Kitabı oku: «De entre los muertos»

Título original: Blood Relations
© Jonathan Moore, 2019.
© de la traducción: Pilar de la Peña Minguell, 2021.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO747
ISBN: 9788491878766
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Agradecimientos
PARA MI HIJA, SALLY MAHINA MOORE WANG
1
La primera vez que vi a Claire Gravesend ya estaba muerta, aunque no llevaba mucho así. La encontré delante de los apartamentos Refugio, en Turk Street, aún caliente y con las mejillas sonrosadas. Le puse dos dedos a la izquierda de la garganta y confirmé lo evidente. No quise llamar a Emergencias. No me apetecía hablar con la policía en ese momento. Además, ya no podía hacer nada por ella.
Mientras la observaba, la lluvia le encharcaba los ojos abiertos. Si alguna parte de su ser aún veía, lo hacía desde el fondo de un océano cuya superficie no podría alcanzar. Había expirado su último aliento y se hundía, llevándose consigo todo lo que hubiera conocido en vida.
Claire Gravesend.
Claro que yo entonces no sabía su nombre. Ignoraba la repercusión que tendría en mi vida. Podría haber sido un encuentro fugaz, una visión desafortunada en una calle del Tenderloin, ya inclinada de por sí al infortunio. En cambio, saqué la cámara y fue eso lo que terminó comprometiéndome. Apenas la vi en persona unos minutos; después solo en fotografías. Fragmentos de su vida, pistas, rastros esparcidos como cristales rotos.
Visto con perspectiva, no debería haberme sorprendido que aquel encuentro no acabara allí. Cuando te topas con alguien como Claire Gravesend, quedas marcado. O arrancas o el mecanismo se pone en marcha solo. Y cuando los ejes de las ruedas comienzan a girar, el movimiento se perpetúa. Un círculo vicioso, en constante renovación.
Lo que no logro quitarme de la cabeza es esa imagen de eternidad. O podría ser el destino de lo que hablo: la idea de que tu nombre y el devenir de tu existencia ya estuvieran decididos antes de la primera chispa del big bang. Que, aunque vivieras eternamente, jamás escaparías al rumbo trazado para ti.
Pero eso es solo por lo que sucedió después.
2
Voy a tomarme la licencia de retrotraerme un poco para explicar algunas cosas.
Esa primavera me había alojado cinco semanas en el Westchester, un hotelucho en el núcleo podrido del Tenderloin. Aunque no me sobra el dinero, tampoco suelo moverme por barrios marginales. Fui allí por trabajo. Tenía un encargo y pasé todo el mes de mayo viviendo entre una prostituta medio jubilada y un yonqui impenitente. Compartíamos el baño del pasillo. Las paredes del edificio eran delgadas, con lo que también compartíamos todo sonido posible. A simple vista, teníamos cosas en común: los tres evitábamos la recepción por diversos motivos, no gastábamos en lavandería... El empleado de noche de la tienda de bebidas alcohólicas más próxima podría habernos señalado en una rueda de reconocimiento. Pero a diferencia de mí, seguramente mis vecinos no habían levantado las tablillas del suelo para instalar micros y cámaras espía en el techo de los inquilinos del piso inferior. No pasaban las noches escuchando conversaciones susurradas, anotando nombres en clave en un cuaderno. Mis vecinos eran más honrados que todo eso.
El ascensor del Westchester no funcionaba y el hueco estaba repleto de basura: jeringuillas y botellas de alcohol, pañales de adulto y envases de comida a domicilio de Meals on Wheels para impedidos. Las escaleras eran oscuras, pero funcionaban. Conducían a una reja de hierro forjado a pie de calle que se abría a Turk Street. Por las mañanas, antes del amanecer, solía bajar las escaleras, cruzar la verja y deambular por unas cuantas manzanas para asegurarme de que no me seguían. Cuando tenía la certeza de estar completamente solo (y uno puede llegar a sentirse muy solo en el Tenderloin antes del alba), me dirigía al Civic Center, donde tengo un despacho con dos habitaciones, cerca de los juzgados. Los juzgados atraen a la clase de personas que necesitan lo que yo vendo.
Pero en cinco semanas solo tuve un cliente. Madrugaba todo lo posible. Llegaba al despacho temprano y revisaba el correo. Ojeaba mis mensajes y pagaba los recibos pendientes. Debía seguir con mi vida. Llamaba al destinatario de mis facturas y firmaba mis cheques. Después volvía corriendo a mi puesto de escucha en el Westchester antes de que se hiciera de día.
Eso iba a hacer el primer martes de junio cuando salí por la verja y eché un vistazo a los vehículos aparcados en Turk. Me preocupaban más las furgonetas sin ventanillas. Son las más fáciles de localizar: FONTANERÍA JOE estarcido en las puertas, y media docena de agentes del FBI y de la DEA escondidos dentro, agazapados alrededor de monitores de vídeo y hablando por radio. Pero si estaban ahí, yo no los divisé. Di una vuelta a la manzana y, cuando me pareció que todo estaba despejado, giré al oeste, hacia Van Ness y mi despacho.
A medio camino distinguí el coche, aparcado enfrente, delante de los apartamentos Refugio. No era un vehículo cualquiera: un Rolls Royce Wraith, objeto de una súbita metamorfosis, de recién estrenado a destrozado. Supuse que había sido un accidente y crucé para verlo mejor. Curiosidad profesional. Lo mío no era exactamente la caza de ambulancias para buscar nuevos clientes, pero al acercarme comprobé el desacierto de mi primera impresión. El Rolls no había recibido un impacto frontal, ni lateral.
La parrilla cromada y el capó gris ahumado estaban intactos. El techo, en cambio, se había hundido hasta las manetas chapadas en oro. En la abolladura yacía una rubia perfecta, con un vestido de cóctel negro que transparentaba y brillaba a la luz de las farolas. No observé sangre alguna, salvo en el pie izquierdo, donde le había corrido por el gemelo hasta el talón. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, los ojos cerrados y el pelo esparcido en abanico por el Wraith. Llevaba un pequeño bolso de noche enroscado en la muñeca derecha y le faltaba un zapato, que habría perdido en la caída; y las uñas del pie pintadas de blanco, nacarado, como el interior de una concha.
Eché un vistazo a mi alrededor. Al otro lado de la calle, tendido en un lecho de cajas aplastadas, había un hombre. Vestía un mono de esquí negro y estaba dormido o inconsciente. Cinco semanas en Turk Street y, con el viento a favor, ya podía oler al del mono de esquí a dos manzanas de distancia. Si el estruendo de una mujer estampándose en un coche había logrado despertarlo, no lo había perturbado lo suficiente para mantenerlo despierto. Y él y yo éramos los únicos que estábamos por allí, al menos en la calle; no había forma de saber si alguien observaba desde una ventana oscura, así que ni lo intenté.
Me acerqué un poco más. La mujer no respiraba. Le puse con cuidado los dedos bajo la barbilla y le presioné la garganta en busca de la carótida. Aunque aún estaba caliente, no tenía pulso. Volví a mirar a un lado y a otro de la calle, luego al Refugio.
Catorce plantas. Un edificio de ladrillo centenario, con soportales en los dos pisos inferiores. No había ventanas abiertas por encima del vehículo aplastado, pero sí cornisas. Podía haber salido a una de ellas y cerrar la ventana después. O haberse tirado de la azotea. Pero nada de eso explicaba su bolsito de charol, ni su vestido vaporoso, ni el coche carísimo en el que había aterrizado. Nada de eso tenía sentido en Turk Street, delante del Refugio. Catorce plantas de chinches y falsas alarmas de incendios. Coches patrulla acercándose con sigilo en plena noche para interrumpir disputas domésticas o entregar órdenes de registro sin previo aviso. Era mejor que el Westchester, pero tampoco mucho más.
Me aparté y me acuclillé en la acera. Crujieron bajo mis pies los cristales rotos del parabrisas y decidí no arrodillarme. Deposité en el suelo mi mochila y la abrí. Cuando abandonaba el Westchester, no me gustaba dejar nada a la vista. Las cámaras espía y los micros estaban ocultos, y parte del equipo de grabación cabía bajo las tablillas del suelo, pero nunca salía de allí sin el portátil y la cámara. Saqué la Nikon y la configuré para retrato nocturno, sin flash.
Oí una sirena, pero en el Tenderloin eso podía significar cualquier cosa.
Me puse en pie e hice cinco fotos de la rubia suicida en su lujoso lecho de muerte, después retrocedí diez pasos para sacarla con los apartamentos de fondo y que se viera también la calle. Podría decirse que mi trabajo consiste en hacer fotografías. La mayoría de las veces nadie lo ve, salvo mis clientes, pero si se presenta la ocasión, no tengo reparos en vender una imagen al Chronicle o a cualquier otra entidad dispuesta a pagar. Tras el divorcio, y sobre todo desde que volví aquí, he estado viviendo como un forajido. Me conformo con lo que pueda conseguir. Y en lo relativo a fotografías, consigo un montón, porque a menudo estoy en el sitio perfecto.
Vi al hombre al bajar la cámara. Venía por la acera, empujando un carrito negro repleto de cajas plateadas, pero se había detenido en seco y miraba espantado el coche. No supe si veía a la chica o no. Tardó un momento en reparar en mi presencia y luego observó la situación, escudriñando primero mi cámara y después el Rolls aplastado.
—¿Quién demonios es usted?
—Nadie —contesté—. Un tipo que estaba dando un paseo. ¿Y usted?
No respondió, pero se acercó. El cristal crujió bajo sus deportivas. Vestía pantalones de lona y camisa de franela, y un chaleco encima con muchos bolsillos. Llevaba una gorra de béisbol con el logo de una productora que yo no conocía. Por un instante pensé que me había topado con algún rodaje, pero no había luces, ni camiones blancos, ni vallas que impidieran aparcar en la calle. Además, la muerta no era de atrezo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó cuando recobró el aliento.
—Ya estaba así cuando llegué —dije—. ¿El coche es suyo?
Negó con la cabeza.
—Estoy jodido. Jodidísimo.
Sacó el móvil y deslizó el dedo por la pantalla, como tratando de decidir a quién llamar primero.
—¿Estaban juntos, usted y ella? —pregunté.
—¿Ella?
Señalé el coche con la cabeza y el hombre se acercó despacio. La vio y se apartó enseguida.
—¡Madre mía!
—¿No la conoce?
—No la he visto en mi vida.
Me hice a un lado para encuadrar la imagen y, cuando tuve al de la productora junto a la chica con el coche de fondo, levanté la cámara e hice una foto.
—¡Oiga! —exclamó, volviéndose hacia mí—. ¿Qué demonios...?
—Para la prensa.
Enfilé por Turk. No me llamó, ni tampoco vino a por mí. Al final de la siguiente manzana, vi aparcada una camioneta con el logo de la productora en un lateral. En la zona de carga había un chico que, con la ayuda de una linterna, organizaba el material de vídeo. Si solo eran ellos dos y el Wraith era de alquiler, la empresa no debía de ser gran cosa. Bajé el bordillo y apoyé la mano en la parte posterior de la camioneta.
—Buenos días —dije, y el chico levantó la cabeza—. ¿Para qué es el coche?
—Para una sesión de fotos —contestó—. Para un anuncio en una revista.
Continuó organizando el material. Había apartado seis parasoles blancos y seguramente andaba buscando trípodes y flashes con mando a distancia. Y andaba a lo suyo como si no hubiera nada intrínsecamente raro en vender un coche de medio millón de dólares con el telón de fondo de un edificio de viviendas de protección oficial. Igual hasta convencían al del mono de esquí para que completara el decorado.
—Creo que deberías cerrar esto con llave e ir a echar un ojo a tu jefe —dije—. Tiene un problema.
—¿Que tiene qué?
—Y llévate el móvil para poder llamar a Emergencias.
Al oír eso, volvió a levantar la vista. Le hice una foto, con flash esta vez, para que se le viera la cara dentro de la camioneta oscura. Luego, por si acaso, tomé una de la matrícula antes de reanudar la marcha.
La puerta de mi oficina estaba a continuación de un tramo de escaleras, entre la de un veterinario y la de un prestamista. Yo había colgado un pequeño rótulo en el soportal.
AGENCIA LELAND CROWE
INVESTIGACIONES PRIVADAS
Subí los escalones y abrí con la llave, apartando de un puntapié el correo del día anterior. Crucé la recepción (vacía, porque no tenía recepcionista) y entré en mi despacho. Metí la tarjeta de memoria de la cámara en la ranura de mi ordenador de sobremesa y pasé diez minutos organizando y editando las fotos. Mi cliente podía esperar un poco.
La rubia suicida era bonita, y las fotos también.
El techo del coche la había frenado y se había combado a su alrededor, sujetándole los brazos y las piernas. Como no estaba desparramada en el asfalto, no parecía un cadáver. Se la veía muy serena. Una mujer dormida en una cama de acero. Yo había capturado la imagen desde distintos ángulos y con diversas exposiciones: planos en los que se veía la sangre del pie, los cristales rotos y las curvas de debajo del vestido, y que podrían dar mucho juego en la prensa amarilla si resultaba ser famosa; y otros en los que se apreciaba la escena pero la sangre estaba borrosa, para la prensa familiar.
Agarré el teléfono y empecé a llamar a editores fotográficos con los que había trabajado. No necesitaba el dinero con desesperación. Con mi encargo estival del Westchester, estaba más forrado que nunca. Pero un solo invierno de vacas flacas e inanición me había hecho desarrollar ciertos hábitos de por vida. No hay que dejar pasar las oportunidades; no se deja comida en la mesa.
Así que llamé a esos editores, empezando por los que tenían más pasta, y negocié.
3
Una hora más tarde, ya había firmado, escaneado y enviado por correo electrónico un contrato estándar. Mi fotografía estaría en internet antes de las nueve y en los expositores de las tiendas de comestibles dentro de tres días. La revista Just Now! me pagaría mil dólares, con un plus del doscientos por cien si la mujer resultaba ser una «persona de relevancia», concepto escrupulosamente definido en la página tres del contrato, que probablemente habría redactado algún abogado de Wilshire Boulevard al que la tarea le sorprendía tan poco como el que se vendiera un Rolls Royce aparcándolo en un barrio marginal. Y yo, por mucho desdén que quisiera fingir, terminaría cobrando el cheque cuando llegara.
Hecho eso, volví a coger el teléfono y llamé a Jim Gardner, el abogado que había comprado todo mi tiempo ese verano. Contestó al primer tono, sentado ya a su mesa a las seis y media de la mañana. Pues claro. Acababa de empezar un juicio y el testigo estrella de la acusación estaba a punto de subir al estrado.
—Buenos días —dije, apresurándome a interrumpir su saludo rutinario—. Justo a tiempo. Tengo algo.
Se hizo un breve silencio. Estaría pensando cómo quería sonar en caso de que el FBI le hubiera pinchado la línea, algo no del todo imposible, y menos aún si el gobierno tenía idea del trabajo por el que Jim me estaba pagando.
—¿Está de servicio, señor Crowe?
Cuando Jim Gardner estaba en modo juicio, hasta la más mundana de sus preguntas sonaba crucial y trascendente. Había presentado el caso el día anterior, con lo que estaba ya muy metido en su papel. Y sabía que podía estar actuando para un público mayor.
—Sí, letrado —contesté—. Esta llamada es privada y confidencial.
—No me basta con eso. ¿Ha tomado café?
Había un tipo en la tercera planta del Westchester que vendía crack desde su habitación. Lo embolsaba en condones que gorroneaba del API Wellness, el centro médico municipal de Polk Street. Eso era lo más parecido al café que había en mi hotel.
—El conserje me ha recomendado que esta mañana busque en otro lado.
Colgué. No me hizo falta preguntar dónde íbamos a vernos. El sitio ya estaba acordado de antemano.
—Anoche tuvimos una reunión a puerta cerrada —estaba diciendo Jim—. No fue como esperaba.
Estábamos sentados a ambos lados de la mesa del gerente de un taller mecánico abandonado. A través de la cristalera cubierta de telarañas se veía el suelo de hormigón manchado de grasa. La única luz provenía de una claraboya por la que se paseaba sin parar una paloma. Toc, toc, toc, toc, toc, toc.
Jim tenía una llave de aquel sitio porque alguien de su bufete se había encargado de ejecutar la hipoteca. Nos reuníamos allí con la frecuencia suficiente como para que yo también tuviera una.
—Nammar va a llamar a DeCanza a primera hora de esta mañana —continuó Jim—. Como es un buen fiscal, pensé que pasaría con él todo el día, pero terminará a las tres.
—¿Harás un descanso después?
Jim se pasó la mano por el pelo, gris y rizado en las puntas. Con su fuerte hablar arrastrado, sus espaldas anchas y su grueso anillo universitario, debían de tomarlo a menudo por entrenador de fútbol.
—La jueza quiere ceñirse a su agenda. O que lo haga yo. Aún no la conozco lo suficiente para saberlo. En cualquier caso, tras el testigo de Nammar, debo tomarle declaración yo. Sin descansos. Así que espero que tengas algo.
Al empezar a las tres, Nammar estaba obligando a Jim a dividir sus preguntas en dos días. Los miembros del jurado lo oirían dos horas al final de la vista, se irían a casa y se olvidarían, y Jim pasaría la noche en vela preguntándose si tendría que volver a exponer sus argumentos del día anterior o darlos por perdidos y pasar a lo siguiente. Yo tenía una solución.
