Kitabı oku: «Sobre Víctimas y Victimarios»

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JORGE ENRIQUE ALTIERI

Sobre Víctimas y Victimarios


Altieri, Jorge Enrique

Sobre víctimas y victimarios : relatos de tiempos bárbaros / Jorge Enrique Altieri.- 1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: online

ISBN 978-987-87-1625-1

1. Relatos. I. Título.

CDD 808.883

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

A mi esposa María Cristina y a mis hijos

Alejandro, Jorge y Mariano por su sacrificio personal, apoyo incondicional, comprensión y paciencia.

AGRADECIMIENTOS

A mis camaradas y amigos,

Edgardo García y Jorge Sosa Molina por sus valiosos consejos, criteriosa opinión e invalorable ayuda.

Introducción.

Una tarde del año 1971, mi abuelo, ENRIQUE VIVIANI ROSSI, Teniente Coronel de Artillería del Ejército Argentino y largamente retirado del servicio activo, llegó a mi casa con un paquete bajo el brazo que inmediatamente me entregó, pues yo era el destinatario de su obsequio.

Rompí el envoltorio rápidamente y descubrí un estuche impreso de ambos lados con un dibujo que representaba el instante mismo en que un grupo de gauchos boleaba el caballo de un oficial y éste rodaba por el suelo. En la tapa del estuche podía verse nítidamente un daguerrotipo con el rostro de un hombre con gesto adusto y el título de la obra -“CANTO MONUMENTO” – A la memoria del Brigadier General JOSÉ MARÍA PAZ.

El autor de la obra era CARLOS DI FULVIO y dentro del estuche encontré un disco de vinilo y un cuadernillo con la transcripción de los relatos y canciones que contenía el disco. Realmente, esperaba recibir otra cosa pero, como mi abuelo solía ser sabio en sus elecciones le agradecí lo que me había entregado y me dispuse a escucharlo y leerlo en algún otro momento.

Cuando finalmente lo hice, quedé asombrado y pude apreciar en su real dimensión lo que mi abuelo supo poner en mis manos. Una obra magnífica sobre un hombre singular que, al igual que mi abuelo fue un oficial de artillería y yo, sin saberlo, en ese entonces, también me convertiría en Subteniente de Artillería al egresar del Colegio Militar de la Nación en el año 1976.

En la introducción de su obra DI FULVIO sintetiza magistralmente lo que fue un período de nuestra historia signado por la tragedia de las guerras civiles que se extendieron por más de sesenta años en nuestro país (de 1814 a 1880) y lo hace de esta manera:

“Este consabido canto que todas las historias cuentan de trecho en trecho, entre una cantidad innumerable de sucesos y de fechas, entre millares de nombres que amontonan los pueblos, entre los hombres que por ellos cruzaron de a pie o de a caballo, con un norte de sables y de lanzas; con una esperanza primero - la Independencia -, y después por motivos revolucionarios. Este grupo de canciones fáciles que vienen del tiempo más difícil de la Patria; cuando el país incuba el egoísmo para diseminarlo luego entre sus hijos como un mal irremediable... Estos versos, que tal vez no tengan cura porque también fueron contagiados por esa pica de microbio que existe entre unitarios y federales, entre la lanza y el sable, entre el militar y el caudillo, entre las vacas y el hambre, entre la anarquía y el orden; y hasta por la pequeña diferencia que existe entre el bien y el mal.”

A partir de esa obra, me dediqué a leer compulsivamente todo aquello que tuviera relación con nuestras guerras civiles, así fui descubriendo, entre otras cosas, sus orígenes, las motivaciones de los bandos enfrentados, los hechos de armas que se produjeron, los hombres que se involucraron en las mismas, las decisiones que se adoptaron y finalmente las consecuencias que ocasionaron.

Una guerra civil es un enfrentamiento bélico dentro de un país entre grupos organizados de connacionales con intereses contrapuestos que buscan tomar el poder del país o una región, o cambiar la política del estado. Generalmente, uno de los antagonistas es el propio Estado y pueden originarse también por la identidad de las personas, sea dada por etnia, religión u otra afiliación social

Las guerras civiles argentinas ocurridas entre 1814 y 1880 en el actual territorio de la República Argentina, tienen relación directa con las guerras civiles que se produjeron en la Banda Oriental (actual República Oriental del Uruguay) durante el período en que ésta formó parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata y aún después de su independencia, dentro del conflicto que se conoció como Guerra Grande(1839 -1851).

En diversos períodos participaron en los conflictos fuerzas extranjeras, de países vecinos y de potencias europeas.

Es así que, las guerras civiles en ambas márgenes del Río de la Plata, tuvieron dos características que a mi juicio las singularizan: su duración y su crueldad.

Décadas de enfrentamientos armados de diferente magnitud y trascendencia entre los cuales se encuentran registrados, exclusivamente en territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, doscientos diez (210) combates y doscientos cinco (205) batallas, son suficientemente elocuentes cuando se trata de establecer el grado de belicosidad, encono, porfía y odio que alimentaban a las facciones antagónicas.

En lo que respecta a la crueldad ejercida, pretendo recopilar en este libro los hechos en los que se puso de manifiesto en su dimensión más aterradora, irracional y abusiva. Algunos de ellos, puede que sean conocidos por el lector, otros no tanto y algunos seguramente ignorados pero, en todos, el hilo conductor de los relatos será la relación entre víctimas y victimarios, roles que, aunque opuestos y como macabra paradoja, el destino reservó para ciertos hombres que forjaron nuestra nacionalidad y la del pueblo uruguayo.

La bibliografía sobre estos asuntos es vasta y ofrece información con distintos criterios y con mayor ó menor rigurosidad histórica según el autor del cual provenga pero, el grado de violencia ejercido fue inusitado y los testigos de la época dan testimonio que durante el transcurso de las guerras civiles en el Río de la Plata, el odio entre facciones fue de naturaleza profunda, visceral y hasta podría decirse patológico. La guerra civil al extenderse por años, involucraba a toda la población que, sin distinción de clase aportaba su cuota de sangre y lo habitual era tener víctimas en todas las familias y por consiguiente alguien a quien vengar; esta situación generaba un círculo vicioso de acciones brutales y reacciones primitivas sobre la base de un deseo irrefrenable no de justicia sino de venganza. Las guerras por la organización nacional que comenzaron en 1820, culminaron cincuenta años más tarde con la represión de las montoneras federales ó la llamada Revolución de las Lanzas.

No obstante, considero importante expresar al lector que aplicar criterios contemporáneos a hechos del pasado es una mala idea. Tan mala como juzgar los actos de los hombres que los ejecutaron.

CAPÍTULO I
Los bandos en las orillas.

Las guerras civiles en el territorio rioplatense durante el siglo XIX, se desarrollaron tanto en la Confederación Argentina entre federales y unitarios como en el Estado Oriental del Uruguay entre los partidos blanco - alineado con los federales - y colorado – aliado de los unitarios - y se prolongaron más allá de la finalización de la guerra de la Triple Alianza.

A partir de 1819, en el país se fueron definiendo claramente dos tendencias políticas: los federales y los unitarios. Los primeros, usaban una divisa de color rojo que, de acuerdo a los usos y costumbres de la época se la denominaba como “rojo punzó” pues tenía una tonalidad marcadamente tímbrica, ya que era de color rojo intenso.

La divisa “Rojo Punzó” fue un distintivo político y militar que Juan Manuel de Rosas impuso como de uso obligatorio hasta en los ámbitos educativo y eclesiástico. Toda persona que no la utilizara era visto como traidor y podía ser ejecutado, exiliado o torturado por medio de la Mazorca o Sociedad Popular Restauradora. En su obra “Facundo”, Sarmiento hace referencia al uso de la divisa y las consecuencias que acarreaba el hecho de no usarla:

“...Al principio fue una divisa que adoptaron los entusiastas; mándase después llevarla a todos, para que probase la uniformidad de la opinión. Se deseaba obedecer; pero, al mudar de vestido, se olvidaba. La policía vino en auxilio de la memoria; se distribuían mazorqueros por las calles y, sobre todo, en las puertas de los templos, y a la salida de las señoras se distribuían sin misericordia zurriagazos con vergas de toro. Pero aún quedaba mucho que arreglar. ¿Llevaba uno la cinta negligentemente anudada? ¡Vergazos!, era unitario. ¿Llevábala chica? ¡Vergazos!, era unitario. ¿No la llevaba? ¡Degollarlo por contumaz! No paro ni ahí la solicitud del gobierno, ni la educación pública. No bastaba ser federal, ni llevar la cinta, era preciso además que ostentase el retrato del Ilustre Restaurador sobre el corazón, en señal de amor intenso, y los letreros mueran los salvajes inmundos unitarios...”

“¡Si alguna señorita se olvidaba el moño colorado, la policía le pegaba “gratis” uno en la cabeza con brea derretida! ¡Así se ha conseguido uniformar la opinión! ¡Preguntad en toda la República Argentina si hay uno que no sostenga y crea ser federal...”.

Los unitarios, por su parte, usaban una divisa de color azul celeste claro ó blanco, aunque también utilizaron en sus uniformes el color verde. Los artilleros, por ejemplo, usaban un uniforme “a la rusa”, chaqueta de paño verde, pantalones blancos, bandoleras cruzadas de cuero blanco y gorra de paño blanco. También se distinguían los hombres por usar patillas largas que se unían a una barba en forma de “U” y delineaban el contorno del rostro pero sin usar bigote.

En la otra margen del Río de la Plata, el origen de los partidos blanco y colorado se produjo en la Batalla de Carpintería ocurrida el ١٩ de septiembre de ١٨٣٦. En dicha batalla las fuerzas gubernamentales, al mando de Juan Antonio Lavalleja, se enfrentaron a fuerzas revolucionarias, al mando del ex presidente Fructuoso Rivera, aliado con los unitarios argentinos exiliados en Uruguay.

En esta batalla, las tropas gubernamentales se distinguieron usando vinchas blancas, las cuales lucían la inscripción “Defensores de las Leyes”. Las tropas de Rivera usaron como distintivo una vincha hecha con el forro de los ponchos, que era de color rojo. Con anterioridad, los “colorados” usaban divisas celestes, pero con el tiempo se desteñían, tornándose casi blancas, por lo que se cambió el color al rojo. Así nacieron las divisas de los “blancos” y “colorados” uruguayos.

