Kitabı oku: «El niño filósofo y la ética»

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EL NIÑO FILÓSOFO Y LA ÉTICA

Jordi Nomen Recio

EL NIÑO FILÓSOFO Y LA ÉTICA


© del texto: Jordi Nomen Recio, 2021

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: noviembre de 2021

ISBN: 978-84-18741-23-4

Diseño de colección: Enric Jardí

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Imagen de cubierta: © Marta Velasco Velasco

Maquetación: Àngel Daniel

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.

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SUMARIO

INTRODUCCIÓN. EL PENSAMIENTO CUIDADOSO, LOS VALORES Y SU NECESIDAD

PRIMERA PARTE. CÓMO FOMENTAR EL PENSAMIENTO CUIDADOSO EN LOS NIÑOS

Ética y diálogo. Una filosofía para la ciudadanía

Uso de una «razón cordial»

Un pensamiento guiado por valores

Reflexión provisional: vivir frente al espejo o asomado a una ventana

SEGUNDA PARTE. ONCE MAESTROS DE LA VIDA Y ONCE CONCEPTOS CLAVE

¿Cómo podemos ser mejores personas? Confucio y su concepto de armonía

¿Qué es la humildad? Lao-Tse y su concepto del tao

¿De qué sirven los rumores? Sócrates y su concepto de verdad

¿Qué es la libertad? Pico della Mirandola y su concepto de dignidad humana

¿Qué nos mueve a actuar? León Tolstói y su concepto de motivación humana

¿Qué es la igualdad de género? Mary Wollstonecraft y su concepto de feminidad

¿Por qué debemos practicar la compasión? Martha Nussbaum y su concepto de la compasión humana

¿Qué es la violencia? Mahatma Gandhi y su concepto de la no violencia

¿Qué es la exclusión social? Martín Luther King y su concepto de racismo

¿Qué es el perdón? Nelson Mandela y el concepto de ubuntu

¿Qué es el ser humano? Eduardo Galeano y su concepto de deshumanización

CONCLUSIONES. LA LÓGICA DE LOS VALORES EN UN MUNDO MÁS HUMANO

BIBLIOGRAFÍA

Para Matthew Lipman y Ann Margaret Sharp, sin los que no hubiera sido posible escribir nada de esto.

Para mi familia, que siempre ha estado a mi lado, para cualquier cosa.

Para mis compañeros del GrupIREF, con los que llevo más de veinte años aprendiendo filosofía para niños.

Para Andreu, Jaume, Josep, Xavier, Maribel y Montserrat; ellos ya saben por qué.

Para todos mis alumnos, de los que aprendo continuamente.

«Si un libro se puede leer impunemente, no vale la pena tomarse el trabajo. Cuando los libros están de veras vivos, respiran; y uno se los pone al oído y les siente la respiración y sus palabras son contagiosas, peligrosamente, cariñosamente contagiosas…».

EDUARDO GALEANO

INTRODUCCIÓN
EL PENSAMIENTO CUIDADOSO,
LOS VALORES Y SU NECESIDAD

Con el presente volumen se cierra una trilogía sobre el «buen pensar», iniciada con El niño filósofo, publicado en 2017, y al que le siguió dos años después El niño filósofo y el arte. ¿Qué sentido doy a esta expresión? Un buen pensador debe ser crítico para pensar por sí mismo; debe ser creativo para dar con soluciones alternativas a los problemas, sean viejos o nuevos. Por último, debe ser cuidadoso para tener en cuenta a los demás, para convivir en el marco social que da sentido a la convivencia, para impulsar la democracia. En suma, pensar bien significa acercarse a la verdad desde el pensamiento crítico, a la belleza desde el pensamiento creativo y, sobre todo, a la bondad desde el pensamiento cuidadoso. De los tres, tengo claro que debe predominar este último, que nos permite convivir y gozar de las múltiples formas de amor, el sentido de la vida más pleno que conozco. Se trata, no obstante, de una bondad crítica y creativa.

En las páginas que siguen no pretendemos canonizar ni sustituir los valores personales que surgen a partir de los vínculos de aprendizaje de la familia; queremos, sobre todo, promover los valores sociales que facilitan a los niños ejercer como ciudadanos sus derechos y sus deberes, de forma comprometida y responsable para mejorar el mundo.

QUÉ ES EL PENSAMIENTO CUIDADOSO

Oímos hablar continuamente de crisis de valores. La pandemia que estamos afrontando ha acentuado aún más si cabe esta percepción. Innumerables expertos y medios de comunicación proclaman el deterioro de los valores que habían dirigido la educación de los niños y su sustitución por otros menos solidarios, más individualistas. No creo que eso sea del todo así, ni en el ámbito de la familia ni en el de la escuela. La mayoría de familias y docentes sabemos que la vida buena sigue pasando por cultivar la bondad y el amor. Es cierto que la sociedad ha cambiado profundamente y que, a menudo, los modelos de éxito que se proponen poco o nada tienen que ver con la bondad y el amor. Vivimos en esta profunda contradicción. Se produce un encontronazo evidente entre el proyecto educativo de familias y escuelas, y los modelos sociales. Nuestro deber es seguir defendiendo aquello en lo que creemos. Este libro se propone estudiar el pensamiento cuidadoso —o ético— y sobre todo proponer herramientas para desarrollarlo desde la infancia. Se trata, siguiendo a Matthew Lipman y a Ann Margaret Sharp, de la dimensión de nuestro pensamiento que nos vincula a los demás. Posee un doble componente: el cuidado, entendido como rigor y atención en la evaluación de nuestras opiniones y hechos, eliminando prejuicios y estereotipos; y el respeto y atención a los demás, a la formación de valores positivos que nos ayuden a transitar por el mundo. En el libro de Lipman El lugar del pensamiento en la educación, leemos que el pensamiento cuidadoso posee unos criterios reguladores que lo definen: es «apreciativo», porque valora (añade el aprecio a lo que se estima); es «activo», porque se moviliza para conservar lo que aprecia; es «normativo», porque intenta traducir el ideal que lo mueve en pautas; es «afectivo», porque enjuicia lo que sentimos, y es «empático», porque basa la comprensión en el intento de ponerse en el lugar del otro, de lo que el otro piensa y siente. En suma, el pensamiento cuidadoso pretende educar en la razonabilidad y en el cuidado para formar una estructura de carácter personal, y a la vez trata de promover valores democráticos, de ciudadanía, que permitan dirigir la evolución y transformación de la estructura social, una transformación que la incertidumbre actual hará inevitable.

QUÉ ES UN VALOR

Un valor es un ideal, un ideal que nos inspira, un principio que da sentido. Valores como la libertad, la justicia, la generosidad o la prudencia derivan en virtudes cuando se muestran de manera coherente en nuestros pensamientos y obras. Hablamos entonces de personas libres, justas, generosas o prudentes. Frente a ellos se hallan los contravalores, que también son ideales, pero en sentido contrario a los anteriores: sumisión, injusticia, tacañería o imprudencia.

En nuestros juicios siempre se presentan añadidos esos valores —o contravalores, según el caso— y, al enfrentarnos a la realidad, siempre emitimos juicios. En ellos hay una parte racional y una parte afectiva. Valoramos lo que nos sucede porque al hecho objetivo nuestra mente le añade el valor que sea. Lipman se refiere al pensamiento cuidadoso como una dimensión del pensar que supone actos y estados a la vez cognitivos y afectivos. En el pensamiento cuidadoso se interpone siempre la categoría «me gusta» o «me disgusta», lo que hace que consideremos lo que nos sucede como algo bueno o malo.

