Kitabı oku: «Pescador y otras historias»
Pescador y otras historias
Jorge Bericat


Pescador y otras historias nos invita a la reflexión y al debate. Con historias vibrantes de emociones, el autor explora diversas aristas de las pasiones humanas llevando al límite la tensión entre los personajes, y de la mano de ellos, al lector.
Acompañados de entornos marinos y agreste, estas historias nos invitan a viajar con la imaginación a las playas hermosas de Mar del Plata y la zona sur de Buenos Aires, donde los pueblos conservan viejas costumbres, algunas de ellas peligrosas. Este libro nos invita a transitar por espacios, tiempos y emociones que no dejarán indiferentes a quien lo lea: el amor, el desamor, la codicia y la locura serán el anzuelo para que este Pescador siga enhebrando nuevas historias.
Bericat, Jorge
Pescador y otras historias / Jorge Bericat. - 1a ed. - Villa Sáenz Peña : Imaginante, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8919-06-5
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
Edición: Oscar Fortuna.
Correcciones: Silvina Espósito.
Diseño de cubierta: Raquel Chanampa.
Maquetador: Nelson López.
© 2021 Jorge Bericat.
© De esta edición:
2021 - Editorial Imaginante.
www.editorialimaginante.com.ar
www.facebook.com/editorialimaginante
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método, incluidos reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin la previa y expresa autorización por escrito del titular del copyright.
ISBN 978-987-8919-06-5
Conversión a formato digital: Libresque
Pescador
Mar del Plata seguía su ritmo tranquilo, como todos los inviernos. Aquella tarde de mediados de junio no sería la excepción. Estaba fría, lluviosa, y desde el amanecer se había puesto a soplar un viento constante del sur que golpeaba con fuerza y esparcía un silbido seco sobre el rojo de los tejados.
A través del vidrio húmedo del ventanal se podían vislumbrar las copas de los eucaliptus inclinados con fuerza inusitada dejando escapar las hojas más secas, y ellas volaban pensando, tal vez, o deseando ser golondrinas, soñando.
El televisor estaba encendido y por la pantalla desfilaban las panorámicas del temporal. El pescador cambió al canal local, Canal 8. Los villeros reclamaban porque se habían volado, literalmente, sus casillas; las cámaras mostraban las chapas y los cartones tirados y llevados por el viento que se entremezclaban con los perros y los niños jugando en la canilla de la esquina.
«¡Se van a enfermar esos chicos!» exclamó Teresina, la esposa del pescador, con su bebé en brazos. «Pon los dibujitos, me da frío mirar el noticiero».
Los fabelados se habían organizado, había líderes, tres como mínimo. Decían que el intendente les había dado casas a los de la Villa de Paso y que por qué no les daban también a ellos.
Reclamaban y a la vez estaban eufóricos, tal vez «pensaban», se habían dado cuenta de que este temporal les había traído suerte y que el gobierno les daría las casas tantas veces prometidas en vísperas de las elecciones.
Como al pasar, aprovecharon también para manifestar que el Plan no trabajes no alcanzaba para nada y una mujer eufórica trajo a colación que hacía mucho que no les aumentaban el Plan jefas y jefes de familia.
El asunto se estaba yendo de las manos cuando empezaron a tirar piedras.
—Tendría que ir el intendente —dijo Teresina.
El pescador apagó la tele y encendió la radio, música latina, FM, y se sentó en su sillón.
Teresina trajo el mate, se sentó a su lado, en silencio. Luego se acercó a él y le acarició el cabello, lo besó, se sentó en sus rodillas.
—Voy a acostar a la nena, se durmió —le dijo Teresina al oído.
—Me voy, amor —dijo el pescador—. Llegó la hora de partir.
—¿Con este día?
Igualmente, a pesar del clima, el pescador que conoce su oficio sabe que la zafra debe continuar aun contra viento y marea. Besó a su bebita suavemente para no despertarla, saludó a su mujer con un beso en la mejilla, ella se abrazó durante un momento refugiándose entre sus brazos fuertes y curtidos.
Él tomó con resolución sus petates y enfiló tranquilo hacia el puerto.
Hacía menos de una hora que había parado de llover y el cielo seguía encapotado, con las nubes viajando en direcciones encontradas sobre diferentes capas. Por momentos asomaba una tenue claridad que reflejaba el blanco plateado de las gaviotas locales cuando, en círculos, sobrevolaban como siempre el muelle de los silos.
El Greenville, más conocido en las tabernas y en las anécdotas como Grinvi; desafiante, altanero, con sus más de cincuenta años surcando agua salada, estaba alistado y pronto a zarpar. Solo faltaban llegar algunos tripulantes rezagados.
El viejo pesquero de altura, ganador de mil batallas en los temporales interminables del Atlántico Sur, se bamboleaba impaciente entre rolidos y cabeceos, tensando y lascando alternativamente los fuertes calabrotes de amarre.
La planchada se acercaba y se alejaba alternativamente al compás de los rolidos hasta casi tocar el cemento del muelle Deyacobi.
El Greenville albergaba veintidós mil kilogramos de hielo en escamas en su inmensa bodega, que serían los encargados de mantener el pescado fresco hasta regresar al puerto.
Sus cisternas de agua potable se habían llenado a rebosar con diecinueve mil litros para el viaje y los tanques de gasoil también llenos con sesenta mil litros.
El fresquero estaba preparado para una autonomía de catorce días en alta mar.
Sus cámaras para tal efecto también habían sido abarrotadas de víveres y bebidas de todo tipo para consumo de la tripulación.
El pescador trepó de un salto ágil la planchada y en unos pocos pasos llegó a la puerta estanca exterior del puente de mando. La abrió en un solo movimiento rápido y entró decidido al recinto.
—¿Está cerrado el puerto? —preguntó al pasar.
—No. ¡Está abierto! —le contestó fingiendo sorpresa por la pregunta, aunque amablemente como siempre, el segundo patrón, y los dos entablaron un pequeño diálogo con el capitán, que estaba concentrado en la computadora, trazando el rumbo hacia la zona de pesca. Hablaron al pasar, solo para charlar, escuchar sus voces.
Sabían perfectamente que esa tormenta no detendría al Greenville.
—Decía del puerto.
—¿Qué tiene el puerto? —preguntó, irónico, el capitán quien sabía que se estaba refiriendo a la tormenta y sabía también que era una conversación de paso, por decir algo, extraoficial.
—Con esta marejada en la boca, deberían cerrarlo. ¿Te fijaste cómo rompe en la escollera sur?
—No pasa nada, está amainando —le contestó el capitán y siguió con sus tareas. El pescador siguió también con su rutina. Saludó a ambos con una sonrisa y se marchó del puente de mando.
Se encaminó hacia su camarote, vistió sus ropas de fajina, e inmediatamente, el pescador ocupó su puesto como jefe de máquinas del viejo barco. A los pocos minutos llamó al puente e informó: «¡Listos para zarpar!».
Diez minutos más tarde comenzaron las maniobras y el buque se fue deslizando sobre la rada interior hasta desembocar en el embravecido mar abierto.
Las olas sobrepasaban el buque por varios metros. El viento estampaba la espuma sobre los cristales del puente y la visibilidad se hacía engorrosa, casi nula.
Las gaviotas plateadas los siguieron, acompañándolos hasta el anochecer.
Navegaron hacia el sur, y a la madrugada del tercer día comenzaron a prepararse para las tareas de pesca.
El tiempo había amainado un poco, no mucho, pero los demás buques estaban trabajando y ese detalle los decidió a preparar las maniobras.
