Kitabı oku: «Sin vuelta atrás»

Yazı tipi:

A todos los que sufrimos malos tratos en la infancia.


Esta es una historia inventada. Que no se busque relación alguna con otras que hayan sucedido con nombres y apellidos. Ningún personaje está basado o inspirado en un modelo concreto. Pero es la historia de decenas, cientos de chicos y chicas que hoy, ahora, están siendo sometidos al mismo calvario que el protagonista de la novela. Es la historia de la intolerancia, el miedo, la estupidez y el silencio. Y es mi historia.

JORDI SIERRA I FABRA, febrero de 2005

PRIMER GRITO
La noticia

(Primera hora)
1

A lo lejos, sobre la línea del horizonte, el cielo y el mar se confundían.

El cielo era gris, denso, poblado de nubes oscuras que, a primera hora de la mañana, conferían al nuevo día un aire de melancólica lasitud. El mar era plomizo, compacto, rota únicamente su monótona intensidad por las crestas blancas de algunas olas empeñadas en destacar, como si el viento las azotase.

Pero no había viento.

Aquella calma…

El viejo Tobías contempló la distancia desde su propia distancia. Los años formaban una escalera desde la cual aquella visión tenía otros colores, otras sensaciones. Su cielo, su mar, la tierra, el acantilado, los mismos pasos perdidos de todas las mañanas de su vida más reciente.

Llenó sus pulmones de aire.

Y mientras sus ojos se inundaban de luz, su interior saboreó el aroma de la vida.

Amaba aquel silencio.

El tiempo no contaba. El paseo de todas las mañanas dependía de si hacía sol o llovía y poco más. Y si la lluvia era débil, apenas la esquirla de la humedad que provenía del mar, bastaba con un chubasquero o un paraguas para protegerse de ella. La tierra, con su mezcla de verde y negrura, desprendía racimos de energía que él absorbía como las plantas absorben la savia de la que se alimentan.

Una perfecta cadena natural.

Un paso, dos, tres, hasta llegar casi al borde del acantilado.

La pared, vertical, se alzaba unos treinta metros sobre la escasa playa tachonada de rocas. La playa de toda la vida. La playa en la que, generación a generación, los jóvenes del pueblo se habían bañado a lo largo de la historia.

Como él mismo, años y años atrás.

El viejo Tobías miró hacia abajo, en busca del recuerdo. Por allí, impregnando las rocas, flotaban los ecos de sus voces, cantos y risas, los primeros besos de aquellos veranos perdidos aunque nunca olvidados, la memoria del pasado. La playa y el acantilado siempre habían sido uno de los sellos distintivos del pueblo.

Su casa de toda la vida.

La conocía palmo a palmo, hueco a hueco. Casi granito de arena a granito de arena. Era la imagen constante y eterna de todas sus mañanas, de todos sus paseos frente al mar. Una pintura móvil.

Por esa misma razón capturó la anomalía. Lo extraño.

La mancha rojiza destacaba de una forma antinatural en la playa, junto a las tres rocas gemelas y al pie del acantilado.

El viejo Tobías aclaró la vista. La tenía buena, por lo menos de lejos. Otra cosa era leer el periódico o un libro. Para eso sí necesitaba gafas. Pero aunque la distancia no era excesiva, la forma rojiza sí se le antojó difícil.

Parecía un cuerpo, y aquello era absurdo.

Miró hacia atrás. Estaba solo. La silueta del pueblo se recortaba a lo lejos, incrustada en el perfil de las montañas que lo aprisionaban cerca del mar. Nadie en el sendero.

Volvió a centrar su atención en la mancha rojiza. Una chaqueta, una prenda de abrigo…

El mar devolvía siempre lo que se le echaba, pero no en un día como aquel. Todo había estado en calma la noche pasada, y también los días anteriores. Así que aquello…

La figura humana se le hizo más y más concreta.

–No –suspiró ante el grito de su instinto.

Echó a andar hacia su izquierda. El camino que descendía en dirección a la playa era seguro, amplio. Veinte años atrás incluso se había colocado una barandilla en los dos tramos más pronunciados, y se le dio consistencia a los escalones naturales, cimentándose piedras en ellos para no resbalar y afianzarse en los días de mal tiempo. Sus pasos, sin embargo, fueron inquietos, más y más inquietos a medida que su corazón empezó a latir de aquella forma tan acusada y antinatural, en tanto que la certeza se abría paso en su ánimo.

–Otra vez, no –suspiró de nuevo.

El camino desembocaba en la playa tras una larga curva que lo suavizaba aún más en su proximidad. El viejo Tobías pisó la arena con la sensación del reencuentro. Allí sí se escuchaba el mar, el beso de las olas, el dulce deslizar del agua en la orilla en su eterno ir y venir. Se movió con pesadez al hundírsele los pies y tuvo que afianzar el bastón para no caer. Las tres rocas gemelas rezumaban humedad. Parecían los restos de un monolito ancestral.

Quizás en otro tiempo lo hubieran sido.

El cadáver se le hizo visible a los pocos pasos. La forma rojiza era la de su cazadora.

No era la primera vez que veía algo como aquello, así que cuando miró hacia la cumbre del acantilado no se hizo más preguntas. El cuerpo estaba roto, quebrado, adoptando una forma absurda sobre la arena y las rocas. La sangre aún brillaba, pero se hundía en el suelo igual que una raíz en busca de una vida que ya nunca volvería. Cuando superó el choque, la brutalidad de la verdad, se movió hacia la derecha, en busca de aquel rostro todavía invisible.

El viejo Tobías ahogó un gemido.

Cerró los ojos, porque los del muerto seguían abiertos, orlando una mueca de estupor no superada con la agonía final, y luego venció el agarrotamiento muscular, aunque su corazón no dejó de latir, como si una feroz arritmia se hubiera apoderado de él, hasta que consiguió reaccionar.

Echó a correr, en la medida de sus posibilidades, para subir de nuevo por el camino y llegar al pueblo cuanto antes.

2

Miguel Ángel se detuvo al llegar a las inmediaciones del instituto.

A veces, unos pocos metros representaban la mayor de las distancias.

Miró arriba y abajo de la calle. Nada. Los últimos chicos y chicas entraban por la verja aún abierta en el muro. Faltaban apenas un par de minutos para que se cerrara, dejando fuera y con el problema a cuestas a los que llegaban tarde.

–¿Dónde estás? –susurró por lo bajo, revestido de angustias.

No podía estar dentro. Eso seguro. Se daban un poco de fuerzas el uno al otro. Así que todo dependía de él. Si no entraba, se la ganaba. Si lo hacía y ellos estaban esperándole…

Miguel Ángel se mordió el labio inferior hasta hacerse daño.

Un minuto.

Vio a dos de su clase apretando el paso. Pensó en alcanzarlos. Casi al instante se dijo que no valía la pena.

Era un esfuerzo inútil. Nunca habían roto una lanza a favor suyo o de Jacinto. Siempre eran espectadores mudos, temerosos. A veces incluso sonreían.

Ellos también cruzaron la verja.

–Vamos, Jacinto… –gimió asustado.

Se acercó al muro, despacio, pero era imposible ver nada desde el exterior. Solo cruzando la puerta podría saber si ellos estaban allí. Las pintadas exteriores hablaban de paz y amor, con escenas y motivos muy variados. Graffitis llenos de color envolviendo el perímetro del instituto. El edificio, de tres plantas, conservaba su sabor añejo, el tono de las construcciones viejas, como la iglesia, la alcaldía o algunas casas de la plaza Mayor.

Para Miguel Ángel era la cárcel.

Se arriesgó. No le quedaba otra opción. Echó a correr desde unos diez metros de la verja y pegado al muro. Cada paso marcó una aceleración de su corazón. Cada morado de su cuerpo le recordó el dolor tanto o más que el miedo que lo dominaba. Atravesó la puerta como una exhalación.

Aunque no tanta como para eludirlos.

Se los encontró casi de cara, como si supieran perfectamente el momento de su aparición, como si el muro hubiera sido transparente para ellos. La sorpresa le restó una simple fracción de segundo.

Suficiente.

No consiguió esquivarlos. No a los cuatro. Uno le lanzó el pie. Fue suficiente. Tropezó con él y cayó al suelo, de bruces, con la mochila igual que una joroba en la espalda. Su gatear para incorporarse de nuevo fue desesperado. Terminó cuando dos piernas le interceptaron el paso. Entonces alzó la cabeza, esperando el golpe.

