Kitabı oku: «Del lamento a la revelación»
DEL LAMENTO A LA REVELACIÓN
Un mensaje para la iglesia en tiempos de crisis
John Harold Caicedo

Del lamento a la revelación: Un mensaje para la iglesia en tiempos de crisis
© 2021, John Harold Caicedo
©Primera edición 2021 Portable Publishing Group LLC, 30 N Gould St, Ste R, Sheridan, WY 82801, Estados Unidos de América.
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ISBN: 978-1-953540-39-3
Impreso en México – Printed in Mexico
CONTENIDO
DEL LAMENTO A LA REVELACIÓN Un mensaje para la iglesia en tiempos de crisis
CONTENIDO
Introducción
No puedo respirar (I can’t breath)
Capítulo 1. Escogiendo el papel de víctima.
Capítulo 2. ¿Ansiando volver a la normalidad?
Capítulo 3. No dejes que tu corazón se turbe
Capítulo 4. Una respuesta para tiempos de crisis
Capítulo 5. ¿Preparados para grandes batallas?
Capítulo 6. El lado bueno de las pruebas
Capítulo 7. ¿Aún no entiendes?
Capítulo 8. Tus bendiciones no están en cuarentena
Capítulo 9. Regocijándonos en tiempos difíciles
Capítulo 10: Un mundo hambriento de esperanza.
Capítulo 11. Aunque la higuera no florezca.
Capítulo 12. Perdiéndonos el tiempo de la visitación divina.
Capítulo 13. Llamados para tiempos como estos.
Capítulo 14. Poder, ¿para qué?
Capítulo 15. Mi redentor vive
Capítulo 16. ¿Dónde están esas maravillas que tú hiciste?
Capítulo 17. El poder de la impartición
Capítulo 18. Levántate y resplandece
Capítulo 19. Al único y sabio Dios
Bibliografía
Introducción
Hace algunos años atrás en la ciudad de Chicago una delegación de la policía local se acercó para hablar con un pastor y decirle lo siguiente: “estamos ante una verdadera epidemia de prostitución y tráfico sexual. Por todas partes estamos experimentando esta terrible dificultad, la verdad ya no sabemos qué hacer” y entonces le plantearon el siguiente interrogante: ¿hay algo que la iglesia pueda hacer ante este problema?
¿Hay algo que la iglesia pueda hacer para dar respuesta a este gran desafío?
Las preguntas podrían ampliarse casi de manera indefinida en relación al papel de la iglesia.
¿Hay alguna respuesta de parte de la iglesia para solucionar las cosas terribles que están pasando en este mundo?
¿Hay algo que la iglesia pueda hacer en tiempos como los que estamos viviendo, en medio de una pandemia que ha puesto el mundo de cabeza, en medio de una crisis de fe, de sentido de pertenencia, de desorientación y de angustia?
Estas son preguntas demasiado desafiantes.
Ante la decadencia del mundo, ante las situaciones de sufrimiento y tristeza, ante el dolor de los seres humanos, ante la pérdida de nuestra juventud e incluso ante la situación de los niños abusados y de madres abandonadas y de personas maltratadas, ¿hay algo que la iglesia pueda hacer?
El mundo anda hoy en día a la deriva más que nunca y necesita respuestas reales.
No solamente que se le predique una palabra, sino que se le muestre que todo eso que decimos desde los púlpitos y fuera de ellos es real.
Nuestros tiempos son realmente retadores. Necesitan de cierto tipo de hombres y mujeres que puedan entender el papel que la iglesia tiene que desempeñar, que puedan interpretar estos desafíos, pero a la luz de las palabras de Jesucristo y de su propósito con su iglesia.
En Mateo 16, cuando Jesús está hablando con sus discípulos y preguntándoles “qué dice la gente que soy yo”, al final de esa conversación Él asegura algo fundamental: Yo edificaré Mi iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán sobre ella. (Mateo 16: 18)
Si tenemos una iglesia que Cristo mismo está edificando con Él como fundamento, destinada a vencer las potestades enemigas, entonces tenemos que preguntarnos: ¿habrá algo que una iglesia así, con fundamento sólido en Jesús, con promesa venida directamente de Él, con unción y respaldo del Espíritu Santo, con hombres y mujeres comprometidos, habrá algo que una iglesia así pueda hacer en medio de este mundo caído y desafiante?
Si la iglesia no está impactando al mundo, no es porque Jesús no la respalde o porque El Espíritu Santo no la unja. El problema puede ser que aun los creyentes no hayamos entendido nuestro papel en todo esto.
Nuestros tiempos no están para oraciones superficiales, enseñanzas distorsionadas o lamentos interminables de parte del liderazgo de la Iglesia. Nuestros tiempos exigen más que eso. Exige de hombres y mujeres que aprendan a pararse en la brecha con valentía, que se enfrenten a los retos con sabiduría celestial y con la determinación que caracterizó a aquellos que formaron la iglesia antigua y que dieron testimonio a través de su fe.
Exige de hombres y mujeres que tengan una mentalidad diferente. Que sepan confiar en El Señor y conozcan que las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios (2 Corintios 10:4) y esas armas destruyen fortalezas del enemigo.
También exige de hombres y mujeres que puedan entender el propósito del dolor y el sufrimiento y lo que puede ocasionar finalmente en quienes lo padecen. “Hay muchos ejemplos de resiliencia y fortaleza ante el sufrimiento que terminan forjando caracteres de gran calidad.”
A la iglesia de Jesucristo, el Rey de reyes, no le sienta bien el papel quejumbroso que imagina enemigos por todas partes y se siente siempre perseguida. Si de verdad entendemos que la Iglesia ha recibido el encargo de transformar el mundo, eso implica necesariamente que debe tener un liderazgo que comprende su papel y se levanta por encima de las circunstancias para proclamar la grandeza del Señor que la respalda.
Hoy más que nunca anhelamos que Dios responda a la oración de Pablo en el libro de Efesios: “Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él.” (Efesios 1:17)
La iglesia tiene que poner límites a las tinieblas y dar testimonio de vidas transformadas, entregadas, consagradas completamente, en genuina búsqueda del Señor, en un genuino discernimiento de su voluntad.
Pero esto exige un discernimiento adecuado de lo que Dios está haciendo en cada momento de la historia y una respuesta acorde con Su voluntad soberana.
Ni siquiera los discípulos pudieron entender cabalmente el propósito de Jesús en su venida a la tierra.
¿Señor, restaurarás el reino a Israel en este tiempo? (Hechos 1:6) ¿Fue a eso que viniste desde los cielos?
Los discípulos inquietos observaban que Jesús estaba a punto de partir de nuevo hacia los cielos y consideraban que la obra no estaba terminada si Israel no quedaba reinando sobre la tierra como representante exclusivo del Único Dios verdadero.
Sin embargo la respuesta de Jesús dejó en claro que sus propósitos en relación a la Iglesia y al Reino iban mucho más allá que colocar a Israel en el centro mismo del poder terrenal.
Jesucristo llevó a cabo el proceso de redención de la humanidad con su ministerio. Pero la historia no terminó allí, sino que El nombró a su iglesia para que continuara con la expansión del reino anunciado y le compartiera a todas las generaciones venideras el mensaje de salvación, las buenas nuevas que llevan a la vida eterna.
¿Sería un camino fácil? ¿Sería una tarea sencilla?
Indudablemente no. La tarea de expansión del reino encontró obstáculos desde el principio y así será hasta el final.
Cuando el Señor Jesucristo vino a la tierra les dijo a los discípulos: en este mundo tendréis aflicción.
Es decir, estamos viviendo en un mundo en el que todos los días vemos cosas que afligen el corazón humano. Muchas personas llegan llorando a las iglesias los domingos. Muchos otros ni siquiera entran en ellas porque creen que ya no hay esperanzas. Las personas buscan soluciones por todas partes para mitigar un poco ese dolor y entre más buscan, más frustración encuentran.
Pero Dios ha escogido a su iglesia para que traiga algo que el mundo no puede dar.
La iglesia no solamente representa el vehículo transmisor de un mensaje celestial, sino también a través de su accionar cotidiano da credibilidad a ese mensaje proclamado. La iglesia tiene voz en el mundo que la circunda y este privilegio debe ejercerse no solamente como propósito evangelizador, sino como anunciación de la presencia constante de Dios en su caminar diario, en la dirección de sus planes de alcance comunitario y en la transformación efectiva de la vida de quienes son receptores de este mensaje de buenas nuevas.
Cada una de estas tareas se está llevando a cabo de diferentes maneras. Pero cabe hacernos una pregunta importante: ¿Cómo debe responder la iglesia en tiempos de crisis?
¿Habrá algo que la iglesia pueda hacer en estos tiempos en los que estamos viviendo con la pandemia del coronavirus?
Indudablemente tenemos todas las herramientas y el respaldo divino. El problema puede ser la manera como asumamos nuestra responsabilidad cuando se trata de afrontar los tiempos difíciles.
Esta generación va a tener que tomar decisiones muy serias.
¿Qué hacemos ahora? La fe de muchos está flaqueando, el enfriamiento se generalizó, las dudas están invadiendo a las multitudes de aquellos que antes llenaban los templos, los jóvenes se fueron en desbandada huyéndole a la iglesia. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo enfrentamos este reto?
¿A quién le creemos? ¿Cómo debemos responder frente a lo que estamos viendo hoy en día?
Yo creo que aún la iglesia no ha despertado ni se ha dado cuenta que Dios mismo la está probando.
Creo que aún no ha tomado la responsabilidad de asumir sus errores para dar paso a un verdadero despertar de las conciencias adormecidas o cauterizadas.
A lo largo de nuestra vida hemos escuchado cientos de mensajes sobre la manera de observar y enfrentar las crisis, especialmente desde el ángulo de quienes son dirigidos por El Espíritu Santo.
Se nos ha advertido repetidamente acerca de la potencialidad que generan las pruebas mismas en nuestros procesos de madurez y crecimiento espiritual. Pero pareciera que cuando las crisis dejan de ser tan solo parte de un mensaje dominical y se convierten en una parte de la realidad viva, se nos dificulta enormemente saber cómo responder desde un punto de vista bíblico.
Precisamente esta es quizás la mayor dificultad que confrontamos en este tiempo, la falta de entendimiento acerca de nuestro papel como Iglesia en los tiempos de crisis.
En lugar de representar la esperanza, de pronto nos hemos puesto como víctimas de lo que está sucediendo, dejando de lado el criterio que Cristo mismo nos enseñó acerca de ser la luz para un mundo de oscuridad.
La autocompasión jamás es una buena consejera. El papel de víctima no concuerda con los propósitos que Dios puso entre los suyos.
Cuando los discípulos luchaban en medio de la noche con una terrible tormenta que amenazaba con enviarlos al fondo del mar de Galilea, Jesús dormía tranquilamente en una parte de la barca. Estos discípulos asustados le reclamaron al Señor por su aparente indiferencia en medio de sus terribles dificultades, pero Jesús no respondió levantándose para consolarlos, todo lo contrario. Él se levantó para señalarles su poca fe que representaba el mayor impedimento para saber cómo afrontar lo que estaba sucediendo en medio de semejante situación.
Ninguna circunstancia por terrible que parezca debería tomarnos por sorpresa a cada uno de nosotros como parte de la iglesia. De hecho Jesús mismo anunció guerras entre naciones, pestes, hambres y terremotos en distintos lugares. Sin embargo a esto lo llamó: principio de dolores.
Si esto es solo el principio, ¿cómo será cuando las cosas se pongan peores? ¿Cuáles serán nuestros mecanismos de defensa?
Con el contenido de este libro quiero llevarte por diferentes momentos bíblicos que reafirman mi tesis acerca de que la iglesia jamás debe colocarse como víctima de ninguna circunstancia, pues precisamente para cada uno de los acontecimientos que suceden en el mundo hemos sido preparados por el Señor, afrontándolos de una manera tal que pueda reflejar la realidad del reino anunciado por Jesucristo.
Considero que es hora de que tomemos con responsabilidad el llamado a ser protagonistas activos de las realidades cotidianas, trayendo siempre un mensaje de soporte, de ayuda, de luz en medio de tanta oscuridad. Fue para eso que fuimos formados y Jesús mismo nos encomendó el ministerio de la reconciliación, como si Dios rogara a través de nosotros (2 Corintios 5:18). Es tiempo de colocarnos en el lugar que nos corresponde. Es tiempo de anunciar con determinación que Cristo es el Mesías y que tiene el poder para transformar el mundo, empezando por nosotros mismos. Es hora de asumir la responsabilidad que tenemos como hijos de Dios.
¿Habrá algo que la iglesia pueda hacer en este tiempo?
No puedo respirar (I can’t breath)
En un viaje que hice recientemente a la ciudad de Nueva York tuve la oportunidad de visitar la imponente estatua de la Libertad, la figura de una impresionante dama. Por más de 100 años esta dama que permanece con la mano levantada muy en alto, portando una antorcha y simbolizando la libertad, ha sido la atracción de millones y millones de visitantes locales y de todas partes del mundo, por su figura y por lo que simboliza ella misma.
Inscrito en el pedestal puede leerse un breve y conmovedor párrafo de Emma Lazarus, que dice así: “Dame tus cansados, tus pobres, tus masas oprimidas que a porfía aspiran respirar el aire de la libertad; los miserables, los desamparados, los abofeteados por la tormenta de la esclavitud. Yo alzo mi antorcha junto a la puerta de oro...”
Sin embargo, cuando viajé a Israel pude entender de una manera más cercana que aún mucho más alto que el monumento a la libertad, se encuentra otro monumento colocado sobre el pedestal de la historia, que sigue simbolizado y ofreciendo libertad espiritual a todos los cautivos y oprimidos por el pecado. Es la cruz del Gólgota, del Calvario, en la cual fue colgado, sin misericordia, nuestro Señor Jesucristo hace casi 2000 años. Sobre ella está el Hijo de Dios que muere vicariamente sustituyéndonos a nosotros, con el propósito de traernos libertad de la culpa y pena por nuestros pecados y de darnos la salvación y la vida eterna.
Jesucristo no murió por una raza en particular, un color de piel o un pueblo único.
Los principios sobre los cuales erigimos nuestra vida deberían ser nuestra realidad cotidiana.
La libertad ha sido ganada en el Gólgota y es reconocida como principio de vida en la constitución de los Estados Unidos.