—Nammar estuvo de visita anoche —dije—, acompañado del agente White. Pasaron tres horas y media con DeCanza, instruyéndolo. Amenazándolo. Tengo audio y vídeo.
—No puedo usarlo. No lo quiero. Bórralo.
—Vale.
—Pero cuéntamelo todo, por favor.
—DeCanza va a enterrar a Lorca.
—¿Quién es Lorca? —preguntó—. No conozco a nadie que se llame así.
—Si tú lo dices...
No servía de nada discutir con él. Jim había elegido aquella oficina abandonada porque no estaba pinchada y los federales no la conocían, pero había líneas que no estaba dispuesto a cruzar. Su cliente tenía una versión de los hechos y a Jim le correspondía venderla. Donde fuera.
—Háblame de DeCanza —dijo.
—Era un pez gordo. El segundo al mando, básicamente. Lorca, tu hombre, no era solo una voz al teléfono, ni un rumor, sino un rostro visible. Trabajaban codo con codo. Así que está al tanto de los hechos. Algo que tú ya sabías.
Repasé con Jim los puntos principales. DeCanza había empezado como todos: haciendo de mula y llevando paquetes al norte, al otro lado de la frontera. A los tres viajes sin que lo pillaran, decidieron confiarle el transporte de dinero en efectivo. Pero era un tío listo y avispado: cuando la DEA empezó a utilizar puestos de escucha y radares de detección subterránea para localizar los túneles de la frontera, DeCanza contrató a una cuadrilla de los astilleros de Baja California y se montó el chiringuito en el desierto mexicano. Su primer submarino tenía catorce metros de eslora y se hundió en el mar de Cortés; el segundo tenía veintiocho e hizo tres viajes antes de que la tripulación lo hundiera al divisar a los guardacostas. Pero para entonces DeCanza y Lorca habían sobornado a tantos agentes de aduanas que ya no necesitaban submarinos: podían cargar sus productos en aviones comerciales y enviarlos directamente a Nueva York. Habían reemplazado el efectivo por criptomoneda, que podía moverse sin ser detectada.
De haber formado parte de una empresa estadounidense en vez de un cártel internacional, DeCanza habría ocupado un cargo relevante: director financiero, vicepresidente o algo así. Pero al cártel le daban igual los cargos. Excepto el que tenía ahora, uno que nadie quería: el de rata.
Sin DeCanza, las acusaciones del gobierno eran completamente circunstanciales. Todo se podía explicar. El cliente de Jim era un empresario de San Francisco. El nombre de Lorca no constaba en su carné de conducir californiano. No constaba en ninguna parte. Con lo que, si DeCanza se evaporaba, también lo haría la posibilidad del gobierno de condenarlo. Los que contrariaban a Lorca solían desaparecer. Ese verano, yo me la había estado jugando. Le había seguido la pista a una rata chaquetera y había puesto ojos y oídos en su habitación. Si Lorca hubiera sabido lo del Westchester, la acusación habría perdido ya un testigo estrella. No era mi intención convertirme en cómplice de asesinato, por eso, para protegerme y proteger a Jim, solo le había contado lo que podía permitirse saber.
—Es una buena hoja de ruta —dijo Jim—, pero no me estás animando nada. ¿Qué tienes de verdad?
Lo había conseguido hacía una semana. Me lo había reservado, pero mi intención siempre había sido contárselo cuando llegara el momento.
—No habrías querido saberlo demasiado pronto —le dije—, así que me lo he guardado y te he ahorrado un dilema moral.
—Eso ya lo puedo hacer yo solito.
—Pero mi implicación no depende de ti —repuse—. Lo que significa que, si quieres que te lo cuente, debes aceptar las condiciones de uso.
—¿A qué te refieres?
—O lo usas hoy o te olvidas. Si no es hoy, no lo vas a utilizar. Empleándolo ahora mismo, sin previo aviso, sin comentarlo con tu cliente, tendrás una oportunidad. Si él no se entera hasta que lo sepa el gobierno, mañana no tendrás más sangre en las manos que ahora mismo.
—Acepto.
Como esperaba, accedió, aun sin saber de lo que le hablaba. Necesitaba esa información, y probablemente entendía que le estaba ofreciendo una ventaja. No hacía falta ser un genio para deducir qué forma adoptaría. Había una moneda que se cotizaba mejor que cualquier otra en el mercado de las ventajas: la vida de un inocente. Las mujeres eran oro y los niños, diamantes.
—Tienen prisionero a DeCanza —dije—. Es su testigo, pero eso no significa que les caiga bien.
—Tampoco me sorprende.
—No ha visto la luz del sol desde mediados de mayo. Está encerrado en un cuchitril del Tenderloin. Llamarlo piso franco sería exagerar. Le llevan la comida dos veces al día. Pasan a verlo cada dos horas y, además, le han puesto un localizador en el tobillo, que le quitarán cuando vaya al juicio hoy y, si preguntas por ello, negará su existencia. Le concederán inmunidad, pero supeditada a una condena. Lo que significa que lo tienen cogido por las pelotas: si declara lo que ellos quieren, pero tu cliente se va de rositas, no hay trato.
Jim tamborileaba con los dedos en el escritorio destrozado.
—Puedo entrar en eso —dijo—. Aunque lo niegue y asegure que lo tienen en el Holiday Inn, mermará su credibilidad. Pero tienes algo más.
Pues claro que tenía más. Me daría vergüenza mandarle mis facturas si no tuviera más que eso.
—Ha estado suplicando un teléfono —contesté—. Lleva un mes haciéndolo, lo pide todos los días.
—¿Y para qué lo quiere?
—A ellos no se lo ha dicho, pero a mí sí, porque piensa en voz alta. Quiere hablar con su mujer.
—Se supone que está muerta.
Lo hice esperar un poco. Soplé el café y di un sorbo. Miré el móvil.
—Supongo que te refieres a lo de México D. F. —dije—. Al edificio de apartamentos que saltó por los aires.
—Dos soplones la vieron en el balcón.
—Estaba en la séptima planta y ellos a dos manzanas de distancia. ¿Sabes lo de las pruebas de ADN?
Jim se me quedó mirando, procesando la información.
—¿Tiene noticia de ello Nammar? —preguntó al fin.
—No tiene ni idea.
Dejó de tamborilear.
—Y tú ¿cómo has averiguado todo esto?
—Le he dado a DeCanza lo que quería —respondí—: un teléfono.
Había sido una operación relativamente sencilla. Fácil, aunque lo más sucio que había hecho en mi vida.
DeCanza recibía visitas periódicas de media docena de agentes del FBI y de tres ayudantes de la abogacía del Estado, Nammar entre estos. A todos les había pedido un teléfono y se lo habían negado. Aunque uno de ellos podría haber roto filas y habérselo dado en secreto, ya que de allí entraba y salía gente de sobra como para facilitarle el anonimato y la negación. Así que esperé a que fuese al baño, bajé las escaleras, abrí la cerradura de su cuarto con una llave maestra y un destornillador y le dejé un móvil en la cama.
De nuevo arriba, me quité los guantes de látex y lo observé por la cámara oculta en el techo. Su alojamiento era tan minúsculo como el mío y, cuando volvió del baño, tardó tres segundos en ver el móvil. Miró por la habitación y se acercó a la ventana. Se quedó quieto un minuto, con la cabeza gacha. Luego, metió el teléfono debajo del colchón.
Tres días después aún no lo había usado, así que esperé a que fuera a ducharse, me colé de nuevo en su cuarto y le dejé una botella de whisky, de esas de tipo petaca. De vuelta arriba, en un nítido blanco y negro, lo vi encontrar la botella e inspeccionar el precinto. No la vació en el retrete, ni se paseó consternado por la habitación. La abrió, la olisqueó una vez y empezó a beber.
Dos horas más tarde, levantó el colchón y sacó el móvil. Lo examinó un rato. Lo encendió. Y luego, de memoria, marcó un número.
Era una trampa, claro.
El móvil era la mitad de un par que yo había comprado en Chinatown. Había pagado a un hacker independiente para que los sincronizara, con una copa delante, sentados en un cubículo del San Lung Lounge. Tardó menos en hacerlo que en beberse el mai tai. Yo le di un sobre con billetes de veinte dólares y listo.
De modo que, cuando DeCanza llamó a su mujer, lo vi y lo oí en tiempo real.
Fue poco cauto. Ningún veterano del programa de protección de testigos debería tocar jamás un teléfono inteligente. Aquel tipo no tenía lo que había que tener. Yo le estaba ahorrando tiempo y sufrimiento.
—Busqué el número e hice algunas averiguaciones —le dije a Jim—. Llamó a un fijo de las afueras de Eagle Pass, Texas. Un rancho de unas dos mil hectáreas, escriturado a nombre de una firma con sede en las Islas Caimán. Los socios son todo sociedades limitadas extranjeras con nombres absurdos y apartados de correos. Te puedes imaginar quién es el propietario. El título de propiedad está limpio, con lo que la venta se hizo al contado. Hace cinco años, cuando a DeCanza le iba de lujo.
Le pasé por la mesa una copia de la escritura.
—¿Y la mujer que cogió el teléfono? —preguntó Jim.
—Maria Lucinda DeCanza —dije yo—. Vive allí con el hijo de diecinueve meses de ambos.
—¿También el niño está vivo?
—Se le oía de fondo.
Jim Gardner miró la escritura. La cogió de la mesa, le echó un vistazo y se la guardó en el maletín. No era un buen hombre, porque de serlo no habría hecho lo que estaba haciendo. Y tampoco yo era un angelito, porque de serlo no habría confiado en que hiciera lo correcto con la información que acababa de proporcionarle.
—Pásate si quieres por la vista —dijo Jim.
Agarró el maletín y salió de aquel taller en ruinas. A los cinco minutos, hice lo mismo.
Volví al Westchester. Mi trabajo allí había concluido y, si la vista oral no llegaba a buen puerto, puede que Nammar y el FBI se preguntaran quién había estado vigilando a DeCanza y cómo. Me convenía desalojar mi habitación, retirar el equipo de vigilancia, limpiar de huellas las superficies y dejarlo todo como debería haber estado: con botellas de bebidas alcohólicas vacías, latas de cerveza aplastadas y envoltorios de comida para llevar amontonados como ventisqueros en los rincones y debajo de la cama. Tenía una mochila llena de basura, lista para esparcir.
De camino, pasé por los apartamentos Refugio. Conté diez coches patrulla, dos Ford de incógnito que seguramente eran de inspectores de homicidios y una ambulancia en espera. Una furgoneta del depósito de cadáveres se ponía en marcha. La rubia suicida estaba embolsada y etiquetada, pero el Wraith seguía en la acera. Alguien lo había rodeado de conos de tráfico y había tendido un precinto policial amarillo de un cono a otro. Levanté la cámara y observé a través del objetivo mientras el obturador hacia clic. Del portal salió un hombre, de constitución delgada, pelo oscuro y con un traje tan desgastado que brillaba. Un inspector de homicidios. Se abrió paso entre los agentes y vi que me miraba. Bajé la cámara y seguí andando.
4
A las diez de la mañana, me fui a casa por primera vez en cinco semanas. Anduve desde el Tenderloin hasta Union Square, cambiando pensiones de mala muerte y tiendas de bebidas alcohólicas por artículos de lujo y vinotecas, y luego enfilé Grant Avenue hacia Chinatown. Mi hogar era un piso de un dormitorio en la tercera planta de un edificio sin ascensor situado sobre una marisquería. Desconecté la alarma con el mando del llavero y entré. Incluso aquel hogar, mi nuevo comienzo, estaba contaminado por el pasado. Formaba todo parte de un continuo, sin límites claros.
Hacía seis años, cuando mi matrimonio había fracasado, me habían puesto en la calle sin otra cosa que mi ropa, tres dedos rotos y una carta del Colegio de Abogados de California que confirmaba mi inhabilitación. Podría haber sido mucho peor. Me había acercado a un juez suplente del Tribunal Supremo y le había arrancado casi todos los dientes. Sentado en el asiento trasero del coche patrulla, una hora después, la prisión y la multa me parecieron inevitables. Pero tanto el padre de Juliette como su futuro marido creyeron oportuno tenerme callado. Así que en vez de ir a la cárcel y arruinarme, salí ganando. Cincuenta de los grandes por cada diente. El mismo día en que la jueza hacía pública la sentencia de divorcio en el registro electrónico del tribunal, me llegó un cheque de mi exsuegro. El chófer de toda la vida de Juliette me lo trajo al vestíbulo del Oakland Marriott y me ofreció su espalda, erguido y enjuto, para que firmara el recibí. Puede que en el Marriott nadie se diera cuenta, pero los huéspedes del Westchester enseguida habrían sabido lo que era aquel talón: un soborno.
Fue un trato fácil. El nuevo marido de Juliette necesitaba mantener su credibilidad ante los votantes de California; seguramente su exmujer había salido aún mejor parada que yo. En mi caso, prefería el dinero al derecho de poder hablar de mi ex. Ni siquiera quería pensar en ella. La pasta me vino muy bien. Pasé los dos primeros meses abriéndome cuentas en los bares de La Paz, México. Me recuerdo tumbado boca arriba, contemplando las sombras de un ventilador de madera en el techo de mi habitación. Bebí mezcal hasta perder el sentido, hasta que, por fin, empecé a encontrarme bien. Me recuperé en un motel del desierto y emprendí el regreso al norte.
Aún me quedaba mucho dinero. Como estaba en paro, no podía pedir una hipoteca, pero sí comprar una casa al contado. Con cinco ventanas a Grant. Me tapaba un poco las vistas el rótulo de neón que anunciaba el restaurante South Seas Golden King Seafood. Parpadeaba toda la noche, con sus tubos dorados y rojos.

Oía el zumbido de aquellos caracteres chinos incluso en sueños. Cuando cerraba los ojos en cualquier otro sitio, el silencio me hacía despertar sobresaltado.
Como no tenía otra cosa que hacer, me preparé un baño. Para poder poner el tapón de goma en la bañera, tuve que dejar correr por las tuberías cinco semanas de agua turbia. En la nevera no había nada, solo condimentos y una solitaria cerveza Tsingtao. La abrí y me metí en la bañera. En el Westchester, no había querido reconocer que tenía miedo, pero ya en casa lo admití. Había violado la ley antes, normalmente para Jim Gardner, pero nunca me había pasado tanto de la raya. Jamás había hecho nada que enfureciera al FBI o a un fiscal federal, ni había camelado a un testigo del gobierno para que desvelara el escondite de su esposa. Podría haberme callado esa última parte, para proteger a una mujer cuyo único error, que yo supiera, había sido casarse con el hombre equivocado. Eso habría sido lo correcto, y Jim me habría pagado mis honorarios cuando correspondiera. Pero se lo había dicho. Ni siquiera lo había dudado.
Hasta entonces nunca había pensado que uno pudiera ser a un tiempo honrado e inmoral, pero ya no tenía tan claro que esos atributos se excluyeran mutuamente. Y tampoco sabía ya de qué lado se inclinaría la balanza si ponía en ella mi carácter.
Cuando se enfrió el agua, me sequé con la toalla, encendí la luz y me afeité en el lavabo. Volvía a parecer yo, pero me sentía igual que cuando había despertado aquella mañana para darme el último paseo de madrugada desde el Westchester. Eso me recordó a la rubia suicida, al agua de lluvia que le encharcaba los ojos y le perlaba la melena.
Estuve pensando en ella intermitentemente hasta las tres y cuarto, momento en que fui a ver cómo Jim Gardner empezaba a tomar declaración a su testigo. Entonces me asaltaron otras preocupaciones más inmediatas, problemas propios.
Llegué allí demasiado pronto.
La sala número cinco de la planta diecisiete del edificio Phillip Burton estaba en silencio cuando entré. Como esperaba, todos los asientos ya se encontraban ocupados. Era un juicio mediático. Había de por medio casi tantos muertos como dinero y los únicos políticos que no hacían acusaciones eran los que se habían ido misteriosamente de la ciudad. Entre la multitud, reconocí a un reportero de la KTVU y al redactor de sucesos del Chronicle, habituales de los juzgados. Estudiantes de derecho, jubilados sin nada mejor que hacer. Abogados mal pagados en busca de algo que rascar. Había también seis hombres sentados uno al lado del otro en la primera fila, detrás de la mesa de Nammar. No les veía la cara, pero llevaba toda la primavera mirándoles el cogote. Eran los escoltas que el FBI había asignado a DeCanza.
Uno de ellos, el agente White, se volvió. Yo no había hecho ruido al entrar, pero puede que notara la corriente. Me miró a los ojos. A su espalda, detrás de la barandilla, permanecía Nammar, plantado ante el atril instalado entre ambas mesas. DeCanza se hallaba en el estrado de la derecha de la jueza. Jim estaba a la izquierda de su cliente, con la barbilla apoyada en la mano.
—¿Y el hombre al que usted conocía como Lorca, del que llevamos hablando todo el día, se encuentra en esta sala? —preguntó Nammar.
—Sí, señor.
—¿Podría señalárselo al jurado, por favor?
