Kitabı oku: «Mujeres fuertes»

Yazı tipi:

Jonathan Pender

Mujeres fuertes

NARRATIVAS

Pender, Jonathan

Mujeres fuertes / Jonathan Pender. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8924-21-2

1. Relatos Personales. I. Título.

CDD 808.883

© 2022, Jonathan Pender

Primera edición, abril 2022

Diseño y diagramación Lara Melamet

Corrección Martín Vittón y Karina Garofalo

Conversión a formato digital: Libresque

Hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.


Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

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A la memoria de Diana Sacayán, Micaela García y Justina Lo Cane,y en ellas, a quienes construyen por el amor y por la igualdad.

A Fabiana, «de vez en cuando mamá».

A Alay y a Pietro.

Prólogo

Estuve triste y furiosa. En el momento en que me dejé caer por el barranco de la felicidad del enamoramiento, enganché una espina que me pinchó el globo. La relación de a dos que construyó el encantamiento se terminó el sábado. Otra vez hoja en blanco, otra vez empezar de cero.

La lectura de Mujeres fuertes me hizo reflexionar sobre la manera de vincularnos en este nuevo milenio cargado de hiperconectividad y, a la vez, una extraña sensación de soledad. Historias duras, construidas en relatos de ficción, hacen mella en cada unx sabiendo que eso que leemos alguna vez pasó. ¿Cuántas veces me pregunté si el problema era yo? ¿Estaré volviéndome loca? Cuántas veces supe que el problema era mi yo que había inventado, la máscara de supervivencia, el personaje que interpretaría. Tantísimas veces supe que el problema estaba en la cultura y sus prácticas, en lxs sujetxs reproduciendo órdenes de poder.

Es necesario y vital comprender que si no desarmamos el lenguaje, no hay manera nueva de ver el mundo. Toda forma de organización social, todo sistema de acción, todo conjunto de relaciones sociales implican, en su misma definición, una dimensión significante. Leer a Pen es reconocer esos caminos de transformaciones donde la palabra es, sin dudas, nuestra gran aliada. Es necesario, lo sabemos, construir un mundo con nuevas perspectivas.

Este crudo pero hermoso libro es tierra fértil y se suma al andar de nuevxs escritorxs que se hacen cargo, que ponen el cuerpo y la palabra. Historias que no le tienen miedo a la oscuridad, al dolor, a contar la vida, porque del barro también pueden nacer cosas bonitas.

Reflexionando sobre qué escribir, repasando mis emociones y también mis apuntes de pensamientos, me encontré con un texto que escribí en 2018 y se los quiero compartir.

¿Tenés Instagram?, me pregunta el abogado rubio, heterosexualmente casado, con el que hice match en Tinder.

Sí, lo uso para mí trabajo de presentadora drag, así que un poco es ficción. Aunque también hay fotos muy viejas mías y de todo mi proceso. Yo sé que después del Instagram viene el “bueno, che, capaz que mañana se me complique, te voy avisando”. Y después nunca más, pero ya que insistís…

Y ahí fue el link de mi Instagram. Me clava el visto y no responde, pensé en que si su foto de perfil me desaparecía, era porque me había bloqueado.

¡¡Sos re compañera!! Me encanta, exclamó sorprendido. Te soy sincero, para mi inexperiencia, al no tener tetas me es fuerte. Es un prejuicio estúpido mío. Tendré que seguir trabajando para deconstruirme.

Lo leí y pensé: Uuuff, pobre varón confundido. Para mí mala suerte fui criada en las lógicas de la feminidad. ¿Y qué es lo único que hacemos bien las feminidades además de chupar pijas y lavar platos? Criar y educar. Entonces estaba ahí, poniéndome el delantal blanco para hacer lo que hago todo el tiempo: tener que explicar lo que soy. Pero no, ese día estaba tan harta, tan podrida de sudores, tan transpirada, tan perforada por el mundo, que me arranqué todas las palabras de la boca y las tiré en un mensaje.

¿Sabés cuál es el problema? Empecé. Que enmascarado en la buena onda y en tu proceso de deconstrucción yo ya no voy a ser el objeto de deseo sexual, sino que me voy a convertir en el rol pedagogo del varón que desmantela su masculinidad. Y la verdad es que estoy harta de ser la profe, quiero poder conocer un chabón y coger sin mambos como lo hacen el resto de las minas. Imagino que vos a tu esposa no le cuestionaste si tenía las tetas chicas o grandes, o el pelo largo o corto, o si era narigona o tenía un ojo torcido. La conociste, salieron, pegaron onda y cogieron. Hasta se casaron y tuvieron un pibe.

AHHHH, PERO YO NO TENGO TETAS, entonces ¿cómo te veo como una mujer si no tenés tetas?

Lo mismo que les pasa a las mujeres con la maternidad obligatoria, nos pasa a las travestis y trans con las tetas y la silicona. A las mujeres cis les dicen que para llegar a completarse tienen que gestar. A las travestis y trans nos dicen que, para ser mujeres, unas verdaderas mujeres, tenemos que tener tetas y el pelo largo y que no se nos note la barba, que nuestra voz no sea grave, que el pie no sea grande, que no tengamos la espalda ancha, que nos pongamos pollera porque de pantalones somos un hombre. Y podría seguir.

El silencio fue largo e incómodo, podía sentir a través del celular el deseo agridulce de querer matarme y cogerme a la vez. Lo que sienten los varones cuando algo que consideran inferior tiene el tupé de retarlos y ponerles en evidencia la precariedad de su género.

Al rato me cayó un mensaje. Te entiendo y no te estoy pidiendo que seas mi profesora, lo único que te digo es que nunca estuve en esa situación. Yo intento deconstruirme, soy hijo del patriarcado y me cuesta. Pero podrías ayudarme, además me encantaría conocerte.

Dentro de mí se activó la alarma de “amiga, rajá de ahí”. Nada más peligroso que un varón con buenas intenciones. El chongo que te da la razón como si estuvieras loca, que no frena la pelota y se pone a reflexionar de lo que hizo, el que se hace el aliado, el feministo, el que te pega y después te dice que va a cambiar. Nada bueno hay esperándonos ahí.

Sólo espero que las breves pero intensas charlas que tuvimos te sirvan para crecer y cambiar, y transformarte y disfrutarte, ser libre entre tanta mediocridad. Yo voy a seguir en la eterna búsqueda de alguien a quien le sobre coraje, porque de tibios está hecho el mundo.