Los valores son guías para identificar lo que importa. Tratan de determinar las necesidades individuales y sociales, sin considerarlas solo como una decisión personal. Consideramos valor aquello que satisface a nuestros afectos, nuestros pensamientos y nuestras acciones. Así pues, nuestros actos deberían ser reflejo de esos valores: las actitudes, que se encuentran implícitas en ellos. En este sentido, los valores se establecen como creencias indemostrables a las que no queremos renunciar porque nos dirigen y orientan. Son patrones, protocolos, que nos dan seguridad, y se establecen como medios para lograr los fines que nos proponemos.

¿Cómo elegimos los valores? Los valores no se aprenden en abstracto, como un contenido teórico más. Por su doble esencia, cognitiva y afectiva, los valores se aprenden sobre todo con el ejemplo. Por eso la familia y la escuela, fuentes de los primeros valores, deben ser espacios de ejemplo y práctica de los valores que se defienden como principios de conducta. Quien no es paciente, jamás favorecerá que otro lo sea. Los valores no se enseñan, se muestran, se transmiten en un ambiente que los concreta y los hace aterrizar desde las alturas. Se da testimonio de los valores y, en esa práctica, se enriquecen con los matices de la realidad. Eso es lo que debe hacerse con los hijos y con los alumnos: mostrar, transmitir; en la confianza de que ellos, desde su propia autonomía, escojan aquellos valores que sirvan a la buena vida que tendrán que construir por sí mismos.

Hace años, en una visita que realicé a Edimburgo, presencié un suceso que ejemplifica lo que digo. Hacíamos cola para visitar el magnífico castillo que corona la ciudad, cuando un padre y su hijo adolescente empezaron a discutir. El hijo, que parecía saber más inglés que el padre, insistía y gesticulaba de forma visible. Por curiosidad, presté atención y entendí que el muchacho trataba de convencer a su padre de que le comprase la entrada para menores de edad, como si tuviera aún catorce años. El hijo argumentaba que en la puerta de entrada nadie lo comprobaría, y que la diferencia de precio entre la entrada de adulto y la de un menor, unos diez euros, justificaba una pequeña mentira que no hacía daño a nadie. El padre no respondía a los requerimientos del hijo y la cola siguió avanzando. Por fin, el padre compró dos entradas para adulto, y el hijo, molesto, le espetó: «¿Por qué, por qué has tirado el dinero?». No he olvidado la respuesta que le dio el padre y que dejó sin palabras al chico: «Hijo, he comprado dos entradas de adulto porque, para mí, la honestidad vale bastante más de diez euros».

Ciertamente, muchos de nuestros valores los adquirimos de forma social. La sociedad también refleja determinados valores a los que acomoda sus acciones, incluso aunque no se verbalicen de forma explícita. Pero ocurre a menudo que se dice defender algo y se actúa de manera incoherente con lo que se afirma defender. Ningún valor se aprende desde la inconsistencia. Una sociedad justa favorece la justicia desde sus instituciones y sus acciones. Los discursos no alteran sustancialmente los afectos. Solo desde el ejemplo y la experiencia se pueden manifestar los valores que finalmente se consolidan. El testimonio —el discurso en primera persona, la experiencia propia de las dificultades que entraña actuar virtuosamente— es la mejor forma de transmitir valores.

Esos valores están presentes tanto en la moral como en la ética, por lo que conviene saber diferenciarlas. La ética es una parte de la filosofía que estudia y sistematiza los conceptos del bien y el mal, así como otros muchos vinculados a ellos, como el de la propia virtud. La ética ha sido definida con vocación de universalidad, y es independiente de las diferentes tradiciones culturales. Pretende establecer modelos de conducta porque no solo es una elucubración teórica. Persigue el bien, después de definirlo; en ocasiones, lo entiende como virtud, en otras como utilidad, en otras como contrato social.

En cambio, la moral suele entenderse como el conjunto de normas que rigen el comportamiento de las personas en una sociedad concreta para contribuir a mantener la estabilidad de la estructura social. Se relaciona con las leyes y las tradiciones, escritas o no, que integramos en nuestro proceso de socialización y crianza. De ahí que la religión, en tanto que tradición cultural, haya tenido un papel destacado en el establecimiento de los diferentes códigos morales a lo largo de la historia.

Donde la ética establece principios universales y en parte estáticos, la moral establece conductas concretas y adecuadas a un determinado contexto, más versátiles. Donde la ética establece conceptos teóricos y abstractos, la moral se engarza en las problemáticas de la vida cotidiana. Donde la ética tiene una formulación individual o de una determinada religión, la moral concreta el sistema cuidadoso en normas sociales. Donde la ética da libertad de elección, en un ejercicio racional, la moral impone pautas sociales que no elegimos, que simplemente aceptamos o rechazamos, provocando, en este último caso, algún tipo de sanción, mediante la ley o el rechazo social. Donde la ética establece una elección interior consciente y voluntaria, la moral proviene de nuestro exterior y la integramos de forma inconsciente, a medida que crecemos en un determinado entorno social. De esta última no podemos prescindir ni permanecer al margen.

Me parece interesante recoger la teoría de Kohlberg, para luego polemizar con él. Lawrence Kohlberg fue un psicólogo norteamericano que trató de establecer etapas en el desarrollo moral y psicosocial del niño, bajo la notable influencia del psicólogo suizo Jean Piaget. Según Kohlberg (2008), la curiosidad por aprender, motor del desarrollo mental, mueve al niño a establecer pautas morales desde lo concreto a lo abstracto.

En el caso de Piaget, eso significa que en la primera infancia tendemos a pensar solo en lo que podemos percibir directamente en primera persona, y que luego, poco a poco, aprendemos a razonar sobre elementos abstractos. Para Kohlberg, el niño empieza deseando el bien a un grupo reducido de personas, grupo que va creciendo con el tiempo hasta incluir a los desconocidos. El perímetro moral se ensancha en seis etapas. Estas etapas se subsumen en tres categorías mayores o fases: la fase preconvencional, la convencional y la posconvencional.

1.Fase preconvencional. Hasta los nueve años, aproximadamente, la persona juzga los acontecimientos en función de si le afectan personalmente.

• Primera etapa: orientación hacia la obediencia y el castigo. El individuo solo piensa en las consecuencias inmediatas de sus acciones, evita las experiencias desagradables, que vincula al castigo, y busca la satisfacción de las propias necesidades. Así, puede llegar a culpabilizar a víctimas inocentes, si han sufrido un castigo, y absolver a los culpables si se han librado de él.

• Segunda etapa: orientación hacia el interés propio. Se empieza a pensar más allá de lo individual, pero todavía desde el egocentrismo. La persona empieza a concebir que hay diversos puntos de vista y que pueden provocar conflictos de intereses. Pero el individualismo y el relativismo impiden identificarse con valores colectivos.

2.Fase convencional. Define el pensamiento de los adolescentes y de muchos adultos. En ella se tienen en cuenta intereses individuales y también colectivos. Se perciben las convenciones sociales sobre lo bueno y lo malo.

• Tercera etapa: orientación hacia el consenso. En esta etapa las acciones buenas son aquellas que nos permiten ser aceptados por los demás, encajar en lo que colectivamente se considera bueno. Las acciones buenas y malas están definidas por los objetivos que persiguen y el modo en que las decisiones encajan en los valores morales compartidos.

• Cuarta etapa: orientación hacia la autoridad. Se percibe que lo bueno y lo malo emana de una serie de normas exteriores al individuo. El bien trata de cumplir las normas, y el mal de incumplirlas. El perímetro cuidadoso se amplía a todos los que están sujetos a la norma, a la ley. No se pueden cuestionar esas normas; más allá no hay nada.

