tesis de Joel, los hombres que se encuentran en esta situación se repliegan en si mismos y optan por el silencio, aceptando pasivamente el maltrato e incluso llegando a vivirlo como algo normal.
De esta forma, el trabajo de Joel se ubica en lo que podríamos llamar el lado oculto de la violencia de género, y su invisibilidad no es debida sólo a que afecta a la más estricta intimidad del individuo, sino también a que existen una serie de connotaciones sociales que pesan sobre las víctimas de este tipo de violencia; dichas connotaciones se engloban en el marco de las relaciones intergenéricas, núcleo de expresión de los modelos de género, y están inmersas en un contexto cultural y social específico.
Es importante recordar que en México hay una escasa por no decir nula producción de estudios sobre violencia femenina hacia sus parejas, lo cual propicia e incluso puede ser causa de la invisibilidad del problema y esto se agrava porque en nuestro país ha prevalecido la imagen del concepto del honor asimilado a la hombría y a la preeminencia social. Así, el entorno sociocultural de nuestra sociedad no es propicio para aquel varón que pretenda expresar ser o haber sido agredido por parte de su pareja femenina; la imagen del “macho mexicano”, prevaleciente en nuestra sociedad, implica determinadas evocaciones como el evitar mostrar sus sentimientos, a no llorar en público o presentarse, familiar y socialmente, como víctima de una mujer. Y a esto habría que sumar que el sistema de justicia en México en cuanto a la violencia doméstica se refiere, no ha desarrollado un cuerpo jurídico que considere a fondo la problemática objeto de esta tesis, lo cual coloca, a los hombres violentados y agredidos por su pareja femenina, en una situación de indefensión y de escasa atención de calidad por la ley.
Joel aborda en su estudio, la premisa de que existe una obligación socialmente aceptada o prefijada de cómo debe actuar un hombre por el mero hecho de serlo, lo cual en muchos casos no le permite expresarse como víctima; esta atribución de comportamiento varonil también está condicionada por características sociodemográficas como la edad o la clase social. La inserción de la víctima masculina en un entorno sociocultural que parece rechazar la victimización del varón a manos de una mujer, condiciona los márgenes de actuación del agredido en la cuestión del conflicto y por lo tanto en la defensa de sus derechos.
Otro aporte importante en el trabajo de Joel, en el análisis de la violencia entre la pareja heterosexual, en el que la mujer es la agresora y el varón la víctima, es tomar en cuenta las consideraciones teóricas de las representaciones sociales, del imaginario colectivo y los procesos identitarios en torno al género, lo cual le permite destacar que si las masculinidades apenas han sido objeto de estudio en nuestro país, la violencia ejercida contra los varones esta todavía menos estudiada y tiene un mínimo reflejo en los ámbitos académicos, profesionales y en los medios de comunicación; situación que podemos ejemplificar, en el caso de la Escuela Nacional de Trabajo Social, donde este tema es de hecho inédito y para ello bastaría simplemente ver cuantas tesis del nivel licenciatura o del Programa de Maestría hay al respecto; en general, en el Trabajo Social, el tema ha sido poco abordado, destacando entonces los trabajos en pro de la mujer llegando incluso, en algunos casos, al feminismo ortodoxo; esto tal vez pueda ser explicado por la presencia, de forma legítima, de un cierto temor a perder lo ganado en la lucha feminista por la igualdad entre hombres y mujeres.
No puedo dejar de mencionar que Joel optó en principio por realizar una serie de entrevistas a profundidad y otras semiestructuradas, pero por la relevancia y significación, así como por motivos de disponibilidad y predisposición de los 5 varones estudiados, se convirtieron en relatos de vida y para su sistematización se consideró un modelo basado en las palabras Etic, Emic y el análisis de contenido, lo cual requirió de un enorme esfuerzo como se puede observar en su trabajo.
No me queda sino felicitar a Joel Gustavo, no solo por concluir su licenciatura, o por realizar su tesis bajo el Programa de Jóvenes a la Investigación de la Escuela, sino asimismo por abordar un tema, la violencia en contra del hombre por su pareja en relaciones heterosexuales, bajo consideraciones como las que me he permitido presentar en este prólogo. Felicidades Joel Gustavo y te transmito mi gran satisfacción por haber sido tu tutor y acompañarte en este proceso, con la seguridad que tienes un futuro promisorio en la profesión y en tu vida personal.
Mtro. Carlos Arteaga Basurto.
Introducción
Uno de los fenómenos que ha permanecido comúnmente incomunicado respecto a los temas relacionados con la violencia, es aquél que implica la violencia en la pareja que se ejerce contra los hombres en el núcleo heterosexual, ya que los artículos periodísticos, revistas en línea y señalamientos académicos que en su mayoría son investigaciones, representan una proporción de referentes que esporádicamente se difunden, quedando limitados en los márgenes de la mira social como eventos poco relevantes.
Desde Suzanne Steinmetz (1978) en investigación, Silvia Fairman (2005) en periodismo y Ginger Gentile (2014) en videos documentales, las claves de análisis han sido propositivas a la par que consistentes, pues cada una, dentro de sus ámbitos de estudio, han logrado visibilizar las complejas aristas de este fenómeno. A partir de ello han surgido células de discusión donde se ha incitado a la reflexión crítica y a la producción de materiales que contemplan la situación genérica y específica de los varones, empatando en cierta escala con declaraciones internacionales, convenios de paz, tolerancia, cero discriminación y demás tratados donde México se ha adherido.
La violencia de pareja colinda con una línea temática evolutiva que se ha consolidado en las últimas décadas, relativa a los estudios de género, cuyas propuestas deconstructivas permiten comprenderla desde análisis multifactoriales e interrelacionados, que esclarecen las construcciones simbólicas, efectos corpóreos y experiencias personales de los agentes involucrados.
Los estudios de género, por su parte, permiten abordar bajo la lente, no sólo las situaciones que originan las violencias hacia varones en sus relaciones de pareja (o también llamadas relaciones íntimas con mujeres), sino también las diferentes maneras en las que se han redimensionado los procesos de conflicto en los miembros de una pareja heterosexual, los efectos graduales de ello y las disputas simbólico-materiales entre los sexos cuando establecen vínculos afectivos.
De este aspecto se deriva la posición primordial que este trabajo toma (una posición horizontal e incluyente), y que se presenta desde la realización del protocolo en su modalidad de investigación social, hasta la redacción de las conclusiones en su modalidad de ejemplar editorial, donde fue importante contemplar los estudios que rinden cuenta de la violencia ejercida contra las mujeres en sus relaciones de pareja, como un soporte de referencia imprescindible que coadyuva a la comprensión científica del fenómeno que aquí se cuestiona.
Para ello, fue necesario partir del hecho de que varones y mujeres son identidades propensas a experimentar los efectos adversos de las violencias en la pareja; en el caso de las mujeres violentadas, el fenómeno se distingue en estadísticas, investigaciones, estrategias de derechos humanos, políticas de asistencia social evidentemente más frecuentes. Ello deriva porque los simbolismos metaculturales que promueven estas prácticas, como los religiosos, inciden en los preceptos culturales de los usos y las costumbres, así como en los estatutos jurídicos tradicionalistas que permiten que en los procesos de interacción y socialización estas violencias se reproduzcan,1 por lo que en los miembros de una sociedad y en las parejas, el fenómeno se naturaliza expandiéndose en cifras exorbitantes.
Se retoman antecedentes que muestran la violencia contra los varones por sus parejas mujeres en condiciones distintas a las anteriores, que no precisamente se fomentan meta, ni macrosistémicamente, por ejemplo, no se promueve en la religión cristiano-católica, la religión con más seguidores en México, que los varones dependan, obedezcan y sirvan a sus parejas mujeres como en el caso contrario, es decir, no se les institucionaliza la dependencia servil, ni en el ámbito humano ni en el divino (Castañeda, 2012).
Tales cánones milenarios han traído como consecuencia que se consoliden acondicionamientos basados en estereotipos, como la tendencia de que gran parte de la sociedad crea que las mujeres no están acostumbradas a tomar decisiones, ni mucho menos a dar órdenes; en consecuencia, tampoco se concibe que los varones las obedezcan, a menos que por una jerarquía institucional estén obligados a ello (Ortega y Roffiel, 1985). A raíz de esto, se constituyen legados que ubican y posicionan a varones y mujeres asimétricamente.
En tanto, la historia de la humanidad ha mostrado un contexto donde existen problemáticas mundiales insostenibles que atentan contra la vida de grandes poblaciones y las cuales hasta el día de hoy siguen sin resolverse: desigualdades sociales, crímenes de exterminio basados en discriminaciones raciales, sexuales y de géneros, violencia estructural que atenta contra la población mundial, principalmente contra niñas, mujeres y miembros de la diversidad sexual.
Retomando dicho contexto, la premisa consistió en revelar un fenómeno relativamente poco explorado partiendo de fuentes científicas validadas y, de esta manera, dar a conocer múltiples realidades que la fluctuante sociabilidad arroja, tanto en sus campos macrosistémicos, como en los meso y los micro. De la misma forma, es importante señalar que los resultados vertidos parten de la interpretación de casos y no de indicadores, pues la muestra de cinco diagnósticos clínicos no trasciende a generalizaciones universales, sino más bien forman parte de una aproximación para llegar a ello.
Partiendo de lo anterior, la apuesta por comprender el fenómeno de la violencia en la pareja contra los varones está lejos de un comparatismo sensacionalista que difunde la aseveración de que el tipo de violencia que sufren las mujeres y el tipo de violencia que sufren los varones están a la par. Estos mensajes antagónicos confrontan ambas emergencias generando un énfasis inoperante entre estas maneras de experimentar adversidades, deteniendo los procesos de inclusión y tolerancia que se reducen a una guerra de sexos.
De acuerdo con los aportes de Grajales (2016), este tipo de mensajes antagónicos y de oposición intentan negar la violencia que se ejerce contra las mujeres, promoviendo ideologías que atacan las reformas proigualdad, y se postula una violencia contra los varones (por mujeres) a un nivel mayor que en el caso contrario sin fundamentos ni revisiones internacionales oficiales.
Un tema indicado, mas no universal, como la violencia hacia los varones, puede contribuir a la comprensión y solución de otros tipos de violencia presentados en poblaciones de otro sexo, sexualidad o identidad de género distintas, para lo que este reto exige es menester desarrollar estrategias idóneas y precisar la explicación más cercana a la realidad.
De esta manera, si en un mundo de relaciones humanas donde la teología occidental fomenta violencias de diversa índole contra las mujeres, y éstas dejan secuelas irreparables en las estructuras sociales, ¿qué es lo que sucede para que la violencia de mujeres hacia hombres se desarrolle en algunas relaciones de pareja? y conforme a sus respuestas, ¿cómo podemos contribuir a una cultura de respeto, desde un estudio crítico de las modalidades relacionales del género humano?
En el trabajo que se propone se incorpora la “visión de mundo” (Chárriez, 2012) de cinco varones en condición de receptores de violencias, cuyos testimonios basados en versiones relatadas, darán respuesta a muchas de las interrogantes que se plantean sobre la condición y posición de los hombres en la familia y la pareja, ampliando la gama de cuadros victimológicos basados en el sexo y fortaleciendo investigaciones dirigidas a erradicar modalidades adversas que surgen en las relaciones de pareja, lo cual, a manera de síntesis, corresponde al objetivo primordial del presente documento.
En el capítulo I constan algunas revisiones respecto a la categoría de género y las diversas orientaciones de las que parte para fundamentar las relaciones entre los sexos. El capítulo II refleja cómo dicha categoría toma forma en las prácticas cotidianas en sujetos hombres y sujetos mujeres, refiriendo cómo éstos constituyen relaciones familiares y de pareja en sus continuos procesos relacionales. Para resaltar los diferentes planteamientos que se han hecho de las familias y parejas, fue imprescindible retomar los antecedentes, transiciones y dinamismos actuales que conforman dichas esferas de interacción.
Por su parte, el capítulo III convoca lecturas que plasman las dinámicas que confluyen en una relación de pareja promedio, mostrando las estabilidades y alteraciones que se van originando en el avance de la relación; el título de este capítulo se inspira en la obra estadounidense de Steinmetz y Straus (1980) equivalente a Tras puertas cerradas. El capítulo IV se funda con las concepciones genéricas de las violencias, conceptualizadas como eventos adversos a la sociedad, teniendo en cuenta las expresiones en las que éstas se manifiestan. Este capítulo reúne algunos elementos estratégicos que se han creado para que dicho fenómeno sea erradicado y se generen, a partir de estos materiales, propuestas de acción y cambio.
En la V sección se exponen las trayectorias sociales (Bertaux, 2005) de los casos estudiados, mostrando los productos de la investigación en 2015 y la ampliación de información en 2017 para, con ello, capturar la situación actual de cada uno de los informantes en su relato de vida, constituyendo un expediente más completo proyectado a futuro.
Asimismo, el desglose categórico de los casos se evidencia en el capítulo VI, el cual muestra la realidad y experiencias vividas por los sujetos de estudio. Dicho capítulo incorpora áreas específicas de análisis, valoradas por la peculiaridad de la metodología y el instrumento utilizados para la captación del trabajo de campo. Los episodios agudos de violencias se muestran en el capítulo VII, este capítulo es la tipología del fenómeno estudiado, contrastado con soportes teóricos que exponen los resultados obtenidos.
En aras de redoblar esfuerzos por ser claros en la explicitación del fenómeno y generar propuestas creativas que permitieran un acercamiento científico, es que también se incluyen tres propuestas inéditas que sintetizan lo planteado. Los diagramas generados traen consigo la intención fundamental de formular estrategias de transformación prospectiva desde Trabajo Social, perfilando situaciones operativas en vías de solucionar o restaurar.
Finalmente, en el capítulo VIII se presentan aportes para la discusión creados a partir de referentes teóricos y el hallazgo en campo, consistentes en deducciones que parten de la categoría de género como unidad de análisis aplicada al fenómeno de estudio, así como el abordaje al fenómeno analizado por sí mismo, es decir, la violencia ejercida contra los varones heterosexuales y, por último, aquellas que construyen puentes de comunicación y diálogo para estudios futuros.
La creciente y deconstructiva era de las revoluciones corpóreas, sexuales y de géneros, ha abierto una brecha a este tema tabú que necesita explorarse con veracidad y sentido ético a través de procedimientos especializados que pretendan dos fines paralelos: contribuir a la producción de análisis críticos desde Trabajo Social en las relaciones de pareja, y desmitificar materiales de disputa e intolerancia que obstruyen los avances de la igualdad entre los sexos por un enfoque equivocado, y de esta manera enfatizar en el beneficio del género humano en su totalidad al proponer nuevas directrices en la atención-tratamiento de las fórmulas de convivencia íntimas.
1 Véase en el capítulo IV de esta investigación, el apartado “Violencias en la pareja”: Distinciones relevantes.
Capítulo I
Revisiones acerca del género
Como resultado de profundos cambios estructurales, en combinación con las luchas de los movimientos feministas a lo largo de muchas décadas, la división entre hombres y mujeres, incluyendo las más íntimas relaciones de género, sexualidad y autoidentidad, son puestas en cuestión públicamente, y ponerlas en cuestión significa preguntar por su justificación discursiva.
Guevara, 2010, p. 40.
Bases teóricas
Una de las aportaciones más significativas en las sociedades de occidente en materia de derechos humanos y sociales es la incorporación del concepto género como categoría de análisis, que introduce y amplía el feminismo académico en las ciencias sociales, y más tarde forja puentes para materializarlo en las prácticas políticas.
Los análisis que parten del género evidencian cómo la influencia de la cultura y la sociedad determinan las relaciones entre hombres y mujeres a partir de las estructuraciones simbólicas que se crean y legitiman de sus cuerpos, es decir, a partir de la masculinidad, la feminidad y las variaciones que giran en torno a cada una de ellas.
De acuerdo con Cazés (2000), “el género es la categoría correspondiente al orden sociocultural configurado sobre la base de la sexualidad. La sexualidad, a su vez, es definida y significada históricamente por el orden genérico” (p. 31). Asimismo, la idealización de la anatomía física toma importancia en cuanto que el “género es la construcción diferencial de los seres humanos en tipos femeninos o masculinos. El género es una categoría relacional que busca explicar una construcción de un tipo de diferencia entre los seres humanos” (p. 31).
En cuanto a su aplicación, se dice que “el feminismo académico anglosajón impulsó el uso de la categoría gender (género) en los años setenta, con la intención de diferenciar las construcciones sociales y culturales de los hechos biológicos” (Lamas, 2002, p. 87), es decir, que los cuerpos biológicos de los seres humanos pueden o no adecuarse a las ideologías que las sociedades crean, mantienen y propagan de ellos o de su conducta.
En consecuencia, “conceptualizar al género como un mecanismo cultural que instaura un sistema de poder ha servido para desentrañar el proceso mediante el cual la diferencia se traduce en desigualdad” y, por ende, comprender cómo los códigos de significado, es decir, “lo propio de los hombres (lo masculino) y lo propio de las mujeres (lo femenino) están jerarquizados” (Lamas, 2002, p. 164).
Dicha categoría cuestiona tales preceptos al proponer reivindicativas y estridentes lecturas que desmantelan los regímenes simbólicos estructurales, los cuales implantan ideologías de que hombres y mujeres deben regirse bajo una división exclusiva de aptitudes y actitudes que les son propias por el hecho de tener una distinción genitorreproductiva, es decir, sexuación.
Bajo esta óptica, se entiende que “los estudios de género han ido mostrando cómo la genitalidad con que se nace acarrea una serie de demandas, expectativas y entrenamientos sociales que permean los comportamientos de las personas y que tienden a naturalizarse posteriormente” (Figueroa y Salguero, 2014, p. 11). La razón de que el género sea la categoría central de los feminismos conlleva a diferentes autores a identificar su uso y sus componentes científicos. García-Mina (2003) señala que “para el movimiento feminista, la categoría género es una opción epistemológica y metodológica fundamental para analizar, cuestionar y transformar las condiciones de vida de las mujeres y los varones” (p. 41).
Del mismo modo, De Dios (2015) señala que los estudios de género:
Critican las teorías existentes y proponen nuevos paradigmas en la investigación de la realidad, porque permiten establecer interrelaciones de género dentro de los géneros al evidenciar la politización de lo biológico, al establecer diferencia entre sexo y género, al hacer patente que la división entre lo femenino y masculino es una construcción de múltiples facetas y no un determinismo biológico. (p. 2).
A partir de ello, la paulatina ampliación de este enfoque ha permitido comprender parte de los mecanismos que de manera sociocultural, convivencial y subjetiva, promulgan prácticas divisorias en torno a lo aparentemente correspondiente a cada sexo y sus implicaciones en el actuar tanto de hombres como de mujeres en determinadas sociedades, territorios y temporalidades; dicho enfoque ha adquirido internacionalmente la denominación de perspectiva de género.
En la Ciudad de México, en materia de legislaciones y derechos sociales, la Ley general de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia, publicada en la Gaceta Oficial del Distrito Federal en 2008 y reformada en 2014, señala en su artículo 3° que por perspectiva de género se entiende una:
Visión crítica, explicativa, analítica y alternativa que aborda las relaciones entre los géneros y que permite enfocar y comprender las desigualdades construidas socialmente entre mujeres y hombres y establece acciones gubernamentales para disminuir las brechas de desigualdad entre mujeres y hombres. (Gaceta Oficial del Distrito Federal, 2008).
En cuanto al impacto de su conceptualización y legitimación política, académica y social, refiere Lamas (2006) que el verdadero éxito de la perspectiva de género radica en que su comprensión implica un salto conceptual al “reconocer que los comportamientos masculinos y femeninos no dependen de manera esencial de los hechos biológicos, sino que tienen mucho de construcción social” (p. 92).
Por su parte, Incháustegui (citado en De Dios, 2015) afirma que:
La categoría de género transita de una búsqueda explicativa del peso cultural y discursivo construido con base a las diferencias entre los sexos, así como de las representaciones de lo femenino y masculino a partir de características que les son asignadas a los individuos por nacer en cuerpo de hombre o de mujer. (p. 3).
Un conciso recorrido sobre el origen del concepto género como categoría de análisis lo realiza García-Mina (2003) al señalar a los precursores del origen, en un momento, y a quienes ampliaron más tarde el concepto, retomando los umbrales donde éste nace, que es en los ámbitos médicos.
La autora acota que los precursores John Money y Robert Stoller “utilizaron esta categoría para desmitificar el constructo sexo, y desvelar la diversidad de significados que han estado ocultos bajo esta variable” (p. 16).
Fue en 1955 cuando Money acuña el concepto género y señala su importancia en la constitución de la identidad sexual humana, principalmente por sus estudios basados en el hermafroditismo. Más tarde, en 1960, fue Stoller quien fue responsable de los avances del mismo, especialmente por sus estudios en el transexualismo, y finalmente, desde principios de la década de 1970, el movimiento feminista incorpora esta categoría al ámbito de las ciencias sociales, así como su posterior desarrollo como enfoque teórico (García-Mina, 2003).
Agrega que Money necesitaba un concepto vinculado a la realidad del sexo, pero diferente de él, que explicara las contradicciones entre lo biológico y la identidad que se desarrollaba en los individuos, y el término elegido fue género, que en latín (genus-eris) significa origen, nacimiento.
En otra revisión, Lamas (2006), en colindancia con García-Mina, resume la aparición del género como concepto en el siguiente párrafo:
A finales de los años cincuenta el concepto de género se perfila; su uso se generaliza en el campo psicomédico en los sesenta; con el feminismo de los setenta cobra relevancia en otras disciplinas; en los ochenta se consolida académicamente en las ciencias sociales; en los noventa adquiere protagonismo público, y, en este nuevo siglo, se constituye en “la” explicación sobre la desigualdad entre los sexos. (p. 91).