El agente White dejó de mirarme por fin. No quería perderse aquella parte. Habían pasado la primavera preparando a su testigo para ese momento.
—Está allí. —Lo señaló DeCanza—. El del traje negro. Ese es Lorca.
—¿Está usted seguro?
—Del todo. Lo he estado viendo a diario durante quince años. Fue a mi boda. Lo acompañé el día en que murió su hijo.
—¿Le resulta fácil identificarlo?
—¿Quiere decir que si me agrada hacerlo?
—¿Le agrada?
—Me siento como una rata.
—¿Le tiene miedo?
Pensé que Jim protestaría, pero ni siquiera levantó la vista.
—No es un hombre simpático, si se refiere a eso. No lleva bien los contratiempos.
—Entonces, está siendo usted valiente sentándose aquí a declarar.
—O igual me quiero morir. Sé lo que hace ese hombre.
—¿A los tipos como usted que dicen la verdad?
—A los tipos como yo, sí.
Nammar había estado mirando al jurado mientras planteaba sus preguntas, pero de pronto se dirigió a la jueza.
—Nada más, señoría —dijo—. No hay más preguntas.
La jueza Linda Kim se volvió hacia Jim y lo miró por encima de sus gafas de pasta negra.
—¿Letrado?
—Gracias, señoría —dijo él.
Se levantó y, cogiéndose las manos a la espalda, enderezó los brazos para estirar los hombros. Con Jim todo eran señales para el jurado. Supuse lo que aquello debía de significar: que se había aburrido, ahí sentado cinco horas, escuchando las mentiras de DeCanza. Mentiras que sería tan fácil aplastar como a una mosca desorientada. No le preocupaba nada, salvo que aquello retrasara su cena.
Se acercó al atril. No llevaba ningún papel.
—Buenas tardes, señor.
Jim Gardner se había mudado a San Francisco al terminar la carrera de derecho. Hasta entonces, había vivido en algún pueblo perdido de Misisipi. A los dieciséis años, su voz grave y cadenciosa le había proporcionado un empleo grabando anuncios radiofónicos para empresas de toda la región. Concesionarios de coches y boleras de Tupelo, un club de estriptis de Slidell... Fue su voz la que lo sacó de Misisipi. Nada más empezar a tomar declaración al testigo ya tenía al jurado pendiente de sus preguntas.
—¿Sabe usted quién soy?
—El abogado de Lorca.
—Represento al señor Alba —repuso Jim, señalando a su cliente—, pero él no conoce a ningún Lorca.
—¡Protesto! —intervino Nammar—. Si quiere demostrar eso, que suba a Lorca al estrado.
—Señor Gardner —instó la jueza a Jim—, formule su primera pregunta, por favor.
—Gracias, señoría. Y si se me permite responder al señor Nammar, ya tengo a Lorca en el estrado. En este preciso instante.
—¡Protesto! —exclamó Nammar, levantándose de un brinco.
—Tiene usted lo que estaba buscando —espetó la jueza Kim. Luego, se volvió hacia Jim—. Haga la pregunta.
Jim asintió con la cabeza. Se dirigió al jurado.
—Se llama Albert DeCanza, ¿sí o no?
—Sí.
—¿Ha tenido alguna vez un alias?
—Mis amigos me llaman Al.
Jim se rio a la vez que el jurado. Entonces rodeó el atril y se situó delante. No se permitía en los tribunales federales, pero la jueza no se lo impidió y Nammar tampoco protestó.
—¿No es cierto que usted es el usufructuario de todas las acciones de Aguila Holding Corporation?
A DeCanza le duró el gesto frívolo otro segundo, dos, quizás. Había oído la pregunta, pero le estaba costando procesarla. Cuando lo hizo, se quedó como desinflado. Pasaron diez segundos más, una eternidad en un tribunal. Siguió sin contestar.
—¿Le repito la pregunta? —dijo Jim.
—En mi vida he oído hablar de ese holding.
—A ver si lo he entendido bien —terció Jim—: ¿en su vida ha oído hablar de Aguila Holding Corporation? Se trata de una empresa con sede en las Bahamas que se registró como sociedad extranjera en Texas hace cinco años, tres meses y dos días. ¿No ha oído hablar de ella en su vida? —DeCanza se limitaba a negar con la cabeza—. Debe contestar de viva voz. A la taquígrafa, esa encantadora señora que tiene enfrente, le dan ardores si no.
—No he oído hablar de ella en mi vida —contestó DeCanza, mirando el vaso de agua que tenía delante. Luego, retiró las manos del estrado y se las cogió por debajo.
—¿Dónde estaba usted el 23 de marzo de 2014?
—No sé.
—Curioso. Su memoria ha sido excelente durante las últimas cinco horas —comentó Jim—. Permítame que le pregunte algo: ¿cuál es el aeropuerto más próximo a Eagle Pass, Texas?
—No sé —repitió DeCanza. Miró a Nammar, pero este se había vuelto de lado y susurraba por encima de la barandilla a dos de los agentes del FBI de la primera fila.
—No sabe —dijo Jim—. Vale, probemos con esto: ¿quiénes son los directivos de Ranch Four Corporation? Por si le refresca la memoria, se constituyó en las Islas Caimán y está registrada como sociedad extranjera en Texas, el 23 de marzo de 2014.
Nammar se puso en pie.
—Señoría —dijo—, ¿podemos acercarnos al estrado?
—Le he hecho una pregunta al testigo —insistió Jim—. Y me gustaría que contestara.
La jueza miró a Jim y a Nammar, luego a DeCanza, al que de pronto le brillaba la frente, cubierta por una fina capa de sudor.
—Responda la pregunta.
DeCanza la miró. Negó con la cabeza, con los ojos vidriosos, muy abiertos.
—¿Cómo era...? ¿Me la podría repetir? —preguntó, mirando a la taquígrafa.
Sin esperar a que la jueza diera su consentimiento, la taquígrafa leyó la última pregunta de Jim, recostado en la parte delantera del atril. Nammar había vuelto a sentarse y conversaba en susurros con los federales.
El testigo seguía negando con la cabeza.
—No sé —dijo una vez más—. En mi vida he oído hablar de esa empresa, así que no conozco a los directivos.
—Entonces, permítame que le pregunte...
Nammar se levantó e interrumpió a Jim:
—Señoría, ¿podemos acercarnos ahora?
—De acuerdo.
La jueza alargó la mano más allá del mazo y pulsó un interruptor. Se oyó un ruido blanco por los altavoces del techo, situados sobre el jurado y el público. Cuando Jim y Nammar se aproximaron a hablar con ella, fue imposible escuchar lo que decían. Pero sí imaginarlo. Nammar pretendía saber: «¿Adónde demonios quiere llegar con esto?» y Jim le decía: «No hace falta que le haga un croquis. Es su puñetero testigo. Si no sabe adónde quiero llegar, es culpa suya». El intercambio duró un minuto. DeCanza, solo y olvidado en el estrado, parecía a punto de salir corriendo hacia la ventana más próxima para tirarse por ella. Aunque estuviéramos en la decimoséptima planta.
Cuando la jueza detuvo el ruido blanco y los abogados volvieron a su sitio, no fui capaz de deducir qué había resuelto. Los dos letrados se mostraban impasibles. Jim ocupó su puesto delante del atril. Nammar se sentó y se giró hacia el más joven de los ayudantes del fiscal, sentado a su izquierda.
—Señor DeCanza —continuó Jim—, ¿su rancho de las afueras de Eagle Pass dispone de aeródromo?
Nammar se levantó de inmediato.
—¡Protesto! —Luego, en voz más baja, añadió—: Carece de fundamento. Además, el letrado ha dicho que le iba a preguntar por unas empresas extranjeras.
—Y los holdings a los que pertenecen —contestó Jim—. Estoy seguro de haber mencionado los holdings.
—Que el testigo responda la pregunta.
—¿Aeródromo? Ni siquiera sé de qué rancho me habla.
—¿No tiene un rancho en Eagle Pass?
—No.
Jim regresó a su mesa y cogió una carpeta fina. Se la llevó al atril y la abrió. Con parsimonia. Debía dejar que el jurado se preguntara qué tipo de documentos estaba a punto de revelar. Y lo que era aún más importante, inquietar a DeCanza.
—¿Insinúa que no sabe nada de un rancho de diez mil doscientas veinte hectáreas a las afueras de Eagle Pass, Texas? —En ese instante, Jim volvió la vista a la carpeta e inspeccionó la primera página con la yema del dedo—. ¿Tres edificios habitables, un aeródromo y un hangar que cambiaron de manos el 23 de marzo de 2014?
DeCanza llevaba un rato mirando a Nammar, pero este o hablaba con el letrado que lo acompañaba o susurraba a los federales que tenía a su espalda. No estaba viendo que su testigo se quedaba sin argumentos. De modo que se volvió hacia su otro único salvavidas posible: el cliente de Jim. Desde atrás, no pude ver si el hombre reaccionaba. Puede que asintiera discretamente con la cabeza. Tal vez fueran solo imaginaciones mías.
—Yo no... Es que...
Jim dio tres pasos hacia delante.
—Recapitulemos —dijo—. Hace un par de minutos, cuando hemos empezado, le he preguntado por sus alias. ¿Ha tenido alguna vez un alias, señor?
El testigo se miró las muñecas. Las tenía pálidas: había pasado demasiado tiempo encerrado últimamente. E iba a pasar mucho más.
—Sí.
—¿Ha tenido un alias?
—Sí.
Jim avanzó un paso más.
—¿Qué alias, señor?
DeCanza volvió a mirar hacia la mesa de la defensa y luego fijó la vista en su vaso de agua. Si su primer testimonio se hubiera parecido en algo a las declaraciones que había hecho en el Westchester, habría pasado buena parte de la mañana contándole al jurado cómo lidiaba Lorca con sus enemigos. Sus medios de comunicación eran barrocos. Empezaba con herramientas eléctricas y cinta americana, y después venían las bolsas de escorpiones y un arcón de tamaño considerable. Pero todos sus mensajes terminaban igual: con un cadáver desmembrado quemándose en un barril de aceite mientras algún esbirro avivaba las llamas y añadía combustible hasta que no quedaba nada. DeCanza lo sabía, porque se había visto implicado en todas las fases del proceso.
Entonces lo vi pensar, en tiempo real. Nammar no sabía que su mujer y su hijo seguían con vida. Nadie los protegía. Podía ceñirse a su versión de los hechos y luego todo quedaría en una carrera hasta Eagle Pass. Los hombres de Lorca contra los federales. Jim, con sus cordiales ademanes sureños, le estaba facilitando la decisión: que se arrodillara, sacrificara su cabeza, en ese instante, y salvara la vida a su mujer y a su hijo, o que defendiera la verdad y se atuviera a las consecuencias.
Su vida a cambio de la de ellos.
—¿Qué alias usaba, señor? —insistió Jim.
—Lorca.
—¿Podría repetirlo? Lo ha pronunciado tan bajo que no sé si nuestra encantadora taquígrafa lo habrá oído.
DeCanza no se atrevía a levantar la vista. No quería ver a Nammar y tampoco quería que nadie lo viera mirar hacia la mesa de la defensa.
—Lorca —dijo, un poco más alto esa vez.
Escuché la última respuesta de DeCanza cuando ya me iba. A mi espalda, Jim volvía a hablar. Abrí la puerta de la sala. Entró un chorro de aire frío del pasillo.
—¿Por qué no rebobinamos? —estaba diciendo Jim—. Retrocedamos a hace unos minutos, cuando ha señalado a mi cliente...
Según salía, miré atrás. El agente White se había girado de nuevo. Pelo blanco rapado, nariz rubicunda, ojos negros de mirada penetrante. Me siguió observando hasta que cerré de nuevo la puerta.
5
En el puesto de control de la planta baja, entregué el resguardo para recuperar mi móvil. Esperaba que White saliera de uno de los ascensores en cualquier momento, llamándome a gritos; no me sentí a salvo hasta que abandoné el edificio federal.
El gobierno había invertido dos años y millones de dólares en preparar el caso. Jim Gardner lo había eviscerado en menos de diez minutos. No eran ni las tres y cuarto. Me alejé deprisa de la entrada. Vi varios SUV de Seguridad Nacional aparcados a la izquierda, así que me fui para la derecha. Alguien iba a pagar por lo que acababa de ocurrir. Iban a cubrir de mierda a DeCanza, pero aún quedaría para otros. Para alguien como yo, por ejemplo.
Crucé Larkin y entré en el Harry Harrington’s Pub. Una vez dentro, me detuve un momento a explorar el local. Veinte personas, incluidos los dos bármanes. Los clientes eran mitad borrachos, probablemente parroquianos habituales, mitad empleados del gobierno que, siendo viernes, habían salido del trabajo un par de horas antes. Sus siete televisores emitían béisbol y críquet. Me senté al fondo de la barra, lo más lejos posible de la puerta. En cuanto pude, pedí un Wild Turkey, solo.
No pensé en nada hasta que pedí el segundo. Para mi estancia en el Westchester, había procurado estar a la altura del papel: no me afeitaba, apenas me duchaba y no lavaba mi ropa. En un mes, había llevado dos sudaderas y unos únicos vaqueros. Al terminar el trabajo, mi abrigo de mercadillo parecía robado de una tumba.
Le di un trago al bourbon. Con el vaso en la mano, me pasé los nudillos por la mejilla. Aún la tenía suave del afeitado de esa mañana. Me vi en el espejo de detrás de la barra. Con la camisa planchada y el traje recién salido de la tintorería, parecía un abogado. De los de verdad, de los que podían acudir a un tribunal y representar a un cliente sin que lo detuvieran. Jim no debía haberme invitado a la vista oral.
Quizás eran solo paranoias mías. Había sido cauto en el Westchester y había tomado precauciones más allá de mi apariencia. El agente White se había girado y me había mirado fijamente, pero podía ser por cualquier cosa. No tenía por qué relacionarme con la caída de DeCanza.
Cuando el barman pasó por delante, le pedí otro Wild Turkey. Me lo sirvió, pero primero me dio un vaso de agua con hielo, como insinuando que iba siendo hora de que frenara o me largara. Me bebí ambas cosas y me fui.
Crucé Van Ness, entré en una librería y encontré un ejemplar del Chronicle abandonado en una mesa de la cafetería. No había nada acerca de la rubia que había fotografiado, aunque no me sorprendía. Seguramente había caído sobre el Wraith más o menos a la misma hora que el periódico salía de rotativas. Se incluía un pequeño artículo sobre el juicio de Lorca, pero no lo leí. Ningún periodista podía haber previsto el giro que acababa de dar la vista.
Salí de la librería y seguí caminando hacia el oeste. No había hecho ejercicio de verdad desde mediados de mayo. No me importó que lloviera. Cuando Jim me pagara la última factura, podría volver a llevar el traje a la tintorería. Hasta podía tirarlo a la basura y comprarme todos los trajes nuevos que quisiera. Daba igual. Seguí caminando, buscando espacios verdes. Crucé Alamo Square y luego continué por los senderos paralelos a Panhandle y entré en el Golden Gate Park. Estábamos en junio y seguiría habiendo luz hasta las ocho y media. Pero era una luz grisácea, neblinosa.
Dudaba que DeCanza fuera a pasar la noche en el Westchester. Si a Nammar y a White les importaba el caso o sus carreras, lo atarían a una silla en un cuarto de hormigón y se turnarían para sacudirlo con un bate de béisbol. «¿Qué coño ha pasado, Al? ¿Qué tiene Gardner contra ti?». Pero Nammar no funcionaba así. Yo solo conocía a una persona que hacía las cosas de ese modo y era el tipo gracias al cual yo podía pagar mis facturas.
El suave repiqueteo de la lluvia en los eucaliptos resultaba relajante. Decidí ir andando hasta Ocean Beach y luego coger un taxi a casa. Después de eso, no estaba seguro. Quizá La Paz otra vez, o incluso más lejos. Tailandia o Vietnam. Pero cuando llegué a la playa y me senté, me vibró el móvil. Lo saqué y vi el mensaje de Jim que acababa de entrarme.
Nos vemos en tu despacho. Ya.
—Has tardado una eternidad, Lee —me dijo Jim.
Había subido los escalones que conducían a la puerta cerrada de mi oficina y me esperaba entre las sombras.
Mientras fue mi jefe, yo lo llamaba señor Garland y él a mí señor Crowe. No estaba acostumbrado a que me tuteara, aunque ya hiciera seis años que no me tenía en nómina. Al volver de La Paz, me había pasado dos meses en casa, cruzado de brazos, hasta que había decidido buscarme una ocupación. Entre mi antiguo empleo y los veranos que había trabajado como pasante de un abogado defensor, podía reunir suficientes horas de investigación para que me concedieran una licencia de investigador privado. Así que hice el examen y aprobé. Me dieron un carné y acto seguido fui a buscar a Jim. Él había sido mi principal fuente de ingresos los dos primeros años, pero con el tiempo había encontrado otras alternativas. Ahora las cosas me iban lo bastante bien como para necesitar un despacho propio.
—¿Así vienes a trabajar? —me preguntó, estudiando mi traje empapado.
—Solo cuando me espera un cliente.
Me quité la chaqueta y, retorciéndola, escurrí el agua en el suelo. Nos dimos la mano y él reculó de pronto.
