Kitabı oku: «Juana la enterradora»



Co863
S162
Juana la enterradora / John Saldarriaga. Medellín, Colombia : Ediciones UNAULA, 2021.
239 páginas (Tierra Baldía)
ISBN: 978-958-5495-81-4
I. 1. Novela colombiana
2. Literatura colombiana
II. 1. Saldarriaga, John
Juana la enterradora
JOHN SALDARRIAGA
Serie: Tierra Baldía
Ediciones UNAULA
Marca registrada del Fondo Editorial UNAULA
© Universidad Autónoma Latinoamericana
Primera edición: octubre de 2021
ISBN: 978-958-5495-81-4
ISBN-e: 978-958-5495-82-1
Hechos todos los depósitos legales
Derechos de autor reservados
Edición general:
Jairo Osorio
Diagramación e impresión
Taller Artes y Letras S. A. S.
Universidad Autónoma Latinoamericana UNAULA
Cra. 55 No. 49-51 Medellín - Colombia
PBX: [57+604] 511 2199
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Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Advertencia
Esta es una novela de ficción.
Personajes, hechos, circunstancias y escenarios tienen origen o, más bien, datos inspiradores en sus similares reales, pero no se puede decir que los resultados sean históricos. Lo anterior también puede explicarse así:
Tomé puntos de partida reales y acudí a la imaginación para construir la obra. Entonces, el resultado es una fusión de realidad y ficción, y resulta imposible determinar dónde comienza una y termina otra.
La novela es un conjunto de cuentos. Esta es una de las primeras definiciones que aprendí, cuando aún cursaba la primaria en la escuela Fernando González. Y en esta obra he intentado que cada uno de los capítulos tenga vida propia, mediante el relato de una historia redonda y completa, al tiempo que se dejan unir mansamente para contar entre todos la historia de Juana la enterradora.
Esta obra es también un acercamiento al cementerio de Envigado, del que no se ha escrito tanto como debiera.
¡Ahí lo van a enterrar!... A las dieciocho y media… Oscurece ya… No vino gente rica, poca gente…
Apenas siete personas: los dos hijos y cinco parientes obligados… El enterrador Urquijo está afanado… Se alumbra con lámpara Cóleman… Levántala para alumbrar el interior de la bóveda… Cargan al muerto y lo empujan… sonido de arrastrar madera sobre granitos de cemento y cal…
“¡Enderécelo!” dice alguien a Urquijo, “pues quedó atravesado en la bóveda”… “Está muy tarde”, responde Urquijo… Colocan la tapa del hueco… Urquijo cuña los resquicios con cantos de ladrillo…
Coge una mano de cemento y la pega a los cantos… La extiende luego en círculo, de una manotada… “Ya está”, dice. “No está aún”, responde uno de los hijos… “Está muy tarde, contesta Urquijo, mañana acabaremos”…
Fernando González, en Revista Antioquia
Y yo voy a su tumba a soñar… Guy de Maupassant, en Las sepulcrales
Memorias de la melancolía
·
Hoy, revisando cosas viejas, botando lo inservible, sacando el diablo como se dice, encontré algunos de mis Diarios. Mejor dicho, mis memorias, ya que no los escribía tan pronto iban sucediendo los hechos, es decir, mis vivencias, sino después, cuando habían pasado. Los había perdido de vista entre tantos trebejos que tienen todos los de esta casa de locos, casi veinte personas entre tíos y sobrinos, una manada de dinosaurios, no solo porque la mayoría estamos viejos, sino porque ya olvidamos o no nos importa cuáles son hijos de quién: los de Luz Elena, los de Alfonso, y el mío; cuáles somos los hijos de Víctor Molina y María Evangelina Medina —siete, si mal no estoy— ni cuáles los vástagos de mi papá con otra mujer con quien estuvo antes; cuáles de los hermanos míos no tuvieron ni uno. Lo cierto del cuento es que todos —padres, tíos, hijos, hermanos, nietos, sobrinos; todos— nos hemos tratado como iguales. Parecemos hermanos que deambulan por la casa como fantasmas y como auténticos desconocidos.
Cuando digo “la casa”, no me refiero a una construcción con paredes y techo, donde metemos nuestras miserias para protegerlas de la intemperie y esconderlas de los ojos del mundo. Bueno, también, pero no solo a eso, a una vivienda semejante a la de cualquier familia; la nuestra incluye el cementerio, la cantina y todo.
Al recuperar estos cuadernos empastados en terciopelo negro —les ponía esmero, nadie puede dudarlo—, eché de ver que comencé a escribirlos de manera tardía. No a los quince años, como las mujeres afanadas por apuntar sus modestas hazañas, sus incipientes experiencias, sus idilios etéreos y sus sueños bobos, sino después de los cuarenta y cinco, cuando ya había vivido; había pasado por tantas estupideces que, una tras otra, van haciendo la vida.
La idea la tomé de El diario de Ana Frank, que leí a medias. Un volumen raro que le regalaron a mi papá no sé cuándo; ah, no, que se encontró entre las flores de la tumba sin identidad y sin fechas del ala occidental, un día de esos cuando en el cementerio hay más vivos que muertos… No, no fue así; ahora lo tengo claro… No lo de la tumba antigua y olvidada, la cual es otra historia… tal vez… Me refiero al libro: se lo dio a mi papá una mujer judía, una tal Molka Eidelman, quien, al tiempo de llegar a estas tierras, cambió el nombre por Marta. Con la señorita Débora Arango, fue la primera mujer que manejó carro en Envigado y todo… Ella alcanzó a contarnos su historia a mi papá y a mí un día, no el mismo en que le regaló el libro, sino otro, pues estaba triste. Mi padre dejó el azadón; yo abandoné la regadera. Nos quedamos como hipnotizados oyendo a esa mujer. La observé con detenimiento, demorándome en apreciar ese rostro suyo dueño de una belleza exenta de delicadeza, gobernado por unos ojos oscuros, profundos y brillantes, sus mejillas pobladas a medias por pecas rojas que recordaban el mapa de un territorio insular, su frente amplia sin ninguna arruga que la surcara. No pude dilucidar ese aire suyo de mujer desparpajada que lo ha vivido todo. Me resultó imposible calcularle la edad… Y, modestia aparte, he sido buena para eso.
Vino huyendo del odio. Estudió en La Presentación. La llamaban la Niña Judía… Se le veía orgullosa de ser paisana de Nuestro Señor Jesucristo y repitió varias veces esta circunstancia en los contados minutos de la conversación. Sus padres, de origen rumano y religión judía, la concibieron en altamar, a finales de 1929, a bordo del barco carguero que los trajo hasta Buenaventura, en un recorrido de cuatro meses, huyendo de los rigores del antisemitismo rumano. “No había empezado la guerra —decía y las palabras resonaban en mi mente infantil como un trueno a medianoche, y siguen retumbando ahora cuando vuelven a mi memoria— y la situación para nuestro pueblo era difícil”. Nació en el año treinta y la nombraron Molka. Molka Eidelman. Ella, para evitar confusiones “y peligros, con ese antisemitismo que había”, más tarde se hizo llamar Marta. Así de simple. Su madre, Paya Doñetz, no habría de durar mucho tiempo. En la precariedad hospitalaria de entonces, murió cuando Molka tenía tres años, a causa de una infección. Su padre, Peicer, conocido después como Pedro, quedó a cargo de la chiquilla, sin dominar el español. Él había venido antes, en el veinticuatro, como polizón.