3.Fase posconvencional. En esta fase se crean los principios morales propios, que pueden cuestionar o no las normas establecidas, más allá del propio interés.

• Quinta etapa: orientación hacia el contrato social. En ella se razona sobre la coherencia entre las normas y leyes y la construcción de una buena sociedad. Se infiere que la sociedad regula la vida de las personas y que existe el derecho de las personas a rechazar las leyes y normas disfuncionales o perversas. Dicho de otro modo, la razón toma distancia para juzgar conforme a principios cuidadosos. Se descubre la distancia entre lo legal y lo legítimo, y el hecho de que hay normas y leyes buenas y malas.

• Sexta etapa: orientación hacia los principios universales. El razonamiento se vuelve abstracto, y se basa en la creación de principios morales universales que son plenamente cuidadosos, diferentes a las leyes en sí mismas. Por ejemplo, se considera que cuando una ley es injusta debe cambiarse. Además, las decisiones se toman a partir de principios cuidadosos universales, no desde el contexto concreto.

De aceptar esta división por etapas, los niños difícilmente podrían acceder al pensamiento cuidadoso que nosotros defendemos. Habría que esperar a ser casi adultos para adentrarse en él. En mi opinión, se trata de un planteamiento erróneo, fruto del prejuicio de que los niños no son capaces de pensar por sí mismos. Subestima Kohlberg, como también hizo Piaget, el papel de la educación, y en particular de la filosofía, para desarrollar el pensamiento cuidadoso a edades tempranas.

Sirva de contrapunto lo que sostiene el filósofo Joan Carles Mèlich en su libro Filosofía de la finitud: «Ser cuidadoso es creer que la peripecia del otro es mi problema». Y añade: «Si avanzamos, retrocedemos, nos equivocamos y volvemos a intentarlo es porque no existe solo una referencia para la vida, sino muchas, y se dan en una situación concreta, en un contexto». Por ello propone «transgredir la moral con una respuesta ética al dolor y la demanda del otro». Para Mèlich vivimos en «un exceso de normativa moral que impide la respuesta ética, la cual siempre es, de una manera u otra, una transgresión de la moral, de los valores, normas, deberes y costumbres heredados». Siendo como es la finitud el «rasgo decisivo de la condición humana [...] estamos obligados a elegir en medio de una terrible y dolorosa incertidumbre». Hoy más que nunca.

De ahí que Mèlich proponga una ética que solo puede expresarse poéticamente. Para él, ser cuidadoso supone que «si la “diferencia” con la palabra del otro no se convierte en “deferencia”, es pura indiferencia». En conclusión, «la época incierta que vivimos lleva consigo la grave amenaza de buscar seguridad en fundamentalismos políticos, religiosos o tecnológicos a los que debemos contraponer una ética que responda aquí y ahora al dolor del otro, y no es ni puede ser la mera aplicación de una ley». Vivimos en una época de mucha moral y poca ética, y eso deberíamos corregirlo con ayuda del pensamiento cuidadoso.

Aprender a pensar cuidadosamente supone tener en cuenta varios aspectos:

1. Primero, acercarnos a la verdad a partir de los criterios de objetividad que nos ofrece el método científico para validar las hipótesis que formulamos sobre los sucesos reales.

2. Segundo, utilizar la lógica, tanto formal como informal, que nos permite fortalecer los argumentos sin caer en prejuicios, estereotipos o falsos razonamientos.

3. Tercero, considerar los diversos aspectos que permiten un juicio razonable y cuidadoso. Al pensar con cuidado, tenemos en cuenta las intenciones, los medios, las circunstancias y las consecuencias. Analizar la ética de una acción implica profundizar en su complejidad. No es lo mismo sobrepasar un límite de velocidad por diversión que hacerlo para salvar una vida en peligro, por ejemplo.

Debemos promover con el diálogo, tanto en familia como en la escuela, que los niños interioricen una serie de preguntas antes de juzgar y tomar decisiones relevantes. Preguntas como las que siguen son necesarias para trabajar el pensamiento cuidadoso:

— ¿Es cierto lo que ha ocurrido?

— ¿Con qué ideas previas se abordó lo sucedido?

— ¿Con qué intención se actuó?

— ¿Qué medios se utilizaron?

— ¿Qué circunstancias se daban?

— ¿Qué consecuencias se produjeron?

Si logramos que esas preguntas formen parte de la rutina reflexiva de los niños, habremos establecido una base sólida para desarrollar su pensamiento cuidadoso y ético.

POR QUÉ LOS NIÑOS NECESITAN EL PENSAMIENTO CUIDADOSO

Más que nunca, en este «mundo del espectáculo» nos hemos acostumbrado a juzgar cambiando de canal o haciendo clic con el ratón del ordenador. Es innegable que los valores sociales se encuentran en crisis, que incluso lo que parecía indiscutible —el respeto, la honestidad, etc.— hoy es puesto en tela de juicio. Hoy vemos a políticos que presumen de no respetar el pluralismo y defienden, sin asomo de vergüenza, el racismo, la xenofobia, la homofobia o el machismo... Son personas que prometen soluciones simples a problemas complejos. Sin duda es una democracia decadente la que otorga poder a los intolerantes en nombre de la tolerancia. El miedo es el medio, y el mesianismo más torpe y banal, la solución. El mundo es hoy más peligroso porque las voces de la serenidad y la reflexión parecen haber callado. «Muera la cultura y viva la muerte», exclamaba Millán-Astray no hace tanto tiempo en nuestro país. Los tiempos por venir serán difíciles, porque la verdad ya no cuenta y la mentira ya no siente vergüenza a ser proclamada.

Sin embargo, la humanidad tiene en sus manos diseñar un futuro mejor, y a ello debemos dedicar nuestros esfuerzos. Contamos para ello con muchos instrumentos, y la educación es uno de los más poderosos. Las familias y la escuela, fuentes de la educación primaria y secundaria, promueven valores como la ternura, la bondad, la solidaridad o la prudencia, valores cuestionados por un modelo de éxito que entroniza el egoísmo, la vanidad o la falta de integridad.

La inspiradora obra de Matthew Lipman, por ejemplo, nos lleva a concebir la filosofía como un saber indagador que duda de forma sistemática y permite trabajar con los niños la autonomía y la libertad, sin renunciar a la justicia. El proyecto Filosofía para Niños los invita a pensar y a sentir para disfrutar de una auténtica libertad de pensamiento y de acción. Desgranemos las utilidades de este aprendizaje para cimentar algunos valores:

1. Construir ciudadanía. Es importante que niños y adolescentes posean un concepto de ciudadanía integrador. Ya desde tiempos de la Grecia clásica, que excluía a los esclavos y a las mujeres, las diferentes definiciones de ciudadanía han servido para delimitar líneas que dejaban fuera a ciertos colectivos de personas. Ciro, rey de los persas (el mayor enemigo de los griegos), se refirió despectivamente a los atenienses afirmando que no los temía. Lo comenta, en un bello texto, el filósofo Carlos Fernández Liria (2007): «Ningún miedo tengo de esos hombres que tienen por costumbre dejar en el centro de sus ciudades un espacio vacío al que acuden todos los días para intentar engañarse unos a otros bajo juramento». Palabras que son en realidad una preciosa definición de la democracia. Poco sospechaba el rey persa la inmensa potencia que se ocultaba en ese espacio vacío, gracias a la cual los griegos no solo vencerían en dos guerras a los persas, sino que se convertirían en un modelo político para la humanidad entera. En esa plaza pública se asentaban dos realidades de potencia incalculable: la asamblea y el mercado. En ambos espacios los hombres intentaban engañarse bajo juramento y, en verdad, no han dejado de hacerlo hasta nuestros días. Pero en la asamblea, al tratar de engañarse, tienen que argumentar y contraargumentar, deben dialogar, y de ese diálogo surgen consensos, y de estos, leyes. Los griegos eran «ciudadanos» en la medida en que pisaban ese espacio vacío en el centro de sus ciudades. Era el espacio al que, en adelante, llamaremos el espacio de la ciudadanía.