El ideario político que sostenían los dos partidos en pugna podía ser homologado para “federales” y “blancos” así como para “unitarios” y “colorados”. Los primeros defendían una postura nacionalista, anti-imperialista, defensora de los “pagos chicos”, es decir, del interior del país , para ello, garantizaban el gobierno, la libertad, la autonomía y el estilo de vida de las provincias delegando sólo algunas funciones a un Estado central. También buscaban ejercer un proteccionismo en beneficio de cada provincia. Uno de los mayores impulsores de estas ideas fue José Gervasio de Artigas. Pese a contar entre sus seguidores a ciertos intelectuales de la época, sus principales partidarios eran caudillos regionales y personas que provenían, en su mayoría, de la clase social baja y de los indios de etnia charrúa que llegaron a idolatrarlo como jefe. Este partido tenía su núcleo duro en el interior del país, en el ámbito rural y en los terratenientes.

Los partidos unitario y colorado defendían un liberalismo con énfasis en lo económico más que en lo político, así impulsaban el libre comercio, la libre navegación de los ríos por parte de naves extranjeras, la modernización del sistema financiero y las inversiones para la ejecución de obras de infraestructura. Sus ideas tenían una marcada impronta academicista y extranjerizante, alentadas por las altas burguesías urbanas nacidas en el marco de las ciudades-puertos de Buenos Aires y Montevideo y cuya preeminencia buscaban imponer sobre las provincias; además, sostenían que los impuestos se controlaran desde las aduanas de ambas ciudades. Sus integrantes eran de élite, miembros de la clase alta, intelectuales y militares. Su desprecio y falta de empatía hacia las clases bajas hacía aún más difícil llegar a acuerdos con los federales que se nutrían mayoritariamente de las mismas.

Al respecto, en 1820, cuando ambos partidos se encontraban en una etapa que podría considerarse “embrionaria”, Estanislao López, escribió:

“Conozco y respeto mucho los talentos de los señores Rivadavia, Agüero y otros de su tiempo, pero a mi parecer todos cometían un gran error: se conducían muy bien con la clase ilustrada, pero despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son gente de acción.” 1

Entre los principales líderes federales y blancos, se encontraban: Juan Manuel de Rosas, José Gervasio de Artigas, Estanislao López, Pascual Echagüe, Juan Antonio Lavalleja, Facundo Quiroga, Manuel Oribe, Ángel Vicente Peñaloza, Félix Aldao, Justo José de Urquiza, Ángel Pacheco , etc.

Los arquetipos de los partidos unitario y colorado, fueron: Bernardino Rivadavia, Juan Lavalle, Fructuoso Rivera, José María Paz, Prudencio Berro, Gregorio Lamadrid, Venancio Flores, Eduardo Acevedo, Genaro Berón de Astrada, Lorenzo Batlle, Melchor Pacheco y Obes, etc. No obstante, no toda la oligarquía era oriunda de Buenos Aires ó Montevideo, parte de la misma provenía del interior, como el sanjuanino Sarmiento, los cordobeses Paz y Vélez Sarsfield, los tucumanos Avellaneda y Roca, los orientales Paunero, Flores, etc.

Desde 1814 hasta 1880, los bandos, en su lucha por prevalecer unos sobre otros, apelaron a todo los medios a su alcance, así fue que recurrieron a alianzas, inclusive con potencias extranjeras, campañas militares, maniobras políticas, obtención de recursos económicos, propaganda, acción psicológica, torturas, saqueos, traiciones, asesinatos y ejecuciones. En síntesis, cada bando se ocupó de hacerle la guerra a su contrario e imponer de esa manera sus ideas.

La suerte de las armas, era cambiante y favorecía a los contendientes con alternancia y por períodos de diferente duración. Esta característica, sumada a la extensión en el tiempo de las guerras civiles hizo que se exacerbara la crueldad en las mismas, teniendo en consideración que los cambios de situación, en un ambiente de absoluta inestabilidad política alimentaban el deseo de venganza y se imponía una suerte de justicia sumaria y arbitraria sobre los vencidos cuya suerte estaba decidida de antemano y que privilegiaba la “Ley del Talión” por sobre cualquier otra forma de dirimir las diferencias.

Los partidos apelaron a diferentes jefes militares para actuar como sus verdugos cuando decidieron disciplinar a sus oponentes. Unos eran considerados “bárbaros” y otros “civilizados” pero, el común denominador fue que cada uno en su momento, no dudó en derramar abundante sangre enemiga para alcanzar los objetivos impuestos.

En el año 1828, tras el fusilamiento del Coronel Manuel Dorrego, se inició la guerra civil que duraría hasta 1831. Tomás de Anchorena, da a luz el decreto contra los “decembristas”, o sea contra todos los participantes del movimiento del 1º de diciembre de 1828 que había derivado en el lamentable fusilamiento de Dorrego: “Todo el que sea considerado públicamente como autor, o cómplice del suceso del 1º de diciembre o de algunos de los grandes atentados cometidos contra las leyes por el gobierno intruso (de Lavalle) será reo de rebelión, con las penas consiguientes”. También sería considerado de la misma manera, el que “no hubiese dado ni diese, de hoy en adelante, pruebas positivas e inequívocas de que mira con abominación tales atentados”.

El órgano oficial de los unitarios de 1828 reaccionaba contra esa política escribiendo: “… Al argumento de que si son pocos los federales es falta de generosidad perseguirlos, y si son muchos, es peligroso irritarlos, nosotros decimos que, sean muchos o pocos, no es tiempo de emplear la dulzura, sino el palo… sangre y fuego en el campo de batalla, energía y firmeza en los papeles públicos… Palo, porque sólo el palo reduce a los que hacen causa común con los salvajes. Palo, y de no los principios se quedan escritos y la República sin Constitución” 2

Por lo general, a los jefes unitarios se los consideraba “civilizados” pues, a la hora de ejecutar prisioneros apelaban al fusilamiento sin más trámite. El General Paz en sus campañas al interior, ejecutaba prisioneros a medida que se desplazaba ó tras una victoria en el campo de batalla tal como ocurrió en Oncativo. Lo mismo hacía el general Lavalle. Era un método efectivo para disciplinar oponentes, no dejar focos de resistencia en su retaguardia y, de alguna manera, podría ser considerado sutil en comparación con otros. Estos hombres, no dejaron fama de ser sanguinarios pero no fueron precisamente compasivos con sus vencidos.

Cuando Lavalle invade en 1829 la provincia de Santa Fé, proclama abiertamente:

“¡La hora de la venganza ha sonado! ¡Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos! Se engañarían los bárbaros si en su desesperación imploran nuestra clemencia.

Es preciso degollarlos a todos. Purguemos a la sociedad de esos monstruos. Muerte, muerte sin piedad”. “Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza maldita de Dios y de los hombres no tenga sucesión”. 3

El propio Juan Manuel de Rosas, emite juicio sobre el desarrollo de la guerra en esa provincia, expresando:

“La provincia de Santa Fe ya no tiene que perder, desde que tuvo la desgracia de ser invadida por unos ejércitos que parecía que venían de los mismos infiernos. Nos han privado de nuestras casas, porque las han quemado; de nuestras propiedades porque las han robado; de nuestras familias porque las han muerto por furor o por hambre.”4

Tampoco se aprecia piedad alguna en las instrucciones que Domingo Faustino Sarmiento, impartió a Lamadrid en 1840, en las cuales indica:

“Es preciso emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilación alguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre”.

Los que tienen bien ganado el oscuro prestigio de “bárbaros”, primitivos y degolladores son los federales Oribe, Aldao y Urquiza quienes desde 1840 a 1851, cumplieron ese rol a la perfección y en beneficio de Rosas. Sus degollinas luego de las batallas de Quebracho Herrado, Famaillá, San Calá, Potrero de Vences, Pago Largo, Arroyo Grande e India muerta son hitos macabros en la historia rioplatense.

El médico e historiador Mario O´Donell, afirma:

“La dimensión clasista de la guerra civil hizo que las víctimas unitarias de los hermanos Aldao fueran habitualmente personajes de la clase alta y gobernante, por lo que sus muertes, destierros o prisiones tenían una repercusión mucho mayor, no sólo en su tiempo sino también en nuestra historia consagrada, que cuando el infortunio se abatía sobre anónimos gauchos federales que constituían la clase baja, bajo el poder de los caudillos locales que eran abatidos por los unitarios.” 5

Finalizada la Guerra Grande en el Estado Oriental del Uruguay, retirado Urquiza a la provincia de Entre Ríos luego de la batalla de Pavón, los caudillos del interior Ángel Vicente Peñaloza y Felipe Varela se rebelan contra el gobierno nacional con el propósito, entre otras cosas, de romper la alianza establecida con el Imperio de Brasil. Los unitarios por su parte, se proponen unificar la nación de una buena vez y para siempre, para ello, el Congreso Nacional declara el 19 de enero de 1867 una “guerra de policía” contra los provincianos insurrectos. “Todos los individuos que tomaran las armas o hayan tomado parte en la ejecución de atentados cometidos por los revolucionarios de Mendoza…y todos los que en cualquier punto del territorio sujeto a la jurisdicción nacional contribuyan con actos deliberados a estimular, fomentar o mantener aquel estado de anarquía, serán considerados como rebeldes y traidores a la patria, y sometidos por la fuerza a la justicia nacional para ser juzgados como tales con toda severidad de las leyes”.

Así fue que Sarmiento se erigió en ideólogo de un proyecto de unificación nacional para “eliminar la barbarie”. El plan se basaba en una intensa política educativa, en la inmigración selectiva y, principalmente, en una guerra contra los caudillos provincianos para exterminarlos. Paradójicamente, los verdugos seleccionados para llevar a cabo las campañas punitivas al interior del país no fueron argentinos sino extranjeros provenientes del Uruguay y colorados, tales como: Venancio Flores, Ambrosio Sandes y Wenceslao Paunero, por citar sólo algunos.

Sarmiento, “el padre del aula”, no recurría a ningún eufemismo cuando expresaba sus ideas respecto de la manera en que debía llevarse a cabo la parte militar de su plan. Al respecto, expresaba:

“Se nos habla de gauchos...la lucha ha dado cuenta de ellos, de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos.” 6 “Los sublevados serán todos ahorcados, oficiales y soldados, en cualquier número que sean”.
“Sandes ha marchado a San Luis... Si va, déjelo ir. Si mata gente, cállense la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor”. 7
“Córteles la cabeza y déjelas de muestra en el camino”. 8

Juan Bautista Alberdi, se referiría a estos hechos, con posterioridad, de la siguiente forma: “

En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre, Sarmiento y Cía., han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras ellos tienen un Alcorán, que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje”. 9

CAPÍTULO II
Las formas del suplicio.