Sobre el final de la madrugada, ya con las artes listas, antes del alba, llegaron a la zona de pesca propiamente dicha, donde el día anterior habían ubicado un cardumen importante de merluza hubbsi. Los buques que se encontraban en el lugar estaban alineándose para comenzar la faena. El Pesca de Greenville se acomodó también como pudo entre los buques y comenzó a alistar sus redes.
La tripulación ocupó sus puestos respectivos de trabajo ya acostumbrados y conocidos. Aunque cada cual sabe su tarea a la perfección, esperaron, en sus puestos, la orden del capitán para comenzar.
El Pesca comenzó a dirigir toda la maniobra desde el puente mientras el piloto presentaba el barco a barlovento.El primer pescador salió a la cubierta con sus marineros y tomaron sus lugares en la maniobra para arrojar las artes.
Dos marineros en el pescante de babor, dos más en el pescante de estribor, otros dos en la popa, tres sobre la banda de babor, dos en la proa, tres en el guinche, uno en el cabirón de babor, el segundo pescador en el cabirón de estribor y el grumete ayudando con los cabos.
El piloto aguantó el barco a barlovento y el pescador dio la orden al contramaestre: «¡Larga!». El primer pescador con sus marineros se movieron con velocidad y precisión en cada movimiento hasta que comenzaron a deslizar la red de pesquero convencional por estribor.
Si hubiera sido un pesquero de rampa, el Pesca lo presentaría de proa, pero el Greenville era un viejo convencional de la posguerra y maniobraba a barlovento; un tipo de maniobra muy riesgosa con malos tiempos, porque la marejada rompe la ola directamente sobre la cubierta, cuando el buque tipo convencional se presenta de costado para arrojar la red y la ola lo toma de lleno, de allí la precisión de la maniobra, no hay lugar para el error.
Este sistema se ha ido mejorando, primero con los pescantes a popa y luego con los buques ramperos, que arrojan la red por popa y de esa manera enfrentan la ola con la proa y es así mucho más seguro.
Pero la pesca en un convencional tiene el sabor de la verdadera pesca, de la aventura, de la historia de los antiguos barcos, del espíritu de los viejos pescadores que pasaron por su cubierta, del oficio de los marineros de cubierta, de la autoridad del contramaestre, de las enseñanzas del primer pescador, del ejemplo y la templanza del capitán, de la pericia del piloto, del instinto del Pesca, del oficio de los maquinistas.
Luego, con la red en el agua, el piloto ordenó: «Despacio atrás» mediante el telégrafo, de sala de máquinas respondían a las órdenes, «Para, despacio adelante, toda».
Comenzaron a andar largando los portones, que son los encargados de llevar la red hasta el fondo, en este caso hasta una profundidad de ciento veinte brazas, y una vez verificada la abertura, el buque comenzó su marcha a cuatro nudos y la red se acomodó por la velocidad. La profundidad se iba indicando en la ecosonda.
Habían largado trescientas brazas de cable, a dos y medio respecto de la profundidad y llevaban siempre una velocidad de cuatro nudos con rumbo sur.
La red seguía en el fondo, avanzando a la velocidad del buque, atrapando merluzas en su camino.
El lance, que así se le llama a cada maniobra completa de arrastre, duró dos horas, y comenzaron a virar, que significa traer de nuevo a bordo las artes con sus peces. Las artes son todo el conjunto: red, cable, portones, grilletes, cabos. En ese lance primero pescaron doscientos cajones, lo que serían ocho mil kilos de merluza fresca.
Ese mismo día hicieron tres lances completos. Había una buena cantidad de merluzas en aquel cardumen o cardume, los gallegos le dicen cardume.
Alguien lo había encontrado, y luego vinieron todos los barcos, un amigo le avisa al otro y así hasta que aparece otro cardume. Tal vez el que lo encontró es un oscuro y desconocido segundo patrón que no figurará en la lista de pescadores estrellas descubridores de bancos de peces. Tal vez el rosarino Julio Depetris o el pampeano Stud.
Entre los Pescas estrellas, el más fue un tal Nicola; luego un tal Nacamura, japonés; luego un tal Nevile, belga, que se especializaba en la pesca de bacalao; otro japonés, Sato; el gallego, Landín. Entre los argentinos nativos quedó en el bronce Alberto Lukasewyk.
Muchos son los que hablan también de un fantasma que se aparece en las noches y guía a los pilotos durante las tormentas, y dicen que es el fantasma de Alberto Luksewyk, aunque todavía no ha muerto. Un misterio.
El Greenville realizó el último lance de la marea y recogió sus artes. En tres días habían completado la pesca. Y así mismo, con la cubierta llena, comenzaron la navegación de regreso mientras los marineros seguían encajonando el pescado en la bodega hasta que ya no quedó más espacio. Con ello terminaba la marea, que había sido rápida, un viaje relativamente corto, aunque no siempre es así, cuando la pesca no es tan abundante como lo había sido en esta aventura que siempre es diferente, cada travesía distinta a otra, cada día.
Al tercer día de la navegación, de regreso, ya se sentía el aire cargado de aromas conocidos de las costas bonaerenses y al oscurecer comenzó a verse desde lejos el reflejo de Mar del Plata. El radar ya lo indicaba, pero la vista no llegaba a discernir.
Faltando veinte millas se comenzó a ver una luminosidad como la del alba, aunque en menor escala, una cúpula de luz tenue, un crepúsculo, un arcoíris de un solo color, blanco pálido. A medida que el buque avanzaba todo iba tomando más claridad, el mar, el cielo, la ciudad, el barco.
Las gaviotas que siempre acompañan como perritos voladores, todas salieron a recibir el Greenville y a sobrevolarlo en círculos.
Era una noche clara, a diez millas, unos dieciocho kilómetros, ya se veía perfectamente la ciudad enmarcada por sus luces. Las escolleras asomaron en el horizonte de luz de luna y se veían claramente a simple vista.
En las noches oscuras, cuando las escolleras no se dejan ver, los pescadores se guían por cuatro señales principales: el faro de Punta Mogotes, la baliza de Cabo Corrientes, la baliza de la escollera sur y la baliza de la escollera norte. Con estas señales a la vista se toma la enfilación del canal. Para ingresar al puerto hay que hacerlo sobre un canal que no se ve, está en el cauce, en el fondo del mar. Tiene un ancho de cincuenta metros y en lugares se reduce a diez.
El canal llega hasta bien adentro del puerto. Hasta unos pocos metros del muelle. Siempre se debe prestar mayor atención a la boca, que es el sector entre las puntas de las escolleras sur y norte. Justo a esa altura, doscientos metros mar adentro, se forma un banco de arena que produce un oleaje muy peligroso cuando hay vientos fuertes. Ingresaron al puerto de Mar del Plata y amarraron el Greenville en el muelle de los silos.
Entonces, para el pescador terminó, por este viaje, la lucha contra la naturaleza caprichosa y casi enfermiza del Atlántico Sur.
También puede ser, tal vez, una comunión, una correspondencia, una dependencia de salir al mar y no una lucha, aunque él no lo sabe con certeza o quizá sea una necesidad del espíritu del pescador, siempre tan esquivo de seguir su propio destino. Él ya no quiere ahondar en el asunto. Solo desea asentar sus pasos sobre tierra firme, caminar hasta a su casa, llegar a los brazos de su mujer que lo espera ansiosa. Escapar, entonces, a la distracción y a la entropía de sus pensamientos abstractos. Desear, entrar de lleno, en un solo golpe, a la realidad que lo supera, aunque igualmente enfrenta. Una vez con el buque amarrado el pescador no sale ya a pasear por los vericuetos de su fértil imaginación.