Esta vez no llegó.

–Buenos días, gordo –escuchó la voz de Salva. Siempre Salva.

No se enfrentó a ellos, sólo les miró. Segis y Cafre estaban a ambos lados. Alan cerraba su imposible retirada. Salva sonreía de aquella forma tan especial. Decían que tenía un aire satánico. Decían.

–Va a sonar el timbre –dijo Alan. Era una advertencia inútil.

–¿Dónde está el mierda? –le preguntó Salva inclinándose sobre él.

Si no respondía, siempre era peor.

–No lo sé.

–¿No lo sabes?

–No.

–Yo es que tengo la mano tonta, y si no le sacudo al… te toca a ti –Salva extendió su mano derecha por delante y la estudió por ambos lados antes de hacer con ella un gesto rápido en dirección a Miguel Ángel.

El chico se encogió por puro instinto.

–Vamos, gordo, ¿dónde está esa nenaza? –insistió Salva.

–No lo sé, os lo juro –estaba a punto de echarse a llorar.

–Vaya, pues es una pena –Salva miró a sus compañeros–, ¿verdad, tíos?

Segis y Cafre asintieron con la cabeza. A Alan no le veía.

Miguel Ángel esperó el primer golpe.

Entonces sonó el timbre del instituto y, junto a él, escucharon una voz adulta, recia.

–¡Eh! ¿Qué pasa aquí?

Salva reaccionó rápido. Le bastó con ver las caras de sus camaradas. Extendió la mano hacia Miguel Ángel y, atrapándole por la mochila, tiró de él.

–Este, que se ha caído –dijo con el mayor de los desparpajos.

Miguel Ángel quedó en medio de ellos. La mano de Salva, tras ayudarlo a incorporarse, pasó por encima de sus hombros. Sintió el frío aliento del diablo en sus huesos. A un par de metros, el profesor Osvaldo mantenía el ceño fruncido. El timbre dejó de sonar.

–¿Estás bien, Gara?

–Sí –se apresuró en responder Miguel Ángel.

El hombre los barrió con una mirada críptica. Se detuvo en los dos personajes centrales. Fue de la sonrisa de superioridad de uno al expresivo pánico del otro. Vaciló un segundo.

No más.

–¿Queréis meteros en clase de una vez? –masculló con fastidio el maestro.

Miguel Ángel no esperó más. Se soltó de la mano de Salva y echó a correr. Atravesó el patio en un tiempo récord y se sumergió de cabeza en el instituto. Tanto que casi se llevó por delante a uno de los pequeños, un chico de unos diez años llamado Isaías Bermejo.

Estaba llorando, o por lo menos tenía los ojos húmedos y enrojecidos.

Sostenía sus gafas rotas en la mano.

Fue un rápido intercambio de miradas. La de Miguel Ángel, aún despavorida, como si por detrás estuvieran a punto de aparecer los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. La del niño, llena de rencor.

Mucho rencor.

Miguel Ángel pasó de él para seguir corriendo en dirección a su clase.

3

Cipriano Galindo supo que no sería un día tranquilo en cuanto escuchó las voces procedentes de la calle.

Había dormido mal, con retortijones, con cierta ansiedad recogida en cada duermevela, soñando estupideces propias de su agitación. Y, además, se trataba de sus pesadillas más recurrentes, la del ascensor que no se detenía al llegar al último piso, la de la escalera que desaparecía, hasta hacerse tan angosto el paso, que se veía obligado a reptar por el suelo con el pánico añadido de quedarse atascado, la del campo de fútbol cuya localidad daba a una tapia y le impedía ver el partido. Toda su colección de inquietudes, aderezada con la imposibilidad de correr, con lo cual tenía que hacerlo a cuatro manos, asiendo los pliegues del terreno con los dedos para afianzarse y conseguir una mínima progresión.

Ahora, los gritos.

En un pueblo tan pequeño, gritos en la mañana sólo significaban una cosa: problemas.

–Mi sargento… –escuchó la voz de Morales cuando ya se disponía a salir, tricornio en mano.

Tampoco tenía nada de extraño que los problemas surgieran aquel día. La Ley de Murphy lo decía bien claro. Justo una jornada en la que estaba solo, al mando, con el teniente en la capital…

Tobías Maldonado era uno de los habituales del bar de la plaza, buen jugador de dominó, un hombre recio, de mirada fija, mandíbula firme. No daba problemas, aunque tenía sus ideas y no eran precisamente amables. Un radical amparado en su edad. A su hija la conocía menos, de vista. Era una mujer fornida, gritona.

Justo lo que hacía en ese momento: gritar.

–¡Está muerto! ¡Muerto! ¡Vengan corriendo! ¡Abajo, en la playa, al pie del acantilado!

Un muerto era más de lo que podía imaginar.

–Cálmese, por favor…

–¿Que me calme? ¡Pregúntele! –señaló a su padre, enrojecido por la más que posible caminata a paso vivo–. ¡Él se lo acaba de encontrar, Santo Dios!

Cipriano Galindo sí mantuvo la calma frente a la tormenta y los curiosos. Sebastián Morales le lanzaba miradas de recelo. El número no llevaba ni dos meses en el pueblo, estaba tierno. De momento, todo había sido como una balsa de aceite. A él le dio por pensar en Laura.

Se casaba en tres semanas.

Se casaba y se iba. A Madrid.

–Pasen –les dijo al señor Tobías y a su hija, viendo que la gente empezaba a arremolinarse a su alrededor.

–¿Para qué vamos a pasar? –objetó ella–. El muerto sigue allí. ¿No hay que avisar a una ambulancia?

–¿Señor Tobías?

No hizo falta que le preguntara.

–Está muerto, sí vacuos.

–logró decir el hombre con ojos

–¿Le ha tomado el pulso?

–Coño, sargento, no hacía falta. Está reventado.

–¿En la playa?

–Al pie del acantilado.

No hacía falta decir mucho más. Siempre el acantilado.

–¿Sabe de quién se trata? –volvió a preguntar Cipriano Galindo.

La respuesta no se la dio el señor Tobías, sino su hija. Era como si la esperase, para estallar, para convertirse de nuevo en el centro de la atención popular. Su voz los dominó a todos, mitad histérica mitad rota por la emoción que, de pronto, la embargó de arriba abajo, igual que una esponja absorbiendo sus fluidos vitales antes de catapultarlos hacia el exterior.

–Es el crío de la Fernanda, ¿verdad, padre? ¡El Jacintito! ¡Es el Jacintito, pobrecito él!

4

Cecilia no podía apartar los ojos de la silla vacía. Era incapaz de escuchar a la señorita Manuela. Las palabras de la maestra pasaban por encima de ella y se perdían más allá de sí misma. El peso de aquella ausencia la dominaba, hacía encoger su alma, su estómago, su mente. Sentía una bola de plomo en su garganta y una mano muy fría agarrotándola.

Tuvo que volver la cabeza para mirar a Miguel Ángel, sentado tres filas más atrás y justo por detrás de él.

Logró que el chico le devolviera la mirada al segundo intento.

Entonces, hablaron en silencio, a lo largo de un momento.

Sus ojos se lo dijeron todo. Es decir, nada.

Cecilia recuperó la vertical.

La señorita Manuela hablaba con su tono cadencioso, lento, deliberadamente pausado. Nunca sabían si era para que pudieran seguirla en sus explicaciones o si más bien se trataba de su peculiar forma de dar las clases. Su minuciosidad quedaba aún más patente cuando escribía en la pizarra, con aquella letra tan clara y elegante, llena de curvas y armonías.

La letra de alguien que amaba las palabras.

–… por lo que en cada texto tenemos lo que nos dice el autor, lo que no nos dice y lo que nosotros mismos entendemos. De manera que lo más importante es…

La bola de papel impactó en la nuca de Cecilia. No le hizo daño, fue un golpe blando, pero sí la asustó.

Mientras la pelotita caía al suelo y rodaba en dirección al entarimado, ella volvió la cabeza otra vez.

Sabía a quien mirar.

Salva y Segis disimulaban. Alan escribía algo, al parecer ajeno a la maniobra, porque no se aguantaba la risa como ellos. Cafre, en cambio, la miraba con fijeza.