—Hueles a bourbon, Lee.
—Este es mi despacho —repuse—. Mi tiempo.
Me saqué el llavero del bolsillo y abrí la puerta. Jim entró y yo lo seguí. Se sentó en una de las sillas que había frente a mi escritorio y sacó un pañuelo del bolsillo de la pechera de su traje de lana para secarse la lluvia de la cara.
—Bonito despacho —afirmó.
Dudaba que lo dijera en serio. Él tenía una oficina esquinera en una planta alta de One Market Street, con vistas al Ferry Building y a la bahía. Se sentaba a su mesa cuando aún era de noche y veía salir el sol por encima de las colinas de Oakland. Un equipo de doscientos abogados trabajaba para él en un edificio con suelos de mármol. Entraba dinero en la caja las veinticuatro horas del día. Siempre había tenido claro por qué me había permitido cruzar el umbral de su puerta: había llevado a cabo sus pesquisas y así me lo había comunicado. Yo era un don nadie entre muchísimos otros; no era mi renombre ni mi magnetismo lo que buscaba. Quería que el padre de Juliette fuera cliente suyo. La estrategia funcionó hasta que mi divorcio y mi inhabilitación me convirtieron en un paria y, por guardar las apariencias, Jim me desterró de forma muy pública. Ya me lo esperaba. Pero nuestra relación siguió adelante, y evolucionando, y eso sí que me sorprendió.
—Tendría que haberme pasado por aquí cuando firmaste el contrato de arrendamiento —dijo—. ¿Cuándo fue eso, el mes pasado?
—No celebré ninguna fiesta de inauguración. ¿Cómo ha terminado lo de DeCanza? Me he marchado pronto.
No quería contarle lo del agente White sin tener la certeza de que había un problema.
—¿Has llegado a verlo derrumbarse? —preguntó Jim. Asentí con la cabeza y él continuó—: Después de eso, lo he llevado por donde he querido. Todo lo que había declarado antes era mentira. Lorca es él. Controlaba todo el cotarro, de arriba abajo.
—¿Has acabado con él?
—Sí, pero Nammar no lo sabe. Mañana es mi testigo. Lo acribillaré a preguntas para asegurarme de que no ha cambiado de opinión de golpe y porrazo, y después se lo pasaré al fiscal.
—¿Lo harán cambiar de opinión?
Jim echó un vistazo al despacho, probablemente preguntándose si habría escuchas. Debió de decidir que no.
—¿Lo harías tú si fuera tu mujer la del barril?
Negué con la cabeza. Independientemente de por qué lo dijera, la respuesta era no. No cambiaría de opinión por una hipotética futura esposa, ni por Juliette. No le tenía especial cariño, pero nadie merecía terminar en uno de los barriles de Lorca.
—¿Dejarán que lo condenen? —pregunté.
—Es Lorca. El mandamás. No se van a arriesgar a una sentencia exculpatoria. Alguien por encima de Nammar lo llamará esta noche. Procurarán declarar nulo el juicio. Si no funciona, buscarán el modo de negociar la sentencia, ¿y por qué no? Ya lo tienen por fraude fiscal, con lo que irá a la cárcel de todas formas.
—Pero tú ganas —puntualicé yo.
—Yo gano.
Abrí el cajón de mi escritorio y saqué una botella.
—La tenía reservada.
—Pues sigue reservándotela, Lee. —Estaba a punto de descorcharla, pero al oírlo me detuve. Me apoyé la botella en la rodilla y lo miré—. No he venido aquí a hablar del juicio —añadió—. Tengo otro trabajo para ti: una clienta que necesita un detective. Es una buena clienta, desde hace mucho, y preferiría presentarle a un hombre sobrio. Y seco, si tienes ropa para cambiarte aquí.
—¿De qué va esto?
—Claire Gravesend.
Esperó mi reacción, pero el nombre no me decía nada.
—¿Debería conocerla?
—Esta mañana le has vendido una foto suya a un periodicucho. Está todo en internet.
Tardé un segundo en comprender a qué se refería. Aún estaba nervioso con lo de Lorca y el agente White. Entonces recordé mi paseo matinal. Mi nombre saldría junto a la foto. Para bien o para mal, el mundo entero iba a saber que la había hecho yo.
—¿La suicida...? ¿Qué tiene que ver ella?
—Mi clienta es Olivia Gravesend, su madre.
—¿Te refieres a esa Olivia Gravesend?
—Sí.
—La chica que he visto esta mañana... ¿es hija suya?
—Te lo acabo de decir.
—¿Y para qué quiere contratarme tu clienta?
—Su hija ha muerto. Quiere saber cómo y por qué.
—¿Y eso no se lo dirá la policía?
Jim se sacudió de la solapa la ceniza del puro.
—No se fía de nadie. Han identificado a la chica por las huellas dactilares y han mandado a un hombre con fotos a su casa para que realizara la identificación oficial. Estando en su casa, el policía le ha dicho que parecía un suicidio.
—Le preocupa que saquen conclusiones precipitadas.
Jim asintió con la cabeza.
—Van muy rápido —dijo—. Si empiezan así, llevarán una venda en los ojos.
—¿La ha visto saltar alguien? —pregunté—. Si hay algún testigo, si alguien se ha acercado a...
Jim me interrumpió con un manotazo al aire.
—No sé si hay testigos o no. Además, aunque encuentren a alguien dispuesto a testificar, ¿tú te fiarías? Ya sabes cómo va esto. Se puede comprar a un concejal por diez mil dólares. ¿Cuánto crees que cuesta un testigo de Turk Street?
Pensé en mis últimas semanas y en lo que había visto esa mañana. Un testigo era tan maleable como cualquier otro individuo. Además, no solo se podía dar forma a un testimonio con dinero. La coacción funcionaba igual de bien y era más barata.
—Has dicho que me la vas a presentar esta noche, ¿va a venir aquí? —quise saber.
—He quedado con ella en su casa, si tienes tiempo.
—Pensaba irme unos días fuera —respondí.
—¿Por lo de hoy?
—Sobre todo.
—Mira, Lee... Lo estaban amenazando para conseguir que declarara lo que querían. Al presionar nosotros también, ha cambiado su versión de los hechos. Como no teníamos las mismas ventajas que ellos, nos hemos servido de otras. Habría seguido mintiendo hasta que lo enderezáramos.
—¿Lo crees en serio o es lo que me quieres vender? —pregunté—. DeCanza se ha hecho caquita cuando has mencionado Eagle Pass, así que los dos sabemos que es verdad. Lo aterraba tu cliente y eso lo dice todo.
El silencio de Jim fue lo más parecido a darme la razón. Como no iba a conseguir más de él, dejé que se prolongara. Jim encontró un clip en el borde de mi mesa, lo cogió, lo estiró y se lo enroscó en la yema del dedo.
—¿Puedes ayudar a la señora Gravesend? —preguntó—. ¿O me busco a otro?
Sabía cómo camelarme. Me fastidiaba perder la oportunidad de trabajar para alguien como Olivia Gravesend, pero soportaba aún menos la idea de que le ofreciera el trabajo a otro. Además, igual tampoco era tan buena idea que me marchara de la ciudad. Al gobierno no le hacía falta que anduviera por allí para acusarme de algo. Si Nammar conseguía una acusación formal del gran jurado, alguien me estaría esperando en el aeropuerto cuando regresara, así que más me valía quedarme allí y estar pendiente.
—¿Cuándo nos vamos? —le pregunté a Jim.
—Ahora mismo —me contestó—. Lávate la cara. Procura parecer el chaval al que yo conocía. Voy a llamar a Titus para que pase a recogernos.
Íbamos sentados en la parte de atrás del Range Rover. Jim subió la pantalla negra que nos aislaba de su chófer y se inclinó sobre el humidificador instalado en la consola del centro. Eligió un Cohiba enorme. Empezó a rodar el puro entre los dedos, pero no hizo ademán de encenderlo.
—¿Qué sabes de Olivia Gravesend? —me preguntó.
—Lo que sabe todo el mundo. Lo que sale en la prensa. Me despediste antes de que pudiera trabajar para ella.
Jim lo dejó correr. Con un cortapuros de doble hoja, cortó el extremo del habano, luego se pasó la punta varias veces por debajo de la nariz.
—No es como otros de su posición —dijo—. Heredó la fortuna familiar, sí, y podría haber conseguido más por su matrimonio, pero, aunque hubiera nacido en una choza y se hubiera casado con un mindundi, seguiría estando donde está.
—Insinúas que es lista.
—Lista es poco. Tú eres listo. Yo soy listo. Olivia Gravesend es despiadada.
—Pero tú te fías de ella.
—Hace treinta años que es clienta mía. ¿Sabes cuál es la norma primordial para tratar con clientes como ella?
—No.
—Cubrirse las espaldas —contestó—. Cuando Olivia quiere algo, lo consigue por su cuenta. Si pide ayuda, es porque quiere cargarle el muerto a algún pringado. Así que piensa primero en ti y luego le das lo suyo. Pero sobre todo no te fíes de ella.
Recorrimos en silencio Market Street. Antes del giro hacia Embarcadero, el chófer paró junto a la acera y Jim abrió su puerta.
—¿Es aquí? —pregunté—. ¿Vive en tu edificio?
—Aquí es donde me bajo yo —respondió—. Tengo un juicio por la mañana. No me da tiempo de ir hasta Carmel y volver.
Así que al final salí de la ciudad esa noche, en el asiento trasero del Range Rover de Jim Gardner, con el cristal separador aún levantado y el chófer invisible mientras íbamos hacia el sur a toda velocidad circulando por la 101. San Mateo, Palo Alto. San José, solo luces y rótulos de autopista y luego zonas más oscuras. Apoyé la cabeza en la ventanilla y vi pasar el asfalto. Al detectar el olor a ajo, supe que cruzábamos los campos de Gilroy. Después debí de quedarme dormido casi una hora.
Cuando abrí los ojos, ya estábamos en la autopista 1. Las curvas nos restaban velocidad, pero no mucha. A la derecha, vislumbré entre los árboles pedacitos del Pacífico. El mar estaba tranquilo y se veía de un negro platino a la luz de la luna. Quince kilómetros de costa y luego la carretera se adentró un poco en el interior y el chófer aminoró la marcha. Giró hacia un camino sin señales y descendió a unos acantilados. Llegamos a una verja de hierro y se detuvo. La verja empezó a abrirse y enfilamos el resto del trayecto hasta la residencia de Olivia Gravesend.
Bajé del vehículo y contemplé la mansión de piedra labrada, su tejado de múltiples niveles cubierto de tejas españolas. Conté seis chimeneas. El aire olía a lavanda, a eucalipto y a brisa marina. La casa se había construido directamente sobre el acantilado y las olas rompían apenas treinta metros más abajo. Olivia Gravesend habría podido salir a pescar desde su ventana si hubiera querido.
Titus, el chófer de Jim, se quedó en el coche, pero apagó el motor. Como no sabía qué hacer, me acerqué a la puerta y llamé con los nudillos. Me recibió un mayordomo. Pelo blanco y camisa blanca bajo chaqueta negra. Iba despeinado y tanto a la camisa como a la chaqueta les habría venido bien un planchado. Dudaba que ese fuera su aspecto habitual.
—Lo está esperando en la sala de armas, señor.
—De acuerdo.
No tenía forma de saber si siempre recibía a sus visitas en la sala de armas. A lo mejor la reservaba para ocasiones especiales en las que tenía la violencia en mente. Las paredes eran de nogal inglés, forradas de escopetas francesas hechas a medida. En una mesa, junto a la chimenea, había un estuche de madera abierto con dos pistolas de duelo sobre terciopelo verde. Olivia Gravesend estaba sentada al lado de la chimenea apagada, tan erguida que la silla de respaldo recto podía haber envidiado su postura. Llevaba un vestido negro hasta los tobillos. La única joya que lucía era una medallita de oro. De algún santo al que yo no conocía. Me lanzó una mirada tan fría como el metal de la artillería que la rodeaba.
—¿Lee Crowe? Jim me ha hablado de usted.
El mayordomo interpretó aquello como una señal para hacer mutis. En cuanto cerró la puerta, oí alejarse sus pasos.
—Sí, doña Olivia —contesté—. Me puede llamar Lee.
—A mí no me llame doña Olivia, Crowe; es una vulgaridad.
—De acuerdo.
—Ha fotografiado a mi hija esta mañana. ¿Por qué?
—La he visto y he hecho unas fotos de la escena. Me ha parecido que podría vendérselas al periódico.
—¿Qué hacía usted allí?
—Ha sido suerte —dije, y lamenté la palabra—. Pasaba por allí, camino de mi despacho.
Me miró en silencio. Su nariz era fina y afilada, como el pico de un halcón. Llevaba el pelo oscuro recogido en un moño y sujeto con pinzas de madera, igual que su hija. Salvo por eso, no se parecían en nada.
—¿Vive usted en ese barrio? ¿En el Tenderloin?
—No —contesté—, estaba haciendo un trabajo para Jim. De otro caso.
—Así que hoy ha tenido suerte, Crowe —dijo—. Ha conseguido la foto y la ha vendido. Ahora lo voy a contratar yo.
—De acuerdo.
—No se preocupe por sus honorarios —precisó—. Mándeme las facturas.
—Muy bien.
—¿Le ha dicho Jim lo que quiero?
—No se fía de la investigación policial. Quiere saber qué ha pasado de verdad.
—Jim se considera un hombre honrado —me dijo—. ¿Le sorprende?
—En absoluto —respondí.
—Cuando se mira al espejo, ¿qué cree que ve? Un pilar de la comunidad. Un as de la abogacía. Le digo que me gustaría saltarme las normas y me busca al hombre perfecto para el trabajo, pero se queda en casa. Con la conciencia tranquila. No queremos preocuparlo, ¿verdad?
—No quiere que le cuente nada de lo que hablemos.
—Correcto, Crowe —contestó. Señaló otra silla de respaldo recto en el lado opuesto de la chimenea. Me senté y me estiré las perneras del pantalón—. Me ha dicho que es usted rápido. Y que hará lo que haga falta.
—Por eso se me conoce.
—Pero solo si es necesario. Y me mantendrá al margen de lo que haga, sea lo que sea.
—Hábleme de su hija.
—Era una buena chica. Independientemente de cómo se criara... era buena.
—¿Cuántos años tenía?
—Veinte.
—¿Salía con alguien?
—No lo sé.
—¿A qué se dedicaba? ¿Estudiaba en la universidad?
—Lo había dejado. No sé en qué ocupaba su tiempo.
—¿Cuándo hablaron por última vez?
—En diciembre, después de Navidad. Por su cumpleaños.
—¿Discutieron?
—En absoluto. Tomamos una copa de brandi. Yo estaba en esta silla y ella en la de usted. Hacía frío; la chimenea estaba encendida. Hablamos del siguiente trimestre. Estaba emocionada con una clase, con una profesora a la que admiraba. Se marchó esa misma noche.
Miré por la ventana. Llovía a cántaros, a través del viejo cristal, aunque había trozos de cielo despejados entre los que podía intuirse la luna sobre el mar.
—¿En qué universidad?
—Harvard.
—¿Volvió a Boston en avión?
—Claro.
—¿En el suyo o en un vuelo comercial?
—En ninguno de los dos. El mío estaba en Vancouver; le estaban cambiando el motor. Contraté un chárter.
—¿Sabe con certeza que llegó a su destino?
—Sí —respondió Olivia—. Hablé con el chófer después, el hombre que la llevó del aeropuerto a nuestra casa.
—¿A su casa?
—Mi bisabuelo creía en muchas cosas, pero sobre todo en la utilidad de las segundas viviendas. Encontrará una residencia Gravesend en cualquier lugar de importancia.
Intenté imaginar con qué criterio determinaban eso los Gravesend. Si no estaba mal informado, su bisabuelo había hecho con el cobre y el oro lo que Andrew Carnegie con el acero, solo que Gravesend no había dilapidado su fortuna en bibliotecas para la gente corriente. Esas residencias podían ser multitud.
—¿Y después de que su hija llegara a casa?
—Asistió a una clase. Y luego desapareció.
—¿Cómo sabe que fue a clase?
—Hablé con la profesora, esa con la que estaba tan entusiasmada. Era una clase de periodismo.
—¿Fue usted a Boston?
—Dos veces. Y nadie ha estado en la casa desde enero, excepto yo.
—¿Cómo lo sabe? ¿Cuenta con algún sistema de seguridad que monitorice desde aquí?
—No lo sé —reconoció—. Doy por sentado que no ha estado allí nadie más que yo.
—¿Tienen servicio de limpieza?
—Ella no quiso tenerlo.
—¿Porque prefería encargarse personalmente o porque era celosa de su intimidad?
—No lo sé.
—¿Se llevó usted algo de la casa?
—Nada, y tampoco la registré. En ambas ocasiones, entré, vi que no estaba allí y me marché.
—¿Denunció su desaparición?
—No. —Noté que quería que le preguntara por qué, pero esperé a que hablara. Debía acostumbrarse a contarme las cosas sin que la instara a hacerlo. Tenía la espalda aún más tiesa que hacía dos minutos—. Me escribió —dijo por fin—. Hacía dos semanas que no sabía nada de ella y ya había empezado a hacer llamadas cuando recibí una carta suya.
—¿De dónde era el matasellos?