Particularmente en México, señala De Dios (2015) que “la introducción del concepto de género como categoría y elemento explicativo surge gracias a la apertura de la cátedra Sociología de las Minorías en 1973 en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales impartida por Alaíde Foppa” (p. 2).
De tal manera, se han prolongado los estudios y prácticas políticas que buscan la aplicación de este enfoque y se vean garantizadas las oportunidades y libertades que han sido restringidas a colectivos, principalmente a las mujeres, y actualmente se abren brechas para los hombres, de tal forma que se llegue a un beneficio igualitario entre todos los sectores poblacionales.
Tal es la importancia e impacto que tienen dichos estudios que cada vez se incrementan más las cátedras referentes al tema; en la conferencia Género y sexualidad impartida por Pérez Baleón (2015) se hace un recorrido cronológico de los diferentes análisis que han contribuido a clarificar las complejas concepciones que se tienen del género como categoría analítica y constructo sociocultural.
En dicha presentación, se transita desde los primeros manifiestos feministas, característicos por el radicalismo de la década de 1970, pasando por las variaciones en torno al uso de términos frecuentes como patriarcado, y cómo es que éste es conceptualizado diversamente. Se avanza a la teoría de la performatividad con relación a las múltiples connotaciones que adquiere el género en las sexualidades; de la misma forma, se habla de los estudios de masculinidades para retomar análisis alternos que se dirijan a eliminar las desigualdades sociales con base en el sexo biológico.
Los sistemas de sexo-género son conjuntos de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia sexual anatómico-fisiológica, y que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción y a las formas de relación social. (De Dios, 2004, p. 18).
En tanto, los aportes relativos a la construcción de los modelos masculinos, femeninos y demás variaciones, permiten comprender los procesos de interacción mutua, afectividad, sexualidad, cotidianidad, coparticipación y subsistencia que se desencadenan en la convivencia continua entre sujetos dentro de un sistema jerárquico, ya que “el género que se nos adjudica al nacer nos confiere un lugar en la jerarquía social” (De Dios, 2004, p. 18). Por su parte, dichos modelos han sido estudiados a la luz de las teorías tanto sociales como políticas, constituyéndose un intercambio de saberes que profundizan en la condición de las mujeres y varones, estos últimos enmarcados en los estudios de masculinidades.
Los estudios en torno al tema de la masculinidad que utilizan la perspectiva de género han logrado aportes significativos en diferentes campos de conocimiento, aportes que además son valiosos en la medida en que han hecho evidente el contenido político de esta perspectiva orientada a modificar un orden social marcado por la injusticia. Muchos varones que se han dedicado a esta tarea comparten con las mujeres el interés en una sociedad más segura y más justa, también están interesados en eliminar la discriminación en todas sus formas e incluso en promover una economía menos jerárquica y más incluyente. (Guevara, 2010, p. 44).
Perspectiva de clasificación binaria2
Es producto de teorizaciones multidisciplinarias, cuya cobertura en las cátedras y fundamentaciones políticas es amplia. Parte de un profundo material crítico que denuncia un sistema social que erige prácticas de dominio y opresión, con lo que se conduce a identificar las condiciones de exclusión, discriminación y violencia que se ejercen contra las mujeres dentro de un marco donde el varón es colocado como el centro en los espacios de decisión y el principal referente en la historia de la humanidad (androcentrismo).
El uso del término patriarcado en esta perspectiva, así como su transversalización, tiene importancia fundamental en la epistemología y teorías de género, ya que de él se parte para categorizar órdenes estructurales. Al respecto, Varela (2005) refiere que “es el feminismo radical, a partir de los años setenta del siglo xx, el que utiliza el término patriarcado como pieza clave de sus análisis de la realidad” (p. 177).
Debido a ello es que se abren brechas para analizar el sistema político que promulga control y dominio sobre las mujeres; por lo tanto, “buena parte de la riqueza teórica del feminismo de las últimas décadas procede de aquí” (p. 177) y, en consecuencia, surgen los grupos de autoconciencia que determinaron el surgimiento de la visibilización de la violencia de género (Varela, 2005, p. 178).
De acuerdo con Alfarache (2012):
Para el feminismo la crítica al paradigma dominante de la sexualidad es el punto nodal de su reflexión filosófica y de su práctica política, por considerar que el control patriarcal de la sexualidad femenina es la base de su opresión, subordinación y discriminación. (p. 68).
Este propulsor crítico, cuyo análisis de denuncia se basa en la erradicación del patriarcado como forma de organización política, permite comprender el soporte y el alcance de los trabajos subsecuentes de dicho periodo histórico, pues “el objetivo fundamental del feminismo es acabar con el patriarcado como forma de organización política” (Varela, 2005, p. 179).
Por su parte, García-Mina (2003) agrega que para comprender la vinculación entre género y feminismo, debe hacerse un recorrido de las mujeres en la historia, de tal manera que se pueda captar lo que ha supuesto esta categoría para el movimiento, ya que fue en el siglo XX donde las históricas condiciones adversas hacia las mujeres alentaron subsecuentes trabajos de crítica política y sociocultural en favor de sus derechos; tal como lo advierte Chávez (2015) “no se puede hablar de género sin tomar en cuenta el papel que han desarrollado las mujeres dentro del movimiento feminista” (p. 107).
Algunos de los trabajos más representativos son:
El segundo sexo (Simone de Beauvoir, 1949).
La mística de la feminidad (Betty Friedan, 1963).
Política sexual (Kate Millett, 1969).
La dialéctica del sexo en defensa de la revolución feminista (Shulamith Firestone, 1970).
Este periodo se conoce como la segunda ola del movimiento feminista, la cual se caracterizó por cuestionar el que las experiencias y percepciones de los varones fuesen el único referente de la humanidad (García-Mina, 2003). Ante esta estrecha relación, se advierte la complementariedad que se gesta entre el movimiento y el desarrollo de esta perspectiva específica, sustentada por corrientes filosóficas y políticas particulares, cuyas demandas estriban (aun en la actualidad) en mejorar las condiciones de las mujeres y erradicar las prácticas hegemónicas que se ejercen impunemente contra sus derechos.
De ahí deriva la importancia de conocer el sustento teórico ligado al movimiento que permite comprender el qué de la perspectiva y el porqué de ella.
El enfoque feminista abonó el terreno para pensar sobre la maleabilidad, la flexibilidad y la transformación de las relaciones de género. A las fatalidades y políticas conservadoras que se derivan de la perspectiva socio-biológica, el feminismo antepuso la lucha política y social para transformar el orden jerárquico y el sistema moral inherentes a las dicotomías público/privado, masculino/femenino, inherentes a la inequidad en la distribución de prestigio y bienes materiales que las relaciones de género aseguran a un grupo de personas (no únicamente a ciertos hombres, sino a algunas mujeres también). (Gutiérrez, 2008, p. 28).
Una de las lecturas que de manera puntual identifica y explicita dicha parcela de la realidad es aquella que realiza Poal (1993) referente a la distinción de los papeles sociales que se crean a partir del sexo hombre-mujer.
Tabla 1. Proceso de socialización diferencial mujer-varón
| A los niños/chicos/hombres | A las niñas/chicas/mujeres |
| Se los socializa para la producción.Se los socializa para progresar en el ámbito público (laboral, profesional, político, tecnológico). Así:Se espera de ellos que sean exitosos en dicho ámbito.Se les prepara para ello.Se les educa para que su fuente de gratificación y autoestima provenga del ámbito público. | Se las socializa para la reproducción.Se las socializa para permanecer en el ámbito privado (doméstico, afectivo) Así:Se espera de ellas que sean exitosas en dicho ámbito.Se las prepara para ello.Se las educa para que su fuente de gratificación y autoestima provenga del ámbito privado. |
| Consecuentemente a lo anterior | Consecuentemente a lo anterior |
| Se les reprime la esfera afectiva (sentimientos, expresión de afectos).Se les potencian libertades, talentos, ambiciones diversas que faciliten la autopromoción.Reciben bastante estímulo y poca protección.Se les orienta hacia la acción, hacia lo exterior, hacia lo macrosocial.Se les orienta hacia la independencia económica, afectiva, de acción y de criterio.El valor trabajo (remunerado) se les inculca como una obligación prioritaria y como definitorio de su condición de hombre. Esto tiene como ventaja la independencia y como desventaja el tener sólo una opción (automantenerse).Se les exculpa del trabajo doméstico.Se les induce a sentirse responsables del sustento económico de otros (esposa e hijos). | Se les fomenta la esfera afectiva.Se les reprimen diversas libertades. No se fomenta e incluso se reprime la diversificación de sus talentos y ambiciones (se induce a que éstos se limiten a lo privado).Reciben poco estímulo y bastante sobreprotección.Se las orienta hacia la intimidad, hacia lo interior, hacia lo microsocial.Se las orienta hacia la dependencia económica, afectiva, de acción y de criterio.El valor trabajo (remunerado) no se les inculca como obligación prioritaria ni como definitorio de su condición de mujer. Esto tiene la desventaja de la dependencia y la ventaja de poder optar (automantenerse o ser mantenidas).El trabajo doméstico se les inculca como una obligación exclusiva de su sexo. Se las induce a sentirse responsables del sustento afectivo de otros (marido, hijos, ancianos). |
Fuente: Poal (citado en García-Mina, 2003).
De esta lectura se desprenden gran proporción de investigaciones, artículos, cortometrajes y materiales audiovisuales que ilustran la división sexual del trabajo y las identidades de hombres y mujeres en los núcleos domésticos, laborales y recreacionales. Ejemplos de ello son los cortometrajes Érase una vez otra María y La vida de Juan, realizados por Aliança H, Instituto Promundo, Comunicação em Sexualidade, Instituto papai y colaboradores, cuya temática en salud y género consiste en evidenciar las labores de clasificación binaria que se asignan a uno y otro sexo.
La ecuación que prevalece en esta perspectiva específica es la que asocia a las mujeres a labores domésticas y a los varones a libertades sexuales y omisión de colaborar en el hogar, puntualizado en los mandatos culturales y sociales que conciben modelos exclusivos de comportamiento y que desencadenan en estereotipos para ambas figuras.
Respecto al análisis de género en la esfera de la intimidad, como se muestra en estos cortometrajes, Guevara (2010) también concluye que la dualidad de preceptos por sexo están determinados por la distinción público/privado:
Para el análisis de género es especialmente importante esta distinción por las consecuencias que tiene para la vida social la separación histórica de los espacios público y privado, así como sus implicaciones en relaciones de parentesco y relaciones políticas, entre la esfera privada y la esfera social; significa también la asignación de lo masculino al espacio público que es el espacio del trabajo remunerado, el lugar del reconocimiento, del prestigio y de las actividades socialmente valoradas, mientras se confina al espacio privado lo femenino. (p. 36).
Este enfoque ha generado críticas a los marcos políticos y socioculturales que rigen las sociedades, recreando e innovando sus códigos lingüísticos de expresión oral y escrita, posicionándose como una de las perspectivas con mayor divulgación en los estudios de género, ya que sus más reconocidos manifiestos ponen al descubierto que:
La división sexual del trabajo no sólo representó la especialización de las mujeres a las tareas domésticas y de los hombres en las actividades productivas, sino una recomposición de los espacios, recursos y formas de ejercicio del poder en toda la vida social. (Guevara, 2010, p. 37).
Otro material ligado a dichas teorizaciones, comúnmente citado por conferencistas de amplia trayectoria, es el presentado por Lagarde (2014), cuyas explicitaciones configuran un marco de análisis de la condición femenina y sus variadas formas de opresión.
En la obra Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas, se postulan teóricamente las estructuras que definen al sujeto femenino y cómo éstas impiden su autonomía. Entre otros aspectos, “trata del dolor, del miedo, de la impotencia, de la servidumbre y de cosas que ocurren en el encierro de las mujeres cautivas y cautivadas en el mundo patriarcal”.3
Lagarde considera la creación cultural de las mujeres como un elemento fundamental en torno a su definición: “la condición de la mujer es una creación histórica cuyo contenido es el conjunto de circunstancias, cualidades y características esenciales que definen a la mujer como ser social y cultural genérico: ser de y para los otros” (p. 33), para lo cual retoma el concepto de Basaglia (1983), quien define a la mujer como ser-de-otros.
Respecto al uso del concepto cautiverio agrega: “he llamado cautiverio a la expresión político-cultural de la condición de la mujer. Las mujeres están cautivas de su condición genérica en el mundo patriarcal” (Lagarde, 2014, p. 36).
Asimismo, genera cinco dimensiones que teorizan la condición femenina en rubros específicos:
Capítulo IX. Las madresposas.
Es referente a la maternidad y conyugalidad que figuran como la norma de las relaciones de la sociedad.
En la feminidad destinada, las mujeres sólo existen maternalmente, y sólo pueden realizar su existencia maternal a partir de su especialización política como entes inferiorizados en la opresión, dependientes vitales y servidoras voluntarias de quienes realizan el dominio y dirigen la sociedad. (p. 365).
Capítulo X. Las monjas.
Relativo a las mujeres entregadas al dios de la iglesia católica, apostólica y romana, que determina una vida religiosa y servicial: “la consagración responde a esta norma: las monjas sellan su pacto al convertirse en esposas de una deidad masculina patriarcal. Las más diversas representaciones expresan su esencia genérica patriarcal: autoridad, fuerza, violencia y dominio” (p. 466).
La teorización de la condición de las mujeres en el ámbito religioso ha sido fundamental para los análisis genéricos del feminismo; de la misma forma se ha evidenciado la violencia simbólica en las jerarquías clérigas, por lo que Castañeda (2012) señala que “las mujeres no forman parte de la estructura jerárquica católica ni del clero. Su posición, aun tratándose de religiosas, es secundaria y subsidiaria respecto de los hombres” (p. 52).
Capítulo XI. Las putas.
Referente a la negatividad y desvaloración de la cultura política patriarcal al erotismo de las mujeres, el cual representa “un concepto genérico que designa a las mujeres definidas por el erotismo, en una cultura que lo ha construido como tabú para ellas” (p. 559).
Capítulo XII. Las presas.
Relativo a las prisiones, que son instituciones punitivas entendidas como “un conjunto de límites materiales y subjetivos, de tabúes, prohibiciones y obligaciones impuestas en la subordinación. Por fundamento tiene el dominio y sirve a su reproducción” (p. 641).
Capítulo XIII. Las locas.
Refiere la autora que “la locura femenina definida como tal en la cultura patriarcal, es aquella que se suma a la renuncia y a la opresión política. Es el conjunto de dificultades para cumplir con las expectativas estereotipadas del género” (p. 702).
La obra anteriormente citada requiere de una amplia revisión para desestructurar cada una de sus dimensiones analíticas; la sección que se ofrece rescata parte importante de su contenido.
En este mismo enfoque, también se encuentran apuntes referentes al binarismo sexual y a las consecuencias sociales por transgredir el modelo de género. De acuerdo con Pávez (2012) esta transgresión, es decir, ir contra las pautas culturales, trae consigo sanciones y reacciones de control de tipo emocional. Marca la autora que la culpa es una emoción efectiva debido a los efectos de coerción hacia los comportamientos, asociada al miedo, al rechazo del grupo y a la vergüenza; de la misma forma, las culpas de uno y otro sexo están diferenciadas.
“El hombre siente culpa y miedo si muestra fragilidad, si no es fuerte para afrontar decisiones de repercusión colectiva, es decir, si no es protagonista” (p. 327), en tanto, “la culpa de las mujeres emerge cuando ésta descuida las funciones reproductivas con fines de autorrealización personal y liderazgo social, es decir, si no es cuidadora” (p. 327).
El impulso que toma esta dimensión crucial del género ha logrado una reformulación de políticas públicas, sociales y laborales, así como programas educativos en las cátedras académicas, permitiendo comprender las huellas de las diferentes culturas y sociedades, históricas y actuales, que han ameritado desigualdades sociales y prácticas de exclusión, discriminación y violencia contra las mujeres.
Si regresamos a la revisión de la inercia y el sistema cultural que ha sacudido el discurso y el movimiento feminista, vale la pena destacar que ello ha traído como consecuencia una serie de acciones afirmativas, cambios legislativos y la creación de programas sociales y políticas públicas destinadas a reparar desigualdades y disminuir (e idealmente eliminar) la discriminación, buscando contribuir al reconocimiento de las mujeres como sujetos sociales. (Figueroa y Franzoni, 2014, p. 10).
A partir de ello se han generado estrategias de intercambio de roles, tácticas de lenguaje incluyente, procesos de empoderamiento femenino, legislaciones en pro de los derechos de las mujeres, manuales de orientación y asesoría de sus derechos sexuales y reproductivos, estrategias de detección del acoso y abuso sexista, políticas de acción afirmativa en ámbitos laborales, reformas de paridad de género, programas sociales y financieros, protocolos de seguridad académica, convenios y campañas internacionales de derechos humanos, producción de literatura feminista, innovación y evolución de filmes infantiles y juveniles, concientización de los artefactos lúdicos, denuncias contra comerciales televisivos sexistas, entre muchas otras acciones más; incluso han surgido figuras del cine, música y modelaje que han hecho pública su afinidad con gran parte de estas medidas en conjunto con su finalidad política y social.
Precisiones
Marta Lamas, en el capítulo “Género: algunas precisiones conceptuales y teóricas” de su obra Feminismo, transmisiones y retransmisiones, advierte la complejidad que gira en torno al uso del término género desde varias disciplinas. Según la autora, parte de la confusión se debe a lo ya documentado por Hawkesworth (1997):
Se usa género para analizar la organización social de las relaciones entre hombres y mujeres; para referirse a las diferencias humanas; para conceptualizar la semiótica del cuerpo, el sexo y la sexualidad; para explicar la distinta distribución de cargas y beneficios sociales entre mujeres y hombres; para aludir a las microtécnicas del poder; para explicar la identidad y las aspiraciones individuales de mujeres y hombres. (p. 93).
Esto le permite cuestionar ciertos preceptos que se han ido complejizando a partir de ello, y cómo es que el concepto, de ser una categoría de análisis, es visto actualmente como un fetiche discursivo en una versión pedestre de lo relativo a las mujeres, argumento que ya había antecedido en la obra Cuerpo: diferencia sexual y género en el año 2002, donde señala que:
Lo que en un momento dado sirvió para des-naturalizar las concepciones ideológicas sobre las mujeres y los hombres y, por ende, para desconstruir los mandatos culturales que proponen papeles estereotipados para cada sexo ha sido fetichizado en una versión pedestre de “lo relativo a las mujeres”. (Lamas, 2002, p. 13).
Con ello reflexiona sobre el valor que ha adquirido dicha categoría de análisis, la cual, desde su postura, ha transitado hacia una fuerza causal con la que se intenta explicar todo, “la poderosa movilización crítica que despertó ha quedado frenada por una ‘explicación’ tautológicamente reiterativa: todo lo que ocurre entre mujeres y hombres es producto del género” (p. 13).
Argumenta que:
Aunque nadie duda a estas alturas de que el género, por definición, es una construcción cultural e histórica, es evidente que se ha vuelto un concepto problemático no sólo para comprender la complejidad a la que alude, sino también por el hecho generalizado y lamentable de su cosificación. (Lamas, 2006, p. 102).
Asimismo, para fundamentar sus planteamientos recurre a una amplia revisión que muestran otras miradas respecto a la categoría género, que incluyen la revitalización de ciertos debates en torno a su conceptualización. Algunos de ellos son el peso de la sexuación (el papel de la biología) y el habitus, es decir, la subjetividad socializada y la contemplación de las tres dimensiones del cuerpo que deben analizarse: mente, carne e inconsciente (Lamas, 2002, p.16; 2006, p. 111).
Señala que es difícil trazar un amplio recorrido de la reflexión académica feminista, por lo que se centra en algunas críticas y aportaciones desde la antropología para desarrollar su propuesta analítica, mismas que resultan útiles teóricamente para las demás ciencias sociales.
Marca una distinción de aportes, recabados por antropólogas a partir de trabajos de campo, que muestran una visión crítica a los enfáticos esquemas de clasificación binaria, es decir, aquellos que unen de manera dual a las mujeres a la subordinación y a los varones a la dominación como única explicación existente. “Las antropólogas feministas se dividen frente al tema de la universalidad de la subordinación femenina y un grupo destacado sostiene, a partir de investigaciones de campo, que la realidad contradice el énfasis binario de los esquemas de clasificación humana” (Lamas, 2006, p. 95).
Puntualiza que este grupo proviene de la nueva corriente “Etnografía feminista”, quienes pusieron en evidencia las deficiencias hermenéuticas derivadas de una perspectiva no reflexiva. A mención de Lamas, esta corriente abrió una línea interpretativa que iba más allá del registro de expresiones culturales de la simbolización del género.
Sylvia Yanagisako y Jane Collier (1987):
Dichas antropólogas estadounidenses “revitalizan el debate en el campo antropológico al cuestionar si verdaderamente la diferencia sexual es la base universal para las categorías culturales de masculino y femenino” (Lamas, 2006, p. 96).
El estudio sostuvo que diferenciar entre naturaleza y cultura era una operación occidental, y que “las distinciones entre reproducción y producción, público y privado, eran parte de ese pensamiento y no supuestos culturales universales” (p. 96). Igualmente “argumentaron en contra de la idea de que las variaciones transculturales de las categorías de género eran simplemente elaboraciones diversas y extensiones del mismo hecho” (p. 96), por lo que con ello criticaron las premisas consagradas en el campo de la antropología del género.
Por consiguiente, clarifica Lamas que esta corriente se negó a universalizar un significado de género aplicado a todas las culturas, y con sus investigaciones en campo demostraron la otredad de su presencia en las sociedades.