Y me despedí con la frase de la gran Susy Shock, que es lo mejor que le puedo desear a alguien: “Buena vida y poca vergüenza”.

PAULINA LATONI DOMÍNGUEZ

I. La historia de Juana
«Jaqueada»

«Ya no quiero de ti nada, vete mucho a la chingada. Vete y busca quien te quiera, quien te aguante a tu manera. Por mi parte está perdido, te he dejado en el olvido.»

CRISTIAN CASTRO, «Es mejor así», Un segundo en el tiempo, 1993, letra de Raffaele Riefoli.

Enciendo. Punto muerto. Primera. El destino dirá. En el estéreo suena, como siempre, Cristian Castro. Lo amo. Pero esta vez es distinto, tiene otro significado, no sé. Es la banda sonora de mi vida y ahora, de mi partida. Me acabo de separar, después de seis años, me separé. Lo escribo y todo me parece un tremendo wooooooooooow.

Siempre me gustó, de chica tenía sus pósters pegados por toda la habitación. El que más me gustaba era el que promocionaba su CD Un segundo en el tiempo porque miraba a la izquierda, con los ojos achinados y un saco blanco sobre su torso desnudo dejaba ver su pecho peludo, su jopo rubio que llegaba hasta el cielo y una cadenita que parecía de plata.

“Cada momento voy tropezando en desamor y es que no queda nada entre tú y yo.” Por suerte.

Empecemos por el principio. Soy Juana, tengo veintiocho años y a los veintidós me enamoré de mi jefe. No hay remate. Una cagada, lo sé, pero pasó. Me metí por el orto todo eso de “donde se come no se caga”. Yo comí, cagué y un montón de otras cosas que no vienen al caso. O sí, pero ahora me da vergüenza escribirlas. Bueno, nada que ver, como si alguien pudiera leer esto. Basta, nena, dale, andá al grano. Mil vueltas para comerte la naranja.

Ser vueltera y larguera para hablar es mi especialidad, parece que para escribir también. Es nuevo todo esto, la psicóloga dice que es un buen ejercicio para hacer catarsis. La muy vaga no me aguanta y me manda a resolver sola mis mambos. Si hago terapia es para que me cante la posta de mi vida. Pim, pum, pam y ya. La cosa es que me mandó a escribir y en esa estamos.

Ay, no, pobre, la amo. ¿Ciclotímica quién?

¿En qué estaba? Ah, sí, en que soy vueltera. Es que soy de Piscis con ascendente en Piscis… O sea, tengo todos los números comprados y eso me justifica. No soy yo, es mi carta astral. Qué cosa eso de justificar, la vida justificando a la gente. Siempre tratando de ver la parte del vaso con agua, me paso de positiva, buscando siempre el porqué de todo. Pero pasa que a veces la maldad no tiene porqués, hay gente de mierda que disfruta serlo.

Le justifiqué y creí todo, qué ilusa. Se burló frente a mis ojos y yo, ni enterada. O sí, a esta altura creo que un poco sabía y lo naturalicé, de alguna manera fui funcional a su neurosis. No sé, algo del inconsciente, ponele. Me encanta, de repente tiro palabras re psico, se hacía la copada la mina. Sorry not sorry.

Culpa es mi segundo nombre. Juana Culposa Legrand. ¡Ah! Ese no es mi apellido real, el posta prefiero mantenerlo en el anonimato. Me gusta jugar a ser la nieta de Mirtha con hache. No es que flashee estrellita, pero mirá si pierdo el celular y alguien se hace el día con mis penas. A partir de ahora soy Juana a secas y a él lo vamos a nombrar como “la pesada herencia”. ¿Dale?

Estoy escribiendo en las notas del celular porque me da paja hacerlo en un cuaderno. Tuve todas las intenciones, hasta lo compré, es hermoso, tiene un unicornio en la tapa. Pero, como siempre, la emoción duró dos días. El celu tiene otra dinámica, hasta sé qué decir.

¿No les pasa que chamuyando por WhatsApp son lo más y cara a cara son un queso?

Soy culposa porque soy de Piscis, no lo elegí, me lo regaló el universo. La cosa es que siempre encuentro un motivo para excusar, tapar o justificar las cagadas ajenas. Me sobreadapto tanto que hasta justifiqué el maltrato y la invasión a mi privacidad. Llegué a creer que era la responsable, que no lo había dado todo, qué ilusa.

Me metieron el dedo en el orto y no me gustó ni un poco. ¡Ay, qué fina, Juanita!, diría mi madre. Voy a escribir y decir lo que se me antoje, es mi espacio y al que no le guste, que la chupe. ¿Acaso no son estas mis memorias cual Margaret Atwood en El cuento de la criada? Bueeeeeeeeeena, loca mala.

¡Ojo!, yo te hablo toda superada, pero me costó años de diván llegar hasta acá, no me da para tanto la cabeza. Todo el tiempo trato de ser distinta, lo practico frente al espejo y hasta armo guiones. Así de boluda. Ya sé, tremenda tarada hablando frente al espejo. Pero es que me motiva, qué sé yo, me pongo los auriculares, escucho a Cristian y lo que pinte. ¿Ya dije que lo amo?

Tengo listas en Spotify para llorar y otras para reír, en ambas está Cristian, obvio. Qué sentido tiene la vida si no puedo estar más triste de lo que realmente estoy. Para eso está la música, para ponerme los auriculares, subir al bondi y hacer videoclips con la cabeza apoyada en la ventana. Mientras el mundo avanza, me hundo en mi dolor y veo la vida pasar. Muchas veces termina un tema y, como me doy cuenta de que no lo disfruté mucho, lo vuelvo a escuchar. Todo vuelve a empezar.

¿Cómo llegamos hasta acá? Ah, sí, me separé. Una cagada porque lo amo, creo. Lo quiero, creo. Ay, qué difícil todo. ¿Lo estimo?

“Esta vez aprendí que no se debe mentir, de una promesa viví y hoy ya no puedo seguir creyendo en ti.”

Con la pesada herencia nos conocimos de casualidad y de ahí “un eterno suspirar”. Necesitaba laburar, mi familia era un caos, no teníamos un mango. Papá se había enfermado y su trabajo era el único ingreso. En un grupo de Facebook leí que buscaban administrativa para una compañía telefónica, mandé el CV de dos hojas, en la primera estaban mis datos personales y en la segunda la experiencia laboral: cuidado de niños. Como referencia estaba mi tía Mary. No hace falta aclarar que todo era mentira.