—De San Rafael. Había regresado a California.
—¿Qué decía la carta?
—Que no me preocupara. Que debía hacer una cosa y luego todo volvería a la normalidad.
—¿Había hecho algo parecido antes?
—Jamás.
—¿La carta estaba escrita a mano e iba firmada?
—De lo contrario, le aseguro que habría hecho algo más. Se las entregaré antes de que se vaya. Hay seis. La última llegó hace una semana.
—¿De San Rafael?
Negó con la cabeza.
—Todas de sitios distintos, pero a poco más de trescientos kilómetros de San Francisco. La última era de Mendocino.
—¿Estaban muy unidas?
—Quiero pensar que sí.
—Pero no sabe si salía con alguien. ¿Era reservada, o estaba usted demasiado ocupada para averiguarlo? —Me miró con los ojos entornados, con la afilada nariz de ave rapaz apuntando al suelo—. Es más fácil que andarse con rodeos —añadí—. Y no me ha parecido que fuera usted de las que se ofenden.
Me dedicó una sonrisa de amarga aquiescencia.
—¿Me ha llamado Jim «la zorra de hierro»? Sé que ese mote le gusta. Conozco por lo menos a tres personas a las que se lo ha dicho.
—Yo no soy la cuarta.
—Lo despediría, pero ha visto demasiado —manifestó. Si esperaba que yo la respaldara en eso, disimuló muy bien—. En cuanto a su pregunta, Claire era comedida. Sé que yo tengo mi reputación, se lo habrá comentado Jim, y puede que tenga razón, al menos en algunos aspectos de mi vida. En los negocios. En determinados círculos personales. Pero con Claire, era su madre. Por encima de todo.
—No...
—Amor desmedido, Crowe. Eso es lo que significa y es lo que sentía por ella. Lo que aún siento.
—De acuerdo —afirmé.
—Mientras vivía bajo este techo, era muy comedida. Todo empezó cuando cumplió los dieciocho. Cuando se fue a Boston.
—¿Le ocultaba cosas?
—Creo que sí —contestó Olivia—. No tengo más hijos, ni sobrinas. Mis amigos son pocos, y menos aún con hijos. Así que mi única referencia es mi propia juventud. Y yo creo que su actitud no era solo cosa de la edad. No era la típica chica que cumple los dieciocho, se va a la universidad y decide dar la espalda a su madre. Había algo más. Fue empeorando con los años y terminó estallando.
La joven que yo había visto esa mañana se había precipitado por una ventana, desde una altura considerable, sobre el techo de un automóvil, pero cuando yo la había encontrado, me había parecido que iba a incorporarse en cualquier momento, sacudirse la sangre del tobillo y volver andando a la fiesta. No podía más que imaginar el aspecto que debía de tener antes de lanzarse al vacío. O lo que es lo mismo, no tenía pinta de llevar huyendo de su madre desde Navidades.
—¿Disponía de dinero propio? —pregunté—. ¿Algún fondo del que pudiera tirar, algo con lo que costearse los últimos seis meses?
—Tenía dinero propio. Al cumplir la mayoría de edad, pasó a percibir su primer diez por ciento.
—¿Puede usted saber en qué se lo gastó?
—Era suyo, así que... no.
—Pero tendrá los datos de la cuenta.
—Los tenía. Los de cuando se la pasé. Pero no sé qué haría después con ella.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Lo suficiente como para que tuviera solvencia, pero no tanto como para lamentarse si cometía un gran error.
Yo estaba allí porque le había hecho una foto a la hija muerta de Olivia Gravesend y luego la había vendido por mil dólares. Ese era un dinero que iba a usar, a pesar de los inesperados beneficios que obtendría de Jim. Nunca había tenido dinero de verdad. Estando casado con Juliette, había vivido lo bastante cerca de él para saber que nunca llegaría a entender situaciones de este tipo. Aquella sala, por ejemplo, con sus filas de escopetas sobre paredes revestidas de madera. Cada arma costaba como poco un año de alquiler de mi despacho.
—Señora Gravesend —dije—, perdóneme pero no sé qué significa eso. A mí me dolería perder el dinero que llevo ahora mismo en la cartera: quince dólares. Sé que lo suyo está a otro nivel. ¿Estamos hablando de cien mil, doscientos cincuenta mil...?
Me escudriñó, de los pies al cuello de la camisa, seguramente poniendo precio a todo lo que llevaba encima, que sería menos de lo que ella había pagado por su esmalte de uñas. Menos mal que guardaba ropa seca en el despacho.
—De veinte millones —contestó, levantando la mirada hacia las vigas de roble del techo mientras hacía el cálculo mental—. Redondeando por lo bajo.
—¿Eso era una décima parte de lo que le correspondía?
—Sí.
—¿Y el resto para cuándo?
—Para su trigésimo cumpleaños. Y eso era solo el comienzo. Cuando yo falleciera, heredaría todo mi patrimonio.
—¿Eso era irrevocable o lo podía enmendar usted?
—Yo podía hacer lo que quisiera. Y ella lo sabía.
—Por lo que a ella le interesaba no perderla de vista, estar a buenas con usted.
—Sin duda —dijo Olivia. Juntó los hombros y se abrazó—. Si es que eso era lo que quería...
Volví a mirar a mi alrededor. Decir que aquella casa estaba impecable era quedarse corto. El aire se filtraba y se limpiaba, y desprendía un olor antiséptico a eucalipto. Aparte de eso, aquella mansión era como un museo. Un pasillo largo albergaba los retratos de los apáticos antepasados de Olivia Gravesend, cada lienzo enmarcado en oro e iluminado desde abajo con un solo foco. En las placas de bronce figuraban las fechas de nacimiento y de defunción. A la entrada me había recibido un mayordomo. Iba algo desaliñado pero uniformado. Me había llevado por hectáreas y hectáreas de la vivienda hasta llegar a la sala de armas. Jamás se me habría ocurrido que allí pudiera vivir una sola persona, menos aún dos. Había objetos expuestos, como las pistolas de duelo, pero nada personal.
—¿Está usted casada, señora Gravesend?
—Lo he estado en alguna ocasión.
—¿Ahora?
—No —contestó—. Ni en los últimos cinco años.
—Entonces, podría decirse que Claire no tenía problemas con un padrastro...
—Podría decirse, sí.
—¿Y con su propio padre?
—No llegó a conocerlo y tampoco me preguntó nunca por él.
—¿Estuvo usted casada con él?
—No. Pero ¿eso qué tiene que ver?
—No sabe si su hija salía con alguien —respondí—. Por eso le pregunto por el resto de los hombres de su entorno.
Olivia contempló la chimenea con los ojos entornados.
—Porque para saber quién mató a una mujer —añadió ella—, se empieza por los hombres de su vida. Los más cercanos, que son los más sospechosos.
Asentí y se hizo un minuto de silencio, el menos incómodo de los que se habían producido hasta entonces, pero lo rompí con otra pregunta:
—Jim me ha dicho que han venido a verla hoy de la oficina del forense. ¿Alguien más?
—Nadie.
—¿Sabe la policía de San Francisco que su hija llevaba más de seis meses desaparecida?
—Ni se lo imaginan —contestó—. Salvo que ella llevara un diario en el bolso. —Había visto el bolso, claro. Salía en mi fotografía—. Pero eso lo puede averiguar usted, lo que saben realmente —continuó.
—Esa información no se divulga.
—Pero podría colarse en comisaría y robar el expediente. O sobornar a alguien. O encontrar a alguien de dentro con un punto débil y presionarlo hasta que se desmorone.
Entonces fui yo el que se preguntó qué le habría contado Jim de mí. Cuando trabajaba en su bufete, no era muy distinto del otro centenar de abogados de mi planta. Llevábamos trajes idénticos y los mismos zapatos de vestir impolutos. Cualquiera de nosotros podía recitar de memoria el Código de Conducta Profesional del estado de California. Nuestro único delito eran nuestras tarifas. Yo aún no me había comprado mi Smith and Wesson, ni sabía propinar un puñetazo en la cara a un hombre sin romperme todos los dedos con sus dientes. Hasta que mi mundo se desmoronó, Jim no comprendió mi verdadera utilidad. Yo no estaba tan limpio como mis zapatos. Lucir un traje no iba conmigo. Me despidió, pero me acompañó él mismo a la calle. Que estaba sucio, dijo, a voz en grito. Que era una vergüenza para el bufete. Que no estaba hecho para un despacho de esa categoría. Que, de hecho, no era mejor que mi padre, que como todo el mundo sabía, se había podrido en la cárcel por intentar colar un cheque sin fondos.
Pero cuando íbamos solos en el ascensor, me dijo que, si quería trabajar en las calles y en la sombra, aceptar mi verdadera naturaleza y ser un mero instrumento, podía llamarlo cuando quisiera. No sé lo que sentí, pero desde luego no fue gratitud. Para entonces lo había perdido todo salvo el concepto que tenía de mí mismo, e incluso eso empezaba a desintegrarse. Me creía un luchador, de esos que nunca salen corriendo, pero Jim me acompañaba a la salida y, cuando llegáramos allí, pensaba largarme.
Olivia Gravesend me observaba, esperando mi respuesta.
—Igual podría conseguir los archivos —dije. En realidad, era lógico pensar que me haría con ellos. Seguramente sería lo más sencillo del caso—. Eso subirá mis honorarios, por supuesto. Un poco o mucho, según lo que tenga que hacer.
—Pagaré lo que sea.
—¿Qué le hace pensar que le ocultan algo?
—¿Qué le hace pensar que no? Usted sabe cómo funcionan —dijo, e hizo una pausa lo bastante larga para que me diera tiempo a asentir—. La mayoría no trabaja para el ciudadano, se deja sobornar. Pero esperaba que cooperaran y trabajaran para mí. Me han mandado un becario con las fotos de mi hija. Un universitario. He llamado...
—¿A quién ha llamado?
—Al comisario. Al alcalde.
—¿Han hablado con usted?
Su carcajada sonó como una tos amarga.
—Me han estado dando largas. Me han tenido dejando recados a secretarias, hablando con recepcionistas. Están comunicándose más con la prensa que conmigo. Hace una hora ha sonado el teléfono y era una periodista. Llamaba para saber mi opinión, lo que pensaba acerca de que mi hija se hubiera suicidado.
—¿Qué cree que está pasando?
—No lo sé, Crowe. Pero tiene que ser algo de muy arriba. Si así es como me tratan, a Olivia Gravesend, «la zorra de hierro», que tiene comprados a la mitad de los cargos electos de este estado, el lío en el que se metió Claire, fuera lo que fuese, debió de ser gordo.
6
Pasé otros diez minutos hablando con la señora Gravesend en la sala de armas, luego ella tocó un timbre y el mayordomo vino a por mí. Me llevó por un pasillo de mármol y subimos una escalera hasta la puerta de la habitación de infancia de Claire. Movió el picaporte para que viera que estaba cerrada con llave.
—La limpiamos una vez después de que Claire se marchara en diciembre —dijo el anciano. Antes de atender al timbre debía de haber estado haciendo algo fuera, porque iba con abrigo y lo llevaba salpicado de lluvia—. Después de que llegara la primera carta, la señora Gravesend la cerró.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Pensó que Claire no iba a volver?
—No dijo eso.
Pero debió de considerar la posibilidad. Quizá tuviera otros motivos, pero había tomado medidas para preservar las pruebas. Aunque no era indicio de culpa, sí era raro. Debió de haber algo en las cartas de Claire que la inquietara más allá de lo que sus palabras pudiesen denotar.
—¿Conocía usted a Claire?
—Desde pequeña.
—¿Le ha sorprendido lo ocurrido?
—Por supuesto, señor.
—¿Por qué?
—A la gente como los Gravesend no deberían pasarles esas cosas, ¿no cree?
—¿A quiénes deberían pasarles?
—A nadie, señor. Pero es extraño que sucedan aquí.
—Lo es.
Sacó un llavero y, extendiendo todas las llaves en la palma de su mano, buscó la correcta y abrió la puerta. La empujó, pero no entró.
—¿Qué piensa usted? —pregunté—. ¿Cree que Claire se metió en algún lío?
—No me lo pareció en diciembre —contestó—, pero sabiendo lo que sé ahora, que huyó, que se tiró de una azotea, supongo que sí, que se metió en algún lío.
—Pero no tiene ni idea de en qué...
—No, señor.
—¿Ha leído las cartas?
—No, señor.
Entré en el dormitorio y encendí la luz. El mayordomo cerró la puerta.
Me planté delante del armario de casi tres metros y medio de alto, giré la llavecita de latón que habían dejado puesta en la cerradura y lo abrí. Estaba prácticamente vacío: Claire debía de haberse llevado a Boston su ropa favorita. Probablemente se llevó todo lo que le importaba: diarios y cartas; regalos de personas a las que quería y a las que no deseaba olvidar... Exploré de nuevo la estancia. Encima de la cama había colgado un Klimt firmado y con un marco vistoso. Dudaba que fuese una reproducción. En la estantería que había sobre su escritorio, tenía novelas que quizás hubiera leído para una clase de literatura del instituto: Tolstói, Austen, García Márquez... También había una colección considerable de libros de cubierta brumosa y letras de pan de oro. Aquel era el dormitorio de una adolescente. Pero en el tiempo transcurrido desde que se había marchado de casa, Claire se había convertido en una jovencita. En una persona distinta, quizá. Boston sería el lugar más interesante donde buscar.
Aun así, me volví hacia el armario vacío. Había unos cuantos uniformes escolares: blusas blancas, faldas tableadas y blazers azul marino. Hurgué en la ropa doblada de los cajones inferiores, pero no encontré nada. Calcetines de deporte emparejados y enrollados en una bola, braguitas de algodón, camisetas...
En el tocador a juego encontré media docena de lápices de labios cuyos colores abarcaban un rango limitado entre el rosa coral y el rojo sangre. Había un frasco casi vacío de Dead Sexy, con una calavera y unos huesos cruzados estampados en el frontal. En dos de los cajoncitos había una colección de delineadores de cejas y diversos útiles de acicalamiento chapados en oro: cortaúñas, pinzas y tijeras. Encontré un cepillo de pelo y, al sostenerlo hacia la luz, vi un pelo rubio atrapado entre sus cerdas. Se lo había arrancado de raíz. Podría resultarme útil. Saqué de la cartera un tique de compra y envolví el pelo rubio con él, luego lo metí detrás de una tarjeta de crédito cuyo límite ya había superado. Lo guardaría ahí por si lo necesitaba.
Del resto de la habitación no saqué nada y cuanto menos hallaba, más buscaba. Levanté el colchón y miré debajo del somier; saqué todos los cajones por completo y los examiné por debajo. Descorrí las cortinas y me asomé a la ventana, pero no había escapatoria por allí, solo una buena caída al mar.
Si Claire hubiera querido suicidarse tirándose por una ventana, no le habría hecho falta irse a los apartamentos Refugio, en pleno Tenderloin. Le habría bastado con volver a casa.
—¿Señor...? —Me aparté de la ventana y vi al mayordomo en el umbral de la puerta, mirando fijamente el colchón volcado y los cajones apilados en el suelo—. Si ha terminado aquí, el chófer del señor Gardner lo llevará de vuelta a la ciudad.
Me había olvidado del chófer. Miré la hora y comprobé que ya era casi medianoche.
—La señora Gravesend me ha dicho que iba a darme unas cartas de Claire.
—Ya están en el vehículo del señor Gardner.
—¿Son copias u originales?
—Originales, señor.
—¿Cuándo podré ver la casa de Boston?
—Tendrá que preguntárselo a la señora Gravesend, señor.
—Eso voy a hacer —dije. Enfilé el pasillo pasando por delante de él—. ¿Sigue en la sala de armas?
—No, señor —contestó el mayordomo—. Me temo que ha salido.
—¿Por los preparativos del funeral?
El mayordomo contestó mirándose los zapatos.
—Creo que ha ido a la misión del Carmelo.
—Entiendo —manifesté, dirigiéndome a las escaleras. Al ver que el hombre me seguía, añadí con un manotazo al aire—: No se moleste... Sé por dónde ir.
—No me cabe duda —replicó, pero fue pisándome los talones hasta la puerta.
De vuelta en el Range Rover, encendí la luz del techo y abrí el paquete que Olivia me había dejado dentro. Encontré un sobre con las llaves de la casa de Boston. La dirección de Beacon Street estaba escrita en la solapa del reverso. Entendí que podía ir cuando quisiera. Luego, vi las seis cartas breves de Claire. Las había escrito en un papel blanco ordinario y siempre con el mismo bolígrafo, me pareció, probablemente todas de una sentada para ir enviándolas después a lo largo de los seis meses. Olivia podía confirmar si era su letra, pero eso no significaba que su hija hubiera escrito las cartas voluntariamente. Podía haberlo hecho al dictado, con una pistola clavada entre los omóplatos.
En cualquier caso, la primera carta era exactamente como la había descrito Olivia Gravesend.
Madre:
Voy a dejar los estudios un tiempo. Siempre puedo volver después. Lo que tengo que hacer ahora no puede esperar. No te preocupes por mí. No llames a la policía. Sé cuidarme sola; tú me has enseñado a hacerlo.