A Molka la crio una mujer dueña de un hostal, conocida de su padre y a la que la judía consideraba una santa o, más aun, un ángel. Las monjas de la Presentación decidieron para ella un bautizo católico y tramitaron permiso ante el papa. Fue entonces cuando cambió de nombre. Al crecer, no estuvo a salvo de persecuciones. Una vez, la sacaron escondida en una caja de galletas, como si fuera un gato, para escurrirla de las garras de la policía y, en otra, cavaron un foso en un extremo de una finca, la sentaron allí en un cojín y pusieron una tapa de tablas para que no la encontraran.
Cuando su papá murió, el velorio lo hicieron en la colonia judía. Marta, casada ya, asistió y observó el cuerpo de su padre tendido en suelo y cubierto con sábanas negras, como ha sido costumbre entre ellos. Después, ella dio la vuelta al mundo y trajo mariposas de cristal y todo.
—Ser judío no es únicamente decirlo: ¡Se lleva en la sangre!
Desde entonces deseé con ansia ser dueña de una parte de aquellas aventuras o de otras semejantes para escribirlas en un diario, o para contarlas por ahí a los conocidos. Pero, qué va, las cosas interesantes no me suceden a mí. La vida pasa por mi lado como una tangente. En fin; no sé por qué a mi papá y a mí se nos metió que ella, la señora Eidelman, era la misma visitante desconocida de la tumba sin nombre. Hablábamos de ella a veces. Jamás volvimos a encontrarla…
Volviendo al cuento, al mío, ese libro, que fue a parar entre mis cosas, estaba escrito por una muchacha judía. Se escondía con su familia en una buhardilla o algo así. Como Marta, huía de los nazis. Se me antojaba encontrar semejanzas entre mi vida y la de Ana, al menos en cierto sentido, el de estar escondida en un cementerio y en la casa aledaña a este, huyendo, no de una guerra, sino del destino… como si fuera posible. Ella le puso nombre a su diario: le decía Kitty. Yo no les puse nombre a mis escritos. O tal vez sí: les he dicho Diarios, a pesar de ser memorias. Pero, ¿a quién le importa que no sean diarios? Son los nombres del corazón y este tiene sus razones para nombrar las cosas a su gusto y, en general, para hacer cuanto le venga en gana. Y aunque mi existencia no fuera intensa como la suya, me dije, al menos, al escribirla, podría conseguir que a mí misma no me pareciera tan aburrida e insípida. Al leerla después, me prometía ilusionada, podría imaginar que era la vida de otra, y cualquiera otra es mejor que yo. Y desde entonces escribía casi todas las noches, así fueran dos líneas, hasta hace más o menos diez años. Es una dicha volver a verlos; sinceramente, creía que se habían ido una mañana cualquiera en el carro de la basura con tantos otros trebejos, cuando me ha dado por sacar el diablo.
Cosa curiosa: los hechos consignados en mis memorias corresponden a la juventud. ¿Será acaso que ya a una nada nuevo le sucede? ¿Nada de lo que pasa le suscita un comentario, una emoción? ¿Pocos asuntos le afectan y, menos aún, le sorprenden? En fin, recogí esas libretas con silenciosa y contenida premura, no fueran a verme los demás y me acosaran a preguntas: “Juana, ¿qué tiene ahí? Déjenos leerlo”. Y por más que les hubiera contestado: “No señores, esto es personal, esta es mi vida privada”, no se hubieran resignado y no me los hubiera quitado de encima. Yo lo sé.
Además, ¿no han dicho siempre que estoy loca? Los leerían con morbo, solo para burlarse de mí. Sé que no estoy loca; la gente tiende a confundir situaciones y emociones con, cómo se dice, desequilibrios mentales: la soledad en que habito, a pesar de compartir el espacio con tantas personas… vivas y muertas; la alegría excesiva, la rabia excesiva, la tristeza cuando se queda instalada en el alma, como una nata, para formar lo que se llama melancolía… Melancolía: mi palabra favorita desde la primera vez que la oí. Fue al doctor Restrepo, en una de sus venidas a tratar de una diarrea crónica a uno de los menores. “No sé, a veces me agarra la melancolía, se me queda como tres semanas y no hay quién me aguante”, le contaba ese hombre alto y de cara grande y rectangular a mi padre, su amigo, mientras yo le miraba asombrada sus dedos índice y del corazón de la mano derecha, amarillentos de tanto fumar cigarrillos sin filtro. El de la melancolía es mi caso. Yo, Juana Molina, soy una mujer melancólica. Tengo el corazón seco como un corcho y espinoso como un cactus. Contra él apreté los Diarios recuperados, los llevé a mi pieza, donde los acabé de esconder bien escondidos.
Primero supuse que el mejor sitio para ocultarlos era debajo de la baldosa floja al lado del nochero sobre el cual tengo la imagen de la Virgen de Guadalupe, la palmatoria con la vela empezada, la Biblia, El diario de Ana Frank, Cuando el mundo era joven, la Novena de las Ánimas del Purgatorio y una camándula bendecida por el padre Julio Jaramillo, el que pintaba gatos. Pero después se me ocurrió que no, que tal vez a alguna de las mujeres de la casa, esas buenas para nada, impulsada por un espíritu maligno, le diera por entrar con el pretexto de limpiar y, al pasar la trapera y notar el desperfecto, retiraría la baldosa y, claro, hallaría mi secreto. Nada más mirá a esa Lourdes. ¿Esquizofrénica es que se dice? Tiene la casa llena de huecos, las paredes, el suelo; los abre con una varilla cuando está abatida. Pero, todo hay que decirlo, desde la muerte de su hijo, hace un año, no le han vuelto a dar los ataques. Debe ser que él la está cuidando, sí, los muertos siempre cuidan a los vivos, así funciona esto. En fin, entonces eché un vistazo a mi habitación: vi la cómoda donde guardo la ropa y cierra el paso al otro cuarto, el de las mellizas, cuyo hueco nunca ha tenido puerta y en su lugar cuelga una cortina de flores desteñidas más vieja que yo; el cuadrito del Ánima Sola, entre llamas, con su mirada en lo alto, en la pared de la entrada; la ventana que da a la calle y mantengo cerrada para evitar la entrada del ruido de los carros y el polvo y las miradas impertinentes…
¡Ay, cómo no se me había ocurrido! El antepecho de la ventana, de más de sesenta centímetros de tapia, es un buen lugar… Pero de inmediato descarté la idea. Si aquí la gente respetara lo de una… Ni el Cristo negro de la cabecera de la cama ni nada intimidaría a ningún entrometido. Al rato de pensarlo decidí encaletarlos más bien debajo del colchón de mi cama. Tengo planeado leerlos despacio y en desorden en el cementerio, de tarde en tarde, cada vez que me pueda dar una escapadita. No tengo ningún afán.