Ahora ha pisado tierra y el bravo mar del sur ha quedado fuera del puerto, más allá de las escolleras y del horizonte azul encrespado en espera, tal vez, de algún día devorarlo.
El pescador, hoy que ha llegado, más que otra cosa en el mundo, además de los brazos de su mujer, prefiere estar con su niña. Mimarla, malcriarla.
Lejos, muy adentro suyo una voz le dice que desde su posible muerte, tal vez, podrá cuidarla mejor, pero ¿quién lo sabe?, ¿quién volvió de la marea de las parcas? Nadie que se sepa con certeza absoluta, nadie que pueda contar algo del otro lado, algún conocido que le diga a uno, aunque sea una sarta de mentiras, pero que haya cruzado el Aqueronte, que después de haber visitado el Hades, cuente a su regreso una aventura, alguien que haya vuelto de la muerte, nadie.
La tierra se mueve enloquecida, solo a él le parece. Es una larga sensación incontrolable. Conoce que la provocan los días continuados de mal tiempo, de navegar olas inciertas impredecibles. La tierra se le mueve como se mueve y bambolea el barco, se agita en una realidad que continúa subjetivamente de la misma forma. Rolidos virtuales, cabeceos imaginarios, sueños increíbles. Mente, en definitiva, nada.
La inmensidad del mar se encarga, cotidianamente, de regresar al pescador a la nimiedad más pequeña.
Él quiere ir enseguida a su casa, donde Teresina cuida a su niña más que a su propia vida porque la ama y, ese detalle fortuito, hace, tal vez, que él ame también a la mujer o le agradezca, eternamente. Ha llegado. Todos duermen.
Mejor que duerman, así puede encontrarse de nuevo con su amiga del alma, su propia niñez, que pasó, pero está adentro, en algún lugar de su cuerpo, del alma o de su corazón; la que en ocasiones trata de salir a jugar, desesperada y, otras veces, vuelve a esconderse, espantada por la realidad del tiempo inexorable y sarcástico. La cara de su infancia que ya pasó le dice a gritos que se esfuma, que no existe.
La infancia retorna a esconderse como un niño. Con la expectativa propia de su fuerza, y allí queda feliz, remanida, en espera de ser encontrada por el pescador en alguna otra noche de soledad. La niña sueña profundo. Por momentos, entre una respiración y otra, succiona rítmicamente su chupete rosa. Teresina vela por ella y está entre dormida, alerta al menor murmullo.
Lo mira, ve que el pescador ha llegado. Cierra los ojos tranquila y se entrega a un sueño más profundo. Aunque solo por dos días, la mujer extraña descansará, quedará en segundo plano, al igual que el mar para el pescador. Solo por dos días, lo que se demora en alistar nuevamente el Greenville para otra marea. Él besó mansamente las mejillas de su esposa y acarició el pelo suave de la bebé con sus rudas manos.
El Quito
El día, caluroso y húmedo, había estado amenazando con lluvias y tormentas desde temprano, hasta que cerca de las cinco de la tarde el cielo se encapotó de nubes negras, ocultó la luz del sol y, entonces, el pueblo se oscureció por completo durante más de una hora. Cuando desde los vientos se prodigaron las pesadas nubes, en el oeste se apreciaron movimientos encontrados en lo alto de las capas que se desplazaban en diferentes sentidos.
Las de más arriba se estaban arremolinando peligrosamente sobre los sembradíos ya prontos a la cosecha.
—Nubes verdes —murmuró Granyeto, mientras escudriñaba el entramado de cúmulos.
—¡No! ¡Lo que nos faltaba! —respondió Tomás. Miraba el cielo. Estudiaba el viento. Trataba de no ver el color tan temido.
Granyeto arrebujó un cigarro, se lo ofreció a Tomás, y lió un segundo, le pasó la lengua, lo mojó en su boca, lo dio vuelta y estaba por darle un corte en una de las puntas cuando Tomás le acercó lumbre. Los agricultores dieron dos pitadas profundas y se escucharon dos truenos. Comenzaron a caer las primeras gotas.
Ellos se quedarían soportando, estoicos, hasta que ya empapados a más no poder, el frío los empujara a ir cediendo en sus pensamientos, y a regresar al interior del boliche del Manco Merlo. Todo lo que ocurría en el pueblo se debatía allí; asuntos de todo tipo, política, religión, temas laborales, legales, personales, infidelidades y noticias. Llovía con fuerza.
Por momentos el cielo volvía a oscurecer la tarde con más nubes negras.
A través de las ventanas se podían apreciar, además de los nudos anteriores, dos sentidos más de los vientos en lo alto, una tanda que venía de la cordillera y otra desde el sur.
Había mucha expectativa con el color de las nubes, porque cuando las que vienen desde la cordillera toman un tono verdoso, seguramente, traen piedras en sus entrañas y las descargarán sobre los sembradíos de fresco y desprotegido trigo, ya cercanos a la fecha de la cosecha.
Las tormentas que se presentan, que aparecen de golpe en una tarde cualquiera entre mediados y finales de primavera, suelen ser fatales. Devastan sembradíos enteros. Provocan pérdidas cuantiosas en las cosechas. Despiertan deseos de suicidio, ganas de llorar, miedo, desesperación, impotencia y, principalmente, ansiedad y estrés; aunque nadie se tome el trabajo de discernir entre una cosa y otra, ¿estrés?, ni nombrarlo en el boliche del Manco Merlo, que no le vengan con estrés porque los debates sobre los temas de la cabeza eran interminables.
«San Pedro manda las tormentas y él sabe perfectamente lo que hace, por algo es el ayudante de Dios» dijo Feliciano, que era uno de los parroquianos especialistas en temas religiosos.
Por suerte, de todos modos, esta tormenta no trajo piedras y fue benévola.
Cerca de las tres de la madrugada, la copiosa lluvia de octubre dio paso a disgregadas gotas esparcidas que caían sin ganas.
Unos minutos más tarde todo cesó completamente y las nubes desaparecieron como por arte de magia, para dejar un cielo traslúcido y diáfano cuajado de estrellas.
Al amanecer salió el sol muy limpio y ya estaba calentando un poco.
El tenue calor de la mañana dejaba escapar el perfume de la tierra húmeda y al mediodía ya estaban secas las pequeñas charcas del patio de la casona de Miroslav. Invadía el aroma a flores frescas recién cortadas.
La primavera dejaba ver sus brotes por doquier y el ambiente en el pueblo era de alegría, risas, chistes y saludos exagerados: «que cómo está usted, bien y usted, bien gracias». Las caras reflejaban la alegría en sus sonrisas claras, sinceras, de alegría pura, felicidad genuina. Granyeto miraba feliz a su familia que, despreocupados, comenzaban con sus cotidianas rutinas.
Algún día les explicaría a sus hijos este asunto de las nubes negras, las verdes, los vientos; pero por el momento no hacía falta preocuparlos, para eso estaba él, para cuidar de todos, como así su amigo Tomás cuidaría los suyos. La abuela María le acercó un mate que Miroslav aceptó con una sonrisa.
Ella se había casado dos veces.
Su primer marido había muerto en forma inusitada y violenta en el paraje: La Estrella, cuando el traicionero antagonista, un tal Pichi, mediante un movimiento rápido, lo había sorprendido por la espalda y logró enterrarle una daga italiana de buen porte, que le atravesó el corazón desde atrás.
