Kitabı oku: «Detectives»
DETECTIVES
LA REALIDAD Y LA LEYENDA
John Walton
Traducción de
Joan Andreanó-Weyland

Título original inglés: The Legendary Detective.
Autor: John Walton.
Publicado bajo licencia de The University of Chicago Press
(Chicago, Illinois, EE. UU.), por acuerdo con International Editors’ Co.
Todos los derechos reservados. Publicado originalmente en inglés
en los EE. UU. en 2015.
© The University of Chicago, 2015. Todos los derechos reservados.
© de la traducción: Joan Andreanó-Weyland, 2020.
© de esta edición: RBA Libros, S.A. 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: enero de 2020.
REF.: ODBO647
ISBN: 9788491876106
AURA DIGIT • COMPOSICIÓN DIGITAL
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PARA MIA Y AIDAN,
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CONTENIDO
1 Introducción: La historia
2 1. El detective
3 2. Hombres y mujeres trabajadores
4 3. Asuntos de agencias
5 4. Detectives en acción
6 5. Crímenes de detectives
7 6. Investigación y reforma
8 7. El detective histórico
9 8. Crear una leyenda
10 Agradecimientos
11 Notas
12 Bibliografía
13 Créditos de las imágenes
INTRODUCCIÓN LA HISTORIA
Con la ley en la mano, estoy etiquetado y con licencia de detective privado […] No se trata de una posición muy saludable. No gusto a los policías. No gusto a los matones. Soy como un hogar temporal entre la ley y el delito; es un poco como si trabajara en ambos extremos contra lo que hay en medio […] Mis normas éticas son las mías.
CARROLL JOHN DALY, The Snarl of the Beast (1927)
EL CASO DEL DETECTIVE
A los veintiún años, Samuel Dashiell Hammett entró a trabajar en la Agencia Nacional de Detectives Pinkerton, en la que ejerció como detective privado entre 1915 y 1922 con interrupciones debidas al servicio en filas en la Primera Guerra Mundial y sus posteriores hospitalizaciones. Aprendió el oficio en Baltimore, en una de las veintidós oficinas regionales de la firma en aquella época. Aunque el término inglés private eye* procede del logo de la Pinkerton, la agencia prefería denominar operativos a sus agentes de campo, una posición que Hammett desempeñó en Spokane y San Francisco. Conocido por sus colegas como Sam Hammett, obtuvo una notable reputación por sus habilidades para la vigilancia, para reventar huelgas y para la investigación. En 1920 tomó parte en las acciones de la agencia Pinkerton en la huelga de mineros de Butte-Anaconda, en Montana, y en 1921 en la defensa de la estrella del cine mudo Fatty Arbuckle durante su juicio por homicidio en San Francisco.
La Agencia Nacional de Detectives Pinkerton, nombre procedente de unos modestos orígenes en Chicago durante la década de 1850, fue la primera y, durante algún tiempo, la más grande agencia de detectives de Estados Unidos. Fue la empresa que lideró y marcó las pautas de un nuevo negocio que floreció a partir de la década de 1870, con la expansión del comercio y la industria. Hacia mediados de la década de 1930, Pinkerton poseía sucursales en veintisiete ciudades de Estados Unidos, tenía al menos mil doscientos operativos solo para el espionaje industrial (el más rentable de muchos departamentos) e informaba de ganancias por valor de 2,3 millones de dólares. Entre sus trescientos clientes estaban General Electric, Inland Steel, RCA, B. F. Goodrich, American Cyanamid, Continental Can, Campbell Soup, los estudios Warner Brothers, Kroger Grocery, Shell Oil, Montgomery Ward y General Motors (que empleaba a otras siete agencias de detectives, con un coste bianual de 994.855 dólares). Solo las primeras siete agencias de detectives contaban con 1.475 clientes en todas las ramas de la industria y el comercio.1
Había otras agencias, entre setecientas y ochocientas más, diseminadas por cincuenta ciudades de Estados Unidos; solo en Nueva York había 187. Hacia 1935 y con cuarenta y tres sucursales, la gran rival de la Pinkerton, la Agencia Internacional de Detectives William J. Burns, había tomado el relevo en el liderazgo de una industria que daba empleo a decenas de miles de personas y que aquel año proporcionó unas ganancias de 80 millones de dólares. Además de las grandes agencias, gran parte de las compañías más grandes de Estados Unidos empleaban detectives propios de uno u otro tipo con el fin de vigilar a los trabajadores. Hasta que comenzó a darles mala reputación, reventar huelgas era un lucrativo servicio ofrecido por las grandes firmas y por firmas especializadas en conflictos laborales a las que les encantaba esa reputación. En los hoteles, los detectives de la casa mantenían el orden entre los huéspedes y expulsaban o gestionaban a las prostitutas, mientras que en los grandes almacenes se vigilaba a clientes y empleados en busca de robos. Las compañías de tranvías, omnipresentes en aquella época, empleaban detectives para «vigilar trenes» en busca de conductores que timaran a la empresa.
Las grandes empresas, como Pinkerton y Burns, solían trabajar para corporaciones, pero cientos de firmas independientes atendían las necesidades de individuos y pequeños negocios con problemas. Estas pequeñas agencias solían tener un propietario-director y dos o tres operativos de campo empleados en función de los casos. Según fuera necesario, se añadían operativos, algo que requería una gran reserva flotante de agentes disponibles en todo momento. Algunas agencias independientes se especializaban en casos matrimoniales (infidelidades, divorcios, rupturas de promesa y cazafortunas), que las grandes agencias consideraban indignos de su profesionalidad. Las agencias independientes eran versátiles y a veces ayudaban a la policía en asuntos delictivos, sobre todo relacionados con fraudes, extorsiones, chantaje y personas desaparecidas. Muchas compañías preferían emplear agencias independientes a tener sus propios detectives. Rara vez, o nunca, llegaban estos detectives privados a investigar delitos de gravedad como asesinatos, que eran el terreno de la policía municipal.
Sam Hammett se retiró del trabajo de detective en 1922 y empezó una carrera como escritor de ficción bajo el nombre de Dashiell Hammett, mientras mantenía a su familia (su esposa y su hija recién nacida) como creativo para una joyería de San Francisco. Empleando como inspiración sus experiencias personales, Hammett comenzó con historias cortas, muchas de ellas protagonizadas por el anónimo «agente de la Continental», un operativo de campo para la ficticia Agencia de Detectives Continental. El agente de la Continental era un tipo basto, fornido, sardónico y gruñón: un tipo de clase trabajadora. Recibía órdenes del Viejo, quien dirigía la oficina de San Francisco de la agencia nacional, «un anciano amable y educado que albergaba tan poca cordialidad como la soga de un verdugo».2 Aunque Hammett no fue el único exponente del subgénero de historias de detectives hard-boiled, fue el mejor, y se hizo con una reputación a escala nacional por sus prolíficas contribuciones a las florecientes revistas pulp, así llamadas por imprimirse en papel barato, con un alto contenido de pulpa de madera.
Las historias del agente de la Continental de Hammett aparecieron primero en la clásica revista pulp de misterio Black Mask, en 1923. Cosecha roja (1929), su sensacional primera novela, es una historia de conflicto laboral y corrupción local que tiene lugar en «Poisonville», y se basa en acontecimientos sucedidos en Butte y Anaconda (Montana) entre 1917 y 1920. El realismo de la historia procede del violento mundo de las luchas mineras y del uso del agente por una agencia especializada en disputas industriales. Existen pruebas sólidas de que en 1920 Hammett se encontraba en Butte, trabajando para la oficina de Spokane de la Pinkerton.3 Mientras estuvo allí seguramente presenció el conflicto entre los mineros y la Anaconda Copper Company, y habría absorbido la larga historia de violencia de la región, incluidas la tortura y el linchamiento en 1917 de Frank Little, organizador sindical de Industrial Workers of the World, presuntamente con ayuda de agentes de la Pinkerton. La brutalidad que se describe en Cosecha roja, buena parte de ella fruto de la Agencia Continental, era real.
Como investigador privado, Hammett ayudó a la policía a resolver el robo de 125.000 dólares en monedas de oro del barco de pasajeros SS Sonoma cuando atracó en San Francisco en 1921.4 En El halcón maltés (1930), la más famosa de sus novelas, el investigador privado Sam Spade resuelve el caso de una talla preciosa robada a bordo del barco de pasajeros La Paloma, que transporta a un trío de conspiradores a San Francisco. El éxito comercial de la novela, y las posteriores tres adaptaciones cinematográficas, han eclipsado los acontecimientos reales en los que se inspiraba la historia.
Como fuente de realismo, Hammett también aprovechaba la autoridad del libro Celebrated Criminal Cases of America, del jefe de la Policía de San Francisco Thomas Duke, y extraía de él elementos para sus historias. El libro incluso aparece en El halcón maltés: Spade guarda un ejemplar en su mesilla de noche. La novela El hombre delgado (1933) hace acopio de citas del libro de Duke para probar que el canibalismo se había dado en Estados Unidos y no era una mera invención de la historia.
En la historia corta ¿Quién mató a Bob Teal?, de 1924, Hammett escribió: «Los que recuerden este caso sabrán que la ciudad, la agencia de detectives y la gente involucrada en él tenían nombres distintos de los que les he dado aquí. Pero también sabrán que los datos que aporto son ciertos».5 ¿Se trata de un recurso literario, de un sincero aparte o un poco de ambos? En cualquier caso, Hammett sabía de qué estaba hablando. Como el agente de la Continental, era un hombre trabajador que conocía su oficio. Raymond Chandler, su coetáneo y amigo, dijo que lejos de toda ambición artística, Hammett «intentaba ganarse la vida escribiendo acerca de algo de lo que tenía información de primera mano. Se inventaba una parte, como hacen todos los escritores, pero estaba basado en hechos, estaba creado a partir de lo real».6 Sam Spade, el antihéroe del hard-boiled, encarna la ambivalencia cultural que asociamos al investigador privado —en parte agente de la ley, en parte figura del submundo criminal—, una ambivalencia que refleja la figura histórica del detective privado.
La obra de Dashiell Hammett ilustra la relación entre los negocios y la cultura popular: cómo las representaciones culturales surgen de la economía de servicios y cómo, a su vez, se convierten en mercancías a la venta. Este estudio se centra en la interdependencia de dos empresas comerciales: las agencias de detectives y la producción de cultura popular. Los capítulos que siguen mostrarán cómo el negocio de la investigación privada se ha desarrollado en tándem con el negocio de narrar historias. Hammett proporciona un puente entre ambos mundos. Los hechos de la industria de detectives y las ficciones de la industria cultural siguen brotando desde una raíz común y se entrelazan a medida que crecen. Anthony Lukas describe esta situación como «el culto al detective estadounidense», en el que una de las mayores, y a la vez más controvertidas, industrias del país queda fijada en la memoria colectiva como la historia de idealizados solitarios que persiguen a retorcidos criminales.7 El agente de la Continental, enraizado en el mundo laboral del detective privado, contrasta muchísimo con el mítico Sherlock Holmes, creado en la era victoriana. Aun así, el detective privado de la leyenda acepta a figuras procedentes de entornos ricos. Genio excéntrico o caballero errante de orígenes trabajadores, el detective privado ha influido en la literatura barata, la radio, las películas, la literatura para adolescentes, las tiras cómicas, las promociones de productos, los clubes literarios y los circuitos de conferencias como una figura coherente y reconocible de la cultura popular. Aunque abro la investigación hablando de dos actividades —el negocio de la investigación privada y la industria de la cultura popular—, estos fenómenos interdependientes contribuyen a la creación de un producto único: el detective de leyenda.
LA INVESTIGACIÓN
Curiosamente, para la relevancia histórica de la industria de la investigación y del investigador privado de ficción, su conexión histórica es bastante misteriosa. Se han escrito muchas obras acerca del detective en la literatura negra y, aunque menos, también han sido numerosas las escritas acerca de los Pinkerton, de los espías en los sindicatos y de los revientahuelgas. Sin embargo, pese a su demostrable dependencia mutua, rara vez se ha examinado la relación entre ambos mundos. Sostengo que estas dos instituciones surgieron bajo circunstancias históricas comunes y que perseguían objetivos paralelos, en tanto buscaban controlar y representar el mundo que las rodeaba, respectivamente. Mi objetivo no es sencillamente analizar la historia empresarial de las agencias de detectives, y sus operativos, ni describir la cultura popular de las historias de detectives. Más bien intentaré mostrar cómo estas dos instituciones surgieron en tándem, se entrelazaron e influyeron mutuamente, crearon sus propias historias y burlaron las distinciones entre hecho y ficción, mientras, simultáneamente, inventaban una memoria colectiva cómoda. El detective privado es una figura reconocida de inmediato, concebida con facilidad, pero rara vez explicada.
La intriga que rodea la imagen del detective privado se basa en su ambigüedad inherente, una dualidad que procede tanto del submundo delictivo de mala reputación como del reino de los agentes públicos de orden y protección. Aunque se supone que sirven a los virtuosos, las habilidades de los detectives proceden de su asociación íntima con maleantes. Los detectives realizan los trabajos sucios de la sociedad. El sociólogo Everett Hughes escribe acerca de «gente buena y trabajo sucio», cómo responde la sociedad al dilema de que se hagan cosas malas en su nombre. Aunque Hughes desarrolló su idea en el contexto de la Alemania nazi, sostiene que de la tolerancia social a un trabajo realizado por gente que emplea métodos que se saben odiosos surge un problema general: «El problema reside en determinar hasta qué punto esos parias que realizan los trabajos sucios de la sociedad están actuando como agentes para el resto de nosotros». La reacción social incluye «escasa disposición a pensar en el trabajo sucio [y] este silencio común permite que surjan ficciones grupales».8 He aquí una importante pista para la leyenda del detective privado. Se trata de un empleo perseguido por un problema de legitimidad: si su reconocido trabajo sucio puede justificarse, y cuándo y cómo. Este problema preocupó desde el inicio a quienes trabajaban como, empleaban a o escribían acerca de detectives. Los investigadores más famosos reconocían las actividades indecorosas y a los poco escrupulosos miembros de su oficio, pero aseguraban que ellos eran diferentes, que eran una nueva generación de profesionales. Sus memorias personales, en las que ensalzaban sus propias figuras, inspiraban a historiadores y a novelistas. Como Hughes observó, el dilema animaba a que las ficciones se dispararan. El detective de leyenda es producto de este especial conjunto de condiciones sociales.
El detective privado, una de nuestras figuras culturales más conocidas, nos ofrece un caso clínico de cómo se construyen socialmente las leyendas. Aunque a veces ambos términos se puedan usar de manera indistinta, el término leyenda captura de un modo más eficaz que el vocablo mito las fuerzas explicativas en juego. Pero mito tiene una connotación de error, engaño o escepticismo, de algo en lo que se ha obligado al pueblo a creer. «Leyenda» tiene más peso y más matices, y hace referencia a una comprensión colectiva en la que hechos y ficción se funden en sólidas narrativas. Los mitos invitan a ser refutados, mientras que las leyendas provocan investigación, así como una apreciación de sus contenidos y orígenes. Nada de todo esto queda capturado en la provocativa, si bien resbaladiza, noción de «tradiciones inventadas», que hace referencia a prácticas, rituales y representaciones específicas.9 Empleo leyenda y sinónimos prácticos como figura e imagen para identificar y debatir nociones culturales que la gente comparte y sobre las que actúa de modo colectivo.