Sin embargo esos enunciados son frecuentemente ignorados por quienes asumen posiciones de poder y autoridad y hacen uso de ellos erróneamente.
Los George Floyd siguen desapareciendo mientras algunos indignados se pronuncian, pero al pasar la efervescencia de las protestas, se vuelve a la misma situación hasta que eventualmente otro Floyd sea maltratado por odio o rechazo racial.
Mientras unos mueren en los hospitales por falta de aire debido al Covid 19, otros mueren por que alguien les impide usar el mismo aire que todos debemos respirar.
No podemos respirar sigue siendo la frase más usada en este tiempo.
El mundo se queda sin aire. La pandemia cierra los pulmones y las rodillas sobre hombres indefensos y desarmados terminan por extinguir la última bocanada que un ser humano necesitaba respirar.
Hemos olvidado respirar el aire de la libertad.
Olvidamos respirar el aire de los valores cristianos.
Olvidamos respirar el aire del amor, de la solidaridad, de la gracia, de la misericordia, para ahogarnos en medio del egoísmo, del orgullo, la indiferencia y la indolencia.
Algo se rompió desde hace mucho tiempo en este mundo. Algo se rompió en las familias de las víctimas que lloran desconsoladas por la pérdida de sus seres queridos. Algo se rompió en este mundo desbordado de maldad, con psicópatas armados, con criminales que se pasean cerca de las escuelas de los niños, con violadores que acechan a sus víctimas desde la seguridad de sus automóviles, o con hermanos que se matan entre sí por ambiciones personales.
Algo se rompió en este mundo donde la iglesia de Jesucristo no ama, no perdona, no anhela el arrepentimiento, sino que se ha contagiado del mundo y transita sus días en medio de discusiones y problemas internos mientras afuera de ella el mundo camina enceguecido hacia la condenación eterna.
Algo se rompió en la mente de esta generación ansiosa de placer, de entretenimiento, de satisfacción de deseos, pero carente de compromiso, de responsabilidad y de coherencia. Mentes para las cuales los ideales y valores se han perdido, la extrema sensibilidad domina sobre la fe, lo virtuoso se ha mezclado con lo vulgar, la moral es un valor relativo, la verdad ha muerto, Dios es solo uno más entre la multitud de alternativas, la intelectualidad carece de importancia, la identidad se ha extraviado entre los vericuetos de la libertad mal entendida y el pluralismo campea dominante en la conciencia colectiva. Hombres y mujeres que han construido ídolos de papel ante los cuales se inclinan a diario, mientras desvirtúan lo sagrado y anteponen los intereses personales al bien común.
Seres humanos que hacen culto al cuerpo en medio del florecimiento de un narcisismo extremo y para quienes la cultura dejó de tener un alto concepto que convalidaba la identidad de los pueblos, para convertirse en un simple esbozo de manifestaciones superfluas que no admite desafíos ni identifica un entorno particular en medio de un mundo globalizado.
El aire que respiramos está viciado de maldad, de brutalidad y odio. No queremos respirar ese aire.
Mientras un hombre con su cara contra el piso clama para poder respirar y miles en los hospitales tienen que ser conectados a máquinas para sobrevivir, otros desprecian la vida ajena sin importarles el futuro de los demás.
Cada vida importa. Cada bocanada de aire es importante.
Las vidas no son ni blancas ni negras. Las vidas son sagradas sin importar el color de la piel.
¿De qué color es la piel de Dios?
No importa. Si Él nos creó a su imagen, todos nos parecemos a Él, por lo tanto es esa imagen la que nos da dignidad y respeto.
Cuando comprendamos esto, podremos entender la obra que Dios está haciendo en cada uno, porque cada vida importa.
Si no lo entendemos nunca, seguiremos exclamando una y otra vez esta lastimosa frase: No puedo respirar, no puedo respirar. Pero puede ser demasiado tarde.
Capítulo 1.
Escogiendo el papel de víctima.
“…Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿Por qué nos ha sobrevenido todo esto?” (Jueces 6:13a)
Son casi las 10 de la noche. Estoy en mi cama y por tres días llevo esperando el resultado de la prueba que me realicé para determinar si tengo el covid-19, un virus que apareció de repente en un año en el cual nadie parecía preparado para enfrentar la crisis que trajo este inusual acompañante al empezar la segunda década del siglo XXI.
Finalmente me llega el mensaje esperado: “Hola, John, esta es una notificación automática acerca de su reciente examen del covid-19 de esta compañía. Siga el enlace que está abajo y mire sus resultados.”
Desde hace unos días me he venido sintiendo con mucho dolor en el cuerpo y congestión nasal, por lo tanto creo saber los resultados. Mi esposa, que se enfermó primero, ha perdido el olfato y el gusto, por lo tanto estamos solo esperando corroborar lo que tanto tememos: estamos contagiados del virus que ha contaminado a millones de personas alrededor del mundo, ha paralizado economías, ha hecho perder empleos a millares, ha cerrado negocios, acabado espectáculos públicos, ha cerrado las escuelas, los conciertos, los teatros, los cines, los lugares de espectáculos, los conciertos, ha hecho cancelar miles de vuelos, ha creado terribles problemas en los gobiernos, ha cerrado las iglesias; en pocas palabras, ha puesto al mundo de cabeza trayendo consecuencias terribles a todo nivel.
Efectivamente el resultado es el esperado: somos positivos. La verdad, por estos tiempos es negativo ser positivo, y es muy positivo ser negativo. (Espero me comprendan. No son efectos del virus.)
En realidad esta noticia es ahora muy común en casi todos los lugares del mundo, y aún más en California, Estados Unidos, donde vivimos.
En el momento en que escribo este libro, los hospitales prácticamente están colapsados, a muchas personas las están regresando a sus hogares sin posibilidad de atenderlas, las estadísticas hablan de millones de contagiados y de personas que fallecen a diario, los servicios de salud no dan abasto para atender a tantos enfermos que llegan necesitados de atención urgente y es difícil establecer prioridades en cuanto a la atención a los pacientes o a resolver llamadas de emergencia que copan los servicios de atención inmediata. Estamos en tiempos demasiado complicados para la humanidad entera.
¿Estábamos preparados para algo así? ¿Hay alguien que tenga respuestas para tantos interrogantes? ¿Habrá algo que la Iglesia pueda hacer en estos tiempos? ¿Cuál debe ser esa respuesta?
Soy pastor de una iglesia hispana en la ciudad de Fontana, California, una ciudad ubicada aproximadamente a 60 millas al este de Los Ángeles. Con una población de 218. 573 habitantes, de acuerdo a la página oficial de la ciudad, constituyéndose en la 18ª ciudad más grande del Estado y la 102 en todos los Estados Unidos. Tiene un gran crecimiento, especialmente de población hispana que llega aproximadamente a un 40% del total.
Con mi trabajo pastoral he enfrentado grandes retos en este año, de la misma manera que cada pastor, ya sea hispano o de cualquier otra raza. De hecho, estamos en un momento en el cual nos enfrentamos continuamente a dilemas éticos en cuanto a cómo responder frente a la situación que vivimos, con el agravante de que, hagas lo que hagas, siempre perderás, pues no podrás darles gusto a todas las personas.
Si te sigues reuniendo te acusan de irresponsable; si por el contrario le dices a las personas que vean solo los servicios online te dicen que eres un cobarde. Si le dices a la gente que no use un tapabocas, eres un desconsiderado que desobedece las normas del gobierno; pero si les dices que lo usen entonces la pregunta es dónde está tu fe como cristiano, y peor aún como pastor.
Si visitas a los hermanos, no tienes conciencia del peligro que está pasando y los pones en riesgo, pero si no los visitas entonces es porque no tienes amor por ellos.
Si encargas a otros para comunicarse con los hermanos, no es suficiente porque todos quieren saber qué tan cuidadoso es el pastor con sus ovejas, pero si los llamas entonces deberías ocuparte más bien en preparar tus sermones que en estar usando tanto el teléfono.
Si te quedas en casa sin salir es porque estás asustado, pero si decides salir por unos días con los tuyos a descansar un poco, entonces eres un irresponsable porque deberías estar el frente de la iglesia afrontando la realidad de lo que está sucediendo.
En fin, este es un tiempo en el cual los dilemas surgen por todas partes mientras las congregaciones se ven disminuidas y las ovejas se dispersan escuchando a predicadores de cualquier otro lugar (y quizás dejando para otra ocasión escuchar el mensaje de su propia congregación)
Después de unos meses de haber empezado esta pandemia se hizo una encuesta en el medio cristiano para determinar el comportamiento de los creyentes en épocas de crisis por parte de la organización Barna.
Este estudio de Barna, realizado entre Abril y Mayo del 2020, determinó que la tercera parte de la población cristiana en los Estados Unidos no volvió a atender ningún servicio religioso durante el tiempo de la pandemia, ya sea en persona u online.
Es decir uno de cada tres cristianos se apartó completamente de la práctica de su fe.
Solo un 19 % de los creyentes han estado atendiendo semanalmente el mensaje de su congregación y un 73% dice que tan solo ha atendido un servicio religioso al menos una vez al mes.
El 14 % se ha cambiado de iglesia persiguiendo a algunos predicadores conocidos.
El 50% de los jóvenes, la mitad de nuestra juventud cristiana se apartó de la iglesia también.
Estas estadísticas nos muestran algunas cosas que deberían preocuparnos realmente como creyentes.
Primero que todo, hay una gran incertidumbre en cuanto a lo que le espera a la iglesia cuando todo se normalice. Aun puede faltar mucho tiempo para eso, pero no será ninguna sorpresa que muchas iglesias hayan llegado casi al punto de desaparecer, mientras otras encontrarán en sus bancas a un gran número de personas que no eran parte de esa congregación antes de la pandemia.
Pero lo otro es aún más preocupante.
Es tener que reconocer que nuestro cristianismo, al analizar la forma de comportarnos frente a las crisis, al parecer podía tener mucho de ancho, pero poco de profundo.
La predicación de un evangelio diluido, acomodado al gusto, de prosperidad, de vidas egoístas, de búsqueda de bendiciones particulares, de ambiciones, de declaraciones de fe a través de las cuales el ser humano pasó a ocupar la preeminencia, ha ocasionado que cuando el creyente se tiene que enfrentar a crisis y dificultades, no parece tener respuestas apropiadas.
Un evangelio que no transforma sino que complace, que acomoda al nuevo creyente en un estilo de vida que no le exige ninguna transformación sino más bien intenta satisfacerle todos sus gustos, es solo una parte que explica lo que está sucediendo hoy en día en el mundo cristiano.
Hace algunos años atrás se hizo otra encuesta en los Estados Unidos acerca de lo que la gente común consideraba que es lo más importante, lo más relevante del cristianismo.
La respuesta fue realmente desesperanzadora, pues para un gran segmento de la población norteamericana el cristianismo es importante únicamente para llevar a cabo bodas y funerales.
Esa es la visión de la gente del común acerca del cristianismo, ¡somos útiles para hacer bodas y funerales, pero nada más!
¿Y la transformación de los seres humanos a través de la palabra?
¿Y el poder del Espíritu Santo desplegado para cambiar comunidades enteras?
¿Y el compromiso y el testimonio del verdadero cristiano que es luz donde quiera que vaya?
¿Y el crecimiento en la palabra de Dios de niños, jóvenes y adultos?
Nada de eso es relevante, el mundo nos sigue viendo como buenos para hacer bodas y funerales.
El problema es que Cristo no derramó su sangre preciosa simplemente para que su pueblo solo haga bodas y funerales. No, nada de eso. La sangre de Cristo se derramó en una cruz para que el pueblo que invoca su nombre sea libre de iniquidad; para que se levanten hombres y mujeres limpios con esa sangre y hagan una diferencia en este mundo; para que resplandezca la luz de Cristo a través de aquellos que le siguen y proclaman su nombre.
Sí, es demasiado preciosa la sangre de Jesucristo para que solo nos sirva para hacer bodas y funerales.
El Evangelio que prevalece hoy en día raramente es en realidad un Evangelio.
Es una versión distorsionada que da gusto y divierte al que la escucha, pero no produce un llamado al arrepentimiento, a un cambio genuino, y tampoco prepara a nadie para afrontar momentos de crisis prolongados. Un evangelio que seduce por lo que ofrece, pero que no desafía por lo que exige. Un evangelio de derechos sin deberes, de premios sin exigencias, de traspaso de unciones pero sin consagración.
¿Cómo vamos a ser transformados por un evangelio así?
¿Qué podemos esperar entonces de las nuevas generaciones de cristianos que aun tendrán que enfrentar desafíos mayores?
Ciertamente se levanta ahora el gran reto de compartir un evangelio puro, un evangelio bíblico, un evangelio que ciertamente transforme, un evangelio que se transmita desde los cielos mismos y llegue, no solo a los oídos sino al corazón mismo de los creyentes.
Debemos tener el mismo convencimiento que tenía Pablo: El evangelio tiene poder para transformar al ser humano.
Desafortunadamente el evangelio hoy en día desplaza a Dios del centro y coloca al hombre en el trono de sus propios gustos mientras se satisface semana a semana en un reino terrenal despreciando las exigencias del reino celestial.
La predicación de un evangelio puro y sin contaminación debe producir en el ser humano un anhelo por un cambio profundo de vida, pues supone la transición real de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz.
Si esto es así, la perspectiva con la cual miramos el mundo debe ser completamente diferente, porque ahora asumimos las características del reino de los cielos.
¿Será eso cierto para el cristianismo nominal de nuestros días?
¿Estamos preparados para enfrentar cualquier reto que se nos ponga por delante con los argumentos que tenemos?
¿Cómo nos estamos comportando ante un desafío tan grande como el que estamos viviendo con esta pandemia?
Aquí está el gravísimo problema.
En muchas reuniones de pastores o a través de las redes sociales y los medios de comunicación he estado escuchando repetidamente a líderes cristianos que han asumido lo que yo considero como una posición incorrecta. No es mi propósito criticar al gremio pastoral, del cual soy parte, sino más bien de elaborar una posición que disienta sin necesidad de ofender a quien tiene un criterio diferente.
Sus quejas constantes son contra el gobierno, contra las instituciones, contra las normas de protección, contra el uso de mascarillas, contra las órdenes de no congregarse.
