Kitabı oku: «El Nuevo Testamento paso a paso»

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JOHN BERGSMA

EL NUEVO TESTAMENTO PASO A PASO

EDICIONES RIALP

MADRID

Título original: New Testament Basics for Catholics

© 2015 by Ave Maria Press, Inc.

© 2021 de la versión española traducida por MIGUEL MARTÍN,

by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid

(www.rialp.com)

Realización eBook: produccioneditorial.com

ISBN (edición impresa): 978-84-321-6011-0

ISBN (edición digital): 978-84-321-6012-7

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

INTRODUCCIÓN. UNA VISTA RÁPIDA DEL NUEVO TESTAMENTO

1. EL ANTIGUO TESTAMENTO COMO

PARTE I. ¡HA LLEGADO EL REINO DE DIOS!

2. El Evangelio de Mateo

PARTE II. ¡EL REINO DE DIOS CRECE!

3. EL EVANGELIO DE LUCAS

4. EL LIBRO DE LOS HECHOS

PARTE III. VIVIENDO EN EL REINO

5. SAN PABLO Y LA CARTA A LOS ROMANOS

PARTE IV. ¡EL REINO PERFECTO!

6. El Evangelio de Juan

7. EL LIBRO DEL APOCALIPSIS: LA VICTORIA DEL REINO

AUTOR

INTRODUCCIÓN.

UNA VISTA RÁPIDA DEL NUEVO TESTAMENTO

SE PODRÍA CONSIDERAR QUE el Nuevo Testamento es el libro más influyente del mundo. Más de dos mil millones de personas en el globo dicen seguir a su principal personaje, un cierto carpintero judío convertido en religioso maestro llamado Jesús, que era de Nazaret, en las colinas del norte de Israel. Personas inspiradas en las ideas de este libro inventaron la universidad y el hospital. Exploraron el planeta, dieron nombre a incontables lugares, escribieron en nuevas lenguas, establecieron el calendario moderno, y construyeron edificios —escuelas, iglesias, hospitales, monasterios y conventos—. ¿Qué tiene este libro que los motivó a realizar eso y más?

Realmente, el Nuevo Testamento nos es un libro: es muchos libros o la mitad de un libro. Es muchos libros porque es una colección de veintisiete biografías y cartas escritas por los más cercanos amigos y seguidores de este maestro judío que cambió el mundo. Es también la mitad de un libro porque es la segunda de la mayor parte del libro sagrado de los cristianos, llamado normalmente “la Biblia”. “Biblia” viene de la palabra griega biblos, que significa “libro”. Durante mucho tiempo de la historia humana, los libros eran escasos, y el más importante, que habla de Dios, el fin, el significado, el amor, y la vida eterna, no era solo un libro sino el Libro —la Biblia—.

La Biblia es un libro grande. En realidad, es una colección de setenta y dos libros con unas 750 000 palabras, dependiendo del lenguaje y la traducción, escritos por muchos autores en un periodo de mil años. ¿Quién puede manejar toda esa información?

Parece más fácil tratar con el Nuevo Testamento solo. Le llamamos la “segunda mitad” de la Biblia, pero sabemos que es realmente mucho menos que la mitad de la Biblia completa. Es un quinto del tamaño del Antiguo Testamento. Con todo, incluso el Nuevo Testamento puede parecer temible, y en algunos aspectos es más difícil de organizar que el Antiguo Testamento. Aunque el Antiguo Testamento es más largo, solo trata de una básica línea histórica. Dividiéndola en periodos y alianzas, podemos obtener una buena vista rápida de ella en La Biblia paso a paso [1].

El mismo tratamiento no sirve para el Nuevo Testamento, porque los primeros cuatro libros (juntos son casi la mitad del Nuevo Testamento) cuentan la misma historia de la vida de Jesús una y otra vez. Así que no podemos tener una sola línea histórica y necesitamos un tratamiento diferente.

El primer paso es reconocer que el Nuevo Testamento es todo un mundo en sí mismo. Hay personas que se pasan toda su vida estudiando solo alguna de sus partes. Así que tendremos que contentarnos aquí con no cubrir cada detalle.

En segundo lugar, deberemos reconocer que, si queremos tener la mayor parte, pero no todo, podemos simplificar el Nuevo Testamento estudiándolo en partes manejables y memorizables.

He comprobado que, poniendo el foco en solo cuatro autores, uno puede tener una buena comprensión del Nuevo Testamento. Esos cuatro autores escribieron casi el 85 % del Nuevo Testamento. Son: Mateo, Lucas, Pablo y Juan. En lo que sigue, los dibujaré y los iré presentando. Primero, dibujemos a Mateo.


Mateo

Para identificarlo, le hemos puesto una bolsa de dinero en la mano derecha. Eso nos recuerda que Mateo era un recaudador de impuestos antes de su conversión a Cristo. Los recaudadores se hacían muy ricos. En su mano izquierda, le hemos puesto una pluma, una señal de ser un “escriba”, un escritor profesional y erudito de los tiempos antiguos. Parece probable que Mateo fuese un judío escriba antes o durante su tiempo como recaudador. Los escribas estudiaban las escrituras y la ley religiosa. Como tenían que ser cuidadosos escritores y registradores de datos, tenían también la necesaria habilidad para ser recaudadores de impuestos si lo deseaban.

De acuerdo con la antigua tradición de la Iglesia, Mateo escribió el primer evangelio, que se colocó al comienzo de la colección de los libros del Nuevo Testamento. Es adecuado que el Evangelio de Mateo comience el Nuevo Testamento. Mateo subraya la semejanza (o continuidad) del Antiguo y del Nuevo Testamento. Muestra cómo las palabras y acciones de Jesús en el Nuevo cumplen las profecías del Antiguo. Su libro constituye una buena transición entre los dos. Con veintiocho capítulos y 1068 versículos, Mateo supone un octavo de la extensión del Nuevo Testamento.

Nuestro siguiente principal autor es Lucas. Lo dibujaremos así:


Lucas

San Lucas tiene dos caracteres que lo distinguen. Le hemos puesto uno de esos espejos de cabeza que suelen utilizar los médicos, y un estetoscopio. Según Colosenses 4, 14, san Lucas fue un físico de profesión. Eso no es un dogma. No podemos estar seguros de que fuese así, pero es plausible. Ciertamente, el estilo de los escritos de san Lucas muestra que era un hombre bien formado en la cultura griega, y la medicina era una profesión atractiva para un hombre culto en los tiempos antiguos.

La tradición nos dice también que acompañó a la Santísima Virgen e incluso pintó su retrato. Por eso hemos puesto un icono de la Virgen en su mano izquierda. Claro que no podemos estar seguros de que pintase su retrato, pero podemos suponer que la conocía bien. De hecho, le debemos a san Lucas haber escrito la mayor parte de lo que conocemos sobre la vida de la madre de Nuestro Señor. Los cinco misterios de gozo del Rosario, por ejemplo, proceden del evangelio de san Lucas. Sin Lucas, solo tendríamos unos pocos comentarios sobre nuestra Madre en Mateo 1, y dos importantes escenas (las bodas de Caná y la Crucifixión) donde ella aparece en el evangelio de Juan (Jn 2 y 19). San Juan Pablo II estaba convencido de que san Lucas obtuvo su información sobre la vida de la Virgen y la infancia de Jesús (Lc 1 y 2) directamente de ella[2]. Esa es la común tradición del pueblo cristiano a través de los siglos. En cualquier caso, le dejaremos con el icono de la Virgen en la mano para indicar su estrecha relación con ella.

San Lucas se mantiene por varias razones. Es el único gentil (no judío) que escribe una parte del Nuevo Testamento. Es el único autor de un libro de historia en el Nuevo Testamento: los Hechos de los Apóstoles. Sin eso, no tendríamos nada de los primeros treinta años de la existencia de la Iglesia. Finalmente, san Lucas escribió más del Nuevo Testamento que cualquier otra persona. El evangelio de Lucas es el libro más largo del Nuevo Testamento, y junto con su secuela Hechos, constituye más de un cuarto del total.

Lucas fue compañero y colaborador de nuestro tercer autor, san Pablo. Lo dibujamos así:


Pablo

Notarás que en la mano derecha san Pablo porta una espada. Es la marca distintiva de san Pablo en buena parte del arte religioso. La espada representa la Palabra de Dios, y es famoso que san Pablo animó a los cristianos a «recibir… la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios» (Ef 6, 17). Él fue también decapitado con una espada.

En la mano izquierda, Pablo tiene una carta. Eso nos recuerda que los únicos escritos que tenemos de san Pablo son sus cartas (o epístolas). Las trece cartas de san Pablo —nueve a iglesias (de Romanos a 2 Tesalonicenses) y cuatro a individuos (de 1 Timoteo a Filemón)— se sitúan en medio del Nuevo Testamento. San Pablo fue el gran misionero de la primitiva Iglesia, y estaba continuamente viajando, predicando el Evangelio. No tenía tiempo para sentarse a componer libros, así que toda su teología está contenida en cartas, enviadas rápidamente a iglesias o personas en crisis.

Las cartas atribuidas a Pablo (de Romanos a Filemón) suponen el 20 % o un quinto del Nuevo Testamento. Si fuese san Pablo quien escribiera la anónima “Carta a los Hebreos”, sus escritos serían en extensión un cuarto del Nuevo Testamento, casi lo mismo que su compañero Lucas.

En los tiempos modernos, especialmente en Occidente, san Pablo ha sido considerado como el mayor teólogo entre los autores del Nuevo Testamento. Pero en la antigüedad, especialmente en Oriente, ese honor lo tuvo el cuarto y último de nuestros principales autores, el apóstol Juan. Dibujamos a san Juan de esta manera:


Juan

San Juan es un poco más pequeño que el resto de nuestros autores, para recordarnos su juventud. Es probable que fuese el más joven de los apóstoles, y sobrevivió al resto. En su mano izquierda está el copón eucarístico, que nos recuerda que es quien nos da la más extensa enseñanza sobre la Eucaristía en todo el Nuevo Testamento (su enseñanza puede encontrarse en Jn 6). Su mano derecha se alza en una tradicional señal de bendición sacerdotal. La tradición de la primitiva Iglesia recuerda a san Juan como sacerdote y pastor de la Iglesia en su ancianidad.

Cinco libros se atribuyen a Juan: su evangelio, tres cartas (epístolas), y el Libro del Apocalipsis (Revelación). Los académicos discuten su autoría de algunas de estas obras, pero aceptaremos la tradición de la Iglesia y examinaremos las opiniones contrarias más tarde. Juntos, estos libros suponen el 20 % o un quinto del Nuevo Testamento.

¡Aquí estamos!


Estos cuatro hombres nos dan la mayor parte del Nuevo Testamento. Por supuesto, los estudiosos modernos han levantado dudas sobre si ellos escribieron los libros que llevan sus nombres. Pero yo pienso que hay buenas razones para confiar en las tradiciones del pueblo cristiano sobre quién escribió estos preciosos textos[3]. Así que, si nos centramos en conocer a estos cuatro, tendremos la “película” de este libro santo. Claro que hay otros autores del Nuevo Testamento —como Marcos, Pedro, Santiago y Judas Tadeo— que escribieron libros más pequeños pero que siguen siendo importantes. Pero incluirlos a todos a la vez puede ser dar un mordisco mayor del que podemos masticar. En un estudio posterior, después de conocer lo básico del Nuevo Testamento, podemos prestarles atención a ellos también.