La primera agencia de detectives se fundó en París en la década de 1830, cuando el exdelincuente y confidente policial Eugène Vidocq se unió a las fuerzas del orden y posteriormente lanzó su propia oficina privada, que dio lugar a un nuevo tipo de negocio.10 Inglaterra siguió un sendero un tanto diferente cuando los «cazadores de ladrones» mercenarios fueron sustituidos por la fuerza de policía metropolitana y por detectives privados en cantidades relativamente menores. Allan Pinkerton fundó en 1850 la primera agencia estadounidense de detectives, especializada en la protección de las vías férreas y de las compañías postales de ladrones tanto de sus filas como de fuera. A finales del siglo XIX, en Estados Unidos la cantidad de agencias de detectives creció de un modo drástico conforme la mano de obra, compuesta sobre todo por trabajadores inmigrantes, comenzaba a sindicarse. Como hemos señalado, las grandes agencias de detectives trabajaban para compañías, habitualmente vigilando a los trabajadores. Algunas compañías mantenían en nómina a sus agentes o contactaban con asociaciones de empleo, que actuaban, de facto, como agencias de detectives. Las agencias más grandes se convirtieron en imponentes compañías en una próspera industria de servicios. Los servicios que proporcionaban comprendían recogida de información (espionaje laboral), protección de la propiedad y cumplimiento de las políticas del empleador, como reventar huelgas. Agencias independientes más pequeñas hacían algunas de estas cosas, pero se concentraban en servicios matrimoniales, personales y financieros. Dado que su producto era un servicio, las agencias de detectives se veían afectadas de manera directa por las condiciones económicas y los cambios de política gubernamentales y empresariales. De un modo concertado, el desarrollo industrial, los mercados laborales, las acciones colectivas de empleadores y sindicatos y la regulación estatal de industria y mano de obra, así como la regulación y licencias de las propias agencias, dieron forma al funcionamiento de las agencias de detectives.
En aquella época, la industria cultural era un tipo de negocio totalmente diferente, igualmente sujeto al mercado y a sus cambiantes exigencias, pero dedicada a un producto, tanto material como imaginativo, más que a un servicio. Las historias de detectives no eran sino un género más proporcionado por el negocio de la edición, la difusión y la cinematografía, pero era el género más popular y rentable de la época. La génesis y el desarrollo de las historias de detectives tuvieron lugar en el medio impreso, que creó adaptaciones para la radio y las películas. La noción de «industria cultural» llega a nosotros desde la teoría social, y fue creada como una crítica de las fuerzas culturales que engendran dominación, hegemonía capitalista y alienación individual.11 Pese a lo penetrante de ese análisis, la industria cultural merece un estudio más amplio. Se trata, según Terry Eagleton, de «un proyecto vital […] que no se debe dejar a la melancólica mitología de izquierdas y derechas de unos medios monolíticos e impenetrables».12 Por «industria cultural» nos referimos aquí a los productores y productos de la cultura popular, y específicamente a las varias empresas y actores del negocio que crearon al detective en diarios ilustrados, revistas populares, novelas baratas, literatura pulp, radio, películas y toda una gama de productos de consumo. En este estudio se analiza la industria cultural en cuanto a los modos en que los desarrollos en las tecnologías de impresión, una cada vez mayor alfabetización, la distribución en masa, las editoriales, las «fábricas de ficción», los escritores, editores y las emisoras de radio y productoras cinematográficas dieron forma a la figura del detective privado.
El punto clave es la convergencia entre estos negocios: se desarrollaron bajo condiciones coetáneas de urbanización y comercialización. Desde sus comienzos con Vidocq, el negocio detectivesco fomentó una leyenda, en memorias literarias, que hizo las veces de publicidad de la agencia. Inspirándose en Vidocq y en los misterios urbanos, un género literario contemporáneo, Edgar Allan Poe escribió la primera historia de detectives. Las agencias de detectives imitaron el nuevo estilo literario con crónicas embellecidas de sus hazañas, que pensaban tanto para vender como para publicitarse. Con sus negros literarios, Pinkerton generó en forma de libros muchísimas historias con escasa base real. Arthur Conan Doyle tomó el relevo de Poe y a veces empleó elementos de la realidad, como en El valle del terror, una novela que para disgusto de la agencia incluía un cruel agente de Pinkerton en los campos de minas de carbón de Pensilvania. Las agencias se presentaban ante los clientes y, más tarde, ante comisiones de investigación, con informes y testimonios que ficcionalizaban sus métodos y promovían una imagen idealizada de profesionalidad. Realidad y representación se moldeaban recíprocamente en un juego en constante movimiento.
Esta convergencia se revela en la historia natural de las compañías. La agencia de detectives surge en una nueva situación histórica, en la que el crecimiento de las ciudades y del comercio engendra conflictos que quedan más allá de la capacidad estatal de vigilancia. Emprendedores que poseen cierta familiaridad con el mundo del delito y del crimen salen a la palestra con un nuevo servicio: la detección. Debido a sus turbios orígenes y métodos invasivos, el nuevo servicio es sospechoso. Se percibe a las agencias como males necesarios, por lo que se enfrentan a un continuo esfuerzo por legitimarse, en sí mismo un estímulo para crear una imagen. Supeditadas a su origen, estas fuerzas se dan de modos diferentes en las distintas naciones. En los Estados Unidos de finales del siglo XIX y principios del XX, un conjunto de condiciones únicas impulsan la mayor industria de detectives y su figura más celebrada, el investigador privado.
Estas empresas, sus clientes, carteras y críticos producen conjuntamente una leyenda. El detective de leyenda es una figura internacional que debe mucho a su desarrollo en Estados Unidos, pero con pedigríes muy distintos en Inglaterra y Francia y amalgamas culturales de sorprendente portabilidad geográfica. La relevancia de la leyenda del detective varía internacionalmente, desde su ubicuidad en Estados Unidos a su marginalidad en sociedades en que la detección del crimen es una función exclusivamente estatal. A escala nacional, el detective de leyenda existe junto a otros iconos culturales como los cowboys (vaqueros), los forajidos y los okies.* Las leyendas y sus procesos de creación pueden compararse con provecho. ¿Cómo se construyó la formidable figura del vaquero, a partir de una escuálida base empírica, en contraste con el detective, históricamente ubicuo? ¿Es cierto, como asegura Eric Hobsbawm, que «el investigador privado ha matado al Virginiano»?13 ¿Algunas leyendas, como la del detective y la del okie, surgen de modos similares? Preguntas comparativas como estas revelan prácticas de producción cultural que previamente no se habían considerado problemáticas y que, por lo tanto, no se habían investigado ni comprendido demasiado.
La historia del detective privado es incluso más atractiva porque es una historia que no fue creada para ser contada; una que, en gran parte, ha sido silenciada, suprimida y sustituida por la ficción. Muchas de las actividades de las grandes agencias eran arteras, e iban de lo ofensivo y apenas legal a lo delictivo y destructivo. Rara vez se guardaban registros de los asuntos, y ciertamente no se entregaban a inspección. Cuando el caso se daba por concluido, los informes entregados a clientes y a los archivos de las agencias se solían destruir. Aunque algunas investigaciones federales conseguían requerimientos sobre algunos registros, en cuanto los detectives federales se acercaban las agencias no dudaban en eliminar con rapidez tanto informes de casos como datos financieros. Esta supresión surgía tanto de las promesas de confidencialidad de la agencia como de la necesidad de ocultar métodos turbios. El secretismo se cernía sobre la industria. Los agentes respondían a números clave más que a nombres, y a menudo no se conocían entre ellos. Se empleaba lenguaje codificado y sinuosos canales de comunicación para preservar el anonimato. Aun así, han sobrevivido pruebas, enterradas en archivos, filtradas por personas de la organización, o extraídas por la fuerza y vueltas a ensamblar por investigadores con recursos. En gran medida, la historia de una operación, antaño a escala industrial, requiere una reconstrucción a partir de afloramientos fortuitos.
A los historiadores les encanta investigar organizaciones secretas a partir de descubrimientos de transcripciones, así como sociedades de la antigüedad a partir de fragmentos arqueológicos. En este caso la paradoja es que se consiguió, realmente, eliminar al ubicuo detective y sustituirlo por una imagen muy retocada, y esto lo hicieron los propios actores, aunque de modos que produjeron una historia incluso más reveladora. En lo que sigue de libro intentaré recuperar esa historia y explicar su transformación cultural. La leyenda revela en qué se convirtió el detective en la memoria colectiva y cómo sucedió eso. Hechos y ficción se funden. Agentes, detectives y escritores son devueltos a sus épocas y recuperan sus voces.
1 EL DETECTIVE
LOS PRIMEROS DETECTIVES
El primer detective y fundador de una agencia privada de detectives fue François-Eugène Vidocq (1775-1857). También fue un famoso criminal, un ladrón y un habitual de las cárceles desde la adolescencia hasta que en 1811 se unió a la fuerza policial parisina como informante con un conocimiento valiosísimo del submundo criminal. En efecto, su actividad delictiva persistió y facilitó sus quince años de carrera como jefe de la oficina de la Sûreté. En aquella época, el trabajo policial consistía sobre todo en capturar ladrones y restituir propiedades privadas. Los bienes hurtados solían aparecer una vez que el detective-negociador llegaba a un acuerdo a cambio de cierta cantidad de dinero. El ladrón prudente podía también comprar protección policial. Vidocq se encontraba en el centro de este mundo, y se retiró, rico, tras fundar en 1827 su propia agencia de detectives, el Bureau des Renseignements. La agencia prosperó, con oficinas en una de las exclusivas galerías acristaladas de París, un personal de 40 agentes y un modelo de negocio que engendró un buen número de agencias rivales.1 Vidocq y sus imitadores habían descubierto un lucrativo nicho en la pujante economía urbana, sobre todo en las áreas de recuperación de robos y recaudación de deudas.
Vidocq personificaba las fuerzas que moldeaban París a principios del siglo XIX. Era un inmigrante en la ciudad, que se unió a toda una legión de delincuentes de poca monta. En aquella época, la población de la ciudad se multiplicó por cuatro, llegando a los dos millones en 1860. El historiador francés Louis Chevalier describe una situación de «deterioro social» conforme nuevas minorías «étnicas» (es decir, regionales) sobrecargaban las infraestructuras de la ciudad, creando arrabales, congestión y enfermedades como la epidemia de cólera de 1832. La pobreza era ubicua, y se reflejaba en una clase social compuesta por prostitutas, vendedores ambulantes, mendigos y huérfanos callejeros, los gamin. Los antiguos gremios de artesanos sufrían las amenazas de las nuevas clases trabajadoras.2 En medio de este aparente desorden, la policía se basaba en sus informantes: «En toda comunidad urbana habría siempre un cierto grado de complicidad entre la policía y aquellos que la policía consideraba potencialmente peligrosos».3 Vidocq era un talento natural para un papel que combinaba conocimiento del crimen y socios en el submundo con despreocupación y habilidad para los negocios. Aun así, el nicho del detective procedía de una peculiar conjunción de Estado y economía: una policía al límite y un crecimiento explosivo.
Parte importante del éxito de Vidocq fue la publicación, en 1828, de sus memorias por un negro literario, tituladas Mémoires de Vidocq.4 Conforme las memorias se traducían al inglés con el título Vidocq! The French Police Spy e inspiraban una obra de teatro en Londres con el mismo título, Vidocq, que ya era una celebridad en París, comenzaba a convertirse en leyenda. El pícaro detective se codeaba con Honoré de Balzac y Victor Hugo y les ayudaba con sus retratos del submundo criminal de París. Los misterios de París, de Eugène Sue, que reflejaban ese submundo, inauguraban un nuevo género literario que pronto sería imitado en otras ciudades. El sitio de Vidocq en la historia quedó fijado para la eternidad en 1841, cuando Edgar Allan Poe publicó la primera historia de detectives, «Los crímenes de la calle Morgue», protagonizada por el astuto y aristocrático C. Auguste Dupin, inspirado en Vidocq. Chevalier señala: «La leyenda de Vidocq, alguien que combinaba en una sola persona orden y desorden, policía y crimen, trabajo sucio y alta política, era un elemento importante en el pensamiento popular. La enorme silueta, ahora protectora, ahora aterradora, no solo acechaba desde detrás en las más importantes obras contemporáneas, sino que también dominaba los miedos y creencias de la gente».5
En Gran Bretaña, la investigación privada siguió un sendero diferente, en parte como reacción a la Francia de la época. Desde finales del siglo XVIII el Estado había acosado y reprimido a los movimientos por la reforma parlamentaria y el derecho de asociación de los trabajadores. Espías del gobierno se infiltraban en las redes de la incipiente Sociedad Correspondiente y grupos de trabajadores sospechosos de violar las leyes de Agregación, que prohibían los sindicatos. Oliver «el espía» provocó un escándalo de escala nacional cuando, al mismo tiempo que promovía la militancia como vía para la reforma, informaba de los nombres de los rebeldes a las autoridades, que arrestaban, juzgaban y, en algunos casos, ejecutaban a los líderes. E. P. Thompson asegura: «El empleo de informantes se había convertido, literalmente, en una práctica rutinaria por parte de los magistrados en los grandes centros industriales, […] pero esta práctica era considerada por una gran parte de la opinión pública como ajena al derecho inglés [y] por todo el país creció el clamor contra “el sistema de espías continental”».6
A diferencia del patrón continental, en las ciudades británicas la vigilancia se dejaba a los tribunales de magistrados, que recibían las peticiones criminales y detenían a las personas acusadas para los juicios. El Tribunal de Magistrados de Londres empleaba a seis agentes llamados «cazadores de ladrones» o «corredores de Bow Street», debido a la situación del tribunal en la calle Bow, cerca de Covent Garden. A principios del siglo XIX, Londres se había convertido en la ciudad más grande del mundo, doblando su población en setenta años (1750-1820) con todo el potencial para el desorden que procede de la inmigración, los arrabales en crecimiento, la agitación de la clase obrera y el delito… o, al menos, el miedo al delito. El Londres de Dickens necesitaba una fuerza de policía metropolitana, una que pudiera presumir de respetabilidad sin emplear servicios de espías ni informantes criminales. En 1829, el parlamento aprobó la ley de Policía Metropolitana, que proporcionaba patrullas diurnas y nocturnas de policía por las calles de la ciudad. Una política preventiva subrayaba la presencia de la autoridad, identificada mediante uniformes de tipo militar, cascos que proporcionaban una mayor altura y una conducta profesional que comunicaba orden. A menudo llamados «bobbies» o «peelers», por su proponente parlamentario Robert Peel, estos oficiales no consiguieron hacerse respetar de inmediato. La mitad de los reclutas originales fueron despedidos por embriaguez, y los espías policiales saturaban el movimiento sindical. Aun así, la fuerza metropolitana se esforzaba por eliminar ese tipo de conductas poco profesionales y forjarse la reputación de proporcionar orden público.7
La palabra «detective» procede del latín detegere, que significa ‘exponer’ o ‘revelar’, una práctica con connotaciones odiosas en Gran Bretaña. Habría que esperar hasta 1842 para que se añadiera a la fuerza una rama de investigación, orientada a la prevención, y a que los primeros detectives comenzaran a trabajar y buscar aceptación. En Inglaterra los detectives privados eran casi desconocidos. Charles Frederick Field se retiró de la Policía Metropolitana a mediados de la década de 1850 para pasar a la práctica privada, aunque se metió en problemas por seguir presentándose como funcionario público. Ignatius Paul Pollaky fundó Pollaky’s Private Inquiry Office en 1862, ciertamente entre las primeras de su clase, y prometía investigaciones discretas en casos de elección, divorcios y libelos. Más conocidos como «agentes interrogadores», estos investigadores trabajaban sobre todo en temas matrimoniales. Un estudioso de la época escribe: «Si no hubiera sido por la ley de Causas Matrimoniales de 1857, responsable de los tribunales de divorcios tal como los conocemos, nunca habríamos tenido los centenares de detectives privados y agencias que hacen de la investigación matrimonial una profesión. […] Los propios términos “detective privado” e “investigador privado” nunca se habrían utilizado».8
LA EXCEPCIONALIDAD ESTADOUNIDENSE
En Estados Unidos, la agencia de detectives logró su éxito más importante hacia la década de 1850, cuando Allan Pinkerton fundó en Chicago la North-Western Police Agency. Los primeros detectives fueron criaturas del ferrocarril, que se remontaban a los años 1830 en las líneas regionales sureñas y del Medio Oeste. Los ferrocarriles del Medio Oeste se expandieron en la década de 1850, y tras la guerra de Secesión, la construcción de líneas férreas entre el río Misuri y Sacramento (California), financiada masivamente por fondos federales, dio como resultado en 1869 la primera conexión «transcontinental», entre los ferrocarriles Central Pacific y Union Pacific.9 Estos primeros ferrocarriles ofrecían nuevas oportunidades tanto para los negocios como para el crimen. Los osados atracos a trenes se multiplicaban, y también lo hacían las mercancías hurtadas y los ladrones entre pasajeros. A veces los empleados del ferrocarril y los miembros de seguridad sucumbían a la tentación. La seguridad suponía toda una serie de problemas especiales: los trenes que cruzaban jurisdicciones políticas carecían de protección policial continua. Se crearon policías específicas para la vía férrea, pero no eran rivales para la astucia y la movilidad geográfica de los delincuentes.
