Kitabı oku: «Contendiendo por nuestro todo»

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Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

www.farodegracia.org ISBN 978-1-629463-11-7

Originally published Contending for Our All Copyright © 2006 by Desiring God Foundation

Published by Crossway a publishing ministry of Good.News Publishers Wheaton, Illinois 60187, U.S.A. This edition published by arrangement with Crossway. All ríghts reserved.

© 2021 by Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Victor Velasco; edición de texto, diseño de la portada y las páginas por Francisco Adolfo Hernández Aceves. Todos los Derechos Reservados.

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©Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina–Valera ©1960, Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.



Para:

R. C. Sproul

Contendiente fiel por la suprema grandeza

de la santidad de Dios

Contenido

Prefacio

Agradecimientos

Introducción

1. Contendiendo por Cristo contra mundum (contra el mundo)

2. Manteniendo la comunión con Dios en las cosas por las que contendemos

3. Contendiendo por los hechos en aras de la fe

Conclusión

Nuestra oración en tiempos de controversia

Otros títulos de esta serie

La manera en la que fuimos educados y toda la atmósfera del mundo en el que vivimos garantizan que nuestra principal tentación sea la de ceder a los vientos de doctrina, no la de ignorarlos. No es muy probable que seamos conservadores; en realidad, somos muy propensos a ser esclavos de las modas. Si uno tiene que decidir entre leer libros nuevos o leer libros antiguos, es preferible elegir los antiguos: no porque sean necesariamente mejores, sino porque contienen precisamente aquellas verdades que más se descuidan en nuestra época. Los estándares del cristianismo permanente deben estar claros en nuestras mentes, y a partir de esos estándares debemos poner a prueba todo pensamiento contemporáneo. De hecho, sin importar cuál sea el costo, no debemos movernos con los tiempos. Pues servimos a Aquel que dijo: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán»

(Mateo 24:35; Marcos 13:31; Lucas 21:33).

C. S. Lewis , “Christian Aapologetics” [Apologética cristiana], en: Essay Collection and Oother Short Pieces [colección de ensayos y otras piezas cortas] (Londres: Harper Collins , 2000), p. 149


l título de esta serie de libros, «Los cisnes no guardan silencio», proviene de una historia sobre San Agustín. Cuando dejó sus funciones como obispo de Hipona, en el norte de África, en el año 326 d. C., su humilde sucesor, Heraclio, se levantó para hablar y dijo: «El grillo chirria, el cisne guarda silencio».1 Por lo tanto, al titular esta serie con la frase «Los cisnes no guardan silencio» me refiero a que las grandes voces como la de Agustín han sido escuchadas a lo largo de la historia de la iglesia, y nosotros haríamos bien en escucharlas.

Le agradezco profundamente a Dios que los cisnes no hayan guardado silencio, y que la lista de inspiradores héroes de la fe de Hebreos 11 no terminó en el Nuevo Testamento. Dios ha obrado a través de la vida de innumerables santos, de los cuales deberíamos decir: aunque murieron, «aún hablan» (cf. Hebreos 11:4).

Algunos cisnes están vivos y todavía cantan en nuestra época. Pero no son muchos. Y sólo el tiempo dirá si su canto sobrevivirá a lo largo de los siglos. Sin embargo, el tiempo ya le ha dado un veredicto a cientos de cisnes del pasado. Ellos han muerto, y sus obras han pasado la prueba del tiempo. Por lo tanto, escuchar sus cantos es algo especialmente valioso para nosotros. Puedes escucharlos cuando estudias lo que ellos escribieron, o cuando lees buenas biografías acerca de ellos. Probablemente, es más sabio usar nuestro tiempo de esa manera, en lugar de usarlo para estar actualizados con las noticias recientes que serán olvidadas en quince días, y las ideas modernas que en diez años demostrarán ser carentes de poder.

No conozco a nadie que haya defendido a los autores y a los libros antiguos mejor que C. S. Lewis (1898–1963). Cuando estaba a punto de cumplir sesenta años, confesó con humildad y sabiduría: «He vivido casi sesenta años conmigo mismo y con mi propio siglo, y no estoy tan enamorado de mi persona ni de mi siglo como para no tener el deseo de mirar hacia un mundo que va más allá de ellos».2 Cuando hablaba de un «mundo que va más allá de ellos» no se refería a un mundo futuro o de fantasía. Se refería al mundo del pasado.

Él puso en práctica lo que predicaba al escribir una introducción a la obra de Atanasio, La encarnación del Verbo, escrita probablemente en el año 318 d. C. Arriesgándome a que te sientas tentado a dejar a un lado este libro y comiences a leer sólo libros antiguos, compartiré lo que Lewis dijo acerca de la lectura de libros antiguos como el clásico de Atanasio.

Se ha difundido la extraña idea de que, sin importar el tema, los libros antiguos sólo deberían ser leídos por los profesionales, y que el lector amateur debería contentarse con los libros modernos (…) [Los estudiantes no buscan los libros de Platón, sino los libros acerca de Platón] —leen todo lo referente a los «tecnicismos» y la influencia de Platón en una sola lectura de doce páginas que resume lo que Platón realmente dijo (…) Pero si tan solo supieran que ese gran hombre, en virtud de su grandeza, es mucho más inteligible que su comentarista moderno…

Ahora bien, a mí me parece que ese es un mundo al revés. Naturalmente, debido a que yo mismo soy escritor, no deseo que el lector ordinario nunca lea libros modernos. Pero si ese lector tuviera que elegir sólo entre los libros antiguos o los modernos, mi recomendación sería que leyera los antiguos. Y le daría este consejo precisamente porque es un lector amateur y, por lo tanto, tiene menor discernimiento que un experto y tiene menos protección en contra de los peligros de leer exclusivamente libros contemporáneos. Un libro nuevo todavía se encuentra en una etapa de juicio, y el lector amateur no está en condiciones para juzgarlo. Ese libro tiene que ser puesto a prueba por el gran corpus de pensamiento cristiano de todos los tiempos, y todas sus implicaciones ocultas (a menudo insospechadas por el autor mismo) tienen que salir a la luz…

Después de leer un libro moderno, una buena regla que podemos aplicar es la de no leer otro libro moderno sin antes leer uno antiguo. Si esa regla es demasiado estricta para ti, al menos deberías intentar leer un libro antiguo por cada tres modernos…

Por lo tanto, todos nosotros necesitamos los libros que corregirán los errores característicos de nuestra época actual. Y con eso me refiero a los libros antiguos (…) Podemos estar seguros de que la ceguera característica del siglo XX (la ceguera acerca de la cual la posteridad preguntará: «¿Cómo pudieron haber pensado de esa manera?») se encuentra en el lugar que menos sospechamos, en donde podemos trazar una línea delgada de común acuerdo entre Hitler y el presidente Roosevelt o entre H. G. Wells y Karl Barth. Ninguno de nosotros puede escapar completamente de esa ceguera(…) El único paliativo es permitir que la limpia briza marina de los siglos pasados sople en nuestras mentes, y la única manera de hacer eso es leyendo libros antiguos.3

En este libro, te invito a sentir la «limpia briza marina» soplando desde el siglo IV, el siglo XVII, y principios del siglo XX. Tal vez todo esto te anime a leer lo que escribieron Atanasio, John Owen, y J. Gresham Machen. Sus vidas no sólo son como brizas del pasado que son refrescantes y agradables, sino que también es necesario verlas como vidas ejemplares de hombres contendientes por la pureza y el valor incalculable de la verdad bíblica. En la Introducción trataré de explicar por qué digo todo eso. Por ahora sólo quiero agradecerle una vez más a Dios, porque estos cisnes no han guardado silencio y porque estuvieron dispuestos a sufrir con tal de salvaguardar el evangelio para nosotros. En ese sentido, ellos habrían dicho junto con Atanasio: «Estamos contendiendo por nuestro todo».4

stoy rodeado de mentes y de manos que hacen que mi propia mente y mis manos sean fructíferas. No puedo agradecerle adecuadamente a Dios por permitir que las cuerdas me cayeran en lugares deleitosos. Ser pastor de la Bethlehem Baptist Church es como estar plantado en una tierra rica, con riego diario y suficiente sol, y con la adición de nutrientes siempre frescos. Bendigo el día en el que Dios me llamó al ministerio de la Palabra y me estableció como anciano de esa iglesia.