Ahora necesitamos un hilo conductor del Nuevo Testamento que enlace todos los temas que contiene. No es difícil encontrarlo; tomaremos nuestro tema de la predicación de Jesús: «Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (Mt 4, 17, énfasis añadido; ver Mc 1, 15). De principio a fin, el Nuevo Testamento trata del Reino de Dios.

Primero, echaremos un vistazo a san Mateo, cuyo evangelio nos dice que ha llegado el Reino de Dios. San Mateo muestra que Jesús cumple las profecías y esperanzas del pueblo de Israel sobre la vuelta del reino de David, aunque lo hace de un modo inesperado. Jesús, que es tanto el Hijo de David como el Hijo de Dios, ha establecido un reino en la tierra y en el cielo, que es el reino de David y el reino de Dios. El evangelio de san Mateo es rico en conexiones con el Antiguo Testamento, especialmente con los profetas. Conectará los puntos para nosotros mostrando que la Alianza Davídica es restaurada en la Alianza Eucarística de Jesús.

Nuestro siguiente autor será san Lucas, que nos dice que el Reino de Dios crece. Decimos esto porque, además de su maravilloso evangelio, san Lucas nos da el Libro de los Hechos, que muestra el primer crecimiento de la Iglesia. La Iglesia es la forma del reino de Dios en la tierra. San Lucas nos dice las cosas que debe hacer siempre la Iglesia para seguir creciendo.

El mentor y guía de san Lucas, san Pablo, es nuestro tercer autor. Las cartas de san Pablo nos instruyen sobre cómo vivir unidos en la Iglesia, que es el reino de Dios en la tierra. Titularemos nuestro estudio de san Pablo “Vivir en el Reino”. Estudiar todas las cartas de san Pablo puede ser demasiado, nos centraremos en una que se ha considerado a menudo como la más importante: Romanos.

Es adecuado terminar con san Juan, porque sus escritos tradicionalmente incluyen el Libro del Apocalipsis, que muestra el fin de la historia y el estado definitivo del reino de Dios en su celestial perfección. Su evangelio también pinta una poderosa imagen de los que la Iglesia está llamada a ser, su destino final. Por tanto, llamamos a nuestro capítulo sobre san Juan “El Reino Perfecto”.

Diré algo sobre las traducciones de la Biblia. Este libro es mejor si lo lees junto a tu propia Biblia[4]. Mis citas pueden diferir ligeramente del texto que utilices. Puede ser porque he cambiado alguna palabra para acercarme más a la lengua original (hebreo o griego). Cualquier palabra que yo cambie la pondré en cursiva para indicar que esa palabra es mi traducción.

Ahora ya podemos empezar.

[1] Es el título de un libro anterior del autor. Versión española en Rialp.

[2] Juan Pablo II, Audiencia del miércoles 28.I.1987.

[3] Concilio Vaticano II. Constitución “Dei Verbum”, n.º 18: «La Iglesia siempre y en todas partes ha mantenido y mantiene que los cuatro Evangelios son de origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Jesucristo, después ellos mismos con otros de su generación lo escribieron por inspiración del Espíritu Santo y nos lo entregaron como fundamento de la fe: el Evangelio cuádruple, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan».

[4] El autor se refiere aquí a las versiones norteamericanas. En nuestra traducción usaremos la Sagrada Biblia de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, aprobada por la Conferencia Episcopal Española.

1. EL ANTIGUO TESTAMENTO COMO

LA HISTORIA PRECEDENTE: EPISODIOS 1–6

COMO EL NUEVO TESTAMENTO es la segunda parte de un libro mucho más largo, si comienzas a leerlo por esa parte, puedes encontrarte perdido en mitad de la historia que cuenta. Imagina que ves una película famosa por primera vez, pero comenzando a la mitad o más de su proyección: por ejemplo, comenzar a ver Sonrisas y lágrimas en el concierto final de la familia Trapp antes de irse de Austria. Quedarías un poco confuso. ¿Quiénes son esa gente y por qué están cantando? ¿Por qué no les dejan irse los soldados alemanes? O compáralo con la serie de La Guerra de las Galaxias, pero comenzando a verla por El retorno del Jedi. ¿Por qué parece que Luke Skywalker, la Princesa Leia y Darth Vader tienen una profunda conexión?

Algunas personas han leído muchas veces la Biblia en su vida, pero solo el Nuevo Testamento. Eso es un poco como ver Sonrisas y lágrimas regularmente, pero comenzando siempre en el concierto final, o ver Star Wars una vez y otra sin los episodios 1-5.

En mi primer libro, La Biblia paso a paso [titulado así en su versión española], hice un rápido recorrido de toda la Biblia, comenzando por Génesis y usando dibujos para ayudarnos a recordar las principales etapas de la historia bíblica. Si nunca has estudiado la Biblia, te recomiendo comenzar por La Biblia paso a paso. Pero, tanto para quienes no la hayan leído o como para quienes ya la conocen, vamos a hacer un rápido repaso del contenido de la Biblia.

La idea central en la Biblia es la “alianza”. Una alianza es un modo de hacer parte de la propia familia a una persona, comprometiéndose ambas partes mediante juramento. Por decirlo técnicamente, la alianza es la ampliación del parentesco mediante juramento. El matrimonio y la adopción son las formas más frecuentes de alianza.

Una de las oraciones de la Misa resume la historia de la Biblia de este modo: «Reiteraste, además, tu alianza a los hombres; por los profetas los fuiste llevando con la esperanza de salvación»[1]. La historia de la Biblia es la historia de Dios que ofrece alianzas a los seres humanos. Es la historia de Dios tratando de hacernos parte de su familia. En el Antiguo Testamento, Dios hizo al menos seis intentos importantes de hacer a los humanos su familia mediante alianzas. Veámoslos, si quieres, como los “Episodios 1–6”.

Dios ofreció la primera alianza a la primera pareja, hombre y mujer, Adán y Eva, al comienzo de la historia humana. Hombre y mujer vivían como hijo e hija de Dios en un lugar de paz y perfección que la Biblia llama el Jardín del Edén. Como hijo de Dios, Adán también gozaba del privilegio de ser rey, sacerdote y profeta sobre todo el mundo, y Eva compartía con él esos roles. Podemos bosquejar esta situación dibujándola así:


Alianza Adámica

Los significados de las diferentes partes de este dibujo se explican en La Biblia paso a paso. Por ahora, solo recordaré el hecho de que Adán y Eva vivían como hijos de Dios, en paz con Dios y con la naturaleza.

La situación de paz no duró, sin embargo. Adán y Eva quisieron el placer, la independencia y el orgullo más que una amorosa relación con Dios como padre. Pensaron que conseguirían lo que deseaban si desobedecían a Dios. Engañados por Satanás, comieron el fruto del único árbol del jardín que Dios les había prohibido. Pensaron tener así el poder y el conocimiento de Dios, pero el único conocimiento que obtuvieron fue que estaban desnudos, eso es, débiles y desamparados. Al romper su relación con Dios como padre, tuvieron de dejar la paz del Jardín del Edén y valerse por sí mismos.

La humanidad no hizo bien tratando de vivir al margen de una relación con Dios. Rápidamente, la historia humana fue de mal en peor, «había crecido la maldad del hombre sobre la tierra, y todos los pensamientos de su corazón tendían siempre al mal» y «la tierra… se había llenado de violencia» (Gn 6, 5 y 11). Eso no es una descripción televisiva o lo que están dando en el cine del barrio; era la realidad, y Dios tenía que hacer algo.

Así que envió un gran diluvio para lavar la tierra. Pero libró a un hombre bueno, Noé, como un nuevo Adán, para reiniciar la historia humana con su propia familia. Noé, por cierto, construyó la famosa arca en la que él, su familia y muchos animales se salvaron. El arca, una especie de jardín flotante, vino a parar después del diluvio sobre el monte Ararat, una especie de Nuevo Edén. Cuando pasó la riada, Dios restableció la alianza de Adán con Noé. Noé ofreció un sacrificio en señal de gratitud a Dios, y Dios envió un arco iris como señal de su amor por Noé. Noé y su familia estaban ahora en una relación familiar con Dios. Este es el dibujo que nos ayuda a recordarlo:


Alianza Noética

Pero después del diluvio, Noé no tuvo mucho más éxito que Adán. El mismo Noé pecó contra Dios, usando su libertad y los bienes de Dios para emborracharse (Gn 9, 20–27). Su hijo Cam se burló de su embriaguez, y el resultado fue la maldición y la vergüenza para la familia de Noé y el conflicto entre los hijos de Noé. Los descendientes de Noé rechazaron también vivir como hijos de Dios e incluso se unieron para construir una gran torre (la “Torre de Babel”) como una señal de su rechazo de Dios (Gn 11, 1–9).

En ese punto, Dios podría haber enviado otro castigo mundial como el diluvio, pero en cambio, decidió escoger a un hombre, Abrahán. Dios trabajaría con ese hombre y su hijo para curar las heridas de la entera familia humana. Invitó a Abrahán a una alianza: una relación familiar con él. Dios hizo esto en varias etapas (ver Gn 15 y 17).

El momento culminante llegó cuando Dios probó en qué medida confiaba Abrahán en Dios como su Padre. Dijo Dios: Abrahán, ¿te atreverías a sacrificarme a tu propio hijo? Abrahán, con la cooperación de su hijo Isaac, respondió Sí. Pero Dios no estaba interesado en que Isaac fuese en realidad sacrificado. Era una prueba de fe. Abrahán e Isaac habían mostrado una clase de confianza o fe que desafiaba cualquier duda. Dios interrumpió el sacrificio. Luego pronunció un juramento a Abrahán en el monte donde Isaac había sido colocado sobre el altar. Este juramento confirmó la alianza de Dios con Abrahán. Dios le prometió, «te colmaré de bendiciones… y en tu semilla [descendencia] serán bendecidas todas las naciones de la tierra» (Gn 22, 16–18, mi propia traducción).

Podemos dibujar el Monte Moria, donde Abrahán dispuso a su “hijo único” Isaac para sacrificarlo a Dios, de este modo:


Alianza Abrahámica

Por supuesto, esta historia suscita muchas preguntas. Por ahora, reconozcamos que este Monte Moria presenta un sorprendente parecido con otro monte, el Calvario. En Moria, Abrahán el padre pone a su “hijo único” Isaac sobre la leña del sacrificio a Dios. En el Calvario, un diferente “hijo unigénito” (Jn 3, 16) sería puesto en el leño. Daría su vida como sacrificio de amor por Dios y la humanidad. En otras palabras, el Monte Moria es un “tipo” o imagen del Monte Calvario.

El Monte Moria representa una encrucijada o momento decisivo en la historia humana, donde el camino de la salvación comienza a dirigirse infalible hacia su destino. Después de la alianza jurada por Dios a Abrahán en el Moria, no hubo ya caídas catastróficas semejantes a las de Adán o Noé. Hubo dificultades, seguro, pero entre tantas dificultades, Dios comenzó a cumplir sus promesas a Abrahán paso a paso.

Como privilegios de la alianza, Dios había dado a Abrahán tres específicas promesas:

— Llegaría a ser “una gran nación”

— Tendría un “gran nombre” y

— En su “semilla” (descendencia) serían bendecidas todas las naciones.