Pinkerton tuvo la idea de ofrecer un nuevo servicio a los ferrocarriles: una policía privada que emplearía métodos de investigación no solo para atrapar a los ladrones y recuperar el botín, sino también para evitar el robo. Contrató a antiguos y experimentados investigadores de la policía para que vigilasen los trenes y las estaciones y alertasen de los delitos, y para que observaran los refugios de los depredadores del ferrocarril: cantinas y pensiones en los que los ladrones reunían información acerca de potenciales objetivos. Cuando ofreció este nuevo servicio, Pinkerton adoptó los métodos del espía a la tarea de policía de incógnito. Al principio Pinkerton firmó contratos de protección con un consorcio de seis compañías ferroviarias encabezado por la Illinois Central Rail Road. El contrato, fechado el 1 de febrero de 1855, distinguía agentes de tres categorías salariales (y, es de suponer, de habilidades) que ofrecerían protección contra cualquier amenaza a las vías, el correo o «las depredaciones de cualquier banda» que afectara a dos o más de las compañías. Aunque los agentes de la Pinkerton se hicieron famosos por perseguir ladrones de trenes como Butch Cassidy y The Sundance Kid, su principal tarea era la vigilancia, en especial de los trabajadores del ferrocarril. En lengua contractual, los agentes de Pinkerton comunicarían «en todo momento cualquier información que tengan concerniente a los hábitos o asociaciones de los empleados de dichas compañías [ferroviarias]».10

Figura 1.1. El logo de la Pinkerton incorporaba el antiguo, y frecuentemente empleado, símbolo del ojo que lo ve todo. Fundada en 1850, la agencia tuvo varios nombres antes de adoptar el nombre de Pinkerton, el logo y su afirmación de cobertura a escala nacional tras la guerra de Secesión.
En 1858, la joven agencia fue rebautizada con el nombre de Pinkerton’s Protective Police Patrol, la primera en un campo de empresas similares que crecían en paralelo al comercio y la industria. El modelo de negocio se extendió. Gracias a las agencias, los atracadores de trenes acabaron siendo arrestados o muriendo en tiroteos, junto con algunos detectives. Los agentes de la Pinkerton, o sencillamente los «pinks», se convirtieron en una conocida institución estadounidense gracias a unas excelentes mercadotecnia y relaciones públicas, simbolizadas por su marca registrada del «ojo privado». Pinkerton se apropió del clásico «Ojo de la Providencia» u «Ojo que todo lo ve», un antiguo símbolo presente en las religiones egipcia y hebrea y que anteriormente se había empleado para múltiples propósitos, como símbolo de la francmasonería y como parte del diseño del Gran Sello de Estados Unidos y del billete de un dólar. Bajo el ojo, en el logo original de la Pinkerton, el lema de la agencia prometía: «Nunca dormimos».
Igualmente importante fue que Allan Pinkerton comenzó una serie de populares libros en los que celebraba sus aventuras y las de su agencia, como The Expressman and the Detective; Strikers, Communists, Tramps and Detectives; y The Model Town and the Detectives. Publicados entre la décadas de 1870 y 1880, los autores de la mayoría de los dieciséis volúmenes fueron negros literarios, y unían melodrama al trabajo detectivesco. El dramaturgo y novelista Cleveland Moffett siguió la tradición con una serie de «Historias auténticas de los archivos de Pinkerton», que apareció en el McClure’s Magazine y que posteriormente se recogieron en un libro. Moffett y los negros literarios de la Pinkerton inventaron diálogos entre atracadores de trenes y atribuyeron intrépidas acciones a los detectives en historias que incubaron el género del true crime, historias de delitos auténticos.
El negocio de Allan Pinkerton florecía y se extendía más allá de sus contratos ferroviarios. Se unió al esfuerzo bélico de la guerra de Secesión, y protegió trenes, investigó a especuladores y usureros, espió planes confederados y dirigió el servicio secreto. Admitió haber ganado una buena suma de dinero trabajando para el gobierno. Pero la atención pública era a la vez una bendición y un problema. En 1861, el Chicago Tribune atribuyó a la Pinkerton el descabezamiento de un complot que supuestamente debía matar a Abraham Lincoln durante su discurso de inauguración, aunque no queda nada claro cómo consiguió el diario la historia de una operación secreta, o si en realidad fue una invención de publicistas de la agencia. Los diarios del sur negaron que existiera complot alguno, y el Chicago Democrat denunció la historia: «¿Cuánto tiempo más ha de ser la población de este país engañada por estos detectives privados? […] ¿Cómo van a conseguir casos si no es inventándoselos? No hubo jamás ninguna conspiración excepto en el cerebro del detective de Chicago».11 La sospecha pública sobre las actividades de los detectives, originadas en Europa, reaparecieron en Estados Unidos como un rasgo intrínseco del oficio.
Tras la guerra, las agencias de detectives se ajustaron a una economía pujante, y en especial al auge de la industria pesada. Las industrias siderúrgicas de Chicago fabricaban las vías y los coches-cama que circulaban sobre ellas. Los detectives extendieron sus servicios. Aplicada en principio a los robos por parte de los empleados, la experiencia en trabajo de incógnito y vigilancia de las agencias se adaptó bien a investigar los esfuerzos obreros por crear sindicatos. El espionaje industrial y el espía laboral surgieron y crecieron hasta convertirse en la principal fuente de ingresos. Servicios de protección surgidos para trenes y vías se adaptaron con facilidad a las plantas industriales.
La «Edad Dorada»* de Estados Unidos (1878-1899) recibe su nombre de un conjunto de cambios sociales y económicos que combina crecimiento económico, concentración industrial y creación de riqueza, por un lado, con excesos y desigualdades, por otro, y que dio lugar a un extendido reordenamiento de las clases sociales y la geografía. Se disparó la urbanización. Entre 1870 y 1920 la cantidad de gente que vivía en las ciudades se duplicó y pasó del 25 al 50 % de la población.

Figura 1.2. Allan Pinkerton (sentado, a la derecha) durante su participación en la guerra de Secesión. También aparece Kate Warne (de pie, centro), que, cuando Pinkerton la contrató en 1856, se convirtió en la primera mujer detective privada.
En 1920, en el noreste la población urbana alcanzó el 75 %. Es notable que hacia 1900, el 60 % de los residentes en ciudades consistiera en inmigrantes o hijos de inmigrantes. De costa a costa, ya en la década de 1880, las grandes ciudades estadounidenses eran predominantemente lugares de inmigrantes de primera o segunda generación: Chicago, con un 87 %, Nueva York, con un 80 %, o San Francisco, con un 78 %.12 Una red transcontinental de vías férreas conectaba las ciudades del país con las periferias rurales: entre 1860 y 1880 se triplicaron las millas de vías instaladas, y volvieron a triplicarse en la década de 1920. De un modo oportuno y adecuado a la época, las vías férreas transcontinentales eran desacertadas tramas financiadas por el gobierno en un laberinto de corruptelas, destinadas a la bancarrota.13 Se trataba de la era del monopolio, de los grandes conglomerados como la Standard Oil de Rockefeller, la U.S. Steel de J. P. Morgan y muchas más, desde la fabricación de maquinaria agrícola al refinado azucarero o el envasado de carne. La infraestructura en expansión y la abundancia de mano de obra apoyaron un crecimiento económico sin precedentes que favoreció a todos los sectores, pero en medida desigual.
La Edad Dorada se vio sacudida por sucesivos auges y caídas. En las décadas de 1870 y 1890 hubo graves depresiones que causaron problemas en forma de desempleo y reducciones salariales. Los problemas de la mano de obra motivaron el primitivo movimiento sindical. En varias localidades aisladas se produjeron una serie de protestas salariales y por recortes de puestos de trabajo que culminaron en la huelga general de 1873-1874. Aunque la huelga fracasó, marcó una nueva realidad en la sociedad estadounidense. «La importancia de las huelgas no reside en su éxito o fracaso, sino más bien en la disposición de los huelguistas a expresar sus quejas de un modo directo, dramático y frecuentemente revelador».14 Precipitadas por la depresión, las huelgas ferroviarias de 1877 enfrentaron en conflictos violentos a un sector sindical mejor organizado contra la Guardia Nacional. El descontento social cada vez ocupaba más la atención pública.
Las huelgas ferroviarias proporcionaron el telón de fondo a la sensacional lucha de los mineros irlandeses inmigrantes «Molly Maguires», en las excavaciones de carbón de antracita de Pensilvania. El conflicto enfrentó a los mineros con la Philadelphia and Reading Railroad, empresa que había acabado dominando el trabajo en las minas. La batalla de los mineros por un salario justo y su sindicación frente a una dirección empresarial agresiva acabaron en violencia y en la ejecución por horca de diez presuntos conspiradores de las comunidades irlandesas. En realidad, los auténticos Molly Maguires, una sociedad secreta de campesinos irlandeses que luchaba contra terratenientes opresores, no coincidían con las organizaciones fraternales y sindicales que libraban la lucha minera en Pensilvania. La errónea conexión surgió de la antipatía de los propietarios de las minas por los sindicatos y de la literatura popular sensacionalista que retrataba el movimiento de un modo simplista, como resultado de terrorismo extranjero. En la segunda serie de libros dedicados a las hazañas de su agencia, Pinkerton publicó The Molly Maguires and the Detectives, una sesgada intriga que convertía en héroe al agente de la Pinkerton James McParland, demonizaba a los irlandeses y servía sobre todo como «argumentario de venta de su agencia de detectives». Una notable mejora en la prosa, en comparación con la del primer libro de la serie, The Expressman and the Detectives, sugiere que el jefe ya había recurrido a los negros literarios.15
Los disturbios urbanos alcanzaron su expresión más dramática en mayo de 1886 en la plaza de Haymarket, en Chicago. A la estela de una huelga general por la jornada de ocho horas, los líderes sindicales convocaron una manifestación en el centro de la ciudad para protestar por un sangriento enfrentamiento el día anterior ante la fábrica de equipamiento agrícola McCormick. Mientras los conferenciantes animaban a la multitud de tres mil trabajadores, sobre todo de origen alemán, y mientras la policía se disponía a disolver violentamente a la multitud, una bomba de origen desconocido explotó matando a siete policías y tres civiles e hiriendo a muchos más.16 Nuevamente la prensa culpó a «salvajes extranjeros», y un juicio espectáculo llevó a la ejecución en la horca de cuatro anarquistas. Las personas juiciosas y críticas no estaban convencidas de su culpabilidad, ni de la inexistencia de posibles provocadores infiltrados. Charles Siringo, el famoso «detective vaquero» de la Pinkerton, aseguró haber estado trabajando para la agencia durante las manifestaciones de Chicago con otros agentes que, según dijo, contactaron con anarquistas e intentaron sin éxito evocar amenazas violentas, y que después escribieron «llamativos informes que le resultaban convenientes a la agencia» y ofrecieron «falso testimonio» con respecto a la planificación de actos violentos.17
El historiador Paul Boyer señala: «Los disturbios urbanos ya eran conocidos desde el período de preguerra, pero en la Edad Dorada tomaron un cariz más amenazador, como expresión directa de malestar laboral».18 Como en el caso europeo, lo que generó nuevos mecanismos de control social fue el miedo a la descomposición moral, a la chusma, a la carencia de ley, a exigencias laborales de una parte de las riquezas y a la erosión de la autoridad normativa. Las sociedades por la reforma moral y el poder coactivo de la policía crecieron en paralelo. La expansión del poder policial, empero, suscitó profundos temores a otro mal, el Estado tiránico. La agencia privada de detectives daba una respuesta a este dilema.
Tan solo a mediados del siglo XIX, con el crecimiento de las ciudades industriales —y los espectros de las bandas proletarias, del delincuente violento y del gandul degenerado—, consiguió el miedo al desorden social sobreponerse a la desconfianza hacia el Estado omnipotente. […] Pero los escándalos revelaron que muchos de los detectives públicos estadounidenses, como los cazadores de ladrones británicos antes que ellos, eran poco más que recaudadores que cobraban un pellizco a criminales que conocían y arrestaban solo a aquellos que no pagaban el diezmo. […] De modo que apenas resultó sorprendente el hecho de que la detección «municipal» de crímenes fue devuelta, en su mayor parte, a manos privadas. Los primeros detectives privados estadounidenses fueron antiguos agentes municipales. […] Hacia la década de 1850 habían surgido seis agencias privadas en el país; hacia 1884 había catorce tan solo en Chicago.19
La rápida urbanización, los poderosos conglomerados corporativos y un comercio cada vez más extendido gracias a las redes de vías férreas del este y del Medio Oeste proporcionaron los cimientos materiales para agencias de detectives cada vez más necesarias. En 1871, un periodista de Nueva York observaba: «Todas las grandes ciudades comerciales poseen en abundancia “agencias de detectives”, como se hacen llamar».20 Pinkerton continuaba dominando la industria, pero sus rivales se le acercaban. Thomas Furlong operaba desde San Luis como agente especial para la Missouri Pacific Railroad y empleaba representantes regionales, entre ellos el joven William J. Burns. Furlong aprendió la lección de Pinkerton y publicó sus propias memorias, convenientemente agrandadas, Fifty Years a Detective, impulsando tanto la reputación de su agencia como el género de historias de crímenes auténticos.