Justin Taylor ha sido un editor siempre competente y dispuesto, así como un asistente de investigación que regularmente va más allá de lo requerido. Le agradezco a Dios por su compañerismo a lo largo de los últimos seis años. Carol Steinbach, con la ayuda de Greg Sweet, Catherine Tong, y Molly Piper, extiende su camaradería en esta causa hasta una tercera década, y una vez más, contribuye con el útil Índice de las Escrituras, y con las palabras de ánimo que me da cada semana, mientras desempeña sus labores en Desiring God.

Mi esposa Noël ha leído mis libros más veces que nadie en el mundo. Mientras escribo esto, ella está sentada en nuestra sala de estar con el manuscrito de este libro extendido sobre su regazo con un bolígrafo rojo en la mano y un montón de notas adhesivas de color rosa que asoman por los bordes de las páginas que ya ha revisado. Ella tiene muy buen ojo para la ortografía, las fechas, la gramática, el estilo y la lógica. Nada se le escapa. Sus preguntas inquisitivas no consiguen que yo me sienta mejor. Pero sí hacen que el libro sea mejor. Todo eso es parte de la inusual unión que hay entre ella y yo, por lo cual estoy profundamente agradecido con Dios.

Los siguientes capítulos inicialmente tenían la forma de una serie de mensajes para la Bethlehem Conference for Pastors. No existirían los libros de los Cisnes si no fuera por esas conferencias. Así que, también me siento en deuda con todos los hermanos que han asistido a las conferencias a adorar y aprender. Estas conferencias no se llevarían a cabo de la manera en la que estamos acostumbrados sin los extraordinarios dones y la gracia de Scott Anderson, el director de conferencias del ministerio Desiring God.

He dedicado este libro a R. C. Sproul, fundador de Ministerios Ligonier. El Dr. Sproul es uno de los más claros y convincentes defensores de la plenitud de la fe bíblica con todos sus magníficos matices. Me alegro por la centralidad y la supremacía de Dios que, durante las últimas tres décadas, ha mantenido tan implacable y fielmente delante de la Iglesia.

Por último, le agradezco a Jesucristo, Quien me amó y se entregó a Sí mismo por mí. Él es el mismo ayer, hoy, y siempre. Espero que, a través de este libro, Atanasio, Owen y Machen nos enseñen a contender correctamente por Su causa hasta que Él venga.

Los hombres nos dicen que nuestra predicación debería ser positiva y no negativa, que podemos predicar la verdad sin atacar el error. Pero si seguimos ese consejo deberíamos cerrar nuestra Biblia y desechar sus enseñanzas. El Nuevo Testamento es un libro polémico casi desde el principio hasta el fin.

Hace algunos años estuve en una organización de profesores de la Biblia en universidades y en otras instituciones educativas de América. Uno de los más eminentes profesores de teología del país ofreció un discurso. En su mensaje admitió que hay controversias lamentables con respecto a la doctrina en las Epístolas de Pablo; pero dijo que la esencia real de las enseñanzas de Pablo se encuentra en el himno al amor cristiano del capítulo trece de 1 Corintios; y que hoy en día podemos evitar la controversia, si tan sólo enfocamos nuestra mayor atención en ese himno inspirador.

En respuesta, estoy obligado a decir que ese ejemplo no fue escogido correctamente. Ese himno al amor cristiano se encuentra en medio de un pasaje muy polémico; nunca hubiera sido escrito si Pablo se hubiera opuesto a entrar en controversia con los errores que había en la iglesia. Su alma estaba inquieta dentro de él a causa del mal uso de los dones espirituales, por esa razón fue capaz de escribir ese glorioso himno. Y así ha ocurrido siempre en la Iglesia. Se puede decir que casi todas las grandes declaraciones cristianas nacen en la controversia. Sólo cuando los hombres se han sentido obligados a tomar una postura en contra del error es cuando se han elevado hasta los puntos más altos en la celebración de la verdad.

J. Gresham Machen, “Christian Scholarship and the Defense of the Faith” [La erudición cristiana y la defensa de la fe], en: J. Gresham Machen: Selected Shorter Writings [Una selección de escritos cortos], ed. D. G. Hart (Phillipsburg , nj: P&R, 2004), p. 148–149


Controversia, cobardía, y orgullo

lgunas controversias son cruciales para el bien de la verdad que da vida. Huir de la controversia es un síntoma de cobardía. Pero disfrutar la controversia, por lo general, es un síntoma de orgullo. Algunas tareas necesarias son tristes, e incluso la victoria no está exenta de lágrimas, a menos que haya orgullo. Disfrutar la controversia es un síntoma de orgullo porque los que tienen humildad aman la unidad basada en la verdad más que la victoria basada en la verdad. La humildad ama todo aquello que exalta a Cristo, más que la confrontación que defiende a Cristo —incluso más que la vindicación que defiende a Cristo. La humildad se deleita en adorar a Cristo en espíritu y en verdad. Si la humildad tiene que contender por una verdad que preservará la adoración, lo hará; pero no porque la contienda sea algo placentero. Ni siquiera es porque la victoria sea placentera. Sino porque amar y proclamar a Cristo por lo que realmente es y por lo que realmente hizo sí es algo placentero.

De hecho, conocer y amar la verdad de Cristo no sólo es placentero ahora, sino que es el único camino hacia la vida y el gozo eternos. Esa es la razón por la que Atanasio (298–373), John Owen (1616–1683), y J. Gresham Machen (1881–1937) se tomaron con tanta seriedad las controversias de sus tiempos. Eso no era lo que les gustaba; sino lo que el amor les demandaba (el amor por Cristo, por Su Iglesia, y por Su mundo).

La controversia es menos crucial, pero es necesaria

Hay tareas que son más cruciales y urgentes que la controversia con respecto a la verdad y el significado del evangelio. Por ejemplo, es más crucial y urgente creer en el evangelio, proclamarlo a los pueblos no alcanzados, y orar por el poder necesario para predicar el evangelio. Pero alguno podría argumentar que eso es igual a decir que enviar aviones con comida para las personas hambrientas es más crucial y urgente que la ciencia de la aeronáutica. Es verdad. Pero la comida no llegaría en aviones a las personas necesitadas si no hubiera ingenieros aeronáuticos. Es como decir que una inyección de penicilina para los niños que mueren de fiebre es más crucial y urgente que las investigaciones de biología y química. Es verdad. Pero no existiría la penicilina sin esas investigaciones.