He aquí lo que tiene de atrevido el proyecto de democracia heredado de la antigua Grecia: poner en el centro de la ciudad un espacio vacío es como pretender que todo aquello sobre lo que bascula el tejido social gire en torno a un lugar en el que no hay dioses ni reyes, un lugar sin amos ni siervos. La Filosofía para Niños, al reunir alrededor de un espacio vacío a «todas» las personas en situación de igualdad, sin jerarquías, permite interiorizar la idea de que la ciudadanía debe incluir a todos, sin distinción alguna. Cada uno tiene algún talento que aportar, algún servicio que prestar, alguna vivencia. Hay que educar a los niños en el reconocimiento de la validez de su propia voz.

2. Estimular la participación. El proyecto de Filosofía para Niños apuesta por una participación de calidad, cede la iniciativa a los niños sobre los temas que hay que tratar. Si la democracia debe evolucionar hacia una participación cualitativa de la ciudadanía, eso deberá empezar ya en la infancia, en la propia familia, donde padres y madres deben escuchar y preguntar más que responder a sus hijos, proporcionándoles espacio para reflexionar. Y por supuesto en la escuela, con los mismos presupuestos.

3. Cultivar la razonabilidad. Al potenciar que los buenos argumentos, lógicos, cuidadosos y creativos, proporcionen criterios de solidez a las opiniones y propuestas, se consigue que los niños desarrollen criterios para diferenciar hechos de meras opiniones, y que ordenen estas últimas según su debilidad o fortaleza. Se evita que el proceso de toma de decisiones quede subordinado solo a la mayoría o a la manipulación. Una democracia de calidad debe ser razonable e incluir a las minorías.

4. Practicar la negociación. Las personas fijamos unos máximos y unos mínimos respecto a lo que queremos. El diálogo implica buscar puntos en común y gestionar de forma positiva los desacuerdos. Los desacuerdos, tanto en casa como en la escuela, enriquecen la negociación, una negociación que debe partir de los mínimos para tener éxito y hacer posible la convivencia. Una democracia de calidad debería permitir la negociación fluida de los agentes que la forman.

5. Darse tiempo para deliberar. Todos sabemos que hay decisiones que nos afectan y otras que no. La deliberación es el paso intermedio entre la intención y la decisión. La razón analiza los pros y contras de lo que se desea, antes de pasar a la acción. Los niños deben cultivar esa habilidad de pensamiento fundamental. Una democracia de calidad debe escuchar a los afectados y sopesar sus razones.

6. Celebrar la diversidad. Hay una gran diferencia entre diversidad y diferencia. En una comunidad de aprendizaje la diversidad enriquece y proporciona una visión poliédrica de la realidad, al entrecruzarse en el diálogo diferentes puntos de vista. Por desgracia, en las democracias occidentales se están produciendo propuestas demagógicas que acentúan las diferencias, que estigmatizan o marginan colectivos de personas.

7. Aprovechar el conflicto para aprender. Los conflictos tienen mala prensa. Suelen equipararse a los problemas, y hay propuestas utópicas que tienen como objetivo erradicarlos. Pero eso no es posible. El conflicto es inevitable en diversidad, y se entiende que es difícil gestionarlos porque en ellos las emociones y el estrés son elevados. Pero pueden ser fuente de aprendizaje. Razonar permite abordar el conflicto en el momento en que aparece, descomponerlo para encontrar la historia y las ideas previas, identificar los malentendidos y propiciar la reconciliación sobre unos mínimos. La democracia de calidad también debe hacerlo.

8. Promover la empatía. Convivir en la diversidad significa hacer el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro, entender las razones que lo mueven y comprender sus sentimientos y emociones. Solo de este modo podrá construirse una democracia plena y justa.

9. Reconocer las creencias. La creencia es una posición mental que acepta como verdad una premisa que no se puede razonar, sea porque es indemostrable, sea porque no estamos dispuestos a cuestionarla. Compartirlas en el marco de un diálogo filosófico permite captar que hay todo un mundo dentro de cada persona, un mundo propio al que tiene derecho. Una democracia de calidad debe respetar todas las creencias, con el único límite de que estas permitan la existencia de las demás.

10. Construir el respeto. El respeto es un valor superior, en mi opinión, a la tolerancia. La tolerancia invita a dejar pasar, a permitir que el otro ejerza sus derechos, pero desde cierta superioridad. Parece que le digamos «te lo permito» antes que «es tu derecho». En cambio, el respeto implica considerar con atención, otorgar importancia a lo que el otro es, piensa o dice, en un plano de igualdad. Trabajar la filosofía con los niños supone lograr esa escrupulosa equidad que debería presidir todas las acciones en una democracia. Etimológicamente, respeto significa poner atención.

11. Impulsar la creatividad. Sabemos que proponer soluciones no consiste en seguir normas y modelos, sino en plantear variantes, alternativas, proyectos de futuro, caminos diversos que conducen a diferentes objetivos. La Filosofía para Niños invita a plantearse los problemas y los enigmas en clave de múltiples posibilidades. Esto es más necesario que nunca en nuestra democracia.

12. Intentar el consenso. Acuerdo no significa uniformidad. Decíamos antes que las personas tenemos unos mínimos en cuanto a deseos, sueños y expectativas. Si se quiere vivir en democracia, debemos aceptar que nuestros deseos no abarquen una dimensión tan grande que impida los deseos de los demás o, incluso, sus necesidades. Llegar a consensos no es fácil y requiere haberlo practicado antes en casa y en la escuela.

En conclusión, solo si trabajamos en la autonomía de criterio de los niños, en su pensamiento propio y su sensibilidad para arriesgarse con propuestas nuevas que no dejen a nadie atrás, podremos tener ciudadanos libres y responsables, capaces de guiar la transformación social hacia un horizonte de paz y justicia.

Vivimos en una sociedad que entroniza la utilidad, que desprecia el pensamiento crítico, que busca en la rapidez de lo líquido (Bauman, 2017) la respuesta más adaptativa a la formidable cantidad de estímulos que nos rodea. No hay tiempo que perder con la reflexión o el diálogo; vivimos bajo la tiranía de la inmediatez. Este sistema nos pide un flujo constante de trabajo y consumo, un círculo vicioso que el poder presenta como imprescindible para que la economía siga funcionando. Todo es obsolescente, todo debe ser sustituido. La economía de mercado lo mercantiliza todo y crea una peligrosa sociedad de mercado en la que las relaciones humanas se miden en términos de utilidad (Ordine, 2013), donde la democracia pierde los estándares de calidad y se pervierte en una libertad irreflexiva que olvida el bien común en favor de unos derechos individuales ejercidos a menudo desde la intolerancia.

Creo que la Filosofía para Niños, como saber crítico y liberador, puede aportar el necesario contrapunto de mejora frente a este estado de estupidez narcotizante que nos impide ser solidarios con los demás y nos condena a la soledad. El diálogo filosófico, socrático, ejercido en comunidad, en la escuela y en familia, potenciará sin duda una ciudadanía más participativa.