Gus Thiel, antiguo agente de la Pinkerton, fundó su propia agencia en 1873 en San Luis, especializada en «detección ferroviaria» (es decir, en espiar a los empleados) y, hacia el oeste, en disputas mineras. Hacia 1909, la Agencia de Detectives Thiel mantenía oficinas en quince ciudades. En 1879, James Wood abandonó el Departamento de Policía de Boston para crear «la agencia de detectives pionera en Nueva Inglaterra». William Baldwin fundó la Agencia de Detectives Baldwin (que más tarde se asociaría con Thomas Felts) y trabajó para la línea férrea de Virginia y en operaciones mineras de carbón. James Farley fundó en 1902 la primera agencia dedicada completamente a reventar huelgas, y operaba en toda la nación desde Nueva York. En 1909 la industria se vio sorprendida por la inauguración en Nueva York de la William J. Burns National (más adelante sería International) Detective Agency, que para 1920 se había expandido a treinta ciudades y había iniciado una intensa rivalidad con la Pinkerton. La competición entre la Burns y la Pinkerton se centraba en afirmaciones acerca de cuál era más eficaz y, en especial, más «profesional» (es decir, menos dada a prácticas impropias como la intimidación, la ruptura de huelgas y el trabajo matrimonial). La búsqueda de respetabilidad (con resultados bastante irregulares) moldeó el carácter de estas dos grandes firmas y, ciertamente, de varios modos, de la industria al completo.
HOMESTEAD
Cuarenta años después de su debut en Estados Unidos, la agencia de detectives había conseguido un lugar familiar, si bien ambivalente, en el modo de hacer negocios de la nación. Entonces, en 1892, los sucesos en torno a una huelga en Homestead (Pensilvania) lo cambiaron todo. Una catástrofe que desafiaría la conciencia nacional comenzaba de un modo poco prometedor con una disputa laboral en la fábrica de Homestead de la Carnegie Steel Company, a nueve kilómetros río arriba de Pittsburgh. El conflicto se centraba en innovaciones tecnológicas en el proceso laboral que conllevaban reducciones salariales para buena parte de los 3.800 trabajadores representados por el sindicato más grande del país, la Amalgamated Association of Iron and Steel Workers. Con Andrew Carnegie en su Escocia natal, el enérgico jefe de operaciones de Homestead, Henry Clay Frick, rechazó una oferta de rebaja salarial hecha por los sindicatos en las negociaciones e impuso un cierre patronal. Sindicatos y población local se movilizaron para bloquear cualquier llegada de trabajadores de fuera mientras continuaban presionando para negociar. Los registros censales estadounidenses de 1890 ya no existen, pero el censo de 1880 describe una población representativa, si bien más pequeña, de seiscientas personas, entre ellas una mayoría de residentes inmigrantes y de primera generación de origen alemán, inglés e irlandés. Entre los empleados en la fábrica y trabajadores domésticos, las personas nativas de primera generación eran más numerosas que los inmigrantes llegados hacía poco. Los trabajadores metalúrgicos eran en su mayoría nativos de primera generación y más de la mitad de los hombres estaban en empleos especializados.
Frick se mostró inflexible. Aseguró que había amenazas de daños a la propiedad (algo que en esta fase los trabajadores se habían comprometido a evitar) y alzó una verja alrededor de la planta; en un desafortunado paso, pidió refuerzos. Las oficinas de la Pinkerton en Chicago, Filadelfia y Nueva York reunieron pronto una fuerza de trescientos guardias, de los que cuarenta eran empleados regulares de la agencia y el resto reclutados de las calles, como era habitual en situaciones de reventar huelgas. En un guiño a la ley federal que prohibía el transporte de fuerzas armadas privadas a través de fronteras estatales, los hombres de la Pinkerton llegaron en un tren y las armas y la munición, en otro. El plan era transportar a los guardias en dos barcazas que remontarían el río Monongahela, desembarcar dentro del perímetro vallado del lado del río de la planta y asegurar la fábrica, quizá para trabajadores de reemplazo, si las cosas hubieran llegado a ese extremo. Los trabajadores, que esperaban problemas, mantenían una vigilancia fuera de la fábrica y a lo largo del río. Mientras las barcazas se disponían a atracar, una furiosa multitud irrumpió a través de la verja, se enfrentó a las fuerzas de la Pinkerton y advirtió que todo aquel que pusiera pie en tierra iba a resultar dañado. Hubo intercambio de amenazas; ambos bandos se enrocaron. Entonces se dispararon tiros, aunque es imposible saber quién disparó primero. En el enfrentamiento siguiente, murieron cuatro trabajadores y dos guardias, y mucha más gente resultó herida.
El enfrentamiento duró toda la noche y llegó a la mañana siguiente, cuando los agentes de la Pinkerton, atrapados en las barcazas y enfrentados a una multitud inamovible, acordaron rendirse a cambio de un desembarco pacífico y una salida segura de la ciudad. La multitud se tranquilizó momentáneamente cuando se le aseguró que la Pinkerton respondería de acusaciones de asesinato por las muertes a tiros de los cuatro trabajadores. La situación pareció controlada hasta que las líneas que se habían formado a cada lado de la hilera de guardias de la Pinkerton en retirada se convirtieron en un furioso griterío de insultos y, posteriormente, de despiadados abusos físicos. Pese a todas las circunstancias que contribuyeron a la violencia en Homestead, este acto final de humillación, infligido a un enemigo en retirada por una muchedumbre frenética, se convirtió en el tema central de la posterior percepción pública, en gran parte gracias a narraciones sensacionalistas en la prensa.21
Homestead perjudicó a todo el mundo. El nombre mismo de la fábrica de Carnegie acabó haciéndose sinónimo de una vergonzosa historia de relaciones laborales. El sindicato de trabajadores metalúrgicos quedó destrozado, y los esfuerzos sindicales quedaron detenidos durante los siguientes cuarenta años. El Congreso se hizo notar con prolongadas investigaciones, tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado, que repartieron culpa por todas partes. Sus informes reconocieron una potencial amenaza a la soberanía nacional en los ejércitos privados, y aprobaron la —simbólicamente— importante ley «anti-Pinkerton», que prohibía al gobierno emplear a la agencia. La firma sufrió un grave golpe a su reputación y a sus intereses económicos. Veintiséis estados aprobaron leyes contra el empleo privado de guardias armados.22 Una introducción póstuma a las memorias de Allan Pinkerton reconocía que «caben escasas dudas de que los sucesos [de Homestead] hicieron añicos la reputación de la agencia».23 En los círculos laborales se odiaba y maldecía a los «pinks». Canciones y rimas los representaban como opresores. Bajo la dirección de Robert Pinkerton, el hijo y sucesor en los negocios de Allan, la agencia respondió con cambios en sus prácticas que alteraron el foco de su trabajo del mundo «industrial» a los servicios «de seguridad». Se introdujo la formación para empleados, se buscaron clientes comerciales y se anunció la profesionalidad. Se abandonó el trabajo de revientahuelgas… o al menos se dijo que se haría. No satisfecha con limpiar su propia imagen, la agencia menospreció a sus rivales, sobre todo a la opulenta Burns y sus métodos. A finales de la década de 1940, mientras James Horan y Howard Swiggert preparaban su libro autorizado The Pinkerton Story, los perros de presa de la agencia vigilaban de cerca los borradores y manuscritos para asegurarse de que en esa versión de la historia la firma no tuviese responsabilidad alguna en la violencia de Homestead.24
Si Homestead supuso un golpe para la agencia, la reacción general fue incierta. Un estudio de opinión pública efectuado tras Homestead revelaba que se denunciaba el uso de la violencia, ya fuese por parte de los obreros, de los detectives o de la policía. Pero se concedía a los propietarios el derecho a defender su propiedad por la fuerza de ser necesario. Los trabajadores tenían el derecho a dar o dejar de dar su «propiedad», su fuerza de trabajo, pero no el derecho a coaccionar a otros. Si las diferencias eran irreconciliables, siempre poseían la libertad de escoger a otro empleador, pero no de forzar concesiones de los propietarios.25 En aquella época, los derechos de la mano de obra eran en gran medida negativos: podían reunirse y hablar, pero no podían forzar a sus empleadores. La negociación colectiva quedaba muy, muy lejos. En efecto, durante el Temor Rojo de la década de 1920, en muchos estados las leyes criminales contra el sindicalismo amenazaron las libertades de expresión y reunión de partidarios radicales de los trabajadores.26 Al final, Homestead y el debate nacional que provocó acabaron siendo asuntos en disputa.

Figura 1.3. La violenta huelga de Homestead, en 1892, generó una onda expansiva que alcanzó todo el país, generó investigaciones en el Congreso y causó una corriente de censura que dañó por igual a la Pinkerton, al sindicato de trabajadores metalúrgicos y a la corporación Carnegie. (Frank Leslie’s Illustrated Weekly, 14 de julio de 1892).
LEGITIMIDAD
De Vidocq a Pinkerton, el detective privado fue siempre una figura de turbia legitimidad. El mero acto de «detectar» se combinaba con facilidad con el espionaje ilícito, y los primeros agentes del oficio procedían del submundo criminal. Ya en 1871, un periodista de Nueva York había descubierto pruebas de «flagrantes operaciones que han hecho del término “detective privado” sinónimo de delincuente. […] Los intereses de la sociedad exigen la supresión de esta peculiar institución».27 En 1906, un tal Thomas Beet escribió el muy difundido artículo «Métodos de las agencias privadas de detectives estadounidenses» para Appleton’s Magazine.28 El nombre de Beet aparecía junto al encabezado «Representante estadounidense de John Conquest, exinspector jefe de Scotland Yard». Puede que algunos se cuestionaran si Scotland Yard tenía un representante para Estados Unidos, pero a juzgar por la frecuencia con la que se citaban las opiniones de Beet, el aura de autoridad pareció funcionar. Las voces críticas afirmaban que las agencias pretendían luchar contra la delincuencia pero eran «una amenaza vital a la sociedad estadounidense, […] nidos de corrupción que trafican con el honor y confidencias de sus clientes y con la credulidad del público, y que dejan tras de sí una estela de desgracias, desastres e incluso muerte. […] Nada menos que el 90 % de los establecimientos de detectives privados, adoptan la forma que adoptan, están podridos hasta el núcleo».29 Hubo periodistas e historiadores que dieron a Beet por fuente fiable. Arthur Train, exayudante voluntario de la fiscalía de distrito de Nueva York, revelaría más tarde que Arthur Beet era un detective de divorcios de Nueva York, pero advirtió, sin embargo, que había muy pocos «genuinos detectives» en un campo en el que la tentación de ser deshonesto era muy grande.30
El del detective turbio podría haber sido un retrato bastante menos convincente de no ser por la ambivalencia expresada por los mayores defensores de la industria. En una reflexión al inicio de su libro Thirty Years a Detective, Allan Pinkerton admitía: «Hubo una época en que se arrojó un halo de idealismo sobre el mouchard de dudosa reputación de los cuerpos parisinos; cuando el corredor de Bow Street de Londres y la “sombra” de la policía estadounidense eran el ideal, […] [pero] el detective ha sufrido una completa metamorfosis».31 Thomas Furlong, coetáneo de Pinkerton, lamentaba que «el gran público no ve con buenos ojos al detective. Quisquillosos abogados e irresponsables chupatintas de la prensa le han hecho creer que todos los detectives son ladrones, matones y canallas, solo porque hay algunos hombres en el oficio cuya especialidad es vender secretos de familia y manipular las pruebas de los casos de divorcio».32 Con su típica grandilocuencia, William J. Burns, el protegido de Furlong, señalaba:
En muchos de mis posicionamientos públicos desde el estrado he pronunciado abiertamente que los detectives privados, como clase, son el montón de criminales más grande que jamás ha gozado de impunidad, […] [pero, afortunadamente] desde que dirijo la William J. Burns National Detective Agency he tenido conocimiento de los escandalosos métodos de chantaje que emplean los detectives privados, y he tomado la firme decisión de hacer todo lo posible por exponer a estos quebrantadores de la ley y parásitos de la sociedad. […] Los detectives privados honestos aplaudirán esta afirmación y se pondrán de mi lado en mi esfuerzo por dar al oficio un aire de respetabilidad, si es que eso es posible.33
Si bien se esforzaban por distinguirse de los gumshoes [«suelas de goma»], término procedente de las gruesas suelas de los zapatos baratos de los hombres de clase trabajadora, estos líderes de la industria también reforzaban el estereotipo. Críticos y reformistas dudaban de la distinción y apuntaban a Homestead o a Burns y sus métodos como pruebas prima facie para apoyar sus argumentaciones. Quizá el oficio se había vuelto más profesional, pero no había mejorado su reputación. Según este punto de vista, el problema residía en la naturaleza misma del oficio: una empresa, en una sociedad capitalista, que obtenía sus beneficios de, entre otras cosas, vender los productos de espiar y controlar el coste de la mano de obra.
En 1872, George McWatters escribió una de las primeras y mejores memorias de un detective estadounidense. McWatters era un inmigrante escocés, como Pinkerton, que también tenía un cierto sentido de la justicia. En Gran Bretaña, Pinkerton era miembro del movimiento cartista, y un abolicionista en Estados Unidos, mientras que McWatters abrazaba principios socialistas en ambos lugares. Su Knots Untied: Ways and By-Ways the Hidden Life of American Detectives concluye (por petición de su editor, asegura) con una evaluación del «sistema detectivesco en general». McWatters señala que la sociedad en conjunto exige el sistema detectivesco como medio de protección y apoyo:
Lo que me asombra es que las clases inteligentes no miren las cosas de frente, que no perciban lo totalmente inútil de pasar por la sociedad sin el trabajo del detective, en tanto nuestros legisladores instituyan diez leyes para proteger la propiedad y solo una para proteger al hombre. […] [El detective] es la excrecencia de un estado de cosas corrupto y enfermo, y, en consecuencia, también él está moralmente enfermo. Su propia existencia es una sátira acerca de la sociedad. Es una triste serpiente, pero no en un paraíso, sino en el infierno social. Es un ladrón, y roba las confidencias de los hombres para arruinarlos.