Después de la muerte de Abrahán, Dios comenzó a cumplir la primera promesa. Dispuso las cosas para que la familia de Abrahán viajase a Egipto, una tierra donde había abundancia de comida y la guerra era por entonces rara. Allí, los hijos de Abrahán fueron prolíficos y se multiplicaron hasta llegar a ser una “gran nación”. Todo lo que necesitaban ahora era su propia tierra para vivir allí. Así que Dios le envió un líder y sabio, Moisés. Este les sacó de Egipto y le llevó al Monte Sinaí en el desierto, donde les dio una “constitución” basada en los Diez Mandamientos. Aquí, también, Dios hizo una alianza con los hijos de Abrahán. Esta alianza recibe diferentes nombres:

— “La Alianza Mosaica” porque la realizó con Moisés;

— “La Alianza del Sinaí” porque se estableció en el Monte Sinaí, o

— “La Antigua Alianza” porque más tarde daría lugar a la Nueva Alianza en Jesucristo.

En la cumbre del Sinaí, Moisés roció con sangre de cordero a los israelitas y el altar de Dios. Esto manifestaba que Dios e Israel compartían ya la misma sangre (Ex 24, 8). Ellos eran una familia. Israel era el “primogénito” de Dios (Ex 4, 22) tal como Adán lo había sido. Allí Moisés obtuvo los Diez Mandamientos de Dios, que apareció en el Monte Sinaí en una tormenta:


Alianza Mosaica

El rostro de Moisés brillaba en la presencia de Dios.

Pero lo mismo que Adán, Israel rompió la alianza. En solo cuarenta días, Israel se apartó de Dios y volvió a adorar los dioses animales de Egipto (Ex 32). Pero Moisés intercedió por el pueblo, y Dios lo perdonó. Dios renovó la alianza, pero añadió muchos más preceptos como una especie de penitencia por los pecados de Israel (Ex 34, Lv 27). Esta es la imagen que utilizaremos para recordar la ruptura de los Diez Mandamientos y la adición de más leyes:


Israel necesitaba aún más espacio propio para vivir, así que después de un año en el Sinaí, Moisés los condujo a través del desierto hacia la Tierra Prometida. Los israelitas, sin embargo, se rebelaron al menos diez veces contra Dios en el desierto. Un viaje de unas pocas semanas terminó llevándoles cuarenta años. Dios tenía que cambiar la alianza después de cada rebelión hasta que tomó su forma final en el Libro del Deuteronomio. Aquí, los preceptos de la alianza fueron a veces ásperos y algo parecidos a una ley marcial o una represión contra el crimen. Moisés no estaba contento con Israel después de sus cuarenta años de rebeliones en el desierto. Aquí le vemos, entregando las leyes del Deuteronomio:


Tras la muerte de Moisés, su lugarteniente Josué condujo a Israel a la Tierra Prometida. Israel vivió en el país bajo las leyes del Deuteronomio durante generaciones, con pocos cambios en sus relaciones con Dios. Pero cientos de años después de Moisés, el pueblo de Israel pidió a Dios que le diera un rey que los gobernase, y el segundo rey que tuvo fue un hombre notable, un “ganador” en la historia de la salvación: David.

Ungir es derramar o untar aceite en la cabeza de alguien. En los tiempos antiguos, eso se le hacía a una persona para que desempeñara un rol especial, como rey, sacerdote o profeta. La unción de David fue especial porque él quedó abierto al Espíritu de Dios. Cuando el profeta Samuel ungió a David como rey de Israel, el Espíritu Santo vino y permaneció en David «desde aquel día» (1 S 16, 13). Dios bendijo a David en todo lo que hizo. Subió al trono, remplazando a su suegro Saúl como rey.

David hizo de la adoración a Dios su real prioridad, y Dios se complació. Concedió a David una alianza, una relación especial por la que David y sus hijos disfrutarían de la posición de hijos de Dios. Dios cuidaría a David y a sus herederos, expandiendo su reino hasta cubrir toda la tierra. De ese modo, las bendiciones de Dios se extenderían primero desde el rey a Israel y luego a toda la tierra.

Dibujamos esto para ayudarnos a recordar a David y la alianza que recibió como rey en el Monte Sion, también conocido como Jerusalén. Junto al rey está el Templo construido por Salomón, el hijo de David:


Alianza Davídica

Bajo la Alianza davídica, Israel prosperó durante los reinados de David y su hijo Salomón. Pero más tarde, en el reinado de Salomón, las cosas fueron a peor: Salomón empezó a adorar a otros dioses. Después de Salomón, muchos de los hijos de David no quisieron vivir como hijos del verdadero Dios. En vez de eso, muchos prefirieron ser sirvientes o incluso esclavos de dioses extranjeros y sus ídolos. Esos dioses extranjeros no eran dioses en absoluto; a veces eran incluso demonios.

Como resultado, el reino de Israel se dividió entre los reinos del norte y del sur. Ambos comenzaron a declinar. En unos trescientos años, los enemigos destruyeron primero el reino del norte y luego el del sur, y llevaron al pueblo al exilio. ¿Qué estaba haciendo Dios durante este tiempo? Envió a los grandes profetas para advertir a su pueblo que volviese con él. Esos fueron los famosos profetas, hombres como Isaías, Jeremías y Ezequiel.

Los profetas predicaron un mensaje básico a Israel: “primero las malas noticias y luego las buenas”. Las malas eran que Dios les castigaría porque el pueblo había roto la Alianza mosaica, especialmente los Diez Mandamientos. La buena noticia era que Dios haría una nueva alianza restaurando todas las bendiciones prometidas a David.

Aquí va un dibujo de un profeta predicando en Jerusalén. Las imágenes de la Alianza davídica están en líneas de puntos porque son una futura realidad. En algún momento en el futuro, Dios enviará un nuevo Hijo de David que construirá un templo mejor y restaurará el reino de Israel:


Nueva Mosaica

Cuando abrimos el Nuevo Testamento y comenzamos a leer, Israel está aún en este último estadio, “profético”, de la historia de la salvación. Han pasado varios cientos de años desde que uno de los grandes profetas pasó por la tierra, pero sus escritos permanecen, y muchos israelitas están convencidos de que el tiempo del cumplimiento está muy cerca. El prometido hijo de David puede llegar en cualquier momento, tomar el control de Jerusalén, y restaurar el reino.

De hecho, hubo dos significativas “falsas alarmas” justo antes y durante la vida de Jesús. Surgieron gobernantes que parecían, de algún modo, cumplir las profecías. Pero luego sus dinastías se desintegraron y las esperanzas se desvanecieron.

La primera causa de falsas esperanzas fueron los Macabeos (o Asmoneos), una familia sacerdotal israelita del centro montañoso del país. Hombres de esta familia se levantaron para vencer a las fuerzas de lengua griega que estaban oprimiendo a Israel en los seis “episodios” de alianzas que preceden al Nuevo Testamento: años 100 antes de Cristo. Los Macabeos ganaron eventualmente la independencia en torno al 164 a. C., formaron un gobierno en torno al 140 a. C., y gobernaron hasta el 37 a. C. Algunos de sus últimos gobernantes tomaron el título de “rey”.

En la cima de su poder, los Macabeos extendieron el reino de Israel casi hasta los límites de David y Salomón. Jerusalén, su capital, se hizo muy rica. Parecía como si la prometida restauración del reino estuviese al alcance de la mano, pero había un problema: los Macabeos tenían una mala genealogía. Los profetas habían prometido un rey del linaje de David. Pero los Macabeos descendían de Leví, la tribu de los sacerdotes, no de los reyes. Así que los Macabeos desaparecieron, y el Imperio Romano se convirtió en el verdadero gobernante de Israel.

Después de los Macabeos surgió otra dinastía; esta comenzó con Herodes el Grande, uno de los hombres más destacados de la historia antigua. Herodes fue un noble de la región al sur de Israel. Se casó en la familia macabea y viajó a Roma, donde convenció al Senado romano para que le nombrase rey de Israel. Al volver a Jerusalén con un ejército romano, suprimió fácilmente cualquier oposición y se estableció como gobernante del país. Reinó desde el 37 a. C. hasta el 4 a. C., y sus descendientes reinaron hasta el 66 d. C.

Al menos dos veces durante la dinastía herodiana, las fronteras de Israel se expandieron casi hasta los límites del reino de David y Salomón, y Jerusalén se hizo extremadamente rica. El gran número de judíos que llegaban como peregrinos de todo el Mediterráneo para celebrar las grandes fiestas en el Templo reconstruido por Herodes proporcionaba a la ciudad una gran riqueza. Una vez más, parecía que las visiones proféticas podrían cumplirse.

Pero había un problema: Herodes tenía la genealogía equivocada. No era un hijo de David. Incluso no era del todo judío: su padre era un edomita, un descendiente de Esaú, un tradicional enemigo de Israel. Ni él ni sus hijos podían dar cumplimiento a las profecías. Por supuesto, muchos judíos podrían haber soñado con asesinar al impopular Herodes y remplazarlo por un descendiente de David. Por esa razón, Herodes tenía manía persecutoria sobre intentos de asesinato y también perseguía a quienes tuvieran sangre davídica. Pero a pesar de sus esfuerzos y los de sus hijos, la dinastía herodiana declinó. Los romanos depusieron al último descendiente de Herodes en 66 d. C.

Cuando Jesús nació, hacia el final del reinado de este Herodes, los judíos estaban en plena exaltación de sus esperanzas y lamentaban por segunda vez tener como gobernantes a una dinastía que no presentaba la sangre correcta para cumplir las profecías. Eso puede explicar por qué el Nuevo Testamento comienza como lo hace, como veremos en el próximo capítulo.

Aquí están nuestros dibujos que resumen los seis “episodios” de alianzas que preceden al Nuevo Testamento:


Alianza Adámica


Alianza Noética


Alianza Abrahámica


Alianza Mosaica


Alianza Davídica


Nueva Mosaica

[1] Plegaria eucarística IV.

PARTE I

¡HA LLEGADO EL REINO DE DIOS!


Mateo

2.

El Evangelio de Mateo

A LA MAYORÍA DE LOS AMERICANOS no nos importan mucho las genealogías. Nos movemos demasiado de una parte a otra y no ponemos mucho énfasis en los lazos familiares. De hecho, muchos de nosotros tendríamos dificultad para recordar los nombres de antepasados más allá de nuestros abuelos.

En otras muchas partes del mundo, la actitud es diferente. Hice una peregrinación a Israel hace algunos años. Nuestro guía resultó ser un árabe católico. Como yo no sabía nada sobre los árabes cristianos, pensé que debía ser un recién convertido del islam. «¿Cuánto tiempo hace que eres católico?», le pregunté. «Oh —dijo—, unos ochocientos años». El clan de su familia se había convertido en el tiempo de las Cruzadas (1200) y desde entonces había vivido en Israel, cerca de Nazaret. Las genealogías suelen ser muy importantes para las familias en Oriente Medio, donde historia y cultura son profundas.

Mateo comenzó su evangelio con una genealogía. Ese puede no ser el modo de captar la atención de los americanos, pero ciertamente captó la atención de antiguos judíos que estaban esperando un rey que tuviera una genealogía correcta. Después de dos fracasadas dinastías (los Macabeos y los Herodianos) de reyes de linaje familiar inadecuado, los judíos estarían muy interesados en alguien que pudiera probar su descendencia del hombre correcto: el Rey David.