Los leeré para contarme la historia de mi vida, esa que ha pasado por mi lado como una sombra ajena. A ratos dudaré si en realidad esas cosas me han sucedido a mí. Por eso me gusta mirar mi letra despatarrada y torcida, fea sí, peor que la del doctor Restrepo: me hace sentir mías y nada más que mías esas vivencias. Me revelaré la historia de La Última Lágrima, que es la cantina, y también de la casa, sí, la casa, un lugar donde el más viejo, mi padre, fue un enterrador de leyenda, y una de sus hijas, esta que viste y calza, cavila y narra, es Juana Molina la Enterradora. Así me llaman, a mi pesar. Reconoceré un lugar donde la muerte no es causa de desasosiego y los espantos son juego de niños.
La muerte es un lugar oscuro y solitario
·
Descubrí la muerte cuando tenía unos cinco años. Fue con la de mi amiga Isabel, dos años mayor que yo. Antes, no pensaba en eso. No sospechaba siquiera la existencia de un término para todo esto, un punto final a la circunstancia de estar aquí. No me pasaba por la mente que este cuerpo mío, el cual no dejaba de sorprenderme y al cual comenzaba a acostumbrarme y todo, debiera abandonarse, como los caracoles cuando vacían su concha y esta no sirve ya más que para oír el mar. Y en mi caso, ni para esto siquiera. Era como si pensara, aunque de manera inconsciente, que si estábamos aquí, en la Tierra, caminando por la vida con ropa y zapatos; los viejos fumando, los muchachos silbando canciones, los niños jugando, las comadres hablando… si íbamos por el mundo como si fuera el asunto más natural, este planeta girante era el lugar de la humanidad, de quienes conformábamos la humanidad. Y así permanecerían las cosas per saecula saecolorum. Daba por sentado que así funcionaba esto y así funcionaría por siempre. Y este por siempre se sentía tan cómodo como un maldito sillón de plumas, mullido y amplio, del que no nos queremos levantar. Pero no, ¡ahora resultaba que nada de eso era cierto!
Isabel fue a la Ayurá con su familia un seis de Reyes, como es la usanza. Según contaron durante el velorio, se bañó en la quebrada, chapoteó el agua como los demás niños, y, como los demás niños, jugó a mojar las piedras secas, ignoradas por la corriente, para salvarlas de una muerte por sed. También yo me compadecía de ellas cuando iba. Era grato percibir ese olor a tierra, agua corriente y piedras mojadas bajo el sol. A la hora del almuerzo desempacaron los fiambres. Una roca junto al agua, inmensa como un animal prehistórico varado en la orilla, sirvió de comedor. Los demás de la casa se hicieron sobre la gran mole; en cambio, Isabel, siempre distinta, se sentó en su base y la usó de espaldar. De pronto, antes de que nadie pudiera advertirlo, la piedra rodó tal vez agobiada por el peso, derribó a los comensales y aplastó a la niña como si el animal hubiera cobrado vida de repente, hubiera decidido marcharse y a su paso quebrara con su pata una rama seca del camino sin siquiera darse cuenta de ello.
En el velorio, Isabel permaneció metida en un cajón blanco, brillante, con enchapes dorados y cubierto de flores. Yo veía el cajón, cómo no, pero estaba clavado por todas partes y no se podía ver su interior. Los grandes comentaban: “ya no estará más entre nosotros”. Mi mamá me advertía: “nunca más volverás a verla”. Sin embargo, yo no entendía a qué demonios se referían. ¡Son bobadas de viejos! Cómo puede ser posible. Chava estará mal un tiempo, me decía interiormente, y después volveremos a estar juntas. Ya ha ocurrido antes. Una vez, ella contrajo paperas, la encerraron en su casa, en su cuarto, y no pude verla por varios días ni nada; en otra, a mí me dio sarampión. Tampoco fue a visitarme. Así sería esta vez: dejaría de verla por un tiempo y, una vez transcurrido, ella me buscaría para contarme entre risas cómo fue eso de sentirse bajo la roca.
Además del tono perentorio en las palabras de mi madre, el cual sembró cierta inquietud en mi alma, lo que me ayudó a comprender un poco más este asunto un tanto anómalo del final definitivo fue el funeral, esa misa larga y cantada del día siguiente. No la celebraron cuando tuvo paperas. Los himnos, entonados por el sacerdote y contestados por un organista dueño una voz afónica y profunda, comparable con ruidos procedentes de una caverna rocosa, me apretaban el corazón como con unas tenazas en cuyos brazos trabados hubiera, de un lado, angustia y, del otro, placer, es decir, una combinación de doloroso goce:
—Mil años ante tus ojos como el día de ayer que ya pasó, como una vigilia de la noche.
—Al Rey adoremos para quien todo vive
Isabel permanecía metida en el cajón blanco. Adentro debía estar oscuro.
En el cementerio, su mamá gritó desconsolada. Mi padre, ocupado en sepultarla en el pabellón de los niños, se vio obligado a sacar siete veces el cofre para darle gusto a ella en el deseo de tocar la madera laqueada. Era como si palpara, no el madero, sino a la niña, con suavidad y ternura.
Y creo haber entendido todo completamente cuando él puso cemento a la bóveda, como si quisiera evitar una eventual fuga de la niña. No podrá respirar, me dije, pero de inmediato sospeché, esta circunstancia hacía parte de lo mencionado por los grandes y me reservé el comentario.
Yo, Juana, aprendí a caminar entre bóvedas, lo sé. Gateaba en las criptas y todo. Uno de mis más antiguos recuerdos es el de la gozosa sensación al pasar mis manos chicas por los altorrelieves y bajorrelieves de las lápidas más bajas. En mi mente sigo percibiendo una con nitidez, la de un viejecito. Estaba hecha de hierro y forrada con estaño. Tenía su cara, alta nariz y arrugas en la frente, grabada y superpuesta. Faustino Arango. 1852-1937. Hice leer el letrero y lo retuve para no olvidarlo. Tocaba ese rostro como lo hacen los ciegos, con los dedos deteniéndose en cada ondulación para aprenderse de memoria las formas. De su florerito incrustado en la losa pendían sin falta dos siemprevivas muertas. Una noche venía caminando con mi madrina. Vi a la vieja Gabriela en su puesto de flores en la puerta del cementerio. En ese momento recordé el comentario de aquella emitido esa misma tarde, de que la vendedora no había vuelto a trabajar en cuatro o cinco días. Me le solté de la mano sin decirle nada y fui corriendo a preguntarle a esa mujer:
—¿Qué hacés a esta hora de la noche? ¿Quién va a comprar flores con el cementerio cerrado?
Nada me dijo. Al llegar a la casa, le conté a mi madrina lo ocurrido y me aseguró no haber visto nada ni a nadie. Al mañana siguiente me enteré que Gabriela había muerto en la clínica la noche anterior, más o menos a la hora en que la vi, y que allí, recluida, pasó los últimos días. Me había espantado.
Veía a mi papá sepultando los cajones… pero no había caído en la cuenta de que esos cajones estaban habitados por gente. O, bueno, tal vez sí lo sabía, pero no le había dado trascendencia al tema. Total, se trataba de otra gente, desconocida y ajena; nada mía.
En síntesis, para continuar con la idea de mi descubrimiento de la muerte, nací entre muertos y crecí con la muerte misma en escena permanente… Sin embargo, hasta entonces no había hecho conscientes tales asuntos ni que tales asuntos significaran el final.