El muerto se llamaba Efraín, era carretero y, a raíz de sus continuas ausencias, María, aun después de lo acontecido, siempre lo pensaba de viaje al pobre finado.
Salvo por las imágenes del velorio que venían cada tanto a su memoria, él estaba de viaje.
El boliche La Estrella es un lugar muy mentado, que está a mitad de camino entre la ruta cuatro y la treinta y cinco, frente a la estancia Los patos, de Emérito Gonzáles.
Por allá las muertes a cuchillo siempre fueron moneda corriente, una nimiedad en su acepción de insignificancia.
De todos modos, a la abuela María le resultaba muy dolorosa la muerte de Efraín, su primer marido, su primer hombre, que aunque lo pensara de viaje en su fantasía, de hecho, la tumba estaba, el cajón estaba y por ende, el muerto estaba, ergo, era un asunto importante y el viaje era una realidad absolutamente subjetiva. Una imaginación, alucinación o delirio cuando se le presentaba en su alcoba en proyectos de seducción.
Su segundo marido, el Toto, había muerto de tristeza pocos meses después del accidente fatal en el que falleció su pequeño hijo, que había nacido mogólico.
El párroco, por amistad, había aceptado bautizar al niño; le pusieron de nombre Daniel Agustín, vivió muy poco, cruzaba la calle sin mirar, como bien tonto que era el pobre, hasta que un buen día pasó lo que tenía que pasar, un camión iba cargado de trigo con destino a la balanza y no atinó a frenar cuando vio sorpresivamente al muchachito y lo pasó por arriba, causándole la muerte instantánea.
«Tal vez sea mejor así, María» la consolaron sus amigas en el velorio.
A este segundo y último marido, el Toto, padre de Daniel Agustín, la abuela María no lo extrañaba tanto como al primero, como a Efraín, que le había dado a su querido hijo Miroslav, que ahora le había devuelto el mate con un: «Gracias mamá». Efraín, su amor, que estaba de viaje en su mente, acarreando leña desde San Marcelo a Parera.
Ella visitaba las tres tumbas cada primero de noviembre y el día siguiente, dos veces al año, el día de los muertos y el día de los santos, y siempre miraba atenta entre los pasillos del cementerio, por si algún viudo podía resultar de su agrado, y aunque le parecía un asunto difícil, no perdía la esperanza de conseguir otro marido, lindo y culto si fuera posible, cariñoso como Efraín.
La esperanza, ya se sabe, es lo último que se pierde, la ilusión.
—Me llegó una referencia —dijo la abuela María durante el almuerzo— es sobre un lío de amores de Ester.
—Está riquísimo —interrumpió Miroslav refiriéndose a la comida.
—Decía que no me sorprendió en lo más mínimo porque muy pocas personas tienen —la abuela María notó que nadie le estaba prestando atención, pero no se detuvo, hizo una pausa y continuó como si nada—: decía que muy pocas personas tienen la capacidad de enamorarse —enfatizó.
—¿De qué está hablando, María? —intervino su nuera.
—Del amor. Te decía que tardé muchos suspiros, desvelos, lágrimas en darme cuenta de ese detalle y creo que el amor es un don, aunque nos provoca sufrimientos.
—Alcánzame la ensalada, bebé, por favor —pidió el Negro interrumpiendo, aunque en realidad no estaba prestando atención a la conversación entre su madre y su abuela.
—Dame que te sirvo —le dijo Gracielita jugando a la mamá.
—¿De qué detalle, María? —retomó Inés, la nuera, que no se perdía novela de Migré y se devoraba los Corín Tellado como caramelos.
—De la capacidad de enamorarse —dijo María mirándola a los ojos.
—¡Ah! —Inés introdujo un trocito pequeño de carne en su boca mientras pensaba.
—Sírveme a mí también, Gracielita, no tanto como al Negro —pidió Miroslav.
—Tú dime, papi.
—Está bien, gracias.
Era una cocina espaciosa, un recinto, tenía una ventana amplia, una puerta que daba al norte y dejaba entrar el sol a borbotones cuando pasaba el meridiano.
Era fácil saber la hora desde la cocina; los árboles hacían las veces de reloj solar, el granado con sus frutos maduros en febrero, el gualeguay unos metros más al fondo, el duraznero a quince grados al este de la puerta. Para poder ver su sombra había que salir al alero que bordeaba toda la casa del lado norte. Hacia el sur habían construido el frente con ventanas enrejadas al estilo colonial, con postigos y gruesas trancas de madera dura.
Cruzando la calle estaba la plaza. En la manzana siguiente se dejaban ver el Palacio de Justicia y la municipalidad a través de los pinos.
Sobre la misma calle hacia el oeste, la Sociedad Argentina y a continuación, la iglesia.
Un pueblo, todas casas muy similares, amplias. Una vida cómoda y sencilla. Un pueblo que vivía de las cosechas, un pueblo rural como muchos.
La mesa ocupaba el centro de la cocina, era maciza, de madera dura color marrón oscuro, rectangular, medía tres metros por uno veinte. Tenía las cuatro patas torneadas y sobre sus lados llevaba sendos refuerzos que se unían formando respeto debajo de la tabla.
Inés le colocaba un mantel de algodón puro, de color blanco; y la abuela María, por las tardes, lo sacaba del cajón, lo tenía a mano.Cuando comenzaba a bajar el sol, a la tardecita, se sentaba a bordar el mantel. Casi siempre, la mayoría de las veces, ubicaba su atelier sobre una de las ventanas del lado sur, en el living.
Cuando levantaba la vista veía la plaza y la gente, chicos jugando sin ningún problema dentro de un esquema de seguridad que daba el hecho de ser todos conocidos en el pueblo.
Ocasionalmente, alguna persona que pasaba caminando por la vereda la saludaba a María, que estaba bordando florcitas de madreselva, según ella, en cada rincón del mantel; aunque más parecían margaritas de un amarillo fuerte y no las campanitas blancas y violetas suaves con sus pistilos claros de la flor de madreselva.
«Ya son menos cuarto» comentó la abuela, como al descuido.
Los mellizos, Hugo y Carlos Alberto, apuraron sus manos, dejaron los cubiertos sobre el borde derecho del plato, los dos al unísono, movimientos duplicados, se levantaron de sus sillas, saludaron con una pequeña inclinación de cabeza, ni una palabra, ni un murmullo. Cualquier persona que los viera desde afuera pensaría que alguien los obligaba a mantener silencio o que eran mudos. Caminaron con pasos decididos hacia sus mochilas, sus guardapolvos. Las agujas en el reloj de pared indicaban la una menos doce. Ya estaban listos.
Además del sol, que indicaba la hora con su andar, en la cocina había un reloj de pared al cual Miroslav le daba cuerda todas las mañanas, ceremoniosamente.
Él se despertaba temprano, meditaba unos minutos, se levantaba, preparaba el mate y le cebaba a Inés en la cama. Charlaban durante media hora, hasta terminar la pava de un litro. Luego, Miroslav se retiraba a sus quehaceres en el campo. Su primera acción, después de los mates, era darle cuerda al reloj y lo hacía con placer.
Era un reloj apaisado, color amarillo con agujas y números negros. A la cuerda, que parecía una llave de color plateado, una vez utilizada, la guardaba celosamente, como un tesoro, en uno de los cajones laterales de la mesa central, la única, de la cocina. En otro cajón, el derecho, estaban los cubiertos perfectamente clasificados y alineados. En el cajón restante, el izquierdo, el mantel eterno de la abuela María; ni pensar en que otra persona aparte de ella se atrevería a retocar sus bordados.