Marilyn Strathern (1987):
En esta línea, “la británica Strathern analizó cómo se dan las desigualdades de género en el ámbito de la capacidad de acción consciente (agency) en una sociedad determinada: los Hagen de Nueva Guinea, en Melanesia” (Lamas, 2006, p. 96). En dicha investigación, se mostró que en esta sociedad los significados de lo masculino y lo femenino pueden ser alterados de acuerdo con el contexto; “ella encontró que las prácticas otorgan a las mujeres un papel activo en la construcción de sentido social y señaló que las categorías de género no abarcan todo el rango de posibilidades de acción y posición para los hombres y las mujeres individuales” (p. 96), es decir, que las personas no estaban limitadas por el hecho de ser mujer u hombre.
Con estos planteamientos se posiciona un enfoque diverso al que se conocía tradicionalmente, ya que “esta perspectiva difería totalmente de la visión tradicional, que planteaba que la conducta de hombres y mujeres estaba constreñida al modelo ideológico de su sociedad” (p. 96); de esta forma, la dicotomía naturaleza-cultura que a manera de supuesto produce la desigualdad entre mujeres y hombres, no se aplicaba en los Hagen de Nueva Guinea (Lamas, 2006).
Con estas acotaciones se subraya que el concepto típico que se ha hecho del género no se aplica transculturalmente:
De este modo, al sostener que tanto la distinción entre naturaleza y cultura como la de reproducción y producción, o la de público y privado, no eran supuestos culturales universales y al negarse a aplicar transculturalmente (cross-culturally) un significado general del género, estas antropólogas quebraron la línea interpretativa dualista. (p. 97).
Por lo que puntualiza Lamas que “estas investigadoras revelaron que la eficacia simbólica del género no es uniforme, sino que es dispareja” (p. 97).
Alice Schlegel (1990):
Otra de las aportaciones es la que realiza Schlegel, quien “se esfuerza por esclarecer el significado género como un constructo cultural que no incide en las prácticas reales de los hombres y las mujeres” (p. 103); en otros términos, marca la incongruencia entre la totalidad/generalidad de la especificidad/particularidad que se gesta en los variados procesos sociales.
Lamas desglosa que esta autora formula la distinción entre:
el significado general de género (general gender meaning): “Lo que mujeres y hombres son en su sentido general” (p. 103), yel significado específico de género (specific gender meaning): “Lo que define al género de acuerdo con una ubicación particular en la estructura social o en un campo de acción determinado” (p. 103).
En estos términos, “Schlegel descubre que a veces el significado específico de género en una instancia determinada se aleja del significado general, e incluso varios significados específicos contradicen el significado general” (p. 103).
Refiere que hombres y mujeres, como categorías simbólicas, no están aislados de otras categorías del sistema simbólico de una sociedad, por lo que “el contexto de los significados específicos de género son las situaciones concretas donde se dan las relaciones entre mujeres y hombres” (p. 103).
Subraya que el significado que se le atribuye al género se relaciona más con la realidad social que con la forma en la que dichos significados encajan con otros significados simbólicos, es decir, es en las prácticas reales entre hombres y mujeres lo que se hace tangible y vivencial.
Schlegel argumenta que los significados específicos varían inmensamente, ya que se cruzan con rangos, jerarquías, y las actitudes particulares de un sexo hacia otro discrepan del sentido general (Lamas, 2006).
Desde el significado general de género “hay una forma en que se percibe, se evalúa y se espera que se comporten las mujeres y los hombres, pero desde el significado específico se encuentran variaciones múltiples en cómo lo hacen” (p. 104). Con estos postulados, posibilita un enfoque amplio y flexible que comprenda tanto un concepto global como la discrepancia en el terreno real de los sujetos: “las sociedades han llegado a una gran variabilidad en la práctica, en el significado específico, y que esto a veces se opone al significado general” (p. 104).
Schlegel deja en claro que las vidas concretas de los individuos, las experiencias de sus cuerpos y sus identidades rebasan los dualismos de la naturalización de la diferencia sexual y se hallan lejos de la perspectiva tradicional de clasificación binaria.
Virginia Goldner (1991):
Esta autora afirma que existe una paradoja espistemológica respecto al género, siendo éste una verdad falsaI, ya que:
Por un lado, la oposición binaria masculino-femenino es supraordenada, estructural, fundante y trasciende cualquier relación concreta; más aún, esta verdad es falsa en la medida en que las variaciones concretas en las vidas humanas rebasan cualquier marco binario de género, existen multitud de casos que no se ajustan a la definición dual. (p. 105).
La importancia de estas formulaciones consiste en que “al introducir este tipo de matices y precisiones se erosiona la idea del sistema de género como primordial, transhistórico y esencialmente inmutable, y se perfila una nueva comprensión de la maleabilidad del género” (p. 105).
Con todo ello, refiere Lamas, que al relativizar el papel del género “se tienen elementos para desechar la línea interpretativa que une, casi como un axioma cultural, a los hombres a la dominación y a las mujeres a la subordinación” (p. 105).
A raíz de esto se analiza que si únicamente se hablase de las concepciones teóricas sobre el concepto (general) de género, se perderían de vista las variaciones que se desenvuelven en los sujetos particulares y, justamente, en este enfoque específico, la realidad contradice a las nociones generales que se hacen de las relaciones sociales, de tal forma que los comportamientos de varones y mujeres no son, por decreto, un elemento invariable:
Desde la antropología, la filosofía, la lingüística, la historia, la crítica literaria y el psicoanálisis se abordan nuevas teorizaciones sobre el sujeto y la génesis de su identidad, que interpretan la producción de la alteridad a partir de procesos relacionales e imaginarios y remiten al engarce de subjetividad y cultura. Por ello, la relación entre lo simbólico y lo social, la construcción de la identidad y la capacidad de acción consciente (agency) se vuelven objetos privilegiados de estudio. (Lamas, 2006, p. 93).
Con la incorporación de nuevos elementos y dimensiones, estas posturas dan importancia a la agencia de los sujetos y dejan de ser vistos como entidades vacías construidas socioculturalmente y se cuestiona sobre el peso de la biología en dicha construcción, dilema que había sido relegado en el proceso acrecentado de lograr la igualdad entre los sexos, pues “es evidente que el atisbo que hay actualmente entre las disciplinas biológicas y las sociales dificulta situar con claridad qué implicaciones ha tenido la anatomía sexuada de los seres humanos en la producción de ciertos procesos culturales” (p. 107).
Así entonces, a partir de todas estas revisiones, para Lamas se configura una propuesta evolutiva donde es importante retomar dichos planteamientos, por lo que para reconocer las complejas relaciones es ineludible formularse nuevas interrogantes, como por ejemplo:
¿Hay o no una relación contingente entre cuerpo de hombre y masculinidad y cuerpo de mujer y feminidad?
Lo masculino y lo femenino, ¿son transcripciones arbitrarias en una conciencia neutra o indiferente?
¿Hasta dónde tiene sus raíces en la biología gran parte de la significación del género?
Por tanto, para la autora es fundamental introducir en los estudios de género elementos que permitan analizar las complejidades, tal como lo es el concepto de habitus. En su revisión a Bourdieu (1991), identifica que éste “comprende que las prácticas humanas no son sólo estrategias de reproducción determinadas por las condiciones sociales de producción, sino que también son producidas por las subjetividades” (p. 111).
El habitus incorpora la importancia de la subjetividad de los sujetos en la constitución de los sistemas de género, por ende, “el habitus viene siendo un mecanismo de retransmisión por el que las estructuras mentales de las personas toman forma en la actividad de la sociedad” (Lamas, 2002, p. 172).
Otro elemento es la encarnación, la cual “transmite la idea de la presencia concreta del cuerpo y su subjetividad sensorial” (Lamas, 2006, p. 111).
Para Lamas, esto se dirige a la formulación de una tesis crítica respecto a las visiones tradicionales de propuestas políticas, ya que:
No se puede concebir a las personas sólo como construcciones sociales ni sólo como anatomías. Ambas visiones reduccionistas son inoperantes para explorar la articulación de lo que se juega en cada dimensión: carne (hormonas, procesos bioquímicos), mente (cultura, prescripciones sociales, tradiciones) e inconsciente (deseos, pulsiones, identificaciones). (Lamas, 2006, p. 111).
Así entonces, la crítica y aporte de la autora mexicana es considerar al cuerpo en sus tres dimensiones: carne, mente e inconsciente.
Niveles de análisis
En las mismas consideraciones de revalidar nociones útiles en la conceptualización de la categoría de género, y configurar una apreciación con base en divisiones, García-Mina (2003) propone tres niveles para aclarar las confusiones interpretativas que han surgido con el paso de las generaciones.
La autora otorga importancia a las formulaciones pioneras que devenían de la medicina, así como a las construcciones socioculturales al contemplar los factores que Money (1971) señala:
Factores que componen el proceso de sexuación prenatal: sexo cromosómico, gonadal, hormonal y morfológico.
Factores que acontecen tras el nacimiento: sexo de asignación y de crianza, establecimiento y desarrollo de la identidad y rol de género.
A partir de ello, acota que “la categoría de género surge como respuesta a la necesidad sentida por muchas mujeres y varones de desmitificar la categoría sexo y transformarla en una variable operativa que permita una mayor comprensión de la existencia humana” (p. 13); más aún, reflexiona que ésta se ha tornado ajena al objetivo inicial, y se ha desnivelado su óptima operatividad.
En relación con el empleo actual del concepto y a la desvinculación de los factores arriba señalados, define que “en la medida en que la categoría de género sea incorrectamente utilizada, bien por una insuficiente información, un error interesado o una política oportunista, ésta irá perdiendo su razón de ser” (p. 17).
Por su parte, coincide con los soportes teóricos de Lamas, al momento en que también señala que el problema consiste en que “actualmente, la moda académica en torno al género ha consolidado una visión constructivista de la naturaleza humana que elude tanto lo biológico como lo psíquico” (Lamas, 2002, p. 16).
Sobre estas consideraciones, García-Mina (2003) advierte que para el análisis de dicha categoría es necesario contemplar la multidimensionalidad de ésta, pues los avances científicos en diversos niveles fueron introduciendo nuevas variables de estudio, “el estudio y sistematización del carácter multidimensional de la variable género comenzó a desarrollarse fundamentalmente a partir de 1980” (p. 107). Por lo que para poder analizar los procesos y teorías respecto al término género, mismo que esconde gran variedad de derivados (estereotipos, roles, actitudes, atributos), propone que deben considerarse tres enfoques o niveles, cuyas finalidades son tanto epistemológicas como prácticas u operativas.
Nivel sociocultural
Es de carácter antropológico y sociológico, “corresponde a la creación simbólica del sexo, a la interpretación cultural del dimorfismo sexual; en él se analizan los atributos, roles y estereotipos prescritos cultural e históricamente” (p. 107), es decir, aquellas especificidades propias de los modelos de masculinidad y feminidad.
Nivel psicosocial o interpersonal
De carácter sociológico y psicológico, se centra en los procesos sociales a través de los cuales se crean y se transmiten los modelos de masculinidad y feminidad a los individuos. El género en esta dimensión es considerado como un organizador de estructuras sociales y de relaciones entre los sexos.
Nivel individual
“De carácter más psicológico, se hace referencia a la vivencia personal del género, a los ideales de género internalizados a través del proceso de socialización, que forman parte del autoconcepto y del sistema narcisista. El género no sólo es un modelo normativo construido a través de la interacción social, es una experiencia internalizada que configura el psiquismo.” (p. 109).
Desde este nivel se analizan los procesos a través de los cuales se adquieren y desarrollan las identidades de género, el estilo del rol de género interiorizado (masculino, femenino, andrógino e indiferenciado) y, a su vez, cómo éstos inciden en la conducta, en la percepción de realidades y en la estabilidad emocional de varones y mujeres.
Asimismo, ofrece su visión respecto a su propia clasificación: “Desde mi parecer, este marco clasificatorio contextualiza las diferentes perspectivas desde las que se puede analizar la categoría de género, y ayuda a situar las investigaciones y teorías que a lo largo de estas tres últimas décadas se han elaborado en torno a esta compleja realidad.” (p. 109).
Su propuesta para frenar las confusiones en torno al uso de la categoría género, estriba en las siguientes tablas:
Tabla 2. Naturaleza multidimensional de la compleja realidad de género.
| Niveles | Conceptualización del género | Contenidos específicos | Disciplinas |
| Sociocultural | Construcción cultural del sexo que varía en función de los contextos socioeconómicos, étnicos, religiosos e históricos. | Los modelos normativos de masculinidad y feminidad. | Antropología |
| Psicosocial o interpersonal | El género como principio organizador de las estructuras sociales y de las relaciones entre los sexos. | Los procesos a través de los cuales se construye el género.Los procesos de socialización mediante los cuales se transmiten los modelos normativos sociales. | Sociología |
| Individual | El género como conjunto de características tipificadas sexualmente, internalizadas a través del proceso de socialización, cuya incidencia en la constitución de la identidad es fundamental. | Los procesos de tipificación del género.La identidad de género.Los estilos del rol de género y su relación con otras variables de personalidad. | Psicología |
Fuente: García-Mina, 2003, p. 108.
Tabla 3. Niveles de análisis de la categoría de género.
| Nivel socioculturalCreación simbólica del sexo.Interpretación cultural del dimorfismo sexual.La masculinidad y la feminidad como modelos normativos sociales. |
| Nivel interpersonalCategoría social, organizadora privilegiada de las estructuras sociales y de la interacción entre los sexos.Verbo que construye y jerarquiza los sistemas de poder.Un proceso que crea y que a su vez es creado en el contexto psicosocial. |
| Nivel individualExperiencia internalizada a través del proceso de socialización, configuradora del psiquismo, que condiciona nuestros modos de percibir y hacer en el mundo, y nuestra manera de enfermar. |
Fuente: García-Mina, 2003, p. 112.
Para estas aportaciones, el carácter holístico del concepto género es irrefutable, ya que siguiendo a Burin (1996), “el género nunca aparece de manera pura, está entrelazado a otras variables que son determinantes en la vida de las personas: sexo biológico, clase social, raza/etnia, edad, religión” (p. 90).
A partir de ello, la importancia de la interacción material entre los sujetos constituye un entramado entre la cultura y la individualidad que confluyen con otras categorías:
Aunque el género sea uno de los organizadores privilegiados de la vida social humana, hay otras categorías que constituyen el habitus de una persona, que también contribuyen a estructurar y configurar la realidad social e individual; entre las más importantes encontramos la raza/etnia, la clase social y la edad. Estas categorías transforman la propia experiencia del género y ayudan a comprender la gran variabilidad que podemos encontrar entre los individuos que pertenecen a un mismo sexo. (p. 90).
Respecto al carácter relacional, opina que:
Aunque la categoría género sea un concepto muy relacionado con el feminismo académico, esto no significa que sea un instrumento exclusivo “de y para” las mujeres. Analizar las condiciones de vida de las mujeres necesariamente implica estudiar la realidad de los varones y las complejas relaciones que se desarrollan entre los sexos. (p. 92).
Al denominar complejas relaciones, invita a afinar los marcos con los que son observadas, incluyendo elementos relativos a lo convivencial y lo internalizado en ambos sexos. Por dicha razón, refiere que fue necesario el cambio de terminología de estudios de la mujer a estudios de género a finales de la década de 1980, ya que esta corriente teórica y académica se centra en lo masculino, lo femenino y sus combinaciones, tanto en la manera de pensar como en la manera de sentir y actuar.
A partir de ello, concluye que existe un marco confuso de un uso acrecentado y acentuado en la construcción social como único factor determinante de relaciones sociales, mientras que las pautas biológicas que en un momento dieron el origen a la categoría, no son tema de interés; por ello, señala que “la creciente utilización de la categoría género en el ámbito académico, político y cotidiano ha traído consigo que éste se haya ido vaciando de su significado inicial” (García-Mina, 2003, p. 100).
Añade que se ha configurado un empleo difuso del término:
Para muchos, el género es un eufemismo del sexo, un término más elegante, más “polite”. Para otros, el género se reduce a una manera de hablar más especializada “de y sobre” las mujeres, y “es una forma de desmarcarse de la (supuestamente estridente) política del feminismo”. (p. 101).
La fijación reiterativa actual del género ha generado intereses y objetivos desligados de su naturaleza explicativa. La autora argumenta que:
Este hecho ha llevado a que el género no siempre se emplee por su capacidad analítica e integradora sino que, en ocasiones, se utiliza con el único objetivo de buscar una legitimación “académica”, “política” o “social”, sin importar el contenido al que pueda estar haciendo referencia. (p. 101).
Ante el referido escenario que se ha desarrollado, aclara que nos encontramos ante un término que en estos últimos años se ha burocratizado, perdiendo en muchos casos su razón de ser; por ello, la propuesta de retomar los tres niveles de estudio fomenta un análisis más crítico, abarcador e inclusivo, “dependiendo del nivel al que estemos haciendo referencia, las definiciones de esta categoría se centran en aspectos y contenidos diferentes” (p. 103).
Dicha importancia oscila en la fundamentación de cada uno de ellos y su utilización en el campo de las diversas realidades:
Desde el nivel sociocultural se requiere mayor elaboración teórica que recoja los diferentes componentes que integran la multidimensionalidad de los modelos de masculinidad y de feminidad (atributos, roles, comportamientos, actitudes), así como las diversas relaciones que puedan darse entre ellos. Desde una perspectiva más interpersonal o psicosocial, es necesario seguir profundizando acerca de los procesos sociales que participan en la construcción de estos modelos, así como la manera en que éstos crean y estructuran, a su vez, las relaciones entre los sexos. Desde un enfoque individual se necesita mayor investigación sobre los procesos mediante los cuales los individuos adquieren los modelos socioculturales atribuidos a uno y otro sexo, por tanto, es preciso continuar analizando cómo la interiorización de estos sistemas referenciales inciden en la manera de percibir el mundo, de hacer frente a la vida y en los modos de enfermar de las mujeres y de los varones. (p. 111).
Advierte sobre la importancia de contemplar el verdadero sentido racional que nutre de manera amplia el concepto y el compromiso que debe adquirirse en torno a ello: “la desigualdad de género nos obliga individual y colectivamente a cuestionarnos como sujetos y objetos de discriminación. De todos y cada una y uno depende que esta situación deje de formar parte de nuestra historia” (p. 112).
2 Relativo al esquema que alude a dos concepciones de explicar el género: lo relativo a las mujeres como la subordinación y lo relativo a los hombres como la dominación. Este esquema es debatido por antropólogas feministas que incluyen un marco diverso y complejo de concebir las relaciones entre los sexos. Goldner (citado en Lamas, 2006) lo refiere como “marco binario de género” (p. 105) y Lamas (2006) como “el énfasis binario de los esquemas de clasificación humana”, “énfasis estructuralista de los esquemas de clasificación binaria (p. 95), “línea interpretativa dualista” (p. ٩٧) y “la interpretación dualista de género” (p. 114).
3 Extracto de la presentación de la segunda edición, 2014, XIII.
Capítulo II
Reestructura de la familia y parejas contemporáneas
La familia no es sólo una institución simplemente reproductora: es una de las principales instituciones nutricias y una unidad legal y económica, y muchas veces religiosa. La familia es el lugar donde se sirve a la continuidad cultural mediante la educación.
Malinowsky, 1975, p. 98.
Familia tradicional mexicana: herencia y vigencia
Siguiendo a Tuiran (1993), los mexicanos asignan a sus familias la prioridad de un 85% sobre otros aspectos de su vida, al trabajo un 67%, a la religión 34%, a la recreación 28%, amigos 25%, y política 12%. La importancia que asignan a la familia se ve influenciada por las concepciones arraigadas que definen a este grupo como unitario, amoroso, comprensivo, etcétera.
En su generalidad, la familia es determinante en la búsqueda y conquista de nuevas esferas externas como la escolar y laboral, ya que “aunque la familia sea un grupo más o menos cerrado, siempre tiene conexiones con procesos sociales genéricos que incorporan a sus miembros a la vida en sociedad y que establece una conexión de lo particular a lo general y viceversa” (Tello, 2007, p. 19).
Algunos señalamientos han indicado que los esquemas de familia en México se caracterizaron y reprodujeron, al igual que en otros países, por un imperante conservadurismo religioso que impuso pautas de conducta y obligaciones a los miembros de su sociedad, basadas principalmente en el sexo, la edad y la pertenencia a un estatus social, que a su vez eran determinadas por el sistema de justicia que las regía a través de códigos civiles y manuales de buenas costumbres.
Partiendo de la legitimación religiosa, a partir de la adopción de la religión cristiano-católica y bajo las normativas de redención-consagración, en colindancia con las normas jurídicas que en un momento dado se definían como vigentes, se entablaron preceptos organizativos que definieron la asignación de derechos y obligaciones y, con ello, surgió un esquema aprobado de familia conocido como Modelo arquetípico de la familia nuclear conyugal, el cual prevaleció como unidad organizativa de la sociedad por periodos prolongados y fue generando, con el paso del tiempo, rupturas y desniveles entre las relaciones de los sujetos, mismos que eran acreedores de sanciones o reconocimientos, según su cumplimiento.
Nateras (2015) contextualiza a la familia mexicana tradicional en un marco de hegemonía dominante, al referir que ésta puede generar atributos de antidemocracia y autoritarismo hacia sus miembros, con lo que es prematura la aparición de diversos procesos de violencias. Por su parte, acota Tuiran (1993) que este modelo posee características que le dan particularidad en torno a jerarquías y grados de unidad en la familia.
Esquema 1. Modelo arquetípico de la familia nuclear conyugal y sus principales características