La posición que se esgrime es que lo que estamos viviendo es en realidad un ataque premeditado y calculado contra la institución religiosa y eso no es posible soportarlo. Es un ataque contra la predicación de la palabra y por ende es un ataque directo a Cristo Jesús y la difusión del evangelio.
¿Será verdad que lo que está sucediendo es algo concertado para destruir o atacar al cristianismo?
¿Será que nuestra posición como pastores, miembros de comunidades de fe, fieles asistentes a las congregaciones, etc., debería ser la de colocarnos en el papel de víctima que es tan conveniente?
¿Será que hay mentes perversas dedicadas a crear virus para que el pueblo de Dios no pueda congregarse y escuchar el mensaje de la palabra de Dios?
Como siempre habrá quienes así piensen y otros que dirán exactamente lo contrario. Las teorías de conspiración abundan por todas partes.
Pero me parece conveniente examinar un poco más en profundidad este asunto para llegar a mejores conclusiones.
Como primera medida la pandemia actual tuvo su origen, hasta donde se sabe, en la localidad de Wuhan en China. Luego empezó a expandirse por el mundo entero de manera imposible de detener y ha afectado al comercio internacional, la industria, los gobiernos, las aerolíneas, los espectáculos públicos, la industria del cine, la televisión, los deportes, etc.
Si esto es así entonces ¿Por qué deberíamos quejarnos de que el virus tiene una intención antirreligiosa dedicada a impedir la libertad para adorar a Dios?
¿Por qué deberíamos asumir una posición en la cual creemos que las decisiones de los gobiernos, destinadas a intentar controlar la pandemia y a reducir los índices de contagio y de mortalidad, son específicamente dirigidas al libre acceso a la práctica religiosa?
Si bien es cierto que algunos gobiernos han permitido la apertura de otro tipo de actividades, como los bares nocturnos, las cantinas, los restaurantes, etc., eso no significa necesariamente que toda esta actividad es en contra de la iglesia, pues de igual manera están cerrados los cinemas, los estadios, los centros comunales para la realización de actividades sociales de toda índole, los gimnasios y en general cualquier lugar donde se reúnan personas en espacios cerrados por un periodo prolongado, que aumente considerablemente las posibilidades de contagio. De hecho, se ha instado repetidamente a la población en general a evitar las reuniones y comidas familiares durante el tiempo de las celebraciones navideñas, precisamente por las mismas razones de protección que se están implementando.
Como segunda medida deberíamos examinar lo que significa el amor al prójimo. Como pastor entiendo perfectamente la necesidad que tenemos los creyentes de reunirnos para la adoración. Es el tiempo de enriquecimiento personal y comunitario en cuanto a nuestra vida espiritual.
Pero considero también que amar al prójimo es cuidarlo, es impedir de todas las maneras posibles la exposición al riesgo, es preservar la integridad personal de las personas más vulnerables, en fin, es hacer todo lo que esté al alcance para que nuestros hermanos y los que no lo son, sean debidamente cuidados y protegidos contra los peligros que implican situaciones como la de la pandemia que estamos sufriendo. “El distanciamiento social no es una expresión de egoísmo, sino de un amor al prójimo que busca proteger a los demás.”
Pero la parte en la cual quiero hacer un mayor énfasis tiene que ver con la victimización que estamos asumiendo y los peligros que esto conlleva.
En mi trabajo como consejero, he tenido la oportunidad de tratar con muchas personas que presentan una gran cantidad de problemas emocionales que se les hace difícil superar, mientras intentan desesperadamente a través de la fortaleza espiritual que van tomando, salir de estas situaciones que las aquejan.
En muchas personas a las que he entrevistado he visto un patrón similar de victimización, posición asumida de manera inconsciente como producto de experiencias pasadas que las llevan a asumir la vulnerabilidad como un mecanismo de protección adquirido.
Es decir, la victimización es la tendencia de alguien que ha sufrido experiencias traumáticas, a asumir siempre la posición de indefensión, debilidad o fragilidad y que termina por convertir esto en una patología constante en su comportamiento, una forma de asumir la vida desde la perspectiva de alguien a quien la vida solo le reservó su parte más difícil de agresión, violencia o intimidación.
Esta forma de vida representa un gran peligro, pues la tendencia natural para quien vive de esa manera es siempre culpar a alguien de cualquier desgracia, dificultad o un simple error.
Alguien ha sido el culpable y él o ella es únicamente la víctima en toda esta situación.
Desde el mismo momento de la caída del ser humano en Génesis 3, se empezó a observar este modelo de comportamiento, que a medida que pasan los tiempos se acentúa, ya sea por simple conveniencia o por evasión de responsabilidades.
Cuando Dios confrontó a Adán acerca del pecado que acababan de cometer, la reacción inmediata de Adán fue culpar a alguien. “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” (Génesis 3: 12)
En aquel instante, Adán, incapaz de asumir la responsabilidad de sus actos, encontró de manera fácil a alguien en quien descargar sus culpas, mientras él se lavaba las manos. (Y no era Poncio Pilatos.)
Ahora el turno le correspondió a Eva. Dios la confrontó de la misma manera y ella respondió de una forma similar a Adán, pero ahora descargando sus culpas en la serpiente. El relato de Génesis 3: 13 dice lo siguiente: “Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó y comí.”
La misma dinámica se hace evidente con la mujer. Ella no quiso asumir su responsabilidad. Más bien su mecanismo de defensa fue el mismo de Adán, señalar a alguien más para sentirse descargada del problema.
Esto no es únicamente la inmadurez que supone la negación de una responsabilidad, como lo haría cualquier niño pequeño, sino más bien, la ubicación como víctimas de “otro” que los motivó a hacer algo que ellos no querían.
¿Cuál fue el mecanismo de presión que se usó para “obligarlos” a esto?
Sin duda no fue la violencia física ni emocional, pero sí la persuasión con la cual se despertó una ambición demasiado grande en Adán y Eva para ser como Dios. El problema es que esto no quitó la responsabilidad de los hombros de Adán y Eva, pues tuvieron que afrontar las consecuencias de sus actos y de paso llevaron consigo a la humanidad entera en estas mismas consecuencias.
La serpiente no tuvo a alguien más en quien descargar su culpabilidad, por lo tanto ese ciclo no se prolongó más en aquella dinámica experimentada en el paraíso.
La humanidad está constantemente intentando culpar a alguien de sus desgracias, de sus problemas, de sus dificultades, de sus errores. ¿Y quién asume la culpa? ¿Quién afronta debidamente la responsabilidad de los actos que se cometen?
Cuando Jesús ideó a su iglesia en la tierra, no la imaginó como una prolongación del mundo que la rodeaba, sino precisamente supuso la conformación de un organismo glorioso que lo representara adecuadamente en medio de un mundo pagano y hostil.
A pesar de que no es explicita la declaración de responsabilidades de la iglesia en relación a la sociedad en el Nuevo Testamento, su contenido lleva implícito el germen de la ética cristiana que necesariamente produce efectos en las relaciones sociales y en las decisiones frente a temas fundamentales.
De hecho, la Biblia no se conforma de una serie de regulaciones, normas o instrucciones, sino que la enseñanza de Jesús contiene la naturaleza de la fe cristiana que elabora, sobre valores y principios muy definidos, las normas de convivencia entre los seres humanos. La teología se esfuerza por elaborar una doctrina de la fe cristiana que emerja de sus propios pronunciamientos, pero que trascienda y se aplique en la cultura vigente.
Lo que cautivó a los primeros cristianos no fueron las promesas de bendición del evangelio o el pensar que al abrir su corazón a este mensaje transformador todos sus problemas quedarían solucionados completamente. Lo que en realidad los cautivó fue la persona quien expresó el mensaje: fue sin duda Jesucristo de Nazaret.
El Reino de Dios, en contra de lo que piensan muchos cristianos, no significa algo puramente espiritual o no perteneciente a este mundo, sino que es la totalidad de este mundo material, espiritual y humano que ha sido introducido ya en el orden de Dios. Jesucristo es la manifestación perfecta de la creación divina, por quien todo fue hecho. En Él se encuentra colocada la obra redentora universal y es por eso que al fin de cuentas es Él quien representa la esperanza real de la humanidad. Es el Señor de la iglesia, pero también de la sociedad en general. Así mismo es Señor de la historia de principio a fin. Ejerce su soberanía y desarrolla sus propósitos a través de la Iglesia en la proclamación del mensaje salvífico.
Cuando entendemos estos principios nos encontramos entonces frente a una responsabilidad que no puede ser evadida. La iglesia no es la “victima” de la sociedad, todo lo contrario, está destinada a ser sal y luz en este mundo. ¡Está destinada a transformarla!
Los discípulos nunca pidieron lugares para esconderse, sino más denuedo para seguir ejerciendo la difusión del mensaje del evangelio en circunstancias difíciles. Su lenguaje no era de quejas ni lamentos. Por el contrario, experimentaban de continuo el privilegio de haber sido llamados precisamente para tiempos como esos, con un imperio romano que los perseguía y religiosos judíos que intentaban acabar con ellos.
Nunca vemos a Pablo quejándose porque alguien le negaba predicar en una sinagoga. Si le cerraban un templo se dirigía a una casa, a una plaza pública, a un lugar cualquiera y desde allí continuaba predicando.
Y por supuesto, el mejor ejemplo que tenemos es de Nuestro Señor Jesucristo, quien sufrió no por sus pecados sino por los nuestros y pagó no por sus rebeliones sino por las nuestras. “Dios no se ha mantenido alejado del dolor y el sufrimiento humano, sino que Él mismo lo experimentó.”
La iglesia en tiempos de pandemia puede tener templos cerrados, pero eso no implica que las bocas de los fieles estén amordazadas. En lugar de quejarnos porque no nos dejan congregar, deberíamos salir a los parques y lugares abiertos sin necesidad de arriesgar a nadie, y seguir adelante con el llamado que tenemos.
Mientras peleamos con el gobierno porque los templos están cerrados, estamos perdiendo la oportunidad de ser una iglesia relevante en tiempos de crisis, pues la incomodidad de los parques, sin aire acondicionado, sin sillas cómodas, sin calefacción, etc., produce otro tipo de creyentes que no buscan solo la comodidad, sino que tienen una verdadera sed de la palabra de Dios y si es necesario escucharla a la sombra de un árbol o bajo un sol canicular, igualmente lo harán con gozo porque su motivación principal se está cumpliendo.
Si lo pensamos bien, estamos ante una gran oportunidad que Dios mismo nos ha dado para evaluar nuestras congregaciones, observar el comportamiento de aquellos que bajo condiciones ideales parecen ser grandes siervos, pero que cuando llega la incomodidad, la inclemencia del tiempo, las dificultades, simplemente desaparecen y se escabullen culpando al gobierno por el estado de la iglesia.
Es curioso intentar buscar la culpabilidad rio arriba, cuando la corriente está arrastrando la inmadurez, la inconsistencia, la falta de compromiso, la falta de pertenencia, la falta de lealtad, etc., de muchos que quizás por décadas se habrían considerado como cristianos fuertes, pero que como el azúcar, empiezan a derretirse ante los primeros rayos del sol inclemente.
Mientras seguimos elevando nuestras voces de protesta frente al gobierno, estamos cobijando bajo nuestras propias formas de acción a un montón de creyentes consentidos, que no están buscando el reino de los cielos, sino que se esfuerzan por tener su propio reino de tranquilidad, donde nadie los molesta ni les quita su aparente paz interior.
Y aparte de todo esto, muchos creyentes afirman que creer en el coronavirus y sus efectos es simplemente ser personas sin fe que no representamos adecuadamente a Dios en este mundo. Es por eso que se declaran en rebeldía y no siguen ninguno de los protocolos o se enojan con los que tratan de seguirlos. “Seguir las recomendaciones de los médicos no demuestra incredulidad. Dios puede protegernos y sanarnos, pero espera que seamos sabios y que usemos todos los recursos que nos ha dado, incluyendo la medicina.”
¿Está hablando Dios en este tiempo?
Por supuesto, y quizás lo está haciendo más fuerte que en otros tiempos, pero hemos cerrado nuestros oídos a su voz, para escucharnos a nosotros mismos. Y resulta que lo que sale de nosotros son solo quejas y lamentos y nos estamos perdiendo una de las oportunidades más gloriosas que tenemos frente a nosotros. “Ten cuidado con los que afirman que Dios no tiene nada que decir a través de esta pandemia, particularmente a las sociedades occidentales que le han dado la espalda y lo consideran totalmente irrelevante para sus culturas.”
Este es en realidad un gran tiempo, este es el tiempo para alcanzar la madurez que como iglesia debemos procurar y el Señor desea que tengamos. No perdamos algo así. La iglesia no es la victima de estas circunstancias, por el contrario. Hemos sido llamados a brillar en tiempos de oscuridad, a traer vida en tiempos de muerte, a traer esperanza en tiempos de desespero.
A propósito, al terminar estas letras ya me hice otro examen del coronavirus y salió negativo.
Eso me convierte oficialmente en un sobreviviente de la pandemia.
¿Podrá la iglesia decir lo mismo?
Capítulo 2.
¿Ansiando volver a la normalidad?
“Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que no son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mateo 20:25-28)
En los tiempos que estamos viviendo hoy por hoy, hay una frase muy común que se escucha entre la gente: “Quiero volver a la normalidad.”
El anhelo por tener una vida “normal” ha penetrado profundamente entre la gente de hoy en día, afectados por las dificultades que implican las restricciones impuestas por las autoridades locales.
Si analizamos todo esto desde el punto de vista natural, volver a la normalidad puede ser anhelar ir de nuevo a los almacenes, las playas, los conciertos, los restaurantes, el cine, etc.
Pero si queremos pensarlo, desde el punto de vista espiritual, esto puede ser algo completamente diferente.
¿Qué significa hoy en día volver a la normalidad?
¿Qué es lo normal para la humanidad y que debería ser lo normal para el cristiano?
Si tú eres un creyente, no sé qué este pasando por tu mente en estos días, pero si aún no has reflexionado en torno a lo que Dios está haciendo, entonces estás perdiendo quizás uno de los mejores tiempos que Dios te ha regalado, precisamente para que medites en tu vida espiritual.
¿Anhelamos volver a lo que éramos antes, o estaremos en un proceso de cambio real alcanzando los propósitos que Dios siempre ha querido para nosotros?
Jesucristo en su palabra siempre estableció un contraste entre el mundo y el reino de Dios.