En todas las épocas han existido personas que tratan de minimizar la importancia de la controversia que defiende la verdad, diciendo que la oración, la adoración, la evangelización, las misiones y la dependencia del Espíritu Santo son más importantes. Todos hemos escuchado objeciones a la controversia, tales como: «Dejemos de discutir sobre el evangelio y salgamos a compartirlo con un mundo que perece»; «Orar es más poderoso que debatir»; «Debemos depender del Espíritu Santo y no de nuestro razonamiento»; «Dios quiere que lo adoremos, no que discutamos acerca de Él».

Me encanta toda la pasión por la fe, la oración, el evangelismo, y la adoración que hay detrás de ese tipo de afirmaciones. Sin embargo, cuando se utilizan para menospreciar la controversia que define y defiende el evangelio, entonces se convierten en afirmaciones que muerden la mano que les da de comer. La oración que tiene la capacidad de exaltar a Cristo no sobrevivirá en una atmósfera en la que se devalúa la preservación, la explicación y la reivindicación de la enseñanza bíblica acerca del Dios que escucha la oración. El evangelismo y las misiones mundiales deben nutrirse con el alimento sólido de una verdad evangélica bien fundamentada, sin ambigüedades y rica, para mantener el valor y la confianza al enfrentarse a las aflicciones y a las falsas religiones. Y, si los profundos y claros contornos bíblicos de la gloria de Dios no son vistos y guardados del siempre invasivo error, la adoración corporativa será diluida con sustitutos culturales.

No es válido contrastar la dependencia del Espíritu Santo con la defensa de Su Palabra en la controversia, porque el Espíritu Santo usa medios, incluyendo la predicación y la defensa del evangelio. J. Gresham Machen lo explica de esta manera:

Por supuesto, es perfectamente cierto que los argumentos por sí solos son insuficientes para convertir a un hombre en cristiano. Puedes discutir con ese hombre desde ahora hasta el fin del mundo, puedes presentarle los argumentos más asombrosos —pero todo eso sería en vano si no se tiene algo más: el misterioso poder creativo del Espíritu Santo en el nuevo nacimiento. Sin embargo, el hecho de que los argumentos sean insuficientes no significa que sean innecesarios. A veces los argumentos son usados directamente por el Espíritu Santo para llevar a un hombre a Cristo. Pero con mayor frecuencia son usados indirectamente.5

Por eso, Atanasio, John Owen y J. Gresham Machen dedicaron sus mentes, sus corazones y sus vidas a las controversias de su tiempo, las cuales definían y defendían a Cristo. No era porque el Espíritu Santo y la oración fueran inadecuados. Era porque el Espíritu obra a través de la Palabra predicada, explicada, y defendida. Y porque la oración bíblica no sólo apunta al corazón de la persona que necesita ser persuadida, sino también al corazón del persuasor.6 El Espíritu Santo puede hacer que un argumento bíblico sea convincente en la boca del maestro y en el corazón del estudiante.

Así que, Atanasio, Owen y Machen creían que aquello por lo que estaban contendiendo era de un valor infinito. De hecho, no lo veían como algo que los distraía de la obra de amor. Más bien, lo veían como amor —amor a Cristo, a Su Iglesia, y a Su mundo.

La controversia cuando «nuestro todo» está en juego

Atanasio luchó toda su vida a favor de la deidad de Cristo, en oposición a los arrianos, los cuales decían que Cristo fue creado, y, en medio de esa lucha, dijo: «considerando que esta lucha es por nuestro todo (…) también debemos asegurarnos de que nuestro más sincero interés y nuestro objetivo sea el guardar aquello que hemos recibido».7 Cuando todo está en juego, vale la pena contender por ello. Eso es lo que hace el amor.

Machen, en su contexto americano del siglo XX, lo expresa de esta manera: «La controversia del tipo correcto es buena; porque de tal controversia, como enseñan la historia de la Iglesia y las Escrituras, se obtiene la salvación de las almas».8 Cuando uno cree que la verdad que salva almas (nuestro todo) está en juego en una controversia, salir corriendo no sólo es un acto de cobardía sino de crueldad. Estos hombres nunca salieron corriendo.

John Owen, la mente más brillante del puritanismo, participó en más controversias que Machen y Atanasio juntos, pero estaba impulsado por un amor a Cristo mucho más evidente. Eso no significa que amaba más a Cristo (sólo Dios sabe eso); sino que él articuló la batalla por la comunión con Cristo de una manera más explícita que ellos. Para Owen, prácticamente todos los enfrentamientos contra el error tenían que llevarse a cabo en aras de la contemplación de Cristo. La comunión con Cristo era su tema constante y su objetivo. Él sostenía la opinión de que tal contemplación y comunión sólo eran posibles por medio de una percepción verdadera de Cristo. La verdad acerca de Cristo era necesaria para la comunión con Cristo.

Por lo tanto, toda controversia relacionada con la defensa de esta verdad era por el bien de la adoración.

¿Qué alma que conoce estas cosas no cae con reverencia y asombro? ¡Cuán glorioso es Aquel que es el Amado de nuestras almas! (…) Cuando (…) nuestra vida, nuestra paz, nuestro gozo, nuestra herencia, nuestra eternidad, y nuestro todo se encuentran ahí, ¿acaso los pensamientos acerca de eso no deberían morar siempre en nuestros corazones, refrescando y deleitando nuestras almas en todo momento?9

Al igual que Atanasio, Owen dijo que «nuestro todo» está en juego cuando contendemos por la verdad de Cristo. Y después, llevó la batalla hacia la conexión más cercana con la bendición de la comunión con Dios. Incluso durante la batalla, no sólo después de ella, debemos tener comunión con Dios. «Cuando tengamos comunión con Dios en la doctrina que defendemos, entonces seremos guarnecidos, por la gracia de Dios, contra todos los ataques de los hombres».10 El fin de contender por Cristo es también esencial para los medios. Si no nos deleitamos en Cristo a través de la verdad que defendemos, entonces nuestra defensa no es por el bien del valor inestimable de Cristo. La adoración es el fin y los medios de la controversia que exalta a Cristo.

Una noción equivocada con respecto a la

controversia y la vitalidad de la Iglesia

Existe una idea errónea acerca de la relación entre la salud de la Iglesia y la presencia de la controversia. Por ejemplo, algunos dicen que el avivamiento espiritual, el poder, y el crecimiento no vendrán a la Iglesia de Cristo a menos que los líderes de la Iglesia dejen a un lado las diferencias doctrinales y se unan en oración. De hecho, es muy necesario que hagamos oración corporativa pidiendo por la misericordia de Dios sobre nosotros. Y también es un hecho que hay ciertas diferencias doctrinales que no deberían ser elevadas a lugares prominentes. Machen explicó su propia pasión por la doctrina a través de la siguiente advertencia: «Cuando insistimos en la base doctrinal del cristianismo, no queremos decir que todos los puntos de la doctrina sean igualmente importantes. Es perfectamente posible mantener la comunión cristiana a pesar de ciertas diferencias de opinión».11

Pero hay un error histórico y bíblico en la suposición de que la Iglesia no crecerá ni prosperará en tiempos de controversia. Machen dijo, como vimos anteriormente, que la historia de la Iglesia y las Escrituras enseñan el valor de la controversia correcta. Es importante ver esto, porque si no lo vemos, cederemos ante la enorme presión pragmática de nuestro tiempo, la cual minimiza la doctrina. Cederemos a la presión de que un ministerio impulsado por la verdad no puede ser un ministerio que ame a las personas, que salve las almas, que avive a la iglesia, que promueva la justicia, que movilice las misiones, que intensifique la adoración y que exalte a Cristo. Pero, de hecho, es la verdad (la verdad bíblica y la verdad doctrinal) la que les da fundamento y duración a todas estas cosas.