Entraremos con Mateo 1 en la genealogía de Jesús, dentro de un minuto. Antes, vamos a echar un vistazo a su evangelio.

MATEO A VISTA DE PÁJARO

Cuando vas a contar una larga historia, tienes que organizarla de algún modo. San Mateo prefirió organizar las enseñanzas de Jesús por temas. Cinco largos sermones de Jesús, cada uno de un tema distinto, constituyen la columna vertebral de su evangelio:

1 El Sermón de la Montaña (Mt 5-7)

2 El Sermón de la Misión (Mt 10)

3 El de las Parábolas del Reino (Mt 13)

4 El Sermón de la Misericordia (Mt 18)

5 El Sermón del Fin de los Tiempos (Mt 24-25)

Mateo aglutina estos cinco sermones mediante los viajes de Jesús, milagros y otros asuntos. Finalmente, pone la narración del Nacimiento al comienzo de su evangelio, y la de Pascua (realmente el Triduo) al final. Eso nos da una biografía de Jesús que comienza con Navidad y termina con Pascua, y tiene cinco bloques principales:

La historia de Navidad (“relatos de la infancia”): Mt 1-2

Libro 1: Jesús anuncia el reino: Mt 3-7

Libro 2: Jesús envía a sus oficiales reales: Mt 8-10

Libro 3: Jesús enseña sobre el reino oculto: Mt 11-13

Libro 4: Jesús enseña sobre el perdón en el reino: Mt 14-18

Libro 5: Jesús enseña sobre el final del reino: Mt 19-25

La historia de la Pascua (Triduo): Mt 26-28

Por supuesto, hace mucho tiempo hubo otro famoso maestro de Israel, un hombre que tuvo una infancia milagrosa, una vida difícil, y se enfrentó con mucha oposición, pero finalmente condujo a Israel a un sagrado banquete de salvación, hizo una alianza entre ellos y Dios, y les enseñó la ley de Dios. Ese fue Moisés:


Alianza Mosaica

De acuerdo con la tradición, Moisés escribió cinco libros, los primeros cinco libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.


¿Estaba Mateo tratando de pintar a Jesús como un nuevo Moisés con cinco nuevos libros? Es posible. Ciertamente retrata a Jesús como un nuevo Moisés en muchos lugares importantes del evangelio. En interés de la memoria y la enseñanza, puede ser útil comparar a Moisés con el retrato que hace Mateo de Jesús:


Esa es nuestra vista previa de Mateo. ¡Comencemos ahora a leer!

HISTORIA DE NAVIDAD DE MATEO: LA GÉNESIS DE JESÚS

Mateo comienza, «Libro de la genealogía de Jesucristo, el hijo de David, el hijo de Abrahán» (1, 1). ¡Reprime ese bostezo! ¡Hay mucho aquí! En una frase, Mateo ha conectado a Jesús con tres de los hombres más importantes de la Biblia: Adán, David y Abrahán.

Primero, comenzando con «libro de la genealogía de Jesucristo», Mateo conecta con el único pasaje de la Biblia donde aparece esa frase: Génesis 5, 1: «Este es el libro de las generaciones de Adán». Mateo está diciendo que Jesús es el Nuevo Adán. Hemos abierto un nuevo capítulo, un libro enteramente nuevo, en la historia humana. ¡Imagina eso!

Segundo, al llamar a Jesús «el Hijo de David», Mateo identifica a Jesús como el que restaurará la alianza y el reino de David. En esos días había muchos descendientes de David en Israel. Algunos expertos piensan que algunas ciudades (como Nazaret) estaban casi exclusivamente pobladas por gente con sangre davídica[1]. Pero Jesús no es solo “un hijo de David”, él es “el Hijo de David”, de quién el profeta Natán había profetizado: «Cuando hayas completado los días de tu vida… suscitaré después de ti tu semilla salida de tus entrañas y consolidaré su reino. Él edificará una casa en honor de mi nombre y yo mantendré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo» (2 S 7, 12-14).

Tercero, al llamar a Jesús «el Hijo de Abrahán», Mateo identifica a Jesús como el que cumplirá todas las promesas de la alianza con Abrahán. Todo judío era “un hijo de Abrahán”. Pero Jesús era “el Hijo de Abrahán”, de quien Dios dijo a Abrahán: «Mantendré mi alianza contigo y con tu semilla futura de generación en generación», y también, «en tu semilla serán bendecidos todos los pueblos de la tierra» (Gn 17, 7 y 22, 18). Como recordaremos del Antiguo Testamento, la alianza de Dios con Abrahán incluía tres promesas importantes: gran nación, gran nombre (realeza), y bendición universal de las naciones. Jesús va a restablecer la gran nación de Abrahán (la Iglesia), recibe el gran nombre (Rey de reyes y Señor de señores), y bendice a todas las naciones (la efusión del Espíritu Santo).

Así que, en una frase, Mateo conecta a Jesús con tres grandes figuras clave de la historia bíblica y sugiere lo que la vida y el ministerio de Jesús significará para el mundo. ¡No está mal!

Avanzando a través de la genealogía de Jesús, nos encontramos con muchos nombres difíciles de pronunciar. Pobre del joven diácono que tenga que leerlos en la vigilia de Navidad... Al final, notamos que Mateo ha dispuesto la genealogía en tres grupos de catorce (Mt 1, 17). ¿Por qué? Catorce es el número de David. El hebreo no tiene vocales, y las consonantes sirven también de numerales. El nombre de David en hebreo será DVD. D es la cuarta letra del alfabeto hebreo (el alefato), y V es la sexta. Sumando esas letras resulta catorce. La genealogía de Jesús es tres veces catorce: un “triple David” o “David al cubo”. Mateo hace esto para que sea fácil memorizar y dar lugar a la conexión davídica.

Ahora, veamos de nuevo la genealogía. Mateo arranca con Abrahán porque Abrahán es el “padre de los judíos”, y Mateo escribe su evangelio para los judíos en particular. Traza el linaje de Jesús a través de David y Salomón, por supuesto, porque es importante mostrar que Jesús es el príncipe heredero del trono de Israel. Pero entonces, dice una canción escolar [2]:

Cuatro de estos nombres no son como los demás,

cuatro de estos nombres no encajan.

¿Puedes decir cuáles son

mientras termino mi canción?

¿Te has dado cuenta? ¡Por supuesto! Cuatro mujeres se mencionan en esta genealogía: Tamar, Rajab, Rut y Betsabé —¡y qué mujeres!—. Si se incluyen mujeres en una antigua genealogía, debe ser por alguna razón especial: quizá fueron reinas o heroínas de la nación. Pero las mujeres de Mateo no son así, no son las santas grandes matronas como Sara, Rebeca o Lía.

Por el contrario, son… bueno, contemos solo sus historias.

¿Te acuerdas de Tamar? Era la nuera de Judá, probablemente una Cananea. Estuvo casada con dos de los hijos de Judá, ambos bribones, a los que Dios castigó. Pero cuando ella enviudó, sin culpa alguna suya, Judá rehusó ocuparse de ella. ¿Qué hizo Tamar entonces? Se puso un vestido provocativo y tacones de aguja (o sus equivalentes antiguos) y se fue al borde del camino para atraer la mirada de Judá (ver Gn 38). Terminó teniendo dos hijos de su suegro: Peres y Zéraj. La gran mayoría de la tribu de Judá, es decir, los judíos, descienden de estos dos muchachos, ambos el producto de esta verdadera, hum… inusual relación.

¿Qué hay de Rajab? Era la cananea “propietaria” de su propio “establecimiento” en el barrio rojo de Jericó. Los espías israelitas se metieron en su casa para esconderse cuando estaban explorando la ciudad (Jos 2). Ella sobrevivió a la toma de la ciudad y resultó bien para ella, pues se casó con Salmón, un noble de la tribu de Judá.

¿Y Rut? Tampoco era judía; era una mujer del país de Moab, que enviudó después de casarse con un hombre de Judá. Era una mujer de fe y lealtad, que acompañó a su suegra a Judá para cuidarla. Sin embargo, hay una escenita en Rut 3 donde ella se prepara para “enganchar” a su novio, Booz, después de una fiesta nocturna, perfumándose y vistiéndose con ropa atractiva. Esa escena es la única razón por la que el Libro de Rut se ha considerado “para mayores”. Pero no sucede nada, y todo acaba bien. Booz se casa con Rut, y siempre fueron felices.

¡Ojalá la historia de Betsabé fuese tan feliz! La suya es una de las más penosas de la Biblia. Mateo incluso ni menciona el nombre de Betsabé; solo dice, «David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías» (Mt 1, 6). ¡Uf!, Mateo, ¿tenías que traer a esta? David y Salomón eran los dos mayores reyes de Israel, pero el vínculo entre ellos implica un sórdido asunto de adulterio y asesinato. Urías era un gentil, un hitita (del territorio de la actual Turquía) y un devoto converso a la fe de Israel. Su mujer, Betsabé (no conocemos su nación), era una de las mujeres más guapas en el reino de David, y Urías era un mandamás del ejército de David, un héroe de guerra. David se encaprichó de Betsabé un día en que Urías estaba fuera de la ciudad, y cuando resultó que Betsabé estaba embarazada de David, el rey decidió echar tierra sobre el asunto consiguiendo que Urías muriese en combate. Luego, se casó con la viuda de Urías. El episodio marca el punto moral más bajo en toda la vida de David (2 S 11), un desastre personal que dejó a su familia fuera de control y condujo a posteriores abusos, asesinatos, traiciones, y guerras.

Así que Mateo, ¿por qué traes a colación esto? De hecho, ¿por qué mencionar algo de estas cuatro mujeres, todas ellas gentiles (o al menos casadas con un gentil) y que no eran, podemos decir, trigo limpio? ¡Por muchas buenas razones!

1 A Jesús le reprocharían después juntarse con “publicanos y prostitutas”, esto es, hombres asociados con gentiles y mujeres de mala reputación. Mateo señala que los grandes reyes judíos David y Salomón descendían de gente así.

2 Jesús y sus apóstoles serían criticados por invitar a la Nueva Alianza a pecadores, mujeres de esa clase y gentiles. Mateo muestra que Dios había incluido tales personas en la Antigua Alianza.

3 Se extendió una calumnia contra la Santa Madre. Algunos dijeron que no era virgen antes del nacimiento de Jesús. Mateo contrasta la pureza del nacimiento de Jesús con algunas de las impuras uniones en los ancestros de David y Salomón. Mateo dice: Si vosotros, judíos, queréis acusar a alguien de impureza, hablemos de los ancestros de Salomón, ¡vuestro mayor rey!

Dios es misericordioso. Realiza su salvación a pesar de nuestros pecados y defectos. Incluso en la Antigua Alianza, Dios incluye a personas imperfectas, con caídas, en el centro de su alianza familiar. Y todavía lo hace más en la Nueva Alianza, donde personas de toda raza, al margen de sus pecados, errores, o cargas, son bienvenidos para acercarse a Dios.