PRIMERA PARTE
CÓMO FOMENTAR EL PENSAMIENTO CUIDADOSO EN LOS NIÑOS

Tres elementos fundamentan el pensamiento cuidadoso en los niños: el fomento de la ciudadanía mediante el diálogo, el uso de una «razón cordial» y la propuesta de unos valores sociales que promuevan una ciudadanía comprometida en la mejora del mundo.

ÉTICA Y DIÁLOGO. UNA FILOSOFÍA PARA LA CIUDADANÍA

¿Cómo debería ser la democracia para cumplir con su misión de favorecer la igualdad de oportunidades y derechos y de proteger a aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos? ¿Puede la filosofía favorecer una ciudadanía más tolerante? Observemos primero los problemas que se presentan para alcanzar tal pretensión.

Ante la complejidad de los problemas, en un mundo globalizado, tendemos a no reflexionar lo bastante, a seguir las inercias que nos proponen los que tienen el poder de decidir y la opinión que sostienen los medios de comunicación que les son afines. En suma, confiamos nuestra opinión a «los que saben» y renunciamos a «saber por nosotros mismos». Ciertamente, no podemos saber de todo. Pero ¿acaso no podemos informarnos? Vivimos en una sociedad con acceso al mayor caudal de información del que jamás se haya dispuesto. También podemos escuchar y dialogar con mentes reflexivas que están a nuestro alcance a través de la tecnología. ¿Por qué no lo hacemos, entonces? Posiblemente haya un componente de falta de esfuerzo, de pereza intelectual —quizás inducida por una educación demasiado complaciente con el poder— y también cierta dejadez en cuanto a profundizar —¿fruto del mal uso de las tecnologías?—. No nos han enseñado a pensar críticamente, estéticamente, éticamente; y no sabemos cómo ponernos a ello.

En ese contexto, la filosofía desempeña un papel fundamental como saber que cuestiona certezas, que examina argumentos en la búsqueda incansable de la verdad y el desarme de prejuicios y estereotipos. Si queremos seguir este camino y fortalecer la democracia, habrá que hacerlo desde la infancia. Los niños y las niñas, los adultos del futuro, solo desde un pensamiento riguroso y cuidadoso podrán lograr un desarrollo social más justo y democrático.

El poder es la capacidad para influir en las personas y los acontecimientos. El poder, por definición, es asimétrico, porque quien lo detenta puede dar o retirar recompensas, puede aplicar o retirar sanciones. Se trata por tanto de una relación de dominio. El poder puede ser ejercido de forma legítima, cuando ha recibido en su ejercicio la aprobación y reconocimiento de los gobernados, o no, en el caso contrario. De ahí que la democracia sea la forma de poder legítimo por excelencia. En 1994, a petición del primer ministro británico, el conservador John Major, se constituyó un comité de expertos para proponer unas normas de conducta en la vida pública, referidas a la actividad parlamentaria y administrativa. Seis meses más tarde, se publicó el informe titulado «Standards in Public Life», un referente mundial para cualquier Gobierno interesado por la ética de sus políticos y funcionarios. Se examinaron dos mil cartas y se interrogó a más de cien testigos. El comité, presidido por el juez Nolan, emitió un informe en el que proponía los siguientes principios sobre cómo debe ser la conducta de los funcionarios en una democracia plena:

1. Desinterés: las decisiones se deben tomar de acuerdo con el interés público.

2. Integridad: ningún interés propio debería interferir en sus responsabilidades oficiales.

3. Objetividad: los que ocupan cargos públicos deberían ser escogidos por razones de mérito.

4. Responsabilidad: los servidores públicos deberían someterse a procedimientos de control como responsables de sus decisiones.

5. Transparencia: las decisiones deberían ser lo más abiertas y justificadas posible. Solo se podría limitar la información al público en caso de interés público.

6. Honestidad: los servidores públicos deberían declarar todos sus intereses privados y proteger el interés público en los conflictos que puedan surgir.

7. Liderazgo: los servidores públicos deberían apoyar estos principios con liderazgo y ejemplaridad.

Una democracia de calidad debe tener servidores públicos con estándares y criterios claros. No podemos ser condescendientes con la indignidad o la corrupción. Debemos controlar al poder, que debe ser transparente en sus decisiones, que se regirán por el interés o bien común.

Para llevar a cabo esta propuesta necesitamos una ciudadanía educada en el pensamiento propio, rebelde, inconformista, que sepa exigir estos principios, asociándose, si es necesario, para reclamarlos y denunciar su incumplimiento. Una educación que facilite que los niños piensen por sí mismos, que los capacite para ejercer una ciudadanía activa, que vaya mucho más allá del voto cuatrienal para ejercer sus derechos individuales y colectivos en el propósito de construir un mundo mejor.

¿Qué aporta el diálogo filosófico a la construcción de la ciudadanía?

Empecemos por definir el diálogo filosófico, y para ello partiremos del significado de «diálogo». Dice el poeta Antonio Machado: «Para dialogar, preguntad primero; después..., escuchad». El diálogo supone una escucha activa y la búsqueda del misterio que despierta la curiosidad y la admiración, y nos impele a investigar. Conviene matizar la distancia que lo separa de otras formas de comunicación similares. Un diálogo no es un debate; en el debate se parte de la adhesión a posiciones contradictorias y el objetivo es aportar mejores argumentos que la otra parte para convencer. Un diálogo no es tampoco una conversación, que no requiere una escucha activa, ni una argumentación que vaya más allá de la mera creencia u opinión. No es tampoco una asamblea, donde tomar decisiones sobre un problema es lo prioritario. Un diálogo requiere una escucha atenta, una reflexión activa sobre los argumentos que se presentan para valorar su validez lógica y su solidez. El objetivo del diálogo no es convencer a un adversario, porque no los hay, solo se trata de colaborar para profundizar en la cuestión que se analiza. Se accede así a la complejidad. Si el diálogo es filosófico, se dan algunas características específicas:

1. El diálogo crea y utiliza criterios, que definimos como normas, reglas o pautas que, en nuestros juicios, nos permiten discernir, clasificar o relacionar una afirmación o una negación respecto al contenido que se analiza. Son la base del pensamiento crítico.

2. El diálogo filosófico formula más preguntas que respuestas, porque pretende indagar, ir más allá de lo sabido.

3. Plantea cuestiones metacognitivas. Existe consenso entre los profesionales de la psicología cognitiva en considerar la metacognición como una capacidad innata en los seres humanos. Se trata de una habilidad —que crece, si se practica— que nos permite comprender y ser conscientes de nuestros propios pensamientos, pero también de la capacidad de otros para pensar y juzgar la realidad. También nos habilita para anticipar el comportamiento propio o ajeno a través de la percepción continuada de las emociones, actitudes y sentimientos de los demás. Es la base de la empatía.

4. El diálogo filosófico acepta con imparcialidad todas las posiciones, para analizarlas y sopesar cuáles están mejor defendidas por las pruebas y los argumentos razonables y razonados. Es por tanto un elemento integrador de todas las personas en tanto que todas tienen algo que aportar.

5. Busca la comprensión y por ello aclara el pensamiento y el lenguaje, desvela el sentido de los conceptos y las relaciones entre ellos.

6. Investiga el significado de los hechos, las causas, las consecuencias, las valoraciones que hacemos y los matices que nos obligan a completarlos y modificarlos para profundizar en ellos.

7. Por último, el diálogo filosófico cultiva la racionalidad, la sensibilidad y el cuidado del otro porque nos hace más atentos a los argumentos de los demás y nos predispone a cambiar de opinión.

De todo ello se deduce que una persona que practique con asiduidad esta forma de diálogo aprenderá a ser más razonable, sensible, cuidadosa, capaz de integrar las opiniones ajenas y, a la vez, crítica, libre y menos manipulable. ¿No son estas características deseables en una ciudadanía activa, que entienda la participación en democracia como un ejercicio para comprender la complejidad y ensayar los consensos mínimos necesarios para resolver los problemas?