Durante las guerras civiles argentinas las facciones en pugna ejercitaron una crueldad inusual, que recaía generalmente sobre adversarios políticos, jefes militares y prisioneros pero tampoco estaban exentos de ella otras categorías del tejido social.

La ejecución sumaria pasó a ser de uso corriente y, también se emplearon todo tipo de vejaciones y torturas con los vencidos, sus partidarios e inclusive contra los familiares más cercanos de éstos.

Era poco frecuente que se tomaran prisioneros, a los vencidos ó rendidos, simplemente se los mataba, a menos que los vencedores decidieran mantenerlos con vida para incrementar su sufrimiento ó para pedir un eventual rescate, si se trataba de algún personaje importante.

Los métodos más usuales para ejecutar fueron: el fusilamiento, el ahorcamiento y el degüello.

Podía uno alegrarse si le tocaba en suerte ser fusilado. El trámite era rápido y el sufrimiento mínimo pero si el sentenciado a esta pena de muerte era considerado traidor, se lo ejecutaba de espaldas como parte del escarnio. En esas épocas, la traición, estaba considerada como el pináculo del deshonor y la deslealtad, por tal motivo un fusilamiento por la espalda era el desprestigio más grande, especialmente para los militares y marcaba a sus deudos de por vida ya que la sociedad los aislaba y rechazaba de manera inmisericorde.

La horca ha sido el método de ejecución más usado en el mundo. Hebreos, griegos, romanos, germanos, españoles y muchos otros pueblos recurrían a este procedimiento para librarse, entre otros, de idólatras, blasfemos y traidores. Los ingleses extendieron su uso por Europa y América.

Lo que contribuyó a difundir este método de ejecución son las características que posee: extrema facilidad para su aplicación y un carácter netamente exhibicionista.

La ahorcadura o colgamiento provoca la muerte por la constricción del cuello, esto se produce cuando la tracción ejercida por el propio cuerpo en suspensión actúa sobre un lazo sujeto a un punto fijo.

Los que fueron ahorcados, tuvieron, asimismo, una muerte violenta y, aunque la agonía solía prolongarse en algunos casos varios minutos, no dejaba de ser una de las alternativas de ejecución menos cruenta.

En ciertos casos el reo era izado por el propio lazo de suspensión y, cuando quedaba suspendido, el ejecutor lo tomaba por los pies, lo cual incrementaba la tracción del lazo sobre el cuello del condenado y le provocaba violentas sacudidas al cuerpo. Normalmente, el reo era lanzado al vacío desde una plataforma que superaba los tres metros de altura y quedaba suspendido hasta su muerte. En ambos procedimientos, se producen intensas lesiones vertebrales cervicales, que se añaden al colgamiento propiamente dicho, dando lugar a lo que vulgarmente se conoce como una quebradura de cuello.

Por su parte, el degüello puede definirse como una lesión en la cara anterior del cuello provocada por un arma cortante que, en algunos casos, alcanza una profundidad considerable afectando todos los órganos de la región hasta planos pre-vertebrales.

El degollar se hizo costumbre en ambas márgenes del Río de la Plata y se extendió también al sur del Brasil. En nuestro territorio tanto unitarios como federales se mostraban pródigos en hacer correr sangre de este modo; en la Banda Oriental, los colorados y los blancos con cultura, tradiciones e idiosincrasia muy cercana a la nuestra también optaron por degollar a mansalva durante la Guerra Grande (1839/1851) y aún después, hasta la derrota del Paraguay en la Guerra de la Triple Alianza.

También debe tomarse en consideración que en el siglo XIX los ejércitos carecían de una capacidad logística desarrollada como para permitirles ocuparse humanitariamente de los prisioneros y menos aún si éstos estaban heridos. Normalmente, no disponían de medicamentos, los analgésicos escaseaban y las técnicas quirúrgicas poco extendidas tenían características cruentas y, frecuentemente, terminaban en amputaciones, taponamiento de heridas y suturas de apuro. Los medios de transporte, se limitaban a carretas y parihuelas que trasladaban todo lo que la infantería y la caballería no pudiera transportar sobre sus espaldas ó a lomo de sus equinos. El ambiente y la situación operacional imponían marchas extenuantes, largos períodos a la intemperie bajo los efectos de condiciones climáticas adversas a lo que se sumaba la acuciante necesidad de disponer de un adecuado abastecimiento de agua. Así las cosas, ya sea por odio, espíritu de revancha, como mensaje inequívoco para la psiquis del adversario ó hasta para aliviar el dolor y el sufrimiento, el degüello se practicó con amplitud y su ejecución por motivos humanitarios se concretaba solamente entre camaradas de una misma facción en retirada y antes de abandonar a los heridos a merced del enemigo.

Es necesario recordar que, con posterioridad a la Batalla de Caseros (1852), pese a que la organización nacional se vislumbraba como un hecho, nada hizo menguar el frenesí del degüello, especialmente durante los años en que Mitre tuvo el poder y Sarmiento fue su consejero e ideólogo de un proyecto que buscaba una depuración social a toda costa, que excluía formas civilizadas de negociación y estimulaba las campañas punitivas en el interior del país donde algunos caudillos locales le ofrecían resistencia.

Como toda mala costumbre, el degüello comenzó a practicarse de manera casi imperceptible pero, rápidamente, esta manera de ejecutar fue extendiéndose entre los integrantes de las organizaciones militares de uno y otro bando sin distinción de posicionamientos ni de jurisdicciones, en toda la región platense y en las provincias del interior de nuestro país.

En el período considerado en esta obra, queda claro que gozó de una popularidad macabra, con características que la distinguían de las otras formas de suplicio a las que hice referencia. A mi juicio, lo distintivo estaba dado por: la intimidad del acto ya que era necesario el contacto físico entre el victimario y su víctima que, normalmente se encontraba indefensa e inmovilizada, asígnase a esta práctica una marcada connotación machista pues el degollador ejecutaba a su víctima solo, sin formar parte de un pelotón de fusilamiento ócontentándose con hacer perder el equilibrio al infortunado reo para que un lazo extinguiera su vida, un alto contenido de sadismo que permitía divertirse a costa de la víctima tal como ocurría si a los verdugos se les antojaba realizar carreras de degollados ; en éstas, los prisioneros esperaban su final de pie, los degolladores les cortaban simultáneamente el cuello y luego disfrutaban observando hasta donde podían llegar los desgraciados en sus estertores de muerte, ahogándose y resbalando en su propia sangre.

Tampoco puede negarse que se empleaba a menudo para producir un temor reverencial de alto impacto psicológico tanto por el horror que provocaba presenciar un acto de tremenda barbarie como las consecuencias del mismo ya que era práctica habitual exhibir las cabezas cercenadas que transmitían de manera inequívoca un mensaje más que elocuente.

Durante el fragor del combate se solían impartir órdenes mediante toques de clarín cada uno con su particular significado, es harto conocido, por ejemplo, el toque de “A LA CARGA” pero también se impartían órdenes a viva voz y, paulatinamente, en estas latitudes, la orden de cargar contra el enemigo fue reemplazada por la de “A DEGÜELLO” que inflamaba los espíritus y anunciaba la ausencia de toda misericordia para los vencidos.

En el blog “Esgrima criolla el arte del degüello”, se detalla que en la época, aparecieron denominaciones de origen según el tipo de degüello: “El “oriental” era externo y de oreja a oreja seccionando las carótidas y la yugular ; a la “brasilera” cuando el corte se hacía mediante la incisión por detrás de la tráquea, cortándose de atrás hacia delante con un tajo seco; el “argentino” se denominaba cuando se hacía por delante, con dos cortes rápidos en la carótida.“

Si el reo tenía cuentas pendientes con el bando opuesto, era considerado traidor ó simplemente merecía sufrir más de la cuenta, se le cortaba la cabeza por la nuca, es decir a la “brasilera”.

Los degolladores federales, apelaban a un código sencillo y no escrito para determinar cómo habría de morir la víctima, sólo dos palabras lo componían: VIOLÍN y VIOLÓN.

VIOLÍN garantizaba una muerte rápida, un tajo preciso con un facón bien afilado. VIOLÓN era su antítesis, para provocar un mayor sufrimiento en la víctima se empleaba un cuchillo con hoja mellada y carente de filo que desgarraba la carne, un corte desprolijo, irregular que prolongaba en atroces estertores y gritos la agonía. ¡Vaya diversión!.

La refalosa era una danza que se hizo popular durante el siglo XIX, dicen que de Chile pasó a la Argentina y desde 1835 a 1860 se bailaba con cierta habitualidad en la región de Cuyo, es decir en Mendoza y San Juan aunque también se extendió a otras provincias tales como Santiago del Estero, Córdoba y Catamarca pero con menor popularidad en estas últimas. Actualmente puede considerarse que como danza popular folklórica ha desaparecido.

Toma su nombre de los pasos de baile que la componían y en los que, elegante y galanamente se deslizan los pies de los bailarines como resbalando sobre el suelo.

Precisamente en el norte, los ejércitos federales, triunfantes en sus campañas contra los unitarios en la década de 1840, hicieron culto del degüello y de un alto grado de brutalidad en las batallas de Quebracho Herrado, San Calá, Famaillá y Rodeo del Medio y le dieron, a lo que supo ser una danza de salón, la connotación macabra que los degolladores imponían al suplicio. Ya no danzaban un hombre y una mujer como parte de una diversión popular con absoluta fluidez y disfrutando de un esparcimiento social; la refalosa del degollador es una danza macabra entre hombres, en la cual uno solo disfruta de libertad de movimientos, cuchillo en mano, mientras que el otro yace inerme e indefenso esperando vanamente escaparle al destino que le aguarda para resbalar finalmente en su propia sangre.

El poeta HILARIO ASCASUBI describe minuciosamente la técnica del degüello y la finalidad que cada acción del degollador tenía en la psiquis y en el físico de su víctima. El poema conocido como “La Resfalosa”, relata en sus versos la amenaza que profiere un degollador mazorquero durante el sitio de Montevideo a uno de sus defensores, el gaucho Jacinto Cielo, unitario e integrante de la Legión Argentina que participaba en la defensa de la plaza. Hasta el apellido Cielo, del destinatario de la amenaza tiene un significado y es el de ser coincidente con el color de la divisa usada por los unitarios, casualmente de color celeste.