EL NACIMIENTO E INFANCIA DE JESÚS (Mateo 1, 18-2, 23)

En contraste con las cuestionables relaciones que forman el linaje de los grandes reyes de Israel, Jesús nace de un padre y una madre en una relación completamente pura. Es concebido en el vientre de su madre María, una virgen prometida a un hombre virtuoso, José, heredero del trono de David. Dios explica a José en un sueño que el niño ha sido concebido por el Espíritu Santo, en cumplimiento de una famosa profecía: «Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel» (Is 7, 14). Se ha dicho a veces que se interpreta mal Isaías 7, 14 aquí, porque el original hebreo de Isaías no usa la palabra “virgen” (en hebreo, betheulah) sino “doncella” (en hebreo, almah). En verdad, es tal el solapamiento entre el significado de estas palabra hebreas que los mismos traductores judíos, cientos de años antes de que escribiese Mateo, eligen la palabra griega “virgen” (parthenos) para traducir Isaías 7, 14. Mateo, escribiendo en griego, cita este versículo en la bien conocida traducción judía-griega (los Setenta), familiar para muchos de sus lectores.

La profecía de Isaías 7, 14 fue pronunciada setecientos años antes de que escribiera Mateo, y probablemente predijo el nacimiento del buen rey Ezequías de Judá, en un lenguaje exagerado y poético. Pero las profecías tienen a menudo más de un cumplimiento. Mateo sabe que Jesús es más verdaderamente “Dios con nosotros”, Emmanu-el, en hebreo. Jesús cumple la profecía mejor que Ezequías lo hiciera. Por eso Mateo la cita.

Conforme avanzamos en la infancia de Jesús, Mateo muestra continuamente dos cosas: Jesús es el Rey de Israel, y Jesús es el “Verdadero Israel” o Israel-en-persona.

Cuando aún es un niño en Belén, vienen “sabios” de Oriente buscándolo, y cuando lo encuentran lo adoran con “oro, incienso y mirra”. El último sabio que vino de Oriente a Israel buscando a un rey fue en el reinado de Salomón. Si no me crees, vuelve atrás y lee 1 R 5, 10 y 14, donde «la sabiduría de Salomón sobrepasaba la sabiduría de todos los hijos de oriente […]. De todos los pueblos venían a escuchar la sabiduría de Salomón gentes enviadas por todos los reyes de la tierra». Salomón atrajo a todos estos sabios internacionales cuando estaba en la cima de su carrera, pero Jesús ya los atrajo cuando era niño. Los regalos que traen los magos también nos recuerdan a Salomón. Nadie tenía más oro que Salomón (Cfr. 1 R 10, 14-22), y “el incienso y la mirra” juntos solo se mencionan en otro lugar de la Biblia, en la Canción de Salomón, como perfumes aromáticos usados por el rey y su esposa. La visita de los magos señala a Jesús como el rey-esposo, como Salomón, desde su misma infancia.

El rey Herodes supo por estos sabios del nacimiento de este nuevo rey. Envió soldados para matar a todo niño varón nacido en la región en el tiempo en que los sabios habían visto la estrella profética que anunciaba su nacimiento. El rey Herodes, como hemos dicho antes, no era del linaje de David y ni siquiera del todo judío. Era un impostor. Él y todos los demás lo sabían. Herodes también sabía que muchos judíos se alegrarían si él, Herodes, moría repentinamente en misteriosas circunstancias y era remplazado por un judío del linaje de David.

Así pues, Herodes era terriblemente paranoico y tenía la costumbre de matar a quien pudiese amenazar su trono, incluidas esposas e hijos. La “matanza de los inocentes”, que probablemente supuso la muerte de una docena o veintena de bebés en los alrededores de Belén, era un suceso tan pequeño en comparación con otras masacres de Herodes y asesinatos que otros historiadores contemporáneos ni siquiera se molestan en recordarlo.

San José, como el otro José del mismo nombre, “Príncipe de Egipto”, fue agraciado con sueños sobrenaturales. Los sueños le llevaron a huir con la Sagrada Familia a Egipto, cuya capital —Alejandría— era el “New York” de sus días, un centro de cultura judía, con la mayor población judía fuera de la tierra de Israel. Para los judíos que huían de problemas políticos en Israel, Alejandría era el lugar lógico adonde ir. No solo estaba cerca, sino también era un lugar donde era fácil mezclarse y “perderse” en alguno de los grandes barrios judíos de la ciudad. Pero años después, cuando José oyó que Herodes había muerto, volvió con la familia a Nazaret.

Nazaret era un pequeño pueblo en el norte (Galilea), probablemente poblado por la parentela de David. Habrían llamado a su pueblo “Retoño” (Nezereth), según la famosa profecía de que un “retoño” (en hebreo, nezer) brotaría de la familia de David (Is 11, 1). Mateo se refiere a esta profecía: «Será llamado Nazareno» (Mt 2, 23), es decir, será el retoño que anunciaron los profetas.

Mateo no nos da más información sobre la infancia de Jesús. Lo que sabemos a continuación es que Jesús ya es adulto, y comienza su vida pública en respuesta a la predicación de Juan Bautista. ¿Qué haría Jesús durante unos treinta años en Nazaret? Los cristianos lo llaman la “vida oculta” de Jesús, durante la cuál trabajó, probablemente aprendiendo el oficio de su padre y cuidando de su madre después de la muerte de José, que fallecería cuando Jesús era joven.

Aunque sabemos poco de esos años, son muy importantes para nosotros. ¿Acaso no trabajamos la mayoría de nosotros durante años, ocultos a la vista del público, con días llenos de cosas tan sencillas como ir a la oficina, hacer la compra, limpiar la casa y cuidar de la familia? La vida oculta de Jesús nos recuerda que también él —¡el mismo Dios!— trabajó durante muchos años desconocido para el mundo, en una vida ordinaria. Cuando nosotros vamos a trabajar en nuestra vida corriente, sabemos que Jesús nos entiende y está a nuestro lado.

LIBRO 1 DE MATEO: Jesús anuncia el Reino (Mateo 3–7)


Juan Bautista irrumpe en el escenario de la historia con su grito: «¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca!». Juan era el original predicador de “fuego del infierno y azufre”. Era una figura bastante extraña por su melena, con un cinturón de cuero, miel goteando de su barba, y picaduras de abeja en los brazos. Juan parecía un superviviente del cercano día del juicio de Dios. La gente podría bautizarse solo para evitar terminar pareciéndose a él.


El núcleo del mensaje de Juan era: «Yo bautizo con agua, pero quien viene tras de mí es más poderoso que yo». Ese que viene suena muy intimidatorio. ¿Quién podría ser? ¿Quién podría “bautizar con el Espíritu Santo y fuego”?

Jesús también acudió a Juan para ser bautizado. ¿Por qué se bautizaría Jesús? Él no tenía pecado. Incluso Juan protesta: «Soy yo quien debe ser bautizado por ti». Pero Jesús le dice, «Hemos de cumplir toda justicia». ¿Qué quiere decir eso? En parte, significa que el bautismo de Jesús cumple muchas profecías de la Escritura.

Al salir Jesús del agua, el Espíritu Santo sobrevuela en forma de paloma y habla la voz de Dios Padre. Reconocemos imágenes de la historia de la creación: Habló Dios, y el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas (Cfr. Gn 1, 1-2). La creación surge de las aguas. Así el bautismo es como una nueva creación y, de hecho, Jesús es la nueva creación. Eso nos recuerda cómo comienza Mateo: “El libro de la genealogía de Jesús”, comparando a Jesús con Adán.


La voz de Dios Padre dice en el bautismo: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias». Aquí la voz de Dios hace eco al antiguo himno de la coronación del reino davídico, lo que se canta cuando un nuevo rey sube al trono. Conocemos este himno como el Salmo 2, y la línea clave dice:

Proclamaré el decreto del Señor.

Él me ha dicho:

«Tú eres mi hijo.

Yo te he engendrado hoy» (v.7).

Es como si Jesús, el Hijo de David, estuviera comenzando su reinado, y su padre celestial cantase un pasaje del himno para la ocasión.


Davídico

Pero hay más. El Padre dice, «mi hijo muy amado», que remite a un famoso incidente, el sacrificio de Isaac en Génesis 22, ese famoso capítulo en que Isaac es llamado (en las antiguas traducciones) el muy amado hijo de Abrahán tres veces. Así que Jesús no solo es el rey Hijo de David que comienza su reinado, sino también él es un Nuevo Isaac, un “hijo muy amado”, que irá a la misma cumbre del monte para ofrecer su vida en sacrificio.


Abrahámico

Dijimos antes que Mateo subraya dos temas: Jesús como Rey de Israel, y Jesús como el Verdadero Israel. Tomemos nota: los israelitas volvieron de Egipto al final del Éxodo; salieron de allí pasando a través de las aguas del Mar Rojo antes de caminar por el desierto durante cuarenta años, enfrentando muchas pruebas y tentaciones. Jesús volvió de Egipto donde vivió, pero ahora pasa a través de las aguas del Jordán antes de entrar en el desierto para permanecer allí durante cuarenta días, donde afronta muchas pruebas y tentaciones. Jesús es el Israel místico, y tiene que experimentar en su propia persona lo que la nación en su conjunto ha soportado.

Pero es también su gran rey. Y sabemos que el mayor de los reyes de Israel, Salomón, comenzó su reinado siendo bañado y ungido en una fuente de agua sagrada, el manantial llamado Guijón, en la ciudad de Jerusalén (Cfr. 1 R 1, 38-40). El sacerdote Sadoc y el profeta Natán presidieron esta unción. A Salomón le había encargado su padre David guardar la Ley de Moisés (Cfr. 1 R 2, 1-4) antes de comenzar su reinado (Cfr. 1 R 2, 12).

De modo semejante, Jesús es bañado y ungido en otra fuente de agua sagrada, el Jordán, por Juan Bautista, quien poseía el sacerdocio legítimo de su padre Zacarías (Cfr. Lc 1, 5) y era el profeta de aquellos días. Luego Jesús entra en el desierto, donde guarda la Ley de Moisés contra las tentaciones del diablo, y vuelve para inaugurar su reinado con el grito: «Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (Mt 4, 17). Así la secuencia bautismo-tentación-predicación sigue el modelo tanto de la historia de Israel como de la historia de la familia real.

LAS TENTACIONES (Mateo 4, 1–11)

Jesús es llevado al desierto, donde ayuna y reza durante cuarenta días. “Después” sintió hambre (Mt 4, 2). ¿Por qué no la siente hasta después de cuarenta días? Quienes ayunan durante largos periodos normalmente sufren de hambre en unos cinco días, cuando el cuerpo empieza a quemar la grasa corporal. Después de eso, el hambre se calma hasta que se consume toda la grasa. Luego el cuerpo comienza a atacar la musculatura, y los dolores se reanudan. En ese punto, uno se está literalmente muriendo de hambre.

Satanás llega para tentarle tres veces: “Convierte estas piedras en pan”; “Lánzate desde el pináculo del Templo” y “Adórame y te daré las riquezas de las naciones”. Conocemos bien esta escena. Hay gente que no se da cuenta, sin embargo, de que Jesús responde tres veces citando el Libro del Deuteronomio, que era la Ley de Moisés. Como un real hijo de David, era responsable de guardar la Ley de Moisés (Cfr. Dt 17, 18-20; y 1 R 2, 1-4), y lo hace.