Desde aquel lejano instante de mi hallazgo he pasado por distintos sentimientos. Al principio, me sentí defraudada; después, confundida; más tarde, resignada y, al final, conforme.
Defraudada, porque yo, Juana Molina, me sentí traicionada por Dios. Él no me había prometido nada; ni más faltaba. Pero era como si lo hubiera hecho.
Tan apegada a algunos seres, especialmente a mi papá y a mi madrina, y ¡saber que habría de arrebatármelos de un manotazo artero! Pasaba los mejores momentos en el cementerio viendo a ese hombre sabio limpiando lápidas y abonando el jardín y, al lado de ella, en la casa, horneando galletas de mantequilla o, en alguno de los patios del sitio santo, observando cómo adelantaba un tejido tal vez indeterminado y con seguridad interminable, y yo, entre tanto, le acariciaba una rara inflamación de la rodilla izquierda o desenredaba un ovillo de lana. Estando con él o con ella, oía distraída los cantos de los alcaravanes o los rezos monótonos de los visitantes.
Requiem aeternam dona ei Domine.
Et lux perpetua luceat ei.
Requiescant in pace.
Esas cosas, ay, habrían de terminarse de un momento a otro, sin que yo pudiera hacer nada al respecto; sin que se tuviera en cuenta mi opinión. Era injusto. Y me enojé con Dios en una rabieta que alcancé a comentarles a ellos dos, entre sollozos, en distintas ocasiones, tres o cuatro años más tarde.
—Te falta aprender tanto, Juanita… —Suspiró ella sin apartar los ojos del tejido.
—Ya tengo ocho —le dije—. Voy a la escuela.
—Cuando hayas vivido tanto como yo, te darás cuenta de que todo está bien. La muerte es como irse a vivir con Dios. Entonces, ¡no puede ser tan malo!
—La muerte no es una cosa horrible, como algunos creen, muchacha —bramó él, en su momento, sin apartar los ojos de la bóveda que encalaba.
—¿Ah, no? Entonces, por qué todos tiemblan al nombrarla y lloran cuando llega.
—Solamente tiene mala fama, incluso para quienes la consideran un invento de Dios. No es más. Es como irse a dormir, aunque más profundamente. Andá, más bien, a traerme un florero de la bodega. Ah, y un tarro de pintura negra que dejé detrás de la escalera chiquita —antes de alejarme, añadió—: la muerte es solo un lugar oscuro y solitario.
Andando los tiempos fui conformándome. Aceptando las cosas de mejor manera.
Tuve una recaída, y fuerte, cuando ella murió. Yo era entonces una muchacha de… no sé, tal vez diecisiete años; había rumiado como nadie este ejercicio nada sencillo de entender la muerte, había visto y asistido a mi papá miles de veces en el cementerio. Total, él ha sepultado a medio pueblo y yo he estado ahí, las más de las veces, para asistirlo. Y hasta comenzaba a hacerme a la idea de que la labor del sepulturero es divina, o sea, uno de los negocios de Dios: despacha las almas al más allá para su viaje por el Purgatorio. Él o un ángel suyo o quién sabe quién, estaba del otro lado, recogiendo lo que mi papá le enviaba. Lo había visto sacar restos e incluso le había sostenido la bolsa docenas de veces para que vertiera esqueletos, no pocos de ellos enteros tras cuatro años de espera, y mi papá no podía partirlos ni con el hacha, como si fueran árboles petrificados durante centurias. Había mirado frente a frente las momias más tenebrosas y, así, se me fue formando un cayo en el espíritu… Pero cuando mi madrina murió… ¡Ay, Dios! Fue como si la costra que cubría la herida y conseguía, poco a poco, cicatrizarla, se hubiera desprendido de golpe, dejaba la carne viva y volvía a sangrar y arder. Y yo grité de dolor.
Ella no murió de nada, quiero decir, no estaba enferma. Solo se fue apagando un día, desde el amanecer. Cuando me levanté, la luz del Sol apenas comenzaba a dibujar los utensilios de la cocina. Preparaba chocolate, como de costumbre. Terminó de batirlo. Me dio una taza. Desde que me lo entregó, noté en ella un raro temblor. Era leve, sí, pero también inusual. Se lo advertí.
—No es nada. Mis manos quedaron agitadas por batir el chocolate; eso debe ser.
Volvió a la cocina y tomó un par de analgésicos “por si las moscas”, como solía decir. Yo salí al patio de atrás para tomar la bebida despacio, recostada al paredón del cementerio. Esa mañana, ella no hizo los destinos en la casa ni nada. Se sentó no más a observar las cosas, las plantas, la escoba parada en el cabo, las personas cuando estaban ahí, los perros rascándose o sacudiendo su pereza, la ropa colgada secándose al viento, el espacio en general, con la mirada de quien acaba de llegar a un lugar nuevo y lo viera todo por primera vez. No hizo nada más.
Después de almuerzo, en vez de irse a tejer, se fue a la cama a hacer una siesta, luego de tomarse otro par de analgésicos. El almuerzo le había caído pesado, me dijo. En la tarde, no se levantaba. Fui a despertarla, pero nada. Su semblante era tranquilo y todo. Grité desesperada y mi papá llegó a quitármela de las manos para que no la sacudiera más. Estaba muerta. Le puso un espejo ante los labios y la nariz, y no se empañó en absoluto.
—¿Voy a buscar al doctor Restrepo? —Le pregunté casi echando a correr.
—No. Más bien andá a buscar al padre —contestó, con una tranquilidad comparable con la reflejada en el rostro de mi madrina en aquel instante—. Pero primero traéme un pañuelo del nochero mío. Le amarraré la mandíbula para que no quede con la boca abierta.
Fue un golpe bajo. Los seres bondadosos deberían merecer la inmortalidad. Era una viejecita dulce y tierna. Dueña de una agradable habladuría, siempre con historias para contar. Vivencias que parecían fábulas o simplemente contadas de manera tal que uno creía encontrar al final una enseñanza, como esos paquetes de recortes de obleas que alegraban las horas de mi niñez, en cuyo fondo solía haber una bolita dulce. Fue una mujer maravillosa. He aspirado ser como ella… tan siquiera un poco.
Casi me volví loca, esa vez de verdad. En silencio, rumié mi dolor y volvió a renacer mi furia… Pasé días pensando qué diría ella en tales momentos. Al cabo de, decí vos, dos meses, seis, un año, hallé la respuesta: —Qué tal que no existiera la resignación...
Aposté que esto hubiera dicho y hubiera seguido tejiendo como si tal cosa. Y sí, todo pasa, el dolor por su pérdida también. Se me fue convirtiendo en un agridulce peso en mi corazón que nunca merma. Soporté la sacada de sus restos, sola con mi padre. Lo vi retirar la losa, halar los leños de lo que fue su ataúd, hacer a un lado los jirones de los forros del mismo y de la mortaja. Ninguno de los dos dijo nada sobre el olor a vainilla, como cuando horneaba galletas, como si no nos extrañara. Tampoco al ver aquel esqueleto completo. Estaba momificada por los fármacos engullidos como si fueran golosinas. Sostuve con firmeza la bolsa y él la metió completa. En las cuencas de los ojos notamos sendos asteriscos dorados, resplandecientes, como estrellas instaladas en el fondo de la calavera.