El testimonio de la historia de la Iglesia con

respecto al lugar de la controversia

Por el testimonio de la historia de la Iglesia sabemos que las temporadas de controversia a menudo han sido temporadas de crecimiento y fortaleza. Eso fue una realidad en los primeros siglos de la Iglesia. La mayoría de los cristianos de la actualidad podría sorprenderse al saber que la batalla por la deidad de Cristo no fue una batalla entre un gran ejército ortodoxo y un pequeño grupo de herejes marginales. En realidad, fue una batalla en la que, en ocasiones, la mayoría de los líderes de la iglesia no eran ortodoxos.12 Sin embargo, la Iglesia creció a pesar de la controversia y la persecución. De hecho, creo que debemos decir que el crecimiento de la verdadera iglesia en esos días ocurrió gracias a líderes como Atanasio, que tomaron una postura a favor de la verdad. Sin la controversia no tendríamos el evangelio, y, por lo tanto, no existiría la Iglesia.

La Reforma protestante

La época de la Reforma protestante fue un tiempo de gran controversia entre los protestantes y los católicos romanos, y aún entre los protestantes mismos. Sin embargo, la plenitud del evangelio fue preservada dentro de estas grandes batallas doctrinales, y la verdadera fe se extendió y se fortaleció. De hecho, la difusión y vitalidad de la fe reformada en el siglo posterior a la muerte de Juan Calvino en 1564 fue sorprendente13 y produjo algunos de los más grandes pastores y teólogos que el mundo ha conocido14, y todo ello surgió de las controversias de Wittenberg y Ginebra.

El Primer Gran Despertar

El Primer Gran Despertar en Gran Bretaña y Estados Unidos en el siglo XVIII fue una época de enorme crecimiento para la iglesia y de un profundo avivamiento de miles de individuos. Pero es bien sabido que los dos grandes predicadores itinerantes de ese movimiento tenían un entendimiento opuesto en lo referente a la obra de Dios en la salvación. George Whitefield era calvinista, y John Wesley era arminiano.

J. I. Packer explica los cinco puntos del calvinismo de esta manera:

(1) El hombre caído en su estado natural carece de todo poder para creer en el evangelio, así como carece de todo poder para creer en la ley, a pesar de todos los incentivos externos que se le pueden extender. (2) La elección de Dios es una elección libre, soberana e incondicional de pecadores, considerados como pecadores, a fin de ser redimidos por Cristo, recibir la fe, y ser llevados a la gloria. (3) La obra redentora de Cristo tuvo como fin y meta la salvación de los escogidos. (4) La obra del Espíritu Santo para llevar a los hombres a la fe nunca fracasa en su objetivo. (5) Los creyentes son mantenidos en fe y gracia por el poder invencible de Dios hasta que lleguen a la gloria. Algunas veces estos puntos son presentados en forma de un acróstico, usando la palabra «TULIP» (en inglés), como sigue: Total depravity (Depravación total), Unconditional election (Elección incondicional), Limited atonement (Expiación limitada, Irresistible grace (Gracia irresistible), Preservation of the saints (Perseverancia de los santos).

Y esta es la manera en la que Packer describe los cinco puntos del arminianismo:

(1) El hombre nunca está totalmente corrompido por el pecado, de manera que nunca alcanza un grado tal de corrupción que le impida creer de manera salvífica en el evangelio que le es presentado, ni (2) tampoco está totalmente controlado por Dios hasta un grado en el que no puede rechazar el evangelio. (3) La elección que Dios hizo de aquellos que serán salvados, fue hecha con base en Su conocimiento anticipado de los que iban a creer por su propia voluntad. (4) La muerte de Cristo no aseguró la salvación de nadie, ya que tampoco aseguró el don de fe para nadie (pues no existe tal don de fe): más bien, lo que Su muerte hizo fue abrir la posibilidad de la salvación para cualquiera que cree. (5) Depende de los creyentes mantenerse a sí mismos en el estado de gracia, por medio de mantener su fe; aquellos que fracasen en esto y se aparten, se perderán. De manera que, el arminianismo hizo que la salvación del hombre dependiera en última instancia del hombre mismo, debido a que ve a la fe salvífica completamente como una obra del hombre, es decir, como una obra realizada por él mismo, y no como una obra de Dios en él.15

La controversia se encontraba en el centro humano del Gran Despertar. El desacuerdo de Wesley con el calvinismo «estalló en un sermón de 1740 titulado “Gracia Libre” (…) Para Wesley, la insistencia calvinista de que el poder electivo de Dios era el elemento básico en la conversión del pecador era algo que estaba al borde del antinomianismo (…) Wesley no podía ser persuadido de que la Biblia enseñaba las doctrinas calvinistas».16

Whitefield respondió a la crítica de Wesley con una carta publicada desde Bethesda, Georgia, con fecha del 24 de diciembre de 1740. Él sabía que la controversia entre evangélicos sería mal vista por algunos y saboreada por otros. No obstante, se sintió obligado a participar en la controversia:

Me preocupa mucho que los adversarios que tenemos en común se deleitarán al vernos diferir el uno con el otro. Pero, ¿qué puedo decir? Los hijos de Dios están en peligro de caer en el error (…) Cuando recuerdo la manera en la que Pablo reprendió a Pedro por su disimulo, me temo que, pecaminosamente, he guardado silencio por mucho tiempo. ¡Oh, entonces, no te enojes conmigo, querido y honrado señor, si ahora libero mi alma, diciéndote lo que creo, que en esto te equivocas grandemente!17

Mark Noll dijo que la respuesta de Whitefield a Wesley «inauguró el conflicto teológico más duradero entre los evangélicos, el conflicto entre la interpretación arminiana y la calvinista con respecto a lo que las Escrituras enseñan acerca de la naturaleza, la fuerza motora, y las implicaciones de la salvación».18 Sin embargo, con la controversia en el centro, el Gran Despertar trajo una vida y un crecimiento sin precedentes a las iglesias de las colonias americanas y de Gran Bretaña. Un ejemplo de eso son los Bautistas. Ellos fueron los «principales beneficiados del Gran Despertar»19 en Estados Unidos. «En las colonias de Norteamérica había menos de cien iglesias bautistas en 1740, pero en 1776, al estallar la guerra con Gran Bretaña, había casi quinientas».20 Asimismo, las iglesias presbiterianas se incrementaron de aproximadamente ciento sesenta en 1740 a casi seiscientas en 1776.21 La realidad es que la controversia fue prominente en medio del Gran Despertar, y Dios bendijo ese movimiento con vida espiritual y crecimiento.