La amenaza es cruda, violenta y aterradora y hace referencia en sus versos al TIN TIN, sonido producido al entrechocar de la hoja de un facón ó cuchillo con su vaina de metal, que era el preludio de su uso en el cuello del desgraciado prisionero.

I

Mirá, gaucho salvajón,
que no pierdo la esperanza,
y no es chanza,
de hacerte probar qué cosa
es Tin tin y Refalosa.

II

Ahora te diré cómo es
escuchá y no te asustés;
que para ustedes es canto
más triste que un viernes santo.

III

Unitario que agarramos
lo estiramos;
o paradito nomás,
por atrás,
lo amarran los compañeros
por supuesto, mazorqueros,
y ligao
con un maniador doblao,
ya queda codo con codo
y desnudito ante todo.
¡Salvajón!

IV

Aquí empieza su aflición.
Luego después a los pieses
un sobeo en tres dobleces
se le atraca,
y queda como una estaca.
lindamente asigurao,
y parao
lo tenemos clamoriando;
y como medio chanciando
lo pinchamos,
y lo que grita, cantamos
la refalosa y tin tin,
sin violín.

V

Pero seguimos el son
en la vaina del latón,
que asentamos
el cuchillo, y le tantiamos
con las uñas el cogote.
¡Brinca el salvaje vilote
que da risa!
Cuando algunos en camisa
se empiezan a revolcar,
y a llorar,
que es lo que más nos divierte;
de igual suerte
que al Presidente le agrada,
y larga la carcajada
de alegría,
al oír la musiquería
y la broma que le damos
al salvaje que amarramos.

VI

Finalmente:
cuando creemos conveniente,
después que nos divertimos
grandemente, decidimos
que al salvaje
el resuello se le ataje;
y a derechas
lo agarra uno de las mechas,
mientras otro
lo sujeta como a potro
de las patas,
que si se mueve es a gatas.

VII

Entretanto,
nos clama por cuanto santo
tiene el cielo;
pero ahi nomás por consuelo
a su queja:
abajito de la oreja,
con un puñal bien templao
y afilao,
que se llama el quita penas,
le atravesamos las venas
del pescuezo.
¿Y qué se le hace con eso?
larga sangre que es un gusto,
y del susto
entra a revolver los ojos.

VIII

¡Ah, hombres flojos!
hemos visto algunos de éstos
que se muerden y hacen gestos,
y visajes
que se pelan los salvajes,
largando tamaña lengua;
y entre nosotros no es mengua
el besarlo,
para medio contentarlo.

IX

¡Qué jarana!
nos reímos de buena gana
y muy mucho,
de ver que hasta les da chucho;
y entonces lo desatamos
y soltamos;
y lo sabemos parar
para verlo refalar
¡en la sangre!
hasta que le da un calambre
Y se cai a patalear,
y a temblar
muy fiero, hasta que se estira
el salvaje; y, lo que espira,
le sacamos
una lonja que apreciamos
el sobarla,
y de manea gastarla.
De ahí se le cortan orejas,
barba, patilla y cejas;
y pelao
lo dejamos arrumbao,
para que engorde algún chancho,
o carancho.
X
Conque ya ves, Salvajón;
nadita te ha de pasar
después de hacerte gritar:
¡Viva la Federación!

“La “Refalosa”, era considerada como un valsecito siniestro ó “un baile para los que sobran” y esa categoría, normalmente, era la que adquirían los prisioneros al ser aprehendidos ó vencidos.

También se acostumbraba a mutilar a los prisioneros, tal como se relata en el poema arriba transcripto, “… De ahí se le cortan orejas, barba, patilla y cejas …”. así el infortunado era “pelado” después de ser ejecutado, como un escarnio adicional y como diversión de sus victimarios.

Si bien una cabeza decapitada del enemigo constituía el máximo trofeo que podía ser entregado al jefe del bando rival, no siempre era posible obtenerlas y menos aún en buen estado por tal motivo se buscaban otras ofrendas como alternativa pero éstas eran de una categoría inferior. No obstante, solían ser bien apreciadas por ser parte de la cabeza de ese enemigo tan aborrecido ; las orejas eran sin duda alguna como la última credencial del difunto y algunos se permitían secarlas y perforarlas para que formaran parte de un trágico collar alrededor de una argolla de metal ó de cuero.

Pero una manea era un obsequio singular porque es un elemento infaltable en el equipo del jinete criollo y sirve para inmovilizar a un animal, especialmente si es “chúcaro”.

“La parte preferida del cuero para confeccionar una manea es la de la porción anterior del animal, especialmente la cabeza y, de ella, la parte correspondiente a las quijadas, la que circunda las astas y la del cuello (porque el material es grueso, de fibras entrecruzadas y dificultosamente se raja en la porción donde se ha practicado el ojal).
Las maneas se confeccionan con cuero (las hay de vacuno, de yeguarizo, de porcino, de anta, de ciervo, etcétera) como así también con cerda, con lana, etcétera. Las de lujo suelen ser de pura plata, con adornos (argollas, pasadores y bombas) de ese metal o de alpaca, a los que suele agregarse pequeñas dosis de oro.
A estos materiales debo añadir la piel humana. Sí, la piel del indio o del cristiano vencido en la lucha, en la llamada guerra del malón o en los combates intestinos entre fuerzas que pertenecían a distintos sectores políticos o partidarios.” 10

Se apreciaba una ofrenda de este tipo por tres razones: la primera, por ser un elemento que todo jinete usaba; en segundo lugar, por estar confeccionada con la piel de un enemigo ejecutado lo cual le otorgaba al destinatario del regalo una satisfacción adicional y, finalmente, por el simbolismo intrínseco que poseía, el opositor había sido inmovilizado, domado, de manera definitiva, del otrora potro “chúcaro” solo quedaban las mentas, el dueño de la manea era dueño de su cuero.

HILARIO ASCASUBI, en las estrofas de “Isidora la federala y mashorquera” que forma parte del poema “PAULINO LUCERO ó Los gauchos del Río de La Plata cantando y combatiendo contra los tiranos de la República Argentina y Oriental del Uruguay (1839 a 1851)”, hace alusión a las maneas de piel humana, de esta forma:

“ … Se colaron, ¡Virgen Santa!,

en ese cuarto que espanta

de pensar que vive en él

el tirano Juan Manuel,

restaurador de las leyes,

entre geringas y fuelles,

puñales, vergas, limetas;

armas, serruchos, gacetas,

bolas, lazos maniadores

y otra porción de primores;

pues lo primero que vio

Isidora en cuanto entró,

fue un cartel,

con grandes letras sobre él,

y una manea colgada

de una lonja bien granada:

y el letrero decía así:

«¡Ésta es del cuero del traidor BERÓN DE ASTRADA!,

¡lonja que le fue sacada

por unitario salvaje,

en el paraje del Pago Largo afamado,

donde fue descuartizado! –

Con razón: por malvao y salvajón,

dijo la recién venida.”

Existía también cierta costumbre, aunque menos extendida que las mencionadas anteriormente, de acabar con la vida de un prisionero. Esta requería de cierto tiempo y elementos para llevarla a cabo , pero el trabajo valía la pena porque condenaba al reo a una lenta y dolorosa agonía y era reservada para aquellos a quienes se pretendía hacer sufrir cruelmente antes de que sobreviniera la muerte como consecuencia del tormento.

Cuando se decidía “enchalecar” a alguien era algo serio. Generalmente, se reservaba este tratamiento para los traidores y “retobados”. Quien tenía el triste privilegio de ser ejecutado de esta manera era envuelto en un cuero vacuno recién desollado que era prolijamente cosido alrededor del cuerpo de la víctima. La cabeza y las extremidades inferiores era todo lo que sobresalía del cuero vacuno. Posteriormente, el hombre enchalecado de esa forma era atado con cuerdas a unas estacas previamente clavadas en el suelo, al aire libre.

Una vez envuelto y atado, sin ninguna posibilidad de moverse, comenzaba el suplicio para el desdichado. El sol, implacable, comenzaba a secar el cuero vacuno y éste a encogerse lentamente alrededor del cuerpo humano. Así el condenado tenía una agonía que se extendía por varias horas para deleite de su victimario quien lo escuchaba aullar de dolor hasta que se producía la muerte por asfixia ó por paro cardio-respiratorio.

El doctor Pablo Mantegazza documenta con detalles el pavoroso “retobo” del que fue objeto, en Santiago del Estero, un sujeto de apellido Livarona:

“Obligado el reo a sentarse, se encogía sobre si mismo como un feto en el vientre materno, atados la cabeza y los brazos entre los muslos y apretados estos al cuello. Luego se envolvía a la víctima en un cuero fresco de vaca, que se cosía cuidadosamente, y se colocaba este ovillo de carne humana cerca de una gran fogata. El fuego secaba el cuero prontamente. e Ibarra, sentado frente de aquel ejemplo, deleitábase escuchando el crujido de los cueros y el estallido de las vértebras.” 11

En los pagos de Felipe Ibarra y aún en la otra margen del Río de la Plata, territorio bajo el dominio del “Protector de los Pueblos Libres”, se enchalecaba ó retobaba con mayor frecuencia que en otros lugares. Cuestión de gustos nomás.

En este capítulo, he detallado la formas en que se acostumbraba ejecutar a prisioneros ó adversarios políticos, no obstante, considero conveniente aclarar al lector que lo titulé “las formas del suplicio” porque normalmente la ejecución de un ser humano era el término de su sufrimiento pero para la víctima, el suplicio propiamente dicho, solía comenzar con anterioridad, en el preciso momento de declararse vencido ó de ser aprehendido y se materializaba en torturas brutales con el objetivo de quebrar su voluntad de lucha ó someterlo a vejaciones mediante la aplicación de tormentos tanto físicos como psicológicos tales como: palizas, caminatas extenuantes, privación de agua, alimento y abrigo, mutilaciones, inmovilización, prolongación de la agonía degollando despacio ó con cuchillo sin filo, castrar y apuñalar antes del degüello para qué éste fuera una suerte de cese de la humillación y del tormento y todas las atrocidades que pudieran concebirse como ritual de escarmiento.

CAPITULO III
Juan José, José Miguel y Luis Florentino


Los hermanos Carrera Verdugo son personajes controvertidos de la historia de Chile. Los que simpatizan con sus andanzas dirán que han sido patriotas y verdaderos “padres de la Patria”, sus detractores los harán ver como individuos sedientos de poder y arrogantes.

Lo cierto es que los cuatro hermanos, Juan José (1782-1818), José Miguel (1785-1821), Javiera (1781-1861) y Luis Florentino Juan Manuel Silvestre de los Dolores (1791-1818), buscaron a toda costa ejercer el poder en Chile.