El problema es que la iglesia se adaptó al mundo y ha querido seguir el camino equivocado. En lugar de ser diferentes al mundo queremos ser como el mundo es.
Lo mismo sucedió con el pueblo de Israel en tiempos del profeta Samuel. Aunque Dios los gobernaba ellos prefirieron parecerse a los demás pueblos de la tierra y pidieron un rey como las demás naciones paganas.
Hay un nuevo reino que es diferente a los reinos de este mundo.
Hay un estilo de vida que es completamente diferente a lo que el mundo en general tiene.
El problema puede ser que tú estés haciendo toda clase de esfuerzo para parecerte al mundo, en lugar de estar anhelando parecerte cada día más a Jesús, tu Maestro.
Hoy en día la gente está ansiando volver a la normalidad. ¿Cuál normalidad?
¿La que teníamos antes en la que quizás como iglesia no estábamos teniendo niveles de consagración y santidad como lo exige el reino de los cielos?
¿La normalidad de tomar en nuestras manos las riendas de nuestra vida espiritual dejando a Dios de último en nuestras decisiones?
Si es esto lo que estamos anhelando, simplemente significa que no habremos aprendido nada y que la iglesia pasará por este tiempo sin crecer espiritualmente, sin madurar, sin hacer la voluntad de Dios.
¿Es esa la normalidad que tú anhelas?
Déjame darte hoy algunos ejemplos bíblicos para que comprendamos mejor este tema en particular.
Piensa esto: ¿Cuál era la normalidad de Babilonia?
Idolatría, paganismo, doblar rodillas delante de ídolos humanos, reprogramación de la mente, de la adoración, etc. Eso era lo normal para ellos, pero no para el pueblo de Dios.
Pero los judíos que fueron llevados allí en el tiempo del exilio se acomodaron a esa normalidad y pronto, aquellos que antes habían adorado al Único Dios verdadero, estaban hincados adorando la estatua de Nabucodonosor.
¿Es ese tipo de normalidad la que ansiamos tener?
Solamente un pequeño remanente de hombres fieles, Daniel, Sadrac, Mesac y Abed-nego se negaron a hincarse para adorar aquella estatua y estos últimos tres, fueron llevados al horno de fuego hirviente. Si conoces la historia, estos hombres no murieron allí sino que Dios mismo respaldó a aquellos que se atrevieron a hacer una diferencia. (Daniel 3: 16-30)
Cristo está sacudiendo a su iglesia en estos tiempos de pandemia, pero aún hay muchos que no se han dado cuenta. Siguen viviendo como si Dios estuviera mudo y toda esta pandemia no significara nada.
Aún están pidiendo: Dios, háblanos; Dios, háblanos. Y Él lo está haciendo pero no reconocen su voz en medio de todo lo que el mundo habla.
¿Cuál es la normalidad en el reino?
Jesús dice que lo normal en este mundo es que los reyes se enseñoreen de las naciones, que los poderosos ejerzan dominio, que los adinerados humillen a los pobres, que los fuertes se burlen de los débiles.
Pero el Señor Jesucristo vino a edificar un reino que es completamente diferente.
Un reino en el que cuando se es débil se es fuerte, porque el poder de Dios se perfecciona en la debilidad.
Un reino en el que se humilla será exaltado y el que se exalta será humillado.
Un reino en el que Aquel que vino del cielo y se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, se levanta en victoria y se le da un nombre que es sobre todo nombre y ante el cual algún día toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Él es el Señor por encima de todos los señores, reyes, emperadores, millonarios, potentados, poderosos, opulentos, monarcas, sumos pontífices, eméritos, de todo ser humano en los cielos y en la tierra.
¿Qué significa hoy en día volver a la normalidad?
¿Tener vidas tibias, sin compromiso, sin propósitos, sin desafíos, llenos de temor, dirigidos por un mundo que hace todo, y la iglesia escondida en el último lugar del desván?
¿Es eso lo que estamos anhelando?
En Mateo 20, Jesús acababa de decirles a sus discípulos lo que iba a padecer en Jerusalén.
Les estaba dando el mensaje que iba a cambiar este mundo.
Iba a ser entregado, condenado, escarnecido, azotado, golpeado y llevado a la cruz. Pero Santiago y Juan estaban pensando en la gloria del reino y en sentarse cada uno al lado de Jesús cuando se estableciera este reino.
El mejor lugar, eso querían. Un lugar privilegiado. Un lugar que resaltara. Un lugar sobresaliente.
Los demás discípulos se enojaron. ¿No se les ocurrió antes la idea a ellos? Estos dos se adelantaron.
Jesús los sentó a su lado y les empezó a hablar: “los gobernantes de las naciones se enseñorean de las naciones, y los grandes ejercen sobre ellas potestad.” (Mateo 20:25)
Jesucristo está estableciendo un contraste entre la gente del mundo y la gente del reino de Dios.
Mis amados, en la tierra suceden estas cosas, en un reino que no es de Dios, en medio de los hombres, en una empresa, en el gobierno, etc. Esa es la estructura que gobierna al mundo.
Pero “no así entre vosotros”. Entre ustedes debe suceder totalmente lo contrario. Una actitud totalmente diferente, algo opuesto. El que quiera hacerse grande será vuestro servidor, y el primero será el siervo.
¡La normalidad del mundo no puede ser tu normalidad!
Sin duda la imagen de los gobernantes era negativa y por eso ellos esperaban que el Mesías fuera un gobernante distinto y poderoso que aniquilara a todos los demás en el mundo y por eso no pudieron reconocer el estilo de liderazgo de Jesús.
Él decía: Dense cuenta cómo son estos hombres que se enseñorean y ejercen potestad sobre los pueblos, pero escúchenme bien: entre ustedes no será así.
Ese es uno de los más grandes problemas que tenemos como creyentes, que aún no hemos entendido cómo es el reino que Jesús vino a enseñarnos.
¿Cuál era la normalidad para los fariseos? ¿Porque no podían aguantar a Jesús?
Los fariseos querían colocar a Jesús bajo su propia forma de hacer su religión.
Las quejas contra Jesús siempre estuvieran dirigidas a la forma de establecer su ministerio.
¿Por qué hace milagros en Sábado?, ¿por qué perdona pecados?, ¿por qué come con prostitutas y publicanos?
La iglesia de los fariseos era sectaria, racista y clasista. No permitía el ingreso de aquellos que no les gustaban. ¿Sería eso lo que Dios quería? ¿La normalidad de los fariseos?
Los fariseos no clamaban por más misericordia, por más amor, por más compasión, por más perdón. No. Nada de eso. Tradiciones, reglas, religiosidad. Estatutos de hombres para practicar sus ritos. Oraban como ellos querían. Ofrendaban con gran pompa para ser vistos. Vestían para notarse, anunciaban sus actos públicos con gran ruido, pero sus corazones estaban vacíos, no seguían la voluntad de Dios.
Hay demasiado engaño en el mundo, mentira e hipocresía como para que la iglesia sea una extensión del mundo, manifestando lo mismo.
Hay una gran diferencia entre las cosas hechas a la manera de Dios y las cosas hechas a la manera de los hombres.
Los hombres cuando quieren vencer, matan; Jesús, para vencer, muere.
Para subir en la vida, el ser humano miente, lastima a los demás, pisa sus sentimientos, traiciona y no mide esfuerzos; Jesús, para recibir la gloria, se entrega, renuncia, se humilla, guarda silencio y finalmente perece. ¡Qué diferentes caminos para el mismo fin!
La paz que los hombres buscan es apenas la ausencia de lucha, y cuanto más la buscan más lejos la ven.
La paz que Cristo ofrece es la paz interior que genera esperanza en medio de la persecución, las dificultades y las provocaciones.
Jesús nunca prometió que sus hijos no derramarían lágrimas en esta vida. Lo que prometió fue enjugar las lágrimas de sus hijos.
Cristo quiere una iglesia con discípulos dispuestos a enfrentar con valor los desafíos que se presenten con una entrega genuina. Que sepan entender los tiempos y asuman la posición que les corresponde en respuesta a cada circunstancia.
¿A cuál normalidad quieres tú regresar?
Los fariseos atacaban a Jesús porque sus discípulos no cumplían con todo el ritual externo de purificación.
¿Cómo es esto que no se lavan las manos antes de comer con todo el ritual que tiene que ser?
Pero Jesús los confronta con su realidad.
Uds. se limpian por fuera pero por dentro están llenos de maldad, de envidias y de apariencias.
Uds. dan su dinero pero con grandes demostraciones para ser vistos por los demás, pero ¿dónde están sus corazones? ¿Acaso están amando al extranjero, a la viuda, al desvalido, al inocente? ¿Apariencia de piedad pero corazones que maquinan el mal? Apariencia, apariencia y apariencia.
A esos líderes religiosos de ese tiempo, les dijo que eran sepulcros blanqueados.
Uds. saben lo que significa un sepulcro. Por fuera puede ser blanqueado, puede ser adornado, puede ser incluso decorado con lujo, pero por dentro hiede, huele mal, hay corrupción y putrefacción.
Él les está diciendo: Uds. están muertos espiritualmente. No hay vida en Uds., solo apariencia de vida.
El Señor está buscando nuestros corazones entregados y no una simple apariencia externa.
Dios ha decidido cambiar la normalidad que teníamos y si no reconocemos esos cambios, entonces nos quedaremos estancados en el mismo lugar que estábamos antes y no podremos avanzar.
Dios no quiere rituales espirituales secos y sin vida, no. Quizás esa era la normalidad. Pero Dios quiere corazones entregados a su causa. Oídos abiertos que vibren ante la palabra. Espíritus despiertos que contagien de vida a los demás. Ojos que busquen en las necesidades de los demás para traer consuelo y ayuda. Manos que se abran para trabajar en la obra y pies que recorran los lugares donde la luz de Cristo tiene que brillar.
¿Cuál es la normalidad a la que quieres regresar?
Ya no preguntes más si has sido llamado para evangelizar o compartir con otros el mensaje de salvación. Esto no es solo tarea de pastores o líderes. Esto no es solo tarea de un ministerio específico. Todos sin excepción, todos los que disfrutan de la salvación eterna, todos los redimidos, todo el pueblo de Dios, recorriendo calles y lugares públicos, testificando del amor de Dios. Todos contándole al mundo que hay un Dios que nos ha librado de condenación y que también es poderoso para rescatar del hoyo la vida de quienes a Él se acercan.
Pablo diría: «Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios» (Hechos 20:24).
¿Te das cuenta? Dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios. Nada es más precioso que esto.
Pablo no se estaba contemplando a sí mismo. Él contemplaba la maravillosa gracia que había caído sobre su vida. ¿Lo estás haciendo tú también?
Los de la iglesia antigua no cesaban de predicar y enseñar porque era su tiempo. No podían parar, hubieran dejado pasar su momento.
Si nosotros no hacemos la obra del Señor ahora, en este momento, entonces vamos a dejar pasar nuestro momento y alguien más lo hará, porque la obra de Dios no se va a detener.
Por eso la frase clave de este mensaje es: entre vosotros no será así.
El mundo corre tras el dinero, la fama y el poder, pero entre vosotros no será así.
El mundo busca satisfacerse con más, más posesiones, más carros, más casas, más dinero en el banco, más ropa en mi closet, más y más, pero entre vosotros no será así.
El mundo vive de manera egoísta, individualista, pensando solo en el bien propio, pensando solo en la satisfacción de sí mismos, pero entre vosotros no será así.
El mundo se deleita en el pecado, vive en medio de la injusticia y la mentira, está lleno de vicios y de malos hábitos, pero entre vosotros no será así.
Nuestra normalidad no puede ser nunca como la normalidad del mundo que nos rodea. Dios prepara lo mejor de sus ejércitos para sus batallas más exigentes y es en medio del fragor de los grandes desafíos donde se conocen los verdaderos soldados que saben cómo ir al frente cuando la batalla se hace más cruenta.
¿Cómo quieres vivir? ¿Como el mundo vive o como los hijos de Dios debemos vivir?
Debemos inundar este mundo literalmente con el poder de Nuestro Señor manifestado en su palabra.
¿Cuál es la normalidad para el mundo y cuál es la normalidad para el cristiano?
Si tu normalidad era no dar frutos, llegó tu tiempo para fructificar.
Si tu normalidad era una vida sin servicio, entonces tendrás que pensarlo muy bien cuando vuelvas a escuchar al Señor, porque Él mismo te va a mostrar lo inútil de una vida así.
Si tu normalidad era Egipto, tu nueva normalidad será la tierra prometida.
¿Te estás preparando para eso?
Si te habías acostumbrado al desierto, llegó la hora de que cruces el rio Jordán.
La temporada ha cambiado, ya no es tiempo de sequía, ahora es tiempo de fructificación. ¿Estás preparado?
Para muchos esta temporada es de incertidumbre, pero para el cristiano, ningún tiempo es desperdiciado.
El desierto no fue en vano, Dios estaba formando un pueblo con identidad de tierra prometida.
Incluso en el desierto las bendiciones nunca cesaron. El maná cayó, el agua salió de la roca, la nube los cubrió y la columna de fuego los calentó. Los milagros no cesaron en el desierto porque la obra de Dios no se detiene en tiempos de dificultad.
La incertidumbre ronda por la mente de muchos hoy en día, pero debemos saber cómo enfrentar cada duda en nuestra vida.
Tú no tienes que saber todas las cosas, no sufras por ello. Solo Dios lo sabe. Pero sí tienes que saber lo que estás haciendo en este tiempo y la clase de persona en la que te estás convirtiendo.
¡Libérate de tu necesidad de saber, enfócate en tu necesidad de cambiar!
En un momento de la historia, en los días del profeta Samuel, la gran nación de Israel, el pueblo escogido de Dios, se cansó de su normalidad viviendo bajo los designios divinos y pidieron ser como los demás pueblos de la Tierra.
Tenían todas las prerrogativas de ser el pueblo guiado directamente por la mano de Dios y lo habían visto en la manera como ganaban batallas, como Dios les hablaba enviándoles profetas, en su prosperidad y el amparo que siempre tenían bajo la protección de Dios. Pero se cansaron de eso. Lo tomaron como algo natural.
Pensaron algo como esto: Dios siempre tiene que estar con nosotros porque somos su pueblo escogido, entonces ahora podemos vivir como los demás pueblos paganos y tener nuestro propio rey, y aun así, Dios tiene que seguir dándonos su bendición.