El Segundo Gran Despertar

Lo mismo se puede decir del Segundo Gran Despertar. Fue «el más influyente avivamiento del cristianismo en la historia de los Estados Unidos. Su mismo tamaño y sus múltiples expresiones han llevado a algunos historiadores a cuestionar si es posible identificar solo un Segundo Gran Despertar como tal. Sin embargo, entre 1795 y 1810 hubo un amplio y general reavivamiento del interés por el cristianismo en todo el país».22 Francis Asbury y Charles Finney fueron los líderes principales de este Despertar. Ambos eran controversiales, pero ambos vieron un crecimiento asombroso.

Cuando Francis Asbury llegó a América en 1771, había cuatro ministros metodistas que atendían a unos trescientos laicos. Cuando murió en 1816, había dos mil ministros y más de doscientos mil metodistas en los Estados Unidos y varios miles más en Canadá.23 Pero su apego al inglés John Wesley y sus métodos poco ortodoxos de ministerio llevaron a Asbury a la controversia con los patriotas americanos y los líderes de la iglesia. Por ejemplo, fue desterrado de Maryland porque no quiso firmar un juramento de lealtad al nuevo gobierno estatal.24 La bendición de Dios sobre su ministerio durante cuarenta y cinco años no se vio interrumpida por la controversia que se produjo a su alrededor.

Finney, que abandonó su origen presbiteriano, era poco ortodoxo tanto en su método como en su teología. Él adoptó el controversial uso de la «banca de la ansiedad» y convirtió eso en la norma del avivamiento posterior.25 Él era más arminiano que John Wesley:

Wesley afirmaba que la voluntad humana es incapaz de elegir a Dios sin la gracia preparatoria de Dios, pero Finney rechazaba tal afirmación. Él era un perfeccionista que creía que era posible alcanzar una etapa permanente de vida espiritual elevada, si se buscaba con todo el corazón. Siguiendo a los teólogos de Nueva Inglaterra, proponía una concepción gubernamental de la expiación, según la cual la muerte de Cristo era una demostración pública de la voluntad de Dios de perdonar los pecados, en lugar de ser un pago por el pecado como tal.26

Ese tipo de teología está destinada a enfrentarse a la oposición. Un ejemplo de esa controversia puede verse al observar la relación que Finney tenía con sus contemporáneos Asahel Nettleton y Lyman Beecher. «Finney fue el portavoz de la religión fronteriza emergente que era tanto especulativa como emocional. Nettleton fue el defensor de la vieja ortodoxia de Nueva Inglaterra que se negaba a separarse de las amarras del pasado».27 Lyman Beecher era un pastor congregacional en Boston y compartía las opiniones calvinistas históricas de Nettleton. Ambos hombres tuvieron ministerios fructíferos, y el evangelismo itinerante de Nettleton fue bendecido con tantas conversiones que, Francis Wayland (1796–1865), uno de los primeros presidentes de la Universidad de Brown, dijo: «Supongo que ningún ministro de su tiempo fue el medio de tantas conversiones (…) Él (…) hacía oscilar al público del mismo modo en el que los árboles del bosque son movidos por un viento poderoso».28

Pero la controversia entre Finney, por un lado, y Nettleton y Beecher, por el otro, era tan intensa que se convocó una reunión en New Lebanon, Nueva York, en 1827 para resolver las diferencias. Muchos clérigos preocupados vinieron tanto del lado de Finney como del lado de Beecher. La disputa terminó sin reconciliación, y Beecher le dijo a Finney: «Finney, conozco tu plan, y tú sabes que lo conozco; tú quieres venir a Connecticut y llevar una racha de fuego a Boston. Pero si lo intentas, vive el Señor, te veré en la entrada del Estado, y convocaré a toda una artillería de hombres, y pelearé por cada centímetro del camino hacia Boston, y combatiré contigo allí».29

La controversia, la vitalidad, y el crecimiento son compatibles

El objetivo de estas ilustraciones de la historia de la Iglesia es dejar de lado la idea de que el poderoso despertar espiritual sólo puede llegar cuando se deja a un lado la controversia. Aunque no quisiera insistir en ello como si fuera una estrategia, la historia parece sugerir lo contrario. Cuando hay un gran movimiento de Dios para traer avivamiento y reforma a Su iglesia, la controversia se convierte en parte del proceso humano. No sería descabellado decir como Parker Williamson que, al menos en algunos casos, la controversia no fue sólo un resultado sino un medio para la revitalización de la Iglesia.

Históricamente, las controversias que han girado en torno al significado y las implicaciones del Evangelio, lejos de perjudicar a la Iglesia, han contribuido para darle vitalidad. Como el fuego de un refinador, el intenso debate teológico ha dado como resultado una convicción clara, una visión común y un ministerio vigorizado.30

J. Gresham Machen llegó a la misma conclusión al repasar la historia de la Iglesia y la naturaleza de la misión de Cristo en el mundo:

Cada verdadero avivamiento nace en la controversia, y produce más controversia. Eso ha sido una realidad desde que nuestro Señor dijo que no había venido a traer paz a la tierra; sino espada. ¿Y saben lo que creo que sucederá cuando Dios envíe una nueva reforma a la iglesia? No podemos saber cuándo llegará ese bendito día. Pero cuando ese bendito día llegue, creo que podemos estar seguros de que tendrá al menos un resultado. En ese día no escucharemos nada acerca de los males de la controversia en la Iglesia. Todo eso será arrasado como por un poderoso diluvio. Un hombre que está encendido con un mensaje nunca habla de esa manera miserable y débil, sino que proclama la verdad con gozo y sin temor, en presencia de toda cosa elevada que se levanta contra el evangelio de Cristo.31

Probablemente la presencia regular de la controversia en tiempos de avivamiento y reforma se debe a varios factores. En estas temporadas de vida espiritual emergente, las pasiones se elevan muy alto. Y cuando las pasiones están elevadas, la controversia es más probable. Por otra parte, Satanás también alcanza a ver los peligros que el avivamiento levanta en contra de su causa, y seguramente hará lo que pueda para traer desunión y descrédito a los líderes de la iglesia. Pero más esencialmente, el avivamiento y la reforma son causados e impulsados por una percepción más clara de las glorias de Cristo y de la repugnancia del pecado; y cuando éstas se ven más claramente y se habla de ellas con más precisión, la división es más probable que cuando se habla de Cristo en términos vagos y la gente se preocupa poco por Su nombre. Si a esto añadimos que en tiempos de avivamiento la gente ve más claramente que la eternidad está en juego en lo que creemos, esto es algo que afila nuestra doctrina. Las cosas cobran mayor importancia cuando entendemos que «nuestro todo» está en juego.

El testimonio de la Escritura con respecto

al lugar de la controversia

Además del testimonio de la historia de la Iglesia, la Biblia misma testifica que hay un cuerpo de doctrina acerca de Dios y Sus caminos que existe objetivamente fuera de nosotros mismos, y que esa verdad es tan importante que, si es necesario, vale la pena entrar en controversia para preservarla. El apóstol Pablo identifica este cuerpo de doctrina como la «forma de doctrina a la cual fuisteis entregados» (Romanos 6:17). Esa forma de doctrina funciona como un estándar, como una vara de medir, o como un patrón. Podemos medir todas las demás verdades a través de ella. En otra parte se le denomina como «todo el consejo de Dios» (Hechos 20:27), como «la forma de las sanas palabras» y como «el buen depósito (…) que mora en nosotros» (2 Timoteo 1:13–14). En otras palabras, es algo que no cambia.