Desde el año 1813, tuvieron una marcada animosidad contra el General Bernardo O’Higgins Riquelme, en principio por haber sido designado éste como General en Jefe del Ejército debido a la impericia puesta de manifiesto por los Carrera en la conducción de las operaciones militares contra los realistas, especialmente durante el sitio de Chillán.

Tal era la ambición de poder de los Carrera que depusieron al Director Supremo Francisco de la Lastra y Sotta para luego enfrentarse con O´Higgins en una lucha fratricida por el poder, que no hizo más que poner en riesgo la evolución de la guerra contra los españoles que, al mando del General Osorio, reanudaron con más ímpetu la guerra y el 1 y 2 de octubre de 1814 derrotaron completamente a los patriotas criollos en Rancagua. Los hermanos Carrera y O´Higgins se culparon mutuamente por lo acontecido en Rancagua y se profundizaron las diferencias entre ellos.

Los chilenos derrotados huyeron hacia Mendoza. El Gobernador Intendente de Cuyo era el General José de San Martín, quien a su vez estaba preparando un ejército para lograr la independencia en Sudamérica.

A partir del momento en que los hermanos Carrera ingresaron al territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, comenzaron a generar problemas de magnitud donde quiera que éstos se afincaban. Los primeros se produjeron en la ciudad de Mendoza como consecuencia de la rivalidad existente entre los Carrera y O´Higgins.

La situación entre los exiliados chilenos empeoraba por las acusaciones que se lanzaban unos a otros. Por un lado, el General O’Higgins, junto a setenta y cuatro oficiales de su entera confianza, entre ellos el Brigadier Juan Mackenna O´Reilly, firmaron un documento en el que pedían protección y amparo a San Martín en contra de los Carrera por considerarlos responsables de la ruina de la patria y para quienes pedían represión y castigo.

Por su parte, los hermanos Carrera y sus seguidores adjudicaban responsabilidad a O´Higgins por la derrota de Rancagua y la situación de exiliados en la que se encontraban. Para hacer aún más hostil su postura, uno de los hermanos, Juan José Carrera, envió una nota de desafío al Brigadier Juan Mackenna señalándolo como el mayor instigador en contra de su familia pero es probable que, con esa actitud, pretendiera recuperar su honor ya que su valor había sufrido un severo descrédito durante la batalla de Rancagua en la que, pese a ser el oficial de mayor jerarquía, había entregado el mando al General O´Higgins, buscando luego refugio en una de las iglesias hasta que los patriotas pudieron romper el cerco y huir. Al respecto, sus adversarios, no perdían la oportunidad de deslizar comentarios irónicos e hirientes sobre su conducta.

Además, la arrogancia de los Carrera no contribuía en nada a que se apaciguaran los ánimos e insistían de manera impertinente en que se les reconocieran sus cargos y, a la vez, se resistían en reconocer la autoridad del Gobernador y pretendían seguir actuando con independencia absoluta.

Finalmente, debió intervenir el General San Martín quien resolvió que los Carrera abandonaran Mendoza. El 03 de noviembre de 1814, los envió a la ciudad de San Luis. Por expresa orden de San Martín permanecieron en esa ciudad Juan José Carrera y su esposa mientras el resto de los hermanos se dirigió a Buenos Aires.

“El gobierno de Buenos Aires, mantuvo oficialmente su estricta neutralidad respecto de los partidos que dividían la revolución de Chile, en la realidad no lo era, ya que, a través de su delegado en Santiago, don Bernardo Vera y Pintado, se informaba del estado interno de la situación del país y éste aludía a los Carrera como los gestores de la guerra civil en la que se encontraba Chile frente al enemigo común, culpándolo de esta forma, de la pérdida de la causa por su atolondramiento, arrogancia y nepotismo.” 12

Las afrentas que se habían iniciado meses antes en Mendoza, recrudecieron una vez más ya que en Buenos Aires residía el General Mackenna, adversario de los Carrera quienes sostenían, a poco de su arribo a la ciudad platense, que ese oficial se ocupaba de desprestigiarlos, por tal razón, el menor de los hermanos, Luis Florentino, retó a Mackenna a duelo, acordando resolver así sus disputas. El 21 de noviembre de 1814, en las orillas del Río de la Plata, en el paraje conocido como La Residencia (actual zona del Parque Lezama), resultó muerto de un tiro el General Mackenna. Luis Carrera fue encarcelado y acusado de homicidio, pero nada se pudo comprobar en su contra.

En Buenos Aires, los hermanos Carrera conspiraban para hacerse del poder en Chile y desplazar de esta manera a O’Higgins y a San Martín. Cuando regresó José Miguel Carrera de los Estados Unidos de Norte América a bordo de la “Clifton” y con una pequeña flota que el Presidente Madison le había cedido, se apresuraron los preparativos para concretar su plan conocido como “La Conspiración de 1817”.

El plan consistía en lo siguiente:

 Reunir fuerzas, cruzar la cordillera y provocar una gran revuelta en Santiago.

 Deponer al gobierno chileno y desterrar a O´Higgins.

 Apresar a San Martín y someterlo a Consejo de Guerra que sería presidido por Juan José Carrera motivado por su afán de venganza más que de justicia.

 Expulsar a todos los argentinos hacia Mendoza.

 Crear un ejército de 10.000 hombres y marchar hacia Perú.

 Nombrar Dictador a Manuel Rodríguez y a Brayer organizador del Ejército.

 Enviar a José Miguel Carrera a saldar deudas en los Estados Unidos y proveerse de una nueva flota..

La suerte no acompañó a los complotados y la llegada de José Miguel a Buenos Aires con su flota, coincidió con el triunfo del Ejército Libertador en Chacabuco el 12 de febrero de 1817, de esta forma, se veía consolidado el prestigio de San Martín quien no dudó en nombrar como Director Supremo a O’Higgins a quien le reconocía su lealtad y patriotismo.

La conspiración falló rotundamente y se resolvió arrestar a los hermanos Carrera. El Director Supremo de las Provincias Unidas de La Plata, Juan Martín de Pueyrredón, se apropió de la flotilla para evitar que interfiriera en el camino trazado desde El Plata para la Independencia de Chile.

José Miguel fue confinado al barco que lo había traído al Río de la Plata pero se fugó hacia Montevideo. El 05 de agosto de 1817, su hermano Luis Florentino fue sorprendido y apresado por agentes del General Toribio de Luzuriaga, Gobernador Intendente de Cuyo y finalmente Juan José fue detenido pocos días después en la Posta de Barranquita, Provincia de San Luis.

También fue hecho prisionero en estas operaciones, un sujeto de apellido Cárdenas, colaborador de Luis Carrera, quien delató a los hermanos y reveló sus planes, confirmando así que se proponían incitar una revuelta en Chile para tomar el poder.

Cuando se enteró O’Higgins de los detalles del complot, percibió este hecho como una amenaza de sedición real contra el gobierno que ejercía. Así fue que escribió a San Martín el día 27 de agosto de 1817, haciéndole ver que la osadía de los Carrera requería de un castigo ejemplar:

“Los imponderables males que hemos sufrido todos, han tenido su origen en la ambiciosas miras de estos jóvenes audaces. Su existencia es incompatible con la seguridad, buen éxito y tranquilidad del Estado, y ya no es posible tolerarlos por más tiempo. Es de rigorosa justicia un ejemplar castigo en ellos y en todos los demás que hayan cooperado con sus detestables designios”. 13

Javiera Carrera, desde Buenos Aires, usó todas sus influencias para salvarlos, incluso urdió un plan para liberarlos, en el cual comprometió a la esposa de Juan José, Ana María Cotapos. En una carta, le escribió las indicaciones:

“Pide permiso para visitar a tu marido en Mendoza, vente trayendo cuatro mil pesos para comprar por el precio que puedas un oficial de los guardias, que los porteños se compran como carneros, y hazlo jugar. Trae agua fuerte y sierras para cortar las chavetas de los grillos… Hazte, en este caso, más digna y más amable que lo eres. Imita a madame Lavalette…”. 14

Entretanto, San Martín, ordenó a los carceleros reforzar la vigilancia y el encadenamiento, el 20 de enero de 1818, “pues me repiten los avisos de que se trata con empeño de promover su fuga”.

Pese a estar en prisión, Juan José y Luis Carrera no dejaban de conspirar. Su nuevo plan consistía en fugarse y usurpar el mando en Cuyo, reemplazar las autoridades en Mendoza, San Juan y San Luis, reclutar y armar a los chilenos residentes en esas zonas y parlamentar con San Martín y si no aceptaba su condiciones, producir un enfrentamiento armado.

El 25 de febrero de 1818, sus intenciones fueron descubiertas y se les formó un nuevo proceso por conspiración e intento de fuga.

El 05 de abril de 1818, el General San Martín triunfaba en Maipú y aseguraba la libertad e independencia de Chile, sin embargo la sentencia que pesaba sobre los hermanos Carrera no se modificó y la ejecución no se detuvo. El 08 de abril de 1818, fueron fusilados en la Plaza de Armas de Mendoza.

Al día siguiente, el General Toribio de Luzuriaga escribía a O’Higgins informándole de la ejecución, de esta forma:

“Ayer a las 5 de la tarde fueron pasados por las armas en la forma ordinaria, don Juan José y don Luis Carrera, a consecuencia del fallo definitivo que pronuncié en la causa que les he seguido por conspiración y atentado contra el orden y las autoridades constituidas, habiendo perdido antes el dictamen de dos letrados, que tuvieron presente el mérito del Proceso y circunstancias extraordinarias de que instruirá a U.E. el adjunto manifiesto que acabo de publicar, para satisfacción mía y de los que se interesen, tanto en la tranquilidad pública, como en la imparcial administración de justicia. La influencia que puede tener este suceso sobre las circunstancias políticas de ese país, me mueve a comunicarlo a U.E. con la brevedad posible, y espero que el orden público de ambos Estados quedará asegurado por el temor que debe imponer a los turbulentos este ejemplar castigo”. 15

La noticia de la ejecución conmocionó a Javiera y José Miguel Carrera. Este último, continuaba conspirando desde Montevideo y difundía sus ideas por medio de una pequeña imprenta. A pedido de las autoridades de Buenos Aires su imprenta fue clausurada. Posteriormente ingresó clandestinamente a Entre Ríos para buscar el apoyo de Francisco Ramírez en sus devaneos por instigar una insurrección popular en Chile con el propósito de tomar el poder en ese país. “Como Carrera no quería entrar a Chile con extranjeros, reunió a unos seiscientos chilenos con los que pensaba cruzar la cordillera, a los que se propuso disciplinar en el Rincón de Gorondona, ubicado en la confluencia de los ríos Paraná y Carcarañá, lugar al que llegaban emisarios de diversos caudillos que querían asumir la gobernación de Buenos Aires con la ayuda de las huestes del chileno.” 16

Luego apoyó la intentona de Alvear para hacerse del cargo de Gobernador de Buenos Aires y sostuvo un cerco de diecinueve días sobre la ciudad, pero finalmente fue elegido Manuel Dorrego y éste lo derrotó el 1 de agosto de 1820 en San Nicolás obligándolo a huir hacia Santa Fé.