Tres cajones, llave de dar cuerda, mantel y cubiertos.
Luego de la ceremonia de la cuerda, apagaba el calentador Primus que ya había cumplido su función diaria de calentar la pava para el mate, prendía a continuación la cocina a leña y allí quedaría encendida hasta que se retiraban todos a dormir, cerca de las doce de la noche.
En el tiempo intermedio, luego de almorzar, María, Inés y Miroslav que ya había regresado de las tareas rurales, dormían la siesta. María en su habitación, sola, pensando en sus dos maridos.
Los niños disfrutaban aquellos momentos de paz para sus menesteres, generalmente distintos cada día.
—Buen provecho —dijo Gracielita y se retiró de la mesa.
—Gracias —respondieron todos.
Pasaron unos minutos y regresó con una gomita rosa para el pelo.
—Dame —le dijo el Negro.
Gracielita se la dio y se sentó sobre las rodillas fuertes del muchacho. El Negro recorrió el lacio cabello color madera de su hermana.
Mientras se lo ataba tirante, sintió su perfume de niña mimada y como al pasar le acarició el cuello con sus dedos ágiles de aprendiz de mago. Ella le dio un pellizco en el muslo derecho y se levantó inmediatamente, como impulsada por un resorte.
Sin perder totalmente la compostura, se dio vuelta y lo miró con sus ojos almendras, profundos, sonrió mostrando los dientes blancos, perlas, los labios rosados húmedos entreabiertos.
La niña se repuso y en cinco segundos retomó su buen humor.
—Somos hermanos, tarado, no te olvides —le dijo al oído.
—Por eso te quiero.
Gracielita le dijo una palabra muy fuerte y estuvo a punto de propinarle una bofetada.
—No se peleen chicos —sugirió Inés.
—¡Qué palabrota nena! —la reprendió la abuela María.
—Estamos jugando, abu. —Sonrió Gracielita, ya completamente repuesta.
La aguja del reloj corrió un punto, menos nueve. Los chicos saludaron a sus padres, a la abuela y salieron para ir a la escuela. Menos cinco. El reloj seguía corriendo, el tiempo seguía inexorable como siempre.
No bien salieron a la calle, decenas de figuras, compañeritos enfundados en sus guardapolvos blancos se dejaban ver por doquier. La diagonal de la plaza era una aglomeración de figuras blancas que se movían en la misma dirección.
Los mellizos caminaban por la vereda de la calle lateral de la plaza, iban juntos charlando, en otro mundo.
El tontito, antes del accidente, los seguía y les hacía burlas desde lejos. Pasaba frenéticamente su dedo índice de su mano derecha frente a su boca llena de risa, imitando el tic nervioso de Hugo; esa era su mayor diversión. Gracielita esperó en la esquina donde la diagonal tomaba forma de capullo blanco, unos pasos antes de dejar la plaza. Se encontró con sus amigas, se saludaron con besitos suaves y siguieron viaje entre desenfrenado cotorreo.
El Negro caminó directo a la escuela, sin esperar a nadie, solo. De todos modos, antes de entrar se encontró con todos sus amigos. No era tanto lo que había caminado, solamente dos cuadras y media hacia el oeste.
En el pueblo todo era cerca. Hacia un lugar distante, ya fuera el cementerio, el matadero, el basurero, a lo sumo habría que caminar diez cuadras.
No había nada más lejano, más alejado. Si lo hubiera, ya no pertenecería al pueblo.
Sería, en cambio, otra cosa, otro pueblo, un campo, un establecimiento ganadero, una escuela rural. Sujetos, sustantivos ajenos no pertenecientes al pueblo, un prostíbulo en lo de Álvarez, otra cosa.
La escuela era, sin lugar a dudas, el edificio más hermoso del pueblo, el más grande, el mejor. Lo habían construido en dos plantas con paredes de treinta y cimientos profundos. La puerta de entrada, enorme, de doble hoja color gris. Sus ventanales vitrados con marcos de madera dura, también, de color gris. Las paredes bien pintadas de amarillo suave.La escuela ocupaba un predio de dos hectáreas que había sido donado por alguien ya fallecido, del que nadie se acordaba el nombre, un tal Cabeto Alonso.
Para llegar al edificio central no existía otra manera más que caminar cuarenta metros entre jardines perfectamente cuidados, tratando de no tocar las rosas, los jazmines, los gladiolos que desbordaban a veces hacia el caminito. Había senderos tapizados en ladrillos que formaban imitaciones de figuras rupestres.
Todos los caminos del jardín llevaban hacia una pequeña plazoleta circular, en cuyo centro estaba el mástil de la bandera. Se izaba a las ocho y se arriaba a las cinco de la tarde. Una vez cruzada la plazoleta se llegaba a la entrada principal. Desde allí todo era silencio, en la puerta las bocas se cerraban automáticamente y las pequeñas mentes se abrían dispuestas.
No bien entraban, a la izquierda estaba la secretaría y la escalera que daba a la planta alta. A la derecha, la dirección, lugar sagrado. Una vez traspasada esa zona de alto riesgo uno podía distenderse. El patio cubierto, dieciséis columnas sostenían el techo altísimo, inalcanzable. Sobre la pared sur del patio cubierto se podían ver varias puertas grises, amplias, altas.
Desde allí se llegaba a los lugares de enseñanza, las aulas.
En la construcción se había priorizado la luz natural, y a tal efecto construyeron los amplios ventanales, altos, que dejaban entrar la luz. No era necesario encender las lamparitas eléctricas, no hacía falta. El escenario para las funciones de teatro los días festivos estaba sobre la pared oeste del patio cubierto.
A cada costado del escenario, dos puertas daban al jardín de invierno y más allá estaba el patio trasero, un huerto donde se experimentaba con cultivos. Se estudiaba biología y botánica en dos aulas instaladas allí, entre los árboles.
Había dos patios destinados para recreos; uno del lado norte del edificio principal y otro del lado sur. El del norte eran ocupados por las niñas y el del sur por los niños.
El tema de los varones y las mujeres separados en los recreos era un tema muy debatido en el bar del Manco Merlo, sobre el cual nunca hubo un acuerdo.
A la campana con su soporte labrado la habían adosado a la glorieta del patio trasero, en la columna que da al este. Desde allí se escuchaba con claridad cuando los niños absortos en sus juegos se olvidaban del resto del mundo y solo quedaba un pequeño espacio para el sonido de la campana.
Parecía un día cualquiera, pero no. Era el día del cumpleaños de Ramiro. Él estaba distraído. Pensaba en la reunión que tendría más tarde con sus amigos. Justo ese día, a la maestra se le ocurrió tomar una prueba sencilla:
—¡Julián! ¿Los libertos? —preguntó por lo bajo.
—¿Qué?
—No entendí. ¿Qué son?
—Esclavos, esclavos que compraron su libertad —le contestó Julián, en voz baja, pero la seño lo escuchó con su oído fino.
—Ramiro, pregúntame a mí. Para eso estoy.
—Sí. Pero como es una prueba, ya está señorita Virginia, no había entendido lo de los libertos.
—¿Alguien más no entendió? —Silencio.
—Hoy es mi cumple —dijo Ramiro, luego de unos minutos.
—¿Cuántos años?
—Trece, señorita.
—¿Haces fiestita? —preguntó la maestra mientras recorría los bancos mirando las hojas.
—Sí. Los invité a todos.
—¿A todos? —Ya estaba atrás de Ramiro.