¿Por qué los niños deberían practicar el diálogo filosófico?

Educar es observar, animar con la mirada la autonomía de los niños, estar dispuestos a prestarles ayuda solo cuando es necesario. Educar es compartir la riqueza que produce el error, cuando se concibe como una aventura de aprendizaje. Educar es apartarse a tiempo, desocupar el espacio en el que habitan la curiosidad y la indagación.

Para todo ello es útil la filosofía, como saber inquieto, comprometido con la verdad, de construcción social. Los niños que filosofan, sobre todo si lo hacen con otros niños y con la ayuda de un conductor del diálogo eficaz, adquieren una higiene mental que les permite desconfiar de las respuestas binarias, simples o poco argumentadas. Los prejuicios y estereotipos no cruzan indemnes los criterios de validez lógica y certeza; se deshacen como un azucarillo en el agua caliente. Al desconfiar de las apariencias, la niña y el niño que filosofan adquieren esa humildad de quien se sabe un simple huésped de paso en la casa de la verdad.

Estos niños suelen preocuparse por los detalles, avanzan del todo a las partes y de las partes al todo. Así se vuelven perspicaces, observadores. En fin, descubren que tenemos dos oídos para escuchar con atención y una sola boca para usarla con prudencia. Y si se comete un error, se autocorrige, en un proceso de depuración de lo correcto que ya quisiéramos tener algunos adultos, si nos dejara nuestra vanidad intelectual.

Para resolver problemas y afrontar retos la filosofía promueve también el pensamiento creativo, que pretende dar nuevos usos a viejas fórmulas. Como dijo Maslow (1991) en su famosa frase sobre el martillo de oro: «Cuando la única herramienta que tienes es un martillo, todo problema empieza a parecerse a un clavo». Pero si tu pensamiento te permite utilizar el martillo de otro modo, más creativo, puedes demoler lo antiguo para construir lo nuevo. Hablar con otras personas abre nuestro mundo a otras muchas posibilidades, permite trepar a puntos de vista diversos en el tronco de nuestro propio punto de vista. Al filosofar, los niños se arriesgan a presentar sus opiniones, y entienden que, si estas pasan por un proceso de juicio y veredicto, se verán fortalecidas. Por eso la filosofía para niños y su corolario, el diálogo filosófico-socrático, permite aumentar la participación y el respeto que serán necesarios en su condición de ciudadanos y ciudadanas de una democracia que debe enfrentarse a retos nuevos y más complejos. Las grandes cuestiones de nuestro tiempo, desde el medio ambiente hasta la sanidad, la pobreza o la desigualdad, requerirán tanto de una buena disección de sus causas como de soluciones creativas para resolverlas y de determinación para actuar en el ámbito local. La filosofía no debe ser la iluminación de unos pocos elegidos, sino el derecho de todos a construir el bien común y el compromiso que ello lleva emparejado.

¿Cómo debe ser la práctica del diálogo filosófico con niños?

El programa de Filosofía para Niños no es una metodología, sino una forma de encarar los aprendizajes y una forma de vivir. Los programas de novela filosófica creados por Matthew Lipman sobre temas como la naturaleza, el lenguaje, el arte, los valores, la sociedad, etc., constituyen un recurso fundamental para alcanzar los objetivos que proponemos. Siguiendo los consejos de Lipman (Lipman, M., Sharp, A. M. y Oscanyan, F. S., 2002), haremos realidad el diálogo filosófico si tenemos en cuenta algunas consideraciones prácticas:

— Los niños deben disponerse formando un círculo, ya que esto permite visualizar a los demás y mantener una interacción con ellos, siendo el adulto uno más en el círculo.

— Se dará a cada participante la oportunidad de aportar lo que piensa. Una rueda de intervenciones, al principio, puede ser una buena forma de mostrar los diversos puntos de vista sobre la cuestión planteada. Esta cuestión tiene que salir de los propios niños para conectar con sus intereses. Pero no hay que votar cuál ha de ser el tema a tratar, pues eso supone imponer la opinión de la mayoría. Quizás una forma arbitraria o aleatoria, a suertes, sea la mejor manera de elegir la temática para el diálogo, entre las propuestas formuladas a partir de la lectura de las novelas de Lipman.

— De vez en cuando se promoverán actividades de reflexión en pequeños grupos. Eso ayuda en la participación de las personas que se encuentran más cómodas en un grupo pequeño. Después puede hacerse una puesta en común, para el grupo completo.

— Puede ser conveniente pedir a una o más personas que den turnos de palabra y ordenen el diálogo.

— A veces hay que dejar un pequeño lapso de tiempo para la escritura personal, para que cada uno ordene lo que piensa. Pedir a los niños que redacten un titular sobre lo tratado puede ayudar al diálogo posterior.

— Igualmente, en grupos pequeños, se les puede proponer que elaboren un plan de diálogo con las preguntas que crean importantes, a fin de recoger todas las inquietudes.

— Puede ser una buena manera de consolidar lo hablado realizar algunos ejercicios de traducción a otros lenguajes —plástico, mímico, teatral, musical…—. Estos productos del diálogo pueden potenciarlo y ampliarlo, en ejercicios de creatividad que a su vez fortalecen el pensamiento crítico. Por ejemplo, pedirles que diseñen un símbolo en una camiseta que recoja lo que se ha hablado.

— A todo ello hay que añadir, como ya dijimos, una escucha atenta, en la que profundizaremos si: a) les pedimos que reformulen, con cierta asiduidad, lo que han dicho otros niños o niñas; b) les otorgamos breves lapsos de silencio para pensar sobre lo que han aportado; c) les ofrecemos a algunos un papel en el diálogo: tú hoy nos advertirás cuándo nos alejemos de lo que estamos hablando; tú hoy pedirás a los compañeros sus razones en los argumentos que ofrezcan, etc.; d) también puede proponerse que una parte del grupo dialogue y otra escuche, para cambiar después los papeles.

Refirámonos por último al papel del adulto que los acompaña. Se trata sin duda de un papel fundamental para guiar el diálogo. Este adulto debe ser consciente de las habilidades de pensamiento que pretende desarrollar en los niños, y dispondrá las preguntas de modo que dirijan el diálogo filosófico a esta práctica. Formular preguntas para hacer pensar, sin duda. Este adulto es más formador que informador, un facilitador del pensamiento, un examinador de ideas, en definitiva:

1. En primer lugar, debe crear una atmósfera que favorezca el diálogo de forma afectiva —la confianza, la complicidad, el respeto a las opiniones, una expectativa positiva respecto a las posibilidades de los niños— e intelectual —provocar el diálogo, fomentar la reflexión, sacar provecho de las diversas aportaciones, animar a la participación.

2. En segundo lugar, ha de tener buen oído —para comprender las posibilidades filosóficas del diálogo y detectar las debilidades de los razonamientos—, y saber plantear preguntas instrumentales que abran el diálogo y permitan trabajar habilidades de pensamiento («¿puedes poner un ejemplo...?», «¿qué pasaría si...?», «¿cómo lo sabes?»).

3. Asimismo, deberá conocer en profundidad al grupo y detectar los diversos estilos de pensamiento presentes (el que sabe conceptualizar, el que sabe poner ejemplos, la que sabe contraponer ideas, la que sabe reformular, etc.).