—Recemos un Padrenuestro, muchacha —ordenó mi papá mientras le hacía un nudo al fardo.
Entre gladiolos y sauces llorones
·
El cementerio ya no es como antes. Bueno, no solo este; ninguno. En aquel tiempo había en él, no sé, un halo de misterio muy conveniente, apropiado para el tema de la muerte y, más aun, el del descanso eterno. Quien visitaba el barrio de los acostados —y hasta nosotros que no éramos visitantes, sino prácticamente moradores— sentía en el aire una esencia, un fluido que parecía proceder del Más Allá. Incluso los falsos pimientos, frondosos y despeinados, con sus troncos rugosos y retorcidos como brazos y dedos deformados por una artritis severa, con aspecto de ser tan viejos como el mundo, contribuían a imprimirle al escenario una atmósfera rara. Bastaba con echar un vistazo a las galerías blancas de las bóvedas y las criptas, al Resucitado, a los jardines que no se parecían a los de las casas aunque uno no supiera explicar la diferencia entre ellos; bastaba con aguzar el oído para penetrar el silencio, respirar el olor a flores muertas, para sobrecogerse. Y si era de noche… uno abría bien los ojos para distinguir siluetas negras sobre la negrura aún más intensa y profunda del aire, y sin necesidad de viento, una corriente helada le recorría el cuerpo, desde la coronilla hasta los dedos de los pies, demorándose en su paso por la columna vertebral, en un escalofrío sepulcral. Y si había viento, su ulular entre los árboles parecía un gemido angustioso de ánimas en pena.
Pero hoy los cementerios son otra cosa. Iluminados como quirófanos o como si mantuvieran listos para un espectáculo de día y de noche, de ellos se han esfumado el suspenso y el temor a lo desconocido, podrían decir los visitantes; se extinguió la solemnidad, circunstancia adecuada y coherente con el misterio de la muerte, diríamos nosotros. Los floreros de las sepulturas acogen flores artificiales, de modo que ya no flota jamás en el aire ese olor dulzón de las aguas podridas cuando se tarda mucho para cambiarse. De noche parece de día. El sepulturero —mi padre dejó de serlo hace tiempos— parece un obrero ordinario, el operario de una fábrica, dedicado a una labor cualquiera, y carece de ese misticismo requerido para los de este oficio, más cercano a lo divino que a lo humano, por ser puente entre lo uno y lo otro.
Hoy, los cementerios no asustan. Primero, a la gente le daba miedo pasar por sus cercanías. Estas eran oscuras como boca de lobo.
El Carretero, la vieja vía que une a Envigado con Sabaneta, era una trocha angosta y sin pavimentar, con poco flujo de autos en el día —más que nada los buses amarillos de Transportes Carlos Ángel— y ninguno durante las noches. La urbe era pequeña. Había tramos extensos en los que no se hallaba una sola vivienda.
La gente hablaba de espantos y de sucesos extraordinarios relacionados con los muertos y conseguían estremecerse. Se rumoró por muchos años sobre una mujer de apellido Ruiz: había aparecido bocabajo a los cuatro años, cuando le sacaron los restos. Y con mechones de cabello en sus manos. Los comentarios se explayaban al imaginar el tormento de aquella desgraciada, al darse cuenta de que había sido enterrada viva. Un escalofrío se apoderaba de todos. También aseguraban que mi padre solía oír ruidos, como pataleos y gritos, en bóvedas de recién sepultados. Él, a decir verdad, no confirmaba ni negaba tales casos a nadie; salvo a los de la casa, eventualmente nos contaba algo de ello, cuando estaba borracho, aunque con pocos detalles. Tal vez a nosotros se nos zafaba la lengua con los amiguitos de juego y a estos con sus parientes y a estos con sus amigos… Suficiente para asustar a medio pueblo que repitió por años estos cotilleos.
No era de extrañarse, explicaba mi padre. Antes de los años setenta, a los muertos no los embalsamaban; Eugenio Ochoa, el funerario, ponía el cadáver sobre la mesa, lo desvestía, lo enrollaba en una mortaja, lo vestía con un hábito y lo metía al cajón. Esto era todo. Vivos, aunque con apariencia de muertos tal vez por efecto de catalepsia, enfermedad escasa pero existente, podían ser enterrados algunos individuos, pero muy pocos en su experiencia, gracias Dios. Después de eso fue cuando comenzaron a extraerles los líquidos con una jeringa y con esta misma les inyectaban formol.
En la noche, escasos eran quienes se atrevían a mirar el interior del cementerio. Ver en la oscuridad las siluetas de las galerías de bóvedas. Daba susto ver las formas de los sauces llorones como monstruos de las montañas del Purgatorio inclinados sobre su propia tristeza, dibujados de negro sobre el negro más profundo. Los hombres, siempre tan bobos, se desafiaban en su guapeza para ver cuáles de ellos eran capaces de llegar hasta la puerta o cuáles, en un extremo de osadía, se atrevían a saltar la tapia y entrar. Por eso, cuando fundé La Última Lágrima, al principio los clientes no eran muchos, casi todos vecinos de Bandera Roja y Primavera. A los demás les daba temor llegar hasta el negocio. ¿Ah?
Contaba mi madrina que, hace mucho tiempo, los sabaneteños se casaban en la Iglesia de Santa Gertrudis. Hacían a pie la distancia. Venían calzados con zapatos viejos o chancletas, para no echar a perder los nuevos al tropezar con piedras sueltas ni empolvarlos durante el verano, o para no embarrarlos en los charcos dejados por las lluvias en el invierno. Entraban al cementerio a cambiarse el calzado e incluso, para darle los últimos retoques a la novia, antes de emprender el último tramo hasta el Centro. Y de regreso, hacían lo inverso. Llegó a saberse de novias que se cambiaron la ropa vieja por el vestido blanco en cualquier pasillo, frente a las bóvedas, con la asistencia de su mamá, una hermana o una amiga, atentas a que la mujer permaneciera oculta a los ojos de los vivos.