—A todo el curso —aclaró el Negro, desde la última fila; la seño lo ignoró.
«No le demos pasto a las fieras», pensó.
—¡Ah! Feliz cumple —le dijo a Ramiro haciendo caso omiso del comentario. Virginia le tiró la oreja 1, 2, 3, hasta 13 y le dio un beso.
—Todo un hombre —agregó Mirna en tono irónico.
¿Cómo llegó a ser lo que fue?
Si tomamos en cuenta el entorno favorable en que vivió su infancia, su adolescencia. En un pueblo perfecto, una sociedad hermética, protegida por los más fuertes, los ricos. Las familias apoyadas en un esquema seguro, sin delincuencia, sin peligros.
Aunque, todo cambió de a poco, las damas de apellidos pudientes envejecieron, luego murieron, los edificios fueron perdiendo belleza por la falta de mantenimiento. La escuela pasó al estado. Y lo peor, comenzaron a llegar personas de otros lugares.
Primero desde Mendoza, luego del sur de Córdoba. Un veterinario con su mujer de la provincia de Buenos Aires y un farmacéutico también con su familia, esos fueron los peores porque traían preconceptos, materialismo, y para colmo pensaban. También vinieron albañiles y obreros. Alguien llegó desde Buenos Aires e instaló una fábrica, luego otra fábrica.
El pueblo se transformó, ya no era una pequeña y hermosa comunidad endogámica.
Aparecieron los políticos. Y allí está ahora, un pueblo más, como todos. Pero en aquel entonces era un paraíso y en ese entorno, como una señal apocalíptica de lo que vendría, apareció el Quito. Aunque, por suerte, nunca se supo nada.
Todo se tapó, como se tapa en los pequeños pueblos. No se habla de lo que molesta.
No se lo enfrenta, solamente no se sabe. Se mira para otro lado, se habla de otro tema, se vive una realidad utópica, imaginada, una película con final feliz.
El Negro se marchó del pueblo cuando tenía trece años. Fue el primero en irse. Antes de que vinieran las gentes de afuera, cuando el pueblo todavía era lindo, limpio, hermoso. Se marchó con la idea de hacer una carrera y regresar.
Años más tarde se marchó Julián, a estudiar medicina a Mendoza, se recibió rápido. Luego se fue Carlos a estudiar derecho, le llevó siete años y regresó al pueblo como abogado. Luego se fue Hugo, después Ramiro.
El tiempo es tan efímero, nada, ¿qué somos?, apenas gotas de lluvia en el mar, y nos creemos importantes, granitos de arena, guijarros, polvo.
Luego de seis años, el Negro y Ramiro se encontraron en Buenos Aires, una de las ciudades más grandes del mundo. Es chico el mundo, no cabe duda.
—¡Ramiro! —exclamó el Negro cuando lo vio sentado en una de las coquetas sillas del café, en el interior de la galería del este, en pleno corazón de la calle Florida.
—¡Negro! ¡No! ¡Qué sorpresa! ¡Tantos años!
El Negro corrió a abrazarlo ante las miradas indiscretas de los compañeros de mesa de Ramiro.
—¡No es un affaire! —se apresuró a susurrar Ramiro a sus amigos.
—¡Ay! ¡Me muero! —dijo uno de los amigos, llevándose las dos manos sobre el lado izquierdo del pecho.
—Un amigo de mi pueblo —presentó Ramiro.
—Hola. —El Negro no contestó inmediatamente— Disculpen la sorpresa —dijo luego, y los saludó con un apretón de manos.
Eran tres amigos más Ramiro, cuatro. Los saludó uno a uno, les dijo algunas palabras, su nombre. Charlaron un rato. El Negro se quedó con ellos. Pidió un café.
En algún momento Ramiro intentó una disculpa por sus ropas, su actitud, su feminidad.
—No toquemos el tema, como hacen en el pueblo —le dijo el Negro, sonrisa de por medio.
—¡No seas irónico! —Ramiro le tomó la mano mientras le hablaba, tenía deseos de besarlo y lo abrazó con todo cariño.
—Ya está. Bueno. Bueno. —Estuvieron abrazados durante unos minutos.
—No quiero que me discrimines por mi condición —le pidió Ramiro.
—¿Estás loco? Ni soñando. —El Negro volvió a abrazarlo.
—¿Qué piensas de todo esto? De mí. De mi situación —preguntó Ramiro.
—Un día de estos entablaremos un debate, con tus amigos, con mayor tranquilidad, sobre el sexo —se excusó el Negro.
—Pero ahora…, dime algo —insistió Ramiro.
—Desde mi humilde punto de vista —dijo el Negro mirando a todos— que cada cual se ponga el sexo que quiera o el que pueda. Sin molestar. Sin acosar. Sin…, —iba a decir sin violar, pero se contuvo—. Que su libertad termine donde empieza la del vecino, como la de todos.
Se produjo un silencio prolongado, cada uno pensando en sus cosas.
—¿Qué haces en Buenos Aires? —le preguntó el Negro, como para romper el interlunio.
—Estudio y a la noche trabajo en un café concert, en San Telmo. Soy travesti.
—¡Un artista! —le dijo el Negro.
—¿Y vos?
—¿Yo?, nada. Estudio también. Necesito un trabajo de medio tiempo. Mañana tengo una entrevista.
—¿Qué estudias?
—¡Ah! ¡Eres tan curioso! —le dijo el Negro—, y yo también un poco, porque te pregunté primero. —No quería hablar mucho delante de los demás, que estaban expectantes. Tenía ganas de decirle que andaba muy corto de dinero.
—Te puedo conseguir un trabajo. ¿Te interesa? —le dijo Ramiro, como adivinando su precaria situación económica, mirándolo a los ojos, embobado, enamorado.
—Sí, claro.
—En el café concert.
—¿Qué tengo que hacer?
—Camarera —le dijo Ramiro mientras lo abrazaba—. Mozo o como quieras llamarlo.
—¡Dale!, te encargo.
El Quito era un muchachote robusto, de ojos inquietos y mirada inteligente. Usaba el pelo renegrido que tenía, bien cortito. Su piel era negra tirante. Siempre andaba solo, no le conocían ningún amigo, ni hombre ni mujer. Luego de que empezaron a llegar al pueblo personas de afuera, cuando ya la pulcritud y la belleza comenzaban a perderse, el Quito se animó a acercarse a un muchachito, con rasgos femeninos muy marcados, llamado Arnaldo, y desde entonces solo hablaba con él a escondidas.
Arnaldo era un tipo muy fino, educado, pulcro, muy limpio, muy hermoso; sin embargo, tenía una diferencia notable con el resto de las personas del pueblo por sus modos femeninos. El Quito lo había olfateado, como un sabueso, hacía varios años. Comenzaron a frecuentarse y al poco tiempo se enamoraron perdidamente.
Luego de un corto período de romance, para disimular en el pueblo, el Quito inició una relación con la hermana de Arnaldo y al poco tiempo se casó con ella, sin que esta supiera, ni siquiera sospechara remotamente, de la relación verdadera entre su hermano y su marido.
Unos años antes, un día de aquellos en los que el Negro andaba vagando por el pueblo, a la hora de la siesta, sintió ruidos y sin querer, presenció el final de un hecho que lo dejó pavorizado de la sorpresa.
El Quito se había marchado recientemente de la obra, sin verlo y Ramiro había permanecido en el lugar unos minutos más, sentado, llorando.
—¡Vamos a denunciarlo! —le dijo el Negro al día siguiente, a la salida del colegio.