La ironía en todo esto es que «en su mayor parte, los detectives son excelentes ciudadanos, [y] el sistema detectivesco es una de las mejores instituciones o rasgos de nuestra corrupta civilización, […] parte necesaria de un sistema innecesariamente injusto».34
La cuestión de la legitimidad apuntalaba gran parte de la conducta de, y de la escritura sobre, el oficio de detective. Las agencias se desvivían por proyectar legitimidad mientras opiniones críticas y reformadores buscaban negársela. Sus respectivas historias brotaban de una misma raíz, el carácter intrínsecamente ambivalente del oficio, su dualidad como supuesta exigencia de orden y amenaza al civismo: el problema del trabajo sucio. Charles Siringo lo transmitió de modo contundente: «Los detectives son un mal necesario».35
La leyenda que fue creciendo en torno al detective privado bebió tanto de la escritura de no ficción (a favor y en contra) como de la controversia pública, de la promoción de la propia industria y de la ficción popular que surgió coincidiendo con el nacimiento y desarrollo del oficio. Desde las historias seminales de Poe de la década de 1840 y una colección de novelas que aparecieron en las décadas de 1860 y 1870, la industria editorial y la detectivesca se desarrollaron en paralelo, moldeándose e influyéndose de modo recíproco. Detectives auténticos como Burns o Robert, el hijo de Allan Pinkerton, se esforzaban por distinguirse del estereotipo del gumshoe o del sabueso de fantasía, pero les encantaba compartir el escenario con los idealizados luchadores contra el crimen. Gran parte de lo que la sociedad llegó a comprender de los detectives privados procedió de este diálogo.
DETECTIVES EN TEORÍA
¿Por qué alcanzó la industria del detective privado su forma más desarrollada en Estados Unidos? ¿Por qué se dio este fenómeno único a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y qué inspiró su tan discutida legitimidad? Pese a una vasta literatura sobre ficción detectivesca, sorprendentemente existen pocos intentos por explicar el sistema detectivesco en su época, su lugar y su condición social. «Los historiadores han ignorado, y las sucesivas generaciones han comprendido mal, el papel social del detective».36
En Europa y Estados Unidos, los detectives surgieron junto con la modernidad y en presencia de rápidos y perturbadores cambios: un comercio y una industria en expansión, un aumento drástico de la población (en especial en la ciudad), nuevos inmigrantes en ciudades ya hacinadas, arrabales y enfermedades junto a una riqueza y ostentación cada vez mayores y nuevas oportunidades en los campos del crimen y del castigo. Según aseguraban comisiones públicas que investigaban condiciones sanitarias y de seguridad y observadores literarios, de Victor Hugo a Charles Dickens, el diagnóstico del momento era el desorden urbano. Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos recorrieron sendas revolucionarias distintas hasta la democracia burguesa. Ahora la autoridad residía en el Estado, aunque los estados variaban mucho en cuanto a su poder y al oportuno desarrollo de las instituciones públicas. Las fuerzas policiales metropolitanas daban una idea de la fuerza de los estados. El relativamente fuerte Estado francés instituyó la policía metropolitana, que empleaba detectives como informantes e intermediarios, no como autoridades cuasioficiales. Desde casi su inicio, la fuerza policial creó una división de detectives, en la que se graduaron los primeros detectives. En Gran Bretaña, debido a la desconfianza pública creada por la represión gubernamental contra la reforma política y el movimiento sindical, la fuerza policial metropolitana tardó más en crearse. El «sistema de espionaje continental» resultaba anatema para los parlamentaristas que luchaban por crear un Estado que uniera la fuerza monárquica con instituciones representativas. A medida que las reformas progresaban, la policía comenzó a cobrar entidad propia, separándose de los cazadores de ladrones, aunque su ritmo era vacilante. Finalmente se añadió una rama de detectives a la policía metropolitana, y los detectives privados reaparecieron, en una reducida cantidad.
En Estados Unidos, las condiciones eran diferentes, de modo que se impulsó el oficio, único en su extensión, del detective privado estadounidense. En la segunda mitad del siglo XIX aún no se había desarrollado un sistema nacional de policía, y las fuerzas municipales estaban apenas en sus controvertidos inicios. Estados Unidos carecía también de un movimiento sindical poderoso a una escala comparable a la de la tradición británica. De igual modo, conforme la expansión de la Edad Dorada iba atravesando el país, enormes conglomerados corporativos dominaban porciones cada vez mayores de la economía. El gobierno federal era relativamente débil, en especial en la época de corrupción representada a la perfección por los monopolios ferroviarios. Los estados ofrecían una mescolanza de regulaciones, y el comercio interestatal era territorio no regulado. Ni el Estado nacional ni el naciente movimiento sindical frenaron las policías privadas. Las corporaciones ejercieron su poder para defender su propiedad contra amenazas, procedieran de genuinos criminales o, como era más habitual, de los sindicatos. La expansión económica corporativa y la escasez de fuerzas policiales se combinaron para crear un nicho ideal para emprendedores como Pinkerton, Thiel, Furlong y Baldwin, quienes dieron forma a un nuevo modelo de negocio mucho antes de hacerse llamar agencias de detectives.
Entre los escasos historiadores o científicos sociales que han intentado explicar el advenimiento de las agencias de detectives, prevalecen dos narrativas. En la primera interpretación —y evidentemente más atractiva—, Robert Weiss incluye el sistema detectivesco como parte del aparato creado para controlar la mano de obra: «El temprano desarrollo de la agencia privada de detectives estaba en gran parte preocupada por proporcionar un suministro de mano de obra disciplinada a la industrialización capitalista». Weiss prosigue identificando tres fases en la carrera histórica de las agencias, que surgen de «cambios en la naturaleza de la economía política conforme esta afecta a “la cuestión laboral”».37 La primera fase comienza con las agencias que surgen entre el siglo XIX y la Primera Guerra Mundial, un período en el que vigilar la mano de obra era responsabilidad exclusiva de detectives privados. Durante los veinte años siguientes, segunda fase, firmas privadas cooperaron con la Oficina Federal de Investigación (FBI) en un intento de contener la organización sindical y las huelgas. En la tercera fase, a partir de la investigación senatorial del Comité La Follette de finales de la década de 1930, disciplinar a las fuerzas sindicales dejó de estar en la cartera de las agencias, que se dedicaron con el FBI a promover el sindicalismo empresarial.
La teoría de Weiss del control del movimiento sindical comprende una importante pero limitada parte de los orígenes de la agencia de detectives. Las primeras agencias, en especial las independientes, estaban enfocadas a varios tipos de desorden y caos. Aunque las grandes agencias estadounidenses lidiaban de un modo desproporcionado con temas sindicales, parte de su negocio —y gran parte del de las independientes— tenía que ver con la protección de la propiedad, los fraudes de seguros, aventuras extramaritales y asuntos similares. El control sindical, con sus implicaciones represivas, era solo uno de entre varios servicios que proporcionaban las agencias. A veces los detectives perseguían delincuentes o, con su presencia, disuadían de la comisión de delitos. A veces incluso hacían el bien, defendiendo a inocentes o cantando las cuarenta a los empleadores. Un énfasis exclusivo en el control sindical deja en las sombras otras fuerzas sociales que afectaron al desarrollo del oficio de detective, como la fuerza del Estado, los movimientos sociales (incluyendo el reformismo y el sindicalismo) y una aversión cultural al espionaje. Sin embargo, el citadísimo artículo de Weiss de 1986 sigue siendo uno de los pocos esfuerzos analíticos por explicar el desarrollo de los detectives privados.
Una segunda explicación, por parte de Rhodri Jeffreys-Jones, señala que los detectives privados eran emprendedores oportunistas, no enemigos de los sindicatos ni lacayos de los capitalistas:
La historia de las agencias privadas de detectives sugiere que la razón de su particular dinamismo en Estados Unidos antes de la década de 1920 era la escasez de fuerzas policiales bien organizadas. Por lo tanto, los detectives privados llegaron para cubrir una necesidad real. […] Los detectives privados no eran, en realidad, agentes de las clases dirigentes de Estados Unidos. Tampoco se oponían al sindicalismo por principio, ni a los trabajadores como clase. Sencillamente vieron la oportunidad de sacar rédito económico de un conflicto. […] El sabueso industrial solo miraba por su propio interés.38
Esta observación acaba con cualquier aparente contradicción entre las creencias cartistas y abolicionistas de Pinkerton, o el magnánimo anuncio de Burns —«creo en la organización de los trabajadores, y creo que ha ayudado al hombre trabajador»—, aunque acabaría denunciando a líderes sindicales propensos a la corrupción y el asesinato.39 A diferencia de Weiss, Jeffreys-Jones atribuye el momento y el «particular dinamismo» de la industria estadounidense a una escasez de policías, la oportunidad resultante para satisfacer determinadas necesidades y el espíritu emprendedor. El sabueso que solo mira por su interés tiene eco en todas las biografías originales de investigadores privados.
Estas teorías son más complementarias que opuestas. La explicación estructural de Weiss no atribuye motivos a los detectives, sino que subraya, de un modo bastante singular, la decidida búsqueda de la industria de una fuerza laboral disciplinada y dócil. Los incentivos y oportunidades ofrecidos a eventuales fundadores de agencias no forman parte de esta narrativa de control social. De modo similar, Jeffreys-Jones se centra en la narración empresarial de los propios detectives, obviando al Estado, la economía y los empleadores corporativos que los crearon. Aunque al subrayar diferentes rasgos de la industria, las teorías se complementan mutuamente, ninguna de ellas se adentra más en profundidad en la lucha por la legitimidad de los detectives privados, un tema que da forma a su organización y a su reputación. En la narración siguiente argumentaré que a fin de llegar a una comprensión completa de esta historia característicamente estadounidense, es necesario evaluar en conjunto las prácticas históricas de la industria detectivesca y el problema de la legitimidad del detective; es decir, tanto las condiciones materiales como los significados culturales.
Todo intento de teorizar sobre la importancia del oficio de detective privado sufrirá de una carencia de pruebas empíricas. ¿Cómo asegurar, por ejemplo, que la mayoría de los reclutas del oficio procedían del submundo criminal cuando tenemos, a fecha de hoy, muy pocas pruebas de su procedencia social? ¿Qué prueba apoya la afirmación de que los detectives estaban sobre todo para controlar a los trabajadores, o que «solo miraban por sus intereses», cuando no sabemos cómo era su labor cotidiana? Dado que gran parte de las pruebas relativas a estas cuestiones se han perdido o destruido, ¿dónde hallaremos las respuestas? En los capítulos que siguen, reconstruyo la historia aprovechando una amplia gama de fuentes, incluidas algunas que se juzgaron, sin mucha base, como ficción, y montándolas en una narrativa continua.
El capítulo 2 se pregunta «¿Quién era el detective?» y proporciona datos largamente enterrados acerca del oficio y sus practicantes. Acto seguido, en el capítulo 3, miraremos hacia las agencias, grandes y pequeñas, para ver cómo se estructuraba el negocio del detective privado y cómo las firmas competían entre sí. El capítulo 4 examina a partir de sus propios informes de campo, el trabajo que realizaban los detectives. Las pruebas sugieren que su principal tarea era la vigilancia, observando a otras personas durante largas y tediosas horas. Como las opiniones críticas han argumentado, el negocio del detective, tanto entonces como ahora, procede de algún tipo de conflicto, e implica la invasión de la intimidad de alguien por medios encubiertos y a menudo poco escrupulosos. Las pruebas presentadas en el capítulo 5 revelan que algunas de las primeras acciones de los detectives eran apenas éticas, y muchas, auténticamente criminales: los detectives privados cometían crímenes como mínimo tantas veces como los resolvían. En consecuencia, el oficio de detective ha sido controvertido, un asunto de preocupación pública que se ha manifestado en investigaciones a los propios investigadores, como se detalla en el capítulo 6. Desde los sucesos de Homestead, comisiones impulsadas por sociedades reformistas y, de un modo más formidable, por el gobierno, han indagado en las actividades de la industria. Además de exponer la necesidad de regulación de prácticas abusivas habituales en el oficio, los documentos de las comisiones proporcionan una rica fuente de pruebas empíricas acerca del negocio de los detectives privados, sus agentes y sus épocas. En el capítulo 7, el análisis pasa a cubrir cómo se construye socialmente el detective de leyenda, cómo el negocio de narrar historias interactúa con el negocio de investigar. Por último, sostengo que estos mundos se combinan: que para conocer plenamente el negocio de los detectives es necesaria una comprensión cultural de la leyenda, y viceversa. A primera vista, la argumentación parece clara, pero examinar sus implicaciones está lleno de sorpresas.
2 HOMBRES Y MUJERES TRABAJADORES
DOS PINKERTON, DOS SENDEROS
En los primeros años, las agencias de detectives atraían a una gama de reclutas que, en conjunto, compartían un mismo estatus: eran marginados. Un empleo tan turbio apenas resultaba atractivo para las clases más elevadas de personas, con mejor educación, capacidades valiosas y oportunidades legítimas. Los nuevos detectives procedían de los márgenes de la sociedad biempensante: eran de extracción inmigrante y de clase trabajadora, y buscaban el modo de ascender en la escala social, o bien aventuras o la posibilidad de una carrera. Charlie Siringo y James McParland eran dos de esos tipos, contemporáneos en los primeros años de la Pinkerton, amigos y agentes llenos de recursos cuyas hazañas los hicieron famosos. Sin embargo, cuando acabaron sus carreras y su amistad, tras la controversia Pinkerton, eran dos personas muy diferentes en dos extremos opuestos.
Charles Angelo Siringo nació en 1855 en una familia inmigrante, de padre italiano y madre irlandesa. Según su propia versión, pasó la infancia en el rancho familiar de Nuevo México, en su mayor parte montando a caballo. A lo largo de toda su vida se denominó cowboy, identidad que puso por delante de todas las demás. En su autobiografía (también era escritor) asegura ser un «detective vaquero».1 Comenzó a trabajar como vaquero a los once años y se unió a caravanas de transporte de ganado hacia Kansas City y Chicago. Durante un corto tiempo tuvo una tienda en Caldwell (Kansas). A los veintidós años estaba casado y viviendo en Chicago cuando sucedieron los disturbios y la bomba de Haymarket, el 4 de mayo de 1886. Tras consultar con un frenólogo, dice, «decidí probar suerte como detective, […] dado que mi principal objetivo era ver el mundo y conocer la naturaleza humana». Siringo sabía de la agencia Pinkerton, «la mejor escuela de detectives del planeta», convenientemente situada en Chicago. Con una carta de recomendación de su banquero, se presentó ante el gerente de la oficina y acabó siendo recibido por William Pinkerton, quien por entonces dirigía la agencia junto con su hermano Robert. Pinkerton lo contrató y le explicó que pronto iban a abrir una oficina en Denver en la que un detective vaquero sería útil para el «trabajo con ganado»; es decir, persiguiendo ladrones de ganado. Siringo marcó como su primer caso «el gran disturbio anarquista de Haymarket», pese a fechar su contrato a finales de junio, dos meses después del suceso.2
Tras varios años persiguiendo «ladrones de ciudad», entre ellos conductores de tranvías de Chicago, lo asignaron a la sucursal de Denver, donde descubrió que los ladrones eran quienes gestionaban la oficina. Los agentes locales se lucraban cargando sobreprecios a los clientes y cobrando su impuesto de protección. Los cuarteles de Chicago comenzaron a sospechar y enviaron a su agente más experimentado, James McParland, a Denver como ayudante del superintendente. McParland expuso el fraude y despidió a todo el mundo excepto a Siringo, que no formaba parte del delito. Así comenzó la asociación entre ambos detectives. McParland dirigía la oficina, que cubría todo el oeste de Estados Unidos, y escogía los mejores casos para sí mismo, mientras que Siringo trabajaba en el campo, en lo que más le gustaba, persiguiendo cuatreros y atracadores de trenes. En ferrocarril o a caballo, Siringo cruzaba arriba y abajo los estados occidentales tras la pista de famosas bandas criminales, viajando con nombres falsos y de incógnito para no levantar sospechas. El colorido y eficaz Siringo se ganó una reputación en la agencia que hizo que le lloviesen ofertas de promoción. McParland intentó interesarlo por la plaza de ayudante del superintendente en la nueva sucursal de San Francisco, pero Siringo se negó. «Lo cierto es que no quería verme atado a un escritorio, ni siquiera con un aumento de salario y la oportunidad de engordar mi vanidad».3 Posteriormente añadiría: «Mi conciencia no me permitiría trabajar de superintendente de la agencia en una gran ciudad, en la que se esperaría de mí tanto trabajo sucio. Había decidido que prefería seguir siendo un sabueso».4 El último trabajo de Siringo para la agencia Pinkerton tuvo lugar durante el controvertido juicio a oficiales de la Federación Occidental de Mineros (WFM) por el asesinato en 1905 del exgobernador Frank Steunenberg. Siringo hizo de guardaespaldas para McParland, quien encabezó la investigación bajo los auspicios del Estado, y para el acusado de asesinato cuya confesión había conseguido McParland. El sensacional juicio, que enfrentó a la Pinkerton y al estado de Idaho contra Bill Haywood, presidente de la WFM, y Clarence Darrow en la defensa, expuso el tipo de trabajo sucio que Siringo detestaba, incluidas acusaciones, por parte de ambos bandos, de amaño del juicio y de perjurio.