Claire
Las cinco siguientes eran variantes de la primera. «No te preocupes, madre, lo tengo todo bajo control. Debo hacer esto y luego seguiré por donde lo había dejado». Y en la última, la de hacía una semana, insinuaba que ya casi había terminado, que casi había logrado lo que anduviera buscando. «Dos días —escribió—. Quizá tres».
Las misivas eran anodinas. No había miedo en ellas. Apenas contenían información. De haberlas escrito en los años cincuenta, yo habría llegado a la conclusión de que estaba embarazada, se había refugiado en un hogar para madres solteras y volvería en nueve o diez meses. Seguía siendo una posibilidad. Claire estaba sometida a presiones en las que la mayoría de las jóvenes de su tiempo no tenían que pensar. Su madre podía privarla de ciento ochenta millones de dólares por cualquier motivo.
Pero yo había visto a Claire. A lo mejor no fui la última persona que la vio con vida, pero sí el último que la tocó cuando aún estaba caliente. No estaba embarazada de seis meses, con lo que no habría tenido sentido que faltara un semestre entero a clase para abortar.
El asunto del que había estado ocupándose no debía de ser un embarazo imprevisto. Pero podía ser algo de ese tipo. Un novio problemático. Una boda rápida con su luna de miel disparatada. Aunque me costaba imaginar que cualquiera de esos escenarios pudiera culminar con un salto al vacío desde la azotea de un edificio del Tenderloin. Lo único que encajaba en el estilo de vida de Claire era el Rolls y por lo visto no era más que una insólita coincidencia.
Me quedé dormido en algún lugar al norte de Salinas y no me desperté hasta que el chófer se detuvo despacio y tocó el claxon. Miré por la ventanilla y distinguí los escalones que conducían a mi despacho. Pensé en golpear con los nudillos el cristal de seguridad y pedirle que me llevara a mi apartamento de Chinatown, pero al pobre ya se le había alargado bastante la noche. Tendría que madrugar para llevar a Jim al juicio. Así que bajé y pasé por encima de un vagabundo dormido en el primer escalón. Llevaba tiras de esparadrapo blanco en los dos antebrazos, como si lo único que le quedara por vender fuese su propia sangre. Al verlo, pensé de nuevo en Claire y en lo profundo que había caído. Al menos el tipo de mis escalones aún estaba por encima del suelo.
7
Una vez arriba, metí las cartas de Claire en la caja fuerte y me guardé sus llaves en el bolsillo. La única plaza que quedaba para Boston era en primera, pero a Olivia Gravesend no le pareció mal. El vuelo salía a las ocho, con lo que disponía de cuatro horas y media.
Supuse que podía dormir durante el viaje y comprar lo que necesitara una vez allí. Para matar el tiempo, hice lo que me había acostumbrado a llevar a cabo esa primavera. Salí a pasear por Turk Street, adentrándome en el Tenderloin. Pero en vez de ir al Westchester, esa vez me dirigí al Refugio.
La acera de la fachada principal estaba despejada. No quedaba nada de esa mañana, salvo unos trozos de cristal del parabrisas. El del mono de esquí se había ido. En la esquina, había un coche aparcado bajo una farola en penumbra. Un hombre se asomaba por la ventanilla abierta, haciendo algún trapicheo. Por lo demás, la calle estaba desierta.
Como esperaba, encontré cerrado el portal del Refugio, lo mismo que los de todos los bloques de apartamentos del Tenderloin. Solo podía accederse a ellos por el portero automático. No sabía el código, pero tenía algo igual de bueno. La policía entraba y salía de allí todas las noches. No podían aprenderse los códigos de todos los edificios de Turk Street, por lo que manipulaban los timbres con una frecuencia determinada de sus radios de bolsillo. Yo no tenía una radio policial, pero disponía de móvil. Lo saqué, reproduje la frecuencia pregrabada de la policía de San Francisco y vi que el pilotito rojo se ponía verde. Entré.
El vestíbulo estaba lo bastante oscuro como para encender la linterna de mi móvil. Vi un mostrador, pero dudaba que allí hubiera recepcionista ni siquiera de día. Detrás, el suelo estaba sembrado de jeringuillas, trocitos de tubo quirúrgico, bolsitas de papel encerado y vómito seco.
Encontré la zona del correo. Ninguno de los buzones tenía nombre, así que no me quedé mucho. Los dos ascensores estaban estropeados, claro que tampoco me habría metido en el ascensor de un edificio así. Vi la escalera y empecé a subir, sirviéndome de la linterna del móvil para sortear el reguero de jeringuillas, botellas de alcohol y bultos difíciles de identificar. Costaba imaginar a alguien como Claire Gravesend subiendo aquellas escaleras sin dar media vuelta de inmediato. Pero tuvo que hacerlo, así que empecé a pensar en un modo de limitar la búsqueda.
Claire había impactado en el coche con fuerza suficiente como para abollarlo, y eso que el Wraith era robusto como un tanque. O pesaba mucho más de lo que parecía o había dispuesto de espacio vertical para acelerar hasta que su cuerpecito había ganado potencia. Por eso ignoré las siete primeras plantas y empecé por la octava. Salí de la escalera a un pasillo ancho que recorría anguloso todo el perímetro del edificio. Si la joven había saltado por la ventana de uno de los apartamentos, tenía que haber sido uno de la esquina de la derecha. Había una rendija ancha bajo la puerta del 801, pero estaba a oscuras. Me había colado en el edificio y no me apetecía nada tener que dar explicaciones a la policía, así que subí, piso por piso, hasta que divisé luz por debajo de la puerta del 1201.
Llamé con un solo nudillo. Toc, toc. Aguardé diez segundos y repetí. No esperaba nada, la verdad, pero entonces oí una vocecilla al otro lado de la puerta.
—¿Sí?
—Señora —dije con la voz más agradable de que fui capaz después del día que llevaba—, me gustaría hablar con usted de lo ocurrido esta madrugada.
Se abrió la puerta hasta que la cadena la detuvo en seco. Me encontré de pronto frente a una anciana de unos ochenta o noventa años en silla de ruedas, lo que seguramente significaba que no había salido de su apartamento desde que se habían estropeado los ascensores, algo que podía haber ocurrido hacía años.
—¿Se ha enterado de lo de la joven que ha caído a la calle esta madrugada?
—La he visto por mi ventana.
—¿La ha visto caer?
—No, la he visto después.
—¿Y qué es lo que ha visto?
—Que estaba encima de un coche. Ha venido un hombre y le ha tocado el cuello. Luego, le ha tomado unas fotos.
No tendría que haberme preocupado que hubiera testigos de mis actos. Las propias fotos demostraban que yo me la había encontrado antes que nadie y que no había hecho nada.
—¿La ha oído estamparse contra el coche?
—Un estruendo muy fuerte... Me ha despertado —contestó—. Pero me ha costado salir de la cama y llegar a la ventana —añadió, señalando su silla de ruedas.
—¿Ha oído algo antes del estruendo? —le pregunté—. ¿Una discusión, voces o algo así?
—Estaba dormida.
—Cierto —asentí. Solo me quedaba una pregunta por hacerle—. ¿Ha venido a verla la policía esta mañana?
—Les he contado lo mismo que a usted —respondió—. Han querido entrar en casa y me han enseñado las placas, por eso les he dejado.
—¿Ha oído algo más después?
—No.
—¿Nada de jaleo arriba o abajo? ¿Alguna detención?
—Nada.
Cuando se disponía a cerrar la puerta, se me ocurrió una última cosa. Puse la mano en el marco y la detuve.
—Señora, ¿le ha preguntado la policía cuánto tiempo llevan estropeados los ascensores?
—No.
—Podría hacer unas llamadas por usted —le dije—. A Sanidad, a Urbanismo...
—Ni se le ocurra —susurró furiosa, dejando ver sus dientecitos afilados—. Si causo problemas, me pondrán en la calle. Y si me quedo sin este apartamento, ¿adónde voy a ir?
—De acuerdo —contesté, y volví a darle las gracias.
Seguí adelante y, a continuación, eché un vistazo a los dos apartamentos de encima del suyo. Ambos estaban a oscuras. Regresé a la escalera y subí el último tramo hasta la azotea. La puerta de acceso tendría que haber estado cerrada con llave, pero habían reventado la cerradura hacía tiempo. Posé la mano en el metal y noté la arenilla fina del revelador de huellas. La policía estaba en todo. Abrí la puerta de un empujón y de pronto me libré del hedor y salí a la lluvia, sin nada encima más que el cielo.
Crucé la gravilla hasta la balaustrada de ladrillo por la cintura y me situé donde habría estado Claire si se hubiera tirado de la azotea y no por una ventana. El Refugio era cinco plantas más alto que cualquier otro edificio de la zona, con lo que me vi contemplando Turk Street y las azoteas de una decena de bloques de apartamentos y hostales.
No sé qué esperaba encontrar allí. Aunque Claire hubiera dejado una nota en la barandilla, ya la habría descubierto la policía esa mañana. Me pregunté si debía volver y aporrear las puertas de todos los apartamentos esquineros. Es lo que haría si fuera policía. Pero no iba a encontrar nada que ellos no hubieran investigado ya, e igual me detenían por hacerlo.
Lo que necesitaba eran las diligencias policiales y el informe forense. Miré la hora. Había tiempo de sobra. Podía conseguir que me enviaran la documentación por correo electrónico y leerla en el avión.
8
Si alguna vez uno contrata a un investigador privado, antes de quejarse de sus honorarios debe pensar que la mayor parte de su dinero lo invierte en un techo que lo cobije. Además, las fuentes solo aceptan dinero contante y un investigador, al menos uno bueno, tiene ojos en todas partes. En cuanto uno se descuida se ha gastado un dineral y los sobornos no son precisamente deducibles.
Uno de mis primeros descubrimientos en materia de control de gastos fue el turno de noche. Los trabajadores nocturnos o perciben menos riesgo o tienen menos que perder. En todo caso, sus nóminas no son equiparables a las de sus homólogos diurnos y suele entusiasmarlos más un trabajillo extra o un plus económico. Lo que quiero decir es que tenía el palacio de Justicia de Bryant Street bien cubierto después del anochecer.
Mi acceso secreto a la unidad de homicidios era un empleado de la limpieza que solía deambular por la sexta planta en torno a las tres de la madrugada. Elijah iba de despacho en despacho, empujando un cubo de basura con ruedas y una mopa por el laberinto de cubículos. Cuando nadie lo veía, era asombrosamente rápido con la cámara del móvil. En la oficina del forense tenía a Cynthia Green. Como encargada de custodiar los registros, disponía de espacio propio y de acceso al escáner.
Aún estaba en la azotea del Refugio cuando saqué el móvil y empecé a mandar mensajes. Le pedí a Cynthia todo lo que hubiera de Claire Gravesend y a Elijah lo que encontrara de la joven que se había tirado de los apartamentos Refugio y había aterrizado en un Rolls Royce Wraith la madrugada anterior. Los dos me contestaron antes de que llegara a la planta baja que me conseguirían lo que pudieran.
Fui a Union Square, donde podía encontrarse algo de comer a cualquier hora. Me senté a la barra del Pinecrest Diner y me tomé tranquilamente cuatro cafés y una tortilla Denver. El tipo sentado a mi lado se marchó enseguida y dejó allí el periódico. Lo agarré, pero lo solté en cuanto comprobé que era antiguo. Lo podía mirar en el móvil.
En la página web del Chronicle no había nada sobre Lorca, y a mí me parecía genial. Si aquel suceso moría en un rincón, yo mandaría flores. En cambio, sí había un artículo sobre Claire Gravesend, con una foto que no había hecho yo: dos agentes de policía flanqueando a un inspector de paisano, los tres saliendo del Refugio. Llevaban guantes de látex y unas mascarillas que ya se habían apartado de la cara. En el pie de foto se identificaba al inspector como Frank Chang. El artículo no contaba nada que yo no supiera ya: que una joven heredera posiblemente se había suicidado tirándose de la azotea de un edificio de viviendas y se había estampado contra un coche de lujo aparcado en la acera. La policía no había dado declaraciones y en el momento de redactar la noticia el informe forense aún no se había hecho público.
Le mandé un mensaje a Elijah, que seguramente estaba a punto de terminar su ronda por Homicidios: «Mira en la mesa de Frank Chang, que es quien lleva el caso».
Comparado con Elijah, Cynthia Green lo tenía fácil en el despacho de la forense: desde la tranquilidad de su propio puesto de trabajo, trataba de localizar un archivo alfabetizado en un sistema que gestionaba ella misma. Elijah buscaba notas tomadas por múltiples agentes en una investigación en curso. Hurgaba en las bandejas de documentos y en los escritorios de los inspectores. Lo que necesitaba no iba a estar en un solo sitio porque la investigación acababa de empezar. En las primeras veinticuatro horas, los documentos y las notas se encontraban esparcidos por todo el departamento. Estaban en las libretas de los agentes, en el salpicadero de un coche patrulla o en la cabeza de algún poli que aún no había tenido tiempo de anotarlo. Crucé los dedos para que algo se hubiera filtrado ya al inspector Chang y Elijah lo encontrara.
Guardé el teléfono y pagué la cuenta.
Busqué un taxi y me dirigí al aeropuerto. A medio camino, empezó a llegarme un correo electrónico detrás de otro. Elijah y Cynthia tenían resultados.
Junto a la puerta de embarque, empecé a tomarme el quinto café mientras repasaba por segunda vez las imágenes de Elijah. Había hecho fotos de todos los documentos de la bandeja del inspector y estaba claro que Chang era un hombre ocupado: un informe de balística de un tiroteo sin resolver en Valencia, la declaración de un testigo del mismo tiroteo, una citación para declarar en lo que parecía un caso de derechos civiles contra uno de los agentes de Chang, una carta manuscrita de un preso de Folsom que aseguraba conocer al asesino de un golpe cometido en North Beach en el año 1977 y, enterradas en todo aquello, dos páginas de anotaciones manuscritas del sargento Luke Gifford sobre los resultados de una expedición puerta por puerta en el Refugio.
Como yo, la policía se había centrado en las viviendas esquineras del lado derecho del edificio. A diferencia de mí, el sargento Gifford había entrado en todas ellas, de la 201 a la 1401. Iba acompañado del conserje del edificio, que le había franqueado todas las puertas que no habían abierto sus inquilinos. El registro de Gifford no se ajustaba a la Cuarta Enmienda, pero eso daba un poco igual. No había encontrado nada, con lo que no había pruebas que invalidar.
Sus anotaciones me abrían las puertas que me había encontrado cerradas esa mañana.
El 201: Estelle Ramírez. Testigo. Me enseña el carné de identidad y me invita a pasar. Le pide al conserje que se quede fuera. Camas improvisadas en el suelo. Seis niños en un dormitorio. Todos oyeron el estrépito, pero ninguno se asomó. Supusieron que habían chocado dos coches. No sabe la hora exacta; no tienen relojes. Nunca habían visto a la víctima en el edificio. La testigo accede al registro, nada de interés.
El 301: vacío desde abril. El conserje abre la puerta. El anterior inquilino se dejó dentro la basura. Nido de ratas debajo del fregadero. Ningún artículo de la víctima.
El 401: abre la puerta Simone Anderson. El conserje dice que la testigo es la inquilina y que tiene diecinueve años. Moratones en el cuello, en la cara... No son recientes. El conserje le dice que hay que registrar su apartamento. Nos deja pasar. Un colchón en el dormitorio. Ventana tapada con cartones. La testigo dice que trabaja por las noches y tiene que evitar la luz. Nunca ha visto a la víctima ni en el edificio ni por el barrio. Estuvo fuera hasta las ocho de la mañana. No vive nadie más en ese apartamento ni lo usa otra persona. El conserje lo confirma. La testigo accede al registro: nada.
Las anotaciones de Gifford seguían, diez plantas y diez apartamentos más. La anciana de la silla de ruedas del 1201 se llamaba Leola Cummings. Si el sargento reparó en que era una prisionera forzosa, no lo anotó. Pero tampoco se lo reprochaba. Antes de llegar a Leola, había pasado por otros once apartamentos igual de malos. Gifford también había inspeccionado la azotea y había observado que la puerta no estaba cerrada. Los de la Científica habían buscado huellas por todo el edificio.
En la azotea, junto a la balaustrada a la que Claire se habría subido para tirarse, Gifford había encontrado una botella de Seagram’s 7, que había metido en una bolsa para mandarla al laboratorio. Si en la botella había huellas o ADN de la víctima, tendrían una primera línea de investigación. No serviría para demostrar ni descartar nada, pero sería un comienzo.
Aparte de la botella, Gifford no había recogido ninguna otra prueba del Refugio. Y salvo por la botella no había encontrado nada, ni en ningún apartamento ni en la azotea, que pudiera relacionarse con Claire. Aún no había llegado a una conclusión al respecto cuando me topé con el informe preliminar de la autopsia. Las diez primeras páginas eran fotografías. Al llegar a la segunda, ya me había olvidado por completo del sargento Gifford y de su registro.
Durante cinco minutos, me limité a mirar las fotos. Cuando los miembros de la compañía aérea anunciaron por megafonía el embarque prioritario, me aparté de la cola de pasajeros y me fui al fondo de la sala. No me apetecía que mis compañeros de vuelo oyeran aquella conversación.
—¿La he despertado? —pregunté cuando contestó.