Las tentaciones siguen un antiguo esquema: Satanás recurre a los deseos físicos de Jesús: “Convierte estas piedras en pan”. También trata de despertar la curiosidad o el agrado de Jesús, cuando le “muestra todos los reinos del mundo y sus riquezas”. Luego hay una llamada al orgullo de Jesús: “Salta desde el pináculo del Templo y los ángeles te recibirán”. Estas tres básicas tentaciones responden a lo llamado la triple concupiscencia, y san Juan las resume como la «concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la arrogancia de los bienes terrenos» (1 Jn 2, 16). Son el monstruo de tres cabezas de la tentación que ya comenzó en el Jardín del Edén, cuando Eva vio que el fruto era bueno para comer, agradable a los ojos, y deseable para hacerlos tan sabios como Dios, esto es, llegar a ser iguales a Dios: una fascinación del egoísmo. Jesús no se rinde como nuestros primeros padres al triple pecado.

Según la Ley de Moisés, el rey de Israel tenía que resistir la concupiscencia de la carne no teniendo varias esposas; la concupiscencia de los ojos, no teniendo mucho oro; y la arrogancia de los bienes terrenos no disponiendo de un gran número de caballos de guerra (es decir, poder militar: Cfr. Dt 17, 16-17). Jesús es el Rey que resiste esta concupiscencia y orgullo, incluso cuando padece hambre en el desierto. Salomón, sin embargo, acumuló esposas, oro y caballos de guerra, y cayó en pecado (1 R 10, 14–11, 13). Jesús es más grande que Salomón.

Después de las tentaciones, Jesús regresó y comenzó a predicar en la región de Galilea. Esta preciosa región del norte de Israel, bien abastecida de agua, está marcada por colinas que rodean el delicioso lago de agua dulce de Genesaret, también llamado “Mar de Galilea”. Fue la primera que destruyeron los enemigos unos setecientos años antes. El profeta Isaías prometió que sería la primera región en ver al Mesías, el ungido Hijo de David (Is 9, 1-2). Mateo cita la profecía al relatar el comienzo del ministerio de Jesús (Mt 4, 16), y Jesús continúa con el mensaje de Juan Bautista: «Convertíos, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (v. 17).

Un reino necesita no solo un rey sino también otros oficiales para ayudarle en el gobierno, así que Jesús comienza a llamar a sus primeros discípulos, el círculo íntimo de Pedro, Andrés, Santiago y Juan (Mt 3, 18-22). Después de muchos milagros y mucha predicación en el área de Galilea (4, 23-25), san Mateo relata el primero y principal sermón de Jesús: el Sermón de la Montaña en tres capítulos (Mt 5 a 7).

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA (Mateo 5–7)

El Sermón de la Montaña se ha llamado con razón el “mayor sermón predicado nunca”, y difícilmente se puede exagerar su influencia en la historia de la humanidad. Solo en el cielo sabremos cuántos millones de personas han sido confortadas, consoladas, convencidas y convertidas por este sermón. En la Iglesia católica ha tenido siempre un lugar privilegiado, y muchos de los Padres de la Iglesia lo consideran un perfecto resumen del mensaje de Jesús, la Buena Nueva del reino.

Muchos confunden el Sermón de la Montaña con sus bendiciones iniciales o Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12). Pero las Bienaventuranzas son solo su introducción. El sermón completo no termina hasta el último versículo del capítulo 7: «Cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su enseñanza».

El sermón viene a tener cinco partes. Jesús lo abre con bendiciones y dando ánimos (5, 1-16) y luego lo concluye con una serie de advertencias (7, 13-27). En medio, enseña sobre la ley (5, 17-48), la piedad o las buenas obras (6, 1-18), y los principios de vida (6, 19 a 7, 27). El hilo conductor es “el reino”.

1 Bendiciones a los ciudadanos del reino (5, 1-16)

2 Nuevas leyes para el reino (5, 17-48)

3 Piedad en el reino (6, 1-18)

4 Principios de vida del reino (6, 19–7, 27)

5 Advertencias a los ciudadanos del reino (7, 13-27)

No debemos olvidar la comparación entre Moisés y Jesús. Mucho tiempo atrás, Moisés subió al Monte Sinaí y entregó la ley divina para guiar al pueblo de Dios. Ahora Jesús sube al monte de las Bienaventuranzas y entrega un nuevo conjunto de instrucciones al pueblo de Dios.


Con todo, Jesús es mayor que Moisés. De hecho, la segunda sección del sermón de Jesús se compone de seis contrastes en los que Jesús corrige la Ley de Moisés o el modo en que la gente la interpreta:


MOISÉS DICEJESÚS DICE
No matar…¡No ira u odio! (5, 21-26)
No adulterio…No concupiscencia sexual (5, 27-30)
No divorcio sin libelo…No divorcio en absoluto (5, 31-32)
No jurar en falso…No jurar nunca (5, 33-37)
Practicar la justicia…Practicar la misericordia (5, 38-42)
Amar a tu prójimo…Amar a tu enemigo (5, 43-48)

Para el pensamiento judío, Moisés era el gran profeta. Nadie era superior a Moisés salvo el mismo Dios. Cuando Jesús ajusta, añade e incluso corrige la ley de Moisés, una cosa queda clara: Jesús está diciendo que es mayor que Moisés. Jesús está actuando como Dios.

Hemos dicho que el tema del Sermón de la Montaña es el reino de los cielos (o “de Dios”). Quiero mostrarte que este tema está claro al comienzo, a la mitad y al final del sermón.

El Sermón de la Montaña comienza con las famosas “Bienaventuranzas”, una palabra de origen latino que significa “bendiciones”. Hay ocho principales que numeramos aquí:

1 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos.

2 Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

3 Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra.

4 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados.

5 Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia.

6 Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.

7 Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios.

8 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el reino de los cielos.Conclusión: Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros.

Cada una de estas bienaventuranzas tienen la forma “Bienaventurados son los x, porque ellos serán y”. La conclusión sigue y amplía la bendición por la persecución. Notemos que la primera y la última bienaventuranza prometen el mismo premio:

1 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos (Mt 5, 3, cursiva añadida).

1 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el reino de los cielos (Mt 5, 10, cursiva añadida).

Jesús comienza y termina sus bendiciones con el mismo tema: el reino de los cielos. Los antiguos maestros comenzaban y terminaban sus discursos o escritos con la misma idea. Los académicos llaman a este modelo una inclusio. Los antiguos maestros lo usaban para indicar el punto principal. Así que el punto principal de las Bienaventuranzas es el reino de los cielos, y podemos decir que las Bienaventuranzas son bendiciones para los ciudadanos del reino.

Sin embargo, los ciudadanos del reino de los cielos tienen cualidades que no esperaríamos. Son pobres, lloran, son mansos, hambrientos, sedientos, misericordiosos, puros, amantes de la paz y perseguidos. Son, en suma, la clase de gente de la que huye el resto del mundo y se burla. ¡Qué diferente es esto de lo que nosotros (y los antiguos judíos) esperaríamos! ¿No deberían los ciudadanos de un reino celestial ser ricos, felices, satisfechos, poderosos e invencibles? Toma nota: Jesús predica el reino de los cielos, pero su visión del reino es diferente de lo que todos esperan.

Veamos ahora el tema del reino en el centro del sermón. Esa sección trata sobre la piedad (las buenas obras religiosas), y el acto central de la piedad es la oración (Mt 6, 5-15). Aquí, Jesús nos enseña el Padre Nuestro:

Vosotros, en cambio, orad así:

Padre nuestro, que estás en los cielos,

santificado sea tu Nombre;

venga tu Reino;

hágase tu voluntad;

como en el cielo, también en la tierra;

danos hoy nuestro pan cotidiano;

y perdónanos nuestras deudas,

como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;

y no nos pongas en tentación,

sino líbranos del mal.

La segunda petición de la oración, después de bendecir el nombre de Dios, es “venga tu Reino”. La Oración del Señor es una oración del reino. ¿Qué significa esa venida del reino de Dios? Supone que su voluntad se haga en la tierra igual que se hace en el cielo.

El resto de la oración está en estrecha relación con las Bienaventuranzas. Pedimos nuestro pan de cada día porque somos pobres, hambrientos y sedientos. Pedimos perdón de las deudas porque somos misericordiosos y ya hemos perdonado a nuestros deudores. Pedimos evitar la tentación porque queremos ser puros, y pedimos que nos libre del mal porque somos perseguidos. La Oración del Señor no es una oración para el rico, poderoso, orgulloso, satisfecho y crítico. Es una oración para el oprimido que busca paz, misericordia y justicia, más que riqueza, poder, fama y gloria. Es una oración para los ciudadanos del reino descrito en las Bienaventuranzas.

Vayamos ahora al final del Sermón de la Montaña. Jesús concluye con una famosa parábola sobre dos hombres que construyeron sus casas sobre cimientos muy distintos:

Todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos; irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca.

Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina (Mt 7, 24-27).


La doctrina de Jesús es la “roca” sobre la que construir la “casa” de la propia vida. Hasta aquí todo bien. Sin embargo, hay mucho más en esta parábola.

“El hombre prudente que edificó su casa sobre roca” es una frase cargada de sentido para una audiencia de antiguos judíos. ¿Quién fue el famoso “hombre prudente” que construyó una enorme “casa” en la cima de una famosa “roca”? No fue otro que Salomón, el hombre más sabio que vivió jamás, quien construyó la Casa de Dios, el Santo Templo, sobre una gran formación rocosa en la cima del Monte Moria (2 Cro 3, 1), llamado ahora el “Monte del Templo”. El santuario musulmán llamado el “Domo de la Roca” se alza junto al sitio donde la tradición judía considera que Abrahán intentó el sacrificio de Isaac hace tanto tiempo.


Así pues, el “hombre prudente que construyó su casa sobre roca” es una alusión a Salomón, el más grande de los reyes de Israel. El mensaje de la parábola es: si sigues mi doctrina (de Jesús), serás como Salomón el gran rey. Esta promesa de una realeza para el fiel discípulo de Jesús concluye este sermón que comienza con la bienaventuranza del “reino de los cielos”. Así, de principio a fin, el Sermón de la Montaña es un “sermón del reino”, una descripción de cómo vivir y comportarse como parte del reino de los cielos.

Pero, como hemos visto, no hay indicios en el Sermón de la Montaña de que en el reino de los cielos haya un ejército y una marina, una capital geográfica, un sistema fiscal, un programa para la conquista del mundo, o cualquier otra cosa de las que tienen los reinos de este mundo. El reino de los cielos desafía nuestras expectativas. Requiere de nosotros una conversión respecto a como vemos el mundo.

LIBRO 2 DE MATEO: JESÚS ELIGE A LOS GOBERNADORES Reales (Mateo 8–10)


En el Sermón de la Montaña (Mt 5-7), Jesús anunció que el reino estaba aquí y enseñó a sus discípulos a vivir como parte de él. En los siguientes capítulos de Mateo (Mt 8-10), Jesús continúa haciendo cosas que muestran que él es el Rey. También elige a doce gobernadores reales para que le ayuden a dirigir su reino que crece.

Todos los milagros de Jesús en estos capítulos apuntan a su autoridad como rey. Un centurión acude a Jesús para pedirle que cure a su siervo enfermo. Jesús se ofrece a ir a la casa para tratar directamente al siervo. Pero eso no es necesario: «Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano». El centurión mira a Jesús como una especie de César espiritual que solo tiene que hablar e inmediatamente todos los poderes ocultos del universo surgirán para hacer su voluntad.