Hubo un murmullo.

Roto por la tensión de la profesora.

–¿Y ahora qué?

No era una novata. Le bastó con ver la escena y leer en sus rostros y en sus gestos. Cecilia Torralba, como un tomate, Salvador Mateos y Segismundo Garrido, disimulando fatal, Carlos Freser, siempre un segundo por detrás de ellos…

La bola de papel se quedó quieta casi a sus pies.

–¡Ya! –apretó los puños al límite–. ¡Ya!, ¿de acuerdo? Su ira dominó el silencio.

Cecilia bajó la cabeza. Contuvo sus ganas de llorar, más producto del miedo que a causa del enfado de la profesora.

Porque la silla vacía se agigantaba más y más en su ánimo.

–Freser, recoge eso –ordenó Manuela Giner.

–¿Yo? ¿Por qúe?

–¡Porque te lo digo yo!

–Pues vaya –continuó en su asiento–. No es justo.

–¿Quieres que te diga lo que es y no es justo?

El chico, el más alto y cuadrado de toda la clase, lanzó una mirada envenenada a sus dos compañeros. Salva y Segis se la devolvieron, y también Alan, en el otro extremo del aula. Finalmente, se levantó y condujo su corpachón hasta la tarima. Recogió la bola de papel y se quedó con ella en la mano sin saber qué hacer.

Hubo algunas risas más.

–¡He dicho que ya! –gritó con más fuerza Manuela Giner.

–¿Qué hago con esto? –preguntó el muchacho.

–¿Qué tal si lo echas a la papelera?

–Ah.

La arrojó desde donde estaba. Se la jugó deliberadamente, pero tuvo suerte. Fue un enceste limpio a casi tres metros de distancia. Alguien dijo «¡Gasol!» en voz muy baja aunque todavía audible.

–Vuelve a tu sitio, Freser –ordenó la maestra. Había nombres repetidos, así que se usaban los apellidos, por lo menos en clase.

Cafre la obedeció, envalentonado por su última acción.

–¿Podemos continuar? –preguntó Manuela Giner. Cecilia intercambió una última mirada con Miguel Ángel.

¿Por qué una ausencia era más notoria y gigantesca que toda una clase junta?

5

Manuela Giner observó los movimientos de Carlos Freser regresando con lentitud a su puesto. Sabía de sobra que ellos le llamaban por su apodo, Cafre, resultante de unir las dos sílabas iniciales de su nombre y apellido, pero también del talante y la personalidad de su alumno.

Los instigadores eran siempre ellos.

Salvador Mateos, su sombra, Segismundo Garrido y el inteligente pero sobrado Alan Gao.

«Ellos».

Aunque fuera demasiado fácil resumirlo en una sola palabra, siempre impersonal y vacía.

Como en otras ocasiones, demasiadas ya, se sintió agotada. Tanto como furiosa. La impotencia era un cáncer capaz de minar una resistencia semana a semana, día a día, hora a hora y minuto a minuto. Igual que el ejército sitiador de una plaza, bastaba con dejar pasar el tiempo para que los resistentes fueran debilitándose por la falta de alimentos y de agua. No hacía falta luchar. Sólo esperar.

Y el cáncer avanzaba. Tan rápido.

Tan pronto.

Se sentía demasiado joven para ceder. Y ya vieja para luchar.

Vieja a los treinta años.

Primero solía decirse que los lunes eran malos. El segundo peor día de la semana. Los viernes se llevaban la palma, con la inmediatez del fin de semana disparando sus adrenalinas. Ahora ya no se trataba de un día concreto. La degradación aumentaba, le ganaba el terreno a cuanto se le pusiera por delante. Se habían roto las medidas, los límites.

El libro que sostenían sus manos empezó a pesarle. Jamás lo hubiera dicho. Para ella un libro era la máxima felicidad, la llave de todas las maravillas. Mundos fascinantes, personajes que adquirían forma en su mente y en su corazón, historias que la emocionaban y la hacían reír, llorar, pensar… Sin embargo, para muchos de ellos aquello no significaba nada. Libro equivalía a «cultura», «estudio». Se negaban el aire del alma, el alimento del espíritu. Y no eran los nuevos tiempos.

Eran «ellos».

Salvador Mateos, Segismundo Garrido, Carlos Freser y Alan Gao.

A veces no sabía si era mejor suspenderlos, para que aprendieran una mínima lección, o aprobarlos, para perderlos de vista y quitárselos de encima. Y al diablo su ética profesional. Al diablo con todo, empezando por los cuatro. De cualquier forma, tanto les daba aprobar osuspender, repetir curso o no. Se lo pasaban por el forro. Alan Gao tal vez no. Tenía esperanzas. Era demasiado listo. El único con perspectiva. Pero los otros tres… Ninguno iba a seguir estudiando. Ninguno veía un futuro más allá del pueblo y del trabajo que les esperaba en un par de años. Aún sin olvidar la ley, se preguntaba qué estaban haciendo allí.

Contaminando al resto. Y aquella mañana…

Fuere lo que fuere, flotaba en el ambiente.

En los ojos extraviados de Cecilia Torralba, en el miedo de Miguel Ángel Gara, en el desafío de Salvador Mateos…

No quiso apartar la mirada.

Aquella sonrisa burlona, aquella superioridad.

Todos sus sueños de maestra despedazados por una guerra perdida.

–¿Puedo seguir? –les preguntó. Nadie tomó la palabra.

Otro lunes. Otra clase. Otra impotencia.

–Como estaba diciendo –retomó el hilo de sus palabras–, en toda historia encontramos…

6

Cipriano Galindo no se atrevió a tocar el cadáver.

Salvo comprobar su temperatura corporal.

Aún cálida.

Miró el rostro del chico, vuelto hacia él, con el cuello roto, o desencajado, de manera que la postura resultaba grotesca. La parte de la cabeza que había impactado contra la roca se veía deforme, como si hubiese estallado. La caída desde lo alto del acantilado había sido de cara. Daba la impresión de que las rocas lo hubieran absorbido. El tronco se expandía hacia los lados. Las piernas debían de estar machacadas. El pie izquierdo colgaba en una posición imposible.

–¿No le va a cerrar los ojos? –preguntó la hija del señor Tobías.

–No.

–¿Por qué?

Utilizó sus galones. Deslizó una rápida mirada hacia Morales y este reaccionó como se esperaba de un buen número de la guardia civil.

–Aquí ya no hay nada que ver –anunció–. Por favor, retírense y vuelvan a sus casas. Por favor…

Nadie se movió.

Así que tuvo que empujarlos.

Algunos seguían llorando. Otros hundían sus sorpresas en la escena. Todos sabían que eran testigos de la historia. Vivían en un pueblo. Siempre, había un antes y un después para según que cosas.

Y aquella era una de ellas.

–Pobre chico.

–¿Cómo se habrá podido caer?

–Y justo aquí, en el acantilado.

–Habría que volarlo de una vez.

–O poner una barandilla.

Cipriano Galindo se acercó un poco más al cadáver. El mar no llegaba hasta allí. Y la humedad ambiental no era tanta como para haber entumecido el cuerpo. De cualquier forma, las huellas de los senderos que fluían de los ojos del chico no parecían ser otra cosa que lágrimas.

Cauces abiertos en una piel violentamente roja. Brillando en la despedida.

Levantó la cabeza y miró la pared vertical que ascendía rumbo al cielo, todavía demasiado plomizo y compacto como para que los rayos de sol penetraran a través de las nubes. La última vez que alguien se había arrojado por el acantilado él acababa de llegar al pueblo.

Ahora se disponía a dejarlo.

¿Casualidad?

Como si alguien escuchara sus pensamientos, recuperó el eco de una de las voces.

–¿Os acordáis de la Enriqueta? Y a continuación, otras.

–Cayó allí, un poco más lejos.

–Pero ella estaba enferma.

–No estaba enferma. Estaba embarazada. Bien lo sabía el Juan de la tía Francisca.

–Morales, lléveselos –ordenó él.

Esperó a que los apartara un poco más allá. Luego se resignó. Protegido con un guante de látex introdujo los dos dedos de la mano derecha en el bolsillo izquierdo de la cazadora del muerto. No encontró nada. Para hacer lo mismo en el otro bolsillo hubiera tenido que mover el cuerpo, así que se abstuvo.

Volvió a mirar el acantilado.