Él me tomó la única entrevista que me hicieron y automáticamente dijo que cumplía con los requisitos y daba el perfil. Estaba claro que no se había postulado nadie más, yo no podía cumplir ningún requisito porque no sabía hacer nada. A cada cosa que me preguntaba le decía que sí. El tema fue cuando me pidió que hiciera una tabla dinámica en Excel. Nada que un tutorial en YouTube no solucionara.

Todo se dio muy naturalmente. Como tenía auto, todas las mañanas pasaba a buscarme. Hasta ahí no había pasado nada. Es más, me parecía horrible. Ni siquiera simpático. Pero el muy guacho era (¿es?) de esos a los que se les da bien el chamuyo por celular, ¿lo dije o no lo dije? Y bueno, nada, hizo un laburo fino porque sabía que yo estaba pasando una situación especial y en uno de esos días disparó y le mordí la bala. ¡Ay, Juana, no es necesario! Menos, menos, no siempre hay que ser tan gráfica.

Me acuerdo como si fuera hoy, diría la abuela Iaia. Mensaje va, mensaje viene, llegó un audio: “me gustás y mucho”. Estaba armando la cama, revoleé el celular y me enredé entre las sábanas. Empecé a gritar y al toque, obvio, reenvié el audio a “Perras”, el grupo que tenemos con las pibas.

Ahí empezó el debate, todas tenían algo para opinar. Una preguntó qué onda, si estaba bueno. No me gusta, les dije. No me gustaba ni un poco, pero algo de ese audio me conquistó. Lo escuché mil veces, con una sonrisa de amor mezclada con vergüenza. Hasta que me dormí.

¿A quién no le gusta que le digan cosas lindas? Y más, estando triste.

Eso fue un viernes. Pero ese mensaje no llegó de la nada, antes nos habíamos visto dos veces en plan amigos o compañeros de laburo. Al menos yo no tenía segundas intenciones.

La primera vez fuimos a un bar a tomar cerveza. Yo no tenía ni un mango pero, como me dio vergüenza decirle, les pedí plata a las chicas. No era mucha, para dos birras alcanzaba. El flaco empezó a pedir comida, papas fritas con chanchada, rabas, pizza. Casi muero de un infarto, pero por suerte pagó todo.

No pasó nada, con eso me refiero a que ni siquiera chapamos. Repito, esas no eran mis intenciones. Hablamos y nos reímos mucho, eso lo rescato siempre. Hasta que me enteré de todo, disfrutaba de su compañía. No había otro hombre, no lo necesitaba, aunque él creyera lo contrario.

¿En qué estábamos? Ah, sí, en la salida. Bueno, cuando terminó, me llevó a casa y listo. Obvio que no le dije de entrar. Después, la segunda vez que nos vimos, sí. Pero tampoco pasó nada.

Como él había pagado, me parecía cortés invitarlo y hasta cociné, tortilla rellena. Para ese entonces vivía sola. El departamento era grande y se entraba por la cocina. Ese fue el único ambiente que conoció, literal. No lo invité a pasar a ninguna otra parte. Cuando llegó, la comida estaba casi lista. Trajo vino y el vino me puede. Seguramente dije algunas cosas de más, soy re bocona sobria, imaginate borracha. No me acuerdo.

De nuevo, hablamos, comimos, nos reímos. Les sacamos el cuero a algunos de la oficina y nada más. Se fue y por dos semanas no lo vi más, había salido de vacaciones. Qué fiaca ir a laburar esos días, me había acostumbrado a tener chofer personal y encima gratis, porque yo, rata siempre. Tenía que tomar el 307 para llegar al laburo, pero antes combinaba con el 214, alto maneje.

El sábado previo a que volviera a trabajar, llegó el audio y pasó todo lo que ya dije.

“Fue una mañana que yo te encontré, cuando la brisa besaba tu dulce piel, tus ojos tristes que al ver adoré, la noche que yo te amé.”

Ya sé que quieren saber cómo fue el primer viaje después del audio. Incómodo, no se habló del tema. Aunque no lo parezca, soy un poco tímida. ¿A quién le hablás, Juana? Esto de escribir me está volviendo más loca de lo que estoy.

Ese mismo día a la tarde, mandó un mensaje en el que decía que estaba en la odontóloga (casualmente) a la vuelta de casa. ¿Pueden creer eso? Hacía mil años que la pesada herencia se atendía a dos cuadras de donde vivía. Mi respuesta fue cortita: Vení, sabés dónde encontrarme. ¡JUANITA!

Para algunas cosas suelo ser bastante directa, me estaba hinchando los ovarios el misterio. Ya fue, viene, me lo garcho y listo, pensé. Y así fue. Confieso que estaba nerviosa, un poco me gustaba la cosa. ¿Un poco?

Le serví un vaso de agua y por atolondrada se lo tiré encima. Tenía un jean azul oscuro y una campera de jogging, todo Penguin, obvio. Y le enchufé un beso, así de una. Re zarpada la mina. Eso que no te gustaba, Juanita.

Tenía mucho gusto a menta, era verdad que salía de la dentista. Nos dimos unos besos y lo llevé a la habitación. Directo a los bifes, la Juani. Parezco Maradona hablando en tercera persona. La psicóloga (a quien no vamos a nombrar por el mismo motivo que a la pesada herencia) cuando lea esto se va a hacer un festín. Si ya se compró un auto conmigo, con esto se hace alto viaje.

¿En qué estábamos? Ah, sí, en que lo llevé a la habitación. Bueno, beso va, beso viene, le saqué la campera y me lo garché. No fue tan así, la posta es que un toque se asustó y dijo: “Tranqui, tenemos tiempo”. Puede ser que lo haya cohibido un poco. Nos dimos unos besos y a la cama. Intentamos garchar pero pasaron cosas y no pudimos… O mejor dicho, no pasaron ciertas cosas. Fin, eso es todo lo que voy a escribir al respecto.

A decir verdad, no me hago mucho tema con eso, son los hombres los que se preocupan. Es el patriarcado y el pijacentrismo que les enseña a ser una máquina de dar placer y que si no tiene una erección es el fin del mundo. La apocalipsis.

“A tu lado conocí el dolor.”

Tranqui, amigo, bajá un cambio que está todo piola. El sexo es una construcción, el placer es un proceso al que se llega con el encuentro de dos cuerpos que sienten y vibran, en principio, en distintas sintonías.

¿Qué se hace cuando lo que se siente no es correspondido? El raciocinio, la razón de poco vale sin su complemento, sin su co. ¿Alguna vez pensaron que la disputa que existe entre la razón y el corazón son apenas dos letras?: CO-RAZÓN.