Soy Juana, hija de Víctor, hijo de Adolfo, hijo de Agapito, hijo de Medardo Molina. Medardo habló a Agapito; Agapito, a Adolfo; Adolfo a Víctor, y este a mí, sobre el cementerio. Y no porque los antepasado de mi papá hubieran estado vinculados oficialmente con la última morada. No, pero sí porque ellos, movidos por la vocación y la voluntad, eran colaboradores sin paga de esos sitios santos. Así las cosas, puedo entonces hablar. El cementerio de Envigado está en el mismo lugar que ahora ocupa, en el occidente del mapa, desde la mitad del siglo XX. Antes de eso, había estado junto al templo de Santa Gertrudis La Magna. Sin embargo, no puede afirmarse que haya sido el mismo campo santo en ciento cincuenta años. Una ciudad está sembrada encima de otra, un mismo sitio ha tenido mil banderas, o como nos decía la profesora Celina: “Troya se fundó sobre Troya y esta sobre otra Troya”. ¿Cómo podría ser distinto con la ciudad de los muertos? Y durante este tiempo ha estado junto a la vía que conduce a Sabaneta desde el siglo XIX. Primero un camino; después, una trocha; más tarde, desde 1874, El Carretero. Ese primer cementerio era pequeño: de ochenta y una por treinta y nueve varas, cerrado con tapias blanqueadas y coronadas de tejas con portaletes. En el centro había sepulturas en tierra; en los lados, bóvedas. Más tarde, ya en los años treinta del siglo XX —lo vio mi padre y es como si lo hubiera visto yo—, lo ampliaron otra vez en terrenos de un tal Eulogio Díez. El lugar todavía era, en ese tiempo, apartado del centro de Envigado. Lo separaban de este unas mangas, actualmente habitadas. Nacida en la década siguiente, lo vi rodeado de tapias. No conocí a Urquijo, sepulturero de leyenda como mi padre. Entre 1957 y 1960, lo ampliaron otra vez, por disposición del párroco Pablo Villete López. Entonces le dieron forma de trébol, figura que apenas si alcanzábamos a distinguir montados en el altico de lo que hoy es el barrio El Dorado. A la llegada de los sesenta, mi papá cogió el puesto en propiedad, aunque llevaba varios años como ayudante del anterior enterrador y podría decir, yo como ayudante de mi padre, como siempre. De inmediato, pidió permiso al padre Villete para hacer la casa y, en 1963, monté La Última Lágrima, una cantinita de latas, con ayuda de mi mamá. Me acuerdo que en 1966 trasladaron para este camposanto la cripta de los sacerdotes, incluido Cristóbal de Restrepo, el primer cura de la parroquia hace más de doscientos años. La inauguración del cementerio actual fue el 2 de noviembre, Día de las Ánimas Benditas del Purgatorio, de 1968. Fue entonces cuando bendijeron el monumento al Cristo Resucitado y apareció ante los ojos sorprendidos del pueblo la inscripción sobre los muros de la redonda cripta central, la de los curas:
MINSI GRANUM FRUNENTI CADENS IPSUM
SOLUM MANET. SI AUTEM
MORT UUM FUERIT MULTUM FRUCTUM AFFERT
Mensaje completado por un paisaje dibujado en baldositas de cerámica, con matas de maíz o trigo, de tallos, hojas y frutos muy rectos.
Me tomé el trabajo de averiguar el significado de aquellas palabras latinas. El padre Julio, amante de los gatos, me dijo:
—Juan 12:24.
Lo busqué en la Sagrada Biblia traducida por Naccar y Colunga, que me dio mi madrina como regalo en mi Primera Comunión y forré de anaranjado para llevarla a la escuela, porque era el color del cuarto grado con la profesora Alicia, e hice marcar del lapidero Medina con mi nombre, con esa estilizada caligrafía que usaba para marcar las losas. En esa hoja en blanco que tienen los libros adelante, él escribió con plumilla y tinta china:
Juana Molina…
Y, debajo, estos versitos:
Si este libro se me pierde,
como suele suceder,
yo le pido al que lo encuentre
que lo sepa devolver.
Todavía la tengo. Encontré la cita:
SI EL GRANO DE TRIGO NO CAE EN TIERRA Y MUERE,
QUEDA SOLO; PERO SI MUERE, DA MUCHO FRUTO
Y entendí que no era maíz, sino trigo lo que había bajo la inscripción; definitivamente era trigo.
Mi padre se esforzaba por mantener los jardines muy bonitos, los prados bien cortados, las plantas abonadas. Incluso se esmeraba por encalar los bordillos que encierran los sembrados. Para esas labores usaba los días muertos. No sé por qué no le metía mano a las tapias del contorno; no las blanqueaba, permitía se formaran vetas verdes y crecientes, y se fueran cayendo de a poco. Y lo que a mí más me preocupaba, no les elevaba la altura, sabiendo que por ahí saltaban los vándalos, los muchachos traviesos, los ritualistas satánicos, los suicidas, los pervertidos y los borrachitos. Los ritualistas me caían al hígado; los pervertidos, como un tal Javier Solís del que hablaré en uno de estos cuadernos, más todavía.
En ocasiones, entraba al camposanto a saludar a papá, a estar a su lado un rato, antes de llegar a la casa. No era raro que descargara los cuadernos y la cantimplora del chocolate en el rincón de los osarios, muy poco visitados, y me comidiera a cargar agua para las flores en una vieja regadera de cobre, remendada más de una vez por el viejo Kioto, el japonés que vivía con su mujer y una caravana de hijos en su taller de ollas por el Monumento de la Madre, un agujero apenas más grande que una de las tumbas del fondo, las de los ricos.
Me gustaban las eras de los gladiolos. También eran las favoritas de él. Les echaba más boñiga que a las demás, para alimentarlas mejor. Eran las flores de la muerte, explicaba. Nada sacaba con tener un bello rosal, unas bonitas hortensias, si los gladiolos no iluminaban el lugar con sus colores.
—¿Acaso no has oído decir, cuando alguien muere: “se fue a chupar gladiolo? ¿Se fue a ver gladiolos desde abajo?
Y no era fácil mantenerlos bellos. Las moscas y unos bichos parecidos a las cucarachas mantenían atacando las hojas y las flores. Aparte de que las mordían, era como si succionaran sus colores y, así, los pétalos se aclaraban; recordaban esas flores pintadas con acuarela muy aguada. Pero para eso sí sacaba tiempo el viejo Víctor.
Para él, la flor envigadeña era la azucena. Los arrieros bajaban de los montes toneladas de ellas en sus recuas de mulas. Pero eran otros tiempos. Al momento de estas páginas, apenas si se cultivaba y conseguía.
—¡Andale, muchacha! Tenés que ir a almorzar. Debés tener hambre. Tu mamá ya debe estar preocupada.
—Qué va. Sabe que cuando no me ve en la casa, estoy aquí.
—También debés ayudarle a tu madrina a hacer coronas: hay un muerto en La Sebastiana. A esta hora deben estar llevándolo a la casa para velarlo; el entierro será mañana.
En el cementerio no me daba hambre. Ni sed, ni sueño, ni frío, ni calor, ni soledad, ni miedo, ni aburrición, ni tristeza, ni nada. Desde ese tiempo y todavía ahora, ya vieja, al estar en el cementerio he sentido que floto. Cuando estoy harta del mundo, hastiada de gente, de sentirla, de padecerla, de verla, me voy a la necrópolis a encerrarme con mis muertos. Humanos que no decepcionan. Recorro los caminos entre las galerías de bóvedas. Habito el silencio y la quietud, ese silencio y esa quietud pesados de siglos, porque pertenecen a muertos de varias generaciones. Un pueblo entero, quieto y callado. De vez en cuando me topo con dolientes; rezan ante una tumba o simplemente se detienen ante esta, a verla en silencio, a pensar, a soñar con el ser querido que ya no anda entre los vivos. Esos jeremías son como muertos que caminan entre las tumbas.
Atiende y mira, cristiano, que en aqueste
cementerio tal vez tus padres y deudos
esperan de ti el remedio, sufragios y sacrificios
te suplican sin cesar.