En 1907, Siringo se retiró a su rancho de Santa Fe a escribir sus memorias. El oficio había cambiado, había perdido su atractivo para un detective vaquero. Los forajidos estaban desapareciendo del oeste junto con los transportes de ganado y los vaqueros. Las agencias se ocupaban principalmente de trabajo industrial, y los agentes ejercían sobre todo como espías sindicales, un trabajo sucio, en opinión de Siringo. Como ha señalado Frank Morn, «era un aventurero, y a medida que decrecía la demanda de su tipo de servicios, lo hacía su compromiso con la agencia. […] Siringo fue un desplazado de finales del siglo XIX y principios del XX. Estaba en un oficio que odiaba para hacer el trabajo que amaba».5
Antes de trabajar para la Pinkerton, Siringo ya era el conocido autor de A Texas Cowboy: Or, Fifteen Years on the Hurricane Deck of a Spanish Pony, publicado en 1885, una de las primeras narraciones realistas de la vida del vaquero. S. S. McClure, editor y fundador de McClure’s Magazine, quien conoció a Siringo en Idaho durante la cobertura del juicio por el caso Steunenberg, alabó su obra y le sugirió contratarlo para la revista.6
Cuando Siringo finalizó el manuscrito de Pinkerton Cowboy Detective y lo sometió a aprobación, la agencia acudió a los tribunales para impedir la publicación de lo que consideraba material privado y difamatorio. La agencia se encontraba bajo el escrutinio público como consecuencia de la publicación de otra narración de un infiltrado, The Pinkerton Labor Spy, de Morris Friedman. Aunque en términos generales favorable a la agencia, la narración de Siringo quedó sin embargo paralizada por los tribunales a la espera de cambios editoriales de consideración. Finalmente, el libro se publicó en 1912 con nombres cambiados y detalles alterados o eliminados. El nuevo título, The Cowboy Detective, omitía el nombre de la Pinkerton, y el texto hacía referencia a una tal «Dickenson National Detective Agency» (excepto en una página en la que se pasó por alto).
Amargado por la censura, Siringo comenzó una narración mucho más crítica con la conducta de la agencia. Su libro Two Evil Isms: Pinkertonism and Anarchism, de 1914, acusaba de numerosos abusos éticos y delictivos, y nuevamente la Pinkerton intentó evitar su publicación. Cuando Siringo consiguió imprimir el libro de forma privada, la Pinkerton se apresuró a reunir todos los ejemplares y las planchas de impresión, pero sobrevivieron las suficientes para crear nuevos ejemplares, y, posteriormente, reproducciones fotográficas. Charlie Siringo abandonó el oficio de detective del mismo modo en que entró en él: como un hombre del pueblo, que despreciaba por igual a los jefes y a los radicales. Su estudio de la naturaleza humana le llevó a concluir que «la mayor parte de la maldad del hombre se podría eliminar acabando con la bebida y con la codicia por el todopoderoso dólar […] [y creando] un gran flujo de la leche de la amabilidad humana. Porque entonces tendríamos algo que dar a los codiciosos capitalistas y a los agitadores sedientos de sangre».7

Figura 2.1. Charles Siringo (izquierda) y James McParland, dos famosos agentes de la Pinkerton y colegas que siguieron caminos distintos, y acabaron en extremos opuestos de la controversia con respecto a los métodos de la agencia.
James McParland nació en 1843 cerca de la ciudad de Armagh, en lo que es hoy en día Irlanda del Norte. Su familia era católica, rural y pobre. Bajo dominio británico, el condado de Armagh, en la provincia de Ulster, era abrumadoramente protestante. Los arrendatarios y pequeños propietarios católicos sufrían graves desventajas políticas y económicas. La movilidad social era prácticamente imposible, lo que dejaba la emigración como única ruta posible hacia una vida mejor. McParland, que carecía de educación o habilidades especiales, dejó la granja familiar a los diecinueve años para convertirse en mano de obra en las industrias del carbón de Newcastle y del lino, en Belfast. Tres años más tarde compró un billete para el barco que iba de Liverpool a Nueva York, y pronto encontró trabajo en los vapores de línea de los Grandes Lagos, que lo dejarían finalmente en Chicago. Surgió una funesta oportunidad «pese a que él era poco más que un sereno, con la Merchants’ Police Agency, la división de “vigilancia” de W. S. Beaubien and Co., una de las primeras oficinas de detectives de la ciudad».8 Buscando ganar más dinero, intentó entrar en el negocio del licor, hasta que en 1871 el Gran Incendio de Chicago destruyó su almacén y cantina. Entonces, su familiaridad con el trabajo de detective lo llevó a las oficinas del también inmigrante Allan Pinkerton y a un empleo de rango básico como observador de trenes, en busca de cobradores de tranvía deshonestos.
Dos años más tarde, la carrera de McParland y la suerte de la agencia recibieron un gran golpe de suerte. Debido al estancamiento comercial y a las pérdidas en Bolsa de la gran depresión de 1873, la Pinkerton se encontraba en graves problemas económicos. En una desesperada búsqueda de clientes, Pinkerton dio órdenes al superintendente de la sucursal de Filadelfia de que contactase con el presidente de la Philadelphia and Reading Railroad, una empresa con la que habían trabajado con anterioridad, y le sugiriese que podrían ayudarle con sus problemas sindicales. El ferrocarril dominaba la minería y el transporte de carbón desde los vastos depósitos de antracita de Pensilvania. La agencia propuso investigar a los agitadores, de los que se sospechaban vínculos con una peligrosa sociedad secreta irlandesa llamada los Molly Maguires. Cuando el ferrocarril accedió, Allan Pinkerton decidió que lo mejor que podía hacer era aprender algo acerca de la poco conocida fraternidad, de modo que se puso en contacto con el joven irlandés de su plantilla que seguramente sabría de tales cosas. A decir verdad, McParland estaba poco familiarizado con el tema (Armagh queda muy lejos de Donegal, donde surgieron la mayoría de los Molly Maguires) pero, ambicioso, se hizo cargo del encargo y al cabo de unos días entregó al jefe un informe de contexto laboriosamente escrito. Pinkerton se quedó impresionado con el documento, que describía una amenazadora banda, coherente con el éxito de ventas de la agencia. McParland estaba de camino a obtener un trabajo de incógnito entre los mineros que duraría dos años y medio y daría resultados espectaculares.9
En un violento pulso, la Philadelphia and Reading Railroad destruyó la Miners Benevolent Association, auténtica base organizativa de los insurgentes, arrestando y colgando por asesinato a diez de sus líderes, y todo basado en gran medida en el testimonio de McParland. Se trataba de un investigador inteligente y de un diestro agente secreto. La prensa popular se hizo eco de la historia, embelleciendo el mito de los Molly Maguires y el arrojo del detective. Aun así, su testimonio en el juicio dio lugar a sospechas de que había participado en los asesinatos, o que había tenido conocimiento previo de los planes de los mineros y que había elegido no comunicarlos para no sacrificar su cobertura o su conocimiento de temas sobre los que posteriormente testificar. Todo esto quedó sumergido por las sensacionalistas narraciones del conflicto.10 McParland disfrutó de la recompensa de su éxito en la organización, y la agencia aprovechó la publicidad y la ganancia del trabajo con los Molly Maguires, que ayudaron a enderezar la escora económica. Publicado en 1877, The Molly Maguires and the Detectives ofrece una fábula frenética y ricamente ilustrada de unos esclarecidos industriales acosados por primitivos matones irlandeses cuya traicionera maldad es derrotada en combate singular por el astuto detective. McParland fue ascendido a superintendente de la sucursal de Denver y acabaría como director de la división oeste de sucursales de Estados Unidos.
El último caso celebrado de McParland tuvo que ver con el asesinato, en 1905, de Frank Steunenberg, exgobernador de Idaho, que llevó a juicio por asesinato a Big Bill Haywood y a dos socios suyos de la Federación Occidental de Mineros (WFM). El detective extrajo una confesión del supuesto asesino y se lanzó a construir un caso que demostrase que Haywood había contratado al asesino. La investigación, el juicio y sus repercusiones en todo el país son el tema del magnífico libro de Anthony Lukas Big Trouble. McParland se esforzó mucho en condenar a Haywood y a sus socios, y llegó a la falsificación de pruebas, al perjurio y a la manipulación del jurado. Al final, el jurado de Boise no quedó convencido, y los acusados quedaron en libertad. El asesino fue condenado y pasó el resto de su vida entre rejas sin retractarse de su historia. Si hubo una conspiración para el asesinato, el misterio nunca se resolvió. El fracaso de la teoría de McParland no pareció manchar su reputación. Nunca se arrepintió de sus métodos, que juzgaba justificados en la guerra contra el radicalismo, métodos que Allan Pinkerton hubiera repudiado de haber vivido lo suficiente para ver los cambios que se cernían sobre su oficio.
En Big Trouble, Lukas traza el siguiente retrato de McParland: «Surge la imagen de un impetuoso tipo de treinta y seis años vestido a la última moda, una especie de dandi que disfrutaba de sus noches en los cafés y cantinas de la ciudad, un tanto jactancioso en la sala de detectives en cuanto a sus hazañas, impaciente con la burocracia de la Pinkerton, poco dispuesto a gastar mucho tiempo estudiando los registros de la agencia de ladrones o de cualquier otro tipo; un solitario inclinado a lanzarse de cabeza a un caso un poco más rápido de lo que les gustaría a sus jefes, más prudentes, pero un agente tenaz, decidido, implacable si se le permite tomar las decisiones. Una vez, en respuesta a la pregunta de un periodista, dijo: “no hay idealización en la vida de un detective. Es solo trabajo: trabajo duro, muy duro. Eso es todo”».11
Durante el resto de su vida, en Denver, McParland se convirtió en un ejecutivo de éxito, un pilar de la comunidad, un devoto miembro de la Iglesia católica, un elegante miembro de la clase media-alta, un poco demasiado dado a la comida y a la bebida, pero hasta cierto punto, famoso…, todo lo cual le satisfacía. Los irlandeses de Denver eran menos felices con él, pues creían que en el conflicto sindical de Pensilvania había traicionado a sus compatriotas. Miembros de la logia local de los Caballeros de Colón le negaron su ansiado ingreso en la orden, aunque a posteriori el capítulo de San Francisco acabaría concediéndole el honor. Una evaluación interna de su desempeño en la agencia lo calificaba de apariencia agradable, adaptable a la clase trabajadora, bueno en las investigaciones, decidido y autosuficiente, pero tendente a la extravagancia, demasiado conversador, impulsivo y propenso a actuar demasiado rápido.12
Los detectives privados de la primera generación eran un grupo variopinto. En lo personal eran tan diferentes como podían serlo el intrépido Siringo y el ambicioso McParland; diferentes, también, en su búsqueda de la aventura o de la movilidad social. Pese a que tenían mucho en común, como agentes sus carreras divergieron. Procedían de entornos humildes con escasa educación y pocas habilidades laborales: desplazados e inmigrantes. Buscaron su oportunidad en empleos precarios hasta que la buena suerte los llevó a un negocio emergente que los llevaría al éxito. También su empleador disfrutó de la buena suerte pese a haber estado al borde del fracaso. Las casualidades favorecieron a todos. Al menos para algunos, fue la típica historia estadounidense de éxito. Pero esta primera generación se estaba viendo eclipsada a marchas forzadas por la agencia corporativa y profesional.
EL SHERLOCK ESTADOUNIDENSE
William J. Burns disfrutaba de su título de «mejor detective de América». Aunque es probable que el halago procediera de sí mismo, lo cierto es que no era inmerecido. Durante las dos primeras décadas del siglo XX, gracias a su prodigiosa promoción y a un decidido talento para la investigación y ciertas afortunadas decisiones, Burns fue ciertamente el más publicitado de los detectives estadounidenses. Aunque por edad estaba más cerca de la primera generación de detectives, representa mejor a una segunda generación en el desarrollo de la industria, una del siglo XX. Burns comienza su agencia con una orientación nacional y una organización corporativa. Sus clientes y sujetos de investigación son casi siempre actores institucionales, empresas y sindicatos, en lugar de forajidos y asesinos. Conforme la industria cambia, lo mismo sucede con los hombres y mujeres que trabajan en las agencias. Aventureros y advenedizos ceden lugar a gestores y trabajadores.