Un chico de catorce años no era tan estúpido como para tropezar y caerse.

–¿Y si le han empujado? –gritó todavía alguien más. Cipriano Galindo no era el mejor guardia civil del mundo, ni siquiera un policía avezado.

Pero si de algo estaba seguro, por años de trabajo, por instinto, por pequeños grandes detalles como aquellas lágrimas, la postura y el lugar de la caída, era que a Jacinto Quesada no le había empujado nadie.

7

Lo primero que notó al entrar en la habitación de su hijo mediano fue el orden.

Y eso le hizo abrir los ojos. Sorprendida.

Tenía que haberlo hecho antes de ir a la escuela, por fuerza. O antes de acostarse. La tarde anterior la habitación era la misma leonera de siempre, con ropa tirada por el suelo, la mesa convertida en un caos, libros, libretas, discos y un largo etcétera atiborrándola, la cama por hacer, ya que los días de fiesta eso era cosa suya, el olor a pies sudados y a lugar cerrado…

Ahora en cambio…

Jacinto nunca hacía las cosas por sí que gritarle, ordenárselo.

mismo. Había Su madre contempló aquel nuevo horizonte.

Se quedó quieta en mitad de la habitación, perdidas las alas, el ímpetu con el que había entrado dispuesta a pelear con la adversidad. El lugar era una isla.

Destilaba paz.

De sus tres hijos, sin duda Jacinto, el mediano, era el más trasto, capaz de romperlo todo, perderlo todo, poner al límite sus paciencias, la de ella y la de su padre. Le decían que era inteligente, muy sensible, con una enorme capacidad, y que si estudiaba una carrera saldría para adelante, pero los que le decían eso no le conocían como ella ni vivían en su misma casa. En el último año, Jacinto se estaba volviendo más y más extraño, casi un desconocido. Apenas hablaba, se encerraba en su habitación, y a ella más que a nadie le costaba entender su comportamiento, sus reacciones.

Sus silencios.

¿Por qué tantas diferencias entre Patricio, Jacinto y Cosme?

Se sentó en la cama unos segundos, dispuesta a disfrutar de aquella sensación de paz. No tenía que recoger nada. Un milagro. Bueno, la cama no estaba hecha, sólo estiradas las sábanas y la colcha, pero bastaba. No tocaría nada, y así a mediodía o por la noche él comprobaría que lo había hecho bien, y que eso bastaba.

Tal vez fuese el primer paso de una nueva responsabilidad.

¿Cuándo se perdía la adolescencia?

Ya no podía recordarlo. Se le antojaba que hacía un millón de años que ella había dejado de ser joven.

Se disponía a salir de la habitación, dando por terminada aquella pausa gratificante, cuando vio el sobre en la mesita de noche, apoyado junto a la lámpara.

En la parte frontal destacaba una sola palabra:

«Mamá».

Se puso en pie, dio los dos pasos que la separaban del sobre y alargó la mano para tomarlo, con el ceño fruncido. En el momento de extraer la carta del interior lo único que pudo leer fueron dos palabras: «Lo siento…».

Los gritos procedentes de la calle, súbitos, dramáticos, y por encima de todo, el eco de su nombre flotando en ellos, como un zarpazo de mal agüero, hicieron que el sobre y la hoja de papel resbalaran de sus manos.

–¡Fernanda! ¡Fernanda!

–¡Ven, tu hijo…!

–¡Oh, Fernanda, pobrecillo…!

Sobre y carta llegaron al suelo casi en el instante en que ella salía a la carrera por la puerta de la habitación de Jacinto.

8

Salva no dejaba de hacerse la pregunta.

Miraba la silla vacía, el hueco abierto en mitad de la clase, y sentía esa ausencia con rabia, con más furia de la que experimentaba cada vez que lo tenía delante.

Algo que ni los golpes ni las palizas conseguían menguar.

El pobre idiota…

–¿Dónde estás, mierda? –musitó por lo bajo.

Ni siquiera sabía de dónde salía aquel odio. Y le importaba poco saberlo. La vida era instinto. Y el instinto es primario. De la misma forma que uno podía perder la cabeza por una chica en unos segundos también podía querer aplastársela a un imbécil. A todos los imbéciles que pululaban por aquí y por allá.

Se imaginó a Jacinto en casa, fingíendose enfermo, retardando lo inevitable, escudándose en las faldas de su madre. Y se lo imaginó temblando, llorando.

Aunque nunca lloraba cuando le sacudían. Se lo aguantaba, el muy cabrón.

¿De qué iba a servirle un aplazamiento? Si no daba la cara, peor para él. Los lunes la ración era doble, por lo del fin de semana. Los lunes…

Intentó concentrarse en la clase. La señorita Manuela no dejaba de lanzarle miradas. Al comienzo, un año antes, le gustaba. Era de formas suaves, delicada, una verdadera princesa con cara de ángel. Casi estuvo tentado de estudiar la asignatura y leer los libros que ella le pedía. Luego reaccionó y mantuvo su orgullo. La venda se le cayó de los ojos. A fin de cuentas no dejaba de ser una maestra, una pobre, desgraciada e infeliz maestra de pueblo, tan insignificante como cualquier otra. No merecía la pena.

No merecía que él perdiera el tiempo.

¿Cervantes? La madre que lo parió. ¿Qué le importaba Cervantes y su maldita novela escrita cuatrocientos años antes? ¡Que le dieran mucho a Cervantes! El muy cabrón perdía un brazo y se ponía a escribir en lugar de vivir del cuento. Así que si eso no era estar loco…

El partido sí era importante.

Lo primero, darle una patada en la boca al Esteban, para marcar territorio. Todo lo más, el «cagueta» del Nacho le enseñaría una tarjeta amarilla. Pero el Esteban ya no tendría ganas de acercarse al área en lo que quedaba de partido, de eso seguro. Despúes ya se encargarían ellos de…

Los ojos de la señorita Manuela, de nuevo fijos en él.

«¿Qué miras, tía?», le gritó mentalmente.

El hueco del lugar que ocupaba Jacinto formaba una especie de isla entre los dos.

La profesora siguió hablando. Cervantes, «El Quijote», bla-bla-bla.

Salva miró a su izquierda y Segis le devolvió la sonrisa.

9

Habían intentado separarlos, obligarlos a sentarse uno en cada extremo de la clase, pero ellos no eran como los demás. Cafre no había tenido más remedio que obedecer, porque todo lo que tenía de grande lo tenía de estúpido, y Alan, a veces, se limitaba a verlas venir y esquivarlas, sin más, siempre con aquella especie de sangre fría por bandera. Pero ellos dos no. Ellos eran Salva y Segis, o Segis y Salva.

Siempre ellos.

Uña y carne.

Segis mantuvo la sonrisa dirigida a su compañero hasta que este fingió interesarse de nuevo por la clase y las explicaciones de la señorita Manuela.

¿Qué podía esperarse de una tía que daba clases de lengua y literatura y amaba los libros?

Segis suspiró y se dejó caer hacia atrás, apoyando la espalda en el respaldo de su silla. Estiró las piernas todo lo que pudo y, aprovechando que ella miraba hacia el otro lado, se desperezó. Estuvo a punto de gemir de placer pero evitó la provocación. Los lunes siempre eran raros. A lo peor la maestra había tenido un mal fin de semana y la tomaba con él. Y no es que le preocupara. Pero fastidiar por fastidiar… Mejor hacerlo a conciencia y en los momentos adecuados.

En clase de Matemáticas, por ejemplo.

El profesor Venancio sí era el perfecto monigote. Segis dejó de escuchar, de ver, de sentir. Al diablo el instituto. Al diablo la pesadilla. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué transcurría el tiempo tan despacio? Parecía anclado en el mismo sitio desde hacía una eternidad. De lo único que tenía ganas era de terminar con aquel mal rollo, pasar de los libros y ponerse a trabajar, para ganar pasta, para vivir, para…

Como si saber algo del soplapollas de Cervantes ayuda se a que los tomates crecieran antes o salieran mejores.

Cervantes y todos los que se empeñaban en dar la vara escribiendo.

La voz de la señorita Manuela flotaba por encima de sus cabezas.