Está de más poner demasiado énfasis en la importancia de esta verdad revelada acerca de Dios y Sus caminos. Esta revelación aviva y sostiene la fe;32 es la fuente de la obediencia;33 libera del pecado;34 libera de los lazos de Satanás;35 aviva y sostiene al amor;36 salva;37 y es el fundamento del gozo.38 Y, sobre todo, como suma de todo lo demás, este cuerpo de verdad bíblica es el medio para tener a Dios el Padre y a Dios el Hijo: «El que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo» (2 Juan 9).

El cristianismo ha sido muy poco agradable para la mentalidad pragmática que se resiste por completo a la controversia, y eso se debe a que el núcleo de la fe cristiana consiste de la historia y la doctrina que no cambian. En ese sentido, Machen, con la claridad que lo caracteriza, afirma lo siguiente:

Desde el principio, el evangelio cristiano, tal como el nombre «evangelio» o «buenas noticias» lo indica, consistía en un relato de algo que había sucedido. Y desde el principio se expuso el significado del suceso; y cuando se expuso el significado del suceso entonces surgió la doctrina cristiana. «Cristo murió», eso es historia; «Cristo murió por nuestros pecados», eso es doctrina. Sin estos dos elementos enlazados en una unión absolutamente indisoluble, no hay cristianismo.39

Es la razón por la que ocurre la controversia. Los intentos por «reinterpretar» el suceso bíblico, o la interpretación bíblica del suceso (la historia o la doctrina) son una amenaza en contra del corazón del cristianismo. El cristianismo no sólo se trata de una vida o de una moralidad. Se trata de Dios obrando de una vez por todas en la historia, y de Dios interpretando el significado de esas acciones en la Escritura.

La magnitud de lo que está en juego al preservar el verdadero significado de las Escrituras es tan grande que la controversia es un precio que los maestros fieles han estado dispuestos a pagar desde el principio. Es un hecho que no tendríamos el Nuevo Testamento si no hubiera habido controversia en la iglesia primitiva. Si, de entre los veintisiete libros del Nuevo Testamento, extraemos los documentos que no abordan la controversia, sólo tendríamos, como máximo, un pequeño puñado de textos.40

El Nuevo Testamento nos llama a la controversia

El Nuevo Testamento no sólo es un ejemplo de controversia, sino que también nos llama a la controversia, cuando ésta es necesaria. Judas, el hermano del Señor, dice: «Me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3).

El apóstol Pablo se regocijó porque los Filipenses eran participantes con él «en la defensa y confirmación del evangelio» (Filipenses 1:7). Además, le dio el siguiente encargo a Timoteo: «Que prediques la palabra (…) Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:2–4).

Es importante observar que los que se apartarían de la sana doctrina eran los miembros de las iglesias, no las personas del mundo. «Y de vosotros mismos» advierte Pablo a los ancianos de Éfeso, «se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos» (Hechos 20:30). Y, como dice el apóstol Pedro, «habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras» (2 Pedro 2:1). Por lo tanto, Pablo concluye de manera sobria: «Es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados» (1 Corintios 11:19).

Aprendamos, pues, de los que han contendido correctamente

A la luz del testimonio que la historia de la Iglesia y las Escrituras nos dan con respecto a la necesidad de la controversia en este mundo imperfecto, y tomando en cuenta que la controversia es compatible con la revitalización de la Iglesia, haríamos bien en aprender todo lo que podamos de aquellos que han caminado a través de la controversia y han bendecido a la iglesia al hacerlo. Atanasio, Owen y Machen hicieron eso. Las lecciones que podemos aprender de ellos son muchas. Sus vidas nos enseñan cómo el lenguaje puede ser manipulado sutilmente en las controversias; cómo la santidad personal y la comunión con Dios son esenciales para la batalla; cómo, en ocasiones, el amor y la paciencia para con nuestros adversarios puede conquistar con más efectividad que los argumentos; cómo la perseverancia en medio del sufrimiento es esencial para permanecer siendo fieles a la verdad; cómo los problemas culturales más fuertes le dan forma a las disputas de la Iglesia; y cómo es muy importante regocijarnos más que nuestro adversario si pretendemos contender por la buena noticia.

Espero que llegues a amar a estos tres hermanos que nos precedieron. Te ruego que los cuentes entre el número de los que se mencionan en Hebreos 13:7: «Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe». Son dignos, por derecho propio, de ser imitados; aunque no sin reservas, pues son meramente hombres. Pero el tiempo los ha probado tanto a ellos como a su obra. Y eso merece nuestra atención. Es una ventaja (una muy grande) que los tres sean de siglos diferentes al nuestro (el IV, el XVII y principios del XX). Porque eso nos lleva a ver la realidad a través de los ojos de una época diferente. Esa es la gran ventaja, pues nos ayuda a librarnos de los peligros del esnobismo cronológico, el cual presupone que en nuestra época hay mayor sabiduría que en las otras.

Y a medida que aprendemos de los héroes de nuestra fe, debemos tomar la determinación de renunciar a todo orgullo que ame la controversia y a toda cobardía que le tema a la controversia. Así que, con humildad y valentía (es decir, con fe en el Cristo soberano), hagamos caso a la advertencia de Martín Lutero, quien nos exhorta a que, cuando sea necesario contender por una verdad, no proclamemos únicamente aquello que nos mantendrá seguros:

Si profeso con la voz más fuerte y la exposición más clara cada porción de la verdad de Dios, excepto precisamente ese pequeño punto que el mundo y el diablo están atacando en ese momento, por más que profese audazmente a Cristo, en realidad no estoy confesando a Cristo. La lealtad del soldado es probada justo en el punto en el que se desata la batalla, pero, aunque él se mantenga firme en todo el campo de batalla, si titubea al llegar a ese punto, es comparado a aquel soldado que huye y deshonra a su ejército.41

Y, en pocas palabras, las proezas del Salvador que resultan de Su conversión en hombre son de tal clase y número que, si alguien quisiera enumerarlas, podría compararse con los hombres que contemplan la extensión del mar y desean contar sus olas.

Porque, así como no es posible contemplar todas las olas con los ojos, pues las olas que se aproximan confunden la vista del que lo intenta; de igual manera le ocurre a aquel que intenta contemplar todas las proezas de Cristo con su propio cuerpo, pues le resulta imposible contemplarlas todas, porque, incluso cuando intenta hacer un recuento de ellas, las proezas que se aproximan van más allá de sus pensamientos y se amontonan una detrás de la otra haciéndole perder la cuenta de las anteriores.

Por lo tanto, es mejor no intentar hablar del todo, sabiendo que no podemos hacerle justicia ni siquiera a una parte, pero, después de mencionar una parte más, sólo nos queda seguir maravillándonos del todo. Porque todas las partes son maravillosas, y dondequiera que un hombre dirija su mirada, puede contemplar la divinidad del Verbo, y quedar impresionado con un gran temor.

Atanasio, On the Incarnation of the Word [La encarnación del Verbo], Nicene and Post–Nicene Fathers [Padres nicenos y post nicenos], vol. 4, (Peabody, MA: Hendricksen, 1999), p. 65–66


El obispo más querido

tanasio nació en Egipto en el año 298 d.C. y se convirtió en obispo de Alejandría el 8 de junio de 328 a la edad de treinta años. El pueblo de Egipto lo consideró su obispo hasta el día de su muerte, el 2 de mayo de 373, a la edad de setenta y cinco años.42 Y digo que fue «considerado» obispo del pueblo durante todos esos años porque Atanasio fue expulsado de su iglesia y de su cargo cinco veces por las autoridades del Imperio Romano. Él pasó en el exilio diecisiete de sus cuarenta y cinco años como obispo. Pero el pueblo nunca reconoció la validez de los otros obispos que fueron enviados para tomar su lugar. En la opinión de su congregación, él siempre fue obispo a pesar de su exilio.