Nacido en 1861 en una familia inmigrante irlandesa, Burns creció como aprendiz en la sastrería paterna, devoto seguidor de los cuentos folclóricos irlandeses de su madre. Desde el principio fue listo, gregario y travieso. Desarrolló el gusto por interpretar en obras de teatro de aficionados, y pensó en hacer carrera sobre las tablas, pese a los planes paternos de atraerlo al negocio familiar. Pero hubo acontecimientos que alteraron los planes tanto del padre como del hijo. El padre, Michael Burns, empresario de éxito en Columbus (Ohio), se unió al movimiento reformista local y resultó escogido comisario de policía. William conoció así el trabajo policial, y comenzó a pasar tiempo en la comisaría, donde aprendió la práctica y los conocimientos de los detectives de la policía de la ciudad. Era un trabajo que combinaba entusiasmo, desafío intelectual, implicación social y un toque de talento interpretativo para engañar y engatusar. Burns se quedó enganchado.13
En 1884, en Columbus, hubo sospechas de fraude en las elecciones a fiscal de condado. El fiscal en funciones quería investigar, pero no se fiaba de la policía, que podría haber estado implicada con algunos funcionarios que intentaban alterar las votaciones a su favor. En aquella época, a veces las ciudades empleaban detectives privados para investigaciones a corto plazo, pues les resultaba eficaz en términos de costes. Pidieron a William, que era oficialmente un aficionado, que investigara el problema. Su primer paso fue formular una teoría del crimen: ¿cómo se podía crear un juego de papeletas fraudulentas, y cómo se podían colocar en una caja fuerte para que, posteriormente, los honestos encargados las contasen? El asunto exigiría que alguien falsificara las láminas de impresión originales, alguien capaz de forzar la caja fuerte y alguien que concibiera el plan, papeles que podían compartirse, pero que con toda probabilidad implicaban a dos o más personas, una de ellas con habilidades criminales y la otra, alguien que se beneficiaría del fraude. Pasando al escenario operativo, el candidato beneficiado resultaba obvio, pero Burns se preguntaba dónde se podría encontrar a un falsificador y a un especialista en cajas fuertes. La respuesta a la que llegó fue la cercana cárcel estatal, y a través de una serie de intermediarios averiguó cómo habían sido reclutados los perpetradores de entre los prisioneros, y cómo se les había dado acceso a las cajas de papeletas. En términos generales, su teoría era válida, aunque demostrarla exigió algunas complicaciones, como conseguir una confesión de uno de los cómplices. Al final, el plan resultó ser un inteligente ejemplo de votos ficticios, y su exitoso primer caso.14
Decidido a hacer carrera como detective privado, Burns respondió a un anuncio publicado por la Thomas Furlong Detective Agency de San Luis. Furlong era famoso como detective ferroviario. Como muchas de las nuevas agencias «nacionales», Furlong empleaba agentes en varias ciudades según lo dispusieran los casos. Contrataron a Burns y le asignaron su primer caso, una ola de incendios presuntamente provocados en San Luis. Lo primero que hizo fue comprobar la posibilidad obvia de dueños de edificios intentando estafar a las compañías de seguros, pero no halló pruebas que apoyaran esa teoría. Repasando nuevamente el caso, Burns dio con una teoría novedosa: quizá más que los dueños, los responsables eran los residentes de los edificios. Un inteligente trabajo detectivesco demostró que unos ladrones estaban alquilando espacio para almacenar muebles caros y asegurados, que se cambiaban por muebles baratos antes de incendiar los edificios y reclamar enormes pérdidas. Los culpables fueron arrestados. Decididamente, Burns tenía un talento especial para el oficio que había escogido.
Hacia 1889, Burns era un hombre de familia en busca del tipo de seguridad laboral que ofrecía el naciente Servicio Secreto de Estados Unidos. Durante los siguientes veinte años, sirvió en el Servicio Secreto en numerosas ocupaciones: investigó falsificación de moneda —su especialidad— y más tarde fraudes en las adjudicaciones de tierras. Creado en 1865, el Servicio Secreto fue la única fuerza policial federal hasta la fundación en 1908 de la Oficina de Investigación. Desde todos los puntos de vista, Burns se convirtió en una estrella en el Servicio Secreto. Viajaba por el país resolviendo casos bien publicitados y cayendo en gracia con personas importantes del gobierno y de la prensa. Su mejor momento llegó en 1903, cuando Ethan Hitchcock, secretario de Interior, alarmado por los flagrantes casos de fraude en adjudicaciones de tierras en los estados del oeste, pidió al Servicio Secreto que le prestase a «su mejor hombre». Comenzando desde California, Burns reveló el complejo esquema fraudulento por el que agentes del Servicio Forestal, agentes de la Oficina General de Tierras y especuladores conseguían intercambiar tierra sin valor alguno por hectáreas de gran valor mediante la manipulación de una serie de leyes sobre tierras públicas.
Mientras Burns exponía el fraude de California, el notorio fiscal de San Francisco Francis Heney era reclutado para investigar un sensacional caso de fraude de tierras en Oregón. Asignaron a Burns al equipo de Heney. El matrimonio fue feliz, fructífero y duradero. En el caso de Oregón, la red de corrupción oficial y privada era tan amplia que los investigadores como Burns, armados con reveladoras pruebas procedentes de registros oficiales, consiguieron extraer confesiones que implicaban a un gran número de conspiradores, que abarcaba desde congresistas hasta agentes de la Oficina General de Tierras, pasando por hombres y mujeres del mundo empresarial. Heney y Burns salieron del asunto como héroes del movimiento nacional por la reforma cívica. Aun así, una sombra de corrupción se extendió sobre Burns cuando se reveló que había manipulado la selección de jurados en el caso de los fraudes de Oregón. En 1912, el fiscal general George Wickersham revisó el caso y los métodos de la acusación, y citó públicamente a Burns por malas prácticas. Las tácticas que forzaban los límites de la legalidad serían una constante durante la carrera de Burns.
El fraude de tierras de Oregón llevó directamente al último y más celebrado caso de Burns como agente del Servicio Secreto. El siglo XX se inauguraba con la decisión de la administración de Teddy Roosevelt de poner en marcha la agenda del movimiento progresista. La reforma municipal encajaba perfectamente con las creencias filosóficas de Roosevelt y encarnaba beneficios políticos estratégicos para el presidente republicano porque la maquinaria política urbana que se apoyaba en el mecenazgo corrupto solía asociarse con el Partido Demócrata. San Francisco era un caso especial, en el que el Union Labor Party se había hecho con el poder en 1905 con el apoyo de los trabajadores, una población sobre todo de inmigrantes —irlandeses, italianos, alemanes y chinos— y una industria del vicio muy próspera. San Francisco albergaba también a algunos de los grandes reformadores, como el magnate del azúcar Rudolf Spreckels y el editor de diarios Fremont Older, los santurrones rivales de la maquinaria del jefe Abe Ruef, que dirigía Union Labor. Older pidió a Roosevelt que asignara a Francis Heney —nativo de San Francisco y amigo de progresistas del lugar— a la investigación, y esperaba poder perseguir las corruptelas oficiales. Se llegó a un trato: Spreckels financiaría la operación; Heney se encargaría de la acusación, continuando su ascenso entre los progresistas (acabaría presentándose a fiscal de distrito); Older escribiría la historia y Roosevelt reforzaría a los republicanos de California. Heney reclutó un equipo de investigadores liderado por Burns, su nuevo socio en la lucha contra la corrupción.15
El periodista de la época Franklin Hichborn, de San Francisco, describió «el sistema»: Abe Ruef era el jefe indiscutible, cuyo estilo elegante y educación obtenida en la Universidad de California desafiaban el estereotipo de la maquinaria política. La línea de vanguardia consistía en el alcalde Eugene Schmitz (líder del sindicato de músicos y excelente violinista), del Union Labor Party, y una mayoría en la Junta de Supervisores de la ciudad y del condado de San Francisco (de dieciocho miembros). Como abogado con práctica privada, Ruef podía recibir, como si se tratara de facturas legales, el flujo de pagos procedentes de empresas que disfrutaban de protección especial. Entre estas se encontraba la industria del vicio, ejemplificada por el Restaurante Francés, dedicado a las cenas y a la prostitución, o por los garitos de apuestas de Chinatown. Pero también poderosas compañías compraban favores, en especial la franquicia de tranvías United Railroads (URR), que pagó a Ruef 200.000 dólares por permisos para construir líneas de potencia elevada (la alternativa barata, aunque fea, a las líneas soterradas).16
Burns, haciéndose llamar «agente especial del fiscal de distrito», estableció su cuartel en tres habitaciones del Edificio Claus Speckels, desde donde supervisaba un bien financiado equipo de veinte agentes. Aquí Burns desarrolló los métodos que posteriormente emplearía en su propia agencia.

Figura 2.2. Burns (derecha) cultivó una asociación con Arthur Conan Doyle (izquierda), quien se suponía le había investido con el título de Sherlock estadounidense.
La clave era la vigilancia. Se desplegaban los agentes para que siguieran e informaran no solo acerca de Ruef, sino de supervisores, de empleados de la United Railroads y de sus asociados, pero también de gente en las listas de jurados que podría ser seleccionada para juzgar a los corruptos. Burns recibía prolíficos informes, escritos en su mayor parte a mano, acerca de los sujetos vigilados, y que ofrecían conclusiones como: «No permitir de ningún modo que llegue» (al jurado) o «si alguno de estos tres muestra deseos de ir al jurado, ir a por ellos sin contemplaciones». Se debía evitar a los italianos, como clase, ya que se los consideraba fáciles de influir por la defensa.17
En una muestra de astucia, Burns solicitó agentes dobles, como Jim Cullen, que gestionaba la oficina de Ruef; el chófer de un supervisor y «la señorita R.» , que se hacía pasar por una dama de sociedad y cultivaba las amistades de las esposas de los socios de Ruef (que era soltero).18 Trabajando de incógnito, el agente Charles Oliver obtuvo la confianza de un tal «G. H. C.», dueño de una funeraria y partidario de Ruef, tras convencerlo de que él (Oliver) poseía una llave al despacho de Burns y que podía obtener información acerca de la investigación para beneficiar a Ruef.19 Evidentemente, Burns había ideado la historia con la intención de obtener pruebas de corrupción en las concesiones de licencias de funerarias, algo habitual. Burns no era el único involucrado en este juego de intriga palaciega. United Railroads, objetivo de la investigación, contrató a la Helms Detective Agency de San Francisco para que siguiera a Burns y comprobara personas de las listas de jurados. No consiguieron engañar a Burns, que se deshizo de sus seguidores y descubrió a sus empleadores.20 Luther Brown, detective de la URR para su defensa, consiguió sobornar al secretario de Burns, Rex Hamlin, quien entregó secretos de investigación e informes sobre jurados. Burns descubrió la traición y allanó las oficinas de la United Railroad, arrestando a Brown y recuperando la documentación.21
Al final, Burns convenció a Ruef de que confesara las acusaciones de sobornos del Restaurante Francés y que testificara en el juicio de Schmitz. Ruef negoció un trato que le proporcionó una limitada inmunidad con respecto a otras acusaciones y posteriores testimonios (por ejemplo, contra el presidente de la URR, Patrick Calhoun) a cambio de su cooperación. Aunque Burns pregonó su éxito en los medios de comunicación de alcance nacional,22 Ruef y sus socios escaparon del alcance total de la ley. El jefe fue a prisión durante cuatro años y medio, pero el caso de la fiscalía contra los demás líderes de la banda se desmoronó. Posteriores intentos de perseguir las acusaciones de corrupción perdieron el apoyo público. Siempre un caballero, Abe Ruef aceptó su sentencia de prisión, escribió sus memorias y se erigió en defensor de la reforma de las prisiones. Desde San Quintín señaló que «aquí todos los hombres son iguales, […] esta es una gran oportunidad para estudiar sociología».23
Pese a los desiguales resultados, la sensacional investigación y los juicios reportaron fama a escala nacional a Burns. Era la época de los Muckrakers («removedores de ciénagas»), la metáfora empleada por Roosevelt para definir a un grupo de periodistas dedicados a exponer los males de la pobreza y la explotación, entre ellos Jacob Riis (Cómo vive la otra mitad, 1890), Upton Sinclair (La jungla, 1906) y Lincoln Steffens (The Shame of the Cities, 1904). Steffens cubrió los juicios de San Francisco, y vio en Burns el avatar de la reforma municipal. «A William Burns, el intrigante, podemos ahora hacer justicia. Como detective es astuto; ciertamente, un maestro en su especialidad. Da y reparte, pues ha de lidiar con delincuentes, pero es leal a sus clientes, el señor Spreckels y los buenos ciudadanos de San Francisco».24
A Burns le encantaba la atención, pero de un modo aún más profundo comprendió el espíritu nacional y lo propicio del momento para un detective emprendedor. En 1909, con cuarenta y ocho años, Burns abandonó el Servicio Secreto y fundó en Nueva York la William J. Burns National Detective Agency, aprovechando una reputación cada vez mayor y una larga lista de amigos influyentes adquiridos en veinte años de servicio público. En sus primeros meses, la agencia arrebató a la Pinkerton un lucrativo contrato con la Asociación de Banqueros Estadounidenses para vigilar sus 11.000 bancos afiliados.25 Uno de los antiguos colegas de Burns del Servicio Secreto se había convertido en el jefe de la división de servicios de protección de la asociación, y decidió que la nueva agencia de Burns daría mejores resultados que la Pinkerton. Y así comenzó la gran rivalidad entre ambas agencias.
¿QUIÉNES ERAN LOS DETECTIVES PRIVADOS?
Los fundadores de agencias eran un grupo pequeño pero característico. Allan Pinkerton era un inmigrante escocés, había trabajado como botero (fabricante de barricas) antes de acceder a un breve trabajo en la policía de Chicago y luego comenzar su propia «agencia de policía» como respuesta a las oportunidades que planteaban los ferrocarriles. Burns era hijo de un sastre irlandés inmigrante; William Baldwin había sido encargado de una pequeña tienda; Gus Thiel, soldado durante la guerra de Secesión; el empleado de la Pinkerton James Wood había sido policía en Chicago. La mayoría pasaron de cuerpos policiales locales a pequeñas firmas privadas, y de ellas, a sus recién creadas agencias, inicialmente como propietario y trabajador único. Tanto Pinkerton como Burns poseían una importante experiencia en el gobierno. Ya surge un patrón. Se trataba de hombres (y algunas, muy pocas, mujeres) de orígenes sociales modestos, emprendedores hechos a sí mismos en el oficio, en rápido cambio, del detective privado: en realidad, creadores de ese oficio.
Si esto describe a los fundadores más famosos y a los propietarios de las agencias, a aquellos que actuaban como «director» o «jefe» —como le gustaba que le llamaran a Allan Pinkerton—, ¿quiénes eran los «agentes», la tropa de trinchera? Dado el lugar preeminente del detective privado en la cultura popular, resulta sorprendente que existan muy escasas pruebas acerca de quiénes interpretaban este papel en la realidad. Hay muchísimos estereotipos, que van desde el excéntrico sher-lockiano y maestro sabueso al gumshoe de clase baja y al socio delincuente, pero no hay casi pruebas. Por suerte, en los archivos quedaron enterrados algunos datos.
Gran parte de estas pruebas proceden de agencias que o bien fueron intervenidas judicialmente por comisiones de investigación, o las filtraron gente de dentro que simpatizaba con eventuales reformas. Comenzando por las grandes agencias corporativas, los detectives se dividían en varios niveles y especialidades ocupacionales. El primero es el «agente general», el currante convencional, la persona regularmente empleada disponible para asignaciones que con frecuencia requieren capacidades especiales. «Una buena parte de los agentes generales de la agencia deberían ser capaces de trabajar de incógnito en fábricas, talleres y almacenes, en trabajos especializados y no especializados, como conductores de camión o autobús, como dependientes y conserjes de tiendas: jóvenes activos y alertas a los que se pueda entrenar como agentes de incógnito y aquellos que hablen lenguas extranjeras comunes en el entorno». A diferencia de estos, al «agente especial» se lo emplea temporalmente «para servicios en los que haga de revisor y vendedor de billetes en ferias, exhibiciones, etc., a fin de proteger muestras valiosas, vigilar nóminas, como protección contra secuestros asignado a personas concretas y en residencias privadas, […] y otros tipos de trabajos». A veces se empleaba al «agente secreto» en trabajos que exigían «un alto grado de inteligencia».26 Por lo general, a fin de ocultar sus identidades y empleadores en el trabajo de campo, se asignaban nombres en código o números a agentes de todas las categorías. Las comunicaciones se dirigían a —y regresaban de— opacas figuras identificadas mediante iniciales, o, mejor aún, mediante iniciales y números, como GT-99, Z-5 o W-62-R.