–Nosotros estamos hechos de letras, de palabras, de historias. Somos lo que hemos leído, venimos de lo que otros han sido y han vivido y luego nos han dejado escrito. Por esta razón «El Quijote» es tan importante, porque nos ayuda…

Segis paseó una mirada por la clase. La silla vacía de Jacinto era un grito silencioso. Se fijó en Cafre, que en ese momento se estaba hurgando la nariz con mucho empeño. Consiguió su objetivo, hizo una pelotilla y la impulsó hacia arriba con los dedos pulgar y medio de su mano derecha. La porquería fue a caer sobre la cabeza de Lucas, que ni se dio cuenta de ello. Un poco más allá estaba Alan.

Segis siguió su mirada.

Fija en el perfil de Cecilia, la amiga de Jacinto.

10

¿Cuánto hacía que…?

Ni siquiera lo sabía. Era algo que había surgido de forma natural, imprevista. Quizás durante el verano. Tal vez al regresar a la escuela. La gente cambiaba.

Cecilia había cambiado.

Alan deslizó su mirada como un manto, cubriéndola, llenándose de ella, cabeza, cuerpo, manos… Pero luego fue como si sus ojos la siluetearan, recorriendo los detalles, el perfil, deteniéndose en cada pequeña inflexión física. Vio la frente abierta, la nariz pequeña, acabada en punta; los labios formando un sesgo rosa, elevado el superior, carnoso el inferior, bien dibujados y formando una armónica estructura sobre la barbilla y los pómulos tan marcados como redondos. Siguió por el pelo, largo, libre y sedoso. Continuó con las manos, tan cuidadas como suaves. Y regresó a los ojos.

Tristes.

Aquella mirada perdida que nunca se había posado en él.

¿Qué dirían los otros, Salva, Segis y Cafre, si supieran que le gustaba Cecilia Torralba? ¿Qué pensarían? Para ellos no era más que una niña. Él la veía como una mujer. Su cuerpo ya había cambiado, tenía todos los atributos y dones capaces de despertar sus instintos. La edad no importaba. Ya no. Ni tampoco que fuera buena estudiante, una listilla, una sabelotodo.

Y amiga del mierda. Alan se sintió inquieto.

¿Por qué alguien como Cecilia se fijaba en un infeliz como Jacinto Quesada?

¿Qué sentido tenía algo así?

Antes, para él, a pesar de la manía que le profesaban los otros tres, no era más que eso: un infeliz, del montón. Pero después del verano, en el nuevo curso…

Cecilia no era la misma. Y él tampoco.

Salva se reiría. Segis le diría que «las tías sólo sirven para complicar la vida antes y después de montártelo con ellas». Y Cafre… Bueno, Cafre no pensaba, sólo actuaba. Era la caballería y la infantería, todo junto.

La cosa siempre estaba entre ellos dos, Salva y Segis, y él.

Decían que era frío, cerebral. No tenían ni idea.

Sus amigos.

Continuó mirando a Cecilia, la manera en que respiraba, como subía y bajaba su pecho ahora vivo y turbadoramente femenino, las formas de sus piernas, prisioneras de los vaqueros, y de nuevo las manos.

Tanta ternura.

¿La misma ternura que mostraba por el hecho de que Jacinto fuese débil? ¿Era eso? ¿Detrás de toda chica latía una madre?

El murmullo de unas risas le hizo reaccionar y centrarse en lo que pasaba a su alrededor. La señorita Manuela había dejado de hablar. Todos miraban a Cafre.

–Freser… –suspiró la profesora–, ¿quieres dejar de hacer eso?

–¿El qué? –masculló él con aquella cara de pasmo tan eterna como la Luna.

–Ya lo sabes.

–No, no lo sé.

–Ya vale, ¿de acuerdo?

No respondió. Sus ojos y los de la señorita Manuela establecieron un combate sin vencedor ni vencido. En los de ella latía la tristeza mezclada con la rabia y la frustración. En los de él sólo la resignación.

–¿De acuerdo? –repitió la profesora.

11

—De acuerdo –se vio obligado a decir.

Todavía tenía entre los dedos de la mano la última pelotilla que se había sacado de las fosas nasales. La dejó caer al suelo sin más, por si las moscas. Pero cuando la señorita Manuela reanudó lo que estaba diciendo le sacó la lengua, infantilmente.

Luego buscó la complicidad de Salva y Segis.

El primero le guiñó un ojo. El segundo subió la comisura izquierda de sus labios.

Cafre suspiró con fuerza.

La voz de la profesora continuó siendo un murmullo ahogado por su propia indiferencia. Ella hablaba y hablaba, y él, por más que escuchase, en el fondo se quedaba igual, en blanco. No entendía nada. Por lo tanto, ¿para que escuchar? El resultado era el mismo. Y tampoco es que le fuera fácil concentrarse. Los mayores se preocupaban mucho y muy en serio de fastidiarles la existencia. Y lo hacían justo en el peor momento, en la parte que más necesitaban para disfrutar.

La vida no era justa.

¿A quién le importaba lo que otros hubieran escrito? Cervantes no estaba allí, en el pueblo, en las tomateras. Cervantes sólo había escrito un libro y se había quedado descansado, el hijo puta. ¿Quién decidía que aquello era bueno? ¿Por qué tenían que seguir en la maldita escuela hasta una edad? ¿Qué clase de libertad era esa?

Volvía a reinar el silencio. Todos estaban abriendo sus libros.

Y la profesora demostrando que seguía teníendole manía.

–Freser, ¿has leído el capítulo que te dije?

Pensó que mentirle era una tontería. Y, además, una concesión.

–No.

–¿Por qué?

–Porque está lleno de palabras raras que no entiendo.

–Si leyeras más las entenderías –la frase no era nueva, la conocían de sobra.

–Si leyera más me volvería tonto.

–Freser, no seas bobo, por Dios –suspiró ella con más y más cansancio.

–Mi padre dice que a los que leen, de tanto estar sentados sin moverse, se les atrofia el pito.

La carcajada fue casi general. Cafre hinchó el pecho. La profesora era una, pero ellos eran todos. Las risas le hicieron fuerte.

–¿Queréis callaros? –tuvo que gritar la maestra para imponer el orden–. ¿Cómo podéis reír cuando alguien dice una tontería de este calibre?

Cafre buscó la complicidad que más le importaba, la de sus amigos.

Salva levantó el pulgar de su mano derecha. Segis asintió con la cabeza. Ambos gestos fueron apenas perceptibles. Al otro lado, Alan parecía ensimismado.

Ahora, las consecuencias.

–Freser, ponte en pie –le ordenó la señorita Manuela.

12

Patricio Quesada le echó un cable a su padre con la carga de la caja.

–Te ayudo.

–Gracias, hijo.

El muchacho la sostuvo con las dos manos, sin esfuerzo. Los músculos se le hincharon, poderosos, dibujando los ríos de las venas que bajaban por sus brazos hasta casi los dedos, grandes y recios. Era el único de los trabajadores que llevaba puesta tan sólo una camiseta, muy ceñida, pegada al pecho, a la espalda y a la cintura. Por la parte posterior del cuello se veía el tatuaje, un águila desplegando sus alas hasta los hombros. Luego, en cada antebrazo, dos coronas de espinas circundándolos. Con el cabello corto, casi rapado al cero, el pendiente de la oreja derecha destacaba con luz propia.

–¿Te encuentras bien? –le preguntó a su padre.

–Sí, claro.

–Pareces cansado.

–Bueno, no he dormido lo que tenía que dormir.

–Es que cuando pierde el equipo te pones…

–¡Anda ya, calla! –le empujó el hombre.

Patricio colocó la caja en el camión. El resto de los obreros mantenía el ritmo. Nadie hablaba, porque el tiempo apremiaba. Los rumores acerca de una huelga de los dichosos franceses en la frontera hacían que la dirección de la empresa se sintiera más presionada. La última vez había sido la carga. Ahora podían quemar incluso el camión.

Y eso no era bueno para nadie, y menos para ellos. Los últimos de la cadena.

–Deberías pedir que te cambiaran a selección de producto –insistió Patricio cuando volvió a coincidir con él.

–¿Con las mujeres? A que te doy una –se molestó su progenitor.

–Mula.

–Descastado.