—¡No! Si se entera mi vieja se muere.
El Negro se quedó toda la tarde con su amigo y fue a buscarlo todos los días a su casa durante más o menos un mes. Se quedaba con él y lo acompañaba todo el día. No quería dejarlo solo. El Quito se hacía el desentendido.
Lo cruzaron un par de veces en las orillas del pueblo cerca del prado y actuaba como que no había pasado nada.Transcurrió otro mes, ya había comenzado diciembre y hacía calor, lo que trajo aparejado la ropa de verano y la piel al descubierto.
Era muy notorio que a Quito la vista de la piel lo excitaba porque no hacía más que merodear todo el día alrededor de la casa de Ramiro y el Negro cuidándolo como a un polluelo indefenso.
Por las noches, el Negro se ponía a pensar en los motivos que pudieron llevarlo a Quito a transformarse en aquel monstruo o si tal vez había nacido así, ya violador, un bebé violador, porque por más que pensaba, no encontraba nada en su entorno que pareciera hostil. Su familia era normal, obreros, gente buena, de trabajo.
Sus padres no estaban separados y se llevaban bien. Sus hermanos, cuatro mujeres y tres varones, sumaban siete, así y todo el Quito no era el menor, dicen que el séptimo hijo varón se convierte en lobisón, pero no era su caso.
No había un motivo para que fuera un violador, al menos no había un motivo externo en su familia ni en su entorno en el pueblo, definitivamente no lo había.
El Negro pensó que tenía que tomar una decisión. No se podía seguir así. Había que actuar. Ramiro le había pedido que de ninguna manera hiciera la denuncia porque no quería hacer sufrir a su madre. Tomó una determinación: lo mataría.
—Hola —lo saludó Ramiro en el recreo.
—Tengo la solución —le susurró el Negro al oído, después de unos minutos de charla.
—¿Qué harás? —le preguntó, curioso.
—Lo mataré —le dijo y no agregó más palabras.
Tardó unos quince días en preparar el plan. Había una obra en construcción, por la que siempre merodeaba el Quito.
El Negro había visto un pozo donde curaban la cal, bastante profundo. Allí lo tiraría después de matarlo. De acuerdo al plan, necesitaba una carnada para pescarlo y decidió utilizar a Ramiro. La tarde del 12 de diciembre le comentó a Julián, su mejor amigo, sobre su intención y este se opuso rotundamente.
De todas maneras, comenzó a gestionar sobre el plan que se había trazado y fue a preparar la carnada para atrapar a su propia víctima. Creía que se estaba convirtiendo en un asesino a sangre fría y le gustaba la idea. Hacer justicia por mano propia, jugar a ser Dios, sonaba fuerte en su mente.
Ya para ese entonces el Negro había leído los principales clásicos: Homero, Virgilio, Dante. Los Dioses del Olimpo desfilaban en sus sueños.
Caballos que habían derramado lágrimas por Patroclo, lloraban.
Fueron las primeras lágrimas que lo conmovieron, ni las de su madre, pero sí las de los caballos al yugo del carro del héroe llorando la muerte que le ocasionó Héctor, el matador de hombres ¿qué sería una muerte más?, nada.
—¿Sabes a cuantos chicos habrá violado el Quito?
—No sé —le contestó Ramiro.
—Más o menos —insistió, tratando de involucrarlo en el plan.
—No sé —le contestó, de nuevo—. ¿Por qué me preguntas? —Lo miró, con miedo.
—Para saber —le dijo el Negro.
—¿Por qué? —le volvió a preguntar.
—¡Dale!
—¡Ni idea!
—¿Por qué no lo habrán denunciado?
—Por las madres. ¡Seguro!
—Voy a matarlo. ¿Me ayudas?
—¡No! ¡Estás loco! —dijo Ramiro.
Aunque ya se lo había dicho anteriormente, ahora al escucharlo en ese tono se sorprendió.
El Negro se dio cuenta de que lo creía capaz de eso y mucho más.
No insistió porque lo notó perturbado, asustado. ¡Ahora Ramiro tenía miedo de él! El Negro se hizo el distraído, cambió de tema y al poco rato se retiró.
A los dos días, lo fue a buscar a su casa y le explicó directamente el plan. Al ver que no se atrevía lo asustó, lo amenazó con decirle a su madre, lo extorsionó de mil maneras, pensando que era por una causa justa.
Había conseguido una daga larga y muy filosa.
La cubrió con un diario y fue a la obra, frente a la Sociedad Española. Se quedó esperando un buen rato y al ver que no había nadie, entró, escondió la daga y salió subrepticiamente del lugar. Al día siguiente, lo mandó a Ramiro de carnada. Tenía que pasar cerca del Quito y luego ir a la obra, para que este lo siguiera.
Después iría él y le enterraría la daga a la altura del riñón derecho. Más tarde regresaría y lo tiraría al pozo de la cal, antes de que los albañiles comenzaran a trabajar en la obra en la jornada siguiente, al otro día. Aparentemente el plan funcionaba, ya estaba en marcha. Desde la Sociedad Española vio que Ramiro entraba a la obra. A los cinco minutos entró el Quito. Esperó diez minutos más y entró. Fue directamente a buscar la daga.
Desde allí iría hasta el sótano, donde suponía que estarían ellos. No bien entró, inmediatamente se dio cuenta de la traición o lo que creyó una traición, aunque también tenía la culpa por presionarlo, por subestimarlo, por haberlo dejado solo aquellos últimos días, por confiar. «¿Buscas esto?» le preguntó el Quito, mostrándole la daga, sonriendo, feliz.
Ramiro salió corriendo sin mirar atrás y desapareció entre los árboles. Por seguirlo con la mirada el Negro se descuidó un instante y tal vez por la sorpresa se distrajo un segundo más, fue suficiente.
El Quito lo tomó del brazo izquierdo, apoyó la daga en su cuello y le cruzó el otro brazo, el derecho, por la espalda, canchero, práctico, ducho, con la claridad del que repite mil veces el mismo movimiento. «¡Suéltame! ¡Bufarrón!» comenzó a insultarlo.
Fue peor. ¡Más lo insultaba, más se excitaba! Con un movimiento ensayado, pegó un tirón seco y le rompió el pantalón. Forcejearon y el Quito logró amordazarlo.
El Quito estaba práctico, lo había amarrado de manera que podía hablar entre dientes tras la mordaza, pero no gritar. Se defendió como pudo, patadas, codazos.
Él lo tenía apretado en un rincón, en un baño; había bolsas de cemento y cosas de construcción; no llegaba mucha luz, pero se veía bastante claro.
Le sugirió que se la acariciara, que lo masturbara, que se la chupara, que lo besara. El Negro trató de gritar a través de la mordaza. Sintió que trataba de penetrarlo y se dio vuelta. «¡Está bien, te la agarro!» le dijo para resolver momentáneamente la caótica situación en la que se encontraba. Cuando se la fue a agarrar vio que la tenía parada, durísima y había sangre.
En ese momento pensó que la sangre era del Quito. Estaba seguro, pero con el correr del tiempo, de los años, llegó a pensar que la sangre pudo haber sido la suya propia.
Se la retorció un poco y le pudo agarrar los huevos. Le dio un tirón tremendo hacia abajo y dejó caer su propio cuerpo al piso sin soltarle las bolas; se las retorció de tal manera que lo desmayó. Inmediatamente se liberó y alcanzó la daga que estaba a unos cuatro metros.