Fuente: elaboración propia con base en Tuiran (1993).
Siguiendo al autor, “el modelo descrito se presenta usualmente como la norma de lo que es o debe ser la familia, el patrón contra el cual se juega el comportamiento desviado” (Tuiran, 1993, p. 71).
Sobre estas consideraciones, a la par que se describe la figura de este modelo nuclear conyugal se advierte también su reconfiguración y transición con el paso del tiempo y las generaciones, por lo que hoy día los académicos pueden advertir su conmutación, permanencia, o bien destacar ciertos elementos combinados, por ejemplo, algunos marcan la existencia de la gran brecha que existe actualmente entre la idealización de este modelo y las prácticas que se desarrollan en diversos contextos, disipando hábitos que permanecieron constantes en cierta época y que hoy día han mutado, ya sea sutil o drásticamente.
Por lo tanto se dice que el arquetipo de la familia nuclear conyugal fungió como dirigente de la sociedad mexicana en un lapso de tiempo prolongado; sin embargo, los ajustes inherentes que el ser humano crea a partir de sus necesidades y medios para satisfacerlas, dieron lugar a modalidades emergentes de uniones y desuniones.
En la actualidad, existen estudios que reflejan que una proporción importante de las familias en México no se ajusta a este modelo, lo cual dilucida que en la dinámica colectiva “no puede hablarse de un modelo ‘tipico’, sino de un panorama pluriforme” (Tuiran, 1993, p. 72).
Modelos optativos
Diversas transformaciones de índole socioeconómica, cultural y demográfica han contribuido a multiplicar los arreglos familiares y a consolidar formas nuevas y viejas de organización familiar.
Tuiran (citado en Aguilar e Inzúa, 2009).
Una de las diversificaciones más notables en la actualidad se refiere a las crecientes labores que promueven la equitativa división de tareas entre hombres y mujeres, las cuales han permitido que ambos sexos se desempeñen en actividades económicas y se promueva “una mayor aceptación del trabajo femenino” (Tuiran, 1994, p. 68). La situación laboral de las mujeres ha emprendido una reconstrucción de legislaciones, al respecto Fernández (2007) acota que:
En las últimas décadas, la figura masculina ha dejado de fungir como la proveedora por excelencia. La paridad en la contribución económica e incluso el hecho de que en ocasiones sean las mujeres quienes aportan más, trastoca el modo en que, tradicionalmente, se había diseñado el poder al interior de la vida en pareja y familiar. (p. 12).
Asimismo, en la década de 1990 ya se contemplaban ciertos procesos de cambio relativos a la organización de la familia. Estrada (1990) refiere que “podemos ver cómo, en cierta medida, la exigencia social y cultural cada vez presiona más para que el intercambio de roles masculinos y femeninos sea mayor y se lleve a cabo en terrenos más amplios” (p. 38).
La transición a los modelos optativos significa que “la familia nuclear arquetípica, formada por el padre, la madre y los hijos –como modelo de familia occidental dominante de los tiempos modernos–, ha evolucionado constantemente conforme a las condiciones socio-culturales” (Tello, 2007, p. 16).
De la misma forma, “las familias tradicionales, con el hombre como jefe de familia, fueron el prototipo en la época de dominio patriarcal. Sin embargo, en los últimos años este tipo de familias ha disminuido seis puntos porcentuales” (Tello, 2007, p. 16).
Concretamente, los estudios especializados en el papel de las mujeres son conocidos como estudios con perspectiva de género, los cuales describen la transformación de tareas que desempeñan hoy día. Sobre todo en las grandes metrópolis se habla de una autosuficiencia manifiesta que se traduce en el desempeño de diversas actividades paralelas, mismas que sobresalen tanto en el hogar como en la esfera escolar, laboral y presencia pública. La responsiva familiar dirigida por mujeres es un hecho innegable en las sociedades de la Ciudad de México y en otros estados, razón por la cual las legislaciones políticas se han visto obligadas a responder hacia esta vorágine de implicaciones con algunas de las más conocidas reformas:
1 Apoyo alimentario a madres jefas de familia, hoy llamada Ley que establece el derecho a recibir un apoyo alimentario a las madres solas de escasos recursos residentes en el Distrito Federal (Gaceta Oficial del Distrito Federal, 2008).
2 Programa seguro de vida para jefas de familia (Diario Oficial, 2007).
Estas legislaciones se especializan en el papel familio-social que desempeñan las mujeres, en su mayoría por ser separadas/divorciadas, viudas, o estar en estado de abandono, así como aquellas mujeres cuyo cónyuge no tiene empleo, es discapacitado o con enfermedad incurable, es adulto mayor, o bien está periódicamente fuera del hogar.
En torno a las labores de crianza, adecuación y fortalecimiento de los lazos afectivos se dice que “es cada vez más frecuente encontrar familias monoparentales en las que se acepta al padre como capaz de responsabilizarse de la crianza de los hijos” (Tello, 2007, p. 16). Por tal motivo, “ahora hablamos de familia nuclear, extensa, recompuesta, monoparental, heterosexual, homosexual, e incluso de la formada por una sola persona” (p. 16).
Otro material de consulta ineludible en estas aproximaciones es la Revista de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (hoy Ciudad de México), núm. 23, donde en un artículo titulado “¿Desaparece la clásica familia mexicana?”, se establecen diversos aspectos sobre la situación relacional y composición familiar.
Refiere Martínez (2014) que en el país han surgido cambios conforme a las nuevas dinámicas y los roles que han adquirido los individuos de la sociedad debido al crecimiento de los divorcios, al aumento de la esperanza de vida, la disminución de la tasa de natalidad, la incorporación de las mujeres al mercado laboral, la legalización de los matrimonios entre personas del mismo sexo y los avances científicos que a su vez dan lugar a nuevas formas de reproducción humana, así como el desarrollo de técnicas de fertilización.
Sobre este contexto, alude a los dos tipos de vínculos que definen la relación de los individuos en las familias y sociedades modernas:
Esquema II. Vínculos.