Se rieron mecánicamente, sin perder el ritmo del trabajo, pero el muchacho no perdió de vista a su padre. Ya no era cosa de haber dormido mal una noche. Se trataba de las últimas semanas. El declive resultaba evidente, igual que si una mano invisible le hubiese arrebatado parte de su energía y, al mismo tiempo, acabase de arrojarle encima más años de los que tenía. Las arrugas en el rostro se habían hundido hasta formar simas. Los ojos estaban orlados de aquella tristeza que a veces se veía en los de los viejos. Gabriel Quesada no era tan mayor, pero llevaba la vida entera en los campos y en las tomateras, de una u otra forma, pasando por todos los puestos imaginables.

Desde los dieciséis años, tres menos de los que tenía él ahora.

Patricio cargó otra caja.

Fue con ella a cuestas cuando apareció Blas, el encargado.

Se detuvo ante el muchacho, pero a quien llamó fue a su padre.

–¡Gabriel!

No era normal que Blas interrumpiera el trabajo. Algunos de los hombres aminoraron el paso o intercambiaron miradas de curiosidad. Todos se conocían. Todos eran del pueblo. Lo que le sucedía a uno, por extensión, les sucedía a los demás.

Gabriel Quesada le pasó la caja a otro obrero.

–¿Qué hay? –quiso saber.

–Han llamado de vuestra casa –fue lacónico el encargado–. Dicen que vayáis cuanto antes.

–¿Por qué? –se envaró Patricio.

–No sé –los ojos de Blas le esquivaron para continuar centrándose en su padre–. Pero creo que algo le ha sucedido a tu chico, el Jacinto.

13

El cambio de clases duraba cinco minutos. Tiempo suficiente para, al menos, intercambiar algunas palabras. Fue Cecilia, con la ansiedad tintando sus facciones, quien se acercó a Miguel Ángel —¿Dónde está Jacinto?

–No lo sé.

–¿Cómo que no…?

–¡No lo sé! –repitió el chico–. Le he estado esperando y no se ha presentado. No tengo ni idea.

–¿Pero no le viste ayer?

–Sí, ayer sí.

–¿Y?

Miguel Ángel bajó los ojos al suelo, tan triste como acobardado. Los subió de nuevo, más para mirar a su alrededor que para centrarlos en su compañera.

–Estaba muy asustado –reconoció.

–¿Crees que se habrá hecho el enfermo para no venir a clase?

–Ni idea.

–¿No te dijo nada, en serio?

–¡No! –casi se echó a llorar–. Cuando he llegado casi me dan a mí. Si no hubiera sido por el Osvaldo…

Cecilia cruzó los brazos sobre el pecho. Fue un gesto de impotencia, no una protección. Los apretó sin lograr liberar toda la tensión que sentía.

–¡Mierda de boda! –lamentó–. Todo el día con esa bobada… Ni siquiera pude telefonearle.

–Lo sé.

–Miguel Ángel, hemos de hacer algo –la voz de la chica fluyó con amargura–. Esto no puede seguir así.

–¿Y qúe quieres que hagamos?

–¡Acabarán haciéndole daño!

–¿Más?

Cecilia se estremeció. Sus ojos comenzaron a humedecerse.

–Ellos son cuatro –le recordó Miguel Ángel–. Nos matarán. Y recuerda que Jacinto no quiere.

–Es lo que no entiendo. ¡Ese maldito orgullo! ¿Qué sentido tiene?

–Ayer por la tarde…

–¿Qué? –le alentó a seguir al ver que se detenía.

–Tenía tanto miedo…

–No es justo, no es justo –la chica apretó los puños y lo repitió por tercera vez–: No es justo.

–Ellos pasan de nosotros –Miguel Ángel pareció abarcar todo el centro escolar–. Somos parte de la masa. No existimos.

–¡No digas eso!, ¿quieres?

–Es lo que hay –mostró más y más su derrota.

–Pues yo no les tengo miedo –apretó las mandíbulas con firmeza.

–Tú eres una chica. A ti no te harán nada.

–Precisamente por ello.

–¿Y cómo crees que va a sentirse Jacinto si una chica le defiende? Será peor, ¿no lo entiendes?

–¡Lo que no entiendo es por qué…!

Alguien corría por el patio exterior. La puerta del instituto estaba inusualmente abierta. Más allá de la verja se veía gente. Demasiada gente. Allí nunca pasaba nada, así que bastaban algunos pequeños detalles para darse cuenta de cuando sí sucedía algo.

El silencio de Cecilia hizo que Miguel Ángel también siguiera la dirección de sus ojos.

Escucharon los primeros gritos.

Vieron los primeros rostros atravesados por el estupor.

Y de alguna forma, sin saber exactamente por qué, de los labios de Cecilia fluyó tan sólo una palabra.

Un nombre.

–Jacinto…

14

Manuela Giner estaba sentada en una de las butacas de la sala de profesores. Como todavía estaba permitido fumar, las ventanas se encontraban abiertas para que el humo no saturase el ambiente y contaminase a los demás. Osvaldo Jiménez, a su lado, intentaba penetrar en su desconsuelo.

–Siempre hay años peores, y cursos difíciles. Supongo que este es uno.

–Osvaldo, no se trata de eso –exhaló ella mientras se pasaba una mano por la frente.

–No puedes hundirte. Tú no –la instó él.

–¿Por qué no puedo hacerlo? –lo miró con fijeza–. Por algún lado tiene que salir la tensión. Si pudiera hacer algo más…

–¿Por qué no planteamos el tema de una vez?

–¿Dónde, aquí? –abarcó el lugar en que se encontraban.

–¿Por qué no? Nos incumbe a todos.

–Esto es un pueblo –el tono era cansino–. No tan pequeño como para que resulte insignificante, pero tampoco tan grande como para adoptar medidas de fuerza mayor. ¿Crees que Helena o incluso don Sixto se pondrán en primera línea? Cada vez hay más gente de afuera, por el trabajo, pero la mayoría, los de siempre, se conocen demasiado aunque cada cuál esta en su casa. Somos cerrados, ¿no te has dado cuenta?

El rumor, primero lejano, se hizo más y más presente.

El profesor de Ciencias fue el primero en levantar la cabeza.

–¿Qué diablos está pasando ahí afuera?

Algunos maestros y maestras se dirigían ya a las ventanas. De forma nítida escucharon algo más que una voz.

Un grito.

Y después carreras, nuevas voces, la furia desatada de una tensión que se abría en espiral.

Manuela también se levantó.

No tuvo tiempo de dirigirse a las ventanas. Ni siquiera de poner palabras a sus pensamientos. La puerta de la sala de profesores se abrió con inusitada violencia. Se hubiera llevado por delante a cualquiera en el caso de que alguno de ellos se encontrase cerca de su batida en ese momento. Afortunadamente no fue el caso.

María Pina, la actual directora, se quedó en el quicio.

Pálida.

Más allá de las ventanas continuaba el fragor de aquella inesperada tormenta.

–Han encontrado el cuerpo de Jacinto Quesada sin vida –consiguió articular la aparecida–. Estaba al pie del acantilado…

Osvaldo Jiménez sintió el ramalazo de frío. Manuela Giner, el vacío mental, mientras se llevaba ambas manos a la cara con horror. El resto reaccionó de muy diversa forma, desde el estupor hasta el llanto. A todos los azotó un viento gélido, que nacía allí mismo, contaminándolos como un virus letal.

Por las ventanas de la sala de profesores empezaron a verse las primeras madres y abuelas corriendo hacia el centro escolar, dispuestas a rescatar a sus chicos y chicas, como si, de pronto, allí se hubiera desatado el infierno.

15

La conversación telefónica con su teniente era tranquila aunque grave. Pasada la sorpresa, y el impacto producido por la noticia, habían recuperado con rapidez el pulso profesional. Para Cipriano Galindo, sin embargo, despachar las primeras diligencias no le hacía más fáciles las cosas. El camino continuaba siendo tan o más espinoso.

Y lo seguiría siendo a lo largo de las horas siguientes. Quedaba un mundo por hacer.

Y allí, en un pueblo que, poco a poco, iba hacíendose eco de su dolor.

–¿Cuál es la situación? –quiso saber el teniente de la guardia civil.

–Tensa –buscó la palabra precisa–. Es un crío de 14 años. Ya sabe como son estas cosas, señor. He tomado fotos, y he llamado al juez para que proceda al levantamiento del cadáver.

–¿Su primera valoración?

–Es difícil decir…

–Vamos, Galindo, que no nació usted ayer. ¿Diría que es un crimen?