Que Dios las saque de penas
y las lleve a descansar
Y cuando hallo, por ejemplo, a una viuda triste, ensimismada y pensativa, no me molesta, porque los humanos son otros cuando visitan este lugar de paz; son mejores, sin duda. Dejan atrás, en el espacio de mundanal locura, su espíritu sucio de ambición y mezquindad, de hilaridad y afán, de ruido y torpeza. Uno bien podría decir que las personas vivas que entran a un cementerio como que trascienden, mucho o poco, y dejan de ser por un momento los ridículos sacos de agua e iniquidades de siempre. Se lo llegué a decir a mi padre. Creo que en el mundo no hay nadie que me entienda tanto como él, excepto Necróforo, pero este no era dado a filosofías, como mi padre y yo, a pesar de que no hizo sino hasta primero de primaria y yo no pasé de cuarto. Por mi parte, he leído libros de historias de santos y de doctrina. Leí El diario de Ana Frank y Cuando el mundo era joven. La gente dice que parezco estudiada por la forma de hablar. Aunque, creo, la filosofía es resultado de la tristeza que, en mi caso, la melancolía, llega con pensadera. Necróforo solo se entregaba a la vivencia pura de la muerte.
Mi padre es quien más ha lamentado el derribamiento de la capilla central que hubo hasta los años cincuenta. Yo, la segunda. Porque la conocí; estaba muy niña, pero la conocí. Cementerio que se respete debe tener capilla. Esta viene a ser como un altar dentro de otro altar más grande. Manuel Londoño, un ferretero, mandó tumbarla para poner en su sitio El Resucitado de bronce, réplica del de la parroquia, esculpido por Pablo Estrada y vaciada por Darío Montoya. La gente no podía creerlo, cuando vio el arrume de escombros en el suelo. La escultura gustó mucho desde el principio, sí, pero no dejaban de llorar por la vieja construcción. Y tenían razón: la había diseñado el arquitecto Felipe Crosti, el mismo de los dibujos de la iglesia de San Antonio de Padua, en Medellín, dueña de la cúpula más grande del país. ¿O será del mundo?
Años más tarde, en ese lugar donde estuvo la capilla, cinco muchachos hicieron un pacto suicida.
La pólvora es dulce como el azúcar
·
Soy una mujer sola; triste y sola. Pero nadie diga: Juana Molina no ha querido. He tenido varios hombres en mi vida. Sin embargo, no sé, tal vez por un sino fatal, los fui enterrando uno a uno, o para ser precisa, mi padre los fue enterrando. En mi destino está escrita con un hierro candente la imposibilidad de quedarme con alguien. En la cantina sonaban canciones de lo preferible que es tener experiencia en amores, aunque ya ninguno de ellos permanezca a nuestro lado. No sé. Tal vez no sea verdad. En todo caso, dedicaré páginas del Diario a los hombres que me amaron. Fue una época corta pero importante de mi vida. Ya pasó, lo sé. Y no quiero olvidarla.
El primero, William, se suicidó envenenándose con totes, esa pólvora blanca que queman en Navidad. La rastrillan como una cerilla y brinca como un demonio enresortado, con movimientos imprevisibles; el segundo, Luis Carmona, el carnicero, se accidentó en una carretera; el tercero, Pedro Claver… murió de púrpura; el cuarto se llamaba Ricardo Cadavid, falleció del corazón, según los médicos, pero yo creo que se fue muriendo de un frío interior; y al último, Bernardo Espinosa, le dio por suicidarse en la puerta del cementerio como al primero, hace apenas dos años: se tragó unas cápsulas de cianuro: este venía dedicándome las borracheras con el cuentecito obsesivo de que si yo había enterrado a los otros cuatro, a él también lo enterraría. ¡No, por Dios! Es una cadena trágica…
Del primero, recuerdo la noche de diciembre cuando vinieron a decirme que estaba emborrachándose, gritando el nombre mío envuelto en tonterías como un poseso y quemando pólvora en la entrada del cementerio. No me pareció anormal. Eran muchos los hombres, al fin tontos los más de ellos, a quienes les daba por beber en la puerta de la última morada, en la más negra oscuridad, porque allí no había alumbrado público y mi papá tampoco dejaba ninguna luz encendida. Era una boca de lobo. Y esa oscuridad se sumaba a la soledad del paraje. La vieja avenida que lleva a Sabaneta, El Carretero, era una vía para un solo auto, polvorienta y pedregosa. Una trocha poco recomendable en noches sin luna. Así, era muy posible que machos embrutecidos quisieran demostrar cuán valientes eran, bebiendo en un lugar oscuro y solitario, en la puerta de la ciudad de los muertos, sabiendo que, contrario a andar entre los vivos, no hay nada de valentía en estar con los difuntos, en mirar el interior del sitio donde están las tumbas sumergidas en un aire negro como el alquitrán. Salvo las noches cuando mi papá iba a dormir a una bóveda, encendía un pequeño bombillo durante unos minutos para alumbrar sus movimientos, cómo no, mientras se acostaba. En esos momentos, si algún transeúnte curioso pasaba por la vía u otro ingenuo, como William, se tomaba unos tragos ahí afuera, veía la incipiente luz al fondo, seguramente se figuraba que era un espanto.
Esa fatídica noche, cerré la cantina, me encerré en mi cuarto y me cambié la ropa por la piyama, una piyama de lienzo, larga y blanca como un sudario. Rezaba el Rosario. Cuando comenzaba el tercero de los misterios Gloriosos, “La venida del Espíritu Santo”, me trajeron la noticia de que mi novio se había comido la pólvora. Salí corriendo, vestida como estaba y descalza, como alma que lleva el Diablo, seguida por mi padre, quien a esa hora se tomaba sus aguardientes en el quicio de la puerta de la casa. Vimos al muy borrico naufragando en su propio vómito de sangre negra, y retorciéndose de un dolor intenso en el esternón, que no dejaba de apretarse con ambas manos. Emitía unos quejidos estertóreos y manoteaba sin fuerzas. Me hacía señas de que arrimara mi oído a su boca. Llorosa, así lo hice. Nada dijo. Llegó la ambulancia y lo cargaron en un santiamén. Mientras me subía al auto y justo antes de que cerraran las puertas, mi padre alcanzó a decirme desde la calle:
—Andate vos con él, Juana. Nosotros iremos después.
La sirena sonaba sin cesar, como si el automotor también estuviera angustiado por la situación y fuera su deber llenar el ambiente con los alaridos de un desespero inmenso. Ese ruido provocaba que mi corazón se apretara más y más.
William era celoso. Durante el noviazgo, hubo un hombre, Roberto García, novio de Maruja, una amiga mía, que intentaba seducirme. Pero, por Dios bendito, nunca le di alas. Ambos coincidían con frecuencia en La Última Lágrima a tomarse los aguardientes y a escuchar guascas adoloridas. Una vez, Roberto me regaló un disco. Ese de “La cinta verde”. ¿Cómo es? Ah, sí:
La cinta verde, la rosa roja.
Esas dos cosas te harán quererme.
La cinta al pelo, la rosa al pecho
Tú has de ponerte, mi amor.
—¡Señor, que no se muera! —Clamaba en voz baja, sin dejar de mirar el rostro convulso de ese hombre. Sin embargo, en mi mente, la voz de la monja que a estas alturas debiera ser, en vez de estar atando mi alma a cualquier sujeto, repetía: —Que se haga tu voluntad, Señor.