Algunas de las poderosas palabras de Jesús le vinculan directamente con David y Salomón, los grandes reyes de la historia de Israel. Por ejemplo, en Mateo 8, Jesús primero calma una tempestad en el mar con una palabra (ver 23-27) y luego expulsa los demonios de dos enloquecidos endemoniados (ver 28-34). Los judíos recuerdan que Salomón tenía esa clase de poderes: en el Libro de la Sabiduría, Salomón afirma que la divina sabiduría le permite tener «un conocimiento sin error de los seres, para saber la disposición del universo y la acción de los elementos» […] y «el poder de los espíritus» (Sb 7, 17-20). En rápida sucesión, Jesús demuestra poder sobre “la disposición del universo” y “los elementos” en el Mar de Galilea y luego vence al “poder de los espíritus” con los endemoniados. Jesús tiene poder y sabiduría como los de Salomón.

Salomón, por supuesto, era recordado como el mayor esposo de Israel. Tuvo más esposas que ningún otro: setecientas, según 1 R 11, 3. El gran poema de amor de la Biblia, el Cantar de los Cantares, le caracteriza como el mayor amante. El Salmo 45, el salmo de las nupcias del rey, describe una de sus bodas. Salomón heredó el papel del novio de su padre David. Cuando David llegó a ser rey de Israel, los ancianos de Israel le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos» (2 S 5, 1), haciéndose eco de las famosas palabras de Adán a Eva en la primera boda de la historia humana (Gn 2, 23-24). Luego, David e Israel hicieron una alianza para que él fuera su rey (2 S 5, 3). El matrimonio es una clase de alianza. La relación de David con su pueblo era como un matrimonio. Como rey, él y sus hijos después de él fueron una especie de esposos para el pueblo (2 S 17, 3). Salomón, el mayor de los hijos de David, fue la figura de un gran esposo.


Volviendo a Mateo, vemos que poco después de calmar el mar y sanar a los endemoniados, Jesús se llama a sí mismo “el esposo”: «Entonces se le acercaron los discípulos de Juan para decirle: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia y, en cambio, tus discípulos no ayunan?”. Jesús les respondió: “¿Acaso pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Ya vendrá el día en que les será arrebatado el esposo; entonces ya ayunarán”» (Mt 9, 14-15, cursiva añadida). Los profetas también describen a Dios como esposo de Israel (Cfr. Oseas 2, 14-23). Como Hijo de Dios e Hijo de David, Jesús es tanto el divino esposo de los profetas como el esposo real, como David y Salomón.

Incluso los ciegos pueden ver quién es realmente Jesús, como se muestra unos versículos después cuando dos ciegos siguen a Jesús gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Hijo de David es un título real; le están reconociendo como el rey prometido. Les cura a ellos y también a un mudo, cumpliendo lo que Isaías había dicho del día en que Dios vendría para salvar a Israel: «Entonces se abrirán los ojos de los ciegos […] y la lengua del mudo gritará de júbilo» (Is 35, 5-6).

Cuando Salomón gobernó sobre todo Israel, en la cima de su poder, «tenía para todo Israel doce gobernadores que proveían al rey y a su palacio» (1 R 4, 7).


Así que no es una sorpresa que, después de “predicar el evangelio del reino” en “todas las ciudades y aldeas”, Jesús llamase a sus doce discípulos y les diese autoridad para hacer las mismas cosas que él hacía. Ellos no debían ir a tierra de gentiles ni entrar en ciudad de samaritanos, sino ir primero «a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Su mensaje es sencillo: «El reino de los cielos está al llegar» (Mt 10, 5-7). En su viaje de predicación, vivirán de acuerdo con las Bienaventuranzas: Serán pobres, no llevarán nada con ellos (8-10). Serán pacíficos, dando paz a los hogares que visiten (13). Serán limpios de corazón, tan «sencillos como las palomas» (16). Y serán perseguidos por causa de Jesús (17-23). Jesús les concede su propia autoridad, de modo que quien acepta a los apóstoles aceptará al mismo Jesús: «Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe» (40). Abrazar al enviado del Rey es abrazar al Rey.

Los apóstoles continuaron su ministerio como gobernadores del Rey durante toda su vida, pero antes de morir, eligieron a otros hombres para continuar su ministerio, a quienes llamaron obispos. Estos nombraron a otros antes de morir, y así hasta el día de hoy. El origen de nuestro término obispo es griego, la lengua de las primeras comunidades cristianas, y es episkopos, que equivale a guardián de la comunidad.

LIBRO 3 DE MATEO: JESÚS ANUNCIA EL REINO OCULTO (Mateo 11–13)


En la famosa película Charada (1963), la viuda (Audrey Hep­burn) de un soldado americano busca durante semanas, con la ayuda de un agente de la CIA (Cary Grant), la fortuna que le ha dejado su difunto marido. Las únicas claves son algunas pocas pertenencias personales y una carta encontrada en el cadáver de su marido. Después de una larga búsqueda infructuosa, los dos se dan cuenta de que la fortuna del difunto consiste en los tres sellos, muy raros y valiosos, que están pegados en el sobre corriente que contiene su última carta. En otras palabras, la fortuna había estado todo el tiempo ante sus ojos, “oculta en lo corriente”.

Muchos de los milagros y enseñanzas de Jesús en los capítulos 11–12 muestran una falta de reconocimiento del reino. Por ejemplo, Mateo 11 se abre con los mensajeros que envía Juan Bautista para que Jesús confirme que él es realmente el Mesías, el Rey de Israel (Mt 11, 2). Encarcelado por el rey Herodes y sufriendo en una oscura mazmorra, incluso Juan parece estar preguntándose si Jesús había traído el reino. Jesús dice a los discípulos de Juan que regresen y le cuenten lo que están viendo y oyendo: la profetizada curación de los ciegos, débiles, leprosos y sordos (Cfr Is 35).

Jesús habla luego de Juan Bautista, subrayando la falta de reconocimiento de la gente. Juan es el mayor de los profetas. Tanto él como Jesús han estado predicando el reino de los cielos. Juan insiste ayunando y mortificándose. Jesús bendice la alegría y la fiesta. A pesar de eso, los líderes de los judíos no creen ni a Juan ni a Jesús. Sin que les importe cómo se presenta el mensaje, no reconocerán la llegada del reino. Aunque Jesús realice portentosos milagros en algunas de sus grandes ciudades, ellos no aceptarán su predicación.

Más tarde, en Mateo 12, vemos que incluso los exorcismos no impresionan a los fariseos. Aunque Jesús expulsa a los demonios públicamente, ellos no aceptan que él haya venido de Dios ni creen en su mensaje del reino. Dicen que está al servicio de Satanás, que expulsa los demonios por el poder de Satanás. ¡Qué bajo han caído, el bien se ha convertido en mal para ellos, y el mal en bien! No pueden reconocer las señales del reino o el poder del Espíritu de Dios. Perciben al Espíritu como malo; por eso no pueden ser perdonados, pues el Espíritu Santo es quien nos trae el perdón de Dios.

Con hipocresía, los escribas y fariseos se acercan para pedir a Jesús una señal que pruebe que su predicación es de Dios (Mt 12, 38). Aparentemente, todas las curaciones y exorcismos no han sido suficientes. ¿Qué más quieren que haga Jesús? Notando su falta de sinceridad, Jesús rehúsa darles una señal más; la única señal que tendrán será la “señal de Jonás” —esto es, Jesús estará muerto durante tres días, así como Jonás lo estuvo en el vientre de la ballena (12, 40-42)—. Los contemporáneos de Jesús están mucho más ciegos que los gentiles en el Antiguo Testamento; aunque muchos gentiles reconocieron la acción de Dios en los reyes y profetas israelitas, los fariseos y otros líderes no pueden reconocer al Rey Dios que camina en medio de ellos.

Eso nos lleva a Mateo 13, una homilía de Jesús sobre el reino de los cielos en la que enseña siete parábolas del reino. El tema común en todas las parábolas es que el reino es inesperado y nada fácil de reconocer para cada uno.

La Parábola del sembrador (Mt 13, 1-9) describe la “palabra del reino” como una semilla que cae en suelo duro, rocoso, entre espinas o buena tierra, que representa cuatro diferentes clases de personas. Solo los que son “buena tierra” reconocen la “palabra del reino” como lo que es, la aceptan completamente y “dan fruto”.

La Parábola de la cizaña y el trigo (Mt 13, 24-43) describe el reino de los cielos como un campo sembrado de trigo, con cizaña sembrada en él por un enemigo. El dueño del campo no quiere dañar el trigo, deja la cizaña en su sitio hasta la cosecha.

Los Padres de la Iglesia vieron este campo sembrado con cizaña como una imagen de la Iglesia católica. Hay muchas personas hipócritas e insinceras mezcladas en la Iglesia visible en todas las épocas. De hecho, parece a menudo que los hipócritas son más visibles que los verdaderos creyentes, del mismo modo que la cizaña suele crecer más alta y derecha, mientras la espiga de trigo maduro se inclina por el peso del grano que lleva. Así que la cizaña en un campo de trigo es más prominente que el mismo trigo. Sería un error, sin embargo, pensar que la Iglesia no es el reino de los cielos simplemente porque los hipócritas se han mezclado en la cosecha. Muchos cristianos a lo largo de los siglos han roto con la Iglesia, ofendidos porque hubiese pecadores en ella. Varios de los que se llaman “reformadores” se han apartado intentando establecer iglesias “puras” o “cribadas”, pero esto no se puede hacer hasta el juicio final. Eso no quiere decir que no se excomulgue a alguno que públicamente haga gala de ir contra las enseñanzas de la Escritura y de la Iglesia (ver 1 Co 5, 9-13). Por desgracia, eso es a veces necesario. Pero solo Dios puede expulsar a los hipócritas e insinceros que no llaman públicamente la atención.

La Parábola del grano de mostaza (Mt 13, 31-32) enseña que el reino comienza como una pequeña semilla que muere en el suelo, pero esa semilla crece como un enorme arbusto para que los pájaros construyan un nido en sus ramas. Eso es como la Iglesia, comenzando con la muerte de un solo hombre, Jesús de Nazaret, y creciendo como la mayor institución del mundo (mil doscientos millones de personas), como la madre de hospitales, escuelas y universidades, y como maestra y conciencia del mundo.

La Parábola de la levadura (Mt 13, 33) describe el reino como la levadura que actúa, sin ser vista, sobre una gran masa. Ese es el efecto de la Iglesia en la sociedad. Incluso cuando la Iglesia es públicamente rechazada o perseguida, ideas como la dignidad humana, el cuidado por los pobres, el perdón de las ofensas y los derechos humanos provienen del Evangelio. Se expresan en una cultura, pero muchos ni se dan cuenta de que son un efecto de la Iglesia.

Jesús concluye su homilía con tres parábolas cortas sobre la naturaleza oculta del reino:

El reino es como un tesoro escondido en el campo (44). No se ve allí. No hay señales de neón apuntando hacia él. Uno tiene que buscarlo (cavando) para encontrarlo y reconocer su valor. De nuevo, la Iglesia es como este campo. Mucha gente nunca sospecharía su verdadero valor; solo quien se toma el tiempo de investigar pacientemente puede notarlo.