Siete años después de la muerte de Atanasio, Gregorio Nacianceno (330–389) dio un sermón conmemorativo en Constantinopla, en el cual describió los afectos que el pueblo egipcio tenía por su obispo. Gregorio nos cuenta que cuando Atanasio regresó de su tercer exilio en el año 364, después de haber estado fuera durante seis años, llegó en medio de tal deleite de la gente de la ciudad y de casi todo Egipto, que corrieron juntos desde todas partes, desde los límites más lejanos del país, simplemente para escuchar la voz de Atanasio, o deleitarse al verlo.43

Desde el punto de vista de ellos, ninguno de los nombramientos extranjeros para el cargo de obispo en Alejandría durante cuarenta y cinco años fue válido sino sólo uno, el de Atanasio. Esta devoción se debía al tipo de hombre que era Atanasio. Gregorio lo recordó de la siguiente manera:

Que uno lo elogie por sus ayunos y oraciones (…) otro, por su diligencia y su celo por las vigilias y la salmodia; otro, por su amparo a los necesitados; otro, por su intrepidez delante de los poderosos y su condescendencia para con los humildes (…) [Para] los desafortunados [él era] su consolación; para los ancianos, su bastón; para los jóvenes, su instructor; para los pobres, su recurso; para los ricos, su administrador. Incluso las viudas (…) elogiarán a su protector; los huérfanos, a su padre; los pobres, a su benefactor; los forasteros, a su hospedador; los hermanos, al hombre de amor fraternal; y los enfermos, a su médico.44

Una de las cosas que hace que ese tipo de elogio sea más creíble para el mundo contemporáneo es que, a diferencia de los antiguos santos, Atanasio no es conocido por haber realizado ningún milagro. Archibald Robertson, quien editó las obras de Atanasio en el libro Nicene and Post–Nicene Fathers [Padres nicenos y post nicenos], dijo: «Él está (…) rodeado por una atmósfera de verdad. No hay ningún tipo de milagro que se le atribuya a él (…) La reputación santa de Atanasio descansaba únicamente en su vida y su carácter, sin la ayuda de ninguna reputación por algún poder milagroso».45 Después, continúa con su propio elogio para Atanasio:

En todo el conocimiento minucioso que tenemos de su vida no encontramos ni un solo indicio de interés por sí mismo. La gloria de Dios y el bienestar de la Iglesia lo absorbían por completo en todo tiempo (…) Los emperadores lo reconocieron como una fuerza política de primer orden (…), pero él en ningún momento cedió a la tentación de confiar en el brazo de carne. Casi inconsciente de su propio poder (…) su humildad es mucho más real porque nunca hizo alarde de sí mismo (…) Su valentía, su abnegación, su firmeza de propósito, su versatilidad, su ingenio, y su amplia empatía armonizaban con la profunda reverencia y la disciplina de un amante fiel de Cristo.46

Atanasio: Padre de la ortodoxia contra mundum

Este amor fiel por Jesucristo se expresó a través de una batalla que sostuvo durante toda su vida, para explicar y defender la deidad de Cristo y para adorar a Cristo como Señor y Dios. Esa es la razón por la que Atanasio es más conocido. Han habido épocas en las que aparentemente el mundo entero abandonó la ortodoxia. Por eso surgió la frase: Athanasius contra mundum (Atanasio contra el mundo). Él se mantuvo firme contra la abrumadora desviación de la ortodoxia, y sólo al final de su vida pudo ver el amanecer del triunfo.

Pero en cierto sentido es anacrónico utilizar la palabra ortodoxia de esta manera, es decir, para afirmar que el mundo abandonó la ortodoxia. ¿Era posible abandonar la ortodoxia en ese momento? Por supuesto, la verdad bíblica puede ser abandonada en cualquier momento. Pero el término ortodoxia generalmente se refiere a una postura histórica o a una postura que se acepta de manera universal, con respecto a lo que es verdad de las Escrituras. Entonces, ¿en ese momento ya existía una ortodoxia que pudiera ser abandonada? La respuesta está implícita en el otro gran nombre que se le ha dado a Atanasio, a saber, «Padre de la Ortodoxia».47 Esa frase nos da a entender que la ortodoxia vino a causa de Atanasio. Y, en un sentido, eso es cierto en lo referente a la doctrina de la Trinidad. Las relaciones entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo no habían sido declaradas formalmente en ningún concilio representativo antes de la época de Atanasio.

R. P. C. Hanson escribió: «Todavía no había ninguna doctrina ortodoxa [de la Trinidad], porque si la hubiera habido, la controversia difícilmente habría durado sesenta años antes de resolverse».48 Los sesenta años que tiene en mente son el tiempo que transcurrió entre el Concilio de Nicea en el 325 y el Concilio de Constantinopla49 en el 381. El Concilio de Nicea estableció las líneas de batalla y definió la deidad de Cristo, y el Concilio de Constantinopla confirmó y reiteró el Credo Niceno. En los sesenta años intermedios hubo una guerra doctrinal para determinar si la formulación nicena se mantendría y se convertiría en «ortodoxia».

Esa fue la guerra en la que Atanasio peleó durante cuarenta y cinco años. La batalla duró todo el resto de su vida, pero el resultado ortodoxo estaba a punto de llegar cuando murió en el 373. Y, con la ayuda de Dios, este resultado se debió al valor, la constancia, el trabajo y los escritos de Atanasio. Durante el tiempo que él vivió, ningún otro alcanzó a tener tanta influencia como la que él tuvo en lo referente a la causa de la verdad bíblica.50

Arrio dispara el cañón que se escuchó

en todo el mundo romano

La guerra se desató en el año 319 d.C. Un diácono de Alejandría llamado Arrio, quien había nacido en Libia en el año 256, presentó una carta al obispo Alejandro en la que argumentaba que, si el Hijo de Dios era realmente un Hijo, debía tener un principio. Por lo tanto, de acuerdo con Arrio, tuvo que haber un momento en el que el Hijo no existía. La mayor parte de lo que sabemos de Arrio proviene de otros hombres. Todo lo que tenemos de la propia pluma de Arrio son tres cartas, un fragmento de una cuarta carta, y un segmento de un cántico, la Talía.51 En realidad, Arrio figuró como un personaje secundario en la controversia que él desató. Murió en el año 336.52

Atanasio tenía poco más de veinte años cuando estalló la controversia, es decir, era unos cuarenta años más joven que Arrio (una lección de cómo la generación más joven puede ser más fiel a la Biblia que la generación anterior53). Atanasio estaba al servicio de Alejandro, el obispo de Alejandría. No se sabe casi nada acerca de su juventud. Gregorio Nacianceno celebra el hecho de que Atanasio haya recibido una formación principalmente bíblica y no filosófica.