Fuente: elaboración propia con base en Martínez (2014).
El autor del artículo acude a datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI, 2010) para revelar que los hogares familiares son, en un 77.7%, dirigidos por hombres y un 22.3% por mujeres. Señala que en la Ciudad de México el porcentaje de mujeres jefas de familia ha aumentado, incluso hasta alcanzar el 31%.
Gráfica 1. Dirección del hogar en la Ciudad de México.

Fuente: elaboración propia con base en Martínez (2014).
Por otro lado, se ha incrementado el modelo de familia monoparental en un 18%, el cual es aquel que se conforma por sólo uno de los cónyuges y los hijos(as); en algunos casos también pueden ser parte de él otros miembros como abuelos(as), tíos(as) y otros integrantes sin relación consanguínea, mientras que el modelo biparental permanece en un 64.5%.
Gráfica 2. Tipo de hogares.

Fuente: elaboración propia con base en Martínez (2014).
Según estos datos, la Ciudad de México concentra el 24% del total de las familias lideradas por uno sólo de los cónyuges, seguido de Morelos con un 20.9%, Guerrero con el 19.7%, Nuevo León con 15.2% y Quintana Roo con 15.4%. Tello (2007) ha señalado también que “el divorcio y la liberación femenina trajeron como consecuencia, entre otras cosas, la aceptación social de las familias monoparentales” (p. 16).
Gráfica 3. Entidades con mayor número de familias monoparentales.