William enfermó aún más de celos. Ya, cuando llegaba a visitarme, lo que hacía era ponerme problema por ese disco. Una vez, con varias cervecitas en la cabeza, cogió la pasta de vinilo y la quebró. ¿Por qué? No sé… Por celos. En ese disco veía al tal Roberto. Tan bobo, si yo lo quería era a él. Llevábamos como un año conversando y hasta nos pensábamos casar. Me decía que íbamos a tener cinco hijos y todo. Él era de Pereira y se había venido para Envigado, y había alquilado una pieza en Los Naranjos. Trabajaba en una fábrica de zapatos. Nos habíamos conocido en esa fábrica. Coincidimos allí una mañana, cuando ambos fuimos a pedir trabajo. En mi caso, no para mí, sino para un hermano mío. A él le dieron y al hermano mío, no.
En el vaivén del auto, cuyo conductor, en su premura, al parecer no esquivaba los baches de la calle y, por supuesto, no podía ser delicado para tomar las curvas, noté que William me miraba silencioso, aunque lleno de una visible preocupación. Yo estaba convencida de que no vería la madrugada. Sin embargo, el moribundo, sin cesar de moverse ni un minuto, parecía querer hablarme. Esperé, con el oído pegado a su boca por varios segundos. Sentía el escozor de su respiración en mi cuello, sus jadeos. Supuse que este hombre, a quien me unía un sentimiento de amor, compasión y odio a la vez, por su acto suicida, nada iba a decirme. Me dispuse a incorporarme para soportar con menor incomodidad los estregones del recorrido en esa ambulancia que parecía avanzar a saltos. No sin dificultad, me tomó del brazo para impedir mi alejamiento. Entonces, por un instante pensé: tal vez no muera; los designios de Dios nadie los sabe. Imaginé cuánto me diría y escuché en mi mente las palabras de este ser arrepentido:
—“Esta no es la vida que te espera conmigo, Juana. No soy así. Después que me laven, verás a un hombre nuevo; limpio, virtuoso. No el calavera que te tiene el rostro compungido”.
Sin, embargo, él no había abierto la boca todavía. Segundos después, con su voz hecha jirones, por fin me dijo:
—¿Sabías que… que la pólvora —volvía por momentos blancos los ojos, en un visible sufrimiento—… que la pólvora… sabe a azúcar?
Al mirarlo, creí ver dibujada una tenue sonrisa en sus labios, como si el cabeciduro aquel celebrara su inoportuno comentario. No pude evitar verlo más tonto que antes. Pero lo compadecía, cómo no.
Nada contesté. Me aparté de él un poco de modo que pudiera notar una leve sonrisa dibujada en mi cara, le apreté su mano izquierda, la más cercana a mí, y me sequé las lágrimas para que no me viera llorar más.
Otras dos veces hizo esfuerzos para hablar, ambas en vano.
No sé cuándo llegamos al hospital.
Corrieron con él hasta el quirófano y a mí me desviaron a una salita de espera donde había unas personas, pocas, que me miraban intrigadas. Me reconocieron, la hija del sepulturero. Me saludaron. Después no me quitaban la vista de encima; les habrá resultado difícil dejar de mirarme vestida con esa especie de sudario.
No sé cuánto tiempo transcurrió. Finalmente me hicieron pasar a otra sala grande, en la que un médico y tres enfermeras se ocupaban de dos heridos y un quemado con pólvora. William estaba tendido en una cama encerrada por cortinas de hule, al fondo del salón. Me quedé a su lado. Allí no había prisa.
En la madrugada, alguno de los de la casa, ¿el mequetrefe de Alfonso?, atendió la orden de mi padre y me llevó un abrigo, no tanto para que me cubriera del frío, me dijo, sino para que no asustara a la gente con mi larga figura, cabello profundamente negro y tez pálida como la cera, vestida con esa batola semejante a una mortaja, pues me podrían confundir con un espectro.
—El Espanto de la Navidad —me dijo.
Daría fuerza a la leyenda de la viuda oscura, muerta en el hospital un diciembre y, entonces, cada fin de año vagaba por los pasillos sin consuelo en busca de su esposo amado, fallecido hacía más tiempo. Atormentaba a las enfermeras en sus rondas y halaba de la bata a los médicos cuando abandonaban el edificio. Ya ninguno quería hacer el turno nocturno en esas calendas. Habló con boca de ganso el simplón ese, no sé si por burlarse… Pero a quién se le ocurre reírse en una situación así.
De pronto, un médico, pañoleta azul atada en la cabeza, corrió la cortina y dejó pasar su figura. Se acercó a mí para anunciarme:
—No vivirá.
La enfermera hizo su ronda a las dos. Revisó las mangueras del suero y las medicinas. Le tomó el pulso, la temperatura.
William sudaba y su rostro se ponía cada vez más rojo, un rojo intenso como el de un herrero junto a la fragua. Despertó. Desde entonces no me quitaba de encima esos sus ojos vidriosos o más bien pétreos, como los ojos de las estatuas que nada ven. Y esa mirada me llegaba al alma.
¿Y William, de dónde apareció? Pensé de pronto y lo pienso ahora, tantos años después, mientras escribo estas memorias. No lo sé. Fue como un fantasma. Este William, cuyo apellido no recuerdo —para consignarlo aquí tendría que ir a leerlo en su lápida—, parecía haber surgido como un ángel malo, cuando menos lo esperaba, si es que algo así puede esperarse. No digo malo en el sentido de malvado o despreciable, aunque tampoco era un santo; lo digo en el sentido con el cual apareció la serpiente del Paraíso: pura tentación. Con sus detalles, palabras melosas y acciones un tanto infantiles, llegó para dañarme el corazón y torcerme del camino religioso marcado para mí.
En ese momento, le perdoné sus repetidas amenazas:
—Si te llego a ver con otro, ¡te mato a peinilla!
Acerqué mi rostro al suyo. Su semblante era tranquilo. Noté que hablaría. Agucé el oído. Media docena de palabras constituyeron su despedida:
—Te seguiré amando en la eternidad.
Se estremeció como un poseso por varios minutos. Saltaba ahí tendido como si el espíritu de esa pólvora saltarina estuviera dando su adiós desde dentro de su organismo, en un espectáculo obsceno y pavoroso. Murió a las cuatro, bañado por mis lágrimas, lo llevaron a la funeraria a las cinco y anunciaron su entierro para las tres de la tarde.
Cuando mi padre llegó me encontró en la salita de espera donde inicié la noche. No lloraba. Pensaba, ahora sí, hacerme monja, como lo tenía dispuesto desde niña. No me hizo pregunta alguna, como si ya lo supiera; tampoco le dije nada. Me entregó un fardo de papel y me dijo:
—Andá a cambiarte de ropa y a calzarte. No te podés quedar así.
Los padres y hermanos del difunto vinieron desde Pereira para el entierro. Lo velamos en mi casa; qué más podía hacer, si en la de él apenas cabía la cama, un escaparate, el fogón y una nevera como de mentiras. Les conté todo. ¡Oí! A mí me vinieron a investigar y todo, en la casa, como unos policías. Y vieron que no tuve la culpa.
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