O pienso mucho o siento de más. ¿Cuál es el punto medio? ¿Realmente existe? ¿Es importante? Pensar menos quizás haga que las personas vivamos un poco más tranquilas. Pero sentir de más no siempre da como resultado la felicidad. Es que la fórmula no cuadra, la ecuación no se resuelve sencillamente. ¿Cuál es X y cuál Y? Si supiera la respuesta, no estaría en esta, nunca fui buena para las fórmulas. Para las relaciones veo que tampoco. Pensar menos puede ayudar a sentir más. No lo afirmo, solo especulo en voz alta. La especulación es, muchas veces, el motor del sentir. Del hacer.

¿Me escribe o solo me responde con amabilidad?

¿Me mira las historias?

Si no le escribo, ¿demuestro interés?

Amor en tiempos de like. Ya escribirlo me enrosca.

Ay, me fui de tema. ¿En qué estábamos? Ah, sí, en la falsa y accidentada primera vez. Así que, nada, nos quedamos acostados hasta que nos dio hambre y fuimos a comer a una pizzería que no existe más. Pagó él, yo no tenía un mango y al final era el jefe, ganaba más. ¿Ya dije que me enamoré de mi jefe? Creo que sí… Fiaca releer todo esto.

Ni para un trabajo de la facultad escribo tanto, se ve que la psicóloga tenía razón, me hace bien esto de escribir lo que pasó, las palabras salen solas, no tengo que hacer ningún esfuerzo… Y eso que no dije nada aún, pienso hacer una saga, otra que Harry Potter.

No garchamos ese día, pero comimos pizza y dejó su cepillo de dientes en casa. ¿Un montón? Sí, un montón. Como usaba aparatos, andaba para todos lados con uno, así que le pareció conveniente dejarlo. Se ve que a mí también. Desde ese día fuimos novios, no hubo antesala ni salidas previas en plan conquista. ¿Dónde había quedado eso de que no me gustaba? Ni idea.

Al poco tiempo viajamos a Villa Carlos Paz para el feriado de carnaval, nuevamente pagó él. Creo que puse algo para la nafta, creo. Habían pasado dos meses y medio del falso garche y el cepillo de dientes. Ahí tuvimos la primera pelea, o sea, a los dos meses de relación. No por la plata, sino porque no se le paraba la pija y me culpaba. Es imposible hablar del tema sin decirlo, las metáforas no son lo mío, nadie puede decir que no lo intenté. O sea, se le paraba pero no sostenía la erección. Posta que para mí todo bien, hay miles de formas de dar placer y gozar, la penetración es una de ellas pero no la única. Ni siquiera es la que más me gusta, a mí chupámela y está todo piola. Para él sí era un mambo y en parte me responsabilizaba por no chuparla bien. ¿En parte, Juana? Ay, de repente este texto se puso serio. Tendré que hacerme cargo, como diría mi psicóloga.

En el momento la piloteaba, hacía lo que pedía y como lo pedía. La lengua acá, los pelos allá, qué rica pija, dame más, ¿te gusta, puta? Cómo te gusta la pija, putita, mirá cómo te la comés…

¿En que estábamos? Ah, sí, en que en esas vacaciones peleamos por primera vez. Tomando mate frente al lago San Roque, mientras pasaba un catamarán con turistas, llorando le pregunté si me iba a dejar por lo que había pasado. El nivel de locura que manejaba, dos meses de relación.

Me mata porque de repente flasheo escritora y le hablo a un supuesto lector. Nada que ver, pero así sale y dejo que fluya. Me sentía mal, insegura, menos mujer, responsable por no ayudarlo a tener una erección plena. Cualquiera que lea esto puede llegar a pensar que soy una boluda (yo lo haría), pero realmente me pasaba eso. La presión era tal que no encontraba otra responsable más que yo.

Fueron pocos días, no más de cinco. El resto estuvo bien, hicimos todo lo que hacen los matrimonios de treinta y pico en vacaciones. Fuimos al teatro por primera vez a ver Casi diva con Florencia Peña, estuvo bueno. A la salida montó una escena porque supuestamente uno de los bailarines, el de pelo largo platinado, me miraba mucho. “A vos te miraba, nene, a vos, era puto el flaco. Puto.”

Lo del sexo se fue acomodando hasta llegar a un punto intermedio en el que los dos la pasábamos bien. Aunque con el tiempo descubrí que con él nunca había tenido un orgasmo, era tal su desesperación por mantener el pito duro que se olvidaba de mi goce. ¿Te suena conocido? Me di cuenta con el primer flaco que garché después de haberme separado. Fue rarísima la situación, me temblaba el cuerpo, se me dormían las piernas y en un momento hasta llegué a flashear que me iba a dar algo, un ACV, no sé. Posta.

“Tengo tanta sed de ti, que me cuesta respirar, o será que en mi delirio te amo más y más.”

¿En que estábamos? Ah, sí, en que estuvimos seis años en pareja y me tuvo jaqueada. ¿Ya lo dije? O sea, si no lo hice es de negadora porque ese es el fin de todo este quilombo. La persona a la que creí amar se burló en mi cara todos esos años.

Voy a explicar qué es esto de haber estado jaqueada porque es una mierda. Es una mierda enterarte de que una persona que dijo quererte te controló e invadió en lo más profundo de tu intimidad. Lo que hablaba con mamá, con mi papá días previos a su muerte, mis amigas, compañeros de la facu. Tremendo, lo pienso y me siento humillada, me faltaron el respeto en la cara. Me faltó el respeto.

Se abusó. Ay, qué mierda, estoy re enojada, loco.

“Me mandé una cagada”, dijo. Ese fue el principio de todo, digamos. Como pensaba que era “MUY PUTA”, creyó “conveniente” leer mis conversaciones de WhatsApp, e-mails, escuchar mis llamadas. ¿Tremendo? Tremendo es poco, baby.

Hacía varios días que lo notaba raro, más distante y silencioso de lo normal. Ya no llegábamos del trabajo y garchábamos, tampoco íbamos tanto al cine. La rutina de bajar del auto, entrar en la casa, sacarnos la ropa y garchar no se estaba cumpliendo. Le pregunté, como al pasar, si estaba bien y dijo: “Me mandé una cagada”.