Cuando regresaba para clavársela en el cuello sintió un ruido. Giró enfurecido, era Ramiro que lo miraba con los ojos aterrorizados. Tomó el pantalón y se lo puso.
El Quito seguía desmayado o se hacía. La remera estaba hecha jirones, la usó para envolver la daga, y salió caminando, agotado. Llegó a su casa que estaba a dos cuadras, se dio una ducha y se acostó, exhausto. Tardó casi veinte años en volver a hablar del tema, a contar, a medias, la historia.
Durante los primeros años trataba de no pensar, de borrar su odio, de ignorarlo y realmente en algún momento se olvidó del asunto por completo o, mejor dicho, se acordaba esporádicamente, de vez en cuando, y luego se volvía a olvidar.Al doctor Julián Moré, pieza de la alta burguesía en una de las familias más ricas del pueblo, le preocupó siempre el qué dirán, la imagen que proyecta, más de lo normal, casi está pendiente de lo que piensa la gente de su entorno, vecinos, colegas.
Todos los que lo conocen saben que el Negro es una persona de su más íntimo círculo, tal vez la más allegada a él. Por ese motivo, el qué dirán que tanto le interesa, también al doctor le preocupan los asuntos del Negro y lo aconseja sobre su conducta, su casa, auto, ropa y amistades.
Se conocen desde los primeros días de su vida. Siempre fueron muy unidos, compañeros de grado, confidentes y se tienen la máxima confianza que se le puede tener a una persona. Siempre toman las vacaciones en la misma fecha.
Aquella vez habían alquilado dos departamentos en Puerto Encantado, un complejo de verano muy familiar, en la Costa Atlántica.
Aunque habitaban departamentos separados, se encontraban para el desayuno y seguían juntos hasta después de la cena. Cerca de las dos de la mañana se retiraban a dormir, cada cual en su departamento.
Sus hijos, dos nenas de Julián y dos varones del Negro, se quedaban a dormir en alguno de los dos departamentos; seguirían juntos hasta terminar las vacaciones, como si los cuatro fueran hermanos.
Aquella tarde habían quedado solos. Sus esposas habían salido de shopping y los niños estaban en la pileta del complejo.
—El Quito trató de violarme, cuando yo tenía unos doce años —le dijo el Negro.
—¿Y? —le contestó Julián mirándolo serio—. ¿Y? ¿Qué? ¿Te violó?
—¡No sé!
—Está hecho pelota —en realidad dijo otra palabra, con ese vocabulario sucio de algunos médicos.
—¿Cómo?
—Está enfermo, dos por tres lo internan en la clínica. —Transcurrió un momento, silencio profundo, cinco minutos, que al Negro le parecieron días, semanas, mucho tiempo, recordó toda la secuencia.
—Podemos ir a Pinamar esta noche, al casino —comentó.
—¿Cambias de tema? —preguntó Julián.
—Sí, por ahora —murmuró el Negro.
—Como quieras —dijo Julián; había salido al balcón y miraba hacia los niños que estaban en la pileta.
—¡Avísame cuando lo internen! —le gritó desde la cocina.
—Bueno, yo te aviso. —Luego de una pequeña pausa agregó—: ¡Ya fue Negro, ya fue! ¡Olvídate!
Terminaron las vacaciones, comenzaron las clases, la rutina, la vida. A los dos meses, Julián lo llamó por teléfono.
—Lo internaron.
—¿A quién? —preguntó distraído.
—¡Al Quito! —dijo Julián.
—¡Ah!
—Bueno… Chau.
—Chau, Julián, gracias, nos vemos. —Y colgó.
Tomó las llaves del auto, los documentos, dejó una nota sobre la mesa avisando que había tenido que viajar de urgencia y salió.
Llenó el tanque y se trepó a la autopista. En cinco horas recorrió los casi ochocientos kilómetros y llegó a la clínica regional cuando aún no había anochecido.
Ya había terminado el horario de visitas. Quedaba poca gente, la guardia, unos pocos, todos conocidos, amigos. El Dr. Moré charlaba distendido en mesa de entradas.
—¿A cuánto venías?
—¡A full!
—Ven, tomemos un café —le dijo.
—¿Dónde está? —le preguntó por lo bajo.
—Allá. —Señalando una puerta cerrada.
El Negro se mandó, como quien dice, sin pensarlo dos veces, hacia la habitación.
A la pasada tomó el hacha de la caja roja de incendio que estaba adosada a la pared en el pasillo. Cuando el Quito lo vio, lo reconoció en el acto.
No podía hablar porque tenía, en la boca y en la nariz, unos tubos de plástico. Había mangueras de suero conectadas a sus brazos y cables por todo su cuerpo. Estaba solo. Lo miró desesperado. Los ojos se le querían salir de sus órbitas cuando observaba el hacha fijamente. De alguna manera intuía su muerte inminente. Era una habitación con dos camas.
Sin perder un segundo, el Negro dejó el hacha a un costado, tomó de allí una almohada y le aplastó la cara con fuerza. El Quito pegaba tirones en todo el cuerpo, principalmente, las piernas saltaban, se encogían, se estiraban.El Negro soltó la almohada, ameritaba el hacha, más contundente y efectiva para este caso, y con ella en alto se dispuso a asestar el golpe.
Levantó más el hacha y, cuando iba a partirle el cráneo sin miramientos, casi con placer, sintió un empujón y cayó contra el piso.
—¡Negro! ¡Pará!
—¿Qué te pasa? ¿Para qué me llamaste entonces?
—¡Pensé que querías verlo! ¡Pará!
—¡No! ¡Déjame solo, que lo mato y me voy! —le dijo, por lo bajo, mientras luchaban.
—¡No! ¡Eres el padrino de mi hija! —le decía al oído, mientras lo sostenía en el piso.
—¿Y?
—¿Qué le digo? ¿El padrino está preso? ¡Lo violaron cuando era chico y ahora es un asesino!
—¡Cierra la puerta! —El Negro se puso firme.
—Deja, yo me encargo —le dijo Julián. Se sacó los lentes y refregó sus ojos, pensaba.
—¡No te creo! —le dijo mirándolo a los ojos.
—¡Por nuestros hijos! ¡Te lo juro! —Fuera de sí, haciendo unas cruces y besándose los dedos. Temblaba como una hoja.
—¿Seguro? —insistió el Negro mientras miraba a el Quito, que abría la boca para decirle algo, pero el tubo de plástico se le había metido más adentro con la fuerza de la almohada, le sangraba la boca y la nariz.
—¡Te lo juro! —le dijo de nuevo Julián, y repitió una vez más ¡te lo juro! Por lo que más quieras ¡para qué te habré llamado!
—¿Seguro?
—Sí, ándate, yo me encargo —enfatizó Julián.
El Negro salió de la habitación, dejó el hacha en su lugar y se fue, saludó normalmente a la recepcionista, salió caminando hasta el estacionamiento, se instaló cómodamente en el asiento, abrochó el cinturón y tomó la carretera sin mirar atrás.Al día siguiente, estaba nuevamente en su casa, desayunando. Salió caminando despacio hasta el quiosco.
Casi con temor compró el diario del interior, el diario La Reforma, de General Pico, La Pampa, le temblaban las manos. Abrió la página de los avisos fúnebres. Allí estaba la foto del Quito, con su pelo renegrido de su juventud.Algunos nombres, casi olvidados con los años, le dedicaban unas líneas, entre ellos Arnaldo.
—¿Qué habrá sido de Ramiro? —dijo en voz alta.
—¿Qué dices? —preguntó el quiosquero.
—Nada, un amigo mío, de mi pueblo.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.