–No hay indicios.

–Alguien pudo empujarlo.

Cipriano Galindo recordó las huellas de aquellas lágrimas.

Aún así saba.

se resistió a decir en voz alta lo que pen—¿Accidente? –continuó el teniente ante su silencio.

–Es la segunda posibilidad.

–¿Y la primera?

Midió todas y cada una de sus palabras.

–Es el acantilado, mi teniente –lo expresó como si esto, por sí solo, ya bastase.

–¿Cuándo fue la última vez que alguien se tiró desde allí?

–A poco de llegar yo, pero ese lugar tiene un historial… Es como el viaducto que hay en Madrid. Cría fama…

No habían expresado la palabra en voz alta.

–Por Dios, Galindo. Hablamos de un chico de 14 años.

¿Importaba mucho la edad?

¿Acaso el dolor no se sentía igual a los 14 como a los 30, 40 o…?

–Estoy en ello, señor –empleó la mayor de las correcciones sin llegar a comprometerse–. Las primeras horas suelen ser decisivas.

–Yo estar aquí mañana por la mañana. Si necesita de más ayuda… No deje de informar, ¿de acuerdo?

–Sí, mi teniente.

–Hay algo más –la respiración de su superior atravesó la línea telefónica de forma huracanada–. Este es el típico caso que sirve de carnaza a los medios informativos –remarcó las dos últimas palabras con sorna–. En cuanto la noticia se difunda, puede que esto se convierta en un circo y se nos echen encima como lobos.

–¿Alguna recomendación?

–Ninguna declaración, aunque le pongan un micrófono en la boca.

–Entendido.

–Tampoco creo que se den tanta prisa, aunque todo es posible. De momento que el juez decrete secreto de sumario. Y usted ponga a todos a trabajar.

–A la orden, mi teniente.

No quedaba mucho más, salvo, quizás, las conjeturas finales, los comentarios abiertos, no como agentes de la ley, sino como simples personas.

–¿Y por qué iba a suicidarse un chico de 14 años?

–rezongó insatisfecho su superior.

–¿Llamar la atención, señor? –se oyó decir a sí mismo.

16

Osvaldo Giner les soltó el grito sin mediar ninguna otra palabra, nada más entrar y cerrar la puerta del aula.

–¡Callaos!

No era usual en él. Solía hablar de bichos con un amor rayano en la fascinación. Le encantaban. Amaba a los animales más que a las personas. Siempre les recordaba que era miembro de Greenpeace y que, años atrás, había tomado parte en dos campañas de las consideradas «duras», es decir, con riesgo.

Ese era su orgullo. Su currículum.

Se enfrentó a sus ojos desconcertados y a sus caras de pasmo. Se sentaron, uno a uno, mitad expectantes mitad curiosos. Se conocían lo suficiente como para saber que algo sucedía. Cada profesor era único.

Y el de Ciencias era demasiado buena persona como para ponerse a dar voces de buenas a primeras.

–Vais a recoger vuestras cosas, en orden, sin tu multos ni gritos, y saldréis del instituto para iros a vuestras casas, ¿de acuerdo? –les anunció–. Y cuando digo vuestras casas, digo vuestras casas. Al que vea por el pueblo nada más salir de aquí se las verá conmigo –y por si no lo habían entendido, agregó–: Las clases quedan suspendidas por hoy.

Una voz, al fondo, susurró demasiado ostensiblemente:

–¡Bien!

Osvaldo Jiménez miró en su dirección. Después de todo, siempre eran los mismos.

–Gómez.

El chico se puso en pie.

–¿Pasa algo… malo? –se aventuró a preguntar.

–De momento marchaos a casa, es todo lo que…

–La última vez que se suspendieron las clases fue porque se murió el señor Indalecio en el recreo –dijo Matilda Sancho.

Algunos empezaron a hacer cábalas mentales acerca de a quién le había tocado esta vez.

Osvaldo Jiménez se resignó. Nadie quedaba al margen. Nadie iba a salir indemne. La muerte caía siempre como una lluvia sobre los vivos. Fina o gruesa, siempre los empapaba.

Y a lo mejor era preferible que se lo dijese él. La escuela ya era un hervidero.

–Puede que esto sea duro para vosotros –se rindió–. Por eso os pedía y os pido que os vayáis a casa directamente y estéis con vuestras madres y padres. Hoy no es un buen día para estar en la calle. Y bastante se hablará… –tragó saliva una vez–. Quiero decir que es muy posible que afecte a todo el pueblo… –la segunda vez le costó más. Tenía la garganta seca. Le zumbaban los oídos y la presión sobre sus sienes era intensa. Ante sí tenía dos docenas de rostros que esperaban. Así que ya no aguardó más–: Ha sido encontrado sin vida el cuerpo de Jacinto Quesada…

De pronto, todos fueron niños. Una vez más.

SEGUNDO GRITO
Las reacciones

(Mediodía)
17

Los cuatro miembros de la familia Quesada formaban una piña solitaria en la antesala del dispensario del pueblo. Gabriel Quesada tenía sujeta por los hombros a su esposa Fernanda. Esta, a su vez, había depositado ambas manos sobre el cuerpo del pequeño Cosme, de diez años, tumbado en su regazo. Patricio, por detrás, inclinado sobre sus padres, desplegaba los brazos y mantenía una mano sobre cada uno de ellos. Las lágrimas parecían haberse terminado de momento. Lo que les dominaba ahora era el silencio, profundo, un peso enorme instalado en lo más profundo de sí mismos. Las miradas se perdían. La pesadilla imposible de ser asimilada.

Cuando de la nada pareció surgir el cuerpo del doctor Maura, materializándose al frente, las reacciones fueron opuestas.

Expectación en el hombre, miedo en la mujer, espera en el joven y curiosidad en el niño.

Gabriel se puso de pie. Patricio enderezó su figura.

–Lo siento –fue lo primero y al parecer lo único que se le ocurrió decir al médico.

–Queremos verle –pidió el padre de Jacinto.

–Me temo que…

–Es mi hijo –proclamó como si se lo recordara.

–El sargento Galindo ha dado órdenes terminantes de que no…

–¡A la mierda el sargento Galindo! –lo interrumpió Gabriel Quesada–. ¿Qué coño está pasando aquí?

–Por Dios, Gabriel… –sonó desmayada la voz de su mujer.

No le hizo caso.

–¿Por qué no podemos verle?

–Porque aún no sabemos qué ha sucedido y hay una investigación –dijo el doctor Maura–. Por eso.

–¿No saben qué ha sucedido? –frunció el ceño Patricio.

–No.

–Le han encontrado en la playa, al pie del acantilado.

El médico se enfrentó a sus ojos duros.

–No entiendo –se excusó.

–Ha salido de casa para ir al instituto –continuó Patricio–. El que haya hecho esto…

–¿Qué estás diciendo? –el médico se estremeció–. No hay indicios de que haya sido un asesinato, por Dios.

–No se pasa por el acantilado para ir a la escuela –volvió a hablar el cabeza de familia.

–No sé lo que ha sucedido –insistió el médico–. Ni lo sabremos hasta que se le haga la autopsia.

Fernanda lanzó un gemido de dolor.

–A mi hijo no van a cuartearle –Gabriel Quesada acompañó sus palabras con el gesto de su mano derecha, apuntando a su interlocutor con un dedo amenazador.

–Me temo que esto…

–¡Mierda, como le pongáis encima una sola mano…!

Lo sujetó Patricio, por detrás. El nuevo gemido de Fernanda se le ahogó en el pecho. El pequeño Cosme empezó a llorar y se apretó más contra ella. La única reacción del doctor Maura consistió en cerrar los ojos.

No se movió de donde estaba.

–Tendrán que saber qué pasó –quiso justificarlo–. Y es la única forma –lo repitió para dejarlo aún más claro–: La única. Por mucho que grites no voy a dejarte pasar, Gabriel. Ni ellos tampoco.

Volvieron la cabeza.

Eran dos, jóvenes, con el uniforme muy mal asentado en sus cuerpos, el tricornio calado hasta la frente, un aire de falsa marcialidad que contrastaba con la expresión de sus caras. Debían de llevar allí bastante rato.