Lo más raro fue el motivo por que cual detonó y contó la mierda que venía haciendo. Era espectador, desde hacía varios años, de mi intimidad. Esa mañana con las pibas habíamos estado hablando en el grupo del entrenador del gimnasio, de lo fuerte y dable que estaba. Yo había dicho que notaba que me miraba y cada tanto pegábamos un cruce de miradas que me mojaban toda. Ay, qué vergüenza esto.

También había dicho que si me seguía buscando, un día de esos me lo garchaba en el baño para sacarme las ganas. Todo era en el plano de la intimidad y los chistes que se hacen cuando se está en confianza. La verdad es que nunca había estado en los planes, era verdad que me calentaba, pero jamás le hubiera sido infiel. Lo amaba mucho y mi vida era solo de él. Qué mierda esto, qué pelotuda, Juana. Me lo hubiera garchado, estaba fuerte el guacho.

A ese nivel llegó su locura y la muy tarada jugando a la pareja ideal. Cuando creas que tuviste una mala experiencia o una relación de mierda, pensá que yo estuve en pareja con un flaco que lo único que hizo fue proyectar y trasladar sus mambos e inseguridades, llegando a lugares inimaginados.

Ahora viene la pregunta del millón: ¿cómo lo hizo? Eso es lo que nos preguntamos todos. Por mucho tiempo negué la opción de indagar o preguntar, tener más información solo iba a hacer que explotara aún más mi corazón. Preferí el silencio. Hasta que, claro, la bomba explotó delante de mi cara y no pude hacerme más la boluda.

Al parecer instaló una aplicación, onda VPN o control remoto, por la cual podía ver y manejar todo lo que pasaba en mi celular. Onda como si lo hubiera duplicado o algo así. Me explicaron pero no entendí nada, un poco porque me dolía saber la verdad y otro tanto porque soy un queso con la tecnología. Esto y cómo se genera la inflación son cosas que, aunque me las expliquen una y mil veces, no las voy a entender.

Qué cosa eso de ser la boluda, la que se da cuenta de todo pero elige callar. Bueno, no sé si elegí, pero de alguna manera estaba tomando una decisión, probablemente involuntaria, pero decisión al fin. Qué cosa eso de ser la madre, de levantarme más temprano para plancharle la camisa porque “qué van a decir de mí si voy todo arrugado”. Qué cosa eso de resignar el placer y el disfrute por sostener un sentimiento abstracto. Qué cosa.

Era chica, estaba triste y creía en él. En sus besos y abrazos, en sus promesas. Me cuidaba, o al menos eso creía. En este momento estoy sintiendo mucho odio, una impotencia tan grande que solo quiero gritar, putear, me nace un instinto asesino que mejor reprimir porque voy directo a la gayola.

Me mandé una cagada, dijo, y me sentí la persona más boluda del mundo.

“Lágrimas que ahogan mi corazón. Lágrimas, palabras del alma. Lágrimas, mi mudo lenguaje de amor.”

Cuando estoy triste busco estarlo aún más, a todo o nada, para el dolor no hay términos medios. Es que me crie con las novelas de Thalía, esa es mi escuela, puedo pasar de mendiga a dueña de una empresa sin escalas. La música es buena para eso, tengo una lista de canciones que me hacen llorar. También reír, lo aclaro por las dudas, no sea cosa que mi psicóloga piense que soy una ciclotímica al borde de la depresión. AH RE. Creo que esto ya lo dije, pero paja leer todo.

La cosa es que nunca acepten un celular de regalo, o sí, pero como la cerveza en el boliche: que se la abran frente a sus ojos. Me compró uno porque el mío estaba hecho mierda, no soy de darles mucha bola a esas cosas, él sí. Parece que antes de dármelo instaló la aplicación con la que lo clonó. Re de ciencia ficción, pero no. Mirá que hay gente en este mundo y yo me vengo a encontrar con el más retorcido.

No pasó mucho tiempo de todo esto, me encantaría poder dar vuelta la hoja, pero no me sale, como dice Cristian, las lágrimas ahogan mi corazón. Estoy triste, me encantaría poder sostener todo el tiempo mi imagen de la superada, pero la verdad es que a veces no puedo y ya no tiene que ver con él, sino con el modo de ver el mundo.

El problema no es el lugar en el que nos pone el otro, sino en el que nos ponemos con relación al otro. Como un espejo, intentando acompasar su verdad, mendigando oportunidades. Intentando llamar la atención cual pendejo en una cena familiar.

Estar para todos todo el tiempo tiene sus consecuencias, se ve que recién ahora empiezo a descubrir que estoy triste y lastimada. Que un abrazo a tiempo, un “te quiero” o un simple gesto puede sanar tanto dolor. Prefiero tener el corazón roto pero el amor propio intacto. ¿Será por eso que la psicóloga quiere verme tres veces por semana?

¿En qué estábamos?

II. La historia de Laura
«De vez en cuando, mamá»

«Se ríe el niño dormido, quizás se sienta gorrión esta vez. Jugueteando inquieto en los jardines de un lugar que jamás despierto encontrará.»

ALMENDRA, «Plegaria para un niño dormido», Almendra, 1969, letra de Luis Alberto Spinetta.

Luis Alberto, así se iba a llamar. Fue idea de Ezequiel, mi único hijo varón hasta entonces. Estaba ilusionado con la idea de tener un hermano, amaba a sus hermanas “pero no es lo mismo”, decía con siete años.

Él fue quien propuso los nombres, por mi papá y el de Oscar, mi compañero de vida. Por el Flaco y su “Plegaria para un niño dormido”.

No creo en las mitades ni complementos, valgo por mí misma. La vida me puso en ese lugar, me obligó a tomar fuerza de un suspiro y andar. Pero es real que juntos todo es más fácil.

Nos conocimos de casualidad y terminamos casados por su insistencia. Me crie en la entrada del pueblo en una casa de piedra con puertas altas y techo de chapa a la vista. Las paredes pintadas de verde manzana eran la inconfundible referencia para quienes iban por primera vez. Afuera siempre estaba estacionado el camión de papá y el Falcon amarillo, raro para la época, poco común. Por alguna razón siempre nos miraban, o por lo llamativo del color o por los gritos e insultos que nos decía.

Así y todo me pareció buena idea que mi hijo llevara su nombre. No le guardo rencor, pude silenciar sus maltratos y golpes en algún lugar lejano de mi ser. Oscar ayudó. Nos casamos casi sin conocernos, poco sabíamos uno del otro, podría haber salido mal pero tuvimos suerte. Con él conocí el amor protector, bajé la guardia. Entendí que hay otros modos, entendí que el amor sana.