—¿Es Crowe?
—Sí.
—Tiene novedades.
—El inspector a cargo de la investigación es un tipo llamado Frank Chang...
—Eso ya lo he visto en el periódico.
—Y tengo las anotaciones de su agente durante el registro puerta por puerta del Refugio, además de toda la documentación que había en la bandeja de su escritorio —añadí—. Hago algo más que leer la prensa. Y se lo digo por una cosa: seguramente irá a verla hoy. Está en un callejón sin salida. Su próximo paso más lógico es visitar a alguien que conociera a la víctima.
—Entiendo.
—¿Le va a hablar de las cartas de Claire?
—Por supuesto que no.
—Son la mejor pista del caso.
—Y por eso se las he dado a usted, Crowe.
—Él cuenta con recursos que yo no tengo —dije—. Laboratorios forenses, bases de datos de ADN y huellas, expertos en documentación...
—Lo que él tenga usted lo puede comprar.
El otro cliente de Jim, el ciudadano respetable conocido en otros ámbitos como Lorca, también me había dado carta blanca en mis actividades investigadoras. La estancia en el Westchester no me había salido tan cara, pero había encontrado otras formas de inflar la factura. Cuando todo acabara, iba a tener que acostumbrarme otra vez a la gente normal.
—De acuerdo —precisé.
—¿Algo más?
—Sí, dispongo de una copia del informe preliminar de la autopsia.
—Mándemela.
Si lo que había sido capaz de conseguir en menos de cinco horas la había impresionado, lo disimuló bien.
—Contiene fotografías, muy fuertes... —la advertí—, incluida una de la espalda.
—Desnuda, deduzco.
—¿De qué son esas cicatrices, señora Gravesend? Las fotos son muy claras.
Se hizo un largo silencio. Por megafonía, la azafata anunció el embarque del resto de los pasajeros para Boston.
—No son asunto suyo —me contestó—. Las tuvo siempre. Y a ella no le preocupaban. Ni le dolían. Ni la avergonzaban. Era una joven hermosa con muchas razones para vivir. Y estoy convencida, de corazón, de que lo sabía.
—No puedo hacer mi trabajo si no es sincera conmigo.
—Claire no se tiró de ese edificio —soltó Olivia—. No siga esa línea de investigación, ni por un segundo. Así que, salvo que crea que alguien la empujó por la ventana porque no le gustaba su espalda, esas cicatrices carecen de importancia.
—¿De qué eran? ¿De alguna intervención quirúrgica?
—No son de su incumbencia, Crowe —respondió, deteniéndose en cada palabra para darle más énfasis.
—¿Estaba enferma?
—Estaba tan sana como se la veía en su condenada fotografía. Y enhorabuena: la revista a la que se la vendió la ha cedido a todas las webs de noticias de internet habidas y por haber. Espero que saque tajada.
Esa posibilidad se contemplaba en una cláusula de cesión de la página tres, pero por una vez, el dinero no era lo que más me importaba.
—Si hay antecedentes de abusos, necesito saberlo ahora.
—Bajo mi techo, jamás.
—Dejó la universidad y desapareció seis meses. ¿Qué buscaba?
—Ya se lo he dicho —replicó—: no lo sé.
—Cuando vaya a verla el inspector Chang, le preguntará por las cicatrices y no va a poder quedarse sentada en su sala de armas fingiendo no haberlo oído. Necesitará una respuesta mejor.
—Lo tendré en cuenta —puntualizó—. ¿Algo más?
—No.
Hubo otro aviso por megafonía: la última llamada para mi vuelo. Crucé la sala ya desierta y le entregué mi tarjeta de embarque a la azafata.
—Deduzco que está en el aeropuerto —manifestó Olivia.
—Volveré a llamarla desde Boston.
—Por favor —dijo—. Y mándeme los documentos.
Colgó.
Enfilé la pasarela que conducía al avión y busqué mi asiento en primera. Llevaba todo el día usando el móvil y me estaba quedando sin batería. Restaba lo justo para enviarle a Olivia los informes por correo electrónico, luego se fundió. Me daba igual. Podía comprar un cargador en Boston y durante el vuelo solo necesitaba pensar. Y dormir.
Acepté el zumo de naranja que me ofrecía la azafata y me estiré en el asiento. Retiraron la pasarela de embarque. Cerré los ojos y vi a Claire Gravesend sobre el coche aplastado, con la lluvia encharcándose a su alrededor. En la mesa de autopsias, de acero inoxidable, despojada de su vestido, de sus joyas y de la dignidad que había logrado conservar hasta entonces. En la primera de las fotografías de la forense, estaba boca arriba. En la segunda, le habían dado la vuelta. Tenía una herida roja y profunda en la cabeza y otra aún mayor en las nalgas, que debían de haber golpeado el automóvil primero. Esas eran las únicas lesiones recientes y ninguna de ellas me sorprendió.
Lo que no me esperaba eran las cicatrices. Nunca había visto nada parecido.
A ambos lados de la columna, desde la base del cuello hasta la zona lumbar, donde la goma de las braguitas casi las habría ocultado, había conjuntos idénticos de antiguas heridas. Un par por cada vértebra. Las cicatrices eran círculos casi perfectos. Unas del tamaño de un dólar de plata y otras no mayores que un centavo. En la cresta de cada una de las caderas, había círculos menores, y un despliegue de puntitos más pequeños se esparcía como alas extendidas por ambos omóplatos.
Todas las heridas estaban perfectamente situadas y realzaban la simetría bilateral de su cuerpo. Podía haber sido una especie de obra de arte corporal, una escarificación en vez de un tatuaje, pero las cicatrices no eran precisamente hermosas, sino abultamientos feos, arrugados y sonrosados. Costaba imaginar que una marca así procediera de una sola herida. Alguien debía de haberle hecho esos cortes uno detrás de otro.
Y según Olivia Gravesend, Claire los había llevado toda la vida.
9
Desperté cuando sobrevolábamos algún lugar del Medio Oeste. El avión sorteaba una tormenta, había turbulencias y yo estaba pensando en el agente White. No me había dejado nada olvidado en el Westchester, de eso estaba seguro, pero cabía la posibilidad de que White me viera por el barrio. Quizás encontrara a algún huésped del hotel dispuesto a identificarme como el hombre que había pasado cinco semanas en la sexta planta. Si se le ocurría registrar la habitación que había ocupado, no encontraría nada. Si conseguía una orden de registro de mi apartamento o de mi despacho, tampoco encontraría nada. Había tirado todo el material de vigilancia y todas las tarjetas de memoria a un contenedor del Tenderloin.
A esas alturas, probablemente ya le habrían apretado las tuercas a DeCanza. Quizá se habían enterado de lo del móvil y el whisky. El teléfono era de segunda mano, pagado en efectivo. Como comprar un arma en la calle. No iban a rastrear el número de serie para localizar la tienda y luego pillar mi jeta en una cámara de seguridad. Por otro lado, White no parecía de los que se rinden. No vas tras un tipo como Lorca si eres de los que se dejan vencer por las dificultades.
Había subido al avión con la esperanza de dormir un poco y al aterrizar apenas había pegado ojo.
Ya era media tarde cuando cogí un taxi. No había reservado habitación en ningún hotel, ni tenía vuelo de vuelta, ni planes de ninguna clase. Lo más cerca que había estado de Boston había sido en un viaje a Washington D. C. que habíamos hecho con el colegio.
Cuando compraba el billete la noche anterior, había echado un vistazo a un mapa de la ciudad para orientarme un poco. Me situé enseguida. Entramos por un túnel, salimos a un laberinto de callejuelas y, a los quince minutos, el taxista giró hacia Beacon. A la izquierda, teníamos el parque Common y, a la derecha, una fila de adosados de ladrillo y piedra roja, algunos con jardineras bajo las ventanas y unos cuantos con la Betsy Ross, una de las primeras versiones de la bandera nacional, en mástiles que la hacían sobresalir hacia la acera. Habría apostado a que todas aquellas casas costaban diez veces más de lo que yo ganaría el resto de mi vida.
Vi River Street al fondo. Estábamos a un centenar de metros de la casa de Claire.
—Aquí mismo está bien —dije.
El taxista se acercó a la acera y detuvo el vehículo. En cuanto le pagué, bajé y crucé al lado del parque. Caminé la última manzana y media hasta la residencia de los Gravesend en Boston y me quedé a la sombra de un arce para echar un vistazo a la finca. Casi todas las casas de aquella zona de Beacon eran de ladrillo rojo, pero la de los Gravesend estaba hecha de suave piedra gris y la fachada principal se curvaba suavemente como la caja de un violín. La puerta de entrada estaba por encima del nivel de la acera y se llegaba a ella mediante unos escalones. La vivienda tenía cinco plantas y un tejado de pizarra. Podría haber sido el consulado de algún pequeño principado europeo. Un país con dinero para malgastar: Mónaco, San Marino...
Las ventanas no estaban tapadas: no había persianas ni cortinas. Tampoco había luces encendidas en el interior, pero sí unos farolillos de latón bruñido a ambos lados de la puerta, en cada uno de los cuales titilaba suavemente una llama de gas. Volví al cruce y pasé a Beacon. En vez de subir los escalones que conducían a la puerta de Claire, me dirigí a la de sus vecinos de al lado. Toqué el timbre y esperé. No tenía otra cosa que hacer. A los dos minutos, volví a llamar. La segunda vez se abrió la puerta y apareció una joven. Llevaba en brazos a un bebé desnudo, envuelto en una toalla. El pelo pegado de la criatura chorreaba agua.
—Perdone —dijo—, no podía abrir.
—No pretendía molestarla —contesté yo—. Me llamo Lee Crowe y necesito hacerle unas preguntas.
Le enseñé mi carné de investigador privado, que no era otra cosa que una tarjetita verde claro con mi nombre y mi número de registro que el sello del estado de California hacía parecer oficial. La había plastificado en una copistería y la llevaba en una funda de piel con una foto a la izquierda que le daba aún mejor aspecto.
—Mire —dijo la mujer mientras el bebé se retorcía contra su pecho, escondiendo la cara en su cuello—, esta no es mi casa. Solo trabajo aquí, así que...
—No tiene nada que ver con usted, ni con él —manifesté—. Trabajo para la dueña de la casa de al lado —añadí, señalando la vivienda contigua—. La señora Gravesend.
—¿Se refiere a Claire?
—¿La ha visto por aquí recientemente?
—Ayer —contestó.
«Ayer». Claire había muerto, en la otra punta del país. Disimulé mi sorpresa.
—No lo entiendo —dije.
—Yo estaba allí arriba. —Como sostenía al niño con los dos brazos, no podía señalar. Alzó la vista. Seguí sus ojos hasta un mirador con tres ventanas en la tercera planta de la vivienda de su empleadora—. Sentada junto a la ventana. Y Claire subió los escalones y llamó con los nudillos a su propia puerta. Y luego la aporreó, dándole palmadas fuertes con ambas manos. Esperó cinco minutos y después cruzó la calle.
Seguí sus ojos por segunda vez. Miraba el arce bajo el que yo me había cobijado antes.
—¿Y entonces...?
—Yo no estaba muy atenta, la verdad. Estaba meciendo al niño. La vi ahí un rato y de pronto se había esfumado. Pensé que igual se había dejado las llaves dentro.
—¿A qué hora fue eso? —pregunté.
—No sé. Ayer por la tarde. Antes de las seis, porque yo aún estaba aquí. A las seis hago un descanso para cenar —dijo. Se quedó pensativa, con el rostro tenso—. ¿Le ha pasado algo? ¿Por qué me pregunta por ella?
—¿Seguro que era Claire?
—A ver... sí.
—¿La conoce bien? —pregunté.
—No mucho —respondió. Se pasó al niño a la cadera y empezó a botarlo—. Pero hablábamos de vez en cuando. Y ayer, cuando llamaba a su puerta, llevaba el pelo recogido, como en un moño, así que le vi las cicatrices de la nuca.
—¿Unas cicatrices redondas?
—Sí.
—¿Alguna vez le dijo Claire de qué eran?
—¿No ha comentado antes que trabajaba para ella...?
—Trabajo para su madre —contesté—. ¿Le contó alguna vez de qué eran las cicatrices?
—No la conocía mucho —respondió, retirándose hacia el interior de la casa—. No soy quién para meterme en sus asuntos. No debería haberle contado nada.
Agarró la puerta y, al verme alargar la mano, la cerró de golpe enseguida. La oí echar los cerrojos.
—Gracias por su tiempo —le dije a la puerta—. Se lo agradezco.
Fui a una tienda a comprar un cargador y una caja de guantes de látex, luego di un paseo por Beacon Hill. La canguro no tardaría en salir a cenar. Teniendo en cuenta cómo había terminado nuestra conversación, no quería que, apostada junto al mirador, me viera entrar en casa de Claire. Si nuestra charla la había hecho sospechar lo bastante como para buscar a Claire en Google, a saber qué sería capaz de hacer después.
Yo no sabía por dónde tirar, ni cómo interpretar lo que me había contado. No me había parecido que mintiera y prefería pensar que la confundía con otra persona. Pero cuando había mencionado las cicatrices de la nuca... Quizá se equivocaba de día. Lo que había visto podía haber ocurrido hacía dos días, en cuyo caso a Claire le habría dado tiempo a coger el último vuelo a San Francisco. Habría llegado poco después de las diez de la noche y habría dispuesto de seis horas para merodear por el Tenderloin hasta encontrar el Refugio. Al menos eso era factible. La única alternativa era del todo improbable: que horas después de que muriera Claire alguien anduviera por Boston haciéndose pasar por ella.
Deambulé por un callejón estrecho de casas más pequeñas. Cocheras, quizás, o dependencias del servicio. Traté de imaginar cómo habría sido la vida de Claire en aquella ciudad. Había llegado con solo dieciocho años y, de pronto, se había convertido en la señora de una mansión de cinco plantas en Beacon Street. Veinte millones de dólares en el banco y nadie a quien dar cuentas. Era un milagro que hubiera aguantado tanto. Yo, con la misma edad y en esas circunstancias, a las dos semanas ya habría estado sin blanca, muerto o en la cárcel.
A las seis y media, volví a Beacon Street, me dirigí a la casa de Claire con la llave ya en la mano enguantada, abrí la inmensa puerta maciza de roble y entré. En cuanto cerré, desapareció el ruido de la calle. La luz de la claraboya iluminaba una pared de ladrillo de seis metros de alto que tenía delante. Un retrato del coronel Gravesend me miraba desde arriba. Tenía el pelo oscuro de Olivia y unas facciones finas y afiladas. Alargué el brazo para echar los cerrojos y luego bajé la vista. Habían encerado el suelo de madera, pero la superficie pulida estaba cubierta de una fina capa de polvo. Me arrodillé para quitarme los zapatos y quedarme en calcetines, y percibí en el aire un resto de perfume.
Empecé por abajo y fui subiendo. La casa entera se había remodelado por completo desde que el coronel la comprara o la mandara construir. El sótano era un salón-bar. Alfombra blanca, muebles tallados en arce claro. Unas puertas de cristal retráctiles conducían a un patio hundido, con una chimenea cubierta de enredadera y una mesa con bancos. Todo el exterior estaba construido con piedra natural, y unas losas gruesas como traviesas. Volví al interior, detrás de la barra. Los estantes del bar acogían bebidas alcohólicas de todo tipo. También estaba bien surtida la bodega, que encontré al levantar una trampilla que había detrás del minibar y bajar una escalera de roble hasta una gruta abovedada de ladrillo apenas iluminada. Todas las botellas estaban cubiertas de polvo. Saqué una al azar y dirigí la etiqueta hacia la luz del techo. Era un oporto de Vale do Douro, de 1922. La dejé en su sitio con cuidado. Habría un millar en aquella bodega y ni un solo hueco vacío en los botelleros. Claire debía de haber invertido su tiempo libre en desarrollar otras aficiones.
Hasta la cuarta planta, no hallé prueba alguna de que Claire hubiera vivido realmente en aquella casa. Las inferiores eran un museo, muy del estilo de la mansión de su madre en Carmel: cocina de catálogo, comedor formal, biblioteca con sala de billar, chimenea en todos los cuartos de invitados con leños de abedul apilados de forma artística en el hogar impoluto... Las camas estaban hechas, pero olían a moho.
En la cuarta planta, encontré el dormitorio de Claire. Su ropa estaba colgada en el armario y sus útiles de aseo se hallaban esparcidos por el baño. Lápices de labios de suave color carne, un desodorante transparente en barra, un frasquito de pastillas sin etiqueta con tres anfetaminas, único indicio, de momento, de que una verdadera estudiante universitaria hubiera habitado aquel lugar. Vi un frasco de perfume y lo cogí para oler el vaporizador. Era el mismo que había percibido al entrar en la casa.
Unas escaleras más estrechas y empinadas llevaban de la cuarta a la quinta planta, que sin duda había sido un desván antes de que lo transformaran en un loft iluminado por un tragaluz. Claire lo había convertido en su estudio. Había un escritorio en el centro, donde llegaba más luz solar. Las cuatro paredes estaban forradas de librerías que no vi repletas de volúmenes encuadernados en piel, impresos y adquiridos para su exposición, como los de la biblioteca de la segunda planta. Aquellos eran para leerlos y, a juzgar por sus lomos, los habían leído.