José Miguel Carrera, no pudiendo lograr el apoyo de los caudillos rioplatenses para concretar sus delirantes planes para gobernar Chile, decide jugar su última carta y se une a los indios. Esta determinación marca el punto culminante de su afiebrada ambición por el poder.

Nadie podría pensar que unirse a salvajes, delincuentes y forajidos garantizaría las condiciones necesarias para retornar a Chile, derrocar a O´Higgins y gobernar el país trasandino, excepto un hombre desesperado, con ideas delirantes y cuyos principios éticos y morales habían sido reemplazados por un ansia enfermiza de venganza y destrucción pues los malones de indios y bandidos “causaban estragos en el campo: robaban miles de cabezas de ganado, que arreaban hacia Chile y su norma era degollar a todos los vecinos varones. Una vez tomado cada pueblo o estancia, las viejas eran sacrificadas, mientras que las mujeres en edad de servir eran secuestradas a lomo de caballo, para servir de concubina de algún capitanejo ó para obtener el pago de un rescate.” 17

Asimismo, forajidos como los hermanos chilenos Pincheira, “… llegaron a crear todo un sistema económico donde la principal fuente de ingresos era el ganado vacuno robado de las haciendas a ambos lados de la cordillera, sobre todo en las estancias rioplatenses, donde alentaban a vorogas, pehuenches y ranqueles a hacer malones siguiendo el “camino de los chilenos”, recibiendo por contrabando armas y alcohol que distribuían entre los indios …”. 18

A fines de 1820, José Miguel Carrera se apoderó del centro de detención de Las Bruscas, liberando a muchos detenidos realistas chilenos y negoció con los indios ranqueles las condiciones para obtener paso expedito hacia Chile. Para lograr ese apoyo acordó con los salvajes su participación en un malón sobre la localidad de Salto situada en el norte de la provincia de Buenos Aires.

A esta altura del relato aprecio conveniente efectuar una cronología de los hechos apoyándome en las manifestaciones efectuadas por sus protagonistas.

2 de diciembre de 1820.
“Ayer a las 12 de la mañana llegué al campo de los indios, compuesto como de dos mil, enteramente resueltos a avanzar a los guardias de Buenos Aires, para saquearlas, para quemarlas, tomar las familias y arrear las haciendas. En mi situación no puedo prescindir de acompañarlos al SALTO, que será atacado mañana al amanecer. De allí volveremos para seguir a los Toldos, en donde estableceré mi cuartel para dirigir mis operaciones como convenga. El paso mañana me consterna y más que todo, que se sepa que yo voy, pero atribúyase, por los imparciales, a la cruel persecución del infernal complot”. - General José Miguel Carrera Verdugo.
3 de diciembre de 1820.

José Miguel Carrera con sus hombres y 2.000 indios ranqueles de los caciques Yanquetruz, Pablo, Ancafilú y Anepán, 500 desertores, bandoleros y prófugos de la justicia, atacaron Salto. El Fuerte de Salto fue fácilmente capturado pues la guarnición para su defensa constaba solamente de 30 hombres que fueron asesinados tras un breve combate, luego, el pueblo indefenso fue saqueado y completamente destruido, la horda cometió terribles atrocidades y, finalmente, quedaron cautivos 250 mujeres y niños.

“Las macizas puertas del templo, han cedido ante las fuertes ancas de los furiosos caballos; los pobres refugiados ven llegar su fin: gritos de espanto, llantos convulsivos, desesperación y horror. “Allí estaba la parte más codiciada del botín, que es la mujer, porque la gloria del salvaje de la pampa, se cuenta por el número de los hijos que éstas le dan.

El saqueo y el pillaje de haciendas y casas se hace en forma desenfrenada; el fuego hace presa del tranquilo pueblito… Yanquetruz contempla la escena, imperturbable y feroz… José Miguel Carrera, el capitán que “ha roto su espada para reemplazarla por el puñal”, está inquieto y quiere terminar su obra perversa… pero ya es tarde; esto es el final de su locura.

Al atardecer, la triste caravana se aleja para las tolderías; un reguero de sangre y lágrimas, empapa la tierra blanca del camino; aún se vislumbra lenguas de fuego sobre el lento atardecer de aquel aciago día de verano…. 19

4 de diciembre de 1820
“Ayer, mi Mercedes, tomé el Salto, sin querer: mi objeto era sacar ganado y el de los indios saquear e incendiar el pueblo. Avanzamos y mandé la primera compañía, con orden de tirar al aire y huir de las primeras calles como aterrados, para que los indios desistiesen de su empresa. Así se habría logrado, pero los soldados, animados por el pillaje, se apoderaron de la plaza con intrepidez, y los indios, contra sus promesas, hicieron tolderías en la Iglesia, en las casas y en las familias. Me vi obligado a contenerlos en partes y aún estuve resuelto a batirlos si no cedían. Por la fuerza, por el robo y por intrigas, les quité casi todas las prisioneras y las volví con un escolta. He comprado por 20 vacas, la hija de un honrado poblador y al instante la mandé y una chica muy bonita, como Javierita, con quien dormí anoche porque estaba desnuda al frío”… ¡Pleno verano!. Carta del General José Miguel Carrera Verdugo a su esposa. 20

El Padre Capellán Manuel Cabral, y varios vecinos salvaron sus vidas por estar escondidos en la torre de la iglesia. Llegan a Carmen de Areco donde informan de lo sucedido. Al Brigadier General D. José Rondeau, se le envía el siguiente parte:

“El comandante del Fuerte de Areco D. Hipólito Delgado en oficio datado hoy me dice lo que sigue, acaba de llegar a este punto el cura del Salto, don Manuel Cabral, don Blas Represa, don Andrés Macaruci, don Diego Barrutti, don Pedro Canoso, y otros varios, que es imponderable cuando han presenciado en la escena de entrada de los indios al Salto, cuyo caudillo es don José Miguel Carrera, y varios oficiales chilenos con alguna gente, con los cuales han hablado estos vecinos, que en la torre se han escapado. Han llevado como trescientas almas de mujeres, criaturas que sacándolas de la iglesia robando rotos los vasos sagrados, sin respetar el copón con las formas sagradas, ni dejarles como pitar un cigarro en todo el pueblo, incendiando muchas casas, y luego se retiraron tomando el camino de la guardia de Rojas; pero ya se dice que anoche han vuelto a entrar al Salto… Es cuanto tengo que informar a V.S. previniéndole, que se dice, que es tanta la hacienda que llevan, que todos ellos no son capaces de arrearla… Dios guarde a V.S. muchos años. Guardia de Luján – Manuel Correa”. 21
6 de diciembre de 1820

Se publica en “La Gaceta de Buenos Aires” la proclama del Brigadier General D. Martín Rodríguez, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos Aires. En la misma, describe en primer término todas las atrocidades causadas por el malón al pueblo de Salto y, al final, requiere la ayuda de los comprovincianos para perseguir a los indios y recuperar lo robado pero en el núcleo de la proclama es donde pone de manifiesto el carácter, las acciones, las ambiciones y la responsabilidad de José Miguel Carrera, cuyo prestigio, dejó de existir el 03 de diciembre de 1820.

“Todos estos males causados a este triste pueblo, lo ha originado el maldito monstruo que vomito Chile, José Miguel Carrera, que no pudiendo atajar el que se hiciera la paz con Santa Fe y Buenos Aires, se apartó con 200 hombres de tropas chiles que tenia de su mando, se internó a los indios, a los que indujo y con ellos se internó a hostilizar nuestras campañas; propia determinación de un desesperado”.
“He aquí, mis compatriotas, los últimos y extremosos excesos, que acaba de cometer el horrible monstruo, que abortó la América para su desgracia. No necesito exagerarlos para irritar todo el furor de vuestra cólera contra ese funesto parricida, que no ha pisado un palmo de tierra, donde no haya dejado espantosos vestigios de sus crímenes; crímenes atroces, que han costado las lágrimas, la sangre, y la desolación de la patria. José Miguel Carrera, ese hombre depravado, ese genio del mal, esa furia bostezada por el infierno mismo es el autor de tamaños desastres. Ese traidor, que entregó a su patria en manos del cobarde Osorio, abandonando la defensa del heroico Chile, por atender su venganza; que, después de haber saqueado los caudales públicos y particulares de aquel estado, emigró a nuestro territorio en busca de un asilo, que nos ha sido tan ominoso; que introdujo la discordia en nuestras provincias; que tentó conspiraciones; que encendió la guerra civil con toda clases de maldades, intrigas y perfidias; que profano nuestras leyes; que trastornó nuestro gobierno; que invadió nuestras campañas; que insulto con atrevimiento a nuestro pueblo; ese mismo facineroso es el que huyendo del solo nombre de la dichosa paz, que no puede sufrir su alma reprobada, ha elegido en su rabioso despecho la venganza de las fieras.
Bárbaro, cien veces más bárbaro y ferino, que los salvages errantes del Sud, a quienes se ha asociado, acaba de invadir el pacifico pueblo del Salto en la forma inhumana y sacrílega, que habéis oído; y tengo por otros conductos noticias fidedignas, que hizo romper a punta de hacha las puertas de la iglesia, a donde se habían refugiado las familias indefensas, haciéndolas arrancar con mano de esos caribos del pie de los altares, sin que les valiesen sus lágrimas, y sus ruegos. Centenares de matronas honradas, de tímidas doncellas, de tiernos e inocentes niños, de ancianos achacosos han sido víctimas, o presas de ese hotentote desnaturalizado, de ese monstruo más rabioso, y feroz, que los que alimentan los espesos bosques de la Hircania.” 22
7 de diciembre de 1820
“El 7 de diciembre tuvimos la fatal noticia de haber los indios pampas asaltado una madrugada las campañas de Lobos, Chascomús, Rojas y el pueblo del Salto, en donde después de haber robado los ganados y cuanto encontraron, hicieron las mayores iniquidades, matando hombres, mujeres y niños, que les eran inútiles, y llevándose como lo hicieron las mujeres jóvenes cautivas, en donde las tienen para ser pasto de sus brutales apetitos; particularmente en el pueblo del Salto, que después de haber robado cuanto encontraron, y dejado el pueblo asolado sin hombre alguno, porque todos huyeron, y los que quedaron fueron muertos, habiendo sido el número de estos 17, únicos que pudieron hallar, se dirigieron a la iglesia, adonde se habían refugiado y creían verse seguras; pero no les fue de defensa, y con despecho brutal echan a balazos las puertas, entran y sin misericordias, toman las mujeres con la más bárbara crueldad, y a golpes, sablazos, y tomadas por el pelo las montaban en ancas de sus caballos y las llevaron cautivas, dejando arrojadas muchas criaturas que quitaron a las madres, siendo su crueldad tal, que las que lloraban las hacían callar a latigazos; por cuya causa, susto y dolor hubo mujer que en la iglesia quedo muerta, que escena tan triste, y digna de llorarse con lágrimas de sangre; habiendo quedado los maridos sin esposas, los padres sin hijas y los hermanos sin hermanas, por haber sido cautivas de unas y otras más de trescientas.” 23