Por ese tipo de pensamiento es que en ocasiones Dios tiene que sacudir a su pueblo.
Samuel se entristece por lo que el pueblo está pidiendo, pero Dios le dice: no te preocupes, Samuel, no te desechan a ti, me están desechando directamente a mí. (1 Samuel 8:7)
Su Dios, su Señor, su cuidador, su sanador, el Dios omnipotente es ahora rechazado por un pueblo al que le gustó parecerse a los demás.
La iglesia de hoy en día se parece más al mundo que lo que debería ser la iglesia. Queremos vivir más como lo hacen los inconversos que como lo debe hacer un pueblo consagrado y santo.
Anhelamos tener lo que el mundo tiene y perseguimos con ahínco lo que el mundo persigue.
¿Es esa la normalidad a la que quieres regresar?
No, yo no quiero volver a esa clase de normalidad. Hay grandes desafíos por delante, pero si de algo estoy seguro es que yo no quiero volver a la normalidad de una iglesia llevada por la corriente del mundo que no desafíe los poderes del maligno. No. Mi Señor Jesucristo no derramó su sangre por una iglesia así. Él vino para cambiar este mundo para siempre y su iglesia tiene que ser digna de llevar su nombre.
¿Somos o no somos el pueblo de Dios?
¿Solo lo somos cuando cantamos esa canción o en cada acto de nuestras vidas?
Dios te ama tanto que te ha permitido vivir en este tiempo, pero para que seas transformado.
El virus te va a caer bien, porque no será un virus destructivo como el del coronavirus, sino que será un virus constructivo que hará que replantees tu vida y te conviertas en aquel o aquella que Dios tenía en mente cuando te envió a este mundo.
¡Alguien se está contagiando de ese bendito virus!
En lugar de acercarnos a Dios nos hemos alejado paulatinamente de Él.
Aunque Él ganó para nosotros el acceso al lugar santísimo, aún seguimos parados en el atrio pensando si debemos entrar o no.
En lugar de un temor reverente, lo cambiamos por un pavor a su presencia, porque sentimos que puede ser fuego consumidor si llega a nuestras vidas y se da cuenta de nuestra tibieza espiritual.
Y es por eso que seguimos confundidos porque Dios sigue estando tan distante.
Por eso es que hoy en día seguimos viviendo en cadenas aunque ya Cristo nos hizo libres.
Seguimos viviendo en frustración cuando Jesús nos enseñó a vivir en gozo.
Experimentamos terribles soledades, a pesar de que Dios nos dijo que nunca nos dejaría, nunca nos desampararía.
Seguimos en cautividad, a pesar de que Jesús ya llevó cautiva la cautividad.
¿Es esa la normalidad a la que quieres volver?
¿Y si Dios está usando este tiempo precisamente para quitar de ti todo lo que ha evitado que te parezcas a Él? ¿Aun así quisieras volver atrás?
La multitud de gente que caminaba en el desierto estaba yendo hacia el lugar prometido por Dios, pero querían volver a la normalidad de Egipto.
Se acordaron de los ajos y las cebollas que comían allá. Perdieron la perspectiva. En lugar de seguir mirando hacia lo que Dios estaba haciendo, se quejaban por lo que aun ellos no podían mirar, entonces pensaron que era mejor volver a la normalidad de la esclavitud.
¿Es eso de verdad lo que estás ansiando?
¿Te pareces al pueblo de Israel, queriendo volver a la esclavitud en lugar de reafirmar tus pasos que conducen a una tierra que fluye leche y miel?
Los que tienen destino de tierra prometida, no pueden jamás seguir añorando la normalidad de Egipto, jamás.
Pero tienes que tener fe para saber con certeza que lo que viene es mucho mejor que lo que estás dejando atrás.
Yo no quiero una normalidad de gente apática e indiferente.
Yo no quiero una normalidad de jóvenes que no están viviendo una experiencia espiritual.
Yo no quiero una normalidad de familias quebradas, disfuncionales, divorcios por montones, miles de abortos diarios, droga que se consume a mares, violencia y crímenes, vicios que están destruyendo a nuestra juventud, no, yo no quiero esa normalidad.
Nos habíamos acostumbrado a todo eso y ya no veíamos cristianos orando e intercediendo ante el trono de la gloria y rescatando gente de esas condiciones.
No te acostumbres a esas realidades. No te acostumbres a esa normalidad, porque hay algo mejor esperando por ti. El reino de los cielos que vino a enseñar Jesucristo no es como los reinos de la tierra.
La tierra prometida no se parece en nada al Egipto espiritual.
La leche y la miel son mejores que los ajos y las cebollas de la esclavitud.
Los frutos gigantes son mejores que los azotes y el sometimiento.
Pero hay que vencer gigantes y derribar muros. Es cierto.
Hay que sobrepasar epidemias y derribar temores.
Hay que levantarse con valentía y poner la mirada en el futuro con Dios y entonces sabremos que todo esto valió la pena, que el desierto no fue el final, que llegaremos a esa tierra que Dios nos ofrece y no seremos los mismos que éramos antes.
Y déjame hacerte una advertencia. Dios tuvo que matar a toda la primera generación de israelitas que no creyeron que lo que venía era mejor y tuvo que levantar otra generación de gente de fe.
Y Dios lo puede hacer otra vez. Él puede acabar con una generación temerosa e indolente y solo los Josues y Calebs seguirán adelante y entrarán a aquel lugar.
¿Quieres volver a la normalidad?
¿O te estás preparando para entrar en la nueva tierra, en el lugar prometido, en el futuro de Dios, en el mejor tiempo de tu vida?
Y así como el mundo estará cegado a la realidad de las bendiciones eternas, entre ustedes no será así, porque ustedes verán la gloria del Señor por su fe. Recibirán poder cuando venga sobre ustedes el Espíritu Santo, y serán testigos de Cristo hasta lo último de la tierra.
El mundo no podrá ver las maravillas que están destinadas únicamente para los hijos de Dios.
El mundo no podrá ver las revelaciones espirituales que surgen desde los cielos, pero Dios ha preparado grandes cosas para los que le siguen.
El mundo no podrá entender las cosas espirituales y no podrá aceptar este precioso evangelio, pero nosotros no nos avergonzamos de esta palabra porque es poder de Dios para salvación y nosotros caminamos hacia la salvación eterna por el poder de la sangre de Cristo que nos ha limpiado de todo pecado.
¿Aun quieres volver a la normalidad?
Capítulo 3.
No dejes que tu corazón se turbe
“No se turbe vuestro corazón, creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay, si así fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis. Y sabéis a donde voy, y sabéis el camino. Le dijo Tomas: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿Cómo podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14: 1-6)
El ser humano por naturaleza ha tenido una marcada tendencia a mirar hacia atrás para lamentarse o culpar al pasado por lo que le está sucediendo en el presente o simplemente para usar ese pasado como un mecanismo que le haga creer que aquello que vivió fue mejor.
Por el contrario, Dios nos quiere siempre llevar hacia el futuro, aprovechando lo que hemos vivido, pero como experiencias enriquecedoras que nos sirvan para seguir construyendo algo mejor para el mañana.
Por ejemplo, el pueblo de Israel caminaba hacia la tierra prometida, pero su mirada estaba en los ajos y las cebollas de Egipto.
Los discípulos miraban hacia atrás al reinado de David para pedir que se restaurara el reino a Israel en ese tiempo, pero Jesús miraba hacia adelante diciéndoles: “recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo y me seréis testigos.” Es decir, proyéctense hacia lo que ha de venir.
El Nuevo Testamento siempre apunta hacia lo nuevo.
Nuevo nacimiento, nuevo pacto, nuevas criaturas, nuevo y único sacrificio en Jesucristo, un nuevo corazón, un espíritu renovado, un nuevo camino, una nueva esperanza, un nuevo comienzo, odres nuevos, vino nuevo, vestido nuevo, por lo tanto se necesita de hombres y mujeres renovados, para que tengan la capacidad de recibir todo lo nuevo que Dios ha preparado para los que le aman.
Los cielos se han abierto otra vez.
Las redes se tienen que echar de nuevo pero en el nombre de Jesús.
Hay un nuevo poder manifestado en la plenitud de la venida del Espíritu Santo.
La palabra de Dios siempre es nueva, viva, eficaz, poderosa y eterna.
Hay un nuevo Pedro que predica en pentecostés y cinco mil vienen a los pies de Jesucristo.
Para Pablo el que está en Cristo definitivamente es una nueva criatura, las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas.
Hay un vestido nuevo para los que están en Cristo.
Al final de los tiempos habrá cielos nuevos y tierra nueva para el deleite de las nuevas criaturas.
La Biblia no es un montón de historias separadas. En realidad la Biblia es un relato extraordinario de la obra de Dios en el mundo que tiene que ver con la creación, la caída y la redención.
Si tú logras ver el cuadro completo, podrás comprender que cada relato, cada historia, cada parábola, cada mensaje tiene que ver con esta gran historia. Una historia en la que nosotros somos protagonistas directos.
Y todo está conectado y de esa forma podemos llegar a comprender que Dios siempre ha obrado y seguirá obrando en esta historia que tiene un final feliz para los creyentes.
En el pasaje de Juan 14:1-6, Jesús está con sus discípulos en uno de esos momentos clave, cuando les está hablando aquellas palabras que quedarían para siempre como un legado en sus corazones.
En menos de 24 horas Él iba a ser arrestado y llevado a juicio en sus últimos momentos de vida.
Iba a ser torturado, azotado, golpeado, injuriado y clavado en una cruz. Y sus discípulos empiezan a entristecerse. Están quizás atónitos sin saber cómo responder a las palabras de Jesús quien está a punto de dejarlos.
Podría ser una sorpresa para los discípulos que quizás esperaban otra cosa, pero no era una sorpresa para los cielos.
Recuerden, Él había venido con una misión, y este anuncio no era más que el cumplimiento de la misión de Jesús hasta el final.
Jesús vino desde los cielos para buscar y salvar lo que se había perdido.
La tarea era muy clara y de no ser por el cumplimiento de esa misión, nosotros los creyentes en Jesús, seriamos los más dignos de lástima en el mundo entero. Pero en lugar de eso, somos los más afortunados porque tenemos un Salvador, que vino desde el cielo mismo para deshacer las obras del maligno, para romper con la maldición del pecado, para darnos salvación y vida eterna.
Jesús enseñó pero Él no vino solo a ser un buen maestro.
Jesús predicó pero Él no vino solo para ser un buen predicador.
Jesús sanó pero Él no vino desde los cielos solo para ser un buen sanador.
Jesús hizo montones de milagros, pero Él no vino desde los cielos solo para que lo conocieran por esos milagros.
Él es el Único Salvador de este mundo, Él es el Único camino al Padre, Él es el Mesías esperado y no hay ninguna otra esperanza que Jesucristo El Dios de dioses y Rey de reyes.
Los discípulos podrían estar temerosos ante la perspectiva de quedarse sin Jesús. Pero Él les estaba enseñando algo mucho más grande que quizás no comprendían aún.
Recuerden que Jesús no vino para quedarse físicamente para siempre. Es necesario mirar el cuadro completo.
En algunos otros pasajes de la Escritura, cuando vemos a Jesús anunciándoles a sus discípulos su muerte, vemos que ellos no ponen mucha atención a eso. De hecho hay pasajes en los que ellos están pensando quien será el mayor, quien se sentará a su izquierda y a su derecha, o el mismo Pedro le dice que no es necesario que vaya a la cruz.
Probablemente podían pensar: hemos visto tu gran poder, te hemos visto hasta levantar muertos de su tumba, ¿quién va a poder matarte, Jesús?
Pero en Juan 14 Jesús nota que el corazón de sus discípulos empieza a sentir esa ausencia, y entonces los consuela diciéndoles: no dejen que su corazón se turbe, crean en Dios, crean también en mí.
¡No dejes que tu corazón se turbe!
Cree en el Padre, cree en el Hijo y tendrás descanso en tu corazón. Buenas nuevas. Evangelio puro.
No es tanto creer en ti mismo. Es creer en el Padre y creer en el Hijo Jesucristo.
Jesús desde el principio ha querido decirle a la humanidad que Él no vino a solucionarles todos los problemas del mundo. De hecho, Él afirmó que vivimos en un mundo de aflicción. Es ese el mundo en el que nos tocó vivir.
Pero lo que sí está diciéndonos Jesús es que, aunque estemos rodeados de problemas, no permitamos que esos problemas aniden en nuestro corazón. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.
Por eso es que necesitamos tan urgentemente la palabra de Dios, porque ella nos da seguridad y confianza para no permitir que los problemas que nos rodean aniden en nuestro interior.
Desde el mismo momento en que permitas que los problemas del mundo afecten tu corazón, así mismo pueden afectar tu fe.
Un barco se hunde cuando el agua que lo rodea penetra en él. Si esto no sucede, el barco navegará sobre esas mismas aguas sin tener contratiempos.
Ante la multitud de noticias negativas que hemos escuchado durante este tiempo, pareciera que podemos anegarnos en ese mar infestado de dolor, de angustia, de llanto y de un aroma de muerte y desolación indescriptible. Pero cuando acudimos a la Biblia siempre encontramos en ella una palabra que cambia la perspectiva del dolor y lo convierte en fortaleza para seguir superando obstáculos.
Seguir a Jesús significa también comprender sus palabras y vivirlas en todo momento.
En medio de un mundo de aflicción, encontramos a Aquel que lo ha vencido.
En medio de un mundo de temor, escuchamos de parte de Jesús el llamado a no dejarnos vencer por ese sentimiento.
En medio de un mundo de ansiedad, recibimos de parte de Jesús la paz que trajo desde los mismos cielos.
El contraste es evidente. Para cada dificultad siempre hay una palabra que trae consuelo, seguridad y fortaleza.
Es por eso que la iglesia es la que tiene que tomar el mando en este tiempo para traer esperanza a un mundo desesperado. Somos los líderes de la Iglesia quienes tenemos ahora la palabra para cambiar las circunstancias, de la misma manera que lo hizo Jesús cuando vino a un mundo de esclavitud, de injusticias y de desamor. Y fue Él mismo quien derribó una a una esas barreras y nos enseñó la manera adecuada de enfrentar cada momento con valentía y seguridad. “El hecho es que tendemos a ver el mal en los demás pero no en nosotros mismos.”