–Mi hijo no pudo haberse caído por ese acantilado –les espetó Gabriel Quesada–. En lugar de estar aquí sin hacer nada y tocando los cojones tendrían que estar buscando al que lo hizo, ¿saben? Mi hijo…

Él también se deshizo, filtrándose como los granitos de un reloj de arena, hacia abajo, hacia el foso de su resistencia.

Cuando se derrumbó en la silla, junto a su esposa, Patricio fue el único que siguió en pie, desafiando al médico, con los puños apretados.

18

Miguel Ángel se detuvo al llegar a su calle. Descubrió que no quería meterse en su casa, ocultarse en su habitación, responder a las preguntas de su madre. Descubrió, de repente, que su cuerpo seguía allí, pero que su mente ya no. Su mente volaba.

Con Jacinto.

La idea de no verle nunca más era absoluta. Demasiado enorme como para ser comprendida.

En el último libro que había leído, subrayó una frase. Acababa de morir su abuela paterna, así que la asoció con ello. Decía: «Lo peor de la muerte es que la sufren los vivos».

Jacinto descansaba en paz, en verdadera paz después de semanas de infierno. Pero él…

–¿Ahora qué? –la preguntó a la distancia.

Seguía en mitad de la calle, a merced de cualquiera que le viera desde una ventana. Todos sabían que Jacinto y él eran amigos. Los amigos. No podía huir, pero sí esperar, esconderse, dejar que el tiempo fluyera, aunque no tuviera ni idea de hacia adónde.

Miguel Ángel reanudó su marcha.

Le pesaba la cabeza, el alma, y sentía las piernas como si fueran de cartón.

Rodeó su casa por la parte de atrás. El pequeño seto estaba seco, como la tierra sin lluvia. Se coló por él, despacio, para no engancharse la ropa con alguna rama traicionera, y, rezando para que su madre no le viera desde la casa, caminó hacia la parte derecha, donde se alzaba el pequeño cobertizo de las herramientas. No era más que una construcción rudimentaria, y apenas si se cabía en él, pero solía utilizarlo como refugio. De más niño había sido su nave espacial. Jacinto y él jugaban siempre a…

Jacinto y él.

Ahora ya sólo era él.

Dejó la mochila en el suelo y se sentó encima de un cajón de madera. Ya no era el asiento de la nave. Volvía a ser lo que siempre sería: un cajón de madera. Nada más.

Luego hundió los ojos en el suelo. Apretó los puños.

–Cabrones… –gimió–. Hijos de puta…

Fue como si el tapón de todos sus miedos y ansiedades saliera disparado.

Miguel Ángel empezó a llorar. Por fin.

19

Una de las profesoras la avisó:

–Está aquí su madre.

María Pina, la directora, suspiró con cierto alivio. Se levantó de inmediato y abandonó su despacho. El sonido de sus pasos, retumbando por el espacio ahora vacío del instituto, se le antojó extraño. Lamentó haberse puesto aquellos zapatos.

Luego pensó que eso era una estupidez.

En un día laborable, y más a aquella hora, en pleno curso, el instituto jamás había estado vacío.

Ni tan silencioso.

La madre de Cecilia Torralba esperaba en la sala de visitas. Todo muy formal. Era la primera con la que se enfrentaba y no tenía ni idea de cómo podía reaccionar. Abrió la puerta sin pensárselo dos veces, dispuesta a lo que fuera, y se encontró con ella de pie, agitada y nerviosa.

–Me han dicho que mi hija… Lo primero, tranquilizarla.

–Cecilia está bien, sólo ha tenido una crisis nerviosa. Pero hemos créıdo más lógico que viniera usted a por ella. En su estado no me parecía adecuado que se marchara sola a casa.

–Entonces lo de Jacinto…

–Sé lo que nos han dicho, que no es mucho.

–Cecilia y él eran muy amigos.

–Ya.

Las dos mujeres quemaron su primera energía. La visitante se mordió el labio inferior para no llorar. Sus manos se crispaban en torno a un pañuelo que aún no había utilizado. Sólo se aferraba a él. La directora del centro escolar mantuvo la calma que se suponía derivada de su cargo.

–La llevaré con Cecilia –prefirió aligerar la situación.

–Gracias.

Salieron de la sala de visitas y caminaron una al lado de la otra por el pasillo. Ahora el eco devolvió el sonido de sus pasos por duplicado, con un ritmo armónico. María Pina aprovechó el momento para darle toda la información necesaria.

–Se ha puesto a llorar, de manera imparable, y de ahí, a tener un ataque de histeria… –buscó las palabras más adecuadas para no alarmarla–. Cuando hemos conseguido tranquilizarla un poco se ha quedado como ida, obnubilada.

–¿Pero qué le ha sucedido a Jacinto Quesada?

–Le digo que no sé mucho más. Sólo que han encontrado su cuerpo en la playa, al pie del acantilado. Cuando la noticia ha empezado a correr, muchas madres han venido a por sus hijos, sobre todo los pequeños. Hemos tenido que suspender las clases.

–Dios mío… Esto es demasiado pequeño para una tragedia de estas dimensiones –se estremeció la madre de Cecilia.

La directora se detuvo delante de una puerta.

–Puede que necesiten asistencia psicológica –anunció con voz quebradiza–. Y no hablo únicamente de ellos –bajó la cabeza y de pronto se dio cuenta de que el pañuelo tal vez lo habría necesitado ella–. Perder a un compañero a su edad, y más si ha sido de forma violenta…

Abrió la puerta para no dejarse arrastrar por la emoción. Se le suponía una mujer fuerte, de carácter. Y se avecinaban días duros, para ponerla a prueba. Al otro lado vieron a dos de las maestras con Cecilia.

La chica tenía la mirada perdida, el cuerpo de un autómata.

Ni siquiera reaccionó al ver a su madre.

20

Manuela Giner y Osvaldo Jiménez vieron cómo Cecilia y su madre abandonaban el instituto. Caminaban despacio, la muchacha con los ojos hundidos en el suelo, la madre sujetándola por los hombros, aunque más parecía apoyarse en ella. La sensación de hallarse inmersos en un gigantesco funeral se les hizo más notoria.

No reaccionaron hasta que madre e hija salieron por la puerta metálica abierta en el muro que circundaba el colegio.

Entonces la profesora de Lengua y Literatura expresó su primera emoción compartida.

–Tengo miedo.

–¿De qué?

–De todo –su voz era un hilo muy delgado–. De lo que vaya a suceder, de cómo nos va a cambiar esto…

–Ha sucedido en otras partes –reflexionó él para darle ánimos–. Hay que dejar pasar el tiempo, nada más.

–¿Estás seguro?

Osvaldo Jiménez se encontró con sus ojos fríos.

–Mueren chicos y chicas en muchos lugares, y de muchas formas. Y todos estudiaban, tenían amigos… No importa que el sitio sea pequeño, como este. Puede ser un tópico pero es cierto: la vida sigue.

–La vida no puede seguir igual –manifestó ella.

–¿Por qué?

–Osvaldo, por Dios… –la profesora se llevó una mano a la boca y volvió a mirar por la ventana–. ¿Hasta cuando vamos a fingir? Hemos cerrado los ojos, nos hemos dicho lo de siempre, que son cosas de chicos, que han de acostumbrarse a la vida… Sabemos perfectamente…

–No, yo no –la interrumpió él demasiado abruptamente.

–¡Lo hemos tenido delante todo este tiempo!

–Escucha, Manuela –consiguió que su compañera volviera a mirarle–. Cada vez que sucede una tragedia se buscan culpables, y lo único que se consigue con esto es que todos se vean arrastrados, sin remisión, porque la culpa suele extenderse igual que un aceite contaminante.

–¡Es que hay culpables! –gritó ella–. ¡Lo somos todos! ¡Ellos! ¡Nosotros!

–No digas eso.

Quiso cogerla, quizás abrazarla, pero Manuela Jiménez no le dejó. Se echó para atrás y apretó tanto las mandíbulas que los ángulos de sus facciones se vieron repentinamente endurecidos por el gesto. La dulzura de su feminidad dejó paso a una visceral furia que la desarboló por completo.

–Ahora es demasiado tarde –musitó entre dientes. Osvaldo Jiménez se sintió muy muy lejos de ella. Tanto que, de pronto, fue como si dejara de conocerla.

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Litres'teki yayın tarihi:
23 nisan 2025
Hacim:
150 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
9788467544466
Telif hakkı:
Bookwire
İndirme biçimi:

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