Luego de llevar a cabo el malón sobre Salto, en un frenesí de sangre, violencia y lujuria, se dedica a provocar dolor, angustia y destrucción por donde pasa. Así reducirá a un cautiverio humillante a mujeres blancas y provocará la orfandad de muchos hijos cuyos padres fueron muertos ó cautivos. Su camino de amargura irreparable y destrucción pasará por Córdoba, Santa Fe, Mendoza, San Luis, San Juan y La Rioja.

Finalmente, “… el 21 de agosto de 1821, mientras se encontraba en Punta del Médano, la mala estrella del general apareció de nuevo en el firmamento, esta vez convertida en el Ejército de Mendoza al mando del Coronel José Albino Gutiérrez, integrado por unos ochocientos soldados bien montados.” 24

El Coronel Gutiérrez, vencedor de la batalla, capturó a Carrera, sus lugartenientes y aquellos que se rindieron y atados los hizo marchar a pie hasta la ciudad de Mendoza, plaza a la cual arribó el 2 de septiembre de 1821. Sin demora, exigió la muerte de Carrera y los coroneles Álvarez y Benavente, quienes fueron procesados esa misma noche. Al día siguiente, por la noche, los reos fueron sacados del calabozo y se les leyó la sentencia redactada en los siguientes términos:

“Mendoza, Septiembre 3 de 1821.
Vistos: Conformándose con el Consejo de Guerra y dictamen del auditor, he venido en confirmar la sentencia de muerte, del dicho Consejo, en consecuencia serán pasados por las armas los reos mencionados: brigadier don José Miguel Carrera, coronel don José María Benavente y el de la misma clase don Felipe Alvarez, en el término de 16 horas, que se les permite para sus disposiciones civiles y religiosas. – Tomás Godoy Cruz – Gobernador de Mendoza.”

Como cruel ironía del destino, José Miguel Carrera fue fusilado el 4 de septiembre de 1821 a las 11:15 horas en la Plaza de Armas de Mendoza, lugar en el que fueron ejecutados tres años antes sus hermanos Juan José y Luis. La descarga que le produjo la muerte alojó dos proyectiles en su cuerpo y otros dos le destrozaron su cara. En la plaza se concentró una multitud que no profesaba ninguna simpatía por Carrera y el resto de los convictos y, en medios de gritos, vítores e insultos presenció los últimos momentos de los condenados.

Se dice que al cadáver de Carrera se le cortaron los brazos y la cabeza. Uno de sus brazos habría sido enviado a San Juan con la siguiente esquela: “Con el correo conductor de la presente remito a V. E. para trofeo de ese pueblo, el brazo izquierdo del infame Dn. Miguel Carrera, que tantas lágrimas le han ocasionado.” Su cabeza y su brazo derecho habrían sido expuestos durante tres días en las afueras del Cabildo, como prueba de su escarmiento.

Estos hombres, han sido protagonistas de la historia y son fuente de controversia aún en nuestros días y tienen, como tantos otros, defensores y detractores. Los primeros los consideran próceres que padecieron el odio de los generales San Martín y O’Higgins los cuales por cierto, no fueron benevolentes con ellos, pero sus conductas, a juicio de sus detractores, no pueden ser consideradas la “causa” de las penurias de los hermanos Carrera sino más bien la “consecuencia” de su falta de cooperación, de su deslealtad, de su arrogancia y de la ambición desmedida de los mismos, aspectos que los llevaron a convertirse en enemigos políticos peligrosos que conspiraron reiteradamente contra el gobierno y la emancipación de Chile y produjeron hechos aberrantes en las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Los cuerpos de los tres hermanos permanecieron sepultados en el Cementerio de la Caridad de Mendoza, hasta que, en marzo de 1828, por iniciativa del diputado Manuel Magallanes, se aprobó un decreto para repatriar los restos y se los envió a Santiago, siendo sepultados en el Cementerio General y, después, en la cripta de la Catedral de Santiago, donde permanecen hasta ahora junto a los restos de su hermana Javiera.

CAPÍTULO IV
Francisco


Nació en Concepción del Uruguay el 16 de mayo de 1786 y murió el 10 de julio de 1821 en Santa María del Río Seco a la edad de 35 años. Quien supo doblegar a Buenos Aires mediante el Tratado de Pilar, está cegado por su ambición. No alcanza a ver los indicios de su decadencia como caudillo y como se desgrana el poder y el prestigio que alguna vez supo tener.

El General López derrotó al Coronel Dorrego en la Batalla de Gamonal el 2 de septiembre de 1820 y Buenos Aires quedó acéfala pero no por mucho tiempo ya que la Junta de Representantes , presionada por Rosas, eligió como nuevo gobernador a Martín Rodríguez quien se reunió con Estanislao López en la Estancia de Tiburcio Benegas y, el 24 de noviembre de 1820 firmaron el Tratado de Benegas el cual se concretó gracias a la mediación del propio Rosas y la aprobación del General Bustos.

Entretanto, Ramírez no pudo asimilar que su antiguo aliado el General Estanislao López hubiera firmado ese tratado con Rodríguez y Bustos y menos aún que lo hubiera hecho a sus espaldas y el mismo día en que él, era ungido como Jefe Supremo en Gualeguay. ¡Qué revés le propinaron al orgullo del Supremo Entrerriano!.

Ramírez se encuentra solo. Se ha enemistado con Estanislao López, su antiguo aliado, en Córdoba se granjeó la enemistad del General Bustos y el Gobernador de Buenos Aires Martín Rodríguez, rápido de reflejos, comprometió su apoyo a las fuerzas de Bustos y López a la vez que privó de armamento y hombres a Ramírez.

Bustos, López y Rodríguez consideraban que Ramírez constituía una amenaza para la unidad del país y así se le esfumó a Ramírez la posibilidad de liberar la Banda Oriental.

Desengañado, el caudillo entrerriano busca apoyo donde sea. Pretende seguir la lucha a toda costa contra los firmantes del Tratado de Benegas aunque se encuentre en inferioridad de condiciones respecto a ellos. Su vehemencia lo lleva a aliarse con una “mala yunta”, el chileno José Miguel Carrera que en ese entonces había logrado sublevar a los indios ranqueles del oeste de la Provincia de Buenos Aires que malonearon a su antojo causando grandes pérdidas a los porteños.

Ramírez inició su última campaña en mayo de 1821. Al comienzo tuvo algunos pequeños éxitos y hasta logró vencer al General Lamadrid en la Primera Batalla de Coronda el 24 de mayo de 1821 pero ésta fue una victoria pírrica ya que le costó casi la mitad de su tropa.

Su situación era desesperante pues el Coronel Mansilla quien debía desembarcar con la infantería en Santa Fé lo traicionó, tal como él mismo relata en sus memorias. Así fue que la infantería no se unió a Ramírez y la flota que debía transportarla fue destruida. De esta forma quedó sin medios para retornar a su provincia, obligado a combatir en Santa Fe y a abrirse paso hacia el norte siempre en inferioridad numérica.

Para empeorar aún más su situación, apenas dos días después, el 26 de mayo de 1821 fue derrotado por Estanislao López en la Segunda Batalla de Coronda hecho que redujo aún más sus escasos efectivos y lo obligó a dirigirse hacia el oeste ya que había sido bloqueado por el norte el camino hacia Córdoba.

Pocos días más tarde, pudo reunir sus fuerzas a las de Carrera en Córdoba pero el 16 de junio de 1821 fueron derrotados por el General Juan Bautista Bustos en la batalla de Cruz Alta. Carreras huyó y fue arrestado en Mendoza mientras que Ramírez huía hacia el norte siendo perseguido por una partida de López.

Finalmente, el 10 de julio de 1821 el Comandante Juan Luis Orrego lo derrotó en una breve batalla en Chañar Viejo (cerca de la Villa de Santa María de Río Seco y de San Francisco del Chañar).