Fuente: elaboración propia con base en Martínez (2014).
Por último, se acota que las familias monoparentales se caracterizan por ser encabezadas por mujeres en su mayoría (84% de los casos), razón por la que la complejidad gira en torno a ser las responsables del cuidado-atención de los hijos y laborar para la manutención económica. Paralelamente, ha surgido también el modelo de la familia conformada por personas del mismo sexo. “Organizaciones en pro de la diversidad sexual estiman que en el país el 0.9% de las familias (250 000) están conformadas por homosexuales” (Martínez, 2014, p. 21).
Si bien la representación social que se tiene en México de la familia sigue siendo determinante, hay una parcela de la sociedad que se inclina por una convicción alterna y diversa; las prioridades en los jóvenes se despegan (acorde al contexto) de los ideales de formar una familia y casarse, por mencionar también el desinterés en criar hijos a temprana edad y como prerrequisito para formalizar la unión. Esto, a su vez, conforma un entramado social que define a nuevos sujetos de estudio y, por ende, contextos teóricos para explicitar problemáticas que en esta esfera se manifiestan.
Muestra explícita de lo anterior lo reflejan las siguientes cifras reportadas por el INEGI (2010), de acuerdo con las siguientes categorías:
1. Estado conyugal. Muestra la diferencia porcentual de hombres y mujeres respecto a unión o separación, contrastando los años 2000 y 2010. En el año 2000 se registró un 54.1% de hombres “casados/unidos”, cifra que disminuye en el año 2010 con un 53%. En cuanto a “separación/divorcio” se tiene similitud en la proporción: en el 2000 existían el 3.2% y en 2010 incrementan al 5.1%.
Lo correspondiente a mujeres, en el 2000, 48.5% estaba “casada/unida” a diferencia de un 47% en 2010. En cuanto a “separación/divorcio” aumenta de un 7.5% a un 9.4%, respectivamente. Se aprecia, entonces, el reflejo estadístico que exhibe las transformaciones en torno a la vida en pareja, interpretaciones que arrojan una disminución de uniones en ambos sexos y un incremento del porcentaje en las separaciones.
2. Tasa bruta de nupcialidad. Se contrastan el año 1970 con 7.0; año 2000 con 7.0 y el 2012 con 5.0. De tal forma, mientras que la nupcialidad indica los matrimonios registrados en un determinado tiempo en los habitantes de un territorio, se aprecia una notable disminución de los mismos.
3. Divorcios. Incremento reflejado en indicadores: 1980: 4.4; 1999: 6.6; 2003: 11.0; 2012: 17.0.
Al respecto, Martínez (2014) señala que datos oficiales reflejan que de 2000 a 2008 se multiplicaron los divorcios 1.8 veces en el país, en tanto que los matrimonios disminuyeron 0.8 veces.
En esta posición estadística, organizacional, familiar y de parejas, es palpable el cambio en la realidad social de algunas entidades de México y el reflejo de un momento marcado por la adquisición de nuevas estructuras familiares. Hoy día la sociedad ha optado por elegir un modelo distinto al nuclear conyugal, donde la Iglesia y el Estado, principalmente, regían sus principios y conductas; tanto hombres como mujeres han quitado importancia –mas no eliminado– al matrimonio, mientras que las uniones existentes han optado por la separación y el uso de nuevos acuerdos de convivencia y reproducción.
Un cambio representativo como éste no debe universalizarle; sin embargo, denota aspectos genéricos de percepciones y acciones que rigen actualmente las coordenadas y fórmulas en las relaciones de pareja.
Coordenadas y fórmulas
La pareja moderna no tiene nada que ver con el matrimonio tradicional, sino que, por el contrario, está motivada por la sexualidad y la afectividad, factores que el matrimonio no tenía en cuenta o eran secundarios.
Fernández, 2014.
En un marco comparativo sobre la relación de pareja premoderna y moderna, Fernández (2014) apunta significativas descripciones de ésta en torno a sus procesos y ajustes inmersos en la sociedad, afirmando que la pareja moderna es el producto de un proceso de individuación en los seres humanos, propiciando uno de los ejes evolutivos más importantes de su historia. Dicha individuación es contraria a las relaciones de pareja premodernas, las cuales se definían únicamente por medio del matrimonio (civil y eclesiástico).
En esta vicisitud, refiere el autor que se incorporaron elementos que el matrimonio tradicional no tomaba en cuenta o eran secundarios, tales como la sexualidad y el afecto, mismos que se antepusieron a los elementos irrevocables que las familias de los miembros de la pareja imponían anteriormente con el fin de establecer alianzas entre ellas y condicionar la unión, generalmente motivadas por intereses económicos y de estatus social o político. Tomando estas consideraciones y apreciando una transformación en los elementos de la pareja y su constitución, define a la relación de pareja como “la unión convivencial entre dos individuos por motivos de atracción sexual y vinculación afectiva decidida de forma libre y voluntaria”.
Rescatando elementos de su concepto, se destacan para su apreciación:
Unión
Convivencia
Dos individuos
Atracción sexual
Afecto
Libertad
Voluntad
El análisis de Fernández en esta dimensión de su artículo, intenta mostrar una sociedad donde las relaciones de pareja han dejado de ser, en gran parte, un asunto decisivo de las familias entre sí, o un trato de intereses y condicionantes para la convivencia, para ser entonces una decisión libre y voluntaria entre dos personas para unir sus vidas, razón por la cual la concepción de pareja que se vislumbra en la actualidad ha incorporado otros aspectos motivacionales.
Otro autor importante del tema tratado es Melero (2008), quien en un marco explícito de las dinámicas y calidad de las relaciones de pareja, apunta que éstas están determinadas tanto por las características individuales de quienes las conforman, como por el contexto sociocultural en el que se desenvuelven. Concibe así un contexto sociocultural enfatizado en la prevalencia de la individualidad por parte de cada miembro, misma que prioriza los logros personales más que los logros de la relación en su conjunto, tales como la solvencia económica, el éxito laboral, una sobrevaloración personal y la anteposición de deseos propios.
Por otro lado, el autor muestra un escenario diverso de relaciones de pareja en la actualidad, mismo que es resultado de una mayor complejidad sociocultural, razón por la cual estima que ofrecer una definición que acapare todas las formas de relación implicaría una excesiva generalización debido a las características que las integran y definen.
Dichas diferencias importantes en relaciones diversas van desde la sexualidad hasta aquellas que se articulan en “parejas casadas, con cohabitación, parejas de hecho, parejas divorciadas que se reagrupan con hijos de diversos matrimonios, etc.” (p. 100): por lo tanto, Melero (2008) considera la relación de pareja como “la unión de dos personas entre las que existe un deseo de unión exclusiva y un proyecto de vida en común con un claro sentimiento de compromiso entre ellos” (p. 100), afirmando que diversos especialistas coinciden en que es el compromiso lo que las caracteriza como pareja.
Tomando su concepto, se constituye una definición aproximada de lo entendible en cuanto a las relaciones de pareja, por lo que se distinguen elementos que, más allá del marco jurídico civil con que se estudian, unifican aspectos comunes que dan lugar a una conjugación del significado.
Dichos elementos son:
Unión
Dos personas
Deseo de unión exclusiva
Proyecto común
Sentimiento de compromiso
Por otro lado, de acuerdo con una investigación del Instituto Politécnico Nacional (IPN) denominada Género y amor: principales aliados de la violencia en las relaciones de pareja que establecen los estudiantes del IPN, realizada en el año 2012, se describe a la pareja como la “forma de relación que implica un acuerdo legal o consensual entre dos personas para el intercambio erótico-afectivo, haya o no cohabitación; es sostenida por un fuerte vínculo sexual y amoroso” (p. 5). De este concepto, se extraen los elementos:
Forma de relación
Acuerdo
Dos personas
Erotismo y afectividad
Haya o no cohabitación
De esta manera, si se integran todos estos elementos, se puede apreciar la siguiente red que permite colocarse en un plano conceptual de lo que se entiende por una relación de pareja a partir de diversos enfoques disciplinares.
Esquema III. Relación de pareja.

Fuente: elaboración propia con base en Melero (2008); IPN (2012); Fernández (2014).
Desde este enfoque, se parte de una concepción genérica de lo que significa establecer relaciones en pareja con elementos que han persistido con el paso de las generaciones, pero que también se han desplazado por añadidura de otros, mismos que otorgan un carácter fluctuante, diverso e innovador, como por ejemplo los acuerdos y que exista cohabitación o no, y es justo esta incorporación lo que atribuye diversas ramificaciones de las relaciones de pareja como las siguientes.
Domingo (2003) ofrece un atractivo universo diversificado de la multitud de cambios que ha vivido la cultura occidental, donde han surgido diversas formas de establecer la vida en pareja, aludiendo a que muchas de las uniones existentes “no siguen los esquemas de lo que tradicionalmente se ha entendido como pareja” (p. 9).
Por esta razón, y pensando en la variedad de cambios que han sufrido las relaciones sentimentales a lo largo de los últimos años, muestra una recapitulación de experiencias que confluyen en las siguientes categorías teóricas, mismas que fueron ilustradas con fotografías reales que se estrechan a las características documentadas por la autora, las cuales fueron donadas voluntariamente por quienes aparecen en ellas, en una solidaria y atenta muestra de coparticipación para la producción de este capítulo.
Parejas abiertas
Son parejas formales con acuerdos de incluir a un tercero en la relación, o bien que formulan su convivencia con base en libertades propias de cada uno. En algunos casos se da lugar al swinging (intercambio de pareja) que resulta “una nueva forma en que las parejas estables pueden mantener relaciones sexuales con dos o más de dos personas” (p. 52).
Las relaciones que optan por establecer el vínculo sin contratos de exclusividad o de unión, mantienen afianzados otros canales de fortaleza, tales como la amistad, lealtad, comunicación, empatía, afinidades, permisibilidades, confidencialidades, etc., lo que permite que ambos obtengan satisfacción de sus propias autodeterminaciones y códigos de afectividad.