Mi madre, parca y poco cariñosa pero muy presente. No recuerdo mucho de ella. Fue quien recibió la mayoría de los golpes, anteponía su cuerpo y alma, como su nombre. Supo ser y construir un mundo de fantasía ante el dolor y la violencia.

Para Navidad no había regalos, tampoco los pedíamos. Con la tía Edith nos hacían un rodete para que estuviéramos lindas, pero no era cualquier rodete, era grande, pomposo, de esos que usaban las novias para dar el sí. Menos en mi casamiento, no fui de esas, no quería ser como todas, por primera vez en la vida era la protagonista y pretendía lucirme. Lacio con rulos en las puntas y un tocado soñado, simple pero muy vistoso. Aún lo conservo.

Cada tanto en el pueblo se organizan desfiles a beneficio y me piden el vestido y yo, encantada. Está intacto, ojalá me entrara, pero mi cuerpo guarda los rastros de cuatro embarazos. No tenía cola, no me gustaba. Unas pintitas sutiles se desprenden desde el escote hasta llegar al suelo cual enamorada del muro.

Es lindo que lo modelen, a mis tres hijos les encanta verlo. Oscar siempre es el conductor del evento, tiene una voz excitante. Me enciende. Es como el Badía del pueblo, pero pelado y panzón. Pueblo chico, infierno grande, dicen. Un pueblo tras las sierras, perdido en medio de la nada. El rocío de las mañanas, la tierra húmeda, el afilador de cuchillos, el lechero. “Compramos baterías, chapas y motores.”

Macarena, la más grande, dice que nunca se va a casar, pero que si lo llegara a hacer, le gustaría usarlo. Lo que decida va estar bien, siempre. Los hijos son de la vida, nosotros solo somos un colchón que aliviana la caída. Me encantaría que no sufrieran, pero es imposible, a golpes se hacen las personas, y ellos no están exentos.

De la casa salíamos lo justo y necesario, nunca solas. Como hermana mayor era la responsable, aunque no tuviera nada que ver. Ir al kiosco de don Cholito, de las pocas salidas permitidas. Era un lugar grande, oscuro y con olor a humedad. Las golosinas te las daba en sobrecitos que él mismo hacía con el papel que envolvía los atados de cigarrillo. Siempre de más.

Lo recuerdo viejo, pero no lo era. Se mezcla pasado con presente. Ezequiel dice que es su amigo, va todos los días, inventa excusas para hacerlo: sacar fotocopias, inflar la bici o la pelota e incluso tomar mate.

Hace poco le regaló una pelota Penalti, “me dijo que la cuidara porque el Diego hizo un gol con esta, Laura”. De vez en cuando, mamá. Aparentemente, en medio del partido, se fue para la tribuna y Cholito la agarró. Incomprobable, pero es una historia tierna. Me preocupo por que conserven la inocencia y crean en las relaciones humanas, en el otro, total, para conocer la mierda del mundo van a tener tiempo. No quiero ni pretendo que se saquen dieces o sean abanderados, prefiero que entiendan que somos relaciones. Que nada se logra con odio o rencor.

Trato de ser la adulta que necesité cuando era niña, de escucharlos y acompañarlos en cada momento. De interpretar sus silencios, sus enojos y potenciar sus alegrías. Con Oscar nos prendemos en todas, si hay un acto en el jardín, ahí estamos bailando o actuando para ayudar a recaudar fondos.

No son perfectos y es lo mejor. En sus contradicciones encuentro la tranquilidad y la motivación para acompañarlos con respeto y sin juzgarlos. No preguntamos ni nos metemos en nada que no quieran contar, no los exponemos ni mucho menos empujamos al abismo. Los abrazamos y escuchamos, el resto lo hacen ellos.

Quizás soy un poco más metida y trato de que me cuenten algunas cosas más, pero siempre es lo mismo: “Basta, Laura”. De vez en cuando, mamá.

“De vez en cuando, mamá.” Así les digo cada vez que me llaman por mi nombre. Es que mi mayor logro en la vida es haber formado una familia sana y honesta después de tanto caos, maltrato y dolor.

De vez en cuando, mamá.

Oscar y la maternidad fueron la excusa para validar mi salida de una casa en la que solo había violencia. Donde las mujeres estábamos al servicio de mi papá. Él, mamá y Carlos, mi hermano menor, comían en la mesa del living. Mis dos hermanas y yo, en la cocina. Los espacios estaban divididos por un espejo por el cual nos controlaba. Si alguna no comía o hacía algo indebido, nos gritaba. Todo lo veía.

También nos avisaba mediante el espejo, golpeando su vaso vacío contra la mesa, que teníamos que servirle nuevamente caña de durazno. Así por mucho tiempo, hasta que una vez, sin mediar motivos, solo quedaron comiendo en la mesa del living él y Carlos, que solo tenía ocho años. Lloraba, no quería cenar con papá, pero no había posibilidades de elegir. Mamá le explicaba que una vez que terminara, podían volver a jugar juntos.

Mi hija Agustina, la más chica hasta entonces, le tiene miedo a la oscuridad y a la noche, cuando se levanta para ir al baño, se para en la puerta de mi habitación y dice:

—Ma, ¿puedo ir al baño?

—Sí, hija, prendete la luz.

—Sí. ¿Vos me cuidás?

—Sí, yo te cuido.

Mi infancia fue distinta. Creo que detesto los gritos y las peleas por eso. Nacer bajo un techo de chapa a veces quema y no solo en verano. La violencia no es el medio, nunca. Jamás. Los golpes son balas que atraviesan los abrazos. No recuerdo que me abrazaran mucho.

Ir a la escuela nos daba terror, aunque fuera de los pocos lugares seguros. Irnos significaba que mamá se quedara sola, y eso no era bueno.

“Ahora, cuando se vayan, la mato, la mato a golpes. Cuando vuelvan, va a estar muerta.”

VA-A-ESTAR-MUERTA.

VA-A-ES-TAR-MUER-TA.

MUER-TA.

Imposible concentrarse y aprender algo. Las peores cinco horas de mi vida, creo que las de mis hermanos también. Digo “creo” porque nunca lo hablamos, de eso no se hablaba. Ahora tampoco. Silencios de familia que laten en las sombras. En mi casa pesaron más los silencios que las palabras. Sonaba el timbre y salíamos corriendo, disparados, desesperados por llegar y encontrarla viva.

VA-A-ESTAR-MUERTA.