Según los apuntes proporcionados por el Coronel Anacleto Medina al General Antonio Díaz y que fueron escritos por su secretario Antonio Machado ya que Medina era analfabeto, la muerte de Ramírez se produjo de la siguiente manera:

“El día que marchamos sobre el Arroyo (Río) Seco - narra el autor, nos dirigimos a un paraje llamado San Francisco, donde acampamos, y allí amanecimos. Era éste un valle, entre un palmar y una cañada. Cuando aclaró el día, salió de entre el palmar una fuerte guerrilla con un escuadrón de protección, por el lado donde yo estaba. Inmediatamente pasé el parte al general (Ramírez), que estaba como a veinte cuadras de distancia con la poca fuerza que tenía; cuando estas guerrillas salieron del palmar, se vinieron sobre la vanguardia a mis órdenes cuyo número no alcanzaba al completo de un escuadrón; las cargué, derrotando las guerrillas y arrollando la protección. “En ese momento salieron de entre los palmares dos fuertes divisiones, las cuales se interpusieron y me cortaron de modo que me impidieron la incorporación con el general. Estas fuerzas se fueron sobre él, mientras que tres escuadrones se vinieron sobre mí y empezaron a perseguirme; pero yo siempre logré sostenerme en mi retirada, sin que consiguiesen deshacerme, cruzando un algarrobal ya no me quedaban sino cincuenta y tantos hombres. Entretanto, yo no podía saber cuál había sido la suerte del general, cuando se me presentó un soldado de su escolta y, acercándose a mí, me dijo; “Comandante, póngase a la cabeza de la fuerza, que a nuestro general lo han muerto”. La persecución sobre mí cesó desde que yo me interné en el algarrobaI. En seguida aparecieron cuatro soldados más de los nuestros, que traían a la mujer que acompañaba al general, a la que habían salvado de entre los enemigos”.
“Respecto de lo que se dijo, que la muerte del General Ramírez fue por salvar a la mujer que lo acompañaba, es incierto: porque, después de deshecho, cuando se retiraba con seis u ocho hombres buscando mi incorporación, lo persiguió una mitad de tiradores al mando de un oficial porteño que, siendo su ayudante, lo había traicionado pasándose al enemigo. Conociéndolo el general, les dijo a los pocos hombres que le acompañaban “Volvamos cara y carguemos a ese pícaro traidor que nos viene persiguiendo”. Así fue, pero en la carga que les dio, los perseguidores hicieron una descarga resultando él solo herido y como a las dos cuadras de distancia cayó del caballo. Esta fue la declaración de los soldados del piquete que lo acompañaban, información que resultó exacta”.25

La mujer que menciona Medina en su relato era la concubina del General Ramírez y se la conocía como La Delfina. Esta mujer fue rescatada por el Coronel Anacleto Medina quien salvó su vida y cruzó las provincias de Santiago del Estero, autorizado por Felipe Ibarra, el Chaco y Corrientes para regresar con ella a Arroyo de la China 26 medio muertos de hambre y de sed. La Delfina sobrevivió 18 años a Ramírez y falleció en Concepción del Uruguay en el año 1839 a la edad de 35 años.

Francisco “Pancho” Ramírez fue decapitado y la partida que lo venció puso rumbo a Santa Fé para entregar el macabro trofeo al General Estanislao López quien había anunciado que colocaría la cabeza de Ramírez en una jaula cuando la obtuviera.

Para que se conservara de manera “presentable” López ordena embalsamarla y la tarea recae en el médico Manuel Rodríguez. Cuando finalizó el proceso, entregó la cabeza embalsamada junto con un documento donde se detallan sus gastos y honorarios y cuyo contenido a continuación se transcribe:

“RELACION DEL GASTO OCASIONADO PARA PRESERVAR DE CORRUPCION LA CAVEZA DEL FINADO SUPREMO DE ENTRE RÍOS FRANCO RAMIREZ, EL QUE HE VERIFICADO POR MANDATO DEL GOBERNADOR SUBSTITUTO DE ESTA PROVINCIA.”

“Por doze pesos de estrato de Vino ratificado............................12

Más de diez pesos de iodo alcanforado....................................10

Por veinte pesos de mi trabajo personal por las operaciones que he executado con la expresada Caveza, como son la del Trépano i demás Cirúrgicas cuyo valor es sumamente ínfimo como lo descontará qualesquiera Facultativo en el dicho Ramo............20

IMPORTA PESOS...................................42.

Por manera que según la Cuenta que precede asciende esta a la cantidad de cuarenta y dos pesos y por ser así firmo el presente documento en la Ciudad de Santa Fe a 23 de julio de 1821.

Manuel Rodríguez.”27

Posteriormente, según orden de López, la cabeza embalsamada del caudillo entrerriano pasó a ser exhibida en la Iglesia Matriz, frente a la bandera, en una jaula “… para perpetua memoria y escarmiento de otros que, en lo sucesivo, en transporte de sus aspiraciones, intenten oprimir a los heroicos y libres santafesinos”. 28

Al morir Ramírez, se terminó La República de Entre Ríos. El coronel Mansilla quien traicionara a Ramírez en mayo de 1821, se levantó en armas contra el Gobernador Ricardo López Jordán y se hizo elegir gobernador en 1823. Como consecuencia de este acto recuperó la autonomía la provincia de Corrientes y, a fines de octubre de 1823, López Jordán se exiliaba en Paysandú lugar donde nacería su hijo del mismo nombre quien sería el último caudillo federal de Entre Ríos y del país. Mansilla, por su parte, se alió con Santa Fe y Buenos Aires y el 22 de enero de 1822 se firmó el Tratado del Cuadrilátero, que convocaba un nuevo congreso en Buenos Aires.

El historiador César Pérez Colman recuerda así la figura del Supremo: “El hombre, que durante una década había ocupado los más altos cargos en el ejército y gobierno de su provincia; no tenía en propiedad ni un centímetro de tierra para dejar como herencia (…) En cambio legó a su pueblo el caudal de su limpia foja de servicios a la Patria por cuya grandeza, cohesión y unidad luchó hasta el último aliento de su vida”.

Con el correr del tiempo, la tuberculosis fue limando la salud de López y lo obligó a delegar el mando cada vez con mayor frecuencia en su cuñado Domingo Cullen. Pese a ser atendido solícitamente por el Doctor Lepper, inglés y médico personal de Rosas falleció en Santa Fé el 15 de junio de 1838 a los 52 años de edad.

Se desconoce la identidad del degollador de Ramírez.

El cuerpo de Francisco Ramírez permaneció insepulto luego de su muerte y fue devorado por las aves de rapiña y animales de presa. Su cabeza fue retirada de la Iglesia Matriz y exhibida posteriormente colgada de un gancho en el frente del Cabildo de Santa Fé. Se cree que fue sepultada en esa época en algún lugar del predio de la Iglesia Nuestra Señora de la Merced. En la actualidad, esa misma iglesia, posee el nombre de Nuestra Señora de los Milagros. Los gobiernos de Entre Ríos y Santa Fé han coordinado esfuerzos desde 1999 para tratar de hallar la cabeza del prócer pero hasta el momento los resultados han sido negativos.

CAPÍTULO V
Manuel


Desde el 01 de diciembre de 1828, oportunidad en que fue depuesto como Gobernador de la Provincia de Buenos Aires y, mientras escapa hacia el norte de la misma, el Coronel Dorrego de cuarenta y un años, nacido como Manuel Críspulo Bernabé, cada vez que puede tomarse un resuello, piensa y rememora.

No reniega de haber abrazado la carrera de las armas luego de abandonar sus estudios de jurisprudencia en la Real Universidad de San Felipe de Santiago de Chile. Eran tan incompatibles con su personalidad como el agua y el aceite.

Reflexiona y acepta que su temperamento díscolo y sanguíneo lo perjudicó. Por indisciplinado no participó en la Segunda Campaña al Alto Perú por orden de Belgrano quien posteriormente lamentó no tenerlo a su lado en Vilcapugio y Ayohuma. ¿Podría haber contribuido a cambiar el destino en esas batallas? ¿Quién podía asegurarlo? Le daba mucho crédito el general Belgrano, no era para tanto, piensa.

También fue sancionado por San Martín por faltarle el respeto a Belgrano durante una reunión de Oficiales para unificar las voces de mando. Lamentó haberse burlado de la voz aflautada del General, pero lo hizo y, por esa broma de mal gusto y la actitud inmadura e irrespetuosa que evidenció, tampoco participó de la Tercera Campaña al Alto Perú.

¡Qué noble fue su General Belgrano!, ¡íntegro como pocos!, él mismo lo ascendió a Coronel y hace diecisiete años que ostenta esta jerarquía y, según entiende, el generalato debe obtenerlo en el campo de batalla y no en un escritorio.

Su carácter poco apegado a la disciplina fue directamente proporcional a su aplomo y valentía en el campo de batalla, recuerda sus heridas en la Batalla de Amiraya y su participación en los combates de Sansana y Nazareno y en las batallas de Marmarajá, Guayabos, San Nicolás de los Arroyos, Pavón y Gamonal que, finalmente, fueron esfuerzos estériles para imponer su ideario federal.

Y recuerda también, amargamente, el día que se entrevistó con Pueyrredón y que desembocó en su arresto y posterior destierro. ¡La pucha, que ingrato! Terminar de ese modo por cantarle las cuarenta a quien presume de ser un soldado y por el temor que tiene de que se levante contra su autoridad. El diálogo entre ambos se habría producido, de forma entre altanera e irónica, más ó menos así:

-“La alternativa en que estamos es cruel, Yo declaro, señor, que nunca he de hacer armas contra el gobierno con los soldados que el gobierno a puesto bajo mis órdenes. Pero declaro también que si V.E. insiste en que marche hacia Mendoza, puede nombrar desde luego otro jefe para el batallón N° 8, porque yo no iré con él.”

-“Lo he oído a Ud. con suma atención, señor coronel, y lamento que un oficial tan importante esté sujeto a estos delirios. Le he llamado porque el gobierno y el general deseamos que Ud. coopere.”

- ¡Gracias! ¡gracias! – dijo irónicamente Dorrego – yo no aceptaré, señor, tanto favor”.

-Ud se olvida, coronel, de que habla con el Jefe del Estado, y que tiene también deber de recordar de que habla con un hombre que ha sido su jefe al frente de los enemigos.

-No recuerdo en cual campo de batalla habrá sido eso, señor director. Mis charreteras no son sino las de un coronel; pero no las he ganado convoyando cargas, sino grado a grado en acciones de guerra en que no recuerdo haber tenido jamás el honor de ver a V.E.”

El destierro en Baltimore, no hizo más que robustecer su posición republicana y federal.

El Coronel revisa su apero y sus armas y vienen a su memoria dulces recuerdos, su matrimonio con Angela Baudrix y el nacimiento de sus hijas Isabel y Angelita. ¡Qué daría por pasar un instante junto a ellas!

De repente, se le oscurece el semblante cuando piensa en Rivadavia, ese mulato engreído que ha sido un castigo para la revolución. Nos dejó en pelotas, endeudados, negoció de la peor manera la paz con el Imperio del Brasil, privó a San Martín de los recursos que tanto necesitaba y hasta pretendió expropiar los bienes de la Iglesia Católica y, ¡vaya paradoja del destino! el que dirigió la Revolución de los Apostólicos no fue otro que Don Gregorio García de Tagle, el mismo que junto a Pueyrredón firmó su destierro en 1816. Recuerda también que aunque lo tuvo aprehendido a Tagle, le permite escapar, “no soy un zaino, qué puedo ganar con su desgracia” piensa, “así aprende lo que significa la nobleza”.

El 13 de agosto de 1827, asumió el cargo de Gobernador pronunciando estas palabras:

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26 ağustos 2024
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ISBN:
9789878716251
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