Según Olivia, Claire se estaba especializando en inglés, pero por lo visto, eso no era lo único que le interesaba. Recorrí la habitación, con la cabeza ladeada para poder visualizar los títulos: The Making of the Atomic Bomb; Darwin, A Life; The Feynman Lectures on Physics; The Second Creation... La colección revelaba una clara tendencia. En su vida privada, Claire se estaba especializando en física y genética.
Cogí un volumen de la estantería: A Crack in Creation. El autor era un profesor de Berkeley, pero nunca me había cruzado con él. Pertenecía al departamento de biología molecular y celular, y yo solo había pasado por allí gracias a una beca de boxeo. Lo hojeé rápidamente por si Claire había dejado alguna nota o había subrayado algún pasaje, pero si el texto le había suscitado algún comentario, lo había guardado para sí misma.
Devolví el libro a su sitio y me senté al escritorio, que tenía un cajón para lápices en el centro, con el típico surtido de bolígrafos, notas adhesivas y clips en una bandeja de plástico. Levanté la bandeja y encontré un sobre pegado al fondo. Lo despegué, lo saqué y lo abrí sobre el vade de piel. Salieron de él otra llave de latón de la casa y una más pequeña. En el sobre no ponía nada. Volví a meterlo debajo de la bandeja y me guardé las llaves en el bolsillo.
Abrí el cajón más grande y encontré un montón de cuadernos de rayas. Los saqué, los puse encima del vade y los conté. Treinta y cinco, de cien hojas cada uno, todas ellas llenas de esa delicada caligrafía que ya conocía de las cartas que Olivia me había entregado. Al parecer, en la era de las tabletas y los portátiles, la heredera tomaba sus apuntes a mano.
Miré la hora en mi reloj y luego eché un vistazo al tragaluz que tenía encima. Las nueve y por fin era de noche. Bajé cuatro tramos de escaleras. Había visto un paquete de café en la cocina y seguro que había un molinillo y una cafetera de émbolo en alguno de los armarios. Podía lavarlo todo, tirar los posos al triturador del fregadero y no quedaría ni rastro. Era importante porque en algún momento registrarían aquella casa. Cuando el inspector Chang supiera de su existencia, querría ir personalmente. Salvo que hubiera algún problema de presupuesto, la policía de San Francisco lo mandaría allí en un par de días.
Debía darme prisa en hacer lo mío.
Me desperté poco después de las tres de la mañana. Al principio, no sabía qué me había sacado de mi atontamiento, pero entonces mi móvil volvió a emitir su gorjeo. Me había quedado traspuesto en la silla de Claire y allí seguía. Incorporándome, aparté los cuadernos abiertos y agarré el teléfono. El gorjeo era un mensaje de texto, enviado por el sistema de alarma de mi casa.
Alerta de movimiento a las 12:21.
Tardé un instante en caer en la cuenta de que el sistema me avisaba con la hora de California, es decir, que me alertaba de algo que estaba sucediendo en ese preciso instante. Llegó un segundo mensaje: una fotografía, de la cámara de la cocina, que parecía una alarma de incendios, pero no lo era. Abrí la foto y vi a un hombre en el salón, junto a la puerta de mi dormitorio. No se le distinguía la cara. O la foto estaba borrosa o él llevaba una media en la cabeza. Sostenía un taladro inalámbrico y había dejado una bolsa negra al borde de mi sofá.
El agente White. Hijoputa.
No me cupo la menor duda de que estaba siendo testigo de un «trabajito de bolsa negra», al estilo federal. Si llevaba una media en la cabeza, White no tenía orden de registro, pero eso no le impedía ponerme escuchas en las paredes de mi apartamento. Estaba pensando en llamar a la policía de San Francisco para denunciar el allanamiento cuando oí un ruido abajo: la puerta de la calle que se abría y se volvía a cerrar. Fue rápido y silencioso, un clic y después otro. No lo habría escuchado si hubiera estado dormido.
Me acordé de los zapatos, que me había dejado en el recibidor, a medio metro de la puerta. La casa olía a café porque me había hecho tres cafeteras. Quienquiera que hubiese entrado o ya sabía que yo estaba dentro o era imbécil. Exploré la estancia en busca de un arma. Claire no tenía más que libros allí arriba. En el escritorio había bolígrafos, un par de adoquines que ella había reutilizado como sujetalibros, pero abajo, en su dormitorio de la cuarta planta, había algo mucho mejor. Me levanté y me moví con todo el sigilo del que fui capaz, bajando las escaleras de dos en dos con la esperanza de que no crujieran.
Entré en el cuarto de Claire, lo crucé hasta la chimenea y agarré el atizador. Entraba luz suficiente de la calle para ver el reloj. Habían pasado veinte segundos. Volví a la puerta, me pegué a la pared y agucé el oído.
Lo oí subir las escaleras: aunque sus pasos eran suaves, no se había quitado los zapatos. Llegó al descansillo de la cuarta planta y se detuvo. Si había estado vigilando desde la acera de enfrente, habría visto el resplandor de la lámpara de lectura por el tragaluz y, ya al pie de las escaleras que conducían a la quinta planta, la luz que venía de arriba. Si él subía, yo podría bajar sin que me viera.
Contuve la respiración hasta que lo escuché dirigirse al desván. Entonces salí con cuidado del dormitorio y esperé junto a las escaleras, con el atizador en la mano derecha. Vi una sombra, pero no al hombre. Me relajé. Lo tenía acorralado en el desván, con la casa entera, y la salida, a mi espalda. Además, yo tenía todo el derecho del mundo a estar allí. Mi clienta era la propietaria de la casa y me había proporcionado las llaves. Él, fuera quien fuese, no podía decir lo mismo.
Mientras dudaba de si darle una voz o no, a cuatro mil trescientos kilómetros de distancia, en San Francisco, el agente White decidió por mí. Debía de haber entrado en mi dormitorio en ese instante, a colocarme un segundo micrófono. Tenía otra cámara en forma de alarma de incendios sobre el armario, configurada para que me avisara si detectaba movimiento.
Me sonó el móvil en el bolsillo.
10
Titubeé, pero el intruso de la quinta planta no.
Se volvió y me atacó, levantando algo que llevaba en la mano derecha. No vio el atizador hasta que fue demasiado tarde. Se abalanzó directamente sobre él y el extremo ganchudo del utensilio le alcanzó la muñeca. Distinguí un destello de metal cuando un cuchillo de hoja corta salió disparado de su puño y cayó dando tumbos por las escaleras. Eso no lo frenó. Cambió de táctica. Me embistió el pecho con la cabeza, enroscando los brazos en mi cintura y empujando con las piernas. Caí de espaldas y él conmigo. Me habría partido el espinazo en las escaleras, pero pude girar en la caída y aterrizamos juntos de costado. Me soltó y, aun mientras resbalábamos por los escalones, me dio un puñetazo en la cara.
Llegamos al descansillo de la tercera planta. Intenté levantarme, pero me tumbó los brazos de un manotazo y me di con la barbilla en el suelo de madera. La punta de la lengua impidió que se me partieran los dientes. El tipo me puso boca arriba, se subió a horcajadas en mi pecho y me agarró del cuello. Yo tenía libre el brazo derecho. Me oí palmear el suelo, buscando a tientas el atizador.
—¿Quién más lo sabe? —Tenía la cara tan cerca de la mía que nuestras narices casi se tocaban, solo que yo no le veía la suya porque llevaba un pasamontañas negro. Hablaba en un susurro ronco—. ¿A quién se lo ha contado?
Aunque hubiera entendido su pregunta, me habría resultado imposible contestar. Apretaba más y más, y me estaba clavando los pulgares en la nuez. El paso del tiempo se convirtió en una cadena de pensamientos inconexos y clics de obturador. Aprecié cómo se le abultaban sus hombros al hacer fuerza sobre mí. Me pregunté si aún estaría consciente cuando me reventara el hioides. En el suelo, rocé con los dedos algo frío. En un acto reflejo, acerqué el objeto y lo agarré. El cuchillo. Mi campo visual se había reducido a un puntito. Justo antes de que todo se tornara negro, mi cuerpo reaccionó, movido por la adrenalina.
Lo apuñalé en la zona lumbar con la esperanza de acertarle en el riñón izquierdo. El cuchillo debía de estar afiladísimo, porque aun sin fuerza en el brazo, noté cómo se hundía la hoja. Gruñó, pero no me soltó. Retorcí la empuñadura y de inmediato se llevó ambas manos a la herida. Saqué de golpe el cuchillo, inspiré con dificultad y volví a clavárselo, más fuerte y más arriba esta vez. La hoja le entró por un lado del cuello y no se detuvo hasta topar con hueso.
Cayó de lado, escapando de la hoja. Se recompuso y se irguió despacio. Su aliento sonó como un silbido por el lateral de su cuello. Repté de espaldas hasta una pared y, apoyándome en ella, me levanté.
Quedamos el uno frente al otro en el rellano a oscuras.
Él me miraba la mano. Yo aún tenía el cuchillo. La hoja era corta pero ancha, lisa por el filo y algo serrada por detrás. Llevaba el brazo pringado de sangre casi hasta el codo. No era mía.
—Tírate al suelo —le ordené. Entonces era yo el que susurraba. Me había dejado la tráquea del diámetro de una pajita. Di un paso hacia él y levanté el cuchillo. Uno de los dos iba a fallecer en breve. No quería ser yo—. ¡Al suelo!
El hombre se precipitó hacia las escaleras y las bajó trotando, taponándose el cuello con una mano y cubriéndose el costado con el otro brazo. Yo me apoyé en la pared y lo oí marcharse. Debió de derrumbarse en el descansillo de la primera planta, porque sonó un estrépito y luego nada. La casa quedó en un silencio absoluto. Después, se puso en pie de nuevo. Era duro como una piedra y se sirvió de su fortaleza para salir, pero esa fortaleza tampoco lo llevaría muy lejos. Perdía sangre con cada latido. Cuanto más se esforzara, menos duraría.
Lo oí abrir la puerta de la calle, pero no cerrarla.
Entré en el cuarto de invitados de la tercera planta y llegué a la ventana justo a tiempo de verlo cojear por la acera. Se apoyó en el arce, casi invisible bajo su sombra. Pasó un coche y esperó a que se fuera, después se adentró en el parque. Lo vi caer y volver a levantarse. Veinte pasos más tarde, estaba en la hierba por segunda vez.
Cuando me aparté de la ventana, ya reptaba.
Bajé, apagando las luces por el camino. No vi indicios de lucha hasta que llegué al descansillo de la entrada principal, donde el intruso se había derrumbado el tiempo suficiente para dejar un charco de sangre en el suelo. Lo había pisado y había dejado huellas en su huida hacia la puerta, que no había cerrado. Una huella roja de la mano se apreciaba en el primer escalón, como si hubiera resbalado y se hubiese apoyado para recuperar el equilibrio. Pero después de eso, nada. Cerré la puerta de la calle y fui a la cocina. Me quité la camisa, la metí en el fregadero de acero inoxidable y me lavé las manos, los brazos y la cara. La camiseta interior y los pantalones estaban limpios. Saqué unos paños de un cajón y un espray con lejía de debajo del fregadero, y me dispuse a limpiar la sangre del suelo.
Lo hice rápido, pero de forma minuciosa. Llamar a la policía no era una opción. Yo tenía todo el derecho del mundo a estar en la casa. Ese tipo me había atacado y yo lo había apuñalado con su propio cuchillo. Había sido en defensa propia, pura y dura. Pero no sabía quién era, ni a qué había venido. Se me ocurrían tres posibilidades. La peor era que el agente White me hubiera puesto vigilancia, con lo que ese hombre podía ser un federal. La segunda, pero casi igual de mala, era que DeCanza tuviera amigos fuera a los que no les gustara lo que Jim y yo le habíamos hecho a su hombre.
O a lo mejor no tenía nada que ver conmigo. Podía ser por Claire. Quizás había ido a ocultar las mismas cosas que yo confiaba en descubrir. Si yo pretendía desvelar lo que había conducido a su muerte, tal vez él quisiera enterrarlo. Era una teoría decente, salvo porque de momento no había encontrado en la casa nada por lo que matar.
Solo había un modo de saberlo con certeza. No me gustaba, pero no se me ocurría otra cosa. Además, tenía una clienta a la que dar cuentas. Esperaría información. Así que agarré una linterna que había visto en la despensa, me puse los zapatos y salí a la calle. Plantado en el primer escalón de la entrada, exploré el parque. No veía al apuñalado. No veía a nadie, en realidad. Pero no podía haber ido muy lejos y, en cuanto encontrara el sitio en el que había caído, tendría un rastro para seguir.
Tras adentrarme unos treinta metros en el parque, vi su sangre en la hierba. Por donde había ido andando el rastro era más difícil de seguir: las gotas y las manchas estaban más distanciadas y costaba verlas en una hierba que no se había cortado en una semana; pero donde se había desplomado y había reptado el rastro era visible porque las manchas alargadas de sangre oscurecían la hierba. Entre una cosa y la otra, había ido avanzando más o menos en la misma dirección, en una trayectoria que lo apartaba en diagonal de Beacon Street.
Charles Street partía el parque en dos y el tipo debía de haberse detenido a descansar allí un rato, bajo un árbol, antes de cruzar la calle. El pasamontañas estaba tirado en la acera, pero ni se me ocurrió tocarlo. Chorreaba sangre y había caído al hormigón como una esponja empapada en pintura. Cuando había conseguido cruzar la calle, ya empezaba a debilitarse. La sangre formaba bandas alargadas: se arrastraba y no había vuelto a levantarse.
Terminó recostado en la verja de hierro forjado que bordeaba el cementerio aledaño a Boylston Street. Observé las lápidas inclinadas, escuché el susurro del viento entre las hojas de los arces y luego lo vi a él. Estaba sentado con la espalda pegada a la verja, las piernas estiradas y la barbilla clavada en el pecho. Apagué la linterna y me acuclillé a su lado. Cuanto más me quedase allí, más probable era que pasara algún corredor.
—Eh —dije, dándole un golpecito en el hombro con la parte posterior de la linterna—. Solo dime por qué. —No contestó. Le di un poco más fuerte—. ¿Te manda DeCanza?
Tampoco esa vez respondió. Iba a darle en la frente, pero empezó a ladearse. Despacio, como cae un árbol viejo, se desplomó de bruces en el sendero y no se movió. No me hizo falta ponerle dos dedos en el cuello: había dejado de sangrar, lo que significaba que su corazón ya no latía.
Nunca había matado a un hombre, ni siquiera en defensa propia. Sabía que más tarde le daría vueltas. Si conseguía volver a mi apartamento de Grant Street y el agente White no me estaba esperando allí, me tumbaría en la cama con la puerta abierta y, con el zumbido del neón de fondo, me pasaría la noche en vela recordando aquel instante. Pero en ese momento, debía decidir qué hacer. Le hurgué en los bolsillos —vestía pantalones de montaña negros y una camiseta de manga larga a juego— y únicamente encontré una tarjeta del metro. La cogí, porque la había tocado y ya no llevaba guantes.
Como era de esperar, no había cartera ni carné de conducir. Solo me quedaba una opción. Todo lo que sabía de investigaciones policiales me instaba a no hacerlo, el sentido común me lo decía a gritos, pero tenía que saber a quién acababa de matar. Me incorporé y lo coloqué boca arriba con el pie. Luego, saqué el móvil y le hice una foto de la cara.
Regresé a casa de Claire por el trayecto más largo, caminando hasta después del amanecer. Sentí una necesidad imperiosa de llamar a mi exmujer. Juliette Vilatte era más de mi edad que de la de Claire y se había criado a más de ciento cincuenta kilómetros al norte, con lo que no la conocería. Pero las diferencias entre ambas eran poco más. Seguramente habían ido al mismo tipo de colegios parisinos, habían asistido a las mismas galas y los mismos bailes benéficos. Los aviones de sus padres estarían guardados en hangares casi adyacentes de San José, de los que habrían salido a pasar sus veranos en Cannes y sus fines de semana en San Vicente o en Tahití.
No había hablado con Juliette desde que habíamos firmado los papeles del divorcio. No había sentido el más mínimo deseo de hablar con ella hasta entonces. Pero igual era lógico que quisiera oír su voz. La primera vez que le hice daño de verdad a otro hombre, fue Juliette quien me ayudó a tranquilizarme. La que me dijo que todo se arreglaría. Y era raro, porque el hombre al que había atacado era el juez del tribunal supremo de California, que había sido su jefe. Ella había empezado su breve trayectoria profesional como pasante del juez, se había convertido en su amante en algún momento y había terminado siendo su esposa. Su padre había suavizado esa transición lo mejor que había podido. Juliette había insistido. Yo no había ido a la cárcel y su padre se había comprado un yerno mucho más valioso y maleable de lo que había sido yo jamás. Aún no tenía claro qué había sacado ella de aquel trato.
Pero por más que lo deseara, no podía llamarla. Eso era imposible.
De modo que, antes de que clareara demasiado, volví a Beacon Street. Aunque ya era de día, no vi sangre en los escalones ni en la acera, en dirección al parque. Entré en la casa. Ya no olía al perfume de Claire, solo quedaba ese leve tufillo a lejía. Olía a encubrimiento.
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