Finalmente no lo estaba. No solo era borracho, también era violento. Por suerte mamá murió de cáncer y no molida a golpes. Escapó a tiempo, justo días después de mi casamiento. Esperó a que todas estuviéramos fuera de la casa para irse y no volver.

Los cigarrillos Camel fueron la excusa para que Oscar se animara a hablarme, no por mí, por papá. Yo no fumaba, pero me gustaba hacerme la canchera con una remera con los camellos. Era mi mayor acto de rebeldía. Ese día nos encontramos “por casualidad” en la puerta de don Cholito. Era evidente que tenía onda conmigo, por eso mis hermanas le hicieron la pata para coincidir.

Después de ese encuentro, el cual recuerdo incómodo, no hay mucho más para contar. Nos pusimos de novios y pasó de mirarme apoyado en el palo que estaba en la puerta del club de al lado de mi casa a hacerlo pero desde adentro. Con papá no había medias tintas.

Ni hablar de salir, ir al cine o hacer el novio. Esas cosas no pasaban. Todo puertas adentro, jugando al chinchón y tomando, los varones, caña de durazno. Y como siempre las mujeres, cuando él golpeaba el vaso contra la mesa, teníamos la obligación de volver a servirlo de inmediato.

A los pocos meses nos casamos y todo fue distinto. Ahí nació la magia y el renacer de uno sobre el otro. El encuentro de dos cuerpos que se deseaban. La noche de bodas fue el comienzo, la búsqueda, las subidas y caídas. Fue la liberación y la entrada a un mundo desconocido hasta entonces.

Podría no haber funcionado.

En ese tiempo se estilaba tener hijos rápido, era inconcebible que una mujer recién casada no quedara embarazada. Nuestro caso fue distinto, pasaron algunos años hasta que llegó Macarena, la primera de cuatro.

Nació estornudando y con la nariz sangrando, tiempo después nos íbamos a enterar de que tenía una vena floja. Bastaba un estornudo para que su cara pecosa se volviera aún más roja. El problema se solucionó cuando la cauterizaron.

Como si lo hubiéramos planeado, cada año y medio nacía uno de los chicos: primero Macarena, después Ezequiel y luego Agustina. Finalmente, Luis Alberto.

La maternidad es un camino personal, de aciertos, dudas y errores. No existe la perfección, ni las fórmulas, recetas o estándares. Se trata de estar a la altura de las realidades de cada uno para acompañarlos a ser, sin rótulos ni presiones. Aprendemos juntos, tienen mi sangre pero no me pertenecen, no son mi propiedad. Tienen mi amor y les doy alas para que vuelen y sean quienes deseen ser.

Habíamos cerrado la fábrica, éramos jóvenes, pero el bolsillo no daba para más. Sin embargo, cuando lo supimos fuimos felices. Más. Sobre todo Ezequiel, que reforzó su entusiasmo cuando nos enteramos de que nacería el día de su cumpleaños.

Ya estaba canchera, ser mamá de tres me había vuelto todo terreno. Por un tiempo no trabajé. Siempre activa, con el maletín a cuestas, montada en mis tacos, haciendo lo que más amo en el mundo. Aprendí a ser podóloga mirando a mamá y con el tiempo, ya casada, pude estudiar.

Tenía nombre y padrinos. Un bolso hermoso con ropita lo esperaba para darle calor. Un día lo dejé de sentir, le dije a Oscar y fuimos al doctor. Dijeron que estaba todo bien, faltaba una semana para que naciera. Interminable se hizo, no estaba tranquila. Algo en mí ya no latía.

No latía porque estaba muerto y no se animaron a decirlo, prefirieron sostener la farsa en vez de hacerse cargo. Una semana con el nene muerto dentro de mí, una semana en la que el cuerpo dio señales. Una semana en la que marcó el fin de mi vida, ya nada volvió a ser como antes, todavía pago los costos de tremendo dolor.

Nos internamos en la misma clínica de siempre, el obstetra y la partera también eran los mismos, ¿cómo iba a dudar?, ¿cómo desconfiar? Fue el 11 de marzo a las diez de la mañana, justo el día del cumpleaños número ocho de Ezequiel. La vida y la muerte me atravesaron cual boomerang, la diferencia es que esa vez parí muerte, oscuridad. No di a luz.

Siempre pensé que la muerte sería más simple si no tuviera tanta carga simbólica detrás, el ritual desgasta más que la propia pérdida, como si con eso no fuera suficiente. Sin embargo, la muerte de un hijo no se compara con nada, no hay ceremonia ni terapia que ayuden a materializar el dolor. Un sentimiento abstracto invadió mi cuerpo para siempre. Imposible darle forma.

El aire estaba tenso, enviciado. Hasta entonces todo seguía el curso de un parto normal, pero lo que menos había era disfrute. Los chicos se quedaron con su abuela, algo andaba mal, podía sentirlo y no quería exponerlos. Fuimos solos con Oscar.

Los procedimientos fueron los de siempre, goteo hasta que comenzaron las contracciones. Sí, contracciones. El bebé quería salir, pero estaba muerto. Fui inducida y expuesta a un laberinto del cual la salida no dependía de mí. Hoy lo llaman violencia obstétrica, hasta hay una ley. Nos llevaron a la sala de parto y parí, pujé tanto como pude. “Pujá, mami, que ya casi, pujá que ya casi.”

Luis Alberto nació muerto por parto natural, la autopsia demostró que hacía una semana lo estaba, producto de un paro cardiorrespiratorio que podría haber sido evitado con una cesárea. Mi vida también corrió peligro, los signos vitales ya estaban agotados y el corazón latía muy lento.

Lo que se suponía una fiesta terminó siendo la peor pesadilla, una historia que lastima, y aunque con el paso del tiempo intentamos sanar, resulta cada vez más difícil.

No lo conocí, no dejaron que lo viera, solo pude contemplar a lo lejos su cabecita colorada. No sé si realmente lo vi o fue producto de los efectos de la anestesia. Me gusta creer que lo hice, que por al menos unos instantes fui su madre. Ni siquiera recuerdo el olor de su piel, sus manitos, su llanto. No lloró.

Se lo llevaron junto a Oscar para darle la noticia. “El bebé nació muerto.”

Aún recuerdo sus ojos profundos con forma de girasol llenos de lágrimas, su labio inferior lastimado de tanta fricción contenida, sus manos temblando como cuando nos casamos.

Mientras nosotros vivíamos esta historia, en lo de mi suegra le festejaban el cumpleaños a Ezequiel. De a poco se fue corriendo la noticia, no existían los celulares y no estaba en los planes que algo así sucediera. Presentía lo peor, pero deseaba estar equivocada.