Hace un tiempo recibí la llamada de una mujer. Me dijo esto: he orado tanto por mi mamá, pero no se ha sanado, creo que he perdido mi fe.
¿Te das cuenta? Si los problemas nos abruman y no podemos ver el cuadro completo, esto puede afectar nuestra fe.
¿Recuerdan cuando Jesús le dijo a Pedro que el enemigo le pidió permiso para zarandearlos como a trigo? (Lucas 22:31) La oración de Jesús no fue para que el enemigo no les hiciera daño, o que se arrepintiera de zarandearlos. La oración de Jesús fue para que su fe no faltara. Esa fue la oración de Jesús en el momento de la crisis.
Por estos días muchos se están sintiendo zarandeados por los problemas de la vida, y es por esto también que la fe está faltando en muchos que han decidido separarse del camino que traían en Jesús. La fe está tambaleando en muchos que aun creían que estaban firmes.
Hay una multitud de creyentes de lugares cómodos, de tiempos buenos, de sillas acolchonadas, calefacción y buen entretenimiento. Pero esos mismos “creyentes” corren cuando las condiciones cambian y ya no están dispuestos a reunirse en las esquinas, debajo de los árboles o en lugares de incomodidad. Su fe es solo una fe de buenos tiempos.
¿Qué mensaje recibirán ellos si seguimos con la retórica de ser las víctimas de esta situación?
¿Cómo responderán si somos los lideres mismos quienes nos sentimos perseguidos, odiados y reprimidos?
Con seguridad tendremos detrás de nosotros a muchos que harán eco de nuestras palabras pero no podrán madurar para enfrentar más tiempos difíciles como los que se avecinan.
Y Jesús no le está dando una sugerencia a sus discípulos acerca de no abrumarse, sino más bien un mandato para tener firmeza en tiempos de dificultad.
Las circunstancias pueden ser agobiantes, pero la compañía de Jesús garantiza algo que precisamente el mundo no puede comprender y es el tener paz aun en medio de la tormenta.
Las opciones para el creyente están dadas. Tú puedes ser como la generación que salió de Egipto. Vieron la mano poderosa de Dios. Los libró del enemigo, abrió el mar para ellos, los alimentó con maná, los guió en su travesía, pero se olvidaron de Él.
O puedes ser como Josué y su casa que entraron, poseyeron la tierra prometida y se juraron siempre servirle a El Señor.
La primera generación recibió todo de Dios, pero avergonzó al Señor, la segunda generación poseyó las promesas de Dios.
¿De cuál quieres ser tú? ¿Qué es lo que motiva tu vida cristiana?
¿En realidad deseas seguir según los pasos de Jesús?
Y no podríamos entender nada de esto, a menos que comprendamos que no fuimos hechos solo para este mundo, sino para la eternidad.
Jesús, tú me estás diciendo que no deje que mi corazón se turbe, cuando mi matrimonio está en problemas, cuando mis hijos son rebeldes, cuando me acecha la ansiedad, la depresión, la angustia, cuando el mundo confronta el coronavirus, etc. ¿Y tú me dices que no deje que mi corazón se turbe?
Claro que todo eso nos dañaría, a menos que sepamos con certeza que ahora en Cristo, hemos sido diseñados para vivir eternamente. Ese es el evangelio.
Escucha lo que dice Jesús allí mismo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay.”
Y Él agrega algo realmente poderoso y si tú lo crees, entonces muchas de tus preocupaciones se van a ir porque tomarás la certeza de esta afirmación que salió de la boca de Jesús, escucha bien esto:
Es cierto que me voy, ¿pero saben a qué me voy?
Voy pues a preparar lugar para vosotros, ¿escuchaste eso? Lo quiero repetir: voy pues a preparar morada para vosotros en la mansión celestial.
¡Y vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, (alguien tiene que escuchar esto hoy, alguien que ha perdido un ser querido recientemente, alguien a quien le han diagnosticado una enfermedad grave, alguien que solo ve problemas a su alrededor) para que donde yo estoy, vosotros, estén también conmigo en esa eternidad!
Hay una habitación en los cielos y en su puerta dice: reservado para Rosa, Pepe, Carlos, etc., para los hijos de Dios.
¿Y saben cómo llama Jesús a ese lugar? La casa de mi Padre.
Qué manera maravillosa de llamar al cielo, la casa de mi Padre.
No es solo un lugar paradisiaco, no es solo un lugar de paz y gozo eterno, no es solo un lugar de felicidad eterna, también es la casa de mi Padre. El cielo al cual vamos a llegar es también la casa de mi Padre y eso nos atrae, sin duda.
Hay ocasiones en las que se llama la ciudad del Dios vivo, el Reino de los cielos, el paraíso, etc., pero también es un lugar para una familia, la familia de Dios, el lugar al cual Jesús denomina la casa de mi Padre.
En este mundo nos reunimos como familia y allá lo haremos también, pero con una familia aún mucho más grande formada por todos los hijos que han llegado a la casa de su Padre. ¿Qué te parece?
¿Eres tú un/a hijo/a de Dios? Si es así, te espera la casa de tu Padre, tienes el mejor de los destinos.
El problema es que los judíos pensaban que ese lugar era solo para ellos, para su pueblo.
Pero Dios dice: no, tengo una familia aún mucho más grande y la estoy formando con gente como tú, de todo pueblo, lengua, raza o nación. El evangelio extendido y predicado a las naciones.
Así que escucha bien esto para que nunca lo olvides: ¿Estás preparado/a?
Jesús dice: en la casa de mi Padre hay muchas moradas, pero hay una sola puerta, un solo acceso.
Y Yo soy esa puerta, ese camino, ese acceso, ¡nadie va al Padre si no es a través de mí!
Pero escuchen en detalle la conversación, porque Jesús dice: voy a preparar lugar para vosotros en la casa de mi Padre donde hay muchas moradas y ustedes conocen el camino.
Pero Tomás se levanta en medio de los demás y dice: No, no sabemos adónde vas, ¿Cómo podemos saber el camino?
Entonces Jesús la da la respuesta en tres formas. Tres formas para una pregunta.
Antes de dar esa respuesta, pensemos esto por un momento.
Jesús está hablando de la casa del Padre, del camino para llegar a ella.
¿Y cuándo fue que se perdió ese camino? ¿Cuándo se perdió esa casa?
¿Cuándo fue que se hizo necesario que se estructurara un camino para ir por él hacia la salvación?
En Génesis 1 Dios creó todo perfectamente y nuestros primeros padres habitaban en el paraíso o en la casa del Padre, de una manera libre y gozosa.
Pero llegamos al fatídico capítulo 3 de Génesis y allí viene la caída.
El Señor creó al hombre y la mujer en su punto culminante de perfección. Varón y hembra los creó a su imagen y semejanza y los puso para que fructificaran en esta tierra. Había una particularidad en ellos: Estaban totalmente satisfechos como eran. Vivian felices en el paraíso.
Al finalizar el capítulo 2 hay algo interesante que la Biblia nos dice: Que estaban desnudos y no se avergonzaban. No había complejos, no había malicia, no existían ese tipo de cosas que hoy en día abundan por todas partes. Había inocencia. Un estado de pureza que el ser humano tenía.
Y es interesante que el Señor no dice que no tenían temor, que no tenían enojo, que no tenían gozo o cualquier otro sentimiento humano. Lo que Dios resalta de manera particular entre todas las emociones humanas es que no sentían vergüenza. Que el ser humano no fue creado originalmente para experimentar esa vergüenza.
Ellos vivían tranquilos en el paraíso y no sentían ninguna vergüenza. Pero aparece el enemigo para poner sobre ellos este tipo de mal.
¿Y por qué sucedió eso? ¿Por qué el enemigo se empeña en hacernos experimentar esta condición?
La vergüenza se define como un sentimiento humillante y deshonroso que viene por haber cometido alguna falta o por haber sido víctima de alguna cosa terrible. Es una turbación del ánimo que hace a las personas sonrojarse y sentirse mal con los demás.
Y el origen de todo esto está precisamente en Génesis 3 pero hasta el día de hoy sigue igual.
La forma como el enemigo opera es precisamente ocasionando cosas por las cuales las personas terminen sufriendo vergüenza de sus actos, o por los actos ajenos. De hecho, esta cultura ha sido denominada la cultura de la vergüenza por periódicos norteamericanos.
Y todo esto tiene atados a muchos en esta generación. Atrapados por la vergüenza, el descontento con sus vidas, la falta de propósito y de dirección.
Si los oídos solo están preparados para escuchar a Dios, lo demás deberían resultar sonidos extraños.
Pero Adán y Eva estando en el paraíso se dieron el permiso de escuchar a quien no deberían y eso trajo consecuencias terribles para la humanidad por siempre.
¿Te gustaría ser como Dios? Le insinuó el enemigo a Eva. Aún te falta algo, no estás completa, tienes que alcanzar un mejor logro que lo que tienes hasta ahora.
Y Eva sintió que algo estaba fallando, que tenía que tener otro logro mejor, que aun podía seguir ascendiendo por la escala de valores y ser como Dios sabiendo el bien y el mal.
Piensa en esto: cuando Dios creó la humanidad usó el poder de su palabra. Él decía y todo se hacía. Pero el enemigo también usa ese poder para destrucción. El habló a Eva, usó las palabras pero de manera contraria a la manera como Dios las había usado.
Unas palabras se habían pronunciado para crear, las otras se usaron para destruir.
Parece que la táctica sigue siendo la misma hoy en día.
El Señor les da una advertencia a Adán y Eva cuando ellos están viviendo plácidamente en el paraíso: no toquen ese fruto, porque si lo hacen morirán. Seguramente ellos no sabían lo que esto significaba. En un ambiente de vida no encaja la muerte.
En un ambiente de belleza no encaja el dolor.
Pero la advertencia está hecha. No lo hagan, no toquen de ese fruto. Vendrán consecuencias.
Sin embargo el enemigo siempre habla diciendo lo opuesto: No morirán; por el contrario, sabe Dios que el día que coman este fruto serán como Él, sabiendo el bien y el mal. Anti creación. Rebeldía.
¿Demasiada tentación?
El enemigo no cambia su táctica.
¿Acaso alguien ha visto el estado de este mundo? ¿Acaso no hemos visto las consecuencias de la rebeldía y la desobediencia? ¿No nos hemos dado cuenta de que estamos en ambientes de muerte, de desolación y tristeza?
No te preocupes, eso no va a afectar tu familia, eso no va a dañar tu salud, eso no va a afectar tu economía, susurra constantemente el enemigo al oído humano.
Por eso tiene a este mundo sumido en la vergüenza. Hombres y mujeres que van por el mundo cargando un peso demasiado grande para llevarlo todos los días.
Serás como Dios, dijo el enemigo. Allí está la fuente de todo esto. La idolatría. Nos idolatramos demasiado. Queremos ser como Dios, queremos elevarnos por encima de todo para proclamar nuestra propia independencia de Dios y de su palabra.
El evangelio tiene que llevarnos a la verdad para podernos transformar.
Sin embargo escuchamos a diario frases como estas: No me digas cómo vivir. Yo sé muy bien lo que hago. A mí me gustan las cosas de esta manera. Así soy y así me quedaré. Que nadie se meta en mi vida. Yo tomo mis propias decisiones.
¿Has oído eso con frecuencia? ¿Lo has dicho tú también?
Todo se trata de mí. Todo se trata de mi propia satisfacción, de mi propia realización. Lo que yo sienta, lo que yo opine, lo que finalmente yo decida.
Es que Dios no quiere que sean como Él, les dice el enemigo.
El paraíso estaba preparado para que fuera disfrutado por Adán y Eva y su descendencia. Todo estuvo preparado perfectamente. De hecho, Dios primero creó todo para dárselo al hombre para su deleite.
La desobediencia causó que la humanidad fuera echada de la casa del Padre.
¡Alguien tiene que restaurar esto!
¿Lo podrá hacer el ser humano con toda su carga de malicia y egoísmo?
¿Lo podrán hacer los gobiernos con todos sus recursos?
No, nadie lo puede hacer.
Solo hay uno que puede restaurar el camino de regreso a la casa del Padre y se llama Jesucristo.
Hay buenas nuevas de salvación, hay un evangelio puro que apunta solo hacia Jesucristo, hay promesas del Señor que se hacen realidad en quienes las escuchan y las reciben.
Y Dios, sabiendo que ellos habían caído en desobediencia, no llegó con su carga de ira sobre ellos y con llamaradas de fuego para consumirlos, no.
Él llegó para hacerles tres preguntas.
La primera pregunta fue: ¿Dónde estás tú?
Dios entra en aquel jardín para buscar a los suyos. ¿Por qué se esconden?
El Creador buscando a sus criaturas. El que sopló aliento de vida sobre ellos, buscándolos en el Edén. Pero ¿Dónde están? ¿Adónde se han ido?
Dios lo sabe todo, pero en ese momento no era la ubicación física lo que Dios quería conocer, sino la ubicación espiritual que el ser humano tendría a partir de ese terrible acto de desobediencia.
Adán, hiciste algo que te desconectó de mi Espíritu, ¿dónde estás? Si te has desconectado de mi Espíritu, ¿en dónde estás ahora?
La humanidad ha estado perdida desde entonces, porque no saben dónde están. Se perdió el camino hacia el cielo, se perdió la senda que conduce a la puerta de la salvación, se perdió la relación perfecta que se tenía con el Dios vivo. ¿Dónde estás tú?
Adán dice: Oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.
Oí tu voz en el huerto y tuve miedo. ¿Miedo? ¿Tienes tú miedo de escuchar esa voz?
¿Cuándo miras tu vida y tus decisiones tienes temor que Dios hoy te confronte?
¿De dónde salió este sentimiento?
¿Tienes temor de escuchar la voz del Señor cuando te llama?
Ellos no conocían lo que era el miedo, pero ahora sus ojos fueron abiertos para entender estas cosas.
Desde aquel momento la gente vive en temor, experimenta miedo todos los días.
Sí, tuve miedo, dice Adán, porque estaba desnudo y me escondí.
La desnudez no es solo del cuerpo. ¿Tienes miedo de desnudar tu alma hoy delante del Señor? ¿Tienes temor de mostrarte tal como eres?
A lo mejor el mundo te ha juzgado tan severamente que piensas que Dios hará lo mismo contigo hoy.