Buba Stone (25 años), alcaldía Gustavo A. Madero y John Goringa (24 años), alcaldía Iztacalco, Ciudad de México.
Parejas con diferencia de edad
Son aquellas uniones donde la edad es distinta y un elemento que afianza la relación, según los especialistas. Este tipo de relaciones, donde uno de los dos es mayor, van ligadas a factores como “sabiduría, experiencia, imágenes paternas o maternas, o la simple química” (p. 64). En ciertos contextos, la concepción de hombres y mujeres de cómo llevar su vida en pareja, deja atrás aquellas limitantes que imponían los demás miembros familiares.

Mónica B. (34 años) y César C. (23 años), alcaldía Iztapalapa, Ciudad de México.
Familia nuclear
En determinados casos, este esquema resulta ideal y provechoso para algunas parejas. En el caso de las parejas jóvenes, son los acuerdos y el fomento de valores afectivos los que resaltan los aspectos positivos y prospectivos de este modelo. “En la sociedad occidental se entiende por familia nuclear la formada por los cónyuges y los hijos del matrimonio” (p. 82).

Andrea de J. (24 años) y Rodrigo A. (25 años), hija Alice A. (5 años), alcaldía Xochimilco, Ciudad de México.
Parejas de diferentes nacionalidades
Se refiere a uniones de distintos países, resaltando la interculturalidad en las parejas, así como las probables distinciones religiosas y familiares que varían e influyen para que florezca la unión.
La base del respeto a los distintos ideales de cada miembro, así como el fomento de la comunicación y la convicción de compartir y proponer, generan relaciones enriquecedoras que disminuyen las posibles dificultades definidas por los contextos culturales diversos y, a la par, configuran experiencias únicas donde los miembros de la pareja comparten lazos duraderos de afectividad.

Emilio M. (26 años), Santiago de Chile y Ana C. (26 años), Ciudad de México.
Parejas del mismo sexo
Las crecientes legislaciones en pro de los derechos de la diversidad sexual han fomentado la reconstitución de los valores éticos y ciudadanos, por lo que cada vez es más común que parejas conformadas por dos hombres o dos mujeres, asuman su vida amorosa y sexual con plena libertad y respeto.

Diana F. (23 años), alcaldía Tláhuac y Vannesa M. (23 años), Edo de México.

César P. (23 años) y Adrián S. (27 años), alcaldía Coyoacán, Ciudad de México.
Casados de hecho
Son las uniones que habitan en un hogar sin haber firmado un documento ni están unidas legalmente (Domingo, 2003).
En la actualidad las parejas afianzan su relación de acuerdo con las óptimas relaciones y acuerdos que establecen en conjunto, los cuales resultan favorables tanto para sí mismos como para la planificación familiar.

Claudia A. (40 años) y René R. (40 años), hija Renata R. (3 años), alcaldía Magdalena Contreras, Ciudad de México.
Parejas que viven en casas separadas
Son parejas o uniones que se mantienen pese a que los miembros viven en casas separadas, “una de las imágenes más claras del cambio de modelos de pareja que está teniendo lugar en nuestra sociedad” (p. 216). Siguiendo a la autora, estas parejas se basan en la libertad propia y en los acuerdos mutuos de la convivencia.

Ilse R. (23 años) y José L. (27 años), alcaldía Coyoacán e Iztapalapa, respectivamente, Ciudad de México.
Parejas a través de internet
Son aquellas que encuentran el amor tras encuentros virtuales como chats, emails, video llamadas, etc., “cada vez son más las personas que se han dado cuenta de que internet puede convertirse en el sitio ideal para conocer gente y llevar a cabo numerosos encuentros” (p. 124).

Fuente: www.amorporinternet.net.
Parejas por interés
Representan aquellas cuya cantidad de ingresos en una o ambas partes, es la única razón de la relación y el mayor argumento para sostener la unión.

Simulación anónima.
Finalmente, algunas modalidades para definir la vida en pareja se encuentran en las siguientes conceptualizaciones, que parten del vínculo existente y las dinámicas que se desarrollan a partir de éste.
Noviazgo
Fromm (s.f.), en la obra Tener y ser, respecto al noviazgo, señala que aún no existe seguridad en la pareja; sin embargo, la dinámica fluye en torno a la conquista que hace uno hacia el otro. En dicho vínculo prevalece la atracción y el interés, ya que “ninguno tiene al otro; por consiguiente, las energías de ambos están dirigidas a ser, es decir, a dar y estimular al otro” (p. 29).
Matrimonio
En el Código Civil para el Distrito Federal 2014, Título Quinto, Capítulo II, Artículo 146, se entiende por matrimonio a “la unión libre entre dos personas para realizar la comunidad de vida, donde ambos se procuren respeto, ayuda mutua e igualdad” (p. 21), con un notable cambio en la denominación que aludía únicamente a la unión entre un hombre y una mujer.
Por otro lado, Fernández (2014) describe al matrimonio tradicional a manera de mostrar los móviles convencionales de éste, al decir que fue:
Una institución social que une intereses de dos familias a través del enlace de sus hijos e hijas. Dentro de sus funciones, se encuentran las generativas y familiares, ya que el principal motivo era formar la alianza entre las familias para aumentar riquezas y poder.
Concubinato
Siguiendo el Código Civil para el Distrito Federal 2014, Título Quinto, Capítulo XI, Artículo 291 BIS, “las concubinas y los concubinos tienen derechos y obligaciones recíprocos, siempre que sin impedimentos legales para contraer matrimonio han vivido en común en forma constante y permanente por un periodo mínimo de dos años” (p. 40), por lo que se entiende que son aquellas personas que por común acuerdo y sin impedimentos legales cohabitan en relación de pareja, cual si fuesen casados. La forma popular y cotidiana por la que se conoce este tipo de modalidad es unión libre.
Free
De acuerdo con la investigación mencionada del Instituto Politécnico Nacional, el free es descrito, citando a Castro (2007), como los vínculos eróticos y sexuales de común acuerdo y sin reglas estrictas de fidelidad. Cada parte asume los derechos que se tienen con la otra persona, y “abarca desde besar hasta tener relaciones sexuales” (p. 5).
De esta manera, se parte de una visión pluriconceptual y horizontal que guía las nociones de las relaciones socio afectivas y erótico corporales que establecen hoy día los sujetos; a partir de ello, resulta favorable dar referencia a la manifestación de las complejidades y especificaciones que surgen en algunos tipos de pareja.
Capítulo III
Behind closed doors
Muchas veces se utiliza al compañero como medio para lograr una victoria irracional, echando mano de maniobras patológicas como el rechazo emocional, el sadismo, o el masoquismo.
Estrada, 1990, p. 64.
El aporte del Ciclo vital de la familia
Diagrama I. Ciclo vital de la familia.

Fuente: elaboración propia con base en Estrada (1990) y participación anónima.
Como se explica en el capítulo anterior, no todas las parejas se rigen bajo parámetros iguales a los de las parejas tradicionales, razón por la cual, en este apartado se ofrece una parte sustancial del aporte de Estrada (1990) en cuanto a las fases por las que pueden atravesar o no algunas parejas y las características principales que las definen. Esta orientación se muestra como una mirada, sin que precisamente sea un ciclo transcultural y aplicable para todos los casos y circunstancias.
Para formular su trabajo, Estrada (1990) se apoya en las fases descritas por Pollak (1965) respecto a las etapas por las cuales atraviesa una pareja: 1) antes de la llegada de los hijos, 2) la crianza de los hijos, 3) cuando los hijos se van del hogar y 4) después de que los hijos se van. De esta manera, formula y delimita fases críticas que le permiten, como terapeuta, realizar diagnósticos e intervenciones más precisas.
Estrada (1990) refiere que dentro de cada fase de la familia se encuentran incesantes interacciones entre los miembros, a las que divide en cuatro grandes áreas:
1 Área de la identidad: se fortalece el desarrollo de la personalidad.
2 Área de la sexualidad: referentes al equilibrio entre los aspectos psíquicos, biológicos y reproductivos.
3 Economía: relativa a las labores de proveer y el cuidado del hogar.
4 Fortalecimiento del yo: relativo a las dinámicas y papeles correspondientes dentro de la familia: padres, madres, hijos, nietos, etc., así como al desarrollo de la libertad y capacidad de expresión propia.
Las fases propuestas para el ciclo vital de la familia son:
Desprendimiento
Se refiere a la separación del hogar de un sujeto para buscar relacionarse con un compañero o compañera fuera de la familia y lograr su independencia. Es la fase donde los jóvenes buscan desprenderse de los vínculos parentales e iniciar algún tipo de unión.
Este proceso de búsqueda puede tener dos vertientes o fines: a) una búsqueda de cercanía o compañía; y b) una búsqueda de fusión: estado de inmadurez donde no se ha adquirido una individualidad propia.
Encuentro
Esta etapa se define a partir del término contrato matrimonial que toma de Sager (1972), el cual se refiere a “todos aquellos conceptos individuales de naturaleza consciente o inconsciente que pueden ser expresados verbalmente o en alguna otra forma” (p. 50). Están en juego las expectativas acerca de las obligaciones y deberes que deben cubrirse y los bienes y beneficios que se obtendrán a partir de la unión.
Dentro del denominado contrato se encuentran aspectos relativos a la vida en pareja como la sexualidad, metas, socializaciones de poder, de dinero, de planificación familiar, etc., por lo que a partir de ello se habla de cierta calidad en la relación y cómo ésta se determina por el grado de satisfacción y complementariedad que se desenvuelve entre ambos.
En esta fase intervienen las necesidades y deseos de cada miembro, en aras de cumplir con lo que el otro espera de su respectiva pareja. Los resultados son variables y no siempre se da por hecho que ambos han cubierto los términos de la unión; al respecto se señala que “la razón por la cual resulta tan difícil ponerse de acuerdo con las diferentes pautas de los contratos, obedece a diferentes circunstancias” (p. 62), algunas de ellas son:
1 Por ignorarlo.
2 Por términos incompatibles. “Se presenta cuando los dos socios del matrimonio operan bajo dos contratos totalmente diferentes e incongruentes” (p. 63).
3 Cuando aquello que se espera del otro es imposible de obtener debido a situaciones irremediables, por ejemplo, enfermedades.
4 Cuando las expectativas están lejos del alcance posible.
Por tanto, es necesario reconocer las diferentes modalidades en las que se haya dicho contrato matrimonial, y a partir de ello ver en qué nivel es más frecuente encontrar conflictos.
a) Nivel consciente que se verbaliza: comunicación respecto a dar y recibir de forma clara y precisa.
b) Nivel consciente no verbalizado: aquellas aspiraciones y deseos que por diversos motivos no se terminan comunicando; “esto casi siempre ocurre debido a los temores inconscientes de ser víctima de un rechazo doloroso” (p. 64).
c) Nivel donde los deseos y necesidades son desconocidos y pasan desapercibidos para ambos. “Este punto se refiere a la problemática personal, que muchas veces es de naturaleza neurótica o psicótica” (p. 64), la cual se deposita en la relación con la otra persona, apareciendo las necesidades no resueltas de competencia, dominio, destrucción, violencia, etcétera.
El autor propone considerar cómo se involucran las necesidades neuróticas en el momento en el que se elige a la pareja, pues en este nivel se desencadenan problemas serios respecto a ambos miembros, trayendo como consecuencia una ruptura en la armonía de la relación.
Hijos
Es la incorporación de un nuevo miembro al sistema familiar, importante por el espacio físico y emocional que requerirá el desarrollo del niño. En esta fase se incorporan nuevos elementos que no tenían tanta importancia en la vida de pareja como la educación sexual y la planificación familiar. En la especificidad de los padres se dice que “el ser padre representa un punto conflictivo, fenómeno muy poco estudiado y por lo tanto poco comprendido” (p. 77).
Esta fase es compleja, pues antes de que el padre estreche vínculos con el hijo lo tendrá que hacer con su pareja; la función del padre es de suma importancia, pues debe cumplir con ciertas actividades para el cuidado de su descendencia.
De la misma forma, las dimensiones de organización, responsabilidades y roles se ven influenciados por rubros de cuidado, tanto de padres como de madres, tal como lo señala Cazés (2000) cuando refiere que en tanto progenitores, a los hombres como a las mujeres se les asignan cinco funciones:
La concepción.
La crianza.
La educación.
La responsabilidad y la representación de los menores.
El otorgamiento de estatus social para sus hijos desde antes del nacimiento.
Adolescencia
De acuerdo con el autor, en este proceso se combinan varios factores:
Esquema IV. Adolescencia.