Decidimos que continuaran con el festejo, yo no, ellos decidieron. Yo estaba muerta en vida, rota, perdida y sin ganas de seguir respirando. Ni los sedantes lograban tranquilizarme. Me sentía como un perro asustado por los cohetes en Navidad.

Mientras unos festejaban, otros me asistían y otros se ocupaban de los trámites, la burocracia de la muerte. La partida, el cajón y el velorio. El ritual. Lo velamos, un rato, lo que la ley permite.

¿Qué sabe la ley de tiempos? ¿Qué entiende de pérdida? Del dolor de una madre que parió a su hijo muerto. Si parir un bebé con vida es doloroso…

Pedí conocerlo. Oscar me llevó caminando, en camisón y toda despeinada a la sala velatoria. Cuando entramos le pusieron la tapa al cajón. Quisieron cuidarme, lo entiendo, pero hoy lo sufro. No lo vi. No lo conocí. ¿Se puede extrañar lo desconocido?

Todo fue muy rápido. Al rato llegó el cura párroco del pueblo a darle la extremaunción a su alma pura, coartada por la mala praxis. Una vida esperada.

NN y sus apellidos. Nunca Nacido. Así dice la placa de su tumba, es lo que permite la ley. ¿Qué entiende la ley del dolor de una madre? Mi dolor más grande es que no dejen que reconozcamos en un cacho de piedra tallada su nombre que soñamos: Luis Alberto.

¿Qué entiende la ley de amor? ¿De dolor? ¿De necesidad?

Para la ley eso no significa nada, mi hijo tampoco. Para mí es la paz y tranquilidad que necesito.

Oscar me acompañó en todo momento, no cualquier persona se lo banca. Éramos un matrimonio joven, en construcción, los chicos eran chicos y el futuro era algo incierto y poco agradable.

Durante largos meses, no sé cuántos, vestí el mismo camisón. Era de esos que están diseñados para las madres que amamantan, con el pecho desmontable. ¿Quién les explicaba a mis tetas que esa leche no la iba a tomar nadie? Que no había bebé para amamantar. Mi cuerpo no se había enterado de la muerte y la seguía generando. Me hubiera encantado arrancarme las tetas. Bañarme era un calvario, una catarata de leche se desprendía hasta mezclarse con el agua y perderse por el desagüe.

El doctor, otro, sugirió que las masajeara y me ordeñara cual vaca. Lo hice y la leche se la regalé a Elvira, la vecina que también había parido, solo que su hija había nacido viva. Desde ese día comprendí que no siempre los nacimientos son sinónimo de dar vida. Luz. A veces parimos dolor, muerte.

Me ahoga la idea de pensar que sufrió, se suponía que mi vientre era el lugar seguro para que creciera. Durante mucho tiempo me martirizó la idea de no haber sido suficiente para mantenerlo con vida. De quedarme con la duda y no salir corriendo en busca de otra opinión médica. Confié.

¿Por qué él y no yo?

Si sabían que estaba muerto, por qué hicieron que lo pariera naturalmente. Hay que ser mala persona para intentar salvarse el pellejo a costa del dolor ajeno. No lo conocí, no lo vi, pero sé que desde ese día una parte de mí fue enterrada en ese cajón. Soy ese cajón que lo abraza y cuida por la eternidad.

Esos meses de profunda oscuridad caminé perdida, pero de la mano de mi compañero de vida, él me sostuvo. Ahora también. Por un tiempo los chicos no vivieron con nosotros, no los podía ver. No eran ellos, era yo. No veía la salida y estaba atrapada en un vaivén de emociones.

Fueron rotando, de casa en casa, estudiando y haciendo lo mejor que pudieron. Imposible exigirles tanto. Nunca, jamás, ni de grandes, me juzgaron. Siempre que intentaba ponerme de pie, los pechos goteando me recordaban su ausencia.

Una mañana de verano me levanté llorando y fui al baño a lavarme la cara, detrás apareció Ezequiel y me dijo: “Mamá, te extraño, soñé que volvíamos a jugar a la pelota en la plaza”. En ese momento entendí que desde entonces era madre de cuatro, aunque solo pudiera ver a tres. Que tenía que seguir por ellos, porque eran chicos, porque no tenían la culpa de lo sucedido. Necesitaban a su mamá.

Mientras lo decía, recordé mis noches de llanto bajo las sábanas, escuchando cómo papá mataba a golpes a mamá. VA-A-ESTAR-MUERTA. Juré que ellos iban a tenerme en todo momento, que mi dolor tenía que aprender a convivir con otras realidades. De a poco me incorporé a un mundo que me miraba con pena.

Y así pasó el primer año, lento como las películas francesas, triste como Diario de una pasión. Seguí llorando, pero de a poco me fui animando a hablar del tema. A buscar refugio en los miles de faros que marcaban el camino.

Pasó un año, Eze cumplía nueve, puse lo mejor y organicé una fiesta con sus amigos del barrio. Procuré que todo saliera lindo y tuviera un bonito día, lo merecía. Pero no fue posible, ni bien comenzaron a llegar los invitados se subió a la bicicleta y escapó.

Había perdido a un hijo y ellos, a un hermano y, junto con él, la fecha de su cumpleaños. Ese día en el que todo es diferente, ese día en el que sos especial. Desde entonces, año tras año, tratamos de respetar el dolor y celebrar sin presiones.

No soy la mejor mamá, lejos estoy de eso, pero trato de darles más de lo que me dieron. De aprender y escucharlos, de modificar mis acciones cuando no estoy en lo correcto. Cuando aprendí que nadie tiene un manual para ser la mejor y que equivocarse es parte del proceso, todo fluyó. Los aciertos están al mismo nivel que las equivocaciones, pero tengo el deseo profundo de que su vida sea feliz.

No puedo evitar que sufran, si puedo estar para sostenerlos en la caída. Ellos lo hicieron por mí durante muchos años, entendieron sin reclamos.

El amor nos hace más fuertes. El amor nos retroalimenta.

Cada 11 de marzo pierdo un hijo. A veces me da miedo ser feliz, más que miedo, culpa. Me asusta reír, descubrir que aún podemos ser eso que tanto soñé. Que aún lo somos. Cada 11 de marzo vuelvo a parir dolor y muerte, mis pechos recuerdan que no hay bebé para amamantar. Cada 11 de marzo intento sonreír y celebrarlos. Cada 11 de marzo nos abrazamos cósmicamente.

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