El diálogo filosófico es un buen antídoto para la intolerancia. Comprender que la diversidad nos enriquece y comprobar que los demás pueden aportarnos experiencias y argumentos que no habíamos contemplado forja un carácter empático y predispuesto a aprender de los demás. Cuando un grupo construye un vínculo común para el aprendizaje, cuando se convierte en una «comunidad de indagación», se produce la magia del encuentro entre seres humanos más allá de las divergencias, en el respeto y la tolerancia.

USO DE UNA «RAZÓN CORDIAL»

Solo con el pensamiento crítico podremos superar la carga de prejuicios y estereotipos que integramos, a menudo como creencias, mientras crecemos. Pero la razón, por muy crítica que sea, no predispone a hacer el bien si no se le añade el sesgo de cuidado del otro. Se establece ahí una doble dimensión, cognitiva y sensible, que se basa en la idea de salir de nosotros mismos, de nuestra identidad, para definir y aceptar a los demás, la alteridad.

Entendemos por identidad el conjunto de rasgos que nos diferencian de los demás y nos vuelven únicos. Esos rasgos vienen definidos por el temperamento —que llevamos en nuestro ADN—, el carácter —que desarrollamos gracias a nuestras experiencias— y todos aquellos afectos y pensamientos que escriben nuestra biografía.

Alteridad proviene del latín alter, que significa «otro»; se puede traducir de modo menos opaco como «otredad». Considerado desde la posición del «uno» (es decir, del yo), es el principio filosófico de «alternar» o cambiar la propia perspectiva por la del «otro», considerando el punto de vista de quien opina. El conocimiento del otro precisa, como afirmaba Edmund Husserl en una conferencia en 1929, de la alteridad, de esa empatía que establece vínculos entre las personas, basados en la comprensión y en el afecto. En la alteridad, el yo descubre al otro como un mundo distinto del propio en el mismo universo. Uno percibe que hay diversidad en los modos de pensar y de vivir, que deben ser comprendidos mediante el respeto y el cuidado. El diálogo que respeta la alteridad no es una relación de poder o imposición. Es una relación simétrica. La alteridad rechaza el paternalismo o la superioridad. La alteridad concibe la diversidad como mutuo enriquecimiento y promueve la igualdad y la justicia o, mejor aún, la equidad, que tiene en cuenta las circunstancias.

Quizás haya sido el filósofo Jean Paul Sartre quien más claramente ha definido la alteridad, tal como aquí la defendemos. Para este filósofo, la libertad del otro es imprescindible para fomentar nuestra propia libertad: «Nuestra esencia objetiva implica la existencia del otro y, recíprocamente, la libertad del otro funda nuestra esencia». (Sartre, 1954: 231). Para Sartre, conviene evitar los extremos, el narcisismo, que niega al otro, y el masoquismo, que se niega a uno mismo, para avanzar hacia un nosotros que nos involucra y nos compromete a todos.

Adela Cortina, en un magnífico ensayo titulado Ética de la razón cordial (2007), propone una ética alejada de principios teóricos para reclamar la forja de un carácter, la predisposición a la acción. La ética es una forma de estar en el mundo. Por desgracia, constata la autora, existe hoy una gran distancia entre las declaraciones y las acciones. ¿Por qué? Según Adela Cortina, para que la razón sea un instrumento válido para buscar la verdad debe ser una razón cordial, considerar metafóricamente las razones «del corazón», esas que nos hacen elegir y nos predisponen a actuar para adecuar lo que queremos con lo que debemos hacer. La razón cordial traza un vínculo con los demás, a los que debemos siempre considerar como fines en sí mismos y nunca como medios —Kant dixit—. Debemos crear nuestras propias normas desde la autonomía de nuestra razón, pero con los demás hay que llegar a un acuerdo escuchando lo que nos dice «nuestro propio corazón». La cordialidad debe ser la premisa para una ética que tenga en cuenta a los demás. La cordialidad entendida como vínculo con los demás, como compromiso con el otro. Sin ese vínculo, afirma Cortina, no puede haber ética. Un vínculo que abarca incluso a los seres no humanos o a nuestro planeta, con los que debemos ser también responsables por su valor, aunque no haya ni pueda haber reciprocidad. El otro, el yo que es un fin en sí mismo y que me completa, a la vez dicta mi obligación ética. De hecho, la naturaleza humana, que Cortina da por descontada, nos asemeja a todos los seres humanos más de lo que nos aleja nuestra propia identidad. Y este «ser humano» nos dota de dignidad, sinónimo de valor. Así, la ética no es el desarrollo de los deberes personales, sino el vínculo que nos hace sociales.

Ese «nosotros» que se contraponía a un «ellos» ahora pretende ser universal. No quiere eso decir que se persiga la uniformidad. Lo distinto nos enriquece. Pero sí debemos combatir determinadas desigualdades. ¿Cómo distinguirlas? Cortina propone que los criterios a seguir sean la dignidad intrínseca del otro y nuestra responsabilidad. Los derechos conllevan responsabilidades que debemos cumplir en el ejercicio de esa solidaridad con los demás, que va mucho más allá de lo legal, para entrar en el territorio de la compasión y el cuidado. La autora afirma que la responsabilidad es propia de la condición humana, porque es la otra cara de la moneda de la libertad, y solo el ser humano sabe de la existencia de esa moneda. Una moneda que, por cierto, no solo afecta al presente. También afecta al pasado, al haber descartado algunas posibilidades, y al futuro, por el hecho de que veremos cumplidas en él algunas consecuencias de lo que hoy decidimos.

El ser humano no está solo; comparte su vida con el planeta y con todos los demás seres vivos, incluidos sus semejantes. Valores como el altruismo, la solidaridad o la integración deben ser principios que orienten la respuesta a los demás. Vamos a proponer en las páginas siguientes esos valores que pueden forjar el carácter en lo social. El objetivo último es favorecer el sentimiento de pertenencia al género humano, la fraternidad, que entendemos como un vínculo con los demás en el que se armonizan libertad y justicia, en el que se define el compromiso común de crecer junto a las otras personas. Esa fraternidad me interroga, me obliga, en un acto de soberana autonomía, a recoger la mirada del otro, a pensar, sentir y actuar huyendo de esa indiferencia que parece acompañar muchos de nuestros actos. A pensar cuidadosamente, en definitiva. Estoy convencido de que, si conseguimos que los niños sean críticos, creativos y, sobre todo, cuidadosos, contribuiremos de modo decisivo a poner los cimientos para arreglar un mundo muy necesitado de soluciones, soluciones que no pueden ni deben dejar a nadie atrás.

UN PENSAMIENTO GUIADO POR VALORES

Los valores pueden ser principios motores de nuestras acciones si los interiorizamos como parte de ese diálogo interior que mantenemos con nosotros mismos. Por supuesto, debemos afrontar algunos obstáculos. Es muy difícil ser coherente con los valores, que son ideales y aspiran a ser siempre referentes. Nos cuesta porque las pautas y normas sociales en ocasiones reman en sentido contrario. Nos cuesta porque a veces supone posponer impulsos o deseos que nos asaltan a oleadas. Nos cuesta porque los medios son tan importantes como los fines.

En este apartado recogemos una propuesta de valores sociales que tienen que ver con la educación de ese niño o niña que está en fase de crecimiento y se siente atraído por el peligro, por el riesgo, por romper unos límites que lo encorsetan. Los adultos, que los acompañamos, deberemos perseverar en el discurso y en el ejemplo de coherencia, en la atribución de importancia al valor que queremos transmitir. Ellos al final escogerán por sí mismos. Pero debemos tener en cuenta que necesitan esos valores, pues son la brújula en la travesía de la vida. Una persona sin valores, si tal cosa fuera posible, se encontraría perdida en un viaje lleno de peligros y tempestades. Sin ellos, todo sería oscuridad y frío, desorientación y angustia. Todos necesitamos un escenario en el que representar nuestra obra, un marco que nos señale el límite.