¿Podrías hoy conversar con Dios sin tener miedo y vergüenza?
Estaba desnudo y me escondí, tuve miedo, dijo Adán.
El enemigo se salió con la suya. Los llevó al pecado y los abandonó a su suerte. Los llenó de vergüenza, los apabulló y luego quedaron expuestos delante de Dios pero con miedo y buscando esconderse.
Por eso hoy vemos a muchos que a pesar de llamarse cristianos se siguen escondiendo. A muchos que siguen sufriendo sin creerle a las palabras de Dios. Vemos a una iglesia que se esconde, que evade su responsabilidad, que culpa a los demás de su propia ineficiencia, que le tiene temor a las batallas, que desconfía de todo el mundo, que se siente perseguida por las autoridades, que transmite inseguridad cuando debería levantarse con valentía.
Así que Dios le pregunta de nuevo a Adán: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo?
Adán siempre había estado desnudo, pero ahora conoció algo que lo avergonzó. ¿Por qué? ¿Por qué ahora se avergüenza de algo que antes fue natural en él?
Adán, ¿quién te dijo? ¿Quién te dijo que estabas desnudo?
Hoy en día hay millones de seres humanos buscando que alguien los quiera, que alguien le tire una migaja de compasión o de amor, porque están llenos de vergüenza con ellos mismos y con los demás.
La verdad es que esta sociedad ha tratado de borrar la historia de Génesis desde el principio.
Te enseñan que muchos siglos atrás, cuando no existía nada, de repente hubo una gran explosión y allí apareció tu primer antepasado, un insecto, que luego mutó y luego otra vez y otra vez, hasta que apareciste tú y aquí estamos.
Así que básicamente lo que se nos está diciendo a nuestras generaciones es que venimos de la nada, vivimos sin ningún propósito y no vamos para ninguna parte. Anti evangelio.
Y si estamos recibiendo todos los días esta información, no nos asombremos de que la gente hoy viva pensando que no son nada, que la vida no tiene propósito y que no van para ninguna parte.
Somos solo víctimas de las circunstancias, de la evolución, del cambio climático, de la ambición de los gobiernos o cualquier otra cosa a que se le pueda culpar.
Pero la Biblia dice algo completamente diferente. No dice que venimos de la nada, dice que venimos de la mano creativa y poderosa de Dios, creados a su imagen, que estamos llenos de propósitos eternos y tenemos todo el potencial para llegar a hacer las cosas que Dios quiere que hagamos.
La misma voz que escuchó Eva sigue rondando por las iglesias, por los hogares, trayendo destrucción, trayendo esclavitud, trayendo división, trayendo muerte. Los mismos efectos que causó aquel pecado se siguen viendo en este tiempo y muchos aún siguen aferrados a la serpiente que les susurra a sus oídos que no sirven para nada, que son una piltrafa humana, que más valía que no hubieran nacido, que no hay perdón para sus pecados.
Mentiras del enemigo. No hay pecado que no pueda ser perdonado, no hay dolor que no pueda ser sanado, no hay cadena que no pueda ser rota, no hay un corazón que no pueda ser restaurado y para eso vino Cristo a este mundo para darnos no solo la vida eterna, sino el amor que viene del cielo, la gracia que nos libera, la paz que sobrepasa todo entendimiento, la luz para que ya no andemos en oscuridad y en tinieblas.
El problema es que desde ese entonces la gente se anda escondiendo. Se esconden detrás de su trabajo, detrás de la imagen que ponen en Instagram o en Facebook, detrás de su apariencia de fortaleza, detrás de su aparente confianza en sí mismos, porque no quieren que los conozcan como en realidad son. Hoy en día todo se maquilla, las fotos tienen Photoshop, las imágenes que se comparten semejan solo alegría cuando muchos en realidad están vacíos por dentro, porque aún no conocen el camino de liberación y de salvación.
Pero, ¿quién te dijo eso? ¿Quién te dijo que estabas acabado? ¿Quién te dijo que eres feo? ¿Quién te dijo que eres menos que los demás? ¿Quién te dijo que no eres inteligente? ¿Quién te dijo que no eres capaz? ¿Quién te dijo que eres un inútil?
¡La única mentira que puede afectarte es aquella que tú recibes como si fuera verdad!
La tercera pregunta que Dios le hizo a Adán fue: ¿has comido del árbol que yo te mandé que no comieses?
Las consecuencias de esta acción las vivimos a diario en este mundo lleno de maldad e injusticia.
Frente a la libertad que Dios les dio, ellos escogieron tomar la decisión equivocada y esto dio origen a una humanidad que no sabe cómo manejar esa libertad y finalmente se destruye por sus malas decisiones.
Una sola acción de desobediencia causó que este mundo viva en medio del caos, de crímenes, de guerras, de odios entre hermanos, de racismo, de luchas de poderes, de rebeldía, de toda clase de cosas malas. Por causa de la desobediencia vino la muerte.
Antes de cometer cualquier pecado, tu corazón ya ha recibido algo equivocado.
Antes de que Adán y Eva comieran de ese árbol prohibido, la mentira ya había entrado en ellos a partir de las palabras del enemigo encarnado en una serpiente.
No van a morir, les dijo el enemigo. Dios sabe que si comen de ese árbol, serán como Dios, sabiendo el bien y el mal.
Cuando la mentira entró en el corazón de ellos, el pecado fue solamente la consecuencia.
El enemigo les está diciendo directamente: ustedes no pueden creer en lo que Dios les está diciendo, les está mintiendo. Créanme a mí.
Esto es impactante porque ellos le creyeron a la serpiente.
Siglos más tarde vino desde los cielos el Hijo de Dios encarnado y a Él no le creyeron. A lo suyo vino y los suyos no le recibieron.
Le creyeron a un demonio encarnado en una serpiente y no le creyeron a Dios encarnado en un hombre.
¿No es eso lo que sigue sucediendo hoy en día?
¿No es que acaso la humanidad le sigue creyendo más al padre de mentira que al Padre de los cielos?
Las mentiras del enemigo hacen que la gente se crea todo eso, porque sabe que si no le creen al enemigo, le creerán al Dios Altísimo y le adorarán sin cesar, porque Él sí merece toda la adoración y la gloria.
Así que escucha bien, entonces:
La primera pregunta: ¿Dónde estás tú?, tiene que ver con tu estado espiritual.
¿Dónde te encuentras espiritualmente hablando? ¿Aun estás perdido?
La segunda pregunta: ¿quién te dijo?, tiene que ver con las mentiras que recibes.
La tercera pregunta: ¿Comiste del árbol?, tiene que ver con la forma en que has usado tu libertad para hacer lo que no deberías.
Así que estamos perdidos, escuchamos las mentiras y usamos mal la libertad. ¡Alguien tiene que darnos una respuesta para todo esto, alguien tiene que hacerlo!
La respuesta vendría siglos después a través de Jesucristo, Él es la respuesta para cada una de las preguntas que surgieron desde el paraíso.
¿Dónde estás tú, Adán? ¿Estás perdido? Déjame decirte: Yo soy el camino.
¿Quién te dijo? ¿Has escuchado esas mentiras? Déjame decirte: Yo soy la verdad.
¿Comiste de ese árbol? ¿El pecado te ha traído a la muerte? Déjame decirte: Yo soy la vida.
¡Yo soy la respuesta para cada pregunta!
Solo Jesús es la respuesta que necesitamos, solo Él es quien puede llevarnos de muerte a vida.
Solo Él puede llevarnos por el camino de salvación. Solo Él puede darnos vida eterna.
¿Has encontrado la respuesta? ¿Ahora sí sabes quién es Aquel que encarna toda verdad?
Él es el camino, la verdad y la vida y nadie va de regreso a la casa del Padre, si no es a través de Él.
Estábamos completamente perdidos; es más, la Biblia nos dice que estábamos muertos, pero Jesús nos halló, nos tomó de su mano y nos llevó de nuevo al camino que se había perdido desde la caída.
¡Sí hay un camino, y ese camino se llama Jesucristo!
Tú no te puedes encontrar a ti mismo, tú no te puedes salvar a ti mismo, tú no puedes hallar el camino, a no ser que el mismo camino te encuentre a ti.
Y yo que pensé que teníamos que buscar ese camino, sin saber que fue el camino el que me encontró a mí.
Jesús es la respuesta a cada pregunta que la humanidad ha tenido desde la caída.
¡Sí, la humanidad tiene ahora una respuesta!
El Señor dijo: Yo soy el camino. El único camino. Nadie viene al Padre si no es por mí.
Hay muchos caminos diferentes. Unos cómodos y otros no muy cómodos, pero el único camino verdadero es Jesucristo.
Hay una sola voz que viene del cielo. Ningún fundador de otra religión se sentará en el Trono de Dios para juzgar. Solamente Jesucristo está sentado a la diestra de Dios Padre y desde allí se escucha su voz.
Hay agua viva que calma tu sed para siempre, hay pan de vida que sacia tu hambre para siempre, hay siempre algo del cielo que cambia tu vida, no vivas solo en lo pasajero, aprende desde ahora a meterte en la eternidad del Único y verdadero Dios.
Sí, este es el evangelio, estas son las buenas nuevas que transforman el alma humana. La iglesia proclama estas verdades. Para eso estamos aquí, para ser transformados por ese poder.
“En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (Hechos 4.12).
Solo el evangelio de Cristo es poder de Dios para salvación.
Ese es el evangelio, esa es la buena noticia de Dios para su pueblo, que puedan ser abiertos sus ojos para que vean a Cristo, que encuentren perdón de pecados en Cristo, y vida totalmente nueva en Él. Que puedan ver claramente la obra de Dios en sus vidas, que sepan cuán terrible es el pecado, y experimenten en sus propias vidas cuán grande es el amor de Dios, que los trae al arrepentimiento y les otorga perdón en Cristo.
Ahora sí tenemos una respuesta. No la tiene el gobierno, no la tiene la sociedad, no la busques en la tienda de la esquina, no la busques en tu matrimonio, en tus amigos o en cualquier otro lugar.
Hay una sola respuesta: Se llama Jesucristo.
Y su iglesia no es la víctima en este mundo. Su iglesia es la representante del Dios encarnado.
“¿En dónde encontramos paz en medio de una pandemia? Solamente en Jesús. La cuestión para todos nosotros es esta: ¿vamos a confiar en Él?
Ningún decreto humano podrá impedir que la tierra se llene de la gloria de Dios.
Para eso fuimos escogidos.
Capítulo 4.
Una respuesta para tiempos de crisis
“No temas, porque yo estoy contigo, no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.” (Isaías 41:10)
Con seguridad que si hace solo un tiempo atrás te hubieran dicho que en el 2020 estaríamos pasando una crisis mundial, con personas encerradas en sus casas, con muertos que se cuentan por miles y los transportan en camiones, con virus extendiéndose por toda la tierra, con una crisis impresionante a nivel económico, con ciudades cerradas, aeropuertos cerrados, hoteles cerrados, negocios cerrados, restaurantes cerrados, discotecas, casinos, empresas, etc., con un gran temor en todos los países del mundo. Con seguridad si te hubieran dicho algo así, no lo hubieras creído.
Pensarías que esta versión apocalíptica sería solo para un futuro incierto, pero no en momentos en los que todo parece bien, en los que la gente vive a sus anchas, viajando por todas partes, haciendo derroche de dinero, con casinos llenos, bares y discotecas a reventar, con estilos de vida en los que cada cual decide cómo quiere vivir, con personas pensando solo en cuál será mi siguiente auto, en cual será mi siguiente vestido, mi siguiente televisor, computador, teléfono celular, en tiempos en que la tecnología parece absorber a todo el mundo y la gente solo vive para darse gusto completamente. En momentos así, quién pensaría en algo como lo que estamos viviendo.
¿Quién hubiera imaginado que algo así venía sobre la tierra?
Ya no estamos hablando de un problema de la China, o del Asia nada más. A diario están muriendo personas en nuestros vecindarios, las cifras suben y suben y los hospitales ya no pueden recibir más personas.
La humanidad del siglo XXI no se había enfrentado a una situación como la que hoy en día llena las páginas de los periódicos, los noticieros, la radio, la Internet y cualquier medio de comunicación. La palabra coronavirus está en boca de todo el mundo y las personas acuden todo el tiempo a mirar las estadísticas terribles de cuantos contagios y muertes en el mundo se van dando por causa de esta terrible pandemia. A pesar de eso aún hay muchos que todavía no han entendido lo que está pasando.
Muchas ciudades en el mundo están ahora completamente cerradas.
Esa es la realidad en nuestro mundo hoy en el 2021.
Y yo me hago esta pregunta: ¿Cuál es la realidad en el cielo?
¿Estarán desesperados buscando la vacuna?
¿Se estará tomando la cabeza el Señor diciendo: y ahora que hacemos?
No. De ninguna manera. Dios está en control y Él sabe por qué suceden este tipo de cosas.
Y si no creemos eso, déjenme les recuerdo algunos pasajes bíblicos que nos muestran esa realidad.
Escuchen lo que dijo Nuestro Señor Jesucristo en Lucas 17: 26 en adelante:
Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos. Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste.
La generación de Noé no estaba preparada para lo que venía, pero llegó el diluvio.
La generación de Lot y Abraham no estaba preparada para lo que venía, pero Dios destruyó a Sodoma y Gomorra.
Nuestra generación ha sacado a Dios de sus vidas y no estaba preparada para lo que está sucediendo. El orgullo humano ha querido sobreponerse a Dios y resulta que ahora, cuando nos vemos frágiles, sin respuestas inmediatas, el mundo entero sufriendo, nos damos cuenta en realidad que no éramos tan fuertes, ni tan adelantados en todas las cosas. Que a pesar del adelanto científico y tecnológico, aún somos inmensamente frágiles y débiles.
Un simple virus ha colocado al mundo de cabeza. Una pandemia tiene temblando la economía mundial, ha cerrado los espectáculos públicos, el deporte mundial, los conciertos, las reuniones, los viajes, las grandes juntas, los negocios internacionales, las vacaciones, los cruceros y hasta los templos.
¿Hubieras imaginado algo así hace tan solo unos meses atrás?
¿Faltó la voz profética que lo anunciara? O será que El Señor viene anunciando muchas cosas y nosotros nos hemos acostumbrado a vivir una fe de un buen y tranquilo tiempo de verano, pero no una fe de tormentas o crisis.