Fuente: elaboración propia con base en Estrada (1990).
Esta etapa no sólo se refiere al crecimiento de los hijos de la pareja, sino a los cambios que experimenta el padre y la madre en torno a sus procesos cognoscitivos y de interacción con los hijos. Representativamente están en juego dificultades entre los padres y los hijos, tales como rivalidades, sentimientos de inferioridad, minusvalías, comparaciones y confrontaciones, entre otros.
Los hijos inician su proceso de separación emocional con su padre y madre, por lo que la pareja se ve en la necesidad de optar por un apoyo mutuo, y se necesita de una gran capacidad para expresar sentimientos de pérdida. “Se hace necesario que los padres, en esta etapa, se aseguren de recibir las consideraciones, el respeto y el cuidado de los otros miembros de la familia, mediante el comportamiento maduro y la aceptación del cambio” (p. 91).
Reencuentro
Mc Iver (citado en Estrada, 1990) llamó a esta etapa el síndrome del nido vacío, consistente en el aislamiento y proceso emocional que la pareja experimenta una vez que sus labores de crianza han terminado. En esta etapa se dan cambios sociales y familiares importantes.
Esquema V. Reencuentro.

Fuente: elaboración propia con base en Estrada (1990).
Vejez
Es la etapa donde la pareja ha envejecido y sus interacciones se ven permeadas por situaciones diversas como las jubilaciones, sobreprotección que los hijos ejercen hacia ellos, las relaciones que se desencadenan con los nietos, así como eventos de cambios emocionales como estados depresivos y biológicos. “Se necesita, en esta etapa, tener la habilidad suficiente para aceptar realistamente las propias capacidades, así como las limitaciones” (p. 119).
A partir de estas categorías, por decirlo de algún modo, psicosociales, es que se puede comprender cómo el estudio de las parejas resulta toda una especialidad teórica, pues las sendas por las que atraviesan los miembros contienen elementos trascedentes que recaen en su acontecer diario, llámense aspectos, a favor o en contra, de todo el sistema de individuos involucrados. Por tal motivo, estos párrafos se perfilan para revelar la inmensidad de ángulos suscitados en las uniones íntimas, conociendo las combinaciones entre estabilidad y alteración que en un momento pudieran ser inimaginables.
Estabilidad y alteración relacional
La fase descrita como el encuentro alberga las expectativas que cada miembro coloca en su pareja, respecto a las obligaciones y deberes que deben cumplirse. De ahí se derivan aspectos sexuales, económicos, de planificación familiar, socialización, de autoridad y control, etcétera.
Las expectativas de la pareja respecto a lo que ha de regir su relación y las ideas que se han creado de sí, influye determinantemente en las dinámicas que se desarrollan; más aún, éstas no siempre logran cumplirse óptimamente, y ante una desfavorable formulación de ellas, es común encontrar conflictos y procesos no reconocidos de violencias.
Klemer (1987) se cuestiona sobre el papel de las expectativas, ya sean del hombre o de la mujer, y la posible situación de ser incompatibles, o bien, lejanas a la realidad. Por ejemplo, cuando una esposa demanda a su cónyuge determinadas atenciones y éste no las satisface tal cual ella lo espera; o un varón que está habituado a ciertas dinámicas que para su esposa resultan innecesarias. Ante ejemplos similares, es frecuente la aparición de complejidades.
Menciona que “estas expectativas diferentes que no se discuten pueden tener un serio efecto en la estabilidad de la relación matrimonial” (p. 3), y estos cambios que se experimentan tienden a acelerar la aparición de los ajustes, los cuales son variados en intenciones y efectos.
Un ajuste común es la agresión entre los cónyuges o miembros de una pareja. Al respecto señala que “casi toda la agresión, ya sea activa o pasiva, suele provocar más agresión a cambio y lleva al conflicto y la hostilidad en vez de al ajuste” (p. 25). Esta mecánica, si es reproducida con frecuencia, altera en gran medida las dinámicas relacionales: “este patrón de conflicto y hostilidad se vuelve perpetuo en la interacción entre dos personas” (p. 25).
Los posibles alcances suelen variar dependiendo de la particularidad de la pareja, y posiblemente “pueden llegar a vivir en una atmósfera de pelea constante, o finalmente alcanzar un punto de saturación en el que se establece un divorcio emocional tal que el legal le sigue como consecuencia inevitable” (p. 25).
Dicha conducta no se limita a un agente único, y es complejo comprender cómo la pareja se adecúa a tales sucesos. “A veces esta conducta de parte de uno de los dos, fuerza al otro a adaptarse; y también es cierto que a veces es lo que realmente desea el otro” (p. 25).
Asimismo, las formas de agresión resultan diversas. En el caso de la agresión pasiva, argumenta que “tampoco es violenta toda la agresión, en muchas relaciones es ‘pasiva’. En estos casos uno de los cónyuges obstruye deliberadamente o se muestra negativo o trata de manipular al otro” (p. 25).
Para algunas parejas este fenómeno se hace común y es causa de sorpresa que no se genere dicha dinámica en otras. “Es tan común que muchísimas parejas encuentran difícil creer que existan otras que nunca pelean e incluso otras para las cuales aun el más leve desacuerdo es una rara ocurrencia” (p. 35).
Los desacuerdos son comunes en las parejas, así como los mecanismos que crean o desarrollan para mantener la relación. “La mayoría de las personas que desacuerdan con frecuencia, tarde o temprano establecen su propio patrón para resolver sus diferencias” (p. 35).
Este patrón es diverso dependiendo del interés de la propia pareja y los hábitos del hogar paterno o materno en los cuales crecieron. “Hay personas que habiendo crecido en hogares tempestuosos y desapacibles aprenden a pelear magníficamente y a reconciliarse gozosamente. Estas personas encuentran difícil comprender que haya otros que no disfruten los pleitos” (p. 36).
En torno a las incompatibilidades, menciona que es común que “si una persona como éstas se casara con otra persona no hostil, es probable que hubiera trauma en ambas direcciones” (p. 36), tanto para quien no encuentra satisfacción en los conflictos, como para quien los considera necesarios y los genera en la mayor parte de su convivencia.
Los conflictos o agresiones tienden a ser un ajuste con efectos diversos en la relación y varían en dos direcciones:
Esquema VI. Conflictos por tipo de intención y alcance.

Fuente: elaboración propia con base en Duvall (citado en Klemer, 1987).
En este contexto, otro ajuste que se manifiesta continuamente es el de la manipulación, principalmente por los diversos tipos de dominación existentes, lo que en su conjunto se denomina chantaje marital (p. 43).
Un ejemplo de tal situación desencadenada en el núcleo vivencial de la pareja lo refiere el siguiente párrafo, el cual exhibe ambas dimensiones de la manipulación por ambos miembros, ejemplo que Klemer (1987) extrae desde su ejercicio profesional tratando casos clínicos.
“La esposa que amenaza con no tener relaciones sexuales con su esposo y el hombre que amenaza a su mujer con no darle dinero están practicando formas más dañinas de extorsión legalizada” (p. 43), desde luego, ninguno de los dos debería estar obligado a satisfacer en contra de su voluntad dichas demandas, más aún, es común que la pareja entable este tipo de dinámicas y que comúnmente no las dimensione como dañinas.
A partir de ello, se comprende que la diferencia con que el varón o la mujer condicionan a partir de su condición sexual, suelen ser disímiles por la intención fundada, y ello depende de la variación de la persona misma; sin embargo, tratándose de una relación de pareja, ambos alteran los acuerdos comunes y generan procesos de hostilidad y limitaciones mutuas; para ellos, durante su convivencia resulta complicado entender dichos procesos, “suele ser muy difícil para los recién casados creer que llegarían a manipularse mutuamente” (p. 45).
Este hecho, sin embargo, aplica para cualquier pareja en la fase de enamoramiento, o bien, aquella que inicia un proceso de relación. Acorde a las tipologías de las parejas existentes, Klemer (1987) refiere cinco configuraciones distintas.
1) Habituados al conflicto, caracterizados por:
Existir conflictos verbales entre sí.
Esfuerzos por ocultar el conflicto ante amigos, parientes e hijos.
Dificultad para que ese esfuerzo sea exitoso, es decir, no resulta por largos periodos.
Por lo general, la pareja no tiene conflicto con otras personas; la discusión se genera entre ambos, al interior de su relación.
2) Cónyuges desvitalizados, caracterizados por:
Pérdida de cercanía e identificación, principalmente a raíz del nacimiento del primer hijo.
Ausencia de sentimientos profundos que experimentaron al inicio.
Renuncia, negación y apatía ante cualquier gratificación acorde a su contexto.
Recurren a otras facetas/recursos para sus satisfacciones básicas (fuera de la pareja).
3) Pareja pasiva congenial, caracterizada por:
Una relación que nunca fue vital, por no querer desde un inicio estar juntos.
Por ello, no existía desilusión ni lamento.
Afirman que no quieren estar cerca del otro/a; dudan que otro más quiera hacerlo.
4) Matrimonios vitales, caracterizados por:
Mantener empatía hacia la pareja.
Ambos invierten su personalidad total profundamente en el otro/a.
Convivencia frecuente.
Deseo, necesidad y exitosa aceptación entre sí.
Facilidad de ajustarse mutuamente.
5) Matrimonio total, caracterizado por:
Contener todas las características de la pareja vital.
Ambos circundan en las necesidades totales y satisfacciones de la pareja.
A hecho de lo anterior, se señala que las personas en cada una de las cinco configuraciones están mínimamente satisfechas, de manera que la relación perdura y no existe, en su mayoría, disposición para cambiarla.
De esto deriva que en el capítulo 11 de la obra de Klemer (1987) relativo a las crisis y resolución de los problemas, reflexione que “si todas las familias, como toda la gente, se enfrentan a dificultades y crisis, ¿por qué es que algunas sobreviven mientras otras se desintegran?, y ¿por qué algunas en realidad se fortalecen como resultado de la crisis?” (p. 239).
A partir de ello ha sugerido una hipótesis respecto a la capacidad de un matrimonio, pareja o familia para enfrentarse a las crisis, las cuales dependen de factores como:
1 La clase de problema al que la familia se enfrentó y si éste llegó de imprevisto o con lentitud.
2 La preparación que la familia haya hecho por adelantado para enfrentarse a emergencias tales.
3 La experiencia previa de una familia para tratar con el problema que se presenta.
4 La propia definición que hace la familia del problema, es decir, si lo considera una crisis.
5 El número de parientes, vecinos y amigos que los apoyan.
6 Las expectativas sociales de las personas de la misma edad y las costumbres.
7 La fuerza de la familia y sus recursos.
8 La madurez personal de los cónyuges (por separado).
En este último aspecto, se resalta la capacidad de la propia persona para resolver la situación conflictiva en la que se encuentra. El autor afirma que “nada puede sustituir la capacidad de ser decisivo, de la competencia y del liderazgo de los cónyuges mismos” (p. 240).
Para exponer los aspectos relativos a los desencantos o pérdida de expectativas que surgen en la pareja, recurre a la siguiente lista:
1 El primero se refiere al descenso en la satisfacción marital.
2 El segundo es correspondiente a “una declinación en la conducta, como el hacerse confidencias, las demostraciones de afecto y el establecimiento recíproco de los acuerdos” (p. 245).
3 El tercero es la “disminución de cierta forma de integración marital, como las relaciones sexuales” (p. 245).
De tal forma, este desnivel o pérdida de expectativas, contribuye al desajuste o cambio adverso en la pareja y posteriormente en la familia, ya que “la definición de una crisis no sólo depende de la naturaleza de la experiencia en sí, sino también de los valores y creencias de los miembros familiares” (p. 250).
Este suceso da lugar a que, si bien se trata de una situación similar en dos parejas o familias diferentes, cada una reaccionará o percibirá el efecto de manera distinta debido al componente particular de su sistema de valores, “lo que en algunas familias se define como crisis, en otras ni siquiera se reconoce como problema” (p. 250).
Esta manera de percibir los efectos de las crisis modela la aparición de otros elementos, tales como una acentuación extrema de lo que cada cónyuge observa del otro, tanto sus reacciones como lo que se anhela que éste haga; por ejemplo, señala el autor que “cuando una familia se enfrenta a una crisis, las expectativas condicionadas de los cónyuges a menudo son realzadas. Cada uno se vuelve más sensible y más crítico a la conducta del otro” (p. 253) y esto, a su vez, va ligado a la acumulación de tensión y culpaciones entre sí: “al estar bajo una gran tensión, los miembros familiares pueden volverse muy explícitos en sus acusaciones respecto a cómo el otro ha fracasado en satisfacer las expectativas” (p. 253).
Así entonces, el papel que juegan las expectativas de las parejas son permeadas por factores de índole cultural y social porque, tal como lo refiere Melero (2008), las expectativas sociales comprenden “el qué se entiende por una relación y qué comportamientos han de esperarse del otro” (p. 98).
Aunado a ello, surgen también las responsabilidades y las exigencias. “Esta sobrecarga de demandas hace que se responsabilice a la pareja de la propia felicidad, lo que conduce a niveles de exigencia que, en muchos casos, son una fuerte desilusión y desengaño” (p. 99).
Respecto a las dimensiones que se desarrollan dentro de la pareja, las cuales corresponden a aspectos concretos de satisfacción, Melero (2008) menciona que “en toda relación de pareja existe una serie de áreas a las que las parejas se enfrentan y que condicionan las dinámicas y la calidad de vida” (p. 101). Estas condicionantes generalmente tienden a tener efectos distintos, según su grado de cumplimiento:
Cuando existe acuerdo entre ellas, la relación se ve fortalecida pero, si por el contrario, existe un desacuerdo y la pareja no posee las habilidades básicas para solucionar o tolerar estas desavenencias, es probable que conduzcan a interacciones disfuncionales que dificulten el correcto funcionamiento de la relación. (p. 101).
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