Fue educado, desde el principio, en los hábitos y prácticas religiosas, después de un breve estudio de la literatura y la filosofía, para que no fuera completamente inexperto en tales materias, o ignorante de los asuntos que había decidido despreciar. Porque su alma generosa y diligente no podía tolerar ocuparse en vanidades, como los atletas inexpertos que, en lugar de golpear a su antagonista, golpean al aire y pierden el premio. Él meditó en cada libro del Antiguo y el Nuevo Testamento con más profundidad de la que cualquier otro había meditado uno solo de esos libros, y eso enriqueció su contemplación y su esplendor de vida.54

Ese fue el servicio que prestó durante cuarenta y cinco años: Un golpe bíblico tras otro en contra de la fortaleza de la herejía arriana. Robert Letham confirma el resultado de la observación de Gregorio: «La contribución de Atanasio a la teología de la Trinidad difícilmente puede ser sobrestimada (…) Él alejó el debate de la especulación filosófica y lo hizo volver a la base bíblica y teológica».55

En el año 321 se convocó un sínodo en Alejandría, y Arrio fue depuesto de su cargo y sus opiniones fueron declaradas herejía. A la edad de veintitrés años, Atanasio escribió la deposición y se la envió a Alejandro. Esa iba a ser su función durante los siguientes cuarenta y dos años: escribir para declarar las glorias del Hijo de Dios encarnado. La deposición de Arrio desencadenó sesenta años de conflicto eclesiástico y político en todo el imperio.

Eusebio de Nicomedia (la actual Izmit, en Turquía) adoptó la teología de Arrio y se convirtió en «la cabeza y el centro de la causa arriana».56 Durante los siguientes cuarenta años, la parte oriental del Imperio Romano (medida desde la actual Estambul hacia el este) fue principalmente arriana. Y todo eso, a pesar de que el gran Concilio de Nicea se había pronunciado a favor de la plena deidad de Cristo. Cientos de obispos lo firmaron y luego tergiversaron el lenguaje para decir que el arrianismo realmente encajaba en la redacción de Nicea.

El Concilio de Nicea (325)

El emperador Constantino había visto la señal de la cruz durante una batalla decisiva trece años antes del Concilio de Nicea y se convirtió al cristianismo. Él estaba preocupado por el profundo efecto divisivo que la controversia arriana tenía en el imperio. Los obispos tenían una poderosa influencia, y cuando estaban en desacuerdo (como en este caso), la unidad y la armonía del imperio eran más frágiles. El consejero cristiano de Constantino, Osio de Córdoba, había intentado mediar en el conflicto arriano en Alejandría, pero fracasó. Entonces, en el año 325, Constantino convocó el Concilio de Nicea, al otro lado del Bósforo, en Constantinopla (la actual Estambul). Reunió, según la tradición,57 a 318 obispos más otros asistentes como Arrio y Atanasio, ninguno de los cuales era obispo. Él estableció el orden del concilio y aplicó las decisiones del mismo con sanciones civiles.

El Concilio duró de mayo a agosto y terminó con una declaración de ortodoxia que ha definido al cristianismo hasta hoy. La redacción de lo que hoy llamamos el Credo Niceno es, en realidad, el lenguaje ligeramente alterado del Concilio de Constantinopla del año 381. Pero el trabajo decisivo fue hecho en el año 325. El anatema del final del Credo Niceno muestra claramente cuál era el problema en cuestión. El Credo Niceno original fue escrito en griego, pero aquí tenemos una versión en español:

Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de todo lo visible y lo invisible.

Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado del Padre, Unigénito; es decir, de la sustancia del Padre(ἐκ τῆς οὐσίας τοῦ πατρὸς): Dios de Dios (θεόν ἐκ θεοῦ),[y] Luz de Luz (καὶ φῶς ἐκ φωτός), Dios verdadero de Dios verdadero (θεόν ἀληθίνόν ἐκ ἀληθίνόῦ), engendrado, no creado (γεννηθέντα οὐ ποιηθέντα ), de la misma naturaleza [sustancia] del Padre (ὁμοούσιον τῷ πατρὶ), por medio del cual todo fue hecho, lo que está en el cielo y lo que está en la tierra; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó, y se encarnó y se hizo hombre; padeció, y resucitó al tercer día; y subió a los cielos, y vendrá a juzgar a vivos y muertos.

Y en el Espíritu Santo.

Pero a los que dicen: «Hubo un tiempo en que [Cristo] no existía», y «antes de nacer, no existía»; y «fue hecho de lo inexistente», o que dicen que el Hijo de Dios es de otra sustancia o esencia (ἤ ἐξ ἐτερας ὐποστάσεως ἤ οὐσίας), o creado, o convertible, o mudable, a esos los anatematiza la Iglesia católica y apostólica.

La frase clave, ὁμοούσιον τῷ πατρὶ (de la misma sustancia del Padre) fue añadida después debido a la insistencia del emperador. Eso permitió que el punto en cuestión quedara perfectamente claro. El Hijo de Dios no podía haber sido creado, porque Él no sólo tenía una sustancia similar a la del Padre (ὁμοιούσιον τῷ πατρὶ), sino que era de la misma sustancia del Padre (ὁμοούσιον τῷ πατρὶ). No fue creado con una sustancia similar, sino que era eternamente uno con la sustancia divina.

Sorprendentemente, todos los obispos, excepto dos, firmaron el credo, algunos, como dice Robertson, «con total duplicidad».58 Los obispos Secundus y Theonas junto con Arrio (que no era obispo), fueron enviados al exilio. Eusebio de Nicomedia consiguió escabullirse con lo que él llamaba una «reserva mental», y cuatro años más tarde persuadiría al emperador de que Arrio mantenía sustancialmente el Credo de Nicea, lo cual era una mera estrategia política.59

Cuando el mentor de Atanasio, Alejandro, obispo de Alejandría, murió el 17 de abril de 328, tres años después del Concilio de Nicea, la responsabilidad de Egipto y de la causa de la ortodoxia recayó en Atanasio. Fue ordenado obispo el 8 de junio de ese año. Este obispado era el segundo más importante de la cristiandad después del de Roma. Tenía jurisdicción sobre todos los obispos de Egipto y Libia. Con Atanasio, el arrianismo se extinguió por completo en Egipto. Y desde Egipto, Atanasio ejerció su influencia en todo el imperio en lo que respecta a la batalla por la deidad de Cristo.

Atanasio, los monjes del desierto y Antonio

Hemos pasado por alto un acontecimiento crucial y decisivo en su papel de asistente de Alejandro. Él realizó una visita con Alejandro a la Tebaida, un distrito desértico del sur de Egipto donde entró en contacto con los primeros monjes del desierto, los ascetas que vivían en celibato, soledad, disciplina, oración, sencillez y servicio a los pobres. Esta visita afectó profundamente a Atanasio y se sintió «encendido por la santidad de sus vidas».60

Durante el resto de su vida hubo un vínculo inusual entre el obispo de la ciudad y los monjes del desierto. Ellos le tenían respeto, y él los admiraba y los bendecía. Robinson dice: «Él trata (…) a los monjes como iguales o superiores, suplicándoles que corrijan y modifiquen cualquier cosa que esté mal en sus escritos».61 Esa relación se convirtió en una cuestión de vida o muerte, porque cuando Atanasio fue expulsado de su cargo por las fuerzas del imperio, había un grupo al que sabía que podía confiar su protección. «Los solitarios del desierto, como un solo hombre, serían fieles a Atanasio durante los años de prueba».62

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211 s. 20 illüstrasyon
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9781629463117
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