El reino es como una perla de gran valor (45-46). Supone el conocimiento de un joyero avezado para distinguir entre la verdadera y la falsa, una perla valiosa u otra sin valor. Del mismo modo, quienes no son cuidadosos o interesados pueden equivocarse al intentar valorar una perla, y pueden equivocarse sobre el valor de la Iglesia.

Finalmente, el reino es como una red de pesca que recoge todo género de peces (47-50), que no se seleccionan hasta que los pescadores llevan la red a tierra. Los Padres de la Iglesia entendieron el mar como el mundo, y la red como la Iglesia. Los pescadores son los apóstoles, y sus sucesores, los obispos. El buen y el mal pez son los santos y los pecadores en la Iglesia. Esta parábola es particularmente importante porque muestra que el reino de los cielos está presente en esta época. El reino es una red que recoge peces, y los peces no se seleccionan hasta que vienen los ángeles para el juicio final. Eso significa que el reino existe ahora, recogiendo peces ahora. No es una pura realidad futura, no es simplemente una perfecta edad que Jesús instaurará al fin de los tiempos.

No podría insistir más en lo importante que es para los católicos reflexionar sobre estas siete parábolas del reino en Mateo 13. Jesús vino y proclamó que el reino de los cielos había llegado. Algunos académicos liberales dicen que estaba equivocado y murió como un falso profeta.

Conservadores protestantes dicen que los judíos rechazaron el reino y por eso Jesús llevó a cabo un “plan B”, la Iglesia, hasta que llegara un momento oportuno para traer de vuelta el reino a los judíos. Lo que tienen en común estas dos visiones es creer que el reino es una realidad sobrenatural perfecta, con Jesús gobernando visiblemente desde un trono en Jerusalén, y cosas así. Es como si no hubiesen leído la descripción del reino en Mateo 13.

La Iglesia católica afirma que el reino ya ha llegado, y está presente en la Iglesia. Algunos se burlan de eso: ¿Cómo puede ser la Iglesia el mismo reino? Está llena de malos peces... Tiene mucha cizaña... En algunos lugares, es tan pequeña como un grano de mostaza, o tan oculta como la levadura en la masa. Es solo un campo vacío, corriente, como tantos otros. No nos parece diferente a esas falsas perlas. Pero Jesús nos dijo que sería de ese modo. La Iglesia visible siempre parecerá despreciable a la gente sin fe. Sin embargo, en su interior, el reino de Dios está ya presente porque Jesús, el Rey, vive en su Iglesia.

LIBRO 4 DE MATEO: EL REINO MISERICORDIOSO (Mateo 14–18)


La misericordia en el reino de Dios es el tema dominante en el siguiente “libro” o unidad de Mateo (capítulos 14–18). La misericordia y el perdón de las ofensas pueden ser raras cualidades en sociedades no influenciadas por el Evangelio. Algunas culturas incluso no consideran la misericordia y el perdón como algo virtuoso, y los consideran en cambio como una señal de debilidad o un fallo en el modo de hacer respetar la justicia.

El asunto de la misericordia se expresa en el relato de varios milagros importantes y enseñanzas de este libro. Dos veces en esta sección, Jesús tiene misericordia o “compasión” de las multitudes que acuden a él, y les da de comer multiplicando panes y peces (Mt 14, 13-21 y 15, 32-39). Después de la gran confesión de Pedro —Jesús como el Hijo de Dios—, Jesús le da el poder de “desatar en la tierra”, y la palabra griega que indica “desatar” se refiere a “librar de los pecados” (Cfr Ap 1, 5). Así que Pedro tendrá un cometido como “jefe perdonador de pecados”. Finalmente, al terminar la homilía de Jesús en Mateo 18, él habla bastante de misericordia y perdón. Da instrucciones sobre el perdón del hermano (21-22) y cuenta la Parábola del Siervo Despiadado (23-35).

No podemos examinar cada historia contenida en estos cinco capítulos; nos centraremos en dos de las más importantes, que muestran cómo el reinado de Jesús es misericordioso. Los dos milagros de multiplicación de panes, uno para cinco mil y otro para cuatro mil, son importantes en esta sección de Mateo. Algunos piensan que se trata de una confusión en los números de un mismo suceso, pero no es así. La multiplicación para cinco mil tiene lugar en territorio judío, y los doce cestos que sobran simbolizan la restauración de las doce tribus de Israel, el pueblo de Dios. La de cuatro mil ocurre en territorio gentil (Mt 15, 21), y los siete cestos sobrantes simbolizan la alianza con los gentiles que esperaban realizase el Mesías (Is 42, 6; Am 9, 11-12; Za 14, 16-19). Siete es el número de la alianza (Gn 21, 27-32). Jesús probablemente realizó otros milagros para dar de comer durante su ministerio de tres años, pero solo estos dos fueron recogidos por los autores de los evangelios.

Cuando Jesús, casi sin ayuda de nadie, alimenta a la multitud de cinco mil israelitas en Mateo 14, nos recuerda no solo el milagro de Eliseo (2 R 4, 42-44) sino también los gloriosos tiempos cuando David y sus hijos alimentaron a todo Israel a expensas del propio rey. David dio una fiesta con pan y vino a todo Israel cuando el ara volvió a Jerusalén (2 S 6). Salomón hizo lo mismo en la dedicación del Templo (1 R 8). Los buenos reyes Ezequías y Josías proporcionaron una comida de Pascua a toda la nación a su propia costa (2 Cro 30, 24 y 35, 7-8). Así Jesús, el Hijo de David, alimentando a Israel por sí mismo, es parte de una tradición real.

Por supuesto, esto milagros de alimentos apuntan a la Eucaristía, donde el Hijo de David, Jesús, nos alimenta a todos a su costa en el modo más profundo posible: nos da su cuerpo y sangre como comida. Mateo narra la comida de los cinco mil y de los cuatro mil de un modo que los lectores antiguos podrían conectar con la Eucaristía. Recuerda a Jesús diciendo que el pueblo se recline, y luego, tomando el pan, dando gracias o bendiciendo (las expresiones en griego para “dar gracias” y “bendecir” pueden ser sinónimas), lo partió y lo repartió a la gente. Los evangelistas usan esta secuencia de palabras: reclinarse, tomar, dar gracias, bendecir y repartir en el relato de la Última Cena cuando se instituye la Eucaristía. Los primeros cristianos oyeron estas palabras cada semana en la celebración de la Eucaristía, y los primeros lectores del evangelio de Mateo reconocerían la conexión con los milagros de Jesús.

Jesús mostró compasión y misericordia ante las multitudes alimentándolas, temiendo que desfallecieran por hambre en su regreso a casa. La Eucaristía sigue siendo una fiesta de compasión donde Jesús el Rey nos alimenta, a su costa, para que no desfallezcamos por agotamiento espiritual durante nuestro viaje terreno. Es la fiesta real de la misericordia.

Temas como la realeza y la compasión están también presentes en uno de los más importantes relatos de esta parte de Mateo. En Mateo 16, 13-20, Jesús pregunta a sus discípulos quién dice la gente que es él. Después de una serie de respuestas, les plantea la cuestión a los discípulos: «Y vosotros: ¿quién decís que soy yo?». Probablemente se produjo un momento de silencio embarazoso mientras los discípulos pensaban qué decir, hasta que Pedro se adelantó intrépido: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».

Lo que Jesús dice a continuación es de gran importancia, y tenemos que verlo con calma. «Jesús le respondió: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro [petros], y sobre esta piedra [petra] edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que ates sobre la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos”» (Mt 16, 17-19).

Ahora debemos entender que el nombre de “Pedro” viene del griego petra, piedra, roca, solo que con una terminación masculina: petros. Esta palabra nunca se había usado antes para nombrar a un hombre. Así que, en este pasaje, Jesús identifica a san Pedro como la “roca” sobre la que construirá su “Iglesia” que vencerá al infierno. Es una imagen de construcción de templo. Los judíos sabían que el Templo de Jerusalén se había construido sobre una gran losa llamada “la piedra fundamental” (hebreo, eben shettiyyah), que ellos creían que bloqueaba el pozo que bajaba hasta el mundo de los muertos: el Hades, en griego, o el Sheol, en hebreo. Así que Jesús está comparando su Iglesia con un nuevo templo construido sobre Pedro.

Algunos intérpretes argumentan que Pedro no es la roca sobre la que Jesús construye la Iglesia. Dicen que se usan dos diferentes palabras griegas en el versículo: petros y petra. Pedro (petros) no es la roca (petra) sino que lo es otra cosa: su confesión de fe en Jesús.

Este problema de dos diferentes palabras para roca solo surge porque los evangelios traducen al griego las palabras de Jesús, al lenguaje internacional de aquel tiempo (como el inglés de hoy). En griego, la palabra usada para significar roca, petra, es femenina terminada en a, como en tantos nombres de mujer en inglés. No puede usarse como nombre para un varón cambiando la a por os, que es el masculino en griego: petros.

Pero Jesús habla la lengua de los judíos de su tiempo (arameo), y en ese idioma solo hay una palabra para “roca”: kepha. Lo que Jesús dice a Pedro es: «Tú eres kepha, y sobre esta kepha edificaré mi Iglesia». Esta palabra aramea, kepha, da lugar al nombre de Cephas, utilizado para Pedro en varios pasajes, como Jn 1, 42; 1 Cor 1 12; 3, 22; 9, 5; 15, 5; Gal 1, 18; 2, 9; 11, 14.

Lo esencial de todo esto es, en el lenguaje hablado de Jesús, que está absolutamente claro que Pedro (kepha) es la roca (kepha) sobre la que él edificará su Iglesia, pero una pequeña confusión se produce cuando Mateo traduce las palabras de Jesús al griego.

Ahora veamos las “llaves del reino” y el “atar y desatar”. En el antiguo reino de David, el oficial al cargo del palacio era el consejero del rey, y su mano derecha, el segundo con más poder en el reino. Se le suele llamar “mayordomo real”, y lleva las llaves del palacio atadas al hombro como una señal de su oficio (Is 22, 22). Solo él tiene la autoridad para abrir o cerrar el palacio, para controlar el acceso al rey. Si alguien quiere ver al rey, tiene que pasar antes por el mayordomo real. Nadie salvo el mismo rey puede contradecirle; de ahí que se diga del mayordomo real: «Abrirá y no habrá quien cierre, cerrará y no habrá quien abra» (Is 22, 22). Jesús hace eco a esa línea cuando dice: «Todo lo que ates sobre la tierra, quedará atado en los cielos, y todo lo que desates sobre la tierra, quedará desatado en los cielos». Así Jesús esta haciendo a Pedro su mayordomo real, su “número dos”.


Pero “atar” y “desatar” tiene otro significado en los días de Jesús. Los judíos usan la frase para referirse a la autoridad de interpretar la ley religiosa.

La ley religiosa necesita siempre ser interpretada. Dios dijo sobre el Sabbath: «No harás en él trabajo alguno» (Ex 20. 10), pero ¿qué es “trabajo”? ¿Lo es encender el fuego? Los maestros judíos (ras) dicen que sí, así que “atan”, prohíben, encender fuegos en el día del Sabbath. ¿Es “trabajo” caminar media milla”? Los rabíes dicen que no, así que “desatan”, permiten, pequeños desplazamientos en el Sabbath.

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