¿Para qué sirven las tormentas en la vida? ¿Te sirve de algo pasar por alguna de ellas?
¿Servirá de algo a la humanidad lo que está sucediendo en este momento?
O simplemente cuando encuentren la vacuna, cuando ya no haya más muertes, cuando todo vuelva a la normalidad, la gente se olvidará de este tiempo y seguirán sus vidas de espaldas al Creador, hasta que llegue la próxima epidemia, o tsunami, o terremoto o huracán.
El mundo no tiene todas las respuestas. Buscamos en el mundo o en la ciencia, en el conocimiento, en los libros, en lo que dicen los expertos, en las recomendaciones de quienes tienen muchos estudios, pero siempre habrá una voz más poderosa y sabia que está por encima de la voz de expertos, eruditos, sabios de este mundo, es la voz de Nuestro Señor que conoce todo aun antes de que haya sucedido.
A veces nos metemos en grandes problemas tratando de darle sentido a todo, pero no siempre lo que hace Dios tiene sentido.
Si los guerreros que comandaba Josué hubieran tratado de darle sentido a la estrategia de caminar alrededor de Jericó, jamás hubieran usado esa estrategia.
Si Gedeón hubiera tratado de encontrarle sentido a disminuir su ejército para ir a confrontar a un enemigo numeroso y poderoso, jamás hubiera ido a la batalla.
O qué me dicen de David, tratando de encontrarle sentido a pelear contra un gigante aparentemente indestructible; o de Abraham, tratando de darle sentido a una promesa de multiplicación a su edad anciana.
No tiene sentido para la humanidad amar al enemigo.
No tiene sentido para la humanidad devolver bien por mal.
No tuvo sentido que Elías hubiera pedido que pusieran más y más agua para el holocausto en el Monte Carmelo, cuando hacía tres años que no llovía y el agua escaseaba totalmente.
Pero tampoco tiene sentido que Dios mismo se despoje de su gloria y se haga como el más humilde de los siervos para venir a este mundo a sufrir en manos de sus mismas criaturas y que al final termine colgado en una cruz, no tiene sentido para la humanidad. Pero así sucedió. Él lo hizo aunque para el mundo fuera lo más increíble posible, porque Dios no se maneja por lo que nosotros pensamos, o por lo que para nosotros tiene sentido, sino de acuerdo a sus propósitos en gloria.
Tú puedes tratar de dirigir tu vida solo por lo que tiene sentido pero muchas veces eso no te servirá, porque cuando vienen los momentos difíciles se necesita algo más que sentido común para confrontar esas situaciones. Escucha por favor lo que Dios te está diciendo.
Dios no te está llamando para que le pongas sentido a todo lo que haces, sino para que camines en fe aunque parezca la cosa más descabellada del mundo.
La Biblia no nos dice que si somos guiados por el sentido de lo que creemos, o por la estrategia que nos enseñaron, o por la corazonada que sentimos, o por las emociones, que eso nos demuestra que somos hijos de Dios; no, sino que la Biblia es clara en afirmar que todos los que son guiados ¿por quién? Por el Espíritu Santo, dice Romanos 8:14: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Guiados por El Espíritu Santo.
De lo contrario empezamos a caminar por vista pero no por fe.
La vida en determinados momentos puede ser como una tormenta. Lo que empezó como algo sin importancia se convierte en algo más serio, después ya nos domina y al final viene el temor y se pierde hasta la esperanza.
¿Qué hacemos entonces? ¿A quién acudimos? ¿Adónde miramos en una situación como esa?
¿Cuál es nuestra respuesta en tiempos de crisis?
Alguien tiene que hacer algo, alguien tiene que devolvernos la esperanza, alguien tiene que traer una noticia diferente.
¿Cómo reaccionas en tu vida en tiempos de crisis? ¿Quién ha conducido tu vida? ¿A quién le has entregado el mando y la dirección de lo más preciado que tienes?
En momentos así necesitas escuchar la voz de alguien que mire más allá de las tormentas, alguien que tenga la capacidad para saber lo que otros no saben, para oír lo que otros no oyen, para ver lo que otros no ven. Alguien que mire más allá de la epidemia, de la crisis, del dolor.
Una de las cosas que asegura Jesucristo es que sus ovejas escuchan su voz.
Esta es una realidad dada por El Señor en Juan 10. “Mis ovejas escuchan mi voz y me siguen.”
Pero no solo escuchan su voz en la quietud de sus lugares de oración, no solo escuchan su voz en las apacibles olas de un mar en calma, en el susurro de un viento suave, no. Los hijos de Dios escuchan su voz también en las tormentas, también cuando los mares rugen y las olas se levantan impetuosas, cuando las cosas parecen más terribles que nunca, en tiempos de pandemias, de crisis, de dolores, de angustias, de incertidumbre, también allí los hijos de Dios escuchan su voz.
¿Será que lo has reconocido cuando Él ha venido a ti en forma de dolor?
¿Reconociste su voz cuando te habló en medio de la incertidumbre, de la duda, o incluso en la oscuridad?
Cuando los vientos se trasforman en tempestades muchas veces nos quedamos escuchando la tempestad pero ignorando la voz del que nos habla a través de ella. Y no sabemos qué hacer o incluso preguntamos: Señor, ¿ya no me hablas? ¿Ya no me escuchas? Y Él nos está hablando pero no reconocemos su voz en medio de la tormenta. O solo queremos que nos conteste como nosotros lo anhelamos y no de otra manera. Dios está hablando en estos tiempos y lo está haciendo lo suficientemente fuerte y claro como para que lo ignoremos.
Pedro, por ejemplo, le dijo a Jesús en medio de la tormenta: Señor, si eres tú, manda que camine sobre las aguas.
¿No hubiera sido mejor haberle dicho: Señor, si eres tú, manda que se acabe esta tormenta ahora mismo?
Claro, Pedro es Pedro. Pero nosotros nos acercaríamos diciendo: Señor, si de verdad me amas, manda que consiga trabajo este próximo lunes sin falta.
Señor, si eres tú, manda ahora mismo que se detenga este virus.
Pero Pedro no le pregunta solo por una señal visible de poder, sino por una señal ineludible de su presencia, esto es diferente.
Dios sigue demostrando quién es Él.
¿Cómo vas a saber que Él te puede proteger en la tormenta si nunca has estado en una de ellas?
¿Cómo vas a saber si Él es tu proveedor si nunca te ha faltado nada?
¿Cómo vas a saber que Él es tu sanador si nunca has tenido un dolor? ¿Cómo lo vas a saber?
Los sobrevivientes de esta situación vamos a poder relatar a las futuras generaciones que pasamos por momentos críticos, que estuvimos encerrados en nuestras casas sin poder salir, que la gente tenía temor de contagiarse, que la gente se agolpaba en los supermercados llenos de desespero, que los hospitales no daban abasto y que en Italia los camiones del ejército llevaban los cadáveres por montones.
Si, podremos contar eso. Pero también tendremos que contar que hubo Alguien que nos protegió, que hubo Alguien que no nos dejó solos, que hubo Alguien que nos ayudó a pasar por estos tiempos de tormenta. Podremos decirle al mundo que Jesús estuvo con nosotros todos los días, en cumplimiento de su promesa, y que pudimos sobrevivir por su gran poder y misericordia sobre nosotros. Él nos está dando una señal ineludible de su Presencia.
Sí, empecé este capítulo diciendo que si hace algunos meses hubieras escuchado estas noticias de hoy en día no las hubieras creído.
Pero resulta que hace veinte siglos recibimos noticias del cielo que aún muchos no han creído.
Escucha lo que dice Jesús en Lucas 12: 4-7 y créelo hoy más que nunca:
“Más os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quien debéis temer. Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo: a este temed. ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado por Dios. Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues más valéis vosotros que muchos pajarillos.”
También el mismo Señor Jesucristo dice un poco más adelante, capítulo 12: 32: “no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino.”
Aun en las tempestades los hijos de Dios tienen una palabra de aliento. Aun cuando las cosas no parecen muy buenas, los hijos de Dios se levantan para pronunciar palabras dadas por el Maestro para cada ocasión. Cuando muchos se rinden, los hijos de Dios se levantan. Cuando muchos pierden la dirección, los hijos de Dios saben cómo llegar a buen puerto.
Aquí hay una respuesta para el mundo.
Es verdad que has estado encerrado en tu casa y a lo mejor hasta el empleo has perdido, o al menos te han dicho que no puedes ir a trabajar por un tiempo.
Es verdad que las noticias se suceden tan rápidamente que por momentos mejor deseamos apagar los televisores, los computadores o las radios porque nos abruman.
Pero no podemos olvidarnos de quiénes somos.
Quizás por escuchar solo las noticias del mundo podemos olvidarnos de escuchar las noticias del cielo. Desde allí Dios sigue hablando a nuestras vidas con las mismas palabras que siempre nos ha repetido: No temas.
Estos tiempos exigen una respuesta clara de parte de la gente de fe. Como iglesia obedecemos y nos sometemos a las ordenanzas de las autoridades, pero también nos mantenemos en el lugar de confianza en el cual Dios nos ha puesto bajo su amparo y abrigo.
Necesitamos saber cómo responder en tiempos de crisis. Somos el pueblo de Dios.
Aun en medio de las peores tempestades es posible encontrar a Dios.
Es posible que en este mundo materialista alguien quiera solo preservar sus bienes sin importar los seres humanos que son afectados. Hay muchos que harían lo que fuera para alcanzar algo material sin importar si tienen que pasar por encima de cualquier persona.
¿Y qué tal si lo pierdes todo?, preguntaría el Señor. ¿Aun así me seguirías? ¿Aun así me amarías? Si te quedaras en bancarrota, si perdieras todos tus bienes, si dejaras de tener aquello que representa tu seguridad, ¿aun así te mantendrías fiel a mí?
Qué importante sacar tu fe de lo que crees que te da seguridad. Porque a lo mejor piensas que eres una persona de fe pero tu fe está puesta en el dinero que tienes en el banco, en el trabajo que tienes, en las personas que te rodean, en la salud que mantienes.
Pero, ¿y si se pierden? ¿Y si no te queda nada? ¿Aun así seguirás teniendo fe?
Hay un virus peor que el que está pasando actualmente. Es el virus del temor.
Indudablemente no negamos la gravedad de lo que está pasando, pero entendemos que nuestra fe es puesta a prueba en momentos así.
En lugar de esparcir el virus, a lo mejor tú estás esparciendo otro virus, el virus del temor.
En mis lecturas de la Biblia, nunca vi a Jesús asustado o diciéndole a la gente que se asustara por algo.
Solo a los fariseos a quienes les advirtió que necesitaban arrepentirse o de lo contrario no entrarían en el reino de los cielos.
Pero jamás a los suyos. Por el contrario, el mensaje continuo de Jesús fue a no tener temor.
Eso no significa que no sigamos las reglas de las autoridades o que simplemente ignoremos lo que pasa alrededor y vivamos como si nada estuviera pasando, no.
Por el contrario, somos prudentes y seguimos lo que nos piden, pero sin estar desesperados, sino más bien confiados y seguros en el Señor.
Definitivamente es el tiempo para no cesar en la oración.
Podemos estar separados por la distancia, pero unidos en un mismo Espíritu.
Grandes cosas suceden como respuesta a un pueblo que ora. En la Biblia encontramos momentos así. Cuando Josafat se vio en peligro llamó a todo el pueblo a ayunar y a orar.
Cuando Ester tenía que enfrentar al rey, llamó a todos y a sus doncellas a orar y a ayunar.
Una y otra vez es el modelo bíblico.
Lo mismo sucedió con los discípulos de Jesús, con Esdras, con Daniel, etc.
Orar y ayunar y siempre hubo grandes respuestas cuando el pueblo de Dios oró de esa manera sin detenerse.
Ese es nuestro tiempo. Esa es también nuestra respuesta a la crisis.
Este podría ser en realidad el tiempo más productivo para que muchos finalmente conozcan al verdadero Salvador del mundo que se llama Jesucristo.
Puede ser un momento extraordinario para un gran avivamiento sobre la tierra.
No podemos perder la perspectiva de las cosas. El mundo está en un momento demasiado grave. La crisis ha llegado prácticamente a todos los rincones de la tierra, pero si tú de verdad has creído en Jesús, tienes que saber que Él sigue estando en su trono, que Él no se está agarrando la cabeza en este momento diciendo: me tomó desprevenido este virus, que Él en realidad es un Dios soberano que está en control de todas las cosas.
Este virus no nos va a quitar versículos de la Biblia.
Tenemos que seguir creyendo que como dice Romanos 8:28: todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, esto es a los que conforme a sus propósitos han sido llamados.
Tenemos que seguir creyendo que como dice David en el salmo 27: El Señor es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme?
Tenemos que seguir creyendo lo que dice Isaías 43:2: Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.
Las pruebas de la vida no deben jamás separarte de Dios. Todo lo contrario.
Siempre hay algo que puedes aprender, siempre hay algo que puedes mejorar, siempre hay algo que te ayudará a crecer y a madurar, por lo tanto, no debería jamás separarte de Dios, sino por el contrario, acercarte más a Él.
El carácter de los hijos de Dios es un carácter firme. Nosotros sabemos Quién nos respalda, nosotros sabemos Quién camina con nosotros todos los días. Él es la fuente de nuestra fortaleza. Nuestro Señor es nuestro refugio, y nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Las familias que pertenecen al reino de los cielos han conocido que aun en tiempos difíciles no pierden su fe, que dan aunque no haya más, que su seguridad es El Señor y Él nunca las abandona, siempre trae una y otra vez provisión divina para que nada haga falta.
El salmista dice: alzaré mis ojos a los montes de donde vendrá mi socorro, mi socorro viene de Jehová que hizo los cielos y la Tierra. (Salmo 121:1-2) En Él confiamos.
Y escucha este poderoso testimonio de un médico en Lombardía, Italia: "Ni en las pesadillas más oscuras imaginé que podría ver y vivir lo que está pasando aquí en nuestro hospital desde hace tres semanas. La pesadilla está fluyendo, el río se está haciendo más y más grande. Al principio vinieron algunos, luego decenas y luego cientos y ahora ya no somos médicos, sino que nos hemos convertido en clasificadores en la cinta y decidimos quién vive y quién debe ser enviado a casa a morir, aunque todas estas personas han pagado impuestos italianos toda su vida;
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