Todos estos «agentes» se distinguían de un segundo escalón más bajo (tanto en prestigio como en paga) que no eran genuinos detectives, y que comprendía patrulleros, guardias, vigilantes y personal de seguridad. Sin embargo, este personal de seguridad constituía una gran parte de la fuerza laboral de la industria, y con frecuencia los empleados pasaban del primer al segundo escalón de la industria, y viceversa. De igual modo, empresas como hoteles y cadenas de tiendas empleaban «detectives de la casa» a fin de controlar la prostitución y evitar hurtos: en el mejor de los casos, un trabajo del segundo escalón. Un tercer escalón diferenciado era el de los revientahuelgas, músculo temporal reclutado de un día para otro en el lumpen urbano, muchas veces con antecedentes penales, al que se enviaba desde las ciudades en trenes hacia los lugares en huelga. Los revientahuelgas tenían una merecida pésima reputación, y a duras penas podía considerárselos detectives, aunque trabajaran para agencias de detectives y los reclutaran y supervisaran agentes regulares.
Un raro retrato del oficio de detective aparece en la famosa investigación senatorial del comité presidido por Robert La Follette (acerca de violaciones de la libertad de expresión y derechos de los trabajadores), con material obtenido en registros procedente de (entre otras) la Glen Bodell Detective Agency de Los Ángeles. Los registros incluyen un conjunto de 38 solicitudes de empleo para puestos de detective en 1935. Los aspirantes respondían una serie de preguntas estándar en torno a información personal, educación y experiencia. La muestra refleja la población de detectives de primer escalón en el momento de auge de la industria. Aunque no sabemos a quiénes de todos estos se acabó contratando, podemos asegurar, sin muchas dudas, que los solicitantes eran un fiel reflejo de la demografía del detective. Todos eran hombres blancos, de entre treinta y cincuenta años, la mayoría casados y muchos, con hijos. Su nivel educativo era bajo; casi nadie había pasado de primaria. Procedían de todo Estados Unidos —tres del extranjero— y ninguno de ellos era nacido en Los Ángeles, algo habitual en la ciudad en aquella época. Aproximadamente la mitad pertenecía a organizaciones voluntarias (logias fraternales y asociaciones de veteranos). Pocos poseían algo más allá de un automóvil y un arma. Lo que impresiona es que la mayoría tenía experiencia en trabajo policial o de detective, y quienes poseían esta última, habían trabajado para agencias conocidas (Nick Harris, Wheeler, Pacific States, Burns, Pyles, Pinkerton). También enumeraban experiencia como detectives en grandes corporaciones: Swift & Co., Almacenes Safeway, los estudios Paramount. Resumiendo, eran hombres de clase trabajadora con excelentes historiales laborales; hombres de familia con lazos comunitarios, no chusma.27
La muestra de California se complementa con otro raro hallazgo de Wisconsin. Una ley estatal aprobada en 1925 exigía que las agencias de detectives de Wisconsin pidieran licencias y aportaran información sobre sus empleados. En 1928, la Russell Agency, la firma de detectives industrial más grande del estado, proporcionó datos sobre veinticuatro empleados. Según el historiador Darryl Holter, «estos registros ofrecen el único perfil conocido de detectives industriales», lo que era cierto en el momento en que Holter escribía. En este grupo de veinticuatro personas había solo una mujer. La mayoría eran jóvenes de entre veinte y cuarenta años, y dos tercios de ellos estaban casados. A diferencia de la muestra de Los Ángeles, la mayoría eran nativos de Wisconsin o de sus estados vecinos, y tenían una mejor educación; la mayoría habían llegado al instituto y unos cuantos, a la universidad. Como sus colegas de California, la mayoría tenía experiencia en trabajos militares, policiales y de espionaje sindical. «Los sabuesos de Russell contradicen la idea de que los espías laborales [la caracterización de Holter de estos empleados de agencia] eran nómadas o itinerantes sin hogar fijo. […] Tampoco eran misteriosos solitarios».28
La aparente contradicción que suponen estos datos con respecto a las representaciones más conocidas del detective privado de mala reputación se resuelve en parte por la época de las muestras (1928 y 1935) y por la confusión acerca de quién era en realidad un detective. A finales del siglo XIX no existían los investigadores privados ni detectives de la policía local con experiencia, y muchos de los individuos reclutados para el emergente oficio procedían de ambientes turbios. Los auténticos «agentes» descritos en las muestras representan un marcado contraste con los guardias y los revientahuelgas, aunque en ocasiones un individuo pudiera moverse entre categorías. Sin embargo, la historia de los revientahuelgas vocacionales es poco ambigua. Según el informe de La Follette: «El registro del comité demuestra también que los hombres disponibles para el trabajo en huelgas suelen ser socialmente conflictivos; constituyen una especie de submundo y muchos de ellos poseen historial delictivo o son delincuentes profesionales».29 Un hábil estudio por parte del personal del comité reveló pruebas que las agencias se esforzaban por ocultar. A los revientahuelgas se los reclutaba de boca en boca, en las calles y pensiones de las grandes ciudades, en especial Nueva York, donde estaban las pérfidas agencias Farley, Wadell-Mahon y Bergoff. «Los resultados son sorprendentes, […] aproximadamente una tercera parte de los revientahuelgas conocidos tienen historial delictivo o de arrestos», sobre todo por violencia.30 Puede que el escalón más bajo del oficio mereciese su mala reputación, pero los agentes genuinos procedían de la clase trabajadora.
MUJERES
El manual original de la agencia Pinkerton dice: «Las empleadas no deben estar permanentemente en una oficina a menos que una emergencia lo haga necesario».31 La postura oficial se puede explicar en un torpe intento de distinguir la agencia profesional de las prácticas de agencias pequeñas e independientes con casos «domésticos», en los que se empleaba a mujeres para exponer, cuando no directamente preparar, infidelidades. Pese a la citada política de empresa, se asignaba a las mujeres muchas tareas profesionales, que iban desde dependientas de incógnito a las «damas de sociedad» de Burns, pasando por trabajo industrial y agencias dirigidas por mujeres.
Las pruebas desmienten la creencia de que los detectives eran hombres y que las agencias empleaban a mujeres tan solo de modo temporal y en posiciones de secretaría. Desde el principio hubo mujeres trabajando en áreas inaccesibles para los hombres. Allan Pinkerton contrató en 1856 a Kate Warne, la primera mujer detective privada. «Warne convenció a Pinkerton, que es posible que ya estuviera buscando mujeres, en cualquier caso, de que las mujeres podían ser útiles como espías en los trenes. Hacia 1860, Warne supervisaba un pequeño grupo de agentes femeninas en Chicago».32 Aunque las grandes agencias evitaban los trabajos matrimoniales a menos que estuviesen muy bien pagados, las agencias más pequeñas dependían de estos trabajos, que eran territorio de investigadoras. Clara Thurnaur trabajaba para la agencia de Edward Hall en Filadelfia: «La señora Thurnaur es una de las agentes más inteligentes del país. […] Su punto fuerte es ganarse la confianza de las mujeres y dejar que sean ellas las que le confíen el testimonio incriminador [para los procedimientos de divorcio incoados por los maridos]».33
Las mujeres detective abundaban en los grandes almacenes, siempre buscando hurtos y vigilando contra organizadoras sindicales.34 En Chicago, «los millonarios propietarios de los grandes almacenes de la calle State y de la avenida Mil-waukee pagan grandes sumas a agencias de detectives para que espíen e interrumpan cualquier intento de reunión de sus recién sindicadas dependientas. […] Una mujer que se identificó como “Señorita Stewart” fue expulsada de la reunión [del sindicato] tras ser obligada a admitir que era una investigadora de una agencia privada de detectives».35 Más allá de esos trabajos segregados por sexo, las mujeres tenían también trabajos industriales. Asociaciones patronales de diferentes tipos de industrias proporcionaban detectives privados como servicio esencial a sus miembros corporativos. Entre las mayores patronales, «los espías de la Asociación Nacional de Oficios del Metal incluían a dos mujeres, las señoritas D. D. Anastasis, agente 568, y Bertha Rutter, agente 619. El Servicio Corporativo Nacional empleaba a once mujeres entre sus agentes activos, además de las que hacían trabajo administrativo».36
La notable Cora Strayer dirigía una agencia de Chicago especializada en asuntos de mujeres. La agencia aseguraba que su fecha de fundación era 1890, aunque bien podía ser una exageración, dado que por esa fecha Strayer tenía solo veintiún años y estaba casada (y próxima a quedarse viuda). Los primeros anuncios de sus servicios aparecieron en los diarios en 1902. La agencia estaba situada encima de una taberna en el 5443 de West Lake antes de mudarse al sur en 1905, al 3104 de Cottage Grove. La firma estaba dirigida a clientas con problemas domésticos pero empleaba a hombres y mujeres, incluido George S. Holben, superintendente del «departamento criminal». La intriga se apropió del lugar cuando Holben, que en 1910 vivía con Cora, murió a manos de Stephen Ayers, un exempleado de la agencia. Ayers aseguró que Cora lo había invitado a Chicago con la promesa de un matrimonio y trabajo.

Figura 2.3. Anuncio en el Chicago Tribune de la Cora M. Strayer’s Private Detective Agency, fundada en 1890 y especializada en clientela femenina.
Cora negó cualquier implicación y aseguró que Ayers no era de fiar. Aún dirigía la agencia en 1916 cuando las aventuras del general Pershing en la frontera amenazaron (o provocaron) la guerra entre Estados Unidos y México.
Una autoproclamada «coronel Strayer» reunió treinta mujeres en el Primer Regimiento Femenino Voluntario de Caballería, que se salvó de hacer su viaje a México cuando el gobierno estadounidense pasó a concentrarse en lo que sucedía en la guerra que se desarrollaba en Europa. Cora Strayer vivió una vida digna de la ficción detectivesca.37
Ethel B. Hanks, que se convirtió en «investigadora industrial para el gobierno», puso a prueba la cuestión del empleo femenino en las agencias de detectives. Solicitó trabajo en ocho importantes firmas de Nueva York, incluidas la Thiel Detective Service, la William J. Burns International Detective Agency y la Corporations Auxiliary Company. «Ella asegura que la experiencia y el punto de vista acerca de la situación industrial parecían ser los únicos criterios de importancia a la hora de considerar cada solicitud. […] Acabó empleada por la agencia Thiel para “investigar hurtos” por parte de dependientas en una tienda de Woolworth».38 Su observación acerca del «punto de vista» sugiere que las agencias buscaban agentes que compartieran su animosidad con respecto al movimiento sindical.
NEGROS
Otra excepción al monopolio del hombre blanco en la industria era el detective negro. Más infrecuente aún que las agentes femeninas, los agentes negros ocupaban cargos muy especiales. Por supuesto, había grandes cantidades de «negros revientahuelgas», empezando por la huelga de los Campos de Carbón de Ohio, en 1874, y siguiendo casi ininterrumpidamente hasta mediados de la década de 1930. A los reclutas negros se los encontraba en las minas y fábricas del sur a fin de sustituir a los sindicalistas blancos, sobre todo en ciudades del norte.39 Aun así, los scabs [«esquiroles»] negros —un epíteto que no significaba nada para los trabajadores negros, que agradecían un sueldo industrial en lugares en los que los sindicatos los habían excluido— eran un fenómeno aparte de los batallones de lumpen organizados por las agencias para reventar huelgas, incluso si en ningún caso se trataba de «detectives». Pero unos pocos encajaban en esa descripción. La Rail-way Audit and Inspection Company (una gran firma dedicada a reventar huelgas y al espionaje industrial) recomendaba a Fulton Bag and Cotton Mills of Atlanta a «Isaac L. Jones (de color), agente #396, que ha sido capaz de realizar un muy buen trabajo en San Luis para la Curtis Manufacturing Company, acelerando la ayuda de más personas de color gracias a la propaganda. Es un negro de Alabama y se encontraría como en casa entre negros del Sur. […] Este hombre puede usarse como trabajador y mantenerlo exclusivamente entre los negros».40 Charles Siringo recuerda haber trabajado para la Pinkerton «en el caso de Haymarket con docenas de hombres de todas las edades, colores y nacionalidades. Incluso África estaba representada en la persona de un negro familiarmente apodado “Black Jim”».41
Pruebas fragmentarias confirman la existencia de agencias propiedad de negros, que habrían aparecido en barrios de pujante clase media de ciudades del norte. Sheridan A. Bruseaux fundó la Keystone National Detective Agency en Detroit, calificada como «la primera y única agencia de detectives licenciada y financiada exclusivamente para gente de color en todo el mundo».42 Bruseaux era un graduado de 1913 de la Universidad de Minnesota y veterano del Servicio Secreto que, al parecer, servía a la burguesía negra, entre ella el campeón del mundo de los pesos pesados de boxeo Joe Louis. Q. J. Gilmore combinaba su National Negro Detective Agency con su trabajo diurno como secretario de los Kansas City Monarchs, el equipo de béisbol de la Liga Nacional Negra (en el que Jackie Robinson comenzaría más tarde su carrera profesional). Su placa de superintendente de la agencia sobrevive en el Museo del Investigador Privado de Ben Harroll, en San Diego (California). L. S. King dirigía la King Detective, Photography and Fingerprinting Agency, que se anunciaba como «la agencia negra de detectives de Cincinnati».43
En 1915, California aprobó regulaciones que exigían que agencias y propietarios estuviesen licenciados. Los «libros de minutas» supervivientes de la junta de licencias enumeran a los solicitantes por dirección, patrocinadores (generalmente policías) fecha y número aprobado de la licencia. El 17 de diciembre de 1926 se otorgó una licencia a Samuel A. Marlow, «negro», de South Central Avenue (Los Ángeles).44 El directorio de la Ciudad de Los Ángeles de 1927 contiene un Samuel Marlowe [sic], también en South Central Avenue, notario y muy probablemente la misma persona. En la década de 1920, Central Avenue era el núcleo de una floreciente comunidad negra en Los Ángeles, que se distinguía por el exclusivo Hotel Dunbar y por los clubes de jazz frecuentados por importantes afroamericanos de todo el país. La vida comercial de Central Avenue se basaba en los miembros de la Hermandad de Botones de Vagones Cama que hacían escala en los trenes de coches cama Chicago-Los Ángeles. En una sorprendente coincidencia entre realidad y ficción, en las últimas novelas de Walter Mosley, la Central Avenue de Los Ángeles es el escenario en el que el detective privado negro Easy Rawlins establece su oficina a finales de la década de 1940.45 Sea por accidente o intencionadamente, la coincidencia tiene una excelente base empírica. Al igual que Detroit y Kansas City en la década de 1920, en Los Ángeles había una próspera comunidad negra de clase media en la que los servicios de un detective privado independiente tendrían su clientela.
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