Frente a la exclusión, la inclusión

«Donde hay educación, no hay distinción de clases».

CONFUCIO

La inclusión es un valor social que tiene que ver con la aceptación de los demás. Frente a él se da la exclusión, un contravalor que sitúa a alguien fuera de la aceptación social, lo margina y lo deja atrás, sin ese colchón social que supone la integración, en una caída que no le permite levantarse y seguir creciendo. Muchas personas, por causas diversas, son excluidas. No podemos permitirlo, porque nuestra actuación nos define y nadie está a salvo de las contingencias. La enfermedad o la pobreza son circunstancias que nos pueden afectar a todos. Hoy tenemos un ejemplo palmario en las consecuencias del coronavirus. El Consejo de la Juventud de España, en 2003, definía la exclusión social como un «fenómeno que conjuga una serie de factores endógenos (sexo, edad, raza...) y exógenos (extracto social, cultural, económico...) que dificultan o impiden el desarrollo integral del individuo». Esta definición visibiliza a algunos colectivos que se encuentran en mayor riesgo de sufrir exclusión. Así sucede con las personas con discapacidad, los jóvenes, los inmigrantes, las mujeres (la dificultad se agrava en todos los colectivos por razón de género), las minorías étnicas, los ancianos o, incluso, los enfermos. Pertenecer a uno de estos colectivos no deriva necesariamente en exclusión, ya que el perfil de la exclusión social no reúne todas las características mencionadas. En muchos países, por ejemplo, se persigue y se sanciona la homosexualidad, sin que ello se asocie a la pobreza. Igualmente, en situación de pobreza cabe encontrar a muchas personas mayores que son escuchadas y respetadas. En estos casos, la pobreza y la vejez no implican exclusión social. Las leyes y las costumbres tienen también mucho que decir al respecto.

Por desgracia, en muchas ocasiones la persona es incapaz de cubrir sus necesidades básicas en un contexto de abundancia o de crisis. He ahí, a mi juicio, un fracaso de la sociedad que lo permite y no lo señala como una prioridad. La vivienda, la salud, la educación, el acceso a servicios básicos como el agua y la electricidad, deberían ser nuestras prioridades políticas. No podemos establecer una sociedad que admita la existencia de ciudadanos de segunda o tercera categoría sin perder en esa segregación el sentido de la democracia que decimos defender. Del mismo modo, no podemos culpar a los propios excluidos de su exclusión. Sería un ejercicio de cinismo inadmisible, que no tiene en cuenta las causas que han llevado a dicha exclusión, algunas derivadas de una contingencia inevitable y otras fomentadas por la desigualdad de oportunidades. Las oportunidades educativas y laborales requieren una decidida apuesta de las administraciones para favorecerlas. Con todo, queda la esperanza de pensar que la exclusión es una situación que puede revertirse, y no un estado permanente. Robert Castel (2002), destacado sociólogo francés, señalaba que la pobreza y la exclusión no deben verse solo como una problemática individual, sino como un fracaso social, la expresión de un déficit de la ciudadanía. Este autor, que denunciaba la competitividad y la ruptura de vínculos como causas de la situación actual, definía tres zonas en el proceso de exclusión de las personas:

1.Zona de integración, seguridad o estabilidad. Sería la situación en que, de forma ideal, la población contaría con trabajo y protección social asegurada, y una fuerte relación familiar y vecinal. Aun existiendo grandes desigualdades sociales, estas no serían una amenaza para la estabilidad social.

2.Zona de vulnerabilidad, precariedad o inestabilidad. Aparecen la fragilidad, la inseguridad de las relaciones laborales precarias y la progresiva debilidad de los apoyos familiares y sociales.

3.Zona de exclusión o marginación. Se produce una retirada del mundo laboral, la ausencia de protección social. Aparecen las formas más extremas de pobreza, la ausencia de participación social y una aguda pérdida de autonomía para superar tal situación. En este grupo se encuentran los tradicionales beneficiarios de la asistencia social. Su reducido volumen no lo hace irrelevante en la desigualdad social.

Las personas nos movemos entre estas zonas en el devenir de nuestras vidas. Hay quien tiene la fortuna de permanecer siempre en la zona de confort, pero nadie puede asegurar que, en algún momento, no se encuentre en situación de vulnerabilidad o exclusión. Hoy lo sabemos bien. Cuando los sistemas de protección fallan, aparece el desamparo. Educar a los niños en la integración me parece una buena forma de promover una ampliación futura de la zona de estabilidad en la que todos queremos vivir. Permite tener clara la prioridad social, por encima de los flujos económicos.

Así pues, frente a la exclusión reivindiquemos la inclusión, que no debe entenderse tanto como la mera suma de personas, sino como la existencia de vínculos, de redes que engarzan distintas habilidades y necesidades. La inclusión no deja a nadie fuera de la vida social y prevé mecanismos para ello. La inclusión concibe la diversidad como riqueza, como una oportunidad para crear un mundo más equitativo, con oportunidades, sin etiquetas que pongan precio a un valor que nunca debe contabilizarse por criterios utilitarios, sino asociado a la dignidad del ser humano.

Un ejemplo de integración podemos encontrarlo en una interesante película: Diarios de la calle. El filme toma como punto de partida una historia real, la de una profesora de instituto, Erin Gruwell, y los diarios de un grupo de adolescentes, «Los escritores de la libertad», de Long Beach (California), tras los disturbios de 1992 provocados por conflictos interraciales. Tiene lugar en el instituto Wilson Classical a mediados de los años noventa, y expone cómo la escritura y la fuerza del grupo pueden ser poderosas herramientas de integración en un grupo de adolescentes de los barrios más degradados de la ciudad, degradados por las drogas, la delincuencia y las nulas expectativas formativas y laborales. Dirigida por Richard LaGravenese en 2007 y basada en el libro The freedom writers diary, relata la llegada de una nueva maestra, de solo veintitrés años de edad, al frente de una clase de chicos y chicas de procedencia multiétnica, que se odian entre sí, presos de múltiples prejuicios y estereotipos. Los estudiantes sienten que el sistema los rechaza y no les ofrece ninguna posibilidad de salir de su zona de marginación. Erin intenta revertir esa percepción desde una vocación optimista de servicio que contrasta con el cinismo y la indiferencia de la mayoría de sus colegas. Para ello, aprovecha la intercepción en clase de un dibujo racista sobre uno de los chicos para introducir la historia del nazismo, mediante la lectura del Diario de Ana Frank. Para ambientar su lectura, lleva a los estudiantes a ver la película La lista de Schindler, les compra ejemplares del libro con dinero propio e invita a supervivientes reales del Holocausto a dar charlas en su clase. Ante el poco apoyo de las autoridades educativas al proyecto, Erin decide financiarlo con sus propios recursos y entrega a todos sus alumnos un cuaderno para que escriban su propia historia. Los diarios se convierten así en un hilo de integración del grupo. La brutal discriminación de los judíos por parte de los nazis provoca en sus alumnos una alteridad sobrevenida, un ejercicio de empatía que pretende hacerles ver que el sufrimiento y la fragilidad es común al género humano, un vínculo que nos hermana a todos. Los resultados son espectaculares: por primera vez aquellos chicos ven que alguien los escucha, que la unión del grupo convoca una fuerza extraordinaria de identidad y orgullo. Se bautizan a sí mismos como «Los Escritores de la Libertad», en un auténtico ejercicio de integración.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
02 ağustos 2024
Hacim:
201 s. 20 illüstrasyon
ISBN:
9788418741234
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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